Federico II El Grande de Prusia - El Anti-Maquiavelo

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FEDERICO EL GRANDE DE PRUSIA

EL ANTI-MAQUIAVELO

Ensayo de una crítica a Maquiavelo sobre el príncipe y su arte de gobernar

Fecha de Edición 1740
Edición electrónica- Buenos Aires 2006


INDICE

El Rey de las Mil Caras (Reseña Biográfica)
    Niñez y Primera Juventud
    El Rey
    El organizador
    El artista

Prólogo del Traductor
    El arte de lo posible
    Del dicho al hecho...
    El objeto de la política
    Realismo práctico
    Visión política

EL ANTI-MAQUIAVELO

Prefacio: Examen del Príncipe de Maquiavelo

Capítulo I: De las varias clases de principados y del modo de adquirirlos.

Capítulo II: De los principados hereditarios

Capítulo III: De los principados mixtos

Capítulo IV: Por qué, ocupado el reino de Darío por Alejandro, no se rebeló contra sus sucesores después de su muerte.

Capítulo V: De qué manera deben gobernarse los Estados que, antes de ocupados por un nuevo príncipe, se regían por leyes propias.

Capítulo VI: De los principados que se adquieren por el valor personal y con las armas propias.

Capítulo VII: De los principados nuevos que se adquieren por la fortuna y con las armas ajenas.

Capítulo VIII: De los que llegaron a príncipes por medio de maldades.

Capítulo IX: Del principado civil

Capítulo X: Cómo deben medirse las fuerzas de los principados

Capítulo XI: De los principados eclesiásticos.

Capítulo XII: De las diferentes clases de milicia y de los soldados mercenarios

Capítulo XIII: De los soldados auxiliares, mixtos y mercenarios

Capítulo XIV: De las obligaciones del príncipe en lo concerniente al arte de la guerra.

Capítulo XV: De las cosas por las que los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados

Capítulo XVI: De la liberalidad y de la miseria

Capítulo XVII: De la clemencia y de la severidad, y si vale más ser amado que temido

Capítulo XVIII: De qué modo deben guardar los príncipes la fe prometida

Capítulo XIX: El príncipe debe evitar ser aborrecido y despreciado.

Capítulo XX: Si las fortalezas y otras muchas cosas que los príncipes hacen son útiles o perjudiciales.

Capítulo XXI: Cómo debe conducirse un príncipe para adquirir consideración.

Capítulo XXII: De los ministros o secretarios de los príncipes.

Capítulo XXIII: Cuándo debe huirse de los aduladores.

Capítulo XXIV: Por qué muchos príncipes de Italia perdieron sus Estados.

Capítulo XXV: Del dominio que ejerce la fortuna en las cosas humanas, y cómo resistirla cuando es adversa..

Capítulo XXVI: De las distintas clases de negociaciones y de causas de las guerras que deben ser llamadas justas.

NOTA BIBLIOGRÁFICA



Reseña biográfica

 

EL REY DE LAS MIL CARAS

"Der Alte Fritz" (El Viejo Fritz)Federico II de Prusia, de la Dinastía Hohenzollern, nació en Berlín un 24 de enero de 1712, hijo de Federico Guillermo I de Prusia y nieto de Jorge I, elector de Hannover y rey de Gran Bretaña.

Niñez y Primera Juventud

Federico, seguramente no tuvo lo que hoy llamaríamos una niñez feliz. Su padre, que pasó a la Historia como “el Rey Soldado”, lo educó en un ambiente autoritario, duro y militar que resultaba diametralmente opuesto a sus inclinaciones naturales más inclinadas hacia el pensamiento, las bellas artes y las ciencias.

A la edad de 18 años, harto de la tiranía paterna, intentó fugar a Inglaterra con su amigo Hans Hermann von Kate pero la tentativa fue descubierta, ambos fueron encarcelados en la fortaleza de Kustrin y Federico Guillermo I hizo decapitar a von Kate ante los propios ojos de Federico. Más tarde, en 1733, también por imposición paterna, contrajo matrimonio con Elisabeth Christine Braunschweig con la cual convivió sólo formalmente y no tuvo descendencia.

El Rey

Federico II El ReyAscendió al trono en 1740 y, contra lo que algunos esperaban, no se dedicó ni a la música, ni a la filosofía, ni a la literatura. Su primer preocupación fue la de consolidar y fortalecer el poder de una Prusia que hasta ese momento no había conseguido remontarse más allá de un muy discreto rango, casi provinciano, entre las grandes potencias europeas.

Inició la Primera Guerra de Silesia por medio de la cual buscó darle a Prusia, considerablemente desmembrada y muy pobre en recursos naturales, una región económicamente más favorable y más fácil de defender.  En Silesia, obtuvo la brillante victoria de Mollwitz, que demostró tanto la eficacia del ejército creado por su padre como su propio talento estratégico.

Hasta 1742, la debilidad de los austríacos lo indujo a una alianza con Francia de la que se retiró una vez que tuvo asegurada la posesión de Silesia. Pero Austria no se resignó tan fácilmente a ceder parte de sus territorios. Los problemas de sucesión que enfrentaban los Habsburgos y que desembocaron en la llamada Guerra de Sucesión de Austria, prácticamente obligaron a Federico a iniciar una nueva campaña en 1744. Durante la misma, salvó en varias ocasiones a su ejército del desastre gracias a su genio militar.

En la paz de Dresde en 1745, Austria terminó reconociendo a Prusia la posesión de Silesia, pero los conflictos de fondo estaban lejos de haber quedado resueltos. En 1756 se formó la coalición de Austria, Rusia, Francia y Suecia contra Prusia.  Ésta, a su vez, recibió un no demasiado entusiasta apoyo de Gran Bretaña ya que a los ingleses les convenía tener a Francia ocupada con problemas en el continente. La guerra que estalló es conocida como la Guerra de los Siete Años. Económicamente significó un tremendo desgaste para Prusia pero salió de ella convertida en potencia militar y Federico, a partir de allí sería conocido como “El Grande”.

Estatua de Federico el GrandeLa pequeña y provincial Prusia, el otrora “estercolero” del Sacro Imperio Romano Germánico, se sentaba ya a la mesa de las otras cuatro grandes potencias europeas, si no en un pie de igualdad, al menos infundiendo un saludable respeto. Austria, Francia, Rusia e Inglaterra apartir de allí tuvieron que incluir en sus proyectos a un quinto interlocutor.

Federico no sólo conservó Silesia sino que recuperó Pomerania, Sajonia y otros territorios ocupados por sus enemigos. En Rusia, la muerte de la zarina Isabel, el interregno de Pedro III  y finalmente el ascenso al trono de Catalina II La Grande le permitieron a Federico aproximarse a Rusia y comenzar con la reconstrucción de su país devastado por la guerra. De su pacto con Catalina II de Rusia obtuvo la Prusia polaca, además de Danzig (hoy Gdansk) y Thorn. Esto le permitió unir las regiones de Brandenburgo y Pomerania. Desde ese momento Federico pudo llamarse Rey de Prusia y no tan sólo Rey en Prusia como había sido coronado.

El organizador

Federico no destruyó ni abolió a la nobleza prusiana. Simplemente se apoyó en ella y aprovechó su propio prestigio para ponerla en su lugar. A partir de allí, emprendió toda una serie de reformas e innovaciones cuyo solo listado es poco menos que asombroso.

Soldado prusianoA Federico se lo cita con frecuencia por haber construido una gran y muy eficiente maquinaria militar. Es cierto: continuando con la obra iniciada por su padre, construyó un formidable ejército estable de unos 150.000 hombres cuya disciplina y organización sirvieron luego de modelo para las fuerzas militares del mundo entero. Él mismo fue, indiscutiblemente, un brillante estratega. La Historia militar lo registra como un maestro en el arte de la batalla a campo abierto: en 11 años de guerra libró 15 batallas de las cuales triunfó en 12. En comparación, sus generales se batieron en 7 batallas y fueron vencidos en 5.

Pero además de eso, centralizó la administración dotándola de funcionarios altamente capacitados y dedicados. Aumentó la presión fiscal para dotar de recursos al Estado pero suprimió las aduanas interiores y creó una banca estatal.

Reformó la administración de justicia sobre el principio de la estricta igualdad ante la ley al punto que concedió a todo ciudadano el derecho a dirigirse al rey, ya fuese por carta o personalmente. Su famoso principio en cuanto a que “el Rey es el primer servidor del Estado” marcó límites bastante estrechos a la posibilidad de abusos tanto a la burocracia estatal como a la nobleza. En 1777 reprendía a su ministro de justicia a través de una carta que se ha conservado con los siguientes términos: “Me desagrada sobremanera que se proceda tan duramente con las personas pobres que deben realizar trámites procesales en Berlin y que se las amenace con arrestarlas tal como sucedió, por ejemplo con un tal Jacob Dreher de Prusia Oriental quien se encuentra en Berlin con motivo de un proceso y al cual la policía ha querido arrestar. Ya he prohibido este tipo de proceder y deseo poner en su conocimiento que en mis ojos un campesino pobre vale lo mismo que el más distinguido de los condes y el más rico de los nobles. ¡La justicia vale igual para las personas distinguidas que para las humildes!

Abolió la tortura y eliminó gran parte de la censura. Prusia fue la primer monarquía absoluta que tuvo al menos una limitada libertad de prensa. Su argumento para concederla fue tan cáustico como irrebatible: “Si quieren leer cosas interesantes, ¡no joroben a los escritores!”.

Durante su reinado se creó un código de procedimiento civil que independizaba al Poder Judicial del Ejecutivo, y un código civil que rigió entre 1794 hasta 1900.

Fomentó la inmigración y la instalación de colonos, especialmente de campesinos, en las regiones devastadas por la guerra. Mejoró las condiciones de vida de los campesinos en general. En varias notas biográficas se afirma que Federico no realizó importantes cambios sociales. Esta es una verdad a medias. Es cierto que su proyecto de terminar con la servidumbre del campesinado chocó contra la tenaz resistencia de la nobleza y los grandes terratenientes, pero en los condominios dependientes directamente de la corona la abolición de la servidumbre fue gradualmente implementada. En los nuevos territorios adquiridos se construyeron pueblos y se asentaron campesinos libres. Por otra parte, es innegable que las reformas jurídicas impulsadas por Federico II sirvieron luego de base a los posteriores reformadores prusianos (v. Stein, Hardenberg, von der Marwitz y otros) que al final terminaron con la servidumbre no sólo en todas las posesiones públicas sino también en las de la nobleza. 

Un hecho que puede parecer secundario pero que tuvo una enorme importancia es que Federico cambió buena parte de las costumbres El Forum Fredericianumalimentarias y agrícolas de su pueblo introduciendo nuevos cultivos. La papa apareció en Prusia por su iniciativa, así como también fue suyo el proyecto de desecar los pantanos del curso inferior del Oder, algo que le hizo ganar al reino nuevos y fértiles territorios de cultivo.

Impulsó la adopción de las más novedosas técnicas productivas. Logró un gran desarrollo económico promoviendo el comercio y la industria con medidas efectivas.

Estableció y fomentó la tolerancia religiosa introduciendo la libertad de culto y eliminando la discriminación por motivos de fe. Gracias a su política de tolerancia, Prusia absorbió minorías religiosas enfrentadas en otras partes como la de los hugonotes y los católicos.  En el Forum Fredericianum de Berlin hay una iglesia protestante y una católica dispuestas lado a lado. Algo prácticamente inaudito para el Siglo XVIII.

Prusia, bajo Federico II, creció de una manera notable. A pesar de las bajas sufridas en las campañas y las guerras, los 2.5 millones de habitantes que tenía en 1740 llegaron a ser 6 millones hacia fines de la década de los ’80 del Siglo XVIII.

El artista

La Opera de Berlin, poco después de su inauguraciónY a todo esto, no dejó de ser un espíritu sensible, extremadamente refinado, con un exquisito gusto por las artes y un penetrante intelecto.

