Hermann Hesse - El Juego de los Abalorios

La Editorial

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Capítulo IX
UN DIALOGO

 

EN nuestro intento, hemos llegado a un recodo del camino en que nuestra atención está totalmente ligada a la evolución que experimentó la vida del maestro en sus últimos años y que lo llevó a su alejamiento del cargo y de la provincia, a su paso a otro ciclo existencial y a la muerte. Aunque administró su cargo con fidelidad ejemplar hasta el instante de su despedida y gozó hasta sus últimos días del amor y la confianza de sus discípulos y colaboradores, renunciamos a continuar la reseña de su dirección magistral, porque lo vemos agotarse dentro de esas funciones y volverse hacia otras metas. Había sobrepasado el círculo de posibilidades que el cargo ofrecía al desarrollo de sus energías, para llegar al punto en que los grandes temperamentos abandonan el camino de la tradición y la obediente disciplina, e intentan (y se hacen de ello responsables) la novedad aún desdibujada y no vivida, confiando en supremas fuerzas innombrables.

Cuando tuvo conciencia de ello, examinó su situación y las posibilidades que permitieran alterarla, procediendo, eso sí, con cuidado y parquedad. En edad extraordinariamente temprana, se encontraba en la cumbre de lo que puede considerar deseable y digno de conquista un castalio bien dotado y ambicioso, y había llegado hasta allí no por orgullo y esfuerzo, sino sin codicia ni adaptación deliberada, casi contra su voluntad, porque hubiera satisfecho más sus deseos una vida de sabio oscuro, independiente, no sometido a los deberes oficiales de un cargo. No apreciaba de la misma manera todos los nobles bienes, ni la altas distinciones que le tocaron juntamente con la elevada dignidad, y algunas de tales distinciones o poderes le parecieron muy pronto casi desagradables. En realidad, consideró siempre como una carga la colaboración política y administrativa con las altas autoridades, sin dejar por eso de dedicarse a ella con menos conciencia de su deber. Y también su propia tarea, característica y singular para su posición, la de preparar una selección de perfectos jugadores de abalorios, aunque por temporadas le proporcionara mucha alegría y ella se sintiera orgullosa de su maestro, con el correr del tiempo tal vez llegó a ser para él más una carga que un placer. Lo que le daba alegría y satisfacción era el enseñar, el educar, y en eso había comprobado por experiencia que tanto el placer como el resultado eran mayores cuanto más jóvenes eran sus alumnos, de modo que le pareció deficiencia y sacrificio el que su cargo no tratara ya con niños, sino con jóvenes y adultos. Existían también otras consideraciones, experiencias y perspectivas que en el curso de sus años de Magister lo llevaron a situarlo en posición crítica frente a su propia actividad y a muchas cosas de Waldzell, o a hacerle sentir el cargo como un gran impedimento para el desarrollo de sus facultades mejores y más fructíferas. Mucho de esto es notorio, algunas cosas las suponemos. Tampoco nos extenderemos acerca de una cuestión bastante discutida, la de si el Magister Knecht tuvo realmente razón aspirando a la liberación de la carga de sus funciones, deseando una labor menos aparente pero más intensa, criticando la situación de Castalia, o si debe ser considerado como un precursor y un audaz luchador o una suerte de rebelde o aun de desertor; la disputa al respecto dividió por un tiempo a Waldzell y aun la provincia entera en dos bandos y no se ha acallado todavía del todo. Aunque nos declaramos agradecidos adeptos del gran Magister, no tomamos posición en este caso; la síntesis de aquella discusión de opiniones y juicios sobre la persona y la vida de Josef Knecht es ya una nota cultural y de algún modo está expuesta en nuestras páginas. Quisiéramos dejar a un lado los juicios y referir con la mayor veracidad posible la historia del fin de nuestro venerado maestro. Sólo que no se trata propiamente de una historia; nos parece merecer más exacto el nombre de leyenda, es decir, de una narración mezclada con noticias verdaderas y meros rumores, como justamente, fluyendo de fuentes claras y oscuras, circulan entre nosotros, los más jóvenes de la provincia.

En la época en que los pensamientos de Josef Knecht habían comenzado ya a dedicarse a la búsqueda de una vía que lo llevara a la libertad, volvió a ver inesperadamente una figura un día familiar y casi olvidada de su juventud, Plinio Designori. Este estudiante foráneo de un tiempo, hijo de una acreditada y antigua familia de la provincia, hombre influyente como diputado y escritor político, apareció de pronto un día en misión oficial ante la suprema autoridad de la provincia. Como cada dos años ocurría, se realizó una nueva elección de la Comisión gubernativa encargada de la fiscalización de la administración castalia, y Designori fue uno de los miembros de la nueva Comisión. Cuando se presentó por primera vez en tal calidad, se verificaba una sesión en el edificio de la Dirección de la Orden en Hirsland, a la cual asistía también el Magister Ludí; el encuentro hizo profunda impresión en Knecht y no quedó sin consecuencias, lo sabemos por Tegularius y luego por el mismo Designori, quien volvió a ser su amigo y aun su confidente, en este período de su vida para nosotros no muy claro. En ese primer encuentro después de décadas de olvido, el locutor presentó como de costumbre a los maestros los señores de la nueva Comisión estatal. Cuando nuestro Magister oyó el nombre de Designori, se sintió sorprendido y aun avergonzado, porque a la primera mirada no había reconocido al cantarada de su juventud, perdido de vista durante tantos años. Cuando entonces le tendió amablemente la mano, renunciando a la inclinación oficial y a la fórmula usual de saludo, le miró atentamente a la cara y trató de averiguar por qué cambios había podido escapar al reconocimiento de un viejo amigo. Y también durante la reunión, su mirada se posó a menudo en el rostro tan familiar un día. Designori, sin embargo, lo trató de “vos” y le dio el titulo de Magister, y Knecht tuvo que pedirle dos veces que empleara el antiguo trato y lo tuteara de nuevo, antes que aquél pudiera decidirse a hacerlo.

Knecht había conocido a Plinio como un jovencito ruidoso y alegre, comunicativo y brillante, como buen alumno y al mismo tiempo hombre de mundo, que se sentía superior a los jóvenes castalios tan poco mundanos y se divertía a veces en desafiarlos. No carecía tal vez de vanidad, pero era un ser franco, sin mezquindad, interesante, atrayente y digno de afecto para la mayoría de sus coetáneos, muchos aun fascinados por su hermoso porte, su trato seguro y el aroma de foráneo que le rodeaba como huésped e hijo del mundo. Años después, al final de su época estudiantil, Knecht volvió a verlo y le pareció más achatado, más rudo, casi despojado de su antiguo hechizo, y se sintió desilusionado. Se separaron confusos y fríos. Ahora parecía de nuevo otro. Ante todo había descuidado o perdido completamente su juventud y su vivacidad, su alegría comunicativa, su gusto por discutir e intercambiar opiniones, su modo de ser activo y conquistador. Como al encuentro del viejo amigo no reclamó la atención para sí, ni saludó el primero, como tampoco después de oír su nombre y su cargo de Magister se atrevió a usar el tú y sólo lo hizo por la insistencia cordial del amigo, también en su conducta, en su mirada, en su forma de hablar, los rasgos de su cara y sus ademanes, en lugar de la antigua combatividad, de la vieja franqueza, aparecía cierta reserva o opresión, un retenerse, un reservarse, una suerte de cohibición o de freno o tal vez solamente de cansancio. Estaba ahogado de esta manera el hechizo juvenil; casi apagado; pero tampoco existían más los rasgos de la superficialidad y de una ácida, inmatura mundanalidad. El hombre entero, pero sobre todo el rostro, parecía ahora desvanecido, en parte destruido, en parte ennoblecido por la expresión del sufrimiento. Y mientras el Magister Ludí seguía las discusiones, una parte de su atención permaneció dedicada constantemente a este fenómeno y lo obligó a meditar acerca de qué clase de padecimiento podía tratarse, que hubiese dominado y desdibujado en tal forma a este ser vivaz, hermoso y alegre de vivir. Le pareció un dolor extraño, para él desconocido, y cuanto más se entregaba Knecht a esta reflexión investigadora, tanto más se sentía atraído por simpatía y compasión hacia este ser sufriente, y a este afecto, a esta compasión se agregó un sentimiento más, como si él hubiera quedado debiendo algo a este amigo de su juventud de tan triste aspecto, como si tuviera algo de que indemnizarle. Después de haber concebido varias suposiciones acerca de la causa de la tristeza de Plinio y haberlas descartado, concibió una idea: el dolor en ese rostro no era de origen vulgar, era un dolor noble, tal vez trágico, y su expresión era de una característica desconocida en Castalia; recordó haber visto a veces semejante expresión en rostros no castalios, de hombres del mundo, eso sí, nunca tan marcada y atrayente. Conocía algo parecido en rostros de hombres del pasado, en retratos de algunos sabios o artistas, en los que podía deducirse una emotiva soledad, un duelo, un desamparo, entre conmovedor y enfermizo. Para el Magister que poseía tan delicado sentido de artista para los secretos de la expresión y de educador vigilante de caracteres, existían ya desde hacía mucho tiempo determinados signos fisonómicos en los que confiaba instintivamente aun sin hacer de ello un sistema; así había para él, por ejemplo, una forma especial castalia y una mundana de reír, sonreír y alegrarse, y por lo mismo una manera especialmente mundana de dolor o tristeza. Y creía reconocer esta tristeza mundana en el rostro de Designori y precisamente tan fuerte y claramente expresada como si ese rostro tuviera el propósito o la misión de ser el representante de mucha gente y mostrar el oculto sufrimiento, la secreta enfermedad de todos ellos. Ese rostro le inquietaba y le lastimaba. Le perecía no solamente muy significativo que el mundo hubiese enviado allí ahora a su casi perdido amigo y que Plinio y Josef, como un día en sus luchas oratorias escolares, representaran real y efectivamente el uno al mundo, el otro a la Orden; más importante y simbólico aún debió parecerle el que en esa cara asolada y sombreada por el dolor del mundo hubiese enviado a Castalia no por cierto su risa, su alegría de vivir, su goce del poder, su reciedumbre, sino su miseria, su dolor. Esto también le daba qué pensar y no le disgustó en absoluto el que Designori pareciera más bien evitarlo que buscarlo y sólo lentamente y con gran resistencia se rindiera. Por lo demás —y esto naturalmente ayudaba a Knecht—, su antiguo camarada de estudios, educado en Castalia, no era en esa Comisión, tan importante para Castalia, un miembro contrariado, susceptible y menos aún mal dispuesto, como hubo otros antes, sino que pertenecía al grupo de admiradores de la Orden, de protectores de la provincia, a la cual podía prestar más de un servicio. Eso sí, había renunciado al juego de abalorios desde mucho tiempo atrás.

No estamos en condiciones de informar muy exactamente de qué manera el Magister fue ganando poco a poco la confianza del amigo; cada uno de los que conocimos la tranquila alegría y la amable gentileza del maestro, puede imaginarlo a su gusto. Knecht no cejó en su empeño para conquistar a Plinio y, ¿quién se hubiera resistido a la larga, si él lo tomaba?

Finalmente, algunos meses después de aquel primer reencuentro, Designori aceptó su repetida invitación para una visita en Waldzell y ambos emprendieron viaje, un día de otoño con el cielo cubierto de nubes y desapacible por los vientos, a través de la región constantemente cambiante entre luz y sombra, hacia los lugares de su juventud escolar y de su amistad, Knecht calmo y contento, su acompañante y huésped silencioso, pero inquieto, temblando como los campos ya cosechados entre sol y sombra, entre el placer de volverse a ver y el dolor de haberse convertido en extraños. Cerca de la colonia bajaron del coche y recorrieron a pie los viejos caminos que caminaran juntos como estudiantes, recordaron a muchos camaradas y maestros y muchas conversaciones de aquellos lejanos días. Designori se quedó por un día como huésped de Knecht, que le prometiera dejarle asistir durante toda esa jornada como espectador a todos sus actos y trabajos oficiales. Al final de ese día —el huésped quería partir a la mañana siguiente muy temprano—, se sentaron juntos ellos solos en la habitación de Knecht, recobrada casi por entero la vieja familiaridad. La jornada en la que pudo observar de hora en hora al Magister, había causado al foráneo una gran impresión. Esa noche se originó entre ambos un diálogo, que Designori anotó en seguida que regresó a su casa. Aunque contiene en parte cosas sin importancia y puede interrumpir en forma molesta nuestra sobria descripción tal vez para más de un lector, queremos reproducirlo sin embargo, tal como aquél lo dejó consignado.

—Debía mostrarte tantas cosas y me lo proponía —comenzó el Magister—, pero no logré hacerlo. Por ejemplo, mi bonito jardín. ¿Recuerdas todavía el “jardín del Magister” y las plantaciones del maestro Tomás?... Sí, y del mismo modo tantas otras cosas... Espero que llegará también para eso el día y la hora. De todos modos, desde ayer has podido revivir muchos recuerdos y tienes ahora una idea de la clase de mis obligaciones oficiales y de mi jornada común.

—Te lo agradezco mucho —contestó Plinio—. Lo que es realmente vuestra provincia y qué notables y grandes secretos posee, comencé apenas hoy a sospecharlo de nuevo, aunque también durante los años de mi alejamiento pensé más en vosotros de lo que tú podrías suponer. Hoy me has concedido, Josef, que echara una mirada en tus funciones y en tu vida; espero que no será la última y que volveremos a hablar a menudo acerca de lo que he visto aquí y de aquello de que aún no puedo hablar ahora. En cambio entiendo perfectamente que tu confianza me obliga y compromete, y sé que mi reserva hasta este momento debe haberte extrañado... Pues, tú también me visitarás alguna vez y verás mi casa. Por hoy podré contarte muy poco, sólo lo suficiente para que sepas algo acerca de mí, y la confidencia, aunque sea para mí vergonzante y casi un castigo, me traerá por lo menos un poco de alivio... Tú lo sabes, desciendo de una vieja familia que mereció bien del país y alienta amistad para la provincia, una familia conservadora de terratenientes y altos funcionarios. Pero verás: ¡ya esta simple información me coloca al borde del abismo que te separa de mí! Digo “familia” y creo expresar con eso algo simple, lógico, natural y unívoco, pero ¿lo es? Vosotros en la provincia tenéis vuestra Orden y vuestra jerarquía, pero no tenéis familia, no sabéis lo que es familia, sangre, descendencia, no sospecháis el hechizo oculto y las poderosas fuerzas de aquello que llamamos familia. Y así ocurre en el fondo con la mayoría de las palabras y los conceptos con que se expresa nuestra existencia: los más que importan tanto para nosotros no son importantes para vosotros, muchísimos os son simplemente incomprensibles y otros significan cosas completamente diversas de las nuestras. ¡Y tendríamos que hablar y entendernos! Observa; cuando hablas conmigo, es como si me hablara un extranjero, pero un extranjero cuyo idioma aprendí en mi juventud y yo mismo hablé; comprendo casi la mayor parte de ese idioma. Pero lo contrario no es así: si yo te hablo, escuchas un idioma cuyas expresiones conoces sólo a medias y cuyos matices y vuelos ignoras; percibes historias de una existencia humana, de una forma de vivir que no es la tuya; lo más, aunque pudiera interesarte, te resulta extraño y, a lo sumo, semicomprensible. Recuerdas nuestros abundantes torneos oratorios y las conversaciones de nuestra época escolar; para mí no fueron otra cosa que una tentativa de armonizar el mundo y el idioma de vuestra provincia con los míos. Tú fuiste el más abierto, el más dispuesto y honrado de todos aquellos con quienes hice entonces mi tentativa; luchabas valientemente por los derechos de Castalia, pero sin ser indiferente por mi mundo distinto y sus derechos, y sin despreciarlos. En aquellos días llegamos bastante cerca uno de otro. Pero volveremos más adelante sobre este tema.

Como Plinio se callara un instante, pensativo, Knecht adelantó prudentemente:

—Tal vez no sea tan trágica la circunstancia de no poder comprender. Es cierto, dos pueblos y dos idiomas no podrán nunca comunicarse tan comprensible e íntimamente, como dos individuos que pertenecen a la misma nación y a la misma lengua. Pero éste no es un motivo para renunciar al entendimiento y a la comunicación. También entre compañeros de nación y lengua existen barreras que impiden una plena comunicación y un total entendimiento mutuo, barreras de cultura, de educación, de capacidad, de individualidad. Se puede afirmar que todo hombre en la tierra puede expresarse fundamentalmente con cualquier otro, y se puede sostener que no hay siquiera dos hombres en el mundo, entre los cuales sea posible una genuina comunicación, un íntimo entendimiento sin lagunas ... Ambas cosas son verdaderas y exactas. Es Yin y Yang. Es el día y la noche, ambas tienen razón, de ambos hay que acordarse de tiempo en tiempo, y te doy la razón en cuanto naturalmente yo tampoco creo que los dos podemos hacernos comprender mutuamente alguna vez en forma total y absoluta. Tú podrías ser un occidental y yo un chino, podríamos hablar distintos idiomas, pero si tenemos un poco de buena voluntad, podremos decirnos recíprocamente muchas cosas y, por encima de lo que pueda comunicarse exactamente, podremos adivinar e intuir muy mucho mutuamente. De todos modos, trataremos de hacerlo.

Designori asintió y prosiguió:

—Ante todo te contaré lo poco que debes saber para tener una idea de mi situación. En primer término, pues, está la familia, el poder supremo en la vida de un joven; él puede reconocerla o no, aceptarla o negarla. Con ella estuve en perfectas relaciones, mientras fui alumno interno de vuestra escuela de selección. Durante el año estaba muy bien con vosotros, durante las vacaciones era festejado y mimado en casa; no teníamos hermanos... Me sentía apegado a mi madre con un amor delicado y apasionado; la separación de ella era el único dolor que experimentaba al partir. Con mi padre me encontraba en una relación más fría pero amistosa, por lo menos durante la infancia y la primera juventud que pasé entre vosotros; era un viejo admirador de Castalia y estaba orgulloso de verme educado en las escuelas de la selección e iniciado en cosas tan sublimes como el juego de abalorios. Estos períodos de vacaciones en la casa paterna me resultaban a menudo verdaderamente estimulantes y festivos; la familia y yo no nos conocíamos en cierta manera más que en traje de fiesta ... A veces, cuando salía de aquí para casa, os compadecía porque os quedabais y no conocíais esa felicidad. No necesito hablar mucho de aquella época, tú me conociste mejor que nadie. Fui casi un castalio, un poco gozoso del mundo, inmaturo y superficial tal vez, pero lleno de dichosos impulsos, casi alado y entusiasta. Fue el período más feliz de mi vida, cosa que ni sospechaba entonces, porque en esos años de Waldzell aguardaba yo la felicidad y el apogeo de mi vida del momento en que volvería a la casa, absueltas vuestras escuelas, y. con la ayuda de la superioridad lograda entre vosotros, me conquistaría el mundo de allá. En lugar de esto, después que me separé de ti, comenzó para mí una disputa que dura aún y una lucha en la que no soy el vencedor... Porque la patria a la cual volví no se componía solamente de mi casa paterna ya y no había ciertamente esperado poder abrazarme y reconocer mi excelencia de castalio, y aun en la casa paterna hubo pronto desengaños, dificultades y notas falsas. Pasó un tiempo antes que yo lo sintiera, estaba protegido por mi ingenua confianza, por una fe infantil en mí mismo y en mi dicha, y también por la moral de la Orden que llevaba conmigo, por la costumbre de la meditación. Mas ¡qué desengaño y qué amargo despertar me trajo la Universidad donde quería estudiar materias políticas! El trato entre estudiantes, el nivel de su cultura general y de su sociabilidad, la personalidad de muchos profesores... ¡Qué distinto resultaba todo esto de lo habitual aquí! Recordarás cómo defendí mi mundo contra el vuestro y cómo me llené la boca a menudo alabando la vida primitiva, simple, la vida del mundo. Si merecía un castigo, amigo mío, he sido severamente castigado. Porque la tal vida instintiva, ingenua e inocente, esta infantilidad y esta genialidad no adiestrada del primitivo puede muy bien existir en algún lugar, tal vez entre los campesinos o los obreros o donde sea, pero nunca pude verla ni compartirla. Recordarás, ¿verdad?, cómo yo criticaba en mis discursos y charlas la ostentación y el exhibicionismo de los castalios, deesta casta orgullosa y afeminada por su espíritu clasista justamente y su soberbia de grupo selecto. Y bien, la gente del mundo, de mi mundo, no era menos orgullosa de sus maneras condenables, de su escasa cultura, de su agrio humor, de su tontamente astuta limitación a metas prácticas y egoístas; se creían no menos preciosos, gratos a los dioses y elegidos en su naturalidad de mente estrecha, como tal vez nunca pudo serlo el más afectado de los alumnos ejemplares de Waldzell. Se reían de mí o me golpeaban el hombro, muchos en cambio reaccionaban contra el extraño, el castalio, con el odio abierto y desnudo que alientan los vulgares contra todos los distinguidos y que yo estaba resuelto a aceptar como una distinción.

