José Hernandez: El Gaucho Martín Fierro

La Editorial

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JOSÉ HERNANDEZ

MARTÍN FIERRO

Fecha de Edición - Buenos Aires 1872


INDICE

José Hernandez - Biografía
Carta del Autor a Don José Zoilo Miguens
El Gaucho Martín Fierro
La Vuelta de Martín Fierro



"Por asimilación, sinó por la cuna,
soy hijo de gaucho, hermano de gaucho, y he sido gaucho.
He vivido años en campamentos, en los desiertos y en los bosques,
viéndolos padecer, pelear y morir; abnegados,
sufridos, humildes, desinteresados y heroicos."
José Hernandez 1881

Lo menos que puede decirse de José Hernandez es que fue uno de los personajes más polifacéticos que viera la luz en tierras argentinas. Fue poeta, empleado de comercio, rematador, contador, taquígrafo, político, periodista, guerrero, luchador federalista , secretario, Ministro de Hacienda de Corrientes, revolucionario, Diputado, Senador, miembro del Concejo Nacional de Educación, director de bancos, protector de industrias criollas y de gauchos, estanciero y orador. Y, además — uno casi estaría tentado a decir que en sus ratos libres — fue también el gran poeta autodidacta cuyo poema Martín Fierro, considerado un clásico nacional, canta la independencia, el estoicismo y el coraje de los gauchos.

Jose Hernandez 1834/1886

Nació el 10 de Noviembre de 1834, en la Chacra de Pueyrredón ,en el caserío de Perdriel, partido de San Martín, provincia de Buenos Aires. Su casa natal se ha convertido en Museo. Sus padres fueron Don Rafael Hernández y Doña Isabel de Pueyrredón, prima hermana de Juan Martín de Pueyrredón. A la edad de 4 años José ya leía y escribía, y cursó su escolaridad en el Colegio de Don Pedro Sánchez.

Cuando tenía 9 años, a causa de una enfermedad y ya con su madre fallecida, los médicos recomendaron a su padre (capataz de las estancias de Rosas) que lo llevara a vivir al campo. Se trasladaron entonces al sur de la provincia, al poblado de Camarones. Fue allí donde entró en contacto con el estilo de vida, las costumbres, la lengua y los códigos de honor de los gauchos. Vive 9 años en el campo y tiene participación en varios enfrentamientos con los indios, que en aquel entonces ocupaban gran parte de la provincia de Buenos Aires.

En marzo de 1857 se instala en ciudad de Paraná, poco antes de recibir la noticia de que su padre ha muerto en el campo, fulminado por un rayo. Es en ésta ciudad de Paraná donde conoce a Carolina González del Solar, con quien se casa el 8 de Junio de 1863 y luego tiene 7 hijos: seis mujeres y un varón.

Con el correr de los años, José Hernández se transformó en un autodidacta, y a través de sus numerosas lecturas adquirió unas claras ideas políticas. Según su hermano menor, Rafael Hernández, una de las características más notables del poeta era el don de la elocuencia. Era capaz de improvisar versos y discursos en reuniones de amigos o en el Congreso. Su memoria era fuera de lo común y su voz potente resonaba en el recinto.

Entre 1852 y 1872, durante una época de gran agitación política en el país, defendió la postura de que las provincias no debían permanecer ligadas a las autoridades centrales, establecidas en Buenos Aires. En el año 1853 viste uniforme militar y combate en Rincón de San Gregorio contra las fuerzas del coronel rosista Hilario Lagos. Obedeciendo a sus ideales combatió luego bajo las órdenes de Urquiza, intervino en las batallas de Pavón y de Cepeda (1859) y luchó junto al caudillo López Jordán en la última rebelión gaucha contra el gobierno de Sarmiento, un desdichado movimiento que finalizó en 1871 con la derrota de los gauchos y el exilio de Hernández al Brasil.

Dos años más tarde, al regresar a la Argentina, continúa su lucha por otros medios, como la fundación del periódico “Revista del Río de la Plata”, en el que defendió posturas federalistas, la publicación de una serie de artículos en “El Argentino” y la edición del diario “El Eco” de Corrientes. Más tarde tendría la oportunidad de difundir sus ideas como legislador, ya que se desempeñó como Diputado (1879) y como Senador por la Provincia de Buenos Aires ( 1881).

Su inicio en la literatura fue con algunas composiciones poéticas cultas, sin mayor fortuna. Fue en la poesía gauchesca, de vigorosos perfiles y de tono genuinamente popular, donde encontraría su inspiración y legaría una obra genial. En 1863 escribe “Rasgos biográficos del general Ángel Peñaloza” (en donde narra la vida de éste famoso caudillo riojano y que es llamado “Vida del Chacho” a partir de la segunda edición), “Instrucción del Estanciero” (tratado sobre las posibilidades económicas del campo argentino con consejos para el hombre de estancia), la descripción gaucha “Los treinta y tres orientales” y varios escritos dispersos que fueron recopilados póstumamente en “Prosas del autor del Martín Fierro (1834-1886)”. El 28 de noviembre de 1872 el diario “La República” anuncia “El gaucho Martín Fierro” (Martín en honor de Martín Güemes) y lo publica en forma de entregas. En diciembre aparece editado por la imprenta “La Pampa”, precedida por una importante carta del autor a su amigo y editor Don José Zoilo Miguens. La obra comenzó a venderse en las zonas rurales. Era leída en grupo, en fogones o pulperías y su gran éxito se debió a que pintaba con veracidad las vicisitudes del gaucho y los paisanos se reconocían en la desgracia del protagonista. En 1879 se publica la continuación de la obra, llamada “La vuelta de Martín Fierro”, en una edición ilustrada por Carlos Clérice. Ambas partes conforman el “Martín Fierro”, extenso poema nativo calificado de obra maestra en su género, que logra la interpretación sociológica de una época y de una sociedad, aúna lo lírico, lo descriptivo, lo satírico y lo épico, alcanzando los caracteres de una epopeya.

El gran mérito de José Hernández fue el de llevar a la literatura la vida de un gaucho contándola en primera persona, con sus propias palabras e imbuido de su espíritu. En el gaucho, descubrió la encarnación del coraje y la integridad inherentes a una vida independiente. Ésta figura era, según él, el verdadero representante del carácter argentino. Curiosamente, lo que no consiguió en su actividad política lo obtuvo por medio de la literatura. A través de la poesía consiguió un gran eco para sus propuestas, y el Martín Fierro fue su más valiosa contribución a la causa de los gauchos.

El 21 de Octubre de 1886 muere en su quinta de Belgrano (Buenos Aires). Sus últimas palabras fueron: “Buenos Aires... Buenos Aires...”

En su homenaje, el 10 de noviembre (aniversario de su nacimiento) se festeja en la Argentina el Día de la Tradición.


 

Carta del Autor a don José Zoilo Miguens

Querido amigo:

Al fin me he decidido a que mi pobre "MARTÍN FIERRO", que me ha ayudado algunos momentos a alejar al fastidio de la vida del hotel, salga a conocer el mundo, y allá va acogido al amparo de su nombre.

No le niegue su protección, Ud. que conoce bien todos los abusos y todas las desgracias de que es víctima esa clase desheredada de nuestro país. Es un pobre gaucho, con todas las imperfecciones de forma que el arte tiene todavía entre ellos, y con toda la falta de enlace en sus ideas, en las que no existe siempre una sucesión lógica, descubriéndose frecuentemente entre ellas apenas una relación oculta y remota. Me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido, en presentar un tipo que personificara el carácter de nuestros gauchos, concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse, que les es peculiar, dotándolo con todos los juegos de su imaginación llena de imágenes y de colorido, con todos los arranques de su altivez, inmoderados hasta el crimen, y con todos los impulsos y arrebatos, hijos de una naturaleza que la educación no ha pulido y suavizado.

Cuantos conozcan con propiedad el original podrán juzgar si hay o no semejanza en la copia.

Quizá la empresa habría sido para mí más fácil, y de mejor éxito, si sólo me hubiera propuesto hacer reír a costa de su ignorancia, como se halla autorizado por el uso en este género de composiciones; pero mi objeto ha sido dibujar a grandes rasgos, aunque fielmente, sus costumbres, sus trabajos, sus hábitos de vida, su índole, sus vicios y sus virtudes; ese conjunto que constituye el cuadro de su fisonomía moral, y los accidentes de su existencia llena de peligros, de inquietudes, de inseguridad, de aventuras y de agitaciones constantes.

Y he deseado todo esto, empeñándome en imitar ese estilo abundante en metáforas, que el gaucho usa sin conocer y sin valorar, y su empleo constante de comparaciones tan extrañas como frecuentes; en copiar sus reflexiones con el sello de la originalidad que las distingue y el tinte sombrío de que jamás carecen, revelándose en ellas esa especie de filosofía propia que, sin estudiar, aprende en la misma naturaleza, en respetar la superstición y sus preocupaciones, nacidas y fomentadas por su misma ignorancia; en dibujar el orden de sus impresiones y de sus afectos, que él encubre y disimula estudiosamente, sus desencantos, producidos por su misma condición social, y esa indolencia que le es habitual, hasta llegar a constituir una de las condiciones de su espíritu; en retratar, en fin, lo más fielmente que me fuera posible, con todas sus especialidades propias, ese tipo original de nuestras pampas, tan poco conocido por lo mismo que es difícil estudiarlo, tan erróneamente juzgado muchas veces, y que, al paso que avanzan las conquistas de la civilización, va perdiéndose casi por completo.

Sin duda que todo esto ha sido demasiado desear para tan pocas páginas, pero no se me puede hacer un cargo por el deseo sino por no haberlo conseguido.

Una palabra más, destinada a disculpar sus defectos. Páselos Ud. por alto, porque quizá no lo sean todos los que, a primera vista, puedan parecerlo, pues no pocos se encuentran allí como copia o imitación de los que lo son realmente. Por lo demás, espero, mi amigo, que Ud. lo juzgará con benignidad, siquiera sea porque MARTÍN FIERRO no va de la ciudad a referir a sus compañeros lo que ha visto y admirado en un 25 de Mayo u otra función semejante, referencias algunas de las cuales, como en Fausto y varias otras, son de mucho mérito ciertamente, sino que cuenta sus trabajos, sus desgracias, los azares de su vida de gaucho, y Ud. no desconoce que el asunto es más difícil de lo que muchos se lo imaginarán.

Y con lo dicho basta para preámbulo, pues ni MARTÍN FIERRO exige más, ni Ud. gusta mucho de ellos, ni son de la predilección del público, ni se avienen con el carácter de

Su verdadero amigo

JOSÉ HERNÁNDEZ

Buenos Aires, diciembre de 1872.


