CAPITULO IX
Tras aquel día de absurdo y horror, Lenina consideró que se había ganado el derecho a unas vacaciones completas y absolutas. En cuanto volvieron a la hospedería, se administró seis tabletas de medio gramo de soma, se echó en la cama, y al cabo de diez minutos se había embarcado hacia la eternidad lunar. Por lo menos tardaría dieciocho horas en volver a la realidad.
Entretanto, Bernard yacía meditabundo y con los ojos abiertos en la oscuridad. No se durmió hasta mucho después de la medianoche. Pero su insomnio no había sido estéril.
Tenía un plan.
Puntualmente, a la mañana siguiente, a las diez, el ochavón del uniforme verde se apeó del helicóptero. Bernard le esperaba entre las pitas.
– Miss Crowne está de vacaciones de soma – explicó. – No estará de vuelta antes de las cinco. Por tanto, tenemos siete horas para nosotros.
Podían volar a Santa Fe, realizar su proyecto y estar de vuelta en Malpaís mucho antes de que Lenina despertara.
– ¿Estará segura aquí? – preguntó.
– Segura como un helicóptero – le tranquilizó el ochavón.
Subieron al aparato y despegaron inmediatamente. A las diez y treinta y cuatro aterrizaron en la azotea de la Oficina de Correos de Santa Fe; a las diez y treinta y siete Bernard había logrado comunicación con el Despacho del Interventor Mundial, en Whitehall; a las diez y treinta y nueve hablaba con el cuarto secretario particular; a las diez y cuarenta y cuatro repetía su historia al primer secretario, y a las diez y cuarenta y siete y medio, la voz grave, resonante, del propio Mustafá Mond sonó en sus oídos.
– He osado pensar – tartamudeó Bernard – que su Fordería podía juzgar el asunto de suficiente interés científico...
– En efecto, juzgo el asunto de suficiente interés científico – dijo la voz profunda. –
Tráigase a esos dos individuos a Londres con usted.
– Su Fordería no ignora que necesitaré un permiso especial...
– En este momento – dijo Mustafá Mond – se están dando las órdenes necesarias al Guardián de la Reserva. Vaya usted inmediatamente al Despacho del Guardián. Buenos días, Mr. Marx.
Siguió un silencio. Bernard colgó el receptor y subió corriendo a la azotea.
El joven se hallaba ante la hospedería.
– ¡Bernard! – llamó. – ¡Bernard! No hubo respuesta.
Caminando silenciosamente sobre sus mocasines de piel de ciervo, subió corriendo la escalera e intentó abrir la puerta. Pero estaba cerrada.
¡Se había marchado! Aquello era lo más terrible que le había ocurrido en su vida. La muchacha le había invitado a ir a verles, y ahora se habían marchado. John se sentó en un peldaño y lloró.
Media hora después se le ocurrió echar una ojeada por la ventana. Lo primero que vio fue una maleta verde con las iniciales L.C. pintadas en la tapa. El júbilo se levantó en su interior como una hoguera. Cogió una piedra. El cristal roto cayó estrepitosamente al suelo. Un momento después, John se hallaba dentro del cuarto. Abrió la maleta verde; e inmediatamente se encontró respirando el perfume de Lenina, llenándose los pulmones con su ser esencial. El corazón le latía desbocadamente; por un momento, estuvo a punto de desmayarse. Después, agachándose sobre la preciosa caja, la tocó, la levantó a la luz, la examinó. Las cremalleras del otro par de pantalones cortos de Lenina, de pana de viscosa, de momento le plantearon un problema que, una vez resuelto, le resultó una delicia. ¡Zis!, y después ¡zas!, ¡zis!, y después ¡zas! Estaba entusiasmado. Sus zapatillas verdes eran lo más hermoso que había visto en toda su vida. Desplegó un par de pantaloncillos interiores, se ruborizó y volvió a guardarlos inmediatamente; pero besó un pañuelo de acetato perfumado y se puso una bufanda al cuello. Abriendo una caja, levantó una nube de polvos perfumados. Las manos le quedaron enharinadas. Se las limpió en el pecho, en los hombros, en los brazos desnudos. ¡Delicioso perfume! Cerró los ojos y restregó la mejilla contra su brazo empolvado. Tacto de fina piel contra su rostro, perfume en su nariz de polvos delicados... su presencia real.
– ¡Lenina! – susurró. – ¡Lenina! Un ruido lo sobresaltó; se volvió con expresión culpable. Guardó apresuradamente en la maleta todo lo que había sacado de ella, y cerró la tapa; volvió a escuchar, mirando con los ojos muy abiertos. Ni una sola señal de vida; ni un sonido. Y, sin embargo, estaba seguro de haber oído algo, algo así como un suspiro, o como el crujir de una madera. Se acercó de puntillas a la puerta, y, abriéndola con cautela, se encontró ante un vasto descansillo. Al otro lado de la meseta había otra puerta, entornada. Se acercó a ella, la empujó, y asomó la cabeza.
Allá, en una cama baja, con el cobertor bajado, vestida con un breve pijama de una sola pieza, yacía Lenina, profundamente dormida y tan hermosa entre sus rizos, tan conmovedoramente infantil con sus rosados dedos de los pies y su grave cara sumida en el sueño, tan confiada en la indefensión de sus manos suaves y sus miembros relajados, que las lágrimas acudieron a los ojos de John.
Con una infinidad de precauciones completamente innecesarias – por cuanto sólo un disparo de pistola hubiera podido obligar a Lenina a volver de sus vacaciones de soma antes de la hora fijada – , John entró en el cuarto, se arrodilló en el suelo, al lado de la cama, miró, juntó las manos, y sus labios se movieron.
– Sus ojos – murmuró.
Sus ojos, sus cabellos, su mejilla, su andar, su voz; los manejas en tu discurso; ¡oh, esa mano a cuyo lado son los blancos tinta cuyos propios reproches escribe; ante cuyo suave tacto parece áspero el plumón de los cisnes...! Una mosca revoloteaba cerca de ella; John la ahuyentó.
– Moscas – recordó.
En el milagro blanco de la mano de mi querida Julieta pueden detenerse y robar gracia inmortal de sus labios, que, en su pura modestia de vestal, se sonrojan creyendo pecaminosos sus propios besos.
Muy lentamente, con el gesto vacilante de quien se dispone a acariciar un ave asustadiza y posiblemente peligrosa, John avanzó una mano.
Ésta permaneció suspendida, temblorosa, a dos centímetros de aquellos dedos inmóviles, al mismo borde del contacto. ¿Se atrevería? ¿Se atrevería a profanar con su indignísima mano aquella...? No, no se atrevió. El ave era demasiado peligrosa. La mano retrocedió, y cayó, lacia. ¡Cuán hermosa era Lenina! ¡Cuán bella! Luego, de pronto, John se encontró pensando que le bastaría coger el tirador de la cremallera, a la altura del cuello, y tirar de él hacia abajo, de un solo golpe... Cerró los ojos y movió con fuerza la cabeza, como un perro que se sacude las orejas al salir del agua. ¡Detestable pensamiento! John se sintió avergonzado de sí mismo. Pura modestia de vestal...
Oyóse un zumbido en el aire. ¿Otra mosca que pretendía robar gracias inmortales? ¿Una avispa, acaso? John miró a su alrededor, y no vio nada. El zumbido fue en aumento, y pronto resultó evidente que se oía en el exterior. ¡El helicóptero! Presa de pánico, John saltó sobre sus pies y corrió al otro cuarto, saltó por la ventana abierta y corriendo por el sendero que discurría entre las altas pitas llegó a tiempo de recibir a Bernard Marx en el momento en que éste bajaba del helicóptero.
CAPITULO X
Las manecillas de los cuatro mil relojes eléctricos de las cuatro mil salas del Centro de Blomsbury señalaban las dos y veintisiete minutos. La industriosa colmena, como el director se complacía en llamarlo, se hallaba en plena fiebre de trabajo. Todo el mundo estaba atareado, todo se movía ordenadamente. Bajo los microscopios, agitando furiosamente sus largas colas, los espermatozoos penetraban de cabeza dentro de los óvulos, y fertilizados, los óvulos crecían, se dividían, o bien, bokanovskificados, echaban brotes y constituían poblaciones enteras de embriones. Desde la Sala de Predestinación Social las cintas sin fin bajaban al sótano, y allá, en la penumbra escarlata, calientes, cociéndose sobre su almohada de peritoneo y ahítos de sucedáneo de la sangre y de hormonas, los fetos crecían, o bien, envenenados, languidecían hasta convertirse en futuros Epsilones. Con un débil zumbido los estantes móviles reptaban imperceptiblemente, semana tras semana, hacia donde, en la Sala de Decantación, los niños recién desenfrascados exhalaban su primer gemido de horror y sorpresa.
Las dínamos jadeaban en el subsótano, y los ascensores subían y bajaban. En los once pisos de las Guarderías era la hora de comer. Mil ochocientos niños, cuidadosamente etiquetados, extraían, simultáneamente, de mil ochocientos biberones, su medio litro de secreción externa pasteurizada.
Más arriba, en las diez plantas sucesivas destinadas a dormitorios, los niños y niñas que todavía eran lo bastante pequeños para necesitar una siesta, se hallaban tan atareados como todo el mundo, aunque ellos no lo sabían, escuchando inconscientemente las lecciones hipnopédicas de higiene y sociabilidad, de conciencia de clases y de vida erótica.
Y más arriba aún, había las salas de juego, donde, por ser un día lluvioso, novecientos niños un poco mayores se divertían jugando con ladrillos, modelando con ladrillos, modelando con arcilla, o dedicándose a jugar al escondite o a los corrientes juegos eróticos.
¡Zummm...! La colmena zumbaba, atareada, alegremente. ¡Alegres eran las canciones que tarareaban las muchachas inclinadas sobre los tubos de ensayo! Los predestinadores silboteaban mientras trabajaban, y en la Sala de Decantación se contaban chistes estupendos por encima de los frascos vacíos. Pero el rostro del director, cuando entró en la Sala de Fecundación con Henry Foster, aparecía grave, severo, petrificado.
– Un escarmiento público – decía. – Y en esta sala, porque en ella hay más trabajadores de casta alta que en ninguna otra de las del Centro. Le he dicho que viniera a verme aquí a las dos y media.
– Cumple su tarea admirablemente – dijo Henry, con hipócrita generosidad.
– Lo sé. Razón de más para mostrarme severo con él. Su eminencia intelectual entraña las correspondientes responsabilidades morales. cuanto mayores son los talentos de un hombre más grande es su poder de corromper a los demás. Y es mejor que sufra uno solo a que se corrompan muchos. Considere el caso desapasionadamente, Mr. Foster, y verá que no existe ofensa tan odiosa como la heterodoxia en el comportamiento. El asesino sólo mata al individuo, y, al fin y al cabo, ¿qué es un individuo? – Con un amplio ademán señaló las hileras de microscopios, los tubos de ensayo, las incubadoras. – Podemos fabricar otro nuevo con la mayor facilidad; tantos como queramos. La heterodoxia amenaza algo mucho más importante que la vida de un individuo; amenaza a la propia Sociedad. Sí, a la propia Sociedad – repitió. – Pero, aquí viene.
Bernard había entrado en la sala y se acercaba a ellos pasando por entre las hileras de fecundadores. Su expresión jactanciosa, de confianza en sí mismo, apenas lograba disimular su nerviosismo. La voz con que dijo: Buenos días, director sonó demasiado fuerte, absurdamente alta; y cuando, para corregir su error, dijo: Me pidió usted que acudiera aquí para hablarme, lo hizo con voz ridículamente débil.
– Sí, Mr. Marx – dijo el director enfáticamente. – Le pedí que acudiera a verme aquí.
Tengo entendido que regresó usted de sus vacaciones anoche.
– Sí – contestó Bernard.
– Ssssí – repitió el director, acentuando la s, en un silbido como de serpiente. Luego, levantando súbitamente la voz, trompeteó – : Señoras y caballeros, señoras y caballeros.
El tarareo de las muchachas sobre sus tubos de ensayo y el silboteo abstraído de los microscopistas cesaron súbitamente. Se hizo un silencio profundo; todos volvieron las miradas hacia el grupo central.
