V
Durante el verano
Estamos en abril; la Semana Santa se avecina y se da comienzo a los trabajos de la época de los calores.
El sol es cada día más cálido y esplendoroso; el aire está impregnado de los efluvios primaverales e influye sobre el sistema nervioso.
El recluso que está encadenado siente también el influjo de los días espléndidos que engendran en él nuevos deseos, vivas aspiraciones y nostálgica tristeza.
Creo que siente mayor añoranza de libertad en un día de sol que en los lluviosos y grises del otoño y del invierno.
Observé un hecho notable en todos los penados: si experimentaban algún placer en un día hermoso y claro, se volvían impacientes, irascibles. Noté, además, que en la primavera las disputas y las pendencias eran más frecuentes, mayor el estrépito, las riñas casi todas cruentas.
Durante las horas de trabajo sorprendíase una mirada que otra pensativa, obstinada, perdida en el lejano horizonte azul, a la otra orilla del Irtich, donde comenzaba la llanura que se extendía uniformemente por centenares de verstas, la libre estepa de los cherqueses.
Sentíanse hondos suspiros, exhalados de lo más profundo del pecho, como si aquel aire lejano y libre invitase a los forzados a respirar a plenos pulmones y aliviar su alma oprimida y prisionera.
El pobre forzado trata, al fin, de sacudir su arrobamiento, de substraerse a los tristes recuerdos que le embargan y empuña furiosamente el pico o carga con los ladrillos que ha de transportar de un sitio a otro.
Al cabo de un momento ha olvidado aquella sensación fugaz y se pone a reír o a borbotar, según su carácter.
Acomete la tarea que le han señalado con ardor insólito, como si tratase de sobreponerse, sofocándole, el dolor que le atormenta. Son todos individuos vigorosos, en la flor de su vida, en el pleno goce de sus fuerzas... ¡Qué pesadas son las cadenas en esta estación! No hago alardes de sentimentalismo; garantizo la exactitud de mis observaciones.
Durante la estación calurosa, bajo un sol de fuego, cuando se siente con todas las fuerzas del alma y del corazón y la naturaleza renace en nuestro derredor exuberante de vida, resulta mucho más penosa la prisión, la vigilancia constante de la escolta, la tiranía de una voluntad ajena.
Además es en la primavera cuando, con el primer canto de la alondra, comienza la vagancia en toda la Siberia y en todas las Rusias. Los presos se evaden de las cárceles y buscan un refugio en los bosques. Después de la prisión sofocante, de los calabozos lóbregos, de las cadenas, de las varas y de los azotes, vagabundean donde mejor les parece, a la ventura, en los parajes en que suponen que la vida es más agradable y más fácil. Beben y comen lo que encuentran, duermen tranquilos en el bosque o a campo abierto, sin pensamientos tristes, sin las angustias de la cárcel, como los pajarillos del aire, dando las buenas noches sólo a las estrellas del cielo, bajo la mirada única de Dios.
Pero no es todo dicha; a veces se padece hambre “al servicio del general Cucú”. A menudo no encuentra el vagabundo un pedazo de pan que llevarse a la boca, tiene que ocultarse, se ve obligado a robar y, a veces, perseguido, a asesinar también.
«El deportado es un niño que se precipita sobre todo lo que ve», se dice en Siberia.
Pero este dicho puede y debe aplicarse en toda su extensión al vagabundo. Casi todos son ladrones y forajidos, más por necesidad que por vocación.
Los vagabundos desalmados son numerosos. Existen forzados que se evaden, una vez extinguida su condena, cuando ya son colonos y están en condiciones de ser felices y asegurarse el pan de cada día.
La vida de los bosques, miserable y triste pero libre y aventurera tiene, para los que la conocen, un atractivo fascinador y misterioso. Nos sorprende encontrar entre esos fugitivos individuos ordenados y pacíficos que prometían convertirse en excelentes agricultores y maridos modelos.
No obstante, el forzado se casa, tiene hijos, vive tranquilamente cinco o seis años en el mismo lugar, y de improviso, desaparece y abandona mujer, hijos y hacienda, para acabar, a la larga, por volver al presido.
En el penal me indicaron a uno de estos desertores del hogar doméstico.
No había cometido ningún delito, o, por lo menos, no se le imputaba, pero había desertado... desertado para siempre. Había residido en la frontera meridional del Imperio, del lado de allá del Danubio, en la Kirghizia, en la Siberia oriental, en el Cáucaso, en todas partes.
¡Quién sabe! en otras condiciones, este hombre, llevado por su afición a los viajes, tal vez hubiera llegado a ser un Robinson Crusoe.
Estos pormenores los supe por otros penados, pues el interesado no despegaba los labios sino por absoluta necesidad.
Era un muchik de cincuenta años, tosco, pacífico, de aspecto sencillo, casi imbécil. Gustaba de permanecer horas y horas sentado al sol, tarareando entre dientes alguna canción, pero tan quedamente que no se le oía a cinco pasos de distancia. Comía poco, preferentemente pan moreno, y no compraba jamás pan blanco ni aguardiente. Yo creo que no tenía jamás dinero ni lo deseaba, Pues todo lo miraba con indiferencia. De vez en cuando solía dar de comer con sus propias manos a los perros del penal, lo cual no hacían los otros jamás, porque, generalmente, en Rusia no se siente inclinación por dar de comer a esos fieles amigos del hombre. Decíase que habíase casado, no una, sino dos veces, y que tenía hijos residentes no recuerdo dónde.
Ignoro por qué le enviaron a presidio.
Todos estábamos persuadidos de que se evadiría más tarde o más temprano, pero, sea porque aún no hubiese llegado la hora o porque ya no fuese tiempo, lo cierto es que extinguía tranquilamente, su condena…
No tenía relaciones de ninguna clase en el ambiente en que vivía; era demasiado concentrado en sí mismo para tenerlas. No había, empero, que fiarse de su calma aparente, ¿mas qué hubiera ganado fugándose?
Comparando su vida errante por los bosques con la del penal, esta última resultaba una felicidad paradisíaca. El destino del vagabundo es muy desgraciado, pero al menos es libre. He aquí por qué todo preso, cualquiera que sea el punto de Rusia en que radique su cárcel, se siente inquieto apenas le acarician los sonrientes rayos de la primavera, sin que por esto piensen todos en la evasión; es más, por temor a los obstáculos y al castigo que les aguarda si de nuevo son cogidos o fracasan sus tentativas, hay uno entre ciento que se decida; pero los otros noventa y nueve no hacen más que soñar cómo y adónde podrían escaparse.
Este deseo, la sola idea de una esperanza, por remota que sea, les consuela.
Me refiero a los que ya han sido condenados; pues los detenidos que no han comenzado aún a extinguir su pena, se deciden más fácilmente.
Los reclusos se evaden, ordinariamente, al principio de su encierro. Cuando llevan dos o tres años en el penal, lo piensan mejor y prefieren pagar legalmente su cuenta y trocarse luego en colonos a arriesgarse en empresas cuyas consecuencias pueden ser terribles.
No hay un penado de cada diez que logre “cambiar de suerte”.
Y los que lo intentan son, por lo general, los condenados a reclusión por tiempo indefinido.
Cambiar suerte es un término técnico en los penales.
Si un forzado es sorprendido en flagrante delito de evasión, responde, al ser interrogado, que trataba de “cambiar de suerte”.
Esta expresión, un sí es no es literaria, describe perfectamente el acto que designa.
Ningún evadido espera llegar a ser completamente libre, pues sabe que esto es imposible; pero quiere que le envíen a otro establecimiento, que le hagan colonizar el país, que le juzguen nuevamente por un crimen cometido durante su vagancia. En resumidas cuentas; no le importa el lugar adonde le envíen, con tal que no sea al presidio en que haya estado anteriormente, pues su estancia en el mismo le resulta insoportable.
Si estos fugitivos no encuentran en el verano un lugar a propósito para pasar el tiempo o no cuentan con personas interesadas en ocultarles, o si no encuentran, al fin, la manera de hacerse de un pasaporte, aunque sea perpetrando un asesinato que le permitan vivir sin inquietudes en todas partes, se aglomeran en la ciudad o en las cárceles. Confiesan su condición de vagabundos y pasan la estación de los fríos en las prisiones del Estado, esperanzados con evadirse el próximo verano.
La primavera ejerció también su influencia sobre mí.
Mi angustia y mi tristeza aumentaban por momentos; el penal se me hacía odioso. La aversión que mi cualidad de hidalgo inspiraba a los forzados durante los primeros años de mi condena me envenenaba la vida, y esto hacíame pedir con frecuencia que se me permitiera pasar al hospital, sin tener ninguna dolencia, sencillamente para librarme de ese odio obstinado e implacable.
-Ustedes, los nobles -me decían-, son aves de rapiña. ¡Bien clavaron sus garras y sus picos en nuestras carnes cuando éramos siervos!
¡Cómo envidiaba a los individuos de baja condición social que ingresaban en el presidio! Estos, a lo menos, eran al punto compañeros y amigos de todos los demás.
Así, la primavera, el fantasma de la libertad medio vislumbrado, la alegría de la naturaleza, todo contribuía a aumentar mi tristeza y mi exacerbación nerviosa.
La sexta semana de la gran cuaresma hubo de cumplir con los preceptos religiosos, pues dividían la población penal en siete secciones, conforme al número de semanas cuaresmales, y por riguroso turno hacía cada sección sus devociones.
Aquellos días respiré más libremente, como si me hubieran quitado un gran peso de encima.
Íbamos dos o tres veces cada día a la iglesia, que no estaba lejos del penal. Hacía mucho tiempo que no ponía yo los pies en ningún templo; pero desde mi infancia conocía perfectamente los oficios cuaresmales, por haberlos practicado con mis mayores, las plegarias de ritual, las genuflexiones, prosternaciones, etc., y todo esto hacía revivir en mí un pasado lejano, muy lejano, y despertaban mis antiguas impresiones.
Recuerdo que experimentaba una satisfacción hondísima cuando por la mañana íbamos a la iglesia, caminando sobre la tierra helada durante la noche y acompañado de una escolta de soldados con los fusiles cargados y caladas las bayonetas. Esta escolta se quedaba a la puerta de la iglesia.
Nosotros permanecíamos junto al cancel, de suerte que apenas oíamos la voz del diácono. De vez en cuando percibíamos una dalmática negra y el cráneo pelado del pop.
Me acuerdo de cuando, siendo niño aún, la masa del pueblo se aglomeraba a las puertas del templo y retrocedía servilmente ante unas charreteras, un señor barrigudo o una dama vestida con provocativa elegancia, pero devotísima, disputándose los primeros puestos y llegando a las manos por formar las primeras filas.
Era allí, a la puerta de la iglesia, donde me parecía entonces que se oraba con fervor, con humildad, prosternándose hasta tocar con la frente en el suelo, con la plena conciencia de nuestra nulidad.
Y ahora yo ocupaba el sitio del pueblo, es decir, estaba detrás del pueblo, cargado de cadenas y menospreciado. Todos se apartaban de nosotros, huían de nuestro contacto, y nos temían; algunos, empero, nos daban limosna.
Los forzados oraban fervorosamente. Cada cual llevaba su pobre kópek para una velita o para la colecta en favor de la iglesia, y decían para sí al depositar su óbolo:
-También yo soy hombre... ante Dios todos somos iguales.
Recibimos la comunión en la misa de las seis.
El sacerdote, con el copón en la mano, recitó la plegaria de ritual: «Ten piedad de mí como la tuviste del ladrón que salvaste.»
Los forzados se arrodillaban prontamente, haciendo resonar sus cadenas. Creo que suponían que por ellos se hacía aquella oración.
Llegó la Semana Santa. La administración nos dio un huevo de Pascua por barba y un pedacito de pan de harina de trigo.
La ciudad fue con nosotros pródiga en limosnas, y, como en Navidad, se repitieron las visitas del pop, que asperjaba los pabellones, y la de los jefes; nos sirvieron la menestra con buen caldo, repitiéronse las fiestas y algazaras y menudearon las borracheras, todo exactamente igual que en la pascua de Navidad, con la única diferencia de que podíamos pasear por el patio y lucía un sol espléndido.
Todo parecía más claro, más amplio que en el invierno, pero también más triste. Los interminables días de verano resultaban más angustiosos aún cuando eran festivos: a lo menos, en los laborables, se pasaban las horas sin sentir, distraídos por la tarea que debíamos acabar.
El trabajo en el verano era incomparablemente más fatigoso que en el invierno. Se nos ocupaba especialmente en las construcciones que disponían los ingenieros. Los forzados realizaban todas las obras, desde los cimientos hasta el tejado, y hacían también las reparaciones de albañilería, carpintería y pintura en los edificios de propiedad del Estado.
Otros eran enviados a los tejares para cocer ladrillos. Esta era la ocupación que considerábamos más penosa. La fábrica estaba enclavada a unas cuatro verstas del penal, y durante toda la estación de los calores enviaban, a las seis de la mañana, una cuadrilla de cincuenta forzados, elegidos preferentemente entre los que no tenían oficio conocido ni servían en las oficinas del establecimiento. Les entregaban el pan de todo el día, que era su único alimento hasta la terminación de la jornada, pues a causa de la distancia no podían volver a la hora de la comida de los demás ni ellos hubieran querido hacer ocho verstas más diarias con este único objeto. Así, pues, tomaban la menestra al anochecer.
Les señalaban tarea para toda la jornada, pero tan penosa que a duras penas podían terminarla.
Era preciso ante todo azadonar la arcilla, transportarla luego, formar el barro y, por último, hacer doscientos o doscientos cincuenta ladrillos.
Yo sólo estuve dos veces en el tejar.
Los forzados que hacían este trabajo volvían al atardecer rendidos de cansancio y recriminaban acerbamente a sus compañeros, como si éstos tuvieran la culpa de que los eligiesen para las faenas más penosas. Creo, empero, que esas recriminaciones no eran más que un desahogo natural.
Algunos, sin embargo, preferían esta corvée, porque era necesario atravesar la ciudad e ir a las orillas del Irtich, a un lugar abierto y cómodo. Los alrededores eran mucho más agradables a la vista que los tétricos edificios del Estado. Allí se podía fumar libremente y aun tenderse media hora para echar una siestecita.
Por lo que a mí se refiere, trabajaba en las oficinas o triturando alabastro o bien transportando ladrillos a los edificios en construcción. Esto último hube de hacerlo durante dos meses seguidos.
Tenía que transportar mi carga de ladrillos desde la margen del Irtich a una distancia de ciento cuarenta metros próximamente, y atravesar los fosos de la fortaleza antes de llegar al pabellón que se estaba construyendo.
Este trabajo convenía a mi salud y me agradaba, a pesar de que la cuerda de que me servía para llevar los ladrillos me rozaba lastimosamente el hombro. Al principio sólo podía transportar ocho ladrillos, de un peso total de ochenta o cien libras, en un solo viaje; pero con gran satisfacción mía, porque sentía que se vigorizaban mis fuerzas, llegué a transportar doce y aun quince ladrillos de una vez.
No se necesitaba menos fuerza física que moral para soportar aquella existencia maldita, y yo quería vivir mucho tiempo una vez extinguida mi condena.
Experimentaba un vivo placer transportando ladrillos, no sólo por lo que acabo de decir, sino también porque tenía que ir a orillas del Irtich.
Hablo a menudo de este sitio porque era el único desde donde se veía el mundo, el espacio puro y claro, las estepas libres y desiertas cuya desnudez producía siempre una extraña impresión.
Todas las otras canteras estaban en la misma fortaleza o en los alrededores, y a la fortaleza habíale cobrado odio desde el primer momento.
La casa del mayor de plaza me parecía un lugar maldito, repugnante, y la miraba con odio invencible cada vez que pasaba por delante de ella, mientras que en la orilla del río, podía olvidar, contemplando aquel espacio inmenso y desierto como un preso olvida mirando el mundo libre a través de las rejas de su cárcel.
Todo me era caro en aquel sitio: el sol que brillaba en límpido cielo, la canción lejana de los Cherqueses.
Fijo mi mirada en la humeante chimenea de un baiguch, contemplo el humo que se remonta formando espirales y la kirghiza que guarda sus ovejas. Este espectáculo es salvaje, pobre, pero libre. Sigo con los ojos el vuelo de un pájaro que hiende el aire transparente y puro: el pájaro pasa a ras del agua, se remonta luego en el espacio azul y bruscamente reaparece como un punto negro apenas visible... También la florecilla que languidece en una hendidura de la ribera y que veo al principio de la primavera atrae mi atención y me enternece.
La tristeza de este primer año de trabajos forzados era intolerable, enervante.
Esta angustia me impedía observar en los comienzos lo que me rodeaba: cerraba los ojos, no quería ver.
Entre los hombres corrompidos con quienes a mi pesar vivía, no distinguía uno solo capaz de pensar y de sentir. No podía entrever ni una palabra afectuosa en medio de las ironías venenosas que llovían por todas partes. Sin embargo, esta palabra habíala pronunciado, sin segundas, un hombre que había sufrido y soportado muchos más dolores que yo. Mas, ¿para qué extenderme sobre estos pormenores?
El trabajo era para mí fuente de satisfacciones, porque me hacía esperar un sueño reposado y tranquilo. Durante el verano, el sueño era un tormento aún más intolerable que las infecciones del invierno. Se disfrutaba, a decir verdad, de noches deliciosas.
El sol, que no cesaba de inundar en todo el día el patio del penal, acababa por ocultarse, el aire era entonces más fresco y durante la noche, noche de las estepas, se sentía un poco de frío.
Los forzados, en espera de que les encerrasen en sus respectivas cuadras, paseaban formando grupos, especialmente por la parte de las cocinas, porque era allí donde se discutían las cuestiones de interés general, allí donde se recogían los rumores de afuera; absurdos con frecuencia, pero que atraían siempre la atención de aquellos hombres separados del mundo.
De pronto anuncian, por ejemplo, que nuestro mayor ha sido destituido. Los penados son crédulos como niños. Saben que esta noticia es falsa, inverosímil, y que su inventor, Kvásov, es un embustero empedernido. Sin embargo, la toman a pecho, la discuten, gozan con esto, se consuelan y, finalmente, se tienen por dichosos de haber sido víctimas de semejante engaño. Celebran aquella mentira como una ocurrencia afortunada.
-¿Quién le destituirá? -exclama un forzado -. ¡A ese hombre no hay quien le eche de aquí!
-Tiene superiores que mandan en él -replica otro, amigo de contradecir.
-Los lobos no se comen unos a otros -dice un tercero con aire apático, como hablando consigo mismo, un viejo que está devorando su ración de menestra.
-¿Crees tú que esos jefes vendrán a consultarte sobre si conviene o no destituirle? -observa otro penado, rasgueando su balalaika.
-¿Y por qué no? -grita el que había hablado en segundo lugar-. Y si nos preguntaran debiéramos contestar con entera franqueza. Pero ¡quia! chillamos mucho y, cuando llega la hora, nos quedamos mudos de repente.
-Ciertamente -repone el de la balalaika-. Por algo somos forzados.
-Estos últimos días -prosiguió aquél sin hacer caso de la observación - había sobrado un poco de harina, una tontería que apenas valía un puñado de kopeks. Querían venderla, pero en cuanto lo supo el mayor, se apoderó de esos miserables restos y los vendió por su cuenta, porque aquí el único que se puede comer la sopa boba es él. ¿Qué les parece?
-¿A que no cuentas eso a quien corresponde?
-¿A quién?
-¡A quién ha de ser! Al inspector que se espera de un día a otro.
-¿Un inspector?
-Lo que ustedes oyen, y la noticia es cierta, porque no la debemos a Kvásov -tercia un joven inteligente que había leído La Duquesa de La Vallière o algún otro libro del mismo género y había sido furriel de un regimiento.
