Karl von Clausewitz: De La Guerra

La Editorial

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KARL VON CLAUSEWITZ


DE LA GUERRA
 

Edición electrónica: 2006


 

ClausewitzEl general prusiano Karl von Clausewitz, historiador especializado en temas bélicos y destacado profundizador del fenómeno de la guerra, nació en 1780 en Burg, cerca de Magdeburgo (Alemania). Hijo de un miembro del ejército de Federico el Grande, ingresó muy joven en la carrera de soldado. En 1801 siguió los cursos de la Academia Militar de Berlín, bajo la dirección del general Gerhard von Scharnhorst, gran reorganizador del ejército prusiano. Después fue nombrado ayudante de campo del príncipe Augusto de Prusia, junto al cual sirvió en el infortunado encuentro con las tropas de Napoleón en Jena (1806).

Caído en poder de los franceses, permaneció prisionero hasta 1809. Tras recuperar la libertad, actuó como profesor en la misma academia militar berlinesa donde había consolidado su experiencia, y con posterioridad asumió el cargo de jefe de sección del Ministerio de la Guerra alemán. En 1812 decidió formar parte del ejército ruso. Tan dramática iniciativa permite captar a las claras el concepto de la ética militar que Clausewitz poseía, pues la confrontación con su propio país no constituía para él más que el recurso de valerse de la guerra para liberar a aquél del dominio francés.

Federico Guillermo III se había visto obligado a someterse a la presión de Napoleón, y Prusia se había convertido en aliada forzosa de Francia. Clausewitz alimentaba la esperanza de que el zar Alejandro I redimiría a su nación de la atadura napoleónica, y esa expectativa fue la que le impulsó a ocupar el bando contrario a sus mismos compatriotas, con el fin de conseguir la anhelada liberación. En efecto, la batalla de Leipzig significó la extinción de la influencia francesa sobre Alemania, y él, tras escribir, por encargo de otra gran personalidad militar prusiana, el mariscal de campo August von Gneisenau, el libro La campaña de 1813 hasta el armisticio, se incorporó de nuevo, en 1814, al ejército prusiano, con el que pudo asistir a la batalla triunfal de Waterloo.

De 1816 a 1830 ejerció la dirección de la Academia Militar de Berlín, la cual sólo dejó para ocupar un cargo en el Estado Mayor alemán. Falleció en 1831 en Breslau, fulminado por el cólera, cuando contaba 51 años.

Su obra De la Guerra, que le procuraría la fama, tuvo una publicación póstuma, a instancias de su viuda. De la Guerra comprende ocho libros, de los que la edición que se ofrece recoge íntegramente los tres primeros.

De los libros IV y V se incluye un resumen del contenido, mientras que del libro VI, dedicado a La defensa, se reproducen los capitales capítulos I, II, III y XXVI, y se hace lo propio con el libro VII, relativo al Ataque, del que se incluye el capítulo XXII, no sin dar siempre noticia de lo omitido. Finalmente, del libro VIII, siguiendo la misma pauta, se ofrece el concluyente capítulo VI, en sus dos partes.

Presentamos aquí la parte más esencial de la obra de Clausewitz ya que la obra completa, en parte superaría nuestras actuales posibilidades de tiempo y dedicación y, en parte también, incluye cuestiones que difícilmente serían de interés para quien no es un militar profesional .

En este sentido, Clausewitz fue leído con provecho no sólo por militares. Lo demuestra su influencia sobre la concepción de la guerra que no sólo constituyó la base del pensamiento militar alemán, sino que fue tenida en cuenta por un pensador marxista como Engels, y luego por gerifaltes de la misma tendencia, como Lenin o Mao Zedong, en la delineación de su estrategia revolucionaria. No así por Stalin, quien, como vencedor de la Wehrmacht, no dudó en desecharla tajantemente.

Sea para militares o para políticos civiles, la vigencia de las doctrinas de Clausewitz no ha cesado de ponerse de manifiesto en los numerosos estudios especializados que se les han dedicado y en el hecho de que hayan contribuido a asentar los principios que conforman la teoría actual de la guerra.

 


INDICE

PREFACIO DEL AUTOR

LIBRO I Sobre la naturaleza de la guerra
Cap. I. ¿En qué consiste la guerra?
Cap. II. El fin y los medios en la guerra
Cap. III. El genio para la guerra
Cap. IV. Del peligro en la guerra
Cap. V. Del esfuerzo físico en la guerra
Cap. VI. La información en la guerra
Cap. VII. Las fricciones en la guerra
Cap. VIII. Consideraciones finales al libro I

LIBRO II Sobre la teoría de la guerra
Cap. I. Introducción al arte de la guerra
Cap. II. Sobre la teoría de la guerra
Cap. III. Arte de la guerra o ciencia de la guerra
Cap..IV. Metodología
Cap. V. Crítica
Cap. VI. De los ejemplos

LIBRO III Sobre la estrategia en general
Cap. I. La estrategia
Cap. II. Elementos de la estrategia
Cap. III. Las fuerzas morales
Cap. IV. Las principales potencias morales
Cap. V. Virtud militar de un ejército
Cap. VI. La audacia
Cap. VII. La perseverancia
Cap. VIII. La superioridad numérica
Cap. IX. La sorpresa
Cap. X. La estratagema
Cap. XI. Concentración de fuerzas en el espacio
Cap. XII. Concentración de fuerzas en el tiempo
Cap. XIII. Las reservas estratégicas
Cap. XIV. La economía de fuerzas
Cap. XV. El elemento geométrico
Cap. XVI. Sobre la suspensión de la acción en la guerra
Cap. XVII. Del carácter de la guerra moderna
Cap. XVIII. Tensión y reposo

LIBRO IV. El encuentro

LIBRO V. Las fuerzas militares

LIBRO VI. La defensa
Cap. I. Ataque y defensa
Cap. II. Las relaciones mutuas del ataque y la defensa en la táctica
Cap. III. Las relaciones mutuas del ataque y la defensa en la estrategia
Cap. XXVI. El pueblo en armas

LIBRO VII. El ataque
Cap. XXII. Sobre el punto culminante de la victoria

LIBRO VIII. Plan de una guerra
Cap. VI. A. Influencia del objetivo político sobre el propósito militar
Cap. VI. B. La guerra como instrumento de la política

EPÍLOGO. Clausewitz en la actualidad

 

 

 

PREFACIO DEL AUTOR

Hoy en día, el hecho de que el concepto de ciencia no se resume de manera única y esencial en un sistema o método de enseñanza no requiere sin duda ser puesto en claro.

En una primera impresión, en la presente exposición no se hallará ningún sistema y, en vez de un método definitivo de enseñanza, no se pondrá en evidencia sino un cúmulo de materiales reunidos.

La parte científica que le corresponde radica en la intención de poner a examen la esencia de los fenómenos que caracterizan la guerra, de demostrar de qué modo se vinculan con la naturaleza de las cosas. El autor no ha rehuido en todo caso establecer conclusiones filosóficas. Sin embargo, en el momento en que ha percibido que el hilo de su pensamiento se apartaba de su objetivo, ha preferido romperlo y relacionarlo más bien con los fenómenos que atañen a la experiencia. Porque de la misma manera que ciertas plantas no producen fruto más que cuando no experimentan una sobrecarga excesiva, se requiere que las hojas y las flores teóricas de las artes prácticas no crezcan demasiado, sino más bien relacionarlas con la experiencia, que es su ámbito natural.

Constituiría un error absoluto intentar servirse de los componentes químicos de un grano de trigo para estudiar la forma de una espiga: más fácil resulta acudir a los campos para ver allí las espigas ya formadas. Jamás la investigación y la observación, la filosofía y la experiencia deben menospreciarse o excluirse mutuamente: todas ellas encierran una garantía una para con la otra. Las proposiciones que se ofrecen en la presente obra y la estricta estructura de su necesidad interna tienen su fundamento en la experiencia o en el concepto mismo de la guerra, considerado desde el punto de vista externo, de tal modo que no se ven privadas de base.1 Quizá no resulte imposible establecer una teoría sistemática de la guerra, pródiga en ideas y de gran altura, pero el hecho cierto es que hasta el presente todas cuantas disponemos se apartan muy lejos de ese objetivo. Sin tomar en consideración el espíritu acientífico que las caracteriza, no constituyen más que un hatillo de trivialidades, lugares comunes y sandeces que pretenden ser coherentes y absolutas. De ello cabe hacerse una idea con la lectura del siguiente párrafo de un reglamento referido a casos de incendio, debido a Lichtenberg: «Cuando una casa es presa del fuego, ante todo hay que tratar de proteger el muro derecho del edificio de la izquierda; porque si se intentara, por ejemplo, proteger el muro de la izquierda del edificio de la izquierda, el muro de la derecha de la propia casa se encontraría a la derecha del muro de la izquierda, y como el fuego está a la derecha de ese muro y del muro de la derecha (porque suponemos que la casa está situada a la izquierda del incendio), el muro de la derecha estará más cerca del fuego que el de la izquierda y el muro de la derecha de la casa podría ser destruido por el fuego si no fuese protegido antes de que el fuego alcance el muro de la izquierda, que está protegido; en consecuencia, algo que no esté protegido podría ser destruido, y destruido más rápidamente que otra cosa, incluso aunque no estuviera protegido; por lo tanto es preciso abandonar aquél y proteger éste. Para representarse la cosa, debemos notar además: si la casa está a la derecha del incendio, es el muro de la izquierda y si la casa está a la izquierda, es el muro de la derecha.» Para no provocar el cansancio del lector, sin duda hombre de espíritu, con la relación de otras paparruchadas como ésta, y no restar sabor a lo que tengan de bueno, diluyéndoselo, el autor se ha inclinado a presentar, como si de pequeños granos de metal puro se trataran, las ideas que largos años de reflexión sobre la guerra, el trato con hombres inteligentes que la conocían y un considerable número de experiencias personales han hecho nacer y han quedado fijadas en su ánimo.

Este es el origen de los diferentes capítulos que forman este libro, cuya unidad podrá parecer débil, si bien confío en que no carecerán de cohesión interna. Tal vez no habrá que esperar mucho tiempo para ver cómo un espíritu superior al del autor sabe presentar, en lugar de estos granos dispersos, un conjunto fundido y exento de toda aleación.

 

 1)-  No es este, por lo general, el caso de los cronistas militares, sobre todo de aquellos cuyo propósito es tratar de manera científica la guerra. Sería suficiente hacer referencia a los numerosos ejemplos en los que el pro y el contra de los razonamientos se fagocitan unos a otros, hasta el punto de no restar ni la cola, como en el caso de la fábula de los leones.

 

LIBRO PRIMERO

SOBRE LA NATURALEZA DE LA GUERRA

 

Capítulo I
¿EN QUÉ CONSISTE LA GUERRA?

 

1. Introducción

Nos proponemos considerar, en primer lugar, los distintos elementos que conforman nuestro tema; luego las diversas partes o miembros que los componen y, finalmente, el todo en su íntima conexión. Es decir, iremos avanzando de lo simple a lo complejo. Pero en la cuestión que nos ocupa, más que en ninguna otra, será preciso comenzar con una referencia a la naturaleza del todo, ya que aquí, más que en otro lado, cuando se piensa en la parte debe pensarse simultáneamente en el todo.

2. Definición

No queremos comenzar con una definición altisonante y grave de la guerra, sino limitarnos a su esencia, el duelo. La guerra no es más que un duelo en una escala más amplia. Si quisiéramos concebir como una unidad los innumerables duelos residuales que la integran, podríamos representárnosla como dos luchadores, cada uno de los cuales trata de imponer al otro su voluntad por medio de la fuerza física; su propósito siguiente es abatir al adversario e incapacitarlo para que no pueda proseguir con su resistencia.

La guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad.

La fuerza, para enfrentarse a la fuerza, recurre a las creaciones del arte y de la ciencia.

Se acompañan éstas de restricciones insignificantes, que apenas merecen ser mencionadas, las cuales se imponen por sí mismas bajo el nombre de usos del derecho de gentes, pero que en realidad no debilitan su poder. La fuerza, es decir, la fuerza física (porque no existe una fuerza moral fuera de los conceptos de ley y de Estado) constituye así el medio; imponer nuestra voluntad al enemigo es el objetivo. Para estar seguros de alcanzar este objetivo tenemos que desarmar al enemigo, y este desarme constituye, por definición, el propósito específico de la acción militar: reemplaza al objetivo y en cierto sentido prescinde de él como si no formara parte de la propia guerra.

3. Caso extremo del uso de la fuerza

Muchos espíritus dados a la filantropía podrían fácilmente imaginar que existe una manera artística de desarmar o abatir al adversario sin un excesivo derramamiento de sangre, y que esto sería la verdadera tendencia del arte de la guerra. Se trata de una concepción falsa que debe ser rechazada, pese a todo lo agradable que pueda resultar. En temas tan peligrosos como es el de la guerra, las falsas ideas surgidas del sentimentalismo son precisamente las peores. Siendo así que el uso de la fuerza física en su máxima extensión no excluye en modo alguno la cooperación de la inteligencia, el que se sirva de esta fuerza sin miramiento ni recato ante el derramamiento de sangre habrá de obtener ventaja sobre el adversario, siempre que éste no actúe del mismo modo. Así, cada uno justifica al adversario y cada cual impulsa al otro a adoptar medidas extremas, cuyo límite no es otro que el contrapeso de la resistencia que le oponga el contrario.

Forzosamente tenemos que darle al tema este enfoque, ya que tratar de ignorar como elemento constitutivo la brutalidad porque despierta repugnancia significaría una tentativa inútil o algo peor.

Si las guerras entre naciones civilizadas son presuntamente menos crueles y destructoras que las que enfrentan a unas no civilizadas, la razón estriba en la condición social de los Estados considerados en sí mismos y en sus relaciones recíprocas. La guerra estalla, adquiere sus rasgos y limitaciones y se modifica de acuerdo con esa condición y sus circunstancias. Pero tales elementos no constituyen una parte de la guerra, sino que existen por sí mismos. En la filosofía de la guerra no se puede introducir en absoluto un principio modificador sin acabar cayendo en el absurdo.

En las luchas entre los hombres intervienen en realidad dos elementos dispares: el sentimiento hostil y la intención hostil. Hemos elegido el último de ellos como rasgo distintivo de nuestra definición porque es el más general. Es inconcebible que un odio salvaje, casi instintivo, exista sin una intención hostil, mientras que se dan casos de intenciones hostiles que no van acompañados de ninguna hostilidad o, por lo menos, de ningún sentimiento hostil que predomine. Entre los seres salvajes prevalecen las intenciones de origen emocional; entre los pueblos civilizados, las determinadas por la inteligencia. Pero tal diferencia no reside en la naturaleza intrínseca del salvajismo o de la civilización, sino en las circunstancias en que están inmersos, sus instituciones, etc. Por lo tanto, no existe indefectiblemente en todos los casos, pero prevalece en la mayoría de ellos. En una palabra, hasta las naciones más civilizadas pueden inflamarse con pasión en un odio recíproco.

Vemos, pues, cuán lejos nos hallaríamos de la verdad si atribuyéramos la guerra entre hombres civilizados a actos puramente racionales de sus gobiernos, y si concibiésemos aquélla como un acto libre de todo apasionamiento, de tal modo que en definitiva no tendría que ser necesaria la existencia física de los ejércitos, sino que bastaría una relación teórica entre ellos, o lo que podría ser una especie de álgebra de la acción.

La teoría empezaba a orientarse en esta dirección cuando los acontecimientos de la última guerra nos hicieron ver un camino mejor (La guerra que enfrentó a Alemania con Napoleón. N. del Ed.) . Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emociones están necesariamente implicadas en ella. Si las emociones no son las que dan origen a la guerra, ésta ejerce, sin embargo, una acción de carácter mayor o menor sobre ellas, y la intensidad de la reacción depende no del estado de la civilización, sino de la importancia y la permanencia de los intereses hostiles.

Por lo tanto, si constatamos que los pueblos civilizados no liquidan a sus prisioneros, no saquean las ciudades ni arrasan los campos, ello se debe a que la inteligencia desempeña un papel importante en la conducción de la guerra, y les ha enseñado a aquéllos a aplicar su fuerza recurriendo a medios más eficaces que los que pueden representar esas brutales manifestaciones del instinto.

La invención de la pólvora y el perfeccionamiento constante de las armas de fuego muestran por sí mismos, de manera suficientemente explícita, que la necesidad inherente al concepto teórico de la guerra, la destrucción del adversario, no se ha visto en modo alguno debilitada o desviada por el avance de la civilización. Reiteramos, pues, nuestra afirmación: la guerra es un acto de fuerza, y no hay un límite para su aplicación. Los adversarios se justifican uno al otro, y esto redunda en acciones recíprocas llevadas por principio a su extremo. Es esta la primera acción recíproca que se nos presenta y el primer caso extremo con que nos encontramos.

4. El objetivo es desarmar al enemigo

Hemos afirmado que el desarme del enemigo es el propósito de la acción militar, y ahora conviene mostrar que esto es necesariamente así, por lo menos en teoría. Para que al oponente se so meta a nuestra voluntad, debemos colocarlo en una tesitura más desventajosa que la que supone el sacrificio que le exigimos. Las desventajas de tal posición no tendrán que ser naturalmente transitorias, o al menos no tendrán que parecerlo, pues de lo contrario el oponente tendería a esperar momentos más favorables y se mostraría remiso a rendirse. Como resultado de la persistencia de la acción militar, toda modificación de su posición tiene que conducirlo, por lo menos teóricamente, a posiciones todavía menos ventajosas. La peor posición a la que puede ser conducido un beligerante es la del desarme completo. Por lo tanto, si hemos de obligar por medio de la acción militar al oponente a cumplir con nuestra voluntad, tenemos o bien que desarmarlo de hecho, o bien colocarlo en tal posición que se sienta amenazado por la posibilidad de que lo logremos. De ahí se desprende que el desarme o la destrucción del adversario (sea cual fuere la expresión que escojamos) debe consistir siempre el objetivo de la acción militar.

Pero no cabe considerar la fuerza como la acción de una fuerza viva sobre una masa inerte (el aguante absoluto no sería guerra en modo alguno), sino que es siempre el choque entre dos fuerzas vivas. En ese sentido, lo que hemos afirmado sobre el objetivo último de la acción militar es aplicable a uno y otro bando. De nuevo nos hallamos aquí ante una acción recíproca. Mientras no haya derrotado a mi oponente, tengo que albergar el temor de que sea él quien pueda derrotarme. Por tanto, no soy ya dueño de mí mismo, sino que aquél me justifica, al tiempo que yo lo justifico a él. Es esta la segunda acción recíproca que conduce a un segundo caso extremo.

5. Caso extremo de la aplicación de las fuerzas

Si queremos abatir a nuestro oponente, tenemos que regular nuestro esfuerzo de acuerdo con su poder de resistencia. Tal poder se pone de manifiesto como producto de dos factores indisolubles: la magnitud de los medios con que el oponente cuenta y la fuerza de su voluntad. Será posible calcular la magnitud de los medios de que dispone, ya que ésta se basa en números (aunque no del todo); pero la fuerza de la voluntad no se deja medir tan fácilmente y sólo en forma aproximada, por la fortaleza del motivo que la impulsa. Si mediante esta apreciación lográramos calcular de manera razonablemente aproximada el poder de resistencia de nuestro oponente, podríamos regular nuestros esfuerzos de acuerdo con dicho cálculo y estar en disposición de intensificarlos para obtener una ventaja o bien extraer de ellos el máximo resultado posible, en caso de que nuestros medios no fueran suficientes como para asegurarnos esa ventaja. Pero nuestro oponente procederá del mismo modo, y a tenor de ello se produce entre nosotros una nueva puja que, desde el punto de vista de la teoría pura, nos conduce una vez más a un punto extremo. Es la tercera acción recíproca que se presenta, y el tercer caso extremo con el que nos encontramos.

6. Modificaciones en la práctica

En el ámbito abstracto de las concepciones puras, el pensamiento reflexivo no descansa hasta alcanzar el punto extremo, porque es con casos extremos con los que tiene que enfrentarse, con un conflicto de fuerzas libradas a sí mismas y que no obedecen a otra ley que la propia. Por lo tanto, si pretendemos deducir de la concepción puramente teórica de la guerra un propósito absoluto, que podamos tener presente, así como los medios a poner en uso, estas acciones recíprocas mantenidas de forma continua nos conducirán a extremos que no serán más que un juego de la imaginación elaborado por el encadenamiento apenas entrevisto de sutilezas de la lógica. Si, al ceñirnos estrechamente a lo absoluto, pretendemos librarnos de una tacada de la totalidad de las dificultades, y con rigor lógico insistimos en estar preparados para ofrecer en toda ocasión el máximo de resistencia y aportar el máximo de esfuerzo, esa intención derivará en una simple norma carente de valor y sin aplicación en la práctica.

