VITALISMO CULTURAL - SALUD CULTURAL
"Solo reconozco dos naciones: Occidente y Oriente".
NAPOLEON
"Es la ausencia de la raza y nada más, lo que
hace que los intelectuales filósofos, doctrinarios, utopistas
sean incapaces de comprender la profundidad de este odio metafísico
que produce el desacuerdo de dos corrientes al manifestarse como con una intolerable
disonancia, un odio que puede ser fatal para ambas".
SPENGLER
"Quería preparar la fusión de los grandes
intereses de Europa, pues ya había realizado la de los partidos. Poco
me inquietaba el pasajero rencor de los pueblos, porque estaba seguro de que
los resultados les volverían a empujar irresistiblemente hacia mí.
De este modo, Europa se habría convertido de verdad en una Nación
unida, y todo el mundo se encontraría, no importa donde viajase, por
la misma Patria. Más pronto o más tarde deberá realizarse
esta fusión bajo la presión de los acontecimientos. Se ha dado
el impulso, que después de mi caída y la desaparición de
mi sistema, hará imposible en Europa el restablecimiento del equilibrio
únicamente mediante la fusión de las grandes naciones".
NAPOLEON
Por primera vez se desarrolla aquí la tesis del Vitalismo Cultural, la fisonomía de la adaptación, salud o enfermedad de una gran cultura. Hasta el momento, se ha contemplado normalmente a la Cultura como a un resultado, una simple suma total, de la actividad colectiva de los seres humanos y de los grupos de seres humanos. Hasta el punto de que no se tenían en cuenta en absoluto su unidad y continuidad, sino que se la consideraba como la "influencia", enlazada de forma puramente material, de individuos, grupos o ideas escritas sobre los contemporáneos o la posteridad. Pero a medida en que avanzaba la era de la Cultura Occidental, se empezó débilmente a observar su unidad. Se formuló esta unidad de muy diferentes maneras, con diferentes puntos de origen, distintas leyes de desarrollo; pero la "unidad de la Cultura" fue la idea primordial. Incluso en el hogar del Materialismo, Benjamin Kidd admitió la profunda unidad de Occidente en su obra "Civilización Occidental". Nietzsche, Lamprecht, Breysig, Méray son sólo unos pocos de los que percibieron esta idea. En una época que parte de hechos, y no de programas; que se conforma con realidades sin someterlas a un test racionalístico; se ha hecho evidente, "espiritualemente forzoso", pensar dentro de este nuevo sistema. Si dos individuos, geográficamente distanciados y carentes de todo mutuo contacto, desarrollan similares inventos, filosofías similares, escogen el mismo sujeto para una obra dramática o lírica, no podemos tratar esto de "influencia" ni de "coincidencia", sino de un reflejo del desarrollo de la Cultura a la que ambos pertenecen. Desde el más elevado punto de vista de la Cultura, la discusión sobre quién fue el primero en inventar tal o cual ingenio, quien dio lugar a esta o aquella idea, es bastante estéril. Estas cuestiones, en el mejor de los casos, no se pueden situar en un plano superior al legal. Si el progreso en cuestión es de fuerza suprapersonal y no una simple diversión personal, es el progreso de la "Cultura" y, el hecho de que fuese simultáneamente expresado por más de una persona, únicamente atestigua la categoría de su Destino.
La naturaleza de la unidad de la Cultura, es "puramente espiritual en su origen". La unidad material que viene a continuación no es más que la exposición de la unidad espiritual y más profunda que le precede. La vida es la realización de lo posible; el desarrolllo de una Cultura Superior es la exposición, basándose en la duración predeterminada de la vida orgánica, de las íntimas posibilidades contenidas en el corazón de la Cultura.
La Cultura en que vivimos nosotros es la Octava Cultura Superior que aparece en nuestro planeta. La unidad y la íntima relación de la totalidad de las formas y creaciones de cualquiera de las otras es evidente para nosotros, poque nos encontramos completamente "fuera" de ellas y no podemos penetrar en los matices de su alma, ya que nosotros pertenecemos a otra distinta. La impenetrabilidad de una Cultura extraña forma parte de una generalización orgánica más amplia: incluso el espíritu de otra época de nuestra propia Cultura, de otra Nación, de otro individuo, en último término, pone dificultades a un total entendimiento. La técnica de comprensión de otras formas de vida es "vivir en" ellas. El medir, cronometrar y calcular el comportamiento de otro organismo no sirve para una asimilación orgánica. La "psicología" Materialista, con su montón de resultados recopilados sobre el papel, no ha ayudado nunca a comprender a otra persona. Si se alcanza cualquier identidad, ello es a pesar de la aptitud en abstracto.
La dificultad de asimilarse a formas orgánicas extrañas, de comprenderlas, de "penetrar en ellas", es un problema de grados. Comprendemos enseguida a una persona de carácter similar al nuestro. Si su carácter no se asemeja, pero su historial sí, podemos llegar a comprenderla aunque con mayor dificultad. Distinta nacionalidad, distinta raza, distinto origen cultural, van levantando sucesivamente barreras más abruptas para poder alcanzar una mutualidad. Esto pone de manifiesto uno de los problemas del vitalismo Cultual.
La cuestión es: ¿Hasta qué punto puede una Cultura inculcar a nuevas poblaciones que entran dentro de su área la idea Cultural? Se presentan problemas secundarios debido al hecho de que esas nuevas poblaciones pueden poseer una o todas las diversas formas de cohesión, la de un pueblo, la de una raza, la de una nación, la de un Estado, la de una Cultura.
Los problemas posteriores proceden de la relación precisa de la Cultura con las poblaciones a su servicio y con aquellas que se hallan fuera de sus límites. Se formula de este modo porque las Culturas Superiores están ligadas al paisaje, y los impulsos de formación aparecen siempre en el paisaje original, incluso en su última fase, la de la Civilización, en la que la Cultura se exterioriza completamente y se extiende a los límites más lejanos. La tendencia a la expansión y exteriorización, comienza a mediados de su vida, pero sólo se hace dominante con la definida cesura marcada por la crisis de la Civilización. Para nosotros, el símbolo de esta ruptura es Napoleón. Desde sus tiempos, los pueblos de todo el Mundo han sido educados dentro del arco del más ilimitado Imperialismo conocido en la historia. Se encuentran, sin embargo, en diferente relación con la Idea-Madre de este Imperialismo, y estas relaciones deben asimismo ser estudiadas.
LA ARTICULACIÓN DE UNA CULTURA
Las naciones, modos de pensamiento, formas de arte e ideas, que son la expresión del desarrollo de una Cultura, se hallan siempre bajo la custodia de un grupo relativamente pequeño. El volumen de este grupo, la facilidad con que pueda renovarse a sí mismo, depende de la naturaleza de la Cultura. A este respecto, la Cultura Clásica es instructiva. Sus ideas eran totalmente exotéricas: Sócrates dirige su filosofía en el ágora. En nuestro caso, la imagen de Leibnitz o Descartes realizando tal actividad nos parecería absurda al máximo, ya que la filosofía occidental es la posesión de muy pocos.
Pero cualquier Cultura , incluso la Clásica exotérica, se halla limitada en cualquier dirección, debido a su expresión total, a ciertos niveles de la población de su área. La Cultura es, por su misma naturaleza, selectiva, exclusiva. El uso de la palabra en sentido personal el de una persona "culta" nos muestra una persona fuera de lo corriente, una persona cuyas ideas y actitudes se hallan ordenadas y articuladas. Culto, en sentido personal, significa dedicado a algo superior a uno mismo y al propio bienestar doméstico. En la imagen del mundo del siglo XIX, con su manía por lo atomístico, unicamente existían los individuos y nada por encima de ellos; por ello esta palabra se utilizaba para designar a los que practicaban o valoraban el arte o la literatura. Sin embargo, el patriotismo, la dedicación al deber, los imperativos éticos, el heroísmo, el sacrificio de si mismo, también son expresión de Cultura que el hombre primitivo no mostraba. Una guerra es tanto una expresión de Cultura como una poesía, una fábrica tanto como una catedral, un rifle tanto como una estatua.
Una Cultura superior actúa, en el curso de su realización, en todas las direcciones del pensamiento y de la acción, y en todas las personas que se encuentran dentro de su área.
La intensidad de una acción en una dirección determinada depende del alma de cada Cultura: algunas Culturas han sido ardientemente históricas, como la China; otras completamente ahistóricas, como la India; algunas han desarrollado técnicas impresionantes, como la Egipcia o la nuestra misma; otras han ignorado la técnica, como la Clásica o la Mejicana.
La intensidad con que la Cultura deja huella en los individuos, es proporcional a su capacidad receptiva de impresiones espirituales. El individuo dotado de un alma pequeña y limitados horizontes vive para si mismo porque es incapaz de comprender nada más. Para tal persona, la música occidental es simplemente una variación alterna de agudos y graves; la filosofía son simples palabras; la historia es una colección de cuentos de hadas cuya misma realidad no siente en su interior; la política es el egoísmo de los grandes, el servicio militar obligatorio una carga que su falta de valor moral le obliga a aceptar. De este modo, incluso su propio individualismo es una mera negación de algo superior, y no una afirmación de su propia alma. El Hombre extraordinario es aquel que coloca algo más antes de su propia vida y seguridad. William Walker, incluso en el momento en que se enfrentó al pelotón de fusilamiento, podía haber salvado su vida limitándose a renunciar a sus pretensiones a la Presidencia de Nicaragua [35]. Para el Hombre corriente, esto es una insensatez.
El hombre vulgar es injusto, pero no por principio; es egoísta, pero incapaz del imperativo del exaltado egoísmo de Ibsen; es esclavo de sus pasiones, pero incapaz de un amor sexual superior, ya que hasta esto es expresión de Cultura (el hombre primitivo simplemente no entendería el erotismo occidental si se le explicase esta sublimación de la pasión en la metafísica). Carece de todo tipo de honor y se someterá a cualquier humillación antes que rebelarse (son siempre los que tienen temperamento de líder los que se sublevan). Apuesta con la esperanza de ganar y si pierde lloriquea. Preferiría vivir de rodillas que morir de pie. Acepta como verdadera la voz que suena más alta. Sigue al líder del momento pero sólo mientras lo es y cuando éste es eclipsado por un nuevo dirigente, se apresura a informar sobre su oposición al anterior. Se comporta como matón en la victoria y como lacayo en la derrota. Hablando, se da importancia; actuando es insignificante. Le gusta jugar, pero carece de espíritu deportivo. Culpa de "megalomanía" a los grandes pensamientos y planes. Odia a quien intenta empujarle por el camino de la realización de hazañas superiores y, cuando se le presenta la oprtunidad, lo crucifica como a Cristo, lo quema como a Savonarola, le da puntapiés a su cuerpo ya sin vida en la Plaza de Milán. Se ríe siempre del desconcierto de los demás, pero carece de sentido del humor y es igualmente incapaz de poseer una verdadera seriedad. Censura los crímenes pasionales pero lee ansiosamente toda la literatura que narra tales crímenes. En la calle, se une a la masa para contemplar un accidente y se alegra viendo soportar a otros los golpes del destino. No le preocupa el que sus compatriotas derramen su sangre mientras él se halle seguro. Todo él es vil y cobarde, pero carece de suficiente mentalidad para ser Iago o Ricardo III. No tiene ningún acceso a la Cultura y, cuando le hace frente, persigue a todo aquel que la posee. Nada le hace más feliz que ver derrumbarse a un gran líder. Odiaba a Metternich y a Wellington, los símbolos de la tradición; como miembro del Reichstag, se negó a enviar una felicitación de cumpleaños al ex-Canciller Bismarck. Confecciona la circunscripción de todos los parlamentos de todas partes, y se inmiscuye en todos los consejos de guerra para aconsejar prudencia y cautela. Si las creencias con las que se había comprometido se vuelven peligrosas, se retracta (de todas formas nunca habían sido las suyas). Es el mayor punto flaco de todo organismo, el enemigo de toda grandeza, el material para la traición.
No es semejante componente humano lo que una exigente Cultura superior puede utilizar para realizar su Destino. El hombre corriente es el ingrediente con el que tabajan los grandes líderes políticos de los sistemas democráticos. En épocas pasadas, el hombre corriente no asistía al drama Cultural. No le interesaba, y los participantes no se hallaban todavía a merced del hechizo Racionalista, de esa "manía por el recuento de cabezas" como lo denominaba Nietzsche. Cuando las condiciones democráticas se llevan a sus últimas consecuencias, el resultado es que incluso los líderes son personas vulgares, con la celosa y culpable alma envidiosa de aquello frente a lo que no se siente al mismo nivel; como Roosevelt y su camarilla americana. En el culto por "el hombre de la calle" se estaba deificando a si mismo, como Calígula. La supresión de la calidad ahoga en su juventud al hombre excepcional y le convierte en un cínico.
En ningún lugar, durante los siglos pasados, existe insinuación alguna de que la masa del pueblo haya desempeñado papel alguno. En el momento en que esta idea triunfa, demuestra que el único papel que estas masas pueden desempeñar es el pasivo y pesado material de construcción para la parte articulada de la población.
¿Cuál es la articulación física del cuerpo de esta Cultura'? Cuanto más severa es la naturaleza de la labor Cultural, tanto más superior es el tipo de seres humanos que se requiere para su realización. En toda Cultura existe un nivel espiritual de la población entera llamada al estrato portador de Cultura. Es esta articulación de las poblaciones cultas solamente lo que hace posible la expresión de una Cultura superior. Es la técnica de la vida, el hábito, de la Cultura. El estrato portador de la Cultura es el guardián de las formas de expresión de la Cultura. A él pertenecen todos los creadores en los campos de la religión, la filosofía, la ciencia, la música, la literatura, las artes plásticas, las matemáticas, la política, la técnica y la guerra, así como todos los no-creadores que compreden perfectamente y experimentan por si mismos los progresos en este mundo superior; los que los valoran.
Así, pues, dentro de si mismo, el estrato portador de Cultura se halla formado por los que crean y los que valoran. Por lo general, son estos últimos quienes transmiten en sentido descendente las grandes creaciones en la medida de sus posibilidades. Este proceso sirve para reclutar a los seres superiores, doquiera aparezcan, para integrarlos al estrato portador de Cultura. El proceso de reaprovisionamiento eatá siempre en marcha, ya que el estrato portador de Cultura no es, en sentido estricto, hereditario. El estrato portador de Cultura es un nivel puramente espiritual de la demografía de la Cultura. No tiene ningún sello económico, político, social o de cualquier otro tipo. Algunos de sus más luminosos creadores vivieron y murieron en la escasez, p. e.: Beethoven y Schubert. Otros espíritus, igualmente creativos, pero menos vigorosos, se ahogaron en la miseria, como Chatterton. Muchos de sus miembros creadores pasan por la vida completamente desapercibidos: Mendel, Kierkegaard, Copérnico. A otros se les toma por simples talentos: Shakespeare, Rembrandt.
El estrato portador de Cultura no es reconocido por sus contemporáneos, como una unidad y ni él mismo se reconoce como tal. Como todo estrato es invisible, al igual que la Cultura que lleva consigo. Debido a su condición de estrato puramente psíquico, no se le puede dar una descripción material que satisfaga a los intelectuales. Sin embargo, hasta los intelectuales deberían admitir que tanto Europa como América podrían ser lanzadas a un caos material del que les costaría años salir, si se hiciese desaparecer a los pocos miles de personas que ocupan los puestos técnicos más elevados. Estos técnicos constituyen una parte del estrato portador de Cultura, aunque sea simplemente profesional. Naturalmente, los técnicos, al igual que los líderes de la economía o del ejército, representan papeles puramente subordinados en el drama Cultural. La parte más importante de este estrato, en cualquier momento, es el grupo que custodia la Idea Superior. Así, en tiempos de Dante, el Emperador y el Papa eran los dos símbolos superiores de la realidad, y los miembros dirigentes del estrato portador de Cultura se encontraban entonces al servicio de cualquiera de esos dos símbolos. La fuerza simbólica superior pasó después a las dinastías y la política dinástica exigió sus vidas durante estos siglos. Con el advenimiento de la Ilustración y el Racionalismo, la totalidad de Occidente entra en una crisis de larga duración y lo mismo le ocurre al estrato portador de Cultura. Se escindió incluso más de los normal y sólo en la actualidad, después de dos siglos, es posible restaurar su unidad básica. Digo más de lo normal porque no debe suponerse que el estrato portador de Cultura fuese nunca una especie de francmasonería internacional. Por el contrario, proporcionó líderes a ambos bandos, de cada guerra y de cada tendencia.
Dentro de este estrato existe una lucha constante entre Tradición e Innovación. La parte pujante y vital representa el nuevo avanzado desarrollo, que afirman la próxima era. La función de la Tradición es asegurar la continuidad. La tradición es la tendencia hacia un alma suprapersonal. Debe aceptar que el mismo espíritu creativo del gran pasado se halla presente en cada innovación.
La crisis del Racionalismo afecta tanto al estrato superior como a todo el organismo en conjunto. El siguiente paso la Democracia es positivo en último análisis, por ser una necesidad histórica en la vida de una Cultura, como se desprende de la historia. Pero para los hombres que han entregado su vida a la construcción y a la creación, supone un duro paso, ya que movilizar a las masas es destruirlas. El paso de la Cultura a la Civilización significa, decadencia; es el principio de la selinidad. Es por esta razón, por la que los líderes cuyo centro de gravedad se encontaba en el lado de la Cultura, resistieron a la Revolución de la Democracia con todas sus fuerzas: Burke, Goethe, Hegel, Schopenhauer, Mettemich, Wellington, Carlyle, Nietzsche.
El estrato portador de la Cultura, formado por los que crean y los que valoran, es invisible como tal. No corresponde a ninguna clase económica, a ninguna clase social, a ninguna nobleza, a ninguna aristocracia, a ninguna ocupación. Sus miembros no son en absoluto personas populares. Pero por su misma existencia, este estrato actualiza una Cultura superior en este mundo. Si hubiese existido un proceso mediante el cual se pudiese seleccionar a los miembros del estrato, las fuerzas extra-europeas probablemente lo habrían exterminado en su intento por destruir a Occidente. El intento no habría resultado, ya que es la Cultura la que produce este estrato, y tras un largo periodo de caos una o dos generaciones, según las circunstancias este órgano Cultural habría aparecido de nuevo, incluyendo en sí a descendientes de los invasores, que también habrían sucumbido a la Idea. Las posibilidades en este sentido se examinarán a fondo más tarde.
En una época política, es lógico que los mejores cerebros se ocupen de la política y de la guerra. Aquellos con fuerzas para la renuncia y el sacrificio son los héroes de este campo. La política de la guerra es preeminentemente el campo del heroísmo y los sacrificios en él nunca son en vano desde el punto de vista Cultural, por ser la guerra en si misma la expresión de Cultura. Considerándolo desde un punto de vista racionalista, es estúpido dedicar la propia vida a una idea, cualquiera que sea. Pero de nuevo: la vida, con su realidad orgánica, no obededece al Racionalismo con su instinto hacia la mediocridad. De este modo se escoge a los mejores de cada generación y se les impulsa a servir a la Cultura. Los más nobles de todos ellos son los héroes, que mueren por una idea; pero no todos pueden ser héroes y los demás viven por una idea.
Característica invariable de este nivel es su sensibilidad espiritual que aporta más impresiones de las que los demás reciben. Esto se halla unido las posibilidades internas más complejas, que ordenan el volumen de las impresiones. Este nivel puede sentir el nuevo espíritu de la Epoca antes de que éste se articule, antes de que triunfe. Esto describe asimismo a todos los grandes hombres, y una de las razones por la cual los grandes hombres mueren violentamente es la de que promulgaron cosas "antes de tiempo". Estos hombres vivían en un mundo más real que el de la gente "realista", y estos mismos "realistas" se sienten ofendidos y queman a Savonarola, a quien hubieran seguido indudablemente una o dos generaciones más tarde.
Este plano vital es únicamente una unidad psíquico-Cultural durante los largos años de la Cultura, pero con el advenimiento de la posterior Civilización a mediados del siglo XX la idea dominante de toda Cultura es la política. La frase de Napoleón: "La política es el destino", es una verdad mayor ahora incluso que cuando la pronunció. Las dos ideas de Democracia y Autoridad son incompatibles, y sólo una de ellas pertenece al Futuro. Únicamente la Autoridad representa un paso adelante, y es por ésto que los elementos más pujantes, más vitales y creativos del estrato del comportamiento Cultural se encuentran al servicio del resurgimiento de la Autoridad. La misma se ha convertido en político-Cultural.
Debido a que el estrato portador de la Cultura adquiere su mayor importancia en una época como la actual, en que la calidad vuelve a hacer valer sus derechos frente a la cantidad, debemos definirlo ahora del modo más preciso posible. La idea de simple eminencia debe ser totalmente separada de la idea de pertenencia a este estrato. Wagner, Ibsen, Cronwell, ninguno de los cuales fue eminente hasta mediada su vida, se hallaban ya en ese nivel vital e intelectual en los años anteriores. La idea de eminencia se halla unida a la idea del estrato portador de la Cultura en este sentido: toda persona eminente en algún campo y que además posee dones más profundos, de visión, valoración o creación, pertenece naturalmente a este estrato. Sin embargo, la eminencia puede ser resultado del azar, del nacimiento o la fortuna, y los europeos han vivido recientemente dos períodos en la historia de los tiempos después de las dos primeras guerras mundiales en que casi todos los políticos gobernantes de Europa eran simplemente hombres vulgares colocados en los altos organismos por la suerte y la vida deformada.
El estrato portador de Cultura alcanza ahora su mayor importancia. mayor que en los siglos anteriores, porque está compuesto por una minoría relativamente más pequeña. El enorme crecimiento de las cifras en Europa la población se triplicó en el siglo XIX no aumenta el número de este estrato, ni tampoco, por lo general, el de las naturalezas superiores. Este estrato era tan numeroso en tiempo de las Cruzadas como lo es ahora. Sencillamente, el método de la Cultura es escoger minorías para expresarse. El aumento de la población está en disminución. La tensión entre cantidad y calidad aumenta más con el incremento de las cifras y el estrato portador de Cultura adquiere una mayor significación matemática. Esta tensión puede indicarse en cifras: no hay más de 250.000 almas en Europa que, por su potencialidad, sus imperativos, su talento, su existencia, constituyan el estrato portador de Cultura de Occidente. Su distribución geográfica no ha sido nunca del todo uniforme. En aquella nación escogida por la Cultura para expresar el Espíritu de la Epoca, como escogió a España durante los siglos XVI y XVII para expresión del ultramontanismo, a Francia en el XVIII para el Rococó, o a Inglaterra en el XIX para el Capitalismo, existió siempre una mayor proporción de lo significativamente cultural que en otros países que no representaban el papel de líderes de la Cultura. Este hecho era conocido por las fuerzas extra-europeas que intentaron destruir la Civilización Occidental después de la Segunda Guerra Mundial y fue utilizado en la medida de lo posible dentro de los Límites marcados por las conveniencias. El verdadero propósito escondido detrás de los ahorcamientos en masa, los saqueos y las privaciones de alimentos, era destruir a unos pocos, destruyendo a muchos.
La articulación ele la Cultura presenta tres aspectos: la Idea misma, el estrato transmisor, y aquellos a quienes se les transmite. El último comprende el amplionúmero de seres humanos poseedores de una educación cualquiera, con un cierto grado de Honor o moralidad, que cuida su propiedad, se respeta a sí mismo y respeta los derechos de los demás, que aspira a mejorarse a sí mismo y a mejorar la situación en lugar de destruir a aquellos que han enriquecido su vida interiór y se han elevado a sí, mismos en el mundo. Constituyen el cuerpo de la Cultura respecto del estrato del comportamiento cultural que es su cerebro, y de la Idea que es su espíritu. En cada persona, perteneciente a este grupo numéricamente grande, existe un tanto de ambición y de estimación por las creaciones de la Cultura. Proporcionan los instrumentos con los que los creadores podrán llevar a cabo su trabajo. De este modo dan un significado a sus propias vidas, significado que el mundo situado por debajo de ellos no comprendería. El papel de mecenas no es el más importante pero posee un valor cultural. ¿Quién sabe si tendríamos ahora las mejores obras de Wagner si no hubiese sido por Luis II? Cuando leemos el desenlace de una gran batalla, ¿comprendemos que no sé trató de una simple partida de ajedrez entre dos capitanes, sino que cientos de decididos oficiales y miles de hombres obedientes murieron para escribir esa línea de la historia, para hacer de ese día una fecha por siempre recordada? Y cuando la policía y el Ejercito dominan una amenaza de saqueo de la sociedad, las bajas sufridas por el orden dan así a su muerte un significado superior incluso al de su vida. No todo el mundo puede representar un gran papel, pero a ningún hombre se le puede negar el derecho de dar un significado a su vida.
Pero debajo de todo esto, se halla el estrato totalmente incapaz de cualquier logro Cultural, siquiera el más modesto: las turbas, la canalla, el Pöbel, los bajos fondos, "Profanum vulgus", el "hombre vulgar" del culto americano. Estos presiden el Terror [36], escuchan con agrado a cualquier agitador bolchevique, segregan odio a la vista de cualquier manifestación de Cultura o Superioridad. Este estrato existe en todas las etapas de toda Cultura, como nos lo demuestran las guerrras de los campesinos, la Jaquerie, Wat Tyler, Jack Cade, John Ball, Thomas Münzer, los Comuneros, los milicianos españoles, las turbas en la Plaza de Milán. Tan pronto como un hombre creativo adopta una resolución y comienza su trabajo, en alguna otra parte se halla un oscuro espíritu envidioso que toma la maléfica determinación de detenerle, de destruir su trabajo. En sus últimos años, el nihilista Tolstoy dio la expresión perfecta a este hecho básico, con la fórmala de que ni una sola piedra debería encontrarse en pie encima, de otra. El eslogan Bolchevique de 1918 fue asimismo significativo; "¡Destruidlo todo!". En nuestra época este inframundo está en las manos de los propugnadores de la lucha de clases, la retaguardia del Racionalismo. Así trabajan desde el punto de vista político más amplio, únicamente para las fuerzas extra-europeas. Las anteriores rebeliones de este estrato se sofocaron gracias a la unidad de la Cultura, el prístino vigor de los impulsos creativos y la carencia de un peligro externo en la proporción tan aplastante como el que existe en esta época. Su historia todavía no se ha acabado. Asia puede utilizar este estrato y lo está planeando.
El estrato portador de Cultura puede llevar a cabo su función de dos maneras distintas. La primera es mediante la presencia de una tradición superior de realización a lo largo de una línea dada, una "escuela". La segunda es por medio del genio ocasional. Pueden combinarse, de hecho no se hallan nunca completamente separadas, ya que el genio individual se halla siempre presente en primer lugar en la formación de una tradición y la presencia de la tradición no es hostil al genio en el momento en que aparece.
Sin embargo, son métodos diferentes de expresión Cultural, y ambos tienen importancia para la perspectiva mundial del siglo XX que aquí formularnos en lo esencial.
La pintura italiana desde 1250 a 1550 es un ejemplo de tradición en el trabajo. La escuela Flamenca Holandesa del siglo XVII es otro. Para un pintor perteneciente a una de esas escuelas, no era necesario ser un gran maestro a fin de expresase perfectamente. La forma se hallaba allí, incontestable, solo se requería dominarla y contribuir con el desarrollo personal de las propias posibilidades, La pintura española y alemana, por otra parte, muestran una colección de grandes originales y no la segura progresión del avance de una tradición. La tradición más sublime fue la arquitectura Gótica hacia 1400. Tan poderosa era la tradición, que la idea de una obra de arte, que presupone una personalidad creadora, ni siquiera existía.
