HERMANN HESSE
Ensayo de descripción de la vida del maestro José Knecht,
junto con todos los escritos por él legados .
Primera Edición: 1943
Edición Electrónica - Buenos Aires 2006
ÍNDICE
Ramón Meseguer
HERMANN HESSE Y EL JUEGO DE LOS ABALORIOS
Las primeras palabras que Hesse hace sonar en el mundo de la Literatura las dice en el lenguaje de la lírica. Y de manera similar a Wasserman, y a Werfel, al lanzar su «quejido» lírico lanza el puñado de semillas importantes de su vida. Son los temas nucleares que se tratarán una y otra vez a lo largo de una vida, en distintas obras. Tenía Hermann Hesse 22 años cuando publicó sus Canciones Románticas. Parece ser que sufragó los gastos de la edición, aparecida en 1899. En ese mismo año publicó una obra titulada Una hora después de la medianoche, en la que se reunían nueve trabajos en prosa.
La crítica acogió amigablemente el segundo «brote» de Hesse. Nada menos que Rilke fue uno de los que felicitó la producción del joven escritor.
Desde ese momento Hesse entraba en la fama, por lo menos de los profesionales de la Literatura.
En 1901, y bajo el título Escritos y versos legados por Hermann Lauscher, y dados a la luz por Hermann Hesse, publicó nuevas poesías y prosas.
Sigue aún expandiéndose la vena lírica, con la publicación, en 1902, del libro titulado Poesías. Y por fin viene la novela: Peter Camenzind (1903).
En esta fecha Hermann Hesse se convierte en un escritor de renombre, con plena resonancia en el mundo germánico.
Análisis biográfico de Hermann Hesse
¿Por qué se hizo escritor Hermann Hesse? ¿Por qué empezó por la lírica? ¿Por qué desembocó en la novela?
Si se pudiera dar respuesta a estas preguntas tan simples (que no sencillas), significaría que disponemos de unos maravillosos detectores de la intimidad última de la persona... y de la sociedad.
Pero no nos forjemos ilusiones; el individuo sigue siendo inefable. Y demos gracias a Dios.
Sin embargo, ello en vez de desanimarnos debería entusiasmarnos. Primero porque nos garantiza el respeto radical y eterno hacia la persona humana, y segundo porque nos abre cada vez más profundos horizontes de comprensión, de intuición y de situación.
De aquí lo apasionante de recomponer (como en escenario dramático) las piezas del mundo en que (y que) vivió el autor, y adivinar por qué se planteó el problema, cómo se desarrolló la trama, qué hilos la movían... para traslucir en este trasiego de acciones y reacciones las facetas misteriosas del personaje central.
Porque es hermoso darse cuenta de que se puede captar una presencia y tener que declararla enigma. Pues no es lo mismo inefable que indescubrible.
Biografía de una problemática personal
"El lunes 2 de julio de 1877, tras un día difícil, nos obsequia Dios con su gracia, a las seis y media de la tarde: el hijo ardientemente deseado, nuestro Hermann, un niño grande, pesado, hermoso, hambriento, que gira los ojos hacia la luz. Es un tipo ejemplar de niño sano y robusto." Éste es un párrafo entresacado del diario de la madre de Hesse.
En 1946, Hesse escribe a la hermana Adela: «La bondadosa sabiduría del abuelo, la inagotable fantasía y vitalidad de nuestra madre, la refinada capacidad de sufrimiento y sensibilidad de conciencia de mi padre nos educaron...»
En la casa paterna distintos mundos irradiaban su luz.
«Aquí se rezaba y se leía la Biblia, se estudiaba y se cultivaba la filología india, se tocaba música, se hablaba de Buda y de Lao-Tse. Venían huéspedes de diversos países... se invitaba a los pobres y se daban fiestas. Ciencia y fábula convivían...»
En sus primeros escritos tiene Hesse un párrafo significativo:
«¿De dónde les viene a las madres este fascinante y alegre arte, este espíritu plástico, el maravilloso arte de "la labia"?»
Por su parte, la madre de Hesse escribe:
«El chico tiene, para su edad, una vitalidad, una fuerza de gigante, una voluntad poderosa y una inteligencia asombrosa.»
Pero, por otra parte, en una carta del padre, fechada el 14 de noviembre de 1883, leemos:
«Hermann, que en la escuela es tenido por dechado de virtudes, a veces resulta insoportable. Por humillante que fuese para nosotros, a veces pienso seriamente si no tendríamos que internarlo en alguna institución o ponerlo en manos ajenas. Somos demasiado nerviosos, demasiado débiles para él, y el hogar, en conjunto, insuficientemente disciplinado y regulado.»
Objetivamente la circunstancia de Hermann Hesse y su personalidad innata se prestaban al conflicto. Y en mi opinión el conflicto se produjo, y hondo, en la personalidad de Hesse.
El escritor confiesa en una de sus obras:
«Desde los trece años, para mí era totalmente claro que yo tenía que ser escritor o nada.»
Hesse tuvo ese momento único, la «revelación» (fenómeno que hoy parece que hoy se puede explicar de un modo biológico, al menos parcialmente) en el que se despierta y confirma a la vez la motivación, la afinidad más profunda del alma.
A los doce años lee unos versos de Höderlin: "La Noche". El poema le produjo una profunda conmoción. Dice Hesse:
«... ¡Esto es poesía! ¡Esto es un poeta! ¡Qué hondamente sonó entonces mi oído, por primera vez, la lengua de mi madre y de mi padre...
La noche viene,
llena de estrellas, y en verdad poco preocupada por nosotros,
brilla allá la asombrosa, la extraña entre los hombres,
sobre las montañas triste y esplendente.
»Nunca más, por mucho que haya leído en mi adolescencia, me han fascinado de forma tal palabras de poeta.»
La crisis
En otoño de 1891 Hesse es llevado al seminario de Maulbroun.
Al principio Hesse se encuentra bien, pero poco tiempo después, en una carta del 20 de marzo, escribe este párrafo:
«Estoy tan fatigado, tan sin fuerzas y abúlico... No estoy enfermo, lo que pasa es que me siento atado por una debilidad desacostumbrada y extraña..., mis pies están siempre helados mientras que la cabeza me arde por dentro.»
Hesse empieza a ensimismarse y aislarse. Pasa las vacaciones de Semana Santa en Calw y se le ve irritable, destemplado y reconcentrado. Vuelve a Maulbroun, pero su estado empeora y tiene que interrumpir los estudios en mayo. Durante esa época se desata la lucha interior en el alma de Hesse, las fuerzas contendientes son: por una parte el deseo de autoafirmación, la defensa del propio yo y la tempranamente vívida tendencia a ser escritor, y por otra la rígida tradición religiosa de la familia y todas las figuras de autoridad frente a las que se hallaba en postura inadecuada.
Hesse ha escrito acerca de aquellos años:
«A lo largo de cuatro años todo lo que se emprendió conmigo se torció: ninguna escuela quería tenerme, no hubo aprendizaje en el que aguantase largo tiempo. Cada intento que se hacía de convertirme en hombre útil resultaba un fracaso, e incluso a veces, acompañado de burla, escándalo o despido.»
Hesse sufrió una serie de crisis nerviosas, decepciones, y al final de una desilusión amorosa llegó incluso a realizar un intento de suicidio.
Veamos en un breve resumen todos estos avatares:
Hesse se salió del seminario de Maulbroun. A continuación tuvo una serie de fracasos, primero en el gimnasio laico de Bad Cannstatt, luego como ayudante de su padre, más tarde como aprendiz de comercio, y a continuación como mecánico de una fábrica de relojes.
Es evidente en ello, o son evidentes, los rasgos de huida, de insatisfacción, de «tanteo y desorientación» en suma.
En 1899 Hesse se establece como librero en Zurich, donde los padres habían vivido.
En 1902 escribe Peter Camenzind. La novela, que fue un gran éxito, le permite dejar su oficio de librero. Se va a Gaienhof am Bodense y se casa con María Bernouilli, de treinta y seis años de edad.
He aquí que nos da quizá la clave de algunos aspectos de la personalidad de Hesse. Casarse con una mujer que le lleva casi diez años de edad, puede tener un significado muy profundo.
Visto en abstracto, un tipo de matrimonio de esta índole puede significar profunda insatisfacción y profunda inmadurez de carácter. Porque téngase en cuenta que en nuestra cultura la mujer madura seis o siete años antes que el hombre.
Si pasamos del plano abstracto al concreto y lo aplicamos a Hesse, veremos que la diferencia «psicológica» de edad con su mujer era de quince años.
Es verdad, sin embargo, que esto que decimos son atisbos y que solamente la adivinación profunda del decurso biográfico de Hesse nos podría decir qué es en realidad lo que pasó.
En Peter Camenzind se nos transparenta un Hesse amador de la naturaleza, enemigo de la civilización, huidor del mundo y de sus riesgos y constructor de una «realidad de ensueño».
Hay otro aspecto, quizá capa muy profunda de la obra. El hecho es que en ésta se plantea un enigma (que ya se lo planteó y «lloró» Hesse en la escuela): un árbol, una animal, una montaña tiene «historia». ¿Cómo puede ser eso?
Otro problema que se nos plantea aquí es la comparación de estas dos temáticas: el hombre huidor, ensoñador, y el enigma citado. ¿Cuál de los dos temas está hurgando más el alma de Hesse?
Tendería a afirmar que los dos están subterráneamente ligados aunque parezcan distintos.
En 1905 publica Bajo la rueda. Es una más entre las típicas novelas de «tragedia escolar». Con ello se aproximaba en cierta manera a la generación de los expresionistas que protestaban violentamente contra la generación de los «padres». La novela llegó a alcanzar una edición de 150.000 ejemplares.
Entre los años 1907, 1908 y 1912 aparecen las narraciones: Aquende, Prójimos, Atajos. Con insistencia reiterativa nos aparece en estos libros un tipo de personalidad: el doliente contemplador de colinas, montañas, nubes, las ganas de huir y las necesidad de construir un mundo «soñado».
Sigue a este «temple de ánimo» un sentimiento de soledad, que Hesse plasma en las obras Gertrud (1910) y Rosshalde (1914).
Por ese tiempo es ya un escritor famoso. Frecuentan su casa músicos, editores y escritores. La segunda novela citada refleja la problemática interna de Hesse respecto al matrimonio, los hijos, la esposa, ligados a una persona (el padre) pronto a la «huida» aislado y «muy suyo».
Hesse, que ha vivido ocho años en Gaienhof «como» un agricultor, dedicado al cultivo de verduras, flores y árboles, emprende por «intensa necesidad» un viaje a la India, donde había vivido su padre.
La India le desilusionó. En 1913 publica el libro De la India. Hesse afirma: «Hemos perdido el paraíso, y el nuevo no lo encontraremos en el ecuador, en los cálidos mares del Sur, sino en nuestro nórdico futuro».
El resultado de esta experiencia «india» queda expresado en tres obras: Siddharta, Vida india y El juego de abalorios.
Luego se va a vivir a Berna, a la casa del pintor Welbi. Publica la narración Tres historias de la vida de Knulps (1915). Y una vez más aparece el monotema: Knulp es un vagabundo, sin casa ni preocupación, «el solitario ideal», cuya vida no está ni siquiera ligeramente ensombrecida por un amigo o una querida. Knulp (¡no faltaba más!) sueña con montañas y nubes, es medio niño, medio poeta y, por lo tanto, un «amado de Dios», su «hijo» y «hermano».
La guerra del catorce le arrancó del ideal de la paz, equilibrio y amistad. Se puso, en Berna, a disposición del «Servicio de Ayuda alemán». Escribió un trabajo: ¡Oh, por favor, esos tonos no! El escrito era antibelicista y antinacionalista. Desencadenó entre los enfurecidos alemanes una ola de críticas contra Hesse.
Durante las dos guerras Hesse se dedicó a ilustrar sus libros de poemas y enviarlos a parejas de enamorados. El dinero que obtenía de ello lo daba para los «paquetes» y envíos de asistencia a la gente necesitada.
La guerra reavivó su conflicto interior, se le reprodujeron los problemas de contacto con los demás y, enfermo, empezó a analizarse.
Desde la soledad al enfrentamiento consigo mismo
Una vez Hesse escribió sobre sí mismo:
«... que desde mi época de escolar estuviese siempre condenado a la soledad, la cual acabó convirtiéndose en mi amiga. No encuentro ningún amigo, quizá porque soy demasiado orgulloso para buscarlo, y desde hace tres años estoy acostumbrado a pensar solo y a cantar solo». Desde luego la relación, la profunda relación de Hesse con los otros, con la mujer, fue un problema difícil.
Veamos. Después de su divorcio vuelve a tomar mujer en 1924, pero la ligazón solamente dura un año. En 1931 se casa una vez más. Desde entonces vive en Montagnola y trabaja ininterrumpidamente, profusamente. Pero quizá lo más significativo de todo el aspecto amoroso de la vida de Hesse es que en su obra de culminación El juego de los abalorios no aparece ninguna figura femenina. Esto, que a primera vista no tiene ninguna importancia, la adquiere enormemente cuando se ve que Hesse quiere poner en dinámica «el juego combinatorio de todos los contenidos y valores de nuestra cultura».
¿Qué papel juega, pues, la mujer?, nos hemos de preguntar. Pero la respuesta no está en la lógica de Hesse, sino en su corazón.
Hubo muchas lectoras que se lo preguntaron por escrito. Le apremiaron a que explicase por qué no había ninguna figura femenina en El juego de los abalorios. Hesse contestó que el maestro de la orden (que vive alejada del mundo) es ya tan viejo que no puede mantener contacto con mujeres.
Se ve en seguida que la respuesta es una escapada. Además, no salva la contradicción que significa querer poner en juego en una novela todos los valores de la civilización, y que se olvide de la mujer, que tan importante papel ha desempeñado en la civilización actual.
El juego de los abalorios está distribuida de la siguiente manera:
I. Una omnicomprensiva introducción.
II. Doce capítulos dedicados a los «Knecht».
III. Una especie de «obra póstuma» que consta de once poemas y tres «biografías»: «El hacedor de la lluvia», «El confesor» y «El hindú».
Hesse dijo que había pensado la biografía de Josef Knecht para el año 2400.
Se ve, pues, una vez más lo utópico, la escapada hacia un mundo irreal.
El sufrimiento como fuente de creación
El problema, según Hesse, empezó cuando tenía trece años de edad. Se produjo un «giro» en su personalidad que lo iba a trastornar todo. Fue cuando decidió dedicarse a escribir.
No creo que el problema empezase entonces. Realmente lo que ocurrió es que «el síntoma» estalló entonces, pero seguramente llevaba fermentando varios años.
Se produjo un grave cambio en Hesse; de buen escolar pasó a «mal alumno». Esto le ocasionó problemas con los maestros y con sus padres. Dice Hesse que no veía «posibilidad de reconciliación entre el mundo y su corazón».
Anticipemos que esta situación de crisis se reprodujo cuando la guerra del 14. Bien; a Hesse le encontró el ensimismamiento. Se autoanalizó y dice sinceramente que aunque el mundo sea ingrato, no se le puede echar la culpa al mundo, ni a Dios. «La culpa está en mí -dirá-, pero es agradable la culpa».
Entre el lapso de tiempo que va de 1916 a 1917, Hesse se hizo psicoanalizar. El número de sesiones fue de setenta. Al parecer curado, reanudó sus actividades.
Publica la novela titulada Demian - Historia de una juventud, bajo el seudónimo de Emil Sinclair. La novela obtuvo el premio «Fontane». Sin embargo, un crítico -Konradi- descubrió que la obra tenía que haber sido escrita por Hesse. El asunto quedó tan patente, que Hesse lo aceptó. Le fue ratificado el premio «Fontante». La novena edición salió con el título Demian, que ya ha quedado definitivamente.
Vuelve a dedicarse otra vez a la poesía. Y además escribe Vuelta de Zaratustra. Algo se nos hace definitivamente claro aquí: la personalidad de Hesse gira alrededor de unos temas y de una actitud que no abandonará en toda su vida.
Se ve claro que Hesse es el escritor que quiere guiar a la juventud en el difícil paso que va de la pubertad a la juventud. La pubertad y su época precedente es un tiempo claro. En el paso de la juventud se cambia de los chicos y chicas «claros», «limpios», a los muchachotes y «mozanconas». Según Hesse, los años de juventud son en sí peligrosos, pero «sanos».
Pero analicemos el «cómo» del paso, del cambio que nos expone Hesse. Para el novelista, el joven busca el «camino»«saliendo» de la casa paterna hacia los secretos del sexo. Pero estos caminos son (¿cómo diríamos?) demoníacos y una vez que han marcado su «huella» en la conciencia, no la dejan libre nunca más.
Es evidente que aquí aparece un claro factor religiosos desventuradamente enfocado. Y es ello lo que me obliga a hacer hincapié en que la problemática de Hesse es muy anterior al «giro» dado a los trece años y mucho más trascendente que un simple problema, o si se quiere, «vivencia traumatizante».
Yo interpreto que sexo, pubertad, huida, «esclavitud de la conciencia», son síntomas y nos son causas. No son lo etiológico del problema.
Lo que sí queda claro es que, aparte de las «fijaciones» y «traumas» que haya en las primeras fases de la constitución del yo, el paso de la pubertad a la juventud, aun siendo peligrosos porque es una época de fácil resbalón y conflicto, no es en sí un camino que una vez recorrido esclaviza la conciencia.
Hay un segundo argumento que destroza la subjetiva interpretación de Hesse, y es que hay jóvenes que, por circunstancias sociales, han sido compañeros de mozancones y han tenido comercio con mozanconas, y a pesar de todo su vida posterior ha sido sana.
Volviendo a Hesse: desde su primera obra el problema de la pubertad le ocupa, le preocupa y es motivo de lucha.
El juego de los abalorios
En medio de la guerra, el 29 de abril de 1942 Hesse dio remate a El juego de los abalorios. El famoso editor Peter Suhrkamp se esforzó baldíamente en editar la obra, que permaneció inédita en Berlín durante siete meses.
Se publicó por primera vez en Suiza y solamente algunos ejemplares que se transmitieron de mano en mano, como algo precioso, lograron cruzar las fronteras.
Hesse «rememoró» en 1955, en una carta de Rudolf Pannwitz, algunas cosas acerca del «nacimiento» de la obra:
«La imagen que encendió en mí la primera chispa fue la reencarnación como expresión de lo estable en lo fluyente, en una palabra: como expresión de la continuidad de la tradición y de la vida del espíritu.
»Cierto día, antes de que intentase la redacción de obra alguna, tuve la visión de un "transcurrir la vida" individual, pero supratemporal.
»Imaginé un hombre que a través de varios "renacimientos" vive las grandes épocas de la Historia humana... Vinieron años dolientes tras una crisis grave, años que coincidieron con los de la recuperación y renovación de la alegría de vivir en aquella Europa y aquella Alemania agotadas por la guerra mundial... En medio de estas amenazas y peligros para la existencia espiritual y psíquica de un escritor de lengua alemana, me agarré al medio de la salvación de todos los artistas: la producción. Y reemprendí el viejo plan, que sufrió una fuerte transformación bajo la presión de aquellos momentos. Tenía que (a pesar de la mala estampa que ofrecía el tiempo aquel) hacer visible el reino del espíritu y del alma, mostrándolos como existentes e insuperables.
»Así fue como mi obra se transformó en utopía, la imagen fue proyectada hacia el futuro, y el desgraciado presente trasladado a un pasado ya superado. Y para sorpresa mía surgió como por sí mismo el mundo castálico. No necesitó ser pensado y construido. Sin que yo lo supiese, hacía largo tiempo que se había preformado en mí.
»Con ello encontré para mí el espacio para respirar.»
Hesse lo que pretendía sobre todo, con su obra, era contraponer a un mundo que se desintegra en la anarquía, una provincia donde reina la mesura, el orden espiritual, la educación y el respeto.
Hesse quería estructurar «panoramas normativos» y Castalia debería representar un panorama de esta índole para un mundo que había perdido su dignidad.
Aunque esta provincia se haya proyectado para un futuro, no es un «lugar futuro» ni una profecía o un postulado utópico, sino una idea cuyo «interior» no posee realidad ligada a ningún tiempo determinado y representa una posibilidad de vida espiritual.
El juego de los abalorios lleva el subtítulo de «Ensayo de descripción de la vida del maestro José Knecht, unido a todos los escritos legados por Knecht».
La vida de la obra transcurre en un tiempo posterior a nuestro presente en algunos siglos. En ella describe la vida de Castalia.
Se han superado el siglo XIX y el XX, con su individualismo sin autoridad, con sus guerras y con su decadencia moral.
Desesperados por el ocaso de la cultura, se junta un grupo de hombres para permanecer fieles al «espíritu», para servir a los altos valores de la tradición y para construir un «nuevo mundo de formación de hombres».
Ello da origen a una especie de orden laica que vive bajo estricta disciplina, renuncia a los éxitos «externos», a la creación artística y se dedica especialmente al cultivo de la música, de la matemática y de la filología. Se persigue como fin una gran síntesis de todas las ciencias y de todas las culturas.
En medio de la existencia de esta exclusiva y espiritual orden, ésta, el Juego de los abalorios, es un «juego» (La palabra juego (Spiel) en alemán no tiene solamente un significado lúdico, sino también de «desempeño de un papel», de «representación».) que se expresa con una especie de lenguaje secreto de un gran nivel de elaboración, con reglas propias y gramática propia.
El juego es un juego con todos los contenidos y valores de nuestra cultura.
El juego exige largos años de adiestramiento; solamente algunos alcanzan la máxima perfección; solamente uno puede ser «maestro del juego de los abalorios».
