Capítulo III: Nuestras formas de convivencia.

Convivencia y cambio

Sabemos que, así como el Homo Sapiens ha ido cambiando durante los milenios, a lo largo del camino de su evolución, también han ido cambiando las formas en que se ha organizado para convivir con sus semejantes. Ninguno de los dos procesos evolutivos se encuentra detenido.

Constituye una verdad conocida y admitida que nuestras estructuras sociales han cambiado en una medida considerable durante los últimos cien años, produciéndose los cambios más substanciales quizás durante los últimos cincuenta o sesenta - vale decir: en vida de las últimas dos o tres generaciones. Las que ya no resultan tan conocidas son las perspectivas de los cambios futuros y las que no resultan tan admitidas son las posibles consecuencias a largo plazo de todos estos cambios. En muchos casos se han ido introduciendo cambios en nuestra estructura social aceptando implícitamente como postulado que el cambio, cuando está implementado con buenas intenciones, siempre es beneficioso. Este optimismo profesional, transferido del entorno económico e industrial en dónde el último modelo es - al menos supuestamente - siempre mejor que su predecesor, no tiene demasiados fundamentos. Menos aún aplicado a lo social.

El cambio no es siempre y necesariamente favorable y de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. Tantas personas bienintencionadas ha cometido tantos desastres a lo largo de nuestra Historia que ya sería hora de comenzar a desconfiar un poco de las simples buenas intenciones. A la hora de resolver problemas complejos no necesitamos buenas intenciones; lo que necesitamos es efectividad, eficiencia y viabilidad.

Nuestras sociedades son un problema complejo. Además de ser estructuralmente complejas, el problema se nos complica aún más por lo que hemos mencionado antes: no conocemos lo suficiente a su protagonista básico que es el Hombre. Cuando de analizar la sociedad se trata, partimos de otra de esas entelequias que es el Individuo.

Individuos y Sociedades

Así como no existe la Humanidad, tampoco existe el Individuo. Más aún: la Humanidad no existe justamente porque no existe el Individuo. Estas afirmaciones pueden parecer chocantes y efectistas pero ni lo son, ni pretenden serlo. Tanto "Humanidad" como "Individuo" son abstracciones que, en el mejor de los casos, se refieren a hechos reales pero que no existen de por si. Existen bosques y, dentro de los bosques, existen pinos, robles, araucarias o sauces. El "árbol" y la "vegetación" no existen; son abstracciones nuestras; la primera para reducir la multiplicidad a un concepto y la segunda para extender ese concepto hasta abarcar la multiplicidad.

El Individuo es un concepto abstracto, producto de un análisis, y la Humanidad es otro concepto abstracto, producto de una síntesis. Lo concreto son las personas y las sociedades. Lo concreto no es el Individuo analíticamente destilado sino la Persona con ciertas, precisas y determinadas características que llamamos - exactamente - personalidad. Lo concreto no es una Humanidad sintetizada en un proceso intelectual sino las Sociedades con ciertas, precisas y determinadas estructuras que rigen, ordenan y establecen las relaciones de las personas entre si.

Por supuesto que todo esto no quiere decir que esté prohibido usar términos abstractos. Humanidad e individuo no son malas palabras y, si estableciéramos una prohibición de pensar en términos abstractos - suponiendo que tamaña barbaridad fuese posible en absoluto - terminaríamos en la imposibilidad de realizar hasta el más simple cálculo matemático porque, si hay algo abstracto sobre la faz de la tierra, ése algo es nuestro concepto del número. Lo que tenemos que hacer no es dejar de pensar por abstracciones sino dejar de confundirlas con el mundo real.

El concepto abstracto es cómodo; nace como una necesidad de economía mental para permitirnos realizar combinaciones cada vez más abarcativas sin necesidad de entrar cada vez en todo un fárrago de detalles que imposibilitarían el razonamiento. Si cada vez que hablo de vegetación tendría que efectuar el listado de todos los sauces, pinos y eucaliptos que me permitieron llegar al concepto de "árbol"; si cada vez que quiero hablar de todos los seres humanos en general tendría que listar a todas las personas que conozco y que he conocido en mi vida, el proceso de combinar mis pensamientos se volvería impracticable. No es cuestión de anatematizar lo abstracto; la cuestión es comprender que los conceptos abstractos son simples herramientas de economía mental, útiles para un razonamiento superior, y que no deben ser empleadas como si fuesen la realidad misma.