Designori hizo una pausa muy breve y lanzó una mirada a Knecht, inseguro de si no le cansaría. Su mirada encontró la del amigo y en él una expresión de profunda atención y amabilidad, que le hizo bien, lo tranquilizó. Vio que el otro estaba entregado totalmente a su franqueza, a su confidencia, que no escuchaba como se escucha una simple charla o aun una narración interesante, sino con la exclusividad y la entrega con la que uno se sume en la meditación y al mismo tiempo con una pura y cordial benevolencia, manifestada emotivamente en los ojos de Knecht, tan sincera y cariñosa y casi infantil le pareció. Y sintió una suerte de asombro al ver esa expresión en el rostro del mismo ser cuya múltiple actividad, cuya sabiduría oficial y verdadera autoridad había admirado durante todo el día. Aliviado, continuó:

—No sé si mi vida ha sido inútil, o fue solamente un malentendido, si tiene un sentido. Si lo tiene, sería tal vez que un solo hombre concretamente en nuestros días reconoció y sintió en carne propia una vez, muy clara, y dolorosamente, qué lejos está Castalia de su patria o, no lo discuto, a la inversa: cuánto y cómo nuestro país llegó a ser ajeno e infiel a su más noble provincia y a su espíritu, en qué amplitud se alejan en nuestra tierra alma y cuerpo, ideal y realidad, qué poco saben y quieren saber uno de otra. Si yo tenía en mi existencia un cometido y un ideal, eran el de hacer de mi persona una síntesis de ambos principios, el de llegar a ser entre ambos un mediador, un intérprete, un conciliador. Lo intenté y fracasé. Y como no puedo contarte ahora toda mi vida y tú no podrías tampoco entenderlo todo, te describiré solamente una de las situaciones que son características de mi fracaso. La dificultad de entonces, después de comenzar mis estudios en la universidad, no consistió tanto en vencer las burlas y los enconos que me alcanzaban por ser castalio, es decir, un joven ... ejemplar. Los pocos nuevos camaradas, para quienes mi origen en las escuelas de selección representaba una distinción y una sensación, me dieron más que hacer y me hundieron en la mayor perplejidad. ¡Oh, lo difícil, tal vez lo imposible, era seguir viviendo en sentido castalio en ese mundo! Al principio lo noté apenas, guardaba las reglas que había aprendido entre vosotros y por bastante tiempo parecieron servirme allí también, fortalecerme y protegerme; parecieron mantener mi vivacidad y mi salud interior y robustecerme en un propósito, el de desarrollar independientemente mis estudios en lo posible a la manera castalia, aplacar mi sed de saber y no dejarme obligar a un curso de estudios que sólo pretende especializar lo más estrictamente posible al estudiante en brevísimo plazo para ganarse el pan, y matar en él toda idea de libertad y universalidad. Mas la protección de que me proveyó Castalia resultó peligrosa y dudosa, porque yo no quería conservar mi paz del alma y mi meditativa tranquilidad de espíritu, resignándome y convirtiéndome en ermitaño, yo quería conquistar el mundo, comprenderlo, obligarlo también a comprenderme, quería afirmarlo y posiblemente renovarlo y mejorarlo, quería, en fin, fundir y conciliar en mi persona a Castalia y al mundo. Cuando después de una desilusión, una disputa, una excitación, me refugiaba en la meditación, al comienzo esto fue para mí un bienestar, una distensión, un respirar hondo, un retorno a energías buenas y amigas. Pero con el tiempo observé que era justamente la concentración, el cuidado y ejercicio del alma lo que allí me aislaba, que me hacía aparecer a los demás tan desagradablemente extraño y me tornaba incapaz de comprenderlos realmente. Comprender realmente a los demás, a la gente del mundo —yo lo veía—, me hubiera sido posible solamente si yo me convertía en igual, si nada me separase de ellos, ni siquiera ese refugio de la meditación. Naturalmente, es muy posible que yo trate de paliar el proceso, representándolo así. Tal vez, o probablemente, sucedió que sin camaradas de la misma educación y del mismo estado de ánimo, sin la vigilancia de los maestros, sin la atmósfera protectora y curativa de Waldzell perdí poco a poco la disciplina, me convertí en inerte y desatento y caí en la rutina, y luego, en momentos en que me remordía la conciencia, me justifiqué aceptando que la rutina era después de todo uno de los atributos de ese mundo y diciéndome que al entregarme llegaba más cerca de la comprensión de mi ambiente. No tengo por qué suavizar las tintas delante de ti, pero tampoco quisiera negar u ocultar que me esforcé, aspiré y luché también allí donde estaba equivocado. Lo hacía en serio. Mas sea que mi intento de insertarme comprensiva e inteligentemente fuera idea mía o no, sucedió sin embargo, lo lógico, el mundo era más fuerte que yo y lentamente me dominó y me absorbió; fue exactamente como si la vida hubiera debido tomarme la palabra y asimilarme totalmente al mundo, cuya corrección, inocencia, energía y superioridad esencial, ontológica, tanto alabé y defendí contra tu lógica en nuestras discusiones en Waldzell.

“Y ahora debo hacerte recordar otra cosa que probablemente olvidaste hace mucho, porque carecía de importancia para ti. Para mí, en cambio, importaba mucho; para mí era capital, capital y terrible. Terminaron mis años de estudio, estaba adaptado, estaba vencido, por cierto no del todo, más aún, en mi fuero íntimo me consideraba todavía igual a vosotros y creía que aquellas adaptaciones y aquel desbastamiento se habían cumplido más por prudencia vital y voluntariamente que sucumbiendo vencido. Por eso conservé todavía muchas costumbres y necesidades de los años juveniles, entre ellas el juego de abalorios, lo que presumiblemente carecía de sentido, porque sin ejercicio constante y continuo trato con iguales y, especialmente, con compañeros de juego más expertos, no se puede aprender nada, el juego a solas puede reemplazar a lo sumo el monólogo, pero no una conversación verdadera. Sin saber bien, pues, qué quedaba de mí, de mi arte de jugador, de mi cultura, de mi aprendizaje de selección, me esforzaba en salvar estos bienes o parte de ellos por lo menos, y si proyectaba un esquema de juego o analizaba un movimiento con uno de mis amigos de entonces que trataban, sí, de hablar del juego de abalorios pero no tenían la menor idea de su espíritu, el amigo pudo creer muy bien por su total ignorancia en experiencias de magia. Durante mi tercero o cuarto año de Universidad, tomé parte en un curso de juego en Waldzell; volver a ver la región, la pequeña ciudad, nuestra vieja escuela, el Vicus Lusorum, fue para mí una nostálgica alegría, pero tú no estabas aquí, estudiabas en esos días en Monteport o en Keuperheim y te consideraban un aspirante egoísta. Mi curso era solamente uno de vacaciones para nosotros los pobres individuos del mundo exterior, aficionados simplemente; pero me dio trabajo y me sentía orgulloso cuando al final recibí el acostumbrado “Tres”, ese “suficiente” en el certificado que basta precisamente para que el interesado pueda volver a los cursos de vacaciones.

“Y bien, algunos años más tarde, me volví a decidir, me inscribí en un curso bajo tu predecesor: hice lo mejor que pude, para ser considerado presentable en Waldzell. Repasé mis viejos cuadernos de ejercicios, traté de familiarizarme de nuevo con ejercicios de concentración, en fin, con mis modestos recursos me creía ejercitado, entonado y concentrado como un verdadero jugador de abalorios para el gran torneo anual. Y así llegué a Waldzell, donde me sentí otra vez un poco más extraño después de una pausa de pocos años, pero al mismo tiempo hechizado, como si volviera a una hermosa patria perdida, cuya lengua, sin embargo, me resultaba ya menos corriente. Y esta vez se cumplió también mi mayor deseo, el de volverte a ver. ¿Te acuerdas, Josef?

Knecht lo miró serio en los ojos, asintió con la cabeza y sonrió ligeramente, pero no dijo una palabra.

—Bien —continuó Designori—, lo recuerdas, pues. Mas ¿de qué te acuerdas? Un huidizo volverse a ver con un camarada, una pequeña reverencia, un pequeño desengaño. Se sigue por su camino y no se piensa más en ello, a menos que décadas después el otro nos lo recuerde sin cortesía alguna. ¿No es así? ¿Fue algo diverso, fue algo más para ti?

Aunque se esforzaba visiblemente para dominarse, estaba muy excitado; parecía querer descargarse, desahogarse, de algo acumulado, y no dominado en muchos años.

—Prejuzgas —dijo Knecht con mucha prudencia—. Ya hablaremos de lo que fue para mí, cuando llegue el momento y te lo explique. Ahora tienes tú la palabra, Plinio. Veo que ese encuentro no fue agradable para ti. No lo fue entonces para mí tampoco. Y ahora sigue contándome lo que pasó. ¡Habla sin reticencias!

—Trataré de hacerlo —dijo Plinio—. Y no creas que quiero hacerte algún reproche, Debo confesarte también que esa vez te portaste con perfecta corrección conmigo, y aun más. Cuando acepté tu invitación de ahora para venir a Waldzell, que no había visto más desde aquel segundo curso de vacaciones, y hasta cuando acepté el nombramiento de miembro de la Comisión para Castalia, era mi intención llegar contigo a una explicación de lo ocurrido entonces, sin importarme que pudiera resultarnos agradable o no. Y ahora prosigo. Había venido para el curso y me alojaba en la casa de huéspedes. Los participantes del curso eran casi todos de mi edad, algunos hasta mucho más viejos; a lo sumo éramos unos veinte, en gran parte castalios, pero ni principiantes ni jugadores de abalorios, malos, indiferentes o negligentes, a quienes se les ocurriera tan tarde aprender un poco más; fue para mí un alivio el que no conociera a ninguno de ellos. Aunque nuestro director de curso, uno de los ayudantes del archivo, se esforzara valientemente y fuera también muy amable con nosotros, las cosas habían tomado casi desde el principio el carácter de una escuela inútil de segundo grado, casi un curso de castigo, cuyos participantes, reunidos por casualidad, no confian al par que el maestro en un resultado real, aunque nadie lo admita. Se podía preguntarse asombrados por qué ese puñado de hombres se reunió allí para hacer algo voluntariamente para lo cual no les alcanzaban las fuerzas, ni su interés era lo bastante fuerte para la resistencia y el sacrificio, y por qué un sabio especialista se avenía a darles instrucción y a ocuparlos en ejercicios de los que él mismo podía apenas esperar algún resultado. No supe entonces (me lo dijeron mucho más tarde otros más expertos) que ese curso había tenido muy mala suerte, y que una composición distinta de participantes lo hubiera convertido en algo excitante e impulsor, y aun hubiera despertado entusiasmo. Bastan a menudo —se me dijo más tarde— dos participantes que se incitan mutuamente o que se conocen o son amigos para imprimir a un curso, a sus participantes y a su maestro un vuelo haría arriba. Tú eres jugador de abalorios, debes saberlo. Bien, tuve muy mala suerte; faltó en nuestra comunidad casual la pequeña célula animadora, no se llegó a un poco de calor o a una elevación, aquello se quedó en pálido curso para niños crecidos... Pasaban los días y el desengaño crecía con ellos. Pero además del juego de abalorios aquí estaba Waldzell, un lugar de sagrados y bien guardados recuerdos para mí, y si el curso fracasaba me quedaba a pesar de todo la fiesta de un retorno a la patria, el contacto con los camaradas de un tiempo, tal vez también el encuentro con aquel camarada del cual mantenía tanta y tan fuerte memoria y que importaba para mí más que cualquier otra figura de nuestra Castalia: contigo, Josef. Si volvía a ver un par de mis compañeros de juventud y de aula; si en mis paseos por la región tan amada me reunía otra vez con los buenos espíritus de mi juventud, si tú también podías acercarte a mí y había una explicación en un diálogo como un tiempo, menos entre tú y yo que entre mi problema castalio y yo mismo, esas vacaciones no estarían perdidas, aunque se perdiera el curso y todo lo demás.

“Los dos camaradas de mis tiempos que encontré primero en mi camino eran pobres de espíritu; me palmotearon contentos las espaldas y me formularon preguntas infantiles acerca de mi legendaria vida mundana. Otros dos más eran más inteligentes, pertenecían al Vicus Lusorum y a la selección más joven y no me hicieron preguntas ingenuas, sino que me saludaron, cuando me encontraron en algunos de los lugares de tu santuario y no pudieron evitarme; me saludaron con una cortesía muy afinada, casi exagerada, una suerte de afabilidad, pero no supieron recalcar bastante su ocupación en cosas importantes e inalcanzables, su falta de tiempo, de curiosidad, de simpatía, de deseo de reanudar la vieja relación. Mas yo no insistí con ellos, los dejé en paz, en su paz olímpica, alegre, irónica, castalia. Los observé y observé su jornada alegremente activa, como un preso a través de las rejas, o como el pobre, hambriento y oprimido, hacia el aristócrata y el rico, contento, bonito, culto, bien educado, bien descansado, de cara y manos cuidadas.

“Y entonces apareciste tú, Josef, y se despertó en mí la alegría, nació en mí una nueva esperanza, cuando te vi. Pasabas por el patio. Te reconocí por el andar y te llamé por tu nombre. “¡Por fin, un hombre!”, pensé, un amigo finalmente, quizá también un adversario pero uno con quien se puede hablar, un verdadero supercastalio, pero tal que en él lo castalio no estaba endurecido como máscara y coraza, un hombre, un comprensivo ... Debiste advertir qué alegre estaba yo y cuánto esperaba de ti, y en realidad acudiste a mi encuentro con la máxima gentileza. Me conocías aún, yo era todavía algo para ti, te complacía volver a ver mi cara. Y eso no se limitó al breve y gozoso encuentro en el patio, me invitaste y me dedicaste una velada, me la sacrificaste. Pero, querido Knecht, ¡qué velada fue aquélla! Cuánto nos torturamos los dos para parecer desembarazados, muy corteses y casi camaradas uno para el otro, y qué difícil nos resultó arrastrar el cansado diálogo de un asunto a otro! Si los demás habían sido indiferentes conmigo, contigo me fue peor; este desesperado esfuerzo inútil para revivir una vieja amistad era más doloroso aún. Esa noche puso fin absoluto a mis ilusiones; se me apareció amargamente claro que yo no era más un camarada, un competidor, un castalio, un hombre de clase, sino un palurdo molesto, aunque leal, un extranjero inculto, y lo peor de todo realmente me pareció el que eso ocurriera en forma tan bella, tan correcta y que el desengaño y la impaciencia permanecieran tan impecablemente disimulados. Si me hubieras insultado y reprochado, si me hubieras acusado gritando: “¿Qué ha sido de ti, amigo, cómo descendiste tanto?” me hubiera sentido feliz y el hielo se hubiese roto. Pero nada de esto sucedió. Comprendí que se había destruido mi comunión con Castalia, mi amor por vosotros, mis estudios del juego de abalorios, nuestra camaradería. El repetidor Knecht soportó mi molesta visita en Waldzell, se atormentó y se aburrió conmigo toda una velada y me puso delicadamente en la puerta, de una manera inobjetable en todo sentido ...

Luchando con su excitación, Designori se interrumpió y miró con cara angustiada al Magister. Éste estaba sentado como un atentísimo oyente, entregado sí, pero nada nervioso y contemplaba al viejo amigo con una sonrisa que estaba llena de amable simpatía. Como el otro no continuó hablando, Knecht dejó descansar en él su mirada henchida de benevolencia con una expresión satisfecha y placentera; el amigo sostuvo esa mirada sombríamente.

—¿Te ríes? —exclamó Plinio violentamente, pero sin enojo—. ¿Te ríes? ¿Crees que eso está bien?

—Te diré —contestó siempre sonriendo Knecht—, acabas de describir lo ocurrido en forma excelente, en verdad fue exactamente como tú dijiste, y tal vez era necesario todavía el residuo de deprecación y de acusación en tu voz para completarlo y hacerme revivir tan perfectamente la escena. Aunque por desgracia consideras visiblemente el asunto un poco con los ojos de entonces todavía y no reparaste en algo, has contado tu historia en forma objetivamente correcta, la historia de dos jóvenes en una situación sin duda penosa, que deben fingir un poco y de los que uno, es decir, tú, cometió el error de ocultar su dolor real y serio tras la apariencia de un porte desenvuelto, en lugar de quitarse la máscara. Hasta parece que achacas hoy todavía el fracaso de aquel encuentro más a mí que a ti, aunque te correspondía solamente a ti cambiar la situación. ¿No lo comprendiste realmente? Pero lo describiste muy bien, debo confesarlo. En realidad, volví a sentir muchas veces toda la opresión y la perplejidad de aquella hora chocante, creía por momentos que debí luchar para contenerme y me avergoncé un poco de los dos. No, tu narración concuerda exactamente. Es un placer escuchar algo así...

—Bien —comentó Plinio un poco sorprendido, pero con un matiz de pesadumbre y desconfianza en la voz—, cabe alegrarse si por lo menos mi narración ha divertido a uno de nosotros. Para mí —debes saberlo—, no fue diversión, ciertamente.

—Pero ahora —interrumpió Knecht— tú ves sin embargo, con qué alegría podemos considerar esta historia, nada gloriosa para ninguno de los dos. Podemos reírnos de ella.

—¿Reírnos? Pero ¿por qué?

—Porque esta historia del ex castalio Plinio Designori, que trató de volver al juego de abalorios y merecer el reconocimiento de sus camaradas de un tiempo, ha pasado ... a la historia y está liquidada, como la del gentil repetidor Knecht, que a pesar de las formalidades castalias pudo ocultar tan mal o tan poco su perplejidad ante el amigo llovido de nuevo del cielo que hoy, después de tantos años, es posible enrostrársela todavía en toda su claridad. Aún es más, Plinio, tienes buena memoria, lo has narrado todo bien, cosa que no hubiera sabido hacer yo. Y es una suerte para nosotros, que la historia está completamente liquidada y que podemos reírnos de ella.

Designori estaba confundido. Percibía perfectamente el buen humor del Magister como algo agradable y cordial, lejos de toda ironía; percibía también que detrás de la alegría estaba una profunda seriedad, pero mientras hablaba había vuelto a sentir demasiado dolorosamente la amargura de aquel sucedido, y su narración había tenido demasiado el carácter de una confesión, como para que fácilmente pudiera cambiar su tono.

—Tal vez olvidas, sin embargo, —dijo titubeando, pero ya más alentado—, que lo que conté no fue la misma cosa para ti. Para ti fue un disgusto, a lo sumo, para mí una derrota y un derrumbe, y además el comienzo de importantes cambios en mi vida. Cuando entonces, apenas concluido el curso, abandoné a Waldzell, resolví no volver nunca más y estuve casi por odiar a Castalia y a todos vosotros. Había perdido mis ilusiones y comprendido que no era ya uno de los vuestros, que tal vez no lo había sido por entero antes tampoco, como yo creía, y poco faltó para que me convirtiera en un renegado y en vuestro declarado enemigo.

El amigo lo miró sonriendo, pero con ojos penetrantes.

—Ciertamente —dijo— y todo esto me lo contarás, lo espero, en una próxima visita. Pero por hoy, nuestra situación, a mi parecer, es sin embargo, la siguiente: fuimos amigos en temprana juventud, nos separamos y marchamos por caminos muy distintos; luego nos encontramos de nuevo; eso fue durante tu desdichado curso de vacaciones, te habían convertido, a medias o del todo, en un hombre del mundo, yo en un oscuro individuo de Waldzell, cuidadoso de las formas castalias, y hoy hemos recordado ese reencuentro desilusionador y vergonzante. Nos vimos otra vez y recordamos nuestra perplejidad de aquel día y pudimos soportar la mirada y podemos reírnos, porque hoy las cosas son totalmente distintas. No ocultaré que la impresión que me hiciste aquella vez, me dejó realmente muy perplejo, fue una impresión absolutamente desagradable, negativa; no sabía qué hacer por ti, me parecías inacabado, basto, mundano, en una forma inesperada, opresora y repelente. Yo era un castalio que no conocía el mundo, y en realidad no quería conocerlo, y tú eras un joven extranjero, de quien no comprendía por qué nos visitaba y quería seguir un curso de juego con nosotros, porque me parecías no tener ya nada del antiguo estudiante de selección. Excitabas mis nervios, como yo los tuyos. Tuve que parecerte un orgulloso miembro de Waldzell sin merecimiento, que trataba de mantener cuidadosamente la distancia entre él y un no castalio, un aficionado al juego. Y fuiste para mi una suerte de bárbaro o de semicivilizado, que parecía tener exigencias, infundadas y sentimentales para mi interés y para mi amistad. Nos mantuvimos en guardia ambos, estuvimos también por odiarnos. No podíamos hacer otra cosa que ir cada uno por su camino, porque ninguno de los dos tenía nada que dar al otro y ninguno de los dos podía hacer justicia al otro. Pero hoy, Plinio, hemos podido desenterrar el vergonzoso recuerdo y podemos reírnos de aquella escena y de nosotros, porque ahora nos hemos reunido con otras intenciones y posibilidades, y somos otros distintos, sin quietismos, sin sentimientos reprimidos de celos o de odio, sin orgullos; hace mucho que ambos somos hombres maduros.