Su corte estuvo poblada de intelectuales y artistas. Desfilaron por ella desde Voltaire hasta Bach, que le dedicó su Ofrenda Musical compuesta sobre un tema sugerido por el mismo monarca. Aparte de ello, Federico fue un eximio ejecutante de flauta traversa. Compuso varias piezas musicales, como, por ejemplo, una Sinfonía en Re mayor y conciertos para flauta.

El Palacio de Sans SouciComo arquitecto diseñó los planos de los palacios de Sans-Souci y Potsdam y del edificio de la Ópera de Berlín. Hasta consiguió crear un estilo propio ubicado aproximadamente a media distancia entre el rococó y el neoclásico. Encaró y dirigió el reordenamiento urbano de Berlín, convirtiendo a la gris ciudad provinciana en una urbe moderna y pujante.

En materia de educación fomentó las ciencias volviendo a fundar la Academia de Berlín y declaró obligatoria la asistencia a las escuelas, desde los cinco hasta los 13 años. Durante su gestión se construyeron más de 100 escuelas.

Sobremesa en Sans SouciComo escritor, aparte del Anti-Maquiavelo, escribió obras de filosofía política, un ensayo sobre las formas de gobierno y varios otros trabajos. En 1770 confirmó a Kant como profesor en Königsberg. Su biblioteca llegó a tener más de 4.000 libros. Sus obras completas fueron publicadas en 30 volúmenes entre 1846 y 1857.

Murió el 17 de agosto de 1786 en Sans Souci, la residencia que había diseñado para si mismo y el único lugar de la tierra en dónde, sentado a una mesa, rodeado de brillantes y prestigiosos artistas, intelectuales y amigos, conversando con ellos sobre los más diversos temas en un derroche de nivel, ingenio y humor, quizás, a veces, hasta es posible que haya conseguido ser feliz.


 

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR

 

El arte de lo posible

Los críticos del Anti-Maquiavelo de Federico el Grande han tenido una tarea fácil. Nadie puede negar que es muy sencillo tomar la obra de un joven príncipe de 28 años y luego compararla con las decisiones de un rey que gobernó durante casi medio siglo y que murió apenas tres años antes de la Revolución Francesa de 1789.

Que la dura realidad se encarga de corregir a las más elaboradamente construidas teorías es algo que difícilmente necesite ser demostrado. Como que tampoco es demasiado necesario abundar en ejemplos para ilustrar cómo las más nobles intenciones del más honesto de los estadistas terminan tarde o temprano chocando contra lo posible y lo viable en materia de política práctica.

Juzgando muy superficialmente y tomando a Maquiavelo y a Federico el Grande como competidores de un torneo intelectual, alguno quizás sonreirá socarronamente dándole la victoria al florentino por amplio margen. Sólo que en la realidad – en esa “realidad real” que muchas veces se les escapa a quienes confunden realismo con materialismo y aún con trivialidad – las cosas no son tan sencillas. Porque la verdadera realidad, la realidad completa sin cercenamientos dogmáticos preconcebidos, muchas veces no sólo sigue a Aristóteles y transita por algo laberínticos caminos intermedios sino que, además, presenta muchas más componentes y variables que las detectables a simple vista.

Del dicho al hecho...

Si se repasa con atención la vida de Federico el Grande dándole al aspecto militar y bélico sólo la importancia que le corresponde y después, con la misma atención, se lee su Anti-Maquiavelo seguramente se descubrirán discrepancias entre la teoría y la práctica; entre la afirmación intelectual construida en la soledad del gabinete y la decisión política concreta tomada bajo circunstancias determinadas y elegida entre una gama limitada de alternativas viables, a veces sobre el mismo campo de batalla. Pero más allá de eso, habrá que tener muy mala fe para no descubrir concordancias notables y hasta pensamientos que resultan válidos más allá de entornos y posibilidades circunstanciales.

Cuando Federico II afirma, por ejemplo, que “El soberano, de ninguna manera es el amo absoluto de los pueblos que se encuentran bajo su gobierno. No es entre ellos más que su juez de última instancia. (Cap. I) ¿No se condice esto acaso bastante bien con su máxima “Yo soy el primer servidor de mi Estado” (“Ich bin der erste Diener meines Staates”), un lema que encuentra confirmación en prácticamente toda su biografía?

Y, si se le enrostran sus campañas militares – supuestamente contrarias al espíritu y a la letra de su obra - ¿no expresa acaso con suma claridad que los ejércitos son, en relación a las fuerzas militares de posibles adversarios o enemigos, “espadas desenvainadas que mantienen a las otras en su vaina”? (Cap.II)

El error que se comete con Federico II. – y parte de este error quizás proviene de Voltaire – es concebirlo como mucho más “idealista” de lo que realmente fue. No cabe duda de que se trata en él de un espíritu sensible y hasta elevado. Pero en todo caso, será idealista; no iluso. Le pone grandes exigencias a la honestidad intelectual: “El emplear el arte del discurso contra del bien de la humanidad es equivalente a herirse con la espada que nos es dada sólo para defendernos.” (Cap III)  No tiene una gran opinión que digamos de la violencia física: “Coraje y habilidad es algo que comparten tanto héroes como salteadores de caminos; la diferencia está en que el usurpador es un ladrón que se hace famoso mientras que el ladrón ordinario permanece siendo un miserable desconocido.(Cap.VI); pero también aclara con extremo realismo que hay circunstancias en las cuales “la guerra es un mal menor que la paz.” (Cap. XXVI) lo cual suena casi como una paráfrasis de Tácito que solía decir que es preferible una buena guerra a una mala paz. Aunque más no sea porque entre morir de hambre o morir peleando la decisión no es demasiado difícil.

El objeto de la política

Basta con leer tan sólo algunas páginas del Anti-Maquiavelo para percibir que la crítica que Federico II le hace a Maquiavelo es en buena medida de índole moral.

Se ha discutido mucho sobre el carácter moral, inmoral y hasta amoral de la política como actividad. No es cuestión de reproducir aquí los distintos argumentos; bastará con aceptar que, en esto, Federico II y Maquiavelo se encuentran prácticamente en las antípodas. Entre los – algo rígidos – principios germánicos y los – muy elásticos – criterios itálicos realmente media un abismo. Desde cierto punto de vista, comparando ambos autores, hay partes en que uno tiene la impresión de tener al severo Principal de una Orden de Caballería de un lado y al capo di mafia de una Honorabile Societá siciliana del otro. Resulta innegable que entre la Treue prusiana y la omertá florentina hay diferencias que van bastante más allá de las de matiz aún cuando ambos conceptos puedan traducirse por “lealtad”. 

Esta diferencia de enfoque necesariamente se refleja también en el análisis político. Mientras para el florentino la política es simplemente una cuestión de poder, para el prusiano el objeto de la política es algo diferente: “La paz y el bienestar del Estado es algo así como el punto central hacia el cual se dirigen todos los caminos del arte político.”(Cap. XXVI) Puede sonar extraña esta afirmación en alguien que condujo tantas batallas pero en esto, lo que hay que comprender es que, en la enorme mayoría de los casos, el trabajo de la construcción política y el de la consolidación de esa construcción requieren herramientas muy diferentes.

En términos generales, la actividad política tiene tres momentos-clave. Al principio está la conquista del poder puesto que los vacíos de poder son muy raros, en todo caso muy breves en el tiempo, y por regla general el poder está siempre ocupado por alguien que jamás lo entregará gratuitamente. A la conquista le sigue la construcción política mediante la cual el poder conquistado se afianza y avanza sobre los objetivos que su poseedor se ha propuesto. Y por último, casi diríamos que como corolario del primer momento, el poder necesita ser consolidado y defendido ya que siempre será disputado por otros que también aspiran a ejercerlo.

Cada uno de estos momentos exige estrategias, métodos y procedimientos propios y, en realidad, ni siquiera es lícito juzgar el desempeño de un político exclusivamente por alguno de los momentos de su gestión; o poniendo el acento exageradamente sobre alguno de estos momentos. Cuando juzgamos con equidad el carácter de un individuo cualquiera, tomamos en consideración la totalidad de su personalidad, con la totalidad de sus virtudes y defectos. De la misma manera la actividad política debe juzgarse de una forma integral. El resaltar hechos puntuales  – o hasta conjuntos particulares y seleccionados de hechos – podrá servir para la chicana de la discusión partidista; pero difícilmente es útil en un análisis político serio.

En lo esencial, lo que Federico II. sostiene es que: ... en la teoría del Estado se me podrá decir lo que se quiera: me pueden exponer conclusiones, erigir edificios doctrinarios, mostrar ejemplos, utilizar todas las disquisiciones. Al final, todos se verán forzados a regresar, aún en contra de su voluntad, a la equidad y a la justicia.” (Cap. XXIV) y esto, obviamente, se refiere al momento central, trascendente, de la actividad política que se desarrolla – o fracasa – cuando llega el momento de la construcción. Ese momento, el de la construcción, es en realidad el que justifica – o no – a los otros dos. Es precisamente el momento, también, al que de alguna manera se refiere Maquiavelo con su famosa y casi siempre mal citada frase de “el éxito (y no el fin) justifica los medios”.

Un político que fracasa al construir no puede ya justificar su conquista del poder ni tendrá nada que justifique lo que haga para defender su posición. Estos fracasos – o incluso omisiones cometidas por aquellos ambiciosos que sólo aspiran al poder por el poder mismo y por quienes son lo suficientemente mezquinos como para querer el poder por los privilegios que otorga – son justamente los que le han dado a la política el mal nombre y la pésima fama que muchas veces tiene.  El político que no construye algo que la sociedad puede valorar en forma positiva será siempre percibido como alguien que ejerce una actividad ilícita y, por consiguiente, será moralmente objetable. Federico II. vio este problema con extraordinaria claridad y realismo:  “...[los gobernantes] Tienen la obligación de liberar al mundo del falso concepto que se tiene del arte de gobernar; un arte que debería ser una cátedra de sabiduría y que por lo general es concebido como una guía para estafadores. Tienen la obligación de limpiar las alianzas desterrando artilugios y deslealtades, recuperando esa honradez y esa integridad que, la verdad sea dicha, se encuentra en pocos príncipes y que necesita ser fortalecida”. (Cap.XXIV)

Es muy cierto que en política no se puede lograr gran cosa sin ensuciarse las manos a veces. Pero eso no quiere decir que la política es sólo para quienes viven con las manos sucias. La política no es para quienes no se quieren despeinar ni aún haciendo el amor. Para hacer una tortilla hay que romper algunos huevos. Es cierto. Pero jamás se ha tenido una gran opinión de quienes no saben hacer otra cosa que romperlos constantemente.

Realismo práctico

Considerando el Anti-Maquiavelo ahora desde otro ángulo, no es tampoco muy difícil advertir que varias de las sentencias aparentemente morales de Federico II, en el fondo, no son más que apelaciones al más elemental sentido común.

Por de pronto, él mismo se encarga de restarle buena parte de valor práctico a las grandes discusiones teóricas de la política: “Lo que hace felices a los seres humanos no son los pensamientos sino las acciones de un príncipe.”(Cap. XVIII) y su visión de los límites de la ambición política no deja de ser bien gráfica: “Un príncipe que ambiciona poseerlo todo es como un hombre que atosiga su estómago con cualquier cantidad de alimentos sin tener en cuenta que no podrá digerirlos.” (Cap. XXIV).

En partes, incluso, se da la curiosa situación en que este realismo práctico lo lleva a ser casi tan “maquiavélico” como el propio florentino a quien critica. Sabía perfectamente que el sistema de príncipes electores funcionaba esencialmente sobre la base de dinero, como lo demostró  –  por ejemplo y entre muchos otros casos – la elección del Emperador Maximiliano I quien, en el Siglo XV, llegó al poder prácticamente comprado por la banca Fugger. En consecuencia, no tiene ningún inconveniente en afirmar sin ambigüedades que: “En las monarquías electivas, en dónde la mayoría de las elecciones tiene lugar por partidismos y el trono – dígase lo que se quiera – es venal, creo que un nuevo Señor comprará la voluntad de quienes se le han opuesto con la misma facilidad con la que ha comprado la de quienes lo han apoyado.” (Cap. XX) Difícilmente Maquiavelo hubiera estado en desacuerdo.

