“WALDZELL, sin embargo, suscita la reducida población de artistas en el juego de abalorios”, reza el antiguo lema de esta famosa escuela. Entre las castalias del segundo y tercer grado, era la más artística, es decir que, mientras en otras predominaba determinada ciencia, como en Keuperheim la filología antigua, en Porta la filosofía aristotélica y la escolástica, y en Planvaste las matemáticas, en cambio en Waldzell se cultivaba por tradición una tendencia al universalismo y a la conciliación entre ciencia y artes, y el símbolo supremo de estas tendencias era el juego de abalorios. Tampoco aquí, como en todas las escuelas se lo enseñaba oficialmente o como materia obligatoria; en cambio los estudios privados de los alumnos le estaban dedicados casi exclusivamente; y, además, la pequeña ciudad de Waldzell representaba la sede del juego oficial y de sus instituciones: aquí estaba el famoso salón para los juegos solemnes, el gigantesco archivo del juego con sus funcionarios y sus bibliotecas, el asiento oficial del Ludí Magister. Y aunque estas instalaciones subsistían por entero en forma independiente, porque la escuela no estaba unida a ellas en manera alguna, reinaba allí el espíritu de tales instituciones y había algo de la unción de los grandes juegos públicos en el aire del lugar. La pequeña ciudad misma se enorgullecía por el hecho de ofrecer albergue no sólo a la escuela sino también al juego. Entre la población, los alumnos de la escuela se denominaban “estudiantes”, los discípulos y los huéspedes de la enseñanza del juego se llamaban “hueros”, corrupción de lusores, jugadores. Por lo demás, la escuela de Waldzell era la más pequeña de todas las escuelas castalias, el número de alumnos apenas excedía a veces de dieciséis y, seguramente, esta circunstancia le confería también un matiz especial y aristocrático, haciéndola aparecer en la selección como algo distinguido, una especie de super-selección; de esta venerable escuela habían salido en los últimos decenios muchos grandes maestros y todos los profesores del juego de abalorios. Para ser sinceros, el luminoso renombre de Waldzell no era del todo incontrastado: aquí y allá corría la opinión de que los estudiosos de Waldzell eran literatos orondos y príncipes mal acostumbrados, inservibles para lo que no fuera el juego de abalorios; de tiempo en tiempo, estuvieron de moda en muchas otras escuelas frases muy malignas y amargas acerca de aquellos estudiosos, pero la misma violencia de esos chistes y de esas censuras revela que había motivos para los celos y la envidia. En resumen, el traslado a Waldzell implicaba cierta distinción; también Josef Knecht lo sabía, y aunque no era ambicioso en el sentido común de la palabra, aceptó ese honor con alegre orgullo. Llegó a Waldzell, caminante gozoso, junto con otros cantaradas; lleno de vivida expectativa y total disposición, pasó por la Puerta del Sur y quedó en seguida seducido y hechizado por la antiquísima ciudad gris y el enorme monasterio que perteneciera al Císter y ahora hospedaba la escuela. Antes de obtener su nuevo traje, después del refrigerio de recibimiento en el salón de la portería de la escuela, salió solo para descubrir su nuevo hogar, su nueva patria; encontró el estrecho sendero que a través de las ruinas de las antiguas murallas de la ciudad atraviesa el río, se detuvo sobre el abovedado puente y escuchó allí el zumbido del molino; pasando delante del cementerio descendió por la Avenida de los Tilos, detrás de altos setos vio y reconoció el Vicus Lusorum[1], la pequeña ciudad aislada de los jugadores de abalorios: el salón de fiestas, el archivo, las aulas, las casas de los huéspedes y de los profesores. De una de esas casas vio salir a un hombre con el traje de los jugadores y pensó si sería uno de los legendarios lusores, posiblemente el mismo Magister Ludí. Sintió vivamente lo mágico de esta atmósfera, todo allí le pareció antiguo, respetable, sagrado, cargado de tradición; allí estaba uno un poco más cerca del centro que en Eschholz. Volviendo de la zona del famoso juego, sintió también otros hechizos, menos nobles tal vez, pero no menos excitantes: la pequeña ciudad, el fragmento de mundo profano con su ir y venir, sus perros y sus niños, con olores a tiendas y obras, con ciudadanos barbudos y gruesas mujeres detrás de las puertas de las casas de comercio, criaturas juguetonas y ruidosas, muchachas de mirada burlona. Muchos aspectos le recordaban lejanos mundos anteriores, a Berolfingen, por ejemplo, que creyó deber olvidar. Profundos substractos de su aura contestaban a todo esto, a las imágenes, a los sonidos, a los perfumes. Le pareció que allí le esperaba un mundo menos calmoso, pero más pintoresco y rico que el de Eschholz.
Ciertamente, la escuela era ante todo la exacta continuación de la precedente, aun cuando se agregaban algunas ramas nuevas. Nuevos, en realidad, eran solamente los ejercicios de meditación y también de éstos le había ofrecido un pregusto el Magister Musicae. Se dedicó con placer a la meditación, sin ver en ella al principio, algo más que un juego agradablemente estimulador. Sólo un poco más tarde —ya lo recordaremos—, debía reconocer por experiencia su verdadero elevado valor. El rector de Waldzell era un hombre original y casi temido, de nombre Otto Zbinden, por ese entonces ya casi sexagenario; de su hermosa letra llena de carácter son muchas de las anotaciones que sobre el alumno Josef Knecht hemos consultado. Pero los maestros despertaron menos que los condiscípulos la curiosidad del jovencito en un principio. Con dos de ellos tuvo especialmente trato e intercambio espiritual intenso y documentado en muchos aspectos. El primero con quien trabó relación ya en los primeros meses, Carlos Ferromonte (que llegó más tarde, como sustituto del Magister Musicae, a la segunda dignidad entre las autoridades), tenía la misma edad de Knecht; entre otras obras, le debemos una “Historia del estilo en la música del laúd en el siglo XVI”. En la escuela lo denominaban “el comedor de arroz” y lo apreciaban como agradable compañero de juego; su amistad con Josef comenzó en conversaciones sobre música y los llevó a estudios y ejercicios en común durante muchos años, acerca de los que estamos informados en parte por las raras y prietas cartas de Knecht al Magister Musicae. Knecht, en la primera de estas cartas, llama a Ferromonte “especialista y perito en la música de la rica ornamentación, las galas, los trinos, etc.”; tocaba con él obras de Couperin, Purcell y otros maestros de la época alrededor de 1700. En una de esas cartas, Knecht habla extensamente de aquellos ejercicios y de aquella música, “donde casi sobre cada nota, en determinados pasajes, hay un adorno”. “Cuando durante un par de horas —continúa diciendo— no se ha tocado más que dobles apoyaturas, trinos y mordentes, los dedos parecen cargados de electricidad”.
En la música hizo realmente grandes progresos; en el segundo o tercer año de su estada en Waldzell, tocaba con mucha facilidad notaciones musicales, llaves, abreviaturas, acompañamientos de todos los siglos y estilos, y en el terreno de la música occidental, hasta donde nos ha sido conservada, llegó al dominio de aquella forma especial que parte de lo manual y no desdeña un cuidadoso respeto, una fiel atención a lo sensorio y técnico, para penetrar en el espíritu. Precisamente, su celo por abarcar lo sensible o lo sensual, su esfuerzo por entender el espíritu de lo sensorio, de lo sonoro, de las sensaciones acústicas en los distintos estilos musicales, lo alejaron por un período sorprendentemente largo de la dedicación al estudio preliminar del juego de abalorios. En una de sus conferencias confesó más tarde: “Aquel que conoce la música solamente por los extractos que el juego de abalorios destiló de ella, puede ser un buen jugador, pero está muy lejos de ser un músico y, es de presumir, tampoco un historiador. La música no consiste solamente en los vuelos y en las imágenes meramente espirituales que hemos deducido de ella por abstracción; consistió a través de todos los siglos en primer término en la alegría por lo sensible, en el fluir del aliento, en el latido del compás, en las coloraturas, los roces, las provocaciones que nacen de la mezcla de voces, del efecto del conjunto instrumental. Es cierto, el espíritu es lo principal, y no puede dudarse de que la invención de nuevos instrumentos, la transformación de los antiguos, la introducción de nuevas tonalidades y de nuevas normas constructivas y armónicas o la prohibición de ellas, son siempre y solamente gestos y exterioridades, del mismo modo que lo son los trajes y las modas de los pueblos; mas hay que haber concebido sensoria e intensivamente y además gustado estas características exteriores y sensorias para comprender en todo eso la época y el estilo. Se hace música con las manos y los dedos, con la boca, con el pulmón, pero no con el cerebro solamente, y aquel que, por ejemplo, sabe leer las notas pero no tocar perfectamente un instrumento, no puede hablar de música, no puede discutirla. Y de la misma manera no se debe entender absolutamente la historia de la música sólo como historia abstracta de un estilo; resultarían incomprensibles, por ejemplo, las épocas de decadencia de la música, si en ellas no supiéramos ver el predominio de lo sensorio y cuantitativo sobre lo espiritual”.
Por un momento pareció que Knecht había decidido convertirse en músico, únicamente: descuidó en favor de la música todas las materias optativas, entre ellas la introducción al juego de abalorios, en forma tal que hacia el final del primer semestre el rector lo llamó a rendir razones. El alumno Knecht, sin dejarse dominar, se colocó tercamente en el punto de vista de los derechos del estudiante. Parece que contestó:
—Si fracaso en una de las ramas oficiales de la enseñanza está usted en su derecho de censurarme; pero no le he dado motivo para ello. Estoy en cambio en mi derecho, cuando dedico a la música tres cuartas partes o aun las cuatro del tiempo de que dispongo libremente. Me remito a los estatutos.
El rector Zbinden era lo bastante inteligente como para no insistir, pero naturalmente, tomó nota de este alumno y por mucho tiempo parece que lo trató con fría severidad.
Más de un año, probablemente alrededor de un año y medio, duró este período particular en la vida estudiantil de Knecht: clasificaciones normales, pero no brillantes, y—como se deduce del incidente con el rector— juiciosa reserva, un poco obstinada, ninguna amistad llamativa, pero en cambio un celo extraordinariamente apasionado por hacer música y abstención de casi todas las especialidades optativas, hasta el juego de abalorios. Algunos rasgos de esta imagen juvenil son, sin duda, característicos de la pubertad; probablemente, en este período se encontró sólo por casualidad y con desconfianza con el otro sexo; probablemente, se mantuvo —como muchos alumnos de Eschholz, que carecieran de hermanas en su hogar— completamente casto. Leyó mucho y, sobre todo, filosofía alemana: Leibnix, Kant y los románticos, entre los cuales Hegel era el que más le atraía.
Y ahora debemos hablar más ampliamente de aquel otro condiscípulo, que tuvo en la vida de Knecht en Waldzell un papel decisivo, el “transeúnte” Plinio Designori. Era un transeúnte, es decir, frecuentaba las escuelas de selección como invitado o huésped, sin intención, pues, de permanecer en forma permanente en “la provincia pedagógica” ni de entrar en la Orden. Los transeúntes eran raros porque las autoridades educativas, como es natural, nunca prestaron valor a la formación de estudiantes que pensaran volver al hogar paterno, al mundo, después de un lapso de instrucción selecta. En cambio, entre algunas viejas familias patricias de las cercanías de Castalia, con merecimientos especiales en la época de su fundación, subsistía la costumbre, no extinguida hoy todavía, de hacer educar en las escuelas de selección, de vez en cuando, al hijo que demostrara para ello suficiente disposición; el derecho respectivo se había convertido en tradición para esas pocas familias. Estos transeúntes, aunque debían someterse en todos los aspectos a las mismas reglas que los alumnos elegidos, constituían ya entre los alumnos una excepción, por cuanto no se alejaban cada vez más de año en año de su patria y de su familia, sino que pasaban con ellas las vacaciones; entre los camaradas seguían siendo siempre huéspedes y extraños, porque conservaban los hábitos y el modo de pensar de su lugar natal Los esperaba el hogar, la carrera en el mundo, la profesión y el matrimonio; en muy contadas ocasiones ocurrió que uno de estos transeúntes, impregnados por el espíritu de la “provincia”, permaneciera al final en Castalia y entrara en la Orden, con el consentimiento familiar. En cambio, muchos estadistas conocidos en la historia de nuestro país fueron en su juventud alumnos transeúntes y defendieron vigorosamente la escuela en momentos en que la opinión pública, por una razón o por otra, se opuso con su censura a la selección y a la Orden.
Plinio Designori era, pues, uno de estos transeúntes; Josef Knecht, algo menor, hizo amistad con él al llegar a Waldzell Era un ser altamente dotado, brillante en la oratoria y en los debates, fogoso y un poco inquieto, que causó muchas cuitas al rector Zbinden, porque si como alumno se comportaba perfectamente y nada podía reprochársele, en ningún momento en cambio se esforzaba por olvidar su situación excepcional como transeúnte y por encuadrarse sin llamar la atención en lo posible, profesando muy libremente y con ánimo combativo un conjunto de opiniones mundanas, nada castalias. Fatalmente, entre los dos cantaradas nació una relación especial: ambos eran muy inteligentes y distinguidos, lo cual los hermanaba, mientras que en todo lo demás eran antitéticos. Hubiera sido necesario un maestro de gran visión y de experiencia extraordinariamente perspicaz, para extraer las quintaesencias de la tarea que se presentaba y facilitar de acuerdo con las reglas dialécticas, cada vez, una síntesis entre los contrastes y por encima de ellos. No le faltaban al rector Zbinden capacidad y voluntad para ello; no era de aquellos maestros para quienes el genio es molesto, pero carecía en este caso de la condición previa más necesaria: la confianza de ambos alumnos. Plinio, a quien le gustaba el papel de extraño y revolucionario, estaba siempre en guardia contra el rector, y con Josef Knecht, desgraciadamente, había surgido un desacuerdo por susestudios privados; tampoco Josef se hubiera dirigido a Zbinden en procura de consejo. Por suerte existía en cambio el Magister Musicae. Knecht se dirigió a él pidiéndole ayuda y consejo, y este sabio y anciano músico tomó el caso en serio y guió magistralmente la jugada, como veremos más adelante. En manos de este maestro, el grandísimo peligro y la máxima tentación en la vida de Knecht se convirtieron en misión señalada, y el joven se mostró capaz de ésta. La historia íntima de la amistad-enemistad entre Josef y Plinio, esta música sobre dos temas, este juego dialéctico entre dos espíritus, fue más o menos la siguiente:
Naturalmente, fue Designori, al comienzo, quien llamó la atención de su contraparte y la atrajo hacia si. No sólo era mayor en edad, sino también hermoso, ardiente y fecundo; y sobre todo era uno “de fuera”, no castalio, uno del mundo, un ser con padre y madre, tíos y tías, hermanos, para quien Castalia con todas sus reglas, sus tradiciones y sus ideales era solamente un etapa, un trecho de camino, una estada a plazo fijo. Para este cuervo blanco, Castalia no era el mundo, para él Waldzell era, una escuela como otra cualquiera y su regreso al “mundo” no representaba una vergüenza o un castigo; no lo esperaba la Orden, pero sí la carrera, el casamiento, la política, en fin, aquella “vida real” acerca de la cual cada uno de los castalios sentía ocultos deseos de saber más, porque el “mundo” era para ellos lo mismo que había sido para un penitente y un monje: lo de menos valor, lo prohibido, ciertamente, pero también lo misterioso, lo seducios, lo fascinante. Y Plinio no ocultaba realmente su pertenencia al mundo, no se avergonzaba de él, más aún, se sentía orgulloso. Con un ardor entre infantil y teatral, con algo de consciente y deliberado, hacía notar su diferencia de clase y aprovechaba cualquier ocasión para enfrentar sus conceptos y normas mundanos con los castalios y declararlos mejores, más justos, más naturales y humanos. Hablaba mucho al hacerlo de “naturaleza” y de “sana razón humana”, oponiéndolas al espíritu escolástico deformado, fuera de la vida, y no ahorraba las réplicas y las grandes frases, pero era inteligente y tenía el buen gusto de no conformarse con groseras provocaciones, sino que sabía utilizar suficientemente las formas habituales de discusión de Waldzell. Quería defender el “mundo” y la vida ingenua y legítima contra la “espiritualidad orgullosamente escolástica” de Castalia, pero quería demostrar también que era capaz de hacerlo con las armas del adversario; no aspiraba a ser absolutamente el ser sin cultura que va trastabillando a ciegas en el jardín florecido de la formación espiritual. De vez en cuando, Josef Knecht se había detenido, oyente callado, detrás de algún pequeño grupo de alumnos, cuyo centro y orador era Designori. Con curiosidad, sorpresa y temor le había oído pronunciar frases en las que criticaba destructivamente todo lo que en Castalia se consideraba autoridad, cosa sagrada, y ponía en duda, demolía y ridiculizaba aquello en que él creía. Observó atentamente que ni con mucho los oyentes tomaban esos discursos en serio, algunos escuchaban visiblemente dispuestos a divertirse, como se escucha a un charlatán de feria; a menudo oía también refutaciones que cubrían de ironías y rebatían en serio los ataques de Plinio. Pero siempre se reunían algunos camaradas alrededor del joven, siempre era él el centro y, ya se tratara de un opositor o no, constantemente mostraba su fuerza de atracción y su hechizo tentador. También ocurría con Josef lo que sucedía con los otros que formaban alrededor del ardoroso orador grupos compactos y escuchaban sus tiradas con asombro o con risas; a pesar de aquella sensación de temor, hasta de angustia, que sentía por esos discursos, experimentaba una atracción desazonada y no porque las expresiones fueran divertidas, sino porque parecían importarle en serio. Íntimamente no aprobaba al audaz orador, pero había dudas de cuya existencia o posibilidades bastaba tener mera noción para sufrir por ellas. Al comienzo no fue un amargo sufrimiento, sino simplemente emoción e inquietud, una sensación mezcla de violento impulso y de remordimiento.
Debía llegar la hora, y llegó, en que Designori observó que entre sus oyentes había uno para quien sus palabras representaban algo más que entretenimientos excitantes o repulsivos y satisfacciones del gusto por las disputas; un niño rubio y silencioso, de hermoso y fino aspecto, aunque ligeramente ingenuo, y que se sonrojaba y contestaba parcamente, confundido, cuando le hablaba con amabilidad. Pensó Plinio que era evidente que ese jovencito lo seguía desde mucho antes, y resolvió premiarlo con un gesto de amigo conquistándolo del todo: lo invitó por la tarde a visitarlo en su cuarto. Pero no era fácil atraer a aquel niño puro y esquivo. Plinio comprobó con sorpresa que Josef le rehuía, no quería conversar y que tampoco aceptó la invitación; esto enardeció al “transeúnte” y comenzó a cortejar al silencioso Josef desde entonces, por amor propio al comienzo, luego en serio, porque sentía en el opositor, quizá un futuro amigo, quizá un adversario. Josef lo vio acercarse cada vez más, advirtió su proximidad y su atención intensa. Y tímido, se retrajo cada vez que el otro trataba de acercársele.
Este modo de proceder tenía sus razones. Josef había sentido hacía mucho ya que algo le aguardaba al lado de este camarada, quizá algo hermoso, una ampliación de su horizonte, una experiencia, una revelación; tal vez también una tentación y un peligro; de todas maneras algo que debía superarse. Había comunicado a su amigo Ferromonte las primeras reacciones de duda y crítica que despertara en él la oratoria de Plinio, pero este otro le había hecho poco caso, declarando al “transeúnte” un tipo engreído y jactancioso, a quien no cabe prestar oídos, y se había abismado en seguida en sus ejercicios musicales. Una clara sensación interior le decía a Josef que el rector sería la instancia ante la cual debía exponer sus dudas y sus inquietudes, pero desde aquella pequeña controversia por la música, no mantenía con el superior una relación cordial y franca ya: temía no ser comprendido por él, y aun más temía que una explicación acerca del rebelde Plinio podría ser considerada por el rector como una especie de delación. En esta perplejidad que los intentos de Plinio hacia un acercamiento amistoso tornaba cada vez más penosa, se dirigió a su protector, a su espíritu bueno, el Magister Musicae, en una larguísima carta que nos ha sido conservada, entre otras cosas, decía en ella:
“No veo claro todavía si Plinio espera conquistar en mí a un adepto o solamente a un interlocutor. Espero que se trate de lo segundo, porque adherir a sus conceptos sería llevarme a la infidelidad y arruinar mi vida, que está arraigada desde ya en Castalia; fuera de aquí no tengo ni padres ni amigos a quienes poder volver, si realmente alguna vez tuviese este deseo. Mas aunque los irrespetuosos discursos de Plinio no tuviesen la finalidad de convertirme y ejercer en mí alguna influencia, me dejan perplejo. Con usted, venerado maestro, debo ser completamente sincero: en la forma de pensar de Plinio algo aparece a lo cual no puedo contestar simplemente con un no; este algo apela a una voz en mí que a veces se inclina a darle la razón. Probablemente, es la voz de la naturaleza y se encuentra en cruda oposición con mi educación y con nuestros conceptos corrientes. Cuando Plinio señala a nuestros profesores y maestros como casta sacerdotal y a los alumnos como grey ciega y castrada, estas palabras son lógicamente crudas y exageradas, pero contienen sin embargo, alguna verdad, de otra manera no podrían inquietarme tanto. Plinio puede decir cosas muy sorprendentes y desmoralizantes. Por ejemplo: el juego de abalorios es un retroceso a la época folletinesca, un mero juego irresponsable con letras en las que hemos disuelto las lenguas de las distintas ciencias y artes; consta de puras asociaciones y juega con meras analogías. O bien: nuestra resignada esterilidad demuestra la falta de valor de toda nuestra formación espiritual, de toda nuestra conducta. Analizamos, por ejemplo, las leyes y las técnicas de todos los estilos y épocas de la música, pero no creamos nueva música. Leemos y explicamos, dice él, a Píndaro o a Goethe y nos avergonzamos de hacer versos. Son reproches ante los cuales no puedo reírme. Y no son los peores, no son los que más hondo me hieren. Es horrible cuando afirma, pongamos por caso, que los castalios llevamos una existencia de pájaros cantores artificialmente criados, sin que ganemos nuestro pan, sin conocer la necesidad y la lucha por la vida, sin saber ni querer saber nada de la parte de la humanidad que con su trabajo y su pobreza es la base de nuestra existencia de lujo”.
Y la carta terminaba con estas frases:
“Tal vez, reverendísimo señor, abusé de su amistad y de su bondad y estoy preparado para que usted me eche de su lado. Écheme usted, impóngame penitencia: le estaré agradecido. Pero necesito absolutamente un consejo. Puedo resistir la presente situación por un lapso más; no me es posible convertirla en evolución real y fructífera; para esto soy demasiado débil e inexperto y, lo que es tal vez lo peor, no puedo confiarme a nuestro señor rector, a no ser que usted me lo ordene expresamente. Por esto le molesto con una cuestión que comienza a tornarse para mí en grave aprieto”.
Tendría suma importancia poseer por escrito también la respuesta del Magister a este grito de socorro. Mas la contestación se verificó oralmente. Pocos días después de enviada la carta, el Magister Musicae llegó a Waldzell para dirigir un examen de música y, durante los días de su estada allí, el anciano se ocupó mucho de su pequeño amigo. Lo sabemos por lo que narró más tarde el mismo Knecht. Las cosas no fueron allanadas. El gran maestro comenzó por someter a un exacto estudio las clasificaciones escolares de Knecht y también sus estudios privados, y encontró estos últimos demasiado unilaterales; en esto dio la razón al rector de Waldzell y también insistió en que Josef lo admitiera delante de aquél. Impartió asimismo normas exactas para la relación de Knecht con Designori y no partió antes de haber discutido el asunto con el señor Zbinden. La consecuencia de todo esto no fue solamente la notable controversia, inolvidable para ser nunca cordial y misteriosa, como la mantenida con el Magister Musicae, pero sí clara y sin tirantez.
El papel asignado a Knecht determinó su existencia por un largo período de tiempo. Se le permitió aceptar la amistad de Designori, someterse a la influencia y a los ataques del camarada, sin intervención ni vigilancia por parte de los profesores. Pero la misión impuesta por el gran maestro fue la de defender a Castalia contra su crítico y llevar las explicaciones de las ideas al más alto nivel; esto implicó entre otras cosas que Josef tuviera que empaparse intensamente y tener siempre presentes los fundamentos de la disciplina que reinaba en Castalia y en la Orden. Las controversias entre los dos adversarios amigos se tornaron muy pronto famosas, los alumnos se apiñaban para oírlas. El tono, agresivo e irónico de Designori se afinó, sus formulaciones llegaron a ser más severas y responsables, su crítica más realista, más objetiva. Hasta ese momento Plinio había sido el favorito en la lucha; venía del “mundo”, tenía su experiencia, sus métodos, sus recursos de ataque y también un poco de su vacilación; de las conversaciones con los mayores en su hogar conocía todo lo que el mundo reprochaba a Castalia. Ahora, las réplicas de Josef lo obligaron a admitir que él conocía muy bien el mundo, mejor que cualquier castalio, pero no ciertamente a Castalia y su espíritu tan bien como aquellos que allí estaban en su casa y para quienes Castalia era patria, hogar y destino. Aprendió a observar y, poco a poco, también a admitir que allí había un alma y no vernácula, lugareña, y que no sólo fuera de allí, sino también en la provincia “pedagógica” existían experiencias y entendimientos de siglos, una tradición, una “naturaleza”, que él conocía sólo parcialmente y que ahora reclamaban su derecho al respeto a través de su intérprete, Josef Knecht. Este en cambio, para llenar su papel de apologista, se veía obligado a impregnarse más clara e íntimamente y a tener conciencia de lo que debía defender, con la ayuda del estudio, la meditación y el cultivo de sí mismo. En lo retórico, predominaba Designori; además del fuego y de la ambición de su temperamento, le socorría cierta experiencia del mundo y su propio gracejo; sabia pensar en los oyentes aun cuando sucumbía, asegurándose una salida llena de dignidad o convertida en broma, mientras Knecht, si el adversario lo colocaba en un aprieto, sólo podía decir:
—Acerca de esto debo reflexionar todavía, Plinio. Espera tan par de días, yo mismo te recordaré la cuestión.
Aunque esta relación se mantenía en forma muy noble y aun se convirtió en factor indispensable de la vida escolar de aquella época en Waldzell para interlocutores y oyentes de las disputas, para Knecht apenas si se había tornado más leve el apremio, el conflicto. Por lo mucho de confianza y responsabilidad que se le había impuesto, dominaba su tarea y es una demostración de la fuerza y la agilidad de su temperamento el que la llevara a cabo sin perjuicio visible. Pero en secreto, debió sufrir mucho. Si sentía amistad por Plinio, no era ciertamente sólo por el cantarada vencedor y gracioso, por el Plinio de fácil palabra y conocedor del mundo, sino también por ese mundo extraño que representaba su amigo y adversario, y que aprendió a conocer o a intuir a través de la figura, las palabras y los gestos de éste, aquel mundo llamado “real” donde había delicadas madres y niños, hambrientos y asilos de pobres, diarios y campañas electorales, aquel mundo primitivo y al mismo tiempo refinado, al cual Plinio volvía para pasar en él todas sus vacaciones, para visitar a los padres y a los hermanos, hacer la corte a las muchachas, asistir a reuniones de trabajadores o ser huésped en clubs distinguidos, mientras Knecht se quedaba en Castalia, hacía excursiones con los compañeros, nadaba, hacía ejercicios con los “Ricercari”[2] de Froberger o leía a Hegel.
No era ningún problema para Knecht el pertenecer a Castalia y llevar correctamente la vida castalia, una vida sin familia, sin muchas legendarias distracciones, una vida sin diarios y también sin hambre ni necesidades; al fin de cuentas, tampoco Plinio que echaba en cara a los selectos con tanta insistencia su modo de vivir de zánganos, había tenido hambre alguna vez o se había ganado su pan. No, el mundo de Plinio no era el mundo mejor, más verdadero. Pero estaba allá afuera, existía, y había existido siempre, así lo enseñaba la historia universal; siempre había sido así, y muchos pueblos no conocieron otro mundo que aquél y nada supieron de escuelas de selección ni de provincias pedagógicas; de una Orden, de maestros ni de juegos de abalorios. La gran mayoría de los seres humanos sobre toda la tierra vivía en forma distinta de la que se vivía en Castalia, más simple, primitiva, peligrosa, indefensa, desordenada. Este mundo primitivo era innato en cada ser humano, el corazón sentía algo por él, un poco de curiosidad, de nostalgia, de piedad. La misión imponía hacerle justicia, conservarle en el corazón algún derecho de naturaleza, pero sin caer en sus brazos, sin volver a él. Porque a su lado y por encima de él existía otro mundo, el mundo castalio, espiritual, artístico, más ordenado, protegido pero necesitado de constante vigilancia y ejercicio, la jerarquía. Lo correcto era servir a este mundo aquí, pero sin cometer injusticia contra el otro o despreciarlo, sin torcer la vista hacia él tampoco con oscuros deseos o vaga nostalgia. Porque el pequeño universo castalio servía al otro grande, le daba maestros, libros, métodos, velaba por la pureza constante de las funciones espirituales y de la moral, y estaba abierto (como escuela y refugio) al pequeño número de hombres cuyo destino parecía ser el de dedicar su vida al espíritu y a la verdad. ¿Por qué, pues, no vivían los dos mundos aparentemente en armonía y fraternidad uno al lado del otro, uno dentro del otro, por qué no se podía guardar y unir a ambos en sí?