– Señoras y caballeros – repitió el director – , discúlpenme si interrumpo sus tareas. Un doloroso deber me obliga a ello. La seguridad y la estabilidad de la Sociedad se hallan en peligro. Sí, en peligro, señoras y caballeros. Este hombre – y señaló acusadoramente a Bernard – , este hombre que se encuentra ante ustedes, este Alfa – Más a quien tanto le fue dado, y de quien, en consecuencia, tanto cabía esperar, este colega de ustedes, o mejor, acaso este que fue colega de ustedes, ha traicionado burdamente la confianza que pusimos en él. Con sus opiniones heréticas sobre el deporte y el soma, con la escandalosa heterodoxia de su vida sexual, con su negativa a obedecer las enseñanzas de Nuestro Ford y a comportarse fuera de las horas de trabajo como un bebé en su frasco – y al llegar a este punto el director hizo la señal de la T – se ha revelado como un enemigo de la Sociedad, un elemento subversivo, señoras y caballeros. Contra el Orden y la Estabilidad, un conspirador contra la misma Civilización. Por esta razón me propongo despedirle, despedirle con ignominia del cargo que hasta ahora ha venido ejerciendo en este Centro; y me propongo asimismo solicitar su transferencia a un Subcentro del orden más bajo, y, para que su castigo sirva a los mejores intereses de la sociedad, tan alejado como sea posible de cualquier Centro importante de población. En Islandia tendrá pocas oportunidades de corromper a otros con su ejemplo antifordiano – el director hizo una pausa; después, cruzando los brazos, se volvió solemnemente hacia Bernard. – Marx – dijo – , ¿puede usted alegar alguna razón por la cual yo no deba ejecutar el castigo que le he impuesto? – Sí, puedo – contestó Bernard, en voz alta.
– Diga cuál es, entonces – dijo el director, un tanto asombrado, pero sin perder la dignidad majestuosa de su actitud.
– No sólo la diré, sino que la exhibiré. Pero está en el pasillo. Un momento. – Bernard se acercó rápidamente a la puerta y la abrió bruscamente. – Entre – ordenó.
Y la razón alegada entró y se hizo visible.
Se produjo un sobresalto, una suspensión del aliento de todos los presentes y, después, un murmullo de asombro y de horror; una chica joven chilló; estaba de pie encima de una silla para ver mejor, y, al vacilar, derramó dos tubos de ensayo llenos de espermatozoos.
Abotagado, hinchado, entre aquellos cuerpos juveniles y firmes y aquellos rostros correctos, un monstruo de mediana edad, extraño y terrorífico, Linda, entró en la sala, sonriendo picaronamente con su sonrisa rota y descolorida, y moviendo sus enormes caderas en lo que pretendía ser una ondulación voluptuosa. Bernard andaba a su lado.
– Aquí está – dijo Bernard, señalando al director.
– ¿Cree que no lo habría reconocido? – preguntó Linda, irritada; después, volviéndose hacia el director, agregó – : Claro que te reconocí, Tomakín; te hubiese reconocido en cualquier sitio, entre un millar de personas. Pero tal vez tú me habrás olvidado. ¿No te acuerdas? ¿No, Tomakín? Soy tu Linda. – Linda lo miraba con la cabeza ladeada, sonriendo todavía, pero con una sonrisa que progresivamente, ante la expresión de disgusto petrificado del director, fue perdiendo confianza hasta desaparecer del todo – .
¿No te acuerdas de mí, Tomakín? – repitió Linda, con voz temblorosa. Sus ojos aparecían ansiosos, agónicos. El rostro abotagado se deformó en una mueca de intenso dolor – .
¡Tomakín! Linda le tendió los brazos. Algunos empezaron a reír por lo bajo.
– ¿Qué significa – empezó el director – esta monstruosa...? – ¡Tomakín! Linda corrió hacia delante, arrastrando tras de sí su manta, arrojó los brazos al cuello del director y ocultó el rostro en su pecho.
Levantóse una incontenible oleada de carcajadas.
– ¿... esta monstruosa broma de mal gusto? – gritó el director.
Con el rostro encendido, intentó desasirse del abrazo de la mujer, que se aferraba a él desesperadamente.
– ¡Pero si soy Linda, soy Linda! – las risas ahogaron su voz. – ¡Me hiciste un crío! – chilló Linda, por encima del rugir de las carcajadas.
Hubo un siseo súbito, de asombro; los ojos vagaban incómodamente, sin saber adónde mirar. El director palideció súbitamente, dejó de luchar, y, todavía con las manos en las muñecas de Linda, se quedó mirándola a la cara, horrorizado.
– Sí, un crío... y yo fui su madre.
Linda lanzó aquella obscenidad como un reto en el silencio ultrajado; después, separándose bruscamente de él, abochornada, se cubrió la cara con las manos, sollozando.
– No fue mía la culpa, Tomakín. Porque yo siempre hice mis ejercicios, ¿no es verdad? ¿No es verdad? Siempre... No comprendo cómo... ¡Si tú supieras cuán horrible fue, Tomakín...! A pesar de todo, el niño fue un consuelo para mí. – Y, volviéndose hacia la puerta, llamó – : ¡John! John entró inmediatamente, hizo una breve pausa en el umbral, miró a su alrededor, y después, corriendo silenciosamente sobre sus mocasines de piel de ciervo, cayó de rodillas a los pies del director y dijo en voz muy clara: – ¡Padre! Esta palabra (porque la voz padre, que no implicaba relación directa con el desvío moral que extrañaba el hecho de alumbrar un hijo, no era tan obscena como grosera; era una incorrección más escatológica que pornográfica), la cómica suciedad de esta palabra alivió la tensión, que había llegado a hacerse insoportable.
Las carcajadas estallaron, estruendosas, casi histéricas, encadenadas, como si no debieran cesar nunca. ¡Padre! ¡Y era el director! ¡Padre! ¡Oh, Ford! Era algo estupendo.
Las risas se sucedían, los rostros parecían a punto de desintegrarse, y hasta los ojos se cubrían de lágrimas. Otros seis tubos de ensayo llenos de espermatozoos fueron derribados. ¡Padre! Pálido, con los ojos fuera de sus órbitas, el director miraba a su alrededor en una agonía de humillación enloquecedora.
¡Padre! Las carcajadas, que habían dado muestras de desfallecer, estallaron más fuertes que nunca. El director se tapó los oídos con ambas manos y abandonó corriendo la sala.
CAPITULO XI
Después de la escena que había tenido lugar en la Sala de Fecundación, todos los londinenses de castas superiores se morían por aquella deliciosa criatura que había caído de rodillas ante el director de Incubación y Condicionamiento – o, mejor dicho, ante el exdirector, porque el pobre hombre había dimitido inmediatamente y no había vuelto a poner los pies en el Centro – y le había llamado (¡el chiste era casi demasiado bueno para ser cierto!) padre.
Linda, por el contrario, no tenía el menor éxito; nadie tenía el menor deseo de ver a Linda. Decir que una era madre era algo peor que un chiste: era una obscenidad. Además, Linda no era una salvaje auténtica; había sido incubada en un frasco y condicionada como todo el mundo, de modo que no podía tener ideas completamente extravagantes.
Finalmente – y ésta era la razón más poderosa por la cual la gente no deseaba ver a la pobre Linda – , había la cuestión de su aspecto. Era gorda; había perdido su juventud; tenía los dientes estropeados y el rostro abotagado. ¡Y aquel rostro! ¡Oh, Ford! No se la podía mirar sin sentir mareos, auténticos mareos. Por eso las personas distinguidas estaban completamente decididas a no ver a Linda. Y Linda, por su parte, no tenía el menor deseo de verlas. El retorno a la civilización fue, para ella, el retorno al soma, la posibilidad de yacer en cama y tomarse vacaciones tras vacaciones, sin tener que volver de ellas con jaqueca o vómitos, sin tener que sentirse como se sentía siempre después de tomar peyotl, como si hubiese hecho algo tan vergonzosamente antisocial que nunca más había de poder llevar ya la cabeza alta.
El soma no gastaba tales jugarretas. Las vacaciones que proporcionaba eran perfectas, y si la mañana siguiente resultaba desagradable, sólo era por comparación con el gozo de la víspera. La solución era fácil: perpetuar aquellas vacaciones. Glotonamente, Linda exigía cada vez dosis más elevadas y más frecuentes.
Al principio, el doctor Shaw ponía objeciones; después le concedió todo el soma que quisiera. Linda llegaba a tomar hasta veinte gramos diarios.
– Lo cual acabará con ella en un mes o dos – confió el doctor a Bernard. – El día menos pensado el centro respiratorio se paralizará. Dejará de respirar. Morirá. Y no me parece mal. Si pudiéramos rejuvenecerla, la cosa sería distinta. Pero no podemos.
Cosa sorprendente, en opinión de todos (porque cuando estaba bajo la influencia del soma, Linda dejaba de ser un estorbo), John puso objeciones.
– Pero ¿no le acorta usted la vida dándole tanto soma? – En cierto sentido, sí – reconoció el doctor Shaw. – Pero, según como lo mire, se la alargamos.
El joven lo miró sin comprenderle.
– El soma puede hacernos perder algunos años de vida temporal – explicó el doctor – .
Pero piense en la duración inmensa, enorme, de la vida que nos concede fuera del tiempo.
Cada una de vuestras vacaciones de soma es un poco lo que nuestros antepasados llamaban eternidad.
John empezaba a comprender.
– La eternidad estaba en nuestros labios y nuestros ojos – murmuró.
– ¿Cómo? – Nada.
– Desde luego – prosiguió el doctor Shaw – , no podemos permitir que la gente se nos marche a la eternidad a cada momento si tiene algún trabajo serio que hacer. Pero como Linda no tiene ningún trabajo serio...
– Sin embargo – insistió John – , no me parece justo.
El doctor se encogió de hombros.
– Bueno, si usted prefiere que esté chillando como una loca todo el tiempo...
Al fin, John se vio obligado a ceder. Linda consiguió el soma que deseaba. A partir de entonces permaneció en su cuartito de la planta treinta y siete de la casa de apartamentos de Bernard, en cama, con la radio y la televisión constantemente en marcha, el grifo de pachulí goteando, y las tabletas de soma al alcance de la mano; allá permaneció, y, sin embargo, no estaba allá, en absoluto; estaba siempre fuera, infinitamente lejos, de vacaciones; de vacaciones en algún otro mundo, donde la música de la radio era un laberinto de colores sonoros, un laberinto deslizante, palpitante, que conducía (a través de unos recodos inevitables, hermosos) a un centro brillante de convicción absoluta; un mundo en el cual las imágenes danzantes de la televisión eran los actores de un sensorama cantado, indescriptiblemente delicioso; donde el pachulí que goteaba era algo más que un perfume: era el sol, era un millón de saxofones, era Popé haciendo el amor, y mucho más aún, incomparablemente más, y sin fin...
– No, no podemos rejuvenecer. Pero me alegro mucho de haber tenido esta oportunidad de ver un caso de senilidad del ser humano – concluyó el doctor Shaw – .
Gracias por haberme llamado.
Y estrechó calurosamente la mano de Bernard.
Por consiguiente, era John a quien todos buscaban. Y como a John sólo cabía verle a través de Bernard, su guardián oficial, Bernard se vio tratado por primera vez en su vida no sólo normalmente, sino como una persona de importancia sobresaliente.
Ya no se hablaba de alcohol en su sucedáneo de la sangre, ni se lanzaban pullas a propósito de su aspecto físico.
– Bernard me ha invitado a ir a ver al Salvaje el próximo miércoles – anunció Fanny triunfalmente.
– Lo celebro – dijo Lenina. – Y ahora, reconoce que estabas equivocada en cuanto a Bernard. ¿No lo encuentras simpatiquísimo? Fanny asintió con la cabeza.
– Y debo confesar – agregó – que me llevé una sorpresa muy agradable.
El Envasador Jefe, el director de Predestinación, tres Delegados Auxiliares de Fecundación, el Profesor de Sensoramas del Colegio de Ingeniería Emocional, el Deán de la Cantoría Comunal de Westminster, el Supervisor de Bokanovskificación... La lista de personajes que frecuentaba a Bernard era interminable.
– Y la semana pasada fui con seis chicas – confió Bernard a Helmholtz Watson. – Una el lunes, dos el martes, otras dos el viernes y una el sábado. Y si hubiese tenido tiempo o ganas, había al menos una docena más de ellas que sólo estaban deseando...
Helmholtz escuchaba sus jactancias en un silencio tan sombrío y desaprobador, que Bernard se sintió ofendido.
– Me envidias – dijo.
Helmholtz denegó con la cabeza.
– No, pero estoy muy triste; esto es todo – contestó.
Bernard se marchó irritado, y se dijo que no volvería a dirigir la palabra a Helmholtz.
