Capítulo V: La fuerza de cierta poesía

Los Mitos

En lo que llevamos visto, hay algo que llama la atención: en muchos aspectos no importa tanto la realidad sino la percepción personal que tenemos de esa realidad. De hecho, en muchísimos casos, esa percepción de la realidad es lo único que conocemos. En buena medida, la llamada realidad objetiva es una ficción. En la mayoría enorme de los casos de nuestra vida cotidiana - y esta vida cotidiana nuestra es testigo frecuente de decisiones de suma trascendencia - procedemos según lo que nos parece, vale decir, según nuestra apreciación absolutamente subjetiva de la realidad. Y esto es importante porque lo que provoca nuestro entusiasmo, lo que enciende nuestra fé, rara vez es la realidad objetiva - expresable en términos científicos y racionales - que no es sino una especie de promedio estadístico desapasionado calculado a partir de un cúmulo de observaciones, para colmo pluripersonales por regla general.

Racionalidad e irracionalidad del Mito

En muy último análisis, los mitos son precisamente eso: un deseo proyectado cuya realización se considera posible y hasta imperativa más allá de argumentos estrictamente racionales. El mito es un objetivo de la voluntad, teñido de emociones e imágenes, muy escasamente supervisado por la lógica y la razón. Nuestra fé y nuestros entusiasmos son generalmente míticos en el sentido de que se refieren a mitos; persiguen mitos; construyen mitos. Los argumentos racionales se elaboran a posteriori alrededor del mito. Son, por lo general, nada más que explicaciones; agregados póstumos cuya función principal es la de disculpar justamente la escasa racionalidad del mito. En otras palabras: desde el momento en que el mito es esencialmente irracional, a veces se construye luego todo un andamiaje racional para defenderlo, "demostrar" su viabililidad y hacerlo lógicamente aceptable.

Lo que confunde a las personas poco sensibles es, por regla general, el ropaje externo de los mitos y - también es preciso señalarlo - la considerable confusión que existe acerca de qué es en esencia el mito y qué es tan sólo su soporte. En general, entre quienes han estudiado el tema a fondo existe un consenso aproximado acerca de una definición según la cual los mitos son narraciones poéticas y simbólicas que resumen en imágenes y alegorías aquellas estructuras básicas sobre las cuales se afirma una cultura. El carácter poético, imaginario y hasta fantástico de algunos mitos no es, así, más que un recurso necesario para subrayar lo que es de importancia y de valor fundamental para una cultura determinada porque - y aquí está el secreto esencial - es imposible explicar estos valores fundamentales mediante los elementos culturales convencionales. Más aún, generalmente lo que sucede es justamente la recíproca: los mitos surgen como explicación u origen de esas convenciones culturales comunes y como estas convenciones, cuando son de orden superior, representan más un objetivo a perseguir que un estado de cosas vigente, el mito es en realidad el sueño de esa cultura; su imagen de lo deseable; su ideal de lo perfecto y lo sublime.

Muchas veces, la historia narrativa del mito es casi lo que menos importa. Como Jung lo ha señalado e investigado, la esencia de muchos mitos está en su simbología; en el empleo que la poesía mítica hace de los símbolos y, en especial, de aquellos que tienen una pretensión de validez universal dentro de una cultura y que son los arquetipos. Mito y arquetipo son dos fenómenos que frecuentemente van de la mano; el uno como contexto ideal de situaciones y el otro como modelo quintaesenciado de una conducta ideal.

Las concepciones de lo mítico

Dentro del ámbito de un enfoque histórico y psicológico, generalmente se acepta una clasificación de los mitos en teogonías que relatan el nacimiento o el surgir de los Dioses; cosmologías que relatan la creación del Universo; mitos antropológicos que nos hablan de la creación de los primeros seres humanos y del ser o destino de los hombres; mitos soteriológicos que hablan de la salvación o redención del ser humano; y escatologías en las que se relata el fin del mundo, la Götterdämmerung, el ocaso de los Dioses y la Creación.

