Azorín (José Ruiz Martinez) - El Político

La Editorial

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AZORIN (JOSE RUIZ MARTINEZ)

EL POLÍTICO

 

Fecha de Edición Madrid 1908
Edución electrónica: Buenos Aires 2005


INDICE

EL POLÍTICO...

I. Ha de tener fortaleza

II .Arte en el vestir

III. No Prodigarse

IV. Tenga la virtud de la eubolia

V. Sepa desentenderse

VI. Remediar la inadvertencia

VII. No tener impaciencia

VIII. Conservarse en el fiel

IX. Desdén para el elogio

X. Conozca a las gentes que le rodean

XI. Acepte con sencillez las distinciones

XII. Las contradicciones

XIII. No prestarse a la exhibición

XIV. Esté impasible ante el ataque

XV. El derecho y la fuerza

XVI. El león y la vulpeja

XVII. Los canes y la vulpeja

XVIII. Gracían y la vulpeja

XIX. Saavedra Fajardo y la vulpeja

XX. Feijoo se ríe de los canes

XXI. Manera de insinuarse

XXII. Tener algún rasgo

XXIII. Serenidad en la desgracia

XXIV. Espíritu y fervor

XXV. Acordarse del capelo de Lerma

XXVI. Fingir conformidad

XXVII. Innovador dentro del orden

XXVIII. La balanza del yo

XXIX. El enigma del honor

XXX .Libros que ha de leer

XXXI. Mañas en escuchar

XXXII. Los hombres de mañana

XXXIII. La faz serena

XXXIV. Retozarlas sin empeñarse

XXXV. Los valores nacientes

XXXVI. Huir de la abstracción.

XXXVII. La fuerza contenida

XXXVIII. Del discurso y su preparación

XXXIX. Realzar las circunstancias

XL. La lectura de los clásicos

XLI. Juicio sobre las personas

XLII. Renunciar en sazón

XLIII. Elogio del tiempo

XLIV. Evitar el escándolo

XLV. No dudar de sí

XLVI. Elegir el retiro

XLVII. Valor de las máximas y final

Epílogo futurista




Azorín fue el seudónimo con el que publicó muchas obras y el nombre bajo el cual se recuerda a José Ruiz Martínez, nacido en Alicante, España, en 1873 y fallecido en 1967.

A Azorín se debe el término "Generación del 98", grupo al cual perteneció al lado de escritores como Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset, después de incursionar en el anarquismo y la izquierda en su juventud. De su obra, bastante extensa, se puede destacar Castilla, una colección de ensayos y cuentos que retrata agudamente diferentes aspectos de la cultura y del paisaje castellano. Otros trabajos importantes son las novelas La Voluntad (1902), obra en la cual nació su seudónimo Antonio Azorín, Don Juan (1922) y Doña Inés.

La obra de Azorín se caracteriza por su heterogeneidad y, en algunos casos, por su carácter intergenérico, lo cual hace difícil clasificar algunos de sus escritos. Azorín era un profundo amante de la cultura y literatura de Francia, y, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, más inclinado hacia la tradición del siglo XIX que hacia los clásicos españoles.

En este trabajo, Azorín presenta — a veces un poco en solfa, pero en general bastante en serio — los sanos 47 consejos que, según él, todo político debería seguir. Es muy posible que con varias de estas recomendaciones incluso Maquiavelo hubiera estado de acuerdo. En todo caso, no hay duda de que a más de un político actual le aprovecharían. Y mucho.  


 

I. HA DE TENER FORTALEZA

La primera condición de un hombre de Estado es la fortaleza. Su cuerpo ha ser sano y fuerte. El tráfago de los negocios públicos requiere ir de un lado para otro, recibir gente, conversar con unos y con otros, leer cartas, contestarlas, hablar en público, pensar en los negocios del Gobierno. Y sobre todo esto, se requiere una naturaleza muy firme, muy segura, para no dejarse aplanar en aquellos momentos críticos de amargura, en que nuestros planes y esperanzas se frustran.

Sea el político mañanero; acuéstese temprano. Tenga algo en su persona de labriego; este contraste entre la simplicidad, la tosquedad de sus costumbres y la sutilidad del pensamiento servirá para realzarle. Ha de comer poco también; sea frugal; tenga presente que no es el mucho comer lo que aprovecha, sino el bien digerir. En sus comidas tome espacio y sosiego; coma lentamente, como si no tuviera prisa por nada.

Para estar sano y conservar la fortaleza ha de amar el campo; siempre que pueda húrtese a los ciudadanos de la Corte o del Gobierno, y vaya a airearse a la campiña. Ame las montañas; suba a ellas; contemple desde arriba los vastos panoramas del campo. Mézclese en la vida menuda de los labriegos y aprenda en ella las necesidades, dolores y ansias de la nación toda.

II. ARTE EN EL VESTIR

El fin que persigue el arte en el vestir es la elegancia. Pero la elegancia es casi una condición innata, inadquirible. No está en la maestría del sastre que nos viste; está en nosotros. Está en la conformación de nuestro cuerpo; en los movimientos; en la largura o cortedad de los miembros; en el modo de andar, de saludar, de levantarse. Un hombre que tenga ricas ropas y vista con atuendo puede no ser elegante; puede en cambio serlo un pobre arruinado hidalgo de pueblo envuelto en su zamarra y en su capa.

La primera regla, sin embargo, de la elegancia es la simplicidad. Procure ser sencillo el político en su atavío; no use ni paños ni lienzos llamativos por los colores o por sus dibujos: prefiera los colores opacos, mates. No caiga con esto en el extremo de la severidad excesiva. Una persona verdaderamente elegante será aquella que vaya vestida como todo el mundo y que, a pesar de esto, tenga un sello especial, algo que es de ella y no de nadie. Joyas no debe usar ninguna: ni alfiler de corbata, ni cadena de reloj, ni menos sortijas. No ponga en su persona más que lo necesario, pero que lo necesario sea de lo mejor: así el paño de los trajes, el lienzo de las camisas, el sombrero, los guantes, el calzado. Si acaso, si el traje fuera negro o de color muy oscuro, matice y palie la impresión de severidad con una cadena de oro, delgada, breve, sin dijes, en alongados eslabones. Jorge Brummel, el gran elegante inglés, tenía en su atavío una simplicidad suprema, pero sobre el oscuro fondo del traje ponía esta línea refulgente y casi imperceptible de oro. Véase también el efecto de este matiz y paliativo en el retrato que figura en nuestro Museo del magistrado don Diego de Corral, pintado por Velásquez.

El calzado merece mención especial; por él se conocen los hábitos y carácter de la persona; un excelente y elegante calzado realza toda la indumentaria. Tenga abnegación bastante para desechar un calzado que está todavía en buen uso. Digo abnegación, no mirando a la economía, sino pensando en que nada hay más cómodo y dulce que un calzado que se ha familiarizado ya con nuestro pie.

Hay otras cosas también que separa en dos bandos a los que tratan de vestir bien: el bando de los irreprochables y el de los que tienen alguna mácula. Este algo es la ropa blanca. Sea inflexible en la limpieza de su camisa; llévela siempre, en todos los momentos, nítida, inmaculada. Sobre la nobleza un poco severa de la vestimenta, la nitidez identificable de la camisa resaltará y pondrá una nota de delicadeza, de buen gusto y de aristocratismo.

Cosméticos y olores deben estarle prohibidos en absoluto. Si no llevara barba ni bigote, ponga especial cuidado en ir siempre rasurado perfectamente: que no hay nada más desagradable que ver una barba sin afeitar, aunque sea de poco tiempo.

Sencillez y naturalidad: está es la síntesis de la elegancia. Y ahora, como apostilla, la última recomendación. No dé a entender, ni por el aire de su persona, ni por su gesto ni por su actitud, ni por sus maneras, que sabe que va bien vestido y es elegante. Si lleva sencilla y buena ropa y si tiene ese don indefinible de que hablábamos al principio, ese no sé qué, ese como efluvio misterioso que emana de toda persona y que no se puede concretar y definir; si se halla en estas condiciones, repito, será elegante.

III. NO PRODIGARSE

No se prodigue ni en la calle, ni en los paseos, ni en espectáculos públicos. Viva recogido. Al hombre de mérito se le estima tanto más cuanto menos podemos apreciar los detalles pequeños, inevitables, que se le asemejan a los hombres vulgares. ¿ Qué vale más: ser llano, corriente, hablar con todos, entrar con todos en conversación a cada momento, o mostrarse sólo de cuando en cuando con una cortesía perfecta, pero un poco severa, con una afabilidad que atrae, pero que al mismo tiempo no permite la intimidad, la familiaridad, y hace que permanezcan aquellos con quienes conversamos a una invisible e insalvable distancia de nosotros? Aténgase el político a este último punto; lo que mucho se ve, se estima poco; persona con quien a todas horas podemos comunicar, tendrá nuestra estimación, nuestro respeto, pero le faltará ese matiz de severidad, ese algo que impone, ese aspecto que hace que deseemos, que ansiemos verla, hablar con ella, oír de sus labios tales o cuales opiniones.

Sea difícil el político para las visitas; no reciba a todos, sino a contadas personas. No otorgue a todos su afabilidad y su cortesía. Acaso los que no logran traspasar sus puertas propalen su hurañes y aun su soberbia. Pero si aquellos pocos a quienes recibe y otorga su amistad les trata espléndidamente, es leal, consecuente y generoso con ellos, su fama de hombre excelente y buen amigo prevalecerá y dominará, y no la de huraño y soberbio.

IV. TENGA LA VIRTUD DE LA EUBOLIA

La virtud de la eubolia consiste en ser discreto de lengua, en ser cauto, en ser reservado, en no decir sino lo que conviene decir.

No se desparrame en palabras el político; no sea fácil a las conversaciones y conferencias con publicistas y gaceteros; cuando haya conferenciado con alguien sobre los asuntos del Estado, no vaya pregonando lo que ha dicho, por qué lo ha dicho y cuál ha sido la causa de no haber dicho tal otra cosa. Si le apretaren para que diga algo del negocio tratado, si le instaren informadores y periodistas, no tenga nunca una negativa hosca o simplemente fría, correcta; sepa disimular y endulzar la negativa con una efusión, un gesto de bondad y cariño, una amable chanza.

Es achaque de hombre vulgares el descubrir a todos sus pensamientos. El cuerdo sabe que aun cuando una cosa se puede decir abiertamente, conviene, sin embargo, irla descubriendo poco a poco, con trabajo, con solemnidad, para que así lo más vulgar tenga apariencias de importancia.

Otra cosa hay que es necesario también tener en cuenta: y es que hombre reservado es mirado siempre con cierta consideración, con cierto interés. Mantener la duda respecto a la opinión que tenemos sobre tal o cual asunto o acontecimiento es mantener la expectación. Y esta duda, esta perplejidad, esta incertidumbre de público respecto a nosotros, forma como una aureola que envuelve nuestra persona y la realza. Gana, pues, más para la fama quien calla, quien no dice sino lo preciso, que quien deja que corran y se espacien sus profusas palabras en millares de hojas.

V. SEPA DESENTENDERSE

Cuando salga de la Corte y vaya a provincias, sus admiradores y amigos le recibirán efusivamente; acaso toque una música en la estación; la casa donde él pare se llenará de gente; lo rodearán un compacto grupo de correligionarios cuando marche de una parte a otra; él tendrá que estrechar muchas manos, Hablará todo el día con unos y con otros; sonreirá a todos; tendrá que decir frases de ingenio; se mostrará en todos los instantes cordial y decidor.

Sepa el político en tales circunstancias desentenderse algún momento de esta corte de admiradores y amigos que le rodean; a su alrededor ellos han formado una atmósfera, una muralla que le impide ver en su normalidad, en su verdad, el pueblo o el país que visita. Así por la mañana, bien temprano, o en alguna otra ocasión, él dejará la casa con sigilo, se apartará de la fiesta y se irá, bien solo o bien en compañía de un buen amigo, a visitar y escudriñar el pueblo o la tierra adonde ha llegado. Entrará él en las casas de los humildes; hablará con lo oficiales o artesanos; interrogará respecto a sus vidas, a sus necesidades, a sus planes y a sus ideas sobre la marcha de los negocios públicos. Si ellos no lo conocieran y hablaren con toda libertad, la visita podrá serle muy fructuosa; si, conociéndolo, tuviera el temor o encogimiento de expresarse con espontaneidad, esfuércese con su sencillez, con su cortesía, con su afabilidad, con su llaneza, en hacer desaparecer todo reparo.

Después de estos escudriños y salidas puede volver a sumergirse en el ambiente artificioso de los agasajos y las fiestas; él sabrá a qué atenerse respecto al país que visita, y, aparte de esto, tales escapadas habrán esparcido su ánimo y le habrán tonificado y dado ánimos para continuar en la fatigosa labor de sonreír a unos y otros, de estrechar manos y de proferir cosas frívolas.

VI. REMEDIAR LA INADVERTENCIA

Estaban una tarde en un huerto los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel; se hallaba con ellos muchos caballeros y damas de la corte; para solazarse y pasar el rato idearon un juego. Había en el huerto una higuera que tenía muy pocos higos maduros; convinieron todos en que cada uno cogiese un higo y lo comiese, pero con la condición de que no lo habían de tentar antes, sino que el higo sobre que pusieren la mano fuera a la boca sin remisión, estuviese verde o maduro. Como había en la higuera muchos higos aneblados, la mayor parte de los circunstantes se engañaban y tenían que apencar con un higo desabrido, sin jugo y sin azúcar. Estando el concurso en este juego, acertó a entrar en el huerto Hernando del Pulgar, cronista de sus Majestades. Propusieron el pasatiempo, y él se acercó al árbol para coger un higo. Pero como apenas lo hubo tentado sintiera que se hallaba asaz verde, retiró prestamente los dedos y dijo sonriendo: "Enderézate"

Hernando del Pulgar fue en esta ocasión muy agudo. Cuando vio que había errado el negocio, quiso él dar a entender con esa palabra que no había sido su propósito coger el higo, sino enderezarlo. Sepa a su imitación el político corregir a tiempo la inadvertencia. Se ha dicho que no es necio el que hace la necedad, sino el que, hecha, no la sabe enmendar. Ocurrirá muchas veces que, estando de mal humor, demos una repuesta agria a quien no la merece: corrijamos a tiempo con afabilidad y cortesía nuestro desavío. Sucederá también que, fundados en falsos razonamientos, obremos como no debimos obrar; venga inmediatamente una rectificación cauta y discreta de nuestra conducta. La pasión, la ira, el despecho, puede llevarnos a extremos que no estén de acuerdo con nuestra ecuanimidad; sepamos encontrarles un pretexto, una justificación, una lógica, y esforcémonos enseguida con actos justos, sosegados, dignos, en borrar del ánimo de las gentes el mal efecto producido.