El joven es un perfecto bufón; pero, como demuestra poseer algunos conocimientos de los que carecen los otros, sus camaradas le tratan con cierto respeto.
Y sin preocuparse por la discusión que tanto interesa a los forzados, se vuelve hacia el cocinero y le pide una ración de ánade.
Nuestros furrielas solían vender esta clase de guisos, de los que sacaban saneadas ganancias, pues de un ánade hacían numerosas raciones.
-¿De dos o de cuatro kopeks? -pregunta el cocinero.
-De cuatro, hombre, para que rabien los demás.
En el grupo continúa la conversación cada vez más animada.
-Sí -dice uno de los que presumen de bien enterados-, un general, y de los gordos, viene desde San Petersburgo para inspeccionar todos los presidios de la Siberia. Lo han dicho en casa del comandante.
La noticia produce honda sensación.
Durante un cuarto de hora no se hizo otra cosa que preguntarse mutuamente quién era ese general, qué título tenía y si era de mayor graduación que los generales residentes en la ciudad.
Los penados gustan de hablar de graduaciones y de jefes, de saber quién manda más y obliga a los otros a inclinarse ante él.
Disputan acaloradamente sobre este asunto, y a veces llegan a las manos por sostener cada cual su opinión.
¿Qué les puede importar esto? Oyéndoles hablar de generales y de jefes se puede apreciar exactamente el grado de desarrollo de sus inteligencias y de su instrucción cuando vivían en la sociedad, esto es, antes de ingresar en el penal.
Preciso es tener en cuenta, por otra parte, que el hablar de generales y de elevados funcionarios, se considera entre los penados como signo de distinción.
-¿Ven ustedes cómo pondrán al mayor de patitas en la calle? -insistió Kvásov, un hombrecillo rubio, exaltado y algo bobalicón.
-¡Le untará la mano al general y aquí no ha pasado nada! -replicó el viejo que se estaba comiendo su plato de rancho.
-¡Vaya si se la untará -apoyó otro-. ¡Pues no a robado mucho ese bribón! Se dice que ha sido mayor de un batallón antes de venir aquí, y no hace mucho que pidió la mano de la hija del arcipreste.
-Pero no se la dieron, lo que demuestra que es pobre. ¡Vaya un partido para la hija de un pop! Un novio que no posee más que la ropa que lleva puesta -dice Skurátov, interviniendo en la conversación.
-¿Quién te ha dado vela en este entierro? -replicó desdeñosamente el ex furriel-. En cuanto a ti, Kvásov, sólo tengo que decirte que eres un grandísimo animal. Si crees que el mayor puede untar la mano a un general-inspector, te equivocas de medio a medio. ¿Supones que le envían desde San Petersburgo nada más que para entenderse con tu mayor? Vamos, hombre, es preciso ser tonto de capirote.
-¿Y te imaginas tú, mastuerzo, que porque sea general va a rehusar el dinero que le ofrezcan? -observa uno del grupo.
-¡Claro está que no! Pero si se vende no será por poco.
-Desde luego ha de estar en proporción con su jerarquía.
-Los generales se dejan siempre untar la mano -dice sentenciosamente Kvásov.
-¿Se la has untado tú a uno, para que puedas hablar con tanta seguridad? -interviene Bakluschin en tono de desprecio-. ¡Si en tu vida has visto a un general!
-Sí.
-¡Embustero!
-¡El embustero eres tú!
-Bueno, camaradas, ya que dice que ha visto a un general, que nos diga a cuál, pues yo los conozco a todos.
-El que yo conozco se llama Zibert -responde Kvásov en tono indeciso.
-¿Zibert? No hay ningún general de ese apellido. Probablemente ese Zibert te miraba la espalda mientras te apaleaban y no era más que teniente coronel; pero el miedo te hizo confundirlo con un general.
-Escúchenme ustedes con la consideración que merece un hombre casado -dice Skurátov-. Efectivamente, en Moscú había un general que se llamaba Zibert. Era alemán, pero súbdito ruso. Se confesaba todos los años con el pop para contarle los pecadillos que había cometido con las muchachas, que se pirraban por él, y bebía más que una esponja. Se tragaba tranquilamente, después de emborracharse de aguardiente, más de cuarenta vasos diarios de agua del Maskva, para curarse de no sé qué enfermedad. Su mismo asistente me contó.
-¿Y no le nadaban los peces en el estómago? -pregunta el forzado que toca la balalaika.
-Eso no lo vio el asistente. Pero déjate de bromas, que estamos hablando en serio.
-¿Qué inspector es el que va a venir? -interroga otro penado, Martinov, Un viejo que está siempre atareado y sirvió en húsares.
-¡Pero si es una mentira de a folio ¡Quién sabe de dónde han sacado esa peregrina noticia!
-No es mentira, sino la verdad pura -replicó con tono dogmático Kulíkov, que hasta entonces ha guardado silencio.
Kulíkov es un personaje de importancia en el penal. Tiene cincuenta años, facciones regulares y aspecto soberbio, despreciativo, vanidoso. Es gitano y albéitar de profesión y gana muy buena plata curando caballos en la población y vendiendo aguardiente en el penal. No tiene pelo de tonto, al contrario, es inteligente, astuto y de una memoria privilegiada, y deja caer las palabras lentamente, como si cada frase suya valiese un rublo.
-Es cierto -prosigue-; lo oí decir la semana pasada. Se trata de un general de muchos fueros, que viene a hacer una visita de inspección a la Siberia. Puede ser que le unten la mano, pero no Ocho ojos. Sin embargo, aseguro a ustedes que nuestro mayor continuará en su puesto. Nosotros no tenemos lengua, no tenemos derecho a hablar, y en cuanto a nuestros superiores inmediatos, no serán ellos los que denuncien las fechorías de su jefe. El inspector vendrá aquí, nos dará una ojeada y afirmará que todo lo ha encontrado en el más perfecto orden. ¡Y si no, al tiempo!
-Sí, pero lo cierto es que el mayor tiene miedo. Está borracho desde la mañana hasta la mañana siguiente en que vuelve a cargar la cuba.
-Anoche se ha hecho traer dos carros… Lo ha dicho Fedka.
-Ya pueden ustedes lavar a un negro cuanto quieran, que no lo volverán blanco. ¿Le han visto alguna vez que no estuviera ebrio?
-Será una injusticia tremenda si el general-inspector no le sienta la mano -dijeron a una voz varios penados.
La noticia de la visita de inspección se propagó como reguero de pólvora por todo el penal. Los forzados vagan impacientes por el patio repitiendo la extraordinaria nueva.
Algunos callan y permanecen impasibles, para darse aire de importancia; otros fingen indiferencia.
A cosa de las nueve nos contaron, después de lo cual nos encerraron en nuestras cuadras respectivas.
Era una noche de verano muy corta. Nos despertaban a las cinco de la mañana y, sin embargo, no se podía conciliar el sueño hasta las once, pues sólo a esa hora cesaban las ruidosas conversaciones. Algunos jugaban también a las cartas como en el invierno.
El calor era sofocante, insoportable. La ventana abierta deja pasar el fresco de la noche, pero los forzados no hacen más que revolverse en sus camas y agitarse como presas del delirio.
Las pulgas nos levantan en vilo. En el invierno no escaseaban, pero en cuanto llegaba la primavera se multiplicaban de una manera tan asombrosa que yo no lo hubiera creído de habérmelo dicho antes de comprobarlo por mí mismo. Y a medida que el verano avanza, más pican las condenadas.
Es posible que se pueda uno acostumbrar a esos insectos, pero el tormento que dan es tan insoportable que produce la fiebre. Se nota aun en el sueño, pues no se duerme, se delira.
Finalmente, hacia el alba, cuando el implacable enemigo se ha cansado y nos dormimos con sueño de plomo, el redoble, no menos implacable que las pulgas, nos despierta.
Nos vestimos a regañadientes e involuntariamente pensamos en que lo mismo será mañana, y el otro y durante varios años aún, hasta que recobremos nuestra libertad.
¿Cuándo llegará ese día?
Los penados, soñolientos, se dirigen al trabajo, pensando en la hora de siesta que podrán dormir a mediodía.
La noticia de la visita de inspección era cierta. Los rumores se confirmaban de día en día; se aseguraba que el general, enviado de San Petersburgo a inspeccionar toda la Siberia, se encontraba ya en Tóbolsk.
Diariamente se sabía algo nuevo. Se decía en la ciudad que todos tenían miedo y que cada cual hacía los preparativos necesarios para que no se notase ninguna deficiencia. Las autoridades organizaban bailes, recibimientos y variados festejos.
Se enviaron cuadrillas de forzados a reparar los desperfectos de los caminos que conducían a la fortaleza, a pintar postes y vallas, revocar fachadas y poner en orden todo lo que saltaba a la vista.
Nuestros compañeros comprendían perfectamente lo que semejante ajetreo significaba y sus discusiones se animaban, eran cada vez más ardientes y fogosas. Sus fantasías no reconocían límites. Disponíanse también a formular quejas y reclamaciones al general-inspector, y para ponerse de acuerdo no encontraban otro procedimiento más adecuado que el de injuriarse mutuamente y promover pendencias entre ellos.
El mayor estaba sobre ascuas. Menudeaba sus visitas a nuestro penal, gritaba, se enfurecía, y por una nonada enviaba a cualquier desgraciado recluso al cuerpo de guardia para que le suministrasen un centenar de azotes.
En aquel entonces ocurrió un suceso que, lejos de conmover ni irritar a las autoridades del penal, les produjo vivísima satisfacción: un penado hirió a otro con una lezna, en el pecho, casi en el corazón, al que iba dirigido el golpe.
El delincuente se llamaba Lomov, y la víctima era conocida en el establecimiento por Gavrilka, que sin duda no era su verdadero nombre; uno de los vagabundos impenitentes de que he hablado.
Lomov era un labrador acomodado del gobierno de T***, distrito de K***. Eran cinco individuos de la misma familia: dos hermanos Lomov y tres hijos, todos muy ricos.
Decíase por todo el distrito que poseían más de trescientos mil rublos. Su profesión era la de curtidores, pero se dedicaban especialmente a la usura, a recoger a los vagabundos; comprarles los objetos robados y a otros negocios de la misma índole. La mitad de los muchíks del distrito les debían algunas cantidades y, por consiguiente, estaban en sus garras.
Pasaban por inteligentes y astutos y se daban aires de grandes señores.
Un elevado funcionario hospedóse cierto día en su casa, y entusiasmado por la excelente acogida que le dispensaron y las raras cualidades de activos, listos y emprendedores que le pareció descubrir en los Lomov, dio en protegerlos, alentándolos así a proseguir en mayor escala con sus negocios de más que dudosa legalidad.
La aversión que toda la población y sus contornos sentían por ellos era bien visible; sin embargo, se desentendían de ella, y a medida que aumentaba el odio que inspiraban crecían sus audacias, a ciencia y paciencia del jefe de policía y de los asesores del tribunal.
Finalmente, la suerte les volvió las espaldas y fueron condenados a presidio, no por sus delitos, sino en virtud de una abominable calumnia.
A diez verstas del pueblo poseían una alquería en la que, durante el otoño, trabajaban seis obreros cherqueses, que desde hacía largo tiempo habían reducido a la esclavitud.
Cierto día aparecieron asesinados los seis trabajadores, e inmediatamente se abrió sumaria que sacó a relucir cosas nada limpias e indicios inequívocos de que los Lomov eran los autores de aquellos crímenes; en consecuencia fueron condenados a quince años de trabajos forzados dos de los Lomov, tío y sobrino.
Ellos mismos habían contado su historia y, por lo tanto, era conocida en todo el penal. Pero sostenían obstinadamente que eran inocentes de los delitos que se les imputaban.
Y, en efecto, un bribón de siete suelas llamado Gavrilka, conocido por ladrón, de carácter jovial, y muy avispado, se confesó en cierta ocasión autor de la muerte alevosa de los seis infelices obreros, víctimas, según se creía, de la avaricia de los Lomov, que de esta manera quisieron librarse de pagarles las cantidades que les adeudaban. No sé realmente si aquella confesión fue sincera; pero los penados, sin excepción, la tenían por tal, y así lo hacían suponer las circunstancias del hecho.
Durante su vida de vagabundo, Gavrilka había tenido una cuestión con la familia Lomov, con la que había vivido poco tiempo, perseguido por el de1ito de deserción. Para vengarse, pues, del ultraje recibido y con la esperanza de dar un buen golpe saqueando la alquería, Gavrilka y otros cuatro bandidos amigos suyos degollaron traidoramente a los seis trabajadores.
Los Lomov eran malquistos en el penal, no sé por qué razón. Uno de ellos, el sobrino, era un joven vigoroso, inteligente y muy sociable. En cambio su tío, el agresor de Gavrilka, era un muchik exaltado, que por un quítame allá esas pajas armaba camorra con todos los penados, los cuales le cascaban las nueces que era un primor.
Gavrilka era muy estimado en el penal por su carácter franco y jovial.
Los Lomov sabían perfectamente que era aquél el autor del delito que estaban ellos expiando, pero no fue ésta la causa de la riña, sino una muchacha repugnante que Gavrilka disputaba al viejo. El antiguo vagabundo se jactaba de la condescendencia que la joven le había demostrado, y el muchik, cegado por los celos, acabó por clavarle una lezna en el pecho.
Aunque el proceso había reducido casi a la miseria a los Lomov, se les tenía por muy ricos, y así lo daban a entender, pues siempre disponían de dinero, tenían colchones y almohadas en sus camas y tomaban té a todo pasto.
Esta era la causa del odio con que les distinguía nuestro mayor, que no había vejación que les ahorrase para obligarles, según decían los penados, a aflojar la mosca.
Si la lezna de Lomov hubiese profundizado media pulgada más, Gavri1ka habría muerto en el acto; pero, en cambio, sólo le produjo una herida insignificante.
Inmediatamente se dio conocimiento del hecho al mayor, el cual se presentó en el penal gritando como un poseído pero sin lograr disimular su satisfacción.
Se dirigió a Gavrilka y con tono afectuoso, casi paternal, le dijo:
-Dime, amigo mío, ¿puedes ir por tu pie al hospital, o prefieres que te conduzcan en una camilla? Pero no, será mejor otra cosa. ¡Que preparen en seguida un caballo para trasladar al herido! -ordenó, dirigiéndose al teniente…
-¡Pero si no tengo nada, Nobleza! Ha sido un puntazo insignificante que ni siquiera...
-Tú no entiendes de eso -le interrumpió el mayor-. Te ha herido en muy mal sitio, al lado del corazón. ¡Ah, miserable bandido! -añadió, amenazando con el puño a Lomov-; ¡ya te ajustaré las cuentas! ¡Llévenlo en seguida al cuerpo de guardia!
Esta orden fue obedecida en el acto. Sin pérdida de tiempo se instruyó el proceso y el tribunal pronunció su sentencia aumentando a varios años la condena que estaba extinguiendo Lomov, e infligiéndole, además, el castigo corporal de mil varazos.
Llegó, finalmente, el general-inspector un domingo a primera hora, y tras breve descanso en la ciudad se trasladó al penal para realizar su visita.
Desde hacía varios días, en el establecimiento brillaba la limpieza, tanto en las personas como en los objetos. Habíamos sido cuidadosamente rasurados, la ropa blanca podía competir con la nieve y, de conformidad con lo dispuesto, vestíamos el uniforme de verano, o sea pantalones y chaquetilla de tela de color claro y ostentando en la espalda un círculo negro, cosido a la ropa, de ocho centímetros de diámetro.
Durante una hora habían estado dando lecciones a los penados sobre lo que habían de contestar, en el caso de que el elevado funcionario que se esperaba se dignase hacerles algunas preguntas, y como algunos se mostraron torpes, les destinaron repetidores para que el examen resultase brillante.
Una hora antes de la visita, los penados ocupábamos nuestros sitios respectivos en formación casi militar, inmóviles, como estatuas, graves y silenciosos.
Finalmente, a mediodía, llegó el comisario imperial.
Era un general de aspecto tan imponente, que no sería de admirar que todos los funcionarios de la Siberia temblasen en su presencia.
Entró con aire severo y majestuoso, seguido de una numerosa comitiva de generales, coroneles y otros jefes residentes en la ciudad, y acompañado de un caballero de elevada estatura, fisonomía simpática y aire aristocrático y desenvuelto, vestido de levita con suprema elegancia.
El general le trataba con tanta deferencia, que intrigó sobremanera a los penados aquel caballero, mucho más que el inspector y que su visita. Más tarde supimos quién era y el cargo que desempeñaba.
Nuestro mayor, vestido de punta en blanco, no causó una impresión muy agradable al general, a causa de sus ojos sanguinolentos y su cara violácea, su nariz aborrachada y granujienta.
Por respeto a su superior jerárquico habíase quitado los anteojos y, derecho como un huso, se mantenía a cierta distancia, esperando febrilmente que Su Excelencia le diese alguna orden para cumplirla en el acto.
Pero no fueron necesarios sus servicios.
El general recorrió en silencio los pabellones y dio una ojeada a la cocina en la que probó el rancho, que, como es natural, era inmejorable.
Me presentaron a él, dándole a conocer mi posición social y el motivo de mi reclusión.
-¡Ah! -exclamó el general-. ¿Y qué tal se porta aquí?
-Su conducta no deja nada que desear -le contestaron.
El general me saludó con una ligera inclinación de cabeza y abandonó el penal a los pocos minutos de haber llegado.
Los reclusos se quedaron embobados, desorientados, perplejos.
En cuanto a formular alguna reclamación o queja, no había ni qué pensar en ello.
El mayor estaba tranquilo por esta parte.
VI
Los animales domésticos del penal
La compra de Gniedko,[i]un caballo bayo, que se verificó pocos días después, fue para los forzados una distracción mucho más agradable e interesante que la visita del elevado personaje de que acabo de hablar.
En el penal teníamos necesidad de un caballo para transportar el agua, las basuras, etc.
Un presidiario debía cuidarlo y conducirlo, bajo escolta, como es de suponer.
A nuestro caballo no le faltaba trabajo desde por la mañana hasta la noche; era un magnífico animal, aunque ya en decadencia porque llevaba muchos años de servicio.
Cierto día, la víspera de San Pedro, Gniedko, que llevaba una cuba de agua, cayó y murió a los pocos minutos. Los penados, hondamente conmovidos, rodearon el cuerpo exánime de la pobre bestia, comentando y discutiendo su muerte.
Los que habían servido en caballería, los gitanos, los albéitares y otros, demostraban poseer profundos conocimientos sobre los caballos en general, y eran los que disputaban con más calor.
Pero todo esto no valió para resucitar a nuestro bayo, que yacía tendido inerte y con el vientre hinchado. Todos se creían obligados a tocarlo con el dedo.
Por último se dio cuenta de lo ocurrido al mayor, quien mandó comprar otro inmediatamente.
El día de San Pedro, después de la misa, cuando todos los presidiarios se hallaban reunidos, llevaron al penal varios caballos para verlos. El cuidado de elegir uno estaba confiado a los penados, porque entre ellos había muchos peritos en la materia, y hubiera sido difícil engañar a doscientos cincuenta hombres que habían sido tratantes en ganados.
Llegaron los gitanos, cherqueses, albéitares y menestrales. Los forzados esperaban con impaciencia la aparición de un nuevo caballo, y estaban contentos como chiquillos.
Lo que más les halagaba era el que podían comprar como hombres libres, por sí mismos, como si el dinero saliera de sus bolsillos.
Los tratantes de caballos miraban con cierto estupor y timidez a los soldados de escolta que nos acompañaban. Verdad es que doscientos hombres con la cabeza rasurada, marcados algunos de ellos con el hierro infamante y llevando todos cadenas a los pies, debían inspirar cierto temor, sobre todo estando en su propia casa, en su vida de presidiarios, donde nadie que no lo fuese podía entrar.
Los nuestros hacían gala de su malicia y recurrían a mil argucias para demostrar que entendían el negocio.
