Hans J. Eysenck: Decadencia y Caída del Imperio Freudiano

La Editorial

Indice  Anterior Fin de Página Siguiente
Imprimir

 

CAPÍTULO QUINTO
LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS Y LA PSICOPATOLOGIA DE LA VIDA COTIDIANA

 

La historia nos advierte... de que el
sino habitual de las nuevas verdades
es empezar como herejías y terminar
como supersticiones
T. H. Huxley

 

En la mente del hombre de la calle, después del uso del psicoanálisis como método de tratamiento, está la teoría freudiana de los sueños, y la estrechamente relacionada psicopatología de la vida cotidiana. El mismo Freud consi­deraba « La Interpretación de los sueños » como su obra más importante, y enfáticamente afirmó que «la interpretación de los sueños es la vía regia para el conocimiento del ele­mento inconsciente en nuestra vida psíquica». El sueño era el modelo sobre el cual Freud construyó la teoría de las neurosis, usando como intermediario el método de la libre asociación que había tomado de Sir Francis Galton, y empe­zando por los elementos del sueño, o por errores accidenta­les, olvidos y malentendidos o malas interpretaciones que ocurren en el estado subconsciente, acerca de todo lo cual escribió más tarde en su «Psicopatología de la vida coti­diana». El creía que estas asociaciones conducirían a las fuerzas motivadoras inconscientes que provocan el sueño o el Fehlleistung (literalmente «realización defectuosa», es de­cir, la ejecución defectuosa de actividades perfectamente ordinarias y habituales; en las traducciones inglesas el tér­mino usual es «parapraxia»).

Freud establece una clara distinción entre el conteni­do aparente del sueño y su contenido latente. Tal como dice:

El contenido del sueño... es expresado como si estuviera en una escritura criptográfica, cuyos caracteres deben ser transpuestos individualmente en el lenguaje de los pensamientos soñados. Si tratamos de leer estos, caracteres según su valor pictorial en vez de según su relación simbólica, seremos fácilmente inducidos a error. Supongamos que tengo un rompecabezas, un puzzle, delante de mí. Representa una casa con un bote sobre el tejado, una letra del alfabeto, la figura de un hombre corriendo, cuya cabeza no existe... Podría empezar a poner objeciones y declarar que el grabado que representa el rompecabezas ilustrado es un absurdo, tanto en conjunto como en cada una de sus partes componentes. Un bote no tiene nada que hacer en el tejado de una casa y un hombre sin cabeza no puede correr. Además, el hombre es más grande que la casa; y el grabado pretende representar un paisaje, las letras del alfabeto están fueran de lugar en él ya que tales objetos no ocurren en la naturaleza. Pero, obviamente, sólo podremos formar un juicio adecuado del rompecabezas si dejamos las críticas de lado, tales como las de la composición en totalidad y en sus partes, Y en cambio, tratamos de reemplazar cada elemento separado por una sílaba o palabra que puede ser representada por ese elemento de una manera u otra. Las palabras que son alineadas juntas de este modo y no son absurdas sino que pueden formar una frase poética de la mayor belleza y significación. Un sueño es un rompecabezas ilustrado de esa clase, y nuestros predecesores en el campo de la interpretación de los sueños cometieron el error de tratar al rompecabezas como una composición pictórica. Y como tal les pareció absurdo y sin valor.

El verdadero sueño es producido por el «trabajo del sueño», que cambia el significado latente en el sueño manifiesto. Esto produce la distorsión que es tan característica de los sueños, y que Freud creía que era obra de un «censor» que trata de proteger al soñador de tener que enfrentarse a los deseos infantiles inconscientes reprimidos que buscan su expresión en el sueño, convirtiéndolos en ininteligibles mediante simbolismos y otras transformaciones.

Como ha hecho observar H. B. Gibson en su libro «Dormir, Soñar y Salud Mental« la teoría de Freud sobre los sueños puede ser formulada en términos de cuatro proposiciones. La primera de ellas es que los sueños sirven para proteger el sueño. El mismo sueño fue concebido como un estado de inconsciencia que necesitaba ser protegido contra los estímulos susceptibles de despertar al durmiente; tales estímulos pueden proceder tanto de dentro como de fuera, por ejemplo, ruidos, luces que se encienden, experimentar frío o calor, etc., o, en el caso de proceder de dentro, memorias o impulsos psicológicos insatisfechos almacenados en la mente. En esto, Freud no proponía nada nuevo; tales ideas, o muy parecidas, ya eran corrientes en el siglo XIX, incluso antes de que él escribiera. Y mientras esas hipótesis (que él parecía considerar axiomáticas) podían parecer muy plausibles al hombre de la calle, de hecho es muy dudoso que los sueños realmente tengan lugar en un estado de inconsciencia, y también, como veremos, que realmente protejan al sueño del soñador.

Llegamos ahora a la segunda proposición. Es una par­te esencial de la teoría general de Freud, como lo fue de las teorías de muchos de sus predecesores, que la cultura hu­mana impone numerosas restricciones a la expresión de im­pulsos sexuales y agresivos. Freud propuso que el control de esos deseos reprimidos queda, en cierto modo debilitado durante el sueño, y como en caso de aparecer de una manera desnuda y sin tapujos chocarían al soñador en caso de estar despierto, varios mecanismos protectores distorsionan el chocante material latente para convertir el manifiesto sueño en algo suficientemente inocuo para permitir burlar al censor y permitir al soñador que siga durmiendo. Este censor es también responsable de nuestras parapraxias y así es causa de la psicopatología de la vida cotidiana, que examinaremos en la última parte de este capítulo. Según Freud, «la tarea de la formación del sueño es, por encima de todo, superar la inhibición de la censura; y es precisamente esta tarea la que se realiza por los desplazamientos de la energía psíquica dentro del material de los pensamientos del sueño». Cada sueño, y cada elemento en cada sueño, representa para Freud un deseo, pero no una clase de deseo ordinario, consciente, de cada día. Él dice que un sueño «es un final de la realización (disfrazada) de un deseo (suprimido o reprimido)» y mantiene, además, que esa represión procede de los primeros años de la infancia del que sueña.

La tercera proposición afirma que el material de que los sueños están construidos consiste mayormente de elementos que se recuerdan del día anterior, «residuos del día», como los llama Freud. Tal como lo expresa, los sedicentes «residuos del día anterior» pueden actuar como perturbadores del sueño y productores del sueño; son procesos del pensamiento del día anterior que han retenido una catexis efectiva y hasta cierto punto se oponen a una baja general de energía durante el sueño. Estos residuos son descubiertos yendo del sueño manifiesto a los pensamientos del sueño latente... Tales residuos del día anterior, con todo, no son un sueño en sí mismos: incluso les falta el constitutivo más esencial del sueño. Ellos solos no pueden formar un sueno. Son, hablando estrictamente sólo el material psíquico que el trabajo del sueño utiliza, sólo como sensoriales y somáticas, ya incidentales, ya producidos bajo las condiciones experimentales y constituyen el material somático para el trabajo del sueño. Atribuirles la parte principal en la formación del sueño es simplemente repetir con un nuevo disfraz el error psicoanalítico según el cual los sueños sobre la hipótesis del dolor de estómago o presión de la piel.

Los residuos del día, para Freud, son simplemente los ladrillos utilizados para formar sueños, los cuales están afectados por muy diversos asuntos. Estos múltiples acontecimientos, superficiales y triviales que sucedieron durante el día, o que han sido recordados del pasado por ser una cadena de asociaciones, aparecen en el contenido manifiesto del sueño, no porque hayamos estado recientemente preocupados por ellos, sino porque sirven como una conveniente pantalla de asuntos que realmente nos conciernen, y que Freud interpreta como materiales sexuales y deseos eróticos. De hecho, dice que «los sueños que son conspícuamente inocentes invariablemente personifican groseros deseos eróticos». Concede que los deseos reprimidos pueden referirse al odio, la envidia y la agresión, pero considera el impulso sexual como el más importante.

La cuarta proposición es que el sueño, según haya sido eventualmente narrado al analista, o eventualmente recordado después de un lapso de tiempo por el soñador, ha sufrido una «elaboración secundaria». Esto es indudablemente cierto; los sueños que se narran inmediatamente después del despertar son sensiblemente diferentes de los recuerdos sobre los mismos sueños un día o una semana después. La moderna investigación sobre el conocimiento y la memoria ha demostrado conclusivamente que la memoria es un proceso activo, no pasivo; cambia, distorsiona y adapta los materiales recordados de manera que encajan mejor con esquemas preconcebidos. De ahí que los modernos (o incluso pre-freudianos) investigadores de este tema insisten en que los sueños sean anotados inmediatamente después del despertar: sólo de esta manera podremos minimizar la importancia de la elaboración secundaria. Según Freud, es más fácil que ocurra la elaboración secundaria cuando el censor «que nunca ha estado completamente dormido, siente que ha sido sorprendido por el sueño ya admitido». En otras palabras, si el sueño que recordamos todavía le parece chocante al censor, es cuidadosamente alterado por el pro­ceso de la memoria de manera que sea menos chocante y más fácilmente accesible para nuestro super-ego.

Debe tenerse en cuenta que Freud nunca pidió a sus pacientes que le contaran sus sueños inmediatamente después de despertarse; tampoco él mismo siguió este sabio consejo. De ahí que en los escritos de Freud nunca nos ocupamos de sueños como tales, sino más bien de construcciones elaboradas por la memoria a partir del contenido del sueño, y cambiado del verdadero sueño en forma que hace al primero prácticamente irreconocible. Una de las rarezas de «La Interpretación de los Sueños» es que Freud se dio cuenta de esto, pero, no obstante, dejó de atender a su propia percepción. Otra, que ya hemos mencionado en el primer capítulo, es el hecho de que todos los sueños citados por Freud en su libro como ilustrativos y demostrativos de sus teorías, de hecho hacen todo lo contrario; ninguno de ellos se basa en deseos surgidos de la represión infantil, ¡de ahí que los ejemplos que escoge sirven para desacreditar su propia teoría!.

