Segunda Parte
I
El hospital
Pocos días después de las fiestas de Navidad caí enfermo y fui conducido al hospital militar, situado a una media versta del penal.
Era un edificio de un solo piso, vastísimo y pintado de amarillo. Todos los veranos se empleaban numerosos sacos de ocre para enjalbegarlo.
En su inmenso patio existen varias dependencias, destinadas a oficinas, habitaciones para los médicos, etc.; el cuerpo principal del edificio constituía el hospital propiamente dicho. Las salas de éste eran numerosas; pero como sólo había dos reservadas para los penados estaban siempre llenas y a veces era preciso juntar las camas.
Ocupaban estas salas del hospital los desgraciados de todas las categorías, desde los arrestados y los condenados por la jurisdicción militar hasta los forzados de la sección militar y los procedentes de las compañías disciplinarias.
¡Triste institución en la que se recogía a los soldados de mala conducta para corregirlos y de la cual salían, sin embargo, al cabo de un año o dos, los seres más depravados y los pillos más redomados que sustenta la superficie de la tierra!
Los penados que se sentían indispuestos comunicábanlo al suboficial, inscribía éste su nombre en un libro de registro y los enviaba al hospital, con la escolta suficiente para impedir una evasión. Llegados al hospital y si estaban realmente enfermos, les hacía quedar en el benéfico establecimiento.
A su llegada los reconocía un médico, el cual los autorizaba para quedarse en el hospital, si estaban realmente enfermos.
Por la mañana pedí ser inscrito, y a la una de la tarde, mientras todos mis compañeros se hallaban en el trabajo, me trasladé al hospital, acompañado de un soldado, ocultándome en los zapatos (según había visto a los demás penados en iguales circunstancias) el dinero y varios objetos que me podían ser necesarios.
Atravesé los umbrales del hospital, excitada mi curiosidad por conocer esta nueva fase de la vida del presidio.
El día era templado, nebuloso y triste, uno de esos días en que ciertos edificios como el hospital toman un aspecto tétrico, oprimente, antipático.
Entré, con el soldado que me acompañaba, en la sala de espera, donde se hallaban otros dos reclusos, con sus guardianes respectivos, que habían de ser reconocidos por los doctores.
Un feldscherr[1] pasó por delante de nosotros, mirándonos despreocupadamente y con lento paso anunció nuestra llegada al médico de guardia, Este se presentó en seguida, nos examinó con afabilidad y detenimiento y nos entregó una hoja con nuestros nombres para que fuéramos admitidos en las salas destinadas a los forzados, donde el médico que las tenía a su cuidado había de hacer el diagnóstico de nuestras enfermedades, recibir las medicinas, determinar el régimen alimenticio que debíamos seguir, etc.
En repetidas ocasiones había oído hablar a mis compañeros de cadena agotando el diccionario de los elogios refiriéndose a los médicos.
-Son verdaderos padres -me dijeron cuando entré en el hospital.
Y no me engañaron.
Nos despojaron de todas nuestras ropas para que vistiésemos las del establecimiento: calzones anchos, babuchas, gorros de algodón y una bata de un tejido de tupida trama y forrada de tela y de… emplastos.
La bata estaba horriblemente sucia, pero no tardé en comprender su utilidad.
Nos condujeron a una de las salas de los penados, situadas al final de un corredor de altas bóvedas y bien aireado.
La limpieza exterior nada dejaba que desear; todo brillaba como patenas, o a lo menos así me lo parecía, recordando la horrible suciedad del penal.
Los dos detenidos que me acompañaban penetraron en la sala de la izquierda y yo fui introducido en la situada a la derecha del corredor. Por delante de la puerta, cerrada con grandes cerrojos y candados, paseaba un centinela fusil al hombro y bayoneta calada. El sargento de guardia del hospital le ordenó que me dejase libre el paso, y al punto me encontré en una sala larga y estrecha en la que había dispuestas veintidós camas, tres o cuatro de ellas desocupadas aún.
Las camas estaban pintadas de verde, eran de madera y sin duda las chinches habían tomado posesión de ellas antes que los enfermos.
Me señalaron una, colocada en un rincón, junto a 1a ventana.
Enfermos graves que no pudiesen abandonar el lecho había muy pocos; en su mayoría mis nuevos compañeros eran convalecientes o padecían ligeras dolencias, y mientras unos se hallaban tendidos negligentemente en sus camas, otros paseaban a lo largo de la sala por el centro de ella. El aire era pesado, sofocante, impregnado del olor peculiar de los hospitales y de otras emanaciones más ingratas aún al olfato que las medicinas, a pesar de que la estufa funcionaba día y noche.
Levanté las ropas de mi cama y no quedé muy satisfecho de la limpieza de las sábanas ni de la colcha de algodón. Junto a la cama había una mesita con un jarro, un vaso de hojalata y un remedo de servilleta. Sobre la mesita había también una alacenita, en la que el enfermo que tuviese la costumbre de tomarlo podía guardar los utensilios del té, y un recipiente de madera para el kvas.
Pero los enfermos que se podían permitir estas gollerías eran pocos.
Las pipas y las bolsas del tabaco, puesto que todos los reclusos fumaban, aun los enfermos del pecho, las ocultaban entre los colchones.
Ni el médico ni los vigilantes ordenaban ni hacían jamás registros, y si sorprendían a alguno con la pipa en la boca volvían la cabeza hacia otro lado para darle tiempo a ocultarla. Por otra parte, los enfermos eran prudentísimos y fumaban siempre detrás de las estufas y raras veces en la cama y aun éstas de noche.
Era la primera vez en mi vida que había entrado en un hospital en concepto de enfermo y, por consiguiente, todo lo que me rodeaba resultaba nuevo para mí.
Observé que mi llegada excitó la curiosidad general y que me miraban descaradamente con ese ligero aire de superioridad de que hacen alarde ante un novato o un infelizote los habitués de las salas de audiencias y de juzgados.
A mi derecha estaba tendido sobre su cama un ex secretario, hijo ilegítimo de un capitán retirado, acusado de monedero falso. No estaba enfermo, pero aseguraba a los médicos que tenía una aneurisma y se dio tal maña para persuadirlos, que se libró de los trabajos forzados y del castigo corporal a que había sido condenado. Al cabo de un año fue recluido en un asilo de T-k.
Era un joven de veintiocho años, vigoroso, de mediana estatura, avispado más enredador que un abogado; inteligente y de finos modales, pero presuntuoso hasta lo inconcebible. Convencido de que no existía en el mundo un hombre más honrado que él, no se creyó nunca culpable, y en esta persuasión vivió y exhaló su último suspiro.
Este fue el primero que me dirigió la palabra, interrogándome con curiosidad. Naturalmente, lo primero que me dijo fue que era hijo de un capitán, pues gustaba de que le tuviesen por gentilhombre.
Inmediatamente se me acercó un enfermo de las compañías disciplinarias con el único objeto de decirme que conocía a muchos nobles deportados, y para convencerme me citó algunos por sus nombres y apellidos. Pero bastaba fijarse en su cara para no dudar de que mentía desvergonzadamente.
Se llamaba Chekúnov, y me bailaba en derredor porque suponía que mi bolsa estaba bien repleta. En cuanto vio sobre mi mesita un cartucho de té y otro de azúcar, se brindó espontáneamente a hervir el agua y facilitarme una tetera.
M-tskii habíame prometido que me enviaría la mía al día siguiente por conducto de uno de los reclusos que trabajaban en el penal, pero Chekúnov no consintió que esperase, y al punto se procuró los utensilios necesarios para hacer la infusión, y aquella misma tarde pude tomar mi acostumbrada taza de té. El celo extremado que por servirme mostraba, le valió las burlas punzantes de los demás enfermos y, sobre todo, del tuberculoso Ustíantsev, el soldado que para substraerse al castigo de la flagelación ingirió un litro de aguardiente con polvo de tabaco, acarreándose así la tisis que en breve tiempo le llevó al sepulcro.
Ustíantsev no había despegado los labios desde que yo entré en la sala, y permanecía recostado en su cama respirando con dificultad, pero sin dejar de examinarme de pies a cabeza con aire desdeñoso, y siguiendo con la mirada todos los movimientos de Chekúnov, cuya servidumbre le irritaba. Su gravedad extraordinaria hacía cómica la indignación que se había apoderado de él.
Finalmente, no pudo contenerse más y exclamó con voz entrecortada y débil, porque sus días estaban ya contados:
-Miren ustedes qué satisfecho está ese lacayo porque ha encontrado amo.
Chekúnov se volvió rápidamente.
-¿A quién llamas lacayo? -le preguntó con acento despreciativo.
-Aquí no se puede dar ese nombre nada más que a ti -repuso Ustíantsev con aire de superioridad, como si tuviera el derecho de mandar a Chekúnov y éste la obligación de obedecerle.
-¡Que yo soy un lacayo!
-Sí, tú. ¿Eso te sorprende? ¡Tendría gracia que trataras de negarlo!
-¿Ya ti qué te importa? ¿No ves que estos señores están acostumbrados a que se lo hagan todo sus criados y sin ellos no saben valerse? ¿Y por qué no he de servirle yo? Mejor harías en callarte, cara de perro.
-¿Yo cara de perro?
-U hocico de mastín, como mejor te acomode.
-¡Mira quién habla! ¡Pero si a ti te han enviado a presidio por feo!
-Y tú vas a reventar de tonto ¡y ojalá sea pronto!
-¿De veras? Pero a lo menos moriré sin haberme rebajado ante ningún hombre. El hijo de mi madre no... no...
Un acceso de tos violentísimo le impidió continuar. El desdichado esputaba sangre, y no pudiendo hablar, agitaba la mano con gesto amenazador, aunque Chekúnov le había vuelto las espaldas encogiéndose desdeñosamente de hombros.
¡Ah! no era la aversión que le inspiraba Chekúnov sino el odio que sentía hacia mí lo que encolerizaba al pobre tísico. No se le hubiera podido ocurrir la idea de enojarse con Chekúnov ni de despreciarle porque me sirviese, pues aquél sabía perfectamente que no lo hacía por mi cara bonita sino por mi dinero. Lo que le exasperaba hasta el delirio era que yo, a pesar de ser un recluso cargado de cadenas, continuaba siendo un señor que podía permitirme el lujo de tomar té y tener un criado. Sin embargo, yo no deseaba ni buscaba sirvientes.
Realmente, yo procuraba hacer por mí mismo todo lo que necesitaba, con objeto de no parecer melindroso ni darme aires de gran señor. No obstante, a despecho de esta mi resolución en la que entraba de por mucho mi amor propio, veíame siempre asediado por personas serviciales y complacientes que acababan por dominarme, de tal modo que más bien era yo su servidor, aunque a los ojos de todos pasara por un señor que no podía prescindir de criados y gustaba de darme importancia. Esto me desesperaba.
Ustíantsev padecía del pecho y por eso era irascible. Los demás enfermos se limitaban a mirarme con indiferencia no exenta de desprecio. Verdad es que todos estaban a la sazón preocupados por un hecho que ahora acude a mi memoria. Escuchando sus conversaciones, vine en conocimiento de que aquella misma noche habían de conducir a nuestra sala un forzado que en aquellos momentos debía estar sufriendo el castigo de las varas, y los enfermos esperaban con cierta ansiedad a su nuevo camarada, aunque se decía que la pena era suave: ¡quinientos varazos!
Examiné rápidamente con la mirada a los enfermos y observé que casi todos padecían el escorbuto o afecciones a los ojos, enfermedades muy comunes en aquel país. Otros eran tísicos o anémicos, y como no existían salas para evitar contagios, los reclusos enfermos estaban en contacto con los sanos en la misma sala.
Existían, en efecto, forzados sanos de cuerpo que iban al hospital con el único objeto de tener algunos días de descanso. Los médicos los admitían por compasión, cuando había camas disponibles. La vida de los cuerpos de guardia y del presidio era tan dura en comparación con la del hospital, que muchos preferían meterse en cama a pesar del aire sofocante y de la absoluta prohibición de salir de la sala.
Casi todos los aficionados a este género de vida pertenecían a las compañías disciplinarias.
Examiné también con curiosidad a mis nuevos compañeros. Uno de ellos, especialmente, atrajo mi atención. Estaba tísico y casi moribundo. Su cama estaba algo separada de la de Ustíantsev y frente a la mía. Se llamaba Mijaílov. Le había visto dos semanas antes en el penal y ya me pareció que estaba muy grave. Hubiera debido ponerse en cura mucho tiempo antes, pero se burlaba de su enfermedad, y hasta las fiestas de Navidad no ingresó en el hospital, donde murió tres semanas después de tisis galopante.
En la cama contigua yacía un soldado del disciplinario, un viejo mal encarado, repulsivo.
Recuerdo a este anciano porque me causó impresión a primera vista y fue el que me inició en las particularidades de la sala de reclusos.
Tenía un fortísimo resfriado de cabeza y estornudaba a cada momento: estornudó durante una semana entera, aun en el sueño, cinco o seis veces seguidas, repitiendo invariablemente:
-¡Dios mío, qué castigo!
Sentado en la cama, se tapaba ávidamente la nariz con rapé para estornudar más fuerte y con mayor regularidad, y hacíalo sobre un pañuelo de su propiedad, grande y a cuadros y de color de chocolate a fuerza de... del uso que se hacía de él. Cada vez que estornudaba, miraba cuidadosamente lo que había salido de su nariz pequeña y remangaba y limpiaba aquél en la bata.
Hacía esto, porque el pañuelo era suyo y precisaba mirar que el continuo lavado no lo estropease, mientras que la bata se la endosaría a otro enfermo sin pasar previamente por la lejía.
Nuestro pueblo bajo no es muy escrupuloso en esto; pero, en cuanto a mí, sentí revolvérseme el estómago al ver las asquerosas operaciones de aquel viejo y me puse a examinar con curiosidad y repugnancia la bata que me habían entregado, y… preferible es hablar de otra cosa.
Los condenados a castigos corporales eran conducidos al hospital sangrándole aún las espaldas, y como los curaban con compresas y ungüentos, la bata que se ponían sobre sus húmedas camisas, se impregnaban de olores que no eran nada gratos al olfato.
Cada vez que durante el tiempo de mi prisión hube de ingresar en el hospital (y por desgracia era a menudo), me endosaba siempre con instintiva desconfianza la ropa que me entregaban.
A los pocos momentos de haberme servido el té Chekúnov (entre paréntesis, el agua de nuestra sala, llevada el día antes, se corrompía en seguida bajo la influencia del aire fétido que allí reinaba), se abrió la puerta y, vigilado por doble escolta, entraron al penado que acababa de sufrir el tremendo castigo corporal.
