Dostoievski: Memorias de la Casa de los Muertos

La Editorial

Indice  Anterior Fin de Página Siguiente
Imprimir

 

 

 

Primera Parte

 

En medio de las estepas, de las montañas y de los inextricables bosques de las más apartadas regiones de la Siberia, se encuentran de vez en cuando pequeñas ciudades de mil o dos mil habitantes, con edificios de madera, bastante feas, y dos iglesias, una en el centro de la población y la otra en el cementerio; en una palabra, ciudades que más bien parecen aldeas de los alrededores de Moscú que ciudades propiamente dichas. La mayor parte de sus habitantes está compuesta de agentes de policía, asesores y otros empleados subalternos. Hace muchísimo frío en Siberia, es cierto, pero en cambio es muy lucrativo el servicio que allí prestan los funcionarios del Estado.

Son sus moradores gentes sencillas, sin ideas liberales y de costumbres antiguas que ha ido afianzando el tiempo. Los empleados, que constituyen con perfecto derecho la nobleza de Siberia, son, o naturales del país, indígenas siberianos, o procedentes de Rusia. Estos últimos llegan directamente de la capital, seducidos por los elevados sueldos de que disfrutan, por las subvenciones extraordinarias para gastos de viaje, etc., y acariciando otras esperanzas no menos halagüeñas para el porvenir. Los que aciertan a resolver el problema de la vida, se establecen definitivamente en Siberia, resarciéndoles más tarde sobreabundantemente los copiosos frutos que recogen; en cuanto a los imprevisores que no saben resolver aquel problema, se aburren bien pronto y reniegan de Siberia y de la idea que se les ocurrió de solicitar aquel empleo. Permanecen, devorados por la impaciencia, los tres años de su compromiso y se apresuran a repatriarse, hablando pestes de Siberia. Pero no tienen razón; es este país un verdadero paraíso no sólo por lo que concierne al servicio público, sino por otros muchos motivos. El clima es excelente; los comerciantes son ricos y hospitalarios y la población europea es muy numerosa. Las mujeres jóvenes, de moralidad intachable, semejan capullos de rosas. La caza corre por las calles al encuentro del cazador; se bebe champaña en abundancia; el caviar es exquisito y la mies produce a veces el quince por ciento; en una palabra, es una tierra bendita que basta saber aprovecharla, como suelen hacer muchos.

En una de estas ciudades -una ciudad alegre y muy satisfecha de sí misma, cuyos vecinos dejaron en mí un recuerdo imborrable- fue donde encontré al desterrado Aleksandr Petróvich Goriánchikov, ex gentilhombre y propietario ruso. Había sido condenado a trabajos forzados de segunda clase por haber matado a su esposa. Cumplida su condena -diez años de trabajos forzados-, continuaba viviendo allí tranquilo y olvidado, en concepto de colono, en la pequeña ciudad de K. Habíase inscrito en uno de los cantones de los alrededores, pero residía en K, donde se ganaba la vida dando lecciones a los niños.

Es frecuente encontrar en Siberia deportados que se ocupan en la enseñanza de la niñez. Se les tiene consideración porque enseñan bien, especialmente la lengua francesa, tan necesaria en la vida, y de la cual, a no ser por ellos, no se tendría la más ligera noción en las poblaciones más apartadas de la Siberia. La primera vez que vi a Aleksandr Petróvich, fue en casa de un funcionario, Iván Ivánich Gvósdikov, respetable y hospitalario anciano, padre de cinco muchachas en las que se podían fundar las más bellas esperanzas. Aleksandr Petróvich les daba sus lecciones cuatro veces por semana, a razón de treinta kopeks[1] de plata por lección. Era éste un hombre excesivamente pálido y flaco, joven aún, pues no pasaba de los treinta y cinco años, pequeño de estatura y vestido esmeradamente a la europea. Cuando se le dirigía la palabra, miraba fijamente y escuchaba con aire meditabundo como si se le propusiese la solución de un problema o creyera que se trataba de arrancarle algún secreto. Respondía con claridad y concisión, pero pensando de tal modo cada palabra que, sin saber por qué, sentíase uno molesto y embarazado, deseando que acabase cuanto antes la conversación.

Pedí a Iván Ivánich informes acerca de un sujeto tan singular, y me contestó que Goriánchikov era un hombre de conducta ejemplar, pues de lo contrario no le hubiese confiado la instrucción de sus hijas; pero que, no obstante, su misantropía había llegado al extremo que rehuía la sociedad de las personas cultas, leía mucho, hablaba muy poco y no se prestaba jamás a una conversación en que fuera preciso hablar con el corazón en la mano.

Aseguraban algunos que estaba loco, pero esto no era inconveniente para que hasta las familias más conspicuas utilizaran los servicios de Aleksandr Petróvich y no le escasearan sus atenciones, porque podía ser muy útil para escribir solicitudes. Creíase que pertenecía a encumbrada estirpe rusa y era muy probable que entre sus parientes hubiera alguno que ocupase elevada posición; mas era notorio que había roto toda relación de familia desde el día de su deportación. No tenía motivos para esto, pues sabido era que había matado a su mujer por celos, en el primer año de su matrimonio, y habíase entregado espontáneamente a la justicia, logrando así que la pena que se le impuso fuese menos severa. Los delincuentes como él son tenidos más bien como desgraciados dignos de compasión; sin embargo, Petróvich vivía obstinadamente retraído, sin aparecer en sociedad nada más que para dar sus lecciones.

Al principio no me llamó la atención; pero luego, sin que pudiese explicarme el motivo, comenzó a interesarme sobremanera aquel hombre enigmático. Discurrir con él era completamente imposible. Respondía sí, a todas mis preguntas, y aun parecía que se consideraba obligado a hacerlo; pero en cuanto me contestaba yo no me atrevía a seguir el interrogatorio. Después de esas tentativas de conversación, observaba yo en su rostro una extraña expresión de pesar y de agotamiento. Recuerdo que una hermosa noche de verano salí con él de casa de Iván Ivánich, y se me ocurrió invitarlo a que entrase en mi vivienda para echar un cigarro juntos. Pues bien, no sabría describir el desasosiego que se apoderó de él: aturdido, desconcertado por completo, balbució algunas palabras incoherentes y, de pronto, después de haberme mirado con aire ofendido, huyó en dirección opuesta a la que llevábamos. Yo quedé clavado en mi sitio por la sorpresa. En lo sucesivo, cada vez que me encontraba, parecía que se apoderaba de él un invencible terror. Sin embargo, no me desanimé. Aquel hombre me atraía. Un mes después entré inesperadamente en casa de Goriánchikov. Era evidente que en aquella ocasión obraba a tontas y a locas y sin pizca de delicadeza; pero...

Vivía Petróvich en un extremo de la ciudad, en casa de una vieja burguesa, cuya hija estaba tísica. Tenía ésta una niña, ilegítima, de diez años de edad, a la que, en el momento que yo entré, Aleksandr Petróvich estaba dando lecciones de lectura.

Al verme, se turbó como si le hubiese sorprendido en flagrante delito, se levantó bruscamente y se quedó mirándome con ojos atónitos.

Nos sentamos, al fin, pero sin que él apartase sus ojos de mí, como si sospechara por mi parte aviesas intenciones. Comprendí que era excesivamente desconfiado, y en sus miradas recelosas se leía a las claras esta doble pregunta: «¿A qué has venido y por qué no te vas en seguida?»

Le hablé de nuestra pequeña ciudad y de las noticias del día, y él callaba y sonreía con sonrisa de mal agüero. No tardé en comprobar que ignoraba en absoluto lo que sucedía en la población y que no le interesaba el saberlo. Cambié entonces de conversación y le hablé de nuestro país y de sus necesidades; pero Aleksandr Petróvich me escuchaba en silencio, mirándome de un modo tan extraño, que me hizo arrepentir de haber abordado aquel tema.

Muy poco faltó para que le ofendiese ofreciéndole los libros, intonsos aún, y los periódicos que acababa de recibir por el último correo. Petróvich lanzó a los libros una mirada codiciosa, pero en seguida cambió de parecer y rehusó mi ofrecimiento, so pretexto de que no disponía de tiempo para dedicarse a la lectura. Finalmente me despedí de él, y al abandonar su casa sentí el corazón oprimido, lamentando el haber atormentado a aquel hombre que rehuía obstinadamente la sociedad de sus semejantes.

Había notado, entretanto, que poseía muy pocos libros, y me separé de él, persuadido de que no era un lector tan asiduo como me habían asegurado. No obstante, más tarde, en dos ocasiones distintas pasé en carruaje por delante de su casa, a horas avanzadas de la noche, y me sorprendió que estuviesen iluminadas las ventanas de su cuarto. ¿Qué haría a semejantes horas? ¿Escribía, acaso? Y en caso afirmativo, ¿qué era lo que escribía?

Permanecí tres meses ausente en la ciudad, y supe con pena, a mi regreso, que Aleksandr Petróvich había muerto durante el invierno, sin llamar siquiera al médico, y que casi no se acordaban ya de él. La habitación que ocupó en vida había quedado desalquilada y no tardé en entablar conocimiento con su patrona, con objeto de saber por ella qué vida solía hacer su huésped y, sobre todo, si escribía. Le entregué veinte kopeks a cambio de un cesto lleno de papeles manuscritos que había dejado el difunto, y me confesó que había empleado dos cuadernillos para encender el fuego.

Era la patrona una anciana triste y taciturna, y nada interesante pude saber por ella acerca de su huésped. Díjome, sin embargo, que no trabajaba casi nunca y que se pasaba meses enteros sin abrir un libro ni tomar la pluma; en cambio paseaba toda la noche por su habitación, entregado a profundas reflexiones, hablando, a veces, en voz alta. Había cobrado mucho cariño a Katia, la nietecita de la patrona, desde el momento en que supo su nombre. El día de santa Catalina mandaba celebrar una misa de Réquiem por el alma de una difunta que jamás nombró. Detestaba las visitas y no salía de casa sino para dar sus lecciones, y aun miraba con malos ojos a su propia patrona cuando, una vez por semana, hacía la limpieza de su cuarto. En los tres años que había vivido en su casa no le dirigió la palabra sino en muy contadas ocasiones.

Pregunté a Katia si se acordaba de su profesor, y la niña volvió la cabeza hacia la pared para ocultar sus lágrimas. ¡Aquel hombre, pues, habíase hecho querer por alguien!

Me llevé los papeles y empleé casi todo el día en examinarlos. La mayor parte no tenía importancia, pues eran ejercicios escolares; pero al fin di con un legajo bastante voluminoso y escrito con letra menudísima.

Era un relato incoherente y fragmentario de los diez años que había pasado Aleksandr Petróvich cumpliendo su condena a trabajos forzados.

El relato interrumpíase a menudo con anécdotas y episodios horribles, escritos con mano convulsa, que denunciaban el estado de ánimo del escritor.

Leí repetidas veces aquellos fragmentos y casi llegué a persuadirme de que eran la obra de un loco. Pero aquellas memorias de un presidiario: Memorias de la Casa de los Muertos, como el autor titulaba su manuscrito, me pareció que no carecía de interés: un mundo completamente nuevo, desconocido hasta entonces, la singularidad de algunos hechos y las observaciones que se hacían sobre aquel pueblo decaído, encerraba algo que me seducía y leí el manuscrito con curiosidad. Tal vez me he engañado, pero, de todos modos, publico algunos capítulos.

El lector juzgará.

 

 

 

 

I

 

La Casa de los Muertos

 

Nuestro presidio estaba situado en un ángulo de la ciudadela; detrás de los baluartes. Si se mira por los intersticios de la empalizada con la esperanza de ver algo, no se divisa otra cosa que un jirón de cielo y otro baluarte de tierra cubierto de altas hierbas de la estepa. De día y de noche, constantemente, lo recorren en todas direcciones los vigilantes y centinelas. Se piensa entonces en que transcurrirán así años y años, mirando siempre por la misma hendidura y viendo el mismo baluarte, los mismos centinelas y el mismo jirón de cielo, no del que se extiende sobre el presidio, sino de otro cielo lejano y libre.

Figúrense un gran patio de doscientos pasos de largo por ciento cincuenta de ancho, rodeado de una empalizada hexagonal, irregular, construida con vigas profundamente enclavadas, que forman, por decir así, la muralla exterior de la fortaleza. En un lado de la empalizada, hay una puerta sólida, vigilada constantemente por un cuerpo de guardia, que sólo se abre para dejar paso a los presidiarios que van al trabajo. Tras de aquella puerta se encuentran la luz y la libertad: allí vive la gente libre.

Dentro de la empalizada no pensaba en aquel mundo que para el condenado tiene algo de maravilloso y fantástico como cuento de hadas; no era así el nuestro, excepcionalísimo, que no se parecía a ningún otro. Aquí, los usos, las costumbres y las leyes especiales que nos rigen, son excepcionales, únicas. Es el presidio una casa muerta-viva, una vida sin objeto, hombres sin iguales.

Este es el mundo que me propongo describir.

Cuando se penetra en el recinto, se ven en seguida algunas construcciones de madera, toscamente hechas con tablones sin desbastar y de un solo piso, que rodean un patio vastísimo: son los departamentos de los condenados, que viven allí divididos en varias categorías. En el fondo se ve otro edificio: la cocina, dividida en dos piezas. Más allá aún existe otra dependencia que sirve a la vez de cantina, de granero y de cobertizo.

El centro del recinto forma una plaza bastante amplia: Aquí es donde se reúnen los penados. Se pasa lista tres veces al día: por la mañana, a mediodía y por la noche, y aún más si los soldados de guardia son desconfiados y se les ocurre contar el número.

En derredor, entre la empalizada y las dependencias del presidio, queda un espacio muy ancho donde los detenidos misántropos y de carácter cerrado gustan de pasear, cuando no se trabaja, entregados a sus pensamientos favoritos, lejos de toda mirada indiscreta.

Cuando les encontraba en estos paseos, complacíame en observar sus rostros tristes y sombríos, tratando de adivinar sus pensamientos.

Uno de los penados se entretenía contando invariablemente las estacas de la empalizada. Había mil quinientas y podía decir a ojos cerrados el lugar que ocupaba cada una.

Cada estaca representaba para él un día de reclusión: descontaba diariamente una, y así sabía de una manera exacta los días que le quedaban todavía de encierro.

Se consideraba dichoso cuando acababa uno de los lados del hexágono, sin parar mientes el desventurado en que habían de transcurrir muchos años hasta el día en que le pusieran en libertad.  ¡Pero en el presidio se aprende a tener paciencia!

Cierto día vi a un recluso que, habiendo cumplido su condena, se despedía de sus camaradas. Había sido condenado a veinte años de trabajos forzados y no se le rebajó ni un solo día. Alguno habíale visto llegar joven, despreocupado, sin pensar en su delito ni en el castigo; mas ahora era un viejo de cabellos grises y de rostro triste y pensativo. Recorrió silenciosamente las seis cuadras: rezaba primero ante la imagen santa y se inclinaba luego profundamente ante sus camaradas, rogándoles que conservasen buena memoria de él.

Recuerdo también que una tarde fue llamado al locutorio uno de los presos, un labrador siberiano bastante acomodado. Seis meses antes había recibido la noticia de que su mujer se había vuelto a casar, y fácil es suponer el dolor que esto le causara. Aquella tarde, su ex esposa había ido a visitarle para entregarle una limosna. Permanecieron juntos unos instantes, lloraron entrambos y se separaron para siempre... Observé la extraña expresión del rostro de aquel preso cuando volvió a la cuadra…

¡Ah, se aprende allí a soportarlo todo!      

Al iniciarse el crepúsculo, se nos obligaba a retiramos a nuestras cuadras respectivas, donde permanecíamos encerrados toda la noche. ¡Cuán penoso me resultaba abandonar el patio! Era la cuadra una sala larga, baja de techo, sofocante, débilmente alumbrada por algunas velas de sebo, en la que se respiraba un aire pesado, nauseabundo. No comprendo cómo pude pasar diez años en aquel lugar pestilente, en el que languidecíamos treinta hombres. En invierno, especialmente, nos encerraban muy temprano y era preciso esperar cuatro horas hasta que tocasen a silencio y durmiese cada cual, y era aquello un tumulto continuo, una batalla de gritos, de blasfemias, de risotadas, de arrastrar de cadenas; un ambiente infecto, un humo espeso, una confusión de cabezas peladas al rape, de frentes ostentando el denigrante estigma, de infelices harapientos, sórdidos, repugnantes. ¡Sí, el hombre es un animal indestructible! Se podría también definir diciendo que es un animal que se acostumbra a todo, y tal vez sería ésta la definición más adecuada que se haya dado hasta hoy.

La población de aquel penal ascendía a doscientos cincuenta presos. Este número era casi invariable, pues los nuevos condenados substituían bien pronto a los que eran puestos en libertad y a los que morían.

Había allí gente de todos los países. Podía decirse que estaban representadas todas las comarcas de Rusia. No faltaban tampoco extranjeros y algunos montañeses del Cáucaso.

Los penados estaban clasificados por categorías en razón a la gravedad de su delito y, por consiguiente, de la duración de la condena. Todos, o casi todos los delitos, estaban representados en la población de aquella penitenciaría, compuesta, en su mayor parte, de deportados civiles, condenados a trabajos forzados (gravemente condenados, como se decía en la jerigonza del presidio). Estos delincuentes estaban privados de todos los derechos civiles, eran miembros corrompidos de la sociedad que los seccionaba de su cuerpo después de haberlos marcado en la frente con el hierro candente que debía testificar perpetuamente y en forma visible su oprobio. Permanecían en el presidio por un espacio de tiempo que oscilaba entre los ocho y los doce años. Cumplida su condena eran enviados a un cantón siberiano donde se les inscribía en concepto de colonos.

Los delincuentes de la sección militar no estaban privados de sus derechos civiles y el tiempo de su prisión era relativamente corto. Una vez terminada su condena se les enviaba al punto de su procedencia, donde ingresaban como soldados en los batallones de línea siberianos.

Muchos de éstos volvían pronto, condenados por delitos graves, pero no ya por un periodo breve sino por veinte años lo menos.

Entonces formaban parte de una sección que se llamaba de perpetuidad. Sin embargo, a los perpetuos no se les privaba de sus derechos civiles.

Existía también una sección bastante numerosa; compuesta de los más terribles malhechores, veteranos casi todos del delito, llamada sección especial, y a ella eran enviados criminales de todos los puntos de Rusia. Se consideraban, con sobrado motivo, condenados a perpetuidad, pues no se fijaba el periodo de su reclusión. La ley les exigía un trabajo doble y aun triple del que ejecutaban los demás, y permanecían en las cárceles hasta que se emprendían en la Siberia los trabajos forzados más penosos.

-Ustedes han venido aquí por un tiempo determinado -decían a sus compañeros de prisión-; nosotros, por el contrario, hemos de pasarnos en presidio, toda la vida.

Más tarde oí decir que aquella sección fue abolida. Al mismo tiempo retiraron también a los condenados civiles para dejar únicamente en aquella penitenciaría a los condenados militares, organizados en una compañía disciplinaria.

La administración, naturalmente, ha cambiado y, por consiguiente, lo que yo describo son los usos de otra época, abolidos por completo hace ya mucho tiempo.

Sí, ha pasado mucho tiempo desde entonces. ¡Me parece un sueño!

Recuerdo mi ingreso en el penal una tarde de diciembre, a la hora del crepúsculo.

Los forzados volvían del trabajo: era el momento de la revista. Un bigotudo sargento me abrió la puerta de aquella horrible vivienda donde tenía que permanecer tantos años y experimentar tantas emociones y de la cual no me hubiera podido formar ni una idea aproximada de no haberlo sufrido. ¿Hubiera podido imaginarse, por ejemplo, el sufrimiento lancinante y terrible que ocasiona el hecho de no estar solo ni un minuto siquiera durante diez años? ¿Cómo hubiera podido suponer lo que era estar continuamente acompañado por la escolta, durante el trabajo, y por doscientos camaradas en el presidio y solo jamás?

Había allí homicidas por imprudencia, asesinos profesionales, simples rateros, capitanes de bandidos y maestros consumados en el arte de pasar al suyo el dinero de los bolsillos de los transeúntes y de apoderarse de cuanto se ponía al alcance de sus manos. Sería, no obstante, muy difícil decir por qué se encontraban algunos forzados en el presidio. Cada cual tenía una historia confusa y oscura, penosa como el despertar de una borrachera.

Los presidiarios hablaban generalmente muy poco de su pasado. Lejos de contar sus hazañas, se esforzaban por olvidarlas.

Entre mis compañeros de cadena, había algunos homicidas tan alegres y despreocupados, que se podía apostar, con seguridad de ganar, que nada les reprochaba su conciencia; pero había también rostros sombríos y pensativos.

Era muy raro que alguno recordase su propia historia, porque esto se consideraba de mal gusto; y si alguna vez, para matar el tiempo, un presidiario contaba su vida a otro compañero, éste le escuchaba con aire distraído, como dando a entender que nada podía decirle que le asombrase.

-Aquí -solían decir con cínico orgullo- cada cual sabe dónde le aprieta el zapato y ha hecho tanto como el más guapo.

Recuerdo que cierto día, un bandolero borracho (los presidiarios suelen emborracharse de vez en cuando) contó que había matado y descuartizado a un niño de cinco años, al que había atraído engañándole con un juguete y conducido a un cobertizo donde le asesinó. Sus compañeros celebraban siempre con grandes risas sus relatos ingeniosos; pero en aquella ocasión le obligaron a callar, no porque una salvajada semejante excitase su indignación, sino porque no era permitido entre ellos que se hablase de tales hechos.

Debo hacer notar que los presidiarios poseían cierto grado de instrucción. La mitad de ellos, por lo menos, sabía leer y escribir. ¿Dónde se podría hallar en Rusia, en cualquier grupo popular, doscientos cincuenta hombres que conozcan siquiera las primeras letras? Más tarde he oído decir y aun afirmar, fundándose en este hecho, que la instrucción desmoraliza al pueblo. ¡Qué error! La instrucción es completamente ajena a esa decadencia moral. Fuerza es convenir en que desarrolla en el pueblo el espíritu de resolución; pero eso está muy lejos de ser un defecto.