Los conceptos abstractos simbolizan a la realidad y nos permiten, en cierta forma, un razonamiento por símbolos. Este tipo de razonamiento tiene sus ventajas y sus desventajas. La ventaja es que resulta terriblemente rápido y permite una cantidad fantástica de combinaciones en forma casi instantánea. La desventaja es su imprecisión y su irrealidad. Un razonamiento por conceptos abstractos es algo así como un modelaje por medias promedio estadísticas; un procedimiento muy apto para la construcción de "escenarios" verosímiles. No hay nada de malo en él y más adelante se tratará con algún detalle este método de razonamiento por escenarios. Pero tendríamos que tener más cuidado en no saltar a conclusiones apresuradas y no realizar generalizaciones abusivas tan alegremente como lo venimos haciendo. Un "escenario" por mejor construido que esté, todavía no es la realidad. En el mejor de los casos, es una construcción abstracta que, cuando está bien hecha, puede parecerse a una realidad posible.

Nuestra sociedad se compone de personas y seguimos tratando de organizarla como si estuviera formada por individuos. El Individuo es otro de los grandes mitos del Iluminismo y la Enciclopedia que la Revolución Francesa perpetuó quizás, debido a su materialismo básico.

De hecho, por sorprendente que parezca, el concepto de "individuo" no proviene del ámbito social; no es un concepto sociológico sino biológico. El individuo social es una transposición al área sociopolítica del concepto de individuo biológico desarrollado en el área de las ciencias naturales.

En su gran entusiasmo por la ciencia y los métodos científicos, los pensadores del siglo XVIII comenzaron a aplicarle a las sociedades humanas lo métodos empleados en la generalidad de las Ciencias Naturales. La tendencia, nacida por oposición a un dogmatismo teológico que veía en la Revelación el principal punto de referencia para el conocimiento y en la intervención de la voluntad divina la explicación última de los hechos, tuvo indiscutibles méritos. Nos llevó a la observación sistemática y metódica de nuestro mundo. Nos llevó a buscar, investigar, preguntar, experimentar, formular hipótesis y, eventualmente, descubrimos hechos que nos resultaron de enorme utilidad. Pero en el contexto de ese proceso, en algún lado, se produjo una especie de cortocircuito: no sólo nos pasamos de la raya con el método científico creyendo que absolutamente todo podía ser explicado, medido, pesado y manipulado, sino que, además, empezamos a utilizar los hallazgos científicos asimilándolos por analogía y sin verificarlos como hubiera sido aconsejable.

A los conceptos abstractos, obtenidos por medio de una multiplicidad de observaciones en un área, los fuimos trasladando a otras áreas sin tomarnos demasiado trabajo en realizar la misma cantidad exhaustiva de observaciones. Nos entusiasmamos con las similitudes y perdimos de vista buena parte de las diferencias. Descubrimos la maravillosa estructura organizativa de hormigas y abejas, nos sorprendimos con la similitud entre estas estructuras y la de nuestras sociedades, y al día siguiente salimos alegremente a teorizar acerca de modelos "naturales" de sociedad. Después, cuando las sociedades-hormiguero que conseguimos crear empezaron a presentar serias dificultades, creímos que podríamos balancear la fórmula aumentando la dosis de idealismo humanista.

Todavía no terminamos de comprender que no debemos invalidar nuestras observaciones sino las conclusiones apresuradas que hemos sacado de ellas. No hay nada malo en los datos aportados por las ciencias naturales; no hay nada malo en que hayamos descubierto la similitud que existe entre una fábrica de mermeladas y un panal de abejas. Lo malo es que no le hemos dedicado a la antropología ni la mitad del estudio serio y desapasionado que le hemos dado a la zoología y a la botánica; por lo que aceptamos, implícita o explícitamente, el cortocircuito mental de creer que se puede organizar a toda una sociedad como si fuese una fábrica de mermeladas.

