BEN HECHT
PERFIDIA
A
Samuel Tamir
”Un hombre que estuvo a la altura de Israel”
Lo que terminó por ser conocido como el “Caso Kastner” fue uno de los capítulos más penosos en la historia del Estado de Israel.
Para quienes poseen una mente conspirativa, el Caso Kastner lo tiene todo. La sentencia del tribunal fue apelada, pero antes de que pudiese tener lugar la apelación, Kastner fue asesinado. Algunos culparon a fanáticos de extrema derecha; otros creyeron que la inteligencia israelí mató a Kastner por miedo a que pudiera hacer revelaciones sobre contactos entre los nazis y el gobierno israelí durante la época del Holocausto.
A pesar de su caracter sensacional, el Caso Kastner es poco conocido hoy en día. Muchos sienten que lo mejor sería olvidar sus penosas revelaciones. Una historia definitiva del episodio aún está por ser escrita. Los hechos básicos son los siguientes:
En un panfleto publicado en Agosto de 1952, Malchiel Greenwald, un ciudadano israelí que había llegado a Palestina en 1938 procedente de Hungría, acusó a Rudolf Kastner, quien en ese momento era vocero de prensa del Ministerio de Comercio e Industria de Israel, de haber brindado testimonio a favor del teniente general de las SS Kurt Becher y de haberlo salvado así del castigo por sus crímenes de guerra. Además, Greenwald acusó a Kastner de haber colaborado con los nazis y de haber contribuido a la muerte de más de 400.000 judíos húngaros en la Segunda Guerra Mundial durante la cual Kastner había sido un alto dirigente del Comité de Rescate de la Agencia Judía en Hungría.
Kastner era un íntimo de altos funcionarios del gobierno laborista y el gobierno se vio en la disyuntiva de defenderlo o despedirlo. En 1953 el gobierno de Israel acusó judicialmente a Malchiel Greenwald de difamar a Rudolf Kastner. El juicio se extendió desde Enero hasta fines de Septiembre de 1954. Después de deliberar por otros nueve meses, el Juez Benjamin Halevi declaró la inocencia de Greenwald, acusando explícitamente a Kastner de colaboración y de asistir a la defensa del general nazi Kurt Becher.
El patrocinio nazi de Kastner y el acuerdo para dejarlo que salve a seiscientos judíos prominentes, fueron parte del plan para exterminar a los judíos. A Kastner se le ofreció la oportunidad de agregar algunos más a ese número. El señuelo lo atrajo. La oportunidad de rescatar a personas prominentes lo sedujo en gran medida. Consideró el rescate de los judíos más importantes como un gran éxito personal y un éxito para el sionismo. Fue un éxito que también justificaría su conducta – su negociación política con los nazis y el patrocinio nazi de su comité. Cuando Kastner recibió este obsequio de los nazis, vendió su alma al Satán alemán ...
En cuanto a la acusación de que Kastner había sido instrumental en salvar al nazi Kurt Becher de la condena, el juez Halevi sentenció:
Queda claro que la recomendación positiva de Kastner, no sólo en su propio nombre sino en el de la Agencia Judía y el Congreso Mundial Judío, fue de importancia decisiva para Becher. Kastner no exageró cuando afirmó que Becher fue liberado por los Aliados como consecuencia de su intervención personal. Las falsedades en la declaración jurada de Kastner, y las contradicciones y los variados pretextos que demostraron ser falsos, fueron suficientes para anular el valor de sus afirmaciones y para probar que no existió buena fe en su testimonio a favor de este criminal de guerra alemán. La declaración jurada de Kastner en favor de Becher fue una declaración jurada intencionalmente falsa emitida en favor de un criminal de guerra para salvarlo del juicio y castigo en Nuremberg.
El veredicto fue un golpe importante para la coalición laborista gobernante. El nombre de Kastner, que había integrado la lista del Mapai a ser sometida al electorado para su votación al mes siguiente, se quitó de la nómina.
Así como al principio el gobierno había tenido que decidir entre despedir a Kastner o iniciarle juicio a su acusador, ahora se hallaba ante un dilema similar – apelar o no apelar el veredicto. Moshe Keren, un respetado periodista político del diario Haaretz, criticó duramente la sentencia del juez Halevi; pero, sin embargo, escribió:
Kastner debe ser llevado a juicio por colaborar con los nazis. Y en este juicio Kastner debería defenderse como un ciudadano privado y no ser defendido por el gobierno israelí. [1]
En este libro Ben Hecht nos dice:
Después de escribir siete secuencias sobre el Caso Kastner, el Dr. Keren voló a Alemania. Su intención era la de entrevistarse con Kurt Becher. Pocos días después de su arribo en Alemania, el periodista Keren fue hallado muerto en un hotel alemán. El diagnóstico fue “paro cardíaco”.
Dos partidos de oposición presentaron mociones para un voto de no confianza contra el gobierno. El primer ministro Sharett exigió la apelación por parte del gobierno pero chocó contra una rebelión de su propio gabinete. Los Sionistas Generales, que tenían tres ministros en la coalición gobernante, no sólo se opusieron a la apelación del veredicto sino que anunciaron que se abstendrían en el caso de solicitarse un voto de confianza para el gobierno. Uno de ellos manifestó: “Existe la impresión de que el gobierno continúa protegiendo a Kastner” y argumentó que la impresión se basaba en hechos. [2]
Ben Gurion, que había estado en un retiro temporal, recomendó que Sharett dejara caer al gobierno y formara uno nuevo sin los Sionistas Generales rebeldes. Sharett renunció y Ben Gurión reasumió el liderazgo de la coalición. Un mes más tarde, en las elecciones, el Mapai siguió siendo el partido mayoritario de la coalición pero perdió cinco bancas. El partido Herut de Menachem Begin aumentó su poder de ocho a quince bancas. Éste fue el comienzo de un constante aumento del poder del Herut en cada elección subsiguiente hasta que, finalmente, Begin se convirtió en primer ministro en 1977 [3]
El gobierno apeló. La Corte Suprema confirmó la inocencia de Greenwald por el cargo de difamación al afirmar que el testimonio de Kastner fue clave para obtener la liberación de Becher. No obstante, en un veredicto dividido, los jueces revirtieron la sentencia de la corte inferior en cuanto al sobreseimiento de Greenwald por el segundo cargo. La corte de apelación sentenció que Kastner no había colaborado con los nazis y, por consiguiente, Greenwald lo había difamado.
Considérense las siguientes dos opiniones opuestas de la Suprema Corte dividida. Ilustran dos interpretaciones muy diferentes de las pruebas presentadas a la corte de apelación. La muerte de Kastner, acaecida antes de que la apelación fuese juzgada, ¿afectó a los jueces?
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Juez Moshe Silberg |
Juez Shimon Agranat |
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“Podemos resumir los siguientes tres hechos: A). Que los nazis no querían tener una gran rebelión – “Segunda Varsovia” – ni revueltas pequeñas y que su pasión era conseguir que la máquina de exterminio funcionase bien y sin resistencias. Este hecho era de conocimiento de Kastner de la mejor de las fuentes – por Eichmann mismo ... B). Que el medio más eficiente de paralizar la voluntad de resistencia o de escape de una víctima es ocultándole la trama del homicidio por venir ... C.) Que él, Kastner, a fin de llevar a cabo el plan de rescate de los pocos prominentes, cumplió a sabiendas y sin buena fe el mencionado deseo de los nazis, facilitando así la tarea de exterminar a las masas ... “ |
“Resumo mis conclusiones finales respecto de la conducta del Dr. Kastner durante el exterminio de las personas en el país como sigue: A)- Durante este período, Kastner estuvo motivado por el exclusivo deseo de rescatar a todos los judíos húngaros... B). Esta motivación coincidió con su deber moral de rescate en virtud de sus tareas como gestor de rescates en Budapest ... C)- Influenciado por este motivo, puso en marcha un sistema de negociación financiera o económica con los nazis. D)- Este sistema puede resistir la prueba de razonabilidad... E)- En consecuencia, no se pueden hallar defectos morales en dicho comportamiento; no se pueden hallar relaciones causales entre el mismo y la facilitación de la deportación y el exterminio y no se lo puede considerar equivalente al grado de colaboración con los nazis.” |
La Suprema Corte sostuvo la sentencia de la Corte de Distrito en cuanto a que, después de la guerra, Kastner había salvado a un criminal de guerra nazi del castigo. El Juez Silberg escribió:
Greenwald ha probado más allá de toda duda razonable esta grave acusación ... no entraré aquí en todas las numerosas contradicciones – de cantidad incontable – en las cuales Kastner se contradice en relación con esta declaración jurada. Para nosotros es suficiente que un hombre judío, un ex-dirigente sionista, se atrevió a recomendar (clemencia), casi en nombre de todo el pueblo judío, para uno de los mayores tiburones de los criminales de guerra alemanes ante las autoridades que lo habían detenido causando, solo o conjuntamente con otros, la liberación y la evasión del castigo de este gran criminal.
Tal como lo he escrito en otra parte, el árbitro final de los desacuerdos entre los historiadores es el lector de la historia. Este libro es de lectura obligatoria para cualquiera que busque interiorizarse de este notable período histórico.
David Morrison
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En la época en que me ha tocado vivir, los gobiernos han suplantado a las personas. También han tomado el lugar de Dios. Hablan por las personas, sueñan por ellas y, absurdamente, determinan sus vidas y sus muertes.
Esta nueva idolatría del gobierno es uno de los temas de este libro. Es una idolatría que no comparto. No siento ninguna reverencia por el rostro todopoderoso y confuso de los gobiernos. Lo veo como una restricción al ser humano y como un saqueo terminal de su derecho natural – la supervivencia de su prole. Lo veo como un ogro con desesperación en los ojos.
En este libro he escrito mayormente sobre un gobierno – el del nuevo Estado judío de Israel. Lo escribí, en parte porque soy judío. Provengo de una larga línea, nunca interrumpida, de judíos. Mis antepasados, expulsados de unos cuantos países, fueron difamados y satanizados desde los tiempos de Ahab y Jezabel.
Sin embargo, se las arreglaron bien deambulando por el mundo durante esos siglos. Mantuvieron encendida una sincera luz humana en medio de alzamientos que derrocaron viejos reinados y dieron lugar a otros nuevos.
Los reinados les fueron extraños a mis antepasados. En el alma del judío, en su tabernáculo y en su cocina, existió un sólo reino – el de Dios. Hubo un sólo conjunto de leyes – el del ejercicio de lo humanitario.
¿Qué sucedió con esta noble herencia cuando, finalmente, los judíos se hicieron un gobierno propio; qué les sucedió a los judíos cuando se hicieron políticos judíos; qué pasó con esa piedad, con el sentido del honor y el amor fraternos que 2.500 años de antisemitismo no consiguieron turbar en el alma judía? Mis respuestas están en este libro.
No me resultó sencillo escribir un libro así. El corazón de un judío debe estar colmado tanto de asombro como de indignación cuando hace suyas las palabras de Próspero en La Tempestad:
“Os ruego; atended mis palabras: ¡que un hermano pueda ser tan pérfido!”
En una mañana de Diciembre de 1953, Malchiel Greenwald, de setenta y dos años, una barba perillita prolijamente recortada, un fedora inclinado, una rutilante bufanda con guantes recortados haciendo juego, un saco escuálido, agujeros en sus zapatos, el resto de un cigarro amenazando con incendiar la punta de su nariz y un bastón balanceándose enérgicamente – este dinámico viejo judío está buscando un abogado – en Jerusalén. Su hija Rina, una rubia salida de los Salmos, camina a su lado.
Tal como es su hábito cotidiano, Malchiel ha tenido una satisfactoria conferencia con Dios en su sinagoga. De Israel se podrá decir lo que se quiera, pero es reconfortante poder estar parado en prácticamente el mismo lugar en el que tus antepasados estuvieron hace dos mil quinientos años y poder ofrecerle a Dios las mismas aleluyas.
Pero no para un abogado – uno barato que tomará el caso por consideraciones distintas a las del dinero. Después de todo ¿cuántos abogados tienen la oportunidad de defender a un hombre que ha sido acusado de calumnia criminal por el propio Estado de Israel?
Pues sí; el primer ministro Moshe Sharett; Ben Gurión, el líder del Mapai; el fiscal general Chaim Cohen, y todos los demás famosos caciques del Estado de Israel han citado a Malchiel Greenwald al estrado de la justicia. Hasta aparecieron algunas líneas sobre ello en un diario, en una página interna. Concedido: unas pocas líneas no convierten a un hombre en famoso, pero este hombre ya no es un Don Nadie.
“¿Cuanto falta?” pregunta Greenwald
“Tres minutos”, contesta Rina, la hija.
“Quizás pueda ofrecerle mi colección de estampillas”, dice Greenwald
“No es la clase de hombre que colecciona estampillas”, dice Rina. La barba perillita apunta hacia adelante. Abogado, abogado – encuéntrame un abogado que no tenga miedo y al que también, Dios lo conceda, no le importe casi nada el dinero.
De esta forma, aquél fresco día de Diciembre, Malchiel Greenwald ingresa caminando en la Historia de Israel.
Lo diré a mi modo. Pues, a pesar de que escribo historia, no soy un historiador; esto es, si un historiador es una persona repleta de hechos y con una actitud objetiva. Hechos tengo, pero no soy objetivo. Consigno esto a fin de que, si mi libro molesta demasiado a algún lector, en particular a algún lector judío, éste pueda consolarse pensando: ¿cómo puedes creerle a un escritor que confiesa no ser objetivo? Así, puede usted ver qué tan sentimental soy respecto de los judíos. Pienso en consolarlos incluso cuando me dispongo a condenar mucho de lo que consideran estimable.
En mi historia, Malchiel Greenwald es uno de los tres héroes a los que dedicaré mis mejores esfuerzos laudatorios. Habrá otros héroes y heroínas que emergerán para iluminar al lector, pero aquellos tres serán mis héroes centrales. Mi historia trata acerca del juicio a Kastner y las asombrosas revelaciones que durante cuatro años ensuciaron a Israel con vergüenza y desilusión comenzando en este Diciembre de 1953; y sacudieron al primer ministro Moshe Sharett en Jerusalén hasta lanzarlo fuera de su silla giratoria.
Entre lo sorprendente de estos sucesos está el que los iniciara un hombre como Michael Greenwald. En Israel se espera que sea un Sansón el que derribe las columnas del falso templo; no un veterano filatelista sin músculos. Un hombre simple, piadoso, trabajador. Concedido: un presuntuoso, pero un presuntuoso de rostro autoritativo. La clase de orador doméstico que hace suspirar a su familia: “Malchiel, Malchiel - ¿cuántas veces irás a repetir eso?”. Pero también hay otra cosa en cuanto a Greenwald. No es solamente un coleccionista de estampillas. Tiene otro pasatiempo. Le gusta escribir.
Y hay otro hecho. Mucho antes de que los ingleses eligieran al león como símbolo de lo bravos que eran, existió el león de Judea; y este león sigue agazapado en los corazones judíos. No en el de todos ellos. El coraje es algo especial en cualquier pueblo. Y no me refiero al coraje de morir. Los judíos han tenido un buen entrenamiento en esto; mejor que el de la mayoría de los demás. Sino al coraje de protestar, al de alzarse contra las amenazadoras adversidades de la autoridad – he aquí una cualidad más inusual y más misteriosa. El misterio aquí es ¿cómo pudo aparecer en un Greenwald de setenta y dos años? ¿Cómo se infiltró Voltaire y Tom Paine en esta alma talmúdica? ¿Cómo fue que la espada de Espartaco halló alojamiento debajo de su tallith?
Malchiel Greenwald apareció proveniente de Hungría, dónde se casó, educó a un hijo y a una hija. Hasta llegar a su década de los cincuenta, trabajó allí y en Viena como un periodista ocasional que, con frecuencia, tuvo que dedicarse a labores muy poco literarias.
Aquella fue una época, después de la Primera Guerra Mundial, en la que muchos genios – tanto judíos como no – llenaban los cafés de Budapest y de Viena e inundaban a Europa con melodías, frases ingeniosas y chispeantes dramas. Pero también hubo judíos que no fueron genios –Greenwald entre ellos.
No mentiré sobre mi héroe. Incluso en su mejor momento careció de estilo y de las conexiones adecuadas.
Sin embargo, siguió escribiendo, corriendo personalmente con sus copias al editor y viendo como, por lo general, las copias terminaban en el cesto de papeles. Pero los desastres tiene más una tendencia a crear periodistas que a detenerlos. Greenwald insistió. Y también tenía cierto séquito. Cincuenta y dos parientes cercanos compraban el diario todos los días para ver si el nombre de Malchiel Greenwald aparecía firmando algo.
Después, una mañana, ocurrió un acontecimiento. Un banda de ciudadanos cristianos apareció corriendo en una de las calles de Viena y comenzó a matar judíos. Blandían grandes cachiporras y largos cuchillos y gritaban el grito de batalla del Renacimiento que había llegado a Europa – “¡Muerte a todos los judíos!”
Greenwald se hallaba casualmente en la calle con su joven hija Rina. “¡Corre!” – le dijo, y la niña salió corriendo velozmente hacia una sinagoga, con dos patriotas detrás de ella. Greenwald tenía menos velocidad en sus piernas. El resultado fue que los golpes hicieron desaparecer la totalidad de los dientes de su boca, le partieron la lengua y le pegaron cachiporrazos en la cabeza hasta que cayó al suelo, inconsciente. En eso tuvo suerte. Porque, creyendo que estaba muerto, los patriotas perdieron interés en él y dirigieron su atención hacia otros judíos que aún estaban de pié o apoyándose en las paredes.
Cuando estuvo en condiciones de volver a caminar y usar otra vez su lengua, Greenwald decidió emigrar con su familia a Palestina. Por aquella época (principios de 1938) todavía se podía ir a Palestina sin ser baleado o ahogado por la Política Protectoral Británica - ¿o era Política Preventiva? Fuera lo que fuese, pueden ustedes estar seguros de que tenía un nombre muy tranquilizador.
Llegado a Jerusalén, con sus dientes postizos, su esposa, su hijo, su hija y su colección de estampillas, Malchiel Greenwald se compró un pequeño hotel con los ahorros de toda una vida. Algunos cientos de libras de pago al contado, no más. Hotel Austria, no muy lejos de dónde alguna vez reinara Salomón. Podía acomodar a veinticinco huéspedes si se ponían a tres o cuatro en una misma habitación. La tasa: 25 piastras (1 dólar) por cabeza.
Durante algunos años Greenwald le ayudó a su tenaz esposa a hacer las camas, barrer el piso, llenar estufas con kerosén, y el periodismo fue un sueño puesto sobre el estante.
Después, aparecieron otras tareas domésticas. Comenzó la matanza de judíos en Europa. Aparecieron los británicos, primero reduciendo la cuota de inmigración a Palestina, luego con una nueva política llamada el Libro Blanco. El resultado fue que se cerraron los puertos palestinos y los judíos condenados ahora no sólo tenían que gambetear a sus persecutores alemanes sino también a las autoridades británicas que custodiaban las costas del Imperio.
Greenwald se dedicó al complicado negocio de la emigración ilegal a Tierra Santa. Ya había ayudado a sus dos hermanos en la organización de contingentes de inmigrantes ilegales a Palestina.
Las actividades de Greenwald amainaron, sin embargo, cuando sus cincuenta y dos parientes fueron embarcados hacia Auschwitz y ejecutados en los hornos alemanes.
En el ínterin, en Palestina se venía dando
una especie de guerra. Apareció un ejército clandestino de jóvenes judíos. En
1937 este ejército asombró a todo el mundo anunciando que expulsaría a las
fuerzas británicas de Palestina para instaurar un Estado de Israel
independiente. El nombre de este ejército de combatientes judíos por la
libertad fue el de Irgun Zvai Leumi, palabras hebreas significando
organización, militar, nacional.[4] Su insignia fue una mano
sosteniendo un fusil y las palabras hebreas: “Sólo Así”.
Los más asombrados fueron los dirigentes judíos de Palestina. La idea de una guerra de liberación para conquistar un Israel independiente nunca se les había cruzado por la cabeza. Weizmann, Ben-Gurion, Sharett, Greenbaum, Dov Joseph y todos los jerarcas judíos en Palestina habían limitado sus sueños sionistas a un suburbio judeo-británico.
A los británicos, el Irgun les pareció historia conocida. Otra vez desórdenes y trastornos. Algunos centenares de “terroristas” contra el poderío del Imperio. Los británicos tomaron las medidas de costumbre: pena de muerte o cadena perpetua a cualquier judío atrapado portando armas. Nada tan difícil de manejar. Especialmente cuando los británicos tenían a todos los feroces dirigentes de la Agencia Judía de su parte. Para no mencionar a los poderosos y estimados semitas de los Estados Unidos de Norteamérica y el resto del mundo.
Conducidos por Weizmann, los caciques de la judería juraron obediencia a la guerra británica contra los jóvenes hebreos que luchaban por la libertad. Mas tarde ofrecerían algo más que servicios retóricos a sus amos británicos. Demostraron su lealtad ayudando a los británicos a capturar, torturar, ahorcar y encarcelar cientos de jóvenes judíos que luchaban bajo la primer bandera hebrea independiente desde los días de Bar Kochba.
Itzhak, el joven hijo de Malchiel Greenwald se unió al Irgun y cayó combatiendo en la batalla del Monte Sion. Greenwald guardó la medalla del Irgun que su valiente hijo había obtenido y cambió el cartel de su Hotel Austria. El nuevo cartel rezaba: “Hotel Monte Sion”.
Su hija Rina también participó de la guerra que el pequeño Irgun libraba contra los británicos y contra la Agencia Judía. Durante el día era una respetable enfermera en el Hospital Hadassah. Pero por la noche trabajaba curando a los heridos del Irgun.
Finalmente, todo terminó con los británicos levantando campamento, con los árabes atrincherándose y con el Estado de Israel estableciéndose. Y todos los judíos del mundo (o casi todos) lanzando besos agradecidos y ofreciendo donaciones masivas a los grandes héroes de Israel: Ben-Gurion, Weizmann, Sharett, Greenbaum, etc.
Y Malchiel Greenwald, confrontado con este desenlace sin orden ni concierto de ovejas coronadas de leones, se dejó crecer una barba perillita, se compró un bastón y decidió volver a ser periodista.
Pero ¿quién iba a contratar a un hombre de setenta y dos años incapaz de escribir en hebreo? Así y todo, Greenwald se convirtió en periodista – solo. Cada semana o algo así redactaba un artículo, lo hacía traducir al hebreo, lo hacía mimeografiar y lo presentaba como un panfleto de tres páginas. El panfleto tenía un titular permanente: “Carta a Mis Amigos en el Mizrachi”. Éste es el nombre de un partido político religioso en Israel. Greenwald, el periodista, se gastó sus últimos céntimos enviando por correo mil copias de cada edición. El panfleto era gratuito. Toda la recompensa que Greenwald pedía por su arduo trabajo era que alguien lo leyera.
Cincuenta panfletos – y no pasa nada. Se come la cena, se lavan los platos, y Greenwald parte raudamente hacia su principal fuente de información en búsqueda de noticias calientes. Su “reducto” es el Café Vienna, frente a su hotel. Es prácticamente el único café en Jerusalén que está abierto después de la hora de la cena.
Aquí, Greenwald, el periodista, consume grandes cantidades de té mientras salta de una mesa a la otra recolectando los chismes del pueblo. Todos conocen a Malchiel Greenwald y tienen una sonrisa de tolerancia para con él. Le dicen: “Muchas gracias, es un honor” cuando les entrega su último panfleto. Y lo dejan, sin leer, sobre la mesa cuando se van a casa.
¿Qué es lo que escribe Malchiel Greenwald en sus panfletos? Nada que alguien no haya leído cientos de veces, mejor escrito y mejor impreso. Hace falta un par de ojos muy agudos para distinguir las letras borroneadas en la gacetilla mimeografiada de Greenwald. Así como que también hace falta tener una visión muy buena para distinguir al propio Malchiel Greenwald de entre los cientos de ancianos ignotos, pletóricos de pasados que erizan el pelo, que charlan, rezan y garabatean en la nueva Jerusalén.
Y viene el panfleto número 51. Otra carta a sus piadosos “Amigos en el Mizrahi”. La misma extensión: tres páginas de tipografía borrosa. Pero esta vez el panfleto es un éxito. Provoca una demanda por calumnia criminal – el Estado de Israel versus Malchiel Greenwald.
Y vuelvo a mi héroe de nuevo mientras camina con su hija detrás de él, buscando a un abogado que no tenga miedo.
Me impresiona Malchiel Greenwald y no me sorprendería demasiado escuchar de algún rabino de Jerusalén que Dios, tanto como su hija Rina, lo guiaron en esta caminata. No por lo que se atrevió a escribir en su panfleto acerca de un funcionario del gobierno llamado Rudolph Kastner. Sino por otra razón.
Malchiel Greenwald, que perdió a golpes todos los dientes de la boca, cuya lengua fue partida en dos, cuyos brazos y piernas fueron quebradas y cuya cabeza fue partida; que fue dejado por muerto en una calle de judíos asesinados; cuyos cincuenta y dos parientes cercanos fueron todos incinerados por los alemanes; cuyo hijo murió combatiendo en el Monte Sion – este Malchiel Greenwald, ahora, con setenta y dos años, camina bajo un fedora inclinado blandiendo enérgicamente su bastón, sin temor ante la autoridad pero con la verdad en su propio corazón. Que exista un hombre así me impresiona.
Los titulares nos han acostumbrado al Estado de Israel haciendo que lo consideremos como una vieja y conocida historia. Los titulares nos acostumbran a cualquier cosa, incluyendo la necesidad patriótica de destruir al mundo para salvarlo de una cosa u otra.
Aún así, mis ojos siguen agrandados. “El Estado de Israel versus Malchiel Greenwald”. Hace cincuenta años una nación judía llamada Israel era un proyecto tan fantasmagórico como una colonia de marcianos construyendo veredas sobre nuestro planeta.
Desde el momento en que el juicio de Greenwald-Kastner revelará las raíces de la nueva nación, haré una pausa aquí para hacer un interludio sobre Israel. Sobre Israel y los judíos en general.
No son la misma cosa; de hecho son asombrosamente diferentes. Me refiero a los judíos del mundo y a los dirigentes judíos de Israel. Pero hay una especie de coqueteo entre ellos, un coqueteo sólo medianamente sincero porque ambas partes están casadas con otros. Sin embargo se cortejan mutuamente, los judíos a Israel e Israel a los judíos.
Hablemos de Israel primero. ¿Quién construyó este inesperado país que hoy posee un espléndido ejército, bulliciosas ciudades, florecientes tierras cultivadas, jóvenes fuertes y hermosas muchachas, una máquina para partir el átomo, y por lo menos cinco mil políticos logorreicos; este país que enarbola una bandera de poder mundial? ¿Quién armó este país, pequeño en tamaño pero campeón indisputado de sus objetivos?
¿Fueron los diecisiete millones de judíos del mundo enterrados en unas cien naciones? La respuesta es: no. Difícilmente más del dos por ciento de ellos se involucraron y no muchos más tuvieron conciencia de que algo estaba sucediendo en absoluto.
Fue un puñado el que creó Eretz-Israel; sólo un puñado de combatientes del Irgun y del Lehi conquistó su independencia de los británicos. Los creadores fueron judíos europeos, en su mayoría, soñadores de pico y pala, visionarios armados que divisaron ciudades judías allí en dónde sólo había arenas árabes, turcas e inglesas. Fueron judíos de todas clases – algunos tontos, otros inteligentes, ricos, pobres, algunos pálidos de tanto estudiar y otros musculosos como gladiadores. Provenían de talleres de sastres polacos y de tertulias sociales polacas, de sinagogas y de oficinas rusas, de granjas ucranianas, universidades alemanas, salones húngaros, de las rutas secundarias y de los bulevares de Europa. Sólo una gota en el océano pero ¡qué gota! ¿Quien hubiera imaginado que la judería internacional estaba repleta de Davy Crocketts y de Daniel Boones, con talliths en sus alforjas? ¿ O que tantos estadistas, filósofos y cantantes de “Hatikva” podían salir tropezando, casi de un día para otro, de la cornucopia judía? Pero trastabillando y todo, vinieron. Y fuera lo que dijera la letra impresa de sus visas, todos parecían venir del Antiguo Testamento. ¿En qué otra parte podía haber judíos con himnos judíos en los ojos?
El renacimiento de los judíos como nación comenzó en Jerusalén. Durante cientos de años había existido una pequeña población judía en la vieja ciudad de Jerusalén, y en las antiguas Tiberias, Safad y otras ciudades que habían quedado del pasado. Después de siglos de inercia, estos hijos e hijas de Abraham comenzaron a decirle adiós a las paredes del ghetto de Jerusalén para irse a los campos a arar y sembrar. Había un afán en ellos. No sé quién o qué lo puso allí. Pudo haber sido Dios renovando su interés en sus alguna vez favoritos hijos e instándolos a hacer que la tierra de David volviera a florecer con naranjos judíos. Quienquiera que haya sido el que les dijo algo, eso es lo que hicieron. Eran gentes resistentes, tenaces. Y se enamoraron de la tierra de sus padres.
Hubo varias oleadas de “aliya” (literalmente “ascenso”) , primero en los años ochenta y noventa del Siglo XVIII llegaron judíos huyendo de las persecuciones en Rumania y en Rusia. El barón Edmund de Rothschild ayudó a un enjambre de judíos, principalmente a los provenientes de Rumania. Éstos también fundaron colonias y cantaron sus canciones alrededor de nuevos fuegos de campamento hebreos.
A inicios del siguiente siglo llegaron los primeros grandes bloques de “sionistas” originales, la mayoría de ellos de Rusia. Trajeron consigo el fermento intelectual. Muchos de ellos eran socialistas tolstoianos, y todos ellos estaban llenos de sueños acerca de una nueva Sion. De estas bandadas de colonos surgió la futura minoría dirigente de Israel.
Al principio, la mayoría de estos aventureros en Palestina tuvo que empezar aprendiendo a cabalgar mejor que los árabes, lo cual fue difícil; y a tener mejor puntería que ellos, lo cual fue fácil. Y a hacerse leñadores, poceros, aradores, vaqueros, exploradores, centinelas. Y a dormir sin techo, combatir la malaria, sufrir sed, hambre, insolaciones y molestias equivalentes a las Siete Plagas; y aun así seguir estando llenos de alegría y esperanzas. Esto también fue fácil ya que estaban medio locos por los viejos sueños.
En los años treinta llegó un gran contingente de judíos de Polonia. Principalmente obreros y sus familias, con más herramientas que sueños en sus equipajes; albañiles y campesinos. Vinieron como el pueblo de Sion y permanecieron siéndolo.
El surgimiento de Hitler en 1933 produjo una masiva oleada de inmigrantes de Alemania. La oratoria de Hitler los había desarraigado de sus largamente amadas ciudades y aldeas alemanas. Trajeron consigo el talento alemán para la música, la filosofía y la verdad; la pedantería alemana y el respeto por la ley – todas las cosas que el nuevo Tercer Reich había decidido expulsar. Entre ellos también había personas con talento financiero.
La siguiente oleada fue la inmigración “ilegal” que comenzó en 1937. Desafiando la cuota y más tarde al Libro Blanco, en barcos de todos los tamaños, decenas de miles provenientes de Europa Central y de los Balcanes llegaron en bandada a Palestina. La mayoría de ellos eran judíos jóvenes.
La última oleada fue el millón de todas partes, incluyendo a los campos de concentración, que corrieron a Israel cuando ésta se convirtió en Estado independiente. El dique se había roto. Los israelíes fluyeron hacia el país.
Y ¡qué brillantes líderes recorrieron el
mundo saltando de un lado al otro jugando al Pied Piper [5] por este sueño y pasando la gorra por el nuevo país de Sion! El
primero de ellos fue Teodoro Herzl, una luminaria literaria proveniente de
Hungría. En su mundana e inteligente mente nació, completo, el plan para una
nación judía.
Creó una nación sobre las páginas de un libro. Terminado el libro, escribió en su diario que el país de los judíos se haría realidad en cincuenta años. Y salió a entrevistarse con reyes y reinas, primeros ministros y plutócratas, pidiendo un pedazo de territorio que pudiese convertirse en la patria de los judíos.
“Mi querido Herzl, no es una mala idea”, dijo el primer ministro Gladstone de Inglaterra, “¿Por qué no intenta con Egipto?”
“Ya estuvimos allí”, respondió Herzl
El hosco Gladstone, ablandado por el ingenio de Herzl, se convirtió en un aliado.
Max Nordau, un psiquiatra practicante y famoso autor de obras traducidas a varios idiomas, estuvo entre los primeros conversos hechos por Herzl. Sucedió así. Uno de los elegantes amigos de Herzl, un campeón de esgrima, estaba preocupado por el ingreso de Herzl a las neblinas parroquiales de los asuntos judíos. Le explicó a Nordau el plan de Herzl y le preguntó: “¿Podría usted, doctor, sacarle la idea de la cabeza?”
Nordau, un ateo que escribía en alemán y se mantenía apartado de la vida judía, accedió.
Herzl vino, habló y conquistó. Después de ello la elocuencia de Max Nordau difundió el sueño de Herzl por toda Europa.
También cabe mencionar al brillante Dr. Aaron Aaronson y a su deliciosa hermana Sarah. Vivieron en Palestina, todavía bajo el gobierno turco. El Dr. Aaronson era un brillante científico, inteligente y atractivo como Herzl. Se dedicó a tratar de pescar conversos para la patria judía en los salones y en los gobiernos de Europa.
Sarah fue una de las grandes bellezas de la época. Alrededor de ella se congregó el primer puñado de patriotas judíos. Transcurría la Primera Guerra Mundial. Aaron y su hermana organizaron una clandestinidad para trabajar en favor de los británicos detrás de las líneas turcas y por el hogar nacional judío que los británicos agradecidos instaurarían en Palestina después de ganar la guerra y expulsar a los turcos.
De noche, desde las oscuras costas de Palestina, Sarah y sus seguidores pasaban información a los británicos mediante señales luminosas. Sara fue apresada. La policía turca trató de sacarle por medio de la tortura los nombres de sus cómplices. Sarah hizo como que se desmayaba bajo la tortura. El truco funcionó. Liberada por un momento, Sarah se suicidó de un disparo. Murió con los nombres de sus discípulos encerrados dentro de su cabeza.
Vladimir Jabotinsky, el novelista-soldado,
fue otro heraldo del futuro país de los judíos. Escribiré sobre él más tarde.
Digamos aquí tan sólo que en la década del 1930 alzó su voz en las
aldeas-ghetto de Polonia, Hungría y Rumania, advirtiendo sobre el inminente
aniquilamiento de los judíos europeos e instándolos a tomar, por millones, el
camino a Palestina mientras todavía pudiesen entrar allí.
Otro Pied Piper sionista fue Louis Brandeis quien, más tarde, se convertiría en juez de la Suprema Corte en Washington. Brandeis fue uno de los pocos judíos norteamericanos de envergadura que vio el futuro de la judería más allá de la asimilación. Lo entrevisté en Chicago, en mis días de joven periodista. Brandeis estaba participando del Congreso Mundial Judío. Recuerdo algo de las cosas que me dijo, y también que me las dijo con resolución e ironía. “¿Judíos? Siguen desapareciendo del mundo. Los desastres los reinventan. Hay mejores madres que el desastre. Una tierra nativa es la mejor de todas las madres. Nosotros, los judíos norteamericanos tenemos una tierra nativa a la que amamos, Pero es todavía mejor tener una tierra nativa que nos ame a nosotros”.
Había montones de estos vendedores de sueños; todos hombres y mujeres con pureza de misión. Estaban dispuestos a cambiar la identidad de los judíos para convertirlos, de judíos de la Torah, a judíos de Sion, es decir: convertirlos en una nación. Había mucho griterío de parte de los ortodoxos frente a esta aparente degradación. Durante los siglos a lo largo de los cuales otros pueblos se habían turnado cabalgando sobre armadas de poder, los judíos se habían mantenido a flote en la corriente sobre la balsa de un libro: su Torah. Se resistían a abandonar esa balsa y cambiar la única grandeza que habían conocido – las palabras de Dios – por algún dudoso status político.
El sueño de una nueva tierra de Israel había destellado entre los judíos durante los diecinueve siglos de su búsqueda de lugares para vivir sin sentirse amenazados. Durante este largo tiempo suspiraron la frase “Tierra de Israel” y se sintieron aliviados. Seguros de que Dios los regresaría a su hábitat original y los convertiría otra vez en una gran nación.
Al leer sus historias a veces me he maravillado de cómo los judíos pudieron creerse los favoritos de Dios a pesar de las calamidades que continuamente caían sobre ellos. Pero no es una extravagancia exclusiva de los judíos. El cristianismo se basa en la creencia de que la crucifixión de Jesús demostró que era el amado Hijo de Dios. En virtud de una lógica similar, los judíos siguieron estando convencidos de que la crucifixión de su especie era una prueba de ser muy amados por Dios.
Un pequeño relato del sueño y del nacimiento de Israel. Después, acerca de los judíos del mundo fuera de Israel. – El mío es un resumen más breve que el que usualmente reciben de sus generalizadores. Pero he escrito sobre los judíos antes y he aprendido a ser exacto acerca de ellos. También a amarlos sin mentir sobre ellos; he aprendido cómo sonreír ante sus enredos y cómo permanecer soñando a su lado mientras me niegan el derecho a ser sepultado en Tierra Santa. Estas cosas me han pasado. Baste con decir que, si tengo enemigos, la mayoría de ellos son judíos. Y, tal como solía terminar todas las cartas a mi madre: “sigo siendo tu amante hijo”.
Durante la creación de Palestina por los sionistas de Herzl, los judíos del mundo escucharon rumores. Su reacción básica fue la de que algo absurdo y un poco triste estaba pasando en Jerusalén. Y, posiblemente, algo un poco peligroso. Esta reacción fue natural, considerando que no habían habido buenas mareas para los judíos fuera de Jerusalén desde la crucifixión de uno de sus jóvenes rabinos – por los romanos. El infierno judío nacido de ese incidente mal informado nunca se había enfriado.
Al escuchar acerca de una nueva Sion incubándose en el mismo territorio y de una corriente de colonos dirigiéndose hacia esa nueva Sion, los judíos se concentraron en los problemas inmediatos que les tocaban de cerca. Se mantuvieron firmemente en todas las ciudades del mundo en dónde no eran demasiado queridos ni demasiado estimados. Estuvieron conformes con aceptar la inferioridad o la impopularidad de ser judío antes que ir a luchar contra desiertos.
Lo digo sin ánimo despectivo. No se puede criticar a los judíos por creerse parte de la familia humana, a pesar de las inhumanas protestas ocasionales. Protesta, pogrom, ostracismo, desprecio – los judíos aceptaron estos gestos y estas conductas gentiles con una indiferencia que era el regalo del tiempo.
Entiendo a estos intrusos mundiales judíos desde el momento en que nací siendo uno de ellos y sigo siéndolo. Durante los primeros cuarenta y cinco años de mi vida tuve tan poca conciencia de mi judeidad como la que tengo ahora de los problemas espaciales. Felizmente ocupado en otros lados, permanecí fuera de sinagogas, tertulias de logia y esas reuniones filantrópicas tan populares entre los judíos.
Pero aún en aquellos tiempos de agradable anestesia judía percibí algunas cuestiones judías. Observé cómo a mi alrededor había judíos que huían de su judeidad como una persona tratando de escapar de su sombra. Y también había judíos concentrando sus judeidades en el oasis de los ghettos. Y judíos alzándose por sobre su judeidad con la asistencia de su ego, su talento y su riqueza. O, al menos, eso es lo que creían estos devotos de la levitación. También noté que estaba sucediendo un pequeño cambio hacia la cristiandad – era la elite de Abraham saliendo de su judeidad en puntas de pie como de una enfermería.
Y después había judíos como yo mismo, inmunes a las actitudes críticas de nuestros vecinos porque teníamos actitudes dos veces más críticas. Para nosotros, el antisemitismo era un objetivo, si teníamos la suerte suficiente como para echarle una mirada, y nunca una amenaza. Esto, por supuesto, sucedía en los Estados Unidos en dónde el antisemitismo es considerado oficialmente como una neurosis. A pesar de que los norteamericanos que la padecen resultan enviados más veces al Congreso que al hospital.
Si tengo que escribir sinceramente acerca del antisemitismo norteamericano, debo consignar que lo hallé, en general, o bien agradable o bien estimulante. Es agradable saberse aborrecido por evidentes estúpidos y es estimulante bajarle los humos a esos cabezas huecas, aunque más no sea en el interior de nuestro propio espíritu.
En realidad, el antisemitismo está entre los males menores que he observado en los Estados Unidos. El odiar a los judíos sigue siendo un pasatiempo norteamericano furtivo con tonalidades enfermizas y ningún dirigente responsable de la Iglesia o el Estado lo ha convalidado.
Que Dios me perdone si soy demasiado optimista. Fui corresponsal extranjero en Berlín para el Chicago Daily News en 1919 y 1920. Por esa época, triste y desolada como era, cualquier alemán hubiera jurado fervientemente por la cabeza de sus hijos que el asesinato masivo jamás se convertiría en ideal político.
Hay que pensar en esas cosas al hacer declaraciones.
Nunca hubo duda alguna sobre el status del odio a los judíos en Europa. En casi todos los países europeos el antisemitismo fue considerado una necesidad patriótica o una obligación religiosa. Hubo algunas áreas menores de tolerancia – Escandinavia, Holanda e Italia después de que ésta dejara de producir santos.
A pesar de todo, la judería europea continuó prosperando sobre el desagrado del mundo como si fuera un budín de ciruelas navideño. Y, en general, permaneció indiferente ante los Días del Vagón Cubierto en Palestina, garantizados por la Declaración Balfour de 1917 – “Demos a los judíos un hogar nacional” y por el pacto de 1925 – “Que Gran Bretaña prepare un hogar nacional para los judíos en Palestina”.
He aquí el objetivo de mi interludio. ¡Qué diferente es todo hoy! Con todos los judíos que no eran conscientes de Eretz-Israel, que no hicieron sacrificios personales por él, y que denunciaron a los combatientes por su libertad – palmeándose las espaldas por el Estado de Israel. ¡Nuestro bebé!
Los he escuchado en Londres, París, Roma, África del Norte. Los oigo constantemente en Nueva York, Chicago, Hollywood y en todas partes en que me encuentro con judíos. Y no con judíos religiosos u “organizados”, sino judíos americanos asimilados que generalmente van al templo sólo en un ataúd. Se vanaglorian de haber ido a Israel como antes se vanagloriaban de haber veraneado en la Riviera. Sus ojos brillan. Solían sentirse así cuando un judío se convertía en campeón mundial de boxeo o cuando el nombre de Einstein aparecía en los diarios.
Es un nuevo éxtasis en cuestiones de representación diplomática. A pesar de que el Estado de Israel es una franja de territorio apenas lo suficientemente grande como para una línea férrea, posee algo así como once millones de embajadores entre una cosa y otra. A grandes rasgos, éste es el número de judíos que los alemanes dejaron sobre el planeta, contando a los oscuros del África. Y todos ellos tan ignorantes de lo que está pasando – o de lo que pasó – en Israel como si ese país fuese una colonia en la luna. Pero son embajadores, aún así.
Aquí hay un problema. ¿Es mejor dejar fluir una ilusión que (tratar de) desenmascararla? Platón escribió que la única forma sana de asegurar la felicidad de las personas era dejando que paladearan dulces mentiras en lugar de amargas verdades.
No es un consejo del todo malo. Pero es como el medicamento que le permite al paciente morir sin mucho dolor.
Yo voto por otra cosa. Termino mi interludio con la esperanza de que una fracción de la miríada de embajadores pueda hacerse una idea más clara de sus deberes después de asistir al caso de “El Gobierno de Israel versus Malchiel Greenwald”.
Si hubieran sido solamente personas perversas las que insistieron en acosar a los judíos de un siglo al otro, la historia sería más fácil de comprender. En ese caso, uno podría decir que los judíos poseen demasiadas virtudes, algo que parece ser irritante para gentes más despreciables. Pero sucede que los judíos no tienen demasiadas virtudes y sus enemigos incluyen a la elite del cristianismo – sus mejores reyes, sus más nobles humanistas y filósofos, incluso sus santos más santos.
Así llegamos al más honorable de sus enemigos: Gran Bretaña. No sólo honorable sino valiente defensora de la civilización en 1939-1945. Y aún así, enemiga de los judíos. Esto es lo que hace aparecer a un historiador judío como alguien difícil de satisfacer. Tiene que ponerse a amonestar cuando todos los demás historiadores parecen felices.
Por suerte, no estoy escribiendo una historia de los judíos; sólo la pequeña parte de ella que resulta relevante y relacionada con el juicio de Malchiel Greenwald.
Los Greenwald llegaron a Palestina. Aquí sintieron que se terminaba su impopularidad judía. Porque en 1923 Gran Bretaña aceptó el mandato de la Liga de las Naciones,[6] refrendado por los Estados Unidos que no eran miembros, de convertir a Palestina en un hogar para los judíos.
Este magnánimo proyecto fue el resultado de la Primera Guerra Mundial que se libró de nuestro lado para liberar al mundo del militarismo, de la política de poder y de las injusticias humanas en general. Nuestro bando ganó. Un hogar nacional para los judíos constituyó una de las pruebas de la victoria de la virtud. Otra prueba similar fue el Desarme Mundial que también comenzó felizmente en los años 1920.
Los ingleses, con su mejor estilo Galahad, aceptaron el trabajo de arreglar la nueva Tierra Prometida para los judíos. Pero, después de un suspiro, procedieron a hacer exactamente lo contrario – comenzaron a convertirla en un dominio anglo-árabe. Cincuenta millones de aliados árabes y sus inacabables pozos de petróleo constituyeron un proyecto más brillante que un puñado de judíos sin más para ofrecer que su gratitud hacia la Corona. Para alcanzar este otro objetivo fue necesario cuidar que los judíos no inundasen a Palestina.
Después de casi dos décadas, los ingleses finalmente pusieron sus cartas coloniales sobre la mesa y dejaron de simular que eran las hadas madrinas del “hogar nacional” judío. En 1939, Gran Bretaña emitió el famoso Libro Blanco sobre la situación palestina.[7]
El noble documento contenía dos puntos principales. Uno: a los judíos les quedaba casi completamente prohibido comprar más tierras en Palestina. Dos: el Libro Blanco proclamaba una última, limitada, inmigración a Palestina y después ordenaba el cierre de los puertos cuando este último puñado hubiese cruzado la aduana. Luego la “Política del Protectorado” advirtió a cualquier judío que tratase de evitar el exterminio a mano de los nazis infiltrándose en Tierra Santa que sería tratado como enemigo de la Corona.
Una inteligente denominación: Libro Blanco. Envuelve la maldad en palabras justicieras y ¿quién va a abrir el paquete? El arte de gobernar es tan simple como eso y así son las multitudes que compran sus envoltorios. Todo lo que piden es que sean las autoridades pertinentes las que aseguren que lo blanco es negro.
Hubo un debate en el Parlamento Británico sobre si este giro de ciento ochenta grados, excluyendo a los judíos de su nuevo hogar nacional, era – o no – lo correcto. Los judíos famosos más involucrados en el negocio del nuevo hogar nacional estaban demasiado repletos de lealtad hacia Inglaterra como para hacer algo respecto de ser echados de Palestina. También estaba allí el hecho afortunado de que la Primera Guerra Mundial había terminado y una opinión pública pro-judía en los Estados Unidos ya no tenía ninguna importancia.
Winston Churchill estuvo entre los críticos más fuertes del Libro Blanco. Despojado
de puestos oficiales de cualquier tipo por aquella época, pero brillante en su
visión, Churchill denunció al Libro Blanco como vergonzoso; un verdadero crimen
contra los judíos amenazados de Europa.[8]
El debate fue breve. En poco tiempo, a pesar de la prensa y el público, el gobierno de Inglaterra procedió a mantener a los judíos fuera de Palestina según lo establecido en el Libro Blanco.
Y el estadista activamente a cargo de esta política antijudía fue Winston Churchill, devenido en primer ministro. Con esto no pretendo criticarlo. Lo que una persona siente como ser humano y lo que siente como político es algo condenado a ser diferente.
Los ingleses, como tales, están muy inclinados hacia la decencia. Pero eso nunca sirve. La autoridad sabe cómo sacar a la decencia del juego. No hay empresa, por más diabólica que sea, que no pueda ser maquillada y convertida en necesidad patriótica mediante la propaganda adecuada. Todo lo que se necesita es que las personas crean en sus dirigentes legalmente elegidos.
Y esto es algo que siempre han hecho. El talento para creer en la autoridad es la columna vertebral de toda civilización. Esta fe sigue inconmovible a pesar de que nuestra civilización actual está constituida por naciones coléricas que amenazan con destruirse mutuamente y hacer saltar al planeta por los aires.
Si en algún futuro nuestro planeta se deshiciese en humo, un final así no mermaría el prestigio de la autoridad. Estoy seguro de que el último centenar de millones de terrícolas moriría en las explosiones de hidrógeno con una fe inquebrantable en la rectitud de sus dirigentes.
Tengo que seguir ignorando a Malchiel Greenwald por otro par de páginas en favor de otras cuestiones, relevantes y pertinentes a este juicio. El primero de ellos es su acusador, el Gobierno de Israel.
Para comprender el maligno drama que pronto hará erupción en un tribunal de Jerusalén, es necesario conocer el carácter del acusador tanto como el del acusado. El carácter de los jefes de Israel que están demandando a Greenwald no es el tradicional carácter judío del pasado. La piedad y el desconsuelo de Los Dispersos, la hermandad divertida y exótica de los indeseados, todo ello ha cedido el paso a la mentalidad política. Los líderes judíos de los años 1930 comenzaron a sentir que sus juramentos los ungían como gobernantes de una Nueva Sion.
El acto de gobernar produce un carácter propio – el ego inflexible. Esta personalidad, ebria de certidumbre, ha dominado la historia desde los albores del gobierno. Y aparece de la misma forma en un judío que en un romano, en un griego, en un vándalo, un normando, etc.