Cada sección tenía indumentaria diferente: en una se llevaba chaquetilla de paño mitad color chocolate y mitad ceniza y los pantalones los mismos colores cambiados en cada pernera. Cierto día, una muchachita que vendía panecillos blancos (kalachi) se acercó a nosotros mientras trabajábamos y, después de mirarme largo rato, lanzó una carcajada exclamando:

-¡Qué feos están! No han tenido bastante paño ceniza ni chocolate para hacerse el traje de un mismo color.

Otros penados llevaban la chaquetilla toda color ceniza pero las mangas obscuras. El rasurado también era variado: algunos llevaban afeitada la cabeza desde la nuca hasta la frente, mientras otros la tenían desde una oreja a otra.

Aquella extraña familia ofrecía semejanza tal, que a primera vista se le conocía. Aun los que más descollaban, los que involuntariamente dominaban a los demás forzados trataban de adquirir el tono general de la casa. Todos los reclusos, salvo raras excepciones, cuya alegría era inagotable, atrayéndose por esto mismo el desprecio de sus compañeros, eran envidiosos, vanidosos hasta un grado indecible, presuntuosos, quisquillosos, formalistas con exceso y estaban constantemente tristes.

No asombrarse de nada constituía para ellos la cima de la dignidad, y por esto estaban siempre sobre aviso. Pero a menudo trocábase la altivez en vileza.

No faltaban hombres verdaderamente fuertes, y eran éstos de carácter abierto y sinceros; pero, cosa extraña, su vanidad era a la vez excesiva, morbosa. La vanidad era siempre el vicio predominante.

La mayor parte de los presidiarios era pervertida y depravada y de aquí que las calumnias y los insultos lloviesen como granizo.

Nuestra vida era infernal, insufrible, y, sin embargo, nadie se hubiera atrevido a sublevarse contra los reglamentos interiores del penal y las costumbres establecidas.

Por esta razón todos se sometían de buen o mal grado. Ciertos caracteres intratables no se doblegaban fácilmente, pero acababan por doblegarse. Forzados que, mientras estuvieron en libertad, habían colmado todas las medidas e, impulsados por su vanidad sobreexcitada, habían cometido los más horribles delitos, siendo la pesadilla, el terror y el espanto de comarcas enteras, quedaban domados en poco tiempo merced a nuestro régimen penitenciario.

El novato que trataba de orientarse, descubría al punto que allí no se sorprendería a ninguno e insensiblemente se sometía poniéndose al mismo tono de sus compañeros. Los presidiarios estaban penetrados de cierto sentimiento de dignidad personal, como si el título de forzado equivaliese a un título honorífico.

Por lo demás, no se notaba en ellos ningún signo de vergüenza o de arrepentimiento, sino una especie de sumisión exterior, oficial, por decir así, que a veces hacíales hablar cuerdamente de su conducta pasada.

-Somos gente perdida -decían-, no hemos sabido vivir en libertad, y ahora debemos recorrer a viva fuerza la calle verde[2] y pasar para que nos cuenten como a bestias.

-No has querido obedecer a tu padre ni a tu madre, y ahora tienes que prestar ciega obediencia al vergajo.

-El que no ha querido bordar tiene ahora que romper piedras.

Esto se decía y se repetía a guisa de sentencias morales o proverbios, pero sin que ninguno los tomase en serio.

¿Cómo había de confesar ninguno de ellos sus iniquidades? Si alguna persona ajena al presidio, intentase siquiera reprochar sus delitos a los forzados, habría de taparse los oídos y huir a todo correr del aluvión de insultos y de amenazas que caería sobre ella.

¡Y de qué refinamiento hacen gala los presidiarios cuando de injurias se trata! Insultan con gusto, como artistas. La injuria es para ellos una verdadera ciencia; no se esfuerzan por ofender tanto con la expresión como con el sentido ultrajante, con el espíritu de la frase envenenada; sus incesantes reyertas contribuían extraordinariamente al desarrollo de aquel arte especial.

Como sólo trabajaban bajo la amenaza del látigo, eran perezosos y depravados. Los que aún no habían sido corrompidos por completo, éranlo en cuanto pisaban el penal. Recluidos a pesar suyo, eran enteramente extraños los unos a los otros.

-El diablo -decían- ha tenido que romper tres pares de lapli[3] antes de reunimos aquí.

Las intrigas, las calumnias, las frases picantes, la envidia y las reyertas eran lo que informaba aquella vida infernal.

No hay lengua maligna que pueda compararse con la de aquellos desdichados que tienen siempre la injuria en los labios.

Como antes he dicho, había entre los presidiarios hombres de carácter de hierro, indómitos y resueltos, acostumbrados a dominarse a sí mismos. Estos eran también involuntariamente estimados, pues, a pesar de ser muy celosos de su fama, procuraban no hacerla pesar sobre ninguno y no se insultaban entre sí sino por graves motivos. Su conducta ajustábase a la más estricta dignidad. Eran razonables y casi siempre obedientes, no por principios o porque tuvieran conciencia de sus deberes, sino por mutuo acuerdo entre ellos y la administración, acuerdo de cuyas ventajas todos estaban bien penetrados. Por otra parte, se les trataba con alguna consideración.

Recuerdo que cierto día fue llamado para ser apaleado un forzado valiente y decidido, conocido por sus tendencias de fiera.

Era en verano y no trabajábamos.

El ayudante, jefe directo y administrador del presidio, hallábase ya en el cuerpo de guardia situado en la gran puerta de la empalizada, para asistir al espectáculo.

Aquel mayor era un ser fatal para los forzados, que temblaban como niños en su presencia. Severo hasta la insensatez, se arrojaba sobre ellos, según decían; pero lo que realmente les imponía era su mirada, penetrante como la del lince. Nada se le escapaba. Veía hasta sin mirar, por decir así. Desde la puerta del presidio decía lo que estaba ocurriendo en el lado opuesto del recinto: por eso le llamaban los presidiarios Ocho ojos.

Su sistema era contraproducente, pues sólo conseguía irritar más y más a gente de suyo demasiado irascible. A no ser por el comandante, hombre bien educado y juicioso que moderaba las intemperancias del director, no sé a cuántas desventuras hubiera éste dado lugar. No comprendo cómo pudo llegar sano y salvo a la edad de la jubilación.

El forzado palideció cuando fue llamado. Por lo común; tendíase animosamente, sin dar muestras de temor ni proferir palabra para recibir los terribles varazos y se levantaba sonriente. Soportaba aquel contratiempo valerosa y filosóficamente. Verdad es que nunca se le castigaba sin motivo y se le infligía la pena con toda clase de precauciones. Pero aquella vez se creía inocente.

Palideció intensamente, como he dicho, y acercándose poco a poco a la escolta, logró esconderse en la manga una cuchilla de zapatero.

Los registros eran frecuentes, inesperados y minuciosos; estaba terminantemente prohibido que los reclusos tuviesen consigo instrumentos cortantes, y las infracciones eran castigadas con inaudita severidad; pero no es posible impedir que los presidiarios se procuren los objetos que consideran necesarios, y las armas blancas no escaseaban en la penitenciaría. Si a veces se conseguía quitarlas a los penados, éstos no tardaban en procurarse otras nuevas.

Todos los forzados se precipitaron hacia la empalizada con el corazón palpitante, para mirar ávidamente a través de las ranuras. Ninguno dudaba de que Petrov no se dejaría vapulear aquel día y que había sonado para el director su última hora. Mas, afortunadamente, en el momento decisivo, éste montó en su carruaje y se marchó, confiando el mando de la ejecución a un oficial subalterno.

-¡Dios le ha salvado! -exclamaron los presidiarios.

En cuanto a Petrov, sufrió pacientemente el castigo, pues habiéndose marchado el director, su cólera se había extinguido.

El presidiario es sumiso y obediente hasta cierto punto; pero hay un límite que conviene no traspasar. Nada hay más curioso que estos arranques de ira y de desobediencia. A veces, un hombre que ha tolerado durante largos años los más crueles castigos, se rebela por una bagatela, por una nimiedad. Se podría decir que es loco… Verdad que es esto lo que se dice.

He dicho que en los varios años que permanecí entre ellos, no observé en los presidiarios el menor síntoma de arrepentimiento por los delitos que habían cometido, pues la mayor parte opinaba que tenía perfecto derecho para hacer lo que les viniera en gana. Ciertamente, la vanidad, los malos ejemplos y la falsa vergüenza era lo que predominaba; sin embargo, ¿quién ha podido sondear la profundidad de aquellos corazones entregados a la perversidad, y los ha encontrado cerrados a todo noble sentimiento?

De todos modos, parece natural que en tanto tiempo descubriese yo algún indicio, por fugaz que fuese, de remordimiento, de pesar, de sufrimiento moral. Sin embargo, no fue así. No se puede juzgar el delito con frases hechas y su filosofía es mucho más compleja de lo que se cree. Lo único cierto es que ni el sistema de trabajos forzados logra corregir a los delincuentes: sirve sólo para castigarlos y asegurar a la sociedad contra nuevos atentados por parte de aquellos. La reclusión y los trabajos forzosos no hacen más que fomentar en esos hombres un odio profundo, la sed de los placeres prohibidos y una espantosa despreocupación. Por otra parte, estoy persuadido de que el régimen celular no alcanza más que un objeto aparente y engañador. Priva al delincuente de toda su fuerza y energía, enerva su alma, debilita y espanta, y presenta luego una momia disecada y medio loca como un modelo de arrepentimiento y de corrección.

Solamente en un presidio se puede oír contar con sonrisa infantil mal contenida los hechos más horripilantes.

No podré olvidar jamás a un parricida, que había sido noble y funcionario público. Este joven fue la desgracia de su padre, un verdadero hijo pródigo. En vano trataba aquél de contenerlo a fuerza de cariño paternal, en la pendiente por la que resbalaba; y como el hijo estaba cargado de deudas y creía que su padre, además de sus bienes inmuebles, poseía una fortuna en metálico, le asesinó para entrar más pronto en posesión de la herencia.

Su crimen no fue descubierto hasta un mes después, y durante ese tiempo el asesino, que había dado parte a la justicia de la desaparición de su padre, continuó su vida de desórdenes.

Finalmente, durante su ausencia, la policía descubrió el cadáver del anciano en una zanja, cubierto de piedras.

La cabeza estaba separada del tronco y apoyada sobre una almohada que, para mayor escarnio, le había colocado debajo el asesino; el cuerpo conservaba todas sus ropas.

El joven no confesó su crimen, pero, sin embargo, fue degradado, despojado de todos sus privilegios de nobleza y condenado a trabajos forzosos.

En todo el tiempo que le traté hizo alarde de una despreocupación inconcebible.

Era el hombre más aturdido y ligero que he conocido, aunque no tenía nada de tonto. No observé jamás en él una crueldad excesiva. Los demás presidiarios le detestaban, no por razón de su delito, del que no se hablaba nunca, sino porque no sabía contenerse.

De vez en cuando hacía alguna referencia acerca de su padre, y cierto día, ponderando la robusta complexión hereditaria de su familia, dijo:

-Mi padre, por ejemplo, no estuvo jamás enfermo hasta su muerte.

Era, pues, la suya una insensibilidad animal llevada a tal grado que parecía imposible. No hay duda de que debía haber allí un defecto orgánico, una monstruosidad física y moral desconocida hasta hoy por la ciencia y no un mero delito.

Yo no quería, naturalmente, prestar fe a un delito tan horroroso; pero me contaron minuciosamente la espantosa historia algunos paisanos del asesino; y hube de rendirme a la evidencia.

Los forzados le habían oído gritar en sueños:

-¡Sujétalo! ¡Sujétalo! ¡Córtale la cabeza! ¡La cabeza! ¡La cabeza!

Casi todos los presidiarios sueñan en voz alta o deliran, hablando de cuchillos, de puñales o de hachas, y profiriendo injurias y amenazas durante sus horribles pesadillas.

-Somos hombres sin entrañas -decían-, y por eso soñamos a voces.

Los trabajos forzosos no eran en el presidio una ocupación sino una obligación ineludible: cada cual realizaba la tarea que le era impuesta o trabajaban las horas señaladas por el reglamento, y volvían a su encierro. ¡Pero cómo detestaban esta obligación! Si el forzado no tuviese un trabajo personal al que voluntariamente pueda dedicar toda su inteligencia, la reclusión sería para él insoportable. ¿Cómo hubieran podido vivir de una manera normal y natural aquellos hombres robustos, que deseaban una larga vida y habían sido colocados juntos contra su voluntad cuando la sociedad los arrojó de su seno?

Bastaría que viviesen en perpetua holganza para que se desarrollasen en ellos los instintos más perversos, aun aquellos con que ni soñar hubieran podido.

El hombre no puede vivir sin trabajo, sin propiedad legal y normal: de lo contrario se pervierte y se trueca en fiera. Así, pues, cada presidiario, por necesidad natural y por instinto de conservación, tenía allí un oficio, una ocupación cualquiera.

Los interminables días de verano se pasaban distraídamente con los trabajos forzosos y la noche era tan corta que apenas había tiempo para dormir; pero en el invierno cambiaban las cosas, pues según el reglamento, los forzados debían retirarse a su encierro al anochecer.

¿Qué podían hacer sino trabajar durante aquellas noches inacabables? Así, las cuadras, a pesar de sus rejas y cadenas, ofrecían el aspecto de un vasto taller. El trabajo realmente era permitido, pero se prohibía a los presidiarios que tuviesen en su poder los utensilios y herramientas sin los cuales no se podía hacer ninguna clase de trabajo.

Se trabajaba, por lo tanto, a la chita callando, y los vigilantes hacían la vista gorda, como suele decirse. Muchos detenidos entraban en el penal sin saber qué hacerse de sus manos, pero bien pronto aprendían un oficio de sus compañeros y resultaban excelentes operarios. Allí había zapateros, sastres, escultores, cerrajeros, y doradores. Un judío llamado Isaí Bumschtein era a la vez platero y prestamista.

Todos, pues, trabajaban con provecho, porque de la ciudad les hacían muchos encargos y podían, por consiguiente, disponer de un puñado de monedas.

El dinero es una libertad sonante y desbordante, un tesoro inapreciable para el que está enteramente privado de la libertad verdadera. Si el presidiario tiene dinero en el bolsillo, se resigna con su situación, aunque carezca de facilidades para gastarlo. Aunque ocasiones para gastar dinero no faltan nunca en ninguna parte, tanto más cuanto que el fruto prohibido es doblemente sabroso. En los presidios también se vende aguardiente y tabaco, aunque esté prohibida la venta de ambos artículos.

El dinero y el tabaco preservan a los forzados del escorbuto de la misma manera que el trabajo les salva del crimen; sin eso se destruirían recíprocamente como arañas encerradas en un vaso de cristal.

No obstante, según queda dicho, el trabajo y el dinero eran cosas ilícitas en el presidio y durante la noche se practicaban frecuentes registros confiscándose todo lo que no estaba legalmente autorizado. Por muy escondido que lo tuviesen, se descubría a menudo el peculio de uno y de otro, y ésta era la razón principal por la cual lejos de conservar el dinero se apresuraban a cambiarlo por aguardiente. Al que le descubrían su peculio, no sólo se lo quitaban sino que, por añadidura, recibía un buen número de palos.

Mas a los pocos días del registro, los presidiarios recuperaban los objetos que le habían sido confiscados y se volvía a las andadas.

El que no se ocupaba en un trabajo manual, comerciaba de un modo u otro. Los procedimientos de compra y venta eran por demás originales. Unos eran baratilleros que revendían a veces objetos a los que sólo un presidiario podía conceder valor alguno. Hasta un jirón de guiñapo tenía su precio y podía ser útil.

Merced a la pobreza de los forzados, el dinero adquiría para ellos un valor excesivamente superior al que tenía en realidad. Los más penosos y largos trabajos se pagaban a veces con unos cuantos kopeks. Varios reclusos prestaban dinero y sacaban buenas ganancias. El recluso entregaba al usurero objetos de su pertenencia a cambio de unos kopeks, y aquél se los devolvía cuando se le abonaba el capital a crecidísimos intereses. Si no los rescataba en el plazo establecido, el prestamista los vendía irremisiblemente en subasta. De tal modo se ejercía la usura en el presidio, que a veces se empeñaban objetos pertenecientes al Estado, como ropa blanca, zapatos y otras cosas indispensables. Cuando el usurero aceptaba semejantes prendas, corría el riesgo de perder cuando menos lo pensaba el capital y los intereses, pues apenas recibía el propietario el importe de la pignoración, denunciaba el hecho al subteniente (vigilante en jefe de presidio) y el prestamista se veía obligado a devolver los objetos, sin que a la superioridad se le diese jamás cuenta de estos pecadillos.

A veces se suscitaba una reyerta entre el propietario y el usurero, y entonces éste devolvía los objetos empeñados, por temor de que, como tal vez hubiera hecho él en su lugar, aquél denunciase la industria a que se dedicaba.

Los presidiarios se robaban mutuamente sin la menor aprensión. Cada cual disponía de un cofrecillo provisto de un pequeño candado, en el que guardaba los objetos que recibía de la administración del penal; pero allí no había candados que valieran ni cofrecillo respetado. El lector no puede imaginarse qué hábiles ladrones había entre nosotros.

Un forzado, al que, dicho sea sin vanidad, le fui simpático, me robó un día la Biblia, único libro que es permitido tener en el presidio, y el mismo día me lo confesó, no porque estuviese arrepentido, sino movido a lástima al ver que la buscaba inútilmente.

Entre nuestros compañeros de cadena había algunos llamados cantineros, los cuales vendían aguardiente, y con este comercio se enriquecían, relativamente desde luego. Más adelante hablaré de esto, pues semejante tráfico es tan lucrativo que vale la pena no pasarlo por alto.

Muchos de los reclusos habían sido condenados por contrabandistas. Esto explica la introducción clandestina de aguardiente en el penal, a pesar de la estrechísima vigilancia que se ejercía y a despecho de los centinelas. El contrabando constituye un delito especial.

¿Podría suponer alguien que el dinero, el único beneficio de su profesión, no tiene para el contrabandista más que una importancia secundaria? Sin embargo, nada más cierto. El contrabandista trabaja a menudo por vocación; en su clase, es un poeta. Arriesga todo lo que posee, se expone a terribles peligros, derrocha astucia, se traza sus planes, sale del atolladero y opera en ciertas ocasiones con una especie de inspiración.

Esta pasión es tan violenta como la del juego.

He conocido a un presidiario de estatura colosal, que era el hombre más humilde, pacífico y sumiso del mundo. Todos se preguntaban por qué había sido deportada una criatura tan inofensiva. Era de carácter tan dócil y de tal modo sociable, que durante todo el tiempo de su condena no tuvo con ningún camarada ni el más ligero rozamiento.

Oriundo de la Prusia occidental, en cuya frontera habitaba, había sido deportado por el delito de contrabando.

Naturalmente, no pudo resistir a la tentación de introducir clandestinamente aguardiente en el penal.  ¡Cuántas veces fue castigado por este motivo! Y bien sabe Dios que tenía un miedo cerval al látigo. Este negocio le reportaba un beneficio irrisorio; era un empresario que lo arriesgaba todo. Cada vez que le castigaban lloraba desconsoladamente como una vieja y juraba por Dios y los santos que no lo volvería a hacer. Manteníase firme en su propósito durante un mes, todo lo más, y volvía a dejarse vencer por su pasión…

Gracias a estos diletantes del contrabando, en el presidio no faltaba jamás el aguardiente.

La limosna era otra fuente de ingresos que si bien no enriquecía a los reclusos resultaba muy beneficiosa. Las clases elevadas de Rusia ignoraban cuánto se interesan el comercio, la burguesía y el pueblo por los desgraciados que gimen, en el destierro o en los presidios de Siberia.

La limosna no faltaba ningún día y consistía unas veces en panecillos blancos y, otras, las menos, en dinero contante y sonante.

Dividíase la limosna en partes iguales entre los presidiarios, y si no bastaban los panecillos se partían por la mitad y aun en trozos pequeños, con objeto de que hubiese para todos.

Recuerdo que la primera limosna que recibí fue una moneda  de cobre.

A los pocos días de mi llegada, una mañana, al volver solo del trabajo, sin más compañía que un soldado, tropecé con una mujer y su hija, una muchachita de diez años, preciosa como un ángel. Ya las había visto yo otras dos veces.

La madre era viuda de un pobre soldado que había sido condenado por un Consejo de Guerra y murió en la enfermería del penal cuando yo me encontraba en él.  ¡Qué lágrimas tan ardientes derramaron ambas al dar el adiós postrero al ser querido!

Apenas me vio, la niña se puso encendida como la grana y deslizó unas palabras al oído de su madre. Esta se detuvo y entregó un cuarto de kópek a la pequeñuela, que se acercó a mí diciendo:

-Tome, pobrecito, este kópek, en nombre de Cristo.

Acepté la moneda, y la niña, alborozada, fue a reunirse de nuevo con su madre.

Conservé mucho tiempo aquel kópek.

 

 

II

 

Las primeras impresiones

 

Las primeras semanas y, en general, el principio de mi reclusión es lo que más vivamente recuerdo. En cambio, los años subsiguientes han dejado en mi mente huellas muy confusas; es más, algunas épocas de mi vida de recluso se han borrado por completo de mi memoria: de ellas no conservo más que una impresión única, siempre la misma, penosa, monótona, sofocante.

Mas todo lo que vi y experimenté en aquellos primeros años, me parece que fue ayer.

No podía ser de otra manera.

Recuerdo perfectamente que al principio aquella vida me aturdía porque no ofrecía nada de particular, de extraordinario o, por mejor decir, de inesperado. Sólo más tarde, cuando hube vivido largo tiempo en el presidio, comprendí cuán excepcional era aquella existencia y me quedé asombrado.

