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La Editorial

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AMÉRICA

 

"La batalla de América todavía no se ha llevado a cabo; y nosotros, lamentándolo, pero sin albergar duda alguna, le desearemos mucha fuerza. Nuevos pitones espirituales, muchos de ellos, enormes megaterios, horribles como ninguna otra cosa que hubiera nacido del barro, aparecen, enormes y asquerosos ante el Futuro crepuscular de América; y ella tendrá su propia agonía y su propia victoria, pero en unos términos diferentes de los que ella cree".
CARLYLE

"Las intelectualmente primitivas clases altas, obsesionadas como están con el pensamiento del dinero ¿manifestarán, de una vez, ante este peligro, fuerzas latentes que conduzcan a la construcción real de un Estado, y a la disposición espiritual para sacrificar posesiones y vidas, en vez de considerar la guerra como un medio para ganar dinero, como hasta ahora?".
SPENGLER

 

INTRODUCCIÓN

Hemos llegado al punto en que el método histórico-orgánico que ha sido desarrollado anteriormente debe ser aplicado al Futuro inmediato. El método de pensamiento ha sido perfeccionado, nos ha mostrado nuestra posición histórica, nuestras afinidades, aquéllo de lo cual estaremos para siempre internamente separados, nuestro imperativo interno orgánicamente necesario. Ahora será aplicado a lo que sucederá en el inmediato Futuro. Habiendo contestado el qué, todavía queda por ver el cómo. El primer paso en política práctica es la aseveración de hechos. El siguiente, la intuición de posibilidades. Esto es tan cierto en la política práctica de un arribista jefe de partido como en la de un gran estadista como Pitt, Napoleón o Bismarck. Los hechos y las posibilidades de la política Occidental en 1948 no pueden ser comprendidos sin un conocimiento completo de la significación y potencialidades de América.

Hasta ahora , este conocimento no ha existido en Europa. Ha llegado el momento en que todas las políticas, ideas y puntos de vista, deben referirse a los hechos. Prejuicios, fantasías, abstracciones e ideales están fuera de época, e incluso aunque no fueran ridículos, serían un lujo para una angosta, saqueada, ocupada Europa, que debe pensar claramente si debe recuperar la custodia de su propio Destino. Hasta la Segunda Guerra Mundial, el error y la confusión acerca de América era casi general en Europa. Era mayor en algunos países europeos que en otros, pero es útil distinguirlos, ya que Europa es una unidad a los efectos históricos mundiales, sea este hecho ampliamente apreciado, o no lo sea. Europa sufre como una unidad, pierde en guerras mundiales como una unidad, y cuando realice su propia unidad, podrá también vencer en guerras mundiales e imponer su imperativo interno en la forma del Futuro. Sólo hay una manera en que esta época pueda comprender los fenómenos, y sólo existe un método para que las unidades orgánicas descubran los secretos de su Pasado y de su Futuro: el método histórico-orgánico. El carácter y las potencialidades de América se encuentran en su historia. Las tesis del Vitalismo Cultural proporcionan los medios para comprender el significado — tanto para sí misma como para toda la Civilización Occidental — de la historia de América.

 

LOS ORÍGENES DE AMÉRICA

El Continente americano fue poblado por una inmigración individual. El mayor número de inmigrantes procedía de las razas nórdicas de Europa y se llevó a cabo durante el período 1500-1890. Durante el primitivo período Colonial (1500-1789), las condiciones de vida que debían soportar los colonos fueron rigurosamente extremas. El territorio interior estaba poblado por salvajes hostiles. El territorio seguro era una pequeña banda costera de unas 1500 millas de largo. Más allá se extendía la vasta, inexplorada y desconocida "frontera". Esta palabra, importante para la comprensión de las almas nacionales de las precedentes naciones de Europa, tuvo un significado completamente opuesto en América. En vez de un límite entre dos unidades de poder, se refería a una zona, vasta, peligrosa y casi vacía. Para ser incorporada sólo necesitaba ser conquistada, y en ese proceso, el enemigo mayor era la Naturaleza, más que los salvajes, pues en ningún caso se encontraban éstos altamente organizados. Así, América no desarrolló, en sus primeros siglos, la conciencia de tensión política que emana de una verdadera frontera.

Que un hombre penetrara o no, hacia el interior, para tomar tierras para sí, dependía sólo de su voluntad personal. Estos millones de kilómetros cuadrados no fueron desarrollados por acción estatal, sino por imperialismo individual. Este hecho es de la mayor importancia para la subsiguiente historia americana. En primer lugar, esos inmigrantes tenían, en general, la característica gótica de distancia y espacio que había dado a la Historia Occidental su peculiar intensidad. Fueran aventureros o refugiados religiosos, mercaderes o soldados, lo cierto es que abandonaron sus hogares europeos por una desconocida y peligrosa tierra de privaciones y condiciones primitivas. La forma en que debieron vivir perpetuó y desarrolló los instintos que los habían llevado allí.

Constituidos en pequeños grupos, esos primitivos americanos limpiaron la selva, construyeron fuertes y casas. Los labradores araron los campos con los rifles colgando al hombro. Las mujeres trabajaron en sus hogares con armas al alcance de la mano. Las características humanas estimuladas fueron la confianza en sí mismo, la inventiva, la bravura y la independencia.

Fueron naciendo ciudades a lo largo de la costa — Boston, Nueva York, Filadelfia — y en esas ciudades surgió en el siglo XVIII algo parecido a la sociedad, e incluso una especie de Enciclopedismo Americano.

Las primitivas colonias, en número de trece, fueron organizadas como partes independientes del Imperio Colonial Británico. La principal conexión con Inglaterra era la defensa que ésta proporcionó contra los franceses, cuyo Imperio colonial abarcaba el Canadá y parte del "hinterland" de las Colonias[51]. Con la derrota y expulsión de las tropas francesas del Canadá, en los años 1760, las fuerzas centrífugas de las colonias ganaron fuerza, y la política francesa ayudó por todos los medios a separar las colonias americanas de Inglaterra. Razones comerciales y políticas se hallaban presentes en la motivación de la Guerra Revolucionaria Americana, 1775-1783, pero lo aue más nos interesa ahora fue la ideología mediante la cual los enciclopetistas coloniales formularon sus fines de guerra. La mayoría de los propagandistas coloniales — Samuel Adams, Patrick Henry, Thomas Payne, John Adams, John Hancock, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin — habían vivido en Inglaterra y Francia y absorbido la nueva Idea Racionalista que había triunfado en la sociedad inglesa, y estaba conquistando entonces el Estado y la Cultura francesas. Los coloniales adoptaron la forma francesa de las doctrinas racionalistas, exigiendo los "Derechos del Hombre", más que los derechos de los americanos.

No fueron los ideólogos — como de costumbre — los que lucharon en la guerra. Fueron los soldados los que lo hicieron, y esa guerra fue la más difícil de las que América ha librado. La población total de las colonias era sólo de tres millones de habitantes, extendidos a lo large de la costa atlántica. Lo único que tenían en común era su oposición a Inglaterra y la esperanza de mutua independencia. Los ingleses eran más fuertes en el mar que los franceses, que ayudaban a los coloniales, y los ingleses no sólo enrolaron a salvajes en sus unidades combatientes, sino también alquilaron a tropas mercenarias procedentes del continente europeo. Gracias, sobre todo, a la ayuda prusiana y francesa [51] los coloniales tuvieron finalmente éxito al acabar la guerra sobre la base de su completa independencia de Inglaterra.

La guerra, además, fue también una guerra civil, y los líderes de la Revolución debieron practicar el terrorismo contra los elementos coloniales que deseaban permanecer leales a Inglaterra. Después de la guerra, la mayoría de éstos emigraron al Canadá, que continuó siendo inglés. Si la Revolución no hubiera triunfado los líderes coloniales hubieran sido colgados por traición, pero como tuvieron éxito hoy están considerados como los Padres Fundadores de América.

Gracias a un pequeño grupo de patriotas creadores — la Historia está siempre custodiada por una minoría — las trece colonias fueron articuladas en una unión federal. Los líderes que realizaron la unión fueron principalmente Washington, John Adams, Franklin, Pinckney, Rutledge y, por encima de todos, Alexander Hamilton, el mayor estadista que ha existido en América. Si este gran espíritu no hubiera actuado, la subsiguiente historia del continente americano habría sido la historia de una serie de guerras, que a estas alturas habrían llegado al punto de guerras de aniquilamiento y probablemente no habrían conseguido aún la unión del Continente.

La unión se hizo sobre la base de un estado federal, y la distribución del poder entre éste y los "Estados" componentes fue expresada en un documento escrito, una "Constitución". Las teorías políticas francesas de moda en aquel tiempo habían desarrollado una oposición, que sólo existe en literatura, entre "el Estado" y "el individuo". La Constitución Americana, y también las diversas constituciones que fueron adoptadas por cada componente colonial, trataron de codificar esta "oposición" y catalogaron una serie de derechos individuales frente al Estado.

Nunca se ha hecho notar suficientemente cuán totalmente diferentes fueron estos acontecimientos comparados con los fenómenos contemporáneos en el territorio de origen de la Cultura. En las colonias, nunca había habido un Estado excepto de palabra. De aquí, que la Constitución representara un comienzo, y no una degeneración de la tradición con la tentativa de reemplazar la vieja forma del Estado por un pedazo de papel. En América no había tradición. Hamilton quería un Estado monárquico, en las líneas tradicionales europeas, pero la ideología racionalista y la propaganda eran demasiado fuertes para ser superadas y éstas exigieron una república.

Los "derechos individuales" que fueron proclamados en diversos documentos no presentaban analogía alguna con las condiciones europeas. Como nunca había habido un Estado en América, ni nunca había existido una frontera en el sentido europeo de la palabra, sólo habían habido "individuos". La tierra podía adquirirse solicitándola o instalándose en ella. Quien lo deseara podía, en cualquier momento, tomar su fusil e instalarse tierra adentro, viviendo allí como un granjero o un trampero. Así, la charla sobre los "individuos" no era nada nuevo, y además no presentaba paralelo alguno con condiciones europeas, toda vez que el Estado era la base de la vida de las personas en Europa. Sólamente porque existía un Estado en Europa podía el "individuo" vivir y prosperar. Si no hubiera existido un Estado prusiano, la mitad de la población de Europa habría sido sometida por los Eslavos [53].

Nunca había habido un Estado en América — lo más parecido a un Estado había sido el lejano gobierno inglés — y por lo tanto la ideología anti-estatal americana no negaba ningún hecho vital, sino que simplemente afirmaba el hecho del individualismo, que había nacido a consecuencia del vasto y vacío país. Estado es una unidad de oposición; no habían otros Estados en el Continente Norteamericano, y así no podía surgir ningún Estado Americano.

 

LA IDEOLOGÍA AMERICANA

Este individualismo orgánico fue formulado en constituciones escritas y en una literatura político-literaria. Es típico del espíritu de esta literatura la Declaración de Independencia. Como fragmentos de Realpolitik [54] este manifiesto de 1776 es magistral; apunta al Futuro, y abraza al Espíritu de la Epoca del Racionalismo, que era entonces predominante en la Cultura Occidental. Pero, en el siglo XX, la parte ideológica de esta declaración es simpemente fantástica; "Declaramos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que todos son dotados por su creador de derechos inherentes e inalienables; que entre éstos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para asegurar estos derechos, se instituyen los gobiernos entre los hombres, derivándose sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que cuando una forma de gobierno es contraria a estos fines, el pueblo tiene derecho a alterarlo o abolirlo, instituyendo un nuevo gobierno, que base su fundamento en unos principios y organice sus poderes de forma tal que sea la más efectiva para asegurar su seguridad y felicidad". Y continuó diciendo, refiriéndose a la Guerra de Secesión entonces en curso: "... nos encontramos comprometidos en una gran guerra civil, para demostrar que esta nación, o cualquier nación así concebida y así dedicada, puede sobrevivir".

Esta ideología continuó hasta mediados del siglo XX, e incluso después de la Primera y la Segunda Guerra Mundiales cuando predominaba una perspectiva totalmente diferente e incompatible, fue ofrecida al territorio de origen de la Civilización Occidental como un modelo a ser imitado. Sólo el éxito material, enteramente fortuito, que sonrió a las armas americanas, hizo posible que esta ideología sobreviviera en el decurso de un siglo que la había superado y, no porque es un instrumento para dividir y desintegrar a Europa, debe ser examinada aquí esta arcaica ideología.

La Declaración de Independencia está saturada del pensamiento de Rousseau y Montesquieu. La idea básica, como en todo el Racionalismo, consiste en establecer la ecuación de lo que debiera ser con lo que será. El Racionalisnio empieza por confundir lo racional con lo real, y termina por confundir lo real con lo racional. Este arsenal de "verdades" sobre la igualdad, derechos inalienables e inherentes, refleja el espíritu crítico emancipado, sin respeto por los hechos y la tradición. La idea de que los gobiernos son "instituídos" con un propósito utilitario, para satisfacer una demanda de hombres "iguales", y que esos hombres "iguales" dan su "consentimiento" a una cierta "forma" de "gobierno", y luego la suprimen cuando ya no sirve para este propósito, es pura poesía racionalista, y no corresponde a ningún hecho que haya ocurrido alguna vez en parte alguna. La fuente del gobierno es la desigualdad de los hombres: esto es un hecho. La naturaleza del gobierno es un reflejo de la Cultura, la Nación, y la etapa de desarrollo de ambos. Así, cualquier nación puede tener una de las dos posibles formas de gobierno: un gobierno eficiente o un gobierno deficiente. Un gobierno eficiente lleva adelante la Idea de la nación, y no la "voluntad de las masas", ya que ésta no existe si la dirección es eficiente. El liderazgo se hunde, no cuando "el pueblo" racionalmente decide abolirlo, sino cuando tal liderazgo llega a un grado de decadencia que se socava a sí mismo. Ningún gobierno, en ninguna parte, esta "fundado" en "principios". Los gobiernos son la expresión de instintos políticos, y la diferencia de instintos entre los distintos pueblos es la fuente de la diferencias en su práctica del gobierno. Ningún "principio" escrito afecta la práctica del gobierno en los más mínimo, y para lo único que sirve es para enriquecer el vocabulario de las disputas políticas.

Esto es tan verdadero para América como para cualquier otra unidad política que haya existido en cinco milenios de historia de las Grandes Culturas. Contrariamente a cierto sentimiento mesiánico existente en América, ésta no es completamente singular. Su morfología y su destino pueden leerse en la historia de otras colonias, en nuestra Cultura, y en otras anteriores.

En la Declaración de Independencia, la referencia al gobierno cuyo propósito es asegurar la "seguridad" y la "felicidad" de la población es una tontería racionalista. Gobernar es el proceso de mantener en forma a la población para la tarea política, la expresión de la Idea de la Nación.

La cita de Lincoln refleja todavía la época del Racionalismo, y en la Europa de entonces aún se podía sentir y comprender tal ideología, pues aún cuando Estado, Nación y Tradición continuaban existiendo en Europa — aunque debilitados — siempre hubo resistencia a las ideologías racionalistas, fueran de la variedad de Rousseau, de Lincoln, o de Marx. Ninguna nación fue nunca "dedicada a una proposición". Las naciones son creaciones de una Gran Cultura, y en su última esencia son ideas místicas. Su llegada, sus individualidades, su forma, su marcha, todo, constituyen reflejos de altos desarrollos culturales. Decir que una nación está "dedicada a una proposición" es reducirla a una abstracción que puede ser plasmada en una pizarra para una demostración en una clase de Lógica. Esto es una caricatura de la Nación-Idea. Hablar de tal manera de una Nación es insultarla y rebajarla: nadie moriría nunca por una proposición lógica. Si tal proposición — que más allá de ser proclamada "evidente" — no es convincente, la fuerza armada no conseguirá que lo sea.

La palabra "libertad" es uno de los principales tópicos de la ideología americana. La palabra sólo puede ser definida negativamente como liberación de algún freno. Ni siquiera el más furibundo ideólogo americano aboga por una total libertad con respecto a cualquier forma de orden, y paralelamente, ni la más estricta tiranía ha deseado jamás prohibirlo todo. En un país "dedicado" a la "libertad" los hombres fueron sacados de sus casas bajo amenaza de la cárcel, fueron declarados soldados y mandados a las antípodas como medida de "defensa" tomada por un gobierno que no pidió el "consentimiento"de sus masas, sabiendo perfectamente que tal "consentimiento" habría sido rehusado.

En el sentido práctico, la libertad americana significa libertad ante el Estado, pero es obvio que esto es mera literatura, toda vez que nunca hubo un Estado en América, ni tampoco se sintió la necesidad de que existiera. La palabra libertad es, pues, meramente un concepto en una religión materialista, y no representa nada en el mundo de los hechos americanos.

En la ideología americana es también importante la Constitución escrita adoptada en 1789, como resultado de la labor de Hamilton y Franklin. Su interés por ella era práctico, ya que su idea consistía en unificar las trece colonias en una sola unidad. Como unión en sí no hubiera podido ser descrita como un gobierno, sino más bien como una anarquía reglamentada. Las ideas de la Constitución estaban inspiradas sobre todo en los escritos de Montesquieu. La idea de la "separación de poderes", particularmente, se debe a este teorizante francés. De acuerdo con dicha teoría, los poderes del gobierno son tres: legislativo, ejecutivo y judicial. Como todo el cristalino pensamiento racionalista, esto se vuelve oscuro y confuso cuando se aplica a la vida Real. Estos poderes sólo pueden separarse en el papel, pero no en la Vida. Nunca estuvieron realmente separados en América, aunque la teoría pretenda que sí lo estuvieron. Con la irrupción de una crisis interna en la tercera década del siglo XX, todo el poder del gobierno central fue abiertamente concentrado en el ejecutivo, y pronto se encontraron teorías para abonar este hecho, que continuó llamándose "separación".

Las diversas colonias conservaron la mayoría de los poderes que les interesaban: el poder de darse sus propias leyes, mantener una milicia y conducirse en estado de independencia económica con respecto a las otras colonias. La palabra "estado" ("State") fue escogida para designar a los componentes de la Unión y esto condujo a nuevas confusiones en el pensamiento ideológico, toda vez que las formas estatales europeas, en las cuales el Estado era una Idea, fueron tomadas como un equivalente de los "estados" americanos, los cuales eran, sobre todo, unidades territoriales económico-legales, sin soberanía, finalidad, destino, ni propósito.

En la Unión no había soberanía, es decir, ni siquiera la contrapartida legal de la Idea-Estado. El gobierno central no era soberano, como tampoco lo era ninguno de los gobiernos estatales. La soberanía estaba representada por el acuerdo de dos tercios de los estados y el legislativo central, o sea, dicho en otras palabras: una abstracción pura. Si hubieran habido cincuenta, o cien millones de eslavos, o incluso de indios, en las fronteras americanas, hubiera habido una noción diferente acerca de esas cosas. Toda la ideología americana presuponía la situación geopolítica de América. No habían potencias vecinas, ni poblaciones hostiles, fuertes, numerosas y organizadas. No habían peligros políticos... sólo un amplio territorio semi-vacio, apenas ocupado por salvajes.

También fue importante en la ideología americana el sentimiento de universalidad expresado en el citado discurso de Lincoln. A pesar de que la Guerra de Secesión no tuvo nada que ver con ninguna clase de ideologías y, en cualquier caso, la exposición razonada y legalista de los Sudistas era más consecuente que la idea Yanki. Lincoln se sintió obligado a inyectar una ideología en esa Guerra. El oponente no podía ser, simplemente, un rival político, que buscaba lograr los mismos poderes que el Yanki; debía ser un enemigo total, resuelto a destruir la ideología americana. Este sentimiento informó todas las guerras americanas a partir de entonces: todo enemigo político fue considerado ipso facto como un oponente ideológico, aún cuando el enemigo en cuestión no mostrara interés alguno en la ideología americana.

En la época de las guerras mundiales, esta tendencia a mezclar las ideologías con la política se extendió a escala mundial. La potencia que América escogía por enemiga era, forzosamente, enemiga de la "libertad", la "democracia", y todas las demás palabras, mágicas pero sin sentido, de la misma categoría. Esto condujo a extraños resultados. Cualquier potencia luchando contra la que América había gratuitamente escogido como enemiga se convertía ipso facto en una potencia amante de la "libertad". Así, la Rusia de los Romanoff y la Rusia Bolchevique fueron potencias amantes de la "libertad" en su momento.

La ideología americana llevó a América a considerar como aliados a países que no devolvieron el cumplido, pero el ardor americano no se enfrió por ello. Esta clase de política sólo puede ser considerada en Europa como adolescente y en verdad, toda pretensión de que los problemas y formas del siglo XX pueda ser descritos de acuerdo con una ideología racionalista del siglo XIX es , inmadura o, para decirlo más claramente, tonta.

En el siglo XX, cuando el tipo de ideología racionalista ya había sido descartado por la avanzada Civilización Occidental, la universalización americana de la ideología se volvió mesianismo: la idea de que América debe salvar al mundo. El vehículo de la salvación debe ser una religión materialista en la que la "democracia" tome el lugar de Dios, la "Constitución" el de la Iglesia, los "principios de gobierno" el de los dogmas religiosos, y la idea de la libertad económica el de la Gracia de Dios. La técnica de la salvación consiste en someterse al dólar o, en último caso, someterse a las bayonetas y a los altos explosivos americanos.

La ideología americana es una religión, tal como lo fue el Racionalismo del Terror francés, del Jacobinismo, de Napoleón. La ideología americana es contemporánea de ellos, y ellos están muertos. Tan completa e internamente muertos como lo está la ideología americana. Su principal utilidad en la actualidad — 1948 — reside en dividir a Europa. El elemento Michel europeo se aprovecha de cualquier ideología que prometa "felicidad" y una vida sin esfuerzo ni energía. De este modo la ideología americana no sirve más que para un propósito negativo. El Espíritu de una época pasada no puede proporcionar ningún mensaje a una época que la sigue, pero puede negar la nueva época e intentar retrasarla, distorsionarla y apartarla de su ámbito vital. La ideología americana no es un instinto, ya que no inspira ninguno. Es un sistema inorgánico, y cuando uno de sus dogmas molesta, es rápidamente descartado. Así, la doctrina religiosa de la "separación de poderes" fue expulsada de la lista de dogmas sagrados en 1933. Anteriormente, el dogma sagrado del aislamiento había sido abandonado en 1917, cuando América intervino en una Guerra de Occidente que no le concernía ni afectaba en absoluto. Resucitado después de la Primera Guerra Mundial, fue nuevamente descartado en la Segunda Guerra Mundial. Una religión política que de tal manerca enciende y apaga sus doctrinas sobrenaturales, no resulta convincente, ni desde un punto de vista político, ni desde un punto de vista religioso. La "Doctrina" de Monroe, por ejemplo, hizo saber, a principios del siglo XIX, que todo el hemisferio Occidental era una esfera de influencia imperialista americana. En el siglo XX, esto se convirtió en el estatuto especial de una doctrina esotérica, para uso doméstico, mientras que el dogma externo era llamado "política de buena vecindad".

La ideología de un pueblo no es más que vestimenta intelectual. Puede corresponder — o no — al instinto de ese pueblo. Una ideología puede ser cambiada de un día para otro, pero no el carácter de un pueblo. Una vez que éste ha sido formado, es definitivo e influencia a los acontecimientos más que a estos a él. El carácter del Pueblo Americano fue formado en la Guerra de Secesión.

 

LA GUERRA DE SECESIÓN, 1861-1865

No había en América una política en el sentido europeo de la palabra. La unión americana se formó antes de que se desarrollara el estilo de política interna del siglo XIX. Los partidos políticos en su última forma eran desconocidos para los autores de la Constitución. La palabra partido evocaba algo peligroso: fraccionalismo, cuasi-traición. George Washington, en su despedida de la vida pública, aconsejó a su pueblo en contra del "espíritu del Partido".

Pero los hombres ambiciosos siempre intentarán hacerse con el poder, incluso el limitado e irresponsable poder que puede detentarse dentro de los límites de una relajada federación. Cuando la tenencia del poder está limitada a unos cuantos años (cuatro años en la unión americana) el principal problema de la política interna consiste en permanecer en el poder. Cuando el poder ha sido obtenido mediante mayorías en elecciones, aparece y se desarrolla la ciencia de la "captación de electores". Los votantes deben ser organizados con objeto de que los líderes se perpetúen en la Administración, y la técnica de esa organización es el partido. La organización necesita fondos, y necesita ideales. Los ideales son para las masas votantes, y los fondos posibilitan su divulgación. Los fondos son más importantes porque son difíciles de obtener, mientras que ideales hay a montones. El hecho de que la organización de los partidos dependiera de un suministro de fondos engendró una situación en la cual los hombres ricos podían hacer que las organizaciones y los líderes de los partidos actuaran de la manera que a ellos les convenía. El nombre que se da a esa clase de gobierno es plutocracia, el dominio del dinero. Tal fue la forma americana de gobierno durante todo el siglo XIX, y así continuó hasta el año 1933.

