Introducción

Nuestra miopía básica

La enorme mayoría de nosotros vive su vida. Se limita a vivir su vida sin hacer demasiadas preguntas. La generalidad de las personas vive con la atención puesta en sus cosas, en sus problemas, en sus anhelos, en sus inquietudes. Y vive esa vida como si fuese la única.

En cierto sentido lo es. La vida de cada individuo biológico es singular, intransferible y, probablemente, irrepetible. Pero no es la única vida que existe, ni la única vida posible. Ni siquiera es, con mucha probabilidad, la única que vale la pena. En realidad, la vida de cada uno de nosotros es como una caja dentro de otra caja, que está contenida en otra caja, la que a su vez constituye el envoltorio de otra caja... Y, con la miopía de nuestros paradigmas cotidianos, no vemos sino los límites de la primer caja que nos contiene.

Por un lado, formamos parte de grupos humanos. Por el otro, somos parte de estructuras organizadas. Pertenecemos a una familia, a una sociedad, a una profesión, a una empresa, a un tiempo, a una época, a una civilización, a una cultura... Con su tecnología, su ciencia, sus creencias, sus mitos, sus hábitos y sus costumbres. La mayoría enorme de las personas ni siquiera tiene conciencia de que habla un idioma - lo que significa que piensa en un idioma - que, de haber nacido en otra parte, bien podría haber sido otro. Con lo que podría haber sido la misma persona pero de un modo diferente. Porque el idioma nos condiciona y es una de las tantas cajas que, de algún modo, contiene nuestra forma de pensar.

Nos levantamos, trabajamos, comemos, viajamos, nos informamos, usamos cosas, compramos cosas, pensamos, deseamos, amamos, odiamos, dormimos y, al día siguiente, empezamos todo de nuevo con una especie de presunción tácita de que nuestro pequeño Yo es el centro y motor alrededor del cual gira todo el Universo.

Oficialmente y según lo que nos han enseñado en la escuela, es cierto que ya no afirmamos que el Universo gira alrededor de la tierra. Pero seguimos creyendo que todo gira alrededor de nosotros mismos. En alguna medida, hemos dejado de ser geocéntricos. Lo que no hemos dejado de ser es egocéntricos. Y somos egocéntricos porque, en realidad, nuestro más profundo subconsciente sigue siendo geocéntrico por más tributo formal que le rindamos a Copérnico y a Giordano Bruno. Porque, aunque que sepamos y afirmemos que es la tierra la que gira alrededor del sol, en nuestro lenguaje cotidiano seguimos diciendo que el sol sale por un lado y se pone por el otro. En realidad, mientras algunas personas colocan satélites en órbita, millones de otras personas siguen pensando en las estrellas con la misma infantil candidez que tuvieron los caldeos hace más de dos milenios.

El pasado que distorsionamos.

Gran parte de esta actitud se debe a que tenemos Historia pero no somos conscientes de que formamos parte de ella. Estudiamos Historia como si la misma le hubiera sucedido a otros. Nuestros hijos recitan la lección en el colegio del mismo modo en que nosotros la recitamos en su momento y la enorme mayoría de las veces nadie se forma una idea, siquiera aproximada, acerca de qué tiene todo eso que ver con nosotros. Egipto, Grecia, Roma, el Medioevo, son como historias que le han pasado a otros. Son como cuentos de un país de hadas que narran hechos sucedidos en otro lugar, en otras partes, a otra gente. Ni nos damos cuenta de que esas historias, en muchísimos casos, encierran la biografía de nuestros antepasados.

Por otro lado, no tenemos una Historia. Tenemos varias. Tantas como corrientes de pensamiento, modas, mitos o ideologías se nos ha ocurrido inventar. Exceptuando un par de cronologías asépticas, todas las demás obras de Historia difieren entre sí. Las escritas por los católicos no concuerdan con las que escribieron los marxistas; las escritas por liberales celebran hechos que denostan los conservadores; los historiadores liberales y cosmopolitas nos presentan una Historia fundamentalmente distinta a la que escribieron los tradicionalistas. Los economistas nos hablan de una Historia diferente a la de los políticos; la de los teólogos no concuerda con la de los artistas; la de los científicos es incongruente con la de los militares. Cada secta, cada moda filosófica, cada profesión, cada ideología tiene su propia Historia acomodada convenientemente a sus necesidades, objetivos y prejuicios.

