SERGIO CERON
LA ARGENTINA POTENCIA: UNA ESTRATEGIA POSIBLE
Buenos Aires - Abril 2004
INDICE
Cuando Perón creyó contar con la energía de fusión:
Ronald Richter y la propuesta de un atajo deslumbrante. Enrique Gaviola y la
escuela argentina de física. Desarrollo tecnológico e industrial.
"La revolución demoledora" del 55: el regreso de Inglaterra.
El veneno de las ideologías y las luchas fratricidas. El Imperio Anglosajón;
fortalezas y debilidades. La Confederación Sudamericana, un polo geopolítico
y geoeconómico. Reconstruir el Poder Nacional. Existe una "masa
crítica" para emular a la Generación del ´80. Bases esenciales
para un proyecto de país
Ronald Richter propone un atajo deslumbrante: la energía de fusión. ¿Un intuitivo genial o un científico loco? En 1946 el físico argerntino Enrique Gaviola sabía como construir una bomba A. El fracaso de la Isla Huemul. Entretelones de la crisis. La alternativa de utilizar la creada CNEA para transitar por la tecnología convencional.
El sábado 24 de marzo de 1951, la Argentina Potencia parecía una realidad alcanzable. Ante una selecta concurrencia de funcionarios y periodistas, Juan Domingo Perón hizo un anuncio que recorrería rápidamente todo el mundo: "El 16 de febrero de 1951, en la planta piloto de energía atómica en la isla Huemul, de San Carlos de Bariloche, se llevaron a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica"
El Presidente argentino informaba, en síntesis, el desarrollo de un proceso original para producir energía atómica mediante una reacción de fusión nuclear, que no partía del uso del uranio y era incontaminante y barata. Parecía abrirse la puerta a la utopía de una fuente inagotable de energía que reemplazaría para siempre a los combustibles de origen fósil. La estructura de poder económico, político y militar del mundo, de confirmarse el anuncio, se vería sacudida en sus entrañas.
Ese verano de mediado el siglo XX parecía alentar los sueños de quienes aspiraban a reubicar al país, como en el Centenario, entre las naciones llamadas a convertirse en potencias emergentes. Apenas un mes antes, el 9 de febrero, los habitantes de Buenos Aires podían contemplar con asombro la aerodinámica silueta del Pulqui II, uno de los aviones de caza más avanzados del mundo, en el Aeroparque de la ciudad. Diseñado por un equipo de ingenieros alemanes había sido construido en la Fabrica Militar de Aviones de Córdoba, en la que desde 1927 se producían aeronaves bajo licencias internacionales y de diseño nacional, luego, en series que llegaron en algunos modelos a superar las 200 unidades.
Para completar el panorama, en el siguientes 16 de octubre, entró en servicio la locomotora Diesel-Eléctrica diseñada, construida y promovida por el ingeniero Pedro Saccaggio en los talleres ferroviarios de Liniers. Un proyecto de inversiones preveía una serie de 395 locomotoras similares de 2400 HP y 215 de 800 HP, para modernizar un sistema servido todavía por las antiguas máquinas a vapor que consumían el carbón de Cardiff.
1946: ENRIQUE GAVIOLA Y LA BOMBA "A"
Aunque la enorme mayoría de los argentinos lo desconocía, no era la primera vez que en medios científicos locales se abordaba de manera pública la construcción de artefactos nucleares. En la séptima reunión de la Asociación Física Argentina, realizada en La Plata en abril de 1946, el físico argentino Enrique Gaviola presentó un trabajo titulado Empleo de la energía atómica ( nuclear) para fines industriales y militares. "El trabajo de análisis que realizó Gaviola es notable, así como también lo es el hecho de que sea tan poco conocido en la Argentina", sostiene el doctor Mario Mariscotti, destacado científico argentino, con numerosos reconocimientos en el ámbito internacional, en su libro El Secreto Atómico de Huemul – Crónica del origen de la energía atómica en la Argentina – Editorial Sudamericana, 1985, una de las fuentes consultadas para documentar esta investigación.
"El artículo concluye con una descripción, sorprendentemente detallada para el momento en que es escrito, del posible diseño de una bomba atómica. ¡Nada más ni nada menos! Sobre todo que con los conocimientos de hoy se puede apreciar que el análisis de Gaviola, hecho a tientas, es correcto- Esta era una medida de la capacidad existente entonces en la Argentina en materia atómica", dice Mariscotti.
Nacido en Mendoza en 1900, Enrique Gaviola llegó al Instituto de Física de La Plata, institución cumbre de la época de esa disciplina moderna en nuestro país, en 1917, donde lo tomó bajo su tutela Ricardo Gans, científico alemán especializado en magnetismo. Fue el primer peldaño de una carrera que lo llevó a estudiar en Europa con integrantes de la elite que transitaba por los más altos niveles del pensamiento de la teoría de la relatividad y de la mecánica cuántica, como Einstein, Meitner, Hulbert, Courant, Born, Planck, Franck y von Laue. Posteriormente desarrolla su actividad en Estados Unidos, primero en John Hopkins y luego en Carnegie. Convive con la hight society de la física internacional, participa en la intrépida empresa de investigar senderos del conocimiento no transitados y trabaja denodadamente en los laboratorios que lo aceptan. Por recomendación de Einstein es becado para trabajar con Robert W. Wood y una foto, en la que aparece junto a Merle Tuve el 11 de noviembre de 1928, trabajando en un experimento, está expuesta en el museo de Ciencia y Tecnología de la Smithsonian Institution en Washington D.C.
No fue el único científico argentino que incursionó en los más altos niveles de la ciencia de entonces. Cecilia Mossin Kotin se fue a París en 1938, donde trabajó con el matrimonio Joliot-Curie, que había recibido el Premio Nobel cinco años antes por el descubrimiento de la radiactividad artificial. La joven investigadora tuvo la oportunidad de obtener uno de los primeros resultados de la espectroscopía nuclear mundial al estudiar la radiación característica del actinio.
La Argentina estaba en condiciones de aspirar a sumarse a las naciones que se aprestaban a encaminarse en la senda de la energía atómica por la vía del uranio. No le faltaban elementos humanos que, con la tutela de la nobleza científica vacante en Europa a fines de la Segunda Guerra Mundial, la instalaran en un lugar respetable en el mundo.
Con seguridad ése habría sido el camino elegido por el gobierno argentino de no haberse presentado la seductora propuesta de tomar un atajo espectacular para encontrar una respuesta definitiva y contundente al dilema de la producción de energía; más aún, para dar con una fuente energética prácticamente inagotable.
Seguro y categórico, Juan Perón explicó que Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética siguieron el camino de la fisión nuclear de átomos pesados, como el isótopo 235 del uranio o el plutonio, en el desarrollo de sus planes.
"Durante el período de posguerra la Argentina se dedicó intensamente a establecer si valía la pena copiar la fisión nuclear o si era preferible correr el riesgo de crear un camino nuevo. La nueva Argentina decidió afrontar el riesgo... los ensayos previos fueron coronados con el éxito, lo que nos alentó para instalar en la isla Huemul una planta piloto. Allí, en oposición con los proyectos extranjeros, los técnicos argentinos trabajaron sobre la base de reacciones termonucleares que son idénticas a aquellas por medio de las cuales se libera la energía atómica en el Sol. Para producir tales reacciones se requieren enormes temperaturas de millones de grados. Por ello el problema fundamental a resolver radicaba en la forma de conseguir tales temperaturas... Para evitar explosiones catastróficas, era menester encontrar el procedimiento mediante el cual fuera posible controlar las reacciones termonucleares en cadena. Este objetivo, casi inalcanzable, fue logrado", afirmó el Jefe de Estado.
Presentó a la concurrencia al profesor Ronald Richter, 42 años, austríaco, nacionalizado argentino, director de los ensayos, quien confirmó las aseveraciones de Perón:
Richter contestó a algunas preguntas formuladas en el curso de la conferencia de prensa:
En una de las notas correspondientes al Capítulo I de su libro, el Dr. Mariscotti no deja de señalar que hasta ese día ninguna bomba de hidrógeno había explotado y que "la referencia de Richter demuestra que estaba al tanto de los esfuerzos que, con Edward Teller a la cabeza, se realizaban en Estados Unidos en ese tema"
Las reacciones ante el anuncio realizado en la Casa Rosada ese 24 de marzo de 195l oscilaron entre el escepticismo, la ironía, el agravio, y las dudas respetuosas, con el correr del tiempo. Particularmente, a partir del momento en que se puso fin a los experimentos en la isla Huemul.
RICHTER y LOS ESTUDIOS SOBRE FUSION
Para Mariscotti el anuncio realizado por Perón y Richter, a pesar de que a la postre el proyecto quedó trunco, actuó "de estímulo para el comienzo de las investigaciones formales en este tema en los Estados Unidos. El hecho quedó documentado en las actas desclasificadas oportunamente de la Comisión de Energía Atómica. El 26 de julio de 1951, esta institución consideró un contrato de investigación propuesto por el doctor Lyman Spitzer, de la Universidad de Princeton, para estudiar fenómenos de transporte y reacción de elementos livianos y aprobó al efecto un aporte de 50 mil dólares.
Con el tiempo, dicha universidad reconoció oficialmente que Spitzer, destacado astrofísico especializado en plasma, había sido estimulado a pensar en el tema a raíz del trabajo de Richter y a concebir un dispositivo magnético capaz de confinar el plasma.
En consonancia con esta información, recuerdo la confidencia de un joven físico argentino, hecha por los años 80, de haber sido sorprendido por el gesto de algunos colegas norteamericanos que le mostraron en el laboratorio de Livermore, dedicado al estudio del plasma, un documento que mencionaba a Richter como pionero en las investigaciones sobre energía de fusión.
Richter, no era tan loco ni tan estafador como lo hicieron aparecer, tanto buena parte de sus colegas argentinos como la oposición a Perón, que encontró en el episodio un venero inagotable de elementos para atacar su política. A punto tal que Agustín Rodríguez Araya, un dirigente radical caracterizado por su constantes diatribas y furibunda oposición al régimen, aprovechó la hospitalidad del diario brasileño "Folha de Manha de Sao Paulo"para denunciar que la constitución de la Comisión Nacional de la Energía Atómica, concretada el 31 de mayo de 1950, algunos meses antes de la detonante conferencia de prensa, no era sino un telón de fondo para esconder la ambición de los militares argentinos de dominar a la América Latina. Episodio que basta para calificar su iracundia y su ignorancia sobre los objetivos que se habían impuesto todos los científicos y técnicos de la CNEA desde su fundación hasta la actualidad, de trabajar exclusivamente con objetivos pacíficos. Ese solemne compromiso no ha sido traicionado hasta el día de hoy.
