Capítulo XXII: El mundo que nos espera

Las posibilidades de un imperio global

La propuesta de la globalización implica una intención imperial. Debemos, sin embargo, recalcar aquí una distinción importante: no se trata de una tendencia imperialista en el sentido que los intelectuales de izquierda le han dado al término. El imperialismo, tal como lo ha entendido el marxismo-leninismo, no es sino el comportamiento que los imperios tienen generalmente con sus colonias; no es el que tienen para con sus provincias. El error cometido por el marxismo en cuanto a los imperios es que se quedó demasiado atascado por el ejemplo de Inglaterra que Marx tenía a la vista. Lenin podría haber corregido esta distorsión desde la óptica rusa, pero estaba demasiado enamorado de sus propios desarrollos teóricos como para darse cuenta de la diferencia estructural existente entre el Imperio Británico y el Ruso.

Poniéndolo en términos algo simplificados: los imperios anexan provincias pero ocupan colonias. Precisamente por ello es que el modelo de la globalización presenta en ciertos aspectos más una tendencia del "imperialismo" a la "imperialización"; y quizás también precisamente por ello es que la crítica de la izquierda ortodoxa no le afecta tanto porque lo que de alguna manera se está buscando, es el de darle status provincial a varias de las antiguas colonias.

Si analizamos el proyecto globalizador desde la óptica de las herramientas, organismos e instituciones que es posible descubrir en todo Imperio, la tendencia imperial del contexto internacional contemporáneo queda bastante al descubierto.

Las tendencias imperiales

Por de pronto, el sistema de comunicaciones está montado. La red satelital, que cubre el planeta y que no sólo permite comunicaciones instantáneas e intercambio en tiempo real de datos o información sino también una vigilancia militar sumamente eficaz, constituye una red tan poderosa y eficiente que, en comparación, los antiguos caminos romanos, las antiguas flotas y los antiguos sistemas de correos nos parecen hoy casi primitivas.

La difusión del inglés como lingua franca, de empleo casi universal en las relaciones internacionales, es algo que también puede considerarse establecido. Es un idioma práctico, relativamente simple en su estructura gramatical y, a los efectos de una problemática cotidiana, puede llegar a ser dominado con un vocabulario bastante reducido que facilita tanto su aprendizaje como su empleo.

La moneda común es algo que se está construyendo. En el área del dólar la moneda norteamericana cumple ya, de hecho, las funciones de una moneda imperial. En la Comunidad Europea, el Euro ya está en vías de instrumentación práctica. Seguramente habrá aún muchas idas y venidas, dentro del marco de negociaciones complicadas y difíciles, pero la insostenibilidad de la balcanización política europea seguramente arrastrará consigo a la balcanización fiduciaria que no es más que su correlato económico.

En cuanto al sistema de medidas, en un futuro inmediato el sistema métrico decimal parece tener las mejores chances y hasta los países anglosajones han decidido finalmente su adopción. Sin embargo, es posible que este sistema aún deba sufrir algunas correcciones o adaptaciones porque, por un lado, seguimos manteniendo un sistema sexagesimal para medir el tiempo y los ángulos mientras que, por el otro lado, nuestras computadoras, se basan en sistemas binarios, octales y hexadecimales.

La implementación de una fuerza armada global es algo que también se ha ensayado ya con diversas variantes. Las operaciones de los "cascos azules" de la ONU, las fuerzas multinacionales intervinientes en la Guerra del Golfo, en el conflicto de Serbia y en varios otros conflictos anteriores, indican una intención bastante clara en este sentido. Sin embargo, no es algo que pueda considerarse hoy como definitivamente establecido. Instituciones como la ONU constituyen cuerpos demasiado deliberativos y otros organismos como la OTAN resultan demasiado específicos y unilaterales. No se ve muy claramente la autoridad política a la que respondería una fuerza armada global; pero la renuencia de los Estados Unidos a aceptar la responsabilidad exclusiva por desempeñar el papel de "gendarme mundial" y la progresiva difusión de la teoría según la cual la paz mundial es responsabilidad de todos - y no tan sólo de una o varias Potencias - todo ello manifiesta una tendencia que apunta a la intención de hacer viable una fuerza armada multinacional con funciones de policía imperial.

El colonialismo - entendido con el criterio imperialista expuesto al principio de este capítulo - tiende prácticamente a desaparecer con el fenómeno de la globalización. El imperio global pretende no tener fronteras. La mayoría de sus teóricos cree que no necesita delimitarse frente a otros organismos políticos por la sencilla razón de que, precisamente por ser global, los abarcaría a todos. Por lo tanto, carecería de "periferia" propiamente hablando y, en consecuencia, también carecería de colonias, aún cuando subsistiesen regiones de mayor o de menor peso relativo dentro del contexto global. La visión globalizadora es así muy poco imperialista y muy fuertemente imperial pero, por supuesto, lo que nadie se atreve a considerar con seriedad es — entre varias otras cosas — la medida en que esta visión tendrá que ser modificada por las consecuencias de la conquista espacial, una vez que ésta haya superado la etapa actual de mera exploración.

La Capital del Imperio Global es una cuestión no resuelta aún pero, también debe tenerse presente que, dada la potencia del sistema de comunicaciones instalado y la rapidez de los transportes en general, tampoco tiene hoy la importancia práctica o geopolítica que tenía para los imperios anteriores. Sigue teniendo, es cierto, su relevancia psicológica y a este respecto se abre un terreno que admite especulaciones. No sería imposible, dada la intensidad de la reactivación europea después de la caída del imperio soviético, que la Capital de Occidente, que emigró de Roma a París, de París a Londres y de Londres a Nueva York, vuelva a Europa hacia mediados o fines del siglo XXI.

El cuerpo administrativo del futuro imperio se está formando a partir de los ejecutivos, gerentes y directores de las grandes empresas multinacionales a los cuales habrá que sumar los integrantes de aquellos aparatos administrativos que, por su misma función profesional, mantienen cada día relaciones internacionales más amplias y más intensas. A este grupo de personas podríamos agregar también todos aquellos directa o indirectamente relacionados con las operaciones cotidianas de la finanza internacional. Estas personas actúan de operadores, transmisores y hasta expositores de las tendencias vigentes. Lo que queda bastante claro es que, al estar la globalización económica muy adelantada respecto de la globalización política, la construcción del cuerpo administrativo mundial parece estar queriendo seguir el modelo del Imperio Británico que también reclutó su servicio civil principalmente de entre los miembros de una clase media mercantil con visión cosmopolita.

El sistema jurídico internacional está siendo construido alrededor de las doctrinas que universalizan ciertos hechos interpretados — con mayor o menor precisión conceptual y con mayores o menores dosis de hipocresía — como crímenes de lesa humanidad, para lo cual está siendo utilizada discrecionalmente la interpretación norteamericana de la antigua Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano gestada por los días de la Revolución Francesa.

De este modo, de las cinco herramientas tradicionalmente utilizadas por los imperios, la de las comunicaciones está disponible con una potencia jamás antes conocida; la del idioma oficial está implementada con el uso universal del inglés; la de la moneda común está en vías de implementación; la del sistema de pesos y medidas se halla en amplio uso con la universalización del sistema métrico decimal; y, finalmente, ya se han dado al menos los primeros pasos hacia un sistema jurídico global.

A su vez, de las dos instituciones imperiales típicas, la formación de un ejército multinacional con funciones de policía global es algo que, aunque en forma limitada, ya ha sido ensayado en varios conflictos mientras que, por otra parte, el cuerpo administrativo se va constituyendo poco a poco con el management empresario internacional y con la periferia de profesionales que lo acompaña.

Por último , de los tres organismos que hacen a todo Imperio, las colonias no presentan una relevancia práctica por el momento y la Capital tiene una importancia menor dadas las posibilidades en materia de comunicaciones, transportes y transmisión de datos.

Llegamos, sin embargo, al escollo más serio que enfrenta el proyecto globalizador: la constitución de las provincias permanece siendo un problema sin resolver. Y el problema no es menor porque, por más que se hable de la "disolución controlada de los Estados-Nación", sigue quedando muy poco clara qué estructura política habría de suplantar la funcionalidad perdida por las estructuras estatales así disueltas. Con Estados locales dedicados meramente a administrar la educación, la salud, la seguridad y la justicia no se logra todavía la estructura imperial que en todos los demás ordenes se pretende. Para lograr esta estructura, los Estados Administradores locales forzosamente deberían tener una instancia superior que los gobierne. Como ya hemos demostrado antes, es políticamente imposible pretender una buena administración si no se tiene primero un buen gobierno.

