Aldous Huxley - Un Mundo Feliz

La Editorial

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ALDOUS HUXLEY

UN MUNDO FELIZ

Fecha de Edición: 1932 - Edición electrónica: 2005


INDICE

Reseña biográfica de Aldous Huxley

Un Mundo Feliz



"Un mundo feliz", escrito en 1932, describe una democracia que es, al mismo tiempo, una dictadura perfecta; una cárcel sin muros en la cual los prisioneros no soñarían con evadirse. Un sistema de esclavitud donde, gracias al sistema de consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre.

Para el logro de este objetivo, Huxley imagina una sociedad que utiliza todos los medios de la ciencia y la técnica - incluidas las drogas - para el condicionamiento y el control de los individuos. En ese mundo, todos los niños son concebidos en probetas y están genéticamente condicionados para pertenecer a una de las 5 categorías de población. De la más inteligente a la más estúpida: los Alpha (la elite), los Betas (los ejecutantes), los Gammas (los empleados subalternos), los Deltas y los Epsilones (destinados a trabajos arduos).

Todos son felices, porque su estilo de vida es totalmente acorde con sus necesidades e intereses. Los descontentos con el sistema (los menos) son apartados de la sociedad ideal y confinados en colonias especiales donde se rodean de otras personas con similares "desviaciones", alcanzando también la felicidad. 

Uno de los aspectos más relevantes de la historia es que los ciudadanos de ese mundo ideal dependen casi servilmente de una droga sintética, el Soma, para garantizar su felicidad. Algo que se relaciona bastante directamente con las experiencias personales del propio Huxley con distintas drogas.

La mayor parte de los críticos, incluido el propio Huxley, ha comparado esta novela con "1984", de George Orwell. Ambas obras constituyen un ejercicio de proyección futurística. La diferencia, sin embargo, está en lo referente a los modelos de control: el mundo de Orwell está basado en la fuerza y la coerción y el de Huxley en el ocio y la diversión. Mientras Orwell hace una proyección del comunismo soviético de su época, Huxley proyecta hasta sus últimas consecuencias la sociedad liberalcapitalista en la que le tocó vivir.


Reseña Biográfica de Aldous Huxley

Nació un 26 de Julio de 1894 en Godalming,cerca de Londres, en una familia inglesa de sólida tradición intelectual. Tanto su abuelo paterno, Thomas Henry Huxley, como su padre, Leonard Huxley, fueron biólogos de renombre. Su madre, Julia Arnold, una de las primeras mujeres en estudiar en Oxford, era nieta del poeta Matthew Arnold y hermana de la novelista Mrs. Humphrey Ward, la cual, ejerció de protectora de Aldous cuando a los catorce años, se produjo la muerte de su madre debido a un tumor.

Entre 1908 y 1913 Huxley se educó en la muy aristocrática escuela de Eton, cerca de Winsor. La tragedia lo golpea, sin embargo, a los 16 años: una grave enfermedad en los ojos que produce opacidad en las córneas lo mantiene prácticamente ciego durante 18 meses. Con admirable fuerza de voluntad, aprende a leer y a tocar el piano con el sistema Braille. Recupera la vista, pero en un ojo apenas es capaz de percibir la luz y en el otro sólo tiene una visión limitada. Años mas tarde, conocerá las teorías sobre la reeducación visual del doctor W.H. Bates y las pondrá en práctica, lo que le llevará en poco tiempo a una mejora notable en su capacidad visual. Fruto de esta experiencia, escribe en 1942, El Arte de Ver (The Art of Seeing), donde relata la historia de cómo se recuperó de su casi completa ceguera.

Debido a su deficiente visión, abandona la idea de estudiar medicina y se gradúa en literatura inglesa en el Balliol College de Oxford (1913-1915). Al cumplir los veintidós años publica su primer libro, The Burning Wheel (1916), una colección de poemas, al cual seguirían tres volúmenes más de poesía: Jonah (1917), The Defeat of Youth (1918) y Leda (1920).

En 1919 contrae matrimonio con Marie Nys, una mujer belga refugiada en Inglaterra durante la Gran Guerra. Tras la boda, el matrimonio se establece en el barrio de Hampstead, en Londres. Un año más tarde nacería su único hijo, Matthew.

En el mismo año de 1919, y hasta 1921, escribe en la prestigiosa revista Athenaeum bajo el seudónimo Antolycus, y a partir de 1920 colabora cómo crítico de teatro en la Westminster Gazzette. Algunos de sus artículos están recogidos en su libro Al margen (On the margin: notes and essays, 1923).

En 1920 publica su primera obra en prosa, Limbo (Limbo), un libro de cuentos. En los siete años siguientes publicará otras cuatro colecciones de cuentos: La envoltura humana (Mortal Coils: five stories, 1922), Mi tío Spencer (Little Mexican, 1924), Dos o tres gracias (Two or Three gracer: four stories, 1926) y Fogonazos (Brief Candles, 1927).

El matrimonio se traslada a Italia en 1921, estableciendo inicialmente su residencia en Florencia y con posterioridad en Forte dei Marmi, al norte de Pisa, donde Huxley escribe su primera novela, Los escándalos de Crome (Chrome Yellow, 1921). Esta obra describe a un grupo de intelectuales snobs, sensuales y cínicos que pasan un fin de semana en Crome, la casa de campo de Henry y Priscilla Wimbush, una pareja típica de la sociedad inglesa de entonces. Hay muy poca acción en la novela y si muchas disquisiciones literarias y filosóficas. En ella aparecen los intelectuales contra los que Huxley dirigió las sátiras más afiladas de su primera época.

A partir de esta fecha, y durante el periodo de entreguerras, participa activamente en la vida literaria inglesa, convirtiéndose en un gran hostigador de la burguesía británica y sus costumbres, lo que le valió el apelativo de enfant terrible de las letras inglesas.

Huxley fue un viajero empedernido. Tras el éxito de Los escándalos de Crome y su segundo volumen de cuentos, La envoltura humana, el matrimonio adquiere un Citroën, que conducido por Marie les llevará a lo largo de muchas carreteras europeas, algunas de esas vivencias quedarán retratadas en A lo largo del camino (Along the road: notes and essays of a tourist, 1925).

En 1923, publica su segunda novela, Danza de Sátiros (Antic Hay, 1923), una obra divertida, con el humor propio de los escritores ingleses de la época y una de las más irónicas del autor. A esta novela, seguirá la publicación de Arte, amor y todo lo demás (Those Barren Leaves, 1925).

En 1925 hacen una breve escapada a Túnez, para emprender a continuación un viaje alrededor del mundo. Embarcan hacía la India, donde el matrimonio permanece cuatro meses visitando el país, continúan hacia Singapur, Birmania, Malasia, Filipinas, China, Japón y finalmente Estados Unidos. Las impresiones de este viaje quedarían recogidas en el libro Jesting Pilate: An Intellectual Holiday publicado un año más tarde.

A su regreso, en el verano de 1926, el matrimonio se establece en Cortina (Italia), donde Aldous inicia una nueva novela, Contrapunto (Point Counter Point, 1928), un alarde de virtuosismo técnico, complejidad y riqueza de personajes. Esta novela sería uno de sus mayores éxitos.

En octubre de 1928, trasladan su residencia a Francia, inicialmente en Suresnes, a pocos kilómetros de París donde permanecerían durante año y medio interrumpidos por algunos viajes a Inglaterra, Italia y España.

El primer viaje a España, en abril de 1929, lo realizan en coche desde Suresnes, con objeto de visitar el Museo del Prado en Madrid. Unos meses después regresan a España con motivo del Congreso de Cooperación Intelectual de Barcelona al que Huxley ha sido invitado. Tras una semana en Barcelona, realizan un recorrido por España visitando las ciudades de Tarragona, Valencia, Almería, Granada, Ronda, Jerez, Cádiz, Sevilla, Madrid, Burgos y finalmente regresan a Francia por San Sebastián. Su último viaje a España, en 1933, les llevaría a Madrid, Toledo, Ávila y Segovia.

En 1930, adquiere una sencilla casa junto a la playa en el sur de Francia, próxima a la ciudad de Tolon, donde se aficiona a la pintura, pasando muchas horas pintando retratos de su mujer, de su hijo o de alguna de sus visitas. Entre estas está la escritora argentina Victoria Ocampo con la que mantendría una gran amistad.

En 1931 inicia una colaboración en el Chicago Herald, a razón de un artículo semanal. Ese año publica un libro de poemas The Cicadas y una colección de ensayos sobre temas muy diversos, Música en la Noche (Music at the Night, 1931).

En 1932, escribe en cuatro meses, la obra que le haría más famoso: Un Mundo Feliz (Brave New World, 1932), visión futurista de una sociedad de consumo que por aquél tiempo apenas si se esbozaba, regida por el condicionamiento psicológico y un sistema inmutable de castas.

Durante el verano de 1932 prepara Texts and Pretexts, una antología de poesías, la mayoría pertenecientes a poetas ingleses, clasificadas por temas y acompañadas de breves comentarios.

Al año siguiente, el matrimonio se embarca en el Britannic rumbo a América Central. Visitan el Caribe, Guatemala, Honduras y México. Las impresiones de este viaje quedarán plasmadas en un libro, Más allá del Golfo de México (Beyond the Mexique Bay, 1934).

A su regreso a Francia, Huxley reanuda la escritura de una novela sobre la que llevaba trabajando tres años, Ciego en Gaza (Eyeless in Gaza, 1936). Esta novela, personal e íntima, trata el conflicto entre lo intelectual y lo sexual, y su resolución a través del misticismo. Con esta obra concluye una etapa en la que predomina el escepticismo, iniciándo un interés creciente por el misticismo, interés que le acompañaría hasta su muerte.

Ese mismo año publica un nuevo volumen de ensayos, The Olive Tree (1936) y a partir de entonces, aumentaría considerablemente la producción de ensayos, medio de expresión en el que se sentía más cómodo. En ellos aborda un sinfín de temas: arte, música, literatura, historia, psicología, pedagogía, política, ciencia, etc.

En abril de 1937, los Huxley abandonan su residencia en Francia, y en compañía de su amigo Gerald Heard, parten hacia los Estados Unidos en busca de una universidad en la que pueda estudiar su hijo. Prevén permanecer nueve meses en el país, pero será una estancia para toda la vida. A su llegada, realizan un viaje en coche por varios estados americanos, para acabar en Nuevo México donde pasan el verano y donde Huxley concluye El Fin y los Medios (Ends and Means, 1937), ágiles ensayos que nos describen su credo pacifista que ya había defendido en la última parte de Ciego en Gaza.

En septiembre reanudan su marcha rumbo a California, estableciéndose en Los Angeles. En Hollywood traban amistad con actores como Charlie Chaplin y Greta Garbo y directores de cine como Cukor y Korda. En sus primeros años en Estados Unidos, escribe guiones para la industria cinematográfica. El mundo de Hollywood quedará retratado en su siguiente novela, Viejo muere el Cisne (After many a summer dies the swan, 1939).

Dos años mas tarde, publica una biografía, Eminencia Gris (Grey Eminence: a study in religion and politics – a biography of father Joseph, 1941) que familiariza al lector con la vida del padre Joseph, principal consejero y emisario del Cardenal Richelieu en la Francia del siglo XVII.

Ese año, 1941, a través de su amigo el escritor Christopher Isherwood se introduce de lleno en la literatura mística de la India, conoce a Swami Prabhavananda y La Sociedad Vendata de Los Angeles, e inicia una colaboración, que se prolongaría hasta 1960, en su revista bimensual Vendata and the West.

En 1942, los Huxley abandonan Los Angeles y se retiran a vivir a Llano, pequeña localidad californiana situada al borde del desierto de Mojave. Huxley amaba el desierto por su poder simbólico y le gustaba pasear por él. Sus lecturas y meditaciones en el desierto le llevan a escribir su siguiente novela, El Tiempo debe detenerse (Time must have a stop, 1944), inspirada en una de sus lecturas preferidas, El Libro Tibetano de los Muertos o Bardol Thödol; y una antología comentada de textos místicos de todos los tiempos, La Filosofía Perenne (The Perennial Philosophy, 1945).

Al concluir la guerra, el matrimonio abandona la soledad del desierto para instalarse en Wrightwood, un caserío situado en pleno bosque, en lo alto de la sierra que separa Los Angeles y Mojave y donde residen hasta 1949. Aquí escribe un pequeño volumen de ensayos, Ciencia, Libertad y Paz (Science, Liberty and Peace, 1946) y una narración breve, en forma de guión cinematográfico, Mono y Esencia (Ape and Essence, 1948).

En 1948 regresan a Europa visitando París, Roma y su antigua residencia en el sur de Francia. A su vuelta a Estados Unidos se trasladan, una vez más, a una nueva casa con amplio jardín en King´s Road, en las afueras de Los Angeles.

El año 1950 señala un alto en la labor literaria de Aldous. En primavera acude con Marie a Nueva York, donde se estrena la adaptación teatral de su cuento La Sonrisa de la Gioconda (The Gioconda Smile, 1948), y asisten a la boda de su hijo Matthew, antes de emprender un nuevo viaje a Europa. Ese verano visitan la pequeña ciudad francesa de Loudun, escenario de un singular caso acontecido en el siglo XVII, en el que un grupo de monjas son víctimas de una posesión demoniaca. Este hecho histórico le lleva a realizar un interesante estudio psicológico del mismo en una de sus obras más notables, Los Demonios de Loudun (The Devils of Loudun) publicada en 1952, en plena caza de brujas del senador McCarthy.

En enero de 1952, operan a Marie de un quiste maligno de mama, primera manifestación del cáncer que la devoraría en el transcurso de los tres años siguientes.

A partir de entonces se produce un notable cambio de actitud en Huxley, iniciándose un periodo de apariciones públicas constantes que en sus últimos años se producen a un ritmo vertiginoso. Así, son muchos y variados los visitantes recibidos en su casa, aparece en programas de radio o televisión y sobre todo empieza a dar conferencias en universidades americanas cada vez con mayor frecuencia.

En 1953, Aldous lee un artículo sobre el empleo de la mescalina en el tratamiento de la esquizofrenia y llevado por su interés conoce a uno de sus autores, el Dr. Humphry Osmond, con el que establecería una importante amistad. En la primavera de 1953, bajo la supervisión del Dr. Osmond y de su mujer, decide experimentar por sí mismo esta droga, ingiriendo cuatro decigramos de mescalina. Huxley describe esta primera experiencia con una sustancia psicodélica en un breve volumen, The Doors of Perception (Las Puertas de la Percepción, 1954) donde explica paso a paso las impresiones de aquel día.

Entre los años 1953 y 1963, experimentó una docena de veces con sustancias psicodélicas (mescalina, LSD y psilocibina). En 1956 publica un segundo libro sobre estas drogas, Cielo e Infierno (Heaven and Hell).

En 1954 el matrimonio realiza un nuevo viaje a Europa. Para Marie, el viaje será su despedida de sus familiares pues tan solo le resta un año de vida. Primero viajan a Francia y de allí visitan Egipto, Líbano, Palestina, Chipre, Grecia y acaban regresando a la Italia de sus primeros años de matrimonio. De vuelta en California, Huxley da fin a una nueva novela, El Genio y la Diosa (The Genius and the Goddess, 1955).

A lo largo del invierno, la salud de Marie empeora y el 12 de Febrero de 1955, tras 35 años de matrimonio, muere en su casa acompañada hasta el último instante por su marido.

Tras dos meses de soledad, el escritor emprende un largo viaje por carretera hacia Arizona, Texas, Florida, Carolina y finalmente Nueva York donde reanuda su vida con una actividad inusitada. Tras el verano, regresa a Los Angeles donde retorna a su vida habitual.

El 19 de mayo de 1956, en Yuma, Arizona, contrae matrimonio con la violinista y psicoterapeuta italiana Laura Archera, cuya vitalidad y dinamismo serán un poderoso estímulo para las actividades emprendidas durante los últimos años de su vida. Poco después de casarse, se trasladan a una casa en una de las colinas de Hollywood.

Esos años publica dos nuevas colecciones de ensayos, Adonis y el Alfabeto (Adonis and the Alphabet, 1956) y Nueva visita a un Mundo Feliz (Brave New World Revisited, 1958) e inicia un periplo de largos viajes: Perú, Brasil (invitado por el gobierno de este país), Italia (donde emprende un ciclo de conferencias por diferentes ciudades), Inglaterra (donde visita a su familia), Suiza (asiste a las conferencias de Krisnamurti) y Dinamarca (invitado a un congreso de psicología aplicada) y finalmente, en 1961, regresa a la India para el centenario de Tagore en Nueva Delhi.

Pero los viajes mas significativos para Aldous en estos últimos años los realiza por Estados Unidos, de universidad en universidad, impartiendo conferencias y cursos: San Francisco, Stanford, Berkeley, Santa Bárbara, Massachusetts, Nueva York, etc.

El 12 de mayo de 1961, un incendio destruye completamente su casa en Hollywood, perdiendo todas sus pertenencias y recuerdos, a excepción de unos pocos objetos que logra recatar, entre los que se encuentra el violín de Laura (un Guarnieri construido en Cremona en 1707) y el manuscrito de su última novela, La Isla (Island, 1962), en la que llevaba trabajando cinco años. La Isla constituye una especie de testamento literario, donde el autor recrea un orden social que bien podría considerarse como la contraparte de Un Mundo Feliz.

En 1960 le habían diagnosticado un tumor en la lengua, que a base de radioterapia, logra contener durante dos años. A pesar de su extrema debilidad por los duros tratamientos, continua con los compromisos adquiridos impartiendo conferencias y asistiendo a congresos. Termina su último libro, Literatura y Ciencia (Literature and Science, 1963), publicado dos meses antes de su muerte y en el que trata de aproximar el mundo del arte y el de la ciencia. En 1963 asiste en Roma a un congreso mundial sobre agricultura y es recibido por el papa Juan XXIII, regresa a Estados Unidos a continuar con el tratamiento y con renovadas fuerzas viaja a Suecia donde asiste a la Academia Mundial de las Artes y las Ciencias. Ese verano lo pasa en Inglaterra con sus familiares y amigos.

El 22 de Noviembre de 1963, el mismo día del asesinato del presidente John F. Kennedy, muere a los sesenta y nueve años de edad. A su muerte, le fue leído al oído, según su propio deseo, El Libro Tibetano de los Muertos. Fue incinerado y sus cenizas fueron trasladadas ocho años más tarde a Inglaterra donde descansan junto con las de su familia.


UN MUNDO FELIZ

CAPITULO I

Un edificio gris, achaparrado, de sólo treinta y cuatro plantas. Encima de la entrada principal las palabras: Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres, y, en un escudo, la divisa del Estado Mundial: Comunidad, Identidad, Estabilidad.

La enorme sala de la planta baja se hallaba orientada hacia el Norte. Fría a pesar del verano que reinaba en el exterior y del calor tropical de la sala, una luz cruda y pálida brillaba a través de las ventanas buscando ávidamente alguna figura yaciente amortajada, alguna pálida forma de académica carne de gallina, sin encontrar más que el cristal, el níquel y la brillante porcelana de un laboratorio. La invernada respondía a la invernada.

Las batas de los trabajadores eran blancas, y éstos llevaban las manos embutidas en guantes de goma de un color pálido, como de cadáver. La luz era helada, muerta, fantasmal. Sólo de los amarillos tambores de los microscopios lograba arrancar cierta calidad de vida, deslizándose a lo largo de los tubos y formando una dilatada procesión de trazos luminosos que seguían la larga perspectiva de las mesas de trabajo.

 —  Y ésta  —  dijo el director, abriendo la puerta  —  es la Sala de Fecundación.

Inclinados sobre sus instrumentos, trescientos Fecundadores se hallaban entregados a su trabajo, cuando el director de Incubación y Condicionamiento entró en la sala, sumidos en un absoluto silencio, sólo interrumpido por el distraído canturreo o silboteo solitario de quien se halla concentrado y abstraído en su labor. Un grupo de estudiantes recién ingresados, muy jóvenes, rubicundos e imberbes, seguía con excitación, casi abyectamente, al director, pisándole los talones. Cada uno de ellos llevaba un bloc de notas en el cual, cada vez que el gran hombre hablaba, garrapateaba desesperadamente.

Directamente de labios de la ciencia personificada. Era un raro privilegio. El D.I.C. de la central de Londres tenía siempre un gran interés en acompañar personalmente a los nuevos alumnos a visitar los diversos departamentos.

 —  Sólo para darles una idea general  —  les explicaba.

Porque, desde luego, alguna especie de idea general debían tener si habían de llevar a cabo su tarea inteligentemente; pero no demasiado grande si habían de ser buenos y felices miembros de la sociedad, a ser posible. Porque los detalles, como todos sabemos, conducen a la virtud y la felicidad, en tanto que las generalidades son intelectualmente males necesarios. No son los filósofos sino los que se dedican a la marquetería y los coleccionistas de sellos los que constituyen la columna vertebral de la sociedad.

   —  Mañana  —  añadió, sonriéndoles con campechanía un tanto amenazadora  –  empezarán ustedes a trabajar en serio. Y entonces no tendrán tiempo para generalidades. Mientras tanto...

Mientras tanto, era un privilegio. Directamente de los labios de la ciencia personificada al bloc de notas. Los muchachos garrapateaban como locos.

Alto y más bien delgado, muy erguido, el director se adentro por la sala. Tenía el mentón largo y saliente, y dientes más bien prominentes, apenas cubiertos, cuando no hablaba, por sus labios regordetes, de curvas floradas. ¿Viejo? ¿Joven? ¿Treinta? ¿Cincuenta? ¿Cincuenta y cinco? Hubiese sido difícil decirlo. En todo caso la cuestión no llegaba siquiera a plantearse; en aquel año de estabilidad, el 632 después de Ford, a nadie se le hubiese ocurrido preguntarlo.

 –  Empezaré por el principio  –  dijo el director.

Y los más celosos estudiantes anotaron la intención de director en sus blocs de notas: Empieza por el principio.

 –  Esto  –  siguió el director, con un movimiento de la mano  –  son las incubadoras.  –  Y abriendo una puerta aislante les enseñó hileras y más hileras de tubos de ensayo numerados.  –  La provisión semanal de óvulos  –  explicó.  –  Conservados a la temperatura de la sangre; en tanto que los gametos masculinos  –  y al decir esto abrió otra puerta  –  deben ser conservados a treinta y cinco grados de temperatura en lugar de treinta y siete.

La temperatura de la sangre esteriliza.

Los moruecos envueltos en termógeno no engendran corderillos.

Sin dejar de apoyarse en las incubadoras, el director ofreció a los nuevos alumnos, mientras los lápices corrían ilegiblemente por las páginas, una breve descripción del moderno proceso de fecundación. Primero habló, naturalmente, de sus prolegómenos quirúrgicos, la operación voluntariamente sufrida para el bien de la Sociedad, aparte el hecho de que entraña una prima equivalente al salario de seis meses; prosiguió con unas notas sobre la técnica de conservación de los ovarios extirpados de forma que se conserven en vida y se desarrollen activamente; pasó a hacer algunas consideraciones sobre la temperatura, salinidad y viscosidad óptimas; prendidos y maduros; y, acompañando a sus alumnos a las mesas de trabajo, les enseñó en la práctica cómo se retiraba aquel licor de los tubos de ensayo; cómo se vertía, gota a gota, sobre placas de microscopio especialmente caldeadas; cómo los óvulos que contenía eran inspeccionados en busca de posibles anormalidades, contados y trasladados a un recipiente poroso; cómo (y para ello los llevó al sitio donde se realizaba la operación) este recipiente era sumergido en un caldo caliente que contenía espermatozoos en libertad, a una concentración mínima de cien mil por centímetro cúbico, como hizo constar con insistencia; y cómo, al cabo de diez minutos, el recipiente era extraído del caldo y su contenido volvía a ser examinado; cómo, si algunos de los óvulos seguían sin fertilizar, era sumergido de nuevo, y, en caso necesario, una tercera vez; cómo los óvulos fecundados volvían a las incubadoras, donde los Alfas y los Betas permanecían hasta que eran definitivamente embotellados, en tanto que los Gammas, Deltas y Epsilones eran retirados al cabo de sólo treinta y seis horas, para ser sometidos al método de Bokanovsky.

 –  El método de Bokanovsky  –  repitió el director.

Y los estudiantes subrayaron estas palabras.

  Un óvulo, un embrión, un adulto: la normalidad. Pero un óvulo boklanovskificado prolifera, se subdivide. De ocho a noventa y seis brotes, y cada brote llegará a formar un embrión perfectamente constituido y cada embrión se convertirá en un adulto normal. Una producción de noventa y seis seres humanos donde antes sólo se conseguía uno. Progreso.

 –  En esencia  –  concluyó el D.I.C.  – , la bokanovskificación consiste en una serie de paros del desarrollo. Controlamos el crecimiento normal, y paradójicamente, el óvulo reacciona echando brotes.

Reacciona echando brotes. Los lápices corrían.

El director señaló a un lado. En una ancha cinta que se movía con gran lentitud, un portatubos enteramente cargado se introducía en una vasta caja de metal, de cuyo extremo emergía otro portatubos igualmente repleto. El mecanismo producía un débil zumbido. El director explicó que los tubos de ensayo tardaban ocho minutos en atravesar aquella cámara metálica. Ocho minutos de rayos X era lo máximo que los óvulos podían soportar.

Unos pocos morían; de los restantes, los menos aptos se dividían en dos; después a las incubadoras, donde los nuevos brotes empezaban a desarrollarse; luego, al cabo de dos días, se les sometía a un proceso de congelación y se detenía su crecimiento. Dos, cuatro, ocho, los brotes, a su vez, echaban nuevos brotes; después se les administraba una dosis casi letal de alcohol; como consecuencia de ello, volvían a subdividirse  –  brotes de brotes de brotes  –  y después se les dejaba desarrollar en paz, puesto que una nueva detención en su crecimiento solía resultar fatal. Pero, a aquellas alturas, el óvulo original se había convertido en un número de embriones que oscilaba entre ocho y noventa y seis, un prodigioso adelanto, hay que reconocerlo, con respecto a la Naturaleza. Mellizos idénticos, pero no en ridículas parejas, o de tres en tres, como en los viejos tiempos vivíparos, cuando un óvulo se escindía de vez en cuando, accidentalmente; mellizos por docenas, por veintenas a un tiempo.

 –  Veintenas  –  repitió el director; y abrió los brazos como distribuyendo generosas dádivas.  –  Veintenas.

Pero uno de los estudiantes fue lo bastante estúpido para preguntar en qué consistía la ventaja,  –  ¡Pero, hijo mío!  –  exclamó el director, volviéndose bruscamente hacia él.  –  ¿De veras no lo comprende? ¿No puede comprenderlo?  –  Levantó una mano, con expresión solemne.  –  El Método Bokanovsky es uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social.

Uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social.

Hombres y mujeres estandardizados, en grupos uniformes. Todo el personal de una fábrica podía ser el producto de un solo óvulo bokanovskificado.

 –  ¡Noventa y seis mellizos trabajando en noventa y seis máquinas idénticas!  –  La voz del director casi temblaba de entusiasmo.  –  Sabemos muy bien adónde vamos. Por primera vez en la historia.  –  Citó la divisa planetaria  – : Comunidad, Identidad, Estabilidad.  –  Grandes palabras.  –  Si pudiéramos bokanovskificar indefinidamente, el problema estaría resuelto.

Resuelto por Gammas en serie, Deltas invariables, Epsilones uniformes. Millones de mellizos idénticos. El principio de la producción en masa aplicado, por fin, a la biología.

 –  Pero, por desgracia  –  añadió el director  – , no podemos bokanovskificar indefinidamente.

Al parecer, noventa y seis era el límite, y setenta y dos un buen promedio. Lo más que podían hacer, a falta de poder realizar aquel ideal, era manufacturar tantos grupos de   mellizos idénticos como fuese posible a partir del mismo ovario y con gametos del mismo macho. Y aun esto era difícil.

 –  Porque, por vías naturales, se necesitan treinta años para que doscientos óvulos alcancen la madurez. Pero nuestra tarea consiste en establecer la población en este momento, aquí y ahora. ¿De qué nos serviría producir mellizos con cuentagotas a lo largo de un cuarto de siglo? Evidentemente, de nada. Pero la técnica de Podsnap había acelerado inmensamente el proceso de la maduración. Ahora cabía tener la seguridad de conseguir como mínimo ciento cincuenta óvulos maduros en dos años. Fecundación y bokanovskificación  –  es decir, multiplicación por setenta y dos  – , aseguraban una producción media de casi once mil hermanos y hermanas en ciento cincuenta grupos de mellizos idénticos; y todo ello en el plazo de dos años.

 –  Y, en casos excepcionales, podemos lograr que un solo ovario produzca más de quince mil individuos adultos.

Volviéndose hacia un joven rubio y coloradote que en aquel momento pasaba por allá, lo llamó:  –  Mr. Foster. ¿Puede decimos cuál es la marca de un solo ovario, Mr. Foster?  –  Dieciséis mil doce en este Centro  –  contestó Mr. Foster sin vacilar. Hablaba con gran rapidez, tenía unos ojos azules muy vivos, y era evidente que le producía un intenso placer citar cifras.  –  Dieciséis mil doce, en ciento ochenta y nueve grupos de mellizos idénticos.

Pero, desde luego, se ha conseguido mucho más  –  prosiguió atropelladamente  –  en algunos centros tropicales. Singapur ha producido a menudo más de dieciséis mil quinientos; y Mombasa ha alcanzado la marca de los diecisiete mil. Claro que tienen muchas ventajas sobre nosotros. ¡Deberían ustedes ver cómo reacciona un ovario de negra a la pituitaria! Es algo asombroso, cuando uno está acostumbrado a trabajar con material europeo. Sin embargo  –  agregó, riendo (aunque en sus ojos brillaba el fulgor del combate y avanzaba la barbilla retadoramente)  – , sin embargo, nos proponemos batirles, si podemos. Actualmente estoy trabajando en un maravilloso ovario Delta – Menos. Sólo cuenta dieciocho meses de antigüedad. Ya ha producido doce mil setecientos hijos, decantados o en embrión. Y sigue fuerte. Todavía les ganaremos.