No se puede. Es inútil que tratemos de mitigar el absurdo sumando más quimeras a la quimera original y afirmemos, por ejemplo, que la diferencia entre el panal de abejas y la fábrica está en la Libertad del ser humano. La diferencia es mucho menos abstracta y etérea. Está mucho más a mano y saltaría inmediatamente a la vista si nos detuviésemos sólo un poco a mirarnos en el espejo. La diferencia es casi una perogrullada: está en que el Hombre es mucho más complejo. Mientras la abeja está específicamente construida para la vida del panal y para fabricar miel, el Hombre está construido por millones de años de evolución para mucho más que tan sólo para fabricar objetos y consumirlos.

Sociedad y Libertad

La teoría de la sociedad-hormiguero, que ha demostrado ser inviable por lo menos en Occidente, no es esencialmente muy distinta a la teoría de la Humanidad, formada por Individuos que viven su vida como empleados de una gran Fábrica Universal. El diferente grado de Libertad que se le adjudique a la una o a la otra no cambia en nada el error básico de confundir individuos biológicos con personas.

Además, esa famosa Libertad no es sino otra ficción más. Contribuye a hacer psíquicamente más soportable y, en algunos aspectos, físicamente más cómoda a la sociedad-fábrica. Pero, en lo concreto, no es lo que dice ser ni puede cumplir lo que promete. De hecho tenemos no una Libertad sino, como mínimo, dos libertades oficiales coexistiendo más o menos pacíficamente: la libertad política por un lado y la socioeconómica por el otro. Ambas no tienen mucho que ver entre si, se manejan con parámetros distintos, responden a realidades distintas y se distribuyen con criterios diferentes. Mientras la libertad política es - al menos en teoría - universal e irrestricta, la socioeconómica es una resultante del poder adquisitivo. Con lo que, mientras la libertad política entra en el terreno mitológico y es muy poco más que muletilla de hermosos discursos, la libertad de la que efectivamente gozamos es aquella que podemos comprar.

Algún día tendremos que volver a admitir que la libertad no es el permiso para hacer las cosas sino el Poder de hacerlas. En este sentido, la versión socioeconómica de la Libertad liberal, aquella que podríamos llamar con más exactitud la Libertad capitalista, ésa es, al menos, más realista y ajustada a los hechos: constituye un Poder que permite no sólo tener cosas sino, fundamentalmente, hacer cosas. Pero éste no es el Poder que se declama. Ni siquiera es el que se reglamenta. Es el que, de alguna manera y a través de circuitos más o menos informales, hace funcionar a la sociedad-fábrica - y por eso es que la misma funciona pasablemente bien a veces. Pero esa libertad, no sólo se halla bajo un muy escaso control político sino que hasta llega a darse en muchos ámbitos el caso de que es justamente el factor que controla y determina lo político.

Normas sociales y quimeras

La persona real de nuestra sociedad se halla, así, alarmantemente sumergida en toda una secuela de ficciones y de hipocresías lo cual, en sí, sería por cierto lamentable pero no especialmente grave si no fuera por el hecho de que esta serie de quimeras amenaza con destruir los vínculos básicos concretos que hacen a la estructura real de la sociedad en Occidente.

Ficciones hemos tenido siempre y, en principio y en teoría, no hay motivo para suponer que las del medioevo o las del renacimiento eran mejores, o peores, que las actuales. Pero, en la práctica, las contemporáneas resultan especialmente peligrosas porque corroen las relaciones que permiten en absoluto la construcción de una estructura social. Porque, así como no podemos abusar infinita e impunemente de la Vida imponiéndole condiciones que a la larga no puede aceptar, del mismo modo no podemos tampoco atentar impunemente contra un comportamiento que no es sino el resultado de miles y miles de años de evolución social. La única diferencia, quizás, es que las consecuencias no son tan fáciles de predecir.