VII. NO TENER IMPACIENCIA

Si queremos vivir bien y ahorrarnos disgustos, achaques y aun enfermedades, debemos tomar con flema y sosiego nuestra cosa: debemos comer, vestir, ir de una parte a otra despacio. Lo que se hace precipitadamente se hace mal y a disgusto: grano a grano hinche la gallina el papo; poco a poco se va a todas partes. Viendo una vez el arzobispo don Alonso Carrillo que sacaba del río a un hombre que hacía tres días que se había ahogado, preguntó que por que causa había sido la desgracia. Dijeron le que por haber querido aquel hombre ir por el vado. Contestó don Alonso Carrillo: "Ya estaría en su casa si hubiera ido por la puente".

Cuando tengamos que responder a un agravio, a un vejamen, seamos cautos y dejemos pasar un buen lapso, tal vez si la injuria fue por la noche, a la mañana siguiente nuestra resolución sea distinta de lo que hubiera sido de haberla tomada enseguida. No nos precipitemos; hay momentos en la vida de los negocios en que la multitud, la prensa, la opinión pública se exacerban, se encienden y piden que se haga tal o cual cosa; en esto momentos hasta los espíritus más reflexivos pierden la sangre fría; hombres sosegados y discretos de ordinario se exaltan y unen su voz a la de la multitud. El político no debe en estos instantes dejarse arrastrar por el impulso general; si es preciso, tenga el valor de arrostrar la impopularidad; la efervescencia, la pasión pasará, y entonces todos reconocerán que él tuvo razón, y la impopularidad de un momento se trocará en cimiento de su hombría y de su sinceridad.

Puede ocurrir que el problema que se presente y que apasiona a todos sea muy complejo, muy intrincado, o que en él se reúnan tales circunstancias que no se pueda saber cómo servir a la justicia: si poniéndose de un lado o poniéndose de otro. En este caso lo prudente es callar; retírese el político de la contienda y deje que la vida que la fuerza de las cosas se abra su camino a través del tiempo.

VIII. CONSERVARSE EN EL FIEL

Sepa conservarse el político en el fiel de la balanza. No pierda nunca el sentido del equilibrio. En el arte del gobierno, el equilibrio consiste en ser entero o condescendiente, según los casos.

Cuando ha de ser entero un político? ¿Cuándo ha de ser condescendiente? Aquí estriba el problema: la perspicacia del gobernante es quien ha de resolverlo. Téngase en cuenta que entereza en todas las ocasiones no puede ser, y que tampoco puede ser condescendiente en todos los momentos. La excesiva pasividad y la confusión en el país; el excesivo rigor, en cambio, podría acarrear perturbaciones funestas para los gobernantes.

Esté siempre en el fiel político. Como él muchas veces no podrá juzgar por sí mismo, requiere en los asuntos arduos el consejo de las personas doctas y ajenas a los negocios públicos. No tema tampoco el político contradecirse cuando apele unas veces a la entereza y otras a la condescendencia. La inconsecuencia y la contradicción son la misma esencia de la vida. El político habrá de conocer el tiempo y el país en que vive; con arreglo a ellos arreglará y ajustará sus actos. Y si él tiene tales o cuales ideas o doctrinas en pugna con las que dominan, bien está que, discreta y cautamente, las haga prevalecer en el gobierno; pero no se olvide de navegar de cuando en cuando con la corriente, de ir con el pueblo adonde el pueblo quiere ir, de pensar y sentir con los más.

Hay leyes, códigos y jurisprudencia en todos los estados; el cumplimiento estricto de la ley habrá de ser uno de los deberes imperiosos del gobernante. Pero ¿no habrá casos en que las circunstancias pongan a la justicia escrita en desacuerdo con una justicia más alta que se formula en todas las conciencias? Sea indulgente, magnánimo y generoso en estos momentos supremos el político. "No ha de ser la entereza del Gobierno -dice Saavedra Fajardo- como debería ser, sino como puede ser; pues aun el de Dios se acomoda a la flaqueza humana".

IX. DESDÉN PARA EL ELOGIO

En estos tiempos modernos en que los juicios se formulan rápidamente y en que todo el mundo escribe, debemos considerar que existen muchas reputaciones gloriosas que no tienen fundamento ninguno y muchos desprestigios que no deben ser considerados como tales. Estas reputaciones y estos desprestigios son como fogata de hornija o como jiste o espuma de cerveza: no resisten a un examen atento, y con la misma rapidez con que se fabricaron se disipan.

El político debe meditar en el valor de las censuras y de las alabanzas. No conceda a la censura y a la balanza más valor del que tienen. Es fácil ser indiferente a la censura o sobreponerse a la contrariedad que nos produce; no es tan hacedero tomar el elogio en el sentido que realmente tiene. El político habrá de pensar que son muy pocos los elogios que son capaces de llenar y satisfacer a una persona delicada. Un hombre vulgar se henchirá de satisfacción ante un elogio impreso en un periódico o en un libro; un espíritu frío, acaso note en tal elogio una hipérbola, una exageración, algo que traspasa los lindes del elogio para entrar en los de la apología.

El elogio de los admiradores es lo que más pone a prueba la fe y la constancia de un artista. Se puede resistir a la censura, aun a la más despiadada y acre; pero ¿cómo no llenarse de tristeza y de desconsuelo ante ciertos elogios que los entusiastas del literato o del orador publican? En ellos, con la mejor intención, un aspecto de la obra que no tiene importancia es señalado y ensalzado; se deja pasar en cambio un matiz delicadísimo, tenue, en que el autor ha puesto su espíritu. La ironía es acaso tomada por actitud de seriedad y recia afirmación; en tanto que una aseveración que se ha hecho burla burlando, pero con mucha gravedad en el fondo es considerada como una leve chanza. Alegrías que en lo substancial son tristezas pueden pasar por inofensivas alegrías, y en cambio se ve tristeza donde el autor no ha hecho sino pasar con indiferencia y con desdén.

No estime el político un elogio en más de lo que realmente vale. Agradezca la buena voluntad de los que elogiaren; pero por encima de los ditirambos, de las hipérboles y de los entusiasmos de sus admiradores, él sepa poner un ligero y amable desdén.

X. CONOZCA A LAS GENTES QUE LE RODEAN

Rodean a todo hombre de influencias gentes de toda suerte y catadura; unos son buenos, discretos y leales; otros son galopines, truchimanes y trapisondistas. Éstos se introducen en la privanza y valimiento de los políticos por medio de la asiduidad y la lisonja.

Conózcalos a todos el político; sepa cómo vive éste y el otro; qué negocios lleva entre manos; de qué se sostiene; qué es lo que ha hecho y qué es lo que hace; cuáles son sus secretas idas y venidas. El político lo sabrá todo punto por punto; si la gente murmura de alguno de los que le rodean, él sabrá cuáles son los motivos que tiene para murmurar. Pero no dé a entender a nadie el político, y menos a los interesados, que conoce sus malos pasos; él hará como que no sabe nada. Sólo que cuando llegue una ocasión en que el galopín espere hacer la suya; cuando crea que él debe ocupar tal o cual cargo, el político obre con discreción: pase con buenas palabras al malsín; no le dé el cargo ni le otorgue comisión de confianza; alegue un compromiso inevitable; y de este modo, sin ruido, sin escándalo, podrá ir haciendo poco a poco la labor de selección y determinando que el truchimán se canse y le abandone.

A veces, el político se ve cara a cara en una conversación con un parcial suyo de vida sospechosa; el parcial le apretará con palabras a que le dé un cargo o merced; el político se verá en un trance apurado: él no querrá ser descortés ni que la conversación tome un giro desagradable. En este caso crítico no abandone el político su cortesía y su impasibilidad; pero con una frase, con un inciso, con una palabra delicada, dé a entender que conoce los hechos sospechosos del solicitante y su mala vida. Puede decir esto mientras se levanta de pronto del asiento o acercándose a la puerta, o echando mano del sombrero: gestos todos bien elocuentes. Y si el pretendiente tuviese seso -todos los malsines le tienen- esto bastará para darse cuenta de que la partida está perdida y de que es peor insistir.

XI. ACEPTE CON SENCILLEZ LAS DISTINCIONES

No se haga de rogar en las cortesías. Si le elogian, acepte sin protesta el elogio. Se ha dicho que protestar del elogio es deseo de ser dos veces loados; porque ante nuestra protesta, ante mis frases de modestia, el que elogia insiste en sus loanzas.

El político habrá de trafagar y andar mucho; asistirá a banquetes y comidas, concurrirá a recepciones, se hospedará cuando salga a provincias en casas de sus amigos y admiradores. Acepte siempre sin porfías las distinciones que se le otorguen. Son muy desagradables esas luchas de cortesía que se entablan a veces entre el que otorga la distinción y el que la recibe. Haya un poco de sencillez en este cambio y recambio de cortesía. Se cuenta que, siendo el conde de España en Roma, fue convidado un día a comer por el duque de Florencia; llegaron el conde, el duque y los demás invitados a la cámara que servía de comedor; en ella había un sitio más elevado y honorífico que los demás; el duque, que era el anfitrión, indicó al conde de Tendilla que ocupase este sitio; negóse el conde a ello, y manifestó que quien debía ocupar el sitio de honor era el duque; insistió el duque en su cortesía, porfió otra vez el conde, y entonces el duque de Florencia, entre sonriente y amoscado, se volvió hacia el maestresala y le dijo: "Corre, di que le traigan al conde las llaves de la casa, porque quiere mandar en ella más que yo".

Aceptar los elogios sin regatos, conformarse con las condiciones sin protestas, es muestra de ánimos que no piden ni rehúsan nada, que no dan un valor excesivo a lo que no lo tiene, y que dejan que la vida se deslice sin alborotos ni gritos, tranquilamente, con dulzura, con suavidad.

XII. LAS CONTRADICCIONES

Ha escrito un filósofo que ni la contradicción es señal de falsedad ni lo es de verdad la in contradicción Todo cambia en la vida; nada hay más contradictoria que la vida. A los veinte años, en plena ardorosa mocedad, pensamos de una manera; pensamos de otra cuando la edad ha ido transcurriendo y los entusiasmos se han enfriado. La experiencia del mundo enseña mucho, una ilusión que se realiza es un cambio que se opera en nuestra manera de ser. La ingenuidad no resiste al tiempo; la experiencia se va formando lentamente de desengaños. ¿ Y cómo pudiera pensar lo mismo un hombre experimentado, que conoce a los hombres y que ha sufrido, que un mozo que se lanza a la vida lleno de fe, inexperto y candoroso? Si cambia la sensibilidad, ¿cómo no ha de cambiar el pensamiento?

No pasa día sin que traiga una rectificación a nuestros juicios. Sólo los insensibles permanecen iguales. Lo que por nuestros ojos pasa va dejando un sedimento de ideas, de juicios y de sentimientos, que se renuevan a lo largo del tiempo. La naturaleza, en cuyo seno nos movemos, va renovándose, cambiando. ¿ Y pretendemos nosotros ser los mismos en todos los momentos, a lo largo de treinta, de cuarenta, de sesenta, o de ochenta años? ¿ Y pretendemos que en medio de esta renovación universal, formidable, sea siempre una y la misma esta cosa tan sutil, tan delicada, tan etérea, que se llama pensamiento?

No reprochemos a nadie ni sus contradicciones ni sus inconsecuencias. No nos atemoricemos cuando se nos reprocha a nosotros. Obremos en cada momento según lo que estimemos oportuno, benéfico y justo. Un eminente hombre de Estado -don Antonio Maura- ha dicho en un discurso: "Las contradicciones, cuando son desvergonzadas mudanzas de significación por interés, por ambición, por una sordidez cualquiera, son tan infamantes como los motivos del cambio; pero yo os digo que si alguna vez oyese la voz de mi deber en contra de lo que hubiera con más calor toda mi vida sustentando, me consideraría indigno de vuestra estimación, y en mi conciencia me tendría por prevaricador, si no pisoteaba mis palabras anteriores y ajustaba mis actos a mis deberes."

No se puede expresar con más energía y exactitud una alta norma de vida.

XIII. NO PRESTARSE A LA EXHIBICIÓN

Sea entendido con los entendidos, opaco y vulgar con los opacos y vulgares. No es de entendimiento sutiles el ingenio, el hacerse admirar, el exhibirse brillantemente en un concurso de hombres modestos y sencillos. Déjense las galas del ingenio para cuando con perfecta paridad, de igual a igual, se puede competir en las reuniones y asambleas de los doctos. El político tendrá que viajar muchas veces por su país, tendrá que ir a los pueblos. No pretenda en estas ocasiones ganar admiraciones y simpatías deslumbrando. Hable como todos; si acaso, de tarde en tarde, tenga en estas conversaciones vulgares una reflexión oportuna, ingeniosa, sutil: estas reflexiones sabias y agudas que se realizan sin ruido, sin pretensiones, entre las palabras vulgares, es lo que Fernando de Rojas llama en el prólogo de La Celestina "deleitables fontecicas de filosofía ".

El político, el artista, el poeta, el cantante, serán invitados muchas veces a las fiestas y ágapes, más bien que por su persona, para que tal fiesta o comida tenga un aliciente con su ingenio o habilidad. Conozca el artista o político cuándo sucede esto; en tal caso sea cauto, y ya que le han hecho ir de la misma manera que se llevan plantas o tapices, sea tan vulgar como todos, es decir, no dé muestras de su ingenio, ni use de su estro, ni, si es posible, cante o taña, como esperaba el que le invitó.

XIV. ESTÉ IMPASIBLE ANTE EL ATAQUE

El político no debe nunca perder la sangre fría; permanecerá siempre impasible ante el ataque. En el parlamento, en las reuniones públicas, muchas veces se verá blanco de la invectiva, de la cólera o de la insidia; él permanezca en todo momento sin mover un músculo de la cara, sin dar la más leve señal de irritación, de impaciencia, de enojo. Habando Hernando de Pulgar, en sus Claros varones, de Don Juan Pacheco, marqués de Villena, hombre eminentísimo en el arte político, dice de él que tenía tan gran sufrimiento, que ni palabra áspera que la que dijesen le movía, ni novedad de noticio que oyese le alteraba; y en el mayor discrimen de las cosas tenía mejor arbitrio para las entender o remediar".