 –  ¡Éste es el espíritu que me gusta!  –  exclamó el director; y dio unas palmadas en el hombro de Mr. Foster.  –  Venga con nosotros y permita a estos muchachos gozar de los beneficios de sus conocimientos de experto.

Mr. Foster sonrió modestamente.

 –  Con mucho gusto  –  dijo.

Y siguieron la visita. En la Sala de Envasado reinaba una animación armoniosa y una actividad ordenada. Trozos de peritoneo de cerda, cortados ya a la medida adecuada, subían disparados en pequeños ascensores, procedentes del Almacén de órganos de los sótanos. Un zumbido, después un chasquido, y las puertas del ascensor se abrían de golpe; el Forrador de Envases sólo tenía que alargar la mano, coger el trozo, introducirlo en el frasco, alisarlo, y antes de que el envase debidamente forrado por el interior se hallara fuera de su alcance, transportado por la cinta sin fin, un zumbido, un chasquido, y otro trozo de peritoneo era disparado desde las profundidades, a punto para ser deslizado en el interior de otro frasco, el siguiente de aquella lenta procesión que la cinta transportaba.

  Después de los Forradores había los Matriculadores. La procesión avanzaba; uno a uno, los óvulos pasaban de sus tubos de ensayo a unos recipientes más grandes; diestramente, el forro de peritoneo era cortado, la morula situada en su lugar, vertida la solución salina... y ya el frasco había pasado y les llegaba la vez a los etiquetadores.

Herencia, fecha de fertilización, grupo de Bokanovsky al que pertenecía, todos estos detalles pasaban del tubo de ensayo al frasco. Sin anonimato ya, con sus nombres a través de una abertura de la pared, hacia la Sala de Predestinación Social.

 –  Ochenta y ocho metros cúbicos de fichas  –  dijo Mr. Foster, satisfecho, al entrar.

 –  Que contienen toda la información de interés  –  agregó el director.

 –  Puestas al día todas las mañanas.

 –  Y coordinadas todas las tardes.

 –  En las cuales se basan los cálculos.

 –  Tantos individuos, de tal y tal calidad  –  dijo Mr. Foster.

 –  Distribuidos en tales y tales cantidades.

 –  El óptimo porcentaje de Decantación en cualquier momento dado.

 –  Permitiendo compensar rápidamente las pérdidas imprevistas.

 –  Rápidamente  –  repitió Mr. Foster.  –  ¡Si supieran ustedes la cantidad de horas extras que tuve que emplear después del último terremoto en el Japón! Rió de buena gana y movió la cabeza.

 –  Los Predestinadores envían sus datos a los Fecundadores.

 –  Quienes les facilitan los embriones que solicitan.

 –  Y los frascos pasan aquí para ser predestinados concretamente.

 –  Después de lo cual vuelven a ser enviados al Almacén de Embriones.

 –  Adonde vamos a pasar ahora mismo.

Y, abriendo una puerta, Mr. Foster inició la marcha hacia una escalera que descendía al sótano.

La temperatura seguía siendo tropical. El grupo penetró en un ambiente iluminado con una luz crepuscular. Dos puertas y un pasadizo con un doble recodo aseguraban al sótano contra toda posible infiltración de la luz.

 –  Los embriones son como la película fotográfica  –  dijo Mr. Foster, jocosamente, al tiempo que empujaba la segunda puerta.  –  Sólo soportan la luz roja.

Y, en efecto, la bochornosa oscuridad en medio de la cual los estudiantes le seguían ahora era visible y escarlata como la oscuridad que se divisa con los ojos cerrados en plena tarde veraniega. Los voluminosos estantes laterales, con sus hileras interminables de botellas, brillaban como cuajados de rubíes, y entre los rubíes se movían los espectros rojos de mujeres y hombres con los ojos purpúreos y todos los síntomas del lupus. El zumbido de la maquinaria llenaba débilmente los aires.

 –  Déles unas cuantas cifras, Mr. Foster  –  dijo el director, que estaba cansado de hablar.

A Mr. Foster le encantó darles unas cuantas cifras.

Doscientos veinte metros de longitud, doscientos de anchura y diez de altura. Señaló hacia arriba. Como gallinitas bebiendo agua, los estudiantes levantaron los ojos hacia el elevado techo.

Tres grupos de estantes: a nivel del suelo, primera galería y segunda galería.

  La telaraña metálica de las galerías se perdía a lo lejos, en todas direcciones, en la oscuridad. Cerca de ellas, tres fantasmas rojos se hallaban muy atareados descargando damajuanas de una escalera móvil.

La escalera que procedía de la Sala de Predestinación Social.

Cada frasco podía ser colocado en uno de los quince estantes, cada uno de los cuales, aunque a simple vista no se notaba, era un tren que viajaba a razón de trescientos treinta y tres milímetros por hora. Doscientos sesenta y siete días, a ocho metros diarios. Dos mil ciento treinta y seis metros en total. Una vuelta al sótano a nivel del suelo, otra en la primera galería, media en la segunda, y, la mañana del día doscientos sesenta y siete, luz de día en la Sala de Decantación. La llamada existencia independiente.

 –  Pero en el intervalo  –  concluyó Mr. Foster  –  nos las hemos arreglado para hacer un montón de cosas con ellos. Ya lo creo, un montón de cosas.

 –  Éste es el espíritu que me gusta  –  volvió a decir el director.  –  Demos una vueltecita.

Cuénteselo usted todo, Mr. Foster.

Y Mr. Foster se lo contó todo.

Les habló del embrión que se desarrollaba en su lecho de peritoneo. Les dio a probar el rico sucedáneo de la sangre con que se alimentaba. Les explicó por qué había de estimularlo con placentina y tiroxina. Les habló del extracto de corpus luteum. Les enseñó las mangueras por medio de las cuales dicho extracto era inyectado automáticamente cada doce metros, desde cero hasta 2.040. Habló de las dosis gradualmente crecientes de pituitaria administradas durante los noventa y seis metros últimos del recorrido. Describió la circulación materna artificial instalada en cada frasco, en el metro ciento doce, les enseñó el depósito de sucedáneo de la sangre, la bomba centrífuga que mantenía al líquido en movimiento por toda la placenta y lo hacía pasar a través del pulmón sintético y el filtro de los desperdicios. Se refirió a la molesta tendencia del embrión a la anemia, a las dosis masivas de extracto de estómago de cerdo y de hígado de potro fetal que, en consecuencia, había que administrar.

Les enseñó el sencillo mecanismo por medio del cual, durante los dos últimos metros de cada ocho, todos los embriones eran sacudidos simultáneamente para que se acostumbraran al movimiento. Aludió a la gravedad del llamado trauma de la decantación y enumeró las precauciones que se tomaban para reducir al mínimo, mediante el adecuado entrenamiento del embrión envasado, tan peligroso shock. Les habló de las pruebas de sexo llevadas a cabo en los alrededores del metro doscientos. Explicó el sistema de etiquetaje: una T para los varones, un círculo para las hembras, y un signo de interrogación negro sobre fondo blanco para los destinados a hermafroditas.

 –  Porque, desde luego  –  dijo Mr. Foster  – , en la gran mayoría de los casos la fecundidad no es más que un estorbo. Un solo ovario fértil de cada mil doscientos bastaría para nuestros propósitos. Pero queremos poder elegir a placer. Y, desde luego, conviene siempre dejar un buen margen de seguridad. Por esto permitimos que hasta un treinta por ciento de embriones hembra se desarrollen normalmente. A los demás les administramos una dosis de hormona sexual femenina cada veinticuatro metros durante lo que les queda de trayecto. Resultado: son decantados como hermafroditas, completamente normales en su estructura, excepto  –  tuvo que reconocer  –  que tienen una ligera tendencia a echar barba, pero estériles. Con una esterilidad garantizada. Lo cual nos conduce por fin  –    prosiguió Mr. Foster  –  fuera del reino de la mera imitación servil de la Naturaleza para pasar al mundo mucho más interesante de la invención humana.

Se frotó las manos. Porque, desde luego, ellos no se limitaban meramente a incubar embriones; cualquier vaca podría hacerlo.

 –  También predestinamos y condicionamos. Decantamos nuestros críos como seres humanos socializados, como Alfas o Epsilones, como futuros poceros o futuros...  –  Iba a decir futuros Interventores Mundiales, pero rectificando a tiempo, dijo  – ...futuros Directores de Incubadoras.

El director agradeció el cumplido con una sonrisa.

Pasaban en aquel momento por el metro 320 del Estante nº 11. Un joven Beta – Menos, un mecánico, estaba atareado con un destornillador y una llave inglesa, trabajando en la bomba de sucedáneo de la sangre de una botella que pasaba. Cuando dio vuelta a las tuercas, el zumbido del motor eléctrico se hizo un poco más grave. Bajó más aún, y un poco más, otra vuelta a la llave inglesa, una mirada al contador de revoluciones, y terminó su tarea. El hombre retrocedió dos pasos en la hilera e inició el mismo proceso en la bomba del frasco siguiente.

 –  Está reduciendo el número de revoluciones por minuto  –  explicó Mr. Foster.  –  El sucedáneo circula más despacio; por consiguiente, pasa por el pulmón a intervalos más largos; por tanto, aporta menos oxígeno al embrión. No hay nada como la escasez de oxígeno para mantener a un embrión por debajo de lo normal.

Y volvió a frotarse las manos.

 –  ¿Y para qué quieren mantener a un embrión por debajo de lo normal?  –  preguntó un estudiante ingenuo.

 –  ¡Estúpido!  –  exclamó el director, rompiendo un largo silencio.  –  ¿No se le ha ocurrido pensar que un embrión de Epsilon debe tener un ambiente Epsilon y una herencia Epsilon también? Evidentemente, no se le había ocurrido. Quedó abochornado.

 –  Cuanto más baja es la casta  –  dijo Mr. Foster  – , menos debe escasear el oxígeno. El primer órgano afectado es el cerebro. Después el esqueleto. Al setenta por ciento del oxígeno normal se consiguen enanos. A menos del setenta, monstruos sin ojos. Que no sirven para nada  –  concluyó Mr. Foster.  –  En cambio (y su voz adquirió un tono confidencial y excitado), si lograran descubrir una técnica para abreviar el período de maduración, ¡qué gran triunfo, qué gran beneficio para la sociedad! » Piensen en el caballo  –  dijo.

Los alumnos pensaron en el caballo.

El caballo alcanza la madurez a los seis años; el elefante, a los diez. En tanto que el hombre, a los trece años aún no está sexualmente maduro, y sólo a los veinte alcanza el pleno conocimiento. De ahí la inteligencia humana, fruto de este desarrollo retardado.

 –  Pero en los Epsilones  –  dijo Mr. Foster, muy acertadamente  –  no necesitamos inteligencia humana.

No la necesitaban, y no la fabricaban. Pero, aunque la mente de un Epsilon alcanzaba la madurez a los diez años, el cuerpo del Epsilon no era apto para el trabajo hasta los dieciocho. Largos años de inmadurez superflua y perdida. Si el desarrollo físico pudiera acelerarse hasta que fuera tan rápido, digamos, como el de una vaca, ¡qué enorme ahorro para la comunidad!    –  ¡Enorme!  –  murmuraron los estudiantes.

El entusiasmo de Mr. Foster era contagioso.

Después se puso más técnico; habló de una coordinación endocrina anormal que era la causa de que los hombres crecieran tan lentamente, y sostuvo que esta anormalidad se debía a una mutación germinal. ¿Cabía destruir los efectos de esta mutación germinal? ¿Cabía devolver al individuo Epsilon, mediante una técnica adecuada, a la normalidad de los perros y de las vacas? Este era el problema.

Pilkinton, en Mombasa, había producido individuos sexualmente maduros a los cuatro años y completamente crecidos a los seis y medio. Un triunfo científico. Pero socialmente inútil. Los hombres y las mujeres de seis años eran demasiado estúpidos, incluso para realizar el trabajo de un Epsilon.

Y el método era de los del tipo todo o nada; o no se lograba modificación alguna, o tal modificación era en todos los sentidos. Todavía estaban luchando por encontrar el compromiso ideal entre adultos de veinte años y adultos de seis. Y hasta entonces sin éxito.

Su ronda a través de la luz crepuscular escarlata les había llevado a las proximidades del metro 170 del Estante 9. A partir de aquel punto, el Estante 9 estaba cerrado, y los frascos realizaban el resto de su viaje en el interior de una especie de túnel, interrumpido de vez en cuando por unas aberturas de dos o tres metros de anchura.

 –  Condicionamiento con respecto al calor  –  explicó Mr. Foster.

Túneles calientes alternaban con túneles fríos. El frío se aliaba a la incomodidad en la forma de intensos rayos X. En el momento de su decantación, los embriones sentían horror por el frío. Estaban predestinados a emigrar a los trópicos, a ser mineros, tejedores de seda al acetato o metalúrgicos. Más adelante, enseñarían a sus mentes a apoyar el criterio de su cuerpo.

 –  Nosotros los condicionamos de modo que tiendan hacia el calor  –  concluyo Mr.

Foster.  –  Y nuestros colegas de arriba les enseñarán a amarlo.

 –  Y éste  –  intervino el director sentenciosamente  – , éste es el secreto de la felicidad y la virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento tiende a esto: a lograr que la gente ame su inevitable destino social.

En un boquete entre dos túneles, una enfermera introducía una jeringa larga y fina en el contenido gelatinoso de un frasco que pasaba. Los estudiantes y sus guías permanecieron observándola unos momentos.

 –  Muy bien, Lenina  –  dijo Mr. Foster cuando, al fin, la joven retiró la jeringa y se incorporó.

La muchacha se volvió, sobresaltada. A pesar del lapsus y de los ojos de púrpura, se advertía que era excepcionalmente hermosa.

Su sonrisa, roja también, voló hacia él, en una hilera de rojos dientes.

 –  Encantadora, encantadora  –  murmuró el director.

Y, dándole una o dos palmaditas, recibió en correspondencia una sonrisa deferente, a él destinada.

 –  ¿Qué les da?  –  preguntó Mr. Foster, procurando adoptar un tono estrictamente profesional.

 –  Lo de siempre: el tifus y la enfermedad del sueño.

   –  Los trabajadores del trópico empiezan a ser inoculados en el metro 150  –  explicó Mr.

Foster a los estudiantes.  –  Los embriones todavía tienen agallas. Inmunizamos al pez contra las enfermedades del hombre futuro.  –  Luego, volviéndose a Lenina, añadió  – : A las cinco menos diez, en el tejado, esta tarde, como de costumbre.

 –  Encantadora  –  dijo el director una vez más.

Y, con otra palmadita, se alejó en pos de los otros.

En el estante número 10, hileras de la próxima generación de obreros químicos eran sometidos a un tratamiento para acostumbrarlos a tolerar el plomo, la sosa cáustica, el asfalto, la clorina... El primero de una hornada de doscientos cincuenta mecánicos de cohetes aéreos en embrión pasaba en aquel momento por el metro mil cien del estante 3.

Un mecanismo especial mantenía sus envases en constante rotación.

 –  Para mejorar su sentido del equilibrio  –  explicó Mr. Foster.  –  Efectuar reparaciones en el exterior de un cohete en el aire es una tarea complicada. Cuando están de pie, reducimos la circulación hasta casi matarlos, y doblamos el flujo del sucedáneo de la sangre cuando están cabeza abajo. Así aprenden a asociar esta posición con el bienestar; de hecho, sólo son felices de verdad cuando están así. Y ahora  –  prosiguió Mr. Foster  – , me gustaría enseñarles algún condicionamiento interesante para intelectuales Alfa – Más.

Tenemos un nutrido grupo de ellos en el estante número 5. Es el nivel de la Primera Galería  –  gritó a dos muchachos que habían empezado a bajar a la planta.  –  Están por los alrededores del metro 900  –  explicó.  –  No se puede efectuar ningún condicionamiento intelectual eficaz hasta que el feto ha perdido la cola.

Pero el director había consultado su reloj.

 –  Las tres menos diez  –  dijo.  –  Me temo que no habrá tiempo para los embriones intelectuales. Debemos subir a las Guarderías antes de que los niños despierten de la siesta de la tarde.

Mr. Foster pareció decepcionado.

 –  Al menos, una mirada a la Sala de Decantación  –  imploró.

 –  Bueno, está bien.  –  El director sonrió con indulgencia.  –  Pero sólo una ojeada.

 

CAPITULO II

 

Mr. Foster se quedó en la Sala de Decantación. El D.I.C. y sus alumnos entraron en el ascensor más próximo, que los condujo a la quinta planta.

Guardería infantil. Sala de Condicionamiento Neo – Pavloviano, anunciaba el rótulo de la entrada.

El director abrió una puerta. Entraron en una vasta estancia vacía, muy brillante y soleada, porque toda la pared orientada hacia el Sur era un cristal de parte a parte. Media docena de enfermeras, con pantalones y chaqueta de uniforme, de viscosilla blanca, los cabellos asépticamente ocultos bajo cofias blancas, se hallaban atareadas disponiendo jarrones con rosas en una larga hilera, en el suelo. Grandes jarrones llenos de flores.

Millares de pétalos, suaves y sedosos como las mejillas de innumerables querubes, pero de querubes, bajo aquella luz brillante, no exclusivamente rosados y arios, sino también luminosamente chinos y también mejicanos y hasta apopléticos a fuerza de soplar en   celestiales trompetas, o pálidos como la muerte, pálidos con la blancura póstuma del mármol.

Cuando el D.I.C. entró, las enfermeras se cuadraron rígidamente.

 –  Coloquen los libros  –  ordenó el director.

En silencio, las enfermeras obedecieron la orden. Entre los jarrones de rosas, los libros fueron debidamente dispuestos: una hilera de libros infantiles se abrieron invitadoramente mostrando alguna imagen alegremente coloreada de animales, peces o pájaros.

 –  Y ahora traigan a los niños.

Las enfermeras se apresuraron a salir de la sala y volvieron al cabo de uno o dos minutos; cada una de ellas empujaba una especie de carrito de té muy alto, con cuatro estantes de tela metálica, en cada uno de los cuales había un crío de ocho meses. Todos eran exactamente iguales (un grupo Bokanovsky, evidentemente) y todos vestían de color caqui, porque pertenecían a la casta Delta.

 –  Pónganlos en el suelo.

Los carritos fueron descargados.

 –  Y ahora sitúenlos de modo que puedan ver las flores y los libros.

Los chiquillos inmediatamente guardaron silencio, y empezaron a arrastrarse hacia aquellas masas de colores vivos, aquellas formas alegres y brillantes que aparecían en las páginas blancas. Cuando ya se acercaban, el sol palideció un momento, eclipsándose tras una nube. Las rosas llamearon, como a impulsos de una pasión interior; un nuevo y profundo significado pareció brotar de las brillantes páginas de los libros. De las filas de críos que gateaban llegaron pequeños chillidos de excitación, gorjeos y ronroneos de placer.

El director se frotó las manos.

 –  ¡Estupendo!  –  exclamó.  –  Ni hecho a propósito.

Los más rápidos ya habían alcanzado su meta. Sus manecitas se tendían, inseguras, palpaban, agarraban, deshojaban las rosas transfiguradas, arrugaban las páginas iluminadas de los libros. El director esperó verles a todos alegremente atareados. Entonces dijo:  –  Fíjense bien.

La enfermera jefe, que estaba de pie junto a un cuadro de mandos, al otro extremo de la sala, bajó una pequeña palanca. Se produjo una violenta explosión. Cada vez más aguda, empezó a sonar una sirena. Timbres de alarma se dispararon, locamente.

Los chiquillos se sobresaltaron y rompieron en chillidos; sus rostros aparecían convulsos de terror.

 –  Y ahora  –  gritó el director (porque el estruendo era ensordecedor)  – , ahora pasaremos a reforzar la lección con un pequeño shock eléctrico.

Volvió a hacer una señal con la mano, y la enfermera jefe pulsó otra palanca. Los chillidos de los pequeños cambiaron súbitamente de tono. Había algo desesperado, algo casi demencial, en los gritos agudos, espasmódicos, que brotaban de sus labios. Sus cuerpecitos se retorcían y cobraban rigidez; sus miembros se agitaban bruscamente, como obedeciendo a los tirones de alambres invisibles.

 –  Podemos electrificar toda esta zona del suelo  –  gritó el director, como explicación  – .

Pero ya basta.

E hizo otra señal a la enfermera.

  Las explosiones cesaron, los timbres enmudecieron, y el chillido de la sirena fue bajando de tono hasta reducirse al silencio. Los cuerpecillos rígidos y retorcidos se relajaron, y lo que había sido el sollozo y el aullido de unos niños desatinados volvió a convertirse en el llanto normal del terror ordinario.

 –  Vuelvan a ofrecerles las flores y los libros.

Las enfermeras obedecieron; pero ante la proximidad de las rosas, a la sola vista de las alegres y coloreadas imágenes de los gatitos, los gallos y las ovejas, los niños se apartaron con horror, y el volumen de su llanto aumentó súbitamente.

 –  Observen  –  dijo el director, en tono triunfal.  –  Observen.

Los libros y ruidos fuertes, flores y descargas eléctricas; en la mente de aquellos niños ambas cosas se hallaban ya fuertemente relacionadas entre sí; y al cabo de doscientas repeticiones de la misma o parecida lección formarían ya una unión indisoluble. Lo que el hombre ha unido, la Naturaleza no puede separarlo.

 –  Crecerán con lo que los psicólogos solían llamar un odio instintivo hacia los libros y las flores. Reflejos condicionados definitivamente. Estarán a salvo de los libros y de la botánica para toda su vida.  –  El director se volvió hacia las enfermeras.  –  Llévenselos.

Llorando todavía, los niños vestidos de caqui fueron cargados de nuevo en los carritos y retirados de la sala, dejando tras de sí un olor a leche agria y un agradable silencio.

Uno de los estudiantes levantó la mano; aunque comprendía perfectamente que no podía permitirse que los miembros de una casta baja perdieran el tiempo de la comunidad en libros, y que siempre existía el riesgo de que leyeran algo que pudiera, por desdicha, destruir uno de sus reflejos condicionados, sin embargo... bueno, no podía comprender lo de las flores. ¿Por qué tomarse la molestia de hacer psicológicamente imposible para los Deltas el amor a las flores? Pacientemente, el D.I.C. se explicó. Si se inducía a los niños a chillar a la vista de una rosa, ello obedecía a una alta política económica. No mucho tiempo atrás (aproximadamente un siglo), los Gammas, los Deltas y hasta los Epsilones habían sido condicionados de modo que les gustaran las flores; las flores en particular, y la naturaleza salvaje en general. El propósito, entonces, estribaba en inducirles a salir al campo en toda oportunidad, con el fin de que consumieran transporte.

 –  ¿Y no consumían transporte?  –  preguntó el estudiante.

 –  Mucho  –  contestó el D.I.C.  –  Pero sólo transporte.

Las prímulas y los paisajes, explicó, tienen un grave defecto: son gratuitos. El amor a la Naturaleza no da quehacer a las fábricas. Se decidió abolir el amor a la Naturaleza, al menos entre las castas más bajas; abolir el amor a la Naturaleza, pero no la tendencia a consumir transporte. Porque, desde luego, era esencial, que siguieran deseando ir al campo, aunque lo odiaran. El problema residía en hallar una razón económica más poderosa para consumir transporte que la mera afición a las prímulas y los paisajes. Y lo encontraron.

 –  Condicionamos a las masas de modo que odien el campo  –  concluyó el director  – .

Pero simultáneamente las condicionamos para que adoren los deportes campestres. Al mismo tiempo, velamos para que todos los deportes al aire libre entrañen el uso de aparatos complicados. Así, además de transporte, consumen artículos manufacturados. De ahí estas descargas eléctricas.

 –  Comprendo  –  dijo el estudiante.

  Y presa de admiración, guardó silencio.

El silencio se prolongó; después, aclarándose la garganta, el director empezó:  –  Tiempo ha, cuando Nuestro Ford estaba todavía en la Tierra, hubo un chiquillo que se llamaba Reuben Rabinovich. Reuben era hijo de padres de habla polaca. Usted sabe lo que es el polaco, desde luego.

 –  Una lengua muerta.

 –  Como el francés y el alemán  –  agregó otro estudiante, exhibiendo oficiosamente sus conocimientos.

 –  ¿Y padre?  –  preguntó el D.I.C.

Se produjo un silencio incómodo. Algunos muchachos se sonrojaron. Todavía no habían aprendido a identificar la significativa pero a menudo muy sutil distinción entre obscenidad y ciencia pura. Uno de ellos, al fin, logró reunir valor suficiente para levantar la mano.

 –  Los seres humanos antes eran...  –  vaciló; la sangre se le subió a las mejillas.  –  Bueno, eran vivíparos.

 –  Muy bien  –  dijo el director, en tono de aprobación.

 –  Y cuando los niños eran decantados...

 –  Cuando nacían  –  surgió la enmienda.

 –  Bueno, pues entonces eran los padres... Quiero decir, no los niños, desde luego, sino los otros.

El pobre muchacho estaba abochornado y confuso.

 –  En suma  –  resumió el director  – , Los padres eran el padre y la madre.  –  La obscenidad, que era auténtica ciencia, cayó como una bomba en el silencio de los muchachos, que desviaban las miradas.  –  Madre  –  repitió el director en voz alta, para hacerles entrar la ciencia; y, arrellanándose en su asiento, dijo gravemente.  –  Estos hechos son desagradables, lo sé. Pero la mayoría de los hechos históricos son desagradables.

Luego volvió al pequeño Reuben, al pequeño Reuben, en cuya habitación, una noche, por descuido, su padre y su madre (¡lagarto, lagarto!) se dejaron la radio en marcha.

(Porque deben ustedes recordar que en aquellos tiempos de burda reproducción vivípara, los niños eran criados siempre con sus padres y no en los Centros de Condicionamiento del Estado.) Mientras el chiquillo dormía, de pronto la radio empezó a dar un programa desde Londres y a la mañana siguiente, con gran asombro de sus lagarto y lagarto (los muchachos más atrevidos osaron sonreírse mutuamente), el pequeño Reuben se despertó repitiendo palabra por palabra una larga conferencia pronunciada por aquel curioso escritor antiguo (uno de los poquísimos cuyas obras se ha permitido que lleguen hasta nosotros), George Bernard Shaw, quien hablaba, de acuerdo con la probada tradición de entonces, de su propio genio.

Para los... (guiño y risita) del pequeño Reuben, esta conferencia era, desde luego, perfectamente incomprensible, y, sospechando que su hijo se había vuelto loco de repente, enviaron a buscar a un médico. Afortunadamente, éste entendía el inglés, reconoció el discurso que Shaw había radiado la víspera, comprendió el significado de lo ocurrido y envió una comunicación a las publicaciones médicas acerca de ello.

 –  El principio de la enseñanza durante el sueño, o hipnopedia, había sido descubierto.

El D.I.C. hizo una pausa efectista.

  El principio había sido descubierto; pero habían de pasar años, muchos años, antes de que tal principio fuese aplicado con utilidad.

 –  El caso del pequeño Reuben ocurrió sólo veintitrés años después de que Nuestro Ford lanzara al mercado su primer Modelo T.  –  Al decir estas palabras, el director hizo la señal de la T sobre su estómago, y todos los estudiantes le imitaron reverentemente.

Furiosamente, los estudiantes garrapateaban: Hipnopedia, empleada por primera vez oficialmente en 214 d. F. ¿Por qué no antes? Dos razones. (a)...

 –  Estos primeros experimentos  –  les decía el D.I.C.  –  seguían una pista falsa. Los investigadores creían que la hipnopedia podía convertirse en un instrumento de educación intelectual.

Un niño duerme sobre su costado derecho, con el brazo derecho estirado, la mano derecha colgando fuera de la cama. A través de un orificio enrejado, redondo, practicado en el lado de una caja, una voz habla suavemente: El Nilo es el río más largo de África y el segundo en longitud de todos los ríos del Globo. Aunque es poco menos largo que el Mississippi – Missouri, el Nilo es el más importante de todos los ríos del mundo en cuanto a la anchura de su cuenca, que se extiende a través de 35 grados de latitud...

A la mañana siguiente, alguien dice:  –  Tommy, ¿sabes cuál es el río más largo de África? El chiquillo niega con la cabeza.

 –  Pero, ¿no recuerdas algo que empieza: EI Nilo es el...?  – El – Nilo – es – el – río – más – largo – de – África – y – el – segundo – en – longitud – de – todos – los – ríos – del –  Globo  –  Las palabras brotan caudalosamente de sus labios.  –  Aunque – es – poco – menos largo –  que...

 –  Bueno, entonces, ¿cuál es el río más largo de África? Los ojos aparecen vacíos de expresión.

 –  No lo sé.

 –  Pues el Nilo, Tommy.

 –  ¿Cuál es el río más largo del mundo, Tommy? Tommy rompe a llorar.

 –  No lo sé  –  solloza.

Este llanto, según explicó el director, desanimó a los primeros investigadores. Los experimentos fueron abandonados. No se volvió a intentar enseñar a los niños, durante el sueño, la longitud del Nilo. Muy acertadamente. No se puede aprender una ciencia a menos que uno sepa de qué trata.

 –  Por el contrario, debían haber empezado por la educación inmoral  –  dijo el director, abriendo la marcha hacia la puerta. Los estudiantes le siguieron, garrapateando desesperadamente mientras caminaban hasta llegar al ascensor.  –  La educación moral, que nunca, en ningún caso, debe ser racional.