Pasaron los días. El éxito se le subió a Bernard a la cabeza y le reconcilió casi completamente (como lo hubiese conseguido cualquier otro intoxicante) con un mundo que, hasta entonces, había juzgado poco satisfactorio. Desde el momento en que le reconocía a él como un ser importante, el orden de cosas era bueno. Pero, aun reconciliado con él por el éxito. Bernard se negaba a renunciar al privilegio de criticar este orden. Porque el hecho de ejercer la crítica aumentaba la sensación de su propia importancia, le hacía sentirse más grande. Además, creía de verdad que había cosas criticables. (Al mismo tiempo, gozaba de veras de su éxito y del hecho de poder conseguir todas las chicas que deseaba.) En presencia de quienes, con vistas al Salvaje, le hacían la corte, Bernard hacía una asquerosa exhibición de heterodoxia. Todos le escuchaban cortésmente. Pero, a sus espaldas, la gente movía la cabeza. Este joven acabará mal, decían, y formulaban esta profecía confiadamente porque se proponían poner todo de su parte para que se cumpliera. La próxima vez no encontrará otro Salvaje que lo salve por los pelos, decían. Pero, por el momento, había el primer Salvaje; valía la pena mostrarse corteses con Bernard.
– Más liviano que el aire – dijo Bernard, señalando hacia arriba.
Como una perla en el cielo, alto, muy alto por encima de ellos, el globo cautivo del Departamento Meteorológico brillaba, rosado, a la luz del sol.
...es preciso mostrar a dicho Salvaje la vida civilizada en todos sus aspectos, decían las instrucciones de Bernard.
En aquel momento le estaba enseñando una vista panorámica de la misma, desde la plataforma de la Torre de Charing – T. El Jefe de la Estación y el Meteorólogo Residente actuaban en calidad de guías. Pero Bernard llevaba casi todo el peso de la conversación.
Embriagado, se comportaba exactamente igual que si hubiese sido, como mínimo, un Interventor Mundial en visita. Más liviano que el aire.
El Cohete Verde de Bombay cayó del cielo. Los pasajeros se apearon. Ocho mellizos dravídicos idénticos, vestidos de color caqui, asomaron por las ocho portillas de la cabina: los camareros.
– Mil doscientos cincuenta kilómetros por hora – dijo solemnemente el Jefe de la Estación. – ¿Qué le parece, Mr. Salvaje? John lo encontró magnífico.
– Sin embargo – dijo – Ariel podía poner un cinturón a la tierra en cuarenta minutos.
El Salvaje – escribió Bernard en su informe a Mustafá Mond – muestra, sorprendentemente, escaso asombro o terror ante los inventos de la civilización. Ello se debe en parte, sin duda, al hecho de que había oído hablar de ellos a esa mujer llamada Linda, su m...
Mustafá frunció el ceño. ¿Creerá ese imbécil que soy demasiado ñoño para no poder ver escrita la palabra entera? En parte porque su interés se halla concentrado en lo que él llama «el alma», que insiste en considerar como algo enteramente independiente del ambiente físico; por consiguiente, cuando intenté señalarle que...
El Interventor se saltó las frases siguientes, y cuando se disponía a volver la hoja en busca de algo más interesante y concreto, sus miradas fueron atraídas por una serie de frases completamente extraordinarias.
...aunque debo reconocer – leyó – que estoy de acuerdo con el Salvaje en juzgar el infantilismo civilizado demasiado fácil o, como dice él, no lo bastante costoso; y quisiera aprovechar esta oportunidad para llamar la atención de Su Fordería hacia...
La ira de Mustafá Mond cedió el paso casi inmediatamente al buen humor. La idea de que aquel individuo pretendiera solemnemente darle lecciones a él – a él – sobre el orden social, era realmente demasiado grotesca. El pobre tipo debía de haberse vuelto loco.
Tengo que darle una buena lección, se dijo; después echó la cabeza hacia atrás y soltó una fuerte carcajada. Por el momento, en todo caso, la lección podía esperar.
Se trataba de una pequeña fábrica de alumbrado para helicópteros, filial de la Sociedad de Equipos Eléctricos. Les recibieron en la misma azotea (porque los efectos de la circular de recomendación del Interventor eran mágicos) el Jefe Técnico y el Director de Elementos Humanos bajaron a la fábrica.
– Cada proceso de fabricación – explicó el director de Elementos Humanos – es confiado, dentro de lo posible, a miembros de un mismo Grupo de Bokanovsky.
Y, en efecto, ochenta y tres Deltas braquicéfalos, negros y casi desprovistos de nariz, se hallaban trabajando en el estampado en frío. Los cincuenta y seis tornos y mandriles de cuatro brocas eran manejados por cincuenta y seis Gammas aguileños, color de jengibre.
En la fundición trabajaban ciento siete Epsilones senegaleses especialmente condicionados para soportar el calor. Treinta y tres Deltas hembras, de cabeza alargada, rubias, de pelvis estrecha, y todas ellas de un metro sesenta y nueve centímetros de estatura, con diferencias máximas de veinte milímetros, cortaban tornillos. En la sala de montajes las dínamos eran acopladas por dos grupos de enanos Gamma – Más. Los dos bancos de trabajo, alargados, estaban situados uno frente al otro; entre ambos reptaba la cinta sin fin con su carga de piezas sueltas; cuarenta y siete cabezas rubias se alineaban frente a cuarenta y siete cabezas morenas. Cuarenta y siete machos frente a cuarenta y siete narigudos; cuarenta y siete mentones escurridos frente a cuarenta y siete mentones salientes. Los aparatos, una vez acoplados, eran inspeccionados por dieciocho muchachas idénticas, de pelo castaño rizado, vestidas del color verde de los Gammas, embalados en canastas por cuarenta y cuatro Delta – Menos pernicortos y zurdos, y cargados en los camiones y carros por sesenta y tres Epsilones semienanos, de ojos azules, pelirrojos y pecosos.
– ¡Oh maravilloso nuevo mundo...! Por una especie de chanza de su memoria, el Salvaje se encontró repitiendo las palabras de Miranda: – ¡Oh maravilloso nuevo mundo que alberga a tales seres! – Y le aseguro – concluyó el director de Elementos Humanos, cuando salían de los talleres que apenas tenemos problema alguno con nuestros obreros. Siempre encontramos...
Pero el Salvaje, súbitamente, se había separado de sus acompañantes y, oculto tras un macizo de laureles, estaba sufriendo violentas arcadas, como si la tierra firme hubiese sido un helicóptero con una bolsa de aire.
En Eton, aterrizaron en la azotea de la Escuela Superior. Al otro lado del Patio de la Escuela, los cincuenta y dos pisos de la Torre de Lupton destellaban al sol. La Universidad a la izquierda y la Cantoría Comunal de la Escuela a la derecha, levantaban su venerable cúmulo de cemento armado y vita – cristal. En el centro del espacio cuadrangular se erguía la antigua estatua de acero cromado de Nuestro Ford.
El doctor Gaffney, el Preboste, y Miss Keate, la Maestra Jefe, les recibieron al bajar del aparato.
– ¿Tienen aquí muchos mellizos? – preguntó el Salvaje, con aprensión, en cuanto empezaron la vuelta de inspección.
– ¡Oh, no! – contestó el Preboste. – Eton está reservado exclusivamente para los muchachos y muchachas de las clases más altas. Un óvulo, un adulto. Desde luego, ello hace más difícil la instrucción. Pero como los alumnos están destinados a tomar sobre sí graves responsabilidades y a enfrentarse con contingencias inesperadas, no hay más remedio.
Y suspiró.
Bernard, entretanto, iniciaba la conquista de Miss Keate.
– Si está usted libre algún lunes, miércoles o viernes por la noche – le decía – , puede venir a mi casa. – Y, señalando con el pulgar al Salvaje, añadió – : Es un tipo curioso, ¿sabe usted? Estrafalario.
Miss Keate sonrió (y su sonrisa le pareció a Bernard realmente encantadora).
– Gracias – dijo. – Me encantará asistir a una de sus fiestas.
El Preboste abrió la puerta.
Cinco minutos en el aula de los Alfa – Doble Más dejaron a John un tanto confuso.
– ¿Qué es la relatividad elemental? – susurró a Bernard.
Bernard intentó explicárselo, pero, cambiando de opinión, sugirió que pasaran a otra aula.
Tras de una puerta del corredor que conducía al aula de Geografía de los Beta – Menos, una voz de soprano, muy sonora, decía: – Uno, dos, tres, cuatro. – Y después, con irritación fatigada – : Como antes.
– Ejercicios malthusianos – explicó la Maestra Jefe. – La mayoría de nuestras muchachas son hermafroditas, desde luego. Yo lo soy también. – Sonrió a Bernard. – Pero tenemos a unas ochocientas alumnas no esterilizadas que necesitan ejercicios constantes.
En el aula de Geografía de los Beta – Menos, John se enteró de que una Reserva para Salvajes es un lugar que, debido a sus condiciones climáticas o geológicas desfavorables, o por su pobreza en recursos naturales, no ha merecido la pena civilizar. Un breve chasquido, y de pronto el aula quedó a oscuras; en la pantalla situada encima de la cabeza del profesor, aparecieron los Penitentes de Acoma postrándose ante Nuestra Señora, gimiendo como John les había oído gemir, confesando sus pecados ante Jesús crucificado o ante la imagen del águila de Pukong. Los jóvenes etonianos reían estruendosamente. Sin dejar de gemir, los Penitentes se levantaron, se desnudaron hasta la cintura, y con látigos de nudos, empezaron a azotarse. Las carcajadas, más sonoras todavía, llegaron a ahogar los gemidos de los Penitentes.
– Pero ¿por qué se ríen? – preguntó el Salvaje, dolido y asombrado a un tiempo.
– ¿Por qué? – El Preboste volvió hacia él el rostro, en el que todavía retozaba una ancha sonrisa. – ¿Por qué? Pues... porque resulta extraordinariamente gracioso.
En la penumbra cinematográfica, Bernard aventuró un gesto que, en el pasado, ni siquiera en las más absolutas tinieblas hubiese osado intentar. Fortalecido por su nueva sensación de importancia, pasó un brazo por la cintura de la Maestra Jefe. La cintura cedió a su abrazo, doblándose como un junco. Bernard se disponía a esbozar un beso o dos, o quizás un pellizco, cuando se hizo de nuevo la luz.
– Tal vez será mejor que sigamos – dijo Miss Keatte.
Y se dirigió hacia la puerta.
Un momento más tarde, el Preboste dijo: – Ésta es la sala de Control Hipnopédico.
Cientos de aparatos de música sintética, uno para cada dormitorio, aparecían alineados en estantes colocados en tres de los lados de la sala; en la cuarta pared se hallaban los agujeros donde debían colocarse los rollos de pista sonora en los que se imprimían las diversas lecciones hipnopédicas.
– Basta colocar el rollo aquí – explicó Bernard, interrumpiendo al doctor Gaffney – , pulsar este botón...
– No, este otro – le corrigió el Preboste, irritado.
– O este otro, da igual. El rollo se va desenrollando. Las células de selenio transforman los impulsos luminosos en ondas sonoras, y...
– Y ya está – concluyó el doctor Gaffney.
– ¿Leen a Shakespeare? – preguntó el Salvaje mientras se dirigían hacia los laboratorios Bioquímicos, al pasar por delante de la Biblioteca de la Escuela.
– Claro que no – dijo la Maestra Jefe, sonrojándose.
– Nuestra Biblioteca – explicó el doctor Gaffney – contiene sólo libros de referencia. Si nuestros jóvenes necesitan distracción pueden ir al sensorama. Por principio, no los animamos a dedicarse a diversiones solitarias.
Cinco autocares llenos de muchachos y muchachas que cantaban o permanecían silenciosamente abrazados pasaron por su lado, por la pista vitrificada.
– Vuelven del Crematorio de Slough – explicó el doctor Gaffney, mientras Bernard, en susurros, se citaba con la Maestra Jefe para aquella misma noche. – El condicionamiento ante la muerte empieza a los dieciocho meses. Todo crío pasa dos mañanas cada semana en un Hospital de Moribundos. En estos hospitales encuentran los mejores juguetes, y se les obsequia con helado de chocolate los días que hay defunción. Así aprenden a aceptar la muerte como algo completamente corriente.
– Como cualquier otro proceso fisiológico – exclamó la Maestra Jefe, profesionalmente.
Ya estaba decidido: a las ocho en el Savoy.
De vuelta a Londres, se detuvieron en la fábrica de la Sociedad de Televisión de Brentford.
– ¿Te importa esperarme aquí mientras voy a telefonear? – preguntó Bernard.
El Salvaje esperó, sin dejar de mirar a su alrededor. En aquel momento cesaba en su trabajo el Turno Diurno Principal. Una muchedumbre de obreros de casta inferior formaban cola ante la estación del monorraíl: setecientos u ochocientos Gammas, Deltas y Epsilones, hombres y mujeres, entre los cuales sólo había una docena de rostros y de estaturas diferentes. A cada uno de ellos, junto con el billete, el cobrador le entregaba una cajita de píldoras. El largo ciempiés humano avanzaba lentamente.
