Carl Schmitt — Teoría del Guerrillero

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Carl Schmitt
Teoría del Guerrillero

Observaciones al Concepto de lo Político [1] [2]

Traducido de la 1ª Edición de 1963  por Denes Martos

 

Dedicado a Erns Forsthoff con motivo de su 60° cumpleaños. 13 de Septiembre de 1962

 

 

 

 

Prólogo. 2

Introducción. 2

Una mirada al punto de partida 1808/1813. 2

El horizonte de nuestra consideración. 4

La palabra y el concepto de Guerrillero. 6

Una mirada a la situación jurídica internacional 9

Desarrollo de la Teoría 14

La conflictiva relación prusiana con la guerrilla. 14

El guerrillero como ideal prusiano de 1813 y el giro hacia la teoría. 17

De Clausewitz a Lenin. 20

De Lenin a Mao Tse-tung. 22

De Mao Tse-tung a Raoul Salan. 25

Aspectos y conceptos del último estadio. 27

El aspecto del espacio. 27

Destrucción de estructuras sociales. 29

La relación internacional 29

El aspecto tecnológico. 31

Legalidad y legitimidad. 33

El verdadero enemigo. 34

Del enemigo verdadero al enemigo absoluto. 36

 

 

Prólogo

El presente tratado de la Teoría del Guerrillero surgió de dos disertaciones que pronuncié a principios de 1962, esto es: el 15 de Marzo en Pamplona, por invitación del Estudio General de Navarra, y el 17 de Marzo, en la Universidad de Zaragoza, dentro del marco de los eventos de la Cátedra Palafox, por invitación de su Director, el Profesor Luis García Arias. La disertación apareció impresa en las publicaciones de la Cátedra a fines de 1962.

El subtítulo de Observaciones al Concepto de lo Político se explica por el momento concreto de la publicación. La editorial está actualmente volviendo a poner a disposición el texto de mi escrito del año 1932. En las últimas décadas han surgido muchos corolarios al tema. El presente tratado no es uno de estos corolarios, sino un trabajo independiente, aunque esquemático, cuyo tema inevitablemente desemboca en el problema de la diferenciación del amigo y del enemigo. De este modo quisiera, pues, ofrecer este desarrollo de mis disertaciones de principios de 1962 bajo la modesta forma de una observación al paso y de esta manera ponerlo al alcance de todos aquellos que han seguido hasta aquí las difíciles discusiones acerca del concepto de lo político.

Febrero de 1963

Carl Schmitt

 

Introducción

 

Una mirada al punto de partida 1808/1813

El punto de partida para las reflexiones sobre el problema del partisano es la guerra de guerrillas que el pueblo español llevó a cabo en los años 1808 hasta 1813 contra el ejército de un conquistador extranjero. En esta guerra, por primera vez un pueblo – un pueblo preburgués, preindustrial, preconvencional – chocó contra un ejército moderno, regular, bien organizado, que venía de las experiencias de la Revolución Francesa. Con ello se abrieron nuevos espacios bélicos, se desarrollaron nuevos conceptos de la conducción de la guerra y surgió una nueva doctrina de la guerra y la política.

El guerrillero lucha de modo irregular. Pero la diferencia entre la lucha regular y la irregular depende de la precisión de lo regular y halla su contraposición concreta – y con ello también su concepto – recién en las formas de organización modernas que surgen de las guerras de la Revolución Francesa. En todas las épocas de la humanidad, con su multiplicidad de guerras y de luchas, han existido reglas de guerra y de lucha, y a consecuencia de ello, también se produjo la violación y el desprecio de estas reglas. En especial durante todas las épocas de disolución, como por ejemplo durante la Guerra de los Treinta Años sobre suelo alemán (1618-48) y todas las guerras coloniales de la Historia Universal, han surgido en forma reiterada fenómenos que se pueden designar como guerrilleros.  Sólo hay que tener presente que, para una teoría del guerrillero en general, la fuerza y el significado de su irregularidad se hallan determinados por la fuerza y el significado del regular que lo cuestiona. Justamente esta regularidad del Estado y del ejército recibe, tanto en el Estado francés como en el ejército francés, una nueva y exacta precisión a través de Napoleón. Las innumerables guerras contra los indios libradas por los conquistadores blancos del Siglo XVII hasta el XIX, pero también los métodos de los Riflemen durante la Guerra de Independencia norteamericana contra el ejército regular inglés (1774-83) y la guerra civil en la Vendée entre chouanes y jacobinos (1793-96) pertenecen en su totalidad al estadio pre-napoleónico. El nuevo arte de la guerra de los ejércitos regulares napoleónicos había surgido de la nueva, revolucionaria, forma de lucha. A un oficial prusiano de aquél entonces toda la campaña de Napoleón contra Prusia en 1806 le pareció tan sólo un “partidismo en gran escala”. [3]

El guerrillero de la guerra de guerrillas española de 1808 fue el primero en atreverse a luchar de modo irregular contra el primer ejército regular moderno. En el otoño de 1808 Napoleón había derrotado al ejército regular español; la auténtica guerra de guerrilas española comenzó recién después de esta derrota del ejército regular. Todavía no existe una Historia completa y documentada de la guerra de guerrillas española. [4] Como dice Fernando Solano Costa (en su ensayo Los Guerrilleros, citado en la nota), esta Historia es necesaria, aunque también muy difícil, porque la totalidad de la guerra de guerrillas española se compuso de aproximadamente 200 pequeñas guerras regionales en Asturias, Aragón, Cataluña, Navarra, Castilla, etc. bajo la conducción de numerosos combatientes cuyos nombres se hallan envueltos en muchos mitos y leyendas, entre ellos Juan Martínez Diez, el Empecinado, que se convirtió en el terror de los franceses y que tornó insegura la ruta de Madrid a Zaragoza. [5] Esta guerra de guerrillas fue librada por ambas partes con una crueldad espantosa y no es ningún milagro que se haya impreso más material contemporáneo producido por los escritores de libros y memorias afrancesados que por los guerrilleros. Sea como fuere que se relacionen aquí el mito y la leyenda por un lado con la historia documentada por el otro, las líneas de nuestro punto de partida, en todo caso, están claras. De acuerdo con Clausewitz, frecuentemente la mitad del total de la fuerza militar francesa estuvo estacionada en España y, de ella la mitad, es decir: de 250.000 a 260.000 hombres, se encontró comprometida por los guerrilleros cuyo número Gomez de Arteche estima en 50.000 y otros en cantidades mucho menores.

Ante todo, la situación del guerrillero español de 1808 se caracterizó  por el hecho de que arriesgó una lucha sobre el terreno de su patria chica, mientras su rey y la familia de éste aún no sabían exactamente quién era el verdadero enemigo. En este sentido, la conducción superior en España no se comportó de una manera diferente que en Alemania. Aparte de ello, también caracteriza la situación española el que los estratos cultos de la nobleza, del clero y de la burguesía fuesen mayormente afrancesados, es decir: simpatizaban con el conquistador extranjero. También en este sentido existen paralelismos con Alemania, dónde el gran poeta alemán Goethe componía poesías en honor a Napoleón y el estrato culto alemán jamás logró tener en claro dónde pertenecía realmente. En España el Guerrilero – un pobre diablo, un primer caso típico de carne de cañón irregular en las controversias políticas mundiales – se atrevió a librar una guerra sin esperanzas. Todo esto es parte de la Obertura a una teoría del guerrillero.

Una chispa saltó en aquél entonces desde España hacia el Norte. No produjo allí el mismo incendio que le otorgó a la guerra de guerrillas española su importancia en la Historia Universal. Pero causó un efecto cuyas consecuencias hoy, en la segunda mitad del Siglo XX, cambian el rostro del mundo y de su humanidad. Produjo una teoría de la guerra y de la enemistad que, consecuentemente, desemboca en la Teoría del Guerrillero.

Por de pronto, en el año 1809, durante la corta guerra que el Imperio Austríaco libró contra Napoleón, se hizo un intento planificado de imitar el ejemplo español. El gobierno austríaco de Viena, con la ayuda de famosos publicistas, entre ellos Friedrich Gentz y Friedrich Schlegel, escenificó una propaganda nacional contra Napoleón. Se difundieron escritos españoles en idioma alemán [6] . Heinrich von Kleist tomó rápidamente la idea y, luego de esta guerra austríaca de 1809, continuó la propaganda antifrancesa desde Berlín. En aquellos años hasta su fallecimiento en Noviembre de 1811, Kleist se convirtió en el auténtico poeta de la resistencia nacional frente al conquistador extranjero. Su drama “Die Hermannsschlacht” es la mayor epopeya poética guerrillera de todos los tiempos. También escribió su poema “An Palafox” en el cual coloca en un plano de igualdad al defensor de Zaragoza con Leónidas, Arminio y Guillermo Tell [7] . Que los reformadores en el Estado Mayor prusiano, sobre todo Gneissenau y Scharnhorst, estaban profundamente impresionados e influenciados por el ejemplo español, es algo conocido y lo desarrollaremos con mayor amplitud más adelante. En el mundo de las ideas de los oficiales prusianos de Estado Mayor de 1808-1813 se encuentran también los orígenes del libro De la Guerra, por medio del cual el nombre de Clausewitz ha conseguido obtener una resonancia casi mítica. Su fórmula de la guerra como continuación de la política contiene ya in nuce una Teoría del Guerrillero cuya lógica fue llevada hasta las últimas consecuencias por Lenin y por Mao Tse-tung como explicaremos luego.

A una verdadera guerra de guerrillas popular, que debiera ser mencionada en relación con nuestra cuestión del guerrillero, se llegó solamente en el Tirol, dónde actuaron Andreas Hofer, Speckbacher y el monje capuchino Haspinger. Los tiroleses se convirtieron en una poderosa antorcha, según la expresión de Clausewitz [8] . Por lo demás, este episodio del año 1809 terminó pronto. Tampoco en el resto de Alemania se llegó a una guerra de guerrillas contra los franceses. El fuerte impulso nacional, que emergió en sublevaciones y unidades de combate errantes, desembocó muy rápida e íntegramente en los carriles de la guerra regular. Los combates de la primavera y del verano de 1813 tuvieron lugar sobre el campo de batalla y la suerte se decidió en una batalla a campo abierto, en Octubre de 1813, cerca de Leipzig.

El Congreso de Viena de 1814/15, en el marco de una restauración general, restableció también los conceptos del Derecho de Guerra europeo [9] . Ésa fue una de las más sorprendentes restauraciones de la Historia Universal. Consiguió tener el enorme éxito de lograr que, todavía durante la Primera Guerra Mundial de 1914/1918, este Derecho, que norma la limitación de la guerra continental por tierra, dominase todavía la praxis europea de la conducción militar terrestre. Aún hoy a este Derecho se lo llama clásico y realmente merece este nombre. Porque reconoce claras diferenciaciones; sobre todo aquellas entre guerra y paz, combatientes y no-combatientes, enemigo y delincuente. Dentro de ese marco, la guerra es librada por un Estado contra otro Estado bajo la forma de una guerra de ejércitos estatales regulares; entre soberanos portadores de un jus belli que se respetan como enemigos aún durante el conflicto armado y no se discriminan mutuamente como delincuentes, de modo tal que un acuerdo de paz sigue siendo posible y hasta se convierte en el fin normal, sobreentendido, de la guerra. Frente a una regularidad clásica de esta índole – mientras tuvo vigencia real – el guerrillero sólo podía ser un fenómeno marginal; tal como de hecho lo fue todavía durante la totalidad de la Primera Guerra Mundial (1914-18).

El horizonte de nuestra consideración

Si ocasionalmente hablo aquí de la teoría moderna sobre el guerrillero, a los efectos de clarificar el tema debo subrayar que, en realidad, no tenemos aquí una teoría antigua del guerrillero que se contraponga a otra moderna. En el Derecho de Guerra clásico del Derecho Internacional europeo tradicional, el guerrillero, entendido en un sentido moderno, en realidad no tiene lugar. Es, o bien una especie de tropa ligera, especialmente móvil pero regular – como el la guerra de gabinetes del siglo XVIII – o bien constituye un delincuente especialmete abominable ubicándose sencillamente fuera del Derecho, es decir: hors la loi, fuera de la ley. Y esto no podía ser de otro modo mientras se mantuvo algo de esa concepción de la guerra que la concebía como un duelo, con armas y caballerosidad ostensibles.

En todo caso, con la introducción del servicio militar obligatorio, todas las guerras se hicieron conceptualmente guerras entre pueblos y, en ellas, se llega pronto a situaciones que son de difícil y frecuentemente hasta de imposible solución para el Derecho de Guerra clásico; como por ejemplo la leva en masa más o menos improvisada, o los “cuerpos francos” (Freikorps) y los francotiradores.  De ellos volveremos a hablar. Pero básicamente, de todos modos, la guerra permanece siendo acotada, y el guerrillero se encuentra fuera de esta limitación. Incluso su esencia y su existencia consisten en que se halla por fuera de todo acotamiento. El guerrillero moderno no espera ni justicia ni clemencia por parte del enemigo. Se ha apartado de la enemistad convencional de la guerra mitigada y acotada, ingresando en el ámbito de otra enemistad, la verdadera enemistad, que se intensifica mediante el terror y el contra-terror hasta el aniquilamiento.

Hay dos especies de guerra que resultan especialmente importantes en relación con la guerrilla y hasta emparentadas con la misma en cierto sentido: la guerra civil y la guerra colonial. En la guerrilla contemporánea esta relación es directamente específica. El Derecho Internacional europeo clásico marginó estas peligrosas formas de guerra y de enemistad. La guerra del jus publicum europaeum fue una guerra entre Estados; una guerra librada por un ejército estatal regular contra otro ejército estatal regular. La guerra civil manifiesta, cuando no condujo al reconocimiento de los insurrectos como partido beligerante, fue considerada como una insurrección armada a la que se aplastaba mediante el estado de sitio, la policía y tropas del ejército regular. La guerra colonial no perdió de vista a la ciencia miltar de naciones europeas como Inglaterra, Francia y España. Pero todo ello no cuestionó a la guerra estatal regular como modelo clásico. [10]

Aquí, Rusia debe ser mencionada en forma especial. Durante todo el Siglo XIX, el ejército ruso libró muchas guerras contra pueblos montañeses asiáticos y nunca se limitó a la guerra regular entre ejércitos tan exclusivamente como lo hizo el ejército prusiano-alemán. Aparte de ello, la Historia rusa incluye la lucha guerrillera autóctona contra el ejército napoleónico. Durante el verano de 1812, guerrilleros rusos, bajo mando militar, hostigaron y acosaron al ejército francés en su marcha hacia Moscú. Durante el otoño y el invierno del mismo año, los campesinos rusos mataron a los franceses que huían padeciendo el hambre y el frío. Todo ello no duró mucho más de medio año. Bastó sin embargo para convertirse en un proceso histórico de gran trascendencia; obviamente esta trascendecia correspondió más al mito político y a sus diferentes interpretaciones que a un efecto paradigmático sobre la teoría científica militar. Debemos mencionar aquí por lo menos dos interpretaciones diferentes, y hasta contrapuestas, de esta guerra de guerrillas rusa de 1812:  la una, anarquista, fundamentada por Bakunin y Kropotkin y que se hiciera mundialmente famosa a través de los relatos contenidos en la novela La Guerra y la Paz de Tolstoi; y la evaluación bolchevique contenida en la táctica y estrategia de la guerra revolucionaria de Stalin.

Tolstoi no fue un anarquista de la clase de Bakunin o Kropotkin, pero su efecto literario fue tanto mayor. Su epopeya, La Guerra y la Paz, posee más fuerza engendradora de mitos que cualquier doctrina política y que cualquier Historia documentada. Tolstoi eleva al guerrillero ruso del año 1812 a la categoría de portador de las fuerzas elementales de la tierra rusa que se sacude de encima al famoso emperador Napoleón con todo su brillante ejército como si fuese un insecto molesto. En Tostoi, el campesino ruso ignorante y analfabeto, el mujic, no sólo es más fuerte sino también más inteligente que todos los estrategas y tácticos; sobre todo más inteligente que el mismísimo gran general Napoleón que se convierte en una marioneta en las manos del acontecer histórico. Durante la Segunda Guerra Mundial, Stalin retomó este mito de la guerrilla nacional telúricamente arraigada para usarlo contra Alemania y lo puso, muy concretamente, al servicio de su política internacional comunista. Y esto implica un estadio esencialmente nuevo de la guerrilla a cuyo comienzo está el nombre de Mao Tse-tung.

Hace treinta años que, en grandes áreas del planeta, se libran duras guerras de guerrilas. Comenzaron ya en 1927, antes de la Segunda Guerra Mundial, en China y otros países asiáticos que más tarde se defendieron de la invasión japonesa de 1932 a 1945. Durante la Segunda Guerra Mundial, Rusia, Polonia, los Balcanes, Francia, Albania, Grecia y otras regiones fueron teatro de esta clase de guerras. Después de la Segunda Guerra Mundial la guerra de guerrillas continuó en Indochina, dónde, en forma especialmente eficaz, la organizaron contra del ejército colonial francés el líder comunista vietnamita Ho Chi-Minh y el vencedor de Dien Bien Phu, el general Vo Nguyen Giap. Más allá de ello, continuó también en Malasia, en Filipinas y Argelia, en Chipre bajo el coronel Griwas, y en Cuba bajo Fidel Castro y el Ché Guevara. Actualmente – en 1962 – los países de Indochina, Laos y Vietnam, constituyen el teatro de una guerra de guerrillas que desarrolla todos los días nuevos métodos para dominar y sorprender al enemigo. La tecnología moderna ofrece constantemente, tanto a los guerrilleros como a la tropa regular que los combate, armas y medios de exterminio más eficaces, medios de transporte y métodos de transmisión de datos e información cada vez más perfeccionados. En el círculo satánico del terror y del contra-terror, la lucha contra la guerrilla con frecuencia es tan sólo un reflejo de la lucha guerrillera misma y constantemente se demuestra lo acertado del antiguo dicho que, por lo general, se cita como una orden dada por Napoleón el 12 de Septiembre de 1813 al General Lefèvre: a los partisanos hay que combatirlos como partisano; il faut opérer en partisan partout où il y a des partisans.

Sobre algunas cuestiones especiales relativas a la regulación jurídica en el marco del Derecho Internacional volveremos más adelante. Lo básico se entiende por si mismo; la aplicación a las situaciones concretas presentadas por una rápida evolución se halla en debate. Tenemos también en estos últimos años un impresionante documento sobre la voluntad de resistencia total; y referido no solamente a la voluntad en si misma sino también a las instrucciones detalladas, necesarias para la ejecución concreta de dicha resistencia. Se trata de la Instrucción de guerra limitada para todos (Kleinkriegsanleitung für jedermann) publicada por la asociación de suboficiales suizos bajo el título de La Resistencia Total (Der totale Widerstand) y redactada por el capitán H. von Dach (2ª Edición, Biel,1958). A lo largo de más de 180 páginas la obra ofrece instrucciones para la resistencia pasiva y activa frente a una invasión extranjera, con precisas indicaciones en cuanto a sabotaje, clandestinidad, ocultamiento de las armas, organización de los operativos, contraespionaje, etc. Las experiencias de las últimas décadas están cuidadosamente evaluadas. Esta moderna instrucción sobre la guerra, dirigida a cualquier ciudadano, comienza con la indicación que su “resistencia hasta las últimas onsecuencias” debe respetar las leyes y las costumbres de la guerra terrestre y los cuatro acuerdos de Ginebra de 1949. Eso se sobreentiende. Tampoco es difícil de calcular cómo reaccionaría un ejército normal, regular, mientras no se sintiese vencido, ante la propuesta de ejecutar en forma práctica algunas de las instrucciones de ese documento (p.ej. la de pág. 43: eliminación silenciosa de centinelas mediante el hacha).

La palabra y el concepto de Guerrillero

El corto resumen de algunos acontecimientos y nombres conocidos, con el que intentamos la primera descripción del horizonte de nuestro estudio, ya permite percibir la inmensa abundancia del material y de la problemática. Es aconsejable, por lo tanto, precisar algunas características y criterios a fin de que la exposición no se vuelva abstracta e indefinida. A una primera característica ya la hemos mencionado justo al principio de nuestra exposición, cuando partimos del hecho que el guerrillero es un combatiente irregular. El carácter regular se manifiesta en el uniforme del soldado, que es más que una vestimenta profesional puesto que demuestra un dominio de lo público, siendo que, con el uniforme, también se porta el arma exhibiéndola de un modo abierto y ostensible. El soldado enemigo uniformado es el verdadero blanco para el disparo del guerrillero moderno.

Como otra característica adicional se nos impone hoy el intenso compromiso político que distingue al guerrillero de otros combatientes. No hay que perder de vista este carácter intensamente político del guerrillero aunque más no sea porque hay que diferenciarlo del delincuente y del criminal violento común cuyos motivos están orientados a un enriquecimiento privado. Este criterio conceptual del carácter político tiene (exactamente invertida) la misma estructura que el aplicable al pirata del Derecho Marítimo, cuyo concepto se relaciona con el carácter apolítico de una inconducta orientada al robo y al lucro privado. El pirata tiene, como dicen los juristas, el animus furandi. El guerrillero combate en un frente político y es precisamente el carácter político de su accionar el que otorga nuevamente validez al sentido original de la palabra “partisano”. Es que la palabra proviene de partido e indica el vínculo con un partido o grupo que de alguna forma se encuentra combatiendo, haciendo la guerra o actuando en forma política. Esta clase de vínculo partidario se vuelve especialmente fuerte en épocas revolucionarias.

En la guerra revolucionaria, la pertenencia a un partido revolucionario implica nada menos que la integración total. Otros grupos y asociaciones, especialmente también el Estado actual, ya no pueden integrar a sus miembros y participantes de una forma tan total como lo hace un partido revolucionario combatiente con sus combatientes activos. En la amplia discusión sobre el llamado Estado total todavía no se ha llegado a tomar conciencia de que, hoy en día, no es el Estado como tal sino el Partido revolucionario el que constituye la verdadera – y básicamente la única – organización totalitaria. [11] Desde un punto de vista organizacional, en el sentido del rígido funcionamiento del mando y la obediencia, incluso debería decirse que cierta organización revolucionaria es superior en este aspecto a la de algunas tropas regulares y que tiene que producirse cierta confusión en el Derecho Internacional cuando la organización como tal se convierte en el criterio para establecer lo regular, como ha sucedido en la Convención de Ginebra del 12 de Agosto de 1949. (Cf. más adelante).

En alemán “Partisan” significa “partidario” (Parteigänger); alguien que marcha con un partido; y el significado concreto de esto ha sido muy diferente en distintas épocas, tanto en lo referente al partido o frente con el cual alguien marcha, como en lo que hace a su participación en la marcha, en la militancia, en la lucha y eventualmente incluso en la prisión conjunta. Existen partidos que hacen la guerra, pero también hay partidos en el proceso jurídico, partidos de la democracia parlamentaria, partidos de opinión y de acción, etc. En los idiomas románicos la palabra puede ser empleada de modo sustantivado o adjetivado: en francés se habla incluso del partisan de alguna opinión; en síntesis: una denominación genérica de múltiples significados de pronto se convierte en una palabra altamente política. Los paralelos lingüísticos con una palabra générica como status, que de pronto puede significar Estado, se hacen evidentes. En épocas de disgregación, como en el Siglo XVII por la época de la Guerra de los Treinta Años, el soldado irregular termina en la cercanía de bandoleros y merodeadores. Hace la guerra por cuenta propia y se convierte en un personaje de novela picaresca, como el pícaro español de Estebanillo Gonzales quien tuvo que ver con la batalla de Nördlingen (1635) y que relata esa batalla con el estilo del soldado Schwejk; o como se lo puede releer en el Simplizius Simplizissimus de Grimmeishausen y observar en los aguafuertes y carbonillas de Jacques Callot. En el Siglo XVIII, el “partidario” perteneció a los panduros, a los húsares, y a otras clases de tropas ligeras que libraban la llamada “pequeña guerra” como tropas móviles dedicadas al “combate individual”, en contraposición a la “gran guerra”, más lenta, de las tropas de línea. Aquí, la distinción entre regular e irregular está pensada de una forma puramente militar y de ninguna manera equivalente a lo legal e ilegal, entendidos en el sentido jurídico del Derecho Internacional y del Derecho Constitucional. En el guerrillero actual la mayoría de las veces se borran y se superponen los dos pares de contraposiciones de regular-irregular y legal-ilegal.

Agilidad, rapidez, sorprendente cambio de ataque y retirada; en una palabra: elevada movilidad, son aún hoy una característica del guerrillero y dicha característica aumenta todavía más por medio de la tecnología y la motorización. Sólo que la guerra revolucionaria disuelve a los dos pares de contraposiciones y surgen innumerables formaciones y grupos semi- y para-regulares. El guerrillero que combate con las armas siempre queda dependiendo de la colaboración con alguna organización regular. Precisamente el colaborador de Fidel Castro en Cuba, Ernesto Che Guevara, enfatiza esto de forma muy especial [12]. Consecuentemente, ya la colabroración entre regulares e irregulares produce algunas escalas intermedias, incluso en los casos en los que un gobierno, de ningún modo revolucionario, convoca a la defensa del territorio nacional contra un conquistador extranjero. En estos casos, la guerra masiva y la guerra limitada se entremezclan. Ya desde el Siglo XVI se encuentra en los Reglamentos para esta clase de misiones, la denominación de “partisano[13]. Veremos todavía dos importantes ejemplos de una reglamentación formal de guerra nacional (Volkskrieg) y guerra local (Landsturm) que intentaron reglamentar la guerra de guerrillas. Por el otro lado, también el conquistador emite reglamentaciones para el combate contra guerrilleros enemigos. Todas estas normativas se encuentran ante el difícil problema de una regulación de lo irregular hecha conforme al Derecho Internacional – es decir: válida para ambos bandos – con miras a, por un lado, el reconocimiento del guerrillero como combatiente y su tratamiento como prisionero de guerra y, por el otro lado, al respeto de los derechos de la fuerza de ocupación militar. Ya hemos indicado que en esto surgen algunas controversias jurídicas y volveremos sobre la disputa relacionada con los francotiradores de la guerra franco-germana de 1870/71 después que hayamos echado un vistazo a la situación jurídica internacional.