Aparte de esto, hay todavía un gravísimo problema adicional: una estructura administrativa sencillamente no puede cumplir con las funciones de síntesis, previsión y conducción que requiere una buena gestión pública - siendo que un buen desempeño en esas funciones constituye justamente la legitimación de cualquier gobierno. Una administración no puede cumplir esas funciones por la sencillísima razón de que no tiene ni el Poder político ni la capacidad política para hacerlo. Un funcionario administrativo no tiene ni el poder de decisión ni la capacitación requeridas para gobernar. Si alguien quiere saber qué sucede con un Estado manejado por burócratas - incluso por buenos burócratas - que vaya a la Historia e investigue qué sucedió con todos aquellos Estados cuya élite dirigente entró en decadencia y terminó incumpliendo con su función, dejando los asuntos del Estado en manos de una burguesía administrativa.

Por el otro lado, que estas funciones serán suplidas por las estructuras financieras e industriales de los mercados ya es algo más que una utopía. Sostener que instituciones económicas, para colmo obligadas a competir entre si por los mercados, pueden garantizar a escala mundial las funciones políticas de síntesis, previsión y conducción es, lisa y llanamente, una tremenda estupidez. Si una administración pública no puede gobernar bien porque no tiene ni Poder político suficiente ni capacidad para hacerlo, una empresa podrá menos todavía porque ni siquiera nació para brindar ese servicio.

El problema así planteado resulta especialmente importante porque, dentro de una estructura global de características imperiales, el incumplimiento de las funciones políticas esenciales forzosamente conduciría a la imposibilidad de manejar, controlar y superar los conflictos que inevitablemente trae siempre consigo una convivencia en la diversidad. Y esto es algo tan grave que bien vale la pena detenerse en ello con algo más de detalle.

Los métodos de control y resolución de conflictos

Es de en una ingenuidad política infantil pensar que una estructura de dimensiones imperiales resolvería, por si misma, todos los conflictos potenciales implícitos en la convivencia planetaria. La Pax imperial no es un fenómeno espontáneo. Necesita ser construida, mantenida o hasta impuesta bajo determinadas condiciones, y aún así se la logra no sin ciertos altibajos. Una estructura imperial solamente posibilita la paz interior de un organismo político esencialmente diverso; no la produce ni la genera de un modo espontáneo.

Mucha mayor ingenuidad se necesitaría, además, para suponer que el Siglo XXI podrá resolver sus conflictos con nuestras herramientas políticas actuales. En efecto, gran parte de nuestra actual práctica política se basa, al menos en principio, sobre procedimientos tales como la negociación y el acuerdo. Existe, por regla general, tal terror a la confrontación y tal primacía de lo económico sobre lo político que, al igual que en muchos otros aspectos, también aquí hacemos que la Política le pida prestado a la Economía el método para manejar situaciones conflictivas.

El problema que se plantea con esto es, básicamente, que el método no se ajusta al campo de aplicación. La Política se relaciona con el Poder; la Economía con los bienes y riquezas que el Hombre produce para mejorar, asegurar y ampliar sus condiciones de vida. Si bien es muy cierto que hay una componente de Poder muy importante que se deriva de la actividad económica, no menos cierto es que se trata en esto de un efecto secundario y no algo necesario ni esencial. Actividades económicas que no involucren una componente de Poder significativa son perfectamente pensables y posibles. Pero no hay actividad política que no involucre, de hecho, una cuestión de Poder puesto que, si no la involucra, no es una cuestión política.

Aplicando a la política los métodos de la actividad económica lo único que hemos conseguido es convertir en insolubles a muchos de nuestros problemas políticos. La negociación, por ejemplo, no es un método apto para las cuestiones políticas. El método político por excelencia es la confrontación; un método que, inevitablemente, deja vencedores y vencidos sobre el campo de batalla. En los enfrentamientos de motivación económica es posible que ambos contendientes salgan ganando; quizás uno más y otro menos, pero ganando al fin. Un resultado así es imposible en Política. Al final de un enfrentamiento, uno de los contrincantes habrá perdido y el otro habrá ganado alguna cuota de Poder.

De hecho, el negociar, tal como por regla general se lo entiende en el mundo mercantil, no es más que un intento de defraudación mutua. Quien está dispuesto a ceder por diez, pide veinte; y quien está dispuesto a dar veinte, ofrece diez. Dependiendo de la habilidad de argumentación, en el regateo es posible que se logre un acuerdo en quince, o en doce, o en diecisiete; y al cerrar la operación es muy posible que ambos operadores salgan satisfechos.

Lo curioso del caso es que el valor real del ítem en discusión tiene una importancia completamente secundaria, a tal punto que muchas veces ni siquiera es cuantificable con exactitud puesto que uno de los principios básicos de la economía de mercado es que el valor real de un bien, o de un servicio, es la suma por la cual se lo puede vender. Por ello es que los grandes negociadores políticos actuales fracasan cuando deben enfrentar a personas que ponen sus principios por sobre sus conveniencias. Kissinger, por ejemplo, escribió alguna vez que no es posible negociar con una persona sincera. Y es una gran verdad: sin duda, no se puede negociar con un sujeto que hace de su oferta una cuestión de principios. Desgraciadamente, en Política hay muchas cuestiones que son, o terminan siendo, cuestiones de principios; dónde realmente no hay mucho para negociar y dónde, al menos en ciertos casos, cualquier Hombre de honor sabe que ni siquiera debe negociar. Podrá ser muy irritante para los relativistas, pero no todo es negociable en esta vida.

La imposibilidad intrínseca de la negociación dentro de un ámbito estrictamente político arrastra consigo otra imposibilidad adicional que también se ignora o se desconoce con demasiada frecuencia: la de lograr el acuerdo por la vía de una negociación. Ciertas personas se imaginan que la totalidad de las cuestiones internacionales pueden resolverse sentando a todos los involucrados a una mesa. Según ellas, una docena de buenas personas, con buena disposición y voluntad, siempre podrán negociar posiciones para terminar firmando un acuerdo que resuelva el conflicto. No es que el procedimiento sea imposible. Sucedió, sucede y sucederá probablemente en muchos casos; pero sucede también que, por desgracia, no es una panacea. Será triste, pero muchas veces el mayor problema no está en las cosas malas que hacen las malas personas con malas intenciones, sino en las cosas malas que resultan de las buenas intenciones que tienen algunas personas que, en realidad, son buenas personas...

No todas las cuestiones, y menos aún todas las cuestiones políticas, son solubles por la vía de la negociación. Buscar un acuerdo no solamente es posible sino que hasta resulta muy deseable en infinidad de situaciones; pero lo que no hay que perder de vista es que el proceso de la búsqueda de un acuerdo político no es nada más que un procedimiento de limar asperezas y resulta por completo inadecuado para evitar verdaderas confrontaciones. En otras palabras y aunque parezca paradójico: se puede obtener un acuerdo político cuando ya hay consenso latente de antemano; cuando, al menos en los aspectos básicos y esenciales, existe una concordancia que sólo ha esperando ser expresada. En un sentido estricto, en Política — sobre todo en política exterior — el acuerdo no se genera; se explora, se descubre y se construye laboriosamente a partir elementos preexistentes.

La negociación no es una herramienta necesariamente adecuada para todos los casos que puede presentar la Política. De hecho, tampoco el consenso se logra por negociación. A los efectos prácticos, un consenso o es subyacente o no existe. El consensus, como concepto, contiene una fuerte componente irracional, emotiva, caprichosa. La etimología de la propia palabra lo revela: proviene de con que indica simultaneidad o concurrencia y sentire que indica opinión. Según ello habría consenso cuando hay concurrencia de opiniones y todo el mundo sabe lo caprichosas que suelen ser ciertas opiniones por la fuerte carga emocional que, por regla, traen consigo.

Lograr una concurrencia de razonamientos alrededor de la solución de un problema práctico es ya bastante difícil aunque posible en un sinnúmero de situaciones. Pero lograr una concurrencia de opiniones requiere todo el arte de la persuasión y los resultados son siempre impredecibles. En un grupo humano — sea éste una asamblea, un estrato social, una sociedad entera o la totalidad del planeta — un consenso alrededor de determinados principios, pautas o normas puede resultar completamente imposible. En el mejor de los casos, será un proceso terriblemente lento y enmarcado en un panorama cultural de enorme amplitud. Pretender lograrlo en una reunión de notables por la vía de una negociación es ridículo. Equivale a la pretensión de negociar la evolución histórica.

