Hermann Hesse - El Juego de los Abalorios

La Editorial

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Capítulo XII
LA LEYENDA

 

SI escuchamos las conversaciones de los cantaradas acerca de la desaparición de nuestro Magister, sus causas, la razón o la sinrazón de sus resoluciones y de sus actos, el sentido o el contrasentido de su destino, nos parecen como las explicaciones de Diodoro Siculo acerca de las causas presumibles de los desbordamientos del Nilo, y nos parecería no sólo inútil, sino irrazonable e injusto aumentar con otras nuevas todas esas discusiones. En cambio, cuidaremos en nuestro corazón la memoria del maestro, quien muy pronto después de su misterioso irrumpir en el mundo pasó a un más allá aún más extraño y misterioso. Para servir a su recuerdo tan grato para nosotros, narraremos lo que nos llegó al oído acerca de estos acontecimientos.

Después que el maestro leyó la carta en la que la Dirección resolvía su petición, rechazándola, sintió un leve estremecimiento, una sensación matinal de frescura y liberación, que le anunciaba que había llegado la hora y ya no podía haber ni vacilación ni tardanza. Esta sensación suya, que llamaba “despertar” la conocía él por los instantes más decisivos de su existencia, era algo animador y al mismo tiempo doloroso, una mezcla de adioses y llegadas, que sacudía en lo hondo lo inconsciente como una tormenta primaveral. Miró el reloj: dentro de una hora debía dar una lección en un curso. Resolvió dedicar esta hora a la meditación y salió al tranquilo jardín del magisterio. Por el camino, le acompañaba un verso que se le ocurrió de repente:

 

Cada comienzo tiene, por lo tanto, un hechizo...

 

y lo decía sin saber en qué poeta lo había leído, pero el verso le hablaba y le gustaba y parecía coincidir totalmente con la aventura espiritual del momento. En el jardín, se sentó en un banco cubierto por la primera hojarasca, reguló su respiración y trató de alcanzar la tranquilidad interior, hasta que con el corazón iluminado se sumergió en la meditación, en la que la constelación de ese instante de su vida se le manifestó en imágenes generales, ultrapersonales. Pero al regresar a la pequeña aula apareció otra vez aquel verso; Knecht tuvo que hacer memoria de nuevo y encontró que era distinto. Finalmente su memoria se aclaró y acudió en su ayuda. Quedamente murmuró para sí:

 

Y en cada comienzo está un hechizo

que nos protege y aun nos ayuda a vivir...

 

Pero apenas al atardecer, después de concluidas las lecciones y sus demás tareas de la jornada, descubrió el origen de los versos. No eran de ningún poeta antiguo, sino que pertenecían a una de sus propias poesías, escritas cuando era estudiante, y aquélla terminaba con esta incitación:

 

¡Arriba, corazón; di, pues, tu adiós y sana!...

 

Esa misma noche llamó a su “sombra” y le anunció que a la mañana siguiente partiría por tiempo indefinido. Le encargó de todo lo que correspondía a funciones ordinarias con breves instrucciones, y se despidió amable, objetivamente como otras veces, antes de algún viaje oficial.

Había comprendido que debía abandonar al amigo Tegularius sin decirle nada, ni causarle dolor con una despedida. Tenía que obrar así no sólo para no lastimar a su sensible amigo, sino también para no echar a rodar todo su plan. Ante el hecho consumado, el otro probablemente se tranquilizaría, mientras que una explicación sorpresiva y un adiós podían llevar a un desagradable estallido. Knecht había casi resuelto partir sin verlo siquiera por última vez. Pero reflexionándolo mejor, encontró que eso se parecía demasiado a una fuga ante la dificultad. Aunque podía ser prudente y correcto ahorrar al amigo una escena y una excitación y aun una ocasión para cometer un dislate, no podía concederse a sí mismo semejante recurso. Faltaba aún media hora para el reposo nocturno obligatorio; podía visitar a Tegularius sin molestarle a él ni a otros. Ya había caído la noche en el vasto patio interior, cuando lo atravesó. Llamó a la puerta de la celda de su amigo con una extraña sensación: por última vez; y le encontró solo. Complacido le saludó el hombre sorprendido en la lectura, dejó el libro e hizo sentar al visitante.

—Recordó hoy una vieja poesía —comenzó diciendo Knecht— o por lo menos un par de versos de la misma. Tal vez tú sabes dónde se puede encontrar el resto. Y citó:

 

Porque en cada comienzo está un hechizo...

 

El repetidor no tuvo que esforzarse mucho. Reconoció la poesía a poco de hacer memoria, se levantó, tomó de un mueble el manuscrito de las poesías de Knecht, el original que éste le había regalado. Buscó y sacó dos hojas que contenían la primera copia de los versos. Las tendió al Magister.

—Aquí están —dijo sonriendo—, el Venerable puede verlas. Es la primera vez en muchos años, que se digna recordar estas composiciones.

Josef Knecht observó atentamente las hojas y, por cierto, no sin emoción. Cuando estudiante, durante su permanencia en la Casa de Estudios del Oriente asiático, había cubierto estos papeles con versos; de ellos le estaba mirando un lejano pasado, todo volvía a hablar de un tiempo ido casi olvidado, que ahora despertaba amonestador y doloroso: el papel ya levemente amarillento, la caligrafía juvenil, las tachaduras y las correcciones. Creyó recordar no solamente el año y la estación en que nacieron esos versos, sino también el día y la hora y, al mismo tiempo, la sensación de fuerza y de orgullo que le invadió y llenó de gozo, sensación que los versos expresaban. Los había escrito en uno de esos días especiales, cuando le ocurrió la aventura espiritual que él llamaba “despertar”.

Visiblemente, había brotado como primera palabra de la poesía el título de la misma, antes que los versos. Estaba allí escrito con letras grandes y apresuradas y decía:

“¡Trascender!”

Más tarde, en otra época, en otra situación de ánimo y de vida, el título con sus puntos exclamativos había sido tachado y en su lugar había sido escrito otro con caracteres más pequeños, finos y modestos. Rezaba: “Grados”.

Knecht volvió a recordar ahora que esa vez había escrito la palabra “¡Trascender!” impulsado por la idea contenida en la poesía como un llamamiento, como una orden, como una advertencia para su coleto, como un propósito refirmado y robustecido de poner su obra y su vida bajo la advocación de esa palabra, para convertirla en un trascender, en un traspaso alegremente resuelto, en un colmarse de plenitud y dejar atrás cada espacio, cada trecho del camino. A media voz leyó algunas estrofas:

 

Debemos ir alegres por la tierra

sin aferramos nunca como a una patria;

el espíritu no quiere encadenarse.

Grado a grado, nos eleva y ensancha.

 

—Olvidé los versos muchos años —dijo—, y cuando por casualidad hoy recordé uno, no sabía de dónde le conocía y menos que era cosa mía. ¿Que te parecen hoy? ¿Te dicen algo todavía?

Tegularius reflexionó.

—Con esta poesía me ocurrió siempre algo curioso —contestó luego—. Pertenece a las pocas de vos que en realidad no me gustan, donde algo me choca o me molesta. No supe antes lo que era esto. Hoy creo saberlo. Vuestra poesía, Venerable, que titularais con la orden de marcha “¡Trascender!” y cuyo titulo, gracias a Dios, habéis más tarde reemplazado por otro mucho mejor, nunca me satisfizo porque tiene algo que ordena, que moraliza, algo magistral. Si se pudiera quitar ese elemento o mis bien quitar ese tinte, sería una de vuestras mejores producciones poéticas; acabo de convencerme una vez más. Su verdadero contenido no está más sintetizado en el título “Grados”; pero hubierais también podido llamarla mejor “Música” o “Esencia de la música”. Porque si se quita ese matiz moralista o de predicador, en realidad es una consideración acerca de la esencia musical, o para mí, un himno a la música, a su eterno presente, a su movilidad, a su alegría y resolución y disposición para avanzar de prisa, para abandonar el lugar apenas alcanzado o la parte de ese lugar ya hollada. Si se hubiera limitado a la consideración o a la ponderación del espíritu de la música, si no hubierais hecho de ella una admonición y un sermón, evidentemente dominado entonces por la ambición del educador, la poesía podría ser una joya perfecta. Tal como está, me parece demasiado preceptiva y docente, más aún me parece adolecer de un error de concepto. Sólo por la influencia moral equipara la música a la vida, lo que es por lo menos muy dudoso y discutible; del impulso motor, natural y moralmente libre, que es el resorte vital de la música, hace una “vida” que quiere educarnos y desarrollarnos mediante llamadas, órdenes y buenas doctrinas. En fin, en estos versos se falsifica y se explota una visión, algo unívoco, hermoso y grandioso, para fines instructivos, y esto es lo que siempre me ha predispuesto mal.

El Magister había escuchado con placer, viendo que el amigo discutía con airado calor, y esto le agradaba.

—Quita tengas razón —dijo casi en broma—. La tienes seguramente por lo que tú llamas relación de la poesía con la música. Ese “irse por la tierra” y la idea básica de mis versos proceden, en efecto, de la música, sin que yo lo supiera o lo advirtiera. Ignoro si eché a perder el concepto y falsifiqué la visión; tal vez tengas razón. Cuando los escribí, no se referían ya más a la música, sino a una vivencia, porque la hermosa comparación musical me había mostrado su faz moral y se había convertido en mí en despertar y alerta, en grito de vida, en vocación, que también lo es. La forma imperativa de la poesía, que tanto te desagrada, no es la expresión de una voluntad de mandar y educar, porque la orden y la advertencia se dirigen exclusivamente a mí. Esto lo hubieras podido ver en el último verso, mi querido, aunque antes no lo percibieras. Viví una idea, un conocimiento, un rostro interior, y quise recordarme a mí mismo y fijar bien en mi mente el contenido y la moral de esa idea. Por eso, la poesía quedó en mi memoria, aunque sin saberlo. Estos versos serán malos o buenos, pero han logrado su propósito, la advertencia sobrevivió en mí y no fue olvidada. Hoy resuena otra vez en mi; es una pequeña y hermosa aventura y su chanza no puede echarla a perder. Pero es hora de seguir adelante. ¡Qué bellos eran, mi camarada, aquellos tiempos, cuando, ambos estudiantes, podíamos burlar a menudo el reglamento de la Casa y quedarnos conversando hasta altas horas de la noche! Como Magister no puedo hacerlo ya. ¡Qué lástima!

—¡Oh —repuso Tegularius—, se puede perfectamente, pero carecemos del valor necesario!

Riendo, Knecht le puso una mano en el hombro.

—Por lo que se refiere al valor, mi querido, yo sería capaz de alguna jugarreta mucho más grave. ¡Buenas noches, viejo testarudo!

Salió alegremente de la celda, pero en su camino por los pasillos y patios de la colonia, vacíos por el retiro nocturno, le invadió otra vez la seriedad, la seriedad de la despedida. El despedirse despierta siempre remembranzas, y mientras caminaba, surgió en él el recuerdo de aquella primera vez en que, siendo niño aún, había hecho su primer paso a través de Waldzell y el Vicus Lusorum, lleno de presentimientos y de esperanza, como estudiante recién llegado, y ahora, entre los árboles y los edificios callados en la noche fresca, sintió honda y dolorosamente que veía todo eso por última vez, que por última vez atisbaba el aquietarse y dormirse de la colonia Un agitada durante el día; por última vez veía reflejarse en la cuenca de la fuente la lucecita de la casa del portero, por última vez contemplaba pasar la nubes nocturnas por encima de los árboles de su jardín magistral... Recorrió lentamente todas las calles y los rincones del Vicus Lusorum, sintió una vez más el deseo de abrir la puerta de su jardín y entrar en él, pero no tenía la llave consigo y esto le ayudó a conformarse rápidamente y a reflexionar mejor. Volvió a sus habitaciones, escribió todavía algunas cartas, entre ellas una nota de su próxima llegada a Designori en la capital, luego se liberó con una cuidadosa meditación de los titubeos espirituales de esta hora, para ser fuerte al día siguiente en su última tarea en Castalia, la explicación con el director de la Orden.

A la mañana siguiente, el Magister se levantó a la hora acostumbrada, pidió el coche y se fue; poca gente advirtió su partida, nadie sospechó acerca de ella. En la mañana envuelta en las neblinas del temprano otoño, viajó a Hirsland, llegó alrededor de mediodía y se hizo anunciar al Magister Alexander, el presidente de la dirección de la Orden. Llevaba consigo, envuelto en una tela, un hermoso cofrecillo metálico, retirado de un secreter de su cancillería, que contenía las insignias de su dignidad, los sellos y las llaves.

En la “gran” secretaría de la Dirección le recibieron con cierta sorpresa; casi nunca ocurría que un Magister llegara sin haber anunciado antes su visita o sin haber sido invitado. Por encargo del Director de la Orden se le sirvió el almuerzo, luego se le brindó una celda de reposo en el claustro; el Venerable creía que dentro de dos o tres horas estaría libre para recibirlo. Knecht se hizo traer un ejemplar del reglamento y se recostó, leyó todo el cuaderno y se cercioró una vez más de la simplicidad y legalidad de su proceder, pero le pareció también una vez realmente imposible demostrar con palabras su sentido y su íntima justificación. Recordó un parágrafo de las reglas, sobre el cual se le hizo meditar en los últimos días de su libertad juvenil y de su poderío estudiantil; había sido en el momento de su admisión en la Orden. Releyó ese punto, lo meditó y tuvo la sensación cabal de ser ahora una persona distinta de lo que fuera en otro momento de su vida el joven repetidor ansioso de aquel entonces. “Si las Autoridades —decía ese párrafo— te elevan a un cargo oficial, has de saber que toda ascensión por los grados de los cargos, no es un paso hacia la libertad, sino hacia una subordinación mayor. Cuanto más grande es el poder oficial, tanto más serio y severo es el servicio. Cuanto más fuerte la personalidad, tanto más vedado el arbitrio. ¡Qué definitivo y unívoco había sido entonces el sonido de esas palabras y cómo había cambiado el significado de algunas, hasta el de palabras tan claras como “subordinación”, “personalidad”, “arbitrio”! ¡Casi totalmente opuesto! Y sin embargo, ¡qué bellas, claras y admirablemente sugestivas eran esas reglas, que podían parecer absolutas, eternas y verdaderas a un alma joven! ¡Y seguirían siéndolo, si Castalia fuera el mundo, el mundo total, múltiple e indivisible, en lugar de ser un pequeño mundo en el otro o una sección audaz y violenta del mismo, como era en realidad! Si la Tierra fuese una escuela de selección, si la Orden fuese la comunidad de todos los seres humanos y Dios el jefe de la Orden, ¡qué perfectas serían aquellas reglas! ¡Ay, si hubiese sido así, qué generosa, floreciente e inocentemente hermosa hubiera sido la vida! Y una vez fue así de verdad, una vez más pudo verla y vivirla de esa manera, con ese concepto consciente: la Orden y el espíritu castalio como divino y absoluto, la provincia como mundo, los castalios como humanidad y la parte no castalia del todo, como una suerte de mundo infantil, un paso previo a la provincia, un terreno primitivo a la espera de la última cultura, de la última liberación, que levantaba sus ojos hacia Castalia con veneración y respeto y le enviaba de vez en cuando visitas tan gratas, como la del joven Plinio.

