Hermann Hesse - El Juego de los Abalorios

La Editorial

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Capítulo VI
MAGISTER LUDÍ

 

KNECHT había resuelto aplazar su regreso definitivo a Waldzell hasta la primavera, la época de los grandes torneos públicos de abalorios, el Ludus anniversarius o sollemnis.[1]El apogeo de la memorable crónica de estos juegos era también el momento en que había terminado y pasado a la historia para siempre el acto anual de varias semanas, al que asistían dignatarios y representantes de todo el mundo, pero aquellas sesiones primaverales, juntamente con el juego solemne de unos diez a catorce días, eran para Castalia el gran acontecimiento festivo del año, es decir una fiesta a la que no faltaba un significado muy noble, religioso y moral, porque reunía a los sostenedores de todas las opiniones y tendencias de la provincia (no siempre ni enteramente concordantes) en un sentido de equilibrio de la armonía, apaciguaba los egoísmos de las diversas disciplinas y despertaba el recuerdo de la unidad que debía presidir su multiplicidad. Poseía para los creyentes la fuerza sacramental de una genuina consagración, para los no creyentes era por lo menos un sustituto de la religión, y para ambos grupos un baño en las puras fuentes de lo bello. En forcea parecida, las “Pasiones” de Juan Sebastián Bach —no tanto en el momento de su creación cuanto después de su redescubrimiento en el siglo— habían sido un día para sus actores y sus oyentes, en parte genuina acción y consagración religiosas, en parte acto de piedad y casi una religión, y para todos manifestaciones solemnes del arte y del Creador spiritus[2].

Poco le costó a Knecht obtener la aprobación de su propósito tanto de parte de la gente del monasterio como de parte de sus autoridades patrias. No podía imaginar aún exactamente de que naturaleza sería su posición al incorporarse nuevamente a la pequeña república del Vicus Lusorum, pero suponía que no lo dejarían mucho tiempo en esa situación, sino que muy pronto le impondrían el peso y el honor de algún cargo o de alguna misión. Por el momento se alegraba de su retorno, por los amigos, por las fiestas inminentes; gozó de los últimos días de compañía con el Pater Jakobus y aceptó de buen grado y humor que el Abad y el monasterio festejaran su partida con muchas manifestaciones de benevolencia. Luego se marchó, no sin sentir la nostalgia de quien se va de un lugar que ha aprendido a querer, de un período de la propia vida que quedaría alguna vez más rezagado, pero si ya en un gozoso estado de ánimo por los ejercicios de contemplación que serían la consecuencia lógica del festival, ejercicios a que se sometía sin directores ni camaradas, pero muy exactamente de acuerdo con el texto de los reglamentos. No empañaba sus sensaciones el hecho de no haber logrado convencer al Pater Jakobus, invitado especialmente hacía mucho tiempo por el Magister Ludí al Ludus sollemnis, para que aceptara la invitación y lo acompañara en el viaje; comprendía la reservada conducta del anciano anticastalio, y él mismo se sintió por un instante liberado de todos los deberes y las limitaciones, y completamente preparado a abandonarse a la fiesta que lo aguardaba.

Con las solemnidades ocurre algo original. Una fiesta legítima no puede nunca fracasar totalmente, aunque intervengan desgraciadamente fuerzas superiores. Para el creyente conserva su sagrado valor también una procesión azotada por la lluvia, y una comida quemada en esa fiesta tampoco puede desilusionarle; por esta razón cada ceremonia anual resulta festiva y en cierto modo consagrada para los jugadores de abalorios. Pero hay fiestas y juegos, como todos sabemos, donde todo combina y se ensambla y alegra y entusiasma, como hay también espectáculos teatrales y musicales que sin causa fácilmente comprensible se elevan como por milagro a considerable altura e íntimas vivencias, mientras otros, preparados con no menos cuidado, son apenas obra pasable. En cuanto el acontecer de las altas vivencias se funda, pues, en el estado de ánimo del participante, Josef Knecht se hubiera encontrado preparado de la mejor forma imaginable: sin el aguijón de una preocupación, de regreso con honra del extranjero, aguardaba con alegre esperanza lo que viniere.

Pero esta vez no quería el destino que el Ludus sollemnis, rozado por el hábito del milagro, llegara a un grado especial de consagración e irradiación. Resultó hasta desagradable, notablemente sin suerte, casi mi fracaso. Aunque a pesar de todo, muchos participantes se sentían edificados y elevados, como siempre en tales casos los verdaderos campeones, los organizadores y responsables conocieron más amargamente la atmósfera de embotamiento, desgracia y frustración, de inhibición y ruina que amenazaba el cielo de la fiesta. Aunque Knecht naturalmente también lo sentía y sufría cierta desilusión con su tensa esperanza, no era ciertamente uno de los que más netamente percibían el desastre: como no era un colaborador del juego ni le correspondía responsabilidad alguna, le fue posible en esos días —a pesar de que el acto no lograba florecer y triunfar— seguir con su consenso, como devoto participante, el juego noblemente construido, dejar volar libremente la meditación y, con grata entrega, realizar en sí mismo la bien conocida vivencia de una fiesta y un sacrificio, de una mística comunión de la colectividad a los pies de lo divino, que puede brindar también un acto “fracasado” para el estrecho círculo de los grandes iniciados. De todas maneras, él mismo fue rozado por el desastre que se cernía sobre la ceremonia; ciertamente, el juego en sí, en su plan y su realización, fue intachable, como todos los juegos del Magister Tomás; aun resultó uno de los más impresionantes, sencillos e inmediatos de todos los suyos. Pero su presentación cayó bajo una estrella particularmente mala y no ha sido olvidada aún en la historia de Waldzell.

Cuando Knecht llegó a Waldzell, una semana antes del comienzo de los grandes juegos, después de presentarse en el Vicus Lusorum, no fue recibido por el Magister Ludí, sino por su representante Bertram, que le dio cortésmente la bienvenida, pero con bastante sequedad y distracción le comunicó que el venerado maestro había enfermado en esos días y él mismo no estaba suficientemente informado acerca de la misión de Knecht como para recibir su relación; debía, pues, visitar la dirección de la Orden en Hirsland, anunciar allí su retorno y esperar órdenes. Cuando Knecht al despedirse reveló involuntariamente, en la voz o en los ademanes, cierta extrañeza por la frialdad y la brevedad de su recibimiento, Bertram se disculpó. El colega debía perdonar la eventual desilusión y comprender lo grave de la situación: el Magister estaba enfermo, el gran festival del juego era inminente, y no se sabía aún si el anciano podría tomar la dirección o si tendría que reemplazarlo él, como representante. La enfermedad del respetado maestro no podía ocurrir en un momento más desfavorable ni delicado; estaba siempre preparado para atender los asuntos del cargo en lugar del Magister, pero superaba sus fuerzas prepararse todavía en tan breve plazo lo bastante bien para el gran acto y para asumir su dirección.

Knecht compadeció al hombre visiblemente abatido y un poco fuera de su equilibrio, y lamentó en igual medida que ahora tal vez la responsabilidad de los juegos recayera en esas manos. Había estado alejado de Waldzell demasiado tiempo, para saber cuánto fundamento tenían las quejas de Bertram, porque éste, desde hacia tiempo había perdido la confianza de los “selectos”, desgracia tremenda para un sustituto, y se encontraba por eso en una muy grave situación. Con pena pensó Josef en el Ludí Magister, el campeón de la forma clásica y de la ironía, el maestro y caballero perfecto; había acariciado la idea de ser recibido por él, de ser escuchado y además incorporado nuevamente a la pequeña comuna de los jugadores, tal vez en algún puesto de confianza. Había deseado ver celebrado por el maestro Tomás el gran festival, seguir trabajando ante sus ojos y luchar por merecer su aprobación; le dolía ahora y le desilusionaba saber que el maestro se ocultaba en su enfermedad y que él se veía asignado a otras instancias. Le compensaron por cierto la respetuosa benevolencia y la camaradería con que lo recibieron y escucharon el secretario de la Orden y el señor Dubois. Ya en el primer coloquio pudo comprobar que no se pensaba utilizarlo más en el proyecto romano como antes, y que se respetaba su deseo del retorno definitivo al juego de abalorios; por el momento, se le invitó amablemente a residir en la casa de huéspedes del Vicus Lusorum y a aclimatarse un poco otra vez allí asistiendo también al festival del año. Con su amigo Tegularius dedicó los días que faltaban al ayuno y a ejercicios de concentración, y compartió devotamente y agradecido aquel juego original que dejó en muchos tan poco agradable recuerdo.

La situación de los sustitutos de los grandes maestros, llamados también “sombra”, y especialmente los de las secciones de música y del juego de abalorios, es muy particular. Cada Magister tiene un sustituto, no ya nombrado por la autoridad suprema, sino elegido por él mismo de entre el grupo más reducido de sus candidatos, y es del todo responsable por sus actos y aun por la firma del maestro que representa. Para un candidato es por lo tanto una gran distinción y un signo de la máxima confianza ser promovido por su Magister a sustituto; se le reconoce entonces como íntimo colaborador y mano derecha del poderoso señor, y realiza sus actos oficiales, no todos ciertamente, cuando aquél está impedido o se lo ordena en las sesiones de la autoridad suprema, por ejemplo, puede presentarse solamente como portador de un sí o de un no, pero nunca como orador o proponente, y en otros casos más, de acuerdo con parecidas medidas de precaución. Pero mientras el nombramiento de sustituto encumbra a éste en un puesto muy elevado y a veces muy expuesto, equivale sin embargo, al mismo tiempo a tornarlo inofensivo y relegarlo, lo separa dentro de la jerarquía oficial en cierta manera como un caso de excepción y mientras le concede a menudo un alto honor y le confía importantísimas funciones, le quita ciertos derechos, ciertas posibilidades, de que goza cualquier otro aspirante. En efecto, hay dos puntos en que su situación de privilegio se conoce claramente: el vicemaestro no es responsable de sus actos oficiales y no puede ascender ya más dentro de la jerarquía. No es una ley escrita, pero se deduce de la lectura de la historia de Castalia: nunca ocupó el lugar de un Magister su “sombra”, en caso de muerte o renuncia al cargo, que sin embargo, cubrió a menudo y al que la entera existencia parece predestinarlo como sucesor. Es romo si la costumbre quisiera recalcar conscientemente como infranqueables, limites y vallas aparentemente movibles y deslizables: el límite entre Magister y sustituto corresponde al mismo existente entre cargo y persona. Al aceptar, pues, un castalio el alto, puesto de confianza de un vicemaestro, renuncia a la perspectiva de ser él mismo Magister, a sentirse verdaderamente unido al traje y a las insignias oficiales que a menudo lleva como representante, y al mismo tiempo alcanza el derecho de doble sentido de cargar no sobre si mismo, sino sobre su jefe los errores eventuales de su labor oficial: el Magister solamente responde por él. Y ha ocurrido de hecho que un Magister resultó víctima del sustituto por él elegido y tuvo que retirarse del cargo por alguna grosera falta de que se hiciera culpable el representante. La palabra con la que se indios en Waldzell al sustituto del Ludí Magister, es perfectamente adecuada para significar su peculiar situación, su vínculo, su casi identidad con el maestro, y simultáneamente lo ficticio y lo quimérico de su existencia oficial: se le llama allí la “sombra”.

El gran maestro Tomás Della Trave había dejado actuar desde mucho tiempo atrás a una “sombra” de nombre Bertram, que al parecer carecía más de buena suerte que de capacidad o buena voluntad. Era un excelente jugador de abalorios, cosa natural y comprensible, era también un maestro por lo menos hábil y un funcionario consciente, incondicionalmente fiel a su jefe; pero en el curso de los últimos años había merecido más bien la antipatía de los otros funcionarios y tenía contra él al grupo más joven inmediato de la “selección”, y como no poseía el temperamento caballerescamente franco de su Magister, esa situación trastornaba el aplomo y la tranquilidad de su proceder. El jefe no lo había dejado abandonado a sí mismo, liberándolo en todo lo posible en esos años de los roces con aquella “selección”, sustrayéndolo sobre todo cada vez más a la publicidad y empleándolo con preferencia en las oficinas y en el archivo. Este hombre irreprensible, pero no querido o por lo menos poco querido ya en esos días, visiblemente nada favorecido por la suerte, se vio ahora de pronto, por la enfermedad de su jefe, a la cabeza del Vicus Lusorum y en el caso de que tuviera que dirigir realmente la fiesta anual, colocado en esa época solemne en el lugar más visible de toda la “provincia”, y hubiera podido desempeñar correctamente su gran tarea, si la mayoría de los jugadores de abalorios o por lo menos los repetidores lo hubiesen sostenido con su confianza, lo que lamentablemente no sucedió. Y así fue como el Ludus sollemnis resultó esta vez una dura prueba y casi una catástrofe para Waldzell.

Apenas durante la víspera del comienzo de los juegos se anunció oficialmente que el Magister estaba seriamente enfermo y sería incapaz de dirigir las fiestas. No sabemos si esta tardanza en la comunicación fue tal vez debida a una disposición del maestro enfermo, quien esperó hasta el último momento poder levantarse y presidir de todas maneras la ceremonia. Es más probable que estuviera ya demasiado enfermo para pensar en ello y que su “sombra” cometió el error de mantener en la incertidumbre a Castalia acerca de la situación reinante en Waldzell. Ciertamente, sería fácil discutir también si esta vacilación, esta reserva, fue realmente un error. Sin duda se procedió de buena fe, es decir, para no desacreditar anticipadamente la fiesta y no alejar a los adictos al maestro Tomás. Y todo hubiera resultado bien si hubiera existido confianza entre la comunidad de los jugadores de Waldzell y Bertram; la “sombra” —cabe no dudarlo casi— se hubiera convertido realmente en un sustituto y la ausencia del Magister hubiera podido pasar casi inadvertida. Es ocioso imaginar otras suposiciones al respecto; creíamos nuestro deber explicar solamente que Bertram no fue necesariamente un fracasado o un indigno, como lo creyó entonces la opinión pública de Waldzell. Resultó mucho más víctima que culpable.

Hubo, pues, como todos los años gran afluencia de huéspedes para el gran acto. Algunos estaban completamente desprevenidos, otros llegaban preocupados por el estado del Magister Ludí y con poco alegres presentimientos acerca del curso de la fiesta. Waldzell y las colonias vecinas se colmaron de gente; casi al completo estaban presentes las autoridades educativas y los directores de la Orden; también de los lugares más apartados del país y del extranjero concurrieron gozosos viajeros, que se apiñaron en las casas de huéspedes. Como siempre se inauguró la fiesta en la víspera del comienzo del torneo con la hora de meditación, durante la cual desde el primer tañido de la campana toda la zona festiva colmada de hombres se ensimismaba en un silencio profundo y devoto. La mañana siguiente trajo la primera de las ejecuciones musicales y el anuncio del primer movimiento del juego, como también la meditación sobre los dos temas musicales de este movimiento. Bertram, ataviado con el traje de gala del Magister Ludí, ostentaba su porte medido y dueño de sí, sólo estaba ligeramente pálido y posteriormente apareció cada día más agotado, sufriente y resignado; en los últimos días semejaba realmente una “sombra”. Ya durante el segundo día de la ceremonia se difundió el rumor de que el estado del Magister Tomás había empeorado y su vida peligraba, y por la noche del mismo día se oyeron aquí y allá y en todas partes entre los más iniciados los primeros elementos de la leyenda que surgía poco a poco alrededor del maestro enfermo y de su “sombra”. Esta leyenda, que partió del círculo íntimo del Vicus Lusorum, los repetidores, pretendía saber que el maestro deseaba y podía presentarse como director de los juegos, pero que se había sacrificado a la ambición de su “sombra”, dejando a su cargo la solemne tarea. Pero ahora, en que Bertram no parecía justamente apto para su noble papel y el juego amenazaba transformarse en una desilusión, el enfermo sabía que era responsable de la fiesta, de su “sombra” y de su fracaso, y había resuelto expiar él mismo el error cometido; ésta y no otra era la causa del rápido empeoramiento de su estado de salud y del aumento de la fiebre. Naturalmente, ésta no era la única versión de la leyenda, pero sí la de la “selección” y revelaba claramente que esta selección, este renuevo de aspirantes, consideraba trágica la situación y no estaba dispuesta a apoyar una aclaración, una desviación o un paliativo de esta tragedia. La veneración por el maestro equilibraba en la balanza la inquina contra su “sombra”, a éste se le deseaba el fracaso y la caída; debía pagar al mismo tiempo que el Magister.

Un día después, se oía contar que el Magister había conjurado desde su lecho de enfermo a su sustituto y a dos “seniors” de la selección para que mantuviesen la paz y no hicieran peligrar la fiesta; un día más y se aseguró que había dictado su última voluntad y señalado a la Autoridad el hombre que deseaba como sucesor; hasta se llegó a hacer nombres. Juntamente con las noticias sobre el estado de salud del maestro, cada vez más grave, circularon otros rumores, y en el salón de fiestas y en las casas de huéspedes, el estado de ánimo decaía constantemente, aunque nadie llegó hasta renunciar a lo que faltaba de la ceremonia y partir. Había sobre toda la organización una pesada y sombría opresión, aunque la misma en su curso exterior se cumpliera en perfecta forma, pero no se sentía casi nada de la alegría y la elevación que eran una característica bien conocida de esta fiesta y se anhelaban sinceramente, y cuando el penúltimo día de los juegos el creador de esa solemnidad, el Magister Tomás, cerró los ojos para siempre, las autoridades no lograron contener, a pesar de sus esfuerzos, la difusión de la noticia y, cosa notable, muchos participantes consideraron esta solución del nudo, como una liberación. Los alumnos del juego, y sobre todo, la “selección”, aunque antes del final del Ludus sollemnis no podían llevar luto ni interrumpir mínimamente el curso severamente prescripto para esos días de las horas destinadas alternadamente a representaciones y ejercicios de meditación, comenzaron el último acto festivo y el día solemne con un proceder y un estado de ánimo acordes en todo como si se tratara de un duelo por el muerto venerado y dejaron formar una helada atmósfera de aislamiento alrededor de Bertram, que seguía actuando oficialmente, cansado, muerto de sueño, pálido y con los ojos casi cerrados.

Josef Knecht, aunque muy sensible para todas estas corrientes y estados anímicos, al hallarse en vivo contacto mediante Tegularius con la “selección” y por ser un viejo jugador, no los dejó penetrar en sí, a pisar de todo, y ya al cuarto o quinto día prohibió al amigo Fritz que lo importunara con noticias de la enfermedad del Magister; sentía ciertamente en forma clara y comprendía el trágico ensombrecerse de la fiesta, recordaba al maestro con profunda preocupación, y con tristeza más honda y creciente malestar y compasión a Bertram, la “sombra” condenada a morir con aquél; pero rechazó constante y duramente todo influjo de noticias genuinas o legendarias, ejerció la más severa concentración, se entregó totalmente a los ejercicios y a los pasos del juego ya construido y vivió la fiesta con seria elevación, a pesar de todo lo desarmónico y sombrío que la rodeaba. La “sombra” —Bertram— se ahorró tener que recibir como de costumbre al final, en calidad de vicemaestro, a los congratulantes y a las autoridades; también el sucesivo día de holgorio de los estudiosos del juego de abalorios fue suspendido esta vez. Inmediatamente después del acto musical de clausura de la fiesta, la Autoridad suprema hizo conocer la noticia de la muerte del Magister y comenzaron los días de duelo en el Vicus Lusorum, que también Josef Knecht compartió por vivir en la casa de huéspedes. El sepelio del meritorio prohombre, que se conserva en gran veneración aún hoy, se realizó con la acostumbrada sencillez de Castalia. Bertram, la “sombra”, que representó su papel durante la fiesta hasta el final, empeñando todas sus últimas energías, comprendió su situación. Pidió un permiso y partió para las montañas.

En el villorrio de los jugadores y en todo Waldzell reinaba el duelo.

Tal vez nadie tuvo con el fallecido Magister relaciones intimas, acentuadamente amistosas, pero la superioridad y claridad de su ser de excepción, juntamente con su inteligencia y su sentido por las formas delicadamente refinado, lo habían convertido en un rector y representante como casi nunca realmente producía Castalia por sus tendencias democráticas. Habían estado orgullosos de él. Si su persona parecía alejada de las zonas de la pasión, del amor, de la amistad, fue por eso mismo el objeto más adecuado para la necesidad de veneración de los renuevos, y esta dignidad y esta gracia de príncipe, que por lo demás le habían valido el apodo de “Excelencia” en un respetuoso sentido de broma, le habían otorgado —a pesar de duros obstáculos en el curso de su vida— una posición casi especial en el gran Consejo y en las sesiones y la labor en común de las autoridades de educación. El problema de la sucesión en su alto cargo fue naturalmente discutido ardorosamente, y más ardorosamente entre la “selección” de los jugadores de abalorios. Las funciones del cargo de Magister, después del retiro y la partida de la “sombra”, cuya caída se había querido y logrado en ese circulo, fue repartida por la “selección” en tres representantes provisionales, por votación, es decir, se proveyó naturalmente por lo que se refería a las funciones internas del Vicus Lusorum, no a las oficiales en el consejo de educación. Según la tradición, este consejo no podía dejar vacante esa magistratura más de tres semanas. En casos en que el Magister moribundo o renunciante dejara un sucesor decidido y sin competidores, el cargo era cubierto inmediatamente, apenas después de una sesión plenaria. Esta vez tardaría seguramente un poco más.