No se pierda nunca la ecuanimidad y buena ponderación del carácter. Muchos logran escuchar el ataque sin que su cara muestre la más ligera alteración; pero un movimiento instintivo e irritable de la mano, o la manera violenta de abrir una carta que acaban de traerle, o la contestación rápida y seca que da a un compañero que tiene al lado y que le pregunta algo, un pequeño ademán, en fin, viene a demostrar al observador que la impasibilidad de que alardea el atacado es ficticia, violenta, y que puede acabarse en un instante. Estos movimientos instintivos pueden revelar lo que la faz o las palabras no revelan; las manos hablan tan elocuentemente como las lenguas. Se dice que para evitar el ser traicionados por ellas, algunos grandes diplomáticos y negociantes las ocultaban al tiempo de conferir o negociar; tal grande conquistador tenía hábito de llevarlas a la espalda; tal consumado diplomático las metía en los bolsillos.

XV. EL DERECHO Y LA FUERZA

No dé el político en la candidez de creer en la famosa distinción entre el derecho y la fuerza. No hay más que una cosa: Lo que es fuerte, es lo que es de derecho. La fuerza hincha y llena cosas e ideas; estas cosas e ideas, mientras están animadas de esta poderosa y misteriosa vitalidad, son las que dominan; pero la fuerza -este algo que no podemos saber lo que es y que llamamos así- va haciendo su rotación, va trasladándose de un punto a otro, va circulando; y de este modo, lo que antes vivía, muere; y nuevas cosas e ideas surgen, prevalecen y dominan. Ha dicho un filósofo que los humanos, no pudiendo hacer que lo justo sea fuerte, han hecho que lo fuerte sea justo. En este espejismo, en este juego consolador vive la humanidad; se proclama el derecho, se grita por la justicia, pero en el fondo sólo hay una cosa: fuerza. La fuerza es la vida, y la vida es un hecho desconocido.

No se alucine el político. Recuerde el caso conocidísimo de Cisneros. Comisionaron los grandes al conde de Priego para que fuese a verle y le pidiese explicaciones sobre el derecho con que se había alzado con el poder y gobernaba. El cardenal era hombre de flema y de humor. Dejó hablar cuanto quiso al conde de Priego; luego sacóle a un antepecho o balcón de palacio. Desde allí se veían formados los cañones. Mandó cargarlos el cardenal y pegarles fuego; los estampidos llenaron el aire. Entonces el gran cardenal se volvió hacia su reclamante y dijo: "Ésos son los poderes que tengo".

Las naciones se engrandecen y decaen en virtud de la savia que están escondida en ellas, nada podría detener su engrandecimiento, ni nada podría evitar su ruina; es un hecho fatal. No haga sobre ello el político filosofías ni sentimentalismos. Si aparentemente, para el público, mostrase otra cosa, sea su creencia íntima, profunda, que no hay en el concierto universal nada más alto que la vida, y que la vida es la fuerza, que surge y que se tira.

XVI. EL LEÓN Y LA VULPEJA

El león representa la fortaleza: la vulpeja ([1]) simboliza la astucia. El león es fuerte, grande, magnífico: la vulpeja es hábil, ligera, discreta.

Nicolás Maquiavelo quiere que el político sea como el león y sea como la vulpeja. Maquiavelo fue un político muy notable; intervino en multitud de asuntos diplomáticos; conoció y trató íntimamente a hombres insignes y príncipes; luchó ardientemente por la libertad de su patria; sufrió el olvido y la pobreza. Durante estos días amargos de escasez -que él soportó ligera y tranquilamente- escribió el diplomático florentino en su libro II principe.

El político ha de ser fuerte y hábil: ésta es la doctrina de Maquiavelo. El león y la vulpeja le suministran un ejemplo para hacer patente, resaltante, su idea. Es necesario -dice Maquiavelo- ser vulpeja para conocer los lazos y ser león para espantar los lobos: bissogna essere volpe o conoscere i lacci, e lione a sbigottire i lupi.

El león y la vulpeja son dos animales famosos en la historia de la política. Cicerón, en su obra De los oficios, libro I, escribe que " de dos modos se puede hacer injuria: o con la fuerza o con el engaño; la fuerza parece propia del león, y el engaño de la vulpeja". Ya mucho antes que el orador romano, Plutarco decía en sus Vidas paralelas, al relatar las gestas de Lisandro, que una de las máximas que profesaba este general lacedemonio era la de que "lo que no se puede conseguir con la piel del león, debe alcanzarse con la de la vulpeja".

Ne quid nimis: huyamos de los extremos. No consideremos al león como usador arbitrario de su fuerza: no tengamos a la vulpeja como tramadora de engaños. El león puede enseñar al político la fortaleza noble: la vulpeja puede adiestrarle en la habilidad discreta.

XVII. LOS CANES Y LA VULPEJA

Las doctrinas de Nicolás Maquiavelo causaron honda conmoción entre preceptistas, políticos y pedagogos. No hablemos de lo que aconteció en países extranjeros; concretémonos a lo que sucedió en España.

En España fueron muchos los que clamaron contra el político florentino. Se protestó en todas las formas; se publicaron contra él libros grandes y libros pequeños. Se le combatió incidentalmente y se le dedicaron tratados especiales. Entre estos últimos figuran: El príncipe cristiano, de Rivadeneira; el Machiavellismus jugulatus, del padre Claudio Clemente, y los tres volúmenes de máximas que, "contra las vanas ideas de la política de Maquiavelo", publicó el jesuita Francisco Garau.

El coro de protesta y clamores fue unánime. ¿No ha vivido el lector en el campo y no ha oído alguna noche cómo, al acercarse la raposa al gallinero, salen ladrando desaforadamente todos los buenos canes de la casa? Los canes que ladraban contra la vulpeja florentina eran bien leales y vigilantes. Entre ellos había dos más clamorosos y fuertes que los demás. Estos dos canes tan fieles y ruidosos eran Baltasar y Gracián y don Diego Saavedra Fajardo. En los capítulos siguientes veremos cómo estos canes no eran canes; eran nada menos que solemnes vulpejas disfrazadas con pieles de mastines. Si ladraban más clamorosamente que los demás, lo hacían para que el señor y amo del cortijo no vislumbrase la artimaña.

XVIII. GRACÍAN Y LA VULPEJA

Sobre Baltasar Gracián habría mucho que hablar; no hay en nuestra literatura un psicólogo más completo y agudo.

Baltasar Gracián, en su libro El criticón -primera parte, crisis VII-, finge que los dos principales personajes del libro llegan a una gran plaza; en ella un prestidigitador está haciendo notables juegos. Se trata de "un elocuentísimo embustero"; charla fácil y seductoramente; la multitud le escucha atenta. El taumaturgo hace que algunos papanatas abran la boca y les asegura que en ellas va a echarles confituras; ellos las abren y el embustero les pone en ellas "cosas asquerosísimas", "inmundicias horribles"; la concurrencia alborota y ríe a carcajadas. El mismo prestidigitador traga gruesos pelotones de algodón y luego arroja espeso humo y llamaradas; otras veces engulle papel y devuelve cintas de seda de brillantes colores.

Uno de los personajes del libro, Andrenio, gusta mucho de los juegos de este prestímano, y comienza a alabarlo. El otro personaje, Critilo, le reprende y le dice:"¿ Quién piensas tú que es este valiente embustero? Éste es un falso político, llamado Maquiavelo, que quiere dar a beber sus falsos aforismos a los ignorantes. ¿No ves cómo ellos se los tragan, pareciéndoles muy plausibles y verdaderos? Y, bien examinados, no son otra cosa que una confitada inmundicia de vicios y pecados; razones, no de Estado, sino de establo; parece que tiene candidez en sus labios, pureza en su lengua, y arroja fuego infernal que abrasa las costumbres y quema las repúblicas".

El personaje de Gracián sigue en sus acres reprobaciones. No le seguiremos más; basta con lo copiado. Ahora, si abrimos los libros de Gracián y los leemos atentamente, veremos que la vulpeja aparece debajo de la piel del can enseñando su hocico y su larga cola. ¿De quién es el aforismo de que "cuando no pueda uno vestirse la piel del león, vístase la de la vulpeja"? ¿Quién ha dictado la recomendación de que se debe conocer a los dichosos para arrimarse a ellos, "para la elección", y que se debe también conocer a los desdichados para huir de sus personas, "para la fuga"? ¿Qué pluma ha escrito la advertencia de que es preciso "saber declinar a otros los males", es decir, darse maña e industria para hacer que recaiga en terceras personas "la censura de los desaciertos y el castigo común de la murmuración" que nosotros con nuestros actos hemos merecido? ¿Qué mano ha trazado el apotegma de que "no es regla de conservarse querer darse a sí un pesar de toda la vida, por dar placer una vez a otro, aunque sea el más propio; nunca se ha de pecar contra la dicha propia por complacer al que aconseja y se queda fuera; y en todo acontecimiento, siempre que se encontraren el hacer placer a otro con el hacerse a sí pesar, es lección de conveniencia que vale más que el otro se disguste ahora, que tú no después y sin remedio"? En conclusión, ¿ no es de Baltasar Gracián la siguiente breve norma de vida, no exorable y piadosa, en que se compendia todas su psicología del mundo y de la política: "Nunca por la compasión del infeliz se ha de incurrir en la desgracia del afortunado. Es desventura para unos lo que suelen ser ventura para otros; que no fuera un dichoso si no fuera muchos otros desdichados; es propio de infelices conseguir la gracia de las gentes, que quiere recompensar ésta con su favor inútil los disfavores de la fortuna, y vióse tal vez que el que en la prosperidad fue aborrecido de todos, en la adversidad compadecido de todos, trocóse la venganza de ensalzado en compasión del caído. Por el sagaz atienda al barajar la suerte. Hay algunos que nunca van sino con los desdichados, y ladean hoy por infeliz al que huyeron ayer por afortunado; arguye tal vez nobleza del natural, pero no sagacidad"?

XIX. SAAVEDRA FAJARDO Y LA VULPEJA

Don Diego Saavedra Fajardo era un hombre de mundo: había viajado mucho; representó a su rey en multitud de negocios diplomáticos; sabía lo que se podía decir ostensiblemente y lo que era preciso velar y disfrazar. Saavedra Fajardo abomina también de la vulpeja florentina. En su Idea de un príncipe político cristiano, él dice -empresa XLI- que el hombre debe obrar con equidad, no queriendo para otro lo que no quiera para sí. Y añade, lleno de profunda indignación: "De donde se infiere cuán impío y feroz es el intento de Maquiavelo, que forma a su príncipe con otro supuesto o naturaleza de león y de raposa, para que lo que no pudiese alcanzar con la razón lo alcance con la fuerza y el engaño".

Esto dice Saavedra Fajardo, indignado y vejado por la doctrina de la redomada vulpeja florentina. Ahora, si leemos con cuidado su libro, veremos cómo también aquí asoma, bajo la piel del mastín, un hopo y un hocico que acaso dejan muy atrás a los de la raposa italiana. ¿Quién ha escrito el consejo de que "decir siempre la verdad sería peligrosa sencillez, siendo el silencio el principal instrumento de reinar"? ¿En qué libro está escrita la sentencia de que "ninguna cosa mejor ni más provechosa a los mortales que la prudente difidencia"? ¿Quién es el que celebra cierta astucia que con respecto a Gonzalo de Córdoba ejercitó Fernando el Católico, el cual "no tuvo ocasión para que entrase en su pecho sospecha alguna de la fidelidad del Gran Capitán, y con todo eso le tenía personas que de secreto notasen y advirtiesen sus acciones para que penetrando aquella diligencia viviese más advertido en ellas"? ¿Quién ha trazado el apotegma de que "lo que no puede facilitar la violencia, facilite la maña, consultada con el tiempo y la ocasión"? Finalmente, y para no hacer enfadosa la materia, ¿qué autor, impío y feroz, ha estampado la siguiente advertencia, que es una maravilla de astucia. "Ocultos han de ser los consejos y designios de los príncipes, con tanto recato, que tal vez ni aun sus ministros los penetran, antes los crean diferentes y sean los primeros que queden engañados, para que más naturalmente y con mayor eficacia, sin el peligro de la disimulación, que fácilmente se descubre, afirmen y acrediten lo que tienen por cierto, y beba el pueblo de ellos el engaño, con que se esparza y corra por todas partes"?

Sílaba por sílaba, es preciso leer esta sentencia para ver toda la profundidad y complejidad psicológica que encierra.

XX. FEIJOO SE RÍE DE LOS CANES

Fray Benito Jerónimo Feijoo es quien pone el epílogo en la escaramuza entre los canes y las vulpejas. Feijoo se ríe de los canes. ¿Por qué ladran y acosan estos buenos canes a la vulpeja florentina? Diríase, al oír sus desaforados ladridos, que en el mundo no ha habido más que una vulpeja, y que ella es la que nos ha traído todo el daño. No, nada más falso; Feijoo, en su discurso sobre el Maquiavelismo de los antiguos -Teatro crítico, volumen V-, establece que el maquiavelismo es muy antiguo; muchos príncipes políticos y conquistadores de la antigüedad lo han practicado; en aquellos lejanos siglos había tanto maquiavelismo como en los modernos. "Los mismos arbitrios, las mismas artes que estampó Maquiavelo y que ejercían los más sagaces tiranos de los posteriores siglos -dice Feijoo- se hallan practicados en aquellos".¿Qué valor tenían en Grecia, por ejemplo, el juramento y la palabra dada? "En la Grecia -escribe Feijoo-, el faltar a la palabra dada y aun jurada, cuando su observancia se oponía al interés del Estado, era tan corriente, que por esto sólo apenas se perdía la opinión del príncipe justo o de hombre de bien." El mismo divino Platón, ¿no dice en su República, libro III, que es lícito mentir siempre que sea útil al Estado?.

No; los que proclaman que Maquiavelo ha enturbiado y perturbado el mundo están en un error: son unos pobres canes que ladran sin saber porqué. Feijoo se ríe de ellos. "Yo no puede contener la risa -dice- cuando oigo tales discursos a hombres que han tenido bastante enseñanza para razonar con más exactitud. Las máximas de la política tirana son tan ancianas entre los hombres como la dominación. El maquiavelismo debe su primera existencia a los más antiguos príncipes del mundo, y a Maquiavelo sólo el nombre. Su raíz está en nuestra naturaleza y no ha de menester siglos".