Hay un aspecto que se insinúa en el libro de Mariscotti y que se relaciona con la presunta influencia de Richter en la apertura de una nueva línea de investigaciones en materia atómica por los círculos oficiales y académicos de Estados Unidos. En momentos en que las relaciones del egocéntrico y autoritario austríaco con los hombres de confianza de Perón llegaron a cierto grado de tirantez, los informes de inteligencia aludían a repetidas visitas de Richter a la embajada de ese país, en ocasiones en que viajaba a Buenos Aires. Obviamente esa actitud, al tratarse de un tema de tanta sensibilidad, suscitó suspicacias; a punto tal de que se impartieron directivas para que su pequeña hija no se moviera de Bariloche. Todo indica que era una manera, más o menos sutil, de tener un rehén adecuado para evitar una presunta transferencia hacia el norte del hemisferio. Richter había estado en negociaciones para emigrar a Estados Unidos apenas concluida la guerra, sin lograr concretar su empeño. ¿Cómo se compadece esto con el reconocimiento oficial del fracaso de los experimentos de Richter que, de alguna manera, implicó un escándalo que lesionó severamente la imagen del gobierno?
TECNICOS ALEMANES EN LA ARGENTINA
Para intentar una aproximación al tema conviene preguntarse por qué conductos llegó el científico austríaco a la Argentina.
Uno de los grandes logros tecnológicos de la época peronista fue la construcción del primer avión a reacción fuera del ámbito de las grandes potencias. El ingeniero francés Emile Dewoitine llegó a Buenos Aires el 28 de mayo de 1946. Poco más de un año después, el 9 de agosto de 1947, convierte al país en el primero de América Latina en construir un jet, octavo en la historia y sexto en el momento, debido a que Alemania y Japón habían sido ocupados por las fuerzas aliadas que desmantelaron su estructura industrial. El IAe-"Pulqui"(Flecha en lengua india) era un caza totalmente metálico, con ala baja y recta de perfil, dotado de una turbina Rolls Royce "Derwent V" de 1.632 kg de empuje, con una velocidad máxima de 720 km/h.
A pesar de que significaba un importante paso de la industria aeronáutica local, sus performances no satisficieron las necesidades que la época requería y finalmente se desistió de continuar con el proyecto.
Una de las razones para tomar esta determinación fue la llegada al país del profesor ingeniero Kurt Tank, uno de los pocos proyectistas alemanes de primera magnitud que no habían sido captados por los estadounidenses, los rusos o los británicos. Llegó acompañado de un valioso tesoro: los planos microfilmados del proyecto TA-138 en pleno desarrollo por la fábrica Focke-Wulf al terminar la guerra mundial.
"Básicamente se trataba de un avión con alas en flecha, ágil y maniobrable, para volar en los límites de la barrera del sonido, con un armamento del 8% de su peso total. Asimismo debía operar en pistas con poca preparación, con lo cual se hacía indispensable un tren de aterrizaje resistente, despegues y aterrizajes cortos (STOL) y fácil mantenimiento en operaciones", lo describe Ricardo Burzaco en su documentado libro "Las alas de Perón"- Aeronáutica Argentina 1945/1960, Editorial Da Vinci, Buenos Aires 1995.
Kurt Tank y un brillante conjunto de proyectistas. ingenieros, técnicos y aviadores germanos dieron un gran impulso de actualización a la industria aeronáutica y a la Fuerza Aérea Argentina, cuya eficiencia y arrojo asombraron a los analistas militares del mundo durante la guerra de Malvinas, a pesar de contar con equipamiento inferior al enemigo.
Es lógico suponer que en ese momento Perón, cuya percepción estratégica es uno de los atributos que incluso sus opositores no le niegan, preveía la posibilidad cercana de proyectar al país a la condición de potencia emergente. Baste señalar que el politólogo y economista norteamericano Dennis Small sostuvo en uno de sus trabajos que, de haberse mantenido la tendencia de avance de la tecnología impuesta por los proyectos iniciados o concretados por el equipo alemán y sus aventajados discípulos locales, la industria aeronáutica argentina hubiera alcanzado en los años 80 del siglo pasado, el nivel de la francesa y un papel preponderante en el mundo. Basta esto para comprender por qué Perón tenía en alta estima al profesor Tank y por qué aceptó con interés la calurosa recomendación que le formulara para traer a Buenos Aires a un físico que había conocido en Londres: Ronald Richter.
El archivo personal del coronel Enrique P. González, uno de los líderes del Grupo de Oficiales Unidos (G.O.U.) que protagonizó la revolución militar del 4 de junio de 1943, designado por Perón secretario general de la Comisión Nacional de Energía Atómica, creada por decreto del 31 de mayo de 1950, constituyó una de las fuentes primordiales para el libro del doctor Mariscotti. Con poco frecuente generosidad, el militar cedió esos materiales al investigador y a través de esa documentación y de las confidencias de carácter personal que le hizo, es posible intentar una aproximación a la compleja personalidad de Richter.
Aplomado, podía carecer de cualquier atributo menos de una superlativa autovaloración. Para las pocas personas que tuvieron acceso a su trato, la duda siempre fue si se estaba ante una personalidad genial o megalomaníaca. O una extraña mezcla de ambas cosas. Categórico, soberbio, mordaz, imperativo, respondía perfectamente al perfil del exponente de la raza germana de las teorías raciales de la doctrina nacionalsocialista: parece difícil que aceptara las opiniones y las críticas, por constructivas que fueren, surgidas de un país cuya mayor mezcla de sangres estaba determinada por el aporte de españoles e italianos, con incorporación de árabes y judíos y una avalancha de emigrantes de dispares procedencias. Algo para nada congruente con los ideales de la superioridad de los arios.
Acompañado por el profesor Tank, que lo avalaba, luego de no concretarse un intento de viajar a los Estados Unidos, el 24 de agosto de 1948 tuvo oportunidad de explicar su teoría a Juan Domingo Perón. El 29 de junio de 1951, en un diálogo con periodistas en la Casa Rosada, éste rememoró las circunstancias de aquel encuentro.
"Richter me dijo que nosotros podíamos iniciar los trabajos atómicos por los procedimientos que siguen los norteamericanos, pero para eso necesitaríamos unos seis mil millones de dólares. "¿Es posible?", me preguntó. Claro que yo ni le contesté. Entonces Richter continuó: "Eso es seguro. Por ese procedimiento nosotros produciremos energía si usted me da los seis mil millones de dólares. El otro procedimiento es el de la fusión". Y me lo explicó tan bien que yo ahora tengo bastantes conocimiento de lo que es la fusión nuclear. Entonces agregó: "Por ese camino podemos llegar o no llegar. Hay que hacer dos o tres descubrimientos y podremos llegar o no, pero lo haremos con chirolitas. ¿Usted se anima?" Y yo le respondí: ¿Y usted se anima?. Richter me contestó que él estaba decidido; entonces le respondí: ¡Métale no más! Le dimos los medios y empezó. Los demás procedimientos los ha descartado por caros e inoperantes. Este es el método barato"
De esa conversación surge que Richter previno a su interlocutor sobre el riesgo de "llegar" o no llegar, con lo que planteaba en el fondo que la base del método de investigación científica es la del "ensayo y error", donde a menudo una serie de fracasos puntuales conduce finalmente al éxito y, con muchas frecuencia, a un callejón sin salida. Pero ése es el riesgo a asumir.
Seguramente al presidente argentino, que tenía de todo menos que de ingenuo, no se le escapaba esa perspectiva. Pero como estratega que era, sabía también que la marcha hacia los objetivos propuestos está signada, siempre, por la introducción de variables desconocidas, para las cuales es necesario contar con propuestas substitutivas que permitan superar las incertidumbres de carácter táctico y persistir en la búsqueda de la meta inicial.
Una de las preocupaciones mayores de Perón era la de poblar el enorme desierto patagónico. Cuando Richter, que había comenzado a trabajar en Córdoba junto a la gente de Kurt Tank, llegó a malquistarse con sus compatriotas, se hizo necesario buscar un nuevo asentamiento para sus equipos. Esa fue una de las razones por las que, luego de un detallado estudio de las perspectivas que ofrecía el territorio nacional, finalmente se eligió a la isla Huemul, situada en el Lago Nahuel Huapi, en adyacencias de San Carlos de Bariloche.
Los trabajos se iniciaron el 21 de julio de 1949, a todo ritmo y dentro de estrictas medidas de seguridad. Como nota curiosa, la responsabilidad en ese campo correspondió al jefe del 2º Batallón del Regimiento 21 de Infantería de Montaña, mayor Carlos Monti, un brillante oficial que cargaba en sus antecedentes con un desembozado antiperonismo. El 12 de Octubre de 1945, cuando en el Círculo Militar una tumultuosa asamblea debatía la suerte de Perón, pretendió cortar por lo sano con una frase que había quedado registrada: "Lo que hay que hacer es pegarle un tiro en la cabeza"
Su destino en el confín austral era una manera de castigo que tuvo como atenuante sus cualidades castrenses.
Paradojas de la vida: ahora tenía una de las misiones que solamente se confía a hombres de indiscutida lealtad. Perón objetó en principio la propuesta de su comando militar, pero a la postre aceptó el argumento del ministro de Defensa, el general Sosa Molina: "Este tipo será lo que usted quiera, pero es un soldado ante todo. Si le da una misión , la va a cumplir"
Se trabajaba de día y de noche, entre la curiosidad de los pobladores de la zona a los que despertaba la atención la brillante iluminación que surgía de la isla.
En marzo de 1950, Richter y su esposa se establecieron en Bariloche, con lo cual se daban las condiciones para lanzar la etapa decisiva del programa nuclear. Un plantel de 400 personas, entre técnicos, albañiles, carpinteros, electricistas y otros oficios de la construcción, además de soldados, acarreaban materiales desde Bariloche y los volcaban febrilmente en las obras.
El 8 de abril, Perón y Eva Duarte fueron impactados por el encofrado del reactor principal, de 12 metros de altura por otro tanto de diámetro. Un mes más tarde ya se realizó el hormigonado, con un volumen estimado en unos 1400 metros cúbicos (demandó veinte mil bolsas de cemento).
El grupo humano desbordó de alegría cuando, quitado el encofrado, el reactor se mostró ante los ojos. Todos experimentaban la sensación de ser testigos de una obra de suma importancia para el país.
Para desconcierto general, Richter resolvió poco después que sería necesario reemplazar los caños radiales de hierro de 2 pulgadas que convergían hacia la cámara interior por otros de fibrocemento de 20 centímetros de diámetro. Este y otros detalles lo llevaron finalmente a la sorprendente decisión de demoler el reactor y reinstalarlo de manera que se asentara sobre el suelo rocoso de la isla.