El Gaucho Martín Fierro

 

I - Cantor y Gaucho.

 

1

Aquí me pongo a cantar

Al compás de la vigüela,

Que el hombre que lo desvela

Una pena estraordinaria

Como la ave solitaria

Con el cantar se consuela.

 

2

Pido a los Santos del Cielo

Que ayuden mi pensamiento;

Les pido en este momento

Que voy a cantar mi historia

Me refresquen la memoria

Y aclaren mi entendimiento.

 

3

Vengan Santos milagrosos,

Vengan todos en mi ayuda,

Que la lengua se me añuda

Y se me turba la vista;

Pido a Dios que me asista

En una ocasión tan ruda.

 

4

Yo he visto muchos cantores,

Con famas bien obtenidas,

Y que después de adquiridas

No las quieren sustentar

Parece que sin largar

se cansaron en partidas

 

5

Mas ande otro criollo pasa

Martín Fierro ha de pasar;

nada lo hace recular

ni los fantasmas lo espantan,

y dende que todos cantan

yo también quiero cantar.

 

6

Cantando me he de morir

Cantando me han de enterrar,

Y cantando he de llegar

Al pie del eterno padre:

Dende el vientre de mi madre

Vine a este mundo a cantar.

 

7

Que no se trabe mi lengua

Ni me falte la palabra:

El cantar mi gloria labra

Y poniéndome a cantar,

Cantando me han de encontrar

Aunque la tierra se abra.

 

8

Me siento en el plan de un bajo

A cantar un argumento:

Como si soplara el viento

Hago tiritar los pastos;

Con oros, copas y bastos

Juega allí mi pensamiento.

 

9

Yo no soy cantor letrao,

Mas si me pongo a cantar

No tengo cuándo acabar

Y me envejezco cantando:

Las coplas me van brotando

Como agua de manantial.

 

10

Con la guitarra en la mano

Ni las moscas se me arriman,

Naides me pone el pie encima,

Y cuando el pecho se entona,

Hago gemir a la prima

Y llorar a la bordona.

 

11

Yo soy toro en mi rodeo

Y torazo en rodeo ajeno;

Siempre me tuve por güeno

Y si me quieren probar,

Salgan otros a cantar

Y veremos quién es menos.

 

12

No me hago al lao de la güeya

Aunque vengan degollando,

Con los blandos yo soy blando

Y soy duro con los duros,

Y ninguno en un apuro

Me ha visto andar tutubiando.

 

13

En el peligro, ¡qué Cristos!

El corazón se me enancha,

Pues toda la tierra es cancha,

Y de eso naides se asombre:

El que se tiene por hombre

Ande quiere hace pata ancha.

 

14

Soy gaucho, y entiendaló

Como mi lengua lo esplica:

Para mí la tierra es chica

Y pudiera ser mayor;

Ni la víbora me pica

Ni quema mi frente el sol

 

15

Nací como nace el peje

En el fondo de la mar;

Naides me puede quitar

Aquello que Dios me dio

Lo que al mundo truje yo

Del mundo lo he de llevar.

 

16

Mi gloria es vivir tan libre

Como el pájaro del cielo:

No hago nido en este suelo

Ande hay tanto que sufrir,

Y naides me ha de seguir

Cuando yo remuento el vuelo.

 

17

Yo no tengo en el amor

Quien me venga con querellas;

Como esas aves tan bellas

Que saltan de rama en rama,

Yo hago en el trébol mi cama,

Y me cubren las estrellas.

 

18

Y sepan cuantos escuchan

De mis penas el relato,

Que nunca peleo ni mato

Sino por necesidá,

Y que a tanta alversidá

Sólo me arrojó el mal trato

 

19

Y atiendan la relación

que hace un gaucho perseguido,

que padre y marido ha sido

empeñoso y diligente,

y sin embargo la gente

lo tiene por un bandido

 

 

II - Ayer y hoy

 

20

Ninguno me hable de penas,

porque yo penado vivo,

y naides se muestre altivo

aunque en el estribo esté:

que suele quedarse a pie

el gaucho mas alvertido.

 

21

Junta esperencia en la vida

hasta pa dar y prestar

quien la tiene que pasar

entre sufrimiento y llanto,

porque nada enseña tanto

como el sufrir y el llorar.

 

22

Viene el hombre ciego al mundo,

cuartiándolo la esperanza,

y a poco andar ya lo alcanzan

las desgracias a empujones,

¡la pucha, que trae liciones

el tiempo con sus mudanzas!

 

23

Yo he conocido esta tierra

en que el paisano vivía

y su ranchito tenía

y sus hijos y mujer...

era una delicia el ver

como pasaba sus días.

 

24

Entonces... cuando el lucero

brillaba en el cielo santo,

y los gallos con su canto

nos decían que el día llegaba,

a la cocina rumbiaba

el gaucho... que un encanto.

 

25

Y sentao junto al jogón

a esperar que venga el día,

al cimarrón le prendía

hasta ponerse rechoncho,

mientras su china dormía

tapadita con su poncho.

 

26

Y apenas la madrugada

empezaba coloriar,

los pájaros a cantar,

y las gallinas a apiarse,

era cosa de largarse

cada cual a trabajar.

 

27

Este se ata las espuelas,

se sale el otro cantando,

uno busca un pellón blando,

este un lazo, otro un rebenque,

y los pingos relinchando

los llaman dende el palenque.

 

28

El que era pion domador

enderezaba al corral,

ande estaba el animal

bufidos que se las pela...

y más malo que su agüela,

se hacia astillas el bagual.

 

29

Y allí el gaucho inteligente,

en cuanto el potro enriendó,

los cueros le acomodó

y se le sentó en seguida,

que el hombre muestra en la vida

la astucia que Dios le dio.

 

30

Y en las playas corcoviando

pedazos se hacía el sotreta

mientras él por las paletas

le jugaba las lloronas,

y al ruido de las caronas

salía haciendo gambetas.

 

31

¡Ah, tiempos!... ¡Si era un orgullo

ver jinetear un paisano!

Cuando era gaucho baquiano,

aunque el potro se boliase,

no había uno que no parese

con el cabresto en la mano.

 

32

Y mientras domaban unos,

otros al campo salían

y la hacienda recogían,

las manadas repuntaban,

y ansí sin sentir pasaban

entretenidos el día.

 

33

Y verlos al cair la tarde

en la cocina riunidos,

con el juego bien prendido

y mil cosas que contar,

platicar muy divertidos

hasta después de cenar.

 

34

Y con el buche bien lleno

era cosa superior

irse en brazos del amor

a dormir como la gente,

pa empezar el día siguiente

las fainas del día anterior.

 

35

Ricuerdo ¡qué maravilla!

Cómo andaba la gauchada

siempre alegre y bien montada

y dispuesta pa el trabajo...

pero hoy en día... ¡barajo!

No se la ve de aporriada.

 

36

El gaucho más infeliz

tenía tropilla de un pelo,

no le faltaba un consuelo

y andaba la gente lista...

teniendo al campo la vista,

sólo vía hacienda y cielo.

 

37

Cuando llegaban las yerras,

¡cosa que daba calor!

Tanto gaucho pialador

y tironiador sin yel.

¡Ah, tiempos... pero si en él

se ha visto tanto primor!

 

38

Aquello no era trabajo,

mas bien era una junción,

y después de un güen tirón

en que uno se daba mana,

pa darle un trago de cana

solía llamarlo el patrón.

 

39

Pues vivía la mamajuana

siempre bajo la carreta,

y aquel que no era chancleta,

en cuanto el goyete vía,

sin miedo se le prendía

como güérfano a la teta.

 

40

¡Y qué jugadas se armaban

cuando estábamos riunidos!

Siempre íbamos prevenidos,

pues en tales ocasiones

a ayudarle a los piones

caiban muchos comedidos.

 

41

Eran los días del apuro

y alboroto pa el hembraje,

pa preparar los potajes

y osequiar bien a la gente,

y así, pues, muy grandemente,

pasaba siempre el gauchaje.

 

42

Vení, a la carne con cuero,

la sabrosa carbonada,

mazamorra pien pisada,

los pasteles y el güen vino...

pero ha querido el destino

que todo aquello acabara.

 

43

Estaba el gaucho en su pago

con toda siguridá,

pero aura... ¡barbaridá!,

La cosa anda tan fruncida,

que gasta el pobre la vida

en juir de la autoridá.

 

44

Pues si usté pisa en su rancho

y si el alcalde lo sabe,

lo caza lo mesmo que ave

aunque su mujer aborte...

¡no hay tiempo que no se acabe

ni tiento que no se corte!.

 

45

Y al punto dese por muerto

si el alcalde lo bolea,

pues ahí nomás se le apea

con una felpa de palos;

Y después dicen que es malo

el gaucho si los pelea.

 

46

Y el lomo le hinchan a golpes,

y le rompen la cabeza,

y luego con ligereza,

ansí lastimao y todo,

lo amarran codo a codo

y pa el cepo lo enderiezan.

 

47

Áhi comienzan sus desgracias,

áhi principia el pericón,

porque ya no hay salvación,

y que usté quiera o no quiera,

lo mandan a la frontera

o lo echan a un batallón.

 

48

Ansí empezaron mis males

lo mesmo que los de tantos;

si gustan... en otros cantos

les diré lo que he sufrido,

después que uno está... perdido

no lo salvan ni los santos.

 

 

III - Sirviendo en la frontera.

 

49

tuve en mi pago en un tiempo

hijos, hacienda y mujer,

pero empecé a padecer,

me echaron a la frontera,

¡y qué iba a hallar al volver!

Tan sólo hallé la tapera.

 

50

Sosegao vivía en mi rancho

como el pájaro en su nido,

allí mis hijos queridos

iban creciendo a mi lao...

sólo queda al desgraciao

lamentar el bien perdido.

 

51

Mi gala en las pulperías

era, en habiendo más gente,

ponerme medio caliente,

pues cuando puntiao me encuentro

me salen coplas de adentro

como agua de la virtiente.

 

52

Cantando estaba una vez

en una gran diversión,

y aprovecho la ocasión

como quiso el juez de paz...

se presentó, y ahi nomás

hizo arriada en montón.

 

53

Juyeron los más matreros

y lograron escapar:

yo no quise disparar,

soy manso y no había porqué,

muy tranquilo me quedé

y ansí me dejé agarrar

 

54

allí un gringo con un órgano

y una mona que bailaba,

haciéndonos rair estaba,

cuanto le tocó el arreo,

¡tan grande el gringo y tan feo,

lo viera cómo lloraba!.