Durante el período de duelo, Josef Knecht habló ocasionalmente con su amigo acerca de la fiesta reciente y su decurso tan extrañamente sombrío.

—Este sustituto Bertram —decía Knecht— no sólo representó hasta el final su papel, es decir, tratando de ser completamente un real Magister, sino que a mi juicio hizo aún mucho más, se ofreció en sacrificio a este Ludus sollemnis, como su último y suntuoso acto oficial. Ustedes fueron duros, no crueles con él, hubieran podido salvar la fiesta y salvarlo a él y no lo han hecho; no me atrevo a emitir un juicio al respecto, deben haber tenido sus motivos. Pero ahora que este pobre Bertram está eliminado y ustedes han logrado imponer su voluntad, deben ser magnánimos. Deben ir a su encuentro, cuando vuelva, y mostrarle que han entendido su sacrificio.

Tegularius meneó la cabeza.

—Lo hemos comprendido —contestó— y aceptado. Tú estabas tan contento de poder participar esta vez en el juego como huésped imparcialmente, que no has seguido ciertamente todo el proceso con exactitud. No, Josef, no tendremos ya oportunidad alguna para trocar en acción cualquier sentimiento hacia Bertram. Él sabe que su sacrificio era necesario, y no intentará volver sobre sus pasos.

Sólo ahora lo comprendió Knecht todo y enmudeció afligido. No había convivido realmente —lo veía— esos días de fiesta como un genuino residente de Waldzell ni como camarada, sino en verdad más como huésped, y comprendió también lo que había alrededor del sacrificio de Bertram. Hasta ese momento, el sustituto le había parecido un ambicioso, que sucumbió en una labor superior a sus facultades, y, en cambio, tratar de renunciar a nuevas metas de su ambición y olvidar que había sido alguna vez la “sombra” de un Magister y el director de un Ludus anniversarius. Apenas ahora, con las últimas palabras de su amigo había comprendido —y se había callado violentamente— que Bertram había sido juzgado terminantemente por sus jueces y no volvería. Se le había consentido llevar a cabo el festival y se había colaborado con él mucho para que no estallara un escándalo, pero eso no se había hecho por Bertram, sino solamente para no perjudicar a Waldzell.

La condición de “sombra” no necesitaba solamente de la plena confianza del Magister —a Bertram no le había faltado esta confianza—, sino también, y no menos, de la confianza de la “selección”, que el desdichado no había podido lograr. Si cometía un error, no estaba detrás de él la jerarquía para defenderlo, como está detrás de su señor y modelo. Y si sus cantaradas de antes no lo reconocían plenamente, no le asistía autoridad alguna, y sus cantaradas, los repetidores, se convertían en sus jueces. Si ellos eran inexorables, la “sombra” estaba liquidada. Y en efecto, Bertram no regresó de su excursión y parece que murió precipitándose en un barranco. Y no se habló más de él.

Entre tanto, aparecían diariamente en el Vicus Lusorum altos y supremos funcionarios de la dirección de la Orden y de la autoridad de educación, y a cada instante eran convocados hombres de la “selección” y de la burocracia para interrogatorios, de cuyo contenido sólo se sabía esto o aquello entre los selectos. También Josef Knecht fue llamado e interrogado a menudo; una vez por dos señores de la jefatura de la Orden, otra por el Magister filológico, luego por el señor Dubois y una vez más por dos grandes maestros. Tegularius, que asimismo fue invitado a dar informaciones, se sentía agradablemente excitado y hacía bromas acerca del estado de ánimo del “conclave”, como decía. Josef había advertido ya durante los actos de la fiesta, que poco subsistía de las relaciones un día tan estrechas con la “selección”. Sintió, pues, más claramente aún esta situación durante el período del tal conclave. No era solamente el hecho de que residiera en la casa de huéspedes como un extraño y que los superiores trataran con él de igual a igual; la misma “selección”, los repetidores, no lo recibían de nuevo con confianza y camaradería, sino con una irónica cortesanía o, por lo menos, con frialdad expectante; se habían retraído de él ya cuando recibió la misión en Mariafels, y esto era correcto y natural; aquel que alguna vez pasaba de la libertad al servicio, del alumnado o del mundo de los repetidores a la jerarquía, dejaba de ser cantarada, se encontraba en el camino para ser un superior o un bonzo, no pertenecía más a la “selección” y debía saber que ésta llegaría a oponérsele con su crítica, inicialmente. Les ocurría a todos lo mismo, cuando se hallaban en su situación. Sólo que ahora él sentía particularmente fuerte el distanciamiento, la frialdad, en primer lugar porque la “selección”, huérfana y en víspera de recibir a un nuevo Magister, cerraba sus filas con duplicada energía defensiva, y luego, también porque su decisión y su inflexibilidad se habían revelado tan duramente entonces en la suerte de Bertram, la “sombra”.

Una noche, Tegularius llegó corriendo y sumamente excitado a la casa de huéspedes, buscó a Josef, lo llevó a un cuarto vacío, cerró la puerta y como hirviendo exclamó:

—¡Josef, Josef! Dios mío, debía haberlo intuido, debía haberlo sabido, no era tan inverosímil... ¡ Oh, estoy trastornado y verdaderamente no sé si debo alegrarme!

Y Tegularius, que conocía muy exactamente todas las fuentes noticiosas del Vicus Lusorum, le informó con calor: era más que verosímil, era casi seguro ya que Josef Knecht sería elegido Magister Ludí. El director del archivo, que muchos habían tenido como el sucesor predestinado del maestro Tomás, había sido eliminado ya claramente del pequeño número de candidatos y de los tres candidatos de la “selección”, que hasta ese momento habían figurado primeros en las investigaciones, al parecer ninguno contaba con el favor especial o la recomendación de un Magister o de la dirección de la Orden, mientras que por Knecht se empeñaban dos miembros de la dirección, el señor Dubois y además había que agregar el voto importantísimo del ex Magister Musicae, que en esos días, como se sabía con seguridad, había sido visitado personalmente por varios grandes maestros.

—Josef, te nombran Magister —pudo gritar todavía, antes que el amigo le tapara la boca con la mano.

En el primer momento, Knecht no se sintió menos sorprendido y agitado que Fritz ante la suposición que le pareció absolutamente imposible, pero cuando ya aquél le comunicó las opiniones del Vicus Lusorum acerca de la situación y el curso del “conclave”, comenzó a admitir que la presunción del amigo no estaba equivocada. Más aún sentía como un “sí” en su alma, algo como la sensación de que lo sabía y lo esperaba, y era justo y lógico. Colocó, pues, la mano sobre la boca del excitado cantarada, lo miró como a un extraño, como rechazándole, casi desde una distancia, una lejanía que surgiera de repente, y dijo:

—No hables tanto, amice; no quiero saber nada de todo este alboroto. Reúnete con tus cantaradas.

A pesar de lo mucho que hubiera querido decir todavía, Tegularius enmudeció enseguida ante esos ojos con que lo miraba un hombre nuevo, para él desconocido aún; palideció y se fue. Más tarde, contó que en el primer momento sintió la gran calma y la extraña frialdad de Knecht como un golpe, una ofensa, casi como una bofetada, una traición a su vieja amistad, a su antigua confianza, un inconcebible anticipo recalcado de su inminente situación de superior absoluto. Apenas al alejarse —y lo hizo realmente como un apaleado—, se le aclaró el sentido de esa inolvidable mirada, imperial y lejana, pero no menos sufriente, y comprendió que su amigo había aceptado su destino no ya orgullosamente, sino con humildad. Tuvo que recordar —contó— la pensativa mirada de Josef Knecht y el matiz de honda simpatía en su vos, con que le informara poco antes acerca de Bertram y su sacrificio. Del mismo modo que si él también estuviera por sacrificarse y extinguirse, al par de aquella “sombra”, tan orgulloso y humilde al mismo tiempo, tan elevado y rendido, tan solitario y pronto a aceptar el destino, fue el rostro con que lo contempló su amigo, como si fuera el monumento de todos los grandes maestros de Castalia que hubiesen existido. “Reúnete con tus cantaradas”, le había dicho. En el mismo instante, pues, en que supo por primera vez de su nueva dignidad, este ser nunca cognoscible estaba ya encuadrado y veía al mundo desde un nuevo centro; no era ya un cantarada, no lo sería más...

Knecht hubiera podido adivinar perfectamente por sí mismo su nombramiento, esta última y suprema vocación, o por lo menos, considerarla posible, tal vez probable, mas también esta vez el hecho lo sorprendió y aún lo asustó. Hubiera podido imaginárselo, se decía después, y se reía del celoso Tegularius quien, aún sin creer en la elección desde el principio, la había descontado y preanunciado varios días antes de que fuese resuelta y comunicada. En realidad, nada podía oponer la suprema Autoridad a la promoción de Josef, si se exceptúa tal vez su juventud; la mayoría de sus colegas se habían hecho cargo del elevado puesto a una edad mínima entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años, mientras que Knecht llegaba apenas a los cuarenta. Pero no existía ley que prohibiese aquella designación tan temprana.

Cuando Frite, pues, sorprendió a su amigo con el resultado de sus observaciones y combinaciones —observaciones de un experto jugador de selección, que conocía el complicado aparato de la pequeña comunidad de Waldzell en sus mínimos detalles—, Knecht comprendió enseguida que tenía razón; comprendió y aceptó también enseguida su elección, su destino; pero su primera reacción ante la noticia consistió en echar al amigo, indicándole que “no quería saber nada de ese alboroto”. Apenas el otro se alejó, asombrado y casi ofendido, Josef buscó un lugar de meditación para ordenar sus pensamientos, y sus reflexiones partieron de un recuerdo casi físico que tuvo en esa hora con una fuerza extraordinaria. En esa visión se le aparecía una habitación desnuda con un piano; por la ventana penetraba una fresca y alegre luz matinal y en la puerta surgía un hombre hermoso y amable, un hombre de edad con cabellos ya grises, y un rostro luminoso lleno de bondad y dignidad; pero él mismo era un pequeño estudiante de latín que había esperado en la habitación angustiado y dichoso, al mismo tiempo, al Magister Musicae y veía ahora por primera vez al venerable, al maestro de la fabulosa provincia de las escuelas de selección, al Magister que había ido para mostrarle lo que era la música, que luego lo había introducido y aceptado paso a paso en su provincia, en su reino, en la selección y en la Orden, y cuyo colega y hermano había llegado a ser ahora, mientras el anciano había dejado su varita mágica o su cetro y se había convertido en un anciano amable y callado, siempre bondadoso, siempre venerable, siempre misterioso, cuya mirada y cuyo ejemplo dominaba la vida de Josef, y que le era superior siempre por edad y vida vivida, inmensamente superior en dignidad y al mismo tiempo en modestia, en maestría y en secretos, pero que, ejemplo y modelo, siempre le obligaría a seguirle mansamente, como el astro que surge y se pone arrastra tras de sí a sus hermanos. Mientras Knecht se entregaba inconscientemente a la corriente de las imágenes íntimas, que surgen en el estado de la primera tensión casi parecidas a los sueños, dos ideas sobre todo sobresalían de este fluir y duraban más tiempo, dos cuadros o dos símbolos, dos alegorías. En la primera, Knecht niño seguía por varios senderos al maestro que le precedía y que cada vez que se volvía y mostraba su cara, se tornaba más viejo, más sosegado y digno, acercándose evidentemente a una imagen ideal de eterna sabiduría y dignidad, mientras él, Josef Knecht, caminaba devota y obedientemente detrás del arquetipo, pero seguía siendo el mismo niño, de lo cual sentía alternativamente ora vergüenza, ora cierta alegría y hasta una obstinada satisfacción. En la segunda alegoría veía lo siguiente: la escena en la sala del piano, el acercamiento del anciano al niño se repetía constantemente, infinitas veces; el maestro y el escolar se seguían mutuamente, como arrastrados por el hilo de un mecanismo, de modo que pronto no era posible distinguir quién iba y quién venía, quién dirigía y quién obedecía, si el anciano o el jovencito. Ora le parecía ser el joven que demostraba veneración y obediencia al anciano, a la autoridad y a la dignidad; ora era el anciano a quien la figura de la juventud, del principio, de la alegría que le precedía ligera obligara a seguir servicial o en adoración. Y mientras él contemplaba este insensato y simbólico girar de ensueño, el soñador se identificaba con sus propios sentimientos ya con el anciano, ya con el niño, era quien veneraba y quien era venerado, quien dirigía y quien obedecía, y en el correr de este cambio oscilante llegó un instante en que él fue ambos, maestro y escolar al mismo tiempo, más aún, se halló por sobre los dos, organizador, ideador, guía y espectador de ese alternar, de la competición sin fin realizada en el círculo cerrado de lo viejo y de lo joven, que él regulaba con alterna percepción ora tornándola más lenta, ora apresurándola enérgicamente. Y de este estadio se desarrollaba una nueva representación, más símbolo ya que sueño, más conocimiento ya que imagen, es decir, la idea, más aún, el saber: este insensato y simbólico correr en redondo de maestro y alumno, este cortejar de la juventud por parte de la vejez, de la vejez por parte de la juventud, este juego alado e interminable era el símbolo de Castalia, el símbolo de la vida, sobre todo, que fluye sin fin dividida en lo viejo y lo joven, en día y noche, en Yang y Yin. Desde aquí el meditante encontró luego el camino para llegar del mundo de la imagen al de la paz, y volvió más fuerte y alegre de su largo ensimismamiento.

Cuando algunos días después la Dirección de la Orden lo mandó llamar, acudió reconfortado y aceptó con serena alegría el saludo fraternal de los superiores expresado con el apretón de manos y el significativo abrazo. Se le comunicó su nombramiento como Magister Ludí y se le indicó para dos días después la ceremonia de la investidura y del juramento en el gran salón de fiestas, ese mismo salón en que poco tiempo antes el representante del Magister fallecido había cumplido la inhibidora solemnidad como víctima propiciatoria adornada de oro. El día que se le dejaba libre antes de la investidura estaba destinado a un estudio exacto, acompañado por la meditación ritual, de la fórmula del juramento y la “norma mínima del Magister”, con la dirección y la vigilancia de dos superiores, que fueron esta vez el Canciller de la “Orden y el Magister Mathematices, y durante el descanso del mediodía de ese día tan agobiador, Josef recordó vivamente su admisión en la Orden y la precedente introducción del Magister Musicae. Seguramente, esta vez el rito de admisión no conducía a algunos centenares, como antaño, por amplia puerta a una gran comunidad, llevaba por el ojo de una aguja al círculo más estrecho y elevado, el de los Maestros. Más tarde confesó al anciano Magister Musicae que ese día le molestó durante el intenso examen de conciencia, un pensamiento, una pequeña ocurrencia realmente ridícula; había temido justamente el momento en que único de los maestros le señalara a qué desacostumbrada edad llegaba a tener la suprema dignidad. Había tenido que luchar enérgicamente con ese miedo, con esa idea infantilmente vanidosa y con el deseo —si hubiese alguna alusión a su juventud— de contestar: “Déjenme, pues, envejecer tranquilamente; nunca aspiré a esta elevación”. El sucesivo examen de conciencia le había mostrado sin embargo, que inconscientemente la idea de su elección y el deseo de la misma no habían estado muy lejos de él; tuvo que confesárselo, reconoció lo vanidoso de su pensamiento y lo desechó; en realidad, ni ese día ni nunca más tarde le recordaron sus colegas el hecho de su juventud extremada.

Seguramente, la elección del nuevo Magister fue discutida y criticada más vivamente entre aquellos que habían sido hasta entonces coaspirantes de Knecht No tenía adversarios declarados, pero sí competidores y entre éstos algunos que le aventajaban en edad, y en este círculo nadie pensaba en aceptar la elección sino después de una lucha y una comprobación, o por lo menos después de una observación sumamente exacta y critica. Casi en todos los casos, la llegada al cargo y el primer tiempo de su ejercicio del nuevo Magister son como el paso a través del purgatorio.

La investidura de un maestro no es una solemnidad pública; fuera de las supremas autoridades de educación y de la dirección de la Orden, toman parte en ella solamente los estudiantes más ancianos, los candidatos y los funcionarios de la disciplina que recibe a un nuevo jefe. En la ceremonia en el salón de fiestas, el Magister Ludí tenia que prestar el juramento del cargo, recibía de las autoridades las insignias de sus funciones, consistentes en algunas llaves y unos sellos, y se dejaba vestir por el locutor de la Dirección de la Orden con los ornamentos respectivos, la capa festiva que el maestro debe llevar en las grandes solemnidades, sobre todo durante la celebración del torneo anual. A un acto de esta naturaleza le faltan, sin duda, el ruido y el entusiasmo de las fiestas públicas, pues es, por su carácter, ceremonioso y más bien sobrio, pero le confiere una singular dignidad la presencia de numerosos miembros de las dos autoridades máximas. La pequeña república de los jugadores de abalorios recibe a un nuevo señor que la presidirá y la representará entre las autoridades generales; el acontecimiento es importante y nada frecuente; aunque los estudiantes y los alumnos más jóvenes no comprendan por entero su importancia y vean en la fiesta solamente una ceremonia y un espectáculo, todos los demás participantes tienen conciencia del acto y están concrecidos en la comunidad y connaturalizados con ella lo suficiente como para sentir lo que ocurre como si les afectara física y vitalmente. Esta vez, la alegría de la fiesta estaba ensombrecida no solamente por la muerte del Magister precedente y el duelo que le guardaba, sino también por el acongojado estado de ánimo del torneo anual reciente y la tragedia del sustituto Bertram.

La investidura fue realizada por el locutor de la Dirección de la Orden y el supremo archivista del juego; ambos mantuvieron levantado el ornamento y lo colocaron sobre los hombros del nuevo Magister Ludí. El breve discurso de circunstancias fue pronunciado por el Magister Grammaticae, el gran maestro de filología clásica de Keuperheim; un representante elegido por la selección de Waldzell entregó las llaves y los sellos, y ante el órgano se sentó personalmente el ex Magister Musicae. Había acudido para la investidura, para ver incorporar a su protegido y sorprenderle agradablemente con su inesperada presencia, tal vez también para brindarle uno que otro consejo. El anciano hubiera preferido tocar con sus manos la música ceremonial, pero no debía someterse ya a tales esfuerzos; dejó, pues, que tocará el organista del Vicus Lusorum, pero se mantuvo a su lado y le dio vueltas las páginas. Con afable sonrisa miraba a Josef, lo vio recibir el ornamento y las llaves, le oyó decir primero la fórmula del juramento y luego la libre alocución a sus futuros colaboradores, empleados y discípulos. Nunca como hoy le había parecido digno de afecto y gozo este joven Josef, justamente ahora que casi había dejado de ser Josef y comenzaba a ser solamente el portador de una capa y un cargo, una joya en una corona, un pilar en la mole de la jerarquía. Pero sólo pudo hablar pocos instantes con su niño Josef. Le sonrió alegremente y se apresuró a insinuarle:

—Trata de vencer en buena forma las primeras tres o cuatro semanas. Se exigirá mucho de ti. Piensa siempre en el todo: un descuido en lo particular no pesa mucho ahora. Debes dedicarte totalmente a la “selección”, que lo demás no penetre siquiera en tu mente. Te mandarán dos personas para que le ayuden; una de ellas, el yoghi Alexander está instruido por mí, préstale tu atención, conoce su cometido. Lo que necesitas es una firmísima convicción de que los superiores han tenido razón en incorporarte a su circulo; confía en ellos, confía en las personas que se te asignan como ayudantes, confía ciegamente en tu propia fuerza. Pero alimenta para con los selectos una desconfianza alegre, siempre alerta; no esperan otra cosa. Ganarás tú, Josef, yo lo sé.