Mario Mariscotti dedica varios párrafos a describir la singular personalidad del científico mediante opiniones recogidas entre quienes lo trataron en esas circunstancias:
La aparente irracionalidad de la decisión creó zozobra en Buenos Aires. Pero, en temas de ese nivel científico, lo que parecería absurdo para una personal normal, podría ser indispensable para un investigador que explora continentes desconocidos.
Al parecer en la decisión final influyó un informe enviado por Kurt Tank al director de la Escuela Superior de Guerra Aérea, brigadier Heriberto Ahrens , donde se refiere a las teorías planteadas por Richter. Es especialmente significativo el siguiente párrafo: "Los trabajos realizados hasta hoy por el doctor Richter se han dirigido, principalmente, al desarrollo del procedimiento de control y llegaron al éxito esperado"
Si realmente había logrado resolver los problemas de control de la fusión nuclear, debía haber conseguido también - o al menos estar muy próximo a ello - la propia reacción de fusión. No se podría hablar de éxito si no fuera así. Muchos de los párrafos eminentemente técnicos del informe sugieren haber sido suministrados por Richter a su amigo.
La decisión final, como es comprensible, recayó sobre los hombros de Perón. El Presidente autorizó la demolición.
En todos estos acontecimientos desempeñó un papel de relieve el coronel González. Era, sin dudas, uno de los alfiles principales del Jefe de Estado, quien comprendía cabalmente la importancia que tenía para la Argentina insertarse en el nuevo mundo de la ciencia aplicada y la innovación tecnológica, para que el sistema tuviera a la postre la posibilidad de realimentarse de recursos y, a la vez, otorgar al país un nuevo rango en el concierto de las naciones. No sólo era el responsable de la conducción de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), sino que pocas semanas después fue el primer director de la Dirección Nacional de Investigaciones Técnicas, primer antecedentes de lo que sería años más tarde el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), cuya alma mater fue Bernardo Houssay, primer Premio Nobel de ciencia argentino. Eminente médico e investigador, este liberal pronunciadamente antiperonista, compartía la visión de un país volcado al desarrollo de sus talentos. Tentado por EE.UU. a partir de 1947 para transladarse con sus equipos al Norte, Houssay, en una de sus misivas sostuvo: "La Ciencia no tiene Patria; el científico sí la tiene". Y prefirió quedarse para compartir con sus compatriotas las esperanzas y las frustraciones del futuro.
Sin contactos con los círculos de mayor jerarquía, González logró rodearse de varios asesores de valía, como el ingeniero Otto Gamba, el astrónomo jesuita padre Juan Bussolini y el capitán de navío, ingeniero, Manuel Beninson, personas que jugarían un destacado papel en la evaluación de los trabajos de Richter en la isla Huemul.
En esa encrucijada, el militar tuvo la sorpresa de que se le acercara espontáneamente Enrique Gaviola, quien a la sazón se había alejado de toda actividad pública y era consultor científico de la Cristalería Rigolleau. De inmediato aprovechó las circunstancias para sumarlo a su equipo científico.
Sin embargo la fuerte personalidad de Gaviola, su desenfadada crítica a los trabajos de Richter, entonces en pleno auge, y cierta dosis de soberbia personal que lo caracterizaba, frustraron a último momento la asunción de sus cargos de asesor del secretario general de la CNEA y director de la Dirección Nacional de Investigaciones Técnicas, a pesar de haber firmado el respectivo contrato.
ACTIVIDAD ARROLLADORA E INCOMPRENSIBLE
A todo esto, Ronald Richter consolidó su autoridad en Huemul y desplegó una actividad arrolladora y, por momentos, de carácter incomprensible para sus colaboradores. Formulaba solicitudes de equipos y materiales, revocaba sus propias órdenes y mostraba infundadas sospechas sobre la lealtad y la honestidad de sus allegados.
Precisamente cuando esta situación llegó a una instancia límite, en febrero de 1951 una experiencia de laboratorio hizo suponer que se había alcanzado las condiciones para desencadenar reacciones termonucleares. Así parecieron indicarlo registros logrados en un espectrógrafo y en detectores Geiger Müller.
Informado González, pocos días después presenció a instancias del físico germano un experimento realizado en el reactor chico del laboratorio. Refirió su vivencia del momento de la siguiente manera:
"Lo que observamos en el momento de la explosión fue que los aparatos de control, oscilógrafos y detectores acusaron reacciones impulsivas, entrando todos en funcionamiento en el momento crítico. Se produjo también un movimiento de las líneas, cambio de color y una luz muy fuerte sobre la plaza"
El padre Bussolini acordaría una especial significación a la presencia de un halo circular blanquecino en una placa que Richter trajo a Buenos Aires. De todas maneras, el coronel González no se dejó atrapar por el entusiasmo y para cubrir cualquier eventualidad propuso a Perón que se efectuara una nueva demostración en presencia de científicos y técnicos argentinos.
Interfirió en su concreción un violento altercado entre el coronel Fox, nuevo jefe de la guarnición militar de Bariloche, que consideraba parte de sus prerrogativas inspeccionar la isla, y el científico, empeñado en mantener un hermético secreto, sin excepción alguna, en sus dominios. Culminó con la expulsión del militar a punta de pistola, situación crítica que impuso a Perón arbitrar al respecto. Tal vez deslumbrado por las perspectivas de un logro excepcional, de puño y letra escribió al científico una nota en la que le dijo: "Por la presente queda usted designado mi único representante en la isla Huemul, donde ejercerá, por delegación, mi misma autoridad"
A raíz del espaldarazo dado por Perón, las dudas, las angustias y las tribulaciones del coronel González se van sucediendo, alimentadas en buena parte por los informes que recibe de su hijo, capitán del Ejército, que dominaba varios idiomas, entre ellos el alemán y actuaba en la proximidad de Richter. También ejecutivos de la casa holandesa Phillips, proveedora del más avanzado equipamiento nuclear europeo, entre el cual un sincrociclotrón que sería provisto a la CNEA, deslizan comentarios que contribuyen a crear un clima de desasosiego en él, a tal punto que le solicita un informe al ingeniero Ricardo Rossi, enviado por aquella empresa a Bariloche. Rossi debía ilustrar a Richter sobre los equipos que podía ofrecer Phillips a quien consideraba uno de sus más importantes clientes.
Entre sus observaciones, afirma que el físico rehuyó constantemente emitir opiniones técnicas y que lo encontró en una especial predisposición de ánimo, como "si estuviera pasando por una situación personal especial donde no le interesaba lo que estaba sucediendo en Huemul. Un desprecio olímpico por todo lo que compraba y cómo hacía las cosas. En una obra tan monumental, yo en su lugar habría esta enloquecido controlando planos, haciendo mediciones, yendo de un lado a otro..."
Corrían los primeros meses de 1951 y después del sensacional anuncio del 24 de marzo no se hicieron esperar las reacciones a nivel internacional. Los más famosos científicos no vacilaron en manifestar su escepticismo al respecto, entre los que se incluían apellidos notorios en esa época, como Heisenberg y Fermi.
Presionado por las circunstancias, González le pide a su hijo que señale a Richter la necesidad de "dar por fin alguna prueba concluyente acerca de la veracidad de los trabajos realizados en Huemul". El 12 de septiembre el capitán González informó a su progenitor, vía telegráfica, que el profesor Richter instalaría una planta de agua pesada y pocos días después añade que llevaría a Buenos Aires, en algunas semanas más, cobalto 60, isótopo actualmente utilizado en medicina nuclear.
Mientras tanto, a pesar de que avanzaba su enfermedad terminal, el instinto que guió la vida política de Eva Perón la lleva a sumarse a quienes descreen del hombre que lidera el proyecto Huemul y se opone a la permanente sangría de recursos que provoca la lluvia de dispendiosos pedidos que llega desde el sur.
Los anuncios sobre el alcance de nuevas metas están condicionados por la recepción de costosos equipos; anuncios que cuando se realizan no ofrecen posibilidades concretas de verificación, so pretexto de que es necesario resguardar el secreto de las experiencias.
Richter llegó a anunciar en un viaje a Buenos Aires el 11 de diciembre que estaba en condiciones de iniciar la etapa industrial de su proyecto, para lo cual era necesario contar con la posibilidad de asociar el conocimiento supuestamente logrado en la materia por la Argentina con la potencia industrial de un país de primer orden. Sin embargo, subsistían las imprecisiones y la vaguedades cuando en las ruedas de prensa se le solicitaban datos concretos sobre la concreta producción de energía por fusión nuclear. Incluso declinó contestar cuando se le preguntó si el eventual socio podían ser los Estados Unidos.
El manifiesto interés de Richter por los Estados Unidos era explicable. La potencia americana estaba sumergida en una frenética carrera con la Unión Soviética por el predominio nuclear. En julio de l946 los Estados Unidos ya habían fabricado nuevas bombas e iniciado ensayos nucleares en las islas Marshall, en el Océano Pacífico. Se realizaron dos pruebas ese año y tres más en el siguiente, cuando la URSS detonó en agosto de l949 su primera bomba A
En las esferas del poder norteamericano se desencadenó un acalorado debate, que tomó estado público, sobre la conveniencia de desarrollar un nuevo tipo de arma nuclear, la bomba de hidrógeno o bomba H, de muy superior poder explosivo. Muchos científico que participaron en el Proyecto Manhattan ( bomba A), elevaron objeciones morales sobre la eventual utilización contra civiles inocentes de un arma mil veces más poderosa que las utilizadas contra Hiroshima y Nagasaki. Los premios Nobel E. Fermi e I. Rabi, solicitaron al Presidente que declarara públicamente que iniciar el desarrollo de tal arma sería "contrario a principios éticos básicos".
Truman designó un comité especial para considerar el tema y al recibir un dictamen por mayoría dispuso finalmente que la Comisión Nacional de Energía Atómica continuara el desarrollo de todo tipo de armas nucleares. El 31 de Octubre de l952 ocurrió la primera detonación de un artefacto de fusión en las islas Marshall, con una potencia de l0 megatones. Produjo un cráter de casi dos kilómetros de diámetro y 60 metros de profundidad.
Apenas habían transcurrido 10 meses cuando la Unión Soviética asombró al mundo al explotar su primer dispositivo termonuclear, de tecnología más avanzada, que utilizaba deuterio de litio en lugar de la mezcla de deuterio y tritio empleada por los estadounidenses.