Ante la rápida transformación del mundo es muy comprensible la tendencia generalizada a la modificación e incluso al cambio de los conceptos tradicionales – los conceptos clásicos como hoy suele decirse [14]. Esto atañe también al concepto “clásico” – si es que se lo puede llamar así – del guerrillero. En “El Partisano” (Der Partisan) de Rolf Schroers, un libro muy importante para nuestro tema publicado en 1961, el luchador ilegal y activista clandestino de la resistencia, está presentado como el auténtico tipo de guerrillero [15]. Se trata aquí de un giro conceptual, orientado principalmente a determinadas situaciones internas alemanas de la época de Hitler, y como tal, es importante. La irregularidad es reemplazada por la ilegalidad y el combate militar por la resistencia. En mi opinión, esto implica una amplia redefinición del guerrillero protagonista de las guerras nacionales por la independencia y omite considerar que también la revolución operada en la guerra no ha obviado la relación militar existente entre el ejército regular y el combatiente irregular.

En algunos casos la redefinición llega hasta una simbolización genérica y a la dilución del concepto. En virtud de ello, al fin y al cabo cualquier rebelde individual o cualquier inconforme podría llegar a llamarse guerrillero, más allá de si piensa aún en absoluto tomar algún arma en la mano [16]. Esto, como metáfora, no necesariamente habría de ser improcedente; yo mismo la he utilizado para caracterizar figuras y situaciones de la filosofía de la Historia [17]. En un sentido figurado “ser Hombre significa ser combatiente” y el individualista consecuente combate sencillamente por cuenta propia y, si es valiente, incluso a propio riesgo. Resulta así, pues, partidario de si mismo. Estas diluciones conceptuales constituyen signos de nuestra época, tan dignos de atención que merecen una investigación específica [18]. Sin embargo, para una Teoría del Guerrillero, tal como aquí se la entiende, no hay que perder de vista algunos criterios para que el tema no se esfume en una generalidad abstracta. Estos criterios son: irregularidad, incrementada movilidad del combate activo e incrementada intensidad del compromiso político.

Quisiera también fijar un cuarto carácter adicional del auténtico guerrillero; ése que Jover Zamora ha denominado como su carácter telúrico. Este carácter es importante para la situación del guerrillero que es básicamente defensiva a pesar de toda su movilidad táctica, ya que su esencia cambia cuando se identifica con la absoluta agresividad del revolucionario mundial o con una ideología tecnicista. Dos estudios del tema especialmente interesantes para nosotros – el libro de Rolf Schroers y la disertación de Jürg. H. Schmid sobre la posición jurídica internacional del guerrillero – coinciden básicamente con este criterio. La fundamentación de esta posición sobre el carácter telúrico me parece necesaria para destacar el caracter defensivo – esto es de limitación de la enemistad - de un modo espacialmente evidente y aislarla de una justicia abstracta con pretensiones absolutas.

En relación con los guerrilleros que combatieron durante 1808/13 en España, el Tirol y Rusia esto queda claro sin dificultad alguna. Pero también los combates guerrilleros de la Segunda Guerra Mundial y de los años subsiguientes en Indochina y otros países, que quedan suficientemente delineados con los nombres de Mao Tse-tung, Ho Chi-minh y Fidel Castro, permiten comprender que sigue estando íntegramente vigente el vínculo con el suelo, con la población autóctona y con la característica geográfica especial del país – montaña, bosque, selva o desierto. El guerrillero está y sigue diferenciándose, no sólo del pirata sino incluso del corsario, del mismo modo en que pueden diferenciarse la tierra y el mar en sus condición de diferentes espacios elementales en dónde tienen lugar tanto el trabajo humano como los conflictos bélicos entre los pueblos. La tierra y el mar no sólo implican diferentes vehículos para conducir la guerra y diferentes teatros de operaciones militares; sino que han desarrollado diferentes conceptos de la guerra, el enemigo y el botín [19]. El guerrillero representará un tipo específicamente terrestre del combatiente activo, por lo menos mientras sean posibles las guerras anticolonialistas sobre nuestro planeta [20]. El carácter telúrico del guerrillero se pondrá todavía más en relieve cuando lo comparemos con personajes marítimos típicos y cuando tratemos el aspecto espacial más adelante.

Sin embargo, incluso el guerrillero autóctono de procedencia agraria termina atraído por el campo gravitatorio del irresistible avance tecnoindustrial. Con ello, su movilidad resulta tan incrementada por la motorización que corre peligro de quedar completamente desarraigado. En las situaciones de la guerra fría se convierte en un técnico del combate invisible, en saboteador y en espía. Ya durante la Segunda Guerra Mundial existieron unidades de sabotaje con adiestramiento guerrillero. Un guerrillero así motorizado pierde su carácter telúrico y termina siendo tan sólo la herramienta portátil e intercambiable de una central poderosa, impulsora de una política mundial, que lo activa tanto en la guerra abierta como en la invisible y lo vuelve a desactivar según lo demanden las circunstancias. También esta posibilidad existe en su vida actual y una Teoría del Guerrillero no debe dejar de considerarla. Con estos cuatro criterios – irregularidad, movilidad incrementada, intensidad del compromiso político y carácter telúrico – además de considerar las posibles consecuencias provenientes de una progresiva tecnificación, industrialización y desagrarización, hemos delineado el horizonte de nuestro examen desde el punto de vista conceptual. Abarca desde el guerrillero de la época napoléonica hasta el guerrillero bien equipado de la actualidad; desde el Empecinado hasta Mao Tse-tung, Ho Chi-minh y Fidel Castro. Es un campo muy grande acerca del cual la historiografía y la ciencia militar han producido un material enorme que incluso aumenta todos los días. Lo utilizaremos en la medida en que nos es accesible e intentaremos extraer del mismo algunos conocimientos necesarios para la Teoría del Guerrillero.

Una mirada a la situación jurídica internacional

El guerrillero combate de modo irregular. Pero algunas categorías de combatientes irregulares resultan equiparadas a las fuerzas armadas regulares y gozan de los derechos y privilegios del combatiente regular. Esto significa que sus acciones de combate no son contrarios a derecho y, en caso de caer en poder de sus enemigos, tienen la prerrogativa de ser tratados en forma especial como prisioneros de guerra y como heridos. La situación jurídica ha hallado un compendio en la normativa para la guerra terrestre de La Haya del 18 de Octubre de 1907 y la validez del mismo ha encontrado una aceptación general. Después de la Segunda Guerra Mundial el desarrollo prosiguió con las cuatro Convenciones de Ginebra del 12 de Agosto de 1949 de las cuales dos reglamentan el destino de los heridos y enfermos en la guerra terrestre y marítima, un tercero regula el tratamiento a otorgar a los prisioneros de guerra y el cuarto se refiere a la protección de los civiles en épocas de guerra. Numerosos Estados, tanto del mundo occidental como del bloque oriental han ratificado estas convenciones. A sus formulaciones se ha adaptado incluso el nuevo Manual Militar del Derecho de Guerra Terrestre de los EE.UU. del 18 de Julio de 1956.

La normativa de La Haya del 18 de Octubre de 1907 ya había equiparado, bajo ciertas condiciones, las milicias, los cuerpos libres y los combatientes asociados provenientes de alzamientos populares, con las fuerzas armadas regulares. Más adelante, cuando analicemos la conflictiva relación prusiana con la guerrilla, mencionaremos algunas dificultades e imprecisiones de esta reglamentación. El desarrollo que condujo a las convenciones de Ginebra de 1949 se caracteriza por reconocer cada vez mayores flexibilizaciones del Derecho Internacional europeo que hasta ese momento había sido puramente inter-estatal. Cada vez más amplias categorías de participantes de la guerra pasan a ser considerados combatientes. Incluso los civiles del territorio militarmente ocupado por el enemigo – es decir, del teatro de operaciones de los guerrilleros que combaten a espaldas de los ejércitos enemigos – gozan ahora de una protección jurídica mayor que la brindada por la normativa de 1907. Muchos combatientes auxiliares que antes se consideraban partisanos han sido equiparados ahora con los combatientes regulares con los mismos derechos y privilegios. En realidad, ya no deberían ser denominados partisanos. No obstante, los conceptos todavía son tanto poco claros, como variables.

Las formulaciones de las convenciones de Ginebra reflejan experiencias europeas y no las guerras de guerrilas de Mao Tse-tung y la evolución posterior de la guerrilla moderna. En los primeros años posteriores a 1945 todavía no se había tomado conciencia de algo que un experto como Hermann Foertsch reconoció y formuló de la siguiente manera: las acciones bélicas posteriores a 1945 tomaron un carácter guerrillero porque los poseedores de armas nucleares se resistían a emplearlas por motivos humanitarios y los carentes de ellas podían especular con esta reticencia – un resultado inesperado, tanto de la bomba atómica como de las consideraciones humanitarias. Los conceptos relevantes para el problema de la guerrilla contenidas en la normativa de Ginebra se hallan abstraídas a partir de determinadas situaciones. Son (tal como figura en el certero Comentario de la Cruz Roja Internacional, dirigido por Jean S. Pictet – Tomo III, 1958, pág. 65) una referencia precisa (une référence précise) a los movimientos de resistencia de la Segunda Guerra Mundial 1939/1945.

Con ellas no se pretendió una modificación fundamental de la normativa de La Haya de 1907. Incluso se mantienen básicamente las cuatro condiciones clásicas para una equiparación con las tropas regulares (existencia de autoridades superiores responsables, identificación fija visible, portación ostensible de las armas, respeto de las reglas y las costumbres del Derecho de Guerra). En todo caso, la convención para la protección de la población civil no está pensada para tener validez solamente en el caso de guerras inter-estatales sino para todos los conflictos armados internacionales, es decir, también para las guerras civiles, insurrecciones, etc. No obstante, con ello solamente se busca crear la base jurídica para la intervención humanitaria de la Cruz Roja Internacional (y otras organizaciones apartidarias) Inter arma caritas. En el Art.3 párrafo 4 de la Convención se subraya expresamente  que el status jurídico, le statut juridique, de los partidos en conflicto no se altera con ello (Pictet Op.Cit. III – 1955 – pág.39/40). En la guerra entre Estados, la fuerza de ocupación del territorio militarmente ocupado mantiene, al igual que antes, el derecho de dar instrucciones a la policía de ese territorio a los efectos del mantenimiento del órden y la represión de acciones de combate irregulares, consecuentemente también para la persecución de los guerrilleros “sin consideración por las ideas que los inspiren”. (Pictet IV, 1956, pág. 330).

De acuerdo a ello la diferenciación de los guerrilleros – en el sentido de tropas irregulares, no equiparables a las tropas regulares – se mantiene básicamente hasta hoy en día.  En este sentido, el guerrillero no posee los derechos y privilegios del combatiente; es un criminal según el Derecho Penal y está permitido neutralizarlo con castigos sumarios y medidas represivas. Esto ha sido reconocido esencialmente incluso en los juicios por crímenes de guerra posteriores a la Segunda Guerra Mundial, específicamente en las sentencias contra los generales alemanes (Jodl, Leeb, List), quedando sobreentendido que, excediendo las necesidades de la lucha contra la guerrilla, todas las crueldades, medidas de terror, castigos colectivos y hasta la participación en genocidios, continúan siendo crímenes de guerra.

Las convenciones de Ginebra amplían el ámbito de las personas equiparables a los combatientes regulares al poner en pié de igualdad a los miembros de un “movimiento organizado de resistencia” con los miembros de una milicia o de un cuerpo franco (Freikorps) otorgándoles de este modo los derechos y privilegios del combatiente regular. En esto, ni siquiera se pone expresamente como condición la existencia de una organización militar (Art.13 de la convención sobre heridos y Art.4 de la referida a prisioneros de guerra). La convención para la defensa de la población civil equipara los “conflictos internacionales” dirimidos por la fuerza de las armas con la guerra entre Estados del Derecho Internacional europeo clásico y con ello toca una institución jurídica que hasta ese momento había sido el núcelo del Derecho Internacional vigente: la occupatio bellica. A estas ampliaciones y flexibilizaciones, que aquí solamente podemos mencionar a título de ejemplo, se agregan las grandes modificaciones y los cambios que surgen espontáneamente del desarrollo de la tecnología armamentista moderna y que influyen de un modo aún más intenso sobre la guerra de guerrillas. ¿¡Qué puede significar la norma que obliga a “portar armas en forma ostensible” para un combatiente de la resistencia al cual la anteriormente citada “Instrucción de guerra limitada” de la asociación de suboficiales suizos le indica: “Muévete solamente de noche y descansa de día en los bosques”!?  O bien, ¿qué significa la exigencia de poseer un signo de identificación bien visible en medio de un combate nocturno o en el combate con las armas a distancia de la tecnología bélica moderna? Muchas de estas preguntas aparecen cuando la consideración se hace desde el punto de vista del problema de la guerrilla y no se dejan de lado los aspectos del cambio espacial y del desarrollo tecnoindustrial que se tratarán más adelante.

La protección de la población civil en el territorio militarmente ocupado es una protección hacia varias direcciones diferentes. La fuerza de ocupación tiene interés en que reine la tranquilidad y el órden en el territorio por ella ocupado. Se ha mantenido el concepto de que la población del territorio ocupado, no está obligada a la lealtad pero sí a la obediencia de aquellas ordenanzas respetuosas del Derecho Internacional que emita la fuerza de ocupación. Hasta los empleados públicos – e incluso la policía misma – deben seguir trabajando correctamente y deben ser tratados en forma correspondiente por las fuerzas de ocupación. Todo ello constituye un difícil y trabajosamente balanceado compromiso entre los intereses de la fuerza de ocupación y los de su enemigo. El guerrillero interfiere en esta forma de ordenamiento del territorio ocupado de un modo peligroso. No solamente porque interfiere en el transporte y el abastecimiento, sino también cuando resulta mayor o menormente apoyado y encubierto por la población de este territorio. “La población es tu mayor amigo” dice la ya citada Instrucción de guerra limitada para todos. La protección brindada a una población así es potencialmente una protección al guerrillero. De este modo se explica que en la Historia del desarrollo del Derecho de Guerra, en las deliberaciones de la normativa de La Haya y sus posteriores ampliaciones, constantemente aparecieron agrupamientos sectoriales típicos: las grandes potencias militares – es decir: las potenciales fuerzas de ocupación – exigían un estricto aseguramiento y ordenamiento dentro del territorio militarmente ocupado mientras que los Estados más pequeños que temían ser militarmente ocupados – Bélgica, Suiza, Luxemburgo – buscaban imponer la protección más amplia posible para los combatientes de la resistencia y la población civil. También en este sentido el desarrollo ocurrido desde la Segunda Guerra Mundial ha introducido nuevas experiencias y la cuestión de la destrucción de las estructuras sociales, que veremos luego, hace surgir la pregunta de si no podrán también darse casos en que la población necesite ser protegida de los guerrilleros.

Merced a las convenciones de Ginebra de 1949 y dentro de la institución de la occupatio bellica clásica regulada con suma precisión por la normativa de La Haya, se han producido modificaciones cuyas consecuencias en muchos sentidos permanecen siendo imprevisibles. Combatientes de la resistencia, a los cuales antes se hubiera tratado como a guerrilleros, se consideran equivalentes a combatientes regulares tan sólo a condición de que estén organizados. Frente a los intereses de la fuerza de ocupación, los intereses de la población del territorio ocupado de enfatizan de un modo tan drástico que se ha vuelto posible – al menos en teoría – considerar como no ilegal cualquier resistencia a la autoridad de ocupación, también la del guerrillero, con la sola condición de que responda a motivaciones no repudiables. Por el otro lado, la fuerza de ocupación mantendría su derecho a tomar medidas represivas. En esta situación, un guerrillero actuaría de un modo no esencialmente legal, pero tampoco ilegal, sino por su propia cuenta y, en este sentido, de manera riesgosa.

Cuando uno emplea una palabra como riesgo o riesgoso en un sentido general, no específico, hay que admitir que en un territorio ocupado por el enemigo y sembrado de guerrilleros, de ningún modo es sólo el guerrillero quien vive de un modo riegoso. En el sentido genérico de inseguridad y peligro, toda la población del territorio se halla expuesta a un gran riesgo. Los empleados públicos que deseen seguir trabajando correctamente según las normativas de La Haya, se encuentran ante un riesgo adicional por acciones y omisiones. En especial, el empleado policial termina envuelto en un cruce de peligrosas suposiciones contradictorias: la fuerza de ocupación enemiga le exige obediencia en el mantenimiento de la seguridad y el órden, siendo que éstas resultan alteradas precisamente por el guerrillero; su propio Estado nacional le exige fidelidad y lo hará responsable por ella después de la guerra; la población a la que pertenece espera de él solidaridad y lealtad las cuales, relacionadas con la actividad del funcionario policial, pueden llegar a conducir a consecuencias prácticas totalmente opuestas si es que el funcionario policial no se decide a convertirse él mismo en guerrillero; y por último, tanto el guerrillero como quien lo combate muy pronto entrarán en el círculo infernal de las represalias y las contra-represalias. Hablando en términos genéricos, la acción (o la omisión) riesgosa no es un caracter específico y excluyente del guerrillero.

La palabra riesgoso adquiere un sentido más preciso cuando el que actúa en forma riesgosa lo hace asumiendo el peligro y haciéndose cargo concientemente de las consecuencias adversas de su acción u omisión, de modo tal que ya no puede alegar el haber sido objeto de una injusticia cuando esas consecuencias adversas de hecho le suceden. Por el otro lado – en la medida en que no se trate de acciones ilegales – tendrá la posibilidad de contrabalancear el riesgo mediante la firma de un contrato de seguro con una compañía aseguradora. La patria jurídica del concepto de riesgo, su topos jurídico-científico, queda constituida por la legislación aplicable a la industria del seguro. El ser humano vive expuesto a una multitud de peligros e inseguridades, y el otorgarle con conciencia jurídica la denominación de riesgo a un peligro o inseguridad significa hacer asegurables tanto al riesgo como a las consecuencias. En el caso del guerrillero esto fracasaría probablemente ya por la irregularidad y la ilegalidad de su accionar. Fracasaría incluso si, por lo demás, uno estuviese dispuesto a protegerlo de un riesgo muy alto encuadrándolo, desde el punto de vista de la técnica del seguro, en la categoría de los riesgos de mayor exposición.

La aceptación del concepto del riesgo es necesaria para el tratamiento de las situaciones de guerra y para la activación de la enemistad. Entre nosotros, la palabra ha ingresado en la doctrina del Derecho Bélico Internacional a través del libro de Josef L. Kunz “Kriegsrecht und Neutralitätsrecht” (Derecho de Guerra y Derecho de Neutralidad – 1935, págs. 146, 247). Sin embargo, allí no se refiere a la guerra terrestre y en absoluto al guerrillero. Tampoco pertenece allí. Si hacemos abstracción del Derecho del Seguro como patria jurídica del concepto de riesgo y dejamos los empleos inespecíficos de lado – como, por ejemplo, la comparación con el prisionero que huye y se “arriesga” a ser abatido de un disparo – queda claro que el empleo específicamente aplicable al Derecho de Guerra que hace J. Kunz del concepto de “riesgoso” contempla solamente el Derecho de Guerra Marítimo y las figuras y situaciones que le son típicas. La guerra en el mar es en gran medida una guerra comercial; frente a la guerra terrestre tiene su propio espacio y sus propios conceptos de enemigo y botín. Incluso el mejoramiento del destino de los heridos ha conducido en la reglamentación de Ginebra de Agosto de 1949 a dos convenciones separadas, una para lo marítimo y otra lo terrestre.

Hay dos participantes que, en una guerra marítima, actúan de un modo riesgoso en un sentido específico así entendido: el neutral que rompe un bloqueo y el contrabandista neutral. En relación con ellos la palabra riesgoso es precisa y concisa. En una guerra, ambas clases de participantes se vuelcan hacia “una muy remunerativa pero riesgosa aventura comercial” (J.Kunz Op.Cit. pág.277). Arriesgan perder el barco y la carga en caso de ser descubiertos. Y en ello ni siquiera tienen un enemigo, a pesar de que son tratados como enemigos en el sentido del Derecho de Guerra Marítimo. Su ideal social es el buen negocio. Su campo de acción es el mar abierto. No piensan en defender la casa, el hogar y la Patria frente a un invasor extraño como corresponde al prototipo del guerrillero autóctono. Incluso firman contratos de seguro para balancear su riesgo, en los cuales las tasas son correlativamente altas y se condicen con los factores de riesgo variables, por ejemplo hundimiento por submarinos: muy riesgoso pero asegurado a altos valores.

A una palabra tan acertada como riesgoso no se la debería extraer del área conceptual del Derecho de Guerra Marítimo para diluirla en un concepto genérico que lo empaña todo. Para nosotros, que nos aferramos al carácter telúrico del guerrillero, esto es especialmente importante. Si yo mismo alguna vez en el pasado he llamado “guerrilleros del mar” a los filibusteros y bucaneros de principios del capitalismo (“Der Nomos der Erde”, pág. 145) quisiera corregirlo hoy aquí por tratarse de una imprecisión terminológica. El guerrillero tiene un enemigo y “arriesga” algo muy diferente al contrabandista y al violador de bloqueos. No solamente arriesga su vida, como cualquier combatiente regular. Sabe y asume que el enemigo lo coloca por fuera del Derecho, la ley y el honor.

Esto es algo que, en todo caso, también hace el combatiente revolucionario al declarar que su enemigo es un criminal y que todos los conceptos de Derecho, ley y honor sustentados por ese enemigo no son sino mentiras ideológicas. A pesar de todas las combinaciones y fusiones, típicas de la Segunda Guerra Mundial y su postguerra hasta el día de hoy, de ambas clases de guerrilleros – es decir: del defensivo-autóctono defensor de su Patria y del activista revolucionario universalmente agresivo – la contraposición sigue en pie. Se basa, como veremos, sobre conceptos fundamentalmente diferentes de la guerra y la enemistad que, a su vez, se concretan en diferentes especies de guerrillero. Allí en dónde una guerra no-discriminadora se libra entre un Estado y el otro, el guerrillero es una figura marginal que no hace estallar el marco de la guerra y no modifica la estructura general del proceso político. Pero cuando se combate con la criminalización total del contrincante bélico, cuando la guerra se libra, por ejemplo, como una guerra civil entre clases sociales enemistadas, en ese caso el efecto explosivo de la criminalización del enemigo se manifiesta de modo tal que el guerrillero se convierte en el verdadero héroe de la guerra. Ejecuta la sentencia de muerte dictada contra el criminal y se arriesga a ser tratado, a su vez, como criminal o malhechor. Ésta es la lógica de una guerra de la justa causa sin reconocimiento de un justus hostis. Es a través de ella que el guerrillero revolucionario se convierte en la figura central de la guerra.

El problema del guerrillero se convierte, sin embargo, en la mejor herramienta de verificación. Aún cuando las diferentes especies de la guerra de guerrillas se entremezclen y se amalgamen en la práctica de la conducción bélica actual, en sus condiciones fundamentales continúan siendo tan distintas que se puede verificar el criterio de la agrupación amigo-enemigo en ellas. Ya hemos recordado más arriba la típica agrupación que se produjo durante los preparativos para la reglamentación de la guerra terrestre en La Haya: las grandes potencias militares frente a los pequeños países neutrales. En las negociaciones de la Convención de Ginebra de 1949, con gran esfuerzo, se llegó a una fórmula de compromiso mediante la cual se equiparó al movimiento de resistencia organizado con un cuerpo franco (Freikorps). Y nuevamente se repitió el agrupamiento típico cuando la cuestión giró en torno a reunir en normas del Derecho Internacional las experiencias de la Segunda Guerra Mundial. También esta vez las grandes potencias militares, los ocupantes potenciales, se enfrentaron con los Estados pequeños que temían una ocupación; esta vez, sin embargo, con una modificación tan notable como sintomática: la mayor potencia terrestre del mundo, el ocupante potencial por lejos más poderoso, la Unión Soviética, se puso ahora del lado de los pequeños Estados.

El bien documentado trabajo, abundante en material, de Jürg H. Schmid »Die völkerrechtliche Stellung der Partisanen im Kriege« (“La posición jurídica internacional del guerrillero en la guerra” - Zürcher Studien zum Internationalen Recht Nr. 23, Polygraphischer Verlag AG. Zürich, 1956) quiere poner “bajo el escudo del Derecho” a la “la guerra de guerrillas librada por civiles” en lo cual, concretamente, se tiene en mente a los partisanos de Stalin (págs. 97, 157). En esto, Schmid ve “la quintaescencia del problema guerrillero” y la creatividad jurídica de las convenciones de Ginebra. Lo que Schmid quiere eliminar son “ciertas dudas relativas al Derecho de ocupación” que han permanecido en pié en la concepción actual de la fuerza de ocupación, y en especial apunta, como él mismo señala, a la “tan cacareada obligación de obediencia”. Para este fin emplea la doctrina de la acción de guerra legal pero riesgosa, a la cual transforma en una acción de guerra riesgosa pero no-ilegal. De este modo hace disminuir el riesgo del guerrillero, al cual le otorga la mayor cantidad posible de derechos y privilegios a costillas de la fuerza de ocupación. No alcanzo a ver cómo pretenderá evitar con ello la lógica del terror y el contra-terror; a no ser que simplemente criminalice al enemigo militar del guerrillero. El conjunto es una altamente interesante cruza de dos status juridiques diferentes, concretamente: de combatiente y civil, con dos especies distintas de la guerra moderna, concretamente: la guerra caliente y la guerra fría, entre población y fuerza de ocupación, y en esta hibridación el guerrillero de Schmid (siguiendo a Mao) participa “a dos manos”. Es tan sólo sorprendente – además de constituir un quiebre del eje conceptual – que esta deslegalización del guerrillero stalinista a costillas del Derecho Internacional clásico pretenda ser relacionada, simultáneamente, con un retorno a la guerra inter-estatal pura de la doctrina Rousseau-Portalis de la cual Schmid afirma que sólo en la etapa de “su más tierna infancia” le habría prohibido al civil cometer actos de hostilidad. Así el guerrillero hasta se vuelve asegurable.

