ERNST JÜNGER
TRATADO DEL REBELDE
LA EMBOSCADURA
(Der Waldgang)
Fecha de Edición: 1951
Edición Electrónica - Buenos Aires 2006(*)
Otras Obras de Ernst Jünger en La Editorial Virtual
Tormentas de Acero
El Bosquecillo 125
El estallido de la Guerra de 1914
INDICE
Denes Martos
EL "DER WALDGANG" Y SU TERMINOLOGÍA
Probablemente hay pocas obras alemanas cuyo título y cuyos términos principales resulten tan difíciles de traducir al castellano, aún aceptando que — ya de por sí — el recrear en la lengua de Cervantes lo creado en el idioma de Goethe no es precisamente tarea fácil.
El título original de este libro es "Der Waldgang". En las distintas ediciones y versiones hasta este título mismo ha sido traducido de diferentes maneras. El libro ha aparecido como "Tratado del Rebelde", como "El Emboscado" y, según me han comentado, habría por allí alguna versión titulada como "El Trotabosques". Se impone, pues, orientar un poco al lector en cuanto a los términos empleados por Jünger pues, para colmo de males, estos términos, más que denominaciones, son conceptos fundamentales de la obra y se da aquí — una vez más — la conocida situación en la que, si no tenemos la palabra, no tendremos el concepto, y, si no tenemos el concepto, es imposible que comprendamos el mensaje.
De modo que comencemos por el principio y por lo básico. El idioma alemán tiene una maravillosa facilidad para construir sustantivos compuestos. Allí en dónde el castellano recurre muchas veces al latín o al griego — especialmente en el lenguaje científico — el alemán simplemente "arma" un término "juntando" las palabras adecuadas. Bien es cierto que esto produce a veces expresiones kilométricas que se prestan a la ironía. El ejemplo que siempre me viene a la mente es el título de una fotografía en un manual de mecánica que rezaba: "Kurzgewindefräsverfahren auf der Langgewindefräsmaschine". Pero no se tarda mucho en comprender la ventaja del método germánico cuando se advierte que, en castellano, uno tendría que traducir eso por "Procedimiento de fresado de roscas cortas sobre la máquina de fresar roscas largas". Trece palabras, contando preposiciones y artículos, para traducir tres "simples" palabras del alemán... Y la otra enorme ventaja es que estos términos alemanes, por más kilométricos que parezcan, resultan autoexplicativos. Si digo "fanerógamas" en castellano, probablemente más de la mitad de ustedes tendrá que recurrir al diccionario. Pero si digo Samenpflanzen, cualquier alemán entenderá inmediatamente que estoy hablando de plantas que se reproducen por semillas (por Samen= semillas y Pflanzen = Plantas).
Sea como fuere, Waldgang es una de esas palabras compuestas. Está armada con los términos Wald y Gang. Veamos qué significan.
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El Schwarzwald de Alemania |
Por de pronto, el término "Wald" en alemán significa "bosque". Ahora bien, ya aquí hay matices para considerar. A veces esta palabra es traducida por "selva". Así, por ejemplo, el bosque más importante y conocido de Alemania — el Schwarzwald — se conoce como "Selva Negra". El problema es que "selva", en nuestro medio, evoca ecos tropicales. Al escuchar la palabra "selva", sin más aclaraciones, en América normalmente nos imaginamos la selva tropical; algo que el alemán denominaría "Urwald" o incluso "Dschungel" que en castellano equivale a "jungla" y que, en realidad, es un anglicismo proveniente de "jungle".
El "Wald" germánico es el bosque europeo. Es el bosque de pinos, robles, alerces, abetos, hayas. Es un bosque que puede volverse "negro" (Schwarz) en sus partes tupidas pero que también tiene sus claros, sus prados, sus flores, sus lugares bañados por el sol. Para imaginarnos algo similar al Wald europeo, en América tendríamos que pensar en los bosques andinos de las provincias de Río Negro o Neuquén en la Argentina y de ningún modo en algo similar a, por ejemplo, la "Selva Negra" nicargüense.
El segundo componente de la palabra Waldgang es Gang. Viene del verbo gehen que significa "caminar" y es, de hecho, la sustantivación del mismo; es decir: "el caminar". Waldgang por lo tanto, traducido en forma prácticamente literal, daría algo así como "el caminar por el bosque". De este modo, Waldgänger es "aquél que camina por el bosque" y, en consecuencia, in den Wald gehen es "ir al bosque".
Sólo que por desgracia, en el contexto en el que Jünger pone estas expresiones, los sentidos implícitos no son exactamente éstos.
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Bosque en Islandia durante el invierno |
El Waldgand que Jünger sugiere se relaciona con una antigua tradición de Islandia. El mismo autor nos confirma esto cuando en el Cap. 17 de la obra nos dice: "El hecho que esa palabra tenga ya una historia anterior — es una de las viejas palabras islandesas — no puede ser perjudicial."
En realidad, el Waldgang en la antigua Islandia fue una condena de expulsión, una especie de ostracismo. Personas asociales, por lo general homicidas, pero en todo caso individuos cuyo comportamiento había demostrado ser incompatible con la vida en comunidad, eran separados de la sociedad y prácticamente arrojados fuera de ella. Con lo cual quedaban condenados a vivir apartados de las poblaciones y los asentamientos; es decir, obligados a vivir en el único lugar disponible que les quedaba: el bosque.
La antigua palabra islandesa equivalente a Waldgang fue "skóggangr" y significó tanto como "destierro", "proscripción". Para captar todo el drama de la condena no deja de ser significativo constatar, por ejemplo, que los francos sálicos y los godos al Waldgänger lo llamaron "vargr", un término emparentado con las palabras modernas Würger (estrangulador) y Wolf (lobo). De hecho, entre estos pueblos, la captura o "caza" de los proscriptos fue probablemente recompensada, como lo sugiere el hecho de que se le ponía precio al "wulfes heafód" (Wolfschädel en alemán moderno = "cráneo de lobo" o "cabeza de lobo" en traducción literal).
El gran problema que se plantea aquí es el de cómo reproducir — aunque más no sea en forma aproximada — toda la carga tradicional y hasta legendaria que tienen estas palabras. Esto se hace tanto más difícil porque Jünger, no se limita a la mera alegoría directa, sino que introduce en los conceptos una interpretación muy personal. En efecto, inmediatamente después de hacer alusión a la genealogía islandesa de su término, todavía agrega: "Aunque aquí, ciertamente, vamos a entender esa palabra en un sentido más amplio. El irse al bosque, (...) era un acto que seguía a la proscripción. Mediante ... (ese acto) ... el hombre proclamaba su voluntad de depender de su propia fuerza y a afirmarse tan sólo en ella. Hacer eso se consideraba honroso; y también hoy continúa siéndolo, digan lo que digan todos los lugares comunes que por ahí corren." (Cf. Cap. 17)
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La "Selva de Irati", en el Pirineo
navarro (España) |
En un sentido estricto, podría discutirse que en el antiguo mundo germánico el "irse al bosque" constituyó realmente un acto por medio del cual el proscripto "... proclamaba su voluntad de depender de su propia fuerza y a afirmarse tan sólo en ella". Probablemente lo que tenemos aquí es un optimismo algo exagerado, para decirlo de algún modo. Después de ser expulsado de su comunidad, realmente no se ve muy bien a qué otro lugar, fuera del bosque, podría haber llegado a ir el buen hombre. Es muy difícil — por decir lo menos — imaginar para el proscripto otras opciones aproximadamente viables; sobre todo si es cierto que — en algunos casos al menos — se le pudo haber puesto precio a su cabeza. Por supuesto, es comprensible que, por el otro lado, se generase alrededor de los Waldgänger esa especie de legendaria aura de heroicidad que siempre ha acompañado a los solitarios, muy especialmente cuando fueron algo misteriosos. Los norteamericanos, por ejemplo, han construido toda una leyenda y hasta todo un culto alrededor de la figura del lone ranger y han convertido al solitario segregado de la sociedad en uno de los héroes norteamericanos típicos. Hollywood incluso lo ha estereotipado a través de innumerables producciones. Hasta cierto punto y desde una perspectiva romántica, la sociedad siempre admira a quienes se apartan de ella.
Pero desde una óptica política — y es imposible dejar de advertir una fuerte intencionalidad política en la obra de Jünger — probablemente Carl Schmitt estuvo más cerca de la realidad cuando señaló la tendencia a declarar al enemigo político "hors-la-loi" es decir: "fuera de" o "más allá de" la ley. Es un tema que Schmitt desarrolla con bastante extensión en su ya clásico El Concepto de lo Político y que reaparece luego, obviamente, en su Teoría del Guerrillero cuya figura central puede considerarse bastante emparentada con el Waldgänger de Jünger. (De hecho, Jünger y Schmitt se mantuvieron en contacto y se han conservado varias de las numerosas cartas que intercambiaron a lo largo de una nutrida correspondencia). De todos modos, bien vale la pena poner al Waldgänger de Jünger y al partisano de Schmitt lado a lado, y estudiar sus diferencias y similitudes.
Tenemos así razonablemente en claro los conceptos fundamentales de Jünger. Pero esto, por desgracia, todavía no nos ayuda mucho en la determinación de las palabras exactas que podríamos utilizar para traducirlos.
En la edición argentina del libro, el Waldgänger fue traducido por "el rebelde". Es una opción. No se podría decir que es absolutamente incorrecta pero tampoco existen demasiados argumentos para defenderla y no cabe duda alguna de que no transmite en forma a acabada el concepto original. Es cierto que Jünger introduce un elemento volitivo en su concepción del Waldgänger. En la versión islandesa o germánica original se trata de un proscripto, de un expulsado. En la interpretación de Jünger es alguien que — aún dentro de un contexto de coerción y eventualmente hasta de terror — toma esa proscripción para hacerla suya. Dicho en otras palabras: en gran medida se auto-proscribe. El Waldgänger es "rebelde" en la medida en que su condición nace de ese elemento volitivo pero, por el otro lado, habría que ser muy superficial para perder de vista que el contexto en el cual esa decisión voluntaria se produce es un contexto de coerción y posiblemente hasta de terror. Que el problema tiene dos componentes, una coercitiva y otra volitiva, queda meridianamente claro en varios pasajes. Por ejemplo, en una parte Jünger nos dice; "O bien poseer un destino propio o bien equivaler a un número: ésa es la disyuntiva que hoy nos viene impuesta — ciertamente por la fuerza — a todos y a cada uno de nosotros. Pero el decidirse por lo uno o por lo otro es algo que cada cual ha de hacer por sí solo." (Cap.14). Así, o bien aceptamos las reglas de juego del sistema, o bien optamos por la expulsión, ya sea haciéndonos expulsar, o bien autoexpulsándonos.
Estamos, por lo tanto, en el famoso caso de "la libertad dentro del círculo de la necesidad". La disyuntiva nos viene impuesta - ¡y por la fuerza! - de modo que la única alternativa que nos queda es optar por alguna de las dos posibilidades disponibles ya que una tercera, la neutralidad, se encuentra excluida: " ...la neutralidad equivaldría al suicidio — de lo que aquí se trata es: o bien se aúlla con los lobos, o bien se los combate" (Jünger, C.19). De modo que, si el Waldgänger fuese un rebelde, estaríamos ante el caso de un rebelde al que, en buena medida, lo han empujado a decidirse por la rebeldía. Míreselo como se quiera, no termina de resultar demasiado convincente; sobre todo si lo que se necesita subrayar es la importancia que tiene el acto volitivo de tomar la decisión de "combatir a los lobos" — que es lo que Jünger destaca de un modo bastante intenso a lo largo de toda la obra.
La otra posibilidad — y es la que hemos respetado aquí — es la de aceptar el pequeño juego de palabras que el traductor español nos propone con el término "bosque" y sus derivados. Con este criterio, el traductor nos sugiere aceptar que, si Wald es "el bosque", entonces "Waldgänger" es "el emboscado". Se advierte inmediatamente el doble sentido implícito.
El recurso puede objetarse, por supuesto. Es cierto que Jünger sólo en algunos pasajes hace referencia a "emboscadas" propiamente dichas, entendidas como "Ocultación de una o varias personas en parte retirada para atacar por sorpresa a otra u otras" según lo define la Real Academia en su primera acepción. Pero esos pasajes existen y no dejan de ser muy significativos. Considérese tan sólo el siguiente: "En lo que se refiere al lugar, hay bosque en todas partes. Hay bosque en los despoblados y hay bosque en las ciudades. En éstas el emboscado vive escondido o lleva puesta la máscara de una profesión. (...) El emboscado conoce los campos de trabajos forzados construidos por el agresor, conoce a los oprimidos, conoce a las minorías que están esperando con impaciencia su hora. El emboscado lleva a cabo su pequeña guerra, su guerrilla, a lo largo de las vías del ferrocarril y de las rutas de aprovisionamiento, amenaza los puentes, las transmisiones y los depósitos. (...) El emboscado difunde un desasosiego continuo, provoca pánicos nocturnos. Incluso puede reducir a la parálisis a ejércitos enteros, como pudo verse en España en el caso de los ejércitos napoleónicos." (Cap.29) Como puede verse, el traductor no ha forzado demasiado los términos al traducir Waldgänger por "emboscado".
Se dirá que la cita arriba expuesta es, de parte de Jünger y en el original, más una alegoría que una propuesta práctica concreta. Quizás, en alguna medida, eso sea cierto. Pero si uno tiene en cuenta la ya apuntada cercanía del Waldgänger al partisano de Schmitt, la traducción no deja de ser un reflejo razonablemente fiel del pensamiento del autor — dentro de lo humana e idiomáticamente posible, por supuesto.
Aceptado esto, no nos queda más remedio que ser coherentes y aceptar también los otros términos propuestos por el traductor. In den Wald gehen ("ir al bosque") se convierte, casi necesariamente en "emboscarse". Según la Real Academia, la segunda acepción de esta palabra es: "Entrarse u ocultarse entre el ramaje"; lo cual sigue siendo bastante consistente, tanto con la traducción como con el texto original. Y por último, tenemos "emboscadura" que la Academia acepta tanto en su sentido de "Acción de emboscar o emboscarse" como en el sentido de "lugar que sirve para eso". Habrá que admitir que no se trata de una traducción perfecta. Pero probablemente es lo más cerca que se puede llegar dadas las opciones disponibles.
Denes Martos, Enero 2006
Nota de la Editorial:
Muchos se preguntarán por qué, después y a pesar de todas las consideraciones de Denes Martos, le hemos puesto dos títulos al libro: "Tratado del Rebelde" y "La Emboscadura". La explicación es sencilla y estrictamente de orden práctico. Lo hemos hecho para facilitar las búsquedas por los buscadores de Internet. La edición en castellano más difundida del Waldgang en nuestro medio (Editorial Sur, Buenos Aires, 1963) llevaba por título "Tratado del Rebelde" y así es como conocen el libro una cantidad considerable de lectores. Para quienes conocen el libro por las ediciones españolas (Tusquets, Barcelona - 1988 y 1993) hemos incluido también, "La Emboscadura".
ERNST JÜNGER, RESEÑA BIOGRÁFICA
Como en una de sus paradojas,
él, que buscó la muerte con voluntad de héroe,
fue más bien el testigo de todas las muertes del siglo.
En él pareció cumplirse cabalmente el dístico atribuido a Heráclito:
"Morir de vida. Vivir de muerte".
Abel Posse "Jünger, el Eterno Guerrero".
Ernst Jünger fue, tanto literal como metafóricamente
un guerrero del Siglo XX.
No sólo sobrevivió a dos guerras mundiales
sino también a las ideologías de los años 20 y 30.
(...) Pero todos sus logros, tanto en el campo de batallla como en el papel,
sirven como guía
a nuestro ser en el mundo.
Por sobre todo, sus logros no són solamente personales;
también son un aporte a nosotros, sus lectores.
Abdalbarr Braun, "Warrior, Waldgänger, Anarch"
Ernst Jünger nació en Heidelberg, el 29 de Marzo de 1895, como el mayor de los cinco hijos de Carolina Lamp y el Dr. Ernst Georg Jünger. Su padre comenzó su carrera como asistente científico de la cátedra de química de Heidelberg, se trasladó luego a Hannover en dónde instalaría un laboratorio para el análisis de productos alimenticios, pasó luego a Schwarzenberg dónde tuvo una farmacia, y se estableció finalmente en Rehburg dónde hizo fortuna en el ramo de la minería.
La niñez de Jünger transcurrió en éstas y otras ciudades. Concurrió a establecimientos educacionales en Hannover, Braunschweig, Wunstorf y Hameln pero el estudio no conseguiría despertar mayormente su pasión. Tal es así que, en 1913, a la edad de 18 años se alistó en la Legión Extranjera y fue a parar a Argelia de dónde su padre, movilizando no poca presión diplomática, lo hizo regresar poco menos que a la fuerza. Con todo, sus experiencias argelinas quedarían plasmadas años más tarde en su libro Afrikanische Spiele (Juegos Africanos - 1936).
Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914 Jünger se presentó como voluntario. Tras absolver un bachillerato especial reservado para quienes se alistaban sin haber terminado sus estudios, fue destinado al Regimiento 73 de fusileros con destinos en Francia y Flandes. Ascendido a oficial, sirvió a partir de 1917 como jefe de varias compañías destacándose especialmente como líder de patrullas y grupos de asalto. En total, recibió 14 heridas y en 1928, ya con el grado de teniente de infantería le fue otorgada tanto la Orden Pour Le Mérite, la más alta condecoración conferida por el Estado prusiano, como la Cruz de Hierro de Primera Clase y otras condecoraciones. El fin de la guerra lo encontró en el hospital militar, recuperándose de sus últimas heridas.
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Ernst Jünger en la Primera Guerra Mundial |
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... y en la Segunda Guerra Mundial |
Terminada la guerra permaneció en el ejército hasta 1923. La profunda experiencia del frente le serviría para varias de sus obras y muy especialmente para In Stahlgewittern (Tempestades de Acero - 1920) que tuvo gran difusión siendo aceptado tanto por izquierdas como por derechas. El nacionalismo conservador lo aplaudió por su exaltación del patriotismo y el coraje. Por ello, más tarde y durante mucho tiempo, una parte de los intelectuales de izquierda acusó a Jünger de haber escrito una apología de la guerra y de la violencia. Lo que esta acusación perfirió olvidar fue que, en su momento, la izquierda también aceptó el libro y elogió tanto el dramatismo como el realismo de la exposición.
