Hilaire Belloc: Las Grandes Herejías |
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En el corazón de la Edad Media, justo cuando estaba llegando a su fase más espléndida, en el gran Siglo XIII, surgió un singular y poderoso ataque a la Iglesia Católica y a toda la cultura que la misma defendía que fue completamente rechazado.
Fue un ataque, no sólo a la religión que hizo nuestra civilización, sino a la civilización misma, y su nombre genérico en la Historia es “La Herejía Albigense”.
En el caso de este gran conflicto debemos proceder, al igual que en el de todos nuestros otros ejemplos, examinando primero la naturaleza de la doctrina que se estableció en contra del cuerpo de verdades enseñado por la Iglesia Católica.
La falsa doctrina, de la cual la versión de los albigenses constituyó un ejemplo principal, ha estado siempre latente entre los hombres bajo variadas formas, no sólo en la civilización del cristianismo sino en todos aquellos lugares y en todos los momentos en que las personas tuvieron que considerar los problemas fundamentales de la vida; lo cual equivale a decir: siempre y en todas partes. Pero, en este momento de la Historia, sucedió que el fenómeno adquirió una forma particularmente concentrada. Fue entonces cuando las falsas doctrinas que estamos por examinar se destacaron con mayor nitidez y pueden ser apreciadas de un modo más claro. Por los efectos que la herejía tuvo cuando estuvo en su punto más alto de vitalidad podemos estimar los males que ocasionan doctrinas similares, sea cuando fuere que aparecen.
Durante el período cristiano, este permanente conflicto de la mente humana creció y se acumuló en tres grandes oleadas y de ellas el episodio albigense fue tan sólo el central. La primera gran oleada fue la tendencia maniquea de los primeros siglos cristianos. La tercera fue el movimiento puritano en Europa, acompañando a la Reforma y la secuela de esa enfermedad, el jansenismo. El primer movimiento fuerte de la especie quedó agotado antes del fin del Siglo VIII. El segundo fue destruido cuando el movimiento definidamente albigense fue erradicado en el Siglo XIII. El tercero, la oleada puritana, se encuentra declinando recién ahora, después de haber producido toda clase de males.
Ahora bien, ¿qué es esta tendencia general o disposición que, por su nombre más antiguo, se llamó maniquea, que se denominó albigense en la forma más nítida que estamos por tratar, y que la Historia moderna conoce como puritanismo? ¿Cuál es el motivo subyacente que produce herejías de esta clase?
Para contestar a esa pregunta principal debemos considerar una verdad primaria de la Iglesia Católica misma que, en breve, ha sido formulada como sigue: “La Iglesia Católica está fundada sobre el reconocimiento del dolor y la muerte.” En su forma más completa, la frase debería decir más bien: “La Iglesia Católica se halla arraigada en el reconocimiento del sufrimiento y la mortalidad y en su afirmación de ofrecer una solución al problema que presentan.” Este problema se conoce generalmente como “el problema del mal”.
¿Cómo podemos llamar glorioso al destino del ser humano, y al cielo su meta, y a su Creador infinitamente bueno y todopoderoso, cuando nos encontramos sujetos al sufrimiento y a la muerte?
Casi todas las personas jóvenes e inocentes apenas si tienen conciencia de este problema. Qué tanta conciencia pueden tener depende de las fortunas que poseen, de lo temprano hayan sido expuestas a pérdidas por muerte, o de lo pronto que puedan haber sufrido un gran dolor físico o incluso mental. Pero tarde o temprano todo ser humano que piensa en absoluto, cualquiera que no sea un idiota, se enfrenta al problema del mal. Y en la medida en que observamos a la raza humana tratando de llegar mediante el pensamiento al significado del universo, o aceptando la Revelación sobre ese significado, o siguiendo tortuosas y falsas religiones parciales o filosofías, la hallamos siempre profundamente preocupada por esa insistente pregunta: “¿Por qué habremos de sufrir? ¿Por qué habremos de morir?”
Se han propuesto varios caminos para escapar del torturante enigma. El más simple y burdo es el de no enfrentarlo en absoluto; es el de desviar la mirada del sufrimiento y de la muerte pretendiendo que no están allí; o bien proceder a ocultar nuestros sentimientos cuando se arrojan sobre nosotros con tanta insistencia que no podemos seguir sosteniendo la pretensión. Y también es parte del peor modo de tratar el problema, la actitud de boicotear la mención del mal y del sufrimiento tratando de olvidarlos todo lo que se pueda.
Otro camino, menos grosero pero intelectualmente igual de desdeñable, es afirmar que el problema no existe porque todos somos parte de una cosa muerta y sin significado detrás de la cual no hay ningún Dios creador: es afirmar que no existe una realidad en el bien y en el mal y en la concepción de la beatitud o de la miseria.
Otro camino, que fue el favorito de la alta civilización pagana de la que surgimos – el camino de los grandes romanos y los grandes griegos – es el camino del estoicismo. En forma vulgar, podríamos llamarlo “la filosofía del sonríe y sopórtalo”. Algún que otro académico lo ha designado como “la religión permanente de la humanidad” pero por cierto que no es nada de eso; aunque más no sea porque no es una religión en absoluto. Esta actitud posee al menos la nobleza de enfrentar los hechos, pero no propone ninguna solución. Resulta manifiestamente negativa.
Otro camino es el profundo pero desesperanzado del Asia, del cual el mayor ejemplo es el del budismo: la filosofía que considera al individuo como una ilusión y nos alienta a deshacernos del deseo de la inmortalidad para intentar fundirnos con la vida impersonal del universo.
A la solución católica todos la conocemos. No es que la Iglesia Católica haya propuesto una solución completa al problema del mal ya que la pretensión y función de la Iglesia ha sido la de salvar almas y no la de explicar completamente la naturaleza de las cosas. Pero sobre este problema en particular la Iglesia Católica tiene una respuesta muy definida dentro de su propio campo de acción. Lo que afirma es que, primero, la naturaleza del hombre es inmortal y hecha para la beatitud; después, que la mortalidad y el dolor son el resultado de su Caída, esto es: de su rebelión contra la voluntad de Dios. La Iglesia dice que, desde la Caída, nuestra vida mortal, de acuerdo con nuestro comportamiento, es una ordalía o prueba en la que recuperamos (aunque mediante los méritos de nuestro Salvador) esa inmortal beatitud que perdimos.
Ahora bien, el maniqueo se sintió tan abrumado por la experiencia o por la perspectiva del sufrimiento y por el aterrador hecho de que su naturaleza era mortal, que se refugió en la negación de la omnipotente bondad de un Creador. Afirmó que el mal se hallaba tan activo en el universo como el bien; que los dos principios se encontraban siempre combatiéndose entre si como iguales. El hombre se hallaba sujeto tanto al uno como al otro. Si podía luchar en absoluto debía combatir por unirse al principio del bien y evitar el principio del mal, pero debía tratar al mal como una cosa todopoderosa. El maniqueo reconoció tanto a un dios bueno como a un dios malo y dispuso su mente en concordancia con esa tremenda concepción.
Tal estado de ánimo engendró toda clase de efectos secundarios. En algunas personas conduciría a la adoración del demonio; en muchas más a la magia, esto es: a la dependencia de algo diferente del propio libre albedrío, a trucos mediante los cuales podríamos repeler el poder maligno o engañarlo. De modo bastante paradójico, también condujo a realizar una buena cantidad de maldades en forma deliberada, ya sea con la excusa de que era inevitable o bien con la de que no importaba porque de cualquier manera estamos bajo el imperio de algo igual de fuerte que el poder del bien y por lo tanto nada impedía optar por actuar en consecuencia.
Pero hubo una cosa que el maniqueo de todo tipo siempre sintió y fue que la materia pertenecía al lado malo de las cosas. A pesar de que puede haber bastante mal de índole espiritual, aún así el bien tiene que ser completamente espiritual. Esto es algo que se encuentra no sólo en los primeros maniqueos, no sólo en los albigenses de la Edad Media, sino hasta en los más modernos de los puritanos que quedan. Parece estar conectado con el estado de ánimo maniqueo en todas sus formas. La materia está expuesta a decaer y por lo tanto es mala. Nuestros cuerpos son malos. Sus apetitos son malos. Esta idea se ramifica en toda clase de detalles absurdos. El vino es malo. Prácticamente todo placer físico, o medianamente físico, es malo y así sucesivamente. Cualquiera que lea los detalles de la historia albigense se sorprenderá una y otra vez de la actitud singularmente moderna de estos antiguos herejes porque descubrirá que tenían las mismas raíces que los puritanos que todavía sobreviven tristemente entre nosotros.
De aquí derivan las líneas principales que se completaron en detalle a medida en que se extendió el movimiento albigense. Nuestros cuerpos son materiales, decaen y mueren. Por lo tanto fue el dios malo el que hizo al cuerpo humano mientras el dios bueno hizo el alma. De allí también que Nuestro Señor sólo aparentemente se revistió de un cuerpo humano. Sólo sufrió aparentemente. De aquí también la negación de la Resurrección.
Debido a que la Iglesia Católica estuvo fuertemente en contra de actitudes de esta clase, siempre existió un conflicto irreconciliable entre ella y el maniqueo o el puritano; y la forma de este conflicto nunca fue más violenta que la adquirida durante la lucha que se entabló en el Occidente europeo entre los albigenses y la Iglesia Católica organizada del momento (Siglos XI y XII). El papado, la jerarquía, el cuerpo entero de la doctrina católica y los sacramentos católicos establecidos fueron el blanco de la ofensiva albigense.
La cuestión maniquea, toda vez que surge en la Historia, aparece como lo hacen ciertas epidemias que afectan al cuerpo humano. Viene de lugares difíciles de establecer. Emerge en varios centros, aumenta su poder y al final se convierte en una especie de plaga devastadora. Así sucedió con la gran Furia Albigense de hace 800 o 900 años atrás. Sus orígenes son, por lo tanto, oscuros; pero podemos rastrearlos.
El Siglo XI, el período de los años entre el 1000 y el 1100, puede ser llamado como el del despertar de Europa. Nuestra civilización justo acababa de pasar por aterradoras pruebas. El Occidente había sido saqueado por tropeles de piratas paganos procedentes del Norte – los, al principio, no convertidos y más tarde sólo semi-convertidos escandinavos – y en algunas partes el cristianismo casi se extinguió. Había sido sacudido por los saqueadores mongoles del Este, paganos que en hordas cabalgaron sobre Europa desde las planicies del Norte de Asia. Y había sufrido el gran ataque mahometano sobre el Mediterráneo por el cual casi toda España quedó ocupada, se sojuzgó permanentemente el Norte de África y Siria quedando el Asia Menor y Constantinopla amenazadas.
Europa había estado sitiada pero había empezado a rechazar a sus enemigos. Los piratas del norte fueron derrotados y sometidos. Los recientemente civilizados germanos {[13]} atacaron a los mongoles y salvaron al Danubio superior y a una franja de tierra fronteriza hacia el Este. Más hacia el Este también los eslavos cristianos se organizaron. Fueron los comienzos del Reino de Polonia. Pero el principal campo de batalla fue España. Allí, durante este Siglo XI, el poder mahometano fue rechazado de una frontera fluctuante hasta otra más al Sur hasta que mucho antes del fin del Siglo XI el grueso de la península fue recapturado para el dominio cristiano. Junto con este éxito material se produjo – constituyendo tanto una causa como un efecto – un fuerte despertar de la inteligencia en materia de disputas filosóficas y de nuevas especulaciones en ciencias físicas. Comenzó uno de esos períodos que de tanto en tanto aparecen en la Historia de nuestra raza en los que, por decirlo así, “la primavera está en el aire”. La filosofía se hizo vigorosa, la arquitectura se expandió, la sociedad comenzó a ser más organizada y las autoridades civiles y eclesiásticas empezaron a extender y a codificar sus poderes.
Toda esta nueva vitalidad impulsó el vigor tanto de la herejía como de la ortodoxia. Comenzaron a aparecer desde el Este, surgiendo aquí y allá pero en general a lo largo de las líneas de avance hacia el Oeste, individuos o pequeñas comunidades que proponían y propagaban una forma nueva – y, según ellos, purificada – de religión.
Aparentemente, antes de aparecer en Italia estas comunidades tenían alguna fuerza en los Balcanes. Parecen haber adquirido algo de fuerza en el Norte de Italia antes de aparecer en Francia, si bien sería en Francia que tendría lugar el conflicto principal. Se los conoció bajo diferentes nombres; “paulicianos” por ejemplo, o bien un nombre que hacía referencia a su origen búlgaro. En general se los conoció como “Los Puros”. Por su parte, ellos mismos preferían darse ese epíteto poniéndolo en griego y haciéndose llamar “Cathari” o cátaros. Toda la historia de este oscuro avance del peligro proveniente del Este de Europa ha quedado tan perdido en el posterior fulgor de gloria que se produjo durante el Siglo XIII cuando la Cristiandad llegó a la cima de su civilización, que los orígenes albigenses quedaron olvidados y su oscuridad se acentúa por la sombra que esa gloria posterior arroja sobre ellos. Sin embargo su influencia fue tanto extendida como peligrosa y hubo un momento en que pareció que nos iría a socavar por completo. Los Concilios de la Iglesia tomaron muy pronto conciencia de lo que estaba sucediendo, pero el fenómeno era difícil de definir y de controlar. En Arras, en Flandes, a una fecha tan temprana como 1025, un Concilio condenó ciertas proposiciones herejes de esa clase. Otra vez a mediados de ese siglo, en 1049, hubo una condena más general emitida por un Concilio reunido en Reims, en Champagne.
Toda la influencia pendió como un miasma o como una niebla ponzoñosa que se mueve sobre la superficie de un ancho valle y se estaciona a veces aquí y a veces allá. Comenzó a concentrarse y tomar forma de un modo fuerte en el Sur de Francia y sería allí en dónde se produciría el choque definitivo entre ella y la fuerza organizada de la Europa Católica.
En su definición y fortalecimiento a la herejía la ayudó el efecto de la primer gran marcha Cruzada que sacudió a toda Europa y la inundó de nuevas influencias procedentes del Este a la par que estimuló toda clase de actividades en el Oeste. Esa marcha, como hemos visto en una página anterior, coincidió con el final exacto del Siglo XI. Jerusalén fue capturada en 1099. Fue en el siglo siguiente, en el XII (1.100 a 1200 DC) que se manifestaron sus efectos. Fue una época considerablemente avanzada si se la compara con las anteriores. Comenzaban a surgir las universidades, así como los cuerpos de representantes llamados parlamentos, y apareció el primer arco apuntado, el “gótico”. La totalidad de la verdadera Edad Media empezó a brotar de la tierra. En esa atmósfera de vigor y crecimiento los cátaros se fortalecieron de la misma manera en que lo hicieron también todas las demás fuerzas que los rodeaban. Fue a principios de este Siglo XII que el fenómeno comenzó a ser alarmante y antes de promediar el siglo los franceses del Norte ya estaban urgiendo al papado a actuar.
El papa Eugenio envió un Legado al Sur de Francia para ver qué se podía hacer y San Bernardo, el gran orador ortodoxo de ese vital período, predicó contra ellos. Pero no se empleó la fuerza. No había una verdadera organización preparada para hacerle frente a los herejes, si bien las personas previsoras estaban demandando una acción vigorosa para que la sociedad pudiese salvarse. Al final, el peligro se volvió alarmante. En 1163 un gran Concilio de la Iglesia, celebrado en Tours, estableció la característica y el nombre por el cual se designaría el fenómeno. El nombre fue el de “albigenses”, y ha quedado desde entonces.
Es un título engañoso. El distrito albigense (conocido en francés como “Albigeois”) es prácticamente el mismo que el Departamento de Tarn, en las montañas francesas centrales: un distrito cuya capital es la ciudad de Albi. No hay duda de que algunos de los misionarios herejes provinieron de allí y sugirieron ese nombre, pero la fuerza del movimiento no estuvo allá en las escasamente pobladas montañas sino en las ricas planicies hacia el Mediterráneo, en aquella región que se llamaba “Langue d’Oc”; un gran distrito cuya capital era Tolouse. Ya unos años antes de que el Concilio de Tours estableciese la etiqueta y el nombre del movimiento ahora subversivo, Pedro de Bruys había predicado las nuevas doctrinas por el “Langue d’Oc” y, con él, un compañero de nombre Enrique había deambulado predicándolas en Lausanne, en lo que es la Suiza actual, y más tarde en Le Mans, en Francia del Norte. Es de notar que la población se exasperó tanto con el primero de los nombrados que lo tomaron prisionero y lo quemaron vivo.
Pero hasta ese momento no se produjo ninguna acción oficial contra los “albigenses” y todavía se les permitió desarrollar rápidamente sus fuerzas durante años y más años, con la esperanza de que las armas espirituales fuesen suficientes para hacerles frente. El papado esperó contra toda esperanza la posibilidad de encontrar una solución pacífica. El punto de inflexión se produjo en 1167. Los albigenses, plenamente organizados ya como una contra-Iglesia (en forma bastante similar a cómo el calvinismo se organizaría en contra-Iglesia cuatrocientos años más tarde), celebraron un concilio general propio en Tolouse y se hizo evidente que la mayor parte de la pequeña nobleza – que, compuesta por Señores de poblados individuales, constituía la masa del poder militar en el centro de Francia – se hallaba en favor del movimiento. En aquellos días Europa Occidental no estaba organizada, como lo está hoy, en grandes naciones centralizadas. Era lo que se llama “feudal”. Señores de pequeños distritos se agrupaban bajo Señores más poderosos y éstos, a su vez, bajo hombres muy poderosos que constituían la autoridad en provincias unificadas pero débilmente aglutinadas. En realidad, el verdadero soberano local era un duque de Normandía, un conde de Tolouse, o un conde de Provenza. Le debía honores y fidelidad al Rey de Francia, pero nada más.
Ahora bien, la masa de estos Señores menores del Sur favoreció al movimiento – como que desde entonces muchos otros movimientos herejes han sido favorecidos por la misma clase de hombres – porque a través de él percibían la posibilidad de un beneficio privado obtenido a costa de los bienes territoriales de la Iglesia. Ése había sido siempre el motivo principal de estas revueltas. Pero había otro motivo adicional: los celos que se sentían en la Francia del Sur contra el espíritu y el carácter de la Francia del Norte. Existía una diferencia de idioma y una diferencia de carácter entre las dos mitades de lo que nominalmente constituía la monarquía francesa. Los franceses del Norte comenzaron a clamar otra vez por la supresión de la herejía del Sur y, con ello, encendieron la llama. Al final, el 1194, después de la pérdida de Jerusalén y del fracaso de la Tercera Cruzada en recuperarla, el fenómeno estalló. Ese año, el conde de Tolouse, el soberano local, tomó partido por los herejes. Por fin, el gran papa que fue Inocencio III comenzó a moverse. Era más que tiempo de hacerlo; de hecho, casi ya era demasiado tarde. El papado había aconsejado optar por una demora, con la tenue esperanza de obtener la paz espiritual por medio de la predicación y el ejemplo; pero el único resultado de la demora fue dejar que el mal creciera hasta adquirir dimensiones que ponían en peligro a toda nuestra cultura.
Hasta qué punto esa cultura se hallaba en peligro es algo que puede verse por los principales dogmas que se enseñaban y practicaban abiertamente. Se abandonaron todos los sacramentos. En su lugar se adoptó un extraño ritual, llamado “la consolación”, en el cual se profesaba que se purificaba el alma. Se atacó la propagación de la especie; se condenó el matrimonio y los líderes de la secta difundieron todas las extravagancias que es dado encontrar alrededor del maniqueísmo o del puritanismo, sea dónde fuere que éste aparezca. El vino era maléfico; la carne era maléfica; la guerra estaba siempre absolutamente mal, del mismo modo que la pena capital. Pero el pecado más imperdonable era la reconciliación con la Iglesia Católica. En esto también lo albigenses se ajustaron al modelo. Todas las herejías hacen de ello su punto principal.
Se hizo obvio que el fenómeno tenía que terminar en una decisión por las armas ya que, a esta altura, el gobierno local del Sur estaba apoyando esta nueva contra-Iglesia altamente organizada y, si la misma se hacía tan sólo un poco más fuerte, toda nuestra civilización colapsaría ante ella. La simplicidad de la doctrina, con su sistema dual del bien y del mal, con su negación de la Encarnación y los principales misterios cristianos y su anti-sacramentalismo, su denuncia de la riqueza clerical y su patrioterismo chauvinista – todo esto comenzó a atraer a las masas en las ciudades al igual que a los nobles. Aún así, Inocencio, por más grande que haya sido como papa, aún vacilaba como tiende a vacilar todo estadista antes de apelar concretamente a las armas; pero hasta él, justo antes del fin del Siglo, insinuó la necesidad de una cruzada.
Cuando viniese el combate, necesariamente sería algo así como la conquista de la parte Sur de Francia – o más bien de su rincón Sudoriental, entre el Ródano y las montañas, con Toulouse como capital – por parte de los barones del Norte.
Sin embargo, la cruzada se detuvo. El cambio de Siglo pasó y sólo después Raimundo, conde de Toulouse (Raimundo VI), asustado por la amenaza del Norte, prometió cambiar y le retiró su apoyo al movimiento subversivo. Hasta prometió exiliar a los líderes de la ahora ya fuertemente organizada contra-Iglesia. Pero no fue sincero. Sus simpatías siguieron estando con sus semejantes del Sur, con la masa de combatientes, con sus partidarios, con los pequeños Señores del Langue d’Oc, quienes estaban profundamente involucrados con las nuevas doctrinas. Santo Domingo de Guzmán, proveniente de España, se convirtió por la fuerza de su carácter y la rectitud de su intención en el alma de la reacción en ciernes. En 1207 el papa le pidió al Rey de Francia, en su condición de soberano y Señor con autoridad sobre Toulouse, que utilizara la fuerza. Casi todas las ciudades del Sureste ya se hallaban afectadas. Muchas estaban completamente en manos de los herejes y cuando Castelnau, el Legado papal, fue asesinado – presumiblemente con la complicidad del conde de Toulouse – la demanda de una cruzada se renovó y enfatizó. Poco después de este asesinato comenzaron los combates.