El trabajo del sueño utiliza cuatro métodos principales de disfraz. Son la condensación, el desplazamiento, la dramatización y la simbolización. La Condensación es un proceso basado en el descubrimiento de que el contenido manifiesto del sueño es una abreviatura del contenido latente. « El sueño es pobre, mezquino y lacónico, en comparación con la copiosidad de los pensamientos del sueño». Como ejemplo, consideremos un sueño publicado e interpretado por E. Frink, un psicoanalista americano. Una mujer joven soñó que iba paseando por la Quinta Avenida con una señora que era amiga suya. Se detuvo durante algún tiempo ante el escaparate de una tienda para mirar unos sombreros. Parecía recordar que finalmente había entrado y comprado un sombrero.

El análisis suministró los siguientes datos. La presencia de la amiga en el sueño recordó a la soñadora que el día anterior había efectivamente paseado por la Quinta Avenida con la señora en cuestión, aunque no había comprado un sombrero. Su marido había estado en cama, enfermo, ese día, y a pesar de que ella sabía que no era nada serio, se había sentido desazonada y no se había podido desprender de la idea de que su marido podía morir. Fue entonces cuando su amiga la visitó, y su marido le sugirió que un paseo le iría bien. Luego ella recordó que durante el paseo se había hablado de un hombre que ella había conocido antes de su matrimonio y del que se había creído enamorada. Cuando se le preguntó por qué no se había casado con él, la joven rió y dijo que el casamiento no se había decidido, añadiendo que su posición financiera y social estaba tan por encima de la de ella que hubiera sido fantástico soñar en ello.

A la joven se le pidieron asociaciones sobre la compra del sombrero en el sueño. Dijo que le había gustado mucho un sombrero que vio en el escaparate de una tienda, y que le hubiera agradado mucho comprarlo, pero que le era imposible debido a la pobreza de su marido. Claramente el sueño satisfacía su deseo permitiéndole comprarse un sombrero. Pero además la soñadora súbitamente recordó que en su sueño el sombrero que compró era un sombrero negro, de hecho, un sombrero de luto.

La interpretación del analista es como sigue: el día antes del sueño, la paciente temió que su marido fuera a morir. Soñó que compraba un sombrero de luto, y así colmó la fantasía de muerte. En la vida real, lo que le impedía comprar un sombrero era la pobreza de su marido; pero en su sueño podía comprar uno, lo que implicaba que tenía un marido rico. Estas asociaciones nos conducen al hombre rico del que ella admitió estar enamorada, y a la suposición de que si ella fuera su mujer, podría comprarse tantos sombreros como quisiera. El analista concluyó con toda seguridad que la joven estaba harta de su esposo; que su temor a ver morir a su marido era solamente un proceso de compensación, una reacción de defensa contra su deseo real de que muriera; que a ella le gustaría casarse con el hombre de quien estuvo enamorada, y tener bastante dinero para satisfacer todos sus caprichos. Es interesante observar que cuando el analista hizo saber a la paciente la interpretación de su sueño, ella admitió que era justificada, y añadió varios hechos que lo confirmaron. El más importante de estos hechos era que después de su matrimonio se enteró de que el hombre de quien estuvo enamorada, a su vez estaba también enamorado de ella. Esta revelación había, naturalmente, reanimado sus sentimientos y lamentado su apresurado casamiento, creyendo que si hubiera esperado un poco más de tiempo, hubiera sido mucho mejor para ella.

Este sueño ilustra el proceso de condensación. Un gran número de ideas diferentes es condensado en un sueño muy corto y más bien falto de interés. En la literatura psicoanalítica este sueño ha sido citado varias veces en favor de la posición de Freud, pero es difícil ver cómo esto puede ser así. No contiene deseos infantiles reprimidos; al contrario, la mayoría de los deseos son, al parecer, completamente conscientes por lo que se refiere a la mujer. Ella es perfectamente consciente del hecho de que todavía está enamorada del hombre con el que le habría gustado casarse; es consciente del hecho de que lamenta su matrimonio, y también del hecho de que es pobre y le gustaría ser rica. La asociación de palabras puede, en efecto, ayudarnos a interpretar sueños, pero el significado de su sueño es enteramente diferente a la clase de contenido latente que Freud postula en la teoría. Por consiguiente, la única conclusión a que podemos llegar desde la interpretación psicoanalítica de este sueño es que la teoría de Freud es falsa. Es interesante que esta no es la conclusión deducida por psicoanalistas profesionales.

Desplazamiento es un proceso por el cual la carga afectiva es desligada de su objeto propio y dirigida hacia un objeto accesorio; en otras palabras, la emoción que pertenece propiamente a un objeto del sueño no se muestra en relación a ese objeto, sino a otro diferente He aquí un ejemplo de un sueño manifestando desplazamiento. Una chica soñó que estaba en presencia de alguien cuya identidad era muy vaga, pero ante el cual se sentía bajo una especie de obligación; deseando darle las gracias, le regaló su peine. Para comprender esto, debe saberse algo sobre las circunstancias de la paciente. Era una judía cuya mano había sido pedida en matrimonio, un año antes, por un protestante. A pesar de que ella correspondía por entero a sus sentimientos amorosos, la diferencia de religión había impedido el compromiso. El día antes del sueño ella tuvo una violenta disputa con su madre, y cuando se metía en la cama pensó que sería mejor, tanto para ella como para su familia, si se iba de casa. Antes de dormirse estuvo pensando en los medios y maneras de ganarse la vida sin tener que fiarse de la ayuda de sus padres.

Preguntada sobre las asociaciones de la palabra «peine», contestó que a veces, cuando alguien iba a usar un cepillo o un peine perteneciente a otra persona, la gente decía: «No hagas eso, vas a mezclar la raza». Esto sugiere que la persona del sueño cuya identidad permanece vaga es el ex-pretendiente; al ofrecerle un peine, la paciente muestra su deseo de «mezclar la raza», es decir, casarse con él y tener hijos suyos (8). En su sueño, el peine ha desplazado al expretendiente, de una manera que parecería completamente ininteligible; se convierte en el objeto emocional central a través del proceso de desplazamiento.

Debemos hacer notar otra vez que esta interpretación de un sueño, que parece perfectamente plausible, no corrobora la hipótesis de Freud, sino que la desmiente directamente. Aquí no hay deseos reprimidos, ni siquiera deseos infantiles; la paciente es perfectamente consciente de sus sentimientos hacia su ex-pretendiente y de las razones para ello. Es difícil de comprender por qué el censor objetaría a un sueño directo estableciendo estos hechos perfectamente conscientes. De nuevo comprobamos que el método de Galton de la libre asociación es válido para alcanzar una interpretación significativa de un sueño que aparentemente no tiene sentido, pero esto es todo; cualquier teoría particularmente freudiana es claramente contradicha por la interpretación del sueño.

Dramatización es un término utilizado por Freud para referirse al hecho de que en los sueños la mayor parte es representada por imágenes visuales. El pensamiento conceptual es reemplazado por una representación visual parecida a la del cine. Este proceso es tan obvio y bien conocido por el soñador que no vamos a desperdiciar tiempo narrando un sueño y su análisis. No obstante, volveremos a este punto más adelante cuando nos ocupemos de la teoría de Hall sobre el sueño, ya que este es un elemento crucial en ello. La dramatización es, en cierto modo, similar a la simbolización, de cuyo mecanismo nos vamos a ocupar ahora.

De todos los mecanismos del sueño, el de la simbolización es probablemente el más conocido, y el más íntimamente relacionado por muchos lectores al nombre de Freud. A menudo hablamos de «simbolismo freudiano», significando el uso de símbolos para denotar objetos y actividades sexuales. Esta debe ser la más conocida de las hipótesis de Freud, ¡pero difícilmente puede decirse que sea muy original!. El simbolismo ha sido el juguete de los intérpretes de sueños durante miles de años; podemos recordar la interpretación de José del sueño del Faraón de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas, en términos de su simbolización de años de prosperidad y de años de hambre. En ningún otro lugar el absurdo de conectar el nombre de Freud con supuestos nuevos descubrimientos es más obvio que en relación con la interpretación sexual en términos simbólicos.

Así, mucha gente habla del simbolismo freudiano como si Freud hubiera de hecho descubierto la idea de que los objetos afilados y puntiagudos pueden simbolizar los genitales masculinos, y los objetos curvos y huecos los genitales femeninos. Los seguidores de Freud promocionan a menudo esa impresión, pero este tipo de simbolismo ha sido bien conocido de escritores y filósofos, poetas y psicólogos e incluso por el hombre de la calle, durante muchos miles de años. En latín, por ejemplo, el órgano del sexo masculino era vulgarmente conocido como mentula o verpa, pero esos términos eran considerados obscenos, y de ahí que se usaran muy diversas metáforas, por cierto muy similares a las halladas en el griego antiguo. Como ha observado J. N. Adams en su libro «El Vocabulario Sexual Latino», «no hay objetos más comúnmente asociados con el pene que los instrumentos puntiagudos, y es evidente que las metáforas de este tema romántico abundan en todos los idiomas». En latín, los términos simbólicos para referirse al pene son, por ejemplo virga (vara), vectis (palanca), hasta (lanza), rutabulum (espátula, atizador), terminus (límite), temo (estaca), vomer (arado), clavus (guardín, como una metáfora náutica). Adams da muchos otros ejemplos y también observa que «la serpiente se suponía que tenía una significación fálica para los latinohablantes», de manera que ni siquiera aquí Freud añadió nada nuevo.

El término vulgar por los genitales femeninos, cunnus, está a la par con mentula y es raramente usado excepto en graffiti y epigramas. No obstante, las metáforas abundan. Adams dice: « La frecuencia (en latín y en otras lenguas) de la metáfora del bosque, jardín, prado, etc., aplicada a las partes pudendas femeninas refleja en parte la apariencia externa del órgano, y en parte la asociación sentida entre la fertilidad del campo y el de las hembras. La metáfora complementa las metáforas verbales de sembrar y arar usadas en el papel de macho en el intercambio sexual».