Después de dejar el ejército, estudió zoología y filosofía en Leipzig y en Nápoles pero no completó ninguna de las dos carreras y decidió dedicarse de lleno a la literatura. Se casó con Gertha von Jeinsen en 1925.
En esta época escribió numerosos artículos para publicaciones nacional-revolucionarias tales como Die Standarte, Der Vormarsch, Widerstand y Arminius. Sin embargo, a pesar de su orientación política y a pesar, también, de algunos contactos iniciales, se mantuvo apartado del NSDAP de Hitler. Su libro Das Abenteuerliche Herz (El Corazón Aventurero), publicado en 1928, causó algún revuelo. Se lo interpretó como un alejamiento de la política por parte del autor y un giro hacia formas más puramente literarias. Pero sus lectores se sorprenderían. Cuatro años más tarde, en 1932, Jünger publicó una de sus obras principales: "Der Arbeiter" (El Trabajador), con claras y penetrantes implicancias político-sociales.
El nacionalsocialismo triunfante en Enero de 1933 realizó varios esfuerzos para atraerlo a sus cuadros. Se le ofreció una banca en el Reichstag y, más tarde, un puesto en la Academia de Poesía Alemana. Rechazó ambas ofertas. El gesto no le hizo precisamente ganar simpatías en la estructura partidaria del NSDAP y su domicilio terminó allanado por la Gestapo. Pero no fue detenido y se retiró a Goslar.
En 1939 apareció Auf den Marmorklippen (Sobre los acantilados de mármol), un relato que ha sido interpretado por muchos (Goebbels incluido) como una crítica apenas velada al sistema vigente. Sin embargo, a pesar del inocultable espíritu crítico de la obra, varias veces a lo largo de su vida Jünger negó haber escrito un libro "en clave", dirigido deliberadamente al uso y consumo de quienes militaban en la resistencia contra Hitler.
No es imposible que los estratos más altos del régimen terminaran entendiéndolo de esa manera (o al menos aceptando alguna parte de la crítica) porque, a pesar de los gruñidos y bufidos de la burocracia partidaria, el hecho es que ese mismo año lo convocaron a prestar servicios en la Wehrmacht con un ascenso al grado de Capitán. Sirvió primero en el Westwall, la línea defensiva que los alemanes habían construido frente a la Línea Maginot francesa. Más tarde fue destinado al Estado Mayor del Comandante Militar alemán en Francia con sede en París. Allí, entre otras tareas, estuvo encargado de la censura de la correspondencia militar. A esta época pertenecen sus Diarios personales parisinos que diez años más tarde le brindarían el material para su libro Strahlungen (Radiaciones - 1949).
En 1942, el Comandante Militar alemán en Francia, von Stülpnagel, envió a Jünger al Cáucaso. Siguió escribiendo sus diarios personales — esta vez como "Apuntes Caucasianos" — también incluidos más tarde en Strahlungen.
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Jünger en 1960 |
Por esta época ya estaba en gestación la conspiración que culminaría en el atentado a Hitler del 20 de Julio de 1944. Es un hecho que Jünger conocía a varios de los implicados y mantenía relaciones personales con ellos. Pero también es un hecho que no participó, ni en la organización, ni en la ejecución, de ese fallido atentado. La justicia alemana — que en manos de un personaje como el juez Roland Freisler seguramente no hubiera perdido la oportunidad de ponerlo en el banquillo de los acusados — tuvo que dejarlo ir. No obstante, su hijo mayor fue arrestado y enviado a una unidad militar de castigo al frente italiano, en la zona de Carrara, dónde encontraría la muerte el 29 de Noviembre de 1944.
Después del atentado a Hitler, Jünger fue dado de baja de la Wehrmacht y se retiró a Kirchhorst en la Baja Sajonia. Allí fue comandante del Volkssturm — la formación militar local constituida mayormente por ancianos y jóvenes que, por su edad o condición, no habían sido enviados al frente — pero, cuando llegaron a la localidad las tropas aliadas, ordenó no ofrecer resistencia. No tenía sentido ya. La guerra había terminado y estaba perdida.
Sin embargo, Jünger no hubiera sido el que fue si hubiera aceptado sumisamente a las nuevas autoridades. Cuando los aliados iniciaron el proceso conocido como de Entnazifizierung ("desnazificación") de Alemania, obligaron a todo el mundo a llenar un extenso cuestionario. Jünger sencillamente se negó a completarlo. La respuesta de las fuerzas de ocupación británicas fue una prohibición de publicar que duró hasta 1949. Ante ello, se trasladó a Ravensburg, en la zona de ocupación francesa, y más tarde a Wilflingen dónde residiría hasta sus últimos días.
Su producción de postguerra es copiosa y multifacética. A pesar de las reiteradas críticas de ciertos sectores, especialmente en Alemania, su prestigio continuó creciendo y el círculo de quienes aprecian sus obras se ha extendido cada vez más. En 1951 publicó Der Waldgang ("El Emboscado"). Ocho años más tarde, en 1949, recibió la Große Bundesverdienstkreuz (la Gran Medalla al Mérito de la República Federal).
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Ernst Jünger al cumplir 100 años |
En 1974 le otorgaron el Premio Schiller y en 1978 la ciudad de Verdun lo condecoró con la Medalla de la Paz. En 1982, en medio de una considerable controversia desatada por sus eternos adversarios, recibió el Premio Goethe de la ciudad de Frankfurt. En 1984, junto con el Canciller alemán Helmut Kohl y el presidente francés François Mitterrand — ambos lo tuvieron en muy alta estima — participó del homenaje a las víctimas de la Primera Guerra Mundial en Verdun.
En 1985 fue nuevamente condecorado por la República Federal Alemana. En 1989 recibió el título de doctor honoris causa de la Universidad de Bilbao. El Gran Premio de la bienal de arte de Venecia le fue otorgado en 1993. En el interín, publicó innumerables obras y viajó por todo el mundo.
Falleció el 17 de Febrero de 1998.
Tenía 102 años; casi 103.
LA EMBOSCADURA
1) Las preguntas que se nos hacen van simplificándose y exacerbándose.
«Irse al bosque», «emboscarse» - lo que se esconde detrás de esas expresiones no es una actividad idílica. Antes al contrario, el lector de este escrito habrá de disponerse a emprender una excursión que da que pensar; una caminata que conducirá no sólo más allá de los senderos trillados, sino también más allá de los límites de este libro.
La cuestión que aquí se trata es una cuestión medular de nuestro tiempo, es decir, una cuestión que en todo caso entraña peligros amenazadores. Al igual que lo hicieron en su momento nuestros padres y nuestros abuelos, también nosotros hablamos mucho de «cuestiones». De entonces hasta ahora, eso que se denomina en este sentido una «cuestión» ha sufrido ciertamente cambios significativos. ¿Hemos llegado a cobrar conciencia de esto en grado suficiente?
No quedan tan lejos de nosotros los tiempos en que tales cuestiones eran vistas como grandes enigmas — como el «enigma del mundo», por ejemplo — y abordadas con optimismo; con un optimismo que se creía capaz de hallarles solución. Las otras cuestiones, diferentes de éstas, eran consideradas más bien como problemas prácticos; así, la cuestión femenina o la cuestión social en general. También de estos problemas se pensaba que eran solucionables, aunque la solución no se esperaba tanto de la investigación como de la evolución de la sociedad hacia unos órdenes nuevos.
Entretanto la cuestión social ha quedado resuelta en vastas zonas de nuestro planeta. La sociedad sin clases ha hecho evolucionar de tal manera esa cuestión, que ésta ha pasado a convertirse más bien en una parte de la política exterior. Esto no quiere decir, naturalmente, que estén desapareciendo sin más las cuestiones, como se creyó en los primeros momentos de euforia — por el contrario, afloran a la superficie otras cuestiones; unas cuestiones distintas de las anteriores y más candentes que ellas. De una de estas cuestiones vamos a ocuparnos aquí.
2) Llevan a disyuntivas, como lo muestran las elecciones.
El lector habrá hecho ya en sí mismo la experiencia de que la esencia de las «cuestiones» ha sufrido cambios. Vivimos en unos tiempos en que continuamente están acercándose a nosotros poderes que vienen a hacernos preguntas; a plantearnos cuestiones. Y esos poderes no están llenos únicamente de un afán ideal de saber. Al aproximarse a nosotros con sus cuestiones, lo que de nosotros esperan no es que aportemos una contribución a la verdad objetiva; más aún: ni siquiera esperan que contribuyamos a la solución de los problemas. A lo que esos poderes conceden valor no es a nuestra solución, sino a nuestra respuesta a las preguntas que nos hacen.
Esta diferencia es importante. Aproxima la cuestión al cuestionario, el interrogante al interrogatorio. Eso puede estudiarse bien en la evolución que nos lleva de la papeleta del voto al folio del cuestionario. La papeleta de voto tiene como objetivo verificar unas relaciones numéricas y evaluarlas. Pretende averiguar qué es lo que el votante quiere, y el proceso electoral se orienta a que esa voluntad del votante pueda expresarse con limpieza, sin sujeción a influencias ajenas. De ahí que la votación vaya acompañada también de un sentimiento de seguridad y aun de un sentimiento de poder, tal como corresponde a un acto libre de la voluntad ejecutado en el ámbito del derecho.
El hombre de nuestros días que se ve precisado a responder a un cuestionario está muy lejos de sentir tal seguridad. Las respuestas que da se hallan cargadas de graves consecuencias; de las contestaciones que ese hombre dé depende a menudo su propia suerte. Vemos cómo el ser humano está llegando a una situación en la cual se le exige que él mismo genere unos documentos que están calculados para provocar su ruina. Y son a menudo cosas tan irrelevantes las que hoy en día provocan la ruina...
Es evidente que lo que empieza a manifestarse en este cambio del modo de hacer preguntas es un orden de cosas enteramente diferente del que encontrábamos a comienzos de este siglo [1]. En este nuevo orden no existe ya la antigua seguridad, y nuestro pensamiento se ve forzado a acomodarse a ello. Las preguntas arremeten contra nosotros con un rigor y una urgencia cada vez mayores, y nuestro modo de contestar adquiere un significado cada vez más grave. Aquí es preciso tener en cuenta que también el callar es una respuesta. Nos preguntarán entonces por qué hemos callado en tal momento y en tal lugar y nos pasarán la factura. Tales son las disyuntivas de nuestro tiempo, a las que nadie escapa.
Es notable el modo en que, estando así las cosas, todo se convierte en una respuesta, tal como aquí la entendemos, con lo cual todo se convierte también en materia de responsabilidad. Tal vez no se vea todavía con claridad suficiente, ni siquiera hoy, en qué medida la papeleta de voto, por poner un ejemplo, se ha transformado en folio de cuestionario. Pero eso lo tiene desde luego bien claro, en la medida en que actúa, todo ser humano que no posea realmente la suerte de vivir en un parque natural protegido. Son nuestras actuaciones, más que las teorías que hacemos, las que hacen que estemos a tono con los peligros que nos amenazan. Ahora bien, no adquiriremos una seguridad nueva si no recapacitamos sobre esto.
El votante en que aquí estamos pensando se acercará, pues, a la urna con unos sentimientos enteramente distintos de aquellos que experimentaban su padre o su abuelo. Desde luego que hubiera preferido, con mucho, mantenerse alejado de la urna. Ahora bien, en ese alejamiento se hubiera expresado una respuesta inequívoca. Pero también aparece peligrosa la participación, puesto que no debe olvidarse que existe la dactiloscopia, la ciencia de las huellas digitales, y también unos métodos estadísticos muy sutiles. ¿Por qué, pues, votar, es decir, elegir, en una situación en la que ya no queda elección?
La respuesta que a esta pregunta se da es que, al ofrecerle a nuestro votante la papeleta de voto, se le ofrece la ocasión de participar en un acto de aclamación. No a todo el mundo se lo considera digno de semejante ventaja — así, en las listas faltarán, sin ningún género de duda, los nombres de los innumerables desconocidos de los que se reclutan los nuevos ejércitos de esclavos. De ahí que el votante acostumbre a saber qué es lo que de él se aguarda.
Hasta aquí las cosas están claras. A medida que van desarrollándose las dictaduras, se van reemplazando también las elecciones libres por plebiscitos. Pero el ámbito abarcado por éstos es mayor que el que, con anterioridad a ellos, ocupaban las elecciones. Lo que ocurre es, más bien, que la elección misma se convierte ahora en una de las modalidades del plebiscito.
Éste puede tener un carácter público, lo cual ocurre en los sitios donde se exponen a la vista los caudillos o los símbolos del Estado. El espectáculo de grandes masas movidas por las pasiones es uno de los más importantes signos indicativos de que hemos entrado en una edad nueva. En los sitios donde se ejerce tal fascinación, domina, si no la unidad de ánimo, sí la unidad de voces, pues si aquí se alzase una voz diferente se formarían a su alrededor remolinos que aniquilarían a quien la profiriese. De ahí que la persona singular que quiere hacerse notar de esa manera pueda también decidirse en el acto a cometer un atentado: en sus consecuencias aboca a lo mismo.
Pero en los sitios donde el plebiscito se disfraza con la modalidad de las elecciones libres se concederá valor a mantener secreto su carácter de plebiscito. La dictadura pretende de ese modo aducir una demostración no solamente de que se apoya en la mayoría, sino que el aplauso de ésta tiene al mismo tiempo sus raíces en la libre voluntad de cada cual. El arte del caudillaje no consiste sólo en plantear bien la pregunta, sino, a la vez, en escenificarla bien — en su puesta en escena — y ésta es un monopolio. La puesta en escena tiene la misión de presentar el proceso como un coro avasallador que mueve a terror y admiración.
Hasta aquí las cosas parecen clarísimas, aunque a un espectador de determinada edad le resultan desde luego novedosas. El votante se ve confrontado a una pregunta tal que resulta recomendable contestarla en el sentido deseado por quien la hizo, y ello por motivos aplastantes. Pero la verdadera dificultad está en que al mismo tiempo debe conservarse la ilusión de la libertad. Con ello la cuestión desemboca en la estadística, como que en ella desembocan todos los procesos morales que se dan en estos ámbitos. Vamos a ocuparnos en sus detalles con cierto detenimiento. Serán los que nos conduzcan a nuestro tema.
3) La libertad de decir «no» es restringida sistemáticamente
Unas votaciones en las cuales el cien por cien de los votos concuerde con lo deseado es una cosa que casi no plantea ninguna dificultad desde el punto de vista técnico. Ya ha habido casos en que se ha alcanzado esa cifra; incluso se han dado casos en que se la ha sobrepasado. Al aparecer hubo en algunos distritos electorales un número de votos mayor que de votantes. Lo que tales incidentes ponen de manifiesto son fallos en la dirección escénica; fallos que no todas las poblaciones están dispuestas a consentir. En los sitios en que operan propagandistas más sagaces, las cosas se presentan más o menos de la manera siguiente: el cien por cien; una cifra ideal y, como todos los ideales, algo que nunca puede alcanzarse. Pero es posible acercarse a esa cifra — de modo muy similar a como en los deportes cabe acercarse en fracciones de segundo o de metro a ciertos records que también son inalcanzables. Una enorme cantidad de cálculos complicados es lo que a su vez determina en qué grado cabe acercarse al ideal.
En aquellos sitios donde las dictaduras están ya firmemente asentadas, un noventa por ciento de «síes» sería algo que se apartaría demasiado del ideal. No cabe confiar en que a las masas se les ocurrirá la idea de que en todo diez por ciento se oculta un enemigo secreto. En cambio, una cifra de votos nulos y de «noes» que se moviese en torno al dos por ciento sería no sólo soportable, sino también favorable. Pero nosotros no vamos a considerar ese dos por ciento como algo residual ni a dejarlo, por tanto, de lado. Ese dos por ciento merece que le dediquemos un estudio detallado. Precisamente en los residuos es donde hoy en día se encuentran las cosas insospechadas.
El provecho que de ese dos por ciento saca el organizador de las elecciones es doble: por un lado, ese dos por ciento otorga curso legal al restante noventa y ocho por ciento de los votos, pues testifica que cada uno de los que votaron de este último modo podría haber votado en el mismo sentido en que lo hizo aquel dos por ciento. Con ello adquieren valor los «síes». Se convierten en algo auténtico y que tiene completa validez. Para las dictaduras es importante demostrar que en ellas no está extinguida la libertad de decir «no». Este es uno de los máximos cumplidos que cabe rendir a la libertad.
La segunda ventaja de ese dos por ciento que estamos estudiando consiste en que mantiene el movimiento continuo del cual no pueden prescindir las dictaduras. Ése es el motivo por el que éstas suelen presentarse siempre como un «partido», cuando en realidad eso es absurdo. Si se alcanzase el cien por cien de los votos, se alcanzaría el ideal. Pero esto traería consigo los peligros que siempre van anexos al cumplimiento pleno de algo. También es posible dormirse en los laureles de la guerra civil. En presencia de toda gran fraternización es preciso preguntarse: pero el enemigo ¿dónde está? Tales inclusiones son al mismo tiempo exclusiones — exclusiones de un tercero, de un tercero al que se odia, pero del que no es posible prescindir. La propaganda ha de recurrir a una situación en la cual, ciertamente, al enemigo del Estado, al enemigo de la clase, al enemigo del pueblo, se le han propinado recios golpes en la cabeza y aun se lo ha convertido casi en una cosa ridícula, pero que, a pesar de ello, todavía no se ha extinguido del todo. Las dictaduras no pueden vivir de la adhesión pura, si al mismo tiempo el odio, y con él el terror, no procuran los contrapesos. Ahora bien, el terror se tornaría absurdo si los votos fueran buenos en un cien por cien. En ese caso el terror golpearía únicamente a hombres justos. Este es el segundo significado que posee el aludido dos por ciento. El es la demostración de que los buenos son, sí, una inmensa mayoría, pero no se hallan enteramente libres de peligros. En cambio, cabe suponer que, en presencia de una unidad tan convencida, solamente una contumacia muy especial puede negarse con su comportamiento a participar de ella. Quienes así actúan son saboteadores que utilizan la papeleta de voto — ¿y qué hay más sencillo que pensar que tales individuos pasarán a otras formas de sabotaje, si se les presenta la ocasión ?