El hombre que se destacó como el mayor líder de la campaña fue cierto Señor, no muy importante y más bien pobre, de un señorío norteño – un lugar pequeño pero fortificado llamado Monfort, a un día de marcha desde París por el camino a Normandía.
Todavía pueden verse las ruinas del lugar, de pié aún entre la arbolada campiña que las rodea. Queda algo al Norte del camino principal entre París y Chartres: un cerro abrupto, más bien aislado, en medio del paisaje. A ese pequeño cerro aislado y fortificado le había quedado el nombre de “el cerro fuerte” (mont fort) y Simón tomó su nombre de ese ancestral señorío.
Cuando la lucha comenzó, Raimundo de Toulouse se hallaba al final de su sabiduría. El Rey de Francia se estaba convirtiendo en más poderoso de lo que había sido. Hacía poco había confiscado las propiedades y todos los señoríos de los Plantagenetas en el Norte de Francia. Juan, el rey Plantageneta de Inglaterra, que hablaba en francés como lo hacía toda la clase superior de Inglaterra en aquellos días, era también (bajo el Rey de Francia) Señor de Normandía , de Maine y de Anjou; y, por herencia materna, Señor de la mitad del país al Sur del Loira: Aquitania. Toda la parte Norte de estas extensas posesiones que iban desde el Canal de la Mancha hasta las montañas centrales habían caído de un sólo golpe en manos del Rey de Francia cuando los pares de Juan de Inglaterra lo condenaron a perderlas. Raimundo de Tolouse temía correr la misma suerte. Pero aún se sentía tibio. A pesar de que marchó con los cruzados en contra de algunas de sus propias ciudades rebeladas contra la Iglesia, en su corazón deseaba que los norteños fuesen derrotados. Ya había sido excomulgado una vez. Volvió a serlo en Avignón, en 1209, el primer año de la lucha principal.
Esa lucha fue muy violenta. Se produjo una espantosa carnicería con el saqueo de las ciudades, y apareció lo que el papa más había temido: el peligro de que los motivos financieros concurriesen a envenenar el ya de por sí horrendo asunto. Los Señores del Sur naturalmente demandarían que las propiedades de los herejes conquistados se distribuyesen entre ellos. Hubo aún otro intento de reconciliación, pero Raimundo de Tolouse, probablemente desesperado por la previsión de que lo dejasen solo, se preparó para resistir. En 1207 fue declarado fuera de la ley por la Iglesia y, al igual que Juan, sus posesiones se le dieron por perdidas de acuerdo con la ley feudal.
El momento crítico de toda la campaña vino en 1213. Es probable que las fuerzas de los barones franceses del Norte hubieran superado en fuerza a las del Sur si Raimundo de Toulouse no hubiera podido conseguir aliados. Pero dos años después de su excomunión final y su desposesión, aparecieron de pronto en escena aliados muy poderosos que se pusieron de su lado. Pareció seguro que la marea se revertiría y que la causa albigense resultaría triunfadora. Con su victoria, colapsaría el reino de Francia y la causa católica en Europa Occidental. Ese corto período de años fue, por lo tanto, decisivo para el futuro. Fue entonces que una gran coalición, conducida por el ahora despojado Juan y apoyada por los alemanes, marchó contra el rey de Francia en el Norte y fracasó. Venciendo grandes dificultades, el rey francés consiguió la victoria de Bouvines, cerca de Lille (29 de Agosto de 1214). Pero ya el año anterior otra victoria decisiva de los Señores del Norte contra los albigenses del Sur había preparado el camino.
Los nuevos aliados que vinieron en auxilio del conde de Toulouse fueron los españoles, procedentes del lado Sur de los Pirineos, los hombres de Aragón. Hubo una enorme hueste de ellos, conducida por su rey, el joven Pedro de Aragón, cuñado de Raimundo de Toulouse. Un borrachín, pero hombre de una temible energía, no era una persona incompetente al momento de conducir una campaña. Condujo algo así como cien mil hombres (número que incluye a auxiliares y seguidores de campamento) a través de las montañas directamente para aliviar la situación de Toulouse.
Muret es un pequeño pueblo al suroeste de la capital de Raimundo, ubicado aguas arriba del Garona, a un día de marcha de la Toulouse propiamente dicha. La enorme hueste española, que no tenía un interés directo en la herejía en si misma pero sí un fuerte interés en debilitar el poder de los franceses, estaba acampada en el campo llano que se encuentra al Sur del pueblo de Muret. Contra ellos, la única fuerza activa disponible era la de unos mil hombres bajo el mando de Simon de Monfort. Las chances parecían ridículas: uno contra cien. Por supuesto que no eran ni remotamente tan desfavorables como parece porque los mil hombres eran nobles escogidos, armados y montados. Las fuerzas de caballería de las huestes españolas probablemente no ascendían a más de tres a cuatro mil, estando el resto del cuerpo español constituido por infantería, buena parte de la cual se hallaba desorganizada. Pero aún así, las adversidades eran tales que el resultado constituyó una de las cosas más sorprendentes de la Historia.
Fue en la mañana del 13 de septiembre de 1213. Los mil hombres del lado católico, formando con Simon a la cabeza, asistieron a misa montados sobre sus caballos. La misa fue cantada por Santo Domingo en persona. Por supuesto, sólo los jefes y unas pocas filas de seguidores pudieron estar presentes en la iglesia – en la cual todos permanecieron montados – pero, a través de las puertas abiertas, todo el resto de la pequeña fuerza pudo observar el Sacrificio. Terminada la misa, Simón cabalgó hasta ubicarse al frente de su pequeña banda, tomó por un rodeo hacia el Oeste y luego se lanzó con una carga repentina sobre las huestes de Pedro que aún no se habían formado adecuadamente y se hallaban mal preparadas para recibir el choque. Los mil caballeros norteños de Simon destruyeron a sus enemigos por completo. Las huestes aragonesas se convirtieron en una nube de hombres en fuga, completamente divididas y no representando ya a una fuerza combativa. Pedro mismo resultó muerto.
Muret es un nombre que siempre debería ser recordado como una de las batallas decisivas del mundo. De haber fallado, toda la campaña hubiera fracasado. Probablemente Bouvines nunca se hubiera librado y las probabilidades son tales que la monarquía francesa misma hubiera colapsado, subdividiéndose en clases feudales independientes de todo Señor central.
Una de las muchas cosas desalentadoras en la enseñanza de la Historia es observar que la importancia suprema del lugar y de la acción que se libró allí aún siguen casi sin ser reconocidas. Un autor norteamericano le ha hecho plena justicia en un libro p0r demás acertado, y me refiero al volumen “The Inquisition” (La Inquisición) del Sr. Hoffman Nickerson. No conozco otra monografía en inglés sobre este asunto que merezca tanto como ésta en primera fila en materia de enseñanza histórica. Si Muret se hubiera perdido en lugar de ganarse por milagro, no sólo la monarquía francesa se hubiera debilitado y en Bouvines nunca se hubiera triunfado, sino que la nueva herejía se hubiera impuesto con casi total certeza. Con ello, nuestra cultura Occidental, mutilada, hubiera caído por tierra.
Porque el país sobre el cual los albigenses mantenían su poder era el más rico y el mejor organizado de Occidente. Poseía la más alta cultura, dominaba el comercio del Mediterráneo Occidental con el gran puerto de Narbona, constituía la valla de contención de todos los esfuerzos del Norte hacia el Sur, y su ejemplo hubiera sido seguido de modo inevitable. Tal como sucedieron las cosas, la resistencia albigense colapsó. Los norteños ganaron su campaña y el Sur se hallaba económicamente semi-arruinado y debilitado en su poder de intentar una revolución contra la ahora poderosa monarquía central de París. Por ello es que Muret debería contar, junto con Bouvines, como la fundación de esa monarquía y, con ella, de la alta Edad Media. Muret abre y sella el Siglo XIII – el Siglo de San Luis, de Eduardo de Inglaterra y de toda la ebullición de la cultura occidental.
En cuanto a la herejía albigense en si misma, fue atacada políticamente tanto por organizaciones civiles y eclesiásticas como por la fuerza de las armas. La primera Inquisición surgió por la necesidad de extirpar los restos de la enfermedad. (Es significativo que una persona que se declarara inocente ¡sólo tenía que demostrar que estaba casada para ser absuelta! Eso demuestra la naturaleza de la herejía.)
Bajo el triple golpe de pérdida de riqueza, pérdida de organización militar y una completa erradicación política, este fenómeno maniqueo pareció desaparecer en un siglo. Pero sus raíces se extendían por debajo de la superficie y desde allí, ya sea por la secreta tradición de los perseguidos o por la misma naturaleza de la tendencia maniquea, reaparecería con certeza bajo otras formas. Acechó en las montañas centrales de la propia Francia y, en formas emparentadas, acechó en los valles de los Alpes. Es posible trazar una especie de vaga continuidad entre los albigenses y los grupos puritanos posteriores, tales como los Vaudois; del mismo modo en que es posible rastrear algún tipo de conexión entre los albigenses y las anteriores herejías maniqueas. Pero el fenómeno principal, el fenómeno conocido por el nombre de albigense – el peligro que resultó tan próximo a ser mortal para Europa – fue destruido.
Lo fue a un costo espantoso: la mitad de una alta civilización material quedó destruida y se generaron memorias de odio que ardieron bajo la superficie durante generaciones enteras. Pero el precio valió la pena porque Europa se salvó. La familia de Toulouse fue readmitida en su posición y títulos; sus posesiones no pasaron a la corona francesa sino hasta mucho más tarde. Pero su antigua independencia terminó y, con ella, se acabó esa amenaza a nuestra cultura a la que tan poco le faltó para tener éxito.
El movimiento generalmente llamado “La Reforma” merece un lugar aparte en la Historia de las grandes herejías, y esto por las siguientes razones:
1. No fue un movimiento en particular sino uno general, esto es: no produjo una herejía particular que habría podido ser debatida, analizada y condenada por la autoridad de la Iglesia como hasta ahora fue el caso de toda otra herejía o movimiento hereje. Después de que las distintas proposiciones herejes fueran condenadas, tampoco estableció (como lo hizo al mahometanismo o el movimiento albigense) una religión separada por encima y en contra de la antigua ortodoxia. Más bien creó una cierta atmósfera moral, separada, que aún seguimos llamando “protestantismo”. De hecho, produjo toda una cosecha de herejías, pero no una herejía, y su característica fue que todas sus herejías adquirieron y prolongaron un estilo común: ése que llamamos “protestante” hasta el día de hoy.
2. Si bien los frutos inmediatos de la Reforma decayeron, del mismo modo en que lo hicieron muchas otras herejías del pasado, la disrupción que produjo permaneció y el móvil principal – la reacción contra una autoridad espiritual unida – continuó tan en vigor que rompió a la civilización europea de Occidente, impulsó al final una duda general y se expandió más y más ampliamente. Ninguna de las herejías más antiguas había hecho eso ya que cada una de ellas fue específica. Cada una de ellas se había propuesto suplantar o rivalizar con la Iglesia Católica existente. Por el contrario, el movimiento de la Reforma propuso más bien disolver a la Iglesia Católica – ¡y sabemos hasta qué medida el esfuerzo ha tenido éxito!
Lo más importante de la Reforma es entenderla. No sólo seguir su Historia etapa por etapa – un procedimiento siempre necesario para entender cualquier cuestión histórica – sino aprehender su naturaleza esencial.
En esto último, a las personas modernas les resulta muy fácil equivocarse; especialmente a las personas del mundo angloparlante. Las naciones que conocemos quienes hablamos en inglés son, con la excepción de Irlanda, predominantemente protestantes; y aún así albergan (con la excepción de Gran Bretaña y África del Sur) grandes minorías católicas.
En ese mundo angloparlante (al cual está dirigido este escrito) existe una conciencia plena de lo que fue el espíritu protestante y de lo que ha llegado a ser en sus modificaciones actuales. Todo católico que vive en ese mundo angloparlante conoce lo que significa el temperamento protestante del mismo modo en que conoce el sabor de algún alimento habitual, o de una bebida, o el aspecto de alguna vegetación familiar. En menor grado las grandes mayorías protestantes – en Gran Bretaña esa mayoría es abrumadora – tienen alguna idea de qué es la Iglesia Católica. Saben mucho menos de nosotros de lo que nosotros sabemos de ellos. Eso es natural, ya que nosotros procedemos de orígenes más antiguos, porque somos universales mientras ellos son regionales y porque nosotros sostenemos una filosofía intelectual definida mientras ellos poseen un espíritu más bien emocional e indefinido, aunque característico.
Aún así, a pesar de que saben menos de nosotros de lo que nosotros sabemos de ellos, son conscientes de una diferencia y sienten que hay una aguda división entre ellos y nosotros.
Ahora bien, en la actualidad, tanto católicos como protestantes tienden a cometer un error histórico capital. Tienden a considerar al catolicismo por un lado y al protestantismo por el otro como dos sistemas religiosos y morales esencialmente opuestos que producen en sus miembros individuales, desde los mismos orígenes del movimiento, características morales opuestas y hasta fuertemente contrastantes. Toman por cierta esta dualidad incluso desde el comienzo del proceso. Los historiadores que escriben en inglés a ambos lados del Atlántico hablan de cualquier Fulano (aún a principios del Siglo XVI) calificándolo de “protestante” y de algún otro Mengano como “católico”. Es cierto que los contemporáneos de esas personas también utilizaron dichos términos, pero emplearon las palabras en un sentido muy diferente y con muy distintos sentimientos. Por todo el lapso de una vida humana después de comenzado el movimiento llamado de “La Reforma” (digamos entre 1520 hasta 1600) las personas se mantuvieron en una actitud mental que consideró a toda la disputa religiosa dentro de la Cristiandad como algo ecuménico. La pensaron como un debate en el cual toda la Cristiandad se hallaba involucrada y como algo sobre lo cual se tomaría alguna clase de decisión final válida para todos. Se pensaba que esta decisión se aplicaría a la Cristiandad como un todo y traería consigo una paz religiosa general.
Como he dicho, este estado mental perduró por el lapso de toda una larga vida humana – pero su atmósfera duró mucho más. Europa no se resignó a aceptar la desunión religiosa por el lapso de otra vida humana adicional. La renuente decisión de sacar lo mejor del desastre no se vuelve evidente – como veremos – hasta la Paz de Westfalia, 130 años después del primer desafío de Lutero; y la separación completa de católicos y protestantes no se concretó sino otros cincuenta años más tarde; aproximadamente entre 1690 y 1700.
Es de primordial importancia apreciar esta verdad histórica. Sólo unos pocos de los más amargos o ardientes reformadores se lanzaron a destruir al catolicismo como algo separado del cual eran conscientes y al cual odiaban. Menos aún se dirigió la mayoría de los reformadores a establecer alguna otra contra-religión unificada.
A lo que se dedicaron (como ellos mismos lo formularon y como se dijo durante un siglo y medio antes del gran alzamiento) fue a “reformar”. Declararon su intención de purificar a la Iglesia y de restaurarla en sus virtudes originales de llaneza y simplicidad. De diferentes maneras ( y los distintos grupos diferían en casi todo excepto en su cada vez mayor reacción en contra de la unidad) expresaron su intención de librarse de las excrescencias, supersticiones y falsedades históricas siendo que de ellas, sabe Dios, disponían de toda una multitud para atacar.
Por el otro lado, durante este período de la Reforma, la defensa de la ortodoxia se concentró no tanto en destruir un fenómeno específico (como lo es el espíritu protestante actual) sino en restaurar la unidad. Durante al menos sesenta años, y aún por ochenta años – más que el lapso de vida plenamente activo de un hombre longevo – las dos fuerzas activas, la Reforma y el Conservadorismo, fueron de esta naturaleza: entrelazadas, cada una de ellas afectando a la otra y cada una esperando volverse universal al final.
Por supuesto, a medida que transcurrió el tiempo los dos partidos tendieron a convertirse en dos ejércitos hostiles, en dos campos separados, y por último se produjo la separación completa. Lo que había sido la Cristiandad unida de Occidente se quebró en dos fragmentos: uno que de allí en más sería la cultura protestante y otro de cultura católica. A partir de allí, cada uno de ellos se reconocería a si mismo y a su propio espíritu como algo separado y hostil al otro. También cada uno creció asociando el nuevo espíritu con su propia región, o nacionalidad, o ciudad-Estado: Inglaterra, Escocia, Hamburgo, Zurich, y todos los demás.
Después de la primera fase (que, naturalmente, abarcó el lapso de una vida humana) vino una segunda que cubrió otro lapso igual. Si uno conviene en expandirla justo hasta la expulsión de los reyes Estuardos católicos de Inglaterra, cubrió incluso algo más que una vida humana – cerca de cien años.
En esta segunda fase, los dos mundos, el protestante y el católico, están conscientemente separados y son conscientemente antagonistas. Es un período bastante lleno de combates efectivos: las “guerras de religión” en Francia e Irlanda y, sobre todo, en las amplias regiones de habla germánica de Europa Central. Bastante antes de que estos enfrentamientos de hecho terminaran, los dos adversarios habían “cristalizado” en una forma permanente. La Europa católica terminó aceptando como aparentemente inevitable la pérdida de lo que hoy son los Estados y las ciudades protestantes. La Europa protestante perdió toda esperanza de afectar permanentemente con su espíritu aquella otra parte de Europa que había sido salvada para la Fe. El nuevo estado de cosas quedó establecido por los principales tratados que terminaron con las guerras religiosas en Alemania (a medio camino entre 1600 y 1700). Pero el conflicto continuó esporádicamente por al menos cuarenta años más y partes de las fronteras entre las dos regiones seguían fluctuando aún al final de ese período adicional. Las cosas no se consolidaron en dos mundos separados sino hasta 1688 en Inglaterra o, incluso 1715, si consideramos a la totalidad de Europa.
A fin de tener la cuestión clara en nuestras mentes es bueno disponer de fechas fijas. Podemos tomar como origen del conflicto manifiesto al alzamiento violento conectado con el nombre de Martín Lutero en 1517. Para 1600 el movimiento, como movimiento general europeo, se había diferenciado bastante bien en un mundo protestante opuesto al católico y la lucha se dirimía para decidir si dominaría el primero o el segundo y no para decidir si prevalecería una filosofía o la otra a través de nuestra civilización; si bien, como he señalado, muchos aún esperaban que, al final, la antigua tradición católica se extinguiría o bien que, al final, la Cristiandad volvería en un todo a ella.
La segunda fase comienza, digamos, en una fecha tan tardía como 1606 en Inglaterra, o algunos años antes en el Continente, y no termina en una fecha precisa pero, hablando en términos generales, llega a su fin durante los últimos veinte años del Siglo XVII. Termina en Francia antes que en Inglaterra. Termina entre los Estados alemanes – por agotamiento más que por otra razón – aún antes que en Francia, pero se puede decir que la idea de un conflicto religioso directo se estaba transformando en la idea de un conflicto político hacia 1670, o 1680 aproximadamente. Las guerras religiosas activas corresponden a la primera parte de esta fase. Terminaron en Irlanda hacia mediados del Siglo XVII y en Alemania algunos años antes; pero el fenómeno siguió siendo concebido como un asunto religioso a una fecha tan tardía como 1688 y aún más tarde en aquellas partes en donde el conflicto se mantuvo.
Hacia mediados del Siglo XVII, en los tiempos de Cromwell, (1649-58), Gran Bretaña era definitivamente protestante y seguiría siéndolo, a pesar de poseer una gran minoría católica. {[14]} Lo mismo se aplica a Holanda. Escandinavia hacía rato que se había hecho protestante en forma permanente gracias a sus personajes adinerados, y lo mismo ocurrió en los principados y Estados del Imperio Germánico, especialmente en el Norte. Otros (principalmente en el Sur) se mantendrían claramente católicos en el futuro y en bloque.
De los Países Bajos (lo que hoy conocemos como Holanda y Bélgica), el Norte (Holanda) sería oficialmente protestante con una gran minoría católica mientras que el Sur (Bélgica) sería casi completamente católica con difícilmente algún elemento protestante en absoluto.
Los cantones suizos se dividieron en forma muy similar a como lo hicieron los alemanes. Algunos se volvieron católicos, otros protestantes. Francia sería católica en su mayor parte pero con una minoría protestante, poderosa y rica aunque no muy grande, constituyendo el 10% como máximo y probablemente más cerca de un 5% del total. España, Portugal e Italia se consolidaron en forma permanente reteniendo las tradiciones de la cultura católica.
De modo que estamos por seguir la Historia de dos épocas sucesivas que gradualmente cambian de carácter. La primera, desde un poco antes de 1520 hasta aproximadamente 1600, es una época de debate y conflicto universales. La segunda es una época de fuerzas claramente contrapuestas que se vuelven tan políticas como religiosas y se definen con cada vez mayor nitidez en dos bandos hostiles.