Pocos meses antes Ronald Richter, a pesar de su persistente reticencia a participar en debates, responde en la revista United Nations World a una feroz crítica del profesor Hans Thirring, director del Instituto de Física Teórica de la Universidad de Viena, quien insinuaba nada menos que Richter era un embaucador. En ella, luego de denostar a su compatriota, sostiene entre otras cosas:
En el curso de una entrevista mantenida con el periodista Peter Alemann en 1954, Richter le comentó que esa revista había suprimido de la mencionada misiva la palabra no de la frase "...nos permitió entender por qué en una bomba H uno no debe utilizar tritio...". A partir de esa revelación Alemann desarrolló una hipótesis en defensa de la idoneidad teórica de su interlocutor. Se remontó a una publicación de la revista Time del 12 de abril de 1954, en la que se documentó el costoso fracaso de los estadounidenses, cuya primera bomba H resultó ser un artefacto monumental de 60 toneladas y con un volumen similar a una casa de dos pisos.
La razón fue que funcionó con tritio y deuterio, ambos isótopos pesados del hidrógeno que debían ser licuados. La mayor parte de aquella instalación consistía en un licuefactor. En agosto de 1953 los soviéticos explotaron su propia bomba H, con un dispositivo mucho más simple, cuya clave consistía en el uso del litio. Cuando Alemann rememoró las declaraciones de Richter inició una investigación que demandó varios años. Tuvo ocasión de leer la autobiografía del profesor Manfred von Ardenne, en la que éste da cuenta del temor suscitado en los rusos por los anuncios de Perón, por lo que sospecha que Moscú tenía conocimientos de que Richter había colaborado en los trabajos de von Ardenne y que en realidad, en 1951, sabía más que los científicos occidentales sobre el tema.
El monumental reactor estadounidense construido en Savannah River para licuar el tritio y el deuterio resultó innecesario cuando finalmente Washington decidió seguir los pasos de los rusos y apelar al litio.
El año 1952 comenzó con otro abrupto cambio en los planes de Richter. Expresó su intención de mudar su laboratorio a una zona más alejada de Bariloche, llamada Indio Muerto y anunció su propósito de cambiar a la empresa contratista SACES, de capitales italianos, por la GEOPE, alemana, sin consultar para ello al coronel González. De inmediato el hijo de éste se apresuró a informar a su padre, que se encontraba circunstancialmente de vacaciones.
Valido de la autoridad que le había conferido Perón, Richter actúa de manera arbitraria. Negocia el traslado a Indio Muerto, pero a la vez sigue con los trabajos en la isla. Instala un electroimán a mediados de enero y pocos días después exige que su potencia sea aumentada a 10 millones de vatios y 100 mil voltios. Convoca, sin mayores explicaciones al gerente de GEOPE y esta actitud precipita las cosas. El 10 de ese mes González provoca un encuentro con el físico, a quien previniera el día anterior que no tomara por el momento ninguna resolución sobre las nuevas obras. Al arribar a su casa, se lleva la sorpresa de ser recibido en momentos en que el anfitrión analiza con ingenieros de GEOPE el traslado de las instalaciones, en términos que eran desconocidos en Presidencia. Para peor, el ingeniero Trimmel, uno de los presentes, explicó que Richter acababa de introducir un cambio al planteo realizado hasta el momento: proponía construir una tercer planta, intermedia, mientras se ejecutaban las obras de Indio Muerto.
Para justificar su posición, el aludido manifestó que los constructores habían operado a tontas y a locas contando con la complicidad del joven capitán González. Como es de suponer la conversación alcanzó tonos de extrema violencia verbal, con agravios de Richter que la traductora vacilaba en expresar.
Esa misma noche el coronel González viajó por tren a Buenos Aires, decidido a poner en conocimiento al general Perón lo que estaba ocurriendo y a deslindar su responsabilidad personal. Llegaba a la Casa Rosada munido de una serie de antecedentes documentados que colocaría sobre el escritorio del Jefe del Estado. Estos son algunos de los episodios relatados:
A pesar de que Perón aún parecía esperanzado, aceptó la propuesta de González de formar una pequeña comisión para tomar contacto con aquél; quedó integrada por el padre Bussolini, el capitán de navío Beninson y los ingenieros Otto Gamba y Mario Báncora, perteneciente a la Universidad de Rosario, quien contaba entre sus antecedentes con la construcción de un ciclotrón. Quedó en comunicarle personalmente lo dispuesto al físico. La reunión se realizó el 19 de febrero en la Casa de Gobierno y nuevamente Richter demostró su capacidad de convicción. El informe oficial emitido a posteriori indica que el ministro de Asuntos Técnicos, Raúl Mendé, se haría cargo de centralizar los trabajos del proyecto atómico argentino y de hacer "uso de la energía atómica ya obtenida". González había perdido su partida, Mendé estaba a cargo y la comisión investigadora cancelaba su viaje a Bariloche.
Sin embargo, no se disolvió. Se reunió el 6 de marzo en la sede de la Dirección Nacional de la Energía Atómica, en Avenida del Libertador, para elaborar un informe científico. El dictamen, que a la postre quedó archivado, aconsejaba "la suspensión del apoyo moral y material que se le ha venido prestando al proyecto"
A todo esto quedó pendiente una visita presidencial a Huemul, la que debía concretarse cuando Richter pusiera término a obras pendientes, que no viene al caso enumerar, pero que demandarían según un informe que un estupefacto Mendé recibió, un nuevo costo de $ 300 millones.
El capitán de fragata aviador naval Pedro E. Iraolagoitía, fue designado para suceder a González, cuya renuncia se había mantenido en reserva. Su primer contacto con Huemul se debió a la denuncia de su director de que había sufrido un presunto acto de sabotaje, al explotar un recipiente de presión que contenía una mezcla de hidrógeno y nitrógeno.
El 21 de abril de 1952, Iraolagoitía recibió una demostración de lo ocurrido en el mismo recipiente desfondado por la primera explosión, con una nueva mezcla de esos gases. Al apretar Richter el botón de control, ubicados ambos a prudente distancia, el edificio fue sacudido por una fuerte explosión. Examinó una ristra de papel conectada a un registrador más alejado y escribió en ella "energía atómica".
Iraolagoitía referiría años después que su primera reacción fue decirse a sí mismo "Lo que el día anterior había dicho que era un sabotaje, ahora era una demostración que me hacía. Este tipo está loco"
Esta opinión tan contundente coincide con la de Edward Teller, el llamado padre de la bomba H, quien luego de leer unos papeles escritos por Richter, sostuvo: "leyendo una línea de lo de Richter, uno piensa que es un genio; leyendo la segunda línea, uno ve que es un loco".
Otros testimonios presentados por Mario Mariscotti en su libro contribuyen a perfilar esa cuestionada personalidad:
Iraolagoitía, convencido de la necesidad de obtener una definición cuando antes, se empeñó en consolidar su equipo con nuevas incorporaciones que sumaran calidad científica del mejor nivel posible. No era una tarea sencilla, los integrantes de la Asociación Física Argentina, donde se reunían los mejores cerebros, eran los más indicados, pero la entidad había adoptado, con Gaviola a la cabeza, un marcado sesgo antiperonista. Sin embargo, en la Dirección Nacional de Energía Atómica se iba generando un fenómeno que tendría importantes consecuencias para las investigaciones y desarrollos nucleares en el país: varios científicos, que no participaban de la doctrina peronista, se unieron a ella y, por la otra parte, con criterio pragmático, Perón terminó por aceptar que era necesaria la cooperación de opositores en un proyecto común al servicio del país. Finalmente la comisión investigadora terminó integrada por Bussolini, buen astrónomo, pero con pocos conocimientos de física; el ingeniero Otto Gamba que había realizado cursos de postgrado en física nuclear y trabajos en radioisótopos en el Instituto Poincaré y el Instituto de radio de París, el ingeniero Mario Báncora, experto en electromagnetismo, y un hombre que a la postre sería figura determinante en los avances argentinos en física nuclear, el doctor José Antonio Balseiro, quien había trabajado con Enrique Gaviola y Guido Beck. Con ellos accedió a los secretos de la física cuántica, conocimientos que perfeccionó mediante una beca del British Council para trabajar con Rosenfeld.
En septiembre de 1952, los cinco científicos y veinte legisladores llegaron a la isla. La exposición hecha por Richter, la falta de argumentos científicos sólidos y las vaguedades con que respondía a las preguntas de los visitantes persuadieron a Balseiro y Báncora de la endeblez del proyecto. Ambos trabajaron complementariamente en la inspección de los impresionantes equipos y de los resultados de las explosiones que generó el anfitrión, quien afirmaba haber logrado la emisión de rayos gamma. Pero los monitores de ese tipo de radiación con que contaban los visitantes contradecían esas aseveraciones. Una atmósfera de escepticismo se generó en todo el grupo, en el que se filtraba la sospecha de que se había montado un espectáculo fraudulento.
Diversas demostraciones dieron como resultado la ausencia de toda reacción de carácter nuclear y tampoco tuvo mayor éxito el esfuerzo de Richter para exhibir la presunta obtención de agua pesada.
Cuando la comisión regresó a Buenos Aires, sólo el padre Bussolini ofrecía el beneficio de la duda al físico cuestionado. El resto de sus integrantes tenía en claro que nada avalaba el estruendoso anuncio sobre el supuesto control de la energía de fusión hecho el año anterior. En los informes personales entregados por los investigadores, Báncora y Balseiro fueron contundentes en afirmar la falacia de la conducta de Richter, con argumentos de sólida base científica.
El 25 de septiembre éste fue convocado a la Casa Rosada, donde Perón y Mendé le entregaron copias de los informes críticos de la comisión, con instrucciones precisas de responderlos.
El 11 de octubre llegó la respuesta de propias manos, pero esta vez Richter no pudo ver a Perón, quien delegó la tarea en Mendé e Iraolagoitía. El documento no aclaraba nada y de acuerdo a la idiosincrasia propia del físico austríaco su defensa consistía en acusar a los miembros de la comisión de haber incurrido en confusión.
Aún así fue necesario que en la Escuela de Mecánica de la Armada el ingeniero Báncora realizara una prueba con equipos convencionales para demostrar que, en determinadas condiciones, oscilaciones electromagnéticas podían provocar reacciones en los equipos Geiger. En ese momento, el padre Bussolini, asesorado por un especialista del Observatorio de San Miguel, terminó por aceptar el dictamen mayoritario de que de las experiencias realizadas en Huemul era imposible deducir la presencia de energía atómica.