Fue aquélla la primera vez que vi a un hombre recién apaleado; en lo sucesivo tuve ocasión de ver conducir a muchos.
Los enfermos acogían a aquellos desgraciados con simulada gravedad, que era mayor o menor según la importancia del delito cometido, y, por consiguiente, del número de varazos que le habían suministrado.
Los condenados que habían sido apaleados cruelmente y tenían reputación de terribles bandidos, gozaban de un respeto y consideración de que no eran merecedores un desertor o un simple recluta como el que acababa de entrar. No obstante, en ambos casos se manifestaba una simpatía especial; absteníanse todos de hacer observaciones mortificantes, se cuidaba al desgraciado con solicitud y se le ayudaba a hacerse la cura, en caso de que se la supiera hacer por sí mismo.
Los mismos practicantes sabían que ponían a los pacientes en manos hábiles y ejercitadas y no tenían por qué preocuparse. La cura principal consistía en aplicarles muy a menudo en las espaldas paños empapados en agua fría, lavar cuidadosamente las heridas y extraer las astillas que se hubieran clavado al romperse las varas.
Esta última operación era en extremo dolorosa para los pacientes; sin embargo, la soportaban sin exhalar un quejido, con un estoicismo asombroso. Únicamente se echa de ver que sus sufrimientos son atroces observando su rostro demudado, sus ojos medio salidos de las órbitas, sus labios temblorosos y sus dientes apretados y la espuma sanguinolenta que sale de sus bocas.
El soldado que habían conducido tenía veintitrés años, era musculoso, apuesto, bien formado, de elevada estatura, y tez morena. Sus espaldas desnudas ostentaban huellas imborrables del castigo que acababa de sufrir, y todo su cuerpo abrasado por la fiebre temblaba bajo la empapada sábana en que le habían envuelto. Durante cerca de una hora no hizo más que pasear de arriba abajo por la sala.
Le miré el rostro. Parecía que no pensase en nada; sus ojos, de expresión salvaje, no se detenían en ningún objeto ni en ninguna persona; no obstante creí que miró con avidez la humeante taza de té que había sobre mi mesa, y como el desgraciado temblaba de pies a cabeza y le castañeteaban los dientes, le dije que podía bebérsela si gustaba.
Al oír mi invitación, se volvió rápidamente, acercóse a la mesita, tomó la taza y, sin ponerle azúcar ni probar antes la temperatura del líquido, lo apuró sin pestañear, esforzándose por no mirarme.
Cuando hubo bebido, dejó la taza en silencio, sin hacerme siquiera un ademán con la cabeza y reanudó su paseo. Evidentemente le atormentaba la idea de tener que hablarme y darme las gracias.
En cuanto a los detenidos, se abstuvieron de interrogarle: después de haberle aplicado las compresas, no se ocuparon de él, pensando, sin duda, que era mejor dejarlo tranquilo y no fastidiarle con preguntas ni demostraciones de compasión.
El soldado parecía satisfecho de la conducta de sus compañeros.
Caía la noche. Encendieron el farol, y los enfermos que las tenían, sus bujías; el médico hizo su postrera visita aquel día; el suboficial de guardia contó los enfermos y cerró la puerta, después de hacer entrar un enorme zambullo que no habían de retirar hasta la mañana siguiente. Esta trasgresión de las más elementales leyes de la higiene, me sorprendió sobremanera, pero así lo había establecido la costumbre. De día no se dejaba salir a los enfermos más que un minuto; de noche no había ni que pensar en ello.
El hospital de los forzados no se parecía en nada a los hospitales ordinarios: también allí era un recluso y sufría el castigo a que había sido condenado. Ignoro quién estableció esta regla; pero sé que era completamente inútil y que jamás se manifestó de un modo tan evidente el formalismo absurdo y pedante. Esta regla no fue impuesta por los médicos, pues, lo repito, los reclusos no tenían más que elogios para ellos, a quienes miraban y respetaban como a padres cariñosos.
Los médicos tenían siempre alguna frase amable, alguna palabra cariñosa que les animaba, eran buenos con nosotros por sentimientos humanitarios, porque comprendían que un forzado enfermo tiene derecho a respirar el aire puro como cualquier otro paciente por encumbrado que estuviese.
Los convalecientes de las otras salas podían pasear libremente por los corredores, hacer ejercicio, respirar un aire menos infecto que el de nuestra enfermería, corrompido o saturado siempre de exhalaciones deletéreas.
Durante varios años, otro hecho inexplicable me atormentó como un problema insoluble del que todavía no he podido hallar la solución.
Me refiero a las cadenas de las que no libran a ningún enfermo por grave que sea su estado. Los tísicos expiran con los grillos en los pies…
Todos empero, están habituados a esto y lo admiten como un hecho natural, inevitable.
Creo que a nadie, ni aun a los médicos, se les hubiera ocurrido la idea de solicitar que librasen de las cadenas a los reclusos gravemente enfermos; a lo más hubieran hecho una excepción en favor de los tuberculosos.
A decir verdad, las cadenas no eran excesivamente pesadas, pues oscilaba su peso entre ocho o doce libras, fardo que puede soportar muy bien un hombre sano. Me dijeron sin embargo, que al cabo de algunos años, las piernas se adelgazan horriblemente y se debilitan a causa de las cadenas. No sé si será cierto, pero me inclino a creerlo. Un peso, por pequeño que sea (pongamos diez libras, que es el ordinario), llevado siempre en la pierna, aumenta de un modo anormal la pesadez general de la extremidad y a la larga debe ejercer una influencia desastrosa sobre su desarrollo…
Para un forzado que goce de buena salud, esto no es nada; mas, ¿se puede decir lo mismo de uno enfermo? Para los que tienen alguna afección al pecho y cuyas piernas y manos se adelgazaban espontáneamente, hasta el peso de una paja les resulta insoportable. Si los médicos reclamasen esta liberación, aunque sólo fuese para los tísicos, harían una verdadera, una gran obra de misericordia.
Se me objetará, tal vez, que los forzados son malhechores, indignos de compasión. Mas, ¿es preciso redoblar la severidad para con aquellos cuya desventura es tanta? No puedo creer que esta agravación tenga por objeto castigar al penado. Los tribunales dispensan a los tísicos de los trabajos forzosos. Debe haber en esto una razón misteriosa, importante; una precaución saludable, ¿pero de que clase? He aquí lo que no alcanzo a comprender.
¿Es posible suponer que el tísico trate de evadirse? ¿A quién se le puede ocurrir semejante pensamiento, especialmente cuando su enfermedad ha llegado a cierto grado? No es fácil engañar a los médicos ni que éstos tomen por tísico a un hombre de salud envidiable. Es ésta una enfermedad que se conoce al primer golpe de vista. Por otra parte (digámoslo, ya que se presenta ocasión), ¿pueden los hierros impedir que un penado se fugue? Los hierros son una difamación, una vergüenza, un peso físico y moral, pero nada más: a lo menos éste es mi parecer, puesto que no pueden imposibilitar la evasión. El forzado más inhábil y menos inteligente sabrá limar o romper los eslabones sin más instrumento que una piedra y con poco esfuerzo.
Las cadenas son, pues, una precaución inútil; y si se le ponen a los forzados por vía de castigo, ¿no sería humanitario eximir de semejante tormento a un agonizante?
Al escribir estas líneas se presenta a mi imaginación la fisonomía de un moribundo, de un tísico, la de aquel Mijaílov que yacía frente a mi cama y junto a la de otro tísico, Ustíantsev, y que murió, si mal no recuerdo, cuatro días después de su ingreso en el hospital.
Conocía muy poco a Mijaílov. Era un joven de veinticinco años todo lo más, de alta estatura, flaco y de bellísimo rostro. Pertenecía a la sección especial y se distinguía por su taciturnidad extraña, pero dulce y triste. Diríase que se había disecado en el penal, según la gráfica expresión de los reclusos, que conservaban de él grato recuerdo.
Murió a las tres de la tarde de un día claro y seco; el sol lanzaba sus rayos vívidos y oblicuos a través de los empañados y verdosos cristales de la sala; un torrente de luz inundaba a aquel desventurado, que había perdido ya los sentidos y expiraba tras larga agonía. Desde por la mañana empañáronse sus bellísimos ojos y no pudo reconocer a los que se le acercaban… Su respiración era lenta, penosa, profunda, interrumpida; el pecho levantábasele violentamente como si ansiase el aire. Primero arrojó al suelo las ropas de la cama y luego comenzó a arrancarse a jirones la camisa, que resultaba para él un peso insoportable. Sus compañeros se la quitaron. Causaba horror ver aquel cuerpo desmedidamente largo, de manos y piernas descarnadas, de vientre hundido y pecho levantado en el que se dibujaban netamente las costillas como las de un esqueleto. Sobre este esqueleto no quedaba más que una cruz con un pequeño escapulario y las cadenas de las que fácilmente hubieran podido librarse las disecadas piernas que aherrojaban. Un cuarto de hora antes de la muerte se extinguió todo rumor en la sala: los demás reclusos enfermos hablaban muy quedo y andaban en puntillas, cautelosamente, para no turbar aquel silencio lúgubre, sepulcral.
De vez en cuando se comunicaban sus expresiones y dirigían furtivas miradas al moribundo, cuyos estertores eran más débiles por momentos.
Finalmente, con mano temblorosa e insegura tocó la cruz que tenía sobre el pecho e hizo ademán de desprendérsela; también le pesaba, le oprimía. Se la quitaron y diez minutos después era cadáver el infeliz forzado.
Inmediatamente dieron sus compañeros unos golpecitos en la puerta para comunicar el hecho al centinela y al punto entró un vigilante que miró con aire distraído al difunto y fue a llamar al practicante. Era éste un joven, demasiado pagado quizá de sí mismo, pero muy simpático. Vino en seguida, se acercó al cadáver, turbando con el ruido de sus pasos fuertes y ligeros el silencio reinante en la sala, le pulsó con aire desenvuelto que parecía haber tomado para aquella circunstancia, hizo un gesto con la mano y salió. Sin pérdida de momento se dio parte a las autoridades para que se llenasen las formalidades de rigor en estos casos, y mientras llegaban los empleados del hospital, uno de los reclusos dijo en voz baja que era preciso cerrarle los ojos al difunto. Otro, siguiendo este consejo, se acercó en silencio a Mijaílov, le cerró los ojos, y al ver en la almohada la crucecita que le habían quitado, tomóla reverentemente, la besó y se la puso de nuevo sobre el pecho.
La cara del muerto se osificaba; un rayo de luz blanco temblequeaba sobre ella haciendo brillar dos hileras de dientes a través de los labios exangües.
El suboficial de guardia llegó, al fin, acompañado de dos soldados y avanzó a pasos lentos hacia el lecho mortuorio, examinando de reojo a los penados que le miraban con aspecto triste. A dos pasos del cadáver se detuvo bruscamente, con visible turbación.
Aquel cuerpo desnudo y disecado y cargado de cadenas le impresionó hondamente, y, aunque a ello no estuviese obligado, se descubrió, haciéndose la señal de la cruz.
Tenía el rostro severo y la cabeza entrecana; era un soldado que contaba muchos años de servicio.
A su lado estaba Chekúnov, de cabellos grises como él, que le miraba fijamente siguiendo todos sus movimientos con extraña atención.
Sus miradas se cruzaron y observé que le temblaba a Chekúnov el labio superior. El viejo forzado se lo mordió, rechinó los dientes e, indicando al cadáver con un movimiento de cabeza, exclamó:
-¡También él tenía madre!
Estas palabras me llegaron al alma. ¿Por qué se le había ocurrido y exteriorizado esta idea?
El cadáver fue levantado junto con su jergón; crujió la paja de maíz y las cadenas tocaron el suelo produciendo un ruido seco.
Las recogieron, echándolas sobre el cuerpo del difunto y desapareció la fúnebre comitiva.
Al punto se rompió el silencio y todos se pusieron a hablar en alta voz.
No obstante, oí la voz del suboficial que, en llegando al corredor gritó a un soldado que fuese en busca del cerrajero.
¡Había llegado la hora de quitar las cadenas al muerto!
II
Los castigos corporales
Los doctores visitaban la sala por la mañana.
A cosa de las once aparecían todos juntos, acompañando al médico en jefe. Hora y media antes el nuestro hacía su visita reglamentaria. Era muy joven, afable y apuesto, ducho en su ciencia y queridísimo de los reclusos. No le encontraban más que un defecto: “demasiado amable”. Efectivamente era poco comunicativo y hasta parecía confuso ante nosotros; se le demudaba el rostro o enrojecía como la grana a la menor reclamación de los enfermos. Creo que hubiera consentido en recetar a los pacientes las medicinas que éstos le indicaran; por lo demás, era una excelente persona.
Muchos médicos gozan en Rusia del afecto y del respeto del pueblo, y muy justamente, según he podido observar.
Sé que mis palabras parecerán a muchos una paradoja, sobre todo si se considera la desconfianza con que este mismo pueblo mira la medicina y en específico a los extranjeros. Prefiere, en efecto, aun en las enfermedades más graves, dirigirse a cualquier curandero y emplear remedios caseros (que, por otra parte, no se deben despreciar) a consultar un doctor o ir a un hospital. Mas esta prevención debe ser atribuida a una causa íntima, que no tiene relación alguna con la medicina, es decir, a la desconfianza íntima del pueblo por todo lo que tiene un carácter administrativo, oficial. No hay que olvidar que el pueblo está asustado y mal prevenido sobre los hospitales, a causa de los relatos, a menudo absurdos, de horrores fantásticos que suponen ocurren en ellos… aunque, por desgracia, en el fondo, esos relatos encierran algo de verdad.
Pero lo que más repugna al pueblo es el que habrá de estar cuidado por gente extraña durante su enfermedad. Añádase a esto la severidad de la dieta, lo que se refiere de la dureza de corazón de los enfermeros y doctores, de la autopsia de los cadáveres, etc. El bajo pueblo piensa, también, que le curarán señores, ya que para él los médicos no son más que señores; mas una vez que los ha conocido (salvo excepciones, que son muy raras) se desvanecen sus temores. Este triunfo se debe atribuir a nuestros doctores, especialmente a los jóvenes, los cuales, por regla general, saben ganarse el cariño y la confianza del pueblo.
Hablo de lo que yo mismo he visto y experimentado, y no creo que en otras partes ocurra lo contrario.
En ciertas poblaciones lejanas, los médicos admiten propinas, abusan de sus hospitales y descuidan a los enfermos y, aun a veces, se olvidan de su propia ciencia. Mas esos apóstatas, esos lobos introducidos en el aprisco, tratan en vano de excusarse echando la culpa al ambiente que les rodea y los ha corrompido; su proceder no tendrá jamás justificación posible, especialmente si han perdido todo sentimiento humanitario.