Cuando todo lo anterior había pasado, es decir hacia el final del Siglo XVII – o principios del XVIII, hace más de doscientos años – se produjeron dos nuevos procesos. Por un lado se extendió la duda y un espíritu anticatólico dentro de la misma cultura católica. Por el otro lado, si bien en la cultura protestante no existía una doctrina tan definida a desafiar y se produjo una menor división interna, emergió un sentimiento cada vez más intenso en cuanto a que las diferencias religiosas tenían que ser aceptadas. Fue un sentimiento que, en un número cada vez mayor de individuos, creció hasta convertirse en la convicción – en un principio secreta pero más tarde explícita – de que en materia religiosa nada podía saberse con certeza y que, por lo tanto, la tolerancia de todas las opiniones al respecto era la actitud razonable a adoptar.
Paralelamente a este proceso se desarrolló la lucha política entre las naciones originalmente de cultura católica y las regiones de la nueva cultura protestante. Durante el Siglo XIX la preponderancia del poder se desplazo gradualmente hacia el lado de los protestantes, liderados por las dos principales potencias anticatólicas: Inglaterra y Prusia, simbolizadas a veces con sus dos capitales como “Londres y Berlín”. Se ha dicho que “Londres y Berlín fueron los dos pilares gemelos del dominio protestante durante el Siglo XIX”. Y esa apreciación es correcta.
Éste sería, pues, el proceso que estamos a punto de ver. El lapso de una vida humana ocupado por un conflicto de ideas por todas partes; otro lapso semejante con una separación regional cada vez mayor y con un conflicto que se vuelve cada vez más político que religioso. Luego, un Siglo – el XVIII – de escepticismo en aumento debajo del cual las características de las culturas protestante y católica se mantuvieron, si bien ocultas. Luego otro siglo – el XIX – durante el cual la lucha política entre las dos culturas fue bastante obvia y la protestante continuamente incrementó su poder a expensas de la católica dado que ésta estuvo más dividida en su seno que la protestante. Francia, la potencia líder de la cultura católica, fue – al menos la mitad de ella – anticlerical en los días de Napoleón al tiempo que Inglaterra era, tal como sigue siendo, sólidamente anticatólica.
Los orígenes de ese gran movimiento que sacudió y dividió por generaciones al mundo espiritual y que llamamos la “Reforma”, vale decir: el acopio de materiales para la explosión que sacudiría a la Cristiandad en el Siglo XVI, cubre el período de al menos dos vidas humanas antes de producirse en 1517 el acto principal de rebelión contra la unidad religiosa.
Muchos han tomado como punto de partida al abandono de Roma por parte del Papado y a su establecimiento en Avignon, cosa que sucedió más de doscientos años antes del surgimiento de Lutero.
Hay algo de cierto en esta postura pero se trata de una verdad muy imperfecta. Todo tiene una causa, y toda causa tiene otra detrás de ella y así sucesivamente. El hecho que el Papado abandonara Roma, poco después del 1300, debilitó por cierto la estructura de la Iglesia pero, en si, no fue fatal. Hablando de buscar el punto de partida principal es mejor tomar esa terrible catástrofe que fue la plaga hoy conocida como “la Muerte Negra” (1348-50), cuarenta años después del abandono de Roma. Podría ser aún más satisfactorio tomar como punto inicial a la apertura del gran cisma, cerca de treinta años después de la Muerte Negra, una fecha después de la cual por toda una generación la autoridad del mundo católico fue casi mortalmente herida por los conflictos de papas y anti-papas, pretendientes rivales a la suprema autoridad de la Santa Sede. De cualquier manera, antes de la Muerte Negra de 1348-50 y antes de la apertura del cisma, hay que comenzar con el abandono de Roma por parte de los Papas.
La Santa Sede, como autoridad central de la Cristiandad, hacía tiempo que estaba involucrada en una querella mortal con el poder secular de lo que se llamaba “El Imperio”, esto es, con los emperadores de origen germánico que tenían una autoridad general – aunque muy complicada, variada y, con frecuencia, sólo en las sombras – no solamente en los países de habla alemana sino también en el Norte de Italia y el cinturón de lo que hoy es el Este de Francia, además de los Países Bajos y algunos grupos de eslavos.
Una generación antes de que los Papas abandonaran Roma, esta querella llegó a su culminación bajo uno de los hombres más inteligentes y más peligrosos que jamás gobernaran a la Cristiandad – el Emperador Federico II – cuyo poder era tanto más grande porque había heredado no sólo el antiguo y diversificado gobierno sobre los Estados germánicos, los Países Bajos y lo que hoy llamamos Francia Oriental, sino también el Este y el Sur de Italia. La totalidad de Europa Central, excepto los Estados gobernados inmediatamente por el Papa en el medio de Italia, estaba en mayor o en menor medida bajo la sombra de Federico y sus pretensiones soberanas. Desafió a la Iglesia y el Papado venció, con lo cual la Iglesia se salvó; pero el Papado, como poder político, salio exhausto del conflicto.
Como sucede con tanta frecuencia, fue un tercero el que se benefició del violento duelo de los dos actores principales. Fue el rey de Francia quien ahora se convirtió en la potencia principal y por setenta años, esto es: durante toda la mayor parte del Siglo XIV (de 1307 a 1377) el Papado se convirtió en algo francés, con los Papas residiendo en Avignon (en dónde su gran palacio subsiste al día de hoy, constituyendo un espléndido monumento de aquél tiempo y de su significado) y siendo, después del cambio, mayormente franceses los hombres elegidos para ocupar el cargo de Papa.
Este cambio (o más bien interludio, ya que el cambio no fue permanente) cayó justo en el momento en que un espíritu nacional comenzaba a desarrollarse en varias regiones de Europa, particularmente en Francia. Tanto más golpeó las conciencias de aquella época el peculiar carácter francés del Papado. Por su propia naturaleza, el Papado debe ser universal. Que fuese nacional resultó abominable para los europeos occidentales de aquél tiempo.
La tendencia de la Cristiandad occidental a dividirse en compartimentos separados y de perder la unidad plena que había tenido durante tanto tiempo aumentó debido al fracaso de las Cruzadas – las cuales, mientras se mantuvieron activas, actuaron de fuerza unificadora presentándole un ideal común a toda la caballería cristiana. Esta tendencia también aumentó por lo que se ha dado en llamar la Guerra de los Cien Años; y no es que durara continuamente esa cantidad de años pero, desde la primera batalla hasta la última se puede contabilizar casi ese lapso de tiempo.
La Guerra de los Cien Años fue un conflicto entre la dinastía de habla francesa que gobernaba a Inglaterra, apoyada por la clase superior inglesa que también era francófona (toda la clase superior inglesa hablaba en francés aún a fines del Siglo XIV), y la igualmente francófona monarquía francesa con su clase superior en Francia misma. La familia real inglesa de habla francesa era la de los Plantagenetas y a la familia real francesa se la conoce como la de los Capetos.
La monarquía francesa capeta había descendido regularmente de padres a hijos por generaciones hasta que se produjo una sucesión disputada después de 1300, poco después de que el Papa se mudase a Avignon en Francia. El joven Eduardo Plantageneta, el tercero de ese nombre, el francófono Rey de Inglaterra, reclamó el trono francés por la vía de su madre, la hermana del último rey que no tenía hijos. El rey capeto Felipe, primo del rey fallecido, reclamó el mismo trono en su calidad de varón, luego de que sus abogados inventaran el alegato de que las mujeres no podían ni heredar, ni transmitir, a la monarquía francesa. Eduardo ganó dos notables campañas, las de Crecy y la de Poitiers y casi tuvo éxito en establecerse como Rey de Francia. Después sobrevino un largo impasse durante el cual las fuerzas plantagenetas fueron expulsadas de Francia, excepto en el suroeste. A lo cual siguió una reunión de los plantagenetas después de que la usurpadora rama Lancasteriana de la familia se hiciese del trono de Inglaterra y consolidara su injusto poder. Volvieron a fogonear la guerra en Francia (bajo Enrique V de Inglaterra) y llegaron mucho más cerca de tener éxito que sus antecesores porque Francia se hallaba en un estado de guerra civil. De hecho, el gran soldado del período, Enrique V de Inglaterra, al casarse con la hija del rey de Francia y después de declarar que el hermano de ésta era ilegítimo, consiguió que su pequeño hijo fuese coronado como rey francés. Pero la disputa no terminó allí.
Todos sabemos cómo fue que terminó. Finalizó con las campañas de Juana de Arco y sus sucesores, y con el colapso definitivo de la pretensión plantageneta. Pero, por supuesto, el conflicto había fomentado los sentimientos nacionales y todo fortalecimiento de los ahora crecientes sentimientos nacionales en la Cristiandad concurrían a debilitar a la antigua religión.
En el medio de todo esto cayó algo mucho más importante todavía que esa disputa y fue algo que, como ya he señalado antes, tuvo mucho que ver con la deplorable división de la Cristiandad en naciones independientes separadas. Este lamentable incidente fue la terrible plaga conocida como “la Muerte Negra”. El espantoso desastre se desató en 1347 y barrió a toda Europa de Este a Oeste. Lo asombroso es que nuestra civilización no colapsó porque murió un tercio de la población adulta con certeza, y probablemente más aún.
Como siempre sucede con las grandes catástrofes, hubo un “compás de espera” hasta que se sintieron los plenos efectos de la tragedia. Fue recién durante las décadas de los 1370 y 1380 que los efectos comenzaron a ser permanentes y en buena medida universales.
En primer lugar, como siempre sucede cuando los hombres son severamente puestos a prueba, los menos afortunados se volvieron violentamente hostiles hacia los más afortunados. Hubo alzamientos y movimientos revolucionarios. Se derrocaron príncipes, hubo un quiebre de continuidad de toda una pléyade de instituciones. Los nombres de las instituciones antiguas se mantuvieron, pero su espíritu cambió. Por ejemplo, los grandes monasterios de Europa mantuvieron sus antiguas riquezas pero quedaron reducidos a la mitad de su número.
La parte importante de estos efectos de la Muerte Negra, después de aproximadamente una generación, fue el surgimiento de Inglaterra como un país unido por un lazo común. La clase superior dejó de hablar en francés y los variados dialectos locales se fundieron en un lenguaje que se estaba convirtiendo en el lenguaje literario de una nueva nación. Es el período del Piers Plowmany de Chaucer.
La Muerte Negra no sólo sacudió la estructura física y política de la sociedad Europea. Comenzó a afectar a la Fe misma. El horror había generado demasiada desesperación.
Otro resultado directo de la Muerte Negra fue el “Gran Cisma” en el Papado. Los beligerantes reyes de Francia e Inglaterra, las facciones rivales en Francia misma y las autoridades menores de los Estados más pequeños continuamente tomaron partido por uno u otro pretendiente al Papado. De este modo, toda la idea de una autoridad espiritual central resultó socavada.
Otro factor disruptivo fue el crecimiento de las literaturas vernáculas, esto es: literaturas ya no expresadas generalmente en latín sino en la lengua local (francés del Norte o del Sur, inglés, alto o bajo alemán). Si cien años antes de 1347 se le hubiese preguntado a una persona: “¿Por qué tus oraciones deben estar en latín? ¿Por qué nuestras iglesias no utilizan nuestro propio idioma?”, la pregunta hubiese sido ridiculizada; hubiera parecido no tener sentido. La misma pregunta formulada en 1447, hacia el final de la Edad Media, con las lenguas vernáculas que comenzaban a florecer, ya estaba llena de atractivo popular.
De la misma forma, quienes se oponían a una autoridad central podían señalar al Papado como algo local, como un fenómeno italiano, como algo del Sur. El Papa se estaba convirtiendo en un príncipe italiano en la misma medida en que era la cabeza de la Iglesia. Un caos social semejante se adaptaba admirablemente a ciertas herejías específicas; esto es: a movimientos particulares que cuestionaban doctrinas particulares. Una opinión muy popular, favorecida por los disturbios sociales de la época, fue la idea de que el derecho a la propiedad y a la función pública estaba unido a la Gracia; que la autoridad política o económica no podía ser rectamente ejercida excepto por personas en Estado de Gracia – ¡una muy conveniente excusa para toda clase de rebeliones!
Injertadas en esta disputa se produjeron violentos enfrentamientos entre el clero y los laicos. Los donativos a la Iglesia eran muy grandes y la corrupción, tanto en los establecimientos monásticos como entre los laicos, estaba aumentando. Las donaciones comenzaron a ser tratadas cada vez más como una renta de la que se podía disponer destinándola a recompensas o a cualquier programa político. Incluso uno de los mejores Papas de aquél tiempo, un hombre que luchó contra el corrupto hábito de unificar muchos donativos en una sola mano, tenía siete obispados a su cargo como la cosa más natural del mundo.
Los sentimientos nacionales y raciales aprovecharon la confusión con movimientos como los de los husitas en Bohemia. Su pretexto contra el clero fue la demanda de restaurar el cáliz a los laicos en la Comunión, pero en realidad se hallaban motivados por el odio de los eslavos contra los alemanes. Huss es un héroe en Bohemia hasta el día de hoy. Durante el Gran Cisma papal se hicieron esfuerzos por restaurar la autoridad central sobre una base firme mediante la convocatoria de grandes concilios. Los mismos instaron a los Papas a renunciar y confirmaron nuevos nombramientos en el Papado. Pero en el largo plazo, al menoscabar la autoridad de la Santa Sede, debilitaron la idea de la autoridad en general.
Después de semejantes confusiones y disgustos tan complicados, particularmente después de la difusión y un creciente descontento con la mundanalidad del clero oficial, vino un despertar intelectual, una recuperación de los clásicos y en especial una recuperación del conocimiento del griego. Esto colmó la segunda parte del Siglo XV (1450-1500). En forma simultánea se fue extendiendo el conocimiento del mundo físico. El mundo (como diríamos hoy) se estaba “expandiendo”. Los europeos habían explorado el Atlántico y las costas africanas; habían encontrado el camino a la India bordeando el Cabo de Buena Esperanza y, antes del fin del Siglo, habían descubierto todo un nuevo mundo que más tarde se llamaría América.
A través de todo este fermento se escuchó la continua demanda: “¡Reforma de la Iglesia!” “¡Reforma de su autoridad principal y de sus miembros!” “Que el Papado retome en plenitud sus deberes espirituales y que se purgue la corrupción dentro de la Iglesia”. Hubo un clamor tempestuoso que surgió exigiendo simplicidad y realismo, una emergente, tormentosa, indignación ante la anquilosada defensa de antiguos privilegios; una carga universal contra oxidadas cadenas que ya no se ajustaban a la sociedad europea. El clamor de cambios por enmiendas, de una purificación del cuerpo del clero y de la restauración de ideales espirituales puede ser comparado con el clamor actual (centrado en la economía y no en la religión) que exige la expropiación de la riqueza concentrada en beneficio de las masas.
El espíritu hacia 1500-1510 era tal que cualquier incidente podía producir un súbito alzamiento, de la misma forma en que los incidentes de una derrota militar y el esfuerzo de tantos años de guerra produjeron la súbita revolución bolchevique en la Rusia actual.
El incidente que provocó la explosión fue menor e insignificante – pero como punto de partida fue tremendo. Me refiero, por supuesto, a la protesta de Lutero contra el abuso (y en realidad contra la utilización) de las indulgencias.
Esa fecha, el de la Víspera de Todos los Santos de 1517, no es tan sólo una fecha definida para marcar el origen de la Reforma; es su verdadero momento inicial. A partir de allí, la ola de la marea creció hasta volverse abrumadora. Hasta ese momento las fuerzas conservadoras, por más corruptas que fuesen, se habían sentido seguras de si mismas. Muy poco después de ese hecho, su seguridad había desaparecido. La marea había comenzado.
Debo reiterar aquí a los efectos de mayor claridad la primer cosa en absoluto que tiene que considerar cualquiera que desee entender esa revolución religiosa que terminó en lo que hoy llamamos “protestantismo”. En esa revolución, generalmente llamada “La Reforma”, se distinguen bastante claramente dos mitades, y cada una de ellas dura aproximadamente el lapso de una vida humana. De las mismas, la primera fase no fue un conflicto entre dos religiones sino un conflicto dentro de una religión; mientras que en la segunda fase comenzó a surgir una nueva cultura religiosa diferenciada, opuesta a – y separada de – la cultura católica.
Lo repito: la primera fase (aproximadamente los primeros 50 o 60 años del proceso) no constituyó un conflicto entre “católicos y protestantes” tal como los conocemos hoy; fue un conflicto dentro de los límites de un cuerpo europeo occidental. Los hombres del ala izquierda más extrema, desde Calvino hasta el Príncipe Palatino, todavía pensaban en términos de “Cristiandad”. Jacobo I de Inglaterra, al ascender al trono y a pesar de denunciar al Papa como un monstruo de tres cabezas, aún afirmaba enérgicamente su derecho a pertenecer a la Iglesia Católica.
Hasta no entender lo anterior no podemos comprender la confusión ni las intensas pasiones de aquella época. Lo que comenzó como una especie de pelea familiar espiritual y continuó como una guerra civil espiritual muy pronto terminó siendo acompañado por una guerra civil armada real. Pero no fue un conflicto entre un mundo protestante y otro mundo católico. Eso vino después, y cuando ocurrió, produjo ese estado de cosas que nos son familiares a todos, la división del mundo blanco en dos culturas, la católica y la anti-católica: el quiebre de la Cristiandad por la pérdida de la unidad europea.
Ahora bien, la cosa más difícil del mundo en relación con la Historia, y el logro menos frecuente, es el de ver los acontecimientos en la forma en que los veían los contemporáneos en lugar de verlos a través del medio distorsivo de nuestro conocimiento posterior. Nosotros sabemos lo que ocurrió después; los contemporáneos no lo sabían. Las mismas palabras utilizadas para designar la actitud tomada al principio de la lucha cambian de significado antes del final del conflicto. Así sucedió con los términos de “católico” y “protestante”; así sucedió con la propia palabra “reforma”.
El gran alzamiento religioso que de manera tan rápida se convirtió en una revolución religiosa fue concebida por los contemporáneos de sus orígenes como un esfuerzo por corregir las corrupciones, los errores y los crímenes espirituales presentes en el cuerpo de la Cristiandad. Al principio del movimiento, nadie digno de considerar hubiera negado por un instante la necesidad de una reforma. Todos estaban de acuerdo en que las cosas habían llegado a un estado terrible y amenazaban con un futuro peor a menos que se hiciera algo. La imperiosa necesidad de arreglar las cosas, el clamor por ello, había estado surgiendo por más de un siglo y ahora, en la segunda década del Siglo XVI, había emergido. La situación podría ser comparada con la situación económica actual. Nadie digno de mención está hoy contento con el capitalismo industrial que ha engendrado tan enormes males. Esos males aumentan y amenazan con volverse intolerables. Todos están de acuerdo en que tiene que haber una reforma y un cambio.
Pues bien; podríamos ponerlo del siguiente modo: nadie nacido entre los años 1450-1500 dejaba de ver hacia el año crítico de 1517, cuando ocurrió la explosión, que algo debía ser hecho; y en la proporción de su integridad y conocimientos las personas estaban ansiosas de que se hiciera algo – del mismo modo en que no existe nadie vivo actualmente, sobreviviente de la generación de entre 1870 y 1910, que no sepa que algo drástico debe ser hecho en la esfera económica si es que hemos de salvar a nuestra civilización.
Un estado de ánimo semejante es la condición preliminar a todas las reformas mayores pero, inmediatamente después de que esas reformas se traducen en acciones, aparecen tres fenómenos concurrentes a todas las revoluciones y de cuya gestión correcta depende en forma exclusiva el evitar una catástrofe. El primer fenómeno es el siguiente:
Se proponen simultáneamente cambios de todo tipo y grado; desde reformas que son manifiestamente justas y necesarias y que significan un regreso al orden correcto de las cosas, hasta innovaciones que son criminales y demenciales.
El segundo fenómeno es que la cosa a reformar necesariamente se resiste. Acumuló un gran caudal de costumbres, intereses creados, organización oficial etc. y cada uno de estos elementos, aún sin una voluntad expresa, le pone un lastre a la reforma.
En tercer lugar (y este es por lejos el fenómeno más importante) aparece entre los revolucionarios un número cada vez mayor de individuos que no están tan concentrados en rectificar los males que han crecido en la cosa a reformar sino llenos de un odio pasional hacia la cosa misma, hacia lo esencial de ella, hacia lo bueno que incluye y por lo cual tiene derecho a sobrevivir. Así, en la revuelta actual en contra del capitalismo industrial, tenemos hoy a personas proponiendo toda clase de remedios: gremios, Estado socialista parcial, la salvaguarda de la pequeña propiedad (que es lo opuesto al socialismo), el repudio del interés, la eliminación de la moneda, el mantenimiento de los desempleados, un comunismo completo, una reforma nacional y hasta la anarquía. Todos estos remedios, y cien más, están siendo propuestos al por mayor, contradiciéndose entre si y produciendo un caos de ideas.
Frente a este caos, todos los órganos del capitalismo industrial continúan funcionando; la mayoría de ellos lidiando celosamente por preservar su existencia. El sistema bancario, los préstamos a gran interés, la vida proletaria, el abuso de la maquinaria y la mecanización de la sociedad – todos estos males continúan a pesar del clamor y adoptan, cada vez más, una actitud de terca resistencia. En forma ya sea consciente o semi-consciente insisten en alegar que “si alguien nos altera habrá un colapso. Las cosas pueden estar mal, pero todo parece indicar que ustedes sólo las harán peores. El órden es la primera prioridad entre todas”, y etc. etc.
Mientras tanto el tercer elemento está apareciendo de un modo bastante manifiesto: el mundo moderno está cada vez más lleno de personas que odian al capitalismo industrial a tal punto que ese odio se convierte en el motivo de todo lo que hacen y piensan. Estas personas preferirían destruir a toda la sociedad antes que esperar a una reforma y proponen métodos de cambio que son peores que los males a remediar – están más preocupadas por matar a sus enemigos que por la vida del mundo.
