Dostoievski: Memorias de la Casa de los Muertos

La Editorial

Indice  Anterior Fin de Página Siguiente
Imprimir

VI

 

Los primeros meses

 

Cuando entré en el penal poseía una pequeña suma de dinero; pero encima no llevaba sino una cantidad insignificante, por temor de que me fuese confiscada. En el lomo y las cubiertas de la Biblia oculté algunos billetes de Banco. Aquel libro me lo habían regalado en Tóbolsk algunas personas desterradas allí desde hacía años, las cuales veían un hermano en cada desgraciado.

Existe en la Siberia no poca gente que consagra su vida a socorrer fraternalmente a los desgraciados, y tiene por ellos el mismo afecto que un padre para con sus hijos: su compasión es santa y enteramente desinteresada. No puedo por menos que hablar, aunque a la ligera, de alguna de esas almas caritativas.

Residía en la ciudad donde estaba situado nuestro penal una viuda, llamada Nastasia Ivánovna. Naturalmente, ninguno de nosotros estaba en relaciones directas con aquella mujer que había dedicado su vida a socorrer a los deportados y especialmente a nosotros los forzados. ¿Había ocurrido en su familia alguna desventura igual a la nuestra? ¿Había sufrido algún pariente suyo un castigo semejante al nuestro? Lo ignoro: el hecho es que ella hacía por nosotros todo lo que podía. Y podía muy poco porque era pobrísima. Pero los que estábamos encerrados sabíamos que fuera teníamos una amiga afectuosa. Ella nos comunicaba con frecuencia noticias que nos interesaban y de las que tan ávidos estábamos siempre.

Cuando abandoné el penal y partí para otra ciudad, tuve ocasión de ir a verla a su casa, y de conocerla personalmente. Vivía en un barrio apartado, recogida por unos parientes.

Nastasia Ivánovna no era joven ni vieja, ni bella ni fea. Era difícil, mejor dicho, imposible, saber si era inteligente e instruida. Mas en todas sus acciones se notaba una bondad infinita, un deseo irresistible de complacer, de consolar, de hacer algo agradable. Estos sentimientos se leían en su amable y dulce mirada.

Pasé en su casa toda la noche, con otros compañeros de cadena.

Nastasia nos miraba fijamente, reía si nosotros reíamos, se mostraba conforme con nuestros pareceres y se esforzaba por complacemos.

Nos sirvió té y algunas golosinas. Adivinábase que hubiera deseado ser rica sólo por tener la satisfacción de aliviar la triste suerte de los penados.

Cuando nos despedimos de ella, nos regaló a cada uno una cigarrera de cartón, hechas por ella misma y ribeteadas con papel dorado.

-Como ustedes fuman, quizá no les vendrán mal estas cigarreras -nos dijo, excusándose tímidamente de la modestia de su obsequio.

Hay quienes dicen -lo he oído y aun leído- que un vivísimo amor al prójimo no es, al fin y al cabo, sino profundo egoísmo. ¿Pero qué egoísmo puede existir en esto? Confieso que no llegaré jamás a comprenderlo.

Aunque no tenía mucho dinero cuando entré en el penal, no podía, sin embargo, enojarme con los penados que desde el momento de mi llegada me asediaron para que les prestase algo, ni aun con los que, después de haberme engañado una vez, volvían a pedirme otro préstamo. Pero, lo declaro francamente, me disgustaba sobremanera que, con sus inocentes astucias, me tuviesen por tonto y se burlasen de mí precisamente porque les prestaba dinero por quinta vez. Creían sin duda los penados, que yo era víctima de sus patrañas y de sus engaños; si, por el contrario, me hubiese negado, seguro estoy de que me hubieran mirado con mucho más respeto; mas, si bien montaba en cólera una vez que otra, acababa siempre por ceder a sus ruegos.

Durante los primeros días me preocupaba el pensamiento de saber qué actitud debía adoptar, que línea de conducta me convenía seguir con respecto a mis compañeros de cadena. Sentía y comprendía perfectamente que aquel ambiente era del todo nuevo para mí, que caminaba a tientas en las tinieblas y que me sería imposible vivir diez años a oscuras.

Resolví, pues, obedecer ciegamente a lo que mi conciencia y mis sentimientos me dictasen. Pero no ignoraba que esto era un aforismo excelente en teoría, pero ineficaz en la realidad.

-¡La casa de los muertos! -me decía a mí mismo, al caer la noche, contemplando desde el escalón de nuestra cuadra a los reclusos que, de vuelta del trabajo, paseaban por el patio. Examinaba sus movimientos y sus fisonomías, tratando de adivinar qué clase de hombres eran, sus inclinaciones y su carácter.

Desfilaban por delante de mí, ceñudos unos, alegres otros -estos dos aspectos pueden caracterizar el presidio-, injuriándose o conversando tranquilamente, o bien paseando solitarios, absortos, al parecer, en profundas reflexiones, éstos con aire de cansancio y de apatía, aquellos con el sentimiento de una superioridad jactanciosa, el casquete inclinado sobre la oreja y el capote echado sobre los hombros, mirando con altivez, con imprudencia y sorna provocadora.

-¡He aquí mi ambiente, mi mundo actual! -pensaba-. El mundo en que no quiero pero en el que forzosamente he de vivir…

Quise preguntar algo acerca de los forzados a mi nuevo amigo Akim, que solía tomar el té conmigo, pero hube de desistir de mi propósito.

Diré, entre paréntesis, que, en los comienzos de mi reclusión, fue el té casi mi único alimento. Akim no se negaba a compartirlo conmigo y él mismo encendía el pobre samovar[i] de hojalata, hecho en el penal, que yo había alquilado.

Akim bebíase, de ordinario, un vaso (porque él tenía vasos), reposadamente, en silencio, y, dándome las gracias cuando terminaba, volvía a su trabajo, es decir, a hacer mi cobertor.

No pudo, empero, decirme lo que yo deseaba saber, ni comprendía el interés que tenía yo en conocer el carácter de las personas que me rodeaban: me escuchó sonriendo con aire tan malicioso que no he podido olvidar jamás.

No -me dije-; soy yo el que debo averiguarlo sin interrogar a nadie.

Al amanecer del cuarto día de mi llegada, los penados formaron en dos filas en el patio contiguo al cuerpo de guardia, rodeados enteramente de soldados con los fusiles cargados y caladas las bayonetas.

El soldado puede disparar libremente sobre el penado que trata de huir, pero se depura luego si era de absoluta necesidad que hiciese fuego. ¿Pero, quién hubiese intentado siquiera la fuga a la vista de todos? El mismo derecho tenía en caso de sublevación de los reclusos.

Llegó a los pocos instantes un oficial de ingenieros, acompañado del conductor y de los suboficiales del batallón con las fuerzas encargadas de la vigilancia de los penados que iban al trabajo. Se pasó lista y en seguida salieron los que trabajaban en la sastrería, situada en el mismo establecimiento, y los destinados a los talleres. Por último llegó el turno a los que habían de realizar los trabajos más penosos. En  este número, veinte en total, me contaba yo.

Detrás del presidio, sobre la superficie helada del río, había dos barcas, propiedad del Estado, que era preciso desmontar para aprovechar las maderas.

Realmente, no valía la pena que nos empleasen en ese trabajo, porque la leña la daban casi regalada, por razón de que todo el país estaba cubierto de bosques.

¡Pero no nos iban a dejar mano sobre mano!

Así, pues, todos mis compañeros iban al trabajo con disgusto, perezosos y apáticos.

Sucedía todo lo contrario cuando el trabajo valía la pena, tenía razón de ser o se podía pedir que señalasen tarea. Entonces los forzados se animaban, y aunque ningún beneficio habían de redundarles sus afanes, se extenuaban por acabar cuanto antes, porque en ello estaba interesado su amor propio.

Empero cuando los trabajos se realizaban por cubrir las apariencias y no por necesidad, no era posible pedir que señalasen tarea fija; era preciso continuar hasta que se oía el redoble del tambor que indicaba el regreso al penal, a las once de la mañana.

El día era templado y nebuloso, amenazando nevadas.

Nuestro grupo se dirigió a la orilla situada a espaldas del establecimiento, agitando ligeramente las cadenas que, ocultas debajo de los vestidos, producían un ruido seco y fuerte a cada paso.

Dos o tres penados fueron a buscar las herramientas al depósito.

Yo seguí a los demás bastante animado, porque deseaba ver y saber qué eran los trabajos forzados. ¿Cómo trabajaría yo por primera vez en mi vida?    

Recuerdo todos los pormenores de los incidentes ocurridos aquel día.

Nos tropezamos con un burgués de luenga barba que, al vernos, se detuvo, llevándose la mano al bolsillo. Inmediatamente se destacó de nuestras filas un penado y presentó el casquete para recoger la limosna -cinco kopeks- que aquél le dio. El recluso volvió a reunirse con nosotros y el burgués se alejó lentamente, después de persignarse.

Los cinco kopeks se emplearon aquella misma mañana en panecillos blancos que fueron equitativamente repartidos entre todos.

Los individuos de mi escuadra estaban unos sombríos y taciturnos, indiferentes e indolentes otros, y algunos conversaban negligentemente. Uno de ellos, empero, hacía alarde de un regocijo extraordinario, divirtiendo a sus compañeros con sus chistes y sus cómicos saltos. Grueso y corpulento, aquel forzado era el mismo que, el día de mi llegada, habíase disputado con otro camarada a causa del agua de las abluciones. Se llamaba Skurátov y acabó por entonar una alegre canción de la que recuerdo el estribillo:

 

Me casaron a la fuerza

Cuando estaba en el molino.

 

Sólo faltaba el acompañamiento de una balalaika.[ii]

Su inusitado buen humor molestó a algunos de sus compañeros, que no pudieron por menos de exteriorizar su disgusto.

-¡Miren cómo aúlla! -dijo uno con acento desdeñoso.

-El lobo no sabe más que una canción, y este tuliak (natural de Tula) se la ha pedido prestada -añadió otro.

-Cierto es que soy de Tula -replicó Skurátov-, pero ustedes, los de Poltava, no comen más que bellotas.

-¡Embustero! ¿Y tú qué comes? Cortezas de tilo con coles en vinagre.

-La verdad es, compañero, que soy un hombre muy delicado -repuso Skurátov, lanzando un suspiro, con aire afeminado-. Desde mis primeros años acostumbráronme al lujo y a las buenas comidas. Mis hermanos poseen en la actualidad magníficos establecimientos comerciales, y sus negocios marchan viento en popa. Son comerciantes de sal al por mayor e inmensamente ricos.

-¿Y tú qué vendías?

-Cada uno su especialidad, cuando recibí los primeros doscientos…

-¿Rublos? ¡Vamos, hombre, no te hagas ilusiones! -interrumpió un penado haciendo una mueca burlona.

-Rublos no -contestó Skurátov sin desconcertarse-, sino doscientos palos, que quizá te vendrían ahora como pedrada en ojo de boticario... ¡Eh, Luka!

-Es posible que haya quien se llame simplemente Luka; mas yo soy, para ti y para todo el mundo, Luka Kuzmich-[iii]replicó airadamente un penado pequeñito, delgado y de nariz aquilina.

-Pues bien, Luka Kuzmich, ¡vete al diablo! No vales ni la saliva que se gasta en nombrarte. Y hablando en serio, camaradas -añadió-, no pude permanecer largo tiempo en Moscú, porque al Gobierno se le ocurrió propinarme una carga de palos y enviarme aquí, creyendo, acaso, que este clima era mejor…

-¿Por qué delito fuiste deportado? -preguntó intencionalmente otro penado.

-¡No hagas preguntas tontas, hombre! La cuestión es que me deshicieron la combina: yo estaba firmemente resuelto a labrarme una fortuna… ¡pueden creerme por mi palabra, el dinero me gusta una barbaridad! Y acostumbrado a la buena vida...

-Ya se conoce que eres de buena familia -observó Luka Kuzmich-; no hay más que mirar cómo vas vestido, de armiño de pies a cabeza. Lo menos vale doscientos rublos tu abrigo.

Skurátov llevaba la tulup[iv] más rota, sucia y remendada que se puede imaginar.

-No es mi traje lo que vale -repuso flemáticamente-, sino mi cabeza. ¡Oh, tú no sabes lo que encierra mi cabeza! Cuando tuve que decir adiós a Moscú, casi casi venía consolado porque me permitieran traérmela sobre los hombros… Verdad es que con algo sano habíanme de dejar salir de Moscú después del tiempo que me albergaron en su horrible cárcel y de la tanda de palos con que me obsequiaban a menudo. Pues bien, a lo que iba, Luka, no es mi traje lo que debías haber mirado sino…

-¿Tu cabeza, verdad? -interrumpió el aludido.

-¡Si a lo menos fuera suya! -observó otro penado.

-¿El qué, mi cabeza? ¡Cáscaras! ¡Si me la habrán cambiado en Moscú sin mi consentimiento!

-No, me refiero a la ropa, que deshilachada y todo vale más que tu cabeza huera.

-¡Gracias!

-¿Pero es de veras que tenías un establecimiento, Skurátov?

-Sí -repuso prontamente un penado-; un chiribitil de zapatero remendón.

-Algo hay de verdad en eso -replicó Skurátov-; he batido mucho la suela, pero lo que se dice hacer zapatos, no he hecho más que un par.

-¿Y lo vendiste?

-Sí, gracias a un prójimo que no tenía temor a Dios y a quien el cielo castigó haciéndole comprar mi par de zapatos.

Una carcajada general acogió estas palabras.

-En el penal también he trabajado en ese oficio, pero una sola vez -continuó Skurátov con imperturbable aplomo- Hice una remonta a los zapatos de Stepán Fiodórich[v] Pomórtsev, el lugarteniente.

-¿Y quedó contento?

-Supongo que sí, porque era un trabajo acabadísimo; pero, como esa gente no acostumbra exteriorizamos sus verdaderos sentimientos, me colmó de insultos y maldiciones. Pero enmendóse en seguida y me acarició con vehemencia aplicándome repetidas veces la punta del zapato, que previamente se había calzado, en la parte más carnosa de mi cuerpo. ¡Ah, este pícaro me ha engañado! No es lo que yo me suponía…

Y de nuevo se puso a cantar y hacer piruetas.

-¡Qué tipo tan repugnante! -murmuró un penado que estaba a mi lado, lanzándole una mirada de desprecio.

-¡Es un ser inútil! -apoyó otro sentenciosamente.

No podía comprender por qué la alegría de Skurátov crispaba los nervios de sus compañeros. Yo lo atribuía a rencor personal o a injusto despecho porque no guardaba ese aire ceñudo de falsa dignidad de que se hace alarde en los establecimientos penales; o bien, a que, según su expresión, era un hombre inútil.

Sin embargo, no se encolerizaban de la misma manera con otros penados que no se mostraban menos alegres que Skurátov; a éstos, lejos de insultarles, reían sus agudezas y les respetaban.

En nuestra cuadrilla había precisamente uno de estos hombres, un joven de carácter jovial, de expresión comiquísima pero bella e inteligente. Le llamaban el zapador porque había servido en este cuerpo del ejército. Estaba inscrito en la sección especial.

No todos los penados serios eran, empero, tan poco expansivos que se indignasen por el buen humor de sus camaradas. En nuestro penal abundaban los reclusos que trataban de significarse por su habilidad en el trabajo, por su talento, por su carácter o por su gracia.

Muchos de éstos no carecían de inteligencia ni de energías y lograban alcanzar el fin que se habían propuesto, es decir, la primacía y la influencia moral sobre sus compañeros.

Con frecuencia eran enemigos mortales entre sí y tenían muchos envidiosos; miraban a los demás penados con aire de superioridad y nunca se quejaban sin motivo.

Como eran bienquistos de los superiores, dirigían en cierto modo los trabajos y sabían hacerse respetar sin descender a la discusión ni al ultraje. Todos éstos se mostraron siempre muy amables conmigo durante todo el tiempo de mi reclusión, pero eran poco comunicativos.

Hablaré de ellos más detenidamente.

Llegamos, al fin, al río, en el que había una embarcación, aprisionada por los hielos, que era preciso desmontar y hacer luego astillas. Del otro lado se extendía la estepa, en el horizonte triste y desierto. Yo esperaba ver a todos mis compañeros acometer febrilmente el trabajo; pero me engañé por completo, pues, como si obedecieran a una consigna, sentáronse aquí y allá, sacó cada cual su bolsa de tabaco del país, que venden en hoja, a tres kopeks la libra, cargó su pipa de madera y caña corta y la encendió, mientras los soldados formaban un círculo, en torno de nosotros para evitar toda tentativa de fuga.

-¿Pero a quién se le habrá ocurrido echar al agua esa barca? -dijo un penado en alta voz, sin dirigirse directamente a ninguno.

-Los que nos temen ¡voto a…! ésos son los que han tenido la bonita ocurrencia -observó otro.

-¿Adónde irán esos muchíks? -interrumpió el primero, señalando a lo lejos con la mano un grupo de labriegos que caminaba en fila sobre la nieve virgen.

Todos los penados se volvieron negligentemente hacia aquella parte, comenzando a dirigir frases de mal gusto a los viandantes, con objeto de pasar el tiempo.

Uno de los muchíks, precisamente el que iba cerrando la marcha, caminaba de un modo bastante curioso, con los brazos abiertos y la cabeza inclinada sobre un hombro. Llevaba un gorro muy alto en forma de tubo, y su perfil se destacaba vivamente sobre la blanca nieve.

-¡Miren ustedes qué elegante va ese último, compadre Petróvich! -exclamó uno de mis compañeros imitando el acento rudo de los muchíks.

-¡Parece que va plantando coles!

-¡Quia! ¡Va sembrando dinero!

Era curioso ver cómo se burlaban los penados de los muchíks, y los miraban por encima del hombro, siendo ellos muchíks en su mayor parte.

En esto llegó una vendedora de pan, una joven graciosa y vivaracha y gastamos en panecillos los cinco kopeks que nos había dado de limosna el burgués con quien tropezamos en el camino.

Finalmente apareció el suboficial que había de dirigir el trabajo, llevando una vara en la mano.

-¿Y bien? ¿Qué hacen ustedes aquí sentados? ¡Vamos, arriba y listos!

-Señálenos tarea, Iván Matviéyevich -dijo entonces uno de los comandantes, levantándose prontamente.

-¡Pero si la tienen señalada desde antes de llegar! -contestó el suboficial-. Deshagan esa barca, ésa es la tarea por hoy.

Los penados se levantaron, al fin, perezosamente y se internaron con dificultad en el río. En seguida aparecieron varios directores, más listos de lengua que de brazos. Según éstos, había que deshacer la barca con cuidado, esto es, desclavando y destornillando, con objeto de conservar el armazón y, sobre todo, el travesaño del fondo de la quilla.

-Ante todo, es preciso sacar esta viga. ¡Adelante, hijos míos! -gritó un penado que no era comandante ni director sino sencillamente penado.

Este individuo, de carácter pacífico y un tanto bruto, no había despegado hasta entonces los labios. Se inclinó y tomando con ambas manos una gruesa viga esperó a que otros le ayudasen.

-Apostaría a que es capaz de sacarla solo. Este hombre tiene más fuerza que el oso que fue su abuelo -murmuró otro penado entre dientes.

-¿Qué, no me ayudan ustedes, hermanos? -dijo con cierta turbación y enderezándose el que había dado el ejemplo para comenzar el trabajo.

-Vamos, hombre, no tengas tanta prisa, que no por mucho madrugar amanece más temprano.

-Sí, sí, tienes razón -balbució el pobre diablo desconcertado.

-¿Tendré que calentarles el cuerpo para que comiencen? -exclamó el suboficial, que empezaba a perder la paciencia-. ¡Pues a fe que no faltará leña! -añadió, blandiendo el palo que llevaba en la mano.

-Poco a poco hila la vieja el copo, Iván Matviéyevich.

-Y yo te voy a romper el huso de un estacazo, Saveliev, si no te pones a trabajar en seguida. ¿Qué haces ahí con los ojos desencajados? ¿Los vendes, acaso? ¡Ea, más vivo!  

-¡Distribuyamos el trabajo, Iván Matviéyevich!

-Ya he dicho que no quiero. Saquen la barca de los hielos y volveremos en seguida al penal.

Los reclusos pusieron, al fin, mano a la obra, pero a disgusto, indolentemente. Se comprendía la irritación de los jefes al ver la conducta de aquellos veinte hombres que no se decidían a obedecerles con resolución.

-¡Se ha roto solo! -exclamaron a una vez los primeros penados que comenzaron el trabajo, al mismo tiempo que saltó hecho astillas un tablón.

A su entender, no se podía trabajar en aquellas condiciones, y al punto se entabló una viva discusión que amenazaba con degenerar en riña acerca de los medios que se debían emplear para acabar pronto y bien la tarea.

El suboficial comenzó de nuevo a gritar, agitando el palo, y saltó otro tablón roto.

Fue preciso enviar dos penados, convenientemente escoltados, al depósito del penal, en busca de herramientas, pues las hachas no servían; y mientras regresaban, los demás reclusos se sentaron tranquilamente en la barca para fumarse otra pipa.

-Vaya, no les matará a ustedes el trabajo -gruñó el suboficial-. ¡Qué gente más haragana! -añadió, y volviendo desdeñosamente las espaldas se encaminó hacia el penal.

Al cabo de una hora llegó el conductor, y después de escuchar las explicaciones y los ruegos de los forzados, les señaló la tarea de sacar intactos cuatro travesaños y hacer astillas una buena parte de la barca. Terminado esto, podrían volver al penal.

La pereza de los reclusos desapareció como por encanto, aunque la tarea era larga y penosa; las hachas se pusieron en movimiento, y saltaban los tornillos y clavos como si no fuera preciso más que tocarlos con los dedos para arrancarlos de su sitio. Los travesaños y los maderos salían intactos, a pesar de que se empleaban las mismas herramientas que al principio.

Ya no se oían burlas ni ultrajes; el silencio era completo y cada cual sabía perfectamente lo que tenía que hacer, sin que surgiera el menor entorpecimiento.