Los cherqueses montaban el caballo; sus ojos brillaban, y en su dialecto ininteligible bisbisaban ciertas palabras mostrando sus blancos dientes y dilatando las ventanillas de su nariz morena y adunca.
Los rusos les observaban con gran atención y parecían dispuestos a caer sobre ellos. No comprendían las palabras que los cherqueses cambiaban entre sí, pero se veía que hubieran querido adivinar por la expresión de sus ojos si el caballo era bueno o no.
¿Qué podía importar, sin embargo, a un forzado, sobre todo a un forzado deshonrado y estúpido, que no hubiera podido pronunciar dos palabras seguidas delante de sus compañeros, que se comprase este o aquel caballo, como si la operación se hiciese por su cuenta o como si no le fuese indiferente que se eligiese un animal u otro?
Además de los cherqueses, a quienes los presidiarios daban la preferencia en este asunto, intervenían los gitanos y los que habían sido tratantes.
Hubo una especie de duelo entre dos forzados, el gitano Kulíkov y un cuatrero y veterinario por afición, astuto muchik siberiano que había sido condenado hacía poco tiempo a trabajos forzados y había logrado quitarle toda la clientela de la ciudad a Kulíkov.
Preciso es decir que se tenía mucha confianza en los veterinarios sin título que había en el penal, y que no sólo los menestrales y comerciantes de la ciudad, sino también los altos funcionarios de la ciudad recurrían a ellos para que curasen sus caballos, con preferencia a los veterinarios titulados.
Hasta la llegada de Yolkin -que así se llamaba el muchik siberiano de que he hablado- Kulíkov había recibido señaladas muestras de reconocimiento por parte de sus clientes. No tenía rivales y procedía como un gitano, engañando y embrollando, porque no entendía de su oficio tanto como aparentaba. Era muy jactancioso, pero estaba dotado de verdadera energía. Sus ganancias habíanle creado una especie de aristocracia dentro del penal; se le escuchaba y obedecía, pero él hablaba poco y sólo se declaraba en las grandes ocasiones.
Era un hombre entrado en años, de bello aspecto y muy inteligente. A nosotros, los nobles, nos hablaba con exquisita complacencia, pero conservando una perfecta dignidad.
Estoy seguro de que si le hubieran vestido decentemente y llevado a un club de la capital, haciéndole pasar por conde, habría mantenido su propio decoro, jugado al whist y hablado de un modo encantador, como hombre de mundo que sabe callar cuando conviene. Nadie hubiera adivinado que era un vagabundo.
Probablemente había visto muchas cosas.
Su pasado nos era desconocido en absoluto. Formaba parte de la sección especial.
Mas en cuanto llegó al penal Yolkin, simple muchik, pero listo y astuto en extremo, comenzó a eclipsarse la gloria del veterinario Kulíkov. En menos de dos meses el siberiano le quitó casi todos sus parroquianos de la ciudad, porque curaba en muy poco tiempo los caballos que Kulíkov había desahuciado, lo mismo que los veterinarios de la ciudad.
Este muchik había sido condenado a trabajos forzados por monedero falso. ¿Cómo se le había ocurrido dedicarse a semejante industria?
Él mismo nos contó, riendo, cómo se necesitan tres monedas de oro legítimas para fabricar una falsa.
Kulíkov estaba muy contrariado por los éxitos de su rival. Él, que había vivido hasta entonces a lo gran señor y usaba camisa de franela, chaqueta de terciopelo y elegante calzado, viose obligado a poner un tenducho. Por estas razones, todos esperaban que se promoviese una riña con motivo de la compra del caballo.
La curiosidad estaba vivamente excitada, cada uno de los dos albéitares tenía sus partidarios, y entre los más exaltados comenzaron a cruzarse injurias.
Yolkin tenía contraído su malicioso rostro por una sonrisa sarcástica, pero sucedió todo lo contrario de lo que se esperaba. Kulíkov no tenía ganas de cuestiones e hizo todo lo posible para evitarlas.
Al principio cedió y escuchó con deferencia las opiniones de su rival, pero le contuvo con una sola palabra, haciéndole observar, con aire tranquilo y modesto, que se engañaba.
Y antes que Yolkin hubiese tenido tiempo de reponerse y rectificar, su rival le demostró que había cometido un error. En suma, Yolkin fue derrotado en toda la línea, de un modo tan inesperado y hábil que los partidarios de Kulíkov quedaron contentísimos.
-Amiguitos -decían a sus contrarios-, hay que confesar que nadie puede con él y que sabe lo que se hace.
-¡Ese no le llega a la suela de los zapatos a Yolkin!
Pero los dos partidos hablaban en tono conciliador y estaban dispuestos a hacerse mutuas concesiones.
-Y no sólo sabe más, sino que tiene la mano más ligera que el otro… En cuestión de ganados, Kulíkov no teme la competencia de nadie.
-Tampoco la teme Yolkin.
-¡No hay quien iguale a Kulíkov!
Finalmente se eligió el caballo que se quería comprar.
Era un magnífico animal, húngaro, joven, vigoroso y de agradable aspecto: un caballo irreprochable en todos conceptos. Comenzó el regateo. El dueño pedía treinta rublos y los forzados no querían dar más de veinticinco.
-¿Pero es que has de sacar el dinero de tu bolsillo? -preguntó uno, riendo-. ¿A qué viene tanto regatear?
-¿ Quieres hacer economías en favor del Estado? -añadía otro.
-Sin embargo, camaradas, se trata del dinero de todos.
-¿De todos? ¡Ya se ve que no hay necesidad de sembrar los tontos! ¡Brotan espontáneamente!
Por último se cerró el trato en veintiocho rublos.
El mayor aprobó la compra e inmediatamente, después de darle el pan y la sal, se condujo en triunfo al penal al nuevo pensionista de cuatro patas.
Creo que no hubo forzado que no le pasara la mano por la grupa o por el cuello.
El mismo día le hicieron transportar agua, y los presidiarios le contemplaban con curiosidad cargado con las cubas; pero el que estaba más entusiasmado era nuestro aguador, el penado Roman.
Este ex muchik, de unos cuarenta años de edad, era serio y taciturno como casi todos los cocheros turcos, como si el continuo roce con los caballos les imprimiese esa gravedad de carácter.
Roman era apacible y afable con todos, pero hombre de pocas palabras. Desde tiempo inmemorial tenía a su cuidado los caballos del penal; el que se había comprado aquel día era el tercero que le confiaban desde su llegada al presidio.
El empleo de carrero y aguador le correspondía de derecho a Roman, y a ningún camarada se le habría ocurrido la idea de disputárselo.
Cuando murió el caballo bayo, nadie, ni siquiera el mayor, pensó en acusar a Roman de imprudencia: Dios había decretado la muerte del pobre animal, sin que para nada interviniese el encargado de su custodia.
Bien pronto fue aquel caballo el favorito de la penitenciaría, y los forzados, pese a la dureza de su corazón, iban con frecuencia a acariciarlo.
A veces cuando, de vuelta del río, Roman cerraba el portón que el sargento había abierto, Gniedko se quedaba inmóvil esperando a su guardián, al que miraba de soslayo.
-¡Vete solo! -le gritaba Roman.
Gniedko seguía andando tranquilamente hasta la cocina, donde se paraba, para que los rancheros llenasen de agua los cubos.
-¡Qué listo es nuestro Gniedko! -exclamaban-. Ha traído las cubas solo. Da gusto ver lo obediente que es a todo lo que se le manda.
-¡Como que entiende todo lo que se le dice!
Gniedko sacudía entonces la cabeza y relinchaba como si quisiera dar a entender que agradecía aquellos elogios.
Alguno le llevaba sal y pan, y Gniedko volvía a sacudir la cabeza como diciendo:
-Te conozco. Yo soy un buen caballo y tú un hombre excelente
Yo también acostumbraba dar pan a Gniedko. Me gustaba mirar su hermosa cabeza y sentir en la palma de mi mano sus belfos blandos y calientes que cogían con avidez lo que yo le ofrecía.
Los forzados querían tanto a los animales que, si se lo hubieran permitido, hubieran llenado el penal de pájaros, perros, etc.
¿Qué otra ocupación mejor que ésta hubiera podido ennoblecer y dulcificar el carácter salvaje de los presidiarios? Sin embargo, no se les concedía el permiso necesario, porque lo prohibía el reglamento.
Sin embargo, en mi tiempo, había varios animales domésticos en el penal. Además de Gniedko, teníamos perros, patos, un macho cabrío, Vaska, y un águila, que perdimos pronto.
Nuestro perro, como ya he dicho, se llamaba Schárik, y era un animal inteligente, al que puse mucho cariño; pero, como el pueblo considera a los perros como seres impuros, nadie hacía caso de él.
Schárik vivía en el recinto penitenciario, dormía en el patio, comía las sobras de la cocina y no hacía nada por captarse las simpatías de los forzados, aunque los conocía a todos y los consideraba como amos suyos.
Cuando los hombres de servicio volvían del trabajo y gritaban “¡Cabo de guardia!” el perro corría hacia la puerta y acogía alegremente a los que llegaban, saltando delante de ellos y mirándoles a la cara, como si esperase alguna caricia. Pero, durante años, sus esfuerzos fueron inútiles; nadie, excepto yo, le hacía caso, y por eso me quería más que a los otros.
No recuerdo cómo fue que compramos otro perro, Chuschka. En cuanto al tercero, Kultiapka, lo llevé yo al penal, recién nacido.
Nuestro Chuschka era un perro singular. Habíale cogido un carro y tenía la espina dorsal doblada hacia dentro. Al verle correr desde lejos, hubiérase dicho que eran dos perros gemelos, que habían nacido pegados el uno al otro. Además, era sarnoso, de ojos legañosos y rabo largo y pelado que llevaba siempre entre las piernas.
Maltratado por la fortuna, había decidido permanecer impasible en todo y por todo; no ladraba a nadie, como si temiera que le acabaran de estropear. Estaba siempre detrás de los pabellones, y si alguno se le acercaba tendíase patas arriba, como diciendo:
-Haz de mí lo que quieras; yo no pienso defenderme.
Y cada forzado que veía a Chuschka tendido de aquella forma le propinaba un tremendo puntapié, murmurando:
-¡Qué animal tan asqueroso!
Pero Chuschka no se atrevía siquiera a quejarse; a lo más, exhalaba un gemido sordo y ahogado.
El pobre animal se tendía panza arriba ante cualquier otro perro que iba a disputarle las sobras de la cocina. Los perros gustan de que los otros sean humildes y sumisos; así es que el mastín furioso que se precipitaba sobre él ladrando y enseñando los dientes, se calmaba inmediatamente y permanecía quieto, reflexionando, ante aquel humilde suplicante, y le olfateaba después por todas partes.
¿Qué pensaría en esos momentos el pobre Chuschka, que temblaba como un azogado?
-¿Me morderá este bergante? -se preguntaría, lleno de terror.
Luego de haberlo olfateado, el mastín lo dejaba en seguida, probablemente por no haber descubierto en él nada extraordinario.
Chuschka echaba a correr al punto tras una larga fila de compañeros suyos que daban caza a una perra cualquiera.
De sobra sabía Chuschka que aquella perra no se rebajaría hasta él, que era demasiado orgullosa para eso; no obstante, el correr tras de ella, cojeando, era un consuelo para sus desventuras.
En cuanto a honradez, Chuschka tenía una noción muy vaga.
Habiendo perdido toda esperanza en el porvenir, no sentía otra ambición que la de tener la barriga llena, y de ello hacía gala con el mayor cinismo.
Traté una vez de acariciarlo. Esta fue para él una novedad tan inesperada, que al punto se tendió sobre sus cuatro patas aullando de placer. El pobre animal me daba lástima y lo acariciaba con frecuencia; por eso, cada vez que me veía se ponía a gañir con tono plañidero. Murió en los fosos del penal, destrozado por los otros perros.
Kultiapka era muy diferente.
No sé por qué lo recogí de una cantera donde había nacido y lo llevé al penal. Experimentaba un verdadero placer en alimentarle y verle crecer.
Schárik tomó en seguida bajo su protección a Kultiapka y dormía con él, y cuando el perrito creció llegó a sentir verdaderas debilidades por él: le permitía que le mordiera las orejas y el rabo y jugaba con el perrillo como suelen jugar los perros viejos con los pequeños.
Lo más curioso era que Kultiapka no se hacía más alto: crecía de largo y engordaba a ojos vistas. Tenía un pelo muy espeso y brillante, del color del de los ratones, y llevaba una oreja caída y la otra enhiesta.
De temperamento ardiente y entusiasta, como todos los perros jóvenes que ladran alegremente al ver a su amo y le saltan a la cara para lamerlo, no disimulaba a los otros sus sentimientos.
-Con tal que sea notada mi alegría, las consecuencias me importan un comino -decía para sí.
Dondequiera que yo estuviese bastaba que gritase “¡Kultiapka!” para que saliese de cualquier rincón como si brotase de bajo tierra y corriera hacia mí con ruidoso entusiasmo rodando como una pelota o haciendo cabriolas.
Yo quería mucho a aquel perrillo, para quien parecía que el destino sólo tenía reservadas alegría y satisfacción en este bajo mundo.
Mas un día, el forzado Neustroyev, que fabricaba zapatillas de señora y preparaba por sí mismo las pieles, reparó en Kultiapka, e indudablemente algo le llamó la atención, porque lo llamó, le tendió en el suelo y se puso a examinarlo acariciándole la piel.
El perro, que no sospechaba nada, ladraba de placer… y al día siguiente le llamé en vano repetidas veces.
Lo busqué por todas partes, pero hasta al cabo de dos semanas no pude saber qué había sido del pobre animal: su piel había seducido a Neustroyev, el cual lo desolló para hacer unas zapatillas, que luego me enseñó ufano.
Eran muchos los forzados que se ocupaban en trabajos de tenería y llevaban al penal perros de hermoso pelaje, que desaparecían inmediatamente. Aquellos perros los adquirían por compra o los robaban de sus dueños.
Recuerdo que un día sorprendí a dos presidiarios que discutían acaloradamente detrás de la cocina. Uno de ellos tenía sujeto con un lazo un magnífico perro, negro, de buena raza.
Un ganapán lo había robado a su amo y vendido a nuestros curtidores por 30 kopeks.
Disponíanse éstos a ahorcarlo. Esta operación era muy fácil. Luego desollaban al pobre animal y arrojaban el cadáver a un foso-letrina que despedía un hedor insoportable, sobre todo en verano, porque lo vaciaban muy de tarde en tarde.
Creo que el perro adivinaba lo que iban a hacer con él, porque miraba con aire inquieto y escrutador a uno y a otro. De vez en cuando movía también su lanuda cola como para movernos a piedad con la confianza que demostraba tener en nosotros.
Me apresuré a separarme de los forzados, los cuales llevaron a cabo su obra sin el menor obstáculo.
En cuanto a las ocas que había en el penal, habíanse establecido allí por casualidad. ¿Quién las cuidaba? ¿A quién pertenecían?
Lo ignoro; pero lo cierto es que divertían a los forzados y eran famosas en la ciudad.
Habían nacido en el presidio y tenían su cuartel general en la cocina, de donde salían a bandadas en el momento que los penados iban al trabajo.
Cuando redoblaba el tambor y los detenidos se aglomeraban en la puerta, los ánades corrían hacia ellos graznando y agitando las alas, saltaban después por el huerto uno detrás de otro, y, mientras los presidiarios trabajaban, las aves picoteaban a su lado.
-¡Mira, los penados van con las ocas! -decían los transeúntes.
-¿Cómo las habéis amaestrado para que os sigan? -nos preguntaba alguno.
-Tomad, para las ocas -decía otro entregándonos unas monedas.
Mas a pesar de todo el cariño que se les tenía, hubiéraseles retorcido el cuello de buena gana, para celebrar alguna fiesta.
En cambio nadie se hubiera atrevido a matar; sino en circunstancias excepcionales, a Vaska, nuestro macho cabrío.
No sé por qué se hallaba en el penal ni quién lo había llevado. Era blanco y de espeso y largo pelaje. A los pocos días todos pusieron en él especial cariño; llegó a ser un objeto de diversión y de consuelo.
Y como se necesitaba un pretexto para conservarlo en el penal, se dijo que era indispensable tener un chivo en la cuadra.
Empero no era en la cuadra sino en la cocina donde vivía, y al cabo del tiempo tenía por casa todo el presidio.
Era un animal divertidísimo: saltaba sobre las mesas, hacía equilibrios, luchaba con los forzados y acudía adonde se le llamaba, siempre alegre y retozón.
En suma, todos queríamos a Vaska, que tenía unos cuernos muydesarrollados. Cuando llegó a la época de la pubertad, tras de larga y seria deliberación de los presidiarios, se le sometió a una delicada operación que le hicieron con el mayor cuidado los veterinarios del establecimiento.
-Por lo menos no se acordará de que es cabrón -decían los detenidos.
Vaska comenzó entonces a engordar de una manera sorprendente, a lo que contribuía mucho el pasto que se le daba hasta verle saciado. Nos acompañaba también a los trabajos, lo cual divertía tanto a los penados como a los transeúntes, porque todos conocían al macho cabrío del presidio.
Si se trabajaba cerca del agua, los penados cortaban hojas de sauce y flores para adornar a Vaska, el cual, cuando ostentaba guirnaldas sobre el lomo y floridos ramos en los robustos cuernos, volvía al frente de la comitiva pavoneándose como si quisiera lucir su atavío.
Este cariño hacia el macho cabrío llegó a tal extremo que algunos detenidos trataron muy seriamente la pueril cuestión de si convendría dorarle los cuernos.
Pero no pasó de simple proyecto.
Pregunté a Akim Akímich, que era el mejor dorador del penal, y después a Isaí Fomich si se podía realmente dorar los cuernos de Vaska, y ambos, tras detenido examen, me contestaron afirmativamente; pero que sería trabajo perdido a causa de la escasa duración del adorno.
Vaska hubiera vivido aún largos años en el penal y muerto de asma o de algún atracón de pasto, si un día, al volver del trabajo, a la cabeza de la cuadrilla de penados, como de costumbre, no hubiese tropezado con el mayor, que paseaba en carruaje. Aquel día fatal, el macho cabrío iba adornado con guirnaldas y flores.
-¡Alto! -gritó el mayor-. ¿De quién es ese animal?
Se lo dijeron, y replicó, furioso, el mayor:
-¡Cómo! ¡Un macho cabrío en el penal, sin permiso mío! ¡Sargento!
Y el sargento recibió la orden terminante de matar y descuartizar a Vaska. La piel se vendería en el mercado y su importe ingresaría en la caja del presidio. En cuanto a la carne ordenó que se sirviera a los forzados cocida con el rancho.
Se habló mucho de aquel suceso en el establecimiento penitenciario, compadeciéndose la triste suerte del querido Vaska, pero nadie se hubiera atrevido a desobedecer al mayor.
El macho cabrío fue sacrificado junto al albañal. Un penado compró la carne, y el rublo y cincuenta y cinco kopeks que dio por ella, se empleó en panecillos blancos para todos. Al cabo de un minuto, el comprador de Vaska vendía sus pedazos cuidadosamente asados.
Tuvimos también, por poco tiempo, un águila de las estepas, de una especie muy pequeña.
La llevó un forzado, herida y medio muerta, y todos los demás le rodearon para contemplar la pobre ave de rapiña, que no podía volar porque tenía rota una pata y el ala derecha. Miraba con expresión feroz y el adunco pico abierto a la curiosa multitud, dispuesta a vender cara su vida.
Cuando nos separamos, después de haberla contemplado largo rato, el águila fue a refugiarse en un rincón, saltando sobre la pata sana y arrastrando su ala herida.