O bien, nótese este pasaje en dónde diferencia con astuta habilidad la política interna de la externa: “Puesto que para la administración interna de un país no se requiere más que órden y justicia, un hombre honrado puede cumplir perfectamente con esa tarea.  Pero cuando hay que persuadir y crearles dificultades políticas a los vecinos, es bien fácil darse cuenta de que para ello no hace falta tanta honestidad como sagacidad y agudeza.” (Cap. XXII) En otras palabras: la honradez está muy bien y es indispensable para construir. Pero cuando se trata de consolidar o conquistar poder, con lo primero que hay que contar es con la probable deshonestidad básica del enemigo. Y, otra vez, es difícil que Maquiavelo hubiese discutido demasiado el punto.

Ello no obstante, para Federico II la deshonestidad absoluta es una mala apuesta. Aunque más no sea por una simple cuestión de sentido común: “Dad el ejemplo de la traición y deberéis temer el ser traicionados; dad el ejemplo del asesinato y deberéis tener temor de las manos de vuestros discípulos.” (Cap. VII) Pero no se trata de ser buenos al punto de resultar buenudos; es simplemente cuestión de no ser tan buenos como para resultar tontos: “Maquiavelo pretende que, en un mundo tan malo y corrupto, no es posible ser completamente bueno sin exponerse a perecer. Por mi parte afirmo que, a fin de no perecer, hay que ser tanto precavido como virtuoso.” (Cap XV).  En otras palabras y poniéndolo en términos binarios: virtuoso si; iluso no.

El problema de la crueldad es que la misma se impone sobre el instante por el poder que la respalda pero hacia el futuro no tiene proyección posible. Las personas podrán obedecer a un gobernante cruel en un momento dado. Lo que jamás harán es confiar en él. Federico ironiza sobre la cuestión: “De un hombre que hace su aparición exhibiendo maldades ¿qué puede esperarse sino un gobierno violento y tiránico? Un hombre engañado por su mujer el mismo día de su casamiento ¿depositaría en el futuro grandes esperanzas en las virtudes de su esposa?“ (Cap. XXIV)

Visión política

Más allá de la polémica con Maquiavelo – que, por supuesto, es el objetivo esencial del libro – Federico II desarrolla en muchos pasajes conceptos que hacen a su propia visión política.

Interesante es, por ejemplo, su convicción de que no existen sistemas políticos universales, aplicables a cualquier país y en cualquier época: “... así como los médicos no tienen un remedio aplicable a todas las enfermedades y a todas las constituciones físicas, tampoco los políticos pueden prescribir reglas aplicables a todas las diferentes formas de gobierno.” (Cap. XII) porque, además, “La diferencia de los lugares hace a la diferencia de las reglas.”(Cap. XVI).  Un consejo que los partidarios de la aplicación universal de la democracia occidental de cuño liberal harían bien en tener en cuenta.

Otro concepto digno de reflexión es su observación de que una legalidad, por más perfecta y estricta que sea, aún no es garantía en absoluto de la verdadera legitimidad política; todo lo contrario: “El yugo de la tiranía nunca es más pesado que cuando el tirano viste el disfraz de inocente y la opresión tiene lugar a la sombra de la legalidad.” (Cap. VII)

Muy atractiva es, por otra parte, su idea de un sistema de premios y castigos: “Los castigos aplicados por un príncipe deben, pues, ser siempre menores que la afrenta; y los premios que otorga deben ser siempre más grandes que los servicios recibidos.” (Cap. XXI) Si esto se hace por bondad auténtica o tan sólo por frío cálculo, eso es algo que puede merecer distintas interpretaciones. Lo que no puede discutirse es que, políticamente hablando, el principio será casi siempre muy efectivo.

Su visión de la política internacional y de la estrategia de alianzas es de una pragmaticidad asombrosa, casi podría decirse (otra vez) “maquiavélica”: “Mientras más aliados tengáis, menos enemigos tendréis y, aún cuando no os ayuden, al menos podréis lograr que por algún tiempo permanezcan neutrales.” (Cap. X)

También es digna de interés su posición frente al lujo, a las riquezas y a la estratificación social en general. Federico II es el rey al que se le adjudica la frase aquella de “El Estado debe ser rico. Jamás, en toda la Historia Universal se ha respetado a un Estado pobre.” Aunque esto requiere una interpretación precisa porque, por el otro lado, también advierte que un príncipe no debe malgastar sus recursos en boatos y esplendores espectaculares que sólo sirven para drenar las arcas públicas y, por lo tanto, para debilitar a ese Estado: “El esplendor del Estado es peligroso cuando le falta el poder que lo respalda.” (Cap. X). En definitiva, lo que Federico II propone es un Estado generador de abundancia, y no tan sólo por una cuestión de bienestar general sino, curiosamente, porque especula con que esta abundancia disminuirá el poder de los ricos sobre los pobres: “El lujo que nace de la abundancia y que hace circular las riquezas por las venas de un Estado hace que un reino florezca. Un principado de esta clase fomenta la laboriosidad, aumenta las necesidades de los ricos y justamente por ello los hace más dependientes de los pobres.” (Cap. XVI). No deja de ser notable que lo que Federico II nos está diciendo aquí es casi exactamente lo contrario de lo que por lo común se supone. Cuando el Estado genera abundancia de un modo genuino, los ricos terminan siendo menos poderosos. Se les van creando necesidades que sólo la sociedad en conjunto puede satisfacer y eso es precisamente lo que los hace más dependientes de los menos ricos.

Por último, hay una observación, bastante recurrente a lo largo del libro, que llama poderosamente la atención. Es la sólida confianza que tenía Federico II en el régimen establecido. Valga un pasaje de muestra: “... ya no se oye hablar tanto de alzamientos y de revueltas; ya sea porque las personas se han cansado de combatirse, ya sea – y principalmente – porque los príncipes poseen en sus países un poder menos limitado.  El espíritu de rebelión, después de haberse agotado, parece descansar”. (Cap. XX). Y hablando específicamente de Francia y de los reyes franceses: “... ejércitos poderosos y un número muy grande de fortalezas le aseguran a los soberanos la posesión de esta monarquía para siempre ya que hoy tienen tan poco que temer de las guerras internas como de las empresas de sus vecinos.”  Cuando uno piensa que esto fue escrito apenas 49 años antes del estallido de la Revolución Francesa no puede menos que asombrarse.

¿Qué fue lo que turbó la visión – en otros casos tan penetrante – de este monarca que no le permitió ni siquiera sospechar la enorme tormenta que se avecinaba? Se podría esgrimir en su defensa que no fue el único sorprendido. Varias veces se ha señalado que la Revolución de 1789 tomó por sorpresa a todas las monarquías europeas, la francesa misma incluida. Le Bon, por ejemplo, subraya que, al principio al menos, a los revolucionarios franceses ni se les había ocurrido derrocar a la monarquía: “La primera Asamblea nunca soñó con fundar una república. Extremadamente monárquica, de hecho simplemente pensó en sustituir una monarquía absoluta por una monarquía parlamentaria.” (Gustave Le Bon “Psicología de las Revoluciones”, Parte II. Libro 1 Cap.2  Punto 2 - último párrafo). Lo que les sucedió a los revolucionarios franceses fue que el proceso se les escapó de las manos y no solamente terminaron en una república a contramano – que, si vamos al caso, duró tan sólo hasta la llegada de Napoleón – sino que la propia revolución acabó siendo la proverbial loba que se come a sus propios hijos.

Más allá de eso, también convendría quizás apuntar que las monarquías europeas no cayeron como consecuencia inmediata de la Revolución Francesa. El proceso fue considerablemente largo, en especial en Alemania que se convirtió definitivamente en república recién en 1918, después de la Primera Guerra Mundial.

Con todo, es un hecho que Federico II no presintió en 1740 la gran efervescencia política que terminaría estallando hacia finales de su siglo. ¿Se lo podemos echar en cara? Dentro del contexto de una controversia entre El Príncipe y el Anti-Maquiavelo acaso la pregunta correcta sería: en posesión de los mismos datos y con la misma información ¿lo hubiera previsto Maquiavelo?

Denes Martos
Febrero 2006


Federico el Grande de Prusia

 

EL ANTI-MAQUIAVELO

Ensayo de una crítica a Maquiavelo sobre el príncipe y su arte de gobernar

 

Prefacio: Examen del Príncipe de Maquiavelo

 

El Príncipe de Maquiavelo es a la ética lo que la obra de Spinoza es a la fe. Spinoza vació la fe de sus aspectos fundamentales y resecó el espíritu de la religión; Maquiavelo corrompió a la política y se dedicó a destruir los preceptos de la sana moral. Los errores del primero fueron sólo errores especulativos; los del segundo tuvieron fuerza práctica. Pero mientras los teólogos hicieron sonar campanas de alarma y lucharon contra Spinoza, refutando formalmente su obra y defendiendo a la Divinidad de sus ataques, Maquiavelo sólo ha sido molestado por moralistas. A pesar de ellos, y a pesar de su perniciosa moral, El Príncipe se encuentra con frecuencia sobre el púlpito de la política aún en nuestros días.

Me haré cargo de la defensa del humanismo contra este autor inhumano que pretende destruirlo. Me animo a oponer la Razón y la Justicia al engaño y al crimen; he colocado mis reflexiones sobre el Príncipe de Maquiavelo, capítulo por capítulo, de modo tal que el antídoto se encuentre inmediatamente próximo al veneno.

Siempre he considerado a El Príncipe como una de las obras más peligrosas que se hayan difundido por el mundo. Es un libro que cae naturalmente en las manos de los príncipes y de quienes aman la política. Con máximas que halagan a las pasiones es bien fácil corromper a un joven ambicioso cuyo corazón y juicio no están lo suficientemente formados como para distinguir con precisión el bien del mal.

Si es malo pervertir la inocencia de un individuo privado que tiene sólo escasa influencia sobre las cuestiones de este mundo, mucho peor es pervertir a un príncipe que debe gobernar a su pueblo, administrar justicia y ser un ejemplo para sus súbditos; a una persona que por su bondad, magnanimidad y compasión debe comportarse como alguien digno de ser considerado un hombre creado a la imagen y semejanza de Dios.

Las inundaciones que devastan regiones enteras, el rayo que incendia ciudades reduciéndolas a cenizas, la plaga que se lleva la población de toda una provincia; todo ello no es tan perjudicial para el mundo como la peligrosa moral y las pasiones desenfrenadas de los reyes. Las plagas celestiales duran sólo un tiempo, devastan tan sólo algunas regiones y las pérdidas, por más dolorosas que sean, pueden ser reparadas. Pero los crímenes de los reyes los sufre todo un pueblo y por un tiempo mucho mayor.

Así como los reyes tienen el poder de hacer el bien cuando ponen su voluntad en ello, también pueden hacer el mal cuando se deciden a cometerlo. La vida de las personas se vuelve deplorable cuando deben temer los abusos de la máxima autoridad;  cuando los bienes materiales se hallan a merced de la codicia del príncipe; la libertad queda librada a su capricho, la tranquilidad depende de su ambición, la seguridad puede alterarse por su deslealtad, y la vida se halla amenazada por su crueldad. Pero este sería, precisamente, el triste cuadro de un Estado en el cual gobernase un príncipe siguiendo el modelo de Maquiavelo.

No debería terminar este prólogo sin dirigir algunas palabras a quienes creen que Maquiavelo escribió sobre lo que los príncipes son y no sobre lo que deberían ser. Este pensamiento agrada a muchos por la ironía que insinúa.