Asimismo, en el supuesto también de que ese máximo de esfuerzo sea una cantidad absoluta, fácilmente determinable, habremos de admitir no obstante que no resulta fácil que la mente humana se someta al dominio de esas elucubraciones. En muchos casos, el resultado redundaría en un derroche inútil de fuerza que se vería limitado por otros principios del arte de gobernar. Esto requeriría un esfuerzo desproporcionado en relación con el objetivo a fijar, devenido de imposible realización. Efectivamente, la voluntad del hombre no extrae nunca su fuerza de las sutilezas lógicas.

Todo cambia de aspecto, empero, al pasar del mundo abstracto a la realidad. En la abstracción, todo permanecía supeditado al optimismo; era preciso concebir que ambos campos no sólo se inclinarían por la perfección, sino también por lograr conseguirla.

¿Sucede esto siempre en la práctica? Las condiciones para ello tendrían que ser las siguientes:

1. Que la guerra fuera un hecho totalmente aislado; que se produjera de improviso, y sin conexión con la previa vida política.

2. Que el conflicto bélico dependiera de una decisión única o de varias decisiones simultáneas.

3. Que su decisión fuera definitiva y que la consecuente situación política no fuera tenida en cuenta ni influyera sobre ella.

 

7. La guerra nunca constituye un hecho aislado 

Al referirnos al primero de estos puntos hemos de recordar que ninguno de los dos oponentes es para el otro un ente abstracto, ni aun considerándolo como factor de la capacidad de resistencia, que no depende de algo externo, o sea, de la voluntad. Tal voluntad no constituye un hecho totalmente desconocido; lo que ha sido hasta hoy nos indica lo que puede ser mañana. La guerra nunca estalla de improviso ni su preparación tiene lugar en un instante. De ese modo, cada uno de los oponentes puede, en buena medida, formarse una opinión del otro por lo que éste realmente es y hace, y no por lo que teóricamente debería ser y hacer. Sin embargo, debido a su imperfecta organización, el hombre suele mantenerse por debajo del nivel de la perfección absoluta, y así estas deficiencias, inherentes a ambos bandos, se convierten en un principio reductor.

8. La guerra no consiste en un golpe insostenido

El segundo de los tres puntos enumerados nos sugiere las observaciones que siguen.

Si el resultado de la guerra dependiera de una decisión única, o de varias decisiones tomadas simultáneamente, los preparativos para esa decisión o para esas decisiones diversas deberían ser llevados hasta el último extremo. Nunca podría recuperarse una oportunidad perdida; la sola norma que podría aportarnos el mundo real para los preparativos a efectuar sería, en el mejor de los casos, la medida de los preparativos que lleva a cabo nuestro oponente, o lo que de ellos alcanzáramos a conocer, y todo lo demás tendría que quedar de nuevo relegado al terreno de la abstracción. Si la decisión consistiera en varios actos sucesivos, cada uno de éstos, con las circunstancias que lo acompañan, podría suministrar una norma para los siguientes y, así, el mundo real ocuparía el lugar del mundo abstracto, modificando, de acuerdo con ello, la tendencia hacia el extremo.

Sin embargo, si toda guerra tuviese que limitarse indefectiblemente a una decisión única o a una serie de decisiones simultáneas, si los medios disponibles para la beligerancia fueran puestos en acción a un tiempo o pudieran serlo de este modo, una decisión adversa tendería a reducir estos medios, y, de haber sido éstos todos empleados o agotados en la primera decisión, no habría porqué pensar en que se produjera una segunda. Todas las acciones bélicas que pudieran producirse después formarían, en esencia, parte de la primera, y sólo constituirían su persistencia.

Pero tal como hemos visto, en los preparativos para la guerra el mundo real ocupa el lugar de la idea abstracta, y una medida real el lugar de un caso extremo hipotético. Cada uno de los oponentes, aunque no fuera por otra razón, se detendrá por tanto, en su acción recíproca, alejado del esfuerzo máximo y no pondrá en juego al mismo tiempo la totalidad de sus recursos.

Sin embargo, la naturaleza misma de tales recursos, y de su mismo empleo, torna imposible su entrada en acción simultánea. Estos recursos comprenden las fuerzas militares propiamente dichas, el país, con su superficie y su población, y los aliados.

El país, con su superficie y su población, no sólo constituye la fuente de las fuerzas militares propiamente dichas, sino que es, en sí mismo, también una parte integrante de los factores que actúan en la guerra, aunque sólo sea aquel que proporciona el teatro de operaciones o tiene marcada influencia sobre él.

Ahora bien, los recursos militares móviles pueden ser puestos en funcionamiento simultáneamente, pero esto no concierne a las fortalezas, los ríos, las montañas, los habitantes, etc., en una palabra, al país entero, a menos que éste sea tan pequeño que la primera acción bélica lo afecte totalmente. Además, la cooperación de los aliados no es algo que depende de la voluntad de los beligerantes, y con frecuencia resulta, por la  misma naturaleza de las relaciones políticas, que no se hace efectiva sino con posterioridad, cuando de lo que se trata es restablecer el equilibrio de fuerzas alterado.

Más adelante intentaremos explicar con todo detalle que esta parte de los medios de resistencia que no puede ser puesta en acción a un tiempo es, en muchos casos, una parte del total mucho más grande de lo que podría pensarse y que, por lo tanto, es capaz de restablecer el equilibrio de fuerzas, aun cuando la primera decisión se haya producido con gran violencia y aquél haya sido alterado seriamente. Por ahora bastará con dejar sentado que resulta contrario a la naturaleza de la guerra el que todos los recursos entren en juego al mismo tiempo. Esto, en sí mismo, no tendrá que ser motivo para disminuir la intensidad de los esfuerzos en la toma de decisión de las acciones iniciales. Ya que un comienzo desfavorable significa una desventaja a la cual nadie querría exponerse por propia voluntad, dado que, si bien la primera decisión es seguida por otras, mientras más decisiva resulte aquélla, mayor será su influencia sobre las que la sigan. Pero el hombre suele eludir el esfuerzo excesivo amparándose en la posibilidad de que se produzca una decisión subsiguiente y, por lo tanto, no concreta ni pone en acción todos sus recursos a efectos de la primera decisión, en la medida en que hubiera podido hacerlo de no mediar aquella circunstancia. Lo que uno de los oponentes no hace por debilidad se convierte para el otro en base real y motivo para reducir sus propios esfuerzos y, así, de resultas de esta acción recíproca, la tendencia hacia el caso extremo conduce una vez más a efectuar un esfuerzo limitado.

9. La guerra, con su resultado, no es nunca algo absoluto

Finalmente, tengamos en cuenta que la decisión final de una guerra no siempre es considerada como absoluta, sino que el estado derrotado a menudo ve en ese final un mal transitorio al que cabe encontrar remedio en las circunstancias políticas posteriores. Es evidente que también esto minora, en gran medida, la violencia de la tensión y la intensidad del esfuerzo.

10. Las probabilidades de la vida real ocupan el lugar de lo extremo y absoluto de la teoría

Así, todo el acto de la guerra deja de estar sujeto a la ley estricta de las fuerzas impulsadas hacia el punto extremo. Dado que no se teme ni se busca ya el caso extremo, se deja que la razón determine en vez de ello los límites del esfuerzo, y esto sólo puede ser llevado a cabo de acuerdo con la ley de las probabilidades, por deducción de los datos que suministran los fenómenos del mundo real. Si los dos oponentes no son ya abstracciones puras sino estados o gobiernos individuales, y si la guerra no es ya un desarrollo ideal de los acontecimientos, sino uno determinado de acuerdo con sus propias leyes, entonces la situación real suministra suficientes datos como para determinar lo que se espera, la incógnita que tiene que ser despejada.

De acuerdo con las leyes de la probabilidad, por el carácter, las instituciones, la situación y las circunstancias que definen al oponente, cada bando extraerá sus conclusiones respecto de cuál será la acción del contrario y, a tenor de ello, determinará la suya propia.

11. El objetivo político asume de nuevo el primer plano

Requiere ahora de nuevo nuestra atención un tema que habíamos obviado, o sea, el que se refiere al objetivo político de la guerra. Hasta ahora, esto había sido absorbido, por así decir, por la ley del caso extremo, por el intento de desarmar y abatir al enemigo.

El objetivo político de la guerra debe aflorar nuevamente a un primer plano a medida que la ley pierde su vigor y la posibilidad de realizar aquel intento se aleja. Si toda la consideración es un cálculo de probabilidades tomando como base unas personas y unas circunstancias determinadas, el objetivo político, como causa original, tiene que asumir el papel de factor esencial en este proceso. Cuanto menor sea el sacrificio que exijamos de nuestro oponente, debemos esperar que sean tanto más débiles los esfuerzos que haga para realizar ese sacrificio. Sin embargo, cuanto más débil sea su esfuerzo, tanto menor podría ser el nuestro. Por añadidura, cuanto menor sea nuestro objetivo político, tanto menor será el valor que le asignaremos y tanto más pronto estaremos dispuestos a dejarlo a su arbitrio. Por ello, también por ello nuestros propios esfuerzos serán más débiles.

Así, el objetivo político, como causa original de la guerra, será la medida tanto para el propósito a alcanzar mediante la acción militar como para los esfuerzos necesarios para cumplir con ese propósito. En sí misma, esa medida no puede ser absoluta, pero, ya que estamos tratando de cosas reales y no de simples ideas, lo será en relación con los dos Estados oponentes. Un mismo objetivo político puede originar reacciones diferentes, en diferentes naciones e incluso en una misma nación, en diferentes épocas. Por lo tanto, cabe dejar que el objetivo político actúe como medida, siempre que no olvidemos su influencia sobre las masas a las que afecta. Corresponde considerar, por tanto, también la naturaleza de estas masas. Será fácil comprobar que las consecuencias pueden variar en gran medida según que la acción resulte fortalecida o debilitada por el sentimiento de las masas. En dos naciones y estados pueden producirse tales tensiones y tal cúmulo de sentimientos hostiles que un motivo para la guerra, insignificante en sí mismo, puede originar, no obstante, un efecto totalmente desproporcionado con su naturaleza, como es el de una verdadera explosión.

Esto resulta cierto en relación con los esfuerzos que el objetivo político pueda exigir en uno y otro estado y en relación con el fin que pueda asignarse a la acción militar.

Algunas veces puede convertirse en ese fin, por ejemplo, cuando se trata de la conquista de cierto territorio. Otras, el objetivo político no se ajustará a la necesidad de proporcionar un fin para la acción militar y en tales casos tendremos que recurrir a una elección de ese tipo, capaz de servir de equivalente y de ocupar su lugar para firmar la paz. Pero también en estos casos siempre se presupone que tiene que guardarse la consideración debida al carácter de los estados interesados. Hay circunstancias en las que el equivalente debe tener mucha más importancia que el objetivo político, si es que éste ha de ser alcanzado por su mediación. Cuanto mayor sea la indiferencia presente en las masas y menos grave la tensión que se produzca en otros terrenos tanto de los dos estados como en sus relaciones, mayor será el objetivo político, como norma y por su propio carácter decisorio. Hay casos en los que, casi por sí mismo, constituye el factor determinante.

Si el fin de la acción militar se erige en equivalente del objetivo político, aquélla disminuirá, en general, en la medida en que lo haga el objetivo político. Más evidente resultará esto mientras más claro aparezca el objetivo. Así se explica por qué razón, sin  que exista contradicción interna, pueden producirse guerras de todos los grados en importancia e intensidad, desde la de exterminio a la simple vigilancia armada. Pero ello nos conduce a una cuestión de otro tipo, que deberemos analizar y explicitar.

12. La suspensión de la acción militar no se ha explicado hasta ahora

¿Es posible que una acción militar pueda ser suspendida, aun por un momento, sea cual fuere el carácter y la medida de las reclamaciones políticas hechas por cualquiera de los dos bandos, sea cual fuere la debilidad de los medios puestos a disposición, o sea cual fuere la futileza del fin perseguido por esa misma acción? Es esta una pregunta que atañe a la esencia misma del tema.

Cada acción requiere para su realización cierto tiempo, que es lo que llamamos persistencia. Esta puede ser más larga o más corta, según quienes actúen en ella se muestren más o menos rápidos en sus movimientos.

No vamos a detenernos aquí en esto. Cada cual realiza las cosas a su manera, pero lo cierto es que la persona lenta no actúa lentamente porque quiera emplear más tiempo, sino porque, debido a su propia naturaleza, necesita más tiempo, y si hubiera de hacerlo con mayor rapidez no lo haría tan bien. En consecuencia, ese tiempo depende de las causas subjetivas, o queda reflejado en la duración real de la acción.

Si a cada acción de la guerra se le reconoce una duración, tenemos que admitir, por lo menos al pronto, que todo gasto de tiempo más allá de esa duración, o, lo que es lo mismo, cualquier suspensión de la acción militar, parece ser absurda. En relación con ello, tendremos que recordar siempre que la cuestión no se centra en el progreso de uno u otro de los oponentes, sino en el progreso de la acción militar como un todo.

13. Existe únicamente una causa que puede suspender la acción, y esto parece ocurrir siempre tan sólo en un solo bando

Si dos bandos se han armado para la lucha, tiene que existir un motivo hostil que los haya impulsado a hacerlo. Así, pues, mientras se mantengan en pie de guerra, es decir, mientras no hagan la paz, este motivo permanecerá presente y sólo dejará de actuar en cualquiera de los dos oponentes por una sola razón, la de que se prefiere esperar un momento más favorable para la acción. Obviamente esta razón sólo puede surgir en uno de los dos bandos, debido a que, por su propia naturaleza, se opone diametralmente a la del otro. Si a uno de los que ejercen la jefatura le conviene actuar, al otro le convendrá esperar.

Un equilibrio cabal de fuerzas no puede producir jamás una interrupción de la acción, porque una tal suspensión supondría necesariamente la minoración de iniciativa del que tenga el propósito positivo, es decir, el atacante.

Pero de concebir un equilibrio en el que quien asume la finalidad positiva, y por tanto el motivo más poderoso, es al mismo tiempo quien dispone de menor número de fuerzas, de manera que la ecuación surgiría del producto de las fuerzas y de los motivos, aun así tendríamos que afirmar que si no se vislumbra un cambio en este estado de equilibrio, ambos bandos tienen que firmar la paz. Pero de vislumbrar un cambio, éste redundaría en  favor de uno de los bandos solamente y, por la misma razón, el otro se vería obligado a actuar. Constatamos, por tanto, que la idea de un equilibrio no puede justificar una suspensión de las hostilidades, pero sirve para fundamentar la espera de un momento más favorable. Por ejemplo, supongamos que uno de los dos estados oponentes tiene un propósito positivo, o sea, el de conquistar un territorio del adversario que podría ser usado como moneda de cambio en la negociación de la paz. Lograda esa conquista, se ha alcanzado el objetivo político; la acción ya no resulta necesaria y cabe tomarse un descanso. Si el oponente acepta el resultado, deberá firmar la paz; en caso contrario, debe actuar. Si en ese momento cree que en un período de tiempo determinado se encontrará en mejores condiciones para hacerlo, entonces cuenta con razones suficientes como para posponer su acción.

Pero desde ese momento, la necesidad de actuar parece por lógica recaer en su oponente, a fin de no darle tiempo al que se halla en desventaja para que se prepare para la acción. Todo ello, por descontado, en el supuesto de que tanto uno como otro bando tengan un conocimiento cabal de las circunstancias.

14. La acción militar tendría de este modo una continuidad que de nuevo impulsaría todo hacia una situación extrema

Si la acción militar estuviera realmente dotada de esa continuidad, todo sería empujado de nuevo hacia el caso extremo. Porque, además de que tal actividad sostenida enconaría aún más los sentimientos e impregnaría al todo de un mayor apasionamiento y un mayor grado de fuerza elemental, también haría surgir, en la continuidad de la acción, un encadenamiento aún más fuerte de acontecimientos y una conexión causal más consecuente entre ellos. En consecuencia, cada acción llegaría a ser más importante y, por lo tanto, más peligrosa.

Pero la experiencia nos dice que la acción militar rara vez, o nunca, presenta esta continuidad, y que en muchas guerras la acción asume la menor parte del tiempo, mientras que la inactividad ocupa el resto. Esto quizá no siempre constituya una anomalía.

La suspensión de la acción militar debe ser posible, es decir, no implica una contradicción. Que esto es así y por qué ocurre así, lo mostraremos a continuación.

15. Surge aquí por tanto la evidencia de un principio de polaridad

Al suponer que los intereses de uno de los que ejercen la jefatura son siempre diametralmente opuestos a los del otro, dejamos sentada la existencia de una verdadera polaridad. Más adelante dedicaremos todo un capítulo a este principio, pero mientras tanto nos parece oportuno hacer una observación con referencia a ello.

El principio de polaridad sólo es válido si, como tal, es la misma cosa, en la que lo positivo y su contrario, lo negativo, se destruyen mutuamente. En una batalla, cada uno de los bandos oponentes desea vencer, lo que constituye una verdadera polaridad, porque la victoria del uno resulta la derrota del otro. Pero si nos referimos a dos cosas diferentes entre las que exista una relación común objetiva, no serán las cosas, sino sus relaciones, las que posean polaridad.

16. El ataque y la defensa son cosas de clase distinta y de fuerza desigual. Debido a ello no pueden ser objeto de polaridad

Si sólo existiera una forma de guerra, digamos la que corresponde al ataque del enemigo, no habría defensa; ello es tanto como decir que si hubiera de distinguirse al ataque de la defensa sólo por el motivo positivo que el uno posee y del que la otra carece, si los métodos de lucha fueran siempre invariablemente los mismos, en tal empeño, cualquier ventaja de un bando tendría que representar una desventaja equivalente para el otro, existiendo entonces una verdadera polaridad.

Pero la acción militar adopta dos formas distintas, la de ataque y la de defensa, que son muy diferentes y de fuerza desigual, como mostraremos más adelante con detalle. La polaridad reside, pues, en que ambos bandos guardan una relación, como es la decisión, pero no en el ataque o en la defensa mismos. Si uno de los comandantes en jefe deseara posponer la decisión, el otro debería desear acelerarla, pero, por supuesto, solamente en la misma forma de conflicto. Si a A le interesara no atacar a su oponente inmediatamente, sino cuatro semanas más tarde, el interés de B se centraría en ser atacado inmediatamente y no cuatro semanas más tarde. Se trata de una oposición directa; pero no se desprende necesariamente de ello que a B le beneficie atacar a A de inmediato. Evidentemente, es algo muy distinto.

17. El efecto de la polaridad es anulado a menudo por la superioridad que muestra la defensa sobre el ataque.

Ello explica la suspensión de la acción militar Si la forma de defensa se muestra más fuerte que la de ataque, como vamos a demostrar, se plantea la cuestión de saber si la ventaja de una decisión diferida es tan grande para el bando que se apresta a atacar como la de la defensa lo es para el otro.

Cuando no lo es, no puede esa ventaja, mediante su contrario, superar éste e influir de ese modo en el curso de la acción militar. Comprobamos, por lo tanto, que la fuerza impulsiva inherente a la polaridad de intereses puede ser anulada por la diferencia existente entre la fuerza del ataque y la de la defensa, y dejar así de tener eficacia.

Por lo tanto, si el bando para el cual el momento presente es favorable se muestra demasiado débil hasta el punto de renunciar a la ventaja de permanecer a la defensiva, debe resignar se a afrontar un futuro menos favorable. Porque puede ser mejor librar un combate defensivo en un futuro desfavorable que uno defensivo en el momento presente, o que entablar la paz. Al estar convencidos de que la superioridad de la defensa (correctamente entendida) es muy grande, mucho más de lo que al pronto podría parecer, se explica la notable proporción que ocupan en la guerra los períodos carentes de acción, sin que esto implique necesariamente una contradicción. Cuanto más débiles sean los motivos para la acción, tanto más serán neutralizados por esa diferencia entre el ataque y la defensa. Por lo tanto, la acción militar será impulsada con harta frecuencia a una pausa, que es en realidad lo que nos muestra la experiencia.

18. Una segunda causa reside en el conocimiento imperfecto de la situación 

Todavía existe otra causa que puede suspender la acción militar, y es la del conocimiento imperfecto de la situación. Cada comandante en jefe sólo tiene un conocimiento personal exacto de su propia posición y no conoce la de su adversario más que por informes inciertos. Puede cometer errores de interpretación y, como consecuencia de ello, puede llegar a creer que la iniciativa corresponde a su oponente, cuando en realidad le corresponde a él mismo. Esta merma de conocimientos podría, en verdad, dar lugar tanto a acciones inoportunas como a inoportunas inacciones, y contribuir por sí misma a causar tanto retrasos como aceleramientos en la acción militar.