 

55

Hasta un inglés zanjiador

que decía en la última guerra

que él era de incalaperra

y que no quería servir,

también tuvo que juir

a guarecerse en la sierra.

 

56

Ni los mirones salvaron

de esa arriada de mi flor,

fue acoyarao el cantor

con el gringo de la mona,

a uno solo, por favor,

logró salvar la patrona.

 

57

Formaron un contingente

con los que del baile arriaron,

con otros nos mesturaron,

que habían agarrao también,

las cosas que aquí se ven

ni los diablos las pensaron.

 

58

A mí el juez me tomó entre ojos

en la ultima votación:

me le había hecho el remolón

y no me arrimé ese día,

y él dijo que yo servía

a los de la esposición.

 

59

Y ansí sufrí ese castigo

tal vez por culpas ajenas,

que sean malas o sean güenas

las listas, siempre me escondo:

yo soy un gaucho redondo

y esas cosas no me enllenan.

 

60

Al mandarnos nos hicieron

más promesas que a un altar,

el juez nos jue a proclamar

y nos dijo muchas veces:

muchachos, a los seis meses

los van a ir a relevar.

 

61

Yo llevé un moro de número

¡sobresaliente el matucho!

Con él gané en ayacucho

más plata que agua bendita:

siempre el gaucho necesita

un pingo pa fiarle un pucho.

 

62

Y cargué sin dar mas güeltas

con las prendas que tenía:

jergas, ponchos, todo cuanto había

en casa, tuito lo alcé:

a mi china la dejé

medio desnuda ese día.

 

63

No me falta una guasca,

esa ocasión eché el resto,

bozal, maniador, cabresto,

lazo, bolas y manea...

¡el que hoy tan pobre me vea

tal vez no creerá todo esto!.

 

64

Ansí en mi moro, escarciando,

enderecé a la frontera.

¡Aparcero si usté viera

lo que se llama cantón!...

Ni envidia tengo al ratón

en aquella ratonera.

 

65

De los pobres que allí había

a ninguno lo largaron,

los más viejos rezongaron,

pero a uno que se quejó

en seguida lo estaquiaron,

y la cosa se acabó.

 

66

En la lista de la tarde

el jefe nos cantó el punto

diciendo: quinientos juntos

llevará el que se resierte;

lo haremos pitar del juerte,

mas bien dese por dijunto.

 

67

A naides le dieron armas,

pues toditas las que había

el coronel las tenía,

sigún dijo esa ocasión,

pa repartirlas el día

en que hubiera una invasión.

 

68

Al principio nos dejaron

de haraganes criando sebo,

pero después... no me atrevo

a decir lo que pasaba...

¡barajo!... Si nos trataban

como se trata a malevos.

 

69

Porque todo era jugarle

por los lomos con la espada,

y aunque usté no hiciera nada,

lo mesmito que en palermo,

le daban cada cepiada

que lo dejaban enfermo.

 

70

¡Y qué indios, ni qué servicio;

si allí no había ni cuartel!

Nos mandaba el coronel

a trabajar en sus chacras,

y dejábamos las vacas

que las llevara el infiel.

 

71

Yo primero sembré trigo

y después hice un corral,

corté adobe pa un tapial,

hice un quincho, corté paja...

¡la pucha que se trabaja

sin que le larguen un rial!.

 

72

Y es lo pior de aquel enriedo

que si uno anda hinchando el lomo

se le apean como un plomo...

¡quién aguanta aquel infierno!

si eso es servir al gobierno,

a mí no me gusta el cómo.

 

73

Más de un año nos tuvieron

en esos trabajos duros;

y los indios, le asiguro

dentraban cuando querían:

como no los perseguían,

siempre andaban sin apuro.

 

74

A veces decía al volver

del campo la descubierta

que estuviéramos alerta,

que andaba adentro la indiada,

porque había una rastrillada

o estaba una yegua muerta.

 

75

Recién entonces salía

la orden de hacer la riunión,

y caíbamos al cantón

en pelos y hasta enancaos,

sin armas, cuatro pelaos

que íbamos a hacer jabón.

 

76

Ahi empezaba el afán

-se entiende, de puro vicio-

de enseñarle el ejercicio

a tanto gaucho recluta,

con un estrutor... ¡qué... Bruta!

que nunca sabía su oficio.

 

77

Daban entonces las armas

pa defender los cantones,

que eran lanzas y latones

con ataduras de tiento...

las de juego no las cuento

porque no había municiones.

 

78

Y un sargento chamuscao

me contó que las tenían

pero que ellos la vendían

para cazar avestruces;

y así andaban noche y día

dele bala a los ñanduces.

 

79

Y cuando se iban los indios

con lo que habían manotiao,

salíamos muy apuraos

a perseguirlos de atrás;

si no se llevaban más

es porque no habían hallao.

 

80

Allí sí, se ven desgracias

y lágrimas y afliciones;

naides le pida perdones

al indio: pues donde dentra,

roba y mata cuanto encuentra

y quema las poblaciones.

 

81

No salvan de su juror

ni los pobres angelitos;

viejos, mozos y chiquitos

los mata del mesmo modo:

que el indio lo arregla todo

con la lanza y con gritos.

 

82

Tiemblan las carnes al verlo

volando al viento la cerda,

la rienda en la mano izquierda

y la lanza en la derecha;

ande enderieza abre brecha

pues no hay lanzazo que pierda.

 

83

Hace trotiadas tremendas

desde el fondo del desierto;

ansí llega medio muerto

de hambre, de sé y de fatiga;

pero el indio es una hormiga

que día y noche está despierto.

 

84

Sabe manejar las bolas

como naides las maneja;

cuanto el contrario se aleja,

manda una bola perdida,

y si lo alcanza, sin vida

es siguro que lo deja.

 

85

Y el indio es como tortuga

de duro para espichar;

si lo llega a destripar

ni siquiera se le encoge;

luego sus tripas recoge,

y se agacha a disparar.

 

86

Hacían el robo a su gusto

y después se iban de arriba;

se llevaban las cautivas,

y nos contaban que a veces

les descarnaban los pieses,

a las pobrecitas, vivas.

 

87

¡Ah! ¡si partía el corazón

ver tantos males, canejo!

los perseguíamos de lejos

sin poder ni galopiar;

¡y qué habíamos de alcanzar

en unos vichocos viejos!

 

88

Nos volvíamos al cantón

a las dos o tres jornadas,

sembrando las caballadas;

y pa que alguno la venda,

rejuntábamos la hacienda

que habían dejao rezagada.

 

89

Una vez entre otras muchas,

tanto salir al botón,

nos pegaron un malón

los indios y una lanciada,

que la gente acobardada

quedó dende esa ocasión.

 

90

Habían estao escondidos

aguaitando atrás de un cerro...

¡lo viera a su amigo Fierro

aflojar como un blandito!

salieron como maíz frito

en cuanto sonó un cencerro.

 

91

Al punto nos dispusimos

aunque ellos eran bastantes;

la formamos al instante

nuestra gente, que era poca,

y golpiándose en la boca

hicieron fila adelante.

 

92

Se vinieron en tropel

haciendo temblar la tierra.

no soy manco pa la guerra

pero tuve mi jabón,

pues iba en un redomón

que había boleao en la sierra.

 

93

¡Qué vocerío! ¡qué barullo!

¡qué apurar esa carrera!

la indiada todita entera

dando alaridos cargó,

¡jue pucha!... Y ya nos sacó

como yeguada matrera.

 

94

¡Qué fletes traiban los bárbaros!

¡como una luz de ligeros!

hicieron el entrevero

y en aquella mezcolanza,

este quiero, éste no quiero,

nos escogían con la lanza.

 

95

Al que le daban un chuzazo,

dificultoso es que sane.

en fin, para no echar panes,

salimos por esas lomas,

lo mesmo que las palomas

al juir de los gavilanes.

 

96

¡Es de almirar la destreza

con que la lanza manejan!

de perseguir nunca dejan,

y nos traiban apretaos.

¡si queríamos, de apuraos,

salirnos por las orejas!

 

97

Y pa mejor de la fiesta

en esa aflición tan suma,

vino un indio echando espuma,

y con la lanza en la mano,

gritando: acabáu cristiano,

metau el lanza hasta el pluma.

 

98

Tendido en el costillar,

cimbrando por sobre el brazo

una lanza como un lazo,

me atropelló dando gritos:

si me descuido... El maldito

me levanta de un lanzazo.

 

99

Si me atribulo o me encojo,

siguro que no me escapo:

siempre he sido medio guapo,

pero en aquella ocasión

me hacía buya el corazón

como la garganta al sapo.

 

100

Dios le perdone al salvaje

las ganas que me tenía...

desaté las tres marías

y lo engatusé a cabriolas...

¡pucha...! Si no traigo bolas

me achura el indio ese día.

 

101

Era el hijo de un cacique,

sigún yo lo averigüé;

la verdá del caso jue

que me tuvo apuradazo,

hasta que por fin de un bolazo

del caballo lo bajé.

 

102

Ahi no más me tiré al suelo

y lo pisé en las paletas;

empezó a hacer morisquetas

y a mezquinar la garganta...

pero yo hice la obra santa

de hacerlo estirar la jeta.

 

103

Allí quedó de mojón

y en su caballo salté;

de la indiada disparé,

pues si me alcanza me mata,

y al fin me les escapé,

con el hilo de una pata.

 

 

IV - El pulpero. A buena cuenta.

 

104

Seguiré esta relación,

aunque pa chorizo es largo:

el que pueda hágase cargo

cómo andaría de matrero,

después de salvar el cuero

de aquel trance tan amargo.

 

105

Del sueldo nada les cuento,

porque andaba disparando;

nosotros de cuando en cuando

solíamos ladrar de pobres:

nunca llegaban los cobres

que se estaban aguardando.

 

106

Y andábamos de mugrientos

que el mirarnos daba horror;

les juro que era un dolor

ver esos hombres, ¡por cristo!

En mi perra vida he visto

una miseria mayor.

 

107

Yo no tenía ni camisa

ni cosa que se parezca;

mis trapos sólo pa yesca

me podían servir al fin...

no hay plaga como un fortín

para que el hombre padezca.

 

108

Poncho, jergas, el apero,

las prenditas, los botones,

todo, amigo, en los cantones

jue quedando poco a poco;

ya me tenían medio loco

la pobreza y los ratones.