Las fuentes de la riqueza de los hombres más ricos de América durante el periodo 1789-1861 fueron la industria y el comercio. Los más ricos se encontraban en los Estados del Norte, sede principal del comercio y la industria. Los Estados Unidos del Sur poseían una organización totalmente no plutocrática. La mitad de la población pertenecía a la raza africana y estaba mantenida en esclavitud por terratenientes y plantadores blancos. La esclavitud era menos eficiente que la industrialización desde un punto de vista capitalista, porque los esclavos gozaban de una seguridad completa — protección contra la enfermedad, el desempleo, la vejez — mientras que los trabajadores de las fábricas del Norte se hallaban completamente desprotegidos en ese aspecto. Esto dió al industrial nordista otra ventaja sobre el humanitarismo del propietario de esclavos. [55] El "costo de producción" del industrial era más barato. Los trabajadores de fábricas que perdían su trabajo por enfermedad o cualquier otra desgracia no eran una responsabilidad de los industriales; sólo tenían las desventajas de la esclavitud, mientras que los africanos de los Estados del Sur tenían también sus ventajas.

El Sur se hallaba, pues, menos movilizado económicamente que el Norte y, por consiguiente, necesitaba las manufacturas más baratas que existieran lo que significaba, en áquel tiempo, importar mercancías inglesas. La industria del Norte no podía competir bien con las importaciones de Inglaterra, y exigió para su protección unos elevados aranceles aduaneros. El tema arancelario fue el foco de una lucha política que duró las tres décadas que precedieron al desencadenamiento de la Guerra.

Cuando un conflicto, sea cual fuere la esfera vital de que deriva, alcanza la suficiente intensidad para convertirse en político, otros motivos acuden en su ayuda. Así, los ideólogos Yankis utilizaron la idea de la esclavitud e hicieron de ella un motivo para las masas de los estados Nordistas. La explotación laboral financiera de los capitalistas nordistas fue presentada como humanitarismo y el trato patriarcal del plantador Sudista fue descrito como crueldad, inhumanidad e inmoralidad. El aspecto ideológico de esta guerra fue un presagio de la futura conducta bélica americana.

La Guerra de Secesión estalló cuando los Estados del Sur — que formaban una unidad basada en un concepto de la Vida aristocrático y tradicional con una economía basada en la energía muscular — trataron de separarse de la unión que había sido capturada por el elemento Yanki. El territorio Yanki estaba organizado sobre una base financiera-industrial, y su economía se fundamentaba en la energía de la máquina. Durante tres décadas, el principal conflicto en la unión había sido el equilibrio del número de representantes en el gobierno central entre los Estados del Norte y los del Sur. El Sur se hallaba a la defefisiva ya que el Norte le superaba en riqueza, poder, y control del gobierno central.

Pero a causa de su tendencia aristocrática, el Sur había dado un desproporcionado número de oficiales al Ejército Central, y la mayor parte del material de guerra se hallaba en el Sur cuando estalló la Guerra. La heroica actitud anti-financiera del Sur le dio una inmensa ventaja en los campos de batalla ante los ejércitos Yankis, que habían sido inoculados con una propaganda bélica basada en la envidia hacia la superior vida del Sur. La Guerra fue una lucha — y no la última en la historia Occidental — entre la calidad y la cantidad. El Norte poseía todas las industrias de Guerra, la mayor parte de los ferrocarriles y una población útil para la guerra cuatro veces superior.

La debilidad material del Sur era demasiado grande para ser compensada por su superioridad espiritual en el campo de tatalla, donde su heroico espíritu obtuvo victoria tras victoria contra fuerzas numéricamente superiores. Por otra parte, el Sur no podía reemplazar sus pérdidas humanas mientras los Yankis sí podían hacerlo, utilizando sobre todo inmigrantes alemanes e irlandeses. Esta guerra fue la mayor guerra en gran escala, en toda la Civilización, hasta la primera Guerra Mundial. Los ejércitos enrolaban a millones de hombres, el teatro de la guerra abarcaba un millón de kilómetros cuadrados. Los ferrocarriles y los blindajes entraron, por vez primera, en las tácticas militares.

Napoleón había calculado, a través de su experiencia en 150 batallas, que en la guerra la relación de espiritual con lo material es de tres a uno. Tomando esto como cierto, la derrota del Sur fue el resultado de al superioridad material Yanki en más de tres veces. Esta Guerra ofreció muchas lecciones a Europa, pero fueron generalmente ignoradas en las capitales europeas, que se hallaban todavía en el período de los pequeños nacionalismos y eran incapaces de concentrar su pensamiento en los grandes espacios. Mostró la enorme potencialidad bélica existente en América; mostró también el carácter Yanki, que a partir de entonces pasó a ser considerado el carácter americano; descubrió la enorme voluntad de poder de la plutocracia neoyorquina; mostró, en suma, que una base para un poder mundial había sido establecida aquí.

El único poder europeo que se dió cuenta de ello fue el único que en aquél momento era capaz de un pensamiento sobre los grandes espacios: Inglaterra. La actitud de Inglaterra en el decurso de la Guerra fue de una benévola neutralidad hacia el Sur, por no decir de franca ayuda. Lo único que impidió a Inglaterra declarar la guerra al gobierno Yanki fue la actitud de Rusia [56]. Con todo, corsarios Sudistas fueron aparejados en puertos ingleses, y el célebre Alabama llevaba incluso tripulación inglesa. La fuerza Yanki en los mares significaba que la tarea militar hubiera sido demasiado grande para Inglaterra. Esto demostró que América ya había superado el período en que podía temer la intervención de cualquier poder europeo en los asuntos norteamericanos o del Caribe. Ninguna potencia europea podía permitirse ignorar la situación ruso-europea, de manera que sólo podía dedicar a los asuntos transatlánticos su "sobrante de poder", por así decir. El poder americano había ya llegado a ser mayor que el "sobrante de poder" de cualquier posible alianza o combinación de alianzas europeas, considerando la situación de las potencias de Europa y su mutua relación.

Este fue el principio del hecho del asilamiento americano. Independientemente de cualquier formulación del mismo; América estaba, de hecho, políticamente aislada de Europa, y además era la única potencia en un hemisferio. Este hecho, junto con el vasto territorio interior de América, desarrolló aquí la posibilidad del pensamiento sobre los grandes espacios, en contraste con los pequeños estatismos de Europa, que consideraban que un centenar de kilómetros eran una gran distancia.

Fue, naturalmente, el pequeño estatismo europeo lo que permitió el desarrollo de América, tanto al principio como en cada época posterior. Esto se tratará más extensamente en la historia del imperialismo americano.

 

LA PRÁCTICA AMERICANA DE GOBIERNO

 

- I -

La verdadera forma de gobierno de América era una plutocracia, pero la técnica mediante la cual este gobierno era mantenido era generalmente tomada por pensadores superficiales como el gobierno real.

La gran época en la historia de la práctica del Gobierno en América fue hacia 1828. En ese año Andrew Jackson fue elegido Presidente del Gobierno Central, e inmediatamente anunció la nueva concepción de la Administración Pública como economía privada. Con su slogan "el botín pertenece a los vencedores" destronó para siempre la idea Federalista de una tradición de servicio al Estado. A partir de entonces, el Gobiermo no fue más que el "botín" de afortunados políticos partidistas. Las elecciones de 1828 contemplaron la última aparición del Partido Federalista en una contienda electoral. Este Partido, no obstante, pudo conservar el control del aparato judicial hasta mediados del siglo XIX. La elección de Jackson puso también un término al método del "caucus" [57] mediante el cual se elegían los candidatos presidenciales. A partir de entonces los partidos celebraron para ello las llamadas convenciones nominativas. Las fuerzas de la tradición, que siempre habían estado concetradas en el Partido Federalista, ya no aparecieron más en la política interna como grupo organizado. El único significado que le quedaba era meramente social. Así, durante todo el siglo XIX, en América, no hubieron conflictos al estilo europeo entre Partido y Tradición, entre los mercachifles de la Constitución y las fuerzas aristocráticas de la Monarquía, el Estado, el Ejército y la Iglesia. La idea de Constitución tenía tres significados diferentes en América, en Inglaterra y en el Continente. En América, la Constitución era el símbolo del origen del pueblo. En Inglaterra, la Constitución "no escrita" representaba el eslabón orgánico de la historia del alma nacional inglesa uniendo el Pasado con el Futuro. En el Continente la Constitución representaba el punto de concentración de todas las fuerzas anti-tradicionales, la ruptura con el Pasado orgánico y la tentativa de destruir al Estado y a la Sociedad.

En América no había tradición sino solamente una Constitución; en Inglaterra, Constitución y Tradición eran sinónimos; en el Continente, Constitución y Tradición, eran antítesis.

En América, la práctica del gobierno estaba determinada por el gran hecho de que no había un Estado en América, sino únicamente política privada y política de partidos. En Inglaterra, la práctica del gobierno se desarrolló lentamente, con el paso de los siglos, y la Constitución Inglesa es simplemente el registro de ese desarrollo. En el Continente, la práctica del gobierno, desarrollada a través de siglos de tradición fue desafiada, de raiz, por la idea racionalista de sustituir la calidad por la cantidad, borrando a la Historia y la Tradición y poniendo en su lugar el predominio de un razonable pedazo de papel que garantizaría para siempre el gobierno de la Razón, la Humanidad, la Justicia y todo lo demás. Por consiguiente, no habían fuerzas que se opusieran a la Constitución como tal en América, ni tampoco las hay actualmente, mientras que en Europa las fuerzas tradicionales se oponían al Constitucionalismo como tal, por ser éste simplemente el símbolo de la anarquía.

El pensamiento histórico se interesa más por lo que se hace con una constitución escrita que por lo que ésta dice, y la práctica del gobierno en América era, de hecho, completamente independiente de la Constitución, a pesar de que tal documento fuera constantemente invocado por todos los políticos partidistas. En primer lugar, la Constitución no reconocía a los Partidos, sino sólamente a los individuos. No preveía que los negocios políticos se desarrollarían de tal manera que coaccionarían a las masas mediante el empleo de ideales, promesas y dinero. Tampoco reconocía la Constitución el sufragio universal, toda vez que se consideró totalmente innecesario prohibir una cosa que era considerada por todos, en aquél tiempo, como sinónimo de anarquía. Si volvieran los Padres Fundadores [58] exigirían la abolición de los Partidos y su coacción sobre los individuos; prohibirían la participación de los grupos en la política, y restringirían severamente la emancipación total [59] mediante criterios educacionales, raciales, sociales y materiales, toda vez que tales restricciones eran las realidades cuya continuación fue asumida por los autores de la Constitución Americana.

La primera administración pública que existió en América fue el gobierno Federalista de Washington y Hamilton. Hamfton estableció, ya en 1791, la doctrina de los "poderes implicados" en el gobierno central, como medida para fortalecerle. Esto se hallaba, por supuesto, en completa oposición con el espíritu y la letra de la Constitución que "delegaba" ciertos poderes al gobierno central, y reservaba todos los demás poderes a los Estados. A partir de entonces, se bifurcaron dos ideas: la idea de un fuerte gobierno central, y la idea de los derechos de los Estados. Este conflicto fue el foco de movimientos secesionistas, primero en los Estados Nordistas, y luego en los Sudistas, y la formulación teórica del estado de guerra entre los Estados, desde 1861 hasta 1865, se basó en el derecho de un Estado a separarse de la Unión.

El Ministro de Justicia Marshall fue el último respresentante de la tradición Federalista en el gobierno. El fue quien estableció la idea, original en América, según la cual las leyes pueden ser anuladas por el sistema judicial que puede declararlas "anti-constitucionales". Esta artimaña debía jugar un papel muy importante en la política interna americana, durante los siglos XIX y XX. Las decisiones de este Ministro reforzaron, más que nada, las decisiones del gobierno central. Pero la técnica que puso en práctica era necesariamente limitada; su eficacia era puramente negativa. Podía bloquear leyes, pero no podía crearlas. Esto también se hallaba completamente en contra de la Constitución, como los Partidos, las convenciones, el sufragio universal, los "poderes implicados" y el dominio ejercido por parte de personas privadas. Esta usurpación judicial fue una refutación más de las teorías racionalistas, según las cuales la Vida puede ser programada sobre un pedazo de papel y luego llevada a la práctica, ya que el pedazo de papel había especificado que el poder judicial debía estar separado del legislativo.

Una vez más, no fue la lógica, sino la Historia, la que permitió a Marshall usurpar esta función del veto judicial. Ya en los tiempos de la época colonial había surgido la idea de la "ley superior". En esa época, era simplemente una expresión de la tendencia política centrífuga en todas las colonias, ya que "ley superior" significaba ley doméstica, local, como opuesta a la ley del rey de Inglaterra, la cual se suponía que era una ley personal. Los gobernadores reales en las colonias procedían de Europa, mientras que los jueces de las colonias eran nativos. De aquí la expresión "ley superior" y la institución, única, de la "revisión judicial".

Una consecuencia natural de esta vieja idea colonial fue el legalismo americano. La ley, en las colonias, significaba oposición a la Corona, y así el abogado se convirtió en una especie de defensor del público. Los Padres Fundadores eran, casi todos, abogados; casi todos los miembros de la Convención Constitucional eran abogados. La Constitución fue un documento de abogados, con fraseología legal y ausencia completa de un buen juicio político. El veto judicial de la legislación, pareció, así, completamente natural en América y obtuvo un lugar de predominio para si. De ahí la extraña costumbre de presentar toda clase de problemas ante el sistema legal, para ser resueltos de acuerdo con los principios del derecho común. La teoría pretendía que los problemas políticos, sociales, económicos, raciales y demás, recibirían, así, un tratamiento imparcial, liberados de cualquier predisposición humana.

No obstante, el Derecho es una consecuencia de la Política. Todo poder judicial ha sido creado por un régimen político. Si el poder judicial usurpa un poder que le hace más o menos independiente, el mismo se ha convertido en político. Pero en cualquier caso sus decisiones son el resultado de la política, disfrazadas bajo una forma legal. Y así la historia del legalismo en América, bajo la forma de la ley constitucional, es simplemente un reflejo de la historia político-económica de América. En su primera fase hubo una serie de decisiones reforzando al gobierno central, como expresión de la política federalista. En la misma tradición se hallaba la decisión Dred-Scott, en 1857, que reflejaba el punto de vista Sudista sobre la esclavitud, toda vez que la idea Federalista no era abolicionista. Después de la victoria total del industrialismo y el Dinero, en 1865, las decisiones judiciales representaron el triunfo del punto de vista del capitalismo industrial y financiero. El creciente capitalismo de los sindicatos fue continuamente frustrado por el Tribunal Supremo. Más de 300 veces, entre 1870 y 1933, este Tribunal abolió leyes, dictadas por varios Estados y por el gobierno central, que perjudicaban los intereses de la plutocracia.

La institución de la revisión judicial no se hubiera podido llevar a la práctica si hubiera existido un gobierno central fuerte o un verdadero Estado. Tampoco hubiera podido surgir en otro lugar que no fuera un país dominado por la actividad económica y carente de verdaderos conflictos políticos. Antes de 1861, sólo hubo un conflicto político crítico, el de la balanza de poderes entre el Norte y el Sur. Entre 1865 y 1933 no hubo ningún auténtico conflicto político, sino simplemente negocio de grupos, o privado, en la forma de política interna. La decisión Dred-Scott no hubiera sido mantenida en firme si no hubiera estallado la guerra de Secesión.

El nuevo régimen no pudo dominar de inmediato al poder judicial. Este poder vetó todas las principales medidas internas del nuevo régimen hasta que, en 1937, fue intimidado con la amenaza de que se nombrarían tantos nuevos jueces como fuese necesario para que sobrepasaran el número a los oponentes al régimen. Grant [60] ya había hecho algo parecido en 1870 para coaccionar a un hostil Tribunal Supremo, demostrando que la revisión judicial era meramente tolerada por la fuerzas dominantes en América, siempre y cuando se mostrara dócil a sus intereses.

Después de 1936, el Tribunal Supremo pasó pronto a depender del control de la Revolución, y el veto judicial de las medidias políticas se terminó. Posiblemente sea usado como un slogan, o artificialmente resucitado con afán propagandstico, pero las fuerzas que el siglo XX ha desatado no toman en serio al legalismo. El arma de la revisión judicial en América poseyó alguna eficacia conservadora en el transcurso de los primeros asaltos de la Revolución de 1933, pero en una defensa negativa. Sólo un movimiento creativo puede prevalecer contra una Revolución determinada; sólo la política puede derrotar a la política.

La teoría de la "separación de poderes" ha resultado en la práctica, o bien en el dominio de todas las ramas del gobierno por los mismos intereses, o bien en la división de dichas ramas en dos grupos oponentes. El espíritu autoritario del siglo XX termina con las tentativas de "separar" los poderes del gobierno. Las vacías teorizaciones podrán continuar, pero ese método de la política está muerto, tanto en América como en todas partes.

 

- II -

Durante todo el siglo XIX — exceptuando el conflicto político que creó la Guerra de Secesión — América fue un país sin verdadera política. La política interna consistía, simplemente, en los negocios, y cualquier grupo podía dedicarse a ella para la realización de sus propios intereses económicos o ideológicos. Además de los partidos, empezaron a proliferar los "lobbies". El "lobby" es el medio para ejercer presión sobre los legisladores una vez que han sido elegidos. Grupos privados envían a sus representantes privados a las Cámaras, y allí éstos persuaden a los diputados, mediante corrupción de votos o simplemente a través del dinero, a que apoyen, voten o se opongan a determinadas leyes. Grupos agrarios, raciales, económicos y sociedades de todas clases usan este método. Con tales medios las sociedades anti-alcohólicas lograron que se aprobara la prohibición de la fabricación, venta o transporte de licores alcohólicos. Esta técnica política continúa en plena vigencia. Después de la derrota del partido Federalista, a principios del siglo XIX, hubo una tendencia constante hacia la ampliación del sufragio; esta tendencia recibió el apoyo de todos los partidos y sólo se opusieron a ella las fuerzas social-tradicionales.

El Partido siempre quiere el sufragio más amplio posible, ya que esto priva completamente de poder al electorado. Si diez hombres deciden una elección, todos ellos tienen algún poder, por lo menos; pero si el electorado lo forman diez millones, las masas privan a los elementos más elevados de toda significación. El desarrollo interno de América ha seguido el modelo invariable de la Democracia, observable en todas las Culturas y en todos los Estados.

La política de partidos está vinculada al comercialismo, al Racionalismo, al Materialismo y a la actividad económica. Con el Espíritu de la Epoca del Resurgimiento de la Autoridad, la política de partidos da paso a formas autoritarias, sin que importen las teorías o las técnicas empleadas. El poder está simplemente ahí, para que lo tome un hombre o un grupo ambicioso. Como prueba la Revolución Americana de 1933, ese grupo puede ser, incluso, culturalmente extranjero. La verdadera técnica para la institución de un gobierno autoritario en América fue instructiva. Los partidos establecidos, Republicano y Democrático, habían detentado, bajo diversos nombres, un monopolio de la política interna por espacio de un siglo. Fue fácil para un grupo determinado a capturar y mantener el poder absoluto, infiltrarse en esas viejas formaciones consiguiendo así el control absoluto de todos los medios de expresión de la política interna. Solamente dos candidatos — o, excepcionalmente, tres — podían ser nombrados para optar a la presidencia. Si el mismo grupo los designaba a todos, estaba asegurado contra todos los medios de evicción, exceptuando la acción revolucionaria de fuerza. Así se hizo, y el resultado pudo verse en las elecciones de 1936, 1940, 1944 y 1948.

En el transcurso del siglo XIX, el de la obsesión económica en América, la idea de insuflar eficiencia en cualquier fase de la vida política pública no se le ocurrió a nadie. Se permitió que se creara una situación en la cual cuarenta y ocho unidades administrativas, teóricamente "soberanas", dictaran sus propias leyes sobre todos los sujetos, impusieran sus propios impuestos, y llevaran a al práctica sus propios sistemas educativos, judiciales y policiales, así como sus propios programas económicos. En 1947 habían en los Estados Unidos 75.000 organismos colectores de impuestos. Cada organismo puede crear una deuda pública, y esto debe ser hecho a través de las grandes casas bancarias privadas. En 1947, la deuda pública total de América representaba una cifra mayor que la suma total de todos los valores imponibles del país. Esta amplia distribución del aparato del poder público ha conseguido que las oportunidades de corrupción y falseamiento de la voluntad del país que ocurren en el gobierno central, sean reproducidas en miniatura millares de veces.

La Revolución Americana de 1933 no se hizo para corregir este estado de cosas, sino que se interesó sobre todo en los asuntos exteriores. El trasfondo de la intervención de este régimen en los asuntos mundiales es la historia de las relaciones exteriores americanas cuyas finalidades serán expuestas detalladamente.

 

HISTORIA DEL IMPERIALISMO AMERICANO

América adquirió su inmenso imperio con menos efusión de sangre que cualquier otra anterior nación conquistadora en la historia del planeta. Toda potencia que ha conseguido mantener sujetos a otros pueblos ha debido comprar tal posición con largas y pesadas guerras. Un imperio no puede permancer en paz. Paz e Imperio se excluyen mutuamente. La guerra más dura que ha debido librar América fue la primera, contra Inglaterra, desde 1775 hasta 1783. Desde Lexington hasta el Tratado de París debió seguirse una larga y sangrienta ruta que, cualquier momento, hubiera podido torcerse. El régimen americano de aquellos días no era todavía el de un rico país con vastos recusos que entra en una guerra, al final de la misma y del lado del vencedor, en una coalición mundial contra una sola potencia. No se encontraba en la envidiable posición del tahur que puede guardar sus ganancias pero no necesita pagar si pierde. Sus líderes arriesgaron verdaderamente sus vidas en esa guerra y si hubieran perdido hubieran ido a la horca.

La gente que ha suplantado a los descendientes de esos proto-americanos les habría llamado, en ese caso, "criminales de guerra", que es la descripción que inventaron para los líderes vencidos en una guerra. Porque ¿acaso no eran "conspiradores contra la humanidad", "organizadores de la agresión" y todo lo demás? ¿No podía esta pequeña banda de generales, propagandistas, estadistas, ideólogos y financistas ser colocada en un tribunal para ser "juzgada" durante un año y sufrir una sentencia conocida de antemano? Los líderes de la revuelta americana no tenían ningún motivo para temer tal cosa, pero el caso es que eran, legalmente hablando, traidores a su Rey, y un tribunal legal con verdadera jurisdicción hubiera podido ser constituido contra ellos.

Los colonos americanos sólo alcanzaron el éxito gracias a la ayuda de Francia y a la asistencia de voluntarios de gran capacidad militar, como von Steuben, de Kalb, Lafayette, Pulaski. Esta ayuda extranjera fue decisiva. Inglaterra tenía conflictos más importantes en otros lugares y no pudo dedicar suficiente atención militar a la revuelta colonial. Otra contribución al esfuerzo americano fue la oposición interna inglesa que favoreció a las colonias. La deliberada inactividad del General Howe es una de las manifestacines de esta obstrucción.

Esta larga y dura guerra marcó el comienzo de la independencia política americana. Las trece colonias se extendían como una serpiente a los largo de la costa Atlántica. Las tierras del interior eran reivindicadas por dos potencias europeas cuyos días imperiales en el Hemisferio Occidental se hallaban contados: Francia y España. La decadencia política de España quedó reflejada por las figuras revolucionarias de Hidalgo, Itúrbide y Bolívar que estaban acabando con la dominación española en el Hemisferio Occidental. Bajo el régimen de Napoleón, Francia se vio obligada a abandonar la idea de un imperio colonial francés que reemplazaría al ingles — la idea original de Napoleón — y adoptó, en vez de ello, la idea de un imperio europeo, reconstruyendo el Sacro Imperio Romano, aunque dirigido, esta vez, desde París. Para llegar a este fin, la miseria de tres millones de dólares fue más valiosa para Napoleón que el vasto territorio de Luisiana, y su compra por la unión americana en 1803 fue una especie de fantástica lotería histórica sin precedentes. Federico el Grande debió sostener siete tremendas guerras para ganar la pequeña Silesia, y dos más para conservarla. Napoleón luchó durante veinte años contra seis coaliciones para controlar Europa Occidental. Inglaterra debió pagar un hijo suyo por cada cada milla cuadrada de su imperio, y lo mismo, o algo parecido, podríamos decir con respecto a cualquier página de la historia imperial. Pero América adquirió un territorio tan grande como toda Europa Occidental por el precio de unos cuantos barcos. El latente calvinismo de los proto-americanos no consideró esto como una suerte fantástica sino como un signo de predestinación, de Gracia de Dios.

La osadía y los instintos góticos americanos fueron demostrados en la guerra de Barbaria [61]. Esta guerra probó igualmente que el material humano en las colonias podía producir el tipo exigido por el imperialismo afortunado: William Bainbridge, William Eaton, Edward Preble, Stephen Decatur.