Pero siempre deberá ser considerada como una de las causas naturales que, sin que implique una contradicción subjetiva, puede llevar a la acción militar a un estancamiento.

Así como consideramos, sin embargo, que por lo general nos sentimos más inclinados e inducidos a deducir que la fuerza de nuestro oponente es demasiado grande antes que demasiado pequeña, ya que hacerlo así es propio de la naturaleza humana, tendremos que admitir también que el conocimiento imperfecto de la situación en general deberá contribuir sensiblemente a detener la acción militar y a perturbar los principios en que se basa su dirección.

La posibilidad de una pausa introduce una nueva reducción en la acción militar, diluyéndola, por así decir, en el factor tiempo, lo que corta el avance del peligro y aumenta la capacidad de restablecer el equilibrio de fuerzas. Cuanto más grandes sean las tensiones que han determinado la explosión de la guerra y cuanto mayor sea, en consecuencia, la energía que se imprime a esta última, más breves serán los períodos de inacción; cuanto más débil sea el sentimiento hostil, más largos serán aquéllos. En efecto, los motivos más poderosos acrecientan nuestra fuerza de voluntad y ésta, como se sabe, constituye siempre un factor, un producto de nuestras fuerzas.

19. Los períodos frecuentes de inacción alejan aún más a la guerra del ámbito de la teoría absoluta y la convierten todavía más en un cálculo de probabilidades.

Cuanto mayor sea la lentitud con que se desarrolle la acción militar y cuanto más largos y frecuentes sean los períodos de inacción, tanto más fácilmente se podrá rectificar un error. El comandante en jefe se aventurará a ampliar sus suposiciones y al propio tiempo se mantendrá con mayor holgura por debajo del punto extremo que preconiza la teoría, y basará todas sus deducciones en la probabilidad y la conjetura. En consecuencia, el curso más o menos pausado de la acción militar dejará más o menos tiempo para aquello que la naturaleza de la situación concreta reclame por sí misma, es decir, un cálculo de probabilidades acorde con las circunstancias que concurran en el caso.

20. El azar es el único elemento que falta para hacer de la guerra un juego, y es de este elemento del que menos carece

Lo que se ha expuesto hasta aquí nos ha mostrado cómo la naturaleza objetiva de la guerra hace de ella un cálculo de probabilidades. Ahora sólo se requiere un elemento más para considerarla como un juego, y ciertamente ese elemento no le falta en absoluto: es el azar. Ninguna actividad humana guarda una relación más universal y constante con el azar como la guerra. El azar, juntamente con lo accidental y la buena suerte, desempeña un gran papel en la guerra.

21. Tanto por su naturaleza subjetiva como por su naturaleza objetiva, la guerra se convierte en un juego

Si reparamos ahora en la naturaleza subjetiva de la guerra, o sea, en las fuerzas necesarias para llevarla a cabo, se nos mostrará todavía más como un juego. El elemento dentro del cual se mueve la acción bélica es el peligro; pero ¿cuál es, en el peligro, la cualidad moral que predomina? El valor. Este es por cierto compatible con el cálculo prudente, pero el valor y el cálculo son distintos por naturaleza y pertenecen a ámbitos dispares del espíritu. Por otro lado, la osadía, la confianza en la buena fortuna, la intrepidez y la temeridad son todas manifestaciones del valor, y tales esfuerzos del espíritu tienden hacia lo accidental, porque es su propio elemento.

Vemos, pues, que, desde el principio, el factor absoluto, el llamado matemático, no cuenta con ninguna base segura en los cálculos del arte de la guerra. De entrada nos hallamos ante un juego de posibilidades y de probabilidades, de buena y de mala suerte, que hace acto de presencia en todos los hilos, grandes o pequeños, de su trama y es el responsable de que, de todas las ramas de la actividad humana, sea la guerra la que más se parece a un juego de cartas.

22. Cómo esto concuerda mejor, en general, con el espíritu humano

Aunque nuestro entendimiento se siente por lo general inclinado a asentarse en la certeza y la claridad, nuestro espíritu es preso a menudo de la incertidumbre. En lugar de abrirse camino de la mano de la inteligencia por el estrecho sendero de la investigación filosófica y de la deducción lógica, prefiere moverse con lentitud, con la imaginación puesta en el dominio del azar y de la suerte, a fin de llegar, casi de modo inconsciente, a un terreno donde se siente extraño y donde todos los objetos que le son familiares parecen abandonarlo. En lugar de sentirse aprisionado, como en el primer caso, por la necesidad elemental, goza ahora de toda una gama de posibilidades. Extasiado, el valor alza el vuelo, y la osadía y el peligro se convierten en el elemento al que aquél se precipita, del mismo modo que un nadador audaz se arroja a la corriente.

¿Tiene la teoría que abandonar aquí ese punto y seguir satisfecha hasta establecer reglas y conclusiones absolutas? Si es así no tiene una aplicación práctica. La teoría debe tener en cuenta el elemento humano y destinar el lugar que les corresponde al valor, al arrojo e incluso a la temeridad. El arte de la guerra tiene que vérselas con fuerzas vivas y morales, de donde se deriva que lo absoluto y lo seguro le resultan inaccesibles; siempre queda un margen para lo accidental, tanto en las cosas grandes como en las pequeñas. Así como por un lado aparece ese elemento accidental, por el otro el valor y la confianza en uno mismo deben hacer acto de presencia y llenar el hueco abierto. Cuanto mayor sea el valor y la confianza en uno mismo, más grande será el margen que cabe dejar para lo accidental. Por lo tanto, el valor y la confianza en uno mismo son elementos absolutamente esenciales para la guerra. Y en consecuencia, la teoría sólo debe formular aquellas reglas que ofrezcan un libre campo de acción para esas virtudes militares más necesarias y esclarecidas, en todos sus grados y variaciones. Hasta en la osadía hay sabiduría y prudencia, pero su apreciación responde a una escala diferente de valores.

23. La guerra sigue siendo todavía un medio serio para alcanzar un objetivo serio

Así es la guerra, así el jefe que la dirige y así la teoría que le atañe. Pero la guerra no constituye un pasatiempo, ni una simple pasión por la osadía y el triunfo, ni el fruto de un entusiasmo sin límites; es un medio serio para alcanzar un fin serio. Todo el encanto del azar que exhibe, todos los estremecimientos de pasión, valor, imaginación y entusiasmo que acumula, son tan sólo propiedades particulares de ese medio.

La guerra entablada por una comunidad ––la guerra entre naciones enteras ––, y particularmente entre naciones civilizadas, surge siempre de una circunstancia política, y no tiene su manifestación más que por un motivo político. Es, pues, un acto político.

Ahora bien, si en sí misma fuera un acto completo e inalterable, una manifestación absoluta de violencia, como hubo que deducir considerándola en su concepción pura, en cuanto se pusiera de manifiesto por medio de la política ocuparía el lugar de ésta y, como algo completamente independiente de ella, la descartaría y sólo se regiría por sus propias leyes. Algo parecido a lo que ocurre cuando se acciona una mina y no puede variarse su rumbo hacia otra dirección como no sea la marcada en el ajuste previo. Hasta ahora, también en la práctica esto ha sido considerado de esta forma, siempre que la carencia de armonía entre la política y la conducción de la guerra ha llevado a distinciones teóricas de esta naturaleza. Pero tal idea es básicamente falsa. Como hemos visto, la guerra, en el mundo real, no es un acto extremo que libera su tensión mediante una sola descarga; es una acción de fuerzas que no se desarrollan en todos los casos de la misma forma y en la misma proporción, pero que en un momento preciso llegan a un extremo suficiente como para vencer la resistencia que les oponen la inercia y la fricción, mientras que a la par son demasiado débiles para producir efecto alguno. La guerra constituye, por así decir, un embate regular de violencia, de mayor o menor intensidad y vehemencia, y que, a consecuencia de ello, libera las tensiones y agota las fuerzas de una forma más o menos rápida o, en otras palabras, conduce al objetivo propuesto con mayor o menor rapidez. Pero siempre tiene una duración suficiente como para ejercer, durante su transcurso, una influencia sobre ese objetivo, de modo que puede hacerlo cambiar en uno u otro sentido.

En definitiva, puede durar lo suficiente como para estar sujeta a la voluntad de una inteligencia directora. Si es cierto que la guerra tiene su origen en un objetivo político, resulta que ese primer motivo, que es el que la promueve, constituye, de modo natural, la primera y más importante de las consideraciones que deben ser tenidas en cuenta en la conducción de la guerra. Pero el objetivo político no se convierte, por ello, en una regla despótica. Debe adaptarse a la naturaleza de los medios a su disposición, y, de ese modo, cambiará a menudo por completo. Pero siempre deberá ser considerado en primer término. La política, por lo tanto, asumirá un papel en la acción total de la guerra, y ejercerá una influencia continua sobre ella, hasta donde lo permita la naturaleza de las fuerzas explosivas que contiene.

24. La guerra es una mera continuación de la política por otros medios

Vemos, pues, que la guerra no constituye simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de ésta por otros medios. Lo que resta de peculiar en la guerra guarda relación con el carácter igualmente peculiar de los medios que utiliza. El arte de la guerra en general, y el  jefe que la conduce en cada caso particular, pueden determinar que las tendencias y los planes políticos no encierren ninguna compatibilidad con estos medios. Esta exigencia no resulta baladí; pero, por más que se imponga poderosamente en casos particulares sobre los designios políticos, debe considerársela siempre sólo como una modificación de esos designios, ya que el propósito político es el objetivo, mientras que la guerra constituye el medio, y nunca el medio cabe ser pensado como desposeído de objetivo.

25. Naturaleza diversa de las guerras

Cuanto más intensos y poderosos sean los motivos y las tensiones que justifiquen la guerra, más estrecha relación guardará ésta con su concepción abstracta. Cuanto más encaminada se halle en la destrucción del enemigo, tanto más coincidirán el propósito militar y el objetivo político, y la guerra aparecerá más como puramente militar y menos como política. Pero cuanto más débiles sean las motivaciones y las tensiones, la tendencia natural del elemento militar, o sea la tendencia a la violencia, coincidirá menos con las directrices políticas; por tanto, cuanto más se aparte la guerra de su trascendencia natural, mayor será la diferencia que separa el objetivo político del propósito de una guerra ideal, y mayor apariencia tendrá la guerra de ser política.

Pero con el fin de impedir que el lector llegue a conclusiones erróneas, es preciso hacer notar que por esa tendencia natural de la guerra entendemos solamente la tendencia filosófica, estrictamente lógica, y de ningún modo la de las fuerzas que realmente intervienen en el conflicto, hasta el punto de que, por ejemplo, deberíamos incluir todas las emociones y pasiones de los combatientes. Es cierto que éstas pueden, en muchos casos, ser avivadas hasta tal extremo que sólo con dificultad cabrá mantenerlas reducidas al campo político; pero por lo general no se plantea esta contradicción, porque la existencia de emociones tan fuertes implica también la elaboración de un gran plan que las englobe. Si este plan se dirige tan sólo hacia un objetivo vano, la agitación emotiva de las masas será tan débil, que en todo caso necesitará ser alentada antes que contenida.

26. Todas las guerras tienen que ser consideradas como actos políticos

En relación con nuestro tema principal, podemos apreciar que, si bien es verdad que en cierta clase de guerras la política parece haber desaparecido por completo, mientras que en otras aparece de forma bien definida, cabe afirmar, sin embargo, que unas son tan políticas como las otras. Efectivamente, si consideramos la política como la inteligencia del Estado personificado, entre las combinaciones de circunstancias que deben ser tenidas en cuenta en los cálculos debemos incluir aquella en que la naturaleza de las circunstancias provoca una guerra de la primera clase. Pero si el término política no es entendido como un conocimiento amplio de la situación, sino como la idea convencional de una añagaza cautelosa, astuta y hasta deshonesta, contraria a la violencia, es en este caso cuando el último tipo de guerra correspondería, más que el primero, a la política.

27. Consecuencias de este punto de vista para la comprensión de la historia de la guerra y para los fundamentos de la teoría 

En primer lugar vemos, pues, que en toda circunstancia tiene que considerarse a la guerra no como algo independiente, sino como un instrumento político. Tan sólo si adoptamos este punto de vista podremos evitar caer en contradicción con toda la historia de la guerra y hacer una apreciación inteligente de su totalidad. En segundo lugar, este mismo punto de vista nos muestra cómo pueden variar las guerras de acuerdo con la naturaleza de las motivaciones y de las circunstancias de las cuales aquéllas surgen.

El primer acto de discernimiento, el mayor y el más decisivo que llevan a cabo un estadista y un jefe militar, es el de establecer correctamente la clase de guerra en la que están empeña dos y no tomarla o convertirla en algo diferente de lo que dicte la naturaleza de las circunstancias. Este es, por lo tanto, el primero y el más amplio de todos los problemas estratégicos. Más adelante, en el capítulo referente a la planificación de la guerra, procederemos a examinarlo con mayor detención.

Contentémonos por ahora con haber expuesto el tema y establecido, al hacerlo, el punto de vista principal desde el cual deben ser examinadas tanto la guerra como su teoría.

28. Conclusión para la teoría

La guerra no es, pues, no sólo un verdadero camaleón, por el hecho de que en cada caso concreto cambia de carácter, sino que constituye también una singular trinidad, si se la considera como un todo, en relación con las tendencias que predominan en ella. Esta trinidad está integrada tanto por el odio, la enemistad y la violencia primigenia de su esencia, elementos que deben ser considerados como un ciego impulso natural, como por el juego del azar y de las probabilidades, que hacen de ella una actividad desprovista de emociones, y por el carácter subordinado de instrumento político, que la inducen a pertenecer al ámbito del mero entendimiento.

El primero de estos tres aspectos interesa especialmente al pueblo; el segundo, al comandante en jefe y a su ejército, y el tercero, solamente al gobierno. Las pasiones que deben prender en la guerra tienen que existir ya en los pueblos afectados por ella; el alcance que lograrán el juego del talento y del valor en el dominio de las probabilidades del azar dependerá del carácter del comandante en jefe y del ejército; los objetivos políticos, sin embargo, incumbirán solamente al gobierno.

Estas tres tendencias, que se ponen de manifiesto al igual que lo hacen muchas diferentes legislaciones, se asientan profundamente en la naturaleza de la cuestión y, al mismo tiempo, varían en magnitud. Una teoría que rehuyera tomar en cuenta cualquiera de ellas o fijara una relación arbitraria entre ellas incurriría en tal contradicción con la realidad que por este solo hecho debería ser considerada como nula.

El problema consiste, pues, en mantener a la teoría en equilibrio entre estas tres tendencias, como si fueran éstas tres polos de atracción.

En el libro que trata sobre la teoría de la guerra nos proponemos investigar la manera de resolver tal problema del modo más concluyente. Esa definición del concepto de la guerra se convierte para nosotros en el primer rayo de luz que ilumina los fundamentos de la teoría, que evidenciará por vez primera sus rasgos principales y nos permitirá distinguirlos.

 

 

Capítulo II
EL FIN Y LOS MEDIOS EN LA GUERRA

 

Al haber determinado en el capítulo anterior la naturaleza compleja y variable de la guerra, corresponde ahora considerar qué influencia ejerce ésta sobre el fin y los medios de la guerra.

De inquirir, en primer término, cuál es el propósito hacia el cual debe encaminarse la guerra total, de modo que sea el medio adecuado para alcanzar el objetivo político, nos encontramos con que aquél es tan variable como lo son el objetivo político y las circunstancias particulares de la guerra.

De comenzar ateniéndonos, una vez más estrictamente, a la teoría pura de la guerra, estamos obligados a decir que el objetivo político debe ser situado realmente fuera de la esfera de la guerra. En efecto, siendo la guerra un acto de violencia para obligar al enemigo a acatar nuestra voluntad, entonces, en cada caso, todo dependerá sólo y necesariamente de derrotar al enemigo, es decir, de desarmarlo. Este objetivo, que se deduce de la teoría pura, pero que cuenta en realidad con muchos casos similares, será examinado ante todo a la luz de esa realidad.

Más adelante, cuando consideremos la planificación de una guerra, abordaremos con mayor detención lo que significa desarmar a un estado; pero ahora tenemos que diferenciar en principio tres cosas que, como tres objetos generales, incluyen todo lo demás: son las fuerzas militares, el territorio y la voluntad del enemigo.

Las fuerzas militares tienen que ser destruidas, es decir, deben ser situadas en un estado tal que no puedan continuar la lucha. Aprovechamos la ocasión para aclarar que la expresión «destrucción de las fuerzas militares del enemigo» debe ser siempre interpretada únicamente en este sentido.

El territorio debe ser conquistado, porque de un país pueden extraerse siempre nuevas fuerzas militares.

Pero, a pesar de que se hayan producido estas dos cosas, la guerra, es decir, la tensión hostil y el efecto de las fuerzas hostiles, no puede considerarse como finalizada hasta que la voluntad del enemigo no haya sido sometida. Es decir, hasta que el gobierno y sus aliados hayan sido impelidos a firmar la paz, o hasta que la población haya sido sometida.

En efecto, aunque se cuente con una posesión completa del país, el conflicto puede estallar nuevamente en el interior o mediante la ayuda de los aliados. Sin duda esto puede suceder también después de firmada la paz, pero ello demostrará tan sólo que no todas las guerras admiten una decisión y una componenda completas. Incluso en este caso, la firma de la paz extingue siempre, por su mera eclosión, una serie de chispas que pueden haber permanecido ocultas, y las tensiones se aflojan porque el ánimo de aquellos que se sienten abocados a la paz, de los que siempre abundan en todas las naciones y en todas las circunstancias, se aparta por completo de la idea de resistencia. Sea como fuere, hay que considerar siempre que con la paz se llega a un fin, y que con ella la guerra finaliza.

De los tres puntos que hemos enumerado, las fuerzas militares son las destinadas a la defensa del país. El orden natural marca que son ellas las que deben ser destruidas primero; luego habrá que conquistar el territorio, y, como resultado de estos dos triunfos y de la fuerza que entonces se posea, el enemigo será impelido a firmar la paz. Por lo  general, la destrucción de las fuerzas militares del adversario se produce de manera gradual y es sucedida de inmediato por la conquista del país en una medida pertinente.

Estos dos hechos reaccionan por lo común uno respecto del otro, ya que la pérdida de territorio contribuye a debilitar a las fuerzas militares. Pero este orden no es en absoluto indispensable y no siempre ocurre así. Las fuerzas enemigas, incluso antes de haber sido debilitadas de modo notable, pueden retroceder al extremo opuesto del país, o bien penetrar en territorio extranjero. Cuando esto ocurre, por tanto, una gran parte, o incluso todo el país, puede ser conquistado.

El desarme del enemigo, como objetivo de la guerra considerado en abstracto, y último medio de alcanzar el objetivo político, en el cual deben englobarse todos los demás, de ningún modo se produce siempre en la práctica, ni es condición necesaria para la paz. De ninguna forma, por lo tanto, se le puede teóricamente dar la categoría de ley.

Existen un sinnúmero de tratados de paz que fueron concluidos antes de que cualquiera de los dos bandos pudiera considerarse desarmado, e incluso antes de que el equilibrio de fuerzas hubiese sido alterado de forma más o menos evidente. E incluso la observación de los casos reales nos induce a admitir que en toda una serie de ellos, especialmente en los que las fuerzas del enemigo son evidentemente más fuertes, la derrota comportaría un juego vano de ideas.

La razón por la cual el objetivo de la guerra, según la teoría, no siempre concuerda con la guerra real, reside en la diferencia existente entre ambos, a la cual nos hemos referido en el capítulo anterior. Según la teoría pura, una guerra entre Estados de fuerza desigual evidente quedaría abocada a un absurdo y, en consecuencia, no sería posible. La desigualdad en la fuerza física no tendría que ser mayor, todo lo más, que lo neutralizable por la fuerza moral, y esto no significaría mucho en Europa, en nuestra situación social actual. Por lo tanto, si es un hecho probado que ciertas guerras se producen entre estados de poderío desigual, esto se debe a que, en la realidad, la guerra tiende a alejarse en gran medida de nuestra concepción teórica original.

Existen dos motivos que inducen a firmar la paz, susceptibles, en la práctica, de substituir la imposibilidad de ofrecer mayor resistencia: el primero es lo aleatorio que pueda resultar el éxito y el segundo, el precio excesivo que haya que pagar por él.