 

109

Sólo una manta peluda

era cuanto me quedaba

la había agenciao a la tabla

y ella me tapaba el bulto;

yaguané que allí ganaba

no salía- ni con indulto.

 

110

Y pa mejor hasta el moro

se me jue de entre las manos;

no soy lerdo pero, hermano,

vino el comendante un día

diciendo que lo quería

pa enseñarle a comer grano.

 

111

Afigúrese cualquiera

la suerte de este su amigo,

a pie y mostrando el umbligo,

estropiao, pobre y desnudo;

ni por castigo se pudo

hacerse más mal conmigo.

 

112

Ansí pasaron los meses,

y vino el año siguiente,

y las cosas igualmente

siguieron del mesmo modo:

adrede parece todo

pa atormentar a la gente.

 

113

No teníamos más permiso,

ni otro alivio la gauchada,

que salir de madrugada,

cuando no había indio ninguno,

campo ajuera a hacer boliadas

desocando los reyunos.

 

114

Y cáibamos al cantón

con los fletes aplastaos,

pero a veces medio aviaos

con plumas y algunos cueros,

que pronto con el pulpero

los teníamos negociaos.

 

115

Era un amigo del jefe

que con un boliche estaba;

yerba y tabaco nos daba

por la pluma de avestruz,

y hasta le hacía ver la luz

al que un cuero le llevaba.

 

116

Sólo tenía cuatro frascos

y unas barricas vacías,

y a la gente le vendía

todo cuanto precisaba...

algunos creiban que estaba

allí la proveduría.

 

117

¡Ah, pulpero habilidoso!

Nada le solía faltar.

¡Ahijuna!, Para tragar

tenía un buche de ñandú;

la gente le dio en llamar

el boliche de virtú.

 

118

Aunque es justo que quien vende

algún poquito muerda,

tiraba tanto la cuerda

que, con sus cuatro limetas

él cargaba las carretas

de plumas, cueros y cerda.

 

119

Nos tenía apuntaos a todos

con más cuentas que un rosario,

cuando se anunció un salario

que iban a dar, o un socorro;

pero sabe Dios qué zorro

se lo comió al comisario;

 

120

pues nunca lo vi llegar,

y al cabo de muchos días

en la mesma pulpería

dieron una güena cuenta,

que la gente muy contenta

de tan pobre recibía.

 

121

Sacaron unos sus prendas,

que las tenían empeñadas;

por sus deudas atrasadas

dieron otros el dinero;

al fin de fiesta el pulpero

se quedó con la mascada.

 

122

Yo me arrescosté a un horcón

dando tiempo a que pagaran,

y poniendo güena cara

estuve haciéndome el poyo,

a esperar que me llamaran

para recibir mi boyo.

 

123

Pero ahi me puede quedar

pegao pa siempre al horcón,

ya era casi la oración

y ninguno me llamaba;

la cosa se me ñublaba

y me dentró comezón.

 

124

Pa sacarme el entripao

vi al mayor, y lo fi a hablar;

yo me lo empecé a atracar,

y como con poca gana

le dije: tal vez mañana

acabarán de pagar.

 

125

¡Que mañana ni otro día!,

Al punto me contestó:

la paga ya se acabó;

¡siempre has de ser animal!

Me raí y le dije: yo...

no he recebido ni un rial.

 

126

Se le pusieron los ojos

que se le querían salir,

y ahi no más volvió a decir

comiéndome con la vista:

¿y qué querés recibir

si no has dentrao en la lista?

 

127

Esto sí que es amolar,

dije yo pa mis adentros;

van dos años que me encuentro

y hasta aura he visto ni un grullo;

dentro en todos los barullos

pero en las listas no dentro.

 

128

Vide el pleito mal parao

y no quise aguardar más...

es güeno vivir en paz

con quien nos ha de mandar;

y reculando pa atrás

me le empecé a retirar.

 

129

Supo todo el comendante

y me llamó al otro día,

diciéndome que quería

aviriguar bien las cosas...

que no era el tiempo de rosas,

que aura a naides se debía.

 

130

Llamó al cabo y al sargento

y empezó la indagación:

si había venido al cantón

en tal tiempo o en tal otro...

y si había venido en potro,

en reyuno o redomón.

 

131

Y todo era alborotar

al ñudo, y hacer papel;

conocí que era pastel

pa engordar con mi guayaca;

mas si voy al coronel

me hacen bramar en la estaca.

 

132

¡Ah, hijos de una...! ¡La codicia

ojalá les ruempa el saco!

Ni un pedazo de tabaco

le dan al pobre soldao,

y lo tienen, de delgao,

más ligero que un guanaco.

 

133

Pero qué iba a hacerles yo,

charabón en el desierto;

más bien me daba por muerto

pa no verme más fundido:

y me les hacía el dormido

aunque soy medio despierto.

 

 

V - Gringos en la frontera.
La estaquiada
.

 

134

Yo andaba desesperao,

aguardando una ocasión

que los indios un malón

nos dieran, y entre el estrago

hacérmeles cimarrón

y volverme pa mi pago.

 

135

Aquello no era servicio

ni defender la frontera;

aquello era ratonera

en que sólo gana el juerte:

era jugar a la suerte

con una taba culera.

 

136

Allí tuito va al revés;

los milicos son los piones,

y andan en las poblaciones

emprestaos pa trabajar;

los rejuntan pa peliar

cuando entran indios ladrones.

 

137

Yo he visto en esa milonga

muchos jefes con estancia,

y piones en abundancia,

y majadas y rodeos;

he visto negocios feos

a pesar de mi inorancia.

 

138

Y colijo que no quieren

la barunda componer;

para eso no ha de tener,

el jefe que esté de estable,

más que su poncho y su sable,

su caballo y su deber.

 

139

Ansina, pues, conociendo

que aquel mal no tiene cura,

que tal vez mi sepoltura

si me quedo iba a encontrar,

pensé mandarme mudar

como cosa más sigura.

 

140

Y pa mejor, una noche

¡qué estaquiada me pegaron!

Casi me descoyuntaron

por motivo de una gresca:

¡ahijuna, si me estiraron

lo mesmo que guasca fresca!

 

141

Jamás me puedo olvidar

lo que esa vez me pasó;

dentrando una noche yo

al fortín, un enganchao,

que estaba medio mamao,

allí me desconoció.

 

142

Era un gringo tan bozal,

que nada se le entendía,

¡quién sabe de ande sería!

Tal vez no juera cristiano,

pues lo único que decía

es que era papolitano.

 

143

Estaba de centinela

y por causa del peludo

verme más claro no pudo,

y esa jue la culpa toda:

el bruto se asustó al ñudo

y fi el pavo de la boda.

 

144

Cuando me vido acercar:

quién vivore-? Preguntó;

¿qué víboras?, Dije yo.

¡Ha garto!, Me pegó el grito,

y yo dije despacito:

¡más lagarto serás vos!

 

145

Ahi no más, ¡cristo me valga!,

Rastrillar el jusil siento:

me agaché, y en el momento

el bruto me largó un chumbo;

mamao, me tiró sin rumbo,

que si no, no cuento el cuento.

 

146

Por de contao, con el tiro

se alborotó el avispero;

los oficiales salieron

y se empezó la junción;

quedó en su puesto el nación,

y yo fi al estaquiadero.

 

147

Entre cuatro bayonetas

me tendieron en el suelo;

vino el mayor medio en pedo

y allí se puso a gritar:

¡pícaro, te he de enseñar

andar reclamando sueldos!

 

148

De las manos y las patas

me ataron cuatro cinchones;

les aguanté los tirones

sin que ni un ¡ay! Se me oyera,

y al gringo la noche entera

lo harté con mis maldiciones.

 

149

Yo no sé porqué el gobierno

nos manda aquí a la frontera

gringada que ni siquiera

se sabe atracar a un pingo.

¡Si creerá al mandar un gringo

que nos manda alguna fiera!

 

150

No hacen más que dar trabajo,

pues no saben ni ensillar;

no sirven ni pa carniar:

y yo he visto muchas veces

que ni voltiadas las reses

se les querían arrimar.

 

151

Y lo pasan sus mercedes

lengüetiando pico a pico

hasta que viene un milico

a servirles al asao-

y eso sí, en lo delicaos,

parecen hijos de rico.

 

152

Si hay calor, ya no son gente;

si yela, todos tiritan;

si usté no les da, no pitan

por no gastar en tabaco,

y cuando pescan un naco

uno al otro se lo quitan.

 

153

Cuando llueve se acoquinan

como perro que oye truenos.

¡Que diablos!, Sólo son güenos

pa vivir entre maricas,

y nunca se andan con chicas

para alzar ponchos ajenos.

 

154

Pa vichar son como ciegos;

no hay ejemplo de que entiendan,

ni hay uno solo que aprienda,

al ver un bulto que cruza,

a saber si es avestruza,

o si es jinete, o hacienda.

 

155

Si salen a perseguir

después de mucho aparato,

tuitos se pelan al rato

y va quedando el tendal:

esto es como en un nidal

echarle güevos a un gato.

 

 

VI - Desertor. Las ruinas del rancho.

 

156

vamos dentrando recién

a la parte mas sentida,

aunque es todita mi vida

de males una cadena:

a cada alma dolorida

le gusta cantar sus penas.

 

157

Se empezó en aquel entonces

a rejuntar caballada,

y riunir la milicada

teniéndola en el cantón,

para una despedición

a sorprender a la indiada.

 

158

Nos anunciaban que iríamos

sin carretas ni bagajes

a golpiar a los salvajes

en sus mesmas tolderías;

que a la güelta pagarían

licenciándolo al gauchaje;

 

159

que en esta despedición

tuviéramos la esperanza;

que iba a venir sin tardanza,

según el jefe contó,

un menistro o qué sé yo-

que le llamaban don ganza;

 

160

que iba a riunir el ejército

y tuitos los batallones,

y que traiba unos cañones

con más rayas que un cotín;

¡pucha!- Las conversaciones

por allá no tenían fin.

 

161

Pero esas trampas no enriedan

a los zorros de mi laya;

que esa ganza venga o vaya,

poco le importa a un matrero.

Yo también dejé las rayas-

en los libros del pulpero.

 

162

Nunca juí gaucho dormido;

siempre pronto, siempre listo,

yo soy un hombre, ¡qué cristo!,

Que nada me ha acobardao,

y siempre salí parao

en los trances que me he visto.

 

163

Dende chiquito gané

la vida con mi trabajo,

y aunque siempre estuve abajo

y no sé lo que es subir

también el mucho sufrir

suele cansarnos, ¡barajo!