Durante los tres meses que permaneció en nuestro patio, no salió jamás de debajo del poyo donde se había refugiado. Al principio, los forzados iban a verla con frecuencia y azuzaban a Schárik contra la pobre ave; mas el perro limitábase a ladrar furiosamente, sin atreverse a ponerse al alcance del pico de su enemiga, lo cual divertía sobremanera a los detenidos.
-¡Qué bicho tan arisco! -decían algunos-. ¡No se deja acariciar!
Pero Schárik acabó por perder el miedo y atormentaba constantemente a la desdichada ave. Cuando le azuzaban, mordíale furioso en el ala quebrada, y el águila defendíase con las garras y el pico y volvía a acurrucarse en su escondrijo con aire altivo y salvaje, cual rey herido, mirando fijamente a los curiosos que la rodeaban.
Afortunadamente para ella, los penados se cansaron pronto y la dejaron olvidada bajo el poyo.
Sin embargo, alguien le llevaba cada día trozos de carne y le cambiaba el agua del bebedero.
Los primeros días el águila no quería comer; pero al fin devoraba lo que le ofrecían, aunque nunca lo tomó de las manos de quien la cuidaba ni comió ante testigos.
Yo pude observarla varias veces desde lejos. Cuando no veía a nadie y se creía sola, se arriesgaba a salir de su nido, andaba unos cuantos pasos a saltitos sobre su patita sana a lo largo de la empalizada y volvía a encerrarse, precisamente como si le hubieran recomendado un paseo higiénico.
En vano traté de acariciarla; no había medio de domesticarla. En cuanto se le tocaba, aleteaba furiosamente e intentaba clavarme su pico en la mano.
Solitaria y rencorosa, esperaba la muerte, desafiando a todos con la mirada. Finalmente los penados se acordaron de ella, tras dos meses de olvido, demostrándole un cariño inesperado.
Decidieron echarla fuera.,
-¡Que reviente -decían-; pero a lo menos que muera en libertad!
-En efecto, un pájaro libre e independiente como ella no se habituaría jamás a la vida del presidio -añadía otro.
-No se parece a nosotros -replicaba un tercero.
-¡Qué descubrimiento! ¡El águila es un pájaro y nosotros somos hombres!
-El águila, compañeros, es la reina de las montañas… -comenzó a decir Skurátov, pero nadie 1e hizo caso.
Una tarde, cuando redobló el tambor para reanudar los trabajos, cogieron al águila, atáronle el pico por si intentaba defenderse y la llevaron fuera del penal, a la explanada. Los doce forzados que componían la cuadrilla estaban deseosos de ver lo que haría el ave y adónde se dirigiría.
¡Cosa curiosa! Estaban tan contentos como si fueran ellos mismos los que recobrasen su libertad.
La echaron a la estepa, por encima de la muralla.
Era un día frío y agrisado de últimos de otoño.
El viento silbaba en la llanura desnuda y gemía entre la hierba amarillenta y seca.
Escapó el águila en línea recta, arrastrando su ala quebrada, como si tuviera prisa por ocultarse a nuestras miradas.
-¿La veis? -dijo un forzado con apesadumbrado acento.
-¡Ni una vez siquiera ha mirado hacia atrás! -observó otro.
-¿Creías que iba a volver para darnos las gracias?
-Es ya libre y goza con su libertad.
-¡Ay, sí! ¡La libertad!
-No la volveremos a ver, compañeros.
-¿Qué hacéis ahí? ¡En marcha! -gritaron los soldados de la escolta y todos echaron a andar lentamente…
VII
Angustias y prejuicios
Al comenzar el presente capítulo, el editor de este libro, escrito por el hoy difunto Aleksandr Petróvich Goriánchikov se cree obligado a hacer una advertencia a los lectores:
En el primer capítulo de La Casa de los Muertos, se hace mención de un parricida, noble de nacimiento, presentado como ejemplo de la insensibilidad y despreocupación con que los forzados hablan de los crímenes que han cometido. Decíase también que este individuo había negado terminantemente ser el autor del horroroso delito que se le imputaba, que sostuvo obstinadamente su inocencia ante los tribunales y que fue, no obstante, condenado porque las declaraciones de numerosos testigos demostraron su culpabilidad hasta la evidencia.
Caritativas personas fueron también las que contaron al autor de La Casa de los Muertos que dicho delincuente era un individuo de vida disoluta, agobiado de deudas y desalmado que asesinó a su padre con el único objeto de entrar cuanto antes en posesión de su herencia.
Por otra parte, toda la ciudad en cuyo penal estaba recluido el asesino, hablaba del hecho en los mismos términos que los empleados por el autor del manuscrito y, por consiguiente, no cabía la menor duda de que era cierto.
Se ha dicho también que el parricida hacía alarde en el penal de un buen humor y de una despreocupación que helaba la sangre en las venas, pues semejante cinismo era inconcebible; mas a pesar de esto, no observó jamás que revelase instintos de crueldad; el autor de este libro no le creyó jamás culpable.
Ahora bien, hace poco, el editor de La Casa de los Muertos recibió de Siberia la noticia de que el supuesto parricida era inocente y que había extinguido, sin merecerla, una condena de diez años de trabajos forzados. Su inocencia fue oficialmente reconocida.
Los verdaderos delincuentes se hallaban convictos y confesos, y la desdichada víctima del error judicial fue puesta en libertad. No es posible dudar de la autenticidad de esta noticia.
Huelgan los comentarios. El trágico hecho habla por sí solo demasiado alto.
Si semejantes errores son posibles, su propia posibilidad añade a nuestro relato una nota muy saliente que ayuda a completar y caracterizar las escenas que llevamos descritas.
Ahora, continuemos.
*
He dicho ya que habíame acostumbrado finalmente a mi situación; pero este “finalmente” había sido muy penoso y me costó no poco llegar a él.
En realidad necesité casi un año, y siempre he considerado ese lapso de tiempo como el más espantoso de mi vida entera. De tal manera está grabado en mi memoria, que recuerdo todos los pormenores y podría referir, hora por hora, en qué lo empleé.
He dicho también que tampoco los otros reclusos podían habituarse a la vida que hacían.
Durante ese primer año yo me preguntaba a menudo si realmente estaban tan tranquilos como parecía. Esta cuestión me preocupaba sobremanera.
Conforme también dejo dicho en otro lugar, todos los reclusos se encontraban en el penal como fuera de su centro; no era aquél su propio domicilio, sino una posada o una venta donde se hallaban de paso en una etapa de su viaje.
Estos hombres desterrados por toda su vida, parecían unos, agitados; otros, abatidos; pero todos soñaban con algo imposible.
Esta inquietud constante, que rara vez dejaban traslucir pero que con facilidad se sorprendía, el ardor y la impaciencia de sus esperanzas, involuntariamente exteriorizadas, pero de tal manera absurdas que más bien parecían manifestaciones del delirio, daban un aspecto y un carácter tan extraordinarios a aquel lugar siniestro, que constituían, a no dudar, toda su originalidad. Se echaba de ver al punto que no podía existir en el mundo nada semejante.
Todos fantaseaban allí, esto era evidente. Era esta sensación una verdadera hiperestesia, pues el continuo fantasear daba a la mayor parte de los forzados un aspecto tétrico y perezoso, un aire enfermizo. Casi todos eran taciturnos e irascibles; no gustaban de manifestar sus secretas esperanzas.
Se despreciaba la ingenuidad y la franqueza. Mientras más imposibles eran las esperanzas, más se confesaba el penado a sí mismo su imposibilidad y más celosamente las ocultaba en las más profundas tinieblas de su corazón, sin renunciar a ellas.
¿Se avergonzaba, acaso?
¡Es el carácter ruso tan positivo y sobrio en su modo de ver, tan escarnecedor de los propios defectos...!
Tal vez este descontento de sí mismo era lo que engendraba la intolerancia en el trato cotidiano de los forzados y la crueldad sarcástica. Si uno de ellos, más ingenuo o menos paciente formulaba en alta voz lo que otros se dicen para sus adentros y exponía sus sueños y sus castillos en el aire, le hacían callar inmediatamente abrumándole con burlas y sarcasmos.
Creo que sus más encarnizados perseguidores eran precisamente los que les sobrepujaban en sueños insensatos y en esperanzas locas. Ya he consignado que, en el penal, los individuos sencillos e ingenuos eran tenidos por imbéciles y se les hacía objeto del desprecio general.
Eran los forzados tan huraños y cojijosos que odiaban a sus compañeros dotados de carácter jovial y exentos de vano amor propio.
Además de estos ingenuos habladores, los penados se dividían en buenos y malos y en alegres y malhumorados. Los últimos estaban en mayoría. Si por casualidad se encontraban entre los expansivos, mostrábanse invariablemente sarcásticos, maldicientes y envidiosos, metiéndose, como vulgarmente se dice, en camisa de once varas y fiscalizando los actos de sus compañeros. Guardábanse, empero, de exponer en público sus íntimos pensamientos. Esto era de mal gusto.
Los buenos -en número muy reducido- eran pacíficos y ocultaban en silencio sus esperanzas. Tenían más fe en sus ilusiones que sus compañeros huraños y descontentadizos.
Creo que existía también otra categoría de reclusos: la de los desesperados como el viejo de Staróduvo, pero eran escasísimos.
Aparentemente este anciano estaba tranquilo, pero ciertos indicios autorizaban a suponer que su estado moral fuese intolerable, horrible. Tenía un refugio, un consuelo; la oración y la idea de que era un mártir de su fe.
El penado absorto siempre en la lectura de La Biblia, del que ya he hablado, y que en un acceso de demencia trató de asesinar al mayor arrojándole a la cabeza un ladrillo, era, probablemente, uno de los que también había perdido toda esperanza. Y como es de todo punto imposible vivir sin esperanzas, buscó la muerte en un martirio voluntario, como lo demuestra el hecho de haber declarado que agredió al mayor, no por resentimiento ni odio personal, sino sencillamente por deseo de sufrir.
¡Quién sabe el proceso psicológico que se había realizado en su alma! Únicamente el hombre sin ideales ni esperanzas puede caer en semejantes accesos. Una vez que la esperanza o el ideal se han desvanecido, el hombre se convierte en monstruo... Nuestro ideal, nuestro fin único, era común a todos: la libertad, salir del presidio.
He tratado de subdividir a los penados en diferentes categorías.
¿Es esto posible?
La realidad es tan infinitamente variada que se substrae a las deducciones más ingeniosas del pensamiento abstracto; no admite clasificaciones netas y precisas. La realidad tiende siempre al fraccionamiento, a la variedad infinita.
Cada uno de nosotros tenía su vida propia, interior y personal, fuera de la vida oficial y reglamentaria. Pero, como ya he dicho, al principio de mi reclusión, no sabía penetrar esta vida interna, porque todas las manifestaciones exteriores me impresionaban, llenándome de indecible tristeza.
Ocurríame entonces que odiaba a estos mártires que sufrían ante mis ojos, y les odiaba por envidia, porque se encontraban bien juntos y se comprendían recíprocamente.
Realmente, este espíritu de compañerismo, bajo el látigo y la vara, esta comunidad forzada, les inspiraba tanta repugnancia como a mí, y cada cual procuraba vivir aparte.
La envidia que me agitaba en los momentos de sobreexcitación, tenía motivos muy legítimos, pues los que afirman que un hidalgo, un hombre culto y educado no sufre en los trabajos forzados más que un simple muchik, no saben lo que se dicen.
He leído y aun he oído sostener el aserto contrario al mío.
En teoría, la idea parece justa y generosa: todos los forzados son hombres; pero es una idea demasiado abstracta.
Conviene no olvidar un cúmulo de circunstancias que no se pueden comprender si no se pasa por ellas en la vida real.
No quiero decir con esto que el hidalgo, el hombre culto sienta más delicada y vivamente porque sus sentidos están más desarrollados. Colocar todas las almas a un mismo nivel es imposible.
Yo puedo asegurar que entre estos mártires, en medio de los menos instruidos, entre los más abyectos, he encontrado trazas de un desarrollo moral.
Existían en nuestro penal algunos individuos a los que conocía de varios años y tenía por fieras del bosque, despreciándoles como a tales, y de pronto, en el momento más inesperado, su alma se explayaba invo1untariamente con tal riqueza de sentimiento y de cordialidad y comprensión tal de los sufrimientos ajenos, que parecía caérseles, al fin, la venda de los ojos.
Al principio el estupor hacía dudar sobre lo que se había visto y oído.
Sucedía también lo contrario. El hombre culto se significaba con actos de barbarie, con un cinismo que producía náuseas, y por mucho empeño que en ello se pusiera no se le podía hallar excusa ni justificación.
Pasaré por alto lo que al cambio de costumbres, de alimentación y género de vida se refiere. Este cambio es doblemente penoso para un hombre perteneciente a la alta sociedad que para un muchik, pues éste, a veces, cuando está libre perece de hambre y en el penal está ahíto.
No discutiré sobre este punto. Admitamos que para un hombre dotado de cierta entereza de carácter sea esto una bagatela con relación a cualquier otro castigo. Pero quedará siempre el hecho de que un cambio radical de costumbres no es cosa fácil ni de poca importancia.
La vida del forzado tiene horrores ante los cuales todo palidece, hasta el fango que nos rodea, aun la escasez del inmundo alimento, aun las cadenas que nos aherrojan y cortan las carnes.
El punto capital es que al cabo de una hora todo recluso recién llegado se encuentra al nivel de los otros. Está en su casa, goza de los mismos derechos que sus compañeros, él comprende a los demás y por los demás es comprendido y considerado como uno de ellos.
No sucede lo mismo con el hidalgo. Por justo, bueno e inteligente que sea, le odian y desprecian durante años enteros y, sobre todo, no le creen jamás. No llega a ser nunca el amigo ni el camarada y si logra, al fin, que no le ofendan, no por eso dejará de ser un extraño y habrá de resignarse a vivir siempre en la soledad y el aislamiento en medio de tantas personas con las que forzosamente ha de cohabitar.
Este vacío en torno suyo, hácenlo a menudo sus camaradas sin mala intención, inconscientemente, sólo porque no es de su esfera.
Nada hay tan horrible como no vivir en el propio ambiente.
El muchik que es deportado de Taganrog al puerto de Petropovlovsk, encontrará allí otros muchíks con los cuales se entenderá y se pondrá de acuerdo. En menos de dos horas habrán intimado, se reunirán y vivirán pacíficamente en la misma, isba, en la misma choza.
No se puede decir lo mismo de los nobles. Un abismo sin fondo les separa del pueblo bajo. Esto se ve en cuanto pierden sus derechos primitivos y de hidalgos se convierten a la vez en plebeyos. Y aunque esté durante toda la vida en relaciones diarias con el labriego, aunque durante cuarenta años esté en contacto del muchik teniéndole, por ejemplo, a su servicio, nunca jamás llegará a comprender a fondo al hombre del pueblo. Todo lo que crea saber serán ilusiones.
Los que me lean dirán, quizá, que exagero; pero estoy convencido de que mi observación es exacta.
Desde los primeros días los sucesos confirmaron mis observaciones e influyeron morbosamente en mi organismo. Durante el primer verano vagaba solitario por el penal. Repito que me encontraba en tales condiciones morales que no me permitían juzgar ni distinguir a los penados que más adelante podrían cobrarme afecto, ni poder colocarme a un mismo nivel. Tenía, es cierto, algunos camaradas ex hidalgos como yo, pero su compañía no me convenía; hubiera preferido no ver a ninguno. ¿Dónde refugiarme? He aquí uno de los incidentes que me hizo comprender mi soledad y situación en el presidio.
Era la una de la tarde de un calurosísimo día de agosto. Los penados, que a esa hora acostumbraban dormir la siesta después de la primera parte del trabajo, se levantaron como un solo hombre para reunirse en el patio del penal.
Yo no sabía aún nada. Estaba tan absorto en mis pensamientos, que no echaba de ver lo que sucedía en mi derredor.
La agitación había comenzado, probablemente, mucho antes, a juzgar por ciertas frases que llegaron a mis oídos, por el visible descontento de los reclusos y por la sobreexcitación que desde hacía tiempo se observaba en todos ellos.
Yo atribuía todo esto a los trabajos penosos del estío, a los días largos y aplastantes, a las locas ilusiones que se forjaban pensando en los bosques y en la libertad y a las noches demasiado breves para dar al cuerpo el descanso necesario.
Quizá produjeron todas estas cosas la irritación que estalló al fin con motivo del rancho.
Desde hacía algunos días, los penados se quejaban en alta voz y rondaban por los pabellones, especialmente cuando se hallaban en las cocinas, a la hora de las comidas, y aun habían logrado que fuese reemplazado uno de los cocineros, pero al cabo de dos días el nuevo tuvo que dejar su puesto al que había sido despedido. Esto produjo cierta efervescencia que no había de tardar en manifestarse en forma violenta.
-Nos reventamos trabajando y nos dan de comer unas porquerías que hasta a los perros daría asco -decía alguno en la cocina.
-Si no te gustan, encarga tus platos favoritos, que aquí no hay más que pedir -replicaba otro.
-Es menestra de coles, pero yo la encuentro, si no exquisita, por lo menos suculenta -observaba un tercero en discordia.
-Y si te dieran de comer otra cosa que no fuera siempre tripa de buey, ¿no estarías más contento?
-¡Claro está que nos debieran dar de vez en cuando un poquito siquiera de carne, pues bien la merece el que está medio muerto de tanto trabajar! -observaba otro de los descontentos.
-Cuando se les ocurre darnos algo mejor, lo condimentan con porquerías,
-Es cierto; estas comidas no hay estómago que las resista.
-Algo sale ganando con ello el mayor…
-¡Eso no te importa!
-¡No me ha de importar! ¡Es mi estómago el que lo paga! Si no nos quejamos, cualquier día acaban por suprimimos hasta el rancho.
-¿Crees tú que nos debemos quejar?
-¡Qué duda cabe!
-¿Te olvidas de que cada vez que alguno se ha quejado le ha contestado con una tanda de palos? ¡No seas burro, hombre!
-Tienes razón. “Vísteme despacio, que estoy de prisa” -dice sentenciosamente un amigo de refranes-. “Poco a poco hila la vieja el copo”. Caminemos, pues, con pies de plomo. Vamos a ver, ¿de qué te quieres quejar?
-Hombre... ¿de qué ha de ser…? Si todos lo hacen, yo no me quedaré a la zaga... Los que comen por su cuenta pueden echarse atrás, pero los que no tenemos más remedio que apechugar con lo que nos quieran dar…
-Pues bien, camaradas, hay que decidirse. ¡Bastante hemos aguantado ya! ¡Esos bribones están abusando de nosotros! ¡Adelante!
-¿Pero qué adelantaremos? ¿No estamos condenados a trabajos forzados?
-¡Precisamente por eso! Aquí, como en todas partes, el pez grande se come al pequeño, y los únicos que comen en el penal son los jefes, que cada día echan más barriga.
-Es verdad. El mayor ha engordado de un modo atroz. Además, se ha comprado un tronco de caballos tordos.
-¡Y lo que le gusta empinar el codo al alma mía! ¡No le hace ascos a la botella, como hay Dios!
-Hace unos días se desafió con el veterinario a una partida de naipes, y estuvo jugando dos horas sin llevar un kópek en el bolsillo, lo ha dicho Fedka. ¡Como fresco, sí que lo es!
-¡He aquí por qué sólo nos da menestra de coles con caldo de tripas de buey!
-Son ustedes un atajo de imbéciles. ¿Qué les importa eso?
-¡Calla tú, mastuerzo! Sí, reclamaremos, y ya veremos cómo se justifica. ¡Decidámonos!
-¿Justificarse? Puede ser. ¡Con un par de morradas en las narices y una puntera en lo tierno! ¡Buenas las gasta el hombre para que le vayan con reclamacioncitas!
-Si es que no le forman expediente a pesar de sus humos.