 –  Silencio, silencio  –  susurró un altavoz, cuando salieron del ascensor, en la decimocuarta planta, y silencio, silencio repetían incansables los altavoces, situados a intervalos en todos los pasillos. Los estudiantes y hasta el propio director empezaron a caminar automáticamente sobre las puntas de los pies. Sí, ellos eran Alfas, desde luego; pero también los Alfas han sido condicionados. Silencio, silencio. El aire todo de la planta decimocuarta vibraba con aquel imperativo categórico.

  Unos cincuenta metros recorridos de puntillas los llevaron ante una puerta que el director abrió cautelosamente. Cruzando el umbral, penetraron en la penumbra de un dormitorio cerrado. Ochenta camastros se alineaban junto a la pared. Se oía una respiración regular y ligera, y un murmullo continuo, como de voces muy débiles que susurraran a lo lejos.

En cuanto entraron, una enfermera se levantó y se cuadró ante el director.

 –  ¿Cuál es la lección de esta tarde?  –  preguntó éste.

 –  Durante los primeros cuarenta minutos tuvimos Sexo Elemental  –  contestó la enfermera.  –  Pero ahora hemos pasado a Conciencia de Clase Elemental.

El director paseó lentamente a lo largo de la larga hilera de literas. Sonrosados y relajados por el sueño, ochenta niños y niñas yacían, respirando suavemente. Debajo de cada almohada se oía un susurro. El D.I.C. se detuvo, e inclinándose sobre una de las camitas, escuchó atentamente.

 –  ¿Conciencia de Clase Elemental?  –  dijo el director.  –  Vamos a hacerlo repetir por el altavoz.

Al extremo de la sala un altavoz sobresalía de la pared. El director se acercó al mismo y pulsó un interruptor.

 – ...todos visten de color verde  –  dijo una voz suave pero muy clara, empezando en mitad de una frase  – , y los niños Delta visten todos de caqui. ¡Oh, no, yo no quiero jugar con niños Delta! Y los Epsilones todavía son peores. Son demasiado tontos para poder leer o escribir. Además, visten de negro, que es un color asqueroso. Me alegro mucho de ser un Beta.

Se produjo una pausa; después la voz continuó: Los niños Alfa visten de color gris.

Trabajan mucho más duramente que nosotros, porque son terriblemente inteligentes. De verdad, me alegro muchísimo de ser Beta, porque no trabajo tanto. Y, además, nosotros somos mucho mejores que los Gammas y los Deltas. Los Gammas son tontos. Todos visten de color verde, y los niños Delta visten todos de caqui. ¡Oh, no, yo no quiero jugar con niños Delta! Y los Epsilones todavía son peores. Son demasiado tontos para...

El director volvió a cerrar el interruptor. La voz enmudeció. Sólo su desvaído fantasma siguió susurrando desde debajo de las ochenta almohadas.

 –  Todavía se lo repetirán cuarenta o cincuenta veces antes de que despierten, y lo mismo en la sesión del jueves, y otra vez el sábado. Ciento veinte veces, tres veces por semana, durante treinta meses. Después de lo cual pueden pasar a una lección más adelantada.

Rosas y descargas eléctricas, el caqui de los Deltas y una vaharada de asafétida, indisolublemente relacionados entre sí antes de que el niño sepa hablar. Pero el condicionamiento sin palabras es algo tosco y burdo; no puede hacer distinciones más sutiles, no puede inculcar las formas de comportamiento más complejas. Para esto se precisan las palabras, pero palabras sin razonamiento. En suma, la hipnopedia.

 –  La mayor fuerza socializadora y moralizadora de todos los tiempos.

Los estudiantes lo anotaron en sus pequeños blocs. Directamente de labios de la ciencia personificada.

El director volvió a accionar el interruptor.

 – ...terriblemente inteligentes  –  estaba diciendo la voz suave, insinuante e incansable  – .

De verdad, me alegro muchísimo de ser Beta, porque...  –  No precisamente como gotas de   agua, a pesar de que el agua, es verdad, puede agujerear el más duro granito; más bien como gotas de lacre fundido, gotas que se adhieren, que se incrustan, que se incorporan a aquello encima de lo cual caen, hasta que, finalmente, la roca se convierte en un solo bloque escarlata.

 –  Hasta que, al fin, la mente del niño se transforma en esas sugestiones, y la suma de estas sugestiones es la mente del niño. Y no sólo la mente del niño, sino también la del adulto, a lo largo de toda su vida. La mente que juzga, que desea, que decide... formada por estas sugestiones. ¡Y estas sugestiones son nuestras sugestiones!  –  casi gritó el director, exaltado.  –  ¡Sugestiones del Estado!  –  Descargó un puñetazo encima de una mesa.  –  De ahí se sigue que...

Un rumor lo indujo a volverse.

 –  ¡Oh, Ford!  –  exclamó, en otro tono.  –  He despertado a los niños.

 

CAPITULO III

 

Fuera, en el jardín, era la hora del recreo. Desnudos bajo el cálido sol de junio, seiscientos o setecientos niños y niñas corrían de acá para allá lanzando agudos chillidos y jugando a la pelota, o permanecían sentados silenciosamente, entre las matas floridas, en parejas o en grupos de tres. Los rosales estaban en flor, dos ruiseñores entonaban un soliloquio en la espesura, y un cuco desafinaba un poco entre los tilos. El aire vibraba con el zumbido de las abejas y los helicópteros.

El director y los alumnos permanecieron algún tiempo contemplando a un grupo de niños que jugaban a la Pelota Centrífuga. Veinte de ellos formaban círculo alrededor de una torre de acero cromado. Había que arrojar la pelota a una plataforma colocada en lo alto de la torre; entonces la pelota caía por el interior de la misma hasta llegar a un disco que giraba velozmente, y salía disparada al exterior por una de las numerosas aberturas practicadas en la armazón de la torre. Y los niños debían atraparla.

 –  Es curioso  –  musitó el director, cuando se apartaron del lugar  – , es curioso pensar que hasta en los tiempos de Nuestro Ford la mayoría de los juegos se jugaban sin más aparatos que una o dos pelotas, unos pocos palos y a veces una red.

» Imaginen la locura que representa permitir que la gente se entregue a juegos complicados que en nada aumentan el consumo. Pura locura. Actualmente los Interventores no aprueban ningún nuevo juego, a menos que pueda demostrarse que exige cuando menos tantos aparatos como el más complicado de los juegos ya existentes.  –  Se interrumpió espontáneamente.  –  He aquí un grupito encantador  –  dijo, señalando.

En una breve extensión de césped, entre altos grupos de brezos mediterráneos, dos chiquillos, un niño de unos siete años y una niña que quizá tendría un año más, jugaban  –  gravemente y con la atención concentrada de unos científicos empeñados en una labor de investigación  –  a un rudimentario juego sexual.

 –  ¡Encantador, encantador!  –  repitió el D.I.C., sentimentalmente.

 –  Encantador  –  convinieron los muchachos, cortésmente.

Pero su sonrisa tenía cierta expresión condescendiente: hacía muy poco tiempo que habían abandonado aquellas diversiones infantiles, demasiado poco para poder   contemplarlas sin cierto desprecio. ¿Encantador? No eran más que un par de chiquillos haciendo el tonto; nada más. Chiquilladas.

 –  Siempre pienso...  –  empezó el director en el mismo tono sensiblero.

Pero lo interrumpió un llanto bastante agudo.

De unos matorrales cercanos emergió una enfermera que llevaba cogido de la mano un niño que lloraba. Una niña, con expresión ansiosa, trotaba pisándole los talones.

 –  ¿Qué ocurre?  –  preguntó el director.

La enfermera se encogió de hombros.

 –  No tiene importancia  –  contestó.  –  Sólo que este chiquillo parece bastante reacio a unirse en el juego erótico corriente. Ya lo había observado dos o tres veces. Y ahora vuelve a las andadas.

Empezó a llorar y...

 –  Honradamente  –  intervino la chiquilla de aspecto ansioso  – , yo no quise hacerle ningún daño.

Es la pura verdad.

 –  Claro que no, querida  –  dijo la enfermera, tranquilizándola.  –  Por esto  –  prosiguió, dirigiéndose de nuevo al director  –  lo llevo a presencia del Superintendente Ayudante de Psicología. Para ver si hay en él alguna anormalidad.

 –  Perfectamente  –  dijo el director.  –  Llévelo allá. Tú te quedas aquí, chiquilla  –  agregó, mientras la enfermera se alejaba con el niño, que seguía llorando.  –  ¿Cómo te llamas?  –  Polly Trotsky.

 –  Un nombre muy bonito, como tú  –  dijo el director.  –  Anda, ve a ver si encuentras a otro niño con quien jugar.

La niña echó a correr hacia los matorrales y se perdió de vista.

 –  ¡Exquisita criatura!  –  dijo el director, mirando en la dirección por donde había desaparecido; y volviéndose después hacia los estudiantes, prosiguió  – : Lo que ahora voy a decirles puede parecer increíble. Pero cuando no se está acostumbrado a la Historia, la mayoría de los hechos del pasado parecen increíbles.

Y les comunicó la asombrosa verdad. Durante un largo período de tiempo, antes de la época de Nuestro Ford, y aun durante algunas generaciones subsiguientes, los juegos eróticos entre chiquillos habían sido considerados como algo anormal (estallaron sonoras risas); y no sólo anormal, sino realmente inmoral (¡No!), y, en consecuencia, estaban rigurosamente prohibidos.

Una expresión de asombrosa incredulidad apareció en los rostros de sus oyentes. ¿Era posible que prohibieran a los pobres chiquillos divertirse? No podían creerlo.

 –  Hasta a los adolescentes se les prohibían  –  siguió el D.I.C.  – ; a los adolescentes como ustedes...

 –  ¡Es imposible!  –  Dejando aparte un poco de autoerotismo subrepticio y la homosexualidad, nada estaba permitido.

 –  ¿Nada?  –  En la mayoría de los casos, hasta que tenían más de veinte años.

 –  ¿Veinte años?  –  repitieron, como un eco, los estudiantes, en un coro de incredulidad.

 –  Veinte  –  repitió a su vez el director.  –  Ya les dije que les parecería increíble.

 –  Pero, ¿qué pasaba?  –  preguntaron los muchachos.  –  ¿Cuáles eran los resultados?    –  Los resultados eran terribles.

Una voz grave y resonante había intervenido inesperadamente en la conversación.

Todos se volvieron. A la vera del pequeño grupo se hallaba un desconocido, un hombre de estatura media y cabellos negros, nariz ganchuda, labios rojos y regordetes, y ojos oscuros, que parecían taladrar.

 –  Terribles  –  repitió.

En aquel momento, el D.I.C. se hallaba sentado en uno de los bancos de acero y caucho convenientemente esparcidos por todo el jardín; pero a la vista del desconocido saltó sobre sus pies y corrió a su encuentro, con las manos abiertas, sonriendo con todos sus dientes, efusivo.

 –  ¡Interventor! ¡Qué inesperado placer! Muchachos, ¿en qué piensan ustedes? Les presento al interventor; es Su Fordería Mustafá Mond.

En las cuatro mil salas del Centro, los cuatro mil relojes eléctricos dieron simultáneamente las cuatro. Voces etéreas sonaban por los altavoces:  –  Cesa el primer turno del día... Empieza el segundo turno del día... Cesa el primer turno del día...

En el ascensor, camino de los vestuarios, Henry Foster y el Director Ayudante de Predestinación daban la espalda intencionadamente a Bernard Marx, de la Oficina Psicológica, procurando evitar toda relación con aquel hombre de mala fama.

En el Almacén de Embriones, el débil zumbido y chirrido de las máquinas todavía estremecía el aire escarlata. Los turnos podían sucederse; una cara roja, luposa, podía ceder el lugar a otra; mayestáticamente y para siempre, los trenes seguían reptando con su carga de futuros hombres y mujeres.

Lenina Crowne se dirigió hacia la puerta.

¡Su Fordería Mustafá Mond! A los estudiantes casi se les salían los ojos de la cabeza.

¡Mustafá Mond! ¡El Interventor Residente de la Europa Occidental! ¡Uno de los Diez Interventores Mundiales! Uno de los Diez... y se sentó en el banco, con el D.I.C., e iba a quedarse, a quedarse, sí, y hasta a dirigirlos la palabra... ¡Directamente de labios del propio Ford! Dos chiquillos morenos emergieron de unos matorrales cercanos, les miraron un momento con ojos muy abiertos y llenos de asombro, y luego volvieron a sus juegos entre las hojas.

 –  Todos ustedes recuerdan  –  dijo el Interventor; con su voz fuerte y grave  – , todos ustedes recuerdan, supongo, aquella hermosa e inspirada frase de Nuestro Ford: La Historia es una patraña  –  repitió lentamente  – , una patraña.

Hizo un ademán con la mano, y fue como si con un visible plumero hubiese quitado un poco el polvo; y el polvo era Harappa, era Ur de Caldea; y algunas telarañas, y las telarañas eran Tebas y Babilonia, y Knosos y Micenas. Otro movimiento de plumero y desaparecieron Ulises, Job, Júpiter, Gautama y Jesús. Otro plumerazo, y fueron aniquiladas aquellas viejas motas de suciedad que se llamaron Atenas, Roma, Jerusalén y el Celeste Imperio. Otro, y el lugar donde había estado Italia quedó desierto. Otro, y desaparecieron las catedrales. Otro, otro, y afuera con el Rey Lear y los Pensamientos de Pascal. Otro, ¡y basta de Pasión! Otro, ¡y basta de Réquiem! Otro, ¡y basta de Sinfonía!; otro plumerazo y...

   –  ¿Irás al sensorama esta noche, Henry?  –  preguntó el Predestinador Ayudante.  –  Me han dicho que el film del Alhambra es estupendo. Hay una escena de amor sobre una alfombra de piel de oso; dicen que es algo maravilloso. Aparecen reproducidos todos los pelos del oso. Unos efectos táctiles asombrosos.

 –  Por esto no se les enseña Historia  –  decía el Interventor.  –  Pero ahora ha llegado el momento...

El D.I.C. le miró con inquietud. Corrían extraños rumores acerca de viejos libros prohibidos ocultos en una arca de seguridad en el despacho del Interventor. Biblias, poesías... ¡Ford sabía tantas cosas! Mustafá Mond captó su mirada ansiosa, y las comisuras de sus rojos labios se fruncieron irónicamente.

 –  Tranquilícese, director  –  dijo en leve tono de burla.  –  No voy a corromperlos.

El D.I.C. quedó abrumado de confusión.

Los que se sienten despreciados procuran aparecer despectivos. La sonrisa que apareció en el rostro de Bernard Marx era ciertamente despreciativa. ¡Todos los pelos del oso! ¡Vaya!  –  Haré todo lo posible por ir  –  dijo Henry Foster.

Mustafá Mond se inclinó hacia delante y agitó el dedo índice hacia ellos.

 –  Basta que intenten comprenderlo  –  dijo, y su voz provocó un extraño escalofrío en los diafragmas de sus oyentes.  –  Intenten comprender el efecto que producía tener una madre vivípara.

De nuevo aquella palabra obscena. Pero esta vez a ninguno se le ocurrió siquiera la posibilidad de sonreír.

 –  Intenten imaginar lo que significaba vivir con la propia familia.

Lo intentaron; pero, evidentemente, sin éxito.

 –  ¿Y saben ustedes lo que era un hogar? Todos movieron negativamente la cabeza.

Emergieron de su sótano oscuro y escarlata, Lenina Crowne subió diecisiete pisos, torció a la derecha al salir del ascensor, avanzó por un largo pasillo y, abriendo la puerta del Vestuario Femenino, se zambulló en un caos ensordecedor de brazos, senos y ropa interior. Torrentes de agua caliente caían en un centenar de bañeras o salían borboteando de ellas por los desagües. Zumbando y silbando, ochenta máquinas para masaje  –  que funcionaban a base de vacío y vibración  –  amasaban simultáneamente la carne firme y tostada por el sol de ochenta soberbios ejemplares femeninos que hablaban todos a voz en grito. Una máquina de Música Sintética susurraba un solo de supercorneta.

 –  Hola, Fanny  –  dijo Lenina a la muchacha que tenía el perchero y el armario junto al suyo.

Fanny trabajaba en la Sala de Envasado y se llamaba también Crowne de apellido. Pero como entre los dos mil millones de habitantes del planeta debían repartiese sólo diez mil nombres, esta coincidencia nada tenía de sorprendente.

  Lenina tiró de sus cremalleras, hacia abajo la de la chaqueta, hacia abajo, con ambas manos, las dos cremalleras de los pantalones, y hacia abajo también para la ropa interior, y, sin más que las medias y los zapatos, se dirigió hacia el baño.

Hogar, hogar... Unos pocos cuartitos, superpoblados por un hombre, una mujer periódicamente embarazada, y una turbamulta de niños y niñas de todas las edades. Sin aire, sin espacio; una prisión no esterilizada; oscuridad, enfermedades y malos olores.

(La evocación que el Interventor hizo del hogar fue tan vívida que uno de los muchachos, más sensible que los demás, palideció ante la mera descripción del mismo y estuvo a punto de marearse.) Lenina salió del baño, se secó con la toalla, cogió un largo tubo flexible incrustado en la pared, apuntó con él a su pecho, como si se dispusiera a suicidarse, y oprimió el gatillo.

Una oleada de aire caliente la cubrió de finísimos polvos de talco. Ocho diferentes perfumes y agua de Colonia se hallaban a su disposición con sólo maniobrar los pequeños grifos situados en el borde del lavabo. Lenina abrió el tercero de la izquierda, se perfumó con esencia de Chipre, y, llevando en la mano los zapatos y las medias, salió a ver si estaba libre alguno de los aparatos de masaje.

Y el hogar era tan mezquino psíquicamente como físicamente. Psíquicamente, era una conejera, un estercolero, lleno de fricciones a causa de la vida en común, hediondo a fuerza de emociones. ¡Cuántas intimidades asfixiantes, cuán peligrosas, insanas y obscenas relaciones entre los miembros del grupo familiar! Como una maniática, la madre se preocupaba constantemente por los hijos (sus hijos)..., se preocupaba por ellos como una gata por sus pequeños; pero como una gata que supiera hablar, una gata que supiera decir: Nene mío, nene mío una y otra vez. Nene mío, y, oh, en mi pecho, sus manitas, su hambre, y ese placer mortal e indecible! Hasta que al fin mi niño se duerme, mi niño se ha dormido con una gota de blanca leche en la comisura de su boca. Mi hijito duerme...

 –  Sí  –  dijo Mustafá Mond, moviendo la cabeza  – , con razón se estremecen ustedes.

 –  ¿Con quién saldrás esta noche?  –  preguntó Lenina, volviendo de su masaje con un resplandor rosado, como una perla iluminada desde dentro.

 –  Con nadie.

Lenina arqueó las cejas, asombrada.

 –  Últimamente no me he encontrado muy bien  –  explicó Fanny.  –  El doctor Wells me aconsejó tomar Sucedáneo de Embarazo.

 –  ¡Pero si sólo tienes diecinueve años! El primer Sucedáneo de Embarazo no es obligatorio hasta los veintiuno.

 –  Ya lo sé, mujer. Pero hay personas a quienes les conviene empezar antes. El doctor Wells me dijo que las morenas de pelvis ancha, como yo, deberían tomar el primer Sucedáneo de Embarazo a los diecisiete. De modo que en realidad llevo dos años de retraso y no de adelanto.

Abrió la puerta de su armario y señaló la hilera de cajas y ampollas etiquetadas del primer estante.

  «Jarabe de Corpus Luteum». Lenina leyó los nombres en voz alta. «Ovarina fresca, garantizada; fecha de caducidad: 1 de agosto de 632 d.F. Extracto de glándulas mamarias: tómese tres veces al día, antes de las comidas, con un poco de agua. Placentina; inyectar 5 cc. cada tres días (intravenosa)... »  –  ¡Uy!  –  estremecióse Lenina.  –  ¡Con lo poco que me gustan las intravenosas! ¿Y a ti?  –  Tampoco me gustan. Pero cuando son para nuestro bien...

Fanny era una muchacha particularmente juiciosa.

Nuestro Ford  –  o nuestro Freud, como, por alguna razón inescrutable, decidió llamarse él mismo cuando hablaba de temas psicológicos.  –  Nuestro Freud fue el primero en revelar los terribles peligros de la vida familiar. El mundo estaba lleno de padres, y, por consiguiente, estaba lleno de miseria; lleno de madres, y, por consiguiente, de todas las formas de perversión, desde el sadismo hasta la castidad; lleno de hermanos, hermanas, tíos, tías, y, por ende, lleno de locura y de suicidios.

 –  Y sin embargo, entre los salvajes de Samoa, en ciertas islas de la costa de Nueva Guinea...

El sol tropical relucía como miel caliente sobre los cuerpos desnudos de los chiquillos que retozaban promiscuamente entre las flores de hibisco. El hogar estaba en cualquiera de las veinte casas con tejado de hojas de palmera. En las Trobiands, la concepción era obra de los espíritus ancestrales; nadie había oído hablar jamás de padre.

 –  Los extremos se tocan  –  dijo el Interventor.  –  Por la sencilla razón de que fueron creados para tocarse.

 –  El doctor Wells dice que una cura de tres meses a base de Sucedáneo de Embarazo mejorará mi salud durante los tres o cuatro años próximos.

 –  Espero que esté en lo cierto  –  dijo Lenina.  –  Pero, Fanny, ¿de veras quieres decir que durante estos tres meses se supone que no vas a...?  –  ¡Oh, no, mujer! Sólo durante una o dos semanas, y nada más. Pasaré la noche en el club, jugando al Bridge Musical. Supongo que tú sí saldrás, ¿no? Lenina asintió con la cabeza.

 –  ¿Con quién?  –  Con Henry Foster.

 –  ¿Otra vez?  –  El rostro afable, un tanto lunar, de Fanny cobró una expresión de asombro dolido y reprobador.  –  ¡No me digas que todavía sales con Henry Foster! Madres y padres, hermanos y hermanas. Pero había también maridos, mujeres, amantes.

Había también monogamia y romanticismo.

 –  Aunque probablemente ustedes ignoren lo que es todo esto  –  dijo Mustafá Mond.

Los estudiantes asintieron.

Familia, monogamia, romanticismo. Exclusivismo en todo, en todo una concentración del interés, una canalización del impulso y la energía.

 –  Cuando lo cierto es que todo el mundo pertenece a todo el mundo  –  concluyó el Interventor, citando el proverbio hipnopédico.

  Los estudiantes volvieron a asentir, con énfasis, aprobando una afirmación que sesenta y dos mil repeticiones en la oscuridad les habían obligado a aceptar, no sólo como cierta sino como axiomático, evidente, absolutamente indiscutible.

 –  Bueno, al fin y al cabo  –  protestó Lenina  –  sólo hace unos cuatro meses que salgo con Henry.

 –  ¡Sólo cuatro meses! ¡Me gusta! Y lo que es peor  –  prosiguió Fanny, señalándola con un dedo acusador  –  es que en todo este tiempo no ha habido en tu vida nadie, excepto Henry, ¿verdad? Lenina se sonrojó violentamente; pero sus ojos y el tono de su voz siguieron desafiando a su amiga.

 –  No, nadie más  –  contestó, casi con truculencia.  –  Y no veo por qué debería haber habido alguien más.

 –  ¡Vaya! ¡La niña no ve por qué!  –  repitió Fanny, como dirigiéndose a un invisible oyente situado detrás del hombro izquierdo de Lenina. Luego, cambiando bruscamente de tono, añadió  – : En serio. La verdad es que creo que deberías andar con cuidado. Está muy mal eso de seguir así con el mismo hombre. A los cuarenta o cuarenta y cinco años, todavía... Pero, ¡a tu edad, Lenina! No. no puede ser. Y sabes muy bien que el D.I.C. se opone firmemente a todo lo que sea demasiado intenso o prolongado...

 –  Imaginen un tubo que encierra agua a presión.  –  Los estudiantes se lo imaginaron  – .

Practico en el mismo un solo agujero  –  dijo el Interventor.  –  ¡Qué hermoso chorro! Lo agujereó veinte veces. Brotaron veinte mezquinas fuentecitas.

«Hijo mío. Hijo mío...» «¡Madre!» La locura es contagiosa.

«Amor mío, mi único amor, preciosa, preciosa...» Madre, monogamia, romanticismo... La fuente brota muy alta; el chorro surge con furia, espumante. La necesidad tiene una sola salida. Amor mío, hijo mío. No es extraño que aquellos pobres premodernos estuviesen locos y fuesen desdichados y miserables. Su mundo no les permitía tomar las cosas con calma, no les permitía ser juiciosos, virtuosos, felices. Con madres y amantes, con prohibiciones para cuya obediencia no habían sido condicionados, con las tentaciones y los remordimientos solitarios, con todas las enfermedades y el dolor eternamente aislante, no es de extrañar que sintieran intensamente las cosas y sintiéndolas así (y, peor aún, en soledad, en un aislamiento individual sin esperanzas), ¿cómo podían ser estables?  –  Claro que no tienes necesidad de dejarle. Pero sal con algún otro de vez en cuando.

Esto basta. El va con otras muchachas, ¿no es verdad? Lenina lo admitió.

 –  Claro que sí. Henry Foster es un perfecto caballero, siempre correcto. Además, tienes que pensar en el director. Ya sabes que es muy quisquilloso...

Asintiendo con la cabeza, Lenina dijo:  –  Esta tarde me ha dado una palmadita en el trasero.

   –  ¿Lo ves?  –  Fanny se mostraba triunfal.  –  Esto te demuestra qué es lo que importa por encima de todo. El convencionalismo más estricto.

 –  Estabilidad  –  dijo el Interventor  – , estabilidad. No cabe civilización alguna sin estabilidad social. Y no hay estabilidad social sin estabilidad individual.

Su voz sonaba como una trompeta. Escuchándole, los estudiantes se sentían más grandes, más ardientes.

La máquina gira, gira, y debe seguir girando, siempre. Si se para, es la muerte. Un millar de millones se arrastraban por la corteza terrestre. Las ruedas empezaron a girar. En ciento cincuenta años llegaron a los dos mil millones. Párense todas las ruedas. Al cabo de ciento cincuenta semanas de nuevo hay sólo mil millones; miles y miles de hombres y mujeres han perecido de hambre.

Las ruedas deben girar continuamente, pero no al azar. Debe haber hombres que las vigilen, hombres tan seguros como las mismas ruedas en sus ejes, hombres cuerdos, obedientes, estables en su contentamiento.

Si gritan: «Hijo mío, madre mía, mi único amor»; si murmuran: «Mi pecado, mi terrible Dios»; si chillan de dolor, deliran de fiebre, sufren a causa de la vejez y la pobreza...

¿cómo pueden cuidar de las ruedas? Y si no pueden cuidar de las ruedas... Sería muy difícil enterrar o quemar los cadáveres de millares y millares y millares de hombres y mujeres.

 –  Y al fin y al cabo  –  el tono de voz de Fanny era un arrullo  – , no veo que haya nada doloroso o desagradable en el hecho de tener a uno o dos hombres además de Henry.

Teniendo en cuenta todo esto, deberías ser un poco más promiscua...

 –  Estabilidad  –  insistió el Interventor  – , estabilidad. La necesidad primaria y última.

Estabilidad. De ahí todo esto.

Con un movimiento de la mano señaló los jardines, el enorme edificio del Centro de Condicionamiento, los niños desnudos semiocultos en la espesura o corriendo por los prados.

Lenina movió negativamente la cabeza.

 –  No sé por qué  –  musitó  –  últimamente no me he sentido muy bien dispuesta a la promiscuidad. Hay momentos en que una no debe. ¿Nunca lo has sentido así, Fanny? Fanny asintió con simpatía y comprensión.

 –  Pero es preciso hacer un esfuerzo  –  dijo sentenciosamente  – , es preciso tomar parte en el juego. Al fin y al cabo, todo el mundo pertenece a todo el mundo.

 –  Sí, todo el mundo pertenece a todo el mundo  –  repitió Lenina lentamente; y, suspirando, guardó silencio un momento; después, cogiendo la mano de Fanny, se la estrechó ligeramente.  –  Tienes toda la razón, Fanny. Como siempre. Haré ese esfuerzo.

Los impulsos coartados se derraman, y el derrame es sentimiento, el derrame es pasión, el derrame es incluso locura; ello depende de la fuerza de la corriente. y de la altura y la resistencia del dique. La corriente que no es detenida por ningún obstáculo fluye suavemente, bajando por los canales predestinados hasta producir un bienestar tranquilo.

  El embrión está hambriento; día tras día, la bomba de sucedáneo de la sangre gira a ochocientas revoluciones por minuto. El niño decantado llora; inmediatamente aparece una enfermera con un frasco de secreción externa. Los sentimientos proliferan en el intervalo de tiempo entre el deseo y su consumación. Abreviad este intervalo, derribad esos viejos diques innecesarios.

 –  ¡Afortunados muchachos!  –  dijo el Interventor.  –  No se ahorraron esfuerzos para hacer que sus vidas fuesen emocionalmente fáciles, para preservarles, en la medida de lo posible, de toda emoción.

 –  ¡Ford está en su viejo carromato!  –  murmuró el D.I.C..  –  Todo marcha bien en el mundo.

 –  ¿Lenina Crowne?  –  dijo Henry Foster, repitiendo la pregunta del Predestinador Ayudante mientras cerraba la cremallera de sus pantalones.  –  Es una muchacha estupenda.

Maravillosamente neumática. Me sorprende que no la hayas tenido.

 –  La verdad es que no comprendo cómo pudo ser  –  dijo el Predestinador Ayudante  – .

Pero lo haré. En la primera ocasión.

Desde su lugar, en el extremo opuesto de la nave del vestuario, Bernard Marx oyó lo que decían y palideció.