En el mundo económico los procedimientos que implican negociaciones y acuerdos funcionan satisfactoriamente en la generalidad de los casos simplemente porque son más fáciles de exponer, evaluar e implementar. Por de pronto, la enorme mayoría de las cuestiones que se suscitan corresponde a problemas de índole práctica, cuantificables por medios matemáticos y demostrables por la vía del razonamiento inductivo. Por otra parte, los fines y objetivos básicos de la actividad económica — rentabilidad, eficiencia, calidad, dominio del mercado — pueden ser claramente definidos y es más difícil ponerlos a discusión. Existen, pues, firmes bases que garantizan un amplio margen de consenso y lo que se discute, o se negocia, es casi siempre más un matiz que una cuestión de fondo. Es muy cierto que el "pequeño matiz" puede significar cifras varias veces millonarias y costar más de una úlcera gástrica en el directorio. Pero las cuestiones económicas, en el peor de los casos, terminan a los gritos.

En Política, por desgracia, las cuestiones mal manejadas terminan a los tiros. El mal menor en Economía es una disparidad de criterios que produce una merma en las ganancias; el mal mayor lleva a la quiebra de la empresa. En Política prácticamente no hay males menores: los enfrentamientos políticos no resueltos inevitablemente conducen a la guerra. A una guerra externa o a una guerra civil; a una situación bélica entre dos organismos políticos o a la subversión dentro del organismo político afectado. Los organismos internacionales como la ONU, basados en la negociación y el acuerdismo, son exactamente tan incapaces de evitar una guerra internacional cuando surge un verdadero conflicto de Poder a nivel mundial como lo son los Parlamentos o las asambleas legislativas para evitar una revolución, o una guerra civil, cuando los Gobiernos demuestran ser incapaces de producir la síntesis de las fuerzas políticas contrapuestas que actúan en el seno de una sociedad.

El problema planteado es, pues, el siguiente: si la negociación no es una herramienta adecuada para resolver la confrontación política; si el acuerdo en el ámbito político no puede ser obtenido por vía de la negociación más que en un número limitado de casos; puesto que nadie en su sano juicio busca ni desea deliberadamente una situación de guerra, la Política debe contar con otro método más efectivo de resolver sus conflictos.

Los conflictos políticos

Por fortuna disponemos de un método, imperfecto es verdad, pero método al fin: en Economía los conflictos se resuelven por persuasión; en Política por disuasión. En cualquier actividad comercial puedo llegar a persuadir a mi competidor demostrándole que una determinada operación es provechosa para ambos puesto que, en realidad, no me importa demasiado si él gana mientras yo no pierda. En Política esta situación no se produce con mucha frecuencia ya que, cuando uno gana, el otro pierde y a lo máximo que se puede aspirar es a recuperar en un terreno lo que se ha cedido en el otro. En el campo político, la persuasión es más bien una herramienta de órden interno; se la utiliza por lo general para ganar adeptos o partidarios, no para resolver conflictos.

Abundando en el tema, no deja de ser interesante destacar que, mientras en Occidente nos hemos empecinado en practicar la Política con metodologías económicas, en Oriente — y sobre todo en el Japón — se ha procedido más bien en sentido contrario y se aplican a la Economía estrategias y métodos fuertemente inspirados en la Política. No pocos observadores han señalado lo notorio que resulta la forma en que los japoneses consideran toda operación económica de envergadura como si fuera una verdadera guerra. El criterio explica más de un éxito que ha tenido la industria y la economía japonesa en su avance sobre los mercados occidentales en dónde muchos siguen creyendo que todo es negociable.

Cuando en un enfrentamiento queda involucrada una cuestión de Poder, o sea: cuando un conflicto adquiere características políticas, lo que hay en verdad para resolver es precisamente la ecuación de Poder y no las posibles malas - o buenas - intenciones de los contendientes. La experiencia histórica nos revela que las únicas herramientas de las que disponemos para ello son: el balance del Poder, la hegemonía, la neutralización o la guerra.

El método del balance consiste en intentar una distribución del Poder lo más uniforme posible entre todos los potenciales oponentes mientras que, en forma simultánea, uno se reserva para si determinada cuota adicional de Poder y de capacidad de maniobra. Inglaterra, por ejemplo, en sus políticas respecto del continente europeo no sólo llegó a desarrollar la técnica del "Balance of Power" hasta la categoría de un verdadero arte sino que incluso llegó a construir todo un Imperio mediante la utilización inteligente y sistemática de una política exterior orientada a evitar a cualquier precio el surgimiento de potencias continentales europeas con mayor Poder que el de Gran Bretaña.

El método hegemónico responde, por su parte, a un principio básicamente opuesto. En lugar de buscar un equilibrio entre los oponentes con algún adicional de Poder propio, lo que se persigue es la máxima concentración de Poder posible en manos propias a fin de establecer tal disparidad de posibilidades que un potencial oponente no tenga en la práctica ninguna posibilidad razonable de salir airoso de un conflicto. La técnica admite, por supuesto, muchas variantes. Los Estados Unidos han utilizado la disuasión hegemónica para con el resto del continente Americano en un contexto que hace, de hecho, impensable toda confrontación real por la enorme disparidad de fuerzas. Por otra parte, en el ámbito extra-continental y mientras duró la pugna con la Unión Soviética dentro del marco de una política hegemónica global bipolar, la disuasión estratégica se basó en el concepto de la destrucción mutuamente asegurada. En esencia y en cualquiera de las variantes, el cálculo se basa en que, desde el momento en que todo organismo debe considerar su propio futuro de un modo necesariamente positivo, el suicidio político no es admisible como posibilidad.

La neutralización de un conflicto político constituye una solución intermedia y, en general, de corto plazo hablando en términos históricos. Su principio consiste en una estrategia que podríamos describir como la de "crearle enemigos al enemigo" con el mismo criterio básico con que, a veces, se combate el fuego con el fuego. De hecho, de lo que se trata es de neutralizar un conflicto que sería difícil de controlar creando otro más manejable. No es necesario entrar en detalles para comprender que el método encierra múltiples peligros y arroja resultados en gran medida inestables. La Unión Soviética, con su política de apoyo a movimientos revolucionarios o subversivos regionales pudo, en su momento cosechar algunos éxitos en este sentido siendo el caso cubano el más notorio. También Inglaterra, en el Siglo XIX, al apoyar a los movimientos independistas americanos de la esfera de influencia española, logró neutralizar en buena medida las posibilidades de maniobra de España. Pero tanto la experiencia como el análisis demuestran que la neutralización de un conflicto no brinda resultados demasiado positivos en el largo plazo.

Ni la URSS consiguió debilitar de un modo significativo la posición norteamericana ya que no le fue posible exportar revoluciones a gran escala desde la plataforma cubana, ni Inglaterra pudo incorporar de hecho a su Imperio las ex-colonias españolas cuya independencia había fomentado en su momento. Si bien es muy cierto que ambas potencias obtuvieron ventajas comparativas — políticas en el caso de la URSS, económicas en el caso de Inglaterra — las mismas no dejaron de ser relativas desde más de un punto de vista. En forma analítica, este resultado se explica por el hecho de que una neutralización no implica, en realidad, un aumento del Poder propio sino, más bien, la fragmentación o la disolución del Poder de un oponente. La URSS le restó Poder a los Estados Unidos en América Latina e Inglaterra hizo lo mismo con la España del Siglo XIX; pero ninguna de las dos consiguió sumar para si el Poder que le restaba a su enemigo más que en una medida muy escasa. En el caso de Inglaterra, la mayor parte del quantum de Poder en juego terminó en manos de las colonias que se fueron independizando. En el caso de la URSS, el Poder en disputa terminó cayendo en manos de los EE.UU. al desgastarse inútilmente el empuje revolucionario antinorteamericano en propuestas políticamente inviables.

Por último, la guerra aparece como la más extrema de las herramientas de que dispone la Política para dilucidar conflictos. En realidad, sin embargo, no es una herramienta propiamente dicha sino, más bien, un recurso "in extremis". Hablando en términos ajedrecísticos es una "jugada forzada" que se presenta cuando fracasa todo lo demás; cuando una situación de conflicto de Poder queda fuera de control.