Quienes tienen una opinión tan desfavorable de los príncipes han estado sin duda bajo la influencia de los ejemplos brindados por algunos malos de ellos, contemporáneos de Maquiavelo y citados por él. O bien se han dejado engañar por la vida de algunos tiranos que constituyen una vergüenza para toda la humanidad. Yo les pido a estos críticos que comprendan que las tentaciones del trono son muy fuertes, que se necesita más de una virtud para resistirlas y que, por lo tanto, no es ningún milagro que, habiendo una gran cantidad de príncipes, se puedan señalar algunos malos entre los buenos. En el Imperio Romano – que contó con un Nerón, un Calígula o un Tiberio – el mundo recuerda con placer las virtudes y los consagrados nombres de Tito, Trajano, y Antonino.

Es, pues, una gran injusticia recriminarle a toda una Orden los vicios de tan sólo algunos de sus miembros.

La Historia debería preservar sólo los nombres de los buenos príncipes dejando a los otros morir para siempre, junto con su indolencia, sus injusticias y sus crímenes. Los libros de Historia serían menos voluminosos pero la humanidad se beneficiaría con ello; y el honor de vivir en la Historia, el grabar un nombre en los tiempos futuros y quizás hasta en la eternidad, sería un premio otorgado tan sólo a la virtud. El libro de Maquiavelo ya no infectaría los ámbitos de política.  Las personas repudiarían las constantes contradicciones en las que Maquiavelo cae y el mundo se convencería de que la verdadera política de los reyes es la fundada exclusivamente sobre la justicia, la sensatez y la bondad, siendo esta política preferible, bajo cualquier supuesto, al sistema falaz y despreciable que Maquiavelo ha tenido la osadía de publicar.

 

Capítulo I: De las varias clases de principados y del modo de adquirirlos.

 

Sugerimos leer el Capítulo 1 de El Príncipe primero

 

Cuando se investiga una cuestión en profundidad es necesario, por sobre todo,  indagar su naturaleza y exponerla en la medida de lo posible. De este modo, se hará más sencillo seguir su desarrollo y sacar del mismo las conclusiones pertinentes. Antes de dedicarse a las formas de gobierno, Maquiavelo, en mi opinión, debería haber examinado su origen y establecido las razones por las cuales unos hombres libres habrían de decidirse a vivir bajo el gobierno de un Señor.

Quizás, en un libro dedicado a predicar el vicio y la tiranía no habría sido conveniente mencionar aquello que acabaría con los tiranos. Porque en ese caso, Maquiavelo se hubiera visto en la incómoda posición de verse obligado a conceder que las personas, por su propio bien y preservación, encuentran necesario tener jueces para resolver sus disputas; protectores que enfrenten a sus enemigos para defender los bienes que poseen; gobernantes para unificar el bien individual de muchos en un solo bien común. Tendría que haber señalado que desde siempre las personas han elegido a quienes consideraron más sabios, más equitativos, más desinteresados y más valientes, para que fuesen éstos quienes los gobernaran.

Es así como la principal preocupación del soberano debe ser la Justicia. Es el bienestar de su pueblo el que debe anteponer a cualquier otro beneficio.¿Qué queda, pues, de esas intenciones de usar la soberanía en beneficio propio? ¿Qué queda del egoísmo y del poder ilimitado del príncipe? El soberano, de ninguna manera es el amo absoluto de los pueblos que se encuentran bajo su gobierno. No es entre ellos más que su juez de última instancia.

Puesto que mi propósito es el de refutar las nocivas doctrinas de Maquiavelo punto por punto, no profundizaré en la cuestión aquí y me referiré a ella a medida que el contexto de cada capítulo me ofrezca la oportunidad de hacerlo.

No obstante, este origen de los regentes hace que el proceder de quienes se apoderan injustamente de un país sea tanto más cruel ya que no se trata tan sólo de las violencias que cometen. Es que pisotean la primera de las leyes que tienen las personas que se unen para ser protegidas por un gobierno siendo que esta ley se instituye precisamente para protegerlas de los tiranos usurpadores.

Existen solamente tres modos legítimos de convertirse en el gobernante de un país: la sucesión hereditaria, la elección por el pueblo allí en dónde está establecido el derecho electoral, y la conquista de territorios enemigos cuando la misma es el resultado de una guerra librada legítimamente. Este es el fundamento sobre el cual se basan las observaciones que siguen a continuación.

 

Capítulo II: De los principados hereditarios

 

Sugerimos leer el Capítulo 2 de El Príncipe primero

 

Las personas tienen por todo lo antiguo un cierto respeto que hasta se parece a la superstición, y cuando el derecho de herencia complementa ese poder del respeto, no existe yugo pesado que se soporte con mayor facilidad. En consecuencia estoy muy lejos de disputarle a Maquiavelo un punto que todos le concederán: las monarquías hereditarias son las más fáciles de gobernar.

Agregaré tan sólo que un príncipe hereditario se fortalecerá en su posición por la íntima conexión existente entre él y las familias más poderosas de su Estado, de las cuales la mayoría le debe su posición y su autoridad a la casa del príncipe. El destino de estas familias está tan indisolublemente unido al del príncipe que no pueden abandonarlo a su suerte sin percibir que, de hacerlo, su propia caída sería la consecuencia cierta y necesaria.

En nuestros días, los numerosas y poderosos ejércitos que los príncipes mantienen en pie, tanto en la paz como en la guerra, contribuyen mucho a la seguridad del Estado. Estas fuerzas ponen límites a la ambición de los príncipes vecinos. Son espadas desenvainadas que mantienen a las otras en su vaina.

Pero no basta con que el príncipe sea, como dice Maquiavelo, di ordinaria industria, es decir: no alcanza con que posea capacidad suficiente para hacer tan sólo lo común y ordinario. Yo exigiría que esté dedicado a hacer feliz a su pueblo. Personas dichosas no piensan en revueltas; el temor de las personas felices a perder a un príncipe que es al mismo tiempo su benefactor es mucho mayor que el temor que puede tener el príncipe de ver disminuido su poder. Los holandeses nunca se hubieran alzado contra España si la tiranía de los españoles no hubiera caído en tan descomunales excesos que los holandeses consideraron que su desgracia futura ya no podía ser mayor que la presente.

El reino de Nápoles y el de Sicilia pasaron más de una vez de manos de los españoles a las manos del Emperador y de las del Emperador a las de los españoles. La conquista fue siempre muy fácil porque el gobierno de ambos fue muy severo y las personas siempre creyeron poder hallar a un libertador en el nuevo gobernante.

¡Qué diferencia entre estos napolitanos y los lorenenes! Cuando estos últimos fueron obligados a aceptar otro Señorío, toda Lorena estalló en lágrimas. Lamentaron perder a los descendientes de aquellos príncipes que durante largos siglos habían tenido la posesión de aquellas tierras y entre quienes hubo muchos que, por su benevolencia, se hicieron tan apreciados que merecerían servir de modelo a todos los reyes. El recuerdo del Duque Leopoldo era aún tan reverenciada en Lorena que, cuando su viuda fue obligada a abandonar Lunéville, todo el mundo se echó de rodillas ante ella a tal punto que los caballos tuvieron que ser detenidos en varias oportunidades. Sólo se escucharon lamentos y sólo se vieron lágrimas.

 

Capítulo III: De los principados mixtos

 

Sugerimos leer el Capítulo 3 de El Príncipe primero

 

En el Siglo XV, en el que Maquiavelo vivió, todavía imperaba la barbarie. En aquella época, antes que la benignidad, la equidad, la clemencia y todas las virtudes, se prefería la triste fama del conquistador y aquellos hechos impresionantes que imponen cierto respeto. Actualmente, lo que yo veo es que, a la inversa, una disposición humana y generosas resulta antepuesta a todas las cualidades del dominador en la preferencia de las personas. Ya no somos tan tontos como para estimular con elogios las crueles pasiones que causaron destrucciones en todo el mundo.

Me gustaría saber qué impulsa un hombre a hacerse imponentemente grande.  ¿Y con qué argumento puede tomar la decisión de edificar su poder sobre la miseria y la destrucción de otras personas? ¿Cómo puede creer que se hará famoso sembrando tan sólo desgracias? Las nuevas conquistas de un soberano no hacen más prósperos a los Estados que éste ya poseía. El pueblo no se beneficia de ello y el soberano se equivoca si cree que la conquista lo hará más feliz. ¿Cuántos príncipes han hecho conquistar por sus generales tierras que nunca llegaron a ver? En cierta forma estas conquistas son tan sólo imaginarias. Implican hacer desgraciados a numerosos seres humanos para satisfacer la obstinación de una única persona que muchas veces ni merecería ser conocida.

Pero supongamos un caso en el que este conquistador sometiese a todo el mundo a su dominio. ¿Sería capaz de gobernarlo? Por más gran príncipe que fuese, no dejaría de ser una persona tan limitada como cualquier ser humano. Apenas si podría recordar el nombre de todas sus tierras y su grandeza mundana sólo serviría para poner al descubierto su pequeñez real.

El error de Maquiavelo en cuanto al brillo de la fama de un dominador habrá podido ser algo común en su época; pero su malicia por cierto que no lo fue. No hay nada más despreciable que algunos de los medios que propone para conservar las conquistas.

Si se los examina con cuidado, no hay uno solo entre ellos que sea justo o equitativo. En relación con ciertos Estados conquistados, Maquiavelo nos dice que : “Para poseerlos con seguridad basta haber extinguido la descendencia del príncipe que reinaba en ellos.” ¿Podrá alguien leer reglas como ésta sin estremecerse de repulsión? Esto significa pisotear todo lo que hay de sagrado en este mundo y abrirle al egoísmo la puerta hacia todos los vicios.  Cuando un ambicioso usurpador se apodera por la fuerza de los Estados de un príncipe: ¿adquiere por ello el derecho a asesinarlo o a envenenarlo? Además, este mismo conquistador, comportándose de esa manera, no hará más que instaurar en el mundo una costumbre que sólo puede significar su propia ruina. Algún otro, más ambicioso y astuto que él, lo castigará con el derecho a la revancha, tomará sus tierras por asalto y lo ejecutará con la misma crueldad con la que él ajustició a sus antepasados. La época de Maquiavelo nos brinda demasiados ejemplos de ello. ¿Acaso es tan difícil verlo? El Papa Alejandro VI vivió en peligro de ser depuesto por sus vicios; su abominable bastardo, César Borgia, murió en la miseria, despojado de todas sus tierras; Galeazzo Sforza fue asesinado en plena iglesia de Milan; Ludovico Sforza, el usurpador, murió en Francia en una jaula de hierro; los príncipes de York y Lancaster se destruyeron mutuamente; los emperadores griegos se asesinaron entre si, uno tras otro, hasta que por último los turcos se aprovecharon de sus vicios y destruyeron el escaso poder que les quedaba. Si hoy y entre cristianos estos escándalos son menos frecuentes es porque los principios de la sana moral están empezando a ser más generales. Los seres humanos poseen un raciocinio más cultivado; en consecuencia, son menos salvajes; y quizás debemos agradecer esto a los hombres instruidos que limpiaron a Europa de bárbaros.

La otra regla propuesta por Maquiavelo es que el conquistador establezca su residencia en el nuevo Estado. Esto de ninguna manera es cruel y hasta parece bastante bueno en cierta medida. Sin embargo, hay que considerar que la mayoría de los países de los grandes príncipes está dispuesta de tal forma que éstos no pueden abandonar caprichosamente sus capitales sin resentir el cuerpo de todo el Estado. Constituyen el Primer Motor de este cuerpo, por lo que no pueden abandonar su centro sin que se debiliten las partes más periféricas.

La tercera regla política “... consiste en enviar algunas colonias a uno o dos parajes, que sean como la llave del nuevo Estado...”, tanto como para garantizar su fidelidad. Nuestro autor fundamenta esto en la costumbre de los romanos; pero no considera que los romanos, junto a los colonizadores, también enviaban sus legiones, sin las cuales pronto hubieran perdido los territorios conquistados. Tampoco considera que Roma – además de colonizadores y legiones – también supo hacerse de aliados. En los felices días de la república, los romanos fueron los rufianes más ingeniosos que jamás asolaron la tierra. Supieron conservar con habilidad lo que habían adquirido con violencia. Pero, finalmente, también este pueblo sufrió el destino de todos los dominadores y terminó siendo dominado a su vez.