Y confieso que este estupor no me abandonó un solo instante en todo el período de mi condena; no podía en modo alguno amoldarme a semejante vida.

Al entrar en el presidio, sentí una repugnancia invencible; pero luego, ¡cosa extraña!, la vida me pareció menos angustiosa de lo que me había imaginado.

En efecto, los forzados, aunque cargados de cadenas, paseaban libremente por todas las dependencias del presidio, se insultaban mutuamente, cantaban, fumaban, bebían aguardiente (aunque raras veces) y aun organizaban partidos de juego de naipes por la noche.

Los trabajos no me parecieron muy penosos, no los consideraba como un castigo excesivo, y tardé mucho tiempo en convencerme de que si no resultaban dolorosos por sí mismos, éranlo sí, y extraordinariamente, porque había que ejecutarlos a fuerza y por miedo al látigo.

El muchik[4] trabaja, seguramente, más que el forzado, pues no tiene descanso de día ni de noche, en verano ni en invierno; pero trabaja por su propio interés y, por consiguiente, sufre menos que el presidiario, el cual realiza un trabajo del que no ha de sacar ningún provecho.

Un día se me ocurrió la idea de que si se quería aniquilar a un hombre, castigarlo atrozmente y hacer que el asesino más empedernido retrocediese aterrado ante semejante tortura, bastaría dar al trabajo de este hombre un carácter de inutilidad perfecta, llevarlo, si se quiere, a realizar lo absurdo.

Los trabajos forzosos, tal como están hoy organizados, no ofrecen ningún interés a los condenados, pero tienen su razón de ser: el presidiario hace ladrillos, cava la tierra, blanquea, construye, y todas estas ocupaciones tienen significación y objeto. A veces, se encariña con la obra que realiza y pone en ella mayor destreza y hasta trabaja con verdadera fruición. Pero si se le condena, por ejemplo, a transvasar agua de una tinaja a otra y viceversa, o a transportar espuertas de tierra de un lugar a otro para volver luego a trasladarla al sitio mismo de donde la tomó, estoy persuadido de que se ahorcaría o cometería mil crímenes, prefiriendo la pena de muerte a tal envilecimiento, a tortura tanta.

Se comprende, en efecto, que semejante castigo sería más bien un tormento, una venganza atroz que una corrección; sería absurdo, porque no tendría un objeto razonable.

Llegué yo en invierno, en el mes de diciembre, y a la sazón los trabajos del penal no tenían importancia y, por consiguiente, no podía formarme idea de lo fatigosos que eran, sobre todo en verano. Los reclusos destruían entonces en el Irtich algunos pontones, propiedad del Estado, trabajaban en las oficinas, limpiaban de nieve los tejados o rompían piedras, etc.

Como los días eran cortos, el trabajo terminaba pronto y los forzados volvían a su encierro donde nada tenían que hacer, a excepción de la tarea suplementaria que cada cual se imponía.

Una tercera parte de ellos trabajaba seriamente, otros permanecían ociosos y el resto iba de acá para allá por las cuadras tramando intrigas o provocando reyertas.

Los que tenían dinero se emborrachaban con aguardiente o perdían al juego sus ahorrillos para distraer sus ocios y sobreponerse al aburrimiento.

Conocí otro sufrimiento que, aparte de la privación de la libertad, es el más agudo, el más insoportable para el recluso: me refiero a la cohabitación forzosa.

La cohabitación es siempre y en todas partes más o menos forzosa, pero no tan horrible como en el presidio.

Hay allí hombres de los que de ningún modo se quisiera ser conviviente. Estoy seguro de que todos los condenados han sentido esta repugnancia y experimentado semejante martirio.

El rancho me pareció aceptable. Los reclusos afirmaban que era infinitamente mejor que el de todas las cárceles rusas. Yo no puedo asegurarlo, porque jamás había sido encarcelado antes.

Por otra parte, algunos estábamos autorizados para procuramos los alimentos que apeteciéramos; pero si bien el plato de carne no costaba más de tres kopeks, sólo los que tenían dinero se permitían este lujo. La mayor parte de los reclusos se contentaba con la ración reglamentaria.

El pan que nos daban era tan sabroso que en la ciudad lo codiciaban. Atribuíase su buena calidad a la esmerada construcción de los hornos del penal.

La menestra de coles (chitchi), cocida en grandes calderas y espesada con harina, no tenía nada de apetitosa. Ordinariamente era demasiado clara e insubstanciosa, pero lo que revolvía el estómago era la enorme cantidad de gusanos que se encontraban. Sin embargo, los reclusos no le hacían ascos.

Los tres primeros días no fui a los trabajos, porque se concedía algún descanso a los nuevos deportados con objeto de que se repusiesen de las penalidades del viaje. El día siguiente al de mi llegada hube de salir del penal para que me pusieran los grilletes. Mi cadena, según oí decir a mis compañeros, no era de reglamento, pues se componía de eslabones que producían un sonido muy claro.

La llevaba exteriormente, es decir, sobre la ropa, mientras que mis compañeros, cuyas cadenas estaban compuestas por cuatro barras de un dedo de grosor y unidas por medio de tres anillas, debían llevarlas debajo de los pantalones. De la anilla central partía una correa que se sujetaba a un cinturón colocado sobre la camisa.

Me acuerdo como si fuese ahora de la primera mañana que pasé en el presidio. El tambor redobló furiosamente tocando diana desde el cuerpo de guardia situado en la puerta del recinto, y a los diez minutos se abrió la puerta de la cuadra y apareció el sargento de servicio.

Los reclusos abandonaron perezosamente y tiritando de frío sus camastros de tablas. Todos se mostraban reacios, unos bostezaban horrorosamente, desperezábanse otros y sus frentes marcadas se contraían; algunos se hacían la señal de la cruz mientras el resto comenzaba a decir cuchufletas.

El tufo era horrible. El aire frío del exterior penetraba como una tromba en la cuadra apenas se abría la puerta.

Los reclusos se agrupaban en torno de los cubos de agua y uno tras otro se iban lavando. Esta agua la llevaba el día anterior el paraschnick, un forzado a quien estaban encomendados por disposición reglamentaria, el aseo y limpieza de la sala.

Era elegido por los mismos presidiarios, y estaba exento del trabajo forzoso porque había de examinar los lechos para limpiarlos de insectos, llevar y traer los zambullos y llenar de agua los cubos que se utilizaban para el lavabo. La misma agua que servía por la mañana para las abluciones, era durante el día la bebida ordinaria de los forzados. Aquella mañana se promovieron algunas reyertas a causa del agua.

-¿Qué haces, frente marcada? -barbotaba un recluso de elevada estatura, delgado y pálido, que llamaba la atención por las protuberancias de que tenía sembrada la cabeza. Y diciendo esto, rechazaba violentamente a otro compañero, bajito y rechoncho, de rostro sonrosado y aire jovial-. ¡Aguarda y verás!

-¿Por qué chillas? ¿No sabes que la paga el que hace esperar a los otros? ¡Vamos, fuera de aquí! ¡Miren qué monumento, muchachos…! A la verdad, no tiene pizca de farticultiapnost.[5]

Esta palabra hizo su efecto; los penados prorrumpieron en carcajadas, y esto era precisamente lo que buscaba el presidiario que, por lo visto, representaba en la cuadra el papel de bufón.

El otro presidiario le miró con aire de profundo desprecio.

-¡Ah, qué tonel! El pan blanco del penal le ha hecho engordar.

-¿Pero por qué te tienes tú? ¿Quizá por un pájaro hermoso?

-Justamente.

-¿Y qué clase de pájaro eres?

-Ya lo estás viendo.

-¿Yo?

-Sí.

-Pues entonces confieso que estoy ciego.

Ambos se devoraban con los ojos. El pequeño esperaba una respuesta y apretaba los puños dispuesto a la pelea, al parecer. Yo estaba seguro de que aquello acabaría en riña.

Todo aquello era nuevo para mí, por lo tanto, contemplaba la escena con curiosidad. Después supe que semejantes rencillas eran inocentísimas, y no tenían otro objeto que el de divertir a sus camaradas con una comedia. Por esto, el forzado alto y flaco envolvió a su adversario en una mirada despreciativa, esforzándose por exasperarlo examinándolo de pies a cabeza como hubiera hecho con un renacuajo y repuso lentamente:

-Soy un kaghane.[6]

Quería decir que era un pájaro kaghane.

Una formidable carcajada acogió esta salida, y todos aplaudieron la agudeza del presidiario.

-¡Tú no eres un kaghane sino un canalla! rugió el otro, que se sentía vencido.

Y furioso por la derrota que acababa de sufrir hubiérase arrojado sobre su adversario de no haberle rodeado prontamente sus compañeros, separando así a los que disputaban.

-¡Dejen quietas las lenguas y que hablen los puños! -gritó uno de los espectadores.

-Sí, hombre, azúzalos -repuso otro-; no falta más que eso para que se devoren. Aquí nada nos intimida y somos capaces de pelear aunque sea uno contra siete.

-¡Oh, qué valientes! aquí hay uno por haber robado una libra de pan y otro que fue apaleado por el verdugo por robar un jarro de leche a una vieja.

-¡Vaya, basta! -exclamó un inválido, que era el encargado de mantener el orden en la cuadra y dormía en un rincón en cama especial.

-¡Agua, muchachos! ¡Traigan agua para nuestro hermano Neválido[7] Petróvich que al fin se ha despertado!

-¿Yo hermano tuyo, yo tu hermano? ¡Jamás nos hemos bebido juntos un rublo de aguardiente! borbotó el inválido metiendo los brazos en las mangas de su capote.

Se separó la gente para la revista, porque ya iba clareando; los presidiarios, abrigados con pellizas, se trasladaron a las cocinas donde recibieron en el casquete bicolor el pan que les distribuían los cocineros. Estos, como los paraschnik eran elegidos por los mismos reclusos: había dos por cada cocina y su número no pasaba de cuatro.

Los cocineros disponían del único cuchillo que existía en el penal y les servía para cortar el pan y la carne.

Los reclusos se reunían en torno de las mesas, con los gorros encasquetados, puestas las pellizas y ceñida la correa, en disposición de salir para el trabajo, y comían alegremente el pan que iban mojando en kvas.[8]

El estrépito y el vocerío eran ensordecedores; sin embargo, algunos discurrían reposadamente en los rincones.

-¡Que aproveche, padre Antónich -dijo un joven, sentándose junto a un anciano desdentado y ceñudo que estaba acurrucado en el suelo.

-Gracias, amigo -repuso el viejo sin levantar la cabeza ni dejar de masticar con sus huérfanas encías.

-¡Palabra de que te creía muerto, Antónich!

-Dios quiera que te sigas engañando por muchos años. Pero si en ello tienes empeño, muérete cuanto antes y me enseñas el camino.

Yo me senté junto a ellos. A mi derecha, dos presidiarios importantes habían entablado un animado diálogo, esforzándose por conservar su gravedad mientras hablaban.

-No seré yo el engañado -dijo uno-, sino más bien el engañador…

-Te saldría mal la cuenta si lo intentaras siquiera -repuso el otro.

-¿Qué es lo que harías? Al fin y al cabo no somos más que presidiarios. Ya verás cómo te la pagará la bribona, lo mismo que ha hecho conmigo. Hace unos días que vino, yo no sabía cómo arreglármelas para hablar con ella. Pedí permiso para ir a ver a Fedka, el verdugo. Este vivía aún en la casa que había comprado a Solomonka el leproso, ya sabes, el judío que se ahorcó no hace mucho.

-Sí, lo conocía; el que, tres años ha, hacía de posadero y se llamaba Grischka… El figón... lo sé, lo sé muy bien…

-¡Qué has de saber! En primer lugar, no es ésa la posada…

-¡Cómo que no! El que no sabe lo que se dice eres tú: yo te presentaré todos los testigos que quieras…

-¿Tú me presentarás esos testigos? ¿Pero tú sabes quién eres ni con quién estás hablando?

-¡Por Belcebú!

-Te he zurrado muchas veces, aunque me esté mal el decirlo; conque no alces tanto el gallo.

-¿Qué tú me has pegado a mí? El que me haya de zurrar no ha nacido todavía y uno que me zurró esta ya seis pies bajo tierra.

-¡Apestoso!

-Mala lepra siberiana te roa el cuerpo de úlceras.

-¡Así un turco parta tu cabeza maldita!

Las injurias se sucedían.

-¡Ea, acabemos! -gritó una voz- ¡Cuando no se sabe hablar tranquilos se está uno callado!

-¿No están ustedes satisfechos con haber venido a comer el pan del Gobierno? -terció otra.

Inmediatamente fueron separados los dos adversarios, que estaban a punto de venir a las manos.

Estaba permitido que se injuriasen cuanto les viniese en gana, pues esto divertía a los demás presidiarios, pero ¡nada de luchar! Los adversarios no han de batirse sino en casos extraordinarios.

Si se originaba alguna riña, en seguida se ponía en conocimiento del director, el cuál ordenaba al punto que se abriese una información de la que siempre resultaban maltrechos los que se peleaban y aun los que no lo impedían; por esta razón se evitaban a toda costa las reyertas de obra.

Por otra parte, los adversarios se insultan más bien por distracción, por hacer ejercicios retóricos. Si se enardecen, la disputa toma un carácter violento, feroz, y parece que se van a degollar, pero no sucede nada.

Una vez que la cólera ha llegado a cierto grado, los separan en seguida y renace la calma.

Esto me sorprendía, y si cuento alguno de aquellos diálogos es para que el lector pueda formarse idea de tales escenas. ¿Cómo era posible suponer que se injuriasen por gusto? Sin embargo, es preciso tener en cuenta las excitaciones de la vanidad; un dialéctico que sabe insultar con arte es respetado y casi se le aplaudiría como a un buen actor.

Desde el momento que entré en el penal, observé que todas las miradas se posaban en mí con expresión extraña. Algunos reclusos comenzaron a mariposear en seguida en mi derredor, suponiendo que yo llevaba dinero, y trataron de ganarse mis simpatías, enseñándome la manera de llevar la cadena con menos incomodidad y otras cosas parecidas. Me facilitaron, previo pago anticipado, naturalmente, un baúl provisto de cerradura, para guardar los objetos que me había entregado la administración y la poca ropa blanca que me habían permitido llevar al penal.

Pero a la mañana siguiente los mismos reclusos me robaron el contenido del baúl y gastaron en aguardiente el importe de la pignoración. Uno de ellos, empero, me cobró verdadero cariño, lo que no impedía, sin embargo, que me robase siempre que se le presentaba la ocasión. No se avergonzaba mi nuevo amigo de estos actos, pues los cometía inconscientemente o como si cumpliese un deber, y, por lo tanto, no podía guardarle rencor.

Dijéronme los reclusos que era fácil tomar el té si me procuraba una tetera; es más, facilitáronme una, que habían alquilado.

Me recomendaron también un cocinero capaz de hacer todos los guisos que desease, si me decidía a comprar las provisiones por mi cuenta y a comer aparte.

Como es natural, me pidieron dinero prestado; el mismo día de mi llegada hube de complacer a tres de ellos.

Los que habían sido nobles eran mal quistos de los forzados, pues aunque habían sido despojados de sus derechos y privilegios, éstos no los consideraban como iguales suyos. Para los presidiarios de baja estofa seguían siendo señores y se burlaban despiadadamente de nuestra desgracia.

-¡Ay, se acabó! -decían-. Ayer iba el señorito en carruaje aplastando transeúntes por las calles de Moscú y ahora es carne de horca.

Gozábanse en nuestros sufrimientos, que tratábamos de disimular todo lo posible. Cuando trabajábamos juntos teníamos que pasar por las más duras pruebas, porque nuestras fuerzas no igualaban a las suyas y no podíamos realmente ayudarles. Nada hay tan difícil como ganarse la confianza y el afecto del pueblo y con mucho más razón tratándose de gente de la calaña de nuestros compañeros de cadena.

Eran pocos los ex nobles que había en el presidio, y de éstos, cinco polacos, de los que más adelante hablaré detenidamente.

Los polacos -sólo me refiero a los condenados políticos- conservaban siempre en sus relaciones con los demás forzados, una actitud de dignidad afectada y ofensiva, no les dirigían la palabra y no disimulaban la repugnancia que semejante compañía les causaba. Los presidiarios comprendíanlo perfectamente y les pagaban con la misma moneda.

No menos de dos años de paciencia hube de emplear para captarme la benevolencia de algunos compañeros; pero la mayor parte de ellos me querían, declarando que era yo una excelente persona.

Entre todos los nobles rusos que estábamos en el penal sumábamos cinco, incluyéndome a mí en este número. De uno de ellos había yo oído hablar, antes de mi llegada, como de una criatura ruin y baja, horriblemente corrompida, que ejercía el innoble oficio de espía; así, pues, desde el primer día me negué a entablar relaciones con él. El segundo era el parricida, de quien ya he hablado. En cuanto al tercero, que se llamaba Akim Akímich era un hombre original, que no he podido olvidar aún la vivísima impresión que me causó.

Alto, delgado, débil de espíritu y terriblemente ignorante, era razonador y minucioso como un alemán. Los presidiarios se burlaban de él, pero le temían al mismo tiempo a causa de su carácter cojijoso y de pocos amigos. Desde su llegada habíase puesto a su nivel y les injuriaba atrozmente cuando no recurría a vías de hecho, de las que sus adversarios salían siempre muy mal parados.

Como era la rectitud personificada, en cuanto descubría algún chanchullo se apresuraba a meterse, como suele decirse, en camisa de once varas. Era, además, excesivamente ingenuo, y cuando disputaba con los presidiarios les reprochaba sus delitos, exhortándolos a no volver al robo ni al crimen. Había servido, con la graduación de subteniente, en el Cáucaso. El mismo día que trabé conocimiento con él me contó su caso.

Ingresó en el ejército como junker (voluntario con el grado de suboficial), sirviendo en un regimiento de línea, y al cabo de no poco tiempo recibió el imperial despacho de subteniente y fue enviado a las montañas, donde le confiaron el mando de un fortín. Ahora bien, un principillo tributario prendió fuego al fortín e intentó un asalto que no pudo llevar a cabo.

Akímich recurrió entonces a la astucia para atraérselo, y fingiendo ignorar quién era el autor de la agresión, la atribuyó a los insurrectos que merodeaban por las montañas.

Al cabo de un mes invitó cortésmente al primer reyezuelo a visitarle en el fortín, y aquél llegó a caballo, sin sospechar el lazo que le tendían.

Akímich formó a la guarnición en orden de batalla y les reveló la felonía y traición del visitante, al mismo tiempo que recriminaba a éste por su conducta, le probaba que incendiar un fortín era un crimen vergonzoso y le explicaba minuciosamente los deberes de un tributario. Y como final de su arenga, fusiló en el acto al reyezuelo, dando cuenta inmediatamente a la superioridad de aquélla ejecución.

Se abrió sumaria y Akímich fue sometido a un Consejo de Guerra, que le condenó a muerte; pero esta pena fue conmutada por la deportación a Siberia y la condena de segunda categoría, esto es, a doce años de trabajos forzados.

Akímich reconocía de buen grado que había procedido arbitrariamente, pues el reyezuelo debió ser juzgado por un tribunal civil y no sumarísimamente con arreglo a la ley marcial. Sin embargo, no podía comprender que su acción fuese un delito.

-¿No había incendiado mi fortín? ¿Qué tenía yo, pues, que hacer, darle las gracias? -respondía a todas mis objeciones.

Aunque los presidiarios se burlasen de Akim y le tuviesen por loco, habíanle cobrado verdadero cariño.

El ex subteniente conocía todos los oficios: era zapatero, sastre, dorador y herrero.

Adquirió estos conocimientos en el penal, pues le bastaba ver un objeto para hacerlo en seguida con rara perfección; y vendía en la ciudad, o mejor dicho los hacía vender, cestos, lámparas y juguetes.

Gracias a su trabajo, tenía siempre algún dinero que empleaba en ropa blanca, almohadas, etc. También se había comprado un colchón.

Como dormía en la misma sala que yo, me fue utilísimo especialmente durante los comienzos de mi reclusión.

Antes de salir del penal para dirigirse al trabajo, los forzados se alineaban en dos filas en el cuerpo de guardia, donde les rodeaban los soldados a bayoneta calada. A los pocos instantes llegaba un oficial de ingenieros con el intendente y alguna fuerza más. El intendente contaba los reclusos y los enviaba luego por grupos a los puntos que les designaba.

Yo fui, como los demás, al depósito de los ingenieros, un edificio de mampostería, muy bajo de techo, situado en medio de un gran patio, y atestado de herramientas y materiales. Había allí una fragua y talleres de carpintería, de herrería y de pintura. Akim trabajaba en este último: preparaba los aceites para los barnices, machacaba los colores y pintaba tableros imitando el nogal.

Mientras aguardaba a que me pusieran la cadena le comuniqué mis primeras impresiones.

-Sí -me dijo-, odian a los nobles, especialmente a los presos políticos, y disfrutan cuando les pueden ocasionar algún daño. Esto se comprende: no son de su clase, pues todos los reclusos han sido soldados o siervos. Así, pues, ¿qué corrientes de simpatía pueden establecerse entre ellos y nosotros?

»La vida es muy dura aquí, ciertamente; pero esto es gloria, comparado con las compañías disciplinarias de Rusia. ¡Aquello es horroroso! Los que vienen de allí, hablan de este penal como de un paraíso, si lo ponen en parangón con aquel purgatorio: No es porque el trabajo sea muy penoso, pues se dice que la administración, que no es exclusivamente militar como aquí, trata a los reclusos de primera categoría de un modo muy diferente que a nosotros. Allí cada cual tiene su celda -me lo han contado, yo no lo he visto-, no llevan uniforme ni la cabeza afeitada; sin embargo, a mi juicio, el uniforme y la cabeza rapada no tienen nada de desagradables; al contrario, revelan orden y recrean la vista. Solamente ellos pueden odiar esto;

»En cambio, aquí, fíjese usted qué Babel: conscriptos, circasianos, viejos creyentes, ortodoxos, muchíks casados y con hijos, judíos, gitanos, en fin, gente salida Dios sabe de dónde y todos esos desdichados deben vivir juntos en la mejor armonía, comer en el mismo plato, dormir en el mismo tablado... No se dispone de un momento de libertad y sólo rápidamente y a escondidas puede uno hacer, lo que tenga por conveniente. Además, un presidio…  siempre es un presidio. A veces me vienen ganas de hacer un disparate.