Una vez, una de las raras visitas del Magister Musicae coincidió con un momento en que Josef, cansado y agriado por su tarea, a duras penas podía mantener el equilibrio. El gran maestro pudo deducirlo de algunas alusiones del jovencito, pero más claramente lo leyó en su aspecto hipertenso, en sus inquietas miradas, en su modo de ser, ligeramente descuidado. Hizo algunas preguntas investigadoras, chocó con indiferencia e inhibiciones, dejó de preguntar y, preocupado seriamente por ello, se lo llevó consigo a una sala de ejercicio, con el pretexto de comunicarle un pequeño descubrimiento de historia musical. Le hizo traer un clavicordio y afinarlo, y lo enredó tanto y por tanto tiempo en un estudio muy particular (privatissimun) del origen de la forma de las sonatas, que el alumno olvidó en parte su situación apremiante, se entregó completamente y escuchó liberado y agradecido sus palabras y sus ejecuciones. Se tomó tiempo, muy pacientemente, para devolverlo a un estado de disposición y receptividad que había echado de menos en él. Y cuando lo logró, cuando terminó su exposición y, como remate, acabó de tocar una sonata de Gabrielli, se puso de pie y, caminando arriba y abajo por el reducido cuarto, le dijo:
—Hace años, esta sonata me dio mucho que pensar. Fue en la época de mi estudio libre todavía, antes de que llegara a profesor y mis tarde fuera llamado a ser Magister Musicae. Alimentaba a la salón el orgullo de elaborar una historia de la sonata desde nuevos puntos de vista, pero llegó un momento en que no sólo no progresé ya, sino que comencé a dudar más y más de si todas aquellas investigaciones históricas y musicales tenían siquiera algún valor, de si en realidad no eran más bien juego para ociosos y sustituto de oropel espiritual y artístico de vida genuina, vivida. Para ser breve, estaba por pasar a través de una de las crisis en las que todo estudio, todo esfuerzo intelectual, todo el espíritu, sobre todo, se vuelve para nosotros dudoso y falto de valor, y nos inclinamos a envidiar a cualquier campesino que ara, a cualquier pareja que ama al atardecer, o aun a cualquier pájaro que canta en las ramas o a cualquier cigarra que chirría entre la hierba del verano, porque nos parecen tan naturales, tan colmadas y felices en su vida, porque nada sabemos de sus necesidades, sus penas, sus peligros y sus sufrimientos. En fin, había perdido yo mucho de mi equilibrio; mi estado era desagradable y aun casi insoportable. Imaginé las posibilidades más aventureras de fuga y liberación, pensé volver al mundo como músico, para tocar para reuniones de danza en las bodas, pensé, como en los viejos novelones, que se me aparecería un alistador extranjero y me ofrecería vestir un uniforme para seguirlo a una determinada guerra con determinado ejército: me hubiese ido con él. Y así fue —como suele ocurrir en situaciones semejantes— que me sentí tan perdido que no me hubiese podido orientar por mi solo y necesité ayuda.
Se detuvo un segundo y se rió para sí. Luego prosiguió: —Tenía, naturalmente, un consejero de estudio, como está prescrito, y lógicamente hubiera sido razonable y correcto, como era mi deber, pedirle consejo. Pero ocurre siempre así, Josef: precisamente cuando uno se encuentra en dificultades y se ha desviado del camino y tendría suma necesidad de un correctivo, se experimenta la máxima aversión a ello, a volver al camino normal, a buscar la corrección necesaria. Mi consejero de estudio no estaba satisfecho con el informe de mi último cuatrimestre; me hizo severas observaciones. Yo creía en cambio hallarme en vísperas de nuevos descubrimientos, de nuevas convicciones y, en cierto modo, tomé a mal sus reparos. En fin, no quería acudir a él, no quería humillarme y admitir que él hubiese tenido razón. Tampoco quería confiarme a mis cantaradas, pero muy cerca de mí estaba un hombre singular a quien sólo conocía de vista o de oídas, un docto en sánscrito con el apodo de “el yoghi”. En un momento en que la situación se me había vuelto insoportable, me dirigí a este hombre, cuya personalidad un poco solitaria y extraña había yo ridiculizado tantas veces como en secreto la había admirado. Lo visité en su celda, quise hablarle, pero se hallaba en una especie de trance, sumergido en un estado ritual hindú, y no podía ser alcanzado, cabeceaba sonriendo ligeramente en una perfecta abstracción del mundo, y yo no pude hacer otra cosa que quedarme parado en la puerta y esperar que volviera de su ausencia espiritual. Tardó mucho, una hora, dos horas; al final me cansé y me dejé deslizar al suelo; y allí me quedé sentado, contra la pared, y seguí esperando. Finalmente, vi que el hombre despertaba lentamente, movía un poco la cabeza, levantaba los hombros y separaba las piernas antes cruzadas; cuando se dispuso a levantarse, su mirada cayó sobre mí. Me preguntó qué deseaba. Me levanté, y sin reflexionar, sin saber realmente lo que decía, contesté: “Se trata de las sonatas de Andrea Gabrielli”. El se levantó del todo, me hizo sentar en su silla, tomó asiento en el borde de la mesa y dijo: “¿Gabrielli? ¿Qué te ha hecho con sus sonatas?” Comencé a contarle lo que me había ocurrido, a confesarle cómo me sentía. Me preguntó con una minuciosidad que me pareció pedantería, por mi historia, por los estudios sobre Gabrielli y la Sonata, quiso saber cuándo me levanté, cuántas horas dediqué a la lectura, qué música toqué, a qué hora almorcé o cené, y cuándo me acosté. Me había confiado a él; molestándole, debía soportar, pues, sus preguntas y contestarlas, pero ellas me avergonzaban, descendían cada vez más al detalle, encarnizadamente: mi vida espiritual y moral de las últimas semanas, de los últimos días, era sometida a detenido análisis. De pronto se calló el yoghi y como siguiera sin entender, se encogió de hombros y me preguntó:
“—¿No ves tú mismo, pues, dónde está el error?
“No, yo no podía verlo. Entonces él lo recapituló todo con sorprendente exactitud, resumió todo lo preguntado, remontándose hasta el primer signo de cansancio, de contrariedad y de saturación espiritual, y me demostró que eso podía pasar solamente a quien estudiar demasiado impetuosa y libremente, y que no había tiempo que perder para volver a hallar con ayuda ajena el dominio perdido sobre mí mismo y mis energías. Si me tomaba la libertad de renunciar a ejercicios regulares de meditación —me indicó—, por lo menos debía recordarme de esa renuncia al advertir las primeras consecuencias enfadosas y poner remedio inmediatamente. Y él tenía toda la razón. No sólo había yo dejado de meditar por largo período y carecido de tiempo, estaba siempre demasiado desganado y distraído o demasiado ocupado en estudios y me sentía excitado, sino que con el correr de los días perdí totalmente hasta la conciencia de mi largo pecado de omisión y tuve que dejarme recordar de ello por otro, cuando estaba casi fracasando y desesperado. En verdad, dediqué luego el mayor cuidado en arrancarme de mi abandono, y retorné a los ejercicios escolares del principiante en la meditación, para volver a dominar poco a poco la capacidad del recogimiento y del ensimismamiento”.
El Magister concluyó su paseo por la habitación con un ligero suspiro, diciéndome:
—Eso me ocurrió entonces y me avergüenzo hoy todavía de hablar al respecto. Pero es así, Josef; cuanto más nos exigimos o cuanto más nuestra tarea ocasional nos demanda, tanto más debemos contar con la fuente de energía de la meditación, con la conciliación constantemente renovada de espíritu y alma. Y cuanto más intensamente nos solicita una labor —y podría citar muchos ejemplos más—, cuanto más ora nos excita y eleva, ora nos cansa y oprime, tanto más fácilmente puede suceder que descuidamos esa fuente, del mismo modo que estando completamente dedicados a un trabajo intelectual, nos inclinamos fácilmente también a descuidar nuestro cuerpo y su atención. Los hombres realmente grandes de la historia universal o bien supieron dedicarse a la meditación, todos, o bien conocieron inconscientemente el camino por el cual nos lleva la meditación. Los otros, aun los más dotados y fuertes, al final fracasaron y sucumbieron, porque su cometido o su ambicioso sueño los invadió, los poseyó y los convirtió en posesos de tal manera que perdieron la facultad de liberarse cada vez y alejarse de lo actual. Bien, ya lo sabes, eso se aprende con los primeros ejercicios. Es una despiadada verdad. Sólo cuando se ha perdido alguna vez el rumbo, se ve lo inexorable de esta verdad.
De esta explicación quedó en Josef un residuo tan eficaz que sospechó el peligro en que se hallaba él mismo y se sometió a los ejercicios con renovada diligencia. Le hizo profunda impresión que el maestro le mostrara por primera vez un trocito de su vida absolutamente privada, de su juventud, de sus días de estudiante; por primera vez comprendió que también un semidiós, un maestro, pudo ser joven un día y haberse extraviado. Sintió con profunda gratitud la confianza que le había demostrado el venerable señor con sus confidencias. Era posible extraviarse, cansarse, cometer errores, chocar con las reglas, pero uno podía detenerse, volver a hallarse y, al final, llegar a ser todavía un maestro. Y superó la crisis.
En los dos o tres años de Waldzell, mientras duró la amistad de Plinio y Josef, la escuela vivió el espectáculo de esa reñida alianza como un drama en el cual todos participaran un poco, desde el director hasta el alumno más joven. Los dos mundos, los dos principios, se habían encarnado en Knecht y Designori, el uno superaba al otro; cada disputa se convirtió en duelo solemne y representativo que les afectaba a todos. Y como Plinio, de cada salida en vacaciones, de cada abrazo con su suelo materno, traía nuevas fuerzas, Josef, a su vez, absorbía nuevas energías de toda reflexión, de toda lectura, de todo ejercicio de meditación, de todo encuentro con el Magister Musicae, y se fue tornado cada vez más apto para ser el representante, el abogado de Castalia. Niño aún, había experimentado una vez la vivencia de la vocación. Conoció ahora la segunda, y estos años forjaron y acuñaron en él la personalidad del castalio perfecto. Hacía mucho también que concluyera la primera enseñanza en el juego de abalorios y comenzó en esa época a proyectar ejercicios propios de este juego en las vacaciones, bajo la vigilancia de un director. Y en esto descubrió una de las más ricas fuentes de alegría y de expansión intima; después de sus inacabables ejercicios con el címbalo y el clavicordio, con Carlos Ferromonte, nada había podido hacerle tanto bien, nada había podido aplacarlo, robustecerlo, confirmarlo y hacerlo feliz como estos primeros adelantos en el mundo estelar del juego de abalorios.
Justamente, son de estos años aquellas poesías del joven Josef Knecht que se han conservado en la copia de Ferromonte; es muy posible que hayan sido más numerosas de las que llegaron a nuestras manos, y puede suponerse que también estas poesías —la primera de ellas brotada antes de la iniciación del joven en el juego de abalorios—, hayan contribuido a facilitarle el cumplimiento de su deber y la superación de aquella época crítica. Cualquier lector, en estos versos, ora inspirados artísticamente, oro volcados en el papel rápidamente, descubrirá aquí y allá rastros de la profunda sacudida, de la crisis que Knecht tuvo que soportar entonces bajo la influencia de Plinio. En muchas frases se siente el temblor reflejado en una inquietud, de una duda fundamental de sí mismo y del sentido de su existencia, hasta que en la poesía “El Juego de Abalorios” su devota entrega se revela por entero. Por lo demás, hubo cierta inclinación hacia el mundo de Plinio, un acto de rebelión contra determinadas leyes locales de Castalia, ya en el simple hecho de haber escrito tales versos y aun de haberlos mostrado en varias oportunidades a muchos camaradas. Porque si bien Castalia había renunciado por regla general a la producción de obras de arte (hasta la creación musical se conoce y se tolera allí solamente en forma de ejercicio de composición en el aspecto estrictamente ligado al estilo), escribir poemas se consideraba cosa imposible, muy ridícula y merecedora de mofa. Estas poesías no son un entretenimiento, pues, una obra de talla, una labor plateresca; hacía falta un elevado impulso para dejar fluir esta actividad creadora, y era necesario algún porfiado valor para escribirlas y confesarse autor de ellas.
Cabe consignar también que Plinio Designori experimentó notables cambios y sufrió determinada evolución bajo el influjo de su antagonista, y no sólo en el sentido de una educación para clarificar sus métodos de discusión. Durante el intercambio colegial y duelístico de aquellos años de estudio, vio a su adversario desarrollarse en constante superación como castalio ejemplar; en la figura del amigo vio enfrentársele cada vez más visible y vivo el espíritu de la “provincia”, y, de igual modo en que él había infectado a aquél hasta cierto grado de fermento con la atmósfera de su mundo, él mismo respiró el aire de Castalia y sucumbió a su atracción y a su influencia. Durante el último año de instrucción, después de una discusión de dos horas acerca de los ideales y los peligros de la vida monacal, realizada en presencia de la clase superior del juego de abalorios, invitó a Josef a acompañarlo en un paseo y así caminando le hizo una confesión que citamos según una carta de Ferromonte:
—Hace mucho, Josef, que yo sé naturalmente que no eres ni el perfecto jugador de abalorios ni el santo ideal de la “provincia” cuyo papel representas en forma tan excelente. Cada uno de nosotros dos se encuentra luchando en un lugar peligroso y sabe también que aquello contra lo cual combate existe por derecho y tiene valor indiscutible. Tú te hallas del lado del cultivo del espíritu, yo del lado de la vida natural. En nuestras disputas has aprendido a seguir el rastro de los peligros de la vida natural y a llegar al germen central; tu misión se señalar cómo la vida natural e ingenua, primitiva, simple, sin educación espiritual, tiene que concluir en un lodazal y conducir en regresión a lo animal y aún más lejos. Yo por mi parte debo recordar constantemente que una vida que sólo tiende al espíritu es muy audaz, peligrosa y, al final, estéril. Bien, cada uno defiende aquello en cuya primacía cree, tú el espíritu, yo la naturaleza. Pero no lo tomes a mal, por momentos me parece como si tú me consideraras realmente, simplemente, como un enemigo de vuestro mundo castalio, como un hombre para quien vuestros estudios, ejercicios y juegos significan apenas una serie de niñerías, aunque por una u otra razón los comparta un tiempo. ¡Ay, amigo mío, qué equivocado estarías si creyeras realmente así! Quiero confesarte que tengo por vuestra jerarquía un amor tan insensato, que a menudo me seduce y atrae como la misma felicidad. Quiero también confesarte que hace algunos meses, cuando estuve en casa de mis padres, tuve una explicación con ellos y logré que me permitiesen ser un castalio y entrar en la Orden, si al final de mis estudios ése fuera mi deseo, ésa mi decisión: y me sentí dichoso, cuando finalmente obtuve su consentimiento. Pero... yo no haré ningún uso de ese consentimiento, lo sé desde hace poco tiempo. ¡Oh, no perdí el deseo de ser castalio! Pero cada vez me convenzo más: para mí la permanencia aquí sería una fuga, una fuga decente, noble, tal vez, pero fuga al fin... Me marcharé de vuelta y seré hombre de mundo. Pero hombre del mundo que queda agradecido a Castalia, que repetirá muchos de los ejercicios aprendidos y todos los años participará en la celebración del juego de abalorios.
Knecht comunicó a su amigo Ferromonte esta confesión de Plinio, por un hondo ímpetu interior. Y éste agrega a la narración, en la misma carta, las siguientes palabras: “Para mí, que soy músico, esta confesión de Plinio, con quien no siempre había sido justo, fue como una aventura, una experiencia musical. El contraste “mundo y espíritu” o “Plinio y Josef” se sublimó ante mis ojos en una unidad, en un acorde, por la lucha de dos principios irreconciliables”.
Cuando Plinio concluyó su curso de cuatro años y se dispuso a volver a su casa, llevó al director una carta del padre que invitaba a Josef Knecht a pasar las vacaciones con su hijo. El caso era extraordinario. Se concedían autorizaciones para viajar y residir fuera de la “provincia pedagógica”, sobre todo para fines de estudio, y no sin alguna frecuencia, eran sin embargo, una excepción y se concedían solamente a estudiosos de más edad y ya probados, nunca a los alumnos. El rector Zbinden consideró la invitación —que procedía de una casa y de un hombre muy respetables— lo suficientemente importante para no rechazarla por si solo; la sometió a la resolución de las autoridades de educación, que muy pronto contestaron con un lacónico “no”. Los amigos tuvieron que despedirse.
—Más tarde volveremos a intentarlo —dijo Plinio—; algún día lograremos tener más suerte. Tienes que conocer mi casa paterna, mi gente, y ver que también nosotros somos hombres y no meramente un desecho de seres mundanos, de comerciantes. Me harás mucha falta, te echaré de menos. Y trata, Josef, de llegar pronto a la cumbre en esta complicada Castalia; eres por cierto muy adecuado como miembro de una jerarquía, pero a mi modo ver, vales más como bonzo que como fámulas, como sirviente, a pesar de tu apellido. Puedo predecirte un gran porvenir, un día serás Magister y figurarás entre las Excelencias.
Josef lo miró con tristeza.
—Puedes chancearte —contestó, luchando con los sentimientos dolorosos de la despedida—. No soy tan ambicioso como tú y si algún día alcanzo algún cargo, tú serás ya desde mucho antes presidente o burgomaestre, profesor universitario o senador. Recuérdanos con amistad, Plinio, y no te pierdas demasiado de Castalia. Allá afuera ha de haber quien sepa de Castalia algo más que los chistes que se hacen sobre nosotros.
Se estrecharon las manos, y Plinio partió. Durante su último año, Josef encontró en Waldzell mucha quietud, mucho silencio; su función riesgosa y esforzada, en cierto modo como personalidad pública, había llegado a su fin repentinamente. Castalia no necesitaba defensor ya. Ese año, dedicó su tiempo libre con preferencia al juego de abalorios, que lo atraía cada vez más. Un cuadernillo de noticias de aquella época acerca de la importancia y la teoría del juego, comienza con este párrafo:
El conjunto total de la vida —física y espiritual— es un fenómeno dinámico, del cual el juego de abalorios representa en el fondo sólo el lado estético y lo concibe preferentemente en el aspecto de sucedidos rítmicos”.
JOSEF KNECHT tenía ahora alrededor de 24 años. Con su exeat[3]de Waldzell, su periodo escolar había concluido; comentaba los años de estudio libre; exceptuando los de la infancia inocente en Eschholz, fueron los más alegres y felices de su vida. Hay también siempre algo maravilloso, algo hondamente hermoso en el deseo inconfesado de descubrimiento y conquista del joven que por primera vez se encamina libremente, fuera de la obligación escolar, hacia el infinito horizonte de lo espiritual, que no ha visto quebrarse ninguna de sus ilusiones todavía, que no ha sentido aún duda alguna ni de su propia capacidad para una ilimitada entrega, ni de la inmensidad del mundo intelectual. Precisamente para los talentos del tipo de Josef Knecht, que no son impulsados muy pronto por una sola dote a la concentración en una especialidad, sino que por su esencia tienden a lo total, a la síntesis, a la universalidad, esta primavera de la libertad de estudio es a menudo una época de intensa felicidad, casi de embriaguez; sin la precedente educación de la escuela de selección, sin la higiene anímica de los ejercicios de meditación y la vigilancia suavemente ejercida por las autoridades educativas, esta libertad sería un peligro para tales talentos y debería tornarse para muchos una fatalidad, como ocurrió a incontables capacidades distinguidas en la época anterior a la organización actual, en los siglos precastalios. En las universidades de esos tiempos pasados, en determinados momentos, hubo plétora de jóvenes temperamentos fáusticos, que se lanzaron con las velas desplegadas al pleno océano de las ciencias y la libertad académica, y debieron experimentar todos los naufragios de un “diletantismo” desenfrenado. El mismo Fausto es, por cierto, el arquetipo del “diletantismo” genial y de su tragedia. Ahora, la libertad espiritual de los estudiosos en Castalia es infinitamente mayor aún, de lo que fue en las universidades de épocas precedentes, porque las posibilidades de estudio a disposición de ellos son mucho más ricas, y además falta en Castalia completamente la influencia y la limitación de consideraciones materiales, ambición, temor, pobreza de los padres, perspectivas de sueldos y carrera, etc. En las academias, seminarios, bibliotecas, archivos, laboratorios de la “provincia pedagógica”, cada estudioso se halla en un pie de igualdad perfecta, por lo que se refiera a su origen y a sus intenciones; la jerarquía se funda y se gradúa exclusivamente en las disposiciones intelectuales y caracterológicas del estudioso en sus cualidades. En el aspecto material y moral, en cambio, en Castalia no existe la mayoría de las libertades, tentaciones y peligros de que son víctima en las universidades del mundo muchos talentos; sí, quedan allí todavía bastantes peligros, suficiente seducción demoníaca y mucho enceguecimiento —¿dónde estaría libre de todo esto la existencia del hombre?—, pero el estudioso castalio está de toda manera sustraído a muchas posibilidades de desvío, desengaño y ruina. No le puede ocurrir que se abandone a la bebida, ni que pierda su tiempo, los años de su juventud, en usos reclamísticos o camorristas de algunas generaciones estudiantiles de épocas antiguas, y menos puede llegar algún día al descubrimiento de que su certificado de bachiller o de madurez fue un error, y durante su período de estudio no se verá colocado frente a lagunas de preparación que ya no pueden colmarse— la organización de Castalia lo protege contra semejantes inconvenientes.
Tampoco es muy grande el peligro de disipar su vida con mujeres o en excesos deportivos. Por lo que se refiere a las mujeres, el estudioso castalio no conoce ni el matrimonio con sus seducciones y sus riesgos, ni la hipocresía de muchos siglos pasados, que obligaba a los estudiosos al ascetismo sexual o los dejaba librados a servirse de mujeres más o menos profesionales, más o menos públicas. Como para los castalios no existe el matrimonio, tampoco hay una ética de vida con tal relación. Como para los castalios no existe el dinero y, prácticamente, no se conoce la propiedad, falta también la posibilidad de comprar amor. Es una tradición en la “provincia” que las hijas de burgueses no se casen demasiado jóvenes, y en los años que preceden al casamiento, el estudiante y el sabio les parecen muy particularmente deseables en calidad de amantes; éste no pregunta acerca del origen y del patrimonio, acostumbra considerar por lo menos iguales las facultades espirituales y las de la existencia, posee generalmente fantasía y buen humor y, puesto que no posee dinero, tiene que pagar más que otros con un empeño propio. La más amada por un estudiante de Castalia no conoce la pregunta: “¿Se casará conmigo?” No, no se casará. Es cierto, también esto ha ocurrido realmente; una vez u otra, se ha dado el caso de que un estudiante de selección volviera al mundo burgués por el camino del matrimonio, renunciando a Castalia y a su calidad de miembro de la Orden. Pero los contados casos de apostasía en la historia de las escuelas y de la Orden apenas si tienen la importancia de una curiosidad.
El grado de libertad y autodeterminación en que se encuentra colocado el estudiante selecto después de su exeat de las escuelas preparatorias para con todas las ciencias y los campos de investigación, es de hecho muy grande. Esta libertad es limitada (facultades e intereses no escasean desde el comienzo) solamente por la obligación de cada estudioso libre de presentar un plan de estudios para cada semestre; la realización de ese plan es vigilada sin severidad por las autoridades. Para los que poseen facultades e intereses múltiples —a éstos pertenecía Knecht— los dos primeros años, por esta misma amplísima libertad, tienen un maravilloso encanto, una admirable seducción. Las autoridades dejan a estos miembros casi enciclopédicos una libertad que linda con lo paradisíaco, si no caen en la holgazanería; el estudioso puede ensayarse a su gusto en todas las ciencias, mezclar entre sí los campos más diversos de aplicación, enamorarse a la vez de seis u ocho disciplinas, o limitarse desde el principio a una elección más reducida; fuera del respeto por las normas de vida generales en vigor en la “provincia” y en la Orden, no se le exige más que una relación anual sobre las conferencias oídas, las lecturas efectuadas y la labor realizada en los institutos. El “control” más exacto y el examen de su obra comienzan solamente cuando frecuenta cursos y seminarios de ciencia especializada, a la que corresponde también el juego de abalorios y la escuela superior de música. Aquí, lógicamente, cada estudioso debe someterse a los exámenes oficiales y llevar a cabo los trabajos requeridos por el director del seminario, lo que se explica por sí mismo. Mas nadie lo obliga a participar en esos cursos, puede seguir sentado en las bibliotecas o asistir a conferencias durante semestres enteros, año tras año, a su elección. Estos estudiosos que se dedican por mucho tiempo a investigar un solo campo de la ciencia, retardan con ello ciertamente su incorporación a la Orden, pero se los tolera y aun se los incita con mucha comprensión en tus campañas o expediciones a través de todas las ciencias y las formas de indagación posibles. Fuera de la adecuada conducta moral, no se les exige más que la redacción anual de un curriculum vitae. A esta antigua costumbre, a menudo ridiculizada, debemos los tres estudios biográficos, escritos por Knecht durante esos años. En este caso no se trata como en el de las poesías escritas en Waldzell de una actividad literaria meramente voluntaria y no oficial y aun secreta y de carácter más o menos vedado, sino de una labor normal y reglamentaria. Ya en las épocas más antiguas de la “provincia pedagógica” se había establecido la tradición de obligar a les estudiosos más jóvenes, es decir, a los que aún no estaban admitidos en la Orden, a la redacción periódica de una clase especial de ensayo o ejercicio estilístico, llamado precisamente curriculum vitae, autobiografía ficticia dedicada a determinado período de la existencia, en un pasado imaginario. El estudioso debía remontarse al ambiente, la cultura, el clima espiritual de una época anterior cualquiera y crear en ella con la fantasía una vida que pudiera corresponderle; según los años y la moda, merecieron la preferencia la Roma imperial, la Francia del siglo XVII o la Italia del siglo XV, la Atenas de Pericles o el Austria de los días mozartianos, y para los filólogos se había convertido en una tradición redactar la novela de su vida en la lengua y el estilo del país y de la época que habían elegido; hubo así en algunos momentos “novelas existenciales” sumamente virtuosistas en el estilo curial de la Roma pontificia alrededor de 1200, en el latín de los claustros, en el italiano de los “Cento racconti”[4], en el francés de Montaigne, en el alemán barroco del Cisne de Boberfeld. Sobrevivía en estas formas libres de juego un residuo de la antigua creencia asiática de la reencarnación y la trasmigración de las almas; para todos los maestros y todos los estudiantes era idea corriente que a su existencia actual habían precedido otras, posiblemente, en otros cuerpos, en otras épocas, en otras condiciones. No era ciertamente una fe en el sentido estricto de la palabra, y mucho menos una doctrina, sino un ejercicio, un deporte de las fuerzas de la imaginación, para representarse al propio Yo en distintas situaciones, en otros ambientes. Se ejercitaba así, como ocurría en muchos seminarios de crítica estilística y muy a menudo también en el juego de abalorios, la inteligente penetración en las civilizaciones y épocas antiguas, en los países del pasado; se aprendía a considerar la persona propia como máscara, como pasajera vestimenta de una entelequia. La costumbre de escribir tales novelas existenciales tenía su atractivo y muchas ventajas, de otra manera no te hubiera conservado por cierto durante tanto tiempo. Además era precisamente muy elevado el número de estudiosos que no sólo creían más o menos en la idea de la reencarnación, sino también en la verdad de sus novelas inventadas para tales existencias imaginarias.
Porque, como es natural, la mayoría de estas fantásticas vidas supuestas no eran sólo ejercicios de estilo y estudios históricos, sino también ideas acariciadas con el deseo e imágenes de sí mismos, ambiciosamente ampliadas: los redactores de la mayor parte de esos ejercicios se describían con el traje y el carácter en que hubieran deseado aparecer o cuya realización fuera su ideal.
Al mismo tiempo, esos ensayos no eran pedagógicamente una mala idea, sino una salida muy legítima para las necesidades poéticas o literarias de la edad juvenil. Aun cuando desde muchas generaciones atrás había sido prohibida la literatura verdadera, seria, y reemplazada en parte por el juego de abalorios, en parte por las ciencias, no estaba por eso eliminado el impulso artístico y creador de la juventud; encontraba así en el curriculum vitae, que a menudo se ampliaba hasta convertirse en novela verdadera, un campo de actividad permitido.
Muchos de estos escritores podían dar también los primeros pasos en el campo del auto-conocimiento.
Por lo demás, ocurría también muchas veces y merecía generalmente bondadosa comprensión por parte de los maestros que los estudiosos emplearan sus “novelas” para manifestaciones críticas y revolucionarias acerca del mundo actual y sobre Castalia.
Pero justamente estos ensayos, en el momento en que los estudiosos gozaban de la mayor libertad y no se sometían a ninguna vigilancia severa, eran muy instructivos para los maestros y les ofrecían a menudo informaciones sorprendentemente claras acerca de la vida y la situación espiritual y moral del redactor.
Tres de estos curriculum vitae de Josef Knecht han sido conservados; los reproducimos textualmente[5] con suma fidelidad y los reputamos como la parte tal vez más valiosa de nuestro libro. Acerca de si sólo escribió estos tres o si algunos se perdieron, caben muchas suposiciones.
