Ernst Jünger- Tormentas de Acero

La Editorial

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Ernst Jünger

 

TORMENTAS
DE ACERO

 

 

con

EL BOSQUECILLO 125

y

EL ESTALLIDO DE LA GUERRA DE 1914

 

 

Edición original - 1920
Edición Electrónica - Buenos Aires 2007

Títulos originales:
In Stahlgewittern
Das Wäldchen 125
Kriegsstausbruch 1914

Traducción del alemán de Andrés Sánchez Pascual


Otras Obras de Ernst Jünger en La Editorial Virtual:
Tratado del Rebelde (La Emboscadura
)



INDICE

 

INTRODUCCIÓN DEL TRADUCTOR

TORMENTAS DE ACERO

En las trincheras gredosas de Champaña
De Bazancourt a Hattonchâtel
Les Eparges
Douchy y Monchy
De la lucha cotidiana en las trincheras
El preludio de la Batalla del Somme
Guillemont
Junto al bosque de Saint-Pierre-Vaast
La retirada del Somme
En la aldea de Fresnoy
Contra indios
Langemarck
Regniéville
Flandes una vez más
La doble Batalla de Cambrai
Junto al arroyo Cojeul
La Gran Batalla
Avances ingleses
Mi último asalto
Logramos abrirnos paso

El Bosquecillo 125

El estallido de la guerra de 1914

 

 

Introducción del Traductor

 

 

Los tres escritos que componen este volumen - Tormentas de acero (primera edición, 1920), El bosquecillo 125 (primera edición, 1925) y El estallido de la guerra de 1914 (primera edición, 1934) - representan, junto con un cuarto texto, el titulado Fuego y sangre (primera edición, 1925; no incluido en este volumen por voluntad del autor), la totalidad de la obra de índole narrativa dedicada por Ernst Jünger a la primera guerra mundial.

Para muchos millones de europeos constituyó esa guerra un acontecimiento central en sus vidas. Para la generación de Jünger, cuyos últimos supervivientes aún habitan entre nosotros, fue no sólo un suceso capital, sino el verdadero cimiento de sus existencias. La primera guerra mundial representó el nacimiento, doloroso y ensangrentado, del siglo XX; es, pues, también la base, muchas veces interesadamente sumida en el olvido, de nuestro propio vivir.

Como tantos otros centenares de millares de adolescentes en casi todos los países de Europa, Ernst jünger se presentó voluntario para acudir al frente el mismo día en que estalló la guerra (véase en El estallido de la guerra de 1914 el vivo relato que hace de esa jornada). Además de las armas, llevó consigo al campo de batalla una libreta de apuntes; en ella se proponía fijar, para su rememoración posterior, aquellos acontecimientos.

Catorce fueron las libretas que consiguió llenar con frases breves, croquis, exclamaciones, relatos detallados, durante los cuatro años de lucha; de ellas ofrece una precisa descripción al comienzo de El bosquecillo 125. Basándose en los mencionados apuntes, Jünger publicó en 1920, a su propia costa, su libro más famoso y divulgado: Tormentas de acero. De los millares de «recuerdos de la guerra» editados en todos los países después del conflicto, muy pocos han resistido el paso del tiempo. Por parte alemana, Tormentas de acero es de hecho el único que ha permanecido, y sin duda permanecerá en el futuro, como el documento literario y artístico de aquel acontecimiento.

Según sus propias declaraciones, Ernst Jünger había leído poco antes de la guerra, con gran entusiasmo, el libro de Stendhal El rojo y el negro; por ello decidió inicialmente dar a su propia obra el título El rojo y el gris, pues éstos, añade, fueron efectivamente los colores de aquella guerra; no hubo en ella, como en las anteriores, uniformes rutilantes. Hoy el autor piensa a veces que debería haber conservado este título. Pero, mientras redactaba su obra, Ernst Jünger leía los antiguos poemas islandeses, y en uno de ellos tropezó con la expresión «tormentas de acero», que dio título definitivo al libro.

Tormentas de acero es la «primera» obra de Jünger, y lo es en los varios sentidos de ese adjetivo; es también, en consecuencia, una obra primeriza. En su larga historia editorial -sesenta y ocho años de continua presencia pública y varias decenas de ediciones en su idioma original , este libro ha sido sometido por su autor a varias revisiones. Es preciso subrayar este hecho, ya que existen seis «versiones» distintas de esta obra.

La primera versión es, claro está, la edición original de 1920. Dos años más tarde, la segunda edición (1922) fue ya revisada por su autor. Lo mismo ocurrió con la quinta edición (1924) y con la décimo cuarta (1934); a ésta la calificó el propio Jünger de «versión definitiva». Sin embargo, sólo un año después, la décimo sexta edición (1935) fue otra vez corregida y revisada. En 1961, por fin, al incluir esta obra en la primera edición de sus Obras completas en diez volúmenes, volvió Ernst Jünger a realizar una detalladísima revisión y mejora de su obra.

La lectura comparada de las seis versiones de este libro deja claro su sentido: hay algo que no ha sido nunca Jünger en su vida, un oportunista. Más bien cabría decir que ha sido siempre un inoportuno o, si se quiere, un intempestivo, en el sentido que a esta palabra daba Nietzsche.

La primera versión del libro (1920) era un híbrido de partes narrativas y partes reflexivas; en estas últimas hacía el autor consideraciones de índole teórica sobre la conducción de la guerra. Muy pronto se dio cuenta Jünger de la escisión que ese método introducía en su obra y por ello procedió a eliminar en las sucesivas versiones tales partes reflexivas, que concentró en un libro célebre: La lucha como vivencia interior (primera edición, 1922). Siempre intempestivo, Jünger dio a la tercera versión de su obra (1924) un giro nacionalista. En un momento en que los alemanes pretendían «reprimir», en sentido freudiano, el concepto de Alemania, el autor de Tormentas de acero agregó a su obra esta frase final: «Aunque la violencia del exterior y la barbarie del interior se amontonen formando oscuras nubes, mientras en la oscuridad brillen y flameen las espadas habrá que decir: Alemania está viva, Alemania no perecerá». Retroactivamente, esta frase (que únicamente figura en esa versión) desteñía sobre todo el texto anterior y lo coloreaba con un matiz muy concreto. Algo similar, en el mismo sentido de la inoportunidad, hizo Jünger en la quinta versión, la de 1935: eliminó del libro su retrato, la reproducción facsimilar de su firma, la dedicatoria y los prólogos que habían figurado en todas las ediciones anteriores; extirpó, además, todos aquellos elementos que pudieran dar pie a su aprovechamiento por los nazis y agregó frases que hacían imposible su obra para éstos. Un verdadero y peligroso desafío.

Las versiones cuarta (1934) y sexta (1961) representan sobre todo un esfuerzo estilístico para corregir la inmadurez literaria de la primera edición; puede decirse que en su versión actual y definitiva no hay ni una sola frase que no haya sido revisada y mejorada.

La traducción que aquí se ofrece está hecha, claro está, sobre la versión que su autor establece como de «última mano» en la segunda edición de sus Obras completas en dieciocho volúmenes (Klett-Cotta, Stuttgart, 1978).

Así como Tormentas de acero abarca en veinte capítulos la totalidad de la primera guerra mundial, el segundo de los libros incluidos en este volumen, y nunca antes traducido al castellano, El bosquecillo 125, está consagrado exclusivamente a un mes del conflicto. Publicada por vez primera en 1925, como antes se dijo, también esta obra fue sometida por el autor a una profundísima revisión en su sexta edición (1935). La versión definitiva, que ha servido para esta traducción, es la incluida por Jünger en la última edición de sus Obras completas.

En un apunte que aparece manuscrito en su Diario el 18 de marzo de 1946, pero que luego no fue incluido en la obra Años de ocupación (perteneciente a los Diarios de la segunda guerra mundial), dice Jünger: « Una página de prosa revisada una y otra vez para hacer mejoras en ella se asemeja a una herida a la que no dejamos cicatrizar». De esta herida sin cicatrizar, que halló su expresión artística en Tormentas de acero, dejó escrito André Gide en su Diario (1 de diciembre de 1942) estas significativas palabras: «Le livre d'Ernst Jünger sur la guerre de 1914, Orages d'aceir, est incontestablement le plus beau livre de guerre que j'ai lu; d'une bonne foi, d'une véracité, d'une honnéteté parfaites».

 

A.S.P.

 


Para una reseña biográfica de Ernst Jünger véase "Tratado del Rebelde (La Emboscadura) en esta misma Editorial.

 


 

 

 



TORMENTAS DE ACERO

 

 

 

A los caídos

 

 

En las trincheras gredosas de Champaña

 

 

El tren paró en Bazancourt, pueblo de Champaña. Nos apeamos. Con un respeto incrédulo escuchamos atentamente los lentos compases de la laminadora del frente, una melodía que había de convertirse por largos años en algo habitual para nosotros. Allá muy lejos se diluía en el cielo gris de diciembre la bola blanca de una granada de metralla, un shrapnel. El aliento de la lucha soplaba hacia nosotros y nos hacía estremecer de un modo extraño. ¿Presentíamos acaso que, cuando aquel oscuro ronroneo de allá atrás creciese hasta convertirse en el retumbar de un trueno incesante, llegarían días en que todos nosotros seríamos engullidos - unos antes, otros después?

Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción nos habían fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo. Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande. Y entonces la guerra nos había arrebatado como una borrachera. Habíamos partido hacia el frente bajo una lluvia de flores, en una embriagada atmósfera de rosas y sangre. Ella, la guerra, era la que había de aportarnos aquello, las cosas grandes, fuertes, espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío.

 

Kein schöner Tod ist auf der Welt...