Mas ¡qué cosa curiosa ocurría con él, con Josef Knecht y su espíritu! ¿No había considerado su propia clase de concepción y conocimiento, esa vivencia de la realidad que él llamaba despertar, en tiempos idos y ayer mismo todavía, como algo absoluto en alguna medida, como un rumbo o un progreso, que por cierto sólo podía cumplirse paso a paso y que en la idea era permanente, continuado y corría en línea recta? ¿No le había parecido en su juventud despertar y progreso y deber precioso e incondicionalmente justo el reconocer en la figura de Plinio el mundo exterior, pero también el distanciarse conscientemente, exactamente, como castalio? Y había considerado otra vez un progreso y había sido para él realidad verdadera decidirse al cabo de largos años de duda por el juego de abalorios y la vida en Waldzell. Y una vez más, cuando se dejó insertar en el servicio regular por el Magister Tomás e incorporar a la Orden gracias al Magister Musicae y, más tarde, nombrar Magister también. Habían sido todos, pasos breves o largos por un camino aparentemente en línea recta, y, sin embargo, ahora no se encontraba, al final de ese camino, en el corazón del mundo y en lo más profundo de la verdad, sino que también el despertar de ahora no era más que un abrir los ojos y volverse a hallar a sí mismo en una nueva situación, un adaptarse a nuevas constelaciones. El mismo sendero claro, severo, unívoco y recto que le había conducido a Waldzell, a Mariafels, a la Orden, a la Magistratura, lo volvía a llevar afuera. Lo que había sido una serie o sucesión de actos del despertar, era al mismo tiempo una sucesión de despedidas. Castalia, el juego de abalorios, la dignidad de Magister, habían sido cada uno un tema que debía cambiar y absolver, un espacio que atravesar, que trascender. Ya estaban superados. Y evidentemente, un día, cuando pensó y realizó lo contrario de lo que pensaba y realizaba ahora, había sabido o presentido, sin embargo, algo ya del contenido problemático; ¿no había titulado “¡Trascender!” aquella poesía que escribió siendo estudiante y trataba de grados y despedidas?

Por eso, su camino se había desarrollado en círculo, o en elipse o en espiral o lo que fuera, pero no derechamente, porque lo rectilíneo pertenecía ciertamente sólo a la geometría, pero no a la naturaleza y a la vida. A la autoadmonición y a la autoincitación de su poesía, aun después de haber olvidado por mucho tiempo esos versos y su despertar de entonces, había sido fiel y obediente, no por cierto en forma perfecta, no sin vacilaciones, dudas, cambios y luchas, pero sí había ido grado por grado, lugar tras lugar, valientemente, recogido y muy alegre, no tan resplandeciente como el anciano Magister Musicae, pero sin cansancio ni turbación, sin defecciones o infidelidades. Y si ahora cometía defección e infidelidad con la concepción castalia, si contra toda la moral de la Orden obraba ahora aparentemente al servicio de la propia personalidad, es decir a su arbitrio, esto también sucedería en el espíritu del valor y de la música, gozoso y firme en su ritmo, ocurriera por lo demás lo que ocurriese. ¡Si pudiera explicar y demostrar a los demás lo que le parecía tan claro: que precisamente el “arbitrio” de su proceder actual era en realidad servicio y obediencia; que iba al encuentro, no ya de la libertad, sino de subordinaciones nuevas, desconocidas y fatales; que no era un desertor, sino un predestinado, no un voluntario sino un esclavo, no amo sino víctima! ¿Y qué pasaba con las virtudes, con la alegría, el orden, la valentía? Se empequeñecían, pero seguían subsistiendo. Aunque no se trataba de ir, sino solamente un girar del espacio alrededor de aquel que se hallaba en el centro, las virtudes seguían subsistiendo y mantenían su valor y su hechizo, consistían en decir que sí en lugar de negarse, en obedecer en lugar de escaparse y sustraerse, y tal vez un poco también en que se obraba y se pensaba como si fuera amo y actor, en que se aceptaba sin discriminar, la vida y el autoengaño, esta falsa idea con la apariencia de la autodeterminación y de la responsabilidad, en que por causas desconocidas se estaba en el fondo justamente más destinado a obrar que a conocer, más preparado para el instinto que para el espíritu. ¡Oh, si hubiera podido conversar al respecto con el Pater Jakobus!

Pensamientos o ensueños de esta naturaleza fueron el eco de su meditación. Se trataba, al parecer, en este “despertar”, no ya de la verdad y el saber, sino de la realidad, su vivencia y su permanencia. En el despertar no se llegaba más cerca del germen de la cosa, hasta la verdad; se concebía, se realizaba o se experimentaba pasivamente en ello solamente una toma de posición del propio Yo frente a la situación momentánea de la cosa. No se encontraban leyes, sino resoluciones, no se caía en el centro del mundo, pero sí en el centro de la propia personalidad. Por eso mismo también lo que se sentía y vivía al hacerlo no podía ser comunicado y estaba notablemente alejado de la expresión y la formulación; comunicaciones de este terreno existencial parecían no contar entre los fines del idioma. Si por excepción se lograba ser comprendido alguna vez en cierta medida, el que comprendía debía ser un hombre en idéntica situación, alguien que sufría la misma turbación, alguien que también despertaba. Fritz Tegularius le había comprendido un poco; más lejos había llegado la comprensión de Plinio. ¿Podía citar algún otro? No.

Comenzaba ya la hora del crepúsculo, y Knecht estaba sumido por entero en el juego de sus pensamientos, entretejido en ellos, cuando llamaron a su puerta. Como él no despertó en seguida de su meditación y no contestó, el que llamara esperó un momento y luego intentó otra vez con ligeros golpes. Ahora Josef contestó, se levantó y acompañó al mensajero que lo llevó al edificio de la Cancillería y, sin otro anuncio, al cuarto de trabajo del Director. El Magister Alexander vino a su encuentro.

—Lástima —le dijo el Director— que hayáis llegado sin previo anuncio: por eso habéis debido esperar. Ardo en deseos de saber lo que os ha traído tan repentinamente. ¿Nada malo?

Knecht se rió.

—No, nada malo. Más ¿llego realmente tan inesperado y no habéis podido imaginar siquiera la razón que me trae?

Alexander le miró serio y con preocupación en los ojos.

—Sí —contestó—, puedo imaginar esto o aquello. Pensé, por ejemplo, en estos días, que el asunto de vuestra circular no estaba seguramente liquidado para vos. La autoridad debió contestar parcamente y en un sentido y con un matiz para vos, Domine, ciertamente desilusionador.

—No —repuso Josef Knecht—, en realidad no había esperado otra cosa, más de lo que la respuesta de la autoridad contiene cabalmente. Y por lo que se refiere al matiz, confieso que me ha hecho bien. Advertí en el escrito que había costado esfuerzo y casi pesar a su redactor y que el mismo sintió la necesidad de mezclar unas gotas de miel a la contestación para mí desagradable y un poco vergonzante, y esto lo logró en forma excelente; le quedo agradecido por ello.

—¿Aceptasteis, pues, Venerable, el contenido del escrito?

—Tomé conocimiento del mismo, sí, y realmente también lo comprendí y lo aprobé. La contestación no podía traerme más que el rechazo de mi petición, junto con una suave reprimenda. Mi circular era algo desusado y para las autoridades realmente molesta, no me queda duda a este respecto. Pero en cuanto contenía un pedido personal, probablemente no estaba redactada muy correctamente por mí. No podía aguardar más que una contestación negativa.

—Nos complace —dijo el presidente de la Dirección de la Orden con cierta agudeza y severidad— que lo penséis así y que nuestra nota no haya podido sorprenderos en un sentido doloroso. Nos complace mucho. Pero hay una cosa que no entiendo aún. Si al redactar y expedir vuestro escrito —¿os comprendo bien?— no habéis creído en el buen resultado y en una contestación favorable y estabais convencido del fracaso de antemano, ¿por qué lo habéis enviado, puesto que representaba de toda manera un gran trabajo?

—Señor presidente —contestó Knecht mirándolo amablemente—, mi escrito tenía dos sentidos, dos intenciones, y no creo que los dos han quedado tan completamente sin efecto. Contenía un pedido personal de relevo del cargo y de empleo en otra situación; esta petición personal debía yo considerarla como algo relativamente accesorio; todo Magister debe ciertamente dejar de lado en lo posible las cuestiones personales. La solicitud fue rechazada, con ello debí darme por satisfecho. Pero mi circular contenía muchas otras cosas más, fuera de ese pedido, contenía una cantidad de hechos o pensamientos que yo consideré mi deber llevar a conocimiento de la autoridad y recomendarlos a su consideración. Todos los grandes maestros o la mayoría de ellos leyeron mi exposición, para no llamarla advertencia, y aunque casi todos ingirieron ciertamente con disgusto ese alimento y reaccionaron oponiéndose, por lo menos cada uno leyó y conoció lo que yo creí que debía decirles. El que no hayan recibido el escrito con aplauso, no es a mis ojos un fracaso; no busqué el aplauso ni la adhesión; tenía el propósito de provocar inquietud y preocupación. Lamentaría mucho si hubiese renunciado a enviar mi trabajo por las razones por vos aducidas. Sea que influya mucho, sea que nada logre, fue sin embargo, un grito de alarma, un alerta.

—Seguramente —dijo titubeando el presidente—, pero con ello no veo resuelto para mí el enigma. Si queríais hacer llegar a las autoridades advertencias, alarma, admoniciones, ¿por qué habéis debilitado o puesto en peligro vuestras palabras de oro uniéndolas a un pedido privado, a un pedido además en cuyo cumplimiento posible vos mismo no habéis creído? Esto no lo comprendo, por de pronto. Pero todo se aclarará, si hablamos al respecto. En todo caso, allí está el punto débil de vuestro escrito circular, en la vinculación del alerta con la petición, de la advertencia con el pedido. Cabe juzgar que vos no teníais autorización para emplear el pedido como vehículo de la advertencia. Podíais llegar a vuestros colegas verbalmente o por escrito con suma facilidad, si pensabais que necesitaban una sacudida. Y el pedido hubiera recorrido su camino oficial según las reglas.

Knecht volvió a mirarle amablemente.

—Sí —dijo finalmente—, es posible que tengáis razón. Sin embargo... ¡Considerad una vez más el embrollado asunto! Ni por lo que se refiere a la advertencia, ni por lo que atañe al pedido, se trataba de algo cotidiano, usual y normal, sino que ambos resultaban vinculados porque habían nacido de la necesidad, eran insólitos y se colocaban fuera de lo convencional. No es usual ni regular que sin un motivo urgente exterior un hombre conjure de pronto a sus colegas a recordarse de la posibilidad de morir y de lo problemático de su entera existencia, ni es costumbre frecuente que un Magister castalio pida un puesto de maestro de escuela fuera de la provincia. En esto ambos contenidos de mi escrito combinan perfectamente. Para un lector que hubiese tomado realmente en serio mi escrito, a mi modo de ver, como resultado de la lectura hubiera debido imaginarse que en este caso no se trataba de un hombre caprichoso que anuncia sus presentimientos y la emprende a predicar a sus colegas, sino que este hombre toma amargamente en serio sus ideas y su necesidad, está preparado a deponer su cargo, su dignidad y su pasado y a comenzar de nuevo en el puesto más humilde; está harto de dignidad, de paz, de honores y autoridad y desea liberarse de todo eso y abandonarlo. De este resultado —trato de pensar siempre con la mentalidad de los lectores de mi exposición— hubiera podido llegarse, me parece, a dos conclusiones: el redactor de este sermón moral, desgraciadamente, está loco y ya no puede ser tenido en consideración como Magister, o en cambio como el redactor del molesto sermón, evidentemente, no ha enloquecido, sino que está sano y es normal, detrás de su prédica y de su pesimismo debe haber algo más que capricho y ocurrencia, es decir, una realidad, una verdad. Algo así me había imaginado que sería el proceso en las mentes de los lectores, y debo confesar que hice mal mis cálculos. En lugar de haber logrado que mi pedido y mi alerta te apoyaran recíprocamente, se robustecieran uno a otro, no fueron tomados en serio y puestos a un lado. Por este rechazo no me he entristecido ni me sentí asombrado, porque, como repito, en el fondo lo había previsto, a pesar de todo y, debo admitirlo, en el fondo merecí el rechazo. Mi pedido, en efecto, en cuyo resultado no confiaba, fue una suerte de finta, un gesto, una formalidad ...

El Magister Alexander se había puesto más serio y casi sombrío. Pero no interrumpió a Knecht.

—No ocurrió —continuó este último— que al enviar mi petición esperara seriamente una respuesta favorable y me alegrara por ello, pero tampoco ocurrió que estuviera dispuesto a aceptar una contestación desfavorable como suprema resolución y a obedecerla.

—“... No dispuesto a aceptar la contestación de vuestros superiores como suprema resolución ...” ¿He oído bien, Magister? —le interrumpió el presidente, recalcando gravemente cada palabra. Evidentemente, acababa de reconocer toda la seriedad de la situación.

Knecht se inclinó apenas.