Media hora antes de que redoblase el tambor, la tarea estaba concluida y los reclusos volvían al penal cansados pero contentos de haber ganado treinta minutos de descanso sobre el que concedía el reglamento.

Por lo que a mí se refiere, observé una cosa curiosísima: estorbaba en todas partes donde me arrimaba, y me enviaban con cajas destempladas a otro sitio.

-¿Qué has venido a hacer aquí? -me dijo uno de los más diestros en el trabajo-. ¡Para estorbar aquí no hace falta gente! ¡Ea, largo!

-Lo mejor que podías hacer -añadió otro, volviéndose hacia mí- sería tomar un balde y llevar agua a la casa que están construyendo; o bien encerrarte en el taller donde pican el tabaco. Aquí maldita la falta que haces.

No tuve otro remedio que retirarme a un rincón, aunque no me parecía bien estar mano sobre mano mientras los demás trabajaban.

Pero si mi laboriosidad despertaba la cólera de aquellos a quienes estorbaba, mi ociosidad desencadenó sobre mi cabeza una tempestad de insultos y amenazas: mal, si quería trabajar; peor, si me cruzaba de brazos.

¡Cuanta razón tenía yo para preocuparme por la conducta que debía observar con aquella gente!

Presentía que estas escenas habían de ser frecuentes; pero decidí no cambiar mi actitud, aunque hubiera de ser el objeto único y constante de las burlas y de los insultos de mis compañeros de cadena. Era el mejor partido que podía tomar.

Vivir con sencillez e independencia, sin mostrar el menor resentimiento, sin tratar de acercarme a los demás reclusos, pero sin rechazarlos tampoco y sin que me desconcertaran sus ultrajes ni me intimidasen sus amenazas, era lo más conveniente y lo más cuerdo en semejantes circunstancias, pues de lo contrario me hubieran despreciado seguramente.

Cuando regresé al penal, después del trabajo de aquella mañana, se apoderó de mí una tristeza indecible.

-¡Cuántos miles de días habré de pasar como éste! -pensaba.

Paseaba solo y meditabundo, al caer de la tarde, a lo largo de la empalizada, cuando vi, de pronto, que Schárik venía corriendo hacia mí.

Era Scháriknuestro perro, porque en el penal como en los cuarteles hay siempre un perro favorito: un mastín negro con manchas blancas, no muy viejo, de mirada inteligente y gruesa cola. Nadie le acariciaba ni le hacía caso.

Desde mi llegada me lo hice amigo echándole un pedazo de pan.

Cuando lo acariciaba permanecía inmóvil y me miraba con expresión de cariño, meneando suavemente el rabo.

Como en todo el día no me había visto y era yo el primero que lo acarició después de muchos años de abandono, el pobre animal me estuvo buscando por todas las dependencias del establecimiento, y al encontrarme, por fin, se puso a ladrar alegremente.

No podría decir lo que sentí en aquel momento; estreché su cabeza contra mi pecho y lo besé con fruición. Schárikpuso sus patas delanteras sobre mis hombros y me lamió la cara...

-¡He aquí el amigo que el Destino me ha enviado! -pensé.

Y durante las primeras semanas, tan penosas y tristes, cada vez que volvía del trabajo, apresurábame a dar un paseo tras de las cuadras, precedido de Schárik, que iba dando saltos de alegría. Allí lo besaba y lo colmaba de caricias. Un sentimiento dulcísimo, pero al mismo tiempo perturbador y amargo, me oprimía el corazón.

Recuerdo que me era grato pensar -gozándome en cierto modo de mi tormento- que no me quedaba en el mundo otro ser que me amase, que fuese mi verdadero amigo, fuera de mi fiel Schárik.

 

 

 

 

 

VII

 

Nuevos conocidos. Petrov

 

Pasaba el tiempo y poco a poco me iba acostumbrando a aquella vida. Las escenas que diariamente se desarrollaban ante mis ojos, no me afligían tanto: en una palabra, el presidio, sus moradores y sus costumbres me dejaban indiferente.

Amoldarse a esta vida era imposible, pero yo la aceptaba como un hecho inevitable. Había arrinconado en lo más profundo de mi conciencia las inquietudes que me turbaban. No vagaba ya como extraviado en el recinto del penal ni me dejaba dominar por la angustia.

Habíase atenuado la salvaje curiosidad de los reclusos, que no me miraban ya con la descarada insolencia del principio; yo era para ellos un ser insignificante, de lo cual me alegraba muchísimo.

Paseaba por mi cuadra como por mi propia casa; encontraba fácilmente mi sitio a ojos cerrados o durante la noche y habituéme a cosas que hasta el pensarlas me hubiera parecido imposible. Todas las semanas invariablemente me hacía rasurar la cabeza. Nos llamaban el sábado al cuerpo de guardia, y a uno tras de otro los barberos del penal nos desollaban el cráneo mal enjabonado con una especie de sierra que allí denominaban navaja de afeitar. Cada vez que pienso en aquel martirio me estremezco.

Afortunadamente no duró mucho tiempo, gracias a que Akim Akímich me indicó un recluso de la sección militar el cual, por un kópek, afeitaba a los que querían utilizar sus servicios.

-Su clientela entre los reclusos era numerosa, a causa de lo mal que lo hacían los barberos militares.

Habían dado a nuestro rapabarbas el sobrenombre de el Mayor, sin que acierte a explicarme el motivo, pues no tenía ningún parecido con el mayor, o jefe del penal.

Era un joven -me parece que le estoy viendo- demacrado, alto, silencioso, bastante estúpido y absorto siempre en su ocupación. Veíase constantemente con el suavizador en la mano pasando y repasando su navaja, que era una maravilla por lo resistente y cortante. Diríase que había hecho de su profesión el objeto único de su vida. Se ponía, en efecto, radiante de júbilo cuando tenía la navaja bien afilada y alguno solicitaba sus servicios.

Enjabonaba escrupulosamente y tenía una mano tan suave que parecía que acariciaba. Estaba orgulloso de su habilidad y tomaba con aire indiferente el kópek que era precio de su trabajo, como si ejecutara éste por amor al arte y no por dinero.

A-v se ganó cierto día un tremendo rapapolvo por haber llamado al barbero por su sobrenombre de Mayor en presencia del mayor verdadero del penal.

-¿Sabes tú, canalla -le decía éste rojo de ira-, lo que es un mayor? Di, ¿sabes lo que es un mayor? -repitió sacudiendo a A-v por un brazo y echando espuma por la boca, como siempre que se encolerizaba-, ¿Cómo te atreves a dar ese título a un recluso, a un presidiario, tan miserable como tú, y en mi presencia?

Únicamente A-v podía entendérselas con un hombre semejante.

Desde el primer día de mi detención comencé a soñar con mi libertad.

Mi ocupación favorita era contar mil y mil veces y en mil distintos modos el número de días que había de pasar en el presidio. No podía pensar en otra cosa y estoy seguro que a todos los condenados que no lo hayan sido a perpetuidad les pasa lo mismo.

No puedo decir si los forzados pensaban como yo, pero la insensatez de sus esperanzas me llenaban de estupor.

La esperanza de un preso difiere esencialmente de la de un hombre libre. Éste puede esperar un mejoramiento en su suerte o la realización de una empresa cualquiera, pero entretanto vive y obra, la vida le arrastra en su torbellino.

Nada de esto, empero, se encuentra en el forzado. Este vive, si se quiere llamar vida a la suya; pero no existe ningún condenado, cualquiera que sea la duración de su pena, que admita su suerte como algo positivo, definitivo, como una parte de su verdadera vida.

   Es un sentimiento instintivo.

El forzado sabe que no está en su casa, cree, por decir así, que es un simple visitante y considera sus veinte años de condena como dos a lo sumo. Está seguro de que cuando cumpla los cincuenta años habrá extinguido su pena y se encontrará tan fuerte y robusto como si sólo tuviese treinta y cinco.

-Todavía tengo tiempo por delante para vivir -piensa y desecha obstinadamente los pensamientos desalentadores y las dudas que le asaltan.

El condenado a perpetuidad también alimenta la ilusión de que el día menos pensado llegará de San Petersburgo una orden que diga: “Trasladen a N… a las minas de Nerschinsk y fijen un término a su condena.”

Sería esto una delicia, porque se emplean seis meses en llegar a Nerschinsk, la vida de convoy es mil veces preferible a la del penal y una vez cumplida allí la condena, ¡ah, entonces…!

Más de un anciano de cabellos blancos razona de esta manera.

En Tóbolsk vi a más de un presidiario sujeto a la pared por una cadena que mide dos metros de largo, sin que en su calabozo haya más mueble que su miserable camastro. Castigan así a los que han cometido algún delito gravísimo después de su deportación a Siberia, y de ese modo han de pasar de cinco a diez años. Ordinariamente son bandidos.

Uno solo de ellos tenía el aspecto de hombre educado. Había sido funcionario público y hablaba con acento melifluo y como arrastrando las palabras. Su sonrisa era empalagosa a fuerza de dulzura.

Este me dejó examinar su cadena y me enseñó la manera de acostarse con menos incomodidad, aunque de todos modos resultaba una cosa horrorosa.

Todos estos desgraciados guardan una conducta irreprensible, y aunque simulan que están satisfechos o resignados con su suerte, arden en deseos de que termine cuanto antes el tiempo de su condena, para abandonar su calabozo de bajo techo en el que el aire es pesadísimo, sofocante, y respirar en el patio del presidio, y respirar en ellos equivale a la libertad.

No les dejarán salir jamás del patio, porque los condenados a su pena han de morir en el presidio sin traspasar nunca sus umbrales; sin embargo, ansían que llegue el momento de abandonar su calabozo, pues sin este deseo, ¿cómo sería posible estar encadenados cinco o más años a una pared sin morir o volverse locos?

Pronto comprendí que únicamente el trabajo podía salvarme y fortalecer mi salud y mi cuerpo, mientras la inquietud moral incesante, la exacerbación nerviosa y la atmósfera mefítica de la sala del penal me hubieran matado irremisiblemente.           El aire libre, el trabajo cotidiano y la costumbre de acarrear grandes pesos, tenían que vigorizarme necesariamente, y gracias a esto saldría, una vez extinguida mi condena, fuerte, robusto, rebosante de vida.

No me engañé: el trabajo y el movimiento me fueron beneficiosos en extremo.

Veía con espanto a uno de mis camaradas, un ex noble, consumirse como una vela, y no obstante había ingresado al mismo tiempo que yo en el penal, joven, varonilmente hermoso, fresco y robusto. Cuando recobró la libertad estaba horriblemente avejentado, las piernas se negaban a sostenerlo, el asma le oprimía el pecho.

-No -decíame a mí mismo, contemplándole-; yo quiero vivir, y viviré.

Mi afición por el trabajo me acarreó al principio el desprecio de mis compañeros de cadena, que me motejaban cruelmente, pero yo no les hacía caso e iba alegre y risueño adonde me mandaban.

Los ingenieros hacían cuanto estaba en sus manos para aliviar las penalidades del trabajo forzoso a los nobles; y eso no era indulgencia sino justicia.

¿No hubiera sido irracional exigir el mismo trabajo manual a un hombre de fuerzas físicas muy limitadas y que nunca había trabajado con sus propias manos? Esta parcialidad, empero, no era permanente, sino a escondidas y en determinados casos, porque estábamos vigilados muy estrechamente.

Como los trabajos penosos eran frecuentes, sucedía, a veces, que la tarea era superior a nuestras fuerzas, y entonces sufríamos el doble que nuestros compañeros.

Para hacer la cal se enviaban, ordinariamente, tres o cuatro hombres, débiles o ancianos, a los que se agregaba un obrero verdadero, diestro en el oficio. Durante varios años siempre fue el mismo. Almázov. Era éste severo, ya de edad avanzada, de bronceada tez, delgado, poco comunicativo y descontentadizo. Almázov nos detestaba cordialmente; pero, como no tenía nada de expansivo, no se tomaba siquiera la molestia de insultamos.

El cobertizo bajo el que calcinábamos el alabastro, estaba levantado en la margen empinada y desierta del río. En invierno, en un día brumoso, el panorama que a la orilla opuesta se ofrecía a nuestra vista, era triste, oprimía el corazón. Pero más triste era aún cuando brillaba el sol sobre aquella llanura blanca, infinita...

Se sentían vivísimos deseos de volar lejos, muy lejos de aquella estepa que comenzaba en la otra orilla y se extendía por más de mil quinientas verstas al sur, monótona y compacta como una inmensa sabana.

Almázov se ponía a trabajar silencioso y ceñudo. Nos avergonzábamos de no poder ayudarle eficazmente, pero él continuaba impasible su trabajo sin reclamar nunca nuestra ayuda como si quisiera hacer pesar sobre nosotros su superioridad y hacemos comprender que éramos seres completamente inútiles.

Este trabajo consistía en calentar el horno para calcinar el alabastro que nosotros íbamos amontonando. Al día siguiente, cuando el alabastro estaba enteramente calcinado, cada cual tomaba una pesada machaca y llenábamos las cajas, hechas a propósito, del alabastro que íbamos triturando.

El trabajo, por lo tanto, resultaba agradable. Como el alabastro era frágil, quedaba fácilmente reducido a un polvo blanco y brillante, y blandíamos los pesados martillos asestando golpes formidables que nos asombraban a nosotros mismos.

Cuando estábamos cansados nos sentíamos más ligeros, teníamos encendidas las mejillas, la sangre corría más rápidamente por nuestras venas, Almázov nos miraba entonces con condescendencia, como hubiera mirado a unos muchachos, y fumaba su pipa con aire de indulgencia, pero sin dejar de barbotar cada vez que abría la boca. Por lo demás, lo mismo hacía con todos, y creo que en el fondo era un buen hombre.

Se nos daba también otro trabajo, que consistía en poner en movimiento la rueda del torno. Esta rueda era alta y pesada y nos costaba esfuerzos inauditos hacerle dar vueltas, especialmente cuando el operario (trabajábamos en los talleres) tenía que hacer la baranda de una escalera o el pie de una gran mesa, porque entonces se necesitaban gruesos troncos de árboles, y como uno solo no hubiera sido bastante, nos enviaban a dos: B***, uno de los ex nobles, y yo.

Este trabajo nos lo reservaban ordinariamente y duraba largo tiempo, pues el torno paraba muy raras veces.

B*** era débil, vanidoso, joven aún y sufría del pecho. Había ingresado en el penal un año antes que yo, con otros dos compañeros, nobles también.

Uno de estos últimos, anciano, rezaba constantemente, noche y día -los reclusos le respetaban por esto- y murió en el presidio durante mi prisión. El otro, que era muy joven, fresco y rubicundo, fuerte y animoso, había llevado a cuestas, por más de setecientas verstas, a su compañero B***, porque éste caía extenuado a mitad de la etapa. De esto nació la amistad que les unía.

B*** era un hombre muy bien educado, de carácter noble y generoso, pero irascible y casi intratable a causa de su enfermedad. Ambos dábamos vuelta a la rueda con verdadero afán y, por mi parte, con gusto, porque aquel ejercicio me parecía excelente.        

Lo que más me divertía era barrer la nieve. En invierno estas tempestades son frecuentes, y la nieve llegaba a la altura de las ventanas de las casas y en cuanto cesaba la nevada y brillaba el sol, nos enviaban a descargar de peso los tejados y limpiar los patios y todo el recinto penal.

Nos enviaban por grandes grupos y a veces toda la población penal, provistos de grandes palas, y nos señalaban tal extensión de terreno que parecía imposible que pudiésemos terminar la tarea.

Todos poníamos alegremente manos a la obra. La nieve friable no se había endurecido aún, la superficie no estaba helada y la pala se hundía fácilmente en la masa blanca que brillaba a la luz del sol.

El aire frío del invierno y el movimiento nos animaban: el regocijo era general, por todas partes se oían risas y graciosas ocurrencias. Se arrojaban puñados de nieve a la cabeza, excitando la indignación de las personas graves, enemigas de la risa y del buen humor, y así, la alegría terminaba casi siempre en altercados y las bromas se trocaban en insolencias.

Poco a poco se fue ensanchando el círculo de mis relaciones, aunque yo nada hacía por mi parte para hacerme de amigos, pues me mantuve siempre reacio y desconfiado.

El primero que procuró acercarse a mí fue el recluso Petrov, que vino a visitarme.

Sí, a visitarme, porque Petrov pertenecía a la sección especial y su pabellón estaba situado bastante separado del mío.

Evidentemente no podían existir entre nosotros relaciones de ninguna clase, ningún vínculo podía unirnos. Sin embargo, durante el primer período de mi reclusión, Petrov se creyó obligado a visitarme casi diariamente en mi pabellón, o a lo menos acompañarme cuando, después del trabajo, me retiraba a pasear detrás de las cuadras, lo más lejos posible de mis camaradas.

Al principio me molestó sobremanera esta insistencia; pero Petrov supo conducirme de tal modo que sus visitas y su compañía fueran para mí una distracción que hubiera echado de menos, aunque su carácter nada tenía de expansivo.

Era de mediana estatura, bien plantado y ágil y diestro, de rostro muy agradable, pálido, de pómulos salientes, mirada atrevida, dientes blancos, pequeños y apretados.

Llevaba siempre una punta de cigarro entre las encías y el labio inferior; son muchos los penados que tienen la costumbre de masticar el tabaco.

Petrov parecía más joven de lo que era en realidad, pues no representaba más de treinta años y había cumplido ya los cuarenta.

Me hablaba con desenvoltura, mirándome como a un  igual suyo, pero siempre fue cortés y educado conmigo y no me dio motivos de queja. Si, por ejemplo, observaba que yo prefería en aquel momento la soledad, no prolongaba su visita más del tiempo necesario para dirigirme algunas frases, casi siempre de agradecimiento por la condescendencia con que le trataba, cosa que no hacía él con ningún otro recluso.

Debo añadir que estas relaciones no cambiaron jamás, no sólo durante el primer período de mi reclusión sino en varios años aún, pero sin que llegasen a ser íntimas, a pesar de que Petrov me era muy adicto.

No podía adivinar qué es lo que esperaba de mí ni por qué me visitaba todos los días.

Alguna que otra vez me robó, pero siempre involuntariamente. No me pidió jamás ni un kópek; luego no era el dinero lo que le atraía a mí, ni tenía miras interesadas.

No sé por qué me parecía que este hombre no vivía en mi misma prisión, sino en otra casa, en la ciudad, muy lejos. Diríase que visitaba el presidio por casualidad, para verme e informarse acerca de nuestro modo de vivir.

Tenía siempre prisa, como si lo esperase alguien o hubiese dejado abandonados momentáneamente sus negocios; y, sin embargo, no se apresuraba.

Miraba fijamente, con una expresión de ligera ironía y de atrevimiento, a lo lejos, por encima de los objetos, como si tratase de descubrir algo que hubiese detrás de la persona que tenía delante.

Parecía siempre distraído y a veces me preguntaba a mí mismo adónde iba Petrov cuando me dejaba.

-¿Dónde le esperan con tanta impaciencia? -me decía para mi coleto.

Volvía con paso rápido a su pabellón o a la cocina, se sentaba cerca de los que hablaban, escuchaba atentamente e intervenía en su conversación, callando de pronto. Hablase o guardase silencio se leía siempre en su rostro la preocupación por algún asunto que tuviese pendiente. Lo sorprendente era que no se dedicaba absolutamente a nada, y que, una vez terminado su trabajo forzoso, permanecía en la mayor ociosidad. No sabía ningún oficio y no tenía casi nunca dinero, lo que no le apuraba poco ni mucho.

¿De qué me hablaba este sujeto?

Su conversación no era menos rara que él mismo.

Cuando me veía pasear solitario por detrás de las cuadras, daba media vuelta y se dirigía hacia mí a paso lento, y sin embargo parecíame que corría.

-Buenos días -me decía.

-Buenos días -le contestaba.

-¿Le molesto?

-No.

-Quisiera preguntarle algo acerca de Napoleón. ¿Es pariente del que vino a Rusia en 1812?

Petrov era hijo de militar y sabía leer y escribir.

-Sí -le contesté.

-Dicen que es presidente. ¿Qué es eso? ¿De qué es presidente?

Sus preguntas eran rápidas, vehementes, como si quisiera saber en seguida a qué atenerse.

Le expliqué lo que significaba la presidencia de Napoleón y añadí que quizá llegaría a ser emperador.

-¿Cómo es eso? -interrogó sorprendido.

Se lo hice comprender lo mejor que me fue posible, me escuchó atentamente, se dio por satisfecho, y añadió, poniéndose una mano en la oreja:

-¡Ah! quería preguntarle otra cosa: ¿es verdad que existen monos que tienen manos en lugar de patas y son del tamaño del hombre?

-Sí.

-¿Cómo están hechos?

Se los describí, contándole todo lo que sabía sobre el particular.

-¿Dónde viven?

-En los países cálidos. Se encuentran en la isla de Sumatra.

-En América, ¿verdad? -añadió Petrov-. Dicen que en aquellos países camina la gente con la cabeza hacia abajo.

-¡No, hombre! Usted se refiere a los antípodas.

Y le expliqué a la buena de Dios lo que eran América y los antípodas.

Petrov me escuchó con sorprendente atención, como si fuese aquello lo único que deseaba saber en su vida.

-¡Oh! El año pasado leí una historia de la marquesa de La Vallière. Arefiev tomó el libro de la biblioteca del mayor. ¿Es verdad o invención? La obra es de Dumas.

-Es una historia inventada, una novela -le contesté.

-Bueno, adiós. Muchas gracias.

Y Petrov desapareció.

De este género eran, ordinariamente, nuestras conversaciones.

Pregunté algo acerca de este raro individuo, y M*** creyóse obligado a prevenirme en contra suya, pues, según decía, era el más peligroso de todo el establecimiento; ni el propio Gazin habíale producido una impresión tan espantosa como Petrov.

-Es el más resuelto -me dijo-, el más temible de todos los presidiarios, capaz de los mayores crímenes si se le mete algo entre ceja y ceja. Le asesinará con la mayor tranquilidad y sin el menor escrúpulo, si tal es su voluntad. Yo creo que no está en su cabal juicio.