[No hay en el mundo muerte más bella ...]

 

¡Ah, todo menos quedarnos en casa, todo con tal de que se nos permitiese participar!

-¡A formar en columna de a cuatro!

La enardecida fantasía se iba serenando mientras caminábamos a paso de marcha por el suelo legamoso de Champaña, un suelo difícil de andar. Como plomo pesaban las mochilas, los cartuchos, el fusil.

-¡Acortar el paso! ¡Los de allá atrás no dormirse!

Por fin llegamos a la aldea de Orainville, lugar de descanso del 73? Regimiento de Fusileros y uno de los villorrios más míseros de aquella región; lo formaban unas cincuenta casuchas construidas con ladrillos o con adobes agrupadas en torno a una mansión señorial que estaba rodeada por un parque.

El tráfago existente en la calle de la aldea resultaba extraño a los ojos, habituados al orden imperante en la ciudad. El personal civil que por allí se veía era escaso, huraño y andrajoso; por todas partes había soldados, soldados vestidos con guerreras gastadas, deterioradas por el uso, y cuyos rostros, curtidos por la intemperie, se hallaban casi siempre encuadrados en grandes barbas. Estos, los soldados, deambulaban a paso lento o estaban parados en pequeños grupos delante de las puertas de las casas; a los novatos nos recibían con bromas. En el portón de un edificio se hallaba encendida una cocina de campaña, que desprendía un aroma a sopa de guisantes; a su alrededor se amontonaban los encargados de repartir el rancho, metiendo ruido con las marmitas. Aquí la vida parecía estar aletargada, moverse con lentitud. El ya iniciado desmoronamiento de la aldea hacía más honda esa impresión.

Tras haber pasado la primera noche en un pajar de enormes dimensiones, el teniente von Brixen, oficial ayudante del regimiento, nos fue distribuyendo por compañías; esto se realizó en el patio de la citada mansión señorial. Yo fui destinado a la novena.

Nuestro primer día de guerra no acabaría sin dejar en nosotros una impresión decisiva. Estábamos sentados desayunando en el edificio de la escuela, que era el alojamiento que nos habían asignado. De pronto retumbaron sordamente cerca de allí, como truenos, varios golpes seguidos; a la vez salían corriendo de todas las casas soldados que se precipitaban hacia la entrada de la aldea. Sin saber bien por qué, seguimos su ejemplo. De nuevo resonó por encima de nosotros un aleteo, un crujido peculiar, que nunca antes habíamos oído y que quedó ahogado por el estruendo de una explosión. Con asombro veía que a mi alrededor la gente se agachaba mientras corría, cual si un peligro terrible la amenazase. Todo aquello me parecía un poco ridículo; era como si estuviera viendo a unas personas hacer cosas que yo no comprendía bien.

Inmediatamente después aparecieron en la desierta calle unos grupos oscuros; en lonas de tienda de campaña o sobre las manos entrelazadas arrastraban unos bultos negros. Con una sensación peculiarmente opresiva de estar viendo algo irreal se quedaron fijos mis ojos en una figura humana cubierta de sangre, de cuyo cuerpo pendía suelta una pierna doblada de un modo extraño, y que no cesaba de lanzar alaridos de «¡socorro!», cual si la muerte súbita continuara apretándole la garganta. La llevaron a un edificio en cuya entrada pendía la bandera de la Cruz Roja.

¿Qué era lo que estaba sucediendo? La Guerra había enseñado sus garras y se había quitado la máscara amable. Qué enigmático, qué impersonal resultaba todo aquello. Casi no pensaba uno en el enemigo, en aquel ser envuelto en el misterio, lleno de perfidia, que quedaba por algún lugar allá atrás. Era tan fuerte la impresión producida por aquel acontecimiento -un acontecimiento que quedaba enteramente fuera del campo de la experiencia- que resultaba difícil entender lo que estaba pasando. Era como la aparición de un fantasma en pleno mediodía luminoso.

Encima del portón de la mansión señorial había estallado una granada y había lanzado una nube de piedras y metralla en el preciso instante en que, asustados por los primeros disparos, salían en tropel por el pasadizo de entrada quienes se hallaban en el interior. Aquella granada se cobró trece víctimas; una de ellas fue Gebhard, el músico mayor, a quien yo conocía bien de los conciertos al aire libre en Hannover. Antes que los seres humanos barruntó el peligro un caballo que allí estaba atado y que, pocos segundos antes de la explosión, logró soltarse y penetró al galope en el patio; no recibió la menor herida.

Pese a que en cualquier momento podían repetirse los disparos, un sentimiento de curiosidad compulsiva me arrastró hacia el lugar de la desgracia. Junto al sitio en que había estallado la granada se balanceaba un pequeño cartel; la mano de un bromista había escrito en él estas palabras: «El rincón de las granadas». Era ya cosa sabida, por tanto, que aquel edificio era un lugar peligroso. Grandes charcos de sangre enrojecían la calle; cascos y correajes yacían dispersos por el suelo. La pesada puerta de hierro de la entrada se hallaba destrozada, acribillada por fragmentos de metralla; el guardacantón estaba salpicado de sangre. Sentí como si un imán fijara mis ojos en aquello que estaba viendo; simultáneamente se producía dentro de mí un cambio profundo.

Hablando con mis camaradas pude notar que, en bastantes de ellos, aquel incidente había enfriado mucho su entusiasmo por la guerra. Que también en mí había producido un fuerte impacto lo demostraron las numerosas alucinaciones auditivas que padecí; por culpa de ellas, el ruido causado por las ruedas de un vehículo al pasar a mi lado se transformaba en el aleteo fatal de aquella granada siniestra.

Ese sobresalto que cualquier ruido súbito e inesperado provocaba en nosotros fue, por lo demás, algo que nos acompañó durante toda la guerra. Ya fuese que pasara con estrépito un tren junto a nosotros, o que cayese al suelo un libro, o que un grito resonara en la noche - siempre se detenía un instante el corazón, oprimido por el sentimiento de un peligro grande y desconocido. Era un indicio de que durante cuatro años estuvimos en la zona de sombra proyectada por la Muerte. Tan hondo fue el efecto causado por aquella vivencia en el oscuro territorio situado detrás de la consciencia que, cuando se producía una perturbación cualquiera de la normalidad, la Muerte salía de un salto a la puerta, como un portero que nos dirigiese amenazas, cual ocurre en esos relojes en cuya esfera aparece, al sonar cada hora, la Muerte con su reloj de arena y su guadaña.

Al atardecer de aquel mismo día llegó el momento tanto tiempo anhelado de salir hacia la posición de combate, cargados con un pesado equipaje. Tras cruzar las ruinas de la aldea de Bertricourt, que se alzaban fantasmagóricas en la semioscuridad, nuestro camino seguía hacia una solitaria casa forestal que llevaba el nombre de «La Faisanería» y que estaba oculta en una espesura de abetos. Allí se hallaba acantonada la reserva de nuestro regimiento; de ella había formado parte también, hasta aquella noche, la Novena Compañía. La mandaba el alférez Brahms.

Nos dieron la bienvenida, nos distribuyeron en pelotones, y pronto nos encontramos en medio de unos tipos barbudos, cubiertos de costras de barro, que nos saludaban con una amabilidad un tanto irónica. Nos preguntaron cómo seguían las cosas por

Hannover y si no se iba a terminar pronto la guerra. Luego la charla, que nosotros escuchábamos con avidez, empezó a girar, con frases breves y monótonas, en torno a las labores de fortificación, la cocina de campaña, las trincheras, los bombardeos con granadas y otros asuntos propios de la guerra de posiciones.

Ante la puerta del lugar, parecido a una choza, en que estábamos alojados, resonó poco después este grito:

-¡Afuera!

Formamos por pelotones; luego se oyó una voz de mando que ordenaba:

-¡Cargar y poner el seguro!

Con secreta voluptuosidad introdujimos entonces en el cargador del fusil un peine de cartuchos puntiagudos.

A continuación comenzó una silenciosa marcha hacia delante, en hilera, por un paisaje nocturno sembrado de oscuros bosquecillos. De vez en cuando, un tiro aislado, cuyo sonido se extinguía a lo lejos; o una bengala luminosa, que ascendía siseando y que, tras haber producido un resplandor breve y fantasmal, dejaba luego una oscuridad más espesa todavía. Tintineo monótono de los fusiles y de los útiles de zapa, interrumpido por la advertencia:

-¡Cuidado! ¡Una alambrada!

Luego, de repente, una caída estrepitosa y una maldición:

-¡Maldita sea, abre el hocico cuando venga un embudo!

Interviene un cabo:

-Silencio, coño, ¿o es que se creen ustedes que los franchutes tienen tapadas con mierda las orejas?

El avance se hace más rápido. La incertidumbre de la noche, el centelleo de los proyectiles luminosos y la lenta llamarada del fuego de fusil producen una excitación que mantiene despiertos de un modo extraño a los hombres. A veces pasa junto a nosotros, cantando un canto frío y delgado, una bala disparada a ciegas, que se pierde a lo lejos. Tras esta primera, ¡cuántas otras veces he ido caminando hacia la primera línea, atravesando paisajes muertos, en un estado de ánimo a medias melancólico y a medias excitado!