Yo sabía todo esto, y únicamente mostré curiosidad por saber algo acerca del director; y lo que Akim me dijo en su largo relato, me causó una impresión hondamente desagradable.

Dos años hube de vivir bajo la autoridad de aquel funcionario y tuve repetidas ocasiones de comprobar que era cierto todo lo que acerca  del mismo habíame contado Akim.

Era un hombre de malos instintos y desordenado, tanto más temible cuanto que ejercía su poder casi omnímodo sobre doscientos seres humanos. Su principal error estribaba en considerar a los presidiarios como enemigos personales suyos. Sus raras aptitudes y aun sus buenas cualidades, quedaban eclipsadas por sus intemperancias y sus crueldades. A veces entraba inopinadamente a media noche en los dormitorios, y como observase que alguno dormía boca arriba o sobre el costado izquierdo, le despertaba violentamente para decirle: «¡Debe usted dormir en la postura que le he mandado!» Los presidiarios le odiaban y le temían como a la peste. Su horrible cara de color escarlata imponía miedo. Era notorio, empero, que el jefe se dejaba dominar por su ordenanza Fedka y que estuvo a punto de volverse loco cuando enfermó Tresorka,[9] su perro favorito.

Cuando supo por Fedka que entre los forzados había un veterinario muy hábil, le hizo llamar en seguida y le dijo:

-Te confío a mi perro; si Tresorka se cura, te recompensaré largamente.

El presidiario, un muchik muy listo, era, en efecto, un veterinario habilísimo, pero a la vez un saco de malicias.

Mucho tiempo después, cuando ya no había nada que temer por este lado, refirió a sus camaradas su visita al jefe del penal.

-Examiné a Tresorka -dijo-, que estaba echado en un sofá y apoyada la cabeza en blanca almohada. El pobre animal tenía una inflamación, de la que seguramente hubiera curado con una simple sangría. Pero en seguida pensé: ¿y si reventase el amo de desesperación por la muerte de su perro? Y con esta esperanza me apresuré a decir al jefe: «Vuestra Nobleza me ha llamado demasiado tarde; si hubiera yo visto al perro ayer o anteayer, estaría fuera de peligro; ahora no tiene remedio.»

En efecto, Tresorka murió.

Me contaron también que un presidiario había intentado matar al jefe del penal.

Hacía varios años que aquel presidiario llamaba la atención general por su rara sumisión y, sobre todo, por su taciturnidad; le tenían por loco. Como era algo literato, se pasaba la noche leyendo la Biblia. Cuando todos dormían, él se levantaba, se encaramaba a la chimenea, encendía una vela y se ponía a leer el Evangelio. Así pasó un año entero.

Mas, de pronto, una mañana se salió de filas, negándose resueltamente a ir al trabajo. Apenas tuvo conocimiento de este acto de insubordinación, el jefe entró en la cuadra hecho una furia y comenzó a increpar al presidiario; pero éste, rápido como el rayo, le arrojó a la cabeza un ladrillo que ya tenía preparado; mas, afortunadamente para el jefe, le falló el golpe.

En menos tiempo del que se emplea en referirlo, el presidiario agresor fue maniatado, juzgado y bárbaramente azotado, y tres días después dejaba de existir en la enfermería del penal.

Declaró en su agonía que no odiaba a nadie y que había hecho eso porque quería morir. Sin embargo, no pertenecía a ninguna secta religiosa disidente. Su nombre se pronunciaba siempre con respeto en el penal.

Al fin me pusieron la cadena. Mientras la remachaban, entraron en la fragua algunas vendedoras de panecillos blancos. Eran, en su mayoría, muchachas de pocos años, a quienes sus madres encargaban la venta del pan que ellas mismas amasaban y cocían. Cuando llegaban a cierta edad, continuaban rondando por el penal, pero no ya para vender aquel artículo de primera necesidad.

A todas horas era fácil tropezar con alguna.

Entre ellas había también una que otra mujer casada que vendían a los reclusos los panecillos a razón de dos kopeks cada uno. Observé que un presidiario, carpintero, de cabeza entrecana y rostro encendido y risueño le gastaba bromas atrevidas a las vendedoras.

Antes de que llegaran éstas, habíase anudado al cuello un pañuelo encarnado.

Entró una mujer baja, regordeta y horriblemente picada de viruelas, puso el cesto sobre el banco del carpintero y entablaron conversación.

-¿Por qué no viniste ayer? -preguntó el presidiario con una sonrisa de satisfacción.

-Vine, pero ya se habían ido ustedes contestó la mujer con desenfado.

-Es cierto, nos hicieron ir a otro sitio y no pudimos vernos... ¿Sabes quiénes vinieron a verme anteayer?

-Si no me lo dices...

-Pues Mariaschka, Javroschka, Chekunda y la Dvugroschévaya.[10]

-¡Cómo!  -exclamé, dirigiéndome a Akim Akímich-; ¿es posible que… ?

-Sí, alguna vez que otra... -repuso mi compañero bajando los ojos, pues era muy casto.

Sí, era cierto, pero raras veces y venciendo no pocas dificultades. Los presidiarios preferían el aguardiente a pesar del abatimiento de su estrecha vida. Para acercarse a aquellas mujeres era preciso ponerse antes de acuerdo sobre el sitio y la hora, darse citas, escoger un lugar solitario, burlar la vigilancia de los centinelas, lo que en más de una ocasión resultaba imposible, y, sobre todo, gastar sumas relativamente enormes.

Sin embargo; más de una vez fui testigo de escenas galantes.

Cierto día estábamos ocupados en calentar una caldera situada bajo un tinglado a orillas del Irtich, cuando aparecieron dos jóvenes.

Los soldados que nos vigilaban eran buenos muchachos.

-¿Dónde habéis estado metidas tanto tiempo? -preguntó uno de los forzados que, sin duda, las esperaba-. ¿Os han entretenido quizá en casa de los Zvérkov?

-¿Los Zvérkov? Esos tipos nos volverán a ver cuando las ranas críen pelo y las gallinas echen los dientes -repuso alegremente una de las jóvenes.

Era ésta la muchacha más puerca que se pueda imaginar. Se llamaba Chekunda y había llegado acompañada de Dvugroschévaya, que valía bastante menos que ella.

-¡Hola! hace un siglo que no se te puede echar la vista encima -prosiguió el galanteador, dirigiéndose a esta última-. Parece que has adelgazado.

-Puede ser. Estaba bien metidita en carnes, mas ahora parece que como agujas.

-¿Y seguís dejándoos querer de los soldados?

-¡Cómo nos calumnian las malas lenguas! Sin embargo, aunque me moliesen a palos no podría decir que me disgustan los soldados.

-Dejad en paz a la milicia; a los que tienen ustedes que querer es a nosotros, pues dinero no nos falta…

¡El que así galanteaba era un hombre con la cabeza rapada, grillos a los pies y rodeado de soldados que le custodiaban!

Pusiéronme, al fin, la cadena, me despedí de Akim y regresé a mi cuadra, acompañado de un soldado.

Los que trabajaban a destajo eran los primeros que volvían al penal; así es que, cuando llegué a la sala, encontré ya a algunos que descansaban.

Como la cocina no hubiera podido contener a los forzados de todas las cuadras, la comida no se hacía en comunidad, sino a medida que regresaban del trabajo. Yo probé la menestra de coles, pero como no estaba acostumbrado no pude comerla, me preparé el té y fui a ocupar un extremo de la mesa, junto a un ex noble.

Los presidiarios no cesaban de entrar y salir, a pesar de que no era sitio lo que faltaba, pues aún eran pocos. Cinco de ellos se sentaron aparte, cerca de la mesa principal, y el cocinero les sirvió dos raciones de menestra y una de pescado frito a cada uno. Celebraban la fiesta de uno de ellos y se permitían el lujo de semejante banquete.

Entró luego uno de los polacos y tomó asiento a nuestro lado.

-¡Qué bien se tratan ustedes, amiguitos! -exclamó un presidiario de elevada estatura apareciendo en la cocina y paseando su mirada por toda la pieza.

Era un hombre de cincuenta años, delgado y musculoso. Su fisonomía revelaba a la vez astucia y alegría, y su labio inferior, carnoso y colgante, le daba una expresión muy cómica.

-Y bien, ¿cómo han pasado la noche? ¿Por qué no me han dado los buenos días, mis amigos de Kurs? -dijo sentándose junto a los que banqueteaban-. Les traigo un convidado.

-No somos del gobierno de Kurs -le contestaron.

-Entonces serán de Tambovsk, que es lo mismo.

-Tampoco, y nada tienes que ver con nosotros. Si buscas una buena comilona, te has equivocado de puerta; llama a la de algún muchik rico.

-¿Dónde podría encontrarlo?

-¡Caramba! ¿Te olvidas de Gazin?

-Nada, que no estoy de suerte. A Gazin le ha dado hoy por gastar su capital en aguardiente.

-¡Qué ha de gastarlo todo! -replicó otro presidiario-. Tiene lo menos veinte rublos; el oficio de cantinero es muy productivo.

-En resumidas cuentas, que para mí, no hay aquí de qué, ¿no es eso? Bueno, pues me resignaré con la comida que nos da el Gobierno.

-¿Quieres té? -repuso otro-. Pídelo a esos señores, que lo están bebiendo.

-¡Señores! Esos no son ya nobles y valen tanto corno nosotros -barbotó con voz ronca un forzado que se hallaba sentado en un rincón y que hasta entonces no había dicho una palabra.

-Con gusto bebería una taza de té, pero me da vergüenza pedirlo, porque al fin y al cabo también nosotros tenemos nuestro poquito de amor propio -repuso el recién llegado.

-Déjese de escrúpulos y venga a tomarlo, si quiere -dije yo entonces-; se lo brindo con gusto.

-¡Pues no faltaba más! No soy tan descortés para despreciarlo -contestó acercándose a la mesa.

Y añadió con aire sombrío:

-¿Lo están ustedes viendo? Cuando era libre, no comía otra cosa que un mal potaje, y ahora, en el presidio, me permito el lujo de tomar el té como los grandes señores.    

-¿Acaso aquí no toma nadie té? -pregunté a mi convidado, pero éste no se dignó contestarme.

-¡Panecillos blancos! ¡Panecillos blancos! -gritó una voz.

Y apareció un presidiario joven que llevaba colgado del cuello un cesto lleno de panecillos. Por cada diez que vendía en el penal, la panadera le regalaba uno por toda recompensa.

-¡Panecillos! ¡Panecillos de Moscú, recién sacaditos del horno! -continuaba gritando-. ¡Con qué gusto me los comería todos! Mas para eso sería menester mucho dinero… Vamos, hijitos, cómprenme los panecillos. ¿Pero es que no tienen ustedes madre?

Este llamamiento al amor filial conmovió a todos, y el joven logró vender buena cantidad de panecillos.

-Pues bien -siguió diciendo-, Gazin se está obsequiando con una comilona que da miedo. ¡Y a fe que ha tenido tino para escoger el momento! Si llega a venir Ocho ojos…

-Se esconderá y aquí no ha pasado nada. ¿Está borracho?

-Sí, pero ya se sabe que tiene muy mala bebida.

-Seguramente se irá a las manos con alguno.

-¿De quién hablan? -pregunté al polaco que estaba sentado a mi lado.

-De Gazin, un recluso que vende aguardiente -me contestó-. Cuando ha ganado algún dinero con su comercio se lo gasta hasta el último kópek. Es atroz cuando está borracho; no es malo en su cabal juicio, pero en cuanto toma un trago de más, acomete con un cuchillo a los que se le ponen por delante, y a fe que cuesta Dios y ayuda desarmarle.

-¿Cómo pueden lograrlo?

-Se arrojan sobre él diez personas y le están dando palos hasta que cae al suelo privado del uso de los sentidos, y luego le echan en el tablado, cubriéndole con su capote.

-¡Pero así pueden matarlo! -exclamé yo.

-Otro que no fuera él no sobreviviría a tan tremenda paliza; pero Gazin es, sin disputa, el más fuerte de todos los reclusos. Es de constitución tan robusta que a la mañana siguiente se levanta como si nada hubiese pasado.

-Dígame -continué, dirigiéndome al polaco-, ¿por qué me miran aquellos que comen en mesa aparte como si envidiasen el té que estoy tomando?

-El té les tiene sin cuidado -me respondió-; le miran con aire sombrío porque usted es noble y no pertenece a su ralea. Darían cualquier cosa por armarle camorra e infligirle una humillación cualquiera. ¡Ah, no puede usted imaginarse los sinsabores que le están reservados aquí! Para nosotros es un martirio vivir en este lugar, porque nuestra existencia resulta doblemente penosa y se necesita una voluntad de hierro para sobrellevarla. Su té y sus comidas le acarrearán a usted insultos sin cuento. Sin embargo, son muchos los que comen aparte y  toman té diariamente: esos miserables creen que semejante derecho sólo a ellos corresponde.

Dicho esto, el polaco abandonó la cocina, y momentos después comenzaron a realizarse sus predicciones.

 

 

III

 

Continúan las primeras impresiones

 

Apenas hubo salido M-tskii, que así se llamaba el polaco que había hablado conmigo, entró en la cocina Gazin, completamente borracho.

Ver a un presidiario ebrio en pleno día, cuando todos debían estar ocupados en los trabajos y a pesar de la severidad conocida del jefe, que de un momento a otro podía caer como un rayo, y a despecho de la vigilancia del sargento de guardia, que no se apartaba diez pasos del recinto, era para mí un espectáculo tan incomprensible, que destruía la idea que yo me había formado del presidio.

No sin trabajo y tiempo pude más tarde comprender y explicarme ciertos hechos que a primera vista me parecieron enigmáticos.

He dicho ya que todos los presidiarios dedicaban sus horas de descanso o de ocio a alguna ocupación personal, y que este trabajo era para ellos una necesidad natural e imperiosa.

En efecto, el forzado ama el dinero sobre todas las cosas; casi tanto como la libertad. Diríase que se resigna con su suerte mientras tenga algunos kopeks en el bolsillo; mientras que, por el contrario, si carece de dinero, por poco que sea, está siempre triste, inquieto, desesperado y dispuesto a cometer un crimen con tal de procurárselo.

Sin embargo, a pesar de la importancia que dan al dinero, los presidiarios sólo lo tenían en su poder pocas horas, porque era muy difícil conservarlo: o se lo secuestraban o se lo robaban.

Cuando el jefe, en alguno de sus inesperados registros, descubría alguna cantidad penosamente ahorrada, la confiscaba sin remisión, y es de suponer que la emplearía en mejorar el rancho de los reclusos, puesto que quedaba en su poder sin que tuviera que dar cuenta de ella. Pero lo más frecuente era que los mismos reclusos robasen a sus compañeros las economías que habían hecho.

Sin embargo, se descubrió un medio para preservar el dinero contra los registros y los rateros. Este medio era un anciano, viejo creyente, oriundo de Staróduvo, el cuál se encargaba de esconderlo.

No puedo resistir al deseo de decir algunas palabras acerca de este individuo, aunque haya de apartarme de mi relato.

Aquel anciano de cabellos blancos, tenía sesenta años y era delgado y bajo de estatura. A primera vista me causó honda impresión pues no se parecía a ningún otro presidiario. Su mirada era tan dulce y tranquila, que no me cansaba de ver sus ojos claros y serenos, rodeados de ligeras arrugas. Departía a menudo con él, embriagado por el perfume de bondad y de benevolencia que se exhalaba de todo su ser.

Había sido condenado a trabajos forzados por un delito muy grave.

Un gran número de viejos creyentes de Staróduvo (provincia de Tchernigov) habíanse convertido a la fe ortodoxa.

El Gobierno había hecho todo lo posible para alentarlos a continuar por el camino emprendido y procurar convertir a los disidentes.  El anciano, empero, y otros fanáticos como él, habían resuelto defender la fe a toda costa, y cuando estaba ya casi terminada en la ciudad la iglesia ortodoxa, le prendieron fuego.

Semejante atentado le valió a su autor ser deportado a Siberia.

Era nuestro hombre a la sazón un burgués bastante acomodado, que se dedicaba al comercio, y dejaba mujer e hijos amantísimos; sin embargo, separóse de ellos animosa-mente y partió para el destierro persuadido de que adquiriría una gloria imperecedera sufriendo persecuciones por su fe.

Cuando se pasaba algún tiempo al lado de aquel venerable anciano, era imposible no preguntarse con profunda extrañeza cómo pudo cometer el exceso que le condujo al presidio. Varias veces le hice algunas indicaciones acerca de su fe, y aunque ésta había arraigado muy hondo en su corazón, jamás salió de sus labios una palabra de odio o de menosprecio para la doctrina contraria a la suya ni para los que la profesaban. Sin embargo, había incendiado una iglesia y de ello no se arrepentía. Parecía convencido de que su delito y lo que él llamaba su martirio, eran acciones gloriosas.

Existían en el presidio otros viejos creyentes, siberianos en su mayoría, muchíks inteligentes y astutos y dialécticos a su manera, que observaban ciegamente su Ley y gustaban de entablar controversias; pero tenían un defecto: eran altivos, orgullosos e intolerantes.

El anciano no se parecía a ellos en nada: aunque razonaba con precisión y era un polemista de cuidado, evitaba toda discusión. De carácter alegre y expansivo, reía siempre, pero no con la grosería y cinismo del resto de los presidiarios, sino con una risa dulce y bondadosa que reflejaba ingenuidad infantil y armonizaba perfectamente con su cabeza plateada.

Quizá me equivoque, pero tengo por seguro que se puede conocer a un hombre por su modo de reír: si la risa de un desconocido nos resulta simpática, podemos afirmar que aquel hombre es bueno.

El anciano habíase conquistado el cariño y el respeto de todos los presidiarios, pero de ello no se envanecía. Llamábanle abuelo y ninguno osaba ofenderle ni molestarle jamás. Por esta circunstancia me hice perfecto cargo de la influencia que pudo ejercer sobre sus correligionarios.

Mas a despecho de la firmeza con que parecía sobrellevar la vida de presidio, se adivinaba a simple vista que disimulaba una tristeza profunda, incurable.

Dormíamos en la misma cuadra. Una noche, ya casi de madrugada, me desperté y oí un sollozo lento, ahogado. El viejo estaba sentado sobre la estufa, en el mismo sitio en que acostumbraba hacerlo el presidiario que quiso matar al jefe del penal, y leía su eucologio manuscrito. Lloraba murmurando: «¡Señor, no me abandones! ¡Maestro, fortalece mi espíritu! ¡Adiós para siempre; hijos míos  queridísimos!»

No podría decir lo que sufrí oyéndole.

Entregábamos, pues, nuestro dinero al anciano, pues había cundido la voz de que era imposible robárselo. Sabíase que lo escondía en algún sitio, pero resultó inútil todo lo que se hizo para descubrir su secreto.

Sin embargo, nos lo reveló a los polacos y a mí.

Uno de los troncos de la empalizada tenía una rama, fuertemente adherida, al parecer, pero que en realidad era fácil de quitar y volver a poner en su sitio sin que se notara, y el hueco que dejaba al descubierto servía de caja fuerte a nuestro tesorero.

Y ahora vuelvo a mi relato.

¿Por qué no conservaban los presidiarios el dinero? No era sólo por las dificultades que esto ofrecía, sino también y principalmente por que la vida de presidio es demasiado triste. ¡El forzado tiene natural y constantemente tanta sed de libertad! Por su posición social es un ser despreocupado y tan desordenado que, aunque sólo sea para olvidar sus dolores, se le ocurre y halaga la idea de gastar todo su capital en un festín y de aturdirse con el ruido y la música.

Era extraño ver a ciertos individuos inclinados sobre su trabajo con el único objeto de gastar en un día todas sus ganancias, hasta el último kópek, y volver de nuevo a su trabajo para regalarse con otra comilona al cabo de varios meses.

Algunos gustaban también de comprarse trajes nuevos más o menos raros, como pantalones de fantasía, chalecos y abrigos; pero lo que más les entusiasmaba eran las camisas de indiana y los cinturones con hebillas de metal.

Los días festivos lucían los elegantes sus trajes flamantes, y había que verlos contentos como chiquillos pavoneándose por todas las dependencias del presidio. Pero aquellos trajes y aquellas prendas tan codiciadas, iban a parar muy luego a manos del prestamista que daba unos cuantos kopeks por la pignoración.

Los festines y comilonas se celebraban en épocas fijas, coincidiendo con las solemnidades religiosas y las onomásticas.

El presidiario que festejaba su fiesta, encendía un cirio ante la imagen de su santo, oraba con más o menos fervor, disponía su comida, con las provisiones de carne, pescado y dulces que previamente había comprado, y tragaba como un buey, casi siempre solo, pues era muy raro que convidase a algún compañero.

Entonces aparecía el aguardiente: el forzado bebía como una esponja y dando trompicones iba luego recorriendo una por una todas las cuadras, para demostrar a sus camaradas que era merecedor de especial consideración, puesto que estaba borracho hasta el punto de no poder tenerse en pie sino a duras penas.

El pueblo ruso siente una especie de simpatía por los hombres ebrios, y entre los presidiarios la embriaguez era un mérito, una distinción aristocrática.

Si estaba en fondos, se procuraba también un rato de música.