La orden de los de Castalia permanece con jerarquía propia, aislada en medio del Estado; sin embargo, es reconocida por éste y sostenida en su aspecto material. Como correspondencia a esta ayuda del Estado surgen las escuelas de la élite, que están abiertas a los hijos mejor capacitados del país.
José Knecht, prodigiosamente dotado para la música, tras exámenes especiales, a la edad de doce años es aceptado en una de dichas escuelas para la élite. Tras los años de enseñanza en los que se manifiesta como uno de los mejores alumnos, ingresa en la orden. Como inmediatamente entra a formar parte del círculo de la verdadera élite, es enviado al monasterio «Mariafels» para que estreche al máximo la ligazón con la orden de los benedictinos. Allí conoce al padre Jacobus (gran historiador), y a través de él, la esencia del mundo histórico y de la realidad. Al regreso del monasterio es elegido «maestro del juego», máximo grado de la Jerarquía espiritual, y se acredita como magnífico pedagogo y sobresaliente maestro del «juego». Pero este hombre, en un tiempo apasionado del mundo castálico, aprende con los años que Castalia tampoco significa un valor absoluto, sino que está sometida al «aparecer» histórico, y por lo tanto sometida a lo transitorio.
Aprende a ver que lo conseguido está condenado a morir si pierde la capacidad de devenir y cambiar.
Por todo ello decide abandonar la orden, cuyas posibilidades ha agotado y delimitado. Abandona su cargo, entra en la vida del mundo y se hace maestro del hijo del amigo con el que juntamente estudiaron en la escuela de élite, y que desde hace tiempo se dedica a la política.
Pero apenas ha empezado su nueva dedicación halla la muerte al bañarse en un lago de montaña.
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La obra pretende ser una síntesis omnicomprensiva de los valores que todas las culturas han aportado a la mente de Hermann Hesse. No olvidemos algo obvio: es una síntesis subjetiva y por lo tanto selectiva.
Pero una síntesis dinámica donde lo «agónico» surge de la misma dinamicidad y de la misma agonía personal de Hermann Hesse.
Es palmario que una síntesis tal encierra series y series de temas casi inacables. Se pues hacer una «selección», que siempre resultará una «elección», pues en definitiva una obra de sincretismo antropológico, filosófico, cultural, pedagógico, etc., exige para comentario una obra más amplia que la misma novela: lo que en ésta es simbólico, en el comentario tendría que ser explanación. Uno de los temas centrales es el «tipo» de hombres que viven esta utopía. Son hombres que luchan «ascéticamente» por el orden, la norma, la razón, la ley, la mesura. Dan al mundo maestros, libros y métodos. Son eficientes en cuanto «inspectores» de la mesura y del peso espirituales. Con todo ello le prestan al Estado un servicio grande y necesario.
Segundo tema podría ser «espíritu y verdad». Para alcanzarlos hay que dedicarse a la meditación, ejercicio psíquico a través del cual la persona individual queda neutralizada y su alma, gracias a la ensimismación, interioriza su participación a la «unidad de la vida» .
Tercer tema a tratar puede ser la «Heiterkeit» (En la traducción española de la obra Aufbau der Person, del famoso psicólogo alemán Lersch, el profesor Sarró incluye un apéndice en que la palabra «Heiterkeit» es traducida por «ánimo alegre»). La suprema y más hermosa actitud que puede adquirirse gracias al «juego» es el ánimo alegre. Aquí conviene citar textualmente al autor: «Aunque incluso pueblos enteros y lenguas diversas busquen fundamentar la hondura del mundo en mitos, cosmogonías, religiones, lo último y máximo que pueden alcanzar es este "ánimo alegre"».
Un cuarto tema es el «transceder», el pasar de etapa en etapa, de espacio en espacio, de ritmo en ritmo.
Salta a los ojos que en El juego de los abalorios se reitera y condensa la temática y la problemática de Hesse.
Respecto al tema de las «etapas» y del «trascender» hay una poesía de Hesse (Ignoro si existe traducción castellana. La que hago aquí es completamente literal. En alemán esta poesía tiene su rima y su ritmo), escrita en 1941, que arroja luz sobre un amplio aspecto de la obra del novelista:
Como toda floración marchita, y toda juventud
con la edad decae, así florece cada etapa de la vida,
florece cada sabiduría y cada virtud
a su tiempo, y no debe durar eternamente.
El corazón, a cada llamada de la vida,
debe estar presto a la despedida y recomienzo,
para entregarse con valor, sin luto,
a otras nuevas ligazones.
Cada comenzar está lleno de un encanto
que nos protege y nos ayuda a vivir.
Hemos de atravesar alegres espacio tras espacio,
no depender de hogar alguno,
el espíritu del mundo no quiere atarnos ni angostarnos,
quiere levantarnos peldaño tras peldaño, ampliarnos.
Apenas nos aclimatamos a un círculo de vida,
y nos acostumbramos confiadamente, cuando ya amenaza el adormecimiento,
solamente el que está preparado al rompimiento y al viaje puede escapar del paralizador acostumbrarse.
Quizá todavía la hora de la muerte
nos envíe espacios nuevos,
nunca tendrá fin en nosotros la llamada de la vida...
¡Bien, pues, corazón, despiértate y sana!
El juego de los abalorios ha tenido, en opinión de los críticos alemanes, una extraordinaria y duradera repercusión. Digo «en opinión de los críticos alemanes», porque en el mundo que podríamos llamar «latino» o «mediterráneo» ha sido otro tipo de novela el que ha influido.
De todos modos, lo que sí es cierto es que la obra ha provocado muchos «combates espirituales» en el mundo germánico.
No es de extrañar, porque siendo una novela tan polifacética fácilmente se presta a la controversia, pues, en definitiva, cada crítico proyectará (en mayor o menor grado) su personalidad según ésta se vea afectada por un conjunto de facetas de la polivalente obra. Digamos, finalmente, que el afán fundamental de Hesse, al escribirla, era hacer plásticas, patentes, las fuerzas que en medio del caos crean el orden.
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Hermann Hesse fue un buscador durante toda su vida. Lo demuestra no sólo su gran obra poética, que en 1946 le hizo merecedor del Premio Nobel, sino también su biografía. En Calw, su ciudad natal, donde vino al mundo el 2 de julio de 1877 como hijo de un antiguo misionero, Hesse pasó sus años de juventud en el ambiente de la familia, que le marcaron y que se reflejan en muchos pasajes de sus libros. Maulbronn, Tubingia y Basilea fueron ciudades donde pasó otras etapas de su vida. En 1904 se trasladó a una granja en Gaienhofen, junto al lago de Costanza, para seguir viviendo allí como escritor autónomo. En 1911 realizó un viaje a la India y poco después se trasladó a Suiza, primero a Berna y después, en 1919, a Montagnola (Tessin), donde inició su periodo creativo más rico y donde falleció en 1962. |
EL JUEGO DE LOS ABALORIOS
... non entia enim licet quodammodo levibusque hominibus facilius atque incuriosius verbis reddere quam entia, verumtamen pio diligentique rerum scriptori plane aliter res se habet: nihil tantum adeo necesse est ante hominum oculos proponere ut certas quasdam res, quas esse neque demonstrari neque probari potest, quae contra eo ipso, quod pio dilegintesque viri illas quasi ut entia tractant, enti nascendique facultati, paululum appropinquant.
ALBERTUS
SECUNDUS
(Tract. de cristall. spirit. ed. Clangor
et Collof, lib. I, cap. 28.)
En la traducción de puño y letra de Josef Knecht:
... pues, aunque en cierto aspecto y para hombres frívolos las cosas no existentes son más fáciles y menos riesgosas para ser representadas con palabras, en cambio, para el historiador fiel y escrupuloso son todo lo contrario: nada escapa tanto a la descripción verbal y nada es, sin embargo, tan necesario colocar ante los ojos humanos, como determinadas cosas cuya existencia ni puede demostrarse ni es verosímil, pero que justamente por el hecho de ser consideradas existentes en cierta medida por hombres devotos y conscientes, pueden ser aproximadas un paso más a la existencia y a la posibilidad de nacer.
Es nuestro propósito consignar en este libro el escaso material biográfico que pudimos hallar acerca de Josef Knecht, el magister ludí Josephus III [1], como se le llama en los archivos del “Juego de Abalorios”. No nos ciega el hecho de que este intento está de algún modo en contradicción con las leyes y los usos vigentes en la vida espiritual, o por lo menos parece estarlo. Porque precisamente la eliminación de lo individual, la inserción más acabada posible de la persona en la jerarquía de las autoridades educativas y de las ciencias, es uno de los supremos principios de nuestra vida del espíritu. Y este principio ha sido realizado también por larga tradición tan ampliamente que hoy es difícil en extremo, y en muchos casos aun del todo imposible, encontrar pormenores biográficos y psicológicos de individuos que han servido en forma sobresaliente a esta jerarquía; en muchísimos casos no se pueden establecer siquiera los nombres propios. En realidad, es una de las características de la vida espiritual de nuestra “provincia”, el que su organización jerárquica posea el ideal de lo anónimo y llegue muy cerca de la realización de este ideal.
Si, a pesar de ello, insistimos en nuestro intento por establecer algo acerca de la existencia del magister ludí Josephus III y de esbozar claramente la imagen de su personalidad, no lo hicimos por culto personal o por desobedecer a las costumbres, como creemos, sino por el contrario sólo en el sentido de prestar un servicio a la verdad y a la ciencia. El concepto es antiguo: cuanto más aguda e inexorablemente formulamos una tesis, tanto más irresistiblemente ella reclama la antítesis. Aceptamos y respetamos la idea que constituye la base de lo anónimo de nuestras autoridades y nuestra existencia espiritual. Pero justamente una mirada a la prehistoria de esta vida espiritual, es decir, a la evolución del juego de abalorios, nos muestra necesariamente que toda fase de desarrollo, toda construcción, todo cambio, toda incidencia esencial, ya se interprete en sentido progresista, ya en sentido conservador, señala irrecusablemente a la persona que introdujo el cambio y se convirtió en instrumento de la transformación y el perfeccionamiento, no como a su único verdadero autor, pero si como a su rostro más ostensible.
Porque seguramente lo que hoy entendemos por personalidad, es algo ya muy diverso de lo que comprendieron por ello los biógrafos e historiadores de épocas precedentes. Para ellos, y justamente para los escritores de aquellas épocas que tuvieron netas tendencias biográficas, parece —podría decirse— que lo esencial de una personalidad fue lo discrepante, lo anormal y único, y aún, a menudo, lo patológico, mientras que nosotros los modernos hablamos generalmente de personalidades importantes sólo cuando encontramos seres humanos que, más allá de toda originalidad y rareza, lograron la inserción más perfecta posible en el orden general, la prestación más acabada en lo ultrapersonal. Si observamos con más atención, también la antigüedad conoció ya este ideal: la figura del “sabio” o del “ser perfecto” para los antiguos chinos, por ejemplo, o el ideal de la moral socrática, apenas pueden distinguirse de nuestro ideal moderno, y muchas grandes organizaciones espirituales, como la Iglesia romana en sus épocas más poderosas, tuvieron principios parecidos, y muchas de sus máximas figuras, como Santo Tomás de Aquino, nos parecen —como las primeras estatuas griegas— más arquetipos clásicos que individuos. De todos modos, en los días de la reforma espiritual que comenzó en el siglo XX y de la que somos herederos, aquel viejo y genuino ideal había ido perdiéndose evidentemente en medida casi total. Nos sorprendemos cuando las biografías de esas épocas cuentan con bastante amplitud cuántos hermanos y hermanas tuvo el protagonista o cuántas cicatrices y costurones dejaron en él el desenlace de la infancia, la pubertad, la lucha por el reconocimiento, el anhelo de amor. A los modernos no nos interesa la patología ni la anamnesia familiar, la vida vegetativa, la digestión y el sueño de un héroe; ni siquiera sus antecedentes espirituales, su formación a través de estudios y lecturas preferidas, etc., tienen importancia especial para nosotros. Sólo merece nuestro particular interés aquel único personaje que por naturaleza y educación estuvo colocado en condiciones para dejar diluir su persona casi perfectamente en su función jerárquica, sin que se perdiera la fuerte, viva y admirable espontaneidad que constituye el valor y la fragancia del individuo. Y sí entre persona y jerarquía surgen conflictos, los consideramosprecisamente como piedra de toque de la grandeza de una personalidad. Del mismo modo que no aprobamos al rebelde a quien los deseos y las pasiones impulsan a romper con la norma, reverenciamos la memoria de las víctimas, los realmente trágicos.
En este caso, pues, de los héroes, de los verdaderos arquetipos humanos, creemos permitido y natural el interés por la persona, el nombre, el rostro, el gesto, porque ni en la jerarquía más perfecta, ni en la organización más pareja vemos ciertamente un mecanismo compuesto de partes muertas e indiferentes en sí mismas, sino un cuerpo viviente, formado por piezas y animado por órganos que poseen —cada uno— su modo propio y su propia libertad, y comparten el milagro de la vida. Y en tal sentido, nos hemos esforzado en procura de noticias acerca de la vida del maestro del juego de abalorios Josef Knecht y, especialmente, de todo lo escrito por él; hemos hallado así varios originales que creemos dignos de ser leídos.
Lo que podemos informar acerca de la persona y la existencia de Knecht es ciertamente conocido total o parcialmente por los miembros de la Orden y, sobre todo, por los expertos en el juego de abalorios, y por esta ratón, pues, nuestra obra no se dirige solamente a ese círculo, sino que confía tener lectores comprensivos también fuera de él.
Para ese círculo más reducido, nuestro libro no necesitaría ni introducción ni comentario. Mas como deseamos también fuera de la Orden lectores interesados en la vida y las obras de nuestro héroe, nos toca la tarea nada fácil de anteponer a la obra —para esos lectores menos preparados— una pequeña introducción popular al significado y a la historia del juego de abalorios. Insistimos en que esta introducción es y quiere ser de carácter popular y no pretende en absoluto aclarar las cuestiones tan discutidas dentro de la misma Orden sobre problemas del juego y de su historia. Está muy lejana todavía la hora de una exposición objetiva de este argumento.
No cabe esperar, pues, de nosotros una historia completa y una elaborada teoría del juego de abalorios; no podrían lograrlas ni autores más dignos y hábiles que nosotros. Esta tarea queda reservada a épocas futuras, si las fuentes y las premisas espirituales no llegan a perderse antes. Tampoco nuestro ensayo pretende ser un manual de ese juego; ese manual nunca podrá escribirse. Las reglas del mismo se aprenden solamente por la vía acostumbrada y prescrita, que requiere varios años de estudio, y ninguno de los iniciados podría tener nunca interés en tornar más fáciles para el entendimiento las tales reglas.
Las normas, el alfabeto y la gramática del juego representan una especie de idioma secreto muy desarrollado, en el cual participan varias ciencias y artes, sobre todo las matemáticas y la música (la ciencia musical, respectivamente) y que expresa loa contenidos y resaltados de casi todas las ciencias y puede colocarlos en correlación mutua. El juego de abalorios es, por lo tanto, un juego con todos los contenidos y valores de nuestra cultura; juega con ellos como tal vez, en las épocas florecientes de las artes, un pintor pudo haber jugado con los colores de su paleta. Lo que la humanidad produjo en conocimientos elevados, conceptos y obras de arte en sus periodos creadores, lo que los períodos siguientes de sabia contemplación agregaron en ideas y convirtieron en patrimonio intelectual, todo este enorme material de valores espirituales es usado por el jugador de abalorios como un órgano es ejecutado por el organista; este órgano es de una perfección apenas imaginable, sus teclas y pedales tocan todo el cosmos espiritual, sus registros son casi infinitos; teóricamente, con este instrumento se podría reproducir en el juego todo el contenido espiritual del mundo. Ahora bien, estas teclas, estos pedales y estos registros subsisten firmemente; en lo relativo a su número y disposición, en realidad, sólo en teoría sería posible aportar cambios y tentativas de perfeccionamiento: el enriquecimiento del idioma del juego mediante la incorporación de nuevos contenidos se subordina al “control” más severo que pueda imaginarse, a cargo de la suprema dirección. En cambio, dentro de este firme conjunto o, para mantener nuestro lenguaje figurado, dentro del complicado mecanismo de este gigantesco órgano, cada jugador posee todo un mundo de posibilidades y combinaciones, y es casi imposible que entre mil juegos severamente realizados ni siquiera dos resulten parecidos más que superficialmente. Aun cuando sucediera que alguna vez dos jugadores por casualidad dieran a su juego la misma pequeña selección de temas, estos dos juegos tendrían aspecto y curso totalmente distintos, según el modo de pensar, el temperamento, el estado de ánimo y la virtuosidad de los ejecutantes.
En realidad, corresponde en absoluto al gusto del historiador hasta dónde hacer remontar en el pasado los comienzos y la prehistoria del juego de abalorios. Porque como todas las grandes ideas, no tiene realmente un comienzo, sino que como idea existió siempre. Lo hallamos prefigurado ya en muchas épocas precedentes como concepto, como intuición, como forma mágica, por ejemplo en Pitágoras; luego en las postrimerías de la cultura antigua, en el círculo griegognóstico, como también entre los antiguos chinos; después, una vez más en los apogeos de la vida espiritual moriscoárabe; más adelante la huella de su prehistoria pasa a través de la Escolástica y el Humanismo a las Academias de los matemáticos de los siglos XVII y XVIII, y aun a las filosofías románticas y las ruinas de los sueños sibilinos de Novalis. En cada movimiento del espíritu hacia la meta ideal de una Universitas Litterarum 1, en cada academia platónica, en cada asociación de una selección espiritual, en cada tentativa de reconciliación entre las ciencias exactas y las libres o entre ciencia y religión, existió como idea básica esta misma idea eterna que para nosotros ha tomado forma y figura con el juego de abalorios. Espíritus como Abelardo, Leibniz y Hegel conocieron, sin duda, el sueño de apresar el universo espiritual en sistemas concéntricos y de fundir la belleza viviente de lo espiritual y del arte en la hechicera fuerza formuladora de las disciplinas exactas. En los tiempos en que la música y las matemáticas experimentaron casi contemporáneamente su momento clásico fueron corrientes las relaciones y las fecundaciones entre ambas. Y dos siglos antes, encontramos en Nicolás de Cusa, párrafos con la misma atmósfera, como por ejemplo éste: “El espíritu se amolda a lo potencial para medirlo todo con el módulo de lo potencial y de la necesidad absoluta, para que lo mida todo en la escala de la unidad y la simplicidad, como lo hace Dios, y en la otra de la necesidad del acoplamiento, para apreciarlo de tal manera todo con respecto a su particularidad; finalmente se amolda al potencial determinado, para valuarlo en su existencia. Pero luego el espíritu mide también simbólicamente, por comparación, como cuando se sirve del número y de las figuras geométricas y se confronta con ellas tomadas como ecuaciones”. Por lo demás, al parecer, no es solamente este pensamiento del filósofo de Cusa el que alude casi a nuestro juego de abalorios, o corresponde y nace de parecida tendencia de la imaginación como su juego de conceptos; se podrían mostrar varios y aun muchos ecos parecidos en su obra. También su gozo por las matemáticas y su capacidad y su inclinación a emplear figuras y axiomas de la geometría euclidiana para conceptos teológico-filosóficos como ecuaciones aclaratorias, parece tener mucho parentesco con la mentalidad del juego y, a menudo, una especie de latín (cuyas vocales son frecuentemente libres invenciones suyas, sin que puedan ser interpretadas mal por alguien que sepa latín) recuerda la plasticidad libremente mantenida del idioma del juego.
Ni menos ajeno, como ya puede indicarlo el lema de nuestro ensayo, resulta Albertus Secundus al número de los antepasados del juego de abalorios. Y suponemos —sin poderlo apoyar por cierto con citas— que la idea del juego dominó también a los sabios músicos de los siglos XVI, XVII y XVIII, que fundaron sus composiciones musicales en especulaciones matemáticas. Aquí y allá, en las antiguas literaturas se tropieza con leyendas de sabios y mágicos juegos que fueron ideados por hombres doctos y monjes o en cortes principescas hospitalarias, y se jugaron, por ejemplo, en forma de ajedrez, cuyas figuras y cuyos campos poseían además de sus significados comunes también otros ocultos. Y son muy conocidas las narraciones, fábulas y sagas de la infancia de todas las civilizaciones, que atribuyen a la música, por sobre lo que es arte, un poder que domina a las almas y a los pueblos, y la convierten en un regidor secreto o en un repertorio de leyes para los hombres y sus Estados. El concepto de una sublime existencia celestial de los seres humanos bajo la hegemonía de la música tiene su papel en la vida pública y privada desde la China más antigua hasta las leyendas de los griegos. A este culto de la armonía (“En variaciones eternas, desde arriba nos saluda el misterioso poder del canto” NOVALIS) se vincula en la medida más íntima también el juego de abalorios.
Si reconocemos, pues, la idea del juego como eterna y, por esta razón, como existente y viva mucho antes de que se verificara por entero, su realización en la forma que conocemos tiene a buen seguro su propia historia, de cuyas etapas más importantes trataremos de informar brevemente.