Esta confidencia excitó mi curiosidad, pero M*** no supo decirme en qué fundaba la opinión que tenía sobre Petrov.

¡Cosa rara! Durante varios años conversé diariamente con este sujeto, que me era sinceramente adicto, y si bien se conducía siempre con la mayor cordura y nada vituperable hacía, me convenció cada día más de que M*** tenía razón, que Petrov era el hombre más atrevido y más difícil de contener de todo el presidio.

¿Por qué? No sabría decirlo.

Petrov era precisamente el forzado que intentó asesinar al jefe del penal un día que fue llamado a sufrir castigo de varas, para él injusto en aquella ocasión; en otro lugar he dicho cómo escapó con vida el jefe, gracias a que se retiró oportunamente antes de que comenzase la ejecución.

Siendo soldado, su coronel le abofeteó durante las maniobras. Indudablemente, habíanle pegado antes en otras ocasiones, pero aquel día no estaba Petrov de humor para soportar semejante ofensa y, en pleno día, ante el batallón que estaba formado, degolló a su coronel.

Claro está que estos estallidos de su ferocidad no se manifestaban sino cuando la naturaleza hablaba demasiado alto en él, y no gustaba de provocar reyertas. Su único amigo era Sirotkin y sólo le hablaba con intimidad cuando necesitaba de sus servicios.

Un día, empero, le vi excitadísimo, porque le habían ofendido rehusándole un objeto que a toda costa quería poseer.

Disputaba acerca de esto con un forzado de elevada estatura y vigoroso como un atleta, llamado Vasilii Antónov y conocido por su carácter violento y pendenciero. Pertenecía a la categoría de condenados civiles y no tenía nada de cobarde.

Gritaron durante largo rato, cambiando entre sí insultos y amenazas, y yo estaba segurísimo de que la pendencia terminaría yéndose a las manos ambos contendientes; pero tuvo un final inesperado.

Petrov palideció intensamente, y con los labios temblorosos y la respiración anhelante se levantó con los pies descalzos, porque así caminaba en verano, se acercó a Antónov, devorándolo con miradas de fuego.

Súbitamente cesó todo ruido y a los gritos sucedió un silencio tan completo que se hubiera oído el vuelo de una mosca.

Antónov se puso vivamente en pie ante su adversario; no parecía ya un hombre sino una fiera…

No quise ser testigo de aquella horrible escena, y salí precipitadamente de la cuadra, persuadido de que antes de llegar a la puerta oiría el grito de angustia lanzado por la víctima que caería al suelo degollada, revolcándose en su propia sangre.

Pero me engañé, afortunadamente.

Antes de que Petrov hubiera podido venir a las manos con Antónov, éste le arrojó a los pies el objeto que dio lugar a la pendencia, ¡un guiñapo, un trozo de forro!

Dos minutos después, Antónov reanudó los insultos y las amenazas, un poco para tranquilizar su conciencia y un mucho para demostrar que no había tenido un miedo excesivo.

Petrov, empero, despreció aquellos insultos, sin tomarse siquiera la molestia de contestarlos. Había triunfado y lo demás le importaba un bledo.

Estaba satisfecho con el andrajo que codiciaba.

Un cuarto de hora después se paseaba por el pabellón como si nada hubiera ocurrido, buscando un grupo en que se hablase de algo, que le pudiera distraer.

Parecía que todo le interesaba, y, sin embargo, permanecía indiferente a todo lo que oía, y vagaba con los brazos cruzados sobre el pecho por los corredores. Se le podía comparar con un operario vigoroso, amantísimo del trabajo, pero que en aquel momento no tiene nada que hacer y esperaba jugando con los niños.

No acertaba a comprender por qué se resignaba a permanecer en el penal sin intentar siquiera la evasión, pues estoy seguro que, de habérselo propuesto, hubiera conseguido fugarse. El razonamiento no ejerce ninguna influencia sobre personas como Petrov sino cuando carecen de voluntad y nada desean. Pero si tienen algún capricho, no hay obstáculo que les haga retroceder.

No hay duda de que hubiera hallado un medio hábil de evadirse, que hubiera engañado a cuantos se propusiera, y capaz de permanecer una semana entera sin comer oculto en el bosque o en los cañaverales.

Pero no se le había ocurrido aún esta idea. No descubrí en él ni raciocinio ni buen sentido.

Estos individuos nacen con una idea que les dirige toda la vida a derecha o izquierda y vagan de este modo hasta que tropiezan con un objeto que despierta violentamente sus deseos: entonces nada hay que pueda contenerlos.

Como todos los que tenían un oficio de ocupación determinada, Petrov ejercía el contrabando de aguardiente. Si era descubierto, se dejaba azotar pacientemente, porque reconocía que habíase hecho merecedor de semejante castigo; de lo contrario, antes le hubieran matado que poder aplicarle un latigazo.

Más de una vez me llenó de estupor al ver que me robaba a pesar del afecto que me tenía.

Esto lo hacía por capricho. Así me robó la Biblia que yo le había entregado para que la llevase a mi sitio en el pabellón. La distancia era muy corta, pero, a mitad del camino, encontró un comprador, le vendió mi libro, y gastó en seguida en aguardiente su importe. Probablemente sentía en aquel momento un deseo vivísimo de echarse un trago, y cuando deseaba algo, forzoso era que lo consiguiese. Un individuo como Petrov, es capaz de asesinar a un hombre por veinticinco kopeks, únicamente con objeto de comprarse un cuarto de litro de aguardiente: y en otras ocasiones despreciaría centenares de miles de rublos.

La misma tarde me confesó el hurto que había hecho, pero sin asomo de arrepentimiento ni confusión, como si se tratase de la cosa más natural del mundo. Quise reprenderle, como merecía, porque echaba muy de menos mi Biblia, y él me escuchó sin pestañear, conviniendo conmigo en que la Biblia era un libro precioso y utilísimo cuya pérdida era de sentir, por lo cuál acompañábame en mi sentimiento. Aproveché esta buena disposición para continuar mis reproches, pero observé en su mirada tal fijeza que heló las palabras en mis labios.

Soportaba mis recriminaciones, porque las consideraba justas, porque las merecía y, por consiguiente, me asistía el derecho de insultarle para desahogarme y consolarme de la pérdida que había sufrido. Pero, en el fondo, creía que era aquélla una nimiedad indigna de personas formales.

Hasta llego a creer que me tenía por un niño que no comprende la vida ni las cosas más sencillas del mundo. Si le hablaba de algo que no fuese de libros o de ciencia, me respondía; pero sólo por cortesía y lacónicamente.

Yo no podía adivinar por qué me preguntaba siempre sobre algo referente a los libros, y le miraba a hurtadillas, durante aquellas conversaciones, tratando de descubrir si se burlaba de mí. Pero no, me escuchaba seriamente, con marcada atención, aunque ésta no fuese muy prolongada, lo cual me irritaba a veces.

Las preguntas que me hacía eran siempre claras y concisas, y no parecía desconcertarse por las respuestas que exigían.

Indudablemente habíase persuadido a sí mismo de que conmigo no se podía hablar de otra cosa, porque, fuera de asuntos de libros, no entendía de nada.

Estoy seguro de que me quería, y esto me asombraba. ¿Me tenía, acaso, por un hombre incompleto? ¿Sentía por mí esa compasión que suele experimentar el fuerte por los débiles? ¿Me tomaba por…? No lo sé. Aunque esta comparación no era óbice para que me robase, no hay duda de que me compadecía.

¡Pobre hombre! -pensaba, ciertamente, mientras se apoderaba de lo que me pertenecía-. No sabe guardar lo que posee.

Un día me dijo involuntariamente:

-Es usted demasiado bueno y un inocente que inspira lástima. No se ofenda usted por mi franqueza -añadió tras una breve pausa-, se lo digo sin mala intención.

-Se observa a veces en la existencia de las personas como Petrov que se producen y se manifiestan torbellinos y revoluciones, y entonces encuentran la actividad que les conviene.

No son oradores, ni servirían para ser inductores y jefes de una revolución, pero sí el brazo que las ejecutara.

Obran con sencillez, sin ruido, son los primeros en afrontar el peligro y vencer los obstáculos a pecho descubierto, sin vacilaciones ni temores; y todos les siguen ciegamente hasta el pie de la muralla en donde sucumben.

No creo que Petrov haya acabado bien, porque estaba destinado a un fin desastroso; y si aún no ha muerto violentamente, será porque no se ha presentado la ocasión oportuna. Sin embargo, ¡quién sabe!

Quizá llegará a edad avanzadísima y morirá tranquilamente, después de haber pasado por el mundo sin objeto alguno determinado.

Indudablemente M*** tenía razón: Petrov era el hombre más resuelto y temible de todo el penal.

 

 

 

VIII

 

Los hombres decididos. Luka

 

Es difícil hablar de gente resuelta. En el penal, como en todas partes, son raros estos hombres. Se les adivina por el terror que inspiran y se les mira con recelo. Un sentimiento irresistible me impulsó al principio a alejarme de ellos, pero cambié en seguida de manera de pensar, aun respecto a los homicidas más espantosos.

Existen individuos que no han cometido jamás un asesinato, y son, no obstante, más feroces que el que ha matado a seis hombres.

Ciertos crímenes no se conciben siquiera, tan extrañas son las circunstancias que han concurrido en su ejecución. Digo esto porque, con frecuencia, los delitos perpetrados por el pueblo tienen causas que asombran.

Un tipo de homicida que no es raro de encontrar es el siguiente: un hombre vive tranquilo, es de carácter pacífico y está resignado con su ingrata suerte. Es muchik, siervo de la gleba, siervo doméstico, burgués o soldado. De pronto, siente que se desencadena una pasión violenta dentro de sí, e, incapaz de contenerse, hunde un cuchillo en el pecho de su opresor o de su enemigo.

Desde aquel momento cambia radicalmente, colma todas las medidas. Mató a su opresor o a su enemigo; esto es un crimen, pero se explica, porque algún motivo le indujo a cometerlo; mas ahora asesina no sólo a sus enemigos sino a todo el que se le pone delante, mata por el placer de matar, por una mirada, por una palabra mal sonante, por deshacerse de alguno.

Una vez traspasada la línea fatal, se asombra de que nada haya sagrado para él, desconoce toda legalidad, todo poder constituido, goza de una libertad ilimitada, exorbitante, que se ha creado él mismo; goza con los estremecimientos de su corazón, con el espanto que experimenta; sabe, no obstante, que le espera un castigo terrible.

Sus sensaciones son quizá las del que se arroja de lo alto de una torre al abismo abierto bajo sus pies, por el deseo de acabar de una vez. Y esto sucede a los individuos más pacíficos, pues los hay también que se hallan entre estos extremos opuestos; mientras más deprimidos están, más vivamente desean que llegue la hora de enseñar los dientes y de sacudir el temor. Este desesperado goza con el terror que inspira, se complace en el disgusto que excita. Hace verdaderas atrocidades por desesperación, y espera a veces un inmediato castigo; está impaciente porque se decida su suerte, porque el peso de su desesperación le parece demasiado grande para soportado él solo.

Lo más curioso es que esta sobreexcitación, esta actitud no le abandona hasta que llega al tablado del suplicio; después todo encanto desaparece, se aplana, se extingue todo su ardimiento; se desmaya y pide perdón por sus crímenes.

Pero si le envían a presidio, sucede todo lo contrario. Nadie diría que aquel ser insignificante había cometido cinco o seis asesinatos. Es que el presidio no doma tan fácilmente; y semejantes individuos conservan cierta fanfarronería y toman un aire insufrible de perdonavidas.

-¡Ah, ustedes no saben quién soy yo! He despachado para el otro mundo a seis prójimos que me estorbaban.

Pero, a la larga, acaba por someterse.

De vez en cuando se divierte recordando sus audacias, sus iniquidades cuando era un desesperado. Gusta de encontrarse con algún bobalicón ante el cual pueda ser jactancioso y darse importancia de hombre extraordinario, contándole sus hazañas, aunque disimulando, naturalmente, su deseo de asombrar, de aturdir con el relato de su historia.

-Ya verás qué hombre tienes delante…

¡Y con qué refinamiento de amor propio se escucha a sí mismo! ¡Con qué aire de indiferencia comienza su relato! De todas y de cada una de sus palabras y aun del tono en que las pronuncia, se trasluce una presuntuosidad inconcebible.

Durante las primeras y largas horas de mi reclusión, escuché una de estas historias, y gracias a mi inexperiencia, tomé al narrador por un malhechor terrible que dejaba tamañito al propio Petrov.

Era Luka Kuzmich el que me contaba que había suprimido a un comandante por puro pasatiempo.

Este individuo era el más pequeño y débil de todo mi pabellón. Nacido en el Mediodía, había sido siervo, pero no de la gleba, sino de los que sirven a su amo en concepto de criado. Tenía algo de altivo y mordaz; un pajarillo, pero con pico y garras de ave de rapiña.

Los reclusos que por instinto husmean a los hombres verdaderamente resueltos, se burlaban de él y de sus baladronadas. Era Luka excesivamente quisquilloso y lleno de amor propio.

Aquella noche remendaba una camisa, pues se había dado a la costura, sentado en su cama.

A su lado se encontraba otro recluso joven, corto de alcances, bastante imbécil, pero bueno y complaciente, una especie de coloso llamado Kobilin. Luka disputaba a menudo con él y le trataba desde la cima de su grandeza con aire desdeñoso y despótico en el que Kobilin no reparaba, gracias a su propia candidez. El joven remendaba unos calzoncillos y escuchaba negligentemente a Luka.

Este hablaba en voz alta y clara, pues quería que todos le oyesen, aunque fingía que se dirigía únicamente a su vecino.

-Pues bien, hermano mío, comenzaron enviándome de mi país por vagabundo -dijo Luka, interrumpiendo la costura.

-¿Hace mucho tiempo de eso? -preguntó Kobilin.

-Cuando las peras estén maduras se cumplirá un año. Pues bien, llegamos a K-v, y me encerraron en el penal. Me rodeaba una docena de infelices, naturales todos de la Pequeña Rusia, bien plantados, sólidos y robustos como toros. El rancho era pésimo, pues el mayor hacía lo que le venía en gana, sin que ninguno se atreviese a protestar.

»-¿Tienen ustedes miedo a ese bruto? -les pregunté.

»-Atrévete a hablarle, ya que te las das de valiente -me contestaron, riendo estrepitosamente.

»Yo guardé silencio. Había allí un tupé[vi] de lo más curioso que puedan ustedes imaginarse -añadió Luka, dirigiéndose a todos nosotros.

Luka hacía continuas digresiones, y Kobilin le interrumpió con impaciencia:

-¿Y qué pasó con el mayor?

Esto era precisamente lo que esperaba Luka; sin embargo, no quiso continuar en seguida su relato, como si Kobilin no fuese merecedor de semejante atención.

Enhebró, pues, tranquilamente su aguja, cruzó con toda comodidad sus piernas a la turca y repuso, al fin:

-Me las ingenié de manera que induje a los tupé a que reclamaran al director por medio de un plante. Aquella misma noche pedí prestado a mi vecino un alfiler (cuchillo) y me lo escondí en la manga, por lo que pudiera ocurrir. El mayor estaba peor que un perro rabioso y entró echando espumarajos por laboca.

»-¡Muchachos -dije entonces a los Pequeños Rusos-, no es este momento a propósito para demostrar miedo!

»Pero ¡bah! prediqué en el desierto: todo su valor lo tenían escondido en la suela de sus zapatos, y temblaban como chiquillos.

»-¿Quién es el temerario que se atreve aquí a rebelarse? -preguntó el mayor, paseando su mirada iracunda por todos nosotros-. ¿No saben que yo soy para ustedes el Tzar y aun Dios?

»Cuando oí decir esto me deslice el cuchillo a la mano, y acercándome al mayor que, dicho sea de paso, estaba ebrio, respondí:

»-No puede ser, Alta Nobleza; es imposible que sea Vuestra Alta Nobleza ni nuestro Tzar ni nuestro Dios.

»-¡Ah! ¿Con que eres tú el atrevido? ¡Eres tú el que ha soliviantado a estos miserables!

»-No, Alta Nobleza -proseguí, acercándome más aún-; todos sabemos, y Vuestra Alta Nobleza también, que nuestro Dios omnipotente está presente en todas partes y es uno, que nos ve y juzga desde el Cielo. Además, no tenemos más que un Tzar, puesto por el mismo Dios sobre nosotros. Él es el monarca y Vuestra Alta Nobleza sencillamente un jefe nuestro por la gracia del Tzar, que así ha recompensado sus merecimientos.

»-¿Cómo? ¿Qué estás diciendo?

»No podía ni hablar, balbucía, estaba desconcertado.

»Entonces me arrojé sobre él y le sepulté el cuchillo en el vientre. Fue cuestión de un momento. El mayor se tambaleó y cayó desplomado al suelo. Yo arrojé lejos el cuchillo, y dije tranquilamente a mis cobardes camaradas:

»-Vamos, muchachos, acérquense ahora a él sin miedo.

Debo hacer una pequeña digresión.

Las frases “yo soy el Tzar, yo soy Dios” las empleaban, por desgracia, en aquel entonces, muchos comandantes. Justo es confesar, empero, que el número de éstos era muy limitado, y creo que en la actualidad no existe ya ninguno que siga esa costumbre.

Debo advertir también que los que de tal modo eran jactanciosos y empleaban semejantes expresiones, procedían todos de la clase de tropa, a quienes su encumbramiento al grado de oficial les producía vértigos. A causa de la falta de costumbre y el orgullo que les poseía después de haber llevado tanto tiempo el fusil y la mochila, exageraban su poder y pretendían pasar por omnipotentes ante sus subordinados. En cambio, eran serviles en presencia de sus superiores, y los más rastreros se apresuraban a recordar a los jefes que habían servido a sus órdenes de simples soldados.

El recuerdo de su antigua humildísima posición no era óbice para que trataran con la punta del pie a sus subordinados y fueran déspotas hasta un extremo inconcebible. Y sus abusos, naturalmente, enfurecían a los reclusos hasta la locura.

La excesivamente alta opinión que se tiene de sí mismo y tal exagerada idea de impunidad, genera el odio en el corazón del hombre más sumiso y lleva a cometer verdaderas atrocidades al más pacífico y paciente.

Afortunadamente me refiero a un tiempo ya casi olvidado, y aun entonces la autoridad superior castigaba severamente a los culpables. Conozco más de un hecho sobre el particular.

Lo que, sobre todo, exaspera a los subordinados, es el desprecio, la repugnancia que se exterioriza en el trato con ellos. Se engañan de medio a medio los que suponen que así deben ser tratados los penados. El hombre, por mucho que haya descendido, exige instintivamente el respeto debido a su dignidad de hombre. El penado sabe perfectamente que es recluso, que es un réprobo y conoce la distancia que lo separa de sus superiores; pero ni el estigma, ni las cadenas, ni el presidio le harán olvidar que es hombre. Es preciso, pues, tratarles humanamente. Un tratamiento humanitario, puede levantar al hombre más envilecido. Y con los desgraciados, sobre todo, es preciso comportarse con humanidad, porque esto es su salvación y su alegría. He conocido comandantes de carácter noble y generosos sentimientos que me han ofrecido ocasión para observar la influencia benéfica que ejercían sobre aquellos hombres humillados. Una palabra afable que se les dirija, resucita moralmente a los presidiarios, los cuales se ponen contentos como niños y aman y respetan a sus superiores.

Otra observación para concluir: a los penados no les gusta que sus superiores se muestren o sean demasiado familiares y bonachones en su trato con ellos. Quieren respetarlos y semejante conducta les embarazaría. Los penados se envanecen de que sus superiores ostenten numerosas condecoraciones, que tengan aspecto imponente, que sean severos, serios y justos y posean el verdadero sentimiento de la dignidad de que están investidos.

Estos son los comandantes que los forzados prefieren; y si el comandante sabe lo que vale y no ofende jamás a ninguno, miel sobre hojuelas.

 

*

 

-Supongo que te habrás arrepentido -dijo tranquilamente Kobilin.

-¡Eh, Alei, dame las tijeras! ¿Qué, no se juega a las cartas esta noche? -preguntó Luka, desentendiéndose de la observación de su vecino.

-¡Oh, hace tiempo que se bebieron la baraja! -repuso Vasia-. Si no la hubieran cambiado por aguardiente ahora podríamos jugar.

-¿Y cómo te pagaron aquel golpe? -interrumpió Kobilin.

-Demasiado generosamente, amigo mío: con ciento cinco latigazos. La verdad es, camaradas, que no sé cómo escapé con vida -prosiguió Luka, sin querer contestar directamente a su vecino Kobilin.

Y luego dijo:

-Cuando me propinaron los ciento cinco azotes, no había probado aún el látigo. El pueblo en masa acudió para ver cómo castigaban al bandido, al asesino. ¡Qué estúpido es el pueblo! Timoschka (el verdugo) me desnudó de la cintura para arriba y me tiró al suelo, diciéndome: «¡Estate quieto en la parrilla!» Yo esperé impasible. Cuando el primer latigazo me arrancó un jirón de piel, quise gruñir, pero no pude: yo abría la boca en vano, las palabras se ahogaban en mi garganta. Cuando me arreó el segundo viaje, pueden ustedes creerlo, no oí siquiera que decía dos. Me desmayé, y, al recobrarme, oí contar diez y siete. Cuatro veces me levantaron de la tajuela, para dejarme respirar media hora y rociarme con agua fría. Yo les miraba desencajado, y decía para mis adentros: «¡De ésta no escapo!»

-¿Y moriste, realmente? -preguntó ingenuamente Kobilin.

Luka le envolvió en una mirada despreciativa, mientras resonaban en el pabellón estrepitosas carcajadas.

-¡Es tonto! -exclamó una voz.

-¡De remate! -apoyó Luka, como arrepentido de haberse dignado hablar con semejante imbécil.

-Le falta algún tornillo -repuso Vasia por su parte.

A pesar de haber cometido Luka seis asesinatos, nadie le temía en el penal.

Sin embargo, ardía en deseos de pasar por un hombre terrible.