Y la humanidad, la afabilidad, la compasión fraternal son precisamente los remedios más eficaces para el enfermo. Hora sería ya de que cesáramos de lamentamos apáticamente de las circunstancias que nos han infiltrado la gangrena. Hay en esta excusa un fondo de verdad, pero el bribón astuto que sabe salir de todos los aprietos, lo primero que hace es disculparse con el ambiente en que se halla y logra conseguir el perdón, sobre todo si maneja bien la lengua o la pluma.
Pero me he separado de la cuestión; quería únicamente decir que el pueblo bajo es desconfiado y siente profunda antipatía más bien hacia la medicina administrativa que hacia la persona de los médicos.
Cuando los ve y trata de cerca, se desvanecen todos sus prejuicios.
Nuestro médico se detenía generalmente ante la cama de cada enfermo, le interrogaba seria y atentamente y recetaba después con la misma simpática gravedad. A veces notaba que el pretendido enfermo gozaba de completa salud y que había ido allí con el doble objeto de descansar de los rudos trabajos forzados y dormir sobre un jergón en una habitación caldeada, preferible siempre a los bancos del cuerpo de guardia donde se aglomeraban los procesados en pésimas condiciones, pues en Rusia son peor tratados los que sufren prisión preventiva que los condenados a las más graves penas.
En estos casos el médico inscribía en su lista al supuesto enfermo como afectado de “fiebre catarral” y le permitía estar en el hospital una semana. Todos reíanse de esta “fiebre catarral”, porque sabían que era la fórmula admitida en una conspiración entre el doctor y el paciente para indicar una enfermedad fingida.
A veces el enfermo imaginario abusaba de la complacencia del doctor y prolongaba su permanencia en el establecimiento hasta que le arrojaban a viva fuerza. Entonces había que ver al bueno del médico luchando con la testarudez del forzado y aconsejándole que solicitase ser dado de alta en el penal, aunque podía hacerlo por su cuenta escribiendo sencillamente en la hoja respectiva esta única palabra: “curado”.
-Tienes que marcharte -le decía afablemente-; estás ya curado y debes hacerte cargo que faltan camas, que el local es reducido y esperan otros enfermos.
Y al fin, el obstinado recluso, herido en su amor propio, accedía a los ruegos del que tenía derecho a mandar sin contemplaciones.
El médico en jefe, aunque compasivo, honrado y muy querido de los penados, era incomparablemente más severo y resuelto que nuestro doctor. En ciertas ocasiones empleaba una severidad implacable que le granjeaba el respeto de mis compañeros. Llegaba a nuestra sala acompañado siempre de los otros médicos cuando el nuestro había verificado sus visitas, y diagnosticaba cada caso particular, deteniéndose especialmente con los enfermos graves, a los que dirigía frases de aliento y consuelo.
No despedía nunca a los fingidos pacientes; pero si alguno se obstinaba en permanecer más tiempo del debido en el hospital, le daba de alta, diciéndole con sequedad:
-Vaya, amiguito, ya has descansado bastante; vete y no abuses de nuestra complacencia.
Los que se obstinaban en no marcharse eran, por lo general, reclusos extenuados por el trabajo en los interminables días de verano, o bien los condenados que habían de sufrir el castigo corporal.
Recuerdo que fue preciso emplear una severidad implacable y cruel para expulsar a uno de éstos. Había ingresado para que le curasen una afección a los ojos y se quejaba de agudísimos dolores en los párpados. Le sometieron a diversos tratamientos: vejigatorios, sanguijuelas, inyecciones de soluciones corrosivas, etc., etc., pero todo en vano: el mal permanecía estacionado, la inflamación no aumentaba ni disminuía y los ojos continuaban encendidos. Los médicos comprendieron, al fin, que su enfermedad era fingida.
Tiempo hacía que los demás reclusos sabían perfectamente que éste estaba representando una comedia y que engañaba a los doctores, aunque él nada hubiera confesado. Era un joven robusto y bien hecho, pero que no produjo desde el primer momento una impresión muy agradable a sus compañeros pues era además, disimulado, sombrío, desconfiado e insociable.
Muchos temían que diese un golpe de mano, porque había sido condenado a recibir mil varazos e ingresar después en las compañías disciplinarias, pues era soldado. Su delito fue un robo con circunstancias agravantes.
Este temor era muy fundado, pues, como he dicho en otro lugar, los condenados a los castigos corporales, no vacilaban en cometer un asesinato con tal de diferir la ejecución de la sentencia.
El ladino se frotaba los ojos con cal todas las mañanas antes de la visita, y por esta razón los tenía siempre enrojecidos cuando le examinaban los médicos.
Finalmente el médico en jefe le amenazó con emplear las ortigas para curarle, como si se tratase de un caballo.
No por esto se desanimó el fingido enfermo: era demasiado tozudo o demasiado cobarde. Por muy dolorosa que fuese la operación no podía comparársele con el castigo que le esperaba.
Y los doctores llevaron a cabo su amenaza. Asieron la piel del cuello del paciente y tirándola hacia atrás cuanto era posible, le practicaron una doble incisión a lo largo y a lo ancho, introduciéndole luego una torcidita de algodón del grosor de un dedo. Cada día, a hora fija, tiraban del algodón adelante y atrás para levantar más la piel con objeto de que la herida supurase y no se pudiera cicatrizar.
El pobre diablo soportó varios días este tormento, que le ocasionaba dolores horribles; pero al fin se decidió a pedir el alta.
En menos de veinticuatro horas tuvo los ojos completamente curados, y apenas se le cicatrizó la herida del cuello fue trasladado al cuerpo de guardia donde sufrió al día siguiente el temido castigo.
Penosos son los momentos que preceden al suplicio; tan penosos, que he hecho mal en llamar cobardía el temor que experimentan los condenados. Preciso es que sea terrible este castigo para que los forzados cometan las mayores atrocidades, agravando su pena, con tal de aplazar su ejecución.
Sin embargo, tal vez recuerde el lector que he hablado de reclusos que han solicitado ser dados de baja en el hospital antes de estar completamente curados de sus heridas, con objeto de recibir cuanto antes el resto de golpes señalados en la sentencia. Para éstos, la vida del cuerpo de guardia era ciertamente peor que para cualquier otro forzado. La costumbre de ser apaleado contribuye a dar intrepidez y resolución a los condenados. Los que han sido apaleados a menudo tienen las espaldas y el alma encallecidas, y acaban por considerar tan tremendo castigo como un ligero contratiempo y, por consiguiente, no lo temen.
Uno de nuestros forzados de la sección especial, un calmuco convertido al cristianismo, llamado Aleksandr, o Aleksandra, según le denominaban en chanza sus compañeros (un tipo raro, más vivo que el diablo, intrépido y audaz, pero bueno en el fondo), me dijo en cierta ocasión que había recibido cuatro mil palos.
Hablaba de este castigo riendo y tomándolo a chacota, pero me aseguró muy seriamente que, de no haber estado acostumbrado a los palos desde su infancia, pues en su tribu se los propinaron a granel, según demostraban las cicatrices de que tenía cubiertas las espaldas, no hubiera podido soportar los cuatro mil varazos que le suministraron en el presidio.
Bendecía esta educación que tuvo por base los azotes.
-Me pegaban -me decía, sentado en su cama junto al fuego- por la cosa más insignificante. Me pegaron sin motivo varias veces al día durante quince años, y me pegaba el que quería, por lo cual me acostumbré perfectamente a los palos.
Había sido soldado, y otro día me habló del miedo cerval que se apoderó de él al saber que le habían condenado a recibir cuatro mil varazos por haber matado a un superior.
-Pensaba -me decía- que el castigo era excesivo, y que, por muy habituado que estuviese a los palos, moriría en la operación. ¡Demontre! ¡cuatro mil varazos no son una bicoca! Por añadidura, todos mis jefes estaban de un humor de mil diablos y deseaban descuartizarme por aquel asuntillo. Nada, que yo estaba persuadido de que no escaparía con vida. ¿Cómo impedirlo? Se me ocurrió hacerme cristiano, creyendo que así me perdonarían. Mis compañeros me aseguraban que nada adelantaría; sin embargo, yo me decía: «¡Quién sabe! Tal vez serán más compasivos con un bautizado que con un mahometano.» Recibí, pues, el bautismo, y me impusieron el nombre de Aleksandr. Pero ¡que si quieres! no me rebajaron ni un palo de la cuenta a pesar de mi conversión.
»Esto, naturalmente, me llenó de indignación, y juré que había de burlarme de todos, y me burlé no una, sino varias veces. Yo sé perfectamente hacerme el muerto, o, mejor dicho, si me empeño, no hay quien dude de que estoy agonizando.
»Pues bien, me condujeron ante el pabellón y recibí los primeros mil palos. Se ensañaban terriblemente en mí, y me propinaron el segundo millar. Era llegado el momento: caigo al suelo desplomado y privado de lossentidos, arrojando espuma por la boca. No respiraba siquiera. Llega el médico y declara formalmente que estoy agonizando y me llevan al hospital donde en seguida recobro los sentidos.
»Dos veces más hiciéronme pasar bajo las varas. ¡Qué furiosos estaban! Pero volví a burlarme de ellos. Recibí el tercer millar de palos, y de nuevo me hice el muerto. En el cuarto, juro por mi fe que cada golpe hubiera debido contarlo por tres. ¡Qué manera de apretar la mano! Aquéllas no eran varas, sino afilados cuchillos que se me hundían en las carnes, y si no hubiera vuelto a morirme cuando aún faltaban doscientos palos para liquidar la cuenta, creo que me hubieran matado de veras.
»Pero no perdonaron ese pequeño saldo: cuando los médicos que por segunda vez habían caído en la trampa me declararon solvente, tomaron mis acreedores un desquite tremendo, porque los últimos doscientos varazos valían por sí solos más que los tres mil ochocientos que llevaba descontados. Yo me reía, empero, de todo aquello, porque yo estaba acostumbrado a esas caricias. Eso sí, si no llego a estarlo, dejo la piel para siempre.
-¡Bueno me pusieron, sin embargo! -añadió con aire pensativo, terminando su relato.
Parecía que repasaba la cuenta de los golpes que había recibido.
-¿Sabe usted -prosiguió tras una breve pausa- que sueño siempre que me están apaleando?
En efecto, durante el sueño lanzaba alaridos que despertaban sobresaltados a los demás penados.
Este hombre robusto, de pequeña estatura, de cuarenta y cinco años de edad, ágil y jovial, estaba en buena armonía con todos, aunque dispuesto siempre a apoderarse de lo que no le pertenecía.
Por este motivo le castigaban a menudo. ¿Pero quién era el forzado que no robaba, sin que fuera apaleado por sus raterías?
Añadiré sobre este particular que me asombraba la resignación extraordinaria y la absoluta carencia de rencor de aquellos desgraciados cuando hablaban del suplicio y de los jefes encargados de su ejecución. En sus relatos, que a veces me oprimían el corazón; no se notaba ni sombra de odio.
No sucedía lo mismo a M-tskii, el cual sólo había recibido quinientos azotes. Este no me había hablado nunca de ello, y cuando le pregunté si era cierto me contestó afirmativamente con aire desabrido, que denunciaba todo el rencor que encerraba su alma. Se puso rojo como la grana, y cuando levantó los ojos, que mantenía fijos en el suelo, vi brillar una llamarada de odio y sus labios temblaron de indignación. Comprendí que no podría olvidar jamás aquella negra página de su historia.
Mis compañeros, por el contrario, consideraban de un modo muy diferente su desventura, sin que esto quiera decir que no hubiese alguna excepción.
-Es imposible -pensaba yo a veces- que tengan conciencia de su culpabilidad y de la justicia de su pena, especialmente cuando han obrado no contra sus compañeros sino contra sus jefes. La mayoría de ellos no se considera culpable.
He dicho ya que no observé nunca en los forzados ni sombra de remordimiento cuando habían perpetrado su crimen sobre personas de su misma condición. Cuando las víctimas habían sido sus jefes, no había que pensar siquiera en la posibilidad de ese remordimiento. Me parecía que en estos casos tenían un modo de ver perfectamente práctico y empírico. Se atribuía el hecho al destino, a la fatalidad, al arrebato y a la obcecación, considerándolo como una acción inconsciente.
El forzado se da siempre la razón a sí mismo en todos los delitos cometidos contra sus superiores. La lucha entre la administración y el recluso es igualmente encarnizada. Lo que contribuye a justificar al delincuente a sus propios ojos es la certidumbre de que su sentencia será juzgada con criterio diferente en el medio en que ha vivido, y sabe que el pueblo bajo no le considerará definitivamente perdido, a menos que el delito lo haya cometido precisamente contra personas de su misma esfera, de su misma condición.
Sobre este punto está tranquilo: conoce que pisa sobre terreno firme y no odia el knut que se le suministra. Lo considera únicamente como inevitable, se consuela pensando que no es el primero que lo haya recibido, ni será el último; y esta lucha sorda durará mucho tiempo. ¿Detesta, acaso, el soldado al turco contra el cual combate? No por cierto; sin embargo, éste le atraviesa de parte a parte con su bayoneta, le aplasta, le mata.
No se crea, empero, que estos relatos los hacían siempre con indiferencia y sangre fría. Cuando hablaban del lugarteniente Cherebiátnikov, hacíanlo siempre con indig-nación mal reprimida.
Conocí al lugarteniente Cherebiátnikov durante mi primera permanencia en el hospital, por medio, naturalmente, de las conversaciones que oía a los reclusos. Le vi más tarde una vez que mandaba la fuerza destacada en el penal. Tenía treinta años, era de elevada estatura, grueso y corpulento, de rostro encendido y labios salientes. Sus dientes eran blanquísimos y su sonrisa horrible como la de Nosdriev.[2]
Al verle se adivinaba en seguida que era un hombre incapaz de reflexionar. Cuando era designado para dirigir la ejecución de una sentencia de apaleamiento o flagelación, gozaba lo indecible, con loca pasión.
Justo es hacer constar que los demás oficiales tenían a Cherebiátnikov por un monstruo y que los forzados eran de la misma opinión.
Hubo un tiempo, no tan lejano que haya podido ser olvidado, en que ciertos ejecutores de la Justicia estaban enamorados de su horrible profesión. Generalmente, los que presidían las ejecuciones, hacíanlo tranquilamente, sin enardecerse. Mas el oficial a quien me vengo refiriendo, era una excepción, un verdadero sibarita en materia de suplicios. Era apasionadísimo por su arte, lo amaba por sí mismo.
Cual corrompido patricio de la Roma imperial, pedía a este arte cierto refinamiento, ciertos placeres contra naturaleza, para excitar sus sentidos y experimentar nuevas sensaciones.