El movimiento espiritual, cuyos frutos —entre muchos otros— son el establecimiento de la Orden y el juego de abalorios, tiene sus comienzos en un período de la historia que desde las investigaciones fundamentales del historiador literario Plinius Ziegenhals lleva la denominación por él creada de “época folletinesca”. Estas denominaciones son bonitas pero peligrosas, y con su seducción inducen a considerar injustamente cualquier estado de la vida humana en el pasado; la “época folletinesca” no careció en absoluto de espíritu, ni siquiera fue pobre en este aspecto. Pero —por lo menos así parece, según Ziegenhals— poco supo hacer con ese espíritu, más aún, no atinó a darle la situación y la función adecuadas en la economía de la vida y del Estado. Si hemos de ser sinceros, conocemos muy mal esa época, aunque ella fue el terreno donde creció casi todo lo que hoy constituye la característica de nuestra vida espiritual. Según Ziegenhals, fue una época “burguesa” en especial medida y obsecuente a un amplio individualismo, y si citamos algunos rasgos de acuerdo con la descripción de Ziegenhals, para señalar su atmósfera, sabemos por lo menos concerteza que estos rasgos no son invenciones ni han sido sustancialmente exagerados o desfigurados, porque están comprobados por el gran investigador con un sinnúmero de documentos literarios y de otro carácter. Prestamos nuestra adhesión al sabio que hasta hoy fue el único en dedicar a la “época folletinesca” una seria investigación, y no hemos de olvidar al hacerlo que es ligereza y locura torcer el gesto ante errores o malas costumbres de épocas pasadas.
El desarrollo de la vida espiritual en Europa parece haber tenido desde el final de la Edad Media dos grandes tendencias: la liberación del pensar y creer de toda influencia autoritaria, la lucha, pues, de la razón que se sentía soberana y mayor de edad, contra el dominio de la Iglesia romana, y —por otra parte— la búsqueda oculta pero apasionada de una legitimación de esta libertad, por una autoridad nueva y adecuada, que nacía de sí misma. Generalizando, puede decirse que el espíritu ganó esta lucha, a menudo asombrosamente llena de contradicciones, por dos metas recíprocamente opuestas en principio. No nos está permitido preguntar si la ganancia compensa en la balanza el peso de innúmeras víctimas, o si nuestras normas actuales para la vida del espíritu bastan perfectamente y durarán lo suficiente como para no considerar sacrificio insensato todos los sufrimientos, los espasmos y las enormidades de los procesos contra los herejes y de las hogueras, y aun los destinos de muchos “genios” que terminaron en la locura o en el suicidio. La historia es acontecimiento; carece de importancia el hecho de si estuvo bien, si mejor hubiera sido que no existiese, si podemos comprender su “significado”. Así ocurrieron también aquellas luchas por la “libertad” del espíritu, y justamente en aquella tardía época folletinesca, el espíritu en efecto gozó de una libertad inaudita, insoportable para él mismo, por cuanto, deshecha totalmente la tutela eclesiástica y parcialmente la estatal, no siempre encontró una ley auténtica, por él formulada y respetada, una nueva autoridad y legitimidad genuinas. Los ejemplos de degradación, venalidad, renunciación del espíritu en aquel tiempo, como nos la narra Ziegenhals, son en parte sorprendentes.
Debemos confesar que no estamos en condiciones de dar una clara definición de los productos por los cuales denominamos “folletinesca” a esa época. Al parecer, fueron elaborados por millones como una parte especialmente preferida en el material de la prensa diaria, formaron el alimento principal de lectores necesitados de cultura, informaron o, mejor dicho, “charlaron” de mil objetos de la ciencia y, verosímilmente, los más inteligentes de estos folletinistas se solazaron a menudo con su propia labor; por lo menos, Ziegenhals admite habertopado con muchos de estos trabajos que se inclina a interpretar como automofa de sus autores por ser absolutamente incomprensibles. Es muy posible que en estos artículos producidos “industrialmente” se derrochara una cantidad de ironía y autoironía, para cuya comprensión fuera necesario hallar antes la clave. Los fabricantes de estas jugarretas pertenecían en parte a las redacciones de los diarios, en parte eran “escritores libres”, y a menudo hasta se los llamaba poetas pero parece también que muchos de ellos pertenecían a la categoría de los sabios y aun algunos fueron universitarios de renombre. Temas preferidos de tales ensayos fueron anécdotas de la vida de hombres y mujeres célebres y su correspondencia; titulados, por ejemplo: Federico Nietzsche y la moda femenina alrededor de 1870 o Los platos preferidos del compositor Rossini, o El papel del perrito faldero en la vida de las grandes cortesanas, etc. Además, gustaban las consideraciones que historian los temas actuales de conversación de los ricos, como El sueño de la fabricación artificial del oro en el curso de los siglos, o Las tentativas para influir quimiofísicamente sobre el clima y cien argumentos parecidos. Cuando leemos los títulos de tales retahílas citados por Ziegenhals, nuestra extrañeza no es tanto por el hecho de que hubiera gente que las ingería como lectura cotidiana, cuanto porque autores de fama y categoría y buena preparación cultural contribuían a servir este gigantesco consumo de interesantes naderías, como rezaba en forma elocuente la expresión empleada: ella indica por lo demás también la relación de entonces del hombre con la máquina. De vez en cuando, tenía especial preferencia la interpelación de personalidades conocidas sobre problemas del momento, a la que Ziegenhals dedica un capítulo especial; en ellas, por ejemplo, se hacía hablar a químicos o a virtuosos pianistas de renombre sobre política, a actores en boga, bailarines, gimnastas, aviadores o también poetas sobre ventajas y desventajas de la soltería, sobre las presumibles causas de la crisis financieras, y otros temas de esta naturaleza. Se trataba únicamente de poner en relación un nombre conocido, con un tema justamente actual: hay que leer los ejemplos, algunos desconcertantes, que Ziegenhals enumera por centenares. Como dijo antes, es posible suponer que en toda esta actividad se mezclaba buena parte de ironía, quizá está ironía fuera diabólica o desesperada, hoy no es fácil imaginarlo; pero por la enorme multitud que a la sazón parece haber sido tan sorprendentemente aficionada a la lectura, todas esas cosas grotescas fueron aceptadas indudablemente con seria buena fe. Si un cuadro famoso cambiaba de dueño, si se subastaba un valioso manuscrito, sí se quemaba un antiguo castillo, si el portador de un apellido de lavieja nobleza se veía envuelto en un escándalo, los lectores conocían en mil folletines no solamente estos hechos, sino que recibían también el mismo día o, a lo sumo, al día siguiente, una cantidad de material anecdótico, histórico, psicológico, erótico, etc., relativo al tema del caso; sobre cada acontecimiento del día se volcaba un río de acuciosas apuntaciones, y la obtención, la clasificación y la formulación de todas estas comunicaciones lució absolutamente el sello de la mercancía de gran consumo, producida rápidamente y sin responsabilidad. Asimismo, según parece, pertenecían al folletín también ciertos juegos, a los que se incitaba a los lectores, mientras con ellos se aumentaba su hartazgo de materia científica; de esto informa una larga nota de Ziegenhals acerca del maravilloso tema de las “palabras cruzadas”. En esa época, millares y millares de hombres, que generalmente cumplían trabajos pesados y vivían una vida difícil, permanecían inclinados en sus horas libres sobre cuadrados y cruces de letras, cuyas casillas llenaban de acuerdo con ciertas reglas de juego. Debemos cuidarnos de ver en esto solamente el aspecto ridículo o tonto y tenemos que evitar mofarnos al respecto. Aquellos hombres, con sus adivinanzas infantiles y sus intentos culturales, no eran ciertamente niños ingenuos y reacios juguetones; estaban envueltos angustiosamente en fermentos y sismos políticos, económicos y morales, y sostuvieron muchas guerras terribles y luchas civiles; sus pequeños juegos educativos no fueron simplemente niñerías tontas y generosas, sino que correspondieron a una profunda necesidad de cerrar los ojos y de refugiarse en un mundo ilusorio e inofensivo en lo posible, huyendo de problemas insolubles y de acongojados temores de ruina. Aprendían con perseverancia a guiar automóviles, a jugar difíciles juegos de naipes, y se dedicaban distraídos a resolver enigmas de palabras cruzadas, porque se enfrentaban casi sin defensa a la muerte, la angustia, el dolor, el hambre, sin que ya pudieran confortarlos las Iglesias o aconsejarlos el espíritu. Esta gente que leía tantos ensayos y oía tantas conferencias, no se daba tiempo ni ánimo para fortalecerse contra el miedo, para combatir dentro de sí misma la angustia de la muerte: se dejaba vivir temblando y no creía en ningún mañana.
También había conferencias, y nos corresponde hablar brevemente aun de esta categoría de folletín un poco más noble. Especialistas y también bandoleros espirituales ofrecían, aparte de los ensayos, gran número de disertaciones a los ciudadanos de aquella época, que se aferraban todavía firmemente al concepto de cultura despojado de su anterior sentido; no se trataba solamente de oraciones solemnes en ocasiones especiales, sino de discursos pronunciados en salvaje competencia y cantidad apenas imaginable. En esos días, el habitante de una ciudad de mediana importancia, o su mujer, podía escuchar conferencias una vez por semana, en las grandes ciudades casi todas las noches, y en ellas se le instruía teóricamente sobre algún tema, obras de arte, poetas, sabios, investigadores, viajes alrededor del mundo; el oyente permanecía completamente pasivo y la conferencia suponía tácitamente una relación del público con el tema, una preparación previa, una cultura y una facultad de recepción, sin que esto existiera en la mayoría de los casos. Había conferencias divertidas, temperamentales o chistosas, sobre Goethe, por ejemplo, que subía a la diligencia con su frac azul y seducía muchachas de Estrasburgo o de Wetsal, o sobre la cultura árabe, en las que se mezclaban muchas palabras intelectuales en boga como en un cubilete de dados, y cada uno se alegraba cuando podía reconocer aproximadamente alguna de ellas. Se escuchaban conferencias sobre poetas cuyas obras nunca se habían leído ni se había soñado leer; se proyectaban también por medio de aparatos adecuados figuras e ilustraciones y se luchaba, exactamente como en los folletines de los diarios, con una inundación de valores culturales y fragmentos de saber aislados y vacíos de sentido. En resumen, se enfrentaba justamente muy de cerca aquella horrorosa desvalorización del verbo que, ante todo, provocó en secreto, en círculos muy reducidos, el contramovimiento heroico ascético que muy pronto se hizo visible y poderoso y fue el nacimiento de una nueva autodisciplina y una nueva dignidad del espíritu.
La inseguridad y la falsedad de la vida espiritual de aquella época, que, sin embargo, en muchos aspectos ostentó energía constructiva y grandeza, nos las explicamos los modernos como un síntoma del horror que invadió al espíritu, cuando al final de una era de victoria y prosperidad aparentes se encontró de pronto ante la nada: una gran necesidad material, un período de tormentas políticas y bélicas y una desconfianza surgida del día a la noche de sí mismo, de la propia fuerza y dignidad, y aun de la propia existencia. Pero en ese periodo de sensación del derrumbe surgieron, por cierto, muchas contribuciones espirituales muy elevadas, entre otras los comienzos de una ciencia musical de la que somos herederos agradecidos. Pero mientras es tan fácil encuadrar bella e inteligentemente determinadas secciones del pasado en la historia universal, todo presente se torna difícil para su autoinserción ordenada; por eso una tremenda inseguridad, una tremenda desesperación, cayó sobre lo espiritual, precisamente, al descender con enorme rapidez las exigencias y las contribuciones espirituales hasta un nivel muy modesto. Se acababa en realidad de descubrir aquí y allá intuición viva en la obra de Nietzsche que había pasado el período creador de su cultura y de su misma juventud, que había comenzado la vejez y el crepúsculo, y por esta comprensión experimentada de pronto por todos y groseramente formulada por muchos, se explican tantos angustiosos signos de la época: la árida mecanización de la vida, la profunda decadencia de la moral, el descreimiento de los pueblos, la falsedad del arte. Como en la maravillosa fábula china, había resonado la “música de la decadencia”, que osciló por décadas enteras como una nota baja de órgano amenazante, corrió como corrupción por las escuelas, los diarios y las academias, fluyó como lipemanía y psicosis entre los artistas y los críticos de la época que hoy pueden ser tomados en serio, hizo estragos en todas las artes como exceso de producción salvaje y de simples aficionados. Hubo distintas formas de reacción frente a este enemigo que ya había penetrado y no podía ser conjurado. Sólo se podía reconocer en silencio la amarga verdad y soportarla estoicamente; esto hicieron los mejores. Era posible tratar de desmentirlos, y para ello los apóstoles literarios de la doctrina de la decadencia cultural ofrecían muchos puntos de fácil ataque; además, el que aceptaba la lucha contra esos amenazantes profetas, tenía influencia sobre los ciudadanos y era escuchado, porque el hecho de que la cultura que el día antes todavía se creía poseer y de la que todos se habían mostrado tan orgullosos, ya no existía, y que la civilización y el arte tan amados no eran más civilización ni arte genuinos, parecía menos audaz e insoportable que las inflaciones financieras imprevistas y la amenaza de los capitales por la revolución. Además, contra la sensación de decadencia había también la postura cínica: seguir bailando y declarar anticuada tontería cualquier preocupación por el porvenir, cantar impresionantes folletines acerca del fin cercano del arte, de la ciencia, del idioma, establecer una total desmoralización del espíritu, una inflación de los conceptos en el mundo folletinesco edificado con papel, por una especie de placer suicida, y proceder como si se asistiera con indiferencia cínica o desbordamiento de bacanal al hundimiento no sólo del arte, el espíritu, la moral y la honestidad, sino también de Europa y del “mundo”. Reinaba en los buenos un pesimismo quedamente sombrío; en los malos, malicioso en cambio, y era menester antes una reconstrucción de lo sobreviviente y cierta transformación del mundo y de la moral por la política y la guerra, para que también la cultura admitiera una real consideración de sí y un nuevo ordenamiento.
Entre tanto, esta cultura no se quedó dormida durante las décadas de la transición; precisamente durante su decadencia y a pesar dela aparente defección por parte de artistas, profesores y folletinistas alcanzó en la conciencia de algunos el más agudo despertar y el más hondo examen de conciencia. Ya en pleno florecimiento del folletín hubo en todas partes individuos y pequeños grupos resueltos a permanecer fieles al espíritu y a poner a salvo, con todas sus fuerzas, más allá de la época un germen de buena tradición, disciplina, método y conciencia intelectual. Por cuanto podemos conocer hoy, de estos hechos, parece que el proceso del auto examen, de la reflexión y la oposición consciente contra la decadencia se cumplió principalmente en dos grupos. La conciencia cultural de los sabios se refugió en las investigaciones y en los sistemas educativos de la historia de la música, porque esta ciencia llegó justamente en esos días a su elevación, y en el mundo del folletín dos seminarios que se volvieron famosos cultivaron un método de labor ejemplarmente limpio y escrupuloso. Y como si el destino hubiera querido consentir consoladoramente estos esfuerzos de una valiente cohorte sumamente reducida, ocurrió en lo más sombrío de esos años el afortunado milagro que en sí fue casualidad, pero influyó como una divina confirmación: ¡el hallazgo de los once manuscritos de Juan Sebastián Bach entre el material que poseía entonces su hijo Friedemann! Una segunda atalaya de la resistencia contra la degeneración fue la “Liga de los peregrinos de Oriente”, hermandad más dedicada a una disciplina anímica, al cuidado de la piedad y el respeto que a la labor intelectual; por este lado, nuestra forma actual de espiritualismo y del juego de abalorios obtuvo importantes impulsos, especialmente en su dirección contemplativa. También en las nuevas tendencias de lo esencial de nuestra cultura participaron los peregrinos de Oriente, no tanto mediante contribuciones científico-analíticas, cuanto por su capacidad basada en añejos ejercicios secretos para penetrar mágicamente en épocas muy antiguas y en viejísimos estados culturales. Había entre ellos, por ejemplo, músicos y cantores de quienes se asegura que poseían la facultad de ejecutar piezas musicales de épocas anteriores en su perfecta pureza antigua, de cantar y tocar, supongamos, una música de 1600 o de 1650 con tanta exactitud como si todas las modas surgidas más tarde, todos los refinamientos y virtuosismos posteriores, hubiesen sido desconocidos. Esto ocurrió en la época en que la búsqueda de dinamismo y exageración dominaba todo el arte musical y en que por la ejecución y la “concepción” de los directores casi se olvidaba a la música misma; hecho inaudito: se narra que los oyentes, en parte no comprendían en absoluto; en parte, en cambio, prestaban atención y creían oír música por primera vez en su vida, cuando una orquesta de losperegrinos de Oriente ejecutaba públicamente, estrenándola, una “suite” de la época de Haendel, en forma perfecta, sin inflaciones hiperbólicas y desahogos agotadores, con la ingenuidad y el pudor de otros tiempos y otro mundo. Una de las Ligas había construido en el edificio social entre Bremgarten y Morbio un órgano de Bach, tan perfecto como el mismo Juan Sebastián se lo hubiera hecho fabricar, si hubiera tenido los recursos y la posibilidad. El constructor, de acuerdo con una norma ya entonces en vigencia en su Liga, ocultó su nombre y se llamó Silberman, por uno de sus antepasados del siglo XVIII.
Con esto nos hemos acercado a las fuentes de donde nació nuestro actual concepto de la cultura. Una de las más importantes fue la más joven de las ciencias; la historia de la música y de la estética musical. Luego el vuelo casi inmediato de las matemáticas; a esto se agregó una gota de aceite de la sabiduría de los peregrinos de Oriente y, en estrecha relación con la nueva concepción e interpretación de la música, aquella valiente postura, tan gozosa como resignada, frente al problema de la edad de la cultura. Resulta superfluo explayarse mucho al respecto; estas cosas son demasiado conocidas por todos. El resultado más importante de esa nueva posición, más aún, de esta nueva ordenación en el proceso cultural, fue una muy amplia renuncia a la creación de obras de arte, la paulatina separación de lo espiritual de las actividades del mundo y —no menos importante y aun floración total— el juego de abalorios.
En los comienzos del juego ejerció la máxima influencia imaginable el ahondar en la ciencia musical, comenzado ya poco después del año 1900, todavía en pleno apogeo del folletín. Nosotros, herederos de esta ciencia, creemos conocer mejor y, en cierto sentido, comprender mejor también la música de los grandes siglos creadores, especialmente del XVII y XVIII, comparándolos con todas las épocas precedentes (inclusive las de la música clásica misma) Naturalmente, nosotros, posteridad, tenemos una relación totalmente distinta con la música clásica de la que tuvieron los hombres de las épocas de creación; nuestra veneración espiritualizada, y no siempre lo bastante libre de una resignada melancolía por la música genuina, es algo completamente diverso del suave e ingenuo gozo musical de aquellos tiempos que nos inclinamos a considerar más dichosos; ¡cuántas veces por encima de ésta su música, olvidamos las condiciones y las fatalidades entre las cuales nació! Desde generaciones atrás, como lo hizo ya el siglo XX casi en su totalidad, no consideramos más la filosofía o la literatura, sino las matemáticas y la música como la gran contribución duradera de aquel periodo cultural que corre entre el final dela Edad Media y nuestros días. Desde que nosotros —por lo menos fundamentalmente— renunciamos a competir en creación con aquellas generaciones, desde que también abdicamos del culto por el predominio de lo armónico y del dinamismo meramente sensual en la obra musical (dinamismo y armonía que desde Beethoven y el comienzo del romanticismo reinaron en la música durante dos siglos), creemos —la nuestra manera, lógicamente, una manera estéril, epígona, pero respetuosa—, creemos, repito, ver el panorama de esa cultura que heredamos, en forma más pura y más correcta. Nada poseemos ya del goloso placer de producir de aquellas épocas; para nosotros es casi un espectáculo inconcebible ver cómo pudieron mantenerse en el siglo XV y XVI los estilos musicales tanto tiempo en su intacta pureza, cómo entre la cantidad colosal de música escrita entonces no puede hallarse siquiera algo malo, cómo ya el siglo XVIII, en el que comienza la degeneración, puede volcar veloz, radioso y consciente, todo un fuego de artificio de estilos, modas y escuelas; pero creemos haber entendido y tomado por modelo en lo que hoy llamamos música clásica, el secreto, el espíritu, la virtud y la piedad de esas generaciones. No conservamos nada o muy poco, por ejemplo, de la teología y de la cultura eclesiástica del siglo XVIII o de la filosofía del Iluminismo, pero vemos en las cantatas, en las Pasiones y en los preludios de Bach, la última sublimación de la cultura cristiana.
Además, la relación de nuestra cultura con la música tiene un antiquísimo modelo sumamente respetable; el juego de abalorios le otorga elevada veneración. En la China legendaria de los “antiguos reyes”, debemos recordarlo, se atribuía a la música un papel directivo en la vida estatal y cortesana; hasta se identificaba el bienestar de la música con el de la cultura y la moral y aun del reino, y los maestros de música debían velar severamente por la conversación y la pureza del “antiguo lenguaje musical”. La decadencia de la música era considerada una señal de la ruina del gobierno y del Estado. Y los poetas contaban terribles leyendas de las melodías prohibidas, diabólicas y enemigas del cielo, por ejemplo, la melodía Ching Chang y Chin Tse, la “música de la perdición”; cuando ella resonaba sacrílega en el castillo real, el cielo se oscurecía, los muros temblaban y se derrumbaban, y caían el príncipe y el reino. En lugar de muchas otras palabras de los viejos autores, citamos algunos pasajes del capítulo sobre música de Primavera y otoño, de Lue Bu We:
“Los orígenes de la música se remontan muy atrás en el tiempo. Nace ella de la medida y arraiga en el gran Uno. El gran Uno procrea los dos polos; los dos polos generan la fuerza de la tinieblas y la de la luz.
“Cuando el mundo está en paz, cuando todas las cosas están en calma, cuando todas en sus mutaciones siguen a las que les son superiores, la música se completa, se verifica. Cuando los deseos y las pasiones marchan por la ruta correcta, la música se perfecciona. La música perfecta tiene su causa. Nace del equilibrio. El equilibrio emana del derecho, el derecho surge del sentido del mundo. Por eso sólo se puede hablar de música con un hombre que ha conocido el sentido del mundo.