Pero las tradiciones de este género no se reducen al arte. La filosofía escolástica representó la misma unidad suprapersonal realizándose a través de muchas personalidades, todas ellas al servicio del desarrollo y la tradición. Desde Roscellinus y Anselmo, desde Tomás de Aquino hasta Gabriel Biel, los problemas y su total explotación son continuos. Cada pensador, sin importar su talento, ya fuera hombre de genio o simplemente trabajador arduo era preparado por sus predecesores y él mismo se perfeccionaba en sus sucesores. No eran las soluciones ni incluso siempre las preguntas lo continuo; era el método y la minuciosidad de la investigación y la formulación lo que mostraba la presencia de la tradición.
Desde Cromwell hasta Joseph Chamberlain el comienzo y el fin de esa tradición política superior que edificó aquél gran Imperio Británico que, en su punto culminante, ejerció su control sobre las 17/20 partes de la superficie de tierra Inglaterra fue el ejemplo de las posibilidades de la tradición en política al igual que en filosofía, música y artes plásticas. ¿Cuántos hombres con genio político aparecieron en el puesto de Primer Ministro a lo largo de estos siglos? Unicamente los dos Pitt. Sin embargo, Inglaterra surgió con un mayor poder de todas las guerras generales acaecidas durante estos siglos: la Guerra de los Treinta Años, 1618- 1648 ; la Guerra de Sucesión Española, 1702-1713; las Guerras de Sucesión Austríaca, 1741-1763; las Guerras Napoleónicas, 1800-1815; las Guerras de Unificación de Alemania, 1863-1871. Solo sufrió un serio traspié durante esos siglos: la pérdida de América, 1775-1783. Lo esencial de esta tradición no era nada más que la aplicación del pensamiento político a la política. Cromwell, el teólogo, sólo se apartó de esta línea ocasionalmente y más mediante palabras y expresiones de simpatía que con hechos. Sus sucesores en la tradición de la construcción del Imperio no tuvieron que cargar con su pesado equipo teológico que transformaron en cant [37], palabra intraducible a cualquier otro idioma europeo. La técnica del cant fue lo que permitió a la diplomacia inglesa cosechar continuos éxistos en el mundo real, es decir, el mundo de la violencia, de la astucia, del pecado, al mismo tiempo que la encubrían con una actitud de desinteresada moralidad. Enriquecer al país con nuevas posesiones significaba de este modo "aportar civilización" a razas atrasadas y así sucesivamente, a través de toda la gama de las tácticas políticas.
Las tradiciones muestran en este ejemplo una de sus principales características: no son eficaces a menos que sean profundamente dominadas por los individuos. Así, otros estadistas europeos trataron durante el siglo XIX, el siglo de la britanización europea, de utilizar el cant y simplemente se pusieron en ridículo. Wilson, el americano salvador del mundo, que se ofreció modestamente como presidente del Mundo Moral, fue demasiado lejos.
El requisito previo para obtener éxito con el empleo del cant era una segura discreción, y para su dominio se requería el crecimiento en una atmósfera saturada de cant. Del mismo modo, el cuerpo de oficiales austríacos cuyas cualidades éticas echó de menos Napoleón en sus propios oficiales presuponía una preparación de toda la vida y una formación dentro de cierta atmósfera, y no tres meses de instrucción militar sobre la base de un "test de inteligencia".
Lo grande de la tradición es que el líder del momento no se encuentra solo; las cualidades que le faltan y que la situación puede requerir, se hallan sin duda en alguna parte entre quienes le rodean. La presencia de una tradición política hace sumamente improbable, en primer lugar, que se coloque a un incompetente en un puesto de autoridad política superior, y en caso de que ocurra que una personalidad débil llegue por casualidad a encumbrarse, la tradición asegura de nuevo su rápida partida. Podría suponerse que el caso de Lord North contradice lo dicho, pero los errores iniciales de su política americana sólo se vieron como tales retrospectivamente. Si hubiese podido complementarlos con estrictas medidas adicionales, no se habría perdido América. Pero la situación interna con relación a los liberales por una parte y al rey por la otra era extremadamente difícil y su política se vio paralizada por el mismo tipo de elementos racionalistas que predicaban el "Contrato Social" y los "Derechos del Hombre" en el Continente. Por el contrario, el hecho afortunado de conseguir evitar la Revolución y el Terror, desde el caso Wilkes a mediados del siglo XVIII hasta los horrores de 1793, las olas revolucionarias generalizadas desde 1830 hasta 1848, fueron atribuidas a la presencia de una tradición intacta.
La tradición no es algo rígido, ni una garantía de ciertos resultados. En absoluto, pues en historia ocurre lo inesperado. Los imponderables hacen su aparición. El Incidente marca el contrapunto al Destino. En la tradición también puede aparecer una ligera apertura, pero la salud del estrato portador de Cultura se nos muestra cerrando rápidamente este resquicio. Una tradición del arte de gobernar es una especie de idea Platónica de la excelencia que moldea a los hombres, en la medida de sus posibilidades, en cada caso, y sirve de forma a su expresión personal. Un elevado promedio de adiestramiento y capacidad nos muestra los resultados ¡Que afortunado es el organismo político con tal liderazgo! Lo que falta en una parte se toma en otra; no se permite que caprichos individuales se conviertan en dogmas. El último resultado de la presencia de la tradición en una unidad política es que mantiene al Destino en una trayectoria segura y se minimiza el Incidente.
EL GENIO Y LA ÉPOCA DE LA POLÍTICA ABSOLUTA
No hay ninguna duda de que la Tradición, que utiliza el talento que existe siempre en las sucesivas generaciones, es superior al Genio en cuanto al propósito de actualizar una Idea en su misma perfección. Pero la Idea no necesita de ninguno de ellos para actualizarse; su presencia, juntos o separados, unicamente afecta a la seguridad rítmica y a la pureza externa del proceso vital.
El alma de cada Cultura constituye un organismo, y por lo tanto posee el sello de la individualidad. Este se halla impreso en todo aquello relacionado con la Cultura, incluído su estilo histórico. De la misma manera que las personas difieren en sus modos de expresión unos de manera enérgica e imperiosa, otros reposados, pero con idéntica eficacia lo mismo ocurre con las Culturas Superiores. En este sentido, la Clásica muestra un marcado contraste con la nuestra. Su estilo histórico, comparado con el nuestro, es el Incidental. Su acento no es áspero, sus transiciones no son conscientes, ni marcadas por los momentos críticos intensamente concebidos de la Cultura Occidental. Mientras los hombres de genio no fueron escasos, los Genios jugaron un papel pequeño en el desempeño de su tarea. El Genio era el foco de menor fuerza.
Las naciones occidentales han presenciado asimismo importantes desarrollos que no fueron acompañados del fenómeno de la dirección de la Idea completa por un hombre. Por ejemplo; las Guerras de Liberación Alemanas, 1813-1815; el paso de Inglaterra a la Democracia, 1750-1800.
Pero, a mediados del siglo XX percibimos a nuestro alrededor el desastre ocasionado por dos siglos de Racionalismo; las antiguas tradiciones superiores de Occidente han sido en su mayoría destruídas. La guerra horizontal del banquero y el luchador de clases contra la Civilización Occidental ha disminuido las antiguas cualidades. Pero la Historia no se ha detenido y el mayor de todos los imperativos en la esfera política es ahora operativo. Una nueva tradición de calidad esta surgiendo. Como dijo el filósofo de esta época, ya no existen en el mundo formas de existencia política sagradas cuya verdadera época suponga un poder inatacable.
Partiendo de la base de que una tradición efectiva se halla ausente de la realidad política de la Civilización Occidental, podemos esperar que la exigencia occidental de acentos ásperos en la Historia volverá a colocar fuerzas gigantescas en las manos de las personas indicadas. El héroe que acabamos de contemplar es un símbolo de Futuro.
La Historia no se detiene; ningún hombre es más importante que la Historia. La relación entre le Genio político y la masa fue mal interpretada por el materialismo del siglo XIX y también por Nietzsche. El Materialismo contemplaba al gran político como obligado a trabajar para naturalmente la mejora material de la masa. Nietzsche contemplaba a las masas como si sólo existiesen para producir al super-hombre. Pero la idea de propósito no puede describir el proceso tal cual es. Dejando de lado toda ideología, el hombre destacado y las masas forman una unidad, ambos se hallan al servicio de la Idea, y cada uno encuentra su significación histórica únicamente respecto de su polo opuesto. Carlyle proclamó la exigencia instintiva de esta época una vez que la idea de autoridad y monarquía tomen de nuevo verdadera conciencia: encontrar al hombre más capacitado y dejarlo ser Rey.
Los ideólogos democráticos, con sus cabezas enterradas profundamente en la arena, dicen que quizás aparezca un mal monarca. Pero el imperativo de la Historia no es producir un sistema perfecto, sino llevar a término una misión histórica. Esto es lo que dio vida a la Democracia y ahora no presta atención a las lamentaciones del Pasado, sino sólo a los estruendos del Futuro. Buena o mala, la monarquía se acerca.
En la fachada del tambaleante edificio se encuentra grabado con letras chillones: Democracia. Pero detrás de ello existe una caja registradora y el banquero se sienta, pasando sus manos por el dinero que fue la sangre de las naciones occidentales. Eleva la vista con expresión de terror, a medida que se escucha el sonido de los pasos que se acercan.
El Futuro de Occidente precisa la concentración de grandes fuerzas en manos de grandes hombres. La formación de una Tradición política es una esperanza; desde el caos de 1950 no hay esperanza. Sólo grandes hombres pueden salvarle.
- I -
En el siglo XIX, los conceptos de raza, pueblo, nación y Estado son exclusivamente de origen Racionalista Romántico. Son el resultado de la imposición de un método meditado, adaptado desde los problemas materiales hasta los seres vivos y, en consecuencia, son materialistas. Materialista significa superficialidad cuando lo referimos a seres vivos, pues el espíritu es lo principal en toda Vida y lo material es mero vehículo de expresión espiritual. Dado que estos conceptos del siglo XIX eran racionalistas, basicamente no se fundamentaban en hechos, ya que la Vida es irracional, insumisa a la lógica y la sistematización inorgánica. La Epoca en que estamos entrando, y de la que este libro es una formulación, es una Epoca de Política y por tanto una época de hechos.
La cuestión más importante es la adaptación, salud y patología de las Culturas Superiores. Su relación con todo tipo de agrupamiento humano es un requisito previo para examinar los últimos problemas del Vitalismo Cultural. Por lo tanto se considerará la naturaleza de estos agrupamientos sin ideas preconcebidas, con vistas a alcanzar sus más profundos significados, origen, vida, e interrelaciones.
Los objetos de material inanimado conservan su identidad a través de los años, y así el tipo de pensamiento adecuado para ocuparse de las cosas materiales supuso que los grupos humanos políticos y de otro tipo, existentes en 1800, representaban algo a priori, algo muy esencial de la realidad permanente. Se consideraba todo como una creación de esas "gentes". Esto se aplicaba a las artes plásticas, literatura, Estado y a toda Cultura en general. Esta visión no concuerda con los hechos históricos.
Por de pronto, el primer concepto es la Raza. El pensamiento racial materialista del siglo XIX tuvo especialmente graves consecuencias para Europa al unirse a uno de los movimientos del Resurgimiento de la Autoridad de principios del siglo XX.
Cualquier excrecencia de tipo teórico en un movimiento político supone un lujo, y la Europa de 1933-2000 no puede permitirse tal cosa. Europa ha pagado cara esta preocupación Romántica con teorías raciales pasadas de moda que deben ser destruídas.
- II -
La palabra Raza posee dos significados que tomaremos por orden y de los que mostraremos su relativa importancia en una Epoca de Política Absoluta. El primer significado es objetivo, el segundo subjetivo.
La sucesión de generaciones humanas relacionadas por la sangre tiene una clara tendencia a permanecer fija en un paraje. Las tribus nómadas vagan entre límites más amplios, pero igualmente definidos. Dentro de este paisaje, las formas vegetales y la vida animal muestran características locales, diferentes de los trasplantes de las mismas familias y estrirpes a otros parajes. Los estudios antropológicos del siglo XIX dejaron patente un hecho matemáticamente explicable que proporciona un buen punto de partida para mostrar la influencia del suelo. Se descubrió que, en cualquier zona habitada del mundo, existía un exponente cefálico medio de la población. Más importante aun, se aprendió, mediante mediciones realizadas a inmigrantes de América provenientes de todos los rincones de Europa y sus hijos nacidos ya en América, que su índice cefálico se adhiere a la tierra, y se hace inmediatamente manifiesto en la nueva generación. Así, los judíos sicilianos de cabeza grande, y los alemanes de cabeza pequeña, produjeron descendientes con, por regla general, la misma media de cabeza, la específicamente americana. El tamaño del cuerpo y la duración de su desarrollo constituían otras dos características encontradas en todos los tipos humanos con el mismo promedio, ya fueran de procedencia americana, india, negra o blanca, sin importar el tamaño y duración del desarrollo de las naciones o estrirpes de las que ellos procedían. En el caso de los niños irlandeses inmigrantes, procedientes de un país con un período muy largo de duración del crecimiento, la respuesta a la influencia local fue inmediata.
Basándonos en estos y en otros hechos, relativamente nuevos y a la vez de antigua observancia, está claro que el paisaje ejerce una influencia sobre la estirpe humana ubicada dentro de sus límites, así como sobre la vida vegetal y animal. La técnica de esta influencia es incomprensible para nosotros. Conocemos su origen. Es la unidad cósmica de la totalidad de las cosas, una unidad que se muestra a si misma en el movimiento rítmico y cíclico de la Naturaleza. El hombre no se halla fuera de esta unidad, sino que esta sumergido en ella. Su dualidad de alma humana y Animal de presa, también constituye una unidad. Lo separamos de este modo para comprenderlo, pero ello no puede alterar su unidad. Tampoco podemos destruirla separando en nuestra mente los aspectos de la Naturaleza. El ciclo lunar se halla en relación con muchos fenómenos humanos de los que sólo podemos conocer el qué, pero nunca el cómo. Cualquier movimiento de la Naturaleza es rítmico: el movimiento de los arroyos y de las olas, de los vientos y de las corrientes, de la aparición y desaparición de los seres vivientes, de las especies, de la vida en si misma.
El hombre participa en estos ritmos. Su particular estructura proporciona a estos ritmos su peculiar forma humana. La Raza es la parte de su Naturaleza que muestra esta relación. En el hombre, la Raza es la esfera de su ser que se halla en relación con la vida vegetal y animal, y por encima de ellos, con los ritmos macrocósmicos. Constituye por así decirlo, la parte del hombre que queda generalizada, absorbida dentro del Todo, más que su alma, que define su especie, y la contrapone a todas las demás formas de existencia.
La Vida se manifiesta a si misma en sus cuatro formas: vegetal, animal, Humana y Cultura Superior. Aunque cada una de ellas difiere de las demás, se hallan todas relacionadas entre sí. Los animales, sujetos como están al suelo, conservan de este modo en su ser un plano de existencia similar al de las plantas. La Raza constituye en el Hombre la expresión de su similitud con las plantas y animales. La Cultura Superior se fija en cuanto a su duración en un espacio físico, por lo que también mantiene relación con el mundo vegetal sin importar el desafío y la libertad de movimientos de sus orgullosas creaciones. Su alta política y grandes guerras son la expresión en su naturaleza de lo animal y de lo humano.
De entre el conjunto de características humanas, algunas vienen determinadas por la tierra y otras por el linaje. La pigmentación forma parte de esta última y sobrevive al trasplante en nuevas zonas. Es imposible realizar, siguiendo un tal esquema, una lista de, incluso, todas las características físicas, pues no se han reunido aún los datos. Pero aún así, no influiría en nuestro propósito, ya que el elemento más importante, hasta para el significado objetivo de la palabra raza, es el espiritual.
Indudablemente, algunas estirpes humanas se hallan mucho más dotadas que otras en ciertas directrices espirituales. Las cualidades espirituales son tan diversas como las cualidades físicas. No sólo varía el promedio de altura del cuerpo sino también el promedio de "altura" del alma. No sólo la forma del cráneo y la estatura vienen determinados por el suelo, lo mismo debe ocurrir con algunas posesiones espirituales. Es imposible creer que una influencia cósmica, que deja una señal en el cuerpo humano, pase de largo por su esencia, el alma. Pero los linajes humanos se han visto tan completamente mezclados o tan repetidamente examinados superficialmente por la Historia, que nunca conoceremos las cualidades que originalmente cada paisaje imprimía en el alma. Con relación a las cualidades raciales de una determinada población, nunca podemos saber cuáles se deben a los límites de la tierra en que habitaban y cuales se han producido por fusión de estirpes a través de las sucesivas generaciones. Para un siglo práctico como el actual y el próximo, los orígenes y explicaciones poseen menor importancia que los hechos y las posibilidades. Por lo tanto nuestra próxima tarea debe partir de la raza como realidad práctica antes que de sus metafísicas.
¿A que raza pertenece el hombre? A primera vista lo sabemos, pero lo que no puede explicarse materialmente es qué signos nos lo indican exactamente. Es únicamente accesible a los sentimientos, a los instintos, y no se somete a si misma a la escala y la balanza de la ciencia física.
Hemos visto que la raza se relaciona con el paisaje y con la estirpe. Su manifestación externa la constituyen una cierta expresión típica, un juego de rasgos, la forma del rostro. No existen rígidos indicios físicos de esta expresión, pero esto no afecta a su existencia, sino solamente al método de comprenderla. Dentro de un amplio margen, una población primitiva en un determinado paraje posee un aspecto similar. Pero un detallado escrutinio mostrará refinamientos locales, y éstos a su vez se ramificarán en tribus, clanes, familias y, por último, individuos. La Raza, en sentido objetivo, es la comunidad espíritu-biológica de un grupo.
Por ello no se puede clasificar a las razas más que de una manera arbitraria. El materialismo del siglo XIX produjo varias clasificaciones de este tipo arbitrario. Las únicas características que se utilizaron fueron, claro está, puramente materiales. Así, la forma del cráneo, constituyó la base de una, el cabello y el tipo de lenguaje la de otra, la forma de la nariz y la pigmentación la de otra. Esto era como máximo un tipo de anatomía, pero no se acercaba ni con mucho a la raza.
Los seres humanos que viven en contacto entre sí, se influencian mutuamente y por lo tanto se aproximan también mutuamente. Esto se refiere a los individuos, en los que se ha notado con el paso de los años por ejemplo, en el hecho de que en un anciano matrimonio, cada uno de los cónyuges llega a parecerse al otro fisicamente pero también se refiere a los grupos. Lo que se ha dado en llamar la "asimilación" de un grupo por otro, no es en absoluto simplemente el resultado de la mezcla de germen-plasma como pensó el materialismo.
Es, principalmente, el resultado de la influencia espiritual del grupo asimilador sobre los recién llegados, que, si no existen fuertes barreras entre los grupos, es natural y completo. La falta de barreras conduce a la desaparición de la frontera racial y a partir de aquí tenemos ya una nueva raza, la amalgama de las dos anteriores. La más fuerte se ve normalmente influenciada, aunque en forma débil, pero existen aquí varias posibilidades, y un examen de estas últimas corresponde a un lugar posterior.
- III -
Hemos visto que la palabra raza, objetivamente utilizada, describe una relación entre un pueblo y un paisaje y es esencialmente una expresión del ritmo cósmico. Su principal manifestación visible es la apariencia, pero su realidad invisible se expresa de otros modos. Para los chinos, por ejemplo, el olfato constituye marca de contraste de la raza. Las cosas audibles, habla, canto, risa, tienen también, desde luego, una significación racial. La susceptibilidad ante ciertas enfermedades constituye otro fenómeno racialmente diferenciador. Los japoneses, americanos y negros poseen tres grados de resistencia a la tuberculosis. Las estadísticas médicas americanas muestran que los judíos son más propensos a las enfermedades nerviosas y a la diabetes y menos a la tuberculosis que los americanos que, en realidad, la frecuencia de cualquier enfermedad muestra, en el caso de los judíos, una cifra diferente. El ademán, el modo de andar y vestirse no carecen de significación racial.
Pero el rostro es el mayor signo visible de la raza. Desconocemos que es lo que transmite la raza en la fisonomía, y los intentos de llegar a ello mediante estadísticas y mediciones deben fracasar. Este hecho ha motivado que los Liberales y otros materialistas nieguen la existencia de la raza. Esta increíble doctrina tuvo su origen en América que es, verdaderamente, un laboratorio racial a gran escala. En realidad, esta doctrina equivale solamente a una confesión de total incapacidad por parte del Racionalismo y del método científico para comprender qué es la Raza o someterla a un orden del tipo de las ciencias físicas; y esta incapacidad la conocieron primero aquéllos que han permanecido fieles a los hechos y rechazaron las teorías contrarias a basarse en hechos. Supongamos que un hombre debiera familiarizarse a fondo con las medidas longitud de la nariz, cejas, barbilla, anchura de la frente, mandíbula, boca, etc de cada raza que conoce hasta que pueda decir bastante bien al ver un nuevo rostro, cuáles deberían ser sus medidas. Si se le diese entonces una serie de medidas anotadas sencillamente como tales, ¿cree alguien que incluso una persona especialmente preparada podría formarse una idea en su mente de la expresión racial del rostro del que tomaron esas medidas? Naturalmente que no, y esto es aplicable a cualquier otra expresión de la raza.
Otro importante aspecto objetivo de la raza encuentra cierta analogía en la moda de la fisonomía femenina que va y viene en una tardía civilización urbana. Cuándo a un tipo dado de mujer se la presenta como a un ideal, es un hecho que la clase de mujer sensible a él desarrolla rápidamente la expresión facial de ese tipo dado. En el dominio de la raza existe un fenómeno similar. Dada una raza dotada de un cierto, inconfundible, ritmo cósmico, sus miembros desarrollan automáticamente un instinto de belleza racial que afecta la elección del compañero y que también trabaja en el alma de cada individuo desde su interior, por lo que este doble ímpetu forma el tipo racial apuntando a un cierto ideal. Este instinto de belleza racial, es innecesario decir que no guarda relación alguna con los decadentes cultos eróticos del tipo Hollywood. Tales ideales son puramente individual-intelectuales y no tienen relación alguna con la Raza. La Raza, al ser una expresión de lo cósmico, participa completamente de la urgencia de la continuidad y siempre se imagina a la mujer racialmente ideal, bastante inconscientemente, como la madre en potencia de fuertes criaturas. El Hombre racialmente ideal es el señor que enriquecerá la vida de la mujer que le señale como padre de sus hijos. El erotismo degenerado tipo Hollywood es antiracial: su idea fundamental no es la continuidad de la Vida, sino el placer, con la mujer como objeto de este placer y el hombre como esclavo de este objeto.
Este afán de la Raza por conseguir su propio tipo físico contituye un o de los grandes hechos que uno no puede tratar de estropear intentando sustituirlos con los ideales de la amalgamación con tipos completamente extraños, como el Liberalismo y el Comunismo trataron de hacer durante el predominio del Racionalismo.
No se puede comprender la Raza si interiormente se la asocia a fenómenos de otros planos de la Vida, tales como la Nacionalidad, política, Estado, Cultura. Mientras que la historia, a medida que progresa, puede producir durante unos pocos siglos una fuerte relación entre raza y nación , eso no quiere decir que un tipo racial precedente forme siempre una unidad política posterior. Sí esto fuera así, ninguna de las anteriores naciones de Europa se habrían formado en la línea en que lo hicieron. Por ejemplo, piénsese en la diferencia racial entre calabreses y lombardos. ¿Qué importaba a la Historia de tiempos de Garibaldi?.
Esto nos conduce a la fase más importante del significado objetivo de la Raza en esta época: la Historia estrecha o ensancha los límites de la determinación racial. La manera cómo se consigue esto es a través del elemento espiritual de la Raza. Así, un grupo dotado de una comunidad espiritual e histórica tiende a adquirir asimismo un aspecto racial. La comunidad de la que su naturaleza superior forma parte se transmite en sentido descendente hasta la parte cósmica inferior de la naturaleza humana. Así, en la historia occidental, la primitiva nobleza tendía a constituir ella misma una raza que complementase su unidad en su parte espiritual. La medida en que logró esto, se manifiesta todavía dondequiera que la continuidad histórica de la primitiva nobleza se ha mantenido hasta la fecha actual. Un importante ejemplo de ello es la creación de la raza judía de la que ahora tenemos noticias de su existencia milenaria en Europa en forma de ghettos. Dejando de lado por el momento la diferente actitud mundial y cultura del judío, este compartir de un grupo cualquiera que sea la base de su formación original como tal, un destino común durante siglos lo convertirá obligatoriamente en una raza al mismo tiempo que en una unidad histórico-espiritual.
La sangre influye en la historia al suministrarle su material, sus tesoros de sangre, honor y duros instintos. A su vez la Historia influye en la Raza al imprimir en unidades de la historia superior un sello racial al mismo tiempo que uno espiritual. La Raza se halla en un plano inferior de la existencia, en sentido de que se encuentra más cerca de lo cósmico, más en contacto con los primitivos anhelos y necesidades de la vida en general. La historia constituye el plano superior de la existencia donde lo específicamente humano, y sobre todo la Cultura Superior, representa la diferenciación de las formas de Vida.
El método de realización de una unidad histórica, como fueron racializadas las noblezas occidentales, es a través del inevitable nacimiento cósmico en tal grupo de un tipo físico ideal, y del instinto de la belleza racial, que actúan juntos a través del germen-plasma e interiormente en cada alma para dar a cada grupo su propia apariencia que le individualiza en la corriente de la historia. Una vez que esta comunidad de destinos desaparece a través de las visicitudes de la Historia, la Raza también se desvanece y nunca más vuelve a reaparecer.
- IV -
Desde este punto de vista, aparece claro y visible el error fundamental de la interpretación materialista de la raza del siglo XIX:
La Raza no es una anatomía de grupo;
La Raza no es independiente del suelo;
La Raza no es independiente del Espíritu y de la historia;
La Raza no es clasificable, excepto en relación a una base arbitraria;
La Raza no es una caracterización rígida, permanente y colectiva de seres humanos, que permanece siempre inmutable a través de la historia.
El punto de vista del siglo XX, que se basa en hechos y no en ideas preconcebidas de física y técnica, es ver a la Raza como algo fluido, que se desliza juntamente con la historia por encima de la forma esquelética fija determinada por el suelo. Del mismo modo que la historia viene y se va, lo mismo ocurre con la Raza a su lado, encerrada en una simbiosis de acontecimientos. Los campesinos que ahora cultivan la tierra cerca de Persépolis pertenecen a la misma Raza que aquellos que sembraron o vagaron por allí mil años antes de Darío, sin importar como se les llamaba entonces o como se les llama ahora y, en el tiempo que ha mediado, en esta zona una Cultura Superior se realizó a sí misma, creando razas que ahora han desaparecido para siempre.