Veamos si estas colonias – en virtud de las cuales Maquiavelo le permite cometer a su príncipe tantas injusticias – son tan útiles como dice. O bien se envían colonias fuertes al país recientemente conquistado, o bien se envían débiles. Si las colonias son fuertes, se despoblará muy notoriamente el Estado propio, lo cual debilitará el poder disponible. Si se envían colonias débiles, difícilmente servirán para conservar las nuevas conquistas; con lo cual se habrá causado la infelicidad de los desplazados sin ganar gran cosa a cambio.

Por consiguiente, sería mucho mejor enviar tropas a las tierras recientemente conquistadas. Estas tropas, controladas por orden y disciplina, no podrán oprimir a los súbditos ni incomodarán a las ciudades en las que sean acuarteladas.

Esta política es mejor, pero no podía ser conocida en la época de Maquiavelo. En aquellos tiempos los príncipes no mantenían grandes ejércitos. Los ejércitos, en su mayoría, no eran sino forajidos agrupados que vivían del saqueo y de la violencia. Por aquella época no se sabía lo que era mantener en pié, en tiempos de paz, un ejército permanente; no se tenía el concepto de las obligaciones del soldado, de los cuarteles y de muchas otras instituciones mediante las cuales se garantiza en épocas de paz la seguridad del Estado frente a la amenaza de sus vecinos e incluso frente al riesgo que representan los propios soldados profesionales.

El príncipe que adquiere una provincia, cuyo idioma y cuyas costumbres no son los de su Estado principal, debe hacerse allí también el jefe y el protector de los príncipes vecinos que sean menos poderosos, e ingeniarse para debilitar a los de mayor poderío (…) El príncipe nuevo (...)podrá abatir fácilmente a los que son, poderosos, a fin de continuar siendo en todo el árbitro”. Esta es la cuarta regla de Maquiavelo. Así procedió Clodoveo y algunos otros príncipes, que no fueron menos crueles que él, lo han imitado en esto.  ¡Pero qué gran diferencia habría entre estos tiranos y un hombre justo que fuese un mediador entre todos esos pequeños príncipes para resolver sus reyertas con benevolencia; un hombre que se ganase la confianza de todos ellos por su probidad, por su total imparcialidad y por su completo desinterés personal en las disputas y querellas en las que se enzarzan! Antes que opresor de sus vecinos un hombre así sería considerado más bien un padre para todos ellos y su poder los protegería en lugar de destruirlos. 

Además, es un hecho cierto que los príncipes que tratan de elevar a otros príncipes por medio de la violencia terminan derribándose a si mismos. El presente siglo nos ha ofrecido ejemplos de ello. Uno es el de Carlos XII que elevó a Stanislaus al trono de Polonia y el otro es más reciente.

De todo lo que antecede mi conclusión es que un dominador injusto jamás merece gloria alguna. El asesinato será siempre algo repugnante para el género humano; el príncipe que cometa injusticias y violencias contra sus nuevos súbditos hará que todos se alejen de él en lugar de acercársele. No es posible excusar el crimen y todos los que intenten justificarlo tendrán que utilizar los mismos falsos argumentos que los empleados por Maquiavelo. El emplear el arte del discurso contra del bien de la humanidad es equivalente a herirse con la espada que nos es dada sólo para defendernos.

 

Capítulo IV: Por qué, ocupado el reino de Darío por Alejandro, no se rebeló contra sus sucesores después de su muerte.

 

Sugerimos leer el Capítulo 4 de El Príncipe primero

 

Para juzgar la idiosincrasia de las naciones, hay que compararlas entre si.  Maquiavelo lo hace en este capítulo: establece un paralelo entre los turcos y los franceses; muy diferentes en hábitos, costumbres y opiniones. Examina las razones que hicieron difícil la conquista – pero luego fácil el mantenimiento de la hegemonía – del Imperio turco. Pasa revista luego a lo que podría contribuir para conquistar a Francia sin inconvenientes; y por qué el mantenerla conduciría a desórdenes permanentes que amenazarían en forma constante al conquistador.

El autor considera estas cosas desde un único punto de vista. Analiza exclusivamente la estructura de gobierno y parece creer que el poder del Imperio persa y del turco se fundaba exclusivamente en la esclavitud y en la elevación de un único hombre como gobernante. Es de la opinión que un poder irrestricto, bien defendido, es el medio más seguro que tiene un príncipe para gobernar con tranquilidad y para resistir con energía a sus enemigos.

Por la época de Maquiavelo en Francia todavía se consideraba a los grandes Señores y a los pequeños nobles como pequeños soberanos que de alguna forma participaban del poder del príncipe; algo que daba lugar a divisiones, fortalecía el partidismo y daba lugar a frecuentes revueltas. Sin embargo, no sé si el Gran Sultán no correrá más peligro de ser destronado que el rey de Francia. La diferencia está en que el emperador turco generalmente termina estrangulado por los jenízaros mientras que los reyes de Francia que perecieron fueron asesinados por fanáticos. Sin embargo, en este capítulo Maquiavelo habla más de cambios generales en la estructura del Estado que de casos particulares. De hecho, descubre los resortes que mueven una maquinaria compleja y bien armada pero me parece que no ha examinado las motivaciones más nobles.

Las diferencias climáticas, la alimentación y el nivel de educación de las personas, establecen una desigualdad total entre su modo de vivir y de pensar. De allí es que un monje italiano parezca ser una persona completamente diferente de un magistrado chino. El temperamento de un inglés inteligente pero hipocondríaco es completamente diferente del de un español orgulloso y alegre. Y los franceses se parecen tan poco a los holandeses como la espontaneidad del grito de un mono se puede llegar a parecer a la parsimonia de una tortuga. 

Se ha observado desde tiempos inmemoriales que la característica del temperamento oriental es la constancia. Sus antiguas costumbres y su religión – tan diferente de la europea – todavía los siguen obligando de algún modo a no promover, en perjuicio de sus autoridades, las empresas de aquellos que llaman infieles y a evitar con cuidado todo aquello que podría contaminar su religión o subvertir su forma de gobierno. Esto es lo que entre ellos hace a la seguridad del trono, antes que a la del monarca, ya que éste resulta destronado con frecuencia pero el imperio permanece intacto.

El temperamento de la población francesa, que es muy diferente de la musulmana, ha sido la causa – si no exclusiva, al menos parcial – de las frecuentes revoluciones en este reino. La imprudencia y la inconstancia son las verdaderas marcas distintivas (el carácter) de esta simpática nación. Los franceses son inquietos, afables, y muy inclinados a cansarse de todo; su amor por el cambio se ha manifestado hasta en las cosas más serias. Parece ser que los cardenales que sucesivamente gobernaron este Imperio – y a quienes los franceses odiaron tanto como amaron – se valieron de la regla de Maquiavelo que aconseja derrocar a los poderosos y, conociendo la idiosincrasia de la nación, desviaron las frecuentes tormentas causadas por la frivolidad de los súbditos y que amenazaron a los reyes en forma incesante.

La política del cardenal Richelieu no tuvo más objetivo final que el de rebajar a los grandes nobles y elevar el poder del rey, convirtiendo esto en el principio rector de todos los sectores del Estado. Tuvo tanto éxito en ello que hoy en Francia no quedan ni vestigios del prestigio y del poder, a veces abusivo, de los Señores y de los nobles. 

El cardenal Mazarino siguió los pasos de Richelieu. La oposición trató de resistir pero el cardenal triunfó. Despojó al Parlamento de sus prerrogativas y de tal modo que al día de hoy esta institución es apenas una sombra a la que a veces se le ocurre creer que sigue siendo un cuerpo; un error del cual, por lo general, recibe motivos para arrepentirse.

La misma filosofía política que condujo a los ministros del rey a establecer un poder absoluto en Francia también les enseñó el truco de mantener ocupadas la frivolidad y la inconstancia de la nación para hacerlas menos peligrosas. Pequeñeces y entretenimientos cambiaron el temperamento de los franceses y lo desviaron hacia otras cosas. Los mismos hombres que durante tanto tiempo enfrentaron al gran César, los que con tanta frecuencia se sacudieron el yugo de los emperadores que se apoyaron en las tropas extranjeras ingresadas al país por la época de la dinastía de los Valois; los mismos que se coaligaron contra Enrique IV, que causaron disturbios durante el período de su minoría de edad – esos mismos franceses, digo, no están ahora ocupados más que en seguir la corriente de la moda y cambiar con mucho esmero sus gustos cotidianos. Se burlan hoy de lo que ayer admiraron, manifiestan esta inconstancia y frivolidad en todas sus acciones, cambian continuamente de amantes, de residencia, de diversiones y hasta de veleidades. Y pueden hacerlo porque ejércitos poderosos y un número muy grande de fortalezas le aseguran a los soberanos la posesión de esta monarquía para siempre ya que hoy tienen tan poco que temer de las guerras internas como de las empresas de sus vecinos. 

Capítulo V: De qué manera deben gobernarse los Estados que, antes de ocupados por un nuevo príncipe, se regían por leyes propias.

 

Sugerimos leer el Capítulo 5 de El Príncipe primero

 

De acuerdo con la opinión de Maquiavelo, no hay mejor forma de preservar un Estado recién conquistado que destruyéndolo. Esta sería la manera más segura de no tener que temer una revuelta. Hace algunos años en Londres, un inglés cometió la estupidez de suicidarse. Sobre la mesa se encontró una nota en dónde el hombre justificaba su acción diciendo que, de esta forma, nunca más volvería a enfermarse. Es el mismo caso del príncipe que arruina a un Estado para no perderlo. De ningún modo invocaré al humanitarismo para rebatir a Maquiavelo porque, en su caso, esto equivaldría a cometer un sacrilegio contra la virtud. Es posible refutarlo con sus propias armas: con el egoísmo; con ese egoísmo que es el alma de su libro y la deidad de su arte político.

Maquiavelo nos dice que un príncipe debe destruir al país libre recientemente conquistado para poder conservarlo con tanta mayor seguridad. Pero me pregunto: ¿para qué se emprendió la conquista en primer lugar? Se me dirá que fue para aumentar su poder y para hacerlo más temible. Pues precisamente eso es lo que quería oír para demostrar que – de acuerdo con los propios principios propuestos por Maquiavelo – lo que se logra es exactamente lo opuesto. Porque la conquista le ha costado mucho y destruyéndola lo único que logra es aniquilar al país que podría haberlo compensado de las pérdidas. Habrá de serme concedido que un país asolado, despojado de sus habitantes, no puede hacer poderoso a un príncipe. Creo que un monarca que poseyese los vastos desiertos de Libia y de Barca no sería temible por ello; como que tampoco creo que un millón de panteras, leones y cocodrilos valen lo mismo que un millón de súbditos, ricas ciudades, puertos navegables repletos de barcos, ciudadanos industriosos, tropas y todo lo que se supone que tiene un país bien poblado. Todo el mundo está de acuerdo en que la fuerza de un Estado no consiste en la extensión de sus fronteras sino en el número de sus habitantes. Compárese a Holanda con Rusia. En Holanda sólo verán islas pantanosas y estériles surgiendo del regazo del océano: una pequeña república de no más de 48 millas de largo por 40 de ancho. Pero este pequeño cuerpo está lleno de nervios. Una innumerable cantidad de personas vive en él y este industrioso pueblo es muy poderoso y muy rico. Se sacudió el yugo de la dominación española que en ese momento era la monarquía más formidable de Europa. El comercio de esta república se extiende hasta los confines de la tierra y no le va demasiado en zaga al de los reyes. En tiempos de guerra puede mantener a un ejército de cincuenta mil hombres, sin contar a una numerosa y bien mantenida flota.