Todos los penados estaban agitadísimos, y no sin razón, pues el rancho era verdaderamente detestable. Lo que colmaba la medida del descontento era la angustia, el sufrimiento continuo, la ansiedad.
El forzado es pendenciero y rebelde por temperamento, pero raras veces busca compañeros para sublevarse, porque jamás están de acuerdo unos con otros. Esto lo sabíamos todos y, por consiguiente, estábamos seguros de que las palabras no se traducirían en hechos.
Sin embargo, esta vez nos equivocamos. En los pabellones se formaban grupos que comentaban, discutían, maldecían y criticaban acerbamente la pésima adminis-tración del penal, sondeando sus misterios.
En tales casos se ponen de manifiesto en seguida los instigadores y los agitadores.
Los agitadores suelen ser en semejantes ocasiones individuos que se distinguen o sobresalen de sus compañeros no sólo en el penal sino en todas las cuadrillas que se forman de trabajadores, en los pabellones, en las cocinas, etc. Estos tipos son en todas partes los mismos.
Son individuos fogosos; ávidos de justicia, excesivamente ingenuos y honradamente convencidos de la posibilidad absoluta de realizar sus deseos.
No son más tontos que los otros, pero sí demasiado entusiastas para ser prudentes y astutos.
Se encuentran fácilmente personas que saben dirigir las masas y conseguir lo que quieren; pero pertenecen a otro tipo diverso del de los agitadores populares, que son muy raros entre nosotros. Aquellos a quienes me refiero, obtienen casi siempre lo que desean, pero acaban por ir a aumentar el contingente de los que pueblan los presidios y las cárceles, para que allí se enfríen sus entusiasmos de instigadores y revoltosos.
Merced a su impetuosidad, llevan siempre la peor parte, pero a esta impetuosidad deben precisamente su ascendiente sobre las turbas.
Les siguen todos gustosos, hasta los más irresolutos, porque los arrastra con su palabra de fuego y su honrada indignación. Su ciega confianza en el éxito de su empresa seduce aun a los más reacios y escépticos, si bien esta seguridad tiene, con frecuencia, fundamentos tan débiles e infantiles que causan verdadero estupor.
El secreto de su influencia estriba en que van siempre a la cabeza de los más decididos, sin que nada les arredre ni les haga retroceder, sin pensar ni saber lo que hacen, sin ese jesuitismo práctico con que el hombre abyecto y vil vence todos los obstáculos, consigue su objeto y sale limpio y sin mancha de un barril de tinta.
Estos individuos sienten una necesidad imperiosa de que les rompan la fe de bautismo. En la vida ordinaria son biliosos, irascibles, intolerantes, desdeñosos y aun excesivamente cortos de entendimiento; en lo que, por otra parte, radica su fuerza.
*
El suboficial que desempeñaba las funciones de sargento mayor, llegó en seguida despavorido, y apenas se puso al habla con los penados le pidieron éstos que avisase al mayor, pues deseaban hacerle algunas preguntas.
La comisión que se le encargaba al suboficial era de tal modo extraordinaria, que llenó de espanto al pobre hombre, suponiendo, tal vez, que iban a ocurrir sucesos horribles. El miedo que los penados infundían a nuestros jefes tocaba los límites de lo inverosímil, y de aquí que el suboficial, pálido y tembloroso, se apresurara a poner el hecho en conocimiento de su superior, sin intentar siquiera hacer entrar en razón a los revoltosos.
Comprendía que esto hubiera sido perfectamente inútil, porque los forzados no se hubieran entretenido en discutir con él.
Ignorando yo de qué se trataba, me puse en fila, y hasta más tarde no supe los pormenores de esta historia.
Se me figuraba que iban a pasarnos revista, pero no viendo a los soldados de la escolta, que solían hacer el recuento, miré, sorprendido, en mi derredor. Mis compañeros tenían el rostro pálidos unos, rojos, otros, de indignación, y algunos lívidos.
Preocupados y silenciosos cada cual pensaba lo que habían de decir al mayor.
Observé que sorprendía a muchos forzados mi presencia entre ellos. No podían creer que me pusiese yo de su parte para apoyar las reclamaciones que se proponían hacer en forma imperiosa al jefe del establecimiento.
Finalmente, no pudiendo contenerse, comenzaron a interrogarme, colmándome de injurias.
-¿Qué se le ha perdido a usted aquí? -me dijo groseramente y en alta voz Basilii Antónov que, no sé por qué razón, jamás me tuteaba.
Yo le miré perplejo, esforzándome por adivinar lo que su pregunta significaba.
Entonces adiviné que ocurría en el penal algo extraordinario.
-Sí, hombre, sí, ¿qué se le ha perdido aquí, maula? ¡Váyase ahora mismo a su pabellón! -añadió un joven, perteneciente a la sección militar, que hasta entonces no había reparado en él y parecía de carácter pacífico-. Esto no va con usted -añadió.
-¿Pero no están ustedes formados? -repuse-. ¿No van a pasar lista?
-¿Quién le ha dado vela en este entierro? -insistió otro.
-¡Entremetido! -apoya éste.
-¡Farsante! -exclama aquél.
-¡Matamoscas! -dice graciosamente esotro.
Este chiste provocó una carcajada general.
-Estos señoritos están entre nosotros como gallina en corral ajeno.
-¡Quia! -interrumpe otro-. Están como en la propia gloria. Comen pan blanco, lechoncitos cuando les acomoda y todo lo que desean. ¿Quién les mete, pues, en este guisado?
-¡Este no es su sitio, váyase! -me dijo entonces Kulíkov y, cogiéndome de una mano, me hizo salir de las filas.
También él estaba palidísimo; sus negros ojos lanzaban destellos de ira y habíase mordido los labios hasta hacerse sangre.
No era de los que podían esperar con calma al mayor.
Me gustaba ver a Kulíkov en semejantes casos, es decir, cuando se revelaba tal como era, con todas sus cualidades y sus defectos. Creo que hubiera ido al encuentro de la muerte con cierta elegancia. Cuando todos me tuteaban u ofendían, él redoblaba sus atenciones conmigo; pero su acento era tan firme y resuelto qué no admitía réplicas,
-Lo que nos ha reunido, Aleksandr Petróvich, no le concierne, es asunto exclusivamente nuestro -me dijo luego- Váyase adonde le parezca, mire, sus compañeros están en la cocina, reúnase con ellos, que eso será lo mejor.
-¡Esos se curan en salud! -barbotó un penado.
En efecto, a través de la ventana se veía a los ex nobles y otros forzados que se habían refugiado en la cocina. Y allí me dirigí, acompañado de las burlas, los insultos y los maullidos, que simulaban una silba, de los reclusos que quedaban en el patio.
-¡Parece que no le gusta! -dijo uno.
-¡Cógele! ¡Cógele! -exclamaron varios-. ¡Ahí va un ratón asustado!
Era la primera vez, desde que ingresé en el penal, que me insultaban de aquella manera tan despiadada. Aquel momento, que sin embargo hubiera debido esperarlo, fue para mí uno de los más dolorosos de mi vida.
Los ánimos estaban demasiado excitados.
En la antesala encontré a T-tskii, joven hidalgo de escasa instrucción pero de carácter firme y generoso.
Los penados hacían una excepción de él en su odio por los nobles. Casi le querían, pues hasta en sus gestos más insignificantes revelaba un alma bien templada, un valor a toda prueba y una resolución que infundía respeto.
-¿En qué piensa, Goriánchikov? -me dijo-. Venga usted acá, hombre, que en eso no debemos mezclarnos.
-¿Pero qué pasa?
-Quieren reclamar al mayor contra el rancho, esto es, perder el tiempo y ganarse una paliza soberana. Ya van buscando a los instigadores del plante, y si nos vieran entre esa gente cargaríamos con la culpa y, lo que es peor, con la pena también, que no será suave. No olvide usted nunca que somos condenados políticos y que el mayor nos detesta cordialmente a causa de nuestra condición de nobles. Los forzados escaparán con unos centenares de azotes, pero a nosotros nos someterían a un remedo de juicio para agravar nuestra condena.
-Los forzados nos entregarían atados de pies y manos -añadió M-tskii cuando llegamos a la cocina.
-No se compadecerían de nosotros -apoyó T-tskii.
Además de los nobles se encontraban en la cocina una treintena de forzados que no querían tomar parte en el motín, unos por cobardía y otros porque lo consideraban perfectamente inútil.
Akim Akímich -enemigo natural de todo lo que pudiese ofender a la disciplina y el servicio- esperaba tranquilamente el desenlace de aquella escena, persuadido de que al fin triunfaría en orden y la autoridad administrativa.
Isaí Fomich, con la cabeza baja, confuso y perplejo, escuchaba lo que se decía con curiosidad y espanto. Estaba agitadísimo.
A los polacos hidalgos habíanseles reunido algunos plebeyos de la misma nacionalidad y varios rusos, de natural tímido, que jamás habían hecho buenas migas con el resto de sus camaradas, y esperaban tristes y silenciosos la solución del conflicto.
Se encontraban también allí, finalmente, algunos forzados perezosos y descontentos, que se habían abstenido de tomar parte en la rebelión, no por timidez, sino por estar plenamente convencidos de que nada se conseguiría. Sabían que les faltaba razón y que las consecuencias de aquello serían las que habían previsto; pero estaban desasosegados e inquietos, como si con su actitud pasiva hicieran traición a sus compañeros.
El viejo de Staróduvo era otro de los que se abstenían.
Los cocineros tampoco abandonaron sus puestos, probablemente porque se consideraban parte integrante de la administración y no les parecía bien tomar partido contra ella.
-Sin embargo -observó M-tskii- excepto los que están aquí no falta un forzado en el patio. La cosa va tomando mal cariz.
-¿Y qué nos importa? -replicó B***
-Nosotros hubiéramos arriesgado mucho más que ellos. ¿Por qué habíamos de mezclarnos en los asuntos de esos bandidos? ¿Creen ustedes que, llegado el momento, se atreverán a protestar? ¡Vaya un gusto de ir a meterse en la boca del lobo!
-Eso no conducirá a nada -dijo un viejo de carácter avinagrado en tono desabrido.
Almázov, que se encontraba entre los abstenidos, se apresuró a manifestarse del mismo parecer.
-Azotarán a una cincuentena de infelices, y aquí no ha pasado nada.
-¡El mayor! -gritó una voz.
Todos nos precipitamos hacia las ventanas.
El mayor, en efecto, acababa de llegar, hecho una furia, y avanzó resueltamente hacia las filas de penados, pues en semejantes casos demostraba un valor acreditado y no perdía jamás su presencia de espíritu.
Verdad es que estaba casi siempre ebrio.
Le acompañaba Diátlov, personaje importantísimo en el penal, pues en realidad era él quien administraba el establecimiento. El mayor no veía más que por sus ojos ni tenía más voluntad que la de Diátlov, que era un joven de excelentes disposiciones y muy astuto, que había logrado conquistarse las simpatías de los penados.
Seguían al mayor nada más que cuatro soldados y el suboficial, que había recibido ya una fuerte reprimenda, preludio de los malos ratos que le aguardaban.
Los forzados, que desde la llegada del suboficial permanecieron con la cabeza descubierta mientras aquél iba a dar parte al mayor de lo que ocurría, se irguieron prontamente, pero ninguno osó dar un paso adelante ni despegar los labios, esperando, sin duda, que otro rompiese el hielo.
Verdad es que el mayor tampoco les dio tiempo, pues al punto se puso a gritar como un energúmeno. Nosotros le veíamos recorrer las filas hecho una furia, gesticulando con aire amenazador; pero, como estábamos lejos, no podíamos oír las preguntas que dirigía a los reclusos ni las respuestas que éstos daban. Finalmente, le oímos gritar con voz estentórea:
-¡Rebeldes! ¡Todo el mundo al cuerpo de guardia para ser apaleados!... ¿Quiénes han sido los promotores de este motín? ¡Ah, eres tú uno de los cabecillas! -añadió encarándose con alguno que murmuró unas palabras que no llegaron a nuestro oídos.
Pero al cabo de un minuto vimos salir de filas al penado y dirigirse con las orejas gachas al cuerpo de guardia. Otro le siguió en seguida, y después otro y otro.
-¡A todos se les formará sumaria! ¡A todos, no quiero que escape ni uno! -prosiguió el mayor-. A ver, ¿quiénes son los que están en las cocinas? -añadió, al divisamos asomados a las ventanas-. ¡Que salgan inmediatamente!
El furriel Diátlov se dirigió hacia nosotros, y en cuanto le dijimos que no teníamos nada que ver con los revoltosos ni formular ninguna reclamación, volvió inmediatamente para comunicarlo a su jefe.
-¡Ah, conque nada tienen que reclamar -gritó, pero dulcificando la voz y en tono satisfecho-. ¡No importa, traédmelos aquí a todos!
Salimos de la cocina. Yo estaba avergonzado y, como mis compañeros, caminaba con la cabeza baja.
-¡Hola, Prokófiev! Yolkin, Almázov, vengan ustedes acá -nos dice algo más calmado-. ¿Tú también, M-tskii?... Diátlov, toma los nombres de todos, de los descontentos y de los que no han tomado parte en el motín, pero en lista aparte. ¡Que no se te pase ni uno siquiera!... ¡ Los bribones la han de pagar cara!
La lista produjo su efecto.
-Nosotros tampoco reclamamos -gritó uno de los amotinados con voz sorda e insegura.
-¿Ahora nos salimos con ésas? -replicó el mayor-. Pues bien, los que estén satisfechos, que den dos pasos adelante.
Así lo hicieron varios reclusos.
-¿De manera que nada tienen ustedes que decir en contra del rancho? ¿Así, pues, han sido arrastrados a este conato de motín por los eternos agitadores? Pues bien, peor para éstos. El Consejo de guerra les asentará la mano… Peor para ellos...
-¿Pero qué significa esto? -gritó una voz de los que permanecían en las filas.
-¿Quién ha sido ese temerario? -rugió el mayor precipitándose hacia el lado de donde partió la voz-. ¡Ah, eres tú, Rastórguyev! ¡Al cuerpo de guardia en seguida!
Rastórguyev, un joven corpulento y de elevada estatura, se apresuró a obedecer. Él no había dicho siquiera esta boca es mía durante toda aquella escena y, por consiguiente, no era el autor de aquel grito, al parecer subversivo; pero no se atrevió a contradecir al irascible jefe.
-El tener la barriga llena es lo que les hace ser exigentes -prosiguió el mayor-, pero yo les quitaré esos humos, bribones. ¡No ha de escapar de rositas ni siquiera uno! Los que estén conformes con la administración, que salgan de las filas.
-¡Nosotros, nosotros! -exclamaron varios penados, uniendo la acción a la palabra.
Los demás permanecieron obstinadamente en sus puestos.
Pero el mayor había conseguido su objeto, que era el de dominar por completo el conato de motín, dividiendo a los revoltosos. Le interesaba muy mucho resolver en seguida y de la mejor manera un conflicto del que acaso hubiera salido mal parado, por bien que le viniesen las cartas, si llegaba a oídos de sus superiores.
-¿De manera que ninguno se queja ya? -añadió-. ¡Bien lo sabía yo! Son esos malditos instigadores. Es preciso, Diátlov, averiguar quiénes son. Y ahora... al trabajo todo el mundo. ¡Tambor, redobla!
Presenció la formación de las diferentes cuadrillas con aire de triunfo.
Los penados se separaron tristemente, en silencio, pero contentos en su interior del desenlace que había tenido aquella escena que amenazó con ser trágica y acabó siendo cómica.
Una vez formadas las cuadrillas, el mayor se dirigió al cuerpo de guardia, donde tomó sus disposiciones contra “los instigadores”, pero no fue demasiado cruel.
Más tarde contó uno de los penados que en el momento de ir a sufrir el castigo corporal, pidió perdón y le dejó marchar impune el suboficial.
Evidentemente el mayor no las tenía todas consigo. Había tenido miedo, pues al fin y al cabo se trataba de un asunto muy espinoso, pues una rebelión en el penal hubiera podido acabar mal para todos.
Lo que le alarmó especialmente fue la unanimidad de los penados en amotinarse. Era preciso, por lo tanto, satisfacer a toda costa sus reclamaciones, y como primera providencia, envió a los instigadores a sus pabellones respectivos.
Al día siguiente se notó una mejora muy notable en el rancho, pero esto duró poco. El mayor menudeaba sus visitas al penal, hallando siempre pretexto para castigar a uno y otro. El suboficial que desempeñaba las funciones de sargento mayor iba y venía desorientado, como si no pudiera sacudir su estupor.
En cuanto a los forzados, transcurrió largo tiempo antes de que se calmaran por completo, pero su agitación en nada se parecía a la de los primeros días.
Estaban intranquilos y cohibidos; algunos bajaban la cabeza sin despegar los labios; otros hablaban del pasado movimiento, pero de mala gana, con reconcomio. Muchos se burlaban de ellos como para castigarlos por haberse amotinado.
-¿Verdad, camarada, que somos tremendos? Cuando nos proponemos una cosa, hacemos temblar hasta los cimientos del penal… con los palos que recibimos en las espaldas. ¡Aquí no se hace más que lo que queremos!
-¿Dónde está el ratón que ha querido poner el cascabel al gato?
-Las varas y el látigo son argumentos de peso, los únicos que nos convencen. Menos mal que algunos han escapado de rositas...
-Piensa más y habla menos -interrumpe uno de los castigados, en tono desabrido-. Es lo mejor que puedes hacer.
-¿Pretendes darme una lección? ¿Eres maestro de escuela?
-¡Y falta que te hace!
-¡Tú no eres más que un cobarde y un sinvergüenza!
-Lo serás tú, m…
-¡Vaya, basta! ¿Se van ustedes a pelear ahora? -gritan varias voces al mismo tiempo, poniendo fin al altercado.
La misma tarde de la rebelión encontré a Petrov detrás de las cuadras, después del trabajo. Me buscaba.
Al acercarse a mí masculló unas frases que no pude comprender; pero se calló en seguida y me saludó con una inclinación de cabeza. Yo estaba aún con el corazón encogido por la escena de que había sido víctima, y esperaba que Petrov me diese algunas explicaciones.
-Dime, Petrov -le pregunté-, ¿tus compañeros están indignados contra nosotros?
-¿Por qué?
-Los forzados... parece que no miran con buenos ojos a los nobles y…
-Bueno, ¿y qué?
-Como no los hemos secundado hoy...
-¿Por qué habían ustedes de secundarnos? -me interrumpió bruscamente-. Ustedes comen aparte y nada tienen que ver con nosotros.
-¡Oh! Algunos de los nuestros se han amotinado con ustedes, a pesar de que tampoco comen el rancho del penal. Nosotros hubiéramos debido secundar a ustedes, aunque sólo fuese por compañerismo.
-¡Vamos, hombre! ¿Los nobles son acaso compañeros nuestros? -replicó con estupor.
Le miré fijamente. No alcanzaba él a comprender el sentido de mis palabras, pero yo sí comprendí perfectamente las suyas.
Por fin veía con toda claridad una idea que turbaba confusamente mi cerebro y me atormentaba desde hacía mucho tiempo; comprendí entonces lo que sólo había adivinado de un modo imperfecto, o sea, que jamás llegaría a ser camarada de los forzados, aunque entre ellos pasase todo el resto de mi vida, ni aun perteneciendo a la sección especial.
La expresión del rostro de Petrov en aquel momento me quedó grabada en la imaginación, para no borrarse jamás.
Su pregunta: «¡Vamos, hombre! ¿Los nobles son acaso compañeros nuestros?» encerraba tan ingenua franqueza, tan ingenuo estupor, que no pude por menos de sospechar que se burlaba de mí.
Pero no, había dicho la verdad: los forzados no podían tenerme por camarada; todo lo más podíamos caminar por senderos paralelos; pero juntos y por el mismo, ¡jamás!
Creía realmente que, después de la rebelión, nos habrían insultado y encarnecido como nunca; haciendo de nuestra vida un infierno, pero me engañé.