—A buen seguro, habéis oído bien. Sucedió que apenas pude creer en una perspectiva de triunfo de mi escrito, pero juzgué necesario presentarlo, para cumplir con el reglamento y la forma. Con ello concedía yo a la venerable Autoridad, en cierta manera, la posibilidad de resolver mansamente el asunto. Si no era posible esta solución, estaba yo entonces decidido a no someterme ni a dejarme sosegar, sino a obrar.

—¿Y a obrar cómo? —preguntó Alexander en voz baja.

—Como me mandan el corazón y la razón. Estaba decidido a deponer mi cargo y a buscar una actividad fuera de Castalia, aun sin encargo o permiso de la Autoridad.

El Director de la Orden cero los ojos y pareció no escuchar más. Knecht comprendió que estaba realizando aquel ejercicio de apremio, con cuya ayuda la gente de la Orden trata de fortalecerse y asegurarse en caso de peligro o amenaza repentinos, para tener el dominio de sí y la paz interior, ejercicio que se une con dos muy largas retenciones del aliento a pulmón vacío. Vio la cara del hombre, de cuya incómoda situación era responsable, palidecer ligeramente, luego recobrar su color en el lento inspirar comenzado por los músculos del vientre; vio los ojos del hombre tan apreciado y aun amado volver a abrirse y mirar por un segundo, rígidos y perdidos, luego despertar y tomar vigor; vio con ligero temor esos ojos claros, disciplinados y refrenados constantemente de un hombre grande en la obediencia y en el mando, posarse ahora sobre él y contemplarle con consciente y deliberada frialdad, estudiarle, juzgarle. Y tuvo que soportar largo rato esa mirada en silencio.

—Creo haberos comprendido ahora —dijo finalmente Alexander con vos tranquila—. Hacía tiempo ya que estabais cansado del cargo o de Castalia o torturado por el deseo de la vida mundana. Habéis resuelto obedecer más a este estado de ánimo que a las leyes y a vuestros deberes; no habéis sentido la necesidad tampoco de confiar en nosotros y buscar consejo y asistencia en la Orden. Para cumplir una formalidad y acallar vuestra conciencia, nos habéis dirigido luego ese escrito, una petición que sabíais nos desagradaría, a la que os podíais referir cuando se llegara a una explicación. Admitamos que habéis tenido motivos para vuestro proceder tan insólito y que vuestras intenciones son honestas y respetables, porque no puedo pensar diversamente. Mas, ¿cómo fue posible que vos con tales ideas, deseos y resoluciones en el corazón, desertor ya íntimamente, pudieseis quedar tanto tiempo callado en vuestro puesto y ocuparlo aparentemente sin la menor falta?

—Estoy aquí —contestó el Magister Ludí con inalterada amabilidad— para discutir todo eso con vos, para contestaros cada pregunta, y como de una vez entré en el camino de la terquedad, me propuse no abandonar a Hirsland y vuestra casa, antes de saberme comprendido en alguna medida por vos en mi situación y en mis actos.

El Magister Alexander reflexionó.

—¿Quiere decir esto que esperáis que alguna vez aprobaré vuestro proceder y vuestros proyectos? —preguntó luego titubeando.

—¡Ay, ni pienso siquiera en una aprobación! Espero y aguardo ser comprendido por vos y conservar un poco de vuestro aprecio, cuando me aleje de aquí. Es la única despedida que me queda por cumplir en la provincia. Hoy abandoné para siempre a Waldzell y al Vicus Lusorum.

Alexander volvió a cerrar por unos segundos los ojos. Las comunicaciones de este ser inconcebible eran aniquiladoras.

—¿Para siempre? —dijo—. ¿No pensáis, pues, volver más a vuestro puesto? Debo confesarlo: sois maestro en sorpresas. Una pregunta, si me permitís: ¿Os consideráis todavía Magister Ludí, en realidad, o no?

Josef Knecht tomó el cofrecillo que había traído consigo.

—Lo fui hasta ayer —contestó— y pienso que hoy seré relevado, al depositar en vuestras manos los sellos y las llaves. Están intactos, y también en el Vicus Lusorum todo está en orden, si os gusta comprobarlo.

El presidente de la Orden se levantó lentamente del asiento; tenia aspecto de gran cansancio; parecía envejecido de repente.

—Dejaremos vuestro cofre aquí por hoy —dijo secamente—. Si la recepción dé los sellos ha de representar al mismo tiempo el cumplimiento de vuestro relevo del cargo, no me hallo facultado; debe asistir al acto por lo menos un tercio de las Autoridades generales. Antes, teníais el sentido de las antiguas costumbres y formalidades; no me puedo adaptar muy rápidamente a esta nueva modalidad. ¿Quizás tenéis la amabilidad de dejarme tranquilo hasta mañana, antes de que sigamos hablando?

—Estoy enteramente a vuestra disposición, Venerable. Me conocéis y conocéis mi respeto por vos desde hace algunos años ya; creédmelo, nada ha cambiado. Sois la única persona de la que me despido antes de abandonar la provincia y esto no en razón de vuestro cargo como presidente de la Dirección de la Orden. Del mismo modo que he puesto en vuestras manos sellos y llaves, espero de vos, Domine, que cuando nos hayamos explicado completamente, me dispensaréis también de mi voto como miembro de la Orden.

Alexander le miró en los ojos tristemente, inquisitivo, y reprimió un suspiro:

—Dejadme solo ahora, Venerable; me habéis traído preocupaciones y materia de reflexión para todo un día... Por hoy ha de ser suficiente. Mañana seguiremos hablando; volved alrededor de una hora antes del mediodía.

Despidió al Magister con un ademán gentil y este ademán —lleno de resignación y de estudiada cortesía, ya no dirigida a un colega sino a un extraño— hizo más daño al Magister Ludí que todas sus palabras.

El famulus, que un rato más tarde fue a buscar a Knecht para la comida, lo llevó hasta una mesa de huéspedes y le anunció que el Magister Alexander se había retirado para un ejercicio mayor, y que el señor Magister tampoco desearía estar acompañado; ya estaba preparada una habitación de huéspedes.

Alexander había sido sorprendido completamente por la visita y las confidencias del Magister Ludí. Ciertamente, desde que redactara la contestación de la autoridad al escrito de éste, contó también con su ocasional aparición y pensó en la explicación necesaria con una leve inquietud. Pero que el Magister Knecht se le presentaría sin anunciarse un día cualquiera con su ejemplar sumisión, sus maneras tan cuidadas, su modestia y su tacto cordial; que renunciaría a su cargo espontáneamente y sin previo consejo de la Autoridad general y que rompería en tan asombrosa forma con toda costumbre y toda tradición, lo había considerado absolutamente absurdo e imposible. Sí, cabía reconocerlo, el porte, el tono y las expresiones de su discurso, su cortesía franca y nada antipática eran las de siempre, mas ¡qué terribles y humillante, qué novedosos y sorprendentes, qué netamente anticastalios eran el espíritu y el sentido de sus confidencias! Nadie hubiera podido sospechar al ver y oír al Magister Ludí que podía estar tal vez enfermo, agotado, nervioso y no completamente dueño de sí mismo; tampoco las exactas observaciones, realizadas recientemente en Waldzell por la Autoridad general, habían revelado el menor signo de trastorno, desorden o inercia en la vida y las tareas del Vicus Lusorum. Y a pesar de todo, aquí estaba ahora este individuo tremendo, hasta ayer el más querido entre sus colegas; entregaba el cofre con las insignias de su cargo como si fuera una cartera de viaje; declaraba que había dejado de ser Magister, miembro de la Autoridad general, hermano de la Orden y castalio, y que había venido aprisa solamente para despedirse. Era la situación más terrible, más difícil y odiosa en la que se viera colocado en su cargo como jefe del poder de la Orden; y había debido hacer un gran esfuerzo para permanecer dueño de sí.

¿Y ahora qué? ¿Debía apelar a recursos violentos, como hacer arrestar bajo palabra de honor al Magister Ludí y convocar enseguida, esa misma noche, con un mensajero extraordinario, a todos los miembros del poder central? ¿Existía algún obstáculo legal, no era eso lo más urgente y lo más correcto? Sin embargo, había algún reparo que hacer. ¿Y qué se lograría con esas medidas? Para el Magister Knecht nada más que humillación, para Castalia nada, a lo sumo para él, el presidente, cierto descargo de conciencia, oponiéndose al rebelde y molesto como único responsable. Si en la fatal cuestión algo podía remediarse, si tal vez era posible un llamado al sentimiento de honor de Knecht y probablemente un cambio de opinión en él, esto podría lograrse solamente entre los dos. Ellos dos, Knecht y Alexander, debían combatir en esta amarga lucha, nadie más. Y pensando en esto, debió conceder a Knecht que en el fondo obraba correcta y noblemente, al sustraerse a la Autoridad que ya no reconocía, pero concediéndole a él, el presidente, la lucha final y la despedida. Este Josef Knecht, aunque cometía algo prohibido y odioso, era dueño, sin embargo, de su proceder y de su acto ...

El maestro Alexander resolvió confiar en esta reflexión y dejar todo el aparato oficial fuera del juego. Y sólo ahora, que había tomado esta resolución, comenzó a pensar en los detalles del asunto y, ante todo, a preguntarse qué había de razón o sinrazón en la forma de obrar del Magister, que daba cabalmente la impresión de estar convencido de la integridad y justificación de su insólito paso; mientras trataba de formular el osado proceder del Magister Ludí y de examinarlo a la luz de las reglas de la Orden, que nadie conocía más a fondo que él, llegó a la asombrosa conclusión de que en realidad Josef Knecht no había roto ni pensado romper con las reglas en su letra, dado que según el texto, ciertamente nunca puesto a prueba en su vigor desde décadas atrás, cada miembro de la Orden era libre en cualquier momento de salir de la misma, siempre que renunciara al mismo tiempo a los derechos y a la comunidad existencial de Castalia. Si Knecht devolvía los sellos, anunciaba su retiro de la Orden y se pasaba al mundo, realizaba con ello algo nunca oído a memoria de hombre, algo inusitado, terrible y tal vez muy inconveniente, pero no cometía una falta a la letra de las reglas de la Orden. El hecho de que quisiera dar ese paso inconcebible, pero formalmente no ilegal en ninguna manera, no ya a espaldas de la Dirección de la Orden, sino francamente y comunicándolo con toda claridad, era más de lo que le imponía el texto del reglamento. Pero ¿cómo había llegado a ello el Venerable, una de las columnas de la jerarquía? ¿Cómo podía invocar la regla escrita para su propósito que a pesar de todo era deserción, cuando cien vínculos no escritos, no menos sagrados y lógicos debían prohibírselo?

Oyó tocar la una, se arrancó a la inútil reflexión, se dio un baño, hizo diez minutos de cuidadosos ejercicios de respiración y fue a su ermita para la meditación, para acumular en sí antes de acostarse una hora de fuerza y serenidad y no pensar más en al asunto hasta el día siguiente.

Al otro día, un joven famulus llevó al Magister Knecht de la casa de huéspedes de la Dirección de la Orden hasta las oficinas del presidente y vio cómo ambos se saludaban. Pero el joven, acostumbrado a ver a maestros de la meditación y del saber y a la vida entre ellos, se sorprendió notando en el aspecto, la conducta y el saludo de los Venerables algo especial y nuevo para él, un grado más alto y desusado de recogimiento e iluminación. No fue —así nos refirió— el usual saludo de dos altísimos dignatarios, que podía ser según el caso un ceremonial alegre y sencillamente cumplido, o un acto festivo solemnemente amable, eventualmente también cierta competición en cortesía, subordinación y marcada humildad. Fue algo así como si fuera recibido un extraño, un gran maestro yoghi venido de muy lejos, para rendir pleitesía al Director de la Orden y para medirse con él. Palabras y ademanes fueron muy discretos y sobrios, pero las miradas y los rostros de los dos grandes estuvieron colmados de tanta calma, compostura y recogimiento y aun de una oculta tensión, como si ambos hubieran estado casi impregnados por una luz o cargados con una corriente eléctrica. Nuestro informante no pudo ver más, y menos oír, de semejante encuentro. Los dos desaparecieron en el interior del edificio, probablemente en el gabinete privado del Magister Alexander, y allí quedaron reunidos varias horas, sin que nadie pudiera molestarlos. Lo que se sabe de su conversación proviene de ocasionales referencias del señor delegado Designori, a quien Josef Knecht informó de lo ocurrido.

—Ayer me habéis sorprendido —comenzó el Director— y casi sacado de mis casillas. Entretanto, he podido reflexionar un poco al respecto. Mi punto de vista no ha cambiado, naturalmente, soy miembro de la Autoridad general, y de la Dirección de la Orden. Tenéis el derecho de comunicar vuestra renuncia y deponer el cargo, de acuerdo con la letra del reglamento. Habéis llegado a considerar vuestro cargo como un peso molesto y a sentir la necesidad de intentar vivir fuera de la Orden. ¿Y si yo os propusiera intentar ese paso, pero no en el sentido de vuestra violenta resolución, sino en forma de un largo permiso o de un permiso indefinido? Vuestra petición, en realidad, se proponía algo semejante.

—No del todo —contestó Knecht—; si se hubiera aceptado mi pedido, hubiera permanecido en la Orden, pero no en el cargo. Lo que vos proponéis con tanta amabilidad, sería solamente una evasión. Además, poco servicio se prestaría a Waldzell y al juego de abalorios, con un Magister que estuviera ausente con permiso por un período dilatado o indefinido y del cual no se sabe si volverá o no. Y aunque regresara, después de un año o dos, por lo que se refiere a sus funciones, a su disciplina y al mismo juego, su saber estaría disminuido y no aumentado.

Alexander no se dio por vencido:

—Quizá habría aprendido muchas cosas. Quizá habría llegado a convencerse de que el mundo de afuera es distinto de como lo pensaba y que no necesitaba de él y a la inversa; volvería tranquilizado y estaría contento de permanecer en lo viejo, en lo conocido y afianzado.