Con exactitud sabemos solamente que después de entregar el tercero, el “hindú”, la secretaría de los poderes educativos le sugirió que en otro eventualmente posterior se trasladara a una época históricamente más cercana y mejor documentada y cuidara más el pormenor histórico. Por conversaciones y cartas, sabemos que realmente hizo más tarde estudios preparatorios para un curriculum vitae en el siglo XVIII. Quería aparecer en él como teólogo nuevo, que cambió el servicio eclesiástico por la música, fue discípulo de Juan Alberto Bengel, amigo de Oetinger y, por un tiempo, huésped de la comunidad de Zinzendorf. Sabemos que entonces leyó e hizo excerpta[6]de una cantidad de antigua y aun remota literatura sobre pietismo y Zinzendorf, sobre liturgia y música religiosa o eclesiástica de este siglo. Sabemos además que se apasionó verdaderamente por la figura del mágico prelado Oetinger, amó profundamente y veneró hondamente al maestro Bengel —se hizo ejecutar un retrato fotográfico del Magister y por un tiempo lo tuvo sobre su escritorio— y que se esforzó honestamente para reivindicar a Zinzendorf, que le interesaba en la misma medida que le desagradaba. Al final abandonó este trabajo, contentándose con lo que aprendiera mientras lo realizaba, pero se declaró incapaz de extraer de eso un curriculum, porque había hecho demasiados estudios particulares y recogido demasiados detalles. Esta manifestación nos autoriza acabadamente a ver en los tres curricula citados más las creaciones y confesiones de un ser poético y de un noble carácter, que la labor de un sabio, con lo cual no creemos cometer ninguna injusticia con él.
Pero ahora, a la libertad del alumno remitido a estudios por él elegidos, se agregó para Knecht otra más, casi un esparcimiento. No había sido solamente un alumno como todos los demás, no había experimentado únicamente las normas de una severa educación, de la exacta distribución del día, de la cuidadosa vigilancia de los maestros; había sido sometido a todos los esfuerzos de los elegidos. Junto con todo esto y mucho más allá, por su relación con Plinio, se había convertido en intérprete de un papel y campeón de una responsabilidad que por momentos lo espoleó, en otros lo atormentó espiritual, anímicamente, hasta los límites de lo concebible; de un papel representativo, de una responsabilidad que superaba en realidad sus años y sus fuerzas y que él, a menudo bastante amenazado, había dominado solamente por un exceso de fuerza de voluntad y de talento y que, sin el poderoso auxilio desde lejos del Magister Musicae, no hubiera podido seguramente llevar a cabo. Lo encontramos a los veinticuatro años de edad, más o menos, al final de sus extraordinarios años escolares en Waldzell, más maduro que su edad y ligeramente agotado, pero sorprendentemente no perjudicado en forma visible. Nos faltan por cierto testimonios inmediatos de lo muy hondo que todo su ser estuvo en tensión por aquel papel y aquella carga, casi muy cerca de la postración, pero podemos comprenderlo en cuanto consideramos el modo en que el joven ya formado hizo uso de la libertad conquistada y, evidentemente, a menudo anhelada desde lo más íntimo en los primeros tiempos. Knecht, que durante sus últimos años escolares se hallara en un lugar señalado y patente, y en cierto modo perteneciera ya a la vida pública, se retiró de ella inmediata y totalmente, y si se siguen las huellas de su existencia de entonces, se tiene la impresión de que hubiera preferido volverse invisible; ningún ambiente, ninguna compañía hubieran sido lo bastante inofensivos para él, ninguna forma de existencia lo suficientemente privada. Y así contestó también algunas cartas muy largas y jubilosas de Designori, primeramente en forma breve ydesganada, luego con un silencio absoluto. El famoso alumno Knecht desapareció y no fue posible dar con él; solamente en Waldzell siguió floreciendo su fama y con el correr del tiempo se convirtió casi en leyenda.
Al comienzo de sus años de estudioso, pues, se eliminó de Waldzell por esos motivos; con ello corrió parejas también la momentánea renuncia a los cursos superiores y últimos del juego de abalorios. Mas a pesar de eso, es decir, aunque un observador oficial hubiera podido establecer en Knecht un sorprendente descuido de ese juego, sabemos que por el contrario todo el curso de sus estudios libres, aparentemente caprichoso y falto de correlación, pero en todo caso muy extraordinario, estaba influido por el juego de abalorios y reconducía a él y al servicio del mismo. Insistimos en esto con mayor evidencia, porque este rasgo es característico: Josef Knecht se sirvió de su libertad de estudio en la forma más admirable y obstinada, más aturdida y juvenilmente genial. Durante los años pasados en Waldzell recibió, como todos, la introducción oficial en el juego de abalorios y el curso de repetición; luego, en el curso del último año y en el círculo de los amigos, dueño ya de la fama de buen jugador, fue invadido por la seducción del juego de los juegos con tal intensidad que, concluido un nuevo curso y siendo todavía alumno de selección, se le admitió entre los jugadores de segundo grado, lo que es una muy rara distinción.
A un camarada del curso oficial de repetición, amigo y más tarde auxiliar, Fritz Tegularius, contó unos años más tarde una vivencia que no sólo decidió su dedicación al juego de abalorios, sino que fue también de la máxima importancia en el desarrollo de sus estudios. Tenemos la carta que fue conservada; el pasaje reza:
“Permíteme que te recuerde determinado día y determinado juego de aquella época en que ambos, asignados al mismo grupo, trabajábamos con tanto entusiasmo en nuestras primeras disposiciones para el juego de abalorios. El director de nuestro grupo nos dio diversas sugestiones y propuso toda suerte de temas a elección; nos encontrábamos justamente en la delicada transición de la astronomía, la matemática y la física a las ciencias filológicas e históricas, y el director era un virtuoso en el arte de plantearnos (éramos principiantes ansiosos) casos interesantes y atraernos a la empinada pendiente de las abstracciones y las analogías inadmisibles; deslizaba en nuestras manos bellos juguetes etimológicos y de lingüística comparada, y le divertía si uno de nosotros caía en el lazo. Contábamos la longitud de sílabas griegas hasta el cansancio, para sentir luego de pronto que nos faltaba el terreno bajo los pies, al vernos colocados ante la posibilidad, más aún, ante la necesidad de una sílaba acentuada en lugar de una “escansión” métrica, y cosas parecidas. Llenaba su tarea en forma brillante y enteramente correcta, aunque por una intención que nada me agradaba, nos llevaba a errores y nos inducía a especulaciones equivocadas, ciertamente con el buen propósito de hacernos conocer los peligros, pero un poco también para reírse de nosotros, jóvenes tontucios, y de volcar en los más entusiastas precisamente el mayor escepticismo por su entusiasmo. Pero justamente con él y en uno de sus embrollados experimentos de traición, ocurrió que yo, mientras tanteando angustiosamente tratábamos de proyectar un problema de juego medianamente correcto, de repente, como por una inspiración súbita, me sentí aferrado por la esencia y la grandeza del juego y estremecido hasta en lo más íntimo. Estábamos analizando un tema de filología comparada y contemplábamos en cierta manera el apogeo, el período floreciente de un idioma desde muy cerca; en minutos, recorrimos con ese idioma un camino que exigió algunos siglos de elaboración, y me envolvió poderosamente el drama de la caducidad, de lo efímero: cómo allí ante nuestros ojos, llegaba a su florecimiento un organismo tan complicado, antiguo, respetable, construido lentamente en muchas generaciones, y el florecimiento contenía ya el germen de la decadencia y toda la construcción inteligentemente ordenada comenzaba a hundirse, a degenerar, a tambalear en la ruina; y al mismo tiempo me atravesó de golpe, con alegre temor, la idea de que, a pesar de todo, la decadencia y la muerte de aquella lengua no había concluido en la nada, de que su juventud, su apogeo, su caída estaban conservados en nuestra memoria, en el conocimiento de la misma y en su historia, y de que seguía subsistiendo en los signos y las fórmulas de la ciencia como en las secretas expresiones del juego de abalorios y podía ser reconstruida otra vez en cualquier momento. Comprendí de pronto que en la lengua o por lo menos en el espíritu del juego de abalorios todo es realmente colmado de significado universal, que cada símbolo, cada combinación de símbolos no lleva hacia acá o hacia allá, ni a ejemplos, experimentos y pruebas aisladamente, sino al centro, al saber primario, al misterio, lo más íntimo del universo. Toda transición de bemol a sostenido en una sonata, toda metamorfosis en un mito o en un culto, toda formulación clásica artística —lo supe en el relámpago de un instante— no es otra cosa, considerada en correcta meditación, que un camino inmediato a lo más hondo del misterio universal, donde se cumple “ lo santo eternamente, en un ir y volver de inspirar y espirar, de cielo y tierra, de Yin y Yang. Ciertamente, por ese entonces, haya ya experimentado como oyente muchos juegos bien construidos y bien ejecutados, y en ello había gozado de muchos grandes alivios y muchas visiones afortunadas; pero hasta ese momento me sentía inclinado siempre a dudar acerca del valor y la clase del juego en sí. En retomen, todo problema de matemática bien resuelto podía otorgar un gozo espiritual, toda buena música podía elevar el alma ya en el oyente, ya en el ejecutante, dándole expansión en grandeza, y toda fervorosa meditación podía tranquilizar el corazón y afinarlo en el acorde con el todo; pero justamente por eso —decían mis dudas— el juego de abalorios era tal vez sólo un arte formal, una habilidad espiritual, una combinación inteligente, y entonces hubiera sido mejor no jugar ese juego, sino ocuparse de matemática pura y de buena música. Ahora en cambio oía por primera vez la íntima voz del juego, su sentido; ella me alcanzaba y penetraba, y desde ese momento creo que nuestro magnífico juego es realmente una lingua sacra, una lengua sagrada y divina. Tú recordarás, porque tú mismo lo observaste en esa oportunidad, que se realizó en mí una transformación, y un llamamiento me alcanzaba. Puedo compararlo solamente con aquel llamado inolvidable que transformó y elevó mi corazón y mi vida, cuando niño aún, fui examinado por el Magister Musicae y convocado a Castalia. Tú lo advertiste, esto lo sentí yo entonces, aunque no dijiste Una sola palabra al respecto; hoy tampoco hablaremos mucho de ello. Mas ahora tengo un pedido que hacerte y para explicártelo debo decirte lo que nadie más sabe ni debe saber, es decir que mis actuales estudios variados no nacen de un capricho, sino que les corresponde como fundamento un plan totalmente determinado. Recordarás, a grandes rasgos siquiera, aquel ejercicio del juego de abalorios que elaborábamos como alumnos de tercer curso con ayuda del director y durante el cual oí aquella voz y experimenté mi vocación para lusor.
Ahora bien, yo estudio ahora aquel ejercicio, todo aquel juego, del principio al final, que comenzaba con el análisis rítmico del teína para una fuga y tenía en su centro un supuesto movimiento de Kung Tse; es decir, me ejercito a través de cada uno de sus movimientos, lo vierto del idioma del juego nuevamente en su lengua primitiva, en matemática, en ornamentación, en chino, en griego, etc. Por lo menos por esta vez en mi vida, quiero seguir estudiando y construyendo técnicamente todo el contenido de un juego de abalorios; ya realicé la primera parte y necesité dos años para ello. Es lógico, me costará todavía varios años. Mas como ahora finalmente disponemos en Castalia de nuestra famosa libertad de estudio, quiero emplearla justamente así. Conozco las objeciones posibles. La mayoría de nuestros maestros diría: “En algunos siglos hemos inventado y perfeccionado el juego de abalorios como una lengua y un método universal para expresar todos los valores y los conceptos espirituales y artísticos y llevarlos a una medida común. ¡Y ahora apareces tú y quieres comprobar si esto es exacto! Necesitarás toda tu vida para ello y luego te arrepentirás”. Está bien, emplearé en ello mi vida y espero no tener que arrepentirme. Y aquí está mi pedido: como actualmente trabajas en el archivo del juego y yo por motivos especiales desearía evitar volver a Waldzell por un largo lapso todavía, deberías contestarme cierto número de preguntas, es decir, comunicarme en forma no abreviada cada vez las claves y los signos oficiales del archivo por cada tema. Cuento contigo y cuento con que tú dispondrás de mí, apenas pueda yo prestarte algún servicio retributivo”.
Tal vez es éste el lugar para transcribir también aquel otro pasaje de la correspondencia de Knecht, que se refiere al juego de abalorios, aunque la carta respectiva, dirigida al Magister Musicae, fue escrita por lo menos un año o dos más tarde.
“Creo —escribe Knecht a su protector— que se puede ser excelente, hasta virtuosista jugador de abalorios, y aun quizá muy hábil Magister Ludí, sin sospechar el verdadero secreto del juego y su último significado. Sí, podría ocurrir que precisamente quien intuye y sabe, si llega a perito en el juego o lo dirige, sería más peligroso para el juego que aquél. Porque la parte interior, lo esotérico del juego, tiende como todo lo esotérico hacia abajo, hacia lo Uno y Todo, en las profundidades donde reina solamente el aliento eterno en el eterno inspirar y espirar, bastándose a sí mismo. Aquel que hubiese experimentado, viviéndolo hasta el final, el sentido del juego en sí, ya no sería más realmente un jugador, no estaría ya más en la multiplicidad y no sería capaz de la alegría del inventar, construir y combinar, porque conoce un gozo y una alegría completamente distintos. Como yo creo estar muy cerca del sentido del juego de abalorios, será mejor para mi y para otros que no haga de este juego mi profesión, sino que pase de preferencia al terreno de la música”.
El Magister Musicae, casi siempre muy limitado en su correspondencia, se inquietó evidentemente por esta manifestación y le dio una respuesta que, es una amable advertencia: “Está muy bien que tú mismo no requieras de un maestro del juego que sea un esotérico como tú lo entiendes, porque espero que lo hayas dicho sin ironía. Un maestro del juego o un profesor, que en primer término se preocupara para acercarse lo bastante al “sentido intimo”, sería uno de los peores. Yo, por ejemplo, debo confesarlo sinceramente, nunca dije en toda mi vida una palabra sobre el “sentido” de la música a mis alumnos; si lo hay, no necesita de mí. En cambio, di siempre gran valor a que mis discípulos contaran muy exactamente sus octavos o dieciseisavos. Si llegas a maestro, sabio o ejecutante, conserva el respeto por el “sentido”, pero no creas que puede enseñarse. Por querer enseñar el “sentido”, los filósofos de la historia arruinaron una vez la mitad de la historia universal, iniciaron la época folletinesca y cargaron con la complicidad en mucha sangre vertida. Aunque yo debiera introducir, por ejemplo, alumnos en la comprensión de Hornero o de los trágicos griegos, no intentaría sugerirles la poesía o la literatura como una forma fenoménica de lo divino, sino que me esforzaría para tornársela accesible mediante el exacto conocimiento de los recursos idiomáticos y métricos. Es tarea del maestro y del sabio investigar los medios y el cuidado de la tradición, de la transmisión, la pureza de los métodos, no la excitación y el apremio de las vivencias ya inefables que sólo a los elegidos —a menudo vencidos y víctimas— están reservadas”.
Por lo demás, Knecht no recuerda el juego de abalorios y su concepción esotérica en ningún lugar de su correspondencia de esos años, que asimismo no parece haber sido abultada o en parte se ha perdido; la mayor parte y la mejor conservada de esas cartas, aquellas cambiadas con Ferromonte, trata sin más casi exclusivamente de problemas de música y de análisis del estilo musical.
Vemos así, pues, empeñarse un sentido y una voluntad muy determinados en el curioso sigzag que describió el curso de los estudios de Knecht y que no fue otra cosa que la exacta notación y la elaboración de largos años de un esquema propio y único de juego. Para extraer la esencia o el contenido de este esquema único, que en un tiempo los alumnos componían en pocos días para ejercitarse, y que en la lengua del juego de abalorios podía leerse en un cuarto de hora, empleó años y años, vivió en salas de lectura y bibliotecas, estudio a Fromerzer y a Américo Scarlatti, aprendió la construcción de fugas y de sonatas, repitió matemática, se aplicó al chino, elaboró un sistema de las figuras del sonido y la teoría de Feustel sobre la relación de la gama de los colores y la escala de las tonalidades musicales. Uno se pregunta por qué eligió este camino fatigoso, extravagante y sobre todo solitario, cuando su metal final (fuera de Castalia se diría “su profesión libremente elegida”) fue sin duda el juego de abalorios. Si como transeúnte, y además sin compromisos, hubiese entrado en uno de los Institutos del Vicus Lusorum, la colonia de los jugadores de Waldzell, se hubieran vuelto para él más fáciles todos los estudios especiales con referencia al juego, hubiera podido encontrar consejo e información en cualquier momento para todas las cuestiones aisladas y seguir además sus estudios entre cantaradas y coaspirantes, en lugar de atormentarse, en soledad y ciertamente muchas veces, en su voluntario destierro. Pero él marchaba por su propio camino. Evitó la residencia en Waldzell, suponemos, no solamente para dejar que se borrara allí en todo lo posible su actuación como alumno y se extinguiera el recuerdo de ella en los demás y en sí mismo, sino también para no volver a caer en otra situación parecida en la comunidad de los jugadores de abalorios. Porque debió sentir entonces en sí mismo algo como un destino, una predestinación a ser un conductor y un representante, e hizo lo posible para hacer trampa a este destino que se sentía impuesto. Intuyó de antemano todo lo grave de la responsabilidad, lo intuyó ya frente a los condiscípulos en Waldzell, que estaban entusiasmados por él y a quienes se sustrajo, y especialmente frente a aquel Tegularius de quien sabía por instinto que se hubiera echado entre las llamas por él. Y así buscó el ocultamiento y la contemplación, mientras aquel destino quería impulsarlo hacia adelante y a la vida pública. Más o menos así nos imaginamos su posición moral en esa época. Pero existía aún un motivo o un estímulo importante más para alejarlo asustado del aprendizaje corriente de las escuelas superiores del juego de abalorios y convertirlo en un foráneo, en un “outsider”, es decir, un instinto irreprimible de investigación, sobre el cual se fundaron las dudas precedentes acerca del juego. Era cierto, él había experimentado y gustado que el juego podía ser jugado realmente en un sentido elevadísimo y santo, mas había visto también que la mayoría de los jugadores y alumnos, y aun parte de los maestros y directores, no eran jugadores en aquel elevado y sagrado sentido y no veían en la lengua del mismo una lingua sacra, sino precisamente un arte gracioso de estenografía, y realizaban el juego como especialidad interesante y divertida, como deporte intelectual o como competición ambiciosa. Sí; como lo demuestra su carta al Magister Musicae, intuía ya que, posiblemente, no siempre es la búsqueda del sentido último la cualidad del jugador y que el juego necesita también de un exoterismo, que es también técnica, ciencia e institución social. En resumen, existían dudas y contrastes, el juego era un problema vital y se convirtió tal vez en el problema capital de su existencia, y él no estaba absolutamente dispuesto a dejarse facilitar sus luchas por bondadosos pastores de almas o a permitir que las empequeñeciera la amable sonrisa denegatoria de los maestros.
Naturalmente, hubiera podido poner como base de sus estudios cualesquiera de los juegos de abalorios ya jugados entre decenas de miles y entre los millones posibles aún. Lo sabía y tomó como punto de partida aquel plan casual de juego combinado por él y su camarada en el citado curso escolar. Era el juego en el que por primera vez se sintió envuelto en el sentido de todos los juegos de abalorios y conoció su vocación como jugador. Un esquema de ese juego, dibujado por él en la forma taquigráfica habitual, lo acompañó constantemente durante estos años. En las marcas, claves, signaturas y abreviaturas del idioma del juego estaba anotada allí una fórmula de matemática astronómica, el principio formal de una antigua sonata, una sentencia de Kung Fu Tse, etc. Un lector que no conociera por ejemplo el juego de abalorios, podría imaginar el tal esquema quizá parecido al esquema de una partida de ajedrez, sólo que los significados de las figuras y las posibilidades de sus mutuas relaciones y sus reciprocas influencias serían múltiples y a cada figura, a cada constelación, a cada jugada o movimiento de piezas habría que atribuir un sentido real, definido simbólicamente por este rasgo, esta configuración, etc. Ahora bien, los estudios de Knecht en estos años no tendieron solamente a la tarea de conocer lo más exactamente posible las esencias, los principios, las obras y los sistemas contenidos en el plan de juego, en aprender a recorrer un camino a través de distintas civilizaciones, lenguas y artes, a través de siglos distintos; también se había prefijado la tarea desconocida por todos sus maestros de examinar lo más exactamente posible en estos objetivos los sistemas y las posibilidades de expresión del arte del juego de abalorios.
Anticipemos desde ahora el resultado: Knecht encontró aquí y allá una laguna, una insuficiencia, pero en conjunto nuestro juego de abalorios debió resistir victoriosamente a su duro análisis, pues de otra manera no hubiera vuelto a él, cuando concluyó.
Si escribiéramos con este libro un estudio cultural, merecería seguramente describirse más de un lugar y más de una escena de la época estudiosa de Knecht. Prefería, hasta donde era posible para él, sitios en que pudiera trabajar solo o entre muy poca gente, y por algunos de ellos supo mantener una adhesión llena de gratitud. A menudo residía en Monteport, a veces huésped del Magister Musicae, otras como participante de un seminario de historia de la música. Dos veces lo hallamos en Hirsland, asiento de la dirección de la Orden, como copartícipe del “gran ejercicio”: un ayuno de doce días y meditación respectiva. Con particular alegría, con ternura, diríamos, hablaba más tarde a sus íntimos del soto de bambúes, la agradable ermita que fue escenario de sus estudios sobre el I Ging. Allí no sólo aprendió y experimentó algo decisivo, sino que también encontró —guiado por una maravillosa intuición o guía— un ambiente único y a un hombre extraordinario, el llamado Hermano Mayor, el creador y el inquilino de la ermita china del soto de bambúes. Nos parece conveniente describir un poco más extensamente este notabilísimo episodio de sus años de estudio.
Knecht comenzó el estudio de la lengua china y de los clásicos en el famoso Instituto para el Asia Oriental, que desde muchas generaciones estaba incorporado a la colonia estudiosa de los filólogos de la antigüedad, en San Urbano. Allí mismo hizo rápidos progresos en la lectura y en la escritura, trabó relación amistosa con algunos chinos que trabajaban allí y aprendió de memoria una cantidad de canciones de Chi King, cuando en el segundo año de su permanencia comenzó a interesarse con creciente intensidad, por el I Ging, el libro de las trasmigraciones o las metamorfosis. Los chinos le brindaron toda clase de informaciones, dada su insistencia, pero ni la menor introducción o iniciación; el Instituto carecía de maestro para ello, y cada vez que Knecht presentaba el pedido de que se le proveyera de profesor para ocuparse fundamentalmente con el I Ging, se le habló del Hermano Mayor y de su ermita. Josef había observado perfectamente que con su interés por el libro de las trasmigraciones tendía a un terreno del cual muy poco se quería saber en el Instituto; se tornó más prudente en sus averiguaciones y como se esforzara todavía para obtener informaciones acerca del legendario Hermano Mayor, no dejó de comprender en seguida que este ermitaño gozaba, sí, de cierto respeto y aun de cierta fama, pero más como foráneo extravagante que como sabio. Sintió que en este caso debía ayudarse por sí solo, terminó lo más rápidamente posible un trabajo de seminario ya comenzado y se despidió. Se encaminó a pie hacia la región en que ese ser misterioso levantara un día su cabaña de bambú; tal vez fuera un sabio, un maestro, tal vez un loco. . . Acerca de él pudo saber lo que sigue: Un cuarto de siglo antes, aproximadamente, el hombre fue el estudiante de más porvenir de la sección china, parecía nacido para esos estudios y tener vocación; superó así a los mejores maestros, ya fueran chinos de nacimiento o bien occidentales, en la técnica de la escritura con pincel y en el descifrar antiguos escritos, pero llamó un poco la atención por el entusiasmo con que trataba de convertirse también exteriormente en chino. Así se dirigió tercamente a todos los superiores, desde el director de un seminario hasta los grandes maestros, no ya con sus títulos y el tratamiento prescrito, como lo hacían todos los estudiantes, sino con la alocución: “Mi hermano mayor”, denominación que al final le quedó pegada como apodo burlón, para el resto de su vida. Especial cuidado dedicaba el hombre al juego profético, a los oráculos del I Ging, cuyo manejo dominaba magistralmente con el auxilio del tradicional tallo de la milenrama. Juntamente con los antiguos comentarios al libro de los oráculos, su libro preferido era el de Chuang Dchi. Evidentemente, el espíritu racionalista y tendencialmente antimístico estrictamente fiel a Confucio, en la sección china del Instituto, como lo conociera Knecht, debió hacerse sentir ya en esos años, porque el Hermano Mayor abandonó un día la casa y comenzó a vagabundear, armado de pincel, platillo para la tinta y dos o tres libros. Llegó hasta el sur del país, fue huésped aquí y allá de Hermanos de la Orden, buscó y halló el sitio adecuado para su planeada ermita, logró con obstinados pedidos y solicitudes verbales tanto de las autoridades civiles como de la Orden el derecho de cultivar el sitio como colonizador, y desde entonces vivió allí en un idilio organizado estrictamente a la manera china, ora ridiculizado como lunático, ora venerado como una especie de santo, en paz consigo mismo y con el mundo, pasando sus días en la meditación y copiando viejos rollos, en cuanto no tenía que dedicarse al trabajo en su ermita que protegía contra el viento del norte al pequeño jardín chino cuidadosamente plantado.
Hacia allá, pues, marchó Josef Knecht, con frecuentes descansos y seducido por el paisaje, que aparecía ante sus ojos azul y lleno de aromas desde el sur, apenas superados los pasos montañeses, con asoleadas terrazas de vides, muros grises habitados por lagartijas, imponentes bosques de castaños, sabrosa mezcla de país meridional y alta montaña. Fue avanzada la tarde cuando llegó a la ermita del soto de bambúes; entró y vio con sorpresa un pabellón chino en un jardín maravilloso; una fuente cantaba a través de caños de madera, el agua que corría por un lecho de guijarros llenaba allí cerca un cuenco de mampostería, en cuyas resquebrajaduras crecía el verde y en cuya agua tranquila y clara nadaban dos carpas doradas. Las hojas de bambú ondeaban suaves y delicadas sobre las esbeltas y fuertes cañas, el césped estaba sembrado de lajas en que se podían leer inscripciones en estilo clásico. Un hombre delgado, vestido de tela de color gris amarillento, con lentes sobre los ojos azules expectantes, se levantó de un cantero de flores, sobre el cual había estado acurrucado, vino lentamente hacia el visitante, no hostilmente, pero con ese torpe temor que muestran a veces los reservados y solitarios, dirigió la mirada inquisitiva hacia Knecht y esperó lo que éste podía decir. Josef pronunció con cierta timidez las palabras chinas que había pensado para su salutación.
—El joven discípulo se permite presentar su homenaje al Hermano Mayor.
—Bienvenido el huésped bien educado —contestó el Hermano Mayor—; siempre es bienvenido para mí un joven colega para que tome conmigo una taza de té y converse alegremente conmigo, y también puede encontrar un lugar para pasar la noche, si lo desea.
Knecht hizo el kotao[7]y agradeció; fue conducido al interior de la casita y convidado con té; luego le fue enseñado el jardín, las piedras con las inscripciones, el estanque, los peces dorados de los que se le dijo la edad. Hasta la hora de la cena permanecieron sentados debajo de los bambúes ondeantes, intercambiaron cortesías, versos de canciones y sentencias de los clásicos, contemplaron las flores y gozaron del crepúsculo rosado que se marchitaba en las curvas de las montañas. Entonces regresaron a la casa, el Hermano Mayor trajo pan y fruta, frió en el minúsculo hogar sendas tortillas sabrosas para él y para el huésped, y después de comer, el Hermano interrogó en alemán al estudiante acerca del motivo de su visita, y éste narró en alemán cómo había llegado hasta allí y lo que le interesaba, es decir poder quedarse allí todo el tiempo que el Hermano Mayor lo permitiera, para ser su discípulo.
—De esto hablaremos mañana —dijo el ermitaño y ofreció al huésped una yacija. Por la mañana, Knecht se sentó al lado del cuenco de agua de los peces dorados, fijó sus ojos en el pequeño y fresco mundo de sombra y luz, y de colores mágicamente reflejados, hasta abajo donde se movían los cuerpos de los dorados en el azul verdoso oscuro y la sombra de tinta, y de vez en vez, precisamente cuando todo el mundo parecía hechizado y dormido para siempre y perdido en la lejanía del ensueño, despedían a través de la adormecida tiniebla relámpagos de cristal y oro con un movimiento suavemente elástico y, sin embargo, alarmante. Miró abajo, cada vez más hondo, soñando más que contemplando, y no se percató de que el Hermano Mayor salió de la casa con pasos leves, se detuvo y se quedó observando largo rato a su huésped tan ensimismado o absorto. Cuando, finalmente, Knecht se levantó, percibiendo su ausencia, aquél ya no estaba allí, pero casi en seguida su voz lo invitó a tomar el té, desde el interior de su casucha. Cambiaron un breve saludo, bebieron el té, se sentaron y escucharon en la paz de la mañana la música del hilillo de agua de la fuente, melodía de la eternidad. Luego el ermitaño se levantó, te entretuvo en algunos quehaceres aquí y allá en la habitación de construcción irregular, echó de paso una guiñada a Knecht y preguntó de pronto:
—¿Estás preparado para calzar otra vez tus zapatos y seguir viaje?
Knecht titubeó, luego contestó:
—Si así debe ser, lo estoy.
—Y si te ocurriera quedarte aquí por breve tiempo, ¿estarías dispuesto a prestar obediencia y a quedarte quieto como un pez dorado?
El estudioso contestó una vez más que sí.
—Está bien —dijo el Hermano Mayor—. Colocaré las varitas e interrogaré el oráculo.