No se nos hizo el menor reproche ni la más ligera alusión a nuestra conducta. Continuaron burlándose de nosotros, como antes, cuando se les ofrecía ocasión, pero nada más.
Ninguno guardó rencor a los que se negaron a amotinarse y permanecieron en la cocina, mientras los demás desafiaban la cólera del mayor, como tampoco a los que en el momento culminante abandonaron las filas declarando que nada tenían que reclamar contra la administración del penal.
Sobre esto, con gran sorpresa por mi parte, no se dijo jamás una palabra.
VIII
Mis camaradas
Naturalmente, los que me atraían más eran mis iguales, esto es, los nobles, especialmente en los primeros años de mi reclusión. Pero de los tres nobles rusos que había en nuestro penal -Akim Akímich, A-v, el espía y el que se tenía por parricida- sólo tenía tratos con Akim Akímich. A los otros no les hablaba siquiera.
A decir verdad, sólo me dirigía a aquél por desesperación, en los momentos de tristeza más insoportables, cuando creía que no me hubiera podido acercar a ninguna otra persona.
Akim Akímich constituía una categoría especial de forzados, la de los indiferentes, para los cuales es lo mismo vivir en libertad que condenado a trabajos forzados.
Estos son, realmente, una excepción, y Akim Akímich el más vivo ejemplo de la misma. Habíase establecido en el penal como si allí hubiera de pasar toda su vida. Debía extinguir aún varios años de condena; pero aseguraría que no pensaba jamás en su liberación. Más que por buen corazón habíase amoldado a aquella vida por espíritu de subordinación.
Era un hombre excelente. Con frecuencia vino en mi ayuda con sus consejos y sus servicios, sobre todo en los comienzos de mi reclusión, pero me infundía una indecible tristeza que agravaba mi propensión a la melancolía.
Cuando estaba desesperado, le buscaba porque gustaba de oírle hablar, pues lo hacía con lentitud, reposadamente, con voz tranquila y acompasada, como agua que cae gota a gota. No se animaba ni aun cuando le hablaba del hecho que le valió ser condecorado con la orden de Santa Ana: únicamente su voz se hacía más grave y bajaba de tono al pronunciar el nombre de Santa Ana y guardaba silencio por dos o tres minutos.
Durante el primer año, tenía yo momentos horribles en los que odiaba, sin saber por qué, a Akim Akímich y maldecía al Destino que habíame llevado a dormir en un entarimado en que mi cabeza se tocaba con la de aquél. Pero muy luego me enojaba conmigo mismo por no haber sabido dominar esos accesos de desesperación.
Afortunadamente, de esos ímpetus sólo fui presa el primer año de mi prisión. Más tarde me acostumbré al carácter de Akim Akímich y me avergonzaba de mis sentimientos de otro tiempo.
No recuerdo haber reñido jamás con él ni que tuviésemos el más ligero altercado.
Además de estos tres nobles, había en el penal otros ocho, con alguno de los cuales estreché relaciones de amistad, pero no con todos. Los mejores eran enfermizos, egoístas y en extremo intolerantes.
Me abstuve aun de hablar a dos o tres d ellos.
Sólo había tres que fuesen instruidos: B-kii, M-tskii y el anciano J-skii, el cual había sido profesor de matemáticas, un hombre excelente, originalísimo y de mediana inteligencia, a despecho de su erudición.
M-tskii y B-kii eran muy diferentes. Desde el primer momento, nos entendimos M-tskii y yo, y jamás tuvimos una rencilla; pero no le quise nunca de veras ni pude intimar con él. Esto me resultaba imposible, porque era excesivamente áspero, desconfiado, muy pagado de sí mismo y reservado como una tumba. Esto último era lo que más me desagradaba, comprendiendo que era incapaz de abrir su pecho a quienquiera que fuese.
Sin embargo, mi apreciación podía ser injusta... Estaba dotado de un carácter noble y firme. Su escepticismo inveterado traslucíase en su habilidad extraordinaria y en la prudencia y circunspección con que hablaba aun a sus más íntimos amigos. El dualismo de su alma era manifiesto, pues a la vez que escéptico era profundo creyente y tenía una fe inquebrantable en ciertas esperanzas y convicciones.
Mas a pesar de toda su habilidad estaba en guerra declarada con B-kii y su amigo T-skii.
El primero era un pobre enfermo, propenso a la tisis, irascible y nervioso, pero generoso y bueno.
Su misma irritabilidad nerviosa le hacía caprichoso como un niño. Yo no podía soportar un carácter semejante y rompí toda clase de relaciones con B-kii, pero sin dejar de quererlo. Era todo lo contrario de M-tskii, con el cual no disputaba jamás, pero no le quería. Rota mi amistad con B-kii hube de romperla también con su inseparable T-skii. Esto lo sentí sobremanera, porque a su ilustración no superficial unía un corazón de oro y, como he dicho en el capítulo anterior, un valor a toda prueba.
Quería y respetaba de tal modo a B-kii, que los enemigos de éste no podían ser amigos suyos. Por esta razón riñó con M-tskii.
Todos estos individuos eran biliosos, susceptibles, desconfiados, padecían de aguda hiperestesia moral.
Esto se comprende. Su situación era penosísima, mucho más dura que la nuestra pues habían sido desterrados de su patria y condenados a diez o doce años de deportación. Su estancia en el penal hacíanla aún más dolorosa los prejuicios que habían arraigado en sus mentes y la opinión que tenían de los forzados. A su juicio, éstos no eran más que fieras y no debían ser tratados como criaturas humanas.
El penal era, pues, para esos polacos, un verdadero infierno.
Eran amables con los circasianos, con los tártaros y con Isaí Fomich; mas para el resto de los penados no sentían más que desprecio. Hacían una sola excepción: el viejo y mojigato creyente.
No obstante, durante todo el tiempo que estuve en el presidio, no observé jamás que ningún forzado se burlase de su origen, de sus creencias religiosas ni de sus convicciones, a lo que tan propensa es la plebe de Rusia en sus relaciones con los extranjeros, especialmente si son alemanes. En el fondo, no hace más que burlarse de los tudescos, porque para el pueblo ruso son seres bufos y grotescos. Los forzados tenían mucha más consideración para con los polacos nobles que para sus compatriotas, los rusos hidalgos. Mas, al parecer, los polacos no querían notar esta conducta ni tenerla en cuenta para nada.
Volvamos a hablar de T-skii.
Cuando, en compañía de su camarada, abandonó su lugar de destierro para ingresar en nuestro penal, llevó sobre sus hombros, casi todo el viaje, a su amigo B-kii, tan débil éste de constitución y de salud tan delicada que no podía hacer por su pie ni la mitad de la etapa.
Fueron desterrados primero a Y-gorsk, donde estaban relativamente bien. Su vida era mucho más cómoda que en el penal. Mas a causa de la correspondencia que mantenían con los deportados de otra ciudad, se consideró necesario trasladarlos a nuestro penal, para que allí fuesen más estrechamente vigilados.
Hasta su llegada, M-tskii había estado completamente solo. ¡Cuánto hubo de sufrir durante el primer año de destierro!
J-skii era el viejo de que he hablado que consagraba la mayor parte de la noche a la oración. Todos los condenados políticos eran muy jóvenes, casi niños, mientras que J-skii pasaba de los cincuenta años. Por esto le llamo viejo.
Era ciertamente un hombre excelente, pero raro si los hay. Sus camaradas T-skii y B-kii le aborrecían y no le hablaban jamás. Decían, y con razón, según pude comprobar, que era tozudo y caviloso.
Creo que en un penal -como en cualquiera otro lugar donde las personas viven reunidas a la fuerza, contra su voluntad- se odia y se riñe más fácilmente que estando en libertad.
Son muchas las causas que contribuyen a estas continuas querellas.
J-skii era realmente antipático y corto de luces; no podía congeniar con ninguno de sus compatriotas. Conmigo no pudo reñir ni una sola vez, porque jamás fuimos amigos. Supongo que era un buen matemático. Cierto día me explicó en su jerigonza, medio ruso, medio polaco, un sistema astronómico de su invención. Se me dijo que había publicado sobre el mismo argumento un libro que hizo las delicias de los hombres de ciencia. Dados su estrecho criterio y su limitado talento, no me costó trabajo creerlo.
Oraba de rodillas durante días enteros, y esto le conquistó el respeto de los forzados, respeto que le guardaron hasta la muerte, pues yo le asistí hasta sus últimos momentos y puedo atestiguarlo.
Cuando les condujeron, a cortas jornadas, de Y-gorsk a nuestro penal, no se cuidaron de afeitarles jamás, por lo cual tenían las barbas y los cabellos excesivamente crecidos, y esto enfureció a nuestro mayor, como si los infelices fuesen culpables de esta transgresión del reglamento.
-¡Miren qué facha! -exclamó, rojo de ira-. ¡Son vagabundos o bandidos!
J-skii, que presumía entender algo el ruso, creyó que les preguntaban si eran vagabundos o bandidos, y contestó:
-Somos condenados políticos, y no bandidos.
-¡Cómo se entiende! ¿Te atreves a replicar a tu superior? ¡A ver, que le lleven al cuerpo de guardia y le den cien azotes en seguida! ¡Habráse visto el insolente!
La orden del mayor se cumplió sin pérdida de tiempo. J-skii ofreció, tendido en tierra, sus espaldas a las varas, sin oponer resistencia y soportó el suplicio, mordiéndose la diestra mano sin lanzar un quejido ni estremecerse siquiera.
B-kii y T-skii llegaban en aquel momento al penal. M-tskii les esperaba en la puerta con los brazos abiertos, aunque no les había visto en su vida.
Indignados por la acogida que les había dispensado el mayor le contaron al punto la horrible escena que acababa de desarrollarse.
-Al saberlo -me decía más tarde M-tskii-, me quedé primero como petrificado y en seguida se apoderó de mí una rabia salvaje. Esperé a J-skii junto al portón por donde había de pasar a su salida del cuerpo de guardia, después de sufrido el castigo. La puerta se abrió, al fin, y vi aparecer a J-skii con el rostro pálido y los labios temblorosos y exangües. No miró a ninguno y atravesó por en medio de los grupos de forzados como si el patio hubiese estado desierto.
M-tskii se exaltaba a medida que iba hablando.
-Aquellos forzados -prosiguió- sabían que acababa de sufrir un noble el infamante castigo de las varas... J-skii entró en el pabellón, postróse de hinojos y se puso a orar tranquilamente. Los penados se quedaron estupefactos y aun se sintieron conmovidos. Cuando vi a aquel hombre de cabellos blancos, desterrado de su patria, en la que le lloraban su mujer y sus hijos, después de haber pasado por tan vergonzoso castigo, arrodillado y absorto en la oración, huí como loco, de la cuadra... Desde aquel momento, los forzados tuvieron para con J-skii las mayores atenciones y el más profundo respeto. Lo que les admiraba, sobre todo, era que no hubiese lanzado un gemido bajo los tremendos golpes que le habían asestado.
Mas es preciso ser justos y decir la verdad. No se deben juzgar por este ejemplo las relaciones de la administración con los deportados nobles; sean rusos o polacos.
La anécdota que acabo de referir demuestra únicamente que podemos tropezar con un malvado, y si este malvado es comandante de un penal donde tengamos la desgracia de ser encerrados, nuestra suerte no tendrá nada de envidiable.
Pero la administración superior de los trabajos forzados que da la palabra de orden y confiere la dirección a los comandantes subalternos, es muy diferente con los deportados nobles y a veces; muéstrase más indulgente con ellos que con los forzados de baja condición. Las causas son evidentes.
En primer lugar, los jefes son también nobles.
Además, citábanse casos de nobles que se habían negado resueltamente a tenderse para recibir el castigo de varas y habían agredido a los ejecutores, y las consecuencias de esas rebeliones son siempre de temer.
Por último, y creo que es ésta la causa principal, mucho tiempo antes, treinta y cinco años, si no estoy equivocado, habían sido deportados a Siberia una multitud de nobles,[ii] los cuales supieron portarse y recomendarse tan bien, que los sobrestantes de los trabajos forzados hubieron de tratar a los nobles de muy distinta manera que a los demás condenados.
Los comandantes subalternos habían seguido el ejemplo de sus jefes y obedecían ciegamente a este sistema. Muchos de ellos criticaban y deploraban estas disposiciones de sus superiores, y se consideraban dichosos cuando podían hacer su gusto, pero no solían extralimitarse.
La segunda categoría de trabajos forzados, a la cual pertenecía yo, compuesta de penados siervos, sometidos a la autoridad militar, era mucho más dura que la primera (minas) y que la tercera (construcciones).
Y era más dura no sólo para los nobles sino también para los demás forzados, porque la administración y la organización eran militares y se asemejaba mucho a la de los presidios de Rusia.
Los jefes eran más severos y las costumbres más rigurosas que en las otras categorías. Se llevaba siempre la cadena, vigilábanos constantemente la escolta y estábamos a todas horas encerrados, lo cual no sucedía en otras partes, a lo menos así lo aseguraban forzados que tenían motivos para saberlo.
Mis compañeros hubieran ido gustosos a las minas, aunque, según la ley, éstas eran el mayor castigo.
Los que habían estado en los presidios rusos, hablaban de ellos horrores, asegurando que no hay infierno peor, y que la Siberia era un paraíso, comparado con las fortalezas de Rusia.
Por esta razón se nos tenía alguna consideración a los nobles en nuestro penal, que estaba directamente vigilado por el general gobernador y cuya administración era militar; debíase a la benevolencia con que se trataba a los forzados de la primera y tercera categoría.
Puedo hablar con conocimiento de causa de lo que pasaba en Siberia. Los relatos que me han hecho los deportados de la primera y tercera categoría confirman mi aserto. Nos vigilaban más estrechamente que en cualquiera otra parte, no escapábamos a ninguno de los rigores del trabajo y la reclusión, llevábamos los mismos hierros y sufríamos iguales penalidades que los otros detenidos.
Era absolutamente imposible que nos protegieran, porque yo sé que en fecha no remota, mejor dicho, en fecha muy reciente, las denuncias y las intrigas que amenazaban con la destitución de los funcionarios, habíanse multiplicado de tal modo, la administración temía las delaciones, y en aquel tiempo, el mostrar un poco de indulgencia con cierta clase de forzados, se consideraba como un delito.
Y así, como cada cual temía por sí, habíamos llegado al mismo nivel que los forzados por delitos comunes.
La única excepción que existía en nuestro favor era la de no aplicarnos castigos corporales. Nos hubieran vapuleado, de haber cometido un delito cualquiera, porque el reglamento exige que, respecto al castigo, seamos todos iguales; pero se guardaban de azotarnos sin motivo o por simples faltas, como se hacía con los demás penados.
Cuando nuestro comandante tuvo conocimiento del castigo infligido a J-skii, montó en cólera y reprendió severamente al mayor, para que en lo sucesivo fuera más cauto y menos impetuoso.
La noticia de esta reprimenda cundió velozmente por el penal, llenando de júbilo a los forzados, que odiaban al mayor; y la alegría no tuvo límites cuando se supo que al rapapolvo del comandante había seguido una admonición mucho más severa del general gobernador, a pesar de que éste tenía gran confianza en el mayor por sus excelentes cualidades como funcionario y fidelidad en el cumplimiento de la ley.
Nuestro mayor no echó en saco roto la advertencia de sus superiores pero soñaba con el desquite y buscaba la ocasión de volver a azotar a J-skii, haciéndole incurrir en alguna de las faltas previstas en el reglamento. Pero no lo consiguió.
El asunto de J-skii se supo también en la ciudad, y la opinión pública se mostró unánimemente contraria al mayor, y no fueron pocas las personas de elevada posición que le manifestaron su desagrado en forma demasiado ostensible y sobrado humillante.
Recuerdo mi primera entrevista con el mayor. En Tóbolsk nos habían espantado ya, a otro compañero y a mí, refiriéndonos anécdotas referentes a la crueldad inaudita de este hombre abominable.
Los viejos desterrados -nobles como nosotros, que habían sido condenados a veinticinco años de trabajos forzados- que vinieron a visitarnos a nuestra cárcel de tránsito, nos previnieron en contra del jefe del penal adonde nos conducían, prometiéndonos al mismo tiempo interceder cerca de sus amigos influyentes para substraemos, en lo posible, a sus persecuciones.
En efecto, escribieron a las tres hijas del general gobernador, las cuales, según creo, intercedieron en nuestro favor.
¿Pero qué podían hacer?
El general se limitó a decir al mayor que fuese justo en la aplicación de la ley.
A cosa de las tres de la tarde llegamos mi camarada y yo a la ciudad, y la escolta nos condujo directamente a presencia del tirano.
Quedamos en la antesala mientras avisaban al suboficial de guardia, y apenas llegó éste entró el mayor... Su cara pavonaza, granujienta y de expresión feroz, nos causó una impresión muy dolorosa. Parecía que una terrible araña trataba de aprisionar en su tela a una pobre mosca.
-¿Cómo te llamas? -preguntó a mi compañero.
Este le dijo su nombre y apellido.
-¿Y tú? -añadió, mirándome fijamente a través de sus gafas.
Contesté a su pregunta.
-¡Sargento! -exclamó-. Llévelos al penal, haga que les rasuren la mitad de la cabeza en el cuerpo de guardia y que ingresen en el departamento civil… ¿Pero qué capotes son éstos? -añadió bruscamente al ver los que llevábamos y que nos habían sido entregados en Tóbolsk-. ¡Este es un nuevo uniforme! Cada día se ven novedades… cosas de San Petersburgo… ¿Traen algún equipaje? -prosiguió, dirigiéndose al guardia que nos acompañaba.
-Sus trajes ordinarios, Alta Nobleza -repuso el guardia cuadrándose como un quinto.
-Eso no puede entrar en el penal. Déjeles sólo la ropa blanca y el resto lo vende a un ropavejero. El forzado no puede poseer nada -añadió mirándonos severamente-. Ahora mucho cuidado, pórtense bien, pues a la menor falta les infligiría un castigo corporal. Las varas y los azotes no están jamás ociosos en el presidio. Conque ya están ustedes advertidos. Ea, ¡marchen!
No estaba acostumbrado a ser tratado con semejante descortesía, y aquel grosero recibimiento, de poco no fue causa de una enfermedad, pues sentía que la fiebre se iba apoderando de mí. Cuando pasé los umbrales del penal, parecióme que acababa de entrar en el infierno.
Ya he dicho que a los nobles no se guardaba ninguna consideración ni se tenían preferencias con ellos, por lo que al trabajo se refiere; sin embargo, se trató de aliviar en lo posible nuestra situación, enviándonos a B-kii y a mí como amanuenses, pero en secreto, a las oficinas de ingenieros.
Nadie, empero, ignoraba el favor de que habíamos sido objeto, pero todos fingían no haberlo notado. De esta buena suerte éramos deudores al jefe de ingenieros, y duró todo el tiempo que el teniente coronel G-kov fue nuestro comandante.
Este jefe (que sólo permaneció seis meses en Siberia) nos pareció un bienhechor enviado del Cielo, y causó honda y agradable impresión a todos los forzados. No le amaban sino que le adoraban, si puedo emplear esta frase.
-Es un padre para nosotros -decían a cada momento los deportados, mientras G-kov dirigió los trabajos.
¿Por qué amaba a mis desgraciados compañeros? No sabría precisarlo, pero el hecho es que no podía ver un detenido, sin dirigirle una palabra cariñosa y gastarle alguna broma para hacerle reír. No tenía nada de autoritario; para los penados era un camarada más.
A pesar de esta condescendencia, no recuerdo que algún forzado se extralimitase ni fuese jamás irrespetuoso con él. Sucedía todo lo contrario: al ver al comandante, en los labios del recluso dibujábase una sonrisa y gorra en mano y sin cesar de sonreír esperaba tranquilo y dispuesto a cumplirlas al momento las órdenes del querido jefe.