Recordando «El mercader de Venecia», el Salvaje preguntó a Bernard, cuando éste se le reunió: – ¿Qué hay en esas cajitas? – La ración diaria de soma – contesto Bernard, un tanto confusamente, porque en aquel momento masticaba una pastilla de goma de mascar de las que le había regalado Benito Hoover. – Se las dan cuando han terminado su trabajo cotidiano. Cuatro tabletas de medio gramo. Y seis los sábados.
Cogió afectuosamente del brazo a John, y así, juntos, se dirigieron hacia el helicóptero.
Lenina entró canturreando en el Vestuario.
– Pareces encantada de la vida – dijo Fanny.
– Lo estoy – contestó Lenina. ¡Zas!. – Bernard me llamó hace media hora. – ¡Zas! ¡Zas! Se quitó los pantalones cortos. – Tiene un compromiso inesperado. – ¡Zas!. – Me ha preguntado si esta noche quiero llevar al Salvaje al sensorama. Debo darme prisa.
Y se dirigió corriendo hacia el baño.
Es una chica con suerte, se dijo Fanny, viéndola alejarse.
El Segundo Secretario del Interventor Mundial Residente la había invitado a cenar y a desayunar. Lenina había pasado un fin de semana con el Ford Juez Supremo, y otro con el Archiduque Comunal de Canterbury. El Presidente de la Sociedad de Secreciones Internas y Externas la llamaba constantemente por teléfono, y Lenina había ido a Deauville con el Gobernador – Diputado del Banco de Europa.
– Es maravilloso, desde luego. Y, sin embargo, en cierto modo – había confesado Lenina a Fanny – tengo la sensación de conseguir todo esto haciendo trampa. Porque, naturalmente, lo primero que quieren saber todos es qué tal resulta hacer el amor con un Salvaje. Y tengo que decirles que no lo sé. – Lenina movió la cabeza. – La mayoría de ellos no me creen, desde luego. Pero es la pura verdad. Ojalá no lo fuera – agregó, tristemente; y suspiró. – Es guapísimo, ¿no te parece? – Pero ¿es que no le gustas? – preguntó Fanny.
– A veces creo que sí, y otras creo que no. Siempre procura evitarme; sale de su estancia cuando yo entro en ella; no quiere tocarme; ni siquiera mirarme. Pero a veces me vuelvo súbitamente, y lo pillo mirándome; y entonces..., bueno, ya sabes cómo te miran los hombres cuando les gustas.
Sí, Fanny lo sabía.
– No llego a entenderlo – dijo Lenina.
No lo entendía, y ello no sólo la turbaba, sino que la trastornaba profundamente.
– Porque, ¿sabes, Fanny?, me gusta mucho.
Le gustaba cada vez más. Bueno, hoy se me ofrece una excelente ocasión, pensaba, mientras se perfumaba, después del baño. Unas gotas más de perfume; un poco más. Una ocasión excelente. Su buen humor se vertió en una canción: Abrázame hasta embriagarme de amor, bésame hasta dejarme en coma; abrázame, amor, arrímate a mí; el amor es tan bueno como el soma.
Arrellanados en sus butacas neumáticas, Lenina y el Salvaje, olían y escuchaban. Hasta que llegó el momento de ver y palpar también.
Las luces se apagaron; y en las tinieblas surgieron unas letras llameantes, sólidas, que parecían flotar en el aire. Tres semanas en helicóptero. Un film sensible, supercantado, hablado sintéticamente, en color y estereoscópico, con acompañamiento sincronizado de órgano de perfumes.
– Agarra esos pomos metálicos de los brazos de tu butaca – susurró Lenina. – De lo contrario no notarás los efectos táctiles.
El salvaje obedeció sus instrucciones.
Entretanto, las letras llameantes habían desaparecido; siguieron diez segundos de oscuridad total; después, súbitamente, cegadoras e incomparablemente más reales de lo que hubiesen podido parecer de haber sido de carne y hueso, más reales que la misma realidad, aparecieron las imágenes estereoscópicas, abrazadas, de un negro gigantesco y una hembra Beta – Más rubia y braquicéfala.
El Salvaje se sobresaltó. ¡Aquella sensación en sus propios labios! Se llevó una mano a la boca; las cosquillas cesaron; volvió a poner la mano izquierda en el pomo metálico y volvió a sentirlas. Entretanto, el órgano de perfumes, exhalaba almizcle puro. Agónica, una superpaloma zureaba en la pista sonora: ¡Oh..., oooh...! Y, vibrando a sólo treinta y dos veces por segundo, una voz más grave que el bajo africano contestaba: ¡Ah..., aaah! ¡Oh, oooh! ¡Ah..., aaah!, los labios estereoscópicos se unieron nuevamente, y una vez más las zonas erógenas faciales de los seis mil espectadores del Alhambra se estremecieron con un placer galvánico casi intolerable. ¡Ohhh...! El argumento de la cinta era sumamente sencillo. Pocos minutos después de los primeros Ooooh y Aaaah (tras el canto de un dúo y una escena de amor en la famosa piel de oso, cada uno de cuyos pelos – el Predestinador Ayudante tenía toda la razón – podía palparse separadamente), el negro sufría un accidente de helicóptero y caía de cabeza.
¡Plas! ¡Qué golpe en la frente! Un coro de ayes se levantó del público.
El golpe hizo añicos todo el condicionamiento del negro, quien sentía a partir de aquel momento una pasión exclusiva y demente por la rubia Beta. La muchacha protestaba. Él insistía. Había luchas, persecuciones, un ataque a un rival, y, finalmente, un rapto sensacional. La Beta rubia era arrebatada por los aires y debía pasar tres semanas suspendida en el cielo, en un tête – à – tête completamente antisocial con el negro loco.
Finalmente, tras un sinfín de aventuras y de acrobacias aéreas, tres guapos jóvenes Alfas lograban rescatarla. El negro era enviado a un Centro de Recondicionamiento de Adultos, y la cinta terminaba feliz y decentemente cuando la Beta rubia se convertía en la amante de sus tres salvadores. Después la alfombra de piel de oso hacía su aparición final y, entre el estridor de los saxofones, el último beso estereoscópico se desvanecía en la oscuridad y la última titilación eléctrica moría en los labios como una mosca moribunda que se estremece una y otra vez, cada vez más débilmente, hasta que al fin se inmoviliza definitivamente.
Pero, en Lenina, la mosca no murió del todo. Aun después de encendidas las luces, mientras se dirigían con la muchedumbre, arrastrando los pies, hacia los ascensores, su fantasma seguía cosquilleándole en los labios, seguía trazando surcos estremecidos de ansiedad y placer en su piel. Sus mejillas estaban arreboladas, sus ojos brillaban, y respiraban afanosamente. Lenina cogió el brazo del Salvaje y lo apretó contra su costado.
El Salvaje la miró un momento, pálido, dolorido, lleno de deseo y al mismo tiempo avergonzado de su propio deseo. Él no era digno, no...
Los ojos de Lenina y los del Salvaje coincidieron un instante. ¡Qué tesoros prometían los de ella! El Salvaje se apresuró a desviar los suyos, y soltó el brazo que ella le sujetaba.
– Creo que no deberías ver cosas como ésas – dijo al fin el muchacho, apresurándose a atribuir a las circunstancias ambientales todo reproche por cualquier pasado o futuro fallo en la perfección de Lenina.
– ¿Cosas como qué, John? – Como esa horrible película.
– ¿Horrible? – Lenina estaba sinceramente asombrada. – Yo la he encontrado estupenda.
– Era abyecto – dijo el Salvaje, indignado – , innoble...
– No te entiendo – contestó Lenina.
¿Por qué era tan raro? ¿Por qué se empeñaba en estropearlo todo? En el taxicóptero, el Salvaje apenas la miró. Atado por unos poderosos votos que jamás habían sido pronunciados, obedeciendo a leyes que habían prescrito desde hacía muchísimo tiempo, permanecía sentado, en silencio, con el rostro vuelto hacia otra parte.
De vez en cuando, como si un dedo pulsara una cuerda tensa, a punto de romperse, todo su cuerpo se estremecía en un súbito sobresalto nervioso.
El taxicóptero aterrizó en la azotea de la casa de Lenina. Al fin – pensó ésta, llena de exultación, al apearse. – Al fin. A pesar de que hasta aquel momento el Salvaje se había comportado de manera muy extraña. De pie bajo un farol, Lenina se miró en el espejo de mano. Al fin. Sí, la nariz le brillaba un poco. Sacudió los polvos de su borla. Mientras el Salvaje pagaba el taxi tendría tiempo de arreglarse. Lenina se empolvó la nariz, pensando: Es guapísimo. No tiene por qué ser tímido como Bernard... Y sin embargo... Cualquier otro ya lo hubiese hecho hace tiempo. Pero ahora, al fin... El fragmento de su rostro que se reflejaba en el espejito redondo le sonrió.
– Buenas noches – dijo una voz ahogada detrás de ella.
Lenina se volvió en redondo. El Salvaje se hallaba de pie en la puerta del taxi, mirándola fijamente; era evidente que no había cesado de mirarla todo el rato, mientras ella se empolvaba, esperando – pero, ¿a qué? – , o vacilando, esforzándose por decidirse, y pensando todo el rato, pensando... Lenina no podía imaginar qué clase de extraños pensamientos.
– Buenas noches, Lenina – repitió el Salvaje.
– Pero, John... Creí que ibas a... Quiero decir que, ¿no vas a...? El Salvaje cerró la puerta y se inclinó para decir algo al piloto. El taxicóptero despegó.
Mirando hacia abajo por la ventanilla practicada en el suelo, del aparato, el Salvaje vio la cara de Lenina, levantada hacia arriba, pálida a la luz azulada de los faroles. Con la boca abierta, lo llamaba. Su figura, achaparrada por la perspectiva, se perdió en la distancia; el cuadro de la azotea, cada vez más pequeño, parecía hundirse en un océano de tinieblas.
Cinco minutos después, el Salvaje estaba en su habitación. Sacó de su escondrijo el libro roído por los ratones, volvió con cuidado religioso sus páginas manchadas y arrugadas, y empezó a leer Otelo. Recordaba que Otelo, como el protagonista de Tres semanas en helicóptero, era un negro.
CAPITULO XII
Bernard tuvo que gritar a través de la puerta cerrada; el Salvaje se negaba a abrirle.
– ¡Pero si están todos aquí, esperándote! – Que esperen – dijo la voz, ahogada por la puerta.
– Sabes de sobra, John – ¡cuán difícil resulta ser persuasivo cuando hay que chillar a voz en grito! – , que los invité, que los invité precisamente para que te conocieran.
– Antes debiste preguntarme a mí si deseaba conocerles a ellos.
– Hasta ahora siempre viniste, John.
– Precisamente por esto no quiero volver.
– Hazlo sólo por complacerme – imploró Bernard.
– No.
– ¿Lo dices en serio? – Sí.
Desesperado, Bernard baló: – Pero, ¿qué voy a hacer? – ¡Vete al infierno! – gruñó la voz exasperada desde dentro de la habitación.
– Pero, ¡si esta noche ha venido el Archichantre Comunal de Canterbury! Bernard casi lloraba.
– ¡Ai yaa tákwa! – Sólo en lengua zuñí podía expresar adecuadamente el Salvaje lo que pensaba del Archichantre de Canterbury. – Háni – agregó, como pensándolo mejor; y después, con ferocidad burlona, agregó – : Sons éso tse – ná.
Y escupió en el suelo como hubiese podido hacerlo el mismo Popé.
Al fin Bernard tuvo que retirarse, abrumado, a sus habitaciones y comunicar a la impaciente asamblea que el Salvaje no aparecería aquella noche. La noticia fue recibida con indignación. Los hombres estaban furiosos por el hecho de haber sido inducidos a tratar con cortesía a aquel tipo insignificante, de mala fama y opiniones heréticas. Cuanto más elevada era su posición, más profundo era su resentimiento.
– ¡Jugarme a mí esta mala pasada! – repetía el Archichantre una y otra vez. – ¡A mí! En cuanto a las mujeres, tenían la sensación de haber sido seducidas con engaños por aquel hombrecillo raquítico, en cuyo frasco alguien había echado alcohol por error, por aquel ser cuyo físico era el propio de un Gama – Menos. Era un ultraje, y lo decían asimismo, y cada vez con voz más fuerte.