“La música descansa en la armonía entre cielo y tierra, en la concordancia entre las tinieblas y la luz.
“Los Estados decaídos y los hombros maduros para la ruina no carecen seguramente de la música, pero ella no es alegre. Ergo: cuanto más rumorosa es la música, más melancólicos se tornan los hombres, más amenazado está el país, más hondo cae el príncipe. De esta manera se pierde también la esencia de la música.
“Lo que todos los príncipes sagrados apreciaron en la música, fue su alegría. Los tiranos Giae y Chu Sin hacían música rumorosa. Creían hermosos los sonidos fuertes e interesante el efecto de masa. Anhelaban nuevos y extraños efectos sonoros, tonalidades que no hubiese oído el hombre: trataban de superar y exceder medida y meta.
“La causa del ruina del Estado de los Chu fue porque inventaron la música mágica. Esa música es seguramente bastante ruidosa, pero en verdad ella se ha alejado de la esencia real de la música. Y porque se ha alejado de la verdadera sustancia musical, no es alegre. Si la música no es alegre, el pueblo murmura y la vida es dañada. Todo esto se debe a que se desconoce la esencia de la música y se llega solamente a rumorosos efectos sonoros.
“Por eso la música de una época bien ordenada es tranquila y alegre y el gobierno uniforme. La música de una era inquieta es excitada y rencorosa y su gobierno, invertido. La música de un Estado en decadencia es sentimental y triste y su gobierno peligra.”
Los pasajes de este chino nos indican con claridad suficiente los orígenes y el verdadero y casi olvidado sentido de toda música. Como la danza y cualquier otro ejercicio artístico, en efecto, la música fue en los tiempos prehistóricos un recurso de hechicería, uno de los antiguos y legítimos medios de la magia. Comenzando con su ritmo (batir de palmas, zapatear, golpear maderas, primitivo arte tamboril), fue un recurso enérgico y comprobado para poner de acuerdo una pluralidad y una multiplicidad de seres humanos, para llevar al mismocompás su respiración, sus latidos y sus estados de ánimo, para estimular a los hombres a la invocación y al conjuro de las potencias eternas, a la danza, a la competición, a las campañas guerreras, a la acción sagrada. Y esta esencia original, pura y primitivamente poderosa, la esencia de un hechizo, se mantuvo para la música mucho más tiempo que para las demás artes; recuérdese solamente las numerosas manifestaciones de los historiadores y los poetas acerca de la música, desde los griegos hasta la novela de Goethe. Prácticamente, la marcha y la danza nunca perdieron su importancia. ¡Mas volvamos a nuestro verdadero argumento!
Acerca de los comienzos del juego de abalorios hemos de decir ahora brevemente lo que vale la pena saber. Nació, según parece, al mismo tiempo en Alemania e Inglaterra, y precisamente en ambos países como ejercicio divertido entre aquellos reducidos círculos de sabios de la música y de músicos que trabajaban y estudiaban en los nuevos seminarios de teoría musical. Y si se compara el estado inicial del juego con el posterior y el moderno, resulta lo mismo que si se confronta una notación musical de la época de 1500 y sus primitivos signos de notación, en los que faltan hasta las barras divisorias, con una partitura del siglo XVII o ya con una del siglo XIX, con su intrincada superabundancia de indicaciones abreviadas para la dinámica, los tiempos, la fraseología, etc., que a menudo convirtió en grave problema técnico la impresión de tales partituras.
El juego fue, en principio, solamente una ingeniosa forma de ejercicio de memoria y combinaciones entre estudiantes y músicos y, como se dijo, se jugó tanto en Inglaterra como en Alemania, mucho antes que aquí lo “inventaran” en la Universidad musical de Colonia, y recibiera su nombre, tal como lo lleva aún hoy después de tantas generaciones, aunque desde hace mucho tiempo nada tenga que ver con los abalorios. De estos abalorios, se servía el inventor, Bastián Perrot, de Calw, un teórico de la música un poco raro, pero inteligente y socialmente agradable, en lugar de letras, números, notas musicales u otros signos gráficos. Perrot, que además ha dejado un manual sobre Florecimiento y decadencia del contrapunto, encontró en el seminario de Colonia un hábito de juego ya bastante desarrollado por los estudiantes: consistía en lanzarse mutuamente determinados motivos o comienzos de composiciones clásicas en su forma científica abreviada; el interpelado debía contestar o bien con la continuación de la pieza o, mejor todavía, con voz más alta o más baja, un contratema opuesto, etc. Se trataba de un ejercicio de memoria e improvisación, como en forma parecida (aunque no teóricamente en fórmula, sinoprácticamente con el clavecín, el laúd, la flauta o la vos) estuvo posiblemente en auge un tiempo entre los alumnos de música y contrapunto de Schuetz, Pachelbel y Bach. Bastían Perrot, aficionado a la actividad manual del artesano, con sus propias manos construyó varios pianos y clavicordios a la manera antigua, que muy probablemente pertenecía a los peregrinos de Oriente; cuenta la leyenda que supo tocar el violín a la usanza antigua desde 1800 olvidada, con arco de gran curvatura y tensión a mano de las cuerdas; Perrot fabricó también, según el modelo del sencillo ábaco para niños, un marco con algunas docenas de alambres tendidos, en los cuales se podían acomodar, corriéndolas, cuentas de vidrio de diverso tamaño y de varios colores y formas. Los alambres correspondían a las líneas del pentagrama, las cuentas a los valores de las notas, etc., y de esta manera, con abalorios construía, variaba, transportaba, desarrollaba, cambiaba citas musicales o temas inventados y los contraponía a otros Por su técnica este juego, que agradaba a los alumnos, fue imitado y estuvo de moda también en Inglaterra, y por un tiempo, el ejercicio musical se realizó en esta forma de primitiva gracia. Y así, como sucede a menudo, una institución luego permanente e importante recibió su denominación por algo momentáneamente accesorio. Lo que más tarde nació de aquel juego de seminario y de la pauta de abalorios de Perrot, lleva aún hoy el nombre popularizado de juego de abalorios.
Apenas dos o tres décadas más tarde, parece que el juego perdió su favor entre los estudiantes de música, pero fue adoptado por los matemáticos y por mucho tiempo subsistió como rasgo distinto en la historia del juego el que fuera preferido siempre y empleado y perfeccionado por la ciencia que periódicamente experimentaba un florecimiento o renacimiento especial. Entre los matemáticos, el juego alcanzó notable movilidad y capacidad de sublimación y logró ya conciencia de sí y de sus posibilidades; este hecho corrió parejas con la evolución general de la conciencia cultural de entonces, que había superado la gran crisis, y —como lo dice Plinius Ziegenhals— “con modesto orgullo se vio confiado el papel de pertenecer a una cultura final, a un estado que correspondió quizá a la de la última antigüedad, a la de la era greco-alejandrina.”
Así dice Ziegenhals. Tratamos de llevar a su conclusión nuestro esbozo de una historia del juego de abalorios y establecemos: al pasar de los seminarios musicales a los matemáticos (migración que en Francia y en Inglaterra se cumplió mucho más rápidamente que en Alemania), el juego estaba tan desarrollado que podía expresar con signos y abreviaturas especiales procesos y hechos matemáticos; los jugadores colaboraban mutuamente, desarrollándolo, y con estas fórmulas abstractas representaban recíprocamente series evolutivas y posibilidades de su ciencia. Este juego matemático-astronómico de fórmulas requería gran atención, espíritu alerta y concentración; entre los matemáticos valía mucho entonces el nombre de buen jugador de abalorios, porque equivalía al de matemático muy distinguido.
El juego fue aceptado e imitado de vez en cuando por casi todas las ciencias, es decir, empleado en su propio terreno por ellas, como está demostrado en el campo de la filología clásica y la lógica. La consideración analítica de las obras musicales había llevado a concebir secuencias musicales mediante fórmulas físico-matemáticas. Poco después comenzó a trabajar con este método la filología y a calcular figuras idiomáticas en la misma forma en que la física calculaba procesos naturales. Se agregó después la investigación de las artes plásticas, que estaban en relación con las matemáticas desde mucho antes por la arquitectura. Nuevas relaciones, analogías y correspondencias se fueron fraguando luego en las fórmulas abstractas descubiertas de este modo. Cada ciencia que se apoderaba del juego, creó para sí misma con este fin una lengua de juego compuesta de fórmulas, abreviaturas y posibilidades de combinación; en todas partes la más selecta juventud espiritual prefería los juegos de series y los diálogos formulistas. El juego no era mero ejercicio ni mera diversión, era concentrado autosentido de una disciplina del espíritu; lo practicaban especialmente los matemáticos con virtuosismo a la vez ascético y deportivo, y formal seriedad, y hallaban en esto un gozo que les ayudaba a soportar la renuncia, entonces ya consecuentemente realizada de lo espiritual, a todo goce y esfuerzo mundanos. El juego de abalorios tuvo gran participación en la completa superación del folletín y en aquella alegría nuevamente despertada por los ejercicios más exactos del espíritu, a la que debemos el nacimiento de una nueva disciplina moral de monacal severidad. El mundo había cambiado. Se podría comparar la vida espiritual de la época folletinesca con una planta degenerada, que se prodiga en crecimientos hipertróficos, y las correcciones posteriores con una poda radical de la planta hasta las raíces; Los jóvenes que ahora querían dedicarse a los estudios espirituales, no entendían ya más por estudio un olisquear en las universidades, donde profesores famosos y locuaces, sin autoridad alguna, les impartían los residuos de la antigua cultura superior; debían estudiar tan seriamente y aun más seria y metódicamente que un tiempo los ingenieros en las escuelas politécnicas. Tenían que subir por empinado camino: debían pulir y acrecer su poder mental en las matemáticas yen ejercicios aristotélicos escolásticos y, además, aprender a renunciar totalmente a todos los bienes que antes una serie de generaciones de sabios habían considerado dignos de lograrse: a la rápida y fácil ganancia de dinero, a la gloria y a los honores de la publicidad, a las loas de la prensa, a matrimonios con las hijas de banqueros e industriales, a los goces y al lujo de la vida material. Los escritores de grandes ediciones, premios Nobel y hermosas casas de campaña, los grandes médicos de condecoraciones y sirvientes de librea, los académicos de esposas ricas y salones brillantes, los químicos con cargos de asesores en la industria, los filósofos con fábricas de folletines y seductoras conferencias en salas colmadas y aplausos y ramos de flores, todas estas figuras habían desaparecido y hasta hoy no han vuelto a la luz. Sí, había aún muchísimos jóvenes de talento para quienes aquellas figuras eran modelos envidiables, pero los caminos a los honores públicos, a la riqueza, a la gloria y al lujo no pasaban más a través de las aulas, los seminarios y las tesis doctorales; las profesiones espirituales profundamente decaídas habían quebrado a los ojos del mundo y reclamaron nuevamente una entrega expiatoria y fanática al espíritu. Los hombres de talento que más anhelaban esplendor y bienestar, debieron volver la espalda a la espiritualidad condenada y buscar las profesiones a las que se había dejado la posibilidad del triunfo y del dinero.
Nos llevaría demasiado lejos tratar de describir más exactamente en qué forma el espíritu, después de su purificación, se insertó también en el Estado. Se hizo muy pronto la experiencia de que pocas generaciones de una relajada e inconsciente disciplina espiritual habían bastado para perjudicar muy sensiblemente también a la vida práctica; de que el saber y la responsabilidad eran cada vez menos frecuentes en todas las profesiones más elevadas, hasta en las técnicas; y por esto el cuidado del espíritu en el Estado y en el pueblo, sobre todo la instrucción pública, llegó a ser cada vez más monopolio de los intelectuales, como hoy en casi todos los países de Europa la escuela —en cuanto dejó de estar bajo el “control” de la Iglesia de Roma— se halló en manos de las Ordenes anónimas que alistan sus miembros entre lo más selecto de la intelectualidad. Aun cuando pueda a veces resultar molesta para la opinión pública la severidad y la llamada arrogancia de esta casta, aun cuando se hayan rebelado contra ella determinados individuos, esta dirección permanece inconmovible; la sostiene y la protege no solamente su integridad, su renuncia a otros bienes y otras ventajas que no sean las espirituales, sino que la defiende también la conciencia o la intuición desde largo tiempo atrás generalizada de lanecesidad de esta severa escuela para la subsistencia de la civilización. Se sabe o se adivina: cuando el pensar no es puro y vigilante y no tiene el valor el respeto del espíritu, tampoco marchan ya correctamente buques y automóviles, todo valor y toda autoridad se tambalea tanto para la regla de cálculos del ingeniero como para la contabilidad de los Bancos y las Bolsas, y sobreviene el caos. Tardó por cierto mucho tiempo en abrirse camino el reconocimiento de que también lo externo de la civilización, también la técnica, la industria, el comercio, etc., necesitan los cimientos comunes de una moral y de una honestidad del espíritu.
Ahora bien, lo que en aquella época faltaba todavía al juego de abalorios, era el poder de universalidad, el vuelo por encima de las profesiones. Jugaban su juego inteligentemente regulado los astrónomos, los griegos, los latinos, los escolásticos, los estudiantes de música, pero el juego tenía para cada subordinación, para cada disciplina y sus ramificaciones un idioma propio, un propio mundo de reglas. Pasó medio siglo antes de que se diera el primer paso para superar estos límites. La causa de esta lentitud fue, sin duda, más moral que formal y técnica; los medios para esa superación se hubieran podido hallar, pero a la severa moral del espiritualismo renacido, estaba ligado un miedo puritano por la allotria, por la mezcla de las disciplinas y las categorías, un miedo profundo y muy justificado por la reincidencia en el pecado de la puerilidad y el folletín.
La obra de un solo hombre llevó entonces el juego de abalorios, casi de un salto, a la conciencia de sus posibilidades y por consiguiente hasta el umbral de la capacidad universal de perfección; una vez más el vínculo con la música logró este progreso. Un sabio músico suizo, al mismo tiempo fanático aficionado a las matemáticas, dio al juego una nueva dirección y la posibilidad de su máximo desarrollo. El nombre civil de este grande hombre no puede ser averiguado ya, su época ignoraba el culto personal en el terreno espiritual; vive en la historia como Lusor Basiliensis (o también loculator)[2]. Su invento, como todo invento, fue ciertamente por entero obra y gracia personal suya, pero no procedía en absoluto solamente de una necesidad y de una aspiración personales, sino que estaba impulsado por un motor más fuerte. Entre los intelectuales de su tiempo, existía por doquiera un apasionado anhelo incitador hacia la posibilidad de expresión de una nueva esencia del pensamiento; se aspiraba a una filosofía, a una síntesis; se sentía la insuficiencia de la felicidad momentánea por el puro retraimiento en la propia disciplina; aquí y allá, algún sabio rompía los compartimientos de la ciencia especializada y trataba de avanzar en lo general; se soñaba con un nuevo alfabeto, con una nueva lengua de signos con la que fuera posible establecer y además intercambiar las nuevas vivencias espirituales. Notable testimonio de ello nos ofrece la obra de un sabio parisiense de estos, años: Admonición china. El autor de este libro, en su época ridiculizado como una especie de Don Quijote, por lo demás sabio respetado en su terreno de la filosofía china, explica a cuáles peligros se exponen la ciencia y la cultura espiritual a pesar de su valiente postura, si renuncian a elaborar una lengua gráfica internacional, que como la antigua escritura china permita expresar lo más complicado (sin eliminaciones) de la fantasía y la invención personales de una manera gráfica inteligible para todos los sabios del universo. Y bien, el paso más importante hacia el cumplimiento de tal demanda lo dio el Joculator Basiliensis. Para el juego de abalorios inventó los fundamentos de una nueva lengua, es decir, de una lengua de signos y fórmulas, en la que participaban por igual las matemáticas y la música, y hacía posible así unir fórmulas astronómicas y musicales, llevar a un común denominador matemáticas y música, simultáneamente. Aun cuando con eso no se completaba en absoluto la evolución, el desconocido sabio de Basilea colocó entonces los cimientos de lo ulterior en la historia de nuestro juego querido.
El juego de abalorios, un día entretenimiento especial, ora de matemáticos, ora de filósofos o músicos, atrajo entonces cada vez más a todos los verdaderos intelectuales. Se dedicaron a él muchas antiguas academias y logias y, sobre todo, la antiquísima Liga de los peregrinos de Oriente. También algunas de las Órdenes católicas presintieron allí una nueva atmósfera espiritual y se dejaron seducir; en algunos monasterios benedictinos, especialmente, fue tal la dedicación al juego, que surgió en forma aguda el problema reaparecido muchas veces después, de si este juego debía ser realmente tolerado y apoyado o prohibido por la Iglesia y la Curia.
Desde la hazaña del sabio de Basilea, el juego evolucionó hasta ser lo que es hoy: universal contenido de lo espiritual y musical, culto sublime, unio mystica [3]de todos los miembros aislados de la Universitas Litterarum [4]. En nuestra existencia posee por un lado el papel del arte, por el otro el de la filosofía especulativa; y, por ejemplo, en la época de Plinius Ziegenhals fue denominado muchas veces con una expresión, resabio todavía de la literatura de la época folletinesca y que por entonces indicaba la meta nostálgica de muchas almas llenas de intuición: “teatro mágico”.
Pero si el juego de abalorios, desde sus comienzos, creció hasta lo infinito en técnica y volumen de las materias y se convirtió en ciencia noble y arte elevado, por lo que se refiere a las aspiraciones espirituales de los jugadores, le faltó sin embargo, en los tiempos del sabio de Basilea algo esencial aún. Hasta ese momento, cabe decir, todo juego había sido un enfilar, ordenar, agrupar y oponer ideas concentradas de muchos campos del pensar y la belleza, un rápido recordar valores y formas ultratemporales, un breve vuelo virtuosista por los reinos del espíritu. Sólo más tarde penetró también poco a poco sustancialmente en el juego el concepto de la contemplación y, sobre todo, de los usos y las costumbres de los peregrinos de Oriente. Se había hecho visible el inconveniente de que artistas de la memoria, sin otras virtudes, efectuaran juegos virtuosistas y deslumbrantes y pudieran sorprender y confundir a los participantes con la rápida sucesión de innúmeras ideas. Este virtuosismo sufrió paulatinamente severas prohibiciones sucesivas y la contemplación se convirtió en componente muy valioso del juego, más aún, se tornó cosa capital para espectadores y oyentes de cada juego. Fue el viraje hacia lo religioso. Ya no importaba sólo seguir con la mente las series de ideas y todo el mosaico espiritual de un juego con rápida atención y avezada memoria, sino que surgió la demanda de una entrega más profunda y anímica. Es decir, después de cada signo conjurado por el ocasional jugador o director del juego, se verificaba una silenciosa y severa consideración de su contenido, su origen, su sentido; consideración que obligaba a cada participante a representarse intensa y orgánicamente los significados del signo. Todos los miembros de la Orden y de las Ligas del juego habían aprendido la técnica y el ejercicio de la contemplación en las escuelas de selección, donde se dedicaba la máxima atención al arte de la contemplación y la meditación. Con ello se preservaban los jeroglíficos del juego de la degeneración en meras letras de un alfabeto.
Hasta entonces, sin embargo, el juego de abalorios permaneció mero ejercicio privado, a pesar de su difusión entre los sabios. Se podía jugar por uno solo, de a dos, entre muchos, y por cierto a veces se anotaron también juegos muy inteligentes, bien compuestos y logrados, que pasaban de ciudad en ciudad, de país en país, y eran admirados y criticados. Mas sólo entonces comenzó lentamente el juego a enriquecerse con una nueva función, al convertirse en fiesta pública. Hoy todavía, el juego privado es libre para cualquiera y los más jóvenes son especialmente aficionados a esta forma. Pero al oír las palabras “juego de abalorios”, todo el mundo piensa hoy particularmente en los juegos solemnes y públicos. Se verifican con la dirección de pocos maestros distinguidos, a quienes preside en cada país el Ludí Magister o maestro del juego, con la devota asistencia de los invitados y la tensa atención de los oyentes en todas partes del mundo; algunos de estos juegos duran días y semanas, y mientras se celebran, todos los participantes y oyentes viven según exactas normas, que se extienden hasta la duración del sueño, llevando una vida de renuncia y altruismo en absoluta meditación, comparable a la vida de penitencia severamente regulada, que llevaban los participantes en los ejercicios de san Ignacio.