Teníamos con nosotros un joven polaco, desertor, más feo que el pecado, el cual poseía un violín que tocaba aceptablemente. Como no tenía oficio, se le contrataba para que acompañase de cuadra en cuadra a los camaradas que querían bailar y divertirse. A veces reflejaba su rostro el hastío y la repugnancia que le ocasionaba aquella música que era siempre la misma; pero la voz de algún presidiario que le gritaba: «¡Toca hasta que revientes, que para eso te pagamos!» le volvía a la realidad, y rascaba el violín con nuevas fuerzas.

Los borrachos estaban seguros de que alguien vigilaba sobre ellos y que les ocultarían a las miradas del jefe, si éste tenía la mala ocurrencia de aparecer de improviso en el penal.

Este servicio, por su carácter de mutuo, era desinteresado.

Por otra parte, el subteniente y los inválidos encargados de mantener el orden dentro del recinto, hacían la vista gorda, pues sabían que si algún borracho se desmandaba, sus camaradas lo pondrían en seguida a buen recaudo, y no ignoraban que si en el penal faltase el aguardiente las cosas irían de mal en peor.

¿Cómo se procuraban el aguardiente?

Lo compraban en el mismo presidio a los cantineros, como llamaban a los camaradas que se dedicaban a esta lucrativa industria y que eran demasiados en proporción al número de bebedores y borrachos, porque este deleite resultaba, con todo y ser modicísimo, demasiado caro para los exhaustos bolsillos de los compradores.

El comercio se empezaba, continuaba y acababa de un modo muy original. El recluso que no tenía oficio o no quería trabajar pero en cambio ambicionaba el dinero, en cuanto disponía de algunos kopeks se dedicaba a la compra y reventa de aguardiente.

La empresa era ardua y exigía una audacia temeraria, pues se arriesgaba el pellejo, amén de la pérdida del género. Pero el cantinero no retrocede jamás ante ningún obstáculo. Al principio, cuando dispone de poco dinero, lleva él mismo el aguardiente al penal y lo vende realizando buenas ganancias. Repite esta operación dos o tres veces más, y si logra no ser descubierto, pronto hace una hucha que le permite ampliar el negocio: se convierte en empresario, en capitalista. Entonces tiene agentes y ayudantes, arriesga mucho menos y gana mucho más. Sus ayudantes son los que corren todos los riesgos.

En los presidios abundan siempre reclusos miserables y sin oficio, pero dotados de audacia y destreza indecibles. Su único capital son sus espaldas y no reparan en ponerlo en circulación, ofreciéndose a los cantineros para introducir el aguardiente en el penal. En la ciudad tampoco falta algún soldado, algún burgués o una muchacha que, por una mezquina recompensa, compre aguardiente por cuenta del cantinero y lo oculte en el escondrijo que el presidiario-contrabandista únicamente conoce, junto a la cantera donde trabaja.

El intermediario suele catar durante el camino el líquido y substituye con agua la cantidad que trasiega al buche; pero es preciso resignarse: el cantinero no puede ser quisquilloso ni exigente sino tenerse por dichoso si no le roban el dinero y le llevan el aguardiente, de cualquier clase que sea.

Tras del portador llega al lugar indicado el ayudante del cantinero, provisto de una tripa de buey perfectamente lavada y llena siempre de agua para que conserve su elasticidad.

Una vez llena la tripa, el contrabandista se la oculta en la parte más secreta de su cuerpo. Ésta es la mayor prueba de astucia y habilidad que pueden dar aquellos atrevidos presidiarios. Su honor está empeñado y es preciso a toda costa burlar a los soldados de la escolta y del cuerpo de guardia, y lo hace.

Antes de llegar al penal, se coloca en la mano una moneda de quince o veinte kopeks, por lo que pudiera ocurrir, y espera en la puerta al cabo de guardia, el cual registra a los presidiarios antes de dejarles libre el paso.

Confía el contrabandista en que el cabo no será muy escrupuloso en su registro y se andará con cuidado al tocar ciertas partes del cuerpo; pero si el cabo es listo y malicioso, echa mano en seguida... al sitio donde está oculto el contrabando. Entonces no le queda al cuitado ayudante del cantinero más que un medio de salvación: deslizar disimuladamente la moneda que lleva preparada, y así suele llegar sin tropiezo a presencia de su principal.

A veces no le resulta el juego y entonces es cuando el contrabandista pone realmente su capital en circulación, pues se da conocimiento al jefe del penal, el cual ordena invariablemente que le suministren un lluvia de palos y se decomise el género. El contrabandista sufre el castigo sin denunciar al empresario, no porque la delación le horrorice, sino porque de nada le serviría: de todas suertes será cruelmente azotado. El único consuelo que tendría en todo caso sería ver que el cantinero participaba de su castigo; pero, como tiene necesidad de aquél, no le denuncia.

La delación, sin embargo, en los presidios es cosa corriente. En vez de apartarse asqueados de un espía, procuran los forzados hacerse amigos suyos. Si alguno tratase de demostrarles la bajeza de la denuncia recíproca, no sería comprendido.

El ex noble a quien antes me he referido, el vil y despreciable individuo con el que no quise sostener ninguna clase de relaciones desde mi llegada al presidio, era amigo de Fedka, el ordenanza del jefe, a quien contaba todo lo que sucedía. Fedka, naturalmente, se apresuraba a comunicarlo a su amo. Esto lo sabían todos los forzados, pero a ninguno se le hubiera ocurrido castigarlo por esto ni aun reprocharle su traición.

El contrabandista entrega el aguardiente al empresario y ambos ajustan cuentas; y como a éste le resulta siempre caro, lo mezcla con agua, por parte iguales y así se asegura la ganancia que desea.

El primer día de fiesta que llega, y a veces en los laborables, comparece ante el cantinero un presidiario, que ha trabajado como un negro durante varios meses para ahorrar kópek a kópekuna pequeña suma y gastársela en un solo día. Desde el día en que comenzó su trabajo, el presidiario ha soñado con esa francachela y sólo el pensamiento de poder realizada le ha sostenido.

Despunta, al fin, la aurora del día tan impacientemente esperado; el presidiario tiene ya en su bolsillo un dinero que, por rara fortuna, no le ha sido substraído o confiscado, y puede derrocharlo en la forma que le plazca. Entrega, pues, sus ahorros al cantinero, el cual le da, al principio, aguardiente casi puro (no ha sido bautizado más que un par de veces); pero a medida que la botella baja él la va llenado de agua.

De este modo, el presidiario paga el aguardiente cinco o seis veces más caro que en una taberna.

Fácil es imaginarse las copitas que deben apurar el presidiario y el dinero que ha de gastar antes de embriagarse.

Sin embargo, como ha perdido la costumbre de beber, el poco alcohol que contiene el líquido le emborracha antes de lo que puede suponerse.

Y sigue bebiendo hasta que se queda sin el último kópek,y empeña hasta sus trajes.

El cantinero ejerce también de prestamista.

Pero, como su guardarropa particular es modesto, empeña también las prendas que le ha entregado el Gobierno.

Y cuando el borracho se ha bebido hasta la camisa que lleva puesta, se acuesta a dormir la mona y al día siguiente se despierta con un dolor de cabeza horrible.

Suplica entonces inútilmente que le fíe una copita para que le pase aquel malestar, y soportando con honda tristeza la negativa, el mismo día reanuda su trabajo y durante varias veces no levanta cabeza, soñando con la francachela que se promete cuando haya ahorrado lo suficiente.

Cuando el cantinero ha ganado una buena cantidad, una decena de rublos todo lo más, pide otra remesa de aguardiente.

Pero entonces no lo bautiza, porque… la reserva para sí.

Entonces come, bebe, se embriaga y paga al músico. Sus medios le permiten untar la mano a los empleados del presidio.

A veces dura esta diversión varios días.

Cuando se le acaba su provisión de aguardiente, recurre como un parroquiano cualquiera a los otros cantineros y gasta también su último kópek.

Por muy estrecha que sea la vigilancia que ejercen los presidiarios sobre sus camaradas que se divierten, para evitarles un mal tropiezo, sucede una vez que otra que los sorprende el jefe o el sargento. En este caso, el borracho es conducido al cuerpo de guardia donde le confiscan todo el dinero que lleva encima y por añadidura le obsequian con un buen número de azotes. Hecho esto, el recluso se sacude como perro apaleado, vuelve a su cuadra con las orejas gachas y la cabeza despejada, y… a los pocos días ejerce nuevamente de cantinero.

No es raro encontrar entre los presidiarios atrevidos enamorados del bello sexo. Mediante el pago de una cantidad relativamente importante, logran sobornar a algún soldado que les permite salir del recinto o hacer alguna escapatoria durante las horas del trabajo.

No lejos del penal existe una casita de aspecto tranquilo, en la que se puede gastar alegremente un puñado de rublos. El dinero del presidiario no es de despreciar, y los soldados suelen favorecer estas escapatorias, en la seguridad de que serán generosamente recompensados.

Naturalmente, estos soldados son, por lo general, futuros candidatos a los trabajos forzosos.

Estas salidas permanecen siempre secretas y, además, son muy raras, porque cuestan caras y los amantes del bello sexo prefieren recurrir a otros medios menos costosos.

Los primeros días de mi llegada al presidio, me llamó poderosamente la atención un joven de muy correctas facciones. Se llamaba Sirotkin, contaba escasamente veintitrés años y era un ser enigmático desde todos los puntos de vista. Pertenecía a la sección especial, lo que equivale a decir que había sido condenado a trabajos forzosos a perpetuidad. Debía ser considerado como uno de los delincuentes militares más peligrosos. Amable y tranquilo, hablaba poco y reía menos. Sus ojos azules, su blanca tez y sus cabellos rubios, le daban una expresión dulce que no hacía desmerecer la rapadura de su cabeza. Aunque no tenía ningún oficio, se procuraba de vez en cuando algunas pequeñas cantidades de dinero. Era lo más haragán que pueda imaginarse y vestía con suma negligencia. Si alguno le regalaba una camisa encarnada, no cabía en sí de gozo y se mostraba ufano por todas las dependencias del presidio. Sirotkin no bebía ni jugaba ni reñía jamás con sus camaradas. Paseaba siempre con las manos en los bolsillos, pacíficamente, con aire pensativo. Lo que pensaba es lo que no sé. Cuando se le llamaba para preguntarle alguna cosa respondía con deferencia y concisión, mirando en los ojos con la ingenuidad de un niño de diez años. Si tenía dinero, no compraba jamás lo que los otros creían indispensable; le tenía sin cuidado el traje y el calzado; ni los hacía remendar ni se compraba otros nuevos. Lo único que le gustaba eran los panecillos y los dulces, y los comía con la fruición de un chiquillo. Si no se trabajaba, iba de acá para allá por las cuadras; y si los demás trabajaban, él permanecía tranquilamente con las manos en los bolsillos. Se burlaban de él, le dirigían bromas pesadas o cuchufletas picantes, y volvía las espaldas sin despegar los labios, enrojeciendo vivamente si el chiste era subido de color.

Yome preguntaba a menudo qué delito podía haber cometido. Un día que me encontraba enfermo en el hospital, Sirotkin estaba tendido en un jergón junto a mi cama. Entablé conversación con él y me contó, sin que yo le preguntara, que había sentado plaza de soldado, que su madre le acompañó llorando y que había sufrido atrozmente en el ejército. Añadió que no había podido acostumbrarse a aquella vida, porque la disciplina era demasiado rígida, y los superiores, que se enfurecían por cualquier bagatela, estaban siempre disgustados con él.

-Mas, ¿por qué has sido enviado aquí y precisamente a la sección especial? -le pregunté.

-Porque al cabo de un año de estar en el regimiento, maté a mi capitán Grigorii Petróvich.

-Me lo habían dicho, pero me resistía a creerlo. ¿Por qué cometiste ese crimen, Sirotkin?

-Aquella vida era demasiado dura, Aleksandr Petróvich.

-Sin embargo, los demás quintos la soportaban -repliqué-. Ciertamente, al principio es algo dura, pero se acostumbra uno poco a poco y se acaba por ser excelente soldado. Tu madre ha debido echarte a perder con sus mimos. ¡Apostaría a que te ha alimentado con bizcochos y natillas hasta que cumpliste los diez y ocho años!

-Es cierto, mi madre me quería entrañablemente. Cuando me separé de ella se metió en cama y no volvió a levantarse… ¡Cuán penosa se me hizo la vida militar! Se me castigaba incesantemente sin saber por qué. Yo obedecía a todos, era exacto y nada negligente, no bebía ni pedía jamás dinero prestado, porque el contraer deudas es una cosa muy fea, y, sin embargo, todos eran conmigo a cual más cruel. Algunas veces me retiraba a un rincón y lloraba amargamente. Un día, o, mejor dicho, una noche, estaba yo de centinela. Era en otoño; soplaba un viento fortísimo y frío y la oscuridad era tan densa que no se veía a un palmo de distancia. La tristeza me ahogaba... Quité entonces la bayoneta de mi fusil, la enfundé en la vaina, me descalcé y apoyando la barba en el cañón, apreté el gatillo con el dedo gordo del pie; pero el tiro no salió. Examino el fusil, lo vuelvo a cargar con pólvora nueva, dirijo el cañón contra mi pecho, y de nuevo falla el tiro. ¿Qué hacer? me dije. Volví a calzarme, calé la bayoneta y echándome el fusil al hombro me puse a pasear de arriba abajo. «Pues bien -pensé-, que me manden adonde quieran, porque estoy resuelto a no ser soldado ni un día más.» Al cabo de media hora llegó el capitán que hacía la ronda, y encarándose airadamente conmigo exclamó: «¿Es así cómo deben estar los centinelas?» En vez de contestar, empuñé el fusil y le hundí la bayoneta en el vientre. A consecuencia de esa muerte me condenaron a trabajos forzosos por toda mi vida, y después de hacerme andar a pie cuatro mil verstas,[11] me inscribieron aquí en la sección especial.

El joven no mentía. Sin embargo, no comprendo por qué fue condenado. Semejantes delitos no debían ser castigados con tanta severidad.

Sirotkin era el único presidiario verdaderamente hermoso. Sus quince camaradas de la sección especial eran horrorosos, de fisonomías odiosas y repugnantes.

Las cabezas grises eran numerosas: más adelante hablaré largamente de esos individuos.

Sirotkin estaba en buenas relaciones de amistad con Gazin, el cantinero de quien me he ocupado al principio de este capítulo.

Gazin era un hombre terrible. La impresión que producía a todos era espantosa. Parecíame que no podía existir criatura humana más feroz ni más monstruosa que aquel presidiario. Sin embargo, he conocido a Tóbolsk Koménev, el bandido que se había hecho famoso por sus crímenes. Más tarde conocí a Sokólov, presidiario evadido, antiguo desertor y feroz asesino; pero ni uno ni el otrome causó tanta repugnancia como Gazin. Este me hacía pensar en una araña enorme, gigantesca, del tamaño de un hombre. Era tártaro y no existía en el presidio quien le aventajase en fuerza muscular. Pero no era su elevada estatura y su corpulencia hercúlea lo que especialmente infundía terror, sino su cabeza enorme y deformada. Se referían mil historias acerca de este monstruo: decían unos que había sido soldado; otros afirmaban que era un evadido de Nerschinsk y algunos sostenían que había sido deportado a Siberia varias veces, logrando escaparse otras tantas. Finalmente había sido encerrado en nuestro penal e inscrito en la sección especial. Según parece, le gustaba asesinar a los niños que lograba atraer con engaños a algún lugar apartado, gozándose en el espanto, en el terror y el llanto desgarrador de aquellas pobres criaturitas a las que mataba lenta y bárbaramente, con verdadero ensañamiento y fruición.

Tal vez eran imaginarios estos horrores y sugeridos por la impresión indeciblemente penosa que la sola vista de aquel monstruo producía; pero eran, sin disputa, verosímiles tratándose de un hombre semejante. Sin embargo, cuando Gazin no estaba borracho era muy tratable. Estaba siempre tranquilo, no buscaba nunca camorra, evitaba las discusiones y despreciaba a los que le rodeaban, como si tuviese de sí mismo un concepto muy elevado.

Hablaba muy poco. Todos sus movimientos eran mesurados, tranquilos, desenvueltos. Su mirada no carecía de inteligencia, pero su expresión era cruel e irónica como su sonrisa.

Era el más rico de todos los presidiarios que se dedicaban a la venta de aguardiente. Dos veces al año se emborrachaba como una cuba, y entonces se mostraba tal cual era, en toda su espantosa brutalidad. Se alteraba poco a poco, zahiriendo a sus camaradas con punzantes cuchufletas y acababa en accesos de furia rabiosa, acometiendo, armado de cuchillo, a cuantos se interponían en su camino. Los presidiarios, que conocían sus fuerzas hercúleas, huían a la desbandada, hasta que, al fin, se descubrió un medio de reducirlo, propinándole sendos vergajazos en el pecho, en el estómago y en el vientre, hasta que caía al suelo privado de los sentidos.

A la mañana siguiente Gazin se levantaba, sin mostrarse resentido de la tremenda paliza que había recibido, e iba al trabajo taciturno y sombrío.

Cada vez que Gazin se embriagaba, sabían los presidiarios que sería preciso reducirle a fuerza de palos; y aunque el propio interesado no lo ignoraba, seguía bebiendo tranquilamente.

Así transcurrieron varios años, y al fin se notó que Gazin empezaba a decaer, pues se quejaba constantemente de un achaque u otro y sus visitas a la enfermería eran frecuentes.

El día a que me refiero entró Gazin en la cocina seguido del polaco violinista. Se detuvo en medio de la estancia y paseó su mirada por todos sus compañeros, fijándola, por último, en nosotros. Sonrió horriblemente, como celebrando de antemano el golpe que preparaba, y se acercó a nuestra mesa tambaleándose.

-¿Se puede saber -dijo- de dónde sacan ustedes el dinero para tomar té en esta casa?

Cambié una mirada con mi compañero, y me hice cargo de que era mejor callar, pues la menor contradicción podía irritar a Gazin hasta el paroxismo.

-Fuerza es -prosiguió- que tengan ustedes dinero, mucho dinero, para que se permitan ese lujo. Pero díganme, ¿han sido ustedes enviados a trabajos forzosos para que se recreen tomando el té? ¿Es para esto para lo que han venido? ¡Ea, contesten!

Y comprendiendo que estábamos resueltos a no hacerle caso, se precipitó sobre nosotros lívido y temblando de rabia. A dos pasos había una pesada caja de madera, que servía para colocar el pan cortado que debía distribuirse en la comida y la cena a los reclusos, y cuyo contenido hubiera bastado para saciar a la mitad del presidio. En aquel momento la caja estaba vacía. Gazin la tomó con ambas manos y la levantó sobre nuestras cabezas. Aunque los homicidios o las tentativas de homicidio eran a la sazón fuente inagotable de tormentos para los reclusos, porque las inspecciones y registros se sucedían sin interrupción, seguidas de tremendos castigos a los transgresores; y aunque todos los reclusos se apresuraban a intervenir para evitar los altercados y riñas que podían tener graves consecuencias, nadie se movió de su sitio. No se oyó ni una palabra en nuestro favor, ni una exclamación para contener a Gazin. Era tal el odio que los presidiarios alimentaban contra los nobles, que gozaban viéndonos en peligro de muerte.

Afortunadamente, una circunstancia imprevista cambió el sesgo de aquella escena que pudo tener un final trágico. En el momento en que el atleta blandía la pesada caja con el ánimo evidente de aplastarnos el cráneo, entró precipitadamente en la cocina su compañero de cuadra, gritando a voz en cuello:

-¡Gazin, te han robado el aguardiente!

El bandido lanzó una horrible blasfemia y arrojando la caja al suelo, salió de la cocina como una exhalación.

-¡De buena han escapado! -exclamaron varios reclusos-. ¡Ya pueden dar gracias a Dios!

Aquella misma tarde, antes de ser encerrado en la cuadra, paseaba yo a lo largo de la empalizada, invadido de una tristeza tan honda como jamás la había sentido. Nunca me tuve por tan desgraciado como en aquel momento.

El primer día de reclusión es siempre el más duro, sea en un presidio o en una cárcel…

El pensamiento que me agitaba, no me abandonó en todo el tiempo que duró mi deportación, ni aun después de haber recobrado la libertad: era una cuestión no resuelta entonces y que parece no lleva camino de que se resuelva nunca.

Meditaba sobre la desigualdad del castigo en los mismos delitos. En efecto, no se podían comparar unos delitos con otros ni aun por aproximación. Dos asesinos matan cada uno a un hombre, y el tribunal pesa yexamina detenidamente las circunstancias que concurren en ambos delitos; sin embargo, aplica la misma pena, a pesar del abismo existente entre un delito y otro. Uno asesinó por una bagatela, por una cebolla: mató a un muchik con objeto de apoderarse de una cebolla, que era todo lo que la víctima llevaba encima.

-¡He sido condenado a trabajos forzados por una cebolla! -dice el criminal.

-¡Que burro has sido! -le contesta otro-. Una cebolla vale un kópek; debieras haber matado a cien muchíks y así hubieras reunido otros tantos kopeks.

Otro recluso había matado a un libertino que ultrajaba a su esposa, a su hermana y a su hija.

Un vagabundo, medio muerto de hambre, perseguido y acorralado por la policía, mató en defensa de su libertad y de su vida. ¿Merece por esto el mismo castigo que el bandido que asesina niños por el monstruoso placer de ver teñidas sus manos con la sangre humeante de aquellas criaturitas, de ver temblar y estremecerse de terror a sus víctimas a la vista de la reluciente hoja del cuchillo que ha de desgarrar sus carnes?

No, ciertamente; sin embargo, todos serán condenados a la misma pena, a trabajos forzosos.

La cadena no tendrá la misma duración, es cierto; pero las variedades de la pena son muy poco numerosas, mientras que las de los delitos son infinitas, no se perpetran dos crímenes en idénticas circunstancias.

Pero admitamos que sea imposible hacer que desaparezca esta primera desigualdad del castigo, que sea esto un problema insoluble y que, en materia penal, se haya descubierto ya la cuadratura del círculo. Admitámoslo.

Pero, si prescindimos de esta primera desigualdad, tropezamos al punto con la segunda: la consecuencia de la pena.