Designori sonrió liberado. Pero preguntó todavía:

—Estamos seguros de ello, ¿a pesar de todo? Esa vez también tenía yo buena voluntad.

—Quiero creerlo —contestó sonriendo Knecht—. Y con nuestra buena voluntad nos hemos atormentado y esforzado hasta lo intolerable. Esa vez no pudimos tolerarnos mutuamente por instinto; cada uno desconfiaba del otro, molesto, ajeno y adverso, y sólo la creencia en un deber, en una relación, nos obligó a representar durante aquella velada esa larga y penosa comedia. Eso lo vi claro entonces, poco después de tu visita. No habíamos superado completamente la antigua amistad, ni tampoco la antigua oposición. En lugar de dejarla morir, creímos que debíamos desenterrarla y continuarla de alguna manera. Sentíamos una deuda con ella y no sabíamos cómo pagarla. ¿No es así?

—Creo —dijo Plinio, meditabundo— que hoy aún eres excesivamente cortés y educado. Hablas en plural, de ambos, pero no éramos los dos los que nos buscábamos y no podíamos encontrarnos. La búsqueda, el amor, estaban del lodo de mi parte, por eso también la desilusión y el dolor. ¿Qué cambió, te pregunto, en tu vida después de nuestro encuentro? ¡Nada! Para mí, en cambio, significó un corte profundo y doloroso y no puedo aceptar reírme como tú lo haces para liquidar el caso.

—Perdona —concedió amablemente Knecht—, ciertamente me precipité. Pero espero que con el tiempo te llevaré a concordar con mi reír. Tienes razón, fuiste herido esa vez, no por mí precisamente, como tú creíste y pareces seguir creyendo todavía, pero sí por el abismo y el extrañamiento entre vosotros y Castalia, que ambos, durante nuestra amistad de condiscípulos, parecíamos haber superado y que se abría de pronto ante nosotros con tan espantosa anchura y profundidad. En cuanto me culpas personalmente, te ruego que expreses abiertamente tu acusación.

—¡Oh, nunca fue acusación! Pero sí una queja. No la oíste entonces y, al parecer, no quieres oírla hoy tampoco. Entonces la contestaste con una sonrisa y un bondadoso modo de ser; hoy vuelves a hacer lo mismo.

Aunque veía en la mirada del maestro amistad y profunda benevolencia, no podía dejar de recalcar aquello; era como si debiera verter y volcar ahora de una vez todo lo soportado tanto tiempo y tan dolorosamente.

La expresión de los rasgos de Knecht no se alteró. Pensó un momento y luego dijo cuidadosamente:

—Apenas ahora comienzo a comprenderte bien, amigo. Tal vez tienes razón y hay que hablar también de eso. Sólo quisiera recordarte antes, que tendrías realmente razón en esperar que admita de mi parte tu queja, como la llamas, si hubieras manifestado realmente la tal queja. Pero sucedió que durante aquella conversación nocturna, en la casa de huéspedes, de ningún modo manifestaste una queja, sino que, exactamente como yo, te portaste vigorosa y valientemente en lo posible, representaste como yo el papel de un irreprochable que tampoco tiene nada de qué quejarse. Pero secretamente esperaste, como me lo dices ahora, que yo sintiera la secreta queja y reconociera detrás de la máscara tu verdadero rostro. Sí, algo de eso pude observar aquella vez, aunque no mucho. Pero ¿cómo podía darte a entender, sin herir tu orgullo, que estaba preocupado por ti y te compadecía? ¿Y de qué hubiera servido tenderte la mano, si estaba vacía y nada tenía que darte, ni consejo, ni consuelo, ni amistad, dado que nuestros caminos estaban tan separados entre sí? Sí, aquella vez el malestar y la infelicidad ocultos que disimulabas detrás de un porte desenvuelto, me molestaron, me chocaron, sinceramente; contenían una pretensión de simpatía y participación nada correspondientes a tu modo de ser, tenían algo de impositivo e infantil —me pareció— que sólo sirvió para enfriar mis sentimientos. ¡Pretendías mi camaradería, querías ser un castalio, un jugador de abalorios, y te demostrabas sin embargo, tan sin dominio, tan extraño, tan perdido en sentimientos egoístas! Tal fue, más o menos, entonces mi juicio; porque veía que en ti no quedaba ya nada de castalismo, hasta habías olvidado las reglas básicas, era evidente. Bien, eso no era cosa mía. Mas ¿para qué y por qué venías a Waldzell y querías saludar a tus camaradas? Esto, como te dije, me resultó enfadoso y hostil, y tuviste perfectamente razón, interpretando mi tiesa cortesía como un rechazo. Sí, te rechacé instintivamente, y no porque eras un hijo del mundo, tino porque insistías en valer como castalio. Cuando luego volviste a aparecer hace poco al cabo de tantos años, tenías aspecto mundano y hablabas como uno de fuera y mucho me impresionó la expresión de tristeza, angustia o infelicidad de tu cara, pero todo, tu porte, tus palabras, aun tu tristeza, me gustaron, eran hermosos, te correspondían, eran dignos de ti, nada de eso me molestaba, podía yo recibirte y tratarte sin la menor contradicción intima; esta vez no era necesario ningún exceso de cortesía y trato, y por eso vine a tu encuentro en seguida como amigo y me esforcé en mostrarte mi afecto, y mi simpatía. Esta vez fue todo lo contrarío de aquella otra, esta vez era yo más bien quien me preocupaba por ti y trataba de conquistarte, mientras que tú te retenías y reservabas; sólo que recibí en silencio tu aparición en nuestra provincia y tu interés por sus destinos como una suerte de confesión de tu adhesión y fidelidad. Bien, finalmente tú también aceptaste mi simpatía, y ahora hemos llegado tan lejos que podemos sincerarnos mutuamente y renovar, lo espero, nuestra vieja amistad.

“Acabas de decir que aquel encuentro juvenil fue para ti algo doloroso, para mí en cambio sin importancia. No discutiremos al respecto, puede ser que tengas razón. Pero nuestro encuentro actual, amice, no me es absolutamente indiferente; importa para mí mucho mis de lo que hoy puedo decirte y tú puedes suponer. Para soslayarlo apenas, significa para mí no solamente el retorno de un amigo perdido y con ello la resurrección de tiempos idos a nueva fuerza y transformación; sobre todo significa para mí un llamamiento, una conciliación; me abre un camino hacia vuestro mundo, me pone una vez más ante el viejo problema de la síntesis entre vosotros y nosotros, y esto ocurre —te lo confieso— en el momento conveniente. El llamamiento no me encuentra sordo esta vez sino más despierto que entonces, porque no me sorprende en realidad, no me parece algo extraño que viene de fuera, que se puede rechazar o aceptar, sino que sale de dentro de mí, es la contestación a un anhelo que se tornó muy fuerte y exigente, a una necesidad, a una nostalgia de mí mismo. Pero de esto hablaremos otra vez, es tarde ya, ambos necesitamos descanso.

“Tú hablabas, poco antes, de mi alegría y de tu tristeza, y opinabas —me parece— que yo no hacía justicia a lo que llamas tu “queja”, ni hoy siquiera, porque contestaba a esa queja con la risa. Hay algo en esto que no comprendo. ¿Por qué no debe oírse con alegría una queja, por qué debe ser contestada con tristeza y no con sonrisas? Del hecho de qué volviste a Castalia y a mí con tu afin y tu carga, creo poder deducir que tal vez justamente lo que me importa es nuestra alegría. Pero si no quiero acompañarte en tu tristeza y en tu carga y no debo dejarme contagiar, eso no quiere decir que no le dé importancia y no la tome en serio. Reconozco perfectamente el aspecto que tienes y que te impuso en el mundo tu vida y tu destino; te corresponde y pertenece y lo quiero y lo respeto, aunque espero poder verlo cambiar. De dónde proceda, sólo puedo adivinarlo, de eso mucho me contarás más tarde o nada me dirás, según te parezca conveniente. Sólo puedo ver que pareces llevar una vida difícil. Mas ¿por qué crees que no quiero o no puedo hacerte justicia a ti y a tus dificultades?

La cara de Designori se había vuelto más sombría.

—A veces— dijo resignadamente—, me parece como si los dos tuviéramos no sólo dos lenguas diversas (dos modos distintos de expresión), cada una de las cuales sólo puede traducirse por alusiones, aproximadamente, a la otra, y aunque fuéramos fundamental y absolutamente seres distintos que nunca pueden comprenderse recíprocamente. Y me parece siempre más dudoso decir quién de nosotros realmente es el hombre genuino y completo, si tú o yo, o si lo es siquiera uno de nosotros. Hubo un tiempo en que yo levanté mis ojos hacia vosotros, gente de la Orden y jugadores de abalorios, con una veneración, un sentimiento de inferioridad y una envidia como hacia dioses o superhombres, eternamente alegres, eternamente divertidos y gozosos de su existencia, inalcanzables para cualquier dolor. En otro tiempo fuisteis para mí ora envidiables, ora dignos de compasión, ora despreciables, seres castrados, retenidos artificialmente en una perpetua infancia, cándida y puerilmente guardados en un mundo sin pasiones y limpiamente cercado, espacioso, sí, como un gran jardín de infancia, donde se limpia cuidadosamente cada nariz y se elimina y reprime toda reacción destemplada de los sentimientos o de los pensamientos, donde se juegan toda la vida juegos hermosos, sin peligros, incruentos, y cualquier molesta reacción vital, cualquier gran sentimiento, cualquier pasión legítima, cualquier agitación anímica es vigilada, enderezada y neutralizada en seguida por la terapia de la meditación. ¿No es un mundo artificial, esterilizado, magistralmente cortado, un mundo a medias, sólo aparente, donde vivís por cobardía, un mundo sin vicios, sin pasiones, sin hambre, sin jugo ni sal, un mundo sin familia, madres, niños, y aun sin mujeres? La vida de los instintos es sometida con la meditación; las cosas peligrosas, audaces y de grave responsabilidad, como la economía, el derecho, la política, han sido dejadas a otros desde muchas generaciones atrás, cobardemente; en buena protección, sin preocupaciones alimenticias, sin muchas obligaciones molestas, lleváis una vida de abejorros o de tánganos, y para no aburriros, practicáis diligentemente todas las especialidades cultas, contáis letras y sílabas, hacéis música y jugáis con abalorios, mientras afuera, en la inmundicia del mundo, pobres hombres azuzados viven la verdadera vida y hacen el verdadero trabajo.

Knecht lo había escuchado con amistosa atención, sin cansarse.

—Amigo querido —dijo circunspecto—, ¡cuánto me hacen recordar tus palabras nuestros años escolares y tu crítica y tu fogosidad de entonces! Sólo que hoy no desempeño el mismo papel de aquellos días; mi tarea de hoy no es la defensa de la Orden y de la provincia contra tus ataques, y me gusta mucho que no me toque ahora el difícil cometido en el cual me esforcé tanto una vez. Justamente resulta muy difícil responder a un magnífico ataque como éste tuyo de ahora. Hablas, por ejemplo, de gentes que allá afuera en el país “viven la verdadera vida y hacen el verdadero trabajo”. Esto suena tan absoluto, tan bello y cordial, casi ya como un axioma y si alguien quisiera refutarlo, debería volverse descortés y recordar al orador que una parte de “su verdadero trabajo” consiste en colaborar en una Comisión para el bienestar y la conservación de Castalia. ¡Mas dejemos por un momento las bromas! Veo o comprendo en tus palabras y en el tono que tienes siempre el corazón lleno de odio contra nosotros y al mismo tiempo de desesperado amor por nosotros, rebosante, pues, de envidia o nostalgia. Somos para ti cobardes, zánganos o niños que juegan en un jardín de infancia, pero hubo momentos en que viste en nosotros tú también dioses eternamente alegres. Una cosa creo de todos modos poder deducir de tus palabras: de tu tristeza, de tu infelicidad, o como queramos llamarla, no tiene la culpa Castalia; la responsabilidad debe proceder de otra parte. Si fuéramos culpables los castalios, tus reproches y tus objeciones no serían ciertamente hoy los mismos que en las discusiones de nuestra primera juventud. En conversaciones posteriores me contarás más, y no dudo de que encontraremos una vía para llegar a hacerte más feliz y contento o, por lo menos, para tornar tu relación con Castalia más franca y agradable. Por lo que puedo ver ahora, te consideras frente a nosotros y a Castalia —y con eso frente a tu juventud y a tu período escolar— en una posición falsa, nada libre, sentimental; has dividido tu alma en una parte castalia y otra mundana y te atormentas excesivamente por cosas de las que no eres responsable. Posiblemente, sin embargo, tomas demasiado a la ligera cosas de las que tienes tú la responsabilidad. Supongo que desde hace mucho no practicas ejercicios de meditación. ¿Es así?

Designori sonrió dolorosamente.

—¡Qué perspicaz eres, Domine! ¿Hace mucho, piensas tú? ¡Hace muchos años, muchos años que renuncié a meditar! ¡Qué preocupado estás de pronto por mí! Aquella vez, cuando aquí en Waldzell durante mi curso de vacaciones me habéis mostrado tanta cortesía y tanto desprecio y habéis rechazado en forma tan adecuada y elegante mi corte, mi camaradería, me alejé con la firme resolución de poner fin en mí a todo castalismo para siempre. Desde entonces renuncié también al juego de abalorios, no medité más, y aun la música me resultó por un tiempo antipática. En cambio, encontré nuevos camaradas que me instruyeron en los placeres del mundo. Hemos bebido y, también, frecuentado mujeres públicas; hemos experimentado todos los recursos para aturdimos, hemos escupido y ridiculizado todo lo decente, todo lo respetable, todo lo ideal. No duró mucho esta crasitud, pero sí lo suficiente para quitarme al final hasta el último barniz castalio. Y cuando luego, años más tarde, comprendí que había exagerado y que hubiera necesitado un poco de técnica de la meditación, me había vuelto demasiado orgulloso para volver a comenzar.

—¿Demasiado orgulloso? —preguntó Knecht quedamente.

—Sí, demasiado orgulloso. Entre tanto habíame sumergido en el mundo y convertido en un hombre del mundo. No quería ser otra cosa, no quería vivir otra vida más que esa vida pasional, infantil, cruel, sin freno y titubeante entre la dicha y la angustia; desdeñé procurarme cierto alivio y una posición de preferencia con la ayuda de vuestros recursos.

El Magister le miró agudamente, con ojos penetrantes.

—¿Y lo has soportado mucho tiempo? ¿Cuántos años? ¿No has empleado otros recursos para salir del paso?

—¡Oh, sí! —confesó Plinio—. Lo hice y lo sigo haciendo hoy todavía. Hay temporadas en que vuelvo a beber y, generalmente para poder dormir, necesito toda clase de somníferos.

Knecht cerró por un segundo los ojos, como cansado de repente, luego fijó de nuevo su mirada en el amigo. Lo miró callado en la cara, primeramente inquisitivo y serio, pero poco a poco cada vez más suave, amable y alegre. Designori deja consignado en sus notas que hasta ese momento nunca encontró una mirada de ojos humanos que fuera al mismo tiempo tan investigadora y llena de amor, tan inocente y juzgadora, tan amistosamente luminosa y omnisciente. Confiesa que esta mirada primero lo confundió y lo excitó, luego lo calmó y lo dominó con suave violencia. Pero quiso aún defenderse.

—Dijiste —observó— que conoces recursos para hacerme más feliz y contento. Pero no me preguntas absolutamente si realmente lo deseo.

—¡Oh, no! —repuso riendo Josef Knecht—. Si podemos hacer mis feliz y más satisfecho a un hombre, debemos hacerlo en todo caso, ya sea que él nos lo pida o no. ¿Y cómo no lo buscaríais y lo anhelaríais? Por eso estás aquí, por eso estamos sentado otra vez frente a frente, por eso has vuelto a nosotros. Tú odias a Castalia, la desprecias, eres demasiado orgulloso de tu mundanalidad y tristeza como para querer aliviarla, un poquito siquiera, con la meditación y el razonamiento ... Pero una oculta e indomable nostalgia por nosotros y nuestra alegría te torturó y llenó todos estos años, hasta que debiste volver a intentar otra vez la suerte con nosotros. Y yo te digo que esta vez llegaste en buen momento, en el momento justo en que yo también estoy deseando mucho un llamamiento de vuestro mundo, una puerta que se abra; ¡pero de esto hablaremos la próxima vez! Mucho me confiaste, amigo mío, y te lo agradezco y tú verás que yo también tengo algunas cosas que confesarte. Es tarde, partes mañana temprano y a mí me espera mi jornada oficial otra vez; debemos ir pronto a la cama. Pero, por favor, concédeme un cuarto de hora más.

Se levantó, se acercó a la ventana y miró hacia arriba, donde entre nubes veloces se veían en todas partes zonas de un nocturno cielo muy claro y lleno de estrellas. Como no se volvió en seguida, también el huésped se levantó y se acercó a la ventana, a su lado. El Magister estuvo mirando todavía el cielo, gozando en rítmicas espiraciones el aire fresco y sutil de la noche otoñal. Señaló con la mano el firmamento.

—Mira —dijo— este paisaje de nubes con sus zonas de cielo... A primera vista, parecería que la profundidad está allí donde es más oscuro, pero en seguida se percibe que la oscuridad, la blandura, son las nubes solamente y que el espacio del universo con su profundidad comienza apenas en los bordes y fiordos de esas montañas de nubes y se hunde en el infinito, y dentro hay estrellas, una fiesta de estrellas y para nosotros los humanos el símbolo supremo de la claridad y el orden. La profundidad del universo no está allí donde están las nubes y las tinieblas, sino donde está la claridad y la alegría. Si me es lícito pedirte algo, antes de acostarte contempla todavía un rato estas bahías y estos estrechos de mar con tantas estrellas y no rechaces los pensamientos y los sueños que tal vez acudan a ti.

En el corazón de Plinio se agitó una sensación curiosamente temblorosa, que no sabia si era dolor o felicidad. Con las mismas palabras casi, ahora recordaba, había sido incitado en un tiempo inmemorial, durante los primeros anos gozosos de su vida estudiantil en Waldzell, a los primeros ejercicios de meditación.

—Y permíteme unas palabras todavía —volvió a decir con voz queda el Magister Ludí— Quisiera decirte algo más acerca de la alegría, de la alegría de las estrellas y del espíritu, y aun acerca de nuestra clase castalia de alegría. Tienes cierta aversión por ella, probablemente porque tuviste que marchar por el camino de la tristeza y ahora te parece que toda claridad y todo buen humor, especialmente el castalio, son cosas frívolas e infantiles, cobardes también, una fuga ante los miedos y los abismos de la realidad hacia un mundo claro y bien ordenado de meras formas y fórmulas, de meras abstracciones o barnices. Pero, mi querido amigo triste, puede existir muy bien esta fuga, pueden no faltar castalios cobardes, miedosos, que juegan con meras fórmulas, y hasta deben ser la mayoría entre nosotros ..., pero esto nada quita a la alegría genuina del cielo y del espíritu, nada le quita de su valor y su esplendor. Frente a los que se conforman fácilmente y son en apariencia alegres entre nosotros, hay otros, hombres y generaciones de hombres, cuya alegría no es juego ni superficialidad, sino seriedad y hondura. A uno conocí bien, nuestro Magister Musicae anterior, a quien viste de vez en cuando en Waldzell; este ser poseyó en sus últimos años de vida la alegría, la virtud de la alegría, en tal medida que la misma irradiaba de él como la luz de un sol, y pasaba en todos como benevolencia, gozo de vivir, buen humor, confianza y seguridad, y en todos se refleja y seguía resplandeciendo, como si recibieran seriamente su brillo y lo dejaran penetrar en sí mismos. Yo también recibí el don de su luz, a mí también me dio generosamente un poco de su claridad y de su esplendor cordial, y lo mismo a Ferromonte y a algunos otros. Alcanzar esta alegría límpida y esplendorosa es para mí, y para muchos como yo, la meta más alta y noble. La encuentras también en algunos Padres de la Dirección de la Orden. Y no es ni juego ni orgullo, sino sumo conocimiento y amor, la afirmación de toda la realidad, el estar despierto al borde de todas las simas y los abismos, una virtud de los santos y los caballeros; y no puede ser destruida y crece cada vez más con la edad y la proximidad de la muerte. Es el secreto de la belleza y la verdadera sustancia de todo arte. El poeta que canta lo magnífico y lo terrible de la vida en el paso de danza de sus versos, el músico que lo hace resonar como presente puro, son portadores de luz, acrecentadores de la alegría y la claridad sobre la tierra, aunque nos lleven antes a través de las lágrimas y las tensiones dolorosas. Tal vez el poeta cuyos versos nos encantan es un hombre en triste soledad y el músico un soñador melancólico, pero aun así su obra participa de la alegría de los dioses y las estrellas. Lo que nos da no es su tiniebla, su dolor o su temor, es una gota de luz pura, de alegría eterna. Aun cuando pueblos enteros y muchas lenguas tratan de investigar en la profundidad del universo, en mitos, cosmogonías y religiones, lo último y más alto que pueden alcanzar es la alegría. Recordarás a los antiguos hindúes; nuestro profesor de Waldzell nos habló con hermosas ideas de ellos: un pueblo del sufrimiento, de la cavilación, de la penitencia, del ascetismo; pero los últimos hallazgos de su espíritu fueron claros y alegres, alegre la sonrisa de los vencedores del mundo y de los Budas, alegres las figuras de sus abismales mitologías. El mundo, tal como lo describen esas mitos, comienza al principio divinamente, beato, luminoso, hermoso, como la primavera, edad del oro; se corrompe y se torna mísera, y al final de cuatro eras que se hunden cada vez más, es de nuevo maduro para ser destrozado y aniquilado por Siva que ríe y danza..., pero no termina, comienza de nuevo con la sonrisa del soñador Visnú, que, con manos juguetonas, crea un nuevo mundo, joven, hermoso y brillante. Es asombroso: este pueblo, inteligente y capaz de sufrir como ningún Otro tal vez, asistió con horror y vergüenza al cruel espectáculo de la historia universal, a la rueda de la codicia y del dolor que gira eternamente, vio y comprendió lo pasajero de lo creado, la ambición y lo demoníaco del hombre y al mismo tiempo su profunda nostalgia por la pureza y la armonía, y encontró para toda la belleza y la tragedia de la creación estos símbolos magníficos del envejecer del mundo y de lo perecedero de lo creado, del poderoso Siva que bailando destroza el mundo depravado, y del sonriente Visnú que yace dormitando y hace surgir jugando un mundo nuevo de sus dorados sueños divinos.