Al fin desaparecimos en uno de los ramales de aproximación que avanzan ondulantes, cual serpientes blancas, hacia las posiciones. En una de éstas me encontré luego; estaba solo, tiritando, entre dos traveses, con los ojos esforzadamente fijos en una fila de abetos que se alzaba delante de la trinchera y en la que mi imaginación me hacía ver toda clase de figuras fantasmales. De vez en cuando un bala perdida atravesaba las ramas con un chasquido que acababa transmutándose en una especie de gorjeo. La única variación habida durante este tiempo que parecía no tener fin consistió en que vino a buscarme un camarada más veterano; él y yo fuimos luego trotando, por un corredor largo y estrecho, hacia un pozo de centinela situado en una posición avanzada. Y otra vez nos dedicamos allí a observar el terreno que ante nosotros se extendía. Por dos horas se me permitió intentar conciliar el sueño del agotamiento en un pelado agujero cavado en la greda. Al rayar el alba me encontraba pálido y cubierto de barro, igual que todos los demás; tuve la sensación de que llevaba ya varios meses haciendo aquella vida propia de topos.

La posición que ocupaba nuestro regimiento se extendía, haciendo eses, por el gredoso suelo de Champaña, frente a la aldea de Le Godat. Por la derecha se apoyaba en una destrozada arboleda denominada «Bosque de las Granadas»; luego seguía zigzagueante por en medio de inmensos campos de remolacha azucarera, en los que brillaban los pantalones rojos de soldados caídos mientras se lanzaban al asalto, y acababa en la hondonada de un arroyo; el enlace con el 74° Regimiento lo mantenían, a través de aquel barranco, patrullas nocturnas. El arroyo murmuraba al saltar sobre la presa de un molino derruido, que se hallaba rodeado de árboles sombríos. Las aguas de aquel arroyo venían regando desde hacía meses los cadáveres de los soldados de un regimiento colonial francés; sus rostros parecían estar hechos de pergamino negro. Era aquél un lugar siniestro cuando por la noche la luna, atravesando los desgarrones de las nubes, proyectaba sombras movedizas, y con los murmullos del agua y los susurros del cañaveral parecían mezclarse sonidos extraños.

El servicio era agotador. La vida comenzaba al anochecer; a esa hora la guarnición tenía que hallarse ya levantada en la trinchera. Desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana siguiente sólo podían dormir, por turnos, dos hombres de cada pelotón, de manera que cada uno de nosotros disfrutaba de dos horas de sueño en total. Sin embargo, ese espacio de tiempo quedaba reducido la mayoría de las veces a unos pocos minutos, ya porque nos despertasen antes de tiempo, ya porque fuera preciso acarrear paja o realizar otras tareas.

O bien hacíamos guardia en la trinchera misma, o bien íbamos a uno de los numerosos pozos de centinela, los cuales se hallaban unidos a la posición por largos caminos de enlace abiertos en el terreno. En el transcurso de la guerra de trincheras se abandonó muy pronto este dispositivo de seguridad, ya que el sitio ocupado por los centinelas estaba expuesto a mil peligros.

Estas noches de guardia agotadoras, inacabables, todavía se podían soportar cuando el tiempo era bueno, e incluso cuando helaba; pero si llovía, lo cual ocurrió casi a diario en aquel mes (le enero, resultaban atroces. Cuando la humedad atravesaba primero la lona de tienda de campaña que uno se había puesto sobre la cabeza, luego el capote y el uniforme, y escurría después cuerpo abajo durante horas, era tal la depresión en que uno se hundía, que no lograba aliviarla ni siquiera el murmullo producido por los hombres del relevo al aproximarse chapoteando por el barro. La amanecida iluminaba unas figuras extenuadas, llenas de manchas de greda, que daban diente con diente y tenían pálidos los rostros, y que a esa hora se arrojaban sobre la podrida paja de los goteantes abrigos.

¡Y qué abrigos! Eran unos agujeros excavados en la greda; su entrada estaba en el talud de la trinchera y su suelo se hallaba cubierto por unos tablones y unas pocas paladas de tierra. Si había llovido, aquellos abrigos goteaban días y días; ésta era la causa de que con cierto humor negro se hubiera colgado delante de ellos unos apropiados carteles como «La caverna de las estalactitas», «El baño de caballeros» y otros parecidos. Si varios hombres a la vez querían entregarse al descanso en uno de aquellos agujeros, veíanse obligados a dejar las piernas fuera, en la trinchera; para todo el que por allí pasaba constituían esas piernas unas zancadillas que nunca fallaban. En tales condiciones, tampoco cabía decir que fuera posible dormir durante el día. Teníamos que realizar además dos horas de guardia diurna, limpiar la trinchera, traer la comida, el café, el agua, y hacer muchas otras cosas más.

Es comprensible que nos resultara muy dura una vida tan desacostumbrada como aquélla, sobre todo porque, hasta aquel momento, sólo de oídas conocía la mayoría de nosotros lo que era trabajar de verdad. A esto se sumaba el que allí en el frente no nos habían recibido con la alegría que nosotros esperábamos. Antes al contrario, los veteranos aprovechaban cualquier motivo para enseñarnos a «hacer bien la instrucción», y todas las misiones molestas o inesperadas se encomendaban sin más a los «voluntariosos de guerra»*. Esta costumbre, llevada desde los cuarteles a los campos de combate, no contribuía a mejorar nuestro humor; por lo demás, desapareció tan pronto como luchamos juntos la primera batalla. Después de ella, también nosotros nos tuvimos por veteranos.

Los días que la compañía pasaba descansando no resultaban mucho más agradables. Durante ellos vivíamos en La Faisanería o en el Bosquecillo de Hiller. Aunque nos alojábamos en chozas de tierra revestidas con ramas de abeto, allí al menos el suelo, que estaba cubierto de estiércol, desprendía un calorcillo muy grato procedente de la fermentación. A veces se despertaba uno en medio de un charco de agua de una pulgada de hondo. Sólo de oídas conocía yo hasta entonces lo que era el «reumatismo»; pero a los pocos días de estar así, continuamente empapado de pies a cabeza, empecé a notar dolores en todas las articulaciones. En mis sueños tenía la sensación de que por los miembros me subían y bajaban bolas de hierro. Tampoco aquí las noches servían para dormir; se empleaban en ahondar aún más los numerosos ramales de aproximación. Si uno no quería perder el contacto y andar luego vagando durante horas de un lado para otro en la maraña de las trincheras, se veía obligado a pegarse a los talones del hombre que le precedía, actuando con la seguridad propia de un sonámbulo. Y todo ello en medio de una completa oscuridad, si es que a los franchutes no les daba por disparar proyectiles luminosos. Por lo demás, resultaba fácil trabajar aquel suelo; sólo una delgada capa de barro y de humus cubría el poderoso estrato gredoso. El zapapico cortaba con facilidad aquella formación blanda. A veces saltaban chispas verdosas; ocurría cuando el acero tropezaba con alguno de los cristales de pirita de hierro, del tamaño de un puño, que se hallaban diseminados en la roca. Aquellos conglomerados estaban compuestos de numerosos dados apelotonados en forma de bola, y cuando se los golpeaba resplandecían con destellos como de oro.

La llegada, cada atardecer, de la cocina de campaña representaba un rayo de luz en aquella monotonía insípida. La cocina venía hasta la esquina del Bosquecillo de Hiller; allí, cuando se levantaba la tapadera de la marmita, se esparcía un apetitoso olor a guisantes con tocino o a otras cosas exquisitas. Pero también en esto había un punto flaco: eran las legumbres secas, que los decepcionados amantes de los buenos guisos llamaban despectivamente «alambradas de pinchos» o «plaga de los campos».

Con fecha del 6 de enero encuentro en mi diario esta irritada observación: «Al anochecer llegó, bien removida, la cocina de campaña; nos trajo una bazofia que probablemente había sido confeccionada cociendo nabos congelados de los que se echan a los cerdos». En cambio hay allí, con fecha del día 14, esta exclamación de entusiasmo: «Sabrosa sopa de guisantes, sabrosas cuatro raciones. Suplicios de la hartura. Nos dimos una gran comilona y estuvimos discutiendo acerca de la postura mejor para engullir grandes cantidades. Yo defendía la postura de pie».

Nos repartían con abundancia un aguardiente de color rojo pálido, que recibíamos en las tapaderas de las cacerolas y que sabía fuertemente a alcohol; no era de despreciar, sin embargo, dado el tiempo tan húmedo y frío que hacía. También era de la clase más fuerte el tabaco que nos daban, pero recibíamos grandes cantidades. La imagen del soldado que desde aquellos días tengo grabada en la memoria es la del centinela que, con la cabeza cubierta por el puntiagudo casco forrado de tela gris y con las manos metidas en los bolsillos del largo capote, está de pie tras la aspillera y sopla contra la culata del fusil el humo de su pipa.

Lo más agradable de todo eran los días de descanso pasados en Orainville, que dedicábamos a dormir a pierna suelta, a limpiar nuestro vestuario y a hacer instrucción. Nuestra compañía se alojaba en un pajar inmenso; tanto para entrar como para salir disponíamos únicamente de una escalera parecida a las que existen en los gallineros. Aunque aquel edificio estaba aún lleno de paja, en su interior se encendían hornillos. Hasta uno de ellos me deslicé rodando una noche; sólo lograron despertarme los esfuerzos de algunos camaradas que muy enérgicamente intentaban sofocar el fuego. Con espanto comprobé que mi uniforme había quedado carbonizado de mala manera, y durante bastante tiempo me vi forzado a ir de un lado para otro vestido con algo que se parecía a un frac.

Tras una breve permanencia en el regimiento habíamos perdido por completo las ilusiones con que habíamos marchado a la guerra. En vez de los peligros que esperábamos, lo que allí encontramos fue suciedad, trabajo y noches pasadas en claro; sobreponerse a todo esto requería un heroísmo que no nos atraía mucho. Todavía peor era el aburrimiento; para el soldado es éste más enervante aún que la cercanía de la muerte.