Nadie que esté familiarizado con el griego antiguo y la literatura romana, o con las obras y textos medievales, puede tener duda alguna sobre la prevalencia del simbolismo sexual, o del hecho de que era conocido prácticamente por todos. Imaginar por un momento que tal simbolismo fue descubierto por Freud es tan absurdo como imaginar que su uso en los sueños fue descubierto por él; el uso del simbolismo en los sueños tiene una larga historia, que se remonta hasta el origen del lenguaje escrito. No es el uso de los símbolos en los sueños lo que es nuevo en la idea de Freud, sino el uso particular que hace de ellos, y la interpretación que da del propósito del simbolismo. Aquí, como en todo, lo que es nuevo en sus teorías no es verdadero, y lo que es verdadero en su teorías no es nuevo. Los símbolos son ciertamente usados en los sueños, pero no son «freudianos» en ningún sentido del término.

Así, en breve, tenemos una información sobre la interpretación de los sueños por Freud. La teoría en que se basa no es ciertamente tan original como él pretende; muchos escritores han hecho relatos históricos sobre los numerosos filósofos y psicólogos que precedieron a Freud y expresaron ideas notablemente parecidas a las que él sostuvo. El índice de «La Interpretación de los Sueños» contiene una lista de unos ochenta libros, pero muchos de ellos no están mencionados en el texto, e incluso cuando se los menciona Freud lo hace brevemente, haciendo parca justicia a su importancia. Hay, en total, ciento treinta y cuatro libros y artículos sobre sueños publicados antes de «La Interpretación de los Sueños» que Freud no mencionó en el texto de ninguna de las ediciones de su libro, pero que, en todo caso, fueron citados en las bibliografías de varias ediciones.

Hay muchas otras razones e inconsistencias en la relación de Freud; críticas eminentemente razonables de las mismas han sido formuladas en el libro de Gibson sobre el sueño, al que ya nos hemos referido. Aquí mencionáremos sólo algunas de ellas. Ya hemos hablado de la primera, concretamente el error de Freud al negligir la importancia de la elaboración secundaria y no hacer que sus pacientes narraran sus sueños por escrito inmediatamente después de haberse despertado. Tales precauciones fueron tomadas por algunos de sus predecesores, pero Freud no lo consideró un caso de integridad científica, y compendió su posición de la siguiente manera:

En las obras científicas sobre los sueños, que a pesar de la repudiación de su interpretación de los sueños han recibido un nuevo estímulo del psicoanálisis, repetidamente se detecta un cuidado muy superfluo sobre la perfecta preservación del texto del sueño. Esto se cree necesario con objeto de preservarlo de las distorsiones y añadidos acaecidos en las horas inmediatamente posteriores al despertar. Incluso muchos psicoanalistas, al dar instrucciones al paciente de que escriba sus sueños inmediatamente después de despertarse, no parecen fiarse de manera suficientemente consistente en el conocimiento de las condiciones de la realización del sueño. Esta directiva es superflua en el tratamiento; y los pacientes son felices con poder hacer uso de ella para mostrar una pronta obediencia donde no puede ser de ninguna utilidad.

Está claro que a Freud no sólo no le importaban las distorsiones que la memoria inflige al sueño según se cuenta a los analistas, sino que más bien le gustaban. Un paciente que visitara su consulta horas, o incluso días después de haber tenido un sueño particular, daría un relato muy cambiado con respecto al original debido a la elaboración secundaria ocurrida durante ese tiempo. Pero aún más importante, el paciente, después de haberse enterado de los principios de los métodos de interpretación de Freud, consciente o inconscientemente remodelaría su sueno para que encajara con la teoría freudiana. Ahora, la mayoría de los psicoanalistas admiten que los sueños de los pacientes son poderosamente influenciados por las teorías del análisis; así, los pacientes freudianos sueñan en símbolos freudianos, los pacientes de los discípulos de Jung en símbolos jungianos, etcétera. El paciente es entrenado y aprende qué clase de sueños y símbolos le gustan al analista, y, consciente e inconscientemente, ayudado por la elaboración secundaria, está dispuesto a acceder.

Esto difícilmente puede discutirse puesto que los mismos psicoanalistas han admitido frecuentemente que los hechos son más o menos así. He aquí, como ejemplo, un párrafo de un bien conocido psicoanalista americano, Judd Marmor; ya ha sido citado a otro respecto, pero es tan relevante aquí que lo vuelvo a repetir. Escribiendo en 1962, he aquí lo que dijo:

Dependiendo del punto de vista del analista, los pacientes de cada escuela (psicoanalítica rival) parecen aportar precisamente la clase de datos fenomenológicos que confirman las teorías e interpretaciones de su analista. Así, cada teoría tiende a ser auto-validada. Los freudianos deducen material sobre el complejo de Edipo y la ansiedad de la castración, los junguianos sobre los arquetipos, los partidarios de Rank sobre la ansiedad de la separación, los de Adler sobre los impulsos masculinos y los sentimientos de inferioridad, los de Horney sobre las imágenes idealizadas, los de Sullivan sobre las relaciones interpersonales perturbadas, etc..

He aquí una admisión notable por un convencido y prominente psicoanalista, que realmente indica la extremada subjetividad de interpretación, y la influencia de la sugestión en los sueños y en la libre asociación de los pacientes.

Como hace observar Gibson, hay experimentadores que han comprobado el grado hasta el cual los sueños recordados en el momento de despertarse han sido significativamente alterados cuando se han contado más tarde a los psicoanalistas. Los pacientes eran despertados durante la noche cuando las mediciones electrofisiológicas del REM (Movimiento del Ojo Rápido) (9) indicaban que estaban soñando, y se les hacía contar sus sueños inmediatamente. Los relatos de estos sueños eran más tarde comparados con los que los pacientes daban a los psicoanalistas después, en el curso del día. Se comprobó que ciertos sueños eran contados a los experimentadores durante la noche, pero no al psicoanalista; inversamente, ciertos sueños eran «recordados» para el psicoanalista, pero guardaban muy poca relación con lo que se había dicho al despertar. Las diferencias no eran casuales; los sueños que los pacientes creían que iban a provocar una respuesta negativa del analista no le eran contados. Por lo tanto, está claro que fuera lo que fuese lo que Freud hubiera estado interpretando, no era los sueños de sus pacientes, sino elaboraciones, parcialmente inconscientes, de los elementos de sus sueños que los pacientes creían que le iban a gustar a él.

Freud sostenía la idea de que «el hecho de que los sueños sean distorsionados y mutilados por la memoria es aceptado por nosotros, pero, en nuestra opinión, no constituye un obstáculo; porque no es más que la última y manifiesta porción de la actividad distorsionadora que ha estado operando desde el principio de la formación del sueño». Este punto es importante porque se relaciona directamente con la teoría freudiana. Se supone que el censor disfraza un sueño latente para impedir que el paciente se despierte, y evitarle avergonzarse, si tal es el caso; pero la actividad de la memoria que distorsiona el sueño no está sujeta a la misma censura toda vez que ocurre cuando se está despierto. A partir de ahí, cualquier información que pueda dar el sueño sobre las actividades del censor debe ser considerablemente distorsionada por la elaboración secundaria, de manera que ¡no es posible comprobar la teoría de Freud!.

El hecho de la elaboración secundaria patentiza un rasgo interesante de los sueños analizado por Freud, que diferencia entre los sueños recopilados antes y después de haber escrito «La Interpretación de los Sueños». El filósofo Wittgenstein observó en una ocasión que «Freud da corrientemente lo que podríamos llamar una interpretación sexual. Pero es interesante comprobar que entre todos los relatos de sueños que nos da, no hay ni un solo ejemplo de un sueño directamente sexual. Y, no obstante, tales sueños son tan corrientes como la lluvia». Gibson cita a muchos autores, tanto antiguos como recientes, que dicen que esto es perfectamente cierto; y la mayor parte de los lectores podrían atestiguarlo. Uno de los más conocidos recopiladores de sueños de la actualidad, Calvin Hall, escribe: «No faltan en nuestra colección sueños en los que ocurren las cosas más desagradables y vergonzosas. Padres y madres son asesinados por el que sueña. El que sueña fornica con miembros de su familia. Viola, roba, tortura y destruye. Lleva a cabo toda clase de obscenidades y perversiones. A menudo hace tales cosas sin remordimiento y con considerable gusto». Esto contrasta enormemente con los sueños recopilados por Freud, que son, como observa Gibson, más bien monótonos y relamidos. Claramente se ha llevado a cabo algún proceso de selección, y esto no se debió al «censor» de Freud, sino más probablemente al rechazo consciente de sus pacientes de la clase media vienesa a hablar de tan obscenas y pornográficas cosas. Pero si soñamos directamente sobre todas estas cosas, que, según Freud, serían rechazadas por el «censor», ¿cuál es pues la verdadera función de éste?. Y aún más, ¿hay, realmente, alguna razón para suponer que ese censor existe realmente?.

Como dice Gibson:

Es obvio... porque Freud debía forzar a sus pacientes, de una u otra manera, a que los sueños que le contaran fueran más bien monótonos y relamidos... si no lo fueran, hubiera sido claro que no habían sido censurados en el proceso del trabajo del sueño, y la teoría quedaría invalidada. No se sugiere que Freud deliberadamente indicaba a sus pacientes sobre lo que debían decirle o no decirle; el proceso es más sutil que eso... Sugerir que el censor es parte del inconsciente como hace Freud, y opera mientras el cerebro está profundamente dormido es contrario a todos los hechos conocidos...