Todo esto se produjo también en lo que aquí llamo “El Tumulto”, que duró en Europa aproximadamente desde 1517 hasta el fin del Siglo, un período de poco más de ochenta años. Al principio todas las buenas personas con suficiente instrucción y muchas malas personas con igualmente suficiente instrucción, más una hueste de ignorantes y no pocos dementes, se concentraron en los males que habían surgido dentro del sistema religioso de la Cristiandad. Esos fueron los primeros reformadores.
Nadie puede negar que los males que provocaron la reforma en la Iglesia tenían raíces profundas y se hallaban extendidos. Amenazaban la vida misma de la Cristiandad. Todos los que pensaban sobre lo que estaba sucediendo a su alrededor se daban cuenta de lo peligrosas que se habían vuelto las cosas y qué tan grande era la necesidad de una reforma. Esos males pueden ser clasificados como sigue:
En primer lugar (y constituyendo lo menos importante) había una masa de mala Historia y malos hábitos históricos debidos al olvido del pasado, a carencia de conocimientos y a simple rutina. Por ejemplo, había una masa de leyendas, la mayoría de ellas hermosas, pero algunas de ellas pueriles y la mitad de ellas falsas, adosadas a la verdadera tradición. Había documentos en cuya autoridad las personas confiaban y que demostraron no ser lo que pretendían. Por ejemplo, las falsas Decretales y, en particular, la conocida como la Donación de Constantino de la que se suponía que había otorgado el poder temporal al Papado. Había una masa de falsas reliquias, demostrablemente falsas, como por ejemplo (entre un millar de otras) las falsas reliquias de Santa María Magdalena e innumerables casos en los cuales dos o más objetos pretendían ser la misma reliquia. La lista podría extenderse indefinidamente y el aumento del conocimiento académico, el renovado descubrimiento del pasado, en particular el estudio de los documentos griegos originales, y en forma destacada el Nuevo Testamento griego, hicieron aparecer a estos males como intolerables.
El siguiente grupo de males es más serio, porque afectó a la vida espiritual de la Iglesia en su esencia. Fue una especie de “cristalización” (como la he denominado en otra parte) o bien, si prefiere el término, de “osificación” del cuerpo clerical en sus hábitos y hasta en su enseñanza doctrinal. Ciertas costumbres, inofensivas en si mismas y quizás hasta más buenas que malas, se habían vuelto más importantes – especialmente como formas de adhesión local a ciertos lugares de culto y ceremonias locales – que el cuerpo viviente de la verdad católica. Se hizo necesario examinar estos fenómenos y corregirlos en todos los casos y, en algunos, librarse de ellos por completo.
En tercer lugar, y por lejos constituyendo lo más importante de todo, había una mundanalidad extendida entre los funcionarios de la Iglesia, en el exacto sentido teológico de “mundanalidad”: la preeminencia de los intereses terrenales por sobre lo eterno.
Como ejemplo principal de ello tenemos la simonía, compraventa de cargos eclesiásticos, sacramentos, reliquias, promesas de oración, la gracia, la jurisdicción eclesiástica, la excomunión, etc. Se había llegado a un punto en que las donaciones hechas a la Iglesia se compraban y vendían, se heredaban y se licitaban de un modo similar a como se procede con las acciones y participaciones en la actualidad. Ya hemos visto como, incluso en la culminación del movimiento, uno de los más grandes Papas reformadores retenía los ingresos de siete obispados, privándolos así de sus pastores residentes. Los ingresos de un obispado podían ser otorgados a modo de salario por un rey a quien le había servido y esta persona podía no ir jamás ni siquiera cerca de su Sede siendo que vivía quizás a cientos de kilómetros de distancia. Por ejemplo, para un hombre como Wolsey ( y es sólo un ejemplo entre muchos otros) se había vuelto normal retener dos de las principales Sedes de la Cristiandad en sus manos al mismo tiempo: York y Winchester. Se había vuelto costumbre para hombres como Campeggio, ilustrados, virtuosos y con una vida en todo sentido ejemplar, el recolectar los ingresos de un obispado en Inglaterra mientras vivían en Italia y raramente se acercaban a sus Sedes. Las cortes papales, aún cuando sus males han sido muy exagerados, fueron ejemplos recurrentes; de los cuales el peor fue el de la familia de Alejandro VI – un escándalo de primera magnitud para toda la Cristiandad.
Toda persona atacaría violentamente abusos tan monstruosos con el mismo vigor con que hoy las personas, tanto las buenas como las malas, atacan la desfachatada lujuria de los ricos que contrasta con las horribles profundidades de la pobreza proletaria moderna. Fue de todo esto que surgió el descontento y a medida en que creció, amenazó con destruir a la Iglesia Católica misma.
Bajo el impulso de esta universal demanda por reformas, con las pasiones en juego – tanto las constructivas como las destructivas – podría muy bien haber pasado que se preservara la unidad de la Cristiandad. Hubiera habido una buena cantidad de tironeos, quizás algo de combates, pero el instinto de unidad era tan fuerte, el “patriotismo” de la Cristiandad era una fuerza aún tan viva por todas partes, que existieron tantas probabilidades a favor como en contra de que termináramos restaurando a la Cristiandad e iniciando una nueva y mejor era para nuestra civilización como resultado de purgar tanto la mundanalidad en la jerarquía como las múltiples corrupciones contra las cuales estaba protestando la conciencia pública.
No había ningún plan en el aire al comienzo de la ruidosa protesta durante el caótico clamor revolucionario en las Alemanias, seguido del clamor humanista por todas partes. No hubo un ataque concentrado sobre la Fe Católica. No pudieron organizar una campaña ni quienes eran más instintivamente sus enemigos (Lutero mismo no fue eso) ni hombres como Zwingli (quien personalmente odiaba las doctrinas centrales de la Fe y quien condujo el inicio del saqueo de los legados de la religión). No hubo una doctrina constructiva difundida y en oposición al antiguo cuerpo de doctrina por el cual nuestros padres habían vivido, hasta que apareció un hombre de genio con un libro que le sirvió de instrumento y con un violento poder personal de razonamiento y predicación para lograr sus fines. Fue un francés, Jean Cauvin (o Calvin), el hijo de un funcionario eclesiástico, administrador y abogado en la Sede de Noyon. Después que su padre fuera excomulgado por defraudación y después que el obispo le confiscara a él mismo buena parte del ingreso del que gozaba, Jean Calvin se puso a trabajar. Y fue un enorme trabajo el suyo.
Sería injusto decir que las desventuras de su familia y la amarga disputa por dinero entre él y la jerarquía local fueron las principales fuerzas impulsoras del ataque de Calvino. Ya estaba del lado revolucionario de la religión y, probablemente, de cualquier manera hubiera sido una figura principal entre aquellos que buscaban destruir a la antigua religión. Pero, más allá de sus motivos, fue por cierto el fundador de una nueva religión. Porque fue Juan Calvino el que estableció una contra-iglesia.
Demostró, como nadie antes, el poder de la lógica – el triunfo de la razón, aún cuando se abusa de ella, y la victoria de la inteligencia sobre el mero instinto y sentimiento. Estructuró una nueva teología completa, estricta y consistente, en la que no había lugar para un clero ni para sacramentos. Lanzó un ataque, no anticlerical, no de una especie negativa, sino positiva, exactamente igual a cómo Mahoma lo había hecho novecientos años antes. Fue un verdadero heresiarca y, a pesar de que la imposición concreta de su dogma no tuvo una vida mucho más larga que la del arrianismo, el ambiente espiritual que creó ha perdurado hasta nuestros días. Todo lo que es vital y efectivo en el temperamento protestante aún hoy se deriva de Juan Calvino.
A pesar de que las afirmaciones calvinistas férreas se han oxidado (siendo el núcleo de las mismas la admisión del mal en la naturaleza divina por la admisión de sólo Una Voluntad en el universo), su visión de un dios Moloch sobrevivió; y la correspondiente devoción calvinista por el éxito material, la aversión calvinista por la pobreza y la humildad, han sobrevivido con plena fuerza. La usura no se estaría fagocitando al mundo moderno de no ser por Calvino; las personas no se rebajarían a aceptar un destino adverso inevitable de no ser por Calvino; sin él, el comunismo no estaría entre nosotros como lo está hoy; el monismo científico no hubiera dominado al mundo moderno como lo hizo (hasta hace poco), asesinando la doctrina del milagro y paralizando el Libre Albedrío.
Este poderoso genio francés lanzó su palabra casi veinte años después de que comenzara la revolución religiosa. Alrededor de esa palabra se libró la batalla entre la Iglesia y la contra-iglesia y la destrucción de la unidad cristiana – eso que llamamos la Reforma – se convertiría esencialmente y por más de un siglo en el vívido esfuerzo, entusiasta como lo había sido el Islam, dirigido a reemplazar la tradición cristiana por el nuevo credo de Calvino. Actuó, como lo hacen todas las revoluciones, formando “células”. Surgieron grupos por todo Occidente; pequeñas sociedades de personas altamente disciplinadas, determinadas a difundir “el Evangelio”, “la Religión” – tuvo muchos nombres. La intensidad del movimiento creció constantemente, en especial en Francia, el país de su fundador.
A diferencia de todas las otras grandes herejías, la Reforma no condujo a ninguna conclusión, o bien y al menos, a ninguna que podamos registrar todavía a pesar de que estamos ya a cuatrocientos años del primer alzamiento. La cuestión arriana murió lentamente pero la cuestión protestante, aún cuando su doctrina ha desaparecido, produjo frutos permanentes. Ha dividido a la civilización blanca en dos culturas opuestas: la católica y la anticatólica.
Pero al comienzo, antes de llegar a este resultado, el desafío de los reformadores produjo feroces guerras civiles. Durante la mayor parte del lapso de una vida humana pareció que prevalecería uno u otro partido (el ortodoxo tradicional enraizado en la cultura católica de Europa, o la nueva tendencia revolucionaria protestante). De hecho, no prevaleció ninguno de los dos. Después del primer violento conflicto armado que no produjo la victoria de ninguno de los dos bandos, Europa quedó exhausta y se constituyó en esas dos mitades que desde entonces han dividido al Occidente. Gran Bretaña, la mayor parte del Norte de Alemania, algunas regiones alemanas del Sur entre los cantones suizos y hasta de las planicies húngaras, quedaron consolidadas en contra del catolicismo. Lo mismo sucedió en el Norte de los Países Bajos, al menos entre la clase gobernante, {[15]} y también en los países escandinavos. Después de la crisis, la mayor parte de los valles del Rin y del Danubio, esto es: los alemanes del Sur, la mayoría de los húngaros, los polacos, los italianos, los españoles, los irlandeses y la mayoría de los franceses, se mantuvieron aferrados a la religión ancestral que hizo grande a nuestra civilización.
Se hace muy difícil comprender la naturaleza de la confusión y de la batalla general que sacudió a Europa ya que hay que tomar en consideración los múltiples factores que intervinieron en el conflicto.
Ante todo, establezcamos las fechas principales. La Reforma activa, la erupción que se produjo después de dos generaciones de sacudimientos y tumultos, estalló en 1517. Pero la lucha entre los dos contrincantes no se produjo a una escala considerable sino cuarenta años más tarde. Comenzó en Francia, en 1559. Las guerras de religión francesas duraron cuarenta años; es decir: hasta justo el fin del siglo. Menos de veinte años después, los alemanes, que hasta ése entonces habían mantenido un equilibrio precario entre los dos bandos, comenzaron con sus guerras religiosas que duraron treinta años. Hacia mediados del Siglo XVII, es decir: hacia 1648-49 las guerras religiosas en Europa terminaron en un empate.
Para 1517 las naciones – especialmente Francia e Inglaterra – ya estaban medianamente conscientes de sus personalidades. Expresaban su nuevo patriotismo a través de una adhesión a la monarquía. Seguían a sus Príncipes como líderes nacionales aún en materia religiosa. En forma paralela, los idiomas populares comenzaron a separar a las naciones aún más a medida en que el común latín de la Iglesia se volvía cada vez menos familiar. Se estaba desarrollando todo el Estado moderno y toda la estructura económica moderna; y en el ínterin los descubrimientos geográficos y las ciencias físicas y matemáticas se estaban expandiendo de modo prodigioso.
En medio del choque de tantas y tan poderosas fuerzas es realmente difícil seguir la lucha como un todo, pero pienso que podemos entenderla en sus líneas más grandes si recordamos algunos puntos principales.
Lo primero es esto: que el movimiento protestante, que había comenzado como algo negativo, como una revuelta indignada contra la corrupción y la mundanalidad de la Iglesia oficial, recibió un nuevo impulso con la creación del calvinismo, veinte años después de comenzado el alzamiento. A pesar de que las formas luteranas del protestantismo cubrían un área muy grande, el poder directriz – el centro de vitalidad – del protestantismo fue Calvino después de la aparición de su libro en 1536. Es el espíritu de Calvino el que combate activamente al catolicismo en todas aquellas partes en donde la lucha se vuelve feroz. Es el espíritu de Calvino el que inspiró a las sectas disidentes y le prestó violencia a la minoría inglesa en crecimiento que reaccionaba contra la Fe. {[16]}
Ahora bien, Calvino era francés. Su mentalidad atraía a otros también, por cierto, pero primero y principalmente a sus compatriotas; y eso explica por qué el primer estallido de violencia se produjo en suelo francés. Las llamadas guerras de religión que estallaron en Francia fueron libradas allí con más ferocidad que en otras partes y aún cuando cesaron, después de la mitad de un lapso de vida lleno de horrores, lo que se produjo fue un tregua y no una victoria. La tregua fue impuesta, parcialmente por la fatiga de los combatientes en Francia y parcialmente por la tenacidad de la capital, Paris. Pero fue sólo una tregua.
Durante ese tiempo y mientras la guerra religiosa devastaba a los franceses, los alemanes la evitaron. El tumulto de la Reforma, en un momento dado, produjo una revolución social en algunos Estados alemanes, pero eso pronto fracasó y durante un siglo después de la rebelión original de Lutero, más un largo lapso de vida después del estallido de la guerra religiosa en Francia, los alemanes se salvaron de un conflicto bélico religioso general.
Y esto fue porque los alemanes se habían convertido en una especie de mosaico de ciudades libres, pequeños y medianos señoríos, pequeños y grandes Estados. La totalidad se hallaba bajo la soberanía nominal del Emperador en Viena; pero el Emperador no poseía ni ingresos, ni reclutamientos feudales suficientes para imponer su poder personal. Después de mucho tiempo el Emperador, desafiado por una violenta revuelta en Bohemia en su contra (vale decir: una revuelta eslava), contraatacó y propuso reunificar a los alemanes e imponer no sólo la unidad nacional sino también la unidad religiosa, restaurando el catolicismo en los Estados alemanes y sus dependencias. Casi tuvo éxito en su intento. Sus ejércitos obtuvieron victorias en todas partes y su fuente de reclutamiento más vigorosa fue la que lo proveyó de tropas españolas que combatieron por el Emperador porque las coronas de Madrid y de Viena se hallaban en la misma familia: la de los Habsburgos.
Pero hubo dos cosas que impidieron el triunfo del catolicismo alemán. La primera de ellas fue el carácter de la familia usurpadora que en ese momento reinaba sobre el pequeño Estado protestante de Suecia. Esta familia produjo un genio militar de primera magnitud, el joven rey Gustavo Adolfo. La segunda, que hizo toda la diferencia, fue el genio diplomático de Richelieu que en aquellos días dirigía la política de Francia.
El poder español en el Sur más allá de los Pirineos (respaldado por las nuevas riquezas de las Américas y gobernando la mitad de Italia, más el poder del Imperio Alemán al Este, constituían las mordazas de una pinza que amenazaban a Francia como nación. Richelieu era un cardenal católico. Personalmente, se hallaba adscrito al lado católico de Europa; y sin embargo fue él quien lanzó a Gustavo Adolfo, el genio militar protestante, contra el Emperador católico alemán y sus aliados españoles, justo cuando la victoria se hallaba al alcance de su mano.
Es que Richelieu no sólo había descubierto el genio de Gustavo Adolfo sino también la forma de comprarlo. Le ofreció tres toneles de oro. Gustavo Adolfo exigió cinco – y los obtuvo.
Gustavo Adolfo no habrá podido imaginar el gran futuro que le esperaba cuando aceptó el oro francés como soborno para intentar la difícil aventura de atacar al prestigio y al poder del Emperador. Al igual que Napoleón, Cromwell o Alejandro y casi todos los grandes capitanes de la Historia, descubrió sus talentos a medida que avanzaba. Él mismo se debe haber maravillado al ver lo fácil y completamente que ganaba sus campañas.
Es una Historia sorprendente. Las brillantes victorias sólo duraron un año; al final de ese año Gustavo Adolfo murió en acción ante Lutzen, cerca de Leipzig, en 1632, pero en tan corto tiempo casi estableció un Imperio Alemán protestante. Estuvo a punto de lograr lo que Bismarck haría dos siglos y medio más tarde; y aún logrando lo que consiguió, hizo por siempre imposible que los alemanes estuviesen completamente unidos otra vez e igualmente imposible que regresaran en conjunto a la religión de sus padres. Estableció el protestantismo alemán de un modo tan firme que, desde sus días hasta la actualidad, continuó aumentando su poder hasta que hoy (desde Berlín) inspira con una nueva forma paganizada a la gran masa de los pueblos alemanes. {[17]}
Las guerras religiosas en Alemania se acallaron gradualmente. Tal como he señalado, hacia la mitad del Siglo XVII – una larga generación después de que los primeros combates comenzaran en Francia – se produjo un acuerdo general en toda Europa para que cada bando mantuviese sus conquistas y el mapa religioso de Europa ha quedado siendo bastante el mismo desde ese día hasta hoy; esto es: desde aproximadamente 1648-49 hasta nuestros días.
Ahora bien, cualquiera que lea solamente la Historia militar externa, con su primer capítulo de violenta guerra religiosa francesa y su segundo capítulo de violenta guerra religiosa alemana, pasaría por alto el carácter de todo el fenómeno ya que conocería tan sólo cada batalla, a cada estadista principal y a cada guerrero. Porque debajo de esa gran cuestión existió otro factor que no fue ni doctrinario, ni dinástico, ni internacional sino moral. Fue ese factor el que provocó los combates, impuso la paz y decidió la tendencia religiosa final de las diversas comunidades. Está reconocido por los historiadores pero nunca se lo enfatiza suficientemente. Ese factor fue el de la codicia.
La antigua Europa católica, antes de la sublevación de Lutero, había estado repleta de grandes concesiones clericales. Rentas de la tierra, tributos feudales, toda suerte de ingresos se fijaron para el mantenimiento de obispados, capítulos catedralicios, curas párrocos, monasterios y conventos. No sólo había grandes ingresos sino también grandes donaciones (quizás una quinta parte de todas las rentas europeas) para toda clase de establecimientos educacionales, desde pequeñas escuelas locales hasta los grandes colegios de las universidades. Había otros fondos para hospitales, otros para gremios (esto es: asociaciones profesiones de artesanos, mercaderes y dueños de negocios), otros para misas y santuarios. Toda esta propiedad corporativa estaba, o bien directamente conectada con la Iglesia Católica, o bien tan bajo su patrocinio que quedaba en peligro de ser saqueada cada vez que la Iglesia Católica se veía amenazada.
La primera medida de los reformadores, dondequiera que resultaron victoriosos, fue permitir que los ricos se apoderasen de estos fondos. Y la intensidad de la lucha en todas partes dependió de la determinación de mantener el botín – de parte de quienes habían saqueado a la Iglesia – o de recuperarlo – de parte de quienes trataban de restaurar a la Iglesia y recobrar los bienes eclesiásticos.
Esta es la razón por la cual hubo tan pocos combates en Inglaterra. El pueblo inglés, en conjunto, resultó muy escasamente afectado en su doctrina durante la primera época de la Reforma. Pero los monasterios se disolvieron y sus propiedades pasaron a manos de los Señores de los villorrios y de los comerciantes de los poblados. Lo mismo sucedió en los cantones suizos. En cambio los Señores rurales franceses, esto es: la clase noble provincial (lo que en Inglaterra se llama “the Squires” o “hidalgos rurales”) y los nobles mayores por encima de ellos, se mostraron ansiosos por sacar una tajada del botín.
La corona francesa, temiendo el incremento de poder que este saqueo le otorgaría a la clase inmediatamente por debajo de ella, resistió al movimiento y de allí las guerras de religión francesas. Mientras tanto, en Inglaterra un Rey niño y dos mujeres sucediéndose en el trono le permitieron a los ricos quedarse con los despojos de la Iglesia. De allí la ausencia de guerras de religión en Inglaterra.
Después de la revolución religiosa, fue este universal robo de la Iglesia lo que le dio al período de conflictos el carácter que tuvo.
Sería un gran error pensar en el saqueo de la Iglesia como en un mero crimen de ladrones atacando a una víctima inocente. Antes de la Reforma, los bienes legados a la Iglesia habían terminado por ser tratados en la mayor parte de Europa como simples propiedades. Las personas podían comprar un ingreso eclesiástico para sus hijos, o podían dotar a una hija con algún rico convento. Podían darle un obispado a un niño, comprando la dispensa por la falta de edad. Tomaban las ganancias de monasterios al por mayor para proveer el ingreso a laicos, colocando un locum tenens para que hiciera el trabajo del abad y pagándole un sueldo mezquino mientras el grueso del beneficio iba de por vida a manos del laico que lo había acaparado.