Teníamos la esperanza de participar en un ataque; sólo que para hacer nuestra aparición en el frente habíamos elegido un momento muy poco propicio, en el que habían sido suspendidos todos los movimientos. También habían quedado paralizadas todas las pequeñas operaciones tácticas, en la misma proporción en que se había reforzado la construcción de trincheras y había ganado potencia exterminadora el fuego de los defensores. Unas semanas antes de llegar nosotros, una de nuestras compañías había osado aún realizar en solitario un ataque parcial sobre una franja de terreno de unos centenares de metros, tras una ligera preparación artillera. Los franceses habían abatido a los atacantes como si disparasen contra un blanco fijo; sólo unos pocos consiguieron llegar hasta las alambradas enemigas. Escondidos en agujeros, los escasos hombres que sobrevivieron aguardaron a la noche para, al amparo de la oscuridad, volver a rastras hasta la posición de partida.

El permanente exceso de cansancio de la tropa se debía también a que la guerra de posición, en la cual era preciso utilizar las fuerzas de un modo diferente, seguía constituyendo para al mando un fenómeno nuevo e inesperado. El número enorme de guardias que se hacían y el incesante trabajo de excavación resultaban en su mayor parte innecesarios e incluso perjudiciales. Lo importante no son los atrincheramientos gigantescos, sino el coraje y el vigor de los hombres que tras ellos se encuentran. Hacer cada vez más hondas las trincheras ahorraba tal vez algunos heridos por tiro en la cabeza, pero al mismo tiempo propiciaba que los hombres se aferrasen a las instalaciones defensivas y reclamasen seguridad; de mala gana renunciaban luego a esas cosas. También eran cada vez mayores los esfuerzos que era preciso dedicar al mantenimiento de las obras. El caso más desagradable que podía presentarse era la aparición del deshielo; éste hacía que los gredosos taludes de la trinchera, resquebrajados ya por la helada, se vinieran abajo en masa, cual si estuvieron hechos de papilla.

Es cierto que en las trincheras oíamos silbar los proyectiles y que hasta ellas llegaban también de vez en cuando algunas granadas disparadas desde los fuertes de Reims; pero estos minúsculos acontecimientos bélicos quedaban muy por debajo de nuestras expectativas. Con todo, algunas veces ocurrían incidentes que nos recordaban que detrás de aquellos sucesos, que parecían carecer de todo propósito, se encontraba acechante la cruenta seriedad de la guerra. Así, el 8 de enero cayó en La Faisanería una granada que mató al alférez Schmidt, ayudante de nuestro batallón. Se decía, por lo demás, que el jefe que dirigía los disparos de la artillería francesa era el propietario de aquel pabellón de caza.

La artillería seguía aún emplazada inmediatamente detrás de las posiciones; incluso en la primera línea se había instalado un cañón de campaña, que a duras penas se conseguía mantener oculto bajo unas lonas. Durante una charla que mantuve con los sirvientes de aquella pieza, los denominados «cabezas de pólvora», me llenó de asombro el oírles decir que a ellos les ponía mucho más nerviosos el silbar de los disparos de fusil que no la explosión de una granada al caer. En todas partes pasa igual; los peligros propios de nuestra profesión nos parecen menos terribles y más razonables.

A las doce de la noche del 27 de enero, nada más comenzar ese día, lanzamos tres hurras en honor del Kaiser y entonamos a lo largo de todo el frente el himno Heil dir im Siegerkranz [Gloria a ti, que llevas la corona del vencedor]. Los franceses respondieron disparando sus fusiles.

Por aquellos días tuve una experiencia desagradable que a punto estuvo de poner un fin prematuro y deshonroso a mi carrera militar. Nuestra compañía ocupaba el ala izquierda de la posición. En una ocasión, tras haber pasado toda la noche en vela, tuve que ir, al amanecer, a hacer una guardia, junto con otro camarada, a la hondonada del arroyo. Aunque estaba prohibido, yo, en vista del mucho frío que hacía, me había echado la manta por encima de la cabeza y me había recostado en un árbol, tras haber dejado el fusil en un matorral situado a poca distancia de mí. De repente oí a mis espaldas un ruido y quise echar mano al fusil - ¡había desaparecido! El oficial de guardia se había acerca do sigilosamente hasta el sitio donde me hallaba y se había llevado mi fusil sin que yo me diera cuenta. El castigo que me impuso fue enviarme unos cien metros adelante, en dirección a los apostaderos franceses, sin otra arma que un zapapico - una idea que sólo se les ocurre a los indios y que a punto estuvo de costarme la vida. Durante aquella extraña guardia de castigo ocurrió que una patrulla nuestra formada por tres voluntarios se fue adentrando en el extenso cañaveral que crecía a orillas del arroyo; y era tal el ruido que en los altos tallos producía aquella patrulla al caminar con total despreocupación que los franceses lo notaron enseguida y comenzaron a disparar en aquella dirección. Uno de los componentes de la patrulla, de nombre Lang, fue alcanzado y nunca más se lo volvió a ver. Puesto que yo me encontraba muy cerca de allí, también a mí me tocó una parte de las salvas disparadas por los franceses -una forma de tiro que entonces estaba muy en boga-, de modo que las ramas de la mimbrera junto a la que me hallaba me silbaban en las orejas. Apreté los dientes y por terquedad permanecí de pie. Al caer la tarde vinieron a recogerme.

Todos nos alegramos mucho cuando nos dijeron que íbamos a abandonar definitivamente aquella posición. En Orainville celebramos nuestra partida con una fiesta nocturna en el gran pajar, durante la cual ingerimos cantidades enormes de cerveza. El 4 de febrero de 1915 llegó a relevarnos un regimiento sajón y nosotros volvimos a pie a Bazancourt.

 

 

 


De Bazancourt a Hattonchâtel

 

 

 

 

En Bazancourt, un aburrido pueblo de Champaña, el acuartelamiento asignado a nuestra compañía era el edificio de la escuela; el asombroso sentido del orden de nuestra gente hizo que al poco tiempo adquiriese toda la apariencia de un cuartel en tiempos de paz. Teníamos un suboficial de guardia que por la mañana nos despertaba con puntualidad, teníamos también un servicio de limpieza de las habitaciones, y todas las tardes nos pasaba revista el cabo mayor. Cada mañana salían las compañías a hacer instrucción durante varias horas en los terrenos baldíos de los alrededores. Al cabo de pocos días me vi libre de tales ejercicios, pues mi regimiento me envió a Recouvrence a realizar un cursillo de perfeccionamiento.

Recouvrence era una aldea pequeña y apartada, escondida entre amenas colinas gredosas. En ella se concentró un buen número de gente joven, procedente de todos los regimientos de nuestra división, con el fin de recibir un adiestramiento riguroso en las materias militares bajo la dirección de oficiales y suboficiales escogidos. En este aspecto, y no sólo en él, es mucho lo que los hombres del 73° Regimiento tenemos que agradecer al alférez Hoppe.

La vida que en aquel apartado rincón del mundo se hacía era una curiosa mezcla de disciplina cuartelera y libertad estudiantil; la explicación de esto se halla en que la mayor parte de aquella tropa poblaba pocos meses antes las aulas y los laboratorios de las universidades alemanas. Durante el día se pulimentaba a los alumnos según todas las reglas del arte para transformarlos en soldados; por la noche los educandos se reunían con sus profesores en torno a gigantescos toneles de cerveza traídos de la cantina de Montcornet y se dedicaban a empinar el codo con igual metodicidad. Cuando a primera hora de la mañana las diversas secciones iban saliendo en tropel de los locales en que habían estado be biendo, las pequeñas casas construidas con ladrillos de greda ofrecían el inusitado aspecto de una bacanal de estudiantes. El director del curso, un capitán, tenía, por lo demás, la pedagógica costumbre de hacernos practicar con redoblado celo la instrucción en las mañanas siguientes a aquellas orgías.

Hubo incluso una ocasión en que estuvimos en danza durante cuarenta y ocho horas seguidas. El motivo fue el siguiente. Una vez terminadas las libaciones, teníamos la respetuosa costumbre de dar una escolta segura a nuestro capitán hasta el lugar en que se alojaba. Una noche encomendamos esta importante misión a un tipo que estaba borracho como una cuba y que a mí me recordaba al magister Laukhard.* Regresó poco después y, radiante de alegría, nos anunció que, en vez de dejar al «viejo» en la cama, lo había depositado en el establo de las vacas.

No se hizo esperar mucho tiempo el castigo. Acabábamos de llegar a nuestros alojamientos y nos disponíamos a acostarnos cuando los tambores tocaron generala delante del edificio del cuerpo de guardia. Lanzando maldiciones volvimos a ponernos el correaje y salimos al galope hacia el lugar de la alarma. Allí se encontraba ya el viejo; estaba del peor humor imaginable y desplegaba una actividad poco común. Nos recibió a gritos:

-¡Alarma de incendio! ¡El edificio del cuerpo de guardia está ardiendo!

Ante los ojos de los asombrados vecinos del pueblo hubimos de traer rodando, desde el depósito en que se hallaban, las bombas de incendio, ajustar las mangueras e inundar el cuerpo de guardia con chorros primorosamente dirigidos. El viejo se hallaba de pie en lo alto de una escalera de piedra y a medida que pasaba el tiempo se ponía cada vez más furioso; desde allá arriba dirigía el ejercicio y nos espoleaba a gritos a que no interrumpiésemos nuestra actividad. De vez en cuando lanzaba rayos y centellas contra alguien, militar o paisano, que excitaba especialmente su cólera y daba orden de que en el acto se lo quitaran de la vista. Los desgraciados eran llevados a rastras, con la mayor rapidez posible, detrás del edificio, y de ese modo quedaban sustraídos a sus miradas. Al rayar el alba continuábamos dándole a las palancas de la bomba; las rodillas nos temblaban. Finalmente pudimos largarnos de allí a fin de prepararnos para los ejercicios.