Valga esta clasificación por lo que pueda valer (como toda clasificación). El hecho concreto es que, si bien es cierto que los mitos originales - es decir: los más antiguos - han llegado hasta nosotros vestidos con un ropaje poético, simbólico y hasta fantástico, su esencia va mucho más allá de su forma tradicional. En otras palabras: un mito, para ser mito, no forzosamente tiene que ser un "cuento". J. Hofmeister señala al respecto: "En un sentido extendido, se entiende por mito toda representación de las relaciones metafísicas entre la naturaleza y la vida humana, cuando esta representación está basada sobre ciertos componentes de la realidad interpretados como poderes y fuerzas divinas o metafísicas, expresándose la esencia de los fenómenos mediante imágenes en lugar de conceptos".

Frente a este enfoque se ubica, prácticamente en la vereda opuesta, el enfoque racional-científico que considera al mito solamente como un sucedáneo del conocimiento; como una especie de parche provisorio cuya finalidad principal es la de tapar los baches de nuestro saber. Según esta concepción, los mitos no serían más que el testimonio de una "estulticia ancestral" ("Urdummheit") primigenia. En las palabras de E. Cassirer: "Los poderes del mito fueron vencidos y sojuzgados por fuerzas superiores. Mientras estas fuerzas mantienen la plenitud de su poder en lo intelectual, moral, ético y artístico, el mito se mantiene domado y sojuzgado. Pero en el momento en que empiezan a perder ese poder, el caos ha regresado. Comienza entonces a levantarse de nuevo el pensamiento mítico para impregnar toda la vida cultural y social del ser humano".

Esta teoría de los mitos como manifestación de ignorancia falla, sin embargo, cuando se trata de explicar ciertos fenómenos concretos que se observan en todas las grandes culturas como, por ejemplo:

A)- La búsqueda deliberada y sistemática orientada a recopilar los antiguos mitos perdidos, búsqueda ésta que se puede detectar en casi todas las civilizaciones justamente en la etapa en que han alcanzado su máximo desarrollo tecnológico y científico.

B)- La importante vigencia que tienen los grandes mitos aún en el ámbito científico dónde todo análisis en profundidad revela la persistencia y permanencia de estructuras y elementos fuertemente míticos.

D)- La prácticamente constante referencia, directa o indirecta, que todas las teorías, doctrinas, ideologías o propuestas políticas hacen a elementos esencialmente míticos; tanto para ganar adeptos como para demostrar lo correcto de sus proposiciones en materia de organización social.

Hay que admitirlo; el problema que plantean los mitos es doblemente difícil: una vez por lo sutil y otra vez por lo complejo del tema. No hay una respuesta unívoca, clara y terminante para la cuestión. No se puede decir que los mitos son tan sólo una construcción simbólica (aunque utilicen símbolos con generosidad); tampoco alcanza una explicación puramente literaria y linguística como la intentó en su momento Max Müller; ni tampoco satisface el enfoque de Spencer quien veía en los mitos únicamente algo así como una expresión de deseos más o menos colectiva.

La dictadura de la razón

Desde la Revolución Industrial la civilización occidental se ha venido afirmando, al menos de un modo formal, cada vez más sobre estructuras declaradamente racionales. El entusiasmo provocado por los primeros descubrimientos científicos y el éxito resonante que obtuvieron las primeras aplicaciones de la ciencia en el ámbito de la tecnología llevó a muchos intelectuales a exigir para la racionalidad una posición, no ya de privilegio sino de hegemonía. La pretensión del racionalismo fué, así, nada menos que la de establecer una hipótesis según la cual no existirían en realidad problemas insolubles; existirían sólo cuestiones temporariamente no resueltas siendo que el método racional - y sólo este método - brindaría con el tiempo una solución a cualquier problema.

Pasado ese primer entusiasmo y aquietadas las aguas, los problemas emergentes de una sociedad postindustrial nos están obligando a revisar los papeles. Estamos comenzando a ver que aquellos entusiastas hombres de la Razón con mayúscula muy probablemente resultaron víctimas de su propio apasionamiento y, en su afán de combatir lo mítico con lo racional lo único que consiguieron fué convertir lo racional en mítico; convirtieron a la Razón en otro Mito más.

La existencia de un creciente escepticismo en lo que se refiere a conceptos tales como "Progreso", "Desarrollo" o "Crecimiento"; el resurgimiento de conflictos etnoculturales en áreas que estuvieron durante décadas bajo un feroz adoctrinamiento universalista y racional; la aparición de toda una subcultura "ecologista" casi visceralmente opositora a prácticas y técnicas que hasta hace sólo un par de décadas atrás eran celebradas como maravillosos avances de la ciencia y la tecnología como es el caso del aprovechamiento de la energía atómica, entre muchas otras cuestiones; la aparición de diferentes modas de "alternativa" en áreas tan dispares como la alimentación y producción de alimentos, la arquitectura, las artes o el deporte y hasta la medicina; todo ello está indicando una tendencia al abandono del racionalismo excluyente y una revalorización de tendencias profundas que están bastante más allá de lo que la razón pura puede llegar a explicar.