Si estos abusos no hubiesen sido universales y preexistentes, el saqueo subsiguiente no hubiera ocurrido. Así como estaban las cosas, pues ocurrió. Lo que habían sido invasiones temporarias de ingresos monásticos a fin de proveer una riqueza temporal para ciertos laicos se convirtió en una confiscación permanente en todos los lugares en que triunfó la Reforma. Aún allí en dónde los obispados sobrevivieron, la masa de sus ingresos les fue confiscada y cuando todo el proceso terminó se puede decir que a la Iglesia, en todo lo que quedó de la Europa católica, incluyendo hasta Italia y España, no le quedó ni la mitad de sus antiguos ingresos. En la parte de la Cristiandad que se separó, los nuevos ministros protestantes y sus obispos, las nuevas escuelas, los nuevos colegios y hospitales, no dispusieron ni de la décima parte de los fondos que habían gozado las antiguas instituciones.
Resumiendo: para mediados del Siglo XVII el conflicto religioso en Europa había estado librándose, la mayor parte del tiempo por la fuerza de las armas, por mas de ciento treinta años. Las personas se habían hecho a la idea de que la unidad nunca se recobraría. La fuerza económica de la religión había desaparecido en media Europa y, en la otra mitad, había disminuido tanto que el poder laico se había adueñado de la situación en todas partes. Europa había quedado dividida en dos culturas: la católica y la protestante. Estas dos culturas estarían siempre instintiva y directamente opuestas la una a la otra (como que lo siguen estando) pero la cuestión directamente religiosa se estaba desvaneciendo. Desesperando de lograr una religión común, las personas se preocuparon más por cuestiones temporales, sobre todo dinásticas y nacionales, y con el aprovechamiento de las oportunidades de una mayor riqueza por medio del comercio, antes que por cuestiones doctrinarias.
Después de la mitad del Siglo XVII, Europa fue testigo del triunfo de un ejército conducido por una oficialidad puritana en Inglaterra, el triunfo de los protestantes alemanes – gracias a la ayuda de Francia bajo el cardenal Richelieu – en su esfuerzo por librarse del control católico del Emperador, y el triunfo de los rebeldes holandeses contra la España católica. Europa se desplomó, exhausta de la lucha puramente religiosa. Las guerras de religión habían finalizado; terminaron en tablas: ninguno de los bandos había ganado. El conflicto religioso prosiguió en algunos islotes. Así, Inglaterra trató de matar a la Irlanda católica y Francia a los hugonotes franceses. Pero para 1700 estaba claro que no surgirían más guerras nacionales de religión.
De allí en más se tomó por dado que nuestra civilización tendría que continuar dividida. Tendría que haber una cultura protestante lado a lado de una cultura católica. Las personas no pudieron perder la memoria del grandioso pasado; no se convirtieron rápidamente en lo que desde entonces nos hemos convertido – en naciones creciendo con indiferencia por la unidad de la civilización europea – pero la antigua unidad moral emergente de nuestro catolicismo universal terminó destruida.
En términos aproximados, la masa de Europa quedó de la siguiente manera:
La Iglesia Ortodoxa Griega del Este cesó de contar. Rusia no había surgido aún como potencia y en todas las demás partes los cristianos griegos se hallaban dominados y sojuzgados por musulmanes, de modo que el único mapa a considerar en 1650 era uno conteniendo a Polonia en el Este y al Atlántico en el Oeste.
En ese espacio, la península italiana, dividida en varios Estados, era totalmente católica, excepto por una población muy pequeña en algunas de las montañas del Norte que tenían formas protestantes de culto.
La península ibérica – España y Portugal – también era completamente católica. Lo que se denominaba como El Imperio – esto es: el cuerpo de Estados, en la mayoría de los cuales se hablaba el alemán y de los cuales la cabeza moral era el Emperador en Viena – se encontraba dividido en Estados protestantes, ciudades protestantes independientes y Estados católicos y ciudades independientes católicas. El Emperador había tratado de traerlos a todos de regreso al catolicismo pero había fracasado debido a la diplomacia de Richelieu.
En simples números, la población protestante alemana todavía era mucho más pequeña de la católica. Hablando en términos aproximados, los Estados y las ciudades del Norte de Alemania eran protestantes y los del Sur católicos – y no, como falsamente se pretende, porque haya algo en el clima o en la raza del Norte que tienda hacia el protestantismo sino porque el Norte se hallaba más lejos del centro del poder católico en Viena. A pesar de que las diferentes “Alemanias” (como se llamaban los Estados y las ciudades en que se hablaba el alemán) estaban así, a grandes rasgos, divididas en un Norte protestante y un Sur católico, existía una cantidad de excepciones: islotes de población católica en el Norte y de protestantes en el Sur, y con frecuencia los habitantes de una ciudad se hallaban divididos en materia religiosa.
Por este tiempo la península escandinava, Dinamarca, Suecia y Noruega, eran totalmente protestantes. Polonia, aunque nunca había formado parte del Imperio Romano, se hizo católica después de una especie de tironeo y dudas durante las guerras de religión. Ha permanecido siendo uno de los distritos más intensamente católicos desde entonces porque, al igual que los irlandeses, los polacos fueron violentamente perseguidos por su religión.
Los Países Bajos se dividieron en dos. Las provincias norteñas (que hoy conocemos como Holanda) habían adquirido su independencia de su soberano original, el rey de España, y – en gran medida como protesta contra el poder español – se habían proclamado oficialmente protestantes. Su gobierno fue protestante y el efecto político de Holanda en Europa fue protestante; pero es un gran error – aunque muy común – creer que toda la población holandesa es protestante. Holanda siempre tuvo una minoría católica muy grande y en la actualidad, de la población cristiana – que es la población que se declara como tal – más del 40% y más bien apenas menos de la mitad se compone de católicos.
Las provincias del Sur de los antiguos Países Bajos permanecieron sólidamente en la cultura católica. Se habían unido al Norte en la revuelta contra España pero, cuando los mercaderes del Norte y los ricos terratenientes se hicieron calvinistas a fin de enfatizar su oposición a España, los mercaderes y los ricos de las provincias del Sur reaccionaron fuertemente en sentido opuesto. En la actualidad a esa mitad católica de los Países Bajos la conocemos como Bélgica pero, a mediados del Siglo XVII, incluía una franja de lo que hoy es Flandes; por ejemplo, la gran ciudad de Lille, la principal de Flandes, fue parte de los Países Bajos católicos, todavía españoles.
Los cantones suizos, que se estaban gradualmente convirtiendo en nación y que ya eran mayormente independientes del Imperio, se hallaban divididos. Algunos eran de cultura protestante y otros de cultura católica – tal como siguen siéndolo al día de hoy.
Después del compromiso logrado al final de las guerras de religión y la victoria de Richelieu sobre los hugonotes, Francia se hizo oficialmente católica. La monarquía francesa fue fuertemente católica y la masa de la nación adhirió a la cultura católica. Pero quedó una minoría de protestantes, importante en cantidad (nadie sabe demasiado bien cuantos eran pero probablemente, como ya hemos visto, fueron menos del 14% pero más del 10% de la nación), en todo caso, una minoría mucho más importante por su riqueza y posición social que por su número. Los protestantes en Francia también fueron importantes porque no se hallaban confinados a un distrito sino diseminados por todo el territorio. Por ejemplo Dieppe, el puerto en el Norte, siguió siendo una ciudad fuertemente protestante. También lo fue La Rochelle, el puerto sobre el Atlántico; y del mismo modo lo fueron prósperas ciudades sureñas como Montpelier y Nimes. Gran parte de la banca y del comercio de Francia permaneció en manos protestantes.
En 1650, Inglaterra y Escocia habían estado bajo un monarca común por medio siglo y ambas eran oficialmente protestantes. Esta monarquía anglo-escocesa fue fuertemente protestante y hubo una continua y pesada persecución del catolicismo. Pero constituye otro error común el considerar a la nación inglesa en un todo como siendo protestante ya en este momento. Lo que en realidad estaba sucediendo era una desaparición muy gradual del catolicismo. Quizás un tercio de la nación continuaba sintiendo una vaga simpatía por el antiguo credo cuando comenzaron las guerras de religión, y la sexta parte de la población estaba dispuesta a hacer grandes sacrificios para poder seguir denominándose abiertamente católica. De los oficiales caídos en acción de ambas partes, se estima que cerca de un sexto fueron admitida y abiertamente católicos. Pero a la persona común le resultaba imposible obtener los sacramentos y aún las personas ricas que podían darse el lujo de pagar por capillas privadas y hacer donativos tenían dificultades para oír misa y recibir la comunión católica.
A pesar de todo, la antigua raíz católica en Inglaterra fue tan fuerte que hubo constantes conversiones, especialmente en las clases altas. Por cerca de los siguientes cuarenta años pareció que una sólida y muy considerable minoría de católicos podría sobrevivir en Inglaterra tal como lo había hecho en Holanda.
Por el otro lado, Inglaterra y Escocia no sólo eran oficialmente protestantes sino que una mayoría cada vez más grande llegó a pensar que el catolicismo era contrario a los intereses del país y una minoría muy grande y en crecimiento odiaba al catolicismo con más violencia que en cualquier otra parte de Europa.
Irlanda, por supuesto, permaneció siendo católica. El número de protestantes en Irlanda, incluso después de las plantaciones y la conquista de Cromwell, no llegó a la vigésima parte de la población. Pero a los irlandeses católicos se les quitó por la fuerza el 95% de sus tierras y para 1650 éstas estaban en posesión, o bien de renegados, o bien de aventureros protestantes de Gran Bretaña a quienes ahora los originales propietarios debían pagar una renta, o para los cuales tenían que trabajar por un salario.
Desde este momento en adelante – es decir: desde mediados del Siglo XVII – cuando en otras partes a lo largo de Europa se había llegado a un compromiso en materia de religión, en Irlanda el catolicismo fue perseguido de la manera más violenta y de una forma que se fue haciendo peor a medida en que transcurría el tiempo. Todo el poder, casi completamente todas las tierras, y la mayor parte de la riqueza líquida de Irlanda no sólo se hallaban en manos protestantes sino de personas determinadas a destruir el catolicismo. Durante mucho tiempo pareció como si Irlanda constituyese una prueba; como si la destrucción de la Iglesia Católica en Irlanda iría a ser un símbolo del triunfo del protestantismo y de la declinación de la Fe. Esa destrucción casi fue lograda – pero no se completó.
Ése fue el mapa de Europa tal como quedó dibujado después de las guerras de religión.
Pero, aparte de la división geográfica, el efecto del largo conflicto y particularmente el hecho que terminó sin un vencedor neto, fue más profundo en el aspecto moral.
Se hizo obvio para cualquier observador que, de allí en más, la cultura europea quedaría dividida en dos campos, pero lo que sólo gradualmente penetró en la mente de Europa fue el hecho que, a causa de esta división permanente, las personas comenzarían a considerar a la religión misma como una cosa secundaria. Las consideraciones políticas, las ambiciones de las naciones separadas y de las dinastías separadas comenzaron a parecer más importantes que las religiones separadas profesadas por las personas. Fue como si los hombres se dijesen a si mismos, no de una manera abierta pero sí semi consciente: “Desde el momento en que toda esta tremenda lucha no ha producido ningún resultado, las causas que condujeron al conflicto probablemente fueron exageradas”.
En la única esfera que cuenta, en la mente del hombre, el efecto de las guerras de religión y su finalización en un empate fue que la religión, como un todo, quedó debilitada. Más y más personas comenzaron a pensar en su fuero interno: “No se puede llegar a la verdad en estas cuestiones; pero sabemos qué es la prosperidad mundana y qué es la pobreza, y qué son el poder y la debilidad políticas. Las doctrinas religiosas pertenecen a un mundo invisible al cual no conocemos de un modo tan completo ni de la misma manera”.
Ése fue el primer fruto de las batallas que no se ganaron y del consentimiento virtual de los dos antagonistas de volver y quedarse en sus posiciones. Siguió habiendo bastante fervor religioso por ambas partes, pero de un modo sutil y no declarado, quedó más y más subordinado a motivos mundanos; especialmente al patriotismo y a la codicia.
Mientras tanto, a pesar de que las personas no se dieron cuenta de ello por mucho tiempo, ciertos resultados del éxito que el protestantismo había logrado, su establecimiento y su atrincheramiento en contra de la antigua religión, todo ello estaba trabajando debajo de la superficie y pronto aparecería claramente a la luz. La cultura protestante, aún a pesar de que por toda una generación siguió siendo numéricamente mucho menor que la cultura católica, y hasta bastante más pobre, tenía más vitalidad. Había comenzado con una revolución religiosa y el fervor de la revolución perduró y la inspiró. Había roto antiguas tradiciones y lazos que habían formado la estructura de la sociedad católica durante siglos enteros. El tejido social de Europa se disolvió en la cultura protestante de un modo más completo que en la católica, y esta disolución liberó energías que el catolicismo había refrenado, especialmente la energía de la competencia.
Todas las formas de innovación fueron naturalmente más favorecidas en la cultura protestante que en la católica; ambas culturas avanzaron rápidamente en las ciencias físicas, en la colonización de tierras lejanas, en la expansión de Europa por el mundo; pero los protestantes fueron más vigorosos que los católicos en todo ello.
Para dar un ejemplo; en la cultura protestante (excepto allí en dónde era remota y simple) el campesino libre, protegido por antiguas costumbres se extinguió. Terminó desapareciendo porque se rompieron los viejos usos que lo protegían de los ricos. Los adinerados compraron la tierra; grandes masas de personas que antes habían poseído tierras quedaron sin recursos. Comenzó el proletariado moderno y se sembraron las semillas de lo que hoy llamamos capitalismo. Hoy podemos apreciar el mal que ello constituía pero en ese momento significó que la tierra fue mejor cultivada. Los métodos nuevos y más científicos fueron más fácilmente aplicados por los ricos terratenientes de la nueva cultura protestante que por el tradicional campesinado católico y, al no haber control sobre la competencia, los primeros triunfaron.
También las interpretaciones tendieron a ser más libres en la cultura protestante que en la católica porque los protestantes no tenían una autoridad unitaria en materia de doctrina. Esto, que en el largo plazo estaba condenado a llevar al quiebre de la filosofía y de todo pensamiento sólido, tuvo unos primeros efectos estimulantes y revitalizadores.
Pero el gran y principal ejemplo de lo que estaba sucediendo a raíz de la rotura de la antigua unidad católica europea fue el surgimiento de la actividad bancaria.
La usura fue algo practicado en todas partes, pero en la cultura católica estaba restringida por ley y era practicada con dificultad. En la cultura protestante se convirtió en algo sobreentendido. Los mercaderes protestantes de Holanda fueron los pioneros en los inicios de la banca moderna; Inglaterra siguió pronto, y eso explica por qué las todavía comparativamente pequeñas naciones comenzaron a adquirir una formidable fuerza económica. Su capital móvil y su crédito continuaron aumentando en comparación con su riqueza total. El espíritu mercantil floreció vigorosamente entre los holandeses y los ingleses y la aceptación universal de la competencia continuó favoreciendo al lado protestante de Europa.
Todo este aumento del poder protestante estaba quedando en claro en la generación posterior a la Paz de Westfalia (1648-50 a 1720). Dejó de ser subconsciente para volverse consciente y fue sentido en todas partes a medida en que transcurría el primer tercio del Siglo XVIII. Antes de la mitad de ese siglo, hubo un sentimiento generalizado en el ambiente en cuanto a que el futuro estaba con los protestantes, aún cuando el catolicismo siguiese manteniendo los antiguos tronos con toda su gloria tradicional y su manifestación de poder – la Corona Imperial, los Estados Papales, la monarquía española y su enorme dominio de ultramar y la espléndida monarquía francesa. Para utilizar una expresión moderna, el protestantismo estaba “en alza”.
Más todavía: la confianza estaba del lado protestante mientras el lado católico se descorazonaba. Un último factor favorecía mucho a la cultura protestante: el declinar del sentimiento religioso se generalizó después de 1750 y esta declinación de la religión, al principio, no hirió tanto a la cultura protestante como a la católica. En esta última dividió amargamente a las personas. El escéptico se convirtió allí en el enemigo de su piadoso conciudadano. Francia, hasta cierto punto Italia, mucho más tarde España – pero Francia muy temprano en el proceso – quedaron internamente divididas mientras que en la cultura protestante la diferencia de opinión y el escepticismo eran lugares comunes. Allí, las personas daban esas divergencias por sentado y las mismas conducían cada vez menos a animosidades personales o a divisiones civiles.
Esta fortaleza interna de la cultura protestante se mantuvo hasta los tiempos modernos y sólo ahora está comenzando a perderse a través del efecto gradualmente desintegrante de una falsa filosofía.
Quizás algo más de ciento cincuenta años atrás, pero hace menos de doscientos – digamos que entre 1760 y 1770 – a cualquier observador de nuestra civilización le hubiera quedado claro que estábamos ingresando en un período en el cual el lado anticatólico de las dos mitades en que la Cristiandad se había dividido estaba por convertirse en el sector principal; que la cultura protestante estaba a punto de obtener la hegemonía y la retendría, quizás, por largo tiempo. De hecho, no sólo la retuvo sino que aumentó su poder por algo así como cien años. Luego – pero no antes de llegar a nuestros tiempos – declinó.
Los signos exteriores de este crecimiento protestante fueron el continuo aumento del poder financiero, militar y naval de ese sector de Europa. El comercio inglés se expandió rápidamente; los holandeses continuaron aumentando su banca y, lo más importante de todo, Inglaterra comenzó a tener el control sobre la India. Del lado militar, los alemanes protestantes produjeron un nuevo y formidable ejército, el de Prusia, con una estricta disciplina coronada por la victoria.
Algo que tendría un gran efecto fue que la flota británica se hizo por lejos más poderosa que cualquier otra y, bajo su protección, el comercio inglés y el control inglés sobre el Este crecieron en forma constante. Por tierra, Prusia comenzó a ganar batallas y campañas. Estos éxitos prusianos no fueron continuos pero fundaron una tradición continua y su rey-soldado, Federico II, fue ciertamente uno de los grandes capitanes de la Historia.
Mientras tanto, la cultura católica declinó en estos mismos terrenos.
Austria, esto es: el poder del Emperador católico entre los alemanes, vio disminuida su fuerza. Lo mismo sucedió con el extenso Imperio Español que, por aquél tiempo, incluía la mayor parte de la América poblada.
Estos signos exteriores materiales de un creciente poder protestante y de la declinación del poder de la cultura católica no representaban sino un efecto de algo espiritual que estaba teniendo lugar en el interior. La Fe se estaba quebrando.
La cultura protestante resultaba inmune a este crecimiento del escepticismo. La disminución de la adhesión de las personas a las antiguas doctrinas de la Cristiandad no debilitó a la sociedad protestante. Todo el enfoque mental de esa sociedad declaraba que cada persona era libre de juzgar por si misma, y si había algo que repudiaba y que no quería, ello era la autoridad de una religión común.
Una religión común está en la naturaleza de la cultura católica y, de este modo, la declinación de la Fe causó un desastre en este sector. Destruyó la autoridad moral de los gobiernos católicos que estaban estrechamente relacionados con la religión y, o bien produjo una especie de parálisis del pensamiento y la acción como sucedió en España, o bien, como sucedió en Francia, dividió violentamente a las personas en dos bandos: los clericales y los anticlericales.
Tengamos en cuenta que, si bien hoy podemos ver las fuerzas que se hallaban actuando en el Siglo XVIII, las personas de aquella época no las veían. Inglaterra, mediante su poder naval, había logrado el control de la India; Prusia se había establecido como un fuerte poder; pero nadie preveía que Inglaterra y Prusia le harían sombra a la Cristiandad. India produciría la riqueza y el poder para quienes la explotaran y, con ella como base, se establecería el poder bancario y comercial sobre el Este. Prusia iría a absorber a los alemanes y a convulsionar a Europa.
Inglaterra (también a través de su poder naval) había llegado a dominar la colonia francesa del Canadá; pero nadie en aquellos días creía que las colonias tenían demasiada importancia, salvo como fuente de riquezas para la madre patria, y Canadá nunca había sido eso para Francia. Más tarde, cuando Inglaterra perdió sus colonias en América del Norte y éstas se volvieron independientes, el hecho fue equivocadamente considerado como un golpe mortal al poder mundial inglés.
Muy pocos previeron lo que significaría en el futuro la nueva república de Norteamérica. Su extensa y rápida expansión numérica y económica fortaleció inmensamente la posición de la cultura protestante en el mundo. Fue sólo mucho más tarde que una cierta proporción de inmigrantes católicos modificó en alguna medida esta posición pero, aún así, los Estados Unidos siguieron siendo esencialmente una sociedad protestante durante su sorprendente desarrollo.
Al final del Siglo XVIII y a principios del XIX se produjeron las guerras revolucionarias y las napoleónicas. También éstas aumentaron la fuerza del protestantismo y debilitaron aún más a la cultura católica. Lo hicieron indirectamente, y las cuestiones inmediatas fueron tanto más excitantes y tuvieron que ver tanto más directamente con la vida de las personas que este último y profundo efecto fue poco apreciado.
Hasta el día de hoy son pocos los historiadores que evalúan la derrota de Napoleón en términos de las culturas contrastantes de Europa. La Revolución Francesa fue un movimiento anticlerical y Napoleón, que la heredó, no fue un católico creyente y practicante. No regresó a la Fe sino hasta hallarse en su lecho de muerte. Tampoco, a pesar de su genio, percibió claramente que las diferencias religiosas constituyen la raíz de las diferencias culturales ya que toda la generación a la cual perteneció no tenía el concepto de ese profundo y universal discernimiento.