Cuando llegamos al campo de instrucción, allí estaba ya el viejo, afeitado, despejado y bien despierto, dispuesto a entregarse con especial ahínco a nuestra formación.

El trato entre nosotros era el propio de buenos camaradas. Allí fue donde inicié una estrecha amistad, que luego se consolidaría en numerosos campos de batalla, con varios hombres jóvenes de destacadas cualidades; por ejemplo, con Clement, que caería en Monchy; con Tebbe, el pintor, que moriría en Cambrai; con los hermanos Steinforth, que lo harían en el Somme. Vivíamos juntos en grupos de tres o cuatro y el rancho lo preparábamos en común. En especial sigo conservando un buen recuerdo de nuestras cenas de diario, que se componían de huevos revueltos y patatas asadas. Los domingos nos procurábamos un conejo campero o un pollo. Como yo era el encargado de hacer las compras para la cena, la mujer que nos proporcionaba los comestibles me presentó cierto día un buen número de bonos que habían ido entregándole los soldados que hacían requisa. Eran un florilegio del humor popular; su contenido era en la mayoría de los casos del tenor siguiente: el fusilero N. N. había tenido algunas gentilezas con la hija de la casa y para recobrar fuerzas había requisado una docena de huevos.

Los vecinos de la aldea estaban muy extrañados de que todos nosotros, que no éramos más que soldados rasos, habláramos francés con mayor o menor fluidez. Esto dio ocasión a algunos incidentes muy divertidos. Así, una mañana me encontraba sentado con Clement en la barbería del pueblo cuando uno de los que allí aguardaban, hablando con aquel sordo acento dialectal que es propio de los campesinos de Champaña, le dijo a gritos al barbero, que justo en aquel momento tenía a Clement bajo su navaja:

-Eh, coupe la gorge avec!

Mientras pronunciaba estas palabras se restregaba el cuello con el canto de la mano extendida.

Grande fue el espanto de aquel hombre cuando Clement contestó con toda tranquilidad:

-Quant a moi, j'aimerais mieux la garder.

Clement demostró con ello la calma que tan bien sienta al guerrero.

A mediados de febrero nos llegó por sorpresa a los hombres del 73° Regimiento la noticia de las grandes bajas que nuestra unidad había sufrido en Perthes. Haber pasado lejos de nuestros camaradas aquellos días nos dejó consternados. La enconada defensa del sector asignado a nuestro regimiento en la Marmita de las Brujas nos proporcionó el honroso título de «Leones de Perthes», que a partir de entonces nos acompañaría en todos los sectores del frente occidental. También se nos conocía por «Les Gibraltars», a causa del brazalete azul con la inscripción «Gibraltar» que llevábamos en recuerdo de nuestro regimiento de origen, el Regimiento de la Guardia de Hannover. Este regimiento estuvo defendiendo contra franceses y españoles la citada fortaleza desde 1779 hasta 1783.

La noticia de aquella desgracia nos llegó en plena noche, mientras nos hallábamos entregados a las habituales libaciones bajo la presidencia del alférez Hoppe. Uno de los bebedores, llamado Behrens, un hombre larguirucho, precisamente aquel que había depositado al viejo en el establo, quiso marcharse, una vez pasado el primer momento de horror, «porque ya no le sabía bien la cerveza». Hoppe lo retuvo, sin embargo, haciéndole ver que aquello no se compadecía bien con los usos propios del soldado. Hoppe tenía razón; él mismo cayó unas semanas más tarde en Les Eparges, cuando marchaba en cabeza de la línea de tiradores de su compañía.

El 21 de marzo, después de pasar un pequeño examen, nos reincorporamos a nuestro regimiento, que de nuevo se hallaba acantonado en Bazancourt. Por aquellas fechas, tras un gran desfile y una arenga de despedida pronunciada por el general von Emmich, nuestro regimiento quedó segregado del Décimo Cuerpo de Ejército. El 24 de marzo nos cargaron en vagones y nos transportaron a la zona de Bruselas; allí nos agruparon con los Regimientos 76 y 174 para formar la 111á División de Infantería, unidad en la cual pasaríamos la guerra hasta su final.

Nuestro batallón fue acantonado en Hérinnes, pueblo situado en medio de un paisaje que respiraba el bienestar de Flandes. El día 29 de marzo cumplí allí, muy feliz, los veinte años.

Aunque los belgas disponían de espacio suficiente en sus viviendas, nuestra compañía fue metida en un gran pajar que quedaba expuesto a las corrientes de aire; a través de sus paredes silbaba, durante las frías noches de marzo, el rudo viento marino propio de aquella zona. La estancia en Hérinnes nos proporcionó, por lo demás, un buen descanso. Es cierto que hicimos mucha instrucción, pero también era bueno el rancho y resultaba posible comprar víveres por poco dinero.

La población, compuesta a medias de flamencos y a medias de valones, fue muy amable con nosotros. Yo charlaba frecuentemente con el propietario de una cantina; era un socialista y librepensador muy exaltado, de los que existe en Bélgica una clase muy especial. El domingo de Pascua me invitó al festín propio del día, y no conseguí que me aceptase dinero ni siquiera por las bebidas consumidas de su establecimiento. Todos nosotros tuvimos muy pronto algunos conocidos y en las tardes libres encaminábamos nuestros pasos hacia alguna de las casas de labor que se hallaban diseminadas en la campiña; allí, en unas cocinas bien encaladas y bien resplandecientes, nos sentábamos alrededor de uno de los bajos hornillos sobre cuya plancha circular estaba colocado el gran puchero de café. La apacible charla se desarrollaba en flamenco y en alemán de la Baja Sajonia.

Hacia los últimos días de nuestra estancia allí hizo un tiempo muy hermoso que invitaba a dar paseos por los alrededores, tan amenos y abundantes en aguas. Numerosos hombres de guerra engalanaban pintorescamente el paisaje, en el cual habían crecido de la noche a la mañana las amarillas flores de las caltas; se habían desnudado y, sentados a la orilla de los arroyos, con la ropa blanca en el regazo, se dedicaban con ahínco a la caza de piojos. A mí aquella plaga no me había afectado demasiado hasta entonces; sin embargo, ayudé a mi camarada de guerra Priepke, un exportador de Hamburgo, a envolver con su chaleco de lana una pesada piedra. Aquel chaleco estaba tan poblado de piojos como lo habían estado en otro tiempo las ropas del aventurero Simplicissimus; para exterminar por completo los parásitos introdujimos el bulto en un arroyo. Como nuestra partida de Hérinnes ocurrió de repente, allí se habrá podrido sin duda aquel chaleco, sin que nadie lo haya molestado.

El 12 de abril de 1915 nos cargaron en vagones en Hall y, para despistar a los espías, nos llevaron hasta la zona del campo de batalla de Mars-la-Tour dando un gran rodeo por el ala norte del frente. Como de costumbre, nuestra compañía se alojó en un pa jar en la aldea de Tronville; ésta era uno de los habituales y aburridos poblachos de Lorena, compuestos de unas cuantas casuchas de piedra que carecían de ventanas y tenían el tejado plano. Por culpa de los aviones nos veíamos forzados a permanecer casi siempre dentro del pueblo, que estaba abarrotado de gente; algunas veces visitamos, sin embargo, los famosos parajes de Mars-la-Tour y Gravelotte, que caían muy cerca. La carretera que llevaba a Gravelotte quedaba cortada, a unos centenares de metros del pueblo, por la frontera francesa; junto a ésta yacía destrozado en el suele el mojón francés. Al anochecer nos permitíamos a menudo el melancólico placer de dar un paseo hasta Alemania.

Tan ruinoso era el estado en que nuestro pajar se hallaba que era preciso andar haciendo equilibrios para no ir a parar a la parte de abajo a través de los podridos tablones. Nuestro pelotón estaba dedicado una noche a repartir encima de un pesebre las raciones del rancho; presidía la operación Kerkhoff, nuestro cabo, un hombre a carta cabal. Justo en aquel momento se desprendió de la armadura del techo una gigantesca viga de encina y se vino abajo en medio de un gran estrépito. Por suerte quedó prendida entre dos paredes de barro, casi encima mismo de nuestras cabezas. No sufrimos otros daños personales que el susto, pero nuestras hermosas raciones de carne yacían bajo la polvareda que se había levantado. Tras este mal augurio, acabábamos apenas de meternos entre la paja para dormir cuando retumbaron en la puerta unos golpes y la voz del sargento mayor, que daba la alarma, nos arrojó de nuestras yacijas. Primero, como ocurría siempre en tales sorpresas, un instante de silencio; luego, una confusión de ruidos y movimientos:

-¡Mi casco!

-¿Dónde está mi morral?

-¡No encuentro mis botas!

-¡Me han birlado mis cartuchos!

-¡Idiota, cierra la boca!

Por fin estuvimos todos listos y marchamos a pie hasta la estación de Chamblay; desde allí, en tren, llegamos en pocos minutos a Pagny-sur-Moselle. A primera hora de la mañana escalamos las alturas del Mosela y nos quedamos en Prény, encantadora aldea de montaña dominada por las ruinas de un viejo castillo. En esta ocasión nuestro pajar era un edificio de piedra y estaba lleno de oloroso heno de montaña. Por sus tragaluces podíamos contemplar las colinas del Mosela, plantadas de viñedos, y el pueblo de Pagny, situado en el valle. Sobre aquel pueblo caían con frecuencia bombas lanzadas por los aviones, así como granadas de artillería. Algunas veces los proyectiles iban a dar al Mosela y entonces levantaban columnas de agua altas como torres.