 

164

En medio de mi inorancia

conozco que nada valgo:

soy la liebre o soy el galgo

asigún los tiempos andan;

pero también los que mandan

debieran cuidarnos algo.

 

165

Una noche que riunidos

estaban en la carpeta

empinando una limeta

el jefe y el juez de paz,

yo no quise aguardar más,

y me hice humo en un sotreta.

 

166

Me parece el campo orégano

dende que libre me veo;

donde me lleva el deseo

allí mis pasos dirijo,

y hasta en las sombras de fijo

que donde quiera rumbeo.

 

167

Entro y salgo del peligro

sin que me espante el estrago,

no aflojo al primer amago

ni jamás fi gaucho lerdo:

soy pa rumbiar como el cerdo,

y pronto caí a mi pago.

 

168

Volvía al cabo de tres años

de tanto sufrir al ñudo

resertor, pobre y desnudo,

a procurar suerte nueva;

y lo mesmo que el peludo

enderecé pa mi cueva.

 

169

No hallé ni rastro del rancho:

¡sólo estaba la tapera!

¡Por cristo si aquello era

pa enlutar el corazón!

¡Yo juré en esa ocasión

ser mas malo que una fiera!

 

170

¡Quién no sentirá lo mesmo

cuando ansí padece tanto!

Puedo asigurar que el llanto

como una mujer largué:

¡ay, mi Dios: si me quedé

más triste que jueves santo!

 

171

Sólo se oíban los aullidos

de un gato que se salvó;

el pobre se guareció

cerca, en una vizcachera:

venía como si supiera

que estaba de güelta yo.

 

172

Al dirme dejé la hacienda

que era todito mi haber;

pronto debíamos volver,

sigún el juez prometía,

y hasta entonces cuidaría

de los bienes, la mujer.

 

173

Después me contó un vecino

que el campo se lo pidieron;

la hacienda se la vendieron

pa pagar arrendamientos,

y qué sé yo cuantos cuentos;

pero todo lo fundieron,

 

174

los pobrecitos muchachos,

entre tantas afliciones,

se conchabaron de piones;

¡mas qué iban a trabajar,

si eran como los pichones

sin acabar de emplumar!

 

175

Por ahi andarán sufriendo

de nuestra suerte el rigor:

me han contao que el mayor

nunca dejaba a su hermano;

puede ser que algún cristiano

los recoja por favor.

 

176

¡Y la pobre mi mujer,

Dios sabe cuánto sufrió!

Me dicen que se voló

con no sé qué gavilán:

sin duda a buscar el pan

que no podía darle yo.

 

177

No es raro que a uno le falte

lo que a algún otro le sobre

si no le quedó ni un cobre

sino de hijos un enjambre.

Que más iba a hacer la pobre

para no morirse de hambre?

 

178

¡Tal vez no te vuelva a ver,

prienda de mi corazón!

Dios te dé su proteción

ya que no me la dio a mí,

y a mis hijos dende aquí

les echo mi bendición.

 

179

Como hijitos de la cuna

andarán por ahi sin madre;

ya se quedaron sin padre,

y ansí la suerte los deja

sin naides que los proteja

y sin perro que les ladre.

 

180

Los pobrecitos tal vez

no tengan ande abrigarse,

ni ramada ande ganarse,

ni rincón ande meterse,

ni camisa que ponerse,

ni poncho con que taparse.

 

181

Tal vez los verán sufrir

sin tenerles compasión;

puede que alguna ocasión,

aunque los vean tiritando,

los echen de algún jogón

pa que no estén estorbando.

 

182

Y al verse ansina espantaos

como se espanta a los perros,

irán los hijos de Fierro,

con la cola entre las piernas,

a buscar almas más tiernas

o esconderse en algún cerro.

 

183

Mas también en este juego

voy a pedir mi bolada;

a naides le debo nada,

ni pido cuartel ni doy:

y ninguno dende hoy

ha de llevarme en la armada.

 

184

Yo he sido manso primero,

y seré gaucho matrero;

en mi triste circunstancia,

aunque es mi mal tan projundo,

nací y me he criado en estancia.

Pero ya conozco el mundo.

 

185

Ya les conozco sus mañas,

le conozco sus cucañas;

sé como hacen la partida,

la enriedan y la manejan;

deshaceré la madeja

aunque me cueste la vida.

 

186

Y aguante el que no se anime

a meterse en tanto engorro

o si no aprétese el gorro

y para otra tierra emigre;

pero yo ando como el tigre

que le roban los cachorros.

 

187

Aunque muchos creen que el gaucho

tiene alma de reyuno,

no se encontrará a ninguno

que no le dueblen las penas;

mas no debe aflojar uno

mientras hay sangre en las venas

 

 

VII - Pelea con el moreno.

 

188

De carta de más me vía

sin saber a donde dirme;

mas dijeron que era vago

y entraron a perseguirme.

 

189

Nunca se achican los males,

van poco a poco creciendo,

y ansina me vide pronto

obligado a andar juyendo.

 

190

No tenía mujer ni rancho

y a más, era resertor;

no tenía una prenda güena

ni un peso en el tirador

 

191

a mis hijos infelices

pensé volverlos a hallar,

y andaba de un lao al otro

sin tener ni qué pitar.

 

192

Supe una vez por desgracia

que había un baile por allí,

y medio desesperao

a ver la milonga fui.

 

193

Riunidos al pericón

tantos amigos hallé,

que alegre de verme entre ellos

esa noche me apedé.

 

194

Como nunca, en la ocasión

por peliar me dio la tranca.

Y la emprendí con un negro

que trujo una negra en ancas.

 

195

Al ver llegar la morena,

que no hacía caso de naides,

le dije con la mamúa:

va-ca-yendo gente al baile.

 

196

La negra entendió la cosa

y no tardó en contestarme,

mirándome como a un perro:

más vaca será su madre.

 

197

Y dentró al baile muy tiesa

con más cola que una zorra,

haciendo blanquiar los dientes

lo mesmo que mazamorra.

 

198

!Negra linda!- Dije yo.

Me gusta- pa la carona;

y me puse a champurriar

esta coplita fregona:

 

199

a los blancos hizo Dios,

a los mulatos san pedro,

a los negros hizo el diablo

para tizón del infierno.

 

200

Había estao juntando rabia

el moreno dende ajuera;

en lo escuro le brillaban

los ojos como linterna.

 

201

Lo conocí retobao,

me acerqué y le dije presto:

po-r-rudo que un hombre sea

nunca se enoja por esto.

 

202

Corcovió el de los tamangos

y creyéndose muy fijo:

¡más porrudo serás vos,

gaucho rotoso!, Me dijo.

 

203

Y ya se me vino al humo

como a buscarme la hebra,

y un golpe le acomodé

con el porrón de ginebra.

 

204

Ahi nomás pegó el de hollín

mas gruñidos que un chanchito,

y pelando el envenao

me atropelló dando gritos.

 

205

Pegué un brinco y abrí cancha

diciéndoles: caballeros,

dejen venir ese toro.

Solo nací- solo muero.

 

206

El negro, después del golpe,

se había el poncho refalao

y dijo: vas a saber

si es solo o acompañado.

 

207

Y mientras se arremangó,

yo me saqué las espuelas,

pues malicié que aquel tío

no era de arriar con las riendas.

 

208

No hay cosa como el peligro

pa refrescar un mamao;

hasta la vista se aclara

por mucho que haiga chupao.

 

209

El negro me atropelló

como a quererme comer;

me hizo dos tiros seguidos

y los dos le abarajé.

 

210

Yo tenía un facón con s,

que era de lima de acero;

le hice un tiro, lo quitó

y vino ciego el moreno;

 

211

y en el medio de las aspas

un planazo le asenté,

que lo largué culebriando

lo mesmo que buscapié.

 

212

Le coloriaron las motas

con la sangre de la herida,

y volvió a venir jurioso

como una tigra parida.

 

213

Y ya me hizo relumbrar

por los ojos el cuchillo,

alcanzando con la punta

a cortarme en un carrillo.

 

214

Me hirvió la sangre en las venas

y me le afirmé al moreno,

dándole de punta y hacha

pa dejar un diablo menos.

 

215

Por fin en una topada

en el cuchillo lo alcé,

y como un saco de güesos

contra un cerco lo largué.

 

216

Tiró unas cuantas patadas

y ya cantó pal carnero:

nunca me puedo olvidar

de la agonía de aquel negro.

 

217

En esto la negra vino

con los ojos como ají

y empezó la pobre allí

a bramar como una loba.

Yo quise darle una soba

a ver si la hacía callar,

mas pude reflesionar

que era malo en aquel punto,

y por respeto al dijunto

no la quise castigar.

 

218

Limpié el facón en los pastos,

desaté mi redomón,

monté despacio y salí

al tranco pa el cañadón.

 

219

Después supe que al finao

ni siquiera lo velaron,

y retobao en un cuero,

sin rezarle lo enterraron.

 

220

Y dicen que dende entonces,

cuando es la noche serena

suele verse una luz mala

como de alma que anda en pena.

 

221

Yo tengo intención a veces,

para que no pene tanto,

de sacar de allí los güesos

y echarlos al camposanto.

 

 

VIII - El ser gaucho es un delito.

 

222

otra vez en un boliche

estaba haciendo la tarde;

cayó un gaucho que hacia alarde

de guapo y peliador;

a la llegada metió

el pingo hasta la ramada,

y yo sin decirle nada

me quedé en el mostrador.

 

223

Era un terne de aquel pago

que naides lo reprendía,

que sus enriedos tenía

con el señor comendante;

y como era protegido,

andaba muy entonao,

y a cualquier desgraciao

lo llevaba por delante.

 

224

¡Ah pobre! Si él mismo creiba

que la vida le sobraba;

ninguno diría que andaba

aguaitándolo la muerte.

Pero ansí pasa en el mundo,

es ansí la triste vida:

pa todos está escondida

la güena o la mala suerte.

 

225

Se tiró al suelo; al dentrar

le dio un empellón a un vasco,

y me alargó un medio frasco

diciendo: beba cuñao.

Por su hermana, contesté.

Que por la mía no hay cuidao.

 

226

¡Ah, gaucho!, Me respondió;

¿de que pago será crioyo?

¿Lo andará buscando el hoyo?

Deberá tener güen cuero;

pero ande bala este toro

no bala ningún ternero.

 

227

Y ya salimos trenzaos

porque el hombre no era lerdo,

mas como el tino no pierdo,

y soy medio ligerón,

le dejé mostrando el sebo

de un revés con el facón.