Llevan un penado a sufrir el castigo que le ha sido impuesto: el oficial de servicio es Cherebiátnikov. La sola vista de la larga fila de soldados armados de gruesas varas le enajena de placer. Les pasa revista con aire satisfecho y les exhorta a todos y a cada uno a cumplir a conciencia con su deber, pues de lo contrario… los soldados ya saben lo que significa este modo adverbial.
Adelanta el reo. Si no es conocido aún de Cherebiátnikov, le hace éste objeto de sus sangrientas burlas, en lo cual experimenta un vivísimo placer.
Todo condenado, cuando ha sido despojado de sus ropas, de cintura para arriba, y conducido a presencia del oficial, atado a la culata de un fusil, para recorrer así la calle verde, esto es, la fila de soldados armados de varas, suplica con voz débil y lastimera al oficial ejecutor que dulcifique en cuanto sea posible la sentencia y no emplee una severidad superflua.
-Vuestra Nobleza -le dice- es bueno, le suplico que tenga compasión de mí. Toda mi vida rogaré a Dios por Vuestra Nobleza... no me mate... sea compasivo…
Cherebiátnikov, que espera precisamente esto, suspende la ejecución y entabla un diálogo con el reo, empleando un acento conmovedor y sentimental:
-Pero, amigo mío -le dice-, ¿qué quieres que yo le haga? No soy yo el que te castiga, sino la ley.
-Vuestra Nobleza puede hacer todo lo que quiera en estos casos. ¡Tenga piedad de mí…!
-¿Pero crees tú que yo no te compadezco? ¿Supones que disfruto yo viendo cómo te apalean? ¡Yo también soy hombre, caramba!
-Ciertamente, Nobleza. Ya se sabe que los señores oficiales son para nosotros como padres, que nos miran como a sus hijos... ¡Sea para mí un padre, Nobleza! -exclama el desventurado reo, entreviendo una probabilidad de substraerse al castigo.
-Así, pues, amigo mío, juzga por ti mismo, ya que Dios te ha dado un cerebro para reflexionar. Yo sé muy bien que por humanidad debo ser condescendiente y misericordioso con los pecadores…
-Dice muy bien Vuestra Nobleza -interrumpe el condenado abriendo el pecho a la esperanza.
-Sí, yo debo ser misericordioso contigo, por muy culpable que seas. ¡Pero, lo repito, no soy yo quien te castiga, sino la ley! Es preciso que lo tengas en cuenta. Yo sirvo a Dios y a la patria y, por consiguiente, cometería una grave falta y un pecado si atenuase la pena que te han impuesto…
-¡Oh, Nobleza...!
-Veamos, ¿qué quieres que haga? Bueno, pase por esta vez. Sé que cometo una falta, pero voy a darte gusto... Suavizaré el castigo… ¡Quién sabe, sin embargo, si este favor redundará en perjuicio tuyo! No importa, así te acordarás siempre de mí y no harás en lo sucesivo nuevas barbaridades. No obstante, mi conciencia…
-¡Oh, Nobleza... yo le juro que…!
-Bueno, bueno, ¿me juras que te portarás bien en lo sucesivo?
-Que el Señor me mate en este trance, y en el otro mundo…
-No jures, que a veces el Señor escucha los ruegos que se le dirigen y acaso te convenga que no oiga tus juramentos.
-¡Ah, Nobleza!
-Pues bien, escucha: me compadeceré de tus lágrimas de huérfano, porque supongo que eres huérfano, ¿no es cierto?
-Huérfano de padre y madre Nobleza; estoy solito en el mundo.
-Bueno, tus lágrimas de huérfano me han enternecido. Pero ten entendido, que será la primera vez y la última.
Y añadía con acento tan conmovido que el reo no sabía cómo expresar su agradecimiento.
-Llévenselo.
La terrible comitiva se ponía en marcha, al redoble del tambor; los soldados levantaban las varas.
-¡Duro! -gritaba Cherebiátnikov-, ¡No le dejen hueso sano! ¡Arránquenle a tiras el pellejo! ¡Háganlo trizas! ¡Duro! ¡Más duro todavía! ¡Denle con todas sus fuerzas a ese pobrecito huérfano!
Los soldados, enardecidos por estas excitaciones, descargaban las varas con todas sus fuerzas sobre las espaldas de aquel desgraciado cuyos ojos despiden llamas, mientras Cherebiátnikov corre en pos de los apaleadores desternillándose de risa. ¡Cómo goza el malvado! Aquel bárbaro espectáculo le divierte, ríe a carcajadas estrepitosas y con bien timbrado acento repite:
-¡Duro! ¡Duro! ¡Háganme pedazos a ese bribón! ¡Acaricien como se merece a ese desdichado huérfano, que está muy necesitado de cariño!
Su programa era variado en estos casos.
Llevan otro penado para que sufra el mismo castigo, y suplica al teniente que tenga compasión de él. Esta vez no se las da Cherebiátnikov de misericordioso, y dice con brutal franqueza al condenado:
-Quiero castigarte con todo rigor porque lo tienes muy merecido; sin embargo, voy a hacerte una gracia: no serás atado a la culata del fusil, sino que correrás con toda la agilidad de tus piernas delante de los soldados. Claro está que no escaparás de rositas, porque esos amiguitos no son mancos ni las varas cortas; recibirás, pues, más de un palo, pero recorrerás la calle en menos tiempo. Vamos a ver, ¿qué te parece?
El condenado le ha escuchado con desconfianza y recelo, pero se ha dicho: «¡Quién sabe! Tal vez este procedimiento me resulte más ventajoso, pues si corro con todas mis fuerzas, malo ha de ser que no me ahorre algún palo.»
Y añade en voz alta.
-Pues bien, Nobleza, acepto.
-Y yo no me desdigo. ¡Mucho ojo, pues, con no distraerse -prosigue, dirigiéndose a los soldados-: que no les falle ningún golpe!
Cherebiátnikov sabe perfectamente que huelga la recomendación, pues al soldado que no diese en blanco no le salvarían ni los padres de gracia.
El forzado arranca a correr como si llevase el diablo a los talones; mas a los primeros pasos comienza a caer sobre sus espaldas una lluvia de palos formidables y rueda por el suelo como fulminado por el rayo.
-¡Ah, Nobleza -exclama, con voz temblorosa-, prefiero atenerme al reglamento!
Cherebiátnikov le escucha riendo a mandíbula batiente.
Sería muy prolijo referir todo lo que se contaba de aquella fiera con figura humana.
Hablábase también en nuestra sala de un lugarteniente llamado Smekálov, que ejercía las funciones de comandante de la plaza antes de la llegada de nuestro mayor actual. Su nombre se pronunciaba acompañado siempre de los más subidos elogios.
Aquel lugarteniente no era un enamorado del castigo de flagelación, pues su carácter y sus sentimientos diferían completamente de los de Cherebiátnikov. Sin embargo, no era nada clemente con los condenados.
Sus ejecuciones se recordaban con satisfacción. Había conseguido captarse la simpatía de los reclusos y hacerse popular entre ellos. ¿Cómo realizó este milagro? Del modo más sencillo.
Nuestros camaradas olvidan fácilmente todos los tormentos si el que se los inflige les dirige después alguna palabra afectuosa. Smekálov no ignoraba esto, pues es condición natural del bajo pueblo ruso, y supo aprovecharse de esas buenas disposiciones.
-Era tan bueno como el mejor de los padres -decían a veces los reclusos, especialmente cuando comparaban a su antiguo director con el actual-. Tenía un corazón de oro.
Smekálov era un hombre sencillo, bueno, quizá a su manera. No obstante, hay jefes que son no sólo buenos sino también compasivos, y los reclusos les detestan, se burlan de ellos y únicamente les respetan por temor. Smekálov supo, empero, conducirse con tanto tino, que los penados le tenían por su hombre. Es ésta una cualidad innata, un mérito excepcional del que no suelen darse cuenta los que lo poseen.
Existen muchos hombres que, sin tener nada de buenos, logran hacerse de una bien cimentada reputación de bondadosos. Atribuyen la causa de esta fama al hecho de no despreciar a los humildes que están bajo sus órdenes, y creo que tienen razón. No parecen grandes señores, tratan con amabilidad al pueblo, se amoldan a sus costumbres, respetan sus usos, y el pueblo daría con placer su vida por ellos. Gustosos cambiarían un gobernante o un jefe que fuese la bondad personificada, por otro, rígido y severísimo, que tuviese ese aire de pueblo que tanto les encanta. Y si, por añadidura, este jefe o gobernante es amable, miel sobre hojuelas.
El lugarteniente Smekálov, como he dicho, castigaba a veces con excesiva severidad, pero lo hacía con tal aire de pesar, que los reclusos no le guardaban rencor, antes al contrario, celebraban como un espectáculo divertido las ejecuciones que presenciaba o dirigía.
Smekálov divertíase también gastando bromas a los que sufrían el castigo, pero en forma muy distinta de Cherebiátnikov y siempre de la misma manera, o sea haciéndole preguntas sobre cosas que no venían a cuento y que regocijaban a los que le oían. Se hacía llevar una silla y examinaba una por una las varas que se habían de emplear en el suplicio. La víctima le imploraba que tuviese compasión de él.
-Lo siento mucho, amiguito -le contestaba con afabilidad-, pero nada puedo hacer por ti, sino es aconsejarte que te tiendas en seguida para acabar cuanto antes este enojoso asunto.
El condenado lanzaba un suspiro y se echaba al suelo.
-Dime, buena pieza -decíale entonces Smekálov-, ¿sabes leer de corrido?
-Sí, Nobleza, he sido bautizado y desde la infancia me enseñaron a leer.
-Pues bien, lee…
El condenado sabe de antemano qué es lo que ha de leer y cómo acabará esta lectura, porque la broma se ha repetido ya treinta veces y no hay penado que la ignore.
Los soldados, con las varas levantadas, esperan la señal para descargarlas sobre las desnudas espaldas de la víctima, y ésta empieza a leer. Al llegar a la palabra piedad, el lugarteniente se quita la pipa de la boca y con gesto inspirado grita a los ejecutores:
-Sean ustedes piadosos.
Y suelta el trapo a reír.
Los soldados que rodean al lugarteniente le hacen coro y la víctima sonríe también, aunque a la voz de mando convenida: Sean ustedes piadosos, silban las varas y caen sobre sus espaldas como navajas de afeitar.
El lugarteniente se marcha satisfecho de su jugada, y media hora después el pobre apaleado vuelve al penal para contar, riendo a carcajadas, la trigésima repetición de la feliz ocurrencia de Smekálov.
-¡Qué gracia tiene ese hombre! ¡Qué buen corazón! -exclaman a una los que le oyen.
-No le dejarán estar mucho tiempo aquí, porque es el hombre que nos conviene -observaba otro-. Los jefes buenos no hacen los huesos duros en el penal.
III
Todavía el hospital
He hablado ahora de los castigos corporales y de los que los ejecutaban, porque no tuve una idea exacta de estas cosas hasta que ingresé en el hospital. Lo que sabía era sólo de oídas.
En nuestra sala estaban recluidos todos los condenados de los batallones que habían de recibir los schipitzruten.[3]Había también algunos pertenecientes a secciones militares de la guarnición y de los destacamentos que dependían de la misma.
Durante los primeros días yo no hacía más que observar lo que sucedía en mi derredor, con tanta más curiosidad cuanto que estas costumbres extrañas y aquellos presos apaleados, o a punto de serlo, me causaban una impresión terrible. Estaba conmovido, asustado. Escuchando sus conversaciones o los relatos de los otros detenidos sobre este tema me forjaba problemas que trataba luego de resolver.
Quería conocer absolutamente todos los grados de las condenas y de las ejecuciones y los pareceres de los penados sobre el particular. Trataba de figurarme el estado psicológico de los castigados.
Ya he dicho que era muy raro que un detenido conservase toda su sangre fría antes del momento fatal, aunque ya supiese por experiencia cuán terrible era semejante castigo.
El condenado experimentaba un miedo horrible, pero simplemente físico, un miedo inconsciente que atrofiaba todo otro sentimiento. Durante los varios años que permanecí en el penal, tuve ocasión de estudiar detenidamente a los condenados que solicitaban ser dados de baja en el hospital, adonde habían sido conducidos para que curasen sus espaldas destrozadas, con objeto de sufrir la segunda parte de su castigo.
Esta interrupción del suplicio es casi siempre solicitada por el médico que asiste a las ejecuciones. Si el número de golpes que han de recibir es demasiado grande para que pueda ser suministrado impunemente de una sola vez al detenido, se divide en dos o tres secciones, según el parecer del médico que presencia la ejecución. Generalmente se suministran quinientos, mil o mil quinientos de una sola vez; pero, si se trata de dos mil o tres mil, se reparten en dos o tres veces. Los que tenían ya las espaldas curadas y debían recibir aún el resto de la pena, estaban tétricos, melancólicos, taciturnos el día antes de su salida del hospital.
Notábase en ellos un embobamiento muy visible que trataban de disimular con una despreocupación extremada. Estos no entablaban jamás conversación con ninguno y permanecían casi siempre silenciosos. Y, cosa rara, los reclusos se abstenían sistemáticamente de dirigir la palabra a los que habían de ser castigados y, sobre todo, no hacían ninguna alusión al castigo que habían de sufrir. Nada de consuelos ni de palabras superfluas; no se les hacía caso, y esto era seguramente lo que preferían los condenados;
Se contaba, no obstante, alguna excepción como, por ejemplo, Orlov, del que ya he hablado.
-Este se desesperaba porque su espalda tardaba en curarse y no veía llegar la hora de salir del hospital para acabar de una vez con el resto de su castigo de varas, ser incorporado a una expedición de penados y tener ocasión de fugarse durante el viaje.
Era un viejo zorro, una naturaleza ardiente y apasionada, atento únicamente al objeto que se hubiera prefijado.
En el momento de su llegada parecía contentísimo y en un estado de excitación anormal, aunque disimulaba sus impresiones.
Antes de pasar bajo las varas, había temido sucumbir a mitad del castigo. Había oído hablar de las medidas que a su respecto tomara la administración cuando estaba aún pendiente de las resultas del proceso, y, por lo tanto, habíase preparado a morir. Mas apenas hubo recibido la mitad de los varazos a que había sido condenado, recobró todo su valor.
Cuando llegó al hospital, yo no había visto aún llagas semejantes; no obstante, estaba radiante de jubilo; ahora no dudaba ya de que sobreviviría al resto de la pena; los horrores que le habían contado eran, a su juicio, purainvención, puesto que habían consentido en interrumpir el suplicio.