La mayor parte de las funciones magistrales, del cargo eran actividades bien conocidas y dominadas por el nuevo Magister; ya se había dedicado a ellas como realizador o asistente; las más importantes comprendían los cursos de juego, desde los de escolares, principiantes, de vacaciones y para huéspedes hasta los ejercicios, las conferencias y los seminarios para los selectos. Todo Magister apenas nombrado se sabía preparado sin más a estas actividades, exceptuando las últimas que, nuevas para él, por no haber tenido nunca oportunidad de realizarlas, debían preocuparle y cansarle más. Lo mismo le ocurrió a Josef. Hubiera preferido dedicarse con exclusiva atención justamente a estos nuevos cometidos, los verdaderamente magistrales, la colaboración con el supremo consejo de educación, la colaboración entre el consejo de los maestros y la dirección de la Orden, la representación del juego y del Vicus Lusorum ante las autoridades generales. Ardía en deseo de dominar estas nuevas tareas, para quitarles su amenazante aspecto de cosa desconocida; todavía hubiera preferido sobre todo poder apartarse unas semanas, para entregarse al estudio más exacto de la constitución, las formalidades, los protocolos de sesiones, etc. Para la información y las instrucciones en este terreno, además del señor Dubois, estaba a su disposición —él lo sabía— el más experto conocedor y maestro de las formas y tradiciones magistrales, es decir, el locutor de la dirección de la Orden, que no era por cierto Magister y por eso se hallaba en una categoría menor, pero que en todas las sesiones de las autoridades dirigía los debates y cuidaba con precisión del orden tradicional, como el gran maestro de ceremonias en la corte de un príncipe. ¡Con qué placer hubiera pedido un coloquio privado (un privatissimum, se decía en Castalia) a ese hombre prudente, experto, impenetrable en su brillante cortesía, cuyas manos acababan de conferirle el ornamento en la ceremonia de la investidura, si hubiese tenido su residencia en Waldzell y no en Hirsland, a medio día de viaje de allí! ¡Con qué gusto se hubiera refugiado por unos días, en Monteport, para dejarse iniciar en estas cosas por el ex Magister Musicae! Pero no era posible siquiera pensar en eso; estos deseos privados o de estudiante no podían ser acariciados por un Magister.

Durante el primer tiempo, en cambio, debía dedicarse con intenso y exclusivo cuidado, con total entrega, justamente a aquellas funciones que él creía le demandarían apenas esfuerzos. Lo que había visto durante el torneo de Bertram, donde luchara y se ahogara sin aire un maestro abandonado en el peligro por la comunidad, la “selección”, lo que entonces había intuido y lo que le habían confirmado las palabras del anciano de Monteport el día de la investidura, esto se lo confirmaba ahora cada instante de su jornada, cada momento de sus reflexiones: debía dedicarse ante todo a los selectos, al grupo de los repetidores, a los grados superiores del estadio, a los ejercicios de seminario y al trato absolutamente personal con los repetidores. Podía dejar el archivo en manos de los archivistas, los cursos preparatorios a los maestros presentes, el correo a los secretarios, incitarlos imponiéndose y haciéndose indispensable, convencerlos del valor de sus facultades y de la limpieza de su voluntad, debía conquistarlos, vi; tejarlos, ganarlos, medirse con cualquier candidato que lo deseara, y había plétora de tales candidatos. En esto le ayudaban muchas cosas que antes había considerado menos necesarias, sobre todo su larga ausencia de Waldzell y de la selección, donde ahora él era un homo novus[3]. Aun su amistad con Tegularius resultó útil Porque Tegularius, el espiritual y enfermizo “foráneo”, resultaba abiertamente tan poco adecuado para una carrera tan ambicionada y parecía tener tan poca ambición, que una preferencia eventual por el nuevo Magister no hubiera significado una desventaja para los competidores. Pero Knecht debía hacer por sí mismo lo más, lo mejor, para poder penetrar con ojo investigador esta capa superior, más viva, más inquieta y sensible del mundo del juego, y dominarla como el jinete de un noble caballo. Porque en todo instituto castalio, no sólo en el juego de abalorios, la “selección” de los completamente formados, pero que estudian libremente todavía, candidatos aun no encuadrados en el servicio de las autoridades educativas o de la Orden (y que se llaman también repetidores), representa un conjunto precioso y realmente la verdadera reserva, la flor y el porvenir; porque en todas partes, y no solamente en el Vicus Lusorum, estos elegidos de la próxima generación tienden naturalmente a la oposición y a la crítica de los nuevos maestros y jefes; demuestran a un nuevo superior justamente la menor medida de cortesía y subordinación, y deben ser ganados solamente con el empeño completo y personal del interesado, deben ser convencidos y superados, antes de que lo reconozcan y se entreguen deliberadamente a su dirección.

Knecht puso mano a la tarea sin temor alguno, pero se sorprendió de sus dificultades, y mientras las resolvía y vencía en el juego, para él muy agotador pero excitante, fueron desapareciendo del primer plano aquellos otros deberes y cometidos que antes estuvo por considerar con preocupación, y hasta le parecieron necesitar menor atención; confesó a un colega que la primera reunión plenaria de las autoridades a la que acudió y de la que regresó al final siempre con un correo de urgencia, había sido para él casi un sueño y más tarde no tuvo que dedicarle un solo pensamiento, porque su trabajo del momento lo había tenido ocupado por completo; y aun durante la sesión, aunque el tema le interesaba y se había mirado con alguna inquietud su primera presentación entre las autoridades, más de una vez se sorprendió porque su mente no estaba allí entre los colegas y atenta al debate, sino en Waldzell, en aquel local pintado de azul del archivo, donde entonces dirigía cada tres días un seminario dialéctico con cinco participantes solamente, y donde cada hora exigía una tensión y un gasto de energías mayores que todo el resto de su día oficial, que por Cierto no era fácil y al que nunca podía sustraerse, porque como le había anunciado el ex Magister Musicae, le había sido asignado por las autoridades para este primer período un ayudante que lo vigilaba y excitaba, le verificaba su jornada hora por hora y le ponía en guardia tanto contra el doctrinalismo unilateral como contra todo exceso de trabajo. Knecht le estaba agradecido y lo estaba aún más para con el delegado de la dirección de la Orden, un maestro famosísimo en el arte de la meditación: se llamaba Alexander. Ése se preocupaba para que el hombre que trabajaba hasta la tensión máxima, siguiera todos los días tres veces el ejercicio “corto” o “menor” y observara estrictamente el curso y la duración (en minutos) de cada ejercicio. Con ambos, el pasante y el hombre contemplativo de la Orden, debía recapitular diariamente, poco antes de la meditación de la noche, toda su jornada oficial en forma retrospectiva, establecer los progresos y las derrotas, “tomarse el pulso”, como dicen los maestros de meditación, es decir, revisarse y medirse a sí mismo, su situación del momento, su estado, la distribución de sus energías, sus esperanzas y sus cuitas, ver objetivamente la propia obra en el día aquel, para no dejar nada sin resolver para la noche o el día siguiente.

Mientras los repetidores observaban la enorme labor de su Magister en parte con interés simpático, en parte con intención adversa, y no perdían oportunidad para imponerle de improviso pequeñas pruebas de energía, paciencia y rapidez mental, tendiendo ya a incitar su obra, ya a inhibirla, alrededor de Tegularius se había hecho un vacío fatal. Ése comprendía que Knecht no podía tener para él ninguna atención, ni tiempo, ni pensamientos, pero no podía darse razón que lo endureciera o le inspirara indiferencia el perfecto olvido en que él había caído para el amigo, tanto menos que no sólo le parecía haber perdido a ese amigo de la noche a la mañana, sino que aun sentía la desconfianza de sus camaradas y éstos no le dirigían la palabra. Y esto no debía asombrar, porque si Tegularius no podía cruzarse seriamente en el camino de los ambiciosos, era parte interesada, sin embargo, y tenía merecido el buen concepto del joven Magister. Todo esto bien podía imaginárselo Knecht y formaba parte de sus momentáneas obligaciones eliminar por un rato también esta amistad, como todo lo personal y privado. Pero, como lo confesó más tarde al amigo, no lo hizo realmente a sabiendas o deliberadamente, sino que había olvidado simplemente por entero al amigo; se había lanzado a la obra con tanta entrega que cosas privadas como la amistad desaparecían en lo imposible, y si en algún momento, como por ejemplo en el seminario de los cinco, aparecían ante él la figura y el rostro de Tegularius, no era ya Fritz, no era un amigo, un conocido, una persona sino uno de los selectos, un estudiante, más aún, un candidato, un repetidor, un trozo de su labor y de su cometido, un soldado entre Untos, que debía instruir y con quien debía llegar a la victoria. Fritz sintió un estremecimiento, cuando por primera vez el Magister le dirigió la palabra en esa forma; sintió y leyó en su mirada que esa objetividad, esta lejanía no eran fingidas, sino genuinas y dolorosas, y que el hombre que estaba delante de él y lo trataba con esta real cortesía de una vigilancia espiritual muy grande, no era más su amigo Josef, sino el maestro y el examinador, el Magister Ludí, rodeado con la aureola de seriedad y severidad de su cargo y encerrado y separado como por un brillante barniz fundido a fuego y endurecido alrededor de él. Por lo demás, ocurrió en esas cálidas semanas un incidente de poca monta con Tegularius. Falto de sueño y molesto íntimamente por la experiencia vivida, se permitió en el pequeño seminario una descortesía, un leve desahogo, no contra el maestro, sino contra uno de sus colegas que lo puso nervioso por su tono irónico. Knecht notó el hecho, advirtió también el estado de sobreexcitación del culpable, lo llamó al orden con un mudo signo de los dedos, pero luego lo envió a su maestro de meditación para ejercer con el irritado un poco de cura de alma. Tegularius tomó este interés después de largas semanas de extrañamiento, como un signo de renaciente amistad, porque lo consideró como una atención personal para él y se dejó someter voluntariamente al tratamiento. En realidad, Knecht se dio cuenta apenas de quién se benefició por ese interés suyo; había procedido solamente como Magister: había observado en un repetidor irritabilidad y falta de dominio y había reaccionado como educador, sin considerar a ese repetidor como una persona ni traerla por un momento a una relación con él. Cuando, meses más tarde, Fritz recordó al amigo esta escena y le aseguró que se había alegrado y consolado por esa señal de benevolencia, Josef Knecht se quedó callado: había olvidado completamente lo ocurrido y dejó sin aclarar el equívoco.

Finalmente, la meta fue alcanzada y la batalla ganada; había costado ciertamente mucho esfuerzo llegar a dominar a los selectos, cantarlos con ejercicios, domesticar a los inquietos aspirantes, ganar a su persona a los indecisos, imponerse a los orgullosos; pero la obra estaba realizada, el grupo de candidatos del Vicus Lusorum había reconocido a su maestro y se le había rendido; de pronto todo fue fácil, como si hubiese faltado solamente una gota de lubricante. El ayudante de vigilancia compuso con Knecht un último programa de trabajo, el expresó el reconocimiento de la Orden y desapareció; lo mismo hizo el maestro de meditación Alexander. En lugar del masaje matinal volvió al breve paseo; no había que pensar todavía por el momento en el estudio o aun solamente en la lectura, pero algunos días, por la noche, antes de acostarse, se reanudaron los ejercicios de música. En su próxima aparición entre las autoridades, Knecht advirtió claramente sin que se aludiera a ello con palabras, que ahora era considerado como igual entre sus colegas. Después del ardor y la dedicación a la lucha por su calificación sobrevino en él un despertar, un enfriamiento, un apaciguamiento; se vio en lo más íntimo de Castalia, se vio en la categoría suprema de la jerarquía, y percibió con asombrosa naturalidad, casi con desilusión, que también este aire muy sutil era respirable, pero también que él ahora lo respiraba como si no conociera otro, estaba totalmente trasformado. Era el fruto de ese duro periodo de prueba, que lo había quemado y consumido más que ningún otro servicio, ningún otro esfuerzo realizado hasta ahora.

El reconocimiento del jefe por los selectos halló esta vez expresión en un gesto especial. Cuando Knecht sintió el fin de las resistencias y la confianza y el asentimiento de los repetidores y supo que había superado lo más grave, llegó para él el momento de elegirse una “sombra”, y en realidad nunca hubiera necesitado más de ella y de un alivio de sus cargas como en ese momento después de obtenida la victoria, aunque la prueba casi sobrehumana lo dejara en relativa libertad de repente; muchos habían fracasado justamente en este recodo del camino. Esta vez, Josef renunció al derecho que le correspondía en la elección entre los candidatos y rogó a los repetidores que dispusieran para él una “sombra” a su elección. Aun bajo la impresión del destino de Bertram, los selectos tomaron doblemente en serio esta facilitación; después de varias reuniones y secretos interrogatorios tomaron su resolución y presentaron al Magister uno de los mejores representantes que hasta el nombramiento de Knecht había sido considerado como el candidato más en vista para la dignidad magistral. Había sido superado lo más difícil, pues; hubo de nuevo paseos y música, con el tiempo podría pensar Josef también en la lectura, sería también posible la amistad con Tegularius, se concretaría cada vez la correspondencia con Ferromonte, habría sido a veces medio día libre y quizá de cuando en cuando un permiso para un breve viaje. Sólo que todas estas cosas agradables favorecían a otro, no al Josef de hasta ahora, que se había considerado un celoso jugador de abalorios y un castalio realmente digno, y, sin embargo, no había tenido la menor intuición del ordenamiento interno de Castalia y había vivido tan ingenuamente egoísta, tan infantilmente distraído, tan increíblemente libre de responsabilidades, tan... privadamente. Una vez recordó las palabras irónicas y admonitorias que había tenido que oír un día de labios del maestro Tomás, cuando expresara en voz alta el deseo de poder vivir un tiempo más la vida del estudioso libre. “Un tiempo ... ¿cuánto? Hablas aún la lengua de los estudiantes, Josef.” Esto había ocurrido pocos años antes; le había escuchado con admiración y profundo respeto y hasta con un levísimo horror ante la perfección y la educación impersonales de este hombre, y había sentido que Castalia lo aferraría también a él y lo absorbería, para convertirlo tal vez algún día en un Tomás parecido, un maestro, un jefe y servidor, un instrumento perfecto. Y ahora se encontraba en el lugar donde había estado aquél, y si hablaba con uno de sus repetidores, uno de estos jugadores prudentes, bien depurados y sabios, uno de estos príncipes diligentes y orgullosos, lo miraba como si lo viera en otro mundo extraordinariamente hermoso, lleno de maravillas y perfecciones, del mismo modo que lo vio un día el Magister Tomás en su sorprendente mundo estudiantil.


Capítulo VII
EN EL CARGO

 

SI la asunción del cargo de Magister pareció haber traído consigo en un primer momento más pérdida que ganancia, en esa asunción consumió casi las energías y la vida personal, eliminando todos los hábitos y los gustos, dejando en el corazón una fría calma y en la mente algo así como una sensación de mareo por el sobreesfuerzo, el período subsiguiente de alivio, reflexión y acostumbramiento trajo también nuevas observaciones y vivencias. La más grande, después de la batalla, era la colaboración confiada y amistosa de los selectos. En las discusiones con su “sombra”, en la labor con Fritz Tegularius, que empleaba a prueba como ayudante para la correspondencia, en el paulatino estudio, examen y completamiento de los certificados y otros informes acerca de estudiantes y colaboradores, que dejara su predecesor, convivió con afecto en constante y rápido aumento con estos selectos, que creyera conocer tan bien, pero cuya esencia, como también todas las particularidades del Vicus Lusorum y de su papel en la vida castalia, se le aparecía apenas ahora en toda su realidad. Es cierto, él mismo perteneció a esta “selección”, a estos repetidores, a este artístico y orgulloso pueblo de jugadores de Waldzell, y por varios años, se sintió absolutamente parte de ellos. Ahora en cambio ya no era solamente parte, no convivía sólo íntimamente con esta comunidad, sino que debía considerarse como el cerebro, el conocimiento y aun la conciencia de la comunidad, cuyas reacciones y destinos debía no sólo vivir, sino sufrir, responsabilizándose por ellos. Una vez, en una hora de elevación, al final de un curso para la formación de maestros de juego para principiantes, expresó de esta manera su estado de ánimo y la situación castalia:

—Castalia es un pequeño Estado por sí sola, y nuestro Vicus Lusorum un pequeño Estado a su vez dentro del primero, una república pequeña, pero vieja y orgullosa, igual y con los mismos derechos que las hermanas, pero robustecida y enaltecida en la conciencia de sí misma por la clase especialmente artística y casi sagrada de sus funciones. Porque estamos distinguidos por la tarea de defender y guardar el verdadero santuario de Castalia, su original misterio, su único símbolo, el juego de abalorios. Castalia educa excelentes músicos e historiadores del arte, filólogos, matemáticos u otros sabios. Todos los Institutos castalios y cada castalio deben tener solamente dos metas, dos ideales: rendir en su especialidad lo más perfecto que les sea posible y mantener viva y ágil su especialidad (y al mismo tiempo a sí mismos), sabiendo que está constantemente vinculada a todas las demás disciplinas y con todas hondamente emparentada. Este segundo ideal, el concepto de la unidad íntima de todos los esfuerzos espirituales del hombre, el concepto de la universalidad, ha encontrado su perfecta expresión en nuestro noble juego. Es posible que a un físico o a un matemático o a un historiador de la música o a otro sabio se requiera una severa y ascética perseverancia en su especialidad en determinados momentos, y una renuncia a la idea de la universalidad cultural a favor de un gran resultado especial o actual; en todo caso los jugadores de abalorios no podemos nunca aceptar y realizar esta limitación y esta acomodación, porque nuestra tarea es justamente conservar y defender la idea de la Universitas Litterarum y su más alta expresión, el noble juego, para salvarla constantemente de la tendencia hacia lo acomodaticio, propia de las disciplinas especializadas. ¿Mas cómo podríamos salvar algo, si no deseáramos ser salvados también? ¿Y cómo podríamos obligar al arqueólogo, al pedagogo, al astrónomo, etcétera, a renunciar a su saber especial para él suficiente, y a abrir constantemente sus ventanas a todas las demás disciplinas? No podemos lograrlo con reglas obligatorias, estableciendo por ejemplo el juego de abalorios en las escuelas inferiores como materia oficial, ni podemos hacerlo con el mero recuerdo de lo que han pensado de este juego nuestros antecesores. Podemos demostrar que nuestro juego y nosotros mismos somos indispensables solamente si nos mantenemos constantemente en la cumbre de toda la vida espiritual, si nos asimilamos vigilantes toda nueva conquista, toda nueva perspectiva, todo planteo de problemas de las ciencias, y si configuramos y realizamos nuestra universalidad, nuestro juego noble pero también peligroso, con la idea de la unidad en forma cada vez tan nueva, tan magnánima, tan convincente, atrayente y fascinante, que hasta el más serio investigador y el más diligente especialista sientan siempre su advertencia, mi tentación, su promesa. Pensemos por un momento que loa jugadores trabajásemos por un tiempo con menor celo, que los curtos de juego para principiantes se tornasen más aburridos y superficiales, que en los juegos para estudiantes adelantados los especialistas descuidasen la vida pulsante, la actualidad y el interés espirituales, que nuestro gran torneo anual por dos o tres veces consecutivas fuese considerado por los huéspedes hueca ceremonia, sin impulso vital, fuera de moda, burdo desecho del pasado... ¡Qué pronto se acabaría con el juego y con nosotros mismos! Ya no nos encontramos en una brillante elevación, como el juego de abalorios estaba hace una generación, cuando el torneo anual no duraba una o dos semanas, sino tres y cuatro, y era el apogeo del año no sólo para Castalia, sino para todo el país. Todavía asiste al mismo un representante del gobierno, a menudo como invitado más bien aburrido; algunas ciudades y clases envían aún sus embajadores; en los últimos días del torneo estos representantes suelen dejar entender muy cortésmente a las potencias mundanas, que la excesiva duración de la fiesta retiene a muchas ciudades de enviar también sus delegados y que tal vez sería conveniente en estos tiempos o bien abreviar considerablemente la fiesta o celebrarla en adelante sofocada dos o tres años. Bien, no podemos detener este desarrollo o esta decadencia. Es muy posible que nuestro juego no encuentre pronto comprensión en el mundo de afuera, y que la fiesta deba realizarse solo cada cinco o diez años, o aun desaparecer del todo. Pero lo que debemos impedir, lo que podemos impedir es el descrédito y la desvalorización del mismo en su propia patria, en nuestra provincia. Aquí nuestra lucha es rica en esperanzas y llevará siempre a la victoria. Vemos todos los días que jóvenes alumnos selectos, que se han inscripto en su curso sin demasiado entusiasmo y lo han absuelto bien, pero sin celo, de repente son invadidos por los espíritus del juegos por sus posibilidades intelectuales, por su respetable tradición, por sus fuerzas anímicas, y se convierten en apasionados adeptos y en partidarios nuestros. Y todos los años en el Ludas solemnis podemos observar a sabios de categoría y fama, de quienes sabemos que miran con desdén durante todo su año de rica labor el juego de abalorios y no desean a nuestra institución siempre lo mejor, que en el curso del gran torneo, cada vez más conquistados y atraídos por la magia de nuestro arte, demuestran su tensión, su exaltación, se rejuvenecen y toman alas y se despiden finalmente con el corazón robustecido y conmovidos, con palabras de casi avergonzada gratitud. Consideremos por un instante los recursos a nuestra disposición para cumplir con nuestro cometido: veremos un organismo rico, hermoso y bien ordenado, cuyo corazón y centro es el archivo del juego, que todos utilizamos a cada hora con grato ánimo y al que servimos todos, desde el Magister y el archivero hasta el último ayudante. Lo mejor y más viviente de nuestra institución es el viejo principio castalio de la selección de los mejores, de la selección que practicamos. Las escuelas castalias reúnen a los mejores alumnos de todo el país y los van formando. Del mismo modo, en el Vicus Lusorum buscamos a los mejores entre los que aman el juego, los retenemos y los cultivamos en forma cada vez más perfecta; nuestros cursos y seminarios toman a centenares y los dejan ir, pero a los mejores los educamos como jugadores genuinos, como artistas del juego, sin pausas ni debilidades, y cada uno de vosotros sabe que en nuestro arte, como en todo arte, no hay ningún punto final de evolución, que cada uno de nosotros, en cuanto pertenecemos a la “selección” trabajará toda su vida al ulterior desarrollo, a la afinación, a la profundización de si mismo y de nuestro arte, sin importarle que pertenezca o no al grupo de nuestros funcionarios. Se ha tildado y aun considerado la existencia de nuestra “selección” como un lujo; que no deberíamos formar más jugadores selectos que los necesarios para poder ocupar siempre convenientemente los cargos de la institución. Pero la casa de los funcionarios no es una institución que se baste a sí misma, además no todos son aptos para los cargos, de la misma manera que no todo buen filólogo es apto también para maestro de filología. Los funcionarios sabemos y sentimos exactamente que los repetidores no son solamente la reserva de gente dotada y experta en el juego, con la cual se llenan nuestros claros y que asumirá nuestra sucesión. Casi diría que ésta es apenas una función accesoria de la selección de jugadores, aunque recalcamos el hecho frente a los ignorantes, apenas se habla del sentido y del derecho de existencia de nuestro Instituto. No, los repetidores no son en primer término el futuro Magister, los futuros jefes de cursos, empleados de archivo, etcétera; son fin a sí mismos ante todo; su pequeño grupo es realmente la patria y el porvenir del juego de abalorios; aquí, en estas dos docenas de cerebros y corazones, se desarrollan las evoluciones, las adaptaciones, los impulsos, las discusiones de nuestro juego con el espíritu del tiempo y las ciencias especializadas. Real y correctamente, en su pleno valor y con total empeño, sólo aquí se juega nuestro noble juego, sólo aquí en nuestra “selección” es fin a sí mismo y sagrado servicio, nada tiene ya que ver con la simple afición o la vanidad de cultura, nada con la presunción ni la superstición. En vosotros, repetidores de Waldzell, está el futuro del juego. Como es el corazón, el centro de Castalia, y vosotros sois el centro, la parte más viva de nuestro Vicus sois realmente y con razón la sal de la provincia, su espíritu, su inquietud. No hay peligro de que vuestro número llegue a ser demasiado elevado, vuestro celo demasiado vivaz, vuestra pasión por el magnifico juego demasiado ardiente; ¡acrecedla, aumentadla! Para vosotros, como para todos los castalios, hay un solo peligro en el fondo, del cual todos y todos los días debemos guardarnos. El espíritu de nuestra provincia y de nuestra Orden se funda en dos principios: en la objetividad y el amor a la verdad en el estudio, y en el cuidado de la sabiduría meditativa y de la armonía. Ambos principios en el equilibrio que debemos lograr, significan ser sabios y dignos de nuestra Orden. Amamos a las ciencias, cada uno la suya, pero sabemos que la dedicación a una ciencia no puede proteger a un ser humano en absoluto contra el egoísmo, el vicio y el ridículo; la historia de las ciencias está llena de ejemplos; la figura del doctor Fausto es la vulgarización literaria de este peligro. Otros siglos buscaron refugio en la fusión de espíritu y religión, de investigación y ascética; en su Universitas Litterarum reinaba la teología. Entre nosotros es la meditación, la práctica múltiple y gradual yoghi, la que nos ayuda a echar de nosotros la bestia y el demonio que hay en cada ciencia. Bien, vosotros sabéis tan bien como yo que hasta el juego de abalorios tiene dentro su propio demonio, que puede conducir al hueco virtuosismo, al goce de una vanidad artificial, a la codicia, a la conquista del poder sobre los demás y con ello al abuso de ese poder. Por eso necesitamos de otra educación que la intelectual; nos han sometido a la moral de la Orden, no ya para cohibir doblándola nuestra vida activa espiritual, sino por el contrario para tornarnos capaces de grandes tareas del espíritu. No debemos refugiarnos de la Vita activa en la Vita contemplativa, ni a la inversa, sino que debemos continuar alternando entre ambas, hallarnos cómodos en ambas, participar de ambas.