Una personalidad así sabe qué es lo mejor para el pueblo – su propia continuidad en el poder. Sabe qué está bien – los aduladores y serviles que lo mantienen en el poder. Y sabe qué es lo que está mal – cualquier cosa que ponga su poder en peligro.
Es de estos príncipes politizados de Jerusalén que escribiré con un lápiz frío. No piensan en los judíos que mueren en Europa sino en el gobierno progresando en Palestina y en ellos progresando con él. Y cuando su comportamiento se hace demasiado arbitrario como para parecerme humano, los judíos de Palestina y del mundo seguirán todavía contemplándolos con amor y con orgullo. Porque ésa es la actitud de las personas (judías y no judías) hacia la autoridad. Le son leales aún cuando ella no les es leal. Así como le son leales a Dios aún cuando los castiga. Es un instinto humano – esta lealtad para con los destructores. Pero no es el único instinto humano. (Yo no lo tengo).
Los británicos saben exactamente tanto como yo acerca del carácter de los gobernantes. En los años 1920 fueron conscientes de que a las autoridades judías en Palestina había que considerarlas, no como judíos sino como políticos. Y le habían tomado pronto la medida a estos grandes que surgieron en la Tierra Santa. Hallaron que eran un poco más desprolijos que la mayoría de los coloniales pero observaron en ellos la adecuada filosofía genuflexa hacia la fuente de su poder, Inglaterra. Por supuesto que no todos resultaban confiables, pero los principales muchachos demostraron ser británicos sólidos y leales. Eran “sionistas” principalmente por una cuestión de prestigio. Desde el momento en que ningún prestigio era posible si no llevaba adosada una cinta británica, podía usted apostar – viniera lo que viniese – por su lealtad hacia la Corona.
Así, durante años y antes de cerrar legalmente los puertos de Palestina, los británicos se apoyaron en dos factores para promover su plan secreto en favor de una Palestina Árabe: la apatía de la judería en arriesgar algo por la Tierra Santa, y la elocuencia de los líderes sionistas oficiales que, en ese momento, promovían una “inmigración de elite” a Palestina y lamentaban cualquier movimiento integral de masas judías hacia Eretz-Israel.
El significado de todo esto para los judíos de Europa fue: “¡Quédense en casa!”
El vocero del recorte del antiguo sueño
judío de un hogar nacional en Sion para los seis millones de judíos europeos
fue el Dr. Chaim Weizmann. Nacido en el ghetto de Pinsk, Rusia, Weizmann emigró
a Londres en dónde mágicamente se convirtió en un caballero inglés. Y digo
mágicamente porque esta es la forma en que lo sintieron otrora los judíos del
ghetto, y posiblemente lo siguen sintiendo así, cuando dejaron de ser los
últimos indeseables para convertirse en figuras de la alta clase social.
Sintieron como si la vara mágica de una buena hada madrina hubiese flameado por
sobre sus cabezas.
En un santiamén nuestro indeseable Weizmann del ghetto de Pinsk se convirtió en un judío inglés socialmente estimado. Con lo cual una devoción por todo lo inglés terminó haciendo reverencias en su alma.
Este comprensible hecho humano de gratitud judía es importante para mi historia. En realidad, una de las cuestiones básicas en el juicio a Greenwald es esta gratitud hacia Inglaterra versus la preocupación por la vida de millones de judíos.
Éste era Chaim Weizmann, el nuevo tipo de líder producido por la judería moderna; el caballero inglés con inclinaciones judías. Es otro personaje en el juicio de Malchiel Greenwald. Su fantasma es hoy el gobierno de Israel.
Es obvio que Weizmann, el primer presidente de Israel, fue un hombre de grandeza. Fue una persona inteligente, talentosa, persuasiva, aparentemente modesta, terco de pies a cabeza como cualquier César. Cuando murió dejó la ilusión en el mundo de que él, personalmente, había creado al Estado de Israel.
La verdad sobre Weizmann es que estuvo imbuido del sueño judío de una Nueva Sion, pero ese sueño suyo de alguna manera no incluyó a los judíos de la realidad - a los de Petticoat Lane, Hester Street, la Nalevki de Varsovia, y a los del ghetto de Pinsk.
Durante los años 1930 el Dr. Weizmann pronunció varios elocuentes discursos explicando los objetivos de su sionismo. Le ofreció al mundo el cuadro de un sionismo orientado a convertir a Palestina en una vidriera de Tiffany’s para judíos centelleantes; no en otro ghetto para vendedores ambulantes y pobres vestidos con talliths.
En Agosto de 1937, el Dr. Weizmann, en su calidad de líder del Sionismo Mundial, habló ante una convención sionista en Londres. Simultáneamente, Hitler estaba sembrando su nueva misión en las almas de los alemanes: el exterminio de los judíos de Europa. Este nuevo factor en la “cuestión judía” no alteró el plan de Weizmann para un hogar nacional judío selectivo. Tampoco lo impulsó a urgir a los seis millones de judíos europeos a salvarse emigrando hacia Palestina. El Dr. Weizmann siguió siendo leal a su concepto “idealista” de la Tierra Prometida – que no era un lugar para ser abigarrado con una muchedumbre de judíos.
Frente a 480 delegados sionistas, mil quinientos visitantes, doscientos corresponsales de prensa de todos los rincones del mundo y representantes extranjeros de una variedad de naciones, esto es lo que el Dr. Weizmann dijo sobre los seis millones de judíos que, en pocos años más, serían exterminados por los alemanes:
“Le manifesté a la Real Comisión Británica que las esperanzas de los seis millones de judíos de Europa se centraban en la emigración. Se me preguntó: ‘¿Puede usted llevar seis millones de judíos a Palestina?’ Respondí: ‘No’ . . . Los ancianos sucumbirán. Sobrellevarán su destino, o no lo sobrellevarán. Son polvo, polvo moral y económico en un mundo cruel . . . Sólo una rama sobrevivirá . . . Tendrán que aceptarlo . . . Si sienten y sufren, hallarán el camino – beachareth hajamin – en la plenitud de los tiempos . . . Yo rezo para que podamos mantener nuestra unidad nacional, porque es todo lo que tenemos.”[9]
En la tradición judía, “beachareth hajamin” – la frase en hebreo que Weizmann utilizó – significa: “Cuando venga el Mesías todos los muertos serán resucitados”. Al cierre del discurso del Dr. Weizmann, tal como lo informa New Judea, la gaceta oficial de la organización sionista, “La asamblea se puso de pie y cantó el himno nacional judío, la “Hatikvah”, la “Canción de la Esperanza”.
En 1939, al estallar la guerra, el Dr. Weizmann, el rey no coronado de la judería, anunció que se tomaba un receso de todas sus actividades judías. Se concentraría en la actividad científica para el esfuerzo bélico.
Hay otro retrato sobre este líder judío por la época del inicio del desastre judío, proveniente de la pluma de uno de sus más talentosos admiradores, el dramaturgo norteamericano S. N. Behrman. El pasaje aparece en un libro titulado “Chaim Weizmann – the Builder of Zion”,[10] publicado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.
El dramaturgo informa:
Alguien ha encendido la radio. 22 de Junio de 1941. La radio transmite las noticias. Los alemanes lanzaron una ofensiva sobre Rusia. Los alemanes ya han cruzado la frontera. Observé a Weizmann. Sus ojos estaban oscuros.
“Esta es la segunda vez” – dijo.
Recordó que, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, dos años después de la muerte de su padre, su madre todavía vivía en Pinsk y tuvo que escapar por miedo a la invasión alemana.
Y ahora vienen de nuevo – los alemanes. ¿Cuál será el destino de todas esas personas? Ví en sus ojos la trágica visión de lo que realmente les sucedió. En la habitación reinó el silencio. “Sí” – dijo – “Un horrible y monstruoso destino espera a nuestra gente allí; a millones de ellos”. Pero después de un momento sus ojos se iluminaron, su cuerpo se inclinó hacia adelante. “Pero al mismo tiempo – y esto es lo más importante – esta guerra le traerá una bendición a Inglaterra”, agregó.[11]
La anglofilia del Dr. Weizmann jamás vaciló, hasta el día de su muerte. [12]
Hubo quienes observaron que el discurso de Weizmann ante el Congreso Sionista Mundial, proclamando a los judíos como “el polvo de Europa”, constituía virtualmente un plan para abandonarlos en medio del peligro. Jabotinsky se dio cuenta de ello y corrió a los ghettos de Europa para decirle a todos que estaban sentados sobre un barril de pólvora y para instarlos a que huyeran antes de ser borrados del mapa.
Tanto él como sus camaradas del Irgun fueron atacados por el sionismo oficial y calificados de peligrosos agitadores.
No acuso de villanos a los sionistas; no en este momento. Pero hay un acertijo aquí. Los británicos no querían más judíos en Palestina. Los sionistas querían “sólo a los mejores judíos”.[13] No sé si los sionistas pergeñaron su política selectiva para hacerla coincidir con los objetivos británicos, o si fueron los británicos los que se aprovecharon del judeo-esnobismo sionista para estampar su proscripción sobre Tierra Santa. Muy probablemente ambos factores estuvieron interrelacionados.
El credo Weizmann-sionista que implementó los objetivos británicos en Palestina fue probablemente más un pecado de cretinismo que de traición. No fue tanto consecuencia de hipócritas conscientes como de la doble personalidad del judío asimilado.
Una cosa más sobre el logro Weizmann-sionista. Además de ser una artimaña semi-consciente para ayudar a los británicos, fue un fraude ideológico. Aún aceptando que había cierto encanto en la noción de una Palestina de alta sociedad, detrás del encanto estaba la voz del estafador. Fue un astuto juego por dinero para judíos ricos – desprovisto de verdad. Jamás podría haber habido un país así; un país elegante para hebreos.
El genio y el brillo no son un corsé que se importa. Son un árbol que crece con mucha dificultad desde el suelo de una nación.
Los millones de judíos del ghetto europeo estaban entusiasmados con este esnobismo judío que había optado por ignorarlos. Aumentaron sus contribuciones y redoblaron sus oraciones en las sinagogas para la creación de una tan noble y superior tierra de Sion.
Esta es la respuesta normal de los relegados con sueños. Así como los pobres ahorran y guardan sus centavos para enviar a sus hijos a alguna lejana universidad llena de enseñanzas y de glamour, del mismo modo los judíos europeos, antes de su exterminio, financiaron a los afortunados de Palestina.
Y en cuando a los judíos ricos, importantes; éstos – como siempre – fueron más difíciles de agarrar. En los días anteriores a Hitler los judíos tendían a medir su importancia por el grado en que todo el mundo ya casi había olvidado que eran judíos.
Pero los ricos que prestaban oídos a la tonalidad sionista, soñaban a la par de Weizmann con un Palacio de Buckingham en Tierra Santa. ¿Quién quisiera estar emparentado con Chaim Yankel del ghetto cuando puede reclamar un parentesco con Salomón en toda su gloria?
En 1939 los británicos se dieron cuenta de que una oratoria judía como la del Dr. Weizmann no era suficiente para garantizar una Palestina árabe. Los alemanes prometían exterminar a los judíos y, cuando la matanza comenzara, obviamente haría falta algo más que los elegantes discursos de Weizmann y todos los demás para evitar que los condenados empacaran sus cosas y saliesen en dirección a Palestina. De allí el Libro Blanco.
“El abogado que quizás tome el caso”, le dice Rina a su padre Malchiel Greenwald, “está en ese edificio, cruzando la calle Jaffa”. Si sus padres la hubieran consultado en primer lugar, Malchiel ya estaría fuera de problemas. Rina es divorciada, con un hijo y una añoranza por su ex-marido en su corazón. Pero siempre es capaz de resolver los problemas de los demás, aún los de su padre. Greenwald está impresionado por el edificio; tres pisos de altura, fina piedra de Jerusalén y más bien nuevo. “Parece un buen edificio”, dice Greenwald, “muy promisorio”. Y los dos cruzan la calle Jaffa para ver a Shmuel Tamir, el más importante de los tres héroes de esta historia.
A diferencia de Greenwald, Tamir no es un héroe por accidente. Cuando se desate la batalla no será uno de esos ocasionales revoltosos que se montan sobre las barricadas. Será una de las mentes más audaces en Jerusalén desde la época de los profetas, encendiendo con su voz el fuego del infierno debajo de los judíos.
La oficina principal del abogado Tamir está en Tel Aviv. La sucursal de Jerusalén fue abierta apenas una semana atrás. La expansión se hizo necesaria para acomodar una práctica jurídica en fuerte expansión, buena parte de la cual comprende la defensa de víctimas de la discriminación gubernamental – árabes incluidos.
En
1953, el abogado Tamir, a pesar de su juventud, era uno de los abogados
más brillantes y más exitosos de Israel y el gobierno ya lo consideraba como
una importante molestia.
El abogado S. Tamir nació en Jerusalén como Shmuel Katznelson. Tuvo una vida bastante plena en esa ciudad, incluyendo noviazgo, casamiento, educación universitaria y la demolición con explosivos de unos cuantos edificios. Estos edificios eran los cuarteles generales de las fuerzas militares británicas con órdenes de la Corona para aferrarse a Palestina y convertirla en un anexo árabe. El Irgun Zvai Leumi, que incluía a Tamir, no estuvo de acuerdo.
Shmuel Katznelson se había unido al Irgun a la edad de quince años y le habían puesto el sobrenombre de Tamir, la palabra hebrea para “alto y derecho”. Los sobrenombres eran necesarios en las fuerzas clandestinas para ocultar identidades ante los británicos. Al igual que la mayoría de los jóvenes del Irgun, Shmuel más tarde adoptó este sobrenombre como apellido.
El hombre que inspiró y consiguió crear al Irgun fue el artista-soldado Vladimir Jabotinsky. Fuera de Irlanda, los héroes literarios son algo raro. Byron, Victor Hugo, Paine. – Jabotinsky perteneció a esta elite.
Escribió novelas, ensayos, poemas e himnos de combate. También fue un orador carismático. Sus discursos tenían un efecto mágico y los jóvenes quedaban dispuestos a ofrecer sus vidas ante su llamado. Pero Jabotinsky no fue solamente orador y fanático literario. Organizó el Cuerpo de Mulas de Sion que combatió en Galípoli bajo bandera británica. También creó la Legión Judía, comandada por el Coronel John H. Patterson, que valientemente ayudó a expulsar a los turcos de Palestina en 1917. El Coronel Patterson continuó siendo un líder del Irgun y uno de sus oficiales instructores.
La mano derecha de Jabotinsky era el manco Joseph Trumpeldor. Fue Trumpeldor el que le ayudó a reclutar y organizar el Cuerpo de Mulas de Sion para Galípoli. Trumpeldor condujo a los judíos en esa batalla desesperada. A su lado en el combate estuvo su sargento y líder favorito, Reuven Katznelson, el padre de Tamir.
Trumpeldor era un ex-oficial del ejército del Zar. El cuerpo de oficiales ruso era un extraño lugar para un judío. Se consideraba a los judíos del mismo modo en que nuestros oficiales Confederados consideraban a los negros en 1862.
Pero Trumpeldor era increíble. Este judío con un solo brazo hubiera sido bienvenido como líder en cualquier cuerpo de combatientes. Su buen humor aumentaba con el peligro. Era capaz de ir a la batalla riendo y saltando como si estuviese dirigiéndose a nadar a la playa.
Murió en 1929 defendiendo el asentamiento de Tel Hai de los árabes.
Al terminar la guerra, la primer preocupación de Jabotinsky fue la de asegurar la autodefensa de la comunidad judía en Palestina. Organizó una milicia para defender a los colonos judíos de los árabes. La bautizó con la palabra hebrea que significa defensa propia: Haganah.
En 1920, durante la Pascua judía, una fecha fatal para los judíos a través de los siglos, los árabes (con anuencia británica) atacaron produciendo el primer pogrom en Tierra Santa con todas las antiguas diversiones de saqueo, violaciones y muerte. Jabotinsky combatió, planificó, lanzó gritos de batalla al aire, y los judíos oyeron a Macabeo de nuevo – o, al menos, algunos de ellos lo oyeron.
Los británicos veían con malos ojos esta clase de iniciativas judías. Arrestaron a Jabotinsky, lo juzgaron y lo condenaron a quince años de prisión. Un considerable escándalo indujo a los británicos al cabo de un año a liberarlo de su prisión de Acre y a “conmutar” su sentencia por un exilio de Palestina, de por vida.
En 1938 una cuestión enfrentó a los hombres de Palestina: si debían, o no, responder el fuego de los árabes quienes, con consentimiento británico, atacaban y aterrorizaban a los asentamientos judíos. Todos los diferentes partidos, clanes y sectas del nuevo país votaron por una Havlagah – “auto-limitación” – todos, menos un grupo. Este grupo se separó del Haganah volcado a la pasividad y se autodenominó Irgun Zvai Leumi. Hasta casi el final, el Irgun se mantuvo en la clandestinidad. Los seguidores políticos de Jabotinsky que no pasaron a la clandestinidad terminaron siendo conocidos como los Revisionistas.
El Movimiento Revisionista, conducido por Jabotinsky, aparte de oponerse a los árabes respaldados por los británicos y otras chicanas británicas, y además de influir sobre la opinión pública mundial en favor de la causa de una Palestina Libre, tomó otra audaz decisión de amplias consecuencias: la de romper el bloqueo británico de Palestina.[14]
Junto al exiliado Jabotinsky y su empresa había dos judíos homéricos: Abrasha Stavsky[15] y Joseph Katznelson (no confundir con Berl Katznelson, el comparsa de Ben-Gurion). Joseph Katznelson era hermano de Reuven. Abrasha y Joseph constituían el mayor par de atorrantes irrespetuosos de la ley que jamás han alterado el orden en los puertos del Mediterráneo. Violaron todas las leyes establecidas en contra de los judíos. Bajo la conducción de Jabotinsky y en su calidad de jefes de la Inmigración Ilegal, sacaron a miles de judíos de debajo de las narices de los nazis y los mandaron de rebote en barcos a Tierra Santa; barcos que se deslizaron entre la flota británica en medio de nieblas y tormentas para descargar su contrabando de seres humanos al amparo de la noche sobre las oscuras playas de Palestina. Fueron el antídoto a Ben-Gurion y a su temblorosa Agencia Judía.
Tamir fue su joven discípulo. A la edad de veintitrés años fue el Comandante activo del Irgun en Jerusalén, a cargo de expulsar a los británicos de allí.
En 1944 los británicos estaban martillando sobre una Alemania en retirada. Había sido un largo e infernal esfuerzo desde Dunkerke hasta el Día-D. Desde el principio, ningún pueblo defendió jamás la causa de la humanidad con un corazón más animoso que el de los británicos. Y ningún otro dirigente habló jamás con más resonante virtud y gallardía que Winston Churchill.
Es, por lo tanto, con un suspiro que consigno la actividad británica en Palestina durante estas distinguidas horas de victoria sobre los nazis. Allí ellos, los valerosos británicos, estaban ocupados en rechazar a los refugiados judíos que llegaban a las costas palestinas en sus enclenques y atestadas barcazas. Este bloqueo contra los judíos culminó cuando mataron a tiros los cargamentos humanos provenientes de la tierra de los nazis.
El Sturma, transportando 769 hombres, mujeres y niños que huían de los molinos de la muerte alemanes, fue rechazado de Palestina por los británicos. El resultado fue que el indeseado Sturma se hundió en el Mediterráneo. Setecientos sesenta y ocho pasajeros se ahogaron; un puntaje que hasta los nazis podrían envidiar.[16]
A esta altura los alemanes ya habían masacrado a casi cinco millones de judíos, con un mínimo de protesta de parte de un mundo muy ocupado en otras cosas. Y los alemanes se preparaban para asesinar a los restantes millones de judíos en Europa. Y aquí estaban los británicos rechazando vigorosamente cargamentos enteros de hombres, mujeres y niños – pálidos y marcados fugitivos de los campos de exterminio alemanes.
¿Era el judío algo tan sin valor que todas las naciones se sentían libres de satanizarlo y asesinarlo? La respuesta era: “sí” – o bien el silencio. En cierto sentido, la matanza de los judíos por parte de los alemanes les había dado a los judíos un mal renombre: el de criaturas indefensas, descartables, a ser echada fuera de la existencia como basura humana.
Sólo los jóvenes del Irgun y del Lehi dijeron: “no”. Los del Lehi eran los “Combatientes por la Liberación de Israel”, también conocidos como el Grupo Stern.
El Irgun, con sus dos mil soldados, le declaró la guerra a Gran Bretaña. “Ya no existe un armisticio entre el pueblo judío y la administración británica en Eretz-Israel que entrega nuestros hermanos a Hitler. Construid un muro protector alrededor de nuestros jóvenes combatientes. No los abandonéis. No se rendirán hasta no haber asegurado para nuestro pueblo un hogar nacional, la libertad, el honor, el pan y la justicia. Si les dais vuestra ayuda veréis en vuestros días el retorno de Sion y la restauración de Israel”.[17]
Las calles de Jerusalén, Tel Aviv y Haifa se llenaron de humo y de sangre a consecuencia de una serie de asaltos efectuados por grupos de comandos del Irgun contra fortificaciones que alojaban a miles de tropas británicas. Los asaltos fueron notoriamente exitosos. Bajo la dirección de Menahem Begin el Irgun procedió a un doble programa: abrir los puertos de Palestina a los judíos sobrevivientes de Europa y echar a los británicos de Palestina de una vez para siempre y hacer flamear una bandera hebrea sobre Tierra Santa.
Unas pocas palabras para el meritorio
Menahem Begin antes de proseguir. Begin fue un hombre de fuerte corazón; un
polaco que llegó a Palestina desde su exilio en Siberia. Un abogado de
profesión; un hombre de débil constitución física. Había más que temeridad en
él. Una pasión por el honor judío y por la libertad hervía en sus palabras. Las
palabras le salían no sólo del corazón sino también de las grandes pilas de
torturados judíos muertos, de los desgarrados rostros y cuerpos descompuestos
de millones. Los jóvenes combatientes del Irgun bebían sus palabras. Un León de
Judea les hablaba.
La agonía de los judíos ardiendo en los hornos se convirtió en el coraje de los judíos con armas en la mano. Jamás se pelearon batallas más atronadoras contra montañas de adversidades que las libradas por el Irgun contra los británicos para liberar a Palestina y rescatar a los judíos condenados de Europa.
El León-de-Judea condujo la guerra disfrazado de barbado catedrático rabínico – el sujeto más pálido e inofensivo que jamás caminara por Jerusalén. Bajo este pío disfraz, trabajó en planes militares y elocuentes llamamientos a la guerra.
El Servicio de Inteligencia Militar británico y sus talentosos aliados de la Agencia Judía y el Haganah fueron incapaces de atrapar a Begin. Ni la tortura ni el ahorcamiento de sus hombres produjo alguna sugerencia sobre su disfraz o sobre su paradero. El Irgun que fue a la guerra fue un puñado, con algunas armas robadas escondidas en algunos sótanos. Los adversarios británicos contaban con más de cien mil soldados aguerridos, bien armados con tanques, cañones, ametralladoras – y una horca por las dudas.
Pero los jóvenes judíos que salieron a destruir a los poderosos británicos poseían un equipamiento de alto valor militar. Era un poder que ni los tiranos ni el progreso han sido capaces de eliminar del alma humana – la furia que se genera cuando se abusa de ella.
El Irgun y el Lehi atacaron oficinas gubernamentales británicas, incluyendo a la Oficina de Inmigración, el símbolo de las puertas cerradas. Asaltaron e hicieron explotar los Cuarteles de la Policía Británica en Jerusalén, en Tel Aviv y en Haifa. Una medianoche hicieron una incursión en la estación de radio británica en el pueblo árabe de Ramalla. Atacaron depósitos policiales y militares para “confiscar” armas destinadas a su guerra contra Gran Bretaña. Hicieron descarrilar trenes británicos, hicieron explotar carros blindados británicos, paralizaron el movimiento ferroviario de tropas británicas en Palestina. Pusieron explosivos en las instalaciones petroleras de Haifa y dañaron a cincuenta bombarderos Lancaster y cazas británicos en los aeropuertos de Lod, Qastina y Kfar-Sirkin. Le pusieron fin al flagelamiento de soldados del Irgun cuando, en represalia, flagelaron a un número de oficiales británicos en el centro de Tel Aviv. Obligaron a los cien mil efectivos británicos a volver a sus campamentos y fortificaciones y a permanecer encerrados allí como bajo un estado de sitio.
La lucha del Irgun por la libertad y el rescate fue inmediatamente denunciada por la mayoría de los judíos de los Estados Unidos, Gran Bretaña y otros reductos democráticos, como una maligna erupción de matonería, y un oprobio para la judería en todas partes.
Los peores críticos, por supuesto, estaban en Palestina. Las actividades del Irgun hacían cundir el pánico entre los sionistas oficiales y los jeques de la Agencia Judía. Todos los demás poseedores de altos cargos en la judería pusieron el grito en el cielo como si el mundo estuviese a punto de terminar – su mundo en el gobierno. Si la lucha del Irgun por un Eretz-Israel independiente y por el rescate de los judíos sobrevivientes de Europa terminaba irritando a los británicos más allá de lo tolerable, ¿qué pasaría con sus altos puestos como servidores británicos?
Estas no son exactamente las palabras con que los capitostes judíos enfrentaron la situación. Tenían frases “idealistas” más resonantes. Aparentemente no pensaban en ellos mismos, en absoluto, sino en el futuro del sionismo. No era que estaban a toda costa aferrados a sus propias sillas giratorias, sus mimeógrafos, sus elegantes escritorios, sus cartas con membrete y a los carteles con sus nombres y títulos exhibidos sobre sus oficiales puertas. Estaban “salvando al sionismo”. Desde el momento en que los judíos no tenían “la menor chance de conquistar su independencia por medio de una guerra de liberación”, y desde el momento en que la mayoría de sus más destacados líderes ni siquiera creía en la independencia, la cosa más práctica y a la vez más idealista a hacer era doblar la rodilla ante los británicos y aplastar a los jóvenes combatientes del Irgun con todo el poder y la furia de la autoridad constituida.
Aquí está la propia Voz de la Autoridad extraída de los anales de Israel. Es la alocución de Ben-Gurion a la Convención del Histadrut en Tel Aviv, del 22 de Noviembre de 1944. El discurso completo fue publicado por el diario Davar, el órgano oficial del Histadrut y de Ben-Gurion.
El discurso no figura en la recopilación de los discursos de Ben-Gurion. No sé si esto se debe a vergüenza o a negligencia. He aquí algunos extractos:
“Ha llegado el tiempo de la acción.” – dijo Ben-Gurion – “Las palabras no tienen influencia – son balas de salva. Hemos decidido vomitarlos de entre nosotros. Hagamos que estas palabras, y no las frases vacías, los vomiten de entre nosotros.
A los terroristas no se los influencia con frases . . . Las bandas están ahora esperando el resultado de esta convención. La demanda de vomitarlos de entre nosotros tiene que ser traducida a un lenguaje de acción por parte de cada uno de nosotros . . . Tenemos que suprimir en nuestros corazones todo sentimiento personal – que no nos prediquen piedad. Que a cada muchacho y cada muchacha de las Organizaciones de la Juventud le sea enseñado que, si las bandas vienen a pedir dinero de sus padres y sus madres, él o ella (los niños) deben notificarlo inmediatamente a las autoridades constituidas. Y si no conocen otra dirección, que vayan a la policía (británica).”
(Ben-Gurion está plagiando aquí. Niños que hacen denuncias a la policía fueron una innovación de Stalin y de Hitler).
El discurso continúa:
Desde el momento en que el gobierno británico y la policía están dedicados a exterminar el terror, estamos colaborado con ellos – en esa medida . . . Sin ayudar al gobierno británico y sin la ayuda del mismo no erradicaremos esta enfermedad contagiosa. Repudio la clemencia que estuvo justificada en otros tiempos. En las presentes circunstancias es clemencia descarriada, una clemencia de tontos . . . No existe la neutralidad entre nosotros y el terrorismo. O bien bandas terroristas o una judería organizada – no hay escapatoria a la alternativa”. {[18]}
Ben-Gurión respaldó su feroz discurso enviando unidades especiales del Haganah a secuestrar Irgunistas. El Haganah extrajo información por la fuerza de algunos de sus prisioneros judíos y entregó a los demás directamente a los británicos. Los hombres de Ben-Gurion también le suministraron a los británicos los nombres de cientos y cientos de otros combatientes del Irgun y les dieron a los ingleses indicaciones sobre los lugares en que el Irgun escondía las armas duramente conquistadas. El Haganah denominó estas operaciones como “La Temporada”; significando “temporada de caza”, como para liebres y lagópodos.
En el Irgun, las víctimas de estos
procedimientos informaron que los métodos de tortura de la gente de Ben-Gurion
eran más sádicos que las técnicas empleadas por los británicos.[19] A pesar de la rabia que entre los irgunistas produjo esta traición,
el Comandante Begin se negó a permitir una represalia. Ordenó a sus menguantes
tropas a combatir sólo a los británicos.[20]
Un año después de su rechazo del terrorismo, las fuerzas del Haganah de Ben-Gurion se unieron a los “terroristas” del Irgun y del Lehi en la batalla por la libertad judía. Trabajando lado a lado, los tres ejércitos hicieron explotar cuarteles militares y policiales. Y le dieron, conjuntamente, una paliza infernal a los británicos. Esta luna de miel de a tres duró solamente algunos meses.
¿Cómo pudo suceder una cosa tan loca como la de Ben-Gurion y sus temblorosos sátrapas yendo a la guerra contra los británicos después de haber yacido como corderos a sus pies durante tanto tiempo? Esta es la clase de cosas que hacen que la historia suene tanto a mentira; no importa quien la escriba.
La verdad, restando las notas de color, es la siguiente. No fue Ben-Gurion el que ordenó la unión de los tres ejércitos. Los propios miembros del Haganah demandaron una acción contra los británicos. Los politicastros de la Agencia Judía tuvieron que ceder ante sus súbitamente belicosos miembros. Moshe Sneh, Comandante del Haganah, fue puesto a cargo del Movimiento de Resistencia Hebreo. Moshe Sneh, un judío con el corazón bien puesto, se hizo cargo con vigor. En el Movimiento estaban los hombres del Haganah, del Irgun y del Lehi. Y – ¡oh milagro! – todos los jóvenes judíos de Israel se levantaron juntos contra sus enemigos.
El Haganah siguió al Irgun en otra acción antibritánica. Iniciaron una transferencia a gran escala de judíos provenientes de los campos de concentración liberados hacia Palestina. Pudieron cargar flotas enteras con judíos y dirigirlos hacia los cerrados puertos de Palestina. La armada británica interceptó casi la totalidad de los “botes del Éxodo” y derivó sus cargas humanas hacia nuevos campos de concentración, mayormente en Chipre.
En su tercer mes de existencia, el Movimiento de Resistencia Hebreo elaboró planes para hacer explotar el principal cuartel general militar británico en Jerusalén, ubicado en el Hotel King David. El Irgun fue el que sugirió y planeó la acción. El Comandante Sneh aprobó los planes y su ejecución.
El Hotel King David parecía tan inexpugnable como el Peñón de Gibraltar. Estaba protegido por tanques y por tropas antimotines británicas, resguardadas detrás de altas barricadas. Se lo consideraba el lugar más “seguro” de Jerusalén. Además de alojar a la dotación militar británica y a los más altos oficiales británicos, también tenía en depósito el archivo de documentos que los británicos poseían sobre el Palmach, la fuerza de choque del Haganah. Fueron estos documentos los que el Movimiento de Resistencia planeó destruir.
Un grupo de unos diez hombres del Irgun se disfrazaron haciéndose pasar por los sudaneses que le suministraban diariamente la leche al cuartel británico. Cargaron grandes tarros con leche sobre sus hombros, excepto que esta vez los tarros estaban llenos de explosivos en vez de leche. Los artefactos tenían un reloj detonador.
Los hombres del Irgun disfrazados entraron
al Hotel King David sin inconvenientes y llegaron al sótano de la cocina. En
lugar de depositar los tarros en la cocina, los pusieron contra las columnas
del sótano.
Los guardias británicos notaron algo raro en el comportamiento de los lecheros cuando éstos comenzaron a irse. Se les ordenó que se detuvieran. Se desató una batalla en el sótano. Varios soldados británicos recibieron disparos. Dos de los judíos fueron heridos. Sin embargo, todo el grupo del Irgun escapó. Uno de sus heridos murió durante la huída.
Los guardias británicos que habían dispersado a los “lecheros” no se percataron de los explosivos dejados junto a las columnas. Como era la costumbre en la destrucción de edificios públicos en los que también podía haber civiles, el Comando del Irgun comenzó a pasar advertencias telefónicas al cuartel general británico en el Hotel King David. Las llamadas informaron que el hotel explotaría en veinte minutos más.
“Habla el Irgun.” – decía el mensaje, llamada tras llamada – “Vuestro hotel está minado. Explotará y será destruido en veinte minutos (en dieciocho minutos – en diez minutos). Les advertimos que deben evacuar el edificio.”
Una de las primeras llamadas de advertencia fue recibida por un ayudante del Secretario Colonial en Jefe de Palestina, Sir John Shaw. Informado de la advertencia, el Jefe Colonial dijo: “Yo estoy aquí para darle órdenes a los judíos, no para recibir órdenes de ellos.”
Con esto en mente, Mr. Shaw se dirigió rápidamente a la puerta de entrada del hotel, puso guardias ante el mismo y dio órdenes de que nadie abandone el Cuartel General británico. Una muy apropiada voz del Imperio, la de Mr. Shaw, pero sonando a destiempo. Un buen número de funcionarios militares y gubernamentales evadió a los guardias y se escurrió del edificio. Pero muchos no lo hicieron.
A las 12:30, exactamente veinte minutos después de la primer advertencia, el Hotel King David estalló en pedazos. El ala que alojaba las oficinas del gobierno y del Alto Comando Militar quedó demolida.
Noventa personas murieron. Hubo muchos heridos. Los archivos británicos quedaron destruidos.
A la una de la tarde, un vocero del Haganah hablando en nombre del Movimiento de Resistencia Hebreo anunció, algo bombásticamente, a través de la radio secreta que la clandestinidad había destruido los cuarteles centrales militares y gubernamentales británicos en Jerusalén, junto con todos sus archivos y documentos.
Dos horas más tarde se empezó a conocer que noventa personas habían muerto en la explosión y que había varios heridos. Mr. Shaw, un sobreviviente del episodio, habló emocionadamente a través de la radio británica, describiendo el horroroso asunto. La información que brindó fue detallada, incluyendo el hecho que su perro mascota había muerto. No mencionó, sin embargo, las advertencias del Irgun ni tampoco su negativa a “recibir órdenes de los judíos”.
Al escuchar los detalles completos de la victoria, el Movimiento de Resistencia Hebreo colapsó en un abrir y cerrar de ojos. Funcionarios de la Agencia Judía y del Haganah anunciaron por la radio que no tenían nada que ver con la explosión; repudiaron el hecho como un atentado vil y declararon que sus aliados de apenas dos horas atrás – el Irgun – eran una banda que constituía la vergüenza de la judería de Palestina. La luna de miel había terminado.
Los británicos pasaron a la acción. Tanto como para dejar constancia de ello, dejemos anotado aquí que esta acción no incluyó la represalia de matar o fusilar a judíos en Jerusalén. En vez de ello, los británicos arrestaron a mil sospechosos de terrorismo. Los funcionarios de la Agencia Judía, de Sharett a Dov Joseph, también fueron arrojados a la prisión.
Durante estas horas de violencia y peligro, la voz de Ben-Gurion se hizo oír desde lejos. Fue – ¡oh desgracia! – una mala suerte que el líder Ben-Gurion estuviese en Paris mientras toda esta planificación, el atentado y los arrestos subsiguientes estuviesen ocurriendo en Jerusalén. El líder Ben-Gurión habló como un león enjaulado desde su suite de los Campos Elíseos:
“Soy un prisionero de París.”
Finalmente, tras sacarse de encima sus botones y mucamos parisinos, Ben-Gurion regresó a Palestina para reparar el daño ocasionado a la causa judía. Le aseguró a los enfurecidos británicos que la Agencia Judía no tenía nada que ver con el “inhumano” atentado explosivo contra el Hotel King David. Esa alevosa acción había sido obra de los terroristas del Irgun a los cuales tanto él como sus honorables judíos correligionarios habían prometido “vomitar de entre nosotros”.
Los británicos sabían la verdad; pero también sabían apreciar el valor del arrepentimiento. Aceptaron las protestas de lealtad. Como prueba de la misma, Ben-Gurion, Sharett, Reuven Shiloach y otros VIPs de la judería reiniciaron sus funciones básicas para la Corona – traicionando a los irgunistas y entregándolos a los británicos para que éstos los castigaran.
Este pedazo de historia parece un poco confuso a pesar de la simpleza de sus hechos. ¿Por qué Menachem Begin no difundió la verdad a través de su radio clandestina? ¿Por qué no expuso la hipocresía de los líderes de la Agencia Judía? El hecho es que no lo hizo. Y ésta es la otra cara de Begin. A pesar de que era el Comandante Supremo del Irgun, temerario y dedicado a su misión de expulsar a los británicos, el alma de Begin contenía una antigua esquizofrenia judía: era un revolucionario judío que respetaba a la autoridad judía. Respetaba a Ben-Gurion y a sus vociferantes adláteres quienes habían jurado aplastarlo a él y a sus soldados.
¿Qué pasó con Sneh, el cacique del Haganah? Hoy es el líder del Partido Comunista de Israel.
El Irgun y el Lehi siguieron combatiendo.
El principal bastión británico en Jerusalén era el Fuerte Goldschmidt, sobre la Avenida King George, frente al edificio dónde estaba la Central de la Agencia Judía. Muros de bolsas de arena y nidos de ametralladoras protegían a la fortaleza.
A las tres de la tarde de un sábado, un camión del Irgun, camuflado como vehículo británico, entró en la zona militar alrededor de la fortaleza. Anteriormente, los irgunistas nunca habían violado el sábado. Como resultado de ello, los defensores de la fortaleza siempre relajaban la guardia durante los días sagrados judíos. No había necesidad de preocuparse por “terroristas” judíos cuando éstos estaban ocupados rezando en sus sinagogas.
Precisamente por esta razón el Irgun eligió el sábado. En términos generales, no habría nadie en la calle fuera de ellos.
Cinco combatientes del Irgun estaban en el camión. Mataron a un centinela que se interpuso. Tres de los cinco saltaron del camión con un total de cien kilogramos de explosivos bajo el brazo. Los tres corrieron hacia la fortaleza y lanzaron sus explosivos con buena puntería a través de las ventanas.
Al mismo tiempo, dos civiles se bajaron de un taxi que había seguido al camión camuflado. Uno de los civiles portaba una pistola Bred. El otro tenía una provisión de granadas de mano.
La Bred estaba en manos de uno de los jóvenes irgunistas más bravos y más fríos, el increíble batallador Avshalom Haviv.
Haviv envió con precisión sus balas a través de las ventanas de la fortaleza británica. Cientos de rifles británicos ladraron en respuesta.
Simultáneamente, un puñado de otros irgunistas se dispersó por la calle rociándola con kerosén. Se encendió el kerosén y una muralla de llamas se alzó alrededor de la fortaleza.
Cuando las llamas estaban rugiendo, algunos pocos hombres del Irgun salieron a la carrera del edificio de la Agencia Judía (desocupado durante el sábado). Este grupo lanzó bombas de humo sobre las barricadas llameantes.
Durante el desbarajuste, un vehículo transportando a cuatro oficiales británicos apareció en la calle. Avshalom Haviv los vio a tiempo y mató a los cuatro. Unos pocos minutos más tarde, la fortaleza Goldschmidt y varios funcionarios británicos saltaron por los aires. La totalidad de la fuerza del Irgun que paralizó a la fortaleza británica ascendió a quince hombres. Los quince escaparon, ilesos.
Los británicos declararon el estado de sitio en Jerusalén. Se mudaron de su derruida fortaleza a otro baluarte; la fortaleza Schneller. Cuatro días más tarde el Irgun atacó a este nuevo bastión.
Esta vez Yehoshua Goldschmidt, llamado Gall, portaba una atesorada pistola Sten.
El Irgun atacó a las 4 de la madrugada. Tres vehículos pesadamente blindados entraron al área de combate. Gall se enfrentó solo con los vehículos erizados de cañones y se mantuvo firme enviándoles bala tras bala. Otro soldado solitario del Irgun corrió a su lado y comenzó a lanzar granadas contra los carros. Los tres vehículos pesadamente armados dieron la vuelta y dejaron el área de combate.
Pocos minutos más tarde, los irgunistas asaltaron el Schneller y lo volaron con explosivos de alto poder.
Contrarrestando los aullidos denunciatorios de la Agencia Judía contra los combatientes del Irgun está la escueta declaración del general británico E. F. Davies, comandante militar de Jerusalén: “Golpearon como nuestros mejores comandos”.
Un año más tarde, Gall, comandando la batalla de Jerusalén contra los árabes, capturó el centro de la ciudad y después cayó en esa batalla.
Luego de la victoria del Schneller, el Irgun atacó a la prisión británica de Acre, uno de los pueblos más antiguos de Palestina. En el operativo participaron treinta y cuatro hombres del Irgun.
Acre tenía estacionado a un regimiento británico completo. Los combatientes del Irgun asaltaron el pueblo, volaron la antigua fortaleza y liberaron a cuarenta y un importantes prisioneros pertenecientes al Irgun y al Lehi.
Pero el Irgun perdió a algunos de sus mejores; entre ellos a Avshalom Haviv quien fue capturado y ahorcado en los patíbulos de Acre por los británicos.
Por la época de la batalla de Acre, las tropas del Haganah ya no estaban en la esfera de la rebelión judía. Fue Weizmann el que le garantizó la obediencia del Haganah a los británicos y Ben-Gurion hasta lo hizo mejor asegurándole a la Comisión Anglo-Americana que el Haganah ni siquiera existía.[21]
La actual claque gubernamental de Israel parece tener una opinión dividida sobre lo que sucedió en Acre. Incluyó en la película “Éxodo” a un héroe del Haganah, un Comandante que planea y ejecuta el asalto a Acre – una fortaleza que Napoleón no consiguió tomar. El sujeto del Haganah hace eso para salvar a un anciano tío que tontamente se unió al Irgun.
Mirando hacia atrás de un modo más realista, Ben-Gurion salvó la cara del inactivo Haganah convirtiendo la antigua fortaleza en un manicomio; lo cual sigue siendo al día de hoy. Quienquiera que viaje hasta esta reliquia del valor del Irgun escuchará el gemido y las fantasías de los dementes.
Fueron todos hombres jóvenes de gran espíritu. Quedaron en el reciente pasado israelí como caballeros judíos de brillante armadura. Todos murieron radiantes de fe y de orgullo en su última hora. Sus nombres son: Eliyahu Beit-Zuri y Eliyahu Chakim, ahorcados juntos en el Cairo; Yechiel Drezner, Eliezer Kashani, Moshe Elkachi, ahorcados en Acre; Meir Feinstein y Moshe Barazani, que se burlaron del verdugo haciéndose volar en su celda de la prisión de Jerusalén con una granada de mano; Jacob Weiss y Meir Nakar, ahorcados junto con Avshalom Haviv en Acre. Ninguno de ellos tenía más de veinticinco años, excepto Gruner que tenía treinta y cinco. Todos fueron soldados que murieron ahorcados por luchar por su país. Y hubo dos más.
El primero en el patíbulo británico fue un soldado del Irgun, Shlomo Ben-Yosef, de veinticinco años. Fue capturado después de una batalla con el fusil todavía en la mano; según la ley inglesa, una clara prueba de traición.
Algunos meses más tarde, esperando a ser ejecutado en la prisión de Acre, Shlomo estaba sentado sonriéndole a sus guardias. ¡El primer hombre que moriría por la libertad judía! El honor mantenía el brillo en los ojos de Shlomo.
Sonriendo todavía, fue al patíbulo. Con la soga alrededor del cuello, cantó el “Hatikvah”, el futuro himno del Estado de Israel.
Cuando le relataron el caso de Shlomo cantando sobre el patíbulo Jabotinsky respondió: “Es mi maestro”.
El otro fue Dov Gruner.
Después de combatir con valor en las filas británicas de África, Dov Gruner se unió al Irgun. Resultó herido y fue capturado por los británicos durante un ataque del Irgun a una estación de policía para la captura de armas.
Las autoridades británicas le ofrecieron la posibilidad de salvarse de ser ahorcado si pedía clemencia. Dov se negó.
Miles de cables llegaron de todo el mundo: “No ahorquen a Gruner”.
Dov Gruner vistió el traje rojo – el atuendo patibular de los condenados – durante tres meses. Algunas noches antes de su ejecución, Dov celebró el Seder de la pascua judía en su traje rojo. Otros prisioneros judíos se sentaron a su alrededor. Centinelas británicos estaban de servicio, apostados en las cercanías. Consciente de que habían estado parados allí durante horas, Gruner invitó a los guardias a unirse a ellos para celebrar la antigua festividad judía de liberación. Los guardias británicos se sentaron para compartir otra Última Cena.
En su última noche, Dov Gruner le escribió a su Comandante Menahem Begin:
“En unas pocas horas iré al patíbulo. En un momento así un hombre no miente. Quiero que sepa que no me arrepiento de ninguna de las acciones que cometí. Y si estuviera otra vez al principio, con alguna decisión para tomar, tomaría otra vez el mismo curso de acción que me ha traído hasta aquí.”[22]
El Profesor Joseph Klausner, un eminente historiador israelí, declaró: “El Estado de Israel descansa sobre los cuellos rotos de los doce que subieron al patíbulo”.
Después de establecido el Estado de Israel, Ben-Gurion se vengó de todos los soldados del Irgun y del Lehi que habían combatido y muerto, negándole una pensión a sus viudas, huérfanos y parientes.[23]
El primer ministro Ben-Gurion también se vengó del gran líder muerto, Vladimir Jabotinsky, rehusándose a permitir que sus huesos fuesen sepultados en un Eretz-Israel libre, tal como Jabotinsky había pedido cuando murió en el exilio.
“Aquí no necesitamos los huesos de judíos muertos”, dijo el actual portador del manto del sionismo. [24]
Agrego una batalla del Irgun más, y también otra venganza más de Ben-Gurion. Es la traición al barco Altalena, del Irgun, en Junio de 1948.
El 15 de Mayo, Gran Bretaña se había inclinado ante el voto de las Naciones Unidas y renunció a ser gobernante de Palestina. Sin embargo, las fuerzas de Chaim Weizmann, dirigidas por Moshe Sharett, tenían miedo a declarar un Estado independiente de Israel. La presión del “pueblo de Palestina” obligó a Ben-Gurion a tomar cartas en el asunto. Temiendo que el Irgun fuese el que proclamase la independencia, anunció la creación del Estado de Israel en contra de los deseos de Moshe Sharett. Simultáneamente, el patriota Ben-Gurion secretamente le aseguraba a los británicos que seguiría siendo moderado, que no penetraría en territorio árabe y que destruiría al Irgun.
Sin embargo, los británicos continuaban estando nerviosos en Palestina. Seguían preocupados por la posibilidad de que el tenaz y duro Irgun tomara la totalidad de Palestina a ambas orillas del Jordán y la convirtiera en un fuerte Estado Hebreo en vez de una pequeña dependencia semi-inglesa.
Incapaces de imaginar los planes que Ben-Gurion tenía para con ellos, los hombres del Irgun salieron alegremente de su clandestinidad. Habían participado en la liberación de la mayoría de las ciudades del país – Safad, Haifa y (hacia fines de Abril) su más brillante victoria había sido su batalla por el antiguo puerto de Jaffa, al lado de Tel Aviv.
Ben-Gurion y Golda Meyerson, su principal asistente política, exigieron del Irgun que abandonaran Jaffa. Declararon que Jaffa debía seguir siendo árabe, de acuerdo con el plan de Naciones Unidas y Gran Bretaña para la subdivisión de Israel.[25]
Reasegurado por la estrategia de no interferencia de la Agencia Judía, el Ejército Egipcio se había preparado para desembarcar en Jaffa, que queda junto a Tel Aviv, atacar a Tel Aviv por la retaguardia y poner fin al Estado Judío durante su gestación.
Menachem Begin ignoró la cobardía de la Agencia y le ordenó a su Comandante de Operaciones, Gideon (Gidi) tomar Jaffa. Después de tres días de combate, el ejército del Irgun, de menos de mil hombres y mujeres, asaltó la ciudad. La mayoría de los setenta y cinco mil árabes había huido.
Nota al margen: actualmente los libros de historia del gobierno israelí le enseñan a los niños del país que Jaffa fue capturada por el Haganah de la Agencia Judía.
No sólo Tel Aviv fue salvada gracias a la victoria en Jaffa. A la medianoche del 15 de Mayo de 1948, el día en que Israel anunció su independencia, los ejércitos de Egipto, Iraq, Líbano, Siria y Transjordania invadieron Palestina. Gracias a la liberación de Tel Aviv, los judíos pudieron repeler la primer oleada. Pero pronto comenzaron las retiradas. Diariamente, casi hora por hora, las cinco naciones árabes confluían sobre el nuevo y pequeño Estado de los judíos. El ejército israelí perdió su gran batalla de Latrun frente a las legiones árabes. Ben-Gurion explicó la derrota revelando que las fuerzas combinadas judías tenían solamente mil trescientos fusiles.[26]
Y ahora comienza la traición. Mientras las exhaustas fuerzas del Palmach y del Irgun están estacionadas en los montes de Jerusalén rechazando a los árabes con casi nada de armamento ni munición, Ben-Gurion le asegura a las Naciones Unidas que su nuevo gobierno no desea a Jerusalén y cobardemente accede a “internacionalizar” la Ciudad Antigua.[27]
Y corriendo al rescate desde Marsella está el Altalena (un seudónimo literario de Jabotinsky), el barco del Irgun. Lleva en sus bodegas cinco mil fusiles, un millón de rondas de munición, mil granadas, trescientas pistolas Bren, cincuenta cañones, cuatro mil bombas aéreas, nueve tanques, cincuenta cañones antitanque y una gran cantidad de equipo médico. Y también a 920 voluntarios, soldados de combate entrenados. El arsenal fue financiado por el “Comité Hebreo de Liberación Nacional” establecido en Nueva York por los representantes del Irgun Peter Bergson y Samuel Merlin. La adquisición y la navegación del barco se había conseguido en estrecha cooperación con las autoridades francesas.