Es importante apreciar por qué los pacientes prefieren no decir a Freud todo sobre sus sueños, sin barniz, y, en cam­bio, someterlos a una considerable elaboración secundaria previamente. Ya hemos dicho antes que los sueños que invo­lucran crudas escenas de comportamiento sexual, odio sin disfraz y lenguaje procaz necesitarían algún camuflaje en aras de la decencia, y si los pacientes se los hubieran contado a Freud en la forma original estarían, de hecho, desafiando a toda su teoría de los sueños y, por ende, discutiendo su com­petencia. Era mucho más fácil mantener buenas relaciones con el analista envolviendo los sueños, por así decirlo, y de­jando que él los desenvolviera. Así, si un paciente tenía un

sueño crudo sobre «fornicar con una ramera», mediante la elaboración secundaria realizada durante el día, le sería narrado a Freud como «pinchar un pastel de frutas con un palito», en su salón de consulta... Este es un caso serio que ni Freud ni sus discípulos han conseguido contestar nunca correctamente. Los pacientes aprenden pronto las reglas del juego y se conducen apropiadamente, censurando conscien­temente los sueños que no fueron censurados cuando ellos soñaban.

Hay otro punto que vale la pena mencionar. D. Foulkes, en su libro sobre los sueños de los niños, menciona un cierto número de estudios de investigación en el sentido de que:

Los sueños clínicos tienen otra tendencia, producida por sus métodos de muestreo, Se ha demostrado, tanto para los adultos... como para los adolescentes... que cuanto más perturbada está una persona más perturbadores son sus sueños. Es decir, que no se puede generalizar partiendo de los sueños de los pacientes clínicos a los de la población no seleccionada (normal).

Y Gibson comenta:

Si hay verdaderamente un censor vigilando el material que se va a permitir exhibir en el contenido manifiesto de los sueños, de la misma manera que la Asociación de Televidentes de la Señora Whitehouse trata de controlar el contenido de los programas de Televisión, entonces debe ser un censor muy inconsistente y realmente loco. Permite que se mezcle cierto material que sería más adecuado para el peor programa de vídeos «verdes» junto a películas adecuadas para la hora de los niños y mucho más que simplemente aburrido e inconsecuente.

Además, el censor permite que las cosas «verdes» aparezcan en los sueños de los menos capaces de tolerar tal clase de material, es decir, ¡los neuróticos y otros pacientes mentalmente enfermos!.

¿Hay realmente alguna evidencia de que necesitemos un censor para proteger nuestro sueño?. De estudios hechos a gran escala sobre los sueños se deduce que la gente no se despierta cuando tiene los sueños más gráficos, eróticos, obscenos y pornográficos, o cuando el sueño contiene escenas de violencia tremenda e incontrolable. Si podemos soñar sin despertarnos que estamos violando a nuestras madres y asesinando a nuestros padres, entonces es que la utilidad del censor es muy cuestionable. Como Yocasta le dice a Edipo: «Muchos jóvenes sueñan con dormir con sus madres». ¿Por qué preparar y elaborar un disfraz en un sueño cuando no se hace en otro?.

Hasta ahora nos hemos ocupado de las contradicciones internas en la teoría de Freud y de errores evidentemente obvios así como de malentendidos. Ahora podemos formular Una simple pregunta: ¿cómo es posible tratar de demostrar tal teoría?. Una manera obvia sería relacionarla con el tratamiento psicoanalítico, de manera que las interpretaciones de los sueños dieran una respuesta al problema planteado por la neurosis del paciente, mientras, al mismo tiempo, las percepciones así obtenidas librarían al paciente de los síntomas. Tal fue, ciertamente, la noción original de Freud, y si hubiera funcionado, podríamos decir que había alguna evidencia, aun cuando estuviéramos muy lejos de una prueba científica a su favor. No obstante, no es esto lo que sucedió, y Freud y sus seguidores debieron admitir que no sólo había pacientes que muy frecuentemente no se curaban mediante las interpretaciones de sus sueños, sino que, incluso si las «curaciones» ocurrían, no había relación de tiempo con las «percepciones» obtenidas con la interpretación de sus sueños. Así, los resultados deben ser considerados como prueba en contrario de las teorías de Freud.

¿Podríamos considerar la aceptación por parte del paciente de las interpretaciones freudianas de sus sueños como una prueba?. La respuesta, ciertamente, debe ser que no. En primer lugar, el paciente está en una posición difícil para discutir con el analista; ha gastado mucho tiempo y dinero en el tratamiento, y si no se muestra de acuerdo con el analista, indicará insatisfacción, o incluso deslealtad, y estará sugiriendo implícitamente que ha desperdiciado su tiempo y su dinero. En segundo lugar, Freud tenía un truco muy astuto para enfrentarse a quien no estaba de acuerdo con él. Si el paciente se contentaba con sus interpretaciones, entonces Freud pretendía que su interpretación había sido, obviamente, correcta. Si el paciente está en desacuerdo, Freud afirmaba que ello se debía a la «resistencia» psicoanalítica, que convierte a la interpretación en inaceptable precisamente a causa de ser correcta; de ahí que el desacuerdo también demuestra la validez de la teoría. Claramente, pues, no hay manera de demostrar que la teoría no es correcta; un estado muy afortunado para una teoría científica, pensaríamos nosotros. En realidad, lo contrario es verdad: si una teoría no puede ser descalificada por un hecho observable, entonces, como Karl Popper ha hecho notar tantas veces, no es una teoría científica en absoluto.

Naturalmente, hay métodos experimentales para investigar sueños que tienen más probabilidades de conducirnos a teorías aceptables. Tomemos como ejemplo, el trabajo hecho por Alexander Luria en la URSS a principios de los años 1920. Se ocupaba, como indica el título de su libro, de «La Naturaleza de los Conflictos Humanos», y utilizaba el método de la asociación de palabras en un contexto experimental. También aplicaba sus métodos al estudio de los sueños. Aducía, muy razonablemente, que el método usual del análisis de los sueños, ponía al carro delante del caballo. Aceptando por un momento la distinción entre el sueño latente y el sueño manifiesto, Freud y otros intérpretes empezarían por el sueño manifiesto y tratarían de llegar al significado del sueño latente. No obstante, ese significado es desconocido por definición, y por consiguiente es imposible probar o no probar la validez de la interpretación. Si queremos hacer un análisis propiamente científico, entonces debemos empezar por un sueño latente conocido, y descubrir cómo es alterado hasta convertirse en un sueño manifiesto.

Luria lo hizo así mediante un uso inteligente de la hipnosis. Hipnotizaba a sus pacientes, les hacía vivir en su imaginación a través de un acontecimiento muy traumático, y luego les hacía soñar sobre el mismo, pero olvidándolo todo sobre la hipnosis en lo que hacía referencia a su mente consciente. Los sujetos convenientemente utilizados son perfectamente capaces de seguir estas instrucciones, y Luria pudo recoger un número de sueños en su forma manifiesta (mediante sus directivas) conociendo la naturaleza de los sueños latentes, es decir, el contenido remodelado por el trabajo del sueño.

Como joven estudiante quedé muy impresionado por el trabajo de Luria, que fue desafortunadamente detenido por la estricta censura científica de la época de Stalin. Luria se ocupó entonces del campo de la neuropsicología y ya nunca más volvió a ocuparse de sus prometedores primeros experimentos en psicología. Traté de reproducir algunos de sus experimentos y llegué exactamente a los mismos resultados a que llegó él y que describió en su libro. Un ejemplo debe bastar. Las instrucciones dadas al sujeto, una joven estudiante, eran las siguientes: «Vas a tener una experiencia muy desagradable. Ahora te voy a describir esa experiencia, y tú la sentirás como si fuera real, con las emociones apropiadas. Cuando te despiertes, vas a olvidarlo todo, pero cuando te vayas a dormir tendrás un sueño muy intenso sobre esta experiencia. Tú te diriges a tu casa, por la noche, después de una reunión con tus compañeras, y estás andando junto a una tumba. Oyes unos pasos detrás de ti y al darte la vuelta ves a un hombre que te está siguiendo. Echas a correr pero él te alcanza, te arroja al suelo, y te viola. Luego sale corriendo. Tú estás terriblemente afligida, te vas a tu casa y se lo cuentas a tus padres».

El sueño subsiguiente generalmente sigue la línea de toda la historia en todos sus detalles, pero la violación es casi siempre modificada por el uso del simbolismo. Así, el hombre que viola a la muchacha será sustituido en el sueño por un hombre que lleva un cuchillo con el que amenaza a la muchacha, o que lo usa para apuñalarla; alternativamente puede ser descrito como alguien que violentamente le arrebata su bolso. Estos mecanismos simbólicos, ya utilizados por los antiguos griegos y romanos, emergen muy claramente en los sueños, pero no presentan ninguna evidencia en pro de los mecanismos freudianos de los deseos infantiles reprimidos, ni de realización de un deseo de ninguna clase; ¡sería ir demasiado lejos imaginar que la soñadora deseaba ser, efectivamente, violada!. Fue una desgracia que a Luria se le impidiera continuar su obra, y que muy pocos psicólogos hayan parecido querer continuarla; mucho se habría aprendido sobre la naturaleza de los sueños si esta línea de estudio hubiera sido seguida.

Hemos visto que la teoría freudiana no es ni verdadera ni nueva, pero, ¿hay algo mejor para reemplazarla?. Muchos trabajos recientes se han ocupado de estudios experimentales, tales como las relaciones con el sueño REM (Movimiento del Ojo Rápido), y la tendencia a soñar que se produce en conjunción con esta manera de dormir. Pero, por interesantes que sean estos estudios experimentales, no nos dicen gran cosa sobre el significado del sueño. En mi opinión, la mejor alternativa a la teoría freudiana, y muy superior a ella, es el trabajo de Calvin S. Hall, el cual es descrito en su libro «El Significado de los sueños». Compiló muchos más relatos de sueños que ningún otro estudioso del tema hasta entonces, y sus teorías basadas en ese trabajo son prácticas y convincentes. No puede asegurarse que sean necesariamente correctas; en ausencia de un estricto trabajo experimental, que es muy, difícil en este campo, es imposible hacer tales afirmaciones. Pero la teoría explica la mayor parte, si no todos, los rasgos principales de los sueños, y lo hace sin recurrir a entidades milagrosas y mitológicas como los censores.