Miramos hacia nuestro pasado a través de un catalejo cuya óptica se halla tallada por los anhelos y los propósitos de nuestro presente. Usamos a la Historia para demostrar que nuestras opiniones actuales son acertadas; la utilizamos como prueba de la rectitud de nuestras intenciones; para tranquilizarnos con la certeza de que estamos ubicados en la "dirección histórica correcta". No la vemos como el origen de lo que somos. La consideramos como un argumento para justificar lo que quisiéramos llegar a ser. En si mismo, el hecho no es, en realidad, tan objetable; lo peligroso es que no nos demos cuenta de ello y lo inadmisible es que lo neguemos a la hora de tener que soportar algunas críticas.

Los mitos que construimos.

Con una visión así de nuestro devenir, terminamos muchas veces colocando el carro delante de los caballos. No usamos la experiencia que podría darnos la Historia para aprender cómo se hacen las cosas y, dado el caso, como no deberían hacerse. Procedemos a la inversa: dejamos correr nuestra fantasía para construir castillos en el aire y luego tratamos de darle a esos castillos algún fundamento histórico. Modelamos nuestro pasado para ajustarlo a nuestras pretensiones.

Así surge todo un cúmulo de mitos, leyendas y fantasías en las que creemos firmemente, ahuyentando nuestras dudas con la ilusión de que constituyen hechos "históricamente demostrados". Perdemos de vista que, con tan sólo un poco de habilidad dialéctica, con tan sólo un poco de arbitrariedad en la selección de los acontecimientos considerados, con tan sólo un poco de licencia poética, prácticamente no hay fábula que no pueda presentarse como "fundada" en hechos históricos.

Hemos construido de este modo toda una serie de mitos. Algunos de ellos totalmente irreales y otros que no son sino tremendas exageraciones de fenómenos que en realidad fueron completamente diferentes. El problema con estas construcciones arbitrarias es que no son inocentes leyendas destinadas a amenizar nuestro tedio. Nuestra mitología no es como fue la de los griegos. No es la expedición poética al reino de una fantasía poblada de personajes más o menos creíbles. No es una obra con intenciones artísticas sino un engendro con pretensión científica. No es un cuento para distender nuestro espíritu. Es un conjunto de mitos que - por la misma esencia del mito - se dirige a motorizar nuestra Voluntad de Poder.

Los fundamentos que presuponemos.

Dando por buenos a estos mitos hemos terminado por creer y aceptar que todo el cosmos se basa en ellos. El resultado es que vivimos creyendo que el mundo funciona de cierta manera cuando, en realidad, lo hace de una forma completamente distinta. Confundimos expresiones de deseos con afirmaciones de hechos.

Lo peor de todo es que, cuando aparecen los hechos que deberían hacernos dudar de la validez de nuestras fantasías, en no pocas ocasiones nos aferramos a la fantasía con desesperación y nos negamos a considerar los hechos. En el fondo, en algún recoveco de nuestro inconsciente, sabemos sin embargo que el mundo no es como desearíamos que fuese. Pero nuestra voluntad, aprisionada en el mito, responde con un encogimiento de hombros y usamos nuestra razón para construir argumentos increíblemente rebuscados a fin de salvar el mito a pesar de todo.

Con este método hemos logrado fundar toda una civilización con una cultura oficial cuya mayor parte se asienta sobre las nubes. Y tratamos de sostener este castillo en el aire con la excusa, parcialmente cierta, de que todo desarrollo se detendría si no nos pusiésemos objetivos lejanos; con el pretexto de que todo progreso cesaría si no intentásemos lo que parece imposible; con el argumento de que el "deber ser" precede al "ser". Desgraciadamente, cuando la realidad demuestra que ciertos proyectos son simplemente estúpidos, en lugar de abandonar la estupidez nos enojamos con la realidad.