El cálido tiempo de primavera producía en nosotros un efecto vivificante y nos animaba a dar en nuestras horas libres largos paseos por aquella espléndida región de colinas. Estábamos de tan buen humor que por las noches, antes de entregarnos al descanso, todavía nos dedicábamos durante algún tiempo a gastar bromas. Entre otras, una de las más frecuentes consistía en verter con una cantimplora agua o café en la boca de quienes roncaban.

Al anochecer del 22 de abril salimos de Prény y fuimos a pie hasta la aldea de Hattonchâtel. Aunque tuvimos que andar más de treinta kilómetros y portábamos un pesado equipaje, nadie sufrió la menor dolencia por causa de la marcha. Plantamos nuestras tiendas en el bosque, a la derecha de la famosa Grande Tranchée. Todos los indicios señalaban que al día siguiente entraríamos en combate. Recibimos varios paquetes de vendas, dos latas de carne en conserva y banderines para hacer señales a la artillería.

Al atardecer estuve largo tiempo sentado en el tronco de un árbol a cuyo alrededor proliferaban las anémonas azules. Me hallaba en ese estado de ánimo lleno de presentimientos del que hablan los guerreros de todos los tiempos. Después, pasando por encima de mis camaradas, me arrastré hasta el lugar que me correspondía en la tienda. Aquella noche tuve un sueño confuso, en el que el papel principal lo desempeñaba una calavera.

Priepke, al que a la mañana siguiente conté aquel sueño, me expresó su esperanza de que se tratase del cráneo de un francés.

 

 

 


Les Eparges

 

 

 

El verdor nuevo del bosque resplandecía en la mañana. Serpenteando por caminos ocultos nos dirigimos hacia un angosto barranco situado detrás de la primera línea. Nos habían comunicado que el 76° Regimiento se lanzaría a un asalto, tras una preparación artillera de sólo veinte minutos, y que nosotros, que éramos la reserva, debíamos estar listos para intervenir. A las doce en punto inició nuestra artillería un violento cañoneo que producía múltiples ecos en los barrancos del bosque. Por vez primera escuchamos allí la palabra Trommelfeuer, «fuego de tambor», cargada de un sentido tan grave. Inactivos y excitados, permanecíamos sentados sobre nuestras mochilas. Un ordenanza de campaña se precipitó hacia el capitán de nuestra compañía. Palabras dichas a toda prisa.

-¡Han caído en nuestras manos las tres primeras líneas de las trincheras enemigas! ¡Hemos capturado seis cañones!

Un ¡hurra! se alzó como una llamarada. Nos sentíamos dispuestos a lanzarnos contra cualquier obstáculo.

La anhelada orden llegó por fin. Fuimos avanzando en una larga columna hacia el lugar en que crepitaba un confuso fuego de fusilería. Empezaba la parte seria. Por el lado del sendero del bosque retumbaban en un intrincado abetal unos golpes sordos; una lluvia de ramas y tierra caía al suelo con estrépito. Un miedoso se tiró al suelo, provocando con ello en sus camaradas una risotada forzada. Luego pasó resbalando entre nuestras filas el grito de advertencia de la Muerte:

-¡Camilleros, adelante!

A poco pasamos junto al sitio en que había caído el proyectil. Ya habían evacuado a los heridos. De las malezas que crecían en torno al lugar de la explosión colgaban ensangrentados trozos de material y piltrafas de carne. Era un cuadro extraño, opresivo; a

mí me hizo pensar en el alcaudón dorsirrojo, que ensarta sus presas en los espinos.

En la Grande Tranchée las tropas avanzaban a paso rápido. Los heridos se amontonaban al borde de la carretera; pedían agua. Prisioneros que portaban camillas caminaban jadeantes hacia la retaguardia. Ruidosamente pasaban al galope las baterías, atravesando el fuego. Las granadas apisonaban el blanco terreno a derecha y a izquierda; pesadas ramas caían al suelo. En medio del camino yacía muerto un caballo; tenía unas heridas gigantescas y a su lado humeaban sus intestinos. Entre aquellas imágenes grandiosas y sangrientas reinaba una jovialidad salvaje, inesperada. En un árbol estaba apoyado un hombre barbudo perteneciente a la Landwehr, la segunda reserva.*

-¡Muchachos, a por ellos, que se escapan los franchutes!

Llegamos al reino de la infantería, que estaba revuelto por la lucha. Los disparos habían dejado pelados los árboles de la zona de donde había partido el ataque. En el lacerado terreno situado entre las trincheras yacían las víctimas del asalto, con la cabeza orientada hacia el enemigo; apenas se destacaban del suelo las guerreras grises. Una figura de gigante, con una gran barba roja manchada de sangre, miraba fijamente al cielo; sus manos aferraban como garras la tierra blanda. Dentro de un embudo se retorcía un hombre joven; en su rostro había ese color amarillento que precede a la muerte. Nuestras miradas no parecieron agradarle; con un movimiento de indiferencia se cubrió la cabeza con el capote y dejó de moverse.

Rompimos la formación de columna de marcha. En trayectorias largas, netas, se aproximaban constantemente hacia nosotros, siseando, las balas; una especie de relámpagos lanzaba a lo alto, en remolinos, el suelo del claro del bosque. No pocas veces había oído yo delante de Orainville el chirriante sonido de flauta que producen las granadas de campaña; tampoco allí me pareció especialmente peligroso. El orden en que nuestra compañía, con las secciones desplegadas, se movía ahora sobre el terreno batido por los disparos producía, por el contrario, una sensación tranquilizadora; pensaba para mis adentros que aquel bautismo de fuego presentaba un aspecto más trivial del que había esperado. Con un extraño desconocimiento de los hechos volvía en redondo la cabeza para mirar con atención los blancos contra los que aquellas granadas podían ir dirigidas; no adivinaba que nosotros mismos éramos los objetivos contra los que con tanto ahínco se disparaba.

-¡Camilleros!

Teníamos nuestro primer muerto. Un balín de un shrapnel había desgarrado la carótida al fusilero Stölter. En un abrir y cerrar de ojos quedaron empapadas por completo las vendas de tres paquetes. El herido se desangró en pocos minutos. Cerca de nosotros estaban desenganchando en aquel momento dos cañones, que atraían hacia allí un fuego aún más nutrido. Un alférez de artillería andaba buscando heridos en el terreno situado delante de la trinchera; lo tiró al suelo una columna de vapor que se alzó ante él. Se levantó con lentitud y regresó hacia nosotros con una calma acentuada. Nuestros ojos brillaban al mirarlo.

Empezaba a oscurecer cuando recibimos la orden de seguir progresando. Nuestro camino atravesaba un terreno de sotobosque muy espeso, sobre el que llovían los disparos, e iba a dar a uno de los innumerables ramales de aproximación; los franceses, mientras huían, habían ido dejando esparcidos en él sus equipos. Cerca de la aldea de Les Eparges, sin tener ya delante de nosotros tropas de ninguna clase, nos fue preciso cavar una posición en un duro terreno rocoso. Acabé derrumbándome encima de un matorral y allí me quedé dormido. Medio en sueños, veía a veces cómo las granadas disparadas por una u otra de las dos artillerías enfrentadas trazaban, muy por encima de mí, estelas con sus espoletas encendidas.

-¡Arriba, hombre, que nos marchamos!

Me desperté sobre una hierba que estaba húmeda del rocío. Las ráfagas de una ametralladora que pasaban zumbando por el aire nos obligaron a meternos precipitadamente otra vez en nuestro ramal de aproximación; allí ocupamos una posición francesa que había sido abandonada y que se encontraba en la linde del bosque. Un olor dulzón y un bulto que colgaba de la alambrada despertaron mi curiosidad. En medio de la niebla matinal salté fuera de la trinchera y me encontré ante el cadáver doblado sobre sí mismo de un francés. La carne putrefacta, parecida a la del pescado, brillaba con un color verdiblanco en el destrozado uniforme. Al darme la vuelta, retrocedí espantado; junto a mí se hallaba en cuclillas una figura. Estaba apoyada en un árbol, llevaba puesto el reluciente correaje francés y aún tenía a la espalda la mochila; ésta se hallaba cargada hasta arriba y una cazuela redonda le servía de coronamiento. Que no me las había con una persona viva me lo revelaron las vacías cuencas de sus ojos, así como los escasos mechones de pelo de su cráneo, el cual era de un color gris negro. Había allí otra figura que se encontraba sentada; la parte superior de su cuerpo estaba doblada hacia delante, sobre las piernas, y parecía como si acabara de derrumbarse. Alrededor yacían docenas de cadáveres putrefactos, calcificados, resecos como momias, petrificados en una siniestra danza macabra. Los franceses tuvieron que aguantar meses enteros junto a sus camaradas caídos, sin poder enterrarlos.

A lo largo de la mañana consiguió el sol atravesar la niebla, enviándonos entonces un agradable calorcillo. Estuve durmiendo un rato sobre el suelo, pero luego la curiosidad me empujó a echar un vistazo a la desierta trinchera que el día anterior había sido tomada al asalto. Su suelo estaba cubierto por montañas de víveres, municiones, pedazos de armamento, armas enteras, cartas y periódicos. Los abrigos tenían el aspecto de ropavejerías saqueadas. En medio de todo aquello yacían los cadáveres de valientes defensores; sus fusiles estaban aún emplazados en las aspilleras. De entre unos maderos destrozados sobresalía un torso que había quedado aprisionado entre ellos. Cabeza y cuello habían sido arrancados; en la carne, que era de un color negro rojizo, brillaban los cartílagos blancos. Me resultaba difícil comprender nada. Al lado yacía, tendido de espaldas, un hombre joven; sus ojos estaban vidriosos; sus puños, congelados en la posición de disparar. Mirar aquellos ojos muertos, inquisitivos, producía una sensación extraña - jamás dejé de sentir en la guerra un escalofrío en estos casos. Los bolsillos de aquel joven estaban vueltos hacia fuera y junto a él se hallaba su desvalijado portamonedas.