El gobierno de Weizmann-Ben-Gurion le había
dado un preciso y específico consentimiento a la operación del Altalena.
Incluso había prometido ayudar a descargar el cargamento que aseguraría la
seguridad del nuevo Israel y aliviar el sitio a Jerusalén.[28]
Habiendo echado anclas cerca de las costas de Palestina el barco chocó de frente contra la traición de Ben-Gurion. En lugar de ser recibido por grúas, cabrestantes y manos amigas para ayudar a descargar el desesperadamente necesitado cargamento, el Altalena se encontró con una recepción inconcebible – organizada por Ben-Gurion. Desde la costa, soldados judíos abrieron fuego de fusilería y artillería sobre el barco que había venido a rescatarlos y que flotaba sobre el agua como un blanco fijo.
A bordo del Altalena estaban Begin, sus ayudantes y Merlin. En la proa del barco, mirando hacia la tierra a la cual había contrabandeado miles de judíos refugiados, estaba parado el homérico Abrasha Stavsky. Después de catorce años, estaba regresando al refugio hacia el cual había piloteado a sus miles. Fue herido de bala con la cara vuelta hacia quienes lo habían traicionado y murió por sus heridas. Merlin resultó herido. El Altalena fue hundido. Veinte de sus combatientes hebreos fueron muertos, la mitad de ellos en el agua mientras trataban de nadar hacia la costa; algunos de ellos ya en la costa, a sangre fría.
Después, el gobierno hizo circular muchas historias fantásticas y mentiras organizadas para explicar el miserable, brumoso, episodio del Altalena.
Los hechos fueron éstos. El gobierno había planeado todo el infame asunto desde el mismo principio. Aplacaría a los británicos entregando los combatientes por Jerusalén a las Naciones Unidas y haría explotar un viejo rencor por el Irgun aún si ello implicaba hacer saltar por los aires a la mitad de la ciudad de Tel Aviv. Una sola granada cayendo en medio de los explosivos del Altalena habría bastando para lograr este objetivo neroniano.
Ben-Gurion hizo hundir el cargamento que hubiera permitido una victoria total sobre los árabes, pero consiguió eliminar a un posible rival político: el Irgun.
Envalentonado por este golpe, Ben-Gurion hizo una rimbombante declaración en el recientemente establecido parlamento provisional de Israel.
A los judíos y a todo el mundo le dijo:
“Bendito sea el cañón que hizo explotar al barco. Debería ser adorado en el Tercer Templo de los Judíos.”[29]
Durante una de sus visitas a Nueva York a finales de los años cuarenta, Sir Winston Churchill conversó con Billy Rose en la casa de Bernard Baruch. Comentó que había escuchado que Mr. Rose había estado involucrado de alguna manera en el enredo palestino. Billy Rose, que había trabajado junto conmigo en los comités de propaganda del Irgun capitaneados por Peter Bergson y Samuel Merlin, defendió su posición aunque con un poco de modestia ante el hombre más importante de Inglaterra.
“Sí,” – dijo Billy Rose – “me involucré a través de mi amigo Ben Hecht en ese asunto del Irgun sin saber muy bien de qué se trataba.” – lo cual era cierto.
Churchill contestó:
“Si estaba interesado en el establecimiento de una Nación Israelí, pues se involucró con la gente apropiada. Fue el Irgun el que obligó a los ingleses renunciar a Palestina. Armaron una barahúnda tan infernal que tuvimos que poner ochenta mil soldados en Palestina para controlar la situación. Los costos militares fueron demasiado altos para nuestra economía. Y fue el Irgun el que nos hizo erogarlos.”[30]
Palabras de Churchill; no de Ben-Gurion.
Los jóvenes judíos enfrentaron las balas británicas y la difamación y la traición judías.
Los “terroristas” del Irgun y del Lehi podían combatir y morir por la libertad judía, ir al patíbulo por ella y asegurar la victoria con sus cuerpos mutilados y sus cuellos quebrados. Pero las etiquetas perduraron. Todos los temblorosos líderes judíos se encargaron de mantener fresca la tinta de imprenta: matones, terroristas, asesinos. El puñado de combatientes podía conquistar la libertad para los judíos, pero no una buena gacetilla de prensa.
No obstante, el día de mañana, cuando el actual gobierno de Israel se desmorone y sus mentiras y chicanas hayan cesado de menoscabar la palabra “judío”, la gesta que he relatado emergerá como un comienzo digno de cualquier país; incluso de aquél que Judas Macabeo y sus héroes otrora lucharon por preservar.
Tamir fue uno de los que integró aquél puñado.
Durante sus actividades como “terrorista” del Irgun y exteriormente, permaneció siendo un judío respetable, del tipo admirado por las autoridades británicas y la Agencia Judía. Trabajaba como locutor de la radio británica y como editor de una gaceta semanal publicada por el gobierno británico. La gaceta era un periódico sobre el esfuerzo bélico escrita en hebreo. Los ingleses estaban felices de poder emplear a un joven judío tan elocuente y de mente tan penetrante.
Tamir también continuó sus estudios en la Universidad Hebrea e inició el estudio de la ley en la Facultad de Derecho del gobierno británico en Jerusalén.
Cosas así lo ayudaron a seguir siendo persona grata ante los británicos. Una hermosa situación para alguien que era, al mismo tiempo, el jefe de la Inteligencia del Irgun en Jerusalén. Había también un trasfondo familiar que contribuía a brindar una buena cobertura. Resultaba difícil de imaginar que el hijo de una familia de buena posición y cultura – de la clase que al Dr. Weizmann le encantaba tener en su vidriera estilo Tiffany – se enloqueciera volviéndose terrorista.
Aunque, finalmente, se lo imaginaron; con la ayuda de un informante de la Agencia Judía. Dos oficiales británicos clavaron sus pistolas en el estómago de Tamir diciéndole: “¡Bastardo! ¡Así que engañándonos durante tres años seguidos!”
Por suerte Tamir estaba desarmado. Los británicos habían decretado una nueva ley en Palestina: “Cualquier judío hallado portando un arma será ejecutado”. Hay que concederle eso a los británicos: se toman sus leyes en serio y literalmente. Una ley puede ser infame; pero ellos, por lo general, la administran como caballeros.
Tamir y Avinoam, su comandante arrestado junto con él, fueron puestos en celdas de confinamiento solitario y exprimidos por la inteligencia británica. Los ingleses no consiguieron nada.
A Tamir lo despacharon al Campo de Detención de Gilgil, en Kenya. Doscientos sesenta de lo mejor de Palestina estaban detrás de las alambradas de púas de ese campo – todos hombres del Irgun y del Lehi. Ninguno del Haganah.
Tamir, Avinoam y sus amigos fueron puestos en libertad por los británicos en Julio de 1948, después que la Agencia Judía y su claque se convirtieran en orgullosos custodios de una libertad por la cual otros habían luchado.
De regreso a Palestina, ahora Estado de Israel, Tamir se compró un traje negro y alquiló un estudio jurídico en Tel Aviv. Había completado sus estudios jurídicos durante su encierro en Kenya. Cuando vio lo que estaba sucediendo en Israel, a veces sintió nostalgia por el ambiente académico de Kenya.
Unos pocos detalles más antes del juicio.
Si parece que he escrito algo ácidamente acerca de cierta clase de judíos, los capitostes de Palestina, lo que sigue será diferente. Porque Tamir es de la clase de judío de quien lo peor que se puede decir es que resulta peligroso como enemigo.
Pero, antes, veamos su aspecto en esta mañana de Diciembre de 1953. Tiene treinta y un años, pelo arenoso, rostro huesudo, metro noventa de estatura, estrecho de cintura y buenos músculos. Pónganle un Stetson en la cabeza y parecería un domador de broncos de Laredo.
Su sonrisa es infantil, tiene una voz fuerte y cantarina, nada, escala montañas, gasta pistas de baile como un cosaco, cree firmemente en Abraham, Moisés, Dios., etc.; practica todas las virtudes, es un buen esposo, un padre dedicado y, como la mayoría de los israelíes nativos, es un experto en bellas artes. Sería difícil inventar un sujeto de mejores modales y de un hablar más correcto.
Y sin embargo, en este amigable Tamir hay tanto peligro como en un depósito de dinamita. Es la peligrosidad de un hombre que sabe mirar a la autoridad de frente y tomarle la medida. Y esto requiere más coraje todavía que lanzar granadas de mano a nidos de ametralladoras británicas. Hombres que sólo saben pensar con timidez pueden morir con valentía. Y hombres que no le temen a la boca del cañón cederán ante la boca de la autoridad. Porque en el avasallamiento de los seres humanos, las actitudes son más poderosas que los armamentos.
Esto es especialmente cierto en cuanto a los judíos. Su larga exposición al peligro les enseñó a ser un poco extra corteses hacia las autoridades de los cientos de diferentes países que fueron sus renuentes anfitriones. Desarrollaron un talento especial para vivir y hasta para prosperar en medio de sus enemigos.
Pero el conformismo del judío como polizonte en tierras gentiles fue algo menor en comparación con su adhesión a la psicología judía; su apego a su propia gente. ¿A quién otro hubiera podido dirigirse? El mundo no lo quería ni a él ni a su amor. En su condición de excluido, se vio ante la alternativa de mantener la fe en si mismo como un igual humano. La opción que eligió continuó irritando y sorprendiendo a sus difamadores. Mientras peor lo trataba el mundo, tanto más crecía en él su fe en los judíos como buenas personas; y tanto más profunda se volvía en él su confianza en el honor, la bondad y la sabiduría de sus dirigentes judíos. De este modo, condenados a concentrar su amor entre ellos mismos (puesto que nadie más lo quería) los judíos lograron obtener una solidaridad más allá del ámbito del nacionalismo o de la religión. Terminaron casados entre si. Podrán reñir y despotricar entre ellos, pero siempre como en familia. Sobrevivieron como familia, a pesar de la burla del vecindario.
Antaño, los líderes de los judíos eran rabinos y sabios sentados brillantemente sobre los invisibles tronos de la tradición. La mayor parte de esta última cosecha de excelsas almas terminó en los hornos alemanes.
Hoy, una nueva cosecha de dirigentes judíos preside en Israel. No son rabinos ni sabios en tronos fantasmagóricos sino gobernantes bona fide cuyos retratos aparecen en los diarios, estrechando la mano con otros bona fide gobernantes del mundo.
Y aquí la solidaridad de los judíos saca a los codazos al buen criterio del camino. No importa quienes fueron estos líderes, no importa qué hicieron y qué hacen – son los nuevos líderes de los judíos. Y difícilmente haya un judío en el mundo que no considere a los actuales jefes de Israel con reverencia y agrado – como si Saúl, David y Salomón estuviesen felizmente de regreso en Jerusalén.
Así, para un Tamir, el mirar a estos nuevos nobles judíos y ver su innoble realidad – y lo que es más: exponerla y dejarla para siempre documentada en los archivos de las supremas cortes israelíes – es algo que constituye una pesada tarea espiritual. Me resulta mucho más fácil ponerme de su lado y verlo con sus ojos, y con los míos también. Porque no nací en Jerusalén ni fui entrenado como judío.
Mi mente norteamericana está acostumbrada a la desilusión, a ver demagogos y cabezas huecas en los sillones del gobierno – de hecho, difícilmente a ver algo diferente. Entonces – si hay tantas estafas por todas partes - ¿por qué apuntar a los judíos y a su pequeño, asediado, Estado de Israel, tan duramente conquistado luego de dos mil años de añoranza masiva?
Contestaré con frecuencia esta pregunta a medida en que avancemos, empezando aquí.
Lo que tengo de judío en mí se alinea con Tamir y con los profetas. Puedo ser poco digno de ellos pero, aún así, me hago eco de sus exclamaciones – el embuste, la hipocresía, la traición y los tratos perversos son doblemente malos cuando llevan el noble nombre de “judío”.
Tamir se acuerda de Rina. Una enfermera del Irgun. Fue su Comandante en Jerusalén. Una noble, brava, muchacha. Y también ha oído hablar, vagamente, de Malchiel Greenwald. Algún problema últimamente con el gobierno.
Tamir sonríe. Es lo que sucede con muchos de los que vienen a pedir que sea su abogado – el gobierno de Israel los persigue. Hay poca ganancia en casos así desde el momento en que el gobierno de Israel rara vez se dedica a perseguir a los grandes capitostes. Por lo general se dedica a los pequeños que no tienen ni siquiera para tomar un taxi, y ni hablemos de contratar a un abogado.
Siéntese Malchiel Greenwald. Un abogado que no tiene miedo y que cree en que hay cosas en el mundo más importantes que el dinero, está leyendo el Panfleto N° 51 por cuya autoría ha sido usted acusado por el gobierno de Israel de “calumnia criminal en perjuicio del Dr. Rudolph Kastner, vocero del Ministerio de Comercio e Industria de Israel” etc. etc. “con la intención de difamar al antemencionado”.
Aquí está lo que Tamir lee acerca “del antemencionado”:
“He esperado mucho tiempo antes de denunciar a este arribista a quien, por su colaboración con los nazis, considero como a un asesino indirecto de mi querido pueblo.”
Tamir sonríe. El estilo es un tanto escabroso hasta para un irgunista.
“¿Quién “ – continúa el Panfleto 51 – “es este vocero del Ministerio de Comercio e Industria; que es un gran capitoste del Mapai; que presume de grandes logros en el rescate de los judíos húngaros; quién es este sujeto, colocado tan arriba en la lista de candidatos para el parlamento israelí por el partido gobernante Mapai?”
“Este sujeto es el Dr. Rudoph Kastner, aventurero político, impulsado por una enfermiza megalomanía.”
Tamir comienza a interesarse. Recuerda a los 800.000 judíos embarcados en trenes sellados para ser gaseados y cremados por los alemanes en Auschwitz, ahogados en el Danubio y fusilados en Budapest.
Tamir sigue leyendo:
“¿Por quién, por encargo de quién fue Usted, Dr. Kastner, como un ladrón en la noche a Nuremberg para convertirse en testigo de la defensa del Coronel de las SS Kurt Becher, el asesino de judíos, el hombre que se revolcó en la sangre de nuestros hermanos de Hungría? Kurt Becher - ¡Administrador Económico de la Gestapo!”
“¿Por qué lo salvó Usted de la pena de muerte que tan largamente se tenía merecida?”
“Viajó Usted a Nuremberg para salvar a un genocida de judíos. ¿Qué lo indujo a hacerlo?”
“¿Qué clase de acuerdo entre caballeros existió entre este asesino Becher y este hombre a quien yo acuso de ser un colaborador de los nazis?”
Malchiel Greenwald observa con orgullo cómo Tamir da vuelta la última página y lee:
“Y es este mismo Kastner al que el Mapai ha acogido en su seno y colocado bien alto en su lista de funcionarios.”
“¡Dios Mío! ¡Los actos de Kastner en Budapest nos costaron la vida de cientos de miles de judíos!”
“Exigimos un comité de investigación público e imparcial.”
“Kastner debe ser removido de la política y de la sociedad de este país.”
“Mantendremos esto en nuestra agenda hasta que el mal haya terminado.”[31]
Selah. Malchiel Greenwald ha hablado.
Tamir está sentado mirando la tipografía borrosa. No hay forma de malinterpretar la acusación y su objetivo. En Israel hay un sólo crimen que merece la pena de muerte – colaboración con los nazis durante el exterminio de los judíos europeos.
El Dr. Rudolph Kastner, máximo dirigente del Comité de Rescate de la Agencia Judía en Hungría y ahora gran capitoste israelí, editor del periódico en idioma húngaro más popular en la nación – ¡un colaborador de los nazis!
Se me ocurre una cosa mientras Tamir cavila. Esto de la pena de muerte por colaborar con los nazis debe parecerle un poco rígido a los norteamericanos; hasta a los judíos. Y arrastrar un rencor por demasiado tiempo no es algo que se considere admirable. En especial cuando todos los demás han perdonado a los alemanes, incluyendo al primer ministro israelí Ben-Gurion.
El retrato del cacique Ben-Gurión apareció últimamente en los diarios (Noviembre de 1960) brillando bajo su estrafalario corte de pelo y estrechando gozoso la diestra de Adenauer en Nueva York.[32]
El primer ministro judío probablemente está cerrando un trato con los alemanes. Algo útil para la economía de Israel. Ya ha conseguido instrumentar varios muy prolijos; recientemente una gran venta al ejército alemán de subametralladoras fabricadas en Israel.
Por necesidad, los judíos han sido siempre buenos comerciantes y brillantes vendedores, si bien nunca antes han vendido lo que la elite gubernamental ha estado vendiéndole a los alemanes – la lealtad hacia sus muertos, el juicio moral de sus enemigos. Si los antepasados de estos actuales judíos le hubiesen puesto un precio a estas cosas, los judíos hubieran desaparecido de la historia hace rato. E Israel jamás hubiera llegado a constituirse.
Y hay otro matiz. Siendo ahora una figura mundial, quizás Ben-Gurion ha absorbido la actitud del Mundo Libre en cuanto a los judíos exterminados. Seis millones de judíos muertos no constituyen un factor político tan importante como sesenta millones de alemanes vivos, la mitad de los cuales son excelentes soldados que pueden ayudarnos a hacer volar a Rusia por los aires, en el caso de que tengamos necesidad de hacerlo. El enemigo actual es Rusia; no la inhumanidad. No hay patriota que pueda argumentar contra eso.
Y, en su calidad de líder del Mundo Libre, Ben-Gurion puede llegar a opinar que hay un peligro adicional en mantener el rencor en este asunto de nazis y judíos. Sería de mala psicología para el Mundo Libre el mantener una justa indignación acerca del asesinato de seis millones de inocentes. Podría llegar a interferir con la intención de inyectar coraje hasta lograr el punto de ebullición cuando se trate de dejar caer bombas de hidrógeno y de exterminar cientos de millones de otros inocentes.
Nosotros, los del Mundo Libre y los del No-Libre, nos estamos preparando para la gran aventura del aniquilamiento. Somos como el suicida que tiene que apartar la vista de todas las tentaciones de la vida antes de echar mano al frasco de píldoras. Al igual que el suicida, tenemos que concentrarnos en la mentira ideológica de que es mejor morir que perder una discusión. Quienquiera que piense de otra manera, cualquiera que hable de que la humanidad es más importante que la nebulosa retórica y la hipertensionada cólera de los gobiernos, es un enemigo del tema del Futuro – ¡al demonio con el hombre!
La guerra atómica sólo es posible aceptando la teoría de que la vida no es sagrada. Por consiguiente, la masacre de seis millones de judíos es una especie de gesto pionero en nuestra era atómica; un triunfo sobre nuestra carne, a ser recordado estoicamente en nuestro progreso como destructores del planeta.
Estas son las actitudes del gobierno, y de las multitudes que se inclinan ante el gobierno, y de quienes le piden prestadas sus identidades a la nación en la cual han nacido. Pero hay otros que no se inclinan ni piden prestado, y que se consideran a si mismos como algo más que el gobierno cuando éste se convierte en vocero de la irracionalidad.
Los antiguos griegos creían en que los crímenes impunes traían plagas sobre los pueblos que los toleraban. Buscaban y castigaban a los criminales a fin de purificar la vida humana. Así es como pienso ahora. Así es como pensó Tamir, enojado por el algo torpe documento que tenía en la mano – que acusaba a un judío por el caso de los judíos húngaros asesinados.
Las pestes causadas por actos crueles son un mito. No lo es la decencia versus el gobierno (no todavía). No lo es la verdad versus aquellos que serían sus verdugos. Es un antiquísimo duelo. La verdad rara vez triunfa; pero persiste.
Hablo por Tamir – y por mí mismo. Lo principal en nuestras actitudes no-judías y anti-gubernamentales es que somos judíos cuyas almas han sido violadas por el asesinato de nuestra gente. Para nosotros, el honor no reside en olvidos, ni hay bálsamo en la sonrisa del enemigo. No estamos buscando más alemanes para ahorcar por sus crímenes. La venganza es un eco cansador de los males ya realizados. Soñamos con judíos lo suficientemente fuertes y lo suficientemente honestos como para odiar a sus asesinos . . . en lugar de judíos murmurando diplomáticamente en oficinas alemanas.
El autor Greenwald comenta sus problemas. Desparrama rumores como si fueran el evangelio de la Torah y al abogado Tamir el autor le parece que es el litigante menos objetivo que jamás haya consultado a un abogado. Pero hay un aspecto de este anciano judío que Tamir halla digno de atención. Es directo y no tiene miedo.
Tamir pregunta: ¿Tiene el Sr. Greenwald alguna prueba para corroborar su acusación contra el Dr. Kastner?
Greenwald, Dios lo ame, contesta que sí, por supuesto que sí. Recibió una carta anónima hace apenas unas semanas, repleta de los hechos básicos. Además, también hubo cierta discusión en el Café Vienna en la que surgieron los mismos hechos. ¿Y quién tomó parte de esta discusión?
“No soy muy bueno para recordar nombres,” – dice Greenwald – “especialmente no de extraños. Pero tengo un olfato para las noticias – lo tengo desde pequeño. Puede tomar mi palabra sobre esto, sólo escribí la absoluta verdad sobre Rudolf Kastner – un meshumed de primera agua.”
Tamir frunce el ceño. Ni un jirón de prueba para respaldar el ataque más difamante jamás realizado contra un funcionario del gobierno israelí. Una carta anónima y alguna charla de café, también sin nombres.
¿Para qué tratar de defender a este anciano garabateador que suena y que parece tan poco creíble como un adivino callejero? Si Sholem Aleichem hubiera inventado un periodista partiendo de Yahupetz, ése hubiera sido Malchiel Greenwald; con su barba perillita, su bastón, su carta anónima y todo lo demás. Tamir toma una primera decisión. En el caso de ser lo suficientemente estúpido como para tomar el caso, tendrá que mantener a Greenwald fuera del banquillo de los testigos.
Tamir le echa una mirada sombría al Panfleto 51. Es un sinsentido hasta pensar en defender un caso como este. Es un tiro entre cien. Pero así era en el Irgun Zvai Leumi.
A pesar de su aversión por todo el asunto, un pensamiento le viene a Tamir. Es el gobierno el que ha demandado a Greenwald por calumnias. Esto podría significar que Kastner, él mismo en persona, se negó a demandar. Y además, una demanda tan violenta. ¿Por qué?
Llega un segundo pensamiento. Kastner, Greenwald, tienen en realidad sólo una importancia menor en el caso, en el supuesto de que sea lo suficientemente tonto como para tomarlo. Es el gobierno de Israel el que está pidiendo una batalla – y toda la jerarquía completa del nuevo Estado.
Desde su regreso de Kenya, el corazón de Tamir ha estado deslumbrado por el cobarde pasado y el arrogante presente de los gobernantes de Israel, y el nido de mentiras históricas del cual se han colgado.
En este momento hay muchos como Tamir, hastiados por su gobierno y sin poder para actuar, como si fuesen vasallos bajo Iván El Terrible. Muchos de los que otrora lo combatieron están cansados de luchar. Lo que los mantiene mudos es también la tiranía de la ilusión judía. Está por todo el planeta. Israel participa de ella. Todo Israel se encuentra bajo la ilusión de que los querubines de Dios están cantando aleluyas sobre sus edificios gubernamentales. Todos menos los que son como Tamir. Otra vez sólo un puñado.
¿Y cuales son, según este puñado, los crímenes de este objetable gobierno? ¿Acaso roba, oprime a los pobres, recibe sobornos, se queda sentado haciendo girar los pulgares en lugar de construir una nación? La respuesta es la misma que se puede dar respecto de todos los gobiernos – sí y no. Ni un fuerte no, ni tampoco un atronador sí.
Pero este no y este sí no importan. Los crímenes son más profundos que la venalidad o la estafa. Son los crímenes de carácter, los mismos crímenes contra los cuales los profetas protestaron hace tres mil años – en este mismo vecindario: egomanía; falsedad de espíritu; pasión por la hipocresía; cobardía que alardea de valor.
Ambición desmesurada que se vuelve indiferente a la verdad y al honor. Una dirigencia con un sólo objetivo – la continuidad en el poder. Toda caudillocracia es eso. Pero hay límites morales a lo que los jefes pueden hacer para seguir siendo jefes. La pasión por la caudillocracia en los líderes de Israel los sedujo a adoptar un comportamiento tan repugnante que resulta difícil de creer sin estar completamente documentado. Y estoy escribiendo en una habitación repleta de pilas de documentos.
Estos crímenes incluyen, también, una dureza de corazón difícil de imaginar como cualidad judía básica. Pero está allí, en los líderes de Israel.
Itzchak Greenbaum, jefe del Comité de Rescate de la Agencia Judía, anunció en Tel Aviv en 1943: “Cuando me preguntaron si podía dar dinero de los fondos del Llamamiento Unido Judío para el rescate de los judíos en Europa dije ‘¡No!’. Y vuelvo a decir ‘¡No!’ En mi opinión, hay que resistir esta oleada que empuja las actividades sionistas hacia objetivos de importancia secundaria.”[33]
Habiendo de este modo vuelto sus espaldas hacia los judíos condenados, los mismos dirigentes utilizaron más tarde el exterminio para recolectar millones y más millones, y para cobrar billones de los alemanes en concepto de indemnizaciones.
Pero basta de esto. Lo importante es la función. Y el caso Kastner será el escenario.
Tamir habla:
“Si tomo el caso, Sr. Greenwald, ¿estaría de acuerdo en una cosa?
“Lo que sea”, concede Greenwald con magnanimidad.
“¿Dejará que yo lo maneje de cualquier manera en que crea apropiado,” – dice Tamir – “ y no interferirá con ninguna dirección que yo tome?”
La respuesta de Greenwald, a pesar de sus perfiles reminiscentes de Sholem Aleichem, tiene un tonillo de coraje. Tamir lo percibe como un juramento de lealtad.
“Lo respaldaré en cualquier cosa que haga”, dice Greenwald. Rina, la enfermera del Irgun, asiente con la cabeza.
De este modo, el caso comienza.
La sala del tribunal tiene pocos metros cuadrados. Veinticinco personas, no más, pueden apiñarse sobre sus bancos. No hay un palco para el jurado, ni jurado. Sólo hay lugar para un juez. La sala tiene un importante título: Corte del Distrito de Jerusalén; pero es un pañuelito de sala.
Tamir está listo. Esto es, se halla en el tribunal a la hora determinada. No tiene testigos a los cuales llamar, ni pruebas para ofrecer. Está en un nivel bastante bajo en su carrera profesional. Pero está allí en su negra toga de abogado, mirando fijamente la pared.
Un Greenwald recién salido de la peluquería lo admira. Un abogado en su toga negra, con rostro severo, un ex-Comandante del Irgun. Greenwald casi siente lástima por el gobierno.
Entra el fiscal. Es Amnon Tell, de cincuenta años, rostro estrecho, cuerpo delgado, baja estatura. Un partidario de la formalidad en la expresión, en los modales y en el vestir. Sólo que tiene medias amarillas. Destellan ahora bajo su negra toga.
Tell es uno de los mejores abogados “condenadores” dentro del dominio del Fiscal General Chaim Cohen. Tiene un temperamento fogoso. Sarcasmos, invectivas, juridicismos, todo esto puede surgir de su enjuta persona – en cantidades que alcanzarían para dos fiscales.
Tell le sonríe a Tamir. Es una sonrisa gubernamental pre-victoria.
El fiscal charla amigablemente con su oponente Tamir. Es un caso sencillo, le dice. Normalmente duraría dos o tres días. Pero con Tamir en él puede llegar a durar una semanas entera. Una pizca de adulación para un gladiador condenado.
¡El juicio durará cuatro años, expulsará a Tell de cubículo de fiscal y pondrá de cabeza a todo el gobierno! Los fiscales no están equipados con bolas de cristal.
Interrumpe la charla el tañir de una campana. Es del monasterio ruso que está cerca y que llama a sus monjes a hacer sus devociones. El edificio del tribunal está ubicado en el barrio ruso de Jerusalén, a poco más de un kilómetro del Muro de los Lamentos y del Sepulcro de Cristo. Cien otras reliquias yacen más allá de sus ventanas, grandes en la mente, pequeñas a la vista.
Shlomo, el amable secretario con su uniforme caqui se pone de pié y anuncia:
“¡El Tribunal!”
Se abre una puerta. El Juez Benjamin Halevi, el tercer héroe de esta historia, entra con su toga negra, y una también negra yamulka sobre la cabeza. Uno de los hombres mejor parecidos de Israel y una de sus figuras más respetables. Fue uno de los primeros jueces judíos designados por los británicos durante sus aventuras en Palestina. Más tarde, el gobierno de Ben-Gurion lo nombró Presidente de la Corte de Distrito de Jerusalén – un cargo vitalicio. {[34]}
Tamir ya ha litigado antes ante este paradigma de juez gubernamental. Conoce sus modales fríos, su ausencia de sonrisas, y sus caprichos disciplinarios. El abogado defensor recuerda con preocupación la reputación de Halevi como juez lleno de fe en el gobierno, con severas penas para los acusados que intentaron dañarlo o violar sus leyes.
El juez coloca papel de escribir y una pluma delante de si. Es su propio taquígrafo oficial. Consignará personalmente todas las preguntas y respuestas.
No se trata de un pasatiempo judicial. Es parte de la práctica judicial normal. Faltan taquígrafos en Israel. El hebreo es un idioma nuevo en materia procesal. No se han adiestrado aún taquígrafos en cantidades suficientes.
El Juez Halevi viene de Alemania. Llegó a Palestina en los años 1930. Casado, padre, amante de la música (¿qué Weltanschauer nacido en Alemania no lo es?) y servidor de la justicia de los pies a la cabeza. Un rostro inexpresivo, un cuerpo sin gesticulación. Un juez que es como una puerta cerrada.
Halevi es el más inusual de mis tres héroes porque no está en absoluto entrenado para ser un héroe. Está entrenado para creer en la autoridad, uno de cuyos principales exponentes es él mismo. Su espíritu está tan ordenado como su mente. Es un hombre de doble fe: una en Dios y la otra en el Estado de Israel.
Este es el Dr. Rudolf Kastner, primer
testigo de la fiscalía. El blanco del periodista Greenwald, a ser mantenido en
la agenda “hasta que termine el mal”.
La entrada del Dr. Kastner produce el revuelo que circunda a las personas importantes. El doctor no es uno de los principales grandes de Israel pero está apuntando hacia arriba. Tiene en la mira al sillón giratorio del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Los periodistas presentes tienen sólo una actitud frente al Dr. Kastner – respeto. Tomaré prestada esta actitud y miraré a Kastner sólo como es conocido y admirado en este primer día del juicio.
Un hombre de cabello oscuro, delgado, de mirada inteligente y en la década de sus cuarentas, sonriendo a través de anteojos de montura de hueso y con los gestos de un personaje. Se inclina levemente hacia adelante cuando habla, como un cortesano. Junta la punta de sus dedos haciendo una pequeña iglesia cuando discute. Un sujeto suave y mundano como un vendedor de Rolls Royce. Pero políticamente sólido. Puede recitar lugares comunes en cinco idiomas. Y confundir al que escucha como si no estuviera hablando ningún idioma en absoluto. Obviamente, un estadista al que hay tener en cuenta.
Proviene del poblado húngaro de Kluj, a tres millas de la frontera rumana. En Kluj fue periodista. No un periodista como Malchiel Greenwald sino un agudo, importante, personaje.
Pero ¿qué puede un periodista escribir sobre Kluj para volverse importante y conseguir un “Herr Doktor” adosado a su nombre? En Hungría los Herr Doktors son tan numerosos como los ejecutantes de cémbalo. Pero aún así hay que hacer algo más que vestirse decentemente y peinarse con pomada cada mañana para conseguir ser un Herr Doktor. El joven Kastner hizo ese adicional. Practicó la jurisprudencia como actividad secundaria; de allí el título de doctor.
El aura alrededor de Kastner es su pasado. Las personas bien informadas en Israel, lo cual incluye a los periodistas, saben que el Dr. Kastner se codeó valientemente con los exterminadores nazis en Hungría y trabajó diligentemente para salvar judíos.
Un calmo, sonriente, Kastner ingresa en el cubículo de los testigos. Deseoso de contar su historia para bien de la causa de Israel tanto como la suya propia. Porque, si hubo algo podrido en cuanto a las actividades del Dr. Kastner en Hungría, el gobierno de Israel seguramente lo hubiera sabido. Y ¿qué judío en su sano juicio podría imaginar que los gobernantes de Israel condonarían el mal y recibirían al malhechor en su seno? De modo que ahora tiene una doble responsabilidad en el cubículo de los testigos. Un Dr. Kastner honorable significa un honorable gobierno de Israel.
El Dr. Kastner ofrece el contenido de un abultado portafolio como prueba para la limpieza de su buen nombre. Documentos, memorandums, cablegramas, declaraciones juradas, testimonios, recortes de prensa, todos recuerdos de su trabajo al frente del Comité de Rescate de la Agencia Judía en Hungría. Todas pruebas de su coraje y de su eficiencia bajo las propias narices del Satán alemán. Las pruebas ingresan y se etiquetan.
El Juez Halevi toma nota de los procedimientos.
Tamir escucha, observa. La benevolente calma de Kastner, su aura de certeza, son casi suficientes como para quitarle el ánimo al abogado de la defensa. Pues existe una sola línea de procedimiento abierta para Tamir – un asalto directo sobre Kastner.
El único testigo posible contra Kastner tiene que ser Kastner mismo. Tamir no tiene a otro a quien recurrir.
Parado con actitud benevolente en el cubículo de los testigos, el Dr. Kastner comienza su historia. Amnon Tell lo guía con preguntas respetuosas.
La historia comienza en Kluj, en 1941. Luego pasa a Budapest. Un hombre valiente trabaja para salvar judíos de los asesinos alemanes y húngaros. Un hombre de energía incansable y agudo ingenio. Un hombre dedicado que mantiene su cabeza dentro del infierno nazi. Y que continúa rescatando a judíos condenados. Tranquilamente, con la ayuda documentos y testimonios, Kastner desarrolla su historia. Es una historia que entristece y espanta. Provoca lágrimas en muchos de los que la escuchan.
No en Tamir. Él observa, escucha. No sólo las palabras de Kastner sino el tono detrás de ellas. Y no sólo el tono sino la expresión de los ojos, el movimiento de las manos, de la cabeza.
Tamir busca el signo de una mentira – el signo de una mentira desnuda en este desfile de coraje y de servicio. Una sola mentira así ya sería suficiente para una apertura. (Una brecha en la pared y el camino queda abierto para las granadas).
Pero ¿por qué habría de haber una mentira en este emotivo relato de heroísmo y de rescate judíos?
¿Qué heroísmo?
El rescatador judío y sus ayudantes de la Agencia Judía están todos vivos y ¿dónde están los ochocientos mil judíos de Hungría?
¿Qué rescate?
El desfile de las virtudes del Dr. Kastner dura tres días. Resulta líricamente informado en la prensa. ¡Qué héroe judío este Kastner! ¡Qué tonto es Tamir! Ésta es la esencia de la cobertura de prensa. La virtuosa autoridad nunca obtuvo una victoria semejante sobre presuntos difamadores.
A pesar de los cuarenta años de garrotazos en Israel, los jefes judíos todavía tiemblan ante personajes como Tamir – “aventureros inescrupulosos” a quienes no les importa darle al gobierno de Israel un mal nombre ante los ojos de su pueblo y ante los judíos del mundo con sus donaciones deducibles de impuestos. La derrota del peor de estos detractores le brindará un servicio aún mejor a la fábula del honor del gobierno que el mandarlo a Greenwald a la prisión.
El testimonio de Kastner pronto trae a los alemanes a Budapest. Los guerreros han capturado ciudades antes, han cercenado miles de cabezas de adultos y despanzurrado a miles de niños. Pero estas diversiones siempre fueron el clímax de la lujuria bélica.
Los alemanes no trajeron ninguna lujuria bélica a Budapest. Entraron tranquilamente, casi como turistas. Organizaron la matanza del último millón de judíos como si no hubieran estado librando una guerra sino abriendo un frigorífico.
Otorguemos lo que les corresponde. Habían peleado bien en su segundo estrafalario intento de conquistar el mundo. El lado guerrero de los alemanes seguía siendo merecedor del canto de sus antiguos bardos. Pero no fue el coraje alemán el que llegó a Budapest. Fue el lado inferior del alma alemana el que arribó.
Este es el lado del cual todo el mundo está de acuerdo que no pertenece a este mundo – una pasión inexplicable por matar, destrucción fría, razonada, de seres humanos, tal como la vemos a veces en alguna película de horror encarnada en algún diabólico solitario encerrado allá en los Cárpatos, el solar nativo de Drácula. Pero no es un alemán solitario el que ha venido a jugar al torturador y al asesino en Budapest. Es una nación de ellos.
Después de que los alemanes aseguraran que se han reformado, el mundo ha dejado caer todo el asunto acerca de qué hizo que Hans y Fritz cometiesen el mayor horror masivo de la historia. El único recurso práctico que el mundo ha encontrado para curar sus males es el de olvidarlos. Y esperar lo mejor.
Yo pienso distinto acerca de los alemanes. No se han reformado. Están descansando.
Kastner llega a su versión del asunto de la matanza alemana. Ofrece su testimonio en forma tranquila y objetiva. Todos los que lo escuchan saben qué sucedió con los judíos. Aún así, su historia contiene asombros. No por las montañas de cadáveres judíos que la llenan – esta parte de la historia es conocida. Sus fotografías están en los archivos.
Pero esta otra parte de la historia no es conocida; al menos no demasiado bien – la de los alemanes que lo hicieron. Los altos oficiales alemanes, con sus monóculos y sus largos sobretodos militares y sus brillosas botas, que dieron las órdenes en Treblinka, Auschwitz, Dachau, Mauthausen; y se quedaron observando la eficiencia de los asesinos y torturadores – los pícaros soldados alemanes de rostros juveniles. Estos alemanes superiores, orgullosos, de voz rasposa, polisilábicos, que supervisaron la masacre de los judíos son figuras borrosas que pertenecen más a una pesadilla que a una nación.
Kastner cuenta sobre estos alemanes de las altas esferas que manejaron la masacre de los judíos. Lo que dice asombra al Juez Halevi, hasta a Tamir. Incluso a mí, un poco. Los jerarcas de la SS estaban sentados en elegantes oficinas, bebían, fumaban, jugaban a las cartas, escuchaban discos en el fonógrafo, practicaban equitación, hacían en amor – y a sus ojos no había una franja negra en sus memorias; ni una pizca de arrepentimiento. Kastner informa que no se podía discernir en ellos ninguna pena o remordimiento y trae a cada uno de ellos a su narración – Himmler, Becher, Eichmann, Krumey, Hoess, Klages, von Wizliczeny. Relata sus palabras y sus actitudes cuando emitían sus órdenes a los industriales alemanes exigiendo hornos más grandes y nuevas clases de trenes para transportar la nueva clase de ganado destinada a Auschwitz – los judíos.
Kastner introduce en Israel a toda la jerarquía de asesinos alemanes – los ídolos de Alemania de hacía apenas nueve años atrás; los eficientes, laboriosos, exterminadores. Nada de conciencia en ellos por haber matado a dos millones de niños, sus madres, sus abuelas, padres, abuelos, etc. Al contrario; surgen de la historia de Kastner con el sentido alemán de un trabajo bien hecho. Están pletóricos de triunfo y se autocongratulan.
Hay algo más que estremece. Estos dirigentes alemanes no son malhechores arcaicos salidos de bosques medievales. Son contemporáneos. Sus rostros están todavía en los rostros de una nación. Y nadie importante en el mundo tiene una palabra desfavorable para ellos. Avanzan, prosperan y tienen un guiño de complicidad para con su reciente aventura judía. Parados ante el mundo manchados de sangre judía como los matarifes de cerdos que yo solía ver en los mataderos de Chicago, estos alemanes saben que las disculpas y el arrepentimiento son aburridos y una pérdida de tiempo. A nadie le importa un cuerno cuantos judíos mataron o cómo los mataron. Ni siquiera a los judíos que sobrevivieron. Es la forma cristiana de perdonar – lo que los cristianos hacen.
Si hay algún reproche para hacer por allí, es para judíos como yo mismo que no pueden dejar de odiar a los alemanes.
“¿En qué soy diferente de Hitler y sus exterminadores en mi odio, o en mi incitación al odio,?” Yo veo una diferencia. El odio por un crimen es diferente del odio que produce ese crimen. El primero construye civilización, el segundo la arruina. Si los hombres dejan de juzgar las malas acciones no es porque son tolerantes sino porque han sido derrotados.
Y vuelvo al Dr. Kastner en su cubículo de testigos en Jerusalén. Le está diciendo al Juez Halevi cómo estuvo sentado en las hermosamente amuebladas oficinas de los cuarteles alemanes. Les miró a los ojos sin miedo. Los ojos azules de la Raza Superior, con su media nariz y su media alma, no le produjeron temor al judío Kastner. Ellos sin remordimiento, él sin angustia, discutieron acuerdos de rescate. Él les ofreció dinero, un correcto comportamiento de negocios, y regateó vidas judías.
La historia del Dr. Kastner llena la prensa de Israel y preocupa a sus cocinas, sus negocios, sus cafés y sinagogas. Y durante su relato, Rudolf Kastner se convierte en héroe, un símbolo del coraje y del honor judíos. Parece ser que se convierte en esto para todo el mundo en Israel, excepto para Tamir.
Los ojos, los oídos y el plexo solar de Tamir se mantienen fijos en este noble rescatador de judíos. A Tamir no le gusta la voz del hombre, el sabor a megalomanía que hay en ella, la trillada terminología política que cuelga siete velos ante cada hecho.
Pero Tamir no puede pescar ninguna prueba ni escuchar ninguna evidencia de mentira.
La bondad del Dr. Kastner continúa desde el cubículo de los testigos. Fue director del Comité de Rescate de la Agencia Judía para los ochocientos mil judíos de Hungría. Cortésmente del fiscal Tell: ¿Informará el Dr. Kastner cómo se convirtió en director de esta gran tarea? El Dr. Kastner lo hace sin falsa modestia alguna. Era una época de pánico. La mayor parte de los judíos de Hungría carecía de organización. No pertenecían ni al sionismo ni a la Agencia Judía. Pertenecían tan sólo a Hungría, a sus hogares, sus calles, sus negocios, sus campos de deportes y sus cafés.
¿Quién hablaría por estos judíos asimilados; estos judíos sin directores? Sus únicos voceros eran su bondad, su inofensividad y sus talentos. Pero estos son voceros que sólo pueden dirigirse a un semejante humanitario. Y no había ninguno en la vereda de enfrente en Budapest. Sólo había alemanes.
De este modo, los judíos organizados se hicieron cargo de la totalidad del trabajo de rescate para los ochocientos mil condenados.
Pero ¿por qué, después de exterminar a cinco millones de judíos, habrían los alemanes de venir ahora a Budapest para arreglar el asesinato de un millón adicional de hombres, mujeres y niños judíos? ¿Por qué estos verdugos veteranos habrían de estar interesados en negociar con rescatadores judíos? ¿Por qué estos alemanes que no tenían respeto por la humanidad judía habrían de tener tanto respeto por el oficialismo judío?
Estas preguntas acaban de surgir en la mente de Tamir.
El Juez Halevi escucha y toma sus notas. Se olvida de sus modales impasibles. Mira con ojos amables a este testigo que trabajó impertérrito en el infierno nazi.
Kastner testimonia:
“Hacia fines de Abril de 1944, los agentes militares alemanes me informaron que habían decidido finalmente la deportación total de los judíos húngaros . . . Se estableció un acuerdo entre Hungría y Eslovaquia para la transferencia de trenes de deportación de Hungría hacia Auschwitz.”
“También recibí información desde Auschwitz de que se estaban preparando para recibir a los judíos húngaros . . .”
“El Coronel Krumey me autorizó para ir a Kluj y contactar al Mayor von Wisliczeny. Esto fue aproximadamente hacia el tres de Mayo de 1944.”
“Von Wisliczeny me dijo que su simpatía hacia mí había enojado a Eichmann y, por consiguiente, Eichmann lo había enviado a hacer el trabajo sucio de concentrar a los judíos en ghettos. [Esas concentraciones aliviaban el trabajo de embarcarlos hacia Auschwitz].”
“Von Wisliczeny me explicó que Eichmann le había dado esa misión a fin de que, como asesino de judíos, no pudiese luego tener una coartada ante los Aliados [luego de que Alemania perdiese la guerra].
“No me dio todos los detalles del trabajo sucio que había realizado, pero resultaba obvio que ahora estaría ocupado, no en rescatar a los judíos [con Kastner] sino en su exterminio como uno de los principales asesinos.
“Pocos días más tarde, visité a von Wisliczeny en su casa en Budapest. Me dijo que había sido definitivamente decidido – deportación total. Me pidió que hiciéramos todo para cumplir con las demandas del nuevo plan alemán. De otro modo, me dijo, no veía ninguna posibilidad de ayudar a los judíos húngaros.”
En un lenguaje no oficial: si deseas agradarnos, ayúdanos a matarte lo más rápido posible.
Sobre otro asunto, Kastner testimonia:
“Eichmann nos ofreció la idea de enviar a alguien fuera de Hungría para hacer un arreglo de materiales a cambio de judíos. Mencionó camiones, 100 judíos por cada camión.”
Kastner quería ser el emisario pero Eichmann seleccionó a un miembro menor del Comité de Rescate para la diligencia. Joel Brand salió encomendado de la misión.
Kastner testimonia:
“El 20 de Mayo de 1944 fui con la señora Hanzi Brand [la esposa de Joel y la asistente favorita de Kastner] a entrevistar a Eichmann. La deportación había comenzado a una escala enorme y a un paso estremecedor. Le pedimos que pare las deportaciones ya que, de otro modo, la misión de Brandt fallaría. Nos contestó en forma negativa.”
“Era la primera vez que estaba frente a frente con este monstruo. Cuando le dije que cien seres humanos estaban siendo amontonados en un mismo compartimiento de tren bajo condiciones insoportables, me contestó: »En la Cárpato-Ucrania, los judíos tienen innumerables niños pequeños. Allí será posible meter un número aún mayor en los compartimientos«. “
Kastner continúa:
“Estaba acordado con Krumey que le haríamos llegar una lista de 600 judíos a los que les sería permitido abandonar Hungría con vida y hacia el Mundo Libre – 300 de la campiña y 300 de Budapest. Eichmann aprobó el acuerdo.”
“Unos pocos días más tarde Eichmann me dijo que no podía traer los 300 judíos de la campiña hacia Budapest [para liberarlos] porque le había prometido al gobierno húngaro que ni un sólo judío regresaría vivo a Hungría. Dijo que había tenido un duro altercado con el ministro húngaro. Temía que ahora el ministro [Andre] sospecharía que los alemanes habían hecho un nuevo pacto con los judíos. Y agregó: »Justo yo. No, no puedo«. ”
“Me ordenó que abandonara su oficina. Fui inmediatamente a lo de su lugarteniente, Krumey y a lo del jefe de la Gestapo, Klages. Les informé a ambos que detendría todas mis negociaciones y notificaría a Estambul a estos efectos. Presioné a Klages y a Krumey a que razonaran con Eichmann. Lo hicieron y Eichmann accedió a volver a recibirme ese mismo día.”
“Después de amenazar con enviarme a Auschwitz, Eichmann capituló y estuvo de acuerdo en traer desde Kluj a un grupo de doscientas familias. Esto fue el 3 de Junio de 1944. “
“Eichmann constantemente me mencionaba que Brandt no había regresado, y que tampoco se había comunicado. A principios de Junio, Eichmann me dio un ultimátum. Me dijo: »Si no tengo noticias de Brandt en unos pocos días, pondré los molinos de Auschwitz a moler«. Y, de no haber Eichmann accedido a traer al grupo de Kluj, hubiéramos detenido las negociaciones definitivamente. Hice un arreglo con Eichmann para aumentar el número del grupo a 1.300 personas.”[35]
“Después de la invasión aliada de Europa y el comienzo de la nueva ofensiva rusa, y también por la intervención de factores internacionales, Horthy instruyó a su gobierno a detener la deportación. De acuerdo con los documentos, esto sucedió el 26 de Junio de 1944; un día o dos más tarde los rumores sobre ello llegaron hasta nosotros”.
“Aún cuando la deportación se había detenido, no nos sentíamos seguros. Hicimos, por lo tanto, un acuerdo adicional con Eichmann para el caso en que los alemanes superasen la voluntad de Horthy.”
Kastner relata sus viajes de Budapest a Suiza, a Viena, a Eslovaquia, a Berlín, a Hamburgo. Siempre es el acompañante de líderes nazis – especialmente de Becher. Kastner le dice a la corte de Jerusalén:
“Heinrich Himmler fue a Viena a organizar la defensa militar de la ciudad. Fui llevado al edificio dónde Himmler estaba conferenciando sobre la defensa de Viena. Estuve parado en el pasillo con Becher y con Krumey. Cuando Himmler apareció, Becher se le acercó y me señaló.”
“Después de su conversación, Becher me dijo que Himmler le había dado claras instrucciones de no hacerle daño alguno a los judíos restantes. También me dijo que Himmler no quería más dinero de los judíos y que todo el dinero previamente aceptado de los judíos les sería devuelto. »Tiene usted que venir conmigo a Berlín«, me dijo Becher, »y escuchar todo esto de los propios labios de Himmler«.”
“Fui a Berlín con Becher, pero la entrevista con Himmler no se concretó.”