Lo curioso es que las limitaciones de la razón constituyen algo que conocemos desde hace bastante tiempo. Hace ya más de doscientos años Kant señalaba en su "Crítica de la Razón Pura" que la razón debe enfrentar un problema básicamente insoluble porque "es molestada con preguntas que no puede rechazar porque le son presentadas por la naturaleza misma de la razón, pero que tampoco puede contestar porque exceden todas las posibilidades de la razón humana".

Los Mitos como ejemplos alegóricos

El núcleo de un mito es casi siempre un símbolo, una imagen, que representa de una manera vívida y universalmente comprensible algún elemento de la Naturaleza o de la vida humana. Desde este punto de vista el mito es tan sólo un medio que los seres humanos hemos utilizado para expresar y comprender aspectos muy complejos de la realidad de una manera efectiva y, muchas veces, contundente.

Quizás, para ilustrar la idea nada mejor que un buen ejemplo. Cuando en un momento dado se discutió la posibilidad de un desarme militar en Francia, Heine, que se oponía al proyecto, podría haber escrito un largo y sesudo análisis para fundamentar racionalmente la inconveniencia o imprudencia de la medida. En lugar de ello, evitó una aburrida exposición antidesarmista que de todos modos nadie hubiera leído y menos comprendido, recurriendo a la mitología. Dirigiéndose a la élite dirigente francesa escribió: "Puesto que a pesar de vuestro actual romanticismo sois clacisistas natos, conocéis el Olimpo. Entre los desnudos dioses y diosas que allí se solazan con néctar y ambrosía se halla una diosa que, no obstante estar rodeada de tanta alegría y esparcimiento, sigue a pesar de todo portando una coraza, manteniendo un casco sobre la cabeza y llevando una lanza en la mano. Es la diosa de la sabiduría".

Aristóteles, de quien hemos heredado mucho de nuestro actual racionalismo, se definía a si mismo como un mythophilos, un amante de los mitos. Muchos como él llegaron a comprender que, prestando oído a los mitos de una época o una cultura, se podía llegar a entender mucho más acerca de esa época o cultura que descansando pura y exclusivamente sobre un análisis racional.

Lo que sucede es que, para entender los mitos, hay que saber escuchar. Un "mitófilo" como Aristóteles no es un panegirista de lo irracional - como por cierto que no lo fué el gran pensador griego. Es, quizás, simplemente una persona a la que le gusta escuchar lo que otros tienen para relatar; sean estos relatos vulgar chismografía cotidiana, leyendas, fábulas, novelas, sagas, poemas épicos, utopías, cuentos para niños o simples fantasías. El que relata, siempre tiene una historia para contar y, aunque parezca un juego de palabras, las historias también hacen a la Historia de una cultura. Quien no sabe escuchar historias no comprenderá jamás a la Historia. Quien no sepa entender el mensaje de los mitos jamás sabrá comprender el idioma de los hechos del Hombre.

El Mito y la Verdad

Lo anterior merecería ser subrayado sobre todo en una época como la nuestra en la que los hechos, el "hecho concreto", el "hecho científicamente demostrado", - y sobre todo el hecho estadísticamente evaluado - tiene una fuerza casi omnipotente. Los norteamericanos hasta han desarrollado toda una bipolaridad que divide cualquier afirmación en fact (hecho) o fiction (ficción), siendo que lo que realmente importan son los facts mientras que cualquier cosa que sea fiction no constituye más que un inofensivo entretenimiento. Todo nuestro sistema de toma de decisiones actual se basa sobre estos "hard facts" (hechos "duros", es decir: tangibles) en dónde lo racional tiene un predominio prácticamente exclusivo porque lo fáctico ha pasado a ser sinónimo de verdadero y se acepta el paradigma de que la Verdad es un hecho y sólo un hecho puede ser Verdad.