Afirmamos que nuestra civilización está basada en determinada serie de principios y la mirada más superficial a los hechos demuestra que se basa en una serie completamente distinta. Nuestros fundamentos reales no se condicen con nuestras declaraciones de principios. Frecuentemente hay un abismo entre lo real y lo formal y demasiadas veces nos negamos a verlo. Creemos tener una sociedad basada en determinados valores y, a la hora de la verdad, resulta que los valores vigentes son totalmente diferentes. A veces hasta opuestos.

Las personas con las que nos relacionamos.

Así como no tenemos una noción clara de los fundamentos de nuestra civilización, tampoco tenemos una idea concreta de nuestras ataduras sociales. Realmente, en una cantidad alarmante de casos, las personas no tienen ni la más mínima noción de cómo está organizada la sociedad en la que viven. Muchos creen que las personas simplemente se juntan. Muy pocos tienen una idea, aunque más no sea somera, de lo terriblemente complicado que es el funcionamiento de una sociedad de varios millones de individuos. De lo difícil que resulta disponer las cosas de tal forma que cada cual encuentre razonablemente lo que necesita y que cada cual aporte algo para que todos tengamos luego algo que encontrar.

Vivimos creyendo que nuestras relaciones personales se dan sobre una base de espontaneidad. Millones de personas creen que la vida que llevan es "natural"; que nuestras asociaciones son "naturales"; que es "natural" que las personas se relacionen del modo en que estamos acostumbrados a verlo. Y la verdad es completamente diferente: nuestras sociedades se basan en una cantidad enorme de supuestos artificiales, estructuras artificiales, normas artificiales, convencionalismos, comportamientos adquiridos y valores inventados. En muchos casos, estamos tan atrapados por esta maraña de lazos artificiales que ya ni entendemos demasiado bien a los realmente naturales.

Estamos comenzando a perder, así, hasta a la estructura social básica de nuestra especie. En un sentido estricto ya ni formamos familias, formamos parejas. Sencillamente, nos apareamos. Y, si bien es cierto que la romanticonería popular todavía pretende que los matrimonios sean para toda la vida y hasta que la muerte nos separe, la verdad es que nadie hace demasiados esfuerzos por lograrlo. De hecho, muchos ya ni saben cuales son los esfuerzos que deberían hacer en absoluto.

Las cosas que usamos.

No entendemos muy bien cómo estamos organizados para hacer las cosas; pero también entendemos cada vez menos las cosas que hacemos y usamos.

No sabemos cómo funcionan los objetos. Nueve de cada diez propietarios de automóviles no sabrían diferenciar un pistón de una biela. Tendríamos que buscar con lupa al empleado que supiera cómo funciona el ascensor que usa todos los días para subir a su oficina. Vivimos en un mundo práctico sembrado de miles de aparatos diferentes; vivimos dependiendo ya de dichos aparatos; nos pasamos la vida juntando el dinero necesario para comprarlos; trabajamos fabricándolos. Y, en la enorme mayoría de los casos, no sabemos cómo funcionan.

Lo peor de todo es que no nos damos cuenta de lo terriblemente dependientes que nos hemos vuelto de estos objetos. Hemos organizado nuestras vidas dando por sentada su existencia y ni nos podemos imaginar el caos que se produciría si, de pronto, nos faltasen o dejasen de funcionar. La mayoría de las amas de casa piensa que sería todo un drama tener que volver a lavar la ropa a mano. Es muy posible que lo sería. Pero no sólo por la incomodidad del trabajo físico sino porque, además y muy probablemente, la mayoría de las amas de casa ni siquiera tendría el tiempo suficiente para hacerlo.

Ya estamos organizados en función del tiempo nos ahorran nuestros aparatos. Es cierto que esto no necesariamente significa que disponemos de mucho más tiempo ocioso que en épocas anteriores. Lo que sucede es que cada vez hacemos más cosas con menos personas, en menos tiempo, y hay cada vez más personas sobre el planeta. Lo que hoy hace cualquier mujer en un hogar burgués de clase media, apenas unos cincuenta o cien años atrás lo hacía la Señora de la casa con, por lo menos, dos o tres sirvientes. Lo que hoy hace una línea de producción robotizada, hace apenas diez años atrás lo hacían cincuenta o cien operarios. Nos hemos fabricado sirvientes mecánicos; operarios mecánicos; esclavos de material plástico y aluminio de los cuales, por lo general, desconocemos prácticamente todo lo que está debajo de la carcaza.