Las cuatro convenciones ginebrinas del 12 de Agosto de 1949 son la obra de una posición humanista y de un desarrollo humanitario de merece ser admirada. Al brindarle hasta al enemigo no sólo humanitarismo sino incluso justicia en el sentido del respeto, estas convenciones se mantienen sobre la base del Derecho Internacional clásico y su tradición, sin la cual semejante obra de humanidad sería improbable. Su fundamento sigue siendo el carácter estatal de lo bélico y sobre esto se edifica la acotación de la guerra, con su clara diferenciación entre la guerra y la paz, lo militar y lo civil, el enemigo y el criminal, la guerra inter-estatal y la guerra civil. Sin embargo, en la medida en que las convenciones aflojan o hasta cuestionan estas diferenciaciones esenciales, están abriendo la puerta para una especie de guerra que destruye conscientemente aquellas claras separaciones. El resultado es que después, cualquier normativa de compromiso estilizada con suma cautela aparece tan sólo como un estrecho puente tendido sobre un precipicio en cuyo fondo se esconde la peligrosa transformación de los conceptos de guerra, paz y guerrillero.

 

Desarrollo de la Teoría

La conflictiva relación prusiana con la guerrilla

En Prusia, la potencia militar directriz de Alemania, el alzamiento contra Napoleón estuvo afianzado sobre un fuerte sentimiento nacional. El gran momento pasó pronto, pero continuó siendo tan esencial en la Historia de la guerrilla que más tarde tendremos que tratarlo en forma especial.

Por de pronto tenemos que considerar el indiscutible hecho histórico de que, tanto el ejército prusiano como el ejército alemán conducido por Prusia desde 1813 hasta la Segunda Guerra Mundial, presenta el ejemplo clásico de una organización militar que ha rechazado de su seno radicalmente la idea de la guerrilla. Los treinta años de dominio colonial alemán en el África (1885-1915) no fueron lo suficientemente importantes desde el punto de vista militar como para atraer seriamente hacia el problema a los excelentes teóricos del Estado Mayor prusiano. El ejército austrohúngaro conoció la guerra de guerrillas en los Balcanes y tenía un Reglamento para la guerra limitada. Frente a esto, el ejército prusiano-alemán marchó a Rusia el 22 de Junio de 1941 durante la Guerra Mundial sin pensar en una guerra de guerrillas. Su campaña contra Stalin comenzó con el apotegma: “La tropa combate al enemigo; a los merodeadores los neutraliza la policía”. Recién en Octubre de 1941 se emitieron las primeras instrucciones especiales para la lucha contra la guerrilla; en Mayo de 1944, apenas y casi justo un año antes del fin de la guerra de cuatro años, el Comando Superior de la Wehrmacht emitió el primer Reglamento completo [21].

En el Siglo XIX el ejército prusiano-alemán se convirtió en la organización militar más famosa y prestigiosa del mundo europeocéntrico de aquél entonces. Pero obtuvo esta fama exclusivamente gracias a sus victorias sobre otros ejércitos regulares europeos, especialmente sobre los de Francia y Austria. Ese ejército fue enfrentado por la guerra irregular solamente durante la guerra franco-alemana de 1879/71 en Francia, bajo la forma de los llamados franktireurs (francotiradores) a los cuales en alemán se los denominó “Heckenschützen” (“tiradores desde detrás del cerco”) tratándolos sin misericordia de acuerdo al Derecho de Guerra como lo hubiera hecho cualquier otro ejército regular. Mientras más rígidamente disciplinado sea un ejército, mientras más correctamente sepa distinguir entre civiles y militares, mientras más considere como enemigo sólo al adversario uniformado, tanto más sensible y nervioso se vuelve cuando del otro lado una población civil no-uniformada participa del combate. El militar reacciona en esos casos con duras represalias, fusilamientos, toma de rehenes y destrucción de localidades, considerando tales acciones como una justa defensa propia contra la perfidia y la alevosía. Mientras más se respete al oponente regular, uniformado, y mientras menos se lo confunda con el criminal incluso en medio del más sangriento de los combates, con tanta mayor dureza será considerado como delincuente el combatiente irregular. Todo esto surge espontáneamente de la lógica del Derecho de Guerra europeo clásico que distingue entre militares y civiles, combatientes y no-combatientes, y que presenta la rara fortaleza moral de no declarar que el enemigo como tal es un criminal.

El soldado alemán conoció al francotirador en Francia, durante el otoño de 1870 y durante el invierno siguiente de los años 1870/1871, después de la gran victoria que había obtenido sobre el ejército regular de Napoleón el 2 de Septiembre en Sedan. Si todo hubiera transcurrido según las reglas de la guerra regular clásica entre ejércitos, se podría haber esperado que, después de una victoria de esa magnitud, la guerra se diese por terminada y se declarase la paz. En lugar de ello, el gobierno imperial vencido fue derrocado. El nuevo gobierno republicano de Léon Gambetta proclamó la resistencia nacional contra el invasor extranjero; la guerra “à outrance” (a ultranza). Con gran prisa conscribió reiteradamente nuevos ejércitos y arrojó de modo constante nuevas masas de soldados mal adiestrados sobre los campos de batalla. En Noviembre de 1870 consiguió con ello incluso un éxito militar en el Loire. La situación del ejército alemán quedó amenazada y la posición política internacional de Alemania puesta en peligro ya que no se había calculado con una prolongada duración de la guerra. La población francesa fue presa de una excitación patriótica y participó de las más diversas formas en la lucha contra los alemanes. Éstos tomaron prisioneros a personas notables en calidad de rehenes, fusilaron a los francotiradores que hallaban con el arma en la mano y pusieron bajo presión a la población mediante represalias de toda clase. Éste fue el punto de partida para una discusión de más de medio siglo librada a favor y en contra del francotirador por los juristas del Derecho Internacional y la propaganda política de ambos bandos.  Las controversias estallaron de nuevo durante la Primera Guerra Mundial en la disputa por los francotiradores belgas-alemanes. Se han escrito bibliotecas enteras sobre la cuestión y todavía en estos últimos años – 1958/1960 – un consejo de reputados historiadores belgas y alemanes ha intentado esclarecer y aclarar al menos un punto en discusión sobre la cuestión del complejo problema del conflicto por los francotiradores de 1914 [22].

Todo esto es relevante para el problema del guerrillero porque demuestra que una regulación normativa resulta jurídicamente imposible, si en verdad pretende abarcar fácticamente los hechos y no tan sólo ofrecer una escala deslizable de juicios de valor y de cláusulas genéricas. La acotación tradicional y europea de la guerra entre Estados parte desde el Siglo XVIII de determinados conceptos que, si bien fueron interrumpidos por la Revolución Francesa, resultaron tanto más confirmados por la obra restauradora del Congreso de Viena. Estas concepciones acerca de la guerra acotada y del enemigo justo, provenientes de la época de la monarquía, solamente admiten ser legalizadas entre Estados beligerantes cuando estos Estados se aferran a ellas con la misma intensidad, tanto en el ámbito interno como en el externo, es decir: cuando sus conceptos intra-estatales e inter-estatales de regularidad e irregularidad, legalidad e ilegalidad, coinciden en cuanto a su contenido o, al menos, resultan aproximadamente homogéneos en cuanto a su estructura. De otro modo, la reglamentación inter-estatal, en lugar de fomentar la paz, sólo consigue ofrecer excusas y argumentos para acusaciones recíprocas. Esta sencilla verdad ha quedado expuesta progresivamente desde la Primera Guerra Mundial. No obstante, la fachada del inventario de conceptos heredados todavía sigue siendo ideológicamente muy fuerte. Por motivos prácticos los Estados siguen teniendo un interés en la valoración de los llamados conceptos clásicos, incluso cuando en otros casos estos mismos conceptos terminan siendo descartados por pasados de moda y reaccionarios. Aparte de ello, los juristas del Derecho Internacional europeo han reprimido empecinadamente en sus conciencias el cuadro de una nueva realidad que viene siendo perceptible ya desde el año 1900 [23].

Si todo esto es genéricamente válido para diferenciar la antigua guerra inter-estatal europea de una guerra democrática masiva, tanto más válido resulta para una guerra nacional masiva, improvisada y à outrance, como la que proclamó Gambetta en Septiembre de 1870. La reglamentación de La Haya de 1907 – al igual que todas sus antecesoras del Siglo XIX – intentó llegar a un compromiso en relación al francotirador. Exige determinadas condiciones para que un combatiente improvisado, con un uniforme improvisado, sea reconocido como tal en el sentido del Derecho Internacional: superiores jerárquicos responsables; identificación fija, visible a gran distancia y, sobre todo, portación ostensible de las armas. La imprecisión conceptual de la reglamentación de La Haya y de las convenciones de Ginebra es grande y complica el problema [24]. El guerrillero es precisamente alguien que evita portar armas en forma ostensible, alguien que combate con emboscadas, alguien que utiliza tanto el uniforme del enemigo como signos de identificación fijos o removibles y toda clase de ropas civiles como camuflaje. El ocultamiento y la oscuridad son sus armas más potentes a las que honestamente no puede renunciar sin perder el espacio de la irregularidad; esto es: sin tener que dejar de ser guerrillero.

El punto de vista militar del ejército regular prusiano de ninguna manera se basaba sobre una falta de inteligencia o sobre un desconocimiento de la importancia de la guerra de guerrillas. Esto se aprecia en un interesante libro de un típico oficial prusiano de Estado Mayor que conocía la guerra de francotiradores de 1870/71 y que dio a conocer su opinión en el año 1877 bajo el título de “Lèon Gambetta und seine Armeen” (Léon Gambetta y sus Ejércitos). El autor, Colmar Freiherr von der Goltz, murió durante la Primera Guerra Mundial como comandante de un ejército turco con el título de Pasha Golz. Con toda objetividad y la mayor precisión, el jóven oficial prusiano reconoce el error decisivo de la conducción militar republicana y afirma: “Gambetta quería librar la gran guerra y terminó librándola para su propia desgracia porque, para los ejércitos alemanes en la Francia de aquél entonces, una guerra de guerrillas hubiera sido mucho más peligrosa.” [25]

La conducción del ejército prusiano-alemán, si bien tarde, terminó por entender la guerra de guerrillas. El Comando Supremo de la Wehrmacht alemana emitió el 6 de Mayo de 1944 las ya mencionadas directivas generales para combatir a los guerrilleros. De este modo, el ejército alemán, antes de su fin, todavía llegó a enteder cabalmente al guerrillero. En el interín, uno de los otrora enemigos de Alemania ha terminado reconociendo que las directivas de Mayo de 1944 constituyen una excelente reglamentación. El brigadier inglés Dixon, quien después de la Segunda Guerra Mundial publicó conjuntamente con Otto Heilbrunn un libro medular sobre el guerrillero, cita in extenso las directivas alemanas presentándolas como un brillante ejemplo de lo que es una correcta acción antiguerrillera. Por su parte, en el prefacio a la obra de Dixon y Heilbrunn, el general inglés Sir Reginald F. S. Denning observa que la reglamentación alemana de 1944 no pierde valor por el hecho de contener las directivas del ejército alemán en su lucha contra los partisanos rusos [26].

En la Alemania de 1944/45 hay dos fenómenos del final de la guerra que no deben ser adjudicados a la Wehrmacht alemana. Se explican más bien a partir de una contraposición a la misma: se trata del Volkssturm alemán y del llamado Werwolf. El Volkssturm fue creado por un decreto del 25 de Septiembre de 1944 como una milicia territorial para la defensa regional. Sus miembros fueron soldados encuadrados en la ley de defensa y combatientes según la reglamentación de La Haya. La recientemente aparecida obra del General Mayor Hans Kissel, quien fuera a partir de Noviembre de 1944 el Jefe de la Conducción Superior del Volksturm alemán, nos informa sobre su organización, equipamiento, participación, espíritu de lucha y sus bajas. Kissel dice que el Volkssturm fue reconocido como tropa combatiente en el Oeste por los Aliados mientras que en el Este los rusos lo trataron como una organización guerrillera, fusilando a los que caían prisioneros. A diferencia de esta milicia territorial, el Werwolf fue pensado como la organización guerrillera de la juventud. Sobre su resultado el libro de Dixon y Heilbrunn informa: “Algunos escasos Werwolf incipientes fueron hechos prisioneros por los aliados y con ello terminó la cosa.” Se ha tildado al Werwolf como “el intento de desatar una guerra de francotiradores infantiles” [27]. En todo caso, no necesitamos profundizar aquí en ello.

Después de la Primera Guerra Mundial, los vencedores de aquél entonces disolvieron al Estado Mayor alemán y prohibieron su restauración bajo cualquier forma en virtud del Art. 160 de Tratado de Versalles del 28 de Junio de 1919. Existe una lógica histórica y jurídica en el hecho de que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, que en el interín habían repudiado la guerra-duelo del Derecho Internacional europeo clásico, sobre todo los EE.UU. y la Unión Soviética, luego de su victoria conjunta sobre Alemania repudiasen también al Estado prusiano y lo aniquilasen. La Ley N° 46 del Consejo de Control Aliando del 25 de Febrero de 1947 disponía:

“El Estado prusiano, que desde siempre fue el portador del militarismo y la reacción en Alemana, ha dejado de existir de facto. Guiado por el pensamiento del mantenimiento de la paz y de la seguridad de los pueblos, y con el deseo de asegurar la futura reconstrucción de la vida política en Alemania sobre bases democráticas, el Consejo de Control dispone:

Artículo 1° - El Estado prusiano, con su gobierno y todas sus áreas administrativas, queda disuelto”.

 

El guerrillero como ideal prusiano de 1813 y el giro hacia la teoría

No fue ningún soldado prusiano ni tampoco un militrar profesional con orientación reformadora, sino un primer ministros prusiano, Bismarck, el que en 1866, para no terminar vencido, quiso utilizar contra la monarquía de los Habsburgo y la Francia Bonapartista “cualquier arma que el movimiento nacional emergente nos puede llegar a ofrecer no sólo en Alemania sino también en Hungría y en Bohemia”. Bismarck estaba decidido a poner en movimiento al Aqueronte (en la mitología griega, uno de los cinco ríos del infierno. N.del T.). Le placía utilizar la cita clásica de Acheronta movere, aunque, naturalmente, prefería endosársela a sus enemigos políticos internos. Tanto el rey prusiano Guillermo I, como el Jefe del Estado Mayor, Moltke, estaban lejos de alentar planes aquerónticos que tenían que parecerles siniestros y hasta muy poco prusianos. Para los débiles intentos revolucionarios del gobierno alemán y del Estado Mayor durante la Primera Guerra Mundial, el término aqueróntico hubiera resultado probablemente demasiado fuerte. En todo caso, también el viaje de Lenin desde Suiza hasta Rusia, en el año 1917, corresponde a este contexto. Pero todo lo que los alemanes hayan podido pensar y planificar en aquél entonces, en relación con la organización del viaje de Lenin, ha sido tan tremendamente superado y sobrepasado por las consecuencias históricas de este ensayo revolucionario, que nuestra tesis de la conflictiva relación prusiana con los guerrilleros resultaría con ello más confirmada que refutada [28].

Aún así el Estado militar prusiano tuvo, una vez en su Historia, un momento aqueróntico. Fue en el invierno y en la primavera de 1812/13, cuando una élite de oficiales de Estado Mayor intentó desatar y conducir las fuerzas de la enemistad nacional contra Napoleón. La guerra alemana contra Napoleón no fue una guerra de guerrillas. Tampoco es muy factible llamarla una guerra masiva de todo el pueblo; en esto sólo lo ha convertido “una leyenda con trasfondo político” como acertadamente dice Ernst Forsthoff [29]. Muy rápidamente se consiguió guiar esas fuerzas elementales hacia el marco firme del orden estatal y la lucha regular contra los ejércitos franceses. A pesar de ello, este corto instante revolucionario sigue manteniendo una importancia tremenda para la teoría de la guerrilla.

Aquí muchos pensarán inmediatamente en una obra maestra de la ciencia militar: el libro De la Guerra del general prusiano von Clausewitz. Con razón. Pero Clausewitz en aquella época era solamente el contertulio más joven de sus instructores y maestros Scharnhorst y Gneisenau; su libro se publicó recién después de 1832, con posterioridad a su fallecimiento. No obstante, existe otro Manifiesto de la enemistad contra Napoleón originado durante la primera mitad de 1813 que es uno de los documentos más sorprendentes de toda la Historia de la guerrilla: es el Edicto prusiano sobre el Landsturm del 21 de Abril de 1813. Se trata de un edicto firmado por el rey de Prusia, publicado en todas las colecciones de leyes prusianas. Está incuestionablemente basado en el Reglamento de Partidas y Cuadrillas español del 28 de Diciembre de 1808 y en el Decreto del 17 de Abril de 1909 conocido bajo el nombre de Corso Terrestre. Pero estos dos últimos no están firmados personalmente por el monarca [30]. Uno se asombra de ver el nombre de un rey legítimo debajo de semejante llamado a la guerra de guerrillas. Estas diez páginas de la recopilación de leyes prusianas de 1813 (págs. 79/89) pertenecen seguramente a las páginas más inusitadas de todos los códigos del mundo.

El edicto real prusiano de Abril de 1813 establece que cada ciudadano está obligado a oponerse con toda clase de armas al enemigo invasor. Hachas, herramientas de labranza, guadañas y escopetas se recomiendan en forma especial (en el § 43). Cada prusiano está obligado a no obedecer ninguna disposición del enemigo y, por el contrario, a causarle daño con todos los medios que se hallen a su alcance. Nadie debe obedecer al enemigo, ni siquiera cuando éste intente restablecer el órden público porque a través de ello se facilitan las operaciones militares del enemigo. Se dice expresamente que “los excesos de malvivientes descontrolados” resultan menos adversos que una situación en la cual el enemigo puede disponer libremente de todas sus tropas. Se garantizan represalias y terror instrumentados en defensa de los guerrilleros  y se amenaza al enemigo con estas medidas. En resumen, aquí tenemos una especie de Carta Magna de la guerrilla. En tres lugares – en la Introducción y en los §§ 8 y 52 – se hace expresa referencia a España y a su guerra de guerrillas como “muestra y ejemplo”. La lucha se justifica como un acto de defensa propia bajo estado de necesidad, lo cual “santifica todos los medios” (§ 7), incluida la provocación del desórden total.

Ya he mencionado que no se llegó a una guerra de guerrillas alemana contra Napoleón. El Edicto referente al Landsturm se modificó apenas tres meses más tarde, el 17 de Julio de 1813, despojándoselo de todo peligro guerrillero y de toda dinámica aqueróntica. Todo lo que siguió transcurrió en el marco de los combates del ejército regular, si bien la dinámica del impulso nacional penetró en la tropa regular. Napoleón pudo llegar a vanagloriarse de que, durante todos los años de la ocupación francesa del suelo alemán, ningún civil alemán disparó un solo tiro contra un uniforme francés.

¿En qué consiste, pues, la importancia especial de esta disposición prusiana de 1813 de tan corta vida? En que constituye el documento oficial que legitima al guerrillero involucrado en una defensa nacional y específicamente con una legitimación especial constituida por el espíritu y por la filosofía imperantes Berlin, la capital prusiana de aquél entonces. La guerra de guerrillas española contra Napoleón, el alzamiento tirolés de 1809 y la guerra de guerrillas rusa de 1812 constituyeron movimientos elementales, autóctonos, de pueblos creyentes, católicos u ortodoxos, cuya tradición no había sido tocada por el espíritu filosófico de la Revolución Francesa y que eran, en este sentido, subdesarrollados. Napoleón, en una furiosa carta a Davout, su Gobernador General en Hamburgo (2 de Diciembre de 1811), se refirió a los españoles describiéndolos como un pueblo confundido, rastreramente asesino, supersticioso, conducido por 300.000 monjes, que no debía ser confundido con los tenaces, trabajadores y razonables alemanes. Contrariamente a esto, el Berlin de los años 1808-1813 se encontraba impregnado de un espíritu completamente familiarizado con la filosofía de la Ilustración francesa, tan familiarizado que se sentía con derecho a estar a su nivel y hasta por encima del mismo.

Johann Gottlieb Fichte, un gran filósofo; militares extremadamente cultos y geniales como Scharnhorst, Gneisenau y Clausewitz; un poeta como el ya mencionado Heinrich von Kleist que falleció en Noviembre de 1811; todos ellos caracterizan el tremendo potencial espiritual de una intelectualidad prusiana que en aquél momento crítico se hallaba dispuesta a actuar. El nacionalismo de este estrato intelectual berlinés fue un elemento perteneciente a las personas cultas y no al pueblo sencillo y hasta analfabeto. En una atmósfera así, en la cual un encendido sentimiento nacional se unía a una formación filosófica, el guerrillero fue descubierto filosóficamente y la teoría del mismo se hizo históricamente posible. Que a esta unión le corresponde también una doctrina de la guerra lo demuestra la carta que Clausewitz, como “militar anónimo” le escribió en 1809 a Fichte desde Königsberg y en dónde afirma ser “el autor de un ensayo sobre Maquiavelo”. El oficial prusiano le informa luego con todo respeto al famoso filósofo que la doctrina militar de Maquiavelo es demasiado dependiente de la Antigüedad y que hoy “se gana infinitamente más con la revitalización de las fuerzas individuales que mediante formas artificiales”. Las nuevas armas y las masas, opina Clausewitz en esa carta, se condicen totalmente con este principio, con lo cual en última instancia lo decisivo es el coraje del individuo en la lucha cuerpo a cuerpo, “es decir, en la más bella de todas las guerras, que es la que un pueblo libra sobre sus propios solares por la libertad y por la independencia”.

El joven Clausewitz conoció al guerrillero a partir de los planes insurreccionales prusianos del año 1808/13. Dio conferencias entre 1810 hasta 1811 en la Escuela General de Guerra en Berlin sobre la guerra a pequeña escala y fue uno de los especialistas militares más destacados de esta clase de guerra no sólo en el sentido profesional de la utilización de tropas ligeras y móviles. Para él, al igual que para los demás reformadores de su círculo, la guerra de guerrillas se convirtió “de modo principal en una cuestión eminentemente política de carácter directamente revolucionario. La aceptación de las ideas de pueblo en armas, insurrección, guerra revolucionaria, resistencia y sublevación frente al orden constituido – aún cuando el mismo esté representado por una fuerza de ocupación extranjera – todo eso es una gran novedad para Prusia, algo ‘peligroso’, algo que parecería caer fuera de la esfera del Estado basado en el Derecho.” Con estas palabras Werner Hahlweg acierta en el núcleo de aquello que es esencial para nosotros. Aunque agrega inmediatamente: “La guerra revolucionaria contra Napoleón, tal como se la imaginaron los reformadores prusianos, por supuesto nunca fue librada.” Sólo se llego a una “guerra semi-insurreccional”, como la denominó Friedrich Engels. A pesar de ello, la famosa declaración de Febrero de 1812 sigue siendo importante en cuanto revela “los impulsos más profundos” (Rothfels) de los reformadores. Clausewitz la redactó con la ayuda de Gneisenau y Boyen, antes de pasarse a los rusos. Es un “documento sobrio de análisis político y militar al nivel de un Estado Mayor”, hace referencia a las experiencias de la guerra española y no tiene empacho en “contestar crueldad con crueldad, violencia con violencia”. En esto se percibe ya claramente al Edicto sobre el Volksturm de Abril de 1813 [31].

Clausewitz de seguro quedó muy decepcionado al ver que todo lo que había esperado de la insurrección terminó “faltando” [32]. Había reconocido a la guerra popular y al guerrillero – al “partidista” (Parteigänger) como dice Clausewitz – como una parte esencial de “las fuerzas que estallan en una guerra”, incorporándolas en el sistema de su doctrina sobre la guerra. Reconoció esta nueva “potencia” especialmente en el Libro 6° de su doctrina bélica (Extensión de los Medios de Defensa) y en el famoso Capítulo 6B de su 8° Libro (la guerra es un instrumento de la política). Aparte de ello se pueden hallar en su obra observaciones aisladas y secundarias sorprendentes; como el pasaje que se refiere a la guerra civil en la Vendée dónde expresa que, a veces, unos pocos guerrilleros pudieron aspirar a “que se los designara como ejército” [33]. Sin embargo, Clausewitz sigue siendo, en términos generales, el oficial profesional con intenciones reformadoras que no pudo desarrollar hasta sus últimas consecuencias las ideas incipientes que aquí aparecen. Como veremos, esto sucedió recién mucho más tarde y para ello hizo falta un revolucionario profesional. Clausewitz todavía pensaba en categorías demasiado clásicas cuando, en la “maravillosa característica ternaria de la guerra”, le adjudicaba al pueblo tan sólo el “ciego impulso natural” del odio y la enemistad; al jefe militar y a su ejército el “coraje y el talento” como libre manifestación del espíritu; y al gobierno la puramente racional gestión de la guerra como instrumento de la política.