Nadie puede, por supuesto, discutir el principio práctico según el cual todo hecho, en cuanto real, es verdadero. Negar los hechos reales es una de las peores tonterías que cualquier persona en posición de tomar decisiones puede cometer. Pero ¿son estos hard facts la verdad según la fórmula jurídica también anglosajona que exige, además, toda la verdad y nada más que la verdad?. Alguien ha dicho alguna vez que no hay nada más triste que ver a una gran idea asesinada por una patota de hechos innegables. Si la razón histórica es, en esencia, una narración, un relato de los hechos; y si para comprender cabalmente a la Historia debemos re-vivirla como quería Ortega, entonces es bastante obvio que un simple procedimiento racional no alcanza, aunque más no sea por los ya señalados límites que tiene nuestra razón. No es que un procedimiento racional así no nos pueda ofrecer la verdad. Lo que sucede es que difícilmente sea capaz de hacernos entender toda la verdad; aún cuando científica y racionalmente no hayamos expuesto ninguna mentira y no hayamos dicho, en consecuencia, nada más que la verdad.

Llegar a comprender los hechos re-viviéndolos implica entender cómo fué posible que se produjeran. Esa Historia que nos empuja desde atrás está construida por hechos que no son sino consecuencia de las acciones - vale decir: del comportamiento - de los Hombres. Y, en este sentido quizás sea útil recordar lo que Vilfredo Pareto señalaba respecto de las acciones humanas: "Subjetivamente, es decir desde el punto de vista de quien comete la acción, todas las acciones son lógicas; objetivamente, sin embargo, la mayoría de las acciones tienen su origen no en la "reflexión" sino en los "sentimientos" e intereses. (... Muchas) acciones son puramente instintivas, pero al hombre que las comete le place fundamentarlas - involuntariamente por otra parte - con causas lógicas. En general, no es precisamente exigente en cuanto a la calidad de esta lógica y muy fácilmente se da por satisfecho con una apariencia de razonamiento lógico". De este modo, quien quiera entender los hechos de los Hombres mediante una cadena causal de relaciones causa-efecto lógicas, fatalmente errará el objetivo.

No es que no existan la relaciones causa-efecto; no es que no exista el comportamiento racional; no es que no exista la lógica de ciertos procesos. Lo que sucede es que muchas veces todo esto no es suficiente. Quienquiera que haya tenido que escribir alguna vez un informe, y sea el informe más fríamente técnico y descriptivo que se quiera imaginar, seguramente habrá percibido que a casi cada paso choca con "cosas que no se pueden decir". No porque sean vergonzosas u ocultables, sino porque el lenguaje racional se adapta muy difícilmente (y a veces hasta falla por completo) para hacerle justicia a la realidad. Hay realidades en dónde sólo la poesía nos puede sacar del apuro. Pero, quien entre en el terreno de la poesía hará bien en recordar que se halla en el reino del Mito y deberá manejar ese lenguaje con la debida propiedad.

No es ninguna casualidad que grandes maestros de la lógica, las matemáticas y la física hayan sido, en la intimidad, también grandes cultores de la poesía, la música y las artes. Lo lamentable es que hayan tenido que serlo en la intimidad. En la antigua Grecia podrían tranquilamente haberlo sido en público. Es que los griegos sabían que aún la más perfecta de las construcciones lógicas no convierte a los mitos en algo superfluo. Por más que construían mitologías de una frondosidad soberbia, sabían que los mitos no representan la verdad práctica sino la verdad vivenciada; no la verdad que surge como consecuencia de un razonar acerca de la verdad sino aquella verdad que emerge como el resultado de haber convivido con ella.

Los Mitos en Occidente

Siempre hemos tenido mitos. Todas las civilizaciones y culturas los han tenido. Los griegos construyeron con ellos toda una épica y toda una estética. Pusieron a los Dioses en el Olimpo y los bajaron luego para hacerles vivir toda clase de historias y aventuras. Los romanos, tuvieron - entre muchos otros que heredaron de los griegos y de los pueblos que fueron conquistando - el mito de la Ley y el Órden; la Pax Romana que les permitió justificar moralmente la organización de un Imperio. El cristianismo de los primeros siglos tuvo varios; valgan el del Fin del Mundo y el de la Ciudad de Dios como ejemplos. Más adelante, cuando la religión devino en Poder, tuvo el de las Dos Espadas y el de la Oikoumené o Iglesia Universal. Todos ellos, por supuesto, además de los mitos estrictamente teológicos.