 –  Si quieres que te diga la verdad  –  dijo Lenina  – , lo cierto es que empiezo a aburrirme un poco a fuerza de no tener más que a Henry día tras día.  –  Se puso la media de la pierna izquierda.  –  ¿Conoces a Bernard Marx?  –  preguntó en un tono cuya excesiva indiferencia era evidentemente forzada.

Fanny pareció sobresaltada.

 –  No me digas que...

 –  ¿Por qué no? Bernard es un Alfa – Más.

Además, me pidió que fuera a una de las Reservas para Salvajes con él. Siempre he deseado ver una Reserva para Salvajes.

 –  Pero ¿y su mala fama?  –  ¿Qué me importa su reputación?  –  Dicen que no le gusta el Golf de Obstáculos.

 –  Dicen, dicen...  –  se burló Lenina.  –  Además, se pasa casi todo el tiempo solo, solo.

En la voz de Fanny sonaba una nota de horror.

 –  Bueno, en todo caso no estará tan solo cuando esté conmigo. No sé por qué todo el mundo lo trata tan mal. Yo lo encuentro muy agradable.

Sonrió para sí; ¡cuán absurdamente tímido se había mostrado Bernard! Asustado casi, como si ella fuese un Interventor Mundial y él un mecánico Gamma – Menos.

 –  Consideren sus propios gustos  –  dijo Mustafá Mond.  –  ¿Ha encontrado jamás alguno de ustedes un obstáculo insalvable? La pregunta fue contestada con un silencio negativo.

 –  ¿Alguno de ustedes se ha visto jamás obligado a esperar largo tiempo entre la conciencia de un deseo y su satisfacción?  –  Bueno...  –  empezó uno de los muchachos; y vaciló.

 –  Hable  –  dijo el D.I.C..  –  No haga esperar a Su Fordería.

   –  Una vez tuve que esperar casi cuatro semanas antes de que la muchacha que yo deseaba me permitiera ir con ella.

 –  ¿Y sintió usted una fuerte emoción?  –  ¡Horrible!  –  Horrible; exactamente  –  dijo el Interventor.  –  Nuestros antepasados eran tan estúpidos y cortos de miras que cuando aparecieron los primeros reformadores y ofrecieron librarles de estas horribles emociones, no quisieron ni escucharles.

 –  Hablan de ella como si fuese un trozo de carne.  –  Bernard rechinó los dientes.  –  La he probado, no la he probado. Como un cordero. La rebajan a la categoría de cordero, ni más ni menos. Ella dijo que lo pensaría y que me contestaría esta semana. ¡Oh, Ford, Ford, Ford! Sentía deseos de acercarse a ellos y pegarles en la cara, duro, fuerte, una y otra vez.

 –  De veras, te aconsejo que la pruebes  –  decía Henry Foster.

 –  ¡Es tan feo!  –  dijo Fanny.

 –  Pues a mí me gusta su aspecto.

 –  ¡Y tan bajo! Fanny hizo una mueca; la poca estatura era típica de las castas bajas.

 –  Yo lo encuentro muy simpático  –  dijo Lenina.  –  Me hace sentir deseos de mimarlo.

¿Entiendes? Como a un gato.

Fanny estaba sorprendida y disgustada.

 –  Dicen que alguien cometió un error cuando todavía estaba envasado; creyó que era un Gamma y puso alcohol en su ración de sucedáneo de la sangre. Por esto es tan canijo.

 –  ¡Qué tontería! Lenina estaba indignada.

 –  La enseñanza mediante el sueño estuvo prohibida en Inglaterra. Había allá algo que se llamaba Liberalismo. El Parlamento, suponiendo que ustedes sepan lo que era, aprobó una ley que la prohibía. Se conservan los archivos. Hubo discursos sobre la libertad, a propósito de ello. Libertad para ser consciente y desgraciado. Libertad para ser una clavija redonda en un agujero cuadrado.

 –  Pero, mi querido amigo, con mucho gusto, te lo aseguro. Con mucho gusto.  –  Henry Foster dio unas palmadas al hombro del Predestinador Ayudante.  –  Al fin y al cabo, todo el mundo pertenece a todo el mundo.

«Cien repeticiones tres noches por semana, durante cuatro años  –  pensó Bernard Marx, que era especialista en hipnopedia.  –  Sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones crean una verdad. ¡Idiotas!»  –  O el sistema de Castas. Constantemente propuesto, constantemente rechazado.

Existía entonces la llamada democracia. Como si los hombres fuesen iguales no sólo fisicoquímicamente.

   –  Bueno, lo único que puedo decir es que aceptaré su invitación.

Bernard los odiaba, los odiaba. Pero eran dos, y eran altos y fuertes.

 –  La Guerra de los Nueve Años empezó en el año 141 d. F.

 –  Aunque fuese verdad lo de que le pusieron alcohol en el sucedáneo de la sangre.

 –  Cosa que, simplemente, no puedo creer  –  concluyó Lenina.

 –  El estruendo de catorce mil aviones avanzando en formación abierta. Pero en la Kurfurstendamm y en el Huitiéme Arrondissement, la explosión de las bombas de ántrax apenas produce más ruido que el de una bolsa de papel al estallar,  –  Porque quiero ver una Reserva de Salvajes.

 –  CH C H (NO)2 + Hg (CNO2) = ¿a qué? Un enorme agujero en el suelo, un montón de ruinas, algunos trozos de carne y de mucus, un pie, con la bota puesta todavía, que vuela por los aires y aterriza, ¡plas!, entre los geranios, los geranios rojos... ¡Qué espléndida floración, aquel verano!  –  No tienes remedio, Lenina; te dejo por lo que eres.

 –  La técnica rusa para infectar las aguas era particularmente ingeniosa.

De espaldas, Fanny y Lenina siguieron vistiéndose en silencio.

 –  La Guerra de los Nueve Años, el gran Colapso Económico. Había que elegir entre Dominio Mundial o destrucción. Entre estabilidad y...

 –  Fanny Crowne también es una chica estupenda  –  dijo el Predestinador Ayudante.

En las Guarderías, la lección de Conciencia de Clase Elemental había terminado, y ahora las voces se encargaban de crear futura demanda para la futura producción industrial. Me gusta volar  –  murmuraban  – , me gusta volar, me gusta tener vestidos nuevos, me gusta...

 –  El liberalismo, desde luego, murió de ántrax.

Pero las cosas no pueden hacerse por la fuerza.

 –  No tan neumática como Lenina. Ni mucho menos.

 –  Pero los vestidos viejos son feísimos  –  seguía diciendo el incansable murmullo  – .

Nosotros siempre tiramos los vestidos viejos. Tirarlos es mejor que remendarlos, tirarlos es mejor que remendarlos, tirarlos es mejor...

   –  Gobernar es legislar, no pegar. Se gobierna con el cerebro y las nalgas, nunca con los puños. Por ejemplo, había la obligación de consumir, el consumo obligatorio...

 –  Bueno, ya estoy  –  dijo Lenina; pero Fanny seguía muda y dándole la espalda  – .

Hagamos las paces  – , querida Fanny.

 –  Todos los hombres, las mujeres y los niños eran obligados a consumir un tanto al año.

En beneficio de la industria. El único resultado...

 –  Tirarlos es mejor que remendarlos. A más remiendos, menos dinero; a más remiendos, menos dinero; a más remiendos...

 –  Cualquier día  –  dijo Fanny, con énfasis dolorido  –  vas a meterte en un lío.

 –  La oposición consciente en gran escala. Cualquier cosa con tal de no consumir.

Retorno a la Naturaleza.

 –  Me gusta volar, me gusta volar.

 –  ¿Estoy bien?  –  preguntó Lenina.

Llevaba una chaqueta de tela de acetato verde botella, con puños y cuello de viscosa verde.

 –  Ochocientos partidarios de la Vida Sencilla fueron liquidados por las ametralladoras en Golders Green.

 –  Tirarlos es mejor que remendarlos, tirarlos es mejor que remendarlos.

 –  Luego se produjo la matanza del Museo Británico. Dos mil fanáticos de la cultura gaseados con sulfuro de dicloretil.

Un gorrito de jockey verde y blanco sombreaba los ojos de Lenina; sus zapatos eran de un brillante color verde, y muy lustrosos.

 –  Al fin  –  dijo Mustafá Mond  – , los Interventores comprendieron que el uso de la fuerza era inútil. Los métodos más lentos, pero infinitamente más seguros, de la Ectogenesia, el condicionamiento neo – Pavloviano y la hipnopedia...

Y alrededor de la cintura, Lenina llevaba una cartuchera de sucedáneos de cuero verde, montada en plata, completamente llena (puesto que Lenina no era hermafrodita) de productos anticoncepcionales reglamentarios.

 –  Al fin se emplearon los descubrimientos de Pfitzner y Kawaguchi. Una propaganda intensiva contra la reproducción vivípara...

   –  ¡Perfecta...!  –  gritó Fanny, entusiasmada. Nunca podía resistirse mucho rato al hechizo de Lenina.  –  ¡Qué cinturón Maltusiano tan mono!  –  Coordinaba con una campaña contra el Pasado; con el cierre de los museos, la voladura de los monumentos históricos (afortunadamente la mayoría de ellos ya habían sido destruidos durante la Guerra de los Nueve años); con la supresión de todos los libros publicados antes del año 150 d.F...

 –  No cesaré hasta conseguir uno igual  –  dijo Fanny.

 –  Había una cosa que llamaban pirámides, por ejemplo.

 –  Mi vieja bandolera de charol...

 –  Y un tipo llamado Shakespeare. Claro que ustedes no han oído hablar jamás de estas cosas.

 –  Es una auténtica desgracia, mi bandolera.

 –  Éstas son las ventajas de una educación realmente científica.

 –  A más remiendos, menos dinero; a más remiendos, menos...

 –  La introducción del primer modelo T de Nuestro Ford...

 –  Hace ya cerca de tres meses que lo llevo...

 – ...fue elegida como fecha de iniciación de la nueva Era.

 –  Tirarlos es mejor que remendarlos; tirarlos es mejor...

 –  Había una cosa, como dije antes, llamada Cristianismo.

 –  Tirarlos es mejor que remendarlos.

 –  La moral y la filosofía del subconsumo...

 –  Me gustan los vestidos nuevos, me gustan los vestidos nuevos, me gustan...

 –  Tan esenciales cuando había subproducción; pero en una época de máquinas y de la fijación del nitrógeno, eran un auténtico crimen contra la sociedad.

 –  Me lo regaló Henry Foster.

   –  Se cortó el remate a todas las cruces y quedaron convertidas en T. Había también una cosa llamada Díos.

 –  Es verdadera imitación de tafilete.

 –  Ahora tenemos el Estado Mundial. Y las fiestas del Día de Ford, y los Cantos de la Comunidad, y los Servicios de Solidaridad.

«¡Ford, cómo los odio!», pensaba Bernard Marx.

 –  Había otra cosa llamada Cielo; sin embargo, solían beber enormes cantidades de alcohol.

«Como carne; exactamente lo mismo que si fuera carne.»  –  Habla una cosa llamada alma y otra llamada inmortalidad.

 –  Pregúntale a Henry dónde lo consiguió.

 –  Pero solían tomar morfina y cocaína.

«Y lo peor del caso es que ella es la primera en considerarse como simple carne».

 –  En el año 178 d.F., se subvencionó a dos mil farmacólogos y bioquímicos...

 –  Parece malhumorado  –  dijo el Predestinador Ayudante, señalando a Bernard Marx.

 –  Seis años después se producía ya comercialmente la droga perfecta.

 –  Vamos a tirarle de la lengua.

 –  Eufórica, narcótica, agradablemente alucinante.

 –  Estás melancólico, Marx.  –  La palmada en la espalda lo sobresaltó. Levantó los ojos.

Era aquel bruto de Henry Foster.  –  Necesitas un gramo de soma.

 –  Todas las ventajas del cristianismo y del alcohol; y ninguno de sus inconvenientes.

«¡Ford, me gustaría matarle!» Pero no hizo más que decir: «No, gracias», al tiempo que rechazaba el tubo de tabletas que le ofrecía.

 –  Uno puede tomarse unas vacaciones de la realidad siempre que se le antoje, y volver de las mismas sin siquiera un dolor de cabeza o una mitología.

 –  Tómalo  –  insistió Henry Foster  – , tómalo.

   –  La estabilidad quedó prácticamente asegurada.

 –  Un solo centímetro cúbico cura diez sentimientos melancólicos  –  dijo el Presidente Ayudante, citando una frase de sabiduría hipnopédica.

 –  Sólo faltaba conquistar la vejez.

 –  ¡Al cuerno!  –  gritó Bernard Marx.  –  ¡Qué picajoso!  –  Hormonas gonadales, transfusión de sangre joven, sales de magnesio...

 –  Y recuerda que un gramo es mejor que un taco.

Y los dos salieron, riendo.

 –  Todos los estigmas fisiológicos de la vejez han sido abolidos. Y con ellos, naturalmente...

 –  No se te olvide preguntarle lo del cinturón Maltusiano  –  dijo Fanny.

 – ...Y con ellos, naturalmente, todas las peculiaridades mentales del anciano. Los caracteres permanecen constantes a través de toda la vida.

 – ...dos vueltas de Golf de Obstáculos que terminar antes de que oscurezca. Tengo que darme prisa.

 –  Trabajo, juegos... A los sesenta años nuestras fuerzas son exactamente las mismas que a los diecisiete. En la Antigüedad, los viejos solían renunciar, retirarse, entregarse a la religión, pasarse el tiempo leyendo, pensando... ¡Pensando! «¡Idiotas, cerdos!», se decía Bernard Marx, mientras avanzaba por el pasillo en dirección al ascensor.

En la actualidad el progreso es tal que los ancianos trabajan, los ancianos cooperan, los ancianos no tienen tiempo ni ocios que no puedan llenar con el placer, ni un solo momento para sentarse y pensar; y si por desgracia se abriera alguna rendija de tiempo en la sólida sustancia de sus distracciones, siempre queda el soma, el delicioso soma, medio gramo para una tarde de asueto, un gramo para un fin de semana, dos gramos para un viaje al bello Oriente, tres para una oscura eternidad en la luna; y vuelven cuando se sienten ya al otro lado de la grieta, a salvo en la tierra firme del trabajo y la distracción cotidianos, pasando de sensorama a sensorama, de muchacha a muchacha neumática, de Campo de Golf Electromagnético a...

   –  ¡Fuera, chiquilla!  –  gritó el D.I.C., enojado.  –  ¡Fuera, peque! ¿No veis que el Interventor está atareado? ¡Id a hacer vuestros juegos eróticos a otra parte!  –  ¡Pobres chiquillos!  –  dijo el Interventor.

Lenta, majestuosamente, con un débil zumbido de maquinaria, los trenes seguían avanzando, a razón de trescientos treinta y tres milímetros por hora. En la rojiza oscuridad centelleaban innumerables rubíes.

 

CAPITULO IV

 

1

El ascensor estaba lleno de hombres procedentes de los vestuarios Alfa, y la entrada de Lenina provocó muchas sonrisas y cabezadas amistosas. Lenina era una chica muy popular, y, en una u otra ocasión, había pasado alguna noche con casi todos ellos.

Buenos muchachos  –  pensaba Lenina Crowne, al tiempo que correspondía a sus saludos.  –  ¡Encantadores! Sin embargo, hubiese preferido que George Edsel no tuviera las orejas tan grandes. Quizá le habían administrado una gota de más de paratiroides en el metro 328. Y mirando a Benito Hoover no podía menos de recordar que era demasiado peludo cuando se quitó la ropa.

Al volverse, con los ojos un tanto entristecidos por el recuerdo de la rizada negrura de Benito, vio en un rincón el cuerpecillo canijo y el rostro melancólico de Bernard Marx.

 –  ¡Bernard!  –  exclamó, acercándose a él.  –  Te buscaba.

Su voz sonó muy clara por encima del zumbido del ascensor. Los demás se volvieron con curiosidad.

 –  Quería hablarte de nuestro plan de Nuevo Méjico.

Por el rabillo del ojo vio que Benito Hoover se quedaba boquiabierto de asombro. ¡No me sorprendería que esperara que le pidiera ir con él otra vez!, se dijo Lenina. Luego, en vez alta, y con más valor todavía, prosiguió:  –  Me encantaría ir contigo toda una semana, en julio.  –  En todo caso, estaba demostrando públicamente su infidelidad para con Henry. Fanny debería aprobárselo, aunque se tratara de Bernard.  –  Es decir, si todavía sigues deseándome  –  acabó Lenina, dirigiéndole la más deliciosamente significativa de sus sonrisas.

Bernard se sonrojó intensamente. ¿Por qué?, se preguntó Lenina, asombrada pero al mismo tiempo conmovida por aquel tributo a su poder.

 –  ¿No sería mejor hablar de ello en cualquier otro sitio?  –  tartajeo Bernard, mostrándose terriblemente turbado.

Como si le hubiese dicho alguna inconveniencia  –  pensó Lenina.  –  No se mostraría más confundido si le hubiese dirigido una broma sucia, si le hubiese preguntado quién es su madre, o algo por el estilo.

 –  Me refiero a que..., con toda esta gente por aquí...

La carcajada de Lenina fue franca y totalmente ingenua.

   –  ¡Qué divertido eres!  –  dijo; y de veras lo encontraba divertido.  –  Espero que cuando menos me avises con una semana de antelación  –  prosiguió en otro tono.  –  Supongo que tomaremos el Cohete Azul del Pacífico. ¿Despega de la Torre de Charing – T? ¿O de Hampstead? Antes de que Bernard pudiera contestar, el ascensor se detuvo.

 –  ¡Azotea!  –  gritó una voz estridente.

El ascensorista era una criatura simiesca, que lucía la túnica negra de un semienano Epsilon – Menos.

 –  ¡Azotea! El ascensorista abrió las puertas de par en par. La cálida gloria de la luz de la tarde le sobresaltó y le obligó a parpadear.

 –  ¡Oh, azotea!  –  repitió, como en éxtasis. Era como si, súbita y alegremente, hubiese despertado de un sombrío y anonadante sopor.  –  ¡Azotea! Con una especie de perruna y expectante adoración, levantó la cara para sonreír a sus pasajeros.

Entonces sonó un timbre, y desde el techo del ascensor un altavoz empezó, muy suave, pero imperiosamente a la vez, a dictar órdenes.

 –  Baja  –  dijo.  –  Baja. Planta decimoctava. Baja, baja. Planta decimoctava. Baja, ba...

El ascensorista cerró de golpe las puertas, pulsó un botón e inmediatamente se sumergió de nuevo en la luz crepuscular del ascensor; la luz crepuscular de su habitual estupor.

En la azotea reinaban la luz y el calor. La tarde veraniega vibraba al paso de los helicópteros que cruzaban los aires; y el ronroneo más grave de los cohetes aéreos que pasaban veloces, invisibles, a través del cielo brillante, era como una caricia en el aire suave.

Bernard Marx hizo una aspiración profunda. Levantó los ojos al cielo, miró luego hacia el horizonte azul y finalmente al rostro de Lenina.

 –  ¡Qué hermoso! Su voz temblaba ligeramente.

 –  Un tiempo perfecto para el Golf de Obstáculos  –  contestó Lenina.  –  Y ahora, tengo que irme corriendo, Bernard. Henry se enfada si le hago esperar. Avísame la fecha con tiempo.

Y, agitando la mano, Lenina cruzó corriendo la espaciosa azotea en dirección a los cobertizos. Bernard se quedó mirando el guiño fugitivo de las medias blancas, las atezadas rodillas que se doblaban en la carrera con vivacidad, una y otra vez, y la suave ondulación de los ajustados cortos pantalones de pana bajo la chaqueta verde botella. En su rostro aparecía una expresión dolorida.

 –  ¡Estupenda chica!  –  dijo una voz fuerte y alegre detrás de él.

Bernard se sobresaltó y se volvió en redondo. El rostro regordete y rojo de Benito Hoover le miraba sonriendo, desde arriba, sonriendo con manifiesta cordialidad. Todo el mundo sabía que Benito tenía muy buen carácter. La gente decía de él que hubiese podido pasar toda la vida sin tocar para nada el soma. La malicia y los malos humores de los cuales los demás debían tomarse vacaciones nunca lo afligieron. Para Benito, la realidad era siempre alegre y sonriente.

   –  ¡Y neumática, además! ¡Y cómo!  –  Luego, en otro tono, prosiguió  – : Pero diría que estás un poco melancólico. Lo que tú necesitas es un gramo de soma.  –  Hurgando en el bolsillo derecho de sus pantalones, Benito sacó un frasquito.  –  Un solo centímetro cúbico cura diez pensam... Pero, ¡eh! Bernard, súbitamente, había dado media vuelta y se había marchado corriendo.

Benito se quedó mirándolo. ¿Qué demonios le pasa a ese tipo?, se preguntó, y, moviendo la cabeza, decidió que lo que contaban de que alguien había introducido alcohol en el sucedáneo de la sangre del muchacho debía ser cierto. Le afectó el cerebro, supuso.

Volvió a guardarse el frasco de soma, y sacando un paquete de goma de mascar a base de hormona sexual, se llevó una pastilla a la boca y, masticando, se dirigió hacia los cobertizos.

Henry Foster ya había sacado su aparato del cobertizo, y, cuando Lenina llegó, estaba sentado en la cabina de piloto, esperando.

 –  Cuatro minutos de retraso  –  fue todo lo que dijo.

Puso en marcha los motores y accionó los mandos del helicóptero. El aparato ascendió verticalmente en el aire. Henry aceleró; el zumbido de la hélice se agudizó, pasando del moscardón a la avispa, y de la avispa al mosquito; el velocímetro indicaba que ascendían a una velocidad de casi dos kilómetros por minuto. Londres se empequeñecía a sus pies. En pocos segundos, los enormes edificios de tejados planos se convirtieron en un plantío de hongos geométricos entre el verdor de parques y jardines. En medio de ellos, un hongo de tallo alto, más esbelto, la Torre de Charing – T, que levantaba hacia el cielo un disco de reluciente cemento armado.

Como vagos torsos de fabulosos atletas, enormes nubes carnosas flotaban en el cielo azul, por encima de sus cabezas. De una de ellas salió de pronto un pequeño insecto escarlata, que caía zumbando.

 –  Ahí está el Cohete Rojo  –  dijo Henry  –  que llega de Nueva York. Lleva siete minutos de retraso  –  agregó.  –  Es escandalosa la falta de puntualidad de esos servicios atlánticos.

Retiró el pie del acelerador. El zumbido de las palas situadas encima de sus cabezas descendió una octava y media, volviendo a pasar de la abeja al moscardón, y sucesivamente al abejorro, al escarabajo volador y al ciervo volante. El movimiento ascensional del aparato se redujo; un momento después se hallaban inmóviles, suspendidos en el aire. Henry movió una palanca y sonó un chasquido. Lentamente al principio, después cada vez más de prisa hasta que se formó una niebla circular ante sus ojos, la hélice situada delante de ellos empezó a girar. El viento producido por la velocidad horizontal silbaba cada vez más agudamente en los estays. Henry no apartaba los ojos del contador de revoluciones; cuando la aguja alcanzó la señal de los mil doscientos, detuvo la hélice del helicóptero. El aparato tenía el suficiente impulso hacia delante para poder volar sostenido solamente por sus alas.

Lenina miró hacia abajo a través de la ventanilla situada en el suelo, entre sus pies.

Volaban por encima de la zona de seis kilómetros de parque que separaba Londres central de su primer anillo de suburbios satélites. El verdor aparecía hormigueante de vida, de una vida que la visión desde lo alto hacía aparecer achatada.

Bosques de torres de Pelota Centrífuga brillaban entre los árboles.

 –  ¡Qué horrible es el color caqui!  –  observó Lenina, expresando en voz alta los prejuicios hipnopédicos de su propia casta.

  Los edificios de los Estudios de Sensorama de Houslow cubrían siete hectáreas y media. Cerca de ellos, un ejército negro y caqui de obreros se afanaba revitrificando la superficie de la Gran Carretera del Oeste. Cuando pasaron volando por encima de ellos, estaban vaciando un gigantesco crisol portátil. La piedra fundida se esparcía en una corriente de incandescencias cegadoras por la superficie de la carretera; las apisonadoras de amianto iban y venían; tras un camión de riego debidamente aislado, el vapor se levantaba en nubes blancas.

En Brentford, la factoría de la Corporación de Televisión parecía una pequeña ciudad.

 –  Deben de relevarse los turnos  –  dijo Lenina.

Como áfidos y hormigas, las muchachas Gamas, color verde hoja, y los negros Semienanos pululaban alrededor de las entradas, o formaban cola para ocupar sus asientos en los tranvías monorraíles. Betas – Menos de color de mora iban y venían entre la multitud.

Diez minutos después se hallaban en Stoke Poges y habían empezado su primera partida de Golf de Obstáculos.

2

Bernard cruzó la azotea con los ojos bajos casi todo el tiempo, o desviándolos inmediatamente si por azar tropezaban con alguna criatura humana. Era como un hombre perseguido, pero perseguido por enemigos que no deseaba ver, porque sabía que los vería todavía más hostiles de lo que había supuesto, lo que le haría sentirse más culpable y más irremediablemente solo.

¡Ese antipático de Benito Hoover! Y, sin embargo, el muchacho no había tenido mala intención. Lo cual, en cierta manera, empeoraba aún más las cosas. Los que le querían bien se comportaban lo mismo que los que se querían mal. Hasta Lenina le hacía sufrir.

Bernard recordaba aquellas semanas de tímida indecisión, durante las cuales había esperado, deseado o desesperado de tener jamás el valor suficiente para declarársele. ¿Se atrevería a correr el riesgo de ser humillado por una negativa despectiva? Pero si Lenina le decía que sí, ¡qué éxtasis el suyo! Bien, ahora Lenina ya le había dado el sí, y, sin embargo, Bernard seguía sintiéndose desdichado, desdichado porque Lenina había juzgado que aquella tarde era estupenda para jugar al Golf de Obstáculos, porque se había alejado corriendo para reunirse con Henry Foster, porque lo había considerado a él divertido por el hecho de no querer discutir sus asuntos más íntimos en público. En suma, desdichado porque Lenina se había comportado como cualquier muchacha inglesa sana y virtuosa debía comportarse, y no de otra manera anormal.

Bernard abrió la puerta de su cobertizo y llamó a una pareja de ociosos ayudantes Delta – Menos para que sacaran su aparato de la azotea. El personal de los cobertizos pertenecía a un mismo Grupo Bokanovski, y los hombres eran mellizos, igualmente bajos, morenos y feos. Bernard les dio las órdenes pertinentes en el tono áspero, arrogante y hasta ofensivo de quien no se siente demasiado seguro de su superioridad. Para Bernard, tener tratos con miembros de castas inferiores resultaba siempre una experiencia sumamente dolorosa. Por la causa que fuera (y las murmuraciones acerca de la mezcla de alcohol en su dosis de sucedáneo de sangre probablemente eran ciertas, porque un accidente siempre es posible), el físico de Bernard apenas era un poco mejor que el del promedio de Gammas. Era ocho centímetros más bajo que el patrón Alfa, y   proporcionalmente menos corpulento. El contacto con los miembros de las castas inferiores le recordaba siempre dolorosamente su insuficiencia física. Yo soy yo, y desearía no serlo. La conciencia que tenía de sí mismo era muy aguda y dolorosa. Cada vez que se descubría a sí mismo mirando horizontalmente y no de arriba abajo a la cara de un Delta, se sentía humillado. ¿Le trataría aquel ser con el respeto debido a su casta? La incógnita lo atormentaba. No sin razón. Porque los Gammas, los Deltas y los Epsilones habían sido condicionados de modo que asociaran la masa corporal con la superioridad social. De hecho, un débil prejuicio hipnopédico en favor de las personas voluminosas era universal.

De ahí las risas de las mujeres a las cuales hacía proposiciones, y las bromas de sus iguales entre los hombres. Las burlas le hacían sentirse como un forastero; y, sintiéndose como un forastero, se comportaba como tal, cosa que aumentaba el desprecio y la hostilidad que suscitaban sus defectos físicos. Lo cual, a su vez, acrecentaba su sensación de soledad y extranjería. Un temor crónico a ser desairado le inducía a eludir la compañía de sus iguales, y a mostrarse excesivamente consciente de su dignidad en cuanto se refería a sus inferiores.

¡Cuán amargamente envidiaba a hombres como Henry Foster y Benito Hoover! Perezosamente, o así se lo pareció a él, y a regañadientes, los mellizos sacaron su avión a la azotea.

 –  ¡De prisa!  –  dijo Bernard, irritado.

Uno de los dos hombres lo miró. ¿Era una especie de bestial irrisión lo que Bernard captó en aquellos ojos grises sin expresión?  –  ¡De prisa!  –  gritó más fuerte.

Y en su voz sonó una desagradable ronquera.

Subió al avión y, un minuto después, volaba en dirección Sur, hacia el río.

Las diversas Oficinas de Propaganda y la Escuela de Ingeniería Emocional se albergaban en un mismo edificio de sesenta plantas, en Fleet Street. En los sótanos y en los pisos bajos se hallaban las prensas y las redacciones de los tres grandes diarios londinenses: El Radio Horario, el periódico de las clases altas, la Gazeta Gamma, verde pálido, y El Espejo Delta, impreso en papel caqui y exclusivamente con palabras de una sola sílaba. Después venían las Oficinas de Propaganda por Televisión, por Sensorama, y por Voz y Música Sintéticas, respectivamente: veintidós pisos de oficinas. Encima de éstos se hallaban los laboratorios de investigación y las salas almohadilladas en las cuales los Escritores de Pistas Sonoras y los Compositores Sintéticos realizaban su delicada labor. Los dieciocho pisos superiores estaban ocupados por la Escuela de Ingeniería Emocional.

Bernard aterrizó en la azotea de la Casa de la Propaganda y se apeó de su aparato.