—Vuestra bondad es muy grande. Os la agradezco, pero no puedo aceptarla. Lo que busco no es tanto la satisfacción de una curiosidad o de un capricho por la vida mundana, cuanto lo incondicional. No deseo salir al mundo con un seguro en la cartera en caso de una desilusión, como un turista prudente que quiere conocer un poco al mundo. Por el contrario, anhelo la aventura, la dificultad, el peligro; tengo hambre de realidad, de cometidos y acciones, y aun de miserias y sufrimientos. ¿Puedo pediros que no insistáis en vuestra bondadosa propuesta y, sobre todo, en el intento de hacerme vacilar y atraerme a quedar? No conduciría a nada. Mi visita aquí para vos perdería para mí su valor y su bendición, si me consiguiera la aceptación a posteriori de mi petición, que ya no deseo. Desde el instante del pedido, no me quedé inactivo; el camino que inicié, lo es para mí todo, mi ley, mi patria, mi servicio ...

Con un suspiro, Alexander hizo una señal de asentimiento con la cabeza.

—Aceptemos por un momento, pues —dijo pacientemente—, que no sea posible ablandaros y haceros cambiar de decisión; aceptemos que seáis, a pesar de toda apariencia exterior, un frenético o un enfurecido ya sordo a todo, que no presta oído a ninguna autoridad, a ninguna razón, a ninguna bondad, en cuyo camino sea imposible interponerse. Por el momento quiero renunciar a influir en vos, a haceros mudar de opinión. Mas decidme ahora lo que habéis venido a decir, narradme la historia de vuestra caída, explicadme los hechos y las resoluciones con que nos asustáis. Sea eso confesión, justificación o acusación, quiero saberlo.

Knecht asintió.

—El frenético agradece y se alegra. No tengo acusaciones que hacer. Lo que quisiera decir —si no fuera tan difícil, tan increíblemente difícil de expresar con palabras— tiene para mí el significado de una justificación, para vos posiblemente el de una confesión.

Se apoyó en el respaldo de la silla y miró hacia arriba, donde en la bóveda quedaban restos de una vieja pintura de los tiempos claustrales de Hirsland, delgados esquemas de sueños en líneas y matices, en flores y adornos.

—La idea de que puede uno hartarse del cargo de Magister y renunciar a él, se me ocurrió por primera vez pocos meses después de mi nombramiento como Magister Ludí. Estaba sentado un día, leyendo en un librito de mi celebrado antecesor Ludovico Wassermaler, el cual, recorriendo mes por mes el año oficial, brinda a sus sucesores indicaciones y consejos. Leí en él la invitación a pensar con antelación en el torneo solemne de abalorios del año en curso, y, para el caso de no tener mucho interés o de carecer de ideas, el consejo de reaccionar mediante la concentración. Mientras yo leía aquello, con una sensación de superioridad por ser el Magister más joven, sonreí ligeramente con la inexperiencia de mi juventud ante las preocupaciones de mi antecesor, allí reveladas, pero resonó en mí el eco de algo serio y peligroso, de algo amenazador y oprimente. La reflexión sobre eso mí llevó a una resolución: si llegase el día en que el pensamiento de un próximo torneo solemne me infundiera cuitas en lugar de alegría, y angustia en lugar de orgullo, presentaría mi renuncia y devolvería a las autoridades mis insignias, sin torturarme dolorosamente para dirigir la prueba anual. Ésa fue la primera vez que tuve tal idea y por cierto no creí entonces, mientras vencía las grandes tareas de mi asimilación en el cargo y el viento hinchaba mis velas, no creí, lo confieso, muy íntimamente en la posibilidad de que yo también sería un anciano y estaría cansado de la labor y de la vida; no creía que un día podría encontrarme apabullado y confundido ante la tarea de sacar de la manga ideas para nuevos juegos de abalorios. De todos modos, se formó en mí la resolución. En aquel tiempo me habéis conocido, Venerable, mejor tal vez de lo que yo mismo me conocía, fuisteis mi consejero y confesor en el primer período grave de mis funciones y habíais dejado a Waldzell muy poco tiempo antes.

Alexander lo miró estudiándolo.

—Difícilmente tuve mejor encargo —dijo— y estuve entonces tan contento de vos y de mí, como rara vez es posible estarlo. Si es verdad que en la vida hay que pagar todo lo agradable, debo expiar ahora aquella sensación tan bella. En esta ocasión me sentí realmente orgulloso de vos. No me siento así hoy. Si Castalia vive ahora por vos una sacudida y la Orden un desengaño, sé que tengo mi responsabilidad en ello. Tal vez hubiese debido quedarme algunas semanas más en esa oportunidad en el Vicus Lusorum, como acompañante y consejero vuestro, o bien apretaros y vigilaros más dura y exactamente.

Knecht retribuyó alegremente su mirada.

—No debéis molestaros con tales escrúpulos, Domine; yo debería recordaros muchas advertencias que tuvisteis que darme entonces, cuando me sentía pesar encima casi demasiado mi cargo con sus obligaciones y responsabilidades, siendo el Magister más joven. Justamente recuerdo que en aquellas horas me dijisteis: “Si yo, Magister Ludí, fuera un abellacado o un incapaz, si hiciera todo lo que un Magister no puede hacer, si me empeñara con toda intención para causar desde mi elevada posición el mayor daño posible, todo esto no perjudicaría ni conmovería a nuestra querida Castalia más de lo que logra una piedrecilla que se tira en un lago. Pocas olas diminutas, pocos círculos, y nada más. Tan firme, tan segura es nuestra organización castalia, tan intocable su espíritu”. ¿Lo recordáis? Oh, no; no tenéis ciertamente la culpa de mis tentativas por ser en lo posible un mal castalio y por dañar como fuese a la Orden. Y también sabéis que nunca podré turbar seriamente vuestra paz. Mas he de seguir explicándome.

“El que ya al comienzo de mi magistratura pudiese tomar aquella resolución y no la olvidara, sino que ahora me disponga a realizarla, tiene relación con una suerte de vivencias espirituales que me ocurre de vez en cuando y que llamo “despertares”. Pero de ello estáis enterado, os hablé al respecto una vez, cuando erais mi mentor: en esa oportunidad me quejé con vos justamente, porque esas vivencias habían desaparecido con mi asunción del cargo y se me antojaban disiparse cada vez más en la lejanía.

—Lo recuerdo —confirmó el presidente—; estaba un poco sorprendido entonces por vuestra capacidad para esa clase de vivencias; es algo muy poco común entre nosotros, y afuera en el mundo se presenta en formas muy diversas: tal vez en el genio, sobre todo en los estadistas y jefes de ejércitos, pero también en seres débiles, semi patológicos, poco dotados en conjunto, como videntes, médiums y sujetos telepáticos. No me pareció nunca que tuvierais algo que ver con estas dos clases de seres, los héroes guerreros y los videntes y los radioestesistas. Más aún, entonces y hasta ayer, me habéis parecido un buen miembro de la Orden: reflexivo, claro, obediente. No me pareció lógico, ni aceptable en vos recibir voces misteriosas, voces divinas o diabólicas, de lo más hondo de uno, y ser dominado por ellas. Por eso interpreté los estados de “despertar”, como me lo habíais descrito, simplemente como conciencia ocasional del crecimiento personal. Resultaba natural por lo tanto que esas vivencias espirituales desaparecieran por largo tiempo; habíais apenas entrado en elevadas funciones y asumido una tarea que colgaba de vos como un manto demasiado amplio y que antes debíais llenar. Pero decidme: ¿creísteis alguna vez que esos despertares eran algo así como revelaciones de fuerzas superiores, comunicaciones o llamadas desde regiones de una verdad objetiva, eterna o divina?

—Con esto —contestó Knecht— hemos llegado a mi tarea accidental, a mi dificultad justamente de expresar con palabras lo que escapa sin embargo, constantemente a la palabra; convertir en racional lo que evidentemente es extrarracional. No, nunca pensé en esos despertares como manifestaciones de un Dios o un demonio o de una verdad absoluta. Lo que presta peso y fuerza persuasiva a tales vivencias, no es su contenido en verdad, su elevado origen, su procedencia divina o algo parecido, sino su realidad. Son enormemente reales, romo, por ejemplo, un violento dolor físico o un sorprendente fenómeno natural, una tormenta o un sismo, nos parecen cargados de realidad, presencia e inevitabilidad en forma diversa totalmente de los tiempos y estados comunes. El vendaval que precede a una tempestad cercana, nos empuja rápidamente hada nuestra casa y aun trata de arrancarnos de la mano la puerta de calle, o un fuerte dolor de muelas que parece concentrar en nuestra mandíbula todas las tensiones, los dolores y conflictos del mundo, son cosas de cuya realidad o importancia podemos comenzar a dudar, a mi modo de ver, tarde alguna vez, si tendemos a semejantes entretenimientos, pero en la hora del suceder no tenemos la menor duda y rebasamos la realidad. Una forma parecida de reafirmada realidad es insita para mí en mi “despertar”; por eso tiene ese nombre; en esos momentos es en realidad como si hubiese estado mucho tiempo durmiendo o dormitando y de pronto me despierto y veo claro y resulto receptivo como nunca. Los instantes de los grandes dolores y las fuertes sacudidas, aun en la historia del mundo, tienen su convincente necesidad, y suscitan un sentimiento de actualidad y tensión inhibidoras. Después, como consecuencia de la conmoción, puede ocurrir lo bello, lo luminoso o lo grosero, lo tenebroso; en todo caso, lo que sucede llevará la apariencia de la grandeza, la necesidad y la importancia, y se distinguirá y separará de lo que ocurre todos los días.

“Pero permitidme —continuó después de una pausa— que trate de concebir la cosa desde otro punto de vista. ¿Recordáis la leyenda de san Cristóbal? ¿Sí? Cristóbal era un hombre de gran fuerza y valentía, pero no quería llegar a ser amo y gobernar, sino a servir; servir era su fortaleza y su arte, y sabia hacerlo. Pero no era indiferente para él a quién debía servir. Tenía que ser al amo más grande, más poderoso. Y cuando oía hablar de un señor más poderoso que el que atendía, ofrecía sus servicios a este nuevo señor. Este gran servidor me gustó siempre y debo asemejarme un poco a él. Por lo menos, en el único período de mi vida en que podía disponer de mí, en los años de estudiante, busqué mucho y mucho vacilé en elegir a qué amo debía servir. Me defendí y desconfié del juego de abalorios largos años, aunque lo considerara como el fruto más valioso y original de nuestra provincia. Había probado el cebo y sabia que no había nada más atrayente y diferenciado sobre la tierra que entregarse al juego; había notado también muy temprano que este juego arrobador no tolera al ingenuo jugador de las vísperas de fiesta, sino que se apodera de aquel que alguna vez se interese un tiempo por él y “le obliga a su servicio. Pero un instinto rechazaba el que me circunscribiera con todas mis fuerzas y mi interés total a esta maravilla; una ingenua sensación por lo sencillo, por lo total, lo sano, me ponía en guardia contra el espíritu del Vicus Lusorum de Waldzell, como contra el espíritu de la especialización y del virtuosismo, un espíritu ciertamente muy cultivado y elaborado muy ricamente, pero separado del conjunto de la vida y de la humanidad, sumida en una orgullosa soledad. Dudé y medité años enteros, hasta que maduró la resolución y, a pesar de todo, me decidí por el juego. Lo hice porque sentía en mí el impulso de buscar lo supremo en plenitud y de servir al amo más poderoso.

—Comprendo —dijo el Magister Alexander—. Pero como quiera que yo lo considere y vos tratéis de describirlo y explicarlo, tropiezo siempre con la misma razón para todas vuestras singularidades. Tenéis demasiado sentido de vuestra propia persona o de su subordinación a la misma, lo que de ningún modo equivale a ser una gran personalidad. Se puede ser astro de primera magnitud en capacidad, fuerza de voluntad y perseverancia, pero también estar tan perfectamente colocado en su centro que uno se mueve en el sistema a que pertenece sin la menor fricción ni pérdida de energía. Otro posee esas mismas altas dotes, hasta mejores aún, pero el eje no pasa exactamente por el centro y desperdicia la mitad de su fuerza en movimientos excéntricos, que lo debilitan a él mismo y trastornan su ambiente. Vos pertenecéis seguramente a esta última clase. Pero debo ciertamente confesar que habéis sabido ocultarlo en forma excelente. Tanto más violento parece descargarse ahora el mal. Me contáis de san Cristóbal, y debo deciros que aunque esta figura posee algo grandioso y emotivo, no puede ser un modelo para un servidor de nuestra jerarquía. Aquel que quiere servir, debe servir al amo a quien prestó juramento, en la hora buena y en la mala, y no con la secreta reserva de cambiar de señor, apenas encuentre uno mejor, más suntuoso. El sirviente se convierte entonces en juez de su amo, y lo mismo estáis haciendo vos. Siempre quisisteis servir al amo más alto, y sois tan presumido como para resolver por vos mismo la categoría del señor que elegís.

Knecht había escuchado atentamente, pero no sin una sombra de tristeza en su rostro. Y prosiguió:

—Respeto vuestro juicio, no podía esperar otra cosa. Pero dejadme seguir exponiendo pocas cosas más. Me convertí en Magister Ludí y, realmente, por bastante tiempo estuve convencido de que estaba sirviendo al más sublime de los amos. Por lo menos, mi amigo Designori, nuestro protector ante el Parlamento, me describió una vez más vívidamente, como un virtuoso del juego y un siervo selecto, arrogante, astuto, un poco consentido. Mas debo deciros aún qué importancia tuvo para mí la palabra “trascender” desde mis tiempos de estudiante y los “despertares”. Se me ocurrió —creo— durante la lectura de un filósofo del Iluminismo y bajo la influencia del Magister Tomás Della Trave, y fue para mí desde ese momento, igual que “despertar”, una verdadera palabra mágica, impulsora y fortalecedora, consoladora, y promisoria. Mi vida —así me lo propuse— debería ser un trascender, un avanzar grado a grado; había que atravesar un espacio tras otro; había que superarlos, lo mismo que la música pasa tiempo iras tiempo, tema tras tema, los toca, los acaba y los deja detrás de sí, nunca cansada, nunca dormida, siempre vigilante, siempre perfectamente presente. Con relación a las vivencias del despertar había observado que existen grados y espacios, y que cada vez el último período de un capítulo de la vida lleva consigo un hálito de marchito y de moribundo, que luego, al trasladarse al nuevo espacio, lleva al despertar, a un nuevo comienzo. También esta imagen del trascender os la comunico, como un recurso que tal vez sirva para explicar mi vida. La resolución para el juego de abalorios fue un grado importante, y no menor el primer injerto palpable en la jerarquía. También en mi cargo de Magister hallé y viví esos grados. Lo mejor que me dio mi cargo fue el descubrimiento de que no solamente el hacer música y el juego de abalorios son actividades que satisfacen, sino también el enseñar y educar. Y poco a poco descubrí, además, que el educar me hacía más feliz cuanto roas jóvenes y sin formación fueran los alumnos. Con los años, esto también, como muchas otras cosas, me llevó a desear alumnos jóvenes y cada vez más jóvenes, a convencerme de que hubiera sido mejor para mí, y más grato, ser maestro en una escuela de principiantes, en resumen, a comprender que mi fantasía, a veces, se ocupaba de cosas que estaban fuera de mis funciones.