 

Hemos reproducido las palabras de Knecht (muchas otras parecidas han sido anotadas y conservadas por sus discípulos), porque aclaran mucho su concepto del cargo, por lo menos en los primeros años de su magisterio. El que fuera un maestro sobresaliente (al comienzo por cierto sorprendido él mismo), nos lo comprueba la asombrosa cantidad de copias de sus conferencias que nos han llegado. Fue uno de los descubrimientos sorpresivos que le dio desde el comienzo su alta función, el que el enseñar le causara tanta alegría y le resultara tan fácil.

No lo hubiera imaginado, porque hasta ese momento no había deseado realmente nunca una actividad docente. Ciertamente, como todos los selectos, siendo estudiante más adelantado, había recibido breves encargos de vez en cuando; en los cursos del juego de abalorios había instruido en forma de sustituto varios grados, más a menudo aún servido como correpetidor a los participantes de dichos cursos, pero amaba entonces la libertad del estudio y la concentración solitaria en sus eventuales campos de interés y para él era importante todo esto, tanto que, aunque ya se hubiera demostrado hábil y preferido como maestro, consideró siempre esos encargos como molestias indeseables. Finalmente, también en la fundación de los benedictinos había dictado cursos, pero los mismos eran de poca monta y sin valor para él; en aquel lugar, el aprender con el Pater Jakobus y su trato habían colocado en segundo plano toda otra tarea. Su máxima aspiración había sido entonces ser un buen discípulo, aprender, asimilar y formarse. Y ahora del discípulo había nacido un maestro, y como maestro sobre todo había superado la primera gran prueba de su cargo, la lucha por la autoridad y por la exacta identificación de cargo y persona. En eso hizo dos descubrimientos: la alegría que proporciona trasplantar en otros espíritus lo logrado espiritualmente y verlo transformarse en nuevas formas fenoménicas e irradiaciones; la alegría, pues, de enseñar y la lucha con las personalidades de estudiantes y discípulos, la conquista y el ejercicio de la autoridad y de la dirección, es decir, la alegría de educar. Nunca las separó y durante su magisterio no sólo formó gran número de buenos jugadores de abalorios, sino que también preparó gran parte de sus discípulos con el ejemplo vivo, con el consejo, con una forma severa de paciencia, con la energía de su ser, como para lograr hombres del mejor carácter que fuera posible.

En estas actividades hizo una experiencia característica, si es que podemos anticipar aquí nuestras noticias biográficas. Al comienzo de su labor en el cargo trataba solamente con los selectos, la capa superior de sus alumnos, con estudiantes y repetidores, muchos de ellos de la misma edad y cada uno de los cuales era ya un acabado jugador por experiencia. Sólo poco a poco, cuando estuvo seguro de la “selección”, comenzó lenta y prudentemente a sustraerles de año en ano cada vez más energía y tiempo, hasta que al final pudo abandonarlos ocasionalmente en forma total a sus hombres de confianza y a sus colaboradores. Este proceso duró años, y de un año a otro Knecht penetró, con las conferencias, cursos y ejercicios que dirigía, en capas cada vez más alejadas y jóvenes de alumnos; además, al final llegó a tener —cosa singular en un Magister— más de una vez personalmente los cursos para principiantes para los más jóvenes, es decir para escolares, no para estudiantes. Y en ello halló siempre mayor alegría al enseñar, cuanto más jóvenes y poco preparados fueran esos escolares. A veces, en el curso de aquellos años, le causaba casi malestar y le costaba visible esfuerzo volver de estos jovencitos a los estudiantes y más aún a los selectos. Y de vez en cuando sentía el deseo de llegar más lejos en esa escala descendente y tratar a escolares aún más jovencitos, para quienes no había cursos ni juego de abalorios todavía; sentía el deseo de instruir por una temporada en Eschholz o en otra de las escuelas preparatorias a niñitos que aprendían el latín, el canto o el álgebra, entre los cuales había menos espiritualismo que en los primerísimos cursos para principiantes en el juego de abalorios, en donde sin embargo tenía que tratar con alumnos más receptivos, fáciles de formar y educar, y en donde la instrucción y la educación eran mayor y más íntimamente fundidas en una unidad. En los últimos dos años de su magisterio se llamó a sí mismo en cartas dos veces “maestro de escuela”, recordando con ello que la expresión Magister Ludí, sólo quería decir “Maestro del juego” en Castalia, desde generaciones atrás, originariamente simple predicado del maestro de escuela.

Ni cabía hablar siquiera, ciertamente, de la realización de semejantes deseos de ser maestro de escuela; eran sueños de la misma naturaleza que si alguien en un crudo día de invierno sueña con un firmamento de pleno verano. No había para Knecht ningún camino abierto ya, sus obligaciones estaban fijadas por el cargo, pero como este cargo dejaba ampliamente a su propia responsabilidad la forma en que quisiera cumplir con esas obligaciones, con el correr de los años, al comienzo del todo inconscientemente, dirigió paulatinamente su interés principal cada vez más hacia la educación y a la edades menores que pudieran alcanzar. Cuanto más envejecía, más le atraía la juventud. Esto podemos afirmar hoy, por lo menos. Por aquel entonces, un crítico difícilmente hubiera podido encontrar en algún aspecto de su ejercicio del cargo algo así como un capricho o una arbitrariedad. Sus funciones le obligaban por cierto a volver cada vez más a los selectos, y aun en los períodos en que dejó totalmente en manos de sus ayudantes y de su “sombra” seminarios y archivos, tareas de larga duración, como por ejemplo, las competiciones anuales en el juego o los preparativos para el solemne torneo público, lo mantenían más vivamente en sensible contacto con la “selección”. Una vez confió bromeando a su amigo Frite:

—Hubo príncipes que se atormentaron toda su vida con un desgraciado amor por sus súbditos. Su corazón los atraía hacia los campesinos, los pastores, los obreros, los maestros y los niños de las escuelas, pero muy rara vez lograban ver algo de ellos, estaban siempre rodeados por sus ministros y oficiales, que se levantaban como un muro entre ellos y el pueblo. Así pasa también con un Magister. Desea llegar a seres humanos y ve solamente a colegas, desea llegar a escolares y ve solamente a estudiosos y a gente de la “selección”.

Pero nos hemos dejado llevar muy adelante en el tiempo: volvamos al período de los primeros años de magisterio de Knecht. Después de ganarse las relaciones deseadas con la “selección”, fue la burocracia del archivo a la que tuvo que conquistar como jefe amable pero alerta; también tuvo que estudiar y reglamentar la estructuración funcional de la cancillería, y constantemente aparecieron montañas de correspondencia y convocatorias a reuniones o circulares de las autoridades generales, que le imponían continuos deberes y tareas, cuya comprensión y correcta ordenación no fue fácil al recién nombrado. Se trataba a menudo de problemas en los que las facultades de la provincia estaban interesadas y se celaban mutuamente por inclinación; tal vez problemas de competición, y sólo poco a poco, pero con creciente admiración aprendió a conocer la función secreta y poderosa de la Orden, del alma viviente del Estado castalio y del guardián vigilante de su Constitución.

Habían pasado así meses duros y recargados de labor, sin que en los pensamientos de Josef Knecht hubiese habido un lugarcito para Tegularius, exceptuando lo que ocurría instintivamente, cuando encargaba al amigo algún trabajo para guardarle más bien del ocio excesivo. Fritz había perdido su camarada, convertido de la noche a la mañana en señor y superior máximo, a quien debía obedecer y tratar con el “vos” y el “Venerable”. Pero Fritz tomaba lo que disponía para él el Magister como atención y signo de benevolencia personal; también se sentía excitado este solitario un poco lunático en parte por la elevación del amigo al cargo y el estado de ánimo tan lleno de adhesión de toda la “selección”, en parte por los trabajos asignados que le brindaban una actividad de relación con él; de todas maneras soportó la situación completamente invertida mejor de lo que hubiese podido imaginar en el instante en que Knecht lo rechazó cuando le diera la noticia de que estaba en predicamento para el cargo de Magister Ludí. También tenía Fritz inteligencia y sensibilidad suficientes para ver en parte e intuir en otra el enorme esfuerzo de la prueba de fuego que su amigo debía absolver; lo veía realmente echado al fuego y consumido por el ardor y las sensaciones innatas a esa situación, que fueron vividas probablemente con mayor intensidad que por el mismo Josef. Tegularius dedicaba a los encargos recibidos del Magister el máximo cuidado, y si alguna vez lamentó seriamente y consideró un defecto su propia debilidad y su falta de aptitud para el cargo directivo y la responsabilidad fue entonces cuando hubiera deseado tanto asistir y ayudar al admirado como ayudante, come funcionario, como “sombra”.

Los bosques de hayas qué rodeaban a Waldzell comenzaban ya a tornarse de color pardo. Un día, Knecht tomó un librito y se fue con él al jardín del magisterio cerca de su residencia, al pequeño y hermoso jardín que apreciaba tanto el difunto Magister Tomás y a veces cuidaba a menudo con horaciana mano de aficionado, al jardín que Knecht como todos los alumnos y estudiantes imaginaban como un lugar venerado, el lugar consagrado de distracción y recogimiento del Magister, un país del arte, un rincón de Tusculum, en el cual, desde que era Magister y dueño, había entrado tan rara vez y apenas quizá gozado en un momento de reposo. Esta vez también se proponía estar allí un solo cuarto de hora después de almorzar y hacer cuatro pasos despreocupadamente entre las altas matas y los elegantes arbustos, donde sus predecesores habían aclimatado muchas verdes plantas del sur. Trasladó luego —a la sombra hacía demasiado fresco— un sillón de junco liviano a un lugar soleado, se sentó y abrió el librito que llevara consigo. Era el “Calendario de bolsillo para el Magister Ludí”, redactado sesenta u ochenta años antes por el entonces director del juego Ludwig Wassermaler y que desde aquella fecha había sido aumentado o modificado por sus sucesores con algunas correcciones, eliminaciones o agregados de actualidad. El calendario servía como vademécum del Magister, porque estaba destinado ante todo a los inexpertos en sus primeros años de magisterio, y mantenía ante los ojos del mismo durante todo el año de labor oficial, de semana en semana, los deberes más importantes, a veces señalados solamente con un término general, a veces explicados con más amplitud y socorridos por consejos personales. Knecht buscó la página de la semana siguiente y la leyó con atención. No encontró nada que lo sorprendiera, nada de urgente tampoco, pero al final del capítulo, había estas líneas “Comienza a dedicar tu mente, poco a poco, al próximo torneo anual. Parecería temprano, casi demasiado temprano. Pero te aconsejo: si ya no tienes un plan en tu cabeza para el torneo, no dejes pasar desde ahora ni una semana o por lo menos ni un solo mes, sin pensar en esos juegos. Anota tus ocurrencias, por una media hora repasa constantemente el esquema de un juego clásico, hasta en tus viajes oficiales. Prepárate, no pretendiendo a la fuerza buenas ocurrencias, sino pensando a menudo ahora que en los meses próximos te espera una labor hermosa y festiva, para la cual debes reunir fuerzas, concentración y tranquilidad”.

Estas palabras habían sido escritas tres generaciones antes por un hombre y maestro anciano y sabio, dueño de su arte, además en una época en que el juego de abalorios formalmente tal vez había alcanzado su máxima cumbre; se logró entonces en el juego una belleza y una rica ornamentación de la técnica, como la alcanzada tal vez en el gótico tardío o en el rococó para el arte de la construcción y la decoración; fue realmente durante casi dos años un jugar como con perlas de cristal, un jugar aparentemente cristalino y sin contenido, aparentemente coquetón, arrogante, lleno de delicados adornos, un bailar a veces en la cuerda floja, con la rítmica más variada; hubo jugadores que hablaban de aquel juego como de una llave mágica que se perdiera, y otros que lo consideraban como superficial, recargado de aderezos, decadente y poco varonil. Y fue uno de los maestros y creadores de aquel estilo quien redactó los consejos bien pensados y las advertencias amables del “Calendario del Magister” y mientras Josef Knecht releía atentamente por segunda y tercera vez sus palabras, sintió en el corazón una sensación bienhechora, un alegre estado de ánimo, que sólo conoció una vez pero nunca más, y al hacer memoria, recordó que fue en una meditación antes de su investidura; la sensación con que lo colmó entonces la idea de un maravilloso danzar, aquella danza entre el Magister Musicae y Josef, entre maestro y principiante, entre ancianidad y juventud. Había sido un hombre ya viejo, muy viejo, quien había escrito un día y pensado las palabras: “No dejes pasar una sola semana...” y “no pretendiendo a la fuerza buenas ocurrencias”. Este hombre ocupó el alto cargo de Magister Ludí por lo menos durante veinte años, tal vez más, y en esa época de un rococó juguetón tuvo que vérselas seguramente con una “selección” excesivamente mimada y segura de sí misma; inventó y celebró más de veinte torneos anuales muy brillantes, que entonces duraban todavía cuatro semanas, y dada su edad, la tarea repetida todos los años de componer un gran juego solemne no fue solamente un gran honor, una gran alegría, sino más bien un peso, un gran esfuerzo, una tarea para la cual hay que entonarse, convencerse y estimularse un poco. Frente a este sabio anciano y experto consejero, Knecht no sólo sentía agradecida veneración, porque su calendario era a menudo para él una valiosa guía, sino también una agradable, alegre, arrogante superioridad, la superioridad de la juventud. Porque entre las preocupaciones tan abundantes de un Magister Ludí, que ya conocía, ésta no se le había presentado aún: no se podía tal vez pensar bastante tiempo en el torneo anual, no se podía encontrar esta tarea lo bastante grata y concentrada; le podían faltar para ese juego ya el espíritu de empresa, ya las ocurrencias. No, Knecht, que en estos meses a veces había parecido verdaderamente envejecido, se sentía ahora joven y fuerte.

No pudo entregarse por mucho tiempo a esta hermosa sensación, no pudo saborearla; su breve período de paz había pasado casi. Pero el bella y alegre sentimiento estaba en él, lo acompañaba; el breve descanso en el jardín del magisterio y la lectura del calendario le habían traído algo; algo había nacido de eso. Es decir, no solamente la distensión y un instante de gozosa y entusiasta sensación de vida, sino también dos ideas, que en el mismo momento tomaban ya forma de resoluciones. Primero: cuando un día estuviera cansado también y se sintiera viejo, renunciaría a su cargo apenas sintiera por primera vez como pesado deber la composición del torneo anual y estuviera perplejo acerca de las ideas para ello. Segundo: comenzaría muy pronto con el trabajo para su primer torneo, y llamaría como camarada y primer ayudante para esta tarea a Tegularius; sería una satisfacción y una alegría para su amigo, y para él mismo la primera ocasión de poner a prueba al colega en una nueva forma de vida, por la amistad en esos días bastante descuidada. Porque para ello no era aquél el indicado para dar la ocasión y el impulso: éstos debían partir de él, del Magister.

Para el amigo habría trabajo abundante. Porque, desde Mariafels, Knecht resolvía en su mente la idea de un juego de abalorios que quería utilizar para su primera competición solemne como Magister. Para este juego —aquí residía la belleza de la idea— formaría la base de la estructura y las medidas el antiguo esquema ritual de Confucio para la construcción de la casa china, la orientación según las direcciones celestes, las puertas, tos muros de los espíritus, las relaciones, proporciones y ubicaciones de los edificios y los patios su ordenamiento según los astros, el calendario, la vida familiar, además del simbolismo y las reglas de estilo para el jardín. Una vez, estudiando un comentario de I Ging, el ordenamiento místico y la importancia y significación de estas reglas le parecieron casi una alegoría amable y llena de sentido sugestivo del cosmos y de la posición del hombre en el mundo; también encontró que este antiquísimo espíritu, místico y popular, en esta tradición de la construcción de la casa, se fundía maravillosamente, íntimamente en realidad, con el espíritu especulativamente sabio de mandarines y maestros. Se ocupó, sin dejar que se le escapara una palabra ciertamente, a menudo y con amor con la idea de este proyecto de juego, para poder tenerlo en su mente en realidad como un todo acabadamente elaborado; sólo desde su asunción al magisterio lo habían dejado a un lado. Ahora, en un segundo, su resolución estaba tomada: construiría su torneo solemne sobre esta idea china y Fritz debía comenzar enseguida con los estudios para la elaboración y los preparativos para su traducción en el idioma del juego, si sabia penetrar en el espíritu de esta idea. Sólo había un obstáculo: Tegularius no conocía el chino. Aprenderlo ahora, sería demasiado tarde. Pero con las indicaciones que le daría en parte Knecht, en parte la Casa de Estudios del Oriente asiático, Tegularius podía muy bien llegar al simbolismo mágico de la casa china con la ayuda de la literatura, porque en realidad no se trataba de filología. Eso sí, necesitaría tiempo, sobre todo en un ser mal acostumbrado y no todos los días dispuesto para trabajar, como era su amigo; sería conveniente, pues, emprender en seguida la labor; por lo tanto, advirtió sonriendo y agradablemente sorprendido, tenía perfectamente razón el prudente anciano Magister en su calendario de bolsillo. 