 

 

 

IX

 

Isaí Fomich. El baño. El relato de Bakluschin

 

Se acercaban las pascuas de Navidad. Los penados esperaban con cierta ansiedad, y al verlos se excitó mi curiosidad, en la creencia de que ocurría algo extraordinario.

Cuatro días antes de las fiestas debían llevarnos al baño de vapor, y esto era precisamente lo que sobre todo les entusiasmaba, pues, además del baño, que lo tomábamos después de comer, no se trabajaba por la tarde.

Pero el que estaba más contento era Isaí Fomich Bumschtein, el judío de que ya he hablado en el capítulo IV de mi narración. Le gustaba permanecer en el baño hasta que caía privado de los sentidos.

Cada vez que evoco mis recuerdos, lo primero que acude a mi memoria es el baño del penal (vale la pena no olvidarlo), y la primera fisonomía que se ofrece a mi imaginación es la del glorioso e inolvidable Isaí Fomich, mi compañero de cadena. ¡Cielos, qué hombre tan raro era el judío! Ya he esbozado su retrato: cincuenta años, vanidoso, lleno de arrugas, con horribles estigmas en las mejillas y en la frente, cabellos blancos, delgado, débil, pálido, un pollo desplumado. Su semblante expresaba una presunción perpetua y firme, casi diría de felicidad. Creo que le importaba un bledo haber sido enviado a presidio.

Como en la ciudad no existía ningún platero, y éste era su oficio, estaba siempre cargado de trabajo, que no ejecutaba siempre con mucha escrupulosidad. No carecía de nada, se daba vida de gran señor, sin que por esto gastase todas sus ganancias, pues hacía buenas economías y prestaba dinero a interés a toda la población penal.

Tenía almohada, un buen colchón, mantas y vajilla. Los judíos de la ciudad le tenían bajo su protección, e iba todos los sábados a la sinagoga (esto no lo prohíbe la ley) acompañado de una escolta. Vivía rodeado de comodidades y, sin embargo, esperaba impacientemente el último día de su condena... ¡para casarse!

Era una rara mezcla de sencillez, de comicidad, de estupidez y de malicia, de osadía y de timidez, de vanagloria y de imprudencia.

Lo más curioso era que los penados no se mofaban de él aunque, por oírle disparatar, hacíanle objeto de sus cuchufletas. Isaí Fomich era, en suma, la distracción y la alegría del penal.

-Tenemos que cuidarle mucho, porque en el mundo no hay más que un Isaí Fomich -decían los reclusos.

Aunque el judío se hacía cargo de lo que significaban estas palabras, se envanecía de su importancia, lo cual divertía sobremanera a los penados.

Su ingreso en el presidio tuvo todos los caracteres de un acontecimiento extraordinario, según me contaron los testigos presenciales.

Una noche cundió la voz de que había llegado un judío a quien en aquel momento estaban rasurando en el cuerpo de guardia y sería pronto conducido al pabellón respectivo. Como en el penal no había ningún judío, los reclusos le esperaban con viva impaciencia y le rodearon en cuanto puso pie en el recinto.

El suboficial de guardia le acompañó al pabellón de la sección civil y le indicó el sitio en que debía dormir.

Isaí Fomich llevaba un saco que contenía los efectos de su pertenencia y los que la administración le había entregado. Depositó el saco y se sentó en el tablado con las piernas cruzadas a la turca, sin atreverse a levantar los ojos.

Los forzados le rodearon al punto desternillados de risa y lanzando epigramas sobre su origen israelita. De pronto, un joven se abrió paso entre el grupo, llevando en la mano sus pantalones de verano sucios y remendados por todas partes, se sentó junto a Isaí Fomich, y le dijo, dándole unos golpecitos en el hombro:

-Hace ya seis años que te espero, amiguito. Mira; ¿cuánto me prestarás sobre esto?

Y así diciendo extendió los pantalones delante de sus ojos.

Era Isaí tan tímido, que ni siquiera se atrevía a mirar los rostros mutilados y espantosos de la chusma que le rodeaba, y guardaba un silencio demasiado revelador del miedo de que estaba poseído. Pero cuando vio la prenda que le ponían ante las narices se puso a examinarla por todos lados.

-¿Qué, no me das por ellos un rublo de plata? -preguntó el vendedor, en vista de que el judío no se decidía a desplegar los labios.

-¡Un rublo de plata! ¡Siete kopeks, y gracias!

Fueron las primeras palabras que pronunció en el penal.

En el pabellón resonaron carcajadas homéricas.

-¿Siete kopeks?Bueno, ¡vengan! ¡Mira que eres hombre de suerte! Pero mucho cuidadito con enajenar la prenda: me respondes de estos pantalones con tu cabeza.

-Añadiendo tres por intereses, son diez los kopeks que me debes -repuso el judío metiéndose la mano en el bolsillo para sacar la cantidad convenida y mirando a los reclusos con ojos despavoridos.

El miedo le hacía temblar, pero le venció el deseo de realizar un buen negocio.

-¿Cómo? ¿Tres kopeks de interés al año…?

-No -interrumpió vivamente Isaí-, al mes.

-Tú eres un bribón redomado. ¿Cómo te llamas?

   -Isaí Fomich.

-Pues bien, Isaí Fomich, tú harás carrera. Adiós.

El judío volvió a examinar el andrajo por el que había prestado siete kopeks, lo dobló luego cuidadosamente y lo guardó en su saco.

Los penados seguían desternillándose de risa.

Realmente, todos le querían, y aunque no había uno solo del que no fuera acreedor, ninguno le ofendía.

Por otra parte, Isaí era inconmovible, y en cuanto observó que era bienquisto de sus compañeros, tomó un aire de superioridad que le perdonaron por lo cómico que resultaba.

Luka, que había tratado con varios judíos mientras estuvo en libertad, era el que le gastaba más bromas, pero no por malicia, sino por diversión, como se juega con un perro, un papagayo u otro animal inteligente.

Isaí Fomich no lo ignoraba, y lejos de darse por molestado, le seguía la corriente.

-¡Con qué gusto, judío, te daría una tanda de palos! -le decía.

-Por cada uno te restituiré diez -contestaba arrogantemente el judío.

-¡Roñoso!

-Todo lo roñoso que quieras.

-¡Judío sarnoso!

-Estoy cubierto de sarna desde la cabeza hasta los pies, si así lo quieres. Sarnoso, pero rico; roñoso pero con la bolsa bien repleta.

-¡Tú has vendido a Cristo!

-Como gustes.

-Eres un bribón, Isaí, todo un calavera. ¡Ah, que nadie le toque, pues no hay otro igual en el mundo!

-Oye, judío, toma un látigo, pues tú irás a la Siberia.

-Ya estoy en ella.

-Pero te mandarán todavía más lejos.

-¿Allí no está también Dios?

-¡Hombre, eso no se pregunta!

-Entonces, todo me tiene sin cuidado. Mientras Dios me asista y no me falte dinero, todo irá a pedir de boca.

-¡Qué talento tiene este bruto! -exclamó un recluso, y de nuevo resonaron las carcajadas.

El judío sabía que se burlaban de él, pero no por eso se desanimaba y se las daba de bravucón.

Las alabanzas que le prodigaban le llenaban de júbilo y con voz aguda se ponía a cantar una canción estúpida, de lo más ridículo que se puede imaginar. Fue el único canto que le oí todo el tiempo que le tuve de compañero de cadena.

Cuando entablamos conocimiento, me aseguró formalmente que era aquél el himno que cantaron los seiscientos mil hebreos que pasaron el Mar Rojo, y que están obligados a cantar todos los judíos después de alcanzar una victoria sobre sus enemigos.

La vigilia de cada sábado todos los penados se apiñaban a la puerta de nuestro pabellón para ver a Isaí practicar las ceremonias de su culto.

Era su vanidad y su jactancia de tal modo inocente, que esta curiosidad le halagaba.

Cubría con un paño su mesita, situada en un rincón, con aire de importancia pedantesca y exagerada, abría un libro, encendía dos velas y mascullaba algunas palabras misteriosas, revestido con una especie de dalmática de varios colores, que conservaba celosamente en el fondo de su baúl. Se adornaba las muñecas con brazaletes de cuero, y, finalmente, se sujetaba a la frente, por medio de una cinta, una cajita cúbica que parecía un cuerno brotado en su cabeza.[vii]

Y comenzaba su oración.

Leía, arrastrando las palabras, gritaba, escupía y hacía mil gestos y contorsiones que hubiesen hecho reír a un guardacantón.

Todo esto estaba prescrito en el ritual de su culto y en ello no había nada de ridículo ni raro, si se exceptúa la manera como lo ejecutaba Isaí Fomich.

Así, por ejemplo, se llevaba bruscamente ambas manos a la cabeza, y comenzaba a leer sollozando; su lloro era cada vez más agudo, y en la exaltación de su dolor apoyaba la cabeza, sin apartar las manos, sobre el libro, lanzando aullidos. De pronto trocaba su llanto en ruidosas carcajadas y entonaba luego un himno triunfante con acento de compunción y de enternecimiento, como poseído de una felicidad sobrehumana.

-¡Vaya usted a entenderlo! -se decían los reclusos.

Cierto día le pregunté qué significaban aquellos sollozos y por qué pasaba bruscamente del desconsuelo a la alegría y a la dicha.

A Isaí le agradaban estas preguntas, si era yo el que se las hacía, y me explicó que el llanto y los gemidos los arranca la pérdida de Jerusalén, y que su ley ordena que se llore dándose golpes de pecho; pero que, en el momento culminante de su mayor pena, debe recordar el creyente, como por casualidad, la profecía que asegura la devolución de Jerusalén al pueblo hebreo, y, en consecuencia, debe exteriorizar una alegría infinita, cantar, reír y rezar sus oraciones con expresión de júbilo dando al rostro toda la dignidad y solemnidad posible.

Esta transición repentina, la obligación absoluta de observarla, agradaban sobremanera a Isaí Fomich, el cual me explicaba con satisfacción no simulada esta ingeniosa regla de su ley.

Una noche, en el momento más solemne de la ceremonia, entró en el pabellón el mayor, seguido del oficial de guardia y de una escolta de soldados. Todos los reclusos formamos inmediatamente en línea ante nuestras camas: únicamente Isaí Fomich continuó gritando y gesticulando, pues sabía perfectamente que su culto estaba autorizado y nadie podía interrumpirlo.

El mayor avanzó hasta colocarse a un paso de distancia del judío, y éste, vuelto de espaldas a su mesita, erguido ante el jefe del penal, comenzó a cantar su himno de triunfo, gesticulando de un modo atroz y recalcando las palabras. Cuando tuvo que dar a su rostro una expresión de alegría y nobleza, lo hizo entornando los ojos, riendo e inclinando la cabeza hacia el mayor. Este, al principio, se quedó un momento sorprendido, lanzó luego una carcajada y llamándole repetidas veces estúpido abandonó el pabellón, mientras el judío seguía gritando a voz en cuello.

Una hora después, mientras cenábamos, le pregunté qué hubiera hecho si al mayor se le hubiese ocurrido la idea de mostrarse enojado.

-¿Qué mayor? -repuso.

-¡Cómo! ¿No ha visto usted al mayor?

-No -me contestó.

-Sin embargo, estaba a un paso de usted.

Pero Isaí Fomich me aseguró con la mayor seriedad del mundo que no había visto al jefe del penal, porque en el momento de la oración estaba en éxtasis y no se daba cuenta de lo que pasaba en su derredor.

El sábado no trabajaba, observando fielmente los preceptos de la ley judaica, y se entretenía contándome las anécdotas más inverosímiles. Cada vez que volvía de la sinagoga, me traía noticias de San Petersburgo, recogiendo rumores absurdos que me aseguraba que eran verdades indiscutibles, pues los había oído de labios de sus correligionarios, los cuales, según decía, bebían en buenas fuentes.

Pero bastante he hablado ya de Isaí Fomich.

 

*

 

En la ciudad no había más que dos baños públicos. Uno estaba dividido en compartimientos por los que se pagaban cincuenta kopeks. Estos sólo los utilizaban las clases acomodadas de la ciudad. El otro baño, sucio y reducido, era el destinado al pueblo, y allí nos llevaban.

Hacía frío y el tiempo era sereno; los reclusos ardían en deseos de salir del presidio y recorrer las calles de la ciudad.

Durante el trayecto las risas y las bromas no cesaban un instante.

Nos acompañaba un piquete de soldados con el fusil cargado y calada la bayoneta.

Para los habitantes de la ciudad constituía nuestra llegada un espectáculo extraordinario.

Una vez en el establecimiento de baños, en vista de la estrechez del local, que no permitía entrar a todos de una vez, nos dividieron en grupos, cada uno de los cuales esperaba en el gabinete frío, a la puerta de la estufa, a que el otro se lavase.

A pesar de esto, la sala era tan estrecha que parecía imposible que hubiera podido contener la mitad de los que entraban.

Petrov no se separó de mí; y sin que yo se lo pidiera ni le diese a entender que me sería grato, se ofreció a lavarme. Bakluschin, otro recluso de la sección especial, me brindó también sus servicios.

Este último, apellidado el Zapador por sus compañeros, era el más alegre y simpático de mis camaradas y estábamos en amistosas relaciones.

Petrov me ayudó a desnudarme porque yo hubiera empleado demasiado tiempo en esta operación, a la que no estaba acostumbrado; por otra parte, en el gabinete hacía tanto frío como en la calle.

Para un novato en el presidio, resultaba muy difícil la tarea de desnudarse, porque es preciso saber soltar hábilmente las correas que sostienen a las cadenas. Estas correas de cuero miden diez y siete centímetros de largo y se abrochan sobre la ropa interior, debajo de la anilla que se lleva sujeta a la pierna. Un par de correas cuesta sesenta kopeks, y cada forzado debe procurárselas por su cuenta, pues sin ellas no podría andar.

La anilla no se ajusta exactamente a la pierna; se puede pasar un dedo entre el hierro y la carne; así, pues, la anilla toca en la rodilla y al que camina un solo día sin correas se le forman llagas.

Desprenderse las correas no es difícil; mas, para despojarse de la ropa blanca, es preciso hacer prodigios de habilidad. Una vez sacado el pantalón izquierdo hay que hacerle pasar entero entre el eslabón y la pierna misma y volverle hacer pasar en sentido contrario bajo el eslabón; quédase entonces enteramente libre la pierna, y en seguida debe hacerse deslizar el pantalón derecho por el lado del eslabón de la pierna derecha y volverlo a pasar todavía una vez hacia atrás con el pantalón de la pierna izquierda. Igual maniobra hay que verificar al ponerse ropa limpia.

El primero que me lo enseñó, en Tóbolsk, fue un tal Koménev, antiguo capitán de bandidos, condenado a cinco años de cadena. Los penados están acostumbrados a estos ejercicios y se desnudan enteramente en un santiamén.

Di a Petrov diez kopekspara que me comprase jabón y una rodilla de tasco de que se usa en la estufa para frotarse. Bien es verdad que nos daban un pedacito de jabón a cada detenido; pero tan pequeño y delgado que parecía una lonja de queso servido como entrée en las soirées de poca monta.

En el mismo gabinete vendían el jabón, junto con el sbiten (bebida hecha de miel, hierbas aromáticas y agua caliente), bollos de pan blanco y agua hirviendo, porque cada soldado no recibía más de un cubo, según lo convenido entre el propietario del baño y la administración del penal.

Los reclusos que deseaban lavarse esmeradamente podían comprar por dos kopeks otro cubo de agua que el propietario les entregaba a través de una ventanilla abierta en la pared con este objeto.

Cuando estuve desnudo, Petrov me advirtió que no podría andar con las cadenas.

-¡Levánteselas! -me dijo, sosteniéndome por debajo de los brazos como a un viejo-. Tenga cuidado, hay que pasar por esta puerta.

Me avergoncé de tantas advertencias y cuidados y le aseguré que podía andar sin ayuda ajena; pero él no me hizo caso y continuó tratándome como una niñera que enseña los primeros pasos a la criatura que le ha sido confiada.

Petrov era conmigo un criado afectuoso y testarudo, y Dios sabe si me hubiera hecho pagar cara cualquier ofensa que aun impensadamente le hiciera.

Yo no le había ofrecido nada por sus servicios ni él me lo había pedido. ¿Qué era, pues, lo que le inspiraba tanta solicitud por mí?

Cuando abrieron la puerta de la estufa me pareció que entraba en el infierno. Figuraos un aposento de diez pasos de largo por otros tantos de ancho, donde nos apiñábamos cien hombres cada vez, o por lo menos ochenta, porque en total éramos doscientos, divididos en dos grupos.

El vapor nos cegaba; el hollín, la inmundicia y la angustia eran tales, que no sabíamos dónde poner el pie. Confieso que me llené de espanto y quise huir; pero Petrov me contuvo al punto.

Con gran dificultad, como pudimos, llegamos a los bancos dando con nuestras piernas en las cabezas de los compañeros, a los que rogábamos que se inclinasen para dejamos pasar.

Pero todos los bancos estaban ocupados. Petrov me dijo que tenía que comprar un sitio, e inmediatamente entró en tratos con un penado que estaba junto a una ventana. Este accedió a cederme su sitio por un kópek, pero no antes de que Petrov le pusiese esta moneda en la mano que prudentemente había tendido como medida de precaución, y fue a refugiarse en un rincón oscuro y sucio, precisamente debajo de nosotros, en el que había por lo menos un dedo de suciedad. Por debajo de las gradas se apiñaban también los forzados produciendo un ruido sordo de colmena espantada; en cuanto al piso de la estufa no había sitio que no ocupasen los presos, quienes hacían que el agua saliese de sus cubas. Los que estaban en pie se lavaban teniendo en la mano su cubo de madera; el agua sucia, corriendo por sus cuerpos, caía sobre las cabezas de los que estaban sentados.

Aquí y allá, en la galería y la escalera que a ésta conducía, estaban amontonados otros reclusos que se lavaban mutuamente, pero eran los menos.

La plebe no gusta de lavarse con agua y jabón; prefieren calentarse horriblemente e inundarse después en agua fría; así es como toman el baño.

Sobre el entarimado se veían cincuenta escobas de juncos levantarse y bajarse rápidamente; todos se azotaban con embriaguez. El vapor aumentaba por momentos, de tal suerte que no era ya calor lo que se sentía sino quemaduras como de pez hirviente.

Los gritos y las exclamaciones se confundían con el ruido producido por el arrastrar de cadenas sobre tablas… Los que querían pasar de un sitio a otro enredaban sus hierros con otras cadenas y chocaban en la cabeza de los detenidos que estaban más bajos que ellos, caían y rodaban, arrastrando en su caída a aquellos a quienes se agarraban. Todos se hallaban en una especie de borrachera, de loca excitación, y se cruzaban gritos y aullidos. La aglomeración en la ventana por la que servían el agua caliente era tal que los cubos se derramaban sobre las cabezas de los que estaban apiñados o sentados en los bancos antes de que llegase a su destino, aumentando así la confusión y los gritos.

Hubiérase dicho que estábamos libres, de no aparecer de vez en cuando a través de la ventana o de la puerta entreabierta el rostro barbudo de un soldado, que nos vigilaba en previsión de cualquier desorden.

Los reclusos parecían verdaderos monstruos con sus cabezas rapadas y sus cuerpos de color sanguinolento a causa del calor y de las flagelaciones. Sobre las espaldas enrojecidas por el calor se destacaban netamente las cicatrices producidas por la vara o el látigo, de suerte que parecían recién marcadas. ¡Me estremezco al sólo pensar en aquellas horribles cicatrices!

El vapor seguía aumentando y la sala del baño estaba llena de una nube densísima, abrasadora, envueltos en la cual los penados se agitaban, lanzaban agudos chillidos y se estremecían. A través de esta nube se veían espaldas marcadas, cabezas sin pelo, brazos y piernas desnudos. Para completar el cuadro, Isaí Fomich grita a voz en cuello, sobre el escaño más elevado, saturándose de vapor. Cualquiera otro se hubiera desmayado, pero no había temperatura bastante elevada para el judío que ora paga a un compañero para que le frote, ora da un kópek a otro para que le flagele; pero al cabo de un momento sus criados arrojaban la bruza o el flagelo y se precipitaban en el agua fría.

Isaí Fomich no se desanimaba por esto y asalariaba al punto a otros penados, pues en semejantes ocasiones no reparaba en gastos, y aquel día hubo de pagar cinco o seis frotadores.

-¡Lo que es Isaí Fomich se aprovecha bien del baño! -decían los reclusos que estaban abajo.

Y el judío, que se cree en aquel momento superior a todos, goza lo indecible y entona con voz estridente su himno de triunfo.

Yo pensaba que si debíamos ir a parar todos al infierno, nos encontrábamos ya en la antecámara. No pude resistir el deseo de comunicar esta mi idea a Petrov, el cual paseó su mirada por la sala y… guardó silencio.

De buena gana hubiera alquilado para él un sitio a mi lado, pero se sentó a mis pies, asegurando que estaba allí perfectamente. Entretanto Bakluschin nos iba comprando el agua caliente que necesitábamos.

Petrov me anunció que con gusto me lavaría desde los pies hasta la cabeza “para ponerme como una patena” y me exhortó a lanzarme al baño frío. Yo vacilaba, y entonces me enjabonó todo el cuerpo.

-Ahora -dijo- para concluir le lavaré los piececitos.

Quise responderle que me los podía yo lavar sin su ayuda, pero no me atreví a contradecirle y le dejé hacer. El diminutivo piececitos que había empleado no tenía ningún torcido significado. Petrov no podía llamar a mis pies por su nombre, porque los otros, los verdaderos hombres, tenían piernas, pero yo nada más que piececitos.

Cuando hubo terminado me condujo al gabinete, advirtiéndome a cada paso que daba, como si yo fuera de porcelana y al caerme pudiera convertirme en añicos. Me ayudó a vestirme e inmediatamente volvió al baño para estufarse a su vez.

De vuelta en el penal le ofrecí una taza de té que él aceptó gustosísimo, y en vista de ello le compré una copita de aguardiente, que no me fue difícil encontrar en la misma cuadra.