Las decisiones que dejamos tomar.

Lo que nos pasa con los objetos nos pasa también y casi en la misma medida con nuestras estructuras políticas, sociales y económicas: no sabemos muy bien cómo surgen las decisiones y cómo se distribuyen las responsabilidades. En este sentido, los titulares de los diarios son a los hechos lo mismo que las botoneras de comando a los aparatos. Sabemos aproximadamente cual es el comportamiento que se espera del usuario pero no entendemos, casi para nada, todo lo que sucede después de que el usuario se ha comportado de alguna de las limitadas formas previstas.

En cuanto a las instituciones públicas hay un modelo formal, teórico, según el cual se supone que deberían funcionar. Pero todo el mundo sabe, o por lo menos sospecha, que la realidad es totalmente otra. Nadie tiene una visión clara de cuales son los principios básicos por los cuales realmente se rige la actividad pública. Y los que tienen esa visión, o al menos alguna idea al respecto, se cuidan mucho de abrir la boca ya que decir la verdad implicaría mandar de paseo una buena cantidad de mitos institucionalizados considerados sacrosantos. El resultado es que casi nadie sabe cómo funciona realmente nuestra sociedad y, al no saberlo, tampoco se sabe qué es lo que hace falta para mantenerla funcionando o - lo que sería harto deseable - qué deberíamos hacer para que funcione un poco mejor.

En lo que se refiere a las decisiones que, directa o indirectamente, nos afectan a todos, para la enorme mayoría de la gente, las cosas simplemente suceden. Alguien, en algún lado, decide cosas que luego aparecen en los titulares. Los periodistas comentan, algunos ilustres personajes comentan, alguna gente comenta. Y después de los comentarios algunas cosas se hacen. Otras no. Otras se hacen a escondidas. La gran mayoría nunca se entera de quién tomó la decisión, o cómo la tomó, o qué consecuencias colaterales tuvo. El tema se agita por unos días y luego resurge solamente si aparece, por casualidad, algún tema parecido o conexo.

Y cuando algo degenera en un desastre, o cuando aparecen atrocidades imposibles de disimular, las responsabilidades se diluyen. Con la moral en general y con la moral pública en particular sucede que el tema adquiere envergadura solamente a la hora de acusar a los demás. Es cierto que sería estúpido cometer la ingenuidad de pretender que los corruptos se acusen a si mismos. Pero no menos cierto es que las acusaciones de corrupción se imputan a personas que, en una cantidad muy grande de casos, no han hecho más que proceder según reglas y procedimientos absolutamente usuales. Cuando no se pueden delimitar responsabilidades, es todo un sistema el que está corrupto. Por eso es que casi nunca hay culpables ni condenados.

No tenemos idea de cómo son nuestras estructuras. Más específicamente: no tenemos noción de qué tan frágiles son. Muchísima gente vive quejándose de un montón de cosas que andan mal y ni se da cuenta de cuantas cosas andan razonablemente bien. Menos aún se tiene noción de la enorme cantidad de cosas que necesitamos todos los días para llevar la vida que llevamos. Hemos perdido de vista las características y la esencia misma de nuestras relaciones estructurales. Vivimos en un mundo que, mal que bien, funciona. Pero la enorme mayoría no sabe por qué funciona ni cómo funciona. Damos por sentadas demasiadas cosas. Aceptamos como normales y naturales muchísimos hechos que, en realidad, son terriblemente complicados y dependen de factores muy críticos que ignoramos casi por completo.

Las ideas que afirmamos.