Sosiéguense los canes; no ladren ni gruñan. Feijoo no puede contener la risa; la raíz del maquiavelismo está en nuestra naturaleza. ¿Quién afirma lo contrario? ¿Lo afirmará Gracían? ¿Lo afirmará Saavedra Fajardo?

XXI. MANERA DE INSINUARSE

Don Rodrigo Calderón es una de las figuras más interesantes de nuestra historia. Su protector, el duque de Lerma, fue la vulpeja; el marquéz de Siete Iglesias fue el león.

Nació don Rodrigo Calderón de humilde cuna en Amberes; su padre era capitán; su madre fue una doncella alemana, con quien el capitán tuvo amoríos. De ellos fue fruto el futuro ministro; matrimonio subsiguiente legitimó su nacimiento. Murió la madre, y padre e hijo vinieron a España; en Valladolid el padre casó por segunda vez. Como el niño fuera creciendo y el trato de la madrastra pudiera no ser del todo grato, el padre puso a Rodrigo a servir de paje en casa del vicechanciller de Aragón.

No duró mucho aquí Rodrigo; la casa no debía de ser muy a propósito para su medro. De ella pasó a la del duque de Lerma. La vida de los pajes era muy dura y levantisca en estos tiempos; comían poco y mal; vestían traspilladamente; se acostaban tarde; habían de aguardar a su señor toda la noche mientras jugaban o se divertía en aventuras amatorias. Abundaban las parlerías, enredijos y chismes; se armaban grandes trifulcas en el tinelo a la hora de las comidas. Una casa de un grande tenía muchedumbre de dependencia: allí estaban, en primer lugar, el mayordomo, el secretario, el contador, el tesorero, el maestresala; venían después el veedor, el botillero, el repostero de estrados, el repostero de la plata, el comprador, el despensero, el repartidor y el escribano de raciones. No faltaban tampoco camareras, dueñas enlutadas y quejumbrosas, escuderos y algún viejo y reposado otáñez para acompañar a la señora o las hijas a misa e ir abriendo camino con sus barbas venerables, sus pantuflos, su gorra y su callado.

En este mundo pintoresco y ruidoso habían de vivir y maniobrar los pajes. Los avispados y lenguareces se abrían pronto camino; iban y venían con cuentecillos al señor; le traían y le llevaban recados de sus daifas; decíanle gracias y le lisonjeaban. Los apocados y tímidos se encantaban en el servicio y sufrían los vejámenes y cordelejos de los demás. De éstos era Rodrigo Calderón: tenían una timidez y un encogimiento invencibles. A veces los espíritus más enérgicos, más fuertes, están recubiertos de timidez. El futuro ministro no se separaba de la cámara de su señor; de este modo evitaba las malas bromas de sus compañeros. Cuando se apartaba del duque lo hacía aprovechando una salida del maestresala, del mayordomo o de algún otro alto oficial de la casa; entonces iba en su compañía, y los pajes malignos no se atrevían a vejarle.

La asistencia y solicitud de Rodrigo en la cámara o despacho del señor llamó la atención del duque; poco a poco se fue fijando en este paje, tan afectuoso a su persona. Rodrigo tenía un entendimiento despejado, agudo; el duque comenzó a platicar con él y a confiarle algunos negocios. Salía bien en ellos Rodrigo. Un día el duque le hizo su paje de bolsa; el oficio era desempeñado con diligencia y escrupulosidad. Iba entrando Rodrigo en el ánimo del gran señor. El duque de Lerma entonces lo podía todo; el rey había ordenado que a la firma del duque se le diese el mismo valor que a la suya. No podía tener Rodrigo mejor padrino. El duque, deseando favorecerle más, le nombró ayuda de cámara del rey.

Éste fue el primer escalón en la fortuna del grande hombre.

XXII. TENER ALGÚN RASGO

Siendo Rodrigo Calderón ayuda de cámara del rey Felipe III, casó con una dama principal de Cáceres: Doña Inés de Vargas, señora de la Oliva. El duque de Lerma continuaba prestándole su valimento; el rey le iba otorgando mercedes y favores. Primero le dio el hábito de Santiago y la encomienda de Ocaña; luego le hizo conde de la Oliva; más tarde fue nombrado capitán de la Guarda Alemana; por último sucedió al conde de Villalonga en la Secretaría del Estado, y tuvo también el manejo de todos los papeles, así de Gracia como de Justicia; estaban estos negocios diseminados antes en las manos de varios; don Rodrigo los reunió todos en sí, y fue ministro universal.

Era don Rodrigo de condición bondadosa y afable; no gustaba, sin embargo, de que se tomasen familiaridades y confianzas con él. Sabía ser señor. No franqueaba a todos sus puertas; dificultaba las audiencias. Pero cuando las concedía hablaba con todos, estaba deferente y se enteraba con minuciosidad de lo que cada uno pretendía. Su memoria era mucha; sabía los nombres de todos los que le visitaban; no olvidaba los más ligeros detalles de sus personas. No era muy amigo de visitar; a los grandes y señores de la Corte les trataba con un alto y acre desdén; dice un historiador que los tenía "lastimados por el poco caso que de ellos hacía". Con los humildes era, en cambio, generoso. Hacía muchas limosnas; se enteraba secretamente de las desgracias y las socorría con la misma discreción.

Sabía también tener estos rasgos que deben tener los políticos y los hombres del mundo; rasgos que corren de boca en boca, agrandados, hechos leyenda, y que luego pasan a la historia.

Una noche había salido de su casa para ir a la de una muchacha por quien estaba perdidísimo y a quien hacía un año que cortejaba en vano. Se echó sobre sí para ablandar a la mocita un bolsillo con trescientos doblones. Estando ya cerca de la casa, le salió al paso un hombre anciano y le dijo: "Señor, suplico a vuestra señoría que me oiga un momento". Paróse don Rodrigo y contestó: " Diga lo que manda". El anciano continuó diciendo: " Yo, señor, soy hombre de bien, hijodalgo, y con tan grande necesidad, que una hija que tengo de diecinueve años y yo no nos hemos desayunando desde anoche por no tener, ni sabemos lo que de ha de ser de nosotros; de suerte, señor, que por no morirnos de hambre estoy resuelto a dar permiso a mi hija, que es una doncella, para que sea mala y que con su cuerpo gane de comer. Y así vuestra señoría, por las entrañas de Jesús y por la sangre que derramó, no dé lugar a cosa semejante y me socorra con una limosna". Todo esto lo dijo el anciano medio llorando; don Rodrigo se enterneció, le entregó el bolsillo que llevaba, y le contestó: "Amigo mío, no permita Nuestro Señor que tal ofensa haga. Tome ese bolsillo en que van trescientos doblones, y pues me ha conocido y sabe bien mi casa, acuda a buscarme, que no le faltaré en nada mientras viviere. Quítesele esa mala imaginación, y tenga cuidado de encomendarse a Dios".

Desistió don Rodrigo del propósito con que había salido a la calle: vio en esto un secreto aviso con que el cielo le prevenía de algún lance, atentado o desgracia, y se tornó a su casa.

XXIII. SERENIDAD EN LA DESGRACIA

Viendo don Rodrigo Calderón que iban mal sus negocios, dispuso bien su hacienda, arregló sus papeles y se retiró a Valladolid. Conspiraban contra él los palaciegos y señores; arreciaba la persecución. Don Rodrigo tuvo varios avisos de que le iban a prender, pero no quiso fugarse; deseó esperar tranquilamente el golpe. Una noche, a la una de la madrugada, llamó a la puerta de su casa la justicia; él estaba acostado; entró el juez encargado de prenderle, y don Rodrigo comenzó a vestirse. Dice un biógrafo, que fue amigo suyo y testigo de todos los sucesos, que estaba don Rodrigo tan turbado que "tardó un cuarto de hora en sólo ponerse un escarpín".

Pronto se rehizo el gran político; ni un solo momento desfalleció en adelante. De Valladolid lo llevaron preso a Medina del Campo; de aquí, más tarde, a Montánchez; luego, de este lugar a Santorcaz. Todos sus bienes le fueron confiscados; no dejaron a sus hijos y a la marquesa dónde cobijarse. De Santorcaz don Rodrigo fue conducido a Madrid y aprisionado en su misma casa. Con la confiscación todos los muebles habían desaparecido; la casa se hallaba desmantelada. La sala en que estaba preso el ministro era espaciosa y oscura; continuamente tenía que haber en ella luz de vela; en la puerta velaba una guardia de vista que se renovaba cada dos horas. Allí dieron el tormento a don Rodrigo; le pusieron en el potro, apretaron bárbaramente los cordeles y esperaron a que el atormentado confesase. No dijo nada don Rodrigo; no exhaló ni un solo lamento; no tuvo ni reproches ni súplicas. Cuando después le leyeron la sentencia de muerte, la oyó con gran valor. "Bendito seáis, mi Dios -dijo-; cúmplase en mí vuestra voluntad".

Desde entonces fuese preparando para el trance final. A consecuencia de su prisión le había cargado un poco la gota; andaba con muletas, y traía también una venda en el brazo izquierdo, que quedó estropeado del tormento. Comía muy poco; casi toda la regalada comida que le servían mandábala a los pobres. Hacía muchas penitencias; llevaba puesto un áspero cilicio.

Llegó el momento de communicarle la ejecución. El martes 19 de octubre de 1621 fue a medianoche un fraile a verle; llevaba la orden de prepararle. No extrañó la visita don Rodrigo, porque ya otras noches había ido a acompañarle. El religioso comenzó a hablar de las miserias de la vida."¿Quién por lo eterno no trocaría la vida temporal?", dijo. Don Rodrigo manifestó que él hubiera querido tener no una vida, sino cien mil para darlas por Dios y por los hombres. El fraile replicó: "Pues por esa conformidad, para dar a vuestra señoría prendas de su gloria, quiere el mismo Señor venir mañana a darle las gracias". Entendido don Rodrigo el misterio, se arrodilló delante de un crucifijo y exclamó por tres veces: "Señor, hágase en mí vuestra voluntad".

Dos días después, el jueves, había de verificarse la ejecución.

XXIV. ESPÍRITU Y FERVOR

El día 21 de octubre de 1621 fue señalado para ejecutar a don Rodrigo Calderón. Se levantó don Rodrigo bien de mañana; él mismo pidió la ropa con que había de ser ejecutado: le trajeron una sotana larga de bayeta. Don Rodrigo la examinó y cortó el cuello de ella, diciendo que así había de ser para que el verdugo hiciera bien su obra. Cuando iba vistiéndose, quiso también que el cuello del jubón fuese postizo, para que tampoco el verdugo no se turbase y embarazase al quitárselo. Una vez vestido, don Rodrigo entró en el oratorio de la casa y oyó devotamente varias misas.

Se acercaba el momento. La hora de la ejecución era a las once; a las diez y tres cuartos avisaron a don Rodrigo. "Señor -le dijo su confesor-, ya dicen que nos llama Dios y que es hora de irle a buscar." Don Rodrigo se prosternó en tierra y contestó: "Padre mío, pues Dios nos llama, vamos apriesa". Pidió luego un poco de agua y un sorbo de caldo, y comenzó a bajar los escalones serenamente, sin turbación ninguna. En el zaguán de la casa le esperaba el alcalde de Corte don Pedro Mansilla, grande y antiguo amigo suyo. Los dos hablaron brevemente; don Rodrigo le recomendó influyese para el pronto despacho de unos asuntos de su mujer e hijos; prometiólo el alcalde; dióle las gracias afablemente don Rodrigo, ambos se despidieron. Entonces comenzaron a plañir y dar gritos los amigos y antiguos criados de don Rodrigo; él saludó a todos; les estrechaba la mano efusivamente; les decía: "Señores, ahora no es tiempo de llorar, pues vamos a ver a Dios y a ejecutar su santísima voluntad". Estaba en la puerta de la calle la mula en que el reo había de montar; era una mula de las caballerizas de don Rodrigo. Don Rodrigo subió a ella y se compuso cuidadosamente la ropa. Llegó el verdugo a atarle las piernas y don Rodrigo le dijo:"No me ates, amigo. ¿Piensas que me he de ir?" Tomó el verdugo la rienda de la mula, y la comitiva se puso en marcha. Iban ministros de Corte, guardas, frailes y las cofradías con sus cristos. Don Rodrigo marchaba dignamente. Llevaba una larga y negra capa, sobre la que destacaba encendidamente la roja cruz de Santiago. El cabello largo, desparramado, le caía sobre los hombros; la barba, que no se la había afeitado tampoco en los treinta y dos meses de su prisión, era larga y ancha también. Había una inmensa muchedumbre en las calles, en los balcones, en los tejados. Al verle se produjo un formidable rumor; muchos lanzaban grandes gritos. "¡Dios te perdone!", decían unos. "¡Dios te dé buena muerte!", exclamaban otros. "¡Dios te dé valor!" proferían unos terceros. "Amén -contestaba don Rodrigo-; Dios os lo pague".

Desde la calle ancha de San Bernardo la comitiva fue a la plaza Mayor, donde estaba el cadalso, pasando por la plazuela de Santo Domingo, la de Santa Catalina, la calle de las Fuentes, plaza de Herradores, calle Mayor y calle de Boteros. Cuando don Rodrigo llegó al cadalso y lo vio sin luto, dijo: "Yo no he sido traidor. ¿Me quieren degollar por detrás? ¿Cómo está este cadalso sin luto?" Subió serenamente las escaleras, y cuando estuvo arriba dijo a su confesor: "Descansemos un poco". Se sentaron en el banquillo; habían acompañado al reo sobre el cadalso catorce religiosos, Don Rodrigo se levantó y comenzaron todos a hacer unas oraciones. El verdugo avisó que ya era hora; se acercó don Rodrigo y se sentó en el banquillo; una vez sentado, se compuso bien para no estar en una posición fea. "¿Estoy bien?", le preguntó al verdugo. Después le dio el beso de paz y le dijo que le quitara una banda que traía al cuello y que le vendara con ella los ojos. Hízolo el verdugo, y como al atarle el tafetán por la espalda creyera don Rodrigo que el verdugo iba a degollarle por detrás, preguntó: "¿Qué haces, amigo? Mira que no ha de ser por ahí". Cuando tuvo vendados los ojos exclamó: "Padres míos, no se me vayan, por Dios, de aquí". Respondieron los religiosos: "Aquí estamos, señor. Diga vuestra señoría Jesús". Dijo Jesús don Rodrigo, y al punto le echó la cuchilla el verdugo y lo degolló.