Este último error el confundir nombres con unidades de la historia o de la Raza fue uno de los más destructivos del siglo XIX. Los nombres pertenecen a la superficie de la historia, no a su parte rítmica, cósmica. Si los actuales habitantes de Grecia poseen el mismo nombre colectivo que tenía la población de esa zona en tiempos de Aristóteles, ¿se engaña alguien pensando que existe continuidad histórica? ¿o continuidad racial? Los nombres, como las lenguas, poseen sus propios destinos, y estos destinos son independientes entre sí. Así, del lenguaje normal no debería deducirse que los habitantes de Haití y los de Quebec poseen un origen común, pero este resultado aparecería necesariamente si se aplicasen a la actualidad los métodos del siglo XIX que conocemos, así como la interpretación del pasado con lo que queda de sus nombres y lenguas. Los habitantes del Yucatán son hoy racialmente iguales que 100 años A. C., aunque ahora hablan español y entonces hablaban una lengua hoy totalmente desaparecida, aunque su nombre actual sea distinto del de entonces. Entre tanto tuvo lugar la aparición, realización y destrucción de una Cultura Superior, pero, tras su paso, la Raza volvió a convertirse en la primitiva y sencilla relación entre estirpe y paisaje. No existía ninguna historia superior que la influenciase o viceversa.
En tiempos de la Cultura Egipcia, un pueblo denominado "los libios" dio su nombre a una zona. ¿Significa eso que quienquiera que la habite desde entonces posee alguna afinidad con ellos? Los prusianos eran, en el año 1000 A.C. un pueblo extra-europeo. En 1700, el nombre "Prusia" describía una Nación al estilo occidental. Los conquistadores occidentales adquirieron simplemente el nombre de las tribus que hacían desplazar. Todos aquellos que aparecieron bajo los diversos nombres de Ostrogodos, Visigodos, Jutos, Varangios, Sajones, Vándalos, Escandinavos, Daneses, procedían del mismo tronco racial, pero sus nombres no lo demostraban. A veces, algún grupo daba su nombre a su zona para que, después de ser desplazado el antiguo nombre pasase al grupo conquistador; tal es el caso de Prusia y Gran Bretaña. A veces, un grupo toma su nombre de una zona, como los americanos.
En lo que a la Historia de la Raza concierne, los nombres son accidentales. Por si mismos, no indican ninguna clase de continuidad interior. Lo mismo ocurre con el lenguaje.
Una vez que se comprende la idea de que lo que nosotros llamamos historia significa realmente Historia Superior, que esta es la Historia de las Culturas Superiores, y que estas Culturas Superiores son unidades orgánicas que expresan sus posibilidades más profundas mediante las profusas formas del pensamiento y del acontecimiento que descansan ante nosotros, se logra un más profundo entendimiento del modo en que la historia utiliza para su realización cualquier material humano que se halla al alcance de su mano. Estampa su sello en este material creando unidades históricas a partir de grupos hasta entonces a menudo muy variados biológicamente. La unidad histórica, en armonía con los ritmos cósmicos que gobiernan toda vida desde la planta hasta la Cultura, adquiere su propia unidad racial. Una nueva unidad racial, separada de la anterior que no era sino primitiva y sencilla relación entre estirpe y suelo por su contenido histórico-espiritual. Pero con la partida de la Historia Superior, la realización de la Cultura, el contenido histórico-espiritual, también se retira para siempre y la primitiva armonía reasume su posición dominante.
La anterior historia biológica de los grupos que una Cultura Superior se apropió no juega ningún papel en este proceso. Los nombres anteriores de tribus indígenas, los antiguos nómadas, el material lingüístico, nada de esto significa nada para la Historia Superior, una vez que decide su curso. Empieza, por así decirlo, desde el principio. Pero también permanece de este modo, dada su capacidad de aceptar todos los elementos que penetran en su espíritu. Los nuevos elementos no pueden, sin embargo, aportar nada a la Cultura, ya que se trata de una individualidad superior, y como tal posee su propia unidad, que no puede sufrir otra influencia más que la superficial por parte de un organismo de rango equivalente, y que no puede ser cambiada en lo más mínimo en su Naturaleza interna a fortiori por ningún grupo humano. Por todo ello, cualquier grupo se halla dentro del espíritu de la Cultura o fuera de él; no existe una tercera alternativa.
Las alternativas orgánicas son siempre solamente dos: Vida o Muerte, enfermedad o salud, progresivo desarrollo o distorsión. En el momento en que, mediante influencias externas, se aparta al organismo de su verdadero camino, es seguro que traerá por resultado la crisis; crisis que afectará a toda la vida de la Cultura, y que a menudo acarreará confusión y catástrofe en el destino de millones de seres. Pero nos estamos anticipando.
El significado objetivo de la raza posee otros aspectos importantes en una perspectiva del siglo XX. Hemos visto que las razas entendiendo aquí grupos primitivos, simples relaciones entre suelo y estirpe humana poseen distintos talentos para los propósitos históricos. Hemos visto que la Raza ejerce una influencia sobre la historia y viceversa. Llegamos a la jerarquía de las razas.
- V -
Naturalmente, los materialistas no pudieron triunfar en sus intentos de realizar una clasificación anatómica de las razas. Pero a las razas se las ha clasificado de acuerdo con sus capacidades funcionales, partiendo de cualquier función dada. Así, se podría basar una jerarquía de razas en la fuerza física, y existen pocas dudase que el Negro se situaría en la cima de esta jerarquía. Sin embargo, tal jerarquía no nos sería de ninguna utilidad, pues la fuerza física no es lo esencial de la Naturaleza Humana en general, y menos todavía de la cultura en particular.
El impulso fundamental de la naturaleza humana por encima de los instintos de conservación y sexualidad, que el hombre comparte con otras formas de la Vida es el deseo de poder. Muy raramente se encuentra una lucha por la existencia entre los hombres. Las luchas que a menudo ocurren son casi siempre para obtener el control; el poder. Estas últimas tienen lugar entre parejas, familias, clanes, tribus, y entre pueblos, naciones, Estados. Por lo tanto, el basar la jerarquía de las razas en la intensidad del deseo de poder guarda relación con las realidades históricas.
Tal jerarquía no puede poseer, naturalmente, validez eterna. Por eso, la escuela de Gobineau, Chamberlain, Osbom y Grant se encontró en la misma tangente que los materialistas que proclamaban que el tipo racial no existía en absoluto porque ellos no podían detectarlo mediante sus métodos. El error del primero fue suponer la inalterabilidad hacia atrás y hacia adelante de las razas que existían en su tiempo. Trataba a las razas como si fuesen bloques de construcción; como material original, ignorando las relaciones existentes entre Raza e Historia, Raza y Espíritu, Raza y Destino. Pero, por lo menos, reconocieron las realidades raciales existentes en su época. Su único error consistió en contemplar estas realidades como algo rígido, existentes más que transformables. Existía asimismo, en su modo de enfocar la cuestión, un residuo de pensamiento genealógico, pero este tipo de pensamiento es intelectual y no histórico, pues la Historia utiliza el material humano que tiene más a mano sin preguntar sobre sus antecedentes y durante el proceso de utilización se coloca este material humano en relación con la vasta, mística, fuerza del Destino. Este resto de pensamiento genealógico tendió a crear divisiones en el pensar de pueblos cultos que, en realidad, no corresponden a ninguna división. En relación con la raza humana, la posterior tendencia materialista desarrolló al máximo el principio de la herencia que Mendel había desarrollado para ciertas plantas. Tal tendencia se vio condenada a no producir fruto alguno. Después de casi un siglo de resultados estériles debió ser abandonada en favor del punto de vista del siglo XX que aproxima a la Historia y sus efectos al espíritu histórico y no al espíritu científico de la mecánica o la geología.
Sin embargo, la escuela de Gobineau parte por lo menos de un hecho, y esto la coloca mucho más cerca de la Realidad que a los doctos imbéciles que, al amparo de sus reglas y gráficos, anuncian el fin de la raza.
Este hecho fue la jerarquía de la raza con fines Culturales. En su día, se utilizó la palabra "Cultura" para designar a la literatura y a las bellas artes y diferenciarlas así de las materias ingratas o "brutas" tales como la economía, la técnica, la guerra y la política. De aquí que el centro de gravedad de estas teorías se hallase del lado del intelecto más que del alma. Con el advenimiento del siglo XX y el esclarecimiento de todas las teorías Romántico-Materialistas, se percibió la unidad de la Cultura a través de todas sus diversas manifestaciones de arte, filosofía, religión, ciencia, técnica, política, formas estatales, formas raciales y guerra. Por lo tanto, la jerarquía de las razas en este siglo es una jerarquización basada en los grados de deseo de poder.
Desde el punto de vista intelectual esta clasificación de las razas es también arbitraria; en la misma medida en que lo fue aquella otra basada en la fuerza física. Sin embargo, es la única apropiada para nosotros en esta época.
Tampoco es rígida, pues las visicitudes de la Historia son mucho más importantes en este campo que los caracteres de transmisión hereditaria. Hoy en día, no existe ninguna raza hindú, aunque alguna vez la haya habido. Este nombre es el producto de una historia y acabada y no corresponde a ningún grupo racial. Tampoco existe ninguna raza vasca, ni bretona, ni hessiana, ni andaluza, ni bávara, ni austríaca. De forma similar, las razas que existen actualmente en nuestra Civilización Occidental desaparecerán también cuando la historia pase sobre ellas.
La Historia es la fuente de la jerarquía de las razas por la fuerza de los acontecimientos. Así, cuando vemos a un pueblo europeo dotado de sus propias características raciales, como los ingleses, oprimir con solo un puñado de sus propias tropas a una población de cientos de millones de asiáticos durante dos siglos, tal como hicieron en la India, a eso lo llamamos una raza con un elevado deseo de poder. Durante el siglo XIX, Inglaterra contaba con una diminuta guarnición de 65.000 soldados blancos en medio de 300.000.000 de asiáticos.
Estas simple cifras nos llevarían a conclusiones erróneas si desconociésemos que Inglaterra era la Nación al servicio de la Cultura Superior y que la India era un mero paraje poblado por muchos millones de seres primitivos, un lugar que, en otra época había sido asimismo sede de una Cultura Superior como la nuestra, pero que hacía mucho que había regresado a su primitivismo pre-cultural, entre las ruinas y monumentos del pasado. Sabiendo ésto, sabemos también que el origen de este duro deseo de poder se halla, por lo menos parcialmente, en la fuerza del Destino de la Cultura del que Inglaterra era una expresión.
Cuando vemos a una raza como la española enviar dos grupos como los de Cortés y Pizarro y leemos sus logros, sabemos que nos hallamos ante una raza con elevado deseo de poder. Con solo cien hombres, Pizarro se las arregló para vencer a un Imperio de millones. El proyecto de Cortés fue de similar audacia. Y ambos alcanzaron el éxito militar. Tales cosas no las puede realizar una raza esclava. Los aztecas y los incas no eran poblaciones carentes de raza, pero fueron vehículo de otra Cultura Superior, hecho que hace parecer casi increíbles estas hazañas.
La raza francesa en tiempos de las Guerras Revolucionarias se hallaba al servicio de una idea Cultural, tenía la misión de cambiar toda la dirección desde Cultura hasta Civilización, de abrir la Era del Racionalismo. La enorme fuerza que esta idea vital transmitió a los ejércitos franceses aparece en los veinte años de sucesivas victorias militares sobre todos los ejércitos que las repetidas coaliciones de Europa pudieron lanzar contra ella. Bajo el mando del propio Napoleón, lograron la victoria en más de 145 combates, de un total de 150. Una raza con fuerzas para tal proeza debía tener un elevado deseo de poder.
En cada uno de estos casos, la raza es una creación de la Historia. En tal unidad, la palabra raza contiene los dos elementos: la relación estirpe-paisaje y la comunidad espiritual de historia e Idea Cultural. Se hallan, por así decirlo estratificados: debajo se encuentra el fuerte, primitivo compás del ritmo cósmico en un linaje particular; por encima tenemos el moldeador, creador, impulsor destino de un linaje particular; y por encima tenemos el moldeador, creador, impulsor Destino de una Cultura Superior.
Cuando Carlos de Anjou decapitó a Conrado, el último Emperador de los Hohenstaufen, en 1267, Alemania desapareció durante 500 años de la historia occidental como unidad con significado político, reapareciendo en el siglo XVIII en la doble forma de Austria y Prusia. Durante esos siglos, otros poderes escribieron, en su mayoría con su propia sangre, la historia superior de Europa. Esto significa que en comparación con el gran derrame de sangre sobre las generaciones de los otros Alemania estaba de más.
Para comprender la importancia de este hecho, debemos volver al origen puramente biológico de las razas de Europa.
- VI -
Las primitivas corrientes de pueblos procedentes del Norte de la zona euroasiática desde el año 2000 AJC hasta el año 1000 DJC e incluso más tarde pertenecían probablemente a una estirpe afín. Los bárbaros denominados casitas conquistaron los restos de la Cultura Babilónica hacia el año 1700 AJC. Durante el siglo siguiente, unos bárbaros del Norte a quienes los egipcios llamaban Hyksos, se echaron sobre las ruinas de la Civilización Egipcia y la sometieron a su yugo. En la India, los Arios, igualmente una horda bárbara nórdica, conquistaron la Cultura India. Los pueblos que aparecieron en Europa durante el milenio y medio que acabó en el año 1000 DJC, bajo los diversos nombres de Francos, Anglos, Godos, Sajones, Celtas, Visigodos, Ostrogodos, Lombardos, Belgas, Daneses, Escandinavos, Vikingos, Varangios, Germánicos, Alemanes; Teutones y otros más pertenecían todos a un linaje similar. Es muy probable que los conquistadores de las antiguas Civilizaciones orientales perteneciesen a una estirpe parecida a la de los bárbaros occidentales que amenazaron Roma durante siglos y que finalmente la saquearon. El rasgo más importante de esta estirpe era su color rubio. Donde hoy en día se encuentran rasgos rubios, significan que en algún momento del pasado algunos elementos nórdicos de esta estirpe se asentaren allí. Estos bárbaros nórdicos conquistaron las poblaciones indígenas de toda Europa, constituyéndose ellos mismos en estrato superior, proporcionando su liderazgo, guerreros y reyes por dondequiera que pasasen. De este modo, representaron el estrato gobernante en los territorios que ahora conocemos bajo el nombre de España, Francia, Alemania, Inglaterra. Su proporción numérica era mayor en unos lugares que en otros, y fue en la fuerte voluntad de este primitivo estrato, donde fue tomado forma la idea primigenia de la Cultura Occidental, hacia el año 1000 DJC. Después de haber conquistado Civilizaciones ya consumadas, esta estirpe había sido seleccionada para realizar, a su vez, el Destino de una Cultura Superior.
Lo que distingue a esta corriente de pueblos biológicamente primitivos es su fuerte voluntad. Es asimismo esta fuerte voluntad y no solamente la Idea profunda de la Cultura en si misma la que sirve para aumentar en la historia occidental la grandiosa energía de sus manifestaciones en todas las direcciones del pensamiento y la acción. ¡Pensemos en los vikingos, llegando desde Europa a América en sus diminutos barcos en el gris amanecer de nuestra historia! Este es le tipo de material humano que incrementa la sangre de las razas, pueblos y naciones occidentales. Es a este tesoro del ser al que Occidente debe su valor en el campo de batalla, y este hecho es reconocido en todo el mundo, tanto si teóricamente se lo rechaza como si no. Pregúntese a cualquier general, de cualquier ejército, si prefiere tener bajo su mando a una división de soldados reclutados en Pomerania o a una división de negros.
Desgraciadamente para Occidente, la población rusa contiene también una fuerte cantidad de este nórdico linaje bárbaro. No se halla al servicio de una Cultura Superior, pero se encuentra ante nosotros como lo hicieron los Galos ante la Roma Republicana e Imperial. La raza es el material de los acontecimientos y se halla a la disposición de la voluntad de aniquilar, tan libremente como a disposición de la voluntad de crear. El bárbaro linaje nórdico de Rusia sigue siendo bárbaro y su misión negativa le ha estampado su propio sello racial. La Historia ha creado una raza rusa que va ensanchando uniformemente sus fronteras raciales al absorber y grabar con su histórica misión de destrucción las distintas corrientes de pueblos de su enorme territorio.
En la jerarquía de las razas basadas en el deseo de poder, la nueva raza rusa ocupa un lugar importante. Esta raza no necesita de ningún tipo de propaganda moralista para excitar a sus militantes. Sus instintos bárbaros se encuentran allí, y sus líderes pueden confiar en ellos.
Debido a la fluida, naturaleza de la Raza, ni siquiera la jerarquía de las razas basada en el deseo de poder puede conseguir ordenar todas las razas existentes en la actualidad. Por ejemplo, ¿se hallarían los Silchs por encima de los Canghaleses o por debajo suyo; los negros americanos por encima o por debajo de los Indios Aymará? Pero el propósito en conjunto de comprender los diversos grados de deseo de poder en las distintas razas es de tipo práctico y se aplica en primer lugar a nuestra Civilización Occidental. ¿Puede hacerse uso de este conocimiento? La respuesta es que no sólo se puede, sino que se debe, para que Occidente viva independiente su periodo vital y no se convierta en esclava de las aniquiladoras hordas asiáticas bajo el liderazgo de Rusia, Japón o cualquier otra raza militante.
Antes de que esta información pueda aplicarse a toda idea y sin peligro de antiguas equivocaciones, debemos examinar el significado subjetivo de la Raza, además de las ideas connotadas con los términos de Pueblo, Nación y Estado.
SIGNIFICADO SUBJETIVO DE LA RAZA
- I -
La Raza, según hemos visto, no es una unidad de existencia, sino un aspecto de la misma. Especificamente, es el aspecto de la existencia en donde se revela la relación entre el ser humano y los grandes ritmos cósmicos. Es, por ello, el aspecto no-individual de la Vida, tanto si se trata de la vida de un vegetal, como de la de un animal o un ser humano.
La planta no muestra al menos no nos lo parece a nosotros ninguna conciencia, esto es: ninguna tensión con su entorno. Por ello, la planta sólo es poseedora de una raza, por decirlo así, por hallarse totalmente sumergida en la corriente cósmica. El animal muestra tensión, conciencia, individualidad. El hombre posee además conciencia propia y la capacidad y necesidad de vivir una vida superior en el reino de los símbolos. Todos los hombres poseen esto, pero el grado de diferencia al respecto entre un hombre primitivo y uno culto es tan enorme que casi parece una diferencia en cuanto al tipo en sí.
Es el ritmo racial, que informa a los impulsos primitivos, el que comunica generalmente la acción. A él se opone la parte luminosa de la mente, la razón desarraigada, el intelecto. Cuanto más ligado se halla esto al plano racial, mayor es el sello intelectual que la existencia lleva en lugar del racial.
Cada individuo, al igual que cada unidad orgánica superior, posee estos dos aspectos. La Raza impulsa a la propia conservación, a la continuiad del ciclo generacional, al incremento de poder. El intelecto decide el significado de la Vida y su meta, y con ello puede, por varias razones, rechazar uno o todos los impulsos fundamentales. El celibato del sacerdote y la esterialidad del libertino provienen por igual del intelecto, pero uno de ellos es expresión de una Cultura Superior y el otro es la negación de la Cultura en una expresión de la degeneración completa. El intelecto debe estar, pues, al servicio de la Cultura o en oposición a ella.
La Raza es, en primer lugar en su sentido subjetivo lo que un hombre siente. Ello influye, tanto inmediata como eventualmente, en lo que hace. Un hombre de raza no ha nacido para ser esclavo. Si su intelecto le aconseja someterse temporalmente, en vez de morir heroicamente en la esperanza de un mejor futuro, ello es un simple aplazamiento de su evasión. El hombre que carece de raza se someterá permanentemente a cualquier humillación, a cualquier insulto, a cualquier deshonra, en tanto se le permita vivir. Para el hombre carente de raza, la continuidad de la respiración y la digestión, contituyen la Vida. Para el hombre de raza la vida sola carece de valor, y sólo tiene ese valor cuando se halla en las condiciones justas, cuando es una vida afirmativa, rica, expresiva y creciente.
Cualquier parte del alma puede motivar el heroísmo: el mártir muere por la verdad que conoce, el guerrero que perece con el arma en las manos antes que rendirse a sus enemigos, muere por el honor que siente. Pero el hombre que muere por algo superior demuestra que posee raza, sin que cuenten sus motivos intelectualizados. Pues la Raza representa la facultad de permanecer fiel a uno mismo. Es la colocación de un valor superior en la propia alma individual. En este sentido subjetivo, la raza no es la manera en que uno habla, mira, gesticula, camina, no es una cuestión de estirpe, color, anatomía, estructura del esqueleto o cualquier otra cosa objetiva. Los hombres de Raza se hallan dispersos por todas las poblaciones del mundo, por todas las razas, pueblos, naciones. En cada unidad contituyen los guerreros, los líderes de acción, los creadores en la esfera de la política y de la guerra.
Así, en el sentido subjetivo, existe asimismo una jerarquía de la raza. Por arriba, los hombres de raza; por debajo, los que carecen de ella. Los primeros son arrastrados hacia la acción y los acontecimientos por el gran ritmo cósmico del movimiento; los otros son pasados por alto por la Historia. Los primeros constituyen el material de la Historia Superior; los segundos han sobrevivido a toda Cultura, y cuando la tranquilidad reanuda su dominio sobre la tierra después del torbellino de los acontecimientos, forman la gran masa. Las madres chinas aconsejan a sus niños con la antigua advertencia: "Empequeñece tu corazón". Esta es la sabiduría del hombre sin raza, y de la raza sin voluntad. Los hombres de raza pasan por los pueblos que se encuentran dentro del curso del movimiento de la Cultura superior casi sin rozarlos, y este proceso continúa a través de las generaciones de la Historia en las cumbres. El resto es "fellaheen" [38].
La raza en su sentido subjetivo pasa a ser así una cuestión de instinto. El hombre dotado de instintos poderosos posee raza, el hombre con malos o débiles instintos, no la posee. La fuerza intelectual no tiene nada que ver con la existencia de la raza. Puede, simplemente, en algunos casos, tales como el del hombre que realiza el celibato, influir en la expresión de una parte de la raza. El vigor intelectual y los fuertes instintos pueden coexistir pensemos en los Obispos de época Gótica que condujeron a sus feligreses a la guerra pero son simplemente las direcciones opuestas del pensamiento y la acción. Aun así, son los instintos los que suministran la fuerza impulsora a los grandes logros intelectuales. El centro de gravedad de la vida elevada es, por parte del instinto, la voluntad, la raza, la sangre. La vida que coloca los ideales racionalistas de "individualismo", "felicidad", "libertad", antes que la perpetuación y el incremento del poder, es decadente. Decadente significa tendencia hacia su propia extinción; extinción sobre todo de la vida superior, pero también, finalmente, de la vida de toda la raza. El intelectual de las grandes ciudades es el tipo de hombre que carece de raza. En cada Civilización ha sido el aliado interno de los bárbaros del exterior.
Esta cualidad de poseer raza no guarda obviamente ninguna relación con lo que la propia raza siente por la comunidad. La Raza en sentido objetivo es una creación de la historia. El propio destino debe expresarse dentro de un cierto marco: el marco del Destino.
Así, un hombre de raza nacido en Kirghizia pertenece por su Destino al mundo bárbaro de Asia con su misión histórica de destrucción de la Civilización Occidental. Algunas excepciones son, naturalmente, posibles, pues la Vida no se somete por entero a una generalización. Algunos polacos, ucranianos, o incluso rusos, pueden verse impulsados por sus almas a compartir el espíritu de Occidente. De ser así, pertenecen a la raza occidental, y toda raza sana y ascendente acepta los reclutas que se unen a ella en estas condiciones y que poseen el adecuado sentimiento. Del mismo modo, existen en Occidente numerosos intelectuales que se sienten unidos a la idea exterior del Nihilismo Asiático. Cuán numeroso son, lo demuestran los periódicos, las novelas y las obras de teatro que producen y que les permiten vivir de ello. Pero lo contrario no sería válido para los hombres carentes de raza, que no son siquiera aceptables para el enemigo. No poseen nada con que contribuir a un grupo orgánico; constituyen los granos de arena humanos, los átomos del intelecto, sin cohesión ascendente o descendente.
Cada raza, sin importar lo transitoriamente que pueda ser contemplada desde el punto de vista de la Historia, expresa una cierta idea, un cierto plano de la existencia por su vida, y su idea debe resultar atractiva a ciertos individuos que se hallen fuera de ella. Así, en la vida occidental, no estamos desfamiliarizados con el hombre que, después de asociarse con los judíos, leyendo su literatura y adoptando su punto de vista, se convierte de hecho en un judío en el sentido completo de la palabra. No es necesario que posea "sangre judía". También sabemos de lo contrarío: muchos judíos han adoptado los sentimientos y ritmos occidentales y han adquirido por tanto la raza occidental. Este proceso denominado desdeñosamente "asimilación" por los líderes judíos amenazó durante el siglo XIX la misma existencia de la raza judía, por la absorción definitiva de todo su cuerpo racial por parte de las razas occidentales. Para detener esto, los líderes judíos desarrollaron el programa del Sionismo, que era solamente un recurso para mantener la unidad de la raza judía y perpetuar su existencia continuada como tal. Por esta razón, reconocieron también el valor del antisemitismo de tipo social. Servía al mismo propósito de preservar la unidad racial de los judíos.
- II -
La extinción de los instintos raciales significa lo mismo para un individuo que para una raza, pueblo, nación, Estado o Cultura: infructuosidad, carencia de voluntad de poder, falta de capacidad para creer en grandes metas o perseguirlas, carencia de disciplina interior, deseo de una vida de comodidad y placer.
Los síntomas de esta decadencia racial en varios puntos de la Civilización Occidental son múltiples. Tenemos en primer lugar la horrible deformación de la vida sexual, resultante de la total separación del amor sexual de la reproducción. El gran símbolo de ello en la Civilización Occidental es cualquier cosa que sugiera el nombre de "Hollywood". El mensaje de Hollywood es la total significación del amor sexual como un fin en sí mismo; es lo erótico sin consecuencias. El amor sexual de dos granos de arena, de dos individuos desarraigados, no el primitivo amor sexual que busca la continuidad de la vida, la familia de muchos hijos. Se acepta un niño, como un juguete más complicado que un perro a veces hasta dos, un niño y una niña pero la familia de muchos hijos ya es tema de burla para esta actitud decadente.
El instinto de la decadencia toma diversas formas en este campo: disolución del Matrimonio mediante las leyes del divorcio; intentos de rechazar, mediante revocación o incumplimiento, las leyes contra el aborto; predicando en forma de novela, drama o periódico, la identificación de la "felicidad" con el amor sexual, mostrándolo como el gran valor, ante el cual todo honor, deber, patriotismo, consagración de la Vida a un fin superior, deben ceder. Una eroticomanía extraña inunda nuestra civilización por completo. No ciertamente como la obsesión sexual del siglo XVIII que por lo menos era racialmente positiva, en el sentido de aumentar la población Occidental sino siempre con un erotismo sin consecuencias, puramente desarraigado. Esta enfermedad espiritual constituye el suicidio de la raza.
El debilitamiento de la voluntad Nietzsche lo llama la "parálisis de la voluntad" es otro síntoma de la extinción de los instintos raciales. Conduce a un total deterioro de la vida pública de las razas afectadas. Los jefes de Gobierno no se atreven a ofrecer un programa severo a sus masas de granos de arena de seres humanos: ceden pero permanecen en sus cargos como particulares. Con ello, deja de existir el Gobierno. Las únicas funciones que realiza son las que siempre se han desarrollado por sí solas; nada de nuevos objetivos; nada de sacrificios. Conservar el viejo estado de cosas; ¡No se pongan a crear! ¡No se esfuercen! Eso sería demasiado pesado. Hay que mantener el estado de placer, el panem et circenses. No importan las necesidades de la vida. Estamos dispuestos a renunciar a ellas mientras tengamos sus placeres.