Los penados le amaban por la confianza que tenía en ellos y por el horror que demostraba contra la tacañería y la mezquindad. Estoy seguro de que, si hubiese perdido un billete de mil rublos y lo encontrase el ladrón más empedernido de todo el penal, se lo hubiera devuelto en seguida radiante de gozo.
La simpatía de los forzados por el teniente coronel G-kov aumentó, si cabe, cuando se supo que odiaba a muerte a nuestro mayor, del que había sido compañero de armas.
La marcha de tan querido jefe fue sentidísima en el penal.
G-kov fue quien, como dejo dicho, hizo que nos destinaran a las oficinas de ingenieros, y cuando partió él, no varió nuestra situación, pues había un ingeniero que nos demostraba mucha simpatía.
Pero ¡ay! llegó, al fin, la hora de denunciarnos, y por orden superior hubimos de cesar en nuestro cargo de amanuenses, para formar en las cuadrillas de los trabajadores.
En el fondo, este cambio no nos afligió gran cosa, porque ya estábamos cansados de hacer copias y más copias, aunque con ello se perfeccionaba nuestro carácter de letra.
Durante dos años enteros trabajamos B-kii y yo en las oficinas, charlando y discurriendo sobre nuestras esperanzas y nuestras convicciones. Las del buen B-kii eran extrañas, exclusivistas. Existen personas inteligentísimas cuyas ideas son, a veces, demasiado paradójicas; sin embargo, han sufrido tanto por ellas, de tal modo han perseverado en ellas y las han conservado a costa de tantos sacrificios, que sería una crueldad arrancárselas, aun en el caso de que esto fuese posible. B-kii no podía soportar una objeción y contestaba con violencias intolerables. Quizá tenía razón; mucha más razón que yo, pero al fin hubimos de distanciarnos, con gran sentimiento por mi parte, pues ya teníamos muchas ideas que nos eran comunes.
M-tskii, a medida que pasaban los años, se ponía más triste y sombrío. La desesperación habíase apoderado de él. Al principio de mi reclusión era más comunicativo, dejaba entrever mejor sus pensamientos, se interesaba más por las noticias que yo le llevaba, pues nada sabía de lo que ocurría fuera del penal, me interrogaba, escuchaba y se conmovía. Poco a poco se concentró en sí mismo, y no había medio de adivinar lo que pensaba.
Se exasperaba cada vez más y no cesaba de lanzar invectivas contra los forzados, a los que ya había comenzado a comprender. Los argumentos que yo empleaba en defensa de ellos, no tenían ninguna eficacia.
No prestaba siquiera atención a lo que le decía, y si alguna vez se mostraba de acuerdo conmigo, al siguiente día volvía a las andadas. Hablábamos siempre en francés, y sin duda por esto el soldado de ingenieros, Draníschnikov, dio en la flor de llamarnos los dos sacamuelas.
M-tskii sólo se animaba hablando de su madre.
-Es vieja y está enferma -me decía-, me ama sobre todas las cosas del mundo, y no sé si vive aún, si le han dicho que he sido azotado, pues esta noticia la mataría.
M-tskii no era noble y había sufrido castigos corporales antes de ser deportado. Cuando lo recordaba, poníase furioso, rechinaba los dientes, parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas.
En los últimos tiempos de su reclusión paseaba casi siempre solo.
Una mañana le ordenaron que compareciese ante el comandante, el cual le recibió con la sonrisa en los labios.
-Vamos a ver, M-tskii -le dijo-, ¿qué soñaste anoche?
-Cuando oí esta pregunta me estremecí -nos contó luego M-tskii-. Me dio un vuelco el corazón, como si presintiese el anuncio de una gran desgracia.
Y contestó al comandante:
-Soñé que había recibido una carta de mi madre.
-El sueño fue agradable, pero lo es más la realidad. Desde este momento eres libre, M-tskii. Tu madre ha suplicado al Tzar. . . y su ruego ha sido escuchado. Así, pues, abandonarás hoy mismo el penal.
Volvió a reunirse con nosotros, pálido como la cera, sin atreverse a creer que era verdad tanta dicha.
Le felicitamos cordialmente, estrechando sus manos frías y temblorosas.
Convertido en colono, M-tskii se estableció en la ciudad y venía con frecuencia al penal para comunicarnos, cuando podía, las noticias políticas que circulaban, que eran las que nos interesaban más.
Además de los cuatro polacos, condenados políticos de quienes ya he hablado, había otros dos, muy jóvenes, deportados por breve tiempo, poco instruidos pero honrados, francos y leales; otro, llamado A-chukovskii, bastante simple, y un tal B-m, hombre ya entrado en años, que me causó pésima impresión.
No sé por qué había sido deportado este último, aunque él no tenía empacho en decirlo a quien le quisiera oír. Era su carácter mezquino, con ideas y costumbres groseras, como las de un tendero enriquecido. Carecía absolutamente de cultura y sólo se interesaba por lo que a su oficio de pintor concernía.
Forzoso es reconocer que era un pintor de valía; su fama cundió pronto en la ciudad, donde le encargaban la decoración de techos y paredes, que era su especialidad. En dos años decoró las viviendas de los funcionarios públicos, que le pagaron con relativa esplendidez, y gracias a esto podía darse buena vida.
Le acompañaban en sus trabajos tres penados, dos de los cuales, sobre todo uno llamado T-jvskii, aprovecharon tan bien sus lecciones, que en poco tiempo no desmerecieron sus pinturas de las de su maestro. El mayor, que vivía en un edificio propiedad del Estado, quiso que B-m decorase todas las paredes y techos, y el pintor se esmeró tanto en este trabajo, que las habitaciones del general-gobernador parecían pobres y mezquinas al lado de las del jefe del penal.
El mayor se frotaba las manos con orgullo mal disimulado, anunciando que las mejoras introducidas en su domicilio obedecían a que en breve había de casarse.
-¿Quién no se casa teniendo una casa como la mía? -decía con la mayor seriedad del mundo.
Cada día estaba más contento de B-m y de los que le ayudaban. Aquel trabajo duró un mes.
En ese tiempo el mayor cambió de parecer respecto a nosotros, y comenzó a proteger a los condenados políticos.
Un día hizo comparecer a J-skii en su despacho.
-J-skii -le dijo-, te he ofendido, haciéndote azotar injustamente. Pues bien, estoy arrepentido, ¿oyes? yo, yo, estoy arrepentido. ¿Entiendes?
J-skii contestó que entendía perfectamente.
-Pues bien, quiero reconciliarme contigo, pero es preciso que te hagas cargo del favor que te hago al llamarte para que me perdones. ¿Qué eres tú respecto a mí? Un gusano, menos que un gusano de la tierra. Tú eres un forzado y yo, por la gracia de Dios, soy un mayor. ¡Mayor! ¿Lo entiendes?
J-skii volvió a repetir que le entendía,
-¿Comprendes la grandeza de mi acción? ¿Sabes apreciarla? Fíjate, yo, yo, un mayor, te pide perdón…
J-skii me contó esta escena. ¿Luego, aquel bruto, ebrio, desordenado y tacaño era susceptible de sentimientos humanitarios?
Si se tienen en cuenta sus ideas y su desarrollo intelectual, preciso es convenir en que aquella acción era verdaderamente generosa.
¡Tal vez había contribuido a esto su perpetuo estado de embriaguez!
El sueño del mayor no se realizó: no pudo casarse, aunque estaba resuelto a ello en cuanto terminase la decoración de su domicilio, pues se le formó expediente y, a pesar de sus ruegos y lágrimas, no tuvo otro remedio que pedir el retiro.
La gran noticia celebráronla los forzados con las mayores demostraciones de júbilo.
El desdichado mayor tuvo que vender su tronco de caballos y cuanto poseía, y no tardó en caer en la mayor miseria.
Más tarde le encontramos una vez que otra pobremente vestido de paisano. Miraba a los penados de través, pero ya no infundía miedo. Mientras fue nuestro jefe era un dios vestido de uniforme; ahora parecía un lacayo.
IX
La evasión
Poco tiempo después de la destitución del mayor, se reorganizó completamente nuestro penal.
Fueron abolidos los trabajos forzados y el presidio trocóse en una penitenciaría militar, semejante a las de Rusia. En lo sucesivo no se envió ningún penado de segunda categoría, puesto que sólo debía contener detenidos militares, esto es, personas que conservan sus derechos civiles.
Eran soldados como todos los demás, pero habían sido azotados, y su condena era de escasa duración, seis años todo lo más. Una vez extinguida la sentencia, volvían a los batallones, como soldados rasos.
Los reincidentes eran condenados a veinte años de reclusión.
Hasta entonces había habido en nuestro penal una sección militar, pero sólo porque no se sabía dónde meter a los soldados presos.
En cuanto a los forzados paisanos que habían perdido sus derechos o estaban marcados con el hierro infamante y rasurados, debían permanecer en el presidio hasta la completa extinción de su condena; pero, como no llegaban otros nuevos y a los antiguos los iban poniendo en libertad poco a poco, al cabo de diez años no quedaría en el establecimiento ningún recluso de esta clase.
No cambió, empero, nuestro género de vida; sólo la administración había sido cambiada, haciéndola más complicada.
Fue designado jefe del penal un oficial superior, comandante de una compañía, y tenía a sus órdenes cuatro oficiales subalternos, que hacían la guardia por turno.
Los inválidos fueron reemplazados por doce sargentos y un celador del arsenal.
Dividiéronse las secciones de reclusos en decenas, para cada una de las cuales fue nombrado un cabo de varas, Akim Akímich, como era justo, fue uno de los elegidos.
La vida que se hacía era la misma, pero se nos había librado del mayor y se respiraba…
Por lo demás, tampoco podría yo describir minuciosamente esa vida: al evocar tales recuerdos, los pasados sufrimientos me oprimen el corazón y paralizan mi mano.
Sé que los años transcurrían lenta y tristemente y que los días eran interminables, fastidiosos, y que las horas se deslizaban como gotas de agua…
Recuerdo también que lo único que me daba fuerzas para resistir, esperar y confiar, era un ardiente deseo de resucitar, de renacer a una nueva vida.
Me acostumbré, al fin, y contaba los días. Y aun cuando me quedaban aún mil, era dichoso al siguiente al pensar que al cabo de 999 días abandonaría para siempre el penal.
*
Alguien se preguntará si era posible evadirse del presidio y si durante mi permanencia en él hubo alguna tentativa de fuga.
Ya he dicho en otro lugar que el recluso que lleva tres años en un penal, reflexiona que le tiene más cuenta extinguir sin tropiezos su condena y convertirse en colono una vez que haya recobrado su libertad. Mas, los que hacen estos cálculos son los que han sido condenados por un tiempo relativamente corto; pero los que han sido sentenciados a muchos años, no reparan en riesgos. Sin embargo, las tentativas de evasión son raras.
Esto se debe atribuir a la cobardía de los forzados, a la severidad de la disciplina militar y a la situación de nuestra ciudad, que no favorecía las evasiones, porque se encontraba en plena estepa abierta por todas partes.
En mi tiempo, empero, trataron de evadirse dos presidiarios de cuidado.
Desde el momento en que fue destituido el mayor, quedó solo y sin amigos A-v, el espía del penal. Joven aún, su carácter iba adquiriendo con la edad cierta firmeza. Era descarado, resuelto y astuto,
Si lo hubiesen puesto en libertad, de seguro que habría vuelto a acuñar moneda falsa, pero con la experiencia adquirida en el penal, difícilmente se le hubiera podido coger de nuevo.
A la sazón se ejercitaba en falsificar pasaportes.
Tuve ocasión de penetrar en su alma y verla en toda su horrible fealdad. Su frío cinismo era repugnante, producía náuseas. Creo que por satisfacer un capricho no hubiera vacilado en cometer un asesinato, siempre que su crimen no pudiese ser descubierto.
Había estudiado a fondo a todos los penados, y comprendió que ninguno era más a propósito que Kulíkov, individuo, como él, de la sección especial.
Ya he hablado de este sujeto en otro lugar.
No era joven, pero sí lleno de ardimiento y de energía y poseía cualidades extraordinarias. Sentíase fuerte y quería vivir mucho tiempo todavía.
Así, pues, Kulíkov no valía menos que A-v; el uno completaba al otro. Sospecho que el primero contaba con que A-v le facilitaría un pasaporte, falsificado, desde luego. En seguida estuvieron de acuerdo. Mas era imposible huir sin tener de su parte a un soldado de la escolta.
En uno de los batallones que guarnecían la fortaleza, había un soldado polaco, hombre ya de edad madura, enérgico y digno de mejor suerte, serio y valeroso.
Llegado a Siberia, muy joven aún, desertó, presa de mortal nostalgia. Fue, empero, aprehendido y azotado e incorporado por dos años a la compañía disciplinaria.
Extinguida la pena, volvió a su batallón, distinguiéndose de tal modo por su celo en el servicio y por su intachable conducta, que le agraciaron con el empleo de cabo.
Le vi una vez que otra entre los soldados que nos vigilaban, y observé que la nostalgia habíase trocado en odio sordo, implacable, y que no hubiera retrocedido ante ningún obstáculo.
Kulíkov estuvo, pues, muy acertado, eligiéndole para que secundase sus planes de evasión.
Este cabo se llamaba Kóler. Nos encontrábamos a la sazón en el mes de junio, la época de los grandes calores. El clima de nuestra ciudad, bastante igual, sobre todo en el verano, era favorable para los vagabundos.
No había que pensar siquiera en huir directamente desde el penal, pues estando situada la población sobre una colina, dominaba en toda su extensión la llanura y parte del bosque.
Además, necesitaban ropas con que sustituir sus uniformes de presidiarios, y para procurársela era preciso ir al suburbio, donde Kulíkov tenía, desde hacía tiempo, un refugio.
Ignoro si sus amigos del suburbio estaban en el secreto, pero creo que sí, aunque este extremo no se ha podido poner en claro.
Un año antes habíase establecido allí una joven de vida ligera, bastante agraciada, llamada Vanika-Tanika, a “Fuego y llama”, que por este nombre era más conocida.
Supongo que estaba de acuerdo con Kulíkov, porque, durante todo el año, aquél hizo verdaderas locuras por ella.
Llegó, finalmente, el día convenido para dar el golpe.
Cuando, por la mañana se formaron las cuadrillas, los dos amigos se las ingeniaron de manera que les designasen para acompañar al forzado Schilkin, fumista de oficio, encargado de hacer algunas reparaciones en los cuarteles que habían desocupado los soldados en las afueras de la población.
Kóler, por su parte, consiguió ser designado para escoltarles, y como el reglamento disponía que cada tres forzados debían ir acompañados de dos soldados, le agregaron un joven recluta, al que, en su calidad de cabo, debía imponer en el servicio de escolta.
Preciso era que los fugitivos ejercieran gran influencia sobre Kóler para inducirle a seguirlos, a él que era tan calculador, inteligente y serio, y que sólo le faltaba algún año para cumplir.
A las seis de la mañana llegaron a los cuarteles. Estaban completamente solos.
Después de una hora de trabajo Kulíkov y A-v dijeron a Schilkin con la mayor tranquilidad del mundo que fuese al depósito por una herramienta que necesitaban.
Como no estaba en el secreto, era preciso alejarlo.
Kulíkov, para despistarle, le dijo al oído que entretanto ellos irían a la cantera para recoger el aguardiente que el día antes había ocultado uno de los proveedores.
Schilkin cayó en el lazo y se quedó solo con el recluta, mientras Kulíkov, A-v y Kóler se dirigían, no a la cantera, sino a casa de “Fuego y llama”.
Transcurrió media hora sin que los ausentes dieran señales de vida. Schilkin se puso a reflexionar, y de pronto una sospecha vehementísima cruzó por su mente, y atando cabos y recordando ciertos pormenores no dudó de que sus sospechas no eran infundadas.
Sin poder contenerse un momento más, estuvo tentado de comunicar sus impresiones al soldado que le acompañaba.
Schilkin comprendía toda la gravedad de su situación, pues podían considerarle como cómplice de los evadidos y su piel corría serios peligros. Todo retardo en dar conocimiento del hecho redundaba en perjuicio suyo. Así, pues, so pretexto de que había de volver al penal para recoger del arsenal una herramienta del depósito, se hizo acompañar de su vigilante y en cuanto hubo llegado al cuerpo de guardia comunicó al sargento sus sospechas. Este se apresuró a dar la novedad al mayor, quien a su vez fue corriendo a poner el hecho en conocimiento del comandante.
Eran ya las nueve de la mañana. Un cuarto de hora después habíanse tomado todas las medidas necesarias para apresar a los fugitivos y se había dado parte del suceso al general gobernador.
El miedo que se apoderó de todos los jefes y oficiales no es para ser descrito, pues se trataba de dos individuos de la sección especial, o sea de los que debían ser más estrechamente vigilados, hasta el punto de que cada uno de ellos había de ser escoltado por dos soldados, y la responsabilidad que sobre los primeros pesaba era tremenda.
Inmediatamente se enviaron correos a todas las cabezas de partido de la provincia y a las ciudades circunvecinas, para advertir a las autoridades la evasión de dos presidiarios y remitirles su filiación y los cosacos salieron en persecución de los evadidos.
La noticia corrió por el penal como reguero de pólvora, y huelga decir que a todos agradó y que se hacían votos porque los fugitivos se pusieran fuera del alcance de sus perseguidores.
El corazón de todos los penados daba saltos de emoción.
Una especie de esperanza, de audacia repentina, les agitaba; les parecía entrever la posibilidad de cambiar de suerte.
-Ellos se han fugado, ¿por qué no hemos de poder hacerlo nosotros?
Todos asumieron un aire altanero y miraban desdeñosamente a los sargentos desde la cima de su grandeza.
Como es de suponer, todos los oficiales acudieron prontamente al penal, y con ellos nuestro comandante.
Los forzados le miraban con atrevimiento, desprecio y severa gravedad a la vez.
-¡Por vida de Lucifer! -murmuraban algunos-. Cuando nos lo proponemos de veras, salimos del paso a toda costa.
Era de esperar una visita de todos los jefes, registros, interrogatorios, recuento, etc. Así sucedió, en efecto, pero nada se pudo poner en claro.
Por la tarde nos acompañó al trabajo doble escolta, y por la noche los oficiales y sargentos iban a cada instante con objeto de sorprendernos. Se nos contó una vez más que de ordinario; y como por dos veces se equivocaran, se produjo una nueva alarma y nos hicieron salir al patio para hacer mejor el recuento; operación que volvió a repetirse cuando entramos en nuestros pabellones respectivos.
Era evidente que se sospechaba que los fugitivos contaban con cómplices dentro del penal; pero, aunque se extremó la vigilancia, se nos espiaba incesantemente y escuchaban nuestras conversaciones, sin que de ello pudiéramos darnos cuenta, el resultado fue el que forzosamente debía ser: nulo.
-No son tan necios para dejar aquí cómplices que pudieran denunciarlos -observaba uno.
-El juego no se descubre cuando se trata de semejantes empresas apoyaba otro.
-Kulíkov y A-v son demasiado listos. Se han portado como verdaderos maestros; no han dejado ni rastro. ¡Se han evaporado! ¡Como que son capaces de pasar a través de los barrotes de una reja como pájaros!
En una palabra, la gloria de Kulíkov y de A-v había crecido de cien codos. Todos estaban orgullosos de haberlos tenido por compañeros. Se preveía que su hazaña pasaría a la posteridad y que sobreviviría al penal.
-¡Son unos valientes! -exclamaba uno.
-Se decía que era imposible fugarse; sin embargo, ellos han tomado las de Villadiego -añadían los otros.
-Sí -observaba un tercero, midiendo con los ojos a sus compañeros-; ¿pero hay aquí alguno que pueda hombrearse con los evadidos? ¿Quién de nosotros sería digno de atarles los cordones de los zapatos?