En la corta vida de aquel Edicto sobre el Landsturm de Abril de 1813 se concentra el momento en el cual el guerrillero aparece en un papel nuevo y decisivo, siendo que era una figura hasta ese momento no reconocida por la conciencia universal. No fue la voluntad de resistencia de un pueblo valiente y guerrero lo que le abrió esta puerta al guerrillero; fue la cultura y el intelecto que le otorgó, además, una legitimación filosóficamente fundamentada. Aquí resultó, si puedo expresarlo de esta forma, filosóficamente acreditado y convertido en presentable ante la corte. Previamente no lo estaba. En el Siglo XVII había descendido hasta convertirse en un personaje de novela picaresca; en el Siglo XVIII, por la época de María Teresa y Federico el Grande, fue panduro y húsar. Pero ahora, en el Berlin de los años 1808 a 1813, resultó descubierto y valorado no sólo filosófica sino incluso militar-profesionalmente. Al menos por un instante obtuvo un rango histórico y un bautismo intelectual. Ése fue un  proceso que ya no olvidaría. Para nuestro tema, esto es decisivo. Hablamos de la Teoría del Guerrillero. Pues bien, una teoría del guerrillero que vaya más allá de clasificaciones políticas y militar-profesionales sólo ha sido posible, en realidad, recién a través de esta acreditación que tuvo lugar en Berlin. La chispa que había volado desde España hacia el Norte en el año 1808, econtró en Berlin una forma teórica que le hizo posible mantenerse encendida y luego pasar a otras manos.

No obstante, en lo inmediato, la tradicional devoción del pueblo resultó tan escasamente amenazada como la unidad política del rey y el pueblo. Mediante la invocación y la apología del guerrillero hasta pareció más fortalecida que puesta en peligro. El Aqueronte desencadenado retornó inmediatamente a los canales del órden estatal. Después de las guerras de liberación dominó en Prusia la filosofía de Hegel que intentó una intermediación sistemática entre revolución y tradición [34]. Esa filosofía podía parecer conservadora y, de hecho, lo era. Pero conservó también la chispa revolucionaria y brindó a través de su filosofía de la Historia, con la idea de la perpetuidad revolucionaria, una peligrosa arma ideológica, más peligrosa que la filosofía de Rousseau en manos de los jacobinos. Esta arma, proveniente de la filosofía de la historia, llegó a las manos de Karl Marx y Friedrich Engels. Sin embargo, los dos revolucionarios alemanes fueron más pensadores que activistas de la guerra revolucionaria. Recién a través del revolucionario profesional ruso, a través de Lenin, adquirió el marxismo como doctrina el poder histórico mundial que hoy representa.

De Clausewitz a Lenin

Hans Schomerus, un especialista de la guerrilla a quien ya hemos citado, a una sección de su estudio (que me ha brindado en forma manuscrita) le pone el título: Del Empecinado hasta Budjonny. Esto significa: del guerrillero de la guerra de guerrillas española contra Napoleón, hasta el organizador de la caballería soviética, el jefe de la caballería en la guerra bolchevique de 1920. Un título así refleja una interesante línea de desarrollo en la ciencia militar. Sin embargo, para nosotros que nos hemos enfocado en la Teoría del Guerrillero, esa línea evolutiva pone la atención de un modo demasiado acentuado sobre las cuestiones militar-profesionales de la táctica y la estrategia de la guerra en movimiento. Tenemos que mantener a la vista la evolución del concepto de lo político y este concepto sufre precisamente aquí una inflexión revolucionaria. El concepto clásico de lo político, consolidado en los Siglos XVIII y XIX, estuvo basado sobre el Estado y el Derecho Internacional europeo. Había transformado la guerra tradicional clásica en una guerra acotada por el Derecho Internacional y limitada puramente al conflicto entre Estados. Desde el Siglo XX esta guerra inter-estatal es dejada de lado, siendo suplantada por la guerra revolucionaria partidista. Es por este motivo que a las consideraciones que siguen le hemos puesto el título de “De Clausewitz a Lenin”. Por supuesto que – frente a la posibilidad de limitarnos a lo militar-profesional-científico – existe aquí el peligro, en cierto modo opuesto, de perdernos por las deducciones y las genealogías de la filosofía de la Historia.

El guerrillero es, en esto, un punto de anclaje seguro porque puede evitarnos esas genealogías filosófico-históricas genéricas y nos conduce de regreso a la realidad del desarrollo revolucionario. Ya Karl Marx y Friedrich Engels comprendieron que la guerra revolucionaria actual ya no es una guerra de barricadas al viejo estilo. Especialmente Engels, que redactó muchos trabajos de ciencia militar, subrayó esto en forma reiterada. Pero siguió considerando como posible que la democracia burguesa, a través del sufragio universal, le diese al proletariado una mayoría parlamentaria que permitiese pasar en forma legal del orden social burgués a la sociedad sin clases. En consecuencia, incluso un revisionismo totalmente carente de ingredientes guerrilleros pudo hacer referencia a Marx y a Engels. Frente a esto, fue Lenin el que percibió la inevitabilidad de la violencia y de las guerras, tanto civiles como inter-estatales, y consecuentemente el que aceptó también la guerra de guerrillas como un ingrediente necesario del proceso revolucionario general.  Lenin fue el primero en concebir, con plena conciencia, al guerrillero como una importante figura de la guerra civil nacional e internacional intentando transformarlo en un instrumento eficaz de la conducción central del Partido Comunista. Esto, por lo que pude ver, sucedió por primera vez en un ensayo, “La Guerra de Partisanos” (“Der Parisanenkampf” en su versión alemana) que apareció el 30 de Septiembre y el 13 de Octubre en la revista rusa “El Proletario” [35]. Se trata de una clara continuación de la percepción del enemigo y la enemistad que comienza en 1902 con “Qué hacer”, sobre todo con el giro contra el objetivismo de Struve. Con ello “aparece consecuentemente el revolucionario profesional” [36].

El ensayo de Lenin sobre el guerrillero se refiere a la táctica de la guerra civil socialista y se dirige contra la opinión, difundida entre los socialdemócratas de aquél momento, en cuanto a que en los países parlamentarios la revolución proletaria conquistaría sus objetivos por si misma como movimiento de masas por lo que los métodos de la aplicación directa de la violencia estarían superados. Para Lenin, la guerra de guerrillas es parte integrante del método de la guerra civil y se refiere, como todo lo demás, a una cuestión puramente táctica o estratégica de la situación concreta. Como Lenin mismo dice, la guerra de guerrillas es “una forma de lucha inevitable” de la cual uno se vale sin dogmatismos ni prejuicios, del mismo modo en que hay que utilizar otros métodos y medios, legales o ilegales, pacíficos o violentos, regulares o irregulares, de acuerdo con las circunstancias. El objetivo es la revolución comunista en todos los países del mundo. Lo que sirva a este fin será bueno y justo. También el problema de la guerrilla es, por lo tanto, de fácil solución: los guerrilleros dirigidos por la central comunista son combatientes por la paz y gloriosos héroes; los guerrilleros que se sustraen a esta conducción son turbas anarquistas y enemigos de la humanidad.

Lenin fue un gran conocedor y admirador de Clausewitz. Estudió el libro De la Guerra durante la Primera Guerra Mundial, en el año 1915, de un modo intensivo, extrayendo pasajes en alemán, haciendo notas al margen en ruso con subrayados y signos de admiración que incorporó a su cuaderno de notas, la Tetradka. De este modo, redactó uno de los más extraordinarios documentos de la Historia del mundo y de las ideas. A partir de un estudio exhaustivo de estos extractos, notas al margen, subrayados y signos de admiración se puede desarrollar la nueva teoría de la guerra absoluta y de la enemistad absoluta que determinan la época de la guerra revolucionaria y los métodos de la moderna guerra fría [37]. Lo que Lenin tuvo oportunidad de aprender, y aprendió, de Clausewitz fue no sólo la famosa fórmula de la guerra como continuación de la política. Fue el reconocimiento adicional de que, en la era de la revolución, la diferenciación entre amigos y enemigos constituye lo primario y determina tanto a la política como a la guerra. Sólo la guerra revolucionaria es para Lenin una verdadera guerra, por cuanto surge de una enemistad absoluta. Todo lo demás no es sino juego convencional.

En una nota al margen que le hace a un pasaje del Capítulo 23 del Libro II (“Llaves del país”) Lenin mismo resalta de un modo especial la distinción entre guerra (woina) y juego (igra). En su lógica se produjo el paso decisivo que eliminó las limitaciones que había conseguido el Derecho Internacional continental europeo en relación con la guerra; las mismas que el Congreso de Viena de 1814/15 consiguió restaurar tan exitosamente hasta la Primera Guerra Mundial y en cuya supresión Clausewitz todavía ni pensaba en realidad. Comparada con la guerra de la enemistad absoluta, la guerra acotada del Derecho Internacional clásico que se desarrolla de acuerdo a reglas aceptadas, no es mucho más que un duelo entre caballeros que tienen derecho a una satisfacción. Para un comunista imbuído de una enemistad absoluta como Lenin, esa especie de guerra debía parecer un simple juego, al cual se prestaba de acuerdo con las circunstancias para confundir al enemigo pero al que, en el fondo, despreciaba y encontraba ridículo [38].

La guerra de la enemistad absoluta no conoce limitaciones. La práctica consecuente de una enemistad absoluta le otorga a esa guerra su sentido y su justicia. La pregunta es, pues, tan sólo: ¿existe un enemigo absoluto y quién es este enemigo in concreto? Lenin no dudó ni un instante en la respuesta y su superioridad por sobre todos los demás socialistas y marxistas consistió en que tomó en serio esa enemistad absoluta. Su enemigo absoluto, concreto, era el enemigo de clase, el burgués, el capitalista occidental y su orden social, en todo país en el cual dicho orden imperase. La identificación del enemigo fue el secreto de la tremenda potencia agresiva de Lenin. Su simpatía por el partisano se basó en que el guerrillero moderno era el auténtico irregular y, con ello, la negación más fuerte del orden capitalista existente por lo que sería llamado a ser el ejecutor de esa enemistad.

La irregularidad del guerrillero ya no se relaciona hoy con una “línea” militar, como sucedía allá por el Siglo XVIII cuando el partisano era tan sólo “tropa ligera”. Tampoco se relaciona ya con el uniforme que orgullosamente exhibe una tropa regular. La irregularidad de la lucha de clases no cuestiona a una línea sino a todo el edificio del orden social. Lenin tomó esta nueva realidad y la transformó en conciencia filosófica a través del revolucionario profesional ruso. La alianza entre la filosofía y el guerrillero que estableció Lenin desató fuerzas nuevas e inesperadas. Ocasionó nada menos que la explosión de todo el mundo eurocéntrico que Napoleón había intentado salvar y que el Congreso de Viena había esperado restaurar.

La limitación de la guerra regular inter-estatal y la moderación de la guerra civil intra-estatal le terminaron siendo algo tan sobreentendido al siglo XVIII europeo que incluso personas sabias del Ancien Régime no pudieron imaginarse la destrucción de esta clase de regularidad; ni siquiera después de las experiencias de la Revolución Francesa de 1789 y 1793. Ante esta destrucción sólo encontraron expresiones de horror y comparaciones improcedentes, en el fondo infantiles. Un gran y valiente pensador del Ancien Régime, Joseph de Maistre, percibió proféticamente de qué se trataba. En una carta del verano de 1811 [39] declaró a Rusia madura para una revolución aunque tenía la esperanza de que la misma fuese – como él dice – una revolución natural y no una iluminista-europea como la francesa. Lo que más temía era un Pugachev académico. Se expresó de esta manera para indicar aquello que acertadamente percibió como lo realmente peligroso, es decir: una alianza entre la filosofía y las fuerzas elementales de una insurrección. ¿Quién era Pugachev? Fue el jefe de una sublevación de campesinos y cosacos contra la zarina Catalina II, ajusticiado en Moscú en 1775 y que se había hecho pasar por el marido fallecido de la zarina. Un Pugachev académico sería un ruso que “iniciase una revolución al modo europeo”. Eso produciría una serie de guerras espantosas y eso, de suceder, “... me faltan las palabras para expresarles lo que en dicho caso habría que temer.”

La visión del sagaz aristócrata es sorprendente, tanto por lo que percibe – es decir: la posibilidad y el peligro de una unión entre la inteligencia occidental y la rebelión rusa – como también por lo que no percibe. Por la fecha y el sitio desde el cual escribe – San Petersburgo, en el verano de 1811 – de Maistre se encuentra en la vecindad inmediata de los reformadores militares prusianos. Pero no percibe la cercanía de esos oficiales profesionales del Estado Mayor prusiano cuyos contactos con la corte imperial de San Petersburgo eran bastante intensos. No sospecha nada de Scharnhorst, de Gneisenau ni de Clausewitz, cuyos nombres, de haber sido combinados con el de Pugachev, hubieran causado una equivocación fatal en la cuestión de acertarle al núcleo de todo el asunto. Con ello, el sentido profundo de una visión se pierde y solamente queda un bon mot al estilo de Voltaire y, por lo que mi atañe, incluso al estilo de Rivarol. Si uno, después, piensa todavía en la unión de filosofía de la historia hegeliana con la fuerza desencadenada de las masas, la formulación del genial de Maistre se esfuma para convertirse en un pequeño episodio conversacional de los salones o antesalas del Acien Régime. El lenguaje y el mundo conceptual de la guerra acotada y de la enemistad dosificada no se hallaban preparados para enfrentar la irrupción de la enemistad absoluta.

De Lenin a Mao Tse-tung

De acuerdo con la estimación de los expertos, durante la Segunda Guerra Mundial las guerrillas rusas obstaculizaron la acción de aproximadamente veinte divisiones alemanas aportando con ello sustancialmente a la definición de la guerra. La historiografía soviética oficial – como el libro de Boris Semenovich Telpujowski sobre la Gran Guerra Patriótica 1941/45 – describe al glorioso partisano que destruye la retaguardia de los ejércitos enemigos. En los enormes espacios de Rusia y con los interminables frentes de miles de kilómetros de largo, cada división resultaba indispensable para la conducción militar alemana. El concepto básico de Stalin en cuanto al guerrillero consistía en que éste siempre debía combatir a las espaldas del enemigo, según la conocida máxima: en la retaguardia, partisanos; en el frente, fraternización.

Stalin consiguió amalgamar la agresividad de la revolución mundial comunista internacional con el fuerte potencial de la resistencia nacional y local – es decir: con la esencialmente defensiva fuerza telúrica de la autodefensa patriótica frente a un conquistador extranjero. La unión de estas dos magnitudes heterogéneas dominan la actual guerra de guerrillas en todo el planeta. En ello, por lo general, el elemento comunista se encontró en ventaja, gracias a su mayor constancia en la persecución de sus objetivos y a su apoyo por parte de Moscú y Pekin. Los guerrilleros polacos que pelearon contra los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial resultaron cruelmente sacrificados por Stalin. Las guerras de guerrilas en Yugoslavia 1941/45 no sólo constituyeron una defensa nacional conjunta contra el conquistador extranjero sino, en la misma medida, una lucha interna brutal entre los partisanos comunistas y los monárquicos. En esta guerra entre hermanos, el líder guerrillero Tito, con la ayuda de Stalin e Inglaterra, venció y aniquiló a su enemigo intra-yugoslavo, el General Mihailovich al cual también apoyaron los ingleses.

El hombre práctico más relevante de la guerra revolucionaria contemporánea fue, simultáneamente, su más famoso teórico: Mao Tse-tung. Algunos de sus escritos son hoy “lectura obligatoria en las Escuelas de Guerra occidentales” (Hans Henle). Mao vino juntando experiencias en la acción comunista ya desde 1927 y utilizó después la invasión japonesa de 1932 para desarrollar todos los métodos modernos de la guerra civil simultáneamente nacional e internacional. La “Larga Marcha” desde el Sur de China hasta la frontera con Mongolia que comenzó en Noviembre de 1934 extendiéndose por 12.000 Km con enormes bajas, fue una serie de logros y experiencias guerrilleras cuyo resultado fue que el Partido Comunista chino se consolidó como partido de campesinos y soldados, con los guerrilleros como núcleo. Existe una coincidencia significativa en el hecho de que Mao redactara sus escritos más importantes durante los años 1936/38, esto es: durante los mismos años en que España se defendía mediante una guerra de liberación nacional de ser conquistada por el comunismo internacional. En esta guerra civil española el guerrillero no desempeñó un papel significativo. Por el contrario, Mao le debe la victoria sobre sus adversarios nacionales – el Kuo-min-tang y el General Chian-kai-shek – exclusivamente a la experiencia obtenida durante la guerra de guerrillas china contra los japoneses y contra el Kuo-min-tang.

Para nuestro tema, las formulaciones más importantes de Mao Tse-tung se encuentran en un escrito del año 1938: “Estrategia de la guerra de guerrillas contra la invasión japonesa”. [40]. Sin embargo, también hay que traer a colación otros escritos de Mao para completar el cuadro de la doctrina militar de este nuevo Clausewitz [41]. Porque, de hecho, se trata de una continuación consecuente y sistemáticamente conciente de los conceptos del oficial prusiano. Es sólo que Clausewitz, contemporáneo de Napoleón I, todavía no podía sospechar el grado de totalidad que hoy le resulta natural a las guerras revolucionarias de los comunistas chinos. La visión característica de Mao emerge de la siguiente comparación: “En nuestra guerra, la población armada y la guerra localizada de los guerrilleros por un lado, y el Ejército Rojo por el otro, se pueden comparar con los dos brazos de un hombre; o bien, para expresarlo en términos prácticos: la moral de la población es la moral de la nación en armas. Y a ella el enemigo le tiene miedo.”

La “nación en armas”. Como se sabe, ésa fue también la expresión característica de los oficiales profesionales del Estado Mayor prusiano que organizaron la guerra contra Napoleón. A ellos perteneció Clausewitz. Ya hemos visto que, en aquella época, las potentes energías nacionales de un determinado estrato culto terminaron siendo receptadas por el ejército regular. Pero hasta los pensadores militares más radicales de aquella época distinguían todavía entre guerra y paz y consideraban a la guerra como una situación excepcional, claramente diferenciable de la paz. Tampoco Clausewitz, desde su posición de oficial profesional perteneciente a un ejército regular, hubiera podido llevar la lógica de la guerrilla tan sistemáticamente hasta sus últimas consecuencias como pudieron hacerlo Lenin y Mao a partir de su existencia como revolucionarios profesionales. Sin embargo, en relación con la guerrila, en Mao se agrega todavía un elemento concreto por medio del cual se aproxima al núcleo central más íntimo de la cuestión mejor que Lenin, llegando a la posibilidad de la culminación intelectual máxima. Para decirlo con pocas palabras: la revolución de Mao está más telúricamente fundamentada que la de Lenin. La vanguardia bolchevique que conquistó para si el Poder en Rusia en Octubre de 1917 bajo la conducción de Lenin, presenta grandes diferencias con los comunistas chinos quienes, después de veinte años de guerra, tomaron a China en sus manos en el año 1949. Las diferencias residen tanto en la estructura grupal interna como en su relación con la tierra y el pueblo que dominaron. En vista de la tremenda realidad determinada por una guerrilla telúrica, la controversia ideológica sobre si Mao expone – o no – un auténtico marxismo o leninismo se vuelve casi tan secundaria como lo es aquella otra cuestión acerca de si en antiguas filosofías chinas ya no se habrían manifestado muchas cosas similares a las que expone Mao. De lo que se trata aquí es de una “élite roja” forjada en la guerra de guerrillas. Ruth Fischer ha expuesto lo esencial al señalar que, desde el punto de vista nacional, los bolcheviques de 1917 constituyeron una minoría “conducida por un grupo de teóricos cuya mayoría se hallaba compuesta por emigrados”. En contrapartida, los comunistas chinos de 1949 bajo Mao y sus amigos habían combatido durante dos décadas sobre su propio suelo nacional contra un oponente también nacional, el Kuo-min-tang, en el marco de una tremenda guerra de guerrillas. Puede ser que, desde el punto de vista de su origen, provinieran del proletariado urbano aproximadamente igual que los bolcheviques rusos originarios de Petersburgo y de Moscú. Pero cuando llegaron al poder, traían consigo la experiencia de las más terribles derrotas y la capacidad organizativa necesaria para tomar sus principios y “trasplantarlos a un entorno campesino para desarrollar allí una nueva especie nunca vista hasta ése entonces” [42]. En esto reside el origen más profundo de las diferencias “ideológicas” entre el comunismo chino y el ruso-soviético. Pero también hay una contradicción interna en la propia situación de Mao quien amalgama un enemigo inespacial, global-universal, absoluto – el enemigo de clase marxista – con el enemigo real, territorialmente delimitable, de la defensiva chino-asiática contra el colonialismo capitalista. Es la contraposición de un One World, de una unidad política del planeta y su humanidad, contra la pluralidad de grandes espacios razonablemente balanceados tanto en si mismos como entre ellos. La concepción pluralista de un nuevo Nomos de la tierra la expresó Mao en una poesía – Kunlun – en la cual (según la traducción de Rolf Schneider) se dice:

Si el cielo fuese para mi un puesto, desenvainaría mi espada
y te cortaría en tres pedazos:
uno como regalo para Europa,
uno para América
pero uno mantendría para China,
y habría paz dominando al mundo.

En la posición concreta de Mao confluyen distintas clases de enemistad que se potencian hasta convertirse en una enemistad absoluta. La enemistad racial contra el explotador colonial blanco; la enemistad de clase contra la burguesía capitalista; la enemistad nacional contra el invasor japonés de idéntica raza; la enemistad surgida durante las largas y amargas guerras civiles contra el propio hermano nacional – todos estos factores no se relativizaron ni se paralizaron mutuamente, como en principio hubiera sido imaginable, sino que se confirmaron y se intensificaron en la situación concreta. Durante la Segunda Guerra Mundial, Stalin tuvo éxito en amalgamar a la guerrilla telúrica del suelo patrio nacional con la enemistad de clase del comunismo internacional. Mao se le había adelantado en esto por varios años. En su conciencia teórica incluso desarrolló la fórmula de la guerra como continuación de la política aún más allá de Lenin.

La operación intelectual que le sirve de base es tan sencilla como potente. La guerra tiene su sentido en la enemistad. Puesto que es la continuidad de la política, también la política – al menos como posibilidad – contiene siempre un elemento de enemistad; y si la paz contiene en si misma la posibilidad de la guerra – lo cual, desgraciadamente, es el caso según la experiencia – también la paz contiene un ingrediente de enemistad potencial. La pregunta es tan sólo la de si la enemistad se puede acotar y regular; esto es: si es una enemistad relativa o absoluta. Eso es algo que puede decidir, a propio riesgo, únicamente el que conduce la guerra. Para Mao, que piensa desde la guerrilla, la paz actual es tan sólo la manifestación de una verdadera enemistad. Ni siquiera cesa de existir en la llamada guerra fría. La misma no es por lo tanto algo así como una media paz y media guerra, sino una prosecución de la enemistad, adaptada a la situación vigente, en la que se emplean medios diferentes a los abiertamente violentos. En esto sólo se pueden dejar engañar los ilusos y los débiles.

Desde el punto de vista práctico surge de ello la pregunta de en qué proporcion cuantitativa se encuentra la acción del ejército regular de la guerra abierta con los otros métodos, no abiertamente militares, de la lucha de clases. Para esto Mao ha hallado un número claro: la guerra revolucionaria se compone de nueve décimas partes de guerra no-abierta, no-regular, y una décima parte de guerra militar abierta. Un general alemán, Helmut Staedke, ha tomado de aquí una definición del guerrillero: el guerrillero es el combatiente de exactamente nueve décimas partes de una conducción militar que le deja solamente una décima parte a las fuerzas armadas regulares [43]. Mao de ninguna manera pasa por alto que esta última décima parte es decisiva para el fin de la guerra. Pero un europeo de antiguas tradiciones debería cuidarse de no recaer en los conceptos convencionales clásicos de guerra y paz los cuales, al referirse a la guerra y a la paz, presuponen la guerra europea acotada del Siglo XIX y por lo tanto no presumen una enemistad absoluta sino tan sólo una enemistad relativa y limitable.

El Ejército Rojo regular aparece recién cuando la situación está madura para un régimen comunista. Recién entonces es que el territorio resulta militarmente ocupado. Naturalmente, esto no apunta a un tratado de paz en el sentido del Derecho Internacional clásico. El significado práctico de una doctrina semejante queda palmariamente demostrado por la partición de Alemania después de 1945. El 8 de Mayo de 1945 cesó la guerra militar contra la Alemania vencida. Alemania, en aquél momento, capituló incondicionalmente. Pero hasta hoy, 1963, los vencedores aliados no han establecido la paz con Alemania. Hasta el día de la fecha, la frontera entre el Este y el Oeste pasa exactamente por la línea con la cual hace dieciocho años las tropas regulares americanas y soviéticas establecieron sus respectivas zonas de ocupación.

Tanto la relación existente entre la guerra fría y la guerra militar abierta como el caso más profundo de la partición de Alemania después de 1945, constituyen para nosotros solamente ejemplos que nos sirven para poner de relieve la teoría política de Mao. Su núcleo está en la guerrilla cuya característica esencial es hoy la verdadera enemistad. La teoría bolchevique de Lenin ha revelado y reconocido al guerrillero. En comparación con la realidad telúrica concreta del guerrillero chino, Lenin tiene algo de intelectual-abstracto en la determinación del enemigo. El conflicto ideológico entre Moscú y Pekin, que apareció con fuerza cada vez mayor a partir de 1962, tiene su origen más profundo en esta realidad concreta y diferente de una guerrilla auténtica. La Teoría del Guerrillero demuestra ser también aquí la clave para comprender a la realidad política.

De Mao Tse-tung a Raoul Salan

La fama de Mao Tse-tung como el maestro más moderno de la conducción militar la trajeron oficiales profesionales franceses de Asia a Europa. En Indochina la guerra colonial al viejo estilo chocó contra la guerra revolucionaria de la actualidad. Alli, estos oficiales sufrieron en carne propia y conocieron la potencia de los elaborados métodos utilizados por una conducción subversiva de la guerra y el terror psicológico masivo, todo ello relacionado con la guerra de guerrillas. A partir de sus experiencias, elaboraron una doctrina de la guerra psicológica, subversiva e insurreccional sobre la cual ya existe una amplia literatura [44].