Hizo una pausa para descansar. El presidente observó:

—Cada vez me asombráis más, Magister. ¡Habláis de vuestra vida, y apenas conversamos de otras cosas que de vivencias privadas, subjetivas, de deseos, evoluciones y resoluciones personales! No imaginaba realmente que un castalio de vuestra categoría pudiera verse a sí mismo y su vida de esta manera ...

Su voz tenía un tono entre el reproche y el pesar, que hizo daño a Knecht; pero éste se recobró y exclamó alegremente:

—Pero, Venerable, estamos hablando no ya de Castalia, de las Autoridades y de la jerarquía, sino únicamente de mí, de la psicología de un hombre que tuvo que causaros desgraciadamente grandes molestias. No me corresponde hablar de mi gestión oficial en el cargo, de mi cumplimiento del deber, de mi valor o de mi nulidad como castalio y como Magister. Mi gestión magistral, como toda la parte exterior de mi vida, esta allí, abierta, sometida a vuestro examen; no encontraréis mucho de que castigarme. Lo que se trata ahora, aquí, es algo distinto, es decir, se trata de haceros visible el camino por el cual he andado como individuo y que ahora me ha llevado fuera de Waldzell y mañana me conducirá fuera de Castalia. ¡Oídme un rato más, consentidlo por vuestra bondad! ...

“El que yo supiera de la existencia de otro mundo fuera de nuestra reducida provincia, no lo debo a mis estudios, en los que ese mundo se presentó como lejano pasado solamente, sino antes que nada a mi condiscípulo Designori, huésped foráneo, y luego a mi residencia entre los padres benedictinos y al Pater Jakobus. Fue muy poco lo que vi del mundo con mis propios ojos, pero gracias a ese último tuve una idea de lo que se llama historia, y es posible que yo pusiera de ese modo los cimientos para aislarme, para el retraimiento en que caí después de mi retorno. Mi regreso del monasterio ocurrió en una región casi sin historia, en una provincia de sabios y jugadores de abalorios, sociedad muy distinguida y sumamente agradable, en la que sin embargo, yo parecía hallarme totalmente solo con mi intuición del mundo, mi curiosidad por él, mi interés también. Había lo suficiente como para resarcirme de todo; había aquí algunos hombres que yo veneraba muy mucho y de quienes llegar a ser colega fue para mí un honor vergonzante y al mismo tiempo colmado de dicha; había buen número de gente muy culta y muy bien educada; no faltaba el trabajo y tenía muchos alumnos bien dotados y amables. Pero durante mi aprendizaje con el Pater Jakobus había descubierto que yo no era solamente un castalio, sino también un hombre, que el mundo, todo el mundo, me importaba y exigía mi convivencia en él. De este descubrimiento siguieron como consecuencia necesidades, deseos, exigencias, obligaciones que ya no podía cumplir en absoluto. La vida del mundo, como lo considera el castalio, era algo que había quedado atrás, de menos valor, una vida del desorden y la grosería, de las pasiones y la distracción; no era nada bello ni deseable. Pero el mundo y su existencia eran a buen seguro infinitamente más grandes y ricos que la idea que de ellos podía formarse un castalio; estaban saturados de devenir, de historia, de intentos y comienzos eternamente nuevos; eran quizá caóticos, pero representaban la patria y el suelo materno de todos los destinos, de todas las elevaciones, de todas las artes, de todo lo humano; habían creado lenguas, pueblos, Estados, culturas, nos habían creado a nosotros también y a nuestra Castalia y las verían morir otra vez y renacer. Mi maestro Jakobus había despertado en mí un amor por ese mundo, que fue creciendo constantemente, y en Castalia no había nada que lo alimentara; aquí se halla uno fuera del mundo y Castalia también es un pequeño mundo perfecto, que no tiene ya ni devenir ni posibilidad de crecer.

Respiró profundamente y se calló por un momento. Como el presidente nada replicara y lo mirara aguardando, asintió pensativo y prosiguió:

—Dos cargas tuve que llevar, durante muchos años. Debí administrar un gran puesto y su responsabilidad, y llegar a una resolución con mi amor. El cargo, esto lo vi claro desde el principio, no podía, no debía sufrir por ese amor. Por el contrario, según creí, debía aventajarse por él. Si mi labor —cosa que no temía— resultara aunque muy poco menos perfecta e intachable de lo que se puede exigir a un Magister, sabía sin embargo, que en mi corazón yo estaba más despierto y vivamente activo que muchos colegas intachables, y que tenía que dar esto y aquello a mis alumnos y colaboradores. Consideré mi deber ensanchar y prestar calor a la vida y al pensamiento castalios, lenta y suavemente, sin choques ni rompimientos con la tradición, aportarle nueva sangre desde el mundo y desde la historia, y una bondadosa providencia quiso que al mismo tiempo, afuera en el país, un hombre de mundo sintiera lo mismo y pensara igual y soñara en una mayor amistad y relación entre el mundo y Castalia: fue Plinio Designori.

El maestro Alexander contrajo levemente los labios, al contestar:

—¡Oh, sí! Nunca esperé nada muy grato de la influencia de ese hombre sobre vos, del mismo modo que nada bueno aguardaré de vuestro depravado protegido Tegularius. ¿Y es Designori, pues, quien os ha llevado a romper netamente con las reglas?

—No, Domine, pero, en parte sin saberlo, me ha ayudado siempre en eso. Trajo un poco de aire a mi excesiva paz, por él volví a tener contacto con el mundo de afuera, y así solamente me fue posible ver y confesarme a mí mismo que estaba al cabo de mi carrera local, que había perdido la verdadera alegría por mi trabajo y que había llegado el momento de poner fin al tormento. Había recorrido ya otro trecho, subido otro peldaño, pasado a través de un espacio, y este espacio era Castalia.

—¡Y cómo lo expresáis! —observó Alexander meneando la cabeza—¡Cómo si el espacio de Castalia no fuera lo bastante grande, para llenar dignamente la vida de muchos! ¿Creéis seriamente haber atravesado y superado este espacio?

—¡Oh, no! —exclamó Knecht vivamente—; nunca creía semejante cosa. Si digo que acabo de llegar a los confines de este espacio, pienso solamente que está hecho lo que yo como individuo, desde mi puesto, podía hacer aquí. Me hallo desde algún tiempo en el límite donde mi tarea como Magister Ludí se torna eterna repetición, ejercicio huero, mera fórmula, donde la realizo sin alegría, sin entusiasmo, a veces aun sin fe. Era hora de acabar con eso.

Alexander suspiró.

—Ésta es vuestra concepción, pero no la de la Orden y sus reglas. El que un hermano de la Orden pase por distintos estados de ánimo y por momentos se canse de su labor, no es nada nuevo ni sorprendente. Las reglas le enseñan luego el buen camino, para reconquistar la armonía y colocarse de nuevo en su centro. ¿Lo olvidasteis?

—No creo, Venerable. Podéis investigar mi actuación en el cargo; hace poco, justamente, cuando recibisteis mi circular, habéis hecho indagaciones en el Vicus Lusorum y a mi respecto. Habéis podido comprobar que la tarea se cumple, que la cancillería y el archivo están en orden, que el Magister Ludí no está enfermo ni tiene caprichos. Debo precisamente a esas reglas que me habéis enseñado en forma tan magistral, si pude resistir y no perdí ni la fuerza ni la paciencia. Pero me costó mucho. Y aun me cuesta apenas un poco menos convenceros de que no se trata de estado de ánimo, ni de caprichos o antojos, de los cuales me deje llevar. Mas, ya sea que lo logre o no, por lo menos, insisto en que reconozcáis que mi persona y mi vida, hasta el último momento en que las habéis investigado, fueron íntegras y útiles. ¿Espero tal vez demasiado de vos?

Los ojos del Magister Alexander guiñaron levemente, casi burlones.

—Mi señor colega —contestó—, habláis conmigo como si fuéramos dos personas privadas que conversan sin compromisos. Pero esto cabe solamente para vos, que en realidad sois una persona privada. Yo, en cambio, no lo soy, y lo que pienso y digo, no lo digo yo, sino el presidente de la Dirección de la Orden, que es responsable de cada palabra de su Autoridad. Lo que habéis dicho aquí no tendrá consecuencias; por cuanto para vos pueda ser cosa seria, sigue siendo discurso de un hombre privado que habla por su propio interés. Para mí en cambio continúa el cargo y la responsabilidad y podría tener sus derivaciones lo que hoy digo o hago. Os represento y represento vuestra causa ante las Autoridades. Si ellas aceptan vuestra explicación de los hechos y tal vez hasta la aprueban, no es cosa indiferente... Me exponéis, pues, las cosas como si hasta ayer (aun con toda clase de ideas raras en la cabeza) hubieseis sido un castalio y un Magister irreprochable, sin mancha, y me decís que habéis tenido accesos y riesgos de cansancio en vuestro cargo, pero que los habéis combatido y dominado correctamente. Admitiendo que yo lo reconociera, ¿cómo debo entender luego esta monstruosidad de que un Magister integro e intachable, que ayer todavía obedeció a cada regla, hoy de repente deserta? Me resulta mucho más fácil y explicable pensar en un Magister que estuvo mucho tiempo enfermo y disminuido en su conciencia y que mientras se creyó siempre buen castalio, en realidad había dejado de serlo hacia mucho. Me pregunto por qué en verdad asignáis tanto valor a la comprobación de que habéis sido un correcto Magister hasta el último momento. Como ya habéis dado el paso, quebrado la obediencia y cometido deserción, nada debía importaros más de semejantes comprobaciones.

Knecht se defendió.

—¿Me permitís, Venerable? ¿Por qué no me ha de importar? Se trata de mi nombre, de mi fama, del recuerdo que dejo tras de mí. Se trata también de la posibilidad de obrar allá afuera en favor de Castalia. No estoy aquí para salvar algo mío o para lograr la aprobación de las Autoridades para mi decisión. Conté con lo contrario y me debo rendir a ser puesto en duda por mis colegas, a ser considerado como un fenómeno problemático. Pero no quiero ser considerado traidor o loco; seria un juicio que no puedo aceptar. Hice algo que vos debéis condenar a desaprobar, pero lo hice porque debía, porque estaba obligado a ello, porque tal es mi destino en el cual creo y acepto con la mejor voluntad. Si no me podéis conceder siquiera esto, he perdido y he hablado inútilmente con vos.

—Estamos siempre en lo mismo —contestó Alexander—. Debo confesar que en determinadas circunstancias la voluntad de un individuo tiene el derecho de romper con las leyes en las que creo y que me corresponde representar. Pero no puedo creer al mismo tiempo en nuestra organización y en vuestro derecho particular de quebrantarla. No me interrumpáis, por favor. Puedo concederos que vos, según todas las apariencias, estáis convencido de vuestro derecho y del significado de vuestro paso fatal y que creéis en una vocación para este propósito vuestro. No aguardáis, ciertamente, que yo apruebe ese paso. En cambio, habéis logrado seguramente que yo renunciara a mi primitiva idea, la de reconquistaros y haceros cambiar de propósito. Acepto vuestro retiro de la Orden y comunicaré a las Autoridades vuestra voluntaria renuncia al cargo. Más no puedo hacer por vos, Josef Knecht.

El Magister Ludí hizo un ademán de devoción y respeto. Luego dijo quedamente:

—Os lo agradezco, señor presidente. Ya os confié el cofrecillo. En vuestras manos entrego ahora para las Autoridades mis breves informes acerca de la situación en Waldzell, sobre todo acerca de los repetidores y de aquellas dos personalidades que creo puedan merecer alguna consideración, principalmente para sucederme en el cargo.

Sacó del bolsillo unas hojas dobladas y las colocó sobre la mesa. Luego se puso de pie; también Alexander se levantó. Knecht se le acercó, lo miró con melancólico afecto en los ojos, se inclinó y dijo:

—Hubiera querido que me dierais la mano en señal de despedida, debo renunciar a ello... Siempre os tuve afecto especial, y nada ha cambiado tampoco hoy. Adiós, mi Venerable.

Alexander calló, estaba pálido. Por un segundo pareció que estuviera por levantar la mano y tenderla al hombre que se marchaba. Sintió que se le humedecían los ojos; inclinó la cabeza, retribuyó la reverencia de Knecht y lo dejó marchar...

Cuando el ex Magister hubo cerrado la puerta detrás de si, el presidente se quedó inmóvil, de pie, atisbo los pasos que se alejaban y, cuando se perdió el eco del último y nada más se oía, se paseó por la habitación de un extremo a otro, hasta que se oyeron pasos de nuevo y alguien llamó a la puerta. Entró el joven sirviente y anunció un visitante que deseaba hablar con el Venerable.

—Le dirás que podrá recibirle dentro de una hora y que le pido que sea breve, porque tengo cosas urgentes que hacer.. ¡No, espera! Ve a la Cancillería también y di al primer secretario que cite en seguida y con urgencia a todas las Autoridades para pasado mañana a una sesión, con la advertencia de que es necesaria la presencia de todos y que solamente se considerará válida para faltar una enfermedad grave. Luego verás al ecónomo y le dirás que mañana temprano debo ir a Waldzell: el coche debe estar listo para las siete.

—¿Me permitís, Venerable? —dijo el jovencito—. Estaría disponible el coche del señor Magister Ludí.

—¿Cómo?

—El Venerable llegó ayer en coche. Acaba de irse, anunciando que se marcharía a pie y que dejaba aquí el coche a disposición de las Autoridades.

—Está bien. Mañana utilizaré el coche de Waldzell. Repita, por favor.