Tras de su larga prisión preventiva, comenzaba a soñar en el viaje, en la evasión, en la libertad, en los bosques, en los campos…
Sin embargo,dos días después de haber salido del hospital, volvía a él para morir en el mismo lecho que había ocupado durante su primera permanencia; no pudo soportar la segunda mitad del castigo.
Todos los penados, sin excepción, aun los más pusilánimes, atormentados antes de la ejecución por el pensamiento del castigo que les esperaba, lo soportaban luego animosamente; era raro que se oyesen gemidos la noche misma de la ejecución.
Pregunté a varios de mis compañeros de cadena sobre la intensidad de este dolor, con objeto de determinarlo exactamente y saber con cuál sufrimiento se podía comparar; no era la curiosidad lo que me impulsaba a hacer estas preguntas, sino, lo repito, la conmoción y el espanto.
Pero en vano interrogaba; no pude obtener una respuesta satisfactoria. Todos me contestaban invariablemente:
-¡Quema como el fuego!
El primero a quien pregunté fue a M-tskii, el cual me contestó:
-Quema como el fuego, como el infierno. Parece que se tienen las espaldas en contacto con un horno encendido.
Todos absolutamente decían lo mismo.
Hice otro día una extraña observación, que tal vez no fue bien fundada, aunque la confirmara la opinión de los mismos penados, esto es, que es el de las varas el más terrible de los suplicios que se aplican en Rusia.
A primera vista parece esto absurdo, imposible; sin embargo, es de tener en cuenta que quinientos varazos y aun cuatrocientos, son suficientes para matar a un hombre; más de quinientos, la muerte es casi segura. Un hombre de complexión ordinaria, soporta mil azotes sin peligro; dos mil pueden acabar con un hombre de mediana fuerza, bien constituido.
Todos los penados aseguran que las varas son peores que el látigo.
-Las varas queman más y hacen sufrir incomparablemente más -dicen ellos.
Que torturan más es evidente, porque irritan y obran sobre el sistema nervioso, que sobreexcitan extraordinariamente. No sé si existen ya (no hace mucho tiempo eran numerosos) algunos de aquellos señores para quienes el apalear a una víctima constituía un placer inefable, un placer digno del marqués De Sade y de la Brinvilliers. Creo que este placer estriba en una carencia absoluta de corazón, y que esos señores deben gozar y sufrir al mismo tiempo.
Existen personas que dejan tamañitos a los tigres en ferocidad y avidez de sangre. Los que han poseído este poder ilimitado sobre la carne, sobre la sangre y sobre el alma de sus semejantes, de sus hermanos, los que han ejercido este poder y están facultados para envilecerse a sí mismos con el envilecimiento supremo de otro ser; son incapaces de resistir a sus propios deseos y a su sed insaciable de sensaciones. La tiranía es una costumbre susceptible de desarrollo y a la larga se convierte en enfermedad incurable. Sostengo que el mejor hombre del mundo se puede endurecer y embrutecer hasta el extremo de no distinguirse en nada de una fiera.
La sangre tiene el poder de embriagar y favorecer el desarrollo de la dureza del corazón y del desenfreno. El espíritu y la razón son entonces accesibles a los fenómenos más anormales, que parecen goces inefables. El hombre y el ciudadano desaparecen para siempre en el tirano, y entonces se hace imposible la vuelta a la dignidad humana, el arrepentimiento, la resurrección moral. Añádase que la posibilidad de ejercer semejante poder influye contagiosamente sobre la sociedad entera, porque es avasalladoramente seductor.
La sociedad que mira estas cosas con indiferencia, está ya inficionada hasta la medula. En una palabra, el derecho concedido a un hombre para infligir castigos corporales a un semejante suyo, es una de las peores llagas de nuestra sociedad y el medio más seguro de extinguir el amor al prójimo. Este derecho contiene los gérmenes de una descomposición inevitable, inminente.
La sociedad desprecia al verdugo de profesión, pero no al verdugo-señor.
Todo encargado de fábrica y todo capataz deben sentir un placer irritante al pensar que el obrero sujeto a sus órdenes depende de él, junto con toda su familia.
Estoy seguro de que en una generación no se extirpa tan fácilmente lo que tiene de hereditario. El hombre no puede desprenderse de lo que lleva en la sangre, de lo que ha mamado del seno materno. Estas revoluciones son difíciles de realizar. No consiste todo en confesar la propia culpa y el pecado original. Esto es poco, demasiado poco, es preciso arrancarlo, desarraigarlo, lo cual no es obra de un momento.
He hablado del verdugo.
Los instintos de un verdugo se encuentran, generalmente hablando, en todos nuestros contemporáneos; pero los instintos animales del hombre no se desarrollan uniformemente: cuando éstos sofocan todas las otras facultades, el hombre se convierte en un monstruo odioso.
Existen dos clases de verdugos: los que lo son por espontánea voluntad y los que ejecutan por deber, por oficio.
El verdugo espontáneo vale, en todos conceptos, mucho menos que el verdugo pagado, que inspira una aversión profunda, una repugnancia invencible, un miedo irreflexivo, casi místico.
¿De dónde procede este horror casi supersticioso hacia el verdugo profesional, mientras se mira con indiferencia y compasión a los otros?
El verdugo obligado es un recluso elegido para estas funciones. Hace su aprendizaje con un ejecutor veterano y queda adscrito a un penal determinado, ocupando un departamento especial, convenientemente vigilado.
Un hombre no es una máquina. Aunque azote a un semejante suyo en cumplimiento de su deber, se enardece a veces y aprieta la mano bárbaramente por puro placer, sin que tenga motivos para odiar a su víctima. Anímale a obrar así únicamente la vanidad, el deseo insano de hacer alarde de su destreza; trabaja enamorado de su arte y pone todo su amor propio en que la obra resulte irreprochable y admire a los inteligentes. Sabe perfectamente que es un réprobo, que infunde un terror supersticioso, y es imposible que esta consideración no excite sus instintos bestiales.
Hasta los niños saben que este hombre no tiene padre ni madre. ¡Cosa extraña! todos los verdugos que he conocido eran hombres de mente desarrollada, inteligentes y dotados de un amor propio excesivo.
El orgullo se desarrolla en ellos a consecuencia del desprecio que en todas partes encuentran, y tal vez se fortalece por la conciencia que tiene del terror que infunde y del poder que ejerce sobre los desventurados.
El aparato teatral de que se revisten sus funciones públicas, contribuye quizá a hacerles presuntuosos.
He tenido ocasión de conocer y examinar de cerca a un ejecutor de estatura ordinaria. Era un hombre de cuarenta años, musculoso, delgado, de semblante simpático y abundante y rizada cabellera. Sus andares eran graves, acompasados: su porte elegante. Contestaba a las preguntas que se le hacían con claridad y concisión y un no sé qué de condescendencia, como si valiese infinitamente más que yo.
Los oficiales de guardia le dirigían la palabra con cierto respeto que no pasaba inadvertido al verdugo, el cual, precisamente por esto, mostrábase más ufano y altivo en presencia de sus superiores.
Estoy seguro de que se consideraba muy por encima de sus interlocutores: esto se leía en sus ojos.
A veces, en el verano, cuando el calor era excesivo, le enviaban a la ciudad para matar a los perros vagabundos, que constituían un peligro para los habitantes, y era de ver la gravedad con que recorría las calles y el placer bestial con que llevaba a cabo su cometido, vigilado de cerca por el soldado encargado de su custodia personal y espantando con su mirada a las mujeres y niños que osaban levantar los ojos a la cima de su grandeza.
Los verdugos hacen una vida comodísima: poseen dinero, viajan como príncipes y tienen cuanto aguardiente pueden desear. Las propinas que reciben de los condenados civiles les producen una muy saneada renta. Ordinariamente se aceptan sus pretensiones, pues, de lo contrario, cargan la mano con crueldad inaudita, sin que valgan protestas, porque así no hacen otra cosa que ejercer un derecho inherente a su profesión.
Ocurre a veces que exigen una suma considerable a un condenado pobrísimo, y entonces todos los parientes y amigos de éste se ponen en movimiento para reunirla y ¡ay de la víctima si no lo consiguen!
Me refirieron dos actos de barbarie.
Afirmaban los penados que el verdugo puede matar a un hombre de un solo golpe.
-¿Es posible? -pregunté yo, sorprendido.
-¡Y tanto! -me respondieron.
Era tan firme el tono de su voz, que no dejaba lugar a dudas. El propio verdugo me aseguro después que era facilísimo.
Me dijeron también que podía recorrer a estacazos las espaldas de un condenado sin causarle dolor y sin que quedasen huellas del castigo.
Aun en los casos en que era recompensado con esplendidez para que no pegase con ensañamiento, el primer golpe lo descargaba con todas sus fuerzas, aunque los siguientes fuesen tan ligeros que apenas los sentía el condenado. No sé por qué obraba así. ¿Era para acostumbrar al paciente a los golpes sucesivos, que le parecerían caricias si los comparaba con el primero, o para hacerle comprender que no había gastado en balde su dinero? ¿Quería, acaso, demostrar la pujanza de su brazo o su fuerza brutal, por satisfacer únicamente su vanidad? De todas suertes, el verdugo está siempre excitado antes de la ejecución, tiene conciencia de su fuerza y de su poder. En aquel momento es un actor. El público le admira y tiembla. Es sin duda por esto por lo que dice a su víctima: «¡Cuidado, que te escocerá!», palabras de ritual que preceden al primer golpe.
Es difícil imaginarse hasta qué punto puede el hombre desnaturalizarse.
Durante los primeros días de mi estancia en el hospital escuchaba atentamente los relatos de los enfermos, que rompían la monotonía de los días pasados en el lecho.
Cada mañana la visita colectiva de los médicos nos proporcionaba alguna distracción. Luego nos servían la comida.
Naturalmente, el comer era un asunto capital en nuestra vida monótona. Las raciones eran diferentes, según la naturaleza de las enfermedades. A ciertos detenidos dábanles sopa de caldo, a otros de vegetales y a varios de sémola, que era la más codiciada. A los convalecientes servíanles cocido.
Los escorbúticos eran los que mejor comían, pues les daban carne asada con cebollas, rabanillos y, a veces, aguardiente. El pan era, según las enfermedades, de harina o de maíz.
La exactitud observada en la distribución de las raciones hacía reír a los enfermos. Algunos no probaban siquiera la que les correspondía y la cambiaban por la de otro compañero al que habían prohibido aquel género de alimentación.
Los que estaban a dieta, compraban su ración a algún escorbútico, y otros se procuraban, por su dinero, desde luego, dos o tres raciones de carne, que vendían muy baratas, a cinco kopeks,generalmente.
Si en nuestra sala no había ninguno que tuviese carne para vender, enviaban a nuestro vigilante a comprarla a las enfermerías militares libres, como solíamos apellidarlas.
El momento más pesado era el que seguía al de las comidas. Algunos dormían para pasar el tiempo, otros charlaban, discutían o referían cuentos en alta voz. Si no llevaban nuevos enfermos, el aburrimiento resultaba insoportable. La entrada de algún compañero nos distraía un tanto, sobre todo si no era conocido. Todos le examinaban atentamente y querían conocer su historia.
Los más interesantes eran los enfermos que llegaban de tránsito, pues éstos tenían siempre algo que contar. Claro está que no hablaban jamás de sus asuntos personales. Si el propio detenido no iniciaba la conversación, nadie le tiraba de la lengua: limitábanse a preguntarle de donde venía, con quiénes hacía el viaje, adónde le conducían, etc.
Animados por la relación de los recién llegados, los otros contaban a su vez lo que habían hecho u oído.
Se hablaba especialmente de las expediciones de presos, del jefe de aquéllas y de los ejecutores.
Al atardecer conducían a los reclusos que habían sido vapuleados y su entrada era para nosotros, como ya he dicho, otro motivo de distracción. Cuando ninguna novedad rompía nuestro tedio, parecía que a los enfermos desesperaba hasta la vista de sus vecinos de cama y a menudo se producían pendencias.
Lo que sobre todo divertía a mis camaradas era la presencia de algún demente, que era conducido a nuestra sala para someterle a observación.
Sucedía a veces que los condenados a la flagelación fingíanse locos para substraerse a la pena que les había sido impuesta, y llevados al hospital eran desenmascarados al punto o renunciaban espontáneamente a su estratagema. Hubo detenidos que dos o tres días antes cometieron mil extravagancias, fingiendo accesos furiosos, y de pronto recobraron el juicio, mostráronse cuerdos, sensatísimos y pidieron con insistencia que les diesen de baja en el hospital.
Ni los forzados ni los médicos les reprochaban su astucia ni les recordaban sus locuras: les inscribían sin decir palabra, conducíanles en silencio al cuerpo de guardia y volvían al poco rato con las espaldas ensangrentadas y recobrada la razón.
En cambio, la llegada de un alienado auténtico, era una verdadera desventura para toda nuestra sala. Los que gritaban, bailaban y cantaban, eran acogidos al principio con entusiasmo.
-¡Esto sí que es divertido! -decían contemplando al desgraciado que hacía muecas y contorsiones.
Pero el espectáculo era demasiado penoso y triste: jamás pude mirar a un demente con indiferencia y sangre fría.
Durante tres semanas tuvieron a uno en nuestra sala, y no sabíamos ya dónde ocultarnos para librarnos de él, cuando llevaron otro alienado.
Este me causó honda impresión. Durante el primer año, o, para ser más exacto, durante los primeros meses de mi condena, iba a trabajar, con una cuadrilla de estufistas, a la fábrica de tejas y ladrillos situada a dos verstas del penal. Trabajábamos en la reparación del horno de cocer los ladrillos y los demás objetos de barro.
Una mañana M-tskii y B*** me presentaron al suboficial encargado de la vigilancia de la fábrica, un tal Ostrojski, polaco de origen, de sesenta años de edad, por lo menos, de elevada estatura, flaco y de aspecto imponente. Hacía largos años que servía en la Siberia, y aunque procediese de la clase baja del pueblo, había sido un campeón de la insurrección de 1830.
M-tskii y B*** le apreciaban y respetaban mucho. Era asiduo lector de la Biblia. Le hablé; su conversación era amable y sensata, y contaba con amenidad extraordinaria los episodios de su vida.
No le volví a ver en dos años; pero supe que le habían formado expediente, y cuando menos lo esperaba, le condujeron a nuestra sala. Se había vuelto loco.
Entró mayando y riendo estrepitosamente y se puso a bailar con movimientos indecentes, que recordaban la danza llamada kamarinskaya.
Los enfermos estaban entusiasmados, pero yo me sentía oprimido por la tristeza...
Tres días después no sabíamos qué hacer. Ostrojski armaba continuas pendencias, se pegaba a sí mismo, gemía y cantaba aun en el corazón de la noche, y sus extravagancias nos producían lástima y repugnancia.