Sin embargo, sigue siendo cierto que, de haber triunfado Napoleón, la cultura preponderante de Europa hubiera sido católica. Su Imperio, aliado y con lazos matrimoniales con la antigua tradición católica de Austria, al darle paz a la Iglesia y al ponerle fin a los peligros revolucionarios, nos hubiera dado una Europa unida y estabilizada en la cual, a pesar del ampliamente difundido racionalismo de las clases más pudientes, Europa como un todo hubiera regresado a la tradición católica.
No obstante, Napoleón simplemente fracasó; y fracasó por calcular mal sus posibilidades en la campaña contra Rusia.
Después de su fracaso, el proceso de declinación que durante tanto tiempo había estado carcomiendo a la cultura católica, continuó a lo largo de todo el Siglo XIX. Como resultado de la derrota de Napoleón, Inglaterra pudo expandirse ininterrumpidamente mediante su ahora no sólo incuestionable sino hasta invencible poder naval. No había rival para ella en ninguna parte fuera de Europa. El Imperio Español, ya bastante alicaído, fue subdividido en gran medida como consecuencia de los esfuerzos de Inglaterra que deseaba un comercio sin trabas con la América Central y del Sur. Inglaterra se adueñó de puntos estratégicos por todo el globo, algunos de los cuales se convirtieron en sociedades locales considerables, llamadas colonias al principio y que ahora se llaman “dominios”.
Merced a la derrota de Napoleón, Prusia se convirtió en la potencia líder entre los alemanes. Anexó a la población católica del Rin y emergió como la triunfante rival de la Casa Habsburgo-Lorena del Emperador en Viena. Francia cayó en una serie incesante de experimentos políticos y fracasos en la base de los cuales estaba la profunda división religiosa de los franceses.
No hubo una Italia unificada y los esfuerzos que se hicieron para crearla fueron anticatólicos. Más aún, una de las ironías más ridículas de la Historia es que la gran potencia en la que Italia se ha convertido hoy surgió en gran medida por la simpatía que la Europa protestante manifestó por las rebeliones italianas originales contra el rey católico de Nápoles y contra la autoridad de los Estados Papales.
Durante la mayor parte de una generación después de la derrota de Napoleón, otro grupo de acontecimientos se volcó en la balanza en contra de la cultura católica. Fue la serie de aplastantes victorias obtenidas por Prusia en el campo de batalla entre 1866 y 1871. En esos cinco años Prusia destruyó el poder militar de la Austria católica y creó un nuevo Imperio Alemán en el cual los católicos fueron cuidadosamente aislados de Austria y convertidos en una minoría con el Berlín protestante como su centro de gravedad. También, Prusia derrotó a Francia súbita y completamente, tomó París y anexó lo que le pareció del territorio francés.
Este último acontecimiento, la guerra franco-prusiana fue, por lejos, el más importante de todos y pudo muy bien haber significado el fin de la cultura católica de Europa a través del establecimiento de la república parlamentaria francesa (que fue de mal en peor en materia de leyes y de moral) y mediante el socavamiento de la confianza que los franceses tenían en si mismos. El nuevo régimen en Francia comenzó a devastar a la civilización francesa y aumentó infinitamente a la facción anticatólica la que llegó a obtener y a mantener el poder por sobre el pueblo francés. Más aún: como consecuencia de esa guerra, Inglaterra se hizo aún más fuerte en el Este. Tomó el lugar de Francia como dominadora de Egipto, se hizo cargo de la custodia del Canal de Suez (que los franceses habían construido justo antes de su derrota) y adquirió Chipre.
Italia estaba ahora unida pero era débil y menospreciada. España y Portugal habían declinado, al parecer más allá de toda esperanza de recobrarse. Con Francia desgarrada por su conflicto religioso y teniendo la peor clase de políticos profesionales, con el sol de Austria en el ocaso, con Prusia en plena carrera, con los Estados Unidos recuperándose de su guerra civil y más poderosos y coherentes que nunca – convirtiéndose rápidamente en el país más rico del mundo y con una población en igual de rápida expansión – pareció caerse de maduro que la cultura católica sería directamente barrida del mapa. La cultura protestante se había convertido en el líder manifiesto de la civilización blanca.
La situación era evidente no sólo políticamente sino también en el terreno económico. La nueva maquinaria que transformaba la vida en todas partes, las nuevas y rápidas comunicaciones que transportaban pensamientos, mercaderías y personas; todo ello era principalmente producto de la cultura protestante. Las naciones católicas no hacían más que copiar a las naciones protestantes en estas cuestiones.
Lo mismo sucedía con las instituciones. La institución inglesa del parlamento, que había surgido y se había mantenido por una clase gobernante bajo condiciones aristocráticas, fue imitada en todas partes. Era una institución que se adaptaba pésimamente a sociedades con un fuerte sentido de igualdad humana, pero era tal el prestigio de Inglaterra que las personas copiaron instituciones inglesas en todas partes.
Mientras tanto, Irlanda, que propiamente puede ser llamada la prueba de la suerte de la cultura católica, pareció dar la señal de la ruina final de esa cultura. La población irlandesa, hacía tiempo despojada de sus tierras, quedó reducida a la mitad por la hambruna. La riqueza de Irlanda disminuyó con la misma rapidez con la que creció la de Inglaterra y nadie razonable pensó que sería posible que Irlanda, después de sus terribles experiencias en el Siglo XIX, pudiese surgir otra vez de entre los muertos.
El Papa había sido despojado de sus ingresos mediante la toma de sus Estados y era ahora un prisionero en el Vaticano con todo el espíritu del nuevo gobierno italiano – ahora su aparente soberano – más y más opuesto a la religión. El sistema educativo de Europa se divorció cada vez más de la religión y en los grandes países católicos, o bien se desmoronó, o bien cayó en manos anticatólicas.
Es muy difícil decir cuando cambia la marea en los grandes procesos de la Historia. Pero hay una regla que puede ser sabiamente aplicada: el cambio de marea sobreviene antes de lo que piensan las personas cuyo juicio se basa sobre fenómenos superficiales. Cualquier gran sistema – el activamente centralizado Imperio Romano de Occidente, el Imperio Español, el período de la dominación turca en el Este, el período de las monarquías absolutas en Europa Occidental – todos estos sistemas comenzaron realmente a colapsar mucho antes de que un observador externo pudiese notar cambio alguno. Por ejemplo, en una fecha tan tardía como 1630 las personas todavía hablaban y pensaban del poder español como la cosa más grande del mundo; y, sin embargo, había recibido su herida mortal en Holanda más de una generación antes y después de Rocroi (1643) estaba desangrándose lentamente.
Así sucedió y así sucede con la hegemonía protestante sobre nuestra cultura; con el liderazgo protestante y anticatólico de la civilización blanca. La marea ha cambiado. Pero ¿cuál fue el momento en que cambió? ¿Cuándo se produjo el intervalo entre la marea alta y la baja?
Es difícil fijar una fecha para estas cosas pero una regla universal dice que, en la duda entre dos fechas, debe preferirse la más temprana a la más tardía.
Muchos pondrían a los años 1899-1901, la época de la aciaga guerra Boer, como la fecha del punto de inflexión. Algunos la pondrían más tarde. Por mi parte, la fijaría alrededor de los años 1885-1887. Me parece que un observador universal, no sesgado por sentimientos patrióticos, fijaría ese momento – o bien 1890 a lo sumo – como el punto de inflexión en la curva. Los poderes protestantes eran entonces aparentemente más poderosos que nunca; pero la reacción estaba agitándose y en la próxima generación se volvería visible.
Cualesquiera que fuesen las causas y sean cuales fueren las fechas a fijar (con seguridad entre 1885 y 1904) lo cierto es que la marea estaba cambiando. No estaba cambiando hacia el restablecimiento de la cultura católica como la líder de Europa, menos aún hacia el restablecimiento de la Iglesia Católica como el espíritu universal de esa cultura; pero las ideas y las cosas que habían convertido a la cultura opuesta en todopoderosa estaban decayendo. Esta declinación moderna de la hegemonía protestante y su continuidad en una amenaza completamente nueva – y en una nueva reacción católica contra esa amenaza – es lo que describiré a continuación.
Sea cual fuere la fecha que le asignemos a la cumbre del poder en la cultura protestante, sea que digamos que su decadencia comenzó en una fecha tan temprana como 1890 o que no puede ser fijada antes de 1904, {[18]} no hay duda que después de esta fecha – en otras palabras: durante los primeros años del Siglo XX – la supremacía de la cultura protestante se hallaba socavada.
Las distintas herejías protestantes sobre las cuales se había basado y el espíritu general de todas esas herejías combinadas estaba declinando. Como consecuencia de ello, su fruto, la hegemonía protestante sobre Europa y el mundo blanco, estaba declinando también. El protestantismo estaba siendo estrangulado en su raíz – en sus raíces espirituales – con lo que los frutos materiales de ese árbol estaban empezando a secarse.
Cuando estudiamos en detalle el proceso de este velado decaimiento de la supremacía de la cultura protestante, hallamos dos conjuntos de causas. La primera, y aparentemente la menos importante (aunque la posteridad quizás descubra que fue de gran importancia) fue cierta recuperación de la confianza en una porción (y sólo una porción) de las naciones que habían heredado la cultura católica y, al mismo tiempo, un renacimiento de la vitalidad de las enseñanzas católicas.
Políticamente no hubo una reacción para retomar la antigua fortaleza de la cultura católica; fue mas bien lo contrario. Irlanda continuó declinando en población y en riqueza y era ahora más dependiente de un poder protestante que nunca antes. Polonia, aparentemente, no tenía esperanzas de resurgir. Las divisiones dentro de la cultura católica misma se hicieron peores que nunca. En Francia (que era la piedra de toque de la totalidad) la lucha entre la Iglesia y sus enemigos se convirtió en algo sobreentendido y la victoria de sus enemigos llegó a ser igual de sobreentendida. La religión estaba desapareciendo de las escuelas primarias. Grandes sectores del campesinado estaban perdiendo su fe ancestral y, la declinación de la religión arrastró consigo la declinación del buen gusto en la arquitectura, en todas las artes y, lo que es lo peor de todo, en todas las letras. La antigua lucidez intelectual francesa comenzó a volverse confusa. No hubo un renacimiento español y en Italia, el poder anticlerical y parlamentario masónico más las diferencias existentes entre los diversos distritos hicieron que otra provincia de la cultura católica se debilitara.
Pero en todas las naciones de la cultura católica ya se hacía visible alguna recuperación de la religión en las clases más pudientes,
Esto puede no parecer mucho, dado que las clases más ricas constituyen una pequeña minoría; pero éstas influenciaron a las universidades y, por lo tanto, a la literatura y a la filosofía de su generación. Mientras una generación antes cualquiera hubiera dicho que el catolicismo jamás volvería a aparecer en la Universidad de París, ahora ya se veían signos de que volvía a ser tomado muy en serio. En todo esto, el gran Papa León XIII desempeñó un papel principal, secundado por quien más tarde se convertiría en el Cardenal Mercier. Santo Tomás fue rehabilitado y la Universidad de Lovaina se convirtió en el foco de una energía intelectual que se irradió a través de toda Europa Occidental.
Aún así y lo repito, todo esto tuvo una importancia menor frente al decaimiento interno de la cultura protestante. La cultura católica siguió estando dividida; no había signos de que retornaría a su gran papel del pasado, y – a pesar de que tanto las semillas del resurgimiento irlandés como del polaco habían sido sembradas (el primero de ellos a través de la muy importante recuperación de las tierras por parte del campesinado irlandés) – nadie hubiera podido predecir el fortalecimiento integral de la cultura católica en toda nuestra civilización. De hecho, la mayoría hoy tampoco puede percibir ese fortalecimiento.
Hubo grandes conversos, como que siempre los ha habido. Hubo, lo que es más significativo aún, grupos enteros de personas muy eminentes, tales como Brunetière en Francia, que congeniaron cada vez menos con el ateísmo y el agnosticismo pasados de moda y quienes, sin declararse católicos, simpatizaron claramente con el sector católico. Pero todos ellos no ejercieron influencia sobre la corriente principal. Lo que realmente produjo el cambio fue la gran debilidad interna de la cultura protestante como algo opuesto a la católica. Fue este decaimiento de los oponentes de la Iglesia lo que comenzó a transformar a Europa y a preparar a las personas para otro gran cambio adicional al cual llamaré (tanto como para darle un nombre y poder estudiarlo más adelante) “la fase moderna”.
La cultura protestante decayó por dentro a raíz de una cantidad de causas, probablemente todas conexas, aún cuando es difícil rastrear esa conexión; todas probablemente procedentes de aquello que los médicos llamarían la condición “auto-tóxica” de la cultura protestante. Decimos que un organismo se ha vuelto “auto-tóxico” cuando comienza a intoxicarse a si mismo, cuando pierde vigor en sus procesos vitales y acumula secreciones que continuamente disminuyen sus energías. Algo por el estilo estaba sucediendo con la cultura protestante hacia fines del Siglo XIX y comienzos del XX.
Esta fue la causa general de la declinación protestante, pero su acción fue ambigua y difícil de aprehender. Sobre las causas particulares de dicha declinación podemos tener mayor certeza y ser más concretos.
Por de pronto, la base espiritual del protestantismo se hizo pedazos por el derrumbe de la Biblia como autoridad suprema. Este derrumbe fue el resultado de ese mismo espíritu de investigación escéptica sobre el cual el protestantismo siempre estuvo basado. Había comenzado diciendo: “Niego la autoridad de la Iglesia. Cada persona debe examinar por si misma la credibilidad de toda doctrina”. Pero había tomado como apoyo (bastante ilógicamente por cierto) a la doctrina católica de la inspiración escritural. La Iglesia Católica había declarado que esa gran masa de folklore judío, poesía e Historia popular tradicional, ese cuerpo de registros de la Iglesia Temprana que llamamos el Nuevo Testamento, se hallaban divinamente inspirados. El protestantismo (como todos sabemos) volvió esta misma doctrina de la Iglesia en contra de la Iglesia misma y apeló a la Biblia en contra de la autoridad católica.
De allí que la Biblia – el Antiguo y el Nuevo Testamento combinados – se convirtió en un objeto de culto por si misma a través de la cultura protestante. Había una gran cantidad de dudas y hasta de paganismo flotando en el ambiente antes del fin del Siglo XIX en las naciones de cultura protestante; pero la masa de las poblaciones, tanto en Alemania como en Inglaterra y en la península escandinava, y por cierto que en los Estados Unidos, se aferró a una interpretación literal de la Biblia.
Ahora bien, la investigación histórica, la investigación en las ciencias físicas y la investigación en la crítica de textos sacudió esta actitud. La cultura protestante empezó a deslizarse hacia el otro extremo; de haber adorado al propio texto de la Biblia como algo inmutable y como la clara voz de Dios, cayó en dudar de casi todo lo contenido en la Biblia.
Cuestionó la autenticidad de los cuatro Evangelios, particularmente a los dos escritos por testigos oculares de la vida de Nuestro Señor y más especialmente al de San Juan, el principal testigo de la Encarnación.
Llegó a negar el valor histórico de casi todo en el Antiguo Testamento que fuese anterior al exilio babilónico; negó como una cuestión de principio todo milagro, de una tapa a la otra del libro, y toda profecía.
Si un documento contenía una profecía, eso se interpretaba como prueba de que había sido escrito después de los hechos. Todo texto inconveniente fue etiquetado de interpolación. Al final, cuando este espíritu (que fue producto del protestantismo mismo) hubo terminado con la Biblia – es decir: con el mismo fundamento del protestantismo – lo que quedó del protestantismo no fue más que una masa de ruinas.
Hay incluso otro ejemplo de cómo el espíritu del protestantismo destruyó sus propios fundamentos, pero se halla en otro terreno: en el de la economía social.
El protestantismo había producido la libre competencia permitiendo la usura y destruyendo las antiguas salvaguardas que protegían las propiedades del hombre pequeño: el gremio y la asociación local.
En la mayor parte de los lugares en dónde tuvo poder (y especialmente en Inglaterra) el protestantismo destruyó al campesinado por completo. Produjo el industrialismo moderno en su forma capitalista y produjo la banca moderna que al final se convirtió en dueña de la comunidad, pero bastó con que algo más que una generación tuviese la experiencia del capitalismo industrial y del poder usurario de los banqueros para demostrar que ninguno de los dos podría continuar. Habían engendrado extensos desastres sociales que iban de mal en peor hasta que las personas, sin apreciar conscientemente la causa última de esas calamidades (que es, por supuesto, espiritual y religiosa) hallaron de cualquier modo que los males eran insoportables.
Pero, en definitiva, la riqueza y el poder político de la cultura protestante estaban basados sobre justamente las instituciones que ahora se criticaban.
El capitalismo industrial y la banca usurera constituían justamente la fortaleza misma de la civilización protestante del Siglo XIX. Habían triunfado especialmente en la Inglaterra victoriana. En el momento en que escribo estas palabras, son todavía superficialmente todopoderosos – pero cada uno de nosotros sabe que su hora ha llegado. Se han corrompido desde adentro; y con ellos se corrompió la hegemonía protestante a la que tan poderosamente habían apoyado durante las generaciones inmediatamente anteriores a la nuestra.
Hubo, además, otra causa del debilitamiento y la declinación de la cultura protestante: sus diferentes partes tendían a entrar en conflicto entre si. Era lo esperado de un sistema basado simultáneamente en la competencia y en la adulación del orgullo humano. Las distintas sociedades protestantes, en especial la británica y la prusiana, estaban – cada una por su lado – convencidas de su propia y completa superioridad. Pero no se pueden tener dos o más razas superiores.
Este ambiente de auto-idolatría necesariamente condujo a un conflicto entre los auto-idólatras. Podían ponerse de acuerdo en despreciar a la cultura católica; pero no pudieron preservar la unidad entre ellos mismos.
El problema se agravó por la falta inherente de un plan. La cultura protestante, habiendo comenzado por exagerar el poder de la razón humana, estaba terminando por abandonar la razón humana. Se vanagloriaba de su dependencia del instinto y hasta de la buena suerte. No hubo frase más común en labios de los ingleses protestantes que aquella de: “No somos una nación lógica”. Cada grupo protestante se convirtió en “el país de Dios”, en el favorito de Dios – y de alguna manera u otra se suponía que terminaría siendo hegemónico sin tomarse el trabajo de pensar un esquema para su propia conducta.
En el largo plazo no hay nada más fatal para un individuo o para una gran sociedad que esta ciega dependencia de una buena suerte garantizada y un descuido igualmente ciego de los procesos racionales. Es algo que le abre la puerta a cualquier extravagancia, sea material o espiritual; a concepciones de dominio universal, al poder mundial y a cosas similares que, en sus efectos, constituyen venenos mortales.
Todos estos fenómenos combinados condujeron al gran colapso que oficialmente fechamos en 1914 pero cuya gestación se ubica por lo menos tres años antes, ya que fue tres años antes del estallido de la Gran Guerra que las naciones comenzaron a hacer sus preparativos para el conflicto.
En la Gran Guerra, por supuesto, la totalidad del antiguo estado de cosas colapsó estrepitosamente. Lo que sobrevivió de lo que habían sido las instituciones de la hegemonía protestante – el control por los bancos, la exacción de una usura general a través de empréstitos internacionales, todo el competitivo sistema industrial, la irrestricta explotación de un extenso proletariado por parte de una pequeña clase capitalista – todo ello sólo sobrevivió en forma precaria, sostenido por toda clase de subterfugios y aún así sólo en algunas pocas sociedades. En la gran masa de nuestra civilización, estas cosas desaparecieron rápidamente. La principal institución política que les había servido – el parlamento integrado por políticos profesionales que se autodenominaban “representativos” – siguió por el mismo camino. Nuestra civilización comenzó a entrar en un período de experimentos políticos, incluyendo despotismos, cada uno de los cuales puede ser y probablemente será efímero pero, en cualquier caso, todos estos experimentos significan un corte con el pasado inmediato.
Cesó de existir el antiguo mundo blanco en el cual una cultura católica dividida y confundida fue desplazada por una triunfante y poderosa cultura protestante.
Pero cabe destacar que este colapso del antiguo fenómeno anticatólico, la cultura protestante, no presenta signos de ser suplantado por la hegemonía de la cultura católica. No hay señales todavía de una reacción tendiente a restablecer el dominio de las ideas católicas; a restaurar plenamente la única Fe que puede salvar a Europa y a toda nuestra civilización.
Cuando nos libramos de un mal, casi siempre sucede que nos encontramos frente a otro de cuya existencia hasta ese momento no habíamos sospechado. Eso es lo que sucede ahora con el derrumbe de la hegemonía protestante. Estamos ingresando a una nueva fase – “la Fase Moderna”, según la he llamado – en la cual la Iglesia Eterna enfrenta problemas muy diferentes. Un enemigo muy diferente amenazará la existencia de esta Iglesia y la salvación del mundo que depende de ella. En qué consiste esa fase moderna es lo que intentaré analizar a continuación.
Nos acercamos al mayor momento de todos.
La Fe no está ahora en la presencia de una herejía particular – como lo estuvo en el pasado ante la herejía arriana, la maniquea, la albigense o la mahometana – ni tampoco está en presencia de una especie de herejía generalizada como lo estuvo cuando tuvo que enfrentar a la revolución protestante hace trescientos o cuatrocientos años atrás. El enemigo al cual la Fe tiene que enfrentar ahora, y que podría ser llamado “El Ataque Moderno”, constituye un asalto integral a lo fundamental de la Fe – a la existencia misma de la Fe. Y el enemigo que ahora avanza sobre nosotros está cada vez más consciente de que no existe la posibilidad de ser neutrales. Las fuerzas que ahora se oponen a la Fe están diseñadas para destruir. De aquí en más la batalla se librará sobre una bien definida línea divisoria y lo que está en juego es la supervivencia o la destrucción de la Iglesia Católica. Y toda su filosofía; no una parte de ella.