Como se ha explicado en el capítulo anterior, la guerra tiene que verse libre, desde el principio hasta el fin, de la ley estricta de la necesidad interna, y someterse al cálculo de probabilidades. Ello será tanto más evidente cuanto más se adapte a las circunstancias de las que ha surgido, o sea, mientras menos entidad tengan los motivos para ello y para las tensiones existentes. Siendo así, cabe perfectamente concebir que incluso el motivo para firmar la paz puede surgir de un cálculo de probabilidades. En la guerra no es necesario, por lo tanto, luchar hasta que uno de los bandos sea derrotado, y cabe suponer que, cuando las motivaciones y las tensiones son débiles, una ligera probabilidad, apenas perceptible, es suficiente como para hacer que el bando que se halla en desventaja ceda en sus propósitos.

En caso de que el otro bando estuviera convencido de antemano de ello, entra en la lógica que se esforzaría tan sólo en inclinar tal probabilidad a su favor, en lugar de preocuparse por obtener la derrota completa del adversario.

La consideración del gasto de fuerzas que se haya hecho y del que todavía se requiera influirá también en la decisión de firmar la paz. No siendo la guerra un acto de pasión ciega, sino que está dominada por el objetivo político, la entidad y la importancia de ese  objetivo determinan la medida de los sacrificios que hay que realizar para obtenerlo. Lo cual se refiere no solamente al alcance de esos sacrificios, sino también a su duración.

En consecuencia, tan pronto como el gasto de fuerzas sea tan grande que el objetivo político no lo compense, ese objetivo tenderá a ser abandonado y el resultado lógico será la paz.

Vemos, pues, que en las guerras en las que un bando no puede desarmar completamente al otro, los motivos para la paz emergerán y desaparecerán en ambos frentes a tenor de las probabilidades de ulteriores éxitos y del gasto de fuerzas que se requiera.

Si los motivos son igualmente fuertes en ambos bandos, se harán patentes en medio de sus diferencias políticas. Lo que ganarán en fuerza en un lado lo perderán en el otro. Cuando la suma de su adición sea suficiente, el resultado será la paz, pero, como es lógico, con ventaja para el bando cuyos motivos sean más débiles.

A estas alturas, pasamos adrede por alto la diferencia que indefectiblemente debe originar en la práctica el carácter positivo o negativo del objetivo político. Si bien ello asume la mayor importancia, como mostraremos más adelante, aquí tenemos que atenernos a una consideración más general, porque las intenciones políticas originales varían mucho en el transcurso de la guerra y al final pueden ser totalmente diferentes, precisamente porque están condicionadas en parte por los éxitos que se obtienen y sujetas por otra a los resultados aleatorios.

Surge ahora el problema de cómo se puede influir sobre la probabilidad de éxito. En primer lugar, se puede conseguir, como es lógico, utilizando los mismos medios aplicados para derrotar al enemigo, es decir, la destrucción de sus fuerzas militares y la conquista de su territorio, si bien ninguno de ellos sería igual a este respecto como cuando se utilizaran con este objetivo. El ataque a las fuerzas enemigas será algo muy distinto si tratamos de reforzar el primer golpe con una sucesión de otros hasta alcanzar la total destrucción, o bien si nos contentamos con una victoria destinada tan sólo a quebrantar el sentimiento de seguridad del enemigo, haciéndole percibir nuestra superioridad y suscitando así la desconfianza en su futuro. Si esta es nuestra intención, proseguiremos con la destrucción de las fuerzas enemigas solamente hasta donde sea necesario para el logro de ese propósito. De manera análoga, la conquista de territorio enemigo resultará una medida diferente, y el objetivo no consistirá en derrotar al adversario. Si tal fuera nuestro objetivo, la destrucción de las fuerzas enemigas sería una acción realmente efectiva y la apropiación de sus territorios sería mera consecuencia de ello. El hecho de apoderarse de esos territorios antes de que las fuerzas contrarias hayan sido desmembradas tiene que ser siempre considerado sólo como un mal necesario. Por otro lado, si nuestro propósito no fuera el de derrotar por completo a las fuerzas enemigas y si tenemos la convicción de que el enemigo no busca, sino que incluso teme llevar la lucha a un terreno sangriento, el hecho de apoderarse de una parte de su territorio, parcial o completamente desguarnecido, constituirá en sí mismo una ventaja. Y si esta ventaja es suficientemente grande como para que el enemigo desconfíe del resultado final, habrá que considerar entonces ésta como una vía más corta hacia la paz.

Veamos ahora otros medios especiales de influir sobre la probabilidad de éxito sin recurrir a la derrota de las fuerzas enemigas, es decir, aquellas actividades que surten efecto inmediato sobre la política. Si es posible realizar acciones tendentes a desbaratar las alianzas del enemigo o volverlas ineficaces, a atraer nuevos aliados a nuestro bando, a estimular las actividades políticas en nuestro favor, y otras parecidas, resultará fácil concebir entonces que tales actividades pueden acrecentar la probabilidad de éxito y  convertirse en una vía mucho más corta para el logro de nuestro objetivo que el que puede implicar la derrota de las fuerzas enemigas.

La segunda cuestión es cómo influir sobre el desgaste de esas fuerzas del enemigo, o sea, cómo hacer más costoso el precio de sus éxitos. El desgaste de las fuerzas enemigas reside en la merma de su poder, o sea, en su destrucción, así como en la pérdida de territorio, por lo tanto, en su conquista por nuestra parte.

Un examen más preciso pondrá de nuevo en evidencia que el significado de cada uno de estos términos tiende a variar, y que cada operación difiere en su carácter según el objetivo que tenga en perspectiva. Aunque estas diferencias sean por regla general nimias, ello no debe ser motivo de asombro, ya que en la práctica, cuando los motivos carecen de fuerza, resulta a menudo que los matices diferenciales más insignificantes son decisivos a la hora de escoger tal o cual método de aplicar la fuerza. Por ahora sólo nos interesa mostrar que, bajo ciertas condiciones, existen otras vías posibles para alcanzar nuestro objetivo, no siendo ni contradictorias, ni absurdas, y ni siquiera erróneas.

Además de aquellos dos medios, se pueden también llevar a cabo tres maneras especiales de acrecentar en forma directa el desgaste del enemigo. En primer término aludiremos a la invasión, es decir, la ocupación del territorio enemigo, no con el propósito de permanecer en él, sino para exigir una contribución sobre él o para devastarlo.

El objetivo inmediato no es aquí ni la conquista del territorio enemigo ni la derrota de sus fuerzas, sino solamente el de causarle daño en un sentido general. La segunda vía es la que dirige nuestra acción con preferencia hacia allí donde cabe causar mayores daños al adversario. Nada resulta más fácil que concebir dos direcciones distintas en las que pueden ser empleadas nuestras fuerzas, la primera de las cuales debe ser preferida si nuestro objetivo es derrotar al enemigo, mientras que la otra es más ventajosa si no constituye esa nuestra intención. A tenor de nuestro modo de expresarnos, la primera sería considerada como la forma más militar, mientras que la segunda sería la más política. Pero, desde un punto de vista más elevado, ambas son igualmente militares, y cada una resultará efectiva si se adapta a las condiciones presentes. La tercera vía, sin duda en mayor grado la más importante, debido al gran número de casos en que se aplica, es el desgaste del enemigo. Elegimos esta expresión, no sólo para dar con ella una definición verbal, sino porque la representa exactamente, y no es tan figurada como de pronto parece. La idea de desgaste en una lucha implica un agotamiento gradual del poder físico y de la voluntad del adversario por la prolongada continuidad de acción.

Ahora bien, si por nuestra parte queremos sobrevivir al enemigo en esa continuidad de la lucha, debemos limitarnos a fijar objetivos lo más modestos posibles, porque es evidente que un objetivo de altos vuelos exige un gasto de fuerzas mayor que uno pequeño. El objetivo más modesto que podemos plantearnos, empero, es la resistencia pura, es decir, una lucha sin ninguna intención positiva. En este caso, por tanto, nuestros medios serán utilizados casi al máximo y la seguridad de éxito será mayor. ¿Hasta que punto es posible perseverar en este modo negativo de actuar? Evidentemente, no hasta llegar a la pasividad absoluta, porque un simple aguante cesaría de ser un combate; pero la resistencia es algo activo, y mediante ella es posible que la destrucción causada surta efecto, hasta el punto de lograr que el enemigo abandone su intento. Este será nuestro único propósito en cada caso aislado, y en ello residirá, en rigor, el carácter negativo de nuestra intención.

Sin duda la intención negativa, en su acción aislada, no tiene la misma eficacia que una acción positiva realizada en el mismo sentido, siempre, por descontado, que esta última sea victoriosa; pero precisamente la diferencia en su favor es la de lograr el éxito  con mayor facilidad que la positiva, y, en consecuencia, ofrecer mayor seguridad. Lo que pierde en eficacia en su acción aislada puede ser recuperado con el tiempo, esto es, con la continuidad de la lucha; por tanto, esa intención negativa, que constituye la esencia de la resistencia pura, es también el medio natural de sobrevivir al enemigo en la continuación de la lucha, o sea, de rendirlo por cansancio.

En ello reside el origen de la diferencia entre ofensiva y defensiva, tema dominante en todo el ámbito de la guerra. Sin embargo, en su análisis no cabe ir aquí más allá de la observación de que esa intención negativa encierra todas las ventajas y las formas más potentes de combate que aparecen como propias de la defensiva, en las cuales queda englobada esa ley filosófico––dinámica que establece una relación constante entre la magnitud y la seguridad del éxito. Más adelante procederemos a resumir estas consideraciones.

Por tanto, si la intención negativa, o sea, la concentración de todos los medios en una resistencia pura, permite alcanzar una superioridad en el combate, y si esto resulta suficiente para equilibrar cualquier ventaja que pueda haber adquirido el enemigo, entonces la simple continuidad del combate será suficiente para conseguir, de forma gradual, que la pérdida de fuerzas sufrida por el enemigo llegue a un punto en que su objetivo político no tenga una adecuada compensación, y en este punto tenderá por tanto a abandonar la lucha. Este método de agotar al enemigo es el que caracteriza el gran número de casos en los que el más débil se impone ofrecer resistencia al más fuerte.

Federico el Grande nunca habría podido derrotar a la monarquía austríaca, en la guerra de los Siete Años, y de haber intentado llevarlo a cabo a la manera de Carlos XII habría termina do inevitablemente en el desastre; pero la inteligente destreza con la que economizó sus fuerzas, durante siete años, hizo ver a las potencias aliadas que se le oponían que el gasto de fuerzas que estaban realizando superaba en gran medida el nivel que se habían fijado al comienzo, y firmaron la paz. Vemos, pues, que en la guerra existe más de una vía para alcanzar nuestros objetivos; que en ello no siempre está necesariamente implicada la derrota del enemigo; que la destrucción de las fuerzas del adversario, la conquista de sus territorios, su simple ocupación, o invasión, las acciones dirigidas directamente a afectar las relaciones políticas y, finalmente, la espera pasiva del ataque enemigo, son todos ellos medios, cada uno en particular, que cabe utilizar para doblegar la voluntad del adversario, de acuerdo con las circunstancias especiales que concurren, al tiempo que nos permiten esperar más de uno que del otro. A ello todavía cabe agregar toda una serie de objetivos, a modo de medios más breves de lograr nuestro propósito, que podríamos denominar argumentos ad hominem. ¿En qué momento del curso de la vida humana no dejan de aparecer estos destellos de personalidad, que superan todas las circunstancias materiales? Y a buen seguro no pueden dejar de aparecer en la guerra, donde la personalidad de los combatientes desempeña un papel tan significativo, ya sea en los despachos como en el campo de batalla. Sólo nos limitamos a señalarlo, pues nos parecería una pedantería tratar de clasificarlo. Con la inclusión de éstos, puede afirmarse que la cantidad de vías que cabe emprender para alcanzar el objetivo deseado se eleva al infinito.

Con el fin de no subestimar el valor que entrañan esas diversas vías más cortas para la consecución de nuestros fines, ya sea por considerarlas simplemente como raras excepciones, ya por sostener que los cambios que ocasionan en la dirección de la guerra son insignificantes, sólo debemos tener en cuenta la diversidad de objetivos políticos que pueden ser causa de una guerra, o medir la distancia que separa una lucha a muerte por la existencia política, de una guerra en que una alianza forzada o dudosa la convierte en un  deber desdeñable. En la práctica, entre ambas pueden existir un gran número de gradaciones. Si rechazamos una de éstas, con el mismo derecho podemos rechazarlas todas, es decir, podemos dejar de ver por completo el mundo real.

En general, tal es la sustancia del fin a perseguir en una guerra. Dediquemos ahora nuestra atención a los medios. Uno solo es el que existe: es el combate. Cuales fueren las diferencias que presente en su forma, cuan lejos se mantenga de la explosión de odio y de animosidad propia del encuentro cuerpo a cuerpo, cualesquiera que sean los factores que se le agreguen y que no sean en realidad formas del combate mismo, en la concepción de la guerra resulta siempre implícito que todos los efectos que en ella puedan manifestarse tienen su origen en el combate.

Que esto será siempre así, a pesar de la diversidad y complicación que ofrece la realidad, es algo que puede ser probado por una vía muy sencilla. Todo cuanto ocurre en la guerra, lo hace mediante las fuerzas militares; allí donde se emplea una fuerza, es decir, hombres armados, la idea del combate tiene que prevalecer necesariamente por encima de todo.

Por tanto, todo cuanto se relaciona con las fuerzas militares y, en consecuencia, todo lo que pertenece a su creación, mantenimiento y empleo, es propio de la actividad de la guerra.

La creación y el mantenimiento constituyen, evidentemente, sólo los medios, mientras que el empleo corresponde al objetivo a perseguir.

En la guerra, el combate no es una lucha de individuos contra individuos, sino un todo organizado que integran muchas partes. En este gran conjunto tienen que diferenciarse unidades de dos tipos: una, la determinada por el sujeto, la otra, por el objeto. En un ejército, las masas de combatientes constituyen siempre nuevas unidades, cuyos miembros forman una ordenación superior. El combate que llevan a cabo cada uno de esos miembros da lugar, en consecuencia, a unidades más o menos diferenciadas.

Además, el propósito del combate ––y por lo tanto, su objetivo–– convierte a éste en una unidad.

Cada una de estas unidades que se diferencian en el combate se distinguen con el nombre de un encuentro.

Siendo así que la idea de combate tiene como fundamento el empleo de fuerzas armadas, entonces el empleo en general de estas fuerzas no es otra cosa que la determinación y la ordenación de cierto número de encuentros.

De modo que toda actividad militar se refiere necesariamente a los encuentros, ya sea en forma directa como indirecta. El soldado es reclutado, vestido, armado, adiestrado, se le hace dormir, comer, beber y marchar, solamente para combatir en el lugar indicado y en el momento oportuno.

En consecuencia, si todos los hilos de la actividad finalizan en el encuentro, podremos también aferrarlos todos cuando dispongamos los preparativos de los encuentros; los efectos provienen solamente de estos preparativos y de su ejecución, y nunca proceden en forma directa de las condiciones que los han motivado. Ahora bien, en el encuentro, toda actividad está dirigida a destruir al enemigo, o, más bien, de privarle de su capacidad de luchar, ya que esto es inherente a su concepción. La destrucción de las fuerzas contrarias constituye siempre, en consecuencia, el medio de alcanzar el objetivo que busca el encuentro.

Tal objetivo puede ser asimismo la simple destrucción de las fuerzas del enemigo; pero esto no es, de ningún modo, necesario, y puede adoptar también una forma bastante diferente. Ya que, por ejemplo, como hemos señalado, la derrota del enemigo no constituye el único medio de alcanzar el objetivo político, pues hay otras cosas que pueden conformar el objetivo de la guerra, se desprende de ello que esas cosas pueden convertirse en objetivos de actos bélicos aislados, y, por tanto, en objetivos también de esos encuentros.

Pero ni siquiera esos encuentros, que, como actos subordinados, están destinados, en el estricto sentido de la palabra, a la derrota de las fuerzas enemigas, precisan tener como objetivo inmediato la destrucción de éstas.

Si tomamos en consideración la compleja organización que entraña una gran fuerza armada, y la cantidad de detalles que entran en acción en cuanto se la emplea, percibiremos que el combate de una fuerza tal tiene que corresponder también a una organización compleja, con partes subordinadas las unas a las otras y que actúan correlativamente. Es posible que surja, y tiene que surgir, cierto número de objetivos aislados que en sí mismos no persiguen la destrucción de las fuerzas del enemigo y, que, aun cuando contribuyan sin duda a esa destrucción, no lo harán más que indirectamente.

Si, por ejemplo, se ordena a un batallón desalojar al enemigo de una cota o de un puente, la ocupación de esa posición es, por norma, el objetivo real, y la destrucción del enemigo apostado en ella será una cuestión de nivel secundario. El objetivo se alcanza de igual manera si el enemigo puede ser desalojado mediante una simple escaramuza, pero esa cota o ese puente serán ocupados únicamente con el propósito de causar más tarde una destrucción mayor a las fuerzas del enemigo. Si así es como se presenta en el campo de batalla, debe ocurrir en mayor medida en todo el ámbito de la guerra, en donde no se trata solamente de la oposición de un ejército contra otro, sino de la pugna entre un estado, una nación o un país contra otro. Entonces habrá que multiplicar notablemente el número de relaciones posibles, y, en consecuencia, el de combinaciones. La diversidad de los preparativos se verá aumentada y, por la misma graduación de los objetivos, cada uno subordinado al otro, el medio original se alejará todavía más del objetivo final.

Es muy posible, por tanto, que, por muchas razones, el objetivo de un encuentro no se ciña a la destrucción de las fuerzas enemigas o de aquéllas que se nos oponen directamente, sino que esto se ofrezca sólo como un medio. En tales casos, no se tratará de lograr una destrucción completa, puesto que el encuentro no será entonces más que una prueba de fuerza. La destrucción no tiene valor en sí misma, sino por sus resultados, es decir, por la decisión que entraña.

Pero en los casos en que las fuerzas sean muy desiguales, unas y otras pueden ser medidas por simple cálculo. Entonces cabe que no haya encuentro, y la fuerza más débil se dará inmediatamente por vencida.

Si el objetivo de un encuentro no busca siempre la destrucción de las fuerzas enemigas en combate y si es posible alcanzar aquél sin que el encuentro se produzca, por el simple cálculo de sus resultados y de las circunstancias que podrían llegar a concurrir, será dado comprender cómo pueden emprenderse campañas enteras sin que en ellas desempeñe el encuentro real un papel significativo.

Cientos de ejemplos en la historia, de la guerra demuestran que así puede ocurrir. No nos detendremos a considerar cuántos han sido los casos en que se produjo una decisión incruenta justificada, es decir, que no encerraron una contradicción manifiesta, y dedicaremos nuestra atención a determinar si algunas de las imputaciones fundamentadas  resisten la crítica, ya que todo cuanto nos interesa ahora es establecer la posibilidad de que ocurra un semejante tipo de desarrollo bélico.

En la guerra se dispone de un solo medio: el encuentro. Pero este medio, debido a las múltiples vías por las que puede ser empleado, nos conduce a esa diversidad de senderos que da lugar a la multiplicidad de objetivos, hasta tal punto que parecería que no hubiéramos ganado nada. Pero no es este el caso, ya que de esta unidad de medios proviene un hilo que podemos observar en su recorrido por toda la trama de la actividad bélica y que es la que la mantiene realmente unida.

Anteriormente hemos considerado la destrucción de las fuerzas enemigas como uno de los objetivos que cabe buscar en la guerra; pero no hemos hablado de la importancia que debe asignárseles en relación con los otros objetivos. En casos determinados, esto dependerá de las circunstancias y es por un principio general por lo que hemos dejado sin determinar su valor. Ahora nos referiremos de nuevo a este tema y analizaremos el valor que forzosamente hay que atribuirle.

En la guerra, el encuentro es la única actividad efectiva; en él, la destrucción de las fuerzas oponentes es el medio para alcanzar el fin. Esto es así, aun cuando en realidad no llegue a producirse el encuentro, ya que, sea como fuere, en la raíz de la decisión yace el supuesto de que tal destrucción debe ser llevada a cabo sin paliativos. Así, la destrucción de las fuerzas del enemigo constituye la piedra fundamental de todas las combinaciones que descansan sobré la actividad bélica, al igual que el arco descansa sobre sus pilares.

En consecuencia, todas las acciones se llevan a cabo sobre la base de que, si la decisión por la fuerza de las armas hubiera de tener una traducción en los hechos, habría de ser una decisión favorable. En la guerra, la decisión por las armas equivale, tanto en las operaciones grandes como en las pequeñas, al pago al contado en las transacciones comerciales. Por remotas que sean estas relaciones, por más que las liquidaciones rara vez se produzcan, al final tienen que realizarse.