He aquí un hombre que sufre, languidece y se consume como una bujía; véase allí en cambio, otro que antes de ser deportado no podía soñar siquiera con la existencia de una vida tan cómoda y descansada, en compañía de alegres y simpáticos camaradas.

De estos últimos se encuentran muchos en los establecimientos penales.

A un hombre de corazón, de conciencia y de espíritu cultivado, lo matan más pronto los sufrimientos morales que todas las penalidades materiales, por duras que éstas sean.

La sentencia que él mismo ha pronunciado sobre su propio crimen, es más implacable que la del más severo tribunal y la de las leyes más draconianas.

Está obligado a vivir junto a otro penado que no ha reflexionado un solo instante acerca del delito que expía y del que, tal vez, se cree inocente.

¿No existen también desdichados que cometen un crimen con el único objeto de ser enviados a trabajos forzosos y substraerse a una libertad que es para ellos infinitamente más penosa que la reclusión?

La vida es para éstos insoportable; quizá no habían comido nunca hasta saciarse y en cambio se mataban trabajando día y noche para enriquecer a sus amos…[12]

En el presidio el trabajo es menos penoso y se come mejor; los días festivos probará la carne, y las limosnas y el trabajo nocturno facilitan algún dinerillo, cosas todas que antes no conocía, sin contar con la agradable compañía de hombres despreocupados y divertidos.

Los presidiarios son todos listos y astutos, y el recién llegado los contempla arrobado, admirando sus argucias y su talento para salir airosamente de los más graves apuros. Y como no ha visto en su vida cosa semejante, se cree, entre ellos, en el mejor de los mundos.

Mas, ¿para qué pensar en lo que no tiene solución posible?

Volvamos a nuestro encierro.

 

 

 

IV

 

Sobre el mismo asunto

 

Nos contaron una vez más, cerraron luego las puertas de las cuadras, cada una con un candado especial, y quedamos recluidos hasta el siguiente día.

La revista solía pasarla un sargento acompañado de dos soldados.

Cuando, incidentalmente, asistía algún oficial, los reclusos formábamos en el patio; pero de ordinario se pasaba lista, o nos contaban, mejor dicho, en las mismas salas.

Si los soldados se equivocaban, como solía ocurrir a menudo, salíamos y entrábamos uno a uno hasta que les resultaba bien la cuenta.

En cada cuadra, según queda dicho en otro lugar, dormíamos una treintena de reclusos, sobre los tablados que nos servían de lecho.

Como era aún temprano para acostarse, mis compañeros se pusieron a trabajar cada cual en su especialidad.

Además del inválido de que he hablado, que dormía en nuestra cuadra y representaba, durante la noche, a la autoridad del penal, había en cada sala un cabo de varas, elegido por el director entre los que se distinguían por su buena conducta.

No era raro, empero, que los cabos tuviesen algún desliz, y entonces eran privados de su cargo y sometidos al castigo de azotes, substituyéndolos otros compañeros de conducta recomendable.

Nuestro cabo de varas era precisamente Akim Akímich.

Observé con sorpresa que reprendía constantemente, y no en muy buenas formas, a los reclusos, los cuales le respondían con alguna cuchufleta. El inválido no se mezclaba jamás en estos dimes y diretes, salvo que fuese de todo punto necesario para evitar que se alterase el orden, y permanecía sentado y silencioso junto a su cama, remendando un zapato.

Aquella misma noche hice una observación que más adelante pude comprobar como cierta.

Todos los que sin ser presidiarios están en contacto con ellos, especialmente los soldados de escolta y de guardia, considéranlos desde un punto de vista falso y exagerado. Suponen que por una nonada, por un capricho cualquiera o una frase que les disguste, los penados se les han de echar encima cuchillo en mano.

Y, naturalmente, los penados, conscientes del terror que inspiran, se muestran arrogantes y temibles.

Por esta razón, el mejor director de un penal será siempre el que les demuestre que no les teme ni se conmueve.

A pesar de su aire de perdonavidas, los reclusos prefieren que se tenga confianza en ellos. Haciéndolo así, se puede lograr que se sometan de buen grado.

En cierta ocasión observé que contemplaban atónitos, como si de un rasgo de heroísmo se tratase, a un jefe que entró sin escolta en el recinto del penal. Indudablemente, aquel estupor no tenía nada de adulación. Un hombre decidido y valiente impone respeto a los presidiarios; y si ocurre algún desaguisado no será, por cierto, en su presencia.

El miedo que infunden los penados es general, y, sin embargo, no tiene razón de ser.

¿Será acaso porque produce repugnancia el aspecto del recluso y su repulsiva cara de facineroso? ¿O será más bien porque al poner el pie en el presidio invade a uno el pensamiento de que es imposible hacer de un hombre vivo un cadáver, sofocando sus ansias de venganza y de vida, sus pasiones y la necesidad imperiosa de satisfacerlas?

Sea lo que fuere, yo afirmo que no hay razón para temer a los presidiarios. No se arroja un hombre tan fácilmente sobre otro empuñando el cuchillo. Los casos que se dan son tan raros, que no vale la pena de tomarlos en consideración.

Claro está que me refiero a los reclusos que están ya sufriendo condena, a los que, en cierto modo, están satisfechos de encontrarse, al fin, en el penal; pues una nueva forma de vida ejerce siempre algún atractivo sobre los hombres. Estos viven tranquilos y sumisos.

En cuanto a los turbulentos, los mantienen a raya sus propios compañeros, que pronto acaban con sus arrogancias.

Por audaz y temerario que sea un recluso, siempre tiene miedo en el penal.

No sucede lo mismo al que aún no ha comenzado a cumplir su condena.

Este es capaz de toda clase de crímenes, sin ningún motivo de odio, sino únicamente porque al día siguiente debe ser apaleado. En efecto, si comete otro delito, su caso no se da por terminado, se prorroga y gana tiempo.

Esta agresión se explica, porque tiene un fin determinado. El imputado quiere a toda costa variar su suerte en seguida.

A propósito de esto, referiré un hecho psicológico de que fui testigo.

En la sección militar había un soldado veterano, condenado a dos años de trabajos forzados.

Era un perdonavidas, un fanfarrón y a la vez un cobarde de marca mayor.

Generalmente, el soldado ruso no es jactancioso, y si alguno de éstos se encuentra en el ejército puede decirse que es un cobarde y un pillo.

Dútov, que así se llamaba el soldado a quien me refiero, extinguió su condena y fue nuevamente incorporado a un regimiento de línea. Pero, como suele suceder a todos los que son enviados a una penitenciaría para que se enmienden, volvió más pervertido y depravado que nunca. Estos “caballos de vuelta”, al cabo de dos o tres semanas son enviados de nuevo al presidio, no ya por un período relativamente corto, sino por quince o veinte años.

Esto es lo que le ocurrió a Dútov: tres semanas después de su salida del penal, robó, con fractura, a uno de sus compañeros y, por complemento, se insubordinó. Sometido a un proceso, fue condenado a una severa pena corporal.

Lleno de terror al pensar en la tremenda paliza que habían de propinarle, agredió con un cuchillo al oficial de guardia, en el momento que éste entraba en su celda, la víspera de la ejecución de su sentencia.

Sabía perfectamente que así agravaba su situación o aumentaba la duración de su condena; pero esto le tenía sin cuidado; lo único que le interesaba era aplazar por unos días o aunque sólo fuese por unas horas el momento del suplicio.

El cobarde no hirió al oficial con el cuchillo que blandía, pues su agresión no tenía otro objeto que añadir un grave cargo más a los que ya pesaban sobre él y dar ocasión a la reapertura de su proceso.

Los momentos que preceden al de la ejecución es horrible para los condenados al castigo de varas, y muchos son los que se han ocasionado algún daño de importancia la víspera del suplicio para lograr un aplazamiento.

En la enfermería, adonde desgraciadamente era yo trasladado con frecuencia, encontraba siempre a algunos de éstos.

En Rusia no hay quienes sean tan compasivos con los forzados como los médicos, los cuales no hacen jamás distinciones entre unos y otros. El pueblo es el único que, en esta compasión, puede competir con los médicos, pues no reprocha jamás al recluso el delito que haya cometido: se lo perdona, en consideración a la pena que le han impuesto.

No sin razón en Rusia se llama desgracia al delito y desgraciado al delincuente.

Esta definición es expresiva, profunda y tanto más importante cuanto que es inconsciente, instintiva.

Los médicos son, pues, el consuelo natural de los forzados, especialmente cuando deben sufrir un castigo corporal.

El detenido que ha sido juzgado por un Consejo de Guerra, sabe poco más o menos qué día ha de sufrir la pena que le han impuesto, y procura ser trasladado a la enfermería, con objeto de retrasar el terrible momento. Pero no ignora tampoco que al darle de alta no habrá remisión para él, y el día anterior al en que ha de abandonar el hospital está visiblemente triste y pensativo. Algunos, por amor propio, disimulan su emoción, pero a nadie engañan con su fingido valor, aunque todos se abstienen, por humanidad, de hacer la más ligera alusión a un castigo de cuya crueldad tienen pruebas imborrables.

Conocí a un penado muy joven, ex soldado, condenado por homicidio, que debía recibir el máximo de varazos.

La víspera del día en que había de ser flagelado, se bebió una gran cantidad de aguardiente con polvo de tabaco en infusión.

El forzado que ha de sufrir el castigo de las varas, bebe siempre, en el momento crítico, el aguardiente que se ha procurado de antemano a un precio fabuloso. Preferiría abstenerse durante medio año de lo más necesario a no poder tragarse un cuarto de litro de aguardiente antes de ser azotado.

Los penados están persuadidos de que un hombre ebrio sufre menos semejante castigo que si estuviese en el pleno dominio de sí mismo.

Reanudemos el relato.

El pobre joven que se había bebido la infusión de polvo de tabaco y aguardiente, cayó enfermo apenas hubo tomado el terrible brebaje, vomitó sangre y fue preciso trasladarle a la enfermería, donde en seguida se le declaró la tisis y murió a los pocos meses, sin que los médicos que le asistían hubieran podido dar con la causa de su enfermedad.

Si bien los ejemplos de pusilanimidad no son raros en los presidios, fuerza es confesar que tampoco son escasos los de una intrepidez asombrosa.

Recuerdo varias pruebas de firmeza rayanas en la insensibilidad.

Pero la que me impresionó de modo tal que no he podido jamás borrar de mi memoria, fue la que ofreció un terrible bandido que fue deportado a nuestro penal.

En un espléndido día de verano se esparció la noticia de que el famoso forajido Orlov debía ser sometido al castigo de varas y enviado después a la ambulancia.

Los reclusos que estaban en la enfermería afirmaban que el suplicio sería muy cruel y, en consecuencia, todos estábamos conmovidos. Yo mismo, lo confieso, esperaba con impaciente curiosidad la llegada de aquel bandido, del que se contaban cosas inauditas.

Era un malhechor como se ven muy pocos, capaz de asesinar a sangre fría a viejos y a niños. Estaba dotado de una fuerza de voluntad indomable y se mostraba ufano y orgulloso de ella.

Al anochecer fue trasladado a la enfermería, que estaba envuelta en la oscuridad.

Cuando encendieron las luces observé que Orlov estaba intensamente pálido y casi privado de los sentidos. Inmediatamente le acostaron de lado y le suministraron los medicamentos prescritos por el facultativo, prestándole los mismos cuidados que se hubieran tenido con un pariente o un protector.

A la mañana siguiente recobró por completo los sentidos y comenzó a pasear por la sala. Esto me llenó de estupor, pues cuando, algunas horas antes, le habían conducido allí, parecía extenuado y medio muerto.

Le habían propinado únicamente la mitad de los golpes señalados en la sentencia, por haber opinado el médico que si continuaba el suplicio Orlov hubiera perecido en él irremisiblemente.

El doctor fundaba su parecer en que la prolongada vida de reclusión que llevaba el bandido le había debilitado extraordinariamente.

Orlov se restableció pronto, merced, sin duda, a su robusta complexión.

No era un hombre extraordinario.

Por curiosidad entablé relaciones con él, y así tuve ocasión de estudiarle detenidamente durante una semana. En mi vida había visto un hombre de voluntad más firme, inflexible.

Había yo conocido a Tóbolsk, una celebridad del mismo género, antiguo capitán de bandidos, una verdadera fiera. Aunque no se le conociera, se adivinaba a simple vista que era un ser peligroso. Lo que más me asombraba era su imbecilidad. La materia predominaba sobre su espíritu; se conocía al punto que para él no existía más que la satisfacción de sus brutales necesidades físicas. Pues bien, estoy seguro de que Koménev, que así se llamaba el bandido, hubiérase desmayado al oír la sentencia que le condenara a una pena corporal igual que la de Orlov, a pesar de que hubiera descuartizado sin pestañear al primero que llegase.

Orlov, por el contrario, estaba orgulloso de que en él triunfase el espíritu sobre la carne. Despreciaba los castigos y no temía a nada ni a nadie.

Cuando se proponía conseguir un fin cualquiera, asombraba por su energía imponderable, por las manifestaciones de su sed de venganza, por su actividad y su voluntad indomable.

Su aire altivo me impresionó; nos miraba a todos desde la altura de su grandeza, no por vana ostentación sino por orgullo innato.

Creo que nadie ha podido ejercer influencia sobre él; contemplaba a quien le dirigía la palabra con mirada impasible, como si no existiese en el mundo nada que pudiera sorprenderle.

Sabía perfectamente que los demás penados le temían y respetaban, pero no se aprovechaba de ello para darse más importancia de la que tenía; a pesar de que la vanidad y la jactancia son defectos peculiares a todos los presidiarios.

Era inteligente y su franqueza extraña en nada se parecía a la charlatanería. Respondía sin rebozo a cuantas preguntas se le dirigían y me confesó que esperaba con impaciencia su completo restablecimiento para recibir el número de azotes que aún habían de propinarle y acabar de una vez.

-Ahora -me dijo guiñando el ojo-, nada tendré que temer. Recibiré el resto y me enviarán a Nerschinsk en una expedición de reclusos. Pero aprovecharé la ocasión para evadirme, y no dudo de que podré realizarlo si para entonces tengo las espaldas cicatrizadas.

Durante cinco días le consumió la impaciencia esperando que le dieran de alta. A ratos estaba de buen humor, y aproveché uno de aquellos momentos para interrogarle acerca de sus desdichas.

Orlov arrugaba ligeramente el entrecejo y me contestaba con sinceridad; pero al comprender que trataba yo de sondear su corazón para descubrir en él algún indicio de arrepentimiento, me miró con aire de altivez y menosprecio, como si fuese yo un niño o un necio a quien dispensaba el honor de su conversación. Sorprendí, no obstante, en su semblante, una especie de compasión hacia mí.

Al cabo de un instante se puso a reír estrepitosamente, pero sin la menor ironía, y me imagino las veces que habrá reído de la misma manera al recordar mis palabras.

Finalmente obtuvo el necesario permiso para abandonar la enfermería, a pesar de que no tenía aún cicatrizadas las heridas de las espaldas, y como yo también estaba casi restablecido, pedí el alta y salí con él. Volví yo a la sala a que me habían destinado desde el principio, y Orlov fue nuevamente encerrado en su calabozo.

Al despedimos me estrechó la mano, lo que, a su juicio, era una señaladísima prueba de afecto y consideración. Pero tal vez hizo esto porque en aquel momento estaba de buen talante. En el fondo me despreciaría, seguramente, pues un ser débil y resignado con su suerte como yo, no podía inspirarle otro sentimiento.

Al día siguiente sufrió Orlov la segunda mitad de su castigo.

 

*

 

Cuando permanecíamos encerrados en nuestras salas, tomaban éstas a nuestros ojos otro aspecto, el del propio domicilio, el del hogar doméstico. Sólo entonces veía yo a mis camaradas, a los penados, en su verdadera casa.

Durante el día, los suboficiales o cualquier otro superior podía entrar en el momento menos pensado, y, por consiguiente, la actitud de los reclusos era muy diferente: revelaba inquietud.

Pero en cuanto corrían los cerrojos y echaban la llave al grueso candado, cada cual ocupaba su puesto, se comenzaban los trabajos y la cuadra aparecía iluminada como por encanto.

Cada recluso posee velas y un candelero de madera, a cuya luz unos dan puntadas a sus zapatos mientras otros remiendan sus ropas. El aire, ya mefítico, se corrompe más y más por momentos.

Algunos penados, agrupados en un rincón, juegan a las cartas.

En todas las salas se encuentra algún recluso que posea un tapete y un juego de naipes sucios y grasientos, que alquila a razón de quince kopeks por noche.

Ordinariamente se jugaba a la garka, o sea a juegos de azar.

Cada jugador ponía delante de sí un montoncito de monedas de cobre -todo su capital- y no se levantaba hasta que se quedaba a la última pregunta o hacía saltar la banca. Las sesiones duraban muchas horas y a veces despuntaba el nuevo día antes que los jugadores diesen por terminada la partida.

En nuestra cuadra, como en todas las otras, no escaseaban los mendicantes arruinados por el juego o la bebida, o, mejor dicho, mendicantes innatos.

Sí, mendicantes innatos, no retiro la frase. En nuestro pueblo existen, en efecto, y existirán siempre seres desgraciados cuyo destino es el de ser mendigos toda su vida y permanecer bajo el dominio o la tutela de alguno, especialmente de los pródigos y de los ricos advenedizos. Todo esfuerzo y toda iniciativa es un peso demasiado grande para ellos. Viven, pero a condición de que no han de emprender nada por su propia cuenta, de que han de servir y ser gobernados siempre por la voluntad ajena, de que han de obrar en toda ocasión por impulso y por cuenta de otro. Nada puede hacerles cambiar de situación, ni aun las circunstancias más inesperadas y favorables: han de ser siempre pordioseros.

Estos desgraciados los he encontrado en todas partes y en todas las clases sociales hasta en el mundo literario, y se encuentran también en los establecimientos penales…

En cuanto se organizaba el juego, se llamaba a uno de estos pordioseros, y por cinco kopeks, debía trabajar toda la noche ¡y de qué modo! Tenía que montar la guardia en el vestíbulo, con un frío de 30° Réaumur, en medio de la oscuridad más completa, durante seis horas (¡ni siquiera a kópekpor hora!), con la obligación de estar atento al más ligero rumor, pues los suboficiales y aun el mismo jefe solían hacer la ronda a altas horas de la noche, y llegando silenciosamente sorprendían in fraganti a los que trabajaban y a los que estaban entregados al juego. Las bujías que ardían dentro de la sala favorecían esta sorpresa, y cuando se oía la llave en el candado, no había tiempo ya para ocultar el cuerpo del delito, apagar las luces y tenderse cada cual en su sitio del tablado que servía de cama.

Esto, sin embargo, ocurría pocas veces.

Cinco kopeks era una recompensa irrisoria aun dentro de nuestro penal; por eso me dejaba atónito la exigencia y la dureza inconcebible de los jugadores y de todo el que pagaba a otro con algún objeto determinado.

¡Te pagamos para que nos sirvas bien!

Este era un argumento que no admitía réplica.

Bastaba pagar a uno, aunque sólo fuese un miserable kópek,para exigirle hasta lo imposible y que, por añadidura, se mostrase agradecido:

Más de una vez tuve ocasión de ver a los penados tirar su dinero a tontas y a locas, sin contarlo siquiera, y en cambio maltratar a sus criadospor un kópek.

Ya he dicho que, excepción hecha de los jugadores, todos los demás trabajaban. Únicamente cinco reclusos se acostaron en seguida.

Mi sitio estaba junto a la puerta, y del lado contrario dormía Akim Akímich, de suerte que, cuando estábamos acostados, nuestras cabezas se tocaban.

Akim trabajó hasta cosa de las once en una lámpara de colores que un vecino de la ciudad le había encargado sin regatearle la mano de obra.

Terminada su tarea, guardó cuidadosamente sus utensilios del trabajo, tendió el colchón, hizo sus oraciones y a los pocos segundos dormía como un bendito.

Llevaba el orden y el cuidado en todas sus cosas hasta la pedantería, y sin duda alguna se tenía por hombreinteligente, como suele suceder a todos los hombres de más cortos alcances.

A primera vista no me fue simpático, aunque me dio mucho que pensar aquel día. Me extrañaba que un hombre semejante hubiera ido a parar a un presidio. En el curso de estos recuerdos hablaré con frecuencia de Akim Akímich.

Pero antes de seguir adelante es preciso que describa el personal de aquella cuadra. Todos los que me rodeaban debían ser mis compañeros inseparables y era natural que los examinase con curiosidad.

A mi izquierda dormían unos cuantos montañeses del Cáucaso, deportados casi todos por bandidos y condenados a diversas penas.

Había también dos lezguínos, un circasiano y tres tártaros del Daguestán

El circasiano era un tipo perezoso y sombrío que no hablaba jamás  y miraba a uno de pies a cabeza con sonrisa repulsiva.

Uno de los lezguínos, un viejo de nariz aguileña, largo y delgado, parecía un forajido; en cambio el otro, Nurra, me causó una impresión agradable. De mediana estatura, joven aún, musculoso, de cabellos rubios y finos rasgos disonómicos, caminaba, según acostumbran los jinetes, echando hacia fuera las puntas de los pies. Tenía el cuerpo sembrado de cicatrices, huellas imborrables de bayonetas y de balas. Aunque montañés sometido del Cáucaso, habíase unido a los rebeldes, con los cuales realizaba frecuentes incursiones por nuestro territorio.

Era muy querido en la cuadra por la alegría de su carácter y su amabilidad; trabajaba sin murmurar, siempre pacífico y sereno. Los hurtos, las bribonadas y las borracheras le disgustaban, crispábanle los nervios. En una palabra, no podía soportar lo que no fuese honrado, y evitaba toda disputa con sus camaradas, pero sin disimular su indignación: Durante el largo periodo de su reclusión no robó jamás ni cometió una acción indigna. Sinceramente piadoso, rezaba sus oraciones antes de acostarse, observaba los ayunos mahometanos como un verdadero fanático y se pasaba noches enteras orando.