-¡Ah, con esto me ha dado usted la vida! -exclamó, paladeando con fruición la bebida alcohólica.

E inmediatamente se dirigió a la cocina, como si allí fuese indispensable su presencia.

A los pocos momentos apareció Bakluschin, a quien también había invitado yo a tomar el té.

No he conocido un carácter más simpático que el de aquel joven penado. A decir verdad, Bakluschin no perdonaba la menor ofensa a los demás y buscaba pendencia a menudo, para evitar que se mezclasen en sus asuntos; en una palabra, sabía defenderse; pero su irritación no duraba mucho rato y creo que era generalmente estimado en el penal.

Dondequiera que se presentaba era bien acogido y aun en la ciudad se le tenía por el hombre más divertido del mundo.

Era un joven de treinta años, de elevada estatura, fisonomía ingenua y resuelta, muy bien parecido y elegante con su barba recortada. Poseía tan a la perfección el arte de caricaturizar y de dar a su rostro la expresión de los que veía, que hacía desternillar de risa a cuantos presenciaban sus transformaciones. Era un bromista perpetuo que no se dejaba imponer por los que se mostraban refractarios a la jovialidad, y así nadie osaba llamarle “inútil, bufón ni tonto”.

Entablé amistad con él desde los comienzos de mi reclusión y me contó su historia militar desde que empezó a servir como soldado en el regimiento de zapadores, citándome las personas de elevada posición que le habían protegido.

Me hizo al punto mil preguntas sobre San Petersburgo, manifestándome que era muy aficionado a la lectura de buenos libros.

Cuando vino a tomar el té divirtió a toda la cuadra contando que el lugarteniente Ch*** había dado aquella misma mañana un rapapolvo a nuestro mayor y me anunció con aire satisfecho que probablemente se daría una representación teatral en el penal.

Los reclusos proyectaban dar ese espectáculo durante las fiestas de Navidad; ya estaban designados los actores, se hacían los preparativos para montar el escenario, algunas personas de la ciudad habían ofrecido el vestuario y contaban con que no había de faltarles un uniforme completo de oficial del ejército, con cordones y todo.

Esto en el caso de que el mayor no diese en la flor de prohibir la representación, como había ocurrido el año anterior. Verdad es que entonces estaba fuera de sí, porque había perdido al juego una buena cantidad y desahogó su cólera privando a los reclusos, de los que tampoco estaba muy satisfecho, de aquella inocente diversión.

Bakluschin estaba exaltado: evidentemente era uno de los promotores del futuro teatro. Yo le prometí mi asistencia, conmovido por la alegría infantil que el joven manifestaba hablando de esta empresa.

Poco a poco se desvió la conversación yendo a recaer sobre el pasado de Bakluschin, quien me confesó entonces que no había servido sólo en San Petersburgo sino también en Riga, con el grado de sargento, en un regimiento de aquella guarnición.

-¡Y de allí me enviaron a este presidio! -añadió el joven.

-¿Por qué?

-¡Ah! no podría usted adivinarlo: ¡porque estaba enamorado!

-Vamos, hombre, no se manda a nadie a trabajos forzados aunque esté loco de amor -repuse sonriendo.

-Pero es el caso -repuso gravemente Bakluschin- que ese enamoramiento me impulsó a matar a un alemán. ¡Mire usted que mandar a presidio a un hombre porque mate a un alemán! ¡Es el colmo!

-¿Cómo sucedió el hecho?

-¡Ah! es una historia divertida.

-Mejor que mejor; cuéntemela, pues sin duda será curiosa.

-¿De veras quiere usted saberla? Pues escuche.

Y me dispuse a oír la historia de un homicidio, que no tenía nada de divertida.

-Me enviaron a Riga, una ciudad preciosa, pero que tiene un defecto, demasiados alemanes. Yo era entonces un muchacho muy bien visto y apreciado de mis jefes. Llevaba el casquete inclinado sobre la oreja, pasaba alegremente el tiempo y me divertía lanzando miradas incendiarias a las alemanas jóvenes y bellas. Una de éstas me gustó más que las otras, e inmediatamente puse sitio a la plaza. Comencé por pasar y repasar por delante de las ventanas de su casa, y muy pronto me puse en contacto con el enemigo. Era una joven preciosa, encantadora, sin igual en Riga. Intenté al punto el asalto, pero Luiza, que así se llamaba mi bello tormento, contuvo mis arranques impetuosos, diciéndome:

»-No esperes de mí, Sascha, semejantes anticipos, que se suelen pagar muy caros; quiero conservarme pura para ser luego una esposa digna de ti.

»Y al mismo tiempo la picaruela me acariciaba riendo como deben reír los ángeles. ¡Qué hermosa era! En mi vida había visto otra igual. Me arrancó, al fin, promesa de casamiento, y ya me disponía a dirigir la correspondiente solicitud a mi coronel, cuando Luiza faltó por primera vez a una de nuestras acostumbradas citas.

»Sus ausencias se prolongaron y, no pudiendo contenerme, le envié una carta, que no mereció la atención de una respuesta. Yo no sabía qué pensar. Si me hubiera engañado -pensaba-, ladina como toda mujer, hubiera tratado de desvanecer mis sospechas acudiendo a mi cita.

»Pero no, Luiza era incapaz de mentir: había roto sencilla y definitivamente sus relaciones conmigo.

»A la verdad, no se me hubiera ocurrido jamás que pudiera llegar ese caso.

»-Esto es cosa de su tía -me dije.

»Pero no me atrevía a visitar a la vieja, pues aunque ésta estaba al corriente de lo que pasaba entre su sobrina y yo, fingía no saber nada.

»Estaba desesperado, y volví a escribirle a mi amada, diciéndole:

»-Si no vienes, iré a ver a tu tía.

»Luiza tuvo miedo y esta vez acudió a la cita.

»Debo advertir que su tía, con la cual vivía, era planchadora de ropa fina, y poseía una buena hucha.

»En cuanto estuvo en mi presencia prorrumpió en llanto y me dijo entre sollozos que un alemán, llamado Schultz, pariente lejano suyo, relojero de oficio y ya entrado en años, había manifestado sus deseos de casarse con ella para hacerla feliz y tener una compañera que le cuidase en su vejez. Aseguraba Luiza que el relojero la amaba con delirio desde hacía mucho tiempo, aunque hasta entonces no se había decidido a pedir su mano,

»-Ya ves, Sascha -decíame mi amante-; que se trata de mi felicidad; ¿es que no quieres que yo sea feliz?

»Yo la miraba sorprendido; ella lloraba y, para consolarla, la estreché contra mi pecho, sin que hiciera la menor resistencia...

»-Tiene razón -decía entretanto para mis adentros-; porque, al fin y al cabo, ¿qué va a ganar casándose con un soldado, aunque sea sargento? Bueno, Luiza -añadí en alta voz-, que Dios te proteja. No tengo el derecho de privarte de tu felicidad. Y dime, ¿qué tipo es tu futuro esposo? ¿Es guapo, a lo menos?

»-¡Quia! Además de ser viejo, tiene una nariz como un pimiento morrón.

»Y se puso a reír.

»Me separé de ella con sentimiento, pero resignado, pensando que no estaba de Dios que fuéramos esposos.

»Al día siguiente pasé por delante del establecimiento de Schultz, pues Luiza me lo había indicado, y mirando a través del escaparate vi a mi hombre, un vejete de cincuenta y cinco a sesenta años, feo si los hay y envuelto en un levitón de cuello altísimo, que componía un reloj. ¡Se me pasaron unas ganas de hacer añicos los cristales y caer sobre mi sucesor como una bomba! Afortunadamente me contuve y, de vuelta en el cuartel… ¡me puse a llorar como un chiquillo!

»Transcurrieron varios días sin que volviera a ver a Luiza. Entre tanto supe por una vieja comadre, planchadora también, a la que solía visitar mi amante, que el relojero estaba al corriente de nuestros amores y precisamente por eso anticipaba la fecha del casamiento, pues, de no ser así, hubiera esperado un par de años más, conforme a sus deseos repetidas veces manifestados. Había hecho jurar a Luiza que no me volvería a ver. Parecía que, por causa mía, había apretado los cordones de su bolsa y ponía mala cara a la tía y a la sobrina, y tal vez no seguiría la cosa adelante, pues aún no se había llegado a una determinación irrevocable.

»La misma comadre me dijo que el alemán había convidado a tomar café en su casa a mi amante y a su tía el domingo próximo, o sea dentro de dos días, y que a la reunión asistiría también otro pariente que había sido rico negociante, y a la sazón, pobre y viejo, era dependiente de una taberna.

»Esta noticia me sacó, al fin, de mis casillas. Al día siguiente no pude pensar en otra cosa; creo que si el alemán se hubiese puesto al alcance de mis manos le habría triturado.

»El domingo por la mañana no había tomado aún ningún partido; mas, terminada la misa, me encaminé a casa de mi rival, pensando que encontraría reunidos a todos los convidados.

»Maquinalmente me eché una pistola en el bolsillo. Era un arma vieja que no valía un kópek,con la que de niño me entretenía tirando al blanco. No obstante, la cargué, suponiendo que el alemán no sería avaro conmigo de palabras gruesas y podría intimidarlo con la pistola.

»Llegué a casa del relojero, en la que no vi alma viviente, pues todos estaban en la trastienda, los oficiales no trabajaban y la única criada que tenía el alemán había sido enviada a hacer varios encargos. Atravesé la tienda y observé que la puerta del aposento en que se hallaban los reunidos estaba cerrada por dentro. El corazón me latía con inusitada violencia. Me puse a escuchar, pero en vano, porque hablaban en alemán. ¿Qué hacer? No lo pensé mucho: de un tremendo empujón abrí la puerta de par en par y me precipité como un alud en la pieza. Sobre la mesa había una gran cafetera colocada sobre una lamparilla de alcohol, que hacía hervir el agua, una bandeja con pastas, una botella y algunos vasos.

»Luiza y su tía, ambas en traje dominguero, estaban sentadas en el sofá; y frente a ellas, arrellanado en una butaca, mi alemán, se pavoneaba, acicalado como un novio. Junto al sofá, tímido y silencioso, se hallaba el otro pariente, algo más viejo que el dueño de la casa.

»Luiza palideció intensamente; su tía saltó como impulsada por un resorte y volvió a caer sobre su asiento.

»El relojero, congestionado de ira, se levantó, preguntando con los dientes apretados:

»-¿Qué se le ha perdido a usted aquí?

»-Calma, buen hombre -contesté, refrenando la cólera que se había apoderado de mí-. Recibe como se merece todo huésped que viene a hacerte una visita, y convídame a aguardiente.

»El alemán reflexionó un instante y repuso:

»-Siéntese usted.

»Yo obedecí.

»-He aquí el aguardiente: beba usted, se lo ruego.

»-No me vayas a dar gato por liebre -repuse cada vez más provocador-; quiero aguardiente, pero del bueno.

»-Este es del mejor.

»Me crispaba horrorosamente los nervios que me mirase de arriba abajo con aire desdeñoso; y lo peor era que Luiza contemplaba esta escena, en la que por nada del mundo hubiera consentido yo en hacer un papel ridículo. Apuré, pues, la copa y repliqué:

»-Vamos a ver, alemán ¿por qué me miras de ese modo insolente y me preguntaste tan groseramente por el objeto de mi visita? He venido a verte como amigo.

»-No podemos ser amigos; no es usted más que un soldado.

»Entonces no pude contenerme más.

»-¡Ah, miserable! ¿Qué has querido decir? Voy a demostrarte que nadie se puede burlar de mí impunemente, alojándote una bala en la cabeza.

»Y esto diciendo, saqué la pistola del bolsillo y apunté a su frente a boca de cañón.

»Las mujeres estaban más muertas que vivas, no se atrevían ni a respirar; el viejo temblaba como la hoja en el árbol, pálido como un cadáver.

»El relojero se quedó como petrificado; pero recobró en seguida su sangre fría.

»-No le temo -me dijo-, y le ruego, como a hombre educado, que acabe con estas bromas pesadas que a nada conducen.

»-¡Cómo que no! Si estás temblando con sólo ver la pistola. Miren ustedes, no se atreve a levantar la cabeza.

»-El que no se atreve a disparar es usted.

»-¿De veras? ¿Lo crees así?

»-Creo que sabe usted a lo que se expondría y teme el castigo.

»¡Maldito alemán! Si hubiera sido más corto de lengua a estas horas quizá viviría aún y yo no hubiese pisado el presidio.

»-¿De manera que no me atrevo? -insistí.

»-No.

»-Mira que voy a disparar.

»-¡Quia!

»-Pues bien, tú lo has querido.

»Y apreté el gatillo.

»El relojero cayó desplomado y los demás comenzaron a gritar. Me guardé tranquilamente la pistola y de vuelta al cuartel la arrojé al foso y me tendí en mi cama pensando:

»-Ahora vendrán a arrestarme a tambor batiente.

»Mas pasó una hora, y otra y otra, y no pudiendo dominar mi agitación salí del cuartel. Quería ver a toda costa a Luiza.

»En la puerta del relojero se agolpaba la gente, que a duras penas podía contener la policía.

»Me encaminé, pues, a casa de la vieja comadre y le dije:

»-Vé a llamar a Luiza.

»Mi amante no se hizo esperar.

»-La culpa la tengo yo por haber hecho caso a mi tía…

»Y me contó que su tía, después de la trágica escena, se había retirado en seguida a su casa presa de un miedo tal que había caído enferma sin despegar los labios. La vieja no me había denunciado, antes al contrario, ordenó a su sobrina que no dijera una palabra sobre el particular, porque me temía de una manera atroz.

»-Que hagan lo que les parezca -dije yo.

»-Nadie nos ha visto -observó Luiza.

»El relojero había alejado a su criada porque le temía más que a la peste y no hubiera escapado su amo muy bien de haber conocido los proyectos matrimoniales del que consideraba como su esposo. Los dependientes tampoco estaban en la casa, y en cuanto al anciano pariente que fue testigo del hecho, no había que temer, porque habiendo callado toda su vida no era de esperar que quebrantase en aquella ocasión una costumbre tan arraigada.

»-Puedes estar seguro de que no dirá ni esta boca es mía -concluyó Luiza.

»Transcurrieron dos semanas sin que recayera la menor sospecha sobre mí, y creí que todo había acabado y podía dormir tranquilo.

Aquellas dos semanas fueron los días más felices de mi vida. Veía muy a menudo a Luiza, que no fue ya esquiva conmigo, antes bien procuraba exteriorizarme de mil modos su cariño, y me decía entre una y otra caricia:

»-Si te deportan, me iré contigo, todo lo abandonaré por seguirte.

»Pero al cabo de esas dos semanas, cuando menos lo esperaba, me arrestaron. El viejo y la tía de Luisa se pusieron de acuerdo para denunciarme, y aquí me tiene usted.

-Pero -contesté- por ese delito no le podían imponer más de diez o doce años de trabajos forzados, de ninguna manera enviarle a la sección especial.

-Ese es otro asunto -me replicó Bakluschin-. Cuando comparecí ante el Consejo de Guerra, el capitán relator empezó a insultarme en el mismo tribunal, y no pudiendo contenerme exclamé: «¿Por qué dices tantas insolencias? ¿No ves, canalla, que a tu lado soy un espejo de honradez?» Con motivo de estas palabras me formaron nuevo proceso y por ambos delitos fui condenado a cuatro mil azotes y a la sección especial. Y el mismo día que hube de pasar por la calle verde, condujeron también al capitán, que había sido despojado de graduación y enviado al Cáucaso como simple soldado.

Bakluschin hizo una pausa y poniéndose en pie, añadió:

-Hasta la vista Aleksandr Petróvich, y no falte usted a nuestra función de teatro.

 

 

 

X

 

La pascua de navidad

 

Por fin se acercaban las fiestas. La víspera del gran día, los penados no iban a trabajar. Los que trabajaban en la sastrería y algunos otros que fueron como de ordinario, volvieron en seguida al penal ya uno a uno, ya por grupos; después de comer nadie trabajó.

Desde por la mañana, los reclusos sólo se habían ocupado en cosas propias y no en las de la administración.

Algunos se ingeniaban por introducir en el establecimiento nuevas partidas de aguardiente, mientras otros solicitaban permiso para ver a sus amigos y conocidos y cobrar el importe de los trabajillos que habían hecho por su cuenta.

Bakluschin y los reclusos que debían tomar parte en la representación estaban atareadísimos tratando de obtener de sus conocidos, casi todos asistentes de oficiales, los trajes que necesitaban. Algunos iban y venían como atareados, únicamente porque los otros lo estaban y andaban de prisa; ningún dinero tenían que recibir y, sin embargo, parecía que aguardaban un pago; en una palabra, todo el mundo se hallaba a la expectativa de un cambio, de algún extraordinario acontecimiento.

Por la tarde, los inválidos que hacían en el mercado las compras por cuenta de los reclusos, volvieron cargados con toda clase de comestibles, carne, lechones y ánades. Hasta los penados más sencillos y económicos que durante el año se privaban aun de lo más necesario por espíritu de ahorro, se creían obligados ese día a echar la casa por la ventana.

El día siguiente era para los penados una verdadera fiesta, a la que tenían perfecto derecho por habérselo otorgado el reglamento. Tres únicamente eran las fiestas reconocidas en todo el año.

¡Quién sabe los recuerdos que en tal solemnidad agitaban aquellas almas depravadas!

Desde la infancia el pueblo conserva vivamente la memoria de las grandes fiestas, y los penados debían evocar con profunda pena los días felices en que descansaban de sus trabajos en el seno de la familia. El respeto de los presidarios por semejante festividad tenía algo de imponente; los borrachos eran muy escasos, todos estaban serios y, por decir así, ocupados aunque no tuvieran nada que hacer. Hasta los amigos de las algazaras y francachelas conservaban cierto aire de gravedad. Parecía que el reír estaba prohibido. Reinaba en el penal cierta susceptibilidad intolerante, y si alguno turbaba, aunque fuese involuntariamente, la calma general, era llamado en seguida al orden por sus mismos compañeros.

Esta disposición de los reclusos era notable y conmovedora.

Además de la veneración innata que tienen por la santidad del día, sienten que, observando esa fiesta, se ponen en contacto con el resto del mundo, no son ya enteramente réprobos, perdidos y expulsados de la sociedad, puesto que en el penal se celebra la solemnidad lo mismo que fuera. Este sentimiento lo he observado en todos mis compañeros de cadena.

Akim Akímich hacía también sus preparativos. No tenía recuerdos de familia, porque, huérfano, había sido recogido de pequeñín y criado en una casa extraña, y a los quince años de edad sentó plaza de soldado. Tampoco había experimentado grandes alegrías porque vivió siempre regular y uniformemente, en el temor de faltar a los deberes que le habían sido impuestos, ni era excesivamente religioso, porque su formalismo había extinguido en él todo sentimiento, todas sus pasiones y todas sus tendencias, buenas, o malas; disponíase, pues, a celebrar la pascua de Navidad sin grandes entusiasmos ni preocupaciones; no le entristecía ningún recuerdo ni echaba nada de menos; hacía todo aquello con la escrupulosidad que ponía en el cumplimiento de sus deberes, como una obligación más impuesta por la tradición.

Por otra parte, no era amigo de profundizar las cosas y, por lo tanto, no había recapacitado jamás sobre la importancia de aquel hecho aunque se sujetaba a la costumbre con minuciosidad religiosa. Si le hubiesen mandado al día siguiente hacer todo lo contrario, hubiera obedecido con la misma sumisión y el mismo escrupuloso cuidado que el día anterior.

Una vez en su vida, sólo una vez, quiso obrar de por sí, y le costó ir a presidio.

Esta lección no había caído en saco roto.

Aunque estuviese escrito que jamás comprendería que había delinquido, sin embargo había escarmentado en cabeza propia y se trazó una línea de conducta juiciosa y saludable: no discutir ni razonar sobre nada ni en ninguna circunstancia, porque su espíritu no estaría nunca a la altura del asunto sobre el que se había de juzgar.

Fiel observador de la tradición, miraba el lechón que había rellenado de harina de cebada y asado él mismo (pues tenía nociones culinarias), no como un lechón ordinario que se podía comprar y asar como todos, sino como un animal especial, nacido expresamente para las fiestas de Navidad.

Tal vez se había acostumbrado a ver en su mesa desde su más tierna infancia y en tal día un lechón, y sacaba la consecuencia de que para celebrar dignamente aquella fiesta era indispensable un lechón asado. Estoy seguro de que si no hubiese comido de esta carne, le habría atormentado constantemente el remordimiento por haber dejado incumplido su deber.

Hasta el día de Navidad, Akim llevó invariablemente el mismo uniforme viejo, remendado y raído hasta la trama; pero supe que guardaba cuidadosamente en el fondo de su baúl el nuevo traje que le entregaron cuatro meses antes y que de ninguna manera hubiera estrenado antes de ese día.

La vigilia de Navidad, sacó, en efecto, su flamante uniforme, lo examinó cuidadosamente y se lo probó. El traje le sentaba perfectamente; todas las prendas eran proporcionadas; la chaqueta se abotonaba hasta la garganta, el cuello, derecho y tieso como si fuera de cartón, sostenía alta la barba; el talle recordaba de lejos el corte militar; así es que Akim sonrió satisfecho mirándose y remirándose en el espejito, al que había puesto un marco dorado, y notando que un botón no estaba exactamente en su sitio, se apresuró a corregir la falta, después de lo cual volvió a probarse la chaqueta.

Tenía la cabeza bien afeitada; pero, como observase que despuntaban algunos pelos, fue inmediatamente a ver al Mayor para que le rasurase conforme a lo dispuesto por la ordenanza. Realmente a nadie se le hubiera ocurrido mirarle al siguiente día, pero obraba para tranquilidad de conciencia y cumplimento de todos sus deberes. Esta veneración por el botón más pequeño, por la más insignificante franja de cadeneta del hombro y por la menor presilla, estaba fija en su espíritu como un deber imperioso y en su corazón como la imagen de la más acabada belleza que puede y debe alcanzar un hombre que se precie algo. En su cualidad de “anciano” de la cuadra hubo de cuidar de que se extendiese heno sobre el tablado, conforme a lo que se practicaba en los otros pabellones.