Hall hizo una útil contribución a la metodología de la interpretación de los sueños cuando sugirió el análisis de una serie de sueños de una persona, más que el análisis de simples sueños. Tal como dice: « Uno ensaya varias combinaciones, encajando este sueño con aquel, hasta que todos los sueños estén juntos y emerja un retrato significativo del que sueña. En este método, que llamaremos el método de las series de sueños, la interpretación de un sueño es una cacería de la realidad hasta que se comprueba con la interpretación de los otros sueños». Hall da muchos ejemplos de cómo se facilita la interpretación disponiendo de varios sueños a considerar, pero nos llevaría demasiado lejos seguirle por este camino.

La innovación principal de la teoría de Hall es su idea del simbolismo. Él cree que en los sueños hay símbolos, y esos símbolos tienen una función necesaria, pero no es la función del disfraz, tal como se pretende en la teoría de Freud; los símbolos de los sueños están ahí para expresar algo, no para esconderlo. Soñar, tal como nos dice, es una forma de pensar, y pensar consiste en la formulación de conceptos o ideas. Durante el sueño estos conceptos se vuelven retratos, que son las personificaciones concretas de los pensamientos de soñador; dan expresión visible a lo que es invisible, concretamente conceptos, ideas y pensamientos.

Continúa exponiendo que la verdadera referencia de cualquier símbolo de un sueño no es un objeto o una actividad, sino siempre una idea en la mente del soñador. Nos da como ejemplo las maneras posibles con que el pene puede ser simbolizado. Puede ser mediante un fusil o un cuchillo; esto simbolizaría pensamientos sexuales agresivos. O la imagen puede ser un destornillador, o una manguera de gasolina introducida en el depósito de carburante del coche; esto simbolizaría una visión mecánica del acto sexual (¿atornillar?) (10). O el pene puede igualmente ser simbolizado por una flor flexible, o un palo roto; esto ilustraría ideas de im­potencia sexual.

Otro ejemplo que da es las muchas maneras en que uno puede soñar sobre la propia madre. Si el soñador quiere expresar un sentimiento de que su madre es una persona nutricia, podría soñar en una vaca; si ve a su madre como alguien remoto y autoritario, soñaría con ella como en una reina. En otras palabras, el sueño no sólo simboliza la persona o la actividad dada (el sustantivo en la frase) sino que añade una descripción (del adjetivo)... agresivo, nutricio, etc. Los simbolismos se usan para facilitar, en un lenguaje claro y conciso, conceptos complejos y abstrusos.

Citemos un ejemplo del libro de Hall. Nos habla de una joven que soñó que estaba en su primer aniversario de boda, y ella y su marido iban a repetir la ceremonia. Al principio no podía encontrar su vestido de novia, a pesar de una búsqueda a fondo. Por fin, cuando lo encontró, estaba sucio y roto. Con lágrimas de pena en sus ojos, se llevó el vestido y se fue corriendo a la iglesia, donde su marido le preguntó por qué se lo había llevado. Ella quedó confusa y azarosa, y se sintió extraña y sola.

Hall sugiere que, en su sueño, el estado de su vestido de novia simbolizaba su concepto sobre su matrimonio. Otros sueños corroboraron esta interpretación. Soñó en una chica recién casada que estaba en trámites de divorcio, lo que sugería que la idea del divorcio estaba en su propia mente. En otro sueño, ella tuvo dificultades en llegar al domicilio conyugal, perdiéndose por el camino, tropezando en la acera, retrasándose ante un paso a nivel del tren y sin con seguir llegar. Este sueño sugería que estaba tratando de encontrar rezones para no volver a casa con su marido. En otro sueño, el diamante en su anillo de compromiso faltaba, sugiriendo la esperanza de que tal vez esto anularía su infeliz matrimonio. Finalmente, soñó en una amiga que se casaba y recibía un montón de regalos de boda inútiles. Esto sugería que, en su mente, el estado del matrimonio era como muchos trastos inútiles. «Ciertamente estos sueños indican que la soñadora concibe su matrimonio como infeliz y corrobora la hipótesis de que un vestido de novia desgarrado y sucio es una personificación concreta de esta idea».

La función de soñar, como sostiene Hall, es revelar lo que hay en la mente de una persona, no esconderlo. «Los sueños pueden parecer enigmáticos porque contienen símbolos, pero esos símbolos no son más que metáforas pictóricas, y como las metáforas verbales de la vida real su intención es clarificar más que oscurecer el pensamiento». La mente está constantemente en activo, pensando en problemas, tratando de encontrar soluciones, llena de ansiedades sobre una cosa u otra, y generalmente ocupada con el pasado, el presente y el futuro. Soñar es simplemente la continuación del pensar con otros medios, por ejemplo los medios de la representación gráfica y el simbolismo. Nuestros pensamientos, nuestras preocupaciones, nuestras ansiedades, nuestros intentos de solventar los problemas, son traducidos a un lenguaje pictórico y continúan el trabajo consciente del pensamiento durante ciertos períodos de sueño. Los sueños pueden representar realizaciones de deseos, pero generalmente se tratará de deseos completamente conscientes, no infantiles reprimidos. Pero los sueños pueden también representar temores, soluciones de problemas o algo que pueda ocurrir en un pensamiento consciente. Esta teoría tiene en cuenta los hechos más que lo hace Freud, sin meterse en todas las dificultades que acosen a la teoría de Freud. De momento no hay una teoría mejor, y provisionalmente yo creo que debería ser aceptada y usada como base para posteriores experimentos y observaciones.

Hay un estrecho lazo entre la interpretación de los sueños, de lo que nos hemos ocupado hasta ahora en este capítulo, y la interpretación de Fehlleistungen o parapraxias, es decir, errores en la composición lingüística, lapsus en la conducta cotidiana, etc. Esto, también, es interpretado por Freud según el esquema de la técnica de la libre asociación de Galton, y como sueño es perseguido hacia atrás hasta algún hipotético deseo reprimido, cual es el lapsus lingüístico o de conducta. El olvido temporal de nombres propios se incluye en esta categoría general, así como el recuerdo equivocado, es decir la sustitución del nombre equivocado por el que se busca.

Freud asegura confiadamente que los errores en la composición lingüística están causados siempre por la represión. Da muchos ejemplos con los cuales trata de con vencer a los lectores de que esto es realmente así, y que el material reprimido puede tener efectos motivacionales de la clase mencionada. Dos ejemplos pueden ilustrar el método de Freud. El primero se refiere a un profesor que dijo, ante su clase: «En el caso de los genitales femeninos, a pesar de muchas Versuchungen (tentaciones)... ¡perdón! Versuche (experimentos) ... ». El segundo ejemplo se refiere a un Presidente de la Cámara Baja del Parlamento que quiso abrir una sesión y dijo: «Caballeros, constato que hay quorum de miembros y por consiguiente declaro cerrada la sesión». La interpretación de la intención perturbadora en el primer ejemplo es auto-evidente, mientras que en el segundo ejemplo Freud afirma: «Está claro que él quería abrir la sesión (es decir, la intención consciente), pero está igualmente claro que también quería cerrarla (es decir la intención perturbadora). Esto es tan obvio que no nos deja nada para interpretar». ¡Nada, excepto que esa era en realidad la intención del Presidente!. Freud da por supuesto, sin base de ninguna clase, que el error representa la verdadera intención del Presidente, ¿pero no puede haber sido, simplemente, un error de la lengua?.

Cuando yo era un joven estudiante estuve interesado en el libro de Freud «La Psicopatología de la Vida Cotidiana», y particularmente en su interpretación de un lapsus en la conducta de cada día, en el que cita el ejemplo de un hombre que se equivoca de llave al intentar abrir la puerta principal de su casa. Freud lo interpreta como una demostración de que el hombre realmente desea estar en la casa cuya puerta será abierta por esa llave. Me pareció que podía haber una explicación psicológica sin recurrir a las intenciones, reprimidas o conscientes, en este caso. Yo guardaba mis llaves en un estuche de cuero, en donde reposaban, paralelamente, una al lado de otra, suspendidas por anillos de metal de una barra en la parte superior del estuche. La psicología experimental sugeriría dos causas principales para escoger ocasionalmente una llave indebida. La primera de ellas podría ser la semejanza de apariencia entre las llaves en cuestión; si ambas eran llaves Yale, entonces la confusión podía ocurrir fácilmente. Si una era una llave Yale y la otra, una gran llave metálica del tipo anticuado, entonces la confusión sería casi imposible. El segundo principio sería la posición (cercanía). Unas llaves contiguas serían mucho más fácilmente intercambiadas que otras llaves alejadas una de otra.

Incluso antes de convertirme en un profesor distraído, yo ya era un estudiante distraído, y a menudo me sucedía equivocarme de llaves. Tomé nota de las ocasiones, anotando cuidadosamente la llave que debiera haber usado y la que fue, de hecho, usada, en tales ocasiones. Naturalmente, fue fácil hallar el grado de proximidad entre ambas llaves contando simplemente el número de llaves que intervenían; es decir,. dos llaves estaban una al lado de otra, no había otra llave; una, dos, tres o más llaves indicarían cuán apartadas se encontraban las llaves en cuestión. Por lo que se refiere a la semejanza, acudí a la opinión de colegas que no sabían nada sobre el propósito del experimento.

Continué este experimento durante muchos años, y literalmente miles de veces ocurrieron errores de este tipo. Había una clara relación entre el número de errores cometidos, por una parte, y la semejanza de las llaves; cuanto más parecidas las llaves, mayor el número de errores. Paralelamente, había una relación lineal entre la distancia entre las llaves en el estuche y el número de errores; cuanto más cercanas las llaves, mayor el número de errores. Considerando juntas ambas causas era posible contar prácticamente todos los errores que se habían cometido. Dos llaves Yale situadas una al lado de otra totalizaban, con mucho, el mayor número de errores, mientras que una llave Yale a un lado del estuche y una gran llave anticuada en el lado opuesto nunca eran tomadas una por otra.