-¡Nurra es un león!- exclamaron los penados, y le quedó el sobrenombre de León.

Estaba convencido de que, una vez extinguida su condena, le enviarían nuevamente al Cáucaso.

A decir verdad, ésta era la única esperanza que le sostenía; creo que hubiera muerto si se la hubiesen quitado.

Me llamó la atención desde el momento que llegué al presidio. ¿Cómo no había de sorprenderme el ver una figura tan noble y atrayente en medio de aquellos rostros tétricos, ceñudos y mal encarados?

Durante la primera media hora estuvo sentado junto a mí, tocándome familiarmente en el hombro de vez en cuando y murmurando unas frases que no pude comprender, porque hablaba pésimamente el ruso.

Durante tres días seguidos repitióla operación a las mismas horas, o sea, cuando estábamos de vuelta en la cuadra, y al fin, juzgando más bien por su afable sonrisa que por sus palabras, híceme cargo de que me compadecía, y trataba de infundirme ánimos, brindándome con su simpatía y protección.

-¡Ah, qué bueno y generoso era Nurra!

Los tres tártaros del Daguestán eran hermanos; los dos primeros, hombres ya de cierta edad, y el pequeño, Alei, joven de veintidós años, aunque representaba menos edad. Este dormía a mi lado.

Su rostro inteligente y franco, ingenuamente bueno, me llamó la atención desde el primer momento, y agradecí al destino que me hubiese dado aquel compañero con preferencia a cualquier otro. En su hermoso rostro podía verse toda su alma. Su sonrisa eran tan dulce, tan llena de infantil sencillez, y sus grandes ojos negros tan acariciadores y tiernos, que se experimentaba un íntimo placer mirándolo, y esto me consolaba en los momentos de tristeza y angustia.

Estando en su país, su hermano mayor (tenía cinco hermanos, dos de los cuales se encontraban en las minas de Siberia) le mandó un día que tomase su yatagán,[13] montase a caballo y le siguiese.

Es tal el respeto de los montañeses a sus mayores, que Alei no osó preguntar adónde le llevaba, a pesar de que no podía imaginarse siquiera cuál era el objeto de aquella expedición.

Sus hermanos tampoco creyeron conveniente decirle que iban a atacar la caravana de un rico mercader armenio.

En efecto, asesinaron al mercader, se apoderaron de su mercancía y pusieron en fuga a sus acompañantes.

Pero, desgraciadamente para ellos, túvose conocimiento de su fechoría, y fueron juzgados, azotados y condenados a trabajos forzosos que habían de cumplir en Siberia. El tribunal apreció algunas atenuantes en favor de Alei y le impuso el mínimo de la pena: cuatro años de reclusión.

Sus hermanos le querían entrañablemente; su afecto tenía más de paterno que de fraternal. Alei era su único consuelo en el presidio; reservados y tristes con todos, a él sonreían siempre; cuando los otros le hablaban, lo que sucedía raras veces, porque le tenían por un niño a quien nada serio se podía decir, su rostro nublado se iluminaba; conocían que conversaban con él en términos cariñosos, como se conversa con los niños, y cuando Alei respondía, los dos hermanos cambiaban una mirada y sonreían con aire de satisfacción. Alei no se hubiera atrevido a dirigirles la palabra, tal era el respeto que les tenía.

Cómo pudo aquel joven conservar su corazón puro, su sencillez, su franca cordialidad, sin pervertirse ni corromperse durante cuatro años de trabajos forzosos, es algo casi inexplicable.

Mas a pesar de toda su dulzura, estaba dotado de un carácter fuerte, de una naturaleza estoica, según eché de ver más tarde.

Pudoroso como una jovencita, toda acción baja, cínica, vergonzosa e injusta le llenaba de indignación, y sus bellos y grandes ojos hacíanse más bellos aún.

Sin ser de esos hombres que se dejan ofender impunemente, evitaba rencillas e injurias, conservando siempre su dignidad. Por otra parte, ¿quién hubiera podido reñir con él o insultarlo? Todos le querían y le mimaban.

De momento, conmigo se mostró nada más que atento y cortés; pero poco a poco entablamos conversación aquella noche. Pocos meses le bastaron para aprender el ruso a la perfección, mientras sus hermanos apenas lo chapurreaban lo indispensable para hacerse entender.

Era Alei un joven inteligentísimo y a la vez modesto, delicado y circunspecto; un ser excepcional del que guardaré toda mi vida muy grato recuerdo.

Hay naturalezas tan espontáneamente hermosas y dotadas por Dios de tan excelsas cualidades, que parece absurda la idea de que algún día puedan pervertirse. Siempre se está tranquilo por lo que a ellas respecta, y por eso nada temía por Alei. ¿Dónde se encontrará ahora?

Una noche, poco tiempo después de mi llegada al penal, estaba yo tendido en mi cama, atormentado por tristes pensamientos. Alei, siempre tan laborioso, no trabajaba, sin embargo, porque los hermanos conmemoraban una fiesta musulmana. Aunque no era todavía hora de dormir, Alei estaba también acostado, con la cabeza apoyada en ambas manos, en actitud meditabunda. De pronto, me preguntó:

-Estás triste, ¿verdad?

Le miré sorprendido. Aquella pregunta, hecha por un joven tan delicado y circunspecto, me pareció extraña. Pero le examiné más atentamente y observé en su rostro tanto dolor, tan hondo pesar, despertado, sin duda, por los recuerdos que se presentaban a su memoria, que comprendí lo que pasaba en su alma y yo no pude por menos de preguntarle a mi vez.

Alei lanzó un profundo suspiro y sonrió melancólicamente.

Su sonrisa, siempre graciosa y cordial, me encantaba; cuando sonreía dejaba al descubierto dos hileras de dientes que le hubiera envidiado la primera beldad del mundo.

-Estás pensando, seguramente en la fiesta que se celebra hoy en el Daguestán, ¿verdad, Alei? Dime, ¿eras feliz en tu patria?

-¡Ah, sí! -exclamó con entusiasmo, y sus ojos brillaron de alegría-. ¿Cómo has adivinado lo que pensaba?

-No es difícil adivinarlo, amigo mío; ¿no se está acaso mejor allí que en este penal?

-Ciertamente; mas, ¿por qué dices eso?

-¡Qué hermosas flores debe de haber en tu país! Aquello será un paraíso, ¿no es cierto?

-Calla, calla, te lo ruego.

El joven estaba verdaderamente conmovido.

-Escucha, Alei ¿tienes alguna hermana?

-Sí, ¿por qué me lo preguntas?

-Debe ser muy bella si se parece a ti.

-¡Oh; no hay comparación posible entre ella y yo! No existe en el Daguestán una muchacha más hermosa que mi hermana. ¡Qué belleza! Estoy seguro de que nunca has visto nada semejante. Mi madre era también preciosa.

-¿Te quería mucho tu madre?

-¡Si me quería! Ha muerto de pena, pues me amaba con delirio. Yo era el preferido, me quería más que a mi hermana y que a todos los otros. Anoche soñé que había venido a verme, derramando ardientes lágrimas que me bañaron el rostro…

Se calló bruscamente y en toda la noche no volvió a despegar los labios; pero desde aquel momento buscó siempre mi compañía, si bien, por respeto, no me dirigía la palabra antes de que yo lo hiciera. Me hablaba a menudo del Cáucaso y de su vida pasada. Sus hermanos no le prohibían que conversase conmigo, al contrario, me parece que les agradaba, y cuando vieron que yo había cobrado cariño a Alei, mostráronse afabilísimos conmigo.

En los trabajos me ayudaba el joven y en la cuadra hacía todo lo que podía agradarme, con tal de procurarme algún consuelo y distracción, sin que en las atenciones que me dispensaba hubiese ni sombra de servilismo ni esperanza de recompensa de ningún género, sino únicamente un sentimiento caluroso y cordial que no trataba de disimular. Poseía aptitudes extraordinarias para las artes mecánicas: había aprendido a coser bastante bien la ropa blanca y a remendar los zapatos, y en ebanistería adquirió todos los conocimientos que en un penal se pueden adquirir. Sus hermanos estaban orgullosos de él.

-Escucha, Alei -le dije un día-, ¿por qué no aprendes a leer y escribir la lengua rusa? Esto podía serte muy útil más adelante en la Siberia.

-Con mucho gusto, ¿pero quién me enseñaría?

-No es precisamente gente que sepa leer y escribir lo que falta aquí -le contesté-. Si quieres, yo mismo...

-Sí, sí -me interrumpió, juntando las manos en ademán suplicante-; enséñame a leer y escribir, te lo ruego.      

Aquella misma noche pusimos manos a la obra. Yo tenía una traducción rusa del Nuevo Testamento, único libro que no estaba prohibido en el penal, y en él aprendió Alei a leer en pocas semanas. Al cabo de tres meses conocía perfectamente el lenguaje escrito, porque ponía en el estudio una aplicación rayana en pasión desbordante.

Un día leímos juntos todo el sermón de la montaña, y observé que algunos pasajes los leía con acento conmovido.

Le pregunté entonces si le gustaba aquella lectura, y con el rostro encendido y la mirada brillante exclamó:

-¡Oh, sí! Jesús es un santo profeta que habla el lenguaje de Dios. ¡Qué admirable es esto!

-Y bien, ¿qué es lo que te ha gustado más?

-El pasaje en que dice: «Perdonad y amad a vuestros enemigos». ¡Ah, sublime doctrina!

Se volvió hacia sus hermanos, que escuchaban nuestra conversación, y comenzó a hablarles animadamente. Su conversación duró largo rato, aprobando ellos de vez en cuando con movimientos afirmativos de cabeza, y luego, con una sonrisa grave y benévola, sonrisa musulmana que me encanta por su gravedad, afirmaron, dirigiéndose a mí, que Isle (Jesús) era un gran profeta, que había hecho grandes milagros y creado un pájaro con un poco de barro al que con su aliento infundió la vida y el pájaro voló… Esto era lo que decían sus libros santos.

Los dos circasianos estaban persuadidos de que hablándome de Jesús y alabándole me proporcionaban un placer indecible, y Alei estaba radiante de alegría al ver que sus hermanos aprobaban lo que yo hacía y no me escatimaban una satisfacción que, a su juicio, me era debida.

El éxito que obtuve enseñando a escribir a mi alumno fue verdaderamente admirable. Alei se había procurado, a su costa, pues no consintió que lo hiciese yo de mi peculio, papel, plumas y tinta. En menos de dos meses aprendió a escribir. Sus hermanos estaban asombrados de tan rápido progreso, y su orgullo y contento no tenía límites, pareciéndoles siempre poco lo que hacían para demostrarme su agradecimiento. Cuando nos correspondía trabajar juntos en la cantera, me ayudaban a porfía, asegurándome que no lo hacían por deber de gratitud sino por egoísta satisfacción. No hablo de Alei, porque él solo me quería más que sus dos hermanos juntos.

No olvidaré jamás el día en que fui puesto en libertad, pensando en nuestra despedida. Alei me acompañó hasta el patio y me abrazó sollozando. Nunca habíame abrazado ni le había visto llorar.

-¡Has hecho tanto por mí! -murmuraba-. ¡Te debo tanto! ¿Qué más hubieran podido hacer mi padre y mi madre? Gracias a ti soy un hombre de veras... Que Dios te bendiga; yo no te olvidaré jamás, ¡jamás!

¿Dónde está ahora? ¿Dónde está mi bueno y querido Alei?

Además de los circasianos había en nuestra cuadra cierto número de polacos que hacían vida aparte y apenas se trataban con los demás reclusos. Ya he dicho en otro lugar que, merced a su exclusivismo y al odio que demostraban a los deportados rusos, habíanse acarreado, en lógica correspondencia, el odio de todos. Eran mentes enfermas, unos desgraciados. Había entre ellos hombres instruidos, de los que hablaré especialmente en el curso de este relato. Gracias a ellos, dispuse de algunos libros, en el último período de mi reclusión. La primera obra que leí me causó una impresión extraña, profunda.

Hablaré detenidamente de estas sensaciones, que considero curiosísimas, aunque me hago cargo de que será difícil comprenderlas, porque sería necesario sentirlas. Baste decir que las privaciones intelectuales son más insoportables y penosas que los más espantosos tormentos físicos.

El hombre del pueblo enviado al presidio, se encuentra en su propia sociedad, o tal vez en una sociedad más elevada. Es mucho, ciertamente, lo que pierde: el país natal, la familia, etc., pero su ambiente es el mismo. Un hombre instruido condenado por la ley a la misma pena que el hombre del pueblo, sufre incomparablemente más que este último, porque tiene que sofocar todas sus necesidades, tiene que descender a un nivel inferior, moverse en un ambiente distinto, respirar otros aires…

Es un pez arrojado a la playa. Elcastigo que sufre, igual para todos los delincuentes, según el espíritude la ley, es cien veces más doloroso y punzante para el intelectual que para el hombre del pueblo. Esto es una verdad indiscutible, aun prescindiendo de los hábitos sociales que debe sacrificar.

Como iba diciendo, los polacos formaban una sociedad aparte; vivían juntos, y de entre todos los forzados de nuestro pabellón sólo distinguían en su trato a un judío, que, por otra parte, era generalmente estimado, aunque todos se burlaban de él. No había ningún otro judío en el penal; y hoy mismo no puedo recordarle sin que la sonrisa acuda a mis labios. Cada vez que le miraba hacíame pensar en el judío Yankel que Gógol retrató en Tarás Bulba y que una vez desnudo y a punto de acostarse con su esposa en una especie de armario, parecía un gallo desplumado.

En efecto, Isaí Fomich, que tal era el nombre de nuestro judío, se parecía a un gallo desplumado como dos gotas de agua. Tenía ya cincuenta años, y era pequeño y débil, astuto y necio a la vez, atrevido y truculento, a pesar de su pusilanimidad extraordinaria. Innumerables arrugas surcaban su rostro, y en la frente y las mejillas ostentaba el estigma infamante. No comprendo cómo pudo soportar los sesenta palos que le propinaron, pues había sido condenado por asesinato.

Guardaba cuidadosamente la receta de una pomada que a raíz de la ejecución habíale dado un médico judío, y gracias a la cual desaparecían de su rostro las señales del hierro candente en menos de un par de semanas; mas esperaba la extinción de su condena -¡veinte años!- para usar el maravilloso ungüento.

-Entonces, cuando sea colono -decía-, será preciso que me borre estas marcas, pues de lo contrario no me podría casar y es indispensable que me case.

Éramos muy buenos amigos; a juzgar por su inagotable buen humor, diríase que la vida de presidio no tenía para él nada de molesta. Orífice de profesión, no podía dar abasto a los encargos que le hacían, porque en la ciudad no había joyeros; así escapaba a los trabajos penosos. Naturalmente, prestaba también dinero a interés crecido y sobre prendas.

Había ingresado en el penal antes que yo, uno de los polacos me contó su entrada triunfal, un espectáculo muy divertido del que me ocuparé más adelante cuando vuelva a hablar de Isaí Fomich.

En cuanto a los otros reclusos eran, en su mayoría, viejos creyentes, entre ellos el anciano de Staróduvo, dos o tres indígenas de la Pequeña Rusia, gente poco simpática, un joven de rostro delicado y nariz afilada que a los veintitrés años había cometido ocho asesinatos; un grupito de monederos falsos, de los cuales uno era el bufón de la cuadra, y, por último, algunos forzados sombríos y tristes, callados y envidiosos, que miraban con recelo a todos los que les rodeaban.

Todo esto no pude más que entreverlo ligeramente la primera noche que pasé en el presidio a través de nubes de humo, en una atmósfera viciada y en medio de chistes obscenos, blasfemias, insultos y risotadas.

Me tendí sobre el duro tablado, apoyando la cabeza en mi chaqueta enrollada (aún no tenía almohada) y me cubrí con mi gabán a falta de mantas; pero no me fue posible conciliar el sueño hasta la madrugada.

Comenzaba mi nueva vida. El porvenir me reservaba muchas cosas que yo no había previsto ni pensado en ellas jamás.

 

 

V

 

Los tres primeros días

 

A los tres días de mi llegada al presidio recibí la orden de ir al trabajo. La impresión que me ha quedado de aquel día es aún vivísima, a pesar de queno me ofreció nada de particular, si se exceptúa lo que mi situación tenía en sí misma de extraordinario. En aquellos momentos lo miraba todo con curiosidad. Los tres primeros días fueron para mí, seguramente, los más penosos de mi reclusión.

-Se acabaron mis peregrinaciones -me decía a cada instante-; ya estoy en el penal; mi puerto único durante largos años. Este es el rincón donde he de vivir; entro con el corazón desgarrado y lleno de desconfianza… ¡y quién sabe si lo echaré amargamente de menos cuando lo abandone! -añadía, llevado de esa alegría maligna que nos excita a ensanchar la herida como para saborear con deleite el sufrimiento-. A veces se experimenta un vivo placer conociendo toda la extensión de la propia desventura. El pensamiento de que pudiera llegar a echar de menos aquella triste mansión me espantaba.

Presentía ya hasta qué grado increíble es el hombre un animal de costumbres.

Mas esto era el porvenir, mientras que el presente que me rodeaba era hostil y terrible. A lo menos así me lo parecía.

La curiosidad salvaje con que me examinaban mis compañeros de cadena y la dureza con que trataban a un ex noble que entraba a formar parte de su corporación -dureza que a veces se convertía en odio- me atormentaba de tal modo, que ansiaba ir al trabajo para medir de una sola ojeada toda la extensión de mi desdicha, para vivir como ellos y caer con ellos en la abyección.

Se me escapaban aún muchos pormenores; todavía no sabía discernir entre la hostilidad general y la simpatía compasiva que algunos me demostraban.

No obstante, la afabilidad y la benevolencia con que varios penados me trataron, diéronme algún valor, reanimaron mi espíritu.

Akim Akímich fue conmigo el más amable de todos. Observé también algún rostro simpático entre tantas cabezas odiosas y repugnantes.

-En todas partes se encuentran malvados, pero aun entre los malvados -pensé- puede existir algo menos malo que me consuele y sostenga. ¡Quién sabe! Tal vez no son éstos peores que los otros que están libres.

A pesar de estos pensamientos, movía la cabeza con gesto dubitativo. No sabía si llevaba razón.

A Suschilov, por ejemplo, no aprendí a conocerle sino al cabo de mucho tiempo, no obstante haberle tratado muy de cerca desde el primer día que entré en el penal.

Este me servía, así como otro presidiario llamado Osip, recomendados de Akim. Por treinta kopeks al mes, Osip se comprometió a prepararme la comida por mi cuenta, en el caso de que no me gustase el rancho del establecimiento.

Osip era uno de los cuatro cocineros elegidos por los penados.

Entre paréntesis: estos cocineros podían aceptar y renunciar el cargo cuando lo tuviesen por conveniente.

Los cocineros estaban exentos de trabajos forzosos: sus funciones estaban limitadas a amasar y cocer el pan y preparar la menestra. Les llamaban furrielas, no por desprecio, pues escogían a los penados más inteligentes y probos, sino por broma.

Osip había sido siempre cocinero; no renunciaba al cargo sino cuando estaba aburrido o veía una ocasión oportuna para introducir una partida de aguardiente en el penal.

Condenado por delito de contrabando, era Osip un hombre honrado a carta cabal y perezoso hasta un grado indecible; el castigo de varas le infundía un terror pánico.

De carácter pacífico, sufrido, afable con todos, no buscaba nunca querellas. Pero no hubiera podido vencer jamás la tentación de introducir clandestinamente aguardiente en el penal, pues le arrastraba impetuosamente su pasión por el contrabando, a despecho de su haraganería.

Como todos los furrielas, ejercía la industria de cantinero, pero en escala muy inferior a la de Gazin, con el que estaba en buenas relaciones.

No era preciso ser rico para hacerse servir comida especial. Yo no gastaba más de un rublo mensual, sin incluir, naturalmente, el pan, que me lo pasaba el establecimiento. A veces, cuando me apretaba el hambre, me decidía a comer la menestra de los reclusos, a pesar del asco que me producía; pero poco a poco fui venciendo esta repugnancia.

Ordinariamente compraba una libra de carne al día, que me costaba dos kopeks.Los inválidos que ejercían vigilancia en el interior de las cuadras, se prestaban gustosos a hacer en la ciudad las compras por cuenta de los reclusos, excepción hecha, como es natural, del aguardiente, aunque no desdeñaban de vez en cuando una copita. Por estas molestias no percibían ninguna recompensa. Hacíanlo por amor a la tranquilidad, pues su vida en las cuadras hubiera sido un continuo tormento si se hubiesen negado a hacer estos pequeños favores.

Durante muchos años Osip me preparó siempre el mismo plato. Lo que no he podido saber nunca es cómo se las arreglaba para asar la carne. Verdad es que en todo aquel tiempo no cambié con él media docena de palabras. Era incapaz de sostener una conversación, no sabía más que sonreír y contestar con monosílabos a las preguntas que se le dirigían. Aquel Hércules no tenía la inteligencia más desarrollada que un niño de siete años.

Suschilov era otro de mis criados. No le llamé yo; fue él quien espontáneamente se puso a mi servicio, no sé en qué ocasión.

Su ocupación principal era el cuidado de mi ropa blanca. En el centro del patio estaban emplazados los lavaderos que utilizaban los penados.

Suschilov encontró el medio de prestarme varios servicios: me preparaba el té, me cosía y limpiaba la ropa y untaba de grasa mis zapatos cuatro veces al mes. Y hacíalo todo con un celo y cuidado admirables. De tal modo había ligado su suerte a la mía, que se mezclaba en todo lo que a mí se refería. Así, por ejemplo, no hubiera dicho jamás: «Tiene usted tantas camisas, es preciso dar unas puntadas a su traje», sino que pluralizaba descaradamente diciendo: «Tenemos tantas camisas; es preciso dar unas puntadas a nuestros trajes».