Si la decisión por la fuerza de las armas se halla en la base de todas las combinaciones posibles, resulta que nuestro oponente podrá hacer impracticable cualquiera de ellas, no sólo mediante una decisión semejante a la que atañe directamente a nuestra combinación, sino también a través de cualquier otra, siempre que ésta tenga suficiente entidad. Pues toda decisión armada significativa, vale decir, la destrucción de las fuerzas del enemigo, reacciona respecto de todas las que la precedieron, puesto que, como si de un líquido se tratara, tiende a alcanzar su nivel.

Así se presenta la destrucción de las fuerzas enemigas siempre como el medio superlativo y más eficaz, al que deben ceder paso todos los demás.

Sin embargo, sólo cabe asignar una superior eficacia a la destrucción de las fuerzas oponentes cuando exista una supuesta igualdad en las demás condiciones. Sería, por lo tanto, un grave error concluir que un ataque a ciegas tendría que imponerse invariablemente a la destreza prudente. Atacar sin ton ni son conduciría no a la destrucción de las fuerzas enemigas, sino a la de las nuestras, lo cual no puede ser nunca nuestro propósito. La eficacia mayor corresponde no al medio, sino al fin, y al decir esto sólo comparamos el efecto de un fin alcanzado con el otro.

Al referirnos a la destrucción de las fuerzas enemigas tenemos que dejar expresamente indicado que no se está obligado a ceñir esta idea a la simple fuerza física.

Por el contrario, la fuerza moral resulta del mismo modo necesariamente implícita, debido a que, en efecto, ambas están entrelazadas hasta en los menores detalles y, por tanto, no pueden ser realmente separadas. En relación con el efecto inevitable sobre las  otras decisiones por las armas, al que nos hemos referido al mencionar un gran acto de destrucción (una gran victoria), es precisamente el elemento moral el que presenta mayor fluidez, si es que cabe usar esta expresión, y el que se distribuye con mayor facilidad por todas las demás partes. En oposición al valor superior que tiene la destrucción de las fuerzas enemigas respecto de todos los demás medios se encuentran el gasto y el riesgo que éste implica, provocando el empleo de otros métodos sólo con el propósito de evitarlo.

Es razonable que los medios en cuestión tengan que ser los más costosos, ya que, si bien otras cosas son equiparables, el gasto de nuestras fuerzas será siempre mayor cuanto mayor sea el propósito de destruir las del enemigo. El riesgo de este medio reside empero en el hecho de que, cuanto mayor sea la eficacia que se busque, si fracasamos se volverá contra nosotros, lo cual representa una gran desventaja. Otros medios serán, por lo tanto, menos costosos cuando determinen el éxito y menos arriesgados cuando conduzcan al fracaso; pero esto implica necesariamente la condición de que deben oponérseles otros semejantes, es decir, que el enemigo emplee los mismos métodos. Porque si éste resolviera adoptar el método de tomar una gran decisión por las armas, bastaría ese solo hecho para que tuviéramos que cambiar nuestro propio método, incluso contra nuestra voluntad, por uno similar. Todo depende, pues, del resultado del acto de destrucción. Es evidente que, siendo otras cosas equiparables, en este caso estaremos en desventaja en todos los aspectos, porque nuestras intenciones y nuestros métodos han tenido que ser dirigidos parcialmente hacia otras cosas, lo que no ha ocurrido en el caso del enemigo.

Dos objetivos diferentes, de los cuales uno no forma parte del otro, se excluyen entre sí, y, de ese modo, la fuerza aplicada a alcanzar uno de esos objetivos no puede servir al mismo tiempo para el otro. Por lo tanto, si uno de los beligerantes está decidido a adoptar una gran decisión por las armas, cuenta con muchas posibilidades de obtener éxito tan pronto como tenga la certeza de que el otro no quiere seguir ese camino, sino que busca alcanzar un objetivo diferente. Y, cualquiera que se decida por ese otro objetivo, sólo podrá hacerlo razonablemente en el supuesto de que su adversario tenga tan pocas intenciones como él mismo de adoptar una gran decisión por las armas.

Pero la mención que hasta ahora hemos hecho sobre otra dirección de las intenciones y las fuerzas sólo se refiere a otros objetivos positivos que, aparte del de la destrucción de las fuerzas oponentes, pudiéramos proponernos en la guerra, y de ninguna manera a la resistencia pura, que puede adoptarse con el fin de agotar las fuerzas del enemigo. En la resistencia pura falta la intención positiva, y, por lo tanto, en este caso nuestras fuerzas no pueden ser dirigidas hacia otros objetivos, sino que deben limitarse a hacer fracasar las intenciones del enemigo.

Ahora corresponde considerar el lado negativo de la destrucción de las fuerzas enemigas, o sea, la conservación de las nuestras. Estos dos esfuerzos siempre van juntos, puesto que re accionan uno respecto del otro; son partes integrantes de una idéntica intención y sólo habrá que examinar los efectos producidos por el predominio de uno o de otro. El esfuerzo destinado a destruir las fuerzas enemigas tiene un objetivo positivo y conduce a resultados positivos, cuyo propósito final sería la derrota del adversario. La conservación de nuestras propias fuerzas tiene un objetivo negativo, y consiste en intentar desbaratar las intenciones del enemigo, es decir, conduce a la resistencia pura, cuyo propósito último no puede ser otro que el de prolongar la duración de la contienda, para que el enemigo agote sus propias fuerzas.

El esfuerzo con objetivo positivo da por resultado el acto de destrucción; el esfuerzo con objetivo negativo permanece a su espera.

Cuando nos ocupemos ampliamente de la teoría del ataque y de la defensa, en cuyo origen aún nos encontramos, consideraremos con mayor detalle cuál tendrá que ser la duración de esa espera y hasta dónde podrá llevarse a cabo. Por ahora tenemos que limitarnos a decir que la espera no debe ser un simple aguante pasivo, y que la acción ligada a ella para la destrucción de las fuerzas enemigas involucradas en el conflicto puede ser uno de los propósitos, tanto como cualquier otro. Sería un grave error relativo a los principios fundamentales suponer que el esfuerzo negativo tiene como consecuencia impedirnos elegir como objetivo la destrucción de las fuerzas del enemigo, viéndonos obligados a preferir una decisión incruenta. Sin duda el mayor peso del esfuerzo negativo puede conducir a esto, pero solamente a riesgo de que no sea el método más conveniente, cuestión esta que depende de condiciones totalmente diferentes, que yacen no en nosotros mismos, sino en nuestro oponente. Esta otra vía, la incruenta, no puede, por lo tanto, ser considerada de ninguna manera como el medio natural de satisfacer la creciente necesidad de conservar nuestras propias fuerzas. Por el contrario, en los casos en que esa vía no fuera la adecuada a las circunstancias imperantes, lo más probable sería que condujera a una ruina total. Gran número de generales en jefe han cometido este error y se han visto arrastrados al fracaso por él. La demora en tomar una decisión es el único efecto que necesariamente resulta de ese mayor peso que corresponde al esfuerzo negativo, de modo que el defensor se refugia, por así decir, en la espera del momento decisivo. Por lo general, esto tiene como consecuencia el retraso de la acción en el tiempo y también en el espacio, hasta donde éste está relacionado con ello, tanto como lo permitan las circunstancias. Si ha llegado el momento en que ya no es posible seguir haciendo esto sin caer en una aplastante desventaja, debe considerarse que la ventaja del esfuerzo negativo se ha esfumado, y entonces surge inalterado el esfuerzo encaminado a destruir las fuerzas del enemigo, reservado como contrapeso, y nunca descartado.

Las consideraciones anteriores nos han hecho ver que en la guerra existen muchas vías para alcanzar su propósito, es decir, para cumplir con el objetivo político; se ha comprobado, sin embargo, que el encuentro es el único medio y que, por tanto, todo debe estar sometido a una ley suprema: la decisión por las armas; que, cuando la acción del enemigo exige esta decisión, ese recurso no puede ser rechazado, y que, por lo tanto, cuando uno de los bandos beligerantes se propone tomar otra vía, debe estar seguro de que su oponente no echará mano de ese recurso, a no ser que quiera correr el riesgo de perder su caso ante ese tribunal supremo. Vemos, pues, en suma, que la destrucción de las fuerzas enemigas se presenta siempre como el objetivo primordial entre todos los otros que puedan perseguirse en la guerra.

Más adelante, pero sólo de manera gradual, nos será dado definir lo que es posible lograr en la guerra mediante combinaciones de otra naturaleza. Aquí nos limitaremos a reconocer, en términos generales, su posibilidad como algo que refleja la desviación de la práctica respecto del concepto que otorga jurisdicción a las circunstancias particulares.

Pero no podemos dejar de señalar, ya aquí, que cabe atribuir a la solución sangrienta de la crisis, el esfuerzo por destruir las fuerzas del enemigo, el carácter y la condición de hijo primogénito de la guerra. Es posible que ante unos objetivos políticos carentes de relevancia, ante motivaciones débiles y reducida tensión de las fuerzas, un general en jefe cuya característica sea la prudencia intente otras vías por las cuales, sin caer en grandes crisis ni soluciones sangrientas, puede inclinarse la balanza hacia la paz, tomando por base las debilidades características de su contrario, tanto en los despachos como en el campo de batalla. No tendríamos derecho a vituperarlo si sus suposiciones contaran con un buen fundamento y fueran susceptibles de alcanzar el éxito, pero deberemos exigirle, no obstante, que sea consciente de que está recorriendo caminos sinuosos en los que el  dios de la guerra puede sorprenderlo, y que debe vigilar constantemente al enemigo, a fin de que cuando éste empuñe una afilada espada, él no tenga que defenderse con un espadín.

En nuestras consideraciones futuras, debemos observar y tener siempre presentes las consecuencias que entraña la naturaleza de la guerra, la forma como actúan en ella los medios y los fines, la manera como las desviaciones de la práctica hacen que la guerra se aparte, unas veces más y otras menos, de su estricta concepción original, sus fluctuaciones tanto hacia adelante como hacia atrás, a la vez que su constante permanencia bajo esa concepción estricta, a modo de ley suprema, si es que deseamos ajustarnos a una correcta comprensión de sus relaciones verdaderas y de su cabal importancia, para no vernos envueltos en evidentes contradicciones con la realidad y, en definitiva, con nosotros mismos.

 

Capítulo III
EL GENIO PARA LA GUERRA

 

Para ser realizada con cierta perfección, toda actividad de carácter especial exige cualidades especiales de entendimiento y temperamento. Cuando estas cualidades poseen un alto grado de excelencia y se ponen de manifiesto a través de realizaciones extraordinarias, se distingue al espíritu al cual pertenecen con el término de «genio».

No nos cabe la menor duda que este término tiene significados que varían en gran manera, tanto en su aplicación como en su naturaleza, y que constituye una labor muy ardua distinguir la esencia del genio en muchos de estos significados. Pero como no pretendemos ejercer ni de gramáticos ni de filósofos, nos será permitido atenernos al sentido usual en el lenguaje corriente, y entender por «genio» una capacidad mental eminente para la ejecución de ciertas actividades.

Conviene dedicar por un momento la atención sobre este valor y esta aptitud del espíritu humano, para señalar con más precisión su justificación y conocer con más detalle el contenido que entraña su concepto. Pero no podemos ocuparnos del genio que ha obtenido su título gracias a un talento superlativo, del genio propiamente dicho, porque este es un concepto que no presenta unos límites definidos. Lo que tenemos que hacer es considerar todas las tendencias combinadas de las fuerzas del espíritu hacia la actividad militar, y considerar entonces a éstas como la esencia del genio militar.

Decimos tendencias combinadas, porque el genio militar no consiste en una cualidad única para la guerra, por ejemplo, el valor, al tiempo que pueden faltar otras cualidades del entendimiento o del carácter, o tomar una dirección inútil para la guerra, sino que resulta una combinación armoniosa de fuerzas, en la cual puede predominar una u otra, pero ninguna debe hallarse en oposición.

Si se exigiera que cada combatiente poseyese en una medida u otra genio militar, probablemente nuestros ejércitos serían muy débiles, dado que, justamente porque el genio implica una tendencia especial de las fuerzas del espíritu, sólo se dará en raras ocasiones, allí donde en un pueblo se presenten y sean adiestradas en aspectos muy diversos. Pero cuantas menos actividades diferentes ofrezca un pueblo, y cuanto más predomine en ellas la militar, tanto más predominante será en ese pueblo el genio militar.

Esto, sin embargo, sólo determina su alcance y de ninguna manera su grado, pues este  último depende por lo general del desarrollo espiritual general del pueblo. Si dirigimos nuestra mirada a un pueblo agreste y belicoso, comprobaremos que el espíritu guerrero de sus individuos es mucho más patente que entre los pueblos civilizados, pues en el primero casi todos los combatientes lo poseen, mientras que en los últimos hay toda una multitud de personas que han sido movilizadas tan sólo por necesidad, y de ningún modo por su inclinación interior. En realidad, en los pueblos agrestes nunca encontraremos a un gran general en jefe, y muy raramente lo que podríamos denominar un genio militar, porque esto exige un desarrollo de las fuerzas intelectuales que no puede darse en un pueblo poco civilizado. De más está decir que incluso los pueblos civilizados pueden presentar también una tendencia y un desarrollo más o menos belicosos, y, cuanto mayores sean éstos, con mayor persistencia aparecerá el espíritu militar en los individuos que componen sus ejércitos. Cuando ello coincide con el más elevado grado de civilización, esos pueblos proporcionan un brillante cuadro de realizaciones militares, como lo demostraron los romanos y los franceses. En estos y en el resto de los pueblos famosos por sus empresas guerreras, los grandes nombres surgen siempre tan sólo en épocas de elevado nivel de formación.

De aquí podemos inferir en seguida la importancia de participación que las fuerzas intelectuales tienen en el genio militar superior. Examinaremos esto con más atención.

La guerra implica un peligro, y, en consecuencia, el valor es, por sobre todas las cosas, la primera cualidad que debe caracterizar a un combatiente. El valor puede ser de dos clases: en primer lugar, el que hace acto de presencia ante un peligro contra la persona, y en segundo, el que requiere la existencia de una responsabilidad, ya sea ante el tribunal de una autoridad externa ya ante el de una autoridad interna, que es la conciencia. Nos referiremos aquí únicamente a la primera clase.

El valor ante un peligro personal comporta también dos clases. En la primera, puede consistir en una indiferencia hacia el peligro, debida ya sea a la forma en que está constituido el individuo, ya al desprecio por la muerte o al hábito; en cualquiera de estos casos el valor debe considerarse como una condición permanente. En la segunda, el valor puede proceder de motivos positivos, como la ambición, el patriotismo, el entusiasmo de cualquier naturaleza; en este caso, el valor es más bien una emoción, un sentimiento, antes que una condición permanente.

Cabe comprender que estas dos clases de valor actúan de forma diferente. La primera es más segura, pues, habiéndose transformado en una segunda naturaleza, nunca abandona al hombre; la segunda, a menudo lo induce a ir más allá. La primera pertenece más a la constancia, la intrepidez, a la segunda. La primera procura más sosiego al entendimiento; la segunda, a veces acrecienta su poder, pero también a menudo le causa perplejidad. Las dos clases combinadas constituyen la forma más perfecta del valor.

La guerra implica un esfuerzo físico y un sufrimiento. Para no verse desbordados por ellos se necesita cierta fortaleza de cuerpo y de espíritu que, de manera natural o adquirida, produzca indiferencia ante uno y otro.

Dotado de estas cualidades, entre las cuales se encuentra el simple sentido común, el hombre puede constituir un buen instrumento para la guerra, y así es como estas cualidades se encuentran muy comúnmente entre los pueblos semicultivados y agrestes.

Si ahondamos en las exigencias que la guerra plantea a sus secuaces, encontraremos que predominan en ellas las cualidades intelectuales. La guerra implica una incertidumbre; tres cuartas partes de las cosas sobre las que se basa la acción bélica yacen ofuscadas en  la bruma de una incertidumbre más o menos intensa. Por tanto, aquí se precisa, antes que nada, un entendimiento fino y penetrante que perciba la verdad con un juicio atinado.

Una inteligencia normal puede ocasionalmente dar con esta verdad, y por azar, un valor anormal puede, en ocasiones, enmendar un error; pero en la mayoría de los casos el promedio de los resultados revelará siempre un entendimiento escaso.

La guerra es el territorio del azar. En ningún otro ámbito de la actividad humana hay que dejar tanto margen para ese intruso, porque ninguno esta en contacto tan constante con él, en todos sus aspectos. El azar aumenta la incertidumbre que preside todas las circunstancias y llega a trastornar el curso de los acontecimientos.

Debido a esta incertidumbre respecto de todas las informaciones y suposiciones, y a esta continua incursión del azar, el individuo que actúa en la guerra suele encontrarse con que las cosas son distintas de lo que esperaba que fueran. Esto no deja de ejercer influencia sobre su plan, o en todo caso, sobre las esperanzas cifradas en él. Si esta influencia es tan grande como para desbaratar los planes prefijados, por regla general deberán substituirse éstos por otros nuevos; pero a menudo se carece de los datos necesarios para hacerlo al momento, porque, en el curso de la acción, las circunstancias pueden exigir una decisión inmediata y no dejar tiempo para una observación del entorno, y, a veces, ni mucho menos para una atenta consideración. Pero con mayor frecuencia ocurre que la corrección de las premisas y el conocimiento de los elementos azarosos que se han entremetido no permiten que se derrumbe nuestro plan, pero sí hacerlo vacilar.

Nuestro conocimiento de las circunstancias ha mejorado, pero nuestra incertidumbre no ha disminuido por ello, sino que se ha intensificado. La razón de esto estriba en que no adquirimos tales experiencias de modo simultáneo, sino por grados, porque nuestras decisiones se ven incesantemente asediadas por ellas y nuestra mente tiene que permanecer siempre «en armas», por así decir.

Si pretendemos permanecer a salvo de este continuo conflicto con lo inesperado, son indispensables dos cualidades: en primer lugar, un entendimiento que, aun en medio de la oscuridad más intensa, no deje de contar con vestigios de una luz interior que conduzcan a la verdad y, en segundo lugar, el valor para seguir los trazos de esa tenue luz. A la primera se la conoce figuradamente por la expresión francesa coup d'oeil; la segunda es la determinación.

Ya que en la guerra los encuentros son su rasgo distintivo y a tenor de ello se les prestó una atención prioritaria, y dado que en los encuentros el tiempo y el espacio son elementos determinantes, y lo eran más aún en el tiempo en que la caballería, con su poder de decisión rápida, era el arma principal, la idea de una decisión correcta y rápida se basó desde el principio en el cálculo de estos dos elementos, adoptándose para significar esta idea una expresión que se aplica solamente al correcto juicio visual. Gran número de maestros en el arte de la guerra le han dado asimismo por ello este sentido limitado. Pero no hay duda de que todas las decisiones justas tomadas en el momento de la ejecución pronto pasan a ser sobreentendidas por esa expresión, como, por ejemplo, al reconocer el momento justo para el ataque, etc. En consecuencia, lo que se entiende por coup d'oeil se refiere no sólo al aspecto físico, sino, con mayor frecuencia, al mental. Es lógico que esta expresión, al igual que el hecho en sí, ocupe siempre una mejor situación en el terreno de la táctica, lo que no la excluye del de la estrategia, pues también aquí son necesarias a menudo las decisiones rápidas.

Despojar a este concepto de los dos elementos figurados y limitados que se le adjudican con tal expresión equivale simplemente a establecer una verdad no visible para la mente común o que sólo aparece después de un largo examen y de notable reflexión.

La determinación constituye un acto de valor desplegado en un caso particular, que si se transforma en rasgo característico será un hábito mental. Pero aquí no nos referimos al valor para afrontar el peligro físico, sino al que hace falta para hacer frente a las responsabilidades, o sea, para encarar, en cierta medida, el peligro moral. A esto se le ha llamado con frecuencia courage d’esprit, teniendo en cuenta que surge del intelecto, pero que no por ello es un acto del intelecto, sino del sentimiento. El simple entendimiento no implica todavía valor, ya que a menudo se comprueba que la gente más clarividente carece de determinación. Así, el entendimiento debe despertar primero el sentimiento de valor que él mismo mantendrá y afirmará, porque en un momento de emergencia el hombre es dominado más por sus sentimientos que por sus pensamientos.

Hemos asignado a la determinación la labor de eliminar el tormento de la duda y los peligros de la indecisión cuando se carece de una orientación suficiente. Es cierto que el lenguaje familiar no duda en denominar «determinación» a la simple propensión a la osadía, el arrojo, la intrepidez o la temeridad. Pero cuando un hombre alberga motivos suficientes, tanto subjetivos como objetivos, tanto verdaderos como falsos, no hay razón para referirse a su determinación, porque al hacerlo nos colocaríamos en su lugar y cargaríamos el platillo de la balanza con dudas de las que carece.