El gobierno se resistía a enterrar el proyecto que había generado tantas expectativas. Se apeló a una suerte de "tribunal de alzada": una comisión integrada por el profesor Richard Gans y el doctor Antonio Rodríguez –alemán el primero, de reputación internacional, y doctorado en la Universidad de Edinburgh bajo la dirección de Max Born, el segundo. En dos horas analizaron el informe crítico de la primera comisión y la réplica de Richter. Fueron suficientes para apoyar en su totalidad el dictamen acusador. Una entrevista posterior cara a cara entre Richter y Gans no hizo sino confirmarlo. Se había cerrado la última página de la novelesca historia de la isla Huemul y se abría la puerta del futuro de la investigación atómica que prestigiaría a la ciencia argentina en el mundo.
Del relato de diversos testigos e investigadores, incluyendo fuentes científicas de relieve internacional, no queda en claro cuál era la real personalidad de Richter. ¿Fue un vulgar estafador que intentó especular con las expectativas de Juan Perón de contar con la llave para convertir a la Argentina en un nación protagónica en el mundo de la posguerra? ¿O, en cambio, era un físico capaz de intuir nuevos caminos para la investigación, pero carente de las condiciones de prudencia, autocrítica y tenacidad necesarias para alcanzar el éxito? ¿Alguien cuya soberbia le había hecho menospreciar la afirmación de Einstein: "El genio está hecho de 10% de inspiración y 90% de transpiración"?
Todo parecería indicar que Richter entrevió el camino para la conquista de la energía de fusión, pero no tenía suficientes conocimientos tecnológicos para afrontar las enormes dificultades que se le presentaban y que aún hoy, pasado medio siglo, las grandes potencias científicas e industriales no han podido superar. Se unía a ello una personalidad fronteriza entre la megalomanía, la soberbia y la iracundia descontrolada.
Lo que intriga es por qué Perón, hombre pragmático, poco propenso a la ingenuidad y a perdonar a los desleales o a los defraudadores, ya aceptado el fracaso del Proyecto Huemul, no tomó represalias contra el otrora omnipotente físico que con sus actos contribuyó en buena medida a deteriorar la imagen del líder justicialista.
Aunque pareciera que los errores cometidos por Richter en la apreciación de sus ensayos aclaran el secreto que rodeó a la isla sureña, quedan en pie todavía muchos interrogantes sobre este enigmático personaje que siguió viviendo muchos años en la Argentina, prácticamente recluido y olvidado.
El Imperio vuelve a atacar. Nehru decide apostar todo a la ciencia y la tecnología. La revolución de 1955, golpe contra el futuro. A pesar de todo la Argentina logró dominar el ciclo del combustible nuclear. Ing. Dante Walter Gamba: movilizar lo que ya contamos. La globalización de los grandes intereses mundiales. La imbecilidad de las ideologías. Una Confederación Sudamericana.
A pesar de su fracaso, Ronald Richter actuó como un factor catalítico. Precipitó una política de Estado respecto de las prioridades acordadas a la energía atómica que permitió, como una de las pocas excepciones en la historia del país, que sectores ideológicamente antagónicos olvidaran sus diferencias y, trabajando mancomunadamente, escribieran una de las páginas más brillantes de la ciencia y la tecnología. La creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica puso a la Argentina a la cabeza de las naciones en vías de desarrollo cuando logró dominar el ciclo de los combustibles nucleares, tanto en lo referente a la producción de plutonio, lograda a nivel de laboratorio en el Centro de la Avda. Constituyentes, como al enriquecimiento de uranio, con fines no bélicos, que se concretó en las instalaciones de Pilcaniyeu, a algunos kilómetros de San Carlos de Bariloche. Para lo cual debió, con la capacidad de sus hombres, superar el embargo internacional impuesto por las grandes potencias a la adquisición de tecnologías sensitivas.
Cuando se examinan los tiempos precursores de ese desarrollo se torna imposible no remontarse a la personalidad excepcional de Enrique Gaviola. Hombre de sólidas convicciones democráticas, con inclinaciones socialistas, ese científico que, como vimos, había logrado desentrañar en 1946 la constitución de la bomba atómica, guardada como un secreto absoluto por las grandes potencias, no había vacilado en dirigirse el 14 de enero de 1931 al Presidente de facto, general Uriburu, para reclamar una política educativa a tono con los desafíos de los tiempos.
Le hace llegar un estudio sobre el problema universitario argentino y dice: ..."me propongo solicitar al Excmo. Señor Presidente tenga a bien disponer el envío de unos veinte estudiantes de los primeros años de nuestras universidades a cursar estudios completos en las mejores universidades del mundo. Estos estudiantes y los que se enviarían en años sucesivos, serían los llamados a renovar el profesorado de la universidad a su vuelta, y resolverían todos nuestros problemas académicos"
Entre 1945 y 1947 desplegó una actividad infatigable. Mariscotti señala que dirigía el Observatorio Nacional de Córdoba, presidía la Asociación Física Argentina y era activo investigador científico. "Aún así –asevera – su máximo afán fue lograr la materialización de sus proyectos para colocar a la Argentina en un escaño superior en la ciencia mundial y encontró tiempo para ello. Planes, memoranda, programas de acción, cartas (a veces más de una docena por día) se apilan en los archivos de aquellos años".
Gaviola propiciaba además invitar a trabajar en la Argentina a los hombres de ciencia que, en la posguerra, pudieran sentirse oprimidos por las restricciones impuestas a sus investigaciones por razones de seguridad ante la rivalidad existente entre las grandes potencias en pugna.
"Su venida puede significar una revolución industrial, científica y cultural para el país. Para que vengan es necesario darles seguridad económica, medios de trabajo y libertad científica a través de un organismo capaz de inspirarles confianza. Tal organismo podría ser una Comisión Nacional de Investigaciones, formada por los pocos hombres de ciencia activos de reputación internacional con que cuenta el país, que dispusieran de suficiente autoridad y recursos", sostiene.
La propuesta del físico, fundada en su visión y en su pragmatismo, que le hace superar prejuicios políticos e ideológicos, encontraría correspondencia en la estrategia desplegada por Juan Perón al crear la Comisión Nacional de Energía Atómica y, al ser éste desplazado del poder por el golpe militar de 1955, en la infatigable labor y el talento organizador de Alberto Houssay, quien daría nacimiento en 1958 al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).
En 1956 la India era uno de los países más pobres y sumergidos del mundo. Fue el momento en que su líder, Jawaharlal Nehru se vio enfrentado a una encrucijada angustiosa: ¿Debía volcar los escasos recursos disponibles a repartir algo más de comida a sus masas hambrientas o, en cambio, utilizarlos para impulsar el desarrollo de la educación científica y tecnológica, para que una nueva elite catapultara a la nación hacia niveles compatibles con un futuro mejor?
Su decisión quedó plasmada en un mensaje que dejó a sus compatriotas, donde resumía su percepción estratégica:
"Cuando hablamos de planear, tenemos que pensar desde el punto de vista tecnológico, porque es el crecimiento de la ciencia y la tecnología lo que ha permitido al hombre crear riquezas que nadie hubiera soñado jamás. Esto es lo que ha hecho a otros países ricos y prósperos, y es tan sólo mediante el avance tecnológico como habremos de crecer y convertirnos en una nación próspera y rica; no hay otro camino... De allí que, si la India ha de progresar, tendrá que avanzar en la ciencia y la tecnología; la India tendrá que emplear las técnicas más modernas, sin perder de vista, claro está, el hecho de que al hacerlo, el período intermedio, que es inevitable, no debe causar infelicidad ni miseria... Pero el hecho es que nuestra pobreza se debe a nuestro atraso en la ciencia y la tecnología, y en la medida que corrijamos ese atraso, crearemos no sólo riquezas sino también empleos"
Ya en la década de los años 90 del siglo pasado, el plan de Nehru había dado sus frutos. La India ocupaba el cuarto lugar mundial por el número de sus científicos e ingenieros que laboraban en un conjunto de institutos científicos que figuran entre los mejores del mundo. La jerarquía de sus hombres en las matemáticas puras, en el Instituto Tata, y en la ciencia nuclear, en el Centro de Investigaciones Atómicas Bhabha, eran un claro ejemplo de lo alcanzado.
La continuidad de las políticas propuestas por Nehru a su país posibilitó que en la actualidad la India surja como una nueva gran potencia emergente del siglo XXI y que la imagen de los intocables, la casta despreciada y marginada, se vea substituida hoy por la aparición de una clase media de 300 millones de personas incorporadas al circuito del consumo y del desarrollo, en constante crecimiento.
Una de las virtudes de los estadistas es observar los síntomas precursores de los cambios históricos que tienen sus profetas en los intelectuales que marcan rumbos en sus líneas de pensamiento. Entre quienes han dejado una huella contundentes de su paso figura Peter Drücker, un austríaco que desplegó su enorme talento renacentista en los Estados Unidos. Filósofo, economista, docente, consultor y organizador de empresas, desplegó una infatigable labor anunciando el nacimiento de una nueva era. En "La Gran Ruptura", cuya edición mejicana data de l969, sostenía que las nuevas industrias que modificarían el curso de la humanidad, estaban fundadas en el conocimiento, "que ha llegado a convertirse en el recurso central de la economía", pero aclaraba que "el conocimiento como factor de producción o de productividad todavía es desconocido para el economista". Drücker postuló la necesidad de una teoría que determine la eficacia del conocimiento y, especialmente, de la educación, concebida como disciplina de la producción y distribución sistemática del conocimiento. Y abordó el dilema que se le había presentado a Nehru: "Necesitamos poder relacionar el capital del conocimiento que se necesita para producir desarrollo y, tal vez, también la forma en que se requiere esta capital; por ejemplo, si el dinero disponible debe gastarse en hacer que grandes cantidades de niños aprendan a leer y escribir o en producir un pequeño número de personas sumamente instruidas en las universidades"
En el último tercio del siglo XIX la dinastía Meiji transformó al Japón feudal, humillado por los barcos de guerra norteamericanos que impusieron la apertura de sus puertos, en una potencia industrial que ingresaba en la modernidad. Para lo cual eligió conferir absoluta prioridad a la educación general de su pueblo, terminando en pocas décadas con el analfabetismo y enviando a sus mejores estudiantes a absorber los conocimientos científicos y tecnológicos de Occidente. Un camino parecido tomaría un siglo más tarde China para convertirse en la superpotencia emergente del Tercer Milenio.
Drücker ofrece en su libro dos ejemplos poco conocidos, salvo para los estudiosos. Los estadistas nipones supieron convocar a su pueblo a una tarea común y lograron contar con dos excepcionales talentos empresarios, Yataro Iwasaki (1834-1885) y Eiichi Shibusawa (1840-1931). Entre los dos crearon los dos tercios de las empresas del Japón en los ramos de las industrias fabriles y el transporte. Iwasaki fundó el grupo industrial Mitsubishi y Shibusawa dio vida a más de 600 compañías industriales. El primero afirmaba que era necesario aumentar al máximo las ganancias y Shibusawa, en cambio, que se debía aumentar al máximo el talento.