“Pero el viaje no fue en vano porque Becher y yo decidimos ir hasta los campos de concentración nazis y tomar las medidas necesarias para llevar a cabo el plan que habíamos acordado.”[36]
En su testimonio directo, la voz del Dr. Kastner es firme, sus palabras llenas de detalles. Está orgulloso de lo que ha hecho – de su gran éxito “en salvar grandes cantidades de judíos” de la muerte; de la forma en que influenció a los líderes nazis para que aceptaran su oferta. Y todos los que lo escuchan sienten un orgullo similar por los actos de su héroe de la Agencia Judía. Todos menos Tamir.
Es una cuestión de sonido – la forma en que una voz cambia, se vuelve timorata o demasiado amistosa; la forma en que una tonalidad justificativa se infiltra en ella y el alma del orador parece agregarle un susurro asustado a las altivas y arrogantes palabras.
Tamir atrapa este cambio en la voz de Kastner. Es como una señal de alarma sonando para el abogado de la defensa. Aquí está la brecha que ha estado esperando – la mentira; la mentira a través de la cual puede pasar al ataque con sus granadas de interrogatorio. Tamir mira como al descuido al juez, a la prensa y a los veinticinco espectadores apiñados sobre los bancos. Ninguna alarma ha sonado para ellos. Siguen escuchando, igual que antes – a un héroe. Pero el abogado de la defensa no está preocupado por esta falta de respuesta. Él sabe de alarmas – alguien tiene que escucharlas primero; por lo general, alguien que las está esperando.
El testigo está relatando sus actividades durante la temporada de Agosto de 1944 hasta Mayo de 1945. La guerra todavía sigue. De Agosto en adelante Kastner estuvo ocupado en viajar. Viajó con el teniente general de las SS. Kurt Becher, con el coronel Hermann Krumey, con otros altos oficiales de las SS. A Suiza, Viena, Bratislava, Berlín, Hamburgo. Se sienta con ellos, toma tragos con ellos, pasea con ellos, y parece estar en agradables relaciones sociales con los exterminadores.
El Dr. Kastner cuenta pequeñas anécdotas de cómo pasó el tiempo durante los últimos meses de la guerra. Habla de esfuerzos de rescate, de importantes contactos con los nazis, de cables emitidos y recibidos.
Y mientras habla de estos asuntos una nueva cualidad ingresa en la historia de Kastner. De pronto fanfarronea. Fanfarronea con sus relaciones nazis. La fanfarronería es, aparentemente, una parte natural de su cuento. La percibe sólo un oído aguzado. Cada una de sus fanfarronadas es una admisión peligrosa. Pero la fanfarronería es más fuerte en él que cualquier temor. La compañía de los principales nazis le hizo sentirse un gran hombre por aquella época. Quiere que todo el mundo aprecie esa grandeza suya; que escuchen cómo hablaba con Himmler y con Eichmann – de igual a igual.
Y sin embargo, mientras fanfarronea, un sonido nada fanfarrón se filtra en su voz: el sonido de la disculpa.
Y Tamir percibe por qué y de qué se disculpa. Ingresa en la verdad de Kastner a través de la puerta de los temores de Kastner. El abogado Tamir encontrará los hechos más adelante pero, aquí y ahora, Kastner le brinda el hecho general de que el Héroe Kastner tiene miedo a ser descubierto. Y Tamir, consciente de que el Dr. Kastner, en el cubículo israelí de los testigos, está pidiendo disculpas por algo, mantiene una expresión amigable en su rostro. No desea alarmar al testigo.
Fanfarroneando y disculpándose, el Dr. Kastner sigue detallando la divertida época después de Agosto de 1944 cuando vagabundeaba por Alemania y la Europa ocupada por los nazis, acompañando a altos oficiales de las SS.
La pregunta se hizo clara en la mente de Tamir. ¿Por qué los nazis favorecían tanto a Kastner? De nuevo: ¿por qué estos exterminadores masivos de judíos habrían de ser tan considerados con el judío Kastner? ¿Por qué le permitieron ser el único judío en Budapest que podía vivir en una casa no marcada como judía? ¿Por qué lo exceptuaron de usar una estrella de David amarilla cosida a su saco? ¿Por qué le permitieron el privilegio especial de tener un teléfono después de que todos los teléfonos fueron arrancados de las casas judías para evitar la comunicación? ¿Por qué fue el único judío en Budapest al que se le permitió viajar en automóvil y a poseer un auto propio? ¿Por qué se le permitió viajar solo y libremente a Viena, Bratislava y hasta Berlín? ¿Por qué este exclusivo favoritismo? ¿Por qué la elite de la SS trató a Kastner como si fuese el representante de una gran potencia neutral en lugar de tratarlo como a un judío sin poder y sin calidad de ser humano a ojos alemanes? ¿Qué utilidad podía posiblemente llegar a tener el funcionario Kastner de la Agencia Judía para los exterminadores de judíos?
Las respuestas crecen en la mente de Tamir – respuestas tenebrosas e insoportables para el corazón de un judío. Rudolf Kastner fue preciado y valioso para los nazis porque les ayudó a masacrar a los judíos.
Kastner sigue hablando, ahora sobre sus “logros” posteriores a la guerra. Y también aquí, a pesar de las fanfarronas palabras, hay un misterioso tono de confesión. El testigo Kastner traga saliva, se moja los labios y sonríe ansioso a todo el mundo, incluso a Tamir, mientras continúa:
“Fui a Nuremberg desde Suiza a principios de 1947, por invitación del general Taylor, fiscal principal de la Corte Internacional. Fui consejero del general en materias concernientes al exterminio de los judíos.”
“Trabajé en Nuremberg hasta Agosto de 1947. Después de ello regresé a Suiza a fin de emigrar a Israel. Recibí un cable del general Taylor garantizándome el reintegro de mis gastos y un honorario si regresaba a Nuremberg para ayudarle. Le mostré el cable a Ben-Gurion. Me dijo que fuera. Después de una conferencia con los principales funcionarios del Departamento Político de la Agencia Judía, dónde discutimos sobre cómo explotar este viaje para varios fines políticos, se acordó que me uniese al general Taylor. La Agencia Judía me proveyó de dinero para el viaje.”
“Respondiendo a la denuncia del acusado de
que yo habría ayudado a Becher después de la guerra, declaro que no ofrecí
testimonio en favor de Becher. No lo hice ante la Corte Internacional ni ante
ninguna de sus instituciones o funcionarios.”
“La afirmación de Greenwald en este panfleto, en cuanto a que fui a Nuremberg para salvar a Becher, es una mentira total.”
“La corte alemana de desnazificación que juzgaba el caso de Becher me invitó a testimoniar sobre Becher cuando yo estaba en Nuremberg. Me negué. No tenía ningún deseo de presentarme ante ningún alemán. Había tenido bastante de los alemanes durante la guerra.”
“Acepté, sin embargo, darles una declaración jurada, que les envié. Es una mentira total que ayudé a Kurt Becher a escapar del castigo en Nuremberg. No di ningún testimonio ni declaración jurada en su favor.”
La declaración de inocencia del Dr. Kastner emociona a su auditorio, incluyendo al juez Halevi y a los hombres de prensa. Pero no a Tamir. Está observando como abandona el cubículo de los testigos un mentiroso y un canalla – un triste y escurridizo tipo de canalla cuyos ojos judíos están pidiendo una absolución.
Pero éste no es un momento de triunfo para el abogado Tamir. Se siente como un hermano de aquél pequeño niño del cuento de Hans Christian Andersen que, de entre la muchedumbre de admiradores, de pronto gritó: “¡El rey está desnudo!”
La sala del tribunal no ha visto ninguna desnudez. Al término del testimonio del Dr. Kastner todos los periodistas corren a sus máquinas de escribir para teclear la hermosa noticia a todo Israel de que el Dr. Rudolf Kastner es un héroe vestido de púrpura.
No critico a estos periodistas ni a ningún otro periodista. Alguna vez fui uno de ellos. Recuerdo mi propia miopía mental, mi ceguera a la verdad, mi sordera a las palabras. Mis pecados no fueron voluntarios. No me pagaban por ser un filósofo ni un visionario. Mi obligación era informar lo obvio, hacerme eco de las voces más fuertes y más importantes. Puesto que éstas eran siempre las voces de la virtud y de la autoridad, yo sólo era su humilde agente de prensa.
Algo de cinismo se acumuló en mí del mismo modo en que se acumula en todos los periodistas que tienen que informar, hora tras hora, con cara de piedra y lengua firme, el constante sinsentido de políticos, amantes, reformadores, jueces y profetas. Pero mientras recibí el cheque de mi sueldo como periodista, permanecí siendo leal a mi jefe, que no era el editor sino la sociedad.
Así era con estos periodistas israelíes saliendo presurosos con sus noticias acerca de la victoria gubernamental. Y ¿cómo criticarlos si un hombre tan honorable, de una mente tan penetrante como el Juez Halevi está de su lado? El Juez Halevi no ha escuchado nada extraño durante los tres días del testimonio de Kastner. Sólo ha escuchado cómo un hombre de moldes heroicos destruye el libelo publicado contra él.
Mientras Kastner evacua el cubículo de los testigos, el Juez Halevi inquiere al abogado Tamir. ¿Desea la defensa cambiar su declaración por “culpable” y confiar en el tribunal para determinar la sentencia adecuada para su cliente?
No hay enojo en la voz de Halevi. Habla como lo hace alguien que desearía evitarle a un joven abogado la impopular tarea de atacar a una figura tan fina e invulnerable como el Dr. Kastner.
Tamir se queda callado por unos instantes. Las preguntas saltan como langostas en su mente. Allí en dónde Halevi escuchó honor y coraje, Tamir percibió el sonido de una maldad increíble. Es una maldad no sólo increíble sino que está enterrada a tanta profundidad, tan cubierta de piedad y de poder, que demandará toneladas de interrogatorios para hacerla explotar y volverla visible. Tomará meses de ir a la caza de hechos, cavar en archivos por todo el mundo, rastrear el globo por testigos. Y todo eso sin dinero en la mano y con todas las fuerzas de Israel – sus líderes famosos, la prensa que los admira e ilimitado dinero en efectivo – en contra de él.
Tamir se vuelve hacia su cliente. Hace lo que el juez le ha sugerido. Le pregunta si desea cambiar su declaración a “culpable”. Le dice que es probable que el juez no sea muy severo con su veredicto si la declaración de culpabilidad se hace ahora. Le sugiere a Greenwald que el Juez Halevi puede estar menos favorablemente dispuesto si su oferta es rechazada.
El acusado Greenwald tiene tan sólo una palabra ante tal sugerencia: “¡Jamás!”. La respuesta le agrada a Tamir. El abogado de la defensa le contesta al tribunal: “Su Señoría, reiteramos nuestra declaración original: No Culpable”.
El contra-interrogatorio de Rudolf Kastner es un drama salvaje. No conozco ningún suceso en la historia, sucedido en el interior de una sala, que haya igualado esta agonía de la villanía desenmascarada.
El interrogatorio del ex-terrorista Tamir fue un nuevo tipo de “terrorismo” que las fuerzas del gobierno no pudieron satanizar para colocarla fuera de la realidad. Fue el terrorismo de la verdad.
Día tras día Tamir interrogó a Kastner; un Kastner despectivo, anclado con seguridad en sus alturas políticas; un Kastner irritado hasta justas furias; y, finalmente, un Kastner sudoroso, aplastado y falto de palabras. Tamir interrogó a todos estos Kastners, a veces fríamente, a veces con suavidad, y a veces con la lógica de un martillo neumático.
Al final, obligó a Rudolf Kastner, el hombre de muchos rostros, a ver su único rostro verdadero – el de la odiosa mueca de maldad. Mirando ese rostro Kastner tendrá que exclamar “¡Ése no soy yo! ¡Yo soy diferente!” Tendrá que gritar con cólera y gruñir con incredulidad; tendrá que redoblar sus mentiras y negar la imagen con su último aliento. Porque la imagen no es enteramente cierta. No siempre fue un hombre del mal. Hubo virtud y coraje alguna vez en él, y hasta amor por los judíos.
Pero el verdadero rostro de Rudolf Kastner, el rostro al cual él no puede mirar, permanece infernalmente visible para todos. No exactamente para cualquiera. Los grandes príncipes de Jerusalén tienen ojos especialmente dispuestos para ver honor solamente en los de su propia clase. Kastner era uno de ellos.
Tamir comienza su interrogatorio con las relaciones de Kastner y Kurt Becher.
Mientras escribo esto (Mayo de 1961) el asociado más cercano de Becher, Adolf Eichmann, está siendo juzgado en Israel por el asesinato masivo de judíos.
Kurt Becher, alto, bien parecido, buen jinete, próspero vendedor de trigo, se afilió al partido nazi en 1934. Sirvió como mayor de las SS en Polonia, fue miembro del Escuadrón de la Muerte que trabajó las 24 horas del día matando judíos. Lucía una calavera sobre su gorra y los tacos de sus botas estaban recubiertos de placas de acero para que hicieran un ruido más tenebroso
Becher se distinguió en Polonia y en Rusia. Se convirtió en una importante figura de enlace entre Hitler y Heinrich Himmler.[37]
Fue nombrado por Himmler comisario para todos los campos de concentración alemanes y jefe del Departamento Económico del Comando de las SS en Hungría.[38] Junto con Becher en el “Departamento Económico”, estaba Adolf Eichmann.[39]
Lo del Departamento Económico fue un eufemismo, o bien pomposo, o bien humorístico – no sabría decir cual de los dos – con el que los alemanes designaban a los encargados de desarrollar métodos efectivos de tortura para inducir a los judíos condenados a revelar dónde habían escondido sus últimas posesiones.[40]
Como ayudante general de Himmler, Becher era el hombre supremo en Budapest, de 1944 en adelante, durante el “rescate” de los judíos organizado por Kastner. Es hora de empezar a poner comillas.
En 1945 Hitler premió al activo y mundano Kurt Becher con el rango de teniente general del Comando de las Waffen SS.[41]
Tal como lo dijo Emerson, si construyes una mejor trampa para cazar ratones, las personas (y los honores) vendrán a tu puerta. Las trampas para ratones de Becher en Auschwitz, Dachau, Mauthausen, Bergen-Belsen, le otorgaron una rutilante gloria alemana.[42]
El primer día del interrogatorio de Tamir es liviano. No lanza ninguna granada. Hace preguntas sonriendo. Toca temas menores – tales como la egoísta afirmación de Kastner en cuanto que era el director del Comité de Rescate de la Agencia Judía en Budapest. Los archivos muestran que el director fue un hombre llamado Komoy. Tamir conduce a Kastner hasta hacerle admitir que sacó al Sr. Komoy fuera del cuadro a los codazos, le permitió mantener el título pero hizo todo el trabajo de dirección él mismo.
Estas preguntas casuales son un reconocimiento antes del ataque. Tamir quiere ver cómo funciona la mente de Kastner, como se cubre, como para los golpes; quiere medir su rapidez y su agudeza en este primer día.
En la corta espera del juicio, Tamir ha alineado sus fuerzas. La bella Rina está afuera cazando testigos. Otra asistente femenina está sentada en la atestada sala del tribunal – una muchacha delgada de ojos ardientes. Es Ruth, la esposa de Tamir.
Le ayudará a Tamir de muchas formas. Principalmente será su tropa leal que se mantendrá a su lado durante la larga marcha cuesta arriba. Cada mañana del juicio, después de atender a sus tres hijos, Ruth Tamir maneja de Tel Aviv a Jerusalén – una hora y media. Por encima del alboroto de la prensa y del gobierno contra el abogado Tamir, él encuentra en los ojos y en las palabras de ella la confirmación de que la batalla vale la pena.
Ruth Tamir es también la corredora más veloz de Jerusalén en una milla recta, es alpinista y maestra de la Biblia.
El cuartel general de Tamir durante el juicio está en la casa de sus padres, en el sector elegante de Jerusalén. La madre de Tamir, Bat-Sheva Katznelson, una de las pocas mujeres senadoras en el Knesset, le hace un lugar en su casa también a los ayudantes de Tamir.
El padre de Tamir, de cabellos blancos, buen mozo, Reuven Katznelson, es uno de los líderes respetables de Jerusalén y uno de los constructores del Hadassah en Palestina, la organización de hospitales y servicios de salud. Está fuera de casa cuando el juicio comienza. Después de leer durante tres días en los diarios los informes sobre el testimonio directo de Kastner, el padre de Tamir le escribe una carta a su hijo desde Tiberias.
La carta dice, en parte:
Querido Shmuel . . . esta historia de Kastner es muy extraña. Métete en ella. ¿Qué significa eso de que “eligieron a los más prominentes para rescatarlos”? Las masas fueron abandonadas. El tío Joseph entregó su vida poniendo masas de judíos sobre barcos y contrabandeándolos hasta Eretz-Israel. No buscó a los prominentes. Fue incapaz de salvar a todos los que hubiera querido. Y ahora les debes la obligación de hablar por ellos en el tribunal, por los que se convirtieron en las cenizas de Europa ... Siento que te has embarcado en una de las misiones más importantes de tu vida. No abandones.
Otro de los ayudantes que está a mano es Arie Minsky, de la oficina de Tamir. Viene de China, peleó en el Irgun, fue secuestrado por el Haganah pero lo liberaron. Combatió con el Palmach contra los árabes. Cuando terminó el tiroteo, estudió derecho.
Dan von Weisl también está en la línea defensiva. Von Weisl es un hombre joven de impresionante cultura. Habla fluidamente inglés, francés, alemán y hebreo. Está sentado traduciendo la multitud de documentos aportados por el Dr. Kastner.
Un tercer cohorte es Dov Levin que alguna vez estuviera en la unidad del Irgun de Tamir en Jerusalén y que ahora es su principal asistente legal. Levin es un abogado con una biblioteca de derecho abierta en su cerebro.
Hay un cuarto ayudante – Shraga Biran, alto, morocho, bien parecido, veintiún años de edad; estudiante de derecho en la Universidad Hebrea. A la edad de diez años Shraga vio como los alemanes se llevaban a sus parientes y a su familia al lugar de ejecución fuera de su pueblo natal en Ucrania. Vio como masacraban a los suyos. El Shraga de diez años consiguió escapar. Las balas alemanas le erraron. Después de esconderse por varios días, corrió hacia el bosque. Una unidad de partisanos incorporó al muchacho en sus filas. Después de la guerra, Shraga halló su camino hacia Palestina.
Al principio del juicio, Shraga Biran se presentó como voluntario para ayudar a Tamir en la búsqueda de testigos.
Habrá otros ayudantes. Nunca demasiados, nunca suficientes. Por ahora, sólo éstos.[43]
Un amigable Dr. Kastner ingresa al cubículo de los testigos el segundo día del contra-interrogatorio, obviamente deseoso de más sesiones de esgrima. Los diarios han registrado a pleno sus ingeniosas respuestas del primer día; y los ineptos esfuerzos del abogado Tamir por sacudir al heroico testigo.
Pero Tamir terminó con las fintas preliminares de su esgrima. Elige la historia acerca de Becher como su primer ataque mortífero por su potencial explosivo. La exposición sobre Becher degradará a Kastner de héroe a rufián. Y establecerá el modelo para la disección que Tamir hará del “trabajo de rescate” efectuado por la Agencia Judía de Budapest.
Un Tamir sin sonrisas comienza su trabajo para demostrar que el héroe Dr. Kastner fue un colaborador de los nazis en el exterminio de los judíos.
La estrechez de la sala hace que el abogado de la defensa esté ubicado a apenas sesenta centímetros del cubículo del testigo. La defensa tiene que formular sus preguntas con su rostro cerca del de Kastner – de la forma en que se hace en las películas cuando el inquisidor se aproxima a su presa.
Comienza así:
Tamir: ¿Tiene usted una copia de la declaración jurada que le entregó a los alemanes que investigaban la condición nazi de Becher?
Kastner: No sé. Puede ser que la tenga. Pero no estoy seguro.
Tamir: Ha traído usted a esta corte un portafolio repleto de documentos, muchos de ellos sin importancia en absoluto. ¿Cómo es que no ha guardado un documento de tanta importancia histórica?
Kastner: No guardo todo trozo de papel.
Tamir: ¿Era una declaración corta o larga?
Kastner: No recuerdo cuantas páginas tenía. Pero creo que era corta.
Tamir: ¿Era a favor o en contra de Becher?
El testigo hace una pausa. Trata de parecer como un hombre buscando la exacta verdad. Pero la prudencia que súbitamente aparece en sus ojos revela su problema real. Está tratando de adivinar rápidamente cuánto puede llegar a saber Tamir acerca de esa declaración jurada, acerca de Becher, acerca de todo. Y decide contestar astutamente – por si acaso.
Kastner: (firmemente) Ni a favor ni en contra. Traté de decir la verdad – ni de ayudar, ni de causar daño.
Los que escuchan en el tribunal reaccionan. Un jadeo aquí y allá. Una primera mirada de asombro hacia Rudolf Kastner. ¡Un dirigente de la Agencia Judía que trató de “no dañar” al Kurt Becher del Escuadrón de la Muerte, al de la masacre de judíos!
Tamir continúa en tono amigable:
Tamir: ¿Estoy en lo correcto en mi presunción, Dr. Kastner, que su único objetivo en Nuremberg era el de servir a la verdad y a la justicia?
Kastner: Eso es cierto.
Tamir: ¿Y es cierto también que no tenía usted razón alguna, fuese personal o judía, para hacer nada que ayude a Becher?
Kastner: Eso es cierto.
Tamir: De paso, ¿cuando fue liberado Becher [por las autoridades de la Corte Internacional de Nuremberg] ?
Kastner: Diciembre de 1947
Tamir: ¿Y su testimonio en Nuremberg no fue de ningún modo decisivo para asegurar su liberación?
Kastner: No, en absoluto.
La amabilidad de Tamir desaparece abruptamente y su voz se vuelve salvajemente acusadora:
Tamir: Pues yo afirmo ahora que Kurt Becher fue liberado de la prisión en Nuremberg gracias a su intervención personal.
Kastner: (gritando) ¡Ésa es una sucia mentira!
Tamir: (tranquilamente) ¿Puedo acceder a la prueba 22 su Señoría?
La prueba 22 estaba entre la montaña de documentos incorporados al juicio por el Dr. Kastner para ayudar a probar su inocencia. Es el documento con el que comienza su caída. Que tanto él como el fiscal del gobierno tontamente lo incorporaran como prueba es tan sólo una de las extrañas particularidades de un gobierno justiciero y de la confianza de Kastner en el mismo. Pobre Kastner.
“Pobre Kastner”, porque está lleno de demonios que no puede controlar. Sus voces gangosas expelerán su admiración por los jerarcas nazis, el orgullo de haber sido su amigo, su desprecio por los ochocientos mil judíos condenados. Y mientras estos demonios vomitan estas verdades de la boca del Dr. Kastner, la misma boca continuará pidiendo el reconocimiento que se le debe a un hombre de santa virtud.
La prueba 22 fue una carta enviada por Kastner al funcionario de la Agencia Judía Eleazar Kaplan, el 25 de Julio de 1948. Tamir la tiene en la mano. Es una larga carta, repleta de hechos y de números acerca de los arreglos pecuniarios entre Kastner, Becher y Eichmann. En esta carta Kastner hace lo inhumanamente posible por explicar con meticuloso detalle qué se hizo del dinero judío destinado al rescate.
Hacia el comienzo de la carta, enterradas en un párrafo casual, hay dos frases vitales. Tamir descubrió estas frases cuando la pila de las pruebas de Kastner pasó por sus manos. No se le movió un músculo de la cara y sólo le dijo displicentemente al tribunal: “No hay objeción”.
Tamir: Leo de su carta etiquetada como Prueba 22 – y cito: ‘Kurt Becher era un ex-coronel de las SS y sirvió como oficial de enlace entre mí y Himmler durante nuestro trabajo de rescate. Fue liberado de la prisión de Nuremberg por las fuerzas de ocupación aliadas gracias a mi intervención personal’.[44]
La sala del tribunal se queda en silencio. En el sector de la prensa, los cantantes del hosanna a Kastner se remueven un poco en sus asientos.
Tamir: Dr. Kastner, usted escribió en esta carta que Becher fue liberado gracias a su intervención personal.
Kastner: Sí.
Tamir: Y hace unos pocos minutos me gritó que eso era una sucia mentira cuando yo le mencioné exactamente lo mismo.
Kastner: Sí.
Tamir: Elija cual de las dos respuestas prefiere ahora.
Kastner: Deseo enfatizar lo que dije antes – es una mentira.
Tamir: En su carta a los Ministerios de Israel, ¿dijo usted la verdad?
Kastner: (agonizante) ¡Sólo la verdad!
Tamir: Y a esta honorable corte ¿le dice usted la verdad?
Kastner: (agónico) ¡Sólo la verdad!
Tamir: ¿Podría usted explicarse a fin de que conste en actas, Dr. Kastner?
Tamir le da la espalda al testigo. Por el momento, la cara roja de Kastner es prueba suficiente. El juez y los periodistas se quedan mirando al testigo. ¿Cómo puede un hombre decir que una afirmación es una sucia mentira, luego admitir que la afirmación es cierta, y después llamarla sucia mentira de nuevo? Es fácil, si cree que la santidad de la autoridad trasciende la verdad y hasta la salud mental.
Kastner finalmente contesta. Su voz va tomando envión a medida en que trata de restaurar su virtud.
Kastner: No tengo duda en mi mente de que lo que hice en Nuremberg respecto de Becher le fue favorable.
Kastner, un fino lingüista pronuncia la palabra “favorable” en inglés, esperando que sea menos entendida que si la hubiera dicho en hebreo y que su sentido sea más vago.
Kastner: (continúa en hebreo) Cuando le escribí a un ministro del Tesoro acerca de la oferta del coronel Becher de entregarle cierta suma de dinero al Estado de Israel, tuve el deseo de explicar la razón por la cual se hacía esta oferta a fin de que el ministro creyera en su realidad. Por esta razón, redacté la carta algo vanidosamente, esperando que así al Sr. Kaplan le resultase más fácil percibir que la afirmación de Becher respecto del dinero merecía su atención. De modo que si soy culpable de haber redactado descuidadamente una carta, estoy dispuesto a admitirlo.
Tamir: ¿Cómo pudo tener usted el coraje de decir que yo estaba diciendo una sucia mentira cuando usé sus propias palabras al manifestar que Becher fue liberado gracias a su intervención personal?
Kastner: Tengo el derecho de contestarle a usted de nuevo – es una mentira.
Fiscal Tell: Objeción, Su Señoría. No es ético de un abogado el torturar a un testigo.
Juez Halevi: No es ético de un abogado interrumpir un interrogatorio cuando el abogado adversario ha arrinconado a su testigo. Siéntese.
Tamir: Y le digo más, Dr. Kastner, no sólo salvó usted a Becher de la Corte Internacional en Nuremberg sino que le entregó usted una declaración jurada a la corte de desnazificación de los alemanes y lo salvó a Becher también del castigo de ellos.
Kastner: ¡No! ¡Eso no es verdad!
Tamir: Dr. Kastner, de la pila de pruebas infiero que tiene usted la tendencia a coleccionar cosas. ¿Podría usted conseguirnos una copia de esa declaración jurada?
Kastner: Bueno, no creo que la tenga.
Juez Halevi: ¿Puede usted conseguir una copia?
Kastner: Puedo. Pero tomará algún tiempo.
Fiscal Tell: Su Señoría, ¿por qué es esto materia de importancia alguna? El libelo de Greenwald no menciona la declaración jurada dada a la corte alemana.
Juez Halevi: Es importante.
Tamir: ¿Había una recomendación de clemencia hacia Becher en esa declaración jurada?
Kastner: No, no creo.
Tamir: ¿Estará usted de acuerdo conmigo en que intervenir a favor de un alto oficial nazi de las SS y lograr su liberación es un acto criminal desde nuestro punto de vista nacional?
Kastner: Mi respuesta es afirmativa. Es un crimen desde el punto de vista nacional.[45]
La historia de Becher se difunde por Israel y el país se oscurece como si la ira de Dios estuviese en sus cielos. Tamir aprovecha el receso pedido por un gobierno que tiene los nervios de punta para dar una vuelta por Europa y regresar con nuevas pruebas y nuevos testigos.
La elite gobernante espera y observa para ver si un populacho exaltado no se excederá al punto de echarlos a todos de sus puestos. Esa perspectiva hace que la administración envíe al Fiscal General de Israel, Chaim Cohen, a participar del juego. El Fiscal General de Israel, Chaim Cohen, se hace cargo del caso no tanto para enviar a Malchiel Greenwald a prisión sino para salvarle el pellejo al gobierno. Un trabajo pesado pero, Chaim Cohen es también un peso pesado. Es el Sansón legal del gobierno, famoso por su honradez. Y ya ha enviado a una cantidad impresionante de críticos del gobierno detrás de las rejas.
Seré cuidadoso con lo que escribo acerca de Chaim Cohen porque, de todo el elenco de personajes del caso Kastner, él es quien más me desagrada. Espero evitar exageraciones ajustándome estrictamente a las obras y citas de Chaim Cohen.
El Chaim Cohen que se hace cargo del caso Kastner es un hombre alto, con una brillante cabeza calva y una presencia teatral en la sala del tribunal. Viene de Frankfurt, Alemania (llegó durante los 1930): está casado, tiene tres hijos y una conversación encantadora. También es un experto en derecho rabínico, un “orador de talento”, al viejo estilo, un organizador y un pilar del Estado de Israel. Cuando Israel consiguió la independencia, ayudó a diseñar sus leyes. Una de las leyes que trató de introducir en el código Israelí fue una que establecía que aún cuando una persona confesase bajo tortura, su testimonio podía ser admitido como prueba.[46] A pesar de su hábil campaña en favor de su “ley-tortura”, la misma no fue adoptada por Israel. No obstante, tiene en su haber pocas derrotas como ésa.
Frente al Juez Halevi, Chaim Cohen es un sujeto impresionante al final de sus cuarenta, un incansable gladiador legal que no se puede quedar sentado, que tiene que mantenerse caminando, su negra toga flameando a su alrededor, como si fuese Elías dirigiéndose a debatir con los abominables sacerdotes de Ahab y Jezabel. Constantemente se humedece los labios con la lengua y mira a las personas de costado.
Tamir reinicia su interrogatorio de Kastner.
Tamir: ¿Ha repasado usted el historial de la vida de Kurt Becher?
Kastner: Sí.
Tamir: Nacido en 1909. Ingresó a las SS en 1934
Kastner: Sí.
Tamir: Y en Septiembre de 1939 era un funcionario de la policía de las SS en Polonia – ¿y un poco más tarde se convirtió en oficial de la caballería SS en Polonia?
Kastner: Sí, sabía eso.
Tamir: ¿Sabe usted que ésa fue la época en que los alemanes comenzaron a torturar y a matar a los judíos de Polonia?
Kastner: Sí, lo sé.
Tamir: De Junio de 1941 hasta Junio de 1945 Becher es comandante de pelotón en el frente ruso.
Kastner: Sí.
Tamir: ¿Sabe usted que la masacre de judíos ocurrió en esa región en ese período?
Kastner: Sí.
Tamir: En Marzo de 1942 Becher se convierte en teniente coronel y es transferido al cuartel general de las SS en Berlín.
Kastner: Sí.
Tamir: El 24 de Diciembre de 1942 Becher recibe la Cruz de Oro.
Kastner: Sí.
Tamir: En Enero de 1944 es ascendido a coronel.
Kastner: Sí.
Tamir: En 1944 lo designan a cargo del Departamento Económico del Comando de las SS en Hungría.
Kastner: Sí.
Tamir: En Marzo de 1944 lo transfieren a Hungría.
Kastner: Sí.
Tamir: En Enero de 1945 lo ascienden a teniente general.
Kastner: Sí.
Tamir: En el mismo año Himmler lo nombra Comisario Especial del Reich y lo pone a cargo de todos los campos de concentración de los territorios ocupados por Alemania.
Kastner: Sí.
Tamir: Después de la guerra es arrestado inmediatamente y es mantenido prisionero por dos años.
Kastner: Sí.
Tamir: Es liberado en Diciembre de 1947
Kastner: Sí.
Tamir: En la página 108 de su testimonio ante esta corte usted afirmó: “Cuando estuve en Nuremberg no ofrecí testimonio en favor de Becher a la Corte Internacional ni a ninguno de sus funcionarios”. “Ningún testimonio ni declaración jurada”. ¿Dijo usted eso?
Kastner: Déjeme ver. (Mira el acta). Sí, lo dije.
Tamir: Le muestro esta declaración jurada. ¿Es esta su declaración jurada?
Kastner: Sí.
Tamir: En la página 241 de las actas de esta corte usted dijo: “Todo alemán era un ladrón cuando tenía oportunidad de serlo. Y en este sentido Kurt Becher definitivamente no era una excepción.” ¿Dijo usted eso?
Kastner: Sí.
Tamir: En la página 291 de las actas de esta corte usted estuvo de acuerdo conmigo en que interceder a favor de cualquier alto oficial de las SS, incluyendo a Becher, es un crimen desde nuestro punto de vista nacional.
Kastner: Sí.
Tamir: Leeré ahora su declaración jurada: “Yo, el abajo firmante, Dr. Rudolf Kastner, deseo hacer la siguiente declaración en adición a mi declaración jurada entregada al Tribunal Militar Internacional bajo el documento 2605 PS concerniente al ex teniente general Kurt Becher . . . No puede haber duda acerca de que Becher pertenece a los muy escasos jefes de la SS que tuvieron el coraje de oponerse al programa de aniquilamiento de los judíos y trataron de rescatar vidas humanas . . . Habiendo estado en contacto personal con Becher desde Junio de 1944 hasta Abril de 1945 deseo enfatizar sobre la base de observaciones personales, que Kurt Becher hizo todo lo que se hallaba en la esfera de lo posible para salvar vidas humanas inocentes de la ciega furia de los líderes nazis . . . “
“En consecuencia, aún si la forma y la base de nuestras negociaciones pudo haber sido objetable, nunca dudé ni por un momento de las buenas intenciones de Kurt Becher . . .”
“En mi opinión, cuando este caso sea juzgado por las autoridades aliadas o alemanas, Kurt Becher merece la mayor consideración posible” . . .
“Hago esta declaración no sólo en mi nombre sino también en nombre de la Agencia Judía y el Congreso Mundial Judío. Firmado, Dr. Rudolf Kastner, funcionario de la Agencia Judía en Ginebra, ex presidente de la Organización Sionista en Hungría, 1943-1945. Representante del Comité de Distribución Conjunto en Budapest.”[47]
Tamir finaliza con esta larga lista de títulos digna de un Mikado y hace una pausa. El Juez Halevi tiene una pregunta para hacer. Ya ha escuchado cosas que le han helado el alma, pero la “declaración jurada” es un nuevo golpe. El Juez Halevi sigue hallando difícil de imaginar a un judío haciendo semejante declaración y atreviéndose a mentir sobre ello en una alta corte de Israel.
El Juez Halevi le pregunta al ruborizado Kastner: “¿Quién le dio permiso para hacer esta declaración en el nombre de la Agencia Judía?”
Kastner: Dobkin y Barlas me dieron permiso para hablar en nombre de la Agencia Judía. Y el Sr. Perlzweig, jefe del Departamento Político del Congreso Mundial Judío, y el Sr. Riegener, representante europeo del Congreso Mundial Judío me dieron ese permiso.
(Dobkin es actualmente uno de los altos jefes de la Agencia Judía. La respuesta de Kastner es un dolor de cabeza para los politicastros de Israel. Ha tratado en convertir a la elite dirigente en colaboradores del nazi Becher.)
Halevi hace otra pregunta:
“¿Le permitieron a usted intervenir en favor de Becher y solicitar indulgencia?”
Kastner: Por mis conversaciones con los funcionarios, entendí que estaba autorizado a hacer las afirmaciones que hice.
Tamir continúa:
Tamir: Cuando le dijo a esta honorable corte que usted nunca dio ningún testimonio ni declaración jurada a la Corte Internacional en Nuremberg ni a ninguna de sus instituciones, estaba usted mintiendo deliberada e intencionalmente.
Kastner: (gritando) ¡Niego eso! ¡Lo que usted está haciendo es un crimen nacional!
Tamir: (tranquilo) Bien. Consideremos, pues, esta cuestión de crimen nacional. Y esta es mi última pregunta para usted, Dr. Kastner. Usted ha estado de acuerdo conmigo en que cualquier intervención de parte de un funcionario judío en favor de un alto oficial de las SS, incluyendo a Becher, es un crimen nacional. Ahora que le ha sido revelado que usted hizo exactamente eso, ¿está usted de acuerdo conmigo en que es usted un criminal nacional?
Kastner: (Con la voz apenas en un susurro) Esa es su versión.
Tamir: Su testigo, Sr. Cohen.
La prensa israelí se sacudió sus inhibiciones y dejó que las noticia se conociera. Eso es lo bueno que tiene la prensa – en un duelo, su ídolo es la noticia y no la autoridad. En situaciones así lanzará las saetas de sus titulares contra Sumos Pontífices y Oráculos, y alzará un clamor por sus cueros cabelludos. Y “la verdad debe ser dicha” se convertirá en su grito de batalla.
Pero es un campeón de la verdad que se agota fácilmente. Todos los Sumos Sacerdotes y todos los Oráculos en dificultades lo saben. Lo único que tienen que hacer es mantener repiqueteando sus coartadas y sus desmentidas hasta que los ruidos de la crítica amainan. Y entonces sus coartadas y sus desmentidas volverán a ser noticia, y serán las noticias preferidas, las noticias de la más alta fuente – los voceros de la autoridad. Después de lo cual los redactores de editoriales tomarán la posta, harán funcionar su magia, y convertirán en blanco lo negro y lo gris-roedor en púrpura-real. Y quién sabe si ésa no es la mejor manera en que sean las cosas. Qué fastidio sería despertar todas las mañanas si la verdad estuviese siempre en las primeras planas al lado de nuestro café de desayuno. Es mucho mejor y más relajante leer acerca de terremotos, desastres aeronáuticos y adolescentes matando sus padres a tiros.
Y ahora la prensa apuntaba, sombría, a que
parecía ser que un colaboracionista de los nazis estaba sentado junto a los
Cardenales Judíos de Israel. Y parecía
ser, también, que ahora el gobierno de Israel estaba gastando una fortuna en
tratar de limpiar el nombre el acusado. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Estaba, acaso,
tratando de limpiar su propio nombre?
Y otras preguntas incómodas salpican a los diarios: ¿por qué el Estado de Israel no se olvida del irrelevante Malchiel Greenwald y no hostiga al confeso ayudante de nazis Rudolf Kastner? ¿Qué es lo que mantiene a Chaim Cohen, Ben-Gurion, Moshe Sharett y todos los VIPs de la judería defendiendo a este mugroso hipócrita de Kluj? ¿Por qué no lo destruye? No colgándolo completamente, pero al menos llevándolo a juicio. Simples, lógicas, preguntas que el gobierno de Israel nunca contestará. Pero yo lo haré en el momento apropiado, cuando todas las pruebas y toda la documentación estén en actas. Y Agrego aquí un documento más que tiene que ver con la historia de Kastner y Becher.
En una declaración jurada firmada por Walter H. Rapp, teniente coronel del ejército norteamericano, funcionario jurídico del Departamento de Estado y jefe de la Asesoría de Evidencias del Consejo de Crímenes de Guerra en Nuremberg; y también segundo jefe bajo el brigadier general Telford Taylor, Consejero Principal Norteamericano en los tribunales de Nuremberg. Tiene que ver con la responsabilidad de Kastner en la liberación del oficial de las SS.
Becher estaba listado como criminal de guerra en la ficha 221259 norteamericana de criminales de guerra. Su registro decía: “Kurt Becher, teniente general de las SS. Lugar del crimen: Budapest, campo de Mauthausen. Razón de la búsqueda: tortura”.[48]
El abogado Rapp dice:
“Kastner se me acercó como funcionario de varias prominentes agencias judías internacionales.”
(Kastner se había vanagloriado de que el General Taylor lo había convocado y ofrecido pagar sus gastos como experto en la cuestión del exterminio de los judíos.)
El abogado Rapp continúa:
“ Por todo lo que sé, Kastner llegó a Nuremberg como testigo voluntario en favor del coronel SS Kurt Becher . . . y tuve definitivamente la impresión de que su visita apuntaba en forma exclusiva a asistir a Becher. Hasta la llegada de Kastner, era altamente probable que Becher sería juzgado por nosotros.”
“Como resultado de sus alegatos y sus esfuerzos en favor de Becher, muchos de mi equipo comenzaron a considerar a Becher con creciente simpatía y personalmente hicieron todo lo factible para ayudarlo de todas las formas posibles.”
“Así, en numerosas ocasiones observé interrogatorios en tono conversacional amigable, y hasta afectuoso, siendo esta conducta de parte de mi personal algo sin precedentes y contraria a nuestras reglas en lo referente a miembros de las SS. Ante mi pedido de explicaciones por una conducta aparentemente tan injustificada, se me dio a entender que este caso era una excepción a la regla.”
“Fue el primer y único caso en que se nos suministró prueba en relación con un oficial de alto rango de las SS, de que Becher había sido personalmente instrumental en salvar las vidas de decenas de miles de judíos . . . con un gran riesgo personal de su parte y con actos sacrificados y hasta heroicos . . . “
“Finalmente la liberación de Becher . . . fue exclusivamente el resultado de los alegatos de Kastner y el contenido de su declaración jurada. Su declaración jurada sobre Becher fue la principal, y acaso la única, razón que fundamentó nuestra decisión de liberarlo.”[49]
En la consternada sala del tribunal Chaim Cohen comienza a caminar hacia un segundo interrogatorio del Dr. Kastner. Tiene que inducir al testigo Kastner a desdecirse de sus palabras que convirtieron a la jerarquía de Israel en rescatadora de asesinos nazis.
Tiene éxito, en cierto sentido. Los tonos autoritarios de Cohen, su cabeza calva al estilo Torquemada, su flameante toga negra – símbolo de erudición y justicia – inyectan nuevo coraje en el apaleado espíritu de Kastner. ¿Qué tiene que temer? Chaim Cohen está de su lado. Así como lo están todos los sólidos líderes de Israel.
Kastner le contesta al Fiscal General con una voz que ha regresado a la normalidad.
Kastner: (a Cohen) No creo que pronuncié mi testimonio de la manera más veraz. Si bajo la presión de un contra-interrogatorio demagógico dije aquí y allá algunas pocas cosas que hoy verdaderamente lamento – eso no cambia mi actitud básica sobre la cuestión.
¿Qué actitud básica? ¿Que es correcto interceder por un masacrador de judíos de alta posición? ¿Y que es correcto mentir sobre ello en una corte israelí? Sí, ésa es la actitud básica de Kastner.
Cohen: Volvamos a la declaración jurada que usted entregó. Si tuviera usted la posibilidad de dar esa declaración hoy, ¿la haría o no la haría?
Kastner: Sí, pero sin la frase final. No la haría en el nombre de la Agencia Judía.
Los ojos de Cohen destellan. Ha ganado un gran punto. Kastner es un mentiroso. Pero sólo en lo concerniente a la Agencia Judía. Sobre todo lo demás dice la verdad. Y Chaim Cohen procede ahora a demostrar que el D. Kastner es el alma del honor.
Cohen: ¿La haría usted (la declaración jurada en favor de Becher) a título personal?
Kastner: (con orgullo) Sí.
Cohen: ¿Piensa usted que hacer lo mismo, bajo esas circunstancias, es el deber de cualquier hombre honorable?
Kastner: Todo hombre honorable haría lo mismo que yo hice.[50]
Y abracadabra, el hechicero legal Cohen ha convertido una acción miserable en una acto de honor. Pobre Kastner, sonrojado y tartamudeando hace algunos minutos como el más transparente de los villanos, es ahora otra vez un político perorando orgulloso desde su tribuna.
Nota al margen: el Chaim Cohen que considera el rescate de uno de los más mortíferos oficiales de la SS de parte del Dr. Kastner como “el deber de un hombre honorable, es el mismo Chaim Cohen que diseñó la ley que hizo de la colaboración con los nazis el único crimen merecedor de la pena de muerte en Israel. [51]
La conmoción y el valor estremecedor del escándalo Becher han producido su efecto, tal como Tamir lo había previsto y el tambaleante gobierno de Israel hace equilibrios sobre el precipicio. Pero se mantiene.
Todo el mundo puede mirar hacia Kastner como si un lunar en forma de svástica le hubiera brotado en la frente, pero Ben-Gurion, Sharett y todos involucrados en la declaración jurada de “Ayuden a Becher” – la Agencia Judía, los sionistas y Chaim Cohen, el defensor principal de Kastner – todos se mantienen firmes al lado de su muchacho.
Habrá muchas más sesiones de la corte – tres años de sesiones – otros interrogatorios y otros re-interrogatorios, etc. Pero me saldré del contexto cronológico para terminar con el retrato de Becher aquí. Un vacilante pero todavía pomposo Kastner está en el cubículo de los testigos:
Tamir: ¿De qué departamento era funcionario Becher?
Kastner: Del Departamento Económico de la Waffen SS
Tamir: ¿Es usted conciente de que el Departamento Económico de la Waffen SS acostumbraba apropiarse de las ropas y de las pertenencias de los judíos exterminados?
Kastner: (enojado) ¡Nunca escuché nada de eso! Como procedimiento sistemático, es absolutamente falso.
Tamir: ¿Es cierto que el personal del Departamento Económico extraía los dientes con emplomaduras de oro de los judíos asesinados?
Kastner: ¡Es usted un ignorante. ¡Eso es mentira!
Pero difícilmente Tamir necesite continuar con las preguntas referidas a Becher y con las negativas y perjurios que el abogado Chaim Cohen obviamente no consigue parar. Sobre los robos a pequeña y gran escala del Jefe del Departamento Económico de las SS coronel Kurt Becher. Sobre las pruebas de que Becher recibió portafolios conteniendo dos millones de dólares en joyas y efectivo, sobre que Becher estuvo personalmente a cargo de arruinar a la familia de Manfred Weiss – la más rica de Hungría y casi tan rica como el clan de Krupp en Alemania.
Difícilmente sea necesario relatarle todo esto a la población israelí – o siquiera a los periodistas dedicados, otra vez más, a blanquear al arruinado y ruin Kastner.
Porque los judíos de Israel conocen el significado de “Departamento Económico”. Detrás de títulos alemanes como ése existe una Enciclopedia Negra del desastre. Los judíos de Israel son sus expertos. Se la conocen de memoria. Conocen los nada santos procedimientos del “Departamento Económico” y de su jefe – Kurt Becher.
¿Y dónde está Kurt Becher ahora? ¿En qué lugar de exilio, bajo qué alias se está escondiendo – como lo hizo su socio nazi Eichmann?
No hay tal exilio, no hay alias, no hay temores para Becher. Kurt Becher, todavía alto y bien parecido, es uno de los grandes hombres de la nueva Alemania Federal. Es uno de sus hombres más ricos.[52]. Su fortuna consiste en su mayor parte del botín arrancado a miríadas de judíos torturados – ante de su masacre. Es presidente de muchas corporaciones y está sobrecargado de honores. [53]
Entre los muchos emprendimientos que dirige está el de la venta de trigo al gobierno de Israel. La firma de Becher, la Cologne Handel-Gesellschaft, hace excelentes negocios con el gobierno israelí. [54]
Herr Becher, un don nadie antes de la guerra, accedió a la notoriedad como jefe del Departamento Económico de las SS. Pero su fortuna ya no consiste de dientes de oro. Está asociado con los grandes bancos alemanes que son amigos del antiguo compañero de Ben-Gurión – el canciller Konrad Adenauer.
Abandonaré la sala del tribunal por un rato para recordar la primer oleada de refugiados de Budapest en los años 1930. Eran un pequeño mundo de autores de canciones, escritores de cuentos y de obras de teatro, actores, periodistas y sibaritas que huyeron de sus amados cafés y trajeron a los Estados Unidos sus intrigas y sus tarros de gulash intactos.
Casi no parecían refugiados porque era como si hubiesen traído su patria con ellos. Su patria era un ego rodeado de ingenio y buena cocina, valses tristes y un toque de buen gusto.
El gran dramaturgo Ferenc Molnar era uno de ellos. Un hombre sofisticado, de piel rosada, cabellos grises con una amabilidad infantil en el rostro. Por aquella época, su nombre era el símbolo de la melancolía y la ironía consideradas típicamente húngaras. Sólo que no eran húngaras en absoluto. Eran judías. Molnar, nacido Neuman, y todo un cargamento de compañeros suyos amantes de los epigramas, constituían talento judío huyendo del renacimiento antisemita húngaro. Los alemanes estaban todavía en Alemania oyendo discursos.
Entre ellos, uno de Adolf Hitler, “Cuando nosotros, los alemanes, hayamos terminado con los judíos, ningún judío volverá a reírse.”[55]
Puedo ver a los alemanes actuales leyendo esta promesa de Hitler y sonriendo con satisfacción. Sea lo que fuere que sucedió con los otros exaltados objetivos de Alemania, éste acerca de los judíos no careció de éxito.
Hablaré por mí mismo sobre esta cruzada alemana para terminar con mi risa y dejaré que otros judíos me expulsen o no, según lo que deseen.
Los alemanes no terminaron con mi risa, pero la cambiaron. Y no lo consiguieron torturando y matando a seis millones de judíos. Los terremotos y las bacterias pueden hacer eso también. Sino revelando el hecho que la humanidad no se respeta a si misma; que su respuesta a la execración humana es ambigua y hasta irritada; que la humanidad está llena de apasionada lealtad hacia los gobiernos y sólo escasamente dotada de lealtad para consigo misma.
Es que pertenezco a una especie que piensa como una hormiga en términos de política y de ideales de hormiguero; mis semejantes humanos están llenos de un enfermizo entusiasmo por la velocidad y por el poder; consideran a Dios como un inconveniente impopular y a la vida misma como un regalo secundario – éstos son los factores que han borrado la inocencia de mi risa.
Escribo aquí como ser humano, no como judío; pero es desde la atalaya de la judeidad que he notado y sentido la decadencia de la decencia en el mundo. El judío fue el primero que tuvo que perder algo de su risa, no por tener que sentir lástima por su pueblo golpeado, sino porque mira el rostro de sus matadores y sus colaboradores y ve en sus cientos de millones de rostros el alma disminuida del género humano. Los mira y los ve en el rostro del mañana – el rostro de la muerte atómica.