El sirviente repitió:

—El visitante será recibido dentro de una hora, deberá ser breve. El primer secretario debe, convocar a las Autoridades para pasado mañana; es necesaria la asistencia de todos, solamente la enfermedad grave será motivo de excepción. Mañana a las siete, salida para Waldzell en el coche del señor Magister Ludí.

Cuando el joven se marchó, Alexander respiró aliviado. Se acercó a la mesa donde estuvo con Knecht y aún sintió el eco de los pasos de ese ser incomprensible que todos querían y que le acababa de dar un dolor Un grande. Desde los primeros días en que tuvo que atenderle, amó a este castalio y entre muchas otras cualidades que le agradaban en él estaba también este paso suyo, neto, de firme ritmo y ligero, casi volante, entre muy digno y muy infantil, entre sacerdotal y bailarín, un paso amable, distinguido y original, que se adecuaba magníficamente al rostro y a la voz de Knecht. Y respondía también a su modo particular de castalio y Magister, a su forma de señorío y de alegría que recordaba a veces un poco la alegría aristocráticamente medida de su predecesor, el maestro Tomás, a veces también la jovialidad simple, cordial y conquistadora del ex Magister Musicae. Ya se había marchado, pues, de prisa, y a pie quién sabe hacia dónde y probablemente no volvería a verlo más, ni a oír su risa, ni a observar su mano hermosa de largos dedos escribir los jeroglíficos de un paso del juego de abalorios. Tomó las hojas de papel que habían quedado sobre la mesa y comenzó a leer. Era un breve testamento, muy conciso y objetivo, a menudo de solas frases aisladas en lugar de oraciones, y debía servir para facilitar a las Autoridades la tarea de la inspección inminente en el Vicus Lusorum y de la nueva elección del Magister. Allí estaban en pequeños y hermosos caracteres las inteligentes observaciones, fijadas en palabras y trazos por la personalidad inalterable y única de este Josef Knecht, como su rostro, su voz, su paso. Difícilmente encontraría Castalia un hombre de su categoría para nombrarle como sucesor; los verdaderos señores, las verdaderas personalidades, eran justamente raras, y cada una de estas figuras de excepción significaba una suerte y un regalo también allí en Castalia, en la provincia de selección.

 

Le agradaba caminar a Josef Knecht y hacía mucho que no viajaba a pie tratando de recordar exactamente, le pareció que su última caminata verdadera fue la que le llevó de retorno a Castalia desde Mariafels y a ese torneo anual en Waldzell que había sido malogrado por la muerte de Su Excelencia, el Magister Tomás, y lo había convertido en sucesor de éste. Generalmente, cuando volvía con la memoria a esos tiempos y a sus años de estudiante y a su residencia en el soto de bambúes, era como si estuviera mirando desde un cuarto frío y desnudo hacia regiones amplias y llenas de sol alegre, lo irremediablemente perdido, convertido en paraíso del recuerdo. Y ese rememorar, aunque ocurriera sin nostalgia, fue siempre una visión de lo muy lejano, de algo distinto, de un hoy cotidiano, vuelto diferente en forma misteriosa y festiva. Pero ahora, en esta clara y alegre tarde de septiembre, con los vivos colores de las cercanías y las tonalidades de la lejanía, suaves, transparentes, delicadas como un sueño, esfumadas del azul al violeta, en ese cómodo andar y ocioso contemplar, en ese viaje a pie acariciado durante tanto tiempo, tendía la vista no ya hacia una lejanía y un paraíso en un hoy de resignación, sino que se parecía al de entonces, como el Josef Knecht de hoy semejaba al otro casi fraternalmente; todo era nuevo otra vez, misterioso, colmado de promesas; podía volver todo lo ya pasado y mucho nuevo aún, por añadidura. Nunca le habían parecido así el día y el mundo, ligeros, hermosos, inmaculados. La dicha de la libertad y de la autodeterminación le impregnaban como una bebida fuerte. ¡Durante cuánto tiempo había dejado de sentir esta sensación, esta ilusión generosa y fascinante! Hizo memoria y recordó la hora en que una vez le había tocado esa impresión tan preciosa y se encontró encadenado; fue durante el coloquio con el Magister Tomás, cuando bajo su mirada entre amable e irónica, la sensación se trocó en algo desagradable, porque había perdido su libertad; no había sido en realidad un dolor, un sufrimiento ardoroso, sino más bien un temor, un leve escalofrío en la nuca, una alarmante percepción física en el diafragma, una alteración de la temperatura y, precisamente, en el ritmo del sentir vital. Aquella emoción, en una hora fatal, temerosa, pasmante, que casi amenazaba una sofocación, estaba hoy compensada o curada.

Knecht había resuelto el día anterior a su viaje a Hirsland que no se arrepentiría en ningún caso de lo que pudiera suceder. Por hoy se prohibió a sí mismo pensar en los detalles de su conversación con Alexander, en su lucha con él y por él. Se entregó por entero a la sensación de relajamiento y libertad, que lo colmaban, como colma a un campesino, después de las faenas del día, la emoción de la víspera de fiesta; se sabía a salvo, sin obligaciones; se sentía por un instante perfectamente de más, eliminado, no obligado a trabajar, a pensar, y el día luminoso e irisado lo envolvía con sus dulces rayos, todo imagen, todo presente, sin exigencias, sin ayer, sin mañana. Por momentos, este ser satisfecho de caminar silbaba quedamente una canción de marcha, que había cantado alguna vez cuando era alumno principiante en Eschholz en alguna excursión, en coro de tres y cuatro voces, y desde la alegre mañana de su existencia le llegaron breves recuerdos y leves sonidos, claramente flotando como gorjeo de pájaros.

Se detuvo debajo de un cerezo con la fronda ya teñida de púrpura y se sentó en la hierba. Echó mano a un bolsillo interior de su chaqueta y sacó una cosa que Alexander no hubiera podido imaginar: una pequeña flauta de madera, que contempló con mucha ternura. No hacía mucho que poseía este ingenuo instrumento de aspecto infantil; seis meses tal vez; y recordó con placer el día en que la tuvo. Había ido a Monteport para discutir con Carlos Ferromonte algunos problemas musicales; se habló en esa ocasión de los instrumentos de madera (de viento precisamente) propios de determinadas épocas, y Knecht pidió a Ferromonte que le mostrara la colección de instrumentos reunida allí. Después de pasar gozosamente por algunas salas llenas de viejos teclados de órganos, arpas, laúdes y pianos, llegaron a un depósito donde se conservaban instrumentos para las escuelas. Allí, Josef vio una caja llena de esas pequeñas flautas, examinó y ensayó una de ellas y preguntó al amigo si podía llevársela. Carlos le rogó riendo que buscara la más agradable, riendo le hizo firmar un recibo; luego le explicó muy exactamente la construcción del instrumento, su manejo y la técnica más adecuada. Knecht se llevó el hermoso juguete y se ejercitó de vez en cuando, porque no había tocado más un instrumento de esa clase desde que dejó la rústica flauta de madera de su período escolar en Eschholz, y más de una vez se había propuesto volver a aprender cómo se toca. Junto con el diapasón utilizó un cuaderno con antiguas melodías que Ferromonte preparara para los principiantes y, a menudo, en el jardín magistral o en su dormitorio pudo oírse el sonido suave y delicado de la pequeña flauta. Estuvo muy lejos de ser un maestro, pero aprendió buen número de coros y canciones; las sabía de memoria y de algunas conocía también la letra. Recordó una de aquellas canciones, muy adecuada para ese instante, y cantó algunos versos quedamente:

 

Mi cabeza y mis brazos

yacían allí en el suelo;

ahora estoy de pie,

alegre y bien despierto,

y miro cara al cielo. ..

 

Luego colocó sus labios en el instrumento y tocó la melodía, miró el amplio paisaje suavemente brilloso hasta las altas montañas lejanas, oyó volar los tonos de la canción alegremente recogida en las notas de la flauta, y se sintió una sola cosa feliz con el cielo, las montañas, la canción y el día. Con verdadero gozo palpó la madera lisa y redonda entre sus dedos y pensó que, fuera del traje que llevaba puesto, esta flauta era la única pertenencia que se había permitido llevarse consigo de Waldzell. Durante muchos años había reunido muchas cosas que tenían más o menos el carácter de propiedad personal, ante todo dibujos, cuadernos de extractos y cosas parecidas; lo había dejado todo: podía ser utilizado como quisieran en el Vicus Lusorum. Pero se había llevado la pequeña flauta y se sentía complacido de tenerla consigo; era un compañero de viaje modesto y amable.

Al otro día, el peregrino llegó a la capital y se anunció en casa de los Designori. Plinio corrió a su encuentro al pie de la escalera y lo abrazó emocionado.

—Te hemos esperado con nostalgia y preocupación —exclamó—. ¡Has dado un gran paso, amigo; ojalá nos traiga suerte a todos! ¡Pero que te hayan dejado partir! Nunca me lo hubiera imaginado.

Knecht se rió.

—Ya ves, estoy aquí. Pero de ello te contaré más tarde. Quisiera ante todo saludar a mi discípulo y, naturalmente, también a tu mujer, y conversar con todos ustedes acerca de cómo se desarrollará mi cometido. Ansío comenzar.

Plinio llamó a la mucama y le encargó buscar en seguida a su hijo.

—¿El señorito? —preguntó ella, aparentemente sorprendida, pero se alejó corriendo, mientras el dueño de casa llevó a su amigo a la habitación de huéspedes y comenzó a referirle detalladamente lo que había previsto y preparado para la llegada y la convivencia de Knecht, sobre todo en lo que se refería a Tito. Todo estaba arreglado de acuerdo con los deseos de Josef; hasta la madre de Tito había comprendido esos deseos después de alguna oposición, adaptándose a ellos. Los Designori poseían una casita de descanso en la montaña, llamada Belpunt, bien asentada a la orilla de un lago; allí viviría en un primer momento Knecht con su alumno; una vieja sirvienta los atendería: había partido ya en esos días para arreglarlo todo. Ciertamente, esa residencia sería temporaria, a lo sumo hasta la llegada del invierno, pero justamente para ese primer período este aislamiento resultaría muy beneficioso, sin duda. Le satisfacía que Tito tuviera gran afición por la montaña, y la casita de Belpunt era tal que el joven se alegraba de residir en ella y lo aceptó sin resistencia. Designori recordó que tenía una carpeta con fotografías de la casa y de la región; arrastró a Knecht hasta su cuarto de trabajo, buscó la carpeta y cuando la encontró, comenzó a mostrar a su huésped la casa y a describirle la gran sala rural, la estufa de azulejos, las pérgolas, el balneario a orillas del lago, la catarata.

—¿Te gusta? —preguntó al final—. ¿Te sentirás cómodo allí?

—¿Por qué no? —contestó Knecht tranquilamente—. ¿Pero dónde está Tito? Hace ya un rato que le enviaste a buscar.

Hablaron todavía unos minutos de diversos temas; luego se oyeron pasos en el corredor, la puerta se abrió y entró alguien, pero no fue ni Tito ni la mucama enviada para traerle. Fue la madre del joven, la esposa de Designori. Knecht se levantó para saludarla, ella le estrechó la mano, sonriendo con una amabilidad un poco forzada: debajo de la cortés sonrisa había la expresión de una preocupación o de un desagrado. Dijo apenas unas palabras de bienvenida y se dirigió a su marido y se desahogó violentamente de la noticia que oprimía su corazón.

—Es realmente doloroso —exclamó—, imagina que el joven ha desaparecido y no se encuentra en ningún lado.

—¡Bah!, habrá salido —dijo para tranquilizarla Plinio—. Ya vendrá.

—Desgraciadamente, esto no es probable —insistió la madre—, se ha ido muy de mañana. Lo advertí ya muy temprano.

—¿Y por qué me lo dices tan tarde?

—Porque era natural que esperara su regreso a cada momento y no quería preocuparte inútilmente. Al principio no pensé en nada malo; creí que saldría de paseo. Cuando faltó a mediodía, comencé a intranquilizarme. No estuviste en casa a la hora del almuerzo, si no, lo hubieras sabido. Seguí tratando de vencer mis temores y achaqué descuido su falta de noticias y la larga espera. Pero no se trata de esto ya.

—¿Me permiten una pregunta? —dijo Knecht—. ¿Sabía el joven de mi inminente llegada y de vuestras intenciones?

—Naturalmente, señor Magister, y parecía casi contento de nuestros propósitos, por lo menos prefería tenerlo a usted como maestro a volver a una escuela cualquiera.

—Pero entonces —opinó Knecht— no hay que alarmarse. Su hijo signora[1], está acostumbrado a una gran libertad, sobre todo en este último tiempo; por lo mismo la perspectiva de tener un preceptor y educador debió parecerle una desgracia; es comprensible. Y por eso, en el instante en que debía entregarse al nuevo maestro, se escapó, menos tal vez con la esperanza de evitar en realidad su destino que con la creencia de que una prórroga retardaría el momento de aceptar la disciplina. Además, quiso probablemente jugar una broma a sus padres y al maestro por ellos elegido, expresando así su oposición contra el mundo de los grandes y los educadores.

Designori se alegró de que Knecht tomara el incidente en forma tan poco trágica. Pero estaba muy preocupado e intranquilo; su corazón lleno de afecto temía toda suerte de peligros por el hijo. Quizá huyera deliberadamente. Quizá atentara contra su vida. Esta idea le dejaba perplejo. ¡Oh, qué fatalidad! Todo lo descuidado o equivocado en la educación del niño parecía vengarse ahora, justamente en el instante en que se esperaba remediarlo.

Contra lo que aconsejaba Knecht, insistió en que había que hacer algo, que algo debía ocurrir; no se sentía capaz de soportar el golpe sufriendo inactivo y se excitó en una impaciencia, en una intranquilidad nerviosa, que no agradaban al amigo. Se resolvió, pues, enviar recado a varias familias, con las que Tito se relacionaba por intermedio de compañeros de su misma edad. Knecht se alegró cuando la esposa de Designori se alejó para disponer esa medida y quedó solo con el amigo.