Se trata tan sólo de una cuestión de fuerza y de debilidad. No caeremos en la pedantería de discutir el lenguaje familiar que da un mal uso a esta palabra; nuestra observación tiene únicamente por objeto rehuir las objeciones injustificadas.

Esta determinación; que supera el eventual estado de duda, sólo puede ser llevada a la práctica por el entendimiento, y, de hecho, por una dirección de éste totalmente particular. Sostenemos que la mera unión de un raciocinio superior y de los sentimientos necesarios no basta para dar lugar a la determinación. Hay personas que poseen una capacidad muy aguda para percibir los problemas más difíciles y que no carecen de valor para afrontar graves responsabilidades, y que, sin embargo, en casos difíciles no saben tomar una determinación. Su valor y su entendimiento permanecen como ajenos al hecho, no se prestan ayuda mutua, y a causa de ello no forman una determinación. Esta sólo surge de un acto del raciocinio, que hace evidente la necesidad de la audacia, y en consecuencia determina la voluntad. Esta dirección completamente particular del entendimiento, que combate y anula todos los otros temores del hombre con el temor a la irresolución o a la vacilación, es la que origina la determinación en las mentalidades fuertes. Por ello los hombres con escaso raciocinio no pueden distinguirse por su determinación, de acuerdo con el sentido que le damos a esa palabra. En situaciones difíciles pueden actuar sin vacilar, pero entonces lo hacen sin reflexión, y un hombre que actúa sin reflexionar no es atormentado por duda alguna. Este desarrollo de la acción puede resultar correcto de vez en cuando, pero consideramos, ahora como antes, que el resultado medio es el que denota la existencia del genio militar. Si esta afirmación resultara impropia para quien conozca a muchos oficiales de húsares que se caracterizan por su decisión, pero que carecen de profundidad de pensamiento, tenemos que recordar que se trata aquí de una dirección particular del raciocinio y no de una disposición para la meditación profunda.

Creemos, por tanto, que la determinación debe su existencia a una dirección particular del entendimiento, una dirección propia de una mentalidad fuerte, antes que de una brillante. Para confirmar esta genealogía de la decisión, cabe añadir que han habido  muchos hombres que han demostrado una gran determinación en escalas inferiores pero que han dejado de tenerla en posiciones más elevadas. Mientras en una ocasión ven la necesidad de obrar con determinación, en otra comprenden los peligros que entraña tomar una decisión errónea y, como no están familiarizados con las cosas que les interesan, su entendimiento pierde la fuerza original, y se vuelven tanto más tímidos cuanto más conscientes sean del peligro de la vacilación que los mantiene como petrificados, y cuanto más sostenida haya sido su costumbre de actuar por impulsos momentáneos.

El coup d'oeil y la determinación nos llevan, por lógica, a ocuparnos de su cualidad hermana, la presencia de ánimo, que debe desempeñar un papel importante en la guerra, como sede que es de lo inesperado; porque no es, en efecto, más que el magno ejemplo de la conquista de lo inesperado.

Así como admiramos la presencia de ánimo manifestada en una réplica oportuna a algo expresado de manera inesperada, así también la admiramos en la rapidez para echar mano de un recurso en un momento de peligro inopinado. Ni la réplica ni el recurso necesitan ser extraordinarios en sí mismos, porque lo que como resultado de una reflexión madura no sería nada excepcional, incluso pudiéndose tildar de insignificante, puede complacernos como acto instantáneo del entendimiento. La expresión «presencia de ánimo» significa de manera muy apropiada la rapidez y la prontitud de la ayuda prestada por el entendimiento.

De la naturaleza del caso depende que esta excelsa cualidad de un individuo sea atribuida más a la calidad particular de su inteligencia que a la firmeza de su equilibrio emocional, aun que ninguna de las dos puede faltar por completo. Una réplica certera es más bien propia de un ingenio veloz; un contragolpe que contrarresta un peligro inopinado entraña más que nada un equilibrio emocional estable.

Si tomamos en su forma amplia los cuatro componentes del ambiente en que se desarrolla la guerra, el peligro, el esfuerzo físico, la incertidumbre y el azar, fácil será comprender que se re quiere una gran fuerza moral y mental para que avance con seguridad y posibilidades de éxito en este elemento desconcertante una fuerza que los historiadores y cronistas de los hechos militares describen como energía, firmeza, constancia, fortaleza de espíritu y de carácter, de acuerdo con las diferentes modificaciones introducidas por las circunstancias. Todas estas manifestaciones de la naturaleza heroica pueden ser consideradas como producto de la fuerza de voluntad y su equivalente, con las modificaciones que dictan las circunstancias; pero por más relacionadas que estén una con la otra, no son, sin embargo, idénticas, por lo cual creemos conveniente diferenciar con más detalle estas cualidades morales y su relación mutua.

En primer lugar, para fijar nuestras ideas es esencial observar que el peso, la carga, la resistencia, o como quiera que quiera llamársele, por lo cual se pone de manifiesto la fuerza espiritual de la persona que actúa, sólo en una mínima medida tiene que ver con la actividad del enemigo, la resistencia del enemigo, la acción del enemigo. La actividad del enemigo sólo afecta directamente al general en jefe, en primer lugar en relación con su persona, sin afectar a su acción como comandante. Si el enemigo resiste cuatro horas en lugar de dos, el jefe se hallará en peligro durante cuatro horas en lugar de dos. Esta es una consideración que cede en importancia a medida que se eleva la jerarquía de la jefatura.

¿Qué importancia tiene para el que ocupa la posición de general en jefe? Sin duda, ninguna.

En segundo lugar, la resistencia del enemigo surte un efecto directo sobre el jefe, debido a la pérdida de medios en que incurre cuando aquélla se prolonga y a la responsabilidad que con trae en relación con esa pérdida. Es precisamente en este momento, debido a la carga de ansiedad de sus consideraciones, donde se manifiesta y se pone a prueba su fuerza de voluntad. Afirmamos, sin embargo, que dista de ser esta la carga más pesada que el jefe debe soportar, pues es algo que tiene que resolver solo por sí mismo, mientras que todos los otros efectos de la resistencia del enemigo actúan sobre los combatientes que están bajo su mando e influyen en él a través de éstos.

Mientras los hombres henchidos de coraje luchan con ardor guerrero, su jefe raramente tendrá ocasión de hacer alarde de gran fuerza de voluntad en la prosecución de sus objetivos. Pero en cuanto surgen las dificultades, y esto nunca deja de ocurrir cuando tienen que alcanzarse grandes resultados, las cosas dejan de funcionar como una máquina bien engrasada, sino que esta misma comienza a ofrecer resistencia y, para superar el trance, el jefe tiene que actuar con gran fuerza de voluntad. Tal resistencia no debe interpretarse como si se tratara de una desobediencia o una réplica, aunque éstas se presenten con bastante frecuencia en los individuos, sino que la lucha que debe librar el jefe en su interior es con la impresión general de la disolución de todas las fuerzas físicas y morales y el espectáculo angustioso del sacrificio sangriento, y luego con todos aquellos que, directa o indirectamente, depositan en él sus impresiones, sus sentimientos, sus ansiedades y sus esfuerzos. A medida que los individuos, uno tras otro, van agotando sus fuerzas, y cuando su propia voluntad ya no basta para alentarlos y mantenerlos, la inercia de toda la masa comienza a descargar su peso sobre las espaldas del comandante.

Será la fuerza de su aliento, la llama de su espíritu, la firmeza de su propósito las que harán brillar de nuevo la luz de la esperanza en los otros. Sólo en la medida en que sea capaz de hacerlo, el jefe dominará a las masas y seguirá comandándolas. Cuando ocurra un descalabro, y su valor no tenga la fuerza suficiente como para hacer revivir el valor de los demás, las masas lo arrastrarán consigo hacia el abismo, hacia las profundas regiones de la más baja animalidad, en las que se rehuye el peligro y no se concibe vergüenza alguna. Tal es la carga que deben soportar el valor y la fuerza espiritual de un jefe en la lucha si éste desea realizar algo extraordinario. Esta carga aumenta en relación con las masas que se hallan bajo su mando, y, en consecuencia, para que las fuerzas en cuestión continúen igualando el peso que recae sobre sus hombros, deberán aumentar en proporción con el rango que ocupe.

La energía en la acción expresa la fuerza de la motivación por la cual la acción se pone de manifiesto, ya tenga el móvil su origen en una convicción propia del entendimiento, ya en un impulso de los sentimientos. Este último difícilmente puede estar ausente cuando haya que hacer una gran demostración de fuerza. Debemos admitir que, de todos los excelsos sentimientos que colman el pecho humano en ––el esfuerzo cruel de la lucha, no hay ninguno tan poderoso y constante como el de la sed de honores y de fama, a los que tan injustamente trata el idioma alemán, que no se recata en menospreciarlos con dos indignas asociaciones: Ehrgeiz (codicia de honores) y Ruhmsucht (búsqueda de gloria). Sin duda, el mal uso de estas gallardas aspiraciones del espíritu produjo, especialmente en la guerra, más de una insoportable injusticia para la especie humana, pero por su origen estos sentimientos deben ser considerados entre los más nobles de nuestra naturaleza, y en la guerra constituyen el verdadero soplo de vida que anima a ese cuerpo gigantesco. Aunque otros sentimientos pueden ejercer una influencia más general, y muchos de ellos, como el amor a la patria, la sujeción fanática a una idea, la venganza, el entusiasmo de cualquier índole, etc., parecería que ocuparan una posición más elevada, no convierten en superfluas la ambición y la búsqueda de la fama.

Esos otros sentimientos pueden animar en general a grandes masas, e inspirarles sentimientos sublimes, pero no producen en el jefe el deseo de descollar entre sus compañeros, lo cual constituye el requisito esencial de su posición, si es que se propone lograr algo digno de mención. A diferencia de la ambición, estos sentimientos no convierten al acto militar individual en una propiedad particular del jefe, quien se esfuerza luego en utilizarlos para sacar una mayor ventaja, labrando trabajosamente y sembrando con cuidado para poder recoger una abundante cosecha. Estas aspiraciones, compartidas por todos los jefes, desde el de mayor graduación hasta el menos importante, esta especie de diligencia, este espíritu de emulación, este acicate, son los que determinan en particular la eficiencia de un ejército y lo hacen triunfar. Y en lo que respecta a los hombres de vértice, preguntamos: ¿ha habido alguna vez un gran general en jefe desprovisto de ambición, o puede siquiera concebirse tal circunstancia? La firmeza denota la capacidad de resistencia de la voluntad frente a la dureza de un choque, la constancia en relación con la duración. A pesar de la analogía existente entre ambas, así como de la frecuencia con que una es usada en vez de la otra, existe sin embargo una diferencia notable entre ellas que no se presta a confusión, puesto que la firmeza frente a una impresión poderosa puede tener su raíz en la simple intensidad de su experimentación, pero la constancia debe estar más bien sostenida por el raciocinio, ya que con la duración de una acción se acrecienta su regularidad, y la constancia extrae en cierto modo de ello su fuerza.

Examinemos ahora lo que entendemos por fortaleza de espíritu y de ánimo.

Es evidente que no se trata de la intensidad en la expresión del sentimiento o de la emotividad, porque esto se opondría a todos los usos del idioma, sino del poder de obedecer al raciocinio, incluso en medio de la excitación más intensa, en medio de la tormenta de las más enconadas emociones. ¿Dependerá este poder únicamente de la fuerza del raciocinio? Es dudoso. El hecho de que haya hombres de inteligencia sobresaliente que no saben controlarse a sí mismos no prueba lo contrario, pues cabe decir que esto tal vez requiera una inteligencia más bien de índole fuerte que de un carácter comprensivo; pero tal vez nos acercamos más a la verdad si suponemos que, incluso en los momentos de la expresión más intensa de los sentimientos, la fuerza, para someterse al control del raciocinio, que llamamos dominio sobre uno mismo, hinca sus raíces en el espíritu. Se trata en realidad de otro sentimiento que, en los hombres de espíritu fuerte, equilibra la emotividad desaforada sin destruirla, y sólo gracias a este equilibrio queda asegurado el dominio del raciocinio. Como contrapartida no existe nada más que el sentimiento de dignidad del hombre, ese orgullo excelso, esa necesidad oculta del alma, que actúa siempre como un ser dotado de juicio y capacidad de raciocinio. En consecuencia, puede decirse que un espíritu fuerte es aquel que no pierde su equilibrio ni aun por el impulso de los estímulos más intensos.

Si tendemos una mirada a la gran diversidad existente entre los hombres, desde el punto de vista sentimental, encontramos en primer término personas que muestran escasa capacidad de excitación, a las que se las llama flemáticas o indolentes; en segundo lugar, otras personas son muy excitables, con unos sentimientos, sin embargo, que no exceden nunca de cierto límite, y en este caso se conocen como sensibles, pero calmosas; en tercer lugar, otras se excitan con facilidad, y sus sentimientos se inflaman con la rapidez y la intensidad de la pólvora, pero sin perdurar; en cuarto lugar, finalmente, existen quienes no se conmueven por causas pequeñas, y que por lo general entran en acción de forma gradual y no súbitamente, demostrando unos sentimientos que llegan a ser muy  poderosos y mucho más duraderos, personas con pasiones fuertes, ocultas en lo más profundo de su ser.

Esta diferencia entre los hombres en relación con su constitución emocional linda con las fuerzas físicas que actúan en el organismo humano, y pertenece a esa organización dual que llamamos sistema nervioso, relacionado por un lado con la materia y por el otro con el espíritu. Nuestra frágil filosofía no pretende buscar nada más en este ámbito de penumbra; pero conviene a nuestros planteamientos dedicar un momento a calibrar el efecto que estas diferencias producen sobre la acción en la guerra y hasta qué punto cabe esperar de ellas una gran fortaleza de carácter.

A los hombres indolentes no se les saca de sus casillas con facilidad, pero indudablemente no puede decirse que existe fortaleza de carácter donde hay una ausencia total de manifestación de fuerza. No obstante, tampoco cabe negar que tales hombres muestran cierta eficacia, siquiera parcial en la guerra, justamente debido a su inmutable equilibrio. Con frecuencia carecen de motivos positivos para la acción, o sea, de fuerza impulsora, y, por tanto, de actividad; pero no acostumbran a echar a perder nada.

La peculiaridad del segundo tipo, como se ha dicho, es la de excitarse con facilidad ante asuntos insignificantes, pero frente a cuestiones relevantes se quedan también en suspenso. Los hombres de este tipo muestran una gran actividad cuando se trata de ayudar a un semejante en desgracia, pero el peligro que amenaza a una nación no hace más que deprimirlos en lugar de animarlos a la acción.

En la guerra, tales hombres no dejarán de mostrarse activos ni carentes de equilibrio, pero no realizarán nada de envergadura, a menos que un planteamiento inteligente muy poderoso les procure los motivos para ello. Pero muy raramente tales temperamentos van ligados a una inteligencia muy fuerte e independiente.

Los sentimientos excitables e inflamables no suelen adaptarse a la vida práctica, y, por tanto, no son muy apropiados para la guerra. Es cierto que cuentan con la ventaja de promover impulsos fuertes pero éstos no duran. No obstante, si la vitalidad de tales hombres se inclina por el valor y la ambición, pueden llegar a ser muy útiles en la guerra cuando ocupan posiciones inferiores, simplemente porque en la acción bélica que controlan los jefes situados en una escala inferior tiene por lo general una duración más corta. A veces bastará con una decisión valerosa, una expansión de las fuerzas del espíritu. Un ataque intrépido, un fuerte embate son cuestiones de pocos minutos, mientras que la valerosa lucha en el campo de batalla puede desarrollarse durante todo un día, y una campaña abarcar como tarea todo un año.

Debido a la rápida evolución de sus sentimientos, resulta doblemente difícil para los hombres que hemos descrito mantener el equilibrio emocional, y pierden por ello con frecuencia la cabeza. Es este, por tanto, el peor de sus defectos respecto de su capacidad para la conducción de la guerra. Pero sería ir en contra de la experiencia afirmar que los hombres de temperamento explosivo no son nunca fuertes, es decir, que no son capaces de mantener su equilibrio bajo el efecto de un estímulo poderoso. ¿Por qué no habría de existir en ellos el sentimiento de su propia dignidad, ya que por lo general son de naturaleza noble? Tal sentimiento raramente falta en ellos, pero lo que ocurre es que no tiene tiempo de manifestarse. En su mayoría, después de un arranque son presa de un sentimiento de humillación. Si gracias a la educación, a la vigilancia de sus propios actos y a la experiencia aprenden tarde o temprano a defenderse de sí mismos, y en momentos de excitación desatada alcanzan con rapidez a tener conciencia del choque de sus fuerzas interiores, pueden también llegar a ser capaces de dar fe de una gran fortaleza de espíritu.

 Por último, encontramos a hombres que difícilmente se conmueven, pero que por esa misma razón tienden a hacerlo en profundidad; hombres que con respecto a los precedentes están en la misma relación que el calor con la llama. Son los más indicados para poner en movimiento, haciendo uso de su fuerza titánica, masas ingentes, entre las cuales caben ser representadas figurativamente las dificultades que entraña la acción en la guerra. El efecto de sus sentimientos se equipara al movimiento de grandes masas, que, aunque más lento, resulta sin embargo avasallador.

Aunque tales hombres no se ven tan desbordados por sus sentimientos ni tan arrastrados por la propia vergüenza como los anteriores, sería también contrario a la experiencia creer que no pueden perder nunca el equilibrio o que nunca pueden ser objeto de una pasión ciega. Por el contrario, esto ocurrirá tan pronto como falte el noble orgullo del dominio de uno mismo o cuando éste no tenga un peso suficiente. Muy a menudo nos lo demuestran hombres eminentes pertenecientes a pueblos agrestes, en los que el escaso cultivo de la inteligencia favorece el predominio de la pasión. Pero, incluso entre las clases más elevadas de los pueblos cultivados, la vida rebosa de este tipo de ejemplos, de hombres obnubilados por la violencia de sus pasiones, del mismo modo que el cazador furtivo de la Edad Media, atraído por el venado, se sentía arrastrado a internarse en la floresta.

Repetimos, pues, que un espíritu fuerte no es simplemente aquel que se muestra capaz de sentir emociones fuertes, sino el que mantiene su equilibrio incluso bajo el peso de las emociones más intensas, de modo que, a pesar de las tormentas que se libran en su interior, la convicción y el entendimiento pueden actuar con perfecta libertad, como la aguja de la brújula en un barco sacudido por la tormenta.

La expresión fortaleza de carácter, o simplemente carácter, significa una tenaz convicción, ya sea ésta el resultado de nuestro propio juicio o el de otros, ya esté basada en principios, opiniones, inspiraciones momentáneas o cualquier otro producto del entendimiento. Pero es bien cierto que esta clase de firmeza no puede manifestarse si los mismos juicios están sujetos a cambios frecuentes. Esta variabilidad no necesita ser el resultado de alguna influencia exterior. Puede surgir de la actividad continua de nuestro propio entendimiento, pero, en ese caso, indica sin duda una inestabilidad peculiar de la inteligencia. No afirmaremos en verdad que un hombre tiene carácter cuando cambia de opinión a cada momento, por mucho que este cambio pueda provenir de su interior. Por tanto, sólo diremos que posee esta cualidad aquel que ponga de manifiesto una convicción muy constante, ya sea porque esté arraigada profundamente, y poco expuesta por sí misma a sufrir cambios, ya porque escasea la actividad mental, como es el caso de las personas indolentes, y por ello se carezca de motivos para el cambio o, por último, porque un acto explícito de la voluntad, proveniente de un principio imperioso del entendimiento, rechaza cualquier cambio de opinión.

En la guerra, más que en ninguna otra actividad humana, ocurren acontecimientos que pueden desviar a un hombre del camino que se ha trazado, haciéndole dudar de sí mismo y de los demás, a causa de las muchas y poderosas impresiones que acosan al espíritu y de la incertidumbre en que se ve envuelto el entendimiento.

El espectáculo desgarrador del peligro y del sufrimiento conduce fácilmente a sentimientos que ganan ascendiente sobre la convicción del entendimiento, y, en medio de las tinieblas que ofuscan todo a su alrededor, la claridad de juicio profundo resulta tan problemático que provoca que el cambio sea más comprensible y disculpable. Se tiene que actuar siempre con conjeturas y suposiciones sobre la verdad. Por esta razón, en ningún otro lugar son tan grandes como en la guerra las diferencias de opinión, y en ella  no cesa de fluir la corriente de impresiones que van en contra de nuestras propias convicciones. Ni siquiera la flema del intelecto más intensa sirve para defenderse de ellas, porque tales impresiones son demasiado fuertes y vívidas, y siempre al mismo tiempo contrarias al temperamento.