“Por lo que se refiere a nuestra propia alegría castalia, ella puede ser sólo una tardía y pobre copia de aquella grande, pero es absolutamente legítima. La sabiduría no fue siempre y por doquiera alegre, aunque debió serlo. Entre nosotros es el culto de la verdad, unido estrechamente al culto de la belleza y, además, de la atención meditativa del alma; no puede perder, pues, del todo la alegría. Y nuestro juego de abalorios funde en sí los tres principios: ciencia, culto de la belleza y meditación, y por eso un verdadero jugador de abalorios debería estar impregnado de alegría como un fruto maduro de su dulce zumo, debería tener dentro de su alma toda la alegría de la música, que no es mas que el valor de un alegre y sonriente pasar y danzar a través de los miedos y las llamas del mundo, festiva ofrenda de un sacrificio. Esta clase de alegría conocí desde que comencé intuitivamente a comprenderla como alumno y estudiaste, y nunca la abandonaré, ni en la infelicidad ni en el dolor.

“Ahora iremos a dormir y tú partirás mañana temprano. Vuelve pronto, cuéntame cada vez más de ti y yo también te contaré; sabrás que también en Waldzell y en la vida de un Magister existen problemas, desilusiones y aun desesperaciones y demonios. Pero ahora debes llevarte al sueño un oído lleno de música. La mirada en el cielo estrellado y un oído saturado de música antes de acostarse, son el mejor de los somníferos.

 

Se sentó y tocó cuidadosamente, muy quedo, un movimiento de aquella Sonata de Purcell que había sido una pieza preferida del Pater Jakobus. Las notas cayeron en la quietud como gotas de luz dorada, tan ligeras que entre ellas se podía escuchar todavía el canto de la vieja fuente, viva y alegre en el patio. Suaves y severas, parcas y dulces se encontraban y se cruzaban las voces de la generosa música, animosas y gozosas llevaban su intima danza a través de la nada del tiempo y de lo perecedero; ensancharon como un mundo el cuarto y la hora nocturna por el breve lapso de su duración, y cuando Josef Knecht despidió a su huésped, éste tenía un rostro distinto y luminoso y también lágrimas en los ojos.


Capítulo X
PREPARATIVOS

 

KNECHT había logrado romper el hielo; comenzó de este modo entre él y Designori una relación viva, un intercambio renovador para ambos. Este hombre, que desde hacía muchos años vivía en resignada melancolía, debió darle la razón al amigo: fue realmente la nostalgia de la curación, la claridad, la alegría castalia lo que le impulsó de nuevo hacia la provincia pedagógica. Volvió ahora a menudo también sin la Comisión y sin tareas oficiales, observado con celosa desconfianza por Tegularius, y muy pronto el Magister Knecht supo de él y de su vida todo lo que necesitaba. La existencia de Designori no había sido tan extraordinaria ni tan complicada como supuso Knecht después de las primeras revelaciones. Plinio había experimentado en su juventud la desilusión y humillación que ya conocemos en sus inclinaciones esenciales entusiastas y sedientas de acción; entre el mundo y Castalia no resultó ser el mediador y conciliador, sino un foráneo aislado y agriado y no logró una síntesis de los componentes mundanos y castalios de su origen y de su carácter. Pero no era simplemente un fracasado, sino que al sucumbir y renunciar había conquistado, a pesar de todo, un rostro propio y un destino especial. No parecía haberse aquilatado en él en absoluto la educación castalia, por lo menos en los primeros tiempos; ésta no le proporcionó más que conflictos y desengaños y una soledad, un aislamiento profundo, difícilmente tolerables para su naturaleza. Y pareció como si, caído una vez en este camino lleno de espinas de un ser aislado e inadaptado, tuviera que hacer cualquier cosa para separarse y apartarse más y aumentar sus dificultades. Sobre todo, siendo estudiante todavía, se colocó en irreductible oposición con su familia, con el padre especialmente. Aunque no contaba entre los verdaderos jefes en política, éste como todos los Designori, fue durante su vida entera un sostén del partido conservador y fiel al gobierno, un enemigo de todas las innovaciones, un adversario de todas las aspiraciones de los humildes a derechos y participaciones, desconfiado frente a personas sin nombradla o categoría, fiel y dispuesto a sacrificios por el viejo orden, por todo lo que le parecía legítimo y sagrado. Así, por ejemplo, sin tener necesidades religiosas, fue amigo de la Iglesia, y se opuso terca y fundamentalmente —aunque no le faltara sentido de la justicia, bondad y disposición para hacer el bien y dar socorros— a las ambiciones de los arrendatarios en procura de una mejor situación. Justificaba esta dureza con la falsa lógica de las palabras y los lemas programáticos de su partido; en realidad no le guiaban la convicción y la inteligencia, sino la ciega lealtad a sus colegas de clase y a las tradiciones de su casa, como una suerte de caballerosidad y honra y un recalcado desprecio por todo aquello que para su temperamento resultaba moderno, progresista o actual.

Su hijo Plinio lo desilusionó, lo excitó y amargó cuando siendo estudiante todavía se acercó y unió a un partido modernista, netamente opositor. Se había formado en esos días un ala juvenil y hábil del viejo partido liberal burgués, dirigida por Veraguth, periodista, diputado y orador popular de gran acción, alucinante, temperamental, un amigo del pueblo y campeón de la libertad, en ocasiones levemente satisfecho y orgulloso de sí mismo, cuya campaña para conquistar la juventud académica mediante conferencias en las ciudades universitarias no quedó sin resultado y le conquistó entre otros entusiastas oyentes y partidarios también al joven Designori. Éste, desengañado de la Universidad y en busca de un asidero, de un sustituto de la moral castalia para él inoperante ya, ávido de un nuevo idealismo o programa, había sido arrastrado por los discursos de Veraguth; admiraba su patetismo y su combatividad, su agudeza, su manera acusadora de actuar, su bella presencia y su hermoso lenguaje, y se unió a un grupo de estudiantes que se había formado entre los oyentes de Veraguth y hacía propaganda por su partido y sus proyectos. Cuando el padre de Plinio lo supo, visitó a su hijo en seguida, lo interpeló airadísimo por primera vez en su vida, le echó en cara que fuera un conjurado, un traidor del padre, de la familia y de la tradición de la casa y le dio precisamente la orden de reparar en seguida sus errores y romper su relación con Veraguth y su partido. No era ésta la forma más conveniente para influir en el joven, que parecía haber madurado ahora para su conducta y aun para una especie de martirio. Plinio aguantó tranquilo la reprimenda y declaró al padre que no había frecuentado diez años las escuelas de selección y algunos años la Universidad, para renunciar a su propia inteligencia y a su propio criterio y para dejarse prescribir su concepción del Estado, la economía y la justicia por un hatajo de barones feudales egoístas. Le resultó útil la escuela de Veraguth que a la manera de los grandes tribunos nunca hablaba de sus intereses o de los de su clase y a nada aspiraba en el mundo como no fuera a la pura y absoluta justicia y humanidad. El viejo Designori estalló en una amarga risa e invitó a su hijo a terminar primero sus estudios por lo menos, antes de inmiscuirse en cosas de hombres y creer comprender más de la vida humana y de la justicia que respetables series de generaciones de noble estirpe, de las que él era un vástago degenerado y a las que atacaba por la espalda con su traición. Los dos disputaron, se encarnizaron y se ofendieron cada vez más con las palabras, hasta que el anciano de pronto se calló fríamente, avergonzado, y callado se fue, como si hubiera visto en un espejo su cara alterada por la ira. Desde entonces no se restableció más la vieja inocente y confiada relación de Plinio con la casa paterna, porque no sólo permaneció fiel a su grupo y a su neo-liberalismo, sino que, aun no terminados sus estudios, se convirtió en alumno, ayudante y colaborador y, pocos años después, en yerno de Veraguth. Si por la educación recibida en las escuelas de selección o por las dificultades de la nueva adaptación al mundo y a la patria, el equilibrio estaba destruido en el alma de Designori y su vida se veía agitada por una roedora problemática, estas nuevas relaciones lo llevaron finalmente a una situación expuesta, difícil y delicada. Ganó algo valioso sin duda, una suerte de fe, una convicción política y una solidaridad partidista, que respondan a su necesidad juvenil de justicia y progreso, y en la persona de Veraguth un maestro, un guía y un amigo mayor, a quien primeramente admiró y amó sin espíritu crítico y que a su vez pareció necesitarle y apreciarle; ganó un rumbo y una meta, una labor y una tarea vital. Esto no era poco, pero debió ser pagado muy caro. Aunque el joven supo conformarse con la pérdida de su posición natural y heredada en la casa paterna y entre sus compañeros de clase, aunque supo soportar con cierta fanática alegría de mártir su expulsión de una casta privilegiada y su enemistad, quedaban muchas cosas que nunca pudo vencer por entero, sobre todo la punzante sensación de haber causado un dolor a su querida madre, de haberle creado una situación sumamente incómoda y delicada entre él y su padre, y, probablemente, de haberle acortado la vida. Ella murió poco tiempo después del casamiento del hijo: después de esta desaparición, Plinio casi no fue visto en casa del padre, y luego de la muerte de éste, se deshizo de esa mansión, a pesar de sus tradiciones, vendiéndola.

Hay temperamentos que logran amar y asimilarse una posición pagada en la vida con sacrificios, un cargo, un matrimonio, una profesión conquistados duramente, por lo que han costado, y los consideran su felicidad y se sienten satisfechos. Para Designori era distinto. Permaneció ciertamente fiel a su partido y a su jefe, a su tendencia política y a su actividad, a su casamiento y a su ideal, pero con el tiempo todo eso se tornó para él tan problemático como lo demás. El entusiasmo político y mundano de la juventud fue aquietándose, la lucha por los derechos fue a la larga tan poco agradable y satisfactoria como el dolor y el sacrificio por la porfía; se agregaron la experiencia y la desilusión en la vida profesional; al final le resultó dudoso de si realmente había sido sólo el sentimiento de la verdad y del derecho lo que le convirtiera en adepto de Veraguth, o si no contribuyó por lo menos en un cincuenta por ciento su actuación tribunicia de orador popular, su atracción y su habilidad en comparecer ante el público, el timbre sonoro de su voz, su magnífica risa varonil, la inteligencia y belleza de su hija. Cada vez le resultó más dudoso de que el viejo Designori estuviera en el punto de vista menos noble con su fidelidad clasista y su dureza contra los arrendatarios; dudoso de que hubiera un bien o un mal, un derecho o no siquiera, de que la voz de la propia conciencia fuera al fin el único juez valedero, y si fuera así, entonces Plinio no tenía razón, porque no vivía feliz, en paz y tranquilidad, en confianza y seguridad, sino en lo inseguro, en lo dudoso, en los remordimientos... Su matrimonio no era infeliz o fracasado en el sentido vulgar de la palabra, pero sí lleno de tensiones, complicaciones y obstáculos; era tal vez lo mejor que poseía, pero no le daba la quietud, la dicha, la inocencia, la satisfacción de la conciencia de que carecía, exigía mucha prudencia y cuidado, costaba mucho esfuerzo y aun su hermoso y bien dotado hijo Tito se convirtió muy pronto en motivo de conflictos y tratos diplomáticos, en celos y amor, hasta que el niño demasiado amado y mimado por sus progenitores, se inclinó cada vez más hacia la madre y fue adepto de ella. Éste fue el último dolor y, como parece, el más amargamente sentido, la pérdida más grave, en la vida de Designori. El tormento no lo quebró; él lo dominó y encontró una suerte de porte nuevo, de conducta digna, pero seria, grave, melancólica.

Mientras Knecht supo todo esto de su amigo, poco a poco, en varias visitas y otros encuentros, le comunicó en cambio también muchode sus propias experiencias, de sus problemas; no dejó al otro en la situación de aquel que ha confesado y al cambiar la hora y el estado de ánimo se arrepiente y desearía retirar lo dicho, sino que mereció y reforzó la confianza de Plinio con su propia franqueza y dedicación. Poco a poco se abrió su vida ante el amigo, una vida aparentemente simple, derecha como una línea, ejemplar, ordenada dentro de un orden jerárquico claramente construido y marcado, una carrera llena de triunfos y distinciones, y, sin embargo, una dura y sacrificada vida, muy solitaria, y aunque mucho de ello no fuera del todo comprensible para un foráneo, tales eran sin embargo, las corrientes principales y las situaciones fundamentales, y nadie podía comprender y sentir mejor el anhelo de Knecht por la juventud, por alumnos jóvenes aun no formados, por una modesta actividad sin brillo y sin la eterna coerción de lo representativo, por una actividad de maestro de latín o de música, por ejemplo, es una escuela inferior. Y correspondía al estilo del método artístico y educador curativo de Knecht el que no sólo ganara a este paciente por su gran franqueza, sino que también le diera la sugestión de poder ayudarle y servirle, y a sí mismo con ello el impulso a hacerlo realmente. Designori también de hecho podía ser útil al Magister, menos en el problema principal, pero por eso mismo mucho más en la satisfacción de su curiosidad y su sed de conocer mil detalles de la vida del mundo.

No sabemos la razón por la cual Knecht se tomó la difícil tarea de enseñar a su melancólico amigo de juventud a reír y sonreír de nuevo, o si en eso tuvo algún papel tal vez la idea de que aquél podía serle útil con otros servicios. Designori, que mejor hubiera debido saberlo, no creyó en eso. Más tarde refirió: “Si trato de saber claramente cómo comenzó Knecht a influir en un hombre tan resignado y reservado como yo, veo cada vez con mayor evidencia que todo se debió a la magia, y aun diría a picardía. Era mucho más astuto de lo que la gente creía, lleno de malicia, de agudeza, de sagacidad, de gusto por el hechizo, la transformación, feliz de poder desaparecer y reaparecer por encanto. Creo que ya en el momento de mi primera aparición ante las autoridades superiores de Castalia decidió apresarme y además influir en mí a su modo, es decir, despertarme y llevarme a estar en mejor forma. Por lo menos, desde la primera hora se dedicó a lograrlo con toda su energía. No puedo decir la razón por la cual lo hizo y cargó conmigo. Creo que hombres de su clase hacen todo inconscientemente, como por reflejo; se sienten colocados ante una tarea, se sienten llamados por una necesidad y se entregan a la llamada sin más ni más. Me encontró desconfiado y temeroso, nada dispuesto a caer en sus brazos o a pedirle ayuda; me encontró a mí, un día amigo tan franco y comunicativo, desilusionado y encerrado en mí mismo, y este obstáculo, esta no pequeña dificultad, pareció ser justamente lo que lo excitaba. No cejó, por reacio que yo fuera, y logró todo lo que quiso. En ello se sirvió entre otras cosas del artificio de hacer aparecer nuestra mutua relación como tal, como recíproca justamente, como si su fuerza correspondiera a la mía, su valor al mío, como si mi necesidad de ayuda correspondiera a una igual en él. Ya en la primera larga conversación me dejó entender que estuvo esperando algo así como mi aparición, la había deseado y, poco a poco, me inició en su plan de renunciar a su cargo y abandonar la provincia, y siempre me hizo notar cuánto contaba para eso con mi consejo, mi asistencia y mi silencio, porque con excepción de mí no tenía afuera en el mundo ni amigos ni experiencia. Confieso que lo oí todo con placer y que eso contribuyó no poco a conquistar toda mi confianza: me entregué a él por entero; le creía en absoluto. Pero más tarde, con el correr del tiempo, volví a dudar profundamente y a hallar todo ilógico, y nunca hubiera podido decir si él esperaba realmente algo de mi o no, ni si su forma de envolverme y ganarme fue inocente o diplomática, ingenua o calculada, sincera o artificial y simulada. Era demasiado superior a mí y me hizo tantos beneficios morales que ni me hubiese atrevido a averiguarlo. De todas maneras, creo hoy, debo seguir conservando la ficción, de que su situación era igual a la mía y que él contaba sobre mi simpatía y disposición tanto como yo sobre la suya; eso no fue más que una gentileza, una sugestión conquistadora y agradable en la que me acomodé y excité; sólo que no sabría decir, hasta dónde su juego conmigo fue consciente, meditado y deliberado, y cuánto a pesar de todo sincero y natural. Porque el Magister Josef fue un gran artista; por una parte podía resistir tan difícilmente al impulso de educar, influir, curar, ayudar y desarrollar que los medios le parecían indiferentes, por otra era imposible para él hacer la menor cosa sin completa entrega. Pero lo cierto, lo incontrovertible es que entonces se ocupó de mí como un amigo, como un gran médico y guía, que nunca me abandonó y finalmente me despertó y sanó en la máxima medida que le fue posible. Y fue algo notable y muy propio de él: mientras hacía como si aceptara mi ayuda para alejarse de su cargo, mientras escuchaba tolerante, y aun a veces con aplauso, mis agrias e ingenuas críticas y dudas y ofensas contra Castalia, mientras él mismo luchaba para liberarse de la provincia, en realidad me atrajo y me llevó de regreso a ella, ésta es la verdad; me indujo de nuevo a la meditación, me educó y trastornó gracias a la música y a la meditación castalias, a la alegría castalia, al valor castalio; a pesar de que mi nostalgia por vosotros era tan incastalia y aun anticastalia, me hizo otra vez igual a vosotros; de mi desdichado amor por vosotros logró uno afortunado.

Así se expresó Designori y tenía muchas razones para su admirada gratitud. Puede resultar bastante fácil educar a niños y jovencitos al estilo de la vida de la Orden con la ayuda de nuestros muy experimentados sistemas; en un hombre que ya llegaba casi a los cincuenta años fue seguramente tarea pesada, aunque este hombre colaborara con mucha buena voluntad. No es que Designori llegara a ser todo un castalio o un castalio ejemplar. Pero lo que Knecht se propuso, lo logró ampliamente: diluir la terquedad y el amargo peso de tu tristeza, devolver al alma hipersensible y tímida la armonía y la alegría, reemplazar muchas de sus malas costumbres por otras buenas. Naturalmente, el Magister Ludí no pudo realizar por sí solo la cantidad de pequeños trabajos necesarios; empleó para ello el aparato y las fuerzas de Castalia y de la Orden, en favor del huésped de honor; por una temporada hasta le asignó un maestro de meditación de Hirsland, la sede de la Dirección de la Orden para que vigilara en su casa sus ejercicios de meditación.