Poco más cabe agregar. El juego de los juegos, merced a la alternada hegemonía de ésta o aquélla ciencia o arte, se convirtió en una especie de idioma universal, con el cual los jugadores estaban capacitados para expresar valores con ingeniosos signos y para ponerse en relación mutua. En todos los tiempos, estuvo estrechamente emparentado con la música y generalmente se desarrolló de acuerdo con reglas musicales o matemáticas. Se fijaba un tema, dos, tres; luego los temas eran expuestos o variados, y corrían la misma suerte que los de una fuga o de un movimiento de sinfonía. Una jugada podía partir de una configuración astronómica fijada o del tema de una fuga de Bach o de un pasaje de Leibniz o de los Upanishads, y desde el tema, según la intención y la capacidad del jugador, se podía proseguir y elaborar la idea madre evocada o enriquecer su expresión con ecos de ideas vinculadas con él. Si el principiante sabía establecer, con los signos del juego, paralelos entre una música clásica y la fórmula de una ley física, para un conocedor y maestro el juego conducía libremente desde el tema inicial a ilimitadas combinaciones. Ciertas escuelas preferían, y lo prefirieron por mucho tiempo, aparecer, enfrentar y reunir armoniosamente al final dos temas o ideas contrastantes, como ley y libertad, individuo y comunidad, y se atribuía mucho valor al hecho de tratar en ese juego ambos temas de manera perfectamente uniforme e imparcial, elaborando con la tesis y la antitesis, la síntesis más pura posible. Sobre todo, aparte de algunas excepciones geniales, no agradaban, y en ciertos períodos fueron prohibidos, juegos con un final negativo, escéptico e inarmónico, y esto respondía profundamente al sentido que el juego había alcanzado para todos en su apogeo. Significaba una forma selecta y simbólica de la búsqueda de lo perfecto, una alquimia sublime, un acercamiento al espíritu único por sobre todas las imágenes y multitudes, es decir, a Dios. Como los piadosos pensadores de épocas antiguas imaginaban, por ejemplo, la vida de las criaturas como un camino hacia Dios y consideraban concluida y acabada la multiplicidad del mundo fenoménico sólo en la unidad divina, del mismo modo las figuras y fórmulas del juego de abalorios construían, musicaban y filosofaban en una lengua universal que era alimentada por todas las ciencias y las artes, jugándose en anhelos por lo perfecto, por el ser puro, colmado de realidad total. “Realizar” era la expresión preferida de los jugadores y ellos consideraban su labor como camino del devenir al ser, de lo posible a lo real. Séanos permitido aquí recordar una ver más el pasaje antes citado de Nicolás de Cusa.
Por lo demás, las expresiones de la teología cristiana, en cuanto se formularan clásicamente y con esto parecieran constituir patrimonio común, eran lógicamente incluidas en la lengua gráfica del juego, y un concepto capital de la fe, por ejemplo, o el texto de un pasaje bíblico, un pensamiento de un Padre de la Iglesia o del Misal romano, podían ser expresados con la misma facilidad y exactitud, y ser, además, incluidos en el juego, como un axioma de la geometría o una melodía de Mozart. Cometemos apenas una ligera exageración si nos atrevemos a decir lo siguiente: para el estrecho círculo de los más genuinos jugadores de abalorios, el juego tenia casi el mismo significado de un servicio divino, aunque cada uno se abstenía de una teología propia.
En la lucha por su subsistencia entre las fuerzas antiespirituales del mundo, tanto los jugadores de abalorios como la Iglesia romana estuvieron demasiado alerta mutuamente, para que se pudiera llegar entre ambos a una decisión, aunque hubo muchas ocasiones para ello, porque en ambas potencias la honestidad intelectual y la legítima tendencia hacia una formulación más neta y unívoca impulsaban a una separación. Pero ésta nunca llegó a realizarse. Roma se conformó con afrontar el juego ora con tolerancia, ora con hostilidad; muchos de los mejores jugadores pertenecían por cierto a las congregaciones eclesiásticas y al clero de mayor jerarquía. Y el juego mismo, desde que existieron tenidas públicas y un Ludí Magister, estuvo bajo la protección de la Orden y de las autoridades educativas: ambas fueron frente a Roma la cortesía y la caballerosidad personificadas. El papa Pío XV, que como cardenal había sido un inteligente y ardoroso jugador, como papa no sólo se despidió de él, como sus predecesores, para siempre, sino que hasta intentó procesarlo; poco faltó entonces para que se prohibiera el juego de abalorios a los católicos. Pero el papa murió antes de que eso aconteciera, y una difundida biografíade este hombre nada insignificante describió su relación con el sabio juego como una profunda pasión que en su condición de papa quiso dominar por el ataque hostil.
El juego de abalorios, realizado libremente en un principio por individuos y comunidades, y fomentado por cierto desde mucho atrás por las autoridades de la enseñanza, logró su organización pública primeramente en Francia e Inglaterra; los demás países siguieron el ejemplo con bastante rapidez. Se estableció entonces en cada país una Comisión y un supremo director, con el titulo de Ludí Magister, y se consagraron como festividades espirituales los juegos oficiales, realizados con la dirección personal del Magister. Éste, como todos los altos y supremos funcionarios del espiritualismo, permaneció naturalmente en el anónimo; fuera de pocos íntimos, nadie sabía su verdadero nombre. Los recursos oficiales e internacionales de divulgación, como la radiotelefonía, estaban solamente a disposición de los grandes juegos oficiales, de los que era responsable el Ludí Magister. Además de la dirección de los juegos públicos, correspondía a los deberes del Magister el fomento de los jugadores y sus escuelas, pero los maestros debían ante todo velar por el progreso del juego. La Comisión Mundial de los Maestros de todos los países era la única que resolvía la admisión (hoy casi eliminada totalmente) de nuevos signos y fórmulas en el conjunto de los juegos, la eventual ampliación de las reglas, la colaboración o la exclusión de nuevos terrenos. Si se considera el juego como una especie de idioma universal de lo espiritual, las comisiones de los distintos países con la dirección de sus maestros constituyen en conjunto la Academia que vigila la estabilidad, el progreso, la pureza de ese idioma. Cada Comisión nacional posee un archivo del juego, es decir, el archivo de todos los signos y claves hasta el momento examinados y admitidos, cuyo número desde hace tiempo se tornó mucho mayor que el de los antiguos signos de la escritura china. En general, como preparación cultural suficiente para un jugador de abalorios vale el examen final de las escuelas cultas superiores, sobre todo las escuelas de selección, pero se exigió y se exige previamente en forma implícita un dominio de las ciencias capitales o de la música, superior al común. Llegar a miembro de la Comisión de juego y aun a Ludí Magister, era el ambicioso sueño de cada uno de los alumnos de las escuelas de selección, a la edad de quince años. Pero ya entre los futuros doctores había sólo una minoría que cultivara con seriedad todavía el orgullo de poder servir activamente al juego de abalorios y a su progreso. Para ello todos estos aficionados se ejercitaban diligentemente en la ciencia respectiva y en la meditación, y formaban en los“grandes” juegos ese íntimo círculo de devotos y fieles participantes que dan a los juegos públicos el carácter solemne y los preservan de degenerar en actos meramente decorativos. Para estos verdaderos jugadores y aficionados, el Ludí Magister es un príncipe o un gran sacerdote, casi una divinidad.
Para el jugador independiente, sin embargo, y sobre todo para el Magister, el juego de abalorios es en primer término un hacer música, quizá en el sentido de las palabras que escribió una vez José Knecht acerca de la esencia de la música clásica:
“Consideramos la música clásica como el extracto y la esencia de nuestra cultura, porque es su gesto y su expresión más clara y explicativa. Poseemos en esta música le herencia de la antigüedad y del cristianismo, un espíritu de más alegre y valiente piedad, una moral insuperablemente caballeresca. Porque, en resumidas cuentas, todo gesto clásico cultural significa una moral, un modelo de la conducta humana concentrado en gesto. Sí, entre 1500 y 1800 se hizo mucha música, los estilos y las expresiones fueron sumamente distintos pero el espíritu, mejor aún la moral, es en todas partes el mismo. La postura humana, cuya expresión es la música clásica, es siempre la misma y siempre se funda en idéntica clase de conocimiento existencial y aspira a la misma categoría de superioridad sobre el acaso. El gesto de la música clásica significa sabiduría de lo trágico de la humanidad, afirmación del destino humano, valor, alegría. Ya sea la gracia de un minué de Haendel o de Couperin, ya sea la sensualidad sublimizada en gesto delicado como en muchos italianos o en Mozart, ya sea la calma y decidida disposición a la muerte como en Bach, siempre contiene íntimamente una porfía, un valor que no teme a la muerte, una caballerosidad y el eco de una risa sobrehumana de inmortal alegría. Así también sonará el eco en nuestros juegos de abalorios y en todo nuestro vivir, hacer y sufrir”.
Estas palabras fueron anotadas por un discípulo de Knecht. Con ellas ponemos fin a nuestras consideraciones sobre el juego de abalorios.
NADA sabemos acerca del origen de Josef Knecht. Como muchos de los estudiantes de selección o bien perdió en temprana edad sus padres, o bien fue sacado de una condición adversa y adoptado por las autoridades de la enseñanza. En todo caso le estuvo ahorrado el conflicto entre escuela selecta y hogar paterno, que pesó sobre los años juveniles de muchos otros de su clase y les dificultó la entrada en la Orden; conflicto que en muchos casos convierte a jóvenes altamente dotados en caracteres difíciles y problemáticos. Knecht pertenece a los felices que parecen nacidos y predestinados realmente a Castalia [5]; a la Orden y al servicio en los cargos educativos; y aunque no le fue desconocido en absoluto lo problemático de la vida espiritual, le fue dado sin embargo, experimentar lo trágico innato en toda existencia consagrada a lo intelectual sin particular amargura. Por cierto, no fue este aspecto trágico el que nos sedujo a dedicar nuestro profundo estudio a la personalidad de Josef Knecht; fue más bien la forma tranquila, alegre y hasta radiosa en que realizó su destino, su capacidad, su determinación. Como todo hombre importante, tiene su daimónion y su amor fati [6], pero este último se nos muestra libre de toda lobreguez y fanatismo. Es cierto, ignoramos lo oculto, lo íntimo, y no hemos de olvidar que escribir historia, aunque se haga con mucha sobriedad y con el mayor deseo de objetividad, sigue siendo siempre literatura y su tercera dimensión es la ficción. No sabemos, para elegir grandes ejemplos, si Juan Sebastián Bach o Amadeo Wolfgang Mozart vivieron realmente en forma alegre o grave. Mozart posee para nosotros la gracia del malogrado que conmueve extrañamente y despierta simpatía; Bach, la edificante y consoladora resignación al deber de sufrir y morir casi en la paternal voluntad de Dios, pero esto ciertamente no podemos leerlo en sus biografías y en los hechos transmitidos de su vida privada, sino que lo aprendemos exclusivamente en su obra, en su música. Además, a Bach, de quien conocemos la biografía y cuya figura imaginamos por su música, agregamos casi sin quererlo también su suerte póstuma: en nuestra fantasía, en cierta manera, pensamos que ya en vida supo (y sonrió y calló) que toda su obra sería olvidada en seguida después de su muerte y sus manuscritos se perderían como papel de desecho, que en lugar suyo uno de sus hijos sería el “gran Bach” y triunfaría; que su obra, más tarde, al ser redescubierta, caería justamente en los malentendidos y las barbaridades de la época folletinesca, etc. Y del mismo modo estamos inclinados a atribuir o imputar a Mozart, aún vivo y floreciente en la plenitud de la sana labor, un conocimiento de su oculta situación en manos de la muerte, una noción anticipada de estar envuelto en ella. Cuando hay una obra, el historiador no puede hacer otra cosa que reuniría con la vida de su creador como si ambas, obra y vida, fueran dos mitades inseparables de la misma unidad viviente. Y si así procedemos con Mozart o con Bach, lo haremos también con Knecht, aunque pertenezca a nuestra época esencialmente no creadora y no haya dejado una “obra” como la de aquellos maestros.
Si hacemos una tentativa de exponer la vida de Knecht, con ello intentamos también su interpretación, y si como historiadores debemos lamentar profundamente que falte casi toda noticia realmente comprobada acerca de la última parte de su vida, animó justamente nuestra empresa la circunstancia de que esta parte final de la existencia de Knecht se convirtió en leyenda. Recogemos esta leyenda y estamos de acuerdo con ella, sin que nos preocupe si es o no solamente devota literatura. Como nada sabemos del nacimiento y de los orígenes de Knecht, nada conocemos de su fin. Pero no tenemos la menor justificación para la hipótesis de que ese fin pudo ser casual. Vemos su vida, por lo que se conoce, edificada en clara serie de peldaños y si en nuestras suposiciones acerca de su muerte adherimos voluntariamente a la leyenda y la aceptamos de buena fe, lo hacemos porque lo que ella nos narra parece corresponder perfectamente, como último escalón de esta vida, a los precedentes. Aun confesamos que el diluirse de esta existencia en la leyenda nos resulta orgánico y correcto, del mismo modo que la continuidad de un astro que desaparece de nuestra vista y para nosotros “se ha perdido”; no crea en nuestra conciencia el menor escrúpulo de fe. En el mundo en que vivimos el autor y los lectores de estos apuntes, Josef Knecht alcanzó y dio lo más alto que puede imaginarse, porque como Ludí Magister fue guía y modelo de quien se educa espiritualmente y espiritualmente aspira, porque administró en forma ejemplar la herencia espiritual recibida, la aumentó y fue gran sacerdote de un templo que es sagrado para cada uno de nosotros. No sólo alcanzó y tuvo el lugar de un maestro: el sitio justo en la suprema cumbre de nuestra jerarquía; lo sobrepasó también, excediéndolo en una dimensión que sólo podemos sospechar respetuosamente, y por eso mismo nos parece perfectamente adecuado y ajustado a su vida que también su biografía haya traspasado las dimensiones habituales y al final haya entrado en la leyenda. Aceptamos lo maravilloso de este hecho y nos alegramos de lo prodigioso, sin querer investigar demasiado al respecto. Hasta donde la vida de Knecht es historia —y lo es hasta un día bien determinado—, la trataremos como tal; por eso hemos cuidado de transmitir la tradición con la misma exactitud con que se nos ofreció en nuestra investigación.
De su infancia, es decir, de la época de su admisión en la escuela de selección, sabemos un solo hecho, pero éste es muy importante y está colmado de sentido simbólico, porque significa el primer gran llamado del espíritu en él, el primer acto de su vocación; y es significativo que este primer llamamiento no surgió del lado de las ciencias, sino del de la música. Debemos este breve trozo de biografía, como casi todos los recuerdos de la vida personal de Knecht, a las anotaciones de un estudiante del juego de abalorios, un fiel admirador que conservó apuntadas muchas manifestaciones y confidencias de su gran maestro.
Knecht debía tener entonces quizá doce o trece años y era alumno de latín en la pequeña ciudad de Berolfingen, en la margen de la selva de Zaber que, es de presumir, fue también su lugar natal. En realidad, el niño era ya desde hacía tiempo un becado de la escuela de latín y había sido recomendado dos o tres veces por el colegio de maestros, con especial entusiasmo por el maestro de música, a las autoridades superiores para su admisión en las escuelas de selección, pero él nada sabía de esto y todavía no había tenido el menor contacto con los “selectos” y menos aún con los maestros del supremo poder de la educación. Un día, su maestro de música (estudiaba el violín y el laúd) le comunicó que tal vez llegaría muy pronto a Berolfingen el gran maestro de armonía, para inspeccionar la enseñanza musical en la escuela. Josef debía, pues, ejercitarse diligentemente y no colocar en aprietos a su maestro. La noticia excitó muy profundamente al niño porque, naturalmente, sabía con exactitud quién era el gran maestro y que no solamente acudía dos veces por año como los inspectores escolares con algún cargo en las zonas superiores de las autoridades de enseñanza, sino que era uno de los doce semidioses, uno de los doce directores supremos de esa respetabilísima autoridad y la más alta instancia en el país para todas las cuestiones musicales. ¡Llegaría, pues a Berolfingen el mismo gran maestro, el Magister Musicae en persona! Había en el mundo una sola personalidad que tal vez hubiera sido más legendaria y misteriosa para el niño Josef: el maestro del juego de abalorios. Un enorme y angustioso respeto hacia el anunciado Magister Musicae le invadió; se representaba a este hombre ora como un rey, ora como un hechicero, ora como uno de los doce apóstoles o uno de los fabulosos grandes artistas de las épocas clásicas, alguien como Miguel Praetorius, Claudio Monteverdi, Juan Jacobo Froherzer o Juan Sebastián Bach y, tan pronto se alegraba profundamente por el instante en que aparecía ese astro, como también lo temía. El hecho de que uno de los semidioses y arcángeles, uno de los misteriosos y todopoderosos regentes del mundo espiritual, aparecería allí personalmente en la pequeña ciudad y en la escuela de latín y que él lo vería, que el maestro quizá le hablaría, le examinaría, le censuraría o le alabaría, era algo muy grande, una suerte de milagro, un raro fenómeno celeste; porque también, como afirmaban los docentes, ocurría por primera vez desde muchas décadas que un Magister Musicae en persona visitara la ciudad y la escuelita. El niño imaginó el hecho inminente de muchas maneras; ante todo pensó en una gran fiesta pública y en un recibimiento como había visto una vez al tomar posesión de su cargo el nuevo burgomaestre, con banda de música y las calles embanderadas, quizá también con fuegos artificiales; hasta los camaradas de Knecht pensaban y esperaban lo mismo. Su anticipada alegría era disminuida solamente por la idea de que él estaría quizá muy cerca del grande hombre y no podría ufanarse ciertamente ante él, gran conocedor, con su música y sus respuestas. Pero esta angustia no era sólo torturante, era también dulce y, en absoluto secreto, no encontraba la tan esperada fiesta con banderas y fuegos artificiales tan hermosa, tan excitante, tan importante y tan maravillosamente alborozada como precisamente la circunstancia de que él, el pequeño Josef Knecht, vería a ese hombre desde muy cerca y que éste haría su visita a Berolfingen un poco por él, por Josef, porque venia para inspeccionar la instrucción musical y el maestro local de música suponía evidentemente que con toda posibilidad lo examinaría a él también.
Pero tal vez, ¡ay!, eso no ocurriría, era apenas posible; seguramente el Magister tendría otra tarea que cumplir que hacer tocar el violín a pequeñuelos delante de él, vería y escucharía ciertamente sólo a los mayorcitos, a los más adelantados entre los alumnos ... Con estos pensamientos el niño esperaba el día, y el día llegó y comentó con una desilusión: ni música en las calles, ni banderas y guirnaldas en las casas; había que tomar libros y cuadernos como los demás días e ir a la clase acostumbrada; ni en las aulas se veía el menor rastro de adorno y festividad; era un día como todos los otros días... Comentó la lección; el maestro llevaba el mismo traje de siempre y no mencionó al gran huésped de honor con ningún discurso, ni siquiera con una palabra.
Mas durante la segunda o tercera hora de clase lo esperado ocurrió; llamaron a la puerta, entró el bedel, saludó al maestro y anunció que el alumno Josef Knecht debía presentarse un cuarto de hora más tarde ante el Magister Musicae, cuidando de peinarse convenientemente y limpiarse las manos y las uñas. Knecht palideció de miedo, salió del aula tambaleando, corrió hasta el internado, dejó sus libros, se lavó y se peinó, tomó temblando el estuche con su violín y su cuaderno de ejercicios, y fue, con la garganta apretada, hasta la sala de música en el anexo de la escuela. Un compañero, excitado, lo recibió en la escalera, le indicó una sala de estudio y le dijo:
—Tienes que esperar aquí hasta que te llamen.
No pasó mucho tiempo hasta que fuera liberado de su espera, pero le pareció una eternidad. Alguien le llamó, y entró un hombre, un anciano, como le pareció al principio, no muy alto, canoso, con agraciado rostro luminoso y ojos de color azul claro, de mirar penetrante, que no asustaba, porque no sólo era penetrante sino también alegre, de una alegría no tiente o sonriente, sino suave, brillante y tranquila. El anciano tendió la mano al niño y le hizo una seña con la cabeza, se sentó pensativo en el taburete, delante del viejo piano para ejercicios y dijo:
—¿Eres Josef Knecht? Tu maestro parece estar contento de ti; creo que te quiere. Ven, vamos a hacer un poco de música juntos.
Knecht había sacado ya antes su violín del estuche, el anciano tocó el la, el niño afinó su instrumento y luego miró al maestro inquisitivamente y angustiosamente.
—¿Qué prefieres tocar? —preguntó el maestro.
El alumno no pudo contestar, estaba turbado por respeto hacia el anciano: nunca había visto un hombre así. Vacilando tomó su libro de notas y lo tendió al maestro.
—No, no —dijo éste—; quisiera que tocaras de memoria y no una pieza de ejercicio, sino algo sencillo que tú sepas de memoria, quizá un lied que te guste.
Knecht estaba confundido y hechizado por aquel rostro y aquellos ojos; no lograba responder; se avergonzaba mucho de su confusión, pero no podía decir nada. El maestro no le apremiaba. Con un dedo tocó los primeros compases de una melodía, miró al niño como preguntando, éste asintió y ejecutó en seguida la melodía con verdadero gozo: era una de las viejas canciones que se cantaban a menudo en la escuela.
—¡Repítela! —dijo el maestro.
Knecht repitió la melodía y el anciano no acompañó en el piano esta vez. La vieja canción resonó a dos voces en la reducida aula de ejercicios.
—¡Otra vez!
Knecht tocó y el maestro acompañó con una segunda y tercera voz. A tres voces resonó la bella canción antigua en la habitación.
—¡Una vez más! —y el maestro la acompañó con tres voces.
—¡Hermosa canción! —murmuró quedamente el maestro—. ¡Tócala ahora a la manera antigua!
Knecht obedeció y tocó; el maestro le había dado la primera nota y lo acompañaba a tres voces. Y el anciano seguía repitiendo: “¡Otra vez!” y cada vez su voz estaba más alegre. Knecht tocó la melodía en registro de tenor, siempre acompañado por dos y aun por tres voces. Muchas veces tocaron ambos la canción y ya no era necesaria indicación alguna; a cada repetición, la melodía se enriquecía por sí misma con adornos y agregados. El pequeño cuarto desnudo en la alegre luz mañanera resonaba festivamente, reflejando las tonalidades.
Después de un rato, el anciano dejó de tocar.
—¿Es suficiente? —preguntó.