Nuestra civilización contemporánea, que tanto alardea de racionalidad y objetividad, también tiene toda una multitud de grandes mitos. El primero de ellos es, curiosamente y como ya hemos indicado, el de la Razón. Lo que los padres de la Revolución Francesa entendieron por Razón no es la razón razonable, como dijera alguna vez un pensador francés, sino la Razón Indiscutible; una especie de herramienta supuestamente infalible para acceder a la Verdad. Y este mito está inmerso en una verdadera selva mitológica en dónde florecen la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad que ahora - y después de los socialistas - se llama solidaridad; la Voluntad Popular que - después de la universalización de los medios masivos de difusión - también se llama Opinión Pública; la Democracia; los Derechos Humanos; el Mercado Libre, la infinita educabilidad del Hombre, la Influencia del Medio y muchísimos otros más que sería realmente largo de enumerar.

Los objetivos míticos

De hecho, lo primero que hay que decir de los mitos es que son necesarios. Y lo segundo es que no hay mitos "buenos" y mitos "malos". La catalogación moral de un mito es siempre discutible: es bueno para el que lo comparte y puede ser malo o indiferente para quien no lo entiende o no lo acepta. Pero es siempre necesario porque sin él, nuestra voluntad se queda sin ese fuego sagrado que es capaz de llevarla hasta el logro extraordinario.

Sin mitos nuestra voluntad es terquedad pura. Sin mitos a conquistar seríamos autómatas en persecución de objetivos programados. Sin mitos jamás habríamos intentado lo que una época catalogaba de imposible. Sin mitos no habríamos aprendido a volar, seguiríamos comunicándonos a los gritos y quizás ni siquiera habríamos aprendido a hacer fuego. Sin mitos no tendríamos Héroes. Nietzsche decía al respecto: "Sin el mito (...) toda cultura pierde su sana fuerza natural creadora. Recién un horizonte reconfigurado con mitos delimita a todo un movimiento cultural otorgándole su unidad. Y hasta el Estado mismo no conoce ninguna ley no escrita más poderosa que el elemento mítico. (...) Póngase ahora, al lado de ese Hombre abstracto que carece de la guía de los mitos, a la educación abstracta, a las costumbres abstractas, al Derecho abstracto, al Estado abstracto; imagínese uno el derrotero de la fantasía artística carente de pautas, huérfana de las riendas de todo mito autóctono; piénsese una cultura que no tiene ninguna cuna ancestral firme y sagrada, hallándose condenada a agotar todas las posibilidades y a nutrirse penosamente de todas las culturas - pues ésa es la actualidad, producto de aquél racionalismo orientado hacia la destrucción". No hay que compartir necesariamente y en un todo el pesimismo cultural que destilan en cierta medida estas palabras pero, en el fondo, hay una gran verdad encerrada en ellas: sin mitos válidos perdemos el rumbo, sin cuadros claros que le sirvan de construcción auxiliar nuestra voluntad se dispersa y se disgrega en relativizaciones.

El mito es un mandato que nuestra sensibilidad irracional le encomienda a nuestra voluntad. Es un deseo, un objetivo, cuya concreción nuestras emociones - no nuestra razón - le encomiendan a nuestra Voluntad de Poder. Es lo que queremos que sea porque nos gustaría que fuese. La razón es llamada después y con la misión precisa de hallar argumentos que demuestren que aquello que nos gustaría también resulta posible en absoluto. Más aún: que el mito es posible lo dicta, autoritaria y despóticamente nuestra emoción. Según ella, tiene que ser posible. Por ello es que los argumentos racionales construídos como andamiaje para sostener un mito tienen que demostrar que es posible y todos los argumentos en contrario son barridos bajo la alfombra con una expeditividad que muchas veces hasta resulta graciosa.

Los mitos y el comportamiento

Uno de los errores más grandes que hemos cometido - precisamente a raíz de haber aceptado el mito de la Razón - es creer que somos siempre o esencialmente racionales. El Hombre como Animal Racional es un mito. No somos racionales; razonamos, que es algo muy distinto. Somos capaces de razonar; tenemos raciocinio, pero nuestro comportamiento nunca es terminantemente racional. No vivimos comportándonos siempre en forma racional. Nuestro comportamiento es una mezcla muy inestable de raciocinio e irracionalidad en proporciones diversas, dependiendo del tema, el rubro o el asunto del que se trate. Podremos ser bastante fríos y racionales en lo económico pero nos volvemos fácilmente irracionales en lo político. Nuestra ciencia es básicamente racional pero todo nuestro arte es esencialmente irracional. Podremos tratar de establecer reglas de convivencia urbana racionales, pero el amor es irracional, los afectos son irracionales, los gustos son irracionales y hasta la mayoría de nuestras preferencias son totalmente inexplicables por medio de la razón.