La Guerra de 1812 fue otro increíble caso de suerte. Otra vez Napoleón luchaba en beneficio del imperio americano. Inglaterra, totalmente comprometida en la guerra contra el coloso del Continente, no pudo siquiera explotar su superior posición militar en América, y a pesar de su derrota bélica, América fue la vencedora política con el tratado de Ghent, en 1814 [62]. La anexión de Florida en 1819 fue el resultado de negociaciones y no de una guerra. Ya entonces el aforismo austríaco podría haber sido parafraseado por América: Bella gerant alii, tu, felix América, eme! [63].

El Gran Hamilton, en los principios de la Unión, había aconsejado la anexión de Cuba, y otros la exigieron igualmente durante esa década, pero esto no debía llevarse a cabo hasta 1900. No obstante, en aquel tiempo ocurrió algo que se alínea junto a las grandes audacias de la historia: el manifiesto que sería conocido como la Doctrina Monroe se hizo publicar en el año 1823. El manifiesto anunciaba que América se reservaba toda una mitad del globo para sí. Esta "Doctrina" fue promocionada por la Flota Británica, como artificio para destruir el imperio colonial español. Si Inglaterra se hubiera opuesto a esta doctrina, la misma hubiera muerto antes de nacer, pero como era útil a la política británica, enroló de hecho a América en el servicio de Inglaterra. Esto, naturalmente, no se supo en América, donde se creyó que el osado pronunciamiento había asustado a todas las potencias de Europa, ya que ninguna de ellas se opuso. Además, Sudamérica era un campo interesante para posteriores aventuras imperialistas, y así ocurrió que una tradición de éxitos se estableció paulatinamente en la política exterior americana. Se esparció el sentimiento calvinista según el cual América estaba predestinada a dominar a quien quisiera. Pasó casi un siglo antes de que la "doctrina" fuera desafiada, y para entonces ya había en América la fuerza militar necesaria para su mantenimiento.

Simultáneamente con los acontecimientos externos, el imperialismo "interno" por así llamarlo, continuó sin desmayos. Los habitantes indígenas del continente, cuya voluntad nunca fue consultada por las potencias europeas ni por las americanas, resistieron enérgicamente contra la decidida marcha hacia el Oeste del Imperialismo americano. La respuesta de los americanos a esta resistencia de los indios pielesrojas fue la fórmula: "El único indio bueno es el indio muerto". Los mercaderes americanos proporcionaron a los indios armas y pólvora, y así las guerras con los indios continuaron hasta comienzos de siglo XX. A pesar de que las potencias europeas habían renunciado a vastos territorios contra pagos en dinero, los indios sólo cedieron sus tierras ante la superior fuerza americana. En esa época, la práctica y la teoría americana eran iguales: La Fuerza hacía el Derecho. Se hicieron con los indios tratados y más tratados, señalando fronteras que los americanos se comprometieron a no cruzar. Cada tratado fue violado por el instinto imperial americano. Tales violaciones de tratados originaron la guerra del Hacha Negra, las guerras Seminolas, y una serie de guerras que duraron un siglo y terminaron con el aniquilamiento político de los indios.

Hacia los años 1830, los americanos lograron infiltrarse en el Imperio Mexicano y, mediante una afortunada revuelta, separaron a la vasta zona de Texas de México. No habían aún pasado diez años cuando esa zona ya había sido anexionada por la unión. Un territorio mayor que cualquier potencia occidental europea había sido capturado con una guerra a pequeña escala. En 1848, mediante un tratado con Inglaterra, la frontera del Noroeste se extendió. Oregón fue definitivamente incorporado en 1840.

Pero entretanto el instinto imperial ya miraba, desde Texas, hacia el Pacífico, por encima de México. Se decidió privar a México de las dos terceras partes de su territorio, y como esto difícilmente podía llevarse a cabo por compra o tratado, se planeó una guerra. México causó la guerra, al rehusar someterse a las exigencias imperialistas americanas. Una corta guerra que terminó en el dictado de Guadalupe Hidalgo, que desmenbró a México.

El tratado de Clayton-Bulwer, en 1850, con Inglaterra, se refería específicamente a un canal americano a través de América Central, y llevó, antes que nada, a la consumación de una vía férrea americana en esa zona en 1855. Japón fue "abierto" en 1853, tras su débil resistencia militar, al ala comercial de imperialismo americano.

Después de la Guerra de Secesión, la Unión Americana aplastó la tentativa francesa de anexionar México a su Imperio, y permitió que Maximiliano fuera fusilado por un pelotón de revolucionarios. Poco después de esa guerra, Alaska fue adquirida por el imperialismo Yanki. Este territorio, de casi un millón de kilómetros cuadrados, fue comprado por América a Rusia por una suma trivial [64]. En la misma década, la frontera con México fue nuevamente alterada en beneficio de América, esta vez mediante el pago de una pequeña suma de dinero en vez de una guerra, en la transacción conocida como la Compra Gadsden.

El Imperialismo americano se mostró activo por doquiera en el curso de la segunda mitad del siglo XIX: Hawai, Chile, Colombia, Cuba, China, Japón, Siam, Samoa. La flota americana bombardeó, cuando le plugo, puertos extranjeros en las zonas coloniales del mundo, y mandó expediciones de desembarco cuando fue necesario para asegurar la sumisión a las exigencias comerciales imperialistas o a los territorios americanos.

En 1890 terminó la última guerra Sioux, y a partir de entonces la resistencia de los indios al imperialismo americano fue espaciada y local. Le había llegado el turno a Hawaii, y pronto una "revuelta" preparó a Hawaii para su anexión a América. Ésta no era más que la preparación para una aventura imperialista mucho más importante que todo lo realizado hasta entonces. En 1898, fueron atacadas las posesiones españolas en el Caribe y en el Pacífico. Como resultado de al guerra hispano-americana, la mayor parte del imperio colonial español pasó a manos americanas, incluyendo las valiosas Filipinas y Cuba [65]. Entretanto, las islas de Tutuila, Guam, Wake, Midway y Samoa, en el Pacífico, habían sido anexionadas.

Ante todo, una cosa debe ser tenida presente: el imperialismo americano era puramente instintivo. No era inteligente ni intelectualizado, como el imperialismo europeo contemporáneo. Ningún hombre público abogó jamás por la construcción de un imperio americano, y muy pocos se dieron siquiera cuenta de lo que iba sucediendo. De hecho, hubiera sido negado vehementemente que América fuera una potencia imperialista. Es cierto que la frase "Destino manifiesto" como apología del imperialismo empezó a usarse a principios del siglo XX, pero no había una política o un programa imperial definidos. Las colonias fueron adquiridas de una manera puramente intintiva, sin planificar, sin preocuparse de la posición estratégica, el significado, o la importancia económica. William Jennings Bryan, en su discurso sobre el Imperialismo, el 8 de Agosto de 1900, puso en guardia a América contra la tentación de entrar en una carrera imperialista porque podría destruir la forma americana de gobierno, diciendo; "No podemos repudiar el principio del auto-gobierno en las Filipinas sin debilitar ese principio aquí."

Pero no fue escuchado y la tradición de confianza que había tomado raíces durante un siglo de afortunadas aventuras imperialistas sin un sólo revés no podía ser minada por un discurso amenazador. Tampoco fue tomado en consideración el aspecto opuesto del aviso de Bryan. Lo que él quería decir cuando hablaba de "auto-gobierno" era el hábito de la guerra de clases, la guerra civil institucionalizada, la libertad para cada uno de engañar y explotar a los demás dentro de los límites del derecho penal. Así, su admonición significaba: una nación imperial no puede tolerar la desorganización interna y la ausencia de forma.

No obstante, no había ninguna clase social en América que se hallara interesada en algo que no fuera el propio enriquecimiento, de manera que nadie se preocupó de tales cuestiones, excepto unos cuantos escritores como Homer Lea. Las situaciones imperiales cambian constantemente y uno debe estar preparado para los reveses. En ese caso, las condiciones en el propio territorio deben hallarse en orden si los acontecimientos externos deben ser controlados. En un país en el cual incluso la palabra "política" era completamente mal entendida, y significaba economía corrompida, no podía esperarse que se hallara presente una sabiduría política que informara al mando de que el imperio significaba la guerra, y la guerra presupone orden interno. De hecho, no había mando a quien informar. Cada trienio o cuatrienio, un nuevo grupo de representantes de intereses económicos privados se instalaba en la administración del gobierno y no había política tradicional alguna, interna o externa. No había acuerdo sobre lo que eran los intereses fundamentales de América, que sería casus belli, qué potencias eran aliados naturales, cuales eran naturalmente enemigas. Los dirigentes políticos, en todo momento, estaban especialmente interesados en sí mismos, obsesionados con el grandioso problema de perpetuar su permanencia en los puestos de mando.

Pero la suerte americana continuó. A pesar de encontrarse aislada en su hemisferio, en el sentido de que ninguna potencia mundial podía permitirse atacarla, América no se encontraba aislada en el sentido de que no pudiera enviar a sus buques de guerra y a sus tropas de desembarco a todos los lugares del mundo colonial en pos de aventuras imperialistas. Además, tal como demostró la Guerra con España, América podía facilemente derrotar a cualquier potencia europea en el Hemisferio Occidental.

La Guerra Hispano-Americana marcó — como ya había perfilado la Guerra de Secesión — la emergencia de América como potencia mundial. Había siete potencias mundiales en esa época. Las otras eran Inglaterra, Francia, Alemania, Austria, Rusia y Japón. Entre ellas solamente Rusia, Alemania e Inglaterra se podían considerar como de primerísimo rango. América se excluía a causa, únicamente, de su aislamiento geográfico. Podía actuar contra una potencia mundial en el Hemisferio Oriental solamente con aliados y en un papel subordinado. Tal era la situación al comienzo del siglo XX, el de la Epoca de las Guerras de Aniquilamiento.

Durante un siglo completo — 1800-1900 — América había practicado el imperialismo en el Caribe, en América del Sur y Central, en todo el Pacífico y en el lejano Oriente. La esfera de influencia militar americana era, hacia el año 1900, más extensa que la de cualquier otra potencia, exceptuando Inglaterra. No había, en modo alguno, condensado o formado su imperio debido a la naturaleza puramente instintiva del imperialismo americano. Así Canadá, por ejemplo, a pesar de hallarse indefenso y contiguo a la base del poder, no había sido políticamente incorporado al Imperio Americano. Tampoco lo había sido México. El instinto americano se contentaba con ser simplemente más fuerte que cualquier otra potencia dentro de una determinada esfera, de manera que su ascendencia económica quedara allí asegurada. La construcción de un imperio, en el sentido europeo, era desconocida en América. La idea de una gran estructura de poder no era comprendida. El imperio americano creció simplemente, debido a la falta de resistencia contra el instinto imperial americano.

Por su imperio, América sólo había luchado en una guerra a gran escala. La primera guerra, la de 1775, fue por su independencia, y la guerra de 1812 es más adecuadamente llamada la Segunda Guerra por la Independencia. La Guerra de Secesión extendió el imperio Yanki hacia el Sur, suprimiendo una potencia que emergía en el continente norteamericano, y esta fue la única guerra imperial seria que la América Yanki tuvo que llevar a cabo en ese siglo de construcción imperial. En las expediciones de desembarco a lo largo de América Central, la Guerra contra México, las luchas en el Japón, China y las islas del Pacífico, en la Guerra contra España, América tuvo escasísimas bajas. Nunca una potencia imperial había adquirido tanto territorio e influencia por un precio en sangre tan trivial.

Pero esto no fue comprendido, ni en Europa ni en América. Los americanos se mostraban discretos o prudentes acerca de su imperio. Los europeos, o no sabían nada acerca de ello, o pensaban que era consecuencia de un juicioso y maduro pensamiento político. Ni los europeos ni los americanos escribieron ni pensaron mucho acerca de la nueva potencia mundial, de sus potencialidades, su alma, sus capacidades imperiales.

En otras partes del mundo se comprendió mejor al imperialismo americano y Japón, en especial, apreció la falta de pensamiento político en América, que hacía posible una política enteramente negativa, contra sus propios intereses.

Ciertamente ninguna potencia en Europa, ningún gobierno, ninguna personalidad, en el año 1900, pensaba que pertenecía al reino de las posibilidades el hecho de que, en el curso de las dos décadas siguientes, un ejercito americano de dos millones de soldados sería transportado a través del Atlántico para luchar en una guerra inter-europea.

Un pensamiento político inteligente en América se habría dado cuenta de que el imperialismo americano era promocionado por los mutuos intereses de todas las demás potencias mundiales en relación con la situación en el otro hemisferio. Esto permitió a América continuar con su imperialismo en el Hemisferio Occidental sin la interferencia de ninguna otra potencia mundial.

Cualquier otra potencia, incluyendo Inglaterra, no podía hacer nada para frustrar las acciones americanas en el Hemisferio Occidental. Pero no había una clase dirigente americana, ni idea, ni Nación, ni Estado. El Imperialismo americano no fue un esfuerzo racionalizado y planificado, sino una aglomeración fortuita, resultante de un instinto imperialista actuando contra una oposición débil, y con un trasfondo de suerte.

Los financistas Yankis no estaban interesados en crear una gran estructura política que se extendiera desde los Estrechos de Bering hasta el cabo de Hornos, ni tampoco en construir ninguna clase de Imperio Americano. Sus intereses personales eran para ellos lo primordial y exclusivo. Los líderes políticos de América dependían, para continuar en sus cargos, de los financistas, ya que hacia el año 1900 la Finanza había conseguido el dominio de la industria y el transporte. Y los más grandes golpes financieros no debían darse en los asuntos centro o sud-americanos, sino en los del Oeste de Europa.

 

 

EL IMPERIALISMO AMERICANO EN LA ÉPOCA DE LAS GUERRAS DE ANIQUILAMIENTO

 

- I -

En ese período, la Civilización Occidental se hallaba ante la gran crisis de la Primera Guerra Mundial. Esta gran época debía marcar el fin de una fase histórica y el principio de otra. La edad del Racionalismo, del Materialismo, el Criticismo, de la Economía, de la Democracia y el Parlamentarismo, es decir, la primera fase de la crisis de la Civilización llegaba al final, y la Crisis iba a disolverse en la nueva Epoca, la de la Política Absoluta, de la Autoridad, del Historicismo. Nuevas corrientes habían aparecido en todas las esferas de la vida Occidental, manifestándose más en la decadencia o el colapso de las formas de la vieja época que en la aparición de nuevas formas. Sólo un hombre, el filósofo de la nueva Epoca, las formuló en toda su extensión. Mientras preparaba su obra sobre la próxima Epoca de las Guerras de Aniquilamiento, y delineaba la forma del Futuro en todas las esferas de la Vida, los materialistas, apoyándose en unos u otros puntos de vista, negaban la posibilidad de una guerra en gran escala, y cuando más insistían en ello, estalló la Primera Guerra Mundial, en Agosto de 1914 [66].

Las viejas tradiciones españolas de la diplomacia de gabinete hicieron su última aparición en las negociaciones de Austria con Serbia en Julio de 1914 y luego desaparecieron para siempre de la Civilización Occidental.

La guerra fue sólo el aspecto político de la transición de una Epoca con la siguiente, pero como la acción, y no el Pensamiento, es decisiva para la Vida, la guerra tomó en sí misma toda la significación de la época mundial. El aspecto Cultural de la Guerra fue el paso de la etapa del siglo XIX a la etapa de siglo XX en la Civilización Occidental. Esto significó el final de la Idea mundial inglesa y el triunfo de la Idea mundial prusiana, ya que Inglaterra había sido la Nación internamente imbuida con la Idea de la primera fase de la Civilización Occidental — Racionalismo, Materialismo, el espíritu económico, parlamentarismo, nacionalsimo — y Prusia era la Nación destinada a dar al siglo XX su forma apropiada. Este conflicto en el plano cultural fue independiente de cualquier otro conflicto en el plano político. Sólo una de estas Ideas podía triunfar. Sólo una expresaba el Espíritu de la Nueva Epoca. La alternativa a la idea Prusiana era el caos. La Idea Prusiana podía haber triunfado en el plano cultural sin una guerra entre Prusia e Inglaterra. De hecho, ambas podía haber sido y continuado siendo aliadas con fines políticos. El desarrollo más elevado es puramente espiritual y solamente podía resultar en una victoria de Prusia, o en el caos para toda la Civilización Occidental.

La Guerra estalló de una manera grotesca, a causa de un asesinato en los Balcanes. Incidentes anteriores como el de Fashoda, pudieron haber provocado la Primera Guerra Mundial [67], y en tal caso la distribución de las potecias alineadas en uno y otro bando hubiera sido completamente diferente y los resultados, tanto espirituales como políticos, también. La forma que tomó, de hecho, tal distribución — aún cuando no había necesidad alguna de que ocurriera así — fue el de una coalición de todas las potencias del mundo contra Prusia-Alemania y su único aliado Austria-Hungría.

A causa de ciertas conexiones formadas antes de la Guerra, los financistas americanos estaban interesados en la victoria inglesa y representaban la fuerza real en la plutocracia americana. Ningún "político" público sabía nada en absoluto de los asuntos exteriores, toda vez que estos asuntos no tenían nada que ver con la continuidad en los cargos, que era lo único que preocupaba a los políticos.

Fue una desgracia para América que en aquél tiempo un aventurero se encontrara a la cabeza del gobierno. No sólo dejó de oponerse a las exigencias de los banqueros que patrocinaban la participación americana en la guerra al lado de Inglaterra, sino que, además, tenía intenciones privadas en el sentido de utilizar la guerra para promocionar su ilimitada ambición. Él y su camarilla proyectaron la idea de una "Liga de las Naciones" de la cual él sería el presidente. El gobierno inglés que se encontraba en una situación militar desesperada, dio su consentimiento a la idea.

Aquí aparece con plena claridad la debilidad del Imperialismo Americano. Cuando toda Europa se hallaba en guerra era evidentemente la oportunidad para una acción americana en su propio hemisferio. Se encontraba ya en guerra con México y podía haber concluído esa guerra sin suscitar protesta alguna de otras potencias mundiales. O, situándose en un plano más elevado, América podía haber ofrecido sus buenos oficios para concluir una guerra que toda Europa estaba, obviamente, perdiendo en beneficio de Asia. América incluso podría haber impuesto el cese de hostilidades contra la voluntad de los beligerantes, pues podría haber forzado a Inglaterra a abandonar la guerra.

Pero América no perseguía su propio interés ni el interés de la Civilización Occidental. Ahora el pueblo americano iba a cosechar los frutos de un siglo de aislamiento espiritual americano; de asilamiento histórico; de la energía, dureza, crueldad y amargura de la historia. Como América sólo había debido luchar en una única guerra auténtica en su historia imperial; como nunca había conocido la oposición de una gran potencia; como había adquirido un enorme imperio sin pagar ningún tributo de sangre, nunca había desarrollado una conciencia política. La palabra "política" no era comprendida, como tampoco lo era el hecho de la lucha por el poder. No existía un Estado, el foco de poder. No existía una clase dirigente, custodia del Estado. No había una Tradición, la conciencia dirigente de la Nación. No había Nación, ni tampoco había una idea a cuyo servicio viviese la corriente de población del continente. No había Genio en política, ya que no había política, sino simplemente sucias luchas personales cargos y sobornos. Sólo estaba el grupo de banqueros y el miserable oportunista de Wilson, soñando con el dominio del mundo.

El significado real, espiritual, de la Guerra no era conocido por ninguna personalidad pública. Ni siquiera se comprendía el aspecto superficial, puramente político de la Guerra. Lo más parecido al realismo se encontró en la pública exigencia de Boise Penrose de entrar en la guerra porque América era acreedora de Inglaterra y por lo tanto le convenía su victoria, que no parecía probable.

Si hubiera habido una clase dirigente — un estrato dedicado por su existencia a la realización y el servicio de la idea nacioanal — América hubiera permanecido alejada de la guerra, o bien hubiera forzado su terminación para salvar a Europa. La propaganda sobre las supuestas atrocidades, el monopolio inglés de las noticias, los esfuerzos sistemáticos de grupos privados, financieros y sociales para forzar la intervención americana, no hubieran sido permitidos. Una clase dirigente no tolera propaganda extranjera ni actividad política extranjera en el territorio nacional.

 

- II -

El aspecto puramente político de la Guerra fue la lucha entre dos potencias políticas, Alemania e Inglaterra. Este fue el aspecto que presentó la primera etapa de la Guerra. Hacia 1916, la lucha había cambiado de naturaleza, y un Primer Ministro como Pitt lo habría visto. Para entonces ya se trataba de Europa Occidental contra Asia, y en particular Rusia. Durante los dos primeros años, Rusia y la hueste de las restantes potencias contra Alemania servían a la política inglesa. Después de eso, Inglaterra había pasado a jugar un papel secundario. Su poder había sido superado por Asia y América. Cada barco que Inglaterra perdía aumentaba la fuerza de América y Japón. Cada soldado inglés que perecía aumentaba la fuerza de Rusia, India, China y Japón. Inglaterra había llegado a un punto en el cual la victoria militar ya no podía traducirse en una victoria política. Su única esperanza para salir incólume de la Guerra era firmar la paz en 1916.

Naturalmente, lo mismo ocurría con Alemania. Cada barco alemán que era hundido aumentaba la fuerza de América y Japón, y cada baja alemana en el campo de batalla incrementaba la fuerza rusa y asiática con respecto a la Civilización Occidental.

Las naciones Occidentales blancas no podían llegar a suplir las bajas que Asia y Rusia podían reemplazar fácilmente. La Civilización Occidental era numéricamente superada por las fuerzas exteriores en una proporción de cinco a uno. Al enzarzarse en una guerra interna — Inglaterra contra Alemania — Europa luchaba colectivamente por la victoria de Asia, Rusia y América.

Nada de esto fue observado por personas responsable en América. Unos cuantos pensadores y escritores, como Frank Harris y John W. Burgess interpretaron con más profundidad que cualquier hombre público las alternativas reales. Entre los políticos, sólo uno, William Jennings Bryan se opuso efectivamente, durante algún tiempo, a la intervención.

Porque ¿qué tenía que ver la guerra europea con el imperialismo americano? ¿Qué podía ganar América en esa guerra? Europa no era el enemigo de América; tanto las realidades políticas como los vínculos culturales lo impedían. Asía-Japón y Rusia no eran aliados de América para que ésta se interesara por su victoria. No había nada para ganar desde el punto de vista americano con la participación en cualquiera de los dos bandos de la Guerra Europea.

Esta intervención se produjo simplemente por que no existía América.

Sólo existían grupos privados, económicamente interesados en la Administración, un gobierno relajado representando a los grupos más fuertes, y una total y absoluta incomprensión del mundo de la política y de la unidad y el Destino de Occidente.

Esta era la debilidad del Imperialismo Americano: ningún plan, ninguna tradición, ninguna política, ningún objetivo, ninguna organización.

La política inglesa contra Alemania fue la misma que se usó contra Napoleón: la política de la "balanza de poder", por la cual el Continente debía ser mantenido en una división permanente de dos grupos de potencias de igual poder, de manera que en cualquier guerra la fuerza de Inglaterra fuera la decisiva. Pero ya en 1914 esa política era completamente estúpica y pasada de moda, pues el aumento del poderío ruso la había superado. Los que habían penetrado bajo el tenue barniz de Cultura Occidental, en virtud del cual Rusia pertenecía al sistema de Estados de Occidente y habían tenido el suficiente discernimiento para valor adecuadamente el insidioso militarismo asiático que latía bajo esa tenue costra, sabían que los intereses a largo plazo de la naciones de Europa Occidental eran idénticos, y que la continuación del mini-estatismo y las guerras inter-europeas debía ser fatal para la posición del poder monopolístico europeo en el mundo, y para todos y cada uno de los Estados europeos.

Esto era completamente desconocido, insospechado, ni siquiera podía soñarse con ello en la económicamente obsesionada América. Cuando llegó la guerra, el populacho reaccionó con un espíritu carnavalesco, como si se tratara de un juego o un deporte público.

Tampoco aprendió nada América de política a través de la guerra. Sus pérdidas fueron escasas — aunque, teniendo en cuenta la amplitud del frente y el tiempo de su actuación, fueron desproporcionadamente mayores que las de cualquier otra potencia europea — y la idea que se extrajo como conclusión fue que América había ganado la guerra. De hecho, claro está, la guerra fue una derrota para América, toda vez que no se hallaba implicada en la miseria. La situación americana era neutral, independientemente de cualquier intervención política.

Después de la guerra, América colaboró con las potencias de Europa, incluyendo Alemania, al oponerse al bolchevismo Asiático en Rusia. América envió dos cuerpos expedicionarios, uno a Siberia Oriental y otro al Norte de Rusia, para luchar contra el Bolchevismo que la Guerra Europea había desencadenado contra Europa.

Todo el material y toda vida humana que América había dado en la Guerra constituía una pérdida completa desde el punto de vista americano. Ciertamente, había salido de la guerra con mucho más poder del que tenía cuando entró en ella, igual que le sucedió a Rusia y Japón. Pero inmediatamente despilfarró ese poder en la Conferencia de Versalles y en la Conferencia Naval de Washington. Al no comprender la naturaleza del poder, América había permanecido inconsciente ante la nueva distribución de poderes resultante de la guerra. Abandonó su nuevo poder sin siquiera darse cuenta de ello. Esa ignorancia existía a escala nacional, pero era también individual. El ambicioso traficante de ideales Wilson, que quiso alterar el mapa del mundo, tenía solo unas nociones muy vagas de la geografía, la etnografía y la historia europeas. El equilibrio de la economía europea le era desconocido, y ni siquiera tenía idea de qué pertenecía a la Civilización Occidental y qué no le pertenecía. Por ejemplo, consideraba a Serbia y a Polonia como "naciones" Occidentales.