Japón encaró su desarrollo combinando la manera de Iwasaki, movilizando hasta el último centavo disponible dentro del país, y las postulaciones de Shibusawa, atrayendo, adiestrando y movilizando cada gramo de energía humana.
Drücker calificó sus actuaciones como "muchísimo más espectaculares que las de Rotschild, Morgen, Krupp o Rochefeller" Esa conjunción de objetivos y patriotismo entre un Estado renovado y empresarios con visión y pasión nacional explican lo que luego sería proclamado con admiración "El milagro japonés"
A principios de la segunda mitad del siglo pasado, la Argentina tenía cifras de producción per capita similares a las del Japón derrotado en la Segunda Guerra Mundial y se preparaba para el despegue económico. Pero el golpe militar de 1955 quebró esa tendencia e inauguró un período en el que la influencia de factores externos la retrotrajo, paulatinamente, a la condición semicolonial que caracterizó gran parte de su vida política desde la declaración de su independencia de España.
La llamada Revolución Libertadora se ocupó de bloquear el desarrollo industrial argentino, impidió la instalación definitiva de Mercedes Benz en el país, que optó por radicar las plantas en el Brasil, y acusó a los técnicos alemanes incorporados a la implantación de nuevas tecnologías de ser nazis, circunstancias que aprovechó la India para armar con ellos una moderna industria aeronáutica y espacial.
El Instituto Schiller de los Estados Unidos publicó en 1986 un estudio denominado "La integración iberoamericana", en el que sus coordinadores, el ingeniero Jorge Bazúa Rueda, de México, el físico Dr. Uwe Henke Parpart, de Alemania, y el economista estadounidense Dennis Small, afirman:
"José Martínez de Hoz, ministro de Economía del gobierno de Jorge Rafael Videla, es quien le hizo más daño a la economía argentina. Durante su régimen, de 1976 a 1981, Martínez de Hoz contrajo una enorme deuda. La deuda ascendió de 9.600 millones de dólares en 1977 a 43.600 millones en 1982: un incremento de 34.000 millones. De ese incremento, 30.000 millones son dólares "no registrados"; es decir, que no se pueden identificar como fondos que alguna vez entraron al país"
No obstante el desarrollo tecnológico e industrial que caracterizó el período 1943-1955 y la capacitación de su mano de obra, enriquecida con el aporte de una valiosa inmigración europea en la posguerra, la Argentina no encontró en la clase dirigente política y empresarial que asumió el poder a partir de entonces, una estrategia puesta al servicio de un esfuerzo científico y de investigaciones básicas similar al de la India y Japón.
El estudio en cuestión señala que después de la crisis agrícola de 1952, que retrasó el desarrollo económico del país, "el Segundo Plan Quinquenal del gobierno peronista especificó un claro programa de desarrollo de la industria pesada, con especial énfasis en el acero, la metalurgia y la industria química, lo cual ofrecía la posibilidad de iniciar un auge sin precedentes en el crecimiento global de la industria. Entre 1953 y 1955, la producción industrial acusó un aumento del 21,2 %, un promedio de más del 10 % anual. La inflación, que en 1951 y 1952 había sido del 35 %, descendió a 8,3 % y 3,6 % en 1953 y 1954, respectivamente. Con una década más de gobierno peronista, orientado en este mismo sentido, probablemente la Argentina hubiera podido alcanzar un nivel de desarrollo comparable al de los países europeos, realizando cabalmente su potencial para abrir el camino hacia la plena industrialización de toda Iberoamérica"
Los autores no vacilan en señalar las causas de que ese propósito se viera frustrado. Y la razón fundamental estriba en la deposición del gobierno en 1955: "La decisión de derrocar a Perón se tomó antes de que pudiera realizarse ese potencial, y antes de que se arraigaran sus propuestas de integración regional"
En "La Argentina Posindustrial" (edición financiada por Industrias Metalúrgicas Pescarmona S.A. en 1981) el ingeniero Dante Walter Gamba analiza el estancamiento argentino y propone retomar la estrategia de desarrollo científico y tecnológico, "uniendo la esperanza de todos en la convicción de trabajar juntos, duro y fuerte, para que la Argentina pueda volver a ser una potencia mundial a la altura de Canadá, como estábamos en 1916, puesta en ese lugar por los arquitectos de la década del 80 (del siglo XIX)..."
Con palabras que tienen especial resonancia en
estos días, el autor dice: "Será necesario luchar y superar
la paralización, ya primigenia, provocada por el conformismo o fatalismo
que nos invade y el refugio en la burocracia indiferente, con su vida cómoda
sin riesgos, arrastrando una trivial mediocridad para devolver la convicción
de que estamos en un país rico en bienes naturales, la confianza en nuestras
fuerzas soterradas en el espíritu por décadas negativas, y volver
al orgullo de ser argentinos, al anhelo de realizarse con el más alto
nivel de calidad de vida, asumiendo los riesgos y enfrentando el devenir seguros
de resolver con éxito los desafíos"
Gamba, que ha sido presidente de la sección argentina de The Institute
of Electrical and Electronics Engineers,Inc., miembro fundador y asesor científico
de la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales y profesor de Ciencias
Políticas en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA, afirma
que "no se trata de imaginar algo nuevo, irreal, sino de movilizar con
coraje, convicción y la verdad, en la forma más sencilla posible,
lo que ya contamos..."
En coincidencia con los especialistas del Instituto Schiller, recalca que existe una ruptura en el progreso de los países, separando aquellos que pudieron investigar y desarrollar nuevas tecnologías en la frontera del conocimiento y aplicarlas a la producción industrial, con los que continuaron siendo productores de materias primas, dando por resultado una gran acumulación de riquezas, porque las sociedades avanzadas compraban las materia primas baratas y vendían los productos elaborados muy caros. Se había producido una brecha tecnológica que sustancialmente marca la línea que separa las naciones ricas de las subdesarrolladas.
La incipiente industria surgida durante la Primera Guerra Mundial fue barrida por la agresividad de los países industriales, que influyeron para que no se estableciera una defensa con los derechos aduaneros, de manera que ellos pudieron vender los productos conforme a sus intereses, observa el autor. Quien nos informa: "Fue así como los perfiles de hierro y demás elementos primarios costaban más caros que una máquina agrícola terminada. Todos los fabricantes tuvieron que transformarse en representantes extranjeros o desaparecer"
No soslaya Dante Walter Gamba el fenómeno de globalización que ya percibía con perspicacia:
"Las alianzas, permanentes o temporarias, de las grandes empresas multinacionales se han extendido en tal forma , de hecho, sin acuerdos gubernamentales, y por arriba de las fronteras y continentes, sin protocolos políticos o diplomáticos, sin necesidad del consenso público ni de ningún poder legislativo o judicial, sin darle intervención a la prensa libre, con capacidad de decisión individual propia, autoritaria y en el momento, sin dejar de ser sólo un grupo de civiles, están logrando iniciar una cierta integración mundial como jamás pudo lograrlo un acuerdo político racional e inteligente"
Y agrega luego: "Ellos son los expertos en mercado, los directores de inversiones, los que dominan las posibilidades tecnológicas e industriales, los que tienen la información anticipada, los que mueven los hilos de la publicidad masiva, los que conocen la flexibilidad de la condición humana"
INTERFERENCIAS IDEOLÓGICAS Y TECNOLOGICAS
Observa, asimismo, que en las modernas sociedades industriales la concepción del Estado y la gestión real de éste sufre una doble interferencia; la primera, de orden ideológico y la segunda, tecnológico. El mundo ha llegado a una etapa en que el disponer de la información necesaria, en el momento oportuno, tiene más importancia que disponer de un ejército bien pertrechado. Y quien no tiene un nivel tecnológico adecuado, carece del acceso eficiente a las fuentes de información. Está, por así decirlo, inerme.
Los gobiernos de las sociedades tecnológicamente avanzadas sólo subsisten como tales en la medida en que logren asegurar y movilizar el potencial científico-técnico de que dispone la comunidad. Y a su vez ese potencial moviliza a la sociedad entera, ya sea por medios directos o indirectos, por sobre cualquier tipo de interés individual o de grupo.
El potencial científico y tecnológico en su casi totalidad ha sido publicado o presentado en congresos internacionales, de manera que puede usarlo aquél que tenga capacidad informática; esto es, capacidad de acumular informaciones, ordenarlas, procesarlas y transmitirlas en el momento y lugar necesarios.
De su vasta experiencia en congresos y reuniones internacionales, Gamba ha sacado algunas conclusiones que guían su prédica pública:
La globalización del planeta al servicio de los intereses de los grandes grupos financieros y económicos ha cumplido en la historia varias etapas de colonialismo. El ingeniero Gamba las enumera: la geográfica, la económica y la tecnológica. De la primera se pasó a la segunda cuando se descubrió que era demasiado caro ocupar un territorio para extraer un rendimiento económico, porque había que mantener a la población y resolver los problemas mínimos sociales, de infraestructura y de seguridad militar.
Era más barato darle independencia política para comprarle su materia prima a bajo costo y venderle productos industriales caros sin asumir conflictos sociales. Esto también se superó: ahora es negocio venderles conocimientos, capacidad administrativa, intelectualidad u objetos complejos de computación, telecomunicaciones, informática, aeronaves y de similares niveles tecnológicos.
Uno de los fenómenos propios de la edad contemporánea es la enorme influencia de las ideologías. Las ideologías pueden ir desde ser sólo meras ilusiones, novelas sociales, o propaganda perversa, dice Gamba, hasta ser un acto pre-científico, un nuevo punto de partida que rejuvenece las alternativas y las perfecciona.
Una ideología permite distinguir los canales para que una clase social o un partido político llegue al gobierno, conquiste el poder, pero inmediatamente después de estar en él se inicia una dinámica enfrentando los problemas prácticos no previstos por las ideologías, y el gobernante está obligado a una acción política determinada por situaciones anteriores, de las cuales no es autor.
La colonización cultural propia de la globalización pone a disposición de los centros de poder mundiales el uso de las ideologías como instrumento para alejar a los pueblos pobres de las estrategias políticas concretas y concertadas para la búsqueda de su liberación. Hemos apreciado de qué manera el poder mediático y las clases intelectuales adscriptas al proyecto de dominación mundial ejercido por la plutocracia, han infiltrado en el espíritu de la gente la convicción de que el neoliberalismo es el único camino para la humanidad. Sin embargo, las críticas al sistema surgen desde todas partes del mundo. No solamente desde los intelectuales que asumen la defensa de los derechos de los pueblos marginados por la globalización; también desde los centros mismos del imperio financiero.