 –  Llama a Mr. Helmholtz Watson  –  ordenó al portero Gamma – Más  –  y dile que Mr.

Bernard Marx le espera en la azotea.

Se sentó y encendió un cigarrillo.

Helmholtz Watson estaba escribiendo cuando le llegó el mensaje.

 –  Dile que voy inmediatamente  –  contestó. Y colgó el receptor. Después, volviéndose hacia su secretaria, prosiguió en el mismo tono oficial e impersonal  – : Usted se ocupará de retirar mis cosas.

E ignorando la luminosa sonrisa de la muchacha, se levantó y se dirigió vivamente hacia la puerta.

  Era un hombre corpulento, de pecho abombado, espaldas anchas, macizo, y, sin embargo, rápido en sus movimientos, ágil, flexible. La fuerte y bien redondeada columna de su cuello sostenía una cabeza muy bien formada. Tenía los cabellos negros y rizados, y los rasgos faciales muy marcados. Su apostura era agresiva, enfática; era guapo, y, como su secretaria nunca se cansaba de repetir, era, centímetro a centímetro, el prototipo de Alfa – Más. Profesor en la Escuela de Ingeniería Emocional (Departamento de Escritura), en los intervalos de sus actividades profesorales ejercía como Ingeniero de Emociones.

Escribía regularmente para El Radio Horario, componía guiones para el Sensorama, y tenía un certero instinto para los slogans y las aleluyas hipnopédicas. Competente, era el veredicto de sus superiores. Y, moviendo la cabeza y bajando significativamente la voz, añadían: Quizá demasiado competente.

Sí, un tanto demasiado; tenían razón. Un exceso mental había producido en Helmholtz Watson efectos muy similares a los que en Bernard Marx eran el resultado de un defecto físico. Su inferioridad ósea y muscular había aislado a Bernard de sus semejantes, y aquella sensación de separación, que era, en relación con los standards normales, un exceso mental, se convirtió a su vez en causa de una separación más acusada.

Lo que hacía a Helmholtz tan incómodamente consciente de su propio yo y de su soledad era su desmedida capacidad. Lo que los dos hombres tenían en común era el conocimiento de que eran individuos. Pero en tanto que la deficiencia física de Bernard había producido en él, durante toda su vida, aquella conciencia de ser diferente, Helmholtz Watson no se había dado cuenta hasta fecha muy reciente de su superioridad mental y de su consiguiente diferenciación con respecto a la gente que le rodeaba. Aquel campeón de pelota sobre pista móvil, aquel amante infatigable (se decía que había tenido seiscientas cuarenta amantes diferentes en menos de cuatro años), aquel admirable miembro de comité, que se llevaba bien con todo el mundo, había comprendido súbitamente que el deporte, las mujeres y las actividades comunales se hallaban, en lo que a él se refería, únicamente en segundo término. En el fondo le interesaba otra cosa. Pero ¿qué? Éste era el problema que Bernard había ido a discutir con él, o, mejor, puesto que Helmholtz llevaba siempre todo el peso de la conversación, a escuchar cómo, una vez más, lo discutía su amigo.

Tres muchachas encantadoras de la Oficina de Propaganda mediante la Voz Sintética le cortaron el paso cuando salió del ascensor.

 –  Querido Helmholtz, ven con nosotras a una cena campestre en Exmoor.

Lo rodeaban, implorándole. Pero Helmholtz movió la cabeza y se abrió paso.

 –  No, no.

 –  No invitamos a ningún otro hombre.

Pero Helmholtz no se dejó convencer ni siquiera por esta deliciosa perspectiva.

 –  No  –  repitió.  –  Tengo que hacer.

Y siguió avanzando resueltamente. Las muchachas lo siguieron. Y hasta que hubo subido al avión de Bernard no abandonaron la persecución. Y no sin reproches.

 –  ¡Esas mujeres!  –  exclamó, al tiempo que el aparato ascendía en los aires.  –  ¡Esas mujeres!  –  Movió la cabeza y frunció el ceño.  –  ¡Son terribles! Bernard, hipócritamente, se mostró de acuerdo, aunque en el fondo no hubiese deseado otra cosa que poder tener tantas amigas como Helmholtz y con idéntica facilidad. De pronto, se sintió impulsado a vanagloriarse.

   –  Me llevaré a Lenina Crowne a Nuevo Méjico conmigo  –  dijo en un tono que quería aparecer indiferente.

 –  ¿Sí?  –  dijo Helmholtz, sin el menor interés. Y, tras una breve pausa, prosiguió  – : Desde hace una o dos semanas he dejado los comités y las muchachas. No puedes imaginarte el alboroto que ello ha producido en la Escuela. Y, sin embargo, creo que ha merecido la pena. Los efectos...  –  Vaciló.  –  Bueno, son curiosos, muy curiosos.

Una deficiencia física puede producir una especie de exceso mental. Al parecer, el proceso era reversible.

Un exceso mental podía producir, en bien de sus propios fines, la voluntaria ceguera y sordera de la soledad deliberada, la impotencia artificial del ascetismo.

El resto del breve vuelo transcurrió en silencio. Cuando llegaron y se hubieron acomodado en los divanes neumáticos de la habitación de Bernard, Helmholtz reanudó su disquisición.

Hablando muy lentamente, preguntó:  –  ¿No has tenido nunca la sensación de que dentro de ti había algo que sólo esperaba que le dieras una oportunidad para salir al exterior? ¿Una especie de energía adicional que no empleas, como el agua que se desploma por una cascada en lugar de caer a través de las turbinas? Y miró a Bernard interrogadoramente.

 –  ¿Te refieres a todas las emociones que uno podría sentir si las cosas fuesen de otro modo? Helmholtz movió la cabeza.

 –  No es esto exactamente. Me refiero a un sentimiento extraño que experimento de vez en cuando, el sentimiento de que tengo algo importante que decir y de que estoy capacitado para decirlo; sólo que no sé de qué se trata y no puedo emplear mi capacidad.

Si hubiese alguna otra manera de escribir... O alguna otra cosa sobre la cual escribir...  –  Guardó silencio unos instantes, y, al fin, prosiguió  – : Soy muy experto en la creación de frases; encuentro esa clase de palabras que le hacen saltar a uno como si se hubiese sentado en un alfiler, que parecen nuevas y excitantes aun cuando se refieran a algo que es hipnopédicamente obvio. Pero esto no me basta. No basta que las frases sean buenas; también debe ser bueno lo que se hace con ellas.

 –  Pero lo que tú escribes es útil, Helmholtz.

 –  Para lo que está destinado, sí.  –  Se encogió de hombros Helmholtz.  –  Pero su destino, ¡es tan poco trascendente! No son cosas importantes. Y yo tengo la sensación de que podría hacer algo mucho más importante. Sí, y más intenso, más violento. Pero, ¿qué? ¿Qué se puede decir, que sea más importante? ¿Y cómo se puede ser violento tratando de las cosas que esperan que uno escriba? Las palabras pueden ser como los rayos X, si se emplean adecuadamente: pasan a través de todo. Las lees y te traspasan. Esta es una de las cosas que intento enseñar a mis alumnos: a escribir de manera penetrante. Pero, ¿de qué sirve que te penetre un artículo sobre un Canto de Comunidad, o la última mejora en los órganos de perfumes? Además, ¿es posible hacer que las palabras sean penetrantes como los rayos X, más potentes cuando se escribe acerca de cosas como éstas? ¿Cabe decir algo acerca de nada? A fin de cuentas, éste es el problema.

 –  ¡Silencio!  –  dijo Bernard.  –  Creo que hay alguien en la puerta  –  susurró.

  Helmholtz se puso en pie, cruzó la estancia de puntillas, y con un movimiento rápido y brusco abrió la puerta de par en par. Naturalmente, no había nadie.

 –  Lo siento  –  dijo Bernard, sintiéndose en ridículo.  –  Supongo que estoy un poco nervioso. Cuando la gente empieza a sospechar de uno, acabas por sospechar también de todos.

Se pasó una mano por los ojos, suspiró y su voz se hizo quejumbroso. Se justificaba.

 –  Si supieras todo lo que he tenido que aguantar últimamente...  –  dijo, casi llorando; y la marea ascendente de su autocompasión era como si se hubiese derrumbado la presa de un embalse.  –  ¡Si lo supieras! Helmholtz le escuchaba con cierta sensación de incomodidad. ¡Pobrecillo Bernard!, se dijo. Pero al mismo tiempo se sentía avergonzado por su amigo. Bernard debía dar muestras de tener un poco más de orgullo.

 

CAPITULO V

1

Hacia las ocho de la noche la luz empezó a disminuir. Los altavoces de la torre del Edificio del Club de Stoke Poges anunciaron con voz atenorada, más aguda de lo normal, en el hombre, el cierre de los campos de golf. Lenina y Henry abandonaron su partida y se dirigieron hacia el Club. De las instalaciones del Trust de Secreciones Internas y Externas llegaban los mugidos de los millares de animales que proporcionaban, con sus hormonas y su leche, la materia prima necesaria para la gran factoría de Farnham Royal.

Un incesante zumbido de helicópteros llenaba el aire teñido de luz crepuscular. Cada dos minutos y medio, un timbre y unos silbidos anunciaban da marcha de uno de los trenes monorraíles ligeros que llevaban a los jugadores de golf de casta inferior de vuelta a la metrópoli.

Lenina y Henry subieron a su aparato y despegaron. A doscientos cincuenta metros de altura, Henry redujo las revoluciones de la hélice y permanecieron suspendidos durante uno o dos minutos sobre el paisaje que iba disipándose. El bosque de Burham Beeches se extendía como una gran laguna de oscuridad hacia la brillante ribera del firmamento occidental. Escarlatas en el horizonte, los restos de la puesta de sol palidecían, pasando por el color anaranjado, amarillo más arriba, y finalmente verde pálido, acuoso. Hacia el Norte, más allá y por encima de los árboles, la fábrica de Secreciones Internas y Externas resplandecía con un orgulloso brillo eléctrico que procedía de todas las ventanas de sus veinte plantas. Saliendo de la bóveda de cristal, un tren iluminado se lanzó al exterior.

Siguiendo su rumbo Sudeste a través de la oscura llanura, sus miradas fueron atraídas por los majestuosos edificios del Crematorio de Slough. Con vistas a la seguridad de los aviones que circulaban de noche, sus cuatro altas chimeneas aparecían totalmente iluminadas y coronadas con señales de peligro pintadas en color rojo. Eran un excelente mojón.

 –  ¿Por qué las chimeneas tienen esa especie de balcones alrededor?  –  preguntó Lenina.

 –  Recuperación del fósforo  –  explicó Henry telegráficamente.  –  En su camino ascendente por la chimenea, los gases pasan por cuatro tratamientos distintos. El P2 O5   antes se perdía cada vez que había una cremación. Actualmente se recupera más del noventa y ocho por ciento del mismo. Más de kilo y medio por cada cadáver de adulto. En total, casi cuatrocientas toneladas de fósforo anuales, sólo en Inglaterra.  –  Henry hablaba con orgullo, gozando de aquel triunfo como si hubiese sido suyo propio.  –  Es estupendo pensar que podemos seguir siendo socialmente útiles aun después de muertos. Que ayudamos al crecimiento de las plantas.

Mientras tanto, Lenina había apartado la mirada y ahora la dirigía perpendicularmente a la estación del monorraíl.

 –  Sí, es estupendo  –  convino.  –  Pero resulta curioso que los Alfas y Betas no hagan crecer más las plantas que esos asquerosos Gammas, Deltas y Epsilones de aquí.

 –  Todos los hombres son físicoquimicamente iguales  –  dijo Henry sentenciosamente  – .

Además, hasta los Epsilones ejecutan servicios indispensables.

 –  Hasta los Epsilones...

Lenina recordó súbitamente una ocasión en que, siendo todavía una niña, en las escuela, se había despertado en plena noche y se había dado cuenta, por primera vez, del susurro que acosaba todos sus sueños. Volvió a ver el rayo de luz de luna, la hilera de camitas blancas; oyó de nuevo la voz suave, suave, que decía (las palabras seguían presentes, no olvidadas, inolvidables después de tantas repeticiones nocturnas): Todo el mundo trabaja para todo el mundo. No podemos prescindir de nadie. Hasta los Epsilones son útiles. No podíamos pasar sin los Epsilones. Todo el mundo trabaja para todo el mundo. No podemos prescindir de nadie... Lenina recordaba su primera impresión de temor y de sorpresa; sus reflexiones durante media hora de desvelo; y después, bajo la influencia de aquellas repeticiones interminables, la gradual sedación de la mente, la suave aproximación del sueño...

 –  Supongo que a los Epsilones no les importa ser Epsilones  –  dijo en voz alta.

 –  Claro que no. Es imposible. Ellos no saben en qué consiste ser otra cosa. A nosotros sí nos importaría, naturalmente. Pero nosotros fuimos condicionados de otra manera.

Además, partimos de una herencia diferente.

 –  Me alegro de no ser una Epsilon  –  dijo Lenina, con acento de gran convicción.

 –  Y si fueses una Epsilon  –  dijo Henry  –  tu condicionamiento te induciría a alegrarte igualmente de no ser una Beta o una Alfa.

Puso en marcha la hélice delantera y dirigió el aparato hacia Londres. Detrás de ellos, a poniente, los tonos escarlata y anaranjado casi estaban totalmente marchitos; una oscura faja de nubes había ascendido por el cielo. Cuando volaban por encima del Crematorio, el aparato saltó hacia arriba, impulsado por la columna de aire caliente que surgía de las chimeneas, para volver a bajar bruscamente cuando penetró en la corriente de aire frío inmediata.

 –  ¡Maravillosa montaña rusa!  –  exclamó Lenina riendo complacida.

Pero el tono de Henry, por un momento, fue casi melancólico.

 –  ¿Sabes en qué consiste esta montaña rusa?  –  dijo.  –  Es un ser humano que desaparece definitivamente. Esto era ese chorro de aire caliente. Sería curioso saber quién había sido, si hombre o mujer, Alfa o Epsilon...  –  Suspiró, y después, con voz decididamente alegre, concluyó  – : En todo caso, de una cosa podemos estar seguros, fuese quien fuese, fue feliz en vida. Todo el mundo es feliz, actualmente.

 –  Sí, ahora todo el mundo es feliz  –  repitió Lenina como un eco.

  Habían oído repetir estas mismas palabras ciento cincuenta veces cada noche durante doce años.

Después de aterrizar en la azotea de la casa de apartamentos de Henry, de cuarenta plantas, en Westminster, pasaron directamente al comedor. En él, en alegre y ruidosa compañía, dieron cuenta de una cena excelente. Con el café sirvieron soma. Lenina tomó dos tabletas de medio gramo, y Henry, tres. A las nueve y veinte cruzaron la calle en dirección al recién inaugurado Cabaret de la Abadía de Westminster. Era una noche casi sin nubes, sin luna y estrellas; pero, afortunadamente, Lenina y Henry no se dieron cuenta de este hecho más bien deprimente. Los anuncios luminosos, en efecto, impedían la visión de las tinieblas exteriores. Calvin Stopes y sus Dieciséis Saxofonistas. En la fachada de la nueva Abadía, las letras gigantescas destellaban acogedoramente. El mejor órgano de colores y perfumes. Toda la Música Sintética más reciente.

Entraron. El aire parecía cálido y casi irrespirable a fuerza de olor de ámbar gris y madera de sándalo. En el techo abovedado del vestíbulo, el órgano de color había pintado momentáneamente una puesta de sol tropical. Los Dieciséis Saxofonistas tocaban una vieja canción de éxito: No hay en el mundo un Frasco como mi querido Frasquito.

Cuatrocientas parejas bailaban un fivestep sobre el suelo brillante, pulido. Lenina y Henry se sumaron pronto a los que bailaban. Los saxofones maullaban como gatos melódicos bajo la luna, gemían en tonos agudos, atenorados, como en plena agonía. Con gran riqueza de sones armónicos, su trémulo coro ascendía hacia un clímax, cada vez más alto, más fuerte, hasta que al final, con un gesto de la mano, el director daba suelta a la última nota estruendoso de música etérea y borraba de la existencia a los dieciséis músicos, meramente humanos. Un trueno en la bemol mayor. Luego, seguía una deturgescencia gradual del sonido y de la luz, un diminuyendo que se deslizaba poco a poco, en cuartos de tono, bajando, bajando, hasta llegar a un acorde dominante susurrado débilmente, que persistía (mientras los ritmos de cinco por cuatro seguían sosteniendo el pulso, por debajo), cargando los segundos ensombrecidos por una intensa expectación. Y, al fin, la expectación llegó a su término. Se produjo un amanecer explosivo, y, simultáneamente, los dieciséis rompieron a cantar: ¡Frasco mío, siempre te he deseado! Frasco mío, ¿por qué fui decantado? El cielo es azul dentro de ti, y reina siempre el buen tiempo; porque no hay en el mundo ningún Frasco que a mi querido Frasco pueda compararse.

Pero mientras seguían el ritmo, junto con las otras cuatrocientas parejas, alrededor de la pista de la Abadía de Westminster, Lenina y Henry bailaban ya en otro mundo, el mundo cálido abigarrado, infinitamente agradable, de las vacaciones del soma. ¡Cuán amables, guapos y divertidos eran todos! ¡Frasco mío, siempre te he deseado! Pero Lenina y Henry tenía ya lo que deseaban... En aquel preciso momento, se hallaban dentro del frasco, a salvo, en su interior, gozando del buen tiempo y del cielo perennemente azul. Y cuando, exhaustos, los Dieciséis dejaron los saxofones y el aparato de Música Sintética empezó a reproducir las últimas creaciones en Blues Malthusianos lentos, Lenina y Henry   hubieran podido ser dos embriones mellizos que girasen juntos entre las olas de un océano embotellado de sucedáneo de la sangre.

 –  Buenas noches, queridos amigos. Buenas noches, queridos amigos...  –  Los altavoces velaban sus órdenes bajo una cortesía campechana y musical.  –  Buenas noches, queridos amigos...

Obedientemente, con todos los demás, Lenina y Henry salieron del edificio. Las deprimentes estrellas habían avanzado un buen trecho en su ruta celeste. Pero aunque el muro aislante de los anuncios luminosos se había desintegrado ya en gran parte, los dos jóvenes conservaron su feliz ignorancia de la noche.

Ingerida media hora antes del cierre, aquella segunda dosis de soma había levantado un muro impenetrable entre el mundo real y sus mentes. Metido en su frasco ideal, cruzaron la calle; igualmente enfrascados subieron en el ascensor al cuarto de Henry, en la planta número veintiocho. Y, a pesar de seguir enfrascada y de aquel segundo gramo de soma, Lenina no se olvidó de tomar las precauciones anticoncepcionales reglamentarias. Años de hipnopedia intensiva, y, de los doce años a los dieciséis, ejercicios malthusianos tres veces por semana, habían llegado a hacer tales precauciones casi automáticas e inevitables como el parpadeo.

 –  Esto me recuerda  –  dijo al salir del cuarto de baño  –  que Fanny Crowne quiere saber dónde encontraste esa cartuchera de sucedáneo de cuero verde que me regalaste.

2

Un jueves sí y otro no, Bernard tenía su día de Servicio y Solidaridad. Después de cenar temprano en el Aphroditaeum (del cual Helmholtz había sido elegido miembro de acuerdo con la Regla 2ª), se despidió de su amigo y, llamando un taxi en la azotea, ordenó al conductor que volara hacia la Cantoría Comunal de Fordson. El aparato ascendió unos doscientos metros, luego puso rumbo hacia el Este, y, al dar la vuelta, apareció ante los ojos de Bernard, gigantesca y hermosa, la Cantoría.

¡Maldita sea, llego tarde!, exclamó Bernard para sí cuando echó una ojeada al Big Henry, el reloj de la Cantoría. Y, en efecto, mientras pagaba el importe de la carrera, el Big Henry dio la hora. Ford cantó una inmensa voz de bajo a través de las trompetas de oro. Ford, Ford, Ford... nueve veces. Bernard se dirigió corriendo hacia el ascensor.

El gran auditorium para las celebraciones del Día de Ford y otros Cantos Comunitarios masivos se hallaba en la parte más baja del edificio. Encima de esta sala enorme se hallaban, cien en cada planta, las siete mil salas utilizadas por los Grupos de Solidaridad para sus servicios bisemanales. Bernard bajó al piso treinta y tres, avanzó apresuradamente por el pasillo y se detuvo, vacilando un instante, ante la puerta de la sala número 3.210; después, tomando una decisión, abrió la puerta y entró.

Gracias a Ford, no era el último. Tres sillas de las doce dispuestas en torno a una mesa circular permanecían desocupadas. Bernard se deslizó hasta la más cercana, procurando llamar la atención lo menos posible, y disponiéndose a mostrar un ceño fruncido a los que llegarían después.

Volviéndose hacia él, la muchacha sentada a su izquierda le preguntó:  –  ¿A qué has jugado esta tarde? ¿A Obstáculos o a Electro – magnético?   Bernard la miró (¡Ford!, era Morgana Rotschild), y, sonrojándose, tuvo que reconocer que no había jugado ni a lo uno ni a lo otro. Morgana le miró asombrada. Y siguió un penoso silencio.

Después, intencionadamente, se volvió de espaldas y se dirigió al hombre sentado a su derecha, de aspecto más deportivo.

Buen principio para un Servicio de Solidaridad, pensó Bernard, compungido, y previó que volvería a fracasar en sus intentos de comunión con sus compañeros. ¡Si al menos se hubiese concedido tiempo para echar una ojeada a los reunidos, en lugar de deslizarse hasta la silla más próxima! Hubiera podido sentarse entre Fifi Bradlaugh y Joanna Diesel.

Y en lugar de hacerlo así había tenido que sentarse precisamente al lado de Morgana ¡Morgana! ¡Ford! ¡Aquellas cejas negras de la muchacha! ¡O aquella ceja, mejor, porque las dos se unían encima de la nariz! ¡Ford! Y a su derecha estaba Clara Deterding. Cierto que las cejas de Clara no se unían en una sola. Pero, realmente, era demasiado neumática.

En tanto que Fifi y Joanna estaban muy bien. Regordetas, rubias, no demasiado altas... ¡Y aquel patán de Tom Kawaguchi había tenido la suerte de poder sentarse entre ellas! La última en llegar fue Sarojini Engels.

 –  Llega usted tarde  –  dijo el presidente del Grupo con severidad.  –  Que no vuelva a ocurrir.

El presidente se levantó, hizo la señal de la T y, poniendo en marcha la música sintética, dio suelta al suave e incansable redoblar de los tambores y al coro de instrumentos  –  casiviento y supercuerda  –  que repetía con estridencia, una y otra vez, la breve e inevitablemente pegadiza melodía del Primer Himno de Solidaridad.

Una y otra vez, y no era ya el oído el que captaba el ritmo, sino el diafragma; el quejido y estridor de aquellas armonías repetidas obsesionaba, no ya la mente, sino las suspirantes entrañas de compasión.

El presidente hizo otra vez la señal de la T y se sentó. El servicio había empezado. Las tabletas de soma consagradas fueron colocadas en el centro de la mesa. La copa del amor llena de soma en forma de helado de fresa pasó de mano en mano, con la fórmula: Bebo por mi aniquilación. Luego, con el acompañamiento de la orquesta sintética, se cantó el Primer Himno de Solidaridad: Ford, somos doce; haz de nosotros uno solo, como gotas en el Río Social; haz que corramos juntos, rápidos como tu brillante carraca.

Doce estrofas suspirantes. Después la copa del amor pasó de mano en mano por segunda vez. Ahora la fórmula era: Bebo por el Ser Más Grande. Todos bebieron. La música sonaba, incansable. Los tambores redoblaron. El clamor y el estridor de las armonías se convertían en una obsesión en las entrañas fundidas. Cantaron el Segundo Himno de Solidaridad: ¡Ven, oh Ser Más Grande, Amigo Social, a aniquilar a los Doce – en – Uno! Deseamos morir, porque cuando morimos,   nuestra vida mas grande apenas ha empezado.

Otras doce estrofas. A la sazón el soma empezaba ya a producir efectos. Los ojos brillaban, las mejillas ardían, la luz interior de la benevolencia universal asomaba a todos los rostros en forma de sonrisas felices, amistosas. Hasta Bernard se sentía un poco conmovido. Cuando Morgana Rotschild se volvió y le dirigió una sonrisa radiante, él hizo lo posible por corresponderle. Pero la ceja, aquella ceja negra, única, ¡ay!, seguía existiendo. Bernard no podía ignorarla; no podía, por mucho que se esforzara. Su emoción, su fusión con los demás no había llegado lo bastante lejos. Tal vez si hubiese estado sentado entre Fifi y Joanna... Por tercera vez la copa del amor hizo la ronda. Bebo por la inminencia de su Advenimiento, dijo Morgana Rotschild, a quien, casualmente, había correspondido iniciar el rito circular. Su voz sonó fuerte, llena de exultación. Bebió y pasó la copa a Bernard. Bebo por la inminencia de su Advenimiento, repitió éste en un sincero intento de sentir que el Advenimiento era inminente; pero la ceja única seguía obsesionándole, y el Advenimiento, en lo que a él se refería, estaba terriblemente lejano.

Bebió y pasó la copa a Clara Deterding. Volveré a fracasar  –  se dijo.  –  Estoy seguro. Pero siguió haciendo todo lo posible por mostrar una sonrisa radiante.

La copa del amor había dado ya la vuelta.

Levantando la mano, el presidente dio una señal; el coro rompió a cantar el Tercer Himno de Solidaridad: ¿No sientes como llega el Ser Más Grande? ¡Alégrate, y, al alegrarte, muere! ¡Fúndete en la música de los tambores! Porque yo soy tú y tú eres yo.

A cada nuevo verso aumentaba en intensidad la excitación de las voces. El presidente alargó la mano, y de pronto una Voz, una Voz fuerte y grave, más musical que cualquier otra voz meramente humana, más rica, más cálida, más vibrante de amor, de deseo, y de compasión, una voz maravillosa, misteriosa, sobrenatural, habló desde un punto situado por encima de sus cabezas. Lentamente, muy lentamente, dijo: ¡Oh, Ford, Ford, Ford!, en una escala que descendía y disminuía gradualmente. Una sensación de calor irradió, estremecedora, desde el plexo solar a todos los miembros de cada uno de los cuerpos de los oyentes; las lágrimas asomaron en sus ojos; sus corazones, sus entrañas, parecían moverse en su interior, como dotados de vida propia... ¡Ford!, se fundían... ¡Ford!, se disolvían... Después, en otro tono, súbitamente, provocando un sobresalto, la Voz trompeteó: ¡Escuchad! ¡Escuchad! Todos escucharon. Tras una pausa, la voz bajó hasta convertirse en un susurro, pero un susurro en cierto modo más penetrante que el grito más estentóreo. Los pies del Ser Más Grande, prosiguió la Voz. El susurro casi expiró. Los pies del Ser Más Grande están en la escalera. Y volvió a hacerse el silencio; y la expectación, momentáneamente relajada, volvió a hacerse tensa, cada vez más tensa, casi hasta el punto de desgarramiento. Los pies del Ser Más Grande... ¡Oh, sí, los oían, oían sus pisadas, bajando suavemente la escalera, acercándose progresivamente por la invisible escalera! Los pies del Ser Más Grande. Y, de pronto, se alcanzó el punto de desgarramiento. Con los ojos y los labios abiertos, Morgana Rotschild saltó sobre sus pies.

   –  ¡Lo oigo!  –  gritó.  –  ¡Lo oigo!  –  ¡Viene!  –  chilló Sarojini Engels.

 –  ¡Sí, viene, lo oigo! Fifi Bradlaugh y Tom Kawaguchi se levantaron.

 –  ¡Oh, oh, oh!  –  exclamó Joanna.

 –  ¡Viene!  –  exclamó Guim Bokanovsky.

El presidente se inclinó hacia delante, y, pulsando un botón, soltó un delirio de címbalos e instrumentos de metal, una fiebre de tantanes.

 –  ¡Oh, ya viene!  –  chilló Clara Deterding.  –  ¡Ay! Y fue como si la degollaran.

Comprendiendo que le tocaba el turno de hacer algo, Bernard también se levantó de un salto y gritó:  –  ¡Lo oigo; ya viene! Pero no era verdad. No había oído nada, y no creía que llegara nadie. Nadie, a pesar de la música, a pesar de la exaltación creciente. Pero agitó los brazos y chilló como el mejor de ellos; y cuando los demás empezaron a sacudiese, a herir el suelo con los pies y arrastrarlos, los imitó debidamente.

Empezaron a bailar en círculo, formando una procesión, cada uno con las manos en las caderas del bailarín que le precedía; vueltas y más vueltas, gritando al unísono, llevando el ritmo de la música con los pies y dando palmadas en las nalgas que estaban delante de ellos. Doce pares de manos palmeando, como una sola; doce traseros resonando como uno solo. Doce como uno solo, doce como uno solo. Lo oigo; lo oigo venir. La música aceleró su ritmo; los pies golpeaban más de prisa, y las palmadas rítmicas se sucedían con más velocidad. Y, de pronto, una voz de bajo sintético soltó como un trueno las palabras que anunciaban la próxima unión y la consumación final de la solidaridad, el advenimiento del Doce – en – Uno, la encarnación del Ser Más Grande. Orgía – Porfía cantaba, mientras los tantanes seguían con su febril tabaleo.

Orgía – Porfía, Ford y diversión, besad a las chicas y hacedlas Uno.

Los chicos a la una con las chicas en paz; la Orgía – Porfía libertad os da.

Orgía – Porfía... Los bailarines recogieron el estribillo litúrgico. Orgía – Porfía, Ford y diversión, besad a las chicas y hacedlas Uno... Y mientras cantaban, las luces empezaron a oscurecerse lentamente, y al tiempo que cedía su intensidad, se hacían más cálidas, más ricas, más rojas, hasta que al fin bailaban a la escarlata luz crepuscular de un Almacén de Embriones. Orgía – Porfía... En las tinieblas fetales, color de sangre, los bailarines siguieron circulando un rato, llevando el ritmo infatigable con pies y manos. Orgía – Porfía...