Este es el punto en que la papeleta de voto se transforma en folio de cuestionario. Aquí no es necesario suponer que vayan a exigirse responsabilidades individuales por la respuesta dada, pero de lo que sí se puede estar seguro es de que existen relaciones numéricas. Se puede estar seguro de que ese dos por ciento aparecerá también, de acuerdo con las reglas de la contabilidad por partida doble, en unos registros diferentes de los de la estadística electoral. Aparecerá, por ejemplo, en las listas de nombres de los presidios y de los campos de trabajo, o en aquellos lugares donde es Dios el único que cuenta las víctimas.
Tal es la segunda función que esa diminuta minoría desempeña en relación con la inmensa mayoría. La primera función consistía, como hemos visto, en ser la minoría que otorgaba valor — más aún: realidad — a la mayoría del noventa y ocho por ciento. Más importante que esto es, empero, lo siguiente: nadie desea que lo cuenten entre ese dos por ciento. Ese dos por ciento pone a la vista un insidioso tabú. Al contrario, cada cual otorgará importancia a que se difunda bien difundido que el voto emitido por él ha sido un voto bueno. Y si acaso el individuo en cuestión formase parte del mencionado dos por ciento, ocultará eso aun a sus mejores amigos.
Otra ventaja del aludido tabú consiste en que está dirigido también contra la clase de los que no votan, contra los que se abstienen. La actitud consistente en no participar en las elecciones es una de las que llenan de inquietud a Leviatán; pero quien es ajeno al asunto tiende a sobreestimar la posibilidad de la abstención. En vista de los peligros que la amenazan, esa actitud se esfuma con rapidez. Siempre podrá contarse, pues, con una participación casi total en las elecciones, y no será mucho menor el número de los votos emitidos en el sentido deseado por quien hizo la pregunta.
El votante dará importancia a que lo vean emitiendo su voto. Si desea proceder con total seguridad, también mostrará a algunos de sus conocidos la papeleta antes de introducirla en la urna. Lo mejor es hacer eso recíprocamente; así se podrá luego testificar que la cruz estaba puesta en el lugar debido. En esto hay un gran número de instructivas variantes. El buen europeo que no ha podido estudiar tales situaciones no puede hacerse idea de ellas ni aun en sueños. Así, un personaje que siempre se repite es el buen señor que entrega su papeleta al tiempo que dice, más o menos, esta frase:
— Pues también cabría depositarla abierta.
A lo que el funcionario electoral responde, con una sonrisa benévola y sibilina:
— Desde luego, desde luego... Pero no debe hacerse.
Realizar una visita a tales lugares es algo que agudiza la vista para estudiar los problemas del poder. Uno se aproxima aquí a uno de sus centros vitales. Pero nos llevaría demasiado lejos el ocuparnos en los pormenores del montaje. Vamos a contentarnos con el estudio de un personaje singular, el del hombre que entra en uno de esos locales con el firme propósito de votar por «no».
4) Está destinada a dejar patente la superioridad de quien hace las preguntas ...
Tal vez no sea tan singular el propósito de nuestro hombre. Es posible que muchos otros compartan esa misma intención; probablemente su número represente una cantidad significativamente mayor que el mencionado dos por ciento del cuerpo electoral. La puesta en escena de las elecciones se propone hacer creer a nuestro hombre, por el contrario, que se encuentra muy solo; y no sólo eso — la mayoría debe resultar imponente no sólo por su número, sino también por los signos de una superioridad moral.
Cabe suponer que nuestro votante ha sabido resistir, gracias a su capacidad de discernimiento, a la propaganda, a una propaganda prolongada e inequívoca, que con gran habilidad ha ido intensificándose hasta el día mismo de las elecciones. No ha sido fácil la tarea de resistir. A lo anterior se añade que la adhesión que de él se demanda se ha revestido con la modalidad de unas preguntas sumamente respetables; se le invita a participar en unas votaciones en favor de la libertad o en pro de la paz. Ahora bien, ¿quién no ama la paz y la libertad? Habría que ser un monstruo para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal al «no». El votante que emite un voto malo se asemeja al criminal que se aproxima sigilosamente al lugar del delito.
En cambio, el votante que emite un voto bueno, ¡de qué modo tan diferente se siente reconfortado por el día de las elecciones! Ya mientras estaba desayunando recibió a través de la radio la última incitación, las últimas instrucciones. Sale luego a la calle, donde reina un ambiente de jornada festiva. En todas las casas, en todas las ventanas hay banderas colgadas. En el patio del local donde se vota lo recibe una pequeña banda que está interpretando marchas militares. Los músicos van vestidos de uniforme; tampoco en la sala donde se vota faltan los uniformes. Como se halla entusiasmado, al elector bueno se le escapará, en cambio, que apenas puede decirse que exista una cabina cerrada donde rellenar la papeleta.
Es en ese detalle en lo que ante todo se fija, claro está, la atención del elector malo. Con el bolígrafo en la mano, se ve enfrentado a un colegio electoral que va vestido de uniforme; su proximidad le produce desconcierto. Las papeletas se rellenan sobre una mesa que tal vez se halle cubierta por los restos de un paño verde. No cabe duda de que el montaje está muy bien pensado. No es probable que pueda verse la casilla que el votante va a marcar con una cruz. ¿Pero está enteramente excluido lo contrario? La víspera ha oído susurrar que las papeletas han sido numeradas con unas máquinas de escribir carentes de cinta. Al mismo tiempo ha de asegurarse de que el hombre que se encuentra a sus espaldas no está mirando por encima de su hombro lo que escribe. Desde la parte alta de la pared lo contempla, con una sonrisa helada, un retrato gigantesco del jefe del Estado, vestido asimismo de uniforme.
La papeleta de voto, a la que ahora vuelve su atención nuestro hombre, irradia asimismo una fuerza sugestiva. Esa papeleta es el resultado de unos cálculos cuidadosos. Debajo de la frase «Elecciones en favor de la libertad» se ve un gran círculo: «Aquí es donde debes poner tu "sí"». Junto a él casi desaparece un segundo círculo, un círculo pequeño, destinado al «no».
Ha llegado el gran momento: el votante se dispone a poner una marca en su papeleta. Coloquémonos mentalmente a su lado; efectivamente, ha votado «no». Es cierto que ese acto constituye una encrucijada de ficciones, que ya investigaremos — las elecciones, los electores, los carteles electorales, todas esas cosas son etiquetas que aluden a realidades y procesos enteramente distintos. Son un espejismo. Mientras se hallan en proceso de ascenso, la dictaduras viven en gran parte del hecho de que aún no haya sido posible descifrar sus jeroglíficos. Hasta más tarde no encuentran su Champollion, el cual, ciertamente, no restituye la antigua libertad. Pero sí enseña a dar una respuesta correcta.
Tenemos la impresión de que nuestro hombre ha ido a caer en una trampa. Esto no hace menos admirable su comportamiento. Es cierto que su «no» constituye un mero gesto ejecutado en una posición perdida; pero, a pesar de todo, causará efecto. Esto no se notará, desde luego, en aquellos sitios donde el viejo mundo continúa bañándose en los rayos del sol poniente; no se notará en las hermosas colinas, en las islas, en suma, allí donde reinan climas más templados. En cambio, el otro noventa y ocho por ciento de los votos emitidos sí que causa en los citados sitios una impresión enorme y, como hace ya mucho tiempo que viene celebrándose de una manera cada vez más irreflexiva el culto de la mayoría, se pasa por alto el mencionado dos por ciento. El papel de éste consiste en hacer visible, en forma aplastante, a la mayoría, pues ésta dejaría de serlo si se hubiera alcanzado el cien por cien de los votos.
Por tanto, en los países donde aún se conocen las elecciones auténticas un éxito tan grande como ése, la obtención de un noventa y ocho por ciento de los votos, provocará primero asombro y respeto, y luego envidia. Si el efecto de semejante éxito se deja sentir también en la política exterior, entonces esos sentimientos pueden trocarse de repente en odio y desprecio. Pero también en este caso se pasará por alto a los dos justos, al contrario de lo que hizo Dios en Sodoma. Se oirá decir que en aquel país se han conjurado todos con el mal y que se hallan maduros para una ruina bien merecida.
5) ... y se ha convertido en un riesgo ...
Vamos a prescindir ahora del noventa y ocho por ciento ya fijar nuestra atención en el dos por ciento restante; son las pepitas de oro que han quedado en el cedazo. Vamos a traspasar con este fin la puerta cerrada detrás de la cual está haciéndose el recuento de los votos. Al entrar allí penetramos en uno de los ámbitos tabú de la democracia plebiscitaria, acerca de la cual existe una única opinión pública e innumerables opiniones dichas en voz baja.
Los miembros del colegio electoral con los que aquí nos encontramos irán también vestidos de uniforme, pero tal vez se hallen en mangas de camisa. Los invade el espíritu propio de un ambiente agradable y familiar. Ese colegio estará compuesto de representantes locales del partido y, además, de propagandistas y de policías. El estado de ánimo que allí reina es el que corresponde al dueño de un negocio que va a hacer el recuento de caja. No deja de haber tensión, pues todos los allí presentes son más o menos responsables del resultado. Se procede a la lectura de los « síes » y de los «noes» — los primeros son acogidos con una satisfacción benévola; los segundos, con una satisfacción malévola. A los «síes» y a los «noes» se agregan los votos nulos y los votos en blanco. Cuando más desagradable se torna el ambiente es cuando en alguna de las papeletas aparece el epigrama escrito por un guasón; tales epigramas se han vuelto escasos, desde luego. En el ámbito donde ejerce su imperio la tiranía se echa de menos el humor, como se echan de menos también todas aquellas cosas que constituyen el acompañamiento de la libertad; pero el chiste será tanto más agudo cuando alguien arriesga su cabeza a cambio.
Vamos a suponer que nos encontramos en un punto en que la propaganda ha avanzado ya bastante en sus esfuerzos intimidatorios. En este caso circulará entre la población el rumor de que grandes cantidades de «noes» han sido transformados en «síes». Lo probable es que esto no resulte necesario en absoluto. Incluso podría haberse dado el caso contrario, a saber, que quien hizo la pregunta tuviera que inventar algunos «noes» para llegar así a la cifra que había calculado. Lo cierto es que es él quien dicta la ley a los votantes, y no a la inversa. Este hecho pone de manifiesto el destronamiento político de las masas que el siglo XIX había desarrollado.
En estas circunstancias tendría un gran significado el mero hecho de que entre cien votos depositados en la urna se encontrase un solo «no». De quien lo emitió cabe aguardar que hará sacrificios por defender su opinión y su concepto del derecho y de la libertad.
6) ... que se asume en un sitio tácticamente equivocado.
También pudiera ser que de ese único voto, o, más bien, de quien lo emitió dependiera el que no se hiciese realidad el estado de termitas que siempre está amenazándonos. En este punto no cuadran las cuentas, esas cuentas que al espíritu le parece que han de cuadrar, aunque bien es cierto que lo único que falta es una fracción minúscula.
Topamos aquí, por tanto, con una oposición efectiva y real, la cual, sin embargo, no ha llegado aún a adquirir conocimiento ni de su propia fortaleza ni tampoco del modo en que ha de emplearse. Lo que nuestro votante ha hecho al poner una cruz en el lugar peligroso ha sido lo que de él estaba aguardando su prepotente adversario. La acción aquí ejecutada es, con toda seguridad, la acción de un hombre valiente, pero es a la vez la acción de uno de los innumerables analfabetos en las nuevas cuestiones del poder. Es alguien al que es menester prestar ayuda.
En la sala donde se votaba lo asaltó la sensación de estar entrando en una trampa y eso lo hizo reparar en cual era la situación en que se hallaba. Se encontraba en un lugar donde las palabras no concordaban con los hechos. Ante todo, como hemos visto, lo que él rellenó no fue una papeleta de voto, sino el folio de un cuestionario. Nuestro votante no se encontraba, pues, en una situación de libertad sino que estaba confrontado a sus gobernantes. Al ser él, el único entre cientos, en poner «no» en la papeleta, lo que hizo con ello fue cooperar con una estadística de la autoridad. Exponiéndose a unos riesgos enteramente desproporcionados, lo que hizo fue dar a su adversario las informaciones que éste deseaba. A su adversario lo hubiera desasosegado más el alcanzar el cien por cien de los votos.
Entonces, ¿cuál debe ser la conducta de nuestro hombre si deja de utilizar la última posibilidad que se le ha otorgado de exteriorizar su opinión? Al hacer esa pregunta abordamos una ciencia nueva, a saber: la doctrina de la libertad del ser humano enfrentado a una violencia que se ha modificado. Esto nos lleva mucho más allá de nuestro caso particular. Por el momento vamos a emitir, sin embargo, nuestro dictamen acerca de éste.
El votante se encuentra en el aprieto siguiente: un poder que por su lado no piensa atenerse a las reglas del juego lo ha invitado a tomar una decisión libre. Es el mismo poder que le exige un juramento, en tanto él mismo vive de perjurar. Lo que el votante hace es, pues, depositar una apuesta buena en una banca fraudulenta. De ahí que nadie pueda reprocharle que no entre en esos problemas y silencie su «no». Tiene derecho a hacerlo, y no sólo por motivos de autoconservación; su conducta puede ser también una manifestación de desprecio a quien tiene el poder, un desprecio que es superior incluso a un «no».
Con lo dicho no pretende afirmarse que el «no» de nuestro hombre vaya ahora a quedar necesariamente perdido para el mundo exterior. Al contrario — sólo que ese «no» no debe aparecer en el lugar que para él ha escogido quien tiene el poder. Hay otros sitios donde a éste le desagrada mucho más ese «no» — por ejemplo: el borde en blanco de un cartel electoral, o una guía telefónica expuesta en un lugar público, o el pretil de un puente por donde pasan a diario millares de personas. Este sería un lugar mejor para una frase breve como; por ejemplo: «yo he dicho "no"».
Al joven al que se aconseja que actúe de ese modo habría que decirle además otras muchas cosas que únicamente enseña la experiencia. Por ejemplo, lo siguiente: «La semana pasada apareció escrita en uno de los muros de la fábrica de tractores de nuestra ciudad la palabra "hambre". Se hizo comparecer a los obreros y se les ordenó que vaciasen sus bolsillos. Se encontró un lapicero cuya punta tenía rastros de cal».
Por otro lado las dictaduras ofrecen, en razón de la propia presión que ejercen, una serie de puntos vulnerables que simplifican y abrevian el ataque contra ellas. Así, para seguir con el ejemplo anterior, ni siquiera es menester escribir la frase que acabamos de mencionar. También sería suficiente la palabrita «no». Y todo aquel cuyos ojos se fijaran en ella sabría perfectamente lo que quiere decir. Es un signo de que la opresión no ha logrado triunfar del todo. Los símbolos tienen un brillo especial precisamente cuando aparecen sobre basamentos monótonos. Lo que corresponde a las superficies grises es la concentración en el espacio más reducido posible.
Tales signos pueden adoptar la forma de colores, de dibujos, de objetos. Cuando su carácter es el de letras, la escritura se transforma entonces en pictografía y vuelve de ese modo a sus orígenes. Con ello adquiere una vida inmediata, se torna jeroglífica y, en vez de dar explicaciones, proporciona materia para explicaciones. Aún se podría abreviar más y, en vez de poner la palabra «no», poner, por ejemplo, una sola letra. Supongamos que sea la letra E. Tal letra podría significar entonces cosas como éstas: Elecciones, Entérate, Empleo, Embuste, Explotación. Pero también podría querer decir: «Emboscado».
Esto sería un primer paso para salir del mundo vigilado y dominado por la estadística. Y en seguida surge la pregunta de si la persona singular es lo bastante fuerte como para poder correr tal riesgo.
7) Lo dicho no pretende ser una objeción contra su significado moral.
Dos son las objeciones que en este punto es menester considerar. Lo primero que puede preguntarse es lo siguiente: ¿es que es absurdo ese repudio aislado manifestado con la papeleta de voto? En un plano moral elevado no existen los escrúpulos a que antes nos hemos referido. Lo que nuestro hombre dice es su opinión, y da igual cuál sea el foro ante el que lo haga. Nuestro hombre toma en consideración incluso la posibilidad de que su acción le acarree la ruina.
Nada hay que oponer a esto, aunque el exigir en la práctica tal cosa vendría a significar el exterminio de la élite, de la minoría selecta. De hecho se dan casos en que se propugna con mala intención esa exigencia. No, un voto como ése no puede considerarse perdido, aunque es cierto que se lo emite en una posición perdida. Es precisamente esto lo que le confiere un significado especial. Ese voto no quebrantará al adversario, pero sí produce un cambio en quien se decidió a emitirlo. Este había sido hasta ese momento alguien que defendía una convicción política entre otras — a partir de ahora se convierte, frente al nuevo empleo de la violencia, en un combatiente que hace un sacrificio inmediato; se transforma tal vez en un mártir. El mencionado cambio es independiente del contenido de su convicción — también los viejos sistemas, también los viejos partidos sufren un cambio cuando se llega al enfrentamiento. No encuentran el camino de regreso a la libertad heredada. Un demócrata que haya votado en favor de la democracia con su solo voto, al cual se oponen los otros noventa y nueve, se ha salido, al obrar así, no sólo de su sistema político, sino también de su individualidad. Esto tiene luego efectos que van mucho más allá del fugaz suceso, por cuanto, después de éste, no puede ya haber ni democracias ni individuos entendidos en el viejo sentido.
Ese fue el motivo de que fracasaran todas las numerosas tentativas de retornar a la República bajo los césares. Los republicanos habían sucumbido en la guerra civil o bien habían salido de ella cambiados.
8) La "emboscadura" representa una nueva respuesta de la libertad.
Más difícil resulta refutar la segunda objeción — ya la habrá hecho una parte de los lectores: ¿por qué ha de tener peso solamente ese único «no»? Pues cabe pensar que entre los otros noventa y nueve se encuentren algunos emitidos por convicción, por una convicción total y honesta y por motivos que son concluyentes.
Esto es, efectivamente, algo que no puede discutirse. Hemos arribado aquí al punto donde no parece posible llegar a un entendimiento. Aun cuando sólo se haya emitido un «sí» auténtico, esa objeción es irrebatible.