Este debilitamiento de la voluntad conduce al voluntario abandono de imperios conquistados con la sangre de millones durante diez generaciones. Conduce al profundo odio hacia quien quiera y hacia lo que quiera representar austeridad, creación, Futuro. Uno de sus productos es el Pacifismo, y el único modo en que una población que está disolviéndose racialmente puede ser conducida a la guerra es a través del servicio militar obligatorio acoplado a una propaganda pacifista; "Esta es la última guerra. De hecho, es una guerra contra la guerra". Solamente un intelectual se podría dejar engañar por una Irrealidad tan completa. La débil voluntad de la sociedad se manifiesta en el Bolchevismo de las clases superiores, la solidaridad con los enemigos de la sociedad. Realmente se declara enemigo a cualquiera que posea una voluntad intacta. Incluso se odia el razonamiento lógico, tan poco es lo que piden los ideales.
La mediocridad se eleva en el horizonte de una raza que se extingue como su último gran ideal, una completa mediocridad, una renunciación total a toda grandeza y a cualquier distinción de cualquier tipo. Lo mismo ocurre con la mediocridad de la corriente sanguínea racial. Ahora cualquiera puede entrar en ella, no sólo en nuestras condiciones, pues ya no nos quedan condiciones y no existen diferencias raciales; todo es una sola cosa, apagada, carente de acontecimientos, mediocre.
El debilitamiento de la voluntad no es difícil, a condición de encontrar una ideología que lo racionalice como "progreso", como todo lo deseable, como meta de toda la historia precedente. El complejo democracia-liberalismo se encuentra a mano y adquiere en esos momentos el significado de Muerte de la raza, la nación y la Cultura. No existen las diferencias humanas; todo el mundo es igual, los hombres son mujeres, las mujeres son hombres, "el individuo" lo es todo, la Vida son unas largas vacaciones cuyo principal problema consiste en idear nuevos y más estúpidos placeres. No existe un Dios, ni el Estado. ¡Que se corte la cabeza a aquél que se atreva a decir que tenemos una misión, o que desee resucitar la Autoridad!
Encontraremos presentes estos síntomas, u otros similares, en el fallecimiento de todo estrato superior cuya voluntad se debilita. Así, Tocqueville nos describe como el estrato superior francés de 1789 carecía de toda sospecha sobre la inminente Revolución; cómo la nobleza se entusiasmó con la "bondad natural de la Humanidad", el "virtuoso pueblo", la "inocencia del Hombre", en tanto que el terror de 1793 ya se encontraba a la vuelta de la esquina. Spectacle terrible et ridicule [39]. ¿No se comportó de igual manera la nobleza Petrínica de Rusia hasta 1917? El Zar se resistió a las súplicas de marcharse cuando aún era tiempo con "Mi pueblo no me hará daño''. Su idea del campesino ruso era la de un muzhik feliz y sencillo, fundamentalmente bueno. Del mismo modo, el debilitamiento de la voluntad occidental en algunos países se ha demostrado con el diluvio de propaganda pro-rusa que se ha realizado, a veces con la aprobación oficial en esos países, desde 1920 hasta 1950.
- I -
Todas las formas de vida planta, animal, hombre, Gran Cultura presentan las regularidades orgánicas de nacimiento, crecimiento, madurez, realización y muerte. Cada forma contiene en sí misma la esencia de las formas menos elaboradas, menos articuladas y la nueva alma es, podríamos decir, una superestructura asentada sobre la base general. Así, la planta exhibe una cerrada conexión con los ritmos cósmicos; el animal tiene una distribución geográfica sobre un área determinada, grande o pequeña y muestra también un instinto que procede de sus íntimas conexiones con los ritmos cósmicos. El hombre tiene apego a la tierra, tanto espiritual como materialmente; posee instintos de animal de presa y muestra en el ritmo del sueño y el despertar la supremacía alternativa del elemento vegetal, sin tensión, que se halla en él. Una Gran Cultura es vegetal en el apego a su tierra original, apego que perdurará desde el comienzo hasta su último período; es animal cuando devora cruelmente otras formas de vida; es humana en su espiritualidad y original en su poder de transformar la vida humana, su gran ámbito vital y la obligatoriedad de su destino.
La enfermedad, así como la salud, pertenece a todo lo viviente. En su clasificación de las ciencias. Bacon reservó un lugar para la ciencia de las desviaciones y más tarde D'Alembert, en su clasificación para la Encyclopédie citó a los "prodigios, o desviaciones del curso corriente de la Naturaleza". La Vida es regular en sus fenómenos y cuando se desvía, es regular en sus desviaciones. Cualquier clase de enfermedad, exopática o autopática, pertenece a la Patología. Las plantas tienen su patología, igual que los animales y el hombre. Las Grandes Culturas tienen también su patología, aún cuando, por primera vez, sólo se haya dado cuenta de su existencia la nueva Epoca gracias a su visión incorruptible de los hechos y gracias a su liberación del prejuicio del Materialismo. La patología sigue al organismo y, así, las plantas no pueden padecer de hepatitis, ni los perros de psicosis. Pero el proceso trabaja hacia arriba, del mismo modo que los planos de la vida, estratificados uno encima del otro según la vida va aumentando de complejidad. Así, el parasitismo, una forma de la patología vegetal, existe también para todas las formas vitales más elevadas. El crecimiento de una planta puede ser frustrado por condiciones desfavorables, de la misma manera en que el desarrollo de un animal puede ser distorsionado por interferencias exteriores. Los organismos humanos más débiles pueden ser espiritualmente retardados y atontados mediante el completo dominio de sus almas por otros seres humanos de voluntad más fuerte.
La patología humana es una ciencia de lo que está sucediendo, no una ciencia de lo que ha sucedido, como la física. No podrá nunca tener éxito en su programa de organizar el terreno de las desviaciones vitales, ya que la vida desafía toda suerte de clasificaciones. Los componentes invisibles dominan a los visibles. El alma, la voluntad, el intelecto, las emociones, son misteriosos en sus efectos y no pueden ser tratados del modo sistemático que es apropiado para los datos de la física o la geología.
La patología de las Grandes Culturas era, naturalmente, un misterio para un método científico que creía en el dogma básico de que la Vida era mecánica, el hombre carecía de alma, y que debía Haber una fórmula química para describir la conciencia. Para esta perspectiva, que negaba a Dios y el Alma, la Gran Cultura era un nombre abstracto para describir los esfuerzos colectivos de hombres individuales. Una nación era una colección de individuos relacionados sólo mecánicamente; la economía y la "felicidad" eran todo el contenido de la Vida. Todo lo que introdujera un contenido espiritual o un significado a la Vida era nocivo. Esta visión era, simplemente, incapaz de comprender la Vida. Produjo una psicología que no sería suficientemente compleja ni siquiera para los animales y la llamó psicología humana. Colocó a la estéril inteligencia en el centro del mundo interior y negó la naturaleza mística de la creatividad humana.
Este punto de vista era, en si mismo, el producto de una cierta Época: la época del Racionalismo. Con la muerte de este prejuicio, nos hallamos ante un mundo nuevo de relaciones espirituales, la entrada al cual estuvo prohibida durante los dos últimos siglos. Nos hemos liberado de la opresiva mediocridad del Materialismo y podemos, de nuevo, internarnos en el mundo multicolor e infinitamente variado del reino del Alma. En su fase final, la Epoca del Racionalismo volvió su daga contra sí misma. Con su negativa a reconocer los fenómenos psíquicos demostrados con sus propios métodos, exhibió su propia naturaleza como una Fe, una irracionalidad, y se trasladó a la selección de templos, leyendas y memorias de la Historia.
El Materialismo contempla a al Vida desde su aspecto inferior. En realidad, el Alma utiliza lo material como vehículo de su expresión. El Materialismo, viendo sólo los resultados y no el invisible Destino que los traía, creyó que los resultados eran lo primordial y el Alma, una ilusión. Incapaz de aprehender la invisible necesidad que gobierna lo orgánico y su relación con el cosmos, llegó a la conclusión, desde cien direcciones diferentes, de que la Vida un accidente. Para no catalogar estas interesantes razones, tomemos como ejemplo la presencia de polvo en el aire. Los pensadores de laboratorio descubrieron que, si no hubiera polvo en el aire, toda Vida sería imposible. Nunca se les ocurrió que la Vida y todos los demás fenómenos estaban enlazados por necesidad mística. Al tratarlo todo por separado, mediante análisis cada vez más refinados, de cosas cada vez más pequeñas, perdieron toda conexión con la Realidad, y quedaron sorprendidos cuando las conexiones entre las cosas aparecieron. Sólo podía ser un accidente, dijeron estos profundos pensadores.
Las condiciones de la Vida son, para nosotros, un punto de partida. No las condiciones de toda Vida, sino solamente las de esa particular forma de Vida llamada Gran Cultura.
Cada variedad de forma vital tiene sus propias condiciones ideales. Algunas plantas requieren mucha agua; otras, poca. Algunas crecen con agua salada, otras necesitan agua fresca. Los animales tienen su propio "habitat", cada especie posee su propia área o áreas que reunen las condiciones necesarias para su salud y supervivencia. Los seres humanos en conjunto, tienen ciertas áreas y diversos tipos de seres humanos tienen sus respectivas zonas que propician sus necesidades vitales.
Correspondiendo a las condiciones de vida ideales de las diversas formas vitales, cada forma de vida y cada organismo, posee un poder de adaptación. Una planta puede continuar viviendo a un potencial más bajo si se le da una cantidad de agua inferiror a la ideal. Pero se llega a un punto en el cual la cantidad de agua es mínima, y si se le da menos, la vida cesa enteramente. Este es el límite de adaptación. Tanto los animales como el hombre poseen adaptividad, y un límite a la misma. Los hombres pueden vivir en el denso aire de los valles y en el raro aire de las altas montañas. El cuerpo humano se adapta a las condiciones montañosas aumentando el tamaño del pecho y la superficie pulmonar. Pero esta capacidad de adaptación no es indefinida y se llega a un punto de escasez de aire al cual los hombres ya no pueden adaptarse a causa de los límites inherentes a al forma vital humana.
El tratamiento de este sujeto en esta obra no pretende ser nada más que una rápida y mínima presentación de los fundamentos necesarios a la comprensión de la naturaleza de los fenómenos culturales en general, como base para la acción. Esto es política, no filosofía de la historia, ni siquiera filosofía natural de los organismos. Todo el tema de la Patología Cultural es comparativamente nuevo. Lo que en el año 2100 será una asignatura completa es ahora sólo un esquema, y lo aquí presentado es aún menos que un esquema. Pero la política no puede separarse de la Cultura, y cualquier esfuerzo que aclare su necesario paso hacia delante en esta crítica encrucijada de la Cultura Occidental está cultural e históricamente justificado.
Una Gran Cultura se diferencia de los demás organismos en que realiza sus manifestaciones materiales a través de organismos más bajos, concretamente, a través del hombre-Cultura. Su cuerpo es un vasto conjunto de muchos millones de cuerpos humanos en un cierto territorio. La cuestión de que el símbolo primordial de la Cultura esté espiritualmente adaptado a un particular territorio queda fuera de nuestro objetivo de exposición.
Es evidente que la cuestión de la adaptación física no existe para una Cultura. Su única adaptación es espiritual. Tampoco puede tener una enfermedad física, como los hombres. La enfermedad, para una Cultura sólo puede ser un fenómeno espiritual.
La Vida misma es un misterio, es decir, es algo que no resulta completamente comprensible. Tal vez la causa de ello reside en que la facultad de comprender es sólo una manifestación de un tipo de Vida, en otras palabras la parte de una parte, y así resulta poco apto para la asimilación del Todo. Cada manifestación de la Vida es un misterio, incluyendo la enfermedad. Algunos hombres, cuando son puestos en contacto con ciertos microorganismos, desarrollan una enfermedad definida. Otros hombres no reaccionan en absoluto ante esos microorganismos. El suero que es beneficioso para un hombre puede matar a otro. Es posible discutir fenómenos de enfermedad como éstos en términos de adaptación e incapacidad de adaptarse. La última razón por la cual una especie, o un individuo, encuentra sus límites de adaptabilidad precisamente aquí y no en otro punto cualquiera, permanecerá por siempre desconocida.
Y lo mismo sucede con las Culturas. La razón por la cual el alma de una Cultura guarda su pureza e individualidad es desconocida. No obstante, internamente sigue su propio curso vital, y no puede seguir el curso vital que trate de imponerle un sentimiento vital extranjero vuya motivación se deriva de fuentes extra-Culturales.
También es un misterio la manera en que el Destino incita a un organismo a realizar sus posibilidades, obligando a la continua transición de una fase a la siguiente. No obstante, así es. El materialista siglo XIX, que perdió completamente el contacto con el mundo real del espíritu en su obsesión por el mundo infrareal de lo material, sintió, en consecuencia, un inaudito terror ante la muerte y la medicina racionalista anunció su intención de acabar con esa muerte. Esta clase de cosas acreditan la valentía intelectual de los racionalistas, pero muestran que su desarraigada inteligencia es sinónimo de estupidez. No podemos acabar con el Destino toda vez que incluso nuestra protesta contra él es una fase del desarrollo de la Cultura.
El tema completo del patología Cultural es demasiado amplio para ser tratado aquí, y será objeto de muchos volúmenes en los siglos venideros. Todo lo que es necesario para la perspectiva de acción del siglo XX es comprender tres fenómenos que ocurren dentro de este amplio campo de la patología Cultural; concretamente: el Parasitismo Cultural, el Retraso Cultural y la Distorsión Cultural. Todas esas enfermedades Culturales existen en Occidente en pleno siglo XX y han existido durante algún tiempo. Es únicamente esta condición enferma de la Civilización Occidental lo que hace posible la grotesca situación mundial de hoy en día. Nos referimos a las dos primeras Guerras Mundiales y sus horribles secuencias. El solar patrio de la Civilización Occidental es la sede de los más fuertes cerebros y caracteres, de la más intensa fuerza moral, de la más alta creatividad técnica, del único gran Destino positivo en el mundo. Pero, a pesar del hecho de que todo esto debería generar la mayor concentración de poder, la Civilización Occidental, hoy, es simplemente un objeto de la política mundial. Es el botín para potencias saqueadoras del exterior. Esta situación no se produjo como resultado de la utilización de medios militares, sino por una crítica enfermedad Cultural.
DISTORSIÓN CULTURAL RESULTANTE DE LA ACTIVIDAD PARASITARIA
- I -
Los efectos elementales del parasitismo Cultural sobre el cuerpo de la Cultura ya han sido analizados: reducción, por desplazamiento, de la población de la Cultura; pérdida de energía Cultural en la fricción. Estos efectos surgen como consecuencia de la mera exsitencia del parásito, por pasivo que éste sea. Mucho más peligroso para la sana realización de la Cultura, es la mezcla de elementos parásitos en la vida Cultural, así como la actividad del parásito de la Cultura, su participación en la creación de tareas, ideas y política Cultural. La actividad del parásito genera a un más alto nivel de intensidad la repetición de los fenómenos friccionales que acompañan a su pasiva presencia.
En California, todo aumento de fortaleza económica, toda pública demostración de energía colectiva por parte de los chinos, trajo como consecuencia disturbios antichinos entre la población americana. Lo mismo puede aplicarse al grupo japonés. Los peores disturbios han sido los provocados a consecuencia del progresivo avance de los negros en la vida pública americana. Mientras el Negro permanecía pasivo, el malestar entre ambas razas era el mínimo posible. El ano 1865 marcó el comienzo de una transición de la pasividad del Negro a su actividad. Naturalmente, ello no fué espontáneo. Elementos racionalistas blancos, liberales, entusiastas de la "tolerancia", comunistas, crearon un movimiento cuya misión consistía en ignorar las distinciones entre las razas, y bajo su dirección estallaron, periódicamente, disturbios que paralizaron temporalmente la vida pública en las más grandes ciudades de América. Tulsa, Beaumont, Jersey City, Chicago, Detroit, Nueva York, son sólo ejemplos parciales de tumultos masivos acaecidos en el último cuarto de siglo. Cada tumulto era precedido por un diluvio de propaganda sobre la "tolerancia", con abundancia de sentimentalismo, y posteriormente una investigación pública decidía que la causa de todo había sido la falta de "tolerancia" y de "educación".
Durante la ocupación americana de Inglaterra, 1942-1946, tuvieron lugar varias grandes batallas raciales, entre tropas americanas y negras, a pesar de que unas y otras se hallaban allí en una misión contra Inglaterra y Europa. Las luchas fueron tan violentas que se llegaron a usar armas automáticas. La limitada utilidad de grupos culturalmente parasitarios en tareas militares queda ilustrada por este ejemplo. En realidad esas tropas negras formaban parte de unidades americanas consagradas a la destrucción de Europa, pero un leve incidente social en un bar fué suficiente para promover la inflamación del odio racial desarrollado por el hecho de que parásito y anfritión compartían la misma vida . Las tropas de grupos parásitos tienen escaso valor, por estar regularmente a dos dedos de un tumulto racial, y los racionalistas y liberales lo descubrieron por una experiencia propia que hubieran podido evitar con sólo estudiar las crónicas de 5.000 años de historia de las Grandes Culturas. Esas tropas negras patentizaban sus deseos de destruir tanto América como Europa. Esos ejemplos de elevada tensión entre anfitrión y parásito no son más que la forma más simple de la enfermedad de la distorsión Cultural como consecuencia de la actividad parasitaria. Sólo difieren en grado de la resistencia contra el parasitismo Cultural. Mucho más seria es la forma en la cual el parásito participa decididamente en la vida pública de la Cultura y orienta la política de ésta hacia sus propios canales. Ni en América ni en Sudamérica ha alcanzado el Negro esta significación. Ni tampoco, por lo menos, los grupos japoneses, chinos, levantinos o indios en Norteamérica.
Un grupo, no obstante, ha provocado una importantísima distorsión Cultural a lo ancho de toda la Civilización Occidental y sus colonias en cada Continente, y ese grupo es la retaguardia en Occidente de la ya consumada Cultura Arabe: la Iglesia-Estado-Nación- Pueblo-Raza del Judío.
De la Cultura Arabe, que ya se había realizado internamente hacia el año 1100, el Judío tomó su concepción del mundo, su religión, su forma de Estado, su Idea de Nación, su sentimiento de Pueblo y su unidad. Pero de Occidente tomó su raza y su misión en la Vida. Ya vemos el desarrollo de esta raza en su existencia en el ghetto durante los primeros ochocientos años de nuestra Cultura Occidental. Según se iba articulando el Racionalismo desde 1750 hasta adelante y el judío se daba cuenta de las más amplias posibilidades que presentaba para él la nueva fase vital de Occidente, empezó a agitar contra el ghetto que había creado para sí mismo en los días primitivos como símbolo de su unidad, espiritual y física. Esta raza tenía un tipo ideal diferente del de Occidente, y eso influenció al material humano que se incorporó a la corriente sanguínea colectiva de la raza del ghetto. A mediados del siglo XX uno ve a judíos con pigmentación nórdica, pero la pureza racial ha adaptado el nuevo material al viejo aspecto racial. Para el racismo vertical del siglo XIX, estos fenómenos eran misteriosos, pero el siglo XX ha contemplado la primacía de lo espiritual en al formación de la raza. Cuando dijimos, pues, que el judío tomó su raza de Occidente, no quisimos decir que escarbara en el linaje de los pueblos Occidentales para reclutar el suyo propio aún cuando así lo hiciera, y continúe haciéndolo, hasta cierto punto sino que al constituir por su propio imperativo Cultural una masa totalmente extranjera en derredor del Judío, Occidente impidió la disolución y la desaparición de la unidad Judía.
Porque, debe insistirse en ello, mientras el contacto con el extranjero es dañino a un organismo cuando ese extranjero está dentro del organismo, resulta completamente a la inversa cuando el extranjero se encuentra fuera. En ese caso el contacto fortalece al organismo. Porque esto genera la guerra y la guerra es fortalecedora para el organismo. Las Cruzadas, ese primer balbuceo tras el nacimiento de Occidente, dieron firmeza al nuevo organismo, probaron su viabilidad. Las guerras de Castilla y Aragón contra el bárbaro dieron a España la fortaleza interna necesaria para llevar a cabo su grandiosa misión Ultramontana. Las victorias inglesas en los campos de batalla coloniales a lo ancho de todo el mundo le dieron a Inglaterra el sentido obligatorio de una misión. Las guerras de Roma en su infancia nacional le dieron la firmeza interna que le permitió llevar a cabo las Guerras Púnicas que, a su vez, le dieron el dominio de la Civilización Clásica.
Así, resulta obvio que le mutuo contacto de Occidente con el Judío tuvo un signidficado opuesto para los dos organismos. Para el Judío, fue una fuente de fuerza e información. Para Occidente, fue una pérdida de fortaleza, y una deformación. El Judío estaba dentro de Occidente, pero Occidente no estaba dentro del Judío. La persecución fortalece excepto cuando persevera hasta el extermninio total. La cita que aparece al principio de esta obra es tan válida para Occidente ahora como lo fue para el Judío en sus primeros tiempos.
Cuando se menciona el sujeto de la persecución, se nombra la fuente de la misión vital del Judío. Un milenio de matanzas, robos, fraudes, incendios, insultos, malos tratos, expulsiones, explotaciones; he aquí el aporte de Occidente al Judío. No solamente le fortalecieron y endurecieron su sentido de raza, sino que le dieron una misión, la misión de revancha y de destrucción. Los pueblos y monarcas Occidentales estuvieron almacenando explosivos en el espíritu del extranjero que vivía entre ellos.
La regularidad orgánica de la guerra gobierna la vida. Incluso las primitivas tribus de Africa hacen la guerra a pesar de no tener, a diferencia de los pueblos de una Cultura, motivo alguno para luchar. La aparición en la tierra de una Gran Cultura y la concentración de poder que su alta organización y articulación le confiere, provoca en los entornos humanos una contra-voluntad destructora, contrarrestando la voluntad creadora de la Gran Cultura. En la Vida, no pertenecer es lo mismo que oponerse. La oposición puede hallarse en estado latente, durante algún tiempo o para siempre, a causa de otras oposiciones más fuertes; pero existe en forma latente y potencial. El contacto de dos organismos suprapersonales sólo puede engendrar oposición y guerra. Occidente y el organismo Judío han estado en guerra permanente durante el milenio que ha durado su contacto. No ha sido la guerra del campo de batalla, del enfrentamiento de buques de combate, sino una guerra de forma diferente.
La total extranjería del judío le hizo políticamente invisible para Occidente. Éste no le consideraba como una Nación, porque no tenía una dinastía, ni un territorio. Hablaba la lengua del país en que habitaba. No tenía un Estado visible al estilo Occidental. Parecía que el Judaísmo era simplemente una religión, y como tal no una unidad política, porque incluso en la Guerra de los Treinta Años, 1618-1648, la religión desempeñó un papel subordinado a la política dinástica y a la de la fronda. Por consiguiente, aún cuando el mismo Occidente le había dado al Judío su misión política de revancha y destrucción no podía verle como a una unidad política.
Así, pues, la guerra entre la Cultura Occidental y el Judío fué una guerra subterránea. El Judío no podía aparecer en su unidad y luchar abiertamente contra Occidente, en razón de su notoria inferioridad. Occidente se hubiera unido inmediatamente contra un ataque judío declarado, destruyéndole por completo. El Judío se veía obligado a llevar a cabo su política por el método de la infiltración, mezclándose en los conflictos entre fuerzas, ideas y Estados Occidentales y tratando de influenciar en su favor el resultado final. Favoreció siempre al bando que apuntaba hacia el materialismo, el triunfo de la economía, la oposición al absolutismo y a la unidad religiosa de Occidente, la libertad de comercio y la usura.
La táctica de esta guerra Judía consistió en la manipulación del dinero. Su dispersión, su materialismo, su completo cosmopolitismo, le impedían tomar parte en la heroica forma de combate en el campo de batalla, y así se vio confinado a la guerra de prestar, o rehusar prestar, de sobornar, de obtener apoyado por la ley poder sobre individuos importantes. Desde el principio de la Cristiandad, los Papas habían prohibido a los cristianos prestar dinero a interés, y desde entonces el Judío se vio elevado a una posición económica favorecida. Cromwell los readmitió en Inglaterra cuando decidió que "no había bastante dinero en el país". Suyas eran las más grandes casas bancarias de Occidente en el siglo XVII. El mismo banco de Inglaterra fué fundado de acuerdo con una concesión otorgada a Ali-ben-Israel por Cromwell [40] Este banco procedió a pagar intereses del 4,5% sobre sus depósitos y prestar al Gobierno al 8%.
Esta táctica no la había podido desarrollar libremente con anterioridad al mediado del milenio. La filosofía escolástica, las leyes de la Iglesia, el Espíritu de la Epoca, el poder de los barones feudales para robarle... todo esto jugaba contra el Judío. Por ejemplo, Santo Tomás de Aquino, en el siglo XIII, enseñaba que el comercio debía ser despreciado por ser una consecuencia de la codicia, que tiende a perder toda medida; que el cobrar intereses sobre préstamos era una injusticia, que a los judíos debiera arrebatárseles el dinero que habían ganado con las práticas usuarias, y que se les debía obligar a trabajar y a perder su ambición de ganancias. Varios Papas dictaron bulas contra las prácticas económicas, el materialismo y la creciente influencia del Judío.
Pero el Alma misma de Occidente se iba exteriorizando lentamente. El decisivo punto de cambio de 1789 fue preparado por pequeños cambios en el transcurso de siglos. La vieja interioridad de Occidente, que dió a los siglos feudales su cohesión espiritual evidente en sí misma, fué gradualmente minada por nuevos conflictos, especialmente los que enfrentaban a la ciudad con el campo, a la nobleza comercial con la poseedora de tierras, al materialismo con el espíritu de la religión. La Reforma fue un cisma en el alma entera de Occidente. En ella apareció, como un símbolo del futuro triunfo del materialismo, el sistema Calvinista. Calvino predicó la santidad de la actividad económica; aprobó al usura; interpretó la riqueza como un signo de Elección para la Salvación Eterna. Este espíritu se extendió. Enrique VIII legalizó la usura en Inglaterra en 1545. La vieja doctrina Occidental de la maldad de la usura fué abandonada.
Todo esto representaba una liberación para el Judío así como la posibilidad de acceder al poder, aún cuando se tratara de un poder disfrazado, invisible. En tiempos de la Reforma, pudo verse al Judío luchando en todas partes contra la Iglesia, y en la lucha entre Lutero y Calvino ayudó a éste último pues Lutero también rechazaba la usura. La victoria en Inglaterra del Puritanismo una adaptación local del Calvinismo dió al Judío condiciones favorables. El escritor puritano Baxter incluso preconizó como un deber religioso el escoger la más ventajosa entre dos alternativas económicas. Escoger la menos ventajosa equivalía a no hacer caso de la voluntad de Dios. Esta atmósfera protegió las propiedades del Judío y tendió a incrementarlas, de manera que los viejos robos de que le habían hecho víctima monarcas y barones no pudieran volver a repetirse.