Después el círculo osciló se rompió, y cayó desintegrado parcialmente en el anillo de divanes que rodeaban con círculos concéntricos  –  la mesa y sus sillas planetarias. Orgía –  Porfía... Tiernamente, la grave Voz arrullaba y zureaba; y en el rojo crepúsculo era como si una enorme paloma negra se cerniese, benévola, por encima de los bailarines, ahora en posición supina o prona.

  Se hallaban de pie en la azotea; el Big Henry acababa de dar las once. La noche era apacible y cálida.

 –  Fue maravilloso, ¿verdad?  –  dijo Fifi Bradlaugh.  –  ¿Verdad que fue maravilloso? Miró a Bernard con expresión de éxtasis, pero de un éxtasis en el cual no había vestigios de agitación o excitación. Porque estar excitado es estar todavía insatisfecho.

 –  ¿No te pareció maravilloso?  –  insistió, mirando fijamente a la cara de Bernard con aquellos ojos que lucían con un brillo sobrenatural.

 –  ¡Oh, sí, lo encontré maravilloso!  –  mintió Bernard.

Y desvió la mirada; la visión de aquel rostro transfigurado era a la vez una acusación y un irónico recordatorio de su propio aislamiento. Bernard se sentía ahora tan desdichadamente aislado como cuando había empezado el Servicio; más aislado a causa de su vaciedad no llenada, de su saciedad mortal. Separado y fuera de la armonía, en tanto que los otros se fundían en el Ser Más Grande.

 –  Maravilloso de verdad  –  repitió.

Pero no podía dejar de pensar en la ceja de Morgana.

 

CAPITULO VI

1

Raro, raro, raro. Este era el veredicto de Lenina sobre Bernard Marx. Tan raro, que en el curso de las siguientes semanas se había preguntado más de una vez si no sería preferible cambiar de parecer en cuanto a lo de las vacaciones en Nuevo Méjico, y marcharse al Polo Norte con Benito Hoover. Lo malo era que Lenina ya conocía el Polo Norte; había estado allá con George Edsel el pasado verano, y, lo que era peor, lo había encontrado sumamente triste. Nada que hacer y el hotel sumamente anticuado: sin televisión en los dormitorios, sin órgano de perfumes, sólo con un poco de música sintética infecta, y nada más que veinticinco pistas móviles para los doscientos huéspedes.

No, decididamente no podría soportar otra visita al Polo Norte. Además, en América sólo había estado una vez. Y en muy malas condiciones. Un simple fin de semana en Nueva York, en plan de economías. ¿Había ido con Jean – Jacques Habibullah o con Bokanovsky Jones? Ya no se acordaba. En todo caso, no tenía la menor importancia. La perspectiva de volar de nuevo hacia el Oeste, y por toda una semana, era muy atractiva. Además, pasarían al menos tres días en una Reserva para Salvajes. En todo el Centro sólo media docena de personas habían estado en el interior de una reserva para Salvajes. En su calidad de psicólogo Alfa – Beta, Bernard era uno de los pocos hombres que ella conocía, que podía obtener permiso para ello. Para Lenina, era aquélla una oportunidad única. Y, sin embargo, tan única era también la rareza de Bernard, que la muchacha había vacilado en aprovecharla, y hasta había pensado correr el riesgo de volver al Polo Norte con el simpático Benito. Cuando menos, Benito era normal. En tanto que Bernard...

Le pusieron alcohol en el sucedáneo. Esta era la explicación de Fanny para toda excentricidad. Pero Henry, con quien, una noche, mientras estaban juntos en cama, Lenina había discutido apasionadamente su nuevo amante, Henry había comparado al pobre Bernard a un rinoceronte.

   –  Es imposible domesticar a un rinoceronte  –  había dicho Henry en su estilo breve y vigoroso.  –  Hay hombres que son casi como los rinocerontes; no responden adecuadamente al condicionamiento. ¡Pobres diablos! Bernard es uno de ellos.

Afortunadamente para él es excelente en su profesión. De lo contrario, el director lo hubiese expulsado. Sin embargo  –  agregó, consolándola  – , lo considero completamente inofensivo.

Completamente inofensivo; sí, tal vez. Pero también muy inquietante. En primer lugar, su manía de hacerlo todo en privado. Lo cual, en la práctica, significaba no hacer nada en absoluto. Porque, ¿qué podía hacerse en privado? (Aparte, desde luego, de acostarse; pero no se podía pasar todo el tiempo así.) Sí, ¿qué se podía hacer? Muy poca cosa. La primera tarde que salieron juntos hacía un tiempo espléndido. Lenina había sugerido un baño en el Club Rural Torquay, seguido de una cena en el Oxford Union. Pero Bernard dijo que habría demasiada gente. ¿Y un partido de Golf Electromagnético en Saint Andrews? Nueva negativa.

Bernard consideraba que el Golf Electromagnético era una pérdida de tiempo.

 –  Pues, ¿para qué es el tiempo, si no?  –  preguntó Lenina, un tanto asombrada.

Por lo visto, para pasear por el Distrito de Los Lagos; porque esto fue lo que Bernard propuso. Aterrizar en la cumbre de Skiddaw y pasear un par de horas por los brezales.

 –  Solo contigo, Lenina.

 –  Pero, Bernard, estaremos solos toda la noche.

Bernard se sonrojó y desvió la mirada.

 –  Quiero decir solos para poder hablar  –  murmuró.

 –  ¿Hablar? Pero ¿de qué? ¡Andar y hablar! ¡Vaya extraña manera de pasar una tarde! Al fin Lenina lo convenció, muy a regañadientes, y volaron a Amsterdam para presenciar los cuartos de final del Campeonato Femenino de Lucha de pesos pesados.

 –  Con una multitud  –  rezongó Bernard.  –  Como de costumbre.

Permaneció obstinadamente sombrío toda la tarde; no quiso hablar con los amigos de Lenina (de los cuales se encontraron a docenas en el bar de helados de soma, en los descansos); y a pesar de su mal humor se negó rotundamente a aceptar el medio gramo de helado de fresa que Lenina le ofrecía con insistencia.

 –  Prefiero ser yo mismo  –  dijo Bernard.  –  Yo y desdichado, antes que cualquier otro y jocundo.

 –  Un gramo a tiempo ahorra nueve  –  dijo Lenina, exhibiendo su sabiduría hipnopédica.

Bernard apartó con impaciencia la copa que le ofrecía.

 –  Vamos, no pierdas los estribos  –  dijo Lenina.  –  Recuerda que un solo centímetro cúbico cura diez sentimientos melancólicos.

 –  ¡Calla, por Ford, de una vez!  –  gritó Bernard.

Lenina se encogió de hombros.

 –  Siempre es mejor un gramo que un taco  –  concluyó con dignidad.

Y se tomó el helado.

Cruzando el Canal, camino de vuelta, Bernard insistió en detener la hélice impulsora y en permanecer suspendido sobre el mar, a unos treinta metros de las olas. El tiempo había empeorado; se había levantado viento del Sudoeste y el cielo aparecía nuboso.

 –  Mira  –  le ordenó Bernard.

   –  Lo encuentro horrible  –  dijo Lenina, apartándose de la ventanilla. La horrorizó el huidizo vacío de la noche, el oleaje negro, espumoso, del mar a sus pies, y la pálida faz de la luna, macilenta y triste entre las nubes en fuga.  –  Pongamos la radio en seguida.

Lenina alargó la mano hacia el botón de mando situado en el tablero del aparato y lo conectó al azar.

 – ...el cielo es azul en tu interior  –  cantaban dieciséis voces trémulas  – , el tiempo es siempre...

Luego un hipo, y el silencio. Bernard había cortado la corriente.

 –  Quiero poder mirar el mar en paz  –  dijo.  –  Con este ruido espantoso ni siquiera se puede mirar.

 –  Pero ¡si es precioso! Yo no quiero mirar.

 –  Pues yo sí  –  insistió Bernard.  –  Me hace sentirme como si...  –  vaciló, buscando palabras para expresarse  – , como si fuese más yo, ¿me entiendes? Más yo mismo, y menos como una parte de algo más. No sólo como una célula del cuerpo social. ¿Tú no lo sientes así, Lenina? Pero Lenina estaba llorando.

 –  Es horrible, es horrible  –  repetía una y otra vez.  –  ¿Cómo puedes hablar así? ¿Cómo puedes decir que no quieres ser una parte del cuerpo social? Al fin y al cabo, todo el mundo trabaja para todo el mundo. No podemos prescindir de nadie. Hasta los Epsilones...

 –  Sí, ya lo sé  –  dijo Bernard, burlonamente.  –  Hasta los Epsilones son útiles. Y yo también. ¡Ojalá no lo fuera! Lenina se escandalizó ante aquella exclamación blasfema.

 –  ¡Bernard!  –  protestó, dolida y asombrada.  –  ¿Cómo puedes decir esto?  –  ¿Cómo puedo decirlo?  –  repitió Bernard en otro tono, meditabundo.  –  No, el verdadero problema es: ¿Por qué no puedo decirlo? O, mejor aún, puesto que, en realidad, sé perfectamente por qué, ¿qué sensación experimentaría si pudiera, si fuese libre, si no me hallara esclavizado por mi condicionamiento?  –  Pero, Bernard, dices unas cosas horribles.

 –  ¿Es que tú no deseas ser libre, Lenina?  –  No sé qué quieres decir. Yo soy libre. Libre de divertirme cuanto quiera. Hoy día todo el mundo es feliz.

Bernard rió.

 –  Sí, hoy día todo el mundo el feliz. Eso es lo que ya les decimos a los niños a los cinco años. Pero ¿no te gustaría tener la libertad de ser feliz... de otra manera? A tu modo, por ejemplo; no a la manera de todos.

 –  No comprendo lo que quieres decir  –  repitió Lenina. Después, volviéndose hacia él, imploró  – : ¡Oh!, volvamos ya, Bernard. No me gusta nada todo esto.

 –  ¿No te gusta estar conmigo?  –  Claro que sí, Bernard. Pero este lugar es horrible.

 –  Pensé que aquí estaríamos más... juntos, con sólo el mar y la luna por compañía. Más juntos que entre la muchedumbre y hasta que en mi cuarto. ¿No lo comprendes?  –  No comprendo nada  –  dijo Lenina con decisión, determinada a conservar intacta su incomprensión.  –  Nada.  –  y prosiguió en otro tono  – : Y lo que menos comprendo es por   qué no tomas soma cuando se te ocurren esta clase de ideas. Si lo tomaras olvidarías todo eso. Y en lugar de sentirte desdichado serías feliz. Muy feliz  –  repitió.

Y sonrió, a pesar de la confusa ansiedad que había en sus ojos, con una expresión que pretendía ser picarona y voluptuosa.

Bernard la miró en silencio, gravemente, sin responder a aquella invitación implícita. A los pocos segundos, Lenina apartó la vista, soltó una risita nerviosa, se esforzó por encontrar algo que decir y no lo encontró. El silencio se prolongó.

Cuando, por fin, Bernard habló, lo hizo con voz débil y fatigada.

 –  De acuerdo  –  dijo  – ; regresemos.

Y pisando con fuerza el acelerador, lanzó el aparato a toda velocidad, ganando altura, y al alcanzar los mil doscientos metros puso en marcha la hélice propulsora. Volaron en silencio uno o dos minutos. Después, súbitamente, Bernard empezó a reír. De una manera extraña, en opinión de Lenina; pero, aun así, no podía negarse que era una carcajada.

 –  ¿Te encuentras mejor?  –  se aventuró a preguntar.

Por toda respuesta, Bernard retiró una mano de los mandos, y, rodeándola con un brazo, empezó a acariciarle los senos.

 –  Gracias a Ford  –  se dijo Lenina  –  ya está repuesto.

Media hora más tarde se hallaba de vuelta a las habitaciones de Bernard. Éste tragó de golpe cuatro tabletas de soma, puso en marcha la radio y la televisión y empezó a desnudarse.

 –  Bueno  –  dijo Lenina, con intencionada picardía cuando se encontraron de nuevo en la azotea, el día siguiente por la tarde.  –  ¿Te divertiste ayer? Bernard asintió con la cabeza. Subieron al avión. Una breve sacudida, y partieron.

 –  Todos dicen que soy muy neumática  –  dijo Lenina, meditativamente, dándose unas palmaditas en los muslos.

 –  Muchísimo.

Pero en los ojos de Bernard había una expresión dolida. Como carne, pensaba.

Lenina lo miró con cierta ansiedad.

 –  Pero no me encuentras demasiado llenita, ¿verdad? Bernard denegó con la cabeza. Exactamente igual que carne.

 –  ¿Me encuentras al punto? Otra afirmación muda de Bernard.

 –  ¿En todos los aspectos?  –  Perfecta  –  dijo Bernard, en voz alta.

Y para sus adentros: Ésta es la opinión que tiene de sí misma. No le importaba ser como la carne.

Lenina sonrió triunfalmente. Pero su satisfacción había sido prematura.

 –  Sin embargo  –  prosiguió Bernard tras una breve pausa  – , hubiese preferido que todo terminara de otra manera.

 –  ¿De otra manera? ¿Podía terminarse de otra?  –  Yo no quería que acabáramos acostándonos  –  especificó Bernard.

Lenina se mostró asombrada.

 –  Quiero decir, no en seguida, no el primer día.

 –  Pero, entonces, ¿qué...?   Bernard empezó a soltar una serie de tonterías incomprensibles y peligrosas. Lenina hizo todo lo posible por cerrar los oídos de su mente; pero de vez en cuando una que otra frase se empeñaba en hacerse oír:... probar el efecto que produce detener los propios impulsos, le oyó decir. Fue como si aquellas palabras tocaran un resorte de su mente.

 –  No dejes para mañana la diversión que puedes tener hoy  –  dijo Lenina gravemente.

 –  Doscientas repeticiones, dos veces por semana, desde los catorce años hasta los dieciséis y medio  –  se limitó a comentar Bernard. Su alocada charla prosiguió.  –  Quiero saber lo que es la pasión  –  oyó Lenina, de sus labios.  –  Quiero sentir algo con fuerza.

 –  Cuando el individuo siente, la comunidad se resiente  –  citó Lenina.

 –  Bueno, ¿y por qué no he de poder resentirme un poco?  –  ¡Bernard! Pero Bernard no parecía avergonzado.

 –  Adultos intelectualmente y durante las horas de trabajo  –  prosiguió  – , y niños en lo que se refiere a los sentimientos y los deseos.

 –  Nuestro Ford amaba a los niños.

Sin hacer caso de la interrupción, Bernard prosiguió:  –  El otro día, de pronto, se me ocurrió que había de ser posible ser un adulto en todo momento.

 –  Lo comprendo.

El tono de Lenina era firme.

 –  Ya lo sé. Y por esto nos acostamos juntos ayer, como niños, en lugar de obrar como adultos, y esperar.

 –  Pero fue divertido  –  insistió Lenina.  –  ¿No es verdad?  –  ¡Oh, si, divertidísimo!  –  contestó Bernard.

Pero había en su voz un tono tan doloroso, tan amargo, que Lenina sintió de pronto que se esfumaba toda la sensación de triunfo. Tal vez, a fin de cuentas, Bernard la encontraba demasiado gorda.

 –  Ya te lo dije  –  comentó Fanny, por toda respuesta, cuando Lenina se lo confió.  –  Eso es el alcohol que le pusieron en el sucedáneo.

 –  Sin embargo  –  insistió Lenina  – , me gusta. Tiene unas manos preciosas. Y mueve los hombros de una manera muy atractiva.  –  Suspiró.  –  Pero preferiría que no fuese tan raro.

2

Deteniéndose un momento ante la puerta del despacho del director, Bernard tomó aliento y se cuadró, preparándose para enfrentarse con el disgusto y la desaprobación que estaba seguro de encontrar en el interior. Luego llamó y entró.

 –  Vengo a pedirle su firma para un permiso, director  –  dijo con tanta naturalidad como le fue posible...

Y dejó el papel encima de la mesa.

El director le lanzó una mirada agria. Pero en la cabecera del documento aparecía el sello del Despacho del Interventor Mundial, y al pie del mismo la firma vigorosa, de gruesos trazos de Mustafá Mond. Por consiguiente, todo estaba en orden. El director no podía negarse. Escribió sus iniciales  –  dos pálidas letras al pie de la firma de Mustafá   Mond  –  y se disponía, sin comentarios a devolver el papel a Bernard, cuando casualmente sus ojos captaron algo que aparecía escrito en el texto del permiso.

 –  ¿Se va a la Reserva de Nuevo Méjico?  –  dijo. Y el tono de su voz, así como la manera con que miró a Bernard, expresaba una especie de asombro lleno de agitación.

Sorprendido ante la sorpresa de su superior, Bernard asintió. Sobrevino un silencio.

El director, frunciendo el ceño, se arrellanó en su asiento.

 –  ¿Cuánto hará de ello  –  dijo, más para sí mismo que dirigiéndose a Bernard.  –  Veinte años, creo. Casi veinticinco. Tendría su edad, más o menos...

Suspiró y movió la cabeza.

Bernard se sentía sumamente violento. ¡Un hombre tan convencional, tan escrupulosamente correcto como el director, incurrir en una incongruencia! Ello le hizo sentir deseos de ocultar el rostro, de salir corriendo de la estancia. No porque hallara nada intrínsecamente censurable en que la gente hablara del pasado remoto; aquél era uno de los tantos prejuicios hipnopédicos de los que Bernard (al menos eso creía él) se había librado por completo. Lo que le violentaba era el hecho de saber que el director lo desaprobaba... lo desaprobaba, y, sin embargo, había incurrido en el pecado de hacer lo que estaba prohibido. ¿A qué compulsión interior habría obedecido? A pesar de la incomodidad que experimentaba, Bernard escuchaba atentamente.

 –  Tuve la misma idea que usted  –  decía el director.  –  Quise echar una ojeada a los salvajes. Logré un permiso para Nuevo Méjico y fui a pasar allí mis vacaciones veraniegas.

Con la muchacha con la que iba a la sazón. Era una Beta – Menos, y me parece  –  cerró un momento los ojos  – , me parece que era rubia. En todo caso, era neumática, particularmente neumática; esto sí lo recuerdo. Bueno, fuimos allá, vimos a los salvajes, paseamos a caballo, etc. Y después, casi el último día de mi permiso... después... bueno, la chica se perdió. Habíamos ido a caballo a una de aquellas asquerosas montañas, con un calor horrible y opresivo, y después de comer fuimos a dormir una siesta. Al menos yo lo hice. Ella debió de salir de paseo sola. En todo caso, cuando me desperté la chica no estaba. Y en aquel momento estallaba una tormenta encima de nosotros, la más fuerte que he visto en mi vida. Llovía a cántaros, tronaba y relampagueaba; los caballos se soltaron y huyeron al galope; al intentar atraparlos, caí y me herí en la rodilla, de modo que apenas podía andar. Sin embargo, empecé a buscar a la chica, llamándola a gritos una y otra vez.

Ni rastro de ella. Después pensé que debía haberse marchado sola al refugio. Así, pues, me arrastré como pude por el valle, siguiendo el mismo camino por donde habíamos venido.

La rodilla me dolía horriblemente, y había perdido mis raciones de soma. Tuve que andar horas. No llegué al refugio hasta pasada la medianoche. Y la chica no estaba; no estaba  –  repitió el director. Siguió un silencio.  –  Bueno  –  prosiguió, al fin  – , al día siguiente se organizó una búsqueda. Pero no la encontramos. Debió de haber caído por algún precipicio; o acaso la devoraría algún león de las montañas. Sábelo Ford. Fue algo horrible. En aquel entonces me trastornó profundamente. Más de lo lógico, lo confieso.

Porque, al fin y al cabo, aquel accidente hubiese podido ocurrirle a cualquiera; y, desde luego, el cuerpo social persiste aunque sus células cambien.  –  Pero aquel consuelo hipnopédico no parecía muy eficaz.

Y el director se sumió en un silencio evocador.

 –  Debió de ser un golpe terrible para usted  –  dijo Bernard, casi con envidia.

  Al oír su voz, el director se sobresaltó con una sensación de culpabilidad, y recordó dónde estaba; lanzó una mirada a Bernard, y, rehuyendo la de sus ojos, se sonrojó violentamente; volvió a mirarle con súbita desconfianza, herido en su dignidad.

 –  No vaya a pensar  –  dijo  –  que sostuviera ninguna relación indecorosa con aquella muchacha. Nada emocional, nada excesivamente prolongado. Todo fue perfectamente sano y normal.  –  Tendió el permiso a Bernard.  –  No sé por qué le habré dado la lata con esta anécdota trivial.  –  Enfurecido consigo mismo por haberle revelado un secreto tan vergonzoso, descargó su furia en Bernard. Ahora la expresión de sus ojos era francamente maligna.  –  Deseo aprovechar esta oportunidad, Mr. Marx  –  prosiguió  –  para decirle que no estoy en absoluto satisfecho de los informes que recibo acerca de su comportamiento en las horas de asueto. Usted dirá que esto no me incumbe. Pero sí me incumbe. Debo pensar en el buen nombre de este Centro. Mis trabajadores deben hallarse por encima de toda sospecha, especialmente los de las castas altas. Los Alfas son condicionados de modo que no tengan forzosamente que ser infantiles en su comportamiento emocional. Razón de más para que realicen un esfuerzo especial para adaptarse. Su deber estriba en ser infantiles, aun en contra de sus propias inclinaciones. Por esto, Mr. Marx, debo dirigirle esta advertencia  –  la voz del director vibraba con una indignación que ahora era ya justiciera e impersonal, viva expresión de la desaprobación de la propia infracción de las normas del decoro infantil  – , si siguen llegando quejas sobre su comportamiento, solicitaré su transferencia a algún Sub – Centro, a ser posible en Islandia. Buenos días.

Y, volviéndose bruscamente en su silla, cogió la pluma y empezó a escribir.

Esto le enseñará, se dijo. Pero estaba equivocado. Porque Bernard salió de su despacho cerrando de golpe la puerta tras de sí, crecido, exultante ante el pensamiento de que se hallaba solo, enzarzado en una lucha heroica contra el orden de las cosas; animado por la embriagadora conciencia de su significación e importancia individual. Ni siquiera la amenaza de un castigo le desanimaba; más bien constituía para él un estimulante. Se sentía lo bastante fuerte para resistir y soportar el castigo, lo bastante fuerte hasta para enfrentarse con Islandia. Y esta confianza era mayor cuanto que, en realidad, estaba íntimamente convencido de que no debería enfrentarse con nada de aquello. A la gente no se la traslada por cosas como aquéllas. Islandia no era más que una amenaza. Una amenaza sumamente estimulante. Avanzando por el pasillo, Bernard no pudo contener su deseo de silbotear una canción.

Por la noche, en su entrevista con Watson, su versión de la charla sostenida con el director cobró visos de heroicidad.

 –  Después de lo cual  –  concluyó  – , me limité a decirle que podía irse al Pasado sin Fin, y salí del despacho. Y esto fue todo.

Miró a Helmholtz Watson con expectación, esperando su simpatía, su admiración. Pero Helmholtz no dijo palabra, y permaneció sentado, con los ojos fijos en el suelo.

Apreciaba a Bernard; le agradecía el hecho de ser el único de sus conocidos con quien podía hablar de cosas que presentía que eran importantes. Sin embargo, había cosas, en Bernard, que le parecían odiosas. Por ejemplo, aquella fanfarronería. Y los estallidos de autocompasión con que la alternaba. Y su deplorable costumbre de mostrarse muy osado después de ocurridos los hechos, y de exhibir una gran presencia de ánimo... en ausencia.

Odiaba todo esto, precisamente porque apreciaba a Bernard. Los segundos pasaban.

Helmholtz seguía mirando al suelo. Y, súbitamente, Bernard, sonrojándose, se alejó.

3

El viaje transcurrió sin el menor incidente. El Cohete Azul del Pacífico llegó a Nueva Orleans con dos minutos y medio de anticipación, perdió cuatro minutos a causa de un tornado en Texas, pero al llegar a los 95º de longitud Oeste penetró en una corriente de aire favorable y pudo aterrizar en Santa Fe con menos de cuarenta segundos de retraso con respecto a la hora prevista.

 –  Cuarenta segundos en un vuelo de seis horas y media. No está mal  –  reconoció Lenina.

Aquella noche durmieron en Santa Fe. El hotel era excelente, incomparablemente mejor, por ejemplo, que el horrible Palacio de la Aurora Boreal en el que Lenina había sufrido tanto el verano anterior. En todas las habitaciones había aire líquido, televisión, masaje por vibración, radio, solución de cafeína hirviente, anticoncepcionales calientes y ocho clases diferentes de perfumes. Cuando entraron en el vestíbulo, el aparato de música sintética estaba en funcionamiento y no dejaba nada que desear. Un letrero en el ascensor informaba de que en el hotel había sesenta pistas móviles de juego de pelota y que en el parque se podía jugar al Golf de Obstáculos y al Electromagnético.

 –  ¡Es realmente estupendo!  –  exclamó Lenina.  –  Casi me entran ganas de quedarme aquí. ¡Sesenta pistas móviles..!  –  En la Reserva no habrá ni una sola  –  le advirtió Bernard.  –  Ni perfumes, ni televisión, ni siquiera agua caliente. Si crees que no podrás resistirlo quédate aquí hasta que yo vuelva.

Lenina se ofendió.

 –  Claro que puedo resistirlo. Sólo dije que esto es estupendo porque..., bueno, porque el progreso es estupendo, ¿no es verdad?  –  Quinientas repeticiones una vez por semana desde los trece años a los dieciséis  –  dijo Bernard, aburrido, como para sí mismo.

 –  ¿Qué decías?  –  Dije que el progreso es estupendo. Por esto no debes ir conmigo a la Reserva, a menos que lo desees de veras.

 –  Pues lo deseo.

 –  De acuerdo, entonces  –  dijo Bernard, casi en tono de amenaza.

Su permiso requería la firma del Guardián de la Reserva, a cuyo despacho acudieron debidamente a la mañana siguiente. Un portero negro Epsilon – Menos pasó la tarjeta de Bernard, y casi inmediatamente les hicieron pasar.

El Guardián era un Alfa – Menos, rubio y braquicéfalo, bajo, rubicundo, de cara redonda y anchos hombros, con una voz fuerte y sonora, muy adecuada para enunciar ciencia hipnopédica. Era una auténtica mina de informaciones innecesarias y de consejos que nadie le pedía. En cuanto empezaba, no acababa nunca, con su voz de trueno, resonante...

 – ...quinientos sesenta mil kilómetros cuadrados divididos en cuatro Sub – Reservas, cada una de ellas rodeada por una valla de cables de alta tensión.

En aquel instante, sin razón alguna, Bernard recordó de pronto que se había dejado abierto el grifo del agua de Colonia de su cuarto de baño, en Londres.

   – ...alimentada con corriente procedente de la central hidroeléctrica del Gran Cañón...

Me costará una fortuna cuando vuelva. Mentalmente, Bernard veía el indicador de su contador de perfume girando incansablemente. Debo telefonear inmediatamente a Helmholtz Watson..  –..más de cinco mil kilómetros de valla a sesenta mil voltios.

 –  No me diga  –  dijo Lenina, cortésmente, sin tener la menor idea de lo que el Guardián decía, pero aprovechando la pausa teatral que el hombre acababa de hacer.

Cuando el Guardián había iniciado su retumbante peroración, Lenina, disimuladamente, había tragado medio gramo de soma, y gracias a ello podía permanecer sentada, serena, pero sin escuchar ni pensar en nada, fijos sus ojos azules en el rostro del Guardián, con una expresión de atención casi extática.

 –  Tocar la valla equivale a morir instantáneamente  –  decía el Guardián solemnemente  – .

No hay posibilidad alguna de fugarse de la Reserva para Salvajes.

La palabra fugarse era sugestiva.

 –  ¿Y si fuéramos allá?  –  sugirió, iniciando el ademán de levantarse.

La manecilla negra del contador seguía moviéndose, perforando el tiempo, devorando su dinero.

 –  No hay fuga posible  –  repitió el Guardián, indicándole que volviera a sentarse; y, como el permiso aún no estaba firmado, Bernard no tuvo más remedio que obedecer  – .

Los que han nacido en la Reserva... Porque, recuerde, mi querida señora  –  agregó, sonriendo obscenamente a Lenina y hablando en un murmullo indecente  – , recuerde que en la Reserva los niños todavía nacen, sí, tal como se lo digo, nacen, por nauseabundo que pueda parecernos...

El hombre esperaba que su referencia a aquel tema vergonzoso obligara a Lenina a sonrojarse; pero ésta, estimulada por el soma, se limitó a sonreír con inteligencia y a decir:  –  No me diga.

Decepcionado, el Guardián reanudó la peroración.

 –  Los que nacen en la Reserva, repito, están destinados a morir en ella.

Destinados a morir... Un decilitro de agua de Colonia por minuto. Seis litros por hora.

 –  Tal vez  –  intervino de nuevo Bernard  – , tal vez deberíamos...

Inclinándose hacia delante, el Guardián tamborileó en la mesa con el dedo índice.

 –  Si ustedes me preguntan cuánta gente vive en la Reserva, les diré que no lo sabemos.

Sólo podemos suponerlo.

 –  No me diga.

 –  Pues sí se lo digo, mi querida señora.

Seis por veinticuatro... no, serían ya seis por treinta y seis... Bernard estaba pálido y tembloroso de impaciencia. Pero, inexorablemente, la disertación proseguía.