Supongamos un «sí» ideal y un «no» ideal. En quienes los emitieron se pondría de manifiesto la disensión que nuestro tiempo alberga en su seno y que también alza sus pros y sus contras dentro, incluso, del pecho de cada cual. El «sí« estaría a favor de la necesidad; el «no», a favor de la libertad. El proceso histórico discurre de tal manera que ambos poderes, tanto la necesidad como la libertad, influyen en él. Cuando en ese proceso falta uno de los dos mencionados poderes, se degrada.
Cual de esos dos lados es el que se ve es algo que no depende sólo de la situación sino, principalmente, del espectador. Pero el espectador no dejará nunca de sentir también el lado opuesto. El espectador se ve coartado en su libertad por lo necesario, pero es él, con su libertad precisamente, quien otorga un estilo a lo necesario. Esto es lo que establece una diferencia entre que los hombres y los pueblos den satisfacción a su tiempo o perezcan a causa de él.
En el hecho de "irse al bosque", de «emboscarse» — esto es, en lo que en adelante llamaremos «emboscadura» — contemplamos la libertad de la persona singular dentro de este mundo. Además de esto, es preciso describir la dificultad — más aún: el mérito — que hay en ser en este mundo una persona singular. No se discute que este mundo ha cambiado y sigue cambiando, y que lo hace por necesidad; pero con ello ha cambiado también la libertad. No ha cambiado en su esencia, desde luego, pero sí en su forma. Estamos viviendo en la Edad del Trabajador. Esta es una tesis que, desde que se formuló, se habrá vuelto más clara. [2] La emboscadura crea dentro de ese orden el movimiento que lo separa de las formaciones zoológicas. La emboscadura no es ni un acto liberal ni un acto romántico, sino el espacio de juego de pequeñas minorías selectas; éstas saben qué es lo que viene exigido por nuestro tiempo, pero saben también algunas cosas más.
9) Los hombres libres son poderosos, aunque constituyen únicamente una minoría pequeñísima.
El hombre que emitió aquel único voto no es todavía un «emboscado». Visto históricamente es alguien que incluso camina con retraso. Esto se deja ver también en el hecho de que lo que él hace es negar. Hasta que no tenga una visión de conjunto de la partida que se juega no podrá ese hombre aparecer con sus rasgos propios, que acaso serán sorprendentes.
Para que eso ocurra, lo que ante todo ha de hacer es salirse del marco de las viejas nociones acerca de la mayoría; nociones que aun siguen operando, aunque tanto Burke como Rivarol dejaron ya bien claro su significado. Dentro de ese marco carecería de toda importancia una minoría del uno por ciento. Antes hemos visto que la minoría sirve más bien para corroborar a la aplastante mayoría.
Tan pronto como uno se sale de la estadística, las cosas cambian en favor de las consideraciones valorativas. En este aspecto, ese único voto se diferencia de todos los demás hasta tal punto que es él incluso el que les otorga curso legal. De quien lo emitió nos está permitido pensar que sabe no sólo forjarse una opinión propia, sino también atenerse firmemente a ella. De ahí que nos sea lícito conceder asimismo coraje a nuestro hombre. Si en tiempos, acaso prolongados, de puro empleo de la violencia se encuentran personas singulares que conservan el conocimiento del derecho aun a costa de sacrificios, ése es el lugar donde hay que buscarlas. Aunque guarden silencio, siempre habrá movimiento a su alrededor, como sobre escolleras invisibles. En esas personas singulares se pone de manifiesto que la mera superioridad del poder no es capaz de crear derecho; no es capaz de crearlo ni siquiera allí donde produce también cambios históricos.
Si miramos las cosas desde este ángulo, no aparece entonces tan parvo el poder de la persona singular en el seno de las masas carentes de rango. Es preciso no olvidar que esa persona singular está casi siempre rodeada de otras personas que le son próximas; de personas en las cuales influye y que comparten su sino cuando ella sucumbe. Esas personas — próximas a la persona singular a la que aquí nos estamos refiriendo— se diferencian también tanto de los miembros de la familia burguesa como de los buenos conocidos de antaño. Se trata de unos vínculos más fuertes. Lo que de aquí resulta es una oposición; una oposición que no es sólo la de uno de cada cien votantes, sino la de uno de cada cien habitantes. Este cálculo tiene un fallo y es que en él se incluye también a los niños. Pero en la guerra civil el ser humano adquiere pronto mayoría de edad y asimismo adquiere pronto responsabilidad. Por otro lado, en países que poseen una vieja historia jurídica habrá seguramente que elevar la mencionada cifra del uno por ciento. Pero aquí no se trata de relaciones numéricas, sino de condensaciones ontológicas; con ello penetramos en un orden diferente, en el cual da igual que la opinión de la persona singular contradiga a la opinión de cien o a la opinión de mil. De la misma manera, su inteligencia, su voluntad, su influjo pueden compensar los de veinte o los de mil. Si la persona singular ha decidido a salirse de la estadística, verá entonces tanto el riesgo como también la insensatez que hay en cultivarla. Es una acción que queda lejos de las fuentes.
Vamos a contentarnos con la sospecha de que en una ciudad de diez mil habitantes hay cien personas que están decididas a demoler la violencia. En una ciudad de un millón de habitantes viven diez mil «emboscados», si es que queremos servirnos de esa palabra, aunque todavía no tenemos una visión completa de su alcance. Esto representa un poder enorme. Basta para derribar incluso a tiranos muy poderosos. Pues las dictaduras no son sólo peligrosas; están a la vez expuestas a peligros, ya que su brutal despliegue de fuerza provoca también un amplio repudio. En una situación así resultará inquietante la disposición a luchar de minorías minúsculas, sobre todo si han desarrollado una táctica.
Esto es lo que explica el gigantesco incremento de la policía. A primera vista parecerá absurdo que ésta crezca hasta el punto de llegar a constituir verdaderos ejércitos y que ello ocurra en imperios donde ha llegado a ser aplastante el aplauso. Por tanto, ese incremento de la policía es, por fuerza, un signo de que el potencial de la minoría ha crecido en igual proporción. Y eso es lo que efectivamente sucede. De un hombre que vota «no» en unas, así llamadas, «elecciones en favor de la paz» cabrá esperar que ofrecerá resistencia en cualquier circunstancia y de modo especial cuando los dueños de la violencia estén en apuros. En cambio, no existe en absoluto la misma seguridad de que se mantenga el aplauso de los otros noventa y nueve si las cosas empiezan a tambalearse. En tales circunstancias la minoría se asemeja a un virus que causa un efecto enorme, imposible de calcular, y que impregna la totalidad del Estado.
Para averiguar dónde se hallan los puntos en que ataca ese virus, para observarlos y vigilarlos, son necesarios grandes contingentes de policías. A medida que va creciendo la adhesión de las masas, también va creciendo la desconfianza respecto de ellas. Cuanto más se aproxima al cien por cien la cifra de los votos buenos, tanto más crece el número de los sospechosos. Pues cabe suponer que quienes portan en sí la oposición se habrán trasladado de un orden abarcable mediante la estadística a aquel orden invisible que nosotros denominamos la «emboscadura», el «irse al bosque». Ahora es preciso vigilarlos a todos. El espionaje introduce sus tentáculos en cada bloque de viviendas, en cada domicilio. Intenta penetrar incluso en las familias y alcanza sus máximos triunfos en las autoinculpaciones que contemplamos en los grandes procesos públicos. En ellos vemos al individuo representar el papel de policía de sí mismo; lo vemos cooperar a su propia aniquilación. El individuo no es ya indivisible, como sí lo fue en el mundo liberal. Ahora el Estado lo ha partido en dos mitades: una mitad que es culpable y otra mitad que se autoinculpa.
¡Qué espectáculo tan chocante es ése de ver cómo unos Estados que están fuertemente armados, cómo unos Estados que se ufanan de hallarse en posesión de todos los medios de poder, son al mismo tiempo sumamente susceptibles! Los cuidados que tales Estados han de prestar a la policía reducen su poder exterior. La policía recorta los presupuestos del ejército, y no sólo los presupuestos. Si las grandes masas fueran tan transparentes como asevera la propaganda, si sus átomos estuvieran tan orientados en una misma dirección, entonces se precisaría una cantidad de policía no mayor que el número de canes que necesita el pastor para cuidar de su rebaño. No es eso lo que ocurre, sin embargo, pues en el seno del gris rebaño se esconden lobos, es decir: personas que continúan sabiendo lo que es la libertad. Y esos lobos no son sólo fuertes en sí mismos; también existe el peligro de que, cuando amanezca un mal día, contagien sus atributos a la masa de modo que el rebaño se convierta en horda. Tal es la pesadilla que no deja dormir tranquilos a los que tienen el poder.
10) Nuestro tiempo es pobre en grandes hombres, pero produce figuras.
Una de las notas características y específicas de nuestro tiempo es que en él van unidas las escenas significativas y los actores insignificantes. Esto es algo que se pone de manifiesto sobre todo en los grandes hombres que aparecen en su escenario. Uno tiene la impresión de que todos ellos son personajes de ésos que pueden encontrarse, en la cantidad que se desee, tanto en los cafés de Ginebra o de Viena como en provincianas mesas de oficiales del ejército o incluso en oscuros caravasares. En aquellos sitios donde aparecen también rasgos espirituales, además de la mera fuerza de voluntad, nos está permitido sacar la conclusión de que allí perdura un material antiguo. Tal es, por ejemplo, el caso de Clemenceau, del que puede decirse que fue un hombre de una sola pieza.
Lo que en este espectáculo resulta irritante es que en él la mediocridad va asociada a un poder funcional enorme. Estos son los hombres en cuya presencia se ponen a temblar millones de seres humanos; los hombres de cuyas decisiones dependen millones de personas. Y, sin embargo, son los mismos hombres de los cuales es preciso decir que han sido elegidos con un zarpazo infalible por el Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo, si es que queremos contemplar aquí a tal espíritu en uno de sus aspectos posibles: el de un enérgico empresario de demoliciones. Ninguna de esas expropiaciones, socializaciones, electrificaciones, concentraciones de tierras, fraccionamientos y pulverizaciones que se llevan a cabo presupone ni cultura ni carácter; antes al contrario, esas dos cualidades resultan nocivas para el automatismo. De ahí que en aquellos sitios del paisaje de los talleres, donde se puja por el poder, éste sea adjudicado a aquél en quien la insignificancia está peraltada por una fuerte voluntad . En otro lugar volveremos a abordar este tema y en especial sus implicaciones morales.
Pero en la misma medida en que las actuaciones comienzan a perder interés desde la perspectiva de la psicología, en esa misma medida se tornan más significativas desde la perspectiva de la tipología. El ser humano penetra en unas circunstancias que no abarca de inmediato con su conocimiento consciente y a las que mucho menos aún configura. Sólo con el paso del tiempo va adquiriendo la óptica que permite comprender el espectáculo. Sólo entonces será posible el dominio. Antes de poder actuar sobre un proceso es preciso haberlo comprendido.
Con las catástrofes vemos aflorar a la superficie figuras que muestran estar a la altura de ellas y que las sobrevivirán cuando hayan quedado hace mucho tiempo olvidados los nombres casuales. Entre esas figuras se cuenta sobre todo la del Trabajador, la cual avanza con paso seguro e imperturbable hacia sus objetivos. Lo único que el fuego de la catástrofe hace es realzar más y más esa figura, tornarla cada vez más resplandeciente. Aún brilla iluminada por la incierta luz de los Titanes. No barruntamos en qué ciudades regias, en qué metrópolis cósmicas alzará esa figura su trono. El mundo lleva ahora el uniforme y las armas de la figura del Trabajador — y alguna vez llevará también su traje de fiesta. Dado que por el momento esa figura se halla en los primeros pasos de su carrera, el compararla con lo que ya ha llegado a su acabamiento no le hace justicia.
En el séquito de la figura del Trabajador aparecen otras figuras — también aquellas en que se sublima el sufrimiento. Entre ellas se encuentra el Soldado Desconocido, el Soldado Anónimo, que precisamente por estar desprovisto de nombre se halla vivo no sólo en todas las capitales, sino también en todas las aldeas, en todas las familias. Los lugares del combate, sus objetivos temporales, incluso los pueblos de que esos soldados desconocidos fueron representantes, todas esas cosas van difuminándose. Se enfrían los incendios — y lo que queda es otra cosa; algo que es común a todos y hacia lo cual no se vuelven ya la voluntad y la pasión, sino el arte y la veneración.
¿A qué se debe que la figura del Soldado Desconocido vaya claramente asociada al recuerdo de la primera guerra mundial, pero no al de la segunda? Se debe a que en la última resaltan con claridad las modalidades y los objetivos de la guerra civil mundial. Con ello vuelve a pasar a segundo plano lo propiamente bélico, el soldado. En cambio, el Soldado Desconocido de la primera guerra mundial continúa siendo un héroe, un dominador de los mundos del fuego que toma sobre sí grandes cargas en medio de aniquilaciones mecánicas. Ello lo convierte en un descendiente legítimo de la caballería de Occidente.
La segunda guerra mundial se diferencia de la primera no sólo porque las cuestiones nacionales pasan abiertamente a formar parte de las cuestiones de la guerra civil y quedan subordinadas a éstas, sino, simultáneamente, porque en ella se intensifica el desarrollo mecánico y de ese modo la guerra se acerca, en el automatismo, a los últimos límites. Esto implica ataques exacerbados contra el nomos y contra el ethos. En este contexto se llega a batidas efectuadas por un poder que supera en mucho el del adversario, a cacerías que no dejan ninguna esperanza. La batalla de medios materiales se intensifica hasta convertirse en una batalla de asedio, para transformarse en un Cannas, al cual le falta, empero, la grandeza antigua. El sufrimiento crece hasta tal punto que, por fuerza, queda excluido lo heroico. Al igual que todas las otras modalidades de la estrategia, también ésta nos ofrece una imagen exacta de nuestro tiempo que intenta clarificar en el fuego las cuestiones que le son propias. Desde hace ya mucho está preparada la cacería del ser humano, una batida que no deja escapatoria ninguna; y está preparada por teorías que aspiran a dar una explicación lógica y compacta del mundo, y que corren parejas con el desarrollo tecnológico. Al adversario se lo cerca primero en el campo de la razón y luego también en el campo social. A esto se agrega, llegada la hora, su exterminio. No hay destino más desesperanzado que el caer en un proceso como ése; en un proceso en el cual el derecho se ha convertido en un arma.
11. La amenaza genera pequeñas minorías selectas.
Tales fenómenos han venido dándose desde siempre en la historia humana; podríamos contarlos entre las atrocidades que raras veces faltan cuando se producen grandes cambios. Más desasosiego causa el hecho de que la crueldad amenace con convertirse en un elemento constitutivo, en una institución de las nuevas formaciones de poder, así como el ver entregada inerme a ella la persona singular.
Esto tiene varios motivos; el principal es que el pensamiento racional es cruel. Esa cualidad suya se contagia luego a los planes que se hacen. En esto desempeña un papel especial la extinción de la libre competencia. Tal extinción provoca curiosas imágenes reflejas de sí misma. Como su propio nombre indica, la competencia o concurrencia se asemeja a la carrera de competición, en la cual conquistan el premio los más hábiles. Donde desaparece la competencia se corre el riesgo de que surja una especie de estirpe de rentistas mantenida a costa del Estado mientras en la política exterior perdura la competencia — es decir, la carrera de competición — entre los diferentes Estados. Por esa brecha es por donde penetra el terror. Sin duda son otras circunstancias las que lo provocan: en esto queda al descubierto uno de los motivos que hacen que subsista el terror. La velocidad generada por la carrera competitiva de los Estados entre sí causa ahora necesariamente miedo. En un caso el nivel depende de las altas presiones; en el otro, del vacío. En el primer caso quien marca el ritmo es el ganador; en el segundo, aquél a quien cada vez le van peor las cosas.
Con esto se halla relacionado el hecho de que el Estado se ve forzado en el segundo caso a someter permanentemente una parte de su población a unas intromisiones horrorosas. La vida se ha vuelto gris, pero aún puede parecerle soportable a quien divisa a su lado la oscuridad, al negro absoluto. Ahí, y no en el terreno de la economía, es donde residen los peligros de las grandes planificaciones.
No deja de ser caprichosa la selección de los estratos de la sociedad que son perseguidos de ese modo. Siempre se tratará de minorías que, o bien llevan por naturaleza una marca que las distingue de los otros, o bien han sido inventadas con ese fin. Es evidente que con ello quedan amenazados también todos los que sobresalen por herencia y talento. Este mismo clima se contagia al trato acordado a los vencidos en la guerra. En conexión con la recriminación por una culpabilidad general se llega entonces a dejar morir de hambre a la gente en los campos de concentración, se llega a imponer trabajos forzados, a exterminar a los seres humanos en vastos territorios ya deportar a los sobrevivientes.
Es comprensible que en una situación como ésa el hombre prefiera soportar las cargas más pesadas antes que ser contado entre los «otros». El automatismo parece quebrantar con gran facilidad, como si lo hiciera jugando, lo que queda de la voluntad libre. La persecución se ha tornado compacta y universal, como un elemento de la naturaleza. Tal vez algunos privilegiados puedan tener abierta la puerta de la huida; pero la huida suele conducir a cosas peores. La oposición parece dar estímulos a los dueños de la violencia, les procura el anhelado pretexto para intervenir. Frente a esto, la última esperanza que queda es que el proceso acabe devorándose a sí mismo, como un volcán que ha arrojado toda su lava. Pero entretanto sólo puede haber dos preocupaciones para el hombre que está amenazado de ese modo: ejecutar el trabajo que le asignan y no desviarse de la norma. Esto repercute incluso en las zonas de seguridad; en ellas se apodera de los seres humanos un pánico propio de la catástrofe. En este punto surge la cuestión — y lo hace no sólo en la teoría sino en toda existencia real de hoy — en este punto surge la cuestión de si no se podría tomar todavía un camino diferente. Existen, en efecto, pasos de montaña, senderos de herradura que sólo se descubren después de una prolongada ascensión. Se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no puede tener nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra. Esto presupone, para empezar, que uno no quiera simplemente que no lo esquilen, sino que esté dispuesto a que lo despellejen.
