A modo de epílogo
Sea cual fuere el grado de acierto o error de las apreciaciones aquí expuestas, hay algo que resulta previsible con casi total claridad: hacia fines del Siglo XXI el mundo de nuestros hijos, nietos y biznietos será muy diferente al actual. Si será un mundo mejor o peor, más o menos agradable que el presente, más seguro o menos hipócrita, es una discusión que aquí queda planteada.
Lo que no admite muchas discusiones es que los próximos cien años prometen ser bastante más interesantes que este sangriento Siglo XX que ya se ha muerto y que muy pocos en Europa, América, Asia o África recordarán con excesiva nostalgia. Hubo demasiadas guerras, demasiados muertos, demasiados problemas mal resueltos, demasiada falsedad, demasiadas tonterías, demasiadas ambiciones de venganza, excesivas manías de grandeza y un desmedido afán de lucro, placer y dominación.
Quienes tenemos hijos, y por lo tanto la responsabilidad de señalarles los riesgos que deberán enfrentar en el mundo al cual los hemos traído, tenemos también una inmejorable oportunidad para actuar de enlace entre un pasado que nos ha brindado grandes enseñanzas y un futuro al que ya no asistiremos pero que podemos ayudar a construir, aunque más no sea poniendo sobre aviso a quienes nos seguirán sobre los probables obstáculos que deberán vencer. Muchos de esos obstáculos los hemos puesto nosotros mismos y, quizás por eso mismo, nuestros hijos harían bien en aceptar algún consejo sobre la forma de eliminarlos.
Así y todo, es muy probable que a la generación que viene no le hagan mucha falta los largos y elaborados consejos. Quizás hasta este estudio, que está dedicado y dirigido principalmente a ellos, se ha hecho demasiado largo y todo su objetivo podría haber sido logrado en un espacio sustancialmente más corto. Quizás nosotros, con todos los errores que cometimos, no estemos muy autorizados que digamos para andar por allí dando consejos. Quizás a quien esto ha escrito se le haga algún día el mismo reproche que nosotros hicimos en su momento a los autores de las ideologías y doctrinas que desgarraron los ánimos a lo largo del siglo que se fue: la crítica podrá ser razonablemente aceptable; pero la propuesta no termina de convencer.
Difícilmente la propuesta de alguien que pertenece a una generación que está en su camino hacia la puerta de salida pueda llegar a convencer del todo a alguien que está entre quienes acaban de entrar al escenario de la Historia. En última instancia, cada generación debe construirse sus propios mitos, sus propios ideales y sus propias razones para vivir y morir. A nadie puede negársele el derecho de ser el artífice de sus propios objetivos, con lo que implícitamente se debe aceptar que tampoco a nadie le puede ser negado el derecho de cometer sus propios errores.
Lo realmente importante que aquí se ha querido demostrar es que buena parte de los paradigmas casi universalmente aceptados del Siglo XX resultaron falsos. En mayor o en menor medida, es cierto, pero falsos al fin. La ciencia y la tecnología nos abrieron muchas puertas y nos brindaron una cantidad muy importante de herramientas indudablemente valiosas; pero los escenarios que nos pintaron las diversas utopías nacidas con la Revolución Industrial resultaron inalcanzables o irrealizables. Las alternativas que se intentaron, desde adentro o desde afuera del sistema, no consiguieron dominar a las fuerzas que se oponían a un cambio de rumbo. El siglo XX llegó a su final sin que se hayan revertido las tendencias y sin haberse podido desmontar la maquinaria que produjo dos guerras mundiales; innumerables carnicerías igual de sangrientas, tan sólo más localizadas; una codicia feroz; una sociedad hedonista; y una cultura de consumo desarraigada, sin muchos más valores que una colección abultada de sensiblerías construidas sobre hermosas expresiones de deseos.
El mundo que muchos proponen para el futuro, el único escenario que muchos intelectuales han conseguido imaginar, gira alrededor de la idea de una estructura política más o menos formalmente democrática que mantenga al menos alguna ilusión de participación del "hombre común" en las decisiones, pero destinada en realidad a administrar los intereses de una especie de enorme cadena internacional de supermercados en cuyo management financiero la verdadera élite dirigente del sistema se ha reservado un lugar exclusivo.
Esta es la "idea" que se ha puesto a la venta para el mercado intelectual del siglo XXI. Lo que queda por verse es cuántos de la nueva generación la comprarán. Y quienes no lo hagan deberán aceptar el desafío de construir una alternativa mejor, más viable, más acorde con las reales condiciones que la Vida exige; más ajustada a las necesidades y características concretas del Hombre Real; más capaz de dominar con el mínimo indispensable de coerción las divergencias de una diversidad inevitable; más abierta a soluciones verdaderamente creativas que no destruyan más de lo que es absolutamente indispensable destruir y que sean capaces de construir una sociedad como la que aún nunca ha existido desde que el primer ser humano abandonó las cavernas y se lanzó a esa maravillosa aventura de conquistar más espacio y más posibilidades para todos aquellos que tuviesen el coraje de seguirlo.
Buenos Aires, Mayo 2001