No estoy presentando esto como un experimento que tiende a desautorizar la teoría de Freud; es obvio que serían precisos más sujetos, más controles y un tratamiento estadístico más sofisticado. Además, yo no me encontraba en la feliz situación de que disfrutaban sus pacientes, que parecen haber tenido varias amantes viviendo en diversos barrios de Viena, de manera que las llaves de sus apartamentos podían ser confundidas con las de la casa del propio paciente, expresando su deseo de estar con una de sus amantes en vez de con su esposa. Lo que estoy tratando de indicar es, simplemente, que esta es una obvia explicación alternativa para ciertos tipos de parapraxis, y que cualquier tentativa de tratar científicamente el asunto debiera tomar en cuenta tales alternativas. Freud nunca lo hizo así, a pesar de que los principios involucrados eran bien conocidos en su tiempo.

Argumentos muy parecidos han sido aducidos en rela­ción con los errores lingüísticos, pero con mucho más apoyo experimental. Así, en un libro editado por V. Fromkin, titulado «Errores en la Composición Lingüística: Fallos de Lengua, Oído, Pluma y Mano », se muestra que la mayor parte de los errores lingüísticos pueden clasificarse en dos grandes categorías. La primera comprende errores en los cuales la palabra sustitutiva es similar en la forma fonológica a la palabra que se iba a decir, tal como sucede en los siguientes ejemplos: «señal» en vez de «simple», «confesión» en vez de «convención», «suburbios» en vez de «metro» (11). La segunda clase consiste en errores en los que la palabra sustitutiva está relacionada en significado (semántica o asociativamente) a la palabra que reemplaza, tal como ocurre en los siguientes lapsus: «No te quemes los dedos de las manos», en lugar de «dedos de los pies »; « conozco a su suegro » en vez de «a su cuñado»; «un pequeño restaurate japonés» en lugar de « ... restaurante chino» (12). Todos los errores de sustitución lexica de Freud pueden ser clasificados como parecidos a la palabra que se debía decir, ya por su forma, ya por su significado. Se dan detalles sobre ello en el libro de Fromkin, pero nos llevaría demasiado lejos ocuparnos de ellas aquí. Estas dos clases de errores son semejantes a las dos clases de errores que tuve en cuenta al analizar mis propias equivocaciones al escoger la llave errónea; tienen un sentido perfectamente aceptable en términos psicológicos ordinarios, sin necesidad de recurrir a elaboradas interpretaciones psicoanalíticas en términos de represión.

Cuando se trata de una cuestión de acceso a la memoria, la noción de «hábito» es ciertamente tan prominente como la de « motivación », y ha sido mucho más experimentada.

Al seleccionar la llave adecuada, cometí más errores con las llaves nuevas que con las que poseía desde hacía tiempo; en el último caso, la constatada repetición había resultado en un hábito de encontrar el lugar justo, mientras que la posición de las llaves nuevas todavía no había sido tan firmemente establecida por el mecanismo del hábito. Igualmente se ha demostrado que las palabras que una persona usa muy frecuentemente son causa de menos equivocaciones que las relativamente nuevas o raramente usadas. El hábito, igual que los demás factores mencionados, debiera ser tenido muy en cuenta antes de poder aceptar una interpretación de los errores únicamente en términos de motivación.

Es, en verdad, completamente erróneo, pensar en Freud como el primer hombre que se interesó en estos errores de la lengua y la pluma, o que escribió extensamente sobre ellos. El primer análisis psicolingüístico de alguna importancia sobre tales errores, junto con una colección de más de veinte mil errores ilustrados, fue publicado en Viena por Meringer y Mayer, bajo el título «Versprechen und Verlessen»; precedió al libro de Freud en unos seis años. Y aún otros habían precedido a Meringer y Mayer, algunos de ellos habiendo aparecido hasta nueve años antes, lo que demuestra que existía un vivo interés por el tema en esa época.

En el debate entre Meringer y Freud, ambos adoptaron unas posiciones extremistas. Freud decía que todos los errores de dicción, exceptuando tal vez algunos de los casos más sencillos de anticipación y perseverancia, podían ser incluidos en su teoría de lo inconsciente y explicados por los mecanismos represivos. Meringer adoptó una posición igualmente extrema, prescindiendo totalmente de tales causas. Las pruebas fácticas ciertamente no corroboran la teoría de Freud, pero en vista de la dificultad de negar completamente los errores motivacionales, la posición de Meringer tampoco puede ser sostenida enteramente.

En un capítulo debido a Ellis y Motley en el libro de Fromkin, cincuenta y un errores de sustitución léxica de un total de noventa y cuatro lapsus mencionados en la obra de Freud «Psicopatología de la vida cotidiana» son objeto de análisis. Llegan a la conclusión de que «los errores de sustitución léxica que Freud citó en apoyo de esta teoría de la intención conflictiva no se apartan, desde un punto de vista formal o estructural, de los errores analizados por los psicolingüistas». No es, pues, necesario, inferir mecanismos no lingüísticos para tenerlos en cuenta.

Se han hecho interesantes tentativas para comparar la influencia de los factores motivacionales con los lingüísticos. Uno de tales experimentos se ocupaba de los «spoonerismos», es decir, los legendarios lapsus lingüísticos cometidos por el Reverendo Dr. William Archibald Spooner (1844-1930), que fue Director del New College, de Oxford, desde 1903 hasta 1924. Los «spoonerismos» son las transposiciones accidentales de letras iniciales de dos o más palabras, de manera que tanto las palabras originales como las transpuestas tengan un significado en inglés; un ejemplo sería «Habéis siseado (o silbado) las lecturas misteriosas», en vez de «Os habéis perdido las lecturas misteriosas» (13).

Spooner era bien conocido por cometer tales errores al hablar (y también, según parece, al escribir) pero la mayoría de los más famosos «spoonerismos» son, probablemente, invenciones de otros.

Michael T. Motley usó factores lingüísticos y motivaciones al inducir a los estudiantes a cometer «spoonerismos» involuntariamente en una situación experimental. En uno de tales experimentos mostró a sus sujetos dos palabras, pidiéndoles que las pronunciaran. Los estudiantes fueron divididos en tres grupos, que recibían cada uno una diferente clase de tratamiento Se ideó un plan para crear un juego situacional cognitivo hacia una sacudida eléctrica.

A los sujetos se les colocaban falsos electrodos ostentosamente conectados a un marcador eléctrico, y se les dijo que el marcador podía emitir, al azar, descargas eléctricas, moderadamente dolorosas, y que en el transcurso de su tarea podían recibir, o no, tal descarga (no se administraron descargas, ¡por supuesto!). Este tratamiento fue llevado a cabo por un experimentador. El segundo tratamiento consistía en crear un juego situacional cognitivo hacia el sexo. A este propósito la tarea fue encomendada a una experimentadora que era atractiva, bien parecida, muy provocativamente vestida y de maneras seductoras (¡los estudiantes de psicología se divierten mucho!). El juego del tratamiento del sexo fue administrado en ausencia del aparato eléctrico. Finalmente, un tratamiento de juego neutro de control fue administrado por un experimentador, sin el aparato eléctrico. Estos juegos tenían por objeto producir factores motivacionales relacionados con las descargas eléctricas o con el sexo, o no producir juegos motivacionales en absoluto.

A los sujetos se les proponían palabras que no tendrían sentido, pero que eran susceptibles, mediante el «spoonerismo» de convertirse en palabras significativas, relacionadas con el juego de la electricidad o con el del sexo. Ejemplos del primero podrían ser shad bock, que podía ser «spoonerizado» en bad shock (14), o vany molts que podía ser «spoonerizado» en many volts (15). Para el juego del sexo las palabras sin sentido podían ser goxi furl que podrían ser «spoonerizadas» en foxy girls, o lood gegs que pasarían a convertirse en good legs (16).

Cada juego de palabras era precedido por tres palabras interferidas con el propósito de crear tendencias fonológicas hacia el esperado error por «spoonerismos». Por ejemplo la expresión bine foddy, que se suponía debía ser «spoonerizada» en fine body, era precedida por las palabras interferidas fire bobby, five boggies, etc. (17), sugiriendo que la primera palabra debiera empezar con una f, y la segunda con una b. Los resultados fueron que el «spoonerismo» ocurría más frecuentemente en los conjuntos cuyos errores se emparejaban con el juego de tratamiento cognitivo que en los conjuntos cuyos errores no se relacionaban con el tratamiento. En otras palabras, el juego del sexo contenía más errores en sexo que en electricidad, el juego de electricidad más errores de electricidad que de sexo, mientras que el juego neutro daba igual número de errores de ambos tipos. Metley consideró que esto era una prueba de la teoría de Freud, pero por supuesto esto no es así. Es dudoso si los juegos son motivacionales; pueden simplemente apelar a diferentes hábitos y conexiones asociativas. Pero, lo que es peor de todo, la teoría de Freud implica que los factores motivacionales son deseos infantiles reprimidos; ni siquiera Motley pretendería que las emociones producidas al oir que uno va a recibir descargas eléctricas al azar, o por la visión de una chica guapa provocativamente vestida son inconsistentes. El experimento es interesante, pero no tiene nada que ver con las teorías freudianas. Algo muy parecido debe decirse acerca de todos los demás experimentos similares que han sido mencionados en la literatura psicológica. Son interesates por sí mismos, pero no prueban la teoría de Freud, ni en un sentido ni en otro.

Ocupémosnos ahora de un típico ejemplo freudiano de lapsus lingüísticos. Ha sido a menudo calificado, no sólo por el mismo Freud, sino también por sus discípulos y críticos, como superiormente impresionante y ejemplo revelador del «lapsus freudiano». Ha sido también analizado, con todo detalle por Sebastiano Timpanaro, bien conocido experto lingüista italiano, en su muy importante libro «El lapsus freudiano». Los lectores que se interesen por el tema debieran consultar el relato completo de Timpanaro, que está brillantemente escrito y lleno de percepción; aquí nos limitaremos a dar una pequeña idea de la manera en que él expone su argumento.