América no aprendió nada de la guerra porque creyó que había sido "Victoriosa", y creyó que esta prueba pragmática demostraba la rectitud de su política. Pero al malgastar su nuevo poder político, demostró que no había captado el fundamento de que la guerra se hace para aumentar el poder. Si cualquier otra potencia se hubiera conducido como hizo América — es decir, hubiera luchado contra su propio interés nacional en una Guerra Mundial — se habría arruinado, y probablemente hubiera sido repartida entre sus vecinos. Esto no podía sucederle a América a causa de su aislamiento en su hemisferio.

Es de secundaria importancia, pero no obstante debe ser tenido en cuenta que la propaganda oficial en América no fue nada más profundo que el slogan según el cual "el mundo debe ser hecho para la democracia". No fue considerado necesario vincular a la política americana con los intereses americanos. Este es un testimonio suficiente para demostrar cuán primitivo es el pensamiento político americano. Ni mención siquiera de la crisis de la Civilización Occidental, o la forma del Futuro, o cualquier otra alternativa política. Sólo la guerra por la guerra. Fue la misma conpulsión que había sentido Lincoln: inyectar una alternativa democrática en las guerras. Toda guerra debía, en algún modo, involucrar a la "democracia". Si era necesario, la Rusia Zarista o la Rusia Bolchevique debían figurar como "democracias". El único grupo en América — aparte de los pocos cerebros que piensan independientemente y que son la esperanza americana para el Futuro — que no se hallaba sujeto a esos slogans idealistas y a esos lugares comunes era el grupo de los financistas. Para ello, los ideales son mercancías que el Dinero puede comprar. ¿Acaso no lo habían hecho ellos? América podía haber perdido la Primera Guerra Mundial en un sentido militar, de la misma manera que podía no haber vencido en un sentido político. En una palabra, la intervención americana en la Primera Guerra Mundial fue una aventura del Irrealismo Político.

Los delegados americanos en al Conferencia de Versalles no sabían cuál era la naturaleza de la asamblea. La consideraban como una especie de tribunal teológico-judicial en el cual se decidían cuestiones morales. Esta alucinación colectiva, que los delegados europeos no hicieron nada por disipar, desembocó en la extraña terminología moral del Dictado de Versalles. El vocabulario de ese Dictado fue americano, las disposiciones fueron inglesas. Los americanos estaban escribiendo, según pensaban, un epílogo a la Historia, una secuela a la última de todas las guerras. Los ingleses estaban preparando sus posiciones iniciales para la guerra siguiente.

 

- III -

El resultado de la Conferencia de Versalles fue un completo fracaso para Europa. Los pequeños Estados conservaron su soberanía política los unos respecto de los otros; la transferencia del poder hacia zonas externas de Europa quedó así confirmada. Quedó preparado el terreno para una Segunda Guerra Mundial exactamente en los mismos rasgos que la Primera. Para dar más ocasiones a su estallido, fue creado un enjambre de microscópicos "Estados". El pensamiento sobre espacios reducidos se puso a la orden del día. El nacionalismo pasado de moda, que había conducido a todo Occidente a una colosal derrota, fue reafirmado. La estúpida ideología de Wilson y su camarilla fue plasmada por escrito en documentos políticos europeos. Cuestiones de "culpabilidad" fueron introducidas en la política, juntamente con la "moralidad" internacional, la "santidad de los tratados", y similares burradas.

Sin embargo, por encima de todo ese panorama, emergía el gran hecho: toda Europa, y particularmente Inglaterra, habían perdido la guerra.

En la nueva imagen mundial había cuatro potencias; Rusia, América, Japón e Inglaterra. La más fuerte de todas, si hubiera sabido darse cuenta de ello, era América, pero, tal como lo hemos visto, renunció a la mayor parte de su nuevo poder. Sin embargo, el hecho histórico que había quedado demostrado — la certeza de la preponderancia americana en una alianza anglo-americana — no debía desaparecer y permaneció visible para la instrucción política de toda Europa.

El resultado de la debacle europea fue una poderosa reacción negativa en toda la población americana. El alma del pueblo americano se apartó con desprecio de la aventura europea, y ningún político avispado se atrevió a abogar por la entrada de América en la "Liga de las Naciones", o en cualquiera de sus dependencias. Los banqueros habían ganado la guerra y no tenían ningún interés en las ambiciones personales de dominio mundial de Wilson.

Pero esta reacción no debía ser considerada como un abandono del imperialismo americano. Esto no puede ser abandonado por proceder del instinto del alma del Pueblo. La Guerra fue detestada precisamente por que se hallaba fuera del camino del imperialismo.

La marcha imperial americana continuó. Las fuerzas navales y de infantería de marina americanas continuaron operando a lo largo de las costas del Caribe y del Pacífico, bombardeando puertos y desembarcando tropas de la misma manera en que lo habían hecho en el siglo precedente. Fueron atacados puertos chinos, pero ya no puertos japoneses, pues la Primera Guerra Mundial había convertido al Japón en una Gran Potencia, a pesar de que su esfuerzo bélico había sido nulo.

Nicaragua fue atacada y ocupada durante años por las tropas americanas en los años veinte. Inmediatamente después de que las tropas habían alcanzado sus objetivos en Nicaragua, América, aliada con Japón, atacó China en 1927. El motivo de la guerra fue la resistencia China al Imperialismo comercial japonés y americano. Se aplicaron severas represalias por el bombardeo de una refinería de petróleo americana en Nanking.

Mientras se hallaba enzarzada en luchas imperialistas, América apadrinó el Pacto Kellog. Este famoso tratado se suponía que debía acabar con las guerras. El mero hecho de que numerosos gobiernos Occidentales firmaran ese elaborado y absurdo documento fue un grave síntoma de la enfermedad de la Civilización Occidental. Juntamente con la derrota política de toda Europa, una victoria superficial había sido ganada también en la Primera Guerra Mundial por la idea del siglo XIX contra la idea del siglo XX. El resultado fue el caos en Europa Occidental después de la Primera Guerra Mundial: desorganización completa, falta de comprensión pública de los nuevos problemas económicos, sociales, espirituales y políticos creados por el avanzado desarrollo de la Civilización y como resultado de la debacle de la Guerra.

El Imperialismo comercial americano se mostró muy activo en Sud y Centro América durante ese tiempo. Por ejemplo, se organizaron revoluciones en Panamá, Perú, Chile, Paraguay y El Salvador, todas ellas en el año 1931. Otra revolución fue provocada en Chile en el año siguiente. En el año 1931, fuerzas privadas americanas ejercieron decisiva influencia en la situación española y contribuyeron a crear la situación que debía desembocar en la Guerra Civil de 1936-1939. Cuba fue otro país — nominalmente independiente — que sintió los efectos del imperialismo americano.

El imperialismo americano siguió — después de la Primera Guerra Mundial lo mismo que antes — el mismo doble patrón. Por una parte, redoblada búsqueda de más poder en lejanos horizontes; por otra parte, completa incapacidad de organizar, planear o intelectualizar sus conquistas. Como un ejemplo de confusión podemos citar la ideología del "no-reconocimiento", según la cual América no "reconocería" — ¡Sólo Dios sabe lo que eso podía significar! — la adquisición de territorio por otra potencia por "la fuerza de las armas". Y, no obstante, todo el imperio americano, incluyendo su base original, había sido adquirido como consecuencia de fuerza armada americana. Esto incluye las compras de territorios que fueron vendidos a América a causa solamente de la preponderancia americana en esa parte del globo. Pero tratar este asunto significa llegar a la Revolución Americana de 1933.

 

LA REVOLUCIÓN AMERICANA DE 1933

 

- I -

La Guerra por la independencia americana, 1775-1783, fue considerada por dos diferentes clases de participantes bajo dos diferentes aspectos. Los líderes de tipo creativo, como Hamilton, Washington, Franklin, Rutledge, la consideraron como una guerra internacional, entre una nación americana en la etapa de su formación, e Inglaterra. Esta nación americana era, para ellos, una nueva idea y los diversos ideales y slogans ideológicos que fueron usados como material de propaganda no eran lo esencial, sino la vestimenta temporal de la nueva idea nacional. Para tipos de escasa categoría como Samuel Adams, Thomas Paine y Thomas Jefferson, en cambio, la guerra era una guerra de clases y la Idea de la Independencia no era más que una herramienta para realizar los ideales de igualdad de la literatura racionalista. La puesta en práctica de esos ideales igualitarios siempre ha adoptado la forma de la envidia, el odio y la destrucción social, tanto en América como en Europa. Los luchadores clasistas consideraron la guerra como un combate por la igualdad, no una lucha por la independencia nacional americana. Odiaban la monarquía la jerarquía, la disciplina, la calidad, la aristocracia, todo lo que fuera superior y creativo.

La Idea-Nación, inminente en las mentes de los creadores dirigidos por Hamilton, era el sano y natural rango orgánico de la población, de arriba abajo, con un monarca y una aristocracia a la cabeza, educados desde su nacimiento en el concepto del servicio a la Idea Nacional. Concibieron, ya en tan temprana etapa, la idea de un Imperialismo Americano planificado, a lo ancho del "hinterland" del continente y en el Caribe.

Las dos ideas continuaron a través de la historia de América. La lucha de clases es una enfermedad de la Cultura, que surge en los comienzos de la crisis de Civilización y sólo es definitivamente liquidada con el final de esa crisis y el comienzo de la segunda fase de la Civilización, el Resurgimiento de la Autoridad. Toda la historia de América, hasta ahora, se ha desarrollado dentro de la primera fase orgánica de la Civilización, que apareció en la Cultura Occidental hacia 1750, triunfó en 1800, y ahora ya ha llegado a su cumplimiento interno.

Así, la lucha de clases ha sido siempre considerada como natural y normal en América, en lugar de ser la expresión de una gran crisis de la Cultura, con un origen, una dirección, y un fin.

Las fuerzas de la lucha de clases, dirigidas por Jefferson en el tiempo de la fundación de la Unión Americana, en 1789, se encontraban en la singular situación de no tener, ante ellas, ninguna otra ideología opuesta excepto, únicamente, una cruda resistencia económica. Desde la derrota del Partido Federalista, en 1828, tampoco ha habido una resistencia económica. Esto, que ha causado en América unas calamidades que nunca hubieran podido causar en Europa se debe, no obstante, no a este único factor, sino a la presencia de fuerzas extra-Occidentales. Esas fuerzas han intervenido en la vida pública de América, y necesariamente han falseado esa vida y la han retorcido separándola de sus orígenes Occidentales.

La naturaleza íntima de una Colonia, como ya se ha visto, no solamente genera tendencias políticas centrífugas, sino que, además, debilita los lazos con la tierra materna de la Cultura de la cual deriva la vida interna de la Cultura. Esto hace que el área colonial tenga una baja sensibilidad cultural, así como un escaso poder de resistencia a fuerzas extra-Culturales. Es este bajo poder de resistencia a fuerzas extra-Culturales y sub-Culturales lo que ha traído la obsesión por la economía, y ha permitido la influencia sin par de extraños a la Cultura que se ha desarrollado en el curso del último medio siglo.

En la Convención Constituyente de 1787, Benjamín Franklin pretendió incluir en la proyectada Constitución una cláusula excluyendo para siempre de América a los judíos. Los ideólogos de la "humanidad" y la "igualdad", que no sabían absolutamente nada acerca del judío — pues casi no hubieron judíos en América hasta un siglo más tarde — rechazaron el consejo de Franklin. Su aviso de que si no aceptaban su propuesta sus descendientes trabajarían para los judíos al cabo de dos siglos no fue escuchado. Esos ideólogos sólo sabían de "humanidad" y deseaban ignorar la enorme diferencia existente entre unos seres humanos que viven dentro de un determinado concepto del mundo y otros que viven fuera del mismo.

La inmigración en América durante el siglo XIX procedía de todas las partes de Europa Occidental, pero principalmente de Inglaterra, Alemania e Irlanda. Hacia el final del siglo empezó la inmigración judía, y poco después el influjo de los eslavos de los Balcanes, los rusos y pueblos del Este del Mediterráneo. Se tomaron débiles medidas defensivas, como el Acta de Inmigración de 1890, que fijó un cupo a cada país europeo, de manera que se favoreciera a los inmigrantes del Norte de Europa con relación a los eslavos y los levantinos. Naturalmente, esto no afectó al Judío, ya que, procediendo de una diferente cultura, sus movimientos son estadísticamente invisibles para las naciones Occidentales. Él pudo inmigrar bajo el cupo inglés, el cupo alemán, el cupo irlandés, y cualquier otro cupo.

En el esquema del parasitismo Cultural, el efecto de la presencia de importantes cantidades de negros, asiáticos e indios en la vida americana pudo ser fácilmente notado. Pueden añadirse a ellos las poblaciones del Este de Europa — excluyendo a los judíos — que, aunque asimilables, no han sido asimiladas. El concepto del mundo del Racionalismo, que engendra el Materialismo, la obsesión por el Dinero, la decadencia de la autoridad y el pluralismo político trabajó contra la asimilación, y como los falseadores de la Cultura aumentaron en poderío y significación social, la asimilación fue deliberadamente detenida con el objeto de mantener a América espiritualmente desarticulada y dividida y en una condición caótica. Los esfuerzos defensivos hechos por americanos de sentimientos nacionalistas para restringir o abolir la inmigración fueron frustrados por la Distorsión de la Cultura.

Entre 1900 y 1915, quince millones de extranjeros inmigraron en América. Pocos de ellos procedían de Europa Occidental. Casi todos venían del Sudeste de Europa, de Rusia, Polonia y Asia Menor. Varios millones de judíos se hallaban incluídos en esa masa. La Primera Guerra Mundial interrumpió la oleada inmigratoria, pero la misma continuó después de la Guerra y fue enormemente acelerada por la Revolución Europea de 1933. Los judíos que huyeron o fueron expulsados de Europa fueron a América "en masse".

Vale la pena hacer notar que la baja exclusividad Cultural de las zonas coloniales había traído como consecuencia que los judíos fueran tratados, desde un punto de vista civil, igual que los euroepeos que desde el año 1737 en adelante residieron en las colonias americanas, mientras que todo un siglo tuvo que transcurrir antes que esa política racionalista triunfara completamente en el terreno materno de la Cultura Occidental. La única razón para ello, naturalmente, radicaba en el hecho de que en las colonias no habían judíos como grupo, sino solamente unas cuantas individualidades judías, esparcidas entre la población, que eran mirados como curiosidades.

A partir de 1890 empezó la invasión judía de América. En el curso de los siguientes cincuenta años, el número de los judíos en América pasó, de unas proporciones negligibles hasta una cifra calculada entre ocho y doce millones de personas. La ciudad de Nueva York se convirtió en ese período en una capital predominantemente judía. Aproximadamente el 80% de los judíos inmigrados eran judíos Askenazim [68]. Inevitablemente se inició la reacción americana contra los fenómenos causados por la inmigración de esas gentes, con su propio concepto del mundo, que inmediatamente empezaron a influenciar la vida americana en todos los planos y esferas. La respuesta a esa reacción fue una inteligente propaganda utilizando la ideología americana para servir a los propósitos judíos. América se convirtió en un "crisol", según la frase del judío Israel Zangwill, y la puramente cuantitativa ideología americana hizo que esa imagen resultara convincente en una América todavía sumergida en la etapa de la obsesión por el dinero.

La palabra "americano" fue cambiada por esta misma propaganda para pasar a significar un inmigrante que había mejorado sus circunstancias personales mediante su llegada a América, excluyendo al americano nativo que fue desplazado por el inmigrante. Si el nativo mostraba algún resentimiento, era llamado "anti-americano". De ahí arrancan los movimientos de americanos nativos, como el segundo Ku-Klux-Klan, formado en 1915, como expresión de la reacción del organismo americano contra la presencia de lo extranjero. Cuando esos movimientos tenían éxito eran llamados anti-americanos por los órganos propagandísticos, que ya en esa época habían caído bajo fuertes influencias falseadoras de la Cultura.

La palabra "América" y "americano" perdieron todo su significado espiritual-nacional, y se les dió una significación puramente ideológica. Cualquiera que llegaba a América era, ipso facto, un americano, sin tener en cuenta los hechos de que conservara su propio idioma, viviera inmerso en su propio grupo nacional-racial, alimentara sus viejas conexiones con Rusia, el Este de Europa o el Levante Mediterráneo, y su relación con América fuera puramente económica. En cambio, los americanos que descendían de los nativos, los representantes ante la Historia de la nueva unidad surgida en la Civilización Occidental llamada el pueblo americano, no eran, ipso facto, americanos. Si sustentaban cualquier sentimiento de exclusividad nacional, eran "anti-americanos". Esta transmutación de valores es un invariable acompañante de la Distorsión de la Cultura, y representa una necesidad vital extra-personal del elemento distorsionador de la Cultura. Los valores de la Cultura anfitriona son hostiles a la vida del falseador de la Cultura, y para éste adoptar tales valores equilvaldría a desaparecer como unidad elevada. La asimilación de los judíos significaría que ya no habría por más tiempo una Idea Judía, una Cultura-Estado-Nación-Pueblo-Religión-Raza judíos. Al luchar contra los sentimientos nacionalistas en América, la Idea Judía lucha por la continuación de su existencia contra la hostil Civilización Occidental. Debe rendirse tributo a la astucia política de los líderes del Judaísmo por haber sido capaces, en el siglo XX, de identificar su Idea Judía con América, y de etiquetar el nacionalismo de América con el término "anti-americano".

- II -

Para la historia interna de América, cuatro épocas tuvieron un gran significado: 1789, 1828, 1865, 1933.

1789 señaló la formación de la Unión de las colonias, mediante la adopción de la Constitución. 1828 vio la derrota final del Partido Federalista, la única fuerza autotitaria en la Unión. 1865 fue el inicio de la completa sumisión del continente a la Finanza, pero también de la formación del carácter específico del Pueblo Americano. No obstante, en 1865 fue derribada la última barrera contra la obsesión económica y se preparó el camino que debía actualizarse con el completo triunfo del falseador de la Cultura en 1933. La futura Historia Occidental señalará esta fecha como el año de la Revolución Americana — o más exactamente como la primera fase de la Revolución Americana — porque en ese año la Distorsión Cultural empezó a infiltrarse en las últimas esferas de la vida, el gobierno, el Ejército, la Administración y el Poder Judicial americanos.

No obstante, esa época pasó inadvertida, no sólo para la gran masa de americanos — lo que no puede sorprender — sino también para muchos de los custodios del sentimiento nacional americano.

Superficialmente, el significado profundo de los acontecimientos no se descubrió enseguida. A la población, y al mundo externo, les pareció que simplemente se habían producido unos cambios en la Administración, una substitución de un partido de negociantes por otro. Una revolución gigantesca que en un país europeo hubiera sido causa de una guerra fue astuta e invisiblemente llevada a cabo en un país políticamente inconsciente.

Desde el principio, el nuevo régimen provocó una considerable oposición pues, a causa de su propia necesidad interna, debió embarcarse en un programa hostil y destructor de los sentimientos nacionales americanos.

Los agudos instintos políticos de los extranjeros a la Cultura les habían dado un completo dominio de la técnica de las luchas partidistas americanas. Así, procedieron a monopolizar al partido oponente, de manera que a partir de entonces las elecciones se convirtieron en mera apariencia, y ya no ofrecieron la posibilidad de un cambio real de gobierno, sino solamente la substitución de un partido falseador de la Cultura por otro.

Desde el principio de la Revolución los asuntos exteriores fueron adaptados a la política del Falseador. Se reconoció diplomáticamente a la Rusia Bolchevique en 1934, y Litvinov-Finkelstein fue enviado desde Rusia para felicitar al afortunado régimen de Washington. Este fue el primer paso en la formación de la coalición americano-bolchevique contra Europa. El régimen se hallaba todavía en el proceso de consolidación de su toma del poder, y debía actuar con precauciones, toda vez que aún existía la posibilidad, en 1936, de una rebelión nacional en la vieja forma electoral.

Adaptándose a la preocupación popular por los problemas internos, el Falseador enfocó las "elecciones" de 1936 sobre alternativas domésticas. Éstas debían ser las últimas elecciones en la historia americana en las cuales existió, al menos, una remota posibilidad de una revolución nacional a través de la vieja técnica de las votaciones. A partir de entonces las elecciones se han organizado de tal manera que el régimen falseador de la Cultura pueda perpetuerse a sí mismo en el Poder con tales medios.

 

- III -

La distorsión o el falseamiento Cultural en América, al igual que en cualquier otra parte de la Civilización Occidental, sólo pudo torcer, cambiar de dirección o frustrar el alma del anfitrión. No pudo matarla ni transformarla. Las tendencias autopáticas americanas, surgidas de la influencia desintegradora del Racionalismo y el Materialismo, son la fuente de las posibilidades que utilizó el Falseador de la Cultura. Su técnica consistió en empujarlas cada vez más en el camino de la decadencia, pero al mismo tiempo podía siempre referirse a doctrinas racionalistas, producto ellas mismas de la crisis de Civilización, como un fundamento semi-religioso para su tarea desintegradora.

De este modo, la retórica "igualitaria" de la Declaración de Independencia de 1775, y las piadosas trivialidades de Lincoln y otros políticos partidistas, fueron utilizadas como fundamento de la propaganda de la "tolerancia" que enseña a los americanos que no deben, en modo alguno, ni siquiera en pensamiento, discriminar contra el Judío. Esta propaganda es esparcida desde los más altos cargos oficiales hasta el nivel de los hogares familiares, las escuelas, y las Iglesias.

El movimiento negro es un poderoso instrumento de Distorsión Cultural, y fue organizado como tal poco después de la toma del Poder en 1933. De manera similar, a los numerosos grupos de procedencia extranjera reciente se les impide artificialmente asimilarse y convertirse en americanos, ya que todo grupo que se considere extranjero en América es útil a la Distorsión Cultural. Así, el grupo polaco, por ejemplo, fue muy útil para la agitación bélica en el colapso de 1939. La utilidad de estos grupos extranjeros puede imaginarse facilmente cuando se tiene en cuenta que en 1947 solamente las tres cuartas partes de la población de América se compone de blancos nacidos en América, que sólo el 55% de la población tiene a sus padres nacidos en América, mientras que más del 20% tiene al menos a su padre o a su madre nacidos en el extranjero, y casi el 15% de la población se compone de personas nacidas en el exterior. En América se publican más de mil periódicos y revistas escritos en cuarenta y ocho idiomas extranjeros.

El resultado de todo ello ha sido poner al americano nativo completamente a la defensiva, conceder una posición privilegiada al Falseador de la Cultura que encarna en su más alto potencial la idea de lo extranjero, y desintegrar progresivamente el sentimiento nacional americano. Una Distorsión Cultural llevada hasta ese extremo no hubiera sido posible en Europa, a causa de su más elevada sensibilidad Cultural y de su más alta exclusividad, incluso bajo condiciones democrático-materialistas.

Es necesario observar con precisión los productos espirituales de la distorsión Cultural en América, en todas las esferas de la vida, pues la América que interviene en Europa no es la verdadera América, que todavía existía en 1890, sino un imperio consistiendo en un estrato dominador, con su propia Cultura, y una gran masa de sujetos, incluyendo a los americanos, y los casi tan numerosos grupos que se sienten extranjeros. El estrato inferior suministra los soldados que invaden Europa, pero los cerebros que deciden pertenecen a no-americanos.

 

PERSPECTIVA MUNDIAL

 

- I -

La técnica utilizada para eliminar la resistencia americana a la distorsión Cultural ha sido la uniformidad. A todo americano se le ha hecho vestir igual, vivir igual, comportarse de manera igual, hablar igual y pensar igual. El principio de la uniformidad considera a la personalidad como un peligro y también como una carga. Este gran principio ha sido aplicado a todas las esferas de la vida. La publicidad, practicada de un modo y a una escala desconocidos en Europa es parte del método de la eliminación del individualismo En todas partes se contempla el mismo rostro, vacío y sonriente. El principio se ha aplicado, por encima de todo, a la mujer americana, a sus vestidos, cosméticos y conducta, privándola de toda personalidad.

Una literatura, vasta e inclusiva, se ha desarrollado sobre el tema de mecanizar y uniformar todos los problemas y situaciones de la vida. Se venden millones de libros que explican a los americanos "Como hacer amigos". Otros libros les explican como escribir cartas, cómo comportarse en público, cómo hacer el amor, cómo hacer deporte, como jugar, cómo uniformizar su vida interior, cuántos niños deben tener, cómo deben vestirse, e incluso cómo pensar. El último principio se ha extendido a la enseñanza superior, y no se discute el hecho de que todo muchacho y muchacha americanos tienen derecho a tal clase de enseñanza. Sólo en América podía haber ocurrido que un periodista criticara a la física superior porque estaba creando una especie de aristocracia.