Propiamente hablando, la guerra no resuelve conflictos; elimina un conflicto inminente y, en no pocos casos, crea otro u otros de menor intensidad o a mayor plazo. A tal punto esto es así que las raíces del conflicto pueden llegar a quedar intactas y toda la situación puede reiterarse al cabo de cierto tiempo. Fue el caso de la I Guerra Mundial en dónde el Tratado de Versalles no solamente no sirvió para consolidar la victoria obtenida en los campos de batalla sino que, por el contrario, inspirado por una miopía política casi increíble, ocasionó que hoy día la segunda gran guerra europea del Siglo XX nos aparezca tan sólo como la continuación de la primera con algunos años de cese de fuego de por medio. La guerra , en el mejor de los casos, elimina el conflicto puntual planteado. Es raro que elimine sus causas. A menos que se tenga la suerte de que estas causas vayan perdiendo su vigencia con el tiempo, sobre ellas deberá siempre operarse con algún método políticamente eficaz si de veras se desea arribar a una situación con relaciones de Poder de cierta estabilidad.

No puede dejar de mencionarse, sin embargo, la circunstancia de que muchas operaciones de neutralización conducen a situaciones de guerra. Son las llamadas "guerras controladas", o localizadas, al estilo de las de las de Corea, Vietnam y varias posteriores. Muchos enfrentamientos armados internos, más o menos subversivos o revolucionarios, también caen en esta categoría en la medida en que responden — al menos parcialmente — al interés de una potencia en crearle un frente de conflictos internos a la otra para disminuir su capacidad de maniobra. De este modo, las técnicas políticas que aparecen como más firmes - aunque no infalibles - son las del equilibrio y la concentración del Poder.

El ya mencionado "Balance of Power", tan detalladamente perfeccionado por los británicos, es una herramienta delicada, sutil, y que requiere de una profunda y certera intuición política. Difícilmente pueda ser implementado por un Estado que no disponga de tradición, experiencia histórica y — sobre todo — equipos humanos altamente capacitados dentro del área de sus relaciones exteriores. Lograr un equilibrio de Poder no es tarea para advenedizos improvisados. Requiere, en primer término, una sensibilidad muy fina para aquilatar y sopesar las magnitudes de Poder distribuidas en un sistema global y en un momento histórico dado. Requiere, en segundo término, una buena dosis de experiencia práctica e imaginación para la previsión de posibles modelos o escenarios de desarrollo futuro. En tercer término, se necesita un sólido conocimiento de los orígenes y las raíces que alimentan las concentraciones de Poder existentes y - last but not least - para su adecuada puesta en práctica debe contarse con extrema habilidad en materia de entretejer redes de alianzas, garantías, pactos y reaseguros que le otorguen estabilidad al sistema.

Esta última característica es la que vuelve a poner sobre el tapete la cuestión de las negociaciones y los acuerdos. Es innegable que el proceso de la concertación de alianzas, acuerdos y pactos tiene características negociadoras similares, en cierto modo, a las negociaciones del mundo económico. Más aún: en ciertas ocasiones el proceso puede incluso nacer de, complementarse con, o conducir a, negociaciones de índole económica. Ventajas económicas importantes son, por cierto, siempre muy buenos argumentos para apoyar la tesis de determinado tipo de alianzas políticas. Pero, aún así, el acuerdo político sigue siendo en esencia muy diferente al contrato comercial.

Por de pronto, es mucho más inestable: Disraeli decía que en Política no hay alianzas permanentes sino tan sólo intereses permanentes. En realidad, considerada superficialmente, la frase hasta parece un contrasentido puesto que, si hay intereses permanentes, no se ve muy bien por qué esos intereses no podrían estar respaldados con alianzas también permanentes. El análisis en profundidad, sin embargo, descubre que la permanencia de los intereses no implica necesariamente su inmutabilidad en el tiempo. Una cosa es que un interés sea permanente y otra muy distinta es que sea invariable. Ha sido de permanente interés para Gran Bretaña mantener su independencia del resto del continente europeo pero, en distintas épocas, este interés se ha manifestado en formas muy distintas y ha implicado cuestiones por demás diferentes. En un tiempo la cuestión podía pasar por la posesión de una poderosa flota de ultramar; hoy pasaría mucho más por una participación directa en la red global de comunicaciones satelitales. En el mundo económico, en dónde imperan condiciones mucho más estables, ya que las necesidades humanas básicas son mucho menos volátiles, el objetivo de los acuerdos es arribar a soluciones duraderas y a situaciones previsibles. En Política, por regla lo que se busca es controlar conflictos con el mínimo grado posible de compromiso a fin de retener la mayor libertad posible de acción.

Las alianzas políticas han sido, son y serán siempre meramente instrumentales. Los procedimientos empleados para establecerlas no son negociaciones propiamente dichas puesto que no se basan prioritariamente ni en el acuerdo ni en el consenso sino fundamentalmente en una cuestión de Poder. Es justamente por esto que tantos tratados internacionales fueron violados incluso antes de que se secara la tinta de sus firmas. A la hora de tejer alianzas no se trata tanto de convencer a la otra parte de que emprenda determinada acción sino más bien de convencerla de que no lo haga. No se trata de persuasión sino de disuasión.

En el campo comercial los acuerdos y las alianzas se concertan para hacer cosas; en Política se firman tratados generalmente para no hacerlas. A pesar de la verborrea oficial que generalmente lo acompaña, un tratado de paz no es un convenio de cooperación, es un acuerdo de no agresión; es más un compromiso de no-ataque que una promesa de amistad eterna. Y lo es a tal punto, que la consideración y el respeto pueden estar totalmente ausentes del tratado y basta con que la situación de no beligerancia convenga al ejercicio del Poder de los firmantes. No es necesario que alemanes, ingleses y franceses aprendan a amarse los unos a los otros. A los efectos de una paz en Europa es suficiente con disponer las cosas de tal manera que no les convenga matarse entre si.

La otra herramienta firme de la Política es la concentración del Poder. Los antiguos romanos decían al respecto "si vis pacem, para bellum"; si quieres la paz, prepárate para la guerra. En cierto sentido, el equilibrio del Poder no es más que una variante de éste que podría llegar a ser considerado el método político por excelencia. Cuando un organismo político consigue concentrar tal grado de Poder que supera a todos sus posibles enemigos, llega al punto en que ha logrado la máxima capacidad de disuasión. Una de las reglas elementales de la guerra es que no se puede atacar a quien no se puede vencer ya que, quizás haya quien quiera discutir que la guerra es una estupidez, pero nadie se atreverá a negar que más estúpido aún es perderla.

Una adecuada concentración de Poder es la máxima garantía de disuasión que se puede obtener en Política y, por consiguiente, es la mejor - y acaso la única - garantía de paz que se puede pedir. Exactamente esa es la fuerza de la idea imperial y el motivo por el cual los imperios, si bien no inmunes a revueltas internas y a luchas externas como cualquier organismo político, garantizan en promedio períodos de paz interna mucho más largos y estables que cualquier otro tipo de organización internacional del Poder. La pax romana es una idea mucho más sólida que una paz supuestamente garantizada por el consenso de una Asamblea Internacional porque si el más fuerte no quiere la guerra, difícilmente los más débiles cometan la idiotez de provocarla. Y, si aún así alguien comete un error de cálculo y la desencadena, las chances son de que el enfrentamiento tendrá una duración relativamente corta, y esto en forma proporcional al grado de disparidad que exista en la distribución del Poder existente. Las largas y sangrientas guerras se han producido siempre en condiciones de distribución de Poder relativamente uniformes, ya sea en esquemas bipolares o multipolares.

Es natural que esta forma de garantizar la estabilidad de un sistema político no resulte de ningún modo atractiva para quienes, con un quantum de Poder menor, quedan un poco en el papel de los débiles a merced del fuerte. Pero todas las cataratas de lamentos que se han volcado al respecto no han conseguido ni conseguirán cambiar gran cosa en torno al hecho de que en Política — nos guste o no nos guste — de lo que siempre se trata en última instancia es de la conquista, consolidación, ejercicio y ampliación del Poder. Para los organismos con gran capacidad de Poder, el ejercicio del Poder es hegemónico; se traduce en "Política de Poder" o Machtpolitik. Para los más débiles, ese mismo ejercicio se traduce en acciones tendientes a aumentar el Poder propio mediante un sistema de alianzas dentro del marco de un equilibrio de Poderes o Balance of Power.