Sólo Lenina no dijo nada. Pálida, con sus ojos azules nublados por una insólita melancolía, permanecía sentada en un rincón, aislada de cuantos la rodeaban por una emoción que ellos no compartían.
Había ido a la fiesta llena de un extraño sentimiento de ansiosa exultación. Dentro de pocos minutos – se había dicho, al entrar en la estancia – lo veré, le hablaré, le diré (porque estaba completamente decidida) que me gusta, más que nadie en el mundo. Y entonces tal vez él dirá...
¿Qué diría el Salvaje? La sangre había afluido a las mejillas de Lenina.
¿Por qué se comportó de manera tan extraña la otra noche, después del sensorama? ¡Qué raro estuvo! Y, sin embargo, estoy completamente cierta de que le gusto. Estoy segura...
En aquel momento Bernard había soltado la noticia: el Salvaje no asistiría a la fiesta.
Lenina experimentó súbitamente todas las sensaciones que se observan al principio de un tratamiento con sucedáneo de Pasión Violenta: un sentimiento de horrible vaciedad, de aprensión, casi de náuseas. Le pareció que el corazón dejaba de latirle.
– Realmente es un poco fuerte – decía la Maestra Jefe de Eton al director de Crematorios y Recuperación del Fósforo. – Cuando pienso que he llegado a...
– Sí – decía la voz de Fanny Crowne – , lo del alcohol es absolutamente cierto. Conozco a un tipo que conocía a uno que en aquella época trabajaba en el Almacén de Embriones.
Éste se lo dijo a mi amigo, y mi amigo me lo dijo a mí...
– Una pena, una pena – decía Henry Foster, compadeciendo al Archichantre Comunal – .
Puede que le interese a usted saber que nuestro ex – director estaba a punto de trasladarle a Islandia.
Atravesado por todo lo que se decía en su presencia, el hinchado globo de la autoconfianza de Bernard perdía por mil heridas. Pálido, derrengado, abyecto y desolado, Bernard se agitaba entre sus invitados, tartamudeando excusas incoherentes, asegurándoles que la próxima vez el Salvaje asistiría, invitándoles a sentarse y a tomar un bocadillo de carotina, una rodaja de pâtè de vitamina A, o una copa de sucedáneo de champaña. Los invitados comían, sí, pero le ignoraban; bebían y lo trataban bruscamente o hablaban de él entre sí, en voz alta y ofensivamente, como si no se hallara presente.
– Y ahora, amigos – dijo el Archichantre de Canterbury, con su hermosa y sonora voz, la voz en que conducía los oficios de las celebraciones del Día de Ford – , ahora, amigos, creo que ha llegado el momento...
Se levantó, dejó la copa, se sacudió del chaleco de viscosa púrpura las migajas de una colación considerable, y se dirigió hacia la puerta.
Bernard se lanzó hacia delante para detenerle.
– ¿De verdad debe marcharse, Archichantre...? Es muy temprano todavía. Yo esperaba que...
¡Oh, sí, cuántas cosas había esperado desde el momento que Lenina le había dicho confidencialmente que el Archichantre Comunal aceptaría una invitación si se la enviaba! ¡Es simpatiquísimo! Y había enseñado a Bernard la pequeña cremallera de oro, con el tirador en forma de T, que el Archichantre le había regalado en recuerdo del fin de semana que Lenina había pasado en la Cantoría Diocesana. Asistirán el Archichantre Comunal de Canterbury y Mr. Salvaje. Bernard había proclamado su triunfo en todas las invitaciones enviadas. Pero el Salvaje había elegido aquella noche, precisamente aquella noche, para encerrarse en su cuarto y gritar: Háni, y hasta (menos mal que Bernard no entendía el zuñí) ¡Sons éso tse – ná! Lo que había de ser el momento cumbre de toda la carrera de Bernard se había convertido en el momento de su máxima humillación.
– Había confiado tanto en que... – repetía Bernard, tartamudeando y alzando los ojos hacia el gran dignatario con expresión implorante y dolorida.
– Mi joven amigo – dijo el Archichantre Comunal en un tono de alta y solemne severidad; se hizo un silencio general. – Antes de que sea demasiado tarde. Un buen consejo. – Su voz se hizo sepulcral. – Enmiéndese, mi joven amigo, enmiéndese.
Hizo la señal de la T sobre su cabeza y se volvió.
– Lenina, querida – dijo en otro tono. – Ven conmigo.
Arriba, en su cuarto, el Salvaje leía Romeo y Julieta.
Lenina y el Archichantre Comunal se apearon en la azotea de la Cantoría.
– Date prisa, mi joven amiga..., quiero decir, Lenina – la llamó el Archichantre, impaciente, desde la puerta del ascensor.
Lenina, que se había demorado un momento para mirar la luna, bajó los ojos y cruzó rápidamente la azotea para reunirse con él.
«Una nueva Teoría de Biología». Éste era el título del estudio que Mustafá Mond acababa de leer. Permaneció sentado algún tiempo, meditando, con el ceño fruncido, y después cogió la pluma y escribió en la portadilla: «El tratamiento matemático que hace el autor del concepto de finalidad es nuevo y altamente ingenioso, pero herético y, con respecto al presente orden social, peligroso y potencialmente subversivo. Prohibida su publicación». Subrayó estas últimas palabras. «Debe someterse a vigilancia al autor. Es posible que se imponga su traslado a la Estación Biológica Marítima de Santa Elena». Una verdadera lástima, pensó mientras firmaba. Era un trabajo excelente. Pero en cuanto se empezaba a admitir explicaciones finalistas... bueno, nadie sabía dónde podía llegarse.
Con los ojos cerrados y extasiado el rostro, John recitaba suavemente al vacío: ¡Ella enseña a las antorchas a arder con fulgor! Y parece pender sobre la mejilla de la noche como una rica joya en la oreja de un etíope; belleza excesiva para ser usada; demasiada para la tierra.
La T de oro pendía, refulgente, sobre el pecho de Lenina. El Archichantre Comunal, juguetonamente, la cogió, y tiró de ella lentamente.
Rompiendo un largo silencio, Lenina dijo de pronto: – Creo que será mejor que tome un par de gramos de soma.
A aquellas horas, Bernard dormía profundamente, sonriendo al paraíso particular de su sueños. Sonriendo, sonriendo. Pero, inexorablemente, cada treinta segundos, la manecilla del reloj eléctrico situado encima de su cama saltaba hacia delante, con un chasquido casi imperceptible. Clic, clic, clic, clic... Y llegó la mañana, Bernard estaba de vuelta, entre las miserias del espacio y del tiempo. Cuando se dirigió en taxi a su trabajo en el Centro de Condicionamiento, se hallaba de muy mal humor. La embriaguez del éxito se había evaporado; volvía a ser él mismo, el de antes; y por contraste con el hinchado balón de las últimas semanas, su antiguo yo parecía muchísimo más pesado que la atmósfera que lo rodeaba.
El Salvaje, inesperadamente, se mostró muy comprensivo con aquel Bernard deshinchado.
– Te pareces más al Bernard que conocí en Malpaís – dijo, cuando Bernard, en tono quejumbroso, le hubo confiado su fracaso. – ¿Recuerdas la primera vez que hablamos? Fuera de la casucha. Ahora eres como entonces.
– Porque vuelvo a ser desdichado; he aquí el porqué.
– Bueno, pues yo preferiría ser desdichado antes que gozar de esa felicidad falsa, embustera, que tenéis aquí.
– ¡Hombre, me gusta eso! – dijo Bernard con amargura. – ¡Cuando tú tienes la culpa de todo! Al negarte a asistir a mi fiesta lograste que todos se revolvieran contra mí.
Bernard sabía que lo que decía era absurdo e injusto; admitía en su interior, y hasta en voz alta, la verdad de todo lo que el Salvaje le decía acerca del poco valor de unos amigos que, ante tan leve provocación, podían trocarse en feroces enemigos. Pero, a pesar de saber todo esto y de reconocerlo, a pesar del hecho de que el consuelo y el apoyo de su amigo eran ahora su único sostén, Bernard siguió alimentando, simultáneamente con su sincero pesar, un secreto agravio contra el Salvaje, y no cesó de meditar un plan de pequeñas venganzas a desarrollar contra el mismo. Alimentar un agravio contra el Archichantre comunal hubiese sido inútil; y no había posibilidad alguna de vengarse del Envasador Jefe o del Presidente Ayudante. Como víctima, el Salvaje poseía, para Bernard, una gran cualidad por encima de los demás: era vulnerable, era accesible. Una de las principales funciones de nuestros amigos estriba en sufrir (en formas más suaves y simbólicas) los castigos que querríamos infligir, y no podemos, a nuestros enemigos.
El otro amigo – víctima de Bernard era Helmholtz. Cuando, derrotado, Bernard acudió a él e imploró de nuevo su amistad, que en sus días de prosperidad había juzgado inútil conservar, Helmholtz se la concedió.
En su primera entrevista después de la reconciliación, Bernard le soltó toda la historia de sus desdichas y aceptó sus consuelos. Pocos días después se enteró, con sorpresa y no sin cierto bochorno, de que él no era el único en hallarse en apuros. También Helmholtz había entrado en conflicto con la Autoridad.
– Fue por unos versos – le explicó Helmholtz. – Yo daba mi curso habitual de Ingeniería Emocional Superior para alumnos de tercer año. Doce lecciones, la séptima de las cuales trata de los versos. Sobre el uso de versos rimados en Propaganda Moral, para ser exactos. Siempre ilustro mis clases con numerosos ejemplos técnicos. Esta vez se me ocurrió ofrecerles como ejemplo algo que acababa de escribir. Puro desatino, desde luego; pero no pude resistir la tentación. – Se echó a reír. – Sentía curiosidad por ver cuáles serían las reacciones. Además – agregó, con más gravedad – , quería hacer un poco de propaganda; intentaba inducirles a sentir lo mismo que yo sentí al escribir aquellos versos.
¡Ford! – Volvió a reír. – ¡El escándalo que se armó! El Principal me llamó y me amenazó con expulsarme inmediatamente. Soy un hombre marcado.
– Pero, ¿qué decían tus versos? – preguntó Bernard.
– Eran sobre la soledad. – Bernard arqueó las cejas. – Si quieres, te los recito. – Y Helmholtz empezó: El comité de ayer, bastones, pero un tambor roto, medianoche en la City, flautas en el vacío labios cerrados, caras dormidas, todas las máquinas paradas, mudos los lugares donde se apiñaba la gente...
Todos los silencios se regocijan, lloran (en voz alta o baja) hablan, pero ignoro con la voz de quién.
La ausencia de los brazos.
los senos y los labios y los traseros de Susan y de Egeria forman lentamente una presencia. ¿Cuál? Y, pregunto, ¿de qué esencia tan absurda que algo que no es puebla, sin embargo, la noche desierta más sólidamente que es otra con la cual copulamos y que tan escuálida nos parece? – Bueno – prosiguió Helmholtz – , les puse estos versos como ejemplo, y ellos me denunciaron al Principal.
– No me sorprende – dijo Bernard. – Van en contra de todas las enseñanzas hipnopédicas. Recuerda que han recibido al menos doscientas cincuenta mil advertencias contra la soledad.
– Lo sé. Pero pensé que me gustaría ver qué efecto producía.
– Bueno, pues ya lo has visto.
Bernard pensó que, a pesar de todos sus problemas, Helmoltz parecía intensamente feliz.
Helmholtz y el Salvaje hicieron buenas migas inmediatamente. Y con tal cordialidad que Bernard sintió el mordisco de los celos. En todas aquellas semanas no había logrado intimar con el Salvaje tanto como lo logró Helmholtz inmediatamente. Mirándoles, oyéndoles hablar, más de una vez deseó no haberles presentado. Sus celos le avergonzaban y hacía esfuerzos y tomaba soma para librarse de ellos. Pero sus esfuerzos resultaban inútiles; y las vacaciones de soma tenían sus intervalos inevitables. El odioso sentimiento volvía a él una y otra vez.
En su tercera entrevista con el Salvaje, Helmholtz le recitó sus versos sobre la Soledad.
– ¿Qué te parecen? – le preguntó luego.
El Salvaje movió la cabeza.
– Escucha esto – dijo por toda respuesta.
Y abriendo el cajón cerrado con llave donde guardaba su roído librote, lo abrió y leyó: Que el pájaro de voz más sonora pasado en el solitario árbol de Arabia sea el triste heraldo y trompeta...
Helmholtz lo escuchaba con creciente excitación. Al oír lo del solitario árbol de Arabia se sobresaltó; tras lo de estridente heraldo sonrió con súbito placer; ante el verso toda ave de ala tiránica sus mejillas se arrebolaron; pero al oír lo de música mortuoria palideció y tembló con una emoción que jamás había sentido hasta entonces. El Salvaje siguió leyendo.