No sé qué significado tenía ese heno en la mesa el día de Navidad.

Cuando Akim terminó su trabajo, hizo sus oraciones y se tendió en su camastro, no tardando en dormirse con el tranquilo sueño de la infancia, para despertarse a la mañana siguiente antes de la hora de costumbre.

Los demás reclusos le imitaron, pues esa noche no se trabajaba, y en cuanto a jugar, nadie se hubiera atrevido a proponerlo siquiera.

Amaneció, finalmente, el deseado día, los tambores saludaron con alegres redobles la aparición de la aurora, y el suboficial de guardia recorrió inmediatamente todos los pabellones deseando felices Pascuas a los reclusos, los cuales contestaban en tono afectuoso expresando los mismos votos.

Akim y todos los que habían comprado lechones o ánades, corrieron a las cocinas, después de rezar precipitadamente sus oraciones, para vigilar el asado.

A través de las ventanillas del pabellón, medio cegadas por la nieve, veíanse las encendidas espirales de humo que salían de las siete chimeneas de las cocinas.

En el patio, envuelto aún en la oscuridad, veíanse los reclusos, vestidos de punta en blanco, que se dirigían también a las cocinas. Fueron muy pocos, los más impacientes, los que dedicaron su primera visita a los cantineros.

Todos se portaban con decoro, pacíficamente, como en ningún otro día del año. No se oían altercados ni injurias, pues todos comprendían que era aquélla una fiesta de amor y de paz.

Algunos reclusos iban de pabellón en pabellón felicitando a sus compañeros; parecía que se restablecían entre ellos corrientes de amistad hasta entonces interrum-pidas.

Haré notar, sin embargo, que entre los penados no existen verdaderos vínculos de amistad: es muy raro que un forzado, pertenezca a la sección común o a la militar, estreche relaciones con otro. Éramos, en general, duros y despegados en nuestro mutuo trato, salvo raras excepciones.

Yo también salí del pabellón.

Empezaba a clarear; palidecían las estrellas, la niebla era densa y el humo de las chimeneas se elevaba al cielo en largas espirales.

Varios reclusos a quienes tropecé en el patio me auguraron felices pascuas y yo les correspondí en la misma forma. Entre ellos había algunos a quienes jamás había dirigido la palabra.

Cerca de la cocina me alcanzó un individuo de la sección militar, llamándome por mi nombre.

Corría apresuradamente. Yo me detuve para esperarle. Era un jovencito de cara redonda, ojos de expresión dulce y suave, y poco comunicativo con todos. No me había hablado aún desde mi ingreso en el penal y hasta entonces no reparó en mí ni yo en él; no sabía cómo se llamaba.

-¿Qué quiere usted? -le pregunté con cierto estupor, al notar que me miraba con tamaños ojos y riendo estúpidamente pero con expresión de júbilo.

-¡Qué he de querer! ¡Pues que hoy es día de fiesta! -contestó.

Comprendí que no tenía nada más que decirme y le dejé, entrando en la cocina.

Después de aquello casi nunca nos volvimos a encontrar, y hasta el día que salí del penal no le dirigí la palabra.

En torno de las llameantes chimeneas se apiñaban los reclusos, vigilando cada cual sus guisos y asados. Los cocineros preparaban el rancho diario, porque la comida se anticipaba algunas horas.

Nadie, empero, había comido aún, porque se guardaban las conveniencias, y el ayuno no cesaba hasta la llegada del pop,[viii] que era esperado de un momento a otro.

No era todavía el día claro cuando oí gritar al cabo de guardia de servicio en la puerta del recinto:

-¡Eh, cocineros!

Estas llamadas se repitieron sin interrupción durante dos horas.

Los cocineros acudían a la puerta para recibir las cuantiosas limosnas que casi todos los vecinos de la ciudad nos enviaban, consistentes en panecillos blancos, hogazas, rosquillas, galletas y otras pastas dulces.

Entre estos regalos había numerosos panes de flor de harina; pero no escaseaban tampoco los de calidad más inferior y changhi negros recubiertos ligeramente de crema agria. Era éste el regalo del pobre al pobre, por el cual gasta el primero su último kópek.

Todo se aceptaba con profundo reconocimiento sin hacer distinciones entre los donantes y el valor de sus obsequios.

Los forzados que recibían los regalos se quitaban los casquetes, daban las gracias a los donantes, augurándoles felicidades sin cuento, y llevaban inmediatamente la limosna a la cocina, donde los decanos las repartían a los individuos de sus cuadras respectivas, sin que surgiera la menor reclamación; tal era la equidad que presidía la distribución.

Cuando Akim hubo terminado su tarea en la cocina, procedió diligentemente a su tocado, y se atavió con aire solemne, abrochándose todos los botones de su traje, sin exceptuar uno.

Hecho esto, hizo sus oraciones, que duraron más que de costumbre.

Eran muchos los penados que cumplían las prácticas religiosas, pero ancianos en su mayor parte; los jóvenes eran poco aficionados a la plegaria; todo lo más, se persignaban al levantarse de la cama, y aun esto los días festivos.

Terminada su oración, Akim se acercó a mí para felicitarme, y le invité a tomar el té conmigo; aceptó el convite, pero a condición de que había yo de compartir con él su lechón asado.

Poco después llegó Petrov, también para felicitarme. Creo que ya había bebido y no prolongó su visita más allá de cinco minutos.

Entretanto se hacían en el pabellón militar los preparativos de rigor para recibir al pop.

Este pabellón no estaba construido como los demás y las camas se extendían a lo largo de las paredes y no en medio de la cuadra como en los nuestros, de manera que era el único cuya parte central no se hallaba obstruida. Probablemente la habían construido de aquel modo para poder reunir a los presos en caso necesario. En medio de la sala se colocó una mesita, sobre ella una imagen santa y ante ésta una pequeña lámpara encendida.

Llegó, finalmente, el pop con la cruz y el agua bendita; y se puso a rezar y a cantar delante del icono, después de lo cual roció a todos con el agua bendecida y dio a besar la cruz uno por uno. Así, recorrió luego todos los pabellones, asperjándonos constantemente. Cuando llegó a la cocina, elogió el pan del penal, que, por su elaboración excelente y su cochura insuperable, era muy codiciado en la ciudad.

Los reclusos le ofrecieron en seguida, y él los aceptó, dos panes recién salidos del horno, que un inválido se encargó de llevar a casa del cura inmediatamente.

Los presidiarios acompañaron la cruz con el mismo respeto con que la habían recibido.

Momentos después llegaron el mayor y el comandante de la plaza.

Este último era muy querido y respetado. Acompañado del primero, recorrió todos los pabellones, deseando felices pascuas a los reclusos, y después pasó a la cocina y probó el rancho, que aquel día era inmejorable. Cada preso tenía derecho a una libra de carne; habíanse preparado, además, unas tortas de harina de mijo, y no se había economizado la manteca.

El mayor despidió al comandante en la puerta del recinto, después de ordenar que nos sirviesen la comida. Pero los reclusos se esforzaban por huir de su vista; no gustaba su mala mirada, siempre inquisidora detrás de sus anteojos, vagando a derecha e izquierda, como si buscase un desorden que reprimir o un culpable que castigar.

Nos sentamos a la mesa.

El lechón preparado por Akim Akímich estaba muy bien asado.

No acertaba a explicarme cómo a los cinco minutos escasos de haberse marchado el mayor había tantos reclusos borrachos, siendo así que en su presencia no se notó en ninguno síntoma de embriaguez.

No tardaron en hacer su aparición varios tocadores de balalaika.El pequeño polaco hacía ya rato que seguía, rascando su violín, a un penado que le había contratado por todo el día para que ejecutase bailables.

La conversación hacíase por momentos más ruidosa y desordenada. Todos estaban ahítos y no pocos alegres en demasía.

Algunos ancianos, penados serios, se retiraron a dormir la siesta, que no perdonaban jamás los días festivos.

El viejo creyente de Staróduvo, después de haber descabezado un sueñecito, se encaramó a la chimenea, abrió su libro y estuvo orando todo el resto del día y buena parte de la noche, sin un minuto de interrupción.

Un espectáculo de tanta vergüenza le afligía, según dijo.

Los cherqueses fueron también a sentarse junto al hogar, mirando con curiosidad no exenta de profundo disgusto a aquella gente ebria.

-¡Aman, Aman! -me dijo Nurra en un arranque de justa cólera y moviendo tristemente la cabeza-. ¡Aman, Alá estará indignado!

Isaí Fomich encendió con aire arrogante una vela en un rincón y se puso a trabajar con objeto de hacer patente que la Navidad no era para él día de fiesta.

Aquí y allá se formaron partidos de juego. Los penados no se cuidaban de los inválidos, pero establecieron centinelas para evitar una sorpresa del suboficial de guardia que parecía también preocupado mucho aquella noche por lo que pudieran hacer, pues sólo hizo tres rondas y los reclusos, avisados oportunamente por sus espías, en un abrir y cerrar de ojos guardaban las cartas mientras los borrachos se escondían con no menos rapidez.

Creo, sin embargo, que el oficial estaba decidido a cerrar los ojos ante ciertos pecadillos.

Aquel día no era una falta grave estar borracho. Poco a poco se fueron enardeciendo los ánimos y comenzaron los altercados; no obstante, la mayor parte estaba en su cabal juicio y se divertía viendo a los ebrios, que bebían sin medida.

Gazin triunfaba. Paseaba con aire satisfecho por delante de su cama, bajo la cual tenía el aguardiente que ocultó hasta aquel día cuidadosamente en un escondrijo situado detrás de los pabellones y enterrado por la nieve.

Estaba tranquilo y no había bebido, porque se reservaba esa satisfacción para el último día de las fiestas, cuando hubiera ya vaciado los bolsillos de todos los parroquianos.

En todas las cuadras se oían canciones. La bacanal se hacía por momentos infernal. Algunos reclusos paseaban formando grupos haciendo vibrar constantemente las cuerdas de sus balalaikas, con las que acompañaban el canto de sus compañeros.

Un coro de ocho o diez penados se detuvo ante el pabellón de la sección militar y entonó varias canciones populares, alegres unas, humorísticas otras y algunas excesivamente tristes.

Sólo recuerdo una, admirablemente cantada:

 

Era ayer la fiesta

De mi juventud.

 

En el penal oí una variante, desconocida para mí hasta entonces. Al fin del canto se habían añadido unos versos.

Lo que cantaban especialmente, eran las canciones llamadas de los “presidiarios” Una de ellas, “Acontecía”, muy humorística, refiere de qué modo cierto individuo se daba la gran vida y cómo había sido enviado al penal. Antes rociaba con champaña sus exquisitos manjares, mientras ahora,

 

Las coles y la aguacha

Devoro con placer.

 

También estaba de moda la canción siguiente, muy conocida:

 

¡Adiós los felices días

De mi juventud primera

Transcurridos en orgías

Que ninguno contuviera!

La fortuna, de niño, he perdido

Y tras tanto prodigar el dinero

Y gozar libremente, he venido

Viejo y pobre a ser prisionero.

 

También las había melancólicas. Una de ellas, creo que bastante conocida, era una verdadera canción de galeotes:

 

La luz del cielo ya brilla,

El tambor toca diana,

El anciano abre la puerta,

El escribano nos llama.

Como estamos detrás de los muros

Nuestro modo de vivir no ven.

Dios, celeste Creador, con vosotros

Está, y no podemos morirnos aquí.

 

Otra canción, todavía más triste, pero cuya melancolía era estupenda, la cantaban con letra insulsa y bastante incorrecta:

 

Ya no más volverán a ver mis ojos

La tierra en que nací;

Y por toda la vida me condenan

A tormentos que nunca merecí.

El búho llorará sobre los techos,

Y hará al bosque su canto repetir;

Mas yo, embriagado el corazón de pena,

No estaré por allí.

 

Las cantan muchas veces, mas no en coro, siempre en solo. Así, cuando terminan los trabajos, sale de la cuadra un detenido, se sienta sobre el escalón, se pone a reflexionar, apoyada la barba en la mano, y canta indolentemente con aguda voz de falsete. Al escucharle parece que hay algo que se destroza en el corazón. Entre los presos había muchos que poseían una voz magnífica.

Entretanto, caía la noche, y el fastidio, el tedio, el abatimiento pusieron fin a la algazara. Recluso que momentos antes se desternillaba de risa, tarareaba una triste canción que parecía un sollozo continuado.

Otros, que se habían venido a las manos repetidamente, vagaban de pabellón en pabellón, ávidos de armar camorra.

Los que tenían la borrachera melancólica buscaban amigos para consolarse y llorar juntos en el dolor de su embriaguez.

Todos querían divertirse y pasar la fiesta en medio del mayor regocijo; pero, en cambio, aquel día fue en extremo penoso y turbulento. Nuestras ilusiones habíanse desvanecido.

Petrov vino a verme dos veces. Como no había bebido en exceso, conservaba todo su aplomo; pero, hasta el último momento, abrigó la esperanza de que había de ocurrir algo extraordinario y divertido. Cierto es que no dijo una palabra sobre el particular, pero se le conocía en los ojos.

Sirotkin, que lucía una camisa encarnada nueva y flamante, recorría, como Petrov, todos los pabellones, y él esperaba también algún hecho resonante.

Dos penados disputan únicamente por saber cuál de ellos hará un regalo al otro. Llevan largo rato discutiendo y han estado a punto de llegar a las manos.

Uno de ellos guarda profundo rencor a su contrincante y se queja de que éste hubiese escondido el dinero que le dieran por el capote que vendió un año antes. Según él, había hecho muy mal y llovía sobre mojado.

El que así se queja es un individuo bastante robusto, musculoso, tranquilo y sin pelo de tonto; pero cuando está embriagado gusta de hacerse de amigos para desahogar en su seno el dolor que le embarga, y les insulta, pretextando cualquier desatención, con el único objeto de reconciliarse luego con ellos.

El que le escucha, un hombrón bien plantado, de cara llena y astuto como una zorra, ha bebido tal vez más que su compañero, pero no lo demuestra. Es todo un carácter y pasa por rico. Probablemente no tiene ningún motivo para excitar la cólera de su camarada y le conduce ante un cantinero.

Allí el amigo quejumbroso jura y perjura que el otro le debe algún dinero y que, siquiera por el buen parecer, le debe pagar unos tragos de aguardiente.

El cantinero, no sin un poco de respeto y mucho desprecio hacía el amigo que pretende emborracharse a costa del otro, toma un vaso y lo llena de aguardiente.

-Stepán, ponte en lo justo: debes pagar, puesto que me adeudas lo que sabes…

-No tengo ganas de gastar saliva contigo -responde aquél.

-No, Stepán, te engañas -insistió el otro, tomando el vaso que le presenta el cantinero-; tú me debes un poquito y es preciso que no tengas ni tanto así de conciencia para que te atrevas a negarlo… Hasta los ojos que usas no son tuyos… los has pedido prestados y en adelante no te van a  prestar ni el saludo… porque eres un miserable, un canalla, Stepán…

-¡Pero qué estás ahí gimoteando! ¿No ves que derramas el aguardiente? -exclama el cantinero-. Ya que te lo regalan, aprovéchalo y acaba en seguida, que no voy a estar aquí todo el día esperando a que apures el vaso.

-Beberé, pero no porque te tenga miedo, ¿sabes? -responde el interpelado-. Felicísimas Pascuas, Stepán Doroféyich -añade dirigiéndose al que acababa de llamar canalla-. ¡Ojalá vivas cien años sin contar los que ya tienes!

Bebe, da un chasquido con la lengua, respira con satisfacción, se sienta y prosigue en tono serio y grave:

-La verdad es que he trasegado a mis tripas demasiado aguardiente, pero se acabó ya la broma. Dame las gracias, Stepán Doroféyich.

-No hay de qué.

-¿De manera que no me quieres dar las gracias? Eres un canalla y voy a contar a todo el mundo lo que me has hecho. Escucha…

-El que me va a escuchar eres tú, pedazo de bruto -exclama, al fin, Stepán, perdida la paciencia-. Dividamos el mundo en dos partes, tú te tomas una y yo otra y me dejas en paz por todos los días de tu vida, y ¡ay de ti si te vuelves a interponer en mi camino!

-¿Luego no me restituirás mi dinero?

-¿Qué dinero ni qué niño muerto? Ea, ya estás estorbando aquí.

-Cuando me lo quieras devolver en el otro mundo… yo no lo tomaré. El dinero es el sudor de nuestra frente y los callos de nuestras manos, y por cinco kopeksarderás en el infierno...

-Allí es adonde te voy a mandar ahora mismo si no te quitas de mi vista, ¡borracho! -interrumpe Stepán-. ¡Arre!

-¿Por qué me espoleas? ¿Soy acaso caballo?

-¡Ea, largo de aquí, y pronto! -¡Canalla!

-¡Galeote!

Y las insolencias y los insultos menudean más agresivos por momentos.

 

*

  

Otros dos individuos están sentados juntos en la cama. Uno de ellos es de elevada estatura, robusto, carnoso, un toro por la fuerza. Llora o poco menos, pues está muy conmovido. El otro, vanidoso, ágil, delgado, de nariz descomunal, que parece constantemente helada, y ojos azules, pequeños, y fijos siempre en el suelo. Es un hombre de buena familia, bien educado, ex secretario y trata a su amigo con altivez, lo cual desagrada a éste.

El primero, que ha estado bebiendo aguardiente todo el día, chilla sacudiendo con fuerza la cabeza de su camarada, que tiene asido con ambas manos:

-¡Se ha tomado una libertad conmigo!

Tomar una libertad, significa haber propinado una paliza.

-Repito que te engañas -responde el ex secretario en tono dogmático sin dignarse levantar los ojos para mirar a su interlocutor.

-¡Qué he de engañarme! -continuó el atleta bajando las manos a los hombros de su amigo y atrayéndole aún más hacia sí-. Tú eres el único ser amado que me queda en el mundo y por eso he dicho que te has tomado una libertad conmigo…

-Vuelvo a repetir de una vez para siempre que te engañas y te ruego que vayas a dormir la borrachera y me dejes en paz.

El amigo corpulento retrocede tambaleándose, mira al ex secretario con aire socarrón y, acercándose de pronto, le descarga una bofetada terrible.

Así acaba la amistad de aquel día: el ex secretario desaparece como por arte de encantamiento, refugiándose debajo de la cama.

 

*

 

Uno de mis conocidos entra en el pabellón. Es un penado de la sección especial, extraordinariamente bueno y alegre, nada tonto, de carácter sencillo y chancero, sin mala intención: es cabalmente aquel que a mi llegada al penal andaba en busca de un aldeano rico, declaró que tenía amor propio y acabó por beber de mi té. Tenía cuarenta años, labios enormes, nariz colosal, carnosa y granujienta.

Lleva una balalaika,de la cual destroza las cuerdas. Le acompaña otro recluso de baja estatura y enorme cabeza que trabajaba en la sastrería y se esforzaba por vivir solitario, rehuyendo por sistema la compañía de sus camaradas. Mas ahora que estaba borracho, habíase pegado a Varlámov, como si fuese su sombra, siguiéndole excesivamente conmovido, gesticulando y dando tremendos puñetazos sobre las puertas, las camas y las mesas.

Varlámov le hacía tanto caso como si no existiese.

Lo más curioso es que estos dos hombres no se parecían en nada, pertenecían a secciones diferentes, no tenían el mismo oficio, vivían en distintos pabellones y sus caracteres eran opuestos.

El forzado de baja estatura se llamaba Bulkin.

Varlámov sonrió al verme sentado en mi sitio junto a la estufa, se detuvo, reflexionó un instante, avanzó luego resueltamente hasta dos pasos de distancia del sitio que yo ocupaba, volvió a detenerse, templó su guitarra y cantó en tono de recitado:

 

Tiene mi amada

El rostro blanco y lleno

Y es lo mismo que un pájaro si canta.

Con su ropa de satén

Brillantemente adornada

Está la hermosa muy bien.

 

Esta canción puso a Bulkin fuera de sí: agitó los brazos y exclamó, dirigiéndose a todos:

-¡Miente, hermanos, miente como un sacamuelas! ¡Es mentira todo lo que dice!

-Presento mis respetos a nuestro viejo Aleksandr Petróvich -dijo Varlámov inclinándose ante mí con sonrisa amable.

La frase “mis respetos al viejo” la emplea el pueblo bajo de Siberia, aun dirigiéndose a los jóvenes. La palabra viejo, signo de respeto, de veneración y de cortesía, encierra también reconocimiento de superioridad.

-¿Cómo vamos, Varlámov? -le pregunté por decir algo.

-Así, así -me contestó-; trampeando, como siempre. Los verdaderamente afortunados en esta fiesta son los que están borrachos desde el amanecer. ¡Dispénsame!

-¡Miente! ¡Miente! -repitió Bulkin, golpeando furiosamente la cama con el puño cerrado.

Diríase que Varlámov había empeñado su palabra de honor de no hacer caso de su acólito; y lo más curioso del caso era que Bulkin no le había dejado ni un minuto siquiera desde la mañana, exclamando invariablemente apenas desplegaba aquél los labios:

-¡Miente! ¡Miente!

Le seguía como su sombra, trataba de armar pendencia con él a cada palabra que decía, descargaba puñetazos sobre las paredes y los objetos que tenía a su alcance, hasta ensangrentarse las manos, y sufría visiblemente por estar convencido de que Varlámov “mentía como un sacamuelas”.

Si hubiese tenido pelos en la cabeza se los habría arrancado en un acceso de desesperación.

Diríase que había asumido la responsabilidad de todos los actos de Varlámov y que los defectos de éste le atormentasen la conciencia.

Y lo divertido era, repito, que Varlámov no le hacía caso por más que dijese o hiciese.

-¡Embustero! ¡Embustero! ¡Embustero! -insistía Bulkin-. No dice ni una palabra que sea verdad.

-¿Y a ti qué te importa? -decíanle los reclusos.