Sus accesos furiosos eran frecuentes. Le pusieron la camisa de fuerza, pero nuestra situación no mejoró, pues continuó gritando a voz en cuello día y noche.
Al cabo de tres semanas, todos los enfermos pidieron unánimemente al médico en jefe que le trasladasen a otra sala. Así se hizo, pero, dos días después, accediendo a las súplicas de los enfermos de la sala a que había sido trasladado, el médico le hizo volver a la nuestra. Y como había dos enfermos a la vez y ambos furiosos, no hacían más que pasar constantemente de una sala a otra de las destinadas a los reclusos.
Me acuerdo también de otro demente originalísimo.
Era un condenado de aspecto imponente, robusto, vigoroso. Contaba a la sazón unos cincuenta y cinco años, tenía los ojos pequeños, rojos y salientes y el rostro, tétrico y sombrío, desfigurado por las viruelas.
Se sentó en la cama contigua a la mía. Era pacífico, no hablaba con nadie y reflexionaba incesantemente como si algún grave asunto le preocupase.
Avanzaba la noche cuando, de improviso, se dirigió a mí y con aire misterioso, confidencial, me dijo que había sido condenado a recibir mil varazos, pero que nada tenía que temer, porque la hija del coronel G*** intercedía en su favor.
Le miré sorprendido y traté de hacerle comprender que, en semejantes casos, la hija de un coronel nada podía hacer en pro ni en contra. Aún no había adivinado yo quién era aquel individuo, pues ignoraba que habíanle llevado al hospital no por enfermedad física sino por loco.
Le pregunté de qué padecía y me contestó que no existía en el mundo quien gozase de salud tan inmejorable como la suya, añadiendo que la hija del coronel se había enamorado locamente de él. La joven, según decía, pasó dos semanas antes en carruaje por delante de la reja a que estaba asomado, y verlo y prendarse de él fue una misma cosa. Desde entonces había ido al cuerpo de guardia tres veces, con el objeto exclusivo de contemplar de cerca a su galán: la primera fue acompañando a su padre, so pretexto de ver a su hermano, oficial de servicio a la sazón; la segunda, acompañando a su madre para distribuir limosnas a los presos, y al pasar junto a él le confesó su amor, asegurándole que obtendría su libertad.
El desdichado estaba persuadido de que le perdonarían la pena a que había sido condenado y hablaba con la mayor tranquilidad y firmeza de la pasión que había inspirado a la señorita.
Esta invención novelesca, el amor de una muchacha bien educada, por un hombre cincuentón, horrorosamente feo y, por añadidura, presidiario, demostraba a las claras que el temor al castigo que le esperaba era lo que había hecho perder el juicio a aquel hombre excesivamente miedoso. Indudablemente vio algo mientras estaba asomado a la ventanilla de su calabozo y la locura que el miedo cada vez mayor hacía germinar en su mente dio forma humana al objeto que viera.
Yo le escuché silencioso y cuando hubo terminado conté su historia a mis compañeros; pero, cuando éstos le interrogaron con curiosidad, el infeliz calló obstinadamente.
A la mañana siguiente le examinó el doctor, y como no hallase en él ni síntomas de enfermedad, ordenó que saliese del hospital. Cuando el buen médico se dio cuenta de su error, esto es, cuando supo que había sido conducido allí no por enfermedad del cuerpo sino por desequilibrio mental, era ya demasiado tarde para evitar el cumplimiento de la pena. Culpa fue de la administración, que no se tomó la molestia de advertir oportunamente las razones en que se fundaba para recluirlo en el hospital. Esta negligencia imperdonable fue causa de que dos días después el pobre demente corriera la calle verde. Parecía asombrado de que osasen infligirle tal castigo, pues hasta el último momento creyó que sería indultado, merced a la influencia de la señorita que creía perdidamente enamorada de él. Cuando se vio delante del batallón formado para ejecutar la sentencia, prorrumpió en gritos pidiendo socorro e invocando a su protectora. Como en nuestra sala no había camas disponibles le condujeron a la enfermería, donde permaneció ocho días sin despegar los labios, absorto y triste, y cuando tuvo curadas las espaldas, se lo llevaron no sé adónde. No he vuelto a saber de aquel desventurado.
Por lo que se refiere a los remedios y al tratamiento médico, los que sólo estaban ligeramente indispuestos no tomaban ninguna clase de medicinas ni observaban las prescripciones facultativas.
Pero, en general, los enfermos obedecían escrupulosamente al médico, aunque preferían los remedios externos: vejigatorios, sanguijuelas, cataplasmas, etc.
Estos remedios, únicos en que el pueblo ignorante tiene fe, eran los que más se aplicaban en nuestro hospital.
Observé un hecho bastante curioso.
Algunos individuos que soportaban sin exhalar un gemido los horribles dolores que les producían los castigos corporales de varas o de látigo, hacían muecas espantosas y gritaban desesperados, sollozando, cuando les aplicaban una ventosa.
Las ventosas de nuestro hospital eran especiales. Como el aparato con que se practican las incisiones instantáneas en la piel estaba algo estropeado, era preciso recurrir a la lanceta. Para una ventosa es preciso hacer doce incisiones, que no resultan, empero, dolorosas cuando se emplea el aparato a propósito, porque las hace instantáneamente; pero la lanceta corta con lentitud y el paciente sufre de un modo atroz.
Si las ventosas son diez, las punzaduras ascienden al respetable número de ciento veinte, y la operación resulta dolorosísima. Lo he experimentado yo mismo.
Pero el dolor no es tan agudo que impida contener los quejidos.
Era ridículo ver a aquellos individuos fuertes y robustos chillar como mujerzuelas y retorcerse desesperadamente.
Hubiérase podido compararles con los que son resueltos y tranquilos cuando se trata de asuntos importantes, pero que, en casa, se ponen furiosos por una nonada, porque no le sirvan la comida a la hora de costumbre. Entonces se enfurecen, blasfeman, todo lo encuentran mal, les irrita y les ofende.
Semejantes caracteres son comunes en el pueblo bajo y eran numerosas en el penal, a causa de la cohabitación forzada.
A veces los detenidos se burlaban y aun insultaban a estos delicados, que cesaban al punto en sus quejas, como si sólo hubieran esperado aquellos insultos para callar.
Ustíantsev no podía tolerarlos y en seguida llamaba al orden al escandaloso. Verdad es que recriminaba también a los insultadores. Era esto una necesidad engendrada por su enfermedad y aun por su estupidez.
Nos miraba primero fijamente y comenzaba en seguida una tremenda filípica, como si fuese el llamado a guardar el orden y vigilar por la moralidad de todos.
-No puede pasarse sin meter la nariz en todas partes -decían riendo los reclusos, porque le tenían lástima y evitaban cuestiones con él.
-¿Has charlado ya bastante? Tres carros no bastarían para cargar todo lo que has dicho.
-No hay razón para gritar tanto por un puntazo de lanceta. ¡Calla, hombre, que te vas a desgañitar!
-¿Por qué se quejará de esa manera? ¡Vaya un hombre!
-Y cuenta -añadía otro- que las ventosas no valen la pena. Yo las he probado y les aseguro que lo único fastidioso en el mundo es que le tiren a uno de las orejas…
-¿Te han tirado a ti?
-¡Claro está!
-Ahora se comprende que las tengas como esportillas.
En efecto, el forzado a quien fue dirigida la pregunta, Schapkin, tenía unos apéndices auriculares enormes. Antiguo vagabundo, joven aún, inteligente y pacífico, hablaba siempre jocosamente, aunque disfrazando sus burlas con cierto aire de seriedad.
-¿Cómo podía yo sospechar que te habían tirado de las orejas, cabeza de chorlito? -proseguía Ustíantsev, dirigiéndose, indignado, a Schapkin.
Pero éste no le hacía caso.
-Vamos, cuenta -añadía otro-, ¿quién fue el que te hizo esa caricia?
-¡Qué caricia ni que ocho cuernos! -exclamaba Schapkin con cómica indignación-. Los jefes de policía no tienen nada de cariño, y a fe que no era manco el que de poco me dejó desorejado. Pues bien, escuchen ustedes, que es buena:
»Habíamos llegado a K. . . Efim, otro vagabundo que no tenía apellido, y yo. Por el camino nos refocilamos de lo lindo en una aldea llamada Tolmina. Llegamos a la ciudad y en seguida tanteamos el terreno para ver si podíamos dar un buen golpe y salir de naja a escape. Ya saben ustedes que a campo abierto es uno libre como el aire, pero no así en las ciudades. Entramos a la primera taberna que vimos y nos sorprendió encontramos con un hombrón que daba miedo, de mala catadura y vestido pobremente al uso tudesco, el cual se acercó a nosotros y, tras cuatro vulgaridades, nos espetó esta pregunta:
»-¿Llevan ustedes sus pasaportes?
»-No -le contestamos.
»-¡Caramba, ni yo tampoco! -repuso contrariado-. Lo peor del caso es que me acompañan dos amigos que están al servicio del general Cucú.[4] Hasta ahora hemos ido tirando más que pasablemente, pero la plata comienza a escasear… No obstante, puedo ofrecerles aún un litro de aguardiente, si lo quieren ustedes partir conmigo.
»-¡Con mil amores! -nos apresuramos a responder-. Beberemos todo lo que usted quiera.
»Entonces ellos nos indicaron el sitio donde se podía dar el golpe. Se trataba de una casa sita en un extremo de la ciudad, residencia de un opulento burgués, de donde no saldríamos seguramente con las manos vacías, y decidimos realizar la operación aquella misma noche. Pero ¡ay! mientras discutíamos el procedimiento, cayeron sobre nosotros los sabuesos de la policía, nos llevan a la delegación, y el propio jefe dice que se encarga del atestado y, por consiguiente, del interrogatorio.
»Era un hombre alto, corpulento y de enormes bigotes.
»Además de nosotros cinco, había otros tres vagabundos en su despacho.
»Ya saben ustedes, camaradas, que nada hay tan divertido como el interrogatorio de un vagabundo, pues al punto pierde la memoria y ni aun dándole martillazos en la cabeza se la harían recobrar. ¡Cuando cierra el pico no hay quien le haga hablar!
»El jefe de policía encendió su pipa, apuró una taza de té, y dirigiéndose a mí comenzó a preguntarme:
»¿Quién eres tú?
»Yo contesté, como suelen responder todos mis compañeros:
»-¡Aseguro a Vuestra Alta Nobleza que no lo sé!
»-¿Ah, sí? Bueno, espera, que luego ajustaremos cuentas, pues tu hocico no me es desconocido. Y tú, ¿quién eres? -pregunta a otro.
»-Hijo del país, Nobleza.
»¿Te llamas Hijo del país?
»-Sí, Nobleza.
»Está bien, quedamos en que eres hijo de todo el país. ¿Y tú? -añade, dirigiéndose a otro detenido.
»-Soy lo mismo que éste, Alta Nobleza.
»-Bien, ¿pero cómo te llamas?
»-Como él.
»-¿Quién te ha puesto ese nombre, bribón?
»-Personas de bien, señor. Vuestra Alta Nobleza sabe que no falta en este mundo esta clase de gente.
»-¿Quiénes son esas personas de bien?
»-Lo sabía, pero se me ha olvidado. Perdone Vuestra Alta Nobleza, no es culpa mía.
»-¿Pero has olvidado a toda esa gente honrada?
»-Por completo, Nobleza.
»-Sin embargo, tendrás familia, hermanos, padres, alguien, en fin, de quien puedas acordarte.
»-Posible es que los haya tenido, pero no me acuerdo de nadie, lo aseguro a Vuestra Alta Nobleza.
»-¿Dónde has vivido hasta ahora?
»-En el bosque.
»-¿Siempre en el bosque?
»-Siempre en el bosque.
»-¿También en el invierno?
»-No sé lo que es eso.
»-¡Eres un pillo de siete suelas! y tú, ¿cómo te llamas? -prosigue, encarándose con otro detenido.
»-Toparofi, Nobleza.
»-¿Y tú?
»-Aguza, Nobleza.
»-¿Y tú?
»-Afila, Nobleza.
»-¿Y tampoco se acuerdan de nada?
»-De nada absolutamente.
»-Llévenlos a todos a la cárcel -añade el jefe de policía, dirigiéndose a sus agentes-. Más tarde veré lo que se ha de hacer. Tú, desmemoriado -me dice-, siéntate ahí delante de la mesa.
»Le miro con aire embobado, veo papel, pluma y tintero y vacilo, diciéndome: ‘¿Qué me querrá este tío?’
»-¡Siéntate -repite-; toma la pluma y escribe!
»Y esto diciendo, me dio tal tirón de las orejas, que le miré como el diablo puede mirar a un cura echando bendiciones, seguro de que se las había llevado entre los dedos.
»-¡No sé escribir, Nobleza!
»-¡Escribe, te digo!
»-¡Tenga compasión de mí, Alta Nobleza!
»-¡Escribe o te desnuco!
»Y esta vez no se contenta con tirarme de las orejas, sino que me las retuerce despiadadamente. Les aseguro, camaradas, que hubiera preferido recibir quinientos azotes. ¡Oh, qué dolor más horrible!
»-¡Escribe! ¡escribe! -seguía diciendo el maldito policía.
»¿Se había vuelto loco? No; escuchen la razón de su insistencia. Pocos días antes, un empleado había dado un golpe en Tóbolsk, apoderándose de cuanto contenían las cajas de las oficinas y tomando al punto las de Villadiego con el importe de su operación. El dichoso empleado tenía también unas orejas respetables y sus señas personales convenían malhadadamente con las mías, y de aquí que el jefe de policía quisiera averiguar a toda costa si sabía yo escribir.»
-Era un viejo zorro el tal policía. Y dime, ¿te dolían los tirones?
-¡No me lo recuerden siquiera!
Resonó una carcajada unánime.
-¿Y escribiste?
-¡Qué había de escribir! Dejé correr la pluma por el papel haciendo garabatos hasta que el policía se cansó de retorcerme las orejas, me propinó la docena de pescozones de rigor y me dejó ir…a la cárcel.
-Pero tú sabes escribir, ¿verdad?
-Sí, pero se me olvida apenas veo la pluma en la mesa de un jefe de policía.
*
Gracias a estas conversaciones se pasaban menos aburridas las horas en el penal.
¡Dios mío que fastidio! Los días eran inacabables, sofocantes, horriblemente monótonos. ¡Si a lo menos hubiese tenido un libro!
Sin embargo, entraba con frecuencia al hospital, sobre todo al principio de mi condena, ora porque estaba realmente enfermo, ora para descansar, o bien para salir por unos días del penal, donde la vida resultaba aún más penosa especialmente desde el punto de vista moral.