La propiedad se asustó al ver que el yo no era ya el mismo; dos nombres para una sola naturaleza, que ni dos ni una podía llamarse.
La razón, en sí misma confundida, veía unirse la división...
– ¡Orgía – Porfía! – gritó Bernard, interrumpiendo la lectura con una risa estruendosa, desagradable. – Parece exactamente un himno del Servicio de Solidaridad.
Así se vengaba de sus dos amigos por el hecho de apreciarse más entre sí de lo que le apreciaban a él.
Sin embargo, por extraño que pueda parecer, la siguiente interrupción, la más desafortunada de todas, procedió del propio Helmholtz.
El Salvaje leía Romeo y Julieta en voz alta, con pasión intensa y estremecida (porque no cesaba de verse a sí mismo como Romeo y a Lenina en el lugar de Julieta). Helmholtz había escuchado con interés y asombro la escena del primer encuentro de los dos amantes.
La escena del huerto le había hechizado con su poesía; pero los sentimientos expresados habían provocado sus sonrisas. Se le antojaba sumamente ridículo ponerse de aquella manera por el solo hecho de desear a una chica. Pero, en conjunto, ¡cuán soberbia pieza de ingeniería emocional! – Ese viejo escritor – dijo – hace aparecer a nuestros mejores técnicos en propaganda como unos solemnes mentecatos.
El Salvaje sonrió con expresión triunfal y reanudó la lectura. Todo marchó pasablemente bien hasta que, en la última escena del tercer acto, los padres Capuleto empezaban a aconsejar a Julieta que se casara con Paris. Helmholtz habíase mostrado inquieto durante toda la escena; pero cuando, patéticamente interpretada por el Salvaje, Julieta exclamaba: ¿Es que no hay compasión en lo alto de las nubes que lea en el fondo de mi dolor? ¡Oh, dulce madre mía, no me rechaces! Aplaza esta boda por un mes, por una semana, o, si no quieres, prepara el lecho de bodas en el triste mausoleo donde yace Tibaldo...
Cuando Julieta dijo esto, Helmoltz soltó una explosión de risa irreprimible.
¡Una madre y un padre (grotesca obscenidad) obligando a su hija a unirse con quien ella no quería! ¿Y por qué aquella imbécil no les decía que ya estaba unida con otro a quien, por el momento al menos prefería? En su indecente absurdo, la situación resultaba irresistiblemente cómica. Helmholtz, con un esfuerzo heroico, había logrado hasta entonces dominar la presión ascendente de su hilaridad; pero la expresión dulce madre (pronunciada en el tembloroso tono de angustia del Salvaje) y la referencia al Tibaldo muerto, pero evidentemente no incinerado y desperdiciando su fósforo en un triste mausoleo, fueron demasiado para él. Rió y siguió riendo hasta que las lágrimas rodaron por sus mejillas, rió interminablemente mientras el Salvaje, pálido y ultrajado, le miraba por encima del libro hasta que, viendo que las carcajadas proseguían, lo cerró indignado, se levantó, y con el gesto de quien aparta una perla de la presencia de un cerdo, lo encerró con llave en su cajón.
– Y sin embargo – dijo Helmholtz cuando, habiendo recobrado el aliento suficiente para presentar excusas, logró que el Salvaje escuchara sus explicaciones – , sé perfectamente que uno necesita situaciones ridículas y locas como ésta; no se puede escribir realmente bien acerca de nada más. ¿Por qué ese viejo escritor resulta un técnico en propaganda tan maravilloso? Porque tenía tantísimas cosas locas, extremadas, acerca de las cuales excitarse. Uno debe poder sentirse herido y trastornado; de lo contrario, no puede pensar frases realmente buenas, penetrantes como los rayos X. Pero..., ¡padres y madres! – Movió la cabeza. – No podías esperar que pusiera cara sería ante los padres y las madres. ¿Y quién va a apasionarse por si un muchacho consigue a una chica o no la consigue? El Salvaje dio un respingo, pero Helmholtz, que miraba pensativamente el suelo, no se dio cuenta.
– No – concluyó – , no me sirve. Necesitamos otra clase de locura y de violencia. Pero, ¿qué? ¿Qué? ¿Dónde puedo encontrarla? – permaneció silencioso un momento y después, moviendo la cabeza, dijo, por fin – : No lo sé; no lo sé.
CAPITULO XIII
Henry Foster apareció a través de la luz crepuscular del Almacén de Embriones.
– ¿Quieres ir al sensorama esta noche? Lenina denegó con la cabeza, sin decir nada.
– ¿Sales con otro? A Henry le interesaba siempre saber cómo se emparejaban sus amigos.
– ¿Con Benito, acaso? – preguntó.
Lenina volvió a denegar con la cabeza.
Henry observó la expresión fatigada de aquellos ojos purpúreos, la palidez de la piel bajo el brillo de lupus, y la tristeza que se revelaba en las comisuras de aquellos labios escarlata, que se esforzaban por sonreír.
– ¿No estarás enferma? – preguntó, un tanto preocupado, temiendo que Lenina sufriera alguna de las escasas enfermedades infecciosas que aún subsistían.
Por tercera vez Lenina negó con la cabeza.
– De todos modos, deberías ir a ver al médico – dijo Henry. – Una visita al doctor libra de todo dolor – agregó, cordialmente, acompañando el dicho hipnopédico con una palmada en el hombro. – Tal vez necesites un Sucedáneo de Embarazo – sugirió. – O un fuerte tratamiento extra de S.P.V. Ya sabes que a veces la potencia del sucedáneo de Pasión Violenta no está a la altura de...
– ¡Oh, por el amor de Ford! – dijo Lenina, rompiendo su testarudo silencio. – ¡Cállate de una vez! Y volviéndole la espalda ocupóse de nuevo en sus embriones.
¿Conque un tratamiento de S.P.V.? Lenina se hubiese echado a reír, de no haber sido porque estaba a punto de llorar. ¡Como si no tuviera bastante con su propia P.V.! Mientras llenaba una jeringuilla suspiró prohibidamente. John... – murmuró para sí – , John... Después se preguntó: ¡Ford! ¿Le habré dado a éste la inyección contra la enfermedad del sueño? ¿O no se la he dado todavía? No podía recordarlo. Al fin decidió no correr el riesgo de administrar una segunda dosis, y pasó al frasco siguiente de la hilera.
Veintidós años, ocho meses y cuatro días más tarde, un joven y prometedor administrador Alfa – Menos, en Muanza – Muanza, moriría de tripanosomiasis, el primer caso en más de medio siglo. Suspirando, Lenina siguió con su tarea.
Una hora después, en el Vestuario, Fanny protestaba enérgicamente: – Es absurdo que te abandones a este estado. Sencillamente absurdo – repitió. – Y todo, ¿por qué? ¡Por un hombre, por un solo hombre! – Pero es el único que quiero.
– Como si no hubiese millones de otros hombres en el mundo.
– Pero yo no los quiero.
– ¿Cómo lo sabes si no lo has intentado? – Lo he intentado.
– Pero, ¿con cuántos? – preguntó Fanny, encogiéndose despectivamente de hombros – .
¿Con uno? ¿Con dos? – Con docenas de ellos. Y fue inútil – dijo Lenina, moviendo la cabeza.
– Pues debes perseverar – le aconsejó Fanny, sentenciosamente. Pero era evidente que su confianza en sus propias prescripciones había sido un tanto socavada. – Sin perseverancia no se consigue nada.
– Pero entretanto...
– No pienses en él.
– No puedo evitarlo.
– Pues toma un poco de soma.
– Ya lo tomo.
– Pues sigue haciéndolo.
– Pero en los intervalos sigo queriéndole. Siempre le querré.
– Bueno, pues si es así – dijo Fanny con decisión – , ¿por qué no vas y te haces con él? Tanto si quiere como si no.
– ¡Si supieras cuán terriblemente raro estuvo! – Razón de más para adoptar una línea de conducta firme.
– Es muy fácil decirlo.
– No te quedes pensando tonterías. Actúa. – La voz de Fanny sonaba como una trompeta; parecía una conferenciante de la A.M.F. dando una charla nocturna a un grupo de Beta – Menos adolescente. – Sí, actúa, inmediatamente. Hazlo ahora mismo.
– Me daría vergüenza – dijo Lenina.
– Basta que tomes medio gramo de soma antes de hacerlo. Y ahora voy a darme un baño.
El timbre sonó, y el Salvaje, que esperaba con impaciencia que Helmholtz fuese a verle aquella tarde (porque, habiendo decidido por fin hablarle a Helmholtz de Lenina, no podía aplazar ni un momento más sus confidencias), saltó sobre sus pies y corrió hacia la puerta.
– Presentía que eras tú, Helmholtz – gritó, al tiempo que abría.
En el umbral, con un vestido de marinera blanco, de satén al acetato, y un gorrito redondo, blanco también, ladeado picaronamente hacia la izquierda, se hallaba Lenina.
– ¡Oh! – exclamó el Salvaje, como si alguien acabara de asestarle un fuerte porrazo.
Medio gramo había bastado para que Lenina olvidara sus temores y su turbación.
– Hola, John – dijo, sonriendo.
Y entró en el cuarto. Maquinalmente, John cerró la puerta y la siguió. Lenina se sentó.
Sobrevino un largo silencio.
– Tengo la impresión de que no te alegras mucho de verme, John – dijo Lenina al fin.
– ¿Que no me alegro? El Salvaje la miró con expresión de reproche; después, súbitamente, cayó de rodillas ante ella y, cogiendo la mano de Lenina, la besó reverentemente.
– ¿Que no me alegro? ¡Oh, si tú supieras! – susurró; y arriesgándose a levantar los ojos hasta su rostro, prosiguió – : Admirada Lenina, ciertamente la cumbre de lo admirable, digna de lo mejor que hay en el mundo.
Lenina le sonrió con almibarada ternura.
– ¡Oh, tú, tan perfecta – Lenina se inclinaba hacia él con los labios entreabiertos – , tan perfecta y sin par fuiste creada – Lenina se acercaba más y más a él – con lo mejor de cada una de las criaturas! – Más cerca todavía.
Pero el Salvaje se levantó bruscamente.
– Por eso – dijo, hablando sin mirarla – , quisiera hacer algo primero... – Quiero decir, demostrarte que soy digno de ti. Ya sé que no puedo serlo, en realidad. Pero, al menos, demostrarte que no soy completamente indigno. Quisiera hacer algo.
– Pero, ¿por qué consideras necesarios...? – empezó Lenina.
Mas no acabó la frase. En su voz había sonado cierto matiz de irritación. Cuando una mujer se ha inclinado hacia delante, acercándose más y más, con los labios entreabiertos, para encontrarse de pronto, porque un zoquete se pone de pie, inclinada sobre la nada...
bueno, tiene todos los motivos para sentirse molesta, aun con medio gramo de soma en la sangre.
– En Malpaís – murmuraba incoherentemente el Salvaje – , había que llevar a la novia la piel de un león de las montañas... Quiero decir cuando uno desea casarse. O de un lobo.
– En Inglaterra no hay leones – dijo Lenina en tono casi ofensivo.
– Y aunque los hubiera – agregó el Salvaje con súbito resentimiento y despecho – , supongo que los matarían desde los helicópteros o con gas venenoso. Y esto no es lo que yo quiero, Lenina. – Se cuadró, se aventuró a mirarla y descubrió en el rostro de ella una expresión de incomprensión irritada. Turbado, siguió, cada vez con menos coherencia – .
Haré algo. Lo que tú quieras. Hay deportes que son penosos, ya lo sabes. Pero el placer que proporcionan compensa sobradamente. Esto es lo que me pasa. Barrería los suelos por ti, si lo descaras.
– ¡Pero, si aquí tenemos aspiradoras! – dijo Lenina, asombrada. – No es necesario.
– Ya, ya sé que no es necesario. Pero se puede ejecutar ciertas bajezas con nobleza. Me gustaría soportar algo con nobleza. ¿Me entiendes? – Pero si hay aspiradoras...
– No, no es esto.
– ...y semienanos Epsilones que las manejan – prosiguió Lenina – , ¿por qué...? – ¿Por qué? Pues... ¡por ti! ¡Por ti! Sólo para demostrarte que yo...
– ¿Y qué tienen que ver las aspiradoras con los leones...? – Para demostrarte cuánto...
– ...o con el hecho de que los leones se alegren de verme? Lenina se exasperaba progresivamente.
– ...para demostrarte cuánto te quiero, Lenina – estalló John, casi desesperadamente.