Walter Lippmann sostuvo al promediar el siglo pasado que "la palabra liberalismo no es más que un ornamento marchitado que evoca los sentimientos más dudosos". Y aunque partidario de la libertad, se ocupaba de aclarar que no defendía la libertad de los monopolios y de los trusts gigantes. Por el contrario, hablaba de la necesidad de sanear los mercados, asegurar la libertad de las transacciones y, sobre todo, la libertad de oportunidades. Definía la sociedad libre de esta manera:
"Una sociedad libre es una sociedad en la que las desigualdades de los hombres, de sus retribuciones y de sus posiciones sociales no se deben a causas intrínsecas ni artificiales, a la coacción física, a privilegios legales, a prerrogativas particulares, a fraudes, a abusos y a la explotación"
Todas estas causas se conjugan prácticamente en la sociedad mundial globalizada, cuyo resultado es la imposición de condiciones que sumen a la mayoría de los pueblos en la pobreza, la miseria y la marginalidad.
A pesar de que este panorama parece tan claro para un observador imparcial, no solamente las minorías privilegiadas, sino las mayorías ingenuas, pérfidamente manipuladas, compraron en la década de los años 90 el espejismo neoliberal e ingresaron con optimismo en el supuesto sendero idílico que conducía al paraíso del Primer Mundo, cuando en realidad transitaban el brete que conducía al sacrificio de su porvenir.
En la historia de América Latina se ha dado una constante que Gamba describe de esta manera: ..."después de cada revolución hay un surgimiento del capitalismo internacional, un deterioro de nuestra propia estructura productiva y consecuente pérdida en la capacidad de decisión interna. Se incrementa la dependencia externa y se entra en un retorno a la tradición limitadora de país agrícola e importador de productos manufacturados"
El movimiento militar de 1976 no escapa a esa regla y el regreso a la vida institucional no significó cambio alguno; por el contrario, incrementó el proceso de recolonización del país que llegó a su culminación con el gobierno de Carlos Saúl Menem y su impúdica doctrina de las "relaciones carnales".
Dos fuerzas que invocaban su antagonismo ideológico, derecha e izquierda, en realidad servían a los objetivos del poder internacional. En lugar de tener como prioridad absoluta los intereses nacionales, privilegiaban sus anteojeras ideológicas. José Ortega y Gasset, en "La Rebelión de las Masas", en la década de los años treinta percibió con claridad el drama contemporáneo: "Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de hemiplejía moral. Además, la persistencia de estos calificativos contribuye a falsificar más aún la realidad del presente, como lo demuestra el hecho de que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías"
El domingo 20 de julio de 2003, un breve y clarividente comentario de Enrique Valiente Noallies, publicado en La Nación, apeló a la conmovedora muerte de dos hermanas siameses iraníes que prefirieron afrontar ese riesgo antes que pasar el resto de su vida encadenadas por la carne, para exponer el enigmático drama histórico de los argentinos:
"Como aquellas siamesas son, en el fondo, la izquierda y la derecha. Se trata de dos personalidades diferentes, fatalmente unidas a un mismo cuerpo social. Cuando se intenta extirpar de ese cuerpo algunas de estas formas de expresión, se genera una operación sangrienta y potencialmente mortal, como ocurrió en el pasado" "... El 90% de lo que hay que hacer en la Argentina carece de ideología y pertenece al sentido común. ¿Qué ideología hay que tener para erradicar la pobreza y la marginalidad? ¿Qué ideología es necesaria para recrear las oportunidades de trabajo? ¿Qué ideología es necesaria para poner la máxima prioridad en la educación? Hasta tanto, pidamos a las siameses que dejen de lado todo sueño y todo intento de mutua extirpación"
¿Será posible remontar la curva de la decadencia de todos los valores nacionales y sociales que hemos protagonizado? ¿Podremos, a partir de movilizar nuestros recursos humanos y naturales, sin prestar oídos a los "gurúes" locales que nos transmiten los consejos de los grupos de poder internacionales, instalarnos nuevamente en el orgullo de ser protagonistas de nuestro destino? ¿Sentiremos, como en ese año de 1951, que tenemos a nuestro alcance un destino de grandeza y que alcanzarlo depende, fundamentalmente, de nosotros mismos?
La respuesta no es sencilla. Pero no faltan antecedentes que nos hacen abrigar esperanzas, si no certezas. Cada vez que las circunstancias nos obligaron a "vivir con lo nuestro", el país respondió movilizando todas sus reservas y superó los desafíos. Podríamos apelar a las estadísticas surgidas durante las dos guerras mundiales, en las que la Argentina quedó aislada de las grandes potencias. Pero, incluso, el ingeniero Gamba nos traslada en el tiempo al inicio del siglo XIX, en plena lucha por la Independencia. Corría el año 1814 y allá en Mendoza, decidido a aplicar su estrategia de atacar al imperio español por la espalda, apelando a trasladar su ejército a través de los Andes, José de San Martín moviliza todo el potencial de una pequeña población, olvidada por el gobierno de la lejana Buenos Aires, empeñado en luchas civiles. Es una empresa aparentemente descabellada, imposible. Civiles y militares, varones y mujeres, jóvenes y ancianos, todo el mundo se convierte en una creativa y poderosa maquinaria productiva, que utiliza los recursos de la región. Con la cooperación de fray Luis Beltrán, se instala la primera industria pesada del país. Fue así que en 1816 se concreta el milagro: el Ejército de los Andes, surgido de la nada, está totalmente equipado con obuses, cañones de distinto calibre, sillas de montar, botas, mochilas, municiones y explosivos, logrados por la gente de la provincia y el empuje de un auténtico estadista y líder social. Todo se hizo sin créditos externos, sin importar nada de lo que faltaba y a pesar del abandono del gobierno central.
En todos los documentos del movimiento de la independencia la palabra América era referida a la América Española, dando por sentado que la unidad y fraternidad de los americanos debía prevalecer sobre el patronímico de cada país. Es que existía una suerte de "mercado común de la libertad, que comprendía a toda la región hispanoamericana para luchar por la independencia y consolidarla. Dentro de ese espacio geopolítico circulaban los ejércitos, los recursos financieros y los dirigentes políticos e intelectuales, sin que importara la geografía de donde procedieran. Los criollos se llamaban a menudo entre sí "paisanos".
Si en las escuelas y universidades iberoamericanas se enseñara la historia común, con la misma prolijidad con que se imparte la de Grecia y Roma, sabríamos que Francisco Miranda auspiciaba en sus dichos la constitución de una gran nación desde el Mississippi – que regaba grandes extensiones entonces pertenecientes a México – hasta la Patagonia. Proponía denominarla "Colombia".
San Martín dirigió una proclama a los peruanos, desde Santiago de Chile, en la que aconsejaba la unión de Argentina, Chile y Perú en un Congreso General. Y en ese mismo año 1818, O´Higgins expresaba la idea de una confederación americana. Dos años antes, ya Belgrano, al hablar ante el Congreso de Tucumán calificaba a los asistentes de "representantes de las Provincias Unidas de Sudamérica".
En realidad estas expresiones habían tenido un precedentes el 27 de abril de 1810, cuando la Junta de Caracas, una semana después de rechazar la autoridad de España, se dirigió a todos los ayuntamientos de las capitales del continente, invitándolos a participar en "la gran obra de la confederación americana española"
Sin dudas el gran propulsor de la integración fue Simón Bolívar. Todos sus documentos públicos, desde los primeros datados en 1812 hasta la reunión del Congreso de Panamá en 1826, insistió en la necesidad de trabajar para la "reunión de toda la América Meridional bajo un cuerpo de Nación". Consideraba que de esa manera se defendería la independencia recién conquistada, como contrapeso al poderío de la república anglosajona del Norte y se crearía el centro donde se trazarían las relaciones de las nuevas naciones con el resto del mundo.
En las instrucciones para la Conferencia de Panamá, Bolívar dijo:
"Esta Confederación no debe formarse simplemente sobre los principios de una alianza ordinaria para ofensa y defensa...; es necesario que la nuestra sea una sociedad de naciones hermanas, separadas por ahora y en el ejercicio de su soberanía por el curso de los acontecimientos humanos, pero unidas, fuertes y poderosas para sostenerse contra las agresiones del poder extranjero..."
Contra ese propósito de los libertadores hispanoamericanos conspiraban Inglaterra y los Estados Unidos. Este último país, a despecho de sus publicitadas invocaciones a los derechos humanos y a la libertad de las naciones, se empeñó en boicotear activamente la eventual constitución de la Gran Colombia y la Capitanía General de Guatemala (Centroamérica) transformando a esos países en insignificantes regiones económicas.
La política inglesa apuntó a sustituir el papel de metrópoli de España, con todas la ventajas y ninguna responsabilidad: forzó la apertura de los puertos al comercio internacional, principalmente inglés, para comprar materias primas a precio vil y exportar manufacturas caras. Las ciudades costeras se convirtieron en cabeceras de playa de los intereses británicos y factorías de la producción de materias primas regionales. Se destruyó de esa manera a la artesanía y a la pequeña industria de bienes de consumo, ya extraordinariamente prósperas y desarrolladas en las colonias españolas. El resultado fue la insurrección de las masas marginadas y hambreadas y el surgimientos de las guerras civiles entre los caudillos de la tierra y las oligarquías portuarias.
LAS "PEQUEÑAS GUERRAS INGLESAS"
Tal vez el caso más paradigmático de cómo el aislamiento de los centros internacionales de explotación genera las explosión del talento y la creatividad de las naciones periféricas y de cómo el imperio hace pagar el atrevimiento de aspirar a ser soberano es el del Paraguay del siglo XIX. Durante el medio siglo transcurrido desde que Gaspar Rodríguez de Francia se aísla del mundo (1814), hasta la Guerra de la TripleAlianza, promovida por Gran Bretaña y protagonizada por los gobierno liberales de Brasil, la Argentina y el Uruguay a partir de 1865, ese país se convierte en el más progresista de la América del Sur. Es el primero en construir un ferrocarril, en contar con telégrafo y en fundir mineral de hierro, a partir del cual proveía a la construcción de maquinarias y de armas para abastecer a sus fuerzas armadas. Fue necesaria una guerra fratricida, que diezmó a una población heroica, para retrotraer a Paraguay a su anterior condición de subdesarrollo, de la cual no ha logrado todavía reponerse.
En un ameno librito titulado "Pequeñas Guerras Británicas en América Latina" el periodista anglo-argentino Andrew Graham-Yooll (Editorial Legasa-1985) con el singular y por momentos displicente sentido del humor británico, hace un relato histórico que comienza con las incursiones de la piratería inglesa contra el imperio de España y se detiene en la información recogida sobre las intervenciones de su madre patria en la América del Sur, a partir de la independencia de estas tierras.