Sólo los principios generales y modos de ver las cosas que gobiernan la actividad desde el punto de vista más elevado pueden ser el fruto de un claro y profundo juicio, y en ellos descansa, a manera de pivote, la opinión que se forme respecto de un caso particular considerado de manera inmediata. Sin embargo, la dificultad reside precisamente en afirmarse en estos resultados de reflexión previa, en oposición a la corriente de opiniones y fenómenos que aporta el presente. Entre el caso particular y el principio se crea a menudo una larga distancia, que no siempre puede ser recorrida mediante una cadena visible de conclusiones, y en la que es necesaria cierta confianza en uno mismo y es útil cierta dosis de escepticismo. Con frecuencia, poca ayuda se encuentra aquí fuera del principio imperioso que, independiente de la reflexión, la controla; es un principio que, en todos los casos dudosos, tiene que avenirse a nuestra primera opinión y no abandonarla hasta que se esté convencido de la necesidad de hacerlo. Se tiene que estar firmemente convencido de la autoridad superior que entrañan los principios contrastados, y no permitir que el brillo de las apariencias momentáneas nos lleve a olvidar que su verdad siempre pertenece a un nivel inferior. Nuestras acciones adquirirán esa estabilidad y consistencia que llamamos carácter, por esta preferencia que otorgamos, en casos dudosos, a nuestras convicciones previas, y por la avenencia que les atribuimos.

Fácilmente vemos cómo un temperamento bien equilibrado estimula en gran medida la fortaleza de carácter; es por eso, también, por lo que hombres de gran fortaleza espiritual tienen por lo general mucho carácter.

La fortaleza de carácter nos conduce a una de sus formas degeneradas: la obstinación.

En ciertos casos resulta a menudo muy difícil dilucidar cuándo termina una y cuándo empieza la otra; en el terreno abstracto, por contra, no parece difícil determinar la diferencia entre ellas.

La obstinación no es un defecto del entendimiento. Usamos ese término para significar la resistencia a un juicio mejor, y ésta no puede, sin implicar una contradicción en sí misma, emplazarse en el intelecto, que es precisamente la capacidad de juzgar. La obstinación constituye un defecto del temperamento. Este carácter inflexible de la voluntad, ese encono en oponerse a réplicas ajenas tienen su fundamento simplemente en un tipo particular de egolatría, que sitúa por encima de cualquier otro placer el de gobernarse a sí mismo y a los demás, únicamente por el propio capricho. Podríamos denominar esto una forma de vanidad, si no fuera, por supuesto, algo mejor; la vanidad encuentra satisfacción en la apariencia, pero la obstinación descansa sobre el deleite de la circunstancia.

Afirmamos, por tanto, que la fortaleza de carácter se convierte en obstinación tan pronto como la resistencia a un juicio ajeno proviene de un sentimiento de oposición y no de una convicción mejor o de la confianza en un principio más elevado. Si bien esta definición, como ya hemos admitido, poca ayuda presta en la práctica, impide, no obstante, que la obstinación sea considerada meramente como la intensificación de la fuerza de carácter, siendo así que es algo esencialmente diferente, algo que, si bien es verdad que se le acerca hasta lindar con ella, al mismo tiempo se halla tan alejado de una  forma más intensa, que hay hombres muy obstinados que, por falta de entendimiento, se muestran dotados de poca fortaleza de carácter.

En nuestro análisis de los elevados atributos que caracterizan a un gran conductor hemos considerado como corrientes aquellas cualidades en las cuales participan el intelecto y el temperamento. Nos hallamos ahora ante una peculiaridad de la actividad militar que cabe estimar quizá como la más influyente, aunque no sea la más importante, y que sólo exige una cierta capacidad mental, a despecho de las cualidades temperamentales. Se trata de la relación que existe entre la guerra y el lugar y el terreno.

En primer lugar, esta relación se encuentra presente de manera constante, haciendo por completo inconcebible que una acción bélica por parte de nuestro ejército en formación se produzca de otro modo que no sea en un espacio definido; en segundo lugar, tal relación asume una importancia muy decisiva porque modifica, y a veces la altera por entero, la acción de todas las fuerzas; y, en tercer lugar, mientras que por un lado puede alcanzar a los detalles más nimios de la localidad, por otro puede abarcar los más amplios espacios.

Así, la relación que existe entre la guerra y el terreno y el lugar otorga a la acción de aquélla un carácter muy particular. Si hiciéramos mención de otras actividades humanas que guardan relación con estos elementos (la horticultura, la agricultura, la construcción, las obras hidráulicas, la minería, la caza, la silvicultura, etc.), veríamos que todas ellas se efectúan en espacios ciertamente limitados, que pueden ser explorados y determinados con exactitud suficiente. Pero el jefe en la guerra tiene que ceñir la tarea en que está empeñado dentro de un espacio que le obliga a limitarse, que sus ojos no pueden abarcar, que el celo más aguzado no puede explorar siempre y con el cual rara vez puede familiarizarse adecuadamente, a causa de los cambios constantes que se producen. Es cierto que el oponente se encuentra por lo general en la misma situación; sin embargo, en primer lugar, la dificultad, aunque sea común a ambos, no deja de constituir por ello una dificultad, y el que la domine con su talento y su experiencia adquirirá una gran ventaja; en segundo lugar, esta igualdad en las dificultades se produce sólo de modo general y no necesariamente en un caso particular, en el cual, como norma, uno de los dos combatientes (el defensor) suele tener un mayor conocimiento del lugar que el otro.

Esta dificultad tan peculiar debe ser superada mediante un tipo especial de capacidad mental, llamado sentido del lugar, que no deja de ser un término muy restringido.

Consiste en la capacidad para formarse con rapidez una representación geométrica correcta de cualquier porción de territorio y, en consecuencia, para encontrar en cualquier momento, de modo ajustado y fácil, una posición en él. Esto constituye, evidentemente, un acto de la imaginación. La percepción está formada, sin duda, en parte por la apreciación visual y en parte por la del intelecto, el cual, por medio de juicios derivados del conocimiento de la ciencia y de la experiencia, proporciona los datos que faltan y forma un todo con los fragmentos visibles para el ojo. Pero, para que este todo se presente vívidamente a nuestra mente, y se convierta en una imagen en el mapa dibujado en el cerebro, para que esta imagen sea permanente y los detalles no se dispersen de nuevo, todo esto sólo puede efectuarse por medio de la facultad mental que llamamos imaginación. Si algún poeta o pintor se sintiera herido porque atribuimos a su diosa una tarea semejante, si se encoge de hombros ante la idea de que a un hábil guardabosque se le tiene que reconocer, por ese motivo, una imaginación de primer orden, admitiremos de buena gana que en ese caso nos referimos sólo a una aplicación muy limitada del término, y a su uso en una tarea realmente inferior. Pero, por pequeño que sea su servicio, tiene que ser, no obstante, obra de ese don natural, porque si éste faltara, sería difícil formarse  una idea clara y coherente de las cosas, como si las tuviéramos delante de los ojos. Admitimos sin vacilar que una buena memoria resulta una gran ayuda para ello, pero tenemos que dejar pendiente de decisión si la memoria ha de ser considerada como una facultad independiente de la mente, o si se trata tan sólo de una capacidad para formar imágenes que fijan mejor estas cosas en la mente; en efecto, resulta realmente difícil pensar en estas dos facultades mentales separadas una de la otra.

No negamos que la práctica y una conclusión inteligente tienen mucho que ver con el sentido del lugar. Puysegur, el administrador militar del famoso general Luxemburg, solía afirmar que al principio tenía poca confianza en sí mismo a este respecto porque había notado que, si tenía que dar la contraseña a distancia, siempre se desviaba del camino.

El ámbito para la aplicación de este talento aumenta, naturalmente, cuanto más nos elevamos en la jerarquía. Así como el húsar o el cazador al mando de una patrulla tienen que ser capaces de localizar fácilmente su posición en veredas y atajos apartados, necesitando para este propósito pocas señales y sólo un don limitado de observación e imaginación, el general en jefe, por su parte, que se ve obligado a poseer un conocimiento de los rasgos geográficos generales de una región o de un país, ha de tener siempre vívidamente ante sus ojos la dirección de los caminos, de los ríos y de las montañas, pudiendo prescindir, al mismo tiempo, del sentido limitado del lugar. Sin duda, en líneas generales constituirán una gran ayuda las informaciones de toda clase que pueda poseer, mapas, libros o memorias, y, para los detalles, la colaboración de su entorno; sin embargo, es evidente que la posesión de un talento capaz de comprender rápida y claramente las características de un terreno presta a su acción un desarrollo más fácil y más firme, lo libra de cierta orfandad mental y lo convierte en menos dependiente de los demás.

Si esta capacidad es atribuida en definitiva a la imaginación, será casi el único servicio que la actividad militar exige de esa diosa excéntrica, cuya influencia resulta más dañina que útil.

Creemos haber pasado revista a aquellas manifestaciones de las fuerzas de la mente y del espíritu que la actividad militar exige de la naturaleza humana. En todas las cuestiones, el entendimiento aparece como una fuerza cooperadora primordial, y por ello podemos comprender porqué la tarea de la guerra, aunque parece simple y sencilla, no puede ser nunca dirigida con éxito por personas que no posean una capacidad intelectual sobresaliente.

Desde este punto de vista, no precisamos considerar como el resultado de un gran esfuerzo mental algo tan natural como conseguir un cambio de posición del enemigo, lo cual ha sido realizado mil veces, u otras cien acciones como ésa.

Evidentemente estamos acostumbrados a ver en el soldado simple y eficiente algo opuesto a las mentes reflexivas, a esos hombres que rebosan de capacidad de invención y de ideas, esos espíritus esplendentes que nos deslumbran con su prodigalidad intelectual.

Tal antítesis no está en modo alguno reñida con la realidad, pero no nos dice que la eficiencia del soldado consista simplemente en su valor ni que no exija asimismo una cierta energía especial y una eficiencia mental para ser algo más que lo que se llama un buen espada. Tenemos que insistir una y otra vez en que no hay nada más común que la existencia de hombres que pierden su capacidad de acción al ser promocionados a una posición superior, para la cual sus facultades ya no obran de la misma manera. Pero tenemos que recordar también que estamos hablando de hazañas notables, que dan lustre  a la rama de la profesión a la que pertenecen. Cada grado de mando en la guerra crea, pues, su propio tipo de cualidades necesarias del espíritu, su honor y su fama.

Existe un inmenso abismo entre un general en jefe, es decir, un general que asume el mando supremo de toda una guerra o del teatro de la guerra, y su segundo en el escalafón, por la simple razón de que este último está sometido a una dirección y supervisión mucho más detallada y está limitado, en consecuencia, a un ámbito mucho menor de actividad mental independiente. Es por ese motivo por el cual la opinión corriente no aprecia que se requiera una actividad intelectual notable, excepto en las posiciones superiores, y piensa que basta una inteligencia ordinaria para ocupar las inferiores; es por eso también por lo que la gente común se siente inclinada a otorgar un punto de incapacidad a un jefe subalterno que ha envejecido en el servicio y cuyas actividades exclusivas han producido en él un evidente empobrecimiento del espíritu, y, con todo respeto hacia su valentía, se mofan de su simplicidad. No constituye nuestro objetivo intentar conseguir para esta brava gente una mejor distinción; ello no contribuiría en nada a su eficiencia y muy poco a su felicidad. Deseamos únicamente presentar las cosas tal como son y apercibir contra el error de suponer que un simple valentón desprovisto de entendimiento puede prestar servicios remarcables en la guerra.

Si consideramos que, incluso, en las posiciones más inferiores, el jefe llamado a sobresalir debe poseer cualidades espirituales notables y que, cuanto más elevado sea su rango, más eleva das habrán de ser sus capacidades, se deduce por sí mismo que tenemos formada una opinión por completo distinta respecto de aquellos que ocupan debidamente la posición de segundos en el mando de un ejército; y que su aparente simplicidad, en comparación con un polígrafo universal, o con un poderoso hombre de negocios dado a la pluma, o con un estadista conferenciante, no debería llamarnos a engaño sobre su inteligencia práctica. Sucede a veces que los hombres llevan consigo, al acceder a una posición más elevada, la reputación que han alcanzado en una inferior, y no se hacen merecedores de ella en la posición más alta. Si entonces no son muy utilizados y por tanto no corren el riesgo de ponerse de manifiesto, el juicio no distingue tan claramente qué clase de mérito se les tiene que reconocer. Tales hombres constituyen a menudo la causa de que se forme una opinión pobre sobre su personalidad, la cual en ciertas posiciones puede, sin embargo, brillar con todo merecimiento.

Se requiere un genio particular en cada rango, desde el más bajo hasta el más alto, para poder prestar servicios notables en la guerra. Sin embargo, la historia y el juicio de la posteridad confieren por lo general el título de genio sólo a aquellos hombres que han desempeñado con gran brillantez la función de general en jefe. La razón reside en que para ello, en efecto, se requiere una aportación mucho mayor de cualidades mentales y morales. Dirigir la guerra o sus grandes acciones, llamadas campañas, hasta un fin brillante, demanda una aguda perspicacia para comprender la política de Estado en sus relaciones más encumbradas. Coinciden aquí la conducción de la guerra y la política de Estado, y el general se convierte al mismo tiempo en estadista. Se le niega a Carlos XII de Suecia el título de genio porque no pudo poner el poder de su espada al servicio de un juicio superior, y la sabiduría no pudo alcanzar, por su intermedio, un objetivo glorioso.

Se niega ese título a Enrique IV de Francia porque no vivió lo suficiente como para influir con sus proezas en el desarrollo histórico de varios estados, y adquirir experiencia en ese ámbito en el cual los sentimientos nobles y el carácter caballeresco son menos eficaces para dominar a un enemigo que para superar un conflicto interno.

Si se desea corroborar todo lo que un general en jefe tiene que comprender y prever correctamente de una sola mirada, remitimos al lector al capítulo primero. Afirmamos  que ese general se convierte en estadista, pero que no debe dejar de ser lo primero. Por un lado debe ser capaz de captar todas las relaciones de Estado; por el otro, conocer exactamente lo que puede hacer con los medios que están en su mano.

La diversidad y los límites indefinidos de todas las relaciones existentes en la guerra ponen en evidencia un gran número de factores. Dado que muchos de ellos pueden ser calculados apelando a las leyes de la probabilidad, y si, en consecuencia, la persona que actúa no percibiera las cosas con el brillo de una mente capaz de inquirir intuitivamente la verdad en todas las circunstancias, se produciría una confusión tal de opiniones y consideraciones que daría como resultado que su juicio ya no sabría encontrar una salida. En este sentido, a Napoleón le asistía por completo la razón cuando afirmaba que muchas de las decisiones que tiene que tomar un general constituyen un problema de cálculo matemático, digno del talento de un Newton o de un Euler.

De entre las fuerzas superiores de la mente, las que aquí se exigen son un sentido de la unidad y el juicio, elevado hasta un extremo maravilloso de visión mental, que en su ámbito de actividad elabore rápidamente y aparte miles de ideas confusas, que un entendimiento normal no descubre si no es con gran esfuerzo y desgaste hasta el agotamiento. Pero estas actividades superiores de la mente, ese alarde de genialidad, no adquieren una trascendencia histórica a menos que estén sostenidas por aquellas cualidades de temperamento y carácter a las que nos hemos referido.

La verdad sola no resulta más que un motivo muy débil en el hombre, y por esta razón existe siempre una gran diferencia entre el conocimiento y el acto de voluntad, entre saber qué hacer y la capacidad para hacerlo. El hombre adquiere en cada momento el estímulo más fuerte para la acción a través de sus emociones, y consigue su apoyo más poderoso, si se nos permite la expresión, de esa aleación entre temperamento e inteligencia que hemos identificado como decisión, firmeza, constancia y fortaleza de carácter.

Sin embargo, si esta actividad exaltada del corazón y del cerebro en el general en jefe no tuviera una traducción práctica en el éxito final de su empeño y fuera aceptada solamente a título gratuito, rara vez llegaría a adquirir una trascendencia histórica.

Todo cuanto llega a percibirse en la guerra sobre el curso de los acontecimientos es, por lo general, muy simple y presenta en apariencia una gran uniformidad. Por la simple narración de estos acontecimientos, nadie puede apreciar toda la dificultad que ofrecen y que debe ser vencida. Solamente en alguna ocasión, en las memorias de los generales o de aquellos que gozaban de su confianza, o en el caso de que se someta un acontecimiento a una investigación histórica especial, se descubre una parte de los muchos hilos que componen la trama. La mayoría de las reflexiones y de las pugnas mentales que preceden a la ejecución de un gran plan son ocultadas a propósito, porque afectan a intereses políticos o porque su recuerdo se ha perdido accidentalmente, por ser consideradas como un simple andamiaje que tiene que ser retirado cuando se haya culminado la construcción del edificio.

Como conclusión, si bien obviamos dar una definición más ajustada de las fuerzas superiores del espíritu, tenemos que admitir, sin embargo, una distinción en la facultad intelectual misma, de acuerdo con las interpretaciones fijadas en el idioma. En este sentido, si se plantea la pregunta sobre cuál es la clase de intelecto que se halla más íntimamente asociado con el genio militar, una visión general sobre este tema, tanto como la experiencia, nos muestra que en tiempos de guerra preferiríamos confiar el bienestar de nuestros hermanos y nuestros hijos y el honor y la seguridad de nuestro país  antes a una mente inquisidora que a una creadora, más a una mente generalizadora que a la que se empecina en una sola dirección, más a una cabeza fría que a una ardorosa.

 

Capítulo IV
DEL PELIGRO EN LA GUERRA

 

Por lo general, antes de experimentar lo que constituye en realidad el peligro nos formamos de él una idea que resulta más atractiva que repulsiva. En la embriaguez entusiasta que nos embarga cuando acosamos al enemigo en el ataque, ¿quién se preocupa de los proyectiles y de los hombres que van cayendo? ¿Es posible que, a ojos cerrados, nos libremos por un momento a los fríos brazos de la muerte, ignorando si seremos nosotros u otros los que escaparán de ella, cuando nos hallamos cercanos a la meta dorada de la victoria, próximos al fruto reconfortante al que aspira la ambición? No será esto difícil, y menos aún lo parecerá. Pero tales momentos, que no proceden, sin embargo, de un único impulso, como se podría suponer, sino que son algo así como los tónicos recetados por los médicos, que deben ser diluidos y tomados a intervalos de tiempo, tales momentos, repetimos, son los que más escasean.

Acompañemos al militar bisoño en el campo de batalla. A medida que nos acercamos a éste, el tronar de los cañones se hace más intenso y pronto es acompañado por el estampido de los disparos, que acapara ahora la atención de los inexpertos. Los proyectiles empiezan a batir contra el suelo, cerca de nosotros, por delante y por detrás.

Nos dirigimos hacia el cerro donde se encuentra el comandante en jefe y su nutrida escolta. Aquí, el fragor cercano de los obuses y el estallido de las granadas son tan frecuentes que la trascendencia de la vida se impone por encima del cuadro juvenil de la imaginación. De pronto cae alguien que nos es conocido. Una granada explota entre la tropa y causa algunos movimientos involuntarios. Empezamos a sentirnos incómodos e intranquilos, e incluso el más valiente se muestra aturdido, por lo menos hasta cierto punto. Luego nos adentramos más en la batalla que se desarrolla ante nosotros, y nos dirigimos al siguiente general de división, tal como si estuviéramos en un escenario teatral. Aquí las balas suceden a las balas, y el tronar de nuestros propios cañones acrecienta el grado de confusión.

Del general de división al brigadier. Éste, hombre de probada bravura, se mantiene precavidamente detrás de una loma, una casa o unos árboles, segura señal de que existe un peligro creciente. La metralla estalla sobre los techos de las casas y en los campos; los obuses zumban por encima de nosotros, en todas direcciones, y ya se siente un constante silbido de balas de mosquete. Otro paso más hacia la tropa, hacia esa aguerrida infantería que, con indescriptible resistencia, se ha mantenido durante horas bajo el fuego, aferrada a su terreno. Aquí el aire se colma con el silbido de las balas que, al pasar a poca distancia del oído, la cabeza o el pecho, anuncian su proximidad con un ruido seco y breve. A todo ello se agrega el sentimiento de compasión que agita nuestros corazones, la piedad que nos inspira la contemplación de los heridos y los que se desploman con lamentos de desesperación.