Primero estuvo el judío que ya no ríe, que ríe de modo extraño. Yo soy uno de ésos. Veo la sinrazón de la tragedia humana en los ojos del mundo, incluyendo hasta los ojos de sus judíos. Mañana, toda risa cambiará; quizás terminará. Hitler era un visionario, y los visionarios con frecuencia se confunden por lo que perciben. No fue el judío sin risa lo que el Führer alemán vio; fue al ser humano que ya no tiene risa.
Ya sé que es inútil escribir de esta forma
– del mañana y de los adioses a la raza humana. He aquí uno de mis relatos más livianos de la historia con los
húngaros. Molnar, en el restaurante favorito dónde iba a almorzar – y que no
servía gulash ni era culpable de paprika – me dijo una vez:
“Encuentro difícil ser un judío. Me hace sentir como desleal a algo”.
“¿A qué?, le pregunté.
“A todas las cosas que creí que era”, respondió Molnar.
Tengo una anécdota con Molnar en la que soy una especie de héroe.
Durante los años en que trabajé como vocero por los judíos masacrados de Europa y los judíos combatientes de Palestina, recibí un mínimo de premios y de honores – prácticamente ninguno.
No fue ninguna sorpresa desde el momento en que mi trabajo incluía atacar a todos los enemigos de los judíos, lo cual en aquél tiempo comprendía a los alemanes, a los británicos, a los grandes popes de la judería organizada con sus cabezas metidas dentro de la bolsa británica. El presidente Franklin D. Roosevelt era otro blanco. Nuestro gran humanitario tenía un punto ciego hacia los judíos y su afán de evitar el exterminio.
De los pocos honores que me tocaron en suerte, el que más me halagó fue el de Molnar.
En ese momento, yo estaba especialmente desahuciado por algunas declaraciones anti-británicas, anti-Agencia Judía y anti-Roosevelt que había dejado correr sueltas por la prensa. Me caí aquella noche por la casa del periodista Leonard Lyons en quien podía confiar que jamás me daría la espalda, cualesquiera que fuesen mis problemas. Leonard y su esposa Sylvia no estaban solos. Estaban dando una fiesta. Unas sesenta luminarias literarias, teatrales y financieras estaban sentadas cenando en una docena de mesas.
Parado en la entrada, me preguntaba a qué mesa me podría sentar causando la menor incomodidad posible. En los minutos en que estuve parado allí vacilando, noté que, a pesar de conocer la mayoría de las luminarias bastante bien, no habían habido ojos que se alzasen en saludo hacia mí, y ni hablemos de una invitación. Los huéspedes eran mayormente judíos y judías, con algunos pocos británicos – todos del estrato superior.
Una figura se levantó de la mesa al final de la sala y caminó en forma lenta y algo dramática hacia mi. Era Molnar. Me tomó la mano, se inclinó sobre ella y me la besó como si yo fuese una viuda reciente y me dijo: “Gracias”.
Así, Ferenc Molnar, que hallaba difícil ser judío, al tener que serlo, desplegó sus banderas bajo las narices del enemigo – y saludó a un camarada.
Adiós Molnar y adiós a toda la viva y cruel desilusión que supo ser Budapest. Sigo sin entender cómo un pesimismo tan extravagante pudo jamás florecer en un lugar tan doliente como la Hungría posterior a la Primera Guerra Mundial. Y sin embargo, floreció. Brotó, y Budapest se hizo famosa por un tiempo por los judíos que hacían chistes en sus cafés y llenaban su atmósfera con el papel picado de sus artes. Por supuesto, sé que nunca los judíos están más en peligro que cuando comienzan a ganar medallas y aplausos. Pero ¿cómo censurar al pájaro que tiene que cantar aún cuando su canto atrae a la serpiente que lo habrá de deglutir?
Adiós a ese Budapest, y aquí hay otro Budapest – el Budapest de Kastner y los traga-judíos llamados Cruces Flechadas; el Budapest de las estrellas de David amarillas prendidas del lado izquierdo de doscientos cincuenta mil sobretodos judíos.
Las dificultades de Hungría con los judíos comenzaron a fines de los años 1930. Había una agitación creciente contra los judíos en los Balcanes y en los vecinos países de Rumania, Besarabia, Polonia y Eslovaquia. Las voces de la nueva Alemania proclamando en la lengua de Goethe y de Schiller que los judíos eran presa de caza libre, alzaron truhanes a la categoría de estadistas. Y los judíos empezaron a correr. Corrieron a Hungría en dónde los judíos parecían estar a salvo y llenos de alegría.
Hacia los 1940 los húngaros aún conservaban un doble rostro hacia los judíos. Cuando el regente Horthy y su régimen estuvo en el poder fue un rostro benevolente, no activamente benevolente, pero modestamente benevolente. A pesar de que no salvó vidas, tranquilizó a los condenados.
En 1941 los “comejudíos”, como les gustaba denominarse a los estadistas de la Cruz Flechada, hicieron su debut de matadores. Veinte mil judíos fueron recolectados de los poblados y de los villorrios por esta gendarmería húngara (en imitación de la SS alemana), deportados a Galitzia y fusilados.
Después de ello, la matanza se enfrió y Hungría pareció otra vez un refugio para los judíos amenazados de Europa.
En 1943 el premier Kallai declaró, oficialmente, que a cualquier judío que pudiese obtener una visa a Palestina se le daría permiso para dejar el país con su familia. [56] Esta política continuó por casi un año. Por la escasez de visas desde Palestina, sólo nueve judíos por semana pudieron escapar.
Cuando, en 1944, llegaron al poder el premier Sztojay y su régimen de la Cruz Flechada, la cara del poder, acompañado de las caras de carnicero de Imredy, Baky, Endre, Hain, Jaross y Ferenczy, se convirtió en la del carnicero anhelante de sangre judía.
El almirante Horthy, regente de Hungría, y
su ejército oficial húngaro fueron siempre mucho más poderosos que los
antisemitas de la Cruz Flechada. Pero el regente Horthy le permitió a los
“comejudíos” ponerse los mantos del Estado. El noble Horthy amaba a Dios, pero
le tenía más miedo a los alemanes. Durante toda la satanización y el exterminio
de los judíos húngaros, Horthy siguió estando verbalmente en contra del
proyecto.
Temeroso de la opinión pública mundial, Horthy se rehusó a cumplir la órden de Hitler de que Hungría debía masacrar a sus judíos.
Hitler a Horthy: “Los judíos son parásitos que no merecen ninguna consideración. Deben ser tratados como gérmenes de la tuberculosis. No hallo crueldad en esto cuando veo que animales inocentes, como ciervos y liebres, resultan sacrificados de a cientos de miles para satisfacer el hambre del ser humano. ¿Por qué habríamos de sufrir para que estos brutos judíos vivan?”[57]
El regente Horthy se retiró a su palacio para seguir siendo un campeón del humanitarismo, pero con la cabeza bajo la almohada. Había muchas nobles cabezas, incluyendo cabezas judías, bajo la misma almohada.
En Budapest, los líderes del Consejo Judío, Shamu Stern y Pinchas Phillip von Frediger, le hicieron llegar adhesiones a su invisible campeón, el almirante Horthy. Todavía eran adhesiones optimistas:
“Así como los juicios de siglos pasados, fuesen por fuego, estaca o patíbulo, no pudieron mermar nuestra fe y nuestra lealtad, así estaremos junto a nuestro país de Hungría cuyo idioma es nuestro idioma y cuya historia es nuestra vida.”
Los judíos no estaban completamente solos en sus adhesiones. Húngaros prominentes se les unieron. Pero nada de eso sirvió.
Entre los afectados por los edictos comejudíos de 1941 se hallaba el Dr. Kastner de la antigua ciudad de Kluj. Esta otrora renombrada posesión de la corona húngara había duplicado su población judía durante el pogrom rumano. En 1941 más de veinte mil judíos vivían en Kluj y en sus alrededores.
Los hebreos quedaron excluidos de sus profesiones cristianas. Kastner se puso a trabajar recolectando dinero del Keren Hayessod (Llamamiento Judío Unido) cobrando un porcentaje.
Pero Kastner era más que un mercenario. Sabía que la hora de la condena había sonado para los judíos de Hungría. Se puso a trabajar, no para ganarse la vida, sino para ayudar a su pueblo.
Y esto es lo fascinante en los villanos – que la villanía no siempre ha estado en ellos. Entre los malvados hay algunos que surgieron por la violencia. Pero la mayoría es como Kastner: amorosamente criados y madurando con su humanidad intacta.
Cómo la decencia se oscurece hasta volverse villanía, cómo el ego de una persona puede echarla en brazos del demonio – estas antigüedades luciferinas son parte de la historia de Kastner. Y no es una historia que invento yo. Viene de las actas procesales del Gobierno de Israel versus Malchiel Greenwald. Lo único que yo agrego es algunas sugerencias de dirección sobre el escenario.
A diferencia de los judíos de Budapest, los de Kluj eran “judíos del Este” – más judíos que húngaros. Se afanaban por el sionismo y por toda clase de actividades judías.
El Dr. Kastner se fue a Budapest y, con algunos pocos amigos, estableció una oficina para ayudar a los judíos escapar de Hungría. Trabajó en esto por tres años. Sin embargo, desde los comienzos de su filantrópico trabajo demostró tener un notable talento para hacerse amigo de los enemigos de los judíos. Los jefes de la gendarmería estaban encantados con él. Esta popularidad elevaría al Dr. Kastner por sobre los demás judíos que también querían ayudar pero que no eran apreciados por nadie.
De esta manera, Kastner desplazó a Komoy y a otros funcionarios de la Agencia Judía sacándolos del camino. Los dos principales colegas del director Kastner fueron Joel Brand y su esposa Hanzi Brand.
Antes de la llegada de los alemanes en 1944, la mayor parte de los judíos de Hungría se mantuvo llena de optimismo acerca de su futuro y orgullosa de su natividad húngara. ¿Acaso el premier Teleki (antes de suicidarse) no había afirmado que los judíos ya no eran más judíos sino magiares?
El Dr. Kastner de Kluj veía más claro. Como periodista, había revoloteado alrededor de los agentes alemanes y de los rumanos, había hablado sus idiomas, había tomado nota de sus formas de pensar, pero nunca se había engañado a si mismo pensando que era uno de ellos. Kluj lo había marcado como judío.
La religión no tenía nada que ver con esto. Kastner creció en un clima de organizaciones judías. Los judíos de Budapest habían crecido en el clima de sus cafés, sus teatros y sus eventos deportivos y sociales.
En tiempos normales estos asimilados eran gentes más sofisticadas y más fuertes que el tipo Kastner de judío. Su hogar era el mundo, no la judeidad. Empujados de regreso a la judeidad, se volvieron confundidos y patéticos.
Este predicamento de los judíos asimilados es parte del testimonio de Kastner. Será usado por él como justificativo. Más tarde, tanto él como el gobierno de Israel lo convertirán en un justificativo cruel – para “explicar” por qué ochocientos mil judíos de Hungría tuvieron que ser abandonados.
Pero ahora, el Rudolf Kastner de 1942 todavía es inocente. Su conocimiento profesional como periodista no incluye el saber que los líderes judíos de Palestina usan una mordaza británica, que Weizmann, venga lo que fuere, no pondrá a sus amos británicos en una situación embarazosa poniéndose a gritar las noticias de la masacre.
En 1942, Kastner y sus colegas, Joel Brand, bombardean con cablegramas a los funcionarios de la Agencia Judía de Suiza, Constantinopla y Tel Aviv. Envían detallados informes de la masacre en Europa y de la masacre que aún está por venir.
En la sala del tribunal, a pesar de su dependencia del régimen y del fiscal Chaim Cohen, Kastner testifica:
“Me enteré de que los representantes de la Agencia Judía y del Comité Conjunto de Distribución en Suiza, Moshe Schwalbe y Saly Mayer, no le entregaban a la prensa la información sobre las muertes masivas. No le entregaron a la prensa las noticias que yo les mandé desde Budapest. También envié cablegramas al Comité de Rescate (de la Agencia Judía) en Estambul. También éstos se ocultaron de la prensa. Les informé casi diariamente por cable sobre el progreso del exterminio. Mis cables nunca fueron publicados en ninguna parte.”
Démosle a Kastner lo que le corresponde. El “inocente” Kastner estaba tristemente en lo correcto al implorar que se publique la pesadilla alemana, pidiendo que el mundo se despierte por los gritos de la indignación moral para que la orgía de muerte de los alemanes pudiese ser detenida.
Si los representantes “oficiales” de la judería, y Franklin Roosevelt, Winston Churchill y Joe Stalin hubieran alzado un griterío semejante cuando las matanzas comenzaron, los alemanes quizás hubieran renunciado a sus hornos a gas.
De hecho, la primer actitud de los nazis hacia los judíos (a principios de los 1930) fue de cautela. En aquella época los nazis creían que la judería era una “poderosa fuerza mundial”, más potente todavía que el catolicismo. Tenían miedo de que una matanza de judíos produjese una avalancha de repulsa mundial sobre las cabezas alemanas. Durante varios años los líderes alemanes trabajaron para librarse de los judíos enviándolos por barco a Madagascar y hasta a Palestina.
Simultáneamente cientos de libros y tratados procedentes de los cerebros de los más notables pensadores alemanes proclamaban y demostraban la impureza del judío – sin contradicción por parte de los filósofos de otros países. Al notar esto, los alemanes empezaron a dudar del poder de la judería mundial y del cariño del mundo por los judíos. Al final, los alemanes terminaron convencidos de que los judíos eran miserables que nadie quería y que nadie defendería.
Hacia fines de los 1930, los alemanes comenzaron a poner a prueba su descubrimiento. La SS comenzó a apalear judíos en Berlín, Munich, Frankfurt, Colonia y otras ciudades. Hicieron la prueba de matar algunos cientos de judíos aquí y allá.
La corazonada se sostuvo. La muerte de judíos, de manera abierta y brutal, no produjo ningún trueno moral, ni siquiera una notable objeción – ni de los Estados Unidos, ni de Gran Bretaña, Francia o Rusia. Ni siquiera de la judería mundial. La Agencia Judía y el Sionismo Mundial se mantuvieron oficialmente en silencio.
Durante el juicio de Greenwald habrá muchos testigos que atestiguarán acerca de este silencio, entre ellos el Profesor Aktzin, decano de la Facultad de Derecho de Jerusalén. Cito de las actas del juicio:
Tamir: ¿Es cierto que el Comité Conjunto de Distribución y la Agencia Judía suprimieron las noticias del exterminio en los Estados Unidos hasta e incluyendo 1944?
Profesor Aktzin: Los sionistas, la Agencia Judía y el Comité Conjunto de Distribución se abstuvieron de publicar en la prensa norteamericana la masacre de los judíos.[58]
Mientras la guerra continuaba en 1945, una misión de judíos de Polonia fue a la reunión anual del Congreso Judío Mundial. Fueron con acusaciones y los líderes del Congreso Judío Mundial escucharon estoicamente sus quejas. Los sobrevivientes de Polonia acusaron a estos líderes de Sion de haber fracasado en hacerle ver a las naciones del mundo el hecho de que los judíos estaban siendo exterminados. La misión acusó a los líderes de la judería de negligencia por haber desechado las posibilidades prácticas de un rescate o de una ayuda. Los líderes afirmaron que las omisiones fueron el resultado de una decisión deliberada. Ofrecieron como explicación que “la opinión del cuerpo directivo fue que resultaba desaconsejable por nuestras relaciones diplomáticas con estos gobiernos” (del mundo libre).[59]
Y así, en Marzo de 1944, los alemanes llegaron a Budapest. Pusieron a Horthy en “arresto domiciliario” y reinstalaron a los fascistas en el poder bajo la guía de un nazi llamado Vezenmayer. Herr Vezenmayer era el representante personal de Hitler, con instrucciones completas sobre qué hacer. Su trabajo era el de matar a los ochocientos mil judíos de Hungría.
Es algo que vale la pena considerar – esta insistencia alemana en matar al último millón de judíos durante esta época (había otros doscientos mil en los territorios vecinos). La guerra estaba yendo mal para Alemania. Las grandes ofensivas aliadas en el Oeste, en el Este y en el aire, estaban demoliendo las ciudades alemanas y poniendo a los ejércitos alemanes fuera de combate. Sin embargo, el apetito de los alemanes por los judíos aumentó.
No habiendo nunca deseado matar personas, sólo puedo tratar de imaginarme la psicología alemana. Los alemanes son matadores habituales de judíos. No es una actividad tan anormal para ningún europeo. El tam-tam de los tambores anunciando el odio a los judíos ha estado sonando por siglos. ¿Por qué? No me lo pregunten a mí. Yo soy judío. Pregúntenle a quienes baten esos tambores.
Como judío, hace rato que me he cansado de tratar de arreglar la mente de quienes odian a los judíos. De esta antigua corriente, Hitler, gritando su odio antijudío a millones de hipnotizados alemanes parecía el más irracional. Sus blancos no eran los talentos judíos, las ideas judías, ni siquiera la religión judía, sino el torrente sanguíneo judío. Si se le permitía a la sangre judía mezclarse con la refinada sangre hitleriana, el hecho arruinaría las posibilidades alemanas de convertirse en superhombres. A pesar de que había solamente trescientos mil judíos en una Alemania de sesenta millones de personas, los alemanes estuvieron de acuerdo en que el peligro era grave. Decidieron, también, que no sólo se salvarían ellos sino que salvarían a toda Europa, matando a todos los judíos que hubiera en ella.
Si bien estas ideas alemanas suenan tan absurdas como las elucubraciones de un calamar, encendieron no obstante las llamas de Teutonia. Los alemanes persiguieron a los judíos como “idealistas”, y no como asesinos.
Así es su “pensamiento”. Hay, obviamente, un punto frío en sus almas que necesita ser calentado. Es un punto frío que sólo el asesinato puede calentar.
En 1944, con el Reich colapsando, los alemanes se sentían inflamados de triunfo mientras pudiesen continuar matando judíos más rápidamente que nunca antes. Y así, el comandante de Auschwitz, el coronel Rudolf Hoess, llega a Budapest. El coronel Hoess es un hombre que licores fuertes. Bebiendo con otros coroneles de las SS, murmura acerca de los nuevos hornos incineradores y las nuevas cámaras de gas “Cyclone” que están listas para entrar en acción, gracias a la ciencia alemana. El general Himmler en persona ha inspeccionado y aprobado las nuevas instalaciones para disponer de los judíos. ¡Ahora les toca el turno a los coroneles en Budapest!
Así transcurre la fiesta nocturna entre los kameraden Hoess, Krumey, Eichmann, Becher y von Wisliczeny.
Los coroneles envían a Hoess de regreso a Auschwitz con la promesa de que sus modernizados hornos recibirán otro millón de huéspedes dentro de los próximos meses.
La mayor parte de lo que ahora escribiré está en el protocolo del juicio a Malchiel Greenwald en Jerusalén. Continuaré – como un periodista en el tribunal.
Los alemanes podían asignar sólo unos pocos cientos de tropas a su aventura húngara. A fin de impresionar a los húngaros y a los judíos, los oficiales hacían marchar a estas tropas por duplicado. Un regimiento al final del desfile volvería rápidamente al punto de partida y aparecería otra vez en la parada como un segundo regimiento. De este modo, los cinco mil soldados, corriendo de atrás para adelante, se las arreglaron para aparecer como un interminable ejército de la Wehrmacht.
Hubiera pensado que este es un truco infantil. Pero los alemanes son mejores militaristas que yo. Funcionó. Los húngaros anti-nazis (cuántos había no lo sé) y los doscientos cincuenta mil judíos de Budapest quedaron impresionados.
La Solución Final había sido decidida en Berlín, en 1941 – exterminio total de todos los judíos antes de que la derrota alemana le pusiera término a la oportunidad. Los coroneles de las SS en Budapest tenían un arduo problema a resolver para acelerar su trabajo. ¿Cómo capturar y deportar a ochocientos mil judíos para matarlos en Auschwitz con sólo 150 soldados de las SS como supervisores? Y con solamente cinco mil gendarmes húngaros adicionales.
Aquí, en las actas de los archivos de la Corte de Distrito de Jerusalén, está la monstruosa respuesta a este dilema.
La única forma posible de hacer que los judíos de Hungría llegasen a tiempo a Auschwitz era manteniéndolos ignorantes de su destino. Más aún, haciendo todo lo posible para difundir entre ellos la ilusión que los alemanes en la Hungría de Horthy, eran gentes humanas sin intenciones asesinas en mente.
Los coroneles de las SS no querían una repetición del asunto del Ghetto de Varsovia. Particularmente no en tiempos como ésos, con ninguna división blindada para poner a combatir judíos, con derrotas en Stalingrado y África, con los Aliados en Italia, con las fuerzas de Tito y de Mikhailovich no lejos de la frontera húngara y bombarderos anglo-norteamericanos en los cielos día y noche.[60]
Durante el juicio, el Dr. Kastner admitió que Eichmann le había dicho que deseaba evitar una segunda Varsovia. En dicha ciudad, en 1943, las noticias sobre el destino de los deportados se infiltraron a través de las paredes del ghetto. Una muerte salvaje. Frente a lo cual, todos los judíos aún no masacrados – unos treinta mil hombres y mujeres – se lanzaron contra el poder de un ejército alemán victorioso de cientos de miles de efectivos.
Por veintisiete días las últimas almas judías de Polonia resistieron con pistolas, garrotes y botellas rotas en sus manos a los tanques, cañones, ametralladoras y a la Luftwaffe. Los alemanes sufrieron muchas bajas. Un puñado de judíos sobrevivió. El ghetto quedó reducido a una pacífica área de cenizas y cadáveres.
En consecuencia, en Budapest la consigna tenía que ser el silencio. Ningún rumor tenía que correr sobre el nuevo equipo científico esperando en Auschwitz. Los ochocientos mil judíos tenían que ser enviados rápidamente a su fin – plenos de la ilusión de que los esperaba un agradable empleo en varios centros agrarios e industriales.[61]
Había incluso otro factor que hizo de la furtividad una técnica necesaria para la rápida muerte de la judería húngara. A diferencia de Polonia, Hungría no era un territorio conquistado. Era un país semi independiente. Cinco embajadas neutrales tenían sus ojos abiertos en el corazón de Budapest. Un representante especial del Papa estaba allí y una misión especial de la Cruz Roja Internacional también estaba presente. El placer de una sangría pública no resultaba práctico con toda esta audiencia internacional aparentemente observando.[62]
Un último impedimento para la inmolación eran los judíos mismos, casi un millón de ellos, que no habían sido avasallados por el hambre y la tortura y estaban llenos de vigor, de esperanzas y de coraje.
Eichmann reconoce esto en sus confesiones de 1954, dadas cuando estaba todavía en libertad y publicadas luego de su captura.
“Con Hungría estábamos particularmente preocupados. Los judíos de Hungría habían pasado la guerra relativamente libres de restricciones severas. Queríamos peinar a Hungría con tremenda efectividad antes de que los judíos despertasen realmente y organizasen una resistencia de partisanos”.[63]
La SS lanzó su ofensiva de camuflaje en una primera reunión con los líderes judíos de Hungría. La presidieron los coroneles Krumey y von Wisliczeny. Los dos eran bajos, de menos de un metro ochenta, y no parecían intimidatorios.
El coronel Krumey, de fácil sonrisa, un
entusiasta bebedor de cerveza, grueso al medio, rubio, ojos azules y nariz
chata, le habló a los líderes judíos.
“Estamos aquí. Habrá severas medidas de seguridad tomadas contra propiedades judías y libertades judías. Los judíos tendrán que usar distintivos amarillos. Pero si ustedes cooperan, las cosas malas no sucederán.”[64]
En otra oportunidad, el amigable coronel SS Krumey se dirigió a una reunión de 200 “delegados” judíos. Flanqueándolo mientras hablaba, se sentaron el coronel con Wisliczeny y el dirigente judío Stern.
“Todo continuará como hasta ahora. No se permitirá nada que interfiera con vuestro trabajo o con vuestros servicios religiosos. Estuve con los rabinos para tranquilizar a los miembros de sus congregaciones.”
Los delegados escucharon y se aferraron a la brizna de paja que les ofrecía este poco habitual coronel de las SS. Habían oído hablar de las “cosas malas” – escuadrones de fusilamiento, pozos de cal, horcas, muertes masivas. Pero eso había sido en otros países. Hasta podía ser Propaganda Aliada, al menos en parte. Y alzaron sus miradas llenas de esperanza al sonriente Krumey y a von Wisliczeny. Y hasta al tercer coronel, Adolf Eichmann, que se dirigió a ellos en su cuartel del elegante Hotel Majestic diciendo:
“No permitiré que los judíos sean molestados porque llevan la estrella de David y castigaré a cualquier persona involucrada en esas afrentas. Soy partidario de la franqueza y le pido al Consejo Judío que me informe francamente cualquier reclamo que tenga. Por mi parte, seré igualmente franco en mi respuesta. Tengo una gran experiencia en asuntos judíos y, por lo tanto, es inútil tratar de engañarme. Todo lo que deseo es un juego limpio con los judíos”.[65]
Y esto a sólo dos meses de la deportación y el exterminio de los judíos de Hungría.
La anestesia alemana funcionó con la mayoría de los judíos. Hubo, sin embargo, algunos incrédulos en cuanto a la clemencia alemana. Éstos se suicidaron.
Con los líderes judíos apropiadamente drogados, los alemanes comenzaron la redada de los judíos con cuidado.[66] Su objetivo fue el de concentrar grupos de cinco a veinte mil judíos en ghettos ubicados cerca de las líneas ferroviarias que llevaban a Auschwitz.
Pero los alemanes olfatearon que había peligro más adelante. Estaban llegando informes sobre grupos judíos que estaban reuniéndose en secreto, tratando de organizar una resistencia armada. Otros incrédulos, émulos de Santo Tomás, estaban escapando a través de la frontera hacia áreas que ofrecían refugio a los judíos. Este éxodo podía crecer.
Los coroneles de la SS Becher, Krumey y Eichmann sabían qué hacía falta para hacer posible las deportaciones de la Solución Final. Los alemanes solos no podían mantener a los condenados sin sospechar. Hacía falta una droga más potente que las sonrisas nazis. Para esto se necesitaban judíos; judíos importantes con altas conexiones; judíos con autoridad cuyas palabras pudiesen calmar los temores judíos y mantener en la pasividad a la miríada de hombres, mujeres y niños judíos destinados a ser llevados a Auschwitz.
Y aquí es dónde, como respuesta al gran problema alemán, entra Rudolf Kastner.
Los coroneles de las SS en Budapest invitan al Dr. Kastner a su cuartel general. El Dr. llega rápidamente, listo para hacer tratos por los judíos. Es un hombre puntilloso. Transpira autoridad.
La personalidad de Kastner es, decididamente, un valor agregado ante los ojos de los nazis. Puede ser utilizado. Pero el quién es Kastner no importa tanto como el qué es Kastner. Es el representante de la Agencia Judía de Palestina, y miembro del Partido Mapai de Ben-Gurion.
Los coroneles de las SS en Budapest, cualesquiera que fuesen sus otras limitaciones culturales, están bien al día con las actividades de la judería moderna. Saben que los judíos religiosos de Hungría constituyen una minoría y que los sionistas son una minoría todavía mucho menor. Más aún, saben que, de los sionistas, sólo una minoría pertenece al partido Mapai.
Y sin embargo, sabiendo estas cosas eligen a Rudolf Kastner, que no representa a casi ningún judío en Hungría, como el hombre con el cual hacer tratos. Su elección de Rudolf Kastner es una de las no demasiado frecuentes pruebas de la brillantez política alemana. Kastner representa al partido que controla a la Palestina judía – el Mapai.
Este partido ya ha demostrado que mantiene la boca cerrada acerca de la masacre de los judíos en Europa – defendiendo a los británicos que no quieren tener ningún desquicio que amenace a sus cerrados puertos palestinos.
El Jefe de Rescate Kastner, elegido por los jefes del Mapai y ahora elegido otra vez por los nazis, servirá a cada cual según sus deseos – a todos menos a los ochocientos mil judíos. Continuará con la “política de elite” de Weizmann y, después de algunas modestas protestas, quedará satisfecho con el rescate de un selecto grupo de seiscientas personas.
Y de esta manera, a los ojos de los judíos de Hungría, los nazis consiguieron crear un gran dirigente judío – tratándolo como si fuese un gran dirigente. Pero hay otro factor, independiente de las intrigas nazis, que ayuda a elevar al pequeño Kastner de Kluj al rango del Gran Kastner de Budapest. Los judíos asimilados de Hungría, la mayor parte de su judería, se dan cuenta ahora de que constituyen una masa aislada. No tienen conexiones. ¡Pero sí las tiene el Dr. Kastner y sus fuerzas del Mapai! Ellos sí tienen conexiones por todas partes. Presidentes, salas de reunión, cuerpos ejecutivos en Constantinopla, Ginebra, Jerusalén, Londres, Nueva York. Los dirigentes judíos de Hungría se hacen a un lado. Ni en sueños se les ocurre que el Mapai y sus conexiones sionistas se mantendrán en silencio sobre su catástrofe. Así, le ceden el lugar al Dr. Kastner.
Un extracto del juicio revela el cambio súbito del status de Kastner que pasó de simple gestionador de asuntos judíos a misteriosa jerarquía notoria. Dos testigos, Joel Brand y Bondi Gross testimonian que un correo secreto de Suiza trató de hacerle llegar a Kastner importantes cartas, 290.000 francos suizos y 59.000 dólares (norteamericanos) para su trabajo de rescate. Los hombres de la Gestapo capturaron al correo, con su dinero y con sus cartas, y lo entregaron al coronel Eichmann. Y Eichmann le entregó la totalidad del dinero al Dr. Kastner. Con estos fondos, el Dr. Kastner pudo ser dueño de un automóvil, pagarle el sueldo a dos secretarias, financiar correos y, en general, añadirle pompa a sus idas y venidas como rescatador. De paso, también pudo entregar un poco de comida y ropa a los refugiados.
Y de este modo, los coroneles de la SS Eichmann, Becher, Krumey y Wisliczeny, usando sus 150 hombres de la SS y sus 5.000 gendarmes húngaros, más al rescatador Rudolf Kastner, comienzan su intriga que lleva a Auschwitz.
Los coroneles empiezan con su trabajo en las fronteras húngaras, lejos de Budapest. Sobre la franja de sus primeros campos de concentración se encuentra la ciudad de Kluj, el lugar natal de Kastner. Aquí, ya hay un grupo de veinte mil judíos listos para el embarque. Han sido trasladados de sus hogares urbanos hacia un área de ghetto. Se les ha asegurado que no hay nada siniestro detrás de la medida. Todo lo que sucederá es que serán llevados en tren hasta el área de Kenyermeze, ocupada por los alemanes. Éste es un distrito con un bonito nombre. En húngaro, Kenyermeze significa “Campos de Pan”. Recibirán trabajo en fábricas y campos. Y a todo judío se le permitirá llevar consigo a la totalidad de su familia.
Los alemanes explican que esta condescendencia hacia los judíos es una cuestión práctica. Han aprendido de la experiencia, dicen, que un judío trabajará más y producirá más si está rodeado de su familia. Por lo tanto, todo judío que vaya a Kenyermeze llevará consigo a su mujer, sus parientes, hermanas, abuelos, niños, y hasta a los recién nacidos.
Los veinte mil judíos amontonados en el ghetto de Kluj se creen este cuento de hadas. Lo discuten día y noche. Los alemanes están evidentemente muy presionados por la guerra. Tienen necesidad de aumentar su producción bélica. Y han decidido que los judíos vivos son más útiles que los judíos muertos. Una sabia decisión, y bastante comprensible. Hay tensión, sufrimiento y ansiedad en Kluj – pero no un gran temor a la muerte.
Al principio, mil doscientos parten hacia Kenyermeze en los trenes especiales provistos por los alemanes. Y los judíos de Kluj aguardan, tensos, noticias de ellos. Las noticias llegan en tarjetas postales, en breves cartas. Kenyermeze es un buen lugar. El trabajo es bueno. La comida y el alojamiento son buenos. Y cariños a todos.
Las cartas están falsificadas. No hay judíos en Kenyermeze. Los mil doscientos que partieron ansiosamente en el primer tren ya son cenizas en Auschwitz.
En Budapest, los coroneles de las SS ascienden al Dr. Kastner a la categoría de ser humano. Nada de estrella de David amarilla, un automóvil, teléfonos en su domicilio y en su oficina y libertad para trasladarse por Budapest.[67]
A pesar del ascenso, ocurre un inconveniente. Kastner es arrestado por los húngaros. No les agrada la figura de un judío sin su amarilla estrella de David deambulando por Budapest en automóvil, aparentemente ayudando a otros judíos.
Herr Vezenmayer, representante personal de Hitler en Hungría, intercede y consigue sacar a Kastner de la cárcel.[68] Kastner no es ningún tonto. Se hace una idea muy acertada del significado de este gesto de buena voluntad nazi. Más tarde escribirá en su informe a la Agencia Judía en Tel Aviv:
En contra de nuestra voluntad, tuvimos que decirnos a nosotros mismos que si Eichmann ayuda, si nos hace pequeños favores, si Vezenmayer, el representante personal de Hitler, interviene por nosotros ante el gobierno húngaro, existe la certeza de que no hacen esto por decisión propia. Tienen que estar obedeciendo a alguna autoridad alemana superior. Es obvio que nosotros, el Comité de Rescate, tenemos un lugar en sus planes.[69]
Kastner ha descubierto la cola horquetada de Satanás y ahora está allí, transfigurado.
Ha cerrado un trato con Krumey, Eichmann y Wisliczeny. Han acordado con él que le dejarán elegir seiscientos judíos para ser rescatados; trescientos de Budapest; trescientos de los poblados circundantes. Los seiscientos serán enviados hacia el Mundo Libre.[70]
Con la aprobación de Eichmann, el Dr. Kastner altera un poco el acuerdo original. En lugar de seleccionar judíos de cualquier “poblado circundante”, elige a trescientos ochenta y ocho judíos de Kluj solamente. Son los “mejores”, los miembros más importantes de la judería de Kluj – mayormente sionistas. Incluye, también, a su propia familia.
La noticia de la primera victoria de Kastner es ensalzada por los judíos – religiosos, irreligiosos, organizados, desorganizados. Kastner ha perforado el muro nazi del odio antijudío. Ha liberado a judíos.
Es en esta hora de triunfo que el “buen” Kastner comienza a apagarse. O quizás ya se ha hecho humo y ha desaparecido. No lo sé. Las propias tortuosas confesiones de Kastner en Jerusalén no permiten determinar la fecha del cambio. Peor aún: no hay explicación psicológica. Están tan sólo los siguientes hechos:
Krumey lo manda a Kluj en una misión para reasegurar y reanimar a los condenados.
Rudolf Kastner conoce la verdad acerca de los trenes de la muerte hacia “Kenyermeze”. Kastner conoce la verdad acerca de la Solución Final, acerca del plan de las SS para deportar a todos los ochocientos mil judíos de Hungría hacia Auschwitz.
No estoy suponiendo aquí lo que Kastner sabe. Es lo que admitirá en la Corte de Jerusalén. Dirá que, cuando fue a Kluj, ya sabía que la deportación de sus paisanos hacia Auschwitz estaba por comenzar.
Este incidente encierra un gran misterio, principalmente el misterio de Hermann Krumey. El coronel Krumey sabe que Kastner conoce el programa de las SS para deportar a los judíos de Hungría hacia Auschwitz a fin de exterminarlos. Krumey es consciente de que Kastner sabe que los veinte mil judíos de Kluj se dirigen hacia las cámaras de gas “cyclónicas”. Y los judíos de Kluj están aislados de teléfonos, transportes y de todo medio de información.
Si Kastner susurra una sola palabra de esta verdad a tan sólo un judío condenado en Kluj, la totalidad de la Solución Final quedará arruinada. Los veinte mil judíos de Kluj derribarán al puñado de guardias que los vigila y escaparán a Rumania que está a tres millas de distancia.
Y así y todo, Krumey envía a Kastner a Kluj, para que se mueva libremente entre veinte mil hombres, mujeres y niños condenados.
Me quedo mirando esta despedida entre Kastner y Krumey. El registro de la Corte de Jerusalén no ofrece nada sobre el misterio de esta increíble confianza de Krumey para con Kastner, más allá de que existió.
¿Es Krumey tan brillantemente mefistofélico que puede ver hasta el fondo del alma de Kastner – habiéndolo conocido por tan breve tiempo? ¿O es que Kastner le ha asegurado por su honor de judío que no dejará caer indicación alguna en Kluj sobre la vergonzosa muerte que le espera a sus semejantes judíos? Y, si Kastner hizo una promesa así, ¿por qué habría Krumey de creer que la mantendría?
¿Cual es la infernal verdad detrás, no sólo de la certeza de Krumey, sino de la certeza de Eichmann y de todos los demás matadores de judíos que le permitieron a Kastner viajar a Kluj, convencidos de que éste mantendría la boca cerrada?
Rudolf Kastner llega a Kluj. ¡Qué
recibimiento! Durante semanas las gentes de Kluj han estado hablando de “su”
Dr. Kastner. Es uno de ellos. Nació en Kluj, se crió entre ellos. Si tan sólo
viniera a decirles qué es verdad y qué es mentira, todos dormirían mejor.
La esperanza colma a los judíos de Kluj. Rudolf Kastner no ha olvidado a los suyos. A pesar de haberse vuelto tan famoso ¡aquí está para ayudarlos!
Kastner camina entre los veinte mil judíos del pueblo. Se sienta entre los ancianos maestros hebreos y sus jóvenes estudiantes. Concurre a reuniones, renueva viejas amistades.
Y he aquí un hecho frente al cual mi pluma se encoge. Había solamente veinte gendarmes húngaros y un oficial alemán de las SS custodiando a las veinte mil personas del ghetto.[71] Y hay miles de jóvenes judíos, de cuerpos sanos entre los condenados. La frontera y la libertad están a sólo tres millas de distancia.
Esperanzados judíos de Kluj con el gran hombre otra vez entre ellos. Ahora, gracias a Dios, sabrán la verdad.
Hay algunos pequeños problemas aquí y allá, fraguándose en los sótanos. Algunos exaltados están hablando de resistencia y de escape hacia Rumania. Los húsares rumanos ya no están ocupados en matar judíos. Su preocupación ahora es que los rusos no les vuelen la cabeza en el frente ruso. La huída es fácil. Hay sólo veintiún guardias a reducir.
El Dr. Kastner, moviéndose entre los musculosos de Kluj, ayuda a calmar a los exaltados. Él tiene a la Organización Sionista que le ayudará. En Kluj los sionistas son los líderes de la judería. Y a la cabeza de todos los sionistas de Kluj está el Dr. Joseph Fischer, el suegro de Rudolf Kastner.
Kastner no se arriesga a que se filtre nada sobre el plan mortal de Auschwitz. No se lo menciona ni siquiera a su suegro, ni tampoco al grupo que sus eminentes parientes reúnen para ayudar a reanimar a quienes esperan. Kastner les dice a estos pocos de la elite que han sido seleccionados para ir a “un mejor lugar” que el que les tocará a los restantes 19.620 judíos.
El Dr. Fischer y su selecto grupo podrían haber inducido a la acción a sus conciudadanos, pero Kastner y los estrategas alemanes triunfaron. Los engañan.[72]
Estuve muy lejos de Kluj por aquella época pero puedo oír las palabras de Kastner dirigidas a los jóvenes, excitados, judíos; así como la oratoria de sus correligionarios sionistas. Son como los discursos que Weizmann y Ben-Gurion descorchaban en sus mítines en Tel Aviv, sobre cómo comportarse frente al enemigo británico en Palestina. Nada de resistencia. Nada de terrorismo gangsteril. Una mano alzada contra los británicos es una mano alzada contra los judíos. ¡Cualquier violencia pone en peligro la existencia misma de la judería! Ocasionará la ruina de todos sueños y logros del sionismo.
Era así en Palestina, y fue así aquí en Kluj – otra vez: ¡nada de resistencia! Somos vuestros líderes. No tenéis nada que temer. Todo está bajo control. No escuchéis a los exaltados. Nosotros, vuestros líderes, somos los únicos que pueden salvar vuestras vidas.
La autoridad habla. Las lenguas sabias se agitan. Los respetables obnubilan a sus veinte mil oyentes con su respetabilidad. Y el día queda salvado – para la autoridad. Ellos se embarcarían hacia la vida, su auditorio hacia la muerte.
Un notable monstruo de Kastner es el que regresa a Budapest. Ha hecho lo que adivinó, en su desesperanza, que los nazis tratarían de obligarle a hacer – ayudar a exterminar a los judíos. Su silencio en Kluj fue una sentencia de muerte para veinte mil, menos trescientos.
Sin embargo, no hay desesperación ahora en Kastner. Ninguna culpa.
No se ha vuelto pálido ni deja caer la cabeza. No tiene dificultades para dormir por la noche. Camina tan enérgicamente como siempre y está lleno de orgullo. Porque es un hombre más grande que nunca en Budapest.
Los judíos de Budapest estrechan su mano. No saben nada de los próximos viajes que les tocarán a ellos. El viaje a Auschwitz es un secreto entre Kastner y Eichmann, entre el cacique de la Agencia Judía y el cacique nazi.
Los veinte mil judíos de Kluj son amontonados ahora en una fábrica de ladrillos. Y ahora Kastner los tranquiliza desde Budapest – por teléfono. Los nazis le permiten hacer diez llamadas telefónicas a su suegro, el Dr. Fischer. Los nazis le dejan hablar con Kluj, y aún así no transmite ninguna advertencia. Éste es el último contacto, antes de ir a la muerte, que los veinte mil judíos de Kluj tienen con su rescatador de la Agencia Judía.
Pero aquí está el fiscal de Israel, Chaim Cohen, haciendo su resumen ante el Juez Halevi, después de que todas estas pruebas quedaron asentadas:
“No hay ni jota de prueba de que el Dr. Kastner se haya convertido en colaborador. La buena intención nunca lo abandonó, hasta el final. No sólo no lo abandonó, sino que no mermó siquiera en una jota. Ha quedado demostrado más allá de toda duda, desde el primer momento hasta el último, incluyendo el testimonio dado por Becher, que en su corazón Kastner tenía sólo una cosa – el servicio a su pueblo.”[73]
La traición de Kluj entra por accidente en el juicio. Tamir ha escuchado que la policía de Israel alguna vez interrogó a Kastner sobre su trabajo de rescate en Kluj. Los archivos policiales sobre la cuestión no están disponibles. Pero Kastner sí está disponible. Tamir apila pregunta sobre pregunta y extrae parte de la verdad de Kastner. Y el nombre de “KLUJ” comienza a arder.
Una historia increíble va tomando forma y Tamir la completa con personajes vivientes. Encuentra veinte testigos que pertenecen a los pocos de Kluj que escaparon de Kastner y de los barriles de cenizas de Auschwitz. Los veinte de Kluj cuentan sus historias desde el estrado de los testigos.
Jacob Freifeld de Kluj testifica. Freifeld y su familia viajaron en uno de los primeros trenes a “Kenyermeze”. Arribaron en Auschwitz. Freifeld escapó. Su familia fue incinerada. Le dice al juez Halevi:
Freifeld: Después de que el primer tren salió de Kluj, todos los judíos estaba concentrados en el ghetto. Kohani (uno del grupo de Kastner) saltó sobre una plataforma y leyó en voz alta una carta que dijo que era de una familia judía en Kenyermeze. La carta decía que toda la familia estaba trabajando en buenos empleos y que todos estaban bien de salud y bien atendidos. Yo tenía un amigo, Hillel Danzig. Habíamos trabajado juntos antes, en los campos de Ucrania. En Kluj le pregunté: “¿Cual es la verdad sobre esas cartas que Kohani leyó en público? ¿Son realmente ciertas?” Y él me dijo: “Sí, son ciertas”, Y me dio el consejo de que tratara de ir a Kenyermeze lo más pronto que pudiera. Porque los que llegasen primero recibirían los mejores lugares. De modo que decidí ir en el siguiente tren – en lugar de esperar al último. Sí, todos estábamos apurados por ir a Kenyermeze.
Tamir: ¿Usted fue llevado a Auschwitz sobre el tren?
Freifeld: Sí.
Tamir: ¿Fue Hillel Danzig también a Auschwitz?
Freifeld: Dios no lo quiera. ¡Cómo hubiera podido pasar una cosa así! Era un miembro del Consejo Judío – trabajando duro con esa claque. Así que se quedó con los salvadores – a salvo. Mi propia familia – diez personas – fueron exterminadas.
Juez Halevi: ¿Usted cree que su amigo lo envió intencionalmente a morir y a la matanza de toda su familia?
Freifeld: Resulta difícil creer que hiciera una cosa así. Pero lo hizo. Todos ellos lo hicieron para salvarse.
Juez Halevi: ¿Deliberadamente los enviaron a usted y a su familia a la muerte?
Freifeld: No puedo imaginarme que las personas junto a las cuales sufrí me enviaran deliberadamente a Auschwitz. Pero no sé cual era el objetivo político de Danzig en separar a las masas de los líderes.
Danzig era un capitoste sionista en Kluj. Fue llevado a Budapest y más tarde hacia la seguridad junto con los 388 que se salvaron. Al momento en que Freifeld testifica, es un conocido periodista israelí, una de las estrellas literarias del Davar, el diario de Ben-Gurion.
Un picado Danzig le escribe una carta al Juez Halevi negando toda la historia de Feinfeld: “No conozco a nadie llamado Feinfeld y no puedo recordar ningún incidente semejante.”[74]
El gobierno israelí sigue sin interesarse por el Sr. Danzig, el supuesto colaborador. Es el Juez Halevi el que invita al perturbado periodista a respaldar su carta ante el tribunal y bajo juramento.
Danzig, bajo y suave, entra en el cubículo de los testigos.
El juez le pide a Jacob Feinfeld que se ponga de pie. Lo hace, e identifica al testigo como Hillel Danzig al cual, para su desgracia, conoció en Kluj.
Halevi le pregunta a Danzig: “¿Conoce usted a este Jacob Feinfeld? ¿Puede usted identificarlo como al hombre que usted conocía en Kluj?”
El periodista Danzig se enfrenta al hombre que lo ha acusado de ayudar a matar a su familia de diez personas con tal de salvar el pellejo. Después de una pausa, Danzig contesta de una forma que afirma, niega y oscurece el asunto en una sola frase.
Danzig: Nunca lo conocí en Kluj, y no recuerdo ningún nombre así. Pero, ahora que lo veo, lo recuerdo como a uno de los hombres que estuvo conmigo en un campo de trabajo en Rusia (en un campo alemán).
Juez Halevi: La carta de usted niega que el testimonio de él sea verdad.
Danzig: Sólo puedo repetir lo que dije en mi carta. La acusación de Feinfeld de que yo lo impulsé a él y a su familia a la muerte es absurda.
Tamir: Freifeld manifestó que usted expresamente le dijo que los trenes iban a Kenyermeze.
Danzig: Eso es mentira.
Tamir: Freifeld, que sufrió junto con usted en el campo de trabajo, ¿qué razón puede tener para mentir?
Danzig: Las circunstancias bajo las cuales vino aquí a brindar su testimonio requieren ser aclaradas. No creo que haya sido él quien decidió testimoniar.
Tamir: ¿Fue comprado? ¿Ha sido sobornado con dinero? ¿Qué presume usted, Sr. Danzig?
Danzig: No lo sé.
Tamir: Pues pongo en su conocimiento que Freifeld ha estado manifestando, a sus amigos en todas partes y durante los últimos seis años, estos hechos acerca de Kluj y acerca de usted.
Danzig: ¿Y cómo es que tales habladurías nunca me han llegado?
Tamir: Sr. Danzig, se ha negado usted a oír muchas cosas.
Bajo el persistente interrogatorio de Tamir, Danzig renuentemente admite que sabía que él habría de ser llevado “a un lugar seguro” y que también sabía que las personas como Feinfeld serían llevadas a “un lugar mucho peor”.
Tamir persigue este importante punto – la información que Danzig tenía.
Tamir: Usted se entrevistó con Kastner cuando éste fue a Kluj. ¿Qué es lo que escuchó de él?
Danzig: Que la situación era grave.
Tamir: Prescinda de sus clichés editorialísticos. ¿Le dijo Kastner que ellos irían a las cámaras de gas de Auschwitz?
Danzig: No.[75]
Cuando Danzig ha abandonado la sala del tribunal, el hecho ha quedado en claro – Kastner no le dijo a nadie, ni siquiera a Danzig, su compañero de la Agencia, nada acerca del destino de Auschwitz. Pero, tal como el testigo Feinfeld dijo, los Importantes siguieron vendiendo el mito de Kenyermeze.
Jacob Feinfeld está allí, sentado, siguiendo atónito con la mirada al pulcro Danzig y todas las cabezas de Kluj miran a través de sus ojos.
El mismo hecho queda establecido por el próximo testigo, Yechiel Shmueli – de Kluj. Quien ahora es oficial en un campamento del Ejército Israelí.
De cabello oscuro, de modales calmos pero de penetrantes ojos negros, Shmueli, de Kluj, contesta las preguntas de Tamir con voz suave.
Tamir: ¿Cuando lo llevaron a usted al ghetto de Kluj?
Shmueli: 23 de Mayo de 1944
Tamir: ¿Sabía usted en ese momento que los judíos estaban siendo exterminados en Auschwitz?
Shmueli: No
Tamir: ¿Ofreció usted resistencia cuando lo pusieron sobre el tren?
Shmueli: No. Porque nos habían dicho a todos que nos llevarían a Kenyermeze para trabajar. Los judíos a cargo del ghetto nos dijeron: “Hermanos, deberían saber que las autoridades húngaras decidieron evacuar a la población de Kenyermeze y todos los judíos de Hungría serán llevados allí hasta el fin de la guerra.”
Tamir: ¿Qué sucedió con usted y con su familia en Auschwitz?