Desfilan por su trabajo la acción de los mercaderes británicos de esclavos, las compañías de mercaderes londinenses que financiaron las empresas imperialistas en Asia y América, las fracasadas incursiones en Buenos Aires en 1806 y 1807, incluyendo referencias a la amistosa sumisión de la oligarquía porteña ante el invasor, la guerra ganada al Brasil en 1826 y la presión inglesa para declarar la independencia de la Banda Oriental, la ocupación de las islas Malvinas por la fuerza en 1833, la primera guerra entre Chile, Bolivia y Perú en 1836, el bloqueo anglo-francés a Río de la Plata en 1845-50, el holocausto paraguayo bajo el edulcorado título de "Tragedia en Arcadia", varios episodios de la clásica "diplomacia de las cañoneras", primero contra Bolivia (1853-1867) y luego contra la Argentina (1870-1876), la Guerra del Pacífico promovida por los intereses ingleses de Valparaíso para conquistar el guano y el salitre del litoral boliviano (1879-1883) cuyas consecuencias se mantienen aún con el enclaustramiento de Bolivia y la enemistad latente entre dos pueblos, el bloqueo de las naves inglesas, alemanas e italianas a Venezuela para cobrar por la fuerza su deuda externa en 1902 y, tras un salto de casi un siglo, detenerse brevemente en "La última y más tardía de las pequeñas guerras": Malvinas.
Desarmar el poder nacional acumulado por el gobierno de Juan Domingo Perón les costó a Gran Bretaña y sus aliados locales – descendientes ideológicos de Saturnino Rodríguez Peña y los otros porteños que juraron lealtad a la Corona en 1806 – el lapso comprendido entre 1955 y 1983, año en que Raúl Alfonsín reinstaló formalmente la democracia liberal dependiente del poder internacional, labor cabalmente redondeada por Carlos Saúl Menem, uno de los personajes más nefastos que pasó por la Casa Rosada. Ambos son fieles representantes de una clase política mezquina, incapaz de imaginar una estrategia de despegue del país, ignorante de las problemática histórica argentina, desconocedora de las relaciones de poder a nivel mundial, sin la menor idea de las potencialidades naturales y humanas que podrían movilizarse para desplegar un sugestivo proyecto nacional, pero sobre todo carente de vocación de servicio y sumergida por una marea de corrupción generalizada.
El dilema que se plantea a los argentinos es, pues, ¿cómo revertir esta insoportable decadencia, estimular su castigada autoestima, convocar a los hombres y mujeres de bien y reconstruir el orgullo nacional? ¿Podremos reinstalarnos en el espíritu que predominaba ese 24 de marzo de 1951, cuando realmente la enorme mayoría de la población creía firmemente que la Argentina tenía su propio "Destino Manifiesto"?. Que no consiste en ser el gendarme y el mentor del mundo, como pretenden los Estados Unidos, sino la vanguardia de la independencia y la liberación de los pueblos iberoamericanos.
CAPITULO III
Perón propone en 1951 crear la Confederación Sudamericana a Getulio Vargas y Carlos Ibáñez. Integración regional y autosuficiencia. Argentina, un país esquizofrénico: nacionales y cosmopolitas. Replanteo del equilibrio de poder en el mundo. Reconstruir el poder nacional.
El 20 de diciembre de 1951 Perón explicó en un artículo periodístico su visión del futuro que auguraba para los país de la América del Sur. Hoy sus palabras tienen una resonancia conmovedora para aquellos que no abandonan el sueño de la integración de los pueblos iberoamericanos. Un sueño que puede plasmarse en una estrategia capaz de modificar radicalmente la mezquina realidad que nos vemos forzados a vivir, a partir del momento en que el retorno del líder político se vio frustrado en su proyección por su muerte en 1974.
En los párrafos salientes de su exposición, dijo:
"...Ni Argentina, ni Brasil, ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza. Unidas forman, sin embargo, la más formidable unidad, a caballo sobre los dos océanos de la civilización moderna. Así podrían intentar desde aquí la unidad latinoamericana con una base operativa polifásica con inicial impulso indetenible.
Desde esa base podría construirse hacia el norte la Confederación Sudamericana, unificando en esa unión a todos los pueblos de raíz latina. ¿Cómo? Sería lo de menos, si realmente estamos decididos a hacerlo.
Si esa confederación se espera para el año 2000, qué mejor que adelantarnos, pensando que es preferible esperar en ella, a que el tiempo nos esté esperando a nosotros.
Sabemos que estas ideas no harán felices a los imperialista que "dividen para reinar". Pero para nosotros los peligros serán tan graves desde el instante en que la Tercera Guerra Mundial termine, que no hacerlo será un verdadero suicidio.
Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles. Si no estamos a la altura de nuestra misión , hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres. La fortuna nos ha de tender la mano. Quiera Dios que atinemos a asirnos de ella. Cada hombre y cada pueblo tienen la hora de su destino. Esta es la de los pueblos de estirpe latina.
Nosotros los argentinos, preparados, estamos listos y esperamos. Si arrojamos la primera piedra es porque estamos exentos de culpa"
Con la elección de Getulio Vargas a la presidencia del Brasil en octubre de 1950, y la de Carlos Ibáñez a la de Chile en 1952, surgió la oportunidad de instrumentar esa política de integración. Vargas era un viejo nacionalista e Ibáñez, que había vivido varios años en Buenos Aires, amigo personal de Perón, compartía su visión.
El político brasileño anunció su intención de reunirse con el argentino para firmar un acuerdo similar al que establecieron Perón e Ibáñez, a pesar de la violenta oposición de la izquierda chilena, encabezada por Salvador Allende, dando los primeros pasos para la integración regional. Pero esa reunión no llegaría a concretarse. Bajo presión angloamericana, en febrero de 1954 elementos militares brasileños obligaron a renunciar al ministro de Trabajo Joao Goulart, acusado de "peronista". Y en agosto de ese año, un manifiesto militar exigió la dimisión de Vargas. Este accedió, para luego "suicidarse", en un episodio sospechoso que la historia no ha logrado aún dilucidar. Un año más tarde un golpe militar organizado por Gran Bretaña, a mediados de 1955, derrocó al presidente Perón.
En 1972, el anciano líder argentino regresó a Buenos Aires para protagonizar un nuevo intento de desplegar su postergada estrategia política. Logró movilizar a las masas populares, incluyendo por primera vez a importantes sectores de la clase media y de la intelectualidad y estrechar en un abrazo histórico a su rival Ricardo Balbín, jefe de la Unión Cívica Radical, partido tradicionalmente opositor al justicialismo. Sin embargo, debió enfrentar la enemistad simultánea de grupos armados de izquierda y de los militares liberales herederos ideológicos de los jefes de la revolución de 1955.
Su muerte, el 1º de Julio de 1974, llevaría al país a una cruel lucha interna con millares de muertos y desaparecidos que beneficiaría en definitiva a las maquinaciones de los intereses imperiales que necesitaban dividir al país en dos bandos irreconciliables y de esa manera frustrar toda posibilidad de que la Argentina fuera promotora de la unidad sudamericana.
La siniestra manipulación ideológica, de la que son cómplices, conscientes o no, tanto los sectores de izquierda como los de derecha, ha colocado a los argentinos en una trampa maniquea de la que hasta ahora no han podido zafar.
Esta es una constante histórica; la Argentina es una suerte de país esquizofrénico, cuyas dos personalidades subsisten a través del tiempo, sucediéndose de manera periódica sin que una de ellas logre predominar de manera definitiva. Como sociedad es una suerte de tela de Penélope, que se teje y desteja al imperio de las circunstancias y siempre es, en definitiva, una obra inconclusa.
Carlos Urbán, un lúcido politólogo argentino, nos dice en su libro "La Crisis Argentina, crisis de poder" (Ediciones El Acuerdo – San Nicolás, 1991), que la sociedad argentina ha sufrido sucesivos procesos de centripetación y de centrifugación; Vale decir, de síntesis e integración el primero, y de confrontación y fractura, el segundo. A título ilustrativo y por necesidad de simplificación centra el primero de ellos en cuatro "Hombres-Historia": José de San Martín, el Libertador; Juan Manuel de Rosas, el unificador y organizador; Julio Argentino Roca, el institucionalizador y arquitecto del Proyecto del 80, y Juan Domingo Perón, su reformulador iberoamericanista.
En contraposición a esta línea, operó una fuerza centrífuga que privilegió la ideología por sobre las tareas concretas que la vertebración, organización y desarrollo del pueblo-nación argentino imponía a los hombres de Estado en momentos clave. La ideología en sí – observa Urbán – no es relevante; el arco se ha extendido desde la izquierda hasta la derecha; lo que importa es que ha obrado objetivamente como contradicción permanente de los objetivos estratégicos que la realidad imponía al país, en momentos decisivos de su marcha hacia la consolidación de su destino nacional. Como figuras paradigmáticas, señala a Bernardino Rivadavia, en el siglo XIX, y al almirante Isaac Rojas y José Alfredo Martínez de Hoz, en el vigésimo.
Esta lucha entre síntesis y fractura es eterna entre los pueblos emergentes y el orden imperial cristalizado del momento histórico en cuestión.
"En síntesis: en los pueblos madurados por la acción de la historia, el nacionalismo es un presupuesto de cualquier ideología que en ellos surja; en los que no transitan el tiempo otoñal de la sabiduría, ese presupuesto elemental debe aún aprehenderse y ese aprendizaje no lo dan las ideologías ni los ensueños primaverales, sino la vida. Esto no es fatal; innúmeros pueblos han desaparecido sin dejar rastros históricos por el hecho de no poder hacer el tránsito que una la infancia con la madurez", sostiene el autor.
Ya en 1991, Urbán percibía claramente los perfiles que asumía el proceso de occidentalización del mundo. La explosión científico-tecnológica y los grandes conglomerados empresarios surgidos desde las entrañas del "espíritu de occidente" estaban uniendo al planeta a través de una compleja red de intereses económicos y financieros. Fenómeno que hizo pensar a algunos estudiosos la posibilidad de estar transitando los tiempos de la postmodernidad y del "fin de la historia"
FORTALEZA Y DEBILIDAD DEL IMPERIO
En su guerra con el imperio soviético, apenas finalizada al volcar Urbán sus reflexiones, Estados Unidos venció, pero no integró a los pueblos de la periferia mundial. Por el contrario, los proletarizó más. Y ése ha sido su inevitable error histórico, pues sus aliados de ayer empezaron a dejar de serlo para convertirse en