Mientras que una irrespetuosidad sistemática frente a los requisitos vitales necesaria y forzosamente nos llevará a la muerte, esa misma irrespetuosidad para con nuestros vínculos tradicionales nos llevará, igual de forzosamente, a un cambio en el marco de referencia que hace a nuestro comportamiento. Sólo que la enorme mayoría aún no percibe este cambio como algo necesariamente funesto.

Sobre todo durante las cuatro o cinco últimas décadas nos hemos ido acostumbrando a la idea del cambio y, como ya apuntáramos antes, a la aceptación implícita de que el cambio es bueno. Sin embargo, cambios que modifican conductas de una raigambre de quizás millones de años son, como mínimo, peligrosas y eso suponiendo que sean posibles en absoluto. Con lo que quedamos expuestos a una doble amenaza: al desastre que podemos producir por introducir un cambio disfuncional y al otro desastre que podemos provocar por tratar de producir un cambio con el cual, después, nos resulte imposible convivir.

Nuestro entorno ha sufrido enormes cambios en muy poco tiempo si medimos ese tiempo en términos históricos o biológicos. Lo que aún está por demostrarse es el valor real de dichos cambios. Desde un punto de vista estrictamente práctico, los cambios económicos han sido en buena medida favorables; eso es indiscutible e indiscutido. La sociedad-fábrica produce bienes con una mayor variedad y una mejor calidad que la sociedad-taller o la sociedad-granja. Permite, además, la supervivencia de una cantidad también mayor de personas, en condiciones más cómodas y placenteras. Pero ha logrado todo esto usando seres humanos que eran producidos por un sistema social determinado, que no fué cambiando ni al mismo ritmo ni con la misma profundidad que los métodos de producción. Un sistema social que, aún a pesar de toda una gran carga de ficciones formales, consiguió retener la vigencia de una cantidad importante de pautas, reglas y normas de conducta reales en su sustrato básico.

Destruyamos ese conjunto tradicional de normas, pautas y reglas; suplantemos ese conjunto por otro; y las personas que construyeron nuestra sociedad muy probablemente ya no podrán sobrevivir bajo las nuevas condiciones. Habremos introducido una presión selectiva artificial hacia otro tipo de persona y nada nos garantiza que, pasadas unas cuantas generaciones, ese otro tipo de persona tenga realmente las aptitudes y las cualidades que se requieren para construir, mantener, defender, sostener y desarrollar a una sociedad en absoluto. Volveremos a obtener individuos quizás externamente similares a los actuales y a los de antaño; pero - en virtud de la acción de nuestros propios mecanismos biológicos internos - esos individuos serán otras personas y no es para nada seguro que ese otro tipo de persona realmente sirva, no ya para mejorar, sino incluso hasta para mantener funcionando la gran Fábrica Universal que pretendemos armar a partir de las sociedades-fábrica actuales.

La sociedad urbana

Los indicios que observamos hoy en nuestra estructura social no son para nada alentadores. En Occidente hemos conseguido destruir gran parte de la estructura familiar y comunitaria en aras precisamente de una sociedad formada por individuos y no por personas. Estamos bastante cerca de lograr aquello que alguna vez se dijo del liberalismo en el sentido de que suponía un Hombre que naciera huérfano y muriese soltero.

Hemos convertido a la familia en un contrato de convivencia y al municipio en una instancia administrativa de alumbrado, barrido y limpieza. El habitante de las grandes ciudades no tiene ya horizonte geográfico sino tan sólo perspectiva domicialiaria y profesional. No se siente miembro de una población extendida en cierto espacio, delimitado pero comparativamente amplio, por lo que su sentido territorial - su "coto" etológico - se limita a un cada vez más estrecho y reducido habitat inmediato. No se siente, al menos en muchos países, miembro de un pueblo determinado y diferenciado por lo que su sentido cultural - su "ethos" social - se limita a un cada vez más reducido círculo de especialidades profesionales, ámbitos laborales e intereses unipersonales. Con el agravante de que ambas tendencias actúan excluyéndose y limitándose con lo que el habitat se reduce a un departamento y el ámbito cultural se constriñe a una oficina, un taller o, en el mejor de los casos, a una empresa o actividad.