El hecho que nos guste el modelo de la persona equilibrada, objetiva, ponderada, tolerante, razonable, ecuánime y serena no es sino consecuencia de que nos hemos tragado el mito de la Razón. La más superficial ojeada a nuestra Historia desmentiría el modelo. Ni uno sólo de los hombres que han construído nuestra cultura y nuestra civilización encajaría en ese modelo. Ni Beethoven, ni Gauss, ni Kant, ni Marx, ni Freud, ni Rockefeller. Cualquier personalidad importante de nuestra Historia se parece mucho más a un genial cascarrabias, terco, orgulloso, impredecible y arbitrario que al modelo propuesto del Ciudadano Perfecto que sigue siendo el mito perseguido por nuestros sistemas educativos y por las propuestas formales de nuestros medios masivos de difusión. Es que los hombres "razonables" no hacen Historia. El Genio y el Héroe no son ni racionales ni lógicos. La lógica del genio es revolucionaria y la del heroísmo es trágica.

Mitos y dogmas de fe

El problema con nuestros mitos no es su supuesta virtud o su supuesta perversidad. Ya hemos visto que su catalogación moral es siempre discutible. El problema es que se nos han escapado de las manos. Los griegos construían mitos y mitologías por toneladas pero a nadie en la Hélade se le hubiera ocurrido "creer" en ellas. Se ha criticado a los personajes griegos acusándolos de no ser "reales". ¡Nunca pretendieron ser "reales"!. Nunca la mitología grecorromana pretendió ser una receta utilizable para la toma de decisiones en materia de cuestiones de utilidad práctica. Nadie, nunca, ni en la Hélade ni en Roma, estuvo jamás obligado a tomar los mitos al pié de la letra a modo de dogmas indiscutibles de aceptación obligatoria.

Los primeros que hicieron de sus mitos un dogma de fé en Occidente fueron los cristianos. El hecho es que, así como tenemos una percepción de la realidad y de nuestra historia, también tenemos una percepción de nuestros mitos. Puesto que estos mitos forman también parte de nuestra realidad y de nuestra historia, al regir nuestras conductas en gran parte por esa percepción también las estamos rigiendo por el modo en que percibimos a nuestros mitos. Y lo que nuestra cultura ha perdido es, por así decirlo, la percepción de la dimensión mítica del mito. Porque, por más que las fuertes cargas emocionales siempre y en todos los tiempos han tenido la tendencia a mandar a la Razón de paseo, en última instancia, los hombres que han tomado decisiones generalmente supieron separar las realidades de las meras expresiones de deseos; por más racionalmente "fundadas" que éstas fueran. Durante muchos siglos los mitos fueron objetivos para guiar una acción sobre la realidad. No fueron ni pretendieron ser jamás un modelo de la realidad misma.

Pero, poco a poco, hemos ido introduciendo modificaciones en esta concepción. Un liberalismo que nació ateo y revolucionario se fué cristianizando mientras que el cristianismo, de fanático e intolerante que era en su origen - como todas las religiones con cuna en el Asia Menor por otra parte - se fué liberalizando. Muchos han visto en este proceso un avance favorable. No se han dado cuenta de que, en muchos aspectos, la mezcla de las dos cosmovisiones puede resultar explosiva y generar situaciones sorprendentes. Como, por ejemplo, la de haber arribado a un cristianismo permisivo y a un liberalismo intolerante. Y como, por ejemplo, la de haber perdido la perspectiva de nuestros mitos que han pasado a ser paradigmas que rigen comportamientos y actitudes obligando a las personas a manifestarse y a tomar decisiones como si fuesen objetivos ya logrados.

Mitos liberales y cristianos

El liberalismo y el cristianismo han invertido sus papeles. En 1789 el cristianismo representaba el órden constituído y el liberalismo constituía su polo crítico. Hoy el liberalismo constituye el órden establecido y las iglesias cristianas se dedican a criticar lo que consideran sus excesos.