En ello se ha querido ver el típico producto del modo de pensar de oficiales profesionales, específicamente, de coroneles. Sobre esta clasificación en la jerarquía de coroneles no discutiremos aquí, aunque quizás sería interesante ponerse la pregunta de si incluso una figura como la de Clausewitz no correspondería genéricamente más al tipo intelectual de un coronel que al de un general. A nosotros nos interesa la Teoría del Guerrillero y su consecuente desarrollo, y esto está representado en un ejemplo palmario de los últimos años más bien por un general que por un coronel, y me refiero al destino del general Raoul Salan. Para nosotros, él es – más que los demás generales Jouhaud, Challe o Zeller – la figura sobresaliente en este contexto. En la expuesta posición de este general se descubre un conflicto existencial: el conflicto que resulta decisivo para la comprensión del problema de la guerrilla y que forzosamente ha de surgir si el soldado que combate en forma regular debe sostenerse, y no sólo ocasionalmente sino de un modo duradero, en una guerra concretamente orientada a enfrentar un enemigo que lucha de modo revolucionario e irregular.

Salan ya había conocido, como joven oficial, la guerra colonial en Indochina. Durante la Guerra Mundial, de 1940 a 1944, estuvo destinado al Estado Mayor Colonial y en dicha calidad fue enviado al África. En 1948 llegó a Indochina como comandante de las tropas francesas; en 1951 fue Alto Comisario de la República Francesa en Vietnam del norte; condujo la investigación por la derrota de Dien-Bien-Phu en 1954. En Noviembre de 1958 fue designado Comandante Supremo de las fuerzas armadas francesas en Argelia. Políticamente, hasta ese momento, podía ser considerado como un hombre de izquierda y todavía en Enero de 1957, una enigmática organización que quizás podríamos calificar en alemán como “Fehme” (de “Fehme” o “Feme”; tribunal secreto de Westfalia), lo hizo objeto de un atentado que casi le cuesta la vida. Pero las lecciones de la guerra en Indochina y las experiencias de la guerra de guerrillas argelina ocasionarion que cayera bajo la despiadada lógica de la guerra de guerrillas. El Jefe de Gobierno francés de aquél entonces, Pfimlin, le otorgó plenos poderes. Pero, en el momento decisivo, el 15 de Mayo de 1958, Salan ayudó al General de Gaulle a acceder al poder cuando, después de un acto público en el Foro de Argelia gritó ¡Vive de Gaulle!  Sin embargo, pronto se sentiría amargamente decepcionado en sus expectativas. Esperaba que de Gaulle defendiese incondicionalmente la soberanía territorial de Francia sobre Argelia, tal como estaba garantizado en la Constitución. En el año 1960 comenzó la enemistad abierta contra de Gaulle. En Enero de 1961 algunos de sus amigos fundaron la OAS (Organisation d'Armée Secrète = Organización del Ejército Secreto) cuyo jefe declarado terminó siendo Salan cuando viajó apresuradamente a Argelia luego de la sublevación de los oficiales del 23 de Abril. Cuando la sublevación colapsó ya el 25 de Abril de 1961, la OAS intentó llevar a cabo acciones planificadas de terror contra la población civil de Argelia y contra la población de Francia misma; diseñadas sobre los métodos de la llamada conducción militar psicológica del moderno terror masivo. El operativo terrorista recibió el golpe definitivo en Abril de 1962, con el arresto de Salan por parte de la policía francesa. El juicio ante el Alto Tribunal Militar en Paris comenzó el 15 de Mayo y terminó el 23 de Mayo de 1962. La acusación se basó en el intento de una alteración violenta del régimen legal y en los actos terroristas de la OAS, abarcando por lo tanto solamente el período comprendido entre Abril de 1961 hasta Abril de 1962. La sentencia no fue de muerte sino de prisión perpetua (détention criminelle à perpétuité) ya que el tribunal aceptó circunstancias atenuantes favorables al acusado.

Con esto he querido recordarle rápidamente al lector alemán algunos datos. Todavía no se ha escrito una Historia de Salan y de la OAS y no nos corresponde inmiscuirnos, con tomas de posición y juicios de valor, en un conflicto tan profundo e íntimo de la nación francesa. Todo lo que podemos hacer es extraer del material existente, en la medida en que está publicado [45], algunas líneas para clarificar nuestra cuestión específica. Hay muchos paralelos relacionados con la guerrilla que emergen aquí. Volveremos sobre uno de ellos, por motivos puramente heurísticos y con toda la prudencia requerida. Resulta sorprendente la analogía de los oficiales de Estado Mayor franceses de 1950/60 con los oficiales del Estado Mayor prusiano de 1808/13 impresionados por la guerra de guerrillas española. Las grandes diferencias son igualmente evidentes y no requieren una larga exposición. Existe un parentesco en el núcelo de la situación y en muchos destinos individuales. Sin embargo, no hay que exagerar esto de un modo abstracto, en el sentido de sugerir que todas las teorías y proposiciones provenientes de militares derrotados son similares. Eso sería una tontería. Hasta el caso del general prusiano Ludendorff resulta, en muchos puntos esenciales,  diferente al de un republicano de izquierda como Salan. Lo que nos interesa es tan sólo un esclarecimiento de la Teoría del Guerrillero.

Durante el proceso ante el Alto Tribunal Militar Salan guardó silencio. Al principio del mismo hizo una relativamente larga exposición cuyas primeras palabras fueron: Je suis le chef de l'OAS. Ma responsabilité est donc entière (“Soy el jefe de la OAS. Mi responsabilidad es, por lo tanto, completa”). En la declaración protestó por el hecho de que no fuesen llamados a declarar ciertos testigos por él nombrados – entre ellos el Presidente de Gaulle – y que la materia a juzgar se limitase al período comprendido entre Abril de 1961 (sublevación de los oficiales en Argelia) hasta Abril de 1962 (arresto de Salan), con lo cual sus auténticos motivos resultaban desdibujados, aislados de los grandes procesos históricos, siendo así reducidos y encuadrados en hechos y tipificaciones propias de un Código Penal común. A los actos violentos de la OAS las calificó como la mera respuesta a la más odiosa de las violencias que consiste en arrancarle la nación a seres humanos que no desean perder su nacionalidad. La declaración concluye con las palabras: “Le debo explicaciones sólo a quienes sufren y mueren por haber creído en una palabra violada y en un deber traicionado. A partir de ahora permaneceré callado.”

Salan se mantuvo realmente en silencio durante todo el juicio, incluso ante las múltiples, y fuertemente insistentes, preguntas del fiscal que calificó dicho silencio como pura táctica. El presidente del Alto Tribunal Militar, luego de una breve referencia a lo “ilógico” de semejante silencio, terminó, si bien no aceptando, al menos tolerando la conducta del acusado y no considerándola como un contempt of court. Al final del juicio, ante la pregunta de si deseaba agregar algo en su defensa Salan contestó: “Abriré la boca solamente para gritar ¡Vive la France! y al representante de la acusación le respondo simplemente: que Dieu me garde![46].

La primera parte de esta declaración final se dirige al Presidente del Alto Tribunal Militar y tiene en la mira la ejecución de una sentencia de muerte. En esa situación, en el momento de ser ejecutado, Salan gritaría ¡Vive la France!  La segunda parte se dirige al representante de la acusación y suena algo hermética. Se hace entendible, sin embargo, si se sabe que el fiscal – de un modo que no hubiera sido habitual en un Estado que, dentro de todo, era laico – se volvió religioso de repente. Para contrarrestar cualquier posible consideración de circunstancias atenuantes no sólo declaró que el silencio de Salan era prueba de soberbia y de falta de arrepentimiento sino que repentinamente se dirigió, según sus propias palabras, como “cristiano a otro cristiano”, un chrétien qui s'adresse à un chrétien, predicándole al acusado que, con su contumacia, había desmerecido la misericordia del buen Dios de los cristianos y se había hecho acreedor al castigo eterno. A eso respondió Salan con: ¡que Dieu me garde!  Pueden apreciarse aquí las profundidades por sobre las cuales se desarrollan el ingenio y la retórica de un proceso político. Pero, para nosotros, no se trata aquí del problema de la justicia política. [47]Nos interesa tan sólo aclarar un complejo de cuestiones que – mediante frases trilladas como guerra total, guerra psicológica, guerra subversiva, guerra insurreccional, guerra invisible – han sido gravemente tergiversadas y distorsionan el problema de la guerrilla moderna.

La guerra en Indochina durante 1946/54 fue el “ejemplo típico de la guerra revolucionaria moderna completamente desarrollada” (Th. Arnold Op.Cit. pág. 186). En los bosques, selvas y campos de arroz de Indochina, Salan conoció a una moderna guerra de guerrillas. Tuvo oportunidad de ver cómo campesinos arroceros indochinos conseguían poner en fuga a un batallón de soldados franceses de primera clase. Vio la miseria de los refugiados y conoció a la organización subterránea organizada por Ho Chi-minh que se superponía y superaba a la administración francesa legal. Con la exactitud y la precisión de un oficial de Estado Mayor se dedicó a la observación y a la investigación de esa nueva conducción bélica más o menos terrorista. Con ello descubrió bien pronto lo que tanto él como sus camaradas llamaban guerra “psicológica” y que, conjuntamente con lo tecnológico-militar, es parte constituyente de la guerra moderna. En este punto, Salan pudo adoptar sin dificultad alguna el sistema de pensamiento de Mao, pero es sabido que también profundizó en la literatura publicada sobre la guerra de guerrillas española contra Napoleón. En Argelia se encontró con una situación en la que 400.000 soldados bien equipados lucharon contra 20.000 guerrilleros argelinos con el resultado de que Francia finalmente renunció a su soberanía sobre Argelia. Las bajas en la población argelina fueron entre diez y veinte veces mayores que las ocurridas entre los franceses, pero el esfuerzo material invertido por los franceses fue también de diez a veinte veces mayor que el de los argelinos. Resumiento, Salan realmente estuvo, con toda su existencia como soldado francés, ante una étrange paradoxe, ante una lógica irracional, que bien podía amargar a un hombre valiente e inteligente impulsándolo al contraataque. [48] .

Aspectos y conceptos del último estadio

En el laberinto de una situación semejante, típica de la guerra de guerrillas moderna, intentaremos diferenciar cuatro aspectos a fin de obtener algunos conceptos claros: el aspecto del espacio; luego, la destrucción de las estructuras sociales; más allá de ello, la interrelación con los acontecimientos políticos internacionales; y por último, el aspecto tecnológico-industrial. Esta secuencia es relativamente intercambiable. Se sobreentiende que en la realidad concreta no existen cuatro áreas aisladas, independientes entre sí, sino que el cuadro general está dado recién por sus efectos recíprocos, sus interdependencias funcionales mutuas, de modo tal que el esclarecimiento de un aspecto simultánamente contiene siempre relaciones e implicancias con los restantes tres y, en definitiva, todos desembocan en el campo gravitatorio del desarrollo tecnoindustrial.

El aspecto del espacio

Cada incremento en la tecnología humana produce nuevos espacios y cambios impredecibles en las estructuras espaciales tradicionales, y esto de un modo completamente independiente de la buena o mala voluntad de las personas, o de sus motivos y objetivos pacíficos o guerreros. Lo dicho es válido no tan sólo para la externa y evidente ampliación espacial producida por los viajes al espacio exterior, sino también para nuestros viejos espacios terrestres dedicados a la vivienda, al trabajo, a la cultura y al esparcimiento. La frase “el domicilio es inviolable” produce hoy, en la época de la iluminación eléctrica, la provisión de gas a distancia, el teléfono, la radio y la televisión, una restricción de una especie completamente diferente a la que existió por la época del Rey Juan y la Carta Magna de 1215 cuando el señor del castillo aun podía alzar su puente levadizo. Contra el aumento tecnológico de la efectividad humana se rompen sistemas normativos enteros, como  ocurrió con el Derecho Marítimo del Siglo XIX. Del fondo del mar sin dueño emerge la llamada plataforma continental como un nuevo espacio para la acción del hombre. En las profundidades sin dueño del Océano Pacífico surgen estructuras hormigonadas para la basura nuclear. El progreso tecnoindustrial, al cambiar las estructuras espaciales, modifica también los ordenamientos espaciales. Porque el Derecho es la unidad de orden y orientación; y el problema del guerrillero es el problema de la relación entre el combate regular y el irregular.

Un soldado moderno, en lo personal, podrá estar inclinado a ser optimista o pesimista en cuanto al progreso. Para nuestro problema esto incluso no sería tan importante. Desde el punto de vista de la tecnología de las armas, todo miembro de Estado Mayor piensa en forma inmediatamente práctica y objetivamente racional. Frente a esto, desde el lado bélico, el aspecto espacial le es hasta teóricamente familiar. La diversidad estructural del llamado teatro de operaciones en la guerra terrestre y en la marítima es un tema viejo. El espacio aéreo, como nueva dimensión, se ha agregado desde la Primera Guerra Mundial con lo cual, simultáneamente, se modificaron los teatros terrestres y marítimos en su estructura espacial [49]. En la guerra de guerrillas surge un nuevo espacio de acción, complejamente estructurado, porque el guerrillero no combate a campo abierto, ni tampoco lo hace al mismo nivel de la guerra abierta con frentes de combate establecidos. Por el contrario, el guerrillero obliga a su enemigo a ingresar en un espacio diferente. De este modo, a la superficie del teatro de operaciones militares regular y tradicional, el guerrillero le agrega una dimensión distinta, más oscura; una dimensión de profundidad [50] en la cual el uniforme exhibido en forma ostensible se vuelve mortal.  De este modo, presenta en el ámbito terrestre una inesperada pero no por ello menos efectiva analogía con el submarino que también le agregó una inesperada dimensión de profundidad a la superficie del mar sobre la cual transcurría la guerra marítima al antiguo estilo. El guerrillero interfiere, desde lo subterráneo, la obra convencional, regular, representada sobre el escenario al aire libre. Desde su irregularidad, modifica las dimensiones de las operaciones, no sólo tácticas sino incluso estratégicas, de los ejércitos regulares. Grupos de guerrilleros relativamente pequeños, aprovechando las condiciones del terreno, pueden trabar a grandes masas de tropas regulares. Hemos mencionado antes esta “paradoja” al tratar el caso de Argelia. Ya Clausevitz la había comprendido claramente y la describió con precisión en una de sus manifestaciones antes citadas cuando afirma que unos pocos guerrilleros, si dominan un espacio, pueden aspirar a ser designados con el “nombre de un ejército”.

Le haremos un servicio a la concreta claridad del concepto si nos atenemos al carácter telúrico-terrestre del guerrillero y no lo calificamos – o incluso definimos – como corsario terrestre. A la irregularidad del pirata le falta toda relación con la regularidad. Por el contrario, el corsario obtiene un botín de guerra en el mar y está provisto de una “Carta” otorgada por el gobierno de un Estado. Por consiguiente, a su clase de irregularidad no le falta cierta relación con la regularidad y es así que el corsario pudo ser una figura reconocida por el Derecho Internacional europeo hasta la Paz de París de 1856. En esta medida, ambos – el corsario de la guerra marítima y el guerrillero de la guerra terrestre – pueden ser comparables. Una fuerte similitud, y hasta una igualdad, se hace patente por el hecho de que la frase “con guerrilleros se combate sólo al modo guerrillero” y aquella otra frase de “à corsaire corsaire et demi” significan lo mismo en el fondo. Sin embargo, a pesar de todo, el guerrillero actual es diferente de lo que sería un corsario terrestre. A la analogía le queda demasiado grande la diferencia fundamental que existe entre el mar y la tierra. Se trata de elementos diferentes. Es posible que las diferencias tradicionales relativas a la guerra, al enemigo y al botín – que hasta ahora sirvieron de base para diferenciar la contraposición entre tierra y mar en el Derecho Internacional – simplemente se disuelvan algún día en el crisol del progreso tecnoindustrial. Pero por el momento, el guerrillero sigue significando todavía un pedazo de auténtico suelo. Es el último centinela de una tierra que todavía constituye un factor elemental aun no completamente destruido de la Historia Universal.

Ya la guerra de guerrillas contra Napoleón se aclara completamente recién cuando se la considera desde el gran aspecto espacial de esta contraposición entre tierra y mar. Inglaterra apoyaba a los guerrilleros españoles. Para sus grandes emprendimientos bélicos y en su afán de vencer a su enemigo continental, una potencia marítima hizo uso de los combatientes irregulares de la guerra terrestre. Al fin y al cabo, Napoleón terminó derrotado, no por Inglaterra, sino por las potencias terrestres de España, Rusia, Prusia y Austria. El estilo de lucha irregular y típicamente telúrico del guerrillero se puso al servicio de una política mundial típicamente marítima la cual, por su parte, en el mar descalificaba y criminalizaba cualquier irregularidad ocurrida dentro del ámbito del Derecho Marítimo. En la contraposición de mar y tierra se concretan distintas especies de irregularidad, y las analogías están permitidas y son fructíferas solamente si no perdemos de vista las características diferenciadoras de esos aspectos espaciales denominados como mar y como tierra, y de la manera en que esas características intervienen de un modo específico en la construcción de dichos conceptos. Esto se aplica en primer lugar a la analogía que nos interesa aquí para comprender ese aspecto espacial. En efecto, así como Inglaterra utilizó al arraigado guerrillero español en su lucha contra la potencia continental Francia – un guerrillero que modificó el teatro de operaciones de la guerra terrestre mediante un espacio irregular – más tarde y de un modo análogo, durante la Primera Guerra Mundial la potencia terrestre Alemania utilizó contra la potencia marítima Inglaterra al submarino como un arma que le agregó al espacio al tradicional de la guerra marítima otro espacio diferente e inesperado. Los dueños de la superficie del mar de aquél entonces inmediatamente trataron de discriminar a la nueva forma de combate acusándola de ser un arma irregular y hasta criminal y pirata. Hoy, en la era de los submarinos con misiles Polaris, cualquiera puede ver que ambas cosas – tanto la indignación de Napoleón por el guerrillero español como la indignación de Inglaterra por el submarino alemán – se movían en el mismo plano intelectual; específicamente: en el plano de la indignación con juicios de valor negativos frente a unas modificaciones espaciales no previstas en los cálculos.

Destrucción de estructuras sociales

Cuando colapsó su dominio colonial en Indochina, los franceses fueron testigos de un caso tremendo de destrucción de estructuras sociales. Ya hemos mencionado la organización de la guerra de guerrillas por parte de Ho Chi-minh en Vietnam y Laos. En estos lugares, los comunistas pusieron a su servicio hasta a la población civil apolítica. Dirigieron incluso al personal doméstico de los oficiales y empleados públicos franceses y a los trabajadores auxiliares de la logística del ejército francés. Recaudaron impuestos de la población civil y cometieron actos terroristas de todo tipo para instigar a los franceses a tomar medidas antiterroristas contra la población local con lo cual se incitaba aún más el odio hacia los franceses. Resumiendo, la forma moderna de la guerra revolucionaria conduce a nuevos medios y métodos subconvencionales, cuyo detalle puntual excedería el marco de nuestra exposición. Un organismo comunitario existe como res publica, como algo público, y queda cuestionado cuando en su seno se constituye un espacio de lo no-público que insulta y agravia de un modo efectivo a lo público. Quizás esta reflexión sirva para tomar conciencia de que el guerrillero, desplazado del conciente profesional y militar del Siglo XIX, de pronto apareció en el centro de una nueva forma de librar la guerra cuyo sentido y objetivo fue la destrucción del orden social existente.

Esto se vuelve palmariamente visible en las distintas prácticas del tratamiento de los rehenes. En la guerra franco-alemana de 1870/71 las tropas alemanas, para protegerse de los francotiradores, tomaron como rehenes a los notables de una localidad: intendentes, sacerdotes, médicos y notarios. El respeto despertado por estos honorables y notables pudo ser utilizado para poner bajo presión a toda la población porque el prestigio social de estos estratos típicamente burgueses estaba prácticamente fuera de discusión. Es justamente esta clase social la que se convierte en el verdadero enemigo bajo la guerra civil revolucionaria del comunismo. Quien utilize esta clase de notables como rehenes trabajará, según las circunstancias, para el bando comunista. Al comunista estas tomas de rehenes le pueden resultar tan funcionales que, si es necesario, las provocará, ya sea para exterminar a un determinado estrato social, ya sea para impulsarlo hacia el lado comunista. En un libro ya mencionado que trata del guerrillero, esta nueva realidad está bien estudiada. Se dice allí que en la guerra de guerrillas sólo es posible tomar rehenes entre los guerrilleros mismos o entre sus más cercanos colaboradores. Recíprocamente, para el guerrillero, cada soldado del ejército regular, cada portador de uniforme, es un rehén. “Cada uniforme – dice Rolf Schroers – ha de sentirse amenazado y, con ello, queda bajo amenaza todo lo que ese uniforme simbólicamente representa” [51].

Con tan sólo pensar hasta las últimas consecuencias esta lógica del terror y el antiterror, y con tan sólo trasponerla luego a toda clase de guerra civil, será suficiente para visualizar la destrucción de las estructuras sociales que hoy se está llevando a cabo. Unos pocos terroristas bastan para poner bajo presión a grandes masas. Al espacio relativamente estrecho del terror declarado se le suman los espacios adicionales de la inseguridad, el miedo y la desconfianza generalizada en ese “paisaje de la traición” que Magret Boveri ha descripto en una serie de cuatro apasionantes libros [52]. Todos los pueblos del Continente Europeo – con un par de pequeñas excepciones – han sufrido esto, como una nueva realidad y en carne propia, a lo largo de dos Guerras Mundiales y dos postguerras.

La relación internacional 

Del mismo modo, nuestro tercer aspecto, el entretejido con frentes políticos e interrelaciones mundiales, hace ya tiempo que ha penetrado en la conciencia colectiva. Los defensores autóctonos del suelo patrio que murieron pro aris et focis, los héroes nacionales y patrióticos que se refugiaron en los bosques, todo lo que constituyó la reacción de una fuerza telúrica, elemental, contra el invasor extranjero, ha quedado en el interín bajo una dirección centralizada, internacional y supranacional, que ayuda y apoya pero solamente defendiendo el interés de objetivos propios, de una naturaleza completamente diferente, protegiendo o desamparando según lo aconsejen las circunstancias. Con ello, el guerrillero deja de ser esencialmente defensivo. Se convierte en una herramienta manipulada de la agresividad revolucionaria mundial. Simplemente se lo “incinera” y se lo estafa en todo aquello por lo cual entró en combate y en lo cual se afirmaba su carácter telúrico, es decir, se lo estafa en todo aquello que hacía a la legitimidad de su irregularidad guerrillera.

De algún modo, el guerrillero como combatiente irregular siempre depende de la ayuda de un regular poderoso. Este aspecto de la cuestión siempre estuvo presente y siempre fue conocido. El guerrillero español encontró su legitimidad en la defensa y en su identificación con la monarquía y la nación; defendió el suelo patrio contra un conquistador extranjero. Pero Wellington también pertenece a la guerra de guerrillas española y la guerra contra Napoléon se libró con la ayuda inglesa. Napoleón recordó con frecuencia y lleno de rencor que Inglaterra había sido la verdadera instigadora y tanbién la verdadera beneficiaria de la guerra de guerrillas española. Actualmente esta relación se hace comprensible de un modo mucho más definido porque el constante perfeccionamiento de los medios técnicos de combate hace al guerrillero permanentemente dependiente de la ayuda de un aliado que se halla en condiciones de desarrollar y de proveer las armas y las máquinas más recientes.

Cuando varios terceros interesados se encuentran compitiendo entre si, el guerrillero tiene un margen de maniobras para la política. Esta fue la situación de Tito durante los últimos años de la Guerra Mundial. En las guerras de guerrillas que están teniendo lugar en Vietnam y en Laos la situación se complica porque, dentro del comunismo mismo, la contraposición entre la política rusa y la política china se ha vuelto aguda. Con el apoyo de Pekín, se podría hacer fluir una cantidad mayor de guerrilleros a través de Laos hacia Vietnam del Norte; esto sería efectivamente una mayor ayuda para el comunismo vietnamita que el apoyo de Moscú. El líder de la guerra de liberación contra Francia, Ho-Chi-minh, fue un partidario de Moscú. La ayuda más poderosa será la que definirá la situación, sea por la opción entre Moscú y Pekín, sea por otras alternativas inherentes a la situación.

El arriba citado libro de Rolf Schroers ha encontrado una fórmula certera para estas interrelaciones altamente políticas: habla del tercero interesado. Éste es un buen término. Sucede que aquí el tercero interesado no es una contingente figura banal como el proverbial tercero en discordia que termina riendo último. Todo lo contrario: pertenece esencialmente a la situación del guerrillero y, por lo tanto, a su teoría. El poderoso tercero no sólo provee armas y municiones, dinero, ayuda material y medicamentos de todo tipo; también procura esa clase de reconocimiento político que el guerrillero necesita para no hundirse en lo apolítico – es decir: en lo criminal – como el pirata o el bandolero. En el largo plazo, lo irregular debe ser legitimado por lo regular, y en esto el irregular tiene solamente dos posibilidades: el reconocimiento por parte de una regularidad establecida, o bien la imposición de una nueva regularidad por fuerza propia. Y esta es una dura opción.

En la medida en que el guerrillero se motoriza pierde el suelo que pisa y crece su dependencia de los medios tecnoindustriales que necesita para el combate. Con ello crece también el poder del tercero interesado de modo tal que, al final, adquiere dimensiones planetarias. Así, todos los aspectos bajo los cuales hemos estudiado hasta ahora a la guerrilla actual, parecen desembocar en el omnipotente aspecto tecnológico.