Fue durante su octavo año de magisterio cuando por primera vez aceptó una de las tan repetidas invitaciones del amigo y lo visitó en su casa de la capital. Con autorización de la Dirección general, cuyo presidente Alexander le quería cordialmente, aprovechó para tal visita una fiesta: mucho esperaba de ella y durante todo ese tiempo la había rechazado constantemente, en parte porque quería estar bien seguro de su amigo, en parte también por un temor natural: se trataba en efecto de su primer paso por aquel mundo del cual su cantarada Plinio había fatalmente obtenido esa rígida tristeza, un mundo que guardaba para él tantos y tan importantes secretos. Encontró la casa moderna por la cual su amigo cambiara la vieja mansión de los Designori en la ciudad, regida por una magnífica dama, muy inteligente, reservada, y la dama dominada a su vez por su hijito, hermoso, impertinente y más bien mal educado, alrededor de cuya personita todo parecía girar allí y que seguramente había aprendido de la madre el modo de proceder contra el padre, tercamente prepotente y un poco humillante. Por lo demás, en esa casa había frialdad y desconfianza contra todo lo castalio; pero ni la madre ni el hijo resistieron mucho tiempo a la personalidad del Magister, cuyo cargo para ellos poseía además algo de misterio, de consagración, de leyenda. De todos modos, durante la primera visita las cosas se desarrollaron muy rígida y reservadamente; Knecht se mantuvo atento, vigilante y callado, la dama lo recibió con fría y formal cortesía y resistencia interior, como si fuera un alto oficial enemigo en zonas de ocupación; el hijo Tito fue el menos cohibido, debió haber sido más de una vez testigo y aprovechador atento y aun divertido de situaciones parecidas. El padre pareció representar más de lo que era realmente su papel de dueño de casa. Entre él y la mujer reinaba un tono suave, circunspecto, un poco angustioso, como de gentileza que marcha de puntillas, mantenido más fácil y naturalmente por la esposa que por el marido. Para el hijo, éste demostraba una atención y una camaradería que el niño parecía explotar por momentos, y por momentos rechazar, por hábito, arrogantemente. En resumen, se trataba de una unión penosa, poco sincera, agitada violentamente por instintos reprimidos, llena de miedo por trastornos y estallidos, colmada de tensión, y el estilo del modo de conducirse y de hablar, como el estilo de toda la casa, era casi demasiado cuidado y deliberado, como si no se pudiera erigir una valla protectora lo bastante gruesa y segura contra eventuales penetraciones o ataques. Y una observación más que Knecht anotó: una gran parte de la reconquistada alegría había desaparecido nuevamente del rostro de Plinio; mientras en Waldzell o en la residencia de la dirección de la Orden en Hirsland, su carga y su tristeza parecían casi desaparecidas, aquí en su casa él parecía encontrarse otra vez en la sombra y provocaba crítica al mismo tiempo que compasión. La casa era hermosa y revelaba riqueza y hábitos delicados; cada habitación estaba amueblada de acuerdo con sus dimensiones, cada una embellecida por una combinación armónica de dos o tres colores; aquí y allá una valiosa obra de arte. Knecht observaba complacido cada cosa; pero todo este espectáculo le pareció al final demasiado hermoso en cierta medida, demasiado perfecto y calculado, sin devenir, sin realidad, sin renovación posible, y sintió en el alma que también esta belleza de aposentos y objetos tenía el marchamo de una conjuración, de un ademán que busca protección, y que todo eso: cuartos, cuadros, floreros y flores, encerraba y acompañaba una existencia que anhelaba armonía y belleza, sin poder alcanzarlas en otra forma que justamente en el cuidado de este ambiente sofisticado.

Fue en el período inmediato posterior a esta visita, con tantas impresiones casi inagotables, cuando Knecht envió a su amigo un maestro de meditación para que le acompañara. Desde el día que pasó en la atmósfera tan curiosamente comprimida y saturada de aquella casa, Josef logró saber muchas cosas que no hubiera deseado, pero también muchas que le faltaba conocer y por las cuales había buscado al amigo. Y la relación no se quedó limitada a aquella primera visita, muchas más siguieron, y llevó a conversaciones sobre educación y sobre el joven Tito, en las que tomaba parte vivazmente también la madre. El Magister conquistó poco a poco la confianza y la simpatía de esta mujer inteligente y desconfiada. Una vez que casi en broma él le dijo que era una lástima que su hijito no hubiese sido enviado en su hora para ser educado en Castalia, ella tomó seriamente la observación como un reproche y se defendió: le parecía dudoso de que Tito hubiera sido aceptado realmente allá, tenía bastante capacidad, pero era de trato difícil y eso de intervenir en la vida de un niño contra su voluntad, ella no se lo hubiera permitido nunca; un intento de esa naturaleza había fracasado por cierto con su mismo padre. Tampoco hubiesen pensado nunca, ni ella ni su esposo, en valerse de un privilegio de la vieja familia Designori para su hijo, porque habían roto con el padre de Plinio y con toda la tradición de la antigua casa. Y al final agregó, con dolorosa sonrisa, que además ni en otras condiciones distintas hubiera podido ella separarse de su hijo, porque fuera de él no había nada que le hiciera la vida digna de vivirse. Mucho tuvo que pensar Knecht sobre esta observación más involuntaria que deliberada. Así que su hermosa casa, en la que todo era distinguido, magnífico y calculado, y su marido y su política y su partido, herencia del padre un día tan venerado, no eran cosas suficientes para dar sentido y valor a su vida; eso podía hacerlo solamente el niño ... Y prefería dejar crecer el hijo en condiciones tan malas y perjudiciales, como las de la casa y del matrimonio, antes que separarse de él por su bien. Era ésta una confesión desconcertante para una mujer tan inteligente, en apariencia tan fría y tan intelectual. Knecht no pudo ayudarla directamente como ayudaba al marido, ni pensó en intentarlo siquiera. Pero con sus espaciadas visitas y la influencia sobre Plinio, brindó una medida y una advertencia que penetró en la secreta y agriada situación de la familia. Para el Magister en cambio, mientras sucesivamente iba ganando influencia y autoridad en la casa Designori, la vida de esta gente del mundo le resultó cada vez más rica en enigmas, cuanto mejor la conocía. Pero de sus visitas a la capital y de lo que vio y experimentó, sabemos muy poco y nos contentaremos con lo expuesto.

Hasta este momento, Knecht no había intimado mucho con el presidente de la Dirección general de Hirsland, fuera de lo que exigían las funciones oficiales. Lo veía sólo en las reuniones generales de la autoridad de educación que se realizaban en Hirsland y aun allí el presidente ejercía casi siempre únicamente las funciones más formales y decorativas del cargo, el recibimiento y la despedida de los colegas, mientras que la labor principal de la dirección de los debates recaía en el locutor. El presidente, en la época del nombramiento de Knecht hombre de edad muy avanzada ya, fue muy venerado por el Magister Ludí, pero nunca le dio ocasión para acortar distancias; ya no era para él un ser humano, una persona, sino que flotaba como un gran sacerdote, símbolo de la dignidad y el recogimiento, come silenciosa cumbre, por encima del conjunto de las autoridades y de toda la jerarquía. Este venerable señor había fallecido, y en su lugar la Orden había elegido nuevo presidente a Alexander. Alexander era justamente aquel maestro de meditación que la Dirección general había asignado mucho antes a nuestro Knecht como inspector en el primer período de sus funciones oficiales, y desde entonces el Magister había admirado y amado con agradecimiento al ejemplar campeón de la Orden, pero también éste había podido observar y conocer en todo su valor al Magister Ludí, cuando fue objeto cotidiano de su cuidado y en cierto modo su penitente, y tuvo que quererlo bien. La amistad que quedara latente, formó conciencia en ambos y tomó cuerpo desde el momento en que Alexander llegó a ser colega de Knecht y presidente del Directorio, porque ahora se veían más a menudo y tenían tareas que realizar en común. Ciertamente, esta amistad carecía de trato constante y de comunes experiencias juveniles, era una simpatía de colegas en altos cargos, y sus expresiones se limitaban a un poco más de calor en el saludo y en el adiós, a un entendimiento mutuo más completo y rápido, a veces también a una charla de pocos minutos en las pausas de las sesiones.

Aunque de acuerdo con la Constitución el presidente de la Dirección general, llamado también Maestro de la Orden, no era superior a sus colegas de magisterio, le tocaba sin embargo, presidir por tradición las sesiones y virtualmente le alcanzaba esa situación de superioridad, y cuanto más la Orden durante las últimas décadas se fue convirtiendo en meditativa y monjil, más aumentó su autoridad, por cierto sólo dentro de la jerarquía y de la provincia, pero no fuera de ellas. Cada vez más llegaron a ser entre las autoridades educativas los verdaderos exponentes y representantes del espíritu castalio el presidente de la Orden y el Magister Ludí; al par de las antiquísimas disciplinas (como la gramática, la astronomía, la matemática o la música), heredadas de las épocas precastalias, habían llegado a ser bienes en realidad característicos de Castalia el cuidado del alma por la meditación y el juego de abalorios. No carecía, pues, de significado, si los dos representantes y directores de la época mantenían una relación de amistad, era para ambos una confirmación y elevación de su dignidad, un don de calor y satisfacción en la vida, un estímulo más para el cumplimiento de su cometido; representar y conservar vivos en sus personas los dos más nobles y sagrados tesoros, las fuerzas mejores del mundo castalio. Para Knecht, pues, esto representaba un vínculo más, un contrapeso a la tendencia cada vez mayor en él de renunciar a todo eso e irrumpir en otra esfera vital distinta. Pero esta tendencia se fue desarrollando fatal e incesantemente. Desde que tuvo perfecta conciencia de ello —esto debió ocurrir durante el sexto o séptimo año de su magisterio—, se robusteció y fue admitido sin miedo en su vida y en su pensar conscientes, justamente por él, el hombre del “despertar”. Más o menos desde ese momento, creemos poder afirmarlo, la idea de la futura renuncia a su cargo y el adiós a la provincia fue algo familiar para él, a veces a la manera de como lo es para un preso la fe en la liberación o para un enfermo grave el conocimiento de la muerte. En aquella inicial conversación con Plinio, el camarada de la juventud reaparecido, le había dado expresión en palabras por primera vez, posiblemente sólo para conquistar y hacer franquearse al amigo callado y reservado, pero tal vez también para dar con esta primera noticia a otro, a su cómplice, una primera vuelta de timón hacia afuera, un primer impulso a la realización, a su nuevo despertar, a su nueva sensación de vida. En ulteriores conversaciones con Designori, el deseo de Knecht de abandonar alguna vez su forma de vida y osar el salto en otra nueva, tomó ya la categoría de una resolución. Entre tanto elaboró cuidadosamente la amistad con Plinio, que estaba vinculado con él, no ya sólo por la admiración, sino también por la gratitud del que está sanando o ya está curado, y alcanzó así en ella un puente hacia el mundo exterior y su vida colmada de enigmas.

No nos debe sorprender que el Magister consintiera sólo muy tarde una idea de su secreto y de su plan de evasión al amigo Tegularius. Aunque sirvió con benevolencia y disposición a cada una de sus amistades, supo sin embargo, considerarlas por encima, independiente y diplomáticamente, y así guiarlas. Pero ahora, con el retorno de Plinio en su vida había aparecido un competidor para Fritz, un amigo antiguo y nuevo con derechos al interés y al corazón de Knecht, y éste pudo apenas asombrarse de que Tegularius al principio reaccionara con violentos celos; por un tiempo, hasta que hubo conquistado y normalizado su amistad con Designori, la reserva enfurruñada del otro pudo ser más bien grata al Magister. A la larga, ciertamente, fue más importante otra consideración. ¿Cómo se podía hacer aceptar y aprobar a un carácter como el de Tegularius su deseo de sustraerse simplemente a Waldzell y a su dignidad de Magister? Si Knecht abandonaba a Waldzell, estaría perdido para siempre para este amigo; eso de llevarlo consigo por el estrecho y peligroso camino que le esperaba, no había que pensarlo siquiera, aunque aquél, inesperadamente, mostrara deseo y valor para ello. Knecht esperó, meditó y vaciló mucho, antes de hacerle conocer sus intenciones. Pero finalmente lo hizo, cuando su resolución de evadirse llegó a ser definitiva y firme. Hubiera chocado con su modo de ser el dejar al amigo en la ignorancia y preparar a sus espaldas proyectos y dar pasos cuyas consecuencias debía sobrellevar aquél también. Posiblemente, quiso convertirlo como a Plinio no sólo en conocedor, sino en real o imaginario colaborador y cómplice, porque la solidaridad ayuda a vencer cualquier situación.

Las ideas de Knecht acerca de la decadencia que amenazaba a Castalia eran conocidas desde hacía mucho tiempo por el amigo, lógicamente, sólo hasta donde el uno estaba decidido a comunicarlas y el otro a aceptarlas. A ellas se refirió el Magister, cuando se resolvió a sincerarse con Tegularius. Contra lo que esperaba y para su gran alivio, Fritz no tomó a lo trágico la comunicación que le confió, hasta pareció divertirlo la idea de que un Magister resignara su dignidad a las autoridades, se sacudiera del calzado el polvo de Castalia y se eligiera una existencia a su gusto; esto aun lo excitó agradablemente. Como individualista y enemigo de toda disciplina, Tegularius había estado siempre de parte del individuo contra la autoridad; estaba también siempre dispuesto a combatir el poder oficial en forma espiritual, a burlarse de él, a hacerle trampa. Esto allanaba el camino a Knecht, quien, respirando aliviado, con una risa intima, buscó muy pronto la reacción del amigo. Le dejó que creyese que se trataba de una especie de jugarreta contra las autoridades y el hatajo de funcionarios, y le asignó en esta aventura el papel de cómplice, colaborador y conjurado. Se elaboraría un pedido del Magister a la Dirección, una exposición y explanación de todos los motivos que le imponían la renuncia a su cargo, y la preparación y definición de este pedido debía ser especialmente obra de Tegularius. Ante todo debía asimilar la concepción histórica de Knecht acerca del nacer de Castalia, de su crecer y de su actual estado; luego reunir material histórico y apoyar con el mismo los deseos y proyectos de Knecht. El que tuviera así que penetrar en un campo hasta entonces por él rechazado y despreciado, el de la historia, no pareció incomodarle, y Knecht se apresuró a darle para ello las necesarias indicaciones. De esta manera, Tegularius se dedicó exclusivamente a su nueva tarea, con el celo y la tenacidad que sabía poner en empresas accesorias y solitarias. Para él, terco individualista, hubo un placer marcadamente rencoroso en esos estudios que le podían colocar en condición de demostrar a los bonzos y a la jerarquía sus faltas y tus deficiencias, o por lo menos de picarlos. De este placer Josef Knecht participaba tan poco como el otro de la fe en un triunfo de los esfuerzos de su amigo. Josef estaba resuelto a liberarse de las cadenas de su situación actual y a disponerse a tareas que sentía le esperaban, pero sabía claramente que ni podría vencer a las autoridades con motivos razonables, ni lograría descargar parte de lo que había que hacer sobre Tegularius. Pero le agradaba mucho saberlo ocupado y apartado por un tiempo, mientras debiera vivir cerca de él. Después de contar todo esto a Designori, en un encuentro de aquellos días, agregó:

—El amigo Tegularius está ahora ocupado y además indemnizado por lo que cree haber perdido por su retorno. Sus celos están casi curados, y su labor para ayudarme contra mis colegas le gusta y casi le hace feliz. Pero no creas, Plinio, que espero algo de su labor, fuera de lo bueno justamente que tiene para él. Que nuestra suprema autoridad dé curso al pedido proyectado es completamente improbable, hasta imposible; a lo sumo contestará con una admonición suavemente reprensiva. Lo que se levanta entre mis intenciones y su realización es la ley fundamental misma de nuestra jerarquía, y una autoridad que despidiera a su Magister Ludí por un pedido tan convincentemente fundado y le asignara una actividad fuera de Castalia, no me gustaría tampoco a mí. Además está a la cabeza de la Orden un maestro que no se doblega. No, esta lucha deberé sostenerla por entero yo solo. Pero ¡dejemos por ahora que Tegularius ejercite toda su agudeza intelectual! Con eso sólo perdemos un poco de tiempo, y yo lo necesito fatalmente para dejarlo todo en orden, para que mi partida pueda ocurrir sin perjuicios para Waldzell. Pero tú entre tanto debes procurarme entre vosotros albergue y posibilidad de trabajo, aunque modesto; en caso necesario me basta un puesto de maestro de música, por ejemplo; debe ser sólo un comienzo, un trampolín.

Designori dijo que eso se encontraría y, que cuando llegara el momento, su casa estaba abierta para el amigo por todo el tiempo que quisiera. Pero esto no conformaba a Knecht.

—No —dijo a Plinio—, no debo ser un huésped, necesito trabajo. Además, una permanencia en tu casa, tan hermosa, si durara mucho, solo aumentaría allí la tirantez y las dificultades. Tengo mucha confianza contigo y también tu esposa se ha acostumbrado amablemente a mis visitas, pero esto tendría en seguida otro aspecto, al dejar de ser visitante y Magister Ludí, para convertirme en simple refugiado y huésped permanente.

—Lo tomas todo, sin embargo, con demasiada exactitud —juzgó Plinio—. Puedes contar con toda certeza que cuando te liberes de aquí y establezcas tu residencia en la capital, tendrás pronto una digna ocupación, por lo menos como profesor de la Universidad. Pero estas cosas no se realizan de un día para otro, necesitan tiempo, ya lo sabes; y sólo podré ocuparme al respecto cuando se haya efectuado tu separación de aquí.

—Es cierto —contestó el Magister—, hasta ese momento mi resolución debe permanecer oculta. No puedo ponerme a disposición de vuestras autoridades antes de que las mías estén enteradas y hayan resuelto; es natural y lógico. Pero no busco de antemano un cargo público. Mis necesidades son pequeñas, menores de lo que tú puedes imaginar probablemente. Me basta un cuartito y el pan de cada día, pero ante todo un trabajo y una tarea como maestro y educador, necesito algunos escolares con quienes pueda vivir y actuar; lo que menos pienso es trabajar en Universidades; preferiría ser maestro particular de un niño o algo parecido. Lo que busco y me hace falta, es una tarea simple, natural, un hombre que me necesite. La ocupación en una Universidad volvería a insertarme desde el principio en un aparato oficial tradicional, consagrado y mecanizado, y lo que yo deseo es todo lo contrario.

Titubeando, Designori se atrevió entonces a formular una propuesta que había estado elaborando hacía tiempo.

—Yo tendría una propuesta que hacerte —dijo—, y te ruego que por lo menos la conozcas y la estudies con buena voluntad. Tal vez puedas aceptarla y con ello me harías un favor. Desde el día que fui tu huésped aquí, me has ayudado mucho en muchas cosas. Has conocido también mi vida y mi casa y sabes lo que pasa allí. No anda muy bien, pero eso sí, mejor que hace años. Lo más grave es la relación entre mi hijo y yo. Es malcriado y además impertinente, se ha conquistado en casa una posición de privilegio, la logró fácilmente en los años en que, siendo niño aún, fue mimado por la madre y por mí. Luego se volcó resueltamente hacia la madre y se me fueron de las manos poco a poco todos los recursos educativos eficaces. Me conformé, como lo hice por lo demás con mi misma vida, tan poco feliz. Me había resignarlo, por renuncia. Pero ahora que me curé casi, gracias a tu ayuda, acaricio nuevas esperanzas. Verás adonde quiero llegar; mucho me lisonjearía si Tito, que además tiene sus dificultades en la escuela, hallara por un tiempo un maestro, un educador que se preocupara por él. Es un pedido egoísta, lo sé, e ignoro si la tarea puede atraerte. Pero tú me ha dado valor para hablar de la propuesta. Knecht sonrió y le tendió la mano.

—Gracias, Plinio. Ninguna otra proposición podría resultarme más grata. Sólo falta el asentimiento de tu esposa. Y además deberíais resolveros ambos a dejar la resolución al hijo. Para que yo pueda hacerme cargo de él, es necesario eliminar la influencia diaria de la casa paterna. Debes hablar al respecto con tu esposa e inducirla a aceptar esta condición. Toma la cosa con precaución y sin prisa.

—¿Y tú crees —preguntó Designori— que podrías lograr algo con Tito?

—¡Oh, sí! ¿Por qué no? Tiene de ambos padres buena sangre y buenas dotes, falta solamente la armonía de estas fuerzas. Despertar en él el anhelo de esa armonía, más aún, robustecerlo y al final tornarlo consciente, será mi tarea, que asumo con gusto.

Knecht sabía así que sus dos amigos, cada uno en forma distinta, estaban ocupados en su asunto. Mientras Designori en la capital exponía a su mujer los nuevos proyectos, en Waldzell, Tegularius pasaba el tiempo en una celda de trabajo de la biblioteca y reunía de acuerdo con las indicaciones de Knecht el material para la pieza proyectada. El Magister había sabido tenderle un cebo infalible con la lectura que le proporcionó; Fritz Tegularius, el que despreciaba tanto la historia, mordió el anzuelo y se enamoró de la historia de la época bélica. Gran trabajador en el juego, reunió con hambre creciente anécdotas sintomáticas de aquella era, que preludió sombríamente a la Orden, y acumuló tantas, que su amigo, cuando meses después recibió su trabajo apenas pudo conservar la décima parte.

En este lapso Knecht repitió varias veces sus visitas a la capital. La esposa de Designori fue otorgándole cada vez más confianza, del mismo modo que a menudo un ser sano y armonioso encuentra fácilmente aceptación por parte de los inquietos y amargados, y pronto estuvo conquistada para los proyectos del marido. De Tito sabemos que en una de las visitas hizo saber arrogantemente al Magister que no deseaba ser tuteado por él, sino tratado de usted como lo hacían todos, hasta los maestros en su escuela. Knecht le agradeció con mucha cortesía y se disculpó, contándole que en su provincia el maestro tuteaba a todos los escolares y estudiantes, aun a los mayores. Y después de comer, pidió al niño que saliera un rato con él y le mostrara la ciudad. Durante este paseo, Tito lo llevó también por una magnífica calle de la ciudad vieja, donde estaban en larga serie las casas seculares de las familias patricias más distinguidas y ricas. Delante de una de estas casas estrechas, altas y firmes, Tito se detuvo y preguntó:

—¿La conoce usted?