Por supuesto que esto admite variantes y atenuantes. No es cuestión de caer en tremendismos ni en pesimismos apocalípticos. Es cierto que no todos los habitantes del mundo viven en ciudades, pero no menos cierto es que la población urbana va en aumento y que las ciudades están creciendo, en algunos casos a ritmos verdaderamente vertiginosos. Aún calculando con la posibilidad de que el flujo de la migración poblacional, que desde la Revolución Industrial ha sido del agro hacia la ciudad, se revierta merced a una gran automatización de la industria frente a menores posibilidades tecnotrónicas para las tareas agrícologanaderas; aún así es perfectamente razonable prever que la población urbana de dentro de dos o tres siglos será sencillamente enorme.

Además, es un hecho histórico que nuestras civilizaciones han sido siempre urbanas en lo esencial por lo que, muy probablemente, el peso cultural y político de las ciudades continuará siendo decisivo. Por otro lado, es cierto que no todos los habitantes de la actual megalópolis viven en departamentos apilados el uno arriba del otro a modo de jaulas de hormigón para seres humanos. Es muy cierto que hay casas con jardín en los suburbios, hay casas con quintas de fin de semana, está el club y las variadas posibilidades de miniturismo que abre el automóvil y, quizás dentro de algunos años, el transporte rápido de pasajeros.

Todo eso es muy cierto y para nada despreciable. Pero la torre de departamentos es cada día más económica frente a la casa con jardín. Para albergar a una cantidad determinada de personas las construcciones en planta baja ocupan un espacio comparativamente mucho mayor, con lo que al mayor costo de construcción hay que sumarle, además, el factor de una mayor distancia promedio a los lugares de trabajo lo que significa un mayor tiempo perdido en viajes y un mayor costo en traslado. Consecuentemente, las quintas de fin de semana, los country-clubs y los lugares de turismo quedarán cada vez más lejos del centro urbano; requerirán vías y medios de comunicación cada vez más importantes, más rápidos, más seguros, más complicados. Es muy posible que los desarrollemos. Tecnológicamente no se trata de un imposible, ni mucho menos. Pero la brecha económica entre quienes podrán adquirirlos y quienes no podrán ni siquiera soñar con ellos puede ir haciéndose paulatinamente también mayor y las tensiones sociales así generadas pueden volverse prácticamente imposibles de manejar con las herramientas políticas de las que disponemos.

Hacinamiento con soledad

Aún haciendo abstracción del aspecto económico y político, el panorama se presenta bastante complicado. La drástica reducción del horizonte geográfico y social ya hoy produce efectos alarmantes. Hemos llegado a una situación de contradicciones casi incomprensibles y que, básicamente, sólo pueden explicarse por medio de una especie de teoría social de los polos opuestos.

El hacinamiento de seres humanos en viviendas cada vez más reducidas ha destruído a la "familia grande" tradicional. Hace apenas unos sesenta u ochenta años atrás era absolutamente frecuente que conviviesen tres generaciones (abuelos, hijos y nietos) bajo un mismo techo. Hoy, no obstante haber prolongado la vida estadística promedio de los individuos, es cada vez mayor la cantidad de instituciones geriátricas de toda clase y cada vez menor la convivencia de núcleos familiares amplios. No es ningún milagro que así sea. Es una simple cuestión de metros cuadrados cubiertos de vivienda y costo por metro cuadrado de construcción.

Un departamento normal de dos o tres ambientes no soporta la convivencia con los abuelos y una casa como la que tuvieron nuestros abuelos está fuera de las posibilidades financieras de la gran mayoría. Incluso ya ni se construyen, prácticamente, viviendas de ese tipo. En consecuencia, estamos más hacinados pero también más solos. De hecho, el hacinamiento ha producido todo un síndrome de soledad, como si el excesivo amontonamiento de personas hubiese disparado un gatillo en nuestros mecanismos de defensa de la privacidad.