Frente a todo ello, nos autoengañamos creyendo que podremos mantener el rumbo aferrándonos a lo que llamamos nuestros principios. Pero, bien mirados, nuestros grandes principios son muchas veces simples delirios referidos a caprichosas expresiones de deseos. El mundo no funciona en base a las ficciones novelescas que cultivamos. El universo que nos rodea, y del que formamos parte, funciona por relaciones, proporciones, probabilidades, reglas, leyes, normas y pautas bastante bien establecidas. Podemos no entenderlas a todas. Seguramente ignoramos muchas más de las que conocemos. A algunas muy probablemente las conocemos demasiado poco y habrá unas cuantas que conocemos mal. Pero si hemos conseguido evolucionar en algo durante los últimos dos millones y medio de años fue porque, al menos durante mucho tiempo, hemos tratado de entender cada vez más poniendo cuidado de no confundir nuestros caprichos con las posibilidades reales de este universo. Últimamente nos hemos vuelto tan soberbios que hemos comenzado a creer que cualquiera de nuestras extravagancias entra dentro del ámbito de lo posible.

En muchos rubros no nos ha ido muy bien que digamos. Y todo parece indicar que, de persistir en esta tontería, lo único que podemos esperar es que nos vaya aún peor. El confundir nuestros deseos con nuestras posibilidades reales es, quizás, una de las características más sobresalientes en nuestra Historia de los últimos cien o doscientos años.

El fenómeno tiene, probablemente, su explicación en los grandes logros que innegablemente hemos conquistado. Perdimos gran parte de nuestra capacidad de asombro precisamente por lo asombroso de nuestros avances tecnológicos. Pero estamos algo así como ebrios de éxito y, como todos los ebrios, no dejamos estupidez sin hacer. La ebriedad nos ha hecho perder gran parte de la noción de nuestros propios límites. Y esto no es una cuestión de optimismo o pesimismo. Mucho menos es una cuestión de descreer de la posibilidad de un gran futuro con conquistas aún más asombrosas que las conseguidas hasta ahora. La cuestión es más bien repasar un poco los ámbitos en que hemos podido avanzar con tanto éxito y compararlos con aquellos otros ámbitos en dónde los avances han sido muchísimo menos espectaculares. La cuestión, como en toda cuestión de ebriedad, es no perder el equilibrio.

El futuro que nos espera.

Con nuestra persistente y casi deliberada ignorancia de la realidad; con la tozuda costumbre de aferrarnos a las expresiones de deseos declarándolas realidades; con nuestra manía de construir castillos en el aire y enojarnos luego cuando no se sostienen; tarde o temprano terminaremos metiéndonos en situaciones imposibles de mantener. Ya nos pasó con el imperio soviético y seguimos negándonos a admitir que el comunismo del Siglo XX no fue nunca otra cosa que el liberalismo del Siglo XVIII pensado hasta sus últimas consecuencias.

Por otra parte, la falta de una visión integradora de la realidad, la falta de una visión cultural comprensiva, nos está llevando a una especie de atomización cultural producida por el desgarramiento de nuestro saber en muchas direcciones distintas sin una guía orientadora que lo estructure en un todo coherente. Estamos en el mejor camino de tener mucho conocimiento sin nada de sabiduría. Exploramos lo infinitamente pequeño por un lado y lo infinitamente grande por el otro sin tener una idea demasiado clara de las correlaciones por las cuales ambos enfoques no revelan sino distintos aspectos del mismo universo.

Nos estamos volviendo más eficientes en muchas actividades. Eficiencia y excelencia son metas muy apreciadas en nuestra civilización. Pero la mayoría de nuestros intelectuales se enoja cuando se entera de que tienen un precio. Sobre todo cuando resulta que, para ser eficientes, hay que tirar a la basura un montón de teorías y mitos que no se condicen para nada con las bases mínimas requeridas por la excelencia y la eficiencia. Y lo peor de todo es que sin eficiencia y excelencia estamos casi condenados al caos porque el constante crecimiento de nuestro volumen demográfico hace que las ineficiencias se paguen con sangre. De modo que, mientras por un lado la eficiencia nos hará falta para sobrevivir, por el otro le seguimos poniendo piedras en el camino porque, para lograrla, tendríamos que dejar de lado un montón de paradigmas que la imposibilitan o - al menos - la dificultan.