Mientras Knecht, sentado, observaba con tanto respeto como curiosidad, manteniéndose quieto “como un pez dorado”, aquél sacó de un cubo de madera, suerte de carcaj más bien, un manojo de varitas; eran tallos de milenrama; los contó con atención, volvió a poner en el recipiente una parte del hatajo, dejó un tallo aparte, dividió loa restantes en dos montoncitos iguales, conservó uno en la mano izquierda, con la derecha tomó del otro, con afilados dedos sensitivos, pequeñísimos haces, los contó y apartó, hasta que quedaron pocos tallos, que apretó entre dos dedos de su izquierda. Después de reducir a pocos tallos un manojo en esta forma, contándolos ritualmente, procedió de idéntica manera con el otro. Dejó los tallos contados, repasó uno y otro de los hacecillos, contó y apretó los reducidos restos entre los dedos, que lo realizaron todo con tranquila y parca agilidad: parecía aquello un juego de destreza, misterioso, regido por severas normas, practicado mil veces y llevado a plenitud de virtuoso. Después de haber realizado varias veces esta operación, quedaron tres diminutos hacecillos; dedujo un signo del número de sus tallos y lo anotó con su fino pincel en una hojita. Y volvió a comenzar todo el complicado proceso; las varitas fueron divididas en dos manojos iguales; el anciano apartó los tallos, metió algunos entre los dedos, hasta que al final quedaron nuevamente tres pequeños rimeros, cuyo resultado fue un segundo signo. Movidos como en una danza, los tallos se golpearon con un ruidito seco muy leve, cambiaron de lugar, formaron hacecillos, fueron separados y contados otra vez, se desplazaron rítmicamente con fantasmal seguridad. Al final de cada ejercicio, el pincel anotó un signo, para concluir con seis líneas de notaciones positivas y negativas, superpuestas. Los tallos fueron recogidos y colocados cuidadosamente otra vez en su recipiente; el mago se acurrucó en el suelo sobre una estera de junto: delante de él tenía el resultado de la consulta formulada al oráculo, resumido en una hoja, que contempló largo rato en silencio.
—Es el signo de Mong —dijo—. Este signo tiene nombre: locura juvenil. Arriba el monte, abajo el agua, arriba Gen, abajo Kan. Al pie del monte brota la fuente, símbolo de juventud. Mas la sentencia dice:
La locura juvenil logra triunfar.
No busco al joven alocado,
es él quien me busca a mí.
Contesto al primer oráculo.
Molesta si pregunta de nuevo.
Si molesta, nada contesto.
La insistencia desafía...
En tensa atención, Knecht estuvo conteniendo el aliento. Cuando se hizo el silencio, respiró profundamente, sin querer. No se atrevía a preguntar. Pero creyó haber comprendido: el joven alocado había sido aceptado, podía quedarse. Mientras estaba todavía aprisionado y hechizado por el sublime juego de títeres de los dedos y las varitas, al que había asistido todo ese tiempo y que parecía tan convincentemente significativo, aunque no se pudiera adivinar su sentido, el sucedido se apoderó de él. El oráculo había hablado, había decidido a su favor.
No hubiéramos descrito con tantos pormenores el episodio, si el mismo Knecht no lo hubiese contado a menudo con cierta satisfacción a amigos y discípulos. Reanudemos ahora nuestra narración objetiva. Knecht permaneció largos meses en el soto de bambúes y aprendió a manipular los tallos de milenrama casi con la misma perfección que su maestro. Éste lo ejercitó todos los días durante una hora en la cuenta de los tallos, lo inició en la gramática y en la simbolística del idioma del oráculo, le enseñó para que supiera escribir y conocer de memoria los sesenta y cuatro signos, le leyó páginas de los antiguos comentarios y le contó sucesivamente, en días especialmente favorables, historias de Chuang Dchi. Además el discípulo aprendió a cuidar el jardín, a lavar los pinceles, a raspar la tinta china en barras; también a preparar sopa y té, a recoger leña, a tener cuenta del tiempo y manejar el calendario chino. Pero las tentativas espaciadas de Knecht para interesar al Hermano Mayor en sus parcas conversaciones por el juego de abalorios y la música, fueron completamente vanas, parecían dirigidas a un sordo o fueron rechazadas con una sonrisa indulgente o contestadas con máximas, como “Nubes densas, nada de lluvia” o “El noble no tiene mancha”. Mas cuando Knecht se hizo enviar desde Monteport un pequeño clavicordio y todos los días estuvo tocando una hora, no hubo oposición alguna. Una vez confesó a su maestro que quería lograr ser capaz de adaptar el sistema del I Ging al juego de abalorios. El Hermano Mayor se rió:
—¡Manos a la obra! —exclamó—. Es posible colocar en el mundo un hermoso bosquecillo de bambúes. Pero me parece muy problemático que un jardinero pueda poner el mundo en su soto.
Mas, basta de esto. Citaremos solamente que el Hermano Mayor, algunos años más tarde, cuando Knecht era en Waldzell una personalidad muy estimada, fue invitado por éste a aceptar un curso, pero el curioso sabio ni contestó siquiera.
Posteriormente, Josef Knecht definió los meses de su vida en el soto de bambúes muy a menudo como el “comienzo de su despertar”, como advertimos muchas veces en sus manifestaciones acerca del “período del despertar”, con parecida aunque no igual importancia de la atribuida al período de la vocación. Cabe suponer que el “despertar” debe significar un eventual conocimiento de sí mismo y del lugar en que él se encontraba realmente dentro del orden castalio y dentro del humano, pero nos parece que el acento se desplaza cada vez más hacia el autoconocimiento, en el sentido de que él desde el “comienzo del despertar” se acercaba más y más al sentimiento de su situación especial y de su particular destino, mientras que los conceptos y las categorías de la jerarquía general sobreviniente y en especial le la castalia se le tornaban cada vez más relativos.
Los estudios chinos no concluyeron ni con mucho con su residencia en el soto de bambúes, continuaron, y Knecht se esforzó por conocer la antigua música china. En cada página de los escritores chinos más antiguos tropezó con la loa de la música como una de las fuentes primitivas de todo orden, de toda moral, de toda belleza y salud, y este concepto amplio y moral de la música lo conocía ya profundamente desde mucho antes gracias al Magister Musicae, que podía ser considerado casi como su encarnación. Sin abandonar nunca fundamentalmente el plan de sus estudios que conocemos por aquella carta a Fritz Tegularius, avanzó con prestancia y energía en todas partes donde intuía algo para él esencial, es decir, donde pareciese conducir el camino del “despertar” por él iniciado. Uno de loa resultados positivos de su aprendizaje al lado del Hermano Mayor fue que desde entonces venció su miedo ante el retorno a Waldzell, cada año tomó parte allí en algún curso superior y llegó a ser en seguida, sin saber exactamente cómo lo había logrado, una personalidad considerada con interés y respeto en el Vicus Lusorum, y perteneció a ese organismo íntimo y sensibilísimo de todo el juego, a ese grupo anónimo de jugadores expertos, en cuyas manos está realmente el destino eventual o, por lo menos, la tendencia y la moda del momento para el juego de abalorios. Este grupo de jugadores, en el cual no faltaban funcionarios de los institutos del juego, aunque sin dominar en él, se podía encontrarlo especialmente en algunos locales alejados y tranquilos del archivo del juego, ocupado en estudios críticos del sistema, luchando por la incorporación de nuevas materias o campos en el juego o por su eliminación o rechaco, discutiendo a favor o en contra de ciertas tendencias de los gustos en continua evolución, ya sea en cuanto a la forma, al manejo exterior, a lo deportivo del juego de abalorios; cada uno de los que habían penetrado allí era un virtuoso del juego, muy exactamente conocido por los demás por su talento o sus modalidades; era como el ámbito de un ministerio o un club aristocrático, donde los dominadores y los responsables se encuentran y se conocen diariamente. Reinaba allí el tono suave y afilado; todos eran ambiciosos sin demostrarlo y estaban atentos y prontos a la crítica casi exagerada. Este grupo selecto de renuevos del Vicus Lusorum era considerado por muchos en Castalia y también por algunos en el país, como la suprema floración de la tradición castalia, como la flor y nata de una espiritualidad exclusivamente aristocrática, y muchos jovencitos acariciaron durante muchos años, colmados de orgullo, el sueño de pertenecer un día a este grupo. Para otros en cambio, este circulo seleccionado de pretendientes a las más altas dignidades de la jerarquía del juego de abalorios, era algo odiado y depravado, una camarilla de encopetados holgazanes, de genios desperdiciados, sin sentido por la existencia y la realidad, una asociación arrogante y en el fondo parasitaria de elegantes y arribistas, cuya profesión y actividad vital eran un necio jugar, un estéril autodisfrute del espíritu.
Knecht permaneció insensible ante ambas concepciones; nada le importaba que el cotarro estudiantil lo ensalzara como un fenómeno o lo ridiculizara como “arribista” y ambicioso. Sólo tenían importancia para él sus estudios, todos comprendidos ahora en el ámbito del juego. Además tenía importancia para él solamente otra cuestión, es decir, si el juego era precisamente lo más noble y elevado de Castalia y merecía que se le dedicara la vida. Porque con la iniciación en los misterios cada vez más ocultos de las leyes y las posibilidades del juego, con su familiaridad en los pintorescos laberintos del archivo y del complejo mundo íntimo del simbolismo del juego, no estaban acalladas todavía sus dudas; ya había experimentado dentro de sí mismo que fe y duda se relacionan estrechamente, que se condicionan como el inspirar y el espirar, y con los progresos en todos los terrenos del microcosmos del juego fueron creciendo lógicamente también su capacidad de visión y su sensibilidad para toda la problemática del mismo. Por breves momentos tal vez, el idilio en el soto de bambúes lo tranquilizó o quizá lo indujo en error; el ejemplo del Hermano Mayor le había demostrado que siempre existían salidas o expedientes para evitar toda esta problemática; se podía, por ejemplo, convertirse como aquél en chino, encerrarse detrás de un cerco de jardín y vivir en una especie bastante hermosa de perfección. Tal vez hasta podía convertirse uno en pitagórico o en monje o en escolástico, pero sería solamente un recurso del egoísmo, una renuncia a la universalidad posible y consentida sólo para una exigua minoría, una renuncia al hoy y al mañana en favor de algo perfecto, pero pasado, era una forma sublime de fuga, y Knecht había sentido ya para esa fecha que ésta no era su ruta. Pero ¿cuál era entonces? Además de su gran capacidad para la música y el juego de abalorios, sabía que existían en él otras fuerzas, cierta independencia interior, una noble extravagancia, que por cierto no le prohibía ni le agravaba el servir de alguna manera, pero que le exigía servir solamente al supremo Señor. Y esta fuerza, esta independencia, esta extravagancia no eran solamente un rasgo de su figura, no tendían solamente ni influían solamente hacia adentro, sino que se expandían activamente también hacia afuera. Ya durante sus años de alumno y especialmente en el período de su rivalidad con Plinio Designen, Josef Knecht había hecho a menudo la experiencia que muchos de su misma edad y aun más los más jóvenes entre sus camaradas no sólo simpatizaban con él y buscaban su amistad, sino que se inclinaban a dejarse dominar por él, a pedirle consejo, a dejar que influyera en ellos, y esta experiencia se fue repitiendo mucho desde entonces. Ella tenía un lado sumamente agradable y halagador, acariciaba al orgullo y robustecía su conciencia de sí mismo. Pero tenía también su reverso, oscuro y temible, porque ya de por sí la tendencia de mirar de arriba abajo por su debilidad, su falta de personalidad y dignidad a estos camaradas anhelosos de consejo, dirección y ejemplo, hasta el deseo secreto que brotaba en ciertas ocasiones de convertirlos (por lo menos en la fantasía) en acomodaticios esclavos, tenía algo prohibido y odioso. Además, durante la época de Plinio había podido sentir con qué responsabilidad, esfuerzo y peso interior se paga toda posición brillante y representativa; sabía también desde mucho antes qué carga era para el Magister Musicae la distinción suprema. Era hermoso y poseía un “quid” tentador el tener poder sobre seres humanos y brillar delante de los demás, pero contenía también algo diabólico y peligroso, y la historia universal consistía solamente en una ininterrumpida serie de amos, conductores, ejecutores y comandantes, que con escasas excepciones habían empezado bien y concluido mal, que, por lo menos según ellos, habían aspirado al poder con buenas intenciones, todos, para luego ser poseídos y cegados por ese poder y llevados a amarlo para su propia satisfacción. Era necesario santificar y tornar útil aquel poder que la naturaleza le diera, poniéndolo al servicio de la jerarquía; esto fue siempre algo natural y lógico para él. Mas ¿en qué lugar podían servir mejor sus energías y dar el mejor fruto? La facultad, el don de atraer e influir más o menos en los demás, sobre todo en los jóvenes, hubiera tenido mucho valor para un militar o un político, pero allí en Castalia no había lugar para ello; allí los dones sólo podían servir al maestro y al educador, en realidad, y precisamente para estas actividades no sentía Knecht mucha atracción. Si se hubiese tratado de hacer solamente su voluntad, hubiera preferido la existencia del sabio independiente a cualquier otra, o a la del juego de abalorios. Y así se enfrentó con la vieja y torturante cuestión: ¿era este juego lo supremo, era realmente el rey en el reino espiritual? ¿No era a pesar de todo, en resumidas cuentas, solamente un juego? ¿Merecía en realidad una completa entrega, un servicio de toda la vida? Este famoso juego nació, generaciones antes, como una suerte de sustituto del arte, y, para muchos por lo menos, estaba por convertirse poco a poco en una especie de religión, de posibilidad, de recogimiento, elevación y devoción para inteligencias muy desarrolladas. Como se ve, en Knecht se estaba cumpliendo el antiguo conflicto entre estética y ética. La cuestión nunca totalmente expresada, pero tampoco nunca cabalmente acallada es la misma que surge aquí y allá oscura y amenazante en sus poesías escolares de Waldzell; no se refería solamente al juego de abalorios, sino a Castalia sobre todo.
Precisamente en los días en que esta problemática más lo atormentaba y en sueños revivía a menudo las discusiones con Designori, le ocurrió al pasar por uno de los amplios patios de la ciudad de los jugadores en Waldzell, que una voz detrás de él, que no reconoció en seguida y que sin embargo, le parecía bien conocida, lo llamó en voz alta por su nombre. Cuando se volvió, vio a un joven muy crecido, con ligera barba en el rostro, que corría alegremente hacia él. Era Plinio quien en un tumulto de recuerdos y afectos, lo saludó cordialmente. Se citaron para la noche. Plinio, que concluyera hacía mucho sus estudios en la Universidad del mundo y ya era un funcionario, concurrió como huésped durante unas breves vacaciones a un curso del juego de abalorios, como algunos años antes. La reunión nocturna hundió muy pronto a los dos amigos en verdadera perplejidad. Plinio era allí un huésped escolar, un aficionado de afuera tolerado, que seguía por cierto con mucho entusiasmo su curso, pero un curso para externos y aficionados; la distancia era excesiva; estaba allí frente a un perito, a un iniciado, quien ya sólo por su circunspección y su gentil asentimiento por el interés del amigo por el juego de abalorios tenía que hacerle sentir que él no era allí un colega, sino un niño, que encontraba su gozo en la periferia de una ciencia que para los otros era familiar en lo más hondo. Knecht trató de desviar la conversación del tema del juego, pidió a Plinio que le contara de su cargo, de su labor, de su vida allá afuera. En esto el retrasado, el niño, era Josef ahora, que formulaba preguntas necias y era instruido por el otro con cierta contemplación. Plinio era jurisperito, aspiraba a tener influencia política, estaba por comprometerse con la hija de un jefe de partido, hablaba una lengua que Josef sólo entendía a medias, muchas expresiones repetidas a menudo le sonaban a hueco, por lo menos no tenían sentido para él. Era imposible no percibir que Plinio valía algo allá en su mundo, sabía mucho y tenía una meta ambiciosa. Pero los dos mundos que un día, diez años antes, se habían puesto en contacto y tornado sensibles en ambos jóvenes, curiosamente y no sin simpatía, no combinaban ahora, chocaban como incompatibles y extraños uno a otro. Cabía reconocer ciertamente que este hombre de mundo, este político, mantenía cierta adhesión a Castalia y sacrificaba por segunda vez ya, sus vacaciones al juego de abalorios; mas en el fondo, pensó Josef, no existía mucha diferencia con el hecho de que algún día él mismo apareciera en el ambiente oficial de Plinio y se hiciera mostrar, como huésped curioso, algunas sesiones de tribunal, un par de talleres o algunos institutos sanitarios. Ambos estaban desilusionados. Knecht encontró a su amigo de un tiempo más grosero y superficial. Designori en cambio consideró al cantarada de años antes como altanero en su espiritualismo y exoterismo exclusivistas; le pareció convertido en un espíritu solitario completamente prendado de sí y de su deporte. Entre tanto lucharon para sobreponerse y Designori quiso contar muchas cosas de sus estudios y exámenes, de sus viajes a Inglaterra y al sur, de reuniones políticas, del Parlamento. Al pasar manifestó también una idea que sonó como amenaza o advertencia; dijo:
—Verás, pronto tendremos intranquilidad, tal vez guerra, y no es imposible que toda vuestra existencia castalia llegue a encontrarse en serio peligro.
Josef no lo tomó muy en serio, preguntó solamente:
—Y tú, Plinio, ¿estarás con Castalia o contra Castalia?
—¡Oh —respondió Plinio, con forzada sonrisa—, creo que ni siquiera se me preguntará mi opinión! Por lo demás, estoy por la intacta subsistencia de Castalia, de otra manera no estaría aquí. Mas, aunque vuestras exigencias materiales son modestas, Castalia cuesta al país una buena suma de dinero por año.
—¡Sí! —exclamó riendo Josef—. La suma, según se me dijo, importa más o menos la décima parte de lo que se gastó en armas y municiones todos los años durante el siglo bélico en nuestro país.
Se encontraron algunas veces todavía, y cuanto más se fue acercando el fin del curso de Plinio, tanto más cuidaron de ser gentiles mutuamente. Pero ambos se sintieron aliviados, cuando las dos o tres semanas pasaron y Plinio partió.
Gran maestro del juego de abalorios era entonces Tomás Della Trave, hombre famoso que había viajado mucho y conocía el mundo, conciliador y muy cortés con quien se le acercara, pero de la más vigilante y ascética severidad en asuntos del juego, gran trabajador, como no alcanzaban a sospechar aquellos que sólo le conocían en su aspecto representativo, por ejemplo, en la suntuosidad de la fiesta como director de los grandes juegos ó cuando recibía delegaciones del extranjero. Se murmuraba de él que era un ser inteligente y frío, que mantenía con la música relaciones de mera cortesía, y entre aficionados jóvenes y entusiastas del juego de abalorios se oían ocasionalmente más bien juicios despectivos acerca de él, juicios equivocados, porque aunque no era un fanático y en los grandes juegos públicos prefería evitar los temas elevados y excitantes, en cambio sus “partidas” brillantemente construidas y formalmente insuperables mostraban al experto una profunda familiaridad con los problemas trascendentales del mundo del juego.
Un día, el Magister Ludí invitó a Josef Knecht, lo recibió en su residencia, en traje de casa, y le preguntó si le seria posible y placentero frecuentar su casa en los próximos días durante unos treinta minutos, siempre a esa misma hora. Knecht nunca lo había visitado solo y aceptó la orden asombrado. Por ese día, el Magister le presentó un abultado escrito, una propuesta que había recibido de un organista, una de las innumerables propuestas, cuyo examen corresponde a las tareas del cargo supremo del juego. Se trataba generalmente de ofrecimientos para la aceptación de nuevo material para el archivo: hubo, por ejemplo, quien elaboró con especialísima exactitud la historia del madrigal y descubrió en la evolución del estilo una curva que pudo dibujar musical y matemáticamente, para ser incorporado al tesoro idiomático del juego. Otro investigó el latín de Julio César en sus propiedades rítmicas y encontró en ese ritmo una asombrosa concordancia con el resultado de muy conocidas investigaciones del intervalo en el canto eclesiástico bizantino. Un exaltado, en otro caso, inventó una nueva cábala para la notación musical del siglo XV; y no es éste el lugar para hablar de las violentas cartas de experimentadores desviados que supieron extraer las más sorprendentes conclusiones del cotejo, por ejemplo, de los horóscopos de Goethe y Espinosa, y a menudo enviaron dibujos geométricos en colores, muy bonitos y aparentemente ilustrativos. Knecht se dedicó celosamente al proyecto; él mismo elaboró en su mente muchos proyectos de esta clase, pero no los envió; todos los jugadores activos de abalorios sueñan por cierto con una constante ampliación del campo de juego, hasta que abarcan al mundo entero, mas aún, realizan tales ensanches constantemente en sus fantasías y en sus ejercicios privados del juego, y en todos aquellos que parecen distinguirse, persiste el deseo de que las ampliaciones privadas se convierten en oficiales también. La verdadera y última perfección del juego particular de jugadores muy adelantados consiste justamente en que son tan dueños de las fuerzas que expresan, que dominan y reforman las leyes del juego como para comprender en un ejercicio cualquiera con valores objetivos e históricos también concepciones totalmente individuales y unívocas o eventuales. Un apreciado botánico hizo una vez al respecto esta chusca observación: “Todo ha de ser posible en el juego de abalorios, hasta que, por ejemplo, una simple planta aislada se entretenga en latín con el señor Linneo”.
Knecht ayudó, pues, al Magister en el análisis del esquema citado; la media hora pasó rápidamente, al otro día acudió puntual y así todos los días durante dos semanas, para trabajar esos minutos solo con el Magister Ludí. Ya en los primeros días le llamó la atención que éste le hacía estudiar críticamente con el mayor cuidado hasta el final también asuntos sin valor alguno, que a simple vista aparecían inservibles; se sorprendió que el gran maestro tuviese tiempo para ello y, poco a poco, comenzó a notar que no se trataba en este caso de prestar un servicio al sabio y ahorrarle un poco de trabajo, sino que estas tareas, aunque necesarias en sí, debían ser ante todo una oportunidad para examinarlo a él, joven adepto, con suma atención, en la forma más gentil. Le sucedía algo, algo parecido a lo de un tiempo en su período infantil, cuando apareció el Magister Musicae; observó que de pronto también el comportamiento de sus cantaradas se hacía más tímido, más distanciado, por momentos irónicamente respetuoso; algo se estaba preparando, él lo sentía, sólo que no era tan satisfactorio como la primera vez.
Después de la última de sus sesiones, el Magister Ludí le dijo con su voz afable y ligeramente aguda en su manera exactamente acentuada, sin solemnidad alguna:
—Está bien, mañana ya no hace falta que vengas, nuestra labor está terminada por el momento, pronto ciertamente tendré que volver a molestarte. Muchas gracias por tu colaboración, para mí ha sido muy útil y valiosa. Además opino que ahora deberías solicitar tu admisión en la Orden; no chocarás con dificultades, ya notifiqué lo necesario a las autoridades superiores. ¿Estás de acuerdo conmigo?
Luego, poniéndose de pie, agregó:
—Unas palabras más todavía: probablemente también tú, como lo hacen en su juventud la mayor parte de los buenos jugadores de abalorios, estás tentado ocasionalmente a emplear nuestro juego como una especie de instrumento para el filosofar. Mis palabras por sí solas no te curarán de ello, pero quiero decírtelas; se debe filosofar solamente con los recursos legítimos, los de la filosofía. Nuestro juego no es ni filosofía ni religión, es una disciplina individual y se emplea generalmente con carácter de arte, es un arte sui generis. Si se considera así, se sigue, aunque esto se comprenda apenas después de cien fracasos. El filósofo Kant —se le conoce poco ya, pero fue una mente de categoría— dijo que el filosofar teológico es “una linterna mágica de quimeras”. No tenemos que convertir nuestro juego de abalorios en una cosa de esta naturaleza.
Josef estaba sorprendido y por su contenida excitación casi no oyó la última advertencia. Con la rapidez del rayo lo comprendió; estas palabras significaban el fin de su libertad, la conclusión de su período de estudios, la admisión en la Orden y su próxima inserción en la jerarquía. Agradeció con una profunda inclinación y fue luego a la Cancillería de la Orden en Waldzell, donde se encontró de hecho ya inscripto en la lista de los candidatos. Como todos los estudiosos de su grado, conocía las reglas de la Orden lo bastante a fondo y recordó la disposición por la cual cada miembro de la misma que cubriese un cargo oficial de rango muy elevado estaba autorizado a realizar la admisión. Expresó, pues, el pedido de que la ceremonia fuese verificada por el Magister Musicae, recibió un documento y un breve permiso, y partió al día siguiente para ver a su protector y amigo de Monteport Encontró al anciano y respetable señor ligeramente indispuesto, pero fue recibido con alegría.
—No podrías llegar más a propósito —le dijo el Magister—. Muy pronto no hubiera yo poseído la facultad de aceptarte en la Orden como Hermano menor. Estoy por deponer mis funciones, ya se me ha concedido el retiro.
La ceremonia misma fue simple. El día siguiente, el Magister Musicae invitó como testigos a dos Hermanos de la Orden, según lo prescribían los estatutos; antes, Knecht había recibido como tema para un ejercicio de meditación un párrafo de las reglas de la Orden. El mismo rezaba: “Si la Alta Autoridad te llama a un cargo, debes saber que cada ascenso en la escala de las funciones, no es un paso hacia la libertad, sino hacia mayores lazos; cuanto más alto el cargo, tanto más estrecho el vínculo; cuanto mayor el poder de este cargo, tanto más severo el servicio. Cuanto más fuerte la personalidad, tanto mas vedada la indiferencia”. Se reunieron en la celda de música del Magister, la misma donde Knecht había vivido su primera iniciación en el arte de meditar, el anciano pidió al candidato que para dar solemnidad al momento tocara un preludio coral de Bach, luego uno de los testigos leyó el resumen de las reglas de la Orden y el Magister mismo formuló las preguntas rituales y tomó el voto al joven amigo. Le concedió una hora todavía; fueron a sentarse en el jardín, y el anciano le hizo amables indicaciones de cómo debía asimilar las reglas de la Orden y vivir de conformidad con ellas.
—Es hermoso —le dijo— que tú entres en la brecha en el instante en que me retiro; es como si tuviese un hijo que en el futuro me reemplazará.
Y cuando vio que la cara de Josef se nublaba de tristeza, añadió:
—No, no te entristezcas, yo tampoco me siento triste. Estoy verdaderamente cansado y me alegra de antemano el ocio que aún me espera y de cuyo goce participarás muy a menudo, según lo espero. Y cuando nos veamos la próxima ver, me tutearás. No te lo pude pedir ni ofrecer mientras revertía mi cargo.
Lo despidió con la cordial sonrisa que Josef conocía ya desde hacia veinte años.
Knecht regresó rápidamente a Waldzell, había recibido allí solamente tres días de permiso. Apenas estuvo de vuelta, fue llamado por el Magister Ludí que lo recibió con una vivacidad de cantarada o de colega y lo felicitó por su admisión en la Orden.
—Para que seamos completamente colegas y carneradas de labor —le explicó—, falta solamente tu alistamiento en un determinado lugar de nuestra construcción.
Josef se estremeció ligeramente. Estaba, pues, por perder su libertad.
—¡Oh! —objetó sobriamente—, espero que se me podrá utilizar en algún puesto humilde. Mas si he de confesarlo, creí por cierto, poder estudiar por un tiempo libremente todavía.
El Magister lo miró fijamente en los ojos con su sonrisa inteligente y un poco irónica:
—Un tiempo, tú dices, más ¿cuánto? —preguntó.
Knecht rió confundido.
—No lo sé, en realidad.
—Me lo imaginaba —asintió el Magister—, hablas todavía la lengua estudiantil y piensas según los conceptos del estudiante, Josef Knecht, y esto está bien pero muy pronto no estará bien ya, porque te necesitamos. Sabes perfectamente que aun más Urde hasta en los cargos más elevados de nuestra jerarquía, puedes ser autorizado para fines de estudio, si logras demostrar a las autoridades el valor de tales estudios; mi predecesor y maestro, por ejemplo, solicitó siendo ya Magister Ludí y anciano, todo un año de permiso para sus estudios en el Archivo de Londres, y lo obtuvo. Pero no recibió su permiso por “un tiempo”, sino por un determinado número de meses, semanas, días. Deberás tenerlo presente en el futuro. Y ahora debo hacerte una propuesta; necesitamos un hombre responsable que no sea conocido fuera de nuestro ámbito, para una misión especial.
Se trataba del siguiente encargo: el monasterio benedictino de Mariafels, uno de los centros de cultura más antiguos del país, que mantenía buenas relaciones con Castalia y se dedicaba justamente al juego de abalorios desde muchas décadas, solicitaba que por un determinado período se le cediera un joven maestro para la iniciación en el juego y también para estimular a los pocos jugadores adelantados del monasterio, y la elección del Magister había recaído en Josef Knecht Por eso lo estuvo examinando tan cuidadosamente, por eso apresuró su aceptación en la Orden.
En muchos aspectos, Josef volvió a encontrarse ahora como un día, en la época de sus estudios de latín, después de la visita del Magister Musicae. Apenas se le hubiera podido ocurrir pensar que su misión en Mariafels representaba una distinción especial y un buen primer paso en la escala de la jerarquía; pero teniendo, por cierto, ojos más despiertos que entonces, pudo deducirlo claramente de la conducta y el proceder de sus camaradas. Si desde un tiempo pertenecía al círculo privilegiado de la selección de jugadores de abalorios, ahora, por el extraordinario encargo, resultaba señalado como alguien que los superiores vigilan y del cual piensan servirse. Los camaradas y compañeros de ayer no le retiraron su confianza ni le negaron su amistad; en este ámbito de la más alta aristocracia espiritual se procedía con demasiado cortesía, pero surgió cierto alejamiento; el cantarada de ayer podía ser el superior de pasado mañana y el círculo señalaba estas gradaciones y diferencias en la relación mutua con la más delicada sensibilidad y sabía expresarlas.