El aspecto tecnológico

También el guerrillero participa al fin y al cabo del desarrollo, del progreso, de la tecnología moderna y su ciencia. El antiguo guerrillero, al cual el edicto del Landsturm de 1813 le plantó las herramientas de labranza en la mano para que las utilizara como armas, es una figura que se nos ha hecho ridícula. El guerrillero moderno combate con pistolas ametralladoras, con granadas de mano, bombas de explosivos plásticos y quizás dentro de poco hasta con armas nucleares tácticas. Se encuentra motorizado y conectado a una red de comunicaciones, con emisoras ocultas y radares. Desde el aire, mediante aviones, se lo aprovisiona con armas y provisiones. Pero también se lo combate con helicópteros, como hoy, 1962, en Vietnam, y se lo acorrala para matarlo de hambre. Tanto él como quienes lo combaten mantienen el paso con el rápido desarrollo de la tecnología moderna y con su ciencia específica.

Un profesional de la marina inglesa denominó a la piratería como el “estado pre-científico” de la guerra marítima. Con el mismo criterio tendría que haber definido a la guerrilla como el estadio pre-científico de la guerra terrestre y declarar dicha definición como la única científicamente válida. Pero también esta definición se vuelve inmediatamente obsoleta desde el punto de vista científico porque la misma disparidad entre la guerra marítima y la terrestre entra en el remolino del progreso tecnológico y a los técnicos actuales ya les parece algo pre-científico, es decir: superado. Los muertos cabalgan rápido y, cuando están motorizados, se mueven más rápido todavía. El guerrillero, a cuyo carácter telúrico nos aferramos, también se convierte en una molestia para cualquier persona que piensa en términos de objetivos y valores racionalmente establecidos. Prácticamente provoca un afecto tecnocrático. La paradoja de su existencia contiene una antinomia: la perfección tecnoindustrial de un ejército regular moderno frente al primitivismo agrario preindustrial del guerrillero combatiendo con efectividad. En Napoleón, esto ya produjo ataques de ira contra el guerrillero español y tuvo que aumentar con el progresivo avance de la tecnología industrial.

Mientras el guerrillero fue sólo “tropa ligera”, un húsar o fusilero especialmente móvil, su teoría fue materia de una especialidad dentro de la ciencia militar. Recién la guerra revolucionaria lo convirtió en una figura clave de la Historia Mundial. Pero ¿qué será de él en la época de los medios de destrucción nucleares? En un mundo tecnológicamente reorganizado desaparecen las antiguas formas y concepciones feudal-agrarias del combate, la guerra y la enemistad. Esto es evidente. ¿Desaparecen por ello también el combate, la guerra y la enemistad en si mismas para convertirse en conflictos sociales más inofensivos? Si la racionalidad y regularidad internas – inmanentes según las opiniones optimistas – de un mundo tecnológicamente organizado se imponen por completo, entonces quizás el guerrillero no será ni siquiera alguien molesto. En ese caso, desaparecerá sencillamente por si mismo en medio de procesos tecnológico-funcionales bien aceitados, del mismo modo en que el perro ha desaparecido de la supercarretera. Para una fantasía orientada hacia lo tecnológico, el guerrillero será, en ese caso, un problema nimio, encomendable a la policía caminera, y por lo demás no constituirá un problema ni filosófico, ni moral, ni jurídico.

Este sería un aspecto – el tecnológico-optimista – de una concepción puramente tecnológica. Los partidarios de esta concepción esperan un Nuevo Mundo con un Nuevo Hombre. Con estas expectativas apareció ya, como es conocido, el antiguo cristianismo y, dos milenios más tarde, en el Siglo XIX, el socialismo como un nuevo cristianismo. A ambos les faltó la efficiency aniquilante de los medios tecnológicos modernos. Pero partiendo de la tecnología pura, como siempre sucede con tales reflexiones exclusivamente tecnológicas, no se obtiene una teoría del guerrillero sino solamente una serie optimista, o pesimista, de juicios plurivalentes de valor y de disvalor. El valor, como acertadamente dice Ernst Forsthoff, tiene “su propia lógica” [53]. Y esta lógica es, precisamente, la lógica del disvalor y la aniquilación del portador de ese disvalor.

En lo que se refiere a los pronósticos de ese ampliamente difundido optimismo tecnicista, cabe notar que los mismos no nos quedan debiendo la respuesta y no vacilan en sus juicios de valor y disvalor. Este optimismo cree que un indetenible progreso tecnoindustrial de la humanidad llevaría a un plano diferente todas las actuales preguntas y respuestas, todos los actuales casos y situaciones, siendo que, en dicho plano, esas viejas preguntas, casos y situaciones serían prácticamente tan irrelevantes como lo fueron las preguntas, los casos y las situaciones de la Edad de Piedra después de la transición hacia una cultura superior. En un caso así, los guerrilleros se extinguirían del mismo modo en que se extinguieron los cazadores del paleolítico, en la medida en que no consigan sobrevivir y asimilarse. En todo caso, se volverían inofensivos e irrelevantes.

Pero ¿qué pasaría si el tipo de ser humano que hasta ahora suministró al guerrillero consigue adaptarse a un entorno tecnoindustrial, consigue utilizar los nuevos medios y desarrolla una especie nueva, adaptada, de guerrillero; digamos: un guerrillero industrial? ¿Hay acaso alguna garantía en cuanto a que los modernos medios de destrucción masiva caigan siempre en las manos adecuadas y que un combate irregular sea algo impensable? Frente a todo optimismo progresista, al pesimismo y a sus fantasías tecnológicas le queda un campo mucho más amplio de lo que hoy se cree. A la sombra del actual equilibrio nuclear de las grandes potencias – por decirlo de algún modo: bajo la campana de cristal de sus enormes medios de destrucción masiva – se podría delimitar un margen de maniobras para la guerra limitada y acotada, con armas convencionales y hasta medios de destrucción masiva, sobre cuya dosificación las potencias mundiales podrían ponerse de acuerdo ya sea en forma explícita o tácita. Eso produciría una guerra controlada por estas potencias mundiales y sería algo así como un dogfight [54]. Sería el aparentemente inofensivo juego de una irregularidad precisamente controlada y de un “ordenamiento ideal” – ideal en la medida en que podría ser manipulada por las potencias mundiales.

Aparte de ello y no obstante, existe también una solución radical-pesimista a la fantasía tecnológica. En un territorio al que se le aplicasen los medios de destrucción masiva modernos todos estarían por supuesto muertos; amigos y enemigos, regulares e irregulares. A pesar de eso, es técnicamente imaginable que algunos seres humanos sobrevivan a la noche de las bombas y los misiles. En vista de esta eventualidad, sería práctico y hasta racionalmente útil incluir en la planificación esa situación post-bombardeo y comenzar, ya hoy, a adiestrar las personas que, en la zona devastada por el bombardeo, tomarán los pozos dejados por las bombas y ocuparán el área destruida. En ese caso, una nueva especie de guerrillero podría agregarle a la Historia Universal un nuevo capítulo con una nueva forma de ocupar territorio.

Así, nuestro problema se amplía hasta adquirir dimensiones planetarias. Más aún: las trasciende hasta lo extra-planetario. El progreso tecnológico hace posible los viajes a los espacios cósmicos y con ello a las conquistas políticas se les abren, simultáneamente, desafíos tanto inmensurables como novedosos. Porque los nuevos espacios pueden y deben ser tomados por los seres humanos. A las conquistas terrestres y marítimas al estilo antiguo, tal como hasta ahora las conoce la Historia de la Humanidad, seguirán conquistas espaciales de un estilo nuevo. Pero a la toma sigue la subdivisión y la explotación. En este sentido, a pesar de todos los progresos, seguimos en lo antiguo. El progreso tecnológico únicamente producirá otra intensidad en las nuevas formas de tomar, subdividir y explotar; con lo que sólo se producirá un incremento de las viejas cuestiones.

En el actual enfrentamiento de Este y Oeste, y especialmente en la gigantesca carrera por los nuevos e inmensurables espacios, se trata por sobre todo del poder político sobre nuestro planeta, por más pequeño que en el interín este planeta se nos haya vuelto. Solamente quien domine este aparentemente pequeño planeta podrá tomar y usufructuar los nuevos campos. Consecuentemente, también estos enormes espacios no son más que potenciales campos de batalla y, específicamente, de una batalla por el dominio de esta tierra. Los famosos astronautas o cosmonautas, que hasta ahora han sido utilizados tan sólo como estrellas propagandísticas en los medios masivos de difusión, tienen así la posibilidad de transformarse en cosmopiratas y quizás hasta en cosmoguerrilleros.

Legalidad y legitimidad

En el desarrollo de la guerrilla la figura del General Salan aparece como una figura reveladora y sintomática del último estadio. En esta figura se encuentran y se superponen las experiencias y las consecuencias de la guerra de los ejércitos regulares, la guerra colonial, la guerra civil y la guerra de guerrillas. Salan reflexionó sobre todas estas experiencias desde el principio hasta el final, dentro de la forzada lógica del antiguo apotegma que decía que a los guerrilleros sólo se los puede combatir al modo guerrillero. Y eso es lo que, consecuentemente, hizo; no sólo con el coraje del soldado, sino también con la precisión del oficial de Estado Mayor y la exactitud del tecnócrata. El resultado fue que él mismo se convirtió en un guerrillero y finalmente terminó declarándole la guerra civil a su superior de más alto rango y a su gobierno.

¿Cuál es el sentido íntimo de un destino semejante? Maître Tixier-Vignancourt, el defensor principal de Salan, en su gran alegato final del 23 de Mayo de 1962, encontró una formulación que contiene la respuesta a nuestra pregunta. Respecto de la actividad de Salan como jefe de la OAS señala: “debo constatar que si en lugar de un gran jefe militar, al frente de la organización hubiera estado un antiguo militante comunista, la acción generada hubiera sido diferente a la del General Salan” (pág. 530 de las actas del juicio). Con ello se ha dado en el blanco del punto decisivo: un revolucionario profesional lo hubiera hecho de un modo diferente. Hubiera tenido una posición diferente a la de Salan y no sólo respecto del tercero interesado.

El desarrollo de la teoría del guerrillero desde Clausewitz, pasando por Lenin y hasta Mao, ha sido impulsada por la dialéctica de lo regular y lo irregular, del oficial profesional y del revolucionario profesional. A través de la doctrina de la guerra psicológica que los oficiales franceses de la guerra de Indochina tomaron de Mao, el desarrollo no volvió, como una especie de ricorso, a sus principios y orígenes. Aquí no hay ningún retorno al origen. El guerrillero puede ponerse el uniforme y transformarse en un buen combatiente profesional, incluso en un comcabiente regular especialmente valiente, de un modo similar a como se dice que el cazador furtivo hace el mejor guardabosque. Pero todo eso está pensado en forma abstracta. La reelaboración de la doctrina de Mao por los oficiales profesionales franceses tiene, de hecho, algo de abstracto y, como fuera mencionado una vez durante el proceso a Salan, algo del esprit géometrique.

El guerrillero puede fácilmente transformarse en un buen portador de uniforme; sin embargo y por el contrario, para el oficial profesional el uniforme es más que un traje. Lo regular puede convertirse en una profesión institucionalizada; lo irregular no. El oficial profesional puede convertirse en el gran fundador de una Orden, como San Ignacio de Loyola. La conversión a lo pre- o sub-convencional significa algo diferente. Se puede desaparecer en la oscuridad; pero transformar esa oscuridad en un espacio de combate desde el cual se destruya al actual teatro de operaciones del imperium y se saque de quicio al gran escenario de lo oficialmente público; eso es algo que, con inteligencia tecnocrática, no se puede organizar. El Aqueronte no permite que se lo calcule de antemano y tampoco obedece a cualquier conjuro, por más que el cálculo provenga de la mente más brillante y por más desesperante que sea la situación en la que esa mente se encuentra.

No es nuestra tarea recalcular lo que los inteligentes y experimentados militares de la sublevación de Argelia de Abril de 1961 y los organizadores de la OAS calcularon en lo referente a algunas cuestiones concretas que les tocaban muy de cerca; en especial, en cuanto a o relacionado con el impacto de los actos terroristas sobre una población europea civilizada y en cuanto al antes mencionado tercero interesado. Ya esta última cuestión es suficientemente importante. Hemos recapitulado que el guerrillero necesita una legitimación, si es que desea mantenerse en la esfera de lo político y no quiere caer sencillamente en lo criminal. Esta cuestión no se liquida con esas antítesis baratas de legalidad y legitimidad hoy tan en boga. Porque, en este caso, la que demuestra tener una validez superior es justo la legalidad, precisamente por ser la legalidad eso que originalmente fue para un republicano, es decir: la más racional, progresista y exclusivamente moderna, en una palabra, la más elevada forma de la propia legitimidad.

No quisiera repetir aquí lo que desde hace ya más de treinta años vengo diciendo en relación a este tema permanentemente actual. Una referencia a ello se puede extraer de la situación del general republicano Salan de los años 1958/61. La república francesa es un régimen del imperio de la ley; ése es su fundamento; un fundamento cuya destrucción no puede permitir ni por la contraposición de Justicia y Derecho ni tampoco por la elevación diferenciada del Derecho a una instancia superior. Existe una legalidad republicana y en una república esta legalidad es precisamente la única forma de legitimidad. Para un auténtico republicano todo lo demás es un sofisma antirrepublicano. El representante de la acusación en el proceso público contra Salan tuvo, por consiguiente, una posición simple y clara; hizo constantemente referencia a la “soberanía de la ley” que se mantiene por encima de cualquier instancia o norma imaginable. Frente a ella no existe ninguna soberanía de la justicia. La soberanía de la ley convierte la irregularidad del guerrillero en una irregularidad mortal.

Frente a esto Salam no tuvo otro argumento que señalar que él mismo había ayudado el 15 de Mayo de 1958 al General de Gaulle a acceder al poder en contra del gobierno legal de ese momento; que se había comprometido ante su propia conciencia, ante sus pares, ante su Patria y ante Dios y que ahora, en 1962, se veía estafado y engañado en todo aquello que en Mayo de 1958 había sido prometido y declarado sacrosanto (actas del proceso pág. 85). En contra del Estado invocó a la Nación, en contra de la legalidad invocó a una clase superior de legitimidad. También el General de Gaulle había hablado antaño y con frecuencia de una legitimidad tradicional y nacional, oponiéndola a la legalidad republicana. Pero eso cambió en Mayo de 1958. Tampoco el que su propia legalidad quedase consolidada recién mediante el referendum de Septiembre de 1958 cambió en nada el hecho de que, a más tardar desde ese Septiembre de 1959, tenía la legalidad republicana de su lado y Salan se vio obligado a ponerse en la posición – desperante para un soldado – de invocar a la irregularidad para oponerse a la regularidad y transformar a un ejército regular en una organización guerrillera.

Pero la irregularidad por si misma todavía no constituye nada. Se convierte simplemente en ilegalidad. Con todo, es indiscutible que hoy existe una crisis de la ley y, con ella, una crisis de la legalidad. El concepto clásico de la ley, cuya conservación es lo único que puede sostener a una legalidad republicana, está siendo cuestionado desde el plan y desde la medida. En Alemania, el invocar al Derecho en contraposición a la ley se ha convertido en algo tan natural, incluso entre los juristas, que ya apenas si llama la atención. También los no-juristas dicen hoy simplemente “legítimo” (y no “legal”) cuando quieren indicar que tienen razón. El caso de Salan demuestra, sin embargo, que en un Estado moderno hasta una legalidad cuestionada tiene más fuerza que cualquier otro derecho. Esto se debe a la fuerza decisoria del Estado y a su capacidad para transformar el derecho en ley. No necesitamos profundizar en esto. [55] Quizás todo cambie el día en que el Estado “fenezca”. Por el momento, la legalidad es el inquebrantable modo de funcionamiento de toda moderna fuerza armada estatal. El gobierno legal decide quién es el enemigo al que la fuerza armada debe combatir. Si alguien se arroga la facultad de designar al enemigo y no se subordina a la decisión que al respecto ha tomado el gobierno legal hasta ese momento, ese alguien demostrará que tiene la pretensión de tomar para sí una legalidad propia y nueva.

El verdadero enemigo

Una declaración de guerra implica siempre declarar un enemigo; esto es evidente. Y en una guerra civil se hace más evidente todavía. Cuando Salan declaró la guerra civil, en realidad declaró dos hostilidades: contra el Frente argelino, la continuación de la guerra regular e irregular; contra el gobierno francés, el inicio de una guerra civil ilegal e irregular. No hay nada que ilustre mejor el acorralamiento de Salan que la observación de esta doble declaración de enemigo. Toda guerra en dos frentes hace surgir la pregunta de cual será el verdadero enemigo. ¿No es acaso un signo de desgarro interior el tener a más de un verdadero enemigo? El enemigo es nuestro propio cuestionamiento como forma. Si la forma propia está definida en forma unívoca, ¿de dónde viene la duplicidad de enemigos? El enemigo no es algo que, por alguna razón, debe ser eliminado y que, por su disvalor, debe ser aniquilado. El enemigo está situado sobre mi propio plano. Es por esta razón que debo enfrentarme a él y combatirlo a fin de obtener mi propia medida, mis propios límites, mi propia forma.

Salan consideró al guerrillero argelino como un enemigo absoluto. Y de pronto, a sus espaldas, emergió un enemigo que para él era mucho peor y más intensivo: su propio gobierno, su propio jefe, su propio hermano. En sus hermanos de ayer vio de pronto a un nuevo enemigo. Esta es la esencia del caso Salan. El hermano de ayer resultó ser el enemigo más peligroso. En el propio concepto de enemigo debe haber una confusión relacionada con la doctrina de la guerra e intentaremos aclararla ahora para finalizar nuestra exposición.

Un historiador sería capaz de encontrar ejemplos y paralelos en la Historia Universal para todas las situaciones históricas. Ya hemos indicado algunos paralelos con los procesos de la historia prusiana de los años 1812/13. Mostramos también cómo el guerrillero encontró su legitimación filosófica en las ideas y planes de la reforma militar prusiana de 1808/13 y cómo obtuvo su acreditación histórica a través del edicto del Landsturm de Abril de 1813. Después de esto no resultará tan extraño como podría resultar a primera vista si, para extraer la cuestión central, traemos a colación la situación del general prusiano York durante el invierno de 1812/13. Lo primero que llama la atención, naturalmente, son las enormes diferencias y antítesis: Salan, un francés de procedencia republicana de izquierda, con formación moderna y tecnocrática, frente a un general del ejército monárquico prusiano del año 1812 al cual seguramente no se le hubiera ocurrido la idea de declararle la guerra civil a su rey y Comandante en Jefe. En vista de tales diferencias de época y de personalidad, parece secundario y hasta casual que también York combatió como oficial en las colonias de la India Oriental. Por lo demás, precisamente las manifiestas disparidades dejan ver tanto más claramente que la cuestión central sigue siendo la misma. Porque en ambos casos, de lo que se trató fue de decidir quién era el verdadero enemigo.

La exactitud en las decisiones es algo que domina el funcionamiento de toda organización moderna, especialmente la de todo moderno ejército regular estatal. En esto la pregunta central sobre la situación se le presenta a un general de la actualidad de un modo muy preciso como una opción absolutamente excluyente. La aguda alternativa entre legalidad y legitimidad es recién una consecuencia de la Revolución Francesa y su conflicto con la restauración de la monarquía legítima en 1815. En una monarquía legítima pre-revolucionaria, como la prusiana de aquél entonces, se habían mantenido muchos elementos feudales de la relación entre superiores y subordinados. La lealtad aún no se había vuelto algo “irracional” y todavía no se había disuelto en un desnudo, previsible, funcionalismo. En aquella época Prusia ya era, de modo manifiesto, un Estado. Su ejército no podía negar su procedencia federicana; los reformadores militares prusianos querían modernizar y no, por ejemplo, regresar a alguna clase de feudalismo. A pesar de todo ello, al observador actual, la legítima monarquía prusiana de esos tiempos le podrá parecer, aún en casos de conflicto, menos nítida y tajante, menos decisoriamente-estatal. Sobre esto no necesitamos discutir aquí. De lo que se trata es de no dejar que la impresión causada por los distintos trajes de época nos impida ver claramente la cuestión central y esta cuestión es la del verdadero enemigo.

En 1812 York comandaba la división prusiana que, en calidad de aliada de la tropa de Napoleón, pertenecía al ejército del general francés Macdonald. En Diciembre de 1812, York se pasó al enemigo, a los rusos, y acordó con el general ruso von Diebitsch la Convención de Tauroggen. En las negociaciones y en la conclusión participó el teniente coronel Clausewitz como negociador por la parte rusa. La carta que York le envió el 3 de Enero de 1813 a su rey y Comandante en Jefe se ha convertido en un documento histórico famoso. Y tiene derecho a serlo. El general prusiano escribe con gran respeto que espera la decisión del rey en cuanto a que si él, York, debe avanzar “contra el verdadero enemigo”, o si el rey condena la acción de su general. A ambas alternativas está dispuesto a enfrentarlas con la misma leal dedicación, dispuesto, en el caso de una condena, “esperar la bala tanto en la caja de arena como sobre el campo de batalla”.

La expresión de “verdadero enemigo” es digna de un Clausewitz y acierta en el concepto central. Está realmente vertida de esa manera en la carta del general York a su rey. El que el general esté dispuesto a “esperar la bala en la caja de arena” es característica del soldado que se hace cargo de su acción, y no difiere de la disposición del general Salan quien estaba dispuesto a gritar ¡Vive la France! ante el pelotón de fusilamiento en las tumbas de Vicennes. Pero lo que le otorga a la carta su esencial, trágico y rebelde sentido es que York, más allá de todo respeto por el rey, se reservó la decisión de determinar quién era el “verdadero enemigo”. York no era ningún guerrillero y posiblemente jamás lo hubiera sido. Pero, partiendo del sentido y del concepto del verdadero enemigo, el paso hacia la guerrilla ni hubiera constituido un contrasentido ni tampoco hubiera sido inconsecuente.

Por supuesto que ésta es solamente un ficción heurística, válida para el corto instante en que los oficiales prusianos levantaron al guerrillero al nivel de una idea, es decir, solamente para aquél tiempo de transición que condujo al edicto del Landsturm del 13 de Abril de 1813. Tan sólo unos pocos meses más tarde, la idea de que un general prusiano pudiese convertirse en guerrillero, ya se había vuelto grotesca y absurda, incluso hasta como ficción heurística, y es posible que hubiera permanecido siendo permanentemente así mientras existiese un ejército prusiano. ¿Cómo fue posible que el guerrillero, que en el Siglo XVII había descendido al nivel de un pícaro y que en el Siglo XVIII pertenecía a la tropa ligera, apareciese por un momento entre los años 1812/1813 como una figura heroica para convertirse en nuestros tiempos, más de cien años después, incluso en una figura clave del acontecer mundial?

La respuesta surge del hecho que la irregularidad del guerrillero sigue siendo dependiente del sentido y el contenido de algo concreto y regular. Después de la disolución, que fue característica para el Siglo XVII en Alemania, durante el Siglo XVIII se desarrolló la regularidad de las guerras de gabinete. Esta regularidad le impuso a la guerra limitaciones tan estrictas que el conflicto bélico pudo llegar a ser entendido como un juego en el cual la tropa ligera y móvil jugaba también, pero de modo irregular. El enemigo terminó siendo considerado como un mero enemigo convencional, tan sólo un contrincante en el juego de guerra. La guerra de guerrillas española comenzó cuando Napoleón venció a al ejército regular español en otoño de 1808. La diferencia con la Prusia de 1806/7 consistió en que ésta, después de la derrota de su ejército regular, concertó inmediatamente una paz humillante. El guerrillero español restableció la seriedad de la guerra y justamente frente a Napoleón, la persona que había demostrado que el aspecto defensivo de la regularidad de los viejos Estados continentales europeos, esa regularidad que se había convertido en convenciones y juegos, ya no estaba a la altura de la nueva regularidad napoleónica cargada de espíritu revolucionario. Con ello, el enemigo volvió a ser verdadero enemigo y la guerra verdadera guerra. El guerrillero que defiende el suelo nacional contra el conquistador extranjero se convirtió en el héroe que luchaba realmente contra un enemigo real. Este fue precisamente el proceso que condujo a Clausewitz a su teoría y a su Doctrina de la Guerra. Cuando, cien años más tarde, la teoría bélica de un revolucionario profesional como Lenin destruyó a diestra y siniestra todas las limitaciones tradicionales de la guerra, esa guerra se volvió absoluta y el guerrillero terminó siendo el portador de la enemistad absoluta contra un enemigo absoluto.

Del enemigo verdadero al enemigo absoluto

En la teoría de la guerra se trata siempre de la discriminación del enemigo, lo cual le da a la guerra su sentido y su carácter. Cualquier intento de acotar o limitar la guerra debe basarse sobre el entendimiento que – en lo relacionado con el concepto de la guerra – el concepto primario es el del enemigo y que la diferenciación de diferentes clases de enemigo es anterior a la diferenciación de diferentes clases de guerra. De otro modo, todos los esfuerzos que se hagan para acotar o limitar la guerra no serán más que un juego que no resistirá al estallido de una verdadera enemistad. Después de las guerras napoleónicas, la guerra irregular había quedado desplazada de la conciencia general de los teólogos, filósofos y juristas europeos. Realmente existieron pacifistas que vieron en la exclusión y condena de la guerra convencional, contenida en la regulación de la guerra terrestre de La Haya, el fin de la guerra en absoluto; y existieron juristas que consideraron a la doctrina de la guerra justa como algo eo ipso justo porque ya Santo Tomás había enseñado algo similar. Nadie sospechó lo que significaba el desencadenamiento de la guerra irregular. Nadie pensó en qué es lo que produce la victoria del civil sobre el soldado; nadie pensó en qué sucede cuando un buen día el ciudadano se pone el uniforme mientras el guerrillero se lo quita para seguir combatiendo sin ese uniforme.