Hemos generado mil formas de escapismo. Desde las drogas hasta nuestros más inocentes entretenimientos, toda la industria del esparcimiento está dirigida a hacernos olvidar - aunque más no sea por unos momentos - la realidad cotidiana. De hecho, nos pesa horrores la rutina; esa gris reiteración de actos casi automáticos que constituye la mayor parte de nuestras vidas. Nos fugamos de ese aburrimiento recurriendo a la pantalla del televisor. Y en esa pantalla esperamos ver, en imágenes, el mundo que nos niega nuestra propia realidad. Así, por televisión, corremos las carreras de las que nunca participamos; admiramos a mujeres que jamás conocimos; miramos los paisajes que no visitamos; peleamos las guerras que nunca libramos y los norteamericanos han llegado hasta a ganar en la pantalla las guerras que perdieron en la realidad.

Lo curioso es que nos refugiamos en esos mundos de fantasía justo en una época que ha abierto la frontera más inmensa de todas las fronteras que ha conocido nuestra especie. Nos refugiamos en la alucinación de las drogas justo al día siguiente de haber llegado a la luna. Es como si renunciáramos a nuestra vocación de conquista justo el día antes de lograr la posibilidad de emprender la más impresionante conquista de todas. Producimos preocupadísimos trabajos sobre el problema de la explosión demográfica y, sin solución de continuidad, protestamos airados por el costo de la investigación espacial argumentando la cantidad de escuelas que podrían haberse construido por el precio de un satélite. Nos estamos quedando sin espacio por un lado y, por el otro, denigramos todos los esfuerzos que pueden conducirnos a ganar el más fenomenal espacio que jamás nos hayamos imaginado.

La pasión por el cambio

Pero, aún con toda esta anarquía conceptual; a pesar de nuestras confusiones, dudas y conflictos, seguimos haciendo cosas, seguimos cambiando, articulando, modificando y transformando el mundo en el que vivimos. Seguimos enamorados del Progreso, así con mayúscula, que es uno de los viejos mitos heredados de los artífices de la Revolución Industrial.

El problema es que, a decir verdad, nunca terminamos de definir con precisión qué debíamos entender por "Progreso". Algunos pensaron el concepto en términos cuantitativos; otros lo hicieron en términos cualitativos y, por supuesto, no faltaron los que pusieron ambos criterios como condición para considerarlo auténtico. Últimamente, sin embargo, hasta a este concepto lo hemos conseguido simplificar: los grandes gurúes de la economía y de las teorías de la administración ya ni se preocupan por definir el Progreso. Ahora les basta con hablar de cambio.

El mensaje de todos los nuevos "filósofos" del management moderno es prácticamente unánime: El mundo cambia. Estamos inmersos en vertiginosos procesos de cambio. Quienes se resistan a él serán barridos de la escena. Quienes consigan alinearse prosperarán. Quienes sean capaces de anticiparse al cambio serán los verdaderos triunfadores del mañana. Empresas gigantescas han ido a la quiebra por no haber sabido detectar el cambio. Programas costosísimos terminaron en el cesto de papeles porque el producto diseñado se había vuelto obsoleto aún antes de salir de la línea de montaje. Productos que ningún industrial miope quiso fabricar se convirtieron en negocios de varios cientos de millones de dólares por obra y gracia de algún visionario que supo prever las necesidades que crearía el cambio. Los grandes gurúes del management predican la necesidad de aceptar la convivencia con el cambio. Nos dicen que debemos admitir el cambio no sólo porque significa Progreso sino por algo mucho más elemental: porque se ha vuelto inevitable.

Que es casi lo mismo que decir que se nos ha escapado de las manos. Si nunca definimos realmente al Progreso, menos aún estamos ahora en posición de saber adónde nos está conduciendo esta manía por el cambio permanente. Los mismos gurúes que predican la religión del cambio están desesperadamente tratando de elaborar métodos prácticos que nos permitan anticiparlo. Todas las modas administrativas de los últimos años, desde la Calidad Total, pasando por las estrategias centradas en el Cliente y terminando por los procesos de reingeniería de la empresa, se topan tarde o temprano con el mismo escollo: estamos sumergidos en una verdadera orgía de cambios pero ¿cómo haremos para saber hacia dónde nos llevan?.