Recientemente se organizó en América un concurso para encontrar al "Señor Promedio". Se utilizaron las estadísticas generales para descubrir el centro de la población, la distribución matrimonial de la misma, la extensión de la familia, la distribución rural y urbana, etcétera. Finalmente, fueron escogidos un marido y una espoca con dos hijos, residentes en una ciudad mediana, y designados "La Familia Promedio". Fueron premiados con un viaje a Nueva York, entrevistados por la prensa, festejados, solicitados para que recomendaran productos comerciales y exhibidos para la admiración de todos aquellos a quienes, en una u otra cosa, les faltara algo de la deseable cualidad del promedio. Sus costumbres domésticas, la manera de enfocar su vida fueron objeto de investigación, y luego de generalización. Habiéndose encontrado al hombre-promedio, sus ideas y sentimientos fueron luego generalizados como las ideas y los sentimientos de un promedio a generalizar.

En las "universidades" americanas maridos y esposas asisten a cursos sobre reajustes matrimoniales. El individualismo no debe ser permitido ni siquiera en algo tan personal como es el matrimonio. En América, el Falseador de la Cultura ha impuesto una manera de hacer cada cosa. Los hombres cambian sus sombreros de fieltro por sombreros de paja un cierto día del año, y otro cierto día abandonan los sombreros de paja. El uniforme civil es tan riguroso — para cada clase de ocasión — como el más estricto atavío militar o litúgico. Cualquier divergencia con respecto al mismo es objeto de interrogación o escarnio. Las artes también han sido cooordenadas en el plan maestro. En América, con sus 140.000.000 de habitantes, no hay una sola compañía de Opera que actúe sin interrupción. Lo mismo puede decirse del Teatro. Lo único que se exhibe en los teatros son "revistas" y obras de propaganda periodística.

Por lo demás, sólo queda el cine, el cual es, después de todo, el más fuerte medio de uniformización del Americano en manos del estrato superior de los Falseadores de la Cultura.

En una tierra que produjo a West, Stuart y Copley, no existe hoy en día ni un sólo pintor de notoriedad pública que persista en la tradición Occidental. Las "abstracciones", las insanidades pictóricas y la preocupación por la Fealdad monopolizan el arte pictórico.

La Música es raramente oída en América, habiendo sido reemplazada por el tamboreo inculto del Negro. Como dice un "musicólogo" americano: "el ritmo del Jazz, tomado de las tribus salvajes, es al mismo tiempo refinado y elemental y corresponde a la disposición de nuestra alma moderna. Nos incita sin pausa, como el tamboreo primitivo del danzarín hechicero. Pero no se detiene ahí. Debe, al mismo tiempo, tener en cuenta la excitabilidad de la psique moderna. Anhelamos la rápida excitación, los cambios constantes, los estímulos. La música posee un excelente medio de excitación, y es la sincopación".

La Literatura americana, que produjo a Irving, Emerson, Hawthorne, Melville, Thoreau y Poe, está, hoy día, enteramente representada por Falseadores de la Cultura que utilizan argumentos freudianos y marxistas en sus novelas y piezas teatrales.

La vida familiar americana, ha sido completamente desintegrada por el régimen Falseador de la Cultura. En el hogar americano corriente, los padres tienen ciertamente menos autoridad que los hijos. Las escuelas no imponen disciplina, ni tampoco las iglesias. La función de formar las mentes de los jóvenes ha sido abandonada por todo en favor del Cine.

El Matrimonio, en América, ha sido reemplazado por el Divorcio. Esto no es ninguna paradoja. En las grandes ciudades , las estadísticas demuestran que de cada dos matrimonios, uno termina en divorcio. Tomando a todo el país en conjunto, la proporción es de un divorcio por cada tres matrimonios. Esta situación ya no puede ser descrita como Matrimonio, ya que la esencia del Matrimonio es su permanencia. El comercio de los divorcios es un gran negocio, del que lucran abogados, detectives privados y otros charlatanes, mientras se resienten las normas espirituales de la nación, como queda reflejado en la actitud emocionalmente indiferente de los niños americanos.

La erótica Occidental, basada en la caballerosidad de los tiempos góticos, con el concomitante imperativo del honor de siglos de historia Occidental, ha sido conculcada. El ideal de Wedekind, el Falseador de la Cultura que predicó la vida bohemia obligatoria en Europa a principios del siglo XX, ha sido llevado a la práctica por el régimen Falseador de Cultura en América. Ha surgido un Puritanismo a la inversa. En este nuevo sentimiento, el Puritanismo sólo es considerado en su aspecto sexual para ser encarnecido en el Cine y la Literatura. La tesis de Baudelaire "Sólo en el Mal está la felicidad" ha sido adoptada por el Falseador, y su resultado a sido la progresiva desintegración de la moralidad americana en todas las esferas. En este esfuerzo, la música de jazz es una útil ayuda, porque en su primitivo tam-tam no es más que la expresión de la lujuria en el mundo del sonido, un mundo que es capaz de expresar todas las emociones humanas, tanto las más elevadas como las más bajas.

Un aspecto de esta perversión general es la manía de la juventud física, que se ha diseminado a lo ancho de toda América. Tanto los hombres como las mujeres, pero especialmente éstas últimas, están intímamente obsesionadas con la idea de permanecer fisícamente jóvenes en apariencia. La publicidad juega con esos temores y los comercializa. Se ha desarrollado un culto a la "girl", el cual, junto con el Cine, las revistas, el jazz, el divorcio, la desintegración de la familia, y la uniformidad, sirve al vasto propósito de destruir los sentimientos nacionales del Americano.

Junto a la uniformidad, está la técnica de la excitación. La prensa suscita cada día nuevas sensaciones. Con vistas al plan general, no importa que tal sensación sea un asesinato, un rapto, un escándalo gubernamental o un rumor de guerra. Pero para finalidades particulares y políticas, las últimas sensaciones son las más efectivas, y durante los años en que se preparó la Segunda Guerra Mundial, el Falseador administró cada día una nueva "crisis". El proceso fue en aumento hasta que la población estuvo a punto para agradecer la llegada de la guerra como un alivio de la tensión nerviosa en constante aumento. Cuando la Guerra efectivamente llegó, el Falseador inmediatamente la llamó "Guerra Mundial", a pesar del hecho de que sólo se hallaban comprometidas tres potencias y las potencias más fuertes no estaban aún envueltas en la Guerra. La intención claro está, consistía en borrar de la mente de los americanos la posibilidad de cualquier localización de la Guerra y prepararles para una intervención americana.

La tensión tras la excitación, el placer, y el constante movimiento ha creado una vasta vida nocturna, un bajo mundo del crimen que anonada a la imaginación de los europeos, y una precipitación por ir de una cosa a otra que excluye la posibilidad de relfexión y la cultura individual. Casi el uno por ciento de la totalidad de la población vive gracias al crimen profesional. El arte de leer le ha sido arrebatado a los americanos, ya que de lo que se trata es de "hacer algo". En esas condiciones, la cultura individual es generalmente ahogada, y los ideales masificadores predominantes imponen limitaciones en la forma de tal cultura personal cuando, a pesar de todo, puede alcanzarse. Toda la historia, todo el pensamiento, todos los acontecimientos, todos los ejemplos, son utilizados para demostrar la bondad del ideal de vida masificado y de la ideología americana.

 

- II -

En la atmósfera racionalista y materialista de la América del siglo XIX sólo había un muy débil lazo de unión con las sublimes tradiciones góticas Occidentales del significado espiritualizado de la Vida, pero bajo el régimen distorsionador de la Cultura establecido desde 1933, América ha perdido toda substancia. En todos los planos, la última realidad del mundo y de la vida es materialista. La finalidad de la vida es la "felicidad". Y así debe ser, si la vida es sólo un proceso físico-químico, y hasta han aparecido artículos periodísticos pretendiendo que es inminente el descubrimiento de una "fórmula" vital por los científicos.

El aspecto contractual de la vieja religión puritana, que consideraba que el Hombre y Dios mantenían entre sí una contabilidad privada, ha sido llevado a sus últimas consecuencias, y toda la vida no es más que un deber legal hacia la proposición mundial llamada América, la cual ha sido ecuada con la misión de falsear a toda la Civilización Occidental, a través del proceso de "educar" a Europa. El Heroísmo, en el sentido Occidental de la palabra es desconocido, y el héroe admirado por las gentes es el gran capitalista que ha convertido una parte importante de la riqueza pública en sus propios recursos, o, si acaso, un sonriente actor cinematográfico. Cosas como un gran movimiento espiritual o un alzamiento nacional no se comprenden en América: en primer lugar porque no han visto nada parecido en su propia historia, y en segundo lugar porque el Falseador ha hecho que tales cosas parezcan ridículas. Al americano se le ha enseñado que la vida es un proceso consistente en cultivar las relaciones amistosas con todo el mundo, en afiliarse a tantos clubs y sociedades secretas como sea posible, y en confinar todos sus pensamientos y esfuerzos en el plano personal.

El "happy end" — final feliz — es el ideal de la vida y la literatura. No se piensa siquiera en soportar los más amargos golpes del Sino. Se cree que se evitarán no pensando en ellos. El hombre afortunado, y no el que ha sufrido en silencio y se ha hecho fuerte, es el protagonista de la literatura del "happy end".

La oposición entre la idea Occidetnal de la realización del Destino y la del Falseador de la Cultura, substituto desintegrador llamado "happy end" es, de hecho, la idea focal de la perspectiva mundial que él desea imponer a la postrada nación americana y a su pariente, la Civilización Occidental. La incompatibilidad entre estas dos ideas se extiende desde el plano personal hasta la economía nacional, la sociedad, el Estado, la religión y la ética.

En gran sentimiento vital occidental es la necesidad de ser uno mismo, de preservar lo interior que no puede ser comprometido ni negociado, que es sinónimo de Alma, Destino, Honor, Raza. La Idea del Falseador del "happy end" es oportunista, débil, degenerada y nauseabunda. Al el ser el mismo alimento espiritual para todas las clases, substituye a la estratificación orgánica de la sociedad. Este alimento, claro, sólo tiene una medida de valor cuantitativa. Así como el mejor producto es el más anunciado, también el mejor libro es el que ha sido más vendido. El mejor periódico o revista es el que tiene una mayor difusión. Esta ecuación de la cantidad con la cualidad es la expresión completa de la masa, la negación de la individualidad.

Un corolario natural de la enfermedad de la felicidad es el pacifismo. Sólo hablamos del pacifismo intelectual, ya que el falseador de la Cultura sabe cómo usar los instintos luchadores del tipo nativo americano. El pacifismo intelectual es propaganda de guerra. El enemigo es identificado con la idea misma de la guerra, y luchar contra él es luchar contra la guerra.

Naturalmente, el "hollywoodismo" es incapaz de arrastrar a un pueblo hasta el heroísmo, la energía, el sacrificio, la renunciación. En consecuencia, los ejércitos americanos en campaña, en el curso de la Segunda Guerra Mundial, debieron ser pertrechados con un interminable río de libros de imágenes, chocolates, cervezas, toda clase de bebidas, discos, gramolas, cines y toda clase de "juguetes".

Lo fundamental no puede ser eludido, y así sucedió que a pesar de ocho años de preparación mediante el más intenso bombardeo de artillería emocional que el mundo ha visto jamás, utilizando el cine, la prensa, el teatro y la radio, no se había despertado ningún entusiasmo bélico en el pueblo americano mientras, en cambio, existía un sentimiento negativo entre las tropas destinadas a luchar contra Europa en la Segunda Guerra Mundial. De los 16.000.000 de hombres enroladas en las Fuerzas Armadas, desde el principio hasta el final de la breve participación militar de América en la Segunda Guerra Mundial, el número de voluntarios no llegaba a los 600.000. Casí el doble de este número de voluntarios se alistaron, en un año en una sola nación europea en la Primera Guerra Mundial. Además, debe tenerse en cuenta que una gran parte de los voluntarios americanos habían recibido la notificación de su inminente movilización y sólo se presentaron como voluntarios para cubrir las apariencias.

La idea Occidental de la realización del Destino, con su imperativo interno del honor y la fidelidad a las convicciones, significa que lo vulgar es opuesto a lo digno. Ninguna idea superior es "para todos" y toda creatividad procede de unos pocos. Los actos de un elevado contenido ético no pueden ser realizado por todos, y quien es capaz de ellos no tiene razón alguna para avergonzarse, para renunciar a los valores espirituales, y adoptar la cara sonriente, el vacío interno y el ideal de "llevarse bien con la gente", a costa de su alma.

Incluso la destrucción y la distorsión, en la escala en que se ha llevado a cabo en América, es una tarea de minorías. Las masas americanas y extranjeras son meramente el objeto de la distorsión. La unidad orgánica que considera la desintegración de América como una parte de su propia misión vital representa, en su base más amplia, sólo el diez por ciento de la población de la Unión Americana. Y dentro de ese diez por ciento, sólo un comparativamente reducido número de cerebros y un estrato de líderes de confianza que realizan la política de la Cultura-Estado-Nación-Religión-Pueblo-Raza judíos. Para esos líderes, la gran masa de su propio pueblo no es más que carne de cañón en la guerra no-militar contra la Civilización Occidental en todo el mundo. No es preciso que esos cerebros sean considerados como animados por motivos maliciosos y diabólicos. Para ellos la Civilización Occidental es el depósito de la maldad y el odio colectivo del mundo, la fuente de mil años de persecución, una cuel e irracional monstruosidad, una fuerza siniestra que trabaja contra la Idea Mesiánica Judía.

 

EL NEGRO EN AMÉRICA

Las condiciones democrático-materialistas surgen durante la orgánicamente necesaria crisis de Civilización, y son, pues, autopáticos. La Distorsión Cultural procede de la interferencia en la vida del anfitrión, de un parásito Cultural, pero que, no obstante, vive dentro del cuerpo de dicha Cultura. Ambas Culturas en competencia aumentan la intensidad de cada una, y América es el más claro ejemplo de los múltiples efectos que esas enfermedades Culturales pueden ejercer sobre un pueblo que no pudo resistirlas adecuadamente en un principio.

La población de América, actualmente, consiste sólo en una ligera y despojada mayoría que es indiscutiblemente americana, racialmente, espiritualmente, nacionalmente. El resto — casi la mitad — consiste en negros, judíos, inasimilados procedentes del Sudeste Europeo, mejicanos, chinos, japoneses, siameses, sirio-libaneses, eslavos e indios. Los grupos eslavos son asimilables por la raza americana, pero el proceso de su asimilación ha sido delberadamente entorpecidos por la intervención del falseador de la Cultura. Los ideales masificadores del ruido, la excitación, la uniformidad mental y las prisas constantes que los americanos comparten con esos grupos extranjeros no asimilados, no representan ninguna clase de asimilación, porque esos rasgos son anti-nacionales, desmoralizadores, destructores de la individualidad, el Estado, el Pueblo, la Raza.

El problema negro es uno de los numerosos disloques raciales que precisan de una urgente solución en América. Cuando, como resultado de la Guerra de Secesión, los negros fueron privados de su seguridad y entregados a la esclavitud financiera en una civilización industrial cuyos problemas no podían soportar en modo alguno, eran un pueblo resignado y primitivo. No tenían ningún dinamismo, ninguna misión destructora. Su número era, en esa época de unos cuatro millones y medio, y casi todos se encontraban en los Estados de Sur, donde la vida social se ajustaba a su presencia, y mantenía a las razas blanca y y negra separadas en todos los terrenos. En ninguna de las dos partes existía el deseo de alterar esta natural formulación de relaciones.

No obstante, para un capitalista financiero, un negro meramente representa "trabajo barato", o la perspectiva de un pequeño préstamo. El Armo del Dinero no sabe nada de Nación, Pueblo, Raza, Cultura. El es un "realista" lo que significa, en el nivel intelectual primitivo, que él considera todo lo que es como la suma total de la Realidad. Pero en realidad, claro está, representa una etapa ya pasada, una Idea ya cumplida. La verdadera Realidad es el Futuro en acción, pues tal es el ímpetu de los acontecimientos. Así, ningún pensador del Dinero sería capaz de pensar en dos o tres generaciones futuras; pues ve lo futuro como estable, aun cuando actúe para crear la inestabilildad en condiciones Inmediatas.

Después de la Guerra de Secesión, progresivamente, más y más negros se fueron desplazando hacia los Estados del Norte. Este movimiento migratorio fue ampliamente favorecido por las dos Guerras Mundiales, cuando millones de negros se desplazaron hacia el Norte para reemplazar a trabajadores blancos de las zorras industriales que habían sido movilizados. Para reforzar ese proceso proletarizador, empresas norteñas incluso desplazaron sus fábricas tracia el Sur, para emplear la "barata'' mano de obra negra y aumentar así sus beneficios.

La conversión del negro en un esclavo del salario le ha desmoralizado completamente, haciendo de él un proletario descontento y creando en su interior una profunda amargura racial. El alma del negro permanece primitiva e infantil, en comparación con la nerviosa y complicada alma del hombre Occidental, acostumbrado a pensar en términos de dinero y civilización. El resultado ha sido que el negro se ha convertido en una carga para la sociedad blanca.

El matrimonio es casi desconocido entre los negros, y las mujeres dirigen las familias numerosas. En las grandes ciudades, la población negra da un porcentaje de criminalidad diez veces superior a lo que debiera ser de acuerdo con su número. Las enfermedades sociales son generales entre esa raza, y tanto en los hospitales como en las penitenciarías la cifra de negros es altísimamente desproporcionada. La violencia primitiva es natural en el negro, y no tiene el sentido del deshonor social cuando se trata de delitos. Los barrios negros de las ciudades norteñas son peligrosos para la vida de las personas blancas.

El Bolchevismo y la Distorsión Cultural no olvidaron las potencialidades del negro para los propósitos de la desintegración interna y la guerra racial. Los procesos contra los negros, por felonía, en los Estados del Sur, son objeto de intensa y voceada propaganda comunista, según las viejas "líneas" de la "igualdad" y la "tolerancia". El partido Comunista facilita ayuda legal a los negros acusados de delitos comunes.

Como todas las razas primitivas, la raza negra es fecunda, y posee instintos fuertes. Su población, hoy (1947), incluyendo los mulatos, es aproximadamente de 14.000.000. Este diez por ciento de la población total de América es un auxiliar del programa del Falseador de la Cultura. Políticamente esta masa está organizada como una unidad y secundó al régimen de Roosevelt desde el momento en que se apoderó del poder en 1933. El Negro ha sido el foco de gran parte de la actividad revolucionaria del régimen falseador de la Cultura. De vez en cuando, el Falseador organiza públicamente un problema racial en el cual el Sudista blanco desempeña el papel de enemigo público y el Negro es el héroe de la "democracia". el resultado de esta escenografía es un aumento de la guerra racial en las ciudades del Norte y del Sur.

El Negro ha sufrido más que nadie al haber sido arrojado a la esclavitud de la explotación financiera y luego alistado en el programa de guerra racial del Falseador. Antes era un feliz, profunda y primitivamente religioso esclavo algodonero, completamente protegido y aislado del dinamismo del industrialismo Occidental. Ahora se ha convertido en un descontento y malsano luchador en la guerra de clases y de razas. Su vida se ha convertido en un pergerinar por fábricas, hospitales, oficinas de caridad pública, y ha sido equipado por el Falseador con un programa de demandas, una Ideología propia dentro del encuadramiento bolchevique, y un liderazgo dinámico. Un escritor negro ha dicho recientemente: "¿Vuestra tierra? ¿Cómo llegó a ser vuestra? Nosotros estábamos aquí antes de que los peregrinos desembarcaran. Aquí hemos traído nuestros tres dones y los hemos mezclado con los vuestros: el don de la poesía y la canción, tiernas y vivas melodías para una tierra mal armonizada e inmelodiosa; el don del sudor y el poder del músculo, para vencer la tosquedad y conquistar la tierra de este amplio y rico país doscientos años antes de que vuestras débiles manos blancas pudieran hacerlo; el tercer don es el don del alma. ¿No valen nada esos dones? ¿No es eso trabajo y esfuerzo? ¿Podría América haber llegado a ser América sin el pueblo Negro?". Esto no representa meramente el pensamiento de un mulato, pues esas ideas han sido introducidas en las cabezas de millones de negros urbanos, para no mencionar a los blancos de instintos débiles, por parte del elemento liberal que se ocupa de la guerra racial y la favorece.

El Negro tiene una voluntad suficientemente fuerte para exigir el cumplimiento de sus demandas y actualmente hay negros en todos los niveles de la vida pública: oficiales, jueces, administradores, líderes sindicales, abogados, médicos, profesores.

El problema Negro presenta para América dos aspectos: el inmediato y otro a largo plazo. En lo inmediato, el movimiento negro se halla completamente al servicio de la Distorsión Cultural que controla todas las fases del Bolchevismo doméstico en América. Esto conducirá a una crisis interna en la cual muchos problemas de la vida pública americana se plantearán simultáneamente, monstruosos en su amplitud y exigencias, al pueblo americano en el futuro próximo. Cuando sucederá es algo que nadie puede decir; pero es inevitable, pues América no va a ser una excepción en cinco milenios de Historia de las Grandes Culturas y sus colonias. La posición del Negro ante la existencia orgánica del Pueblo Americano es muy clara.

El aspecto a largo plazo del problema queda en evidencia por el descendente promedio de nacimientos de la población nativa americana y el creciente promedio del Negro. El viejo elemento blanco está disminuyendo, incluso en cifras absolutas, y este proceso ya se halla en curso desde hace dos décadas. La relación más inmediata es político-espiritual; el problema más remoto es étnico-espiritual.

 

RETRASO CULTURAL EN AMÉRICA

 

- I -

En esencia, como hemos visto, el Retraso Cultural es una mera negación del Futuro. Pero al Destino no se lo engaña. Sólo se engañan a si mismas las mentes que intentan mantener o restaurar situaciones o ideologías muertas. Sólo en la superficie pueden los retardatarios Culturales obtener una victoria e, incluso entoces, gracias únicamente a su preponderancia puramente material. Y aun cuando logran tal victoria superficial y temporal, ello representa simplemente la derrota de la calidad ante la cantidad.

América, al ser una colonia y teniendo por consiguiente una más baja resistencia orgánica a la enfermedad Cultural, ha sucumbido más profundamente a las influencias retardatarias que la tierra madre de la Cultura Occidental. En América, esas fuerzas retardatarias están conducidas e inspiradas por la más grave de las enfermedades Culturales, la Distorsión o el Falseamiento Cultural, y reciben la más poderosa ayuda para evitar el efecto negativo que resultaría de la franca aparición del Falseador extranjero.

La popular imagen que ha sido declarada obligatoria para el uniformizado americano consiste simplemente en la vieja materialista imagen que Europa ya había superado en tiempos de la Primera Guerra Mundial. Así, en las univrsidades americanas, se enseña el Darwinismo y el Mecanicismo como la última palabra en biología.

En sociología, Mill y Spencer son los personajes de moda. Todavía se cree en el esquema Antiguo-Medieval-Moderno, y Buckle y Gibbon representan la perfección del método histórico. Carlyle, Lamprecht, Breysig, Meray, Eduard Meyer, Spengler, son completamente desconocidos. En psicología ha triunfado la idea de la masa, de manera que el "genio" es equiparado con la inteligencia superior y esta última con la educación de "un buen colegio". Como siempre, no hay diferencia cualitativa entre las personas. La máxima comercial es "Usted puede comprar cerebros". Por lo demás, el Freudianismo es el Evangelio. En América es perfectamente posible que el titular de una licenciatura académica ignore totalmente la Historia de la Cultura Occidental, con el significado de Carlyle, Nietzsche, Spengler, o la rebelión de la Civilización Occidental contra la Democracia y el Materialismo. Su concepto sobre los acontecimientos ocurridos en los últimos setenta y cinco años en Europa queda delineado en unos cuantos tópicos periodísticos. La amplitud y profundidad del concepto mundial del siglo XX le es completamente desconocido y le induce a negar la existencia de hechos y posibilidades inconmensurables basándose en un materialismo de laboratorio.

El Retraso Cultural como grotesca realidad queda ilustrado por el hecho de que América está hoy de 30 a 50 años por detrás de su pariente, la Civilización Occidental, en el mundo del pensamiento. Ninguna universidad americana ha oído hablar de geopolítica ni nada que se le parezca. Las teorías de Mahan sobre el poder naval son la última palabra en gran estrategia y el ejemplo de la dos Guerras Mundiales — que a los americanos se les ha enseñado a considerar como "victorias" — refuerzan aún más esa idea del poder naval a pesar del hecho de que acontecimientos que han conmovido al mundo han alterado fundamentalmente la relación entre el poder continental y el poder naval. Este error fundamental de América dará sus frutos en la Tercera Guerra Mundial.