Al día siguiente, como la hora de audiencias terminara temprano, hizo llamar a Tegularius. Éste acudió, hizo su reverencia con la expresión humilde y la leve sumisión a que se había acostumbrado con Knecht, y se quedó realmente sorprendido cuando el amigo que se había vuelto tan sobrio y serio y parco de palabras, le hizo un gesto de picardía con la cara y le preguntó:

—¿Te acuerdas todavía que una vez durante nuestros años de estudiantes tuvimos una disputa y no logré persuadirte de mi idea? Se trataba del problema acerca del valor y la importancia de los estudios del Oriente asiático, especialmente de los chinos, y yo quería convencerte para que frecuentaras un tiempo la Casa de Estudios y aprendieras el chino... Sí, ¿lo recuerdas? Bien, hoy lamento una vez más que no haya podido convencerte en esa oportunidad. ¡Qué útil sería ahora si supieras ese idioma! Podríamos hacer juntos el trabajo más maravilloso.

De esta manera bromeó todavía un poco con el amigo y acució su curiosidad, hasta que expuso su propuesta: deseaba comenzar pronto con la preparación del gran torneo y, si eso le agradaba, Fritz debía ejecutar gran parte de la tarea necesaria, del mismo modo que ayudó una vez a realizar el juego de competencia de Knecht para la fiesta, mientras él estaba entre los benedictinos. El otro lo miró casi incrédulo, profundamente sorprendido y agradablemente inquieto por el tono vivaz y la cara sonriente del amigo, que sólo había conocido últimamente como jefe y Magister. Conmovido y gozoso, no sintió solamente el honor y la confianza que expresaba la propuesta, sino que concibió y aferró ante todo el significado de esta hermosa actitud; era un intento de curación, un volverse a abrir de la puerta cerrada entre el amigo y él. Le dejó sin cuidado el reparo de Knecht por el idioma chino y se declaró sin más dispuesto a ponerse por entero a las órdenes del Venerable, en la elaboración de un juego.

—Bien —resumió el Magister—, te tomo la palabra. En determinadas horas volveremos a ser como antes colegas de trabajo y de estudio, como en aquellos días que me parecen tan lejanos, cuando luchábamos y trabajábamos en común en varios juegos. Me alegro, Tegularius. Y ahora, sobre todo, debes llegar a la comprensión perfecta de la idea sobre la cual quiero construir la combinación. Debes aprender y entender lo que es una casa china y lo que significan las reglas prescriptas para su construcción. Te daré una presentación para la Casa de Estudios del Oriente asiático; allí te ayudarán. O bien —se me ocurre algo más, algo mejor— podríamos intentar algo con el Hermano Mayor, el hombre del soto de los bambúes, de quien te hablé tanto una vez. Tal vez resulte poco digno de él o muy molesto vérselas con quien no entiende el chino, pero debemos intentarlo, sin embargo. Si él quiere, es capaz de hacer de ti un chino.

Se envió un mensaje al Hermano Mayor, invitándole cordialmente ser por unos días huésped del Magister Ludí en Waldzell, porque su cargo no le concedía el tiempo necesario para una visita; la invitación le explicaba el favor que deseaba de él. Pero el chino no dejó el soto de los bambúes, el mensajero en lugar de otra cosa trajo una carta pintada en caracteres chinos y que decía: “Sería mucho honor ver al gran hombre. Pero el ir lleva a inhibiciones. Para el sacrificio se emplean dos tacitas. El menor saluda al Venerable”. Después de esto, Knecht consiguió convencer al amigo no sin esfuerzo para que viajara hasta el soto de bambúes, para solicitar hospitalidad e instrucción. Pero el breve viaje no dio fruto alguno. El ermitaño del soto recibió a Tegularius con una cortesía casi sumisa, pero sin contestar una sola de las preguntas más que con amables sentencias en lengua china y sin invitarlo a quedarse, a pesar de la recomendación magníficamente pintada en hermoso papel por el Magister Ludí. Fracasado y casi molesto, Frite regresó a Waldzell, trajo como regalo para el Magister una hojita en la que estaba trazado con pincel un antiguo poema encima de Un pescadito dorado, y tuvo que buscar ayuda, a pesar de todo, en la Casa de Estudios del Oriente asiático. Aquí las recomendaciones de Knecht fueron más eficaces, se ayudó placenteramente al solicitante, enviado por un Magister, y muy pronto Tegularius estuvo tan perfectamente enterado acerca de su asunto, como era posible ignorando el chino, y en la idea de Knecht de colocar en la base de su plan el simbolismo de esa casa, encontró tal satisfacción que ya no le dolió su fracaso en el soto de bambúes y lo olvidó.

Cuando Knecht escuchó el informe del rechacado acerca de su visita al Hermano Mayor, y luego leyó para él solo el poemita del pescado de oro, lo emocionó el aura de este hombre y el recuerdo de aquella su permanencia en su chota cerca de los ondeantes bambúes y sus ejercicios con los tallos de milenrama, con la penetrante violencia de algo que le recordaba al mismo tiempo la libertad, sus días de estudioso, sus ocios, todo el pintoresco paraíso de los ensueños juveniles. ¡Qué bien supo ese valiente y caprichoso ermitaño retirarse y mantenerse libre, qué bien sabia mantener oculto al mundo su soto, de bambúes tan tranquilo, qué íntima y vigorosamente vivía en un mundo que se había tornado su segunda naturaleza, en un mundo limpio, un poco pedantesco pero sabio de cosas chinas, qué poderosamente apartado, concentrado y solo le mantenía envuelto la magia de su sueño de vida, año tras año, década tras década, y cómo había sabido convertir su jardín en China, su choca en templo, sus peces en divinidades y a él mismo en sabio! Con un suspiro se liberó Knecht de estos pensamientos. Él había ido por otro camino, mejor dicho, por otro camino había sido llevado, y ahora no quedaba mas que seguir recta y fielmente por la senda predestinada sin compararla con las de otros...

Junto con Tegularius proyectó y compuso en horas arrancadas a las tareas todo su juego y dejó al amigo toda la labor de consulta en el archivo y también el primero y el segundo planteo. Con este nuevo contenido, la amistad ganó otra vez vida y forma, distinta de la anterior, y también el juego en que trabajaban experimentó varios cambios y enriquecimientos por la originalidad y la muy aguda fantasía del “foráneo”. Fritz pertenecía a la clase de gente nunca satisfecha pero sí capas de satisfacer, que alrededor de un ramo de flores ya preparado, o de una mesa ya tendida, lista y completa para cualquier otro, siguen ocupándose horas y más horas con inquieto cuidado en incansables toques amorosos, y del menor trabajo saben hacer una obra de la jornada, diligente y profundamente honrada. Y eso siguió ocurriendo también en los años sucesivos; el gran torneo solemne fue siempre obra de dos, y para Tegularius fue siempre también doble satisfacción mostrarse útil y aun indispensable para el amigo y maestro en tan importante asunto y vivir la presentación pública del juego como colaborador ignorado en la creación, pero bien conocido por la “selección”.

Avaluado el otoño de ese primer año de función magistral, mientras el amigo estaba aún con los primeros estudios de las cosas chinas, el Magister, mientras repasaba un día rápidamente las anotaciones del diario de su cancillería, se encontró con una noticia: “El estudiante Petrus, de Monteport, llega recomendado por el Magister Musicae; trae saludos especiales del Magister anterior, solicita alojamiento y aso del archivo. Ha sido alojado en la casa de los estudiantes”. Ahora bien, él podía dejar al cuidado de su gente del archivo al estudiante y su petición; eso ocurría casi diariamente. Pero los “saludos especiales del Magister anterior” se referían solamente a él. Hizo llamar al recién venido; era un hombre joven, reflexivo y ardiente en el aspecto, pero taciturno, y pertenecía evidentemente a la “selección” de Monteport, por lo menos las circunstancias de una audiencia del Magister le parecían familiares. Knecht le preguntó qué le había encargado el ex Magister Musicae.

—Saludos —contestó el estudiante—, muy cordiales y respetuosos saludos para vos, Venerable, y también una invitación.

Knecht invitó al huésped a sentarse. Eligiendo cuidadosamente las palabras, el estudiante continuó:

—El venerado ex Magister, como dije, me encargó ocasionalmente que os saludara de su parte. Al hacerlo, expresó el deseo de veros pronto, lo más pronto posible, al lado de él. Os invita y os encarece que le visitéis próximamente, suponiendo naturalmente que la visita pueda ser incluida en un viaje oficial y no os haga perder demasiado tiempo. En estos o parecidos términos fue formulado el encargo.

Knecht miró inquisitivamente al joven; seguramente era alguno de los protegidos del anciano. Prudentemente, preguntó:

—¿Cuánto tiempo piensas permanecer entre nosotros, en el archivo, estudiosus?

Y recibió la respuesta:

—Justamente, venerable Señor, hasta que yo vea que iniciáis el viaje hacia Monteport.

Knecht reflexionó.

—Está bien —dijo luego—.Y ¿por qué no me comunicaste textualmente lo que el ex Magister te encargó para mí, como había que esperar en realidad?

Petrus sostuvo con firmeza la mirada de Knecht y contestó lentamente, buscando siempre con cuidado las palabras, como si debiera expresarse en un idioma extranjero.

—No hubo, no hay encargo, Venerable —dijo—, y no hay texto alguno que repetir. Vos conocéis a mi venerado maestro y sabéis que fue siempre un hombre extraordinariamente modesto; en Monteport se cuenta que en su juventud, cuando era aún repetidor, pero considerado ya por toda la “selección” como predestinado a Magister Musicae, ésta le aplicó el apodo burlón de “El gran pequeño a su gusto”. Y bien, esta modestia y no menos su piedad, su generosidad y su paciencia, desde que envejeció y al fin renunció al cargo, han crecido aún. Vos lo sabéis seguramente mejor que yo. Esta modestia le impediría solicitar una visita del Venerable, aunque la desea tanto. Es así, pues, Domine, que no he sido honrado con encargo alguno y, eso no obstante, obré como si lo hubiese recibido. Si fue error mío, vos podéis considerar el encargo inexistente tal como es en verdad... inexistente.

Knecht sonrió levemente.

—¿Y tu labor en el archivo del juego, estudiosus? ¿Fue mero pretexto?

—¡Oh, no! Debo extraer cierto número de claves, hubiera tenido que solicitar de todas maneras vuestra hospitalidad, dentro de poco. Pero me pareció conveniente apresurar un poco el breve viaje.

—Muy bien —asintió el Magister, ya serio otra vez—. ¿Está permitido preguntar la causa de este apresuramiento?

El jovencito cerró por un momento los ojos, con la frente arrugada, como si la pregunta le atormentara hondamente. Luego dirigió sus ojos inquisitivos y juvenilmente críticos, con desusada firmeza, al rostro del Magister.

—La pregunta no puede ser contestada, siempre que vos no resolváis expresarle más concretamente.

—Está bien, pues —exclamó Knecht—. ¿Es malo el estado de salud del ex Magister? ¿Causa preocupaciones?

El estudioso observó que a pesar de haberse expresado el Magister con la máxima calma, estaba cariñosamente preocupado por el anciano; por primera vez desde el comienzo de la conversación en su mirada algo sombría hubo un rayo de luz y su voz sonó más simpática y directa, como si se dispusiera finalmente a liquidar abiertamente lo que le importaba mucho.

—Señor Magister —contestó— tranquilizaos, el estado de salud del muy Venerable no es por cierto malo, fue siempre un ser ejemplarmente sano y sigue siéndolo, aunque la avanzada edad lo haya naturalmente debilitado mucho. No ocurre que su aspecto se haya alterado notablemente o que sus fuerzas hayan disminuido de pronto muy rápidamente; realiza cortos paseos, todos los días hace un poco de música y hasta hace pocos días antes dio lecciones de órgano a dos estudiantes, principiantes todavía, porque siempre prefirió en su torno a los más jóvenes. Pero el hecho de que desde pocas semanas haya despedido también a estos dos alumnos, es de todas maneras un síntoma que me llamó la atención, y desde entonces observé al venerable señor un poco más atentamente y formé mi composición de lugar a su respecto.... Éstas son las causas por las cuales estoy aquí. Si algo justifica mi modo de pensar y proceder, es la circunstancia de que yo mismo he sido discípulo del ex Magister Musicae, una suerte de discípulo preferido, si puedo decir así, y que su sucesor desde hace un año me ha asignado a él como una especie de famulus[4]y de compañía, encargándome con el cuidado de su existencia. Para mí fue un encargo muy grato, porque no hay ser humano para quien yo alimente tanta veneración y tanto apego como para mi viejo maestro y protector. Él me reveló el misterio de la música y me tornó capaz de servirle y de servir a la música, y todo lo que yo he adquirido en ideas, sentido de la Orden, madurez y normas íntimas, todo me vino de él y es su obra. Por eso desde un año o más casi, vivo por entero cerca de él, ocupado, sí, con algunos estudios y cursos, pero siempre a su disposición, compañero en la mesa, acompañante en sus paseos y en sus horas de música, y de noche, vecino separado solamente por una pared. En esta íntima vida en común pude observar muy exactamente los estados..., sí, de envejecer, de su envejecer físico, y algunos de mis cantaradas se permiten de vez en cuando comentarios compasivos o irónicos sobre la función sorprendente que cumple un joven como yo en su calidad de sirviente y compañero de existencia de un viejísimo señor. Mas ellos no saben —y fuera de mí nadie lo sabe tan bien— qué envejecer está deparado a este maestro, cómo se torna más débil y flojo físicamente poco a poco, toma cada vez menos alimento y regresa cada vez más cansado de sus breves paseos, sin estar enfermo sin embargo, y cómo al mismo tiempo en la quietud de su senectud se vuelve cada vez más espíritu, devoción, dignidad y sencillez. Si mi función como famulus o enfermero ofrece algunas dificultades, ellas residen únicamente en que el Venerable no quisiera ser servido ni cuidado, porque desea siempre sólo dar y nunca recibir o tomar.

—Te agradezco —dijo Knecht—, me complace muchísimo saber que al lado del Venerable está un discípulo tan rendido y agradecido. Pero dime finalmente en forma clara, dado que no hablas por encargo de tu maestro, por qué te importa tanto mi vista a Monteport.

—Vos preguntasteis con preocupación por la salud del señor Magister Musicae —contestó el joven—, porque mi insistencia os había sugerido ciertamente la idea de que pudiera estar enfermo y ser al fin hora de visitarle una vez más. Bien, creo realmente que es hora, antes de que sea tarde. Es cierto, no me parece que el Venerable esté cerca de la muerte, pero su forma de despedirse del mundo es sin duda muy rara. Desde hace unos meses, por ejemplo, ha perdido casi la costumbre de hablar, y aunque siempre prefirió un discurso breve a uno largo, ha llegado ahora a una brevedad y parquedad que me angustia un poco. Como cada vez más a menudo ocurría que me dejaba sin contestación si le dirigía la palabra o le preguntaba algo, pensé al comienzo que su oído comenzara a debilitarse, pero él oye tan bien como siempre, lo comprobé muchas veces. Tuve que suponer, pues, que estaría distraído y no lograría concentrar su atención. Pero tampoco ésta es una explicación suficiente. Más aún, hace mucho ya que está en cierto modo ausente y no vive totalmente entre nosotros, sino cada vez más en su propio mundo; así también visita cada vez menos a los colegas y menos los recibe; días enteros pasan sin que vea a nadie fuera de mí.

Ydesde que esto comenzó, esta ausencia, este alejamiento, me esforcé por llevarle una vez todavía el par de amigos de quienes sé que él los amaba mucho. Si quisierais visitarle, Domine, sin duda le daríais un gran placer, le proporcionaríais una gran alegría, estoy seguro de ello, y vos hallaríais todavía en cierto modo el mismo ser que honrasteis y amasteis. Dentro de algunos meses, tal vez dentro de algunas semanas, su alegría y su goce por vos serán mucho menores, y hasta es muy posible que no os reconozca o no os preste atención siquiera.

Knecht se levantó, se acercó a la ventana y se quedó allí un rato mirando hacia afuera, respirando ávidamente. Cuando se volvió hacia el estudiante, éste también se había levantado, como sabiendo que la audiencia había terminado. El Magister le tendió la mano.

—Te expreso mi agradecimiento, Petrus —le dijo—. Sabrás que un Magister tiene toda clase de obligaciones. No puedo ponerme el sombrero en la cabeza y marcharme, todo tiene que ser preordenado y preparado. Espero poder estar pronto para pasado mañana. ¿Te bastará y terminarás para entonces tu labor en el archivo? ¿Si? Entonces te haré llamar, cuando sea el momento.

Y en efecto, Knecht emprendió el breve viaje pocos días más tarde, acompañado por Petrus hasta Monteport. Cuando al llegar allí entraron en el pabellón donde residía el ex Magister, en el medio del parque, como en una clausura estimuladora y tranquilísima, oyeron música que procedía de la habitación interior, una música delicada, sutil, pero firme en el compás y preciosamente alegre; allí estaba tentado el anciano y tocaba con dos dedos una melodía a dos voces; Knecht pensó en seguida que debía ser una página de los libros “bicinios”[5] de fines del siglo xvi. Se quedaron quietos hasta que la música concluyó; entonces Petras llamó a su maestro y le anunció que estaba de regreso y había traído consigo una visita. El anciano llegó hasta la puerta y los miró mientras saludaba. Este saludo sonriente del Magister Musicae, Un grato a todos, había estado siempre colmado de una cordialidad y una amabilidad infantilmente francas, generosas, resplandecientes; Josef Knecht las había visto por primera vez casi treinta años antes y había abierto su alma a este ser amigo y se la había entregado en aquella hora mañanera un poco cohibidora pero feliz de la salita de música. Había vuelto a ver esa sonrisa muchas veces desde entonces y cada vez con profunda alegría y milagrosa emoción, y mientras el cabello gris del maestro amigo había ido encaneciendo poco a poco totalmente, mientras su voz se tornaba más queda, su apretón de manos más débil, su paso más fatigado, la sonrisa no había perdido nada en luminosidad y excitación, en pureza a intimidad. Y esta vez —lo vio claramente el amigo y discípulo no cabían dudas: el mensaje grandioso y conquistador de la sonriente cara del Magister ya retirado, cuyos ojos azules y cuyo delicado color de las mejillas se habían ido suavizando más y más con los años, no sólo era el antiguo y tantas veces observado, sino que se había tornado mucho más íntimo, misterioso e intenso. Sólo ahora, al saludar, Knecht comenzó realmente a comprender en qué consistía el interés del estudiante Petrus y también cómo él mismo resultaba ser el beneficiado, aunque creyera en un primer momento que hacia un sacrificio por ese interés.

Su amigo Carlos Ferromonte, que él visitó pocas horas más tarde —estaba a cargo de la tan famosa biblioteca de música, una gloria de Monteport—, fue el primero a quien habló de eso y nos conservó la conversación de ese día en una carta.

—Nuestro ex Magister Musicae —dijo Knecht— ha sido tu maestro y tú lo has querido mucho. ¿Le ves todavía a menudo?

—No —contestó Carlos—, es decir, lo veo a menudo, por ejemplo durante su paseo, cuando regreso justamente de la biblioteca, pero no le ha hablado desde hace meses. Se retrae cada vez más y parece ir perdiendo toda sociabilidad.

Antes nos ofrecía una velada para castalios de mi categoría, para sus repetidores de un tiempo, en cuanto son hoy funcionarios de Monteport; pero eso ha cesado ya desde un año a esta parte y fue para nosotros una gran sorpresa el que haya viajado para asistir a vuestra investidura en Waldzell.

—Sí —comentó Josef—, pero si lo ves a menudo aún, ¿no te ha llamado la atención ningún cambio en él?

—¡Oh, sí! Os referís a su buen aspecto, a su alegría, a su notable irradiación. Ciertamente, eso lo hemos observado. Mientras sus fuerzas declinan, esta leticia crece constantemente. Nos hemos acostumbrado a ella, pero os debe haber llamado la atención.

—Su famulus Petrus —exclamó Knecht— lo ve más a menudo que tú, pero no se ha habituado como dices. Vino por su propia iniciativa a Waldzell, naturalmente con plausible razón, para sugerirme esta visita. ¿Qué piensas de él?