El riesgo de una guerra no desaparece nunca de un modo completo por la sencilla razón de que la voluntad de agresión se halla en la naturaleza humana y no en la Política. Así como no son las armas las que matan a las personas, tampoco es la Política la que produce las guerras. Son las personas con armas las que matan a otras personas y es el ser humano el que, en su intención de acumular o ejercer Poder, decide - o no decide - agredir a un enemigo. El por qué lo hace es una buena pregunta, pero no es una pregunta política. Es un tema que debe ser dilucidado por la etología, la moral, la ética, la filosofía, la psicología o la religión. El político no tiene herramientas para dar respuesta a la pregunta de por qué los seres humanos a veces caen los unos sobre los otros para despedazarse entre sí.

El político nunca podrá explicar por qué Cain mató a Abel. Lo único que podrá decir al respecto es que los seres humanos vienen provocando guerras desde hace más de 200.000 años y, desafortunadamente, no hay ningún motivo sólido para suponer que dejarán de hacerlo dentro de los próximos 200.000. Y podrá agregar, además, que - sea como fuere que quiera considerarse el tema de los conflictos - la Historia demuestra con aceptable claridad que la cobardía nunca ha sido una buena alternativa.

Afirmar la paz sobre un horror a la guerra y una cándida esperanza en el resultado favorable de negociaciones conducidas alrededor de una mesa de conferencias por Hombres de buena voluntad es construir castillos en el aire con ladrillos de papel. Uno de los desafíos más serios del Siglo XXI será el de la necesidad de plantearnos cruda y sinceramente la raíz de nuestros conflictos y la forma más efectiva de resolverlos con el menor riesgo posible para el conjunto.

Los auténticos políticos del siglo XXI deberán tener el coraje de reconocer que las herramientas políticas actuales resultan obsoletas e inapropiadas para la tarea de construir un mundo más seguro y más estable. Tarde o temprano deberemos revisar nuestros postulados ideológicos y admitir que la Libertad sólo es real cuando hay libertades concretas que pueden ser ejercidas y practicadas por las personas, siendo que el ejercicio de estas libertades concretas sólo es posible dentro del marco de un órden establecido por una autoridad, muy flexible en lo accesorio pero firme en lo esencial, que garantice la coherencia de un sistema de toma de decisiones destinadas a dominar los conflictos y a lograr una unidad de destino respetando la diversidad de la Vida.

Las dimensiones del sistema global

La ampliación del campo de oportunidades, posibilidades y opciones como la que está produciendo el proceso globalización, forzosamente obliga a plantear la cuestión de las dimensiones del sistema que, de algún modo, habrá de regir a una humanidad integrada a escala global. La vida tal como hoy estamos acostumbrados a vivirla en Occidente presupone la utilización de una gran cantidad de recursos, la concurrencia de una gran cantidad de servicios y la disponibilidad de una cantidad no menor de bienes. Al menos en las áreas altamente industrializadas del planeta, estamos acostumbrados — y es probable que demasiado acostumbrados — a disponer de una cantidad realmente importante de alternativas y de opciones que hacen a nuestro confort y a nuestras posibilidades de elección.

Esta amplitud de recursos y opciones está, sin embargo, muy estrechamente relacionada con las dimensiones geopolíticas del sistema que hace posible su existencia. Un pequeño país, en una zona de escasos recursos naturales, encerrado en si mismo y no relacionado con el resto del mundo, no podría ofrecer hoy a sus habitantes ni la mitad de las opciones que consideraría de disponibilidad normal el miembro de cualquier país medianamente industrializado. Por otra parte, a esta disponibilidad de recursos, se agrega también la disponibilidad del Saber, es decir, del know how necesario. No es suficiente con disponer de minerales, campos arables y posibilidades hidroeléctricas. También hay que disponer de la tecnología y del conocimiento que permita aprovechar esas posibilidades al máximo.

Muchísimas personas no se dan cuenta de que los requerimientos impuestos por lo que el Hombre moderno considera un nivel de vida mínimo aceptable resultan increíblemente altos y amplios. Requieren una cantidad impresionante de recursos y esfuerzos coordinados. La amplitud de estos requerimientos determina, a su vez, las dimensiones del sistema que permite satisfacerlos. Si queremos seguir gozando de todas las posibilidades a las que nos hemos acostumbrado, deberemos aceptar también el sistema y las estructuras que hacen posible la oferta de esas posibilidades. Si queremos productos baratos deberemos aceptar los métodos y procedimientos que permiten la fabricación de productos baratos. Si queremos gran variedad de productos y servicios, deberemos aceptar consecuentemente los procedimientos que permiten, en absoluto, la producción de esa gran variedad. Si queremos tener la posibilidad de levantar el teléfono y comunicarnos con cualquier lugar del mundo, debemos por fuerza aceptar la existencia de satélites de comunicaciones y toda la infraestructura que hace posible diseñar, fabricar, poner en órbita, operar y administrar el sistema satelital. Si queremos duplicar la actual población del planeta, deberemos aceptar el sistema sociopolítico que permita gobernar y administrar decentemente a esa enorme masa demográfica.

En algunos casos podríamos, por cierto, optar por la alternativa de prescindir de determinados bienes y servicios. De hecho, en varios rubros, tendremos que hacernos a la idea de ser más sobrios, más sensatos y más moderados en nuestras pretensiones de placer, lujo y confort. Pero, aún así, es indiscutible que una sociedad más sobria no es necesariamente una sociedad con menos posibilidades sino una sociedad que hace un uso más racional y más prudente de esas posibilidades. Ser sobrio no significa conformarse con menos. Ser sobrio significa tan sólo tener la sensatez de desechar lo superfluo. En términos estadísticos y en el largo plazo, la sobriedad implica más una cuestión cuantitativa que cualitativa.

Aún con sobriedad, un aumento de nuestras posibilidades de acción y de opción o, lo que es lo mismo, un aumento de nuestro grado de libertad concreta, forzosamente generará la necesidad de un aumento en las dimensiones y en la extensión del sistema y de las estructuras que lo harán posible. Y esto, de un modo inevitable, nos llevará tarde o temprano a la necesidad de revisar nuestros conceptos geopolíticos. La balcanización de grandes áreas geográficas, tal como hoy todavía subsiste en muchos lugares del planeta, no será sostenible por mucho tiempo.

El actual mapa político del globo terráqueo es el resultado de una multitud de pujas, luchas, enfrentamientos, arbitrariedades y mezquindades a veces increíbles. Desde el viejo criterio del "divide et imperat" de las potencias imperiales del Siglo XIX, pasando por el infantil trazado de mapas en la mesa de negociaciones y terminando por la fragmentación chauvinista de regiones enteras, sin más fundamento que la miopía egocéntrica de sus habitantes. Una buena cantidad de lo que actualmente llamamos "países" y hasta "naciones" no constituye otra cosa que un mosaico de simples zonas coloreadas sobre una hoja de papel. Varias entidades políticas que hoy todavía consideramos como "Estados soberanos" no son más que pura ilusión cartográfica.

Muchas de estas ficciones geopolíticas - acaso la mayoría - constituyen una herencia de siglos anteriores de la cual se tendrá que hacer cargo el Siglo XXI. En América hispana las hemos heredado de la lucha del Imperio Británico por atomizar al Imperio Español. Europa las recibe como el legado de chauvinismos, pintoresquismos folklóricos y - en no pocos casos - como la resultante de un infantilismo político que creyó poder generar la estabilidad del continente mediante el dibujado de mapas. En otras partes del mundo tenemos subdivisiones que fueron surgiendo por conflictos etnoculturales, confrontaciones religiosas y problemas locales pésimamente resueltos, como ha sido el caso de la atomización de la URSS y la balcanización de varias áreas en África y Asia.

Todo este edificio internacional, en gran parte artificial y arbitrario, ya no se sostiene. Al menos, no podrá sostenerse por mucho tiempo más. Está fragmentando inútil y artificiosamente la geopolítica del mundo en unidades y organismos políticos incapaces de sostenerse y, lo que es peor, incapaces de complementarse de un modo aproximadamente racional y eficaz.

Civilización y Cultura

La propuesta principal en materia de política internacional para el Siglo XXI es revisar a fondo nuestros conceptos geopolíticos y toda nuestra concepción acerca del manejo de las cuestiones internacionales. Según la opinión de Kissinger, el "sistema internacional del siglo veintiuno ... contendrá al menos seis potencias principales - los Estados Unidos, Europa, China, Japón, Rusia y probablemente la India". Pero, el hecho es que, como por su parte señala Samuel Huntington: "Las seis potencias principales de Kissinger corresponden a cinco civilizaciones muy diferentes."