Recién esta ausencia de pensamiento concreto ha completado la obra destructiva de los revolucionarios profesionales. Fue una gran desgracia porque, con el acotamiento de la guerra, la humanidad europea había conseguido algo muy raro: renunciar a la criminalización del oponente bélico, vale decir, relativizar la enemistad, negar la enemistad absoluta. Es realmente algo muy raro – de hecho hasta improbablemente humano – llevar a los seres humanos al punto de hacer que renuncien a discriminar y a difamar a sus enemigos.

Y precisamente esto es lo que resulta nuevamente cuestionado por el guerrillero. Es que sus criterios incluyen la más extrema intensidad del compromiso político. Cuando Guevara dice: “El guerrillero es el jesuita de la guerra” está pensando en la incondicionalidad de la acción política. Las biografías de todos los guerrilleros famosos, desde el Empecinado en adelante, confirman esta verdad. El despojado de justicia, busca su justicia en la enemistad. Cuando se derrumba el edificio de protección y obediencia en el que hasta ese momento vivía, o se desgarra el tejido de normas legales del cual hasta ese momento podía esperar la justicia y la protección de la justicia, el despojado encuentra en la enemistad el sentido de su causa y el sentido de la justicia. En ese momento cesa el juego convencional. Sin embargo, esta cesación del amparo de la justicia no necesariamente tiene que ser el inicio de un estado de guerrilla. Michael Hohlhaas, convertido en bandido y asesino por su afán de justicia, no fue un guerrillero. No lo fue porque no se volvió políticamente activo y luchó exclusivamente por su propio, privado, derecho conculcado; no lo hizo contra un conquistador extranjero, ni por una causa revolucionaria. En esos casos la irregularidad es apolítica y se hace puramente criminal porque pierde la relación positiva con la regularidad existente en alguna parte. Es en esto que el guerrillero se diferencia del – noble o innoble – capitán de bandoleros.

En el análisis que hicimos de las interrelaciones con la política mundial subrayamos que el tercero interesado desempeña una función esencial cuando brinda esa relación con lo regular que el guerrillero necesita para mantenerse dentro del ámbito de lo político. El núcelo central de lo político no es la enemistad lisa y llana sino la diferenciación entre amigos y enemigos, siendo que presupone la existencia de ambos, es decir: de amigos y también de enemigos. El tercero interesado en el guerrillero podrá pensar y actuar del modo más egoísta que se le antoje; pero con sus intereses estará políticamente del lado del guerrillero. Esto actúa como amistad política y es una especie de reconocimiento político, aún cuando no llegue a manifestarse como un reconocimiento abierto y formal en calidad de gobierno o de bando participante en la guerra.  El Empecinado fue reconocido como magnitud política por su pueblo, por el ejército regular y por la potencia mundial inglesa. No fue ningún Michael Kohlhaas ni tampoco un Schinderhannes cuyos terceros interesados fueron bandas de encubridores. En contrapartida, la situación política de Salan sucumbió en una tragedia desesperada porque, en cuanto a la política interna, en su propia patria, se volvió ilegal y afuera, en la política mundial, no sólo no encontró un tercero interesado sino que, por el contrario, chocó contra el compacto frente enemigo del anticolonialismo.

El guerrillero tiene, pues, un verdadero enemigo pero no un enemigo absoluto. Esto se desprende de su carácter político. Hay otro límite de la enemistad que surge de su carácter telúrico. El guerrillero defiende un pedazo de tierra con el cual posee una relación autóctona. Su posición básica continúa siendo defensiva a pesar de la incrementada movilidad de su táctica. Se comporta exactamente como puntualizó Santa Juana de Orleans ante el tribunal eclesiástico. Esta mujer no fue ninguna guerrillera y combatió como regular contra los ingleses. Cuando el juez eclesiástico le hizo la pregunta – una pregunta teológica – de si pretendía afirmar que Dios odiaba a los ingleses, ella contestó: “No sé si Dios ama u odia a los ingleses. Sólo sé que deben ser expulsados de Francia.” Esta respuesta la hubiera dado cualquier guerrillero normal compromentido en la defensa de su suelo nacional. Con esta posición defensiva fundamental está dada también una fundamental limitación de la enemistad. Al verdadero enemigo no se lo declara enemigo absoluto; ni tampoco se lo declara enemigo máximo de toda la humanidad [56].

Lenin desplazó el centro de gravedad conceptual de la guerra hacia la política; es decir, hacia la diferenciación entre amigos y enemigos. Esto tenía sentido y, siguiendo a Clausewitz, constituía un desarrollo consecuente del criterio de ver en la guerra una continuación de la política. Sólo que Lenin, en su condición de revolucionario profesional de la guerra civil mundial, dio un paso adicional y convirtió al verdadero enemigo en un enemigo absoluto. Clausewitz habló de la guerra absoluta, pero continuó presuponiendo la regularidad de un ámbito estatal existente. No podía ni siquiera imaginarse al Estado como instrumento de un partido y a un partido dándole órdenes a un Estado. Con la absolutización del partido también el guerrillero se hizo absoluto y se convirtió en el portador de una enemistad absoluta. Hoy en día no es difícil develar el truco intelectual que produjo este cambio en el concepto de enemigo. Por el contrario, en la actualidad resulta mucho más difícil rebatir esta otra clase de absolutización del enemigo desde el momento en que parecería serle inmanente a la realidad de la era nuclear que hoy existe.

Sucede que el desarrollo tecnoindustrial ha convertido las armas de los seres humanos en puros medios de exterminio. Con ello se produce una irritante confusión entre protección y obediencia: la mitad de las personas se convierte en rehenes de la otra mitad compuesta por los poderosos poseedores de medios de exterminio nucleares. Estos medios de exterminio absolutos exigen la existencia de un enemigo absoluto si es que no desean ser vistos como absolutamente inhumanos. Porque, al fin y al cabo, no son los medios de exterminio los que exterminan sino que son seres humanos quienes, con estos medios, exterminan a otros seres humanos. El filósofo ingles Thomas Hobbes ya expuso y formuló con toda exactitud el núcleo central de este proceso en el Siglo XVII (De Homine IX, 3), a pesar de que en aquél tiempo (1659) las armas todavía eran comparativamente inofensivas. Hobbes dice: el ser humano es tanto más peligroso para con otros seres humanos por los cuales se cree amenazado cuanto más peligrosas son las armas de los hombres comparadas con las llamadas armas naturales de los animales; como, por ejemplo: colmillos, garras, cuernos o veneno. Y el filósofo alemán Hegel agrega: las armas son la esencia misma del combatiente.

Hablando en términos concretos esto significa que el arma supraconvencional presupone al hombre supraconvencional. No lo coloca como una especie de postulado en un lejano futuro; lo presupone, por el contrario, como una realidad ya existente. El peligro último, por lo tanto, no está ni siquiera en la existencia de los medios de exterminio y en una premeditada maldad del ser humano. Está en la inevitabilidad de una imposición moral. Las personas que utilizan esos medios contra otras personas se ven obligadas a exterminar también moralmente a esas otras personas, vale decir: a las víctimas y a los objetivos que los medios exterminarán. Tienen que declarar que el bando contrario, en su totalidad, es criminal, inhumano y constituye un disvalor total. De otro modo se convertirían, ellos mismos, en criminales e inhumanos. La lógica del valor y del disvalor despliega todas sus exterminadoras consecuencias y obliga a producir siempre nuevas, siempre más profundas, discriminaciones, criminalizaciones y devaluaciones hasta el exterminio de cualquier vida que sea tan disvaliosa que no merezca vivir.

En un mundo en el cual los contrincantes, antes de destruirse físicamente, se empujan de esta manera los unos a los otros al precipicio de la desvalorización total, forzosamente tienen que surgir nuevas especies de la enemistad absoluta. La enemistad se volverá tan terrible que quizás ya ni deba hablarse de enemigo o de enemistad y hasta es posible que ambos sean previamente repudiados y condenados antes de que pueda comenzar la tarea del exterminio. En estas condiciones, ese exterminio se vuelve completamente abstracto y completamente absoluto. No se dirige ya ni siquiera contra un enemigo sino que sirve tan sólo a la imposición supuestamente objetiva de valores supremos por los cuales, como se sabe, ningún precio a pagar es demasiado alto. Recién la negación de la verdadera enemistad allana el camino para la labor exterminadora de una enemistad absoluta.

En el año 1914 los pueblos y los gobiernos de Europa entraron tambaleando en la Primera Guerra Mundial sin una verdadera enemistad. La verdadera enemistad surgió recién de la guerra misma que comenzó como una guerra convencional entre Estados sujetos al Derecho Internacional Europeo y terminó en la guerra civil mundial de la enemistad clasista revolucionaria. ¿Quién impedirá que, de manera análoga pero infinitamente incrementada, aparezcan nuevas, inesperadas, especies de enemistad cuyo estallido produzca imprevistas formas de una nueva guerrilla?

El teórico no puede hacer más que custodiar los conceptos y llamar las cosas por su nombre. La Teoría del Guerrillero desemboca en el concepto de lo político, en la cuestión del verdadero enemigo y en la de un nuevo nomos de la tierra.

 

 

Notas y Observaciones



[1] )- Disponible en esta Editorial Virtual. Ver Carl Schmitt “El Concepto de lo Político

[2] ) Nota del Traductor: El título de la presente obra de Carl Schmitt en alemán es “Theorie des Partisanen” con lo que, estrictamente hablando, la traducción debería ser: “Teoría del Partisano”.

No obstante, en nuestro medio la palabra “partisano” tiene cierta connotación que la relaciona demasiado estrechamente con los episodios de la Segunda Guerra Mundial (p.ej. los partisanos italianos) y con algunos otros hechos históricos puntuales. En contrapartida, a nadie se le ocurriría denominar, pongamos por caso, al Ché Guevara como “partisano”. En su caso y en el de la enorme mayoría de las figuras contemporáneas, la palabra “guerrillero” es la primera que viene a la mente.

En esta traducción, pues, se ha empleado el término “guerrillero” como equivalente y sinónimo exacto de “partisano”, aún cuando en algunos pasajes se ha respetado este último término en aras de una mayor claridad. Rogamos al lector no acostumbrado a las expresiones de nuestro medio a tener presente este hecho.

 

[3]  Eberhard Kessel, Die Wandlung der Kriegskunst im Zeitalter der französischen Revolution, Historische Zeitschrift Tomo. 148 (1933) Págs. 248 y sigs.., y 191 (1960) Pág. 397 y sigs.. (Besprechung von Quimby, The Background of Napoleonic Warfare); Werner Hahlweg, Preußische Reformzeit und revolutionärer Krieg, Anexo 18 de la  Wehrwissenschaftlichen Rundschau, Sept. 1962, Pag. 49/50: »De ello (de la nueva forma de combate de los ejércitos populares masivos de la Revolución Francesa) Napoleón creó un casi ejemplar y completo sistema; sus operaciones de la gran guerra, su gran táctica y su gran estrategia« El oficial prusiano y publicista Julius v. Voß opinó que toda la campaña de1806 de Napoleón podúa » ser llamada un partidismo a gran escala « (W. Hahlweg, op. cit. Pág. 14).

[4] De las publicaciones de la Cátedra General Palafox de la Universidad de Zaragoza Cf. el Tomo La Guerra Moderna, 1955: Fernando de Salas Lopez, Guerillas y quintas columnas (II, p. 181 – 211); del tomo La Guerra de la Independencia Española y los Sitios de Zaragoza 1958: José María Jover Zamora, La Guerra de la Independencia Española en el Marco de las Guerras Europeas de Liberación (1808 – 1814) p. 41 – 165; Fernando Solano Costa, La Resistencia Popular en la Guerra de la Independencia: Los Guerrilleros (p. 387 – 423); Antonio Serrano Montalvo, El Pueblo en la Guerra de la Independencia: La Resistencia en las Ciudades (p. 463 – 530). Los dos trabajos fundamentales de Luis García Arias se encuentran en La Guerra Moderna, I (Sobre la Licitud de la Guerra Moderna) y en Defensa Nacional, 1960, El Nuevo Concepto de Defensa Nacional. F. Solano Costa constata al final de su mencionado trabajo que falta todavía una Historia documentada del movimiento popular español contra Napoleón. Así y todo, tenemos que destacar su trabajo – al igual que el de José Jover Zamora – como una importante fuente de nuestras informaciones. Las obras históricas españolas tratan a la guerra de guerrillas de manera diversa y, en todo caso, no de la forma en que lo demandaría el interés actual. (Conde de Toreno, Modesto Lafuente t. 5, Rodríguez de Solis, José M. García Rodríguez); el más explicito de todos es José Gomez de Arteche en Tomo. 4, 5, 7, 9, 11 y 14 de su Historia de la guerra de la independencia. Detallar aquí los relatos franceses, ingleses y alemanes llevaría demasiado lejos. Cf. la excelente visión general en el informe »El Guerrillo y su Trascendencia« de Fernando Solano Costa, en las publicaciones del Congreso Histórico Internacional de la Guerra de la Independencia y su Época, de la Institución Fernando el Católico, Zaragoza Marzo/Abril 1959; en el mismo lugar también el informe sobre »Aspectos Militares de la Guerra de la Independencia«, de Santiago Amado Loriga, y »La Organización administrativa Francesa en España« de Juan Mercader Riba.

 

[5] A la literatura respectiva Cf. F. Solano Costa, Op.cit. pag. 387, 402, 405; Gregorio Marañon publicó la sección sobre el Empecinado traduciendo al español la parte respectiva del libro inglés de Hardman, Peninsular Scenes and Sketches, Edinburgh und London 1847. José de Arteche imprimió en el T.14 una conferencia sobre el Empecinado a modo de Anexo. Al lado del Empecinado habría que mencionar al Padre Merino, al cual está dedicado el último relato en el mencionado »Empecinado« de G. Marañon. Cuando los franceses, por encargo de la Santa Alianza, entraron en España (los hamosos “cien mil hijos de San Luis”), el Empecinado y el Padre Merino se encontraban en bandos opuestos: el Empecinado del lado de los constitucionalistas y el Padre Merino del lado de la restauración absolutista y de los franceses.

 

[6] Peter Rassow, Die Wirkung der Erhebung Spaniens auf die Erhebung gegen Napoleon I, Historische Zeitschrift 167 (1943) p. 310 – 335, trata el panfleto del ministro español Ceballos, Ernst Moritz Arndt y Kleists »Katechismus der Deutschen«; literatura adicional en W. Hahlweg, Op.cit.pág. 9, Notas 9 hasta 13 (zu den Aufständen in Deutschland 1807 – 1813). También el Coronel von Schepeler, quien más tarde fuera conocido como el historiador de la guerra de la independencia española, colaboró desde el Norte en los planes austríacos de un alzamiento armado contra los franceses: Hans Jureschke, El Colonel von Schepeler, Carácter y Valor informativo de su obra historiográfica sobre el reinado de Fernando VII. en la der Revista de Estudios Políticos Nr. 126 (Número especial sobre la Constitución de Cádiz 1812) pág. 230.

 

[7] Rudolf Borchardt  tomo la poesía An Palafox de Kleist en su colección Ewiger Vorrat deutscher Poesie (1926). Por lo demás, el defensor de Zaragoza, el General Palafox, no fue un guerrillero sino un oficial profesional regular, y la heroica defensa de la ciudad por parte de toda la población, incluidos hombres y mujeres, todavía no fue – como destaca Hans Schomerus (Cf. pág. 38 Nota. 19) – una guerra de guerrillas sino una resistencia regular contra un sitio regular.

 

[8] Carl von Clausewitz, Politische Schriften und Briefe, publicado por Dr. Hans Rothfels, München 1922, Pág. 217

 

[9] Una serie de restauraciones del Congreso de Viena han ingresado en la conciencia colectiva como tales; p.ej. el principio dinástico de legitimidad y la monarquía legítima. Más allá de ello, la alta aristocracia de Alemania y el Estado eclesiástico en Italia y – por la vía del papado – la Orden Jesuítica. Menos conocida es la gran obra restauradora del jus publicum europaeum y sus limitaciones de la guerra terrestre entre Estados europeos soberanos; una restauración que, al menos en los libros de texto del Derecho Internacional, se ha mantenido hasta el día de hoy como una fachada “clásica”. En mi libro »El Nomos de la Tierra en el jus publicum Europaeum« no se trata con suficiente detalle la interrupción causada por las guerras de la Revolución Francesa y la época napoleónica. Esto lo ha criticado, con todo derecho Hans Wehberg en su trabajo (Friedenswarte T. 50, 1951, págs. 305/14). Sin embargo, a los efectos de una ampliación parcial, puedo ahora indicar las investigaciones de Roman Schnurr sobre las ideas y las prácticas de Francia en materia de Derecho Internacional desde 1789 a 1815, de las cuales se ha publicado un artículo sobre “Tierra y Mar” en la revista Zeitschrift für Politik, 1961 pág. 11 y sigs. Al marco del trabajo restaurador que logró la limitación de la guerra europea pertenece también la constante neutralidad de Suiza y su permanente situation unique, Cf.. Nomos der Erde pág. 222

 

[10] Cf. las páginas señaladas en el índice temático de mi libro»Der Nomos der Erde« (publicado en 1950 en Colonia, desde 1960 en Duncker & Humblot Verlag, Berlin) bajo las palabras: “Bürgerkrieg”, “Feind”, “justa causa” y  justus hostis”.

 

[11] A esto, la glosa 3 al artículo »Weiterentwicklung des totalen Staates in Deutschland« (1933), impreso en la colección »Verfassungsrechtliche Aufsätze« (Duncker & Humblot) Berlin, 1958, pág. 366

 

[12] Ernesto Che Guevara, On Guerrilla Warfare; with an Introduction by Major Harries-Clichy Peterson, (Frederick A. Praeger, New York) 1961, p. 9: It is obvious that guerrilla warfare is a preliminary step, unable to win a war all by itself. Cito de esta edición porque la edición original española y las demás traducciones me fueron conocidas posteriormente.

 

[13] Manuel Fraga Iribarne indica en su artículo Guerra y Politica en el siglo XX que existen decretos franceses sobre la resistencia contra una invasión enemiga ya desde 1595 (en la colección Las Relaciones Internacionales de la Era de la guerra fria, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1962, p. 29 n. 62); utilizan las palabras partisan y parti de guerre; Cf. Nota 27.

 

[14] Cf. mi conferencia »El orden del mundo después de la segunda guerra mundial«, Madrid, Revista de Estudios Políticos, 1962, N°. 122, pág. 12, y Verfassungsrechtliche Aufsätze 1958, Op.Cit. Palabra »Klassisch« en el índice temático pág. 512

 

[15] Rolf Schroers, Der Partisan; ein Beitrag zur politischen Anthropologie, Köln (Kiepenheuer & Witsch) 1961. Sobre este libro, especialmente importante para nuestro tema, volveremos frecuentemente. Cf. Nota 16, 47. Schroers distingue con justa razón al guerrillero de agente, funcionario, espía o saboteador. Por el otro lado, lo identifica con el combatiente de la resistencia en general. Frente a ello, sigo sosteniendo los criterios indicados en el texto y espero tener, con ello, una posición más clara que hace posible una discusión fructífera.

 

[16] Hans Joachim Seil, »Partisan« (Eugen Diederichs Verlag, Düsseldorf, 1962), una novela con excelentes e interesantes descripciones psicológicas y sociológicas de las figuras de la nobleza y de la burguesía de Alemania Federal en la situación del año 1950.

 

[17] He descripto p.ej. a Bruno Bauer y a Max Stirner como Partisanos del espíritu universal; como p.ej. en un artículo sobre Lorenz von Stein, en el año 1940 (Bibliographie Tommissen N° 202 y 303) y en una conferencia sobre Donoso Cortés de 1944 (Bibliographie N° 49 y 283, 287). En un artículo escrito en oportunidad del 250 aniversario del fallecimiento de J. J. Rousseau, en la Zürcher Woche N° 26 del 29 de Junio de 1962, haciendo referencia a Rolf Schroers y a H. J. Sell traje a colación la figura del guerrillero para aclarar la controvertida figura de J.J. Rousseau. Desde entonces pude conocer un artículo de Henri Guillemin J. J. Rousseau, trouble-fête, en el cual esta interpretación parece confirmarse. Guillemin es el editor de »Lettres écrites de la Montagne« de Rousseau (Collection du Sablier, Editions Ides et Calendes, Neuchâtel) 1962, con un importante prólogo.

 

[18] Mientras Schroers (Nota 13) ve al guerrillero como la última defensa contra el nihilismo de un mundo completamente tecnificado, como el último defensor de la especie y el suelo, y hasta como el último Hombre en absoluto, en Gerhard Nebel (Unter Partisanen und Kreuzfahrern, Stuttgart, Ernst Klett Verlag, 1950) el guerrillero aparece, a la inversa, como una figura del nihilismo moderno que – como destino de nuestro siglo – abarca a todos los estratos y a todas las profesiones, al sacerdote, al campesino, al intelectual y por lo tanto también al soldado. El libro de Nebel es el diario de guerra del soldado alemán de los años 1944/45 en Italia y en Alemania y valdría la pena comparar su descripción de los partisanos de la Italia de aquél entonces con la interpretación de Schroers (Op.Cit. pág, 243). En forma especial, el relato de Nebel describe excelentemente el momento en que un gran ejército regular se disuelve y termina, o bien siendo muerto por la población que lo considera mera gentuza, o bien comienza a matar y a saquear, constituyéndose una situación en la que ambos bandos podrían llamarse partisanos. Si Nebel, más allá de sus buenas descripciones, califica a los pobres diablos y atorrantes de “nihilistas”, la expresión no deja de ser más que un condimento, propio de la época. Hoy esto es casi de rigor, de la misma manera en que al “pícaro” del Siglo XVII le correspondía algo de teología escolástica. Ernst Jünger, Der Waldgang (Frankfurt am Main, 1951, Editorial Vittorio Klostermann) construye al Waldgänger (el habitante, o caminante, del bosque) al cual a veces también llama partisano, como una “Figura” en el sentido de su figura del “Trabajador” (1932). El individuo aislado, rodeado de aparatos, no da por perdida la partida aparentemente sin esperanzas sino que desea continuarla con sus propias fuerzas interiores y “se decide a transitar el bosque”. “En lo que se refiere a su lugar, hay bosque por todas partes” (pág. 11). Getsemaní, p.ej. el Monte de los Olivos que conocemos de la historia de la Pasión de nuestro Salvador, es “bosque” en el sentido de Ernst Jünger (pág. 73). Pero también lo es el “daimonion” de Sócrates (pág. 82).  Según esto al “profesor de Derecho y al profesor de Derecho Político” se le niega la capacidad de darle a quien transita el bosque “el equipamiento necesario. Los poetas y los filósofos ven mucho mejor el plan a afirmar”. (pág. 126) Las verdaderas fuentes de la fuerza las conoce solamente el teólogo. “Como teólogo, todo el que sabe es comprendido... “ (pág.95).

 

[19] Carl Schmitt, Land und Meer, (Reclam Universalbibliothek N° 7536) 1. Edic. 1942, 2. Edic. 1954; Der Nomos der Erde (Duncker & Humblot, Berlin) 1950, pág 143, 286; Die geschichtliche Struktur des heutigen Weltgegensatzes von Ost und West, 1955, Bibliographie Tommissen N° 239 y 294. En este último artículo que simultáneamente apareció en la Revista de Estudios Políticos, N° 81, Madrid 1955, anuncié una intención: deseo tomar los §§ 247/8 de la Filosofía del Derecho de Hegel como una célula histórico-intelectual para la comprensión del actual mundo tecnoindustrial y llevarla a su pleno desarrollo hermenéutico, así como antes la interpretación marxista desarrolló los §§ 243/6 previos para la sociedad burguesa.

 

[20] En su comentario del libro de Rolf Schroers (Cf. Notas 13 y 16) Margret Boveri (en la revista Merkur, Cuaderno 168, Febrero 1962) exalta el libro West- und Oestliches Gelände de Czeslav Milosz (Kiepenheuer und Witsch Verlag, Colonia, 1961). El autor ofrece un cuadro vivo y simpático de su vida en Lituania, Polonia, Europa occidental, especialmente Paris, y cuenta de su existencia en la clandestinidad en Varsovia durante la ocupación alemana, dónde repartió panfletos contra los alemanes. Menciona expresamente que no fue ni quiso ser un guerrillero (pág. 276). Aún así, su amor por la patria lituana y sus bosques no hace más que confirmarnos el carácter telúrico del auténtico guerrillero.

 

[21] Hans Schomerus, Partisanen, en la revista semanal Christ und Welt, N° 26 del año 1949 (especialmente la sección: Der Wall der Tradition). También los siguientes artículos de Schomerus del mismo año en esa revista siguen siendo de gran importancia para el problema de la guerrilla.

 

[22] E. Kessel, Historische Zeitschrift T. 191 (Octubre 1960) Pág. 385 - 93; Franz Petri y Peter Schöller, Zur Bereinigung des Franktireurproblems vom August 1914, Vierteljahreshefte für Zeitgeschichte, 9. Año 1961, pág. 234 - 248.