Fui caminando lentamente a lo largo de la devastada trinchera sin que en ningún momento me importunase el fuego. Era el breve tiempo de descanso de las mañanas; con mucha frecuencia fue luego ése el único momento de respiro que tuve en los campos de batalla. Aquel día lo aproveché para examinar bien todo; no sentía la menor preocupación y me encontraba en un agradable estado de ánimo. Las armas extrañas, la oscuridad de los abrigos, el variopinto contenido de las mochilas - todo me resultaba nuevo y enigmático. Me metí en el bolsillo munición francesa, abrí la cremallera de una lona de tienda de campaña, que era suave como la seda, y cogí como botín una cantimplora envuelta en un paño azul; a los tres pasos arrojé todo aquello. Una hermosa camisa rayada que estaba en el suelo junto al destrozado equipaje de un oficial me indujo a despojarme con rapidez de mi uniforme y a cubrirme de pies a cabeza con ropa interior nueva. Me sentí muy contento al notar en la piel el agradable cosquilleo de la fresca tela.

Equipado de esta manera, anduve buscando un rincón soleado en la trinchera; allí me senté sobre un madero y para desayunar abrí con la bayoneta una redonda lata de caldo de carne. Luego me cargué una pipa y estuve hojeando las numerosas revistas francesas que por allí andaban desparramadas; por las fechas pude ver que algunas de ellas habían sido enviadas desde Verdun a las trincheras el día anterior.

No consigo dejar de sentir un ligero escalofrío cada vez que recuerdo que, durante aquel descanso que me tomé para desayunar, estuve intentando desatornillar un pequeño y extraño artefacto que yacía delante de mí en el piso de la trinchera; por razones imposibles de averiguar, creía ver en él una «linterna de asalto». Hasta mucho más tarde no caí en la cuenta de que aquel objeto con el que había estado jugueteando era una granada de mano que tenía quitado el seguro.

Al irse aclarando el día comenzó a disparar una batería alemana desde un bosquecillo situado inmediatamente detrás de la trinchera. El enemigo no tardó mucho tiempo en dar respuesta. Un fuerte estampido a mis espaldas me sobresaltó de repente y vi cómo se elevaba vertical una bola de humo. Aún no estaba familiarizado con los ruidos de la guerra y esto hacía que fuera incapaz de discernir los silbidos, siseos y estruendos producidos por nuestras bocas de fuego de los estampidos crepitantes causados por las granadas enemigas, que iban cayendo a intervalos cada vez más cortos; de nada de aquello lograba hacerme una idea. Sobre todo me resultaba imposible encontrar una explicación al hecho de que los proyectiles viniesen hacia mí desde todos los lados, de modo que sus zumbantes trayectorias se entrecruzaban por encima de la maraña de los elementos de trinchera por los que nosotros nos encontrábamos diseminados sin que en nada de aquello hubiera aparentemente un plan. Este efecto, del cual no veía la causa, me inquietó y me dio que pensar. Seguía enfrentándome al mecanismo de la guerra como una persona sin experiencia - era un recluta. Las manifestaciones de la voluntad de lucha me parecían extrañas e incoherentes, como si fueran sucesos que ocurrieran en otro planeta. En medio de todo aquello, no era propiamente miedo lo que yo sentía; tenía la impresión de que no me veían y por ello tampoco podía creer que me tomasen como blanco ni que pudieran herirme. Y así, una vez que me reuní con mi pelotón, me dediqué a observar con gran indiferencia el terreno que ante nosotros se extendía. Era el mío el valor propio de la inexperiencia. En mi libreta de bolsillo iba apuntando los tiempos en que decrecía o aumentaba el tiroteo; también más tarde solía hacer esto en días como aquél.

Hacia el mediodía el fuego de artillería se incrementó hasta llegar a convertirse en una danza salvaje. Continuamente se alzaban llamaradas a nuestro alrededor. Nubes blancas se entremezclaban con otras negras y amarillas. En especial aquellas granadas que en su trayectoria iban dejando un humo negro, y que los guerreros veteranos denominaban «americanas» o «cajas de carbón», rasgaban el aire con una siniestra potencia rompedora. En medio de ellas gorjeaban por decenas las espoletas; era muy peculiar el sonido que producían, recordaba el canto de los canarios. Sus secciones, en las que se colaba el aire produciendo trinos como de flauta, iban deslizándose, parecidas a relojes de música fabricados en cobre o a insectos metálicos, por encima del prolongado rumor de oleaje causado por las granadas al reventar. Un hecho curioso es que los pajarillos del bosque no parecían preocupados en absoluto por aquel estruendo compuesto de cien ruidos; seguían tranquilamente posados en las destrozadas ramas, por encima de las nubes de humo. Durante las pausas era posible oír sus llamadas de reclamo y sus despreocupados cantos jubilosos; parecía incluso que la ola de ruidos que los envolvía los excitaba todavía más.

En los instantes en que el tiroteo se recrudecía, los hombres de guarnición en la trinchera se animaban unos a otros, con frases breves, a estar alerta. En el tramo de trinchera que yo abarcaba con la vista, de cuyos taludes se habían ya desprendido en algunos sitios grandes bloques de barro, reinaba una alerta total. Los fusiles se hallaban instalados en las aspilleras, con el seguro quitado, y los tiradores examinaban con atención el humeante terreno que ante ellos se extendía. A veces miraban a derecha y a izquierda para ver si aún se mantenía el contacto; cuando sus ojos tropezaban con un conocido, aquellos hombres sonreían.

Yo estaba sentado con un camarada en una banqueta de barro tallada en el talud de la trinchera. En una ocasión crujió el madero de la aspillera por la que estábamos observando; una bala de infantería se incrustó en el barro entre nuestras dos cabezas.

Poco a poco empezó a haber heridos. No era ciertamente posible abarcar con la vista lo que ocurría en la maraña de las trincheras; pero cada vez resonaba con mayor frecuencia, como un tiro, este grito:

-¡Camilleros!

Esto indicaba que el tiroteo comenzaba a causar efecto. A veces surgía una figura humana que iba caminando muy deprisa; en la cabeza, en el cuello o en la mano llevaba colocada una venda nueva, que brillaba de lejos, y desaparecía en dirección a la parte de atrás. Era preciso curarse en lugar seguro el denominado «tiro de salón» o «tiro de caballero»; según la superstición de la guerra, una herida leve de bala era a menudo la mensajera que precedía a otra grave.

Kohl, mi camarada, un voluntario, conservaba aquella sangre fría que es peculiar de los alemanes del norte y que parece estar hecha a propósito para situaciones como aquélla. Mascaba y daba vueltas, apretándolo, a un cigarro puro que no había manera de encender; por lo demás, su rostro parecía un tanto adormilado. Un estruendo como de mil fusiles resonó a nuestras espaldas, mas ni siquiera entonces perdió Kohl la calma. Pudimos comprobar que los disparos habían prendido fuego al bosque. Grandes llamas escalaban los árboles chisporroteando. Las preocupaciones que a mí me atormentaban mientras ocurría todo aquello eran extrañas. Lo que yo sentía era envidia de los viejos «leones de Perthes», envidia de las experiencias que ellos habían vivido en la Marmita de las Brujas y de las que yo me había visto privado por causa de mi estancia en Recouvrence. Por eso, cuando las «cajas de carbón» empezaron a llegar con especial virulencia hasta el rincón en que nosotros dos nos encontrábamos, preguntaba a veces a Kohl, que sí había participado en la mencionada acción:

-Oye, ¿es ahora como en Perthes?

Con gran decepción mía, Kohl ejecutaba un perezoso movimiento con la mano y respondía siempre:

-Aún falta mucho.

Cuando por fin el tiroteo alcanzó tal intensidad que nuestra banqueta de barro comenzó a oscilar bajo los estallidos de aquellos monstruos negros, volví a aullarle al oído:

-Oye, ¿es ahora como en Perthes?

Kohl era un soldado muy concienzudo. Primero se puso de pie, luego giró la cabeza en redondo, examinando lo que ocurría, y al fin aulló, con gran contento mío:

-Ahora es posible que llegue a ser igual.

Esta respuesta me puso loco de alegría, pues me confirmaba que aquél era mi primer combate real.

En ese instante surgió un hombre en la esquina del elemento de trinchera en que nos hallábamos:

-¡Seguirme hacia la izquierda!

Comunicamos la orden a los demás y nos pusimos a caminar a lo largo de la posición, que se hallaba completamente llena de humo. Justo entonces acababan de llegar los hombres que traían el rancho y sobre el parapeto humeaban centenares de cacerolas abandonadas. ¿Quién iba a tener en aquel momento ganas de comer? Al pasar nosotros se apretaban contra el talud los numerosísimos heridos; sus vendas se hallaban empapadas de sangre y en sus pálidos rostros brillaba la excitación de la lucha. Arriba, a lo largo del borde de la trinchera, los enfermeros arrastraban apresuradamente hacia atrás camillas y más camillas. Ante nosotros se alzó el presentimiento de una hora difícil.

-¡Cuidado, camaradas, mi brazo, mi brazo!

-¡Vamos, vamos, hombre; mantén el contacto!