En el presidio encontrábanse siempre las mismas envidias, la misma hostilidad pendenciera, las mismas burlas, las mismas provocaciones y las mismas caras amenazadoras que denunciaban el odio que inspirábamos a aquellos desalmados los que pertenecíamos a una clase social más elevada que la de ellos.
En el hospital, a lo menos, vivíamos como iguales, éramos camaradas.
El momento más triste del día era el del anochecer. Nos acostábamos muy temprano. En el fondo de la sala se percibía una vieja estufa como un punto brillante. El resto del departamento permanecía envuelto en una oscuridad casi completa. El aire infecto, sofocante; algunos enfermos no podían conciliar el sueño y se pasaban horas enteras incorporados en la cama y la cabeza apoyada absortos en sus pensamientos.
Yo les miraba tratando de adivinar en qué pensaban para matar el tiempo y también poníame a fantasear soñando con el pasado que se ofrecía prepotentemente a mi imaginación. Recuerdo pormenores que en cualquier otro tiempo hubiera olvidado y no me habrían causado una impresión tan honda como entonces.
Soñaba también con el porvenir. ¿Cuándo saldría del penal? ¿Qué sería entonces de mí? ¿Volvería a mi país natal?
Pensaba, pensaba y sentía renacer en mi alma la esperanza… Me ponía luego a contar, uno, dos, tres, cuatro, etc., confiando en que así me dormiría, pero llegaba a veces hasta tres mil sin conseguirlo. De vez en cuando oía que Ustíantsev tosía, con voz de tísico, gemía luego y balbuceaba:
-¡Dios mío, he pecado!
¡Qué espantoso era escuchar aquella voz enferma, débil y entrecortada en medio del silencio absoluto que reinaba en la sala!
En un rincón, conversaban algunos enfermos que tampoco podían conciliar el sueño. Uno de ellos contaba su pasado, hablaba de cosas lejanas y desvanecidas; de su vida de latrocinios, de sus hijos, de su mujer, de sus antiguas costumbres…
Se oía una vez que otra un susurro ligero como de agua que cayera en un recipiente allá lejos, en el fondo de la sala…
Recuerdo que en una de esas interminables noches de invierno, oí un relato que al principio me pareció un sueño contado bajo la angustia de una fuerte pesadilla, soñada en un momento de perturbación febril, de delirio.
IV
El marido de Akulka
Eran las once de la noche. Rato hacía que dormía yo profundamente en mi cama, cuando me desperté sobresaltado.
La luz débil y oscilante del farolillo apenas alumbraba una parte de la sala. Todos dormían, incluso Ustíantsev.
En el corredor resonaban los pasos de la patrulla que se acercaba: oyóse el ruido seco producido al golpear en el suelo con la culata de un fusil y en seguida el chirrido de los cerrojos de la puerta que se abría. Entró el cabo de guardia, contó a los enfermos y abandonó la sala, en la que volvió a reinar el más profundo silencio.
Únicamente entonces eché de ver que, cerca de mí, hablaban en voz baja. No oí el principio de su conversación y perdí muchas frases; pero poco a poco me fui acostumbrando a aquel murmullo y lo entendí todo.
Sucede a menudo que dos detenidos que tienen las camas juntas y no se han cambiado una palabra en semanas y aun en meses enteros, entablan de improviso una conversación animada en el corazón de la noche y se cuentan mutuamente sus historias y sus cuitas.
Uno de ellos hablaba con calor incorporado en su lecho e inclinada la cabeza hacia su interlocutor. Estaba visiblemente sobreexcitado. Su compañero, sentado con aire triste y apático en su cama, balbucía de vez en cuando alguna frase en respuesta al que hablaba, tomando repetidos polvos de rapé. Cherevin, el oyente, era soldado de la compañía disciplinaria, malhumorado siempre, frío y calculador, un imbécil lleno de amor propio, mientras que Schíshkov, su interlocutor, era un joven de treinta años, de la clase media privilegiada, en el que apenas había yo reparado.
Durante el tiempo que llevaba en el penal, no me había inspirado jamás interés, porque era excesivamente vanidoso y atolondrado. A veces guardaba silencio por semanas enteras y permanecía ceñudo y desdeñoso. Repentinamente se animaba e iba de pabellón en pabellón contando las historias más extrañas, calumniando a mansalva, desafiando a todos y promoviendo alborotos y pendencias; parecía fuera de sí por la exaltación. Le castigaban entonces con unos cuantos azotes y volvía a guardar silencio por otros cuantos días, hasta que volvía a las andadas. Como era haragán y rastrero, le miraban todos con profundo desprecio. Era de pequeña estatura, muy delgado, y cuando no estaba absorto en sus pensamientos miraba con ojos espantados. Cuando refería algo se exaltaba, gesticulaba como un loco, se interrumpía, perdíase en mil digresiones y acababa por olvidar el objeto de la conversación.
Se enojaba por cualquier futesa, insultaba al adversario, hablaba con aire sentimental y casi lloraba...
Su pasión era la balalaika,que tocaba bastante discretamente y bailaba también con mucha destreza los días de fiesta, incitado por sus compañeros. Se podía hacer de él lo que se quisiera, no porque fuese obediente sino por su afán de hacerse de amigos y complacerlos.
Durante largo rato, repito, no pude entender bien lo que Schíshkov contaba; parecíame que se apartaba a menudo del tema para hablar de otra cosa. Quizá había notado que Cherevin no prestaba atención a su relato, pero no se daba por advertido y continuaba impertérrito.
-Cuando iba al mercado, todo el mundo le saludaba, porque era un ricachón, un labrador…
-¿No has dicho que se dedicaba al comercio?
-Sí, era tendero también. Entre nosotros, los labradores están siempre arruinados, parecen desposados con la miseria; las mujeres han de ir al río para tomar el agua que necesitan para regar las huertas, se matan trabajando y se afanan inútilmente, porque luego apenas pueden recoger para una ensalada. Pero el individuo de quien te hablo poseía un magnífico predio, muy bien cultivado y numerosas colmenas que producían abundante miel. Además, era tratante en ganados. En una palabra, en el pueblo era un personaje temido y respetado. Sesenta años bien contados llevaba ya sobre sus espaldas en la época a que me refiero y tenía los cabellos grises. Cuando se presentaba en el mercado todo el mundo le saludaba.
»-¡Buenos días, compadre Ankudim Trofímich!
»-Buenos días -contestaba-. ¿Cómo vamos?
»Porque debes saber que no despreciaba a nadie.
»-Que Dios le conceda aún muchos años de vida, Ankudim Trofímich.
»-¿Como van tus negocios?
»-Muy bien, ¿y los suyos, compadre?
»-Hombre, no puedo quejarme; la tierra me va dando todo lo que puede.
»-Que Dios aumente sus bienes…
»Repito que no despreciaba a nadie, por humilde que fuera.
»Sus consejos eran buenos; cada palabra suya valía un rublo. Leía mucho, porque era muy instruido, pero siempre libros religiosos, llamaba a su esposa Maria y le explicaba minuciosamente lo que acababa de leer.
»Maria Stepánovna, joven aún, era su segunda mujer. Habíase casado con ella esperanzado en tener hijos, que no pudo haber en su primera esposa, y en efecto, aquélla le hizo padre de dos, que eran muy jóvenes aún, porque Vasia, el menor, nació cuando Ankudim Trofímich llegaba a los sesenta años y Akulka, la menor, no contaba arriba de diez y ocho.»
-Esa Akulka es tu mujer, ¿verdad? -interrumpió Cherevin.
-Espera, ya hablaremos de eso. Filka Morosov comienza a hacer el tonto y dice a Ankudim:
»-Separémonos, devuélveme mis cuatrocientos rublos, pues ni quiero continuar este tráfico ni casarme con Akulka, sino divertirme. Puesto que mis padres han muerto, estoy decidido a darme buena vida, y cuando haya derrochado el último kópekme haré soldado y llegaré a general.
»Ankudim le restituyó su dinero, pues en otro tiempo negociaba asociado al padre de Filka.
»-¡Eres un perdido! -le dijo al entregárselo.
»-Si yo soy un perdido, viejo insolente -le contestó Filka- tú eres el mayor ladrón que me he echado a la cara. En tu afán de acumular una fortuna no reparas en los medios, y no quiero tener que ver nada contigo, y, sobre todo, no me casaré jamás con Akulka, porque me ha dado de antemano lo que las mujeres no entregan al hombre hasta que es su marido...
»-¿Cómo te atreves, miserable, a insultar las canas de un anciano y mancillar el honor de una joven como mi hija? ¡Mientes, miserable, víbora, perro sarnoso! -exclamó Ankudim, rojo de ira.
»-No sólo no me casaré con ella aunque me dieses montañas, sino que nadie querrá por esposa a una mujer deshonrada -insistió Filka al tiempo de abandonar la casa del anciano.
»Después de esto se dedicó a propalar la especie por todo el pueblo valiéndose de varios amigos a quienes pagaba con este objeto.
»Vendió todas sus propiedades e iba diciendo a cuantos querían oírle:
»-Quiero ver el fondo de mi bolsa, venderé luego la casa y sentaré plaza en el ejército o me echaré al campo.
»Estaba ebrio desde por la mañana hasta la noche y paseaba en un coche tirado por dos caballos atalajados con grandes colleras sembradas de cascabeles. Entre las muchachas del pueblo tenía un gran partido…»
-¿Pero era cierto que había tenido algo que ver con Akulka? -volvió a interrumpir Cherevin.
-Ya llegaremos a eso, ten paciencia. Mi padre había fallecido. Mi madre amasaba y cocía pan por cuenta de Ankudim, y esto nos daba para ir viviendo, pero muy mal. Poseíamos, además, una parcela de tierra, que sembrábamos de trigo o cebada, pero en cuanto murió mi padre la vendí y derroché su importe, y para obligar a mi madre a que me diese dinero llegué a pegarle…»
-Hiciste muy mal -interrumpió Cherevin-; una madre es sagrada para los hijos.
-A veces estaba ebrio todo el día y no me daba cuenta de lo que hacía. Poseíamos también una casucha, todo lo pobre y miserable que quieras, pero que al fin y al cabo era nuestra y algo nos hubieran dado por ella. Padecíamos hambre, pues a veces nos pasábamos semanas enteras comiendo raíces. Mi madre me atormentaba a todas horas diciéndome simplezas, pero yo no le hacía caso, y me convertí en la sombra de Filka Morosov.
»-Tócame la guitarra -me decía- y yo te escucharé tendido en la cama. Te pagaré bien porque soy el hombre más rico del mundo.
»No sabía ya qué inventar, pero no tomaba jamás nada que fuese de dudosa procedencia, porque se preciaba de honrado.
»-Vamos a embadurnar de pez[5] la puerta de Akulka -me dijo un día-. No quiero que se case con Mikita Grigórich. Ahora estoy más empeñado que nunca en impedirlo.
»Tiempo hacía ya que el viejo Ankudim Trofímich quería casar a su hija con Mikita Grigórich, hombre ya entrado en años, con los anteojos calados siempre y comerciante; pero cuando oyó hablar de la mala conducta de Akulka, dijo a Ankudim, sin andarse por las ramas:
»-Haría un papel muy ridículo si tomase a su hija por esposa; además, ya soy demasiado viejo para casarme y renuncio al matrimonio.
»Embadurnamos, pues, con humo de pez la puerta de la muchacha, y desde aquel momento comenzaron sus padres a propinarle tales palizas que la dejaban por muerta. Maria Stepánovna gritaba:
»-¡Eso será mi muerte!
»Y el viejo Ankudim añadía:
»-Si estuviéramos en los tiempos patriarcales la sacrificaría sobre un altar; mas en este mundo todo es ahora podredumbre y corrupción.
»Los vecinos oían chillar de vez en cuando a Akulka, pues le pegaban atrozmente a todas horas.
»En cierta ocasión me la tropecé en el momento que salía de su casa para ir a la fuente, y deteniéndome le dije:
»-Buenos días, Akulka Ankudímovna, -¿con quién vives y de dónde sacas el dinero para ir tan elegante?
»No le dije más: ella se limitó a mirarme con sus ojazos negros. Estaba más delgada que un huso.
»Su madre, creyendo que estaba chicoleando conmigo, le gritó desde la puerta:
»-¿Qué tienes que ver con ése, desvergonzada?
»Y volvieron a pegarle desde aquel día con más furia que nunca, si cabe.
»-Le pego -decía su madre-, porque ya no es mi hija.»
-¿Luego era, en efecto, una mujer de mala vida? -preguntó, intrigado, Cherevin.
-Todo lo sabrás, no te impacientes. No hacía más que emborracharme con Filka.
»Un día que estaba yo acostado, llegó mi madre, y sin más ni más comenzó a llenarme de improperios y me dijo:
»-¿Qué haces ahí tendido, sinvergüenza, haragán? Cásate con Akulka; te la darán gustosos, con trescientos rublos de dote.
»-¿Pero no sabes que está deshonrada? -respondí.
»-¡Bah! Esas manchas desaparecen bajo la corona matrimonial. Tú vivirás como un rey, ella temblará delante de ti y nos daremos la gran vida con su dinero. Ya he hablado de este casamiento con Maria Stepánovna y estamos de acuerdo.
»-Denme en seguida veinte rublos y me caso -contesté.
»Así lo hicieron, pero desde aquel momento salía de empalmar una borrachera con otra.
»Filka Morosov, por otra parte, no hacía más que amenazarme:
»-¡Te voy a romper las costillas, prometido de una tal! -me decía-. Cuando estés casado, tu mujer lo será mía más que tuya.
»-¡Mientes, perro! -exclamé yo indignado.
»Volví a mi casa y dije resueltamente:
»-No me casaré jamás, si no me dan ahora mismo cincuenta rublos.»
-¿Y te casaste, al fin?
-Por fuerza -contestó Schíshkov a la pregunta de Cherevin-, e hice mal, porque nosotros no éramos gente deshonrada. Mi padre quedó arruinado, poco antes de su muerte, a causa de un incendio, pero había sido más rico que Ankudim Trofímich.
»-¡Miserable descamisado -me dijo éste-, debieras tenerte por muy honrado siendo el marido de mi hija!
»-Si no hubieran embadurnado su puerta con alquitrán, quizá; mas ahora...
»-¡Calla, imbécil, que no sabes lo que dices! ¡Demuéstrame que mi hija ha sido deshonrada! Sin embargo, las puertas de mi casa están abiertas de par en par para que te marches, pero me has de devolver el dinero que te he entregado.
»No hubo más remedio que pasar por el yugo matrimonial.
»Yo seguía empalmando borrachera con borrachera, pero en cuanto estuvimos en la iglesia me despejé por completo.