Shmueli: Nos separaron. A mí me mandaron a Varsovia a trabajar en una fábrica. Mi madre, mi esposa, mi hija y mi nieto de seis años fueron asesinados por los alemanes.[76]
Joseph Katz, un abogado del pueblo de Nodvarod, a cuatro millas de la frontera con Rumania, testifica. Dice que los veinte mil judíos de Nodvarod no sabían nada del programa de exterminio. A él le habían dicho que los judíos estaban siendo reubicados en Kenyermeze, por su propio bien.
Tamir: ¿Sabía usted usar armas?
Katz: Sí. Era fácil escapar a Rumania. Por aquél tiempo los judíos estaban a salvo en Rumania. Algunos escépticos escaparon – porque no les gustaba el ambiente de Nodvarod. A mí me mandaron a Auschwitz y me pusieron a trabajar en una gran taller de ropa.
Tamir: ¿Qué clase de taller de ropa era ésa?
Katz: La ropa de los judíos exterminados se almacenaba allí. A nosotros nos daban la ropa para repararla.[77]
David Rozner, propietario de una acerería de Kluj, ahora miembro del partido de Ben-Gurion, el Mapai, testimonia:
Tamir: Cuando usted volvió a Kluj después de la guerra ¿cual era la opinión general allí sobre el Dr. Kastner?
Rozner: Había un sentimiento violento contra el Dr. Kastner. Si hubiera aparecido por la calle, lo hubieran matado.
Juez Halevi: ¿Por qué dice usted eso?
Rozner: Porque él fue el hombre que engañó a los judíos haciéndoles creer en las buenas intenciones de los alemanes.[78]
El testigo Levi Blum tiene algunos detalles adicionales. Blum es un obrero y un miembro del partido sionista. Relata acerca de una celebración en honor de Kastner, que tuvo lugar en Tel Aviv, en 1948, organizada por los integrantes de la Lista Especial que accedió al tren que los llevó a la libertad. Blum estuvo allí, escuchando discursos laudatorios sobre el “heroico rescatador de judíos Dr. Kastner”.
Blum: Finalmente, ya no lo pude soportar más y me puse de pie de un salto y grité: “Ustedes están cometiendo un gran error aquí con este Kastner. Él fue el único judío íntimo amigo de los nazis y de Eichmann”. Y le grité a Kastner: “¡Usted fue un Quisling! ¡Usted fue un asesino! ¡Puede usted demandarme por lo que digo! Soy demasiado pobre como para llevarlo a usted a juicio. Pero lo desafío a que usted me demande a mí”. También le dije. “Yo sé que usted, Kastner, tiene la culpa de que los judíos de Hungría fuesen a Auschwitz. Usted sabía lo que los alemanes les estaban haciendo. Y se calló usted la boca”. Kastner no me contestó. Y le pregunté: “¿Por qué distribuyó usted postales de judíos que supuestamente estaban en Kenyermeze?” Alguien gritó: “Eso lo hizo Kohani, uno de los hombres de Kastner”.
Kohani también estaba en la sala. Se puso en pie de un salto y gritó: “Sí, yo recibí esas postales”. Y le pregunté: “¿De quién eran?” Y me contestó: “Ése no es asunto suyo. Yo no le tengo que explicar nada a usted”.
Juez Halevi: ¿Todo eso sucedió en público?
Blum: Sí. Había varios cientos de personas allí.[79]
El pequeño desfile de sobrevivientes de Kluj sigue con los ojos fijos en Kastner desde el cubículo de los testigos. Lo maldicen y lo desacreditan como colaborador de los nazis y como oscuro Ángel de la Muerte.
El 1° de Marzo de 1954, un día de inusual helada en Israel, el Dr. Kastner ingresa a la sala del tribunal del Juez Halevi. Tamir interroga.
Es un Kastner diferente al que abrió el juicio, pero no demasiado diferente. Su desenmascaramiento como mentiroso, como el funcionario judío que salvó al teniente general de las SS Kurt Becher, el principal ayudante de Himmler, no le ha quitado vapor a sus turbinas. Las personas pueden mirarlo en forma sombría por la calle y en el tribunal, pero el Dr. Kastner tiene sus admiradores. ¿Quienes? Las personas más nobles de Israel – los ministros, los califas, los cardenales, sátrapas y politicastros. Todos ellos están del lado de Kastner, hasta el último hombre; están detrás de él como si fuesen el espíritu de sus antepasados; están a su alrededor como una falange romana. De modo que, ¿qué importan desenmascaramientos, judíos muertos, amistades nazis, Becher, Krumey, más judíos muertos, más mentiras – qué importan todas estas cosas cuando una persona tiene nobles, verdaderos, amigos que nunca lo abandonarán, que quizás hasta lo premien con un puesto más alto una vez que este estúpido juicio haya pasado?
Sin embargo, hay algún cambio en nuestro Kastner. Su sonrisa parece un poco falsa, es como la sonrisa del pugilista antes de que sus ojos comiencen a velarse.
Y ahora viene el asalto.
Tamir: ¿Es cierto que fue interrogado por la policía israelí. Dr. Kastner?
Kastner: Sí.
Tamir: ¿Cuando?
Kastner: Hace tres años.
Tamir: ¿Le preguntaron acerca del ghetto de Kluj?
Kastner: Sí.
Tamir: ¿Por qué la policía lo interrogó hace tres años sobre Kluj?
Kastner: No estuve lo suficientemente interesado como para preguntarles sus razones.
Tamir: ¿No sabe usted que fue exactamente en el mismo momento en que se sancionó la ley israelí contra los criminales nazis y sus colaboradores? (La ley preveía una pena de muerte)
Kastner: Oh, sí. Sabía que una ley así se estaba sancionando por aquella época.
Tamir: ¿No estaba usted interesado en una posible conexión entre dicha ley y el interrogatorio policial al que fue sometido?
Kastner: No estuve para nada interesado en eso.
Tamir: ¿Es cierto que la policía lo interrogó por acusaciones de que, como resultado de las actividades de usted, los judíos de Kluj no escaparon a través de la frontera?
Kastner: No, eso no es cierto.
Tamir: ¿Sobre qué lo interrogó la policía?
Kastner: Me preguntaron si sabía lo que había pasado en el ghetto de Kluj – y por qué ciertas personas piensan que existió una conexión entre la deportación de la comunidad judía de Kluj y el rescate de este grupo (de los 388 sionistas).
Tamir: Dr. Kastner, afirmo que, mientras los 20.000 judíos de Kluj estaban siendo embarcados hacia las cámaras de gas, el Comité de Rescate de Kluj de usted estaba ocupado haciendo su lista de los 388 que serían salvados.
Kastner: Cierto.
Tamir: Y afirmo, además, de que usted y su Comité de Rescate en Kluj nunca le recomendaron a los judíos a resistirse, con armas o sin ellas.
Kastner: (mas bien espectralmente) Nunca escuché nada semejante.
Tamir: ¿Y en aquél tiempo usted conocía el verdadero significado de la deportación a Auschwitz?
Kastner: Lo conocía.
Tamir: Y cuando usted le habló al líder del Comité Judío de Kluj, ¿le aconsejó que organizara la resistencia?
Kastner: No. No lo hice.
Tamir: ¿Cómo explica usted el hecho de que se seleccionaran más personas de Kluj para ser rescatadas que de cualquier otro poblado de Hungría?
Kastner: Eso no tenía nada que ver conmigo.
Tamir: Lo acuso de que específicamente solicitó de Eichmann un favoritismo especial para la gente de usted en Kluj.
Kastner: Sí. Lo solicité específicamente.
Kastner “no tuvo nada que ver con eso” y “lo solicitó específicamente”. El Profesor Tell pone una mirada sombría y nerviosa ante la contradicción, pero no dice nada.
Tamir: ¿Había una sucursal de su Comité de Rescate en Kluj, Dr. Kastner?
Kastner: No de un modo formal, pero había personas activas.
Tamir: ¿Sus nombres?
Kastner: Recuerdo al Dr. Marton y a Hillel Danzig.
Tamir: ¿Ellos estaban bajo su dirección?
Kastner: Sí, moralmente. Todos los Comités de Rescate estaban bajo mi jurisdicción.
Tamir: ¡Comités! Usted habla en plural.
Kastner: Sí – sea dónde fuere que existiesen.
Tamir: ¿En que lugar, fuera de Kluj, existió un comité así?
(Kastner se queda mirando su pasado hecho de mentiras y jactancias. La aguda voz de Tamir ahuyenta la fantasía de su mente).
Kastner: Bueno, creo que el comité de Kluj era el único en Hungría.
(Con esta respuesta, diez años de alardes acerca sus múltiples Comités de Rescate diseminados por toda Hungría reciben el golpe final para Kastner. En la sala del tribunal; no así en las oficinas del gobierno. Sharett y Ben-Gurion revivirán la baladronada de Kastner ni bien piensen que las personas se han olvidado de la paliza que recibió).
Tamir: Desde Budapest, ¿se contactó el comité de usted con otros pueblos por teléfono?
Kastner: No lo hice yo personalmente. Pero había un sub-comité que se encargaba de esos asuntos.
(Los ojos de Kastner se aclaran momentáneamente y su pavoneo político regresa cuando habla de “sub-comités” y de “se encargaba de esos asuntos”. Cuando un político puede arrojar una pocas frases pomposas a la trituradora, ya se siente caminando sobre tierra firme).
Tamir: Los miembros de este sub-comité de usted, ¿telefonearon a los otros pueblos de Hungría?
Kastner: No lo sé.
Tamir: ¿Usted pudo telefonear a Kluj?
Kastner: Sí.
Tamir: Y ¿que hay acerca de telefonear a todos los demás pueblos de Hungría en dónde medio millón de judíos estaban por ser deportados?
Kastner: Quizás algunos otros miembros de mi comité consiguieron telefonear a otros pueblos. No lo sé.
Tamir: Su sub-comité ¿le informaba a usted de sus actividades?
Kastner: Sí. Por supuesto.
Tamir: ¿Estaba el teléfono del subcomité a disposición de usted?
Kastner: ¿Para qué?
Tamir: Quiero saber si podía usted hablar por teléfono con los pueblos y las aldeas de Hungría.
Kastner: ¿Para qué?
Tamir: Dr. Kastner, afirmo que podía haber usted usado el teléfono para llamar a los pueblos y aldeas de Hungría.
Kastner: Sí.
Tamir: ¿Habló usted con algún otro pueblo, aparte de Kluj?
Kastner: ¿Yo? No, no pude. No podía hacerlo todo personalmente. De modo que me concentré en Kluj por razones obvias.
Tamir: ¿Podría usted haber telefoneado a los otros pueblos, del mismo modo en que telefoneó a Kluj?
Kastner: Sí, eso es correcto.
Tamir: Entonces ¿por qué no contactó usted a los judíos de todos estos pueblos para avisarles?
Kastner: No lo hice porque no tenía tiempo suficiente.
Tamir: Si estaba usted tan ocupado con sus actividades políticas, ¿por qué no le encomendó usted la tarea a algún otro colaborador menos ocupado que usted?
Kastner: Eso era imposible,
Tamir: Sinteticemos todo – tuvo usted la oportunidad de comunicarse con todos los pueblos de Hungría.
Kastner: Sí.
Tamir: Y usted, Rudolf Kastner, máxima autoridad del Comité de Rescate de la Agencia Judía húngara, no sabe si alguno de sus asistentes alertó a los judíos de Hungría.
Kastner: (salvajemente) No recuerdo.
(La voz de Kastner es un grito. Sus ojos giran y parece una persona a punto de saltar por la ventana. El fiscal Tell corre en su auxilio con las sales contra desmayos).
Tell: (poniéndose de pie de un salto) ¡Esto es torturar a un testigo! Este hombre tendrá que ser sacado de aquí en una camilla. Esto es tortura pura.
Tamir: Si simples preguntas se convierten en una tortura es porque el testigo está luchando por evitar contestarlas con la verdad; la culpa no es mía.
Juez Halevi: ¿No se siente usted bien, Dr. Kastner?
Kastner: Estoy nervioso.
Halevi ordena un receso. Cuando la audiencia continúa media hora más tarde, el juez le da instrucciones al funcionario del tribunal, Shlomo, para que le consiga una silla al testigo.
Juez Halevi: Puede usted continuar con su interrogatorio.
Tamir: ¿Cuántas veces visitó usted Kluj?
Kastner: Dos veces.
Tamir: Si pudo ir dos veces a Kluj, ¿podría haber ido a otros pueblos?
Kastner: A un judío no le estaba permitido viajar.
Tamir: Pero usted viajó a Kluj.
Kastner: Recibí un permiso especial para ir a Kluj.
Tamir: ¿De quién?
Kastner: Una vez de Krumey y otra vez de los húngaros.
Tamir: ¿Qué argumentos esgrimió usted la obtener estos permisos especiales?
Kastner: Dije que tenía que ir por cuestiones personales.
Tamir: ¿Y eso fue suficiente para persuadirlos?
Kastner: Sí.
Tamir: En ese caso les podría haber pedido usted permiso para ir a otros pueblos también.
Kastner: Sí, eso era posible. (Tamir deja esta confesión flotando en el aire)
Tamir: ¿Es cierto Dr. Kastner que algunas personas en Budapest le advirtieron que todas sus negociaciones con Eichmann tenían el único propósito de evitar que los judíos conociesen el exterminio?
Kastner: Sí, se expresaron opiniones así. Y yo también sentí lo mismo en mi corazón. {77}
(No lo “registró en su mente” sino que lo sintió en su corazón. Los contenidos de un corazón no pueden ser utilizados como prueba contra su sensible propietario. Kastner está tratando de enfrentar a Tamir pero su frente sudorosa y sus ojos giratorios traicionan su cercanía al colapso).
Tamir se aleja.
Ha probado su parte del caso – que Kastner conocía la condena que aguardaba a los judíos de Kluj y no les dio ninguna pista, ninguna advertencia – ninguna pista ni siquiera a su suegro o a eminentes klujenses como Hillel Danzig. Tamir no quiere darle a Kastner la posibilidad de negar su culpa y, por lo tanto, retiene la pregunta que debe producir una confesión o una negativa final.
Pero no así el Juez Halevi. Su Señoría conoce la pregunta faltante. Tendrá una sentencia que dar, no sólo sobre Greenwald sino sobre el testigo Kastner. Halevi quiere tener la certeza de que a Kastner se le han dado todas las oportunidades de negar su culpa, o bien de confirmarla. Quién sabe. Quizás en algún laberinto oculto de la mente de Kastner puede haber un hecho oculto que demuestre su inocencia.
El Juez Halevi hace la pregunta:
Juez Halevi: (despacio y con claridad) ¿Le dijo usted a alguien en Kluj lo que usted sabía acerca del exterminio que estaba sucediendo en Auschwitz?
Todo Israel ha estado esperando la respuesta. De Kastner y de nadie más. ¿Advirtió Kastner a alguno de los ochocientos mil judíos de Hungría acerca de su inminente aniquilamiento?
Kastner se pone pálido. Su garganta se reseca. Sus ojos se quedan fijos, tanto en el futuro como en el pasado. Ambos tienen sabor a muerte en ellos.
Kastner: Solicito el permiso de la corte para explicar. No puedo contestar en una palabra. Aquellos a quienes contacté me escucharon decir lo que los alemanes estaban haciendo a los judíos en Polonia y en Rusia.
El Juez Halevi: (con severidad) Esa no fue mi pregunta. ¿Le dijo usted a alguien que los alemanes estaban preparando la deportación de los judíos de Hungría a Auschwitz?
Kastner: Yo no tenía un conocimiento definitivo. Escuché rumores en Budapest de parte de los alemanes y de los húngaros acerca de reubicar a los judíos en Kenyermeze. Todos nosotros tratamos de confirmar esos rumores.
Juez Halevi: Pero usted mismo dijo que a fines de Abril usted sabía que las cámaras de gas y los crematorios estaban listos en Auschwitz. Y que el cronograma ferroviario para la deportación a Auschwitz estaba establecido.
Kastner: Yo no podía verificar todos los rumores.
Juez Halevi: Pero Joel Brand, que salió de Budapest el 17 de Mayo le dijo a todo el mundo en Estambul que doce mil judíos estaba siendo deportados diariamente de Hungría a Auschwitz.
Kastner: No sé sobre qué fundamentó esa declaración.
Juez Halevi: la basó sobre lo que Adolf Eichmann le había dicho en una reunión que tuvieron, luego de la cual usted se reunió con Brand.
Kastner: Pero Eichmann dijo que esperaría dos semanas por la respuesta de Brand antes de hacer nada.
Juez Halevi (con intencionalidad): Y comenzar luego con el exterminio, después de dos semanas, a una tasa de doce mil por día.
Kastner: Sí. No sé si sabía la tasa.
Juez Halevi: (Brand) Declaró en la corte que la conocía. Y que usted la conocía también.
Kastner: Mis esperanzas se esfumaron recién a fines de Mayo. Hasta entonces pensé – quizás no – quizás no tantos.
Juez Halevi: Después de mediados de Mayo, todos los días salió un tren – trenes sellados que iban a Auschwitz. ¿Sabía usted eso?
Kastner: Sí, después de mediados de Mayo sabía que era un hecho.
Esta es la segunda admisión de Kastner que sacudirá a Israel. ¡Kastner mismo dice que lo sabía! (¡Y no advirtió a nadie!) El Juez Halevi reformula la pregunta ominosa con cuidado.
Juez Halevi: ¿Por qué no le informó usted a los judíos de Kluj lo que sabía? Quiero escuchar su respuesta, Dr. Kastner.
Kastner (alicaído) Les dije todo lo que sabía – cuando estuve en contacto con ellos – más tarde estuve en contacto sólo con mi suegro. Y me atreví a dar sólo un indicio claro. Tenía que saber que había deportaciones y que el exterminio sería lo siguiente.
Juez Halevi: Entonces ¿por qué los judíos de Kluj no sabían todo eso?
El Dr. Kastner respira con irregularidad.
Kastner: Vuestra Señoría me pregunta –
Kastner se detiene ante la monstruosa pregunta. Hay patetismo en su pausa. Su Señoría le está preguntando si es una persona malvada, un judío que ayudó a los nazis masacrar a su propio pueblo. ¿Cómo puede uno contestar una pregunta así sin dar una impresión incorrecta respecto de si mismo y respecto de todos Los Grandes del gobierno de Israel? Pero de pronto el doble discurso de Kastner se reseca en su boca y está demasiado asustado como para seguir mintiendo. En el cubículo de los testigos queda un político presa del pánico, lleno de coartadas enclenques, horribles confesiones que han emergido seguidas de gritos de inocencia.
Kastner: Su Señoría, creo que mis colegas en Kluj, incluyendo a mi suegro, no hicieron todo lo que estuvo en su poder – no hicieron todo lo que podría haber sido hecho – todo lo que tendrían que haber hecho.
El balde es pasado por el Dr. Kastner a sus misteriosos subordinados que recibían órdenes solamente del Dr. Kastner, de acuerdo con su propio testimonio. Kastner mismo se da cuenta de la estupidez de su respuesta. Intenta con otra.
Kastner: Por el otro lado, Su Señoría, lamento decir que los testigos de Kluj que declararon aquí – en mi opinión, no creo que representen a la verdadera judería de Kluj. Porque no es coincidencia de que entre ellos no hay una sola figura importante.
Pero estoy cansado de escribir sobre la maldad y la podredumbre humana – al menos por un tiempo.
Invito al lector a mirar conmigo hacia
Hanna Senesh con una sonrisa, de la forma en que uno se siente obligado a
sonreírle a los héroes y a las heroínas.
Los campos de batalla nos proveen de suficiente héroes que mueren con valentía, y frecuentemente hasta por sus convicciones. Pero es escasa la cuenta de aquellos cuyos espíritus sobreviven a la brutalidad en el aislamiento y que se paran ante la muerte en soledad.
He aquí la historia de Hanna Senesh, nacida en Budapest en Julio de 1921 y ejecutada por un pelotón de fusilamiento húngaro en Noviembre de 1944. Sus jóvenes huesos descansan en Israel bajo el epitafio de uno de sus poemas:
“Feliz el fósforo, Consumió, encendido, una llama”[80]
Los hechos de la historia, y sus epílogos relativos a Kastner, son parte del juicio de Jerusalén. Le agrego unas palabras de agradecimiento al informe.
Los padres de Hanna eran de antigua tradición húngara; judíos pero sin embargo húngaros. Eran propietarios de una platería y joyería, pero el negocio era un asunto menor en sus vidas. Su mundo era la literatura. El padre de Hanna, Bela Senesh, era un escritor; no exactamente un dramaturgo, pero lo más parecido a eso: un crítico. Escribía para la Vida Teatral, un exuberante periódico editado por el más ingenioso de los editores húngaros, Sandor Ince, también judío.
Ince, un neoyorquino a partir de 1939, me contó sobre la familia Senesh. Su amigo, Bela Senesh había sido un escritor con sentido del humor, amable e irónico, que murió en 1929. Su esposa, Catherina, era una mujer elegante y de noble aspecto. Ince recuerda a su hija Hanna – un rostro poético, un cuerpo en forma de vara y largos cabellos castaños.
En 1939, cuando las cosas empezaron a verse mal para los judíos de Budapest, Hanna, con quince años, sorprendió a sus amigos anunciándoles que se había vuelto judía. Los Senesh siempre habían sido judíos pero sin tomar conciencia de ello, al igual que la mayoría de los judíos sofisticados que eran sus amigos. No es desagradable ser judío cuando la judeidad es solamente una flor en tu ojal y aún no una insignia amarilla.
Hanna registró el anuncio en el diario que habría de llevar hasta los días de su martirio. Escribió:
“Soy una sionista. Siento que soy una judía consciente. Con todo mi corazón estoy orgullosa de mi judaísmo y tengo planes de emigrar a Eretz-Israel a participar en su construcción. Comenzaré a estudiar hebreo.”[81]
Un año más tarde Hanna emigró y llegó a Palestina a ayudar en su construcción. Su madre permaneció en Budapest, extrañándola, pero feliz de que su hija estaba lejos del peligro.
De su diario, sus poemas, y el recuerdo de quienes la conocieron, emerge la imagen de una cara bonita, una voz alegre y la algo exagerada seriedad del converso. Despreciando una vida fácil para la cual tenía fondos, la colonizadora Hanna halló placer en arar la tierra y lavar pisos en un kibbutz. Pido perdón por la palabra “exagerada”. Casi olvidé que el patriotismo es así cuando se es joven. A nuestra alegría de vivir le agregamos el nombre de un país, del mismo modo en que a nuestra gratitud por la tierra y por el cielo le agregamos el nombre de Dios.
En aquellos días festivos Hanna escribió un poema titulado “Paseo a Cesarea”. Dice así:
Amado Dios, que no terminen nunca –
El Mundo, la arena, el mar,
El sonido del agua, el rezo de los hombres,
El tronar del cielo.
Oh Señor, que no terminen nunca
La arena y el mar
El suspirar del pequeño río,
El relampaguear en los cielos –
Y la fe del hombre en el hombre que será. [82]
La mitad de toda juventud es poesía. Canta desde sus brillantes esperanzas hasta que llega el dolor. Las cartas de Budapest comienzan a inquietar a Hanna. Son cartas elegantemente redactadas, particularmente las de su madre, no hay clamor en ellas.
Pero Hanna lee que hay nuevos edictos antijudíos en Budapest, que la Cruz Flechada está adquiriendo poder . . . El regente Horthy está maduro para otro eclipse . . . en cuyo caso los demonios antisemitas quedarían sueltos por la calle . . . y también existe la pesadilla del rumor que los alemanes están en camino.
A pesar de que había silencio en Eretz-Israel sobre la cuestión de los judíos amenazados de Hungría, Hanna entendió el horror que no tardaría en venir. Los políticos pueden ignorar el peligro de otros, pero no una poetisa cuyo corazón responde al suspiro de un pequeño río.
El sueño de la construcción de un nuevo país judío cedió su lugar a algo más insistente – a una necesidad de regresar a Budapest y ayudar a salvar a los desafortunados. En su corazón, Hanna vio a todos los judíos de Budapest – a los ancianos en sus sinagogas a quienes casi ni había conocido; a los alegres que habían debatido en la casa de los Senesh sobre Molnar, Alteberg, Schnitzler y los milagros de la voz de Lili Darvas cruzando las candilejas; y las miles de muchachas como ella misma, resplandecientes de juventud y esperando el amor. Todos ellos serían brutalmente asesinados. La necesidad de ir hacia ellos creció en Hanna hasta que ya no tuvo otro pensamiento ni otro sueño. ¿Pero cómo?
Dios era bueno. Le llegó la noticia de que los británicos estaban entrenando paracaidistas en El Cairo para rescatar a los judíos de Hungría y de los Balcanes. Algunos paracaidistas serían lanzados cerca de la frontera con Hungría, se abrirían camino hacia ese país y operarían clandestinamente para los británicos en el rescate de los judíos.
Era una cosa extraña de parte de los británicos. Al mismo tiempo estaban rechazando con tiros y granadas a los judíos de las costas de Palestina. Pero los británicos nunca son completamente insensibles. Sus modales son, por lo general, correctos; aún cuando sus políticas no lo sean. Y, decididamente, era preciso hacer algo – aunque más no fuese como una especie de gesto de decencia, ¡qué tanto!
Así sucedió que el Ejército Británico se puso a entrenar a diecisiete judíos como paracaidistas – para salvar a los millones que todavía estaban vivos en Hungría y en los Balcanes. La nota sarcástica es mía, no de Hanna. La señorita Senesh hubiera estado agradecida si los británicos hubieran entrenado a una sola paracaidista judía – a ella misma.
En ninguna base militar se vio jamás a una paracaidista entrenando con más alegría que Hanna. Hizo sus saltos de práctica desde las nubes como si hubiera estado aprendiendo un nuevo juego. Estaba en El Cairo, uniformada e impaciente. Una vez terminado su entrenamiento esperó las órdenes para su misión. Por esta época escribió en su diario:
Puedo ser llamada muy pronto. Muchas veces me he preguntado cómo es que puedo abandonar el país y nuestra libertad. Debo beber aire fresco tanto como pueda para que me sea posible seguir respirando en la sofocante atmósfera del galut y diseminar el aire entre aquellos que no han tenido ni pizca de libertad hace tanto tiempo. Estoy totalmente consciente de las penurias y de los peligros involucrados, pero de alguna forma creo que podré completar mi misión.
Considero todo lo que ha sucedido hasta ahora como una preparación para mi tarea. Estoy esperando a ser llamada. No puedo pensar en otra cosa.
Me parece que quienes me rodean no perciben el cambio que se ha producido en mí. Sigo con mis tareas cotidianas pero parecería ser que todo lo que me rodea está tan distante. No quiero tener demasiado contacto con las personas a mi alrededor. Eso me hará más fácil partir.
No, eso es mentira. Especialmente ahora me gustaría tener a alguien cerca.
Tengo solamente un deseo – que el período de espera no se estire.
No tengo miedo de nada. Tengo confianza en mi misma y estoy lista para todo. Soy un soldado. Quiero creer que todo lo que he hecho y haré es como debe ser.[83]
De repente, llegaron las órdenes. Si los paracaidistas habrían de lograr algo en absoluto tendrían que ingresar a Hungría antes de que los alemanes la ocuparan. Una vez que los alemanes se hubiesen hecho cargo, adiós a todo el mundo.
Antes de volar en su misión, Hanna escribió en su diario:
Un minuto –
Adiós a todos; adiós,
Quién sabe si regresaré. Sí,
¿quién?
Pero estoy contenta.
La eternidad me ha besado,
Un beso que yacerá sobre mis suplicantes labios.[84]
Hanna y dos hombres jóvenes se lanzaron en paracaídas desde un avión británico sobre un campo en Yugoslavia – entre los partisanos. Los dos jóvenes eran Joel Palgi y Peretz Goldstein.
Llegaron a tierra a salvo, hicieron su reconocimiento y se enteraron de que habían llegado un poco tarde. Los alemanes ya estaban en Budapest.
Joel Palgi argumentó con sensatez que los tres debían pasar más tiempo juntando toda la información que pudiesen conseguir antes de entrar en la Hungría infectada de nazis. El joven Peretz estuvo de acuerdo. Los dos eran jóvenes valientes pero no tenía ningún sentido desperdiciar sus vidas lanzándose a ciegas hacia territorio enemigo. Cruzarían la frontera dentro de un par de días, sabiendo lo que harían. Pero consideraciones sensatas como ésas no son para Hanna. Ella argumenta, por su parte, que cada hora perdida es una traición a su misión. El rescate de los judíos tiene que empezar de inmediato, antes de que los horrores se apilen ante ellos.
Dos jóvenes judíos y una judía discutiendo en la noche sobre cómo ingresar al país de los matadores de judíos, cómo deslizarse en medio de ellos y cómo sacar las víctimas bajo sus narices – he aquí la escena de un argumento sobre el cual vale la pena detenerse. Si tan sólo Hanna escuchase al valiente pero más cauto Palgi y al audaz pero más sabio Goldstein. Pero Hanna sólo escucha a su corazón. Deja de discutir, sonríe y dice adiós a los dos jóvenes acuclillados en la oscuridad. No es un adiós sensato. Pero las heroínas nunca son demasiado sensatas.
Y todo este asunto de los paracaidistas no es para ser juzgado por su lógica o por sus resultados. Hay algo más que sensatez en él. Está el coraje que deja su firma en las causas perdidas. Es una firma que la humanidad atesora.
Hanna se unió a dos partisanos judíos y cruzó hacia Hungría con ellos. Los gendarmes húngaros los descubrieron y los capturaron. Hanna trató de desembarazarse del transmisor militar que llevaba. Sus captores encontraron el transmisor. Era a través de este transmisor que los paracaidistas estarían en contacto entre si, y en contacto con las bases británicas.
El transmisor identificó a Hanna como una presa importante – una espía enemiga. Indicaba, también, que había otros espías con quienes esperaba comunicarse. Notificaron a Peter Hein, oficial de la Gestapo de la Cruz Flechada y éste dio órdenes.
Hanna fue llevada a la prisión de Budapest, la desnudaron, la ataron a una silla, y la flagelaron y golpearon por varias horas. Los húngaros querían saber el código de la señal que sacaría a sus compañeros paracaidistas de sus escondites a fin de que pudiesen ser capturados.
Hanna no dijo ni una palabra a los hombres que la golpearon hasta desmayarla. Los golpes y la denigración de Hanna Senesh continuaron por varios días. Sus alcances no se conocen. Hanna no registró nada de ello en su diario. Sus páginas permanecieron orgullosamente en blanco, carentes de tortura y de dolor.
Después de muchas palizas, los funcionarios a cargo llevaron a la madre de Hanna a su celda. La señora Senesh vio a su hija con su rostro hinchado y golpeado, sus ojos negros y cerrados.
Pero Hanna todavía podía hablar. Abrazó a su madre y le dijo “Lamento, madre, que haya tenido que hacerte esto”.
Hanna lloró en los brazos de su madre y luego dijo “No te quedes, No me mires. No puedo soportar tu pena, madre”.[85]
Los funcionarios húngaros arrestaron a la señora Senesh más tarde y la pusieron en una celda. Le dijeron a Hanna que su madre sería torturada a menos que ella entregase su código de contacto.
Las palizas continuaron, con Hanna atada a su silla. Gritó antes de desmayarse, pero nunca pronunció el código del transmisor que haría caer en la trampa a sus compañeros paracaidistas.
Finalmente, la señora Senesh fue liberada de su prisión. Inmediatamente fue a visitar a Hanna. Hanna le dijo que la juzgarían, Le pidió a su madre que buscase un abogado que la defienda.
Y la señora Senesh corrió por Budapest buscando ayuda para su hija. Supo por funcionarios judíos y húngaros que había solamente un hombre que podía hacer algo por Hanna – el único judío que tenía el poder de movilizar a los nazis – el Dr. Rudolf Kastner. También supo que el Dr. Kastner era el único judío al cual le estaba permitido visitar a los prisioneros cuando quisiese y llevarles paquetes de comida. Los húngaros a veces se olvidaban por días enteros de darle de comer a sus prisioneros.
La señora Senesh trató día tras día, y luego semana tras semana, de ver al Dr. Kastner. Habló con la secretaria del Dr. Kastner, con su asistente, la señora Hanzi Brand, y con todos los demás ayudantes que pudo hallar. A través de ellos le envió ruegos al Dr. Kastner implorando una entrevista, una reunión, un abogado, un paquete de comida para su hija.
Kastner no era completamente indiferente a los valientes paracaidistas. Dos de ellos habían llegado secretamente a Budapest y se presentaron ante el Dr. Kastner. Habían recibido instrucciones del Haganah en Palestina en el sentido de que el Dr. Kastner sería su “base” en Hungría. El trabajo de rescate de ellos se llevaría a cabo con la cooperación de Kastner.
Kastner indujo a Joel Palgi a salir de su escondite y a entregarse a Klages, el jefe de la Gestapo alemana. Más tarde, instigó a Peretz Goldstein a dejar de esconderse y entregarse a la gendarmería húngara. Le aseguró a los dos jóvenes que el entregarse implicaría clemencia para con ellos. También les dijo que esas mismas autoridades húngaras y alemanas les permitirían unírsele para salvar judíos.
Había un factor persuasivo adicional en esto – los jóvenes Palgi y Goldstein eran nativos de Kluj. El Dr. Rudolf Kastner había sido su líder en el “Movimiento Juvenil Sionista” de Kluj.[86]
Los jóvenes paracaidistas obedecieron a Kastner y se entregaron. Ambos fueron inmediatamente torturados por los oficiales de las SS y por la gendarmería húngara. Después de meses de tortura, los cargaron sobre un tren sellado y los enviaron a uno de los campos alemanes de la muerte. Palgi se las arregló para saltar del vagón de ganado cargado de judíos y escapar. Peretz Goldstein no fue visto nunca más.[87]
La tortura y la condena de estos dos hombres no puso en peligro la seguridad y el confort de su confidente, el Dr. Kastner.
Habiendo sido revelado como la “base” operacional del espionaje del enemigo, el Dr. Kastner siguió siendo el amigote de confianza de los nazis de las SS y de los gendarmes húngaros quienes continuaron ayudándolo a “salvar judíos”.
Hanna, esperando en una celda solitaria, escribió en su diario:
Uno, dos, tres – ocho es el largo.
Dos pasos son el ancho de la pared.
Mi vida oscila sobre un signo de interrogación –
Una, dos, tres – quizás otra semana.
Sobre mi cabeza – la nada.
En este mes de Julio cumpliré veintitrés.
Le aposté a un número en el juego,
Los dados han rodado. Y yo perdí.[88]
Después de tres meses, Hanna escribió otra línea en su diario,
“Amé el calor de los rayos del sol”. [89]
Convencido de que la tortura no haría hablar a Hanna, el gobierno ordenó que fuera trasladada a una celda general para esperar su juicio por traición. Había otros cuatro prisioneros en la celda. Dos de ellos eran niños. Habían estado presos allí por años.
Hanna Senesh, con el rostro golpeado, se puso a trabajar enseñándole a los niños a leer y escribir. Su espíritu se trasladó a las celdas dónde otros judíos estaban esperando su juicio y la ejecución. Hizo correr alegres rumores por la prisión. Mostrándose en una ventana enrejada, Hanna puso un dedo sobre su labio superior como si fuera un pequeño bigote. Después movió el dedo de la otra mano de derecha a izquierda por su cuello. Corrió el rumor por la prisión de que Hitler había sido asesinado.
Con un espejo, envió señales luminosas a los judíos de otras celdas y sostuvo carteles con grandes letras hebreas en su ventana, formando palabras de esperanza para los otros condenados. Y cuando los guardias prohibieron esto y cerraron la ventana, Hanna continuó comunicándose con sus compañeros de prisión. Dibujó, bien visible, la estrella de David en el polvo acumulado sobre la ventana.
Incapaz de obtener una audiencia con el todopoderoso Dr. Kastner, exasperada por la información falsa pomposamente brindada por los asistentes de la Agencia Judía, la señora Catherina Senesh finalmente se dirigió en su desesperación a un húngaro por ayuda, un abogado que accedió a defender a Hanna.
Poco después, la señora Senesh fue citada a una oficina gubernamental. El funcionario antisemita de esa oficina le informó que el juicio de su hija había terminado y que la sentencia había sido dictada y ejecutada hacía pocas horas. El funcionario le dijo:
“Su hija no deseó verla a usted de nuevo. Dijo que no quería causarle dolor. Tengo que inclinar la cabeza ante el comportamiento que tuvo su hija antes de morir. Sus últimas palabras fueron que estaba muy orgullosa de ser judía.”[90]
Terminaré la historia de Hanna luego, en el tribunal del Juez Halevi, pero mi comentario va aquí.
Hanna se podría haber ahorrado meses de tortura y desfiguración dándole a sus captores el código de la señal que pondría a sus compañeros paracaidistas en las manos de ellos. Podría también haber salvado su propia vida traicionando a sus camaradas.
Que en tiempos como en los de ella, en tiempos de masacre de seres humanos indefensos – hubiese un ser humano que prefirió morir antes que causarle dolor a los otros – eso constituye un importante hecho histórico.
Que Hanna Senesh se sacrificara, no tanto por patriotismo o idealismo sino por la más simple de las razones humanas – el respeto por los otros seres humanos – eso es otro hecho importante. Se yergue como un monumento blanco en un siglo oscuro. Alguien como Hanna me hace sentir orgulloso de escribir sobre mis semejantes judíos, de ser uno de los biógrafos de la muchacha que escribió:
“La eternidad me ha besado,
Un beso que yacerá sobre mis suplicantes labios”
La historia de los paracaidistas salta en el juicio de modo inesperado.
Tamir: ¿Hubo algún otro interrogatorio en relación con sus pasadas actividades?
Kastner: No recuerdo ninguno.
(Tamir hace una pausa. Hay un chisme de hace muchos años atrás en su mente)
Tamir: Dr. Kastner, en el Haganah . . .
Kastner: (nervioso) Sí, sí, hubo algunas preguntas sobre el Haganah.
(Tamir ve de pronto que ha dado en un blanco)
Tamir: Oigámoslo. ¿De qué se trataba?
Kastner: (el patriótico) No sé si me está permitido revelar los detalles sobre el interrogatorio respecto del Haganah. Y me niego a contestar toda pregunta sobre el asunto, a menos que reciba el poder correspondiente de un abogado.
Comienza una discusión. El fiscal Tell se opone firmemente a que se siga “ensuciando” al Dr. Kastner, el “héroe rescatador” del gobierno. Y actitudes desmesuradas nunca extraerán del patriota Kastner ninguna información que pueda dañar la seguridad militar de la nación. Tamir insiste. El juez Halevi finalmente le pregunta al testigo Kastner: “¿Cual fue el tema del interrogatorio sobre el Haganah?”
Kastner: Las preguntas se refirieron a la historia de los paracaidistas en Hungría. Pero todo lo relacionado con los paracaidistas es secreto. Tendré que consultar con las autoridades pertinentes.
Dos días más tarde Kastner enfrenta un doble interrogatorio sobre un nuevo y tenebroso episodio de su pasado. Llevó días de inquisición el develar la historia de cómo Kastner traicionó a los jóvenes Palagi y Goldstein y le volvió la espalda a Hanna Senesh.
Tamir: ¿ Qué hizo usted para ayudar a Hanna Senesh?
Kastner: Tuvimos reuniones en el comité sobre qué pasos podíamos dar. Decidimos una larga serie de pasos. Averiguar de las autoridades húngaras si era posible liberarla; averiguar de las autoridades alemanas si era posible recolectar dinero para que un abogado la defendiera.
Tamir: ¿Fue defendida? ¿Consiguieron ustedes un abogado?
Kastner: Por lo que recuerdo, lo conseguimos.
Tamir: ¿Cómo se llamaba?
Kastner: Era un abogado húngaro, un hombre joven de aspecto militar. No recuerdo su nombre.
Tamir: ¿Se puso este abogado en contacto con Hanna Senesh?
Kastner: No lo sé.
Tamir: ¿No estaba usted interesado?
Kastner: Lo estaba. Creo que Offenbach me dijo que él estaba manejando el asunto. (Offenbach era un miembro del Comité de Rescate de Kastner).
Tamir: ¿Visitó, o no visitó este abogado a Hanna Senesh en la cárcel?
Kastner: No lo sé.
Tamir: ¿Preguntó usted si Hanna le había mandado algún mensaje a través de este abogado?
Kastner: No.
Tamir: ¿Averiguó usted si Hanna tenía comida en la prisión?
Kastner: No
Tamir: Dr. Kastner, afirmo que usted no tuvo interés en el destino de Hanna Senesh.
Kastner: Eso no es cierto.
Tamir: Afirmo que usted nunca buscó un abogado para Hanna Senesh.
Kastner: Está usted equivocado.
Tamir: Afirmo que los ayudantes de usted le aconsejaron a la madre de Hanna no conseguir un abogado.
Kastner: Eso no es cierto.
Tamir: ¿Se entrevistó usted con la madre de Hanna?
Kastner: No.
Tamir: ¿Pidió alguna vez la madre de Hanna verlo a usted?
Kastner: Nunca, según mi mejor conocimiento de los hechos.
Tamir: ¿Es cierto que, además de ser una emisaria de la Agencia Judía, Hanna Senesh era una oficial británica?
Kastner: Sí. Eso es cierto.
Tamir: ¿Es cierto que los intereses británicos en Hungría estaban representados por el consulado suizo?
Kastner: Sí.
Tamir: ¿Notificó usted al consulado suizo de que una prisionera de guerra británica había sido arrestada por los húngaros?
Kastner: No.
Tamir: ¿Por qué no?
Kastner: Pienso que tenía mis razones.[91]
Un Kastner sudoroso espera el asalto final contra sus mentiras sobre Hanna Senesh. Éste es uno de los peores crímenes de Kastner a los ojos del público israelí. Porque Hanna no es una judía desconocida, perdida entre una montaña de cadáveres. Es una de las más grandes heroínas de Israel. Sus poemas son leídos por un amplio círculo de personas. Su memoria está viva, como si hubiera muerto apenas ayer. Hay un kibbutz bautizado con su nombre – “Yad Hanna”.
Tamir no lleva a cabo ningún asalto final. Tiene una respuesta mejor para las mentiras de Kastner. Tiene un testigo que declarará cómo la Agencia Judía de Hungría le volvió la espalda a Hanna y la dejó morir sin mover un dedo en su favor. Tamir llama a la madre de Hanna al estrado de los testigos.
La señora Catherina Senesh es ahora la directora de una escuela de señoritas en Israel. Funcionarios del gobierno han tratado de convencerla de que no declare. Le advirtieron que podía perder su empleo y ganarse la inquina de los gobernantes de Israel si aparecía como testigo. A pesar de ello, la señora Senesh apareció. Ingresó al tribunal con su leal hijo, Giora, a su lado.
Alta, equilibrada y elegante, la señora Senesh habla desde el cubículo de los testigos. Relata su historia con calma, orgullosa, en un lenguaje que su hija hubiera admirado.
Sra. Senesh: Hanna me pidió una sola cosa – que le consiguiera un abogado para el juicio que se aproximaba. Le pedí a uno de los sionistas activos, al Sr. Grossman, que nombrara a un abogado. Le imploré y le dije que Hanna había pedido un abogado. El hombre me dijo: “No hace falta un abogado. Tenemos todo en la mano. Vaya a su casa. Puede ser que ella ya esté allí esperándola.” Me apuré en volver a casa. Mi hija no estaba allí. Llamé a este mismo Grossman día tras día hasta que la gente me dijo: “¿Por qué se molesta usted con Grossman? ¿Por qué no va a ver a Kastner? Kastner es el que la puede ayudar.”
Tamir: ¿Le pidió usted a Grossman que arreglara una entrevista con Kastner?
Sra. Senesh: Sí. Y él me contestó: Eso es imposible. El Dr. Kastner está demasiado ocupado. Y de todos modos no está aquí ahora.” Siempre tenía una excusa diferente.
Tamir: ¿Qué más le dijo Grossman en cuanto a su pedido de contratar a un abogado para su hija?
Sra. Senesh: Dijo que no había necesidad de un abogado, que todo estaba bien. Le dije que si podía contratar un abogado, este abogado le podía hacer llegar a mi hija al menos un paquete con comida. Grossman insistió en que no necesitaba un abogado para eso. Kastner tenía el derecho de visitar a cualquier prisionero. Le pregunté: “¿Por qué no fue a visitar a mi hija?” Le pedí la dirección de Kastner y Grossman me contestó: “No. Eso es imposible. No se la puedo dar”. Más tarde conseguí la dirección por otra persona.
Fui a esa dirección. Hablé allí con una mujer. Le dije quién era yo. Le dije: “He oído que el Dr. Kastner es el único que puede ayudar. Mi hija es una de los paracaidistas de Palestina.” La mujer me dijo: “Sí, ya sé. Conocemos el caso. El Dr. Kastner tiene intenciones de verla mañana. Le daré la dirección de la oficina del Dr. Kastner. Puede usted hablar con su secretaria allí. Ella lo arreglará.” Años más tarde me encontré con esta mujer y supe que era la señora Hanzi Brand.
Tamir: ¿Llevó usted un paquete con comida a la secretaria?
Sra. Senesh: Sí. No quiso aceptarlo. Me pidió que se lo trajera al día siguiente.
Tamir: ¿Trató usted otra vez de ver al Dr. Kastner?
Sra. Senesh: Lo intenté una y otra vez, durante muchos días.
Tamir: ¿Consiguió usted finalmente un abogado?
Sra. Senesh: Sí. Mientras trataba de ver al Dr. Kastner, me encontré con el Dr. Komoy que estaba en el mismo edificio. Él conocía a nuestra familia y a Hanna. Le dije lo que yo había estado haciendo y que me habían dicho que no necesitaba un abogado. El Dr. Komoy se mostró sorprendido. No había oído que Hanna estaba en Budapest. Me dijo. “Usted tiene que conseguir un abogado hoy mismo”. Era el 12 de Octubre. Salí corriendo y contraté a un abogado. Fue el único abogado que mi hija tuvo.”[92]
Pero era demasiado tarde. La fe de la Sra. Senesh en los sionistas le había impedido buscar ayuda en otra parte.
La Sra. Senesh le relata al tribunal lo que un funcionario húngaro le dijo a la mañana del día en que ejecutaron a su hija: “Tengo que inclinar la cabeza ante el comportamiento que tuvo su hija antes de morir. Sus últimas palabras fueron que estaba muy orgullosa de ser judía.”
Tamir: Sra. Senesh, ¿se entrevistó usted en absoluto con el Dr. Kastner antes de la ejecución de su hija?
Sra. Senesh: No. Nunca.
Tamir: ¿Se ha encontrado usted con el Dr. Kastner en Israel?
Sra. Senesh: Sí, una vez. Yo estaba en Jerusalén ocupada con algunos asuntos para mi escuela. Fui a una de las oficinas del gobierno. El Dr. Kastner se enteró de que yo estaba allí. Rápidamente vino y me saludó. Le dije: “Dr. Kastner, no estoy preparada para verlo”. Me contestó: “¿Por qué? Si estuviese usted preparada ¿qué me diría?” Le dije: “Hubo un tiempo en que traté desesperadamente de entrevistarme con usted, pero no tuve éxito”. El Dr. Kastner me dijo. “Créame, fue solamente en Suiza, al año siguiente, que me enteré de cuantas veces usted había estado buscándome.”
Le dije: “¿Cómo es posible que, en una época tan crucial, tuviese usted una secretaria tan irresponsable que omitiera mencionarle las múltiples veces que constantemente pregunté por usted?”
El Dr. Kastner me contestó: “Créame, lo sucedido me apena más de lo que podría apenar a cualquier otro.”
Le dije: “Le creo que le resulte penoso ahora Dr. Kastner, pero en ese momento, cuando se hubiera podido hacer algo, no lo pude encontrar.” Me respondió: “No, lo hicimos todo. Un día la iré a ver y le contaré cuánto hicimos.”
Le contesté: “Sé que eso no es cierto. No digo que usted podría haber salvado a mi hija Hanna; pero el que ni siquiera lo haya intentado – lo que lo hace más difícil para mí es que no se haya hecho nada.”
Me dijo: “Realmente, hicimos de todo. Créame, lo hicimos todo y la llamaré y se lo contaré algún día.”
Le dije: “Sé que lo contrario es cierto. Si lo que usted desea decirme Dr. Kastner es que el asunto de mi hija Hanna era tan peligroso que resultaba mejor ni tocarlo, estoy dispuesta a aceptar eso como una explicación”.
Me respondió: “¿Peligroso para mí? Querida señora, el peligro era lo único a lo cual yo me dedicaba.”
Le contesté: “Entonces quizás el asunto no era lo suficientemente importante o lo suficientemente interesante para usted.”
Me dijo: “No. Está usted equivocada. Como veterano sionista, soy uno de los que aprecian absolutamente los actos heroicos de su hija. No, créame, hicimos todo y lo intentamos todo.”
Y yo le dije: “Si ése es el caso, ¿cómo es posible que el 12 de Octubre me reuní con el Dr. Komoly, colega de usted, y él ni siquiera sabía que Hanna era una paracaidista? En ese momento Hanna estaba en prisión. No había nada para comer en la prisión. Al menos se le hubiera podido enviar un paquete de comida. Y más que eso, mi hija Hanna estaba esperando la señal de que alguien allá afuera estaba pensando en ella.”
El Dr. Kastner dijo: “Realmente no entiendo como es que no llegó ninguno de los paquetes de comida que le envié a su hija.”
Y yo le dije: “Es un poco difícil de comprender por qué los paquetes que enviaron mis amigos llegaron y los suyos no, Dr. Kastner.”
Ésa fue mi única entrevista con el Dr. Kastner.
Tamir: ¿Le ofreció él visitarla y seguir explicándole el asunto?
Sra. Senesh: Sí. Pero yo le dije: “No veo que se gane nada con una charla así. Creo que es innecesaria, Dr. Kastner. No veo razón alguna para otra discusión entre nosotros.” [93]
El fiscal general Chaim Cohen renuncia a re-preguntar. Cada apalabra agregada por la Sra. Senesh sería una prueba más de que Kastner le volvió la espalda a Hanna.