—¿De Petrus? Es un buen conocedor de música, más tal vez de la clase pedantesca que de la genial, un hombre lento y de sangre pesada. Está rendido incondicionalmente a los pies del ex Magister Musicae y daría la vida por él. Creo que su servicio al lado del venerado señor, del ídolo, lo colma totalmente y que hasta podría considerársele como un poseso. ¿No tuvisteis vos también esta impresión?

—¿Poseso? Sí, pero este joven, creo, no está solamente poseído por una preferencia y una pasión, no está simplemente enamorado de su viejo maestro, sino que está casi hechizado por un fenómeno real y legítimo, que él ve mejor o comprende con los sentidos mejor que vosotros. Te contaré cómo lo vi yo. Llegué hoy a visitar al ex Magister, que no he visto desde unos seis meses y por las explicaciones de su famulus nada o muy poco esperaba para mí de esta visita; temí simplemente que el venerado anciano señor podría abandonarnos de repente muy pronto, y me apresuré a venir, para verle por lo menos por última vez. Cuando me reconoció y me saludó, su rostro se iluminó, pero no dijo más que mi nombre y me tendió la mano, y hasta ese movimiento y la misma mano me parecieron resplandecer; toda su persona, o por lo menos sus ojos, sus canas, su cutis claro rosado me parecieron lanzar una leve y fresca irradiación. Me senté a su lado y él despidió al estudioso con una simple mirada: entonces comenzó el diálogo más maravilloso que yo conocí en mi vida. Al principio, fue para mí algo en verdad muy extraño y opresivo y hasta vergonzoso, porque yo hablaba constantemente al anciano o le dirigía preguntas y a todo él contestaba solamente con una mirada; no podía darme cuenta de si mis interrogantes o mis noticias eran para él mero ruido molesto. Me confundió, me desilusionó y me cansó; me sentí torpemente insistente, me parecía que estaba demás; cualquier cosa que dijese al maestro, sólo recibía una sonrisa y una leve mirada. ¡Oh, si esas miradas no hubieran estado tan llenas de benevolencia y cordialidad, hubiera debido pensar que el anciano se divertía sin disimularlo a mi costa, de mis noticias y preguntas, de todo el inútil apresuramiento de mi viaje y de mi visita! Si, en el fondo, en el silencio y la sonrisa había esa intención; constituían realmente una defensa y una admonición, casi un reproche, pero lo eran de otra manera, en otro plano y en otro grado de intención, como si hubiesen sido quizá palabras irónicas. Debí agotarme y naufragar completamente, según me pareció, con mis pacientes y gentiles intentos para organizar una conversación, antes de que llegara a comprender que el anciano estaba acostumbrado a tener una paciencia, una perseverancia y una cortesía cien veces mayores que las mías. Eso puede haber durado un cuarto de hora o media hora, me pareció la mitad de un día; comencé a sentirme triste, cansado y desazonado y a arrepentirme de mi viaje; se me secó la boca. Allí estaba sentado el Venerable, mi protector, mi amigo, que desde que pude comprender poseyó mi corazón y mi confianza y nunca dejó una palabra mía sin contestación, allí estaba sentado y me oía hablar o no me oía siquiera, oculto por entero detrás de su luz y su sonrisa, detrás de su dorada máscara, atrincherado, inalcanzable, perteneciente a otro mundo con otras leyes, y todo lo que quería llegarle expresado por mí por nuestro mundo, corría por encima de él como la lluvia por encima de una piedra. ¡Finalmente —ya había perdido yo todas las esperanzas—, el anciano rompió el muro mágico, finalmente me ayudó, finalmente dijo una palabra! Fue la única palabra que le oí pronunciar hoy. “Te cansas, Josef”, me dijo quedamente y con la voz llena de emotiva amabilidad, de conmovedora preocupación que tú conoces. Y fue todo. “Te cansas, Josef. Como si me hubiera visto, dedicado largo tiempo a una tarea esforzada y quisiera ponerme en guardia. Pronunció las palabras con un leve esfuerzo, como si no hubiera usado más los labios para hablar desde mucho tiempo atrás. Al mismo tiempo, puso su mano sobre mi brazo, era liviana como una mariposa; me miró hondo en los ojos y se sonrió. En ese momento estaba yo vencido ya, reconquistado. Algo de su alegre calma, algo de su paciencia y de su tranquilidad pasó a mi alma, a mi mente, y de pronto, me invadió la comprensión por el anciano y por el cambio realizado en su ser, lejos de los hombres y dirigido hacia la gran paz, lejos de los pensamientos y dirigido hacia la unidad. Comprendí lo que me estaba concedido contemplar; comprendí también esa sonrisa, esa luz; era un santo, un perfecto, el que me permitía vivir por una hora en su brillo, el que yo —charlatán— pretendía entretener, indagar y tentar a conversar. Gracias a Dios, la luz no apareció demasiado tarde para mí. Hubiera podido echarme y con eso repudiarme para siempre. Hubiera perdido así lo más maravilloso, lo más cordial que nunca conocí.

—Veo —dijo Ferromonte pensativo— que vos habéis hallado en nuestro ex Magister Musicae algo así como un santo, y es bueno que justamente vos me lo hayáis comunicado. Confieso que hubiera oído con la máxima desconfianza estas noticias, de labios de cualquier otro hombre. En el fondo, no soy afecto al misticismo, es decir, como músico e historiador, soy partidario pedante de las categorías puras. Como en Castalia no somos ni una congregación cristiana ni un monasterio hindú o taoísta, la inserción o catalogación entre los santos, es decir en una categoría meramente religiosa, no me parece admisible para nosotros y a otro que a ti... perdonad, a vos, Domine, reprocharía esta opinión como un desvío. Pero creo que vos no tenéis siquiera la intención de iniciar un proceso de canonización a favor de nuestro venerado ex Magister; no habría en nuestra Orden ni las autoridades necesarias para ello. No, no me interrumpáis, hablo en serio, no me atrevería absolutamente a bromear. Me habéis contado una vivencia y yo debo confesar que me he avergonzado un poco, porque el fenómeno por vos descripto no se nos ha escapado ni a mis colegas de Monteport ni a mí, pero nos limitamos a observarlo y luego le prestamos poca atención. Me explica la causa de mi fracaso y de mi indiferencia. El que el cambio del ex Magister haya llamado tanto vuestra atención, hasta seros sensacional, mientras yo apenas lo noté, se debe naturalmente a que el tal cambio os apareció inesperadamente y como resultado definido, mientras que yo he sido testigo de su lento desarrollo. El ex Magister que visteis hace meses y el que habéis visto hoy, son distintos entre sí, mientras que nosotros tan cercanos encontramos alteraciones apenas visibles entre un encuentro y otro, no muy distanciados. Mas, lo confieso, la explicación no me satisface. Si ante nuestros ojos se realiza algo así como un milagro, aunque sea tan queda y lentamente, deberíamos estar sorprendidos más fuertemente de lo que me ocurrió, sobre todo no existiendo prevención. Y aquí encuentro la causa de mi torpeza; no estaba prevenido. Sucedió que no noté el fenómeno, porque no quería verlo. Observé, como todos, su creciente retraimiento, su silencio cada vez más estricto, y al mismo tiempo el aumento de su amabilidad, el brillo cada vez más claro y nada físico de su rostro, cuando al encontrarnos retribuía silenciosamente mi saludo. Naturalmente, esto lo noté y lo notaron todos. Pero me cuidé mucho de ver más en ello, y no por falta de respeto por el anciano maestro, sino en parte por cierta resistencia contra el culto de las personas y la adulación en general, en parte por repugnancia precisamente ante la adulación en casos especiales, es decir, ante la suerte de culto que el estudiosas Petrus rinde a su maestro e ídolo. Esto lo comprendí claramente sólo durante vuestra narración.

—Éste fue de todos modos —dijo riendo Knecht— un recurso para descubrir para ti mismo tu antipatía por el pobre Petrus. Pero, vamos a ver. ¿Soy yo también un místico y un adulador? ¿Rindo yo también, culto prohibido a personas y santos? ¿O admites para mí lo que no concedes al estudiosus, vale decir, que alga hemos vivido y sentido, no ciertamente sueños y fantasías, sino un fenómeno real y objetivo?

—Es natural que os lo conceda —contestó Carlos lentamente, pesando las palabras—, nadie dudará de vuestra vivencia ni de la belleza o alegría del ex Magister, en la que se podría no creer sonriendo. El problema es solamente éste: ¿Qué hacemos con el fenómeno, cómo lo denominaremos, cómo lo explicaremos? Suena a pedantería escolástica, pero los castalios somos sin más gente de escuela, y si deseo catalogar y denominar vuestra y nuestra vivencia, no es porque quiero resolver su realidad y hermosura mediante la abstracción y la generalización, sino porque anhelo describirlas y establecerlas lo más claramente, lo más exactamente que sea posible. Cuando durante algún viaje oigo silbar o cantar a un campesino o a un niño una melodía, dondequiera que sea, es para mí una vivencia si yo no la conocía, y cuando trato de anotar en seguida lo más exactamente posible la tal melodía, no es para eliminarla ni despreciarla, sino para honrarla y perpetuarla, como la sentí.

Knecht asintió amablemente.

—Carlos —dijo—, es una lástima que nos podamos ver tan raramente. No todos los amigos juveniles son los mismos, cuando se los vuelve a encontrar. He venido a verte con mi narración del anciano Magister, porque aquí en este lugar eres el único a quien me importaba comunicar y participar todo esto. Pero debo dejar librado a tu criterio lo que quieras hacer con mi narración y cómo quieras denominar el estado iluminado de nuestro amigo y maestro. Me alegraría si lo visitaras y quisieras permanecer un momento en su aura. Su estado de gracia, perfección, plenitud, sabiduría de la edad o beatitud, o como quieras llamarlo, puede pertenecer a la vida religiosa; aunque los castalios no tenemos ni confesión ni iglesia, la piedad no nos es desconocida; justamente nuestro ex Magister Musicae fue siempre en todo y por todo un hombre piadoso. Y como hay noticias de bienaventurados, perfectos, luminosos e iluminados en muchas religiones, ¿por qué no debería también nuestra piedad castalia llegar alguna ver a ese florecimiento? ... Se ha hecho tarde, hubiera debido acostarme ya, mañana debo partir de madrugada. Espero poder volver pronto. Deja, sin embargo, que te cuente mi historia hasta el final. Cuando, pues, me dijo: “Te cansas”, logré finalmente desistir de mis esfuerzos para iniciar una conversación y no sólo calmarme, sino también desviar mi voluntad de una meta falsa, la de indagar a este taciturno máximo con palabras y preguntas y aprovecharme de él. Y desde el instante en que renuncié y lo dejó todo en sus manos, todo marchó a las mil maravillas. Luego podrás sustituir mis expresiones con otras más de tu gusto, pero ahora escúchame, aunque parezca inexacto o altere las categorías. Estuve con el anciano una hora, tal vez hora y media; no puede expresarse en palabras lo que pasó o se intercambió entre nosotros. Quebrada mi resistencia, sólo asentí que él me cobijaba en su serenidad, en su alegría, porque nos envolvió realmente el gozo, la quietud maravillosa. Sin que hubiese meditado a sabiendas, fue en cierta medida una meditación muy afortunada y bienhechora, cuyo tema hubiera podido ser la existencia del ex Magister. Le vi o le sentí y percibí el curso de su evolución desde el momento en que me encontró por primera vez, siendo yo niño, hasta el día de hoy. Era una vida de entrega y labor, pero libre de coerción, libre de ambición y colmada de música. Y se desarrollaba de manera tal como si él, músico y maestro, hubiera elegido la música como una de las vías para alcanzar la suprema meta del hombre, la libertad interior, la pureza, la perfección, y desde entonces no hubiese hecho otra cosa que dejarse empapar cada vez más por la música, trasformar, iluminar por ella, desde las expertas e inteligentes manos de clavecinista y la rica enorme memoria de músico hasta todas las partes y los órganos de su cuerpo y de su alma, hasta el pulso y el aliento, hasta el sueño y el ensueño, y fuera ya sólo un símbolo, más aún, una forma fenoménica, una personificación de la música. Por lo menos sentí como música lo que irradiaba de él o lo que ondeaba entre él y yo como en rítmica respiración; música esotérica, enteramente inmaterial ahora, que aferra a quien penetra en el círculo mágico como en un canto de muchas voces incorpora una voz nueva que llega. Para quien no fuera músico, la gracia hubiera sido percibida tal vez con otros aspectos; un astrónomo, por ejemplo, hubiera visto quizá girar la luna alrededor de un planeta, o un filólogo se hubiera oído llamar en una lengua primitiva mágica, capaz de expresarlo todo. Pero basta ahora, me despido de ti. Fue un grato placer para mi, Carlos.

Hemos narrado con cierta amplitud este episodio, porque el Magister Musicae tuvo muy importante lugar en la vida y el alma de Knecht; nos ha llevado y aun tentado a hacerlo la circunstancia de que la conversación de Knecht con Ferromonte ha llegado hasta nosotros en una carta de puño y letra de este último. Acerca de la transfiguración del ex Magister Musicae, es esta carta seguramente el documento más antiguo y fidedigno; más tarde se tejieron sobre el tema leyendas e interpretaciones.

 


Capítulo VIII
LOS DOS POLOS

 

EL torneo anual, conocido aun hoy por el “Juego de la casa china” y citado a menudo, dio a Knecht y a su amigo los frutos de su labor y a Castalia y a las autoridades la comprobación de que con la promoción de Josef al cargo supremo se había procedido con excelente criterio. Una vez más Waldzell, el Vicus Lusorum y la “selección” vivieron un brillante y fascinante periodo festivo; ciertamente, hacia años que el torneo no había sido un acontecimiento parecido a éste, en el cual el Magister más joven y discutido debía presentarse por primera vez en público y aquilatarse, y donde además Waldzell debía resarcirse de la pérdida y el fracaso sufridos el año precedente. Esta vez, nadie estaba enfermo y no presidía angustiosamente la gran ceremonia un representante intimidado, espiado fríamente por la vigilante malevolencia y la constante desconfianza de la “selección”, apoyado solamente por funcionarios con los nervios en rebelión, fieles, pero sin iniciativa. Callado, inaccesible, Sumo Sacerdote por entero, figura dirigente vestida de blanco y oro en el solemne tablero de los símbolos, el Magister celebró la obra de su cerebro en colaboración con el amigo: irradiando calma, energía y dignidad, lejos de todo llamamiento profano, apareció en el salón de fiestas en medio de sus numerosos ministrantes, abrió el acto en cada juego con los ademanes del rito, escribió bellamente con brillante estilete de oro signos y más signos sobre una tablilla delante de él, y apenas aparecían los mismos signos en la escritura del juego, aumentados cien veces, en la gigantesca tabla de la pared posterior del salón, fueron deletreados por mil voces susurrantes, anunciados en voz alta por los locutores, enviados lejos por el país y el mundo por los teléfonos, y cuando al final del primer acto, conjuró en la tabla la fórmula que resumía el todo, dio las reglas para la meditación con gesto incitante y persuasivo, dejó el estilete y, sentándose, se colocó en la postura ejemplar para el ensimismamiento, no se sentaron solamente en el salón, en el Vicus Lusorum y en Castalia los devotos creyentes del juego de abalorios para la misma meditación, sino también afuera lejos en muchos lugares de la tierra, y así permanecieron hasta el momento en que en la sala el Magister volvió a levantarse. Todo fue como había sido tantas otras veces, y, sin embargo, resultó impresionante y nuevo. El mundo del juego, abstracto y aparentemente eterno, fue lo bastante elástico como para reaccionar en cien matices en el espíritu, la voz, el temperamento y hasta la caligrafía de una personalidad, la personalidad lo suficientemente grande y culta para no considerar sus ideas más importantes que la inasible norma propia del juego; ayudantes y compañeros de juego de la “selección” misma obedecieron como soldados bien adiestrados y, a pesar de esto, cada uno de ellos, aunque sólo realizara en el conjunto las reverencias o ayudara a tender la cortina alrededor del maestro en meditación, parecieron cumplir su propio juego, un juego vivo de su personal inspiración. Mas desde la muchedumbre, desde la gran comunidad que llenaba el salón y a todo Waldzell, desde las mil almas que sobre las huellas del maestro seguían el curso fantásticamente hierático en las infinitas colocaciones polidimensionales del juego, llegó a la fiesta el acorde básico, el bajo de campanas con su profundo temblor, la mejor y casi la única vivencia de la solemnidad para los miembros infantiles de la comunidad; acorde sin embargo, que sintieron con respetuoso estremecimiento también los experimentados virtuosos del juego y los críticos de la “selección”, desde los ministrantes y funcionarios hasta los altos jefes y maestros.

Fue una fiesta nobilísima; también los enviados de fuera lo sintieron íntimamente y lo anunciaron, y más de un novicio fue conquistado en esos días para siempre por el juego de abalorios. Notables fueron las palabras con que Josef Knecht resumió su experiencia con su amigo Tegularius, al final de los diez días del torneo.

—Podemos estar satisfechos —dijo—. Sí, Castalia y el juego de abalorios son cosas maravillosas, algo casi perfecto. Sólo que son tal vez demasiado grandes, demasiado bellas; son tan hermosas que apenas pueden ser observadas sin que se tema por ellas. No es agradable pensar que ellas también, como todas las cosas, un día perecerán .. Y hay que pensar en eso, a pesar de todo.

Estas palabras llegadas hasta nosotros obligan al biógrafo a acercarse a la parte más delicada y misteriosa de su cometido, de la que se hubiera mantenido alejado gustoso todavía, para llevar a término con la tranquilidad y la comodidad que conceden al escritor estados claros y unívocos, su relato de los triunfos de Knecht, su ejemplar dirección funcional y su brillante apogeo vital. Sólo que nos parecería equivocado y nada ajustado a nuestro objetivo no reconocer, no señalar la dualidad o bipolaridad en la vida y el ser del venerado maestro allí también donde para nadie fue visible, exceptuando a Tegularius. Más aún, nos proponemos admitir y afirmar desde ahora esta división o, mejor dicho, esta incesante y pulsante bipolaridad del alma de Knecht, como lo original y propio y distintivo en el ser del venerable señor. No le resultaría muy difícil a un autor que creyera permitido escribir la biografía de un Magister castalio solamente en el sentido de una vida de santo ad majorera gloriam Castaliae[6] presentar la descripción total de los años de magisterio de Josef Knecht —exceptuando únicamente sus últimos instantes— como una glorificada enumeración de méritos, actos de deber y triunfos. La vida y la dirección de las tareas a su cargo de parte de cualquier Magister Ludí, sin excluir aquel Ludwig Wassermaler de la época más amante del juego en Waldzell, no puede presentarse a la mirada del historiador que se atiene solamente a los hechos documentados, en forma menos censurable y más digna de loas que la vida y la actuación directa del Magister Knecht. Sin embargo, su labor como director y jefe concluyó de manera totalmente desacostumbrada y sensacional y, para más de un crítico, escandalosa, y ese final no fue ni acaso ni accidente, sino que resultó por completo consecuente y es también deber nuestro demostrar que no está en absoluto en contradicción con los brillantes resultados y los gloriosos servicios del Venerable. Knecht fue un administrador noble y ejemplar, un perfecto representante de su alto cargo, un maestro del juego de abalorios sin mancha alguna. Pero Josef vio y sintió el esplendor de Castalia a la que servía como una grandeza amenazada y desvaneciente; no vivió en ese esplendor ingenua e irreflexivamente como la gran mayoría de sus conciudadanos castalios, sino que supo su origen y su historia, lo percibió como esencia histórica, sometida al tiempo y lamida y sacudida por las olas de su poder despiadado. Este despertar a la sensación viva del devenir histórico y a esa percepción de la propia persona y de la propia actividad como célula compulsora y colaboradora en la corriente del devenir y trasformarse, había madurado en él y alcanzado conciencia a través de sus estudios de la historia y por la influencia del gran Pater Jakobus, pero la disposición y las semillas o los gérmenes para eso habían existido desde mucho antes, y lo puede comprobar fácilmente aquel para el cual la personalidad de Josef Knecht cobre vida, aquel que encuentre las huellas de la originalidad y el sentido de esta vida.