Así acabó su vida don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias y conde de la Oliva. "Para todo le dio Dios espíritu y fervor", dice un testigo de los sucesos.

Tenga el político este espíritu y fervor que tuvo don Rodrigo, este sosiego, esta inalterabilidad maravillosa y profunda.

XXV. ACORDARSE DEL CAPELO DE LERMA

Si el marqués de Siete Iglesias fue el león fuerte, desdeñoso magnífico, que muere sin un gemido -como en la fábula-, el duque de Lerma fue la vulpeja artera, hábil, vigilante sigilosa. Conocía a los hombres; tenía una gran astucia. Dice Quevedo en sus Grandes anales de quince días que habiéndose enojado con él una vez el rey, el duque, para precaverse de su ira, "en una noche mudó tres camas en diferentes casas".

Pocos políticos habrán gozado de tanto poder como el duque de Lerma. Gobernó durante veintidós años la monarquía española; el rey renunció en él toda iniciativa y todo mando. Con todo esto, tuvo que desplegar una gran energía y una consumada habilidad para luchar contra poderosos rivales. Luchó contra su propio hijo, el duque de Uceda, a quien él había encumbrado y metido en Palacio; contra su antiguo confesor, fray Luis de Aliaga, a quien también él había hecho confesor del rey; contra el conde de Olivares, que tanto poder había de adquirir luego y que entonces comenzaba su carrera política.

Poco a poco, sin embargo, se fue eclipsando su estrella. En Palacio se iban cansando de él; el rey ya no le distinguía y favorecía como antes; los palaciegos tramaban conspiraciones contra él. El duque entonces, viendo que su suerte iba declinando y que tal vez peligrase su vida en el fracaso -como aconteció luego con don Rodrigo Calderón-, ideó , para guarecerse en la caída, un recurso que a un historiador ha parecido "bien extraño". El duque de Lerma negoció secretamente con la Santa Sede un capelo, y -según frase de otro cronista- "de la noche a la mañana salió por la corte vestido de cardenal".

En los tiempos presentes los reyes no pueden quitar la vida a sus ministros; lo que a éstos puede sucederles es que la masa popular, la opinión -que es hoy el verdadero tirano-, les suma en la injusticia y en el olvido. Tenga siempre, pues, presente el político el momento de su desgracia,. Si es rico y de conciencia delicada, el ejercicio de los negocios públicos puede costarle su fortuna. Sea cauto y no la gaste toda; reserve al menos una parte de ella para cuando las fuerzas le falten y llegue le momento de la retirada, o para cuando habiendo llegado al mundo nuevos aires, nuevos procedimientos, nuevas ideas, él se sienta inútil, o, lo que es peor, sin serlo, lo repute por inútil la muchedumbre.

Sepa también, mientras le duren las fuerzas y el valimiento, sostener y fomentar la amistad de unos pocos y buenos amigos. No estime a los que le adulan; tenga la abnegación de sobreponerse a sí mismo y de tolerar que en el seno de la confianza le sea dicha la verdad. Estos pocos amigos, que no estarán cerca de él por codicia de las mercedes, sino por amor a su persona, le seguirán en la adversidad, en el olvido, en la decadencia, y le confortarán y alentarán.

La corta fortuna que haya salvado y estos amigos fieles serán para él lo que el capelo de cardenal fue para Lerma.

XXVI. FINGIR CONFORMIDAD

Una vez logrado el capelo de cardenal, el duque de Lerma siguió asistiendo a Palacio. Pero su estrella se había eclipsado. El duque que no se inmutó por los desaires y desdenes que recibía. Tenía un gran espíritu. Contemplaba sin estremecerse su caída lenta. Ya soplaban otros vientos en el mundo, y eran otros los hombres que gobernaban.

Un día, hallándose la Corte en El Escorial, llamó el rey al prior y le dijo: "Iréis al duque y le diréis que, atendido lo mucho que he estimado siempre su casa y persona, he venido en otorgarle lo que tantas veces y con tanto encarecimiento me ha pedido para su quietud y descanso, y que así podrá retirarse a Lerma o a Valladolid cuando quisiere".

El prior repitió al duque las palabras del rey; el duque vio llegada la desgracia temida, pero no se inmutó. Fingió una serena conformidad. En seguida dio orden a sus criados para que arreglasen el viaje, y pidió permiso al rey para ir a despedirse. Cuando estuvo ante él le dijo humildemente, con suaves palabras: "De trece años, señor, entré en este palacio, y hoy se cumplen cincuenta y tres empleados en este diseño, pocos para mi deseo, muchos para lo que permite el desengaño, a que debemos ofrecer, ya que no todo, siquiera alguna parte de la vida". Dicho esto, besó la mano del rey le abrazó tiernamente, y le dijo que le tenía en la misma estimación que antes.

Se dice que en la partida el duque de lerma, durmió una noche en Guadarrama, y que el rey aquella noche -ironía o deferencia- le envió los papeles de la consulta diaria y un venado que aquel día había muerto.

XXVII. INNOVADOR DENTRO DEL ORDEN

No sea el político como este hombre que pinta el poeta Gonzalo de Berceo, y que "era de todas guisas ome revolvedor". No quiera renovarlo y revolucionarlo todo. Lograda la posesión del Poder, él verá que una cosa son las fantasías de los teorizantes y otras las manipulaciones de la realidad. Las cosas se han ido formando lentamente; se han formado lentamente hábitos, costumbres, preocupaciones, muchas veces la justicia abstracta, de los libros, se halla en pugna con sentimientos y derechos que es preciso respetar. Lo que es norma plausible en los tratados, encuentra mil matices, sutilidades y complejidades en la práctica, que hacen imposible su aplicación. Todos claman por lo nuevo; todos ansían una renovación radical; pero si esto pudiera operarse, los mismos que gritan y propugnan encontrarían motivos para múltiples excepciones y anulaciones.

El político que quiere hacer algo útil a su país no habrá de desear poner arriba lo que está abajo. Contra lo que el tiempo ha ido estratificando, sólo con el tiempo se puede luchar. Vaya poco a poco haciendo sus operaciones el hombre cauto; lime esta aspereza; meta el escoplo en tal otra deformidad; dé un martillazo aquí, asierre otra rama podrida allá. Es decir en la provisión de los cargos, por ejemplo, sino pudiera pasar sin emplear a gente inepta, que sean veinte los galopines en vez de ser cincuenta; si las alcabalas y tributo se perdían antes mucho entre las manos de malos recaudadores, haga que se pierdan ahora menos; si los representantes de la nación eran antaño poco veraces y enteros, que hogaño, aun siendo la mayoría la misma, haya entre ellos más hombres de bien e inteligentes.

Esto es en términos generales. Procure también no dar a las reformas y mejoras que prepara más vislumbres y sonoridades de los que deben tener; es decir, que si ha de hacer una reforma que llegue adentro en el país, no se envanezca de ella, sino que más bien, para no alarmar a las gentes, debe quitarles importancia y llevarla con la mayor discreción y sigilo.

XXVIII. LA BALANZA DEL YO

No sea el político excesivamente modesto; la modestia más daña que favorece. Si él tiene fuerza y habilidad, no las oculte, no quiere decir que no las tiene. Sea sencillo y natural: la modestia va contra la sencillez y la naturalidad. La vanidad es el exceso por más; la modestia es el exceso por menos. Si nosotros nos rebajamos y depreciamos, ¿no corremos el riesgo de que nos rebajen y desprecien los demás?.

Seamos como seamos. Si sentimos en nosotros una cualidad fuerte, notable, no la ocultemos; pongámonos siempre en el justo medio. Hay que pensar que si nosotros nos colocamos en un nivel más abajo de aquel en que realmente estamos, habrá seguramente muchos espíritus finos, conocedores, que verán la injusticia que nosotros nos hacemos a nosotros mismos; pero habrá también otros que creerán nuestras palabras como la más autorizada expresión de la verdad. Los primeros serán pocos, porque pocos son los espíritus avisados, penetrantes; los segundos estarán en mayoría, porque son más los que se guían por testimonios ajenos y no por lo que es en realidad.

No nos hagamos daño a nosotros mismos; el equilibrio está en el justo medio; ni tengamos vanidad ni alardeemos de modestia. Amemos simplemente la sencillez, la naturalidad. Cervantes, en el epílogo de su Viaje del Parnaso, finge que Apolo envía a los poetas, entre otros, el siguiente aviso u orden : "Que todo poeta a quien sus versos le hubieren dado a entender que lo es, se estime y tenga en mucho, ateniéndose a aquel refrán : Ruin sea el que por ruin se tiene".

Tal vez hay un poco de exageración en las palabras del gran humorista; en el fondo encierran la verdad. Si nosotros nos tenemos en menos de lo que somos, corremos el riesgo de que los demás opinen del mismo modo. ¿Qué mejor testimonio para ellos que el del propio interesado? Tal vez haya quien al contemplar nuestra actitud proteste y restablezca la verdad. Pero ¿y si no lo hay? ¿Y si entre los que nos rodean y presencian nuestra modestia no existe este espíritu penetrante que se destaca de la masa y sabe ver el fondo de la realidad?.

No atentemos contra el equilibrio de las cosas y contra su orden natural. Ni el más ni el menos. Si tenemos conciencia de nuestro mérito, no subamos sobre los tejados para clamarlo, pero no lo pongamos tampoco debajo del celemín.

XXIX. EL ENIGMA DEL HONOR

Mucho habría que hablar sobre el honor. ¿Es esta cualidad innata en el hombre? Y ¿qué es el honor? El honor varía según las latitudes, las regiones del planeta; no es lo mismo entre los europeos que entre los asiáticos, por ejemplo. Varía también según los tiempos; hay diferencias entre el honor de un hombre de la Edad Media y otro de los tiempos presentes. Cambia también, aun dentro de un mismo paraje y un mismo tiempo, según la clase social; es decir, y más concretamente, que lo que puede ser honor para un morador de un confortable piso principal puede no serlo para quien habita en altas y desmanteladas buhardillas. Influye también en el honor la luz solar o las sombras de la noche; de noche acaso nos parezca honorable lo que no nos lo pareciera de día. La soledad o la compañía harán del mismo modo que se alteren los valores del honor; estando rodeados de poca gente casi solos, haremos y sufriremos muchas cosas que no haríamos ni toleraríamos en público. Ejercen asimismo influencia sobre el honor, dándole mayor intensidad o haciéndolo surgir, otros varios y dispares elementos, tales como el amor, la elocuencia - género patriótico o militar -, la temperatura y aun el alcohol.

Ahora habría que determinar qué valor tienen ciertos trances en que los hombres de honor se ponen; estos trances parece que son la prueba del honor. Es muy delicada esta materia; el político debe reflexionar sobre ello. El hecho de cruzar unas espaldas, de cambiar unas balas, ¿cómo y de qué manera puede afectar a la honra de una persona? ¿Qué relación puede haber entre la esgrima y la balística, de un lado, y la moral, de otro? Si a un hombre honrado se le injuria, ¿no subsistirá la injuria aunque las balas se hayan cambiado y se hayan estrechado las espaldas? Si a un galopín se le dice una verdad amarga, ¿se habrá destruido el fundamento y razón de esta verdad después del lance? Este hombre que procede mal en su vida se podría batir muchas veces, irá con facilidad al terreno del honor, procederá como un hombre de honor, y ¿cómo es que no se le estimará como un hombre digno de nuestro trato, y que en cambio tenderemos nuestra mano llena de efusión y de cariño a un hombre de bien que no ha querido proceder como un hombre de honor?

XXX. LIBROS QUE HA DE LEER

No sean muchas ni muy agobiadoras las lecturas; lea pocos libros. Si ha sido buen lector en su mocedad, ya tendrá cierta experiencia que le permitirá conocer lo que ha de leer y apartar de su camino el fárrago de lo malo; si no sucediera tal cosa, cualquier hombre inteligente, conocedor, de entre sus parciales, puede indicarle en una breve nota los libros que durante el año pudiere leer.

No se dé mucho a estos librotes profusos, presuntuosos y mazorrales que ahora se estilan; aunque las especulaciones humanas tomen nuevos y bárbaros hombres, bien se puede asegurar que en el conocimiento del hombre se ha adelantado muy poco desde los tiempos en que filosofaron los antiguos. Prefiera a todos los libros los de biografías, memorias, confesiones y casos verídicos; que los trances en que se han visto otros hombres le enseñen a él; de la manera como otros políticos se desenvolvieron en situaciones apretadas, él puede sacar enseñanza. Así, leyendo y releyendo estas confesiones y confidencias podrá ayudarse para conocer a los hombres. Y digo que esto ha de ser una ayuda porque el trabajo principal donde ha de hacerlo el político es en la realidad, porque la cantera principal de su cultura ha de ser la vida. Se tiene ahora una idea muy errada de la cultura; se la confunde con la erudición literaria. Un hombre que haya leído muy poco puede ser un espíritu cultísimo; otro que se haya pasado la vida sobre los libros puede ser de un trato empalagoso y grosero. Lo que debemos saber es apreciar el matiz de las cosas, las relaciones sutiles que las unen; lo que debemos aprender es a diferenciar los aspectos humanos, distinguir tiempos y lugares, estimar cuándo una cosa está en sazón y cuándo es inoportuna e ineficaz. Y toda esta sutil sabiduría, toda esta delicada ponderación espiritual, más se aprende en la vida -con sus encontronazos amargos- que en los libros.

XXXI. MAÑAS EN ESCUCHAR

Una de las artes más difíciles es saber escuchar. Cuesta mucho hablar bien; pero cuesta tanto el escuchar con discreción. Entre todos los que conversan, unos no conversan, es decir, se lo hablan ellos todo; toman la palabra desde que os saludan y no la dejan; otros, si la dejan, os acometen con sus frases apenas habéis articulado una sílaba, os atropellan, no os dejan acabar el concepto; finalmente, unos terceros, si callan, están inquietos, nerviosos, sin escuchar lo que decís y atentos sólo a lo que van ellos a replicar cuando calléis.

Téngase sosiego y atención; una buena charla es aquella en que se platica sosegadamente, con mesura. Los antiguos parece que solían conversar bien; era la vida menos precipitada y febril que ahora. Se salía en aquellos tiempos a las riberas amenas de los ríos o a los huertos frondosos, y se iba platicando mientras duraba el lento paseo. Se formaba concurso en ancha estancia y se sutilizaba sobre el amor y se contaban casos curiosos, en tanto que de cuando en cuando se tañían delicadamente instrumentos de cuerda o tecla. Los caballeros era agudos y las damas no eran asustadizas.