Por lo demás, para él no había en el mundo nada más que yo; y aun llego a creer que era yo el objeto único de su vida.

Como no conocía ningún oficio, no recibía más dinero que el que yo le daba, una miseria; sin embargo, estaba contentísimo, cualquiera que fuese la cantidad que le entregase en recompensa de sus servicios.

Suschilov no hubiera podido vivir sin servir a alguien. Habíame preferido porque yo era más amable y, sobre todo, más equitativo que todos en cuestión de dinero.

Era un pobre tonto, dócil y atolondrado; cada vez que se le veía hubiérase dicho que acababa de sufrir un castigo corporal. Siempre me inspiró lástima; no podía mirarle sin experimentar una profunda compasión que no acertaba a explicarme.

No podía hablar con él porque, como sucedía a Osip, era incapaz de sostener una conversación. Únicamente se animaba cuando, como final de mi discurso, le encargaba que hiciese esto o aquello o que fuese aquí o allí. Observé que le llenaba de contento el ejecutar mis órdenes.

Ni alto ni bajo, ni inteligente ni bruto, ni viejo ni joven; no era posible decir nada definitivo, nada cierto, acerca de este pobre hombre de cabellos rubios y rostro ligeramente picado de viruelas.

Lo indudable es que pertenecía, por su atolondramiento e irresponsabilidad, a la categoría de Sirotkin.

Los reclusos se burlaban con frecuencia de él porque se había vendido camino de Siberia y, sobre todo, por haberse vendido por una camisa roja y un rublo.

Por venderse entendíase cambiar su nombre con el de otro compañero y, por consiguiente, comprometerse a extinguir la pena a que éste haya sido condenado.

Por increíble que parezca, el hecho es absolutamente auténtico.

Esta costumbre, consagrada por la tradición, existía entre los reclusos que me acompañaron a mi deportación a Siberia.

Al principio me resistí a creer una cosa semejante; pero hube de rendirme a la evidencia.

He aquí cómo se realiza este cambio o venta.

Se pone en camino de Siberia un convoy de deportados de todas las categorías o grados de penas: colonos, mineros o forzados.

Un individuo, a quien llamaremos Mijaílov, condenado a trabajos forzosos por un delito grave, encuentra muy desagradable la perspectiva de pasarse largos años privado de libertad; pero, como es listo, fértil en recursos y sabe dónde le aprieta el zapato, procura zafarse de la pena. Busca entre sus compañeros un bobalicón, de carácter pacífico que haya sido condenado a pocos años de trabajos forzosos o sencillamente al destierro o a las minas. Encuentra, finalmente, a Suschilov, antiguo siervo, deportado a título de colono. Suschilov lleva recorridas ya a pie mil quinientas verstas sin un kópeken el bolsillo y está rendido, extenuado, porque no ha podido alimentarse más que con la ración reglamentaria; por añadidura todo su equipaje se reduce al uniforme de presidiario que lleva puesto y sirve a todo el que le necesita por unas monedas de cobre.

Mijaílov entabla conversación con ese desgraciado, se hacen amigos, simpatizan y, finalmente, en una etapa cualquiera Mijaílov emborracha a su camarada y le propone cambiar mutuamente su suerte.

-Yo me llamo Mijaílov -le dice-; he sido condenado a trabajos forzosos, pero no deben ser tales puesto que me envían a la sección especial. Mas, admitiendo que sean trabajos forzosos, han de ser diferentes de los otros, es decir menos penosos, puesto que denominan especial la sección a la que perteneceré.

Antes de que esta sección fuese abolida, eran muchas las personas pertenecientes al mundo oficial y con residencia en el propio San Petersburgo, que no sabían siquiera que existiese.

Se hallaba establecida en el rincón más apartado de una de las más lejanas regiones de la Siberia, y no es raro que se ignorase su existencia. Además era insignificante, si se juzga por el número de penados, que en mi tiempo no pasaba de setenta.

Más tarde tuve ocasión de hablar con funcionarios que habían servido en Siberia y desconocían por completo esa sección, a la que en la Compilación legislativa no se le concedían más que seis líneas en el apartado de un artículo:

“Dependiente del establecimiento penitenciario de... existe una sección especial para los delincuentes más peligrosos, en espera de que se organicen los trabajos forzosos mas penosos.”

Los mismos reclusos no sabían una palabra acerca de su sección.

¿Era Perpetua o temporal? En realidad, no tenía término fijo. No era más que una interinidad que debía prolongarse indefinidamente.

Así, pues, ni Suschilov, ni ninguno de los del convoy, incluso el propio Mijaílov, podían adivinar el significado de las palabras sección especial.

Sin embargo, éste último sospechaba el verdadero carácter de aquella sección, juzgando por la gravedad de su delito y por el hecho de que le hacían recorrer tres o cuatro mil verstas a pie. Suschilov, en cambio, iba destinado a las colonias; ¿qué más podía desear Mijaílov?

Suschilov está algo ebrio y, corazón sencillo, reconocido a su camarada por los regalos que le hace y que no se atreve a rehusar. Por otra parte, ha oído decir que entre los deportados son frecuentes estos cambios, y no tiene, por consiguiente, nada de extraordinaria o de inaudita su proposición.

Y cierran el trato.

El ladino Mijaílov, aprovechándose de la simplicidad de su camarada, le compra su nombre mediante una camisa encarnada y un rublo que le entrega en presencia de varios testigos.

El día siguiente Suschilov no está borracho, pero se le convida a un trago y él acepta varios. El rublo no tarda en pasar a manos del cantinero, así como la camisa encarnada.

-Si estás arrepentido del trato y quieres volverte atrás, devuélveme lo que te he dado -le dice Mijaílov.

¿Pero dónde encontrar el rublo ni cómo rescatar la camisa?

Si no lo restituye, el artel[14] le obligará a hacerlo.

En este punto los presidiarios no transigen.

Es necesario, pues, que Suschilov cumpla su promesa, si no quiere habérselas con el artel y acabar mal; porque si no le mataban le harían pasar un disgusto terrible.

En efecto, si el artel se mostrase débil o indulgente en un solo caso siquiera, no se podría verificar en lo sucesivo el cambio de nombres.

Si se pudiera retirar impunemente la palabra dada o faltar a lo tratado, después de haberse recibido la cantidad estipulada, ¿quién se creería obligado a observar las condiciones establecidas? Era, pues, ésta una cuestión capitalísima para el artel, pues interesaba por igual a todos. Es por esto por lo que los deportados se muestran excesivamente severos en casos semejantes.

Suschilov se da cuenta, al fin, de que no puede retroceder, y consiente en hacer todo lo que se le exige.

Entonces se anuncia el cambio al resto del convoy; y si se teme alguna denuncia, se unta la mano a los sospechosos.

En la siguiente etapa se pasa lista.

Cuando es nombrado Mijaílov, contesta Suschilov: «¡Presente!»

Y viceversa. Ya no hay que hablar más del asunto.

En Tobolik se separa a los deportados. Mijaílov es enviado a colonizar el país, mientras Suschilov es conducido a la sección especial con doble escolta.

Sería inútil protestar o reclamar; ¿de qué le serviría? Aunque en principio le creyeran, el asunto tardaría largos años en resolverse. Además, ¿qué pruebas o qué testigos podría invocar? Los que presenciaron el hecho callarían como muertos. No queda, pues, otro remedio que resignarse.

He aquí cómo se vendió Suschilov por un rublo y una camisa encarnada que tampoco supo aprovechar.

Los reclusos se burlaban de él, no por el cambio en sí sino porque desprecian a los tontos que por una cantidad irrisoria cometen la barbaridad de cambiar un trabajo fácil y cómodo por otro penosísimo. Generalmente las ventas alcanzan precios relativamente elevados, en proporción con los recursos del comprador, que suele dar hasta una decena de rublos. Pero Suschilov era tan nulo, tan impersonal, tan insignificante, que no valía siquiera la pena de burlarse de él.

Vivimos largos años juntos él y yo. Habíame acostumbrado a este hombre que me era tan adicto. Sin embargo, un día (¡no me lo perdonaré jamás!), que no cumplió la orden que le había dado y vino a pedirme dinero, tuve la crueldad de decirle:

-Más valiera que pusieras tanto cuidado en hacer lo que te digo como pones en pedirme dinero.

Suschilov no replicó; pero desde aquel momento se puso sombríamente triste. Yo no podía comprender que la causa de su tristeza fuesen las impensadas palabras que le había dirigido. Sabía yo perfectamente que un recluso, llamado Vasiliev, le exigía imperiosamente el pago inmediato de una pequeña deuda, y que Suschilov no tenía ni un kópeky no se atrevía a pedírmelo.

-Suschilov -le dije-, me parece que necesitas dinero para pagar tu deuda a Antón Vasiliev[15] y que esperas que yo te lo dé. Pues bien, aquí lo tienes.

Yo estaba sentado en mi cama. Suschilov permaneció parado delante de mí, asombrado de que le ofreciese dinero y le recordase su apurada situación, tanto más cuanto que me había pedido ya varios anticipos y no esperaba que le hiciese otros.

Miró el billete que le entregué, me miró luego fijamente y desapareció luego, saliendo de la cuadra como una exhalación.

Sorprendido por esta rápida desaparición que más bien parecía una huida, salí al patio tras de él y le encontré con la cabeza apoyada en los troncos de la empalizada.

-¿Qué te pasa, Suschilov? -le pregunté.

No me contestó en seguida y vi, con indecible estupor, que estaba llorando.

-Usted cree… -comenzó a decir al fin, con voz entrecortada- que yo... sólo por dinero... pero ¡ah!

Se volvió nuevamente, golpeando la empalizada con la cabeza, y continuó sollozando.

Era el primer hombre que veía llorar en el penal.

No me costó poco trabajo consolarlo. Desde aquel día me sirvió con más solicitud y mayor celo, si cabe; mas por ciertos indicios casi imperceptibles comprendí que jamás me perdonaría el reproche que le había hecho. Sin embargo, en el penal los demás reclusos se burlaban de él, le maltrataban a veces y le insultaban siempre, sin que nunca se diera por ofendido ni les guardase rencor.

¡Ah! es muy difícil conocer a un hombre aún viviendo largo tiempo en su compañía.

He aquí por qué el penal no era para mí al principio lo que más adelante debía ser. He aquí por qué, a despecho de la atención que en ello ponía, no me era posible analizar ciertos hechos que se realizaban ante mis ojos.

Lo que entonces me impresionó fue lo más saliente, lo que saltaba a los ojos; pero mi punto de vista era falso y por eso la impresión que me dejaba era pesada y desesperadamente triste.

Lo que contribuyó, sobre todo, a este resultado, fue mi encuentro con A-v, el deportado que había llegado al penal conmigo y que desde el primer momento me fue repulsivo. El envenenó los primeros días de mi reclusión y agravó mis sufrimientos morales, ya de suyo tan crueles.

Era el ejemplar más repugnante del envilecimiento y de la extrema cobardía en que puede precipitarse un hombre que ha perdido todo sentimiento del honor y es refractario al remordimiento.

Este joven, un noble, del que ya he hablado en otro lugar, refería al jefe del penal todo lo que ocurría dentro del recinto, porque estaba unido a Fedka por estrechos vínculos de amistad.

He aquí su historia.

Antes de haber podido terminar sus estudios, y a consecuencia de una grave disputa con sus padres, que estaban horrorizados de su vida disoluta, A-v se trasladó a San Petersburgo y allí no vaciló en llegar hasta la delación con tal de procurarse dinero: vendió la sangre de diez hombres para satisfacer su sed de placeres brutales.

Entregado luego a todos los vicios, pervertido hasta la depravación en las tabernas y en casas de mala fama de la capital, se aventuró en una empresa insensata, de resultas de la cual fue condenado a diez años de trabajos forzados en la Siberia.

Estaba en los comienzos de la vida y parecía natural que el espantoso golpe que recibía hubiera debido sorprenderlo, excitar en él alguna resistencia, provocar una crisis. Sin embargo, aceptó tranquilamente su nueva situación; lo único que le asustaba era el trabajo forzoso; no lamentaba otra cosa que el tener que renunciar a sus costumbres licenciosas, a su vida de orgías y libertinaje. El nombre de presidiario disponíale a mayores bajezas, a villanías más odiosas aún.

-Ahora soy presidiario -decía- y puedo hacer lo que me venga en gana sin consideración alguna.

Así tomaba su horrible situación,

Me acuerdo de aquella criatura repugnante como de un fenómeno monstruoso.

He vivido varios años entre asesinos, disolutos y malvados de la peor especie; pero jamás he encontrado una degradación moral, una corrupción, una vileza tan completas.

Había entre nosotros un parricida, el ex noble que decapitó a su anciano padre; pero ese monstruo éralo mucho menos, tenía sentimientos más humanitarios, era más educado que A-v.

Éste no fue nunca para mí más que un pedazo de carne provisto de dientes y un estómago, ávido de los más asquerosos y feroces placeres animales, para satisfacer los cuales estaba dispuesto a asesinar a quien se presentase.

No exagero; A-v era el ejemplar más completo de la animalidad no frenada por ningún principio, por ninguna regla. ¡Cuánto me repugnaba su sonrisa siempre sardónica! Era, vuelvo a repetirlo, un monstruo, un Cuasimodo moral.

Y era inteligente, listo, gracioso, bastante instruido y dotado de rara capacidad. Sin embargo, el incendio, la peste, la guerra, el hambre, todas las calamidades juntas eran preferibles a la presencia de tales hombres en la sociedad.

He dicho en otro lugar que el espionaje y las denuncias son moneda corriente en los penales, como producto natural del envilecimiento, sin que los forzados se enfaden por eso. Al contrario, todos estaban en amistosas relaciones con A-v, se mostraban más afables con él que con nosotros.

Las consideraciones que el borrachín jefe del penal le dispensaba, dábanle cierto valor a los ojos de los forzados.

Algún tiempo después, este miserable se fugó, en compañía de otro presidiario y de un soldado de la escolta. Más adelante referiré esta evasión.

Desde el primer momento rondó en torno mío, suponiendo que yo no conocía su historia.

Lo repito, este individuo envenenó los primeros tiempos de mi reclusión, poniéndome al borde de la desesperación más insensata. Estaba asustado del innoble abismo de bajeza y de bellaquería a que me habían arrojado. Suponía que todos eran igualmente viles y abyectos; pero me engañaba al creerlos semejantes al sin par A-v.

Los tres primeros días no hizo otra cosa que vagar por todas las dependencias del penal cuando no estaba tendido en mi cama.

Entregué a un recluso, del cual estaba seguro, la tela que me había dado la administración, para que se hiciese alguna camisa, y siguiendo los consejos de Akim Akímich me procuré un colchón, forrado de lienzo blanco, delgado como una galleta y durísimo para quien no estuviese acostumbrado.

El mismo Akim se empeñó en facilitarme todos los objetos indispensables y me hizo con sus propias manos un cobertor con pedacitos de paño cortados de los pantalones de uniforme desechados por los presidiarios, a quienes los había comprado.

Todos los efectos que entrega el Estado quedan de propiedad del forzado cuando los ha usado el tiempo fijado por el reglamento; y aquél los vende en seguida, porque hasta los andrajos tienen un valor positivo en el mercado del penal.

Todo esto me llenaba de estupor, especialmente al principio, a mi entrada en aquel mundo nuevo para mí.

Después me hice tan plebeyo como mis compañeros, forzado como ellos. Sus hábitos, sus ideas, sus costumbres, todo lo suyo me lo apropié exteriormente, pero sin penetrar jamás su fondo. Yo estaba sorprendido y confuso como si no hubiera oído hablar nunca de estas cosas ni sospechado nada semejante; sin embargo sabía a qué atenerme, a lo menos por lo que me habían dicho. Pero la realidad produce una impresión muy diferente de la que causan las referencias. ¿Cómo suponer siquiera que aquellos guiñapos tuviesen todavía algún valor para los presidiarios? Y, sin embargo, mi cobertor estaba hecho de guiñapos.        

Era difícil adivinar qué clase de tejido era el que se empleaba en los uniformes de los penados; parecía a primera vista igual al paño gris fabricado expresamente para el de los soldados; pero la trama se deshacía en seguida, deshilachándose lastimosamente.

Cada uniforme debía durar un año; pero nunca cumplía su tiempo, a causa de la clase de trabajos que debían realizar los penados. La duración de los capotes habíase fijado en tres años, aunque tenían que servir de abrigo, de manta y de cojín; pero eran fuertes y, aunque remendados, al tercer año se podían vender en cuarenta kopekscada uno. Los mejor conservados se vendían a sesenta, cantidad exorbitante en un penal.

El dinero, vuelvo a repetido, ejerce un poder soberano en el presidio. Se puede asegurar que un penado que dispone de algunos recursos, sufre mucho menos que el desgraciado que no posee nada.

«Puesto que el Estado provee a todas sus necesidades, ¿qué necesidad tienen de dinero los penados?»

Así razonan nuestros jefes. No obstante, insisto en que si los reclusos estuviesen privados de la facultad de poseer algo de su exclusiva propiedad, perderían la razón, morirían como moscas y cometerían crímenes inauditos, los unos por aburrimiento, por hipocondría, y los otros por cambiar su suerte, como decían.

Si el penado que ha ganado algún kópek con el sudor sanguinolento de su cuerpo y se ha aventurado en empresas peligrosas para conseguirlo, derrocha locamente ese dinero, no es porque desconozca su valor, como a primera vista se pudiera creer.

El penado codicia el dinero, hasta el punto de que lo adquiriría al precio de su sangre: y si lo tira por la ventana es con objeto de procurarse lo que aprecia más que el dinero, esto es, la libertad, o, a lo menos, una ilusión, un sueño de libertad. Todos los penados son grandes soñadores. No entraré en largos pormenores; me limitaré a consignar que algunos reclusos, condenados a veinte años de trabajos forzados, me han dicho gravemente:

-Cuando extinga mi condena, si Dios quiere, entonces…

El mismo vocablo forzado indica un hombre privado de su libre arbitrio. Ahora bien, cuando este hombre gasta su dinero, obra como le parece. A pesar de la marca del hierro infamante, a despecho de la empalizada del recinto que oculta a sus ojos el mundo libre y le encierra en una jaula como a una fiera, él puede procurarse aguardiente, hacer alguna escapatoria y sobornar a sus vigilantes inmediatos, los inválidos y aun a los suboficiales, que cerrarán los ojos ante alguna infracción de la disciplina; más todavía, podrá dárselas de fanfarrón haciendo ver a sus camaradas y tratando de persuadirse a sí mismo de que no existe en el mundo un hombre más libre que él.

En una palabra, el pobre diablo quiere convencerse de lo que sabe que es imposible, y por esto es jactancioso y exagera cómica e ingenuamente su personalidad, aunque ésta sea imaginaria; arriesga, en fin, todo lo que posee, sólo por una apariencia de libertad y de vida, que es el único bien que desea. Un millonario que estuviese a punto de asfixiarse, ¿no daría toda su fortuna a cambio de un soplo de aire?

Un penado ha vivido pacíficamente varios años consecutivos; su conducta ha sido tan ejemplar, que ha merecido ser nombrado cabo de varas; mas, de pronto, se rebela y no retrocede ante ningún crimen, comoun asesinato, ni ante un delito grave, una violación, por ejemplo. Todos se hacen cruces en vista de un cambio tan radical como inesperado, y tratan de hallar la causa. Aquello no es más que la manifestación angustiosa y convulsa de su personalidad; una melancolía instintiva, un deseo irresistible de hacer valer su yo envilecido, sentimientos que nublan su mente. Es como un ataque epiléptico, un espasmo: el hombre sepultado vivo vuelve en sí de súbito, forcejea desesperadamente para levantar la tapa de su féretro, aunque la razón le convenza de la inutilidad de sus esfuerzos; pero la razón no puede dominar esas convulsiones.

Es preciso no olvidar que casi todas las manifestaciones voluntarias de la personalidad de los forzados son consideradas como un delito; por eso le tiene sin cuidado que esas manifestaciones sean o no insignificantes. Riesgo por riesgo, es preferible tirarse a fondo y llegar hasta el homicidio, si es preciso. Lo único que cuesta es el primer paso; luego, poco a poco, el hombre se exalta; se ciega y nada puede contenerlo. Por esto, sería mejor no impulsarle a esos extremos.

Sí, ¿pero cómo conseguirlo?

 

 

 



[1][1] Moneda rusa equivalente a la centésima parte de un rublo.

[2] Alusión a las dos filas de soldados armados de varas verdes, entre las cuales tenían que pasar los presidiarios condenados a este castigo, que sólo se aplicaba a los que estaban privados de sus derechos civiles.

[3] Ligeros choclos de corteza de tilo de que usan los muchíks de la Rusia central y septentrional.

[4] Nombre que se les daba a los antiguos campesinos rusos. El nombre está documentado a partir del siglo X. Con la colectivización agraria, el muchik desapareció como clase.

[5] Esta palabra no significa nada; el forzado desfiguró el vocablo particularidad empleándolo sin razón en el sentido de saber vivir.

[6] No existe ningún pájaro de este nombre; el presidiario lo inventó para salir del paso. Este diálogo es literalmente intraducible; pero en la forma que está puede dar una idea del original.

[7] De la palabra inválido los penados hacían un pronombre de que se servían para burlarse del soldado anciano.

[8]Especie de cerveza, un licor fermentado de malta y pan negro.

[9] Diminutivo ruso de la palabra francesa trésor (tesoro).

[10] La dos grosches.

[11] Medida itineraria rusa, equivalente a 1,067 metros.

[12] La emancipación de los siervos fue decretada por el Tzar Aleksandr II hasta 1861.

[13] Alfanje de hoja ondulada.

[14] Asociación cooperativa de artesanos que poseen un fondo común.

[15] La terminación -vich se  usaba sólo en el patronímico de los nobles.

 

La Editorial
Indice  Anterior Principio de Página Siguiente
Imprimir

Dostoievski: Memorias de la Casa de los Muertos