Knecht meneó la cabeza y comenzó de nuevo, el otro irrumpió con sus tres voces de acompañamiento y las cuatro trazaron sus claras y sutiles líneas, conversaron entre sí, se apoyaron mutuamente, se entrecortaron y envolvieron una y otra en gozosos arcos y figuras, y el niño y el anciano no pensaron en otra cosa ya, se entregaron a las bellas líneas tan emparentadas y a las figuras que formaban en sus encuentros, hicieron música presos en su red, se acunaron levemente y obedecieron a un invisible director de orquesta. Hasta que el maestro, cuando la melodía acabó una de las tantas veces, volvió la cabeza y preguntó:
—¿Te gustó, Josef?
Agradecido y resplandeciente, Knecht lo miró. Estaba entusiasmado y lo demostraba en el rostro, pero no podía decir una sola palabra.
—¿Sabes tú ya —preguntó ahora el maestro— qué es una fuga?
Knecht hizo un gesto de duda. Había oído fugas, pero no había llegado a ellas en la instrucción.
—No importa —dijo el maestro—, te lo demostraré yo. Lo comprenderán más rápidamente, si nosotros mismos ejecutamos una fuga. Bien, pues: a la fuga corresponde ante todo un tema, y el tema no lo buscaremos mucho, lo tomaremos de nuestra canción.
Tocó un breve grupo de compases, un trocito de la melodía de la canción; el fragmento resonó maravillosamente, entresacado de esa manera, sin cabeza ni cola. Tocó el tema otra vez, y ya siguió; vino el primer movimiento; el segundo trasformó el paso de quinta en uno de cuarta; el tercer movimiento repitió el primero una octava más alto; el cuarto reflejó el segundo; la exposición se cerró con una cláusula en el tono de la dominante. La segunda ejecución pasó a modular más libremente en otros tonos, la tercera terminó con una cláusula en el tono fundamental, con una tendencia hacia la subdominante. El niño contemplaba los sabios y blancos dedos del ejecutante, vio quedamente reflejado en su concentrado rostro el curso del desarrollo, mientras los ojos descansaban tras los párpados semicerrados. El corazón del niño oscilaba entre la admiración y el amor por el maestro, y su oído percibió la fuga, le pareció que oía por primera vez música, intuyó detrás de la armonía que brotaba ante él el espíritu, la dichosa armonía de ley y libertad, de servir y dominar, se entregó y consagró a este espíritu y a este maestro, se vio a sí mismo y a su vida y al mundo entero en estos minutos, guiados por el espíritu de la música, regulados y aun interpretados, y cuando el ejercicio llegó a su fin, vio al admirado, al mago, al rey, inclinado todavía por breve, rato sobre las teclas, ligeramente, con los ojos cerrados a medias, la cara levemente iluminada desde dentro, y no supo si debía reír jubilosamente por la beatitud de esos instantes o llorar porque habían pasado. Entonces el anciano se levantó lentamente del taburete, lo miró hondo con los alborozados ojos azules y dijo:
—De ninguna otra manera pueden llegar a ser más fácilmente amigos dos hombres que haciendo música. Esto es hermoso. Cabe esperar que seguiremos siendo amigos, tú y yo. Quizá tú también aprenderás, Josef, a componer fugas.
Diciendo esto le tendió la mano y se fue, y desde la puerta se volvió y saludó, para despedirse con una mirada y una breve y cortés inclinación de la cabeza.
Muchos años más tarde, Knecht contó a su alumno que cuando salió de la escuela, encontró a la ciudad y al mundo mucho más cambiados y hechizados que si hubieran estado adornados con banderas y guirnaldas y cintas y fuegos artificiales. Había experimentado el proceso de la vocación, que muy bien puede llamarse sacramento; el tornarse visible y el abrirse incitante del mundo ideal, que la joven conciencia hasta entonces sólo había conocido en parte de oídas, en parte por sueños ardientes. Este mundo no existía solamente en algún lugar de la lejanía, en lo pasado o en lo porvenir, estaba allí y era activo, irradiaba luz, enviaba mensajeros, apóstoles, embajadores, hombres como este anciano Magister, que sin embargo, como más tarde pareció a Josef, no era en realidad tan anciano. ¡Y de ese mundo, por conducto de este digno mensajero, le había llegado a él también, pequeño alumno de latín, la advertencia y el llamado! La aventura tenía para él este significado, y pasaron necesariamente semanas hasta que él supo realmente y estuvo convencido de que al mágico sucedido de esa hora sagrada correspondía también un exacto proceso en el mundo real, de que la vocación no era solamente una gracia y una advertencia para su propia alma y en su propia conciencia, sino también un don y una admonición de los poderes terrenos para él. Porque a la larga, no pudo permanecer oculto que la visita del Magister Musicae no había sido ni una casualidad ni una verdadera inspección escolar: el nombre de Knecht había figurado ya desde mucho antes, a raíz de los informes de los maestros, en las listas de los alumnos; que perecían dignos de ser educados en las escuelas de selección o que han sido recomendados para eso a las autoridades supremas. Como este niño Josef Knecht no era alabado solamente por su conocimiento de latín y su agradable carácter, sino que además había sido recomendado especialmente y celebrado por su profesor de música, el Magister Musicae se había encargado de destinar un par de horas para llegar hasta Berolfingen y ver a este alumno, en ocasión de un viaje oficial. No le había importado mucho el conocimiento del latín ni la habilidad de los dedos (en esto se confiaba a los testimonios de los maestros, a cuyo estudio siempre concedía algún tiempo), sino la circunstancia de que el niño tenía en su esencia materia de músico en el sentido más noble, vale decir, capacidad para el entusiasmo, la disciplina, el respeto, el servicio del culto. En general, por buenas razones, los maestros de las escuelas públicas superiores eran bastante generosos con las recomendaciones de alumnos para la “selección”; a menudo llegaban notas favorables con intenciones no siempre claras, y muchas veces también algún maestro por falta de visión recomendaba obstinadamente a algún alumno favorito que fuera de su diligencia, su ambición y un astuto proceder para con el maestro, carecía de méritos. Justamente esta clase merecía la especial aversión del Magister Musicae; éste poseía el don de ver con una sola mirada si el candidato tenía conciencia de que en ese instante estaba en juego su futuro, su carrera, y ¡ay del alumno que le pareciera demasiado hábil, demasiado consciente o inteligente o que tratara de adularle! Era rechazado en muchos casos antes de comenzar el examen.
Y bien, el alumno Knecht le había gustado al anciano Magister Musicae, le había gustado mucho, y todavía durante el resto de su viaje el viejo maestro pensó con placer en él; no había anotado datos en su cuaderno acerca de él, pero llevó consigo el recuerdo del niño modesto y rozagante; y a su regreso, de su puño y letra inscribió su nombre en la lista de los alumnos que, examinados por un miembro de la autoridad suprema, habían sido considerados dignos de aceptación.
De esta lista —los estudiantes de latín la llamaban “el libro de oro”, aunque también ocasionalmente le daban la irrespetuosa denominación de “catálogo de aspirantes”— Josef había oído hablar en la escuela y en las más diversas formas. Cuando un maestro la citaba sólo para inculcar a un alumno que un niño como él naturalmente nunca podía pensar en alcanzar su inscripción en ella, había cierta solemnidad, cierto respeto y hasta presunción en su tono. Pero si los alumnos hablaban alguna vez del “catálogo de aspirantes”, lo hacían generalmente con impertinencia e indiferencia exagerada. Una vez, Josef oyó decir a un condiscípulo:
—¡Bah! Me río de ese necio catálogo de candidatos... Un tipo como es debido no llega a figurar en él, podemos estar seguros. Allá los profesores envían a los tontos más grandes y a los rastreros.
Un período notable y raro siguió al hermoso acontecimiento. Josef no sabía que ahora pertenecía a los electi, a la flos juventutis[7], como llamaban en la Orden a los discípulos de selección; al principio no pensaba, en absoluto, en consecuencias prácticas y en resultados sensibles de la aventura para su destino cotidiano, y mientras para sus maestros era ya un distinguido, alguien que se aleja, él experimentaba la sensación de su vocación solamente como un proceso anímico íntimo. Pero también aquello representaba una incidencia aguda en tu vida. Aunque la hora pasada con el hombre encantador realizaba en su corazón algo ya intuido o lo acercaba a su realización, esa hora también separaba netamente el ayer del hoy, el pasado del presente y del futuro, del mismo modo que aquel que se despierta de un sueño no puede dudar de estar despierto aún hallándose en el mismo ambiente de sus sueños. Hay muchas clases y formas de la vocación, pero el germen nuclear y el sentido son siempre idénticos: por la vocación el alma es despertada, transformada o sublimizada de tal manera que en lugar de los ensueños y las intuiciones de dentro surge de repente un llamado de fuera, un trozo de realidad, y se apodera del espíritu. Y aquí el trozo de realidad había sido la figura del Magister: el Magister Musicae conocido sólo como lejana y venerable personalidad de semidiós, como arcángel del más alto de los cielos, había aparecido corporalmente, había ostentado ojos azules omniscientes, se había sentado en el taburete ante el piano de estudio, le había enseñado casi sin palabras lo que es la verdadera música, lo había bendecido y, luego, había vuelto a desaparecer. Knecht no estaba capacitado de antemano para saber todo lo que quizá podía seguir y resultar de eso, porque se sentía demasiado colmado y preocupado por el eco inmediato e íntimo del acontecimiento. Como una planta joven, que hasta ese momento se desarrollara tranquilamente y titubeante, de pronto comienza a respirar con más violencia y a crecer, como si en un hora de milagro hubiera tenido de repente conciencia de la ley de su ser y aspira fervorosamente a cumplirla, el niño, tocado por la mano del hechicero, comenzó rápida y anhelosamente a reunir y tender sus fuerzas, se sintió cambiado, se sintió crecer, experimentó nuevas reacciones, nuevas armonías entre el mundo y él mismo, pudo dominar en muchas clases de música, de latín, de matemáticas, temas superiores todavía para su edad y para sus carneradas, sintiéndose capaz de cualquier tarea, y pudo en otras horas olvidarlo todo y soñar con una suavidad y un abandono nuevos para él, escuchar el viento o la lluvia, admirar perplejo una flor o el agua fluyente del río, sin comprender nada, sólo intuyendo, transportado por la simpatía, la curiosidad, el deseo de comprender, arrastrado de un Yo propio a otro, al mundo, al misterio y al sacramento; al juego dolorosamente bello de los fenómenos.
Y así, comenzando y creciendo desde dentro hacia el encuentro y la confirmación interior y exterior, se verificó la vocación de Josef Knecht con perfecta pureza; recorrió todos sus grados saboreó todas sus dichas y todas sus angustias. El noble proceso, la típica historia juvenil y preparatoria de todo noble espíritu se cumplió sin que repentinos descubrimientos ni súbitas indiscreciones lo importunaran; lo íntimo y lo externo trabajaron armoniosa y uniformemente, creciendo al enfrentarse recíprocamente. Cuando, al final de esta evolución, el alumno tuvo conciencia de su situación y de su destino extrínseco, cuando se vio tratado por los maestros como un colega, más aún, como un huésped de honor, cuyo alejamiento se aguarda a cada instante, y casi admirado o envidiado, casi evitado y aun Sospechado por los condiscípulos, ridiculizado y odiado por algunos adversarios, cada vez más solo y abandonado por los antiguos amigos, un idéntico proceso de separación y aislamiento se había cumplido ya hacía mucho dentro de él; los maestros, por un sentimiento propio interior, se habían trasformado cada vez más de superiores en cantaradas, los amigos de antes en compañeros rezagados de un trecho del camino; en su ciudad y en su escuela ya no se sintió, pues, entre iguales y en su justo lugar: todo eso estaba ahora impregnado de una oculta muerte, de un fluido de irrealidad, de un “haber pasado”; se había convertido en algo provisional, en un traje fuera de moda que ya no sentaría bien, Y este alejarse creciendo de una patria hasta entonces armoniosa y amada, este desprenderse de una forma vital que ya no le correspondía ni le pertenecía más, esta existencia de uno que se va porque es llamado a otro lugar, interrumpida por horas de altísima felicidad y radiante conciencia de sí mismo, se tornó al final para él un gran tormento, una opresión y una pena casi insoportables, porque todo le abandonaba, sin que estuviera seguro de que realmente no fuera él quien todo lo dejaba, sin que supiera si de este morir y volverse extraño para su querido mundo habitual no tuviera él mismo la culpa, por orgullo, por arrogancia, por ambición, por infidelidad y falta de amor. Entre los sufrimientos que trae consigo una genuina vocación, éstos son los más amargos. Aquel que recibe la vocación, no acepta solamente un don y una orden con ella, sino también casi una culpa, como el soldado que, sacado de las filas de los cantaradas, es promovido a oficial, resulta tanto más digno de esta promoción cuanto más la paga con una sensación de culpa y con remordimiento frente a sus camaradas.
Entre tanto estaba concedida a Knecht la facultad de sobrellevar esta evolución sin trabas y con total inocencia; cuando finalmente él consejo de maestros le comunicó la distinción merecida y su inminente admisión en las escuelas de selección, se sintió completamente asombrado en el primer instante, pero en seguida, la noticia fue como algo muy sabido y esperado desde mucho tiempo atrás. Sólo entonces recordó que desde hacía muchas semanas le habían gritado a sus espaldas cada vez más a menudo en tono de mofa la palabra electus o “niño de selección”. Lo había oído, pero sólo a medias, y nunca lo había interpretado sino como burla. ¡No lo decían en serio!, pensaba él, sino como: “¡Eh, tú, que en tu orgullo te crees un electus!”. A veces, había sufrido vivamente por estos estallidos la sensación de alejamiento entre él y sus camaradas, pero nunca se hubiera considerado realmente un electus: su conciencia de la vocación no fue elevación de categoría, sino advertencia y exigencia íntimas. Pero de todas maneras, ¿no lo había sabido, intuido, sentido mil veces, a pesar de todo? Ahora estaba maduro, su beatitud, confirmada y legitimada; sus padecimientos tenían un significado, el traje insoportablemente viejo y ya demasiado estrecho podía ser abandonado; había uno nuevo para él...
Con el acceso a la “selección”, la vida de Knecht fue trasplantada a otro plano; ocurrió entonces el primero y el más decisivo de los pasos de su evolución. Por cierto, no a todos los alumnos de selección les ocurre que la admisión oficial entre los elegidos coincida con el íntimo sucedido de la vocación. Esta coincidencia es una gracia o, si se quiere decirlo con palabras más vulgares, una suerte. Aquel a quien toca, recibe para su vida un “más”, como lo tiene aquel a quien la suerte otorga dones especialmente afortunados de cuerpo y alma. Ciertamente, la mayoría de los alumnos selectos y podría decirse casi todos, aprecian su elección como una gran dicha, como una distinción de la que están orgullosos, y muchos de ellos se anticipan con sus deseos más ardientes a esa prerrogativa. Pero el paso desde las escuelas comunes del lugar natal a las de Castalia resulta para la mayor parte de los elegidos mucho más grave de lo que imaginaron y trae más de un inesperado desengaño. Sobre todo, para aquellos alumnos que se sienten felices y amados en sus hogares, el traslado es una penosa despedida, una renunciación, y por este motivo, especialmente durante los primeros años de la selección, se produce un considerable número de regresos a las escuelas primitivas, cuya causa no debe ser buscada en la falta de dotes y de aplicación, sino en la incapacidad del alumno para adaptarse a la vida del internado y, más que nada, para conformarse con la idea de acabar en lo futuro con todo vínculo de familia y patria, y finalmente, de no conocer ni respetar más ninguna otra relación y solidaridad que las de la Orden. Pero hay también a menudo el caso de alumnos para quienes, a la inversa, justamente la separación de la familia y de la escuela por ellos mal toleradas es el hecho principal de su aceptación entre los selectos; estos, liberados de pronto de un padre severo o de un maestro para ellos desagradable, respiran aliviados seguramente durante un tiempo, pero como han esperado del cambio muy grandes y aun imposibles innovaciones en su vida, sufren una rápida desilusión. También los verdaderos aspirantes, los alumnos ejemplares, los casi pedantescos, no pueden resistir siempre en Castalia; no porque carezcan de aptitudes para el estudio, sino porque la selección no reclama solamente estudios y pruebas especializadas, sino que tiende también a metas educativas y artísticas, ante las que algunos abandonan las armas. Ciertamente, en el sistema de las cuatro grandes escuelas de selección con sus numerosas subelecciones e institutos conexos, hay sitio para toda clase de disposiciones intelectuales y morales, y un matemático esforzado o un filólogo de conciencia, si tienen en sí mismo substancia de sabio, no necesitan considerar ni sentir la falta eventual de disposición para la música o la filosofía como un peligro. A veces, hubo en Castalia muy fuertes tendencias hacia el estudio de las ciencias meramente especializadas, y los campeones de estas tendencias no sólo enfrentaron a los “fantasiosos”, es decir a los amantes de la música o del arte, en postura crítica o burlona, sino que en ciertos períodos, dentro de su propio círculo, renegaron y prohibieron todo lo artístico y, especialmente, el juego de abalorios.
Como la vida de Knecht, por lo que sabemos, se desarrolló en Castalia —en ese tranquilísimo y gozoso distrito de nuestro montañoso país, que antes se llamara a menudo también “la provincia pedagógica”, empleando una expresión poética de Goethe—, delinearemos muy brevemente una vez más esta famosa Castalia y la estructura de sus escuelas, para evitar el peligro de aburrir a los lectores con lo ya sabido. Estas escuelas, llamadas sintéticamente “escuelas de selección”, son un sistema de cribado sabio y elástico, por el cual la dirección (un “Consejo de estudios” formado por veinte consejeros, de los que una mitad representa la autoridad educativa, la otra mitad, la Orden) educa a sus elegidos, los mejores dotados de todas las regiones y escuelas del país para renuevos de la Orden y de todos los cargos importantes de la pedagogía y los estudios. Las muchas escuelas normales, los gimnasios [8] y liceos del país, ya de carácter humanista, ya de tipo técnico-científico, son para más del noventa por ciento de nuestra juventud estudiosa escuelas preparatorias para las llamadas profesiones Ubres (o liberales), y terminan con el examen de madurez (o bachillerato) para la universidad; en ésta se absuelve luego un determinado curso de estudios para cada rama. Tal es el curso normal de instrucción de nuestros estudiantes, como lo sabe todo el mundo; estas escuelas plantean exigencias tolerablemente severas y eliminan, según los casos, a los no dotados. Al lado o por encima de éstas, se desarrolla el sistema de las escuelas de selección, en las que son admitidos a prueba los alumnos sobresalientes por facultades y carácter. El acceso a ellas no se debe a exámenes, los selectos son elegidos por sus maestros por libre apreciación y recomendados a las autoridades de Castalia. Un día cualquiera, el maestro indica, por ejemplo, a un muchacho de once o doce años, que en el semestre siguiente podría entrar en las escuelas de Castalia y que por eso debe hacer su propio examen, para saber si se siente llamado y atraído. Si al final del plazo de reflexión contesta que sí, para lo cual se supone también la incondicional conformidad de ambos padres, una de las escuelas de selección lo admite a prueba. Los directores y los más altos profesores de estas escuelas selectas (no ya los profesores universitarios) forman la autoridad “educativa”, que posee la dirección de toda la instrucción y de todas las organizaciones espirituales del país. Para el alumno elegido, si no fracasa en algún curso y es devuelto a las escuelas comunes, ya no se trata de estudios especializados en una rama o destinados al ejercicio de una profesión; entre los elegidos se van reclutando la Orden y la jerarquía de las doctas autoridades, desde el profesor hasta los cargos supremos: los doce directores de estudio o “grandes Maestros” y el Ludí Magister, el director del juego de abalorios. Generalmente, el último curso de las escuelas de selección se cierra a la edad de 22 a 25 años y, precisamente, con la admisión en la Orden. Desde este momento, están a disposición de los que fueran alumnos selectos todos los institutos formativos y de investigación de la Orden y de las autoridades de educación, las universidades de selección para ellos reservadas, las bibliotecas, los archivos, los laboratorios, etc., juntamente con un gran estado mayor de profesores y las instalaciones del juego de abalorios. Aquel que durante los años de estudio demuestra un don especial, para los idiomas, la filosofía, las matemáticas, etc., pasa ya en los grados superiores de las escuelas de selección al curso que ofrece el mejor alimento intelectual para sus dotes; la mayor parte de estos alumnos terminan como profesores especializados en las escuelas y universidades públicas y siguen siendo, aunque dejen a Castalia, miembros vitalicios de la Orden, es decir, permanecen separados severamente de los “normalistas” (los no formados en la selección) y nunca pueden volverse profesionales “libres”, como médicos, abogados, técnicos, etc.; si no piden su exclusión de la Orden, están sometidos por toda la vida a las normas de la comunidad, entre las cuales figuran el voto de pobreza y el de castidad o soltería; el pueblo los llama “mandarines”, un poco por respeto, un poco por gusto de mofa. En esta forma encuentra su posición final la gran mayoría de los que fueran alumnos de selección. En cambio, el minúsculo resto, la última y más fina selección de las escuelas castalias, está reservada a un libre estudio de ilimitada duración, a una vida intelectual tranquilamente contemplativa. Algunos de los más inteligentes, que por sus altibajos temperamentales u otras razones, como por ejemplo, la debilidad física, no son aptos, como profesores o para cargos de responsabilidad en las reparticiones superiores e inferiores de la educación, siguen estudiando, investigando y recopilando durante toda su vida; pensionados por las autoridades, su aporte a la comunidad consiste generalmente en tareas meramente doctas, cultas. Algunos son asignados como asesores de las comisiones del Diccionario, de los archivos, las bibliotecas, etc., otros realizan su sabiduría según el lema del “arte por el arte”; muchos de ellos han empleado su vida en trabajos muy extraños, a menudo admirables o asombrosos, como por ejemplo aquel Lodovicus crudelis, Ludovico el Cruel, que en una labor de treinta años tradujo todos los textos de los primitivos egipcios que conocemos tanto en griego como en sánscrito, o como también el casi milagroso Chattus Calvensis II, que en cuatro enormes tomos in folio manuscritos dejó una obra sobre “la pronunciación del latín en las Universidades de la Italia meridional, hacia fines del siglo XII”. La obra había sido ideada como primera parte de una “Historia de la pronunciación del latín desde el siglo XII hasta el siglo XVI”, pero a pesar de sus mil folios manuscritos no pasó de fragmento y nadie más la continuó. Es lógico que se hayan hecho muchas bromas acerca de trabajos puramente cultos de esta clase; el grueso del pueblo no puede calcular su valor verdadero para el futuro de la ciencia. En cambio ésta, como en tiempos precedentes el arte, necesita de un terreno muy vasto, y a veces el investigador de un tema, que sólo a él interesa, puede acumular un saber que presta a sus colegas contemporáneos servicios sumamente valiosos, como enciclopedia o archivo. En la medida de lo posible, trabajos cultos como los citados eran impresos. Se dejaba a los sabios verdaderos proseguir sus estudios y juegos en casi completa libertad y no se hacía hincapié en que algunos de sus trabajos no tuvieran aparentemente inmediata utilidad para el pueblo o la comunidad, y fueran considerados por los no sabios como entretenimientos de lujo. Más de un sabio de esta clase mereció una sonrisa despectiva por la categoría de sus estudios, pero nunca fue censurado y menos aún privado de sus privilegios. El hecho de que gozaran de estimación y respeto aun entre el pueblo y no fueran simplemente tolerados, aunque se hiciera mofa de ellos, se debía al sacrificio con que todos los miembros del grupo culto pagaban su libertad espiritual. Padecían muchas incomodidades, se les asignaba una módica participación en alimentos, vestidos y habitación; tenían a su disposición magníficas bibliotecas, colecciones, laboratorios, pero para esto no sólo renunciaban al bienestar, al matrimonio y a la familia, sino que estaban excluidos como comunidad monacal de toda competición en el mundo, no conocían propiedad alguna, ni títulos o distinciones, y en lo material debían conformarse con una vida muy sencilla. Si alguien quería dedicar todos los años de su existencia a descifrar una sola inscripción antigua, podía hacerlo y aun se le incitaba a ello, pero si aspiraba a una vida cómoda, a trajes elegantes, a tener dinero o títulos, chocaba con inquebrantables prohibiciones, y si estos apetitos eran fuertes, volvía, casi siempre todavía en su juventud, al “mundo”, se convertía en profesor especializado a sueldo o en maestro privado o en periodista, o se casaba o se buscaba una existencia a su gusto de cualquier otra manera.