Empecemos con la historia freudiana por sí misma. Freud inicia una conversación en un tren con un joven judío austríaco que se lamenta de la posición de inferioridad en que se mantiene a los judíos en Austria-Hungría. En su apasionada exposición de los hechos el joven desea citar unas líneas de Virgilio, dichas por Dido que ha sido abandonado por Eneas y está a punto de cometer suicidio: Exoriare afiquis nostris ex ossibus Ultor. Esto es difícil de traducir literalmente, pero significa algo así como «Que alguien surja de mis huesos como un vengador» o «Surge de mis huesos, ¡oh Vengador! quien quiera que seas». No obstante, el joven judío, cita el párrafo incorrectamente, como Exoriare es nostris ossibus Ultor, es decir, omite aliquis e invierte las palabras nostris ex.

Apremiado por el joven, que le conoce de nombre y ha oído hablar de su método psicoanalítico. Freud trata de «explicar» este error en términos psicoanalíticos. Usando el método de la libre asociación de Galton, Freud dice: «Debo pedirle que me diga cándida y honradamente, lo primero que acuda a su mente si dirige su atención a la palabra olvidada sin ninguna finalidad definida». Entonces Freud cita la secuencia de asociaciones del joven judío a la palabra aliquis, que empieza como sigue: Requiem – Liquidación - Fluido. Luego viene San Simón de Trento, un niño martirizado en el siglo XV, cuyo asesinato fue atribuido a los judíos, y cuyas reliquias en Trento habían sido visitadas por el joven judío no mucho tiempo atrás. Esto es seguido por una sucesión de santos, incluyendo San Genaro, cuya sangre coagulada, guardada en un frasco en la Catedral de Nápoles, se licua milagrosamente varias veces al año; la excitación que se apodera de las supersticiosas gentes napolitanas si ese proceso de licuefacción se retrasa, se expresa en pintorescas invectivas amenazas contra el santo. Finalmente, llegamos a la ansiedad y preocupación del joven judío, originadas, según Freud, por el lapsus original, concretamente el hecho de que él mismo se halla obsesionado con pensamientos acerca de una «ausencia de fluido líquido», porque teme haber dejado encinta a una mujer italiana, cuando estuvo con ella en Nápoles; esperaba recibir confirmación de sus peores temores de un día a otro. Además, uno de los otros santos en la secuencias de asociaciones siguiendo a San Simón es San Agustín, y Agustín y Genaro están ambos asociados en el calendario (agosto por Agustín y Genaro por enero), es decir, sus nombres deben sugerir un temor a un hombre aterrado ante la perspectiva de ser padre (no es importante para Freud que los dos meses estén tan distantes, y ni siquiera separados por los fatales nueve meses, en este caso). Freud relaciona el asesinato del niño santo, Simón de Trento, con la tentación de infanticidio. Y concluye con considerable satisfacción: «Debo dejar a su propio juicio el decidir si puede explicar todas esas relaciones con la suposición de que se trata del azar. Puedo, no obstante, decirle que cada caso que usted se decida a analizar le llevará a cuestiones de azar que son igual de sorprendentes ».

Lo que Freud sugiere es esto. El joven judío está preocupado porque teme haber dejado encinta a su amiga italiana, y esa preocupación reprimida emerge en la forma del lapso verbal cuando cita a Virgilio. La cadena de asociaciones que empieza con las palabras involucradas en el lapsus conduce a ideas que se refieren a niños, fluídos meses del calendario, infanticidio y otras nociones que, según Freud, están claramente asociadas con el hecho de que la amiga del joven judío ha dejado de tener sus períodos. Uno se pregunta por qué alguien consideraría esas preocupaciones como «reprimidas» con cualquier sentido; no son ciertamente inconscientes, sino que, al contrario, están en primer plano de la consciencia del joven judío, pero la hipótesis de que las libres asociaciones a partir del lapsus conducen a pensamientos preocupantes o complejos en su mente pueden ser difícilmente rechazada. Pero, ¿demuestra todo esto, o ayuda siquiera a demostrar, la teoría general de Freud?.

Antes de ocuparnos críticamente del análisis de Freud, consideremos cómo Timpanaro, el experto lingüista, explicaría el lapsus. «¿Cuál es la explicación de este doble error?», se pregunta. La explicación se basa en el bien conocido hecho de la canalización, es decir, el hecho de que palabras y expresiones que son más arcaicas, retóricas, y estilísticamente poco usadas, y por consiguiente no corrientes en la tradición lingüístico-cultural del orador, son reemplazadas por palabras más simples y corrientes. La persona que transcribe o recita tiende a sustituir palabras o frases de la herencia literaria por formas de expresión de uso más común. En el párrafo de Virgilio citado por el joven compañero de viaje de Freud, la construcción es dramáticamente anómala. La anomalía consiste en la coexistencia de la segunda persona singular (exoriare) con el pronombre indefinido (aliquis): Dido tutea al futuro Vengador, como si le viera en pie ante ella, mientras al mismo tiempo expresa con aliquis su identidad indeterminada. Así la expresión de Dido es, al mismo tiempo, un augurio, tan vago como tales augurios tienden a ser («que venga, más pronto o más tarde, alguien para vengarme») y una profecía implícita de la venida de Aníbal, el Vengador que Virgilio tenía ciertamente en la mente cuando escribió este párrafo.

Ahora bien, en alemán, el idioma hablado por el joven amigo de Freud, así como en inglés, tal construcción es virtualmente intraducible en el sentido literal. Timpanaro hace observar la dificultad: «Algo debe ser sacrificado: o bien uno desea aludir el misteriosamente indeterminado augurio, lo que conlleva convertir Exoriare en la tercera persona del singular en vez de en la segunda persona (« ...que surja algún vengador»); o bien prefiere conservar la inmediatez y el poder directamente evocativo de la segunda persona del singular, lo que conlleva modificar en algo, o incluso suprimir del todo, el aliqua («Aparece, ¡oh Vengador!, quienquiera que seas ... »). Los traductores de Virgilio al alemán, según dice Timpanaro, han tenido que escoger una u otra alternativa, y es plausible que el joven austríaco, para el cual las palabras de Dido no eran, sin duda, más que una lejana memoria del colegio, se inclinara inconscientemente a banalizar el texto, es decir, a asimilarlo con sus conocimientos lingüísticos. La eliminación inconsciente de aliquis corresponde a esta tendencia; el resto de la frase puede ser fácilmente traducido al alemán sin ninguna necesidad de forzar o alterar el orden de las palabras. La tendencia es acentuada por el hecho de que la lectura original de Virgilio es corriente, no sólo desde el punto de vista del alemán, sino también dentro del contexto del latín; esto llevaría fácilmente a un joven que ha sido moderadamente bien instruido a «restaurar» la clase de orden gramatical que aprendió en la escuela. Timpanaro abunda en muchos más detalles de los que es posible traer a colación aquí, pero no da un buen ejemplo de banalización como explicación de este «lapsus freudiano». Pero, ¿qué diremos de la cadena de asociaciones?.

Aquí Timpanaro hace una sugerencia muy buena. Llama la atención sobre una suposición hecha por Freud sobre la cual no hay ninguna prueba. Freud asume que es la preocupación por el hecho de que la amante no haya tenido el período lo que causa el lapsus, y que la cadena de asociaciones lo demuestra. Pero es igualmente posible que cualquier cadena de asociaciones, empezando por cualquier palabra arbitrariamente escogida, conduzca a lo que predomina en la mente del «paciente», porque sus pensamientos siempre tenderían hacia ese tema dominante. Timpanaro cita un número de ejemplos para mostrar cuán fácilmente podrían construirse cadenas de asociaciones para la preocupación y ansiedad del joven judío, a partir de cualquier palabra de la cita de Virgilio; hace observar que tales cadenas de asociaciones no serían más grotescas y torturadas que las que Freud usó como prueba. También dice que Freud, de hecho, no permitió al sujeto asociar libremente; sutilmente guió la cadena de asociaciones mediante comentarios que le llevaron al camino que finalmente tomó el joven. Así, las sedicentes « libres asociaciones » están, en parte, determinadas por los comentarios sugestivos de Freud, en parte por el conocimiento que de Freud y sus teorías tenía el joven judío, y sobre todo por su interés en asuntos sexuales. Todo esto debe haber determinado, hasta cierto punto, la dirección de sus asociaciones, empezando por el punto que se quisiera.

Pero volvamos a la cuestión crucial. Si podíamos haber empezado por cualquier palabra y mediante una cadena de asociaciones llegábamos a la misma conclusión, entonces está claro que la teoría freudiana es completamente errónea. Esto precisaría un experimento de control muy obvio, pero Freud y sus seguidores nunca quisieron someter el asunto a una prueba. Cuando yo era psicólogo en el Hospital de Emergencia Mill Hill durante la guerra, probé el experimento con un número de pacientes que ingresaron en el hospital con dolencias neuróticas o levemente psicóticas. Les hacía contarme sus sueños, y luego les hacía asociar libremente con los diversos elementos del sueño. Descubrí, tal como Galton y Freud, que ciertamente, siguiendo ese método, pronto llegaba a determinadas preocupaciones profundas y ansiedades que molestaban a los pacientes, aunque por lo general aquéllas eran conscientes y no indicativas de deseos infantiles reprimidos.

En cualquier caso probé entonces el experimento de control. Habiendo analizado, siguiendo el esquema freudiano, los sueños de Mr. Jones y Mr. Smith, le pedí entonces a Mr. Jones que asociara libremente con los elementos del sueño contado por Mr. Smith, y viceversa. El resultado fue nítido; las cadenas de asociación terminaron precisamente en los mismos «complejos« tanto si se aplicaban a los sueños de la otra persona como a los de uno mismo. En otras palabras, la cadena de asociaciones es determinada por el «complejo», no por el punto inicial. Esto invalida completamente la teoría freudiana, y uno se pregunta por qué los psicoanalistas no han probado estos simples métodos experimentales de verificar con hipótesis alternativas.