En cualquiera otra ocasión, el forzado a quien le dirigieran semejante pregunta, hubiera contestado con un reto en defensa de su honor; mas ahora todos enmudecieron.
-Es cierto; no todos se llaman Kulíkov ni A-v...
-Después de todo, ¿qué hacemos nosotros aquí? -interrumpió bruscamente un detenido que estaba a horcajadas en el alféizar de la ventana de la cocina.
-¿Que qué hacemos? Vivimos sin vivir, hemos muerto antes de morir. ¿No es así?
-¡Pardiez! no se puede dejar el penal como un par de zapatos viejos... Nos estrecha los pies y... ¿Qué estás ahí murmurando?
-Fíjate en Kulíkov, por ejemplo -comenzó a decir uno de los más soliviantados-; un hombre que parecía no valer nada…
-¡Kulíkov! -repuso otro, poniendo la mano en el hombro del que hablaba-. ¿Hay muchas docenas de Kulíkov?
-¿Y A-v? ¡Ese sí que vale!
-¡Ah! ése se meterá a Kulíkov en el bolsillo cuando le parezca. ¡Buen punto está hecho!
-¿Estarán ya muy lejos? ¡Cómo me gustaría saberlo!
La conversación se iba animando.
-¿Se hallarán muy lejos de la ciudad? ¿Qué camino habrán tomado? ¿Cuál es el cantón que está más cerca?
Como había forzados que conocían los alrededores del penal, eran escuchados con la mayor atención.
Cuando se habló de los habitantes de las aldeas vecinas; se convino en que no había que fiarse de ellos, pues lejos de favorecer la evasión hubieran salido en persecución de los fugitivos.
-¡Si supieran ustedes qué malitos y qué bestias son los aldeanos!
-¡Bah! ¡Son unos cobardes!
-¡Qué han de serlo! El siberiano es malo por naturaleza y mata a un hombre como quien se bebe un vaso de agua.
-¡Oh! pero los nuestros…
-Es cierto, no temen a nadie, pero ya veremos quién puede más.
-De todos modos, si no revientan, oiremos hablar de ellos.
-¿Crees tú que los cogerán?
-¡Yo sostengo que no se dejarán coger jamás! -repuso uno de los más exaltados, dando un tremendo puñetazo sobre la mesa.
-¡Hum! ¡Quién sabe!
-Pues bien, amigos míos… -dijo Skurátov-, si yo tuviese la suerte de escapar, aseguro que no me volverían a poner la mano encima.
-¿Tú?
Y prorrumpieron todos en sonoras carcajadas. Pero Skurátov estaba en vena de hablar, y replicó con énfasis:
-¡Sí, yo! Me lo digo a mí mismo con frecuencia, y no debéis asombraros. Sería capaz de pasar por el ojo de una cerradura antes que dejarme coger.
-¡Quia! En cuanto te acosara el hambre irías a pedir un pedazo de pan a cualquier muchik.
Nuevas carcajadas.
-¿Yo mendigar pan? ¡Embustero!
-¿Pero a qué tanto charlar? Tu tío Vaska y tú cometisteis un asesinato bovino,[iii] y por eso habéis sido enviados a presidio.
Resonaron nuevas carcajadas. Los forzados serios estaban indignados.
-¡Embustero! -rugió Skurátov-. ¿Ha sido Mikitka el que les ha venido con el cuento? Me han confundido con mi tío Vaska. Yo soy moscovita y vagabundo desde la infancia. Cuando el cura me enseñaba a leer la liturgia, tirábame de la oreja y me hacía repetir: «¡Oh, Señor, por tu infinita bondad, ten piedad de mí, etc.»; pero a mí sólo se me ocurrió murmurar: «Por tu infinita bondad me han llevado a la cárcel». He aquí lo que he hecho desde mi infancia.
Nuevas carcajadas acogieron esta salida, dejando satisfecho a Skurátov, que presumía de gracioso.
Y volvió a hablarse en serio, especialmente entre los viejos y los que eran prácticos en materia de evasiones. Los otros forzados más jóvenes, o de carácter más apacible, les escuchaban con placer.
En la cocina había una gran aglomeración. Claro está que no andaban por allí los sargentos, pues en su presencia no se hubiera hablado con tanta libertad.
Entre los reunidos se hallaba un tártaro, bajo de estatura, de abultadas mejillas y de rostro en extremo cómico.
Se llamaba Mametka, no hablaba el ruso y difícilmente podía comprender lo que decían los otros; sin embargo, alargaba cuanto podía el cuello entre los demás y escuchaba con no menos atención.
-Pues bien, Mametka, iakchi.
-Iakchi, oukh iakchi -respondía el tártaro sacudiendo su grotesca cabeza.
-¿No los cogerán, iok?
-¡Iok! ¡Iok!
Y Mametka volvía a sacudir la cabeza, levantando los brazos.
-¿Has mentido, o yo no te he podido entender?
-Así es, así es, iakchi -contestaba el tártaro.
Skurátov le encasquetó, de una manotada, el gorro hasta las orejas, y se marchó alegremente, dejando a Mametka aturdido.
Durante una semana la disciplina fue excesivamente severa en el penal; las patrullas no cesaban un momento por los alrededores.
No sé cómo sucedía, pero es lo cierto que los presidiarios tenían conocimiento de todas las disposiciones que la administración iba a tomar para dar con el paradero de los evadidos.
Los primeros días las noticias eran favorables a ellos, pues no habían dejado huella de sus pasos.
Los reclusos se burlaban casi descaradamente de los jefes y estaban seguros de la buena suerte de sus compañeros.
-No encontrarán nada -decían con íntima satisfacción-. ¡Ya veréis cómo no vuelven a cogerlos!
Se sabía que todos los habitantes de los lugarejos de las cercanías estaban prevenidos y que la vigilancia era extremada en todos los sitios sospechosos, especialmente en los bosques y barrancos.
-¡Tiempo perdido! -decía uno, guiñando el ojo-. Se habrán escondido en casa de algún amigo de confianza.
-¡Claro está! No se habrían aventurado a escaparse de no haberlo tenido todo preparado previamente.
Las suposiciones fueron más allá todavía. Decíase que permanecerían escondidos en algún sitio del suburbio hasta que cesara el pánico y les creciera el pelo, después de lo cual, es decir, cuando hubieran transcurrido cinco o seis meses, se irían tranquilamente muy lejos.
En una palabra, cada penado forjaba una novela y daba rienda suelta a su fantasía.
Ocho días después de la evasión, corrió la voz de que se estaba sobre la pista de los fugitivos.
Este rumor fue desmentido al principio, desdeñosamente, pero como al atardecer se repitiera con insistencia, los penados comenzaron a preocuparse.
Por la mañana se decía en la ciudad que los presidiarios evadidos habían caído, al fin, en manos de sus perseguidores, y que pronto serían conducidos al penal.
Por la tarde se conocieron algunos pormenores.
Habían sido detenidos a sesenta verstas de la población, en una mísera casucha.
Finalmente se tuvo una noticia auténtica.
El sargento mayor, que venía del domicilio del comandante, aseguró que serían conducidos aquella misma tarde al cuerpo de guardia.
Sería imposible traducir la impresión que semejante anuncio causó a los forzados; primero se irritaron sobremanera y luego se desanimaron.
No tardé en observar cierta tendencia a la burla, pero no ya hacia la administración, sino mofándose de los fugitivos.
Al principio fueron pocos, pero bien pronto les hicieron coro los demás, excepto algunos forzados serios e independientes, a quienes nada conmovía.
Estos permanecieron silenciosos, observando con desprecio a las masas ignorantes.
Las alabanzas prodigadas hasta entonces a Kulíkov y A-v, trocáronse en dicterios y se les denigraba con placer, como si dejándose prender hubieran cubierto de oprobio a sus compañeros.
Se decía despreciativamente que, acosados por el hambre e incapaces de resistirla, habían ido a mendigar un pedazo de pan a la miserable vivienda de algún aldeano, lo cual se tiene como la mayor abyección en que puede caer un vagabundo.
Pero esta versión era completamente falsa. Los fugitivos habían sido perseguidos siguiendo las huellas que iban dejando de su paso, y como éstas se perdían en un pequeño bosque, los rodearon por todas partes y fueron estrechando el cerco hasta que aquéllos no tuvieron otro remedio que entregarse.
Al caer de la noche fueron conducidos al penal atados de pies y manos y custodiados por los cosacos.
Todos los forzados apiñábanse junto a la cancela para verlos; pero los fugitivos sólo repararon en los carruajes del mayor y del comandante, que esperaban a la puerta del cuerpo de guardia.
Inmediatamente fueron encerrados en un calabozo, donde les remacharon las cadenas, y al día siguiente comparecieron en juicio.
Las burlas y vituperios de sus compañeros cesaron como por ensalmo en cuanto fueron conocidos todos los pormenores del arresto.
Cuando se supo que habíanse visto obligados a rendirse, porque estaban completamente cercados, todos se interesaron cordialmente por su suerte.
-¡Ah! -decían-. ¡No escaparán con menos de mil!
-Los azotarán hasta hacerles morir.
-A-v recibirá, probablemente, los mil palos, pero el otro dejará la piel, porque pertenece a la “sección especial”.
Pero los penados se engañaron. A-v fue condenado a recibir únicamente quinientos varazos: su conducta anterior fue considerada como una circunstancia atenuante, y aquélla era su primera falta.
El castigo, pues, no fue muy severo.
Como hombres de buen sentido, no quisieron comprometer a nadie y declararon con firmeza que durante su fuga no habían entrado en ninguna casa.
A quien yo compadecía especialmente era a Kulíkov: había perdido su última esperanza, y fue condenado a dos mil vergajazos.
Al poco tiempo fue trasladado a otro penal.
A-v apenas fue castigado, gracias a la intervención de los médicos; pero en cuanto estuvo en el hospital empezó a echárselas de fanfarrón, diciendo que no retrocedería ante ningún obstáculo, y que aun daría mucho que hablar de sí.
Kulíkov siguió tan reservado y grave como siempre. De vuelta en el penal, una vez recibido el castigo, parecía que nunca se había separado de nosotros.
Pero sus compañeros no le tenían ya la consideración de antes; aunque él no había cambiado en nada, le trataban como a un igual, como a un, simple camarada.
Desde el fracaso de su evasión, palideció sensiblemente la estrella de Kulíkov.
El éxito lo es todo en la vida.
X
En libertad
Esta tentativa de evasión se verificó en los últimos días de mi condena y la recuerdo tan bien como el primer período de mi reclusión.
Mas, ¿de qué serviría extenderme en pormenores?
A pesar de la impaciencia que me devoraba por recobrar mi libertad, el último año pasado en el presidio fue el menos doloroso de mi deportación.
Tenía muchos amigos y conocidos entre los penados, los cuales no se recataban para afirmar que era yo un hombre de bien. Muchos de ellos me profesaban sincero cariño.
El zapador pudo a duras penas contener las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos cuando nos acompañó -conmigo fue puesto en libertad otro camarada- hasta la puerta del recinto; y desde que estuvimos completamente libres, nos visitó a menudo en la habitación que ocupamos en un edificio del Estado durante el mes que permanecimos en la ciudad.
Había, empero, algunos rostros severos y desdeñosos de individuos a los que no pude cautivarme y de los cuales me separaba una barrera infranqueable.
En aquel año se me concedieron algunos favores, y entre los oficiales de la guarnición de la ciudad encontré varios amigos y condiscípulos, que reanudaron sus relaciones conmigo.
Gracias a ellos pude recibir libros y dinero y establecer correspondencia epistolar.
Hacía muchos años que no llegaba un libro a mis manos; y me sería imposible describir la emoción que me embargó la vez primera que leí uno en el penal. En cuanto cerraron la puerta del pabellón comencé a devorarlo y me sorprendió el nuevo día absorto en mi lectura.
Aquel ejemplar de una revista me pareció un mensajero enviado del otro mundo.
Trataba de adivinar si yo me había atrasado excesivamente y si en Rusia habíase vivido mucho durante mi ausencia. Mi vida pasada se dibujaba netamente ante mis ojos. Ahora me preguntaba a mí mismo qué cuestiones eran las que agitaban o preocupaban a mi pueblo. Estudiaba cada frase, leía entre líneas, me esforzaba por encontrar algún sentido misterioso, alguna alusión al pasado que conocía, a lo que habíame conmovido en mis días de libertad.
¡Cómo me apenó echar de ver que era ajeno a la nueva vida desde que me convertí en miembro abyecto de la sociedad! Sí, habíame atrasado con exceso, tenía que aprender a conocer una nueva generación.
Me detenía en un artículo firmado por un amigo mío; pero todos los otros nombres me eran desconocidos; nuevos operarios habían aparecido en la escena. Apresurábame a conocerlos y sentía tener tan pocos libros y haber de vencer tantas dificultades para procurármelos.
Antes, en tiempos del terrible mayor, se consideraba como un grave delito introducir o retener libros dentro del penal.
Si en uno de los frecuentes registros encontraban los superiores, aunque sólo fuera una hoja de papel, los castigos y las molestias eran inauditos.
-¿Quién te lo ha dado? -era la primera pregunta que hacían al poseedor del cuerpo del delito.
-Sin duda tienes cómplices -añadían.
¿Qué se les podía contestar?
Es por esto por lo que me resigné a vivir sin libros, concentrado en mí mismo y proponiéndome arduos problemas que trataba de resolver y cuya solución me preocupaba.
Pero jamás podré expresar debidamente estas diversas impresiones.
Como yo había ingresado en el penal durante el invierno, en invierno también debía ser puesto en libertad.
¡Con qué impaciencia esperaba la estación de los fríos!
¡Con qué placer veía alejarse el verano, amarillear las hojas de los árboles y secarse las hierbas de los campos!
Pasó al fin el verano... silbó el quejumbroso viento del otoño... cayeron los primeros copos de nieve... ¡El invierno tanto tiempo esperado llegó, al fin!
Mi corazón latía con inusitada violencia al pensar en mi libertad. Mas, cosa rara, a medida que se acercaba el término de mi detención, más tranquilo estaba, aumentaba más mi paciencia. Sorprendíame a mí mismo mi frialdad e indiferencia.
Algunos de los forzados a quienes, después de los trabajos, encontraba en el patio, me detenían para felicitarme.
-Vaya, querido Aleksandr Petróvich -me decía uno de ellos-, pronto será usted puesto en libertad, mientras que aquí quedaremos muchos infelices…
-¿Y a usted, Martínov, le falta mucho para cumplir? -le pregunté, interrumpiéndole.
-¡Ay! siete años aún de vida perra, insoportable.
Sí, muchos de mis compañeros me felicitaron sincera y afectuosamente; aun me llegó a parecer que jamás habían estado tan afables y deferentes conmigo.
No era ya más que ellos ni su igual tampoco; por eso me saludaban.
A K-tchinskii, noble y joven polaco, le gustaba, como a mí, pasear por el patio de la prisión. Esperaba conservar su salud haciendo ejercicio y respirando el aire fresco que le compensaba del malestar que le producía durante la noche la pestilente y sofocante atmósfera del pabellón.
-Espero con impaciencia que pongan a usted en libertad -me decía una tarde que paseábamos juntos-, porque entonces sabré que sólo me queda un año de trabajos forzados.
Digamos de paso que a fuerza de fantasear parecíanos la libertad más libre de lo que es realmente. Los forzados exageraban la idea de libertad; esto es común a todos los prisioneros.
El harapiento asistente de un oficial parecíanos un soberano, el tipo ideal del hombre libre, con relación a los penados; él no llevaba cadenas ni rapada la cabeza y podía ir y venir, sin escolta, adonde le pluguiese.
El día que precedió al de mi liberación di mi última vuelta, a la hora del crepúsculo, por el recinto del penal. ¡Cuántas veces había hecho lo mismo en el espacio de diez años!
Aquí había ido errando, detrás de las cuadras, el primer año, solitario y triste. Recuerdo que contaba los días y que eran varios millares... ¡Cuánto tiempo había pasado!
En tal punto se escondía el águila herida y en tal otro se me reunía Petrov, el cual ahora no me abandonaba jamás y paseaba a mi lado, silencioso siempre, cabizbajo y como atontado sin saber por qué...
Saludaba también las negras vigas de nuestra cuadra. ¡Cuánta juventud, cuántas fuerzas útiles habíanse agotado y perdido entre aquellos muros sombrios! Allí languidecían los hombres más robustos y más fuertes, quizá, de nuestro pueblo. ¡Y estas fuerzas poderosas se perdían irremisiblemente!
¿Pero de quién es la culpa? Sí, ¿de quién es la culpa?
A primera hora de la mañana siguiente, antes que tocasen llamada para formar las cuadrillas destinadas a los trabajos, recorrí todos los pabellones para saludar a los forzados y despedirme de ellos.
Estreché con fruición muchas manos callosas y nervudas que se me tendieron con benevolencia. Algunos apretaban la mía como camaradas, pero eran los menos; los demás se hacían perfecto cargo de que mi situación había cambiado, de que no podían considerarme como compañero y se mostraban un tanto retraídos y respetuosos.
Sabían éstos que yo contaba con muchos amigos en la ciudad, que dentro de pocas horas sería huésped de los señores, que me codearía con ellos y me sentaría a su mesa, porque era su igual. Así, aunque el apretón de manos de los forzados fue cariñoso, se diferenciaba del que se da a un compañero; para ellos, había recobrado mi condición de señor.
Otros me volvían groseramente las espaldas, sin dignarse contestar a mis saludos, y algunos me miraban con expresión de odio y de desprecio.
Redobló el tambor y todos los penados se dirigieron al trabajo. Yo solo quedé en el penal…
Suschilov habíase levantado antes que todos, con objeto de prepararme la última taza de té que podía servirme en el penal.
¡Pobre Suschilov! No fue dueño de contener las lágrimas cuando le regalé mi uniforme de penado, mis camisas, mis sujetadores de cuero para las cadenas y un puñado de monedas.
-No, no es esto... -me decía con voz temblorosa, mordiéndose los labios para contener los sollozos-. Se va usted, Aleksandr Petróvich, no le volveré a ver... ¿qué será de mí, sin usted, en el presidio...?
Saludé también a Akim Akímich.
-También para usted llegará el día de su liberación -le dije.
-¡Oh! Yo he de estar aquí mucho tiempo todavía... -murmuró, estrechándome la mano.
Me arrojé a su cuello y nos abrazamos cordialmente.
Diez minutos después de haberse marchado los forzados al trabajo, abandonaba yo el penal, para no volver nunca jamás.
Fuimos a la fragua para que nos quitasen las cadenas, acompañados de un soldado, pero sin armas.
Los penados que trabajaban en la fragua nos hicieron pasar al taller de los ingenieros. Esperé a que librasen a mi compañero de sus grillos y luego me acerqué al yunque.
Volviéronme de espaldas, levantáronme la pierna y comenzó la operación, en la que quisieron poner toda su destreza para terminar cuanto antes.
-¡En el remache! -ordenó el maestro herrero-. Busque el remache... así... ahora un martillazo dado con fuerza y tino... ¡Ajajá!
Cayeron mis cadenas. Las recogí del suelo; quise tenerlas. una vez más en mis manos, contemplarlas por última vez…
Parecíame mentira que momentos antes aprisionasen mis piernas.
-¡Adiós, pues, adiós! -me dijeron los forzados con su voz ronca y desagradable, pero que, sin embargo, parecía jubilosa.
¡Sí, adiós!
¡La libertad, la vida nueva, la resurrección de entre los muertos...!
¡Momento inefable!
[i] Gniedko, diminutivo de gniedoi: bayo.
[ii] Los Decembristas.
[iii] Quiere decir que habían matado a un campesino y a una mujer por sospechas de que hubieran hecho mal de ojo a sus rebaños. En el penal había un condenado por este delito.