- II -
A principios de siglo XVIII, aparece en la Historia de Occidente una corriente subterránea, una distorsión, un falseamiento. Manifestó sus mayores efectos en Inglaterra y, concretamente, en la vida económica. Muchos de los aspectos más rapaces del influjo de la usura y del capitalismo financiero no eran, en absoluto, ingleses, sino que debían atribuirse a la creciente influencia del Judío. Una vez más, estos efectos no deben redundar en una crítica contra el Judío. El lado religioso de la unidad Judía permitía el cobro de intereses, y prescribía una ética diferente en el trato entre Judíos y goyim a la del trato entre judíos. Según la religión del Judío era meritorio lesionar los intereses del goy. Esta doctrina religiosa hubiera llegado a ser inoperante en cualquier otro caso, no así en el de la misión vital del Judío cuya formación en los siglos de persecución va se ha visto. El Judío era, simplemente, él mismo, pero su influencia no era Occidental, y así creaba una distorsión en la Cultura de Occidente. Incluso en el siglo XIX, después de que la santificación de la ambición había sido firmemente establecida, Carlyle, uno de los grandes exponentes de la Cultura Occidental, se horrorizaba ante el espectáculo del latrocinio universal con astutas armas económico-legales y la inaudita falta de conciencia social que sacrificaba naciones enteras a la expoliación y a la miseria.
Los falseadores efectos de la presencia del Judío en la vida económica Occidental desde sus principios han sido claramente expuestos por el destacado pensador economista europeo Werner Sonibart en su obra "Los Judíos y el Capitalismo Moderno". Con la aparición, en el alma Occidental, de un mayor interés por el mundo material, el Judío se sintió más seguro, más indispensable y más poderoso. Incluso si hubiera deseado dedicarse a otras actividades diferentes de la usura, le hubiera sido imposible, pues los gremios de Occidente sólo admitían a cristianos. Su superioridad económica original fué, así, mantenida, y ciertos prohombres Occidentales llegaron a depender de él. Aquéllos ya no podían atacarle, pues las nuevas leyes comerciales, reflejando el creciente espíritu mercantil, le protegían en sus propiedades, sus hipotecas y sus contratos. La historia de Shylock nos muestra la imagen dual del Judío; adulador y socialmente rastrero en el Rialto [41], pero feroz como un león en el tribunal. Fue Occidente quien le atribuyó estos dos papeles. Esperaba de él que desempeñara un papel puramente subordinado, pero al mismo tiempo le daba la posibilidad de desempeñar un papel dirigente.
Cuanto más materialista iba volviéndose la Cultura, más se acercaba al Judío y mayor era la ventaja de éste. Occidente fué abandonado su exclusivismo, pero él retuvo el suyo, invisible para Occidente.
La época ve la aparición del Racionalismo, la radical afirmación del Materialismo. Hacia 1750, las nuevas ideas van imponiéndose en Occidente: "libertad", "humanidad", Deísmo, oposición a la religión y al absolutismo, "democracia", entusiasmo por "el pueblo", creencia en la bondad de la Naturaleza humana, "retorno a la Naturaleza". La Razón desafía a la Tradición, y lentamente, las antiguas y refinadas estructuras Occidentales del pensamiento y el arte de gobernar sucumben. Lessing, en esta época, hace al Judío protagonista de su obra Nathan der Weise [42], algo que sólo un siglo atrás hubiera parecido ridículo. Los intelectuales se entusiasman por el hombre del ghetto con sus sistemas de castas altamente refinado y su religión privada que coexiste con su externo materialismo. El era el cosmopolita y, como tal, a los intelectuales de Occidente les parecía que era el indicador del Futuro. Por primera y última vez, Occidentales y Judíos trabajaron juntos en labores Culturales, esparciendo las nuevas ideas. La Distorsión Cultural se trasladó entonces a la vida política. La forma adoptada por la Revolución Francesa se debió a la Distorsión Cultural. La época particular que marca este gran episodio es, naturalmente, un desarrollo orgánico Occidental. La distorsión se manifiesta en hechos particulares [43] ocurriendo de una manera particular, y en un sitio particular del tiempo y del espacio. En otras palabras: la distorsión, el falseamiento sucedió sólo en la superficie de la Historia, no en sus profundidades; pues ahí no puede haber distorsión. Una analogía humana la encontramos en el encarcelamiento: desvía la superficie de una vida humana al cambiar todos los hechos de la misma, pero no altera el desarrollo interno, físico o espiritual. La Distorsión es falseamiento, desviación, frustración; pero no es muerte, ni puede matar. Es una enfermedad crónica, una llaga permanente, un derroche, una impureza en la corriente vital de la Cultura.
El filósofo ha tratado en toda su perspectiva el ejemplo más conocido de Distorsión Cultural en la Cultura Arabe. Los viejos civilizados romanos, infiltraron la vida que resurgía del mundo Arameo [44]. Esa nueva Cultura debía recorrer su camino a través de todo el cuerpo de formas vitales del mundo romano para expresarse a sí misma. Sus primeros siglos representan una emancipación progresiva de la distorsión cultural, una lucha contra tal distorsión. Las guerras mitiridáticas [45] son el primer estallido de esta lucha. Los romanos eran los "Judíos" de ese mundo, es decir, los redomados pensadores económicos, con una completa unidad Cultural; inmersos en una zona de nacientes religiones. La distorsión se manifestó en todos los aspectos de la Vida: derecho, filosofía, economía, política, literatura, guerra. Su aparición tuvo lugar en los comienzos de la Cultura que lentamente se liberó del mundo completamente ajeno al Romano. Pero lo más recóndito del alma de esta nueva Cultura no fue afectado por la distorsión; sólo fueron afectados su realización; su superficie, su, expresión, sus hechos.
Paralelamente, sólo los hechos del periodo 1775-1815, la Revolución Francesa, fueron distorsionados y falseados. La gran transición, que fue simbolizada por este horrible acontecimiento, el cambio de dirección del alma de Occidente de la Cultura hacia la Civilización, podría haber ocurrido de muchas otras maneras.
La política de los Falseadores consistió en hacer que las Finanzas Públicas francesas dependieran de deudas e intereses, tal como habían conseguido llevarlo a cabo, desde mucho tiempo antes, en Inglaterra. No obstante, una Monarquía Absoluta, con su centralización del poder, se resiste a la sumisión del Estado al poder del Dinero. Por lo tanto, la idea era introducir la Monarquía Constitucional en Francia, y a tal efecto, los Falseadores y su instrumento, Necker, impusieron la convocatoria de los Estados Generales. El conjunto de sus miembros estaba también determinado, en gran parte, por los Falseadores y así se instituyó una monarquía constitucional.
Necker, inmediatamente, trató de emitir dos grandes empréstitos, sin éxito. Una solución para la crisis financiera, fue sugerida por Talleyrand en la forma de la confiscación de las tierras de la Iglesia. Mirabeau apoyó la idea, mejorándola con la sugerencia de emitir dinero respaldado por la propiedad confiscada. Necker rehusó, toda vez que tal dinero, que no debía pagar interés y no dependía del fardo de la Deuda, no sería útil para los propósitos de los Falseadores.
En plena crisis financiera, Necker fue exilado de Francia y Mirabeau se convirtió en dictador. Lo primero que hizo fue emitir inmediatamente dinero respaldado por las riquezas de las tierras recién confiscadas, con el objeto de salvar al país del pánico que los Falseadores estaban tratando de provocar. Pero desde fuera de Francia, Necker, representante del Poder del Dinero y de los Falseadores, desencadenó una guerra continental contra Francia, apoyándose, además, en los cómplices que le secundaban desde dentro del país. La idea motriz de la combinación era que una guerra exigiría grandes empréstitos suscritos por Francia en el exterior, en Inglaterra, en España y en otros lugares; y como el dinero respaldado por la tierra, los famosos "asignats"; sería rechazado por las potencias financieras, Francia se vería forzada a sucumbir ante las exigencias de los monopolistas del oro. Se puede trazar una línea recta desde esta guerra hasta el Terror.
En los comienzos de la Civilización contemplamos el mismo conflicto gigantesco entre la Autoridad .y el Dinero que perdurará durante generaciones adentrándose en el Futuro. Es la lucha de Napoleón contra seis coaliciones. Napoleón ha sido descrito por un distorsionado escritor de historia como un mero conquistador. Su filosofía de Estado ha sido ignorada. Pero sus ideas económicas autárquicas fueron claramente expuestas por él a Las Cases y a Caulaincourt. Para él, la economía era producción, no comercio, y debía basarse, primero en la Agricultura, segundo en la Industria y finalmente en el comercio exterior. Además, se oponía al dinero basado en el interés.
La lucha de los Falseadores contra estas ideas contribuye notablemente a la forma de los hechos de la historia Occidental, desde la accesión de Napoleón al Consulado hasta 1815. Aparte de lo que estos hechos hubieran podido ser, el hecho de que un parásito Cultural participara activa y decisivamente en la expresión del alma Occidental fue una distorsión Cultural. En la lucha entre fuerzas Occidentales, el resultado de la cual es orgánicamente modelado por el progresivo desarrollo de nuestra alma Cultural, el peso de una potencia totalmente extranjera sobre la balanza es una tergiversación y una frustración.
No sabemos lo que hubiera sido la historia Occidental sin al participación de esas fuerzas ajenas, pero es completamente obvio que el poder del Dinero nunca hubiera gozado de tan absoluto predominio durante el siglo XIX si no hubiera sido por la enfermedad de la Distorsión Cultural. Hubieran habido dos polos en el alma de Occidente descendiendo hasta los individuos el polo del pensamiento del Dinero, y el polo de la autoridad y la tradición. El triunfo absoluto del Dinero impuso un horrible tributo sobre las vidas y la salud de Occidente. Sacrificó las clases campesinas de países enteros al egoísta interés del Comercio. Desencadenó guerras en pro de intereses privados, con la sangre de los patriotas. Baste con mencionar la Guerra del Opio; una guerra en la cual soldados y marinos ingleses debieron morir para obligar al Emperador de China a que reconociera y protegiera al monopolio del Opio disfrutando por Falseadores afincados en la Civilización Occidental.
El sistema de la Deuda fué impuesto a todos los Estados Europeos. Prusia tomó prestado dinero de Nathan Rothschild en 1818. Rusia, Austria, España, Portugal, siguieron por este orden. Pero el vacío y materialista Espíritu de la Epoca, hostil como era al pensamiento profundo y a la investigación bajo lo superficial, permaneció ciego. La Filosofía, que había producido a Berkeley y Leibnitz, se contentaba ahora con Mill y Spencer. El pensamiento económico se daba por satisfecho con Adam Smith que predicaba ante la ruina y la miseria de millones de personas que la búsqueda de los propios intereses económicos egoístas de cada uno haría progresar a la vida colectiva. Cuando proposiciones como ésta pudieron llegar a ser generalmente aceptadas no puede sorprender que sólo escasos Occidentales fueran conscientes de la distorsión de la vida Cultural de Occidente. Byron fue uno de estos pocos, como demuestran "La Edad de Bronce" y fragmentos de "Don Juan" y otros poemas. Charles Lamb y Carlyle también se dieron cuenta, pero en su mayor parte los Occidentales se hallaban atareados en la ejecución de la orden de Luís Felipe: ¡Enrichissez-vous!.
La vida económica, aunque influenciada en sus formas por la Cultura, es, realmente, sólo la materia prima de la Cultura; una condición preliminar de la vida más elevada. El papel de la economía en una Gran Cultura es precisamente análogo a su parte en la vida de un hombre creador como Cervantes, Dante o Goethe. Para un hombre así, hallarse ligado a una obligación económica es una distorsión en su vida. Toda Gran Cultura es creativa; su vida entera es una continua creación supra-personal. De este modo, situar la vida económica en el centro y decir que es la Vida y todo lo demás es secundario, constituye una distorsión de la Cultura.
Pero los Falseadores consiguieron este efecto desde los dos flancos. Los amos del Dinero trabajaron únicamente por la propagación de la Soberanía del Dinero por encima de las viejas tradiciones de Occidente. Por el flanco inferior, la distorsión del Marxismo negó a todo el mundo, excepto a la economía, y dijo que el proletariado debía explotar a la Civilización Occidental en su propio beneficio.
Al examinar la articulación de una Gran Cultura se ve que la importancia Cultural del "proletariado" es, en una palabra, nula. Esto es un simple hecho, no la expresión de una ideología, y justamente por ser un hecho, el Falseador Marx, con su abismal y furioso odio por la Civilización Occidental, lo escogió como un instrumento de destrucción. Por arriba y por debajo, los Falseadores emplearon las únicas técnicas que conocían, las económicas, en un intento instintivo de destruir el cuerpo del odiado Occidente. Esto, nunca será suficientemente repetido. Está fuera del elogio y la crítica: los Falseadores actuaban por obligación; su conducta era irracional, inconsciente, y brotaba de una necesidad orgánica.
La idea del Dinero, y la idea de la lucha de clases sobre una base económica aparecen, a su debido tiempo, también en otras Culturas. La distorsión de nuestra vida no se manifestó en la mera existencia de esos fenómenos, sino en su universalidad, su forma absoluta, y la acritud con la cual confundieron y dividieron a todo Occidente. La presencia del Falseador, una especie de catalizador orgánico, está entretejida entre todas esas ideas desintegradoras, destructoras, y entre todos estos desarrollos.
Occidente sólo sucumbió a esta distorsión Cultural a causa de su propia exteriorización. Una vez que Occidente empezó a coquetear con el Materialismo los Falseadores lo agravaron. La desaparición de ciertas barreras permitió al Falseador trabajar por el aniquilamiento de todas las distinciones. Convirtió el Deísmo en Ateísmo, pero conservó sus propias runas y filacterios. En la lucha del Racionalismo contra la Tradición, agravó la división de Occidente con exigencias cada vez más absolutas.
La misma situación del Falseador fue motivo de amargas discordias en las naciones Occidentales. En Inglaterra se discutió la cuestión, que se suscitaba continuamente, del estatuto judío. Esta cuestión no tenía nada que ver con el organismo inglés, pero batalla tras batalla, los ingleses desperdiciaron sus energías luchando en pro o en contra de la ciudadanía judía, o de la posibilidad, para los judíos, de ser miembros del Parlamento, de los Tribunales, o de ser admitidos en las profesiones liberales o en las oficinas, del Estado. Disputas similares dividieron a la sociedad Occidental en todas partes. El resultado de la firme financiación de la vida económica, sustituyendo la idea de mercancías por la idea de Dinero, fue la ruina de la vida material y espiritual de los trabajadores manuales y de los campesinos en todas las tierras de Occidente. La muerte de millones de ellos durante los siglos XIX y XX debido a las condiciones de suciedad, desnutrición y condiciones de vida infrahumanas, por tifus, el hambre y la tuberculosis, es debida a la transformación de la economía en un campo de batalla en el que se enfrentan el Señor del dinero contra el empresario y el industrial. El Señor del Dinero fue quien consiguió el triunfo de la sociedad por acciones como forma de propiedad de la empresa. Esto forzó a todo empresario a caer en la servidumbre del interés del Señor del Dinero, pues fue éste quien compró las acciones y luego procedió a explotar a los empleados de las empresas al convertir todos los procesos industriales en dividendos. Para un banquero, los salarios pagados a seres humanos como base económica de sus vidas constituyen, simplemente, un "costo de producción". Bajar este "costo" significaba aumentar sus propias ganancias. No importaba que el resultado fueran niños raquíticos, familias hambrientas, una vida nacional envilecida; lo que importaba eran las ganancias.
Según la ideología, todo trabajador manual podía, si lo deseaba, convertirse en un Señor del Dinero. Si no lo lograba, era por su propia culpa. Los Señores del Dinero no sentían ninguna obligación, ningún deber hacia nadie, pues ellos se habían hecho a sí mismos. En cambio si sus propiedades en el extranjero eran atacadas, el deber patriótico de sus conciudadanos pobres era acudir en ayuda de los Señores del Dinero.
Los terribles resultados del influjo del dinero al arrojar secciones enteras de la población en brazos del hambre fueron causa, como era de esperar, de un contra-efecto. El hirviente descontento de estas masas fue también utilizado como un instrumento de la política de los Falseadores.
En el medio se hallaba el enemigo: el cuerpo de la Civilización Occidental. Encima estaba la técnica financiera del dominio sobre ese cuerpo. Debajo, la técnica del sindicalismo. Los millones del grueso de la población eran del botín de guerra de dos frentes. El papel del Falseador consistía en aumentar la división, frenetizarla, hacerla trabajar en su provecho. Ningún historiador ha expresado la política y los resultados de la actuación de los Falseadores mejor que lo hizo Baruch Levy en su famosa carta a Marx:
"El Pueblo Judío, tomado colectivamente, será su propio Mesías. Conseguirá el dominio del mundo mediante la fusión de todas las demás razas humanas, la abolición de las fronteras y las monarquías, que son los reductos del Particularismo y la erección de una República Universal, en la cual los Judíos gozarán, por doquier, de derechos universales.
"En esta nueva organización de la Humanidad, los hijos de Israel se desparramarán por todo el mundo habitado, y como pertenecen todos a la misma raza y tradición Cultural sin tener al mismo tiempo una nacionalidad definida, formarán el elemento dirigente sin encontrar oposición.
"El gobierno de las naciones, que será encomendado a esa República Universal, pasará sin esfuerzo a las manos de los Israelitas, por el mismo hecho de la victoria del proletariado. La Raza Judía podrá terminar entonces con la propiedad privada y administrar, en todo el mundo, los fondos públicos.
"Entonces se realizarán las promesas del Talmud. Cuando haya llegado el tiempo del Mesías, los Judíos tendrán en sus manos la llave de las riquezas del mundo".
Esta era la expresión del cuerpo ajeno en el organismo Occidental. Nada hay de siniestro en ella para el Falseador. Para él, Occidente es un monstruo brutal de orgullo, egoísmo y crueldad. Las condiciones vitales de los dos organismos, o de otro par de organismos de igual rango, son simplemente diferentes. Para el Falseador, promover la obsesión económica en el seno de Occidente, minando su alma y abriendo un camino para él, no es más que obediencia a lo que es obvio. Es la relación eterna entre anfitrión y parásito que ya se encuentra en el mundo de las plantas, en el de los animales y en el de los seres humanos. Para Occidente, ser él mismo es sofocar la expresión del Falseador y restringir el alma de éste. Para el Falseador ser él mismo consiste en frustrar la expresión del alma Occidental.
Debe quedar bien claro que la Distorsión Cultural no puede matar al anfritión, porque no puede llegar hasta el Alma, sino que puede solamente afectar las expresiones de ese alma cuando llegan a la fase de su realización. Si la Distorsión pudiera llegar al Alma, ya no sería tenida por tal, pues el Alma cambiaría, pero el Alma permanece en su pureza e intensidad y sólo su-exteriorización es desviada de su curso, distorsionada. Esta es la fuente de la tensión: la disyunción entre lo que fue posible y lo que ha llegado a ser real, resulta visible. La reacción empieza. Ante cada victoria de la Distorsión Cultural el sentimiento de frustración crece y más decidida es la hostilidad de los elementos portadores de Cultura. La propaganda no puede afectar este proceso, porque es orgánico, y debe ocurrir mientras la vida esté presente.
- IV -
La distorsión Cultural afecta a la vida de la Cultura en todos los planos. Cuando la Cultura atraviesa una etapa políticamente nacionalista, como el Occidente durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, no sólo puede ser falseada la vida de cada nación, sino también las relaciones entre las mismas naciones. .
La más simple ilustración debiera ser hipotética. El grupo parasitario chino de América nunca pudo llegar a alcanzar el nivel de la distorsión Cultural, pero supongamos que lo hubiera logrado. Si hubiera poseído poder público en América en un momento en que, digamos, Inglaterra estaba atribuyéndose esferas de influencia para sí en China, el elemento chino en América hubiera trabajado inevitablemente en pro de una guerra de América contra Inglaterra. Si su grado de poder público hubiera sido suficiente, lo habría conseguido. Esto hubiera sido una distorsión de la vida internacional de la Civilización Occidental. Hubiera sido una guerra inter-Occidental en pro de intereses chinos. Ese hipotético caso ocurrió repetidamente, con otros participantes, a través del siglo XIX. El país que perseguía al Falseador de la Cultura en Europa, cuando procedía con excesiva lentitud en concederle los derechos civiles, la protección legal y las posibilidades financieras que él necesitara, era inmediatamente objeto de la política del Falseador Cultural. La distorsión nunca fue absoluta, porque el poder público del Falseador nunca llegó a tanto. Fue siempre, una mera torsión; no una transformación; una influencia, no una orden; algo escondido, no algo visible; una desviación, no una línea recta. El Falseador nunca apareció por si mismo, pues haberlo hecho hubiera significado su destrucción, al no ser más que un diminuto parásito en un gigantescio anfitrión, La Distorsión estuvo siempre enmascarada con ideales Occidentales: libertad, democracia y demás tópicos. Esto, repetimos, no tenía nada de siniestro por ser una necesidad vital del Falseador llevar a cabo de tal modo su política. Su reducido número, hacía imposible un desafío a todo el Occidente en el campo de batalla.
Durante todo el siglo XIX y el principio del siglo XX hubo, además de la historia superficial de la política de Occidente y de la economía Occidental, otra historia: la del progreso del parásito Cultural a través de su propia historia, con la consiguiente distorsión de la política y la economía Occidental. La Europa contemporánea sólo pudo obtener una visión parcial de esta segunda historia. A causa de su nacionalismo político, no podía concebir una unidad política sin un territorio definido, un idioma común, una "Constitución", un ejército, una flota, un Gabinete y el resto del equipo político Occidental. No estaba familiarizado con la historia de la Cultura Arabe y su idea de la Nación, ni tampoco con su residuo que se hallaba esparcido a través de todo el Occidente.
Dentro de cada nación trabajó en pro de la adopción de "constituciones", de la atenuación de las viejas formas aristocráticas, de la expansión de la "democracia", del gobierno de los partidos, de la ampliación de los derechos políticos, de la ruptura del viejo exclusivismo Occidental. Todas esas transformaciones son cuantitativas, son la negación de la calidad. La democratización de un país era un requisito previo para la conquista del poder desde dentro. Si la resistencia interna era demasiado grande, otras naciones en las que el poder ya se había conseguido eran movilizadas contra la nación recalcitante, y el resultado de todo ello era una guerra.
En el transcurso de todo el siglo XIX Rusia que aún figuraba entonces como miembro del sistema de Estados Occidental Austria y Prusia resistieron a la Distorsión Cultural. La Iglesia Romana también se mantuvo firme, y fue designada como un enemigo.
En 1858 se había llegado a un punto en que el Falseador Cultural podía movilizar al Gobierno de Francia y al sentimiento público de Inglaterra en el caso del niño Mortara. Si podía suscitarse un incidente internacional entre naciones Occidentales a causa de un niño judío privado, no puede sorprender que asuntos Judíos de mucha mayor importancia trajeran consecuencias internacionales mucho mayores en el sistema político Occidental.
El mayor de todos los enemigos era Rusia, la tierra del pogrom. Ya hemos visto como, en ocasión de un gran pogrom en Kiev, en 1906, el Gobierno de Rooselvert en América rompió relaciones diplomáticas con el Gobierno Ruso. Ningún americano estaba involucrado, en manera alguna, con dicho pogrom, con lo cual el caso en cuestión es indicativo de la fortaleza del Falseador. Si las víctimas del pogrom hubieran sido lapones, cosacos, bálticos o ucranianos, nadie se hubiera sentido aludido en Washington.
La Primera Guerra Mundial, tanto en su forma original, como en su desarrollo, no fué, en modo alguno, indicativa de los problemas Occidentales de la época. El análisis de este momento decisivo pertenece a otro lugar, pero aquí puede ya verse el resultado para Rusia, en gran enemigo del Falseador. Las conexiones del Falseador Cultural con el Bolchevismo fueron jactanciosamente expuestas, en su propia prensa en los primeros días de la Revolución Soviética. La Rusia de los Romanov pagó mil veces por los pogroms de tres siglos. El Zar y su familia fueron fusilados ante el muro de Ekaterinburgo y un signo cabalístico fué garabateado sobre sus cadáveres. Todo el estrato que había sido el vehículo de la Civilización Occidental en Rusia fue asesinado o expulsado. Rusia se perdió para Europa y se convirtió en la mayor amenaza para el cuerpo Occidental. En las guerras bolcheviques, las plagas, las persecuciones y el hambre que siguió inmediatamente a la Revolución, perecieron de diez a veinte millones de personas. El slogan era; "¡Destruidlo todo!", lo que significaba: todo lo Occidental. Entre otros cambios acaecidos en Rusia, el antisemitismo fue tipificado como delito.
Este ejemplo muestra la magnitud a la que puede llegar la distorsión Cultural. El tremendo poder formativo de la Cultura Occidental había atraído a Rusia hacia su órbita espiritual. El instrumento de este desarrollo fue Pedro el Grande. La Dinastía Romanov, que él fundó en el siglo XVII, había sido el gran símbolo de la influencia del espíritu Occidental en el vasto sub-continente llamado Rusia, con sus prolíficas y primitivas poblaciones. La transformación, naturalmente, no fue- completa. No pudo serlo porque una Gran Cultura tiene su propio emplazamiento, que es inamovible. No obstante, la dinastía Romanov y el estrato Occidental que representaba en Rusia, dio a Europa una relativa seguridad en el Este durante tres siglos. El Bolchevismo terminó con esa seguridad.
Cuando las tropas del Zar Alejandro ocuparon París en 1814, se vieron obligadas por el barniz Occidental de sus jefes a comportarse como tropas occidentales. Fue como si las tropas de un ejército Occidental ocuparan una capital extranjera Occidental. Pero las tropas Bolcheviques que plantaron la bandera roja en el corazón de Europa en 1945 no tenían nada en común con Occidente. En su sangre y en sus instintos primitivos latía el imperativo sin palabras: "¡Destruidlo todo!".
- V -
El fenómeno de la Distorsión Cultural no se halla confinado en la esfera de la acción. La influencia de la Civilización Clásica sobre la primitiva Cultura Arabe, hacia el año 300 causó una completa distorsión en las expresiones de la nueva, pujante cultura. El filósofo ha descrito la situación que duró siglos como una "Pseudomorfosis", una "falsa formación" de todas las manifestaciones del alma de la nueva Cultura:
El elevado refinamiento de nuestras Artes Occidentales, y su naturaleza esotérica, que sólo las hacía accesibles a unos pocos, hizo que su distorsión por extranjeros a la Cultura fuera imposible. Los mismos Occidentales, ocasionalmente por ejemplo, el estilo Chippendale, los clasicistas de la literatura, filosofía y las artes plásticas buscaron introducir motivos extra-Culturales en Occidente, pero los transformaron al utilizarlos, adaptándolos a nuestros sentimientos. Pero no hay Falseadores Culturales en un gran Arte Occidental durante su periodo de más relevante desarrollo. Calderón, Rembrandt, Meister Erwin von Steinbach, Gottfried von Strassburg, Shakespeare, Bach, Leonardo, Mozart, no tienen paralelo en un panorama extra-Cultural. La pintura al óleo y la música permanecieron enteramente Occidentales mientras se hallaban en un proceso de realización. Cuando a finales del siglo XIX, estas dos grandes artes pasaron a la Historia, los Falseadores emergieron con atrocidades en el reino pictórico y estruendos en el mundo de la música.
Debido a la extensión de su poder público, pudieron presentar estos horrores como meritorios sucesores de Rembrandt y Wagner. Cualquier artista menor que continuara trabajando de acuerdo con la viejas tradiciones era sofocado por la ley del silencio, mientras cualquier falseador Cultural era enaltecido como un gran artista. A mediados del siglo XX se puso en boga tomar, simplemente, viejas obras y distorsionarlas. Una forma de "música" tomada de la primitiva cultura de los aborígenes africanos fué adoptada, y las obras de los maestros Occidentales fueron "adaptadas" a esa forma. La pretensión a la originalidad fué abandonada. Cuando un falseador de la Cultura producía un drama, era simplemente una obra de Shakespeare, torcida, tergiversada, falseada de manera que sirviera para propalar la propaganda del Falseador. Cualquier otro tipo de obra teatral era ahogado por la total preponderancia del extranjero Cultural, con su control de los canales publicitarios.