-Pues bien -comenzó a decir Varlámov bruscamente, dirigiéndose a mí-, cuando joven era yo un buen mozo y las muchachas se despepitaban por mis hechuras…

-¡Mentira! -interrumpió Bulkin-, ¡Ahí le tenéis mintiendo todavía!

Los presos soltaron la carcajada.

-Por mi parte me pavoneaba delante de ellas; poseía una camisa roja, pantalones anchos de felpa, me acostaba cuando lo tenía a bien, como el conde de la Botella; en una palabra, hacía cuanto me venía en ganas.

-¡Miente! -declaró Bulkin resueltamente.

-Había heredado de mi padre una casa de piedra, de dos pisos, y en dos años no quedó de aquella casa más que las puertas, sin montantes ni columnas. ¡Qué le hemos de hacer! El dinero es como las palomas, que se van y vuelven…

-¡Mentira! -repitió Bulkin más enfurecido aún.

-A los pocos días de llegar aquí, escribí una carta a mi familia, pidiéndole dinero. Pero dicen que yo he obrado contra la voluntad de mi familia, que le he echado un borrón no sé dónde y… hace ya ocho años que mandé aquella carta.

-¡Sí que tarda la contestación! -observé, sonriendo.

-Pero es el caso -repuso Varlámov, acercando cada vez más su nariz a mi cara- que tengo aquí una amante…

-¿Una amante? ¡Usted...!

-Sí, yo mismo. El otro día me decía Onufriyev: la mía es delgada como una aguja y más fea que el demonio, pero no es mendiga como la tuya.

De manera que su amante es mendiga?

-¿Pues qué pensabas que era, princesa real? -me respondió-. Es una mendiga.

Y reía estrepitosamente, haciéndole coro los demás, pues todos sabían que, en efecto, tenía relaciones con una pordiosera, a la que daba en junto diez kopekscada seis meses.

-Bueno, ¿qué quiere usted? -pregunté, deseando que me dejase en paz.

-¿No me pagarás por esto medio litro? En todo el día no he bebido más que té -añadió alegremente, tomando el dinero que yo le daba-, y el té me sienta muy mal… se me está revolviendo el vientre… como si fuera una botella de agua.

La desesperación de Bulkin no tuvo límite al ver que yo entregaba dinero a Varlámov.

-¡Pero qué loco! -exclamó, mirando con los ojos desencajados en su derredor-. ¡No conoce que todo lo que dice este hombre es mentira!

-¡Te quieres callar! -exclamaron, impacientes, algunos reclusos-. ¿Qué te puede importar lo que hagan los demás?

-Es que no le puedo permitir que falte a la verdad -contestó Bulkin, golpeando furiosamente el suelo con el pie-. ¡No quiero que mienta!

Varlámov se despidió de mí y apresuróse a hacer una visita al cantinero. Sólo entonces pareció fijarse en su sombra.

-¡Ven conmigo! -dijo a Bulkin, deteniéndose en el umbral, como si aquél fuese indispensable para la ejecución de algún proyecto.

Y dándole un empellón le hizo pasar delante, desapareciendo ambos de nuestra vista seguidos de las carcajadas de mis compañeros de cadena.

Mas, ¿para qué seguir describiendo escenas semejantes? Al fin terminó, afortunadamente, aquel día tan pesado y azaroso. Los reclusos no tardaron en dormirse profundamente, delirando aún más que las noches anteriores. Aquí y allá continuaban, empero, algunos grupos jugando a las cartas. A la mañana siguiente debía reanudarse la vida del presidio y volver todos a los trabajos forzados…

 

 

 

XI

 

La representación

 

La anunciada función de teatro se celebró el tercer día de Pascua por la tarde.

No fueron escasas ni insignificantes las dificultades que fue preciso vencer, y los actores, encargados además de su organización, habían procedido con tales reservas, que se ignoraba hasta el sitio donde había de tener lugar la representación y el título de las obras.

Durante aquellos tres días, los actores que iban al trabajo se las ingeniaban de mil maneras para reunir el mayor número posible de trajes.

Cada vez que me encontraba con Bakluschin, hacía éste crujir los dedos en señal de satisfacción, pero nada me comunicaba.

Creo que el mayor estaba de buen humor; sin embargo, ignorábamos si había oído hablar del espectáculo y si lo autorizaría.

Supongo que sí, porque si llegaba a prohibirlo exponíase a que los soldados lo tomasen a mal, se insubordinaran o embriagasen; por lo tanto, era mejor que se entretuviesen con algo.

Atribuyo este razonamiento al mayor porque es el más lógico. Por otra parte, si los penados no hubiesen organizado este espectáculo, la administración hubiera tenido que procurarles algunas distracciones con motivo de las fiestas.

Mas, como nuestro mayor se distinguía por sus ideas diametralmente opuestas a las del resto del género humano, debo advertir que mis suposiciones son del todo gratuitas, y que tal vez no estaba dispuesto a autorizar la función, si de ella tenía conocimiento.

Un hombre como él tenía siempre que aplastar, ahogar a alguno, arrebatar alguna cosa, privar de un derecho; en una palabra, poner orden en todas partes: éste es el concepto en que toda la ciudad le tenía. Nada absolutamente le importaba que sus vejaciones causasen rebeliones, pues para estos delitos había sus castigos correspondientes (existe quien razona como nuestro mayor); con esos pícaros forzados no procedía otra cosa que emplear una severidad inflexible y atenerse a la aplicación estricta de la ley y nada más. A estos ineptos ejecutores de la ley no se les alcanza más que aplicarla sin comprender que su espíritu conduce derechamente a los desórdenes.

-“La ley lo dice, ¿qué más queréis?”

Hasta se asombran sinceramente de que se exija de ellos, además de la ejecución de la ley, buen sentido y cabeza sana. Sobre todo la última condición se les antoja superflua; es, en concepto de ellos, de un lujo escandaloso; les parece hasta una vejación, pura intolerancia.

Sea como fuere, lo cierto es que el mayor no se opuso a la organización del espectáculo, y esto era lo que más interesaba a los penados. Es más, atreveríame a asegurar que si durante las fiestas no ocurrieron desórdenes en el penal, ni riñas sangrientas, ni robos, fue porque contaban con que el jefe del establecimiento haría por lo menos la vista gorda respecto a la proyectada función.

El suboficial exigió a los reclusos su palabra de honor de que se portarían con cordura y evitarían toda clase de excesos, y halagados aquéllos por la fe que se prestaba a su palabra de honor, mantuvieron escrupulosamente su promesa, obligando a los levantiscos a dominarse y a los borrachos a que se ocultaran.

La función debía durar hora y media y estaba todo de tal manera dispuesto que si llegaba el aviso de suspenderla las decoraciones hubieran desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.

Los trajes guardábanlos cuidadosamente los actores en el fondo de sus baúles.

Antes de describir nuestro teatro, hablaré del programa y de sus principales ejecutantes.

Realmente, programa no hubo más que uno que escribió Bakluschin para la segunda y tercera representación en honor de las distinguidas personas que nos honraron con su presencia: el oficial de guardia, que vino una vez, el oficial de servicio, el comandante de los guardias y un teniente de ingenieros.

Suponían los reclusos que la fama de nuestro teatro se extendería por la ciudad, en la que, por carecer de salón de espectáculos, daban los aficionados algunas representaciones en las casas particulares.

El más insignificante éxito regocijaba a los presos como a verdaderos niños, y con él se envanecían.

-¡Quién sabe! -llegaron a decir-. Acaso se enteren de esto los jefes y vengan a la función; entonces se enterarán de lo que valen los presos; porque no se trata de un espectáculo dado por los soldados, con barcos flotantes, osos y machos cabríos, sino de actores, de verdaderos actores que hacen comedias compuestas para los señores. ¡A buen seguro que en la ciudad entera no hay un teatro igual! Según dicen, el general Abrocimov ha dado en su casa una representación y va a dar otra; pues bien, respecto a trajes, posible es que nos ganen, pero en cuanto al diálogo ¡habría que verlo! Puede ser que hasta llegue a noticia del mismo gobernador, y quién sabe si le dará por venir. ¡Como en la ciudad no tienen teatro!

En una palabra, la fantasía de los presos, a partir, sobre todo, del primer éxito, llegó aun a imaginarse que se les distribuirían recompensas y que se disminuiría el número de trabajos forzados, sin perjuicio de ser ellos los que, un instante después, se reían de todo corazón de sus quimeras. Eran, por decirlo de una vez, verdaderos niños, aunque tuviesen ya cuarenta años.

El título de la obra que se pondría en escena era Filatka y Miroschka, rivales. Bakluschin se vanagloriaba conmigo, desde una semana antes, de que desempeñaría el papel de Filatka, que se había reservado de propósito, como jamás se hubiera visto en los mejores escenarios de San Petersburgo, asegurándome que los demás actores no le irían a la zaga.

El papel de Miroschka lo desempeñaría Sirotkin.

-¡Ya verá usted qué bien le sienta el vestido de mujer! -me decía guiñando el ojo maliciosamente a la vez que con la lengua producía un ligero chasquido, haciéndola chocar con el velo del paladar.

La propietaria bienhechora tenía que sacar un vestido con muchos volantes y un quitasol, en tanto que el propietario llevaría traje de oficial con cordones, y un bastón en la mano.

La obra que se representaría en segundo lugar era un drama titulado El glotón Kedril. Este título me llamó la atención; pero a pesar de las preguntas que hice, nada pude saber anticipadamente. Sólo supe que dicha pieza no se había impreso; era una copia manuscrita proporcionada por un cabo retirado que vivía en el arrabal, quien, con seguridad, habría en otro tiempo tomado parte en su representación en alguna función de militares.

Efectivamente, en las ciudades y gobiernos lejanos se encuentran numerosas producciones literarias de esta clase que, según creo, permanecen completamente ignoradas, sin imprimir, pero que aparecen a tiempo en el repertorio del teatro popular de ciertas zonas de Rusia,

“Teatro popular” he dicho; y por cierto que sería muy conveniente que nuestros investigadores de la literatura popular se ocupasen en hacer algunas cuidadosas investigaciones acerca de este teatro, que existe y que quizá no es tan insignificante como se piensa, No me es posible creer que todo lo que vi en el penal fuera obra de nuestros presos, pues para este resultado se requieren tradiciones anteriores, procedimientos establecidos y nociones transmitidas de generación en generación que hay que buscar entre los soldados y obreros de fábricas, en las ciudades industriales y aun entre los burgueses de ciertas poblaciones pequeñas. Estas tradiciones se han conservado en aldeas y cabezas de distrito, así como entre la baja servidumbre de algunas grandes propiedades rústicas. Llego a creer que, gracias a esa servidumbre de los hidalgüelos, se han multiplicado las copias de esta clase de producciones. Los antiguos propietarios y los señores moscovitas tenían sus  teatros propios en los que representaban sus siervos: de ahí proviene nuestro teatro popular, el sello de cuyo origen es indiscutible.

Respecto a El glotón Kedril nada llegué a averiguar, no obstante mi viva curiosidad, sino que los demonios salían a escena y se llevaban al infierno a Kedril. Mas, ¿qué significa este nombre de Kedril? ¿Por qué se llamaba Kedril y no Kidril? ¿La acción era rusa o extranjera? No pude poner en claro esta cuestión.

Se anunciaba que terminaría el espectáculo con una “pantomima con música”. Todo prometía ser muy curioso.

Los actores eran quince, gente toda animada y decidida; movíanse mucho, repetían los ensayos, lo que solían efectuar detrás de las cuadras, recatábanse y adoptaban aires de misterio; en una palabra, se quería sorprendemos con algo extraordinario e inesperado.

Los días laborables se cerraban las cuadras muy temprano, al oscurecer; pero en las fiestas de Navidad se hacía una excepción: durante esos días no se corrían los cerrojos hasta la hora de retreta (las nueve), favor concedido, especialmente, en atención al espectáculo que se iba a celebrar.

Mientras duraron las fiestas, se enviaba cada noche una comisión a rogar muy humildemente al oficial de guardia que “permitiese la representación y no cerrase todavía el penal”, alegando que la víspera había habido representación, sin que se produjera el menor desorden. El oficial de guardia se hacía el siguiente razonamiento: Ayer no hubo ningún desorden ni infracción de la disciplina: y puesto que dan su palabra de que la velada de hoy transcurrirá de igual modo, ellos mismos serán su propia policía, que es, después de todo, la más rigurosa que puede haber.

Además, sabía perfectamente que si prohibía la representación, aquellos hombres, presidiarios al fin y al cabo, podrían hacer alguna barbaridad que diera que hacer a la guardia.

Por último, la tercera razón que le movía a prestar su consentimiento, era que el servicio de guardia era en extremo fastidioso, mientras que, permitiendo la comedia, disponía de un espectáculo dado, no por soldados, sino por reclusos, gente curiosa, que sería con toda seguridad interesante y al que tenía pleno derecho de asistir.

En caso de que llegara el oficial de servicio y preguntara por el de guardia, se le respondería que éste había ido a contar los presos y cerrar las cuadras, respuesta exacta y de fácil comprobación.

He aquí por qué nuestros vigilantes autorizaron el espectáculo durante todas las fiestas y no se cerraban las cuadras hasta las nueve de la noche.

Como los presos sabían de antemano que la guardia no se opondría a su proyecto, estaban tranquilos sobre este punto.

A cosa de las seis vino Petrov a buscarme a mi pabellón para acompañarme al en que se celebraba el espectáculo.

Allí estaban reunidos ya todos los individuos de mi sección, excepto el viejo creyente de Staróduvo y algún polaco. Estos no quisieron asistir hasta la última representación, la del 4 de enero, cuando se les convenció de que no había que temer ningún desorden y de que la cosa valía la pena. El retraimiento despreciativo de los polacos irritaba a los reclusos; sin embargo, les recibieron con las mayores deferencias, señalándoles los primeros puestos.

En cuanto a Isaí Fomich y los cherqueses no cabían en sí de gozo. El judío depositó el último día diez kopeksen el tapete, pues los organizadores de la fiesta habían acordado que todos los reclusos contribuyeran voluntariamente, a medida de sus recursos, a los gastos del espectáculo y a animar un poquito a los actores.

Petrov me aseguró que me dejarían ocupar uno de los primeros sitios, no sólo porque siendo yo el más rico de todos tenían la esperanza de que daría más que ningún otro, sino también porque, era el único competente en la materia. Su previsión se realizó. Paso a describir, antes de todo, la sala y la construcción del teatro.

El pabellón de la sección militar, que se había convertido en sala de espectáculos, medía quince pies de ancho, y como, según he dicho en otro lugar, las camas estaban adosadas a la pared, quedaba en el centro un espacio bastante amplio.

La primera parte del pabellón se había reservado a los espectadores, y en la otra, que comunicaba con otra sala, se levantó el escenario.

Lo primero que me sorprendió fue el telón que dividía la sala en dos. Mi sorpresa estaba bien justificada, pues el telón era realmente admirable: pintado con verdadera maestría al óleo, representando árboles, lagos y estrellas. Habíanlo construido con pedazos de telas nuevas y viejas cedidas por los penados, unido todo lo mejor posible, y donde no llegó el lienzo lo substituyó el papel, mendigado pliego por pliego en las oficinas. Nuestros pintores, entre ellos Brulov,[ix] lo decoraron primorosamente y el efecto era sorprendente.

Este aparato de lujo llenaba de júbilo a los reclusos, aun a los más sombríos y exigentes.

La iluminación consistía en algunos cabos de vela diseminados aquí y allá. Habían llevado de la cocina un par de bancos y unas cuantas sillas, pedidas éstas en el cuerpo de guardia, y las colocaron delante del escenario, reservando aquéllos para los suboficiales y jefes inmediatos de los penados y las sillas para los superiores que asistiesen al espectáculo.

Esta previsión fue muy atinada pues la tarde de la última representación estuvieron ocupados todos los sitios de preferencia.

Los reclusos llenaban el resto de la sala, encaramados algunos en las camas, en la estufa y en todo lo que ofrecía un punto de apoyo, sin que les importase que la posición fuese más o menos incómoda, descubiertos por respeto a los visitantes, y con chaqueta o pelliza corta, a pesar del calor sofocante que allí hacía.

Nos abrieron paso a Petrov y a mí hasta cerca de los bancos, porque yo era para ellos un buen juez, un conocedor profundo de la materia, como lo confirmaba el hecho de que Bakluschin me hubiese consultado repetidas veces y seguido siempre mis consejos. Por esta razón se creyeron obligados a cederme uno de los mejores sitios.

Aquellos individuos no eran vanidosos ni ligeros, sino superficialmente. Se burlaban de mí en el trabajo porque era un obrero torpísimo. Almázov tenía razón para despreciar a los nobles y hacer ostentación de su destreza para calcinar el alabastro. Las vejaciones y las burlas de que éramos objeto, provocábalas nuestro origen, puesto que, por nuestra cuna, pertenecíamos a la casta de los antiguos señores, de los cuales no podían ellos guardar recuerdos muy gratos.

Pero allí, en el teatro, esos mismos individuos eran los que me cedían la preferencia y confesaban que en aquella materia era yo más competente que todos ellos. Aun los que más cordialmente me detestaban, deseaban oírme elogiar su obra y eran deferentísimos conmigo; así es como ahora juzgo, ateniéndome a la impresión entonces recibida.

Comprendí que en aquella decisión equitativa no había, por parte de ellos, ningún servilismo, sino más bien el sentimiento de su propia dignidad.

El rasgo más característico de nuestro pueblo es su conciencia y su sed de justicia. Nada de falsa dignidad y necio orgullo que sin títulos aspire a escalar los primeros puestos; el pueblo desconoce este defecto. Si apartáis la grosera corteza que la cubre, descubriréis, mirándole sin prevención, atentamente y de cerca, cualidades inesperadas. No es gran cosa lo que nuestros sabios tienen que enseñar a nuestro pueblo, mejor dicho, son aquéllos, por lo contrario, los que deben aprender en la escuela de éste.

Petrov me había dicho llanamente que me colocarían delante porque daría más dinero. Los asientos no tenían precio fijo; daba cada cual lo que quería y podía. Casi todos pusieron una moneda en su asiento al hacerse la colecta. Aun dado que me hubieran dejado pasar adelante por la esperanza de que daría más que cualquiera otro, ¿no había también en esto un sentimiento profundo de dignidad personal?

-¡Tú eres más rico que yo, vete, pues, al primer sitio; cierto que aquí todos somos iguales, pero tú pagas más, y por consiguiente, un espectador como tú agrada a los actores; ocupa el primer puesto, ya que no estamos aquí por nuestro dinero, y nosotros mismos debemos saber sacrificamos!

¡Qué altiva fiereza en este modo de proceder! No es esto rendir culto al dinero, que lo es todo, sino, en último análisis, el respeto de sí propio. Entre nosotros no se concedía demasiada estima a la riqueza; así es que, aun cuando pasé revista a todo el penal, no recuerdo que ninguno de nosotros se humillara jamás por tener dinero. Si me hacían socaliñas, más bien era por pillería y bribonada, que por esperanza del beneficio mismo; era aquello un rasgo de buen humor, de ingenua sencillez. No sé si me expreso con claridad. Pero me he olvidado del teatro y es cosa de volver a él.

Antes de levantarse el telón, el espectáculo de la sala era extraño y animado. En primer término el montón, hollado, aplastado doquiera pero aguardando llenos de impaciencia, con caras radiantes, que comenzara la representación. En las últimas filas hervía una masa confusa de presidiarios; muchos de ellos habían llevado de la cocina troncos que apoyaban en la pared y sobre los cuales se encaramaban, pasando en esta postura tan incómoda horas enteras, apoyándose también con ambas manos en los hombros de sus camaradas, y completamente satisfechos de sí mismos y de su sitio. Otros apuntalaban con sus pies la estufa, puestos sobre la última grada, y permanecían todo lo que duraba la representación sostenidos por los que se hallaban delante de ellos, en el fondo, cerca de la pared. Al lado, amontonada sobre los camastros, había también una masa compacta, porque aquéllos eran los mejores puestos. Cinco presidiarios, a quienes cupo en suerte uno de estos sitios preferentes, se habían subido y tendido sobre la estufa, desde donde miraban hacia abajo: éstos se anegaban en felicidad. Al lado opuesto hormigueaban los rezagados, que no hallaron buenos puestos. Todos se mantenían decorosamente y sin mover ruido, queriendo a cuál más aparecer dignos ante los señores que nos visitaban. La más ingenua expectativa se dibujaba en aquellos rostros rojos y húmedos de sudor a causa del calor sofocante.

De pronto se hizo un silencio absoluto: la orquesta empezó a tocar…

Esta orquesta merece párrafo aparte.

Los artistas eran todos de casa, y la instrumentación se componía de dos violines (propiedad uno del recluso polaco de que he hablado y el otro pedido prestado a un conocido residente en la ciudad), tres balalaikas, construidas por los mismos penados, dos acordeones, dos guitarras y una pandereta. Los violines no hacían más que gemir y rechinar y las guitarras corrían parejas con los violines; pero, en cambio, en las balalaikasrealizaban los artistas verdaderos prodigios. Más de un prestidigitador hubiera envidiado la agilidad de sus dedos  No tocaban más que bailables, y en los compases más vivaci daban un papirote en las cajas de sus instrumentos. El tono, el gusto, la ejecución, el motivo, todo era original, personalísimo. Uno de los guitarristas conocía a fondo su instrumento. Era precisamente el ex noble que había asesinado a su padre. La pandereta hacía también muy buen papel. El artista la manejaba de un modo admirable, y cuando resbalaba el dedo pulgar sobre el parche, producía sonidos repetidos, claros, monótonos, que a menudo se deshacían en multitud de notas breves y sordas que saltaban susurrando. Los dos acordeones completaban la orquesta: la armonía, el sonido, la expresión y la concepción misma del motivo resultaban admirables.

Finalmente se levantó el telón y aparecieron en escena los primeros personajes.

Yo estaba sentado cerca de Alei, al que rodeaban sus hermanos y otros cherqueses.

Observé que los musulmanes, los tártaros, etc., son muy aficionados a los espectáculos escénicos.