Una excepción fue Fritz Tegularius al que, junto con Ferromonte, podemos calificar muy bien como el más fiel amigo en la vida de Josef Knecht. Tegularius, predestinado por sus dotes a las más altas posiciones, pero impedido gravemente por su poca salud, su escaso equilibrio y su falta de confianza en sí mismo, era coetáneo de Knecht (en la época de la admisión de éste en la Orden: unos treinta y cuatro años); lo había encontrado por primera vez unos diez años antes en un curso del juego de abalorios; Josef había notado ya entonces la atracción que sentía por él este joven tranquilo y un poco melancólico. Con su perspicacia para conocer a los hombres, que poseía ya por entonces sin saberlo, valoró también la naturaleza esencial de ese afecto; eran amistad y veneración dispuestas a la entrega y subordinación incondicionales, encendidas por un entusiasmo casi religioso, pero también ensombrecidas y contenidas en sus límites por la distinción íntima y por un sentimiento intuitivo de tragedia interior. Sacudido entonces, desconfiado e hipersensible en la época de Designori, Knecht mantuvo a Tegularius a la distancia con una consecuente severidad, aunque él también se sentía atraído por el cantarada interesante y nada vulgar. Para caracterizarlo, nos servirá una página de las anotaciones oficiales de Knecht, llevadas por éste algunos años más tarde, para ponerlas a disposición exclusiva de las Autoridades superiores. Allí dice:
“TEGULARIUS: Amigo personal del relator. Alumno muchas veces distinguido en Keuperheim, buen filólogo de la antigüedad, muy interesado en filosofía; hizo trabajos sobre Leibniz, Bolzano y, más tarde, sobre Platón. El jugador de abalorios más completo y brillante que conozco. Sería predestinado a ser Magister Ludí si, juntamente con su delicada salud, su carácter no fuese totalmente inadecuado para ello. T. no puede llegar nunca a una posición directiva, representativa o de organización; sería una desgracia para él y para el cargo. Su insuficiencia se manifiesta físicamente con estados de depresión, períodos de insomnio y desarreglos nerviosos; espiritualmente, por temporadas, con melancolía, violenta necesidad de aislamiento, ansiedad por los deberes y las responsabilidades y, probablemente, también con ideas de suicidio. Este ser Un amenazado resiste con el auxilio de la meditación y el gran dominio de sí mismo, con tanto valor que la mayoría de los que lo rodean no tienen siquiera una sospecha de la gravedad de su sufrimiento y sólo notan su gran sobriedad y su reserva. Por desgracia, pues, no es apto para ocupar cargos elevados, aun siendo para el Vicus Lusorum una joya, un tesoro insustituible. Domina la técnica de nuestro juego como un gran músico su instrumento; halla a ciegas el matiz más delicado y es un estimable maestro. En los cursos secundarios y superiores de repetición —para los inferiores sería una lástima grande emplearlo—, no sabría cómo desenvolverme sin él; es algo extraordinario y único ver cómo analiza los ensayos de los jovencitos, sin nunca desanimarlos, cómo sorprende sus tretas, conoce y revela infaliblemente toda imitación o simple decoración, cómo encuentra las fuentes de los errores en un juego bien refundido pero aún inseguro y mal compuesto, y las presenta como impecables preparados anatómicos. Esta visión aguda e insobornable para analizar y corregir es la que ante todo le asegura el respeto de alumnos y colegas, respeto que resultaría muy problemático por su porte incierto y desigual, ligeramente tímido. Deseo ilustrar con un ejemplo lo expresado acerca de la genialidad de T. como jugador de abalorios que no tiene competidor. En el primer tiempo de mi amistad con él, cuando ambos ya no encontrábamos mucho que aprender técnicamente en los cursos, me permitió una vez, en una hora de confidencias privadas, una ojeada sobre algunos juegos compuestos por él. A primera vista los hallé brillantemente inventados y, por alguna ratón, nuevos y originales en su estilo; le pedí los esquemas apuntados para estudiarlos y encontré en esas composiciones verdaderos poemas, algo tan asombroso y unívoco, que creo no debo callarme al respecto. Esos juegos eran pequeños dramas de estructura casi meramente monologada y reflejaban la vida anímica e individual del autor, tan antepasada como genial, hasta resultar un perfecto autorretrato. No había solamente concentración y discusión dialéctica de los varios temas y grupos de temas en que descansaba el conjunto y cuya sucesión y oposición resultaban muy chispeantes, sino que también la síntesis y la armonización de las voces contrastantes no concluía en la forma usual, clásica; esta armonización pasaba más bien por toda una serie de quebrantos y permanecía cada vez detenida —como por cansancio o desesperación— antes de la solución; su tonalidad se perdía en interrogaciones y dudas. Esos juegos se enriquecían así no sólo con una excitante cromática, por lo que yo sé nunca intentada hasta hoy, sino que todos los juegos se convertían en la expresión trágica de una duda, de una renuncia, figurada comprobación de lo problemático de todo esfuerzo espiritual. Además, tanto en su espiritualismo como en su caligrafía y en la perfección técnica, eran tan excepcionalmente hermosos, que se hubiera sentido el deseo de llorar sobre ellos. Cada uno aspiraba tan intima y seriamente a la solución y renunciaba al final a ella con tan noble abandono, que aquello resultaba una perfecta elegía de lo transitorio ínsito en todo lo bello, y de lo dudoso connatural en el fondo para todas las elevadas metas espirituales. Otrosí: Tegularius, en el caso de que me sobreviva a mí o a mi permanencia en el cargo, debe ser recomendado como un bien sumamente delicado, preciso, pero siempre en peligro. Debe gozar de mucha libertad; su consejo ha de escucharse en todos los problemas del juego que sean de importancia, pero no hay que confiarle discípulos, ni una dirección demasiado librada a su solo criterio”.
Con el correr de los años, este ser tan importante llegó a convertirse realmente en amigo de Knecht. Para con éste, en quien admiraba además del alma también lo que era naturaleza de ano, de jefe, alimentaba una emotiva devoción, y mucho de lo que sabemos de Knecht nos ha sido trasmitido por él. En el círculo más estrecho de los jugadores de abalorios más jóvenes fue tal vez el único que no envidió al amigo por la misión recibida y el único para quien su alejamiento en misión por tiempo indeterminado representó profundo dolor y casi irreparable pérdida.
El mismo Josef sintió la nueva situación anímicamente; apenas pudo vencer aquel conocido miedo por la improvisa pérdida de su amada libertad; la sintió como algo alegre, tuvo deseo de emprender viaje, experimentó placer por la actividad y curiosidad por el mundo nuevo hacia el cual se le enviaba. Por lo demás, no se dejó partir aljoven Hermano de la Orden sin más ni más; ante todo se le detuvo durante tres semanas a la “policía”. Entre los estudiantes, así se llamaba la pequeña sección del atuendo de la autoridad educativa, que quizá podía denominarse su departamento político o también su Ministerio de Relaciones Exteriores, si éste no fuera un nombre demasiado grande para cosa tan reducida. Allí le enseñaron las normas de conducta de los Hermanos de la Orden durante su residencia en el mundo exterior, y casi todos los días el señor Dubois, prefecto de esa sección, le dedicó una hora. En realidad, este hombre de gran conciencia creía lamentable enviar a semejante lugar exterior a un joven no experimentado aún y todavía completamente ignoro del mundo; no ocultaba siquiera el hecho de que condenaba la resolución del Magister Ludí y se esforzó doblemente en enseñar con el mayor esmero al joven Hermano los peligros del mundo y los medios para enfrentarlos eficazmente. Y la honesta y paternalmente preocupada intención del prefecto coincidió tan felizmente con la disposición del joven para dejarse instruir, que en esas horas de iniciación en las reglas de su trato con el mundo, Josef Knecht conquistó por entero el afecto de su maestro y éste pudo al final licenciarlo tranquilizado y con plena confianza en su misión. Más por benevolencia que por política, intentó aún confiarle una especie de encargo por su cuenta. El señor Dubois pertenecía, como uno de los pocos “políticos” de Castalia por cierto al muy reducido grupo de funcionarios cuyos pensamientos y estudios estaban dedicados en gran parte al problema de la continuidad estatal y económica de Castalia, a sus relaciones con el mundo foráneo y a su independencia de éste. La enorme mayoría de los castalios —sabios, estudiosos o simplemente funcionarios— vivían en la “provincia pedagógica” y en su Orden como en un mundo estable, eterno y autónomo, del cual sabían por cierto que no siempre había existido, que surgió un día determinado y, precisamente, en una época de suprema necesidad, poco a poco y entre amargas luchas, hacia el final de la era bélica, tanto por una autodeterminación y un esfuerzo ascéticamente heroico de los espiritualistas, como una honda necesidad de los pueblos agotados, desangrados y desamparados, que ansiaban orden, normas, razón, ley y medida. Sabían todo esto y conocían la función de todas las Órdenes y “Provincias” del mundo: mantenerse alejados del gobierno y de las competiciones y gozar en cambio de la firmeza y estabilidad duraderas de las bases espirituales de toda medida, de toda ley. Mas no sabían que esta organización de cosas no puede existir sólo por sí misma, que presupone cierta armonía entre mundo y espíritu, cuyo trastorno es siempre posible; que la historia universal, en conjunto, no aspira en absoluto a lo deseable, a lo razonable y a lo bello ni lo favorece sino que a lo sumo lo tolera de tiempo en tiempo como excepción; y la problemática secreta de su existencia castalia no fue advertida fundamentalmente casi por ninguno de ellos, sino dejada al cuidado de las mentes políticas, una de las cuales era el prefecto Dubois. Knecht, apenas ganó su confianza, recibió de este último una sumaria iniciación en las bases políticas de Castalia, que al principio le parecieron casi repulsivas y carentes de interés, como a la mayoría de los Hermanos de la Orden, pero que después le hicieron recordar aquella observación de Designori acerca de una amenaza para Castalia y con ella todo el amargo regusto, aparentemente superado y olvidado hacía mucho tiempo, de sus disputas juveniles con Plinio; de repente esas bases revistieron para él suma importancia y representaron un nuevo peldaño de su ascensión por el camino de su “despertar”.
Al final de su última reunión, Dubois le dijo:
—Creo que puedo dejarte partir. Observarás estrictamente el encargo que te dio el venerable Magister Ludí y, en idéntica forma, las normas de conducta que aquí te hemos dado. Me agradó poder ayudarte; verás que las tres semanas que te retuvimos aquí no han sido perdidas. Y si alguna vez sintieras el deseo de demostrarme tu satisfacción por mis informaciones y por habernos conocido, te enseñaré el modo de hacerlo. Estás destinado a una fundación benedictina y si quedas allí por algún tiempo y conquistas la confianza de los Paires, en el círculo de esos dignos señores y de sus huéspedes escucharás probablemente conversaciones políticas y conocerás estados de ánimo de la misma naturaleza. Si de ello quisieras informarme ocasionalmente, te quedaré muy reconocido. Compréndeme correctamente: de ningún modo debes considerarte como una suerte de espía o abusar de la confianza que te otorguen los Paires. No debes hacerme comunicación alguna que tu conciencia no te permita. Te aseguro que aceptamos y utilizamos eventuales observaciones solamente en interés de nuestra Orden y de Castalia. No somos realmente políticos y carecemos de poder, pero también nosotros dependemos del mundo que nos necesita o tolera. En determinadas circunstancias puede ser útil para nosotros saber si un estadista entra en un monasterio, o si el papa está enfermo, o si en la lista de los futuros cardenales aparecen nuevos candidatos. No estamos limitados a tus informes, tenemos muchas otras fuentes, pero una pequeña fuente más no puede perjudicar. Ve, pues; hoy no necesitas decir ni sí ni no a mi sugestión. No te propongas otra cosa más que cumplir ante todo perfectamente tu misión oficial y demostrarte digno ante los Padres eclesiásticos. ¡Buen viaje!
En el libro de los oráculos que Knecht interrogó antes de iniciar su viaje, después de realizar la ceremonia de las varitas de milenrama, dio con el signo que significa “El peregrino”, y con la sentencia: “Vencer por pequeñez. La perseverancia salva al peregrino”. Encontró un seis en el segundo puesto y buscó en el libro la interpretación:
“El peregrino llega al hostal
Tiene todos sus bienes consigo.
Obtiene la perseverancia de un joven siervo”.
La despedida fue alegre; únicamente la última entrevista con Tegularius resultó para ambos una prueba de valor. Fritz se dominó íntimamente y estuvo casi rígido en la frialdad a la que se obligara; con el amigo se marchaba para él lo mejor que poseía. El modo de ser de Knecht no concedía a un amigo una relación apasionada ni exclusiva; en caso de necesidad podía pasarse sin amigos también y dirigir el rayo de su simpatía sin inhibiciones hacia nuevos objetos y nuevos seres. Para él, la despedida no era una pérdida decisiva; pero conocía ya entonces al amigo lo suficiente como para saber qué trastorno, qué prueba era para él esta separación, y para preocuparse por él. Había pensado ya a menudo sobre esta amistad; una vez habló también con el Magister Musicae al respecto y supo así en cierto grado cómo objetivar su propia experiencia, sus propios sentimientos y considerarlos con espíritu crítico. Tuvo conciencia de que no era propiamente la gran capacidad del otro lo que le atraía y provocaba hacia aquél una suerte de apasionamiento, sino precisamente lo inseparable de esta capacidad con tan graves deficiencias, con tanta fragilidad, y que la unilateralidad y la exclusividad del afecto que Tegularius sentía por él no sólo tenían atracción y belleza sino también peligros, es decir, la tentación de hacer sentir eventualmente su poder al ser más débil en energías pero no en amor. En esta amistad, se impuso el deber de la máxima reserva, de la mayor atención, hasta el final En la vida de Knecht, el otro, aunque lo quisiera tanto, no hubiera logrado tener más profunda importancia, si la amistad con este ser delicado, hechizado por su amigo tanto más fuerte y seguro, no le hubiera revelado la fuerza de atracción y el poder de atraer que tenía sobre muchos hombres. Aprendió a sentir que algo de este poder de atraer a otros e influir sobre ellos pertenecía esencialmente a las facultades del maestro y del educador, y que tal poder oculta peligros e impone responsabilidades. Tegularius fue uno entre muchos; Knecht se vio expuesto a muchas miradas cortejantes. Al mismo tiempo, en los últimos años, había vivido cada vez más clara y conscientemente la atmósfera de alta tensión del Vicus Lusorum. Allí pertenecía a un círculo o a una clase que no existía oficialmente, pero que estaba muy netamente separada, pertenecía a la más severa selección de candidatos y repetidores del juego de abalorios, centro desde el cual uno u otro salían para colaborar con el Magister, con el archivista o en los cursos de juego, pero nunca para servir entre funcionarios medios o inferiores o simples maestros; eran la reserva para ocupar las posiciones directivas. Aquí todos se conocían mutuamente, amargamente bien, casi no podía haber aquí equivocaciones sobre capacidades, caracteres y condiciones. Y justamente porque aquí, entre estos repetidores de los estudios del juego y aspirantes a las altas dignidades, cada uno era una fuerza superior al promedio y digna de ser tomada en consideración, y según los servicios, saber y testimonios, de primera calidad, por eso mismo los rasgos y matices de los caracteres, que predestinan a un pretendiente a ser jefe y triunfador, representan un papel especialmente importante y atentamente observado. Un más o un menos de ambición, de porte, de estatura o de grata estampa, un poco más o un poco menos de encanto personal, de influencia sobre los más jóvenes o sobre los superiores, tenía aquí gran peso y podía resultar factor decisivo en los certámenes o en las oposiciones. Como Fritz Tegularius, por ejemplo, pertenecía a este círculo solamente como foráneo, huésped y tolerado, y en cierto modo encuadrado en la zona periférica, porque carecía visiblemente de las dotes de jefe, Josef Knecht correspondía al sector central. Lo que lo imponía a los jóvenes y le conquistaba adeptos y adoradores, era su fresca vivacidad, su animación enteramente juvenil aún, inaccesible a la tendencia a las pasiones, incorruptible y también infantilmente irresponsable, una forma de inocencia, casi. Y lo que lo tornaba grato a los ojos de los superiores, era el reverso de esta inocencia: su casi completa ausencia de ambición y “arribismo”.
En los últimos tiempos, el influjo de su personalidad —primeramente el ejercicio hacia abajo y luego, paulatinamente, el logrado hacia arriba— llegó a ser conciencia en el joven, y cuando desde este punto de vista del “desierto” miraba hacia atrás, veía ambas líneas recorrer y dar forma a su vida hasta en la infancia: la acariciadora amistad que le habían ofrecido camaradas y menores de edad, y la bondadosa atención con que lo trataron muchos superiores. Hubo excepciones, como el rector Zbinden, pero en compensación también distinciones como el favor del Magister Musicae y, recientemente, el del señor Dubois y el del Magister Ludí. Todos lo notaban, pero Knecht nunca quiso verlo y admitirlo del todo. Era evidentemente la vía predestinada para él acabar siempre por sí mismo y sin esfuerzo en todas partes entre los selectos y hallar amigos que lo admiraban y protectores muy altos; era su destino no poder dejarse caer en la sombra a la base de la jerarquía, sino acercarse constantemente a su cumbre y a la luz clarísima en la que ésta se hallaba. No sería ni un subalterno ni un sabio privado, sino un señor, un amo. El hecho de que lo notara más tarde que otros de su misma posición le confería aquel indescriptible “más” de fascinación, aquel matiz y aquel renombre de inocencia. ¿Y por qué lo advirtió tan tarde, tan a regañadientes? Porque no había aspirado a todo eso en absoluto, ni lo quería; porque dominar no era para él una necesidad, mandar no era un placer; porque ansiaba más la vida contemplativa que la activa y hubiera quedado satisfecho si hubiese podido ser muchos años más, cuando no toda su vida, un estudioso al que nadie observa, un peregrino curioso y respetuoso a través de los santuarios del pasado, de las catedrales, de la música, de los parques y los bosques de la mitología, las lenguas, las ideas. Ahora, como se veía inexorablemente empujado a la vida activa, sintió mucho más fuertemente que antes las tensiones de la aspiración, los certámenes, el orgullo en su torno; sintió amenazada su inocencia, la sintió ya falta de consistencia o de resistencia. Comprendió que debería querer y afirmar lo que contra su voluntad le habían designado y encargado, para poder vencer la sensación de estar preso y la nostalgia por la libertad perdida en los últimos diez años, y como para ello no estaba aún enteramente preparado en su fuero íntimo, aceptó como liberación la momentánea despedida de Waldzell y de la “provincia” y el viaje hacia el mondo foráneo.
El monasterio y la fundación de Mariafels, en los muchos siglos de su existencia, había contribuido a determinar la historia de Occidente y a sufrirla también; tuvo períodos de florecimiento, decadencia, renacimiento y nueva depresión y en muchas épocas y en distintos terrenos había sido famoso y esplendoroso. Asiento supremo un día de la sabiduría escolástica y del arte de la disputa y hoy todavía poseedor de una enorme biblioteca de teología medieval, después de períodos de ocaso e inercia, alcanzó nuevo esplendor, esta vez por su estudio de la música, su muy alabado coro, y por sus Misas y Oratorios compuestos y ejecutados por sus Paires; desde entonces poseía una hermosa tradición musical, media docena de armarios de madera de nogal llenos de manuscritos musicales y el más hermoso órgano del país. Luego llegó la época política del monasterio, que dejó también cierta tradición y cierta experiencia. En días del peor salvajismo bélico, Mariafels se convirtió muchas veces en islita de la razón y del sentido común, donde las mejores inteligencias de los bandos enemigos se habían buscado mutuamente, con suma prudencia, en procura de un entendimiento, y una vez —éste fue el apogeo de su historia— Mariafels fue el lugar de origen de un tratado de paz que calmó por algún tiempo la ansiedad de pueblos extenuados. Cuando más tarde comenzó una nueva era y se fundó Castalia, el monasterio se mantuvo apartado y aun adverso, probablemente por haber recibido al respecto indicaciones de Roma. Un pedido de la autoridad educativa de hospitalidad para un sabio que quería trabajar una temporada en la biblioteca escolástica del claustro, fue declinado cortésmente, como también la invitación para que enviase un representante a un congreso de historia de la música. Apenas desde los días del abad Pío, quien en edad avanzada comenzó a interesarse mucho por el juego de abalorios, hubo relaciones e intercambios y desde entonces había conexiones amistosas, aunque no precisamente entusiastas. Se intercambiaban libros, se concedía mutua hospitalidad; también el protector de Knecht, el Magister Musicae, había estado en su juventud algunas semanas en Mariafels, copiando manuscritos musicales y tocando el famoso órgano. Knecht lo sabía y se felicitaba de residir en un lugar del cual podría alguna vez narrar algo a su venerable protector, con verdadero placer.
Contra sus esperanzas, lo recibieron con Unta distinción y gentileza que se sintió desconcertado. Era la primera vez, por cierto, que Castalia ponía a disposición del monasterio por tiempo indeterminado a un maestro del juego de abalorios de su propia selección. Con el director Dubois había aprendido a considerarse, sobre todo durante los comienzos de su papel de huésped, no como persona, sino como representante de Castalia y a aceptar y retribuir gentilezas y eventuales distanciamientos sólo como embajador; esto lo ayudó a superar los primeros inconvenientes. Llegó también a dominar la inicial sensación de extrañamiento y de temor y la ligera excitación de las primeras noches, en las que apenas pudo dormir; como el abad Gervasio mostraba hacia él una bondadosa y afable simpatía, se encontró bien muy pronto en su nuevo ambiente. Le hacían feliz la frescura y la reciedumbre de la región, una ruda zona montañosa con paredes de roca perpendiculares, y fértiles praderas salpicadas de hermoso ganado; le hacia feliz lo imponente y espacioso de las viejas construcciones, en las que podía leerse la historia de muchos siglos; le cautivó luego la belleza y la sencilla comodidad de su habitación, compuesta de dos ambientes, en el piso superior de la larga ala destinada a los huéspedes. Mucho le agradaron sus paseos de investigación a través de la magnífica pequeña ciudad, con dos iglesias, claustros, archivo, biblioteca, residencia del abad, muchas fincas con vastos establos de ganado muy cuidado, fuentes cantarínas, sótanos abovedados gigantescos para vino y fruta, dos refectorios, la famosa sala del Capítulo, el parque bien conservado y los talleres de los Hermanos legos, del tonelero, el zapatero, el sastre, el herrero, etcétera, que formaban un pueblecillo alrededor de la plaza Mayor. Ya tenía acceso a la biblioteca; el organista le había mostrado el espléndido órgano en el cual pudo tocar, y no lo atraían menos los armarios donde sabía que se conservaba una considerable cantidad de manuscritos musicales inéditos, muchos de ellos desconocidos totalmente y pertenecientes a épocas muy remotas.
En el monasterio no demostraban mayor impaciencia por el comienzo de su función oficial. Más que días pasaron semanas sin que se abocara seriamente al verdadero propósito de su presencia allí. Si bien desde el primer día algunos Paires y especialmente el Abad se entretuvieron agradablemente con Josef hablando del juego de abalorios, aún no se había dicho una sola palabra acerca de la enseñanza o de cualquier otra actividad sistemática. También en otros aspectos Knecht observó en la conducta, en el estilo de vida y en el trato de los jefes eclesiásticos un tono para él desconocido hasta entonces y cierta dignísima lentitud, al par que una bondadosa tolerancia, de la que parecían participar todos estos Padres, aun los que aparentemente no carecían de temperamento. Era el espíritu de su Orden, era el aliento milenario, la organización de una comunidad antiquísima, privilegiada, probada cien veces en las horas felices y en las malas, y a la que ellos se adaptaban, del mismo modo que cada abeja se identifica con el destino y las desdichas de su colmena, duerme su mismo sueño, sufre sus mismos padecimientos y experimenta su mismo temblor. Comparado con el estilo existencial de Castalia, este estilo benedictino parecía a primera vista menos espiritual, menos ágil y afinado, menos activo, pero en cambio aparentaba ser más sosegado, menos sujeto a influjos, más antiguo, más seguro; parecía que reinaba allí un espíritu, un sentimiento convertido hacía mucho en segunda naturaleza. Con curiosidad y noble interés, con gran admiración también, Knecht dejó que esta vida claustral influyera en él, esta vida que existía ya en una época en que no había siquiera la idea de Castalia, y casi igual a la de hoy, a pesar de tener ya más de mil quinientos años; esta vida que tanto concordaba con el lado contemplativo de su carácter. Era un huésped, le honraban, le honraban mucho más de lo que esperara y le correspondiera, pero lo sentía claramente; eso era formulismo y costumbre (usus, realmente) y no se dirigía ni a su persona ni al espíritu de Castalia o del juego de abalorios: era la majestuosa cortesanía de una gran potencia antigua para con una más joven. Sólo parcialmente estaba preparado para ello, y muy pronto, a pesar de toda la comodidad de su vida en Mariafels, se sintió tan inseguro, que pidió a sus superiores normas más exactas de conducta. El Magister Ludí le escribió personalmente Unas líneas:
“No te preocupes —decía el Magister, entre otras cosas—, si sacrificas a tu estudio de la vida de allí el tiempo que quieras. Emplea tus días fructuosamente, aprende, trata de hacerte agradable y útil, hasta donde allí se considere o te alcance, pero no te apresures, no aparezcas nunca impaciente, no des la impresión de tener nunca menos holganza que tus huéspedes. Aunque te traten todo el año como si siempre fuera el primer día de su estada en su Casa, acéptalo tranquilamente y procede como si a ti tampoco te importaran ya dos años o diez. Tómalo como una competición en el ejercicio de la paciencia. ¡Medita cuidadosamente! Si tus ocios fueran demasiado largos, toma para ti algunas horas todos los días, no más de cuatro, para un trabajo regular, para el estudio o la copia de manuscritos, por ejemplo. Mas no des la impresión de que trabajas, debes tener tiempo para atender a quien tenga deseos de charlar contigo”.
Knecht siguió estas indicaciones y muy pronto se sintió de nuevo liberado. Hasta ese momento había pensado demasiado en su misión docente para aficionados del juego de abalorios, que realizaba en nombre de su Orden en Mariafels, mientras que los Padres del monasterio lo trataban más bien como a un embajador de una potencia amiga, que debe ser distinguido para que se encuentre a sus anchas. Y cuando finalmente el abad Gervasio se acordó de aquel encargo y primeramente le llevó algunos Paires que ya habían tenido una primera iniciación en el juego de abalorios, y a quienes debía impartir un curso más adelantado, comprobó para su sorpresa y, al comienzo, para su grave desilusión, que el cultivo del noble juego en este hospitalario lugar era muy superficial y para aficionados, y que por lo que se veía, se satisfacían con una modesta medida del conocimiento del juego. Y como consecuencia de esta comprobación, llegó lentamente también la otra; no era el arte del juego de abalorios ni su cultivo en el monasterio la razón de que lo hubiesen enviado allí. La tarea de adelantar un poco en lo elemental a los pocos Paires ligeramente inclinados al estudio del juego y procurarles la satisfacción de una modesta actividad deportiva, era fácil, demasiado fácil; la hubiera podido desempeñar cualquier otro candidato del juego, aunque no perteneciera al pequeño círculo selecto. Esta enseñanza no podía ser, pues, el verdadero fin de su misión allí. Comenzó a comprender que se le había enviado más para aprender que para enseñar.
Justamente cuando creyó comprender, su autoridad en el monasterio cobró un repentino robustecimiento y con ello también su conciencia de sí mismo, porque, a pesar de todos los atractivos y las cosas gratas inherentes a su papel de huésped, había sentido que su estada en ese lugar era para él por momentos casi un castigo. Pero ocurrió un día que durante una conversación con el Abad, sin intención alguna, dejó escapar una alusión al I Ging chino; el clérigo escuchó, hizo algunas preguntas, y cuando advirtió en su huésped el dominio del chino y su conocimiento del libro de los oráculos, no pudo ocultar su alegría. Tenía preferencia por el I Ging, y aunque no conocía el chino y su conocimiento del libro de los oráculos y otros misterios chinos adolecía de la misma ingenua superficialidad con que parecían conformarse los habitantes del monasterio en esa época en casi todos sus intereses científicos, podía notarse sin embargo, que el anciano inteligente y, en comparación con su huésped, tan experto y conocedor del mundo, tenía realmente relación con el espíritu de la sabiduría política y existencial de los antiguos chinos. Nació una conversación de insólita vivacidad, que quebró por primera vez la línea de conducta cortesana existente hasta ese momento entre el dueño de casa y el huésped, y llevó a que el dignísimo señor solicitara a Knecht le diese dos lecciones semanales del I Ging.