 

[23] »Sin ninguna sensibilidad crítica y hasta en total inconciencia, el Derecho Internacional europeo hacia fines del Siglo XIX perdió la conciencia de la estructura espacial del orden existente hasta ese momento. De la manera más ingenua, tomó como una victoria del Derecho Internacional europeo a un proceso de universalización cada vez más amplio, cada vez más externo y cada vez más superficial. Al desplazamiento de Europa del centro jurídico internacional de la tierra lo interpretó como una ubicación de Europa en ese centro.« Der Nomos der Erde, Berlin, (Duncker & Humblot) 1950, pág. 206

 

[24] La confusión se hace impenetrable, y no solamente en la propaganda política y en la contrapropaganda (dónde está bien que así sea) y no solamente en la discusión de casos controversiales agudos (como el del ciudadano yugoslavo Lazar Vracaric que fue detenido en Noviembre de 1961 por las autoridades alemanas), sino lamentablemente también en la literatura jurídica técnica en la medida en que ésta pierde la conciencia de los conceptos concretos del Derecho Internacional europeo. Esto se hace evidente en la arriba mencionada disertación de Jürg H. Schmid, »Die völkerrechtliche Stellung der Partisanen im Kriege«. Hellmuth Rentsch, Partisanenkampf, Erfahrungen und Lehren, Frankfurt a. M. 1961, se ha dejado confundir a este respecto en algunos pasajes y pretende colocar al guerrillero »bajo la protección y el paraguas del Derecho Internacional«, algo que el auténtico guerrillero aceptará complacido como un arma adicional. Todo esto es la consecuencia de la destrucción del jus publicum Europaeum y sus conceptos humano-racionales de la guerra y el enemigo. La re-barbarización del Derecho de Guerra merecería estar como capítulo adicional en el extraordinario libro de F. J. P. Veale, Advance to Barbarism (C. C. Nelson Publishing Company, Appleton, Wisconsin, 1953: la traducción alemana apareción en su 2ª edición en la Editorial K. H. Priester de Wiesbaden).

 

[25] Colmar Freiherr von der Goltz, Leon Gambetta und seine Armeen, Berlin, 1877, pág. 36: »Con la progresiva penetración del ejército invasor, todos los cuadros se vuelven más débiles y el convoy más pesado ... Todo eso favorece a las unidades libres del enemigo. Frente a ello, Gambetta deseaba la gran guerra. Brillantes, imponentes como la fuerza numérica de sus ejércitos, debían ser también sus actos guerreros para justificarlo frente a todo el país.« El Sr. Dr. J. Hadrich, (Berlin), a quien le debo agradecer el libro de Freiherr von der Goltz, me ha llamado la atención que los abesinios, en su resistencia al ejército italiano de Mussolini durante los años 1935/36, fueron igualmente vencidos porque, en lugar de optar por una guerra de guerrillas, intentaron hacer una guerra de tropas regulares.

 

[26] Cito según la edición alemana de 1956: Partisanen, Strategie und Taktik des Guerillakrieges del Brigadier C. Aubrey Dixon, O. B. E. y Otto Heilbrunn, Verlag für Wehrwesen, Bernard & Graefe, Frankfurt a. Main-Berlin, Págs. XIV y. 213 - 240.

 

[27] Hans Kissel, Der Deutsche Volkssturm 1944/45, eine territoriale Miliz der Landesverteidigung, Frankfurt/M. (Verlag E. S. Mittler & Sohn) 1962; la información sobre el diferente trato hacia el Este y el Oeste se encuentra en la pág. 46. La denominación de “guerra de francotiradores infantiles” (»Kinderheckenschützenkrieg«) se encuentra en Erich F. Pruck, en su comentario del libro de Kissel. Zeitschrift für Politik, NF 9 (1962) Pág. 298/99. Pruck observa con justa razón que »el límite entre la acción bélica legal (en el sentido de la normativa de La Haya para la guerra terrestre) y la guerrilla, no está clara«. Dixon-Heilbrunn (Cf. Nota 24) Pág. 3.

[28] Bismarck, Gedanken und Erinnerungen, Tomo I., Capítulo 20;  Tomo III, Capítulo 1 y Capítulo 10, dónde la cita Acheronta movebo sirve para asustar a la gente. Bismarck exagera aquí por motivos obvios. Tal como demuestra el historiador moderno Egmont Zechlin, en realidad se había rodeado de una »operativamente eficaz tropa de élite húngara« con generales como Klapka y Türr. El cuerpo de oficiales de la Legión Húngara se componía de lo más elevado de la aristocracia húngara. »Pero Bismarck no vaciló en recibir en su cuartel general también a Joseph Fric, un revolucionario radicalsocialista checo, amigo de Bakunin. Con el coronerl Oreskovic en Belgrado y su ministro Garasanin tenía en juego a los  líderes del movimiento eslavo del Sur, y a través de Victor Emanuel, y también Klapka y Türr, estableció la conexión con el héroe revolucionario europeo Garibaldi«.  A los reaccionario-conservadores generales del Zar, con quienes mantenía negociaciones, les telegrafió que prefería hacer la revolución antes que padecerla. En comparación con esta línea nacionalrevolucionaria de Bismarck, los intentos revolucionarios del gobierno alemán y del Estado Mayor durante la Primera Guerra Mundial en Rusia, en el mundo islámico-israelita y en América, resultan débiles e “improvisados”. Así lo expresa Egmont Zechlin en la serie de artículos »Friedensbestrebungen und Revolutionierungsversuche« en la revista semanal »Das Parlament« ejemplares 20, 24 y 25, Mayo y Junio 1961. Gustav Adolf Rein en su ampliamente documentado libro »Die Revolution in der Politik Bismarcks«, Göttingen, (Musterschmidt Verlag) 1957, llega a la conclusión de que: »Bismarck le puso a la revolución una luz en la cara para hacer visibles sus debilidades y emprendió la tarea de darle nueva vida a la vieja monarquía« (Pág. 131). Lamentablemente, la situación concreta del año 1866 no está tratada en el libro de Rein de una manera tan concreta como el tema hubiera merecido.

 

[29] Ernst Forsthoff, Deutsche Verfassungsgeschichte der Neuzeit, 2ª Edición Stuttgart (W. Kohlhammer Verlag), 1961, Pág. 84. Forsthoff califica de leyenda también a la idea de que el Landwehr prusiano – la clase de tropa que más se aproximó al ideal burgués de una milicia – hubiese tenido una participación decisiva en la victoria. »De hecho las posibilidades de utilizar al Landwehr al principio de la guerra eran muy restringidas. No se lo podía exponer a un ataque, para eso su energía moral y su potencia militar eran demasiado escasas. No estaba asegurada contra la confusión o el pánico. Recién con la mayor duración de la guerra, estando un tiempo prolongado bajo armas, aumentó también su valía combativa. Bajo estas circunstancias, la afirmación sobre la participación decisiva del Landwehr en la victoria pertenece al reino de la fábula.« Ernst Rudolf Huber ha tratado esta época de la primavera de 1813 y especialmente al edicto sobre el Landsturm en su Historia de la Constitución, Tomo I (1957) § 7 Pág. 213; también en Heer und Staat in der deutschen Geschichte, Hamburg, 1938, Pág. 144 y sigs.

 

[30] Se proclamaron como decretos de una Junta Suprema, porque el monarca legítimo estaba ausente en ese momento, Cf. F. Solano Costa, Op.Cit., pág. 415/6. La arriba citada Instrucción de guerra limitada para todos suiza de 1958 no es un reglamento oficial sino un trabajo publicado por el Consejo Central de la Asociación de Suboficiales Suizos. Sería revelador comparar sus recomendaciones puntuales (p.ej. advertencia sobre la obediencia a las disposiciones de la potencia enemiga) con las correspondientes reglamentaciones del Landsturm prusiano de 1813. Con ello, por un lado se podría demostrar el mismo núcleo central de la situación y, por el otro, poner de manifiesto el progreso técnico y psicológico que se ha producido.

 

[31] Werner Hahlweg, Preußische Reformzeit und revolutionärer Krieg, Suplemento 18 de la Wehrwissenschaftlichen Rundschau, Septiembre 1962, Pág. 54/56. La carta de Clausewitz a Fichte estápublicada en Fichtes Staatsphilosophischen Schriften T.Sup. 1, Pág. 59 - 65, publicado por Hans Schulz y Reinhard Strecker, Leipzig, 1925; sobre las »tres declaraciones« ver Ernst Engelberg, introducción a la edición de »Vom Kriege« (De la Guerra) de Clausewitz, Edición de Ministeriums für Nationale Verteidigung, Berlin 1957, S. XLVII – L.

 

[32] Carta a María von Clausewitz del 28. Mayo 1813: ... »frente a esto parece desaparecer también todo lo que se esperaba del apoyo de los pueblos a espaldas del enemigo. Esto es lo único que, hasta ahora, no se condice con mis expectativas y debo reconocer que esta consideración ya me ha hecho pasar por tristes momentos.« Karl Linnebach, Karl und Marie von Clausewitz; ein Lebensbild in Briefen und Tagebuchblättern, Berlin 1916, Pág. 336.

 

[33] Ejército es »una masa combativa que se encuentra sobre el mismo y único teatro de operaciones«. Sería »así, pedante que cualquier partidario viviendo independientemente en una alejada provincia se arrogase la denominación de ejército, aunque no pueda dejar de mencionar que a nadie le llama la atención cuando se habla del ejército de los vendéeanos en la guerra de la revolución, aun cuando éste no haya sido mucho más grande«. Cf. también más adelante, Nota 44 (ejemplo Argelia).

 

[34] Joachim Ritter, Hegel und die französische Revolution, Westdeutscher Verlag, Colonia y Opladen, 1957. Muy reveladora para nuestra contexto es la formulación de Reinhart Koselleck, Staat und Gesellschaft in Preußen 1815 bis 1848 (publicado en la serie Industrielle Welt l, por Werner Conze, Stuttgart, Ernst Klett Verlag, 1962, pág. 90: »El hecho sociológico de reunir a su alrededor a la intelliguentsia burguesa y la conciencia histórica del empleado prusiano de descubrir intelectualmente el carácter estatal de su Estado, constituyen el mismo fenómeno«.

 

[35] W. I. Lenin, Sämtliche Werke (Obras Completas), 2ª Edic. T. 10, Viena 1930, Págs. 120, 121; cito aquí según la edición alemana de los escritos militares de Lenin publicados por la editorial militar alemana Berlin (Oriental) 1961, »Von Krieg, Armee und Militärwissenschaft«, T. I, Págs. 294 - 304. Una coincidencia digna de atención lo constituye el hecho que las »Réflexions sur la violence« de Georges Sorel fueron publicadas el mismo año de 1906 en Paris, y precisamente en la revista Mouvement Socialiste. A una observación de Hellmuth Rentsch (Op.Cit, pág. 203, Nota. 3) le debo la indicación sobre el libro de Michael Prawdin, Netschajew – silenciado por Moscú (Frankfurt a. M. - Bonn, 1961) pág. 176 – según el cual Lenin ya en el año 1905 habló de la necesidad de la guerra de guerrillas. Faltaría todavía verificar el texto exacto.

 

[36] Peter Schreibert, Über Lenins Anfänge, Historische Zeitschrift 182 (1956) Pág. 564.

 

[37] Una edición alemana de la Tetradka de Lenin correspondiente a Vom Kriege (De la Guerra) de Clausewitz ha sido publicada por el »Institut für Marxismus-Leninismus beim Zentralkomitee der SED«. La exposición y el análisis por lejos más importante de la Tetradka la ha hecho Werner Hahlweg, especialmente en su artículo »Lenin und Clausewitz«, en el Archiv für Kulturgeschichte, T. 36, 1954, Págs. 30 - 39 y 357 - 387. Hahlweg también es el editor de la última edición del libro Vom Kriege que apareció en 1952 a través de Ferdinand Dümmler, Bonn. El mérito original de Lenin, según Hahlweg, reside en que sacó a Clausewitz del entorno revolucionario (inicialmente burgués) de 1789 llevándolo a la revolución proletaria de 1917, reconociendo simultáneamente que la guerra, que originalmente era entre Estados y Naciones, cuando se transforma en una guerra de clases suplanta a la crisis económica esperada por Marx y Engels. Con la ayuda de la fórmula “la guerra es la continuación de la política” Lenin aclara »prácticamente todas las cuestiones centrales de la revolución y su lucha: reconocimiento de la esencia de la Guerra Mundial (análisis de clase) y los problemas conexos tales como oportunismo, defensa de la patria, guerra de liberación nacional, diferencia entre guerras justas e injustas, relación entre guerra y paz, revolución y guerra, finalización de la guerra imperialista mediante la subversión interna por parte de la clase trabajadora, revisión del programa partidario bolchevique« (Hahlweg, Op.Cit, pág. 374). A mi me parece que cada uno de los puntos que Hahlweg menciona aquí con justa razón no hace más que servir de punto de verificación para el concepto de enemigo.

 

[38] Walter Grottian, Lenins Anleitung zum Handeln, Theorie und Praxis sowjetischer Außenpolitik, Westdeutscher Verlag, Köln und Opladen, 1962, con una buena bibliografía e índice temático.

 

[39] Europa und Rußland, Texte zum Problem des westeuropäischen und russischen Selbstverständnisses, publicado por Dmitrij Tschizerskij y Dieter Groh, Wissenschaftliche Buchgesellschaft Darmstadt, 1959, pág. 61, Carta a de Rossi del 15. (27.) Agosto de 1811. A la crítica y pronósticos de de Maistre sobre Rusia ver: Dieter Groh, Rußland und das Selbstverständnis Europas, ein Beitrag zur europäischen Geistesgeschichte, Hermann Luchterhand Verlag, Neuwied, 1961, Pág. 105 y sigs. El libro tiene también gran importancia para nuestro contexto por el resto de sus informaciones y exposiciones.

 

[40] )- Disponible en esta Editorial Virtual. Cf. Mao Tse Tung “Problemas de la guerra y la Estrategia” Cap V. “El papel estratégico de la guerra de guerrillas antijaponesa”

[41] Mao Tse-Tung, Ausgewählte Schriften en cuatro tomos, Berlin, Dietz Verlag, 1957; Theodor Arnold, Der revolutionäre Krieg, 2ª Edic., ZEBRA Schriftenreihe Nr. 7, Ilmgau Verlag Pfaffenhof a. d. Um, 1961, pág. 22 y sigs., 97 y sigs.; Hellmuth Rentsch, Partisanenkampf, Erfahrungen und Lehren, Frankfurt a. Main 1961, especialmente págs. 150 - 201 (el ejemplo de China); Klaus Mehnert, Peking und Moskau, Stuttgart, Deutsche Verlagsanstalt 1962, pág. 567; Hans Henle, Mao, China und die Welt von heute, Union Verlag Stuttgart, 1961.

 

[42] Ruth Fischer, Von Lenin zu Mao, Kommunismus in der Bandung-Aera, Düsseldorf-Colonia, 1956 (Eugen Diederichs Verlag) pág. 155. Comparar también H. Rentsch, Op.Cit, pág. 154 y sigs.: el ejemplo de China. Al problema campesino, Klaus Mehnert, Peking und Moskau, Op.Cit. pág. 179 y sigs. (Proletariado y Campesinos); Hans Henle, Mao, China und die Welt von heute, pág. 102 (importancia de la guerra de guerrillas), pág. 150 y sigs. (las élites rojas), pág. 161 y sigs. (la especial línea china del socialismo y el comunismo). W. W. Rostow (en colaboración con The Center for International Studies Massachusetts Institut of Technology) The prospects for Communist China, New York und London, 1954, no trata el, para nosotros decisivo, tema de la guerrilla china, si bien observa muy bien el carácter tradicional de las élites chinas (Págs. 10/11, 19/21, 136): “Peking's leaders have a strong sense of history”  (“Los líderes chinos tienen un fuerte sentido histórico” pág. 312). También observa que el modo de pensar del comunismo chino a partir de Mao se halla impregnado de “elementos políticos mixtos” (mixed political terms). Si esta formulación tiene un tono secundario de menosprecio – lo que sería pensable pero es algo que no puedo juzgar – pues, en ese caso, el autor se habría cerrado a si mismo el camino para comprender el núcleo central de la cuestión que no es sino la cuestión relativa a la guerrilla y al verdadero enemigo. Sobre la controversia acerca de la leyenda sobre Mao (Benjamin Schwarz y K. A. Wittfogel) ver la literatura en K. Mehnert, Op.Cit., pág. 566, Nota 12.

 

[43] Helmut Staedke, en un discurso del 17 de Octubre de 1956 (Arbeitsgemeinschaft für Wehrforschung). En Alemania se conocieron especialmente: J. Hogard, Theorie des Aufstandskrieges, en la revista»Wehrkunde«, T. 4, Octubre 1957, págs. 533 - 538; y también Colonel C. Lacheroy, La campagne d'Indochine ou une leçon de guerre révolutionaire, 1954, Cf. Th. Arnold, Op.cit.  pág 171 y sigs.

 

[44] Recomiendo de modo general la bibliografía incluida en los citados libros de Th. Arnold y H. Rentsch; la obra »Paix et Guerre entre les Nations« de Raymond Aron, Paris (Callmann-Lévy) 1962, la recopilación de Luis García Arias, La Guerra Moderna y la Organización Internacional, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1962; también los Etudes des Phénomènes de la Guerre psychologique de la École Militaire d'Administration de Montpellier, 1959, especialmente el Cuaderno 2; Les Formes Nouvelles de la Guerre de Luis García Arias, así como los libros de Jacques Fauvet y Jean Planchais, La Fronde des Généraux, Paris (Arthaud) 1961, y Claude Paillat, Dossier Secret de l'Algérie, Paris (Presses de la Cité) 1962, P. Paret y John W. Shy, Guerrillas in the 1960s, New York 1962, pág. 88.

 

[45] Le Procès de Raoul Salan, compte-rendu sténographique, en la colección »Les grands procès contemporains«, editado por Maurice Garçon, Edition Albin Michel, Paris 1962.

 

[46] El representante de la acusación destacó cinco veces el “gran silencio” del acusado frente a las preguntas del fiscal  (págs. 108 y 157 del citado informe del proceso). La reiteración de Salan de su declaración que permanecería callado no puede ser interpretada como una interrupción de su silencio (Op.Cit. págs. 89, 152, 157), como así tampoco su agradecimiento al expresidente Coty después de su declaración (pág. 172). Las inusuales frases finales del alegato de la fiscalía, sin las cuales la declaración final de Salan sería incomprensible, se encuentran en la página 480 del informe del proceso.

 

[47] Carl Schmitt, Verfassungsrechtliche Aufsätze (1958) Glosa 5 en la página 109: sobre la modificación de la realidad a través del proceso jurídico.

 

[48] De una étrange paradoxe habla Raymond Aron en su gran obra »Paix et Guerre entre les nations« (Paris, Calmann-Lévy, 1962, pág. 245) que trae a colación la situación argelina en el capítulo Determinants et Nombre. La expresión »lógica irracional« de Hans Schomerus ya la hemos citado; proviene de su cuento sobre la guerrilla »Der Wächter an der Grenze« (Furche Verlag 1948).

 

[49] En relación a esto, ver los pasajes de Das Raumbild des nach Land und Meer getrennten Kriegsschauplatzes y Wandel des Raumbildes der Kriegsschauplätze en Der Nomos der Erde página 285 y sigs. y 290 y sigs. Así como la disertación de Ferdinand Friedensburg, Der Kriegsschauplatz, 1944.

 

[50] En el libro arriba citado (Cf. Nota 24) de Dixon-Heilbrunn, Partisanen, aparece el punto de vista de la lucha guerrillera como un combate en »la profundidad del frente enemigo« (Pág. 199), obviamente no en el contexto del problema espacial general de la guerra por tierra y por mar. En relación con este problema espacial genérico sugiero ver mi escrito Land und Meer (Reclams Universalbibliothek Nr. 7536, 1ª Edic. 1942, 2ª Edic. 1954) y mi libro Der Nomos der Erde (Verlag Duncker & Humblot, Berlin 1950) pág. 143 y sigs.

 

[51] Rolf Schroers, Der Partisan, Op.Cit., pág. 33 f. Las prohibiciones formales de la toma de rehener (como el Artículo 34 de la 4ª Convención de Ginebra) no se aplican a los métodos modernos de convertir efectivamente en rehenes a grupos humanos enteros.

 

[52] Margret Boveri, Der Verrat im XX. Jahrhundert, Rowohlts deutsche Enzyklopädie, 1956 - 1960. El personal de este libro no se compone solamente de guerrilleros. Pero la »abismal confusión« de un “Paisaje de la traición” (Landschaft des Verrates) permite que todos los límites de legalidad y legitimidad »se desdibujen sin remedio« de modo tal que falta poco para elevación del guerrillero a la categoría de una figura general. Esto es algo que demostré con el ejemplo de Juan Jacobo Rousseau, en el artículo »Dem wahren Johann Jakob Rousseau« 28 de Junio de 1962, en la »Zürcher Woche« N° 26 del 29 de Junio de 1962. Cf. más arriba Notas 13, 15 y 16. De esta »abismal confusión« extrae Armin Mohler en su calidad de historiador la doctrina de que a »la multifacética figura del guerrillero... por el momento sólo se accede a través de la descripción histórica. Con una distancia mayor, alguna vez esto podrá ser diferente. Pero por mucho tiempo, todo intento de abarcar este panorama con medios intelectuales o poéticos sólo producirá... fragmentos ambiguos, muy significativos sólo como síntomas de época« (según una crítica del libro de Rolf Schroers en la revista Das Historisch-Politische Buch, Musterschmidt Verlag, Göttingen, 1962, Cuaderno 8). Esta doctrina de Mohler y el juicio implícito en ella, alcanza naturalmente también a nuestro propio intento de establecer una Teoría del Guerrillero. Somos concientes de ello. Nuestro intento estaría realmente liquidado y superado si nuestras categorías y conceptos estuviesen tan escasamente reflejados como todo lo que se ha manifestado para rebatir o dejar de lado nuestro concepto de lo político.

 

[53] Ernst Forsthoff en su famoso ensayo »Die Umbildung des Verfassungsgesetzes« (1959). Quien establece valores, al instituir un valor siempre establece eo ipso también un disvalor; el sentido de la institución de valores es la destrucción del disvalor. Esta sencilla situación de hecho no solamente se demuestra por una praxis que puede ser verificada a través del escrito »Die Vernichtung des lebensunwerten Lebens« aparecido en 1920 (aunque este ejemplo debería ser suficiente ya de por si);  aparece simultáneamente y con la misma ingenua ignorancia ya en el ensayo teórico de H. Rickert (System der Philosophie, I. 1921, pág. 117): no hay existencias negativas, pero hay valores negativos; la referencia a la negación es el criterio para demostrar que algo pertenece al ámbito de los valores; la negación es en realidad el auténtico acto de valoración. Por lo demás, sugiero consultar mi exposición »Die Tyrannei der Werte« (“La Tiranía de los Valores”) publicada en la Revista de Estudios Políticos, N° 115, Madrid 1961, Págs. 65 - 81, y el artículo »Der Gegensatz von Gesellschaft und Gemeinschaft, als Beispiel einer zweigliedrigen Unterscheidung. Betrachtungen zur Struktur und zum Schicksal solcher Antithesen« (“La antinomia de sociedad y comunidad como ejemplo de una diferenciación en dos términos. Consideraciones sobre la estructura y el destino de semejantes antítesis”) en el artículo escrito en honor al Prof. Luis Legaz y Lacambra, Santiago de Compostela, 1960, T. I pág. 174 y sigs.

 

[54] »Por último, con la totalidad de la guerra se desarrollan simultáneamente siempre también los métodos especiales de una medición de fuerzas y de una confrontación no total. Porque, en última instancia, todos buscan evitar la guerra total que, por su naturaleza, también incluye un riesgo total. Así aparecieron en la primer postguerra las llamadas represalias militares (Conflicto de Korfu 1923, Japón-China 1932), los intentos de imponer sanciones económicas no militares según el Art. 16 de la Sociedad de las Naciones (Otoño de 1935 contra Italia) y también ciertos métodos de una prueba de fuerzas sobre territorio ajeno (España 1936/37). Todos estos fenómenos emergieron de un modo tal que su interpretación correcta sólo es posible en el contexto de carácter total de la guerra moderna. Son construcciones intermedias y transicionales entre la guerra abierta y la verdadera paz; obtienen su sentido por el hecho de que la guerra total, como posibilidad, se mantiene en el trasfondo y una comprensible prudencia aconseja establecer determinados espacios intermedios. Sólo desde este punto de vista pueden estos fenómenos ser también comprendidos científicamente por el Derecho Internacional « (del ensayo »Totaler Feind, totaler Krieg, totaler Staat« del año 1937, publicado en »Positionen und Begriffe« 1940 Pág. 236).

 

[55] Los jacobinos de la Revolución Francesa todavía tuvieron conciencia de la sacrosantidad de sus leyes; poseían suficiente inteligencia política y suficiente coraje como para diferenciar estrictamente entre loi y mesure, la ley y la medida, denominar a la medida frecuentemente como revolucionaria y despreciar el desdibujamiento de las diferencias mediante esos montajes conceptuales como el de la medida legal. Este origen del concepto republicano de la ley, desgraciadamente ha sido malinterpretado por Karl Zeidler, en su Maßnahmegesetz und Klassisches Gesetz (1961), y con ello se le erra también al verdadero problema. Cf. Verfassungsrechtliche Aufsätze (1958) Glosa 3 en pág. 347 y las palabras Legalität y Legitimität en el índice temático págs. 512/3. De Roman Schnur se espera un trabajo de mayor envergadura con el título de »Studien zum Begriff des Gesetzes«.

 

[56] »Guerras de esta índole son, por necesidad, guerras especialmente violentas y crueles porque, transponiendo lo político, rebajan al enemigo simultáneamente tanto en lo moral como en las demás categorías, y se ven forzadas a hacer de él un monstruo inhumano que no sólo debe ser repelido sino exterminado, por lo que ya no es tan sólo un enemigo que debe ser rechazado hacia dentro de sus propias fronteras. Sin embargo, en la posibilidad de tales guerras puede demostrarse con especial claridad que la guerra, como posibilidad real, todavía existe en la actualidad y ello es lo único relevante en cuanto a la diferenciación entre amigos y enemigos y en cuanto a la comprensión de lo político« (de El Concepto de lo Político).

 

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Carl Schmitt — Teoría del Guerrillero