En realidad, lo único que los grandes teóricos del cambio saben con certeza acerca de nuestro futuro es que será diferente. Y, si es cierto que eso es todo lo que saben, nuestro futuro promete ser bastante triste. Si lo único que sabemos del devenir de nuestra civilización es que cambiará constantemente, lo que en realidad nos ha sucedido es que hemos perdido la capacidad de construir el futuro. Y, si no tenemos una idea - aunque más no sea aproximada - del futuro que estamos construyendo, ¿qué nos hace pensar que estamos autorizados a seguir invocando al Progreso como justificación de nuestros actos; sea lo que fuere que este Progreso significa de todos modos?.

Si no podemos imaginarnos un futuro, la triste verdad es que ya no tenemos futuro. Decir que todo lo que podemos hacer es adaptarnos a un cambio inevitable es lo mismo que decir que nuestro futuro está en manos del azar, reduciendo la cuestión a tratar de adivinar qué número saldrá en el próximo giro de la ruleta del destino.

Deberíamos parar un momento y preguntarnos: ¿Es serio todo esto? ¿Podemos enfrentar el próximo milenio con esta aplastante pobreza de ideas y con esta casi increíble esterilidad creativa?

Un necesario alto en el camino

En la mitología de Roma, Janus era el guardián del portal de acceso a los cielos y el dios de los comienzos y los desenlaces. Los artistas de la época lo representaban con dos rostros: uno mirando hacia el pasado y el otro hacia el futuro. Se lo invocaba al comienzo de cada año y así fue como su nombre dió origen al del primer mes del calendario, Januarius, denominación de la cual se deriva nuestro actual Enero. Con sus dos rostros, Janus miraba hacia los tiempos idos y hacia los venideros.

Dentro de muy pocos años entraremos no sólo en un nuevo siglo sino, además, en un nuevo milenio. Quizás nos haría bien inspirarnos un poco en el antiguo dios bifronte: mirar hacia el pasado para aprender de nuestra experiencia y luego mirar con alegría hacia el futuro sabiendo que puede ser mejor si dejamos de lado muchas de las tonterías que insistimos en seguir cometiendo.

Todo lo que este estudio propone y pretende es que nos detengamos un poco a reflexionar. A pensar en serio y sin prejuicios sobre algunas cosas. En principio, deberíamos meditar en profundidad tanto sobre los remanidos clisés a los que con tan irracional pasión nos aferramos como sobre el camino que se abre ante nosotros para ser transitado durante los próximos diez siglos. Porque sería hacer ficción pura hablar del futuro sin haber entendido - o al menos tratado de entender - tanto nuestra realidad actual como la realidad de nuestro pasado. Hablar de lo que podemos hacer sin haber hecho el intento de comprender lo que somos y la forma en que hemos llegado hasta aquí sería como saltar en paracaídas con una venda en los ojos.

Por eso, la propuesta es atrevernos a aceptar la realidad de nuestro presente; atrevernos a tener otra vez un futuro y, de paso, tanto como para despejar el terreno, quizás sería bueno poner bajo la lupa a buena parte de los clisés que heredamos y que estamos aceptando sin mayor análisis. Tenemos que aprender a hacer dos cosas: mirar a las cosas de frente y a tirar lastre. Tenemos que juntar el coraje intelectual de aceptar el desafío del próximo milenio, que no es sino el desafío que nos lanzan nuestras propias posibilidades. Posibilidades que nacen de la rica experiencia que el Homo Sapiens ha adquirido a lo largo de su evolución. Pero, para hacer las cosas bien, muy posiblemente tengamos que tirar por la borda muchos paradigmas y prejuicios.

El Mundo no es como lo pintan los dogmas oficiales ni ha sido como lo describen las Historias sectarias. Lo estamos mirando a través de una pequeña ventana; la única que tiene la caja de nuestros dogmas y preconceptos. Y tarde o temprano deberemos admitir que los cristales de esa ventana distorsionan. Por eso, lo aconsejable sería abrirla de una vez por todas. Tanto como para que entre un poco de aire fresco y también para ver con mayor claridad.

Y si la ventana resulta estar atascada, alguien, en algún momento, tendrá que decidirse a romper el vidrio. Al fin y al cabo, el precio de un par de vidrios rotos es poca cosa comparado con el beneficio de recuperar un pasado real y volver a tener un futuro posible.