Y de hecho habrá que reconocer que no han quedado extinguidos todos los movimientos en estos Estados que disponen de una masa enorme de policías y que han adquirido una ingente superioridad de poder. Las corazas de los nuevos Leviatanes tienen sus brechas propias, que continuamente están siendo palpadas, y esa operación tiene como premisas una prudencia y una audacia de una especie nunca antes conocida. Así, uno se inclina a pensar que existen aquí minorías selectas que están iniciando la lucha en favor de una libertad nueva, una lucha que requiere grandes sacrificios. No es lícito dar a esa lucha una interpretación que resulte indigna de ella. Para encontrar algo parangonable con esa lucha es preciso dirigir la mirada a tiempos y lugares esforzados; por ejemplo, a los de los hugonotes o a los de las guerrillas que Goya vio en sus Desastres. Comparado con estas cosas, el asalto a La Bastilla — del cual sigue alimentándose todavía hoy la conciencia de libertad del individuo — no pasa de ser un paseo dominguero por las afueras de la ciudad.
En el fondo no es posible considerar por separado a la tiranía y a la libertad, aunque es cierto que, cuando se las ve temporalmente, la una releva a la otra. Desde luego puede decirse que la tiranía deja en suspenso la libertad y la aniquila. Pero, por el otro lado, la tiranía sólo puede llegar a ser posible en aquellos sitios donde la libertad se ha domesticado y diluido en un insubstancial concepto de sí misma.
El ser humano tiende a edificar sobre los aparatos o a seguir cediendo a ellos aun en los sitios donde le es preciso sacar el agua de fuentes que le son propias. Esto representa un defecto de fantasía. El ser humano ha de saber cuáles son aquellos puntos donde no le es lícito traficar con su decisión soberana. Mientras marchen bien las cosas, siempre habrá agua en las tuberías y corriente eléctrica en los enchufes. Cuando la vida y la propiedad están amenazadas, un simple grito de alarma basta para que hagan acto de presencia, como por arte de magia, los bomberos y la policía. El gran peligro está en que el hombre confíe demasiado en las ayudas de otros y, cuando faltan aquéllas, quede desvalido. Todas las comodidades hay que pagarlas. La situación de animal doméstico arrastra consigo la situación de animal de matadero.
Las catástrofes son una prueba que permite averiguar en qué medida siguen conservando un fundamento originario los hombres y los pueblos. Más allá de la civilización y las seguridades que son procuradas por ella, la salud y las esperanzas de vida dependen de que al menos una de las raíces continúe nutriéndose directamente del reino telúrico.
Esto se pone de manifiesto en aquellos tiempos en que se atraviesan fases de amenazas muy intensas. En esas fases los aparatos no sólo dejan en la estacada al ser humano, sino que lo persiguen de tal manera que no parece quedar esperanza alguna. Entonces es cuando el hombre ha de decidir si da por perdida la partida o si desea continuarla, apoyándose para ello en su fuerza más íntima, en su fuerza propia. En este último caso decidirá irse al bosque, a «emboscarse».
12. Junto a las figuras del Trabajador y del Soldado Desconocido aparece una tercera figura, el Emboscado.
Hemos dicho que el Trabajador y el Soldado Desconocido son dos de las grandes figuras de nuestro tiempo. En el Emboscado divisamos una tercera, que va apareciendo con una claridad cada vez mayor.
En el Trabajador el principio activo se despliega en la tentativa de imponerse al universo y dominarlo de una manera nueva; en el ensayo de alcanzar proximidades y lejanías no vistas antes por ningún ojo, impartir órdenes a unas energías que hasta este momento nadie había desencadenado.
El Soldado Desconocido está en la zona de sombra de las acciones, cual víctima sacrificada que porta las cargas en los grandes desiertos del fuego y que es evocada como espíritu bueno y unificador. Esa tarea unificadora la realiza no sólo en el interior de los pueblos, sino también entre los pueblos.
En cambio, llamamos «Emboscado» a quien, privado de patria por el gran proceso y transformado por él en un individuo aislado, acaba viéndose entregado al aniquilamiento. Este destino podría ser el destino de muchos y aun el de todos — no es posible dejar de añadir, por lo tanto, una precisión y ésta consiste en lo siguiente: el emboscado está decidido a ofrecer resistencia y se propone llevar adelante la lucha; una lucha que acaso carezca de perspectivas. Un emboscado es, pues, quien posee una relación originaria con la libertad. Vista en el plano temporal, esa relación se exterioriza en el hecho de que el emboscado piensa oponerse al automatismo y piensa no sacar la consecuencia ética de éste, a saber, el fatalismo.
Si lo contemplamos de ese modo, no dejará de hacérsenos evidente el papel desempeñado por el emboscado no sólo en los pensamientos, sino también en la realidad de estos años que estamos atravesando. Todos y cada uno de nosotros nos encontramos hoy en una situación de coacción y los intentos de conjurarla se asemejan a experimentos audaces, a experimentos de los cuales depende un destino mucho mayor aún que el de quienes están decididos a correr el riesgo de llevarlos a cabo.
Acciones arriesgadas como ésas pueden tener esperanzas de éxito únicamente si les prestan su ayuda, y les abren nuevas vías allí donde no hay salida, las tres grandes potencias: el arte, la filosofía y la teología. Estudiaremos esto con detenimiento. Por ahora anticipemos tan sólo que el tema de la persona singular sometida a una cacería va ocupando de hecho un espacio cada vez mayor en el arte. Es natural que ese tema resalte de manera especial en la descripción del ser humano que se dedica a crear el teatro, el cine y, ante todo, a la novela. Vemos realmente cómo está cambiando la perspectiva pues la descripción de la sociedad que progresa o se descompone va dejando paso a la confrontación de la persona singular con el colectivo tecnológico y con el mundo peculiar de ese colectivo. Penetrando en sus profundidades, el autor mismo se convierte en un emboscado; la palabra «autoría» es sólo otro nombre para decir «independencia».
Hay una línea recta que lleva de estas descripciones a Edgar Allan Poe. Lo extraordinario de este espíritu está en su economía de medios. Ya antes de que se alce el telón escuchamos el motivo conductor — el Leitmotiv — y ya por los primeros compases nos enteramos de que el espectáculo llegará a ser amenazador. Los personajes, que son sobrios, matemáticos, son al mismo tiempo fatídicos. En eso estriba su inaudita fascinación. El Maelstrom es el embudo, es la resaca irresistible hacia la cual atraen el vacío y la nada. El pozo nos presenta la imagen del asedio, del cerco cada vez más angosto; el espacio comienza a reducirse y a empujar hacia las ratas. El péndulo es el símbolo del tiempo muerto, susceptible de medición; es la afilada guadaña de Cronos, colgada de él; una guadaña que se mueve de un lado para el otro y amenaza al prisionero pero que a la vez lo libera si éste sabe servirse de ella [3].
De entonces a esta parte ha ido llenándose de mares y países la apretada cuadrícula que cubre el mapa de la Tierra. Se ha agregado la experiencia histórica. Ciudades cada vez más artificiales, comunicaciones automáticas, guerras entre naciones y guerras civiles, infiernos de máquinas, despotismos grises, cárceles, asechanzas sutiles — todas esas cosas han ido recibiendo un nombre geográfico y ocupan día y noche al ser humano.
Como planificador y pensador audaz, vemos a este ser humano meditar sobre el avance de los procesos y sobre el modo de encontrarles una salida. En las acciones lo vemos como conductor de máquinas, como guerrero, como prisionero, como partisano en medio de las ciudades que unas veces arden en llamas y otras se iluminan para celebrar fiestas. Vemos al ser humano en el papel de despreciador de los valores, en el papel de frío calculador; pero también lo contemplamos sumido en la desesperación cuando, en medio de los laberintos, la mirada busca las estrellas.
El proceso tiene dos polos — por un lado, el polo del Todo, que progresa en configuraciones cada vez mayores y a través de todas las resistencias. Aquí está el movimiento completo, el despliegue imperial, la seguridad total. En el otro polo vemos a la persona singular: el hombre que sufre, que se encuentra desprotegido y cuya inseguridad es también total. Ambos polos se condicionan mutuamente pues el gran despliegue del poder es por el miedo a lo que vive; y la coacción adquiere especial eficacia en aquellos sitios donde se ha intensificado la sensibilidad.
El arte se ocupa de esta nueva situación del ser humano; la considera su tema particular y realiza numerosos ensayos en ese sentido. Sin embargo, estos ensayos van más allá de la mera descripción. Constituyen mas bien experimentos que apuntan a un objetivo supremo: el de aunar a la libertad y al mundo en una armonía nueva. Allí donde esto se hace visible en la obra de arte, no puede menos que desvanecerse el miedo acumulado, así como la niebla se desvanece al primer rayo del Sol.
13) El miedo ...
El miedo es uno de los síntomas de nuestro tiempo. La consternación causada por el miedo es tanto mayor cuanto que ese miedo viene a continuación de una época en la cual hubo una gran libertad individual y en la que también se había vuelto casi desconocida esa clase de penurias que nos describe, por ejemplo, Dickens.
La transición de aquella seguridad a este miedo, ¿cómo se ha producido? Si quisiéramos elegir una fecha concreta, probablemente ninguna otra resultaría más apropiada que el día en que se hundió el Titanic. En esa fecha chocan de frente, con toda violencia, la luz y las sombras: aparecen juntos la hybris del progreso y el pánico, las máximas comodidades y la destrucción, el automatismo y la catástrofe; esta última se presenta como un accidente de tráfico.
De hecho el automatismo y el miedo van estrechamente unidos, desde el momento en que el ser humano coarta sus propias decisiones en beneficio de las facilidades tecnológicas. Éstas procuran numerosas comodidades. Pero también aumenta, y ello de manera necesaria, la pérdida de libertad. La persona singular no está ya en la sociedad como lo está un árbol en el bosque. Antes al contrario, se asemeja al pasajero de una nave que se mueve a una velocidad cada vez mayor. La nave puede llamarse Titanic o puede llamarse también Leviatán. Mientras el tiempo sea bueno y agradables las perspectivas, el pasajero casi no reparará en la situación a que ha ido a parar y que es una situación en que la libertad es menor. Por el contrario, lo que surge es un optimismo, una conciencia de poder generada por la velocidad. Pero las cosas cambian cuando emergen en la superficie islas que escupen fuego o aparecen icebergs. No sólo ocurre entonces que la tecnología se traslada de las confortables comodidades a otros ámbitos, sino que, al mismo tiempo, se hace visible la falta de libertad y eso se pone de manifiesto, ya sea en el triunfo de las fuerzas de los elementos, ya sea en el hecho de que en ese instante quienes ejercen el poder absoluto del mando son las personas singulares que han permanecido fuertes.
Los detalles son conocidos y han sido descritos muchas veces; forman parte de nuestra experiencia más propia. Aquí podría pensarse en la objeción siguiente: ha habido otros tiempos de miedo, de pánico apocalíptico, sin que su acompañamiento — su instrumentación — estuviera constituido por ese carácter de automatismo. No vamos a entrar en esa cuestión, pues lo automático no se torna terrible hasta que no se revela como una de las modalidades de la fatalidad, como el estilo de esa fatalidad, tal como fue descrito de manera insuperable por Jerónimo Hosco. No vamos a detenernos en la cuestión de si el miedo moderno es un miedo enteramente especial o si es sólo el estilo que hoy ostenta la angustia cósmica que retorna. La pregunta que vamos a hacer, y que todos llevamos en nuestro corazón, es la contraria: en tanto perdure el automatismo y en tanto, como es previsible, vaya aproximándose cada vez más a su perfección, ¿es acaso posible disminuir el miedo? ¿Sería, pues, posible permanecer en la nave y reservarse la decisión propia? Es decir: ¿sería posible no sólo conservar, sino también fortalecer las raíces que aún siguen ligadas al fondo primordial? Esta es la verdadera cuestión de nuestra existencia.
Y ésa es también la cuestión que hoy se halla detrás de todas las congojas del presente. El ser humano pregunta si no puede escapar a la aniquilación. Durante estos años, si uno se sienta a charlar en cualquier punto de Europa con conocidos o desconocidos verá que la conversación se desvía pronto hacia los asuntos generales y que afloran allí todas las miserias. Uno reparará en que de casi todos esos hombres y mujeres se ha apoderado un pánico que no había vuelto a conocerse entre nosotros desde los inicios de la Edad Media. Observará que esos hombres y esas mujeres se precipitan en su miedo como si fuesen unos posesos y que subrayan con franqueza y sin rubor los síntomas de ese miedo. Uno asiste a reuniones donde los espíritus discuten, en una especie de competición, qué es lo mejor: si huir, si esconderse, o si suicidarse. Aunque todavía disfrutan de total libertad, meditan ya sobre los recursos y tretas con que podrán comprar el favor de los viles cuando éstos lleguen a dominar y uno vislumbra, horrorizado, que no hay ninguna vileza que esos espíritus no acepten si se les exige que lo hagan. Uno ve allí hombres robustos, sanos, con un cuerpo de atleta y se pregunta para qué practicarán los deportes.
Ahora bien, esos mismos seres humanos no están sólo angustiados; son a la vez temibles. Su estado de ánimo pasa de la angustia a un odio declarado si ven que se debilita aquél a quien hasta ese mismo instante han estado temiendo. Y no sólo en Europa se encuentra uno con grupos de ese género. El pánico se hará más compacto todavía en aquellos sitios donde el automatismo aumenta y está aproximándose a formas perfectas, como ocurre en Norteamérica. En esos sitios es donde encuentra el pánico su mejor alimento. Es difundido a través de redes que compiten en rapidez con el rayo. La simple necesidad que la gente siente de absorber noticias varias veces al día es ya un signo de angustia. La imaginación gira y gira, y de esa manera va creciendo y paralizándose. A lo que se asemejan todas esas antenas que hay en las ciudades gigantescas es al cabello erizado. Constituyen una invitación a establecer contacto con los demonios.
El Este no representa ciertamente una excepción. El Oeste tiene miedo del Este, el Este tiene miedo del Oeste. En todos los puntos del mundo está viviéndose a la espera de agresiones horribles y en muchos de esos puntos se añade a lo anterior el miedo a la guerra civil.
El gran mecanismo político no es lo único que impulsa a sentir ese miedo. Hay además una cantidad innumerable de angustias particulares. Ellas traen consigo la incertidumbre y ésta deposita siempre su esperanza en médicos, en salvadores, en taumaturgos. Todo puede convertirse, efectivamente, en objeto de miedo y esto es uno de los signos indicadores de la catástrofe; un indicador más diáfano que todos los peligros físicos.
14) ... puede ser vencido por la persona singular ...
La pregunta básica en estos remolinos dice así: ¿es posible librar del miedo al ser humano? Tal cosa es mucho más importante que proporcionarle armas o que proveerle medicamentos. El poder y la salud están en quien no siente miedo. Por otro lado, el miedo pone cerco también a quienes van armados hasta los dientes — es precisamente a ellos a quienes pone cerco. Y esto mismo puede decirse de quienes nadan en la abundancia. Ni con las armas ni con los tesoros se conjuran las amenazas; armas y riquezas son únicamente medios auxiliares.
Es tan estrecha la conexión que hay entre el miedo y los peligros amenazadores que resulta muy difícil decir cuál de esos dos poderes es el que engendra al otro. El miedo es más importante; de ahí que haya que empezar por él si se quiere desatar el nudo.
Es menester prvenirse de lo contrario, es decir, del intento de comenzar por los peligros que nos amenazan. Si tratásemos de hacernos más peligrosos que aquéllos a quienes tememos no contribuiríamos a la solución. Es la relación clásica que se da entre los rojos y los blancos, entre los rojos y los rojos, y tal vez, mañana, entre los blancos y los negros. El terror es semejante a un fuego que se dispone a devorar al mundo entero.
A la vez, el miedo se multiplica . Quien pone fin al terror se legitima como llamado a ejercer el dominio. Y quien pone fin al terror es el mismo que antes ha vencido al miedo.
Es importante, además, saber que no es posible extirpar por completo al miedo. Tal cosa tampoco nos llevaría más allá del automatismo. Al contrario, llevaría al miedo hacia el interior del ser humano. Siempre que éste delibere consigo mismo continuará teniendo al miedo como su gran interlocutor en el diálogo. En esa operación el miedo aspira al monólogo, a ser él el único en hablar; el miedo se reserva la última palabra tan sólo cuando representa ese papel.
Si, en cambio, se reconduce el miedo al diálogo, entonces también el ser humano puede tomar la palabra. Con ello deja de imaginarse que está siendo cazado. Además de la solución del automatismo se deja ver también en todo momento otra solución que es distinta de aquélla. Es decir, ahora hay dos caminos; o bien, dicho con otras palabras: ahora queda restablecida la libre decisión.
Aun en el supuesto de la peor de las catástrofes, siempre subsiste una diferencia, como la que se da entre la luz y las tinieblas. En el primer caso, el de la luz, el camino va ascendiendo hacia reinos que están en las alturas, hacia la muerte por el sacrificio o hacia el destino de quien sucumbe con las armas en la mano. En el segundo caso, el de las tinieblas, el camino desciende hacia las profundidades de los campos de esclavos y los mataderos donde unos hombres primitivos se asocian criminalmente con la tecnología. En este último caso no hay destino; lo único que hay son números. O bien poseer un destino propio o bien equivaler a un número: ésa es la disyuntiva que hoy nos viene impuesta — ciertamente por la fuerza — a todos y a cada uno de nosotros. Pero el decidirse por lo uno o por lo otro es algo que cada cual ha de hacer por sí solo. La persona singular es hoy exactamente igual de soberana que en cualquier otro período de la historia y aun es probable que sea más fuerte que nunca. Pues a medida que van ganando terreno los grandes poderes colectivos el ser humano va también quedando aislado de sus viejas asociaciones, de aquellas asociaciones que habían crecido de una manera espontánea. De lo único de que el hombre sale garante ahora es de sí mismo. Y es ahora cuando se convierte en el antagonista del Leviatán; más aún: en su dominador, en su vencedor .
Retornemos a la imagen de las elecciones. Como vimos, el proceso electoral se ha transformado en un concierto automático que viene dictaminado por quienes lo organizan. La persona singular puede ser forzada — será forzada — a participar en él. Lo que esta persona ha de saber es que todas las posiciones que pueda llegar a ocupar dentro de ese terreno son igualmente vanas. Da igual que la caza se mueva por este o por aquel sitio, con tal de que la haga entre los filopos, entre las redes que la encaminan a un sitio determinado.