 – ...Unos sesenta mil indios y mestizos..., absolutamente salvajes... Nuestros inspectores los visitan de vez en cuando... aparte de esto, ninguna comunicación con el mundo civilizado... conservan todavía sus repugnantes hábitos y costumbres... matrimonio, suponiendo que ustedes sepan a qué me refiero; familias... nada de condicionamiento...

monstruosas supersticiones... Cristianismo, totemismos y adoración de los antepasados...

lenguas muertas, como el zuñí, el español y el atabascano... pumas, puerco – espines y otros animales feroces... enfermedades infecciosas... sacerdotes... lagartos venenosos...

 –  No me diga.

  Por fin los soltó. Bernard se lanzó corriendo a un teléfono. De prisa, de prisa; pero le costó tres minutos encontrar a Helmholtz Watson.

 –  A estas horas ya podríamos estar entre los salvajes  –  se lamentó.  –  ¡Maldita incompetencia!  –  Toma un gramo  –  sugirió Lenina.

Bernard se negó a ello, prefería su ira. Y, por fin, gracias a Ford, lo logró; sí, allá estaba Helmholtz; Helmholtz, a quien explicó lo que ocurría, y quien prometió ir allá inmediatamente y cerrar el grifo; sí, inmediatamente, pero al mismo tiempo aprovechó la oportunidad para repetirle lo que D.I.C. había dicho en público la noche anterior.  –  ¿Cómo? ¿Que busca un sustituto para mí?  –  La voz de Bernard era agónica.  –  ¿Así que está decidido? ¿Habló de Islandia? ¿Sí? ¡Ford! ¡Islandia...! Colgó el receptor y se volvió hacia Lenina. Su rostro aparecía muy pálido, con una expresión abatida.

 –  ¿Qué ocurre?  –  preguntó la muchacha.

 –  ¿Qué ocurre?  –  Bernard se dejó caer pesadamente en una silla.  –  Van a enviarme a Islandia.

En el pasado, a menudo se había preguntado qué efecto debía de producir ser objeto (privado de soma y sin otros recursos que los interiores) de algún gran proceso, de algún castigo, de alguna persecución; y hasta había deseado el sufrimiento. Apenas hacía una semana, en el despacho del director, se había imaginado a sí mismo resistiendo valerosamente, aceptando estoicamente el sufrimiento sin una sola queja. En realidad, las amenazas del director lo habían exaltado, le habían inducido a sentirse grande, importante.

Pero ello  –  ahora se daba perfecta cuenta  –  obedecía a que no las había tomado en serio; no había creído ni por un instante que, en el momento de la verdad, el D.I.C. tomara decisión alguna. Pero ahora que, al parecer, las amenazas iban a cumplirse, Bernard estaba aterrado. No quedaba ni rastro de su estoicismo imaginativo, de su valor puramente teórico.

Lenina movió la cabeza.

 –  Él fue y él será tanto me dan  –  citó.  –  Un gramo tomarás y sólo el es verás.

Al fin le convenció para que se tomara cuatro tabletas de soma. Al cabo de cinco minutos, raíces y frutos habían sido abolidos; sólo la flor del presente se abría, lozana. Un mensaje del portero les avisó que, siguiendo órdenes del Guardián, un vigilante de la Reserva había acudido en avión y les esperaba en la azotea. Bernard y Lenina subieron inmediatamente. Un ochavón de uniforme verde de Gamma les saludó y procedió a recitar el programa matinal.

Vista panorámica de diez o doce de los principales pueblos, y aterrizaje para almorzar en el Valle de Malpaís. El parador era cómodo, y en el pueblo los salvajes probablemente celebrarían su festival de verano. Sería el lugar más adecuado para pasar la noche.

Ocuparon sus asientos en el avión y despegaron. Diez minutos más tarde cruzaban la frontera que separaba la civilización del salvajismo. Subiendo y bajando por las colinas, cruzando los desiertos de sal o de arena, a través de los bosques y de las profundidades violeta de los cañones, por encima de despeñaderos, picos y mesetas llanas, la valla seguía ininterrumpidamente la línea recta, el símbolo geométrico del propósito humano triunfante. Y al pie de la misma, aquí y allá, un mosaico de huesos blanqueados o una carroña oscura, todavía no corrompida en el atezado suelo, señalaba el lugar donde un   ciervo o un voraz zopilote atraído por el tufo de la carroña y fulminado como por una especie de justicia poética, se habían acercado demasiado a los cables aniquiladores.

 –  Nunca escarmientan  –  dijo el piloto del uniforme verde, señalando los esqueletos que, debajo de ellos, cubrían el suelo.  –  Y nunca escarmentarán  –  agregó riendo.

Bernard también rió; gracias a los dos gramos de soma, el chiste, por alguna razón, se le antojó gracioso.

Rió y después, casi inmediatamente, quedó sumido en el sueño, y, durmiendo, fue llevado por encima de Taos y Tesuco; de Namba, Picores y Pojoaque, de Sía y Cochiti, de Laguna, Acoma y la Mesa Encantada, de Cibola y Ojo Caliente, y despertó al fin para encontrar el aparato posado ya en el suelo, Lenina trasladando las maletas a una casita cuadrada, y el ochavón Gamma verde hablando incomprensiblemente con un joven indio.

 –  Malpaís  –  anunció el piloto, cuando Bernard se apeó.  –  Ésta es la hospedería. Y por la tarde habrá danza en el pueblo. Este hombre los acompañará.  –  Y señaló al joven salvaje de aspecto adusto.  –  Espero que se diviertan  –  sonrió.  –  Todo lo que hacen es divertido.  –  Con estas palabras, subió de nuevo al aparato y puso en marcha los motores.  –  Mañana volveré. Y recuerde  –  agregó tranquilizadoramente, dirigiéndose a Lenina  –  que son completamente mansos; los salvajes no les harán daño alguno. Tienen la suficiente experiencia de las bombas de gas para saber que no deben hacerles ninguna jugarreta.

Riendo todavía, puso en marcha la hélice del autogiro, aceleró y partió.

 

CAPITULO VII

 

La altiplanicie era como un navío anclado en un estrecho de polvo leonado. El canal zigzagueaba entre orillas escarpadas, y de un muro a otro corría a través del valle una franja de verdor: el río y sus campos contiguos. En la proa de aquel navío de piedra, en el centro del estrecho, y como formando parte del mismo, se levantaba, como una excrecencia geométrica de la roca desnuda, el pueblo del Malpaís. Bloque sobre bloque, cada piso más pequeño que el inmediato inferior, las altas casas se levantaban como pirámides escalonadas y truncadas en el cielo azul. A sus pies yacía un batiburrillo de edificios bajos y una maraña de muros; en tres de sus lados se abrían sobre el llano sendos Precipicios Verticales. Unas pocas columnas de humo ascendían verticalmente en el aire inmóvil y se desvanecían en lo alto.

 –  ¡Qué raro es todo esto!  –  dijo Lenina.  –  Muy raro.  –  Era su expresión condenatoria favorita.  –  No me gusta. Y tampoco me gusta este hombre.

Señaló al guía indio que debía llevarles al pueblo. Tales sentimientos, evidentemente, eran recíprocos; el hombre les precedía y, por tanto, sólo le veían la espalda, pero aun ésta tenía algo de hostil.

 –  Además  –  agregó Lenina, bajando la voz  – , apesta.

Bernard no intentó negarlo. Siguieron andando.

De pronto fue como si el aire todo hubiese cobrado ritmo, y latiera, latiera, con el movimiento incansable de la sangre. Allá arriba, en Malpaís, los tambores sonaban: involuntariamente, sus pies se adaptaron al ritmo de aquel misterioso corazón, y aceleraron el paso. El sendero que seguían los llevó al pie del precipicio. Los lados o costados de la gran altiplanicie torreaban por encima de ellos, casi a cien pies de altura.

   –  Ojalá hubiésemos traído el helicóptero  –  dijo Lenina, levantando la mirada con enojo ante el muro de roca.  –  Me fastidia andar. ¡Y, en el suelo, uno se siente tan pequeño, a los pies de una colina! Cuando estaban en mitad de la ascensión, un águila pasó volando tan cerca de ellos, que sintieron en el rostro la ráfaga de aire frío provocada por sus alas. En una grieta de la roca veíase un montón de huesos. El conjunto resultaba opresivamente extravagante, y el indio despedía un olor cada vez más intenso. Salieron por fin del fondo del barranco a plena luz del sol, la parte superior de la altiplanicie era un llano liso, rocoso.

 –  Como la Torre de Charing – T  –  comentó Lenina.

Pero no tuvo ocasión de gozar largo rato del descubrimiento de aquel tranquilizador parecido. El rumor aterciopelado de unos pasos los obligó a volverse. Desnudos desde el cuello hasta el ombligo, con sus cuerpos morenos pintados con líneas blancas (como pistas de tenis de asfalto, diría Lenina más tarde) y sus rostros inhumanos cubiertos de arabescos escarlata, negro y ocre, dos indios se acercaban corriendo por el sendero.

Llevaban los negros cabellos trenzados con pieles de zorro y franela roja. Pendían de sus hombros sendos mantos de plumas de pavo; y enormes diademas de pluma formaban alegres halos en torno a sus cabezas. A cada paso que daban, sus brazaletes de plata y sus pesados collares de hueso y de cuentas de turquesa entrechocaban y sonaban alegremente.

Se aproximaron sin decir palabra, corriendo en silencio con sus pies descalzos con mocasines de piel de ciervo. Uno de ellos empuñaba un cepillo de plumas, el otro llevaba en cada mano lo que a distancia parecían tres o cuatro trozos de cuerda gruesa. Una de las cuerdas se retorcía inquieta, y súbitamente Lenina comprendió que eran serpientes.

 –  No me gusta  –  exclamó Lenina.  –  No me gusta.

Todavía le gustó menos lo que le esperaba a la entrada del pueblo, en donde su guía los dejó solos para entrar a pedir instrucciones. Suciedad, montones de basura, polvo, perros, moscas... Con el rostro distorsionado en una mueca de asco, Lenina, se llevó un pañuelo a la nariz.

 –  Pero, ¿cómo pueden vivir así?  –  estalló.

En su voz sonaba un matiz de incredulidad indignada. Aquello no era posible.

Bernard se encogió filosóficamente de hombros.

 –  Piensa que llevan cinco o seis mil años viviendo así  –  dijo.  –  Supongo que a estas alturas ya estarán acostumbrados.

 –  Pero la limpieza nos acerca a la fordeza  –  insistió Lenina.

 –  Sí, y civilización es esterilización  –  prosiguió Bernard, completando así, en tono irónico, la segunda lección hipnopédica de higiene elemental.  –  Pero esta gente no ha oído hablar jamás de Nuestro Ford y no está civilizada. Por consiguiente, es inútil que...

 –  ¡Oh, mira!  –  exclamó Lenina, cogiéndose de su brazo.

Un indio casi desnudo descendía muy lentamente por la escalera de mano de una casa vecina, peldaño tras peldaño, con la temblorosa cautela de la vejez extrema. Su rostro era negro y aparecía muy arrugado, como una máscara de obsidiana. Su boca desdentada se hundía entre sus mejillas. En las comisuras de los labios y a ambos lados del mentón pendían, sobre la piel oscura, unos pocos pelos largos y casi blancos. Los cabellos largos y sueltos colgaban en mechones grises a ambos lados de su rostro. Su cuerpo aparecía encorvado y flaco hasta los huesos, casi descarnado. Bajaba lentamente, deteniéndose en cada peldaño antes de aventurarse a dar otro paso.

   –  Pero, ¿qué le pasa?  –  susurró Lenina.

En sus ojos se leía el horror y el asombro.

 –  Nada; sencillamente es viejo  –  contestó Bernard, aparentando indiferencia, aunque no sentía tal.

 –  ¿Viejo?  –  repitió Lenina.  –  Pero... también el director es viejo; muchas personas son viejas; pero no son así.

 –  Porque no les permitimos ser así. Las preservamos de las enfermedades. Mantenemos sus secreciones internas equilibradas artificialmente de modo que conserven la juventud.

No permitimos que su equilibrio de magnesio – calcio descienda por debajo de lo que era en los treinta años. Les damos transfusiones de sangre joven. Estimulamos de manera permanente su metabolismo. Por esto no tienen este aspecto. En parte  –  agregó  –  porque la mayoría mueren antes de alcanzar la edad de este viejo. Juventud casi perfecta hasta los sesenta años, y después, ¡plas!, el final.

Pero Lenina no le escuchaba. Miraba al viejo, que seguía bajando lentamente. Al fin, sus pies tocaron el suelo. Y se volvió. Al fondo de las profundas órbitas los ojos aparecían extraordinariamente brillantes, y la miraron un largo momento sin expresión alguna, sin sorpresa, como si Lenina no se hallara presente. Después, lentamente, con el espinazo doblado, el viejo pasó por el lado de ellos y se fue.

 –  Pero,  –  ¡esto es terrible!  –  susurró Lenina.  –  ¡Horrible! No debimos haber venido.

Buscó su ración de soma en el bolsillo, sólo para descubrir que, por un olvido sin precedentes, se había dejado el frasco en la hospedería. También los bolsillos de Bernard se hallaban vacíos.

Lenina tuvo que enfrentarse con los horrores de Malpaís sin ayuda alguna. Y los horrores se sucedieron a sus ojos rápidamente, sin descanso. El espectáculo de dos mujeres jóvenes que amamantaban a sus hijos con su pecho la sonrojó y la obligó a apartar el rostro. En toda su vida no había visto jamás indecencia como aquella. Lo peor era que, en lugar de ignorarlo delicadamente, Bernard no cesaba de formular comentarios sobre aquella repugnante escena vivípara.

 –  ¡Qué relación tan maravillosamente íntima!  –  dijo, en un tono deliberadamente ofensivo.  –  ¡Qué intensidad de sentimientos debe generar! A menudo pienso que es posible que nos hayamos perdido algo muy importante por el hecho de no tener madre. Y quizá tú te hayas perdido algo al no ser madre, Lenina. Imagínate a ti misma sentada aquí, con un hijo tuyo...

 –  ¡Bernard! ¿Cómo puedes...? El paso de una anciana que sufría de oftalmia y de una enfermedad de la piel la distrajo de su indignación.

 –  Vámonos  –  imploró.  –  No me gusta nada.

Pero en aquel momento su guía volvió, e, invitándoles a seguirle, abrió la marcha por una callejuela entre dos hileras de casas. Doblaron una esquina. Un perro muerto yacía en un montón de basura; una mujer con bocio despiojaba a una chiquilla. El guía se detuvo al pie de una escalera de mano, levantó un brazo perpendicularmente, y después lo bajó señalando hacia delante. Lenina y Bernard hicieron lo que el hombre les había ordenado por señas; treparon por la escalera y cruzaron un umbral que daba acceso a una estancia larga y estrecha, muy oscura, y que hedía a humo, a grasa frita y a ropas usadas y sucias.

Al otro extremo de la estancia se abría otra puerta a través de la cual les llegaba la luz del sol y el redoble, fuerte y cercano, de los tambores.

Salieron por esta puerta y se encontraron en una espaciosa terraza. A sus pies, encerrada entre casas altas, se hallaba la plaza del pueblo, atestada de indios. Mantas de vivos colores y plumas en las negras cabelleras, y brillo de turquesas, y de pieles negras que relucían por el sudor. Lenina volvió a llevarse el pañuelo a la nariz. En el espacio abierto situado en el centro de la plaza había dos plataformas circulares de ladrillo y arcilla apisonada que, evidentemente, eran los tejados de dos cámaras subterráneas, porque en el centro de cada plataforma había una escotilla abierta, a cuya negra boca asomaba una escalera de mano. Por las dos escotillas salía un débil son de flautas casi ahogado por el redoble incesante de los tambores.

Se produjo de pronto una explosión de cantos: cientos de voces masculinas gritando briosamente al unísono, en un estallido metálico, áspero. Unas pocas notas muy prolongadas, y un silencio, el silencio tonante de los tambores; después, aguda, en un chillido desafinado, la respuesta de las mujeres. Después, de nuevo los tambores; y una vez más la salvaje afirmación de virilidad de los hombres.

Raro, sí. El lugar era raro, y también la música, y no menos los vestidos, y los bocios y las enfermedades de la piel, y los viejos. Pero, en cuanto al espectáculo en sí, no resultaba especialmente raro.

 –  Me recuerda un Canto de Comunidad de casta inferior  –  dijo a Bernard.

Pero poco después le recordó mucho menos aquellas inocentes funciones. Porque, de pronto, de aquellos sótanos circulares había brotado un ejército fantasmal de monstruos.

Cubiertos con máscaras horribles o pintados hasta perder todo aspecto humano, habían comenzado a bailar una extraña danza alrededor de la plaza; vueltas y más vueltas, siempre cantando; vueltas y más vueltas, cada vez un poco más de prisa; los tambores habían cambiado y acelerado su ritmo, de modo que ahora recordaban el latir de la fiebre en los oídos; y la muchedumbre había empezado a cantar con los danzarines, cada vez más fuerte; primero una mujer había chillado, y luego otra, y otra, como si las mataran; de pronto, el que conducía a los danzarines se destacó de la hilera, corrió hacia una caja de madera que se hallaba en un extremo de la plaza, levantó la tapa y sacó de ella un par de serpientes negras. Un fuerte alarido brotó de la multitud, y todos los demás danzarines corrieron hacia él tendiendo las manos. El hombre arrojó las serpientes a los que llegaron primero y se volvió hacia la caja para coger más. Más y más, serpientes negras, pardas y moteadas, que iba arrojando a los danzarines. Después la danza se reanudó, con otro ritmo. Los danzarines seguían dando vueltas, con sus serpientes en las manos y serpenteando a su vez, con un movimiento ligeramente ondulatorio de rodillas y caderas.

Vueltas y más vueltas. Después el jefe dio una señal y, una tras otra, todas las serpientes fueron arrojadas al centro de la plaza; un viejo salió del subterráneo y les arrojó harina de maíz; por la otra escotilla apareció una mujer y les arrojó agua de un jarro negro. Después el viejo levantó una mano y se hizo un silencio absoluto terrorífico. Los tambores dejaron de sonar; pareció como si la vida hubiese tocado a su fin. El viejo señaló hacia las dos escotillas que daban entrada al mundo inferior. Y lentamente, levantadas por manos invisibles, desde abajo, emergieron, de una de ellas la imagen pintada de una águila, y de la otra de un hombre desnudo y clavado en una cruz. Emergieron y permanecieron suspendidas aparentemente en el aire, como si contemplaran el espectáculo. El anciano dio   una palmada. Completamente desnudo  –  excepto una breve toalla de algodón, blanca  – , un muchacho de unos dieciocho años salió de la multitud y quedóse de pie ante él, con las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza gacha. El anciano trazó la señal de la cruz sobre él y se retiró. Lentamente, el muchacho empezó a dar vueltas en torno del montón de serpientes que se retorcían. Había completado ya la primera vuelta y se hallaba en mitad de la segunda cuando, de entre los danzarines, un hombre alto, que llevaba una máscara de coyote y en la mano un látigo de cuero trenzado, avanzó hacia él. El muchacho siguió caminando como si no se hubiera dado cuenta de la presencia del otro. El hombre coyote levantó el látigo; hubo un largo momento de expectación; después, un rápido movimiento, el silbido del látigo y su impacto en la carne. El cuerpo del muchacho se estremeció, pero no despegó los labios y reanudó la marcha, al mismo paso lento y regular. El coyote volvió a golpear, una y otra vez; cada latigazo provocaba primero una suspensión y después un profundo gemido de la muchedumbre. El muchacho seguía andando. Dio dos vueltas, tres, cuatro. La sangre corría. Cinco vueltas, seis.

De pronto, Lenina se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar.

 –  ¡Oh, basta, basta!  –  imploro.

Pero el látigo seguía cayendo, inexorable. Siete vueltas. De pronto el muchacho vaciló, y, sin exhalar gemido alguno, cayó de cara al suelo. Inclinándose sobre él, el anciano le tocó la espalda con una larga pluma blanca, la levantó en alto un momento, roja de sangre, para que el pueblo la viera, y la sacudió tres veces sobre las serpientes. Cayeron unas pocas gotas, y súbitamente los tambores estallaron en una carrera loca de notas; y se oyó un grito unánime de la multitud. Los danzarines saltaron hacia delante, recogieron las serpientes y huyeron de la plaza. Hombres, mujeres y niños, todos corrieron en pos de ellos. Un minuto después la plaza estaba desierta; sólo quedaba el muchacho, cara al suelo, en el mismo sitio donde se había desplomado, inmóvil. Tres ancianas salieron de una de las casas, y, no sin dificultad, lo levantaron y lo entraron en ella. El águila y el hombre crucificado siguieron montando la guardia un rato ante la plaza desierta; después, como si ya hubiesen visto lo suficiente, se hundieron por las escotillas y desaparecieron en el seno de su mundo subterráneo.

Lenina todavía sollozaba.

 –  ¡Qué horrible!  –  repetía una y otra vez, ante los vanos consuelos de Bernard.  –  ¡Qué horrible! ¡Esa sangre!  –  Se estremeció.  –  ¡Y no tener ni un gramo de soma! En la habitación interior se oyeron unos pasos.

El atuendo del joven que salió a la terraza era indio; pero sus trenzados cabellos eran de color pajizo, sus ojos azules, y su piel blanca, aunque bronceada por el sol.

 –  Hola. Buenos días  –  dijo el desconocido, en un inglés correcto, pero algo peculiar  – .

Ustedes son civilizados, ¿verdad? ¿Vienen del Otro Sitio, de fuera de la Reserva?  –  Pero, ¿quién demonios...?  –  empezó Bernard, asombrado.

El joven suspiró y meneó la cabeza.

 –  El más desdichado de los caballeros  –  dijo. Y, señalando las manchas de sangre del centro de la plaza, añadió  – : ¿Ven ustedes esa maldita mancha? Y en su voz temblaba la emoción.

 –  Un gramo es mejor que un taco  –  dijo Lenina, maquinalmente, sin apartar las manos de su rostro.  –  ¡Ojalá tuviera un poco de soma!    –  Yo debía estar allá  –  prosiguió el joven.  –  ¿Por qué no me dejan ser la víctima? Yo hubiese dado diez vueltas, doce, acaso quince. Palowhtiwa sólo dio siete. Hubiesen podido sacarme el doble de sangre. Teñir de púrpura los mares multitudinarios.  –  Abrió los brazos en un amplio ademán y luego los dejó caer con desesperación.  –  Sin embargo, no me lo permiten. No les gusto, a causa del color de mi piel. Siempre ha sido así. Siempre.

Las lágrimas asomaron a los ojos del joven; avergonzado, apartó el rostro.

El asombro hizo olvidar a Lenina su privación de soma. Descubrió su rostro y, por primera vez, miró al desconocido.

 –  ¿Quiere usted decir que deseaba que le azotaran con aquel látigo? Todavía con el rostro apartado, el joven asintió con la cabeza.

 –  Por el bien del pueblo; para que llueva y el maíz crezca. Y para agradar a Pukong y a Jesús. Y también para demostrar que puedo soportar el dolor sin gritar. Sí  –  y su voz, súbitamente, cobró una nueva resonancia, y se volvió, cuadrando los hombros y levantando el mentón en actitud de orgullo y de reto  – , para demostrarles que soy hombre... ¡Oh! Se le cortó el aliento y permaneció en silencio, boqueando. Por primera vez en su vida había visto la cara de una muchacha cuyas mejillas no eran de color de chocolate o de piel de perro, cuyos cabellos eran castaños y ondulados, y cuya expresión (¡asombrosa novedad!) era de benévolo interés.

Lenina le sonreía: ¡Qué chico tan guapo!  –  pensaba.  –  Tiene un cuerpo realmente hermoso. La sangre se agolpó en la cara del muchacho; bajó los ojos, volvió a levantarlos un momento sólo para volver a verla sonriéndole, y se sintió tan trastornado que tuvo que volver la cara y fingir que miraba con gran interés algo situado en el otro extremo de la plaza.

Las preguntas de Bernard aportaron una distracción.

¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿De dónde? Con los ojos fijos en la cara de Bernard (porque deseaba tan apasionadamente ver la sonrisa de Lenina que no se atrevía a mirarla), el muchacho intentó explicarse. Linda y él, Linda era su madre (la palabra puso muy violenta a Lenina) eran extranjeros en la Reserva. Linda había llegado del Otro Lugar mucho tiempo atrás, antes de que él naciera, con un hombre que era el padre del joven.

(Bernard aguzó el oído.) Linda había ido a dar un paseo, sola por las montañas del Norte, y al caer por un barranco se había herido en la cabeza.

 –  Siga, siga  –  dijo Bernard, lleno de excitación.

Unos cazadores de Malpaís la habían encontrado y traído al pueblo. En cuanto al hombre que era el padre del muchacho, Linda no había vuelto a verle. Se llamaba Tomakin. (Sí, Thomas era el nombre de pila del D.I.C.). Debió de haberse marchado de nuevo al Otro Lugar, sin ella. Sin duda era un hombre malo, infiel, depravado.

 –  Y así nací en Malpaís  –  concluyó el joven.  –  En Malpaís.

Y movió la cabeza.

¡Qué inmundicia era aquella casita de las afueras del pueblo! Un trecho cubierto de polvo y de basuras la separaba de la aldea. Ante su puerta, dos perros hambrientos hurgaban de un modo repugnante en la basura. Dentro, cuando ellos entraron, la penumbra hedía y aparecía llena de moscas.

 –  ¡Linda!  –  llamó el muchacho.

  Desde el interior, una voz áspera de mujer dijo:  –  ¡Voy! Esperaron. En el suelo veíanse unas escudillas que contenían los restos de un ágape, o acaso de varios.

La puerta se abrió. Una india rubia y muy corpulenta cruzó el umbral y se quedó mirando a los forasteros, incrédulamente, boquiabierta. Lenina observó con desagrado que le faltaban dos dientes. Y el color de los que quedaban... Se estremeció. Era peor que el viejo. ¡Y tan gorda! Una cara abotagada, cubierta de arrugas. ¡Y aquellas mejillas flácidas, con manchas purpúreas! ¡Y aquellas venas rojas en la nariz! ¡Y aquellos ojos inyectados en sangre! ¡Y aquel cuello...! ¡Aquel cuello! ¡Y la manta que llevaba en la cabeza, vieja y sucia! Y bajo la túnica áspera, de color pardo, aquellos pechos enormes, la redondez del estómago, las caderas... ¡Oh, mucho peor que el viejo, muchísimo peor! Y, de pronto, aquel ser estalló en un torrente de palabras, corrió hacia Lenina y... (¡Ford! ¡Ford! Era algo asqueroso; en otro momento hubiera podido marearse)... y la estrechó contra su vientre, contra su pecho, y empezó a besarla. ¡Ford!, a besarla, babeándole.

Ante ella vio un rostro hinchado y distorsionado; aquella criatura lloraba.

 –  ¡Oh, querida!  –  El torrente de palabras fluía entre sollozos.  –  ¡Si supieras cuán feliz soy! ¡Después de tantos años! ¡Una cara civilizada! ¡Sí, y ropas civilizadas! Creí que no volvería a ver jamás una prenda de auténtica seda al acetato.  –  Tocó la manga de la blusa de Lenina. Sus uñas aparecían negras.  –  ¡Y esos preciosos pantalones cortos de pana de viscosa! ¿Sabes? Todavía tengo mis vestidos viejos, los que llevaba cuando vine aquí, guardados en una caja. Después te los enseñaré. Aunque, desde luego, el acetato se ha agujereado del todo. Pero todavía tengo una cartuchera blanca estupenda; aunque la verdad es que la tuya, de cuero verde, todavía es más bonita. ¡Para lo que me sirvió, mi cartuchera!  –  Y de nuevo se echó a llorar.  –  Supongo que John ya os lo ha contado. ¡Lo que tuve que sufrir! ¡Y sin un gramo de soma! Sólo un trago de mescal de vez en cuando, cuando Popé me lo traía. Popé es un muchacho que era amigo mío. Pero el mescal deja una resaca terrible, y el peyotl marea; además, al día siguiente todavía me sentía más avergonzada. Y lo estaba mucho. Piénsalo por un momento: yo, una Beta, tener un hijo; ponte en mi sitio.  –  La sugerencia hizo estremecer a Lenina.  –  Aunque no fue mía la culpa, lo juro; todavía no sé cómo pudo ocurrir, teniendo en cuenta que hice todos los ejercicios malthusianos, ya sabes, por tiempos: uno, dos, tres, cuatro. Lo juro; pero el caso es que ocurrió; y, naturalmente, aquí no había ni un solo Centro Abortivo.

Grandes lagrimones escapaban por entre sus párpados cerrados.

 –  Y el viaje de regreso de Stoke Poges, en avión, por la noche... Y luego un baño caliente y el masaje mecánico... Aquí, en cambio...

Aspiró una profunda bocanada de aire, movió la cabeza, volvió a abrir los ojos, se sorbió los mocos un par de veces, luego se sonó con los dedos y se los secó con la falda.

 –  ¡Oh, perdón!  –  dijo, en respuesta a la involuntaria mueca de asco de Lenina.  –  No debí hacerlo. Perdón. Pero, ¿qué se puede hacer cuando no hay pañuelos? Recuerdo cómo me trastornaba toda esta suciedad, la falta de asepsia. Cuando me trajeron aquí tenía una herida horrible en la cabeza. No puedes figurarte lo que me ponían en ella. Porquerías, sólo porquerías. Civilización es Esterilización, solía decirles yo. Y Arre, estreptococos, a Banbury – T, a ver cuartos de baño y retretes espléndidos, como si fueran niños. Pero, claro, no me entendían. Imposible. Y, al fin, supongo que me acostumbré. Por otra parte,   ¿cómo se puede tener higiene si no hay una instalación de agua caliente? Mira esas ropas.