Por la época de San Agustín, cuando todavía se creía en que el Fin del Mundo era algo más o menos inminente, la mitología cristiana se interpretaba de un modo casi literal y hasta podríamos decir material. Sin embargo, más tarde, en la llamada Sociedad Tradicional cristiana y de Santo Tomás en adelante, los mitos teológicos - aún siendo dogma de fé - devinieron en objetivos superiores al servicio de los cuales debía estar todo Hombre virtuoso y su ulterior conquista prácticamente estaba prevista sólo para después de la muerte. Poco a poco, entre el fragor del Renacimiento, la Reforma y la Contrarreforma se recordó que Cristo había dicho muy claramente que su Reino no era de este mundo por lo que, para la casi totalidad de los grandes teólogos de la Iglesia de la época, lo que se hiciese en él no sería, de todos modos, más que un "exertitium ad perfectionis" a cuenta de futuras bienaventuranzas de las que sólo podría gozar el Hombre una vez despojado de su imperfecta envoltura carnal.

Fué justo contra esto que reaccionaron muchos de los más audaces cerebros de Occidente que no querían resignarse a tener que morir para alcanzar el mito. Mientras la Iglesia ponía esencialmente la salvación más allá de este mundo, uno de los argumentos más fuertes de los enciclopedistas consistió precisamente en tratar de traer la bienaventuranza hacia este lado de la frontera. De allí el ateísmo de los primeros revolucionarios liberales. De allí también su materialismo que, desarrollándose consecuentemente, llegó al materialismo dialéctico de los comunistas. De allí, incluso, su hedonismo que, en su posterior desarrollo, condujo a la sociedad de consumo.

Pero en todo este proceso de poco menos de dos siglos, los grandes mitos desarrollados alrededor de la trilogía de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad se convirtieron a su vez en dogmas de fé. Incluso con un grado de religiosidad notable, como lo fué el endiosamiento de la Razón y la misión mesiánica del proletariado. El gran inconveniente de todos estos mitos convertidos en paradigmas de la civilización actual consiste justamente en lo que fué su atractivo original: su mundanidad, su terrenalidad, su proximidad inmediata y su relación estrecha con las cosas de esta vida y de este mundo. Mientras el Rey por Gracia de Dios podía contar con que los vasallos soportarían sus penurias pensando en que más allá de este Valle de Lágrimas había un Paraíso esperándolos, los Presidentes de las democracias actuales saben que los ciudadanos exigen su cuota de bienestar arriba del mostrador y al contado. Quieren la porción de fraternidad que les toca para mañana mismo y a la igualdad la consideran obtenida desde el Día de la Independencia.

Los Mitos del sistema

Y esto obliga a nuestras sociedades a entrar en mil ficciones para mantener vigente la mitología que orienta - aunque más no sea de modo formal - al sistema. La obligatoriedad de sostener el mito de la Igualdad obliga a tratar de lograr esa igualdad a toda costa - incluso a costa de sacrificar calidad. Peor aún, obliga a proceder como si ya se hubiera logrado, forzando mil hipocresías a fin de justificar las excepciones necesarias para lograr la excelencia y la eficiencia. Factores imprescindibles sin los cuales sería imposible sostener el nivel de vida al que nos hemos acostumbrado.

La necesidad imperiosa de mantener vivo el mito de la Fraternidad, obliga a políticas de solidaridad social a toda costa - incluso a costa de la justicia - con medidas de asistencia que benefician hasta a los holgazanes, a los inútiles y a los parásitos; todo para que terminemos actuando como si la existencia de estos sujetos fuese culpa grave de la sociedad misma ya que aquí entra a tallar toda una serie de otros mitos, tales como la influencia determinante del medio y la teóricamente infinita educabilidad del ser humano; mitos que transportamos alegremente al ámbito de la educación procediendo como si pudiésemos convertir a cualquier alcornoque en un genio aún a pesar de que sabemos desde hace siglos aquello de que "lo que Natura non da, Salamanca non presta".

La exigencia insoslayable de afirmar el mito de la Libertad a toda costa - incluso a costa de nuestra propia seguridad - nos lleva sostener una Ley mítica y un Derecho mitificado concebidos como si la libertad fuese un beneficio garantizable a cualquier hijo de vecino por la vía de una simple norma jurídica, lo cual, al conjugarse con varios de los otros mitos antes mencionados, nos conduce al libertinaje y al permisivismo. El resultado de ello es que, en los barrios periféricos de las grandes ciudades, nuestras viviendas están tan llenas de enrejados que un visitante desprevenido podría llegar a pensar que las personas honradas viven encerradas detrás de rejas mientras los ladrones se pasean libremente por la calle.