—Plinio —le dijo—, pones una cara como si te hubieran traído a casa a tu hijo muerto. Ya no es un niño y no puede haber sido atropellado por un coche ni haber comido bayas envenenadas. Recóbrate, querido. Como no está tu hijo, me permitiré enseñarte algo a ti, en su reemplazo, durante unos minutos. Te observé un poco y encuentro que no estás “en forma”, como se suele decir. En el instante en que un atleta recibe un golpe o una presión inesperados, sus músculos realizan automáticamente los movimientos necesarios, se extienden o se contraen y le ayudan a ser dueño de la situación. Por eso, alumno Plinio, en el instante en que recibiste el golpe —o lo que exageradamente consideraste un golpe—, hubieras debido emplear el primer recurso de defensa contra ataques morales y estar atento a respirar lentamente, cuidadosamente dueño de ti. En cambio has respirado como un actor de teatro que debe interpretar un estremecimiento. No estás bien pertrechado; parece que ustedes, la gente del mundo, reaccionan a los dolores y a las preocupaciones en una forma demasiado particular. Es una situación de desamparo que sorprende y a veces, cuando se trata de un verdadero dolor que tiene significado de martirio, posee también algo de grandeza. Pero para la vida diaria esta renuncia a la defensa no es un arma; trataré de que tu hijo esté mejor preparado para cuando sea necesario. Y ahora, Plinio, me obedecerás y harás algunos ejercicios conmigo, para que yo vea si realmente lo has olvidado todo.

Con los ejercicios respiratorios para los cuales impartió órdenes estrictamente rítmicas, pudo sacar al amigo de su autotortura, y entonces lo encontró también dispuesto a oír razones y a liberarse de todo miedo e intranquilidad. Subieron a la habitación de Tito. El ex Magister contempló con placer el desorden de las pertenencias del jovencito, tomó un libro de sobre la mesita de noche, vio un trozo de papel metido entre las páginas: ¡coincidencia extraña!, era un mensaje del desaparecido. Tendió el papel a Designori, riéndose; también la cara de Plinio se iluminó en seguida. Con el mensaje, Tito informaba a sus padres que se había levantado muy temprano y que partía solo para la montaña, donde esperaría en Belpunt a su maestro. Pedía que se le perdonara ese capricho, en el momento en que su libertad estaba por ser limitada tan severamente; sentía una insuperable contrariedad en hacer ese hermoso y breve viaje como vigilado y prisionero, en compañía de su preceptor.

—Es muy natural —opinó Knecht—. Iré detrás de él mañana y nos encontraremos en la casita de la montaña. Pero ahora irás a ver a tu esposa, ante todo, y le darás la noticia.

Durante el resto del día, el estado de ánimo en la casa fue alegre y despreocupado. Esa tarde, Knecht, cediendo a las insistencias de Plinio, contó al amigo en resumen los acontecimientos de los últimos días y sobre todo los dos coloquios con el Magister Alexander. Y esa noche escribió en una tarjeta una maravillosa poesía que hoy está en manos de Tito Designori. Esto ocurrió en las circunstancias que van a continuación:

El dueño de casa lo había dejado solo durante una hora, antes de la comida. Knecht vio un mueble colmado de viejos libros que despertaron su curiosidad. Éste también era un placer que había perdido y olvidado casi, en los largos años de renuncia, y que le recordaba ahora sus años de estudioso con íntima hondura: hallarse delante de libros desconocidos, meter en ellos la mano al acaso y pescar aquí y allá un tomo que llamara la atención por su dorado, el nombre del autor, el tamaño o el color del cuero de la encuadernación. Repasa antes lentamente los títulos en los lomos y notó que tenía ante sus ojos mera literatura de los siglos xix y xx. Finalmente sacó un tomo-encuadernado en tela descolorida, porque le atraía su título: “Sabiduría de los brahamanes”. De pie primero, luego sentado, hojeó el libro que contenía muchos centenares de poesías educativas, mezcla curiosa de palabrería magistral y verdadera sabiduría, de pedantería de filisteos y genuino espíritu poético. Por lo que le pareció, este libro raro y sorprendente no carecía de esoterismo, pero mal preparado por una agria cocina casera, y no eran las mejores las poesías en que una doctrina o una sabiduría aspiraba realmente a tomar forma, sino aquellas en las que el alma del poeta, su poder de amar, su honradez y su humanidad afectuosa, su carácter moderadamente aburguesado encontraban hermosa expresión. Mientras trataba de penetrar en el alma del libro con una mécela de respeto y diversión, cayó ante sus ojos una cuarteta que aceptó con Satisfacción y adhesión y que saludó sonriendo con un gesto, como si le hubiera sido enriada justamente para ese día. La cuarteta decía:

 

Vemos volver los dios más queridos

para encontrar maduro algo más grato:

una planta rara que cuidar en el huerto,

un niño que mimar, un librito que escribir...

 

Tiró del cajón del escritorio, buscó y encontró una hoja de papel y copió los versos. Más tarde los mostró a Plinio y le dijo:

—Me gustaron estos versos; poseen algo especial: ¡son tan áridos y tan íntimos al mismo tiempo! Y se adaptan perfectamente a mi persona y a mi actual situación, a mi estado de ánimo del momento. Aunque no sea yo un jardinero o un horticultor, ni dedique mi jornada al cuidado de una planta rara, soy, sin embargo, maestro y educador y me hallo en el camino de mis tareas, hacia el niño que he de educar. ¡Cómo me felicito de ello! Por lo que respecta al autor de estos versos, el poeta Rueckert, tuvo probablemente estas tres nobles pasiones: la del jardinero, la del educador y la del escritor, y ésta precisamente ha de haber ocupado el primer lugar; la nombra en último lugar, en el lugar más importante y él está tan enamorado del objeto de su pasión, que se torna cariñoso y delicado y no dice “libro”, sino “librito”. ¡Qué conmovedor es esto!

Plinio se rió.

—Quién sabe —replicó—, si el hermoso diminutivo no fue más que un recurso del rimador que allí necesitaba una palabra de una sílaba más...

—No debemos subestimarle —alegó Knecht en defensa del poeta—; un hombre que ha escrito decenas de miles de versos en toda su vida, no se deja dominar por una sórdida necesidad métrica. No, escucha qué delicado y también un poquito vergonzoso suena: “un librito que escribir”. Tal vez no fue mera ternura lo que convirtió “libro” en “librito”. Tal vez hubo una intención disimuladora y conciliativa. Quizá no, probablemente; este poeta fue un escritor tan devoto de su labor que de vez en cuando consideró su inclinación a escribir libro como una suerte de pasión o vicio. Entonces la palabra “librito” tendría no sólo el sentido y el sonido del cariño, sino también el significado o el propósito defensivo, de excusa o disimulación, como pretende el jugador cuando invita no a un juego sino a un jueguecito, y el bebedor cuando pide todavía un vasito o un traguito. Bien, éstas son meras presunciones. De todas maneras, el poeta que canta al niño que quiere educar y al librito que quiere escribir, cuenta con toda mi adhesión y mi simpatía. Porque no sólo conozco el tormento del deseo de educar, sino que también escribir libritos es un arrebato al cual no me puedo sustraer. Y ahora que me liberté de mis funciones oficiales, tiene una particular atracción para mí la idea de escribir un libro en plena libertad y con el mejor humor; es decir, un libro no, un “librito”, un pequeño folleto para los amigos y los cantaradas que piensan como yo.

—¿Y sobre qué? —preguntó Designori curioso.

—¡Bah!, no tiene importancia, el tema no importa. Seria solamente una ocasión o un pretexto para meterme en eso y gozar la dicha de tener mucho tiempo libre. Lo que me importaría en todo eso sería el tono, algo prácticamente equilibrado entre respeto y confianza, entre seriedad y broma, un matiz sin pedantería, de amigable comunicación y explicación sobre esto y aquello, sobre lo que aprendí y creo saber. No emplearía ciertamente la forma con que Federico Rueckert mezcla la enseñanza y el pensamiento, la doctrina y la charla en todos sus versos, aunque me resulta agradable; es personal y a pesar de eso nada antojadiza, es juguetona y, sin embargo, se rige por exactas reglas formales; me gusta. Pero por ahora no conoceré las alegrías y los problemas de la tarea de escribir “libritos”; tengo que concentrarme para otra cosa. Pero más tarde, alguna vez, pienso, podría tocarme también la dicha de ser escritor, tal como la imagino vagamente, una concepción fácil pero esmerada de las cosas, no sólo para una goce solitario, sino teniendo siempre el pensamiento de servir a pocos y buenos amigos y lectores.

A la mañana siguiente, Knecht emprendió su viaje hacia Belpunt. Designori le había dicho el día anterior que quería acompañarle, pero él rechazó netamente ese deseo y como el otro se atreviera a insistir todavía, casi se enojó.

—El joven —replicó brevemente— tiene bastantes problemas en aceptar a su nuevo e ineludible maestro y a digerirlo; no debemos imponerle todavía la presencia del padre, precisamente ahora que le resultaría violenta.

Mientras viajaba en esa fresca mañana de septiembre en el coche alquilado para él por Plinio, volvió a sentir la hermosa sensación del día precedente. Se entretuvo a menudo con el cochero; le hizo detener el vehículo a veces y marchar despacio otras, cuando el paisaje le atraía; hasta tocó su pequeña flauta. Fue un hermoso viaje, emotivo y despreocupado, al salir de la ciudad y de las hondonadas de los contrafuertes y luego en dirección a la alta montaña, mientras pasaba también cada vez más del final del verano al otoño. Alrededor del mediodía comentó la última larga ascensión por grandes curvas a través del bosque de pinos y más y más raleados, a la vera de torrentes espumosos rugientes entre rocas, sobre elevados puentes y a lo larga de caseríos solitarios, de gruesos muros y ventanas pequeñitas, hasta penetrar en el pétreo mundo de la montaña cada vez más ruda y áspera; en cuya desnudes florecían doblemente hermosas diminutas islas de flores montañas.

La casita, finalmente alcanzada, se levantaba a orillas de un lago, oculta por grandes rocas que el techo apenas sobrepasaba. Al verla, el viajero percibió la severidad, mejor dicho, la lobreguez del estilo de edificación acorde con las toscas cumbres. Pero en seguida su cara se iluminó con una alegre sonrisa, porque vio erguida en la puerta de la casa una figura, un joven de chaqueta de varios colores y pantalón corto, que no podía ser otro que Tito, su alumno, y aunque no estaba en realidad muy seriamente preocupado por el fugitivo, respiró aliviado y agradecido. Si Tito se encontraba allí y saludaba al maestro desde el umbral de la casa, todo estaba bien y se eliminaban muchas complicaciones, cuya posibilidad había considerado por momentos durante el viaje.

El muchacho vino a su encuentro, sonriendo amablemente, un poco confundido; le ayudó a bajar del coche y le dijo:

—No tuve ninguna mala intención al hacer solo el viaje.

Y antes de que Knecht pudiera contestar, agregó confiado:

—Creo que usted comprendió lo que yo pensaría. De otra manera usted se hubiera hecho acompañar por mi padre. Ya le hice saber que llegué perfectamente.

Knecht le apretó sonriendo la mano y se dejó llevar adentro; la mucama lo saludó y le prometió servir la comida muy pronto. Cuando antes de ir a la mesa se tendió un momento en la cama, cediendo a una necesidad insólita en él, tuvo la sensación de que el hermoso viaje en coche le había cansado mucho, casi agotado, y mientras por la noche se entretuvo charlando con su discípulo y admiró sus colecciones de flores de la montaña y de mariposas, ese cansancio fue aumentando aún y sintió casi como un mareo, un vacío nunca sufrido en la cabeza, una debilidad molesta y una irregularidad de latidos en el pecho. El alumno se sorprendió un poco porque el Magister no dijera una palabra acerca del comienzo de las lecciones, del plan de estadios, dé los últimos certificados y cosas parecidas; cuando Tito hito una tentativa de explotar ese estado de ánimo y propuso para la mañana siguiente temprano un largo paseo, para enseñar al maestro las cercanías, la propuesta fue aceptada amablemente.

—Me alegro de antemano por la excursión —agregó Knecht—, y quiero pedirle en seguida un favor. Mientras veía su colección herbaria, pude convencerme de que usted sabe más que yo acerca de las plantas de la montaña. Entre otros, el propósito de nuestra convivencia es el de que intercambiemos nuestros conocimientos y los igualemos por ambas partes; comenzaremos así: usted revisará mi escaso saber de botánica y me hará progresar un poco en este terreno.

Cuando se desearon mutuamente las buenas noches. Tito estaba muy satisfecho y formó los mejores proyectos. Este Magister Knecht había vuelto a gustarle mucho. Sin emplear palabras grandilocuentes, sin hablar de ciencia, virtud y nobleza espiritual, como solían hacer sus profesores, este hombre alegre y cordial, en su modo de ser y de hablar, tenía algo que comprometía y despertaba anhelos y energías nobles, generosos, caballerescos y muy elevados. Podía ser un placer y hasta un merecimiento engañar y trampear a cualquier maestro, pero delante de un ser así no se podía pensar en estas tretas. Era... Sí, ¿qué era y cómo era, pues? Tito reflexionó al respecto, pensando qué era lo que tanto le gustaba en el extraño y al mismo tiempo le imponía, y encontró que se debía a su nobleza, su distinción, su señorío. Esto era lo que más atraía en él ante todo. Este señor Knecht era distinguido, era un señor, un aristócrata, aunque nadie conocía su familia y su padre pudo ser muy bien un zapatero. Era más noble y distinguido que la mayoría de los hombres que Tito conocía, más que su propio padre aún. El jovencito, que estimaba mucho los instintos patricios y las tradiciones de su casa y no perdonaba a su padre que hubiese renegado de todo eso, encontraba ahora aquí por primera vez la nobleza espiritual, de educación, ese poder que en circunstancias favorables puede también hacer el milagro de convertir un hijo de plebeyos en un ser de alta nobleza, saltando por encima de largas series de antepasados y generaciones, en el período de una sola vida humana. Surgió así en el jovencito ardoroso y orgulloso la intuición de que pertenecería a esta clase de nobleza y que servirla sería para él un deber y un honor, y tal vez allí, vivo y personificado en la figura de este maestro, que aun con esa suavidad y amabilidad era sin embargo, todo un señor, estaba más cerca de él el significado de su vida y debía fijarle metas.