El problema conceptual que se nos plantea aquí es la ambigüedad que existe en torno a los términos "civilización" y "cultura". Para algunos la civilización comprende a la cultura; para otros es exactamente a la inversa, y no faltan quienes utilizan los términos de manera prácticamente intercambiable. Quizás convendría ponernos de acuerdo en comprender bajo el término de "civilización" a todas aquellas componentes que hacen al desarrollo científico, tecnológico, industrial y económico de una región geopolítica, reservando el término de "cultura" para las componentes relacionadas con lo filosófico, lo mítico, lo religioso, lo artístico y lo creativo. De este modo, quizás podríamos acordar que una civilización se construye mientras que una cultura se crea. De todos modos, pongámosle la palabra que más nos plazca, el hecho concreto es que, dentro del amplio contexto de nuestra actividad como seres humanos, existe un campo orientado a lo material y a lo práctico mientras que, por el otro lado, también desplegamos actividades relacionadas con lo inmaterial, lo abstracto y lo especulativo.

Vistas desde esta óptica, las seis potencias de Kissinger no corresponderían a cinco civilizaciones sino a seis culturas diferentes ya que la correspondencia cultural entre los Estados Unidos y Europa es algo que puede ponerse en duda desde más de un punto de vista.

Las consecuencias de esta realidad son trascendentes. Por un lado se nos hace bastante claro que hay límites para un sistema internacional y, por el otro, también nos aparecen indicios acerca de la forma y el modo en que una integración geopolítica del mundo podría ir desarrollándose durante el Siglo XXI. Porque, si bien es cierto que los imperios son capaces de organizar satisfactoriamente a una diversidad cultural, no menos cierto es que no pueden integrar culturas de un Poder político equivalente. Hasta los Estados Universales tienen sus límites. Aún suponiendo una globalización económica perfecta, tendríamos una estructura imperial constituida por seis grandes potencias, económicamente equiparables pero culturalmente dispares y por lo tanto políticamente competidoras. Es un sinsentido político.

Una civilización, tal como la hemos definido, es el resultado de aplicar la inteligencia humana a una serie de cuestiones prácticas. Conlleva con ello una gran ventaja desde el punto de vista de su capacidad de expansión: muchos problemas prácticos comunes admiten soluciones también comunes y la inteligencia práctica es bastante más cosmopolita que la intuición. Así, una civilización puede expandirse abarcando necesidades e inteligencias similares.

Pero no sucede lo mismo con las culturas. Mientras una civilización le habla a la inteligencia, una cultura le habla al espíritu y por ello la cultura sólo se expande por la vía de ciertas "resonancias" psíquicas que todavía no entendemos demasiado bien. Una civilización puede adquirirse; a una cultura hay que adoptarla y no siempre la adopción es posible. La inteligencia es más universal que el espíritu ya que admite soluciones semejantes a problemas semejantes. La cultura es mucho más particular porque descansa sobre resonancias íntimas sólo compartidas por seres humanos semejantes.

No es que las fronteras de un Imperio estén necesariamente determinadas por barreras culturales. Lo que sucede es que la universalización de una tecnología todavía no constituye un Imperio. Distintas culturas pueden coexistir - y de hecho han coexistido - dentro del marco de un Imperio. Pero ni la difusión tecnológica garantiza la coexistencia cultural, ni la relación de Poder de las distintas culturas involucradas es irrelevante. Porque esa coexistencia se logra sólo con herramientas políticas - no con instrumentos económicos o tecnológicos - y, para que esas herramientas sean eficaces, deben contar con el quantum de Poder político suficiente.

Para colmo, incluso hay un límite intrínseco para la disparidad cultural que ni la Política puede superar. Cuando dos culturas no se diferencian por perspectivas y matices sino por valores y prioridades, hasta el Poder político más grande que se pueda imaginar resulta impotente para forzar una coexistencia. Cuando lo que separa a las personas no es tanto una diferencia de criterios sino una distinta escala de prioridades, no hay forma de lograr decisiones que sean, ni siquiera medianamente, satisfactorias para todos.

El fracaso de la globalización como proyecto universal residirá en la primacía que le ha otorgado a lo económico y, en especial, a lo financiero. Esta excesiva preeminencia de los factores económicos causa, ya hoy, grandes distorsiones en el sistema global. Por un lado, genera áreas con gran desarrollo tecnoindustrial rodeadas de grandes zonas de subdesarrollo, pobreza y miseria cuyas poblaciones asisten con cada vez peor disimulada envidia los avances, las facilidades y los lujos del mundo desarrollado. Al no existir un criterio global político de real validez, los simples llamados a la paz y a la cooperación entre las Naciones - haciendo abstracción del hecho de que varias de ellas ni siquiera lo son - caen en el vacío porque falla el Poder político capaz de construir esa paz y organizar esa cooperación aún dentro de contextos culturales de cierta similitud. Para colmo, la primacía de lo económico impide el desarrollo de sistemas y estructuras políticas acordes con las nuevas necesidades, con lo que el avance económico debe cargar con el lastre de sistemas políticos obsoletos.

Pueblos enteros están mirando a las regiones desarrolladas con cada vez mayor envidia y rencor, sintiéndose estafados e injustamente relegados, creyéndose sinceramente merecedores de una ayuda o asistencia por parte del mundo postindustrial y no están dispuestos ni siquiera a considerar el hecho de que, en muchos aspectos, carecen simplemente de lo que no han tenido la capacidad de desarrollar. A veces resulta poco menos que patético el discurso de ciertos políticos que, no se sabe muy bien cómo y por qué, han llegado a la conclusión de que el mundo desarrollado tiene la obligación de ayudar a las regiones subdesarrolladas. Dentro de las actuales pautas y reglas de juego de la política internacional no está, para nada, en claro por qué los norteamericanos o los europeos habrían de ayudar al resto del planeta, siendo que no se ve muy bien quién ha ayudado a los norteamericanos y a los europeos a lograr el nivel de vida que han conquistado, venciendo en muchos casos a esos mismos que hoy reclaman su ayuda.

Que hay una serie de deudas imperialistas pendientes por la explotación y expoliación de ciertas regiones puede ser aproximadamente cierto pero eso, otra vez, es más una cuestión económica de facturas a pagar que una cuestión política. Dentro de las actuales reglas de juego internacionales Ώpor qué habrían los norteamericanos de regalar su tecnología nuclear, su tecnología aeroespacial o su know how farmacológico a Pueblos que no han tenido la capacidad de desarrollar esas mismas tecnologías?.

Además, en ningún sistema se puede hablar de derechos y obligaciones si, primero, no se ha aclarado la cuestión del alcance de las responsabilidades que le competen a cada integrante del conjunto. Dentro de un sistema político medianamente bien estructurado, nadie puede aspirar a hacer valer derechos si no está, correspondientemente, dispuesto a asumir las responsabilidades que le corresponden de acuerdo con su capacidad y sus méritos. Económicamente esto significa que nadie puede tener la pretensión de obtener más de lo que aporta. Políticamente significa que nadie puede pretender privilegios superiores a las necesidades de la función que efectivamente desempeña.

A escala internacional y global, la implementación de estos principios básicos requiere una estructura de relaciones, prestaciones, contraprestaciones, niveles de decisión e instancias de ejecución, supervisión y control que está absoluta, total y completamente fuera de las posibilidades del sistema internacional actual. Si un organismo internacional como el de las Naciones Unidas ha sido impotente ante el desmembramiento del Imperio Soviético; si se ha visto en serios aprietos hasta ante una cuestión básicamente tan sencilla como el conflicto en Bosnia; si no se ha logrado más que el pésimo compromiso de una victoria militar a medias en el operativo policial de la Guerra del Golfo Pérsico; entonces realmente es hora de repensar en forma seria y exhaustiva la viabilidad de nuestras relaciones internacionales y de nuestros proyectos globales.

Las tareas que nos esperan

En 1967, en su libro "El Año 2000" Kahn y Wiener decían textualmente: "Un estudio superficial de la historia del hombre civilizado basta para poner de manifiesto que la mayoría de los pueblos civilizados, la mayor parte del tiempo, ha vivido en imperios. Desde el punto de vista técnico, la extensión de un imperio se encuentra hoy limitada solamente por el tamaño de la tierra". Esta afirmación ha sido la idea-fuerza que ha ido gestando a lo largo de los 30 años siguientes todo el actual proyecto mundialista. Al hacerla suya, la globalización ha incorporado un acierto y un error siendo que, por desgracia, el error invalida al acierto.