Cuando el niño Josef Knecht tuvo que despedirse de Berolfingen, fue su maestro de música el que lo acompañó a la estación. Le dolió decirle adiós, y por un rato vaciló su corazón, sintiéndose solo e inseguro, cuando al paso del tren el frontón escalonado y pintado de claro dé la vieja torre del castillo desapareció de su vista.
Muchos otros alumnos iniciaban este primer viaje con sensaciones más violentas, atorados y llorosos. Josef sentía su corazón más allá que aquí, y se dominó pronto.
El viaje no fue largo.
Había sido asignado a la escuela de Eschholz. Ya antes había visto cuadros que representaban esta escuela, en la oficina del rector de su colegio.
Eschholz era la colonia escolar más grande y más nueva de toda Castalia; los edificios eran todos de época reciente, no había ciudades cerca, sólo un pequeño caserío, rodeado apretadamente de árboles.
Detrás se tendía extenso, llano y alegre el Instituto, alrededor de un gran rectángulo libre, en cuyo centro, ordenados como los puntos del cinco en un dado, elevaban su oscura copa al cielo cinco magníficos pinos mastodónticos. La gigantesca plaza estaba cubierta en parte de césped, en parte de arena, y cortada solamente por dos grandes piletas de natación con agua corriente, con acceso por una escalera de anchos y bajos escalones.
A la entrada de esta soleada plaza estaba el edificio de la escuela, el único muy elevado de toda la construcción adyacente, de dos alas, con un atrio de cinco columnas en cada ala. Todos los demás edificios que cerraban la plaza por tres lados sin una brecha, eran bajos, chatos y sin adornos, distribuidos en cuerpos exactamente iguales, cada uno con su galería de pocos peldaños que llevaba a la plaza; en casi todas las aberturas de la galería había macetas con flores.
A su llegada, no fue recibido por un bedel y acompañado hasta el rector o el colegio de profesores, sino que a la manera castalia lo recibió un cantarada, un hermoso niño muy crecido, vestido de tela azul, unos dos años mayor que Josef, que le tendió la mano y le dijo:
—Soy Osear, el mayor de la Casa Hellas [9], donde residirás, y mi misión es darte la bienvenida e introducirte. Te esperan apenas mañana en la escuela, tenemos bastante tiempo para recorrerlo todo; te orientarás en seguida. Te pido también que durante los primeros tiempos, hasta que te hayas adaptado, me consideres como tu amigo y mentor y aun como tu protector, si algún camarada te molesta; muchos creen por cierto que tienen que atormentar un poco a los nuevos. No por maldad, te lo puedo asegurar. Y ahora te llevaré primero a Hellas, a nuestro hogar escolar, para que veas dónde tendrás que vivir.
De esta manera, Osear, el delegado por el jefe del hogar como mentor de Josef, saludó al novicio y en realidad se esforzó en representar bien su papel; este papel divierte siempre a los “seniors” y cuando un muchacho de quince años trata de conquistar a uno de trece con afectuoso tono de camaradería y ligero padrinazgo, lo logra siempre.
En los primeros días, Josef fue tratado por el mentor absolutamente como un huésped del cual se desea lleve al partir una buena impresión de la casa y del anfitrión. Josef fue llevado al dormitorio que debía compartir con otros dos niños, fue convidado con bizcochos, y un vaso de jugo de frutas, se le mostró la Casa Hellas, grupo residencial del gran cuadrado, se le indicó dónde debía colgar su toalla en el “solarium” y en qué rincón podía poner macetas con flores si le gustaba tenerlas, y antes del anochecer fue llevado por el maestro del guardarropa hasta el lavadero, donde se le eligió y arregló un traje de tela azul. Josef se sintió desde el primer instante muy a gusto en el lugar y correspondió con placer al modo de ser de Óscar; apenas si se podía notar en él una ligera perplejidad, porque el muchacho mayor que él y ya adaptado desde mucho tiempo atrás al ambiente de Castalia resultaba para él una especie de semidiós.
También le agradaban las ocasionales pequeñas fanfarronadas y las teatralidades como cuando Osear intercalaba en su conversación una complicada cita griega, aunque luego en seguida recordaba cortésmente que el novicio no podía ciertamente entender eso: ¡era natural que así fuera y nadie tampoco se lo podría exigir!
Por otra parte, la vida en el internado no era nada nuevo para Josef Knecht: se insertó sin esfuerzo en el sistema. Cierto es que de los años que pasó en Eschholz no conocemos sucesos importantes; no debe haber presenciado el pavoroso incendio en el edificio escolar. Sus certificados, hasta donde pudieron hallarse, muestran, por ejemplo, las notas más altas en música y latín; en matemáticas y griego se mantuvieron por encima del mejor promedio; en el “libro de la Casa” se encuentran con mayor frecuencia cada vez anotaciones que se refieren a él, como ingenium valde, capax, studia non angusta, mores probantur, o ingenium felix et profectuum arvidissimus moribus placet officiosis [10]. No es posible ya establecer qué castigos recibió en Eschholz, el libro de castigos se perdió en el incendio con muchos otros. Un condiscípulo parece que más tarde aseguró que, en los cuatro años de su permanencia en Eschhols, Knecht, fue castigado sólo una vez (mediante la privación de la excursión semanal), y precisamente porque se rehusó tercamente a dar el nombre de un camarada que había hecho algo prohibido. La anécdota parece digna de fe, Knecht fue, sin duda, siempre un buen compañero y nunca un adulón o un espía; pero resulta muy poco verosímil que aquélla haya sido la única pena disciplinaria durante los cuatro años.
Como carecemos de documentos sobre el primer tiempo de los estudios de Knecht entre los elegidos, citaremos un pasaje sacado de sus posteriores conferencias acerca del juego de abalorios. Por desgracia, no existen manuscritos de Josef acerca de estas conferencias pronunciadas para los principiantes; un alumno las tomó taquigráficamente mientras el maestro hablaba libremente. En ese pasaje, Knecht habla de analogías y asociaciones de ideas en el juego de abalorios y distingue entre “legítimas” asociaciones, es decir comprensibles para todos, y “privadas”, o sea subjetivas. Allí dice:
“Para daros un ejemplo de estas asociaciones privadas, que no pierden por esto su valor particular, al estar terminantemente vedadas en el juego de abalorios, os contaré algo acerca de una de tales asociaciones de la época de mis estudios. Tenía alrededor de catorce años y era inminente la primavera, estaríamos en febrero o marzo, cuando una tarde un camarada me invitó a salir con él, para cortar un par de ramas de saúco, que pensaba emplear como tubos en la construcción de un molinillo de agua. Salimos, pues, y hubo de ser un día particularmente hermoso para el mundo o para mi ánimo, porque quedó fijado en mi memoria y representó para mí una pequeña experiencia. La tierra estaba húmeda, pero no había nieve ya; en la orilla de los arroyos brotaba vigoroso el verdor de la hierba, los arbustos desnudos se cubrían de yemas y los primeros amentos abiertos poseían un velo de color, el aire estaba saturado de fragancia, una fragancia llena de vida y de contradicción; olía a tierra húmeda, a hojas descompuestas, a frescos gérmenes vegetales; a cada instante uno pensaba que iba a oler las primeras violetas, aunque no se veía una sola todavía. Llegamos hasta los saúcos, tenían pequeños brotes, pero no hojas y cuando corté una rama, llegó hasta mí penetrante un aroma agridulce y violento que parecía recoger, sumar y aumentar en sí mismo todos los demás aromas de la primavera. Me sentí completamente embargado, olía mi cuchillo, olía mis manos, olía la rama de saúco: era su jugo el que despedía ese aroma tan penetrante, irresistible. Nada dijimos al respecto, pero también mi compañero aspiró largo rato el perfume, pensativo, con la rama delante de la cara; a él también le hablaba el extraño aroma. Bien, toda experiencia tiene su magia, y aquí mi experiencia consistió en que la primavera inminente, percibida ya al caminar por las praderas húmedas y blandas, en el perfume de la tierra y los brotes, fuerte y delicioso, se concentraba ahora y culminaba en un fortissimo del perfume del saúco hasta ser un símbolo sensual y un hechizo. Tal vez, aunque la pequeña experiencia no hubiera sido otra cosa, nunca hubiera olvidado esa fragancia; tal vez, todo nuevo encuentro futuro con ese aroma hubiera despertado en mí, probablemente hasta la ancianidad, el recuerdo de aquella primera vez en que tuve conciencia de ese olor. Pero hay algo más. En el estudio de mi maestro de piano, había hallado en aquella época un viejo volumen de música que me sedujo poderosamente, un tomo de Heder de Franz Schubert. Lo había hojeado un día que tuve que esperar al maestro más de lo ordinario y, cuando se lo pedí, él me lo prestó por unos pocos días. En mis horas libres experimenté todo el gozo del descubrimiento; hasta ese día no había conocido nada de Schubert y quedé hechizado.
El día de la aventura de los saúcos o el día después, encontré el lied primaveral de Schubert “Han despertado los céfiros suaves”, y los primeros acordes del acompañamiento del piano me invadieron como un “reconocer”: estos acordes olían exactamente como los jóvenes saúcos, igualmente agridulces, penetrantes y concentrados, henchidos de una primavera inminente... Desde esa hora, para mí, la asociación “primavera cercana —perfume de saúco— acordes de Schubert” es algo innegable, absoluto, eternamente válido; con los primeros compases de los acordes huelo inmediata y fatalmente el agrio olor vegetal y las dos cosas juntas significan “primavera próxima”. En esta asociación privada poseo algo muy hermoso, algo que no daría por nada del mundo. Pero la asociación, el surgir constante de dos experiencias de los sentidos ante la idea “primavera inminente”, es asunto privado, particular, que me pertenece sólo a mí. Puede ser comunicada, es cierto, como lo hago ahora con vosotros. Pero no es posible trasladarla, cederla. Puedo haceros comprensible mi asociación, pero no puedo lograr que aún para uno solo de vosotros mi asociación privada se convierta también en un signo real, efectivo, en un mecanismo que reaccione indefectiblemente a la llamada y se desarrolle siempre exactamente igual”.
Uno de los condiscípulos de Knecht, a quien él llevó más tarde al cargo de primer archivista del juego de abalorios, solía narrar que Knecht fue en todo un jovencito tranquilo y alegre, pero que cuando tocaba música, tenía a veces una expresión admirablemente introvertida o feliz; rara vez se mostró violento o apasionado, sobre todo en el juego rítmico de pelota, que le agradaba mucho. Algunas veces, sin embargo, el niño amable y sano llamó la atención y causó burlas y aun preocupaciones; esto ocurría en los casos de eliminación de alumnos, problema frecuente, sobre todo, en los primeros cursos de la escuela de selección. La primera vez que un compañero de clase faltaba a la instrucción y al juego, y tampoco reaparecía al día siguiente y corría la voz de que no estaba enfermo, sino que había sido despedido y no volvería más, Knecht no se mostraba solamente triste, sino trastornado, casi por días enteros. Él mismo, años más tarde, se expresó al respecto de la siguiente manera: “Cuando se expulsaba a un alumno de Eschholz y éste nos dejaba, yo tenía la sensación de una muerte. Si me hubiesen preguntado la razón de mi dolor, hubiera contestado que la mía era piedad por el pobre que había arruinado su porvenir por ligereza o inercia, y miedo además, miedo de que quizá me pudiera suceder lo mismo algún día. Sólo cuando experimenté, a menudo, lo mismo y ya no creía en la posibilidad de que la misma suerte pudiera caberme también a mí, comencé a ver un poco más hondo. Ya no consideraba la exclusión de un electus como desgracia y castigo.
Sabía que los eliminados mismos en muchos casos volvían gustosos a su casa. Sentía entonces que no había solamente juicio y castigo, que hubiera podido merecer alguien por liviandad, sino que el “mundo” de fuera, del cual habíamos llegado un día los electi, no había dejado de existir en la medida en que yo creía, que ese mundo era más bien para muchos una gran realidad llena de atracción, que los seducía y, finalmente, los volvía a reclamar. Y tal vez no era eso solamente para algunos individuos, sino para todos; tal vez no era justo tampoco que sedujera de lejos únicamente a los más débiles, a los menos capaces: quizás el aparente retroceso que experimentaban no era caída ni sufrimiento, sino un salto y una acción, y quizás éramos nosotros justamente los débiles y cobardes, los que nos quedábamos valientemente el Eschholz”. Ya veremos que estas ideas le afectaron más tarde muy profundamente.
Una gran alegría era para él volver a ver al Magister Musicae. Llegaba por lo menos una vez cada dos o tres meses hasta Eschholz, visitaba e inspeccionaba las clases de música; era también muy amigo de uno de los profesores locales, de quien era huésped a menudo por algunos días. Una vez dirigió personalmente los ensayos finales para la ejecución de un “Véspero”, de Monteverdi. Sobre todo no perdía de vista a los mejores entre los alumnos de música, y Knecht pertenecía al grupo al cual concedía su paternal amistad. Cada vez pasaba con él una hora en la sala de estudio, sentado ante el piano, y repasaba con Knecht obras de sus músicos preferidos o modelos de las antiguas reglas de composición. “Construir un canon con el Magister Musicae u oírle llevar ad absurdum uno mal construido, representaba una incomparable festividad y también un verdadero gozo; a veces era casi imposible retener las lágrimas o la risa constante. Uno salía de una de estas horas privadas de música como de un baño y de un masaje.”
Cuando Knecht se acercaba al final de su período escolar en Eschholz —juntamente con alrededor de una docena de compañeros de su grado iba a ser admitido en una escuela de grado superior—, el rector dirigió a los candidatos el acostumbrado discurso, en el cual el ponía una vez más a los promovidos el significado y las normas de las escuelas castalias, señalándoles en cierto modo el camino, en nombre de la Orden, por el que al final alcanzarían el derecho de integrarla. Este solemne discurso corresponde al programa de una fiesta que la escuela otorga a los componentes de su promoción y en la que éstos son tratados por maestros y condiscípulos como huéspedes. En estos días, se realizan siempre ejecuciones cuidadosamente preparadas —aquella vez una gran Cantata del siglo XVII—, y el Magister Musicae concurrió personalmente para escucharla. Después del discurso del rector, mientras se dirigían al comedor engalanado, Knecht se acercó al gran Maestro con una pregunta:
—El rector —dijo— no ha hablado de lo que sucede fuera de Castalia, en las escuelas comunes y en las universidades. Explicó que los alumnos de ellas en sus universidades se dedican a prepararse para las “profesiones libres”. Si he comprendido bien, se trata en gran parte de profesiones que no conocemos aquí en Castalia. ¿Cómo debo entender eso? ¿Por qué se las llama profesiones “libres”? Y ¿por qué estamos excluidos de ellas justamente los castalios?
El Magister Musicae llevó al niño aparte y se detuvo debajo de uno de los gigantescos pinos de la plaza. Una sonrisa casi astuta arrugó la piel alrededor de sus ojos en finos pliegues, cuando le contestó:
—Te llamas Knecht [11], mi querido; tal vez por esta razón tiene para ti tanto embeleso la palabra “libre”. ¡Pero no lo tomes demasiado en serio en este caso! Cuando los no castalios hablan de profesiones libres, el término es tomado quizá demasiado en serio y suena con cierto patetismo. Nosotros, en cambio, lo empleamos con intención irónica. Existe ciertamente una libertad en aquellas profesiones, por cuanto el estudiante elige por sí mismo la profesión. Esto brinda una apariencia de libertad, aunque en la mayoría de los casos la elección corresponde más a la familia que al muchacho y más de un padre se dejaría arrancar la lengua antes de dejar realmente al hijo una libre elección. Pero esto podría ser tal vez una calumnia; ¡eliminemos este pretexto! La libertad existe, pues, más ella se limita al único acto de la elección de una carrera. Después, la libertad ha terminado. Ya durante los estudios en la universidad, el médico, el jurisperito, el técnico, son constreñidos dentro de un curso cultural rígido, muy rígido, que concluye con una serie de exámenes. Si los superan, reciben su diploma o patente y pueden entonces practicar su profesión en una libertad de ejercicio también aparente. Pero con ello se convierten en esclavos de poderes inferiores, se someten a la dependencia del éxito, del dinero, de su ambición, de su afán de renombre, del agrado que los hombres sientan a no sientan por ellos. Deben someterse a concursos y elecciones, ganar dinero, tomar parte en competencias sin consideraciones de casta, familia, partido, ni diarios. Tienen la libertad de convertirse en triunfadores y en hombres ricos, y de ser odiados por los que fracasan, y viceversa. Con los alumnos de selección y futuros miembros de la Orden ocurre todo lo contrario. No “eligen” ninguna profesión. No creen poder juzgar sus talentos mejor que los maestros. Se dejan colocar dentro de la jerarquía del sistema en el lugar y en la función que eligen para ellos los superiores; a veces las cosas ocurren en forma opuesta, y las cualidades, las dotes o los defectos del alumno obligan al maestro a insertarlo aquí o allá. Pero en esta aparente falta de libertad, todo electas goza, después de su primer ciclo, de la libertad más amplia que pueda imaginarse. Mientras que el hombre de las profesiones “libres” debe someterse en la formación de su rama a un estudio limitado y estricto con exámenes también estrictos, el electas en cambio, apenas comienza a estudiar independientemente, goza de una libertad tan grande que muchos realizan durante toda su vida, por propia elección, los estudios más dispares y a menudo casi extravagantes, y nadie los molesta, si sus costumbres no degeneran. Aquel que tiene aptitudes para maestro es empleado como maestro, el apto para educador será educador, el adecuado para traductor no será otra cosa; cada uno encuentra por si mismo el lugar en que podrá servir y ser libre sirviendo. Además, queda así sustraído durante toda su vida a esa “libertad” de la profesión que significa tan tremenda esclavitud. No conoce el anhelo de dinero, de gloria, de rango, no conoce partidos ni contradicciones entre persona y cargo, entre lo privado y lo público, no se esclaviza al triunfo. Ya ves, hijo mío, que cuando se habla de profesiones “libres”, el término “libre” se usa en son de broma.
La despedida de Eschholz fue en la vida de Knecht un hecho netamente decisivo. Mientras hasta ese momento había vivido en una especie de infancia feliz, en una subordinación y armonía voluntarias y casi carentes de problemas, comenzaba ahora un período de lucha, de evolución y problemas. Tenía casi diecisiete años, cuando se le comunicó su inminente traslado a un grado escolar superior, juntamente con un grupo de condiscípulos, y por un breve lapso no hubo para los elegidos ninguna cuestión más importante ni discutida que la del lugar al que cada uno seria trasplantado. De acuerdo con la tradición, el nombre de este lugar era comunicado solamente en los últimos días, antes de la partida, y entre la fiesta de despedida y el día del alejamiento corría un período de vacaciones. Durante ellas, un hecho placentero e importante ocurrió para Knecht: el Magister Musicae lo invitó a visitarlo al final de una excursión y ser su huésped por algunos días. Honor muy grande y raro. Acompañado por un camarada de su promoción —Knecht pertenecía aún a Eschholz, a cuyos estudiantes no estaba permitido viajar solos—, se fue una mañana temprano al bosque para subir a las montañas y, cuando ambos llegaron a una cumbre despejada, después de ascender durante tres horas por la sombra del bosque, vieron abajo tenderse empequeñecido y reducido a menos de lo que pudiera abarcar la vista, a su Eschholz, fácilmente identificado por la masa oscura de los cinco gigantes arbóreos, por el rectángulo de césped y los estanques resplandecientes, por el alto edificio escolar, el economato, la aldehuela, el famoso soto de fresnos. Los dos jovencitos se detuvieron mirando hacia el fondo del valle; muchos de nosotros recuerdan el grato panorama, porque los edificios fueron reconstruidos casi idénticos después del gran incendio y tres de los enormes árboles sobrevivieron al fuego. Allá abajo vieron su escuela, su hogar de muchos años, del que tendrían que marcharse pronto, y ambos se emocionaron frente al cuadro.