El hombre que en uno de los días más brillantes de su existencia, al final de su primer torneo solemne, después de una manifestación insólitamente feliz e impresionante del espíritu de Castalia, dijera; “No es agradable pensar que Castalia y el juego de abalorios perecerán también ... y hay que pensar en eso a pesar de todo”, este hombre, aun cuando no era todavía un iniciado en la historia, tuvo muy temprano un sentido del mundo, un sentido universal, familiarizado con lo pasajero de todo lo que es y lo problemático de todo lo creado por el espíritu humano. Si nos remontamos a sus años de la infancia y la escuela primaria, encontramos la noticia de que sentía una profunda inhibición, una amarga intranquilidad, cada vez que en Eschholz desaparecía un condiscípulo que hubiese desilusionado a sus maestros y que la “selección” devolvía a las escuelas comunes. La tradición no nos habla de uno solo de estos rechazados que fuera amigo personal del joven Knecht; no era la pérdida, ni el rechazo ni la desaparición de las personas lo que le excitaba y oprimía con angustioso dolor. Era más bien el ligero sacudimiento experimentado por su fe infantil en la firmeza de la organización castalia, en su perfección, lo que le afligía instintivamente. El que hubiera niños y jovencitos a quienes había sido concedida la dicha, la gracia, de la admisión en las escuelas electas de la provincia, y éstos descuidaran y perdieran esa gracia, le causaba un estremecimiento, le atestiguaba el poder del mundo no castalio, porque había tomado su vocación como algo sagrado. Tal vez —no es posible demostrarlo— esos acontecimientos provocaban en el niño también las primeras dudas acerca de la infalibilidad de las autoridades de educación, hasta ese momento aceptada como dogma, dado que traían a Castalia constantemente alumnos que poco después se veían obligados a eliminar. Si esta idea pudo o no contribuir a la muy temprana iniciación en la crítica de las autoridades, no hace al caso; el desvío y el rechazo de un estudiante de selección fue considerado y sentido por el joven no solamente como una desgracia, sino como una inconveniencia, una odiosa mancha que sorprendía y cuya sola existencia era de por sí un reproche y además implicaba la responsabilidad de toda Castalia. Allí, creemos, reside la sensación de sacudimiento y trastorno propia de Knecht en su juventud, en tales ocasiones. Fuera de allí, detrás de los límites de la provincia, existía un mundo, una vida humana en contraste con Castalia y sus leyes, que no contaba con ellas en la organización y economía y que Castalia no podía dominar ni sublimar. Y naturalmente, conoció la existencia de ese mundo también con el corazón. Él también tenía impulsos, fantasías y deseos que contradecían a las leyes bajo las cuales estaba, impulsos e instintos cuyo dominio se lograba solamente poco a poco y costaba duros esfuerzos. Estos instintos, pues, en muchos estudiantes podían llegar a ser tan fuertes que resistían a todas las advertencias y los castigos, y devolvían a los réprobos desde el mundo selecto de Castalia a aquel otro mundo que estaba dominado no por la educación y el cuidado espiritual, sino por los impulsos naturales y que debía parecer a los que se esforzaban por alcanzar la virtud castalia, ora perverso mundo inferior, infierno en fin, ora lugar tentador de juego y alboroto. Desde generaciones atrás, muchas conciencias jóvenes conocieron el concepto del pecado, de la falta, en esta forma castalia. Y muchos años después, adulto, amante de la historia, Knecht tuvo que saber con mayor exactitud que la historia no puede surgir sin la sustancia y el dinamismo de este mundo pecador del egoísmo y de la vida instintiva, y que también creaciones tan sublimes como la de la Orden nacieron de este turbio fluir y serán devoradas otra vez por el mismo algún día. El problema de Castalia, pues, era lo que constituía la base de toda impulsión enérgica, de toda aspiración y vacilación, y eso no fue nunca para él mero problema filosófico, sino algo que le penetraba en lo más íntimo y de lo cual se sentía también responsable. Knecht era una de esas naturalezas que se enferman, se marchitan y mueren porque ven enferma y sufriente la idea creída y amada, la patria y la comunidad queridas.

Si seguimos el hilo, pasamos a los primeros años de Knecht en Waldzell, a sus últimos años de escuela, a su importantísimo encuentro con el alumno-huésped Designori, que hemos descripto ampliamente en su oportunidad y lugar. Este encuentro entre el ardiente adepto del ideal castalio y el hijo del mundo Plinio Designori no fue solamente una experiencia o vivencia violenta y de largo efecto posterior, sino también una aventura profunda, importante y simbólica, para el estudiante Knecht. Porque le fue entonces impuesto ese papel significativo y agotador, que, a pesar de su aparente casualidad, respondía tanto a su modo total de ser, que casi se puede decir que su vida posterior no fue más que una repetición de ese papel, un crecimiento cada vez más perfecto en el mismo, es decir, en el papel de defensor y representante de Castalia, como por ejemplo tuvo que hacer unos diez años más tarde frente al Pater Jakobus y siguió haciéndolo como Magister Ludí hasta el final; el papel de un defensor y representante de la Orden y sus leyes, siempre preparado sin embargo, y acuciado íntimamente para aprender del contrincante y fomentar no el enquistamiento y la rígida aislación de Castalia, sino su vivo juego de conjunto y su lucha con el mundo exterior. Lo que en parte fue juego apenas en la competición espiritual y oratoria con Designori, se convirtió en honda seriedad contra un amigo y adversario tan importante como Jakobus, y frente a ambos adversarios permaneció firme, se adecuó, aprendió de ellos, en la lucha y la disputa dio tanto como recibió, y en ambas ocasiones si no venció al contrincante —lo que desde el comienzo no era la meta de la competición—, supo obligarlo al honroso reconocimiento de su personalidad y del principio o ideal por él sustentado. Aunque la explicación con el sabio benedictino no llevara inmediatamente a un resultado práctico, el establecimiento de una representación semioficial de Castalia ante la Santa Sede pudo ser de mucho mayor valor de lo que sospechó la mayoría de los castalios.

Tanto por la disputada amistad con Plinio Designori como por la otra con el andino Pater, Knecht había logrado un conocimiento del mundo foráneo o por lo menos una idea general que seguramente pocos poseían en Castalia ciertamente, y recuérdese que Josef no tuvo ninguna otra relación mayor con ese mundo. Con excepción de su residencia en Mariafels, que en realidad no podía facilitarle un conocimiento real de la vida mundana, no había visto nunca esa vida ni la había compartido fuera de su temprana infancia, pero había alcanzado gracias a Designori, a Jakobus y al estudio de la historia una despierta intuición de la realidad, una intuición en gran parte instintiva y sólo unida a muy escasa experiencia personal, pero que le tornó más conocedor y abierto a la universalidad que la mayoría de sus conciudadanos castalios, exceptuando apenas las altas autoridades. Fue y siguió siendo siempre un castalio genuino y fiel, pero nunca olvidó que Castalia es una parte, una pequeña parte del mundo, aunque fuera la más valiosa y amada.

Y ¿qué pasaba con su amistad con Fritz Tegularius, el hombre de carácter difícil y problemático, el artista sublime del juego de abalorios, el angustiado y malcriado “mero castalio”, para el cual durante su breve visita en Mariafels entre los agrios benedictinos todo fuera tan sospechoso y mísero, que le aseguró no poder resistir allí una semana, mientras el amigo había resistido perfectamente más de dos años, cosa de la cual estaba admirado? Acerca de esta amistad hicimos muchas hipótesis, muchas de ellas tuvieron que ser descartadas, algunas parecieron acertadas; todas ellas se refieren al problema que quiere establecer cuál fue la raíz y cuál el sentido de esta amistad de tantos años. Ante todo no debemos olvidar que en todas las amistades de Knecht, exceptuando a lo sumo aquella con el benedictino, él no fue el que las buscó, las deseó y las necesitó. Josef atraía, era admirado, envidiado y amado, simplemente por su noble ser, y después de cierto grado de su “despertar” tuvo conciencia de este don. Así pues, ya en los primeros años de estudio, fue admirado y cortejado por Tegularius, pero siempre lo había mantenido a cierta distancia. Muchas pruebas nos demuestran, sin embargo, que tuvo siempre real solicitud por el amigo. Opinamos, pues, que lo que atraía a Knecht no era meramente la extraordinaria capacidad de Fritz, su impetuosa genialidad abierta precisamente a todos los problemas del juego de abalorios, sino que su fuerte y duradero interés, por sobre las facultades del amigo, comprendía en igual medida sus errores, sus deficiencias, su poca salud, es decir, aquello que en Tegularius era para los demás miembros de Waldzell molesto y a veces intolerable. Este ser admirable era tan castalio que todo su modo de ser hubiese sido inconcebible fuera de la provincia y tenia como premisa su atmósfera y su elevada cultura de tal forma que si no hubiese sido por su rareza y su quisquillosidad, se le hubiera podido definir como archivo castalio. Y a pesar de eso, este archicastalio se adecuaba poco a sus cantaradas, no era querido ni por ellos ni por los superiores y los funcionarios, incomodaba constantemente, chocaba siempre y sin la protección y la guía de su valiente y prudente amigo se hubiera perdido pronto. Lo que se denominaba su enfermedad era en el fondo más bien un vicio, una rebeldía, un defecto de carácter, es decir, un concepto, un modo de vivir, antijerárquico por excelencia, completamente individualista. Se adaptaba a la organización existente sólo hasta donde era necesario para ser simplemente tolerado en la Orden. Era un buen castalio, y hasta un brillante castalio en cuanto su espíritu resultaba incansable, insaciable y diligente en sabiduría y en el juego de abalorios; pero era un castalio muy mediocre y hasta malo por el carácter, por su posición frente a la jerarquía y a la moral de la Orden. Su defecto más grande era la indiferencia, el descuido de la meditación, que significaba la disciplina del individuo y cuyo ejercicio consciente hubiera podido curarlo perfectamente de su enfermedad nerviosa, porque en pequeño y particular lo hacía cada vez cuando era obligado por castigo por los superiores a severos ejercicios de meditación bajo vigilancia después de un período de mala conducta o de excitación y melancolía, recurso del que debió echar mano a menudo también el bondadoso Knecht, inclinado a perdonarle. No, Tegularius era un carácter terco, lunático, poco dispuesto a la disciplina, seria, cautivador por cierto por su vivaz espiritualidad en las horas de excitación, cuando burbujeaba su agudeza pesimista y nadie podía sustraerse a la audaz y a menudo sombría magnificencia de sus ocurrencias, pero en el fondo era incurable, porque no quería curarse, nada hacía por la armonía y la concordia, amaba solamente su libertad, el eterno período de estudiante, y prefería ser el dolorido por toda la vida, el descartado siempre, el molesto individualista, el loco genial, el nihilista, en lugar de subir hasta la jerarquía y alcanzar la paz por el camino de la disciplina. No le importaba la paz, le dejaba sin cuidado la jerarquía, poco le afectaban la censura y el aislamiento. ¡Componente muy incómodo e indigerible, pues, en una comunidad cuyo ideal es la armonía y el orden! Pero justamente por esta inadaptabilidad e indigeribilidad representaba en medio de un pequeño mundo tan iluminado y ordenado una constante y viva inquietud, un reproche, una advertencia, una alarma, un excitador de ideas nuevas, audaces, prohibidas, desmedidas, una oveja testaruda y desobediente en la majada. Y esto, creemos, fue lo que le conquistó el amigo a pesar de todo. Seguramente, en la relación de Knecht con él tuvo su papel también la compasión, el llamamiento del amenazado y casi siempre desdichado a todos los caballerescos sentimientos del amigo. Pero esto no hubiera bastado, ni después de la elevación de Knecht a la dignidad de Magister para conceder vida a esta amistad en una vida oficial recargada de labor, deberes y responsabilidad. Nos parece que, en la vida de Knecht, Tegularius no fue menos necesario que Designori y el Pater de Mariafels, como éstos elemento acicateante, ventanita abierta hacia nuevas perspectivas. En este amigo tan notable y raro, Knecht, a nuestro modo de ver, halló el representante de un tipo y con el tiempo tuvo conciencia de ello; un tipo que no existía aún fuera de esta figura única de precursor, vale decir, el tipo del castalio que él mismo podría llegar a ser, si la vida de Castalia no pudiera ser rejuvenecida y robustecida por nuevos encuentros e impulsos. Tegularius fue, como la mayoría de los genios solitarios, un precursor. Vivió realmente en una Castalia que no existía aún pero que podía existir mañana, en una Castalia más cerrada aún contra el mundo, degenerada íntimamente por el envejecimiento y la relajación de la moral meditativa de la Orden; mundo en el cual siempre serían posibles los más altos vuelos del espíritu y la más blonda dedicación a los nobles valores, donde empero una espiritualidad de fino desarrollo y libre acción no tendría otra meta que el goce egoísta de sus facultades sumamente perfeccionadas. Tegularius representaba para Knecht al mismo tiempo la encarnación de las supremas capacidades castalias y el signo premonitor de su desmoralización y su decadencia. Era maravilloso y valioso que existiera Fritz.

Pero había que impedir la disolución de Castalia en un reino de ensueño poblado exclusivamente por Tegularii. El peligro de que se llegara a ello estaba lejos todavía, pero existía. La Castalia que Knecht conocía, sólo necesitaba elevar un poco más los muros de su distinguido aislamiento; bastaría solamente la decadencia de la educaciónde la Orden, un hundimiento de la moral jerárquica, y Tegularius no sería más un ejemplar único y raro, sino el representante de una Castalia en degeneración y ruina. La posibilidad, el comienzo o la disposición para esta caída, esta importantísima revelación y preocupación del Magister Knecht probablemente le hubiera llegado mucho más tarde o tal vez nunca, si a su lado y por él conocido con toda exactitud no hubiera vivido este castalio del porvenir. Era y fue para la despierta percepción de Josef un síntoma y un grito de alarma, como lo hubiera sido para un médico inteligente el primero de un ser atacado por una enfermedad todavía desconocida. Y Fritz no era, por cierto, un hombre del promedio general, sino un aristócrata, una capacidad de alto grado. Si la enfermedad aun ignota, visible por primera vez en el precursor Tegularius, lograse contagiarse y alterar la imagen del hombre castalio, si la provincia y la Orden aceptasen alguna vez la figura degenerada y enferma, estos castalios del porvenir no serían meros Tegularius, no poseerían sus valiosas dotes, su melancólica genialidad, su llameante pasión artística, sino que la mayoría de ellos ostentaría solamente su inseguridad, su inclinación a la decadencia, su carencia de disciplina, educación y sentido común. En horas de mucha preocupación, Knecht debe haber tenido estas sombrías visiones, estos turbios presentimientos, y para vencerlos tuvo que emplear en parte mucha meditación, en parte mucha energía en su labor cada vez creciente.

Justamente el caso de Tegularius nos muestra también un ejemplo muy bello e instructivo de la forma en que Josef se esforzaba en dominar, sin rehuirle, al problemático, al difícil, al enfermo que encontrar. Sin su vigilancia, su cuidado y su dirección educadora, su amigo se hubiera perdido temprano, sin duda se hubiera llegado por él a infinitas molestias y situaciones intolerables en el Vicus Lusorum, como no habían faltado del todo ya desde que pertenecía a la selección de jugadores. El arte con que el Magister supo no sólo mantener en el buen camino de manera aceptable a su amigo, sino también emplear sus dotes al servicio del juego de abalorios y acrecerlas en nobles labores, la prudencia y la paciencia con que soportó sus caprichos y rarezas y los venció con la constante invocación de lo valioso de su ser, debemos admirarlas como obra maestra del trato de los hombres. Tal vez sería tarea hermosa que podría llevar a sorprendentes comprobaciones —y quisiéramos recomendarla cordialmente a cualesquiera de nuestros historiadores del juego de abalorios—estudiar alguna vez exactamente en su originalidad estilística los torneos anuales del período oficial de Knecht y hacer el análisis de estos juegos llenos de dignidad, resplandecientes en sus ocurrencias y formulaciones preciosas, de estos juegos brillantes, rítmicamente tan originales y, sin embargo, muy alejados del virtuosismo egoísta, cuyo plan básico, como la construcción y la dirección de la escuela meditativa eran propiedad espiritual exclusiva de Knecht, mientras que el cincelado y la labor de taracea técnica se debía en máxima parte a su colaborador Tegularius. Estos juegos hubieran podido extraviarse y olvidarse, sin que la vida y la actividad de Knecht perdiese para la posteridad mucha de su fuerza de atracción, de su calidad ejemplar. Mas no se han perdido, para nuestra fortuna, están descriptor y conservados como todos los juegos oficiales y no yacen muertos en el archivo, sino que viven todavía hoy en la tradición, son estudiados por jóvenes discípulos, brindan gratos ejemplos para muchos cursos y muchos seminarios. Y en ellos se perpetúa vivo también aquel colaborador que de otra manera estaría olvidado o a lo sumo sería una extraña figura fantasmal del pasado, sobreviviente apenas en algunas anécdotas. De esta manera, por haber sabido asignar un “lugar y un campo de acción a su tan indisciplinado amigo Fritz, Knecht enriqueció con algo de valor elevado el patrimonio espiritual y la historia de Waldzell y aseguró al mismo tiempo a la figura y a la memoria del amigo cierta perduración, Recordaremos de paso a este respecto que en sus esfuerzos por el amigo, el gran educador tuvo conciencia de los recursos más importantes de tal influencia formativa. Estos recursos eran el amor y la admiración del amigo, que como una corte de su fuerte y armónica personalidad, de su señorío, el Magister no mereció solamente de Fritz sino también de muchos de sus colegas y discípulos y más que en su autoridad por el cargo, en ella se fundó para ser grande y tener la fuerza que a pesar de su manera bondadosa y conciliadora ejerció sobre tanta gente.

Sentía exactamente la eficacia de una palabra amable en el diálogo o en el conocimiento, de una reserva o de un desprecio. Uno de sus discípulos más atentos contó mucho más tarde que Knecht una vez no habló con él una sola palabra durante una semana en el curso y en el seminario, no le vio siquiera en apariencia, lo trató como el aire, y que éste fue en todos sus años de estudio el castigo más amargo y eficaz que conoció.

Hemos considerado necesarias estas observaciones y evocaciones, para llevar al lector de nuestra tentativa biográfica a que comprenda en este lugar las dos tendencias básicas con acción polarizante en la personalidad de Knecht, y prepararle a las últimas fases de esta vida tan rica, después que haya seguido nuestra descripción hasta la cumbre vital. Las dos tendencias fundamentales, los polos de esta vida, su Yin y su Yang, eran la de conservación, fidelidad y apego al desinteresado servicio de la jerarquía, y por otra parte, la tendencia al “despertar”, al avanzar, al dominio y a la comprensión de la realidad. Para el Josef creyente y obediente la Orden, Castalia y el juego de abalorios eran algo sagrado e incondicionalmente precioso; para el otro Josef, que despertaba, veía claro y avanzaba, eran formas resultantes (a pesar de su valor), conquistadas, variables en sus modos vitales, expuestas al peligro del envejecimiento, de la esterilidad y de la decadencia, cuya idea permaneció siempre intocablemente sagrada para él, pero cuyo accidente del momento y cuyos estados ocasionales reconoció sin embargo, perecederos y necesitados de crítica. Él servía a una comunidad espiritual, cuya fuerza, cuyo sentido admiraba pero cuyo peligro veía en su inclinación a considerarse mero fin a sí misma, olvidada de su cometido y de su colaboración con el conjunto total del país y del mundo, y condenada a caer finalmente en una brillante separación cada vez menos fértil del conjunto de la vida.

Había presentido este peligro en aquellos primeros años cuando vaciló tanto, y tanto temió abandonar totalmente el juego de abalorios; había llegado a su conciencia en forma tan penetrante en las discusiones con los monjes y, sobre todo, con el Pater Jakobus, aunque defendiera tan valientemente a Castalia: había llegado a ser visible en síntomas tangibles cuando estuvo de nuevo en Waldzell y llegó a Magister Ludí, en la labor fiel pero alejada del mundo y meramente formal de muchas oficinas y de sus propios funcionarios, en la especialización espiritual pero orgullosa de sus repetidores del Vicus Lusorum y, no por último, en la figura emotiva y tremenda al mismo tiempo de su amigo Tegularius. Terminado el primer año pesado y difícil de su cargo, durante el cual no logró ganar para sí un poco de tiempo o de vida personal, privada, volvió a dedicarse a estudios históricos, se hundió por primera vez con los ojos abiertos en la crónica de Castalia y así se convenció de que las cosas no estaban como creía la conciencia de sí de la provincia, es decir, que sus relaciones con el mundo foráneo, la acción cambiante entre ella y la vida, la política, la cultura del país retrogradaban constantemente desde hacía algunas décadas.

Ciertamente, las autoridades de la educación tenían su voz ocasionalmente para asuntos escolares y culturales en el Consejo federal; ciertamente, la provincia proveía aún de buenos maestros al país, y ejercía su autoridad en todas las cuestiones de la instrucción pública; pero todo esto había tomado el carácter de la costumbre, de la rutina.