Sabemos, por supuesto, que la Iglesia Católica no puede ser destruida. Pero lo que no sabemos es la medida del área en la cual habrá de sobrevivir. No conocemos su poder para revivir ni el poder del enemigo para empujarla más y más hacia atrás hasta sus últimas defensas, hasta que parezca que el Anticristo ha llegado y estemos a punto de decidir la cuestión final. De tal envergadura es la lucha ante la cual se halla el mundo.
A muchos que no sienten simpatía por el catolicismo, a quienes heredaron la antigua animosidad protestante contra la Iglesia (aún cuando el protestantismo doctrinario ya está muerto), y a quienes piensan que cualquier ataque contra la Iglesia tiene que ser de alguna manera una buena cosa, a todos ellos la lucha ya les parece como un ataque, actual o inminente, contra lo que ellos llaman el “cristianismo”.
Por todas partes es posible hallar personas diciendo que el movimiento bolchevique (por ejemplo) es “decididamente anticristiano” – “opuesto a toda forma de cristianismo” – y debe ser “resistido por todos los cristianos, sin importar la iglesia particular a la que cada uno pueda pertenecer”, y así sucesivamente.
El discurso y los escritos de esta clase son insubstanciales porque no significan nada definido. No existe una religión que se llame “religión cristiana”. Nunca existió una religión así.
Existe y siempre existió la Iglesia y varias herejías procedentes del rechazo de algunas de las doctrinas de la Iglesia por parte de personas que seguían queriendo retener el resto de sus enseñanzas y de su moral. Pero nunca hubo, nunca podrá haber y nunca habrá una religión cristiana general, profesada por todas las personas dispuestas a aceptar algunas importantes doctrinas centrales y poniéndose de acuerdo en disentir respecto de otras. Desde el principio siempre estuvo, y siempre estará, la Iglesia por un lado y, del otro, una variedad de herejías condenadas ya sea a decaer, o bien, como el mahometanismo, a crecer y convertirse en una religión aparte. Nunca hubo y nunca podrá haber una definición de una religión cristiana común porque algo así no existió jamás.
No hay una doctrina esencial de una característica tal que, habiéndonos puesto de acuerdo sobre ella, podamos diferir en cuanto al resto. Por ejemplo, no es posible aceptar la inmortalidad pero negar a la Trinidad. Una persona podría autodenominarse cristiana aún negando la unidad de la Iglesia Cristiana; podría autodenominarse cristiana aún negando la presencia de Jesucristo en el Sagrado Sacramento; podría autodenominarse alegremente cristiana aún negando la Encarnación.
No; la lucha es entre la Iglesia y la anti-Iglesia; entre la Iglesia de Dios y el anti-dios; entre la Iglesia de Cristo y el Anticristo.
La verdad se está volviendo cada día más obvia y dentro de unos pocos años será universalmente admitida. Al ataque moderno no le he puesto la denominación de “Anticristo”, aunque en mi fuero interno creo que ése sería el término adecuado. No le he puesto ese nombre porque, por el momento, parecería exagerado. Pero el nombre no importa. Sea que lo llamemos “Ataque Moderno” o “Anticristo”, es la misma cosa: hay una clara cuestión establecida entre el mantenimiento de la moral, la tradición y la autoridad católicas por un lado, y el esfuerzo activo orientado a destruirlas por el otro. El ataque moderno no nos tolerará. Tenemos que intentar destruirlo porque es el enemigo, totalmente equipado y apasionado, de la Verdad por la cual viven los seres humanos. El duelo es a muerte.
A veces las personas se refieren al ataque moderno llamándolo “un retorno al paganismo”. Esa definición es cierta si por paganismo entendemos una negación de la verdad católica: si por paganismo entendemos la negación de la Encarnación, de la inmortalidad, de la unidad y personalidad de Dios, de la responsabilidad directa del ser humano ante Dios y de todo ese cuerpo de pensamiento, sentimiento, doctrina y cultura que se resume en la palabra “católico”. Entonces, y en ese sentido, el ataque moderno es un regreso al paganismo.
Pero hay más de un paganismo. Hubo un paganismo del cual todos provenimos: el noble y civilizado paganismo de Grecia y de Roma. Existió el paganismo bárbaro de las salvajes tribus externas, los germanos, los eslavos y todos los demás. Está el paganismo degradado del África; el foráneo y desesperanzado paganismo del Asia. Ahora bien, desde el momento en que de todos estos paganismos fue posible atraer a personas hacia la Iglesia universal, cualquier nuevo paganismo que rechace a la Iglesia ciertamente sería bastante distinto de los paganismos para los cuales la Iglesia fue, o es, desconocida.
Una persona subiendo una montaña puede estar al mismo nivel que otro bajándola; pero ambos caminan por sendas diferentes y tienen destinos finales distintos. Nuestro mundo, al salir del antiguo paganismo de Grecia y de Roma para dirigirse hacia la consumación de la Cristiandad y de la civilización católica de la que todos derivamos, es la negación propiamente dicha del mismo mundo que abandona la luz de su religión ancestral y se desliza hacia atrás para llegar a la oscuridad.
Siendo así las cosas, examinemos al Ataque Moderno – al avance anticristiano – y distingamos su naturaleza especial.
Para empezar, hallamos que es, al mismo tiempo, materialista y supersticioso.
Hay aquí una contradicción racional pero la fase moderna, el avance anticristiano, ha abandonado a la razón. Está enfocada en la destrucción de la Iglesia Católica y la civilización creada por ella. No le preocupan las aparentes contradicciones en su propio organismo mientras la alianza general esté dirigida a terminar con todo aquello por lo cual hasta ahora hemos vivido. El ataque moderno es materialista porque, en su filosofía, considera solamente causas materiales. Es supersticioso sólo como una consecuencia secundaria de este estado mental. Alimenta superficialmente las tontas extravagancias del espiritualismo, el vulgar sinsentido de la “Ciencia Cristiana”, y sólo el cielo sabe cuantas fantasías adicionales. Pero estas tonterías no están alimentadas por un hambre de religión sino por la misma raíz que ha convertido al mundo en materialista: por la incapacidad de comprender la verdad primordial de que la fe está en la base de todo conocimiento; por pensar que la verdad no se puede apreciar sino por experiencia directa.
Así, el espiritualista presume de sus manifestaciones demostrables y sus variados rivales presumen de sus claras pruebas directas; pero todos están de acuerdo en que la Revelación tiene que ser negada. Ha sido muy correctamente destacado que no hay nada más notorio que la forma en que todas las prácticas modernas cuasi-religiosas están de acuerdo en este punto: en que la Revelación debe ser negada.
Podemos dejar por sentado, pues, que el nuevo avance contra la Iglesia – en lo que quizás resulte ser el avance final contra ella siendo que constituye el único enemigo moderno relevante – es fundamentalmente materialista. Lo es en la lectura que hace de la Historia y, por sobre todo, en sus propuestas de reforma social.
Característico de la ola que avanza es que, siendo atea, repudia a la razón humana. Una actitud semejante parecería ser, a su vez, una contradicción en los términos, puesto que si negamos el valor de la razón humana, si afirmamos que no podemos llegar a ninguna verdad mediante la razón, pues entonces ni siquiera esa afirmación puede ser verdadera. Si eso es cierto, nada es verdadero y no hay nada que valga la pena expresar. Pero ese gran Ataque Moderno (que es más que una herejía) es indiferente ante la auto-contradicción. Se limita a afirmar. Avanza como un animal, confiando exclusivamente en la fuerza. Más aún, quizás valga la pena señalar de pasada que esto puede muy bien convertirse en la causa de su derrota final; porque hasta ahora la razón siempre ha vencido a sus opositores y el hombre domina a las bestias en virtud de su razón.
De cualquier manera que sea, éste es el caracter principal del Ataque Moderno. Es materialista y ateo; y siendo ateo, necesariamente es indiferente ante la verdad. Porque Dios es Verdad.
Pero existe (como descubrieron los más grandes entre los antiguos griegos) cierta indisoluble Trinidad constituida por la Verdad, la Belleza y la Bondad. No se puede negar o atacar a una de ellas sin, simultáneamente, negar o atacar a las otras dos. En consecuencia, con el avance de este nuevo y tremendo enemigo de la Fe y de toda la civilización que la Fe produce, lo que se viene no es tan sólo un desprecio por la belleza sino un odio hacia ella; e inmediatamente después, pisándole los talones, aparece el desprecio y el odio a la virtud.
Los tontos menos malos, los menos viciosos conversos que ha hecho el enemigo, hablan vagamente de “reajustes”, de “un nuevo mundo” y de un “nuevo orden”; pero no comienzan diciéndonos – como por razones elementales deberían hacerlo – sobre qué principios habrá de levantarse este nuevo orden. No definen el fin que tienen en vista.
El comunismo (que es tan sólo una de las manifestaciones, y probablemente sólo una manifestación pasajera, de este Ataque Moderno) proclama que está dirigido hacia cierto bien; vale decir: hacia la abolición de la pobreza. Pero no nos dice por qué esto habría de ser bueno; no admite que su esquema incluye también la destrucción de otras cosas que son buenas según el consenso común de la humanidad: la familia, la propiedad (que garantiza la libertad y la dignidad individuales), al humor, a la misericordia y a todas las formas que consideramos como propias de una vida recta.
Se le puede poner el nombre que se quiera. Se lo puede llamar, como lo hago yo aquí, “el Ataque Moderno”; o bien “Anticristo”, como creo que las personas pronto tendrán que llamarlo; o bien se lo puede denominar con el término temporalmente prestado de “Bolcheviquismo”. Al fenómeno en si lo conocemos aceptablemente bien. Y no es la revuelta de los oprimidos; no es el alzamiento del proletariado contra la injusticia y la crueldad capitalista. Es algo que viene de afuera; como un espíritu maligno que se aprovecha de la desesperación de las personas y de su enfado por condiciones injustas.
Esa cosa está ante nuestras puertas. En última instancia, por supuesto, constituye la consecuencia del quiebre original de la Cristiandad por la Reforma. Comenzó con la negación de una autoridad central y terminó diciéndole al hombre que es autosuficiente instaurando por todas partes grandes ídolos para que fuesen adorados como dioses.
No es tan sólo por el lado comunista que esto aparece; lo hace también en las organizaciones que se oponen al comunismo; en las razas y naciones en dónde la fuerza bruta está colocada en el lugar de Dios. Aquí también se instauran ídolos a los cuales se les ofrecen espantosos sacrificios humanos. También en estos lugares se niega la justicia y el correcto orden de las cosas.
Esa es la naturaleza de la batalla en la que ahora nos encontramos y contra semejantes enemigos la posición de la Iglesia Católica hoy parece ser por cierto débil.
Pero existen ciertas fuerzas que están a su favor y que pueden conducir, después de todo, a una reacción que podría hacer resurgir el poder de la Iglesia sobre la humanidad.
En las próximas páginas consideraré cuales pueden ser los resultados inmediatos de esta nueva gran idolatría y, en las siguientes, discutiré la cuestión principal; que es la de establecer si el proceso apunta a convertir a la Iglesia en una fortaleza aislada que se defiende de grandes adversidades – en un arca en medio de un creciente diluvio que, si bien no hunde a la nave, tapa y destruye todo lo demás – o bien si la Iglesia puede quizás restaurar en algo su antiguo poder.
El Ataque Moderno contra la Iglesia Católica – el más universal de todos los que ha sufrido desde que fuera fundada – ha progresado tanto que ya ha producido consecuencias sociales, intelectuales y morales. Estas consecuencias, combinadas, le dan cierto sabor a religión.
Este Ataque Moderno, como ya he señalado, no es una herejía en el antiguo sentido de la palabra; ni una síntesis de herejías que tienen en común el odio a la Fe (como lo fue el movimiento protestante). A pesar de ello, sin embargo, es mucho más profundo y sus consecuencias son mas devastadoras que las anteriores herejías. Es esencialmente ateo, aún cuando su ateísmo no sea abiertamente predicado. Considera al hombre como un ser autosuficiente, a la oración como una autosugestión y – esto es fundamental – a Dios como nada más que un producto de la imaginación; como la propia imagen del ser humano arrojada al universo; como un fantasma y no como una realidad.
Entre sus muchas sabias declaraciones, el Papa actual {[*4*]} pronunció una frase cuyo profundo sentido fue por demás notable en su momento y, desde entonces, ha sido poderosamente confirmado por los acontecimientos. Lo que dijo fue que, mientras que en el pasado la negación de Dios había estado confinada a un número comparativamente reducido de intelectuales, esa negación ahora ha ganado a las multitudes y se halla actuando en todas partes como una fuerza social.
Éste es el enemigo moderno; éste es ese diluvio en progreso; ésta es la mayor lucha, y puede ser la final, entre la Iglesia y el mundo. Debemos juzgar a este enemigo por sus frutos y los mismos, si bien aún no están maduros, ya se han hecho reconocibles. ¿Cuáles son esos frutos?
En primer lugar, estamos siendo testigos del renacimiento de la esclavitud; un resultado necesario de la negación del libre albedrío cuando dicha negación avanza un paso más allá de Calvino y niega tanto la responsabilidad ante Dios como la limitación del poder del ser humano. Las dos formas de esclavitud que están apareciendo gradualmente y que, por el efecto del ataque moderno a la Fe, se harán cada vez más maduras a medida en que pase el tiempo, son la esclavitud respecto del Estado y la esclavitud respecto de corporaciones e individuos privados.
Los conceptos se emplean con tanta ambigüedad actualmente; existe tal parálisis en el poder de la definición, que casi cualquier frase en la que se emplean giros actuales puede llegar a ser malinterpretada. Si fuésemos a decir “esclavitud bajo el capitalismo”, el término “capitalismo” significará distintas cosas para diferentes personas. Para un grupo de escritores significará (y debo confesar que significa para mí cuando lo empleo) “la explotación de masas de personas aún libres por parte de unos pocos propietarios de los medios de producción, transporte e intercambio.” Cuando la masa de las personas está desposeída – vale decir: cuando no posee nada – los individuos se vuelven completamente dependientes de los propietarios; y cuando esos propietarios están envueltos en una activa competencia para bajar los costos de producción, las masas de personas a las que explotan no sólo carecen del poder de ordenar sus propias vidas sino que, además, sufren carencias e inseguridades.
Pero para otra persona el término “capitalismo” podría significar simplemente el derecho a la propiedad privada; para algún otro designará al capitalismo industrial que trabaja con máquinas y que contrasta con la producción agrícola. Lo repito: a fin de que la discusión tenga sentido en absoluto tenemos que tener nuestros términos claramente definidos.
Cuando el Papa actual se refirió en su Encíclica a personas reducidas “a una condición no lejana de la esclavitud”, lo que quiso dar a entender es justamente lo que se ha dicho más arriba. Cuando la masa de las familias de un Estado carecen de propiedades, quienes antes eran ciudadanos se convierten en esclavos. Mientras más interviene el Estado para imponer condiciones de seguridad y abastecimiento; mientras más regula los salarios, provee seguros compulsivos, atención médica, educación y, en general, mientras más se hace cargo de las vidas de los asalariados en beneficio de las compañías y las personas que emplean a estos asalariados, tanto más se acentúa esa condición de semi-esclavitud. Si continuara por, digamos, unas tres generaciones, se volverá tan firmemente establecida como hábito social y como esquema mental que ya no habrá escapatoria de ella en aquellos países en dónde un socialismo de Estado de este tipo ha sido forjado e impuesto sobre el organismo político.
En Europa, particularmente Inglaterra (pero también muchos otros países en un grado menor) se ha adherido a este sistema. Por debajo de cierto nivel de ingresos, a una persona se le garantiza la mera subsistencia en caso de que se quede sin empleo. El subsidio le es abonado por funcionarios públicos al precio de la pérdida de la dignidad humana. Cada circunstancia de su familia es examinada; está más en las manos de estos funcionarios cuando pierde su empleo que en las manos de su empleador cuando lo tiene. El sistema se encuentra todavía en transición; las personas aún no perciben hacia qué fines conduce la tendencia, pero el desprecio por la dignidad humana, la negación – al menos potencial, cuando no concreta – del la doctrina del libre albedrío han conducido por consecuencia natural a instituciones que ya son semi-serviles. Se volverán completamente serviles a medida en que pase el tiempo.
Ahora bien, en contra del mal de la esclavitud asalariada , existe cierto remedio propuesto desde hace largo tiempo y que hoy trabaja duro y se encuentra en funciones. El nombre más breve para el mismo es comunismo: la esclavitud estatal; mucho más avanzada e integral que la primera forma de esclavitud capitalista
De la “esclavitud asalariada” sólo podemos hablar en forma de metáfora. La persona que trabaja por un salario no es plenamente libre como lo es una persona poseedora de una propiedad. Tiene que hacer lo que su patrón le ordena y, cuando su condición no es la de una minoría, ni siquiera la de una minoría limitada sino virtualmente la de la totalidad de la población, a excepción de una comparativamente pequeña clase capitalista, la proporción de la libertad real en su vida se reduce por cierto. No obstante, legalmente, sigue estando allí. El empleado todavía no ha caído en la condición de esclavo aún en las comunidades más altamente industrializadas. Su status legal sigue siendo el de un ciudadano. En teoría sigue siendo una persona libre que ha convenido por contrato con otra persona el realizar cierta cantidad de trabajo por una cierta cantidad de salario. La persona que firma contrato y paga puede obtener, como puede no obtener, un beneficio con ello. La persona que firma contrato y trabaja puede recibir en forma de salario un valor equivalente, o un valor no equivalente, al valor del trabajo que realiza. Pero, técnicamente, ambos son libres.
Esta primera forma del mal social producida por el espíritu moderno es más bien una tendencia a la esclavitud que la esclavitud misma. Si se quiere, se la puede llamar semi-esclavitud allí en dónde está relacionada con enormes empresas, grandes fábricas, corporaciones monopólicas, etc. Pero sigue no siendo una esclavitud total.
Ahora bien, el comunismo es esclavitud total. Es el enemigo moderno trabajando abiertamente, sin disfraz y a alta presión. El comunismo niega a Dios, niega la dignidad y por lo tanto la libertad el alma humana y abiertamente esclaviza a las personas a lo que llama “el Estado” – que en la práctica no es sino un conjunto de funcionarios privilegiados.
Bajo un comunismo pleno no habría desempleo, así como no hay desempleo en una prisión. Bajo un comunismo pleno no habría miseria ni pobreza, excepto allí en dónde los amos de la nación eligieran adrede dejar que las personas se mueran de hambre, o darles una vestimenta insuficiente, u oprimirlas de cualquier otra manera. Un comunismo aplicado honestamente por funcionarios carentes de debilidades humanas y comprometidos exclusivamente con el bien de sus esclavos tendría ciertas manifiestas ventajas materiales si se lo compara con el sistema asalariado de proletarios en el cual millones viven al borde de la inanición y muchos millones más en un terror permanente a caer en ella. Pero aún administrado de esta manera el comunismo sólo produciría sus beneficios imponiendo la esclavitud.
Estos son los primeros frutos del Ataque Moderno en el aspecto social; los primeros que aparecen en la región de la estructura social. Antes de que se fundara la Iglesia veníamos de un sistema social pagano en el cual la esclavitud estaba por todas partes, en el que toda la estructura de la sociedad descansaba sobre la institución de la esclavitud. Con la pérdida de la Fe estamos volviendo a esa institución de nuevo.
Junto al fruto social del Ataque Moderno a la Iglesia Católica se encuentra el fruto moral que, por supuesto, se extiende a toda la naturaleza moral del ser humano. En este campo y hasta el presente, el esfuerzo del ataque ha consistido en socavar toda forma de limitación impuesta por la experiencia humana a través de la tradición.
Y digo “hasta el presente” porque en varios aspectos morales esta rápida disolución de los límites tiene que conducir a una reacción. La sociedad humana no puede coexistir con la anarquía; surgirán nuevos límites y nuevas costumbres. Por ello probablemente se equivocan quienes señalarían el colapso de la moral sexual como el efecto principal del Ataque Moderno a la Iglesia Católica, ya que esto no producirá los resultados más permanentes. Algún código, algún conjunto de normas morales, deberá surgir por la misma naturaleza de las cosas; aún si en este punto el viejo código resulta destruido. Pero hay otros efectos adversos que pueden volverse más permanentes.
Para hallar cuales pueden ser estos efectos, tenemos una guía. Podemos considerar cómo las personas de nuestra sangre se las arreglaron antes de que la Iglesia creara a la Cristiandad. Lo que descubrimos de modo principal es lo siguiente:
En el mundo no bautizado y en el campo de la moral hay una cosa que se destaca: la indiscutida vigencia de la crueldad. Esa crueldad será la consecuencia principal del Ataque Moderno en el campo moral así como un renacer de la esclavitud lo será en el campo social.
Aquí el crítico puede preguntar si la crueldad no será más bien una característica de las personas cristianas del pasado. ¿No es acaso toda la Historia de nuestros dos mil años una Historia de conflictos armados, masacres, torturas judiciales, horribles ejecuciones, saqueos de poblados y todo lo demás?