Y, naturalmente, el análisis no se agota poniendo un poco bajo la lupa nuestra implementación del gran slogan de la Revolución Francesa. De lo que debemos tomar conciencia es que, en muchos casos, nos hemos vuelto esclavos y prisioneros de todos esos "como si" que estamos aceptando, porque esa manía de declarar realidades a nuestros deseos míticos nos limita muy seriamente en todos los procedimientos de toma de decisiones.

Por otra parte, el proceso de globalización cuyo motor más poderoso es la actividad de las grandes empresas internacionales ha terminado por chocar contra barreras que hasta hace poco se creían casi definitivamente superadas. El nuevo mito de la Gran Fábrica Universal, quizás el más reciente de todos los mitos de Occidente, está teniendo serias dificultades en algunos casos y, en otros, está condenado a tenerlas, porque la diversidad cultural del planeta se está haciendo sentir con una fuerza cada vez mayor. El problema es que el mito de la Gran Fábrica resulta consistente sólo con la mitología occidental, tal como ésta quedó plasmada en las estructuras ideológicas del capitalismo liberal y del capitalismo de Estado. Para casi todas las demás culturas. como por ejemplo el Islam, gran parte de los pueblos del Asia continental, casi todo el Africa y buena parte de América latina, ese mito es interpretado por las élites dirigentes más como una amenaza que como una oportunidad.

Las ideas "unmundistas" de la década del ‘70 son hoy moneda corriente en el pensamiento empresario. Hoy ya nadie se extrañaría de lo que, por ejemplo, decía Jacques G. Maisonrouge de IBM hace poco más de 20 años atrás en cuanto a que "Para nuestros negocios las fronteras entre las naciones no tienen más significado que el Ecuador. Son simplemente líneas demarcatorias cómodas entre las unidades étnicas, idiomáticas y culturales (...) Cuando el "management" entienda y acepte a la economía mundial como tal, el horizonte de su poder - y de su planificación - necesariamente tendrá que ampliarse".

Pues hemos llegado a ese entendimiento y aceptación - por lo menos de parte de la mayoría trascendente del management internacional - y lo que ha sucedido es que esas "unidades étnicas, idiomáticas y culturales" están dando cada día más dolores de cabeza, molestando al racionalismo económico con problemas para los cuales la razón pura no tiene una respuesta satisfactoria. Los problemas de Serbia, Somalía, Irlanda, Chechenia, Iraq, Palestina, Chiapas; la cuestión de los separatistas vascos; la reestructuración de Europa luego de la reunificación de Alemania - para citar solamente a los que llegan a los titulares de los medios de difusión - presentan problemas que no están siendo resueltos en realidad. Están siendo "administrados" con mayor o menor suerte por "negociadores" que, en el fondo, no tienen casi ni noción de lo que está realmente en juego. Están siendo "manejados" por personas que, como última esperanza, no pueden sino confiar en que todos estos hijos, huéspedes o vecinos malcriados de una tecnología occidental expandida a escala planetaria terminen - en algún punto del futuro - "entrando en razones" por el bien de la Paz Mundial.

Lo que estos negociadores todavía no parecen haber entendido es que, por desgracia, la razón nunca ha sido demasiado buen argumento para evitar una guerra; aunque más no sea por aquello que decía Tácito en cuanto a que "a veces es preferible una buena guerra a una mala paz". Y lo que definitivamente parecen ignorar nuestros actuales diplómatas internacionales es que la Paz Mundial, la Pax de la Oikumené, también es un Mito. Un mito occidental, propio de algunos de sus grandes Imperios, pero no necesariamente compartido ni necesariamente entendido exactamente de la misma manera por todos los distintos seres humanos que viven en las diversas culturas de este bastante heterogéneo planeta.

Temístocles seguramente no se sintió jamás en la obligación de objetar que los poetas griegos pusiesen a Zeus sobre el Olimpo. Lo que jamás hubiera hecho es tomar decisiones de gobierno en Atenas como si los dioses fuesen a bajar de allí en cualquier momento.