Y como Knecht contestara que no, dijo:

—Ése es el escudo de los Designori y la casa es nuestra vieja mansión familiar; perteneció durante tres siglos a la familia. Pero nosotros residimos en una indiferente casa de todo el mundo, sólo porque papá, después de la muerte de mi abuelo, tuvo el capricho de vender este bello y venerable palacio familiar y construirse una casa a la moda, que por lo demás ya no es moderna. ¿Puede comprender usted cosa semejante?

—¿Le duele mucho haber perdido la vieja casa? —preguntó amablemente Knecht, y como Tito contestó que sí y repitió su pregunta:

—¿Puede comprender usted cosa semejante? —le dijo:

—Todo se puede comprender, si se pone en la debida luz. Una vieja casa es una cosa bella y si la nueva estuviera al lado y yo debiera elegir, elegiría la vieja. Sí, las viejas casas son hermosas y respetables, especialmente una tan bella como ésta. Pero construirse una casa es también algo hermoso y si un joven ambicioso y progresista tiene que elegir entre colocarse cómodamente tranquilo en un nido preparado o edificarse uno nuevo, se puede comprender perfectamente que su elección puede recaer también sobre construir. Por lo que conozco a su padre, y lo conocí cuando tenía aún su edad de usted y era impaciente y apasionado, se ha hecho a sí mismo el mayor mal con la venta y la pérdida de la casa. Tuvo un grave conflicto con su padre y su familia, y al parecer, su educación entre nosotros no fue la más conveniente para él, por lo menos no pudo ella protegerlo de algunas precipitaciones pasionales. Una de ellas fue seguramente la venta de la mansión. Con eso quiso abofetear y declarar la guerra a la tradición de la familia, al padre, a todo el pasado y a la sumisión; por lo menos me parece comprensible así. Pero el hombre es un ser raro, y no me parecería improbable tampoco otra idea, la de que el vendedor de la casona con esta liquidación no quiso hacer daño a la familia sino sólo a sí mismo. La familia le había desilusionado, le había enviado a nuestras escuelas de selección, le había hecho educar allá a nuestro modo y luego lo recibió aquí a su regreso con tareas, exigencias y deberes para los que no estaba preparado. Pero no quiero ir más lejos en mi interpretación psicológica. De todas maneras, la historia de esta casa vendida muestra la fuerza del conflicto entre padres e hijos, el odio, este amor convertido en odio. En los temperamentos vivos y dotados, tal conflicto surge siempre, la historia universal está llena de ejemplos. Pero puedo también imaginar muy bien a un joven Designori que más tarde se propone como tarea en la vida la de devolver al patrimonio familiar la vieja casa, costare lo que costare.

—Muy bien —exclamó Tito—; ¿y no le daría usted razón si lo hiciera?

—No quisiera erigirme en juez suyo, joven señor. Si más adelante un Designori recuerda la grandeza de su estirpe y el deber que con ella recibió en la vida, si sirve a la ciudad, al Estado, al pueblo, al derecho, al bienestar con todas sus energías, y con ello llega a ser tan fuerte que además lleva a cabo la reconquista de su casa, será un hombre respetable y tendremos que descubrirnos delante de él. Pero si en su vida no conoce otra meta que esta historia de la casa, no sería más que un poseso, un fanático, un pasional; a lo sumo, probablemente, alguien que nunca comprenderá tales conflictos familiares de la juventud en su verdadero sentido y los arrastrará consigo toda su vida, aun cuando sea grande. Podemos comprenderlo y aún compadecerlo, pero no acrecentará la gloria de su casa. Es hermoso que una vieja familia se adhiera con amor a su mansión familiar, pero el rejuvenecimiento y la nueva grandeza provienen siempre y solamente de que los hijos sirven a metas más altas que las de la familia.

Si en este paseo Tito escuchó al huésped de su padre atentamente y con bastante disposición, en otras ocasiones sin embargo, le mostró de nuevo resistencia y rebeldía; sospechaba en el hombre que sus padres generalmente tan poco acordes parecían estimar por igual, un poder que podía amenazar su mimada libertad y se mostró a veces netamente mal educado y descortés; ciertamente, después seguía cada vez el arrepentimiento y el deseo de disculparse, porque lastimaba su orgullo haberse mostrado contrario a la alegre cortesía que rodeaba al Magister como una pulida coraza. Y en secreto, en su corazón inexperto y un poco salvaje, sentía, no obstante, que éste era un ser a quien podría tal vez amar mucho y respetar.

Tuvo esta sensación especialmente en una media hora que pasó con Knecht solo, mientras éste esperaba a su padre retenido por negocios. Al entrar en la habitación, Tito vio al huésped sentado con los ojos semicerrados, inmóvil, en la posición de una estatua, irradiando en su recogimiento paz y tranquilidad, tanto que el jovencito comenzó a caminar levemente sin quererlo casi, de puntillas, tratando de escurrirse. Pero entonces el Magister abrió los ojos, lo saludó amablemente, se levantó, señaló el piano que estaba en esa habitación y le preguntó si le gustaba la música.

Tito contestó que sí, que hacía bastante tiempo que no hacía una sola hora de música, porque en la escuela no se hallaba en situación brillante y allí los sermoneadores lo torturaban mucho, pero que oír música había sido siempre un gran placer para él. Knecht abrió el piano, se sentó, comprobó si estaba afinado y tocó un andante de Scarlatti, que había empleado en esos días como base de un ejercicio del juego de abalorios. Luego se detuvo y, viendo que el jovencito estaba atento y rendido, comenzó con breves palabras a explicarle lo que ocurría más o menos en aquel ejercicio de abalorios; separó la música en sus partes, mostró algunas de las formas de análisis que se pueden emplear y explicó los medios para la traducción de la música en jeroglíficos del juego. Por primera vez Tito no miró al maestro como un huésped ni como una sabia celebridad que él rechazaba porque aplastaba su orgullo, sino que lo vio en su labor, un hombre que ha aprendido un arte muy sutil y exacto, cuyo sentido él podía solamente intuir, sí, pero que parecía exigir todo un hombre y su dedicación. También le halagó que lo tomara por adulto y suficientemente capaz como para interesarse por estas cosas complicadas. Se aquietó y en esa media hora comenzó a comprender de dónde, de qué fuentes manaba la alegría y la segura tranquilidad de este hombre notable.

La actividad oficial de Knecht era en ese último tiempo casi tan intensa como en el período difícil de la asunción del cargo. Le interesaba sobremanera dejar todos los resortes de sus deberes en estado ejemplar. Logró ese resultado también, aunque fracasó en el otro imaginado al mismo tiempo de hacer aparecer su persona como innecesaria y fácilmente reemplazable. Eso es casi siempre lo que ocurre en nuestros cargos supremos: el Magister flota casi solamente como una pieza suprema de adorno, brillante insignia, por encima de la complicada multiplicidad de su campo oficial; va y viene rápidamente, ligero como un espíritu amable, dice dos palabras, asiente afirmando, indica una tarea como un ademán y ya se ha ido a otra cosa; toca en el aparato de sus funciones como un músico en su instrumento, no parece necesitar fuerza y sí apenas un pensamiento, y todo marcha como debe. Pero cada funcionario de este aparato sabe lo que significa, cuando el Magister está de viaje o enfermo, reemplazarlo por un día o por unas horas... Mientras Knecht recorría una vez más todo ese pequeño Estado del Vicus Lusorum, investigando y empleando sobre todo el mayor cuidado en llevar su “sombra” inadvertidamente a la tarea de reemplazarlo seriamente muy pronto, pudo comprobar al mismo tiempo que su ser íntimo ya se había separado y alejado de todo eso, que toda la preciosidad de este pequeño mundo tan bien imaginado ya no le hacia feliz ni le encadenaba. Veía a Waldzell y su magisterio casi como algo a sus espaldas, un distrito que había atravesado, que le había dado y enseñado mucho, pero que no podía provocar en él ya ninguna energía, ningún acto nuevo. En la época de este lento alejamiento, de esta paulatina despedida; comprendió cada vez más que la verdadera razón de su extrañamiento y de su deseo de marcharse no era ciertamente la conciencia de los peligros inminentes para Castalia y la preocupación por su porvenir, sino que eso era simplemente una parte vacía y desocupada de sí mismo, de su corazón y de su alma, que ahora deseaba tener sus derechos y quería realizarse, colmarse en plenitud.

Volvió a estudiar fundamentalmente una vez más la Constitución y los Estatutos de la Orden y vio que su alejamiento de la provincia no era tan difícil y menos aún imposible de conseguir, como había supuesto al principio. Era libre de renunciar a su cargo por motivos de conciencia, era libre de abandonar la Orden; el voto prestado no ataba por toda la vida, aunque muy rara vez un miembro y nunca una de las más altas autoridades hubiese hecho uso de esta libertad; no, lo que le hacía aparecer tan grave el paso era el espíritu mismo de la jerarquía, la lealtad y la fidelidad en su corazón, no por cierto la estrictez de las leyes. Es cierto, no quería huir ocultamente, preparaba un pedido eficaz para recabar su libertad, el bueno de Tegularius se ennegrecía los dedos escribiendo. Pero él no creía en el resultado de ese pedido. Se le tranquilizaría, se le amonestaría, tal vez se le ofrecería un permiso de descanso en Mariafels, donde poco antes había muerto el Pater Jakobus, o tal vez un viaje a Roma. Pero no le soltarían, esto creía que era ya lo más seguro. Soltarle era contrario a toda la tradición de la Orden. Si la suprema Dirección lo hiciera, admitiría que su pedido era justificado, que la vida en Castalia y aun en un puesto tan elevado, en determinadas circunstancias, no bastaría para un hombre, y podía también significar para ese hombre renuncia y reclusión.

 

 


Capítulo XI
LA CIRCULAR

 

NOS acercamos al final de nuestra narración. Como ya indicamos, nuestro conocimiento de ese fin está lleno de lagunas y tiene más bien el carácter de una saga que el de un informe histórico. Tenemos que conformarnos con eso. Pero más nos complace por lo mismo poder llenar este penúltimo capítulo de la biografía de Knecht con un documento auténtico, es decir, con ese amplio escrito en que el Magister Ludí mismo expuso a las autoridades las razones de su resolución y pidió el relevo de su cargo.

Cabe solamente decir, y es cierto, que Josef Knecht no sólo no creía ya, como sabemos, en un buen resultado de este escrito preparado con tantos pormenores, sino que, cuando llegó a ello, hubiera preferido no escribir ni presentar su “pedido”. Le pasaba lo que a todos los hombres que ejercen un poder natural y al comienzo inconsciente sobre otros: este poder no es ejercido sin consecuencias para el interesado y si el Magister se había alegrado por haber conquistado así a su amigo Tegularius para su propósito, convirtiéndolo en favorecedor y colaborador, lo ocurrido resultaba ahora más fuerte que lo que había pensado y deseado. Había ganado o tentado a Fritz con un trabajo en cuyo valor ya no creía él más, él que le había dado origen; pero no podía anular esa labor cuando el amigo al fin se la entregó realizada, ni dejarla a un lado inutilizada, sin herir profundamente y desilusionar al amigo a quien había querido hacer tolerable la separación. Por lo que creemos saber, correspondía más a las intenciones de Knecht en ese momento renunciar simplemente al cargo y declarar que salía de la Orden, en lugar de elegir el recurso, a sus ojos convertido casi en comedia, de un “pedido”. Pero en atención al amigo se allanó una vez más a dominar por un tiempo su impaciencia.

Sería probablemente interesante conocer el manuscrito del diligente Tegularius. Constaba sobre todo de material histórico, reunido para fines de pruebas o ilustración, pero difícilmente nos equivocamos al suponer que contenía además muchas palabras de crítica aguda y espiritualmente ejercida contra la jerarquía, como también contra el mundo y la historia universal. Mas aunque este manuscrito elaborado en varios meses de extraordinariamente dura laboriosidad existiera todavía, lo que es muy posible, y aunque lo tuviéramos a nuestra disposición, deberíamos renunciar a transcribirlo, porque nuestro libro no es el lugar adecuado para su publicación.

Para nosotros tiene importancia únicamente el empleo que el Magister Ludí hizo del trabajo del amigo. Cuando éste se lo entregó en forma solemne, Knecht lo tomó con cordiales palabras de agradecimiento y reconocimiento, y como sabía que debía complacerle, le pidió que le leyera lo escrito. A lo largo de varios días, pues, Tegularius se sentó al lado del Magister durante media hora en el jardín, porque era verano, y le leyó satisfecho las innúmeras páginas de que se componía su memorial, y a menudo la lectura fue interrumpida por la alegre y franca risa de ambos. Fueron días hermosos para Tegularius. Luego Knecht se retiró y redactó —utilizando muchas partes del manuscrito de su amigo— su pedido a las autoridades supremas, que transcribimos textualmente y que no necesita ningún comentario.

 

EL ESCRITO DEL “MAGISTER LUDÍ” A LAS

AUTORIDADES DE EDUCACIÓN

 

Diversas reflexiones me han determinado, como Magister Ludí, a presentar a la autoridad en este escrito separado y en cierto modo privado una petición de naturaleza especial, en lugar de incluirla en mis oficiosas justificaciones de cuentas. Agrego precisamente el escrito al informe normal del momento, pero lo considero más bien como una especie de circular colegiada para mis iguales en funciones.

Corresponde a los deberes de un Magister llamar la atención de la Autoridad, cuando surgen obstáculos o amenazan peligros para la fiel dirección normativa de su cargo. Mi dirección, aunque me esfuerzo en servir a mis funciones con todas mis energías, está (o me parece que debe estar) amenazada por un peligro que tiene asidero en mi persona, pero no origen únicamente en ella. Por lo menos considero el peligro moral de un debilitamiento de mi aptitud personal como Magister Ludí al mismo tiempo como peligro objetivamente existente fuera de mi persona. Para expresarme en forma muy concisa: comencé a dudar de mi capacidad para la plena dirección de mi cargo, porque lo debo considerar amenazado y con él también el juego de abalorios que se me ha confiado. La intención de este escrito es la de exponer a los ojos de la Autoridad que el aludido peligro existe y que justamente este peligro, desde que lo conocí, me llama con urgencia a otro lugar distinto de aquel en el cual me encuentro. Séame permitido explicar la situación mediante un apólogo: Está uno sentado en la buhardilla dedicado a un sutil trabajo de sabio, cuando nota que abajo en el edificio debe haber estallado un incendio. No reflexionará si esto es de su incumbencia o si debe copiar en limpio sus tablas, sino que correrá abajo y tratará de salvar la casa. Del mismo modo estoy yo sentado en uno de los pisos más altos de nuestro edificio castalio, ocupado en el juego de abalorios, trabajando con instrumentos verdaderamente delicados y sensibles, y el instinto (la nariz) llama mi atención: en alguna parte hay fuego, un fuego que amenaza y pone en peligro toda nuestra casa, y me dice que en este momento no debo analizar música o distinguir reglas de juego, sino correr en seguida hacia el lugar donde se advierte el humo.

La institución castalia, nuestra Orden, nuestra labor científica y escolar, juntamente con el juego de abalorios y todo lo demás, nos parecen a cada uno de los Hermanos de la Orden tan naturales como el aire que respira a cualquier ser humano; el terreno sobre el cual pisa, a cada uno de los demás. Apenas si alguna vez hay quien piensa que este aire y este suelo podrían no existir, que la luz podría faltarnos un día, el suelo huir bajo nuestros pies. Tenemos la dicha de vivir en un pequeño mundo limpio y alegre, bien protegido, y la gran mayoría de nosotros, aunque pueda parecer sorprendente, vivimos en la ficción de que este mundo ha existido siempre y nosotros somos innatos en él. Yo mismo pasé mis años juveniles en este delirio tan agradable, mientras conocía sin embargo, la realidad, es decir, que no nací en Castalia, sino que fui enviado y educado aquí por las autoridades y que Castalia, la Orden, los jefes, las casas de estudio, los archivos y el juego de abalorios no existieron siempre y no son obra de la naturaleza, sino creación tardía, noble y perecedera como todo lo realizado por la voluntad del hombre. Todo esto sabía yo, pero carecía de realidad para mí; no pensaba en eso, ponía los ojos más lejos, y sé que más de las tres cuartas partes de nosotros viven y morirán en esta maravillosa y agradable ilusión.

Pero como hubo siglos y milenios sin Orden y sin Castalia, los habrá también en el porvenir otra vez. Y si hoy recuerdo a mis colegas y a las venerables Autoridades este hecho, esta verdad evidente, y los invito a dirigir la mirada a los peligros que nos amenazan, si asumo, pues, el papel poco agradable y fácil blanco de burlas, del profeta, del admonitor, del misionero, aun sólo por un instante, estoy dispuesto al escarnio eventual, pero tengo la esperanza de que la mayoría de vosotros leerá mi escrito hasta el final y que algunos estarán de acuerdo conmigo en determinados puntos. Y ya sería mucho.

Una organización como nuestra Castalia, un pequeño Estado del Espíritu, está expuesto a peligros internos y externos. Los peligros internos, o muchos de ellos, los conocemos y los vigilamos y combatimos. Seguimos eliminando alumnos de las escuelas de selección porque descubrimos en ellos cualidades e instintos indomables, que los harían ineptos y peligrosos para nuestra comunidad. La mayoría de ellos, así lo esperamos, no son por eso hombres de menos valor, sino solamente inadecuados para la vida castalia, y pueden hallar, a su regreso en el mundo, condiciones de vida más convenientes y convertirse en hombres de pro. Nuestra experiencia al respecto se ha consagrado como buena y en conjunto se puede decir también de nuestra comunidad que defiende su dignidad, y su propia educación y basta a su tarea de representar y seguir elaborando una capa superior, una clase de nobleza del espíritu. Es de presumir que no viven entre nosotros más indignos y remisos de lo que es natural y tolerable. Ya menos inobjetable es nuestra situación por lo que se refiere a la presunción de la Orden, al orgullo de clase, tentación de toda aristocracia, de toda situación de privilegio, y que puede habitualmente reprocharse, con o sin razón, a toda nobleza. En la historia de la sociedad hay siempre el intento de la creación de la aristocracia, es su cumbre y corona, y alguna categoría de aristocracia, del dominio de los mejores, parece ser la meta, el ideal verdadero aunque no siempre admitido, en todas las tentativas de formación de sociedades humanas. El poder, monárquico o anónimo, estuvo siempre dispuesto a fomentar con protección y privilegios a la nobleza en cierne, ya fuera política o de otra naturaleza, por nacimiento o selección y educación. La nobleza favorecida se robusteció siempre bajo este sol, pero también el hallarse siempre en el sol y ser privilegiado se convirtió en tentación desde determinado grado de evolución o desarrollo, y llevó a la corrupción. Si consideramos, pues, a nuestra Orden como una aristocracia y tratamos de averiguar hasta dónde nuestra conducta justifica nuestra situación de preferencia frente al conjunto del pueblo y del mundo, hasta dónde quizá nos haya afectado y nos domine la enfermedad característica de la nobleza, el orgullo sacrílego, la presunción, la soberbia clasista, la suficiencia y el ingrato parasitismo, sentiríamos muchos remordimientos. No es que al castalio actual le falte disposición para la obediencia a las leyes de la Orden, a la diligencia, al espiritualismo cultivado; pero, ¿no le falta a menudo la clarividencia acerca de su inserción o encuadramiento en la organización del pueblo, en el mundo, en la historia universal? ¿Tiene conciencia de la base de su vida, se sabe hoja, flor, rama o raíz de un organismo vivo, intuye algo de los sacrificios que el pueblo hace por él, alimentándole, vistiéndole, facilitándole su educación y sus múltiples estudios? ¿Y se cuida mucho por el sentido de nuestra existencia y nuestra posición de privilegio, tiene una idea exacta del fin de nuestra Orden y de nuestra existencia? Admitiendo excepciones, muchas y nobles excepciones, me inclino a contestar “no” a todas estas preguntas. El promedio de los castalios considera al hombre del mundo, al no culto, tal vez sin desprecio, sin envidia, sin odio, pero no como hermano; no ve en él a la persona que le da el pan, tampoco se siente responsable en mínima parte de lo que ocurre afuera en el mundo. Fin de su vida le parece el culto de las ciencias por sí mismas o aun solamente el paseo gozoso en el jardín de una cultura que se cree universalista y no lo es del todo. En resumen, esta formación castalia, elevada y noble sin duda, a la que estoy profundamente agradecido, en la mayoría de sus poseedores y representantes no es órgano e instrumento, no es activa y tendida a una meta, ni conscientemente puesta al servicio de algo más grande o más profundo, sino que tiende un poco al goce y a la gloria personal, a la elaboración y atención de especialidades anímicas. Sé que hay un gran número de castalios integérrimos y sumamente valiosos, que en realidad nada quieren sino servir; hay los maestros preparados entre nosotros, sobre todo aquellos que afuera en el país, lejos del clima agradable y los mimos espirituales de nuestra provincia, prestan en las escuelas del mundo un servicio lleno de renuncias, pero inapreciablemente precioso. Estos valientes maestros allá afuera, en sentido estricto, son realmente los únicos de nosotros que cumplen de verdad el fin de Castalia y con cuyo trabajo pagamos al país y al pueblo todo lo que nos dan. Que nuestra suprema y más santa tarea reside en mantener los cimientos espirituales del país y del mundo, aquello que se ha demostrado también como elemento moral de suma eficacia, es decir, el sentido de la verdad, sobre el cual entre otras cosas se funda también el derecho, esto lo sabe perfectamente por cierto cada uno de nosotros, los Hermanos de la Orden, pero con un ligero examen de conciencia la mayoría debemos confesar que para ellos el bien del mundo, la conservación de la honestidad y pureza espirituales aun fuera de nuestra provincia conservada tan bellamente limpia, no es absolutamente lo más importante, ni es importante siquiera, y que dejamos a estos valientes maestros allá afuera el pago de nuestra deuda con el mundo mediante su generosa labor y la justificación en cierto modo del goce de nuestros privilegios, para nosotros los jugadores de abalorios, los astrónomos, los músicos o los matemáticos. Al orgullo considerable y al espíritu de casta se debe que no tratemos seriamente de merecer nuestros privilegios, justamente por nuestra obra, porque no pocos de nosotros, al cumplir la reglamentaria abstinencia de nuestra vida material, creemos que es una virtud y la practicamos meramente por ella misma, mientras es el mínimo de retribución por el hecho de que el país nos hace posible la existencia castalia.