El lugar de la libertad es completamente distinto de la mera oposición; también es diferente del lugar que puede brindar la huida. «Bosque» es el nombre que le hemos dado al lugar de la libertad. En él hay otros medios, unos medios diferentes del «no» que uno escribe en el círculo predispuesto para ello en la papeleta del voto. Desde luego, hemos visto que, dada la situación a que se ha llegado, tal vez tan sólo uno entre cien esté capacitado para "irse al bosque", para la "emboscadura". Pero de lo que aquí se trata no es de relaciones numéricas. Cuando se incendia un teatro basta una cabeza clara, basta un corazón enérgico para contener el pánico de millares de personas que amenazan con aplastarse unas a otras y que se entregan a una angustia propia de animales.
Cuando aquí hablamos de la «persona singular» estamos refiriéndonos al «ser humano», al «hombre» tal cual, pero desprovisto del regusto añadido que esa palabra ha ido adquiriendo en el transcurso de los dos últimos siglos. Estamos refiriéndonos a la persona libre, tal como fue creada por Dios. Ese hombre no representa una excepción, no es una minoría selecta. Antes al contrario, se halla oculto en el interior de todos y cada uno de nosotros. Las diferencias que aquí aparecen son únicamente el resultado de la diferencia de grado en que el ser humano haya sido capaz de hacer realidad la libertad que le ha sido otorgada. Para eso es preciso prestarle ayuda — con el pensamiento, con el conocimiento, con la amistad, con el amor.
También cabe decir que en el bosque el ser humano duerme. El orden queda restablecido en el instante mismo en que, al despertarse, repara en el poder que tiene. Es posible darle al ritmo superior de la historia la siguiente interpretación: el ser humano se redescubre a sí mismo periódicamente. Siempre hay poderes que intentan colocarle sus máscaras propias; poderes que unas veces son totémicos, otras mágicos, y otras tecnológicos. Entonces aumenta la rigidez; y al aumentar la rigidez, crece también el miedo. Las artes se petrifican, el dogma se absolutiza. Pero desde los tiempos más remotos viene repitiéndose una y otra vez el mismo espectáculo: el hombre se quita la máscara y a ese acto sigue la jovialidad, que es el reflejo luminoso de la libertad.
Sometidos como estamos a la fascinación de potentes ilusiones ópticas, nos hemos habituado a ver en el ser humano un simple grano de arena cuando se lo compara con sus máquinas y con sus aparatos. Ahora bien, los aparatos son, y no dejarán de ser, decorados de teatro colocados por la imaginación inferior. El ser humano es quien ha fabricado tales decorados y él es quien puede desmontarlos o bien darles un sentido nuevo. Es posible hacer saltar las cadenas de la tecnología y el que puede hacerlo es la persona singular .
15) .... si ésta adquiere conocimiento de su poder.
Aquí hemos de señalar todavía una posibilidad de error: estamos aludiendo a la confianza depositada en la imaginación pura. Desde luego, lo concedemos, esa imaginación lleva a la victoria espiritual. Pero lo que no puede ser es que eso conduzca a la fundación de escuelas de yoga. Y, sin embargo, en eso es en lo que piensan no sólo numerosas sectas, sino también una especie de nihilismo cristiano que se toma las cosas muy a la ligera. No podemos limitarnos a conocer en el piso de arriba la verdad y la bondad mientras en el sótano están arrancando la piel a otros seres humanos como nosotros. Eso es algo que no puede hacerse ni aunque uno se encuentre en una posición no sólo bien asegurada, sino también superior; y no puede hacerse porque el sufrimiento inaudito de millones de seres humanos esclavizados es algo que clama al cielo. Todavía permanece en la atmósfera el vaho de los desolladeros. Con meras palabrerías no se eluden esas cosas. De ahí que no nos esté concedido quedarnos en la imaginación, a pesar de que es ella la que otorga su fuerza básica a las acciones. Nivelar las imágenes y derribarlas es algo que precede a la lucha por el poder. Por este motivo no podemos prescindir de los poetas. Ellos son los que introducen la subversión y los que inician también el derrocamiento de los Titanes. La imaginación — y con ella el canto — forman parte de la emboscadura.
Volvamos ahora a la segunda de las imágenes que hemos utilizado. El mundo histórico en que nos hallamos se asemeja a una embarcación que se desplaza con un movimiento rápido y que unas veces exhibe rasgos de comodidad confortable y otras veces muestra signos de terror. Unas veces es el Titanic y otras veces es el Leviatán. Lo que se mueve sirve de señuelo a los ojos y por ello a la mayoría de los pasajeros de la nave les queda oculto que en forma simultánea habitan en un mundo diferente en el cual reina una quietud total. Es tan superior el segundo de estos reinos al primero, que parece contener a éste dentro de sí como un juguete. Es tan superior a él como lo es una de esas innumerables epifanías que acontecen. El segundo de esos reinos es puerto, es patria, es paz y seguridad, cosas que todos nosotros llevamos dentro. A esto es a lo que damos el nombre de «bosque».
Travesía marítima y bosque — tal vez parezca difícil aunar en una sola imagen cosas tan dispares. Pero al mito le resulta familiar ese género de contrastes. Así, el Dioniso raptado por unos marineros tirrenos hizo que en torno a los remos se enroscasen pámpanos y mirto y que crecieran hasta envolver el mástil. De aquella espesura surgió luego el tigre que despedazó a los piratas.
El mito no es historia ocurrida en un tiempo anterior; es realidad intemporal que se reitera en la historia. El hecho de que nuestro siglo vuelva a encontrar sentido en los mitos es uno de los indicadores favorables. También hoy existen poderes fuertes que llevan a alta mar al ser humano, que lo conducen al interior de los desiertos y a su mundo de máscaras. Un viaje así perderá su condición amenazadora si el ser humano vuelve en sí y recuerda la fuerza divina que posee.
16) La emboscadura, en cuanto conducta libre en la catástrofe ...
Si queremos salir de la coacción que viene representada por la mera jugada aislada y deseamos llegar a tener una visión de conjunto de la partida, dos son los hechos que hemos de conocer y reconocer.
En primer lugar hemos de saber lo que ya hemos visto en el ejemplo de las elecciones: que sólo una pequeña fracción de las grandes masas humanas está capacitada para hacer frente a las poderosas ficciones de nuestro tiempo y a las amenazas que irradian de ellas. Es verdad que esa pequeña fracción puede asumir la representación de la totalidad.
En segundo lugar hemos de saber lo que hemos visto en el ejemplo de la nave: que los poderes del presente no bastan para resistir a las mencionadas ficciones.
Estos dos descubrimientos no encierran en sí novedad alguna. Están en el orden normal de las cosas y volverán a imponerse siempre que se anuncian catástrofes. La actuación pasará entonces a manos de minorías selectas que prefieren el peligro a la esclavitud y las acciones habrán ido precedidas siempre de una reflexión. Por un lado esta reflexión se expresa en la crítica de la actualidad, es decir: en el conocimiento de que ya no bastan los valores vigentes. Por otro lado se expresa en el recuerdo. Este puede orientarse hacia los padres y hacia los órdenes que les fueron propios; padres y órdenes que están más próximos al origen que nosotros. Entonces el recuerdo tendrá como objetivo unas restauraciones conservadoras. En los grandes peligros se buscará lo salvador a mayor profundidad, se lo buscará en las Madres; al contacto con éstas se liberan fuerzas primordiales a las que no pueden hacer frente los puros poderes temporales.
Dos son, pues, las cualidades que se presuponen en el emboscado. En primer lugar, el emboscado no le permite a ningún poder, por muy superior que sea, que le prescriba la ley; ni por la propaganda ni por la violencia. Y, en segundo lugar, el emboscado se propone defenderse. Para ello no sólo utiliza los medios y las ideas propias de su tiempo, sino que a la vez mantiene abierto el acceso a unos poderes que son superiores a los temporales y que nunca podrán ser diluidos en puro movimiento. Uno puede correr el riesgo de la emboscadura, puede osar emboscarse, si se cumplen esas dos condiciones.
La cuestión que ahora se plantea es la siguiente: ¿cuál es el propósito perseguido por tales esfuerzos? Ya hemos apuntado que ese propósito no puede limitarse a la conquista de puros reinos interiores. Después de las derrotas ésa es una de las ideas que suelen difundirse. Igualmente insuficiente sería el limitarse a objetivos reales; por ejemplo, a la conducción de la lucha para recuperar la libertad nacional. Antes al contrario, veremos que los esfuerzos de los que estamos hablando son coronados también por la libertad nacional, pero ésta es aquí algo añadido. Pues la catástrofe en que nos vemos envueltos no es simplemente una catástrofe nacional; es una catástrofe mundial. Y con respecto a ella resulta muy difícil decir, y mucho más difícil aún profetizar, quiénes son propiamente los vencedores y quiénes son propiamente los vencidos.
Ocurre más bien que quien ha captado la situación mejor que todos los gobiernos y que todos los teorizantes es el hombre sencillo, el hombre de la calle, la persona con la que nos encontramos todos los días y en todos los sitios. Esto se debe a que continúan estando vivos en ese hombre vestigios de un saber que llegan más hondo que los lugares comunes de la actualidad. De ahí que en congresos y en conferencias se adopten unas resoluciones cuya estupidez y cuya peligrosidad son mucho mayores que las que tendría la sentencia dictada por una persona cualquiera sacada del primer tranvía que pase ante nosotros.
La persona singular continúa teniendo órganos en los que está viva una cantidad mayor de sabiduría que la disponible en toda la organización en su conjunto. Esto es algo que se pone de manifiesto incluso en el desconcierto, en el miedo de la persona singular. Cuando ésta se tortura intentando averiguar dónde hay una salida, un camino para huir, se comporta de una manera que toma en consideración la inminencia y la magnitud de la amenaza. Cuando desconfía del papel moneda y se atiene a los objetos reales, la persona singular se comporta como alguien que todavía sabe distinguir el oro de la tinta de imprenta. Cuando en países que son ricos y se hallan en paz esta persona se despierta aterrorizada por las noches, el hecho es algo tan natural como el sentir vértigo del abismo. Tratar de persuadirla de lo contrario, de la inexistencia del abismo, es algo que no tiene sentido. Además, cuando alguien delibera consigo mismo es bueno que lo haga al borde del abismo.
¿Cómo se comporta el ser humano en presencia de la catástrofe y en medio de ella? Ése es el tema que se plantea con una urgencia cada vez mayor. En esa cuestión, que es la más importante, se incluyen todas las demás. También en el interior de los pueblos que parecen estar planificando un ataque mutuo, también en el interior de ellos la gente medita, en el fondo, sobre las mismas amenazas.
Mirar cara a cara a la catástrofe y enfrentarse al modo en que uno puede verse envuelto en ella es algo útil en todos los casos. Equivale a maniobras militares en el campo del espíritu, a unos ejercicios espirituales. El miedo disminuirá si abordamos este asunto como es debido; y eso representa ya un primer paso hacia la seguridad, un paso importante. Tiene no sólo efectos curativos, sino también efectos preventivos sobre la persona. Pues en la misma medida en que el miedo disminuye en las personas singulares, en esa misma medida decrece la probabilidad de la catástrofe.
17) .... es independiente de las fachadas político-técnicas y de sus agrupaciones.
La nave significa el ser temporal; el bosque, el ser supra-temporal. En esta época nuestra, que es una época nihilista, se acrecienta la ilusión óptica que parece multiplicar las cosas que se mueven, en menoscabo de las cosas que están quietas. En realidad, todos los poderes tecnológicos que hoy se están desplegando son un brillo fugaz que viene de los recintos que guardan los tesoros del Ser. El hombre adquirirá seguridad si logra penetrar, aunque sólo sea por brevísimos instantes, en tales recintos. No sólo perderán entonces su cariz amenazador las cosas temporales, sino que producirán la impresión de estar llenas de sentido.
Vamos a llamar «emboscadura» a ese giro favorable y «emboscado» a quien lo ejecuta. De modo semejante a lo que ocurre con la palabra «trabajador», también la palabra «emboscado» designa una escala muy amplia, pues se refiere no sólo a campos y a modalidades muy diversas, sino también a los diferentes grados de un modo de comportarse. El hecho que esa palabra tenga ya una historia anterior — es una de las viejas palabras islandesas — no puede ser perjudicial. Aunque aquí, ciertamente, vamos a entender esa palabra en un sentido más amplio. El irse al bosque, la «emboscadura», era un acto que seguía a la proscripción. Mediante la emboscadura el hombre proclamaba su voluntad de depender de su propia fuerza y a afirmarse tan sólo en ella. Hacer eso se consideraba honroso; y también hoy continúa siéndolo, digan lo que digan todos los lugares comunes que por ahí corren.
A la proscripción había precedido casi siempre de un homicidio. Hoy, en cambio, la proscripción golpea al ser humano de manera automática, al girar de la ruleta. Nadie sabe si mañana no lo contarán en un grupo que se encuentra fuera de la ley. El barniz civilizado de la vida sufre, entonces, un cambio pues desaparecen los decorados confortables y se truecan en signos de aniquilamiento. El vapor de lujo se transforma en un buque de guerra o bien en un navío en el que se izan las banderas negras de los piratas o las banderas rojas de los verdugos.
En los tiempos de nuestros remotos antepasados el hombre que sufría la proscripción era alguien habituado a pensar por sí mismo, a llevar una vida dura y a actuar de manera autocrática. En tiempos posteriores tal vez se sentía aún lo bastante fuerte como para tomar en consideración la excomunión y para ser por sus propios medios no sólo un guerrero, un médico y un juez, sino también un sacerdote. Hoy no ocurren esas cosas. Los seres humanos están tan insertos en colectivos y en constructivos que se tornan muy indefensos. Casi no se dan cuenta de la fuerza tan especial que en estos ilustrados tiempos nuestros han ido adquiriendo los prejuicios. A esto se agrega que el modo de vivir depende de enchufes eléctricos, de alimentos conservados, de tuberías que conducen el agua; es decir: depende de coordinaciones, de repeticiones. No se percibe lo mítico, sino que volvemos a encontrarnos con él recién cuando el tiempo se tambalea en sus estructuras y estamos sometidos al imperio de un peligro máximo.
La emboscadura tampoco significa: o bien el viñedo o bien la nave. Significa: la viña y la nave. Es creciente el número de las personas que desean abandonar la nave y entre ellas se cuentan también mentes agudas y espíritus buenos. Pero en el fondo esto equivale a querer desembarcar en alta mar. Hacen entonces su aparición el hambre, el canibalismo y los tiburones, en suma, todos aquellos horrores que se nos han contado de la balsa de la Medusa. De ahí que en todo caso sea aconsejable permanecer a bordo y en cubierta, aunque uno mismo corra el riesgo de volar por los aires junto con la nave.
Esta objeción no va dirigida contra el poeta. Tanto con su obra como con su existencia el poeta pone de manifiesto la inmensa superioridad del mundo de las Musas sobre el mundo de la Técnica. El poeta ayuda al ser humano a encontrar el camino de vuelta a sí mismo: es un emboscado.
No menos peligroso sería restringir el significado de la palabra «emboscadura» haciendo que designe la lucha por la libertad de Alemania. La situación en que la catástrofe ha colocado a Alemania condiciona un reordenamiento de sus fuerzas armadas. No ha habido una reorganización de ellas desde la derrota de 1806 — pues, aunque es cierto que han cambiado mucho, tanto en cuanto a sus efectivos como en lo que se refiere a su técnica ya su táctica, la verdad es que las fuerzas armadas continúan basándose, al igual que todas nuestras instituciones políticas, en el pensamiento fundamental de la Revolución francesa. Una auténtica reorganización de las fuerzas armadas alemanas no consiste en integrarlas a una estrategia aérea o atómica. Antes al contrario, de lo que se trata es de que adquiera poder y figura una idea nueva de la libertad, tal como ocurrió después de 1789 en los ejércitos de la Revolución y tal como aconteció después de 1806 en el ejército prusiano. En este aspecto son posibles, desde luego, también hoy unos despliegues de poder que se alimenten de principios diferentes a los de la Movilización Total. [4] Pero esos principios no van asociados con las naciones; habrán de ser aplicados en todos los sitios donde se despierte la libertad. Vistas las cosas técnicamente hemos llegado a una situación en la que ya tan sólo dos potencias son del todo autárquicas, es decir: en la que ya sólo dos potencias tienen la capacidad de adoptar un comportamiento estratégico-político que, apoyándose en los grandes medios de combate, esté a la altura de objetivos a escala planetaria[5]. La emboscadura será posible, en cambio, en todos los puntos de la Tierra.
Con ello ha quedado dicho también que esta palabra no encierra un propósito hostil al Este. El miedo que hoy recorre nuestro planeta viene inspirado en gran medida por el Este. Ese miedo se exterioriza en los ingentes preparativos que se efectúan tanto en el ámbito material como en el espiritual. Esto llama mucho la atención, pero no constituye, sin embargo, un motivo fundamental; es una simple secuela de la situación mundial. Los rusos se encuentran metidos en el mismo atolladero que todos los demás; incluso es posible que estén pasando más apuros que los otros, si es que queremos usar al miedo como criterio. Pero las armas son incapaces de hacer que decrezca el miedo. El miedo sólo podrá disminuir si se encuentra un nuevo acceso a la libertad. En este aspecto son muchas las cosas que los rusos y los alemanes habrán de decirse todavía; disponen de las mismas experiencias. También para los rusos la emboscadura constituye un problema medular. El ruso, en la medida en que es un bolchevique, se encuentra en la nave; en la medida en que es un ruso, en el bosque. Esta situación define tanto los peligros que lo amenazan como la seguridad de la que goza.
El propósito de la emboscadura no se orienta en general ni a las simples fachadas políticas ni tampoco a sus agrupaciones. Esas cosas pasan, son fugaces, mientras que las amenazas permanecen y aun regresan con mayor rapidez y más fuerza que antes. Los adversarios llegan a hacerse tan semejantes que puede adivinarse sin ninguna dificultad que son meros disfraces de un solo y único poder. No se trata de forzar las apariencias en este o en aquel lugar, sino de dominar el tiempo. Esto requiere soberanía. Y el lugar donde hoy se encontrará la soberanía no será tanto en las grandes decisiones como en el ser humano que en su interior abjura del miedo. Los monstruosos preparativos antes mencionados se dirigen únicamente contra el hombre y, sin embargo, en última instancia están destinados a su triunfo. Este conocimiento hace libre al ser humano y con ello las dictaduras se hunden en el polvo. Aquí es donde se hallan las reservas apenas explotadas todavía de nuestro tiempo, y no sólo del nuestro. Esa libertad es el tema de la historia como tal y es lo que la deslinda, por un lado frente a los reinos de los demonios y, por el otro, frente al acontecer meramente zoológico. Esto se halla prefigurado en el mito y en las religiones y es algo que retorna siempre: los Gigantes y los Titanes aparecen siempre con la misma prepotencia. Y, sin embargo, ya ha habido casos en los cuales ha bastado la piedra lanzada por la honda de un pastor, o la bandera empuñada por la mano de una doncella, o una ballesta capaz de disparar flechas.