La lana animal no es como el acetato. Dura eternidades. Y si se desgarra se supone que una la remienda. Pero yo soy una Beta; yo trabajaba en la Sala de Fecundación; nadie me enseñó jamás a hacer estas cosas. No era asunto de mi incumbencia. Además, no era bien visto. Cuando los vestidos se estropeaban había que tirarlos y comprar otros nuevos. A más remiendos, menos dinero. ¿No es verdad? Los remiendos eran antisociales. Pero aquí todo es diferente. Es como vivir entre locos. Todo lo que hacen es pura locura.

Linda miró a su alrededor; vio que John y Bernard las habían dejado solas y paseaban entre el polvo y la basura del exterior; aun así, bajó confidencialmente la voz y acercó tanto los labios a la oreja de Lenina que el hálito de veneno embrional agitó la pelusilla de su mejilla.

 –  Por ejemplo  –  susurró  – , la forma en que la gente de aquí se empareja. Una locura, te lo aseguro, una auténtica locura. Todo el mundo pertenece a todo el mundo, ¿no es cierto? ¿No es cierto?  –  insistió, tirando a Lenina de la manga. Lenina, apartando la cabeza, asintió, soltó el aire que hasta entonces habla contenido y aspiró una nueva bocanada relativamente libre de malos olores.  –  Pues bien  –  prosiguió Linda  – , aquí se supone que una sólo puede pertenecer a otra persona. Y si aceptas tratos con otros hombres te consideran mala y antisocial. Te odian y te desprecian. Una vez acudió un grupo de mujeres y armaron un escándalo porque sus hombres venían a verme. Bueno, ¿y por qué no? Y me pegaron la gran paliza... Fue horrible. No, no puedo contártelo.  –  Linda se tapó la cara con las manos y se estremeció.  –  Son odiosas, las mujeres de aquí. Locas, locas y crueles. Y, desde luego, no saben nada de ejercicios malthusianos, ni de frascos, ni de decantación, ni de nada. Por esto constantemente tienen hijos... como perras. Es asqueroso. Y pensar que yo... ¡Oh, Ford, Ford, Ford! Y, sin embargo, John fue un gran consuelo para mí. No sé qué hubiese hecho yo sin él. A pesar de que se ponía como loco cada vez que un hombre... Ya cuando era niño, no creas. Una vez, cuando ya era mayorcito, quiso matar al pobre Waihusiwa, o a Popé, no lo recuerdo bien, sólo porque alguna que otra vez venían a verme. Nunca logré que comprendiera que así es como debían obrar las personas civilizadas. Yo creo que la locura es contagiosa. En todo caso, John parece habérsela contagiado de los indios. Porque, naturalmente, convivió mucho con ellos. A pesar de que se portaban muy mal con él y no le dejaban hacer lo que los demás muchachos hacían. Lo cual, en cierta manera, fue una suerte, porque así me fue más fácil condicionarle un poco. Aunque no tienes idea de cuán difícil es. ¡Hay tantas cosas que una no sabe! No tenía por qué saberlas, claro. Quiero decir que, cuando un niño te pregunta cómo funciona un helicóptero o quién hizo el mundo... bueno, ¿qué puedes contestar si eres una Beta y siempre has trabajado en la Sala de Fecundación? ¿Que puedes contestar?

 

CAPITULO VIII

 

Fuera, entre el polvo y la basura (a la sazón había ya cuatro perros), Bernard y John paseaban lentamente.

 –  Para mí es muy difícil comprenderlo  –  decía Bernard  – , reconstruir... Es como si viviéramos en diferentes planetas, en siglos diferentes. Una madre, y toda esta porquería, y   dioses, y la vejez, y la enfermedad...  –  Movió la cabeza.  –  Es casi inconcebible. Nunca lo comprenderé, a menos que me lo expliques.

 –  ¿Que te explique qué?  –  Esto.  –  Y Bernard señaló el pueblo.  –  Y esto.  –  Y ahora señaló la casita en las afueras  –  Todo. Toda tu vida.

 –  Pero, ¿qué puedo decir yo?  –  Todo, desde el principio. Desde tan atrás como puedas recordar.

 –  Desde tan atrás como pueda recordar...  –  John frunció el ceño.

Siguió un largo silencio.

John recordaba una estancia enorme, muy oscura; había en ella unos armatostes de madera con unas cuerdas atadas a ellos, y muchas mujeres de pie, en torno a aquellos armatostes, tejiendo mantas, según dijo Linda. Linda le ordenó que se sentara en un rincón, con los otros niños. De pronto la gente empezó a hablar en voz muy alta, y unas mujeres empujaban a Linda hacia fuera, y Linda lloraba. Linda corrió hacia la puerta, y John tras ella. Le preguntó por qué estaban enojadas.

 –  Porque he roto una cosa  –  dijo Linda. Y entonces se enojó ella también.  –  ¿Por qué he de saber yo nada de sus estúpidos trabajos?  –  dijo.  –  ¡Salvajes! John le preguntó qué quería decir salvajes. Cuando volvieron a casa, Popé esperaba en la puerta y entró con ellos. Llevaba una gran calabaza llena de un líquido que parecía agua; pero no era agua, sino algo que olía mal, quemaba en la boca y hacía toser. Linda bebió un poco y Popé también, y luego Linda rió mucho y habló con voz muy fuerte, y al final ella y Popé pasaron al otro cuarto. Cuando Popé se hubo marchado, John entró en la habitación.

Linda estaba acostada y dormía profundamente.

Popé solía ir por la casa. Decía que el líquido de la calabaza se llamaba mescal; pero Linda decía que debía llamarse soma; sólo que después uno se encontraba mareado. John odiaba a Popé. Les odiaba a todos, a todos los hombres que iban a ver a Linda. Una tarde, después de jugar con otros niños  –  recordaba que hacía frío, y había nieve en las montañas  – , John volvió a casa y oyó voces iracundas en el dormitorio. Eran de mujer, y decían palabras que él no entendía; pero sabía que eran palabras horribles. Luego, de pronto, ¡plas!, algo cayó al suelo; oyó movimiento de gente, y otro ruido, como cuando azotan a una mula, pero una mula carnosa; después Linda chilló: ¡Oh, no, no, no! John entró corriendo. Había tres mujeres con mantos negros. Linda estaba acostada.

Una de las mujeres la sujetaba por las muñecas. La otra se había sentado encima de sus piernas para que no pudiera patalear. La tercera la golpeaba con un látigo. Una, dos, tres veces; y cada vez Linda chillaba. Llorando, John se agarró al borde del manto de la mujer.

Por favor, por favor. Con la mano que tenía libre, la mujer lo apartó. El látigo volvió a caer, y de nuevo Linda chilló. John agarró la mano fuerte y morena de la mujer entre las suyas y le pegó un mordisco con todas sus fuerzas. La mujer gritó, libró la mano que tenía cogida y le arreó tal empujón que lo derribó. Cuando todavía estaba en el suelo, la mujer lo azotó tres veces con el látigo. Le dolió como nunca le había dolido nada: como fuego.

El látigo volvió a silbar y cayó. Pero esta vez chilló Linda.

 –  Pero, ¿por qué querían hacerte daño, Linda?  –  le preguntó aquella noche.

  John lloraba, porque las señales rojas del látigo en la espalda le dolían terriblemente.

Pero también lloraba porque la gente era tan brutal y mala, y porque él sólo era un niño y nada podía hacer contra ella.

 –  ¿Por qué querían hacerte daño, Linda?  –  No lo sé. ¿Cómo puedo saberlo? Era difícil entender lo que decía, porque Linda yacía boca abajo y tenía la cara sepultada en la almohada.

 –  Dicen que estos hombres son sus hombres  –  prosiguió.

Y era como si no le hablara a él, como si se lo dijera a alguien que se hallara dentro de ella misma. Una larga charla que John no entendía; y, al final, Linda volvió a chillar, más fuerte que nunca.

 –  ¡Oh, no, no llores, Linda! ¡No llores! John la abrazó con fuerza. Le pasó un brazo por el cuello.

Linda gritó:  –  ¡Ten cuidado! ¡Mi hombro! ¡Oh! Y lo apartó de sí, con fuerza. John fue a dar de cabeza contra la pared.

 –  ¡Imbécil!  –  le gritó su madre.

Y, de pronto, empezó a pegarle bofetadas.

Una, y otra, y otra más...

 –  ¡Linda!  –  gritó John.  –  ¡Oh, madre, no, no!  –  Yo no soy tu madre. Yo no quiero ser tu madre.

 –  Pero, Linda... ¡Oh! Otro cachete en la mejilla.

 –  Me he vuelto como una salvaje  –  gritaba Linda.  –  Tengo hijos como un animal... De no haber sido por ti hubiese podido presentarme al Inspector, hubiese podido marcharme de aquí. Pero no con un hijo. Hubiese sido una vergüenza demasiado grande.

John adivinó que iba a pegarle de nuevo y levantó un brazo para protegerse la cara  –  ¡Oh, no, Linda, no, por favor!  –  ¡Bestezuela! Linda lo obligó a bajar el brazo, dejándole la cara al descubierto.

 –  ¡No, Linda! John cerró los ojos, esperando el golpe.

Pero Linda no le pegó. Al cabo de un momento, John volvió a abrir los ojos y vio que su madre lo miraba. John intentó sonreírle. De pronto, Linda lo abrazó y empezó a besarle, una y otra vez.

Los momentos más felices eran cuando Linda le hablaba del Otro Lugar.

 –  ¿Y de veras puedes volar cuando se te antoja?  –  De veras.

Y Linda le contaba lo de la hermosa música que salía de una caja, y los juegos estupendos a que se podía jugar, y las cosas deliciosas de comer y de beber que había, y la luz que surgía con sólo pulsar un aparatito en la pared, y las películas que se podían oír, y palpar y ver, y otra caja que producía olores agradables, y las casas rosadas, verdes, azules y plateadas; altas como montañas, y todo el mundo feliz, y nadie triste ni enojado, y todo el mundo pertenecía a todo el mundo, y las cajas que permitía ver y oír todo lo que ocurría en el otro extremo del mundo, y los niños en frascos limpios y hermosos... todo limpísimo,   sin malos olores, sin suciedad... Y nadie solo, sino viviendo todos juntos, alegres y felices, algo así como en los bailes de verano de Malpaís, pero mucho más felices, porque su felicidad era de todos los días, de siempre... John la escuchaba embelesado.

Muchos hombres iban a ver a Linda. Los chiquillos empezaron a señalarla con el dedo.

En su lengua extranjera decían que Linda era mala; la llamaban con nombres que John no comprendía, pero que sabía eran malos nombres. Un día empezaron a cantar una canción acerca de Linda, una y otra vez. John les arrojó piedras. Ellos replicaron, y una piedra aguzada lo hirió en la mejilla. La sangre no cesaba de manar y pronto quedó cubierto de ella.

Linda le enseñó a leer. Con un trozo de carbón dibujaba figuras en la pared  –  un animal echado, un niño dentro de una botella  – , y después escribía detrás: El gato duerme, el pequeño está en el bote. John aprendió de prisa y con facilidad. Cuando ya sabía leer todas las palabras que su madre escribía en la pared, Linda abrió su gran caja de madera y sacó de debajo de aquellos graciosos pantalones rojos que nunca llevaba un librito muy delgado. John lo había visto ya muchas veces.

 –  Cuando seas mayor  –  le decía siempre su madre  –  te dejaré leerlo.

Bueno, ahora ya era lo bastante mayor. John se sentía muy orgulloso.

 –  Temo que no lo encontrarás muy apasionante  –  dijo Linda  – , pero es el único que tengo.  –  Y suspiró.  –  ¡Si pudieras ver las estupendas máquinas de leer que tenemos en Londres! John empezó a leer. El Condicionamiento químico y bacteriológico del embrión.

Instrucciones prácticas para los trabajadores Beta del Almacén de Embriones. Sólo leer el título le llevó un cuarto de hora. John arrojó el libro al suelo.

 –  ¡Libro feo, libro feo!  –  exclamó.

Y se echó a llorar.

Los muchachos seguían cantando su horrible canción acerca de Linda. Y a veces se burlaban de él porque iba tan desharrapado. Cuando se le rompían los vestidos, Linda no sabía remendarlos. En el Otro Lugar, le dijo su madre, la gente tiraba la ropa vieja y se compraba otra nueva.

 –  ¡Harapiento, harapiento!  –  le chillaban los muchachos.

 –  Pero yo sé leer  –  se decía John  – , y ellos no. Ni siquiera saben lo que es leer. No le era difícil, si se esforzaba en pensar en aquello, fingir que no le importaba que se burlaran de él. Pidió a Linda que volviera a prestarle el libro.

Cuanto más cantaban los muchachos y más lo señalaban con el dedo, tanto más ahincadamente leía. Pronto pudo leer todas las palabras. Hasta las más largas. Pero, ¿qué significaban? Se lo preguntó a Linda. Pero ni siquiera cuando ésta podía contestarle lo comprendía con claridad. Y generalmente ni siquiera podía contestarle.

 –  ¿Qué son productos químicos?  –  preguntaba John.

 –  ¡Oh! Cosas como sales de magnesio y alcohol para mantener a los Deltas y los Epsilones pequeños y retrasados, y carbonato de calcio para los huesos, y cosas por el estilo.

 –  Pero, ¿cómo se hacen los productos químicos, Linda? ¿De dónde salen?    –  No lo sé. Se sacan de frascos. Y cuando los frascos quedan vacíos, se envía a buscar más al Almacén Químico. Supongo que la gente del Almacén Químico los fabrica. O acaso van a buscarlos a la fábrica. No lo sé. Yo no trabajaba en eso. Yo estaba ocupada en los embriones.

Y lo mismo ocurría con cualquier cosa que preguntara. Por lo visto, Linda apenas sabía nada. Los viejos del pueblo daban respuestas mucho más concretas.

La semilla de los hombres y de todas las criaturas, la semilla del sol y la semilla de la tierra y la semilla del cielo, todo esto lo hizo Awonawilona de la Niebla Desarrolladora. El mundo tiene cuatro vientres; y Awonawilona enterró las semillas en el más bajo de los cuatro vientres. Y gradualmente las semillas empezaron a germinar...

Un día (John calculó más tarde que ello debió de ocurrir poco después de haber cumplido los doce años), llegó a casa y encontró en el suelo del dormitorio un libro que no había visto nunca hasta entonces. Era un libro muy grueso y parecía muy viejo. Los ratones habían roído sus tapas; y algunas de sus páginas aparecían sueltas o arrugadas.

John lo cogió y miró la portadilla. El libro se titulaba Obras Completas de William Shakespeare.

Linda yacía en la cama, bebiendo en una taza el hediondo mescal.

 –  Popé lo trajo  –  dijo. Su voz sonaba estropajosa y áspera, como si no fuese la suya  – .

Estaba en uno de los arcones de la Kiva de los Antílopes. Seguramente estaba allá desde hace cientos de años. Supongo que así es, porque le he echado una ojeada y sólo dice tonterías. Un autor que estaba por civilizar. Aun así, te servirá para hacer prácticas de lectura.

Echó otro trago, apuró la taza, la dejó en el suelo, al lado de la cama, se volvió de lado, hipó una o dos veces y se durmió.

John abrió el libro al azar.

Nada, sólo vivir en el rancio sudor de un lecho inmundo, cociéndose en la corrupción, arrullándose y haciendo el amor sobre el maculado camastro...

Las extrañas palabras penetraron, rumorosas, en su mente como la voz del trueno; como los tambores de las danzas de verano si los tambores supieran hablar; como los hombres que cantan el Canto del Maíz, tan hermoso que hacía llorar; como las palabras mágicas del viejo Mitsima sobre sus plumas, sus palos tallados y sus trozos de hueso y de piedra: kiathla tsilu siloklve silokwe silokwe. Kiai silu silu, tsithl. Pero mejor que las fórmulas mágicas de Mitsima, porque aquello significaba algo más, porque le hablaba a él; le hablaba maravillosamente, de una manera sólo a medias comprensible, con un poder mágico terriblemente bello, de Linda; de Linda que yacía allá, roncando, con la taza vacía junto a su cama; le hablaba de Linda y Popé, de Linda y Popé.

John odiaba a Popé cada vez más. Un hombre puede sonreír y sonreír y ser un villano.

Un villano incapaz de remordimientos, traidor, cobarde, inhumano. ¿Qué significaban exactamente estas palabras? John sólo lo sabía a medias. Pero su magia era poderosa, y las   palabras seguían resonando en su cerebro, y en cierta manera era como si hasta entonces no hubiese odiado realmente a Popé; como si no le hubiese odiado realmente porque nunca había sido capaz de expresar cuánto le odiaba. Pero ahora John tenía estas palabras, estas palabras que eran como tambores, como cantos, como fórmulas mágicas.

Un día, cuando John volvió a casa, después de sus juegos, encontró abierta la puerta del cuarto interior y los vio yaciendo los dos en la cama, dormidos: la blanca Linda, y Popé, casi negro a su lado, con un brazo bajo los hombros de ella y el otro encima de su pecho, con una de sus trenzas negras sobre la blanca garganta de Linda, como una serpiente que quisiera estrangularla. En el suelo, junto a la cama, había la calabaza de Popé y una taza. Linda roncaba.

John tuvo la sensación de que su corazón había desaparecido, dejando un hueco en su lugar. Sí, se sentía vacío. Vacío, y frío, y un tanto mareado, y como deslumbrado. Se apoyó en la pared para rehacerse un poco. Villano sin remordimientos, traidor, cobarde...

Como tambores, como los hombres cuando cantan al maíz, como fórmulas mágicas, las palabras se repetían una y otra vez en su mente. John pasó del frío inicial a un súbito calor.

Las mejillas, inyectadas en sangre, le ardían, la habitación vacilaba y se ensombrecía ante sus ojos. Rechinó los dientes. Lo mataré, lo mataré, lo mataré..., empezó a decir. Y, de pronto, surgieron otras palabras: Cuando duerma, borracho, o esté enfurecido, o goce del placer incestuoso de la cama...

La magia estaba de su parte, la magia lo explicaba todo y daba órdenes. John volvió al cuarto exterior. Cuando duerma, borracho... El cuchillo de cortar la carne estaba en el suelo, junto al hogar. John lo cogió y, de puntillas, se acercó de nuevo al umbral. Cuando duerma, borracho; cuando duerma, borracho... Cruzó corriendo la estancia y clavó el cuchillo  –  ¡oh, la sangre! dos veces, mientras Popé despertaba de su sueño; levantó la mano para volver a clavar el cuchillo, pero alguien le cogió la muñeca y  –  ¡oh, oh!  –  se la retorció. John no podía moverse, estaba cogido, y veía los ojillos negros de Popé, muy cerca de él, mirándole fijamente. John desvió la mirada. En el hombro izquierdo de Popé aparecían dos cortes. ¡Oh, mira, sangre!  –  gritaba Linda.  –  ¡Sangre! Nunca había podido soportar la vista de la sangre. Popé levantó la otra mano... para pegarme, pensó John. Se puso rígido para aguantar el golpe. Pero la mano lo cogió por debajo del mentón y le obligó a levantar la cabeza y a mirar a Popé a los ojos. Durante largo rato, horas y más horas. Y de pronto  –  no pudo evitarlo  –  John empezó a llorar. Y Popé se echó a reír.

Anda, ve  –  dijo, en su lengua india.  –  Ve, mi valiente Thaiyuta. Y John corrió al otro cuarto, a ocultar sus lágrimas.

 –  Ya tienes quince años  –  dijo el viejo Mitsima, en su lengua india.  –  Te enseñaré a modelar la arcilla.

En cuclillas, junto al río, trabajaron juntos.

 –  Ante todo  –  dijo Mitsima, cogiendo un terrón de arcilla húmeda entre sus manos  – , haremos una luna pequeña.

El anciano aplastó el terrón dándole forma de disco, y después levantó sus bordes; la luna se convirtió en un bol.

Lenta, torpemente, John imitó los delicados gestos del anciano.

   –  Una luna, una taza, y ahora una serpiente.

Mitsima cogió otro terrón de arcilla Y formó con él un largo cilindro flexible, lo dobló hasta darle la forma de un círculo perfecto y lo colocó encima del borde del bol.

 –  Después otra serpiente, y otra, y otra.

Circulo tras círculo, Mitsima levantó los costados de la jarra; era estrecha en la parte inferior, se hinchaba hacia el centro y volvía a estrecharse en la parte del cuello. Mitsima modelaba, daba palmaditas, acariciaba y rascaba la arcilla; y al fin salió de sus manos el típico jarro de agua de Malpaís, si bien era de color blanco cremoso en lugar de negro, y blando todavía. La contrahecha imitación del jarro de Mitsima, obra de John, estaba a su lado. Mirando los dos jarros, John no pudo reprimir una carcajada.

 –  Pero el próximo será mejor  –  dijo.

Y empezó a humedecer otro terrón de arcilla.

Modelar, dar forma, sentir cómo sus dedos adquirían habilidad y fuerza le proporcionaba un placer extraordinario.

 –  Vitamina A, Vitamina B, Vitamina C  –  canturreaba, mientras trabajaba.  –  La grasa está en el hígado, y el bacalao en el mar...

Y también Mitsima cantaba: una canción sobre la matanza de un oso.

Trabajaron todo el día; y el día entero estuvo lleno de una felicidad intensa, absorbente.

 –  El próximo invierno  –  dijo el viejo Mitsima  –  te enseñaré a construir un arco.

John esperó largo rato delante de la casa; y al fin terminaron las ceremonias que se celebraban en el interior. La puerta se abrió y ellos salieron. Primero Kothlu, con la mano derecha extendida, fuertemente cerrado el puño, como si guardara una joya preciosa. Le seguía Kiakimé, también con la mano derecha extendida, pero cerrado el puño. Caminaban en silencio, y en silencio, detrás de ellos, seguían los hermanos, las hermanas, los primos y la gente mayor.

Salieron del pueblo, cruzando la altiplanicie. Al llegar al borde del acantilado se detuvieron, cara al sol matutino. Kothlu abrió el puño. Viose en la palma de su mano una pulgarada de blanca harina de maíz; Kothlu le echó un poco de su aliento, pronunció unas palabras misteriosas y arrojó la harina, un puñado de polvo blanco, en dirección al sol.

Kiakimé hizo lo mismo. Después el padre de Kiakimé avanzó un paso, y levantando un bastón litúrgico adornado con plumas, pronunció una larga oración y acabó arrojando el bastón en la misma dirección que había seguido la harina de maíz.

 –  Se acabó  –  dijo el viejo Mitsima en voz alta.  –  Están casados.

 –  Bueno  –  dijo Linda, cuando se volvieron  – ; yo sólo digo que no veo la necesidad de armar tanto alboroto por una insignificancia como ésta. En los países civilizados, cuando un muchacho desea a una chica, se limita a... Pero, ¿adónde vas, John? John no le hizo caso y echó a correr, lejos, muy lejos, donde pudiera estar solo.

Se acabó. Las palabras del viejo Mitsima seguían resonando en su mente. Se acabó, se acabó... En silencio, y desde lejos, pero violenta, desesperadamente, sin esperanza alguna John había amado a Kiakimé. Y ahora, todo había acabado. John tenía dieciséis años.

Cuando la luna fuese llena, en la Kiva de los Antílopes se revelarían muchos secretos, se ejecutarían muchos ritmos ocultos. Los muchachos bajarían a la Kiva y saldrían de ella   convertidos en hombres. Todos estaban un poco asustados y al mismo tiempo impacientes.

Al fin llegó el día. El sol fue al ocaso y apareció la luna. John fue con los demás. Ante la entrada de la Kiva esperaban unos hombres morenos; la escalera de mano descendía hacia las profundidades iluminadas con una luz rojiza. Ya los primeros habían empezado a bajar. De pronto, uno de los hombres avanzó, lo agarró por un brazo y lo sacó de la fila.

John logró escapar de sus manos y volver a ocupar su lugar entre los otros. Esta vez el hombre lo agarró por los cabellos y le golpeó.

 –  ¡Tú no, albino!  –  ¡El hijo de perra, no!  –  gritó otro hombre. Los muchachos rieron.

 –  ¡Fuera! John todavía no se decidía a separarse del grupo.

 –  ¡Fuera!  –  volvieron a gritar los hombres.

Uno de ellos se agachó, cogió una piedra y se la arrojó.

 –  ¡Fuera, fuera, fuera! Cayó sobre él un chaparrón de guijarros. Sangrando, John huyó hacia las tinieblas. De la Kiva iluminada de rojo llegaba hasta él el rumor de unos cantos. El último muchacho había bajado ya la escalera. John se había quedado solo.

Solo, fuera del pueblo, en la desierta llanura de la altiplanicie. A la luz de la luna, las rocas eran como huesos blanqueados. Abajo, en el valle, los coyotes aullaban a la luna.

Los arañazos le escocían y los cortes todavía le sangraban; pero no sollozaba por el dolor, sino porque estaba solo, porque lo habían arrojado, solo, a aquel mundo esquelético de rocas y luz de luna.

 –  Solo, siempre solo  –  decía el joven.

Las palabras despertaron un eco quejumbroso en la mente de Bernard. Solo, solo...

 –  También yo estoy solo  –  dijo, cediendo a un impulso de confianza.  –  Terriblemente solo.

 –  ¿Tú?  –  John parecía sorprendido.  –  Yo creía que en el Otro Lugar... Linda siempre dice que allá nadie está solo.

Bernard se sonrojó, turbado.

 –  Verás  –  dijo, tartamudeando y sin mirarle  – , yo soy bastante diferente de los demás, supongo. Si por azar uno es decantado diferente...

 –  Sí, esto es  –  asintió el joven.  –  Si uno es diferente, se ve condenado a la soledad. Los demás le tratan brutalmente. ¿Sabes que a mí me han mantenido alejado de todo? Cuando los otros muchachos fueron enviados a pasar la noche en las montañas, donde deben soñar cuál es su respectivo animal sagrado, a mí no me dejaron ir con los otros; ni me revelaron ninguno de sus secretos. Pero yo lo hice todo por mí mismo  –  agregó.  –  Pasé cinco días sin comer absolutamente nada y una noche me marché solo a aquellas montañas.

Bernard sonrió con condescendencia.

 –  ¿Y soñaste algo?  –  preguntó.

El otro asintió con la cabeza.

 –  Pero no debo decirte lo que soñé.  –  Guardó silencio un momento, y después, en voz baja, prosiguió  – : Una vez hice algo que ninguno de los demás ha hecho: un mediodía de verano, permanecí apoyado en una roca, con los brazos abiertos, como Jesús en la cruz.

   –  Pero ¿por qué lo hiciste?  –  Quería saber qué sensación producía ser crucificado. Colgar allá, al sol...

 –  Pero ¿por qué?  –  ¿Por qué? Pues...  –  vaciló.  –  Porque sentía que debía hacerlo. Si Jesús pudo soportarlo... Además, si uno ha hecho algo malo... Por otra parte, yo no era feliz; y ésta era otra razón.

 –  A primera vista, parece una forma muy curiosa de poner remedio a la infelicidad  –  dijo Bernard.

Pero, pensándolo mejor, llegó a la conclusión de que, a fin de cuentas, algo había en ello. Quizá fuese mejor que tomar soma...

 –  Al cabo de un rato me desmayé  –  dijo el joven.  –  Caí boca abajo. ¿No ves la señal del corte que me hice? Se levantó el mechón de pelo rubio que le cubría la frente, dejando al descubierto una cicatriz pálida que aparecía en su sien derecha.

Bernard miró y se apresuró a cambiar de tema.

 –  ¿Te gustaría ir a Londres con nosotros?  –  preguntó, iniciando así el primer paso de una campaña cuya estrategia había empezado a elaborar en secreto desde el momento en que, en el interior de la casucha, había comprendido quién debía ser el padre de aquel joven salvaje. ¿Te gustaría? El rostro del muchacho se iluminó.

 –  ¿Lo dices en serio?  –  Claro; es decir, suponiendo que consiguiera el permiso.

 –  ¿Y Linda también?  –  Bueno...

Bernard vaciló. ¡Aquella odiosa criatura! No, era imposible. A menos que... De pronto, se le ocurrió a Bernard que la misma repulsión que Linda inspiraba podía constituir un buen triunfo.

 –  Pues, ¡claro que sí!  –  exclamó, esforzándose por compensar su vacilación con un exceso de cordialidad.

 –  ¡Pensar que pudiera realizarse el sueño de toda mi vida! ¿Recuerdas lo que dice Miranda?  –  ¿Quién es Miranda? Pero, evidentemente, el joven no había oído la pregunta.

 –  ¡Oh, maravilla!  –  decía.

Sus ojos brillaban y su rostro ardía.

 –  ¡Cuántas y cuán divinas criaturas hay aquí! ¡Cuán bella humanidad! Su sonrojo se intensificó súbitamente; John pensaba en Lenina, en aquel ángel vestido de viscosa color verde botella, reluciente de juventud y de crema cutánea, llenita y sonriente. Su voz vaciló:  –  ¡Oh, maravilloso nuevo mundo!  –  empezó; pero de pronto se interrumpió; la sangre había abandonado sus mejillas; estaba blanco como el papel.  –  ¿Estás casado con ella?  –  preguntó.

 –  ¿Si estoy qué?  –  Casado. ¿Comprendes? Para siempre. Los indios, en su lengua lo dicen así: Para siempre. Un lazo que no puede romperse.

   –  ¡Oh, no, por Ford! Bernard no pudo por menos de reír.

John rió también, pero por otra razón. Rió de pura alegría.

 –  ¡Oh, maravilloso nuevo mundo!  –  repitió.  –  ¡Oh, maravilloso nuevo mundo que alberga tales criaturas! ¡Vayamos allá!  –  A veces hablas de una manera muy rara  –  dijo Bernard, mirando al joven con asombro y perplejidad.  –  Por otra parte, ¿no sería más prudente que esperaras a ver ese nuevo mundo?

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Aldous Huxley - Un Mundo Feliz