Dirijamos ahora la mirada hacia Rusia. Tendremos ante los ojos a un país inmenso. Es un mundo similar al del planeta cuando recién emergía del caos. Este país linda, por un lado, con la gran Tartaria y las Indias; por el otro con el Mar Negro y Hungría. Sus fronteras se extienden hasta Polonia, Lituania y Curlandia; Suecia es su límite hacia el Noroeste. Rusia se extiende por trescientas millas alemanas a lo ancho y por más de seiscientas a lo largo. El país es fértil en granos y provee todos los productos alimenticios necesarios para la vida, mayormente alrededor de Moscú y hacia la pequeña Tartaria. No obstante, a pesar de todas estas ventajas, contiene a lo sumo tan sólo quince millones de personas.

Esta nación, cuya influencia sólo está comenzando a aparecer en Europa, difícilmente sea más poderosa que Holanda en cuanto a tropas de tierra o mar, y lo es mucho menos en riquezas y recursos.

La fuerza de un Estado no consiste en la extensión de un país, ni en la posesión de una vasta desolación, o un inmenso desierto de cualquier clase de terreno, sino en la riqueza y en la cantidad de sus habitantes. Por consiguiente, el interés del príncipe es poblar al país, hacerlo florecer, y de ninguna manera le conviene devastarlo ni destruirlo. Si la maldad de Maquiavelo provoca rechazo, su razonamiento da lástima. Hubiera hecho mucho mejor en aprender a razonar correctamente que en ponerse a enseñar su fabulosa política a los demás.

“Un príncipe debe establecer su residencia en el Estado recientemente conquistado”. Ésta es la tercera regla del autor. Resulta más moderada que las otras pero ya he mencionado en el capítulo tercero las dificultades que se le oponen.

Me parece que un príncipe que ha conquistado a una república – después de haber tenido una causa justa para hacerle la guerra – podría devolverle su libertad conformándose con haberla castigado. Pocas pensarán de este modo. Pero quienes están en desacuerdo podrían preservar la posesión de esa república estableciendo fuertes guarniciones en los principales sitios de su nueva conquista y dejándole al pueblo el goce de toda su libertad.

¡Somos tan irracionales! Queremos conquistarlo todo como si tuviésemos tiempo para poseerlo todo; como si el tiempo establecido de nuestra duración no tuviese fin. Pero nuestro tiempo pasa en forma demasiado rápida y con frecuencia, cuando creemos estar trabajando para nosotros mismos, en realidad lo estamos haciendo tan sólo para unos indignos y desagradecidos herederos.

 

Capítulo VI: De los principados que se adquieren por el valor personal y con las armas propias.

 

Sugerimos leer el Capítulo 6 de El Príncipe primero

 

Si los hombres no tuviesen pasiones sería encomiable que Maquiavelo tratase de adjudicarles algunas. Sería un nuevo Prometeo robándose el fuego celestial para darle vida a unos autómatas. Pero la realidad es muy distinta; ningún hombre carece de pasiones. Cuando son moderadas forman el alma de la sociedad; pero cuando se les sueltan las riendas, causan su desgobierno.

De todos los impulsos que tratan de enseñorearse de nuestra alma, no hay ninguno más desastroso para quienes sienten su efecto, ni más contrario a la sensibilidad, ni más dañino a la paz del mundo, que la ambición desenfrenada y el irresistible afán por una falsa gloria.

Un individuo privado que tiene la desgracia de haber nacido con estos impulsos termina siendo más miserable que ridículo. Vivirá ignorando el presente y existirá sólo en función de un futuro imaginado, con lo que nada actual conseguirá satisfacerle porque la amargura de la ambición se mezclará siempre con la dulzura del placer.

Un príncipe ambicioso es más desdichado que un individuo privado porque su desvarío, siendo proporcional a su posición, es más ambiguo, más caprichoso y más insaciable. Si la pasión de las personas privadas se alimenta de honores y grandezas, la de los príncipes se nutre de provincias y monarquías; y, puesto que es más fácil obtener cargos y servicios que reinos enteros, las personas privadas pueden llegar a satisfacer su ambición antes que los príncipes.

Maquiavelo les propone los ejemplos de Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo y Hierón el Siracusano. Uno podría fácilmente ampliar este catálogo con todos los fundadores de sectas específicas, como Mahoma en Asia Menor, Manco Capac en América, Odin en el Norte, tantos otros líderes de sectas por todo el mundo.

La mala fe con la que el autor utiliza estos ejemplos merece ser destacada. Maquiavelo habla solamente del lado agradable de la ambición – cuando lo tiene en absoluto – y menciona tan sólo a los ambiciosos que han tenido suerte, manteniendo un cuidadoso silencio sobre quienes resultaron víctimas de sus pasiones. Esto no es más que tratar de engañar al mundo y hay que reconocer que, en este capítulo, Maquiavelo se presenta como un apologista del vicio.

¿Por qué habla Maquiavelo del primer legislador de los judíos, del primer monarca de Atenas, del conquistador de los Medos, del fundador de Roma – todos exitosos – y no agrega el ejemplo de los líderes que fracasaron para mostrar que, si bien la ambición eleva a algunos, hunde a la mayoría en la desgracia? ¿Qué hay de Juan de Leyde, el líder de los anabaptistas, que terminó torturado, quemado y colgado en una jaula de hierro en Münster? ¿Cromwell consiguió ser feliz? ¿Acaso su hijo no fue destronado? ¿Acaso no vio como el cuerpo exhumado de su padre fue llevado al patíbulo y escarnecido? ¿No existieron acaso por lo menos tres o cuatro judíos que se proclamaron Mesías y terminaron ejecutados?  Y el último de ellos ¿acaso no terminó como sirviente de cocina musulmán del Gran Sultán? Pipino el Breve depuso al su rey con la aprobación del Papa; pero, cuando el Papa quiso ver destronado a Pipino, ¿acaso no murió éste asesinado? ¿Acaso no se pueden contar mas de treinta líderes de sectas y más de mil ambiciosos de toda clase que terminaron muriendo de muerte violenta?

También me parece que Maquiavelo fue mas bien poco prudente al colocar a Moisés junto a Rómulo, Ciro y Teseo. Moisés estaba inspirado por Dios. De no haberlo estado, habría sido tan sólo un simple embaucador que utilizó a Dios a la manera en que los poetas utilizan a la deidad cuando no consiguen salir airosos de una cuestión que no entienden. Si Moisés es considerado como lo que fue: una herramienta de la Providencia, entonces no tiene nada en común con los demás legisladores que fueron sólo humanos. Pero, si se lo considera como otro simple mortal, resulta imposible compararlo con Ciro, Teseo o Hércules. Moisés se limitó a llevar a su pueblo por el desierto, recorriendo en cuarenta años un trayecto que bien podría haber cubierto en seis semanas; no construyó ninguna gran ciudad; no fundó ningún imperio; no promovió el comercio; no protegió a las artes; no puso a su nación en un estado floreciente. En él hay que rezarle a la Providencia; en los demás hay que examinar el ingenio desplegado.

Reconozco, en general y sin reservas, que se requiere mucho genio, coraje y habilidad para ponerse a la altura de un Teseo, un Ciro o un Mahoma. De lo que no estoy tan seguro es de que el atributo de “virtuoso” sea apropiado para todos ellos. Coraje y habilidad es algo que comparten tanto héroes como salteadores de caminos; la diferencia está en que el usurpador es un ladrón que se hace famoso mientras que el ladrón ordinario permanece siendo un miserable desconocido. Las violencias del primero se ensalzan con laureles y halagos; al otro sólo se lo premia con la soga de la horca.

Es cierto que cada vez que se quiere instaurar algo nuevo en este mundo aparecen miles de obstáculos y que un profeta al frente de un ejército hará más prosélitos que luchando tan sólo con argumentos. La verdad es que la religión cristiana, mientras se apoyó exclusivamente sobre sus argumentos, fue tanto débil como oprimida y que se extendió por Europa sólo después de derramar mucha sangre.  Pero también es cierto que determinadas opiniones e innovaciones han sido puestas en marcha con escaso esfuerzo.

Sucede que, quien quiera sojuzgar a sus semejantes siempre tendrá que ser sanguinario y embaucador. Hubo fanáticos que pretendieron estar inspirados por el Espíritu Santo tan sólo para asesinar a quienes consideraron que el Espíritu Santo había condenado. Estos sujetos, que se burlaron tanto de Dios como de los hombres, fueron muy valientes: en los tiempos de Zoroastro se los hubiera considerado semidioses.

Si un Rolando o un Juan de Leyden hubiesen vivido en la época en que los hombres eran todavía unos bárbaros, se los hubiera considerado semejantes a un Alcides o a un Osiris. Hoy en día, sin embargo, ni Alcides ni Osiris llegarían demasiado lejos en este mundo.

Me queda por hacer algunas reflexiones sobre Hierón de Siracusa, al cual Maquiavelo propone como modelo a seguir para quienes desean imponerse con la ayuda de sus amigos y las tropas de éstos.

Hierón se deshizo tanto de sus amigos como de los soldados que lo habían ayudado en la ejecución de sus planes, tras lo cual encontró nuevos amigos y nuevas tropas. Yo afirmo, contrariamente a Maquiavelo y a los ingratos, que esta política de Hierón es pésima y que es mucho más prudente confiar en tropas que tienen un valor conocido y demostrado, y tener amigos cuya lealtad también ha sido comprobada, que confiar en desconocidos de los cuales no se puede estar seguro.

Debo destacar, sin embargo, que debe prestarse atención a las diferentes interpretaciones que Maquiavelo le adjudica a las palabras. No hay que dejarse engañar cuando dice que, sin la ocasión, la virtud se muere. De acuerdo con él, esto significa que, sin la existencia de circunstancias favorables, los estafadores y los corruptos no pueden hacer uso de sus talentos. El vicio es la única llave que puede aclarar y explicar los pasajes oscuros de este autor. Los italianos llaman “la virtú” al arte de medir los tiempos de la música; en Maquiavelo es la deslealtad la que lleva este nombre.

En general y para terminar este capítulo, me parece que la única ocasión en que un individuo privado puede acceder a l dignidad del trono es cuando ha nacido en una monarquía electiva o cuando libera su patria.

Sobieski en Polonia, Gustavo Wasa en Suecia, Antonino en Roma, son héroes de estas dos clases. César Borgia es el modelo de los maquiavélicos. El mío es Marco Aurelio.

 

Capítulo VII: De los principados nuevos que se adquieren por la fortuna y con las armas ajenas.

 

Sugerimos leer el Capítulo 7 de El Príncipe primero

 

Compárese el príncipe de Fenelon con el de Maquiavelo. En el primero se verá el carácter de un hombre honesto: bondad, justicia, equidad y todas las virtudes. Parece ser uno de esos espíritus puros a cuya sabiduría, como suele decirse, le ha sido encomendada la supervisión del gobierno del mundo entero. En el otro se pueden encontrar  artimañas, deslealtades y todos los vicios. En una palabra: es un monstruo que hasta el infierno mismo lamentaría producir.

Cuando se lee al Telémaco de Fenelón parecería ser que nuestra naturaleza se aproxima a lo angelical; y cuando se lee El Príncipe de Maquiavelo parecería estar más bien cerca de lo demoníaco.

César Borgia, el duque de Valentino, es el modelo sobre el cual el autor construye su príncipe.  Es tan desvergonzado que lo propone como ejemplo para quienes desean elevarse en este mundo apoyándose en sus amigos o en sus armas.

Por consiguiente es imprescindible saber quién fue César Borgia a fin de formarse una idea del héroe y del autor que lo ensalza. Borgia hizo asesinar a su hermano, su rival en el matrimonio y en el amor, en lo de su propia hermana; hizo masacrar a la guardia suiza del Papa para vengarse de algunos suizos que habían ofendido a su madre; despojó a varios cardenales de sus fortunas para satisfacer su codicia; le quitó la Romagna a su legítimo titular, el duque de Urbino; hizo ejecutar al sanguinario d’Orco que era su propio esbirro; en Sinigaglia asesinó, por medio de una traición repugnante, a varios príncipes porque le pareció que éstos se oponían a su interés personal; hizo ahogar a una noble dama veneciana luego de abusar de ella. ¿Cuántas crueldades no se habrán cometido por sus órdenes? ¿Quién podría contar todos sus crímenes? Éste es el hombre al que Maquiavelo prefiere por sobre todos los grandes genios de su tiempo y por sobre los héroes de la Antigüedad,  encontrando que su vida y sus acciones ofrecen un buen ejemplo de alguien favorecido por la fortuna.