18. La emboscadura no contradice a la evolución ...
Viene aquí a propósito una nueva pregunta que se formula de la siguiente manera: ¿hasta qué punto es deseable la libertad? Más aún, ¿hasta qué punto tiene siquiera sentido la libertad dentro de nuestra situación histórica y su singularidad específica? El hecho de que el hombre de nuestros días sepa renunciar en amplia medida a la libertad, ¿no es un mérito especial suyo, un mérito que fácilmente se subestima? Son muchas las cosas en las que ese hombre se parece a un soldado que marcha hacia objetivos desconocidos; o a un trabajador que está ocupado en la construcción de un palacio que otros habitarán. Y no es ése el peor de los aspectos del hombre de nuestros días. Mientras el movimiento continúe, ¿es lícito distraerlo de su tarea?
Quien hoy pretende encontrarle rasgos llenos de sentido a hechos asociados con tantos sufrimientos se convierte en piedra de escándalo. No obstante, todos los pronósticos que se basan en un puro ambiente de catástrofe son erróneos. Antes al contrario, estamos avanzando a través de una serie de imágenes que se tornan cada vez más claras; a través de una serie de improntas que cada vez se vuelven más precisas. También ellas, las catástrofes, apenas si interrumpen la marcha; más bien la acortan en muchos aspectos. No cabe duda de que esa marcha tiene unos objetivos. Millones de seres humanos están fascinados por ellos; millones de personas llevan una vida que sin esa perspectiva resultaría insoportable. La mera coacción no puede explicar ese género de vida. Tal vez los sacrificios sean recompensados tardíamente, pero inútiles no habrán sido.
Lo que aquí estamos rozando es lo necesario, el destino que determina la figura del trabajador. Los nacimientos no se producen nunca sin dolor. Los procesos continuarán; y, como siempre ocurre en todas las situaciones en las que interviene el destino, todas las tentativas de detener los procesos o de hacerlos volver a la línea de partida no harán sino fomentarlos y acelerarlos.
De ahí que hagamos bien en no perder de vista lo necesario si no queremos entregarnos a meras ilusiones. Por supuesto, la libertad viene dada simultáneamente con lo necesario, y la nueva estructura del mundo no hará acto de presencia hasta que la libertad no entre en relación con lo necesario. Vistas las cosas históricamente, todo cambio acaecido en lo necesario comporta también una modificación de la libertad. Esto es lo que explica que hayan caducado los conceptos de libertad de 1789 y que esos conceptos sean incapaces de hacer valer su autoridad frente a la violencia. La Libertad, sin embargo, aunque siempre se recubra con los ropajes propios de cada tiempo, es inmortal. A lo cual se añade que es preciso readquirirla una y otra vez. A la libertad heredada es menester afirmarla en las modalidades que vienen acuñadas por su encuentro con las cosas que históricamente son necesarias.
Ha de admitirse, de todos modos, que hoy resulta especialmente difícil sostener la libertad. La oposición exige grandes sacrificios y eso explica el ingente número de seres humanos que prefieren la coacción. No obstante, sólo los hombres libres pueden hacer auténtica historia. La historia es la impronta que el hombre libre da al destino. En este sentido el hombre libre puede actuar ciertamente en representación de los demás; su sacrificio cuenta también por los otros.
Vamos a dar por supuesto que hemos investigado el perímetro de ese hemisferio donde se lleva a cabo lo necesario. Lo que en él destaca, algunas veces de manera grandiosa y otras veces de forma terrible, es lo técnico, lo típico, lo colectivo. Ahora nos aproximamos al otro polo, al polo donde está operando la persona singular. Esa persona actúa no sólo con sus sufrimientos sino también con sus conocimientos y con sus juicios. Aquí las perspectivas cambian; se tornan más espirituales y libres. Pero también los peligros adquieren una claridad mayor.
Sin embargo, no hubiera sido posible comenzar por esta parte de la tarea, ya que lo que primero que se implanta es lo necesario. Lo necesario podrá acercarse a nosotros en la modalidad de la coacción, de la enfermedad, del caos e incluso en la modalidad de la muerte — pero en todos los casos desea que lo concibamos como un quehacer.
Por lo tanto, la cuestión no puede residir en modificar el trazado del plano del mundo del trabajo. La gran destrucción deja libre, deja más bien al descubierto ese trazado. Pero sobre éste podrían edificarse palacios diferentes de esos termiteros que en parte vienen exigidos por la utopía y en parte son temidos por ella. El diseño del plano no es tan simple. Tampoco es cuestión de negarse a pagarle al tiempo el tributo que solicita pues es posible conciliar el deber y la libertad.
19) ... sino que introduce libertad en ella mediante la decisión de la persona singular.
Examinemos ahora otra objeción: ¿debemos asentarnos en la catástrofe? ¿Debemos salir a buscar, aunque sólo sea espiritualmente, los mares extremos, las cataratas, el remolino del Maelstrom, los grandes abismos?
No subestimemos esta objeción. La tarea consistente en jalonar esas rutas seguras que prescribe la razón, con la voluntad de mantenerse en ellas, es una tarea que tiene en su favor numerosos argumentos. También este dilema posee — lo mismo que ocurría en el caso de los armamentos — un costado práctico. Las armas están planificadas para el caso de guerra. Lo están, por de pronto, como medida de seguridad. Pero luego las armas conducen a un límite después del cual son ellas mismas las que empujan a la guerra; ellas mismas son las que parecen atraerla. Existe en este punto un grado tal de inversión de capital que lleva en todo caso a la bancarrota. Así, cabría imaginar un sistema de pararrayos que acabaran atrayendo las tempestades.
En la esfera del espíritu ocurre eso mismo. Mientras nos dedicamos a meditar sobre las rutas extremas descuidamos los caminos transitables. Sin embargo, tampoco aquí una cosa excluye la otra. Antes al contrario: lo que la razón ordena es reflexionar sobre la totalidad de los casos posibles y, como si se tratara de una serie de jugadas de ajedrez, tener preparada la respuesta correspondiente a cada uno de los casos.
En nuestra situación actual estamos obligados a contar con la catástrofe. Para que no nos sorprenda de improviso por la noche debemos seguir pensando en ella también mientras dormimos. Sólo de ese modo conseguiremos tener unas reservas de seguridad que hagan posible el actuar de forma razonable. Cuando se disfruta de total seguridad el pensamiento se limita a jugar con la catástrofe; la incluye en sus planes como un factor que es poco probable y la cobertura que adopta frente a ella se reduce a unas pequeñas medidas de seguridad. En nuestros días las cosas ocurren al revés. Tenemos que dedicarle a la catástrofe casi todo el capital — precisamente para mantener despejado el camino del medio; un camino que se ha vuelto tan estrecho como el filo de un cuchillo.
Continúa siendo indispensable conocer el camino del medio, que es el que la razón ordena. Ese conocimiento se asemeja a la aguja de la brújula que registra todos los movimientos y también las desviaciones. Sólo de ese modo será posible llegar a unas normas aceptadas por todos y no impuestas por la fuerza. Así es como se mantendrán también las fronteras del derecho. A la larga esto conduce al triunfo.
No puede caber la menor duda de que existe una vía legal que en el fondo es aceptada por todos. Es evidente que estamos alejándonos de los Estados nacionales e incluso de los grandes ámbitos de influencia y dirigiéndonos hacia unos ordenes planetarios. Es posible llegar a ellos mediante tratados si los que en éstos intervienen poseen la voluntad de hacerlo. Una prueba de esa voluntad estaría, por ejemplo, en aflojar las exigencias de la soberanía — en la renuncia está latente la fecundidad. Hay ideas y hay también hechos sobre los cuales es posible construir una gran paz. Esto presupone el respeto de las fronteras. El anexionarse territorios, el desplazar poblaciones, el establecer corredores, el dividir países por un determinado paralelo — lo que todas esas cosas hacen es perpetuar la violencia. Por ello es una ventaja que aún no se haya llegado a firmar la paz. Eso hace que todavía no hayan sido legalizadas las monstruosidades.
La Paz de Versalles incluía ya la segunda guerra mundial. Como se asentaba abiertamente en la violencia, proporcionó el evangelio que luego tomaron como punto de referencia todos los actos violentos. Una segunda paz que se guiase por el modelo de la primera duraría menos aún que ésta e implicaría la destrucción de Europa.
Baste con lo dicho, pues en este escrito nos ocupan otras ideas que no las políticas. De lo que aquí estamos tratando es, más bien, de los peligros que amenazan a la persona singular y del miedo que ésta siente. También a la persona singular le preocupa esa misma disensión. De suyo lo que la anima es el deseo de dedicarse a su profesión y a su familia, y de entregarse a sus inclinaciones. Pero aquí hace valer sus derechos el tiempo en el que se vive — unas veces son las condiciones generales las que van empeorando poco a poco, otras veces es la persona singular la que se ve súbitamente interpelada desde un lado extremo. En su horizonte se alzan la expoliación, los trabajos forzados y cosas aún peores. Pronto ve claro que la neutralidad equivaldría al suicidio — de lo que aquí se trata es: o bien se aúlla con los lobos, o bien se los combate.
Puesta en ese aprieto, ¿cómo encuentra la persona singular una tercera cosa que no se hunda enteramente en el movimiento? La encontrará, sin duda, tan sólo en su condición de persona singular, en su ser de hombre. Ése es un ser que aún permanece inconcuso. En tales situaciones es preciso ensalzar como un gran mérito el hecho de que el conocimiento de la vía recta no se haya perdido aún del todo. Quien ha escapado de catástrofes sabe que, en el fondo, se lo debe al auxilio que le prestaron gentes sencillas; personas de las cuales no se habían apoderado ni el odio, ni el terror, ni tampoco el automatismo de los lugares comunes. Esas personas supieron resistir a la propaganda y a las insinuaciones de la propaganda en las cuales no hay otra cosa que maldad demoníaca.
Cuando esa virtud se pone de manifiesto en los caudillos de los pueblos, como ocurrió con Augusto, los bienes que de ahí pueden brotar no tienen fin. Sobre ella se fundan los imperios. Regalando vida — no matando — es como ejerce su dominio el príncipe. Una de las grandes esperanzas está en eso: en que entre los innumerables millones de seres humanos haga su aparición un hombre perfecto.
Para la teoría de la catástrofe, baste con lo dicho. No somos libres de evitar la catástrofe, pero en ella hay libertad. La catástrofe es una de las pruebas que nos toca soportar.
20) En la emboscadura la persona singular se enfrenta consigo misma en su sustancia individual e indestructible.
La doctrina del bosque es antiquísima, es tan antigua como la historia humana. Incluso es más antigua que ésta. Se encuentra ya en esos venerables documentos que, en parte, no hemos sabido descifrar hasta nuestros días. Esa doctrina constituye el gran tema de los cuentos, de las leyendas, de los textos sagrados, de los misterios. Podemos asignar el cuento a la Edad de Piedra; el mito, a la Edad de Bronce; la historia, a la Edad de Hierro. En fin, con tal de que nuestros ojos estén abiertos tropezaremos en todas partes con la doctrina del bosque. También volveremos a encontrarla en esta época uraniana nuestra, a la que cabría calificar de «Edad de la Radiación».
En todo momento y en todo lugar se sabe aquí que en el cambiante paisaje están escondidas fuentes primordiales de energía y que por debajo de los fénomenos fugaces se hallan manantiales de la abundancia, veneros de poder cósmico. Ese saber no sólo constituye el cimiento simbólico-sacramental de la Iglesia y no sólo continúa desarrollándose en las doctrinas secretas y en las sectas. Ese saber constituye también el núcleo de los filosofemas, por muy dispares que sean los mundos conceptuales de éstos. En el fondo, todas esas cosas van buscando el mismo secreto; un secreto que es patente a todo el que alguna vez en su vida ha recibido de él la iniciación. Y da igual que ese secreto sea concebido como idea, o como mónada primordial, o como cosa en sí, o como existencia de los hombres de hoy. Todo el que alguna vez ha tenido un contacto con el Ser ha rebasado con ello los límites dentro de los cuales continúan poseyendo importancia las palabras, los conceptos, las escuelas, las Confesiones. Pues ha aprendido a venerar lo que le da vida a todas esas cosas.
En este sentido, tampoco es la palabra "bosque" lo que importa. Desde luego, no es casual que todas esas cosas que nos mantienen atados a las preocupaciones temporales comiencen a diluirse con tanta fuerza ni bien nuestra mirada se vuelve hacia las flores y los árboles y se apodera de ella la fascinación que éstos ejercen. La botánica debería elevarse a mayor altura en esa dirección. Aquí está el jardín del Edén, aquí están las viñas, los lirios, el grano de trigo del que hablan las parábolas cristianas. Aquí está el bosque que aparece en los cuentos, un bosque poblado de lobos que devoran a los seres humanos; un bosque habitado por brujas y gigantes, pero en el que también mora el buen cazador; y aquí está el seto de rosas que rodea a la Bella Durmiente, a la sombra del cual se detiene el tiempo. Aquí están, en fin, los bosques germánicos y celtas, como el Soto de Glasir, donde los héroes vencen a la Muerte; y está también Getsemaní con sus olivos.
Pero también en otros lugares se va a buscar ese mismo misterio: en cavernas, en laberintos, en desiertos donde habita el Tentador. Para quien adivina sus símbolos, una vida vigorosa tienen sus residencias en todas. Moisés golpea con su cayado la roca y de ella brota el agua de vida. Después, un instante como ése es suficiente para milenios.
La dispersión de esas cosas en lugares lejanos y en tiempos remotos no es más que apariencia. Por el contrario, todas ellas están latentes en cada uno de nosotros y nos han sido trasmitidas como claves destinadas a que nos concibamos a nosotros mismos en nuestro poder más profundo y supraindividual. A ese objetivo apuntan todas las doctrinas que merecen ser llamadas tales. La materia se ha compactado en muros que parecen impedir toda perspectiva. Sin embargo, la abundancia se halla muy cerca, pues está viva en el ser humano como el talento del que habla la parábola, como su herencia supratemporal. Del hombre depende que tome el cayado únicamente para apoyarse en él durante el viaje por la vida o bien que lo empuñe como cetro.
El tiempo va suministrándonos nuevas parábolas. Hemos descubierto modalidades de energía que son inmensamente superiores a todas las antes conocidas. Todas esas cosas son, sin embargo, precisamente parábolas, nada más que parábolas. Las fórmulas que la ciencia humana va encontrando con el transcurrir de los tiempos conducen siempre a algo que era ya conocido de mucho antes. Las nuevas luminarias, los nuevos soles, son fugaces protuberancias que se desprenden del espíritu. Someten a prueba al ser humano en lo que de absoluto hay en él, en el prodigioso poder que tiene. Una y otra vez retornan los golpes del destino que invitan al ser humano a salir a la palestra, pero no como ser individual, sino como ser humano.
Este es también el gran tema que permea a la música. Las figuraciones cambiantes conducen al punto donde el ser humano se enfrenta a sí mismo y hace eso con criterios que están liberados del tiempo — conducen al punto donde el ser humano se transforma en destino para sí mismo. Este es el conjuro supremo, el conjuro terrible, el cual le está permitido únicamente al Maestro que, atravesando las Puertas del Juicio, guía los hombres a la redención.
El ser humano ha penetrado demasiado en las construcciones y ahora es valorado en poco y pierde pie. Esto lo acerca a las catástrofes, a los grandes peligros y al dolor. Y estas cosas lo arrastran a lugares donde no hay caminos, lo llevan hacia la aniquilación. Lo sorprendente, sin embargo, es que es precisamente ahí — justo en la proscripción, en la condena, en la huida — donde el ser humano establece contacto consigo mismo en su sustancia indivisa e indestructible. De esta manera atraviesa los espejismos y adquiere conocimiento del poder que tiene.
21) Esa confrontación expulsa el miedo a la muerte.
El bosque es un lugar oculto, es lo que en alemán se dice heimlich. Esta palabra es una de ésas que contienen simultáneamente dos significados opuestos. Lo oculto es aquello en que se puede confiar, es la morada bien abrigada, el bastión de la seguridad. Pero es también lo recóndito y escondido y en este sentido se aproxima a lo inquietante y siniestro. Siempre que tropezamos con raíces de ese género podemos estar seguros de que en ellas resuenan la gran antítesis y la no menor gran identidad, a saber: la Vida y la Muerte. Los misterios se ocupan en solucionar ese problema.
Visto a esta luz, el bosque es la gran Casa de los Muertos, es la morada de un peligro aniquilador. Es tarea del director de almas llevar a su dirigido a ese lugar para que en él pierda el miedo. Allí, el director de almas hace morir y resucitar simbólicamente a su dirigido. El triunfo se halla al lado mismo de la aniquilación. Cuando uno sabe eso puede elevarse por encima del poder del tiempo. El ser humano hace la experiencia de que, en el fondo, ese poder no puede causarle ningún daño; más aún: de que el poder del tiempo está destinado únicamente a corroborarlo a él en su rango más alto. Alrededor del ser humano está expuesto el arsenal de los horrores, listo a engullirlo. No se trata de ninguna imagen nueva. Los «nuevos» mundos no son nunca otra cosa que copias de un solo y único mundo. Los gnósticos, los solitarios del desierto, los Padres, los verdaderos teólogos tuvieron desde el principio conocimiento de ese mundo. Ellos sabían la palabra que puede derribar las apariencias. Para el sabio, para el iniciado que la toma en su mano, la serpiente de la muerte se transforma en cayado, en cetro.