Mientras su relación con el Abad y anfitrión se convertía así en algo más vivo y eficaz, mientras crecía su amistad de cantarada con el organista, y el pequeño Estado eclesiástico en que vivía llegaba paulatinamente a serié más familiar, comenzó también a hacerse efectiva la promesa del oráculo, interrogado por él poco antes de partir de Castalia. Peregrino que llevaba consigo todos sus bienes, le había sido prometida no sólo la entrada en un hostal grato, sino también la “perseverancia de un joven siervo”. Y que la promesa se hallaba en vías de cumplirse, puedo considerarlo el peregrino como signo favorable, como signo de que él realmente “llevaba consigo todos sus bienes”, y de que también lejos de las escuelas, los maestros, los camaradas, los protectores y los ayudantes, lejos de la atmósfera tutelar y generosa de Castalia “llevaba consigo” el espíritu y las energías con cuyo auxilio marchaba al encuentro de una existencia activa y meritoria. El vaticinado “joven siervo” se le acercó en la persona de un seminarista de nombre Antonio, y aunque este jovencito no desempeñó papel alguno en la vida de Josef Knecht, fue en esa primera época claustral de sensaciones extrañamente discordantes un signo vivo, un mensajero de algo nuevo y grande, un heraldo de futuros acontecimientos. Antonio, de carácter silencioso pero de mirada franca e inteligente, casi maduro como para ser aceptado en la categoría de los monjes, veía bastante a menudo al jugador de abalorios, cuyo origen y cuyo arte eran para él cosas tan misteriosas; en cuanto al pequeño grupo de alumnos, en su ala separada e inaccesible a los huéspedes, siguió siendo para Josef casi desconocido y deliberadamente mantenido a distancia. A estos estudiantes les estaba vedada la participación en el curso del juego, pero Antonio prestaba servicio como ayudante del bibliotecario, varias veces por semana, y allí en la biblioteca lo encontraba Knecht, conversando con él en algunas ocasiones. Knecht observó que este jovencito de ojos muy negros y de espesas cejas, también negras, le era afecto en la forma conquistadora y servicial del amor respetuoso de los jóvenes y los discípulos, que muchas veces había conocido y que hacía mucho tiempo —aunque sintiera siempre el deseo de sustraérsele— tuvo que considerar como factor vivo e importante en la existencia de la Orden. Aquí en el monasterio, resolvió ser doblemente precavido y reservado; hubiera sido faltar a la hospitalidad, si hubiese tratado de influir en este joven sometido aún a la educación eclesiástica; también estaba muy enterado del severo voto de castidad que allí regía, y le pareció que un amorío infantil hubiese sido todavía mis peligroso. De todas maneras, debía evitar toda posibilidad de escándalo y se cuidó en consecuencia.
En la biblioteca, el único lugar donde encontraba con frecuencia a Antonio, trabó relación con un hombre al que no diera importancia en razón de su modesta apariencia, pero que luego, con el correr del tiempo, conoció mejor y durante el resto de su vida amó con una agradecida veneración semejante a la que profesó al anciano Magister Musicae. Era el Pater Jacobus el más calificado de los historiadores de la Orden benedictina; aparentaba unos sesenta años y era un anciano magro, con cabeza de gavilán sobre un cuello largo y tendinoso. Su rostro, visto de frente —sobre todo porque era muy parco en sus miradas— parecía casi sin vida, apagado, pero contemplado de perfil, con la línea audazmente elevada de la frente, la profunda depresión de su nariz ganchuda, agudamente recortada, y el mentón un poco breve, pero ensanchado poderosamente, revelaba una personalidad fuerte y voluntariosa. El anciano apacible se mostraba excesivamente temperamental cuando se le conocía mejor; tenía su propia mesa de estudio, cubierta siempre de libros, manuscritos y mapas, en el más recóndito y reducido lugar de la biblioteca, y parecía ser el único sabio que trabajaba realmente en forma seria en este monasterio que poseía libros de un valor incalculable. El novicio Antonio fue quien involuntariamente llamó la atención de Josef sobre el Pater Jacobus. Knecht había observado que el pequeño espacio interior de la biblioteca donde el sabio tenía su mesa de trabajo, era considerado casi como un estudio privado y que en él entraban los pocos asiduos de la institución sólo en casos de necesidad y aun entonces muy despacio y demostrando sumo respeto, caminando de puntillas, a pesar de que el Pater que trabajaba allí no daba la impresión de que se le pudiera molestar fácilmente. Como era natural, también Josef consideró necesaria la misma atención, por cuyo motivo el anciano trabajador quedó fuera de su campo de observación. Un día que el Pater se hizo traer por Antonio algunos libros, cuando éste volvía de aquel lugar, le sorprendió a Knecht que el joven se quedara un instante en el umbral de la puerta y mirara al anciano abstraído en su labor ante la mesa, con una fervorosa expresión de admiración y respeto, mezclada con aquel sentimiento de casi delicada ternura y disposición a servir que la juventud bondadosa suele ofrendar a las canas y a la fragilidad de los ancianos. Knecht se alegró ante esa prueba de afectuosa adhesión, que si era hermosa en sí, también evidenciaba que en Antonio existía una noble pasión por los mayores y los admirados sin el menor matiz físico.
Inmediatamente pasó por su cabeza una idea sutilmente irónica, de la que casi se avergonzó: ¡qué escaso favor merecía aquí, en esta institución, la sabiduría, cuando el único sabio de la Casa realmente en actividad era contemplado por la juventud como un fenómeno o como un ser de leyenda! De todos modos, aquella mirada fervorosa de veneración admirativa que Antonio ofrendara al anciano, abrió a Knecht los ojos para la revelación del sabio Pater, al que desde entonces dirigía una mirada de vez en cuando, hasta notar su perfil romano y encontrar paulatinamente en el Pater Jacobus cualidades que lo consagran como un espíritu extraordinario, un carácter excepcional. Ya sabía que era un historiador y uno de los más informados conocedores de la historia de los benedictinos.
—Un día el Pater le dirigió la palabra; ésta no tenía nada de la inflexión amplia, de acento benevolente, casi alegre y familiar que parecía pertenecer al estilo de la Casa. Invitó a Josef a visitarlo en su habitación, después de las vísperas.
—A buen seguro —le dijo tímidamente, con una voz queda, pero con pronunciación admirablemente perfecta—, no hallará usted en mí a un conocedor de la historia de Castalia y menos a un jugador de abalorios, mas como ahora, según parece, nuestras dos Órdenes que son tan distintas se relacionan cada vez más, no quisiera permanecer extraño y desearía también obtener algún fruto de la permanencia de usted aquí.
Habló con toda seriedad, pero la voz queda y el viejo rostro inteligente dieron a sus corteses palabras aquella múltiple variedad de sentidos que oscila maravillosamente entre la seriedad y la ironía, el respeto y la leve burla, el patetismo y la jugarreta, como se puede percibir, por ejemplo, en el juego de gentileza y de paciencia de las infinitas reverencias en la salutación entre dos santones o dos príncipes de la Iglesia. Esta mezcla —que él conocía bien por los chinos— de superioridad y mofa, de sabiduría y de ceremoniosa extravagancia, fue para Josef un alivio; recordó sorprendido que hacía mucho tiempo que no oía esa cadencia, que también empleaba en forma perfecta el Magister Ludí Tomás; aceptó la invitación altamente complacido. Cuando al anochecer se encaminó a la alejada habitación del Pater, al final de una tranquila ala lateral, y se halló ante la puerta a la que tenia que llamar, sorprendióse al escuchar música de piano.
Era una sonata de Purcell, ejecutada sin pretensiones ni virtuosismos, pero con firme y vigoroso ritmo; la alegre música pura, con sus dulces trítonos, le impresionó íntimamente y le recordó la época de Waldzell, en que, junto con su amigo Ferromonte, estudió piezas de esta clase en diversos instrumentos. Esperó, escuchando gozoso, el final de la sonata; en el silencioso corredor ya en penumbra la música parecía tan solitaria y lejana, tan valiente e inocente, tan infantil y dominante al mismo tiempo, como toda buena música en la irredenta mudez del mundo.
Llamó a la puerta. Pater Jakobus contestó: “¡Adelante!”, y lo recibió con modesta dignidad; sobre el piano ardían aún dos velas. A una pregunta de Knecht confesó el Pater que todas las tardes tocaba media hora y hasta un hora; concluía su labor diaria cuando caía la oscuridad, y antes de acostarse renunciaba a leer y escribir. Hablaron de música, de Purcell de Haendel, del antiquísimo culto por la música de los benedictinos, Orden verdaderamente artística, cuya historia Josef mostró deseos de conocer. La conversación cobró vivacidad y rozó cien problemas; los conocimientos históricos del anciano parecían verdaderamente maravillosos, pero no negó que se había ocupado e interesado poco de la historia de Castalia, del pensamiento castalio y de su Orden; tampoco disimuló su postura crítica frente a Castalia, cuya “Orden” consideraba como imitación de las congregaciones cristianas, y ciertamente, en su esencia, una imitación sacrílega, porque la Orden Castalia no tenía como base religión alguna, ni un Dios ni una Iglesia. Knecht se limitó a oír respetuosamente esta censura, pero objetó de todos modos que por lo que se refería a religión, Dios e Iglesia, además de las concepciones benedictinas y romana católica, eran posibles otras más y habían existido en realidad, sin que se le pudiera negar ni la pureza de las intenciones y las tendencias, ni la profunda influencia sobre la vida espiritual.
—Exactamente —replicó Jakobus—. Con esto, piensa usted en los protestantes, para citar una concepción. No lograron mantener la religión y la Iglesia, pero en algunos momentos mostraron mucho valor y tuvieron hombres ejemplares. Hubo algunos años en mi vida, en que entre mis estudios predilectos figuraron los distintos intentos de conciliación entre las confesiones e Iglesias cristianas adversas, sobre todo los de la época alrededor de 1700, cuando encontramos ocupados en una tentativa de avenencia de los hermanos enemistados a personajes como el filósofo y matemático Leibniz, y luego al maravilloso conde Zinzendorf. Sobre todo el siglo XVIII, aunque su espíritu pueda parecer a menudo superficial y frívolo, es muy interesante y ambiguo para la historia del espíritu, y precisamente los protestantes de aquellos días me preocuparon a menudo. Descubrí un día entre ellos a un filólogo, maestro y educador, de gran talla, un pietista suabo por lo demás, un hombre cuya influencia moral se advierte claramente a través de dos siglos enteros... Pero, estamos pisando otro terreno; volvamos al problema de la legitimidad y de la misión histórica de las Órdenes verdaderas...
—¡Oh, no —exclamó Josef Knecht—, por favor! Hablemos todavía del maestro de quien usted estaba hablando; creo adivinar quién es.
—Adivine, pues.
—Primeramente pensé en Francke de Halle, pero si es suabo no puedo imaginar más que a Juan Alberto Bengel.
Sonó una risa y un resplandor de alegría iluminó el rostro del sabio.
—Usted me sorprende, querido —exclamó vivamente—; me refería justamente a Bengel. ¿Cómo lo conoce? ¿O es natural y lógico tal vez en su sorprendente “provincia” conocer cosas y nombres tan lejanos y olvidados? Tenga usted por seguro de que si preguntara a todos los Paires, maestros y alumnos de nuestro monasterio, agregando aún los de las dos últimas generaciones, nadie conocería este nombre.
—También en Castalia serían pocos los que lo saben, quizá nadie fuere de mí y dos amigos míos. Me ocupé una vez en estudiar aspectos del siglo XVIII y el problema del pietismo, sólo para un propósito privado, y me llamaron la atención dos teólogos suabos que merecieron mi admiración y mi respeto, y entre ellos sobre todo Bengel, quien me pareció entonces el ideal del maestro, del guía de la juventud. Me sentí tan conquistado por este hombre que hasta me hice copiar su imagen de un viejo libro y por un tiempo la conservé sobre mi mesa de trabajo.
El Pater volvió a reír.
—Nos encontramos bajo el mismo signo insólito —dijo—. Es ya de por sí notable que usted y yo coincidamos en nuestros estudios sobre este olvidado pensador. Tal vez sea más sorprendente que este protestante suabo haya logrado ejercer influencia casi al mismo tiempo en un Padre benedictino y en un jugador de abalorios de Castalia. Por lo demás, imagino su juego como un arte que necesita de mucha fantasía y me asombra que le haya podido atraer tanto un ser severamente parco como Bengel.
Knecht también se rió complacido.
—Perfectamente —dijo—, pero si usted recuerda los largos años de estudio de Bengel acerca de la revelación de Juan y su sistema expositivo de las profecías de aquel libro, deberá admitir que nuestro amigo poseía también el polo opuesto a la parquedad.
—Es exacto —admitió alegremente el Pater—. ¿Y cómo explica usted semejantes contrastes?
—Si me permite una broma, diría: lo que le faltó a Bengel, lo que sin saberlo buscó ardientemente y deseó tanto, era el juego de abalorios. Para mí cuenta entre los precursores ocultos, los antepasados de nuestro juego.
Jakobus, que se había tornado serio, preguntó prudentemente:
—Me parece algo atrevido anexar precisamente a Bengel en su árbol genealógico. ¿Cómo lo justifica?
—Fue una broma, pero una broma que puede ser defendida. Ya en su juventud, antes de sumirse en su gran tarea bíblica, Bengel comunicó una vez a sus amigos que esperaba ordenar y resumir en una obra enciclopédica todo el saber de su tiempo, configurándolo alrededor de un punto central simétrica y sinópticamente. Esto no es más que lo que hace también el juego de abalorios.
—Es el concepto enciclopédico, con el cual jugó todo el siglo XVIII —exclamó el Pater.
—Es cierto —replicó Josef—, pero Bengel no aspiraba meramente a aparear campos de la ciencia y de la investigación, sino a fundirlos, a crear una ordenación orgánica; había emprendido la búsqueda de un común denominador. Y ésa es una de las ideas elementales del juego de abalorios. Y me atrevería a afirmar algo más, es decir, que si Bengel hubiese poseído un sistema tal como lo es nuestro juego, se hubiera ahorrado el grave error de su conversión de los números proféticos y de su anuncio del Anticristo y del reino de los mil años. Bengel no halló para las distintas facultades que reunía en sí mismo, la anhelada dirección a una meta común, o no la halló del todo, y así sus dotes matemáticas, en colaboración con su aguda penetración de filólogo, elaboraron aquella “ordenación de las épocas”, mezcla admirable de “akribia”[8]y fantasía que le insumió muchos años de labor.
—Es una suerte —opinó Jakobus— que usted no sea historiador. Se inclina realmente a fantasear. Pero entiendo lo que quiere decir; soy presuntuoso solamente en mi especialidad científica.
De esto nació un coloquio fructífero, un mutuo conocimiento, una especie de amistad. Al sabio le parecía más que coincidencia o, por lo menos, una extraña coincidencia el que ambos, él desde su sujeción benedictina, el joven desde la castalia, hubieran hecho ese hallazgo y descubierto al pobre preceptor monástico, hombre de corazón delicado y, sin embargo, firme como una roca, complicado y a la vez simple. Debía existir algo que los uniera a ambos, para que el mismo invisible magnetismo influyera en ellos tan vigorosamente. Y desde aquel atardecer que comenzó con la sonata de Purcell, ese algo y esa unión existieron en realidad. Jakobus gozó del cambio de ideas con aquel espíritu juvenil tan culto y todavía tan maleable; no le estaba concedido muy a menudo este placer, y para Knecht, el trato con el historiador y sus enseñanzas que comenzaron en ese momento, fueron un nuevo escalón por ese camino del “despertar”, que consideraba su experiencia. Para decirlo en breves palabras, gracias al Pater, aprendió la historia, las leyes y contradicciones del estudio y la redacción histórica y, en los años siguientes, más allá todavía, se impuso del presente y de la propia vida como realidad histórica.
Sus conversaciones se transformaron muy a menudo en verdaderas polémicas, ataques y justificaciones; al comienzo fue naturalmente el Pater Jakobus quien se demostró más inclinado a la ofensiva. Cuanto más ahondaba en el conocimiento del espíritu de su joven amigo, tanto más le dolía saber que un hombre que tanto prometía hubiese crecido sin educación religiosa y en la disciplina aparente de un espiritismo estético-intelectual. Lo que encontraba tal vez digno de censura en la forma de pensar de Knecht, lo atribuía a este “moderno” espíritu castalio, a su alejamiento de realidad, a su tendencia a la abstracción en el juego. Y en lo que Knecht lo sorprendía por su propia mentalidad incontaminada coincidente con la suya en ideas y expresiones, le satisfacía que la sana naturaleza del joven amigo hubiera opuesto tan vigorosa resistencia a la educación castalia. Josef aceptaba con mucha tranquilidad las críticas sobre Castalia y cuando creía que el anciano llegaba demasiado lejos en su apasionamiento, rechazaba fríamente sus ataques. Pero entre las manifestaciones despreciativas del Pater por Castalia había también algunas a las que Josef tuvo que dar en parte la razón y en un punto cambió violentamente de opinión durante su permanencia en Mariafels. Se trataba de la posición del espíritu castalio frente a la historia universal, de lo que el anciano llamaba “carencia absoluta de sentido histórico”.
—Ustedes los matemáticos y jugadores de abalorios —le dijo— destilaron para su uso una historia especial del mundo, que consta solamente de la historia de la inteligencia y del arte; ella no tiene ni sangre ni realidad. Conocen exactamente los detalles de la degeneración de la construcción latina de las oraciones en el siglo II ó III, pero no tienen una lejana idea de Alejandro o de César o de Jesucristo. Tratan la historia universal como un matemático las matemáticas, en las que hay únicamente reglas y fórmulas, pero no realidad alguna: ni el bien, ni el mal, ni el tiempo, ni el ayer, ni el mañana, sólo un presente eterno, chato, matemático.
—Pero, ¿cómo se puede hacer historia, sin poner orden en ella? —preguntó Knecht.
—Ciertamente hay que poner orden en la historia —replicó Jakobus—. Toda ciencia es, entre otras cosas, un ordenar, un simplificar, un tornar digerible para el espíritu lo indigerible. Creemos haber descubierto en la historia algunas leyes y tratamos de tenerlas presentes para el conocimiento de la verdad histórica. Del mismo modo, por ejemplo, como el anatomista, mientras diseca un cuerpo no se considera colocado ante hallazgos meramente asombrosos, sino que encuentra confirmado un esquema ya connaturalizado en él, cuando descubre debajo de la piel un mundo de órganos, músculos, tendones y huesos. Más cuando el anatomista ve solamente su esquema y descuida la unívoca realidad individual de su objeto, es un castalio, un jugador de abalorios, hace matemática en el punto menos adecuado. Aquel que hace historia puede llevar consigo, lo concedo, la emocionada fe infantil en el poder ordenador de nuestro espíritu y de nuestros métodos, pero, a pesar de ello, debe tener mucho respeto ante lo inconcebible de la verdad, la realidad, la univocidad del suceder. Hacer historia presupone por lo mismo la convicción de que con ello se aspira a algo imposible y, sin embargo, necesario y sumamente importante. Hacer historia significa: abandonarse al caos, pero mantener la fe en el orden y en el sentido. Es un cometido muy serio, joven, y tal vez trágico.
Entre las palabras del Pater, que Knecht comunicó entonces en cartas a sus amigos, entresacamos todavía algo característico:
—Los grandes hombres son para la juventud las pasas de uva en la torta de la historia del mundo; pertenecen ciertamente a su verdadera sustancia, y no es tan simple ni fácil, como se podría creer, discernir a los verdaderamente grandes de los que lo son en apariencia solamente. En estos últimos, el instante histórico y su valorización y su percepción dan la apariencia de la grandeza; no faltan historiadoras y biógrafos, no hablemos de periodistas, para quienes esta valorización y percepción del momento histórico significan que el buen éxito momentáneo es ya un signo de la grandeza. El cabo que de la noche a la mañana se convierte en dictador, o la cortesana que por un tiempo determinado logra prevalecer en la buena o mala voluntad de un dominador del mundo, son las figuras favoritas de tales historiadores. Y los jovencitos idealistas, a la inversa, prefieren los trágicamente fracasados, los mártires, los que llegaron un segundo demasiado temprano o demasiado tarde. Para mí, que ante todo soy un historiador de nuestra Orden benedictina, lo más atrayente, admirable y digno de estudio no son las intentonas y los triunfos o los fracasos; mi amor y mi insaciable curiosidad están dedicados a fenómenos cono el de nuestra Congregación, a las organizaciones de muy larga vida en las que se busca reunir hombres por el intelecto y el alma, educarlos y trasformarlos, ennoblecerlos en una aristocracia capaz de servir y de mandar, no por la sangre, sino por la educación, no por la eugenesia sino por el espíritu. Nada me ha subyugado tanto en la historia de los griegos como los empeños de la Academia pitagórica o de la platónica, frente al cielo estelar de los héroes o el insistente alboroto de las “ágoras”; en la historia china solamente el hecho de la larga vitalidad del confucianismo, y en nuestra historia occidental me han parecido valores históricos de primera categoría sobre todo la Iglesia cristiana y las Órdenes que la sirven o se han servido en ella. El que un aventurero tenga suerte alguna vez y conquiste o funde un reino, que luego perdura veinte, cincuenta o aun cien años, o el que un idealista bien intencionado exija a un rey o a un emperador un género más honesto de política o trate de realizar un ideal de cultura, o el que un pueblo u otra comunidad realice algo inaudito o sepa soportarlo, todo esto no es para mí ni con mucho tan interesante como el que se procure crear organizaciones parecidas a nuestra Orden, por ejemplo, y que algunas de ellas hayan podido mantenerse mil y dos mil años. No quiero hablar de la Santa Iglesia, que para nosotros, creyentes, está fuera de discusión. Pero el hecho de que congregaciones como los benedictinos, los dominicos, más tarde los jesuítas, etcétera, hayan alcanzado la edad dé muchos siglos y al cabo de los mismos hayan conservado su carácter y su voz, su gesto, su alma individual, a pesar de todas las evoluciones, las degeneraciones, las adaptaciones y las violencias, es para mí el más notable y respetable fenómeno de la historia.
Knecht admiraba al Pater hasta en sus agrias injusticias. Entonces no sospechaba aún quién fuera realmente el Pater Jakobus, veía en él solamente a un sabio profundo y genial e ignoraba todavía que era también un hombre plantado en la historia del mundo, que colaboraba en darle forma, el político guía de su Congregación, el conocedor de la historia y del presente políticos, solicitado desde muchas partes por información, consejo o mediación. Casi durante dos años, hasta su primera licencia, Knecht trató al Pater exclusivamente como un sabio y conoció solamente el anverso de su vida, su actividad, su fama y su influencia. Este culto señor sabía callar, hasta en la amistad, y sus Hermanos del monasterio también lo sabían mejor de lo que Josef suponía.
Después de casi dos años, Knecht se había acostumbrado al monasterio, como tal vez ningún huésped o forastero lo hubiese podido lograr. Había ayudado cada vez más al organista a continuar en su pequeño coro de motetes una gran tradición, antiquísima y noble mantenida sólo por un delgado hilo. Había hecho algunos hallazgos en el archivo musical del monasterio y enviado algunas copias de viejas obras a Waldzell y, sobre todo, a Monteport Había atraído también a un pequeño grupo de principiantes para un curso del juego de abalorios, y uno de sus más atentos alumnos era el joven Antonio. Había enseñado al abad Gervasio, no ya el chino, sino el manipuleo de los tallos de milenrama y un método mejor de meditación sobre las máximas o sentencias del libro de los oráculos; el abad había intimado mucho con él y abandonado hacía mucho tiempo sus intentos iniciales de tentar al huésped en ocasiones para que tomara vino. Los relatos, con los que cada seis meses contestaba a los requerimientos oficiales del Ludí Magister acerca de la conducta de Josef Knecht en Mariafels, eran loas. En Castalia se examinaba con más interés que estas informaciones las listas de lecciones y testimonios del curso de Knecht; se hallaba modesto su nivel, pero satisfacía la manera en que el maestro quería y sabía adaptarse a este nivel y, especialmente, a las costumbres y al espíritu del monasterio. Mas las autoridades castalias estaban contentas sobre todo y realmente sorprendidas, sin hacerlo notar naturalmente al interesado, por la constante relación de confianza y finalmente de amistad de Knecht con el famoso Pater Jakobus.
Esta relación dio toda clase de frutos, acerca de los cuales debe permitírsenos unas palabras relativamente prematuras en nuestra narración; en todo caso nos referimos a los frutos preferidos por Knecht. Maduraron lentamente, muy lentamente, crecieron expectantes y desconfiados como las semillas de los árboles de alta montaña, que se siembran abajo, en la llanura fértil: estas simientes, entregadas a un terreno fértil y a un clima generoso, llevan consigo como herencia la reserva y la difidencia en que crecieron sus antepasados; el lento ritmo de su crecimiento corresponde a sus propiedades atávicas. Así el prudente anciano, acostumbrado a ello, refrenó receloso toda posibilidad de influjo sobre sí mismo, para que echara raíces en su mente sólo vacilando y paso a paso todo lo que el joven amigo, el colega del polo opuesto, le traía del espíritu castalio. Pero entre tanto germinó paulatinamente, y de todo lo bueno que experimentó Knecht durante su permanencia en el monasterio, lo mejor y más precioso para él fue esta confianza y receptividad del sabio anciano, sólida, creciente, entre tanteos desde comienzos aparentemente sin esperanza, su compresión lenta y aún más lentamente confesada no sólo por la persona de su joven admirador, sino también por lo que había en él de impronta específicamente castalia. Paso a paso, el joven, en apariencia únicamente discípulo, oyente o casi aprendiz, llevó al Pater —que al comienzo empleaba la palabra “castalio” o la denominación “juego de abalorios” sólo en sentido irónico y aun netamente como insulto— al reconocimiento, a la consideración, tolerante primero y al final también respetuosa, del espiritualismo de esta Orden, de este intento de formación de una aristocracia espiritual. El Pater dejó de criticar la poca edad de aquella Orden, que con su par de siglos apenas estaba muy retrasada en comparación con la benedictina, anterior en quince siglos; dejó de considerar al juego de abalorios como un “dandismo” estético, y de rechazar como imposible para el futuro algo así como un acercamiento y una vinculación de las dos Órdenes tan desiguales por edad. Por mucho tiempo no sospechó siquiera que las autoridades vieran en esta parcial conquista del Pater, que Josef consideró fortuna absolutamente personal, privada, la culminación de su misión y de su tarea en Mariafels. Constantemente se angustiaba sin resultado, para comprender cómo se consideraría realmente su labor en el monasterio; si en verdad servía allí y era útil para algo; si su envío a este lugar, que inicialmente pareció promoción y distinción, envidiada por colegas en aspiraciones, a la larga no significaría más bien un retiro sin gloria, un desplazamiento a un desvío muerto. Algo se podía aprender en cualquier parte, ¿por qué, pues, no sería posible allí también? Pero para la mentalidad de Castalia, este monasterio, exceptuando únicamente al Pater Jakobus, no era un jardín ni un modelo de sabiduría, y Knecht tampoco supo establecer exactamente si no comenzaba a herrumbrarse en el juego de abalorios, aislado entre meros aficionados apenas aceptables, y si no estaba perdiendo terreno. Pero en esta inseguridad le fue de gran auxilio su falta de aspiraciones como también su amor fali[9] entonces bastante avanzado. En resumidas cuentas, su vida como huésped y modesto maestro especial en este mundo claustral confortable desde siglos, fue para él mucho más placentera de lo que había sido el último período de Waldzell en el círculo de los ambiciosos, y si su destino quería dejarlo tal vez para siempre en este pequeño puesto colonial, trataría por cierto de cambiar algo en su existencia allí; por ejemplo, tratar de obtener que le enviaran a uno de sus amigos o, por lo menos, que le concedieran todos los años unas discretas vacaciones en Castalia; por lo demás, estaría satisfecho.
Tal vez el lector de este esbozo biográfico espere una narración acerca de la otra faceta de la vida de Knecht en el monasterio, la religiosa. Nos atrevemos en este aspecto solamente a cautelosas alusiones. No es probablemente verosímil que Knecht haya tenido en Mariafels un contacto más hondo con la religión, con un cristianismo practicado día a día, según se desprende de muchas de sus manifestaciones y reacciones posteriores; pero debemos dejar sin contestación la pregunta de si allí se convirtió al cristianismo y aun hasta qué punto; esta zona moral ha resultado inaccesible a nuestra investigación. Además del respeto por las religiones, cultivado en Castalia, profesaba él cierta forma de devoción que bien podemos denominar piedad, y había sido convenientemente instruido acerca de la doctrina cristiana y de sus formas clásicas desde las primeras escuelas, sobre todo durante el estudio de la música religiosa; en modo especial conocía perfectamente el sacramento de la Misa y el rito de la Misa mayor. Entre los benedictinos ahora, no sin asombro y acatamiento, conoció una religión hasta ese momento observada teórica e históricamente, como algo vivo además; asistió a muchos servicios divinos, y desde que se familiarizó con algunas obras del Pater Jakobus y experimentó la influencia de sus conversaciones, abarcó cumplidamente y con clara visión el fenómeno de este cristianismo que a través de los siglos se tornara tantas veces anticuado y superado, inmoderno y fosilizado, y que sin embargo, cada vez se había remontado a sus orígenes, renovándose en ellos, dejando tras de sí una vez más lo moderno y triunfal de ayer. Tampoco rechazó seriamente la idea cada vez más profundizada por él durante aquellas conversaciones de que posiblemente también la cultura castalia no era más que una forma tardía o accesoria, pasajera ysecularizada, de la cultura cristiana occidental y que algún día podía ser absorbida y revocada nuevamente. Aunque así fuera —dijo una vez el Pater—, él tenía asignado su puesto ya y su actuación en la organización castalia y no en la benedictina; allí debía él colaborar y mantenerse sin preocuparse de si la Orden a la que pertenecía tenía derecho a una existencia eterna o solamente a una larga duración; sólo hubiera podido considerar un conversión como una forma casi indigna de fuga. Del mismo modo, también aquel respetado Juan Alberto Bengel había servido en su época a una Iglesia reducida y pasajera, sin descuidar por eso su actividad para lo eterno. La piedad, es decir, el servicio dé fe y la fidelidad hasta el sacrificio de la vida, es posible en cada confesión y en cada grado, y este servicio y esta fidelidad son la única prueba válida de la sinceridad y el valor de toda piedad personal.