Cada vez menos y con menor entusiasmo se presentaban jóvenes de las diversas clases superiores de Castalia para el estudio voluntario extra muros[7]; cada vez menos, autoridades y aun individuos del país se dirigían a Castalia en busca de consejo, mientras en tiempos idos su voz, por ejemplo, había sido invitada y oída con agrado hasta en importantes problemas judiciales. Si se comparaba el nivel de cultura de Castalia con el del país, se veía que no se acercaban en absoluto, sino que se separaban alejándose en forma fatal: cuanto más cuidada, diferenciada y ultraculta se tornaba la espiritualidad castalia, tanto más tendía el mundo a dejar que la provincia fuera provincia, y en lugar de considerarla una necesidad, un pan cotidiano, a creerla casi un cuerpo extraño del cual se sentía orgulloso, un poco de orgullo como por una preciosidad antiquísima que por el momento se quería conservar como indispensable, de la cual sin embargo, se prefería mantenerse alejados, y a la cual, sin saberlo exactamente, se atribuía una mentalidad, una moral y un egoísmo que no concordaran ya plenamente con la vida real y activa. El interés de los conciudadanos por la vida de la provincia pedagógica, su participación en sus instituciones y sobre todo en el juego de abalorios estaban perdiendo terreno también, como la participación de los castalios a la vida y al destino del país. Había comprendido hacía mucho tiempo que allí residía el error, la deficiencia, y le apenaba que como Magister Ludí en su Vicus Lusorum tenía que vérselas solamente con castalios y especialistas. De allí su aspiración a dedicarse cada vez más a los cursos para participantes, su deseo de tener discípulos lo más jóvenes posible; cuanto más jóvenes, tanto más vinculados estaban todavía con el conjunto total del mundo y de la vida, tanto menos estaban amaestrados y especializados. A menudo sentía un ardiente deseo de mundo, de hombres, de vida verdadera, siempre que esto existiera aún afuera en lo desconocido. Algo de esta nostalgia y de esta sensación de vacío, de vida en un aire demasiado enrarecido, ha llegado a ser sensible cada vez más para la mayoría de nosotros mismos, y esta dificultad es conocida también por las autoridades de educación; por lo menos de tiempo en tiempo ellas buscaron recursos para hacerle frente y satisfacerla y vencerla, aumentando el cuidado de los ejercicios y juegos físicos, como también mediante tentativas con labores manuales o en los parques. Si hemos observado bien, existe actualmente (desde días recientes) una tendencia de la dirección de la Orden hacia la eliminación de muchas especialidades que se consideran rebuscadas en el movimiento científico, y precisamente a favor de una intensificación de la práctica de la meditación. No se necesita ser escéptico ni pesimista y menos aún mal hermano en la Orden, para dar la razón a Josef Knecht, cuando mucho antes que nosotros consideró el aparato complicado y suprasensible de nuestra república como un organismo que envejece y necesita renovación en muchos aspectos.

Lo encontramos, como dijimos, dedicado a estudios históricos desde su segundo año de magisterio, y precisamente estuvo ocupado, además que con la historia de Castalia, sobre todo con la lectura de todos los pequeños y grandes ensayos redactados por el Valer Jakobus acerca de la Orden benedictina. Con el señor Dubois y un filólogo de Keuperheim, que en las sesiones del alto cuerpo actuaba como secretario, tuvo ocasión también de dar alas o renovar en conversaciones ese interés por la historia, lo que para él era siempre un grato placer. Ciertamente, faltaba esta oportunidad en su ambiente cotidiano y, en verdad, el disgusto por este ambiente ajeno a toda labor de historia lo encontraba encarnado en la persona de su amigo Tegularius. Hemos hallado entre otras cosas un apunte con alusiones a una conversación en la cual Fritz sostenía apasionadamente que para los castalios la historia era un objeto poco digno de estudio. Ciertamente, se podía hacer interpretación histórica, filosofía de la historia, muy espiritual y divertida, en caso necesario, muy patética: eso era una broma como las demás filosofías, y él no se oponía si resultaba agradable a alguno.

Pero la cosa misma, el objeto de esa broma, es decir, la historia, era algo tan odioso y al mismo tiempo tan vulgar y diabólico, tremendo y aburridor que no comprendía cómo fuese posible dedicarle atención y tiempo. Su contenido no era más que egoísmo humano, la lucha por el poder, eternamente igual, eternamente orgullosa en demasía de sí misma y en su autoglorificación; por el poder material, brutal, bestial, por algo, pues, que en el mundo ideal de Castalia no cabía y no tenía el menor valor. La historia universal es, sostenía, la narración interminable, sin alma, cansadora, del dominio de los débiles por los fuertes, y pretender relacionar la verdadera y real historia, la historia nada temporal del espíritu con esta tonta riña vieja como el mundo de los ambiciosos por el poder y de los aspirantes a un lugar bajo el sol y aun tratar de explicarla con ella, es realmente una traición al espíritu y le recordaba una secta muy difundida en el siglo XIX ó XX, de la que le hablaron una vez y que creía muy seriamente que los sacrificios ofrecidos a los dioses en los pueblos primitivos, juntamente con esos dioses, sus templos y mitos, eran como todas las otras cosas bellas las consecuencias de un caudal más o menos calculable de alimento y de trabajo, resultados de una tensión cotizada en salarios y costos de vida; que las religiones y las artes eran seudo-fachadas, ideologías presuntuosas de una humanidad ocupada solamente con el hambre y el alimento. Knecht, a quien la conversación divertía, preguntó de pronto si la historia del espíritu, de la cultura, de las artes, no era también historia y no estaba estrechamente relacionada con la restante. No, exclamó violentamente su amigo, él negaba justamente esto. La historia universal era una carrera en el tiempo, una carrera por la victoria, el poder, los tesoros, y en ella sólo importaba no perder el momento oportuno para aquel que tenía bastante fuerza, suerte o vulgaridad. Los hechos del espíritu, de la cultura, del arte en cambio son exactamente todo lo contrario, un estallido, una evasión de la esclavitud del tiempo, un deslizarse del hombre fuera de la inmundicia de sus instintos y de su inercia hacia otros planos, en lo eterno, en lo carente de tiempo, en lo divino, total y absolutamente nada histórico y aun antihistórico. Knecht lo escuchaba con placer y lo incitaba a nuevos desahogos, sin ironía; luego cortó el discurso del amigo, quedamente, con esta observación:

—¡Ten mucho cuidado con tu amor por el espíritu y sus actos! Lacreación espiritual es algo de que no podemos participar realmente como muchos creen. Un diálogo de Platón o un movimiento coral de Enrique Isaac y todo lo que llamamos acto espiritual u obra de arte o espíritu objetivo, son resultados finales, consecuencias últimas de una lucha por la iluminación y la liberación; son, quiero admitirlo, como tú los denominas, evasiones fuera del tiempo hacia lo no temporal, y en la mayoría de los casos esas obras son las más perfectas, cuando ya nada dejan sospechar de la lucha y el esfuerzo que las precedieron. Es una gran suerte que poseamos esas obras y los castalios vivimos casi exclusivamente de ellas; somos creadores solamente en reproducir; vivimos permanentemente en aquella esfera más allá de lo intemporal y lo pacífico, que nace justamente de esas obras y que ignoraríamos sin ellas. Y aun adelantamos más en lo desespiritualizado o, si tú quieres, en lo abstracto: en nuestro juego de abalorios desmontamos esas obras de los sabios y los artistas en sus partes, extraemos reglas estilísticas, esquemas formales, interpretaciones sublimadas y trabajamos con esas abstracciones como si fueran ladrillos. Está bien, esto es muy bonito, nadie te lo discute. Pero nadie puede respirar, comer y beber durante toda su vida meras abstracciones. La historia tiene una ventaja sobre lo que un repetidor de Waldzell considera digno de su interés: tiene que ver con la realidad, a ella se refiere y con ella se vincula. Las abstracciones son encantadoras, pero sostengo que es necesario también respirar aire y comer pan.

 

De vez en cuando, Knecht trataba de que le fuera posible hacer una breve visita al envejecido ex Magister Musicae. El venerable anciano, cuyas fuerzas declinaban visiblemente, y que había perdido ya por entero el uso de la palabra, persistió en su estado de alegre recogimiento hasta el fin. No estaba enfermo y su muerte no fue realmente un morir, sino una progresiva desmaterialización, un desaparecer de la sustancia corporal y de las funciones físicas, mientras que la vida se recogía exclusivamente cada vez más en los ojos y en la leve irradiación luminosa de la cara envejecida que se hundía. Para la mayoría de los residentes de Monteport este fenómeno era conocido y aceptado con respeto, pero sólo a pocos, como Knecht, Ferromonte y el joven Petrus, estaba permitido una suerte de participación en este esplendor del atardecer, en este irradiar de una vida pura y altruista. A estos pocos que entraban preparados y concentrados en el pequeño cuarto donde el viejo maestro estaba sentado en un sillón, les era concedido penetrar en este suave brillo del dejar de ser, sentir la plenitud vuelta algo sin palabras; como en un campo de rayos invisibles, permanecían durante momentos de felicidad en la esfera cristalina de esta alma, partícipes de una música ultraterrenal, y volvían luego con los corazones limpios y robustecidos a su jornada como desde una alta cumbre de montaña. Llegó el día en que Knecht recibió la noticia de su muerte. Partió de prisa y encontró al maestro dormido suavemente para siempre, tendido en su lecho, el pequeño rostro desvanecido y hundido como una runa de paz, un arabesco, una figura mágica ilegible ya y, sin embargo, elocuente en sonrisa, en acabada felicidad. En el entierro, después del Magister Musicae y de Ferromonte, habló también Knecht, y no habló del iluminado sabio de la música, del gran maestro, del bondadoso, inteligente y anciano miembro de la autoridad suprema, sino solamente de la gracia de aquella vejez y aquella muerte, de la inmortal belleza del espíritu, que se había manifestado en él para los compañeros de sus últimos días.

Por muchas indicaciones halladas, sabemos que tenía el deseo de escribir la biografía del ex Magister, pero sus funciones no le dejaron el tiempo necesario para esa labor. Había aprendido a conceder muy escasa importancia a sus propios deseos. Una vez dijo a un repetidor:

—Es una lástima que los estudiantes no conozcáis todo lo superfluo y profuso en que vivís. Pero lo mismo me ocurrió cuando era yo estudiante. Se estudia, se trabaja, no se está ocioso, se cree que se es diligente... pero apenas se siente todo lo que se puede hacer con esa libertad. Después interviene de repente una orden superior: uno es utilizado, recibe una misión, un encargo de enseñanza, un puesto, se eleva a otro superior y, sin darse cuenta, se halla apresado en una red de tareas y deberes, que se torna más apretada y tupida, cuanto más uno se mueve en ella. No se trata en realidad de verdaderas tareas, pero cada una debe ser realizada en su hora, y el día oficial, nuestra jornada, tiene más tareas que horas. Es bueno que sea así y no debe ser diversamente. Pero si entre aula, archivo, cancillería, locutorio, sesiones, viajes oficiales se recuerda por un segundo aquella libertad que se tuvo y se perdió, la libertad de los estudios amplios e ilimitados, de las tareas voluntarias, se siente una gran nostalgia y se piensa: teniéndola por un instante, se gozaría hasta el fondo de sus alegrías y posibilidades.

Tenía finísima sensibilidad para dar con las aptitudes de sus discípulos y funcionarios al servicio de la jerarquía: para cada misión, para cada puesto, elegía cuidadosamente las personas, y los testimonios y las características que él anotaba en un registro, comprueban una gran seguridad de criterio, para el cual valía siempre en primer término lo humano, el temperamento. Y cuando se trataba de juzgar y manejar caracteres difíciles, se le pedía a menudo consejo. Esto ocurrió, por ejemplo, con el estudiosus Petrus, el último alumno preferido del ex Magister Musicae. Este joven, de la categoría de los fanáticos tranquilos, se había demostrado excelente en su papel originalísimo de compañero, cuidador y adorador del Venerable. Mas cuando este papel terminó lógicamente con la muerte del ex Magister, Petrus cayó en una melancolía y en un dolor que se comprendió y por un tiempo se toleró, pero sus síntomas causaron muy pronto serias preocupaciones al jefe de Monteport, el Magister Musicae Ludwig. Petrus, en efecto, insistió tercamente en quedarse residiendo en el pabellón que fuera refugio de la senectud del muerto; custodiaba la casita, mantenía la instalación y el orden exacta y laboriosamente como antes, consideraba, en fin, el cuarto en que vivió y murió el desaparecido, junto con el sillón, el lecho de muerte y el clavecín, como un santuario intocable y que él debía defender y, fuera de esta penosa conservación de reliquias, no quería otra preocupación, otro deber que el cuidado del sepulcro donde descansaba su querido maestro. Se sentía llamado a dedicar su vida a un culto permanente del muerto en estos sitios recordatorios, a conservarlos, buen servidor religioso como lugares consagrados, a verlos convertidos tal vez en metas de peregrinaciones. Durante los primeros días después del sepelio se abstuvo de tomar alimentos, luego se limitó a minúsculas y contadas comidas, semejantes a aquellas de que se satisfacía el maestro en sus últimos meses; parecía como si se propusiera entrar de este modo en la sucesión del Venerable y seguirlo en la muerte. No pudo resistirlo por mucho tiempo y entonces pasó a proceder como si hubiera sido encargado de la administración de la casa y del sepulcro, guardián eterno de esos lugares memorables. De todo esto se desprendía claramente que el joven, deliberadamente y dueño desde mucho atrás de una situación privilegiada para él seductora, quería mantenerla en toda forma con el fin de no volver al servicio cotidiano, para el cual no se sentía desdichadamente dispuesto. “En resumidas cuentas, aquel Petrus que había sido asignado al difunto ex Magister, ha enloquecido”, decía breve y fríamente una corta misiva de Ferromonte. Naturalmente, el estudiante de música de Monteport nada tenía que ver con el Magister de Waldzell, no tenía ninguna responsabilidad en ese caso y, sin duda, no veía la necesidad de entrometerse en un asunto de Monteport, aumentando así sus tareas. Pero el desgraciado Petrus, a quien hubo que alejar por la fuerza del pabellón, no se calmó y se hundió con su dolor y sus trastornos mentales en un estado de aislamiento y ausencia de la realidad, en el cual no era posible aplicarle los correctivos habituales por infracciones disciplinarias, y como sus superiores conocían la bondadosa relación de Knecht con él, se originó en la cancillería del Magister Musicae un pedido de consejo e intervención, mientras se consideraba al rebelde como enfermo, por el momento, y se le mantenía en una celda de la enfermería en observación. Knecht aceptó lo decidido con bastante desagrado, pero después de meditar un poco y decidirse a un intento de ayuda, tomó el asunto en sus manos con enérgica resolución. Se ofreció a tener a su lado a Petrus, para Un experimento, con la condición de que se le tratase perfectamente, como una persona sana y se le dejara viajar solo; agregó una breve y amable invitación para el joven, en la que, si le era posible, le pedía una visita por un breve período, haciéndole comprender que deseaba recibir de él algunas informaciones acerca de los últimos días del ex Magister Musicae. El médico de Monteport accedió vacilando, se entregó la invitación al estudiosus y, como había previsto exactamente Knecht, que al desdichado en esa situación nada sería más grato y promisorio que un rápido alejamiento del lugar de su dolor, Petrus se declaró dispuesto prontamente al viaje, ingirió sin resistencia una abundante comida, recibió su pase y se puso en marcha. Llegó en un estado penoso a Waldzell; por indicación de Knecht se ignoró lo inestable y peligroso de su situación moral y se le alojó entre los huéspedes del archivo; así no se sintió tratado como un castigado o un enfermo, ni colocado en alguna manera fuera de la organización, y no estaba tan enfermo realmente como para no apreciar la agradable atmósfera de Waldzell y no aprovechar este camino de retorno a la vida que se le ofrecía. Ciertamente, causó bastantes molestias al Magister todavía en las largas semanas de ese destierro; Knecht lo hizo ocupar aparentemente, bajo vigilancia permanente, en anotaciones sobre los últimos ejercicios y estudios musicales de su Magister, completando esta tarea, de acuerdo con un plan, mediante pequeños trabajos manuales en el archivo; se le pidió, si disponía de tiempo, que diera una mano, porque había muchísimo que hacer y faltaban ayudantes. En fin, se ayudó al extraviado a hallar de nuevo su camino; cuando se hubo tranquilizado y se mostró visiblemente dispuesto para reintegrarse disciplinadamente a la vida castalia, Knecht comenzó en breves conversaciones a influir en él en forma directamente educativa y, al final, a destruir ese delirio por el cual creía que su culto idólatra por el desaparecido fuera algo posible y sagrado en la provincia. Mas como no podía vencer su miedo ante el retorno a Monteport, cuando pareció curado, se le proporcionó el cargo de ayudante del maestro de música en una de las escuelas inferiores de selección, donde se condujo respetuosamente.

Se podrían citar muchos ejemplos más de la actividad educativa y de cura de almas de Knecht, y no faltaron jóvenes estudiantes ganados a una vida en el verdadero espíritu castalio por la suave energía de su personalidad, de la misma manera en que fue ganado Josef por el Magister Musicae. Todos estos ejemplos no nos muestran al Magister Ludí como un temperamento problemático: todos son pruebas de buena salud y equilibrio. Eso sí, el amoroso cuidado del Venerable por caracteres débiles y amenazados como Petrus y Tegularius, parece indicar una atención y sensibilidad muy particulares para tales enfermedades o accidentes de los castalios, una atención nunca aquietada o apagada después del primer despertar, para los problemas y peligros innatos en la vida castalia. El no ver estos problemas por indiferencia o comodidad, como lo hace la mayor parte de nuestros conciudadanos, estaba muy ajeno de su claro y valiente modo de pensar y, probablemente, nunca adoptó la táctica de la mayoría de gas colegas de la dirección, que conocen por cierto la existencia de los peligros, pero los tratan fundamentalmente como si no existieran. Los veía y los conocía, en gran parte por lo menos, y su familiaridad con la prehistoria de Castalia le hacía considerar la vida entre los mismos como una lucha y afirmar y amar esta vida en peligro, mientras tantos castalios conciben su comunidad y su vida en ella solamente como un idilio. También a través de las obras del Pater Jakobus sobre la Orden benedictina se confirmó en la idea de la Orden como la de una comunidad militante y la de la piedad como posición de lucha. “No existe —dijo una vez— vida noble y elevada sin el conocimiento del demonio o de los demonios, y sin la lucha constante contra ellos”.

 

Entre los hombres que ocupan los supremos cargos aquí muy rara vez nacen amistades firmes y claras; no nos sorprende, pues, que Knecht no haya tenido relaciones de esta naturaleza con ningún colega en los primeros años de magisterio. Tuvo gran simpatía por el viejo filólogo de Keuperheim y un profundo respeto por la Dirección de la Orden, pero en esta esfera lo personal, lo privado, está casi tan completamente eliminado u objetivado, que exceptuando la colaboración oficial, apenas son posibles serios acercamientos o amistades. Pero también a esto debía llegar nuestro protagonista.

No tenemos a nuestra disposición el archivo secreto de la autoridad educativa; acerca de la situación y la actividad de Knecht en sus sesiones y votaciones sólo sabemos lo que puede deducirse de manifestaciones ocasionales que tuvo con amigos. No parece haber mantenido el silencio de su primer período magistral hasta más tarde, pero pocas veces actuó hablando mucho, si exceptuamos los casos en que fue proponente o iniciador. Particularmente documentada está la rapidez con que asimiló el tono del trato habitual dominante en la cumbre de nuestra jerarquía, y ostentó la belleza y la riqueza de sus ideas y su juguetona alegría en el empleo de esas formalidades. Es notorio que los personajes más elevados de nuestro mundo directivo, los maestros y los miembros de la Dirección de la Orden, discurren entre sí solamente en un estilo ceremonioso cuidadosamente medido, y entre ellos —no sabríamos decir desde cuándo— predomina la tendencia o la secreta prescripción o la norma de servirse tanto más estricta y atentamente de una pulida cortesía cuanto mayor es la diversidad de opiniones y más importantes son los problemas discutidos acerca de los cuales hay que manifestarse. Probablemente, esta cortesía heredada desde tan lejos, juntamente con otras funciones que pueda tener, vale también como una norma protectora: el tono sumamente cortés de los debates no sólo evita a las personas que discuten la caída en el apasionamiento y les ayuda a mantener la conducta perfecta, sino que protege y guarda además la dignidad de la Orden y de las autoridades mismas; las viste con el hábito talar del ceremonial y los velos de lo sagrado, y por eso mismo, este arte del cumplido tan ironizado por los estudiantes, tiene su justo y útil sentido. Antes de la época de Knecht, su predecesor, el Magister Tomás, había sido un maestro admirado en modo especial en este arte. No es posible en realidad considerar a Knecht como su sucesor en eso, y menos como su imitador; fue más bien discípulo de los chinos, y su forma de cortesía era menos aguda y además impregnada de ironía. Pero entre sus colegas se le consideró como insuperable en tal cortesía.

 



[1]Del latín: juego aniversario o solemne.

[2]Espíritu creador, del latín no eclesiástico, es decir, sin relación con el concepto de la Iglesia católica, que escribe Spiritus con mayúscula.

[3]Hombre nuevo.

[4]Sirviente, mucamo (el francés valet, en este caso).

[5]Del latín bicinius (bis canere): de dos voces, de canto de dos.

[6]Para mayor gloria de Castalia (a imitación de la religiosa: ad majorem Dei gloriam).

[7]Foráneo (fuera de los muros, literalmente).

 

La Editorial
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Hermann Hesse - El Juego de los Abalorios