A mi lado resplandecía Isaí Fomich, quien desde el momento en que se levantó el telón fue todo ojos y oídos: su cara reflejaba un ansia vivísima de sorpresa y de placer.

Hubiera sentido yo muy de veras que se defraudaran sus esperanzas.

La graciosa carita de Alei brillaba con una alegría tan infantil y tan pura, que gozaba yo lo indecible sólo con mirarle. Cada vez que una carcajada general respondía a un chiste oportuno, volvía la cabeza involuntariamente para ver a Alei. Este no reparaba siquiera en mí: algo más interesante atraía toda su atención. A mi izquierda se sentaba un forzado ya viejo, siempre tétrico, malhumorado y gruñón. También éste se fijó en Alei y observé que más de una vez le miraba a hurtadillas y en sus labios se dibujaba una sonrisa de satisfacción.

Comenzó el espectáculo con la representación de Filatka y Miroschka.

Filatka (Bakluschin) estaba sencillamente admirable, representaba su papel a la perfección.

Se echaba de ver que había estudiado cada frase, cada movimiento. Sabía dar a las palabras y a los gestos un significado que correspondía perfectamente al carácter del personaje. Añádase a esto un entusiasmo no fingido, sino real, sentido; sencillez y naturalidad. Evidentemente Bakluschin era un verdadero actor, un actor de vocación y de gran talento artístico.

Más de una vez he visto Filatka en los escenarios de San Petersburgo y de Moscú, y declaro que ningún actor de esas capitales estuvo nunca a la altura de Bakluschin.

La emoción excitaba a éste, pues sabía que el recluso Potsiéyikin tenía que hacer el papel de Kedril en la segunda función.

No sé por qué me parecía que este último debía tener más talento que Bakluschin, el cual sufría como un chiquillo por esta preferencia. ¡Cuántas veces se me había acercado aquellos últimos días para confiarme sus sentimientos! Dos horas antes de la representación, le abrasaba la fiebre, y cuando los aplausos premiaban su exquisita labor, su rostro resplandecía de júbilo, la inspiración brillaba en sus ojos.

La escena de los besos entre Miroschka y Filatka, en la que éste dice a la muchacha “enjúgate” enjugándose él al mismo tiempo, resultó de una comicidad perfecta, Y las carcajadas fueron generales, estrepitosas.

Lo que más me interesaba de todo aquello eran los espectadores.

Todos habían depuesto su actitud de gravedad y se abandonaban francamente a su alegría. Los aplausos eran cada vez más ruidosos. Un forzado tocaba con el codo a su compañero de asiento y le comunicaba apresuradamente sus impresiones, sin preocuparse por saber con quién hablaba. Cuando se iniciaba una escena cómica, veíase a otro levantarse agitando los brazos, como invitando a sus camaradas a reír, mientras otro daba chasquidos con la lengua y no podía estarse quieto. Hacia el final, la alegría general llegó al paroxismo.

No exagero. Represéntense con la imaginación el presidio, las cadenas, los largos años de reclusión, de trabajo, la vida monótona que se desliza, por decir así, gota a gota, los días tristes del otoño... De pronto se permite a los infelices forzados que se distraigan, que respiren libremente una hora, que olviden por breves momentos sus angustias, que organicen un espectáculo ¡y qué espectáculo! un espectáculo tal que excita la admiración en toda la ciudad y hace exclamar: “¡Oh, bravos penados!”

Todo les interesaba. Parecíales algo excesivamente curioso ver a Vanka, Nietsviétayev o Bakluschin, con vestidos diferentes a los que llevaban ya tantos años.

Es un forzado, ciertamente; sus cadenas resuenan cuando anda, pero ved ahí que aparece en escena vestido elegantemente como gran señor. Su cráneo rasurado desaparece bajo la peluca, y los bigotes postizos le transforman por completo. Saca del bolsillo un pañuelo rojo y lo desdobla con suprema elegancia, como pudiera hacerlo el caballero más distinguido.

El “rico protector” aparece con uniforme de ayudante de campo, bastante deslucido, es cierto, pero completo, con charreteras y todo. El efecto producido es indescriptible.

Los dos estaban enamorados de aquel traje y ¡parece increíble! habíanse desafiado como chiquillos para decidir a cuál de ellos correspondía aquel papel, pues ambos querían aparecer en escena vestidos con el uniforme de ayudante de campo…

Los demás actores separaron a los contendientes y por mayoría de votos se confió el disputado papel a Nietsviétayev, no porque fuese más apuesto que el otro, sino porque había confesado poseer un bastoncito y saber manejarlo como el caballero más elegante de la alta sociedad; mientras Vanka Ospieti no era capaz de hacer cosa semejante por no haber estado jamás en contacto con el gran mundo.

Y, en efecto, cuando Nietsviétayev se presentó en escena, no hizo más que trazar rápidamente círculos en el suelo con su fina caña de bambú, creyendo, sin duda, que era esto signo de exquisita educación, de suprema elegancia.

Probablemente en su niñez, siendo desarrapado siervo, habíale seducido de tal modo la gracia con que algún señor manejaba su delgado junco, que treinta años después intentó seducir y admirar a sus compañeros de cadena.

Nietsviétayev estaba tan absorto en esta ocupación, que no miraba a nadie y respondía sin levantar los ojos del suelo: lo único importante para él eran los círculos que iba trazando con su bastoncillo de bambú.

La “dama bienhechora” también era sorprendente. Compareció con un raído vestido de muselina. Parecía un espantapájaros, con los brazos y el cuello desnudos, sombrero enorme, en la garganta largos lazos que semejaban bridas, una sombrilla en la mano izquierda y armada la derecha con un abanico de papel encarnado con el que no dejaba un momento de hacerse aire.

Las carcajadas generales que provocó su presencia fueron tan contagiosas, que la propia gran dama perdió su gravedad y soltó el trapo a reír.

Este papel lo desempeñaba el recluso Ivánov. En cuanto a Sirotkin, estaba graciosamente vestido de muchacha.

En resumen, todos los actores desempeñaron discretamente su cometido, la satisfacción fue general, y no se oyó una frase de censura ni de crítica acerba.

Durante el entreacto la orquesta volvió a tocar “Sieni moï sieni” y se levantó de nuevo el telón.

Ahora se representaba El glotón Kedril.

Kedril es una especie de Don Juan, pero únicamente porque al final de la comedia los demonios se llevan a los infiernos al amo y al criado.

El manuscrito que sirvió para los ensayos y para la representación, era indudablemente un fragmento de la obra, pues aquello no tenía pies ni cabeza.

La escena se desarrolla en una posada rusa.

El posadero introduce en la habitación que le ha destinado a un caballero de larga capa y ancho sombrero. Kedril sigue a su amo llevando una maleta y un pollo asado envuelto en papel azul. Viste pelliza y sombrero de lacayo.

El penado Potsiéyikin, el rival de Bakluschin, desempeñaba el papel de criado glotón, y el de amo Ivánov, el mismo que tuvo a su cargo el de dama en la pieza anterior.

El posadero (Nietsviétayev) advierte al caballero que el cuarto está habitado por los demonios, y se retira.

El caballero le contesta en tono destemplado que eso le tiene sin cuidado y manda a su criado que deshaga los paquetes y le sirva la cena. Kedril es glotón, pero esto no impide que a la vez sea cobarde, y al oír hablar de demonios palidece y tiembla como la hoja en el árbol. Quisiera huir, pero teme a su amo y además tiene hambre. Es voluptuoso, bruto, astuto a su manera, y pusilánime. A pesar de que teme a su amo como al fuego, le engaña a cada paso. Es un notable tipo de criado en el que se encuentran los rasgos principales del carácter de Leporello, pero indistintos y confundidos. Este carácter hacíalo resaltar Potsiéyikin de un modo realmente admirable; su talento artístico era indiscutible y superaba muy mucho al de Bakluschin, a quien me guardé de comunicarle esta mi impresión.

Por el contrario, el penado que hacía el papel de amo, era sencillamente un botarate, aunque su dicción era clara y sus gestos adecuados.

Mientras Kedril deshace los paquetes, el caballero pasea por la habitación, asegurando que está resuelto a sentar la cabeza y renunciar a sus aventuras por esos mundos de Dios.

Kedril escucha haciendo muecas y divirtiendo lo indecible a los espectadores con sus ocurrentísimos apartes. No le importa que los diablos carguen con su amo; pero, como no los ha visto nunca, le pregunta cómo son. El caballero le contesta que hallándose en cierta ocasión en un gravísimo apuro, pidió auxilio al infierno y Satanás le ayudó; pero que, según los pactos, la última hora de su vida estaba al caer y sospechaba que los demonios se presentarían en el momento menos pensado para llevarse su alma.

Kedril está más muerto que vivo, pero su amo no ha perdido su sangre fría e insiste en que le sirva al punto la cena.

Al oír hablar de comer, Kedril resucita, desenvuelve el paquete del pollo y saca una botella de vino, y la cata, a escondidas, antes de ponerla sobre la mesa.

El público ríe a mandíbula batiente; pero en aquel momento cruje la puerta y las ventanas se abren bruscamente a impulsos del viento. Kedril se pone a temblar como un azogado y, como sin darse cuenta de lo que hace, se lleva a la boca un pedazo de pollo, que en vano trata de tragarse.

-¿Estamos? -pregunta el amo que continúa midiendo a largos pasos la habitación sin reparar en su criado.

-En seguida, señor… Ya ve usted que lo estoy preparando -contesta Kedril al mismo tiempo que se sienta y comienza a devorar la cena.

Continúan las risas. El público está encantado de la astucia del criado que de una manera tan graciosa se burla de su señor. Justo es, empero, confesar que Potsiéyikin era merecedor de ésa admiración, pues trabajaba como un actor cómico consumado.

Sentado a la mesa, come ávidamente, y cada vez que su amo se vuelve, apresúrase a ocultarse detrás de la silla, con expresión de terror, pero sin soltar el pollo.

Calmado un tanto su voraz apetito, es preciso pensar en el de su amo.

-¿Has acabado, Kedril? -le pregunta éste sin mirarlo.

Me queda muy poco -contesta el criado, mirando con desconsuelo los restos del pollo-. ¡Y tan poco! -añade, dejando sobre la mesa el alón que no ha devorado-. Cuando guste el señor.

El señor, que está demasiado preocupado para darse cuenta de la jugarreta de su criado, se sienta a la mesa y éste se coloca en pie detrás de su silla con una servilleta debajo del brazo, haciendo muecas de burla y gestos grotescos, que hacen desternillar de risa a los espectadores.

En el momento en que el caballero se dispone a cenar aparecen los demonios en el aposento.

Estos demonios no tienen nada de humano ni de terrestre: son fantasmas enteramente vestidos de blanco, que llevan un farol encendido en el lugar de la cabeza y en la mano una guadaña.

Nadie supo explicarme la razón de haber adoptado semejante disfraz para imitar a los demonios. Verdad es que a todos les tenía sin cuidado la propiedad del vestuario. Les habían dicho que los fantasmas blancos eran demonios, y esto les bastaba.

El caballero permaneció impávido ante los gritos y la presencia de los que iban a apoderarse de él para llevarle al infierno; pero Kedril, más cobarde que una liebre, se acurruca debajo de la mesa. A pesar de su espanto no se olvida de tomar la botella.

Desaparecen los demonios y el caballero empieza a comerse el alón del pollo; mas, antes de que pudiera masticar el primer bocado, vuelven tres de sus infernales enemigos y le arrastran consigo.

-¡Kedril, sálvame! -grita, al fin, desesperado.

-¡En seguida! -responde el criado, apoderándose también del resto del pollo y del pan ocultándose de nuevo debajo de la mesa.

Cuando se convence de que en la habitación no hay ya amo ni demonios, sale de su escondite, mira en su derredor, sonríe satisfecho, guiña el ojo y, haciendo una mueca comicísima, se sienta a la mesa exclamando:

-¡Ahora soy yo mi señor!

Y añade en tono confidencial, volviéndose hacia la sala:

-Al otro se lo han llevado los demonios…

El entusiasmo de los espectadores es indescriptible.

Dijo esta frase con tal picardía y una mueca tan cómica, que era imposible no aplaudir.

Pero la dicha de Kedril duró poco.

Apenas había escanciado un vaso de vino y se lo llevaba a los labios, entraron de nuevo los tres demonios y se apoderaron de él.

Kedril aúlla como un poseído, pero no se atreve a volver la cabeza. Quisiera defenderse, mas no puede, porque tiene ocupadas las manos con el vaso y la botella, de la que no quiere desprenderse, y así, con los ojos desencajados y de par en par abierta la boca por el terror; se queda mirando al público un minuto con tan cómica expresión de cobardía, que era verdaderamente digno de ser pintado. Por último le arrastran, se lo llevan, y él, gritando desaforadamente, agita sin cesar piernas y brazos, mientras aprieta cada vez más la botella. Todavía se oyen sus aullidos desde más allá de los bastidores, cuando baja el telón.

Toda la concurrencia ríe, verdaderamente encantada…

La orquesta preludia la famosa danza Kamarinskaya.[x]Principia muy suavemente, pianísimo, pero poco a poco se desarrolla el tema, se refuerza, se acelera el compás, y sobre las tablillas de las balalaikas resuenan atrevidos castañeteos.

Aquello era la Kamarinskaya con todo su arrebato; hubiera sido bueno que Glinka la oyera tocar en nuestro penal.

Empieza la pantomima con música, y mientras dura se toca la Kamarinskaya.

La escena representa el interior de una isba.[xi]Un molinero está sentado junto a su mujer que hila el copo afanosamente.

Sirotkin hace el papel de molinera y Nietsviétayev el de marido.

Nuestras decoraciones eran pobrísimas. Así en esta pieza como en las anteriores, había que suplir con la imaginación lo que faltaba de realidad. En vez de la pared en el fondo se veía un tapete o una manta, a la derecha unos malos biombos y a la izquierda el escenario sin cerrar dejaba ver los camastros. Pero los espectadores no son descontentadizos, y con gusto se imaginan todo lo que se echa de menos; cosa fácil, porque todos los detenidos son grandes soñadores. Se dice: ¿esto es un jardín? ¡Bueno, pues un jardín! ¿Un aposento? ¿Un molino? ¡Perfectamente; no hay que andarse con exigencias!

Sirotkin estaba delicioso con su traje femenino.

El molinero acaba su trabajo, toma el gorro y el látigo, y acercándose a su mujer, le da a entender por medio de gestos muy expresivos que se guarde de recibir a algún amigo durante su ausencia, amenazándolacon el látigo.

La molinera hace signos afirmativos. Evidentemente conoce la resistencia de aquel látigo. Mas apenas vuelve la espalda el marido y desaparece de la escena, le amenaza con los puños apretados.

A los pocos momentos oye llamar a la puerta, corre a abrir y deja libre el paso a un muchik, vecino suyo y uno de sus amantes, el cual le regala un pañuelo encarnado.

La joven esposa ríe y el muchik se dispone a abrazarla cuando de nuevo llaman a la puerta. ¿Qué hacer? La molinera obliga a su vecino a que se esconda debajo de la mesa y, tomando el huso, va a abrir. Se presenta otro de sus adoradores, el furriel, vestido de uniforme.

Hasta aquel momento la pantomima iba muy bien; los gestos eran apropiadísimos, y al ver a aquellos actores improvisados, no podía uno por menos de decirse:

-¡Cuántos talentos pierde Rusia, aniquilándolos en los presidios y el destierro!

El recluso que hacía el papel de furrie1 había visto, sin duda, alguna representación en un teatro de provincias o de aficionados, y pareciéndole que ninguno de nuestros actores sabía lo que traía entre manos, entró en escena como los héroes clásicos del antiguo repertorio, a zancadas. Antes aun de levantar la otra pierna, echó la cabeza y el busto hacia atrás, lanzó una fiera mirada en su derredor y avanzó luego majestuosamente con paso mesurado.

Semejante manera de andar es ridícula en extremo; sin embargo, no se oyó entre los reclusos una frase de censura.

Acaba de entrar el furriel cuando por tercera vez se oyen golpes en la puerta. La molinera pierde la cabeza, no sabe qué partido tomar. Al fin se decide e indica a su segundo adorador que se esconda dentro del arcón de la harina.

El recién llegado es también un enamorado como los otros dos, pero viste de brahmán.

Una carcajada general acoge su aparición en la escena.

El supuesto brahmán es el recluso Kochkin, que representa muy bien su papel, pues sabe caracterizarse maravillosamente.

Por medio de gestos expresa su amor a la molinera, levantando los brazos y cruzándolos luego sobre el pecho...

Por cuarta vez llaman a la puerta con tal violencia que no deja lugar a dudas acerca de quién puede ser el nuevo visitante.

La molinera, aterrada, no sabe qué hacer y el brahmán corre desesperado de un lado para otro, suplicándole que le esconda.

La fiel esposa ayuda a su tercer amante a ocultarse detrás del armario y se pone a hilar, sin hacer caso de los golpes que su marido descarga furiosamente en la puerta.

Sirotkin representaba su papel a la perfección; en su rostro afeminado se reflejaba el mayor espanto.

Desesperado, al fin, el molinero, de un tremendo puntapié abre la puerta de par en par y se acerca a su mujer con el látigo levantado.

Lo ha observado todo, pues estaba en acecho, y pregunta por señas a la enamoradiza joven que le diga dónde se han escondido sus amantes. No logra su deseo y se pone a registrar toda la pieza.

Encuentra primero al muchik, su vecino, y le hace salir de debajo de la mesa a puntapiés y de la casa a fuerza de latigazos. El furriel, asustado, trata de huir y levanta la tapa del arcón, denunciándose a sí mismo, y el apuesto militar ha de salir del molino con pasos menos majestuosos y mesurados de lo que a su gallardía convenía, por la acción del látigo.

No es tan afortunado en su busca del brahmán, pero al fin le encuentra detrás del armario, le saluda cortésmente y asiéndole luego por la luenga barba le lleva al centro del escenario.

El brahmán quiere defenderse y grita:

-¡Maldito! ¡Maldito!

Son las únicas palabras que se pronuncian durante la pantomima.

El marido no le escucha y trata de ajustarle las cuentas a su mujer, que viendo que le ha tocado la vez, arroja torno y huso y se pone a salvo fuera del aposento. Oyese entonces rodar un puchero, y los presos sueltan la carcajada. Alei, sin mirarme, me coge de la mano y grita: «¡Mira! ¡Mira! ¡El brahmán!» Ríe con tanta gana, que no se puede tener en pie.

Cae el telón y comienza otra escena.

Todavía hubo dos o tres más, todas muy divertidas. No las habían compuesto los presidiarios, pero algo pusieron en ellas de su cosecha. Cada actor improvisaba y morcilleaba con tal destreza, que venía a desempeñar el mismo papel de diferente modo cada noche.

La última pantomima, que pertenecía al género fantástico, terminaba con un baile, durante el cual se enterraba a un muerto. El brahmán verifica diversos encantamientos sobre el cuerpo del difunto, pero nada consigue. Por último se oye el canto: “El sol poniente”, y el muerto resucita. El brahmán baila con el muerto, y se acaba el espectáculo con esta escena.

Los reclusos se retiran a sus pabellones respectivos radiantes de júbilo, elogiando a los actores y deshaciéndose en frases de agradecimiento ante el suboficial que les había permitido llevar a cabo el espectáculo.

No se oyen discusiones ni altercados. Todos están satisfechos, son felices en lo que cabe, y se duermen con un sueño tranquilo que en nada se parece al de las noches anteriores.

No es esto ilusión mía sino la realidad. Se ha permitido a estos pobres hombres que vivan un momento como han querido, que se diviertan humanamente, que se sustraigan por una hora a su condición de forzados y se cambiaran moralmente aunque fuese por unos minutos…

Es ya noche avanzada. Tengo un sobresalto y me despierto bruscamente. El viejo devoto continúa rezando encaramado en la estufa, y allí estará hasta que amanezca. Alei duerme beatíficamente a mi lado, y recuerdo que, al acostarse, reía aún y hablaba de la representación con sus camaradas… Mis compañeros de cadena también duermen a la oscilante luz del farol.

Miro sus rostros de triste expresión, sus pobres lechos, la desnudez y la miseria que nos rodea… les miro y me esfuerzo por convencerme de que aquello no es una pesadilla angustiosa sino realidad. Oigo un gemido. Alguno extiende el brazo y hace resonar las cadenas sobre las tablas. Otro se agita y sueña en voz alta, mientras el viejo creyente ruega “por los cristianos ortodoxos”.

Oigo su plegaria regular, dulce, un poco lánguida: “Señor mío Jesucristo, ten piedad de nosotros…”

-No estoy aquí para siempre sino por algunos años -murmuro y vuelvo a reclinar la cabeza en la almohada.

 

 

 

 

 

 

 



[i] Especie de tetera en la que se calienta el agua gracias a un infiernillo de carbón dispuesto en un tubo interior.

[ii] Especie de guitarra pequeña.

[iii] Llamar a uno por su nombre de pila únicamente, era en Rusia grave descortesía. Se agregaba siempre el patronímico.

[iv] Abrigo de piel de cordero.

[v] Fiodórich en lugar de Fiodórovich, reproduce la pronunciación corriente.

[vi] Apodo que daban los de la Gran Rusia a los de la Pequeña Rusia, porque éstos usaban en el siglo XVII un mechón de cabellos en el occipucio, mientras el resto del cráneo lo llevaban pelado.

[vii] La filacteria. Esta cajita cúbica, llamada tephil en hebreo, representa el templo de Salomón, y en ella están escritos los diez mandamientos de la ley mosaica.

[viii] Sacerdote de la iglesia ortodoxa.

[ix] Célebre pintor ruso de la primera mitad del siglo XVIII.

[x] Esta danza, compuesta por el célebre maestro Glinka, autor de La vida por el Tzar, es una de las más animadas que se conocen. Es la danza rusa por excelencia.

[xi] Casa de madera muy pobre, usualmente habitada por muchíks. Compuesta de una sola habitación con una gran estufa en el centro.

 

La Editorial
Indice  Anterior Principio de Página Siguiente
Imprimir

Dostoievski: Memorias de la Casa de los Muertos