Ningún diario, ni siquiera el Davar de Ben-Gurión, impugna el testimonio de la señora Senesh.
Duerme en paz, Hanna. No fue en vano. Quienquiera que busque tener fe en la humanidad y en su bondad, encontrará tu nombre.
Aquí está la explicación y la refutación del fiscal general Chaim Cohen sobre todas estas cuestiones. En su resumen, Cohen declama ante el Juez Halevi:
“Lo único que la defensa pudo probar es que Kastner no recibió a la señora Catherina Senesh en una entrevista, o que no envió paquetes a la prisión, o que no se expuso lo suficiente.”
“Suponiendo que esto sea cierto, que no lo es, ¿qué es lo que prueba? Prueba que, por la intensidad de su pesado trabajo y su responsabilidad por la vida de miles de judíos, Kastner no se mostró suficientemente activo en favor de una judía palestina. ¿Acaso por ello es un traidor y un colaborador?”[94]
¿Que qué es lo que prueba? Vengan conmigo, hermanos judíos, y miren el trabajo realizado por Kastner.
De la Europa atronada por las explosiones y los incendios, sale una carta escrita por un hombre que se esconde en una cueva sobre las orillas del Danubio. Es una de las misivas más tremendas jamás puestas dentro de un sobre.
Su autor es un hombre fuerte, profundamente
religioso, llamado Rabbi Michael Dov Weissmandel. Este hombre de barba y
mística fue uno de los heroicos rescatadores por la época de la catástrofe
judía. Su cuartel general fue una cueva fuera de su pueblo natal de Bratislava,
Eslovaquia. Llevando a cabo operativos desde esta cueva, arrancaba a judíos
condenados de debajo de las narices de los nazis y los ponía sobre el camino de
la libertad. Trabajaba como un ejército de un sólo hombre del Señor.
Los líderes judíos de Turquía, Suiza y Palestina habían recibido una gran cantidad de comunicados[95] del indomable rabino de la cueva. El que sigue, escrito al día siguiente del inicio de la deportación de los judíos húngaros a Auschwitz, decía:
15 de Mayo de 1944 – En una cueva cerca de Lublin. Shalom y Saludos. Les estamos enviando este mensaje especial para informarles que ayer los alemanes comenzaron la deportación de los judíos de Hungría. Es el comienzo de la deportación de todos los judíos de Hungría.
Se están llevando doce mil almas todos los días.
Cuatro deportaciones de cuarenta y cinco cargamentos de esos trenes están saliendo diariamente de Hungría. Dentro de veintiséis días todo ese área habrá sido deportada.
Los deportados van a Auschwitz en dónde los matarán con gas cianhídrico. Un gran número de ellos ya están muertos al llegar.
Los alemanes le permiten a unos pocos de los más fuertes quedar con vida.
A quienes se les permite seguir con vida, se los marca con un número en el brazo y la estrella de David en el pecho.
La mayoría de estos privilegiados muere dentro de un mes. Otros toman su lugar.
Los que van directamente del tren a las cámaras de gas para morir por asfixia no son marcados. Resultan completamente incinerados en los hornos y no dejan rastros.
A los cadáveres se los quema en hornos especialmente fabricados. Cada horno incinera a 12 cuerpos en una hora. En Febrero había 36 hornos ardiendo. Hemos sabido que se construyeron más hornos.
La información que nos han brindado unos pocos testigos oculares revela que en Febrero se construyeron cuatro edificios para disponer de los judíos. Hemos sabido que, desde entonces, se construyeron más edificios.
Antes los alemanes mataban y quemaban a los judíos en el bosque de Birkenwald, cerca de Auschwitz. Ahora las muertes y las incineraciones ocurren en los edificios que se muestran en el mapa adjunto.
En Diciembre, los alemanes construyeron trenes especiales para transportar los judíos de Hungría hacia su exterminio.
Este es el cronograma de Auschwitz, desde ayer hasta el final; doce mil judíos – hombres, mujeres y niños, ancianos, infantes, sanos y enfermos – son asfixiados diariamente y sus huesos y cenizas serán utilizadas para fertilizar los campos alemanes.
Y vosotros, nuestros hermanos en Palestina, en todos los países de la libertad, y vosotros, ministros de todo el reino - ¿cómo es que os mantenéis en silencio en vista de este enorme asesinato? ¿En silencio, mientras miles y miles, llegando ahora a seis millones de judíos son asesinados y esperan a ser asesinados?
Sus corazones destrozados claman por vuestra ayuda mientras deploran vuestra crueldad. Sois brutales y también sois asesinos por la sangre fría de vuestro silencio con el cual observáis.[96]
Porque estáis sentados de brazos cruzados y no hacéis nada, a pesar de que podríais detener o retrasar el asesinato de los judíos en esta misma hora.
En el nombre de la sangre de los miles y miles que han sido asesinados, os pedimos, os imploramos, clamamos y demandamos que toméis medidas, que paséis a la acción ahora - ¡inmediatamente!
Que los ministros de los reinos y de todos los países alcen un fuerte y penetrante clamor que deba entrar en los oídos del mundo, los oídos del pueblo alemán, los oídos del pueblo húngaro. Que ellos les griten una voz de alerta a los asesinos alemanes. Que proclamen que saben lo que ha ocurrido en el pasado y lo que sigue sucediendo.
Y el Papa mismo debería unirse a este clamor contra los asesinos alemanes.
Que este clamor se oiga a través de todas las radios y que se lea en todos los diarios del mundo. Que, a menos que los alemanes detengan inmediatamente la deportación de los judíos de Hungría, los alemanes sean eternamente exilados de la civilización.
Solicitamos que los crematorios de Auschwitz sean bombardeadas desde el aire. Son nítidamente visibles, tal como se muestra en el mapa adjunto. ####
Un bombardeo así retrasará el trabajo de los asesinos alemanes.[97]
Y lo que es más importante – que se bombardeen todas las rutas que llevan de Europa Oriental hacia Polonia y que se bombardeen persistentemente los puentes en la vecindad de los Cárpatos.
Dejad toda otra tarea para que ésta se haga. Recordad que un día de vuestra inacción mata a doce millones de almas.
Vosotros, nuestros hermanos, hijos de Israel ¿estáis dementes? ¿No sabéis el infierno que hay a nuestro alrededor? ¿Para quién estáis ahorrando vuestro dinero?
¿Cómo es que nuestras imploraciones os afectan menos que los quejidos de un mendigo parado ante vuestra puerta?
¡Asesinos! ¡Dementes! ¿Quién es el que ofrece caridad? ¿Vosotros que lanzáis algunos pocos peniques desde la seguridad de vuestras casas? ¿O nosotros que damos nuestra sangre en las profundidades del infierno?
Hay una sola cosa que puede decirse para exoneraros – que no conocéis la verdad.
Esto es posible.
El villano ha hecho su trabajo tan sagazmente que sólo unos pocos adivinan la verdad.
Os hemos dicho la verdad varias veces. ¿Es posible que les creáis a los asesinos más que a nosotros?
Que Dios os abra los ojos y os dé corazón para rescatar al resto en estas últimas horas.
Lo más importante es lo que escribo acerca del bombardeo de los crematorios de Auschwitz y los puentes que conducen hacia ellos.
Un bombardeo así puede retrasar vitalmente el malvado trabajo de los matadores.[98]
Y Dios, que mantiene con vida al último remanente de Israel mostrará su misericordia por la cual yo rezo. Rezo mientras escribo desde el mar de lágrimas del pueblo de Israel. Aguardamos la ayuda de Dios.
Uno del mercado que es testigo del dolor de su pueblo.[99]
En Agosto de 1944, el rabino Michael Dov Weissmandel recibió – una especie de – respuesta a su carta. Fue capturado por los cazadores de judíos de las SS alemanas y puesto sobre un tren en dirección a los barriles de cenizas alemanes. Sobre el tren a Auschwitz el religioso se mantuvo el silencio en medio de la locura. Apiñado junto con el resto de la basura humana, el rabino Weissmandel sostuvo en su mano una costra de pan viejo. En el pan había un rollo de hilo abrasivo que podía cortar acero. Por la noche, el rabino hizo un agujero en el vagón sellado y saltó a la oscuridad.
Continuó con su labor de rescate aún cuando no recibió respuesta a su carta.
Una década más tarde, Tamir repite en la sala del tribunal el SOS acusador de “uno en el mercado” que, oculto, observaba cómo su pueblo estaba siendo torturado.
Tamir interroga a Menachem Bader, de la Agencia Judía, que está en el cubículo de los testigos en la sala del tribunal del Juez Halevi:
“¿Recibió usted esta carta del rabino Weissmandel?”
Bader, que ahora es Gerente General de la Oficina de Desarrollo del gobierno, y señalado por los demás testigos como el funcionario de rescate de la Agencia Judía que, en su momento, recibió la carta, contesta:
“Cartas como ésa nos llegaban todos los días.”
Tamir se dirige al Juez Halevi sobre la respuesta recibida por el rabino Weissmandel a su pedido de auxilio – el silencio. Tamir resume:
“En respuesta al desesperado pedido de auxilio de doce mil judíos enviados diariamente a ser asesinados, ¿qué es lo que contesta la comunidad judía organizada? ¿Que medidas toma?”
“¿Qué respuesta se le da a las alternativas de rescate mencionadas en la carta del rabino de la cueva?”
“No hay respuestas. No hay acciones.”
Tamir destaca el silencio (en obediencia a los británicos) mantenido por los sionistas de Weizmann sobre la masacre de los seis millones de judíos europeos – el silencio y la indiferencia que luego se consolidaron en política.
“Nuestros cargos son que aquí, en Eretz-Israel, las instituciones oficiales se subordinaron al gobierno británico. No estuvieron dispuestas a asumir el riesgo y quedaron prisioneras de su estrechez mental y en una expresa negativa a abandonar esas reglas internas y, por todo ello, ocurrió lo que estoy forzado a definir como el abandono de la judería europea en la hora más horrible que le tocó padecer.”
“El testigo Katz describió cómo los judíos en Auschwitz estuvieron parados observando a los bombarderos británicos bombardear objetivos militares y omitir las cámaras de gas y los crematorios. Si estas cámaras de gas hubiesen sido bombardeadas, el extermino se hubiera retrasado, y decenas de miles de almas se hubieran salvado. Pero no fueron bombardeadas.”
“En esta situación, qué acciones se llevaron a cabo, no por el ghetto judío de Kluj, sino por la comunidad judía organizada de Palestina? Seiscientas mil personas, y no personas que “no tenían espíritu”, sino una comunidad con la tradición del Nili[100], del Hashomer[101], de las legiones hebreas, del cuerpo de Galípoli, del Haganah, de la clandestinidad, del Palmach – ¿que hace esta comunidad judía que está así ayudando al exterminio, en relación con el enemigo de su pueblo.”?
Aquí Tamir cita el mensaje secreto que el rabino Michael Dov Weissmandel envió a los líderes judíos de Palestina y del mundo libre y continúa:
“Es demasiado fácil para la comunidad judía organizada en Palestina decir, en 1944: los británicos no quisieron permitir el rescate ni la inmigración. En 1946 el Haganah supo muy bien seguir al Irgun y al Lehi para dinamitar puentes a fin de que los británicos se viesen forzados a permitirlo. ¿Cómo es que en 1944 no salieron a combatir para que se abriesen las compuertas de Palestina a las víctimas de Hitler? En 1944 el resultado futuro de la guerra estaba claro. Y en aquél momento teníamos que pelear en todos los frentes. En aquél tiempo toda la atención, toda el alma, tanto los nervios como el cuerpo, tenían que concentrarse en una sola cuestión – el rescate de los cientos de miles de judíos remanentes.”
“Pero no hablemos de dinamitar puentes en Eretz-Israel. No hablemos del llamado “extremismo”. Refirámonos a acciones legítimas, legales. Hablemos tan sólo de la actividad judía más convencional, tradicional: recolección de fondos para el rescate.”
“Izaak Greenbaum, presidente del Comité de Rescate de la Agencia Judía escribe en su libro: Si me preguntan, “¿Podría usted dar dinero del Llamado Judío Unido para el rescate de judíos?”, yo digo “¡No!”. Y vuelvo a decir, “¡No!”. En mi opinión tenemos que resistir esta oleada que pone a las actividades sionistas en un segundo término.”
Y Tamir continúa:
“Izaak Greenbaum no es un sujeto privado. Es el hombre designado por la Agencia Judía como jefe de su Departamento de Rescate. ¿Qué significa esto, aparte de descuidar y sacrificar deliberadamente a los judíos de Europa? “
Bader – el mismo Bader que retransmitió a Palestina la carta del rabino Weissmandel – ha declarado que le retransmitieron a los jefes de la Agencia Judía “cada partícula de noticias sobre la masacre”.
Tamir, al Juez Halevi:
“Y así y todo, en Palestina, estos hechos permanecieron siendo indignos de ser noticia. El silencio continuó. Supresión completa.”
“Miren las pequeñas cuestiones escondidas (en la prensa) sobre los problemas judíos en Europa. Y noten como faltan en las páginas editoriales los comentarios sobre problemas de rescate”.[102]
“Durante esta época, en la prensa de la Agencia Judía aparecen largos discursos de Ben-Gurion y de Sharett – discursos pronunciados en Palestina y en el extranjero. Todas las minucias sionistas oficiales se informan a pleno, y las rencillas partidarias internas del Histadrut y del Mapai se ofrecen al público bajo impresionantes titulares. Problemas locales, huelgas, el costo de vida, chicanas políticas – todo eso recibe cobertura completa. Pero los horrores y los detalles del exterminio de los judíos, y de los problemas del rescate – casi ni se mencionan.”
“Más aún que eso. En el Davar, el diario oficial de la Agencia Judía, aparece el siguiente editorial y cito: “La desmentida nazi del exterminio tiene buenos fundamentos. No se aniquiló a tantos como se temía.”
“Vayamos a la hora del exterminio de la judería de Hungría.”
“Dos días después de la ocupación nazi de Hungría, las columnas (del Davar) están llenas de titulares, editoriales, denuncias – y no contra el terror de los fascistas húngaros, no contra este terror de Eichmann, sino contra el terror del Irgun Zvai Leumi y los combatientes judíos por la libertad de Israel.”
“En los fatales meses de Abril, Mayo y Junio de 1944, durante los cuales varios miles de judíos fueron llevados diariamente a Auschwitz para matarlos, la supresión continúa. Hay un discurso de Ben-Gurion (íntegramente reproducido por la prensa de la Agencia Judía). No hay ninguna mención de Hungría en él.”
“Su señoría – 11 de Abril. Comienzan con la concentración de los judíos en Hungría. Ben-Gurión pronuncia un discurso. Ni una palabra sobre Hungría. Aparece un editorial en el Davar. De nuevo, en contra del terror, en contra del terror antibritánico.”
“9 de Mayo – Las deportaciones a Auschwitz a un ritmo de doce mil por día están por empezar. La Asamblea General de los judíos de Palestina se reúne. Su agenda: párrafo 1°: elección partidaria. Los británicos se podían dar el lujo de prescindir de elecciones por aquellos días decisivos, pero, entre nosotros, todo el revuelo giró alrededor de las elecciones. Y ésta es también la cuestión principal para la Asamblea General.”
“11 de Mayo – Los últimos días antes del comienzo de las deportaciones. De nuevo un discurso de Ben-Gurion. Ni una palabra sobre la situación húngara.”
“15 de Mayo – Comienzan las deportaciones a Auschwitz en gran escala. Doce mil por día. Su señoría: el Sr. Sharett pronuncia un discurso. Ni una sola palabra sobre Hungría. Ni una sola palabra sobre el exterminio en general.”
“21 de Mayo – Séptimo día de la deportación que estará lista y concluida en un par de días más. Ben-Gurion pronuncia un discurso. Ni una palabra sobre Hungría. La primera información aparece el 23 de Mayo. Ehud Avriel envía un cable desde Turquía acerca del peligro que amenaza a un millón de judíos y el cable aparece en el Davar. Veamos qué sigue después de esta alarmante noticia de Avriel. El 2 de Junio, ocho días más tarde – y para ése momento casi un cuarto de millón de judíos ya han sido incinerados en Auschwitz – se reúne el Consejo General del Mapai (el partido de Ben-Gurion). Ni una sola palabra de reacción.
“El 10 de Julio de 1944, el Davar publica, fríamente y sin ningún indicio de emoción, una pequeña noticia – el informe de Kraus, de Budapest.” (Kraus es un lobo estepario solitario que ha salvado a cuarenta mil judíos de Hungría sin la ayuda de la Agencia Judía).
“Esta fría pieza de información es la primer noticia oficial en cuanto a que las deportaciones han alcanzado una escala tan grande.”
“¡Y la historia aparece recién después de que las deportaciones terminaron y cerca de un millón ya están muertos!”
(Interrumpo aquí a Tamir. – Ahora el Davar ya no asume ningún riesgo al mencionar las deportaciones. Los judíos muertos no pueden importunar a la política británica tratando de ingresar en Palestina)
“He aquí otra fecha. Seis días después de que el retazo de información suministrado por Kraus fuera publicado, Berl Katznelson, figura central del partido Mapai de Ben Gurion, pronuncia un discurso. No dice una sola palabra sobre el asunto (de los masacrados judíos de Hungría). No hay una sola palabra sobre el tema general del exterminio.”
“Esa misma semana, también Ben-Gurion habla extensamente en la convención del Histadrut – sobre “las grandes tareas que aguardan a la nación judía”. Y no dice una sola palabra sobre ochocientas mil almas judías y su exterminio.”
“Hasta mediados de Julio, seis meses después de que comenzara la matanza de doce mil judíos por día, aún no hay una palabra oficial pronunciada por la Agencia Judía ni por ninguno de los funcionarios sionistas sobre el hecho de que la deportación había comenzado – sobre que ya medio millón había sido exterminado.”
“Para ése entonces, la Agencia Judía poseía la mejor y más exacta fuente de información[103] sobre el destino de los judíos de Hungría, sobre la deportación, y no existía ninguna censura británica sobre estas cuestiones, tal como ha quedado probado en esta corte. Pero desde fines de Mayo, hasta el 16 de Julio, por todo un mes y medio, mientras 12.000 judíos están siendo muertos por día, no hay una sola palabra oficial pronunciada por la Agencia Judía ni por ningún funcionario sionista informando que estas deportaciones han comenzado y continúan; que ya medio millón ha sido exterminado. Por todo un mes y medio, el Sr. Sharett y la Agencia Judía, en forma consciente y deliberada, suprimen todas las noticias que conocen.
“Sí; en lugar de lanzarlo a los titulares, en lugar de incitar a los judíos y a los no-judíos del mundo a tomar alguna acción – las horrendas noticias son suprimidas; por órden de los británicos con quienes nuestros líderes judíos están tan orgullosos de colaborar.”
“El señor Fiscal General se atrevió a preguntar: – y no sé por qué, puesto que es irrelevante – ¿Dónde estaban por la época de la guerra contra Hitler los que vienen ahora con sus acusaciones?”
“Si una autoridad tan elevada hace una pregunta así, me siento en la obligación de contestar. Las personas acerca de las cuales quiere saber, estaban en aquellos días en las pequeñas chozas de Latrun[104], en la prisión de Acre, en los campos de detención africanos, y colgando de las horcas británicas en El Cairo; estaban combatiendo para abrir los puertos de Palestina para los judíos de Europa que todavía no habían sido asesinados.”
“Y ¿cuál es el motivo de esta supresión de noticias terribles por parte de Ben-Gurion, Sharett, Weizmann y todos los líderes oficiales de la judería? Es porque, si las masas de Palestina hubiesen conocido entonces lo que estaba sucediendo en Hungría, y hubiesen conocido el corazón de piedra que tenían sus líderes, se hubiera levantado una tormenta en nuestro país. El poder se les hubiera caído de las manos. Y parece ser que eso fue más importante para ellos.“
“No hay otra explicación. Es por eso que dije: la colaboración de aquí está en paralelo con la colaboración de allá. Pero, si la colaboración de allá se desarrolló bajo la presión alemana, aquí estamos hablando de hombres que vivían en el mundo libre, cuyo juicio podía ser más equilibrado, que tenían el control de una buena juventud, una maravillosa juventud que sólo esperaba una órden. Lo que queda es el hecho que la responsabilidad moral e histórica, en lo que atañe a los judíos, les cabe en primer lugar a los que vivían en el mundo libre. Y, si bien estoy aquí para probar la culpa de Kastner, digo que su responsabilidad es menor que la de los líderes de nuestro mundo libre.”
Los judíos que fueron muertos en Hungría por el hecho de ser judíos estaban entre los europeos más brillantes. La fama de su ingenio y de su encanto todavía sobrevive en interminables anécdotas. Su coraje al enfrentar la demencia que los azotó también está registrada en cientos de anales.
A pesar de ello, su personalidad recibirá burla y menoscabo del gobierno de Israel que pareció hacerse eco de la voz de los nazis que los mataron.
El cacique nazi Dr. Joseph Goebbels escribió: “Los judíos merecen la catástrofe que ahora ha caído sobre ellos”.
En 1954, Chaim Cohen, Fiscal General de Israel, declama ante el Juez Halevi sobre estos judíos masacrados:
“En ellos y en millones de judíos como ellos se hizo realidad la antigua maldición »y ¡ay! estaban destinados a ser llevados como corderos al matadero, para ser muertos, para la destrucción, para el aplastamiento y la vergüenza«. No había espíritu en ellos. Las masas judías en Varsovia estaban en la misma condición.”
En 1937, el Dr. Chaim Weizmann, Presidente del Sionismo Mundial, dijo de los seis millones de judíos en Europa:
“Son polvo . . . en un mundo cruel . . . Tienen que enfrentar su destino . . . Sólo una rama sobrevivirá. Tienen que aceptarlo.”
El Dr. Goebbels, en 1943, secunda esta actitud sionista. En su diario, escribe: “En nuestra actitud hacia los judíos no tiene que haber ningún melindroso sentimentalismo.”
Hay otro garabato sobre la lápida de los exterminados – es de Carlos Marx. El fundador del socialismo escribió en los años 1830 que los judíos de Europa adoraban sólo al dinero como su Dios, que humanamente tenían tan poco valor como las pulgas; y que la religión judía era:
“Desdeñosa del arte, de la historia . . . Hasta las relaciones entre los sexos se convierten en un objeto de comercio. La mujer es subastada . . . La emancipación social del judío es la emancipación de la sociedad del judaísmo.”[105]
El actual gobierno de Israel está basado sobre las teorías de Carlos Marx. No me imagino que este gobierno, al igual que su pariente filosófico, jamás creyó que “los judíos de Polonia son las personas más mugrientas que existen”, o que jamás compartieron con su santo patrón (Marx) su aversión emocional por los judíos de Europa. El padre de Carlos Marx fue un rabino ortodoxo y Carlos, el cristiano converso, tenía que coartar su apostasía ensuciando al nido que había abandonado. No había apostasía en la claque del gobierno israelí al hacerse eco de esta fase de la teoría marxista.
Pero había suficiente obsesión socialista en los líderes de Israel como para enfriar sus ojos y sus corazones hacia los judíos de Europa y considerar su suerte como menos importante que la construcción de su pequeño experimento socialista en Palestina.
Todas estas teorías terminan reduciéndose a la misma cosa – los nazis, los socialistas, los sionistas oficiales y los británicos simpatizantes de los árabes. Todos ellos se juntan al final para tallar una inscripción sobre la lápida de los exterminados:
“Fuisteis indeseados”.
Recuerdo una anécdota de mis días de periodista en Chicago.
“Vuelva “ – le dijo el editor al periodista que había telefoneado diciendo que un iracundo funcionario acababa de echarlo a puntapiés por la escalera – “Vuelva y dígale a ese bastardo que no puede echar a patadas a uno de mis hombres por la escalera.”
Así, Kastner está de nuevo en la sala del tribunal, un poco sacudido y con ojos vidriosos, parpadeando, pero todavía desafiante.
El último desnudamiento del Dr. Kastner, el funcionario de alto rango en el gobierno israelí comienza.
Tamir: Vayamos a sus viajes. ¿Qué pasaporte tenía usted para sus viajes?
Kastner: Bueno, tenía un pasaporte emitido por la embajada alemana en Budapest.
Tamir: ¿Cuál era su nacionalidad en ese pasaporte?
Kastner: Nacionalidad desconocida. Parece ser que eso era el máximo que otorgarían, incluso a mí.
Una sabia observación. A pesar de que era un gran hombre a ojos de los nazis, no pudieron llegar al extremo de coronarlo con: “Nacionalidad – alemán”.
Tamir: ¿Qué clase de ropa vestía usted?
Kastner: Estuve siempre de civil. La historia de que vestí un uniforme de las SS hacia el fin de la guerra es falsa.
Hay una leyenda ampliamente difundida sobre el Dr. Kastner discurriendo entre los nazis en una de sus indumentarias militares. Pero Tamir no tiene fotografías. Por lo tanto, deja caer el asunto sobre que Kastner parece un poco ansioso en detallar. En lugar de ello, Tamir lo lleva a Kastner por su ruta entre los nazis.
En estos viajes, Kastner está acompañado por altos oficiales de las SS. Es escoltado a Suiza, le permiten entrevistarse con funcionarios aliados en Suiza. En ese momento, Kastner es una mina de oro de información militar sobre la maquinaria bélica alemana – su fuerza, sus posiciones, su moral. Y aún así los nazis le permiten juntarse con los Aliados – sin pizca de preocupación de que los traicione.[106]
Sus amigotes nazis le pagan el pasaje de regreso de Suiza a Viena.[107] Ya casi no hay judíos en Viena para salvar – sólo unos quinientos en total. En Budapest todavía quedan viviendo allí unos doscientos mil. [108] (Moshe Kraus está activo allí, violando las directivas partidarias de la Agencia Judía y rescatando a miles y más miles).[109] Si bien más de medio millón de judíos de Hungría ya están muertos, la amistad del rescatador Kastner con los coroneles nazis no sufre ningún revés. Por el contrario, se expande y se profundiza, particularmente con Kurt Becher, con Hermann Krumey, Wisliczeny y Eichmann.
El anteojudo Krumey, primera figura en la “des-judaización” de Budapest, se convierte en un tipo violento. Le ladra a cualquier dirigente judío que se le aproxima con cuestiones de rescate – menos al Dr. Kastner. Kastner le agrada. También a Eve Kosytorz, la compañera de Krumey, le agrada Kastner.
Pero en este momento, olvidando a Budapest y a los doscientos cincuenta mil que están allí en peligro mortal, Kastner está sentado en una Viena sin judíos, en una acolchada suite del Grand Hotel [110] – dónde todos los mejores nazis están guarnecidos – y no salva a nadie.
Aunque ésta no es exactamente la historia que cuenta. Interrogado por Tamir acerca de todos los nazis que lo apreciaban, Kastner no niega su patronazgo. Se siente bien, de nuevo en su pedestal como comparsa de los nazis, y hasta sonríe en la sala porque el mito Kastner era – y es – que toda esta hermandad con los matadores de judíos fue una gran cosa. En su informe dirigido a Eliezer Kaplan, funcionario de la Agencia Judía, archivado ahora en la corte israelí, Kastner presume de su amigo Kurt Becher, “quien sirvió de oficial de enlace entre el Reichsfuhrer Heinrich Himmler y yo mismo. . .”
Tamir persigue esta visión de su propia grandeza que Kastner le ofrece a sus colegas capitostes en Palestina.
Tamir: Dice usted aquí que Himmler emitió una órden de detener el exterminio en cierta fecha. Suponiendo que existió una órden así, ¿coincidirá usted conmigo en que no fue el resultado de las conversaciones que usted sostuvo con Becher? ¿Que fue porque los ejércitos rusos, americanos y británicos lo acosaban por todos lados?
Kastner: No. No coincido.
Tamir: Usted afirma que sus conversaciones lo lograron. ¿No se da cuenta de que es un megalómano maniático al hacer esa afirmación?
Kastner: No es que yo sea un maniático megalómano, es que usted es un ignorante de la historia.
Tamir: Muy Bien. Entonces la situación de la guerra no tuvo influencia sobre la acción de Himmler.
Kastner: (súbitamente nervioso por todo el asunto). Bueno, no puedo argumentar que no contribuyó a sus cálculos. Pero la situación bélica estuvo muy lejos de ocasionar que diese esa órden.
Tamir: Bien, resumamos. Los encuentros de usted con Becher fueron más importantes para los judíos que la situación estratégica de Alemania hacia el final de la guerra.
Kastner: Sí. No tengo dudas en hacer esa afirmación.
Tamir: (tranquilamente) Resumiendo entonces, Dr. Kastner, Becher le ayudó a usted a salvar judíos.
Kastner: Sí.
Tamir: Y Himmler le ayudó a usted a salvar judíos.
Kastner: (firmemente) Sí.
Llamo a un par de fantasmas como testigos para refutar a Kastner. Llamo al coronel Rudolf Hoess, comandante de Auschwitz, al Reichsfuhrer Heinrich Himmler, creador de las SS, el Cuerpo Negro de soldados y creador de los campos de concentración. El fantasma Hoess fue ahorcado por los polacos. El fantasma Himmler burló la horca suicidándose.
Tamir: ¿Se entrevistó usted con el coronel de las SS Hoess?
Kastner: Sí.
Según Hoess, en su papel de poeta y filósofo de la Nueva Alemania: “La forma de vivir y de morir de los judíos fue un verdadero enigma que nunca conseguí resolver.”
Kastner contesta de nuevo:
Kastner: Sí, estuve reunido con el coronel Hoess en la oficina de Budapest del Dr. Bulitz, uno de los ayudantes del coronel Becher. Krumey también estuvo presente.
Es en este punto que Tamir vacila. ¿Ha de darle al referente crónico de apellidos Kastner una oportunidad para rehabilitarse en Israel preguntándole sobre su asociación con Hoess y sacándole una denuncia tardía sobre este principal matador alemán? El Juez Halevi se hace cargo del interrogatorio:
Juez Halevi: ¿De qué hablaron?
Kastner: Hablamos de la Marcha de la Muerte de los judíos hacia Austria.[111] (No de los veinte mil judíos de Kluj)
Juez Halevi: (lentamente) ¿Qué dijo Hoess acerca de la Marcha de la Muerte?
Kastner: Hoess dijo que pensaba que todo el asunto era una porquería. Dijo que pensaba que las cosas que vio y que ocurrieron en la ruta entre Budapest y Viena eran una porquería total.
Corre un rumor por la sala del tribunal mientras Kastner le pone esta flor en el ojal a uno de los alemanes más crueles. Pero Kastner, como siempre, no percibe ninguna falla en su actitud. Su lealtad hacia el buen nombre de los nazis parece espontánea. Lealtad hacia el mal y pretensiones de virtud en forma simultánea constituyen la esquizofrenia Kastner, nada inusual en política. Ahora fanfarronea de nuevo:
Kastner: Confirmé lo que el coronel Hoess dijo acerca de la Marcha de la Muerte. Y le di detalles sobre cuantos de los participantes caían muertos a la vera del camino todos los días. Y me afirmó que tomaría medidas inmediatamente para que la Marcha de la Muerte se detuviera.
Juez Halevi: (quien parece sentir que no ha escuchado bien) ¿Cual era el trabajo del coronel Hoess?
Kastner: Era el comandante de Auschwitz.
Juez Halevi: ¿Comandante de las cámaras de la muerte de Auschwitz?
Kastner: Sí, el mismo.
Su Señoría mira en silencio a Kastner y éste le devuelve la mirada.
Kastner: Por más extraño y tragicómico que parezca, es cierto.
Tamir: Dr. Kastner, usted declaró que Himmler dio una órden a través de Becher para aliviar la situación de los judíos sobrevivientes.
Kastner: Sí.
Tamir: ¿Cuándo dio esta supuesta órden para detener el exterminio de los judíos?
Kastner: Entre Octubre y Noviembre de 1944.
Tamir: ¿No es cierto que, después de esta supuesta órden, decenas de miles de judíos siguieron siendo exterminados en los campos alemanes?
Kastner: Sé que después de la órden de Himmler, decenas de miles de judíos murieron; pero no sé si fueron exterminados.
Tamir: ¿Estaría usted de acuerdo conmigo, Dr. Kastner, en que los que murieron fueron exterminados – en que algo de comida, vestimenta y trato humano los hubiera mantenido con vida?
Kastner: Sí. Eso es cierto.
Tamir: ¿Es cierto que incluso en Mayo de 1945 (los últimos días de la guerra) se exterminaron judíos?
Kastner: Escuché eso.
Tamir: Volvamos al campo de Bergen-Belsen. Usted estuvo allí y yo no. Aún así le digo que ni hasta el último momento de la guerra mejoró el destino de los judíos en ese campo.
Kastner: (indignado) ¡Eso no es cierto!
Tamir: Muy bien. Entonces díganos cuándo mejoró.
Fiscal Tell: Su Señoría. Objeción. Tamir está sólo pescando.
Tamir: Correcto – pero fíjense en el tamaño del pescado que le estoy ofreciendo.
Juez Halevi: Objeción denegada.
Tamir: ¿Está usted dispuesto a admitir que la catástrofe nunca cambió para los judíos, desde el principio hasta el final?
Kastner: De acuerdo con los resultados, fue catastrófico.
Tamir: Entonces ¿Cómo se atreve usted a decir que no es cierto que la posición de los judíos no mejoró?
Kastner: Escuché de intentos de mejora – pero cuando fui a los campos no ví evidencia de ello.
Tamir: Cuando los británicos entraron en Bergen-Belsen, en Abril de 1945, había todavía cuerpos en los hornos crematorios.
Kastner: Sí, escuché eso.
Tamir: (furioso) ¿Estará usted de cuerdo conmigo en que no hubo mejoras en Bergen-Belsen?
Kastner: Cierto.
Tamir: Y tampoco las hubo en el campo de Therezienstadt.
Kastner: También allí la situación siguió sin cambios.
Tamir: ¿Estará usted de cuerdo conmigo en que en ningún campo de concentración alemán hubo una merma en la matanza de judíos a pesar de esta supuesta órden?
Kastner: La pregunta es demasiado general.
Tamir: ¿Por qué es general?
Kastner: El cambio varió en los diferentes campos.
Tamir: ¿Quiere usted decir que hubo campos en dónde los alemanes trataron bien a los judíos?
Kastner: Usted no me preguntó acerca de los judíos.
Tamir: Hablamos sólo de los judíos.
Kastner: Bueno, no había solamente judíos en los campos.
Tamir: Le repito que pregunto solamente sobre los judíos - ¿hubo algún caso en el que los judíos fuesen tratados de una manera favorable en cualquier campo?
Kastner: No hubo un trato favorable de los judíos.
Habiendo arrancado esta admisión de la neblina y las fantasías del cerebro de Kastner, Tamir ahora va tras su “trabajo” final entre sus “compañeros” nazis.
Tamir: ¿Hacia dónde fue usted desde Viena?
Kastner: A Berlín.
Tamir: En el clímax de la guerra, en Abril de 1945, ¿dónde vivían los representantes de la Agencia Judía en Berlín?
Kastner: En el apartamento de uno de los ayudantes de Becher. Después de pasar una noche en prisión por error.
Tamir: ¿Durante cuanto tiempo permaneció usted en el apartamento de Berlín?
Kastner: Cuatro o cinco días.
Tamir: ¿Qué hizo usted mientras estuvo en Berlín?
Kastner: Estuve en el apartamento o hice paseos por el vecindario. Esperaba ver a Himmler y a Becher.
Tamir: ¿Dónde comía?
Kastner: En el apartamento.
Tamir: ¿Quién le daba la comida?
Kastner: La esposa del ayudante de Becher.[112]
Las preguntas lo muestran obviamente fascinado con este casi legendario cuadro de un judío dándose la gran vida en la propia ciudad de Hitler justo en el momento en que los Aliados le estaban reventando las tripas. Yo también estoy fascinado. ¡Un funcionario judío en el Berlín limpio de judíos! ¡Con la aceleración de la matanza de judíos en todos los campos de la muerte! Me quedo pasmado ante este Caballero Rojo de Kastner brillando y charlando con todos los lobos de las SS, y misteriosamente inmune. No hace ninguna mención a bombas que caen, a calles que saltan en pedazos. Parece recordar solamente la parte agradable de su visita a Berlín – al amigable Becher, a la agradable hospitalidad por todas partes. . . No hay mención alguna a su trabajo “filantrópico”, aún cuando Kastner holgazanee entre sus amigos nazis durante el gran final de la resistencia alemana y desempeñe su “heroico” papel en algunos pocos oscuramente ridículos episodios de las últimas horas del Tercer Reich.
Pero estos episodios tienen un significado completamente diferente al de los insípidos hechos descriptos en el apartamento de Berlín – los paseos, las charlas, la comida, la cerveza sobre la mesa . . . Por más fascinante que haya sido, la leyenda de los pintorescos viajes de Kastner por la Alemania nazi está obviamente liquidada. Y el mito de Kastner como el poder del bien entre los matadores alemanes yace exánime sobre el piso de la sala del tribunal.
Y a su lado yace el mito de los trabajos de rescate de la Agencia Judía a través del poder de este pomposo villano, Kastner. Ese mito también está muerto.
Los Aliados forman un anillo de poder alrededor de los órganos vitales de Alemania. Los rusos y los ejércitos alemanes están avanzando rápido hacia su encuentro en Berlín. Y Becher, Krumey y Wisliczeny están más ansiosos que nunca por salvar judíos. Se las ingenian para sacar unas pocas raquíticas, tambaleantes, víctimas de los campos de la muerte.
Estos salvados son distribuidos por Suiza.
Servirán como una especie de cortina indicadora de la “bondad” nazi, como
prueba de la “buena voluntad” hacia los judíos demostrada por Becher, Krumey,
Hoess, Jutner, Klages, Wisliczeny y todos los caciques de las SS que tratan de
eludir las horcas de postguerra.
Después de la guerra, estos judíos-cortina no sólo trabajarán para los coroneles de las SS sino, también, para Kastner. Lo ayudarán a blanquearse.
Y no será Kastner el único en beneficiarse. La Agencia Judía y los líderes sionistas de Palestina se beneficiarán también. Hay un nuevo mito de la filantropía de la Agencia Judía gestándose. El Fiscal General Chaim Cohen, haciendo su resumen ante el Juez Halevi, exclama:
“Mi amigo (Tamir) dice que Kastner fue un huésped en Berlín en el apartamento de un oficial nazi, puesto a su disposición por Becher.”
“¿Dónde se supone que podría vivir en Berlín? ¿En la embajada de la comunidad judía?”
“Kastner fue a Berlín con una determinada misión. ¿Qué más natural que Becher le diese alojamiento para dormir?”
“Hay otro cargo: que Kastner vivió en el Grand Hotel en Viena, el cuartel general de los oficiales nazis. ¿En qué otra parte hubiera podido estar durante su estadía? No había hoteles en Berlín o en Viena para pasajeros. En cuanto a todas estas acusaciones, en cuanto a que fue un placer para él mezclarse con los nazis – no le envidio a Kastner estos placeres.”[113]
Y así sucesivamente . . . que “no hay ni jota de prueba” de que el Dr. Kastner hizo o pensó algo malo “en su gran y heroico trabajo de rescatar judíos del infierno nazi”.
El vocero del gobierno cita uno de estos actos heroicos – la ridículamente transparente operación de rescate llevada a cabo por la Agencia Judía en Bratislava, en Abril de 1945. Y aquí está el Dr. Kastner sobre el estrado de los testigos otra vez, sudando y parpadeando a través de un interrogatorio cruzado sobre esta oscura pieza de heroísmo, y tratando de sonar tan honorable como el Fiscal General del gobierno dice que es.
Tamir: Dunard, el representante de la Cruz Roja afirma (en su libro publicado) que, cuando la Gestapo abandonó Bratislava y los rusos estaban por entrar en cualquier momento, usted estaba nerviosamente revisando las cuevas (fuera de la ciudad) juntando judíos para transferirlos a Suiza. ¿Es cierto eso?
Kastner: Sí.
Tamir: ¿Por qué habría usted de estar nervioso, Dr. Kastner?
Kastner: Porque ya estaban bombardeando las afueras de la ciudad y yo todavía tenía que terminar con mi trabajo de rescate. No estaba nervioso por temor a perder mi propia vida.
Tamir: ¿Cuantos judíos rescató usted de Bratislava?
Kastner: Me llevé veintiséis o veintisiete judíos de allí.
Tamir: Dr. Kastner, los alemanes se han ido. Los rusos están a punto de ocupar la ciudad. ¿Por qué habría de ser tan importante para usted el cazar a veintisiete judíos y llevarlos a Suiza?
Kastner: Era muy importante. Los judíos pensaron así también.
Tamir: En su libro, Dunard describe cómo, como a la noche de ese viernes, los judíos en sus cuevas estaban llenos de regocijo por la llegada de los rusos y terriblemente asustados por haber estado durante meses ocultándose para escapar de la Gestapo. Pero usted los convenció. Usted les dijo que no era una cuestión de rescate pero que iban a estar en condiciones de disfrutar de un descanso de convalecencia en Suiza. Después del cual podrían regresar a Bratislava si así lo querían.
Kastner: Sí, es cierto que tenían miedo de dejar sus cuevas y confiar en la Gestapo. De hecho, yo mismo estaba preocupado por eso.
Tamir: Pero los persuadió.
Kastner: No, nos persuadimos mutuamente de que era lo mejor que se podía hacer.
Tamir: Dr. Kastner, usted necesitaba levarse consigo veintisiete judíos para cruzar la frontera suiza con Krumey. Los necesitaba usted como coartada para él y también para usted mismo. Y estaba usted listo para sacar judíos hasta de debajo de la tierra, o de cualquier otra parte, con tal de conseguir esa coartada.
Kastner (violentamente) ¡Esta es una de esas típicas mentiras salvajes de usted! ¡No es cierto! ¡Jamás! ¡No es cierto!
Pero Tamir ha terminado. Siente que ha sacado bastantes verdades del rescatador de Kluj, suficientes confesiones, admisiones, contradicciones y gritos.
Basta de este juicio. Porque es cierto que Tamir está soñando con el momento en que Kastner sea juzgado por sus crímenes. Tamir cree que esto sucederá. Tiene que suceder.
Porque las gentes de Israel están haciendo amargas preguntas por todas partes. Algo así como una revuelta parece estar preparándose. En las escuelas, en las barracas del ejército, en los cafés, en las habitaciones, en las sinagogas – las preguntas surgen a cada hora.
Ben-Gurion, un veterano campeador de temporales, se ha retirado a su kibbutz hace algún tiempo y anuncia con nostalgia que ha regresado a su primer amor – cuidar ovejas. En la prensa aparecen fotografías del líder judío paseando por un prado con un cordero atado a una cuerda. Sus tiradores cuelgan, el viento desordena su melena de mujik. Es un hombre del pueblo, con un corazón bondadoso. Miren al cordero.
Cuando Tamir le informa al tribunal que ha terminado, el Juez Halevi se vuelve hacia el infortunado Kastner.
Juez Halevi: ¿Tiene usted algo que corregir o añadir al testimonio que ha dado aquí? Si ha olvidado usted cualquier cosa importante o se equivocó sobre algo importante, le doy la oportunidad de manifestarlo.
Kastner: Su Señoría, ¿me dará usted tiempo para pensarlo?
Juez Halevi: Por favor, hágalo.
El rostro del Juez Halevi no brinda pista alguna sobre su estado de ánimo. Pero la lenta, cuidadosa dicción de sus preguntas lo hacen obvio. Ha oído sorprendentes y condenatorias confesiones de maldad de Kastner. Su Señoría desea darle a Kastner una última oportunidad para mencionar algún hecho que puede estar escondido en el laberinto de su mente y que contribuya a su inocencia.
Kastner hace su meditación con un bolígrafo en la mano. Escribe notas sobre un papel. Finalmente, le dicta sus notas al secretario del Juez Halevi. Eso lleva una hora. El Juez Halevi pregunta: “¿Eso es todo?”
Kastner: No puedo dejar de expresar otra vez mi pena por la impresión que le debe haber causado a cierta gente la redacción de mi testimonio sobre Becher – coma – y el resultado del mismo – punto. Ni yo ni mis amigos tienen algo que ocultar en todo este asunto – y especialmente no tenemos que arrepentirnos de haber actuado según nuestras conciencias, a pesar de todo lo que se nos ha hecho a lo largo de este juicio. [114]
El gobierno resume la historia de las mentiras y confesiones de Kastner en un titular triunfante. El Jerusalem Post informa a Israel en un titular a toda página:
“Kastner: »Mi conciencia está limpia« “[115]
No es un espectáculo agradable ver cómo la verdad le es arrancada a un hombre. Un hombre culpable, desenmascarado, con frecuencia sufre más que un inocente injustamente inculpado. Solía notar esto cuando cubría juicios por homicidio en Chicago – la culpa a veces era más difícil de sobrellevar que la injusticia.
Es extraño que una persona se sienta súbitamente herida por algo que ha sabido durante largo tiempo – su culpa. Hay muchas razones para esto. Una de ellas es que una persona no siente su culpa profundamente hasta que el mundo no la ve también, o hasta que no tiene que pagar por ella.
Individuos acostumbrados a una vida privada con frecuencia sucumben al volverse visibles para los demás – tal como realmente son. Pero eso no les sucede a las figuras públicas.
La culpa no convierte a un político en desterrado – sea judío, británico o nazi. Porque el político nunca es culpable como malhechor sino siempre sólo como mal-pensador o como mal-adivinador. Aún cuando sus pensamientos y sus conjeturas incendien el mundo y hagan llover desastres sobre grandes áreas – seguirá inmune de culpa a los ojos de la ley y a los ojos de sus contemporáneos. La Historia, a veces, cuando ya esté muerto en su tumba, le echará un vistazo y le pondrá un aplazo. Pero el veredicto contemporáneo es casi siempre el mismo – no culpable, en virtud de haber servido a un ideal.
Si bien estaban sacudidos y amargados por las continuas revelaciones que salieron de la sala del tribunal del Juez Halevi, los estadistas de Israel no ofrecieron ningún signo visible ni audible de sufrimiento.
Y creo que eso es lo más funesto de la actualidad – la piel de rinoceronte que envuelve el corazón de los políticos. No reaccionarán ante la verdad que los desenmascara más de lo que reaccionarían ante una gota de lluvia. Porque nunca quedan desenmascarados. Las maldades que se les comprueban demuestran tan sólo que fueron devotos sirvientes de un ideal, de un partido, o del destino nacional.
Desenmascarados en el caso Kastner, los políticos de Israel no necesitan refutar ninguno de los hechos para probar su inocencia. Lo único que necesitan hacer es agitar ante los ojos de sus electores el “ideal” al cual han servido. Quien los ataca, ataca al sionismo. Quien ataca el sionismo, ataca el producto más noble en dos mil infelices años de historia judía. Los tiranos, los dictadores, todos los líderes ebrios de poder operan siempre detrás de la cortina de algún ideal. Ese ideal los exime de cualquier culpa por lo que hacen. Más aún, convierte sus connivencias y sus malvados actos en la prueba de cuan valerosamente sirvieron al ideal.
“Entiendo a Kastner” – escribe Eichmann en su autobiografía publicada en la revista Life – “Es un idealista igual que yo”.[116]
El Fiscal General de Israel ofrece un resumen más bien breve de su admiración por el Dr. Rudolf Kastner. Es lírico, sardónico y tempestuoso, pero le lleva solamente un día. En los Estados Unidos esto sería algo así como un récord de maratones en materia de oratoria procesal, pero en Israel es apenas una vuelta alrededor de la pista. Particularmente para una lengua plateada, tan eminente, como la de Chaim Cohen.
Al final del juicio, la sala del tribunal del Juez Halevi ya no es más la reducida salita en la que el juicio comenzó. Cuando el Fiscal General Cohen se hizo cargo del caso por parte del gobierno, los procedimientos se mudaron inmediatamente a la sala judicial más grande de Israel, la de la mayor capacidad. Y el gobierno sacó a dos de sus taquígrafos del Knesset para hacerse cargo de las actas.
Ahora la gran sala está atestada. Todos los principales periodistas del país están trabajando sobre el asunto. La escena está colmada con el mayor rebaño de adictos a juicios que haya visto Jerusalén desde que los romanos se fueron alrededor del año 300.
Recortaré la oratoria del día para dejar sólo las afirmaciones esenciales. Pero, a pesar de que recorto, lo que cito es una traducción literal de las frases pronunciadas en hebreo por Chaim Cohen.
El Fiscal General de Israel habla como sigue:
“Vuestra Señoría, me siento como un representante del público ante Dios. Le ruego a usted que el hombre al que tengo que defender no sufra por causa de mi indignidad. Sería presuntuoso de mi parte tratar, con mis pobre palabras, de hacer justicia a estos grandes héroes que se irguieron como una santa guardia durante la hora más trágica que cayó sobre nuestro pueblo”.
(Los grandes héroes son Rudolf Kastner y sus colaboradores en Budapest)
“No soy digno de la tarea. “ – dice Chaim Cohen – “Sólo puedo esperar que Su Señoría no sea sordo ante mis humildes esfuerzos. Hoy, mi gestión será más firme y más grave de lo que jamás lo ha sido ante una corte israelí.”
Lo que sigue es una ruidosa afirmación del Fiscal General Cohen sobre la ley (de la cual es autor) que establece que cualquier judío que haya colaborado con los nazis durante el exterminio merece ser colgado del cuello hasta que muera. Después de lo cual el Fiscal General declama:
“Mi sabio amigo (Tamir) dice que los alemanes consumaron una malévola jugada haciendo que Kastner les ayude a inducir a las masas a evitar la resistencia, a evitar la fuga.”