Pero debo tratar a Maquiavelo con más detalle para que quienes piensan como él ya no encuentren más pretextos. César Borgia fundó su grandeza sobre la decadencia de los príncipes italianos. “Si quiero hacerme de los bienes de mis vecinos, primero debo debilitarlos; pero para debilitarlos primero debo enfrentarlos entre si”. Ésa es la lógica de los rufianes.

Borgia deseaba asegurarse un respaldo. En consecuencia, fue necesario que el Papa Alejandro VI consintiera en anular el matrimonio de Luis XII para que éste le brindase ayuda a su hijo. De esta manera, muchas veces quienes deberían haberle brindado al mundo un ejemplo digno de imitar utilizaron las prerrogativas del cielo para encubrir su propio egoísmo personal.  Si el matrimonio de Luis XII era de la clase que admitía una anulación, el Papa debió haberlo anulado antes, ya que tenía el poder para ello; y si el matrimonio no admitía una anulación, la cabeza de la Iglesia de Roma no debió haber permitido que nadie lo obligara a hacerlo.

El proyecto de Borgia también requería cómplices. Por consiguiente, se dedicó a corromper mediante dádivas a la facción de Urbino; pero no nos ensañaremos con los vicios de Borgia y le disimularemos sus sobornos aunque más no sea porque éstos al menos tienen una falsa similitud con ciertas obras de caridad. Borgia quería deshacerse de algunos príncipes de las casas de Urbino, Viteltozo, Oliveto Fermo, etc. y Maquiavelo dice que tuvo sagacidad suficiente como para hacerlos ir a Sinigaglia dónde los hizo asesinar luego de traicionarlos.

Aprovecharse de la buena fe y de la lealtad de las personas; usar los artimañas más infames; perjurar y asesinar: he aquí las acciones que el maestro de la rufianería llama sagacidad. Me pregunto si será prudente mostrar cómo se llega a ser mentiroso. Cuando alguien es abiertamente desleal y perjuro ¿qué puede ofrecer para garantizarse la lealtad de los demás? Dad el ejemplo de la traición y deberéis temer el ser traicionados; dad el ejemplo del asesinato y deberéis tener temor de las manos de vuestros discípulos. Borgia ubicó al sanguinario d’Orco como su lugarteniente en la Romagna para sofocar algunos desórdenes menores y castigó bárbaramente vicios que fueron muy inferiores a los suyos propios. El más violento de los usurpadores, el más falso de los perjuros, el más cruel de los asesinos, el más pernicioso de los envenenadores, condena a las penas más escalofriantes a algunos truhanes, a algunas cabezas huecas que no hicieron más que imitar, en pequeña escala y según sus capacidades, el carácter de su Señor. Aquél rey de Polonia, cuya muerte causó tantos desórdenes en Europa, fue mucho más justo y noble para con sus súbditos sajones.

Las leyes sajonas exigían la cabeza de todo adúltero. No voy a discutir el origen de esta bárbara ley que parece ajustarse mejor a los celos italianos que a la paciencia alemana. Un desdichado trasgresor a esta ley resultó condenado y el rey Augusto debía firmar la sentencia de muerte. Pero Augusto era sensible al amor y poseía sentido humanitario; perdonó al trasgresor y derogó la ley que, en secreto, él mismo estaba violando.

La justicia de este rey nos muestra a un hombre sensible y humano. César Borgia castigó sólo como un salvaje tirano. Sobre parte de su principado puso al cruel d’Orco y luego, cuando éste había cumplido con las intenciones de su amo con toda perfección, para congraciarse con el pueblo lo hizo cortar en pedazos. El yugo de la tiranía nunca es más pesado que cuando el tirano viste el disfraz de inocente y la opresión tiene lugar a la sombra de la legalidad.

Borgia, haciendo sus previsiones hasta más allá de la muerte del su padre, el Papa, comenzó a exterminar a todos los que había despojado de sus bienes para que el nuevo Papa no pudiese usarlos contra él. Véase como un crimen lleva al otro: para cubrir los gastos es necesario poseer dinero; para poseer dinero es necesario desvalijar a quienes lo poseen; y para gozar de los bienes con seguridad hay que exterminar a los desvalijados. Razonamientos dignos de un bandolero!

A fin de envenenar a algunos cardenales, Borgia los invita a cenar con su padre. Pero tanto padre como hijo, por error, terminan tomando ellos mismos los brebajes envenenados. Alejandro VI muere por ello; Borgia sobrevive para llevar una vida desdichada. Una digna remuneración para envenenadores y asesinos.

Esta es la prudencia, la habilidad y la “virtud” que Maquiavelo nunca se cansa de promover. Ni Bossuet, ni Fleschier, ni Plinio, hubieran podido ensalzar a sus héroes más de lo que Maquiavelo glorifica a César Borgia. Si sus panegíricos fuesen tan sólo una oda o una figura retórica, se podría admirar su ingenio aún despreciando la elección del personaje. Sólo que es todo lo contrario. Es un tratado sobre el arte de gobernar escrito con la intención de servir a la posteridad; es una obra muy seria en la cual Maquiavelo comete el descaro de alabar al monstruo más despreciable que el infierno haya jamás vomitado sobre la tierra. Algo que equivale a exponerse irresponsablemente al desprecio de toda la humanidad.

 

Capítulo VIII: De los que llegaron a príncipes por medio de maldades.

 

Sugerimos leer el Capítulo 8 de El Príncipe primero

 

Utilizaré aquí sólo las propias palabras de Maquiavelo para rebatirlo. ¿Qué más atroz podría decir de él que aquí es dónde suministra consejos a quienes desean llegar por medio del crimen a los más altos honores? Es el título de este capítulo.

Si Maquiavelo se hubiese propuesto enseñar las reglas del crimen en una escuela de forajidos, o bien la deslealtad en una universidad de traidores, no sería ningún milagro que dictara estas materias. Es tan sólo que se dirige a todos los seres humanos y, entre ellos, se dedica especialmente a quienes deberían ser los más virtuosos porque han sido designados para gobernar a las demás. ¿Qué puede ser más perjudicial y más desvergonzado que darles, precisamente a estas personas, cátedra de deslealtad y asesinato? Sería mejor para el bien de la humanidad que los ejemplos que Maquiavelo se complace en enumerar, como los de Agátocles y Oliverot de Fermo, fuesen ignorados por todo el mundo.

A una persona que ya posee una íntima inclinación hacia la maldad, las biografías de Agátocles y de Oliverot de Fermo sólo le sirven para que descubra y desarrolle la semilla de su tendencia dominante, sin conocerla realmente. ¿Cuántos jóvenes, por la lectura de novelas, no han descarriado por completo su razón al punto de no ver ni pensar de otro modo que Gandalin o Medor? En la forma de pensar hay algo similar a lo que existe en una peste ya que siempre la razón del uno contagia a la del otro.

Aquél ser extraordinario, aquél rey en quien todas las altas virtudes se transformaron en vicios – en una palabra Carlos XII de Suecia – llevaba desde su mas tierna infancia la biografía de Alejandro el Grande consigo, y muchas personas que conocieron muy bien a este Alejandro del Norte aseguran que Quinto Curtio asoló a Polonia. Estanislao era el heredero legítimo, sucesor de Abdolonimo, y la batalla de Arbella fue la causa de la derrota de Pultawa. 

¿Me será permitido ir de un ejemplo tan eminente al más  insignificante? Me parece que, cuando se discute la Historia del espíritu humano y desaparecen las diferencias de condición y de Estado, los reyes se revelan tan sólo como seres humanos y que todos los hombres son de almas iguales. Y también que algunos acontecimientos no pueden explicarse como respuestas a impresiones sensoriales, o como meros ajustes a condiciones que pesan sobre el espíritu humano.

Toda Inglaterra vio lo que sucedió en Londres hace algunos años atrás: se representó una comedia más bien pobre, con el título de The Robbers (Los Asaltantes), en la cual se mostraban algunas de las triquiñuelas de los ladrones. A la salida del teatro muchas personas se dieron cuenta de que les faltaban los anillos, sus cajas de rapé y sus relojes. El autor de la comedia se hizo de discípulos tan rápidamente que éstos hasta practicaron sus lecciones en la sala misma. Tan pernicioso es promover malos ejemplos desde la autoridad de un escenario.

Hubiera sido de desear que Maquiavelo pusiese por ejemplos sólo a personas como Alejandro el Grande pero, en lugar de ello, ofrece a Agátocles y a de Fermo como modelos del ingenio y del éxito. Según su opinión, éstos consiguieron sostenerse en sus pequeños Estados porque supieron ser crueles en el momento adecuado. Según Maquiavelo, ser bárbaro con ingenio y ejercer la tiranía bajo ciertas condiciones requiere ejecutar de un solo golpe todas las violencias y todos los crímenes que se consideren útiles al interés propio.  Su recomendación es: haced asesinar a todos aquellos de quienes sospecháis y que, por ello, son vuestros enemigos; pero no hagáis durar vuestra venganza por mucho tiempo.

Maquiavelo aprueba acciones similares a las Vísperas Sicilianas y masacres como las de San Bartolomé, en dónde se cometieron crueldades que hicieron estremecer a toda la humanidad. No le confiere importancia alguna a estos crímenes, a condición de que sean cometidos de tal forma que causen terror en el momento en que todavía son recientes. Nos ofrece como explicación que la imagen que el pueblo se forma de ellos desaparece más fácilmente que la de otros crímenes cometidos en forma secuencial y duradera. Como si no fuese igual de condenable asesinar a mil personas en un solo día que hacerlas asesinar una tras otra durante un largo período de tiempo.

Sin embargo, no es suficiente refutar la despreciable moral de Maquiavelo; también es necesario revelar su engaño ya que no procede con honestidad.

En primer lugar, es falso que Agátocles haya gozado en paz el fruto de sus crímenes. Estuvo casi constantemente complicado en guerras contra los cartagineses. Hasta se vio obligado a abandonar a su ejército en África que, tras su partida, masacró a sus hijos y él mismo terminó muriendo por un cáliz envenenado que le hizo tomar su nieto. Oliverot de Fermo murió por la traición de los Borgia un año después de ascender al poder. De este modo, un criminal castigó al otro y, con su odio personal, sólo se adelantó a lo que el odio generalizado contra de Fermo ya había gestado.

Aún cuando el crimen pudiese ser cometido con impunidad, aún cuando el tirano no tuviese que temer un triste fin, aún así seguiría siendo desgraciado porque todo el mundo lo consideraría una vergüenza para el género humano. Nunca podrá acallar el testimonio íntimo de su conciencia que siempre hablará en su contra y ése será el verdadero, insoportable atormentador que llevará en su pecho. La verdad es que no está en la esencia de la naturaleza de nuestro ser el que un criminal sea feliz. Léase tan sólo la biografía de un Dionisio, un Tiberio, un Nerón, un Luis XI o la de Juan Bosilowitz y se hallará que todas estas malas personas tuvieron el más desgraciado de los destinos. Una persona cruel tiene el  temperamento de un misántropo atacado por negros humores. Si no es liberado desde su infancia de esta desafortunada condición, bajo ninguna circunstancia podrá evitar volverse tan furioso como insensato.

De modo que, aún si no existiese la justicia en el mundo y un Dios en el cielo, aún así los hombres deberían ser virtuosos porque sólo la virtud puede unirlos ya que es imprescindible para su conservación y el crimen, a su vez, sólo puede volverlos desgraciados y promover su propia desdicha.