En este campo, como en el campo de la acción, fue el exclusivismo lo que mantuvo pura en sus expresiones el alma Occidental, y fue la victoria de las ideas, métodos y sentimientos cuantitativos lo que posibilitó la entrada del Falseador Cultural en la vida de Occidente.
En el campo de la acción, el Dinero, la Democracia y la Economía todos ellos cuantitativos, ninguno exclusivo habían admitido al extranjero en el poder público. Sin el Materialismo, el pensamiento financiero y el Liberalismo Occidentales, el acceso del extranjero en la vida pública de Occidente hubiera sido tan imposible como la comprensión de la casuística talmúdica lo hubiera sido para un Occidental.
Y con esto, llegamos al Futuro.
Los próximos desarrollos del Alma Occidental son conocidos. La Autoridad va reapareciendo; el viejo orgullo y exclusivismo de Occidente ha vuelto. El espíritu del Dinero cede el paso a la Autoridad; el parlamentarismo sucumbe ante el orden. La desarticulación social será reemplazada por la cohesión y la jerarquía. La política está destinada a moverse en un nuevo campo: las naciones Occidentales han muerto, y la nación Occidental va a nacer. La conciencia de la unidad de Occidente substituye al mini-estatismo del siglo XIX.
Energía y disciplina son las características del alma Occidental en el siglo XX. Muerto han el patológico individualismo y la debilidad de la voluntad de la Europa del siglo XIX. El respeto por el misterio de la Vida y por el simbólico significado de las ideas vivientes toma el lugar del Materialismo del siglo XIX. El Vitalismo ha triunfado sobre el Mecanicismo, el alma sobre el Racionalismo.
Desde Calvino, Occidente avanazó más y más hacia un Materialismo cada vez más absoluto. El apogeo de la curva se alcanzó con la Primera Guerra Mundial, y esa poderosa epoca que marcaba el paso hacia un nuevo mundo vió también la reaparición del alma Occidental en su pureza inigualable. Se había producido a través de la larga crisis Cultural del Racionalismo, y su siempre joven Destino gestó el Resurgimiento de la Autoridad y la unificación de Europa en tal forma auto-evidente que ninguna fuerza en Europa, excepto los retardarios y los Falseadores ambos patológicos se opuso a ella.
Este movimiento hacia el Materialismo fué un movimiento hacia el Falseador Cultural en el sentido de que hizo posible que se inmiscuyera en los asuntos Occidentales. Cuando los hombre eran contados, naturalmente él también fué incluído. Pero la manía de contar ha terminado y el viejo exclusivismo vuelve. El fenómeno de Disraeli, un Falseador de la Cultura como Primer Ministro de un Estado Occidental, hubiera sido impensable un siglo antes, en el tiempo de Pitt, y es igualmente impensable ahora el Futuro de Occidente.
El abandono del Materialismo es un progreso en el abandono del Falseador Cultural. En el reino del pensamiento, el Materialismo está librando una desesperada batalla de retaguardia. Está siendo vencido en todos los campos: la física, la cosmogonía, la biología, la psicología, la filosofía y las bellas artes. Esta tendencia irresistible imposibilita la distorsión, porque convierte a los asuntos de Occidente en inaccesibles para el Falseador. Occidente fué siempre esotérico; cuando las Obras Completas de Goethe fueron publicadas en 1790, sólo se suscribieron 600 ejemplares. Pero ese público fué suficiente para su renombre a lo largo y ancho de toda Europa. Buxtehude, Orlando Gibbons, Bach y Mozart trabajaron para un reducido público, en el que no se incluían Falseadores Culturales. La política de Napoleón en sus últimas ramificaciones sólo fue comprendida por escasas personas en su Europa contemporánea. Los Falseadores sólo podían ver lo que les incumbía a ellos. El estrato portador de Cultura de Occidente se eleva por encima de los resquebrajados muros del nacionalismo vertical. Occidente se desprende de la piel del Materialismo y retorna a la pureza de su propia alma para realizar su última gran tarea interna; la creación de la unidad de la Cultura-Estado-Nación-Pueblo- Raza- Imperio de Occidente, como base para la realización del Imperativo Interno del Imperialismo Absoluto.
El problema de la distorsión Cultural queda, así, fundamentalmente alterado. La simple posibilidad de que un parásito pueda ser admitido en la vida pública de Occidente es cada vez más remota. Con su fino instinto, el Falseador ha abandonado Europa, intalándose progresivamente fuera de Europa.
Las viejas herramientas del capitalismo financiero y la guerra de clases han perdido su eficacia en presencia del Resurgimento de la Autoridad, y ahora lo único que cuenta son los ejércitos. Desde fuera, el Falseador lleva a cabo su misión forzosa de revancha. En una colonia Occidental, América, las enfermedades Culturales continúan vigentes, y desde allí han ejercido y continúan ejerciendo influencia en los acontecimentos mundiales.
- I -
En el capítulo en que tratamos de la pespectiva política, dijimos que la condición en la cual las personas que pensaban privadamente afectando a los asuntos públicos se llamaba política parásita. Citamos el ejemplo de la Pompadour, arrojando a Francia a una guerra contra Federico el Grande porque éste la había descrito con un apodo poco galante ante toda Europa. En esa guerra, Francia perdió todo su imperio de Ultramar, que cayó en manos de Inglaterra, porque estaba luchando en Europa y dedicó menos esfuerzo a la gran guerra imperial que a la local guerra europea. Este es el resultado usual de la política-parásita.
Una nación es una Idea, pero es una simple parte de la Idea más grande de la Cultura que la crea en el proceso de su propia realización. Pero precisamente, si una nación, puede ser el anfitrión de grupos y de poderosos individuos que piensan en completa independencia de la realización de la Idea nacional, también puede sucederle a una Cultura.
Todos saben lo que es la política parasitaria en una nación, y todos lo comprenden cuando se dan cuenta de ello. Cuando el griego Capodistria era Ministro de Asuntos Exteriores en Rusia, nadie esperaba de él que llevara a cabo una política anti-griega. Durante la revuelta Boxer en China ninguna potencia Occidental pensó en otorgar mando alguno a un general chino. En la guerra de América contra el Japón, 1941-1945, los americanos no usaron a sus reclutas japoneses, del mismo modo que Europa descubrió en las dos primera guerras mundiales que no podía emplear a los eslavos bohemios contra Rusia. Los generales americanos no se atreverían a enrolar a sus mejicanos contra Méjico, o a sus negros contra Abisinia. Tampoco en un periodo de preparación de guerra contra Rusia; un conocido simpatizante de los rusos podría ejercitar un poder público en América. Y menos aún colocarían los americanos a todo su gobierno en manos de conocidos inmigrantes rusos.
Los fenómenos de está clase reflejan el hecho general de que un hombre o grupo continúa siendo lo que es aún cuando conviva con otro grupo, a menos que sea asimilado. La asimilación es la muerte de un grupo corno tal. La corriente de la sangre de los individuos que lo componen continúa, pero el grupo ha desaparecido. Mientras fue un grupo, fue extranjero.
En nuestro examen de la raza vimos que las diferencias físicas no constituyen una barrera a la asimilación, pero sí las diferencias Culturales. Son ejemplos de ello los alemanes del Báltico y los del Volga, aislados en la Rusia primitiva, los chinos y japoneses en América, los negros en América y Sudáfrica, los británicos en la India, los Parsis en la India, los judíos en la Civilización Occidental y en Rusia; los hindúes en Natal.
El parasitismo Cultural surge de la misma manera que el parasitismo político. Un parásito es simplemente una forma de vida que vive en, o sobre, el cuerpo de otra forma de vida y a sus expensas. Significa pues, la canalización de una parte de la energía del anfritión en una dirección ajena a sus intereses. Esto es completamente inevitable: si la energía de un organismo se gasta en algo que no tiene nada que ver con su propio desarrollo, está siendo derrochada. El parasitismo es inevitablemente dañino para el anfitrión. El daño aumenta proporcionalmente al crecimento y a la expansión del parásito.
Todo grupo que no toma parte en el sentimiento de la Cultura, pero que vive dentro del cuerpo Cultural, necesariamente implica una pérdida para la Cultura. Tales grupos, forman zonas de tejido anestésico, por así decirlo, en el cuerpo Cultural. Al permanecer fuera de la necesidad histórica del Destino de la Cultura, inevitablemente militan contra ese Destino. Ese fenómeno no depende, en manera alguna, de la voluntad humana. El parásito está espiritualmente fuera, pero fisicamente dentro. Los efectos sobre el organismo anfitrión son deletéreos, tanto física como espiritualmente.
El primer efecto físico de los grupos no participantes en el cuerpo de una Cultura consiste en que la población de la Cultura se reduce a causa de ello. Los miembros del grupo extraño ocupan el lugar de individuos pertenecientes a la Cultura, que así nunca llegan a nacer. Reduce artificilamente la población de la Cultura en la misma proporción que la importancia numérica del grupo parasitario. En el parasitismo animal y humano, uno de los numerosos efectos sobre el anfitrión es la pérdida de alimentación, y el parasitismo Cultural es análogo. Al reducir el número de los individuos de una Cultura, un parásito Cultural priva a la Idea Cultural de la única clase de alimento físico que necesita: el suministro constante de material humano adecuado a su tarea vital.
Este efecto anti-reproductivo de los grupos inmigratorias ha sido establecido a la luz de recientes estudios de tendencias de la población. Así, de un estudio comparativo de la población americana y sus tendencias, resulta que los 40.000.000 de inmigrantes que llegaron a América desde 1790 hasta ahora no sirvieron para incrementar la población de América en absoluto, sino simplemente para cambiar la calidad de la misma. Una idea supra-personal, ataviada con la fuerza del Destino debe realizar su tarea vital, y si ello implica poblaciones de un determinado tamaño aumentado en una cierta proporción, esas circunstancias externas se manifiestan.
El Materialimo se encontró con los datos de las tendencias de población en sus manos, pero sin explicación para ellos. Estos datos evidenciaron aumentos graduales en las naciones de Occidente, llegando rápidamente a una cumbre, estabilizándose entonces y luego empezando a decaer lentamente. La curva que describe este movimento de población de las naciones es la misma curva, aproximadamente en cada caso. Se verá que describe igualmente el movimiento de la población de una Gran Cultura. En la etapa que marca el paso de una Gran Cultura a la Civilización la etapa que marcó para nosotros Napoleón el aumento de la población es rápido y alcanza cifras que empequeñecen todo lo anterior. El mismo Espíritu de la Epoca que patentizó externamente toda la energía de la Cultura en un industrialismo y una técnica masivas, en grandes revoluciones, guerras gigantescas e imperialismo ilimitado, trajo también este aumento de la población. La tarea vital de la Civilización Occidental es la más grandiosa que el mundo ha visto jamás y necesita a esas poblaciones para ser llevada a cabo.
Grupos Culturalmente parásitos no son aprovechables para la idea. Utilizan la energía de la Cultura hacia dentro y hacia abajo. Tales grupos constituyen puntos débiles en el cuerpo de la Cultura. El peligro de esta debilidad interna aumenta en proporción directa cuando la Cultura está amenazada desde fuera. En el siglo XVI, cuando Occidente estaba amenazada por los turcos, hubiera sido perfectamente evidente para cualquier Occidental que grandes grupos internos de turcos si los hubiera habido constituían una seria amenaza.
Una segunda manera en que el parasitismo Cultural desperdicia la sustancia de una Cultura consiste en la fricción interna que su presencia crea necesariamente. En el cuerpo de la Cultura Arabe, en los tiempos de Cristo, se hallaba presente un importante número de romanos. Su etapa cultural era la de la última Civilización, en su completa exteriorización, y la etapa cultural de la población aramea que allí se encontraba en su casa era la de los inicios de la Cultura. La tensión que naturalmente se engendró; racial, nacional, y cultural, culminó finalmente en la matanza de 80.000 romanos en el año 88 antes de Cristo. Esto fué causa de las guerras con Mitrídates, en las cuales cientos de miles de personas perecieron en veintidós años de lucha.
Otro fenómeno, más cercano a nuestros tiempos, es el de los chinos de California. La tensión racial entre las poblaciones blancas y chinas en el curso de los siglos XIX y XX fué causa de mutuas persecuciones, odios, alborotos y sangrientos excesos.
La población negra, tanto en América como en Sudáfrica ha dado ocasión a similares estallidos de violencia y odio por ambas partes.
Todos estos incidentes son manifestaciones de parasitismo Cultural, es decir, de la presencia de un grupo totalmente ajeno a la Cultura.
Estos fenómenos no tienen nada que ver, como pensó un analítico planteamiento racionalista, con el odio o la malicia de uno de los bandos. El Racionalismo siempre mira hacia abajo; simplemente vio un grupo de individuos en ambos bandos. Si esos individuos se mataban los unos a los otros, era a causa del deseo de esos individuos en ese particular momento de matarse entre sí. El Racionalismo no comprendió siquiera el simple fenómeno orgánico de una multitud, y menos aún las más elevadas formas de pueblo, raza, nación, Cultura. Nunca se les ocurrió a los liberales que ya que esas tensiones se habían manifestado siempre a través de 5.000 años de historia, debía haber una necesidad que actuaba. Los liberales no podían comprender el instinto, el ritmo cósmico, el latido racial. Para ellos, un alboroto racial era una manifestación de falta de "educación", de "tolerancia". Un pájaro volando por encima de un disturbio callejero lo hubiera comprendido mejor que los materialistas, porque éstos voluntariamente adoptaron el punto de vista del gusano de tierra y se aferraron a él con determinación.
Esos excesos no sólo no son el resultado de la malicia o el odio, sino que lo contrario es lo verdadero: las manifestaciones de "buena voluntad" y "tolerancia" sólo aumentan en realidad la tensión entre grupos totalmente ajenos, y lo hacen más mortal. Al enfocar la atención sobre las diferencias entre grupos marcadamente ajenos, estas diferencias se convierten en contrastes y se aceleran los disturbios. Cuanto más íntimo sea el contacto entre los dos grupos, más insidioso y peligroso se hace el odio mutuo.
Teóricamente, suena perfecto decir que si cada individuo es "educado" en la "tolerancia" no pueden haber tensiones raciales o culturales. Pero los individuos no son el sujeto de esta clase de acontecimientos; los individuos no provocan estas cosas; quien lo hace son las unidades orgánicas que incitan a los simples individuos. El proceso, en sus comienzos, no tiene nada que ver con la conciencia, el intelecto, la voluntad, ni siquiera con los sentimientos. Todos ellos entran en juego únicamente como una manifestación de defensa de la Cultura contra la forma vital extranjera. Ni el odio inicia el proceso, ni la "tolerancia" lo detiene. Esta especie de raciocinio aplica la lógica de la mesa de billar a los organismos supra-personales. Pero la lógica está, aquí, fuera de lugar. La Vida es irracional, e igualmente lo son cada una de sus manifestaciones: nacimiento, crecimento, enfermedad, resistencia, auto-expresión, Destino, Historia, Muerte. Si deseamos mantener la palabra lógica debemos distinguir entre lógica inorgánica y lógica orgánica. Lógica inorgánica es pensamiento de causalidad; lógica orgánica es pensamiento del Destino. La primera es iluminada, conocedora, consciente; la segunda es rítmica e inconsciente. La primera es la lógica de laboratorio de los experimentos físicos; la segunda es la lógica viviente de los seres humanos que llevan a cabo esta actividad, y que de ninguna manera son asequibles, en sus vidas, a la lógica que aplican en sus talleres.
- II -
El más trágico ejemplo de parasitismo Cultural na sido, en Occidente, la presencia de una parte de una nación de la Cultura Arabe, esparcida a través de todo su territorio. Ya hemos visto el contenido enteramente diferente de la idea de nación en esa otra Cultura. Para ella, las naciones eran Estado, Iglesia y Pueblo, todo en uno. La idea del hogar territorial era desconocida. El hogar estaba donde estaban los creyentes. Perteneciente y creyente eran ideas intercambiables. Esta Cultura había llegado a su fase de Ultima Civilización mientras que nuestro Occidente Gótico apenas emergía de la fase primitiva.
Dentro de los pequeños vilorrios no habían ciudades de un Occidente que se despertaba, esos cosmopolitas de los pies a la cabeza construyeron sus ghettos. El pensamiento financiero, que le parecía diabólico a un Occidente profundamente religioso, era el punto fuerte de estos supercivilizados extranjeros. El préstamo a interés estaba prohibido por la Iglesia a los cristianos, y ello permitió que los extranjeros alcanzaran un monopolio: el del dinero. La Judengasse [46] llevaba un adelanto de un milenio en su desarrollo cultural respecto de su entorno.
La leyenda del Judío-Errante surgió por este tiempo, expresando el sentimiento de inseguridad que el Occidental experimentaba en presencia de este extranjero sin tierra, que se encontraba en casa en cualquier parte, aún cuando a Occidente le parecía que no se sentía en casa en parte alguna. Occidente comprendía tan poco de su Torah, Mishnah, Talmud, Kabalismo y Yesirah, como el judío de su Cristiandad y su Filosofía Escolástica. Esta mutua incapacidad para comprenderse generó sentimientos de extranjería, temor y odio.
El odio del Occidental por el Judío tuvo una, motivación religiosa, no racial. El Judío era el pagano, y con su vida civilizada e intelectualizada le parecía mefistofélico, satánico, al Occidental. Las crónicas de esos tiempos nos hablan de los horrores producidos por esos dos grupos radicalmente extraños entre sí. Hubo una matanza de judíos en Londres en el día de la Coronación de Ricardo I en 1189. El año siguiente, 500 judíos fueron asediados en el castillo de York por el populacho, y para escapar de su furia, resolvieron degollarse los unos a los otros. El Rey Juan encarceló a los judíos, les arrancó los ojos o los dientes y mató a centenares de ellos en 1204. Cuando un judío londinense obligó a un cristiano a pagarle más de dos chelines semanales por un préstamo de veinte chelines [47] las turbas se soliviantaron y 700 judíos perdieron la vida. Los cruzados, durante siglos, mataron a poblaciones enteras de judíos cuando se detenían en su camino hacia Palestina y Asia Menor. En 1278, 267 judíos fueron ahorcados en Londres, acusados de falsificar moneda. La epidemia de la Muerte Negra, en 1348, [48] fue atribuida a los judíos y el resultado fueron matanzas de judíos en toda Europa. Durante 370 años, los judíos no pudieron residir en Inglaterra, hasta ser readmitidos por Cromwell.
Aunque la motivación de esos excesos no era racial, el caso es que era creadora de raza. Lo que no destruyó a los judíos los hizo más fuertes, alejándolos aún más de los pueblos anfitriones, tanto física como espiritualmente. Durante varios siglos, en nuestra historia Occidental, los problemas y aconcimientos que originaron una excitación fundamental en Occidente no afectaron al judío, hombre sin problemas, cuya vida interior había llegado a la fosilización con la consumación de la Cultura que creó la Iglesia-Estado-Pueblo-Nación Judíos. Vacíos eran, para él, los conflictos del Imperio con el Papado, la Reforma, la Epoca de los Descubrimientos. Sólo se ocupó de ellos como espectador. Lo único que le preocupaba era en qué podían afectarle a él. Nunca se le ocurrió la idea de tomar parte en ellos, o de sacrificarse por un bando determinado. Los ingleses en la India adoptaban la misma actitud con respecto a las diferencias entre la población indígena.
En los ghettos esparcidos por toda Europa, todo era uniforme: las regulaciones alimenticias; la dualista ética talmúdica, una para los goyim y otra para para los judíos; el sistema legal; los secretos; los filacterios; el ritual; el sentimiento. Sus sectas Sufitas y Hasiditas, su Kabalismo, sus líderes religiosos como Baal Shem, su Zaddikismo, son completamente ininteligible para los Occidentales. Y no sólo ininteligibles sino desprovistos de interés. El Occidental estaba absorbido por los intensos conflictos de su propia Cultura, y no observó excepto en aquello que le concernía directamente la vida del judío que moraba en sus tierras.
La Cultura Occidental no se ocupó del Judío como un fenómeno Cultural hasta que llegó el siglo XX, extrovertido y sensible a los hechos. En los tiempos Góticos, hasta la Reforma, lo vio como un pagano y un usurero; en la Contra-Reforma como un taimado negociante; en la Ilustración como un civilizado hombre del mundo; en la Epoca del Racionalismo, como un luchador en la vanguardia de la liberación intelectual contra las limitaciones impuestas por la Cultura y sus tradiciones.
El siglo XX se apercibió, por primera vez, de que el Judío tenía su propia vida pública, su propio mundo hasta sus más nimios detalles. Se dió cuenta de que la extensión de perspectiva era equivalente a la suya en amplitud y en profundidad, y por consiguiente extranjera en un sentido total; algo que nunca se había sospechado hasta entonces. En los siglos precedentes el punto de vista de Occidente con respecto al Judío había estado limitado por su etapa de desarrollo en un momento determinado, pero con la llegada el siglo XX y su perspectiva universal, la totalidad de lo que ha sido llamado "el problema judío" es observado por vez primera. No se trata de raza, ni de religión, ni de ética, ni de nacionalidad, ni de lealtad política, sino de algo que incluye a todo esto, algo que separa al Judío de Occidente: la Cultura.
La Cultura abraza la totalidad de la perspectiva mundial: ciencia, arte, filosofía, religión, técnica, economía, erótica, derecho, sociedad, política. En cada rama de la Cultura Occidental el Judío ha desarrollado sus propios gustos y preferencias, y cuando interviene en la vida pública de los pueblos Occidentales, se conduce de una manera diferente, es decir, actúa con el estilo de la Iglesia-Estado-Nación-Pueblo-Raza Judíos. Esta vida pública fué invisible para Occidente hasta el siglo XX.
Como todas las naciones que se encuentran al final de su Civilización como los hidúes, chinos, árabes la nación Judía adoptó el sistema de castas. Los brahamanes en la India, los Mandarines en China, el Rabinato en el Judaísmo, son tres fenómenos correspondientes. Los Rabinos eran los custodios del Destino de la unidad judía. Cuando los librepensadores aparecieron entre los judíos, fue deber de los Rabinatos locales impedir la eclosión de un cisma. En el caso de Uriel da Costa, un librepensador judío de Amsterdam, la Sinagoga local lo encarceló y lo sometió a tan extremas torturas que finalmente se suicidó. Spinoza fué excomulgado por la misma Sinagoga, e incluso se llegó a atentar contra su vida. Se intentó sobornarle para que retornara al Judaísmo, y cuando rehusó fue maldecido y se pronunció anatema contra él. En 1799, el líder de la secta Hasidim en la Judería Oriental, Salman, fué entregado por el Rabinato al Gobierno de los Romanoff después de haber sido juzgado por su propio pueblo, de la misma manera en que la Inquisición Occidental entregaba a los herejes convictos al brazo secular para que dispusiera de ellos.
El Occidente contemporáneo no se dio cuenta de esos fenómenos, y tampoco los hubiera comprendido, en cualquier caso. Vió a todo lo que era judío con sus propios prejuicios, de la misma manera en que los judíos vieron lo Occidental en términos de su adelantada perspectiva.
Los Parsis en la India son otro fragmento de la Cultura Arabe esparcido entre un grupo extranjero. Los Parsis poseían, con relación a sus circundantes humanos la misma superior perspicacia para los negocios que los judíos en el primitivo Occidente. Su vida interna era totalmente diferente de la de los pueblos que les rodeaban. Sus intereses eran totalmente diferentes en todos los aspectos. En los alborotos y revueltas ocurridos durante la dominación británica, los Parsis se inhibieron por completo.
De la misma manera, la Guerra de los Treinta Años, las Guerras de Sucesión, el conflicto entre los Borbón y los Haubsburgo, no afectaron en modo alguno al Judío. Las diferencias en la fase de las Culturas crean un aislamiento Cultural completo. La actitud del Judío con respecto a las tensiones Occidetales fué idéntica a la de Pilatos en el proceso contra Jesús. Para Pilatos, la alternativa religiosa que allí se ventilaba resultaba completamente incomprensible. Él pertenecía a una Civilización que se hallaba en su última fase, mil años alejada de la excitación religiosa de su propia Cultura.
No obstante, con los escarceos del Racionalismo en Occidente, se produce una ruptura en la vida colectiva de la fracción del Judaísmo instalada en la Cultura Occidental.
- III -
Hacia 1750 empezaron a producirse nuevas corrientes espirituales en Occidente. La Filosofía sensualista asume la ascendencia sobre el alma europea. Razón, empirismo, análisis, inducción; este es el nuevo espíritu. Pero todo se convierte en locura cuando se examina a la luz de la razón divorciada de la fe y el instinto. Erasmo había demostrado en su malicioso libro "El elogio de la Locura" que todo es locura, y no solamente la codicia, la ambición, el orgullo y la guerra, sino la Iglesia, el Estado, el matrimonio, el tener hijos y la filosofía. La supremacía de la Razón es hostil a la Vida, y provoca una crisis en todo organismo que sucumbe ante ella.
La crisis Cultural del Racionalismo fue un aspecto del Destino de Occidente. Todas las Culturas precedentes la habían sufrido. Marca el punto culminante que señala el tránsito de lo interno de la Cultura a la vida exteriorizada del alma de la Civilización. La idea focal del Racionalismo es la libertad; lo que significa libertad contra las trabas de la Cultura. Napoleón liberó a la guerra del estilo de Fontenoy, en 1745, donde cada bando invitó cortesmente al otro a disparar el primer tiro. Beethoven liberó a la Música de la perfección de las formas de Bach y Mozart. El Terror de 1793 liberó a Occidente de la idea de la sacralidad de la Dinastía. La filosofía materialista lo liberó del espíritu de la religión, y entonces el ultra-Racionalismo procedió a liberar a la ciencia de la filosofía. Las olas de la revolución liberaron a la Civilización de la dignidad del Estado y sus altas tradiciones. La guerra de clases representó la liberación del orden social y la jerarquía. La nueva idea de la "humanidad" y los "derechos del hombre" liberaron a la Cultura de su viejo orgullo de la exclusividad y el sentimiento de inconsciente superioridad. El Feminismo liberó a las mujeres de la natural dignidad de su sexo y las convirtió en hombres inferiores.
Anarchais Cloots organizó una delegación de "representantes de la raza humana" que presentó sus respetos al Terror revolucionario en Francia. Había chinos con coleta, negros etíopes, turcos, judíos, griegos, tártaros, mongoles, indios, barbudos caldeos. No obstante, en realidad no eran más que parisienses disfrazados. Este desfile tuvo, pues, en los comienzos del Racionalismo, una doble significación simbólica. Primeramente simbolizó la idea de Occidente que ahora deseaba abrazar a toda la "humanidad", y en segundo lugar, el hecho de que se tratara de Occidentales disfrazados dio un índice exacto del éxito que este entusiasmo intelectualizador podía alcanzar.
El Judío, naturalmente, había previsto estas cosas. La persecución no disminuye la inteligencia ni la percepción de lo circundante. Ya en 1723 los judíos habían adquirido el derecho de poseer tierras en Inglaterra, y en 1753 obtuvieron la ciudadanía británica, que les fué revocada al año siguiente año a petición de todas las ciudades. En 179I fueron emancipados en Francia, y en 1806 el Gran Sanedrín fue convocado por el Emperador Napoleón que reconoció, así, oficialmente, la existencia de la Nación-Estado-Pueblo Judíos en Occidente.