Me limito a señalar estos perjuicios y peligros internos; no son tan insignificantes, aunque en tiempos de paz no puedan amenazar seriamente nuestra existencia. Pero los castalios no dependemos solamente de nuestra moral y nuestra razón, sino muy especialmente también de la situación del país y la voluntad del pueblo. Comemos nuestro pan, utilizamos nuestras bibliotecas, perfeccionamos nuestras escuelas y nuestros archivos, pero si el pueblo no lo quisiera seguir consintiendo, o si el país, por empobrecimiento, guerras, etc., fuera imposibilitado de hacerlo, en el mismo instante nuestra existencia y nuestros estudios acabarían. Los peligros que nos amenazan desde fuera son que nuestro país no pueda mantener un día a Castalia y nuestra cultura, que nuestro pueblo considere un día a Castalia como un lujo que no puede ya permitirse, y que, en lugar de ser generosamente orgulloso de nosotros, un día nos considere como parásitos y seres dañinos y aun como maestros de error y enemigos.

Si quisiera exponer a los ojos de un castalio medio estos peligros, debería hacerlo ante todo con ejemplos de la historia, y chocaría al hacerlo con cierta resistencia pasiva, con cierta ignorancia y antipatía que podría llamar infantiles. El interés por la historia universal, bien lo sabéis, es entre nosotros los castalios sumamente débil; más aún, no sólo falta a la mayoría de nosotros interés, sino aun justicia por la historia, respeto por ella. Esta desviación del culto de la historia universal, mezcla de indiferencia y falsa superioridad, me incitó a menudo a indagar, y he encontrado que tiene dos causas. En primer lugar, el contenido (o aun los contenidos) de la historia —me refiero naturalmente a la historia del espíritu y de la cultura, que tanto cuidamos— nos parece un poco inferior en valía; la historia universal consiste, según la idea que tenemos de ella, en brutales luchas por el poder, por bienes, tierras, materias primas, dinero, en fin, por lo material y cuantitativo, por cosas que consideramos no espirituales y más bien despreciables. Para nosotros, el siglo XVII es la época de Descartes, Pascal, Froberger, Schuetz, no la de Cromwell o de Luis XIV. El segundo motivo básico de nuestro miedo a la historia universal reside en nuestra desconfianza heredada y en gran parte, según opino, justificada, por una determinada suerte de consideración y redacción de la historia, muy en boga en la época de la decadencia, antes de la fundación de nuestra Orden, y en la que de antemano no tenemos la menor confianza: la llamada filosofía de la historia, cuyo florecimiento más espiritual y al mismo tiempo cuyo efecto más peligroso encontramos en Hegel, pero que en el siglo que le siguió, desembocó en la más antipática falsificación histórica y en la desmoralización del sentido de la verdad. La preferencia por la llamada filosofía de la historia constituye para nosotros una de las características capitales de aquella época de marasmo espiritual y luchas políticas por el poder de vasto alcance, que a veces denominamos el “siglo guerrero”, pero más a menudo “época folletinista”. De la lucha contra su espíritu —o ausencia de espíritu—, y la victoria sobre el mismo, sobre las ruinas de aquella época, nació nuestra actual cultura, nació la Orden y nació Castalia. Pero es propio de nuestra soberbia moral enfrentar a la historia universal, especialmente a la moderna, casi en la misma forma en que lo hacia el asceta o el ermitaño del primitivo cristianismo con el escenario del mundo. La historia nos parece un campo alborotado de instintos y modas, ambiciones y codicias, anhelo del poder y los bienes, el deseo de matar, la violencia, las destrucciones y las guerras, los ministros orgullosos y ambiciosos, los generales vendidos, las ciudades bombardeadas, y olvidamos demasiado fácilmente, demasiado ligeramente, que éste es sólo uno de sus aspectos. Y olvidamos sobre todo que nosotros también somos un trozo de historia, algo devenido, algo condenado a morir, si perdemos la facultad de nuevo devenir y transformarse. Nosotros mismos somos historia y tenemos nuestra responsabilidad en la historia del mundo y en nuestra situación. Nos falta firme conciencia de esta responsabilidad.

Si echamos una mirada sobre nuestra propia historia, en la época del nacimiento de nuestra actual provincia pedagógica, si observamos en nuestro país y en muchos otros el surgimiento de las varias Órdenes y jerarquías, una de las cuales es la nuestra, vemos enseguida que esta jerarquía y esta patria, esta querida Castalia, no han sido por cierto fundadas por gente que mirara la historia del mundo con tanto renunciamiento y orgullo. Nuestros predecesores y fundadores comenzaron su obra al final de la época guerrera, en un mundo destruido. Estamos acostumbrados a explicar unilateralmente las situaciones mundiales de entonces (que comenzaron tal vez con la primera guerra llamada mundial) con el hecho de que el espíritu nada importaba en esos días precisamente y que fue apenas para los violentos conductores de pueblos un recurso empleado en ocasiones y siempre subordinado, para la lucha empeñada, en lo cual vemos una corrupción que fue consecuente del “folletinismo”. Si, es muy fácil establecer la falta de espiritualidad y la brutalidad con que se llevaron a cabo esas guerras por el poder. Si lo denomino no espirituales, no lo hago porque no vea sus poderosas conquistas en el terreno de la inteligencia y la metódica, sino porque estamos habituados y cuidamos mucho de considerar al espíritu en primer término como voluntad de verdad, y lo que se consumió en espíritu en aquellas luchas, parece haber tenido muy poco en común con la verdad. Fue desdicha de esa época el hecho de que a un aumento enormemente rápido de la población humana que provocó la inquietud y el movimiento, no se opuso un orden moral relativamente firme; los residuos existentes de ese orden moral fueron empujados al último plano por lemas del momento; en el curso de aquellas luchas chocamos con sucesos asombrosos y terribles. A exacta semejanza con el cisma eclesiástico de Lutero, cuatro siglos antes, el mundo entero de pronto se llenó de inquietud enorme, en todas partes se establecieron frentes bélicos, en todas partes hubo de repente encarnizada y mortal enemistad entre jóvenes y viejos, entre patria y humanidad, entre rojo y blanco, y los que vivimos hoy no podemos siquiera reconstruir ya (menos, pues, comprender y sentir) el poder y el dinamismo interior de aquel “rojo” y de aquel “blanco”, la verdadera esencia, el verdadero sentido de todos esos lemas y gritos de guerra. Exactamente como en los tiempos de Lutero, vemos en toda Europa, y aun en la mitad del mundo, batirse mutuamente entusiasmados o desesperados, creyentes y ateos, jóvenes y viejos, campeones del ayer y profetas del mañana; a menudo los frentes bélicos cruzaron oblicuamente por mapas, pueblos y familias; y no podemos dudar de que para la mayoría misma de los combatientes o por lo menos de sus jefes, esto tenía un supremo sentido, del mismo modo que no podemos negar a muchos de los paladines y adalides de aquellas guerras cierta sólida buena fe, cierto idealismo, como se le llamaba entonces. En todas partes se combatía, se mataba y se destruía, y en todas partes, en ambos bandos, se creía luchar por Dios contra el demonio.

Entre nosotros, aquella época salvaje, de ardientes entusiasmos y odios bárbaros y dolor indecible, ha caído en una suerte de olvido, que casi no se concibe, porque ella se vincula muy estrechamente con el nacimiento de todas nuestras instituciones y es la causa de su continuación, de su existencia. Un satírico podría compararlo con el olvido de su nacimiento y de sus padres que distingue a los aventureros ennoblecidos y triunfantes. Tengamos presente un poco más aquella época. He leído muchos de sus documentos y al hacerlo me interesé menos por los pueblos sometidos y las ciudades destrozadas que por la conducta de los intelectuales de esos días. Les fue difícil la vida y muchos no resistieron; la mayoría, seguramente. Hubo mártires tanto entre los sabios como entre los religiosos, y su martirio y su ejemplo no se perdieron ni en aquellos años acostumbrados al horror. Pero la mayoría de los representantes del espíritu no soportaron la presión de esa época violenta. Algunos se rindieron y se pusieron a disposición de los poderosos con sus dotes, conocimientos y métodos; todos ustedes conocen la sentencia de un profesor universitario en la República de los Masagetas: “Lo que son dos y dos, no debe establecerlo la Facultad, sino nuestro señor General”. Otros en cambio se opusieron hasta que pudieron hacerlo desde un lugar relativamente seguro, y protestaron. Un famoso escritor —lo leemos en las obras de Ziegenhals— parece haber firmado en algunos años más de doscientas de esas proclamas o protestas o advertencias, un número mayor tal vez de las que realmente leyó. Pero la mayoría aprendió a callar, aprendió también a sufrir hambre y frío, a mendigar y ocultarse de la policía; murió prematuramente y cada muerto fue envidiado por su fin por el sobreviviente. Incontables, son los que se dieron muerte con sus propias manos. No era ya realmente un placer ni un honor ser sabio o literato: aquel que se colocaba a las órdenes de los poderosos y del lema (falsamente llamado ideal) tenía, sí, cargos y pan, pero también el desprecio de los mejores entre sus colegas y seguramente también sus remordimientos tenaces; aquel que se negaba a servir, debía padecer hambre, vivir a salto de mata y morir en la miseria o en el destierro. Se realizó una selección cruel, indeciblemente cruel. No sólo decayó rápidamente la investigación, en cuanto no fuera necesaria o útil para fines de dominio y de guerra, sino también toda la instrucción común. Ante todo se simplificó y se alteró por completo la historia universal, en lo que se refería exclusivamente a cada una de las naciones por momentos triunfantes; la filosofía de la historia y el folletín dominaron hasta en las escuelas primarias...

Pero basta de pormenores. Fueron tiempos violentos y bárbaros, épocas caóticas y babilónicas, en las que ni pueblos ni partidos, ni viejos ni jóvenes, ni rojos ni blancos podían comprenderse mutuamente. El final de todo esto fue que, después de haberse desangrado bastante y caer en la miseria, en todos se despertó una nostalgia cada vez más potente por la reflexión, por el hallazgo de una lengua común, por el orden, la moral, las medidas valederas y justas, por un alfabeto y una tabla de multiplicar qué no fuera dictada y a cada instante alterada por los intereses del poder. Nació una enorme necesidad de verdad y derecho, de razón, de superación del caos. Fue este vacío, al final de una época violenta y completamente extravertida, esta nostalgia de todos por un nuevo comienzo y un orden nuevo, indeciblemente impulsiva y vuelta suplicante, lo que determinó la creación de Castalia y de nuestra existencia. El pequeñísimo grupo valiente, casi hambriento, pero no doblegado, de los verdaderos intelectuales comenzó a tener conciencia de sus posibilidades, comenzó a darse una organización y una Constitución para una autoeducación ascética y heroica, comenzó a trabajar en todas partes en pequeños y pequeñísimos núcleos, a barrer los lemas falsos y a construir, completamente desde abajo, una espiritualidad, una enseñanza, una investigación, una cultura. Se logró erigir el edificio, éste creció desde sus míseros y heroicos comienzos, lentamente, hasta ser una construcción magnífica, creó en una serie de generaciones la Orden, las Autoridades de educación, las escuelas de selección, los archivos y colecciones, las escuelas especializadas y los seminarios, el juego de abalorios, y nosotros vivimos hoy como herederos y favorecidos en el edificio casi demasiado suntuoso. Y, digámoslo otra vez, vivimos en él como huéspedes bastante ingenuos y acomodaticios; no queremos saber más nada de los enormes sacrificios humanos sobre los cuales están edificados nuestros cimientos, nada de las dolorosas experiencias que hemos heredado y nada de la historia universal que ha construido nuestra mansión o la ha permitido, que nos sostiene y tolera y seguirá sosteniendo y tolerando a muchos castalios y maestros, después de nosotros, pero que un día derribará y devorará nuestro edificio, como derriba y devora continuamente lo que ella dejó crecer.

Vuelvo de regreso de la historia, y el resultado útil por hoy y para nosotros es éste: Nuestro sistema, nuestra Orden, ha superado ya el apogeo del florecimiento y la felicidad que a veces el enigmático juego del devenir del mundo concede a lo bello y deseable. Estamos en decadencia, en una decadencia que puede prolongarse tal vez por mucho tiempo aún, pero en todo caso ya no podemos tener en suerte nada más bello, elevado y digno de anhelarse, de lo que hemos poseído; el camino va descendiendo. Históricamente, creo yo, estamos maduros para la destrucción y ésta vendrá sin remedio, no hoy, no mañana, pero sí pasado mañana. No lo deduzco solamente de un juicio demasiado moral de nuestros servicios y capacidades, lo infiero más bien en conclusión de los movimientos que veo prepararse en el mundo exterior. Se acercan tiempos de crisis, en todas partes se sienten los signos premonitorios de que el mundo quiere trasladar una vez más su centro de gravedad. Se preparan desplazamientos de poder, que no se realizarán sin guerras o violencias; una amenaza de la paz y también de la vida y de la libertad se levanta en el lejano Oriente. Nuestro país y su política podrán permanecer neutrales, todo nuestro pueblo podrá insistir unánime (lo que no hace, sin embargo) en lo actual, y nosotros podremos permanecer fíeles a los ideales castalios; será inútil. En estos mismos momentos, algunos de nuestros parlamentarios manifiestan, en oportunidades muy claramente, que Castalia es un lujo un poco caro para el país. Apenas se sienta la necesidad de serios armamentos bélicos, aunque sean para la defensa, y esto puede ocurrir muy pronto, se tomarán grandes medidas económicas y, a pesar de toda la buena intención del gobierno a favor nuestro, una parte de ellas caerá sobre nosotros. Estamos orgullosos porque nuestra Orden y la seguridad de la cultura intelectual y espiritual que la misma garantiza, exigen al país sacrificios modestos, relativamente. En comparación con otras épocas, sobre todo con el primer tiempo del folletinismo con sus Universidades suntuosamente dotadas, sus innúmeros consejos secretos y sus lujosas instituciones, estos sacrificios no son realmente grandes y casi insignificantes aparecen si se comparan con los que absorbió la guerra con sus armamentos y sus ruinas durante el siglo guerrero. Mas justamente ese armamento volverá a ser, pronto tal vez, la suprema ley; en el parlamento volverán a dominar los generales, y cuando el pueblo sea colocado en la alternativa de sacrificar a Castalia o exponerse al peligro de la guerra y del derrumbe, sabemos ya cómo elegirá. Luego tomará vuelo sin duda enseguida una ideología guerrera y envolverá sobre todo a la juventud, una concepción del mundo en lemas (no en ideales), según la cual sabios y sabidurías, latín y matemáticas, cultura y atención del espíritu tendrán derecho de vida solamente en cuanto puedan servir a fines bélicos.

El oleaje está en movimiento, un día nos arrollará. Tal vez esto sea justo y necesario. Pero antes nos corresponde, muy venerables colegas, en la medida de nuestra comprensión de los hechos, de nuestra inteligencia y nuestro valor, aquella limitada libertad de decisión y acción, que está concedida a los seres humanos y que convierte la historia del mundo en historia de los hombres. Si lo preferimos, podemos cerrar los ojos porque el peligro está aún lejano; probablemente, cada Magister de hoy podrá seguir tranquilo en sus funciones y morir también tranquilo, antes de que el peligro esté cerca y sea visible para todos. Pero para mí, y ciertamente no para mí sólo, esta tranquilidad estaría llena de remordimientos. No quisiera solamente administrar en paz mi cargo y jugar con abalorios, satisfecho porque lo que vendrá no me hallará más con vida. No, sino que me parece necesario recordarme a mí mismo que también nosotros los apolíticos pertenecemos a la historia universal y colaboramos para hacerla. Por eso dije al comienzo de mi escrito que mi actividad oficial está disminuida o por lo menos amenazada, porque no puedo impedir que una gran parte de mis pensamientos y preocupaciones caigan bajo las garras del futuro peligro. Prohibo a mi fantasía que juegue con las formas que podría tomar para nosotros o para mí la desgracia. Pero no puedo evitar la pregunta: ¿Qué tenemos que hacer, qué tengo que hacer para oponerme al peligro? Y acerca de esto séame permitida una palabra más.

No podría sostener la petición platónica de que el sabio, el hombre culto, debe dominar en el Estado. El mundo era más joven entonces. Y Platón, aunque fundara una suerte de Castalia, no fue en ningún momento un castalio, sino un aristócrata de nacimiento, de cuna regia. Nosotros también somos por cierto aristócratas y constituimos una nobleza, pero del espíritu, no de la sangre. No creo que los hombres lograrán algún día educar o criar una nobleza de la sangre al mismo tiempo que una intelectual; sería la aristocracia ideal, y ella es un sueño. Nosotros los castalios, aunque somos gente de buenas costumbres y gran inteligencia, no servimos para gobernar; si tuviéramos que hacerlo, no lo haríamos con la energía y la ingenuidad que necesita el que gobierna realmente, genuinamente; y en esa función, nuestro campo verdadero, nuestra preocupación más propia, el cuidado de una vida espiritual ejemplar, serían muy pronto descuidados. Para gobernar no es necesario por cierto ser tonto y brutal, como a veces opinan vanidosos intelectuales, pero sí se necesita de una total alegría por una actividad extravertida, por una pasión por identificarse con metas y fines y también seguramente de rapidez y despreocupación en elegir los caminos hacia el éxito feliz. Todas facultades éstas que un hombre culto —porque no hemos de llamarnos sabios— no puede poseer y no posee, porque para nosotros la observación es más importante que la acción, y en la elección de los medios y los métodos para llegar a nuestra meta hemos aprendido a ser escrupulosos y desconfiados como apenas es posible ser. Por lo tanto, no debemos gobernar ni hacer política. Somos especialistas del investigar, descomponer y medir, somos los mantenedores y los constantes examinadores de todos los alfabetos, las tablas de multiplicar y los sistemas, somos los maestros calibradores de las medidas y las pesas del espíritu. Sí, somos muchas cosas más, aun podemos ser en determinadas circunstancias innovadores, descubridores, aventureros, conquistadores e intérpretes, pero nuestra primera y más importante función, por la que el pueblo nos necesita y sustenta, es la demantener inmaculadas todas las fuentes del saber. En el comercio, en la política y donde en ocasiones tal vez esto signifique un servicio o una genialidad, se puede hacer de una U una X; entre nosotros nunca.

En épocas anteriores, en épocas agitadas, llamadas “grandes”, durante guerras o revoluciones, se exigió a los intelectuales que se adhirieran políticamente. Este proceder fue corriente sobre todo al final de la época folletinista. Correspondía a sus exigencias también la de militarizar o encuadrar políticamente el espíritu. Como se empleaban las campanas de las iglesias para fundir cañones, como se utilizaba la juventud inmatura de las escuelas para llenar los claros de las tropas diezmadas, así debía decretarse la requisición del espíritu como recurso de guerra o gastarse como tal.

Naturalmente, no podemos reconocer semejantes exigencias. Que un hombre culto, en caso de necesidad, sea alejado de la cátedra o de la mesa de estudio y convertido en soldado, y que en ciertas ocasiones él mismo se ofrezca voluntariamente para ello; que luego en un país agotado por la guerra el hombre culto se conforme en lo material hasta con lo mínimo, hasta con el hambre, no es necesario decirlo con más palabras. Cuanto más elevada es la cultura de un hombre, cuanto mayores los privilegios de que goza, tanto más grandes deben ser en caso de necesidad los sacrificios que ha de hacer, esperemos que esto sea algún día cosa lógica y natural para cualquier castalio. Pero si estamos prontos a sacrificar nuestro bienestar, nuestra comodidad, nuestra vida por el pueblo, cuando se halla en peligro, no se sigue necesariamente que estemos preparados para sacrificar el espíritu mismo, la tradición y la moral de nuestra intelectualidad, a los intereses del día, del pueblo o de los generales. Es un cobarde aquel que se sustrae a los servicios, y los peligros que de que enfrentar su pueblo. Pero no es menos cobarde y traidor quien traiciona los principios de la vida espiritual por intereses materiales, quien por ejemplo está dispuesto a dejar a los poderosos, a los gobernantes, la decisión de cuánto son dos y dos. Sacrificar el sentido de la verdad, la honestidad intelectual, la fidelidad a leyes y métodos del espíritu a cualquier otro interés, aun el de la patria, es traición. Si en la lucha de los intereses y las teorías partidistas la verdad corre peligro de ser tan desvalorizada, falsificada y violentada como el individuo, la lengua, las artes, todo lo orgánico y lo artificialmente elevado, nuestro único deber es oponernos y salvar la verdad, es decir, la aspiración hacia la verdad como nuestro supremo dogma de fe. El hombre culto que como orador, escritor o maestro dice a sabiendas una falsedad, no sólo obra contra leyes orgánicas fundamentales, sino que además, a pesar de toda apariencia del momento, no hace ningún bien a su pueblo, sino un grave daño, le corrompe el aire y la tierra, el alimento y la bebida, le envenena el pensar, le conculca el derecho, y ayuda a todo lo malo y hostil que amenaza con la destrucción del pueblo.