Cuando se hable en corro o frente a frente, a solas con un amigo, dejemos que nuestro interlocutor exponga su pensamiento; estemos atento a todas las particularidades; no hagamos con nuestros gestos que apresure o compendie la narración. Luego, cuando calle, contestemos acorde a lo manifestado, sin los saltos e incongruencia de los que no han escuchado bien. Si es persona de calidad a quien nosotros queremos agradar aquella con quien hablamos, demostrémosle que tomamos grande gusto en lo que ella nos va diciendo. Hagámosle repetir alguno de los pasajes a que da más importancia; mostremos alguna ligera incredulidad para que se enardezca y se recree en nuestras extrañeza; digámosle que nos dé más detalles sobre el asunto; maniobremos, en fin, de modo que ella vea en nosotros un oyente que la comprende y goza su charla.

Tal conducta nos proporcionará alguna enseñanza, acaso adelantamiento en nuestra carrera, y cuando ninguna de estas cosas sea, habremos puesto con este inocente juego psicológico de ironía y malicia un dulce sedante a nuestros nervios fatigados por el trabajo.

XXXII. LOS HOMBRES DE MAÑANA

Preocúpese el político de la cultura y enseñanza: los niños de hoy son los hombres de mañana. Si nosotros tuviéramos entre nuestras manos un tierno intelecto (como el escultor tiene entre sus manos el barro) y tuviéramos que irlo formando poco a poco, ¿que es lo que haríamos? ¿Que dirección imprimiríamos a esta conciencia virgen y qué camino señalaríamos a estos pies que están impacientes por entrar en el gran camino del mundo? He aquí unos graves problemas.

Nosotros, ante todo, tenemos un invencible horror a la pedagogía; todo método, todo canon, toda pauta marcada de antemano nos inspira una aversión irremediable. La vida es una cosa sutil, irregular, multiforme y ella escapa a toda reglamentación y encasillamiento. Nosotros no aplicaríamos a nuestro amigo ninguna pedagogía, sea cualquier nombre que tuviera; no pondríamos en su cerebro ninguna cosa abstracta; no le haríamos aprender nada de memoria; nuestro único cuidado sería hacerle ver la realidad y apartar de su cerebro todo momento de tedio y de tristeza. La tristeza y el tedio: aquí tenemos los dos grandes enemigos del hombre.

¿No habéis observado estos instantes durante los cuales, en un salón de estudio, en una visita o en un casino -mientras los hombres graves charlan-, un niño se aburre? ¿No habéis visto sus ojos sin luz, su cara larga, sus labios contraídos y su entrecejo arrugado? Dad lugar a que estos breves instantes se repitan; no saquéis a este niño de este colegio uniformado y tétrico; no le apartéis del lado de estas señoras vestidas de negro y suspiradoras con quienes vive; no le proporcionéis, enfrascados vosotros en vuestros negocios o en vuestros placeres, esta alegría, esta distracción continua, este ejercitar ameno y no interrumpido de la comprensión que él necesita, y al cabo de unos años todos los breves, fugaces minutos de tedio, habrán entenebrecido su espíritu y pesarán para siempre, a lo largo de toda su vida, como una abrumadora e insacudible losa de plomo. La deformación del carácter se habrá efectuado irremediablemente: habréis matado a un hombre que continúa viviendo.

Y tendréis en lugar de un espíritu sereno y ecuánime un romántico enamorado del misterio; tendréis un sentimental; tendréis un hombre que cuenta sus dolores, que se queja y que pone a cada momento una honda tribulación en estos seres queridos que le rodean en el hogar; tendréis un hombre que ante la adversidad se juzga postergado, no comprendido; tendréis un hombre que cree en la injusticia de las cosas (como si las cosas en sus combinaciones ciegas pudieran tener justicia o injusticia); tendréis un hombre que reniegue de su tiempo y tiene fe en reparaciones milenarias; tendréis, en fin, un hombre que en vez de vivir en su época, plenamente adaptado a las circunstancias del presente, buenas o malas, gozando como puede de ellas, sin plañidos y sin añoranzas, forcejea por vivir en una vida que no es la suya, hace esfuerzos dolorosos por apartarse del ambiente que le rodea, se entristece, lanza súplicas y gemidos, sacrifica, en resolución, todo su presente a un ideal inNo; que ninguno de estos niños, que han de ser los hombres de mañana, siga este camino.

Hagamos cuanto nos sea dable por apartarlos de él. Sepan los que pretendan reconstruir un pueblo, y sepamos todos, que el primero, el más hondo y fundamental de nuestros deberes como hombres es la alegría. Y no entristezcamos nunca a los demás con nuestros dolores, que debemos siempre ocultar bajo una faz serena.

XXXIII. LA FAZ SERENA

La faz serena debe cubrir dolores íntimos. Tenga el político mucho cuidado en esto; sobre ello queremos insistir en otro capítulo. La faz serena debe ocultar nuestros desfallecimientos, nuestras decepciones, nuestras amarguras. Ante el público debemos mostrar siempre un semblante sereno; en la intimidad de nuestro hogar debemos refrenar también nuestra tristeza. Los seres queridos que nos rodean son nuestros compañeros en la vida; participan de nuestros dolores y de nuestra alegrías. Si estamos tristes, si la aflicción y la desesperanza nos atormentan, ellos los tiene tanto como nosotros. Tengamos cuenta de esto. Y ya que la amargura haya caído sobre nosotros, ¿por qué no hacer que estos seres queridos que nos rodean, que estos amigos, que estos deudos sufran menos de lo que sufrirían si nosotros diéramos rienda suelta a nuestros lamentos? Ha dicho un gran filósofo que en nuestra aflicción tenemos derecho a apoyarnos en nuestros deudos y en nuestros amigos, pero de ningún modo a acosarlos y derribarlos.

Ha habido en nuestra patria en estos tiempos modernos un político que supo ser a este respecto un hombre y un artista. Era ya viejo; los años habían puesto sobre su espíritu un profundo cansancio; había gozado de todos los honores; había contemplado en su país cambios y mudanzas de instituciones y poderes; conocía a los hombres, fatigado y escépticos, sentía escapársele ya la vida. Se hallaba muy enfermo. Pero ni en su semblante ni su gesto dejaba traslucir su dolor íntimo.

Era un estoico sin la tensión de espíritu que el estoicismo supone; era un estoico lleno de bondad, sencillo, espontáneo. Muchas veces, durante los últimos tiempos que vivió, se sentía invalido por un abrumador desfallecimiento; en estos instantes, si se encontraba solo, dejaba desplomarse su cuerpo sobre el asiento. Mas solía ocurrir que en las estancias próximas resonaban pasos de gente que llegaba, y entonces el político se erguía, serenaba su cara, sonreía a los recién llegados y charlaba con ellos amable y jovialmente.

Hasta sus últimos instantes intervino este político en los negocios públicos. En el parlamento se le vio -en tanto que la vida se le escapaba- afable, sonriente, siguiendo atento las deliberaciones, con su cara fina de hombre sutil, apoyado en su ligero bastón.

XXXIV. RETOZARLAS SIN EMPEÑARSE

Un capítulo aparte merecen nuestras compañeras en la vida; más bien tendríamos que escribir un tratado especial. La mujer es el encanto y es el desasosiego del mundo. Conózcalas bien el político; sepa sus picardihuelas y malicias; ámelas, muéstrese siempre afable y generosos con ellas. Pero no se enfrasque en pasiones violentas, desenfrenadas; guste ligeramente de ellas; retócelas sin poner en ello un gran empeño. La energía de nuestros nervios y de nuestros músculos es una sola; si la ponemos en una parte; no podemos ponerla en otra; una obra de ciencia, las operaciones del Gobierno, los tráfagos de la industria exigen una perseverancia, una energía y un cuidado que no podemos debilitar ni amenguar un solo momento; un hombre que quiere estar a la vez en las disoluciones del amor y en el estudio es posible que, si su fortaleza es grande, salga con bien. Esto podrá durar más o menos años; a la postre, él verá, por la vejez prematura, por los achaques, por el decaimiento inesperado, que no se puede tener impunemente una vela encendida por los dos cabos.

No quiere esto decir que debemos huir y esquivar el trato de nuestras compañeras; nada hay más agradable; busquémoslas siempre que podamos; platiquemos con ellas. Si ella tienen alguna displicencia para nosotros, si nos muestran algún enojo, si nos dirigen reproches, seamos tolerantes y sobrepongamos a nosotros mismos. El político debe estar al corriente de estos dolores súbitos de cabeza que nuestras compañeras sienten al tiempo de sentarnos a la mesa; conocerá con qué intención se hace el elogio caluroso de un compañero; sabrá qué alcance tienen estas resignaciones, entremezcladas de algún suspiro, con que nuestras mujeres parece que nos recriminan. Domine y ate sus nervios el político; duélase de estas neuralgias, desganas y suspiros; procure consolar con blandas palabras a su mitad, y si él viera que no tiene fuerza para esta obra, auséntese con cortesía, y que el oxígeno del campo y de la calle y la charla de los amigos le conforten.

Sea tolerante con ellas cuando se muestren irascibles, y retócelas sin empeñarse cuando sean propicias. Sobre todo, que no haya en ningún momento ni la más pequeña violencia. Hacer llorar a una mujer es como hacer llorar a un niño. Que haya dulzura, un ánimo constante, un buen humor...

XXXV. LOS VALORES NACIENTES

No caiga el político en un yerro que sería imperdonable. Consiste en no adivinar entre la turba amorfa de escritores incipientes y de oradores tempranos aquellos ingenios que por su talento y energía están llamados a encumbrarse. Sepa distinguir el político los valores nacientes, positivos, en el revuelto y confuso fermentar y germinar de las gentes nuevas.

Un hombre vulgar, obtuso, podrá equivocarse en no ver cuáles valores, entre los nacientes, poseen positivo valor y cuáles no; a un observador agudo y experimentado le será fácil conjeturarlo. Atráigase el político a los valores nacientes. La gracia de las gentes se logra con las plumas. Tal escritor novicio, que ahora escribe en un periódico ignorado y que no es nada, puede ser, andando los años, un polemista temible. Granjéese la voluntad de los nuevos el político. Sea generoso y liberal con los que mañana, dentro de poco, han de constituir una fuerza. Los escritores ya formados y sancionados acaso comienza a declinar; aunque conserven la misma fuerza, la misma savia, la novedad que encanta la han perdido. Los escritores nuevos quizá no tengan la autoridad de los veteranos, pero seducen y desconciertan por lo insólito e imprevisto. Los valores sancionados pueden costar algo; los valores nacientes se adquieren por bien poco.

No los desdeñe nunca el político. "Empeñarse con novedades de bizarría" es una de las máximas de Gracián. Ame las bizarrías y los que las realizan el político. La opinión y la muchedumbre van irresistiblemente hacia lo nuevo. La bizarría es una fuerza que atrae y hechiza a todos.

XXXVI. HUIR DE LA ABSTRACCIÓN

Muchas veces oirá el político que le proponen que se haga en su patria tal o cual cosa que se hace en un país extraño. Son muchos los que claman por que en su país se dé una ley o se implante una institución como las que rigen y se han implantado en otros pueblos; muchos son los que creen que el bienestar de una nación se puede lograr por medio de tales trasplantaciones.

El político habrá de reflexionar despacio sobre esto. Es posible que alguna ley o alguna institución de país extraños convenga al nuestro; es posible también que no convenga. Todos los países no son lo mismo; no es la misma su historia; no es la misma su tradición; no son las mismas sus condiciones físicas; no son los mismos, en fin, sus hombres. Debe proceder, por tanto, con mucha cautela el político; él habrá de conocer lo que pasa en los países extranjeros; este conocimiento le servirá de auxilio en sus gestiones.

Pero el político no debe acoger sin estudios, sin una detenida reflexión previa, las leyes, trazas e instituciones de otros países. Esto le puede llevar a gobernar con abstracciones; gobernar con abstracciones consiste en dar leyes sabias, justas, discretas, sí, pero leyes que no se acoplan ni tienen perfecta concordancia con la realidad para la han sido hechas; es decir, que con toda su sabiduría, justicia y discreción, estas leyes sólo lo serán tales en el papel, o, lo que es lo mismo, no serán eficaces.

La labor del político ha de consistir en estudiar bien el país en que vive y gobierna; él ha de conocer cómo viven y piensan sus compatriotas; conocerá la historia de su patria, las tradiciones, las costumbres, las diferencias que existen de unas regiones a otras; conocerá también el grado de cultura del país, sus condiciones físicas, lo que produce y lo que puede producir; estudiará el estado de las industrias y las modalidades y características del arte. Luego, el político, con arreglo a tales datos, a tales estudios, hará las leyes y dispondrá su gobierno. Es posible que los mismos que clamaban por las leyes e instituciones que ha creado el político no sean las que aquellos querían; pero el político no se inquiete; él habrá gobernado y legislado de acuerdo con la realidad, de acuerdo con la realidad de su país y el genio de su pueblo, y sus leyes e instituciones serán eficaces.

XXXVII. LA FUERZA CONTENIDA

No dé toda la medida de sí; resérvese siempre algo; reprímase. En esto estriba la diferencia que en la región del arte separa a los clásicos y a los románticos. Los románticos corren libremente, desenfrenados; los clásicos se refrenan y encauzan en una regla. Los románticos nos muestra una fuerza entregada a sí misma, avasalladora, tumultuosa; los clásicos, una fuerza que se domina y que vence la trabas y obstáculos de los preceptos. Los clásicos no necesitan para nada la libertad que reclaman los románticos; no necesitan romper causes ni moldes; se mueven y evolucionan con facilidad y elegancia en las estrechas reglas en que un menguado espíritu se agobiaría.

Domínese el político. Si en una conversación o debate sobre tal o cual tema interesante hay un hombre sobre quien se sospecha que está enterado de todo y que calla o dice sólo equivocas palabras, este hombre atraerá sobre sí la expectación; en una lucha un adversario que muestre contenerse, que haga ver que tiene una fuerza efectiva, pero que no la usa, será reputado como el mejor. Es un signo de aristocratismo, de buen gusto, de mundanidad, este refrenar de la propia energía. Hay aquí como un delicado desdén. Se podría hacer una cosa, pero no se quiere hacerla; un hombre inexperto y vanidoso se lanzaría a hacerla precipitada y ostentosamente; este espíritu mundano que se refrena deja pasar desdeñosamente la ocasión, seguro de que cuando quiera, en cualquier momento, podrá realizarla.