Cuando la permanencia de Knecht entre los Paires se aproximaba a un año de duración, apareció en el monasterio un día un huésped que fue mantenido alejado de aquél con el mayor cuidado; hasta una superficial presentación fue evitada. Acuciada así su curiosidad, observó al forastero, que por otra parte se quedó solo pocos días, y formó todo clase de presentaciones. Creyó poder considerar como un disfraz el traje sacerdotal que el extraño personaje llevaba. El desconocido mantuvo largas sesiones con el Abad y, especialmente, con el Pater Jakobus, a puertas cerradas; a menudo recibía mensajeros y enviaba otros. Knecht, que por lo menos había oído rumores acerca de las relaciones y tradiciones políticas del monasterio, supuso que el huésped sería algún gran estadista en misión secreta o un príncipe que viajaba de incógnito. Y cuando reflexionó sobre sus observaciones, recordó uno que otro forastero visto en los meses transcurridos y que ahora también consideraba misterioso o muy significativo. Recordó al prefecto de la “policía”, el amable señor Dubois, y su encargo de fijarse en los sucesos del monasterio y, aunque no lograba sentir ningún deseo ni inclinación para informes de esa naturaleza, la conciencia le reprochó que desde hacía mucho tiempo no había escrito más al bondadoso y simpático señor y le hizo pensar en que, presumiblemente, lo había desilusionado mucho. Le escribió una larga carta, tratando de explicar su silencio y, para dar a la misma algún contenido, narró sus relaciones con el Pater Jakobus. No sospechó ciertamente con qué atención y por quién fue leída su carta.
La primera estada de Knecht en el monasterio duró dos años; en la época de la que estamos hablando aquí, Josef Knecht tenía treinta y siete años. Al final de esta hospitalidad en la fundación de Mariafels, unos dos meses después de haber enviado su larga carta al prefecto Dubois, fue llamado una mañana al locutorio del Abad. Pensó que el locuaz señor desearía entretenerse un poco con el idioma chino y acudió presuroso. Gervasio fue a su encuentro con una carta en la mano.
—Me honran con un encargo para usted, mi muy estimado amigo —exclamó complacido en su manera bondadosamente protectora, y adoptó muy pronto el irónico tono hostigador que se había ido elaborando como expresión de las relaciones amistosas aun no declaradas entre la Orden cristiana y la castalia y que, en realidad, era una creación del Pater Jakobus—. Por otra parte, ¡todo mi respeto por su Magister Ludí! ¡Qué cartas sabe escribir! Me ha escrito en latín, el buen señor. Dios sabe por qué; con ustedes los castalios no se sabe nunca, cuando hacen algo, si con ello se proponen una gentileza o una burla, una loa o una lección. Pues este venerable Dominas me ha escrito en latín y, precisamente, en un latín que nadie podría escribir hoy en toda nuestra Orden, salvo a lo sumo el Pater Jakobus. Es un latín de la escuela inmediatamente posterior a Cicerón, pero perfumado con una pizca bien calculada de latín eclesiástico, del cual tampoco se sabe si tiene ingenuamente la intención de ser un cebo para nosotros los monjes o sólo ironía, o si pudo nacer simplemente de un irrefrenable impulso por jugar, estilizar y decorar. Bien, el Venerable me escribe: allá reputan deseable verlo a usted otra vez y abrazarlo, y establecer también hasta dónde la larga permanencia entre nosotros semibárbaros ha influido en usted, corrompiéndolo moral y estilísticamente. En pocas palabras, por lo que comprendí e interpreté correctamente de esta amplia obra de arte literario, se le conceden vacaciones y me piden que devuelva a mi huésped a Waldzell por un plazo no determinado, pero no para siempre; su pronto retorno, si nos parece agradable, parece contar absolutamente entre las intenciones de las Autoridades de allá. Pues bien, usted me perdonará si no pude interpretar como merecen todas las pulcritudes de la carta; por cierto el Magister Tomás no lo pretendió de mí. Debo entregarle a usted esta epístola; vaya usted y piense si quiere ponerse en viaje y cuándo. Lo echaremos de menos, mi querido, y en el caso de que usted permaneciera ausente demasiado tiempo, no dejaremos de reclamarlo a sus Autoridades.
En la carta que el Abad entregó a Knecht, se comunicaba a éste brevemente que le había sido concedido un permiso tanto para descansar como para comunicarse con sus superiores, y que se le esperaba pronto en Waldzell. Y que no se preocupara por la terminación del curso de juego iniciado para principiantes, siempre que el Abad no expresara otro deseo. El viejo Magister Musicae le enviaba saludos. Cuando leyó esta frase, Josef se sobresaltó y se quedó pensando: ¿cómo podía haber sido encargado el Magister Ludí de enviarlo este saludo, que por cierto no coincidía demasiado exactamente con el resto de la notificación oficial? Debió haberse realizado a buen seguro una conferencia de todas las Autoridades, con la inclusión también del anciano maestro; pero este saludo lo conmovía en forma asombrosa, le sorprendía curiosamente como un acto de colegas... Ciertamente, nada debían importarle las reuniones y las resoluciones de las autoridades educativas. Por una parte cualquier problema que tuviese que tratar la conferencia, el saludo indicaba que los supremos Directores habían hablado en esa ocasión también de Josef Knecht. ¿Le esperaba alguna novedad? ¿Sería llamado de regreso para su destitución? ¿O sería ésta la ocasión de un ascenso? Pero la carta hablaba solamente de vacaciones. Sí, él se alegraba sinceramente de ellas, hubiera partido ya a la mañana siguiente. Pero por lo menos, debía despedirse de sus alumnos y dejarles instrucciones. Antonio sentiría dolorosamente su partida. Además debía también una visita personal a algunos de los Paires. Pensó en Jakobus y, casi para su sorpresa, sintió en su interior un suave dolor, un movimiento del ánimo que le decía que su corazón estaba ligado a Mariafels más de lo que suponía. Aquí le faltaban muchas cosas a que estaba acostumbrado y que amaba, y en el curso de los dos años Castalia habíase tornado cada vez más hermosa en su imaginación, por el alejamiento y la ausencia; pero en este instante supo claramente esto: lo que él poseía en el Pater Jakobus, era irreemplazable y le faltaría en Castalia. Con eso tuvo ahora más clara conciencia que hasta entonces de lo que había experimentado y aprendido allí, y le invadió una alegría y una tranquilidad muy grandes al pensar en el viaje a Waldzell, en lo que volvería a ver, en el juego de abalorios, en las vacaciones: la alegría hubiera sido ciertamente menor sin la certidumbre del retorno.
Con repentina resolución visitó al Pater, le contó de su regreso para unas vacaciones, y cómo él mismo se había sorprendido en descubrir detrás de su alegría por volver a su casa y a sus amigos, también la alegría por un retorno, y como la misma ante todo se la debía a él, al Pater venerado, se había dado valor y se atrevía a dirigirle un gran pedido, es decir que, a su regreso, lo tomara un poco como discípulo, aunque se tratara sólo de una o dos horas en la semana. Jakobus se rió negándose y una vez más expresó los más bellos cumplidos irónicos acerca de la cultura castalia y de la insuperable multiplicidad, ante la cual un “simple” monje como él sólo debía permanecer en muda admiración y menear la cabeza asombrado; pero Josef había ya notado que la negación no había sido formulada en serio, y cuando le dio la mano para despedirse, el Pater le dijo amablemente que no debía preocuparse por lo que le había pedido, con placer haría todo lo posible y se separó de él muy cordialmente.
Partió alegremente para sus vacaciones, con la íntima convicción de que su estada en el monasterio no había sido inútil. En el momento de marcharse le pareció ser un niño, ciertamente, para advertir en seguida que ya no era ni niño ni joven; lo advirtió por una sensación de vergüenza y de resistencia interior, que surgía en él cuando con un ademán, una palabra, una puerilidad pretendía responder a su estado de ánimo de liberación, de dicha de escolar en plena holganza. No, lo que una vez hubiese sido lógico y reconfortante, un grito de júbilo a los pájaros en las ramas, una marcha cantada en voz alta, un bailotear rítmico y ligero, ya no condecía, ya no era natural, hubiera resultado duro y falso, tonto y pueril. Sintió que era un hombre, joven de sentimientos y energías, pero ya no diestro y libre en el abandono del momento y de las impresiones, sino alerta, cohibido, constreñido... ¿Por qué? ¿Por un cargo? ¿Por la misión de representar a su país y su Orden ante la gente del monasterio? No, era la Orden misma, era la jerarquía en la que sentía concrecido e incorporado inconcebiblemente al considerarse de pronto a sí mismo, era la responsabilidad, el estar envuelto por lo general y lo superior, que podía hacer aparecer viejos a muchos jóvenes y jóvenes a muchos viejos, que lo retenía, lo apoyaba y, al mismo tiempo, le quitaba su libertad, como el rodrigón al que se ata una planta joven, que le quitaba la inocencia, mientras justamente exigía una prueba cada vez mis clara.
En Monteport saludó al anciano Magister Musicae, que también una vez en su juventud fue huésped de Mariafels y estudió allá la música benedictina, y que ahora le estuvo preguntando acerca de muchas cosas. Encontró al anciano señor, por cierto, mis apagado y alejado, pero de aspecto más vigoroso y alegre que la última vez que lo vio; había desaparecido de su cara el cansancio, no parecía rejuvenecido, pero sí más hermoso y fino, desde que renunciara a su cargo. Le sorprendió a Knecht que le preguntara por el órgano, los armarios de música y el canto coral en Mariafels, también por un árbol en el parque del claustro y se interesara por saber si todavía existía, pero sin tener la menor curiosidad acerca de su actividad en el monasterio, del curso de juego de abalorios y de la finalidad de sus vacaciones. Eso sí, antes de que Josef siguiera viaje, el anciano le dijo palabras muy importantes para él:
—He oído —le dijo como bromeando— que te has convertido en una especie de diplomático. En realidad, una profesión nada hermosa, pero al parecer están contentos de ti. ¡Piensa como quieras al respecto! Pero si ésa no es tu ambición, si no quieres seguir esa profesión para siempre, ten cuidado, Josef; creo que te quieren envolver. Defiéndete, porque tienes derecho... No, no preguntes, no diré una sola palabra más. Tú mismo podrás verlo.
A pesar de esta advertencia que llevaba consigo como una espina, a su llegada a Waldzell sintió una alegría por el regreso a la patria y a las cosas conocidas, como nunca había experimentado antes; le parecía que esta Waldzell no era solamente su patria y el más bello lugar del mundo, sino que entre tanto se había vuelto más hermosa e interesante, o que él tenía ojos nuevos, distintos, y un acrecentado poder de visión. Y esto no sólo por los portales, las torres, los árboles y el río, los patios y las salas, las personas y los rostros tan conocidos: sintió también durante sus vacaciones por el espíritu de Waldzell, la Orden y el juego de abalorios, aquella mayor capacidad de percepción, aquella madura y grata comprensión que son propias, del que retorna, del que ha viajado y vuelto más en sazón, más lúcido.
—Siento —dijo a su amigo Tegularius al final de un vivo canto de alabanzas para Waldzell y Castalia—, siento como si hubiera pasado todos estos años en sueño, aquí mismo, ciertamente sin penas, pero sin conciencia, y que hubiera despertado ahora y todo lo viera claro y neto, confirmado como realidad. ¡Que dos años en el extranjero puedan aguzar los ojos de esta manera!
Gozó sus vacaciones como una fiesta, el juego y las discusiones con los camaradas en el círculo selecto del Vicus Lusorum, el reencuentro de los amigos, el genius loci[10]de Waldzell. Pero esta noble sensación de felicidad y gozo floreció realmente sólo después de su primera visita al Ludí Magister; hasta ese momento, su alegría estaba mezclada todavía con algún desasosiego.
El Magister Ludí formuló menos preguntas de lo que Knecht había esperado, apenas citó el curso de juego para principiantes y los estudios de Josef en el archivo musical, sólo acerca del Pater Jakobus no se sació de informarse, volvía a cada instante a hablar de él, nada era excesivo de lo que Knecht le contaba de este hombre. Que estaban satisfechos, pudo deducirlo no solamente de la gran amabilidad del maestro, sino más aún del proceder del señor Dubois, a quien el maestro lo había enviado en seguida.
—Tu tarea ha sido realizada en forma distinguida —le dijo éste, y agregó con ligera sonrisa—: mi instinto falló realmente, cuando aconsejé que no te enviaran al monasterio. Es mucho, mucho más de lo que nadie podía esperar, el que hayas conquistado y ganado para ti y para Castalia el favor no solamente del Abad, sino también del gran Pater Jakobus.
Dos días después, el Magister Ludí lo invitó a comer juntamente con Dubois y el entonces director de la escuela de selección de Waldzell, el sucesor de Zbinden, y durante la sobremesa comparecieron inopinadamente también el nuevo Magister Musicae y el Archivista de la Orden, dos miembros más de la suprema Autoridad, y uno de ellos se lo llevó consigo todavía a la casa de huéspedes para una larga conversación. Esta invitación acercó a Knecht, por primera vez en forma visible para todos, al círculo más estrecho de los candidatos para cargos superiores y erigió entre él y el promedio de la selección del juego una valla muy pronto perceptible que el “despertado” sintió casi físicamente.
Además se le dio un permiso provisional de cuatro semanas y la cédula personal destinada a los empleados y funcionarios, para las casas de huéspedes de la “provincia”. Aunque no se le impuso la menor obligación, ni siquiera la de presentarse a las autoridades locales, pudo notar muy bien que era vigilado desde arriba, porque cuando emprendió excursiones y visitas, a Keuperheim, Hirsland y a la casa de estudios del Oriente asiático, por ejemplo, recibió allí en seguida invitaciones de los superiores del lugar; en esas pocas semanas llegó a ser conocido, en efecto, por todas las autoridades de la Orden y por la mayoría de los maestros y directores de estudios. Si no hubiesen existido tales invitaciones y relaciones oficiales, estas excursiones de Knecht le hubieran parecido un retorno al ambiente y a la libertad de sus años de estudio. Las limitó, ante todo por consideración a Tegularius, que sentía dolorosamente cada interrupción de su reencuentro, pero también por el juego de abalorios, porque deseaba mucho volver a participar y perfeccionarse en los ejercicios y problemas más recientes, y en esto Tegularius le prestaba servicios insustituibles. El otro gran amigo suyo, Ferromonte, pertenecía al estado mayor de los nuevos maestros de música y en este período lo encontró sólo dos veces; lo halló muy dedicado al trabajo y feliz en la labor, había abordado un gran cometido de la historia musical, la música griega y su continuidad en la danza y la canción popular de los países balcánicos; deseoso de confiarse, habló al amigo de sus nuevos trabajos y hallazgos; correspondían a la época del paulatino ocaso de la música barroca alrededor de fines del siglo XVIII y a la penetración de una nueva sustancia musical de parte de la música popular eslava.
Pero Knecht pasó la mayor parte de estas festivas vacaciones allí en Waldzell y en el juego de abalorios; con Fritz Tegularius repasó las nociones de un curso muy reservado que el Magister había impartido en los dos últimos semestres a los más adelantados y volvió a insertarse existencialmente con todas sus energías, después de dos años de ausencia, en el noble mundo del juego, cuyo hechizo le parecía tan inseparable de su vida y tan indispensable como el de la música.
Sólo en los últimos días de las vacaciones, el Magister Ludí volvió a hablar de la misión de Josef en Mariafels y de su futuro inmediato y de la labor respectiva. Primero en tono de simple charla; luego cada vez más seria e insistentemente le habló de un proyecto de les Autoridades, en el cual tenían mucho interés la mayoría de los maestros supremos y el señor Dubois, es decir, del proyecto de establecer posteriormente ante la Santa Sede de Roma una representación permanente de Castalia. Había llegado o por lo menos estaba cerca —expuso el Magister Tomás con su manera conquistadora y de exacta expresión—, el momento histórico para tender un puente sobre el viejo abismo entre Roma y la Orden; en eventuales peligros futuros tendrían sin duda enemigos comunes, compartirían la misma suerte y serían aliados naturales; asimismo, a la larga, la situación disfrutada hasta ese momento no podía ser mantenida y además era realmente indigna: es decir, que las dos potencias del mundo cuya tarea histórica era la conservación y el cuidado del espíritu y de la paz, siguieran viviendo ajenas casi una a otra, a pesar de estar tan cerca. La Iglesia romana había superado los sacudimientos y las crisis de las últimas grandes épocas bélicas, a pesar de graves pérdidas y por eso se había renovado y purificado, mientras que los centros mundanos de la ciencia y la cultura de entonces habían decaído juntamente con el ocaso de la civilización; sólo sobre sus ruinas había surgido la Orden y Ir idea castalia. Ya por eso y por su respetable edad, había que conceder a la Iglesia una categoría de preferencia; era la más antigua potencia, la más distinguida, la más puesta a prueba a través de muchas y grandes tempestades. Ante todo se trataba de despertar y cuidar también en la potencia romana la conciencia del parentesco entre ambas y su interdependencia en todas las crisis que tal vez podían sobrevenir.
(Aquí pensó Knecht: “¡Oh, me quieren enviar a Roma y tal vez para siempre!”, e íntimamente se dispuso en seguida al rechazo, recordando la advertencia del anciano Magister Musicae)
El Magister Tomás continuó: un paso importante en esta evolución desde mucho tiempo anhelada por Castalia, había sido dado mediante la misión de Knecht en Mariafels. Esta misión, solamente una tentativa en sí, un gesto de cortesía, sin compromiso alguno, había sido iniciada sin segundas intenciones por invitación de la otra parte; en otra situación, lógicamente, no se hubiera empleado para ella a un jugador de abalorios, políticamente desprevenido, sino tal vez algún funcionario joven de la organización del señor Dubois. Pero esta tentativa; esta pequeña misión inocente, había dado un resultado sorprendentemente favorable; una de las inteligencias conductoras del catolicismo actual, el Pater Jakobus, se había familiarizado un poco más con el espíritu de Castalia y formado un concepto mejor de este espíritu que hasta entonces había rechazado netamente. Se reconocía a Josef Knecht el papel que había representado en eso. Allí, en efecto, residía el sentido y el triunfo de su misión y desde este punto de vista debía seguirse considerando y fomentando no sólo todo el plan de acercamiento, sino sobre todo también la misión y la obra de Knecht. Se le había concedido un permiso que aun podía ser prolongado, si lo deseaba; se había hablado ampliamente con él, presentándolo a la mayoría de los miembros de la suprema Autoridad; éstos expresaron su confianza en Knecht y le encargaron a él, al Ludí Magister, que volviera a enviarlo a Mariafels con una tarea especial y poderes más amplios: allá podía contar por suerte con un amistoso recibimiento.
Hizo una pausa como para dejar a su oyente ni tiempo de hacer una pregunta, pero éste dio a entender solamente por un gesto cortés de respeto que prestaba atención y esperaba sus órdenes.
—La tarea que debo confiarte, pues —dijo finalmente el Magister— es la siguiente: proyectamos, tarde o temprano, la constitución de una representación permanente de nuestra Orden ante el Vaticano, posiblemente con carácter de reciprocidad. Estamos dispuestos, como menos antiguos, a una conducta no por cierto servil pero muy respetuosa frente a Roma; ocuparemos gustosos el segundo puesto y le dejaremos el primero. Y tal vez —ni yo ni el señor Dubois lo sabemos—, el papa aceptaría hoy mismo nuestro ofrecimiento; pero lo que debemos evitar a cualquier precio es una respuesta negativa de Roma. Bien, hay un hombre que conocemos y a quien podemos llegar, cuya voz tiene en el Vaticano el máximo valor, es el Pater Jakobus. Y tu tarea es ésta: debes volver a los claustros benedictinos, vivir allí como hasta hoy, estudiar, impartir un curso inocente de juego de abalorios y emplear tu atención y tus esfuerzos para ganar totalmente, poco a poco, al Pater para nuestra causa y para que te asegure su apoyo para nuestro propósito en Roma. Ésa es por lo tanto la meta final de tu misión, exactamente circunscripta. Es cosa accesoria el tiempo que necesites para alcanzarla; pensamos que hará falta por lo menos un año, pero podrían ser dos y aun más. Tú conoces ya el compás benedictino y aprendiste a adecuarte al mismo. En ningún caso debemos dar la impresión de impaciencia o codicia, el asunto tiene que madurar por sí solo para un convenio, ¿no es verdad? Espero que estarás de acuerdo con este cometido y te ruego que manifiestes francamente cualquier objeción que pudieras hacer. Si lo deseas, tienes también un par de días para reflexionar.
Knecht, a quien ya no sorprendía el encargo después de tantas conversaciones precedentes, declaró superfluo todo plazo de reflexión, aceptó obedientemente la misión, pero agregó:
—Usted sabe que misiones de esta clase logran el mejor resultado, si el enviado no debe luchar con resistencias e inhibiciones íntimas. No tengo la menor impugnación contra la misión misma, comprendo su importancia y espero realizarla cumplidamente. Pero siento algún temor, algún recelo por mi futuro; sea usted tan gentil, Magister, y escuche mi petición y mi confidencia. Soy jugador de abalorios, como usted sabe; a raíz de mi estada entre los Paires acabo de perder dos años enteros en mis estudios, no aprendía más nada y descuidé mi arte; ahora se agrega por lo menos un año, probablemente más, a este atraso. En este período no quisiera retrasarme más todavía. Por eso solicito breves permisos más frecuentes para volver a Waldzell y una permanente conexión radiofónica con las conferencias y los ejercicios especiales de su Seminario para adelantados.
—Concedido con placer —exclamó el maestro y ya había en su voz un matiz de despedida, cuando Knecht habló y confesó también lo demás, es decir, que temía, si el plan en Mariafels daba resultados, ser enviado tal vez a Roma o empleado todavía en otros lugares para servicios diplomáticos.
—Y esta perspectiva —acabó por decir— tendría una influencia opresora e inhibidora sobre mí y mis esfuerzos en el monasterio. Porque no deseo absolutamente ser desplazado para siempre al servicio diplomático.
Él Magister contrajo las cejas y levantó el dedo como reprochando.
—Hablas de “ser desplazado” y la frase está realmente mal elegida; nadie ha pensado nunca en desplazarte, sino más bien en distinguirte, en ascenderte. No estoy autorizado a informarte acerca de la forma en que se te empleará más adelante, ni a formularte promesas. Pero puedo comprender tus reparos contra una coacción y debe oponerse que podré ayudarte, si en realidad tuvieras razón en tus temores. Y ahora óyeme: tienes cierto don para hacerte agradable y querido, un malintencionado hasta podría llamarte ensalmador; probablemente, este don ha determinado a las Autoridades a enviarte por segunda vez al monasterio. Pero no emplees demasiado tu facultad, Josef, y no trates de elevar el precio de tus servicios. Si tienes suerte con el Pater Jakobus, habrá llegado para ti el momento conveniente para formular un pedido personal a nuestros superiores. Hoy me parece demasiado pronto. Hazme saber cuándo estás dispuesto a partir.
Josef escuchó en silencio esas palabras, atento más a la benevolencia que ocultaban que al reproche, y volvió poco después a Mariafels.
Allí sintió como un sedante la seguridad que otorga un encargo netamente delineado. Además el mismo era importante y honroso, y en un aspecto coincidía con sus mejores deseos personales: acercarse todo lo posible al Pater Jakobus y ganar por entero su amistad. El proceder ligeramente distinto de los dignatarios del monasterio, sobre todo el del Abad, le demostraron que su misión aquí en la colonia claustral era tomada en serio y que él mismo se encontraba elevado en categoría: las relaciones no eran menos amistosas, pero si sensiblemente más respetuosas que antes. Josef no era ya el huésped joven sin rango, hacia el cual se usan cortesías por su procedencia y por bondad, fue recibido más bien como un funcionario superior de Castalia y tratado como tal, es decir, como un enviado plenipotenciario. Curado ya de la ceguera para estas cosas, sacó de esto sus conclusiones. Por cierto, no pudo descubrir ningún cambio en el modo de ser del Pater Jakobus. Lo conmovió profundamente la amabilidad y la alegría con que lo saludó el Padre y le recordó la labor en común convenida, sin esperar un pedido, una reclamación de Knecht Su plan de trabajo y el decurso de su jornada tenían ahora una faz esencialmente distinta de la anterior. En ese plan, en ese ciclo de obligaciones, el curso del juego de abalorios no ocupó ahora ni con mucho el primer lugar, y no se habló más ni de sus estudios en el archivo musical ni de la tarea de cantarada con el organista. Ante todo estaba ahora la enseñanza del Pater Jakobus, una enseñanza de varias ramas de la ciencia historiográfica al mismo tiempo, porque el Pater no iniciaba solamente a sus alumnos preferidos en la prehistoria y la crónica primitiva de la Orden de San Benito, sino también en la ciencia de las fuentes de la naciente Edad Media, y además, en una hora reservada, leía con él uno de los antiguos cronistas en su texto original. Agradó al Pater que Knecht le acometiera con el pedido de permitir la asistencia de Antonio, pero no le fue difícil convencerlo de que hasta el tercero mejor dispuesto trabaría notablemente esta clase de instrucción privada, por eso Antonio, que no sospechó la intervención de Knecht, fue invitado a participar solamente en la lectura de los cronistas, y se sintió dichoso por ello. Sin duda, estas horas fueron para el joven Hermano, de cuya existencia ulterior nada sabemos, una distinción, un goce y un estímulo de primera clase; eran dos de los espíritus más puros y de las inteligencias más originales de su época, en cuya labor y en cuyo cambio de ideas podía participar un poco como oyente, como recluta joven. La compensación de Knecht para con el Pater consistió en una constante iniciación, inmediata a las lecciones en epigrafía y ciencia de las fuentes, en la historia y la estructura de Castalia y de las ideas conductoras del juego de abalorios en la que el alumno se convertía en maestro y el venerado maestro en atento oyente y a menudo en preguntón y crítico nada fácil de satisfacer. Su desconfianza por la mentalidad conjunta de los castalios permanecía siempre alerta; como echaba de menos en ello una postura propiamente religiosa, dudaba de su capacidad y dignidad para educar a un tipo humano verdaderamente merecedor de ser tomado en serio, aunque en la persona de Knecht tuviera delante de sí el resultado tan noble de esa educación. Hasta cuando hacía mucho que había experimentado, hasta donde fuera posible, una especie de conversión por los informes y el ejemplo de Knecht y estuvo bien resuelto en apadrinar en Roma el acercamiento con Castalia, esa desconfianza nunca se extinguió por completo; las notas de Knecht están llenas de ejemplos drásticos, apuntados en su oportunidad y de los que citaremos uno.
“Pater: — Ustedes los castalios son grandes sabios y estetas, saben medir la longitud de las vocales en una antigua poesía “ plantear la relación de su fórmula con la de la órbita de un planeta. Esto es encantador, pero juego solamente. Juego es también su misterio supremo, su más alto símbolo, el juego de abalorios. Quiero admitir también que intentan elevar este hermoso juego a la categoría de un sacramento o, por lo menos, a recurso de edificación. Pero los sacramentos no nacen de esfuerzos de esta naturaleza, el juego sigue siendo juego.
“JOSEF: — ¿Usted cree, Pater, que nos falta el fundamento teológico?
“PATER: — ¡Oh, no hablemos de teología, ustedes están demasiado lejos de ella aún! Les bastaría por supuesto con algunos fundamentos más simples, una antropología, por ejemplo, una doctrina real y una ciencia real del hombre. No conocen al hombre, ni su bestialidad ni su semejanza con Dios. Conocen solamente a los castalios, una especialidad, una casta, un intento original de crianza...”
Para Knecht fue ya una suerte de extraordinario valor que para su misión de conquistar al Pater en favor de Castalia y convencerlo del valor de una alianza, en esas horas obtuviera libre el campo más favorable y amplio que pudiera imaginar. Se le ofrecía así una situación que correspondía tan perfectamente en todo a lo deseado y calculado, que pronto sintió casi remordimientos de conciencia, porque le parecía vergonzoso y además indigno sentarse rendido con toda la confianza del respetado varón o pasearse arriba y abajo por el pasillo del claustro, mientras lo hacía objeto de ocultas intenciones políticas. Knecht no hubiera sostenido esta situación por más tiempo en silencio y estuvo pensando en la forma en que podría quitarse la máscara, cuando, para su sorpresa, el anciano se le anticipó.
—Mi querido amigo —le dijo un día, como de paso—: hemos encontrado realmente una forma sumamente agradable y, espero, también provechosa de intercambio intelectual. Las dos actividades que más amé en mi vida, el aprender y el enseñar, han encontrado en nuestras horas de trabajo en común una nueva y hermosa combinación Y, para mí, esto ha ocurrido justamente en el instante oportuno, porque comienzo a envejecer y no hubiese podido imaginar siquiera un tratamiento y un reposo mejor que estas horas nuestras. Por lo que se refiere a mi, pues, soy el que gana en este intercambio, sin duda alguna. En cambio, no estoy seguro si también usted, amigo mío, y la gente de la que usted es un enviado y a cuyo servicio se halla, tienen tanto que ganar también como tal vea esperan. Quisiera prevenir una desilusión posterior y no dejar surgir además entre nosotros dos una relación poco clara; por eso permita usted a un hombre práctico una pregunta. A menudo, naturalmente, estuve pensando acerca de su estada en nuestro pequeño monasterio, tan grata para mí. Hasta hace poco, es decir, hasta sus recientes vacaciones, creí poder establecer que la ratón y el fin ce su presencia entre nosotros no eran algo completamente claro ni para usted mismo. ¿Ha sido exacta mi observación?