Los que leyeron a Konrad Lorenz con la atención debida sabrán que hay mucho de territorialismo animal en esto. Nuestros "cotos" se han hecho más pequeños, más frágiles, más penetrables, más inseguros. Por lo tanto reaccionamos con una agresividad intra-específica cada vez mayor para constituirlos, defenderlos y consolidarlos. Nos abroquelamos en nuestra soledad para defender nuestra intimidad.

Nunca antes en toda nuestra Historia tantos millones de individuos biológicos han estado tan apretadamente juntos pero esto, lejos de producir la Gran Hermandad Universal con la que soñaban los intelectuales cosmopolitas del siglo pasado, lo único que ha producido es un gran rebaño de solitarios miopes cuyos lazos emocionales no van más allá de la pareja y cuyo horizonte cultural está limitado por la pantalla del televisor.

El bombardeo informativo

La miopía cultural es otra de nuestras contradicciones que sólo se explica por la teoría de los polos opuestos. Nunca antes el individuo promedio de civilización alguna ha tenido a su disposición tanta cantidad de información como la que tenemos hoy. Prácticamente vivimos bombardeados por una lluvia incesante de noticias, datos, chismes, comentarios, imágenes y rumores. Hemos desarrollado toda una ciencia para el tratamiento de la información y volcamos masivamente los productos de esa ciencia sobre la población a un ritmo de veinticuatro horas diarias, sin interrupciones.

No es cuestión ahora de detenerse en la calidad de esta producción. Como toda producción cultural de carácter masivo es necesariamente infantil, superficial y simplista porque, si no lo fuese, no podría ser masiva. Quizás podría ser mucho menos burda, menos chabacana, menos banal y por cierto que merecería ser menos mediocre. Pero no es ésa la cuestión. La verdadera cuestión es que fabrica seres culturalmente insensibles casi en serie. No porque la calidad de la información sea baja; no porque su presentación sea muchas veces paupérrima; no por el manifiesto manipuleo ideológico ni por los a veces demasiado obvios experimentos de "ingeniería social" que se realizan. Simplemente por los efectos del bombardeo mismo.

Por de pronto, hay un efecto psicológico de saturación que produce insensibilidad. Estamos tan acostumbrados a recibir baldazos de imágenes y noticias que terminamos poniendo mentalmente a los cadáveres de una guerra al lado de las víctimas de accidentes de tránsito, a éstas al lado del comerciante ultimado a balazos por los ladrones y a éste al lado del cantante de rock que murió de sobredosis. En esta infernal mezcolanza de imágenes terminamos no estableciendo ninguna diferencia entre asesinato, accidente y suicidio. Peor aún: ni nos importa gran cosa establecerla. Como que tampoco nos dan mucho tiempo para meditar sobre el tema porque exactamente tres segundos después de habernos mostrado las víctimas de un terremoto el programa hace un "giro en el ángulo de la información" y nos muestran un gol espectacular, un desfile de modas o un político haciendo declaraciones. El bombardeo informativo nos ha llevado a equiparar el crimen con el informe meteorológico.

El problema no es solamente que se ponga la Biblia junto al calefón sino que todo sucede a tal velocidad y se reitera día a día, tantas veces, con tanta monotonía, que al final no sólo no sabemos cuál era la Biblia y cuál el calefón sino que hasta renunciamos a tratar de descifrarlo.

Comunicaciones e Incomunicación

Como consecuencia de nuestro egoísmo solitario y de nuestra miopía de ignorantes informados, lo que se ha perdido en gran medida es la herramienta social básica de la comunicación. En una era de enormes medios de comunicación no sabemos comunicarnos. Esto se nota en las relaciones intersexuales, en el ámbito educativo y hasta en los lugares de trabajo.