Complemento de lo que va escrito es este otro aviso. Conozca perfectamente sus fuerzas y alcances. Todo hombre tiene un temperamento; en él hay notas de fuerza y notas de flaqueza. El político conocerá cuál es la nota que en él domina, a qué debe él su fuerza. De este modo, al empeñarse en una lucha deberá industriarse para que el giro de la contienda vaya por el lado en que él pueda triunfar.

Si esto no pudiera ser, no acepte desde luego la lucha, y sepa encontrar para zafarse un pretexto de ingenio. No se ofrezca nunca inerme, menguado, ante el concurso. Al contrario, si conoce su característica, su nota dominante, y si sabe cuándo ha de aceptar o no la batalla, él podrá darse este supremo placer, este supremo y aristocrático y espectáculo de jugar con el adversario, de tener piedad y generosidad con él -que es la más grande humillación-, de hacer ver que se le puede destrozar y no se lo destroza, de mostrar, en fin, la fuerza contenida.

XXXVIII. DEL DISCURSO Y SU PREPARACIÓN

Confiar en la memoria, hacer un establecimiento anticipado de frases y periodos, es exponerse a fracasar. Huya de tal riesgo el político; prefiera la "ingenuidad efusiva", que resulta de la espontaneidad de las ideas, al "atildamiento melindroso", que es producto de la ordenación previa. Consejo es éste del más elegante, puro y clásico de los oradores modernos: don Antonio Maura. "Una corrección indefectible -dice el mismo-, cuando no sea prerrogativa excelsa de inveterada maestría, desacreditada la espontaneidad y pone veladuras enfadosas a la sinceridad, entibiando los ánimos."

La mejor preparación del discurso es conocer bien la materia de que se va tratar. Estúdiela perfectamente el orador; dele mil vueltas; empápese de ella. En el momento crítico, la misma copia y espontaneidad de las ideas irá formando la ilación. Sucederá no pocas veces que tenga que hablar en momento solemne, transcendental, que haya de despejar con su palabra una situación crítica. No se preocupe ni atormente con temores y cavilaciones. Abandone su estudio y salga unas horas al campo; tonifíquese; distráigase en un deporte; deje que en los entresijos de la conciencia se elabore lo que ha de salir luego. En el trance temido, él estará después tan jovial y animoso como en un jugueteo o esparcimiento.

¿Como ha de ser el discurso? ¿Qué circunstancias y calidades han de concurrir en la oración? Se ha clamado y se clama mucho contra la retórica. Pero ¿podría hablarse bellamente sin la retórica? No; lo que se quiere protestar con esto es contra las metáforas viejas, contra lo superfluo, contra la profusión, contra el fárrago inútil. Las figuras retóricas son necesarias en el lenguaje; exquisito regalo es el que haría un orador a sus oyentes si les donara un sartal de metáforas nuevas y bellas.

Se dice también que el orador ha de ser breve. Dicho así, esto no significa nada. Lo que ha de ser es preciso y concreto, Se puede ser largo y ser preciso; se puede ser breve y ser difuso. Si a un poeta o a un novelista les dijéramos que fueran breves en su poema o en su novela, se nos quedarían mirando sin comprender. La brevedad o la latitud depende del misma materia. Hay una medida en las cosas que es la que el artista debe encontrar. Y esto no se puede aprender: es obra del instinto, de la inspiración, de esa misteriosa ponderación espiritual que engendra la armonía.

XXXIX. REALZAR LAS CIRCUNSTANCIAS

Un discurso es una obra escénica completa; el orador perfecto tiene a la vez del autor dramático y del actor. Concurre al éxito del discurso mil diversas circunstancias. Tenemos, ante todo, la autoridad, el prestigio de quien habla; luego, el momento en que se habla; también la ansiedad, la expectación que se ha formado respecto a lo que se espera diga el orador; de igual manera el peligro que éste pueda correr en no ser dueño de sí mismo, es decir, en no acertar a dominarse por completo, y en las consecuencias que sus palabras pueden tener.

El orador debe saber todo esto; un orador joven es difícil que obtenga un éxito completo, íntegro; no puede darse en él todas las circunstancias que se requieren. El éxito completo, el arte maravilloso y total de la elocuencia sólo puede lograrlo un hombre de experiencia, de edad, encanecido en los negocios. Aquí tendremos la aureola que le rodea y que se ha ido formando con los años; luego, su posición social y política: el haber estado al frente de los Gobiernos, el haber sido dueño del poder; después, cierto cansancio, cierta laxitud, cierto pesimismo, cierta suave y tierna amargura del que todo lo ha visto y que hace que sus ademanes sean lentos, dulces; que sus palabras sean insinuantes, delicadas, y que en toda su persona haya cierto dejo de renunciamiento y de desinterés supremo.

El orador sabrá realzar las circunstancias. No apoye demasiado, pero tenga arte para entretener esta expectación que le rodea y en medio de la cual se ha levantado a hablar. Deténgase un momento antes de comenzar su oración en actitud inmóvil, resignada, sea quedo y suave al principio; muévase con reposo, haga con arte una transición de lo irónico a lo patético; repósese de cuando en cuando, en tanto que permanece en una actitud de supuesto cansancio; tenga una sonrisa de indulgencia, de bondad o de imperceptible desdén para el adversario.

Y si logra todo esto, si tiene este arte, no será necesario que diga grandes cosas, que use grandes palabras; él verá, y los espectadores lo advertirán y gozarán, qué maravilloso valor tiene las medias tintas, los claroscuros; cómo una palabra opaca adquiere luminosidad impensada; de qué manera una insinuación imperceptible, que no traspasa los linderos del buen gusto, es cogida, sopesada por todos y se mete en todos los corazones.

XL. LA LECTURA DE LOS CLÁSICOS

La lectura de los clásicos puede poner en el estilo escrito o en la palabra de quien los lea un dejo y un perfume de buen gusto, de elegancia y de distinción. Pero el matiz que los clásicos pongan en el estilo o en la palabra debe ser casi imperceptible; el buen discernimiento y tacto del orador o del escritor sabrá detenerse en la línea tenue que separa la elegancia de la afectación. Nada más enfadoso e insoportable que un estilo falsamente castizo. El estilo no pueden enseñarlo los clásicos; el estilo es la resultante de nuestras condiciones vitales, orgánicas.

Lo que los clásicos pueden enseñarnos y lo que en sus obras debemos aprender es a ser como ellos fueron, a hacer lo que ellos hicieron; es decir, a ser de nuestro tiempo -como ellos lo fueron del suyo-; a ser fáciles, libres; a tener desenvoltura en la expresión; a plasmar y desarticular el idioma; a no retroceder ante un desaliño, si fuera preciso, con tal de conseguir la exactitud.

La exactitud es lo que debe esforzarse en conseguir todo literato y todo orador. Para lograr esta cualidad es preciso dominar bien el idioma si no poseemos un vasto caudal de palabras y si no conocemos el valor de ellas. Pase y repase el vocabulario de su lengua el político; en él encontrará mil palabras que le servirán para nombrar exactamente las cosas y para indicar sus relaciones. Los idiomas llegan a empobrecerse con el uso diario; en los vocabularios y en el lenguaje del pueblo duermen multitud de vocablos que han desaparecido del habla culta y ciudadana. Conózcalos el orador y use de ellos con tino. De usarlos desatinadamente y en abundancia, la claridad y exactitud que se persiguen no podríamos lograrlas.

Esté, pues, atento el político a lo que dice y a cómo lo dice. Lo que ha de importarle es ser exacto; no se cuide de la brillantez. Cuando conozca el valor de las palabras y disponga de un léxico variado podrá expresar los más sutiles y delicados matices de las cosas, sus nexos misteriosos, sus cambiantes, sus afinidades, sus diferencias. Y en esto precisamente consiste el arte.

XLI. JUICIO SOBRE LAS PERSONAS

Formular en una breve frase el juicio que nos merece una persona es muy difícil y arriesgado; al proceder así nos exponemos a volver muchas veces sobre nuestro paso. La vida de un hombre está llena de accidentes, detalles y circunstancias diversas; es lo mismo que este hombre sea una gran aventurero o un gran negociante que viva en las cortes y populosas ciudades, o que sea un pobre señor retraído en una aldea. En el nivel en que están colocadas estas vidas, todos los hechos guardarán una debida proporción, y así una cosa insignificante y vulgar será para el ignorado señor lo que un ruidoso y trascendentalísimo lance para el aventurero.

Cuando se nos cuente la vida de un hombre, cuando se nos refiera de él tal o cual hecho no formulemos juicio definitivo; si nos determinamos a opinar algo sea provisionalmente y para nosotros mismos. En lo que se dice y en lo que se cuenta entra siempre la fantasía, la efusión, el modo de ser de quien lo cuenta; un detalle importantísimo para la narración, acaso se pierde; tal vez se hiperbolice un poco por querer lucir el ingenio. Todo esto hace que el relato sea indiferente, según lo cuente una u otra persona.

Y aun cuando sepamos el hecho en todas sus exactas circunstancias, aun cuando no nos queda duda alguna respecto de él, ¿cómo podremos lanzar nuestra acusación respecto de su autor? ¿Qué sabemos respecto a los móviles que ha obedecido? ¿Cómo podremos pesar y medir bien para una justicia absoluta todas las circunstancias, los matices, los sutilísimos orígenes que han determinado este hecho? Dice la frase popular que cada hombre es un mundo; no hay ninguna frase más sabia que esta frase. Cada hombre es un mundo; por debajo de las leyes y de la lógica a todos comunes, cada hombre tiene sus leyes y su lógica. ¿Cómo podremos nosotros llegar a esta lógica? ¿Cómo podremos comprender los hechos que esta lógica determina?

XLII. RENUNCIAR EN SAZÓN

No por mucho madrugar amanece más aína. Sepa el político no mostrar impaciencia en los comienzos de su carrera; no se precipite; no quiera recoger el fruto cuando aún no está maduro. Conviene que el hombre cauto sepa renunciar a un empleo, cargo o sinecura en determinadas ocasiones; muchas veces este empleo que se nos ofrece no tiene lustre, aunque sea provechoso, o no está a la altura de nuestros merecimientos. El político se verá entonces en un compromiso; él necesitará el cargo, su situación le obligará a aceptarlo, pero al mismo tiempo él comprenderá que no cuadra el cargo a su persona. En estas ocasiones sobrepóngase a sí mismo, sufra, sea abnegado, y no acepte lo que le proponen. Otras veces el cargo puede serle ofrecido con malicia; es espinoso, es difícil, y acaso él no puede salir con bien de la empresa y se estrellará en él y perjudicará su carrera. Aunque mucha sea su codicia y su ambición de honores, acierte a ver este escollo, huya de la tentación y resígnese a no ser nada por lo pronto, a esperar otro tiempo. Finalmente, el cargo que se le ofrece al político puede ser adecuado a su persona, puede concordar con sus merecimientos; pero, sin embargo, quizá sea una ventaja el renunciarlo. Si este político no tiene prisa, si está muy seguro de sí mismo y de su persona, una renuncia de éstas, una renuncia digna, solapada bajo modestia, puede serle más útil que el cargo mismo.

No es preciso decir que cuando se renuncie a un cargo por no creerlo digno con la persona, o por otro motivo de amor propio, no se debe exteriorizar la interior contrariedad; las palabra duras que se lanzan en un caso de éstos de despecho ya no se puede recoger; pasa el tiempo; viene otra situación más propicia en que pudiéramos obtener cargo mayor, y entonces vemos que por nuestra cólera, por nuestra inquietud, por nuestra irritabilidad de antaño nos hemos cortado el porvenir al ponernos mal con el que otorga las mercedes.

Siempre que renunciemos a un cargo protestemos de nuestro afecto y de nuestra gratitud a quien nos lo otorga; pretextemos para nuestra renuncia nuestros negocios particulares o nuestro estado de salud. Que nuestras palabras sean completamente cordiales: que ya, si el que otorga es inteligente, sabrás traslucir nuestros verdaderos motivos para la renuncia y nos agradecerá nuestra resignación y nuestra cordialidad; prendas que nos meterán más en su corazón para otra vez.

XLIII. ELOGIO DEL TIEMPO

Hay momentos en la vida en que nos vemos obligados a afrontar una situación extrema. No sea en estos casos violento e inexorable el político. Una ruptura, por ejemplo, si es brusca, súbita, trae su cortejo de lamentos, reproches y aun dicterios. Evítense estas escenas desagradables; la violencia no sea nunca usada por el hombre de mundo y por el político. Dejemos que haga su labor el tiempo.

El tiempo lo amansa y lo suaviza todo. Es nuestro amigo y es nuestro enemigo. Cuando el ardor de la mocedad rebulle en nuestra sangre todo lo que queremos hacer súbitamente, y a cada paso decimos que somos partidarios de las situaciones despojadas, terminantes. Pero van pasando los años; vamos viendo lo que es el mundo; un dulce sosiego ha caído sobre nuestros nervios; se han realizado ya algunas ilusiones de nuestra juventud, y entonces nos percatamos de lo que vale el tiempo y de lo que puede hacer él en la vida.

Yo y tiempo contra otros dos, decían un gran monarca. El tiempo lo borra y hace olvidar todo; entre los más formidables odios, él pone una muralla que se va paulatinamente espesando. No hay entusiasmo ni amor que resista el tiempo. El tiempo lo hace todo sin ruido, sin clamores, sin conmociones, lenta, dulcemente. Situaciones y conflictos que parecían abrumadores e irresolubles el tiempo los ha ido fundiendo y resolviendo poco a poco. Los hombres se hubieran esforzado vanamente ante los conflictos; hubieran invocado al destino, hubieran plañido y derramado lágrimas de dolor. El tiempo ha ido pasando gota a gota por la clepsidra eterna y evitando lágrimas y plañidos.

No sea nunca brutal y violento el político. No se amedrente tampoco en las situaciones difíciles. Si de afrontar en el acto una situación crítica hubieren de seguirse clamores, enemistades, daños y odios, deje que dulcemente el tiempo haga su obra. El tiempo es nuestro amigo y nuestro enemigo; él lo disuelve y resuelve todo; él todo lo amansa, lo esfuma, lo dulcifica.