Después de haber sido acompañado a su habitación Knecht no se acostó en seguida, aunque sintiera gran necesidad de ello. La velada le había costado muchos esfuerzos; debió luchar para mostrarte en la expresión, el aspecto y la voz ante el joven que sin duda lo estaba observando, en forma que no notara su cansancio, su malestar o su enfermedad, extraña y creciente. Sí, le pareció haberlo conseguido. Pero ahora había que afrontar y dominar ese vacío, ese malestar, esa temible sensación de mareo, ante todo reconociéndola y comprendiéndola. Y no le fue muy difícil, aunque tardó un rato. Su mal, encontró, no tenía otra causa que el viaje de ese día, que en brevísimo tiempo lo llevó de la llanura a una altura de unos dos mil metros. Nada acostumbrado a residir a esa altura, si se exceptúan algunas breves excursiones de su temprana juventud, había soportado mal la rápida ascensión. Probablemente, tendría que sufrir lo mismo por lo menos un día o dos más, y si eso no sucediera, es decir, si no lograra aclimatarse, tendría que regresar con Tito y la mucama, y el plan de Plinio en ese hermoso Belpunt, habría fracasado. Sería una lástima, pero no una desgracia irreparable.

Después de estas reflexiones se acostó y pasó la noche sin poder dormir mucho, en parte pasando revista a su viaje desde su despedida de Waldzell, en parte tratando de aplacar su pulso y sus nervios excitados. Pensó mucho también en su alumno, complacido por cierto, pero sin hacer proyecto alguno; le pareció mejor dominar esa plenitud nobilísima pero desaforada, solamente con la benevolencia y el trato; no había que precipitarse ni obrar con la fuerza. Quería llevar al joven a la conciencia de sus dotes y energías lentamente, y estimular en él al mismo tiempo esa hermosa ambición, esa insatisfacción aristocrática que brinda energía al amor por las ciencias, el espíritu y la belleza. La tarea era hermosa y su alumno no tenía solamente talento juvenil que despertar y ejercitar; era el único hijo de un patricio influyente y rico, un futuro señor también, uno de los colaboradores sociales y políticos del país y del pueblo, llamado a ser modelo y guía. Castalia estaba debiendo algo a esta antigua familia Designori; no supo educar básicamente al padre de Tito que se le había confiado, no lo robusteció lo bastante para una posición difícil entre el mundo y el espíritu, y con eso el joven Plinio, tan dotado y digno de afecto, no sólo fue un hombre desgraciado con una existencia desequilibrada y mal dominada; también su único hijo estaba en peligro y se veía arrastrado hacia lo problemático de la vida paterna. Había allí algo que curar y remediar, una deuda que pagar, y eso le agradaba, y le pareció simbólico que le tocara esa tarea justamente a él, al rebelde y aparentemente tránsfuga.

Por la mañana, cuando sintió despertar la vida en la casa, se levantó, encontró al lado de la cama una salida de baño que se puso encima de su liviana ropa de dormir, y entró, como le había indicado Tito la noche antes, en el corredor que unía la casa con la piscina de baño y el lago.

Se tendía delante de él inmóvil y verdoso el pequeño lago; más allá un alto precipicio rocoso cortado a plomo con un tajo neto sin mellas, plantado en el cielo mañanero suave, casi verde y fresco, áspero y frío en la sombra. Pero detrás de esa cumbre el sol había salido, se adivinaba; su luz guiñaba aquí y allá en breves reflejos en los cantos agudos de la piedra; pasarían pocos minutos y por encima de las agujas de la montaña el sol aparecería inundando de luz el lago y el alto valle. Knecht contempló atentamente, casi serio, el cuadro panorámico, cuya calma, belleza y gravedad sentía como algo extraño, pero para él oportuno y. aleccionador. Más fuertemente que en el viaje del día precedente, sintió la violencia, la frialdad y la solemne extrañeza del mundo de alta montaña, que no va al encuentro del hombre, no lo invita, apenas lo tolera. Y le pareció curioso y significativo que su primer paso en la nueva libertad de la vida mundana lo hubiera llevado precisamente hasta allí, en esta grandeza calma y helada.

Apareció Tito en traje de baño, tendió la mano al Magister y, señalando las rocas, dijo:

—Llega usted en el momento exacto: está por salir el sol. ¡Oh, es algo magnífico!

Knecht asintió amablemente con un movimiento de cabeza. Ya sabia que Tito se levantaba temprano y era un corredor, un luchador y un peregrino, casi como en señal de protesta, contra la conducta y la forma de vivir cansina y cómoda, nada militar, de su padre; por la misma razón desdeñaba el vino. Estas costumbres e inclinaciones llevaban ciertamente en ocasiones a la ostentación de un naturismo juvenil y de un desprecio por el espíritu —la inclinación a exagerar parecía innata en los Designori—, pero Knecht no lo lamentó y estaba decidido a emplear también la camaradería deportiva como un recurso para conquistar y domesticar al ardiente jovencito. Un medio entre muchos y no de los más importantes; la música, por ejemplo, llegaría mucho más lejos. No pensó tampoco —y era lógico— en igualarse al joven en los ejercicios físicos y menos en tratar de superarlo. Sería suficiente una colaboración sencilla, para demostrar al muchacho que su preceptor no era un cobarde ni un haragán.

Tito miraba emocionado la oscura pared de roca, detrás de la cual se mecía el cielo en la luz de la mañana. De pronto relampagueó un trozo de la cumbre pétrea en forma violenta como metal al rojo ya pronto por derretirse; la cima perdió sus contornos y pareció de improviso más baja, como si se hundiera fundiéndose, y de la brecha ardiente surgió cegador el astro del día. Al mismo tiempo se iluminaron la tierra, la casa, la piscina de baño y la orilla del lago donde se hallaban, y ambas figuras humanas, erguidas en la violenta irradiación, sintieron en seguida el calor vivo de tanta luz. El muchacho, colmado de la solemne belleza del instante y la sensación bienhechora de su juventud y su fuerza, movió los miembros con rítmicos aleteos de los brazos, a los que siguió pronto todo el cuerpo, para festejar el principio del día con una danza entusiasta y expresar su íntima inteligencia con los elementos que se mecían y se iluminaban alrededor de él. Sus pasos volaron en alegre homenaje hacia el sol victorioso, retrocedieron respetuosos ante él, los brazos tendidos atrajeron la montaña, el lago y el cielo hacia su corazón; arrodillándose pareció venerar a la madre tierra, abriendo las manos para acariciar las agua del lago, ofreciéndose a sí mismo, su juventud, su libertad, su sensación de la vida que llameaba en él, como una ofrenda festiva a las potencias naturales. El sol se reflejaba en sus hombros tostados, sus ojos estaban semicerrados por el resplandor, el rostro juvenil se endureció como una máscara en una expresión de seriedad apasionada y casi fanática.

También el Magister se sintió invadido y estremecido por el mágico espectáculo del despuntar del día en esta soledad pétrea y silente. Pero más que esta visión lo sorprendió y dominó el hecho humano allí ante sus ojos de la danza de salutación del sol y del día por su alumno, danza que elevaba al jovencito inmaturo y caprichoso a una seriedad de servicio divino, e irradiando y revelando, le abría a él, espectador, en un solo instante, casi de improvisto, sus inclinaciones más nobles y profundas, sus facultades y sus voliciones, del mismo modo que la aparición del sol abría y permeaba de luz ese frío y oscuro valle lacustre y montano. Más fuerte e importante le pareció el joven, de lo que hubiera imaginado, pero también más duro, inaccesible, lejos del espíritu, pagano. Esta danza de fiesta y sacrificio de pánico entusiasta era algo más que los discursos y versos del joven Plinio de un tiempo, colocaban al jovencito varios grados más alto, pero lo hacían aparecer también más extranjero, inasible, inalcanzable hasta para el llamado.

El muchacho mismo había sido invadido por ese entusiasmo, sin saber cómo ocurriera. La danza que ejecutó no era algo que ya conociera, por él repetida o ensayada otras veces; no era un rito ya corriente para él o por él inventado para festejar el sol y la mañana, y en esa danza y su mágica posesión no había solamente, cosa que supo sólo más tarde, aire de montaña, sol y mañana y sensación de libertad, sino también en igual medida el cambio y el adelanto esperado de su vida joven aparecían hasta en la figura del Magister, tan amistosa y digna de respeto. Muchas cosas convergieron en esta hora mañanera hacia el destino y el alma de Tito, para distinguir esa hora de mil otras como noble, festiva, sagrada. Sin saber lo que hacía, sin critica ni sospecha, hizo lo que el instante de dicha exigía de él, danzó su devoción, rezó al sol, confesó en rendidos movimientos y ademanes su alegría y su respeto, su fe vital y su piedad, ofrendó orgulloso y humilde a la vez su alma piadosa al sol y a los dioses en su danza, y al mismo tiempo también al admirado y temido, al sabio y músico, al maestro del mágico juego que llegara de misterioso país, a su futuro educador y amigo.

Todo esto, como la embriaguez de luz por la salida del sol, duró solamente minutos. Conmovido, contempló Knecht el maravilloso espectáculo, en el que el alumno se transformaba y revelaba a sus ojos, y fue hacia él nuevo y extraño y completamente igualado. Ambos se hallaban en el sendero entre la casa y la piscina, bañados por la plenitud de luz del oriente, profundamente sacudidos por el torbellino de lo que acababan de vivir, cuando Tito, después del último paso de su danza, despertó del caos de dicha y se quedó como un animal sorprendido en un solitario juego, comprendiendo que no estaba solo, que no había vivido y realizado únicamente algo insólito, sino que también había tenido para ello un espectador. Con la rapidez del relámpago, obedeció al primer impulso que le permitía salir de esa situación, que de pronto creyó debía considerar peligrosa y vergonzante, y le dejaba superar el sortilegio de estos maravillosos instantes, que lo habían envuelto y dominado totalmente.

Su cara sin edad aún, de máscara humana, asumió una expresión infantil y casi tonta, como la de quien despierta demasiado de repente de un profundo sueño; se balanceó un poco sobre las rodillas, miró sorprendido en la cara a su maestro, y como si se le ocurriera algo importante y casi ya descuidado, extendió de pronto rápidamente el brazo derecho en ademán indicador, señalando la orilla opuesta del lago, por una mitad del ancho de la cuenca aún en plena sombra, que la montaña rocosa vencida por los rayos de la mañana reducía lentamente cada vez más en su base.

—Si nadamos muy rápidamente —exclamó apresurado, con el interés de un niño—, podemos llegar a la otra orilla antes que el sol todavía.

Las palabras habían salido apenas de su boca, la señal para una competición natatoria con el sol había sido apenas impartida, cuando Tito, con un poderoso salto, la cabeza tendida hacia adelante, desapareció en el lago, como si por exceso de osadía o por embarazo no pudiera partir lo bastante veloz y hacer olvidar con una actividad más viva la escena anterior. Saltó el agua al choque del cuerpo y se cerró sobre él; unos instantes después volvieron a aparecer la cabeza, los hombros y los brazos y siguieron siendo visibles sobre el espejo azul verdoso, mientras se alejaban raudamente.

Cuando salió de casa, Knecht no tenía por cierto la menor intención de bañarse y nadar, tenía demasiado frío casi y, después de la noche pasada casi como un enfermo, no le hubiera parecido conveniente. Pero ahora, bajo ese hermoso sol, excitado por lo que acababa de ver, invitado como camarada y además incitado por su alumno, juzgó el atrevimiento menos arriesgado. En cambio temió mucho que todo lo que la hora mañanera había traído y prometido pudiera desaparecer y perderse, si dejaba solo al joven y lo desilusionaba, rehusando con la fría prudencia del adulto esa prueba de fuerza. Le alarmaba ciertamente la sensación de inseguridad y debilidad en que había caído por la rápida ascensión a la montaña, pero tal vez ese malestar podía ser vencido muy pronto con la energía de un acto violento. El desafío era más fuerte que la advertencia, la voluntad más que el instinto. Se sacó de prisa la ligera salida de baño, respiró profundamente y se lanzó al agua en el mismo sitio donde se había sumergido su alumno.

El lago, alimentado por las aguas de los glaciares y aun en pleno verano accesible solamente a los más endurecidos, lo recibió con un frío de hielo de cortante hostilidad. Estaba preparado a un fuerte estremecimiento, pero no a este hielo cruel que lo rodeaba como de grandes llamas y después de un instante de creciente ardor comenzaba a penetrar rápidamente en él. Después del salto, había subido en seguida a flote; con otro gran salto hacia adelante descubrió a Tito nadando, se sintió amargamente oprimido por lo helado, lo salvaje y lo hostil del agua y creyó todavía que luchaba para disminuir la distancia, para llegar a la meta de la competición, para lograr el aprecio y la camaradería y el alma del muchacho, cuando ya peleaba con la muerte que le había llamado y abrazado en la lucha. Se defendió con todas sus fuerzas, hasta que su corazón siguió latiendo.

El joven nadador miró varias veces hacia atrás y notó con satisfacción que el Magister le había seguido en el agua. Volvió a atisbar, no lo vio más, se inquietó, miró y gritó, se volvió y se apresuró para auxiliarle. No lo encontró y lo buscó nadando y sumergiéndose en procura del hundido, hasta que él también sintió desaparecer las fuerzas por el frío tan agudo. Exhausto y sin aliento, llegó finalmente a tierra, vio la salida de baño tirada en la arena, la levantó y comenzó a frotarse mecánicamente con ella el pecho y las extremidades, hasta que la piel rígida volvió a tener calor. Se sentó al sol como atontado, miró fijamente el agua cuyo helado verdor azulado le parecía ahora sorprendentemente hueco, extraño y enemigo, y se sintió invadido por la perplejidad, por una profunda tristeza, cuando al desaparecer la debilidad física volvió la conciencia y el terror de lo sucedido.

¡Ay, pensó con horror, tengo la culpa de su muerte! Y sólo en ese momento, cuando no había ya un orgullo que defender y una resistencia que oponer, sintió en la congoja de su corazón asustado cuánto había amado ya a este hombre. Y mientras, a pesar de todas las reflexiones, se sentía culpable por la muerte del Magister, con el sagrado terror le invadió el presentimiento de que esta culpa lo transformaría a él y su vida entera y le exigiría cosas más grandes que las que hasta ese momento se había exigido alguna vez a sí mismo.

 

F I N

 


 

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[1]En italiano en el original.

La Editorial
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Hermann Hesse - El Juego de los Abalorios