En la teoría de la economía, la situación es similar. Adam Smith es fundamental. Abstracciones como "la economía mundial" son consideradas como realidades concretas. List es desconocido, pero a Marx se le considera un economista. Sombart fue dejado de lado después de la Revolución Americana de 1933. El problema monetario es tratado sobre la base de la teoría del patrón oro. El abandono europeo de la teoría de una economía basada en el oro fue considerado como un error moral. Las teorías económicas clásicas, de la Escuela de Manchester, son un foco de creencias, más que una curiosidad histórica. Cualquier infracción a las mismas es considerada como algo malvado o, cuando menos, como lamentable necesidad temporal. Estas doctrinas del siglo XIX son siempre descritas como las "leyes de la economía".

Esta mentalidad retardaria, naturalmente, ha motivado serios efectos en la esfera de la acción, es decir, de la política y la economía.

Desde que América se convirtió en una potencia mundial en una parte del planeta donde no tenía oposición alguna, no logró desarrollar un Estado, ni una verdadera conciencia política. Por consiguiente, y como excepción entre todas las demás potencias Occidentales, la economía gozó siempre de una indiscutible preeminencia sobre la política. La política interna en su verdadero sentido no existió en América: las luchas entre los partidos fueron consideradas por todos como una mera competencia de negocios entre los dos trusts de partidos. Como verdaderos acontecimientos políticos en América — disyuntiva de grupos opuestos como amigos y enemigos — sólo han habido tres: la Guerra de la Independencia, 1775-83; la hostilidad Norte-Sur que culminó con la Guerra de Secesión, 1861-65; y la Revolución de 1933, cuando la Distorsión Cultural logró el control completo del Destino de América.

Esta preocupación exclusiva, a todos los niveles de la población, por la economía, fue la causa de la ascendencia total del Amo del Dinero sobre la vida americana, del fracaso en el desarrollo de una verdadera conciencia nacional, y de la subida al poder de la Distorsión Cultural.

Los amplios ciclos de fluctuaciones financieras, con "prosperidad" y "crisis" alternativas, arruinaron a millones de personas, y hasta épocas recientes estos despojados individuos podían aún reivindicar y obtener nuevas tierras en el Oeste, y empezar de nuevo su vida económica. La guerra de clases política nunca fue importante en América, hasta epocas recientes. El predominante sentimiento puritano-calvinista de la predestinación económica militó contra la guerra de clases fundamentalmente política, ya que cada obrero pensaba que, un día, él podría ser rico.

Con la desaparición de la "frontera", empero, las masas de obreros industrales se convirtieron en material para el líder laboral profesional; material que éste debía organizar. Desde sus débiles comienzos, el movimiento laboral en América se fue desarróllando hasta convertirse en una poderosa organización política, que podía decidir la elección de los políticos en áreas industriales. A esta situación se llegó ya en los años ochenta del siglo XIX. Este movimiento laboral abarcó a anarquistas, comunistas, marxistas, nihilistas y líderes liberal-capitalistas. Los elementos políticos nunca dominaron a este movimiento, ni siquiera después de la Revolución de 1933, porque la clase trabajadora americana piensa y siente económicamente y capitalistamente, pero no políticamente y socialistamente. "Socialismo" en América, significa, incluso ahora, lo que significó en Europa en el siglo XIX, es decir, capitalismo de las clases bajas. Del verdadero Socialismo, nada se sabe o se comprende en América, toda vez que el Socialismo no es esencialmente un principio de organización económica, sino una Idea ético-política, el Espíritu de una Edad Política, y la política todavía no es comprendida en América.

 

- II -

Hablando en términos generales, la economía de América se halla todavía en las condiciones capitalistas que Europa empezó a superar hace cincuenta años, y que teminaron definitivamente para Europa en ocasión de la Revolución Europea de 1933.

La Agricultura, por ejemplo, se halla fundamentada en América sobre una base de dinero. No existe ninguna política para aislarla de la economía urbana o para proteger a los grangeros contra la explotación financiera. Así, durante la parte del ciclo en que los capitalistas financieros contraen el volumen del dinero, los granjeros son empujados a la ruina y sus granjas son cerradas.

Casi no existe un "peasantry" (campesinado propietario) en el sentido europeo de la palabra. El campesino propietario tiene una relación espiritual con la tierra, mientras que el granjero americano tiene con ella solamente una relación financiera y la abandonará tan pronto como se le presente una mejor oportunidad económica. Esta actitud puramente económica ha dado como resultado una ruda explotación del suelo, con un brusco descenso en su productividad y un descenso aún más brusco en el valor nutritivo de sus productos. La Agricultura sólo se considera en una base extensiva, y la falta de cuidado del suelo ha traído como consecuencia las devastadoras pérdidas por la erosión.

La explotación de los depósitos minerales se hace también sobre una base puramente financiera, y una mina de carbón o un pozo de petróleo pueden ser abandonados con el 80% del mineral por extraer. La apertura de un pozo o de un túnel minero significa la entera movilización industrial de toda una zona, ya que la propiedad de la superficie implica la propiedad del subsuelo según la ley americana. El resultado de todo ello puede describirse como un despilfarro de los tesoros del suelo, lo que contrasta con la actitud el siglo XX con relación al suelo y a sus minerales.

La producción industrial es simplemente un campo de batalla por los beneficios y el control entre los dirigentes industriales y los líderes sindicales. El daño social y el despilfarro económico de las huelgas son considerados como normales en América al tiempo en que la idea del siglo XX no concibe ninguna lucha interna en una unidad política. Detrás de la lucha entre los ejecutivos a quienes paga y los trabajadores a quienes alquila, el capitalista financiero domina la escena económica. El resultado de la huelga no puede perjudicarle ya que controla las fuerzas motivadoras de la economía financiera.

Esto nos lleva a la emisión de dinero en América. Desde la Guerra de Secesión, en 1865, todo el país, financieramente hablando, ha sido un imperio de súbditos ignorantes y los propietarios de los grandes bancos en Nueva York han sido los monarcas económicos. La codificación de esta situación tuvo lugar en el año 1913 cuando fue creado, por decreto-ley, el Sistema de la Reserva Federal. Preveía un sistema de doce bancos centrales, de los cuales dependería financieramente el gobierno central. Esos bancos son de propiedad privada y emiten dinero contra bonos del gobierno que son vendidos a través de dichos bancos. Así, el esfuerzo bélico americano en la Segunda Guerra Mundial produjo un beneficio de 7.500.000.000 de dólares para los dueños del sistema. Todo el dinero existente en América es emitido privadamente por esos bancos centrales. A este dinero se lo denomina "respaldado por los bonos del gobierno". Esos bonos, no obstante, son pagaderos únicamente en tal dinero. Todo el sistema, claro está, no pretende más que disfrazar el control privado de la vida económica del país. El volumen del dinero puede ser aumentado o disminuido a voluntad de los capitalistas financieros, y en un país que carece de Estado, esto es una herramienta de dominio.

Para el alma del siglo XX en la Civilización Occidental, el hecho de que el poder público resida en manos privadas es inconcebible. También lo es el dominio de la vida económica de una Nación-Estado por el pensamiento-dinero. Triplemente abominable para el siglo XX es la concesión de cualquier clase de poder en la mentalidad del banquero que considera a los seres humanos como un "costo de producción"; que contempla la política como un campo reservado a las trampas privadas y que usa el heroísmo de los soldados como un útil subterfugio para conquistar nuevos dominios financieros allende los mares.

El Capitalismo Financiero pertenece a una época pretérita; a la Época del Dinero. Incluso en América ha pasado a un segundo plano convirtiéndose en una mera técnica para el dominio absoluto del Falseador de la Cultura. Más importante como técnica es el control de las mentes de los hombres y una comprensión de América y sus potencialidades para Europa precisa un exacto conocimiento de sus sistemas de propaganda.

 

PROPAGANDA

 

- I -

Si se creyera realmente en la ideología de la "Igualdad" del siglo XVIII no existiría la propaganda, toda vez que cada hombre pensaría de manera completamente independiente y se sentiría ofendido ante cualquier tentativa para influir en su mente. Pero esta ideología es, precisamente, actualizada por el ejemplo de América, el país en que fue adoptada con fervor religioso a pesar de no corresponder con ninguna clase de realidad. La igualdad espiritual pudo haber estado más o menos de moda en los salones de los aristócratas y los racionalistas espirituales de Francia, Alemania, Inglaterra o América en el siglo XVIII, pero hacia mediados del siglo XIX, cuando las masas habían sido movilizadas, no existía posibilidad de igualdad alguna ya que estas masas exigían el mando en razón de su simple existencia. Cuanto más se radicalizaba la situación de las masas, más grande era el sentimiento de necesidad de un liderazgo fuerte. Como dijo Nietzsche: "Cuando la inseguridad es demasiado grande, los hombres se arrodillan ante una fuerte voluntad de poder."

Hay dos técnicas de liderazgo y ambas son indispensables: disciplina y persuasión. La primera se basa en la confianza, la fe, la lealtad, el sentido del deber, los buenos instintos. La segunda se dirige al aspecto intelectual y se ajusta a las características de la persona o población solicitada. Ambas técnicas utilizan sanciones, sean éstas penales, morales, económicas o sociales. En un período en que la reorganización y formación de grandes masas es el principal problema de acción, la persuasión, o la propaganda, es paralelamente necesaria porque sólo una élite es capaz de la más elevada disciplina y las masas deben ser constantemente convencidas.

Así, en América, el país en que el pensamiento de masas, los ideales de masas y la vida masificada domina la vida colectiva, la propaganda es la forma principal de diseminación de la información. No hay publicaciones en América dedicadas exclusivamente al intelecto. Un régimen distorsionador de Cultura se basa en su invisibilidad y el pensamiento independiente de individualidades fuertes es ipso facto hostil a tal régimen. Tampoco hay publicaciones que solamente den a conocer hechos. Cualquier clase de hechos y de puntos de vista son coordinados en su presentación al público en el circuito de la imagen propagandística requerida.

La técnica de la popaganda americana incluye toda clase de comunicaciones. La principal es el Cine.[69] Cada semana 80.000.000 de personas asisten al Cine en América para ingerir el mensaje propagandístico. Durante el período de preparación de la guerra, 1933-1939, el Cine produjo una interminable sucesión de películas odiosas dirigidas contra la Revolución Europea de 1933 y su perspectiva del siglo XX así como sus realizaciones.

El segundo lugar en efectividad lo ocupa la Radio. Cada americano tiene en su hogar uno o más receptores de radio y a través de ellos le es administrada la imagen masificada de los acontecimientos una y otra vez. Ya ha leído el mismo punto de vista obligatorio en la prensa. Lo ha visto en el cine. Ahora lo oye. La prensa, tanto diaria como periódica, ocupa el tercer lugar en la efectividad. Debiera decirse que, en América, la efectividad se mide solamente por el número de individuos a los que llega, toda vez que el ideal del pensamiento masificado ha triunfado sobre la individualidad, la calidad, y la estratificación intelectual de la población,

En cuarto lugar viene la edición de libros. Sólo se editan aquellos libros que pueden encuadrarse en el marco propagandístico. Así, una edición para niños de Las Noches de Arabia fue recientemente, retirada en América a causa de que se creyó que su contenido podía crear prejuicios contra los judíos en sus lectores. Todo se reducía a una ilustración mostrando a un mercader poco escrupuloso con los rasgos de un judío en la historia de Aladino y su lámpara. En el transcurso de los años 1933-1939, la política del Falseador no pudo ser contrarrestada en ningún periódico, libro o revista de amplia difusión.

Luego vienen las universidades y los colegios. La idea de masas, aplicada a la educación significa que una "educación superior" es generalizada hasta tal extremo que se hace imposible llegar a alcanzar los altos niveles de la educación superior existentes en Europa. América, con una población que no llega a la mitad de la Europa, tiene diez veces más instituciones que conceden grados académicos. De hecho, lo que se imparte en esas instituciones es una versión ligeamente más esotérica de la imagen ideológica y propagandística impuesta por el régimen Falseador de la Cultura.

Finalmente, está la escena. Fuera de Nueva York, la capital espiritual del régimen dominante, ésta casi no existe, pero en Nueva York el teatro periodístico juega un importante papel en la técnica propagandística. Esto ocurrió de manera muy marcada, durante el período 1933-1939 con una corriente ininterrumpida de obras tendenciosas contra el concepto del siglo XX y sus representantes europeos. Muchas de estas obras se representaron en el lenguaje yiddish ya que los líderes reales de América requieren la uniformidad también entre su propia gente.

La imagen propagandística presenta dos aspectos, el doméstico y el extranjero. La propaganda doméstica es revolucionaria, apoyando la Revolución Americana de 1933. Todas las Revoluciones ideológicas, desde la Francesa de 1789, pasando por las europeas del siglo XIX en Europa, hasta llegar a la Bolchevique de 1918 tienden a tomar la forma de un culto. En Francia, el Culto a la Razón fue el foco del frenesí religioso; en Rusia fue el culto a la máquina, según el Dios Marx. La Revolución Americana de 1933 no es una excepción. El motivo central del nuevo culto es la "democracia". En la imagen propagandística, este concepto toma el lugar de Dios, como centro y realidad última. Así, un Juez del Tribunal supremo, hablando a los graduados de un colegio judío, dijo, en 1939: "En un sentido más amplio hay algo más importante que la religión, y ello es la realización de los ideales de la democracia".

La palabra ha sido dotada de una fuerza religiosa, y de hecho, ha alcanzado la posición de una religión. Se ha convertido en un tópico, y no puede ser objeto de un tratamiento crítico. La apostasía o la herejía provocan una inmediata respuesta en la forma de un proceso por sedición, traición, evasión de impuestos, o cualquier otra excusa. Los santos de este culto son los "Padres Fundadores" de la Guerra de Independencia, particularmente Jefferson — a pesar del hecho de que ellos detestaban la idea de democracia, y eran, casi todos, propietarios de esclavos — y también Lincoln, Wilson y Roosevelt. Sus profetas son periodistas, propagandistas, estrellas de cine, líderes sindicales y políticos partidistas. El hecho de que la palabra no pueda ser definida es la evidencia más segura de que ha dejado de ser descriptiva y se ha convertido en el objeto de una fe masiva. Todas las ideas y dogmas de la imagen propagandística se refieren a la "democracia" para su justificación fundamental.

Inmediatamente después de la "democracia" sigue, en importancia, la "tolerancia". Esta es, obviamente, fundamental para un régimen culturalmente extranjero. Tolerancia significa, esencialmente, tolerancia para con Judíos y Negros; pero puede también significar la más cruel persecución contra Europeos u otras personas cuyos puntos de vista difieran fundamentalmente de la predominante idea masificadora. Esta persecución es social, económica y, si es preciso, legal.

Para continuar la atomización del anfitrión, la lucha de clases representa un aspecto esencial del plan del parásito. Se predica como "el derecho del trabajo a organizarse", "el derecho a la huelga", y otros slogans similares. Pero "el capital" también tiene sus "derechos", ya que ninguno de los dos bandos debe obtener una victoria decisiva. La División, aquí, como siempre y en todas partes, es una técnica de la victoria.

El Feminismo es predicado y fomentado, llevando la uniformidad masificadora al campo de los sexos. En vez de la polaridad de los sexos, se promueve el ideal de la mezcla de los mismos. A las mujeres se les enseña a ser "iguales" a los hombres, y el reconocimiento Occidental de la polaridad sexual es denunciado como "sumisión" y "persecución" de las mujeres.

El Pacifismo también forma parte de la propaganda que se predica. No se trata, naturalemente, de un verdadero pacifismo, porque éste sobreviene sin necesidad de que nadie lo predique, a menudo sin que nadie lo sepa y siempre sin que nadie pueda hacer nada en favor o en contra de su existencia. En la práctica, el pacifismo doctrinario, es siempre una forma de propaganda de guerra. Así, en América, Europa significa guerra, y América significa paz. El imperialismo americano es siempre una cruzada por la paz. Un prominente miembro del régimen habló recientemente del "deber de América de imponer la paz en todo el mundo".

La "tolerancia religiosa" es también una parte de la propaganda y se interpreta de manera que signifique indiferencia religiosa. Los dogmas y las doctrinas de la religión son tratadas de manera completamente secundaria, como si no significaran nada. Las iglesias, a menudo, se funden o se separan por consideraciones puramente económicas. Cuando la religión no es simplemente una obligatoria distracción social semanal, es un mitín político. Constantemente se promueve la cooperación entre las iglesias, y siempre con alguna finalidad utilitaria que no tiene nada que ver con la religión. Y lo que esto significa es: la sumisión de la religión al programa del Falseamiento Cultural,

 

- II -

Mucho más importante para Europa que la propaganda y sus efectos en los asuntos domésticos americanos es la propaganda sobre los asuntos exteriores. El tópico "democracia" es usado también en este campo propagandístico como la esencia de la realidad. Un acontecimiento extranjero que se desea que ocurra es descrito como "fomento de la democracia". Otro tipo de acontecimiento que se desea boicotear es presentado como "contrario a la democracia" o "fascistoide". "Fascismo" es el tópico correspondiente a la maldad en teología, y de hecho ambos conceptos están directamente equiparados en la propaganda americana.

El enemigo primordial en la imagen propagandística fue siempre Europa y especialmente el espíritu Prusiano-Europeo que surgió con tan evidente fuerza en la Revolución Europea de 1933 contra la visión negativa de la vida con su materialismo, obsesión por el dinero y corrupción democrática. Cuanto más claro se vio que esta Revolución no era un superficial fenómeno político, un mero cambio de régimen de partidos, sino la revolución total, profundamente espiritual, de un nuevo y vital espíritu contra un espíritu muerto, tanto más violenta se hizo la campana de odio dirigida contra Europa. Hacia 1938, esta propaganda había llegado a un punto de tal virulencia, tanto en intensidad como en volumen, que ya no podía ser superado. El americano fue bombardeado sin descanso con el mensaje de que Europa atacaba todo lo que tenía algún valor en el mundo: "Dios", "la religión", "la democracia", "la libertad", "la paz", "América".

Este uso excesivo de abstacciones era indicativo, por si mismo, de una falta de realidades concretas a que referirse. Como, a pesar de ese bombardeo propagandístico, no se llegó a excitar suficientemente al público, se utilizó la tesis de que Europa estaba planeando la invasión de los Estados Unidos con flotas y ejércitos. Ideas de este tipo realmente conquistaron el lado intelectual de la masificada mente americana, pero no penetró hasta el nivel emocional lo suficiente como para causar una aprensión genuína o un odio efectivo.

"Agresor" fue otra palabra tendenciosa utilizada en el asalto intelectual. Una vez más, no se refería a hechos, sino que se empleaba como término insultante. Se inventó la "moralidad inrernacional", formulándose de manera que el enemigo del Falseador de la Cultura fuera definido ipso facto como inmoral. Si no se podían encontrar razones políticas para su política, se inventaban razones morales, ideológicas, económicas y estéticas. Las naciones fueron divididas en buena y malas. Europa, en conjunto, era mala cuando estaba unida, y si la Distorsión Cultural conseguía obtener una cabeza de puente en un país europeo, tal país se convertía a partir de entonces en bueno. La máquina americana reaccionó con venenoso odio contra el reparto europeo de Bohemia en 1938. Todas las potencias europeas que participaron en las negociaciones fueron denunciadas como malvadas, agresoras, inmorales, antidemocráticas y todo lo demás.

Algo fundamental en esa imagen política fue la tesis de que la política es un asunto de "formas de gobierno", luchando las unas contra las otras. No naciones o estados, sino abstracciones como "democracia" y "fascismo" eran el contenido de la lucha mundial. Esto impuso la necesidad de llamar al circunstancial oponente "democrático" o "fascista", cambiando de un mes a otro, de un año a otro. Serbia, Polonia, Japón, Rusia, China, Hungría, Rumanía, y muchas otras unidades políticas fueron "fascistas" y "democráticas", dependiendo ello, precisamente, de qué clase de tratado habían concluído, y con qué potencia.

La división entre potencias "democráticas" y "fascistas'' se correspondía exactamente con la de potencias observadoras de los tratados y potencias violadoras de los tratados. Como suplemento de todo esto, existía la dicotomía de naciones amantes de la paz y... las otras. La frase "derecho internacional" fue popularizada y se utilizó para describir algo que nunca ha existido y que no puede existir. No tenía nada que ver con el verdadero derecho internacional de 500 años de práctica Occidental. Se popularizó para significar que cualquier cambio en el status quo territorial internacional estaba "prohibido" por el "derecho internacional".

Todas las palabras que tenían buen "renombre" fueron relacionadas con los tópicos principales de la imagen. Así, la Civilización Occidental era demasiado impresionante para ser tratada como un término hostil, y fue usada para describir el parlamentarismo, la lucha de clases, la plutocracia, y finalmente, la Rusia Bolchevique. La maquinaria propagandística insistió, durante la batalla de Stalingrado, a finales de 1942, cuando se enfrentaban las fuerzas de Europa y de Asia, en que las fuerzas asiáticas representaban a la Civilización Occidental. El hecho de que regimientos Siberianos, Turkestanos y Kirghizes eran utilizados por el régimen bolchevique fue aducido como prueba de que Asia había salvado a la Civilización Occidental.

Para los europeos, esta clase de cosas testimonia dos grandes hechos: la total falta de cualquier consciencia Cultural o política entre las masas de la población americana, y la profunda, total e implacable enemistad hacia Europa del régimen Falseador de Cultura en América. Japón también fue tratado en la imagen propagandística como un enemigo, pero no como un enemigo irreconciliable, como Europa. No se permitió que la propaganda contra el Japón adoptara nunca una forma racial, precisamente para impedir que los instintos raciales de la población americana se despertaran de forma tempestuosa, barriendo al Falseador y acabando con su influencia. El tono, generalmente suave, de la propaganda anti-japonesa, se debió al hecho de que el Japón no había experimentado, y no podía jamás experimentar, nada parecido a la Gran Revolución Europea de 1933.

Debido a la primitiva intelectualidad de un país cuya población había sido mentalmente uniformizada, esta propaganda pudo llegar a extremos muy crudos. Así, durante la preparación de la guerra, entre 1933 y 1939, la prensa, el Cine y la Radio anunciaron historias de insultos a la bandera americana, en el extranjero, de documentos secretos accidentalmente descubiertos, de conversaciones telefónicas registradas en magnetófonos, de descubrimientos de depósitos de armas pertenecientes a grupos nacionalistas americanos y otras cosas por el estilo. "Noticieros cinematográficos" que, según se afirmaba, había sido filmados en Europa, habían sido filmados, en muchos casos, en Hollywood. Todo llegó a ser tan fantástico que, un año antes de la Segunda Guerra Mundial, un programa radiofónico que relataba la historia imaginaria de una invasión de la Tierra realizada por marcianos, produjo síntomas de incontenible pánico entre las masas embrutecidas por la propaganda.

A causa de que América nunca había estado bajo el influjo de las costumbres de la política de gabinete española que se identificaron con el espíritu europeo, el Falseador de la Cultura pudo realizar ataques propagandísticos de una vileza extremadamente repulsiva contra las vidas privadas de los dirigentes europeos que representaban la perspectiva mundial del siglo XX en Europa. Estos dirigentes fueron presentados al público como rufianes, homosexuales, drogadictos y sádicos.

La propaganda no guardaba ninguna relación con ninguna base cultural, y era completamente cínica con relación a los hechos. Así como las fábricas cinematográficas de Hollywood producían "documentales" embusteros, los propagandistas de la Prensa crearon los "hechos" que necesitaban. Cuando las fuerzas aéreas japonesas atacaron la base naval americana de Pearl Harbour en Diciembre de 1941, los Falseadores de la Cultura no sabían que Europa aprovecharía esta ocasión para tomar represalias contra la guerra no-declarada que el régimen Distorsionador de la Cultura, afincado en Washington, había estado llevando a cabo contra Europa. El régimen, por consiguiente, decidió explotar de un vez el ataque japonés como si se tratara de una medida militar europea. A tal fin, los órganos de propaganda hicieron correr la "noticia" de que aviones europeos con pilotos europeos habían participado en el ataque, el régimen, oficialemente, anunció que sólo se habían causado daños leves. Pero esas invenciones de la propaganda no serían nada, comparadas con la masiva propaganda post-bélica sobre los "campos de concentración", llevada a cabo por el régimen Falseador de Cultura basado en Washington.

Esta propaganda anunció que 6.000.000 de miembros de la Cultura-Nación-Estado-Iglesia-Pueblo-Raza judíos habían sido asesinados en campos de concentración europeos, así como un número indeterminado de gentes de otras razas. Esta propaganda se organizó a escala mundial, y fue de una medacidad adaptada, tal vez, a una masa uniformada, pero resultó sencillamente nauseabunda para europeos capaces de razonar. Técnicamente hablando, la propaganda fue completa. Se exhibieron "fotografías" por millones. Miles de personas publicaron relatos sobre sus experiencias en esos campos. Cientos de miles hicieron verdaderas fortunas, después de la guerra, en el mercado negro. Fueron fotografiadas "cámaras de gas" que nunca existieron y hasta se inventó un "motor de gas" para excitar a los aficionados a la mecánica.