 

228

Y como con la justicia

no andaba bien por allí,

cuanto pataliar lo vi,

y el pulpero pegó el grito,

ya pa el palenque salí

como haciéndome chiquito.

 

229

Monté y me encomendé a Dios,

rumbiando para otro pago,

que el gaucho que llaman vago

no puede tener querencia,

y ansí de estrago en estrago

vive llorando la ausencia.

 

230

éL andaba siempre juyendo,

siempre pobre y perseguido,

no tiene cueva ni nido

como si juera maldito;

porque el ser gaucho- ¡barajo!,

El ser gaucho es un delito.

 

231

Es como el patrio de posta;

lo larga éste, aquél lo toma,

nunca se acaba la broma;

dende chico se parece

al arbolito que crece

desamparao en la loma.

 

232

Le echan la agua del bautismo

aquél que nació en la selva;

busca madre que te envuelva,

le dice el fraire y lo larga.

Y dentra a cruzar el mundo

como burro con la carga.

 

233

Y se cría viviendo al viento

como oveja sin trasquila;

mientras su padre en las filas

anda sirviendo al gobierno,

aunque tirite en invierno,

naides lo ampara ni asila.

 

234

Le llaman gaucho mamao

si lo pillan divertido,

y que es mal entretenido

si en un baile lo sorprienden;

hace mal si se defiende

y si no, se ve- fundido.

 

235

No tiene hijos ni mujer,

ni amigos ni protetores,

pues todos son sus señores

sin que ninguno lo ampare:

tiene la suerte del güey,

y ¿donde irá el güey que no are?

 

236

Su casa es el pajonal,

su guarida es el desierto;

y si de hambre medio muerto

le echa el lazo a algún mamón,

lo persiguen como a plaito,

porque es un gaucho ladrón.

 

237

Y si de un golpe por ahi

lo dan güelta panza arriba,

no hay un alma compasiva

que le rece una oración;

tal vez como cimarrón

en una cueva lo tiran.

 

238

Él nada gana en la paz

y es el primero en la guerra;

no le perdonan si yerra,

que no saben perdonar,

porque el gaucho en esta tierra

sólo sirve pa votar.

 

239

Para el son los calabozos,

para el las duras prisiones,

en su boca no hay razones

aunque la razón le sobre;

que son campanas de palo

las razones de los pobres.

 

240

Si uno aguanta, es gaucho bruto;

si no aguanta es gaucho malo.

¡Dele azote, dele palo,

porque es lo que él necesita!

De todo el que nació gaucho

ésta es la suerte maldita.

 

241

Vamos suerte, vamos juntos

dende que juntos nacimos;

y ya que juntos vivimos

sin podernos dividir-

yo abriré con mi cuchillo

el camino pa seguir

 

 

IX - Matreriando.
La lucha con la partida.

 

242

matreriando lo pasaba

ya a las casas no venía;

solía arrimarme de día,

mas, lo mesmos que el carancho,

siempre estaba sobre el rancho

espiando a la polecía.

 

243

Viva el gaucho que ande mal,

como zorro perseguido,

hasta que al menor descuido

se lo atarasquen los perros,

pues nunca le falta un yerro

al hombre más alvertido.

 

244

Y en esa hora de la tarde

en que tuito se adormece,

que el mundo dentrar parece

a vivir en pura calma,

con las tristezas del alma

al pajonal enderiece.

 

245

Bala el tierno corderito

al lao de la blanca oveja,

y a la vaca que se aleja

llama el ternero amarrao;

pero el gaucho desgraciao

no tiene a quien dar su oveja.

 

246

Ansí es que al venir la noche

iba a buscar mi guarida,

pues ande el tigre se anida

también el hombre lo pasa,

y no quería que en las casas

me rodiara la partida.

 

247

Pues aun cuando vengan ellos

cumpliendo con su deberes,

yo tengo otros pareceres,

y en esa conduta vivo:

que no debe un gaucho altivo

peliar entre las mujeres.

 

248

Y al campo me iba solito,

más matrero que el venao,

como perro abandonao

a buscar una tapera,

o en alguna vizcachera

pasar la noche tirao.

 

249

Sin punto ni rumbo fijo

en aquella inmensidá,

entre tanta escuridá

anda el gaucho como duende;

allí jamás lo sorpriende

dormido, la autoridá.

 

250

Su esperanza es el coraje,

su guardia es la precaución,

su pingo es la salvación,

y pasa uno en su desvelo,

sin más amparo que el cielo

ni otro amigo que el facón.

 

251

Ansí me hallaba una noche

contemplando las estrellas,

que le parecen más bellas

cuanto uno es más desgraciao,

y que Dios las haiga criao

para consolarse en ellas.

 

252

Les tiene el hombre cariño

y siempre con alegría

ve salir las tres marías;

que si llueve, cuanto escampa,

las estrellas son la guía

que el gaucho tiene en la pampa.

 

253

Aquí no valen dotores,

sólo vale la esperiencia;

aquí verían su inocencia

ésos que todo lo saben,

porque esto tiene otra llave

y el gaucho tiene su cencia.

 

254

Es triste en medio del campo

pasarse noches enteras

contemplando en sus carreras

las estrellas que Dios cría,

sin tener más compañía

que su delito y las fieras.

 

255

Me encontraba como digo,

en aquella soledá,

entre tanta escuridá,

echando al viento mis quejas,

cuando el grito del chajá

me hizo parar las orejas.

 

256

Como lumbriz me pegué

al suelo para escuchar;

pronto sentí retumbar

las pisadas de los fletes,

y que eran muchos jinetes

conocí sin vacilar.

 

257

Cuando el hombre está en peligro

no debe tener confianza;

ansí tendido de panza

puse toda mi atención

y ya escuché sin tardanza

como el ruido de un latón.

 

258

Se venían tan calladitos

que yo me puse en cuidao;

tal vez me hubieran bombiao

y ya me venían a buscar;

mas no quise disparar,

que eso es de gaucho morao.

 

259

Al punto me santigüé

y eché de giñebra un taco;

lo mesmito que el mataco

me arroyé con el porrón;

si han de darme pa tabaco,

dije, ésta es güena ocasión.

 

260

Me refalé las espuelas,

para no peliar con grillos;

me arremangué el calzoncillo,

y me ajusté bien la faja,

y en una mata de paja

probé el filo del cuchillo.

 

261

Para tenerlo a la mano

el flete en el pasto até,

la cincha le acomodé,

y, en un trance como aquél,

haciendo espaldas en él

quietito los aguardé.

 

262

Cuando cerca los sentí,

y que ahi no más se pararon,

los pelos se me erizaron

y, aunque nada vían mis ojos,

no se han de morir de antojo,

les dije, cuando llegaron.

 

263

Yo quise hacerles saber

que allí se hallaba un varón;

les conocí la intención

y solamente por eso

es que les gané el tirón,

sin aguardar voz de preso.

 

264

Vos sos un gaucho matrero,

dijo uno, haciéndose el güeno.

Vos mataste un moreno

y otro en una pulpería,

y aquí está la polecía

que viene a ajustar tus cuentas;

te va alzar por las cuarenta

si te resistís hoy día.

 

265

No me vengan, contesté,

con relación de dijuntos;

ésos son otros asuntos;

vean si me pueden llevar,

que yo no me he de entregar,

aunque vengan todos juntos.

 

266

Pero no aguardaron más

y se apiaron en montón;

como a perro cimarrón

me rodiaron entre tantos;

ya me encomendé a los santos,

y eché mano a mi facón.

 

267

Y ya vide el fogonazo

de un tiro de garabina,

mas quiso la suerte indina

de aquel maula, que me errase,

y ahi no más lo levantase

lo mesmo que una sardina.

 

268

A otro que estaba apurao

acomodando una bola,

le hice una dentrada sola

y le hice sentir el Fierro,

y ya salió como el perro

cuando le pisan la cola.

 

269

Era tanta la aflición

y la angurria que venían,

que tuitos se me venían,

donde yo los esperaba;

uno al otro se estorbaba

y con las ganas no vían.

 

270

Dos de ellos que traiban sables

más garifos y resueltos,

en las hilachas envueltos

enfrente se me pararon,

y a un tiempo me atropellaron

lo mesmo que perros sueltos.

 

271

Me fui reculando en falso

y el poncho adelante eché,

y en cuanto le puso el pie

uno medio chapetón,

de pronto le di un tirón

y de espaldas lo largué

 

272

al verse sin compañero

el otro se sofrenó;

entonces le dentré yo,

sin dejarlo resollar,

pero ya empezó a aflojar

y a la pu-n-ta disparó.

 

273

Uno que en una tacuara

había atao una tijera,

se vino como si juera

palenque de atar terneros,

pero en dos tiros certeros

salió aullando campo ajuera.

 

274

Por suerte en aquel momento

venía coloriando el alba

y yo dije: si me salva

la virgen en este apuro,

en adelante le juro

ser más güeno que una malva.

 

275

Pegué un brinco y entre todos

sin miedo me entreveré;

hecho ovillo me quedé

y ya me cargó una yunta,

y por el suelo la punta

de mi facón les jugué.

 

276

El más engolosinao

se me apió con un hachazo;

se lo quité con el brazo;

de no, me mata los piojos;

y antes de que diera un paso

le eché tierra en los dos ojos.

 

277

Y mientras se sacudía

refregándose la vista,

yo me le fui como lista

y ahi no más me le afirmé,

diciéndole: Dios te asista,

y de un revés lo voltié.

 

278

Pero en ese punto mesmo

sentí que por las costillas

un sable me hacía cosquillas

y la sangre me heló;

dende ese momento yo

me salí de mis casillas.

 

279

Di para atrás unos pasos

hasta que pude hacer pie;

por delante me lo eché

de punta y tajos a un criollo;

metió la pata en un hoyo,

y yo al hoyo lo mandé.

 

280

Tal vez en el corazón

le tocó un santo bendito

a un gaucho, que pegó el grito

y dijo: ¡Cruz no consiente

que se cometa el delito

de matar a un valiente!

 

281

Y ahi no más se me aparió,

dentrándole a la partida;

yo les hice otra embestida

pues entre dos era robo;

y el Cruz era como lobo

que defiende su guarida.

 

282

Uno despachó al infierno

de dos que lo atropellaron;

los demás remoliniaron,

pues íbamos a la fija,

y a poco andar dispararon

lo mesmo que sabandija.

 

283

Ahí quedaron largo a largo

los que estiaron la jeta;

otro iba como maleta,

y Cruz de atrás les decía:

que venga otra polecía

a llevarlos en carreta.