No estoy afirmando aquí que esta hipótesis alternativa sea necesariamente cierta. Estoy diciendo simplemente que, junto con la banalización proporciona una hipótesis alternativa muy sólida e importante a la teoría freudiana, y que en la ciencia es absolutamente vital que las hipótesis alternativas sean sometidas a una prueba experimental. Los psicoanalistas no tienen ningún derecho a afirmar que sus puntos de vista sean correctos mientras no se haya llevado a cabo ni un solo test empírico, con suficiente detalle y a una escala lo bastante amplia, como para obtener resultados convincentes, en un sentido u en otro. La evidencia existente no es ciertamente suficiente para «demostrar» la teoría de Freud; es más, en muchos casos parece contradecirla. No sólo hay hipótesis alternativas con un buen respaldo experimental, sino que además puede verse que en la mayoría de los casos citados por Freud el «complejo» no es en absoluto inconsciente o reprimido. El joven judío de la historia mencionada se daba perfecta cuenta de lo que él temía, y de hecho estaba pensando constantemente en ello. Así, los factores motivacionales han podido estar en activo (si deseamos rechazar la banalización como la simple explicación del lapsus), pero tal no es la teoría de Freud. Los lectores atentos del libro de Freud se darán cuenta de que esto es cierto en casi todos los casos. Por consiguiente, tal como sucede en el caso del libro de Freud sobre la interpretación de los sueños, los ejemplos aducidos por él en apoyo de su tesis lo que hacen, de hecho, es debilitarla.

Sólo podemos concluir que la amplia aceptación de las teorías freudianas sobre el sueño y los lapsos de lengua y pluma no se basa en una lectura racional y crítica de sus obras; no aduce pruebas reales sobre lo correcto de sus teorías, sino que se limita a citar impresionantes e interesantes -aunque irrelevantes- interpretaciones que, si aceptamos sus propias explicaciones, contradicen sus teorías específicas. Las teorías son comprobables, y es de esperar que adecuados tests en gran escala serán llevados a cabo de la manera debida, comparando las teorías freudianas con las alternativas. Por lo tanto, mientras esto no se haga, es imposible aceptar las teorías freudianas como demostradas, ni siquiera plausibles; las teorías alternativas tienen mucho más respaldo, y están más en línea con el sentido común. Hablar de «lapsus freudianos» y «símbolos freudianos» es un absurdo; tanto el simbolismo como la interpretación de los lapsus eran corrientes mucho antes de que Freud formulara sus teorías, y tal era el método de asociación que usó para respaldar su caso. Sean lo que sean los suenos y los lapsos de lengua y de pluma, ciertamente no son el camino real hacia el inconsciente; a lo más pueden ser, a veces, motivados por pensamientos súbitos cargados o no con fuertes emociones. Sobre esto hay alguna evidencia; sobre los deseos «inconscientes» y «reprimidos» en la ecuación freudiana no hay evidencia en absoluto, ni siquiera en los ejemplos del mismo Freud.

Hace unos años se ha formulado una nueva opinión sobre el lapsus aliqua, que arroja una luz completamente nueva sobre él. La historia comienza con la «revelación» de que Freud tuvo una relación secreta con la hermana de su mujer, Minna. Como es bien conocido, la historia sexual de Freud fue en gran parte una historia de frustraciones, empezando por su abstinencia durante sus cuatro años de cortejo a Martha Bernays, y continuando con las restricciones impuestas en el curso de los primeros nueve años de su matrimonio, durante los cuales ella estaba, por lo general, preñada, a menudo enferma, y, por consiguiente, sexualmente no disponible para Freud; a todo esto siguieron más años de abstinencia después de la sexta y última preñez de su mujer, cuando la pareja, aún sin terminar por completo su sexualidad marital, estuvo muy cerca de ello, habiendo dedidido que la abstinencia era la única manera de evitar tener más hijos.

Se ha suguerido que el creciente interés de Freud en la sublimación sexual, la rivalidad edípica, y la envidia del pene estuvo motivado en gran parte por inquietud personal; en sus sueños de esa época parece que imaginaba ser emasculado, que había sido privado de derechos sexuales por su mujer, y que sus hijos habían convertido sus órganos sexuales en reliquias. Fue entonces cuando Freud se prendó de su cuñada Minna, según Carl Jung, primero amigo de Freud y luego rival suyo... La historia fue publicada por un americano, amigo de Jung, llamado John Billinsky, que reveló que cuando Jung visitó a los Freud por primera vez en Viena, Minna le había confesado que se sentía culpable por sus relaciones con Freud. Billinsky cita a Jung, que dijo: «Así me enteré que Freud estaba enamorado de ella y que sus relaciones eran, ciertamente, muy íntimas. Fue, para mí, una revelación chocante, y todavía ahora puedo recordar la agonía que sufrí entonces ». La reacción de Jung es sorprendente toda vez que él mismo, como es bien sabido, no era muy renuente a las relaciones extra-maritales.

La historia sería de escaso interés para nadie, excepto para murmuradores lascivos, si no fuera por el hecho de que hace pocos años, dos escritores, Oliver Gillie y Peter Swales, afirmaron que el joven judío en la historia de aliquis no era un conocido de Freud, sino ¡el mismo Freud!. Dicen que cuando Freud y Minna viajaron juntos por Italia, en agosto de 1900, Minna finalmente cedió a Freud y quedó encinta. La evidencia principal para tal afirmación está en la interpretación del aliquis. Según Gillie y Swales, era Freud quien estaba preocupado porque Minna le diera muy desagradables noticias; no eran los períodos de una dama italiana los que se habían detenido, ¡sino los de la cuñada del mismo Freud!.

¿Qué otras razones da Swales para tal sugerencia?.

En primer lugar, están las semejanzas personales entre el joven de la anécdota y el mismo Freud; ambos eran judíos, ambos se sentían afectados por la frustración de las necesidades judías por el antisemitismo, y ambos eran ambiciosos. Además, el joven estaba familiarizado con algunas de las publicaciones psicológicas de Freud, incluyendo la más bien abstrusa sobre olvidos inconscientemente motivados. Podía extraer citas de la «Eneida», como Freud, y también parecía conocer a otros autores que sabemos Freud apreciaba. El joven había visitado la iglesia de Trento donde se guardaban las reliquias de San Simón, que Freud había visitado recientemente con Minna; y en la conversación incluso utilizó la metáfora de la reencarnación, «nuevas ediciones», que Freud había utilizado ya varias veces en sus escritos.

Si esta historia fuera cierta, entonces las interpretaciones del lapsus lingüístico asumirían un aspecto completamente diferente, y el aparentemente milagroso descubrimiento del complejo «escondido» en otra persona sería mucho más fácilmente inteligible al referirse a las preocupaciones conscientes del propio Freud. Pero, ¿es esta interpretación plausible?. Allan C. Elms se ha ocupado cuidadosamente de la evidencia, y suscita muchas interrogantes que hacen parecer increíble la historia de Swales. Al final de su relato Swales desafió a «los que aún prefieren defender lo que yo considero el punto de vista excéntrico, o sea que el relato de Freud debe ser creído. ¡Qué encuentren evidencia real de que el «joven», existió en otro lugar más que en la imaginación de Freud! ». Elms aceptó este desafío y sugirió que «el joven existió en ese sitio y en esa época. Swales incluso menciona su nombre, sin considerar seriamente que podía haber sido el joven. Su nombre era Alexander Freud, y era el hermano más joven de Sigmund». Elms aporta muchas pruebas en favor de ese punto de vista, empezando por el hecho de que Alexander era un bien conocido mujeriego, estaba familiarizado con las publicaciones de Freud (incluso las abstrusas), había viajado recientemente por el extranjero, se había encontrado con Freud en esa época, y en muchos otros aspectos encajaba con la descripción. Obviamente, cualquier conclusión a la que se llegue ahora, tanto tiempo después de los hechos, sólo puede basarse en la especulación.. Las posibles relaciones extra-maritales de Freud no pueden ser de gran interés por sí mismas, excepto en la luz que puedan aportar a sus teorías. Gillie y Swales afirman, por ejemplo, que los principales componentes de las teorías sexuales de Freud sólo pueden comprenderse con referencia a su supuesta relación con Minna; Gillie afirma que, «está claro que la idea de Freud sobre el incesto estaba coloreada, si no inspirada, por la relación sexual con la hermana de su mujer, Minna Bernays», y Swales atribuye toda la teoría del complejo de Edipo a esa relación «incestuosa» de Freud.

Incluso si el joven en cuestión era Alexander Freud, y no el mismo Sigmund Freud, nosotros miraríamos toda la historia bajo una luz completamente diferente. Freud debía conocer bien todas las circunstancias de la vida de Alexander, mucho más que las de una persona conocida casualmente en un tren, y por consiguiente sus pensamientos deberían casi inevitablemente empezar por el bien conocido hecho de que Alexander era un mujeriego, y llegar a una interpretación natural, concretamente la posibilidad de que su «enamorada» no tuviera sus períodos y estuviera encinta.

Para terminar con esta historia más bien extraña, citaré un comentario final de Elms, que creo condensa de una manera muy razonable toda esa tempestad en un vaso de agua:

Freud propuso que los deseos incestuosos inconscientes estaban bloqueados por tabús inconscientes, de manera que los sentimientos edípicos son comúnmente expresados, no en una relación incestuosa real con un miembro de la familia, sino en la fantasía, la neurosis y la conducta sublimada. Hacia el año 1900, Freud estaba mucho más interesado en fantasías incestuosas que en la cosa real. Tal vez tuvo fantasías sobre Minna, pero hasta ahora no ha aparecido ninguna prueba convincente de que nunca llevara a cabo tales fantasías convirtiéndolas en actos. En cualquier caso, él no necesitaba a Minna para hacerle particularmente sensible a consecuencias de deseos incestuosos. ¡Siempre había tenido a su madre!.

Tal vez este episodio debiera haber sido incluido en el primer capítulo, sobre «Freud, el hombre», pero como es tan relevante con relación a la historia aliquis pareció apropiado insertarlo aquí. Ilustra, en todo caso, la observación hecha en el primer capítulo de que los hechos de la vida personal de Freud son muy apropiados a sus teorías, tanto si éstas habían sido inspiradas por una aventura con Minna como por sus fantasías a propósito de su madre.

 


La Editorial
Indice  Anterior Principio de Página Siguiente
Imprimir

Hans J. Eysenck: Decadencia y Caída del Imperio Freudiano