Como símbolo de la marea ascendente de exaltación interior, la sangre subió a las mejillas de Lenina.
– ¿Lo dices de veras, John? – Pero no quería decirlo – exclamó el Salvaje, uniendo con fuerza las manos en una especie de agonía. – No quería decirlo hasta que... Escucha, Lenina; en Malpaís la gente se casa.
– ¿Se qué? De nuevo la irritación se había deslizado en el tono de su voz. ¿Con qué le salía ahora? – Se unen para siempre. Prometen vivir juntos para siempre.
– ¡Qué horrible idea! Lenina se sentía sinceramente disgustada.
– Sobreviviendo a la belleza exterior, con un alma que se renueva más rápidamente de lo que la sangre decae...
– ¿Cómo? – También así lo dice Shakespeare. Si rompes su nudo virginal antes de que todas las ceremonias santificadoras puedan con pleno y solemne rito...
– ¡Por el amor de Ford, John, no digas cosas raras! No entiendo una palabra de lo que dices. Primero me hablas de aspiradoras; ahora de nudos. Me volverás loca. – Lenina saltó sobre sus pies, y, como temiendo que John huyera de ella físicamente, como le huía mentalmente, lo cogió por la muñeca. – Contéstame a esta pregunta: ¿me quieres realmente? ¿Sí o no? Se hizo un breve silencio; después, en voz muy baja, John dijo: – Te quiero más que a nada en el mundo.
– Entonces, ¿por qué demonios no me lo decías – exclamó Lenina; y, su exasperación era tan intensa que clavó las uñas en la muñeca de John en lugar de divagar acerca de nudos, aspiradoras y leones y de hacerme desdichada durante semanas enteras? Le soltó la mano y lo apartó de sí violentamente.
– Si no te quisiera tanto – dijo – , estaría furiosa contigo.
Y, de pronto, le rodeó el cuello con los brazos; John sintió sus labios suaves contra los suyos. Tan deliciosamente suaves, cálidos y eléctricos que inevitablemente recordó los besos de Tres semanas en helicóptero. ¡Oooh! ¡Oooh!, la estereoscópica rubia, y ¡Aaah!, ¡aaah!, el negro super – real. Horror, horror, horror... John intentó zafarse del abrazo, pero Lenina lo estrechó con más fuerza.
– ¿Por qué no me lo decías? – susurró, apartando la cara para poder verle.
Sus ojos aparecían llenos de tiernos reproches.
Ni la mazmorra más lóbrega, ni el lugar más adecuado – tronaba poéticamente la voz de la conciencia – , ni la más poderosa sugestión de nuestro deseo. ¡Jamás, jamás!, decidió John.
– ¡Tontuelo! – decía Lenina. – ¡Con lo que yo te deseaba! Y si tú me deseabas también, ¿por qué no...? – Pero, Lenina... – empezó a protestar John.
Y como inmediatamente Lenina deshizo su abrazo y se apartó de él, John pensó por un momento que había comprendido su muda alusión.
Pero cuando Lenina se desabrochó la cartuchera de charol blanco y la colgó cuidadosamente del respaldo de una silla, John empezó a sospechar que se había equivocado.
– ¡Lenina! – repitió, con aprensión.
Lenina se llevó una mano al cuello y dio un fuerte tirón hacia abajo. La blanca blusa de marino se abrió por la costura; la sospecha se transformó en certidumbre.
– Lenina, ¿qué haces? ¡Zas, zas! La respuesta de Lenina fue muda. Emergió de sus pantalones acampanados.
Su ropa interior, de una sola pieza, era como una leve cáscara rosada. La T de oro del Archichantre Comunal brillaba en su pecho.
Por esos senos que a través de las rejas de la ventana penetran en los ojos de los hombres... Las palabras cantarinas, tonantes, mágicas, la hacían aparecer doblemente peligrosa, doblemente seductora. ¡Suaves, suaves, pero cuán penetrantes! Horadando la razón, abriendo túneles en las más firmes decisiones... Los juramentos más poderosos son como paja ante el fuego de la sangre. Abstente, o de lo contrario...
¡Zas! La rosada redondez se abrió en dos, como una manzana limpiamente partida.
Unos brazos que se agitaban, el pie derecho que se levanta; después el izquierdo, y la sutil prenda queda en el suelo, sin vida y como deshinchada.
Con los zapatos y las medias puestas y el gorrito ladeado en la cabeza, Lenina se acercó a él: – ¡Amor mío, si lo hubieses dicho antes! Lenina abrió los brazos.
Pero en lugar de decir también: ¡Amor mío! y de abrir los brazos, el Salvaje retrocedió horrorizado, rechazándola con las manos abiertas, agitándolas como para ahuyentar a un animal intruso y peligroso.
Cuatro pasos hacia atrás, y se encontró acorralado contra la pared.
– ¡Cariño! – dijo Lenina; y, apoyando las manos en sus hombros, se arrimó a él – .
Rodéame con tus brazos – le ordenó. – Abrázame hasta drogarme, amor mío. – También ella tenía poesía a su disposición, conocía palabras que cantaban, que eran como fórmulas mágicas y batir de tambores. – Bésame. – Lenina cerró los ojos, y dejó que su voz se convirtiera en un murmullo soñoliento. – Bésame hasta que caiga en coma. Abrázame, amor mío...
El Salvaje la cogió por las muñecas, le arrancó las manos de sus hombros y la apartó de sí a la distancia de un brazo.
– ¡Uy, me haces daño, me... oh! Lenina calló súbitamente. El terror le había hecho olvidar el dolor. Al abrir los ojos, había visto el rostro de John; no, no el suyo, sino el de un feroz desconocido, pálido, contraído, retorcido por un furor demente.
– Pero, ¿qué te pasa, John? – susurró Lenina.
El Salvaje no contestó. Se limitó a seguir mirándola a la cara con sus ojos de loco. Las manos que sujetaban las muñecas de Lenina temblaban. John respiraba afanosamente, de manera irregular. Débil, casi imperceptiblemente, pero aterrador, Lenina oyó de pronto su crujir de dientes.
– ¿Qué te pasa? – dijo casi en un chillido.
Y, como si su grito lo hubiese despertado, John la cogió por los hombros y empezó a sacudirla.
– ¡Ramera! – gritó. – ¡Ramera! ¡Impúdica buscona! – ¡Oh, no, no...! – protestó Lenina, con voz grotescamente entrecortado por las sacudidas.
– ¡Ramera! – ¡Por favooor! – ¡Maldita ramera! – Un graamo es meejor... – empezó Lenina.
El Salvaje la arrojó lejos de sí con tal fuerza que Lenina vaciló y cayó.
– Vete – gritó John, de pie a su lado, amenazadoramente. – Fuera de aquí, si no quieres que te mate.
Y cerró los puños. Lenina levantó un brazo para protegerse la cara.
– No, por favor, no, John...
– ¡De prisa! ¡Rápido! Con un brazo levantado todavía y siguiendo todos los movimientos de John con ojos de terror, Lenina se puso en pie, y semiagachada y protegiéndose la cabeza echó a correr hacia el cuarto de baño.
El ruido de la prodigiosa palmada con que John aceleró su marcha sonó como un disparo de pistola.
– ¡Oh! – exclamó Lenina, pegando un salto hacia delante.
Encerrada con llave en el cuarto de baño, y a salvo, Lenina pudo hacer inventario de sus contusiones. De pie, y de espaldas al espejo, volvió la cabeza. Mirando por encima del hombro pudo ver la huella de una mano abierta que destacaba muy clara, en tono escarlata, sobre su piel nacarada. Se frotó cuidadosamente la parte dolorida.
Fuera, en el otro cuarto, el Salvaje medía la estancia a grandes pasos, de un lado para otro, al compás de los tambores y la música de las palabras mágicas. El reyezuelo se lanza a ella, y la dorada mosquita se comporta impúdicamente ante mis ojos.
Enloquecedoramente, las palabras resonaban en sus oídos. Ni el vaso ni el sucio caballo se lanzan a ello con apetito más desordenado. De cintura para abajo son centauros, aunque sean mujeres de cintura para arriba. Hasta el ceñidor, son herederas de los dioses. Más abajo, todo es de los diablos. Todo: infierno, tinieblas, abismo sulfuroso, ardiente, hirviente, corrompido, consumido; ¡uf! Dame una onza de algalia, buen boticario, para endulzar mi imaginación.
– ¡John! – osó decir una vocecilla que quería congraciarse al Salvaje, desde el baño – .
¡John! ¡Oh, tú, cizaña, que eres tan bella y hueles tan bien que los sentidos se perecen por ti! ¿Para escribir en él «ramera» fue hecho tan bello libro? El cielo se tapa la nariz ante ella...
Pero el perfume de Lenina todavía flotaba a su alrededor, y la chaqueta de John aparecía blanca de los polvos que habían perfumado su aterciopelado cuerpo.
Impúdica zorra, impúdica zorra, impúdica zorra. El ritmo inexorable seguía martilleando por su cuenta. Impúdica...
– John, ¿no podrías darme mis ropas? El Salvaje recogió del suelo los pantalones acampanados, la blusa y la prenda interior.
– ¡Abre! – ordenó, pegando un puntapié a la puerta.
– No, no quiero.
La voz sonaba asustada y desconfiada.
– Bueno, pues, ¿cómo podré darte la ropa? – Pásala por el ventilador que está en lo alto de la puerta.
John así lo hizo, y después reanudó su impaciente paseo por la estancia. Impúdica zorra, impúdica zorra... El demonio de la Lujuria, con su redondo trasero y su dedo de patata...
– John.
El Salvaje no contestaba. Redondo trasero y dedo de patata.
– John...
– ¿Qué pasa? – preguntó John, ceñudo.
– ¿Te... te importaría darme mi cartuchera malthusiana? Lenina permaneció sentada escuchando el rumor de los pasos en el cuarto contiguo y preguntándose cuánto tiempo podría seguir John andando de un lado para otro, si tendría que esperar a que saliera de su piso, o si, dejándole un tiempo razonable para que se calmara un tanto su locura, podría abrir la puerta del lavabo y salir a toda prisa.
Sus inquietas especulaciones fueron interrumpidas por el sonido del teléfono en el cuarto contiguo. El paseo de John se interrumpió bruscamente. Lenina oyó la voz del Salvaje dialogando con el silencio.
– Diga...
– .....
– Sí...
– .....
– Si no me usurpo el título a mí mismo, yo soy...
– .....
– Sí, ¿no me oyó? Mr. Salvaje al habla...
–.....
– ¿Cómo? ¿Quién está enfermo? Claro que me interesa...
– .....
– Pero, ¿es grave? ¿Está mala de verdad? Iré inmediatamente...
– .....
– ¿Que ya no está en sus habitaciones? ¿Adónde la han llevado.
– .....
– ¡Oh, Dios mío: ¡Déme la dirección! – .....
– Park Lane, tres, ¿no es eso? ¿Tres? Gracias.
Lenina oyó el ruido del receptor al ser colgado, y unos pasos apresurados. Una puerta se cerró de golpe.
Siguió un silencio. ¿Se habría marchado John? Con infinitas precauciones, Lenina abrió la puerta medio centímetro y miró por la rendija; la visión del cuarto vacío la tranquilizó un tanto; abrió un poco más y asomó la cabeza; finalmente, entró de puntillas en el cuarto; se quedó escuchando atentamente, con el corazón desbocado; después echó a correr hacia la puerta de salida, la abrió, se deslizó al pasillo, la volvió a cerrar de golpe, y siguió corriendo. Y hasta que se encontró en el ascensor, bajando ya, no empezó a sentirse a salvo.
CAPITULO XIV
El Hospital de Moribundos, de Park Lane, era una torre de sesenta plantas, recubierto de azulejos color de prímula. Cuando el Salvaje se apeó del taxicóptero, un convoy de vehículos fúnebres aéreos, pintados de alegres colores, despegó de la azotea y voló en dirección a poniente, rumbo al Crematorio de Slough, cruzando el parque. Ante la puerta del ascensor, el portero principal le dio la información requerida, y John bajó a la sala 81 (la Sala de la senilidad galopante, como le explicó el portero), situada en el piso séptimo.
Era una vasta sala pintada de amarillo y brillantemente iluminada por el sol, que contenía una veintena de camas, todas ellas ocupadas. Linda agonizaba en buena compañía; en buena compañía y con todos los adelantos modernos. El aire se hallaba constantemente agitado por alegres melodías sintéticas. A los pies de la cama, de cara a su moribundo ocupante, había un aparato de televisión. La televisión funcionaba, como un grifo abierto, desde la mañana a la noche. Cada cuarto de hora, por un procedimiento automático se variaba el perfume de la sala.