Los jóvenes no saben expresar sus sentimientos con palabras y suben el volumen de la música para no tener que hablar. Estudiantes universitarios, recibidos a veces con notas brillantes en materias técnicas, redactan su curriculum con una sintaxis que es para llorar. Los empleados no saben escribir una carta decente para un cliente y los gerentes sudan tinta para redactar un memorándum con directivas precisas para sus empleados. Además, la dificultad en hallar la expresión correcta va muchas veces de la mano de la incapacidad para entender las expresiones de los demás. Hablamos cada vez con menos precisión supliendo palabras concretas con gestos, ademanes, códigos de voz, eufemismos y sobreentendidos. Las jergas técnicas se inflan con abreviaturas fantásticas, barbarismos y neologismos a veces completamente innecesarios pero siempre orientados a la mayor economía posible de términos y conceptos. Ya ni queremos leer cualquier cosa de más de dos páginas que no tenga, al menos, un par de gráficos. Estamos empezando a tener un estilo telegráfico, taquigráfico y gráfico que se entiende casi sólo por iniciación mística.

La tendencia es peligrosa no sólo porque al no tener la palabra no se tiene el concepto sino porque careciendo del concepto no se entiende tampoco ninguna cuestión relacionada con ese concepto por lo que, balbuciendo monosílabos, podemos muy bien ir a parar al nivel del Hombre de Neanderthal y volvernos incapaces de sostener esta civilización que hemos creado. La tendencia es alarmante también porque la palabra es un vínculo social insustituible y es impensable una sociedad en la que las personas no saben hacerse entender y no saben entender lo que otras manifiestan. Ya hoy se puede detectar una peligrosa tendencia a sobresimplificar nuestros razonamientos para ponerlos en concordancia con la infantil simplicidad de nuestras palabras. La jerga periodística es un excelente ejemplo de esto. Como no se pueden expresar pensamientos complejos mediante palabrejas simples, en lugar de enriquecer nuestro vocabulario simplificamos los pensamientos. Lo que se pierde con esta constante desertización mental es nada menos que siglos enteros de cultura.

Y se pierde también profundidad en las relaciones interpersonales. Todavía se sigue afirmando dogmáticamente que la base de la sociedad es el individuo y la célula fundamental de la sociedad es la familia. Doble error: los individuos biológicos se agrupan o se aparean pero, estrictamente hablando, no se asocian; y por eso ya no formamos familias sino parejas. Ortega y Gasset decía que "sociedad" es una palabra que, como todo el mundo sabe, viene de "socius" y que significa, por supuesto, "socio". Pero agregaba algo que pocas personas parecen saber: "socius", a su vez, proviene de "sequor" que significa "secuaz" en el sentido de "el que sigue" por lo cual, concluía, no hay sociedad sin conductores y seguidores, sin personas que tiren para adelante y otras que sigan. No hay que sacar conclusiones demasiado amplias de este tipo de etimologías pero el ejemplo quizás sirva para ilustrar por qué la generación de Ortega tenía ideas más claras gracias - entre otras cosas - a que sentía un profundo respeto por el significado de las palabras.

Familia y sociedad

Hemos perdido gran parte de nuestra estructura familiar simplemente porque la "relación de pareja" como acuerdo mutuo o, si se quiere, como asociación civil de orden jurídico, no tiene gran cosa que ver con la familia entendida como institución social. Es por eso que ni la bendición eclesiástica, que puede proveer al matrimonio de una indisolubilidad que la norma laica de la mayoría de los países ya no le reconoce, consigue hacerla más estable. La única diferencia es que muchas personas se casan por la Iglesia una vez, por el Registro Civil todas las veces que la ley lo permite y por de facto todas las veces que pueden o se les da la gana. Y en el proceso se reproducen, tienen hijos, y se organizan de alguna forma, con maternidades y paternidades cuyo involucramiento concreto varía entre un par de horas al día, un par de horas por semana, un par de días al mes o un cheque cada tanto.