El miedo adopta siempre la máscara, el estilo, de los tiempos. La oscuridad de la caverna del espacio cósmico, las visiones de los eremitas, los engendros del Bosco y de Cranach, los tropeles de brujas y demonios de la Edad Media, son eslabones de la eterna cadena de la angustia; eslabones de una cadena a la cual el ser humano se encuentra adherido como lo estuvo Prometeo al Cáucaso. Cualesquiera que sean los paraísos habitados por dioses de los cuales el hombre se libera— siempre le hace compañía, con mucha astucia, el miedo. Y siempre se le aparece como la realidad suprema, como una realidad paralizante. Si el ser humano penetra en los mundos rigurosos del conocimiento, se reirá del espíritu que le inspiraba angustia con sus quimeras e infiernos góticos. El ser humano casi no se da cuenta de que también él está preso en las mismas cadenas. Es cierto que lo someten a prueba los fantasmas que aparecen con el estilo del conocimiento en forma de hechos de la ciencia. Puede ocurrir que ahora el viejo bosque se haya transformado en una arboleda de la que se aprovecha la leña; en un cultivo económico. Pero siempre continúa estando en el bosque el niño extraviado. Ahora el mundo es el escenario de ejércitos de microbios; el apocalipsis amenaza como no había amenazado nunca antes, aunque ahora lo hace con las fórmulas de la física. En las neurosis, en las psicosis, sigue floreciendo la vieja locura. Y también será posible reencontrar allí al devorador de hombres, al antropófago, vestido con un disfraz transparente — no sólo en forma de explotador, de batidor en el molino de huesos del tiempo. Antes al contrario, el antropófago tal vez aparezca en forma de serólogo que, rodeado de instrumentos y retortas, medita sobre el modo de transformar el bazo humano, el esternón humano, en materia prima para extraer de ella medicamentos milagrosos. Cuando esto ocurre nos encontramos en el centro del viejo Dahomey, en el centro del antiguo México.
Todas estas cosas son no menos ficticias que el edificio de cualquier otro mundo de símbolos cuyas ruinas desenterramos de entre una montaña de escombros. También esas cosas pasarán, se hundirán y resultarán incomprensibles a unos ojos extraños. Pero a cambio de ellas emergen del ser, siempre inagotable, unas ficciones nuevas, unas ficciones igual de convincentes, igual de variadas y compactas.
Lo que en nuestra situación resulta significativo es que nosotros no nos pasamos la vida entera sumidos en un letargo. Nos alzamos no sólo hasta puntos de gran conciencia de nosotros mismos; nos alzamos también hasta una autocrítica rigurosa. Esto es un signo de culturas elevadas. Tales culturas tienden arcos por encima del mundo de los sueños. Con el estilo de la conciencia llegamos a descubrimientos que son análogos a la imagen india del velo de Maya o a la eterna sucesión del tiempo cósmico enseñada por Zaratustra. La sabiduría india llega a imputarle al mundo de la ilusión óptica— a la espuma del tiempo — el ascenso y el hundimiento de los reinos de los dioses. Zimmer asevera que a nosotros nos falta la grandeza de esas perspectivas, pero en este punto no podemos darle la razón. Lo que ocurre es que nosotros captamos esas perspectivas en el estilo de la consciencia, mediante el proceso de la crítica del conocimiento, que es un proceso que tritura todas las cosas. Aquí producen sus destellos los límites del tiempo y del espacio. Este mismo proceso, tal vez más compacto todavía y más cargado de consecuencias, se repite hoy en el giro que lleva del conocimiento al ser. A esto se agrega el triunfo de la concepción cíclica en la filosofía de la historia. Es cierto que esta última ha de ser completada por el conocimiento de la historia in nuce: el tema, que sufre variaciones en la infinita diversidad del espacio y el tiempo, es siempre el mismo. En este sentido hay no sólo una historia de la cultura, sino también una historia de la humanidad; y esa historia es precisamente historia en la sustancia, historia in nuce, historia del ser humano. Esa historia se repite en cada una de las biografías personales.
Con esto regresamos a nuestro tema. El miedo humano es siempre el mismo en todos los tiempos, en todos los lugares, en cada uno de los corazones; es miedo a la aniquilación, es miedo a la muerte. Eso se lo oímos decir ya a Gilgames y lo escuchamos en el Salmo 90; no han cambiado en esto las cosas hasta este tiempo nuestro de hoy.
Vencer el miedo a la muerte es, pues, vencer todos los demás terrores; sólo en relación con esta cuestión fundamental tienen significado todos ellos. De ahí que la emboscadura, la marcha al bosque, sea en primer término una marcha hacia la muerte. Esa marcha lleva hasta el borde mismo de la muerte — y, si es preciso, hasta pasa a través de ella. El bosque como bastión de la vida se abre en su plenitud suprarreal cuando se ha conseguido traspasar la línea [6]. Aquí es donde están las riquezas del mundo.
Toda conducción de almas efectiva y real tiene como punto de referencia esa verdad: sabe llevar al ser humano a un punto donde adquiere el conocimiento de la verdadera realidad. Esto es algo que se pone claramente de manifiesto sobre todo cuando la enseñanza y el ejemplo van unidos — cuando el dominador del miedo penetra en el reino de la muerte; tal como se ve en Cristo, que es el supremo Fundador. Muriendo, el grano de trigo ha producido no sólo una cosecha del uno por mil; ha producido una cosecha infinita. Aquí se ha establecido contacto con las riquezas del mundo, a las cuales toma como punto de referencia todo engendrar, todo procrear; pues la procreación es a la vez un símbolo temporal y un símbolo que vence al tiempo. Y al Fundador siguieron no sólo los mártires, quienes fueron más fuertes que el estoicismo, más fuertes que los césares, más fuertes que aquellos centenares de miles de personas que los encerraban en los circos. Al Fundador siguieron también los innumerables seres humanos que han muerto llenos de confianza. Esto es algo que en nuestros días está operando de una manera más intensa de lo que a primera vista se cree. Las catedrales se derrumban, pero en los corazones subsiste un saber, un patrimonio heredado, que va socavando los palacios de la tiranía del mismo modo en que lo hicieron las catacumbas. Basándonos en esto nos está permitido tener la seguridad de que la violencia desnuda, ejercida según los modelos antiguos, no puede triunfar a la larga. Aquella sangre introdujo sustancia en la historia y por ello seguimos contando, con toda razón, los años a partir de esa fecha— que es el instante en que gira el tiempo. Aquí ejerce su dominio la plena fecundidad de las teogonías, la fuerza mítica procreadora. El sacrificio se repite en innumerables altares.
En uno de sus poemas Holderlin concibe a Cristo como la amalgama del poder de Heracles y de Dioniso. Heracles es el protopríncipe; hasta los dioses han de recurrir a él en su lucha con los Titanes. Heracles deseca los pantanos, construye canalizaciones y hace habitables las tierras yermas; para ello mata los monstruos y los animales feroces. Heracles es el primero de los héroes sobre cuyas tumbas se funda la polis y cuya veneración mantiene en pie a la ciudad. Cada una de las naciones tiene su propio Heracles y todavía hoy son tumbas los lugares en donde el Estado obtiene un esplendor sacro.
Dioniso es el señor de las fiestas, el guía de los cortejos solemnes. Holderlin llama a Dioniso «espíritu común», y esto hay que entenderlo en el sentido de que también los muertos, precisamente los muertos, forman parte de la comunidad. Ese es el brillo que rodea la fiesta dionisíaca; ésa es la fuente más honda de la jovialidad que hay en ella. Las puertas del reino de los muertos se abren de par en par y por ellas surgen riquezas áureas. Ese es el sentido del pámpano, en el cual se reúnen las fuerzas de la Tierra y las fuerzas del Sol. Ése es el sentido de las máscaras, el sentido de la gran metamorfosis y el sentido del gran retorno.
Entre los seres humanos hay que mencionar a Sócrates. Su ejemplo ha fecundado no sólo al estoicismo sino también a los espíritus audaces de todos los tiempos. Podrá haber diversidad de opiniones acerca de la vida y de la doctrina de este hombre; pero su muerte se cuenta entre los más grandes acontecimientos. El mundo está hecho de tal manera que una y otra vez exigirán sangre los prejuicios, las pasiones; y hemos de saber que esto no cambiará jamás. Los argumentos varían, sin duda; pero la estupidez mantiene eternamente su tribunal. Se lleva a la gente ante el tribunal por haber despreciado a los dioses; luego por no haber admitido un dogma; más tarde por haber atentado contra una teoría. No hay ninguna gran palabra ni ningún pensamiento noble en nombre de los cuales no se haya derramado sangre. La actitud socrática consiste en saber que la sentencia no tiene validez y en saberlo en un sentido más elevado del que pueden discernir los "pros" y los "contras" humanos. La verdadera sentencia está pronunciada desde el principio y se orienta a exaltar a la víctima. Ciertos griegos modernos pretenden que se revise la sentencia dictada contra Sócrates; lo único que con ello se lograría sería añadir a la historia mundial una nota marginal más, que vendría a agregarse a las inútiles notas marginales que ya la comentan; y esto en un tiempo en que la sangre inocente corre a raudales. El proceso de Sócrates es un proceso eterno. También hoy encontramos en todas las esquinas, en todos los Parlamentos, a los estúpidos que allí actuaron de jueces. Pensar que eso puede ser cambiado es algo que siempre ha caracterizado a las mentes superficiales. La grandeza humana es algo que hay que conquistar una y otra vez con lucha. Esa grandeza obtiene la victoria cuando vence en su propio pecho el ataque de la vileza. La verdadera sustancia histórica está en esto, en la confrontación del ser humano consigo mismo, es decir: en la confrontación con su poder divino. Si se quiere enseñar historia es preciso saber esto. A ese lugar — el más profundo de todos y en el cual hablaba una voz, ya no captable con palabras, que lo aconsejaba y guiaba — a ese lugar lo llamó Sócrates su daimonion. También cabría darle el nombre de «bosque».
Para el hombre de hoy ¿qué significado puede tener el dejarse guiar por el ejemplo de los vencedores de la muerte, por el ejemplo de los dioses, de los héroes y de los sabios? El siguiente: el significado de participar en la resistencia contra el tiempo, y no sólo contra este tiempo de ahora, sino contra todo tiempo; un tiempo que tiene su poder fundamental en el miedo. Todo miedo es en su médula miedo a la muerte, aunque se presente en una forma muy derivada. Si el ser humano logra crearse aquí un espacio, esa libertad se hará valer también en todos los otros campos en que rige el miedo. Entonces abatirá a los Gigantes cuya arma es el terror. También esto es algo que se ha repetido siempre en la historia.
En nuestros días la educación se halla orientada hacia unos objetivos que son exactamente lo contrario de lo que aquí estamos diciendo, y eso es algo que está en la naturaleza de las cosas. No ha habido ningún otro momento en que hayan dominado en la enseñanza de la historia unas nociones tan extrañas como las que hoy dominan. El propósito de todos los sistemas es poner trabas al flujo metafísico, es domar y amaestrar a la gente en el sentido de lo colectivo. Aun en los sitios donde Leviatán no puede prescindir del coraje, como son los campos de batalla, tratará de hacer creer al combatiente que está amenazado por un segundo peligro, por un peligro mayor que lo mantendrá en su puesto. En Estados como ésos la confianza se deposita en la policía.
La gran soledad de la persona singular es uno de los signos característicos de nuestro tiempo. La persona singular está cercada, está rodeada por el miedo que va empujándola como si fuera un muro. El miedo toma formas reales — en las cárceles, en la esclavitud, en las batallas en las que se está rodeado por todos lados. Esto llena los pensamientos, los diálogos del hombre consigo mismo; esto llena tal vez también sus Diarios, en aquellos años en que no puede confiar ni siquiera en los más allegados.
La política linda aquí con otros ámbitos — ya sea con la historia de la naturaleza, o bien con la historia de los demonios y sus horrores. Pero también se presiente la cercanía de poderes grandes, salvadores. Los terrores son, en efecto, toques de diana; son señales indicadoras de un peligro enteramente diferente con el que emparentan los conflictos históricos. Los terrores se asemejan a preguntas cada vez más apremiantes hechas al ser humano. Nadie puede eximirlo de la respuesta.
22) Aquí las Iglesias no pueden dar más que asistencia, ...
Una vez que ha llegado a esas fronteras, el ser humano es sometido a un examen de teología, se dé clara cuenta de ello o lo ignore. Tampoco a esta palabra — a la palabra «teología» — habría que darle demasiada importancia. Aquí se le hacen al ser humano preguntas por sus valores supremos, por su visión del universo y por la relación que su existencia mantiene con éste. No es necesario que ese examen se realice con palabras; antes al contrario, eludirá las palabras. Lo que importa no es la formulación de la respuesta, esto es, las Confesiones.
Vamos a prescindir, pues, de las Iglesias. En nuestro tiempo, precisamente en nuestro tiempo, existen testimonios significativos de que las Iglesias contienen todavía un tesoro de bienes que no se ha agotado. Uno de esos testimonios es, sobre todo, la conducta de los adversarios de las Iglesias y, en primer término, el comportamiento del Estado que aspira a un poder sin límites. Esto implica por fuerza una persecución de las Iglesias. Así las cosas, se tratará al ser humano como un ente zoológico y da igual que las teorías dominantes lo incluyan en un orden económico o en un orden de otra especie. Esto lleva primero a los ámbitos del puro utilitarismo y luego a los del bestialismo.
Del otro lado está el caracter institucional de las Iglesias, su condición de organizaciones humanas. En este aspecto las Iglesias se hallan continuamente amenazadas por el anquilosamiento y, en consecuencia, por el peligro de que se seque la fuerza dispensadora de bienes. El aire triste, mecánico, insensato de muchas ceremonias religiosas estriba en eso. También estriba en eso la tortura de los domingos y, por último, en eso se basan las sectas. Lo institucional es, a la vez, lo susceptible de ser atacado. De la noche a la mañana se viene abajo el edificio que había quedado debilitado por la duda — si es que no es transformado sencillamente en un museo.
Habremos de contar con tiempos y con lugares en que la Iglesia no esté presente. El Estado se ve entonces forzado a llenar con sus propios medios el vacío que así ha quedado al descubierto. Es una empresa en que fracasará. Para quienes no permiten que les sirvan comidas toscamente aderezadas, la situación que se deriva de lo dicho es la situación de la emboscadura. A ella puede verse forzado el hombre de condición sacerdotal que cree que sin sacramento no es posible una vida superior y que considera que su ministerio es aplacar esa hambre. Esto lleva al bosque y lleva a una existencia que se repite cada vez que hay persecuciones y que ha sido descrita muchas veces. Así, por ejemplo, en la historia de la vida de San Policarpo o en las memorias del excelente D'Aubigné, el caballerizo mayor de Enrique IV [7]. Entre los autores de nuestros días habría que mencionar aquí a Graham Greene, con su novela El Podery la Gloria, que se desarrolla en un paisaje tropical. En este sentido el bosque está, naturalmente, en todas partes. También puede estar en un barrio de una gran ciudad.
Por encima de esto, de lo que se trata es de la necesidad sentida por toda persona singular en la medida en que no se resigna a su clasificación político-zoológica. Con esto rozamos el punto medular del sufrimiento moderno, ese gran vacío que Nietzsche denomina el crecimiento del desierto. El desierto crece: ése es el espectáculo que ofrece la civilización con sus relaciones que se han ido volviendo insustanciales. La cuestión de las provisiones para el viaje se torna especialmente candente y se vuelve especialmente apremiante en este paisaje: «El desierto crece: ¡ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!» [8].
Es bueno que la Iglesia sea capaz de crear oasis. Y mejor aun es que tampoco con ellos se aquiete el ser humano. La Iglesia puede procurar asistencia, pero no puede brindar existencia. Vistas las cosas institucionalmente, también aquí seguimos estando en la nave, también aquí continuamos en movimiento. La quietud está en el bosque. La decisión se toma en el interior del ser humano; nadie puede eximirlo de tomarla.
El desierto crece: van aumentando los anillos pálidos y estériles. En la actualidad desaparecen las zonas avanzadas que estaban llenas de sentido: los jardines de cuyos frutos nos nutríamos despreocupadamente, los espacios pertrechados con instrumentos bien probados. Hoy las leyes se vuelven dudosas, los utensilios adquieren un doble filo. ¡Ay de aquél que alberga desiertos! ¡Ay de aquél que no lleva consigo, aunque sólo sea en una de sus células, un poco de aquella sustancia primordial que una y otra vez es garantía de fecundidad!
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NOTAS:
(*) Sobre la base de un original disponible en http://usuarios.lycos.es/msrsobrarbe/sumario.htm
1)- El autor se refiere, obviamente, al Siglo XX. (N.del E.)
2)- La tesis a que aquí se refiere el autor fue formulada por él mismo en su libro El trabajador (1932), (N. del T.)
3)- A los lectores de Poe no se les escapará que Jünger está aludiendo aquí a dos de sus más conocidos relatos: Un Descenso al Maelstrom y El pozo y el P éndulo. (N. del T.)
4)- La expresión "Movilización Total" fue acuñada por Jünger mismo en su escrito de 1930 que lleva ese titulo y que ahora se encuentra en el volumen séptimo de sus Obras Completas. (N. del T.)
5)- Téngase presente que el texto fue publicado en 1951. Después del colapso de la URSS, de las dos potencias queda prácticamente una sola; al menos por el momento. (N.del E. - Enero 2006)
6)- «Traspasar la línea» es el tema de uno de los más importantes trabajos teóricos de Jünger, el titulado Über die Linie [Más allá de la línea]. Fue escrito como homenaje a Heidegger al cumplir éste los 60 años y se encuentra recogido ahora en el volumen séptimo de las Obras Completas de Jünger. Cuando éste cumplió a su vez 60 años, Heidegger le dedicó su escrito Über die Linie [Acerca de la línea], comentario y crítica del texto de Jünger. (N. del T.)
Este intercambio de escritos implica un sutil juego de palabras. El término "Über" en alemán, puede significar tanto "más allá de..." como "sobre" o "acerca de...". (N.del E.)
7)- Théodore Agrippa d' Aubigné (1551-1630). Calvinista francés, abuelo de la Maintenon, participó en las guerras de religión de su tiempo. Murió refugiado en Ginebra. Sus memorias llevan por título Histoire secrete de Théodore A. d'Aubigné, écrite par lui-meme et adresée a ses enfants. (N. del T.)
8)- Véase F. Nietzsche: Así habló Zaratustra, Parte Cuarta: «Entre hijas del desierto». Son las palabras iniciales y finales de la canción entonada por el personaje llamado «La sombra de Zaratustra». (N. del T.)