XLIV. EVITAR EL ESCÁNDALO

El escándalo es el mayor enemigo de los hombres de bien,; tanto más alto estará el que sea su víctima, tanto mayor será el círculo del escándalo y tanto más será el daño que se produzca. Evite a toda costa el escándalo el político. Le sucederá alguna vez que en un corrillo, en la calle, en un salón, un concurrente le veje y le maltrate injustamente; no conteste el político a tal afrenta; si el adversario es un hombre insignificante, sobrepóngase a sí mismo y deje pasar el agravio. Podrá haber quedado lastimado su nombre; podrá haber quedado lleno de bochornos ante los circunstantes. No importa; considere que si él se empeñase en esta lucha, él sería quien perdería, él quien saldría lastimado o perjudicado, puesto que el hombre ruin y vulgar que le veja no tiene nada que perder.

Muchas veces el adversario no es un ser insignificante; es hombre de nota y digno de que se le atienda y castigue. Pero acaso no convenga tampoco entrar en liza: tal vez suceda que el adversario, que también tiene que perder algo, se alucine y consienta en perderlo con tal de hacernos perder a nosotros lo mucho que tenemos. Considere todas estas circunstancias el político; vea también antes de decidirse a vengar el agravio la situación en que se halla, lo que se puede arriesgar y las consecuencias que el lance ha de traer. Lo mejor, lo más seguro, es que nosotros no rompamos el equilibrio en que estamos, que no alteremos nada, que no hagamos con una imprudencia que todo se venga abajo. Acallemos la voz interior; dejemos pasar el tiempo; él amansará nuestro fuego interior; los hombres de bien, los desapasionados, nos darán la razón. Si tenemos un designio que cumplir, si tenemos una idea que nos guía, sigamos por nuestro camino y no nos detengamos en vanos y lamentables incidentes.

XLV. NO DUDAR DE SÍ

Los hombres que están constantemente en público necesitan vigilar mucho sobre sí. Los miran muchos ojos; se comentan sus menores gestos y ademanes; se conjeturan por lo más pequeño detalles estados de espíritu que acaso no existe. La vida de un político eminente es una vida en cierto modo dramática: el público la presencia profundamente interesado. Lo que interesa al público en cada momento es la probabilidad de triunfo o de fracaso. "¿Saldrá con bien de esta empresa este hombre? -se preguntan los espectadores-. ¿Será para él un tremendo fracaso?"

Medite bien el político la empresa, mejora o reforma que va a cometer; reflexione sobre ello; consulte a personas entendidas en la materia; pida también la opinión -quizá la más valiosa- de aquellas otras personas que, sin estar versadas en la materia, sin ser eruditas y cultas, tienen experiencia del mundo, se mezclan a las gentes y poseen despejo y dones naturales. Cuando el político haya reflexionado sobre la reforma que prepara, cuando se esté de acuerdo en que es oportuna y beneficiosa, entonces échela al mundo y hágala prosperar con todas sus fuerzas. El tesón debe ser una de las primeras cualidades del político. No abandone nunca la obra que comenzó cerciorado de su pertinencia y utilidad. Trabaje con ahínco por ella; conságrale todo su tiempo y toda su energía: Si sus esfuerzos no logran éxito lisonjero, tiempo vendrá en que será reconocida su buena voluntad y en que todas las miradas se volverán a él en demanda de sus iniciativas.

Sea esto dicho en lo que respecta a las obras importantes del Gobierno. Hay también en la vida diaria del político muchos hechos pequeños, sin mucha trascendencia, en los que es preciso reparar también. Lo que el político debe procurar ante todo es que los espectadores no vean que él duda de sí. La indecisión, la perplejidad, no se deben ofrecer al público; un público que tiene confianza en un hombre, que le está observando, que le ve cómo se lanza a hacer una cosa y que contempla cómo este hombre a mitad de su camino se detiene, mira a todos lados y duda; un público que ve esto, duda también del hombre a quien contempla. Si el político duda de sí ¿cómo no han de dudar los que le miran?

No haya estas perplejidad e indecisiones en el ánimo del político; si las tuviera, sean para él solo; que los espectadores no las advierten. Ante los espectadores, ante el público, ante la muchedumbre, un político debe ser un hombre entero, dueño absoluto de sí, con una idea directriz, con una fuerza que va a su finalidad y sabe vencer todos los obstáculos.

XLVI. ELEGIR EL RETIRO

Si el tiempo o los achaques le hicieren inútil para la vida pública, sepa determinarse a la retirada. Y si la vida cortesana -que es la mejor vida- no le agradare o no le conviniere, sepa también elegir un lugar de retiro.

Tienen un encanto profundo estos viejos pueblos que han sido medio destierro y medio retiro de grandes personajes; estos hombres eminentes han dejado en ellos como un hálito y un perfume de amarguras, esperanzas frustradas y desengaños. En 1426, el infante don Enrique de Aragón se retiró a Consuegra; Ocaña fue el destierro de don Juan de Austria, el hijo de Felipe IV; en Toro, con su colegiata, sus caserones y el noble Duero, paseó sus tristeza, después de veintidós años de mando y de poder, el conde-duque de Olivares. Que el pueblo que elija nuestro político sea apropiado a sus gustos, inclinaciones y complexión; no haga en él vida apartada y solitaria; no le falten los ánimos; el conde-duque, después de haber sido ministro universal del Imperio Español, se allanó a ser corregidor de una corta ciudad. No de él político en el desvanecimiento de creer que en los pueblos y aldeas los moradores han de ser personajes refinados y sabios; la aldea es la aldea y la corte es la corte. Confórmese con el trato llano y sencillo; interésese en las labores de la tierra; converse con los oficiales y artesanos. Todo este mundo de los pequeños alhaquines o tejedores, de los peltreros, de los percoceros o modestos plateros, de los herreros, de los carpinteros, tiene su encanto. Las ideas y venidas, las ansias y las pasiones son las mismas, pero en otra escala que las de los grandes. Siga la vida de la ciudad; estudie sus matices, sepa el encanto que tiene un ocaso; aprecie el concierto de la hora con los ruidos de las herrerías, con el canto de los gallos y el tañer sonoro de las campanas; en la primavera vea surgir poco a poco la vida en la campiña; extasiase con los tornasoles del cielo, y escuche -como a viejo e implacable amigo- el tictac del vetusto reloj en la ancha estancia.

XLVII. VALOR DE LAS MÁXIMAS Y FINAL

Hemos llegado a la última máxima: mucho más se podría escribir. La última máxima habrá de ser una apreciación sobre las máximas. A lo largo de estas páginas y precedentes se ha ido insistiendo sobre la diversidad y sutilidad de la vida; la vida es tan varia y contradictoria que no puede decirse por adelantado lo que se deberá hacer en tal o cual trance. Éste es uno de los escollos de los sistemas de moral cerrado, racionales. La máximas, los métodos, los preceptos, sólo tienen un valor relativo; son producto de la experiencia; pero la experiencia más fina, más avisada, ¿se atreverá a decir que todas las circunstancias que se han reunido en un caso se reunirán en otro? ¿Se atreverá a afirmar que como se ha procedido en ese caso pasado se debe proceder en el futuro? Lo que la experiencia, lo que la discreción, lo que la sabiduría puede decir es que en tales casos pasados el proceder de este o del otro modo dio un excelente resultado; el corolario inmediato de tal enseñanza es que será probable que, si las circunstancias son las mismas en otro caso, el resultado sea idéntico también. No llega a más la discreción; luego el hombre cuerdo, el prudente, el avisado, en presencia de un caso ya previsto podrá ver si todas las circunstancias son iguales, si son iguales el tiempo, el lugar, las personas, las consecuencias del acto, sus antecedentes, y con arreglo a todo esto proceder de acuerdo con la experiencia, o bien apartarse de ella.

En materias tan sutiles como la política y la moral, ¿cómo sería posible dar por adelantado un canon que al moralista o al político sirviese de norma? El tiempo no pasa en balde; circunstancias, matices y aspectos que creemos que son los mismos han sufrido alguna alteración. Y ¿quién no sabe que en estas materias de la política y de la ética, en que el elemento afectivo entra por tanto, un matiz, un detalle fútil, un pormenor insignificante lo es todo? Y luego, ¿no hay sobre la ley, sobre la experiencia, sobre el precedente, sobre el pasado, sobre la legislación, sobre la costumbre una moral más alta, una ley más elevada que no se puede definir, que no se puede concretar, que es etérea, que es inefable, y según la cual en una hora determinada, en un momento dado, procedemos?


Epílogo futurista

Buenos días, querido maestro. ¿Qué tal? ¿Cómo está usted?

-Ya lo está usted viendo; siempre en mi taller enfrascado en mi grande obra.

-¿Habla usted de esa obra magna, admirable, que todos esperamos: La prehistoria?

-En efecto: en ella estoy ocupado en estos momentos. Ya poco falta para que la dé por terminada definitivamente.

-¿Habrá usted llegado, acaso, a los linderos de las épocas modernas históricas?

-Acabo, sí señor, de poner los últimos trazos a mi descripción del periodo de la electricidad.

-¿Será un interesante periodo ese de la electricidad?

-Es el último estado de la evolución del hombre primitivo; ya desde aquí comienza la profunda transformación que los historiadores conocen, es decir, comienza la era del verdadero hombre civilizado.

-Perfectamente, querido maestro. Y ¿ha logrado muchas noticias de este oscuro y misterioso periodo?

-He logrado, ante todo, determinar cómo vivían estos seres extraños que nos han precedido a nosotros en el usufructo del planeta. Sé, por ejemplo, de una manera positiva, que estos seres vivían reunidos, amontonados, apretados en aglomeraciones de viviendas que, al parecer, se designaban con el nombre de ciudades.

-Es verdaderamente curioso, extraordinario, lo que usted me cuenta. Y ¿cómo podían vivir estos seres en esas aglomeraciones de viviendas? ¿Cómo podían respirar, moverse, bañarse en el sol, gozar del silencio, sentir la sensación exquisita de la soledad? Y ¿cómo eran esas viviendas? ¿Eran todas iguales? ¿ Las hacían diversas, cada cual a su capricho?

-No; estas casas no eran todas iguales: eran diferentes; unas, mayores; otras, más chicas; unas cómodas, anchas; otras molestas, angostas.

-¿Ha dicho usted, querido maestro, que unas eran molestas, angostas? Y dígame usted, ¿cómo podía ser esto?¿Cómo podía haber seres que tuviesen el gusto de habitar en viviendas molestas, estrechas, antihigiénicas?

-Ellos no tenían este capricho; pero forzaban a vivir de este modo las circunstancias del medio social en que se movían.

-No comprendo nada de los que usted quiere decirme.

-Quiero decir que en las épocas primitivas había unos seres que disponían de todos los medios de vivir, y otros, en cambio, que no disponían de estos medios.

-Es interesante, extraño, lo que usted dice. ¿Porqué motivos estos seres no disponían de medios?

-Estos seres eran lo que entonces se llamaban pobres.

-¡Pobres! ¡Qué palabra tan curiosa! Y ¿qué hacían esos pobres?

-Esos pobres trabajaban.

-¿Esos pobres trabajaban? Y si trabajaban esos pobres, ¿ cómo no tenían medios de vida? ¿Cómo eran ellos los que vivían en las casas chiquitas?

-Esos pobres trabajaban, pero no era por cuenta propia.

-¿Cómo, querido maestro, se puede trabajar si no es por cuenta propia? No le entiendo a usted; explíqueme usted esto.

-Quiero decir que estos seres que no tenían medios de vida, con objeto de allegarse la subsistencia diaria, se reunían a trabajar en unos edificios que, según he averiguado, llevaban el título de fábricas.

-Y ¿qué iban ganando con reunirse en esas fábricas?

-Allí todos los días les daban un jornal.

-¿Dice usted jornal? ¡Será éste algún vocablo de la época!

-Jornal es, efectivamente, una palabra cuya significación hoy no comprendemos: jornal era un cierto número de monedas que, diariamente se les adjudicaba por su trabajo.

-Un momento, querido maestro; perdóneme usted otra vez. He oído que ha dicho monedas. ¿Qué es esto de monedas?

-Monedas eran unos pedazos de metal, redondos.

-¿Para qué eran estos pedazos de metal, redondos?

-Estos pedazos, entregándolos al posesor de una cosa, este posesor entregaba la cosa.

-Y este posesor, ¿no entregaba las cosas si no se les daba estos pedazos de metal?

-Parece ser que, en efecto, no las entregaba.

-¡Eran unos seres extraños estos posesores! Y ¿para qué querían ellos estos pedazos de metal?

-Parece ser también que cuantos más pedazos de éstos se tenían, era mejor.

-¿Era mejor? ¿Porqué? ¿Es que estos pedazos no los podía tener todo el que los quisiera?

-No, no podían tenerlos todos.

-¿Porqué motivos?

-Porque el que los tomaban sin ser suyos era encerrado en una cosa que llamaban cárcel.

-¡Cárcel! ¿Qué significa esto de cárcel?

-Cárcel era un edificio donde metían a uno seres que hacían lo que los demás no querían que hiciesen.

-¿Y por qué se dejaban ellos meter allí?

-No tenían otro remedio; había otros seres con fusiles que les obligaban a ello.

-¿He oído mal? ¿Es fusiles lo que acaba usted de decir?

-He dicho, sí señor, fusiles.

-¿Qué es esto de fusiles?

-Fusiles eran unas armas de que iban provistos alguno seres.

-¿Y con qué objeto llevaban los fusiles?

-Para matar a los demás hombres en las guerras.

-¡Para matar a los demás hombres! Esto es enorme, colosal, querido maestro. ¿Se mataban los hombres unos a los otros?

-Se mataban los hombres unos a otros.

-¿Puedo creerlo?¿Es cierto?

-Es cierto; le doy a usted mi palabra de honor.

-Me vuelve usted a dejar estupefacto, maravillado, querido maestro. No sé qué es lo que usted trata de regalarme con sus últimas palabras.

-¿He hablado del honor?

-Ha hablado usted del honor.

-Perdone usted; está es mi obsesión actual; éste es el punto flaco de mi libro; ésta es mi profunda contrariedad, He repetido instintivamente una palabra que he visto con profusión en los documentos de la época y cuyo sentido no he llegado a alcanzar. Le he explicado a usted lo que eran las ciudades, los pobres, las fábricas, el jornal, las monedas, la cárcel y los fusiles; pero no puedo explicarle a usted lo que era el honor.

-Tal vez ésta era la cosa que más locuras disparates hacía cometer a los hombres.

-Es posible...

 


Notas
(1)- Vulpeja = zorro (N. del E.)    (Volver al Texto)

La Editorial
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Azorín (José Ruiz Martinez) - El Político