Ahora llegamos al propósito de esta propaganda que el régimen hizo tragar a sus mentalmente esclavizadas masas. Desde el análisis de la Perspectiva Política del siglo XX, no puede existir más que un sólo propósito: todo se hizo para crear una guerra total, en el sentido espiritual, contra la Civilización Occidental y trascendiendo los límites de la política. Las masas americanas, tanto militares como civiles, recibieron este veneno mental para ser inflamadas hasta un punto en que llevaran a cabo sin vacilación el programa de aniquilamiento post-bélico. Específicamente se trataba de desencadenar una guerra después de la Segunda Guerra Mundial, una guerra de saqueo, asesinatos y ruina contra una Europa indefensa.

La propaganda no es más que un adjunto de la política, y así llegamos ahora a la dirección de los asuntos exteriores por el régimen afincado en América desde su captura del poder en 1933.

 

LA DIRECCIÓN DE LOS ASUNTOS EXTERIORES AMERICANOS DESDE 1933

 

- I -

Como ya se indicó en la descripción de la tesis general de la Distorsión Cultural como forma de patología de la Cultura, los incidentes antisemitas ocurridos en Rusia después de la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905 fueron la causa de una ruptura de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos. Como ningún otro incidente racial, cultural, nacional o religioso de la misma índole dirigido contra elementos no-judíos en Rusia, ni ningún otro país, habían sido motivo para que el gobierno americano rompiera las relaciones diplomáticas, ello sólo puede ser explicado como un ejemplo de Distorsión o Falseamiento Cultural. La verdadera inspiración de esa inusitada actitud internacional procedió de ciertos elementos que rodeaban al entonces Presidente Theodore Roosevelt, que pertenecían a la misma Cultura-Nación-Estado-Pueblo-Raza que las víctimas del pogrom.

Los historiadores podrán seguir las huellas de la aparición de la patología Cultural en la política exterior americana hasta en año 1900. Pero el período inmediato a considerar empieza en 1933, un año fatal, tanto para América como para Eropa.

El primer acto concreto de naturaleza no rutinaria llevado a cabo por el régimen revolucionario americano, tras su consolidación preliminar en el poder, consistió en el reconocimiento diplomático de la Rusia Bolchevique. Fue explicado a un indignado pueblo americano como si se tratara de un acto meramente rutinario, sin significado ideológico, políticamente inocuo. De hecho, fue el principio de la cooperación entre los dos regímenes, que continuaría — con algunas interrupciones superficiales — hasta que las tropas rusas y americanas se encontraron en pleno corazón de la Civilización Occidental y Londres y Berlín no eran más que un montón de ruínas.

En 1936, la revolución bolchevique y el espíritu autoritario Occidental del siglo XX, se enfrentaron en el campo de batalla de España. Los dirigentes del régimen instalado en América expresaron privadamente su simpatía por la España Roja. La inequívoca oposición de la Iglesia Católica a la ayuda americana a la España Roja impidió la intervención. La Iglesia Católica en América tiene veinte millones de adeptos, y el régimen Falseador de la Cultura todavía no había consolidado suficientemente su poder para permitirse un conflicto doméstico como el que habría resultado de tal intervención. Estaba a punto de presentarse a sus segundas elecciones, y todavía había grupos fuertemente organizado contra el régimen. Un error en política exterior podía haber resultado fatal en aquellos momentos.

El perfeccionamiento de su técnica electoral permitió al régimen mantener el poder. En Octubre de 1937 empezaron los preparativos declarados para una Segunda Guerra Mundial. Se anunció oficialmente que el gobierno americano iba a "poner a los agresores en cuarentena". Los órganos de propaganda ya habían identificado la palabra "agresor" con Europa y con los custodios del Futuro de Europa. Para satisfacer a los elementos nacionalistas, el Japón fue incluído en ese término, pero el régimen continuó suministrando al Japón materias primas esenciales para su industria de guerra, mientras al mismo tiempo se negaba a vender materias primas a Europa [70] y boycoteaba la importación en América de mercancía procedentes de países europeos no dominados por el régimen Falseador de Cultura.

A finales de 1938, ya estaba preparada la escena para una Guerra Mundial. La propaganda de casi media Europa había caído bajo el control de Washington, y los gobiernos de casi media Europa eran sus títeres. La incorporación de Bohemia a Europa fue el resultado de un mutuo acuerdo de cuatro estadistas europeos, tomando decisiones por sí mismos, y los planes de Washington fueron completamente frustados, a pesar de los cuidadosos preparativos tomados para tener éxito. El tesoro americano había sido puesto a la disposición del régimen como un "Fondo de Estabilización", y podía disponer de billones de dólares sin dar cuentas a nadie. Los subsidios a los representantes y agentes del régimen de Washington en Europa fueron aumentados hasta proporciones tan increíbles que pronto casi media Europa odió, por el canal de la propaganda, a los estadistas que habían impedido una guerra inter-europea.

Pero se necesitaba un Estado en las fronteras del Este para el siguiente incidente, ya que no había posibilidades para una guerra en Europa Occidental, y Polonia fue, así, coordinada en los planes de Washington. El gobierno polaco que debió haber sido ostensiblemente el custodio de los intereses nacionales de Polonia, llevó a cabo una guerra sin esperanzas, y ello precisamente después de que Rusia había dado públicamente su acuerdo para el reparto de Polonia. Ese gobierno, que había preparado el estallido de la guerra, desapareció inmediatamente de escena y nunca más volvió a oírse hablar de él. Ya había hecho su trabajo. La propaganda doméstica americana en aquella época pretendió que Polonia podía resistir durante años.

La guerra comenzó, seriamente, en 1940. Francia y los Países Bajos fueron separadas de América en pocas semanas. El régimen americano vio severamente limitado su control sobre Europa, mientras que la población doméstica, aún hallándose completamente en sus manos no sólo carecía de entusiasmo bélico sino que era hostil a toda clase de intervención en la guerra que la misma dictadura de Washington había creado.

El movimiento anti-intervencionista en América fue, entonces, capturado por el Falseador de la Cultura, y se puso en marcha un nuevo tema propagandístico según el cual mandar material de guerra a uno de los contendientes era un método para permanecer fuera de la guerra. En otras palabras, la participación limitada era una no-intervención. Siendo lo que es la inconsciencia política americana en un país sin tradición, sin Estado, y sin Gran Historia, esto resultaba convincente, y el poderoso sentimiento contrario a la intervención fue así puesto al servicio de los planes intervencionistas de Washington.

Pero la participación limitada fue cada vez menos limitada. Una ley que los elementos nacionalistas habían logrado hacer votar mucho antes de la Guerra, que imposibilitaba esa clase de involucramientos en guerras extranjeras, fue cínicamente dejado de lado. Fuerzas expedicionarias americanas fueron enviadas a Europa. A los navíos americanos se les ordenó que atacaran a los navíos europeos en alta mar. Buques mercantes europeos fueren requisados... y todo eso por órdenes de un gobierno que había estado dando lecciones pontificiales sobre el Derecho Internacional al mundo.

La ampliación del teatro de guerra, al involucrarse América con la misma Rusia Bolchevique en contra de la Civilización Occidental, trajo como consecuencia, en menos de una quincena, la ruptura de relaciones con Europa. Pero la situación doméstica continuaba impidiendo que Washington interviniera de una manera directa, y Europa no había respondido a la guerra no-declarada de los americanos en el mar. El único bastión que le quedaba al régimen de Washington en Europa eran las Islas Británicas, y aun allí sólo podía mantenerse por medios políticos y financieros que podían resultar insuficientes en cualquier momento. La intervención directa con todo el potencia militar de América era esencial si se quería impedir que la guerra terminara en una victoria Occidental sobre la Rusia Asiática y en un arreglo general de todos los viejos problemas políticos de Europa Occidental, los cuales darían como resultado la creación de una unidad de la Cultura-Nación-Estado-Pueblo-Raza de Occidente con una base política autoritaria impermeable a la Distorsión Cultural y que, además, como resultado de ese ejemplo, inevitablemente posibilitaría una revolución nacionalista americana contra el régimen Falseador de la Cultura.

Ya que los esfuerzos para luchar contra Europa mediante una guerra no declarada no habían obtenido los esfuerzos deseados, se buscó desatar una guerra en Extremo Oriente, en la esperanza de que, por un camino oblicuo, se conseguiría llegar a la ansiada guerra contra la Civilización Occidental. A ese fin, se le entregó un ultimátum al Gobierno Japonés en Noviembre de 1941. El ultimátum exigía la evacuación japonesa de todas sus conquistas desde Julio de 1936. La respuesta del Japón fue hundir la flota americana en Pearl Harbour, in Diciembre de 1941. Investigaciones públicas y oficiales llevadas a cabo por elementos nacionalistas después de la guerra probaron de manera indudable que el régimen de Washington sabía que ese ataque iba a llevarse a cabo. Se sabía incluso la fecha del ataque, ya que el Servicio Secreto había conseguido leer los mensajes diplomáticos japoneses. A pesar de ello, no se tomaron precauciones militares, causando con tan cínica abstención la muerte de miles de soldados y marinos americanos. La máquina propagandística ya había sido preparada para atribuir ese ataque japonés a la Civilización Occidental, pero la declaración de guerra hecha por los Occidentales, que siguió pocos días después, hizo tal propaganda inútil.

Desde entonces en adelante, el 80% del esfuerzo de guerra americano se dedicó a la guerra contra la odiada Civilización Occidental. Australia e India fueron ignoradas, exceptuando ligeras ayudas para prevenir un segundo ataque japonés, que no llegó a producirse. Si se hubiera producido, la población blanca de la colonial Australia habría pasado a la órbita japonesa como consecuencia de la presencia en la Civilización Occidental de una distorsión patológica. Los europeos debieran tomar nota del significado de una declaración del General en Jefe de las tropas americanas, precisamente en ese amenazado cuadrante del mundo blanco, en el verano de 1942: "El Futuro de la civilización depende de las valerosas banderas del Ejército Ruso". De esta frase se deduce que la uniformidad mental es un requisito previo, también, para el rango militar.

 

- II -

La conducta americana en el curso de la guerra, en su más alto nivel, se separó enteramente de los principios de honor que gobernaron siempre las relaciones entre las naciones y los dirigentes Occidentales. El primer ataque contra Europa fue llevado a cabo por aviones de bombardeo que utilizaron como base la Isla que, desde 1942, había sido ocupada por tropas americanas. Los bombardeos aéreos fueron dirigidos casi exclusivamente contra la población civil de Europa, a pesar de que se sabía que la guerra no podía ganarse con esos medios. La prensa americana habló sangrientamente de "demoledoras de manzanas", apelativo que describía una bomba que podía arrasar una manzana de edificios civiles y matar a varios centenares de personas. Mientras tanto, se desarrollaba una propaganda según la cual, quienquiera que se opusiese a los ejércitos o a la ideología de América, era un criminal, y debía ser "Juzgado" por sus "crímenes".

Europa ya sabía lo que era la propaganda de atrocidades inventadas en América. Debido al primitivo nivel intelectual que el Falseamiento Cultural y el Retraso Cultural han generalizado en América, esa propaganda fue creída al pié de la letra, mientras que las mentes responsables de Europa la tomaron como lo que en realidad era, es decir: una propaganda masiva perpetrada para el consumo de cerebros marginales. Así, durante la Primera Guerra Mundial, la prensa americana publicó historias de atrocidades cometidas — ¡naturalmente! — por los adversarios de los ejércitos americanos. Bélgica fue seleccionada como el escenario de esas historias, y se dijo que civiles belgas habían sido crucificados por las tropas de ocupación. Se escribieron otras muchas cosas horribles. Niños con las manos cortadas, y otros detalles por el estilo. Esto fue tomado completamente en serio en América; tan en serio, que después de la Primera Guerra Mundial una delegación de periodistas americanos viajaron en grupo a Bélgica para investigar las historias y a su regreso informaron al público americano de que todas ellas habían resultado ser falsas.

Así pues, la tesis de que quien se opusiera a América era ipso facto un criminal no fue tomada en serio en Europa, pero sirvió como preparación de la mente americana para los horrores post-bélicos que iban a ser "cometidos" en Europa.

Un liderazgo que había estado hablando de "crímenes de guerra" durante años, mientras llevaba a cabo su propia guerra contra hogares y familias, se armó, finalmente, en 1945, con un proyectil que podía ser usado solamente contra poblaciones civiles: la bomba "atómica". Bajo las condiciones tácticas de ese momento, esta bomba no podía ser utilizada contra fuerzas militares, sino solamente contra ciudades que, en tiempos de guerra, no albergan a hombres de edad militar. Esta bomba fue usada sin aviso y causó la muerte de cientos de miles de civiles en unos pocos segundos.

En el período que siguió a la Segunda Guerra Mundial, la política exterior americana mantuvo su continuidad. La Europa ocupada fue tratada como un área que debía ser devastada. Fábricas enteras fueron desmanteladas y su maquinaria entregada a Rusia. Otras instalaciones fueron deliberadamente dinamitadas dentro del plan previsto para destruir el potencias industrial de Europa. La población fue tratada de manera infrahumana, y se inició una política de inanición en gran escala, que continuó hasta 1948. A pesar de que América exportaba alimentos a todos los lugares del mundo, sin ninguna obligación derivada del honor o la moralidad para hacerlo, rehusó enviar suficientes víveres para mantener la vida humana en la Europa ocupada. Las raciones humanas fueron fijadas muy por debajo de los mínimos cualitativos y cuantitativos exigidos por la salud, y, al cabo de poco tiempo, la desnutrición, las enfermedades de la piel, las infecciones y los achaques degenerativos empezaron a producir la muerte de millones de personas. En la primera exaltación salvaje de su "victoria", el ejército americano prohibió a su personal incluso hablar con la población. Esta prohibición continuó vigente hasta que los consejos de guerra se hicieron demasiado numerosos y tuvo que ser abolida por impracticable siendo substituída por una propaganda de odio. La población de Europa fue tratada como total y esencialmente inferior a los conquistadores americanos. Fue oficialmente definida como "población indígena". En los edificios públicos se establecieron servicios sanitarios especiales para ella, mientras los superiores soldados americanos y negros usaban los suyos propios.

Se organizó la requisa de casas en gran escala. Soldados y civiles americanos pudieron traer a sus familias de América y alojarlas en casas no destruídas, en las cuales habían vivido, tal vez, quince o veinte miembros de "la población indígena". A los propietarios de esas casas, por lo general, sólo les estaba permitido llevarse sus vestidos y su ropa. No se tomaron disposiciones para alojar a los desposeídos, ya que eran considerados infra-humanos.

Esta población fue privada del derecho de defensa física contra los americanos. Los europeos que devolvían un golpe a un americano eran sentenciados a la cárcel por tribunales americanos. Un europeo fue condenado a dos años de cárcel bajo acusación de haberse referido a un miembro judío de las tropas americanas como "sucio judío".

El inmundo deshonor que presidió la ocupación americana de Europa es suficiente para demostrar la presencia de elementos ajenos a la Cultura ya que ninguna nación o colonia extranjera podría descender a tal clase de conducta. Su constitución interna, su esencia histórica, un milenio de tradición de honor, lo impedirían. ¿Qué otra nación Occidental reduciría a las mujeres de otra nación al estatuto legal de concubinas, prohibiendo el matrimonio entre sus miembros y los de otra nación Occidental? Pues esto fue lo que hizo el mando americano. Permitió el concubinato y prohibió el matrimonio. Como resultado de esa política, las enfermedades venéreas asumieron las proporciones de una plaga por toda la Europa ocupada.

En presencia de esa población hambrienta y enfermiza, los soldados americanos y sus familías, protegidos por las ametralladoras y alambradas, viven en las casas que sus bombas no destruyeron, y comen sin tasa. Las condiciones espirituales desarrolladas por esta situación no son las más elevadas. En las primera fase de la ocupación, vestidos y comida sobrantes habían sido quemados en presencia de la hambrienta y mal vestida "población indígena".

Cuando, en el verano de 1947, se temió una revuelta por la falta de alimentos, uno de los gobernadores americanos anunció oficialmente que el pueblo americano no tenía ninguna obligación, según el derecho internacional ni según la Moral, de alimentar a la población civil sometida en la Europa ocupada, y que, si se producía una revuelta, sería aplastada con bayonetas y ametralladoras. Lo aquí descrito es sólo parcial, pero el modelo de estos hechos fue universal en la Europa ocupada por los americanos. Continúa hoy en día (1948) y ello tiene una ancha y profunda influencia en el pensamiento europeo de nivel superior.

 

- III -

Tal como quedó de manifiesto en el análisis de la motivación de la política, las luchas por el poder en nuestro siglo proceden de fenómenos culturales. En los primeros siglos de Occidente, esta motivación procedió a menudo de la lucha entre el Emperador y el Papa, por el dominio universal. Más tarde vino de las diferencias religiosas; más tarde aún de las ambiciones dinásticas; después, de las unidades nacionales y de la rivalidad económico-comercial. Ahora, el hecho principal en el mundo es la unidad espiritual de la Civilización Occidental, que está tomando consciencia de sí misma, y la voluntad de destrucción que se despierta en el mundo externo a ella. En el campo de la acción, adopta la forma de una lucha política entre la Civilización Occidental y sus colonias por un lado, y las fuerzas no-occidentales por el otro. La enemistad entre América y el Japón era, pues, natural, y todos los elementos Falseadores de América nunca consideraron importante esa enemistad, ya que no había antisemitismo en Japón. Esto arroja la luz necesaria para comprender la polítia americana en la ocupación del Japón.

Cuando se llevó a cabo la conquista del Japón, una política de máxima cordialidad hacia la población japonesa fue adoptada por las Fuerzas Armadas Americanas. El Ejército estableció oficialmente burdeles con mujeres japonesas para sus soldados. No se requisaron casas para las tropas ocupantes, sino que se construyeron barracones a tal efecto. El racionamiento de alimentos fue adecuado para mantener la salud humana. El Emperador retuvo su rango y su posición, y su Origen Divino no fue , ridiculizado ante el pueblo. El respeto de los japoneses por si mismos fue conservado por el tratamiento digno generalmente guardado a la población civil. La política americana consistió en restaurar el potencial industrial del país y permitir la autonomía japonesa. El régimen, el gobierno y la administración japonesas fueron respetados y conservados. Los líderes políticos japoneses del tiempo de guerra fueron respetuosamente escuchados en los procesos por crímenes de guerra, pues esa absurdidad de picapleitos se ha convertido en una obligación allí donde penetran las tropas americanas. La única exacción cometida contra la población fue el implantamiento de la religión americana del culto a la "democracia". Para la población cuya religión nacional consistía ya en el Confucianismo, el Budismo, el Shintoímo y el culto al Emperador, eso no era un gran sacrificio.

Los líderes contra los que se practicó el prolongado ritual del exorcismo de los crímenes de guerra no fueron difamados en la prensa japonesa ni en la americana. No fueron fotografiados sin cesar, sujetos a inquisiciones freudianas, atormentados, obligados a recoger las colillas de los soldados americanos o sistematicamente degradados, tal como sucedió con las víctimas de las tropas americanas en Europa. Además, los procesos por "crímenes de guerra" no fueron extendidos sobre la totalidad de la población ni sobre la organización toda de la vida japonesa, como se hizo en Europa, y continúa haciéndose en 1948.

La diferencia más profunda entre esas dos ocupaciones es suficiente para explicar por sí misma toda la influencia formativa de la política exterior americana. El impulso primordial de la política de ocupación en la Europa sometida es la venganza. Pero tal como demostró el análisis de la política, la venganza no es parte de la política, sino que la trasciende. La política no se lleva a cabo con el propósito de humillar al enemigo, ni de exterminar la población de la unidad enemiga si aquél es vencido. La política tiene como finalidad el aumento de poder y el régimen americano no ha consultado las realidades del poder en ningún punto ni momento cuando se ha tratado de formular y ejecutar su política en la Europa ocupada. En una zona que dispone de un enorme potencial bélico, que América controla y que podría utilizar para sus propios propósitos de poder, destruye sistemáticamente fábricas y maquinaria. Ante una población que podría proporcionarles millones de los mejores soldados del mundo, los americanos se conducen con la ferocidad y una afectada superioridad que parece calculada para alienarse para siempre las simpatías de la "población indígena". Habiendo capturado a los mejores líderes militares de la Civilización Occidental, que podrían darles lecciones, se dedican a ahorcarles por el crimen de haber enfrentado a las tropas americanas en el campo de batalla.

En resumen, en vez de aumentar el poderío americano, la política de ocupación ha reducido el poder americano en todos sus sentidos. Esto demuestra de manera concluyente que los motivos de esta conducta se encuentra fuera de la Política. Su motivación se deriva de la profunda, total y completa irrenconciliabílidad orgánica existente entre una Gran Cultura y un organismo parásito que vive a costa de ella. Esta relación trasciende la política internacional corriente. Es algo parecido a la relación que pudo existir entre las legiones romanas y los bárbaros de Mitrídates y Yugurta, o entre los Cruzados y los Sarracenos, o entre Europa y el Turco en el siglo XVI. Es aún más profundo que todos esos casos, a causa de la sed de venganza introducida en el alma de parásito a través de siglos de silencioso sufrimiento, soportando la inalcanzable superioridad del anfitrión. Cuando la Europa derrotada — y en particular su parte más vital, la portadora de la grandiosa Idea Europea del siglo XX — yace a los piés de este conquistador extranjero miembro de una Cultura del Pasado, ningún sentimiento de magnamidad, caballerosidad, generosidad, compasión, tuvo la cabida en su alma exulante. Sólo contó la bilis que el parásito tragó durante mil años, mientras esperaba su momento de venganza bajo la arrogancia de los Pueblos Occidentales, pueblos extranjeros, a los que él siempre consideró, y todavía considera, bárbaros, goym. Contemplando las cosas desde este punto de vista, las tropas americanas fueran tan completamente derrotadas como las tropas del solar madre de la Cultura. El verdadero vencedor fue el extranjero Cultural, cuyo triunfo sobre toda la Civilización Occidental marcó la más alta refulgencia de su destino.

 

- IV -

El significado fundamental de la política americana desde la Revolución Americana de 1933 ha sido negativo por lo que se refiere a América. Los intereses naturales, geopolíticos y nacionales de América están en América Central, en Sudamérica y en el Lejano Oriente. En una contienda mundial por el control del planeta entre la Civilización Occidental y las fuerzas exteriores, la política natural de Europa se dirige hacia África, el Cercano Oriente, y los vastos espacios de la Rusia Asiática. América, al ser una colonia de la civilización, de la que obtiene todo su alimento espiritual, complementa naturalmente estos intereses y de ningún modo entra en conflicto con ellos. ¿Qué interés tiene una América nacionalista en Rusia, Africa, o el Cercano Oriente? Y, paralelamente,  ¿qué interés tiene Europa en América Central o del Sur? Europa y América no tiene convergencias de poder, naturales u orgánicas. América y el Japón las tienen.

La política exterior americana viola todos los trazos de esta disposición natural. Esa política alió a América con Rusia, pero no contra el Japón, lo que hubiera podido comprenderse, sino contra Europa, lo que fue una locura para los vedaderos intereses americanos. Luchó contra el Japón y, después de conquistarlo, procedió a rehabilitarlo, en vez de reorganizarlo como una parte permanente del imperio americano. Luchó contra su principal aliado, Europa, que no era un mero aliado político, sino su pariente espiritual y un aliado Cultural, es decir, total.

Cuando la fortuna de la guerra dio la victoria militar a las armas americanas, podía haberse redimido sus anteriores faltas. Japón pudo haber sido incorporado al imperio ultramarino americano. Europa pudo haber sido rehabilitada. Pero se hizo todo lo contrario. Europa fue saqueada, despojada y reducida a la miseria, mientras que el Japón, el enemigo natural, fue reconstruido para su siguiente guerra contra América. En suma, la política exterior de América no fue Americana. Esto puede observarse con meridiana claridad a la vista de sus actos.

La Distorsión Cultural ha ejercido en América, desde 1933, el supremo poder de decidir los resultados de la guerra y la paz para los americanos. De la victoriosa dispersión de las armas americanas, América no ganó poder alguno. Japón ha constituido un gasto: la mayor parte de su maquinaria ha sido entregada a Rusia, y el esfuerzo de colmar su déficit alimenticio ha sido cargado sobre los hombros del pueblo americano. Mientras Rusia ha obtenido enormes ganancias en fuerza industrial debido a la maquinaria que ha arrebatado a Europa y la que América le ha entregado procedente de su zona de ocupación. América no ha hecho más que incurrir en gastos adicionales. Ha llegado a devastar tan completamente el territorio por ella ocupado que gran parte de las provisiones necesarias para sus ejércitos han debido ser importadas de América.

Las tropas americanas han evacuado China y la India, Africa del Norte y Persia, abandonando el mayor imperio en la historia del mundo. Al final de la Segunda Guerra Mundial, Washington era la capital de un imperio militar que abrazaba 18/20 de la superficie de la tierra, incluyendo todos los mares sujetos al control americano.