Sólo una cosa impidió que la nueva situación fuera tan idílica como lo hubiera deseado el nuevo sentimiento liberal. Ochocientos años de robos, odios, matanzas y persecuciones por ambas partes habían generado entre los judíos tradiciones de odio contra Occidente, más fuertes aún que el viejo odio Occidental contra el Judío. En su nuevo estallido de generosidad y magnanimidad, Occidente renunció a sus viejos sentimientos, pero el Judío fué incapaz de adoptar una actitud recíproca. Ochocientos años de resentimiento no iban a ser olvidados ni liquidados por una resolución de buenos augurios de año nuevo formulada por Occidente. Se hallaban opuestas unidades orgánicas suprapersonales, y esas unidades superiores no comparten con los seres humanos cosas como la razón y el sentimiento. Su tarea vital es dura y colosal, y excluye sentimientos de "tolerancia" excepto como un síntoma de crisis. En una gran batalla de esta índole, los seres humanos son, en última instancia, meros espectadores, aún cuando jueguen un papel activo. La malicia humana y el deseo de revancha juegan el papel más pequeño y superficial en tales conflictos, y cuando aparecen, son la simple expresión, en lo individual, de la superior incompatibilidad, profunda y total, entre las ideas suprapersonales.
Los nuevos movimientos capitalismo, revolución industrial, democracia, materialismo fueron tremendamente excitantes para el Judío. Ya a mediados del siglo XVIII, se había dado cuenta de sus potencialidades y había promocionado el crecimiento de las mismas por todos los medios. Su posición de intruso le obligó a actuar en secreto y las sociedades secretas de los Iluminados y sus derivados fueron creaciones suyas, tal como demuestran su terminología cabalística y su bagage ritualista. Más de las dos terceras partes de los miembros de los Estados Generales que prepararon el camino de la Revolución Francesa en 1789 eran miembros de esas sociedades secretos, cuya misión era minar la autoridad del Estado e introducir la idea de la democracia. El Judío aceptó la invitación de Occidente a participar en su vida pública, pero no pudo renunciar a su identidad de la noche a la mañana, de manera que a partir de entonces tuvo dos vidas públicas, una ante Occidente y otra ante su propia Nación-Estado-Pueblo-Iglesia-Raza.
Con el hundimiento de las viejas tradiciones Occidentales ante el asalto de las nuevas ideas, el Judío avanzó lentamente. Los Rothschild llegaron a ser lo que hubiera parecido simplemente fantástico a ambas partes un siglo antes barones del imperio austríaco en 1822. Los judíos lograron acceso a los tribunales ingleses en 1833, y un judío fué ennoblecido por la Reina el primero en 1837. Occidente accedió a la dualidad del Judío y un estatuto concedido en el noveno año del reinado de Victoria permitió que los judíos elegidos para cargos municipales pudieran ser exceptuados de la obligación del juramento. A partir de los años 1840 los judíos fueron apareciendo a menudo como miembros del Parlamento y un Judío llegó a ser Lord Mayor de Londres en 1855. En cada ocasión los elementos tradicionales de Occidente se opusieron, pero cada vez el Judío alcanzó el triunfo. El experimento de la "tolerancia" estaba fracasando visiblemente por ambas partes.
El poder e importancia que el Judío iba ganando fue claramente demostrado por el incidente del niño Mortara. Este niño fué arrebatado por la fuerza a sus padres judíos por el arzobispo de Bolonia en 1858, amparándose en que había sido bautizada por una sirviente. Ese mismo año el Gobierno Francés, oficialmente, exigió la devolución del niño a sus padres. El año siguiente, el arzobispo de Canterbury, y diversos obispos, nobles y caballeros de Inglaterra firmaron una petición, presentada por Lord Russell pidiendo la devolución de la custodia del niño.Las persecuciones continuaron. Hubo alborotos en Bucarest, en 1866; en Roma, en 1864; en Berlín, en 1880; y en Rusia a lo largo de todo el siglo XIX e incluso del siglo XX. Las persecuciones en Rusia fueron un indicativo de la fuerza del Judío en las naciones Occidentales. Protestas peticiones, comités, se multiplicaron con el objeto de aliviar la situación de los judíos de Rusia. El pogrom de Ucrania, tras la guerra Ruso-Japonesa, en 1905, fué causa de que el gobierno americano rompiera las relaciones diplomáticas con Rusia.
El odio o la intolerancia no explican en manera alguna los desafortunados resultados producidas por la dispersión de los judíos entre las naciones Occidentales. El odio por ambas partes fue un mero resultado. Cuanto más se hablaba de tolerancia, más se llamaba la atención sobre las diferencias, agudizándolas hasta convertirlas en contrastes. Los contrastes condujeron a la oposición y a la acción, por ambas partes.
Tampoco constituye una explicación reprochar al Judío por no haber logrado asimilarse. Esto es culpar a un hombre por ser él mismo, y la noción de ética no abarca lo que uno es, sino lo que uno hace. El "problema judío" no puede explicarse éticamente, racialmente, nacionalmente, religiosamente, socialmente, sino sólo totalmente, culturalmente. Si antes, en cada fase de su vida Cultural, el hombre de Occidente sólo había podido ver el aspecto del problema judío que le permitía su propio desarrollo, ahora puede ver la relación completa, puesto que su propia unidad Cultural es predominante en el hombre Occidental. En los tiempos Góticos, vió al Judío diferente sólo en la religión, porque Occidente se hallaba entonces en una fase religiosa. En la Ilustración, con sus ideas de "humanidad", el Judío fué contemplado como un ser socialmente diferente. En el materialista siglo XIX, con su racismo vertical, el Judío fué considerado como un ser racialmente diferente, y nada más. En este siglo, cuando Occidente pasa a ser una unidad de Cultura, nación, raza, sociedad, economía, Estado, el Judío aparece claramente en su propia unidad total, un extranjero interno, total, al alma de Occidente.
- IV -
El materialista siglo XIX vió este fenómeno del parasitismo Cultural solo como un parasitismo nacional, y así fué mal comprendido en cada nación como una simple condición local. Por esa razón, el fenómeno llamado, en cada país, antisemitismo, fué sólo una reacción parcial contra lo que era una condición Cultural y no meramente nacional.
El antisemitismo es precisamente análogo en la Patología Cultural a la formación de anticuerpos en la corriente sanguínea en la patología humana. En ambos casos, el organismo está resistiendo a la Vida extranjera. Ambas son expresiones del Destino, inevitable, orgánicamente necesarias. Al desarrollar lo que le es propio, el Destino combate a lo ajeno, extranjero. No se repetirá nunca demasiado que el odio y la malevolencia, la tolerancia y la buena voluntad no tienen nada que ver en absoluto con este proceso fundamental. Una Cultura es un organismo, un organismo de una clase diferente del humano, de la misma manera que el hombre constituye un organismo de una clase diferente de los animales. Pero los fundamentos de la vida orgánica se hallan presentes en todos los organismos, de cualquier clase, planta, animal, hombre, Cultura. Esta jerarquía de los organismos es, obviamente, una parte del plan divino, y no se puede ser modificada por un proceso de propaganda, por continuada y machacona, por "tolerante", auto-renunciante o auto-engañadora, por completa que sea.
Un tratamiento del antisemitismo suscita cuestiones que pertenecen más a la Distorsión Cultural que al Parasitismo Cultural, de manera que debe bastar con decir aquí que el antisemitismo repetimos: de la misma manera que los fenómenos patológicos humanos de la formación de los anticuerpos en la sangre es el otro aspecto de la existencia del parasitismo Cultural, y sólo puede ser comprendido como uno de sus efectos. El antisemitismo es completamente orgánico e irracional, igual que la reacción contra las enfermedades. El parasitismo Cultural es el fenómeno de lo totalmente extranjero en coexistencia con un anfitrión, y es también enteramente irracional. No hay ninguna razón para el parasitismo Cultural.
Al contrario, la Razón parecería dictar que el grupo extraño se disolviera y circulara entre la vida que le rodea. Esto terminaría con todas las amargas persecuciones, el odio estéril, la inútil lucha. Pero la Vida es irracional, incluso en la Edad del Racionalismo. De hecho, la única manera en que el Racionalismo puede aparecer en escena es en la forma de una religión, una Fe, una Irracionalidad.
El fenómeno del parasitismo Cultural no queda confinado en una Gran Cultura, al solar patrio de la Cultura. Esto aparece muy claramente en la historia de América.
América se originó como una colonia de la Cultura Occidental. Esta frase encierra en sí misma todo el Destino de América. Fija anticipadamente los límites de sus potencialidades. La idea de Colonia debe ser examinada. ¿Qué es una Colonia? Es la creación de una Cultura, es una tarea; por su mera implantación afortunada es algo espiritualmente completo. Esto es otro modo de decir que no posee necesidad interna, ni misión. Depende, así, para su nutrición espiritual, de la Cultura Madre. Esto es tan verdadero para América en la Cultura Occidental como lo fue para Siracusa y Alejandría en la Clásica, o para Granada y Sevilla en la Arabe. Si bien es cierto que impulsos fructíferos pueden, aunque raramennte, surgir en la periferia del Cuerpo Cultural, es en el Centro Cultural en dónde encuentran su significación y su desarrollo. Esta dependencia espiritual de las colonias es debilidad. Esta debilidad queda reflejada en la falta de resistencia al extranjero Cultural, y es lógico esperar encontrar menos resistencia orgánica al extraño Cultural en una colonia porque el sentido de la misión Cultural no se halla generalmente presente, sino que existe únicamente en individuos aislados o, como máximo, en pequeños grupos. La historia de las colonias nos demuestra Siracusa es un ejemplo de ello que las crisis Culturales, incluso las autopáticas como la aparición del Racionalismo, producen mayores efectos en ellas. Una colonia puede ser más fácilmente desintegrada, porque le falta la articulación que tiene la Cultura. No hay, no puede haber, un estrato portador de Cultura en una Colonia. Este estrato es un órgano de la Gran Cultura enraizada en el suelo patrio. La Cultura no puede ser transplantada, aún cuando sus poblaciones emigren y permanezcan en contacto con el cuerpo de la Cultura. Las colonias son producto de una Cultura y representan la Vida a un nivel menos complejo y articulado que la Cultura creadora.
La comprensión de este hecho elemental ha sido siempre, aunque de manera inconciente, totalmente completa en América, y en el siglo XX ha sido, de manera igualmente vehemente, concientemente negada. Los escritores americanos del siglo XIX asimilaron internamente la Cultura Occidental, y fueron asimilados por ella. El fenómeno de Edgar Poe ha maravillado siempre a causa de su completo dominio del pensamiento Cultural y su total independencia de su medio ambiente colonial. En sus ramas más elevadas, la literatura americana ha figurado como parte de la literatura inglesa, y además muy correctamente. La pobreza e insignificancia de las letras americanas es atribuible a su destino colonial, mientras que sus escasos grandes nombres son expresivos de la Cultura Occidental.
En los dos últimos siglos, americanos de todas las profesiones, que eran, o deseaban ser, hombres de importancia, han tenido su centro de gravedad en Europa; Irving, Hawthorne, Emerson, WhistIer, Frank Harris, Henry James, la plutocracia financiera, Wilson, Ezra Pround. Es una tradición americana que una visita a Europa sea una parte de la educación. Europa continuaba poseyendo espiritualmente a los elementos americanos con sentimientos de Cultura o ambiciones Culturales.
En toda generalización sobre un asunto orgánico, sólo se busca aseverar la gran regularidad. Las desviaciones siempre existen en la materia viva, pero sólo encuentran su lugar con respecto a los ritmos más amplios. El pensamiento racionalista trató de desintegrar al pensamiento orgánico concentrando en los incidentes desviatorios, en su tentativa de destruir al grandioso, arrebatador ritmo orgánico. Ni siquiera tuvo la suficiente profundidad para comprender la sabiduría que contiene el proverbio "la excepción confirma la regla".
A pesar de que denegar su dependencia espiritual con respecto a Europa llegó a ser una moda en América después de su aparición como poder mundial tras la guerra de España, en 1898-1899, el hecho continuó existiendo. Ahora no nos sorprendemos cuando un hecho Cultural muestra su desdén por los deseos, intenciones, exigencias y declaraciones humanas. América es un sujeto que necesita ser tratado por separado, ya que la enfermedad Cultural de Occidente le ha dado una nueva significación en la política mundial. En este lugar, la presencia del parasitismo Cultural en América es el único aspecto tomado en consideración.
- V -
Desde principios del siglo XVII hasta comienzos del siglo XIX, la trata de esclavos introdujo millones de aborígenes africanos en América. Estos formaron, durante el siglo XVIII y la primera parte del siglo XIX, un amplio, prolífico y totalmente extranjero cuerpo parásito. Es un buen ejemplo del significado cultural del término parásito, que no se refiere al trabajo en un sentido económico. Así, los africanos, en América, eran económicamente importantes y, después de que una determinada economía fué edificada sobre ellos, o con su participación, eran necesarios en un sentido práctico. La lucha de clases convirtió en moda referirse a todas las personas que no fueran trabajadores manuales como "parásitos". Ese era un término polémico, y no tiene relación alguna con el fenómeno del parasitismo Cultural. El negro en América fué la expresión del parasitismo Cultural a pesar de su utilidad económica.
El primer resultado de la presencia de tal cuerpo parásito Cultural nos es conocido. Quitó el puesto a hombres blancos, todavía por nacer, en América. Al llevar a cabo una parte de la tarea vital, hizo innecesario el nacimiento de millones por nacer, y así esta gran masa de africanos redujo la población de América en un diez por ciento, porque en la actualidad, 1948 ya hay 14.000.000 de africanos en una población total de 140.000.000. La manera materialista de moda para explicar este desplazamiento de población en América consiste en decir que los blancos no desean traer hijos al mundo para que compitan económicamente con los negros y su más bajo nivel de vida. Naturalmente, la obsesión económica lo explica todo económicamente, pero los hechos de las tendencias de población demuestran que la población de una unidad orgánica siguen un sendero vital que puede ser incluso descrito matemáticamente. Es enteramente independiente de la inmigración, de los deseos de los individuos, y de las explicaciones inorgánicas que se den a este hecho. El desplazamiento de la población por nacer es Cultural, es decir, total, y no puede ser completamente explicado mediante la economía.
La mentalidad colonial, más profundamente desintegrada por la crisis racionalista, ha sido incapaz de oponer una defensa efectiva contra el progresivo desplazamiento de la población blanca, el vehículo de la adhesión de América a Occidente, por los africanos. Con igual incapacidad para comprender o para oponerse, América no ha resistido cuando la retaguardia de la Cultura Arabe, que se hallaba esparcida por todo el Occidente incluso en sus orígenes Culturales, ha asumido proporciones numéricamente más importantes y ha desempeñado un papel mucho más amplio que el que tuvo jamás en Europa.
Hacia 1880, los judíos iniciaron lo que Hilaire Belloc adecuadamente calificó como una invasión de los Estados Unidos. Bastan las cifras para demostrarlo. Aún cuando no puedan ser dadas con exactitud, a causa del hecho de que las estadísticas de inmigración americanas sólo reflejan los orígenes legales, es decir: la nación de procedencia legal, podemos aproximarnos a ellas mediante un estudio de las cifras de población americanas, así como del promedio de nacimientos judíos. Esto es típico: en la total incongruencia entre dos Culturas diferentes; un movimiénto de masas de los miembros de una en el seno de la otra puede occurrir ¡sin dejar huellas estadísticas! Al inmigrante se le preguntaba dónde había nacido. Esto lo determinaba todo en el materialista siglo XIX. Se suponía que esto determinaba su lengua, que a su vez se suponía que determinaba su nacionalidad. Y finalmente se suponía que la nacionalidad predeterminaba todo lo demás. Culturas petrificadas o muertas India, China, el Islam, el Judaísmo eran consideradas "naciones" en el sentido Occidental de la palabra. En la forma, el Racionalismo era definidamente una religión, pero una caricatura materialista, sin sangre, de la verdadera religión. La Religión se dirige propiamente a lo más grande y más alto de la espiritualidad del hombre, pero el Racionalismo intentó convertir cosas como la economía, el Estado, la sociedad, la nación, en el sujeto de su propia incumbencia religiosa.
América inició su existencia política independiente como una criatura del Racionalismo. Sus políticos dieron, externamente, su adquiescencia a la proposición de que "todos los hombres son creados iguales", e incluso dijeron que esto era "auto-evidente". Llamarlo auto-evidente, y evitarse así tener que demostrarlo, era más fácil, y tal vez más inteligente, que intentar una demostración. La prueba hubiera estropeado lo que era, de hecho, un dogma de Fe y se hallaba así por encima de la Razón. La religión del Racionalismo dominó América de una manera que nunca pudo dominar a Europa. Europa siempre opuso resistencia al Racionalismo basándose en la tradición hasta mediados del siglo XIX, y después en la anticipación del futuro espíritu racionalista del siglo XX como ejemplificaron Carlyle y Nietzsche. Pero América no tenía tradición y por otra parte los impulsos Culturales y los fenómenos impulsores de la Cultura de donde irradian hacia afuera, de la misma manera que la religión racionalista de América vino de Inglaterra, a través de Francia.
América adquirió incluso su propia sección del Judaísmo desde Europa, donde había obtenido su filosofía materialista, y sucumbió ante ella. Esto no era una coincidencia. Se esparció rápidamente entre la población judía de Europa la noticia de que el antisemitismo no podía amenazarles en América, y que otras oportunidades, tales como la económica, eran iguales a las que podía ofrecer Europa al Judío. Esto era perfectamente correcto y constituía un tributo de perspicacia al instinto colectivo judío. América representaba, indudablemente, a finales del siglo XIX, las mejores posibilidades para el Judío. Desde 1880 hasta 1950, aproximadamente recuérdese, no existen cifras exactas de cinco a siete millones de judíos llegaron a América. Procedían, mayoritariamente, de la sección Oriental, o Askenazi, de la Judería.
En la actualidad, los judíos en América deben llegar a una cifra que oscila entre ocho y doce millones. No puede darse una cifra exacta, porque no queda reflejada en ninguna estadística y debe deducirse de las estadísticas religiosas y del estudio del promedio de nacimientos. En todo caso, es una cifra considerable y desplaza de la existencia a su propio número de americanos. El escritor americano Madison Grant, en 1916, describió la manera en que el americano de pura cepa estaba siendo expulsado de las calles de Nueva York por las hordas de judíos. Los llamaba judíos "polacos", de acuerdo con la vieja costumbre de atribuir a los judíos una nacionalidad Occidental. Así, los Occidentales solían distinguir entre judíos ingleses, judíos alemanes, y demás. Era forzoso que la Civilización Occidental en esa etapa viera a las gentes externas a la Civilización de acuerdo con su propia imagen.
América, que era el país más completamente desintegrado por el Racionalismo, fué el que menos comprendió la naturaleza del judío, mientras que en Europa, incluso en el Racionalista siglo XX, hubo siempre gentes que se dieron cuenta de la total extranjería del judío; hemos dicho total, no meramente política. Pero en América, con su completa ausencia de tradición, no había hombres como Carlyle, como de Lagarde. Así América decidió, a mediados de siglo XIX, que un chino nacido en los Estados Unidos adquiría exactamente la misma ciudadanía americana que un nativo blanco de origen europeo. Como es característico, la decisión no fué tomada de una manera responsable, sino a consecuencia de un pleito. Esto era la continuación de la costumbre americana de decidir las cuestiones políticas en una forma pseudo-legal. Resulta obvio que un régimen que no establecía diferencias entre chinos y americanos nativos no iba a oponer barreras al Judío. Y así, en 1928, el escritor francés André Siegfried, especialista en temas históricos y de política mundial, pudo decir que la ciudad de Nueva York tenía una catadura semítica. A mediados del siglo XX todavía se había ido más lejos, y Nueva York, la mayor ciudad de América, y tal vez del mundo, era casi medio judía por su población.
- VI -
América, con su falta total de resistencia espiritual, derivada de la ingerente debilidad espiritual de una colonia, se convirtió en el anfitrión de otros grandes grupos culturalmente parásitos. El período de densa inmigración, que se había iniciado poco antes de comienzos del siglo XX, y en el cual empezaron a llegar los judíos, trajo también muchos millones de eslavos balcánicos. Sólo entre 1900 y 1915, llegaron a América 15.000.000 de inmigrantes procedentes de Asia, Africa y Europa. Venían sobre todo de Rusia, el Levante Mediterráneo y los países balcánicos. De la Civilización Occidental llegó un buen número de italianos, pero el resto del material humano no procedía de Occidente. Estas millones de personas, precisamente por su importancia numérica; crearon fenómenos de parasitismo Cultural. Individualmente, algunos miembros de esos grupos se integraron en el sentimiento americano, pero los grupos continuaron existiendo como tales. Esto quedó demostrado por la existencia de una prensa diaria para cada grupo en su propia lengua, en la unidad de los grupos para finalidades políticas, en su centralización geográfica, y en la exclusividad social de dichos grupos.
Cuando examinamos la naturaleza de la Raza, vimos que los Eslavos podían ser, y han sido, asimilados por las poblaciones Culturales de Europa. Dos rasgos distinguen la relación americana con los Eslavos, y explican por qué estos han retenido su existencia de grupo, aún cuando se hallaran rodeados por una población americana bajo la influencia de la Civilización Occidental. Primeramente, el hecho de su estilo colonial de existencia significaba que América no podía imprimir a los pueblos huéspedes la profunda huella de la idea Cultural, como hubieran podido hacerlo las naciones Occidentales en el suelo patrio. En segundo lugar, las enormes masas, alcanzando varios millones, crearon por su mismo volumen, una condición patológica en el organismo americano. Incluso si estos millones hubieran tenido antecedentes Occidentales, tales como franceses o españoles, hubieran igualmente creado un grupo políticamente parásito. Naturalmente, tal grupo se hubiera eventualmente disuelto, pero en el proceso de su integración hubiera ejercido un efecto distorsionador sobre la política americana. Los grupos eslavos, por otra parte, en masas de millones a cuyos líderes se les concedieron facilidades para soldar el grupo en una firme unidad, sólo se disolverán muy lentamente, y aún ello no puede asegurarse totalmente, en la masa de la población americana, en las presentes condiciones.
América tiene otros grupos parásitos menores, cada uno de los cuales desplaza a americanos por nacer, y provoca el desafortunado despliegue de odio y resentimiento que desperdician y tuercen la vida suprapersonal. Hay un grupo japonés, varios grupos levantinos y el grupo ruso.
Superficialmente, podría parecer que el caso de América milita contra la visión del siglo XX sobre la Raza, ya expuesta, pero realmente ello no es así. El ejemplo americano no sirve de criterio para Europa, ya que, siendo una colonia, es un área de baja sensibilidad Cultural, y, paralelamente, con menos fuerza Cultural y poder de asimilación. En otras palabras, su poder de adaptación es más pequeño que el del suelo patrio.
El caso de América no es un caso de asimilar demasiado: es un caso de asimilar demasiado poco. Los grupos extranjeros, ya se trate de grupos políticamente extranjeros, tales como el de un grupo Occidental dentro de otra nación Occidental, o totalmente extranjeraos, como el Judío dentro de un anfitrión Occidental, sólo son parásitos mientras continúan siendo grupos. Cuando se disuelven, la totalidad de la población asimiladora ha aumentado. El hecho de que este aumento proceda de una inmigración y no de un incremento del promedio de nacimientos de la población nativa carece de importacia. El simple hecho de que podían asimilarse nuestra que no eran extranjeros en un sentido parasitario.
Tampoco debe ignorarse al examinar el parasitismo Cultural en América que la población americana asimiló durante el siglo XIX muchos millones de alemanes, irlandeses, ingleses y escandinavos. La inmigración del siglo XX no procedía principalmente de esos países europeos, pero los que inmigraron de tales países se integraron por completo. En el caso de los inmigrantes alemanes e irlandeses, podemos decir que los ejércitos Yankis los emplearon en gran número, y con notable éxito, en la Guerra de Secesión; algo que nunca hubiera sido llevarse a cabo con grupos culturalmente extranjeros, Judíos o Eslavos, por ejemplo.
América ha sido descrita como un crisol. Esto no es verdad, ya que los grupos masivos de procedencia Culturalmente extranjera no se han "fundido", sino que han permanecido distintos. Los grupos no extranjeros culturalmente hablando se han asimilado enseguida es decir, en una generación y así, la visión del siglo XX sobre la Raza se aplica también a los hechos de la escena americana.
Estos grupos no asimilados comprenden entre un tercio y la mitad de la población de América. Parece que los grupos eslavos se van integrando lentamente, pero aún cuando desaparecieran por completo, los restantes grupos culturalmente parásitos presentarían aún una condición patológica de la máxima gravedad para América.
La anticuada visión del racismo vertical no puede deducir conclusiones del caso de América, porque lo que allí vemos no es una mezcla de razas, sino su no-mezcla. Todos los grupos parasitarios han perdido el contacto con sus antiguas patrias, pero no han adquirido nuevas conexiones espirituales. Sólo el Judío apátrida, que lleva consigo la Nación, la Iglesia, el Estado, el Pueblo, la Raza y la Cultura ha preservado sus antiguas raíces.
El fenómeno del parasitismo Cultural, aún cuando divorciado de la Etica, no está fuera del reino de la Política. No sirve de nada hablar de grupos culturalmente extranjeros en términos de elogio o crítica, odio o "tolerancia".
Guerras, disturbios, matanzas, destrucción, todo el despilfarro de los conflictos domésticos sin sentido, todos los fenómenos que inevitablemente surgen cuando un anfitrión soporta a un parásito Cultural, persisten mientras perdura la condición patológica.
El parasitismo Cultural, al provocar fenómenos de resistencia, produce un efecto doblemente nocivo en el cuerpo de la Cultura y sus naciones. La fiebre es un signo de resistencia a la enfermedad, aún cuando sea la parte salvadora. Los fenómenos de resistencia como el anti-niponismo, el antisemitismo y el anti-negrismo de América son tan indiseables como las condiciones que están combatiendo. Paralelamente, el antisemitismo europeo no tiene valor positivo y puede, en caso de ser exagerado, desarrollar facilmente otro tipo de patología Cultural, esa condición agravada que puede proceder también del parasitismo Cultural bajo ciertas premisas, concretamente, la Distosión Cultural.
- I -
El poderoso Destino de una Gran Cultura tiene el mismo poder sobre el organismo de la Cultura que el destino de la planta tiene sobre la planta y el destino humano sobre un ser humano. Este poder, vasto e internamente innegable no es, empero, absoluto. Es orgánico, y un organismo es una relación de algo interno con algo externo, de un microcosmos con un macrocosmos. Mientras que ninguna fuerza interna puede prevalecer contra el destino del organismo, fuerzas externas pueden, a veces en todos los planos de la vida traer enfermedad y muerte al organismo. Los microorganismos que penetran en el cuerpo de un hombre producen la enfermedad en razón del hecho de que sus condiciones de vida son enteramente diferentes de las del hombre. El bienestar de aquellos significa la ruina de éste. Son una fuerza exterior, aún cuando actúan desde dentro del organismo humano. Exterior es, aquí, un término espiritual, y no espacial. Lo exterior es lo que tiene una existencia por separado, independientemente de lo que pueda ser físicamente. Todo lo que tiene un mismo Destino es uno; lo que tenga otro Destino es otro. No es la geografía lo determinante, sino la espiritualidad. En la guerra un traidor dentro de la fortaleza puede ser tan valioso al ejército asaltante como la mitad de sus propios soldados. El traidor es externo, aunque se halle dentro.