“¿Qué masas? Fuga – ¿hacia dónde? Revuelta – ¿hecha por quién? . . . Se trataba de judíos que tenían ya largos años de persecución, tortura, e infinitos sufrimientos en su haber. Regresaban de los campos de trabajo forzado de Ucrania. Eran personas que habían visto con sus ojos lo que los alemanes habían perpetrado allí; eran los judíos que fueron torturados por interrogatorios acerca de sus propiedades, que fueron apiñados en fábricas de ladrillos sin una almohada para sus cabezas, sin comida, sin ropa. . . Para esos millones de judíos se hizo verdad la antigua maldición »y ¡ay! estaban destinados a ser llevados como corderos al matadero, para ser muertos, para la destrucción, para el aplastamiento y la vergüenza«.”
“¿Y éstos habrían de escapar? No tenían pies con los cuales correr. ¿Estos habrían de rebelarse? No tenían ya manos con las cuales pelear. No había ya espíritu en ellos.” . . .
“Ni siquiera el ghetto de Varsovia fue una excepción. Las masas en el ghetto de Varsovia estaban en las mismas condiciones y sólo unas pocas personalidades extraordinarias se atrevieron a rebelarse.”
(Nota al margen: estas pocas personalidades extraordinarias fueron treinta mil judíos que se mantuvieron firmes ante trescientas cincuenta mil tropas de la Wehrmacht y treinta mil tropas de las SS – con sus tanques y sus cañones – durante veintisiete días en el ghetto de Varsovia. Ninguno de los judíos se rindió.)
El fiscal Cohen hace una pequeña concesión. No lo apoya completamente al funcionario Kastner en su testimonio sobre Becher. Argumenta que:
“Estoy dispuesto a aceptar que Kurt Becher fue un malvado criminal, un hombre con el que no se debía tratar. Kastner no mintió (sobre Becher) y ni siquiera existió contradicción en lo que dijo. Pero supongamos por un momento que mintió.”
“Supongamos que Kastner se olvidó después del transcurso de diez años (habían pasado sólo seis años) a quién le dio esa declaración jurada (en favor de Becher). Esto podrá justificar a mi esclarecido amigo (Tamir) para alegar que Kastner tiene una débil memoria y que no se puede confiar en su testimonio”.
“La cuestión, por lo tanto, de si Kastner dice, o no, la verdad, o de si tiene una memoria confiable, no tiene incidencia sobre la acusación que está sobre el tapete aquí. Mi amigo (Tamir) le ha preguntado a algunos de los testigos: »¿Daría usted una declaración jurada en favor de un nazi?« Todos ellos contestaron a coro: »Amén, no lo hubiéramos hecho«.”
“Puede muy bien haber una divergencia de opinión entre esas personas y el Dr. Kastner sobre lo que es correcto y lo que no lo es. Y aquél que crea que es una obligación nacional (el ayudar al coronel de las SS Kurt Becher con una declaración jurada) no se convierte en un mal judío, o en un traidor. Si el Dr. Kastner pensó que su forma de hacer las cosas era la forma correcta, entonces eso fue correcto para él y nadie tiene el derecho, ni la autoridad, para decirle al Dr. Kastner: »Usted no tenía derecho a declarar en favor de un nazi.« No hay nadie que pueda juzgar al Dr. Kastner fuera de la conciencia del propio Dr. Kastner, su sentido de los valores, del deber, y su sentido de la responsabilidad nacional.”
“No hay nadie que pueda inventar normas para medir el sentido de la responsabilidad nacional. Si mi ilustrado amigo (Tamir) desea impartirle a esta corte, o a mí, lecciones sobre responsabilidad nacional, que me perdone si me busco un maestro en alguna otra parte.”
“Mi amigo ataca a Kastner porque lo hizo (exculpar a Becher) en el nombre de la Agencia Judía y el Congreso Mundial Judío. No entiendo el objetivo de este ataque. Si intenta probar que Kastner pretendió un nivel que no tenía, o si desea probar que Kastner usó el nombre de instituciones respetables a fin de ponerse más allá de la crítica de cualquiera – sea como fuere – yo sostengo que la explicación dada por el Dr. Kastner por sus actos es razonable y sabia. Y no deseo entrar en la cuestión de si tenía, o no tenía, tales poderes delegados.”
“Pero supongamos, otra vez, que no tenía tales poderes. Desde el momento en que tenía el poder de actuar como abogado y de negociar con Kurt Becher en el pasado (en Budapest) ¿por qué habría de pensar que no tenía el poder para declarar en favor de Becher tal como lo hizo?”
“Supongamos que el Dr. Kastner fue presumido en esto (¿en alegar el respaldo de la Agencia Judía o en exculpar a un nazi?), como con frecuencia parece ser inclinado a ser, porque le gusta presentarse como una persona de alta posición. ¿Qué prueba el haber usado el nombre de la Agencia Judía o el del Congreso Judío Mundial? Afirmo que, siendo el hombre que negoció con Becher en el nombre de la Agencia Judía y encontró que la reacción de Becher era buena y beneficiosa para esas instituciones judías y para el pueblo de Israel, digo que el Dr. Kastner tenía el derecho a hacer lo que hizo – y de hecho, estuvo forzado a hacer lo que hizo.”
“Creo que el crimen del acusado es tan grave como un derramamiento de sangre real. Se arrogó el derecho de poner un signo de Caín en la frente de un hombre sobre el cual ni el acusado ni su abogado están autorizados o en condiciones de expresar ninguna opinión legítima en absoluto.”[117]
Ésa es la esencia del alegato de Chaim Cohen ante el Juez Halevi. Reafirma la actitud del gobierno de Israel en cuanto a que el Dr. Kastner hizo lo correcto no advirtiendo a los veinte mil judíos de su Kluj natal, cuando había tan sólo 21 guardias para evitar que escaparan de los barriles de cenizas de Auschwitz.
Pero dejaré que Tamir haga la refutación.
Ofrezco un relato más extenso del Resumen de la Defensa, ya que su presentación insumió siete días.
La otra razón es que el Resumen de la Defensa es una hermosa marca para Israel. Es la denuncia del gobierno de Israel, hecha en una corte israelí, por un ciudadano de aquél país. Cuando una denuncia como ésta es tolerada por un gobierno y un juez le presta oídos, ello constituye una espléndida prueba del alma honesta de un pueblo.
Tamir, dirigiéndose a la Corte de Distrito de Jerusalén es más que una voz judía. Es la voz de un individuo que todavía puede atacar los pecados del Estado en el que vive. En esta voz resuena la diferencia entre el triunfo del gobierno sobre un hombre y la no-derrota de un hombre por el gobierno.
Tamir comienza:
“Vuestra Señoría, un deber cruel e inevitable nos ha impuesto este juicio. Cada paso tomado tuvo que serlo a través de sangre judía. Y ahora me impulsa una gran tarea humana, moral e histórica. Nuestra nación alza su mirada hacia los altos sitiales de la justicia y espera oír de ellos el sonido de la verdad.”
“Hasta hace un año y en relación con la masacre de judíos, nuestro país sólo recibió olvido y perfidia.”
“Los huesos de los millones sacrificados de Auschwitz han sido arados dentro del suelo alemán como fertilizante. Y estos aradores han recuperado su libertad y se han convertido en los líderes de la nueva Alemania. Los asesinos y sus colaboradores han regresado al seno de la sociedad humana.”
“En pago por la sangre judía, se ha ofrecido y el Estado de Israel ha aceptado dinero. [118] Y han sido plantado bosques alegóricos en honor de los judíos exterminados de Europa.”
“Pero los bosques memoriales no han silenciado la voz de los masacrados. Estas voces finalmente entraron en una corte de Jerusalén y nos obligaron a abrir el libro del exterminio, a estudiarlo, y a ver su verdad.”
“He escuchado al Fiscal General exclamar en esta sala: »¿Quiénes somos nosotros, y qué somos, para juzgar a funcionarios públicos que trabajaron en ese infierno de muerte?«
“Escuché esa pregunta. Y hago otra. ¿Quienes somos y qué somos para atrevernos a no enfrentar la verdad en nuestras almas – la verdad acerca de por qué y cómo cayó la catástrofe sobre nuestro pueblo? De todas las vergüenzas y agonías que nos azotaron durante la masacre de los judíos, hay una vergüenza que podemos eliminar hoy – la vergüenza de ocultar la verdad.”
“El Fiscal General ha dicho: »Nada está probado – ni un sólo hecho – todo consiste de una serie de cargos sin fundamento – todo exagerado por razones políticas.« Su Señoría, si nuestras acusaciones son tan carentes de fundamento, ¿por qué hizo presa del Fiscal General y de quienes representa tanta ansiedad? ¿Por qué corrió a tomar la acusación de manos de su secretario? ¿Por qué comenzó a pedir largos recesos a fin de traer testigos del extranjero? “[119]
“Y ¿por qué aparecieron aquí importantes figuras públicas como Avriel, Danzig, Bader, Rafaek [120], Palgi, para convertirse en el hazmerreír de todos en sus esfuerzos por ocultar lo que sabían?”
“¿Se debió todo esto a las tácticas denigrantes de algún abogado irresponsable? ¿Y nos permitió esta corte desperdiciar su tiempo con esta clase de chicanas?”
“Si el caso del Fiscal General es tan puro ¿por qué está tan sucio? Él clama que la suciedad está en mis acusaciones. La suciedad no está en ellas Su Señoría, sino en lo que han expuesto.”
“He escuchado decir: »Aún si es cierto, ¿por qué exponerlo? ¿Puede resucitar a los muertos? Sólo puede perjudicarnos. Estamos en un bote muy pequeño en un mar tormentoso. Investigar estas cuestiones sólo puede perjudicar a todos los judíos en Israel y del mundo.« “
“Hay un factor más importante que cualquier daño temporal que pueda llegar a producirse por exponer la verdad. Hay una joven generación en Israel que debe conocer la historia completa de lo que les sucedió a sus hermanos, a sus padres, a sus allegados y parientes. Esta joven generación debe conocer la verdad completa a fin de que tenga una escala completa para juzgar. “
“No insistiré en que Rudolf Kastner es un criminal nato, o un hombre enteramente negro. No diré »¡Muerte a Kastner!«” [121]
“Diré solamente esto: así como los hermanos de Kastner fueron físicamente exterminados en Auschwitz, su alma ha quedado destruida aquí. Él también fue una víctima de Hitler – una víctima que se volvió salvajemente peligrosa para los judíos de Europa – pero víctima aún así.”
“Trataré de mostrar, Su Señoría, como un joven sionista e idealista como Kastner, portador de algunos pocos defectos pero lleno de talento, se deterioró hasta convertirse en un confiable comparsa de los líderes nazis en 1945.”
“Al explicar las actividades de Kastner, ofreceré muchos hechos que lo defienden. Pero ¿cómo se atreve alguien a ponerse de pié en esta corte y decir que no podemos juzgar a Kastner? ¿Y quién lo dice? El Fiscal General de Israel – cuatro años después de que nuestro parlamento sancionó una ley contra los nazis y sus colaboradores, la misma ley bajo la cual este mismo Fiscal General procesó a montones de acusados en nuestras cortes.”
“¿Y a quienes llevó este Fiscal General ante la justicia? Siempre a pequeñas personas. A un policía judío que había golpeado a una mujer en un campo de concentración a fin de salvar su propia vida. Todo el poder del Estado de Israel se movilizó contra delincuentes menores de esta clase. Y el señor Fiscal General tronó exigiendo una condena.”
“Las redes legales de nuestro país, ¿están tan sólo para pescar a los pequeños peces? ¿Hay grandes agujeros en ella que dejan escapar a los grandes tiburones?”
“. . . Las palabras del Fiscal General conmovieron mi corazón. Porque no era un abogado contratado en forma privada el que estaba perorando aquí. Era un representante del gobierno de Israel.”
“Sostengo, Su Señoría, que todo este discurso, desde el principio hasta el final, no fue más que una cortina de oratoria para cubrir las maldades que fueron expuestas.”
“Y cuando quieren cubrir cualquiera de sus propias acciones, están dispuestos a difamar a toda la judería. Es sobre un millón de judíos de Hungría que el Fiscal General preguntó: »Revuelta, ¿por quién? No tenían manos. No tenían pies. No había espíritu en ellos.« “
“Moshe Sharett está O.K. Rudolf Kastner está O.K. Hillel Danzig está O.K. pero las masas judías en Kluj, Nodvarod, Budapest – no tenían espíritu, no tenían manos. Estaban sin coraje y sin razón. Consecuentemente tenían que ser sacrificados. Fue una decisión de los cielos, dijo el Fiscal General de Israel, una decisión que no debía ser alterada, la de que fueran como ovejas al matadero.”
“El Fiscal General dijo »¿Quién es el que se atreve a difamar a funcionarios públicos que trabajaron en el Infierno de la Muerte?« “
“Y yo digo: ¿Quién es y qué es el que se atreve a difamar a nuestra propia, buena, judería que fue tan alevosamente difamada por los testigos de la acusación en este juicio? ¿Quién es y qué es el que se atreve a pronunciar esta difamación de la judería de Herzl, Nordau, Dov Gruner, Jacob Weiss, Hanna Senesh – y todos los héroes y mártires que sacrificaron sus almas?”
“En este juicio, la defensa no defiende solamente al acusado. Defiende a toda la judería que ha sido reprendida y maldecida por personas crueles – defiende a los judíos que han sido llamados polvo, que han sido llamados »judíos sin espíritu o sin manos«, que han sido llamados »corazones congelados«, que han sido llamados no-sionistas.”
“Apelo a Su Señoría para que decida que, en la alternativa de elegir entre los judíos de Hungría y Kastner y su claque, decida que es la judería de Hungría la que fue noble, grande y trágica.”
“Pero, en su hora trágica, no tuvo verdaderos, honorables, líderes – sólo pequeños egoístas, ególatras y de mentes estrechas – que contribuyeron a su destrucción.”
“Apelo a Su Señoría para acordar – que no había razón alguna en el mundo para que estos hombres, mujeres y niños fuesen como ovejas hacia los carniceros alemanes.”
“Es un pecado contra Dios y contra el orgullo judío y contra la dignidad humana el afirmar que este casi millón de judíos tuvo que ir a la muerte de la forma en que lo hizo – y que les era imposible hacer algo distinto de lo que hicieron – que un hombre tuvo que ir con su mujer, sus hijos y sus parientes como un animal a la carnicería de los alemanes.”
“Culpables de sus muertes son, en primer lugar, los alemanes asesinos. Luego, la criminalidad de las naciones que asistieron a los asesinos, ya sea activa o pasivamente – Hungría por un lado e Inglaterra por el otro. Culpables, además, son las demás grandes naciones civilizadas cuya aquiescencia e indiferencia fomentó la matanza.”
“Pero culpa también le cabe a la mezquina, cobarde y criminal dirección de nuestros propios líderes judíos. Sólo supieron cómo apoderarse del poder. El coraje, la habilidad y la decisión estuvieron más allá de ellos.”
“Tuvimos que escuchar de un Fiscal General de Israel todos estos cánticos apologéticos acerca de judíos yendo a la muerte sin protesta, estos himnos de aquiescencia para con la industria mortal de Auschwitz.”
“No, Su Señoría, ésta no es la moral de la judería – la del sacrificar a los muchos para salvar a los pocos.”
“Chaim Weizmann en 1937 dijo que los judíos de Europa eran ». . . polvo económico y moral en un mundo cruel . . .« “
“Es cierto que no eran queridos. Y así se convirtieron en el polvo a esparcir. Y ahora el Fiscal General continúa con este punto de vista y lo respalda.”
“¿Quién es este Fiscal General? ¿Representa los intereses de nuestro Estado o los intereses privados de algunos funcionarios del Estado? No es una pregunta demasiado difícil de contestar.”
“El Fiscal General no está solo en su tarea de encubrir a Kastner. Muchas instituciones han brindado esta cobertura antes que él. En 1946 el Congreso Sionista en Basilea [122] , el juicio del Haganah en el caso de los paracaidistas, [123] y la policía israelí en 1951, todos estos casos echaron una mirada sobre las actividades de Kastner – y cubrieron lo que vieron.”
“Y cuando todos los líderes judíos y todos los poderes del gobierno habían encubierto a Kastner, un anciano da un paso al frente para revelar la verdad.”
“¿Y por qué todas las poderosas instituciones del gobierno le dejaron esta tarea de decir la verdad a Malchiel Greenwald? ¿Por qué encubrieron deliberadamente la colaboración de Kastner con los nazis? Hay solamente una respuesta posible. No tenían alternativa. Tenían que proteger a Kastner por miedo a que él revelase todos los hechos que conocía acerca de otras colaboraciones – la colaboración de la Agencia Judía con los británicos – que sabotearon el rescate de los judíos europeos y contribuyeron a su aniquilamiento.”
“Así es como ocurrió todo este »show« en esta corte – un gobierno y todos sus líderes no actuaron en relación con esta persona, Kastner, como lo hubiera hecho cualquier sociedad decente.”
“Después de siete días de interrogatorio cruzado, las mentiras y las villanías de Kastner quedaron claras para todos. En lugar de abandonar la protección de una figura así y entregarla a la corte diciendo »investiguemos esta pesadilla nosotros mismos«, lanzaron al caso toda su gran autoridad, todo su prestigio y toda la astucia de sus funcionarios para salvarlo. Y todos estos funcionarios del gobierno israelí vinieron aquí, los unos arrastrando a los otros, todos conspirando para ocultar de esta corte y de la nación la verdad acerca de cómo fue que la catástrofe cayó sobre los judíos de Hungría.”
“Afirmo que todos los testigos de la acusación mintieron en esta corte. Puedo decir, con la conciencia limpia, que ninguno de los testigos de la defensa mintió a sabiendas.”
“No hubo relación alguna entre nuestros testigos. No tenían ninguna intención de »ayudarse mutuamente«. Fueron obreros, empleados, refugiados, personas de todos los partidos políticos, las gentes de nuestra tierra.”
“El otro bando ofreció a un grupo unido de figuras públicas – todas reclutadas del mismo partido y de la misma claque.”
“Aquí tienen ustedes a los dos bandos – la claque gobernante de Israel y el pueblo de Israel.”
Tamir continúa con Kluj.
“Nuestro cargo contra Kastner es el siguiente – una comunidad de veinte mil judíos, una de las mejores de Hungría, de la que gran parte se hubiera podido salvar, fue sacrificada a fin de salvar a 380 de sus propios amigos y parientes.”
“Afirmamos que estas 380 personas (de las cuales todos nos alegramos que estén vivas) no fueron un logro sino el precio por sacrificar a los muchos miles:”
“Afirmamos que este costo fue reconocido y el precio fue pagado con la misma falta de conciencia que el Fiscal General describió con tanto entusiasmo cuando declaró que los judíos sacrificados estaban »sin manos y sin espíritu«. Y afirmamos que Kastner deliberadamente decidió que lo mejor era rescatar a los »prominentes«. “
“Dije que Kastner no fue un criminal nato y que no está todo negro. Sería tonto decir que hasta fue un hombre sediento de sangre.”
“Nunca dijimos que Kastner fue un traidor que hizo lo que hizo simplemente para recibir dinero de los nazis. No comenzó con traición. Comenzó con colaboración – que es lo que los nazis preferían.”
“El traidor no es el instrumento más eficiente para el enemigo. Un traidor entrega a su regimiento, a su información, y su trabajo ha terminado. El gesto del traidor es un solo acto de rendición.”
“La colaboración es una técnica más efectiva. Se toma a una figura importante del otro bando. Se le ayuda a representar el drama en el cual se destaca como líder de su pueblo. Se le ayuda a poder mostrar éxitos y triunfos (pequeños). Pero, para el pueblo, el costo de estos éxitos es su destrucción.”
“Kastner, el colaborador, fue peor que cualquier Pétain o Quisling. Porque la colaboración de Kastner no sólo sacrificó la libertad y el honor. Logró el exterminio completo del propio pueblo – después de lo cual nada queda.”
“Es tan sólo humano que una persona trate de salvar primero a su familia y a si mismo. Si hubiera sido una persona ordinaria, explotando sus conexiones y escapando con su familia ¿quién se atrevería a criticarlo? ¿Quién sabe si cualquiera de nosotros se hubiera comportado de un modo diferente?”
“Pero éste no es el caso de Kastner. Aquí estamos ante un dirigente, el dirigente del rescate, un hombre que llegó a ser un líder nacional. Ésta es otra historia.”
“Y ¿es esta la consigna que nuestro Fiscal General desea darle a cada uno de los oficiales de nuestro ejército y de nuestra armada? ¿»Cuando surja el peligro, primero salgan corriendo, salven a sus parientes y sálvense a si mismos.« ?”
“Más allá de esto, aceptemos que hasta un Líder Nacional puede cometer errores – mover contactos para salvar a sus propios parientes. No es algo loable, pero a veces uno puede comprenderlo y perdonarlo.”
“¡Pero a qué costo! Aquí no estamos hablando de un hombre que sale corriendo, que ante una gran presión deserta de su pueblo. Con Kastner no se trata de salir corriendo. Es el terrible precio con la sangre de su pueblo que está dispuesto a pagar. Su ceguera, sus mentiras y sus terribles crímenes, aumentan y aumentan por su enfermiza ambición de ser considerado un gran capitoste, un líder de los judíos. “
“Ésta es una colaboración para la cual no sirve la excusa usual de »ya vendrán otros días y la situación cambiará«. “
“No. No digo traidor. Digo colaborador. Y un colaborador merece ser estudiado.”
“Por supuesto, al principio está atrapado por el Satanás alemán. Eichmann le dice: »Todo está perdido. Tus malditos judíos deben morir todos. No hay escapatoria. No importa lo que hagas, todos serán aniquilados« Y luego agrega: »Aunque, quizás, podrías salvar a unos pocos. Pero en compensación por ese favor, ¡tendrás que ayudarme!« “.
“Y aquí es dónde aparece la lista de las personas del tren. Y Kastner, el pequeño periodista de Kluj, nunca demasiado selectivo, deja que su enfermiza ambición le confunda los valores. Su ansiedad de ser alguien desplaza a su conciencia. Se aferra a la propuesta de Eichmann. Tiene esperanzas, confía, engaña, hasta que queda atado a la rueda y al molino va por molienda.”
“Los 380 prominentes están alojados fuera del ghetto de Kluj. Y los mantendrán allí hasta que todos los veinte mil judíos hayan sido llevados a Auschwitz.”
“Su función es la de tranquilizar a estos condenados, a mantenerlos en calma y con esperanzas. Y esto es lo que hacen hasta que el último de los judíos es sellado y entregado a la cámara de gas. No reciben su recompensa sino hasta que su función de adormecimiento está cumplida. Viajan en trenes especiales a través del ghetto vacío, a través de las calles vacías, y se van a Budapest.”
“Hasta Mayo de 1944 Kastner fue un hombre de intenciones honestas. Era un sujeto ególatra, escurridizo, pero básicamente su intención fue la de salvar a judíos.”
“Desde mediados de Mayo en adelante, su participación se profundiza, su crimen crece. Desempeña su papel en un remolino de sangre.”
“No es ningún milagro que jamás regresará a su pueblo natal de Kluj una vez terminada la guerra. No es ningún milagro que el 15 de Octubre todos los sobrevivientes que fueron filtrándose de regreso a Kluj – sionistas, socialdemócratas, comunistas, judíos de todas clases – lo juzgan en ausencia, en un tribunal popular, y lo declaran criminal de guerra.”
“Kastner nos relata que, al principio, los alemanes le hablaron acerca de un dinero que les debería pagar. Pero pronto Kastner se da cuenta de que los alemanes no tienen ningún interés financiero en los judíos. Mientras cualquier otro grupo judío tuvo que darle dinero a los alemanes, sólo Kastner no tiene que pagarles ninguna suma importante. Tiene algo mejor que ofrecer a los alemanes. Les da judíos.”
“¿Y quienes son los alemanes que ayudan a Kastner? Él menciona a Becher, Krumey, Wisliczeny – los matadores de judíos de Polonia, Grecia, Hungría. Menciona a Hunsche y a Novak, dos de los principales asistentes de Eichmann.”
“Y Kastner tiene intimidad también con los nazis húngaros. Se entrevista con Ferenczi, el jefe de los gendarmes húngaros. Hasta se reúne con Baky quien, de acuerdo a todos los testimonios, estaba aún más ansioso de »comerse a los judíos« que Eichmann. Y está en contacto con Garzoli, el jefe del contraespionaje húngaro.”
“Es acerca de Garzoli y de Klages, el jefe de la Gestapo, que Kastner dijo »estuvieron entre los que querían ayudarme«.”
“¿Quién, entonces, quería exterminar a los judíos? Todos querían ayudar, dice Kastner – Klages, Garzoli, Krumey, Becher, todos querían ayudar. Y Himmler »ayudó«. ¿Quién exterminó a los judíos entonces?”
“¿Y qué estaba haciendo Kastner en Berlín?”
“El Fiscal General nos dice: »Su solemne y noble deber«. “
“El señor Fiscal General ¿alega seriamente que había tal interés mutuo entre el Tercer Reich y nuestros judíos? Mientras cientos de miles se estaban pudriendo en los campos – ¿fue allí que floreció este mutuo interés?”
“Durante los últimos, cruciales, cuatro meses de la guerra, el judío Kastner se pavonea en Viena o en Berlín – entre los más altos jerarcas nazis. Y sus amigotes nazis le dicen adiós mientras él se va, en medio del clímax de la guerra. Arribará a Suiza a tiempo para encontrarse con McClelland, el representante norteamericano allí, y estará en posición de suministrarle a McClelland todo lo que sabe acerca de los crímenes nazis.[124]
“¿Habrían podido los amigos nazis de Kastner tener una confianza más profunda en él que ésta? ¿Qué más tengo que probar en este caso – aparte de este sólo hecho? Los nazis jamás hubieran confiado tanto en un inglés o en un norteamericano. Pero depositan su fe en el representante de la Agencia Judía que fue testigo de sus peores crímenes.”
“Por consiguiente, le diré a esta corte lo que el acusado Greenwald no dijo en su panfleto. Digo que en los últimos meses de la guerra, Kastner se convirtió en el agente de toda la pandilla nazi – el agente judío más efectivo en sus filas. Porque fue uno de ellos, el aliado y el panegirista de ellos.”
Tamir se dedica ahora a Becher y a la declaración jurada de Kastner.
“¿Quién es Kurt Becher? Es el jefe del Departamento Económico de las SS. El Departamento Económico significó campos de concentración y requisa de los bienes de los judíos. Y es por este crimen que los norteamericanos mantuvieron a Becher en custodia desde 1945 hasta 1948.”
“Todos los testigos han declarado que el general Kurt Becher tenía siempre la última palabra, que era responsable solamente ante el mismo Himmler.”
“Becher había estado también involucrado en el exterminio de los judíos de Eslovaquia. Fue él quien decidió quién sería deportado en la conocida marcha de la muerte. Decidió hasta cuales mujeres irían a la muerte. Y Kastner se atreve a dar testimonio en Nuremberg declarando que Becher salvó judíos en Budapest. El mismo Kastner que escribió en un informe que Becher era uno de los principales criminales nazis que trabajó activamente en el exterminio de los seis millones de judíos europeos.”
“Su Señoría, quien dice que Becher salvó judíos, dice que Himmler salvó judíos. El que diga que Becher fue un hombre honorable dice que Himmler fue un hombre honorable. No hay escapatoria de estos hechos. Y daré un paso más para afirmar que quien diga que Kastner fue un hombre honorable está diciendo que los líderes de las SS, Becher y Himmler, fueron hombres honorables.”
“Su Señoría, el ilustrado Fiscal General ha tenido el atrevimiento de negar hasta las comprobadas mentiras de Kastner. Si alguna vez existieron mentiras maliciosas y deliberadas –perjurio en un caso judicial – admitido y corroborado – entonces ésas fueron las mentiras dichas por Kastner.”
“Que el Fiscal General por lo menos se mantenga en silencio y no niegue que fueron mentiras.”
“Afirmo que Kastner, a sangre fría, estuvo en el estrado de los testigos y le mintió a esta corte y a la nación israelí. Y nuestro Fiscal General del gobierno de Israel desborda de patetismo y nos dice que considera »con toda modestia y humildad« un gran privilegio el defender la gloria de este hombre, Rudolf Kastner.”
“El Fiscal General se permitió definir el testimonio de los veinte sobrevivientes de los campos de concentración como coros de amén en contra de un oficial nazi. Es de esta manera en que describe los gritos de agonía de un pueblo exterminado.”
“Pero no hablaré más de la época del exterminio. Hablaré de los años 1947 y 1953. Hablaré del Kastner que ya no está bajo la presión nazi, ni en la funesta atmósfera del ghetto, ni en la Budapest ocupada.”
“Hablo de las acciones del hombre en el mundo libre, después de que ha sido salvado de la condena – de un hombre que lo sabe todo – de un hombre cuyo honor el Estado de Israel ha decidido reivindicar – el hombre en cuyo beneficio todo el aparato legal de Israel ha sido movilizado – mientras que todo su poder ha sido volcado en contra del único que se atrevió a atacar a esta persona.
“Este hombre, Kastner, despreciando la corte y al público, ha tratado aquí desvergonzadamente de cubrir sus propios crímenes al salvar del juicio en Nuremberg a Kurt Becher, uno de los archi-matadores.
“Su Señoría, si éste es el modo en que se comporta después de la guerra, en una atmósfera de libertad, cuando ningún peligro lo amenaza, cuando se ha convertido en uno de los pilares del gobierno de Israel – ¿cómo se habrá comportado en aquél entonces, en un clima de terror, bajo los nazis, cuando varios miles estuvieron a su cargo? Si ésta es su moral ahora, ¿cuál habrá podido ser la de aquella época?”
“Su Señoría, hoy me está permitido y es mi obligación a apelar a Su Señoría no sólo para que absuelva al acusado; no sólo para dejar establecido que el demandante y principal testigo, Dr. Kastner, cometió perjurio maliciosamente en esta corte; no sólo dejar establecido que él y sus colegas conspiraron conjuntamente para ocultarle la verdad histórica a esta corte y a todo el mundo – sino también para recomendar que este Dr. Kastner sea llevado a juicio por el gobierno israelí de acuerdo con la ley en contra de los nazis y sus colaboradores.”
“. . . Su Señoría, estoy convencido de que ni la retórica del Fiscal General, ni el respaldo de todo el gobierno israelí, podrá vencer a la verdad. Ni podrán tampoco hacer que una corte israelí independiente exonere, siquiera parcialmente, la enormidad de la colaboración con los matadores nazis que fue lograda por el Dr. Kastner, por Rudolf Kastner, el mayor agente judío al servicio de los alemanes.”[125]
Existe una similitud entre Benjamin Halevi, juez de la Corte de Distrito de Jerusalén, y la muchacha Hanna Senesh. Sirven a diferentes causas – Hanna la causa del amor humano; el Juez Halevi la causa de la justicia humana – pero las sirven de la misma manera – con toda el alma.
El enemigo al que Halevi tuvo que enfrentar y vencer es, a veces, un adversario más duro que el que halló Hanna en Budapest. Es el enemigo formado por las propias perspectivas y por los propios prejuicios del ser humano. Halevi tiene que juzgar objetivamente no sólo a Greenwald y a Kastner, sino a su propia, compleja, humanidad, que incluye su dedicación permanente a la judeidad y al Estado de Israel.
Nunca hubo dos personas tan distantes entre si, en cuanto judíos y patriotas, como lo fueron Tamir y Halevi al principio del juicio. Tamir era un hijo de la rebelión. Amaba a su país completamente. Pero el país de Tamir no consistía de los pocos vanidosos que lo gobernaban. Por el contrario, estas personas habían ofendido su patriotismo desde su niñez. Tamir consideraba a la mayoría de los hombres del gobierno en el poder como judíos tímidos en indignos que habían llegado al poder gracias al coraje y a la visión de otros – un coraje y una visión que habían usurpado después de que era seguro y lucrativo hacerse eco de ellos.
No así Halevi. Para Halevi, la mayoría de los capitostes que se hicieron cargo de la administración de la nueva tierra de Israel eran, con frecuencia, viejos amigos y hombres y mujeres de sólido carácter.
Al igual que el 90% de los judíos del mundo, Halevi creía en estos nuevos gobernantes del mismo modo en que creía en los grandes reyes y profetas de la antigua Judea. Ellos, los nuevos, estaban ungidos por la larga angustia de los judíos. El prolongado sueño judío era un halo sobre sus cabezas.[126]
Le lleva nueve meses a Halevi escribir su veredicto. Lo hace en la soledad de su estudio. Lee y relee los protocolos del juicio. Halevi no es una persona de mente lenta. Su mente hace rato que es consciente de las mentiras y las villanías del caso. Entonces ¿por qué tarda tanto con su labor? ¿Hubo dudas que tuvo que resolver? ¿Trabajó sobre la claridad y la lógica? Quizás. Pero hubo más que puntillosidad para hacer más lento el escribir la sentencia.
No entrevisté al Juez Halevi en su estudio así como tampoco estuve con Hanna Senesh en su celda. Y ninguno de los dos escribió un informe sobre lo que sucedió en sus dolorosos días. Sólo sus hechos hablan por ellos.
El hecho del Juez Halevi está bajo su brazo cuando ingresa a su tribunal en Jerusalén después de los nueve meses. Es un grueso manuscrito. Contiene su veredicto.
La sala está repleta y la tierra de Israel contiene la respiración. El anciano Malchiel Greenwald está sentado con una mirada oscura. Se ha portado bien durante el juicio, limitándose a gruñidos de desaprobación y murmullos urticantes. Tamir está sentado a su lado.
Kastner no está presente. Tampoco lo está el Fiscal General Chaim Cohen.
El Juez Halevi lee su veredicto en una voz baja que es casi como un susurro. Pero, por debajo de su tono calmo, se puede oír una tormenta. Pálido, con ojos enrojecidos y casi susurrando, el Juez Halevi lee a lo largo de catorce horas.
Tamir había dicho “Una nación alza sus ojos hacia el alto sitial de la justicia y espera oír de allí el sonido de la verdad.”
La nación escucha ahora ese sonido. Cito tan sólo los fragmentos vitales del veredicto del Juez Halevi:
Las masas de judíos de los ghettos de Hungría subieron obedientemente a los trenes de deportación sin conocer su destino. Estaban llenos de confianza en la falsa información de que serían transferidos a Kenyermeze.
Los nazis no hubieran podido engañar a las masas de un modo tan completo si no hubieran diseminado su información falsa a través de canales judíos.
Los judíos de los ghettos no hubieran confiado en los gobernantes nazis ni en los húngaros. Pero tenían confianza en sus líderes judíos. Eichmann y los otros utilizaron este hecho conocido como parte de su calculado plan de engañar a los judíos. Pudieron deportar los judíos al exterminio con la ayuda de los líderes judíos.
La información falsa fue difundida por los líderes judíos. Los líderes locales de los judíos de Kluj y de Nodvarod sabían que otros líderes estaban difundiendo una información falsa así y no protestaron.
Aquellos judíos que trataron de prevenir a sus amigos sobre la verdad fueron perseguidos por los líderes judíos a cargo del “trabajo de rescate” local.
La confianza de los judíos en la falsa información y su desconocimiento de que sus esposas, sus hijos y ellos mismos estaban por ser deportados a las cámaras de gas de Auschwitz, indujo a las víctimas a permanecer quietas en sus ghettos. Los indujo a no resistirse y a no interferir en la deportación de otros.
Docenas de miles de judíos estuvieron custodiados en sus ghettos por escasas docenas de policías. Y sin embargo ni siquiera jóvenes judíos vigorosos hicieron intento alguno de reducir a estos pocos guardias y escapar hacia la cercana Rumania. No se organizaron actividades de resistencia en estos ghettos.
Y los líderes judíos hicieron todo lo que estuvo a su alcance para aplacar a los judíos en los ghettos y evitar tales actividades de resistencia. Los mismos judíos que difundieron, o confirmaron, en Kluj y en Nodvarod el falso rumor de Kenyermeze, los mismos dirigentes públicos que no previnieron a su propia gente contra las afirmaciones engañosas, los mismos líderes judíos que no organizaron ninguna resistencia ni ningún sabotaje de las deportaciones . . . esos mismos líderes no fueron junto con sus comunidades en el viaje a Auschwitz sino que fueron incluidos en el tren de rescate.
Los organizadores nazis del exterminio y los perpetradores del exterminio le permitieron a Rudolf Kastner y a los miembros del Consejo Judío de Budapest salvarse a si mismos, salvar a sus parientes y a sus amigos. Los nazis hicieron esto como un medio de hacer que los líderes judíos, a los que favorecieron, fuesen dependientes del régimen nazi, dependientes de su buena voluntad, durante el tiempo de su fatal cronograma de deportaciones. Resumiendo, los nazis tuvieron éxito en hacer que los líderes judíos colaboraran con los nazis por la época de la catástrofe.
Los jefes nazis sabían que los sionistas eran un elemento muy vital en la judería y en quienes más confiaban los judíos.
Los nazis aprendieron su lección del ghetto de Varsovia y de otros ghettos beligerantes. Aprendieron que los judíos eran capaces de vender muy caramente sus vidas si estaban honorablemente conducidos.
Eichmann no quería una segunda Varsovia. Por esta razón, los nazis se pusieron a engañar y a sobornar a los líderes judíos. Para Eichmann y su grupo, la personalidad de Rudolf Kastner lo hacía un personaje conveniente a fin de ser reclutado para colaborar y hacer más sencillo su trabajo.
Aquí la cuestión no es, tal como lo afirmó el Fiscal General en su resumen, la de si miembros del Comité de Rescate Judío estaban, o no, en condiciones de cumplir con su deber sin el patronazgo de los jefes de las SS. Es obvio que, sin un patronazgo así de parte de las SS nazis, el Comité de Rescate Judío no podría haber existido, y sólo podría haber actuado en la clandestinidad.
La pregunta es, tal como la formuló el abogado por la defensa, ¿por qué los nazis estaban interesados en la existencia del Comité de Rescate? ¿Por qué los jefes de las SS hicieron todo esfuerzo posible para alentar la existencia del Comité de Rescate Judío?
¿Acaso los exterminadores se convirtieron en rescatadores?
La misma pregunta surge en cuanto al rescate de judíos prominentes por parte de estos matadores de judíos alemanes. ¿Acaso fue el rescate de esos judíos parte del plan de exterminio de los matadores?
El apoyo otorgado por los líderes del exterminio al Comité de Rescate de Kastner prueba que realmente había un lugar para Kastner y sus amigos en la Solución Final para los judíos de Hungría – su total aniquilamiento.
El patronazgo nazi de Kastner, y su acuerdo en dejarle salvar a seiscientos judíos prominentes fueron parte del plan para exterminar a los judíos. A Kastner le fue dada la oportunidad de agregar a algunos pocos más a ese número. El cebo lo atrajo. La oportunidad de rescatar a gente importante lo sedujo sobremanera. Consideró el rescate de los judíos más importantes como un gran éxito personal y un éxito para el sionismo. Sería un éxito que también justificaría su conducta – su negociación política con los nazis y el patronazgo nazi de su Comité.
Kastner vendió su alma al Satanás alemán cuando recibió este regalo de los nazis.
El sacrificio de los intereses vitales de la mayoría de los judíos, a fin de rescatar a los prominentes, fue el elemento básico del acuerdo entre Kastner y los nazis. Este acuerdo fijó la división de la nación en dos bandos desiguales; por un lado, una pequeña fracción de prominentes, a quienes los nazis le prometieron a Kastner salvar; y, por el otro lado, la gran mayoría de los judíos de Hungría a quienes los nazis habían destinado a morir. Una condición imperativa para el rescate del primer bando por los nazis fue que Kastner no interfiriese en la acción de los nazis en contra del otro bando y que no interfiriese en su exterminio. Concentró sus esfuerzos en el rescate de los prominentes y trató al bando de los condenados como si ya hubiesen sido borrados de libro de los vivos.
No se puede estimar el daño causado por la colaboración de Kastner y fijar el número de víctimas que le costó a los judíos de Hungría. No se trata tan sólo de los miles de judíos de Kluj, sino también de los miles de judíos de Nodvarod o cualquier otra comunidad en el área de la frontera; judíos que hubieran podido escapar a través de la frontera si el jefe del comité de rescate hubiera cumplido con su deber para con ellos.
Todas las respuestas de Kastner en su testimonio final constituyeron un constante esfuerzo por evadir esta verdad.
Kastner ha tratado de escapar a través de todo resquicio que pudo hallar en el muro de las pruebas. Cuando un resquicio le resultó sellado, rápidamente se dirigió hacia otro.
El Juez Halevi se centra en la reunión sostenida entre Kastner, Becher y Rudolf Hoess, por la época en que la “nueva línea” de rescatar judíos fue revelada por Hoess. El Juez dice:
De esta reunión en Budapest, es obvio que la “nueva línea” se extendía desde Himmler a Hoess, de Jutner [127] a Becher y a Krumey.
De acuerdo con Kastner, sin embargo, estos nazis estaban todos activos en rescatar judíos.
Esta reunión, con estos importantes huéspedes en Budapest, revela en su verdadera luz el trabajo de “rescate” de Becher. Revela también la medida del involucramiento de Kastner en el círculo íntimo de los jefes criminales de guerra nazis.
Así como los criminales de guerra nazis sabían que necesitaban una coartada y esperaban conseguirla con el rescate de unos pocos judíos a última hora, del mismo modo Kastner necesitaba una coartada para si mismo.
La colaboración entre el Comité de Rescate de la Agencia Judía y los exterminadores de judíos se consolidó en Budapest y en Viena. Los deberes de Kastner fueron parte de los deberes generales de las SS.
Además de un Departamento de Ejecución y de un Departamento de Saqueo, los nazis abrieron un Departamento de Rescate encabezado por Kastner.
Todas estas actividades de exterminio, robo y rescate de las SS estuvieron coordinadas bajo la gestión de Heinrich Himmler.
El Juez Halevi continúa:
Kastner cometió perjurio a sabiendas en su testimonio ante esta corte cuando negó que intercedió en favor de Becher. Más aún, ocultó que había intercedido en favor de Becher en nombre de la Agencia Judía y el Congreso Mundial Judío.[128]
En cuanto al contenido de la declaración jurada de Kastner, a la defensa le bastó con demostrar que Becher era un criminal de guerra. Le correspondía a la acusación sacar a Becher de este status, si deseaba negar la declaración jurada.
En su resumen, el Fiscal General admitió que Becher fue un criminal de guerra.
Las mentiras en el contenido de la declaración jurada de Kastner, las mentiras en su declaración concerniente al documento, y la participación consciente de Kastner en las actividades de criminales de guerra nazis, y su participación en las falsas actividades de rescate de la última hora – todo esto se combina para demostrar una abrumadora verdad – que esta declaración jurada no fue emitida de buena fe.
Kastner, tal como él mismo declaró, sabía bien que Becher nunca se había opuesto a la corriente del exterminio de los judíos, contrariamente a lo que Kastner afirmó en su declaración jurada.
El objetivo de Becher y su superior, Himmler, no fue el de salvar judíos sino el de servir al régimen nazi con total obediencia. No hay verdad ni buena fe en el testimonio de Kastner »No dudé ni por un momento de la buena intención del buen Becher«.
Queda claro que la recomendación positiva de Kastner, no sólo en su propio nombre sino en el de la Agencia Judía y el Congreso Mundial Judío, fue de importancia decisiva para Becher. Kastner no exageró cuando dijo que Becher fue liberado por los Aliados a consecuencia de su intervención personal. Las mentiras en la declaración jurada de Kastner y las contradicciones y los diferentes pretextos, que demostraron ser mentiras, son suficientes para anular el valor de sus declaraciones y para probar que no existió buena fe en su testimonio en favor del criminal de guerra alemán. La declaración de Kastner en favor de Becher fue una declaración jurada deliberadamente falsa, emitida en favor de un criminal de guerra para salvarlo del juicio y del castigo en Nuremberg.
Por lo tanto, el acusado Malchiel Greenwald estuvo en lo cierto con su acusación contra Rudolf Kastner en la primera, segunda y cuarta de sus afirmaciones.[129]
El veredicto del Juez Halevi halló a Malchiel Greenwald inocente en general del delito de calumnias contra Kastner, pero lo condenó a una libra israelí (cincuenta centavos de dólar norteamericano) por la acusación no demostrada de que Kastner había realmente recolectado dinero de sus socios nazis a cambio de su ayuda en el programa de muerte. El juez también ordenó al gobierno de Israel pagarle a Greenwald doscientas libras (cien dólares norteamericanos) en concepto de costas de juicio.
Ya el transcurso del juicio había arrojado una sombra de villanía sobre los acólitos de Ben-Gurion. El veredicto de Halevi les agravó el problema – el de cómo levantarse y seguir brillando en calidad de custodios del honor judío a pesar de las pruebas en contrario.
Había una forma – cautela, paciencia y fe en la psicología política de la masa. Los nuevos israelitas eran como las personas de cualquier otra nación – ansiosas de creer en las virtudes de sus amos y rápidas en olvidar cualquier prueba de que estas virtudes no existen.
El veredicto de Halevi fue una proclama de emancipación para el alma de Israel. Pero es más difícil liberar un alma que al Tío Tom. El alma de un pueblo no es un águila volando hacia el sol sino un sapo sobre el suelo pestañeándole.
Los Ben-Gurionistas conocen todos los trucos – como obnubilar un pueblo y mantener sonando las trompetas de la honestidad. También saben cómo orquestar la palabra “ensuciar” y como ocultar la culpa bajo el manto de la importancia.
Pero, por sobre todo, los líderes de Israel, como todos los líderes, saben que la indignación moral del público es, por lo general, una pasión breve. Por lo común, unos pocos titulares, unos pocos editoriales, algunas reuniones de protesta y unos pocos desfiles con carteles hechos a mano serán suficientes para dejarla expresarse por completo. Después de lo cual la rebelión se replegará a los cafés y a las murmuraciones de pasillo. Y, como ahora, se convertirá en un arrepentimiento por haber existido en absoluto.
Así es como los ben-gurionistas saldrán de la casi revolución que casi impregnó al país. Quedarán en sus sillas giratorias, con sus nombres clavados sobre las puertas del gobierno.
Sin embargo, a pesar de que ningún funcionario israelí, a excepción de Moshe Sharett, es expulsado de su cargo, en los corazones de Israel algo se ha derrumbado. Colapsó una ilusión. El rostro del gobierno de Israel ya no será el rostro de los sueños hebreos sino el del trofeo escandaloso de los políticos. No el de todos, pero sí el de muchos.
La claque del gobierno continuará, pero su florecimiento cambiará del mismo modo en que una historia de amor cambia en el corazón del amante después de haber visto a su Isolda entre las sábanas de otro. Pueden surgir el perdón y el olvido. Los besos pueden volver a aparecer. Pero la magia habrá desaparecido del dormitorio.
De este modo, la revolución de Tamir en la corte no derroca al régimen. Pero lo expone. Y pone a meditar el alma de Israel.
La prensa israelí erupcionó y siguió erupcionando sobre el veredicto de Halevi, como si Su Señoría hubiese bombardeado a Jerusalén.
El Dr. Moshe Keren, uno de los principales periodistas políticos de la nación, que había sido considerablemente pro-Kastner, escribió en el Haaretz – el New York Times de Israel:
Kastner debe ser llevado a juicio por colaborar con los nazis. Y en este juicio Kastner debería defenderse como ciudadano privado y no ser defendido por el gobierno israelí.
. . . La forma en que el Fiscal General le permitió a Tamir jugar con ellos (los del gobierno) y dominar completamente el caso, sólo puede ser descrito como un espectáculo vergonzoso. A un funcionario del gobierno, a veces, le está permitido equivocarse, como a cualquier otro ser humano. Pero un error tan tremendo exige consecuencias. [130]
(Nota al margen: Las consecuencias para Chaim Cohen fueron su ascenso al cargo de Juez de la Suprema Corte.)
Keren continúa:
Los ecos del juicio de Kastner resonarán entre nosotros por años y años. Continuarán envenenando la atmósfera por sobre nosotros, como aquellos famosos juicios históricos luego de los cuales los antiguos gobiernos se derrumbaron y surgieron nuevos.
El Estado de Israel, después de este veredicto, nunca volverá a ser lo que fue antes del veredicto. [131]
Después de escribir siete secuencias sobre el Caso Kastner, el Dr. Keren voló a Alemania. Su intención era la de entrevistarse con Kurt Becher. Pocos días después de su arribo en Alemania, el periodista Keren fue hallado muerto en un hotel alemán. El diagnóstico fue “paro cardíaco”.
El Dr. Keren, al morir, tenía en la mano un libro sobre el exterminio de los judíos.
El diario Herut editorializó:
“Israel es afortunado en tener un juez independiente”[132]
Hatzofe, un diario religioso, expuso:
“La decisión tendrá profundos ecos en nuestra generación y en las generaciones por venir.” [133]
Lamerchav, el diario pro-gobierno de los kibbutz afirmó:
“Nadie puede cerrar sus ojos al tremendo valor educativo y a la gran importancia nacional que tendrá este veredicto.”[134]
Haboker, el diario sionista general, pro-gobierno, afirmó:
“El público quiere saber la verdad sobre Kastner, y no solamente sobre él. La única forma de saber la verdad es llevando a todas las personas del Comité de Rescate a juicio y dándoles la oportunidad de defenderse.”[135]
Maariv, el mayor diario vespertino de Israel afirmó:
“Éste es uno de los golpes más terribles que haya recibido el Mapai – viniendo, como viene, justo antes de las elecciones”.[136]
Yediot Achronot, un diario vespertino independiente, afirmó:
“Si Kastner es llevado a juicio, todo el gobierno enfrenta un colapso político y nacional total – como resultado de lo que un juicio así puede llegar a revelar.”[137]
Davar, el diario de Ben-Gurion afirmó:
“Cualquier intento de decidir en 1955 cómo debieron actuar los rescatadores hace diez años implica asumir una tremenda responsabilidad humana e histórica.”
“Y es sorprendente que un único juez haya tenido el coraje de asumir esta responsabilidad.”[138]
Kol-Haam – La Voz del Pueblo – un diario comunista, afirmó:
“Todos aquellos cuyos parientes fueron masacrados por los alemanes en Hungría saben ahora claramente que manos judías contribuyeron al genocidio.”[139]
El Jerusalem Post – un diario en inglés (pro gobierno) – publicó:
“Lo máximo que se le puede desear al Dr.