 

284

Yo junté las osamentas,

me hinqué y les recé un bendito,

hice una cruz de un palito

y pedí a mi Dios clemente

me perdonara el delito

de haber muerto tanta gente.

 

285

Dejamos amotonaos

a los pobres que murieron;

no sé si los recogieron,

porque nos fuimos a un rancho,

o si tal vez los caranchos

ahi no más se los comieron.

 

286

Lo agarramos mano a mano

entre los dos al porrón:

en semejante ocasión

un trago a cualquiera encanta;

y Cruz no era remolón

ni pijotiaba garganta.

 

287

Calentamos los gargueros

y nos largamos muy tiesos,

siguiendo siempre los besos

al pichel, y por mas señas,

íbamos como cigüeñas

estirando los pescuezos.

 

288

Yo me voy, le dije, amigo,

donde la suerte me lleve,

y si es que alguno se atreve,

a ponerse en mi camino,

yo seguiré mi destino,

que el hombre hace lo que debe.

 

289

Soy un gaucho desgraciao,

no tengo donde ampararme,

ni un palo donde rascarme,

ni un árbol que me cubije:

pero ni aun esto me aflige

porque yo sé manejarme.

 

290

Antes de cair al servicio,

tenia familia y hacienda;

cuando volví, ni la prenda

me la habían dejao ya.

Dios sabe en lo que vendrá

a parar esta contienda.

 

 

X - Por culpa de una mujer.

 

291

amigazo, pa sufrir

han nacido los varones;

estas son las ocasiones

de mostrarse un hombre juerte,

hasta que venga la muerte

y lo agarre a coscorrones.

 

292

El andar tan despilchao

ningún mérito me quita;

sin ser un alma bendita

me duelo del mal ajeno:

soy un pastel con relleno

que parece torta frita.

 

293

Tampoco me faltan males

y desgracias, le prevengo;

también mis desdichas tengo,

aunque esto poco me aflige:

yo sé hacerme el chango rengo

cuando la cosa lo esige.

 

294

Y con algunos ardiles

voy viviendo, aunque rotoso;

a veces me hago el sarnoso

y no tengo ni un granito,

pero al chifle voy ganoso

como panzón al maíz frito.

 

295

A mí no me matan penas

mientras tenga el cuero sano;

venga el sol en el verano

y la escarcha en el invierno

¿por qué afligirse el cristiano?

 

296

Hagámosle cara fiera

a los males, compañero,

porque el zorro más matrero

suele cair como un chorlito;

viene por un corderito

y en la estaca deja el cuero.

 

297

Hoy tenemos que sufrir

males que no tienen nombre,

pero esto a nadies lo asombre

porque ansina es el pastel,

y tiene que dar el hombre

mas güeltas que un carretel.

 

298

Yo nunca me he de entregar

a los brazos de la muerte;

arrastro mi triste suerte

paso a paso y como pueda,

que donde el débil se queda

se suele escapar el juerte.

 

299

Y ricuerde cada cual

lo que cada cual sufrió,

que lo que es, amigo, yo,

hago ansí la cuenta mía:

ya lo pasado pasó;

mañana será otro día.

 

300

Yo también tuve una pilcha

que me enllenó el corazón,

y si en aquella ocasión

alguien me hubiera buscao,

siguro que me había hallao

más prendido que un botón.

 

301

En la güeya del querer

no hay animal que se pierda-

las mujeres no son lerdas,

y todo gaucho es dotor

si pa cantarle al amor

tiene que templar las cuerdas.

 

302

¡Quién es de una alma tan dura

que no quiera una mujer!

Lo alivia en su padecer:

si no sale calavera

es la mejor compañera

que el hombre puede tener.

 

303

Si es güena, no lo abandona

cuando lo ve desgraciao,

lo asiste con su cuidao,

y con afán cariñoso,

y usté tal vez ni un rebozo

ni una pollera le ha dao.

 

304

¡Grandemente lo pasaba

con aquella prenda mía,

viviendo con alegría

como la mosca en la miel!

¡Amigo, qué tiempo aquel!

¡La pucha, que la quería!

 

305

Era la águila que a un árbol

dende las nubes bajó;

era más linda que el alba

cuando va rayando el sol;

era la flor deliciosa

que entre el trebolar creció.

 

306

Pero, amigo, el comendante

que mandaba la milicia,

como que no desperdicia

se fue refalando a casa;

yo le conocí en la traza

que el hombre traiba malicia.

 

307

Él me daba voz de amigo,

pero no le tenía fe;

era el jefe, y ya se ve,

no podía competir yo;

en mi rancho se pegó

lo mesmo que un saguaipé.

 

308

A poco andar, conocí

que ya me había desbancao,

y él siempre muy entonao,

aunque sin darme ni un cobre,

me tenía de lao a lao

como encomienda de pobre.

 

309

A cada rato, de chasque

me hacía dir a gran distancia;

ya me mandaba a una estancia,

ya al pueblo, ya a la frontera;

pero él en la comendancia

no ponía los pies siquiera.

 

310

Es triste a no poder más

el hombre en su padecer,

si no tiene una mujer

que lo ampare y lo consuele:

mas pa que otro se la pele

lo mejor es no tener.

 

311

No me gusta que otro gallo

le cacaree a mi gallina;

yo andaba ya con la espina,

hasta que en una ocasión

lo pille junto al jogón

abrazándome a la china.

 

312

Tenía el viejito una cara

de ternero mal lamido,

y al verle tan atrevido

le dije: ¡que le aproveche!-

Que había sido pa el amor

como gaucho pa la leche.

 

313

Peló la espalda y se vino

como a quererme ensartar,

pero yo sin tutubiar

le volví al punto a decir:

¡cuidado!, No te vas a per-tigo;

poné cuarta pa salir.

 

314

Un puntazo me largó,

pero el cuerpo le saqué,

y en cuanto se lo quité,

para no matar un viejo,

con cuidado, medio de lejos

un palazo le asenté.

 

315

Y como nunca al que manda

le falta algún adulón,

uno que en esa ocasión

se encontraba allí presente,

vino apretando los dientes

como perrito mamón.

 

316

Me hizo un tiro de revuélver

que el hombre creyó siguro;

era confiado y le juro

que cerquita se arrimaba,

pero, siempre en un apuro

se desentumen mis tabas.

 

317

Él me siguió menudiando

mas sin poderme acertar,

y yo, dele culebriar,

hasta que al fin le dentré

y ahi no más lo despaché

sin dejarlo resollar.

 

318

Dentré a campiar en seguida

al viejito enamorao-

el pobre se había ganao

en un noque de lejía.

¡Quién sabe cómo estaría

del susto que había llevao!

 

319

¡Es zonzo el cristiano macho

cuando el amor lo domina!

Él la miraba a la indina,

y una cosa tan jedionda

sentí yo, que ni en la fonda

he visto tal jedentina

 

320

Y le dije: pa su agüela

han de ser esas perdices.

Yo me tapé las narices,

y me salí esternudando,

y el viejo quedó olfatiando

como chico con lumbrices.

 

321

Cuando la mula recula,

señal que quiere cociar,

ansí se suele portar

aunque ella lo disimula;

recula como la mula

la mujer, para olvidar.

 

322

Alcé mis ponchos y mis prendas

y me largué a padecer

por culpa de una mujer

que quiso engañar a dos;

al rancho le dije adiós,

para nunca más volver.

 

323

Las mujeres, dende entonces,

conocí a todas en una;

ya no he de probar fortuna

con carta tan conocida:

mujer y perra parida,

¡no se me acerca ninguna!.

 

 

XI - A bailar un pericón.

 

324

a otros les brotan las coplas

como agua de manantial;

pues a mí me pasa igual;

aunque las mías nada valen,

de la boca se me salen

como ovejas de corral.

 

325

Que en puertiando la primera,

ya la siguen los demás,

y en montones las de atrás

contra los palos se estrellan,

y saltan y se atropellan

sin que se corten jamás.

 

326

Y aunque yo por mi inorancia

con gran trabajo me esplico,

cuando llego a abrir el pico,

tengaló por cosa cierta,

sale un verso y en la puerta

ya asoma el otro el hocico.

 

327

Y emprésteme su atención;

me oirá relatar las penas

de que traigo la alma llena;

porque en toda circustancia,

paga el gaucho su inorancia

con la sangre de sus venas.

 

328

Después de aquella desgracia

me refugié en los pajales;

anduve entre los cardales

como bicho sin guarida;

pero, amigo, es esa vida

como vida de animales.

 

329

Y son tantas las miserias

en que me he salido ver,

que con tanto padecer

y sufrir tanta aflición,

malicio que he de tener

un callo en el corazón.

 

330

Ansí andaba como guacho

cuando pasa el temporal;

supe una vez por mi mal

de una milonga que había,

y ya pa la pulpería

enderecé mi bagual.

 

331

Era la casa del baile

un rancho de mala muerte,

y se enllenó de tal suerte

que andábamos a empujones:

nunca faltan encontrones

cuando un pobre se divierte.

 

332

Yo tenía unas medias botas

con tamaños verdugones;

me pusieron los talones

con crestas como gallos:

¡si viera mis afliciones

pensando yo que eran callos!

 

333

Con gato y con fandanguillo

había empezado el changango,

y para ver el fandango

me colé haciendomé bola,

mas metió el diablo la cola,

y todo se volvió pango.

 

334

Había sido el guitarrero

un gaucho duro de boca:

yo tengo paciencia poca

pa aguantar cuando no debo;

a ninguno me le atrevo,

pero me halla el que me toca.

335

A bailar un pericón

con una moza salí,

y cuanto me vido allí

sin duda me conoció;

y estas coplitas cantó

como por raírse de mí:

 

336

las mujeres son todas

como las mulas;

yo no digo que todas,

pero hay algunas

que a las aves que vuelan

les sacan plumas.

 

337

Hay gauchos que presumen

de tener damas;

no digo que presumen,

pero se alaban,

y a lo mejor los dejan

tocando tablas.

 

338

Se secretiaron las hembras,

y yo ya me encocoré;

volié la anca y le grité:

¡dejá de cantar- chicharra!

Y de un tajo a la guitarra

tuitas las cuerdas corté.

 

339

Al punto salió de adentro

un gringo con un jusil;

pero nunca he sido vil,

poco el peligro me espanta;

yo me refalé la manta

y la eché sobre el candil.

 

340

Gané en seguida la puerta

gritando: ¡nadies me ataje!

Y alborotado el hembraje,

lo que todo quedo escuro,

empezó a verse en apuro

mesturao con el gauchaje.