La política del Falseador de la Cultura no se dirigía, como decían algunos, al control mundial. Esa idea grandiosa sólo podía surgir en un estrato Occidental. Un organismo extraño en el cuerpo de la Civilización Occidental puede, solamente, distorsionar, falsear, la vida de Occidente. El parásito no puede volverse occidental, y el dominio mundial es una idea Occidental. Tampoco es una idea para todos, sino que, como todas las ideas formativas Occidentales excluye a las personas sin profundidad o intensidad. Esta es la razón por la cual América no pudo conservar el gran imperio que había conseguido formar. América todavía no tiene la consciencia de la política, para administrar o crear un imperio. En la mente masificada del americano, toda la Segunda Guerra Mundial sólo tenía una finalidad negativa: destruir la Idea Europea.

Así, la Distorsión Cultural en América no persiguió el interés nacional americano, ni tampoco se preocupó de la conquista del mundo, para sí o para América. Como consecuencia, llevó a América a una derrota política en la Segunda Guerra Mundial.

Este hecho es completamente obvio para Europa. Lo que importa más es la cuestión de que ello sea comprendido en América. Ello se refiere a los problemas de la forma del Futuro de América, del nacionalismo americano, de las perspectivas de continuación de la patología Cultural, y de las posiblidades espirituales de América.

 

EL FUTURO DE AMÉRICA

El origen de América contiene su Futuro. Como dijo Leibnitz, "el Presente lleva la carga del Pasado y está preñado del Futuro". América se originó como una colonia de la Cultura Occidental. La unidad orgánica llamada Gran Cultura está atada a su lugar de nacimiento. Donde ha nacido es donde resuelve sus últimos y más grandes problemas. En su etapa presente, la Civilización Occidental domina la orientación espiritual de todo el mundo. Unidades como el Japón y Rusia existen meramente como revueltas activas contra la Civilización Occidental, como negaciones de su perspectiva mundial. La Civilización Occidental ha creado incluso sus propios oponentes; su dinamismo ha movilizado a las fuerzas exteriores en su actividad presente. Las colonias que esta Cultura plantó alrededor del mundo durante el período 1600-1800 han mantenido sus relaciones espirituales con el organismo materno. Los espíritus dirigentes de Argentina, Sudáfrica, Australia, América, Canadá y las demás colonias más pequeñas esparcidas por el mundo, residen espiritualmente en Europa, y de las fructificantes y más amplias creaciones de su pariente, la Civilización Occidental, extraen su concepto del mundo, sus planes, ideas, y su imperativo interno. Esas colonias son los aliados espirituales de la Civilización Occidental. Sus intereses políticos no pueden, en modo alguno, ser hostiles a los de Occidente, ya que comparten con él un Destino común.

En esta Epoca, la motivación de la política se deriva de la Cultura. El mundo se divide en la Civilización Occidental y lo que le es extraño. Una victoria de Europa sobre Rusia o la India es una victoria para América y una victoria de América sobre el Japón o la China es también una victoria para Europa. América y Europa constituyen, juntas, una unidad espiritual. Así pues, la posibilidad de que Europa y América estén de nuevo políticamente unidas es real y orgánica. Los que comparten una destino común forman, de hecho, una unidad política, y la continuidad de la desunión política es artificial y hostil a los intereses vitales del organismo. El objetivo primordial de la Vida es la realización de lo posible. Esto es la vida. Debido a la peligrosa posición mundial de la Civilización Occidental — posición que no se desvanecerá ni siquiera con una guerra afortunada — las tendencias orgánicas a la Unión entre Europa y América van a expresarse inevitablemente inculcando en los mejores cerebros de América y Europa la necesidad de la Unión. El ámbito de tiempo necesario para el comienzo de esta tendencia no es mayor que una generación. Es imposible predecir si esta tendencia caerá actualizada o no, de la misma manera que el destino de Karnak era impredecible para los Ramasidas. Pero su necesidad vital impondrá que esta tendencia se convierta en el foco de la acción.

Pero la Idea orgánica de la Unión no puede realizarse mientras Occidente sufra sus enfermedades Culturales internas. Esto plantea la cuestión de la reacción contra la patología Cultural en América.

Los rasgos originales del alma del Pueblo Americano se pusieron de manifiesto en los tipos primitivos del colono independiente, el pionero, el miliciano, el explorador, el hombre de la frontera. Las características de este tipo de hombre fueron la inventiva, la bravura, la competencia técnica. Fue simplemente, una vez más, el viejo instinto Gótico por la distancia, los grandes espacios, y la voluntad de conquistarlos. Los primeros americanos poseían un poderoso instinto de superioridad racial, aunado con un espíritu de confianza en sí mismos. Este material humano fue la base del tipo Yanki creado por la Guerra de Secesión. Esa guerra trajo como consecuencia injertar en ese material humano la forma de la Edad de la Economía, el Dinero y el Materialismo. Fue el resultado natural, ya que toda la Civilización Occidental se encontraba entonces en las garras de la Crisis de la Civilización. El alma del pueblo Americano se formó en ese cataclismo. Es un pueblo tardío, lo cual significa técnico, duro, vuelto hacia lo externo pero exento de posibilidades en el campo de la cultura en el sentido más estrecho de la palabra. Esta dureza y esta exteriorización, esta competencia técnica permanecerán siempre en el alma americana, ya que forman parte de su esencia. Los aderezos ideológicos no eran más que vestimenta, y pertenecían al Espíritu de la Epoca. El espíritu del siglo XIX está completamente muerto y América no puede perpetuar sus ideas sepulcrales de la misma manera que tampoco un organismo puede desarrollarse hacia atrás, de la edad madura hacia la juventud.

La ideología y el concepto mundial americano no tienen futuro; pero sí la tiene el alma del pueblo americano, ya que ese pueblo es un organismo. El moldeo de ese pueblo en un conglomerado de ideales de masas, una conducta de masas, un pensamiento de masas y una existencia masificada fue una distorsión y una exageración de las tendencias del alma americana, y de las posibilidades de la Edad del Materialismo. Esta distorsión y tergiversación del Destino Americano fue solo posible a causa de los achaques del Retraso Cultural y del Falseamiento Cultural. El Retraso Cultural en América fue un reflejo de la presencia del mismo achaque en Europa: la Epoca del Materialismo había representado una victoria fortuita sobre la superficie de la Historia en la Primera Guerra Mundial, y la realización de la Idea del siglo XX, tanto en América como en Europa, se retrasó a consecuencia de ello. El Falseamiento o Distorsión Cultural en América fue el resultado de la presencia, en dosis masivas, de un grupo culturalemente extraño. El inmediato futuro de América se halla, pues, ligado a la Distorsión Cultural y a la reacción americana contra ella. La distribución de poderes, espirituales y materiales, que entrarán en juego, debe ser considerada. Primero, el grupo Distorsionador de la Cultura.

La Cultura-Nación-Estado-Raza Judía en América comprende una población de ocho a doce millones de personas. En todo caso, las cifras no son de importancia capital, ya que esta unidad orgánica tiene fuertes instintos raciales y un poderoso sentido de su misión. Las cifras, naturalmente, juegan un papel, tanto en la extensión de la Distorsión Cultural como en la forma y extensión de la reacción contra ella, pero el poder público del grupo distorsionador se basa en su control de organizaciones centrales decisivas..

En la propaganda, su control es absoluto. Esto engloba el Cinema, la Radio, la Prensa, revistas, periódicos, libros, las universidades y el Teatro. La radio es controlada a través de unas pocas cadenas de emisoras que se extienden a lo ancho de toda la nación, las cuales a su vez controlan los programas de las estaciones miembros, aún cuando esas pertenezcan a grupos privados. La prensa es dominada por la propiedad de las escasas pero poderosas agencias de noticias, que controlan la presentación de las mismas a los periódicos miembros, que dependen de las agencias, aún cuando aquéllos sean de propiedad privada. Las revistas y los libros son controlados por simple propiedad, en la mayoría de los casos, de dichas revistas, de las editoriales e incluso de las imprentas, y por las presiones sociales, económicas, morales y legales, en los casos restantes. La escena es controlada por la propiedad de los teatros y otros medios de presión. Las universidades son dominadas por la desproporcionada cifra de miembros del grupo Falseador Cultural, tanto en el personal docente como en el estudiantil, así como por la organizada y agresiva actividad de los mismos.

Ambos partidos políticos están controlados por el grupo Flaseador de la Cultura, utilizando en su servicio toda la actividad política interna de América. La técnica del control político es ejercida a través de una vasta burocracia, creada a partir de 1933 , dominada y desproporcionadamente nutrida por miembros del grupo. Este control administrativo se extiende también sobre las fuerzas armadas.

En el mundo financiero — que domina y controla completamente al mundo industrial — el poder de este grupo es enormemente desproporcionado a su porcentaje de población. Su prepotencia en este terreno se remonta a la Guerra de Secesión, cuando unos cuantos precursores de la invasión de 1890-1950 se dedicaron al tráfico de armas entre los Ejércitos Confederados y Federales.

El resultado de todo esto es una poderosa influencia espiritual sobre el pueblo americano. Este pueblo lee los libros que los extranjeros piden para él. Ve las obras teatrales y cinematográficas que le es permitido ver. Piensa de acuerdo con las ideas que son colocadas dentro de su cabeza. Es empujado a guerras contrarias a los intereses americanos, de las cuales sólo puede salir perdedor. Las alternativas de guerra y paz, de vida y muerte, son decididas para América por el extranjero cultural. A América se le ha dado una catadura semítica. Los americanos que tienen algún poder lo ejercen en beneficio del extranjero. Ningún hombre público se atreve a oponerse a ellos. A los americanos se les dijo que debían interesarse en las participación de Arabia, y no hubo ningún canal a través del cual un americano auténtico pudiera negar fundamentalmente la imagen mundial que defendía tal política.

Pero a aquel que ha estudiado la esencia de la Historia sabe que el extranjero y el autóctono no pueden mezclarse, sólo pueden oponerse el uno al otro. La simulación, el terror, las amenazas, la tiranía, la presión, la propaganda... nada de esto puede llegar a la esencia de la relación entre ambos. El pueblo americano — que es todavía una nación — tiene su propia alma, y sólo su falta de experiencia histórica, y la etapa de desarrollo de la Cultura que creó este pueblo, es lo que ha hecho posible la amplia y crítica difusión de la patología Cultural en dicho pueblo.

El simple hecho de la distorsión Cultural presupone la existencia, en su pureza interna, del alma del pueblo anfitrión. La Distorsión no puede destruir al anfitrión, sino que únicamente puede enfocar la energía de éste hacia los falsos problemas, y hacia los intereses del parásito.

Como Europa sabe ahora, la Segunda Guerra Mundial fue un fenómeno de enfermedad Cultural. Fue creado en América, astutamente preparado durante los 1933-1939, e inteligentemente presentado en la forma superficial de una lucha entre dos potencias europeas de Ayer, aunque el verdadero problema mundial era la unión de Occidente contra la amenaza a su existencia planteada por las fuerzas externas: Rusia, China, India, Islam, Africa. La verdadera "forma" de la guerra apareció clara para todos en 1945, cuando los vencedores emergieron como el régimen Falseador de la Cultura en América, y los Mongoles en el Kremlin. Por primera vez en la historia mundial, el mundo fue dividido entre dos potencias. Europa había perdido la guerra, y conseguido en la derrota la unidad que no había alcanzado enteramente en sus victorias. Europa pasó temporalmente a ocupar la misma situación que China y la India habían ocupado antes: la de botín para potencias exteriores.

El resultado de esta guerra fue también una derrota para América. En primer lugar porque los objetivos de la guerra eran falsos, y en segundo porque la explotación de sus éxitos militares fue igualmente falsa.

Hechos de tal magnitud no pueden ser ocultados.

Un conocimiento de la naturaleza orgánica de la Historia nos dice que una reacción existe en América; puede verse aún cuando se ignoren los hechos que la motivan. Los hechos de la reacción nacionalista americana son precisamente los que cabría esperar. La Historia trabaja a través de minorías, y el tamaño de esas minorías es un reflejo directo de la necesidad de los fenómenos historicos. La minoría nacionalista en América tiene por lo menos diez millones de miembros. Esta minoría está casi totalmente desorganizada. Hay aproximadamente un millar de organizaciones de resistencia, pero son políticamente inefectivas, aún cuando sean enormemente sintomáticas, en un sentido espiritual.

En 1915 empezó la reacción nacionalista contra la invasión de elementos culturalmente extranjeros, con la fundación del segundo Ku-Klux-Klan. Este año quedará marcado retrospectivamente, como la segunda fase de la Revolución americana. La cifra de diez millones es, naturalmente, un cálculo aproximado, pero se refiere a personas cuyas almas están fuertemente influenciadas por la inmanente Nación-Idea en América. Con menos intensidad, este sentimiento es general entre la población americana. Así, nadie pudo negar nunca que el deseo ampliamente mayoritario de la población era permanecer fuera de la Segunda Guerra Mundial que el régimen Distorsionador de la Cultura afincado en Washington había creado en Europa. Esto fue así a pesar de la mayor campaña propagandística desatada contra un pueblo a lo largo de toda la Historia del Mundo.

Esto no puede atribuirse a un verdadero pacifismo, ya que esto no existe en América. Simplemente refleja el hecho de que el alma de este pueblo instintivamente desconfiaba y odiaba lo que la propaganda le proponía. En 1940, no tuvo posibilidad de expresar sus sentimientos en las "elecciones", ya que ambos candidatos a la presidencia se habían comprometido secretamente con las fuerzas intervencionistas. La manipulación de las elecciones ha frustrado hasta ahora la expresión del verdadero espíritu americano.

Este nacionalismo es cada vez más radical, aún cuando no ha llegado a alcanzar todavía proporciones políticas. Ciertos nacionalistas americanos fueron encarcelados por haber dicho, en 1941, que una derrota militar era deseable para el bien de América [70] ya que tal derrota destruiría el poder del Falseador de la Cultura. El elemento nacionalista americano, en líneas generales, esperaba una derrota de las tropas conscriptas, que habían sido enroladas entre la nada entusiasta juventud americana. Al mismo tiempo, dió todo su apoyo a la guerra contra el Japón, que era el enemigo natural, geopolítico, de América.

El principio de indiviualidad, de la continuidad de alma y carácter, se aplica tanto a los pueblos como a las personas, y así, se sabe que aún perdura el Espíritu que fue efectivo en hombres tales como Nathaniel Green, Mad Anthony Wayne, Ethan Allen, Nathan Alle, Richard Hemy Lee, John Adams, Daniel Morgan, Davy Crockett, los hombres de El Alamo y San Jacinto, Stonewall Jackson, Robert E. Lee, William Walker y Homer Lea. El siglo del materialismo y de la obsesión monetaria, naturalmente, no apeló al heroísmo, pero el siglo XX cambiará el aspecto espiritual de América como ha cambiado a Europa. El heroísmo latente del Pueblo Americano será de nuevo convocado por la enérgica creatividad de la Epoca de la Política Absoluta.

A pesar de la extensión de la Distorsión Cultural y sus tentativas de mantener permanentemente a un Pueblo en una masa sin personalidad y uniformizada, hay millones de americanos que se han mantenido instintivamente distanciados del programa del Falseador de la Cultura. Estas gentes serán el foco de grandes fuerzas históricas. Luchan contra fuerzas tremendas y deben superar enormes hándicaps.

El nacionalismo americano no está conectado con una gran tradición de vida, pensamiento y acción. Se encuentra cargado con el fardo de una misión políticamente revolucionaria, pero el pueblo americano no es revolucionario. Su reacción ante una enfermedad Cultural adopta una forma crudamente racial. Se enfrenta a una colosal tarea política, pero no es consciente de las necesidades del pensamiento sobre el poder, es decir, del pensamiento político. Su intelecto no se ha liberado de la superada ideología de la "igualdad", nacida en 1775, que el elemento distorsionador todavía utiliza en su propio beneficio.

El lavado de cerebro, la imposición de la mentalidad de masas en el pueblo americano fue, en el fondo, una simple cuestión de técnica, un artificio. La individualidad fuerte fue sumergida, es cierto, pero la fuerte individualidad no puede ser aniquilada. La Edad de la Política Absoluta despertará una vez más lo que hay de Genial en el linaje americano, y una poderosa reacción puede esperarse — a pesar de la apariencia masificada del alma americana — en la forma de dirigentes individuales a los que será otorgado un poder absoluto.

América no es un país con posibilidades creativas en el campo de la filosofía y su más alta comprensión de las grandes realidades de nuestro tiempo procederá de su profunda y determinante conexión con el solar materno de Occidente.

Los elementos que participarán en la venidera lucha entre el nacionalismo americano y el elemento patológico-Cultural serán numerosos. Probablemente ya no es posible que la Revolución Americana adopte una forma constitucional. Las perfecciones técnicas electoral-parlamentarias de esta última época democrática parecen excluir tal posibilidad. Sólo queda la guerra civil. En tal guerra, la lucha racial entre negros y blancos, la lucha clasista de sindicatos contra dirigentes industriales, la guerra financiera de los dictadores del dinero contra el venidero nacionalismo autoritario, y la guerra por la supervivencia del Distorsionador de la Cultura contra el pueblo americano, se decantarán simultaneamente.

No puede predecirse si esa crisis será de naturaleza aguda y crítica, como la Guerra de Secesión, o adoptará la forma de una evolución incierta y a largo término, como la Guerra de los Treinta Años, o más bien la de la lucha entre el Espíritu de Cromwell y la Restauración. En cualquier caso, será una lucha exigida por la necesidad orgánica, y sólo el hecho de que ocurrirá puede ser asegurado, pero no la forma que adoptará ni la fecha en que se desencadenará.

Esos son imponderables. Cuando la Revolución Nacioanl Americana tome una forma política, su inspiración procederá de la misma fuente última, tal como sucedió con la Revolución Europea de 1933. Lo que aquí se escribe es cierto para la verdadera América, aún cuando la América efectiva del momento, y la del inmediato futuro, es una América hostil, una América de instrumentos de mente masificada al servicio del Falseador de la Cultura, enemigo político y total de la Civilización Occidental.

 

La Editorial
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NOTAS

[51] Una expedición francesa al mando de René Robert Cavelier tomó posesión de un amplio territorio alrededor de las bocas del Mississipí en 1682, llamándolo Louisana, en honor a su Rey, Luís XIV. Nueva Orleans fue fundada por los franceses medio siglo antes de la independencia de los Estados Unidos (N. del T.)

[51] En 1779, también España, oficialmente, se avino a prestar ayuda a los rebeldes americanos. Estos solicitaron también, en vano, la ayuda de Austria y Holanda (N. del T. ).

[53] Puede evidentemente añadirse que sin un Estado Sub-Alemán (Austria), los turcos — o, antes los mongoles — habrían llegado, como mínimo, hasta Italia. Y que sin los Estados peninsulares ibéricos anteriores a la unidad española, los árabes habrían cruzado los Pirineos y habría sido preciso otro Charles Martel para rechazarlos. (N. del T.)

[54] En alemán, "política realista" o "política de la realidad". (N. del T.)

[55] Tratándose de la esclavitud, hablar del "humanitarismo del propietario de esclavos" parecería una ironía macabra y cruel. Sin embargo, en esto como en tantas otras cuestiones, la realidad concreta siempre estará más allá de las interpretaciones más o menos subjetivas que de ella se hagan. Convengamos en algo: la esclavitud, como sistema, es un sistema cruel. Pero, habiendo dicho eso, digamos también que la esclavitud de los grilletes, las cadenas, el látigo y las galeras es tan sólo una forma — y acaso solamente la más burda y más obviamente repugnante — de la esclavitud. Hay formas mucho más sutiles, aunque no por ello menos efectivas, de esclavizar a los seres humanos siendo que, en última instancia, "esclavitud" no significa sino apropiarse en beneficio propio de la vida y del destino de otras personas. Dentro de este contexto, lo que el autor está remarcando es la hipocresía poco menos que infernal de los industriales norteamericanos del Norte, cuyos obreros declarados "libres" no eran en absoluto menos esclavos que los negros del Sur. Con el agravante de que el propietario de una plantación del Sur debía hacerse cargo — bien, mal o regular pero en todo caso enteramente — de sus esclavos mientras que el industrial del Norte no tenía para con los suyos responsabilidad alguna.
A estas cuestiones, más allá de apreciaciones ideológicas o humanitaristas, hay que plantearlas dentro del contexto en que ocurrieron y, además, hay que presentarlas en términos reales y prácticos para entenderlas realmente. En el Sur norteamericano, quien compraba un esclavo debía hacer una inversión no menor. Los esclavos eran caros. Por regla general, el negrero debía comprar en el África al esclavo (y también a su esposa en la mayoría de los casos) al jefe de la tribu africana que los cazaba y los ponía a la venta. Luego, este mismo negrero debía pagar los "navycerts" de la Marina Británica, además de solventar los gastos por fletes y alimentación del cargamento humano hasta su llegada a América en dónde lo ponía a la venta. Más allá de la repugante crueldad del procedimiento, el hecho concreto es que el esclavo negro constituía en América una "mercadería" cara. Siendo esto así, no es arbitrario imaginar que solamente un estúpido o un irresponsable total dejaría de proteger su inversión. (N.del E.) (N. del T.).

[56] Inglaterra tenía numerosos puntos de fricción con Rusia. En la frontera del Canadá con Alaska (entonces colonia rusa); en las de la India, Pakistán y Afghanistán con los territorios asiáticos dependientes de Moscú; en las tentativas rusas para salir al Mediterráneo, verdadero motivo de la guerra de Crimea (1854-1856) y en las ambiciones paneslavas de Rusia, que amenazaban destruir el "balance of power" mantenido en Europa por Inglaterra durante dos siglos (N. del T.).

[57] "Congressional Caucus", expresión anglosajona que aludía a las reuniones de los políticos, fuera del Congreso, para designar, aristocráticamente, a los candidatos a la Presidencia. (N. del T).

[58] La expresión "Founding Fathers", o Padres Fundadores, se aplica en los Estados Unidos a los hombres que redactaron la Constitución (N. del T.).

[59] Emancipación: en el texto "franchise". Alude, en el texto original, a la igualdad de derechos entre los ciudadanos. A título de ejemplo podemos mencionar que la mayoría de los Padres Fundadores eran propietarios de esclavos. (N. del T.)

[60] Ulyses Grant, general de los ejércitos Nordistas durante la Guerra de Secesión, y presidente de los Estados Unidos desde 1868 hasta 1876. Enemigo acérrimo de los Sudistas, tanto o más en la paz que en la guerra. (N. del T.)

[61] Guerra llevada a cabo por la Marina Norteamericana contra los piratas de Libia, Tripolitania, Túnez y Argelia, entre 1812 y 1820. (N. del T.)

[62] El Tratado de Ghent, en 1814, puso fin a la guerra entre Estados Unidos e Inglaterra, en el Canadá. Los ingleses llegaron a ocupar Washington, pero el retorno de Napoleón de la isla de Elba obligó a Londres a dedicar toda su atención a los asuntos del Continente. (N. del T.)

[63]"Las guerras rigen para los demás, pero tú, feliz América, ¡compra!" Es una paráfrasis de la expresión Bella gerant alii, tu, felix Austria, nube! (Las guerras rigen para los demás, pero tú, feliz Austria, ¡cásate!) referida a la política matrimonial de los Habsburgos quienes extendían sus posesiones territoriales más por la vía de convenientes matrimonios que por la de las armas y la conquista. (N. del T.) (N. del E.)

[64] Rusia se hallaba entonces envuelta en plena guerra de Crimea, contra Francia, Turquía e Inglaterra. Se vio prácticamente forzada a vender Alaska a América por la ridícula suma de 7.200.000 dólares (N. del T.)

[65] Cabría mencionar también a Puerto Rico. (N. del T.)

[66] Spengler publicó el primer tomo de la Decadencia de Occidente en Julio de 1918, pero empezó a trabajar en su obra en 1912. (n. del T.)

[67] En 1898, una pequela columna francesa al mando del comandante J.B. Marchand y procedente del Congo Francés ocupó Fashoda, en el Nilo Blanco, con la intención de enlazar con otra columna franco-etíope e incorporar el Sudán a Francia. Lord Kitchener se presentó al mando de una flotilla que llevaba pabellón egipcio y obligó a Marchand a retirarse. Dos años después el Sudán fue incorporado al Imperio Británico con el nombre de Sudán Anglo Egipcio. El bofetón diplomático de Fashoda estuvo a punto de provocar una guerra entre Francia e Inglaterra (N. del T.)

[68] Los judíos Askenazim procedían del Este de Europa, especialmente de Rusia y Polonia (N. del T.)

[69] Hoy en día, el autor situaría indudablemente a la televisión en el primer lugar de los medios propagandísticos. (N. del T.)

[70] Mientras el entorno de Roosevelt se oponía a la venta de materias primas a países como Alemania, Italia, Bulgaria, Rumania, Hungría y Finlandia, en cambio, maniobrando en el Senado, conseguía que la industria privada americana vendiera a crédito a Inglaterra todo lo que ésta solicitaba. (N. del T.)

[70] En cambio, en 1975, docenas de políticos profesionales y centenares de periodistas que adoptaron la misma tesis en relación con la intervención americana en el Viet-Nam, no sufrieron persecución alguna (N. del T).

 

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