– Procuramos – explicó la enfermera que había recibido al Salvaje en la puerta – , procuramos crear una atmósfera tan agradable como sea posible, algo así como un intercambio entre un hotel de primera clase y una sala de sensorama, ¿comprende lo que quiero decir? – ¿Dónde está Linda? – preguntó el Salvaje, haciendo caso omiso de tan corteses explicaciones.
La enfermera se mostró ofendida.
– Lleva usted mucha prisa – dijo.
– ¿Cabe alguna esperanza? – preguntó John.
– ¿De que no muera, quiere decir? John afirmó.
– No, claro que no. Cuando envían a alguien aquí, no hay... – Sorprendida ante la expresión de dolor y la palidez del rostro del muchacho, la enfermera se interrumpió – .
Bueno, ¿qué le pasa? – preguntó. No estaba acostumbrada a aquellas reacciones en sus visitantes, que, por cierto, eran muy escasos, como es lógico. – No se encontrará mal, ¿verdad? John denegó con la cabeza.
– Es mi madre – dijo, con voz apenas audible.
La enfermera le miró con ojos aterrorizados, llena de sobresalto, e inmediatamente desvió la mirada, sonrojada como una ascua.
– Acompáñeme a donde está Linda – dijo el Salvaje, haciendo un esfuerzo por hablar en tono normal.
Sin perder su sonrojo, la enfermera lo llevó hacia el otro extremo de la sala. Rostros todavía lozanos y sonrosados (porque la sensibilidad era un proceso tan rápido que no tenía tiempo de marchitar las mejillas, y sólo afectaba al corazón y el cerebro) se volvían a su paso. Su avance era seguido por los ojos impávidos, sin expresión, de unos seres sumidos en la segunda infancia. El Salvaje, al mirar a aquellos agonizantes, se estremeció.
Linda yacía en la última cama de la larga hilera, contigua a la pared. Recostada sobre unas almohadas, contemplaba las semifinales del Campeonato de tenis Riemann Sudamericano, que se jugaba en silenciosa y reducida reproducción en la pantalla del aparato de televisión instalado a los pies de su cama. Las pequeñas figuras corrían de un lado a otro del pequeño rectángulo del cristal iluminado, sin hacer ruido, como peces en un acuario: habitantes mudos, pero agitados, de otro mundo.
Linda contemplaba el espectáculo sonriendo vagamente, sin comprender. Su rostro pálido y abotagado, mostraba una expresión de estupidizada felicidad. De vez en cuando sus párpados se cerraban, y parecía adormilarse por unos segundos. Después, con un ligero sobresalto, se despertaba de nuevo, y volvía al acuario de los Campeonatos de Tenis, a la versión que ofrecía la Super – Voz – Wurlitzeriana de Abrázame hasta drogarme, amor mío, al cálido aliento de verbena que brotaba el ventilador colocado por encima de su cabeza. Despertaba a todo esto, o, mejor, a un sueño del cual formaba parte todo esto, transformado y embellecido por el soma que circulaba por su sangre, y sonreía con su sonrisa quebrada y descolorida de dicha infantil.
– Bueno, tengo que irme – dijo la enfermera. – Está a punto de llegar el grupo de niños.
Además, debo atender al número 3. – Y señaló hacia un punto de la sala. – Morirá de un momento a otro. Bueno, está usted en su casa.
Y se alejó rápidamente.
El Salvaje tomó asiento al lado de la cama.
– Linda – murmuró, cogiéndole una mano.
Al oír su nombre, la anciana se volvió. En sus ojos brilló el conocimiento. Apretó la mano de su hijo, sonrió y movió los labios; después, súbitamente, la cabeza le cayó hacia delante. Se había dormido. John permaneció a su lado, mirándola, buscando a través de aquella piel envejecida – y encontrándola – , aquella cara joven, radiante, que se asomaba sobre su niñez, en Malpaís, recordando (y John cerró los ojos) su voz, sus movimientos, todos los acontecimientos de su vida en común. Arre, estreptococos, a Banbury – T... ¡Qué bien cantaba su madre! Y aquellos versos infantiles, ¡cuán mágicos y misteriosos se le antojaban! Vitamina A, vitamina B, vitamina C, la grasa está en el hígado y el bacalao en el mar.
Recordando aquellas palabras y la voz de Linda al pronunciarlas, las lágrimas acudían a los ojos de John. Después, las lecciones de lectura: El crío está en el frasco; el gato duerme. Y las Instrucciones Elementales para Obreros Beta en el Almacén de Embriones.
Y las largas veladas cabe al fuego, o, en verano, en la azotea de la casita, cuando ella le contaba aquellas historias sobre el Otro Lugar, fuera de la Reserva: aquel hermosísimo Otro Lugar cuyo recuerdo, como el de un cielo, de un paraíso de bondad y de belleza, John conservaba todavía intacto, inmune al contacto de la realidad de aquel Londres real, de aquellos hombres y mujeres civilizados de carne y hueso.
El súbito sonido de unas voces agudas le indujo a abrir los ojos, y, después de secarse rápidamente las lágrimas, miró a su alrededor. Vio entrar en la sala lo que parecía un río interminable de mellizos idénticos de ocho años de edad. Iban acercándose, mellizo tras mellizo, como en una pesadilla. Sus rostros, su rostro repetido – porque entre todos sólo tenían uno – miraba con expresión de perro falderillo, todo orificio de nariz y ojos saltones y descoloridos. El uniforme de los niños era caqui. Todos iban con la boca abierta.
Entraron chillando y charlando por los codos. En un momento la sala quedó llena de ellos.
Hormigueaban entre las camas, trepaban por ellas, pasaban por debajo de las mismas, a gatas, miraban la televisión o hacían muecas a los pacientes.
Linda los asombró y casi los asustó. Un grupo de chiquillos se formó a los pies de su cama, mirando con la curiosidad estúpida y atemorizada de animales súbitamente enfrentados con lo desconocido.
– ¡Oh, mirad, mirad! – Hablaban en voz muy alta, asustados. – ¿Qué le pasa? ¿Por qué está tan gorda? Nunca hasta entonces habían visto una cara como la de Linda; nunca habían visto más que caras juveniles y de piel tersa, y cuerpos esbeltos y erguidos. Todos aquellos sexagenarios moribundos tenían el aspecto de jovencitas. A los cuarenta y cuatro años, Linda parecía, por contraste, un monstruo de sensibilidad fláccida y deformada.
– ¡Es horrible! – susurraban los pequeños espectadores. – ¡Mirad qué dientes! De pronto de debajo de la cama surgió un mellizo de cara de torta, entre la silla de John y la pared, y empezó a mirar de cerca la cara de Linda, sumida en el sueño.
– ¡Vaya...! – empezó.
Pero su frase acabó prematuramente en un chillido. El Salvaje lo había agarrado por el cuello, lo había levantado por encima de la silla, y con un buen sopapo en las orejas lo había despedido lejos, aullando.
Sus gritos atrajeron a la enfermera jefe, que acudió corriendo.
– ¿Qué le ha hecho usted? – preguntó, enfurecida. – No permitiré que pegue a los niños.
– Pues entonces apártelos de esta cama. – La voz del Salvaje temblaba de indignación –.
¿Qué vienen a hacer esos mocosos aquí? ¡Es vergonzoso! – ¿Vergonzoso? ¿Qué quiere decir? Así les condicionamos ante la muerte. Y le advierto – prosiguió amenazadoramente – que si vuelve usted a poner obstáculos a su acondicionamiento, lo haré echar por los porteros.
El Salvaje se levantó y avanzó dos pasos hacia ella. Sus movimientos y la expresión de su rostro eran tan amenazadores que la enfermera, presa de terror, retrocedió. Haciendo un gran esfuerzo, John se dominó, y, sin decir palabra, se volvió en redondo y sentóse de nuevo junto a la cama.
Más tranquila, pero con una dignidad todavía un tanto insegura, la enfermera dijo: – Ya le he advertido; de modo que ande con cuidado.
Sin embargo, alejó de la cama a los excesivamente curiosos mellizos y los hizo unirse al juego del ratón y el gato que una de sus colegas había organizado al otro extrerno de la sala.
La Super – Voz – Wurlitzeriana había aumentado de volumen hasta llegar a un crescendo sollozante, y de pronto la verbena fue sustituida en el sistema de olores canalizados por un intenso perfume de pachulí. Linda se estremeció, despertó, miró unos instantes, con expresión asombrada, a los semifinalistas, levantó el rostro para olfatear una o dos veces el nuevo perfume que llenaba el aire y de pronto sonrió, con una sonrisa de éxtasis infantil.
– ¡Popé! – murmuró; y cerró los ojos. – ¡Oh, cuánto me gusta, cuánto me gusta...! Suspiró y se recostó de nuevo en las almohadas.
– Pero, ¡Linda! – imploró el Salvaje – ¿No me conoces? John sintió una leve presión de la mano en respuesta a la suya. Las lágrimas asomaron a sus ojos. Se inclinó y la besó. Los labios de Linda se movieron.
– ¡Popé! – susurró de nuevo.
Y John sintió como si le hubiese arrojado a la cara una paleta de basura.
La ira hirvió súbitamente en él. Frustrado por segunda vez, la pasión de su dolor había encontrado otra salida, se había transformado en una pasión de furor agónico.
– ¡Soy John! – gritó. – ¡Soy John! Y en la furia dolorida llegó a cogerla por los hombros y a sacudirla.
Lentamente los ojos de Linda se abrieron, y le vio, le vio.
– ¡John! Pero situó aquel rostro real, aquellas manos reales y violentas en un mundo imaginario, entre los equivalentes íntimos y privados del pachulí y la Super – Wurlitzer, entre los recuerdos transfigurados y las sensaciones extrañamente traspuestas que constituían el universo de su sueño. Sabía que era John, su hijo, pero le veía como un intruso en el Malpaís paradisíaco donde ella pasaba sus vacaciones de soma con Popé. John estaba enojado porque ella quería a Popé, la sacudía de aquella manera porque Popé estaba en la cama, con ella, como si en ello hubiese algo malo, como si no hiciera lo mismo todo el mundo civilizado.
– Todo el mundo pertenece a...
La voz de Linda murió súbitamente, convirtiéndose en un ronquido casi inaudible, la boca se le abrió, y Linda hizo un esfuerzo desesperado para llenar de aire sus pulmones.
Pero era como si hubiese olvidado la técnica de la respiración. Intentó gritar y no brotó sonido alguno de sus labios; sólo el terror impreso en sus ojos abiertos revelaba el grado de su sufrimiento. Se llevó las manos a la garganta, y después clavó las uñas en el aire, aquel aire que ya no podía respirar, aquel aire que, para ella, había cesado de existir.
El Salvaje se hallaba de pie y se inclinó hacia ella.
– ¿Qué te pasa, Linda? ¿Qué tienes? Su voz tenía un tono de imploración, como si John pudiera ser tranquilizado.
La mirada que Linda le lanzó aparecía cargada de un terror indecible; de terror y, así se lo pareció a él, de reproche. Linda intentó incorporarse en la cama, pero cayó sobre las almohadas. Su rostro se deformó horriblemente y sus labios cobraron un intenso color azul.
El Salvaje se volvió y corrió al otro extremo de la sala.
– ¡De prisa! ¡De prisa! – gritó. – ¡De prisa! De pie en el centro del ruedo de mellizos que jugaban al ratón y al gato, la enfermera jefe se volvió. El primer impulso de asombro cedió lugar inmediatamente a la desaprobación.
– ¡No grite! ¡Piense en esos niños! – dijo, frunciendo el ceño. – Podría descondicionarles... Pero ¿qué hace? John había roto el círculo para penetrar en él.
– ¡Cuidado! – gritó la enfermera.
Un niño rompió a llorar.
– ¡De prisa! ¡Corra! – John cogió a la enfermera por un brazo, arrastrándola consigo –.
¡Corra! Ha ocurrido algo. La he matado.
Cuando llegaron al otro extremo de la sala, Linda ya había muerto.
El Salvaje permaneció un momento en un silencio helado, después cayó de hinojos junto a la cama y, cubriéndose la cara con las manos, sollozó irreprimiblemente.
La enfermera permanecía de pie, indecisa, mirando, ora a la figura arrodillada junto a la cama (¡escandalosa exhibición!), ora a los mellizos (pobrecillos) que habían cesado en su juego y miraban boquiabiertos y con los ojos desorbitados aquella escena repugnante que tenía lugar en torno de la cama número 20. ¿Debía hablar a aquel hombre? ¿Debía intentar inculcarle el sentido de la decencia? ¿Debía recordarle dónde se encontraba y el daño que podía