 

341

El primero que salió

fue el cantor, y se me vino;

pero yo no pierdo el tino

aunque haiga tomao un trago,

y hay algunos por mi pago

que me tienen por ladino.

 

342

No ha de haber achocao otro:

le salió cara la broma;

a su amigo cuando toma

se le despeja el sentido,

y el pobrecito había sido

como carne de paloma.

 

343

Para prestar un socorro

las mujeres no son lerdas:

antes que la sangre pierda

lo arrimaron a unas pipas;

ahi lo dejé con las tripas

como pa que hiciera cuerdas.

 

344

Monté y me largué a los campos

más libre que el pensamiento,

como las nubes al viento

a vivir sin paradero,

que no tiene el que es matrero

nido, ni rancho, ni asiento.

 

345

No hay juerza contra el destino

que le ha señalao el cielo,

y aunque no tenga consuelo,

¡aguante el que está en trabajo!

¡Nadies se rasca pa abajo,

ni se lonjea contra el pelo!

 

346

Con el gaucho desgraciao

no hay uno que no se entone

¡la menor falta lo espone

a andar con los avestruces

faltan otros con más luces

y siempre hay quien los perdone.

 

 

XII - Ansí estuve en la partida.

 

347

Yo no sé qué tantos meses

esta vida me duró;

a veces nos obligó

la miseria a comer potro:

me había acompañao con otros

tan desgraciaos como yo

 

348

Mas ¿para qué platicar

sobre esos males, canejos?

Nace el gaucho y se hace viejo,

sin que mejore su suerte,

hasta que por ahi la muerte

sale a cobrarle el pellejo.

 

349

Pero como no hay desgracia

que no acabe alguna vez,

me aconteció que después

de sufrir tanto rigor,

un amigo, por favor,

me compuso con el juez.

 

350

Le alvertiré que en mi pago

ya no va quedando un criollo:

se los ha tragao el hoyo,

o juido o muerto en la guerra;

porque, amigo, en esta tierra

nunca se acaba el embrollo.

 

351

Colijo que jué por eso

que me llamó el juez un día,

y me dijo que quería

hacerme a su lao venir,

y que dentrase a servir

de soldao de polecía.

 

352

Y me largó una proclama

tratándome de valiente;

que yo era un hombre decente,

y que dende aquel momento

me nombraba de sargento

pa que mandara la gente.

 

353

Ansí estuve en la partida,

pero ¿qué había de mandar?

Anoche al irlo a tomar

vide güena coyontura,

y a mí no me gusta andar

con la lata a la cintura.

 

354

Ya conoce, pues, quién soy;

tenga confianza conmigo:

Cruz le dio mano de amigo,

y no lo ha de abandonar;

juntos podemos buscar

pa los dos un mesmo abrigo.

 

355

Andaremos de matreros

si es preciso pa salvar;

nunca nos ha de faltar

ni un güen pingo pa juir,

ni un pajal ande dormir,

ni un matambre que ensartar.

 

356

Y cuando sin trapo alguno

nos haiga el tiempo dejao,

yo le pediré emprestao

el cuero a cualquiera lobo,

y hago un poncho, si lo sobo,

mejor que poncho engomao.

 

357

Para mí la cola es pecho

y el espinazo es cadera

hago mi nido ande quiera

y de lo que encuentro como;

me echo tierra sobre el lomo

y me apeo en cualquier tranquera.

 

358

Y dejo rodar la bola,

que algún día se ha de parar-

tiene el gaucho que aguantar

hasta que lo trague el hoyo,

o hasta que venga algún criollo

en esta tierra a mandar.

 

362

Todos se güelven proyetos

de colonias y carriles,

y tirar la plata a miles

en los gringos enganchaos,

mientras al pobre soldao

le pelan la cucha- ¡ah, viles!

 

363

Pero si siguen las cosas

como van hasta el presente,

puede ser que redepente

veamos el campo disierto,

y blanquiando solamente

los güesos de los que han muerto.

 

359

Lo miran al pobre gaucho

como carne de cogote:

lo tratan al estricote

y si ansí las cosas andan,

porque quieren los que mandan,

aguantemos los azotes.

 

360

¡Pucha! Si usté los oyera,

como yo en una ocasión

tuita la conversación

que con otro tuvo el juez;

le asiguro que esa vez

se me achicó el corazón.

 

361

Hablaban de hacerse ricos

con campos en la fronteras,

de sacarla más ajuera,

donde había campos baldidos

y llevar de los partidos

gente que la defendiera.

 

364

Hace mucho que sufrimos

la suerte reculativa

trabaja el gaucho y no arriba

porque a lo mejor del caso,

lo levantan de un sogazo

sin dejarle ni saliva.

 

365

De los males que sufrimos

hablan mucho los puebleros,

pero hacen como los teros

para esconder sus niditos:

en un lao pegan los gritos

y en otro tienen los güevos.

 

366

Y se hacen los que no aciertan

a dar con la coyontura:

mientras al gaucho lo apura

con rigor la autoridá,

ellos a la enfermedá

le están errando la cura.

 

 

XIII. A los indios me refalo

 

367

ya veo que somos los dos

astillas del mesmo palo:

yo paso por gaucho malo

y usté anda del mesmo modo;

y yo, pa acabarlo todo,

a los indios me refalo.

 

368

Pido perdón a mi Dios

que tantos bienes me hizo,

pero dende que es preciso

que viva entre los infeles,

yo seré cruel con los crueles:

ansí mi suerte lo quiso.

 

369

Dios formó lindas las flores,

delicadas como son;

le dio toda perfeción

y cuanto él era capaz,

pero al hombre le dio más

cuando le dio el corazón.

 

370

Le dio claridá a la luz,

juerza en su carrera al viento,

le dio vida y movimiento

dende la águila al gusano;

pero más le dio al cristiano

al darle el entendimiento.

 

371

Y aunque a las aves les dio,

con otras cosas que inoro,

esos piquitos como oro

y un plumaje como tabla

le dio al hombre más tesoro

al darle una lengua que habla.

 

372

Y dende que dio a las fieras

esa juria tan inmensa,

que no hay poder que las venza

ni nada que las asombre,

¿qué menos le daría al hombre

que el valor pa su defensa?

 

373

Pero tantos bienes juntos

al darle, malicio yo

que en sus adentros pensó

que el hombre los precisaba

que los bienes igualaba

con las penas que le dio.

 

374

Y yo empujao por las mías

quiero salir de este infierno:

ya no soy pichón muy tierno

y sé manejar la lanza,

y hasta los indios no alcanza

la facultá de gobierno

 

375

yo sé que allá los caciques

amparan a los cristianos,

y que los tratan de

cuando se van por su gusto.

¡A qué andar pasando sustos-!

Alcemos el poncho y vamos.

 

376

En la cruzada hay peligros,

pero ni aun esto me aterra:

yo ruedo sobre la tierra

arrastrao por mi destino;

y si erramos el camino-

no es el primero que lo erra.

 

377

Si hemos de salvar o no,

de esto naides nos responde;

derecho ande el sol se esconde

tierra adentro hay que tirar;

algún día hemos de llegar-

después sabremos a dónde.

 

378

No hemos de perder el rumbo:

los dos somos güena yunta.

El que es gaucho ve ande apunta

aunque inora ande se encuentra;

pa el lao en que el sol se dentra

dueblan los pastos la punta.

 

379

De hambre no pereceremos,

pues, sigún otros me han dicho,

en los campos se hallan bichos

de los que uno necesita-

gamas, matacos, mulitas

avestruces y quirquinchos.

 

380

Cuando se anda en el desierto

se come uno hasta las colas;

lo han cruzao mujeres solas

llegando al fin con salú,

y ha de ser gaucho el ñandú

que se escape de mis bolas.

 

381

Tampoco a la sé le temo;

yo la aguanto muy contento;

busco agua olfatiando el viento

y, dende que no soy manco,

ande hay duraznillo blanco

cavo, y la saco al momento.

 

382

Allá habrá siguridá

ya que aquí no la tenemos;

menos males pasaremos

y ha de haber grande alegría

el día que nos descolguemos

en alguna toldería.

 

383

Fabricaremos un toldo,

como lo hacen tantos otros,

con unos cueros de potro,

que sea sala y sea cocina.

¡Tal vez no falte una china

que se apiade de nosotros!

 

384

Allá no hay que trabajar,

vive uno como un señor;

de cuando en cuando un malón,

y si de él sale con vida,

lo pasa echao panza arriba

mirando dar güelta el sol

 

385

Y ya que a juerza de golpes

la suerte nos dejó aflús

puede que allá veamos luz

y se acaben nuestras penas:

todas las tierras son güenas;

vamonós, amigo Cruz.

 

386

El que maneja las bolas,

el que sabe echar un pial

y sentársele a un bagual

sin miedo de que lo baje,

entre los mesmos salvajes

no puede pasarlo mal.

 

387

El amor como la guerra

lo hace el criollo con canciones;

a más de eso en los malones

podemos aviarnos de algo;

en fin amigo, yo salgo

de estas pelegrinaciones.

 

388

En este punto el cantor

buscó un porrón pa consuelo,

echó un trago como un cielo,

dando fin a su argumento;

y de un golpe el instrumento

lo hizo astillas contra el suelo.

 

389

Ruempo, dijo, la guitarra,

pa no volverme a tentar;

ninguno la ha de tocar,

por siguro tengaló;

pues naides ha de cantar

cuando este gaucho cantó.

 

390

Y daré fin a mis coplas

con aire de relación;

nunca falta un preguntón

más curioso que mujer,

y tal vez quiera saber

como jué la conclusión.

 

391

Cruz y Fierro de una estancia

una tropilla se arriaron;

por delante se la echaron

como criollos entendidos,

y pronto sin ser sentidos

por la frontera cruzaron.

 

392

Y cuando la habían pasao,

una madrugada clara

le dijo Cruz que mirara

las últimas poblaciones,

y a Fierro dos lagrimones

le rodaron por la cara.

 

393

Y siguiendo el fiel del rumbo

se entraron en el desierto,

no sé si los habrán muerto

en alguna correría,

pero espero que algún día

sabré de ellos algo cierto.

 

394

Y ya con estas noticias

mi relación acabé;

por ser ciertas las conté,

todas la desgracias dichas:

es un telar de desdichas

cada gaucho que usté ve.

 

395

Pero ponga su esperanza

en el Dios que lo formó;

y aquí me despido yo

que he relatao a mi modo

MALES QUE CONOCEN TODOS,

PERO QUE NAIDES CONTÓ.

 

 

La vuelta de Martín Fierro


La Editorial
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José Hernandez: El Gaucho Martín Fierro