Y después que Knecht contestó afirmativamente, prosiguió:
—Pues bien, desde su retorno de las vacaciones esto ha variado. Usted ya no se preocupa más acerca de la finalidad de su presencia aquí, sino que sabe de qué se trata. ¿Exacto? Entonces no me equivoqué. Probablemente no me equivoco tampoco con la idea que me hice de aquello. Usted tiene un encargo diplomático y no concierne ni a nuestro monasterio ni al señor Abad, sino a mí. Usted ve, de su secreto no queda mucho. Y para aclarar toda la situación, doy el último paso y le aconsejo que me comunique también por entero el resto. ¿Cuál es su misión?
Knecht se había puesto de pie de un salto y quedó frente al anciano, sorprendido, confuso, casi consternado.
—Tiene usted razón —exclamó—, pero mientras me brinda alivio, también me avergüenza al anticiparse. Hacía días ya que estaba pensando cómo podría aclarar nuestra relación, cosa que usted acaba de hacer tan rápidamente. Es una suerte que mi pedido por su enseñanza y nuestro acuerdo acerca de mi iniciación en su ciencia corresponden todavía a la época anterior a mis vacaciones; ¡de otra manera, parecería que todo fue diplomacia de mí parte y nuestros estudios solamente un pretexto!
El anciano lo tranquilizó amigablemente.
—No quise más que ayudarnos a los dos a dar un paso adelante. La limpieza de sus intenciones no necesita ninguna confirmación. Si no me he anticipado a usted y sólo hice algo que usted también deseaba, todo está bien.
Acerca del propósito de la misión de Knecht, que éste le explicó, expresó esta opinión:
—Sus superiores en Castalia no son precisamente diplomáticos geniales pero sí muy aceptables, y tienen también suerte. Meditaré en calma su propósito y mi resolución al respecto dependerá en parte de cuanto logre usted hacerme conocer de la constitución castalia y de su conjunto de ideas y demostrarme que todo eso es plausible. Tendremos lodo el tiempo para ello.
Y viendo a Knecht un poco preocupado todavía, se rió fuerte y dijo:
—Si quiere, puede considerar mi modo de proceder también como una especie de lección. Somos dos diplomáticos y las reuniones de los diplomáticos son siempre una lucha, aunque guarde formas amistosas. En nuestra lucha, estaba yo momentáneamente en desventaja, se me había escapado la regla, la ley del procedimiento, usted sabía más que yo. Ahora estamos a mano. El movimiento de mi pieza en el tablero fue afortunado, era correcto pues...
Si Knecht consideraba valioso e importante conquistar al Pater para los propósitos de las Autoridades castalias, creía sin embargo, mucho más conveniente aprender a su lado todo lo posible y, por su parte, ser para el sabio y poderoso señor el guía de confianza en el Bando castalio. Buen número de sus amigos y discípulos envidiaron a Knecht por muchas cosas, como suelen ser envidiados justamente hombres distinguidos, no sólo por su grandeza y energía interiores, sino también por su fortuna aparente, el supuesto favor de la suerte. El más pequeño ve en el más grande lo que sólo alcanza a ver, y la carrera y la ascensión de Josef Knecht tienen en realidad para quien las observa algo extraordinariamente brillante, rápido, a primera vista fácil; es posible sentirse tentados de decir de aquel periodo de su vida: tuvo suerte. Trataremos de explicar también en forma racionalista o moralista esa “suerte”, ya como una consecuencia casual de circunstancias exteriores, ya como una suerte de premio por su especial virtud. La suerte nada tiene que ver ni con la razón ni con la moral; por su esencia es algo mágico, casual, de una categoría humana, primitiva, juvenil. El ingenuamente afortunado, el favorecido por las hadas, el mimado de los dioses, no es un objeto para la observación racional y del mismo modo tampoco para la biográfica: es símbolo y está más allá de lo personal y lo histórico. Pero existen hombres sobresalientes, de cuya vida no puede imaginarse ausente la “suerte”, aunque ella consista simplemente en que ellos y la misión que tuvieron corresponden y combinan realmente entre sí en el aspecto histórico y biográfico, o en que no nacieron ni demasiado temprano ni demasiado tarde. A éstos parece pertenecer Knecht. Por eso su existencia, por lo menos durante un trecho, da la impresión de como si todo lo deseable le hubiese caído por sí solo en las manos. No negaremos este aspecto ni lo suprimiremos, podríamos también explicarlo razonablemente sólo mediante un método biográfico, que no es el nuestro ni el deseado y permitido en Castalia, con un detallismo casi sin límites, es decir, en lo más personal o privado, en la salud y la enfermedad, en las reacciones y titubeos en las sensaciones de su vida y de sí. Estamos convencidos de que tal especie de biografía, que no corresponde a nuestro caso, nos llevaría a, la comprobación de un perfecto equilibrio entre su “suerte” y su vida, y, sin embargo, resultaría la falsificación de su figura y de su existencia.
Y basta de digresiones. Estábamos diciendo que Knecht era envidiado por muchos que le conocían o aun sólo oían hablar de él. Pero de su vida nada envidiaron más los inferiores que su relación con el Pater benedictino que fue al mismo tiempo alumnado y magisterio, tomar y dar, ser conquistado y conquistar, y también amistad e intima comunidad de labor. Tampoco Knecht se sintió más feliz por ninguna otra de sus conquistas, desde aquélla del Hermano Mayor en el soto de bambúes, por ninguna tan distinguido y avergonzado simultáneamente, regalado y estimulado. Apenas tal vez por la de su discípulo preferido, cosa que no hubiera atestiguado, cómo llegó a hablar del Pater Jakobus tan a menudo, tan gustosa y alegremente. Con él Knecht aprendió algo que tal vez no hubiera podido aprender en la Castalia de entonces; no logró solamente una visión de conjunto sobre métodos y recursos del conocimiento y la investigación de la historia y su primera práctica en su empleo, sino que mucho más allá alcanzó a vivir la historia como realidad, como vida, y no como campo de la ciencia, y a esto responde también como consecuencia la transformación en historia de su propia vida personal, y su acrecentamiento: No hubiera podido aprender todo esto de un solo sabio. Jakobus no era solamente un espectador y un guía, por encima de la sabiduría; era además alguien que vive y colabora en la historia; no había utilizado el lugar en que lo había colocado el destino, para gozar el calor de una cómoda existencia contemplativa, sino que había dejado soplar en su cuarto de sabio los vientos del mundo y en su corazón las congojas y las intuiciones de su época; colaboraba en el suceder de su tiempo, en él se complicaba y asumía responsabilidades, y no sólo había tenido que ver con la visión, la ordenación y la interpretación de hechos ocurridos hacía muchísimo tiempo, y con las ideas solamente, sino en igual medida con la resistencia de la materia y de los hombres. Juntamente con su colaborador y adversario, un jesuíta muerto hacía poco, era considerado como el verdadero fundador del poder moral y diplomático y del elevado respeto político, que había reconquistado la Iglesia romana, al cabo de períodos de resignación y suma necesidad.
Aunque en las conversaciones de maestro y alumno no se hablaba ahora casi nunca del presente político —lo impedía, no solamente la experiencia del Pater en saber callarse y reservarse, sino por igual también el miedo del joven por ser arrastrado a la diplomacia y a la política—, la posición y actividad políticas del benedictino había impregnado tanto sin embargo, su consideración de la historia universal, que en cada una de sus opiniones, en cada una de sus miradas en el caos del agitarse del mundo, pesaba también el político práctico, no, por cierto un político ambicioso, intrigante, un rector o conductor, ni un aspirante, sino un consejero y mediador, un hombre cuya actividad era suavizada por el saber, el anhelo, por una profunda visión de la insuficiencia y dificultad del ser humano, pero a quien otorgaban notable poder su fama, su experiencia, su conocimiento de hombres y situaciones y, no en último término, su desinterés y su integridad personales. De todo esto, Josef nada sabía cuando llegó a Mariafels, no conocía siquiera el nombre del Pater. La mayoría de los habitantes de Castalia vivía en una ingenuidad y falta de sentido políticos, que fue a menudo propia en épocas anteriores de la clase intelectual; no se poseían derechos y deberes políticos, casi no se veían los diarios; y si tal era la conducta y la costumbre del promedio de los castalios, el miedo a lo actual, a la política, al periodismo era aún mayor entre los jugadores de abalorios, que se consideraban complacidos como la verdadera flor y nata de la “provincia” y se cuidaban muy mucho de no dejar enturbiar y ensombrecer la sutil atmósfera sublimada de su existencia de sabios y artistas. En su primera aparición en el monasterio, Knecht no se presentó como portador de una misión diplomática, sino solamente como maestro del juego de abalorios, y no poseía otros conocimientos de naturaleza política que los que le impartiera en pocas semanas el señor Dubois. Si se comparaba con el Knecht de entonces, hoy era mucho más sabio, pero no había perdido por cierto nada de su aversión del hombre de Waldzell a ocuparse de política actual. Y si también en el aspecto político, en su trato con el Pater Jakobus, había sido despertado y educado, esto no ocurrió porque Knecht hubiese sentido una necesidad al respecto, como la sentía por ejemplo por la historia, sino porque le resultó inevitable y corriente.
Para completar su armamento y sentirse apto a su honroso encargo de ilustrar al Padre en sus lecciones de rebus castaliensibus[11]. Knecht traía de Waldzell obras acerca de la constitución y la historia de la “provincia”, el sistema de las escuelas de selección y la historia de la evolución del juego de abalorios. Algunos de estos libros —no los vio más— le habían servido ya veinte años antes en sus disputas con Plinio Designori; otros, que en aquella época le estaban vedados, porque redactados especialmente para los funcionarios de Castalia, los leyó apenas ahora. Ocurrió así que al mismo tiempo que su campo de estudio se ensanchaba, fue obligado a considerar, comprender y robustecer nuevamente sus propios fundamentos espirituales e históricos. En su intento de simplificar y en lo posible demostrar claramente al Pater la esencia de la Orden y del sistema de Castalia, muy pronto chocó, como no podía ser de otra manera, con el punto más débil de su propia cultura y la de todos los castalios; se le reveló que las condiciones de la historia del mundo que hicieron posible e impulsaron un día le fundación de la Orden y de todo lo que se siguió de ello, podían representarse para él mismo solamente en un cuadro esquemático y pálido, que carecía de evidencia y orden. Como el Pater era todo menos que un alumno pasivo, se llegó a un notable trabajo de colaboración, a un intercambio sumamente vivo: mientras él trataba de exponer la historia de su Orden castalia, Jakobus le ayudó a ver y revivir correctamente en muchos aspectos tal historia y a hallar sus raíces en la general del mundo y de las naciones. Veremos cómo estas intensas explicaciones, por el temperamento del Pater a menudo llevadas a tener el carácter de apasionadas discusiones, seguirán dando sus frutos muchos años después y continuarán influyendo agudamente hasta la muerte de Knecht. La conducta ulterior del Pater muestra con qué atención por otra parte éste oyó las exposiciones de Josef y en qué medida aprendió a conocer y reconocer a Castalia. Se debe a estos dos hombres el entendimiento entre Roma y Castalia hoy subsistente, que prosperó hasta llegar a ser colaboración y alianza por la benévola neutralidad y el culto intercambio inicial.
El Padre quiso ser también iniciado finalmente en la teoría del juego de abalorios, que antes rechazara con una sonrisa, porque comprendía ciertamente que en él había que buscar el secreto de la Orden y, en cierta medida, su doctrina o religión, y ahora que estaba determinado a penetrar en ese mundo poco simpático y hasta ese momento conocido sólo de oídas, fue directamente al blanco en su acostumbrada forma astuta y vigorosa, y aunque no llegó a ser un jugador de abalorios —para eso era ciertamente demasiado Viejo— los espíritus del juego y de la Orden no tuvieron casi nunca fuera de Castalia un amigo serio y de valía como el gran benedictino.
Cada vez más, cuando Knecht se despedía del Pater después de su tarea, éste le daba a entender que por esa noche estaría para él en casa; después de los esfuerzos de las lecciones y las tensiones de la discusión, eran horas de paz amable aquéllas, cuando Josef traía a menudo su clavicordio o su violín; el anciano se sentaba al piano a la suave luz de una vela, cuyo dulce perfume a cera llenaba el reducido espacio a porfía con la música de Gorelli, Scarlatti, Telemann o Bach que tocaban juntos o alternadamente. El anciano señor se acostaba temprano y Knecht, robustecido por el breve acto nocturno de devoción musical, prolongaba el lapso de su labor hasta el limite consentido durante la noche por la disciplina.
Además de sus estudios bilaterales con el Pater, el curso de juego en el monasterio, dictado sin prisa y uno que otro coloquio chino con el abad Gervasio, encontramos a Knecht en ese tiempo ocupado por un trabajo realmente vasto; participaba en el concurso anual de la selección de Waldzell, cosa que había descuidado en las dos últimas ocasiones. En este concurso, en base a tres o cuatro temas principales, prefijados para el juego de abalorios, se elaboraban proyectos o propuestas; se atribuía gran valor a nuevos entrelazamientos de temas, atrevidos y originales, juntamente con la máxima limpieza formal y su caligrafía, y en esta única ocasión se permitía a los competidores, también transgresiones a los cánones, es decir, se les concedía derecho de servirse también de nuevas cifras, aún no aceptadas en el código oficial ni en el tesoro de los jeroglíficos. Con ello, este concurso, juntamente con los grandes juegos públicos y solemnes, se convertía, pues, en el acontecimiento más excitante del Vicus Lusorum y en la presentación de los aspirantes más promisorios de nuevos signos; la distinción más alta imaginable y muy raramente conferida para el vencedor de esta competición, consistía en que no sólo su partida llegaba a reproducirse solemnemente como la mejor de un candidato de ese año, sino que se reconocía su aporte a la gramática y al tesoro idiomático del juego y se incluía en el archivo y en el idioma del mismo. Una ver había sido premiado con este raro honor, unos cincuenta años antes, el gran Tomás Della Trave, el actual Magister Ludí, por sus nuevas abreviaturas del significado alquimista del zodíaco; más tarde, el Magister Tomás hizo mucho para el conocimiento de la alquimia y su inserción ordenada como fértil lengua secreta. Esta vez, Knecht renunció al empleo de nuevos valores de juego, de los que tenía muchos preparados como casi cualquier otro candidato; tampoco vio la oportunidad de ofrecer un testimonio del método psicológico del juego, cosa que le hubiera importado mucho realmente; construyó una partida de estructura y temática por cierto modernas y personales, pero ante todo de una composición transparentemente clara y clásica y de ejecución severamente simétrica, moderadamente ornamental y de un brío de viejo maestro. Tal vez fue su alejamiento de Waldzell y del archivo del juego lo que lo obligó a eso, tal vez fue su grave compromiso de energías y tiempo con los estudios históricos, tal vez lo guió también su deseo más o menos consciente de estilizar su juego en forma tal que más correspondiera al gusto de su maestro y amigo, el Pater Jakobus; no lo sabemos.
Hemos empleado la expresión “método psicológico de juego”, que quizá no es comprensible a cada uno de nuestros lectores sin alguna explicación; en los tiempos de Knecht era una frase típica muy en boga. Ciertamente, hubo siempre corrientes, modas luchas y opiniones cambiantes y sucesivas interpretaciones entre los iniciados en el juego de abalorios, y en esa época eran sobre todo tres las concepciones del juego alrededor de las cuales se desarrollaba la lucha y la discusión. Se distinguían dos tipos de juego, el formal y el psicológico, y sabemos que Knecht, como Tegularius, aunque éste se mantenía alejado de la discusión oral, pertenecía a los adeptos y propulsores del último, sólo que Josef, en lugar de hablar de “método psicológico”, prefería la expresión “método pedagógico”. El juego formal aspiraba a formar del contenido objetivo de cada partida otro contenido matemático, lingüístico, musical, etc., una unidad y una armonía densas, sin lagunas, formalmente perfectas en lo posible. En cambio, el juego psicológico buscaba la unidad y la armonía, la redondez cósmica y la perfección no tanto en la elección, ordenación, limitación, vinculación y oposición de los contenidos, como en la meditación de cada etapa sucesiva del juego, sobre la cual insistía en absoluto. Este juego psicológico, o pedagógico, como prefería llamarlo Knecht, no ofrecía desde fuera el aspecto de la perfección, sino que guiaba al jugador a la vivencia de lo perfecto y lo divino, a través de una serie de meditaciones exactamente preestablecidas. “El juego, como yo lo entiendo —escribió una vez Josef al ex Magister Musicae—, envuelve al jugador al concluir la meditación como la superficie de una esfera rodea su centro, y le deja con la sensación de haber liberado y recibido dentro de sí un mundo totalmente simétrico y armónico, fuera del mundo casual y caótico”.
El juego, pues, con que Knecht tomó parte en el gran concurso, era formal, no psicológico. Es posible que con eso tratara de demostrar a sus superiores y a sí mismo, que por su estada en Mariafels y su misión diplomática, nada había perdido como jugador de abalorios en práctica, elasticidad, elegancia y virtuosismo, y esta demostración resultó acabadamente lograda. Había confiado el último paso y la copia definitiva de su proyecto, que podía hacerse solamente en el archivo del juego en Waldzell, a su amigo Tegularius, que por otra parte era también uno de los candidatos en la competición. Pudo también entregar personalmente sus papeles al amigo, y discutirlos con él, del mismo modo que revisó el proyecto del amigo, porque había podido traer a Frite por tres días al monasterio; por primera vez, el Magister Tomás había satisfecho este pedido, que Josef hacía por segunda vez. Por cuanto Tegularius se complació por la visita y satisfizo gran parte de su curiosidad de isleño castalio, se sintió en cambio sumamente molesto en el monasterio, y ese ser tan sensible casi enfermó a causa de todas las extrañas impresiones y entre estos hombres amables, pero simples, sanos y hasta rudos, para ninguno de los cuales tenían importancia seguramente su pensamiento o sus preocupaciones, o sus problemas.
—Vives aquí en una estrella ajena, extraña —dijo al amigo—, y no comprendo y te admiro porque has resistido en este lugar tres largos años. Tus Paires son por cierto muy gentiles conmigo, pero aquí me siento rechazado y repelido por todo, nada viene a mi encuentro, nada se comprende por sí, nada se deja asimilar sin dificultades y dolores; sería para mí el infierno tener que vivir aquí dos semanas.
Knecht se preocupó, vio también con desagrado por primera vez esta desavenencia entre las dos Órdenes, los dos mundos, en posición de espectador al margen, y advirtió que su hipersensible amigo no hacía allí buena impresión con su angustioso desamparo. Pero repasaron juntos, críticamente y a fondo, los dos proyectos para el concurso, y cuando Knecht, después de esa compañía, marchaba a la otra ala para ver al Pater Jakobus o a una comida, también tenía la sensación de trasladarse de repente de la patria a otro país, con otra tierra, otro aire, otro clima y otras estrellas. Y cuando Fritz se hubo alejado para Waldzell, de regreso, provocó en el Pater un juicio sobre el caso.
—Espero —dijo el Pater— que la mayoría de Castalia se parezca más a usted que a su amigo. Es una clase de seres desconfiada, delicada, débil y, mucho me temo, un poco orgullosa, la que usted nos ha permitido ver representada en él. En lo sucesivo juzgaré por usted, de otra manera me volvería injusto para con Castalia. Porque este pobre hombre, sensitivo, demasiado inteligente e inquieto, podría quitar todo valor a la “provincia” entera.
—Ciertamente —replicó Knecht—, debe haber habido también entre los señores benedictinos, en el correr de los siglos, alguna vez, algún ser como mi amigo, enfermizo, físicamente débil, pero espiritualmente por eso mismo más valioso. Fue probablemente una imprudencia haberlo invitado a venir, donde se tiene seguramente el ojo muy agudo para ver su debilidad, pero ningún sentido físico o moral para sus grandes méritos. Con su presencia me ha prestado un gran servicio de amigo.
Y habló al Pater de su participación en el concurso. El anciano vio con agrado que Josef saliera en defensa de su amigo.
—¡Perfectamente! —exclamó riéndose amablemente—. Pero usted, por lo que se ve, tiene solamente amigos con quienes el trato resulta bastante difícil.
Se divertía viendo que Knecht no comprendía y ponía cara de sorpresa. Luego habló explicándose:
—Esta vez me refiero a otro. ¿No sabe nada de su amigo Plinio Designori?
El asombro de Josef aumentó aún, si cabía: desorientado, pidió una aclaración. Las cosas habían ocurrido así: en una polémica política, Designori se había declarado violentamente de opiniones anticlericales y en la misma atacado muy enérgicamente también al Pater Jakobus. Éste había recibido informaciones acerca de Designori por intermedio de sus amigos de la prensa católica, y en ellas se recordaba también su período escolar en Castalia y su conocida relación con Knecht, Josef pidió el escrito de Plinio para leerlo; con este caso se relaciona la primera conversación de política actual que tuvo con el Pater y a la que siguieron muy pocas más. “Asombrosa y casi terrible —escribió Knecht a Ferromonte— me pareció la figura de nuestro Plinio y, como consecuencia, vi también a mi propia persona colocada de repente en el escenario de la política, aspecto en el cual nunca había pensado antes”. Por lo demás, el Pater se expresó casi con admiración por esa polémica de Plinio, en todo caso sin mostrarse molesto; alabó el estilo de Designori y dijo que se notaba perfectamente su aprendizaje de selección, porque generalmente en la política del día era suficiente mucho menos inteligencia y elevación.
De su amigo Ferromonte, Knecht recibió por esos días la copia de la primera parte de la obra del primero, que más tarde alcanzó fama; te titulaba: “La recepción y reelaboración de la música popular eslava en la música clásica alemana, desde Josef Haydn en adelante”. En la contestación de Knecht a este envió, entre otras cosas, leemos: “En tus estudios, que pude acompañar por un tiempo, lograste un resultado jugoso; los dos capítulos sobre Schubert, especialmente acerca de los cuartetos, pueden figurar entre lo más perfecto en historia musical que yo conozco, en años recientes. Recuérdame de vez en cuando; estoy muy lejos de una cosecha como la que te fue posible. Aunque puedo estar satisfecho de mi vida aquí —parece que mi misión en Mariafels no está fracasando—, debo considerar a veces como una opresión mi largo alejamiento de la “provincia” y del círculo de Waldzell a que pertenezco. Aquí aprendo mucho, infinitamente mucho, pero no es ciertamente un aumento de seguridad y de utilidad profesional lo que noto, tino un crecimiento de la problemática. Del horizonte también, a fuer de sincero. Estoy más tranquilo, por cierto, ahora, acerca de la inseguridad, la extrañeza, la falta de confianza, de alegría y de fe en mí mismo, que sentí muy a menudo aquí durante los dos primeros años: recientemente estuvo aquí, sólo tres días, Tegularius, pero aunque se alegró de verme y sació su curiosidad acerca de Mariafels, al segundo día ya no podía resistir casi, al sentirse como oprimido y extraño a sí mismo. Pero como, en resumidas cuentas, un monasterio es más bien un mundo protegido, pacífico y espiritualmente amable y ni lejanamente una cárcel, un cuartel o un taller, saco de mi experiencia como conclusión que los de nuestra querida “provincia” somos gente demasiado mimada y sensible, más mimada y sensible de lo que nosotros mismos creemos”.
Justamente en la época que lleva la fecha de la carta a Carlos, Josef convenció al Pater Jakobus de que contestara afirmativamente en un breve escrito a la dirección superior de la Orden castalia en la conocida solicitación diplomática, pero el anciano agregó el pedido de que se dejara en el monasterio por más tiempo todavía al “aquí tan querido jugador de abalorios Josef Knecht”, que se dignaba darle un curso especialísimo de rebus castaliensibus. Lógicamente, en Castalia se sintieron muy honrados en cumplir su deseo.
Knecht, que precisamente creía estar aún muy lejos de su “cosecha”, recibió de la dirección de la Orden y del señor Dubois una felicitación escrita por el cumplimiento de su encargo. Lo que le pareció más importante entonces en ese escrito de las supremas autoridades y le causó la mayor alegría (se lo comunicó casi triunfalmente en una breve carta a Fritz), fue un corto párrafo de su contenido: la Orden conocía por intermedio del Ludí Magister su deseo de volver al Vicus Lusorum y estaba enteramente dispuesta a satisfacerlo en cuanto concluyera su misión actual. Leyó el pasaje también al Pater Jakobus y le confesó cuánto se alegraba de ello y cuánto asimismo había temido quedar desterrado de Castalia para siempre y ser enviado a Roma.
Sonriendo, el Pater expresó su opinión:
—En realidad, usted tiene la Orden metida en el alma, amigo, y vive preferentemente más en su seno que en la periferia y aun en el exilio. Puede olvidar tranquilamente el poquito de política en cuya proximidad indefinida cayera, porque usted no es un político. Pero no debe ser infiel a la historia, aunque permanezca para usted tal vez para siempre apenas rama accesoria de un aficionado. Porque en usted hay pasta de historiador. Y ahora vamos a aprovecharnos mutuamente, mientras lo tenga aquí.
Parece que Knecht hizo poco uso del permiso para volver más a menudo a Waldzell; pero siguió escuchando por radiotelefonía un curso de seminario práctico y algunas conferencias y partidas. Y de la misma manera tomó parte también desde lejos, sentado en su cuarto de huésped distinguido en la fundación, a la “solemnidad” durante el cual se daban a conocer desde la sala de fiestas del Vicus Lusorum los resultados del concurso. Había enviado un trabajo no muy personal y menos aún revolucionario, pero sí fino y sumamente elegante, cuyo valor conocía y esperaba una mención de honor o un tercero o cuarto premio. Para su asombro, oyó que se le había discernido el primer premio, y aun antes de que la sorpresa cediera su lugar a la alegría, el locutor de la oficina del Ludí Magister siguió leyendo con su profunda y hermosa voz, para nombrar como merecedor del segundo premio a Tegularius. Emotiva y atrayente vivencia, sin duda alguna, era el hecho de que salieran de esta competición ambos de la mano, proclamados como vencedores. Se puso de pie de un salto, sin oír más nada, corrió por las escaleras y a través de los corredores resonantes salió al aire libre. En una carta escrita en esos días al ex Magister Musicae, podemos leer lo siguiente: “Me siento muy feliz, mi venerado maestro, como puedes imaginarte. En realidad era mucho de una sola vez para mí, primeramente el cumplimiento de mi misión y su reconocimiento muy honroso de parte de la dirección de la Orden, juntamente con la perspectiva tan importante para mí de un pronto regreso a la patria, a los amigos y al juego de abalorios, en lugar de ser empleado ulteriormente en los servicios diplomáticos, ahora este primer premio por una partida en la que utilicé ciertamente lo formal, pero que por mis buenas razones no agotó todo lo que podría dar, y después de todo esto, todavía el gozo de compartir este triunfo con mi amigo. Me siento feliz, ciertamente, pero no podría decir que estoy alegre. En tan breve periodo (breve por lo menos a mi juicio), estos resultados son para mi intimo sentir algo demasiado repentino y generoso; con mi gratitud te mezcla cierta aprensión, como si necesitara apenas de una gota más en el recipiente colmado hasta el borde, para ponerlo todo nuevamente en tela de juicio. Pero considera esto como no expresado, por favor; aquí toda palabra está de más”.
Veremos más adelante que el recipiente colmado hasta el borde estaba destinado a recibir muy pronto algo más que una gota. Pero en el breve lapso hasta llegar a ello, Josef Knecht vivió por su dicha y el temor connatural en ella, con una entrega y una intensidad que parecía presentir el gran cambio inminente. También para el Pater Jakobus, ese par de meses fueron un período feliz y alado. Le dolía tener que perder pronto al colega y alumno, y trató de darle como heredad casi, en las mismas horas de labor y más en sus libres entretenimientos, la mayor cantidad posible de lo que él durante su vida rica en obra y pensamiento había logrado en la penetración cognoscitiva de los altibajos de la vida de los hombres y los pueblos. También habló a veces con Knecht acerca del significado y las consecuencias de su misión respecto de la posibilidad y el valor de un acercamiento y una unidad política entre Roma y Castalia, y le recomendó el estudio de la época, entre cuyos frutos se contaban la fundación de la Orden castalia y el paulatina resurgimiento de Roma saliendo de un período de prueba descorazonador. Le recomendó también dos obras sobre la Reforma y el cisma del siglo xvi, pero le encareció sobre todo preferir básicamente el estudio directo de las fuentes documentales y la momentánea limitación a campos parciales más accesibles a la lectura de gruesos mamotretos de historia universal; no le ocultó tampoco su profunda desconfianza por todas las filosofías de la historia.
[1]Aldea de los jugadores.
[2]En italiano: “Investigaciones, búsquedas”, estudios sobre música antigua.
[3]En latín: “¡salga!”; fórmula con que se da de “alta” a un estudiante especial al concluir su periodo con aprobación.
[4]En italiano: “Cien cuentos”.
[5]En el Apéndice.
[6]Extractos.
[7]Forma de salutación china, para personajes venerables, que consiste en arrodillarse e inclinarse luego tres veces hasta tocar el suelo con la cabeza. (N. del T)
[8]Acribia o akribia, voz griega: supremo cuidado, objetividad.
[9]Amor del destino, aceptación del mismo, fatalismo.
[10]Genius loci, expresión latina: genio del lugar, espíritu local.