El militar bisoño no pasará por ninguna de estas etapas de peligro creciente sin tener la sensación de que la luz de la razón se mueve aquí a través de otros medios, y se refleja por otra forma que cuando se encuentra imbuida por la actividad. Más todavía, tendrá que  ser un hombre muy extraordinario aquel que, bajo la presión de esas primeras impresiones, no pierda la capacidad de tomar una decisión rápida. Es cierto que el hábito suele embotar con prontitud esas impresiones; a la media hora empezamos a mostrarnos más indiferentes, en mayor o menor grado, a todo lo que ocurre en nuestro entorno. Pero el hombre común nunca alcanza una plena frialdad y una elasticidad de espíritu natural.

Comprobemos, por tanto, una vez más, que no bastan las cualidades comunes, lo cual será tanto más cierto en cuanto se amplíe el ámbito de actividad que haya de ser abarcado. Se requiere una entusiasta, estoica e innata valentía, una ambición imperiosa, o una dilatada familiaridad con el peligro, para que todos los efectos producidos en este medio cada vez más agravante no escapen a la medida que desde un despacho puede aparecer solamente como común.

El peligro pertenece a la fricción propia de la guerra. Para comprenderlo de manera real se precisa apreciarlo correctamente, y es por esta razón por la que nos hemos referido a él en este capítulo.

 

Capítulo V
DEL ESFUERZO FÍSICO EN LA GUERRA

 

Si no se consintiera que nadie pudiese dar su opinión sobre los acontecimientos de la guerra excepto en el momento en que se encontrara entumecido por el frío, sofocado por el calor y la sed o dominado por el hambre y la fatiga, sin duda contaríamos con muy pocos juicios correctos objetivamente, pero lo serían por lo menos subjetivamente, es decir, expondrían la relación exacta entre la persona que juzga y el objeto juzgado. Esto lo percibimos con claridad cuando vemos cuán despreciativo, pobre y falto de espíritu es el juicio que, sobre los resultados de un hecho enojoso, manifiestan los que han sido sus testigos oculares, especialmente si han estado involucrados en él. Según nuestra opinión, ello indica la influencia que ejerce el esfuerzo físico y la importancia que debe darse a éste al emitir un juicio.

El esfuerzo físico tiene ante todo que ser incluido en la guerra entre los muchos factores cuyo valor no puede tasarse de forma tajante. A condición de que no se lo malgaste, es el coeficiente que regula la eficacia de todas las fuerzas, y nadie puede decir con precisión hasta dónde puede ser llevado. Pero la cuestión más interesante es que del mismo modo que solamente un músculo fuerte permite al arquero estirar al máximo la cuerda de su arco, sólo de un espíritu fuerte cabe esperar que extraiga el máximo posible de la potencia de su ejército. Una cosa es que un ejército, tras haber sufrido un grave descalabro y verse acosado por el peligro, se desmorone como se derrumba un muro, y que solamente pueda encontrar su salvación en el esfuerzo máximo de sus fuerzas físicas, y otra cosa completamente distinta es que un ejército victorioso, llevado solamente por sentimientos de orgullo, sea conducido por su jefe con libre arbitrariedad. El mismo esfuerzo, que, en el primer caso, podría como máximo provocar nuestra conmiseración, en el último no deja de colmarnos de admiración porque resulta mucho más difícil de mantener.

A los ojos del inexperto, esto iluminará una de las cosas que traban en la oscuridad, por decirlo así, los movimientos del pensamiento y agotan reservadamente las fuerzas del alma.

 Si bien sólo se trata aquí del esfuerzo que un comandante en jefe exige de su ejército, o que un jefe exige de sus subordinados, y se refiere, por lo tanto, al valor para recabar ese esfuerzo y al arte para mantenerlo, no debemos, sin embargo, pasar por alto el esfuerzo físico exigible al mismo comandante. Tras haber efectuado escrupulosamente hasta aquí el análisis de la guerra, debemos tener en cuenta también el peso que entraña este extremo residual.

Nos referimos al esfuerzo físico en particular porque, lo mismo que el peligro, pertenece a las causas fundamentales de la fricción, y porque su indefinida magnitud lo convierte en una masa elástica cuya fricción resulta, evidentemente, difícil de calcular.

Para evitar caer en un mal uso de estas consideraciones y de este examen de las condiciones que empeoran las dificultades de la guerra, la naturaleza nos proporciona, junto con nuestros sentimientos, una guía segura para emitir un juicio. Del mismo modo que un individuo no puede aludir con ventaja a sus imperfecciones personales si es difamado o maltratado, pero puede hacerlo si ha contrarrestado la difamación con éxito o se ha vengado de ella de manera brillante, del mismo modo ningún general en jefe ni ningún ejército cambiarán el signo de una derrota vergonzosa describiendo el mismo peligro, la angustia y el esfuerzo en que han incurrido, ya que no harían más que acrecentar indefinidamente la brillantez del que ha conseguido la victoria. Así, nuestro sentimiento, que constituye al fin y al cabo una forma superior de juicio, nos impide realizar un acto de aparente equidad, hacia el que ese mismo juicio se sentiría inclinado.

 

Capítulo VI
LA INFORMACIÓN EN LA GUERRA

 

Con el término «información» significamos todo el conocimiento que poseemos sobre el enemigo y su territorio. De hecho constituye, por tanto, el fundamento de todos nuestros planes y nuestras acciones. Considérese la naturaleza de este fundamento, su incertidumbre y su volubilidad y bien pronto se tendrá la impresión de que la guerra es una estructura peligrosa, que puede desmoronarse fácilmente y sepultarnos entre sus escombros. Aunque en todos los libros se nos dice que sólo debemos confiar en la información segura y que no tenemos que dejar de ser desconfiados, esto no es más que un consuelo libresco, producto de esa sabiduría en que se refugian los artífices de sistemas y de compendios cuando no tienen nada mejor que decir.

Una gran parte de la información que se obtiene en la guerra resulta contradictoria, otra parte más grande es falsa, y la parte mayor es, con mucho, un tanto dudosa. Lo que en este caso se puede exigir de un oficial es la posesión de cierto poder de discriminación que sólo puede obtenerse gracias al juicio y al conocimiento de los hombres y de las cosas. La ley de la probabilidad tiene que ser su guía. Esta no representa una dificultad insignificante, ni siquiera con referencia a los primeros planes, aquellos que se preparan en los despachos y que permanecen todavía fuera del ámbito real de la guerra; pero aquélla se acrecienta enormemente cuando en el fragor de la batalla un informe sigue al otro. Hay que dar gracias a la fortuna si estos informes, al contradecirse unos a los otros, producen una especie de equilibrio y provocan por sí mismos la crítica. El inexperto se encuentra en una situación conflictiva cuando la suerte no le presta tal servicio, sino que un informe sirve de fundamento al otro, lo confirma, lo magnifica, y aporta al cuadro un  nuevo colorido, hasta que la necesidad, con urgente prisa, le obliga a tomar una decisión que bien pronto se revelará como un desatino, dado que todos esos informes no eran más que falsedades, exageraciones, errores, etc. En pocas palabras: la mayoría de los informes son falsos, y la timidez de los hombres insufla nueva fuerza a las mentiras y las falacias.

Como regla general, todo el mundo se siente inclinado a creer más en lo malo que en lo bueno. Todos tienden a magnificar lo malo en cierta medida y, aunque los peligros así proclamados se apacigüen como las olas en el mar, pueden, lo mismo que éstas, cobrar altura sin causa aparente. El jefe confiado en su mejor conocimiento interno debe mantenerse firme y no ceder, como la roca contra la cual rompe la ola. La coyuntura no es fácil. Aquel que por naturaleza no sea de estirpe débil, o se haya ejercitado con la experiencia en la guerra y fortalecido en su juicio, puede adoptar como regla inclinarse fuertemente, es decir contra el íntimo nivel de sus propias convicciones, desde el lado del temor al lado de la esperanza. Sólo así será capaz de mantener un equilibrio verdadero.

La dificultad de ver las cosas de manera correcta, que es una de las mayores fuentes de fricción en la guerra, hace que las cosas parezcan completamente distintas de lo que se esperaba. La impresión de los sentidos es más poderosa que la fuerza de las ideas procedentes de un cálculo fundamentado, y esto llega tan lejos que probablemente no se ha ejecutado nunca un plan de cierta importancia sin que el comandante en jefe, en los primeros momentos de la ejecución, no haya tenido que dominar nuevas dudas surgidas en su pensamiento. Debido a ello, los hombres comunes, que suelen hacer caso de las sugestiones de los demás, por lo general se tornan indecisos cuando han de entrar en acción; creen que las circunstancias con que se encuentran son distintas a lo que habían esperado, en mayor medida en cuanto de nuevo ceden aquí ante las sugestiones de los demás. Pero incluso el hombre que traza por sí mismo sus planes pierde fácilmente la fe en su primera opinión cuando alcanza a ver las cosas con sus propios ojos. La firme confianza que tenga en sí mismo puede armarle contra la presión aparente del momento.

Su primera convicción quedará confirmada por el mismo desarrollo de los acontecimientos, cuando sea descartada la decoración inicial que el destino introduce, con sus formas exageradas de peligro, en el escenario de la guerra, y el horizonte se amplíe. Esta es uno de las grandes honduras que separa la concepción de la ejecución.

 

Capítulo VII
LAS FRICCIONES EN LA GUERRA

 

Mientras no se tenga un conocimiento personal de la guerra no se podrá apreciar dónde residen las dificultades que encierra, ni la importancia que realmente asumen el genio y las extraordinarias cualidades espirituales que se le exigen a un comandante en jefe. Todo parece tan simple, parecen tan sencillas las formas de conocimiento requeridas, y tan fútiles sus combinaciones, que, en comparación con ellas, el problema más elemental de matemáticas superiores adquiere una significación científica evidente.

Pero en cuanto se conoce la guerra, todo se vuelve inteligible. Sin embargo, resulta extraordinariamente difícil describir qué es lo que produce este cambio y designar con un nombre ese factor invisible y universalmente operativo.

Todo es muy simple en la guerra, pero hasta lo más simple resulta difícil. Estas dificultades se acumulan y causan una fricción, de la cual nadie que no haya asistido a una guerra puede formarse una idea ajustada. Supongamos que un viajero decide, al final  de una jornada, realizar dos etapas más, lo que puede significarle cuatro o cinco horas por carretera, con caballos de posta. Al cubrir la penúltima etapa, no encuentra caballos o los encuentra en deficiente estado; luego le espera un terreno montañoso, caminos en mal estado, etc.; la oscuridad ya es completa, y el viajero, tras muchas dificultades, se alegra de haber alcanzado la próxima parada y de encontrar allí alguna comodidad, por escasa que sea. Del mismo modo ocurre en la guerra, debido a la influencia de innumerables circunstancias cuya insignificancia ha hecho que no las tomáramos en cuenta de antemano; todo nos deprime y nos aleja de nuestro propósito. Una poderosa voluntad de hierro supera esta fricción: pulveriza los obstáculos, pero al mismo tiempo destruye a la máquina. Nos encontraremos a menudo ante esta coyuntura. Como un obelisco hacia el cual convergen las principales calles de una ciudad, del mismo modo la firme voluntad de un espíritu orgulloso se yergue imperiosa en el centro del arte de la guerra.

La fricción es la única concepción que de un modo bastante general corresponde a lo que distingue la guerra real de la guerra sobre el papel. La máquina militar, el ejército y todo lo que le corresponde, es en el fondo muy simple, y por esa razón parece fácil de manejar. Pero hay que tener presente que ninguna parte de esa máquina se compone de una sola pieza, sino que está compuesta de múltiples individuos, cada uno de los cuales mantiene su propia fricción hacia todas las direcciones. En teoría, esto suena muy bien: el jefe de un batallón es responsable de ejecutar la orden recibida, y como el batallón, por su disciplina, está como fundido en una sola pieza, y su jefe tiene que ser un militar de reconocida diligencia, la palanca gira sobre ese pivote de hierro con poca fricción.

Pero no ocurre así en la realidad, y todo lo que encierra de exagerado y falso la concepción se pone inmediatamente de manifiesto en la guerra. El batallón sigue estando compuesto de un número determinado de hombres, y, si el azar lo dicta, el menos significado de ellos es capaz de causar una demora o una anomalía. Los peligros que la guerra entraña, los esfuerzos físicos que exige intensifican de tal forma la posibilidad de un infortunio, que unos y otros deben ser considerados como sus causas más importantes.

Esta terrible fricción, que no se halla concentrada, como en la mecánica, en unos pocos puntos, aparece por lo tanto en todas partes en contacto con el azar, y produce así incidentes casi imposibles de prever, justamente porque corresponden en gran medida al azar. Un ejemplo de ese azar lo constituye el tiempo. Aquí la niebla provoca que el enemigo sea descubierto a destiempo, que un fusil se dispare en el momento menos oportuno, o que un informe no llegue a manos del general en jefe; allí, la lluvia impide la llegada de un batallón y hace que otro no aparezca en el momento exigido, porque tal vez ha tenido que marchar ocho horas en lugar de tres, o no deja que la caballería ataque eficazmente, porque la pesadez del terreno la tiene como anclada en el suelo.

Estos detalles se dan a guisa tan sólo de ejemplo y con el fin de que el lector pueda seguir al autor en este tema, pues de otro modo deberían escribirse volúmenes enteros sobre tales dificultades. Para dar una idea de la multitud de los pequeños obstáculos a los que hay que hacer frente en la guerra podríamos apelar a un sinnúmero de ejemplos, pero confiamos que bastarán los pocos que hemos dado para evitar el riesgo de resultar pesados.

La acción en la guerra equivale a un movimiento en un medio penoso. Al igual que un hombre sumergido en el agua es incapaz de ejecutar incluso el más simple y natural de los movimientos, como es el de caminar, del mismo modo, en la guerra, mediante el uso de las fuerzas corrientes no podemos mantenernos siquiera en el plano de la medianía.

Esta es la razón por la cual el teórico que actúa con corrección es como el maestro de natación que manda hacer en seco los movimientos que serán necesarios en el agua, los  cuales pueden parecer ridículos y exagerados a quienes no piensan en la naturaleza del agua. También es esta la razón por la cual los teóricos que nunca se han sumergido en ese elemento, o que no saben abstraer ninguna generalización de sus experiencias, se muestran faltos de práctica y hasta devienen absurdos, porque solamente enseñan algo que cualquiera sabe: caminar.

Por añadidura, toda guerra abunda en aspectos individuales. En consecuencia, es como un mar inexplorado, repleto de escollos, que el juicio del comandante en jefe, aunque nunca los haya visto con sus propios ojos, puede presentir, de tal modo que sea capaz de esquivarlos en la noche oscura. Si se desencadena un viento adverso, o sea, si se produce accidentalmente un grave acontecimiento en su contra, deberá realizar denodados esfuerzos, mostrar presencia de ánimo y la habilidad más consumada para hacerle frente, en tanto que para un observador distante todo parecerá desarrollarse por sí mismo. El conocimiento de esta fricción constituye una parte principal de esa experiencia bélica de la que tanto se alardea y que se exige a todo buen general. Es cierto que no es el mejor el que la tenga en mayor medida presente y por tanto la tema (es el tipo de generales inquietos en exceso, que tanto abunda entre los más experimentados). Pero el general en jefe tiene que ser consciente de la existencia de esa fricción, para poder superarla hasta donde le sea posible, y a fin de no confiar en que sus acciones posean tal grado de precisión en sus efectos como el que no cabe obtener precisamente por la existencia de esa fricción. Además, nunca se alcanzará ese conocimiento por la vía teórica, e incluso si ello fuera posible, faltaría siempre ese juicio práctico que llamamos instinto y cuya necesidad resulta mayor en ese ámbito repleto de minucias diversas que en situaciones mayores y más decisivas, ante las cuales solemos deliberar con nosotros mismos y con los demás. Del mismo modo que el juicio instintivo, que se convierte casi en hábito, hace que el hombre mundano hable, actúe y se mueva sólo en la forma que corresponde a cada ocasión, así también será sólo el oficial experimentado en la guerra quien decida y actúe siempre en forma adecuada a cada situación, sea grande o pequeña, a cada pulsación, desearíamos decir, de la guerra. De esta experiencia y de esta práctica nace por sí misma en su mente la reflexión sobre lo que funciona y lo que no. Y así le será posible evitar caer con facilidad en situaciones que le lleven a mostrar debilidad, lo cual, si ocurre con frecuencia en la guerra, hace tambalear la base fundamental de la confianza y resulta extremadamente peligroso.

En consecuencia, la fricción, o lo que aquí hemos denominado así, constituye lo que en la realidad convierte en difícil aquello que parece fácil. A medida que prosigamos con nuestra exposición saldrá a relucir más de una vez este tema, y por ello ha de resultar evidente que, además de la experiencia y una firme voluntad, se requieren algunas otras cualidades especiales del espíritu para hacer que un general se distinga por su excelencia.

 

Capítulo VIII
CONSIDERACIONES FINALES AL LIBRO I

 

Hemos designado al peligro, al esfuerzo físico, a la información y a la fricción como elementos que concurren en la atmósfera de la guerra y hacen de ésta un medio penoso para la realización de toda actividad. En consecuencia, por los efectos obstructores que presentan, tales elementos pueden ser incluidos nuevamente dentro de la idea colectiva de fricción general. ¿No existe, pues, ningún lubricante capaz de aminorar esa fricción? Se  cuenta sólo con uno, que no siempre se halla al dictado del comandante en jefe y de su ejército: es el hábito de la guerra.

El hábito fortalece el cuerpo sometido a los esfuerzos extremos, otorga fuerzas al pensamiento ante el peligro, afirma el juicio frente a las primeras impresiones. Por su intermedio se adquiere una valiosa presencia de ánimo en todos los niveles, desde el húsar y el tirador hasta el general de división, lo cual no deja de facilitar la tarea del general en jefe.

Así como en una estancia sumida en la oscuridad el ojo humano dilata su pupila, capta la escasa luz existente, distingue los objetos de forma gradual e imperfecta y al final los ve con bastante exactitud, lo mismo ocurre en la guerra con el soldado experimentado, mientras al novel sólo le rodea la noche cerrada. No hay ningún general en jefe que pueda proporcionar a su ejército el hábito de la guerra, y los ejercicios en tiempo de paz sólo proporcionan un débil sucedáneo; débil en comparación con la experiencia que otorga la participación real en la guerra, pero no en relación con los ejercicios que en otros ejércitos se limitan a simples actos mecánicos de rutina. Por lo tanto, efectuar esos ejercicios en tiempo de paz de modo que se incluyan en ellos alguna de las causas de fricción para que el juicio, la prudencia y hasta la decisión de los distintos jefes puedan ser puestos en práctica encierra un valor mucho más grande de lo que piensan los que no conocen la cuestión por experiencia. Resulta enormemente importante que el soldado, cualquiera que sea su rango, superior o inferior, no se enfrente por primera vez en la guerra con esos fenómenos que, al ser contemplados con nuevos ojos, asombran y confunden. Si de algún modo los experimenta con anterioridad, aun cuando sólo sea una vez, se sentirá ya medio confiado ante ellos. Esto se aplica incluso a los esfuerzos físicos, que deben ser practicados, no tanto para acostumbrar el cuerpo a ellos, sino para adiestrar la mente. En la guerra, el soldado novel tiende a considerar los esfuerzos desusados como una consecuencia de faltas serias, errores y dificultades en la conducción del conjunto, y por esa razón se siente doblemente deprimido. Esto no le sucederá si ha sido preparado de antemano mediante ejercicios en tiempo de paz.

Otro medio menos amplio, pero sin embargo importante, a efectos de habituarse a la guerra en tiempo de paz, es fomentar la incorporación a las propias filas de oficiales de ejércitos extranjeros que tengan una experiencia bélica. La paz reina rara vez en toda Europa, y nunca en todo el mundo. Un estado que goce de paz durante largo tiempo tratará siempre, por lo tanto, de asegurarse la colaboración de oficiales que hayan actuado en los teatros de guerra, por supuesto, sólo de quienes hayan acreditado un buen desempeño, o bien enviará a esos escenarios a algunos de sus propios oficiales para que puedan extraer la debidas lecciones del conflicto bélico.

Por muy reducido que parezca el número de oficiales de este tipo, en relación con la gran masa de un ejército, su influencia se hará no obstante sentir con todo vigor. Su experiencia, su manera de ser, el desarrollo de su carácter influirán sobre sus subordinados y sus camaradas. Además, aunque no ocupen posiciones de mando superior, siempre podrán ser considerados como hombres familiarizados con el tema, a los cuales cabrá consultar en muchos casos particulares.

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La Editorial
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Karl von Clausewitz: De La Guerra