El acierto está en haber redescubierto a la estructura imperial como construcción política viable. El error reside en haberle adjudicado una extensión que no puede abarcar y una implementación que no es apta para el fin buscado. En vista de realidades innegables como la expansión de la tecnología, el crecimiento demográfico, los desafíos y los riesgos a los cuales estamos expuestos, el surgimiento de al menos seis grandes potencias culturalmente dispares y muchos otros aspectos que hemos ido mencionando a lo largo de este estudio, la gran pregunta que surge es: Ώcómo sería un mundo posible?

La respuesta a esta pregunta muy probablemente la encontremos a lo largo del Siglo XXI, de un modo general en la ciencia política y, de un modo particular, en esa disciplina auxiliar que es la geopolítica.

Desde un punto de vista geopolítico debemos hacernos a la idea de que nuestro Cosmos, desde el punto de vista de lo que el Hombre puede manejar con sus decisiones, es más un "pluri"-verso que un "uni"-verso. Si hay una unidad universal esencial, la cuestión es más de índole metafísica que política y, en todo caso, no tiene sobre las decisiones políticas reales mucha más influencia que la teórica posibilidad de un espacio de n dimensiones. Debemos aceptar la idea de que la Naturaleza no tiende a igualdad sino a la diversidad - y es bueno que así sea porque la diversidad garantiza una mayor cantidad de opciones. Con ello debemos también abandonar la pretensión de construir sistemas universalistas, aplicables a cualquier persona, a cualquier cultura y a cualquier contexto. Lo primero que debemos hacer en este contexto es aprender a no confundir semejanzas con igualdades y generalizaciones con universalismos.

Aceptémoslo de una vez: el Gran Rebaño de una única Ciudad de Dios que profetizaron los visionarios místicos del Medioevo no se convirtió en realidad. La Gran Solución Universal a todos los problemas humanos con la que soñaron los intelectuales del Siglo XVIII, no existe. La Gran Cultura Universal que quisieron destilar los románticos del Siglo XIX tampoco existe. Y la Gran Civilización Universal que pretendieron fabricar los teóricos del Siglo XX sólo pudo traducirse en seis o siete grandes organismos políticos que pertenecen todos a culturas diferentes, por más que compartan circunstancialmente la misma hamburguesa, la misma gaseosa, la misma red telefónica y estén todas conectadas a la Internet.

No tenemos ni un conocimiento universal, ni una cultura universal, ni una civilización universal. Lo que tenemos son, a veces, soluciones concretas a problemas concretos y, otras veces, solamente opciones inteligentes entre soluciones aceptables. Lo que tenemos son diferentes culturas, cada una con su idiosincrasia particular, cada una con sus matices, cada una con sus valores, su cosmovisión, su tradición, su ethos y su pathos; siendo que algunas son similares o compatibles entre si y otras no lo son. Lo que tenemos es una tecnología que, en la mayoría de los casos, puede adaptarse a distintas realidades y, con determinados ajustes, puede satisfacer necesidades básicas que en lo general son comunes a todas, o al menos a la gran mayoría de las personas. Eso es lo que realmente hay. Ése es el mundo que tenemos. Reconozcámoslo y comencemos a construir a partir de aquí.

En el ámbito internacional debemos empezar a pensar en términos de áreas o regiones geopolíticamente sustentables. A la aspiración hegemónica que inevitablemente presentarán las grandes potencias - sean éstas ahora del número que fuesen - los organismos políticos de menor Poder deberán oponer una sabia, prudente, pero firme política de integración regional, basada en liderazgos generadores de alianzas. La opción frente a una Machpolitik será siempre un Balance of Power. Aprendamos de la Historia porque en ella tenemos, además, muy buenos ejemplos sobre cómo es posible organizar a la diversidad con un buen sentido de justicia. Y no permitamos que nos falsifiquen esa Historia porque, si lo permitimos, terminaremos construyendo falsas propuestas para un futuro imposible.

Aprendamos también a pensar en términos tridimensionales. La conquista del espacio puede parecer algo muy lejano y hasta casi utópico para las generaciones actuales. No aceptemos este pesimismo cultural: no es algo tan lejano y, con toda probabilidad, no es nada utópico. La conquista de América seguramente habrá parecido lejana y utópica a los españoles del Siglo XVI y apenas tres siglos más tarde las colonias americanas ya luchaban por su independencia. Las fronteras heredadas del Siglo XX no son, en absoluto, definitivas. Y además, no son las únicas que debemos considerar. Hagámonos a la idea de que no sabemos dónde está la frontera física para la expansión de la especie. Averiguémoslo. A las dificultades tecnológicas las resolveremos de la misma manera en que los constructores navales resolvieron las debilidades de las carabelas de madera impulsadas por el viento.

En el ámbito de nuestra organización social debemos ponernos al día con el atraso que llevan nuestras instituciones políticas. No será posible gobernar al mundo del Siglo XXI con los criterios políticos del Siglo XIX. Tenemos que perderle el miedo al Poder. Tenemos que dejar de ver en el Poder político una amenaza a nuestra libertad y aprender a utilizarlo como una herramienta para lograr mayores grados de libertad concreta. En lugar de dividirlo, segmentarlo, trabarlo y controlarlo histéricamente, establezcamos sus funciones, sus objetivos, sus métodos y los requerimientos de idoneidad para las personas que vayan a ejercerlo. El Poder político no es de cualquiera ni para cualquiera. Es solamente de quienes pueden contribuir a su existencia y es solamente para aquellos que saben y pueden ejercerlo en beneficio de todos los que han contribuido a hacerlo posible.

Destrabemos a nuestra actividad política. Emancipémosla de la hegemonía plutocrática. El dinero es mal gobernante y engendra Estados que son malos administradores. La economía sólo cubre y sólo puede cubrir necesidades básicas. Es muy cierto que, cuando no están satisfechas, estas necesidades básicas se convierten en prioritarias. Pero, una vez que están satisfechas - y satisfacerlas es perfectamente posible con nuestro nivel de desarrollo tecnológico actual - los seres humanos no piensan con el estómago, ni sienten con la billetera, ni le rezan a un banco, ni mueren tampoco por el saldo de una cuenta corriente. Pongamos nuestras prioridades en su lugar, aunque tengamos que luchar contra el establishment actual para conseguirlo. La economía no tiene el Poder que le hemos conferido y las finanzas no deben tener el Poder que les hemos permitido obtener.

Recuperemos nuestra capacidad para tomar decisiones efectivas. En toda organización alguien, en alguna parte, de algún modo, tiene que tener el derecho a la última palabra cuando los consensos no surgen desde abajo. Abandonemos la teoría de una soberanía "popular" que nunca llegó a ser más que fantasía jurídica o demagogia barata. El único organismo potencialmente soberano que hemos inventado en más de 10.000 años de Historia es el Estado. En lugar de temerle al Poder estatal, ocupémonos de organizarlo en forma adecuada. Tener el derecho a la última decisión en caso de conflicto no significa tener el derecho a todas las decisiones en cualquier caso. La autoridad no es sinónimo de sojuzgamiento; es la instancia necesaria para poder tener conducción, planeamiento estratégico y posibilidad de superar intereses contrapuestos.

En la organización del Estado démosle a los cuerpos colegiados la importancia que se merecen. Cuando las asambleas son representativas constituyen un excelente foro para discutir opiniones. Pero hagámonos a la idea de que nunca hemos conseguido hacerlas funcionar satisfactoriamente como órganos normativos para tomar decisiones. Menos aún lo conseguiremos en las próximas décadas dónde los problemas cotidianos requerirán una capacidad cada vez mayor de respuestas rápidas, contundentes y eficaces. Un mundo de ocho o diez mil millones de habitantes simplemente no tendrá tiempo para esperar sentado a que los señores de una asamblea legislativa se pongan de acuerdo sobre el párrafo n del Artículo y de un proyecto de ley que modifica la norma x del gobierno anterior. Tengamos Consejos que cumplan la función para la cual originariamente inventamos los Consejos: para dar consejo. En sociedades que involucran a varios millones de habitantes distribuidos por varios cientos de miles y hasta millones de kilómetros cuadrados, una democracia deliberativa simplemente, o no es viable, o es un fraude.

Si a toda costa queremos mantener una estructura particionada del Estado, hagamos por lo menos algo práctico: en lugar de darle a un legislativo colegiado el poder de tomar decisiones y al ejecutivo unipersonal el poder de veto, dispongamos la relación exactamente a la inversa: démosle a la instancia personalizada el poder - y la responsabilidad - de tomar decisiones y a la instancia colegiada el poder de veto. Si a toda costa queremos tener poderes institucionales que se controlen mutuamente, por lo menos ocupémonos de que no se traben mutuamente, demorando y distorsionando las decisiones que las personas necesitan para organizar su vida.