El castalio, pues, no debe convertirse en político; debe, sí, en caso de emergencia sacrificar su persona, pero nunca la fidelidad al espíritu. El espíritu es bienhechor y noble solamente en la obediencia a la verdad; si la traiciona, si pierde el respeto, se torna condescendiente o se vende, es lo diabólico en potencia, mucho peor que la bestialidad animal de los instintos, que conserva siempre, a pesar de todo, un residuo de la inocencia natural.

Dejo a cada uno de vosotros, venerados colegas, piense al respecto a su manera en lo que se refiere a la esencia de los deberes de la Orden, cuando el país y la Orden estén en peligro. Habrá al respecto diferentes opiniones. Yo también tengo las mías y, en muchas reflexiones acerca de los problemas aquí suscitados, para mi persona he llegado a una clara idea de lo que es para mí un deber, de lo que vale la pena anhelar. Y esto me lleva ahora a formular un pedido personal a la venerable Dirección, con el cual se cerrará mi memorándum.

Entre los maestros que forman nuestras autoridades, como Magister Ludí soy ciertamente por mi cargo el más alejado del mundo exterior. El matemático, el filólogo, el físico, el pedagogo y cada maestro de otra disciplina trabajan en terrenos que tienen algo de común con el mundo profano; también en las escuelas no castalias, en las escuelas comunes de nuestro país y de cualquier otro, las matemáticas y la enseñanza del idioma forman la base de la instrucción; también en las Universidades del mundo se enseña astronomía y física y hacen música aun seres completamente sin cultura; todas estas disciplinas con antiquísimas, mucho más antiguas que nuestra Orden, existieron mucho antes y le sobrevivirán. Solamente el juego de abalorios es nuestra invención exclusiva, nuestra especialidad, la que preferimos y nos entretiene, es la última expresión diferenciada de nuestra especial forma de espiritualidad. Es al mismo tiempo la joya más valiosa y más inútil, la más querida y al mismo tiempo la más frágil en nuestro tesoro. Es lo primero que perecerá, si vacila la existencia de Castalia; no sólo porque constituye el más delicado de nuestros bienes, sino también porque para los legos es sin duda la parte menos indispensable de Castalia. Cuando se trate de ahorrar al país todo gasto no imprescindible, se limitarán las escuelas de selección, se disminuirán los fondos para la conservación y el crecimiento de bibliotecas y colecciones, y se acabará cercenándolos del todo; se reducirán nuestros alimentos, no se renovará nuestra vestimenta; se dejarán subsistir todas las disciplinas principales de nuestra Universitas Litterarum, pero no el juego de abalorios. Las matemáticas necesitan también para inventar nuevas armas de tiro, pero que del sierre del Vicus Lusorum y de la eliminación del juego pueda surgir el menor daño para el país y el pueblo, nadie lo creerá, y menos los militares. El juego de abalorios es la parte extrema y más en peligro de nuestro edificio. Tal vez a ello se deba que justamente el Magister Ludí, que es el director de nuestra disciplina más ajena al mundo, sea quien presienta el primero los sismos venideros o exprese el primero esta sensación ante las Autoridades.

Considero perdido, pues, el juego de abalorios, en el caso de revoluciones politices y sobre todo de trastornos bélicos. Se perderá rápidamente, aunque muchos individuos le conserven su adhesión; y no será restablecido. La atmósfera que seguirá a una época de guerra, no lo tolerará. Desaparecerá de la misma manera como ciertas costumbres de suma cultura en la historia de la música, por ejemplo, los coros de los cantores profesionales alrededor de 1600 o las músicas dominicales figuradas en las iglesias alrededor de 1700. Entonces oídos humanos escucharon armonías que ninguna ciencia y ningún hechizo pueden volver a conjurar en su pureza angélica y esplendorosa. Así tampoco el juego de abalorios será olvidado, pero no podrá ser restituido a la vida, y aquellos que estudiarán luego su historia, su nacimiento, su florecer y su fin, suspirarán y nos envidiarán por él, por haber podido vivir en Un mundo tan pacífico, tan cuidado, tan puramente espiritual.

Aunque soy Magister Ludí, no creo absolutamente que es deber mío (o nuestro) impedir o retardar el fin de nuestro juego. También lo bello y aun lo más bello es perecedero, apenas se ha convertido en historia y fenómeno en la tierra. Lo sabemos y podemos sentir dolor por ello, pero no tratar seriamente de cambiarlo, porque es fatalmente imposible cambiarlo. Si el juego de abalorios se derrumba, Castalia y el mundo sufrirán una pérdida, pero el mundo en ese momento apenas lo notará, tan ocupado estará en la gran crisis para salvar lo que todavía sea posible salvar. Se puede imaginar a Castalia sin juego de abalorios, pero no a Castalia sin respeto por la verdad, sin fidelidad al espíritu. La Autoridad de educación puede pasarse sin Magister Ludí. Pero un Magister Ludí no significa, originaria y esencialmente, y casi lo hemos olvidado, la especialidad que señalamos con la palabra, Magister Ludí significa en origen solamente maestro de escuela. Y el maestro de escuela, el buen maestro de escuela tan valiente será tanto más necesario a nuestro país, cuanto más en peligro se halle Castalia, cuanto más resulten inútiles y se desmigajen sus preciosidades. Maestros necesitamos más que otra cosa, hombres que infundan en la juventud la capacidad de medir y juzgar, y sus modelos están en el respeto de la verdad, la obediencia al espíritu, el servicio de la palabra. Y esto no vale solamente ni en primer término para nuestras escuelas de selección cuya existencia tendrá su fin, sino para las escuelas del mundo exterior, donde los ciudadanos y los campesinos, los obreros y soldados, los políticos, los oficiales y los jefes son educados y formados, mientras son niños aún y maleables. Allí está la base de la vida espiritual en el país, no en los seminarios o en el juego de abalorios. Hemos provisto siempre al país de maestros y educadores; ya lo dije: son los mejores de nosotros. Pero debemos hacer mucho más de lo hecho hasta hoy. No debemos ya confiar en que de las escuelas foráneas nos afluya constantemente la selección de los mejor dotados y ésta ayude a sostener a Castalia. Debemos reconocer y perfeccionar siempre, como la parte más importante y honrosa de nuestra tarea, el humilde servicio, grávido de responsabilidades, en las escuelas, en las escuelas del mundo.

Con esto he llegado también a mi pedido personal, que deseo dirigir a la venerable Dirección. Solicito, pues, mi despido o relevo del cargo de Magister Ludí y ruego que se me confíe fuera del país una escuela común, pequeña o grande, y se me permita llevar poco a poco a esta escuela un pequeño estado mayor de jóvenes Hermanos de la Orden como maestros, gente que confío me ayudará fielmente a convertir en sangre y carne en los jóvenes del mundo nuestros principios.

Quiera la venerable Dirección dignarse examinar mi pedido y sus fundamentos con benevolencia y luego comunicarme sus órdenes.

El Magister Ludí

 

P. D. — Deseo se me permita citar unas palabras del venerado Pater Jakobus, que anoté durante uno de sus inolvidables privattissima.

“Pueden llegar tiempos del terror y de la mayor miseria. Mas si en la miseria puede haber aún una dicha, sólo será espiritual, vuelta hacia atrás para salvar la cultura de tiempos pasados, vuelta hacia adelante para representar, alegremente, incansablemente, el espíritu de una época que de otra manera caería en el peor materialismo.”

 

Tegularius no supo qué escasa parte de su trabajo quedó en este escrito, que no pudo conocer en esta última redacción. Pero Knecht le dio a leer dos minutas anteriores mucho más amplias y pormenorizadas. Josef envió el escrito y esperó la respuesta de la Dirección general con mucha menor impaciencia que su amigo. Había llegado a la resolución de no comunicarle ulteriormente lo que haría; le prohibió que discutiera o hablara más del asunto y le dijo solamente que sin duda no pasaría mucho tiempo antes de que llegara la contestación.

Y cuando, después en un plazo más breve de lo que él mismo imaginara, la respuesta llegó, Tegularius nada supo de la misma. La nota de Hirsland decía:

“Venerable Magister Ludí en Waldzell.

“Tanto la Dirección de la Orden como el Colegio de los Maestros ha tomado conocimiento de vuestra circular tan espiritual y cordial, no sin extraordinario interés. Las consideraciones históricas del escrito y no menos sus cuidadosas miradas hacia el futuro han llamado nuestra atención, y seguramente muchos de nosotros concederán a estas excitantes reflexiones, en parte justificadas por cierto, amplio lugar en sus pensamientos, para obtener de las mismas una utilidad indudable. Con alegría y reconocimiento comprendemos todos el espíritu que os ha animado, el de un castalismo genuino y nada egoísta, de un amor íntimo y convertido en segunda naturaleza por nuestra provincia y su vida y sus costumbres, de un amor atento y en este momento angustiado. Con no menos alegría y reconocimiento aprendimos a conocer el tono, el estado de ánimo personal y momentáneo de ese amor, su disposición al sacrificio, su impulso a la acción, su seriedad y su celo, su matiz de heroísmo. En todos estos rasgos volvemos a ver el carácter de nuestro Magister Ludí, su eficacia, su ardor, su valor. ¡Cuánto es propio de él, discípulo del famoso benedictino, el que la historia haya sido estudiada por él no para un fin de mera cultura y en cierta manera como juego estético para un desamorado observador, sino que su conocimiento de la misma le impulse inmediatamente, en el instante, a su utilización, a la obra, a la colaboración! ¡Y cuánto también, venerado colega, es propio de vuestro carácter que la meta de vuestros deseos personales sea tan modesta, que no os sintáis atraído por tareas y misiones políticas, por cargos influyentes y honrosos, sino que deseéis ser solamente un Magister Ludí, un maestro de escuela!

“Éstas son algunas de las impresiones y las ideas que surgieron inmediatamente a la primera lectura de vuestra circular. Han sido las mismas o parecidas en la mayoría de los colegas. En el juicio ulterior de vuestras comunicaciones, advertencias y solicitaciones, en cambio, la Dirección no pudo llegar a una definición tan clara. En la sesión convocada para ello, se discutió vivamente sobre todo el problema de cuánto sea aceptable vuestra opinión acerca de la amenaza de nuestra existencia, como también el del alcance, la clase y la eventual proximidad en el tiempo de los peligros advertidos, y la mayoría de los miembros tomó en serio y aún con visible calor estos problemas. Pero, como debemos comunicaros, en ninguno de los problemas hubo mayoría de votos a favor de vuestras ideas. Se reconoció claramente el vigor descriptivo y la amplia visión de vuestras consideraciones histórico-políticas, pero en cada caso singular no se suscribió en todo su alcance ni se consideró convincente una sola de vuestras presunciones o, si queremos denominarlas así, de vuestras profecías. También en el problema de cuánto participen la Orden y la organización castalia en el mantenimiento del periodo de paz extraordinariamente largo, y de cuánto ellas siquiera puedan considerarse fundamentalmente como factores de la historia política y de las condiciones foráneas, sólo muy pocos adhirieron a vuestra opinión, y siempre con reservas. La opinión de la mayoría rezó más o menos así: la paz surgida al final de la época guerrera en nuestro continente debe atribuirse, en parte, al agotamiento general y al desangramiento, como consecuencia de la precedente guerra sin cuartel, pero mucho más a la circunstancia de que entonces el Occidente dejó de ser el foco de la historia universal y el teatro de lucha de las ambiciones hegemónicas. Sin poner en duda mínimamente los méritos de la Orden, no se puede atribuir a la idea castalia, a la idea de una elevada cultura espiritual bajo el signo de una educación anímico-contemplativa, una fuerza real, mente constructora de historia, es decir, una viva influencia sobre las situaciones políticas del mundo, ya que una tendencia o una ambición de esta clase es indeciblemente ajena al espíritu castalio. En algunas exposiciones muy serias del tema, se acentuó particularmente que no es ni voluntad ni destino de Castalia actuar políticamente y ejercer así influencia en la paz o en la guerra, ni sería posible siquiera hablar de tal destino, porque todo lo castalio se refiere a la inteligencia, a la mente y se desarrolla dentro de lo intelectual, lo mental, lo que no podría decirse de la historia universal, para no recaer en las fantasías teológico-literarias de la filosofía romántica de la historia y declarar como método del intelecto universal todo el aparato de matanza y destrucción de las fuerzas que hacen la historia. Es ilustrativa al respecto una rápida mirada a la historia del espíritu: los momentos más elevados de floración espiritual nunca pueden explicarse mediante las situaciones políticas, más aún, la cultura, el espíritu, el alma, tienen su propia historia que al lado de la llamada historia universal, es decir, al lado de las luchas nunca ahogadas por el poder material, fluye como una segunda historia, oculta, incruenta y sagrada. Únicamente con esta sagrada y oculta historia, no con la historia “real”, brutal, del mundo, tiene que ver nuestra Orden, y nunca puede ser su cometido vigilar la historia política y menos ayudar a escribirla.

“Puede ser, pues, en realidad, la constelación política universal, tal como lo indica vuestra circular, o no serlo; en todo caso a la Orden no corresponde más que tomar posición de expectativa y tolerancia.

Así, vuestra opinión de que deberíamos considerar esta constelación como un llamado a una posición activa, fue netamente descartada por mayoría. En lo que se refiere a vuestra concepción de la actual situación del mundo y a vuestras alusiones al futuro próximo, ellas produjeron visiblemente cierta impresión en la mayoría de los colegas, en algunos hasta causaron sensación, pero tampoco en este punto, aunque la mayor parte de los oradores manifestó su respeto por vuestros conocimientos y vuestra agudeza, pudo establecerse una concordancia de la mayoría con vos, al contrario. Predominó más bien la tendencia a juzgar vuestras manifestaciones al respecto como dignas de atención e interesantes en sumo grado, pero exageradamente pesimistas. Hubo también una voz que preguntó si no era peligroso, y aun sacrílego, o por lo menos fruto de ligereza, el que un Magister se permitiese asustar a sus autoridades con fantasías tan sombrías acerca de supuestos peligros inminentes o pruebas dolorosas. Ciertamente, está consentida la ocasional advertencia a lo perecedero de todas las cosas, y cada uno y, sobre todo, aquellos que se hallan en cargos elevados y responsables, deben repetirse de vez en cuando: Memento mori[1]; pero anunciar con tal generalización nihilista a toda la clase magistral, a toda la Orden, a toda la jerarquía, un fin presumiblemente cercano, no es solamente un ataque a la paz del alma y a la imaginación de los colegas, sino también una amenaza contra la misma Autoridad y su capacidad de labor.

Es imposible que la actividad de un Magister gane algo, aunque vaya todas las mañanas a su trabajo, con pensar en la idea de que su cargo, su labor, sus alumnos, su responsabilidad ante la Orden, su vida por Castalia y en Castalia, mañana o pasado mañana se acaben y se hundan en la nada. Aunque esta voz no mereció la aprobación de la mayoría, halló sin embargo, algunos aplausos.

“Nuestra comunicación es breve, pero estamos a vuestra disposición para otras explicaciones verbales. De nuestro breve resumen veréis ya, muy estimado Señor, que vuestra circular no tuvo el efecto que vos esperabais. En gran parte, el fracaso se debe a razones objetivas, a diferencias reales entre vuestras opiniones de hoy, entre vuestros deseos, y los de la mayoría. Pero contribuyen también al caso razones formales. Posiblemente, por lo menos, nos parece que una explicación directa y oral entre vos y los colegas hubiera procedido en forma esencialmente más armónica y positiva. Y no solamente esta forma exterior de circular escrita, creemos, perjudicó vuestra presentación; mucho más pesó en este caso la fusión nada habitual entre nosotros de una comunicación colegial con un deseo personal, con un pedido privado. La mayoría calificó esta mezcla como un desgraciado intento renovador; algunos la calificaron simplemente como inadmisible.

“Y así llegamos al punto más delicado de vuestro asunto, a vuestra petición de relevo del cargo y del empleo de vuestra persona en el servicio escolar foránea. Que la Dirección no puede aceptar un pedido tan abruptamente presentado y tan curiosamente fundado y lo considera imposible de aprobar y promulgar, debía haberlo sabido el interesado de antemano ya. Naturalmente, la Dirección contesta que no.

“¿Qué sería de nuestra jerarquía si no correspondiera a la Orden y a su Dirección colocar a cada uno en su lugar? ¿Qué sería de Castalia si cada persona estimara por sí misma sus dotes y sus aptitudes y quisiera elegirse su puesto de acuerdo con tal estimación? Recomendamos al Magister Ludí meditar algunos instantes sobre esto, y le encarecemos que siga desempeñando el honroso cargo, cuya dirección le hemos confiado.

“Con esto estaría satisfecho vuestro ruego de una contestación a vuestro escrito. No pudimos responder de acuerdo a vuestras esperanzas. Pero no quisiéramos callar tampoco nuestro reconocimiento por el valor excitante y admonitor de vuestro documento. Contamos con conversar con vos personalmente sobre su contenido, y por cierto muy pronto, porque aunque la Dirección de la Orden cree poder confiar en vos, es para ella motivo de preocupación el punto de vuestro escrito donde habláis de una disminución o amenaza de vuestra aptitud para seguir en la dirección del magisterio.”

 

Knecht leyó la nota sin demasiadas esperanzas, pero con la máxima atención. Que en la Dirección se tuviera “motivo de preocupación” podía imaginárselo perfectamente, además creía poderlo deducir de determinados signos. Había aparecido recientemente en el Vicus Lusorum un delegado de Hirsland con asignación regular y una recomendación de la Dirección de la Orden; el enviado pidió el derecho de huésped por algunos días, aparentemente para realizar trabajos en el archivo y en la biblioteca; solicitó también poder asistir como invitado a algunas conferencias de Josef Knecht; era un hombre tranquilo y atento, ya de edad; metiéndose en casi todas las secciones y oficinas de la colonia, se había informado acerca de Tegularius y había visitado a menudo al director de la escuela de selección de Waldzell que vivía en las inmediaciones; apenas podía caber duda de que el hombre era un observador enviado para establecer lo que pasaba en el Vicus Lusorum, si se notaba descuido, si el Magister estaba bien de salud y era fiel en su puesto, si los funcionarios eran diligentes y los alumnos tranquilos. El hombre se quedó allí una semana entera, no perdió una sola de las conferencias de Knecht; su observación y su quieta presencia en todas partes no dejó de llamar la atención de los funcionarios. La Dirección de la Orden había esperado, pues, el informe de este veedor, antes de enviar su respuesta al Magister.

¿Qué cabía pensar acerca de la contestación y quién podía ser su redactor? El estilo no lo traicionaba, era el estilo corriente, impersonal de la Dirección, como exigía la ocasión. Pero a un análisis más hondo el escrito revelaba mayor originalidad y personalidad de lo que se hubiese podido suponer a la primera lectura. La base de todo el documento era el espíritu jerárquico de la Orden, la justicia, el amor por el orden moral. Se podía ver claramente qué influencia desagradable, incómoda, aun molesta y además irritante había tenido la petición de Josef Knecht; su rechazo había sido resuelto seguramente por el redactor de la respuesta y a la primera lectura de la circular y sin la menor influencia del juicio de los demás. En cambio, a la antipatía y al rechazo se oponía otro movimiento y otro estado de animo, una simpatía visible, una acentuación de todos los juicios generosos o amables y de todas las manifestaciones favorables recaídas en la sesión que tratara el pedido de Knecht. Éste no dudó un instante de que el redactor de la respuesta había sido Alexander, el presidente de la Dirección de la Orden.

 

Hemos llegado aquí al final de nuestro camino y esperamos haber consignado todo lo esencial de la biografía de Josef Knecht Sobre el final de esa carrera existencial un biógrafo posterior establecerá sin duda muchos otros detalles y los podrá publicar.

Renunciamos a dar nuestra descripción de los últimos días del Magister, no sabemos al respecto más que cualquier estudiante de Waldzell y no podríamos tampoco hacerlo mejor que la “Leyenda del Magister Ludí”, que circula entre nosotros en varias copias y ha sido escrita probablemente por alguno de los discípulos predilectos del desaparecido. Esta leyenda cerrará nuestra obra.



[1]Recuerda que morirás.

La Editorial
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Hermann Hesse - El Juego de los Abalorios