—Creo que nunca advertí exactamente qué hermoso es —dijo el acompañante de Josef—. Puede que sea porque veo por primera vez un lugar que debo dejar y del cual tengo que despedirme.
—Eso es —confirmó Knecht—, tienes razón. A mí me pasa lo mismo. Mas aunque debamos partir de aquí, no dejamos a Eschholz por cierto. Lo han dejado realmente sólo aquellos que se han ido para siempre, aquel Otto, por ejemplo, que sabía componer tan maravillosas parodias en latín, o nuestro Carlomagno, que podía nadar tanto tiempo bajo el agua, y los otros... Ellos se han despedido de veras, porque se han eliminado. Nunca más pensé en ellos, sólo ahora se me ocurre recordarlos. No te rías, pero todos estos apóstatas tienen, sin embargo, para mí algo que me impresiona, del mismo modo que posee cierta grandeza el ángel renegado, Lucifer. Tal vez cometieron un error; mejor dicho: sin duda cometieron un error, pero de todas maneras hicieron algo, concluyeron algo, se atrevieron a dar un salto, hacía falta valor para ello. Nosotros hemos tenido paciencia y aplicación, hemos tenido criterio, pero no hemos hecho nada, no hemos dado ningún salto...
—No sé —opinó el otro—, muchos entre ellos no hicieron nada, no se atrevieron a nada, sino que sólo holgazanearon simplemente, hasta que se los echó. Mas tal vez no te comprendo del todo. ¿Qué quieres decir con eso de “dar el salto”?
—Entiendo el poder liberarse, el hacer algo en serio..., el saltar, pues sí yo no quiero volver de un salto a mi hogar anterior, a mi vida precedente; ella no me atrae, casi la he olvidado. Pero deseo que un día, cuando llegue la hora y sea necesario, pueda yo también liberarme y saltar, mas no por cierto hacia atrás en lo inferior, sino hacia adelante, en lo más alto.
—Justamente, hacia adelante vamos. Eschholz fue un escalón, el próximo será más alto y, al final, nos espera la Orden.
—Si, ciertamente, pero no aludía a eso. Sigamos, amice [12], vagabundear es muy hermoso y me alegrará, me devolverá la alegría. Nos hemos vuelto melancólicos.
Con este estado de ánimo y estas palabras, que conservó aquel camarada para nosotros, se anuncia ya la tormentosa época de la juventud de Knecht.
Dos días más tarde, los dos compañeros se pusieron en camino y llegaron al lugar donde residía entonces el Magister Musicae, la localidad de Monteport en alta montaña, donde el maestro desarrollaba justamente un curso para jefes en el antiguo monasterio. El camarada fue alojado en el pabellón de huéspedes, mientras Knecht pasó a una reducida celda en la residencia del anciano maestro. No había aún acabado de desempacar su mochila, después de haberse lavado, cuando se le presentó su anfitrión. El venerable señor tendió la mano al jovencito y se sentó en una silla; con un leve suspiro, cerró por unos instantes los ojos, como solía hacer cuando se sentía cansado, luego dijo amablemente, levantando la mirada:
—Discúlpame, no soy un buen anfitrión. Llegas precisamente de un viaje a pie y estarás cansado; si he de ser sincero, yo también lo estoy, mi jornada es un poco agobiadora, pero si no tienes sueño, quisiera que me acompañaras ahora mismo a mi habitación por una hora. Puedes quedarte dos días y mañana, si quieres, invitarás también a tu compañero a mi mesa, pero desgraciadamente no tengo mucho tiempo para dedicarte; hemos de ver cómo encontramos el par de horas que necesito para tí. Comencemos, pues, enseguida, ¿no te parece?
Llevó a Knecht a una celda grande, abovedada, donde no había otros muebles que un piano y dos sillas. Y ambos tomaron asiento en ellas.
—Pronto estarás en otro grado —dijo el Magister—. Allí aprenderás toda clase de cosas nuevas, muchas muy bellas; pronto también comenzarás a embeberte en el juego de abalorios. Todo esto es agradable e importante; pero hay algo más importante que todo el resto: aprenderás a meditar. En apariencia, todos los aprenden, pero no siempre se suele comprobarlo. Desearía de ti y para ti que lo aprendieras en la mejor forma, la más correcta; lo demás viene solo. Por eso quisiera darte yo mismo las dos o tres primeras lecciones y éste era el motivo de mi invitación. Vamos a intentar hoy, mañana y pasado mañana, meditar una hora cada día y precisamente sobre música. Ahora tendrás un vaso de leche para que ni la sed ni el hambre te molesten; la comida será servida algo más tarde.
Llamó a la puerta y le trajeron un vaso de leche.
—Bebe despacio, muy despacio —le advirtió—, no te apresures y no digas nada.
Knecht tomó muy lentamente su leche fresca; el maestro estaba sentado frente a él y mantenía los ojos cerrados otra vez; su rostro tenía un aspecto de vejez verdadera, pero era amable, lleno de paz; sonreía hacia dentro, como si hubiera descendido en sus propios pensamientos a semejanza de un hombre cansado que toma un baño de pies. Irradiaba paz. Knecht lo comprendió y a su vez se sintió en paz.
El Magister se volvió y colocó las manos en el teclado. Tocó un tema y lo prosiguió en variaciones, parecía un trozo de algún maestro italiano. Indicó a su invitado que imaginara el curso de esta música como una serie ininterrumpida de ejercicios de equilibrio, como una secuela de pasos más breves o más largos desde la mitad de un eje simétrico, y que no prestara atención más que a la figura que dibujaran esos pasos. Repitió los compases, reflexionó sobre ellos en silencio, los repitió una vez más y se quedó sentado así, con las manos apoyadas en las rodillas, los ojos cerrados a medias, sin movimiento alguno, repitiendo y considerando la música dentro de sí mismo. También el alumno prestó íntima atención, vio fragmentos de pentagramas ante sus ojos, observó que algo se movía, pasaba, danzaba y flotaba volando, y trató de reconocer el movimiento y de leerlo como las curvas que describe el vuelo de un ave. Las líneas se confundían y volvían a perderse; tuvo que recomenzar desde el principio, por un segundo le falló la concentración, se halló en el vacío, miró perplejo a su alrededor y vio flotar en la penumbra la cara tranquila, pálida, ensimismada del Magister; volvió a ese espacio espiritual del que había salido casi deslizándose, oyó resonar en él otra vez la música, la vio pasar por ese espacio, vio que dibujaba la línea de su movimiento, siguió con, la vista y la mente los pies danzantes de lo invisible...
Le pareció que había pasado mucho tiempo, cuando se escurrió afuera de aquel espacio, cuando sintió de nuevo físicamente la silla en que estaba sentado, el piso de ladrillos cubierto por una estera, la luz crepuscular ya más débil fuera de las ventanas. Sintió que alguien lo miraba, levantó los ojos y encontró la mirada del Magister Musicae que lo contemplaba atentamente. El maestro le hizo una señal casi imperceptible con la cabeza, tocó con un dedo, pianissimo, la última variación de esa música italiana.
—Quédate sentado aquí —dijo al jovencito—, volveré. ¡Busca otra vez la música en ti mismo, presta atención a la figura! Pero no te violentes, no es más que un juego. Y no te hará daño tampoco si al hacerlo te duermes.
Se fue. Le esperaba una tarea más, en la jornada rebosante de trabajo, una tarea nada fácil ni agradable, que nunca hubiera deseado. Debía hablar con un alumno del curso de jefes, muy talentoso, pero vanidoso y arrogante, a quien tenía que reprochar groserías, demostrar lo injusto de su conducta, revelar preocupación y sorpresa, amor y autoridad. Suspiró. ¡Nunca se lograba el orden definitivo, nunca se podían extirpar errores reconocidos! ¡Siempre los mismos errores que corregir, siempre la misma maleza que arrancar! El talento sin carácter, el virtuosismo sin jerarquía, que dominara un tiempo la vida musical de la época folletinesca, derrotado y destruido durante el Renacimiento musical, reverdecía otra vez y echaba brotes.
Cuando volvió de su tarea, para comer con Josef su cena, lo halló tranquilo, complacido además, y nada cansado ya.
—Fue algo muy hermoso— dijo el niño como en una ensoñación—. La música se me perdió, se trasformó.
—Déjala fluctuar en ti como en un reflejo —dijo el Magister y lo llevó a un cuartito donde estaba tendida la mesa con pan y frutas.
Comieron, y el maestro lo invitó a asistir un rato al día siguiente al curso de jefes. Antes de retirarse y después de acompañarle a su celda, dijo al huésped:
—Durante tu meditación, has visto algo, la música ha surgido en ti como una figura. Trata de dibujarla, si te agrada.
En la hospitalaria celda, Knecht encontró sobre la mesa una hoja de papel y lápices, y antes de acostarse intentó dibujar la figura, en que se había trasformado la música. Trazó una línea y cortas rayas laterales que salían de aquélla a intervalos rítmicos; eso le hizo recordar la ordenada inserción de las hojas en las ramas de una planta. No le satisfizo lo logrado, sintió deseo de intentarlo una y otra vez y, al final, curvó la línea, casi jugando, hasta formar un círculo del cual irradiaban las rayas laterales, como las flores en el círculo de una corona. Se acostó luego y se durmió en seguida. En sueños llegó a la cumbre de la colina sobre el bosque donde había descansado el día anterior con su camarada, y vio a sus pies en el valle a su querido Eschholz, mientras el rectángulo del instituto escolar se convertía en un óvalo y luego en un círculo, en una corona; ésta comenzó a girar con rapidez alocada; entonces reventó y voló en brillantes estrellas lentamente, después con velocidad cada vez más creciente y, al final, restallantes.
Al despertar, no recordó nada de todo eso, pero cuando más tarde el maestro le preguntó durante un paseo mañanero si había tenido algún sueño, le pareció como si en ese sueño le hubiera ocurrido algo malo o excitante; hizo memoria, encontró lo soñado, lo contó y se quedó asombrado por su candidez. El maestro escuchaba con atención.
—¿Hay que hacer caso de los sueños? —preguntó Josef—. ¿Es posible interpretarlos?
El maestro lo miró en los ojos y contestó brevemente:
—De todo hay que hacer caso, porque todo puede interpretarse.
Algunos pasos más adelante, preguntó paternalmente:
—¿En qué escuela preferirías entrar?
Josef se sonrojó. Replicó en voz baja, de prisa:
—Creo que en Waldzell.
El Magister asintió con la cabeza:
—Me lo imaginé. Pero tú conoces la vieja máxima: Gignit autem artificiosam ...
Con las mejillas rojas aún, Knecht completó la sentencia que todos los alumnos conocían:
—Gignit autem artificiosam lusorum gentem Cella Silvestri (en romance común: Waldzell [13], sin embargo, suscita la reducida población de artistas en el juego de abalorios).
El anciano lo miró cordialmente:
—Verosímilmente, ése es tu camino, Josef. Tú sabes que no todos están de acuerdo acerca del juego de abalorios. Dicen que es un sustituto de las artes y que los jugadores son literatos, que no deben ser considerados en realidad intelectuales, sino artistas que fantasean libremente y se divierten. Ya verás lo que hay de verdad en ello. Tal vez tienes ideas acerca del juego de abalorios, que le asignan más valor que el que realmente tiene, tal vez sea todo lo contrario. Es muy cierto que el tal juego ofrece sus peligros. Por eso mismo lo amamos; por los caminos seguros, sin peligros, enviamos solamente a los débiles. Pero nunca debes olvidar lo que te dije tantas veces: nuestra finalidad, nuestra determinación, es reconocer exactamente los contrarios, en primer lugar y sobre todo como contrarios, luego como los polos de una unidad. Lo mismo ocurre con el juego de abalorios. Las naturalezas artísticas están enamoradas de él porque permite el fantasear: los científicos severos, especializados, lo desdeñan —también algunos músicos lo hacen—, porque carece de aquel grado de severidad en la disciplina que pueden alcanzar las distintas ciencias. Bien, tú aprenderás esos contrarios y con el tiempo descubrirás que no se trata de contrarios de los objetos, sino de los sujetos, que, por ejemplo, un artista de la imaginación no evita las matemáticas puras o la lógica, porque sabe algo de ellas y podría explicarlas, sino porque tiende instintivamente a otra cosa. Por esas tendencias y antipatías instintivas y violentas, podrás reconocer con seguridad a las almas pequeñas o inferiores.
En realidad, es decir, en las almas grandes y en los espíritus superiores, no existen estas pasiones. Cada uno de nosotros no es más que un hombre, un intento, alguien a medio camino. Pero debe estar a medio camino en la dirección de lo perfecto, debe tender al centro, no a la periferia. Recuérdalo: se puede ser un lógico estricto o un gramático y, al mismo tiempo, estar colmado de fantasía y de música. Se puede ser músico o jugador de abalorios y, contemporáneamente, estar entregado por entero a la ley y a la regla. El hombre que imaginamos y queremos, que es nuestra meta llegar a ser, debería poder cambiar todos los días su ciencia o su arte por otro cualquiera dejaría resplandecer en el juego de abalorios la lógica más cristalina y en la gramática la fantasía más ricamente creadora. Así tendríamos que ser, tendríamos que poder ser colocados a cada hora en distinto lugar, sin que nos opusiéramos o nos confundiéramos.
—Creo comprender —observó Knecht—. Mas, ¿no son precisamente los temperamentos más apasionados los que tienen preferencias y aversiones tan vivas, y los otros los más tranquilos y dulces?
—Parece que así debiera ser, pero no es —contestó riendo el Magister—. Para ser capaz de todo y estar versado en todo, se necesita no ya un menos de energía anímica, de impulso y calor, sino un más. Lo que denominas pasión no es fuerza del alma, sino roce entre el alma y el mundo exterior. Allí donde domina el apasionamiento no hay un “más” de esta energía del deseo y de la aspiración, tino que ésta se dirige a una meta individual y falsa de donde resultan la tensión y el bochorno en la atmósfera. Aquel que lanza la suprema energía del deseo hacia el centro, hacia el ser verdadero, hacia lo perfecto, parece más calmo que el apasionado, porque no siempre se ve la llama de su fervor, porque, por ejemplo, no grita ni agita los brazos mientras discute. Mas te digo: “Aquél debe abrasarse y arder”.
—¡Oh, si fuera posible saber! —exclamó Knecht—. ¡Si hubiera una doctrina o algo en que poder creer! Todo se contradice, todo pasa corriendo, en ningún lugar hay certidumbre. Todo puede interpretarse de una manera y también de la manera contraria. Se puede explicar toda la historia del mundo como evolución y progreso, y también considerarla nada más que como ruina e insensatez. ¿No hay una verdad? ¿No hay una doctrina legítima y valedera?
El maestro nunca había oído hablar con tanta vehemencia. Adelantóse un trecho más, luego dijo:
—¡La verdad existe, querido! Mas no existe la “doctrina” que anhelas, la doctrina absoluta, perfecta, la única que da la sabiduría. Tampoco debes anhelar una doctrina perfecta, amigo mío, sino la perfección de ti mismo. La divinidad está en ti, no en las ideas o en los libros. La verdad se vive, no se enseña. Prepárate a la lucha, Josef Knecht, a grandes luchas; veo claramente que éstas han comenzado ya.
En estos días, Josef vio a su querido Magister por primera vez en su vida diaria, en su trabajo, y lo admiró mucho, aunque sólo podía percibir una pequeña parte de su cotidiana colaboración. Pero el maestro le impresionaba sobre todo porque se preocupaba por él, un hombre de tan alta categoría y de aspecto a menudo tan cansado, lo había invitado; a pesar de su labor, encontraba tiempo para dedicárselo, ¡y no sólo el tiempo! Si esta introducción en el arte de meditar le producía tan profunda y firme impresión, no era debido —como pudo juzgar más tarde— a su técnica particularmente refinada o especial, sino a la persona, al ejemplo del maestro. Los profesores que tuvo durante el año siguiente cuando fue instruido en dicho arte, le dieron más indicaciones, doctrinas más exactas, lo vigilaron más severamente, le plantearon más cuestiones, solieron corregirlo más. El Magister Musicae, seguro de su poder sobre el jovencito, hablaba poco y no le enseñaba casi nada, señalaba solamente los temas y lo precedía con su ejemplo. Knecht observaba que su maestro a menudo tenía un aspecto de anciano debilitado; que luego, con los ojos semicerrados, se ensimismaba, para volverse después fuerte, calmo, de mirar alegre y amable otra vez; nada ni nadie hubiera podido convencerlo mejor acerca del rumbo hacia las fuentes, acerca del camino que lleva de la inquietud a la paz. Lo que tenía que decir al respecto el maestro con palabras, lo supo el joven durante un corto paseo o durante las comidas.
Sabemos que Knecht recibió del Magister en esos días también algunas indicaciones y normas previas para el juego de abalorios, pero nada dejó escrito al respecto. También le emocionó que su anfitrión se preocupara por su acompañante, para que no tuviese la sensación demasiado viva de ser apenas un agregado. Este hombre parecía pensar en todo.
La breve residencia en Monteport, las tres horas de meditación, la corta asistencia al curso de jefes, los pocos diálogos con el Magister, representaban mucho para Knecht; con toda seguridad, el anciano había elegido el momento más eficaz para su limitada intervención. Su invitación había tenido principalmente el propósito de recordar ardorosamente al joven la meditación, pero esta visita no era menos importante por sí, como distinción, como signo de que se le prestaba atención, se esperaba de él algo, más adelante: fue el segundo grado de la vocación. Se le había concedido echar una mirada a las zonas interiores; cuando uno de los doce maestros atraía tan cerca de sí a un alumno de estas clases, no se trataba de mera simpatía personal. Los gestos de un maestro siempre sobrepasaban lo personal.
En el momento de los adioses, ambos alumnos recibieron pequeños regalos, Josef un cuaderno con preludios corales de Bach, el camarada una lujosa edición de bolsillo de Horacio. A Josef, el Magister dijo como despedida:
—En pocos días más, te comunicarán a qué escuela has sido asignado. Llegaré allá con menos frecuencia que a Eschholz, pero también en la nueva escuela nos volveremos a ver, si no me enfermo. Si te agrada, puedes escribirme una carta una vez por año, sobre todo acerca del curso de tus estudios musicales. No te está vedado criticar a tus profesores, pero yo asigno a esto muy poco valor. Muchas cosas te esperan; deseo creer que saldrás adelante. Nuestra Castalia no debe ser mera selección, sino en especial modo una jerarquía, una construcción, en la que cada piedra cobra sentido solamente por el todo. Desde este modo no parte ningún camino hacia afuera y aquel que más alto sube y recibe más grandes misiones, no se vuelve más libre, sólo se torna cada vez más responsable. Hasta la vista, joven amigo; fue un placer para mí que estuvieras a mi lado.
Los dos camaradas emprendieron el retorno; en el camino, se sintieron más alegres y dicharacheros que a la venida; los dos días en una distinta atmósfera y, entre otras figuras, el contacto con otro círculo existencial les había dado soltura, los había liberado de Eschholz y del estado de ánimo de la partida, y los había llenado doblemente de curiosidad por el cambio y lo porvenir. Durante los descansos en el bosque o al borde de los altos precipicios de la región de Monteport, sacaron de sus bolsillos flautas de madera y tocaron a dos voces un par de Heder. Y cuando llegaron a la cumbre que domina a Eschhols, con el panorama del Instituto y los árboles a sus pies, les pareció que la conversación que mantuvieron allí quedaba relegada a un remotísimo pasado; las cosas habían cobrado un nuevo aspecto; no pronunciaron una sola palabra, un poco avergonzados de los sentimientos y las palabras de entonces, tan rápidamente superados hasta perder su esencia y su contenido.
En Eschholz conocieron ya al día siguiente su destino. Knecht había sido asignado a Waldzell.
[1]Maestro del juego José III.
[2]Ambas formas, Lusos basillensis o joculator basillensis, significan jugador de Basilea, juglar, en cierto modo.
[3]Unión mística.
[4]Universidad de las letras.
[5]De la célebre Fuente Castalia, Hesse toma el nombre para esta especie de “provincia universitaria”, donde se desarrolla la acción. (N. del T.)
[6]Demonio (genio, espíritu) y amor del destino.
[7]“Elegidos” y “flor de la juventud”.
[8]Denominación de un tipo de colegios de segunda enseñanza, en Europa.
[9]Las distintas secciones del Instituto, en cuanto eran internados, tenían nombres clásicos: ésta era Casa Grecia.
[10]“Ingenio muy capaz, estudios amplios; se aprueban sus hábitos”, o “ingenio feliz, avidísimo de progresos, gusta de las costumbres impuestas por las normas”.
[11]Knecht, en alemán significa “siervo”.
[12]“Amigo”, caso vocativo en latín de “amicus”.