La familia como institución social se está diluyendo porque se han diluido las responsabilidades que la sostenían. Desde la aceptación cultural de los postulados igualitaristas, que ha llevado a una situación de hacer inevitable la aceptación consecuente de los postulados feministas, la distribución de las responsabilidades dentro de la estructura familiar se ha caotizado en forma drástica. Utilizando las palabras de Ortega, ya no hay un "sequor" y, por lo tanto, tampoco hay "socius". Al no haber quien eche para adelante tampoco hay quien siga; tampoco hay quien conduzca y, no habiendo quien conduzca, mucho menos puede haber alguien que se haga responsable por las decisiones que, de una forma u otra, es forzoso tomar. Porque conducir no significa ladrar órdenes y tomar absolutamente todas las decisiones. Conducir, en gran medida, significa tener la capacidad para asumir la responsabilidad de tomar la decisión determinante en casos de conflicto. Y creer que en una asociación, aún en una basada en el cariño y el amor como lo es la familia, no habrá conflictos o que los mismos se resolverán siempre por acuerdo mutuo es equivalente a creer que en esta tierra se puede caminar por la vida con un pié en el limbo y con el otro en la luna.

Quizás estemos en un proceso de creación de nuevas distribuciones de responsabilidades. Quizás hombres y mujeres lleguen a establecer nuevas formas de convivencia tan o más estables, tan o más eficaces que la familia tradicional. Es difícil imaginarlo sobre la base de un feminismo que reclama una igualdad sexual tratando de acaparar todos los derechos y rechazando airadamente casi todas las responsabilidades. Como que también es difícil imaginarlo con una posición masculina que pretende todas las prerrogativas sin ninguna de las obligaciones que las fundamentan y justifican. Pero, independientemente del optimismo o pesimismo que tengamos respecto de sus resultados, lo innegable es que el proceso resulta bastante caótico y doloroso. Sobre todo para miles y miles de niños que, por los progenitores que tienen, más les valdría haber sido engendrados por una incubadora.

Los límites del cambio social

Por otra parte, quizás haya quienes sueñan con ir hacia eso: hacia el perfeccionamiento de una sociedad-hormiguero, con enormes niveles de consumo, producción robotizada, sexo por placer, reproducción in vitro o por clonación y educación por computadora. El problema es tan sólo que una sociedad así no es posible. Es tan inviable como resultó ser aquél otro modelo de sociedad que suponía la posibilidad de establecer una gran fraternidad universal, con todo el mundo produciendo según su capacidad para un gran fondo común y extrayendo gratuitamente de ese fondo común según sus necesidades; sin policías; sin Estado; sin fronteras; sin naciones y hasta sin magistrados.

La civilización actual, con todos sus vicios y defectos pero también con todas sus ventajas, logros, éxitos y avances, no fue construida ni por hombres idílicos ni por individuos biológicos sintetizados en un tubo de ensayo. Fue construida por personas que se vincularon entre si de determinada manera, que establecieron estructuras sociales bajo ciertas normas, que cuidaron de su descendencia según determinadas pautas y objetivos, que respetaron determinadas convenciones en la creación y uso de sus medios de expresión. Nuestra cultura es el resultado de muchos siglos de actividad social y algunas chispas de genialidad personal. Sus logros fueron posibles gracias a toda esa infraestructura de relaciones humanas. Aún hoy se avanza muchas veces en la medida en que dichas relaciones subsisten y se descubren callejones sin salida donde esas relaciones se pierden.

Quizás sea posible otra cultura y otra civilización afirmadas sobre otras relaciones. Pero lo más probable es que, para construirlas, también necesitaremos "inventar" otro tipo de Hombre. Porque éste, que es el que mal que bien somos y el que mal que bien conocemos, necesita de un abanico bastante preciso de condiciones sociales para vivir y desarrollarse en plenitud.

Podrá evolucionar y cambiar. Lo ha hecho y seguirá haciéndolo. Pero no de cualquier forma, no de cualquier manera, no bajo cualquier circunstancia. Quitémosle la familia y lo más probable es que con ella pierda su sentido del deber, la responsabilidad, la lealtad y la solidaridad. Quitémosle la posibilidad de relacionarse según el ritual de la especie y perderemos, además de esas características, casi toda su capacidad de crear y trabajar en equipo sumando esfuerzos personales en la búsqueda de un objetivo común. Quitémosle las reglas que rigen su capacidad de comunicación y le habremos amputado sus facultades de enseñar y aprender; su facultad de hacer arte; su afán por hallar lo inhallable tan sólo por el puro placer de poder contárselo a los demás.