 

Capítulo IX: Del principado civil

 

Sugerimos leer el Capítulo 9 de El Príncipe primero

 

No hay impulso más inseparable de nuestro ser que el que nos impele hacia la libertad. Desde los pueblos que se hallan más organizados hasta los más bárbaros, todos se hallan imbuidos de él sin distinción porque, así como nacemos sin cadenas, también anhelamos poder vivir sin imposiciones. Este espíritu de independencia y de orgullo es la causa por la cual han surgido tantos grandes hombres en el mundo y el móvil por el cual se han instituido los gobiernos republicanos que establecen una especie de igualdad entre las personas y las llevan más cerca de un estado natural.

Maquiavelo ofrece en este capítulo buenas reglas políticas válidas desde el libre consentimiento de los principales hombres de una república hasta la más alta concentración de poder. Y éste es casi el único caso en que permite ser un hombre honesto aunque, desafortunadamente, este caso no se da casi nunca.

Un espíritu republicano es celoso de su libertad en el más alto grado. Todo lo que podría oponérsele lo pone en guardia y se escandaliza hasta por la mera idea de un gobernante. En Europa se conocen casos de pueblos que se sacudieron el yugo de sus tiranos; pero no se conoce ningún pueblo libre que se haya sometido voluntariamente a la esclavitud.

A lo largo del tiempo muchas repúblicas han caído bajo un poder ilimitado y hasta parece que ésta sería una desgracia que las aguarda a todas, puesto que ¿cómo podría una república resistir eternamente a todos los que quieren menoscabar su libertad? ¿Cómo podrá mantener a raya la ambición que los principales notables alimentan en su seno? ¿Cómo podrá vigilar en el largo plazo las tentaciones, los secretos movimientos de sus vecinos y la corruptibilidad de sus miembros mientras el egoísmo siga siendo una fuerza irresistible entre los hombres? ¿Cómo puede alentar la esperanza de concluir siempre con éxito las guerras que tendrá que librar? ¿Cómo podrá prevenir las crisis que acarrea la misma libertad; aquellos momentos en que con frecuencia todo depende de una sola carta; aquellas imprecisas situaciones aleatorias que favorecen a los sobornados y a los temerarios?

Si las tropas de estas repúblicas son conducidas por generales pusilánimes y cobardes, se expondrán al robo de sus enemigos; y si estos hombres son valientes y audaces, se volverán peligrosos en tiempos de paz luego de haber sido útiles en tiempos de guerra. Casi todas las repúblicas ascendieron de las profundidades de la servidumbre hasta las alturas de la libertad y casi todas volvieron a caer de esta libertad otra vez en la esclavitud.

Los mismos atenienses que en tiempos de Demóstenes enfrentaron a Filipo de Macedonia se arrastraron después ante Alejandro. Los mismos romanos que detestaron a la realeza después de la expulsión de los reyes, apenas transcurridos algunos siglos soportaron pacientemente todas las crueldades de sus emperadores. Y los mismos ingleses que decapitaron a Carlos I por haberse arrogado algunos derechos menores inclinaron luego su rígido entusiasmo ante la tiranía arrogante y astuta de su Protector. Por consiguiente no fueron éstas repúblicas que por libre elección se dieron un gobernante, sino que fueron hombres de audaz iniciativa los que, asistidos por algunas condiciones favorables, las sojuzgaron en contra de su voluntad.

Así como las personas nacen, viven por un tiempo y mueren a causa de enfermedades o por avanzada edad, del mismo modo las repúblicas se forman, florecen por algunos siglos y perecen finalmente por la audacia de algún ciudadano o por las armas de sus enemigos. Todo tiene un tiempo determinado. Hasta los imperios y las monarquías más grandes duran sólo cierto tiempo. Todas las repúblicas perciben que este tiempo sobrevendrá algún día y consideran a cada familia excesivamente poderosa como la raíz de la enfermedad que terminará siéndoles mortal.

A quienes viven en una república y son realmente libres nunca se los podrá convencer de darse un Señor, ni aún cuando éste fuese el mejor del mundo. Estas personas siempre contestarán: “Es mejor someterse a las leyes que al capricho de una sola persona. Las leyes son justas por su propia naturaleza. Son el remedio a nuestras enfermedades y estos remedios, en manos de alguien que puede ejercer tan sólo su propia voluntad, se convierten con demasiada facilidad en veneno. En una palabra, la libertad es un bien que se recibe al nacer. ¿Por qué  – preguntarán los republicanos – habremos de permitir que se nos robe este bien? Así como es un crimen alzarse contra un príncipe legitimado por las leyes, del mismo modo es también un crimen querer imponerle un yugo a una república.

 

Capítulo X: Cómo deben medirse las fuerzas de los principados

 

Sugerimos leer el Capítulo 10 de El Príncipe primero

 

Desde que Maquiavelo escribió su libro sobre el arte de gobernar de un príncipe el mundo ha cambiado de un modo tan extremo que sería prácticamente irreconocible para un contemporáneo del autor. Si algún hábil general de Luis XII apareciese en nuestros días, se encontraría completamente desorientado. Vería que hoy se hace la guerra con innumerables soldados, todos los cuales son mantenidos tanto durante la paz como durante la guerra, mientras que, en sus tiempos, para los más grandes golpes y las mayores campañas bastaba un puñado de hombres y los soldados eran dados de baja una vez concluida la guerra.

En el lugar de armaduras, lanzas y cañones sobre ruedas, encontraría reglamentos militares, fusiles con bayonetas, nuevas maneras de acampar, concentrarse, y especialmente el arte de la logística de las tropas, un arte que es por lo menos tan necesaria como el batir al enemigo. Pero ¿qué no diría Maquiavelo mismo si pudiese ver la nueva forma del cuerpo político de Europa, con tantos grandes príncipes que se hoy se destacan en el mundo y que en aquellos tiempos tenían escasa importancia? ¿Qué diría si viese cómo el poder de los reyes se halla fortalecido desde la base; la forma en que los príncipes hoy suelen negociar entre ellos; cómo el equilibrio europeo ha sido establecido mediante la interrelación de todas las grandes casas, y cómo se mantiene a raya la ambición de los demás asegurando así la paz del mundo?

Todas estas cosas han producido un cambio tan profundo y general que las mayoría de las reglas de Maquiavelo ya resultan inaplicables a nuestra política actual. Eso se ve especialmente en este capítulo y he de dar algunos ejemplos de ello.

Maquiavelo afirma que un príncipe cuyo país es extenso y rico en dinero y tropas puede soportar con su propias fuerzas, sin la asistencia de ningún aliado, los ataques de sus enemigos.

En esto, no soy de su opinión y, más aún, afirmo que un príncipe, por más temible que sea, no podría resistir solo el ataque de muchos enemigos poderosos y estará de hecho obligado a recurrir a la asistencia de algunos aliados. Si el más formidable, el más poderoso príncipe de Europa, si Luis XIV llegó a ese punto en la guerra por la sucesión española y si casi no pudo resistir la unión de tantos reyes y príncipes que deseaban reprimirlo, cuanto menos podría un príncipe más débil que él mantenerse sin aliados poderosos, a no ser que estuviese dispuesto a arriesgar mucho.

Se dice y se repite sin mucha reflexión que los tratados son inútiles puesto que casi nunca se respetan todos los puntos de un tratado y que en esto los príncipes no son más hoy más escrupulosos de lo que fueron en cualquier otra época. A quienes piensan así les contesto que no tengo duda alguna de que podrán encontrar, tanto en la antigüedad como hoy, príncipes que no han cumplido puntillosamente con sus compromisos.  Pero esto no cambia el hecho de que siempre ha sido muy útil concertar tratados. Mientras más aliados tengáis, menos enemigos tendréis y, aún cuando no os ayuden, al menos podréis lograr que por algún tiempo permanezcan neutrales.

Maquiavelo habla luego acerca de los principini, o pequeños príncipes quienes, teniendo sólo Estados pequeños, no pueden poner a un ejército sobre el campo de batalla. El autor insiste mucho en que deben fortificar a su capital a fin de poder encerrarse en ella con su pueblo en tiempos de guerra. Los príncipes de los que habla Maquiavelo son en realidad andróginos: mitad soberanos y mitad individuos privados. Desempeñan el papel de Grandes Señores sobre un escenario demasiado pequeño.

Pueden jugar al Gran Señor sólo con sus sirvientes. Me parece que el mejor consejo que se les podría haber dado hubiera sido el de limitar la exagerada opinión que tenían de su magnitud, la extrema veneración que tenían por sus viejos e ilustres antepasados, y el irreal entusiasmo que demostraban tener por sus armas. El buen juicio sabe que es mejor aparecer ante el mundo como tan sólo un Señor que gobierna sin estridencias; mantener a lo sumo solamente una guardia suficiente como para mantener a raya a los ladrones fuera del castillo, a menos que éstos estuviesen tan hambrientos como para buscar ellos también refugio allí. Para estos pequeños príncipes lo mejor hubiera sido dejar de lado los baluartes, los murallas y todo lo que pudiese darle a sus residencias la apariencia de una ciudad poderosamente fortificada.

Las razones son las siguientes: la mayoría de los pequeños príncipes están arruinados por gastos excesivos, desproporcionados en relación a sus ingresos, debido a que están intoxicados con una vana ilusión sobre su auténtico tamaño y poder. Preparan su propia ruina para mantener el honor de sus casas y su jactancia los lleva por el camino de la miseria. El hijo más joven del más joven descendiente de una rama secundaria se cree que es algo así como un Luis XIV sólo porque se ha construido su propio Versailles, se ha conseguido una amante y mantiene a sus ejércitos.

Existe actualmente cierto príncipe, pariente lejano de una gran familia noble, quien, en un estallido de fatuidad, mantiene a su servicio un ejército del tamaño equivalente al del servicio doméstico de un gran rey y que le cuesta una fortuna en oro ya que se halla compuesto por individuos cuidadosamente seleccionados de tantos pueblos diferentes que haría falta un microscopio para individualizar a cada uno de ellos. Así y todo, este ejército es tan pequeño que quizás sería lo suficientemente fuerte como para ganar una batalla en el teatro de Verona. Cuando digo que los pequeños príncipes no hacen bien en fortificar sus residencias, la razón de ello es bien simple: no están en condiciones de hacerlo.

Si están rodeados solamente de príncipes tan débiles como ellos mismos pueden tener motivos para fortificar sus pequeñas plazas. Pero, en ese caso, dos bastiones y doscientos soldados harán por ellos y sus vecinos lo mismo que verdaderas fortalezas y cien mil hombres hacen por los grandes reyes.

Pero si estos Señores se encuentran en la situación en la que estaban los barones de Francia e Inglaterra, o bien si son Señores del Imperio, en esos casos creo que las tropas y las fortalezas podrán arruinarlos pero no hacerlos realmente más poderosos. El esplendor del Estado es peligroso cuando le falta el poder que lo respalda. Con frecuencia se destruye una dinastía cuando se pretende exagerar demasiado su grandeza; más de un príncipe descarriado ha sufrido esta triste experiencia. No se puede llamar afán de honores el mantener a todo un ejército cuando una guardia sería suficiente; o el mantener una guardia cuando un par de sirvientes alcanzarían. Eso ya es fatuidad, y la fatuidad lleva pronto a la pobreza.

¿Para qué querrían fortalezas? No están en situación de ser sitiados por sus iguales porque vecinos más poderosos que todos ellos intervendrían inmediatamente en la disputa y ofrecerían una mediación que ninguno podría rehusar. De modo que par de plumas cargadas con tinta pueden apaciguar todas sus pequeñas querellas sin necesidad de ningún derramamiento de sangre.

¿Para qué les servirían sus fortalezas? Aún cuando estuviesen en condiciones de soportar una campaña tan larga como la de Troya contra sus pequeños enemigos, no durarían ni lo que Jericó frente a los ejércitos de un monarca poderoso. Si, aparte de esto, se librase una gran guerra en su vecindad no tendrían la opción de permanecer neutrales ya que alguno de los contendientes los terminaría masacrando. Y, si adhiriesen al partido de alguno de los príncipes en guerra, sus capita