En todo caso, no sigamos cometiendo la tontería de limitar tajantemente el período en que una persona puede ejercer el Poder. Que un gobernante deba rendir cuentas y someterse al juicio de sus conciudadanos es, no sólo saludable, sino necesario para preservar el principio de responsabilidad sin el cual todo gobierno degenera rápidamente en tiranía. Pero que un gobernante sólo pueda ejercer ese Poder por un período - o dos períodos como máximo - responde, otra vez, a ese miedo irracional que le tenemos a un Poder en el que no confiamos porque, en última instancia, lo confesemos o no, tampoco confiamos, ni en el sistema de selección que hace surgir a los candidatos, ni en el régimen que regula su gestión.

Establezcamos un buen sistema de selección de candidatos, por idoneidad profesional y por antecedentes personales. Establezcamos además un buen sistema de ejercicio del Poder, posibilitando poder de decisión y calidad de asesoramiento. Y luego, cuando tengamos una Política en manos de personas capaces, idóneas, honradas, bien asesoradas y bien acompañadas, no le quitemos a esas personas la oportunidad de diseñar y realizar proyectos a largo plazo. No las mandemos a casa solamente porque hay otros haciendo cola para ocupar sus puestos; o porque en alguna parte hay un papel escrito en dónde figura la cantidad máxima de turnos que tienen a su disposición.

Controlemos a la Política por sus resultados, no por las opiniones eternamente volátiles y cambiantes de una mayoría circunstancial. Más aún: así como no nos conviene desprendernos de los buenos gobernantes sólo porque cumplieron con n mandatos, quizás nos convenga establecer mecanismos que nos permitan desprendernos rápidamente de los malos gobernantes aún sin tener que esperar a que cumplan los y meses de un mandato completo en el cargo. En algún momento deberemos decidirnos a seleccionar políticos en función de propuestas y no de promesas. Las propuestas tienen la enorme ventaja de que tienen que estar vertebradas en un buen plan estratégico para ser creíbles. Deben presentar un modelo de futuro; deben explicitar los distintos escenarios previstos; deben contener las metas y los objetivos fijados, así como - al menos - un cronograma tentativo y un presupuesto estimado.

Así es como se hacen las cosas en serio y en la vida real. Así es como cualquier empresa medianamente sería encararía un proyecto. No es cuestión de ejercer la Política con criterios empresarios porque ya hemos demostrado que eso no sólo es perjudicial sino, además, imposible. Pero, por más que un Estado no es una empresa comercial, no por ello tenemos que dejar de usar métodos y técnicas de planificación que han dado excelente resultado en infinidad de casos prácticos. Proponer un modelo de futuro en el ámbito político no es - pero para nada - igual a hacerlo el ámbito económico. Además, los escenarios políticos generalmente no tienen muchos puntos de comparación posible con los escenarios económicos; aunque más no sea por el simple hecho de que los integran y los superan, tanto en extensión como en complejidad y en proyección temporal. Pero, una vez modelado ese futuro y una vez construidos los escenarios con criterio político, no es cuestión tampoco de tratar de inventar la pólvora buscando un método sui generis para fijar metas, objetivos, tiempos y presupuestos a la actividad política. Esto último es de índole eminentemente práctica - casi podría decirse técnica - y ofrece inmejorables puntos de referencia para juzgar después los resultados de la ejecución del proyecto.

Debemos dejar de aceptar promesas políticas. Si queremos construir un mundo que sea habitable más allá del Siglo XXI tenemos que decidirnos a pensar en términos de proyectos concretos. Con objetivos últimos deseables y generadores de entusiasmos; pero con metas viables y verificables que permitan evaluar lo más objetivamente posible el desempeño de nuestros gobernantes y la eficiencia de nuestras administraciones públicas. No nos asustemos si alguien nos propone construir un gran Imperio. Pero no lo escuchemos si, al mismo tiempo, no nos dice cómo, dónde, por qué, para qué, con quienes y a qué costo lo piensa construir.

El mundo que se viene nos obligará también a revisar nuestros conceptos acerca de la justicia; tanto de la justicia individual como de la justicia social. No podemos seguir pensando a la justicia en términos de castigos y de envidias. Castigar al que incumplió o transgredió una ley, o sacarle al rico para darle al pobre, no es hacer Justicia; es simplemente administrar el Derecho con mejor o peor criterio. Vamos a tener que aprender a diferenciar a la Justicia del Derecho y vamos a tener que dejar de aceptar los criterios de jueces que, en su enorme mayoría, no son sino abogados que han hecho una buena carrera.

Tendremos que hacernos a la idea de un marco jurídico más basado en valores que en la letra de un texto interpretada por una persona, o en una colección de sentencias anteriores y de costumbres interpretadas por un conjunto de personas. La función primaria de la justicia pasará muy pronto a ser la de defender a la sociedad de las personas o las acciones que pueden dañarla. Y esta defensa deberá ser sin rencores, sin ánimo de castigo, sin intenciones punitorias o reivindicativas. En materia penal, la sanción jurídica no debería ser una medida vengativa para castigar al criminal sino una simple medida profiláctica para evitar que el criminal siga haciendo daño.

Hay algo de siniestro y de soberbio en los castigos aplicados por los jueces. En realidad, quizás los jueces ni siquiera deberían castigar. Les hemos dado esta función, convirtiéndolos en pequeños dioses laicos depositarios de la administración de unas Tablas de la Ley redactadas con la mal disimulada intención de emular aquellas otras Tablas recibidas de una tradición religiosa. La sanción de un juez debería servir para delimitar responsabilidades, resolver conflictos y, por sobre todo, proteger bienes y valores. Si para hacerlo es preciso aislar al ofensor del resto de la sociedad o dictaminar un resarcimiento, la operación bien podría hacerse con un simple criterio quirúrgico, sin ese ánimo punitivo y ejemplificador tan caro a la moralina burguesa.

Olvidémonos del Derecho entendido como un Poder político independiente. La Ley es solamente la manifestación concreta de una decisión política y el estrato judicial es tan sólo una instancia de administración pública que tiene la misión de velar por su cumplimiento y de asesorar adecuadamente en su gestación. Hablando en términos estrictamente políticos, la Justicia no es un Poder sino un valor. El Poder judicial es, en muchos aspectos, la manifiesta distorsión de un juridicismo que elevó en su momento a la Diosa Razón al altar de lo inapelable. Dejemos de jugar a Dios cuando se trata de juzgar los actos de otras personas. Cada vez que a lo largo de nuestra Historia nos propusimos imitar a Dios no hicimos más que cometer barbaridades. Somos muy malos imitando a la justicia divina. Ni siquiera sabríamos precisar si las adversidades que sufrimos a lo largo de nuestra existencia fueron realmente un castigo de Dios o tan sólo la consecuencia de nuestra propia, terca, reiterada y rara vez admitida estupidez.

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Hace muchos años atrás, un profesor de biología se paró frente a nuestra clase y nos preguntó:
— ΏSaben por qué desaparecieron los grandes dinosaurios?
Como nadie en el aula atinó a ensayar una respuesta, nos miró y dijo, no sin cierto tonillo de amenaza:
— Porque eran grandotes, pesados, lentos, perezosos y estúpidos.

Nos quedó mirando unos segundos, tanto como para que los conceptos penetraran adecuadamente en nuestras cabezotas, sólo para volver a preguntar:
— ΏY saben por qué sobrevivieron los lemures que, según algunos, son nuestros más lejanos antepasados?
Como otra vez nos quedamos mirando con ojos muy abiertos y sin entender, nos dió la siguiente respuesta:
— Porque eran pequeños, ágiles, rápidos, muy curiosos y razonablemente inteligentes. Así que ya saben chicos: si quieren aprobar mi materia traten de no ser como los dinosaurios. Conmigo solamente aprueban los lemures.

En su momento, confieso que lo entendí a medias. Pero hoy sé que tenía muchísima razón. Si aún vive y si, por algún milagro, este estudio llegase a sus manos, quisiera confirmarle que recibí su mensaje y que todavía lo recuerdo con cariño. Es cierto: desde hace dos millones de años sólo los lemúridos han sobrevivido. Y eso marca una tendencia que seguramente no cambiará.

Ya que el Siglo XX terminó con una manía por los dinosaurios, durante los próximos cien años, hagamos algo inteligente: tratemos de portarnos un poco más como dignos descendientes de lemures.

 

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