La respuesta a esta objeción es que hay una diferencia capital entre la crueldad como excepción y la crueldad como regla. Si las personas aplican castigos crueles, si utilizan el poder físico para obtener sus fines, si liberan las pasiones de la guerra, y si todo esto lo hacen en violación de sus propias normas morales aceptadas, entonces es una cosa. Otra muy diferente es que lo hagan como parte de toda una actitud mental en la que estas cosas se dan por sentadas.
En esto reside la diferencia radical entre esta nueva, moderna, crueldad y la crueldad eventual de los anteriores tiempos cristianos. La consecuencia de una filosofía perversa no es la venganza cruel, ni la crueldad en medio de la excitación, ni la crueldad del castigo por males reconocidos. Aún cuando todas estas cosas son excesos, o pecados, no provienen de una falsa doctrina. Pero la crueldad que acompaña al abandono de nuestra religión ancestral es una crueldad innata del Ataque Moderno; es una crueldad que forma parte de su filosofía.
Y la prueba de ello es que las personas ya no se escandalizan por la crueldad sino que les resulta indiferente. Las abominaciones de la revolución en Rusia, extendidas a las de España, son un ejemplo que viene al caso. No sólo las personas involucradas reaccionaron ante el horror con indiferencia sino que hasta los observadores lejanos tienen la misma actitud. No hay un clamor universal de indignación, no hay suficientes protestas, porque ya no rige la concepción de que el ser humano, como ser humano, es algo sagrado. La misma fuerza que ignora a la dignidad humana ignora también al sufrimiento humano.
Lo repito: el Ataque Moderno a la Fe tendrá en el campo moral miles de consecuencias perversas y muchas de ellas ya son visibles en la actualidad, pero la consecuencia característica, la que presumiblemente será la más permanente, es la instauración en todas partes de la crueldad acompañada de un desprecio por la justicia.
La última categoría de consecuencias por la que podemos juzgar el carácter del Ataque Moderno está formada por los frutos que produce en el campo de la inteligencia; en lo que le hace a la razón humana.
El asalto a la razón comenzó cuando el Ataque Moderno se hallaba en gestación hace algunas generaciones atrás, por los tiempos en que estuvo confinado a un pequeño número de intelectuales. Pareció que iría a progresar poco fuera de un círculo restringido. El hombre común con su sentido común (y ambos constituyen los baluartes de la razón) no se vieron afectados. Hoy lo están.
Hoy en día la razón está desacreditada por todas partes. El antiguo proceso de convicción por medio de argumentos y pruebas ha sido reemplazado por la afirmación reiterativa; y casi todos los términos que otrora fueron la gloria de la razón conllevan ahora una atmósfera de desprecio.
Véase, por ejemplo, lo que ha sucedido con la palabra “lógica”, con la palabra “controversia”. Nótense frases populares tales como: “Nadie se ha convencido todavía mediante argumentos”; o bien: “Se puede demostrar cualquier cosa”; o bien: “Todo eso podrá estar muy bien según la lógica pero en la práctica es muy diferente”. El idioma corriente de las personas se está saturando con expresiones que en todas partes muestran una connotación de desprecio por la utilización de la inteligencia.
Pero la Fe y la utilización de la inteligencia están inextricablemente unidas. La utilización de la razón es una parte principal – o más bien el fundamento – de toda investigación de las cosas más elevadas. La Iglesia proclamó el misterio precisamente porque a la razón se le había dado esta autoridad divina; esto es: la Iglesia admitió que la razón tenía sus límites. Tenía que ser así ya que, de otro modo, los poderes absolutos adjudicados a la razón podrían conducir a la exclusión de verdades que la razón puede aceptar pero no demostrar. La razón fue limitada por el misterio tan sólo para aumentar la soberanía de la razón en su propia esfera.
Cuando se destrona a la razón no es sólo la Fe la que también resulta destronada (ambas subversiones van juntas). Cuando ello sucede toda moral y toda actividad legítima del alma humana resultan destronadas al mismo tiempo. No hay más Dios. De modo que las palabras “Dios es Verdad”, que la mente de la Europa Cristiana utilizó como postulado en todo lo que dijo, cesan de tener significado. Nadie puede analizar ya la justa autoridad del gobierno ni ponerle límites. En la ausencia de la razón, la autoridad política que descansa sobre la mera fuerza se convierte en ilimitada. Y la razón se convierte así en víctima porque lo que el Ataque Moderno está destruyendo con su falsa religión de la humanidad es a la humanidad misma. Al ser la razón la corona del ser humano y, al mismo tiempo, su caracter distintivo, los anarquistas marchan contra la razón y ven en ella a su principal enemigo.
De este modo el Ataque Moderno opera y se desarrolla. ¿Qué es lo que presagia para el futuro? Ésa es la cuestión práctica, inmediata, que todos tenemos que enfrentar. El ataque ya está lo suficientemente desarrollado como para que hagamos algunos cálculos acerca de cual puede ser la siguiente fase. ¿Qué desgracia caerá sobre nosotros?
O bien y de nuevo: ¿de qué reacción positiva nos beneficiaremos? Concluiré con estas dudas.
El Ataque Moderno está mucho más avanzado de lo que generalmente se aprecia. Siempre es así con los grandes movimientos de la Historia de la humanidad. Es otro caso más de un “desfase temporal”. Un poder que se encuentra en la víspera de la victoria parece estar tan sólo a medio camino de su objetivo – incluso puede parecer que está en condiciones todavía controlables. Un poder en la plena primavera de sus energías iniciales aparece ante sus contemporáneos como un pequeño y precario experimento.
El ataque moderno a la Fe (el último y más formidable de todos) ya ha avanzado tanto que podemos afirmar una cosa importantísima con bastante claridad: una de dos cosas tiene que suceder; uno de dos resultados tiene que volverse definitivo a través del mundo moderno. O bien la Iglesia Católica (que se está convirtiendo hoy rápidamente en el único lugar en dónde las tradiciones de la civilización son entendidas y defendidas) quedará reducida por sus enemigos modernos a la impotencia política, a la insignificancia numérica y – en lo que hace a la opinión pública – al silencio; o bien la Iglesia Católica, en este caso al igual que en el pasado, reaccionará contra sus enemigos con más fuerza de la que éstos pudieron emplear contra ella, se recuperará y extenderá su autoridad y surgirá una vez más tomando el liderazgo de la civilización que construyó, para recuperar y restaurar al mundo.
En una palabra: o bien nosotros, los de la Fe, nos convertiremos en una pequeña isla, perseguida y desdeñada, en medio de la humanidad; o bien seremos capaces de hacer oír al final de la contienda el antiguo grito de batalla: “¡Christus Imperat!”
La conclusión humana normal en semejantes conflictos – la de que uno de los combatientes será aplastado y desaparecerá – no puede ser aceptada. La Iglesia no desaparecerá puesto que no está hecha de materia mortal; es la única institución entre los seres humanos que no está sujeta a la ley universal de la mortalidad. Por consiguiente no podemos decir que la Iglesia puede ser eliminada, pero puede ser reducida a un pequeño grupo casi olvidado entre el enorme número de sus opositores que despreciarán a la institución derrotada.
Y la alternativa a la anterior tampoco puede ser aceptada. Porque, aún cuando este gran movimiento moderno (que tan singularmente se parece al avance del Anticristo) pueda ser rechazado y hasta puede perder sus características y morir como lo hizo el protestantismo ante nuestros propios ojos, ello no significará el fin del conflicto. Éste puede ser el conflicto final. También es posible que haya una docena más por venir, o cien más. Pero ataques a la Iglesia Católica siempre habrá y nunca la disputa entre las personas conocerá una unidad completa, ni la paz y la alta nobleza a través de una completa victoria de la Fe. Porque si eso fuese posible, el mundo no sería lo que es y Jesucristo no habría confrontado con el mundo.
Pero aún cuando no en forma total, en lo esencial uno de los dos destinos tiene que concretarse: o bien una victoria católica o bien una victoria anti-cristiana. El Ataque Moderno es tan universal y se mueve con tanta rapidez que las personas muy jóvenes de hoy seguramente vivirán para ver algo así como una decisión en esta gran batalla.
Algunos de los más agudos observadores de la generación pasada y de la actual han utilizado su inteligencia para tratar de descubrir hacia qué lado se inclinará el destino. Uno de los católicos franceses más inteligentes, un judío converso, ha escrito una obra para sugerir ( o demostrar) que la primera de las dos posibilidades constituirá nuestra suerte. Imagina a la Iglesia en sus últimos años viviendo aparte. Ve a una Iglesia del futuro reducida a muy pocos miembros y dejada de lado por la corriente general del nuevo paganismo. Según su visión, en el interior de la Iglesia del futuro habrá, por cierto, una devoción intensa pero será una devoción practicada por un organismo pequeño, aislado y olvidado en medio de sus semejantes.
El fallecido Robert Hugh Benson escribió dos libros, notables cada uno de ellos, y ambos previendo posibilidades opuestas. En el primero de ellos – “El Señor del Mundo” – presenta el cuadro de una Iglesia reducida a una banda trashumante, como regresando a sus orígenes, el Papa a la cabeza de los Doce, y una conclusión al día del Juicio Final. En el segundo libro, avizora la restauración plena del organismo católico, con nuestra civilización restablecida, reforzada, asentada una vez más y revestida de su mentalidad correcta, porque en esa nueva cultura – aún cuando llena de imperfecciones humanas – la Iglesia habrá recuperado su liderazgo entre las personas e ilustrará al espíritu de la sociedad otra vez con equilibrios y con belleza.
¿Cuales son los argumentos a esgrimir por cualquiera de las dos partes? ¿Sobre qué bases deberíamos afirmarnos para establecer una tendencia en un sentido o en otro?
En cuanto a la primera cuestión (la disminución de la influencia católica, la reducción de nuestro número y de nuestro poder político hasta el borde de la extinción), lo que hay que destacar es la cada vez mayor ignorancia del mundo acerca de nosotros, y eso unido a la pérdida de aquellas facultades mediante las cuales las personas podrían apreciar el significado del catolicismo y favorecer su salvación. El nivel cultural, incluyendo el sentido del pasado, está disminuyendo visiblemente. Con cada década ese nivel es más bajo que en la década pasada. En esa declinación, la tradición se está interrumpiendo y diluyendo como la nieve al final del invierno; grandes fragmentos se caen en distintos momentos para disolverse y desaparecer.
En nuestra generación se ha perdido la supremacía de los clásicos. Por todas partes es posible hallar personas en posiciones de poder que han olvidado de dónde venimos; personas para las cuales el griego y el latín – los idiomas fundamentales de nuestra civilización – son incomprensibles; o bien y en el mejor de los casos, meras curiosidades. Los ancianos actualmente vivos pueden recordar vagamente una rebelión contra la tradición; pero los jóvenes, por su parte, sólo perciben cuan poco queda de aquello en contra de lo cual podrían rebelarse y muchos temen que, antes de que estos jóvenes mueran, el cuerpo de la tradición haya desaparecido.
Esa clase de fe ha sido, en su mayor parte, desmantelada; al menos para la mayor parte de las personas, como todos admitirán. Tan cierto es esto que ya una mayoría (y yo afirmaría que es una mayoría muy grande) ya ni sabe qué significa la palabra “fe”. Para la mayoría de las personas que la escuchan (en relación con la religión) significa, o bien una aceptación ciega de afirmaciones irracionales y de leyendas que la experiencia común condena, o bien un simple hábito heredado de imágenes mentales que nunca han sido puestas a prueba y que, ante el primer contacto con la realidad, se disuelven como los sueños que son. Para la gran masa de las personas modernas ha cesado de existir todo el extenso cuerpo de la apologética y toda la ciencia teológica (la reina exaltada que se halla por sobre cualquier otra ciencia). Basta con mencionar esas disciplinas para dar una impresión de irrealidad y de insignificancia.
Hemos arribado ya a esta extraña situación en la cual, mientras el conjunto católico (que en la práctica ya es una minoría incluso en la civilización blanca) entiende a sus opositores, estos opositores no entienden a la Iglesia Católica.
Un historiador podría trazar un paralelo entre el conjunto católico actual y el decreciente conjunto pagano de los Siglos IV y V. Los paganos, especialmente los educados y cultivados cuyo número se reducía cada vez más, conocían muy bien las altas tradiciones a las que adherían, y entendían (aún odiándolo) a ese nuevo fenómeno que era la Iglesia, que había crecido entre ellos y que estaba a punto de desplazarlos. Pero los católicos que suplantarían a los paganos comprendieron cada vez menos al estilo pagano; descuidaron sus obras de arte y tomaron sus dioses por demonios. Así en la actualidad la antigua religión de los paganos es respetada pero ignorada.
Aquellas naciones que por tradición son anti-católicas, que otrora fueron protestantes y ahora ya no tienen tradiciones establecidas, han estado en auge por tan largo tiempo que consideran a sus opositores católicos como definitivamente derrotados. Y aquellas naciones que retuvieron la cultura católica se hallan ahora ya en la tercera generación de educación social anti-católica. Sus instituciones podrán tolerar a la Iglesia, pero nunca en una alianza activa con ella y con frecuencia en aguda hostilidad.
A juzgar por todos los paralelos de la Historia y por las leyes generales que gobiernan el surgimiento y la caída de los organismos, se podría concluir en que ha terminado el papel activo del catolicismo en los asuntos del mundo; que en el futuro, quizás en un futuro cercano, el catolicismo habrá de perecer.
El observador católico negaría la posibilidad de una extinción completa de la Iglesia. Pero también él tiene que seguir los paralelos históricos; también él debe aceptar las leyes generales que gobiernan el crecimiento y la decadencia de los organismos. En vista de todos los cambios que han ocurrido en la mente de las personas, también él deberá tender a sacar la trágica conclusión de que nuestra civilización que ya ha cesado de ser cristiana en gran medida, terminará perdiendo por completo su carácter general cristiano. El futuro a avizorar es un futuro pagano, y un futuro pagano con una nueva y repulsiva forma de paganismo, pero aún así poderosa y omnipresente a pesar de su repugnancia.
Ahora bien, por el otro lado, existen consideraciones menos obvias pero que llaman fuertemente la atención de los que piensan y que son versados en las cuestiones del pasado y poseen experiencia en cuestiones relacionadas con la naturaleza humana.
En primer lugar está el hecho que, a lo largo de los siglos, la Iglesia ha reaccionado con fuerza impulsando su propia resurrección en los momentos de mayor peligro.
El conflicto mahometano estuvo muy cerca. Casi nos empantana. Sólo la reacción armada de España, seguida por las Cruzadas, evitó el triunfo completo del Islam. La agresión del bárbaro, la de los piratas del Norte, la de las hordas mongoles, llevaron a la Cristiandad al borde de la destrucción. Y, sin embargo, los piratas del Norte fueron contenidos, derrotados y bautizados a la fuerza. La barbarie de los nómadas del Este fue eventualmente derrotada; en forma muy tardía pero no tan tarde como para que no fuese posible salvar lo que podía ser salvado. El movimiento que se llamó la Contrarreforma enfrentó el avance hasta entonces triunfal de los herejes del Siglo XVI. Incluso el racionalismo del Siglo XVIII fue, en su momento y lugar, controlado y rechazado. Es cierto que engendró algo peor, algo de lo cual ahora padecemos. Pero hubo una reacción contra él y esa reacción bastó para mantener viva a la Iglesia y hasta para que recuperara elementos de poder que se creían perdidos para siempre.
Siempre habrá una reacción y, respecto de la reacción católica existe cierta vitalidad, una cierta forma de aparecer con fuerza inesperada a través de nuevos hombres y nuevas organizaciones. La Historia y la ley general del surgimiento y la decadencia, en sus lineamientos principales conducen a la primera conclusión: a un rápido agotamiento del catolicismo en el mundo. Pero la observación, tal como se aplica al caso particular de la Iglesia Católica, no conduce a esa conclusión. La Iglesia parece tener una vida, orgánica e innata, bastante inusual; un modo de ser único y poderes de resurgimiento que le son peculiares.
Además, destaquemos este punto por demás interesante: las mentes más vigorosas, más agudas y más sensibles de nuestro tiempo se están inclinando claramente hacia el lado católico.
Por su propia naturaleza constituyen, por supuesto, una pequeña minoría; pero son una minoría muy poderosa en materia de asuntos humanos. El futuro no se decide por votación pública; se decide por el desarrollo de ideas. Cuando las personas que mejor piensan, que sienten con mayor intensidad y que dominan las formas de expresión comienzan a mostrar una nueva tendencia hacia algo determinado, ese algo tiene buenas probabilidades de dominar el futuro.
No puede haber duda de esta nueva tendencia a simpatizar con el catolicismo – y, en el caso de personalidades fuertes, de aceptar el riesgo, de aceptar la Fe y de proclamarse sus defensores. Incluso en Inglaterra, dónde el sentimiento tradicional contra el catolicismo es tan universal y tan fuerte, y dónde toda la vida de la nación está impregnada de hostilidad hacia la Fe, las conversiones que tanto llaman la atención del público son constantemente conversiones de personas que lideran el pensamiento. Y nótese que por cada uno que abiertamente admite su conversión hay al menos diez que se inclinan hacia el estilo católico, que prefieren la filosofía católica y sus logros, pero que se resisten a aceptar los pesados sacrificios involucrados en una declaración pública.
Por último, está la siguiente muy importante y quizás decisiva consideración: a pesar de que el poder social del catolicismo está declinando en el mundo, ciertamente en forma cuantitativa y también en la mayoría de los demás factores, el conflicto entre el catolicismo y el por completo nuevo fenómeno pagano (la destrucción de toda tradición, el rompimiento con nuestra herencia), está ahora claramente marcado.
Ya no existe – como existía hasta hace poco – un margen de penumbra confuso y heterogéneo desde el cual se podía hablar confiadamente bajo el ambiguo rótulo de “cristiano” y perorar con aplomo de una religión imaginaria llamada “cristianismo”. No. Hoy ya existen dos bandos bastante diferentes que se disputan el terreno y pronto se contrapondrán tanto como el blanco y el negro: la Iglesia Católica de un lado y los otros opositores de lo que hasta aquí fue nuestra civilización.
Las filas están formadas como para una batalla y, si bien la clara división arriba señalada no significa que triunfará uno u otro de los antagonistas, sí significa que, por fin, ha quedado definida una cuestión concreta y en materia de cuestiones concretas tanto una causa buena como una mala tienen mejores probabilidades de triunfar que en una confusión.
Aún las personas más desorientadas, o las más ignorantes, cuando hablan de “iglesias” usan hoy un lenguaje que suena a hueco. La última generación podía hablar, al menos en los países protestantes, de “las iglesias”. La generación actual ya no puede. No hay varias iglesias; hay una sola. Es la Iglesia Católica de un lado y su mortal enemigo del otro. Las listas están cerradas.
De este modo nos hallamos ante el más tremendo de los interrogantes que hasta ahora se le ha presentado al intelecto humano. Estamos ante una encrucijada de la cual depende todo el futuro de nuestra raza.
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Notas
[13] )- Toda la Alemania del Sur fue afectada por la civilización romana en algún grado y el valle del Rin de un modo muy intenso y completo. Pero el civilizar finalmente a los alemanes como conjunto, incluyendo el Norte y a los hombres del Elba, fue, a principios de la Edad Media, el trabajo de misionarios católicos; principalmente ingleses e irlandeses.
[14] )- El tamaño de esta minoría en las distintas fechas – 1625, 1660, 1685 – es discutible. Además se produce una confusión por el empleo de palabras similares para cosas diferentes. Si hablamos de la minoría inglesa que era activamente católica en cuanto a tradición pero que no concordaba plenamente con las posturas papales, es decir: personas que se hubieran considerado a si mismas más bien católicas que protestantes, tenemos seguramente a la mitad de la población a la muerte de Isabel pero sólo un octavo al momento del exilio de Jacobo II, ochenta y cinco años más tarde. Si nos referimos a todos los que hubieran aceptado sin hostilidad un regreso a la antigua religión tenemos, aún a fines de 1688, un cuerpo social mucho más grande. Es difícil estimarlo porque las personas no dejan registros de sus más ambiguas opiniones, pero no es una gran exageración sostener que, a esa fecha, una de cada cuatro personas se hallaba en esa situación en Inglaterra. He dado mis argumentos para ello en mi libro sobre Jacobo II.
[15] )- Este distrito – 7 de las 16 provincias de los Países Bajos españoles – ha terminado llamándose Holanda, adquiriendo el nombre de una sola de esas provincias.
[16] )- Una minoría hasta los últimos años de Isabel, pero después de 1606 una creciente mayoría se opuso a la fe porque, para esa época, la oposición a la fe se había identificado con el patriotismo.
[17] )- Lo que hoy se llama “hitlerismo” o “nazismo”, cualquiera que sea su destino futuro, es un control despótico y poderoso establecido por el espíritu prusiano sobre todo el Reich.
[18] )- 1904 fue el año del cambio diplomático mediante el cual Inglaterra abandonó su larga alianza con la Prusia protestante y comenzó, con mucho recelo y a regañadientes, a apoyar a Francia.
[**] )- El 7 de octubre de 1571 se libró la batalla naval de Lepanto en la que se enfrentaron España, Venecia, Génova y la Santa Sede contra los turcos otomanos. En la contienda participó Miguel de Cervantes. Resultó herido en su mano izquierda, con lo que perdió la movilidad de la misma, valiéndole ello más tarde el sobrenombre de "el Manco de Lepanto". (N. del E.)
[***])- Chesterton falleció en 1936 (14 de Junio) – el mismo año en que Belloc escribió este libro. (N. del E.)
[****])- El Autor se refiere a la Declaración de Independencia norteamericana. (N. del E.)
[*4*])- Se refiere al papa Pio XI (1922-1939) - (N. del T.)
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