La Vida es el proceso de la realización de lo posible. Pero la Vida es multiforme, y los organismos, al realizar sus propias posibilidades, destruyen a otros organismos. Los animales devoran las plantas, las plantas se destruyen entre sí, los seres humanos aniquilan a especies enteras y matan a millones de animales. Las Grandes Culturas, por el hecho de su simple existencia evocan impulsos negativos en las poblaciones exteriores. Los que no comparten este sentimiento de Cultura, que confiere una indiscutida superioridad a sus poseedores, instintivamente quieren aniquilarla. Cuanto más poderosa es la presión de la Gran Cultura sobre las poblaciones externas, más nihilista es el sentimiento negativo que toma forma en las sub-poblaciones. Cuanto más se extiende geográficamente la expansión Cultural, más se esparce por todo el mundo la externa voluntad aniquiladora entre los pueblos extra-Culturales. Las formas vitales son hostiles entre sí; la realización de una significa la muerte de otras mil. Esto es otra manera de decir que la Vida es lucha.
Una Gran Cultura no es una excepción a esta gran regla vital. Su existencia destruye otras formas, y por otra parte, a través de su entera existencia, se halla comprometida en una batalla por la existencia contra el exterior. Desde este elevado punto de vista, la tentativa de distinguir entre ofensivo y defensivo, agresivo y resistente, se ve claramente que carece de sentido. Es una argucia pseudo-legal de brujos racionalistas, perdidos en el hiper-intelectualismo y hostiles a la Vida. Defensa es agresión; agresión es defensa. La cuestión de quién golpea primero en una guerra se halla en el mismo nivel de quién golpea primero en un combate de boxeo. El siglo XX deja de lado toda esta jerga, toda esta estupidez, hipocresía y malabarismos legalistas mientras se encamina hacia un siglo de guerrra, la más tremenda e implacable de todas las guerras hasta hoy. Pero cuando deben encerrarse en su más decisivo período de prueba, el período que exigirá cada fibra de sus reservas espirituales y cada átomo de sus recursos físicos, se encuentra gravemente enfermo. Está padeciendo una Distorsión Cultural.
La Distorsión Cultural es la condición en la cual formas vitales externas apartan a la Cultura de su verdadera senda vital. De la misma manera que una enfermedad humana pueda dejar a un hombre "fuera de combate", también puede lograrlo una Enfermedad Cultural con respecto a una Cultura y esto es precisamente lo que le sucedió a Occidente a principios del siglo XX. El concepto de la Distorsión Cultural debe ser claramente comprendido por la Civilización Occidental.
Ya se ha visto que la palabra externo no tiene un significado geográfico cuando se usa en el terreno de lo orgánico. El fenómeno de la Distorsión Cultural es el resultado de fuerzas externas en acción dentro del cuerpo de la Cultura, participando en su vida y su política pública, dirigiendo sus energías hacia problemas que no tienen relación con su tarea interna, y torciendo sus fuerzas, físicas y espirituales, hacia problemas extraños y extranjeros.
Si nos detenemos a pensar un momento veremos la imposibilidad de que una enfermedad Cultural tal aparezca durante la época de la estricta Cultura, antes de la llegada de la Civilización. En aquellos días las formas de la Cultura en todas las direcciones de la Vida estaban tan altamente desarrolladas que no solamente requerían espíritus altamente dotados para dominarlas, sino que ellas dominaban a esos espíritus en el mismo proceso. Ningún pensador, artista u hombre de acción europeo hubiera podido, en el siglo XVII, haber intentado enfocar la energía europea en el pensamiento, arte o formas de acción asiáticas. Tal cosa ha podido existir como una posibilidad imaginativa, pero es dudoso que hubiera sido posible en la realidad. En cualquier caso, no ocurrió durante 800 anos en Occidente, excepto en sus rudimentarios comienzos. No podemos imaginar a Cromwell, Oxenstierna o a Oldenbarneveldt preocupándose de la restauración de la dinastía Abbassida en Asia Menor, o con la expulsión de los usurpadores manchúes de las ruinas de la petrificada China. Pero si un estadista europeo hubiera conseguido derivar la energía Occidental hacia una empresa así, totalmente extraña y estéril, hubiera sido una Distorsión Cultural. Si un artista hubiera logrado variar el estilo Occidental de pintura al óleo en el estilo de la pintura lineal egipcia, o de la escultura clásica, esto hubiera sido también una Distorsión Cultural. Futuros volúmenes de filosofía de la historia Occiental en los siglos XX y XXI descubrirán completamente los efectos superficialmente distorsionadores en arquitectura, literatura y teoría económica, de la manía clasicista introducida por Wincklemann en el siglo XVIII.
También mencionarán las innumerables distorsiones derivadas del parasitismo Cultural, durante el periodo racionalista 1750-1950, de los diversos aspectos vitales de Occidente, artísticos, religiosos, filosóficos, científicos y en el reino de la acción. Esta obra se ocupa de la acción, y se dirige especialmente Futuro, es decir, hacia los próximos cien años.
En la exposición de la articulación de una Gran Cultura, se vió que no toda la población del área Cultural es aprovechable para la Idea. Esto es completamente exclusivo de los fenómenos parasitarios. El elevado, psiquicamente más sensible, estrato que porta la Idea de la Cultura y la traduce en una progresiva realización es completamente útil a la Idea, pero esa utilidad disminuye progresivamente conforme se desciende por el cuerpo de Cultura. Hacia abajo significa, naturalmente, no económicamente o socialmente, sino espiritualmente. Así, un hombre del más bajo estrato espiritual posible puede encontrarse en una posición elevada, como el monstruo Marat. Tales individuos no pertenecen a otra Cultura, ni siquiera a una Cultura muerta del Pasado, y aparentemente son miembros de la Cultura, pero en sus almas desean destruir toda vida formativa. Sus motivos no importan, pero su tendencia es obvia.
Tales individuos que constituyen un amplio y completo estrato durante esos siglos se hallan, simplemente, por debajo de la Cultura. Se expresaron en Inglaterra en las revueltas de Wat Tyler y Jack Cade en las guerras de campesinos del siglo XVI en Alemania; en el Terror Francés de 1793 y en la "Commune" de 1871. Cuando Alemania existió como una nación del siglo XIX, este estrato por debajo de la Cultura fué conocido como der Deutsche Michel [49]. Los fenómenos de este tipo no deben de ser confundidos con el parasitismo Cultural. Gentes como las integrantes del "elemento Michel" que existen en toda Europa y no solamente en la primera nación alemana se hallan simplemente por debajo, pero no son, por sí mismas, extrañas. Son una parte orgánica de cada Cultura, pero el parasitismo se desarrolla en ellas sólo fortuitamente, y no necesariamente. El "elemento Michel" de una Cultura no es una patología, y no es, por sí mismo, una amenaza. Su único peligro consiste en que es utilizable por la voluntad aniquiladora, ya surja ésta endopáticamente, como en el Liberalismo, la Democracia, el Comunismo, o exopáticamente, como en el caso de las fuerzas extra-europeas que trajeron, en la Epoca de las Guerras Mundiales, el punto más bajo de la Civilización Occidental.
En esa situación, el "Michel" europeo mostró sus potencialidades destructoras. Una parte adoró el primitivismo del vandalismo ruso, la otra la enfermedad espiritualmente corruptora del Hollywoodismo. Sólo gracias a este estrato-Michel europeo las fuerzas extra-europeas consiguieron dividir a Europa, física y espiritualmente. Este Michel europeo, con su adhesión a lo informal, provocó la derrota de Europa ante el Bárbaro y el Falseador. En su odio supremo por la grandeza y la creatividad, incluso se permitió crear movimientos militares en el interior de Europa para sabotearla y trabajar por la victoria militar del Bárbaro durante la Segunda Guerra Mundial.
Después de la Guerra, el elemento Michel se dió cuenta de que, después de todo, su Destino se hallaba ligado con las fuerzas creativas de la Cultura, pues fue, justamente con el cuerpo colectivo de Europa, perseguido, robado y reducido al hambre, en los estertores de la victoria de los bárbaros y los falseadores.
- II -
El Destino de un organismo vivo no debe ser confundido con la idea, enteramente opuesta, de la predestinación. Esta última es una idea causal, tanto en su forma religiosa del Calvinismo, como en su forma materialista del mecenismo y el determinismo. El Destino no es una necesidad causal, sino una necesidad orgánica. La Causalidad es una forma de pensamiento, pero el Destino es la forma de lo viviente. La Causalidad pretende una necesidad absoluta, pero el Destino es sólo necesidad interna, y cada niño que muere accidentalmente es una prueba de que el Destino está sujeto a incidentes externos. El Destino simplemente dice; si esto debe de ser, será de esta manera, y no de otra. Cada hombre está destinado a crecer, pero muchos no realizarán este destino. Nadie podrá pretender que comprende la idea del Destino si lo considera como una especie de causalidad escondida, una forma de predestinación.
Al comienzo de este tratamiento del sujeto del Vitalismo Cultural se dijo que si las fuerzas extra-Culturales hubieran tenido éxito, tras la Segunda Guerra Mundial, en su tentativa de destruir a todo el estrato portador de Cultura de Europa, este estrato hubiera de nuevo aparecido en un plazo de treinta a sesenta años. La afirmación era, naturalmente, hipotética, pues la destrucción no ocurrió. El mero hecho de que alguien está escribiendo esto y alguien lo está leyendo es una prueba de que no lo consiguieron.
La base de esa afirmación era el tremendo y juvenil vigor de una Gran Cultura. Occidente tiene un Futuro, y este Futuro debe ser internamente realizado. Internamente se diferencia de externamente, ya que el hecho de que Occidente realice sus potencialidades externas es tanto materia de Incidente como de Destino.
El Futuro interno de Occidente contiene nuchos desarrollos necesarios, tales como el Renacimento de la Religión, el logro de nuevas cumbres en la técnica y la química, la perfección del pensamiento legal y administrativo, y otros. Todo esto podría llevarse a cabo bajo una ocupación permanente de bárbaros de otros continentes. El más grande, el más poderoso aspecto de la Vida, el de la acción, de la guerra y la política se expresaría a sí mismo en tal régimen, en una inexorable, continua, amarga revuelta contra el Bárbaro. En vez de plantar la bandera de Occidente en las antípodas, se limitaría a intentar libertar el suelo sagrado de Occidente de las pezuñas del primitivo. No era pues un pensamiento de predestinación causal cuando se dijo que el estrato portador de Cultura se reconstituiría aún cuando cada uno de sus miembros contemporáneos fuera legalmente asesinado.
Esa afirmación implicaba el siguiente dilema: o bien Occidente realiza su tremendo Destino mundial de Imperialismo ilimitado y Absoluto, o de lo contrario toda su energía se empleará en guerras sobre el suelo europeo contra el extranjero y los elementos europeos que éste consiga enrolar a su servicio. Como es válido para todas las guerras, el odio está disociado de la necesidad de este proceso. Las guerras no se producen por odio, sino por ritmos orgánicos. La elección no es entre Guerra y Paz, sino entre una guerra para promover la Cultura y una guerra para distorsionarla, o torcerla de su rumbo natural.
Si Europa permanece bajo fuerzas extranjeras, éstas enviarán a sus soldados a un cementerio, porque la grandeza de Occidente no puede ser anulada por una montaña de propaganda, por ejércitos masivos de "soldados" ocupantes, ni por millones de traidores del estrato Michel. Durante dos siglos fluirán corrientes de sangre, independientemente de los deseos de cualquier ser humano. Está en al naturaleza de los organismos supra-personales expresar sus posibilidades. Si no pueden hacerse de un modo, lo harán de otro. Esta idea recluta a los hombres y sólo los licencia cuando mueren. No ejerce un derecho legal sobre ellos, ni una adhesión formal, ni una amenaza de tribunal militar; su reivindicación sobre ellos es total. Es un reclutamiento selectivo; cuanto más elevadas son las cualidades de un hombre, más fuertes es el vínculo que la Idea le impone. ¿Qué pueden, los bárbaros y falseadores, oponer a esto? Contra sus asesinos esclavos rusos, sus salvajes negros, sus miserables reclutas "go home" de Norte América, Europa opone su imbatible superioridad suprapersonal. Europa se halla en el comienzo de un proceso histórico mundial; el final no se vislumbra. Cuándo se logrará si llega a lograrse el éxito completo no se puede predecir. Tal vez antes del final, las fuerzas exteriores habrán movilizado a los enjambres de pululantes masas de China y la India contra el cuerpo de la Civilización Occidental. Esto no afectaría a la continuación del conflicto, sino sólo a su tamaño.
Es absolutamente necesario para la continuación de la subyugación de Europa que los extranjeros dispongan de importantes números de europeos asequibles al cumplimiento de sus propósitos; sociedades secretas, grupos, estratos, remanentes de naciones moribundas del siglo XIX. Contra una Europa unida nunca hubieran podido vencer y sólo contra una Europa dividida pueden mantenerse. ¡Dividid! ¡Resquebrajad! ¡Distinguid!... he aquí la técnica de la conquista. Resucitar viejas ideas, viejos eslogans, ahora completamente muertos, en la batalla para conseguir que los europeos luchen entre sí. Pero trabajar siempre con el débil estrato sin Cultura contra los fuertes portadores y apreciadores de la Cultura. Estos deben ser "juzgados" y colgados.
La disposición del sub-estrato de la Cultura en beneficio de fuerzas exteriores es una clase la más peligrosa de esa forma de patología Cultural llamada Distorsión Cultural. Está fuertemente relacionada, no obstante, con otra clase llamada Retraso Cultural.
RETRASO CULTURAL COMO FORMA DE LA DISTORSION CULTURAL
En el estudio de la articulación de una Cultura, apareció la incesante batalla entre Tradición e Innovación. Esto es normal, y acompaña a la Cultura desde la unión feudal hasta el Cesarismo, desde la catedral Gótica hasta el rascacielos, desde Anselmo [49] hasta el filósofo de esta época, desde Schütz hasta Wagner. La interminable lucha se desarrolla dentro de la forma de la Cultura y no es así, una forma enfermiza, porque incluso el conflicto en sí mismo se ha fundido estrictamente, en cada caso, en el molde de la Cultura. A nadie se le ocurrió, durante el periodo 1000-1800, cuando participaba en una batalla contra otra idea Occidental, que debía impedir su realización incluso a costa de la destrucción de la Cultura. Para ser específicos, ninguna potencia y ningún estadista europeo hubiera entregado toda Europa al Bárbaro sólamente para derrotar a otra potencia o estadista. Al contrario, cuando el Bárbaro aparecía ante las puertas de Europa, toda Europa se le enfrentaba, como cuando finalmente se unieron todos sus pueblos para luchar contra el Turco en el momento de mayor peligro. Tras la derrota del ejército europeo en Nicopolis a principios del siglo XV, el Sultán Osmanly Bayazid juró que no descansaría hasta haber convertido la Catedral de San Pedro en un establo para sus caballo. En ese periodo de la historia Occidental eso no podía suceder. Esta sumisión total de Occidente ante las fuerzas extrañas de la aniquilación debió esperar hasta mediados del siglo XX.
Esta solución sólo se produjo porque ciertos elementos en Occidente prefirieron arruinar a toda Europa antes que permitirle a Europa que pasara a la siguiente etapa Cultural, la del Resurgimiento de la Autoridad.
Un fenómeno histórico de esa magnitud no aparece en un momento. Los comienzos de esta terrible división de Occidente se hallan en los orígenes del Racionalismo. Ya en las guerras de la Sucesión Austríaca surgió una nueva ferocidad que presagiaba la división que llegaba. En esa guerra, los aliados realmente planearon el completo reparto del territorio de la nación-Cultura Prusia. Debían participar en tal reparto Suecia, Austria, Francia y Rusia. Es cierto que durante el régimen de los Romanov, desde el siglo XVII al XX, Rusia figuró como Estado y una Nación de estilo Occidental. No obstante surgieron abiertos recelos por ambas aprtes, pues había una diferencia entre repartirse unas tierras en la frontera asiática, como Polonia, y compartir, con Rusia, una parte del suelo materno de Europa.
En al batalla de los dinásticos y los tradicionalistas contra Napoleón, la tendencia fue más lejos, y en 1815, en el Congreso de Viena, el Zar, con sus tropas ocupando media Europa pudo adoptar la "pose" de salvador de Occidente. Así, el Fürstenbund [49] e Inglaterra se hallaba en el límite de lo culturalmente patológico cuando llevaron su lucha contra un soberano Occidental, Napoleón, hasta el punto de admitir tropas rusas en capitales europeas. Era, no obstante, completamente evidente que el aspecto Occidental de Rusia era determinante en el asunto: el Fürstenbund y la Inglaterra de Pitt no hubieran admitido una Rusia nihilista o al Turco en Europa, como medio para derrotar a Napoleón y, luego, a si mismos.
Pero la tendencia no se detuvo allí: en la Primera Guerra Mundial entre dos naciones europeas ambas al estilo del siglo XIX Inglaterra y Alemania, Inglaterra nuevamente tomó a Rusia por aliado, y describió el despotismo de los Romanov como una "democracia" ante Europa y América. Afortunadamente para Occidente, hubo una contratendencia, y cuando los bolcheviques iniciaron su marcha contra Occidente después de la guerra, fueron rechazados por una coalición Occidental, a las puertas de Varsovia, en 1920. En el ejéricto anti-bolchevique había alemanes, franceses, ingleses, ayer enemigos, hoy unidos contra el Bárbaro. Incluso los americanos mandaron dos expediciones contra los bolcheviques, una a Arkangelsk, y otra a Siberia Meridional.
Durante el periodo de preparación de la Segunda Guerra Mundial, 1919-1939, pareció en varias ocasiones como si la guerra venidera fuera a tomar la forma de una lucha de ciertas potencias de Occidente pues Occidente se hallaba entonces dividido en una colección de pequeños Estados contra Rusia, mientras otros pequeños Estados permanecerían neutrales, proporcionando una ayuda económica. Esto pareció evidente en Junio de 1936 [50] cuando los estadistas de los cuatro principales de esos pequeños Estados firmaron un protocolo que preveía un acuerdo general entre ellos. Este protocolo nunca fue ratificado. No menos de veinte esfuerzos diferentes fueron hechos entre 1933 y 1939 por los portadores de la Idea del siglo XX con objeto de llegar a un acuerdo total con los dirigentes de los pequeños Estados que se hallaban aún en las garras de la Idea del siglo XIX, que ya entonces empezaba a manifestar el rigor mortis. Naturalmente, los elementos dirigentes del estrato portador de Cultura en estos pequeños Estados estaban en contacto con la nueva Idea, pero ciertos elementos se oponían en razón de su insensibilidad espiritual, su materialista superficialidad, su negativa envidia, sus firmes raíces en el Pasado y para citar en último lugar la razón más importante a causa de sus intereses materiales, a los que convenía la perpetuación del estilo decimonónico de la economía internacional y doméstica, de la cual sólo ellos se aprovechaban y por la que toda la Civilización Occidental sufría.
Estos últimos elementos decidieron permitir la división de Europa entre Asia y América antes que abrazar la Idea del Futuro de Occidente.
Cuando la lucha entre Tradición e Innovación, entre lo viejo y lo Nuevo, natural y normal en toda Cultura, alcanza este grado, ello es Patología Cultual. Esta forma de patología de la Cultura es definible por la intensidad del odio que muestra hacia el Futuro de la Cultura. Cuando los elementos conservadores llegan a odiar tan intensamente a los elementos creadores que son capaces de hacer cualquier cosa para provocar su derrota militar, llegan para ello a la auto-destrucción. Esto ya es una traición a la Cultura y se clasifica como una forma aguda de patología Cultural.
La impronta de esta enfermedad Cultural es únicamente una cuestión de grado. Toda nueva Idea en la Cultura ha debido vencer una oposición; en arquitectura, en música, en literatura, en economía, en la guerra y en el arte de gobernar. Pero hasta esta horrible erupción de la enfermedad Cultural en el siglo XX, la oposición a lo creativo no había nunca alcanzado una totalidad que sólo puede ser adecuadamente descrita como maníaca.
También fué un caso de patología Cultural la ruín y servil ayuda prestada durante la Segunda Guerra Mundial por este elemento sub-Occidental a las fuerzas parasitarias y bárbaras a las cuales se había voluntariamente sometido en su odio a Europa y a su Futuro. Con inolvidable deshonor entregó millones de soldados de Occidente a los salvajes rusos, para que desaparecieran para siempre en las tumbas anónimas de Siberia. Este elemento Michel cooperó con los Bárbaros y les ayudó entusiásticamente; cándidamente le descubrió todos sus secretos, pero este mismo Bárbaro aceptó toda la ayuda sin dar las gracias y la pagó con sospechas, sabotaje y odio.
El elemento Michel de Occidente sufrió con la derrota Occidental y su sometimiento al Bárbaro y al Falseador. La patología del Retraso Cultural tuvo en este caso trágicas consecuencias para los representantes del pasado tanto como para los del Futuro. De hecho, para los Michel del Pasado aún fué más tragico, porque en la lucha entre el Pasado y el Futuro, el Pasado está sentenciado. Eventualmente, la Idea del Futuro triunfará internamente, incluso si su Destino externo es frustrado. El Mecanismo en política dará paso al Futuro, de la misma manera que el Mecanismo en biología hace ya tiempo que desapareció. La idea de unos individuos detentando poder sobre gigantescas economías de organismos suprapersonales está sentenciada a muerte, y esta es una de las cosas que los elementos sub-Occidentales, que odiaban el Futuro, deseaban salvar para sí. El Materialismo, su perspectiva mundial, ha dado paso, doquiera en Occidente, al escepticismo histórico, que a su vez dará paso al misticismo y al Renacimiento de la Religión. Lo máximo que han logrado salvar de la destrucción general es una acumulación de pequeñas ventajas personales para sí mismos. Para mostrarles su agradecimiento, el Bárbaro y el Falseador les han nombrado comisionados suyos en Europa. ¡Cuan simbólico fue que los títeres que fueron colocados en las antaño importantes posiciones de Europa tras la Segunda Guerra Mundial eran todos unos ancianos! Eran viejos, biológicamente hablando, pero espiritualmente tenían doscientos años de edad, arraigados en el muerto pasado parlamentario. No les importaba a los nuevos jefes de Europa que a esos funcionarios jubilados les faltara vigor y creatividad: precisamente por esa razón fueron escogidos. Cualquiera que demostrara poseer algún vigor era cuidadosamente dejado de lado por los nuevos jefes. La letargia unida a la oratoria fué preferida a la voluntad de realización sin la charlatanería patriotera del siglo XIX.
Este es el resultado del Retraso Cultural. Sin él, las fuerzas exteriores nunca hubieran conseguido triturar la flor de la Cultura Occidental bajo las pezuñas de su primitivismo y estupidez. No obstante, sólo jugó un papel subordinado. El estudio de la patología de otras formas vitales orgánicas, vegetales, animales y humanas, ofrece numerosos ejemplos de simultaneidad de enfermedades, en las cuales el daño hecho por una promueve la expansión de la otra. La simultaneidad de la pneumonía y la tuberculosis en el organismo humano es sólo un caso entre muchos. La más seria enfermedad que desarrollaba su curso al mismo tiempo que el Retraso Cultural, y que fué promovida por éste último fué una agravación del parasitismo Cultural, que se convierte en distorsionador de la Cultura cuando el parásito toma una parte activa en la vida de la Cultura.
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NOTAS
[35] William Walker, aventurero norteamericano que ayudó con su ejército privado de mercenarios a una de las facciones políticas de Nicaragua y llegó a ser jefe del Ejército de aquel país. Cuando, tras largas peripecias, iba a alcanzar la presidencia, las tropas inglesas de Belice le hicieron prisionero y lo entregaron a los nicaragüenses, quienes lo fusilaron en 1860. ( N. del T.)
[36] El autor alude evidentemente al periodo así bautizado de la Revolución Francesa, instaurado por los miembros más influyentes de la Convención, presididos por Robespierre. Se extendió desde el 31 de Mayo de 1793 hasta el 27 de Mayo de 1794. (N. del T.)
[37] Podemos traducirla, aproximadamente, al castellano por: especial habilidad de adaptar la conducta a las circunstancias del momento ( N. del T.)
[38] "Fellaheen", plural de "Fellah", significa "campesino" en árabe. (N. del T.)
[39] En francés, en el texto; "espectáculo terrible y ridículo. (N. del T.)
[40] En el año 1694, y la causa de la creación de ese banco fué un prestamo de 1.200.000 libras que le hizo Manasseh-ben-Israel, también llamado Ali-ben-Israel, a Guillermo III de Inglaterra (N del T.)
[41] Rialto: Famoso puente de un barrio de Venecia, donde se reunía la mejor sociedad. (N. del T.)
[42] En alemán, en el texto; "Nataniel el Sabio". (N. del T.)
[43] Alusión a los abusos de la Revolución Francesa. Fue un judío, Marat, quien radicalizó la represión de los llamados reaccionarios, arrastrando tras de sí al psicópata de Robespierre. También fueron judíos los fiscales-verdugos del tribunal revolucionario: Almereyde y Clioderlos de Laclos, así como el carcelero del Delfín, Simón. Un pintor judío, David, fue el artista de la Revolución.
[44] Los Arameos eran una confederación de tribus que hablaban una lengua semítica, entre los siglos XI y VIII antes de Jesucristo, en Aram (norte de Siria). Según el Génesis, los Arameos, mezclados con otros pueblos del desierto de Mesopotamia, son los judíos. (N. del T.)
[45] Mitrídates, rey,del Ponto Euximo (Anatolia), quiso sacar partido de las difíciles circunstancias por las que pasaba Roma e hizo degollar a cuantos romanos se hallaban en su reino, dando lugar a la guerra con el pueblo romano. Fue derrotado por Sila en la batalla de Queronea. (N del T.).
[46] "Judengasse", en alemán, literalmente: "calle de los judíos". En este caso, y por extensión, barrio judío. (N. del T.)
[47] Es decir, un interés anual de 520 0/0. (N. del A:)
[48] Plaga traída a Europa por lo genoveses (1347), que la contrajeron en el asedio de Feodosia (Crimea) por los tártaros de Kipchak-Kan. Se trataba de la peste bubónica transmitida por las pulgas de las ratas. Los tártaros catapultaban por encima de las murallas genovesas a sus hombres que habían muerto de esa enfermedad. Según el demógrafo francés Jean Froissant, en dos años pereció entre la mitad y dos tercios de la población de Europa (Encyclopedié Britannice, pag. 742). Europa no volvió á su nivel de población de 1347/48 hasta doscientos años después. Los judíos fueron hechos responsables de haber esparcido deliberadamente la epidemia al envenenar los pozos. (Encyclopedie Britannice-Tomo XVII, pag. 1942). (N. del T.)
[49] "Der Deutsche Michel", literalmente, el "el Miguel Alemán". Nombre dado genéricamente a los desaparrados de la guerras de campesinos del siglo, XVI, y atribuído luego, por extensión, como elemento "elemento Michel" a la chusma ciudadana. (N. del T.)
[49] San Anselmo, filósofo escolástico (1033-1109), arzobispo de Canterbury, nacido en Aosta. (N. del T.)
[49] Unión de Estados Alemanes. (N. del T.)
[50] El autor comete aquí un error de fecha. Los jefes de Estado de Inglaterra, Francia, Italia y Alemania se reunieron en Munich en 1938. (N. del T.)