»El viejo Ankudim no hacía más que llorar.
»Yo me había metido un látigo en el bolsillo al ir a la iglesia, y estaba resuelto a emplearlo para que se supiese por medio de qué abominable engaño había sido yo víctima y demostrar que no era tan tonto como suponían-…»
-Y que a la vez comprendiese tu esposa lo que podía esperar de ti, ¿no es cierto? -interrumpió Cherevin.
-Lo has adivinado, compadre. Pero me contuve. Terminada la ceremonia, nos condujeron a Akulka y a mí a la cámara nupcial, mientras los demás bebían en celebración de la boda.
»Akulka estaba pálida como la cera. Era muy linda, en verdad, de cabellos finos, de un rubio claro como el lino, y ojos grandísimos que miraban con espanto el látigo que yo había colocado sobre la cama.
»No despegaba los labios; diríase que se había vuelto muda de repente. En fin, me conmoví, no hice uso del látigo y... ya te puedes imaginar la escena que se desarrolló. Pero lo que no llegarías ni a sospechar siquiera es que Akulka era inocente, que nada vituperable tenía yo que reprocharle.»
-¡Es posible!
-Lo que oyes, Cherevin. Era honrada, como pudiera serlo la muchacha más pura. ¿Por qué, pues, había sufrido sin chistar tales tormentos? ¿Por qué la había difamado Filka Morosov?
-Eso es precisamente lo que yo me pregunto.
-Salté entonces del lecho y arrodillándome ante ella junté las manos y exclamé: ‘Perdóname, querida mía, por haber sido tan bestia prestando oídos a las calumnias que han propalado en contra tuya. ¡Perdóname, soy un canalla!’
»Ella estaba sentada en el borde de la cama y me miraba sin pestañear. Luego me puso ambas manos en los hombros y soltó el trapo a reír, a pesar de que las lágrimas rodaban por sus pálidas mejillas. Reía y sollozaba al mismo tiempo.
»Yo salí de la alcoba rojo de ira, y dije con voz estentórea, dirigiéndome a los convidados a la boda:
»-¡Ay de Filka Morosov en el momento que le eche la vista encima! ¡Es un vil calumniador!
»Mis suegros no podían articular palabra, embargados por la emoción, y Maria Stepánovna estaba para arrojarse a los pies de Akulka y pedirle perdón, cuando a Ankudim se le ocurrió exclamar:
»-¡Pobre hija de mi alma! Si hubiéramos sabido esto, no sería hoy tu marido ese animal.
»Yo no contesté, porque me hice cargo que el pobre viejo no sabía lo que se estaba diciendo en aquel momento.
»Había que ver lo bien ataviados que íbamos el primer domingo, después de nuestra boda, al salir de la iglesia. Todos se paraban para mirarnos.
»Yo,a la verdad, no hacía mala pareja con Akulka, que estaba monísima. Pero no hay que vanagloriarse, ni humillarse tampoco, porque personas como nosotros se encuentran a docenas y…»
-No jures, te creo por tu palabra -volvió a interrumpir Cherevin.
-No digas simplezas y escucha -prosiguió Schíshkov-. El día después de mi casamiento, logré escaparme de casa de mi suegro, y más borracho que una cuba me planté en medio de la plaza gritando con todas las fuerzas de mis pulmones: ‘¡Que venga ese ganapán de Filka Morosov! ¡Que venga ese vil calumniador de muchachas honradas, que le voy a arrancar la lengua!’
»Yo gritaba como un energúmeno, y tres hombres hubieron de apelar a todas sus fuerzas para llevarme primero a casa de Vlasov y luego a mi domicilio. En el pueblo no se hablaba de otra cosa. Las muchachas se decían unas a otras en el mercado:
»-¿Sabes la noticia?
»-¿Sobre qué?
»-¡Pues sobre que Akulka... había sido calumniada! ¡Que no había razón para señalar su puerta con alquitrán!
»Algunos días después me tropecé con Filka Morosov, el cual me dijo delante de varias personas:
»-Vende tu mujer, y así no te faltará para aguardiente. El soldado Yaschka se casó únicamente por eso. No ha compartido el lecho ni una sola vez con su mujer, pero en cambio ha tenido siempre dinero para emborracharse y ya hace tres años…
»-¡Canalla ! -le interrumpí.
»-¡Imbécil! -me contestó. Cuando te casaste no estabas en tu cabal juicio y, claro, como no sabías lo que te pescabas, te dieron gato por liebre.
»Estas palabras me abrieron los ojos y vuelto a casa grité desesperado:
»-¡Me casaron ustedes estando borracho!
»La madre de Akulka iba a arrojarse sobre mí con la sana intención de arrancarme los ojos, pero yo la contuve a tiempo diciéndole:
»-Maria Stepánovna, tú no entiendes más que de dinero. Que venga mi mujer.
»Aquel mismo día le propiné la primera paliza de la serie que no había de tener interrupción. Entré en la alcoba y no dejé de azotarla hasta que, rendido, se me cayó el látigo de la mano. Durante tres días no pudo abandonar el lecho.»
-¡Magnífico! -dijo Cherevin con flema-; si no se les pega a las mujeres, ellas se anticipan... ¿La sorprendiste algún día con su amante?
»-No, nunca me dio el más ligero motivo ni aun para abrigar sospechas -repuso Schíshkov tras una breve pausa-. Pero estaba fuera de mí, porque era el blanco de las burlas generales, especialmente de Filka Morosov, el cual me decía cada vez que me encontraba:
»-Tu mujer está destinada a serlo al mismo tiempo de los otros.
»Un día nos invitó a su casa, y a las primeras de cambio dijo, dirigiéndose a los demás convidados:
»-He aquí un marido dichoso. Tiene una mujer hermosa, noble, bien educada, afectuosa y, sobre todo, muy complaciente con nuestro sexo. ¿Te has olvidado, amiguito -añadió volviéndose hacia mí-, que nos ayudaste a embadurnar su puerta con alquitrán?
»Estaba borracho, como de costumbre, y asiéndome por los cabellos me echó a rodar por el suelo.
»-Vaya -me dijo-, baila un poco, esposo de Akulka; yo te tendré por el pelo para que no te caigas.
»-¡Canalla! -rugí encolerizado.
»-Déjate de palabras gruesas -me contestó-. Te aseguro que iré a tu casa con unos cuantos amigos alegres y daré una tunda de latigazos a tu mujer, porque eso me divertirá.
»¿Lo creerás? durante un mes no me atreví a salir de casa, temiendo que Filka llevase a cabo su amenaza. Entretanto, menudeaban las palizas a mi mujer.»
-Perdías el tiempo lastimosamente -repuso Cherevin-; a las mujeres se les puede atar de manos y pies pero no de la lengua. No conviene hacer uso del látigo más de lo necesario. Primero se les pega, luego se les sermonea y, por último, se les acaricia. Para esto ha sido creada la mujer.
Schíshkov guardó silencio unos instantes.
-Estaba furioso -prosiguió-. Volví a mi antigua costumbre y le pegaba desde la mañana hasta la noche por cualquier futesa; si no le descargaba unos cuantos latigazos me aburría. A veces la sorprendía sentada en el hueco de la ventana llorando amargamente. Daba lástima verla llorar y me acercaba a ella para consolada, y al punto exclamaba:
»-¡Eres un infame que mereces ir a presidio!
»-¡Si no cierras la boca te estrangulo! -respondía yo-. ¿Te olvidas de que me casaron contigo aprovechándose de mi embriaguez? ¿No tienes presente que me engañaste?
»Al principio el viejo Ankudim quiso mezclarse en nuestros asuntos y me dijo un día:
»No te creas que infundes miedo a nadie y que si me obligas te haré entrar en razón.
»Pero no le dejé continuar.
»Maria Stepánovna habíase vuelto afabilísima.
»Cierto día vino a verme deshecha en llanto.
»-No puedo más, Iván Semiónich -me dijo-. Tengo el corazón destrozado y lo que voy a pedirte nada te cuesta. ¡Déjala que se vaya!
»Y prosiguió entre sollozos, arrojándose a mis plantas:
»-¡Ten compasión de ella, perdónala! Los malvados la han calumniado; tú sabes muy bien que era honrada cuando te casaste con ella.
»Yo no hice caso de sus lágrimas ni de sus ruegos.
»-¡Basta, ni una palabra más! -le contesté-. Yo sé lo que tengo que hacer. En cuanto a Filka Morosov, sabe que es uno de mis mejores amigos…»
-¿Habían vuelto ustedes a emborracharse juntos? -preguntó Cherevin.
-¡Quia! Ya no se podían hacer migas con él. Habíase bebido hasta el último kópek y, conforme a sus propósitos, se vendió para sustituir en el servicio militar al hijo de un rico burgués del pueblo. Entre nosotros, cuando un joven se decide a ser sustituto de un soldado, es el dueño de la casa y de sus moradores hasta que es llamado a incorporarse al cuerpo que le designen. La cantidad estipulada no la recibe hasta el día de la marcha; pero entretanto vive en la casa del sustituido, a veces durante seis meses. No hay horrores que esa gente no cometa. Es como para sacar de la vivienda las imágenes sagradas. Desde el momento en que consiente en reemplazar al hijo de familia, se considera como un bienhechor y cree que todo le está permitido. Así, pues, Filka Morosov era el amo, el déspota de aquella casa.
Cohabitaba con la hija; no respetaba a la madre, y al padre le llevaba de aquí para allá tirándole de la barba. Exigía que diariamente le preparasen el baño a vapor, que produjesen éste con aguardiente y que las mujeres de la casa le llevasen al baño sosteniéndole por debajo de los brazos.[6]
»Cuando volvía a casa del burgués, después de una de sus orgías, deteníase en la acera gritando:
»-¡No quiero entrar por la puerta! ¡Que abran una brecha en la pared de cerca del jardín para que pueda yo pasar!
»Y era preciso obedecerle.
»Llegó, finalmente, el día en que fue llamado a incorporarse a su regimiento. Desde aquel momento le hicieron pasar la borrachera.
»Todo el pueblo se apiñaba en las calles, para verle pasar exclamando con pesar:
»-¡Se llevan a Filka Morosov!
»Akulka volvía del huerto, y apenas la vio Filka saltó del carro, y arrodillándose ante ella, exclamó:
»-Hermosa mía, bastoncito de rosa hace dos años que te amo locamente. Ahora me llevan al regimiento, y quién sabe si nos volveremos a ver. Perdóname, hija honrada de un padre honradísimo, yo soy el causante de todas tus desventuras. ¡Soy un miserable, un canalla!
»Akulka estaba espantada, pero se rehizo prontamente, le saludó con una inclinación tan profunda que de poco no se rompe el espinazo, y replicó:
»-Perdóname tú también, hermoso y querido joven; no te guardo rencor.
»Entré en casa en pos de ella.
»-¿Qué le has dicho a ese hombre, perra maldita? -le pregunté echando espumarajos por la boca.
»¿Lo creerás? mi mujer, ni se inmutó siquiera, y mirándome con aire de desafío me contestó:
»-¡Pues que le amo con toda mi alma!
»-¡Oh!
»Me quedé como petrificado. De momento no le dije palabra ni en todo el día hice la más ligera alusión a lo ocurrido: únicamente al tiempo de ir a acostarnos, le susurré al oído:
»-Akulka, tengo que matarte.
»No pude pegar ojo en toda la noche. Apenas fue de día salí de la alcoba para beberme el kvas y al cabo de un rato volví para decirle:
»-Akulka, prepárate para venir conmigo.
»Ya había combinado mi plan.
»-Tienes razón; hay que recoger la cosecha y me han dicho que desde hace días el trabajador que tenemos está enfermo y no hace nada -me contestó, disponiéndose a seguirme.
»Enganché el rocín al carrillo sin decir palabra.
»A la salida del pueblo hay un bosque que mide quince verstas de extensión, y al fondo estaba situada nuestra parcela de tierra de labor; mas apenas hubimos recorrido tres verstas a través del bosque, paré el caballo y dije a mi mujer.
»-Apéate, Akulka, que ha llegado tu última hora.
»Ella me miró con expresión de espanto.
»-Me has hecho sufrir demasiado y quiero acabar de una vez -añadí-. Encomienda tu alma a Dios.
»Dicho esto la agarré por sus largas y abundosas trenzas, la hice caer al suelo, la sujeté entre mis piernas, saqué el cuchillo, le eché la cabeza atrás, y le di una puñalada en la garganta... Gritó ella, la sangre brotaba a chorros de su herida... Entonces la tendí en el suelo y la abracé con todas mis fuerzas, para que fuera mía por última vez... Yo aullaba, ella gritaba, se revolvía... la sangre, su sangre, me salpicaba el rostro, me teñía las manos … Tuve miedo entonces, y la dejé… Abandoné también el caballo y el carricoche, atravesé el bosque como si llevase el diablo a los talones, y entrando en la casa por la parte posterior, me escondí en el cuarto de baño que estaba medio derruido y nadie lo utilizaba.»
-¿Y Akulka? -preguntó Cherevin.
-Se levantó también con ánimo de volver a casa. Más tarde la encontraron a cien pasos del sitio donde yo la había herido.
-¿De manera que no la remataste?
-No.
Schíshkov guardó silencio.
-Sí -prosiguió Cherevin-, indudablemente no le cortarías una vena que llaman yugular, y sin eso, aunque arrojase torrentes de Sangre, escaparía…
-Pues no escapó. La encontraron muerta al atardecer. Inmediatamente sospecharon de mí y se pusieron a buscarme. A media noche me descubrieron en el baño... y ya hace cuatro años que estoy aquí -añadió Schikof tras una breve pausa.
-Ciertamente -prosiguió sentenciosamente Cherevin-, si no se les pega no se puede sacar partido de ellas... Sin embargo, amiguito, has obrado como un solemnísimo burro. Yo sorprendí a mi mujer con un amante: tomé un ronzal y doblándolo en dos le pregunté: «¿A quién juraste fidelidad? ¿A quién juraste tu fe en la iglesia?» Y sin esperar la respuesta, le estuve dando gusto a la mano durante una hora, hasta que, medio destrozada por las caricias del ronzal, exclamó: «Te lavaré los pies y me beberé después el agua.» Se llamaba Avelotia.
[1] Viejo practicante militar.
[2] Personaje de Las almas muertas de Gógol.
[3] Los schipitzruten eran varas de las que se hacía mucho uso en Alemania, donde fue inventado esta castigo.
[4][4] Quiere decir del bosque donde canta el cucú.
[5] Embadurnar de pez la puerta de una muchacha significa que ésta ha perdido su inocencia.
[6] Era una muestra de respeto que se daba antes en Rusia.