Reconocí el alférez Sandvoss; iba corriendo a lo largo de la trinchera, con el espíritu ausente y los ojos desencajados. Una larga venda que llevaba enrollada al cuello le daba un extraño aspecto de desamparo; eso fue sin duda lo que hizo que en aquel momento me recordase a un pato. Yo veía todo aquello como si estuviera soñando uno de esos sueños en que lo angustioso aparece bajo la máscara de lo ridículo. Inmediatamente después pasamos corriendo junto al coronel von Oppen; tenía metida una de sus manos en el bolsillo de la guerrera y estaba dando instrucciones a su ayudante. Sus palabras me atravesaron la cabeza como una bala:

-Vaya, vaya, parece que esto está empezando a animarse.

La trinchera terminaba en un bosquecillo. Allí nos paramos indecisos bajo unas corpulentas hayas. De entre las espesuras del monte bajo surgió el jefe de nuestra sección, un alférez, y le gritó al suboficial más antiguo:

-Ordene a los hombres que se desplieguen en dirección al sol poniente y que tomen posición. Envíeme los informes al abrigo que está junto al claro del bosque.

Lanzando maldiciones, el suboficial tomó el mando.

Nos desplegamos; llenos de ansiedad nos tendimos en una línea de hoyos poco profundos que sin duda habían cavado quienes nos habían precedido. Intercambiábamos palabras jocosas; las cortó un aullido que nos penetró hasta las entrañas. A unos veinte metros detrás de nosotros giraban en el aire terrones de tierra que salían de una nube blanca; al llegar a lo alto se estrellaban contra las ramas. Varias veces rodó el eco a través del bosque. Los ojos angustiados se miraron fijamente unos a otros; los cuerpos se pegaron al suelo, bajo la aplastante sensación de una impotencia total. Un disparo seguía a otro disparo. Entre los matorrales del monte bajo flotaban gases asfixiantes, un humo espeso ocultaba las copas de los árboles, ramas sueltas y árboles enteros caían al suelo con estrépito, se oían gritos. De un salto nos pusimos en pie y echamos a correr a ciegas, acosados por los relámpagos y por la presión del aire, que nos aturdía. De este modo íbamos corriendo de árbol en árbol, buscando ponernos a cubierto, o dábamos vueltas alrededor de troncos gigantescos, cual si fuéramos piezas de caza perseguidas. Muchos corrían hacia un abrigo, también yo me dirigía hacia allá; una granada dio de lleno en él y lanzó por los aires su techumbre de madera, de modo que los pesados leños giraban en lo alto.

Junto con el suboficial iba yo dando saltos, jadeante, en torno al tronco de una robusta haya; parecía una ardilla a la que alguien apedrease. Corría mecánicamente detrás de mi superior, mantenido en vilo por impactos siempre nuevos; de vez en cuando el suboficial se volvía hacia mí, me miraba fijamente con ojos fieros, y gritaba:

-¿Pero qué clase de artefactos son éstos? ¿Pero qué clase de artefactos son éstos?

Un relámpago brilló de repente en las alargadas raíces de aquella haya y un golpe contra mi muslo izquierdo me tiró al suelo. Creí que había sido alcanzado por un terrón de tierra; pronto el calor de la sangre que fluía en abundancia me hizo ver que estaba herido. Más tarde se pudo comprobar que un afiladísimo fragmento de metralla me había producido una herida en la carne, después de que mi portamonedas hubiera amortiguado su virulencia. Su aguzado filo, parecido al de una hojilla de afeitar, había traspasado no menos de nueve capas de rudo cuero antes de dañar el músculo.

Tiré la mochila y corrí hacia la trinchera de donde habíamos venido. Desde todas la partes del bosque bombardeado afluían concéntricamente hacia aquel mismo sitio los heridos. Moribundos y heridos graves obstruían el paso; caminar por allí era algo horrible. Una figura humana que estaba desnuda hasta medio cuerpo y que tenía desgarrada la espalda se apoyaba en el talud de la trinchera. Otro hombre lanzaba de continuo unos gritos estridentes, estremecedores; de su nuca colgaba un jirón de carne de forma triangular. El Gran Dolor ejercía allí su imperio; por vez primera pude mirar, como por una rendija demoníaca, en las profundidades de su dominio. Y las granadas seguían llegando.

Perdí por completo el dominio de mí mismo. Eché a correr atropellándolo todo, sin tener consideración con nada; tras haber resbalado varias veces por causa de la prisa, logré por fin escalar el talud de la trinchera, escapar de aquella barahúnda infernal, encontrar vía libre. Corrí como un caballo desbocado por entre la espesura del monte bajo, atravesé caminos y claros y acabé desplomándome en un bosquecillo situado cerca de la Grande Tranchée.

Ya estaba anocheciendo cuando pasaron junto a mí dos camilleros que andaban reconociendo el terreno. Me cargaron en su angarilla y me llevaron a un puesto de socorro; era un simple abrigo con un techo de troncos. Allí pasé la noche, apretujado entre otros muchos heridos. Un médico estaba de pie, relajado, en medio de aquella confusión de hombres que gemían; colocaba vendas, ponía inyecciones, daba órdenes con voz tranquila. Me eché sobre el cuerpo el capote de un muerto y me quedé dormido; la fiebre que ya empezaba a tener me provocó sueños extraños. En cierto momento me desperté en medio de la noche y vi cómo el médico continuaba entregado a su tarea a la luz de un farol. Había allí un francés que no hacía más que lanzar chillidos a cada instante; alguien que estaba junto a mí gruñó con mal humor:

-Cómo son estos franceses. Si no pueden gritar, no están contentos.

Volví a dormirme.

Cuando a la mañana siguiente me transportaban en una camilla, un casco de metralla perforó la lona pasando por entre mis rodillas.

Junto con otros heridos me cargaron en uno de los carros-ambulancias que iban y venían continuamente del campo de batalla al hospital de sangre. El vehículo fue arrastrado al galope por la Grande Tranchée, que aún seguía batida por un fuego intenso. Detrás de las grises paredes de lona cruzábamos a ciegas el Peligro; éste nos acompañaba con pasos de gigante que aplastaban el suelo.

En aquel vehículo nos metieron como panes en un horno; en una de las camillas iba un camarada con una herida en el vientre que le causaba grandes tormentos. Nos fue suplicando uno a uno que pusiéramos fin a su vida con la pistola del enfermero, que estaba allí colgada. Nadie respondió. En aquel viaje conocí la sensación que se tiene cuando cada sacudida del vehículo es como un martillazo en una herida grave.

El hospital de sangre había sido instalado en un claro del bosque; habían extendido allí largas hileras de paja que luego habían cubierto con ramas. Por la afluencia de heridos era fácil ver que estaba en marcha un combate importante. Al contemplar a un general médico que en medio de aquel sangriento trajín inspeccionaba los servicios, volví a sentir la misma impresión, difícil de describir, que se experimenta al ver a un ser humano que, rodeado por los espantos y las conmociones de la zona en que ejercen su imperio los elementos, se ocupa en ordenar cada vez mejor las cosas que realiza, con la sangre fría propia de una hormiga.

Regalado con comidas y bebidas y fumando un cigarrillo yacía yo allí sobre un lecho de paja en medio de una larga hilera de heridos; me encontraba en aquel estado de ánimo aliviado que se apodera de uno cuando ha aprobado un examen, bien que no de manera irreprochable. Una breve conversación que escuché cerca de mí me dejó pensativo.

-¿Qué es lo que te pasa, camarada?

-Tengo un balazo en la vejiga.

-¿Te duele mucho?

-Bah, eso no importa. Pero que esto no me permita seguir luchando...

Aquella misma mañana nos transportaron hasta el gran puesto de concentración de heridos instalado en la iglesia de la aldea de Saint-Martin. Allí estaba ya listo para partir un tren-ambulancia que en dos días nos transportaría a Alemania. Durante el viaje veía los campos desde la cama; la primavera había tomado posesión de ellos. Nos atendía con todo cuidado un hombre silencioso, profesor de filosofía. El primer servicio que me prestó consistió en cortarme con una navaja la bota, para poder quitármela. Hay hombres que tienen un modo especial de relacionarse con el cuidado de los heridos; ver a aquel enfermero leyendo de noche un libro a la luz de su linterna era algo que por sí solo producía en mí una sensación de alivio.

El tren nos condujo a Heidelberg.

A la vista de las colinas del Neckar, que estaban coronadas de cerezos en flor, experimenté un intenso sentimiento de amor a la patria. Qué bello era aquel país y cómo merecía que por él derramásemos la sangre y diéramos la vida. Nunca antes había experimentado yo de tal manera el hechizo de aquella tierra. Pensamientos buenos y serios me vinieron a la mente y por vez primera vislumbré que aquella guerra significaba algo más que una gran aventura.

La batalla de Les Eparges fue mi primera batalla. Transcurrió de un modo completamente diferente a como me había imaginado una batalla. Yo había intervenido en una importante acción de guerra y, sin embargo, no había llegado a verle la cara a un solo enemigo. Hasta mucho más tarde no tuve la vivencia directa del choque, ese punto -culminante de la batalla, cuando las oleadas de asalto aparecen en campo abierto; durante unos momentos decisivos, mortales, esa aparición interrumpe el vacío caótico del campo de batalla.

 

 

 


Douchy y Monchy

 

 

A los quince días estaba ya curada mi herida. Me enviaron a Hannover, al Batallón de Depósito, y allí me concedieron un breve permiso con el fin de que volviera a acostumbrarme a andar.

Una de las primeras mañanas que pasé en casa, mientras caminábamos por el jardín viendo cómo habían agarrado los árboles, me hizo mi padre esta sugerencia:

-Presenta la solicitud de sargento aspirante a oficial.

Le hice caso, aunque al comienzo de la guerra me había parecido más atractivo participar en ella como soldado raso, pues así no era responsable más que de mí mismo y de nadie más.

Mi regimiento me envió, pues, a Döberitz, para que tomase parte en un cursillo de perfeccionamiento; seis semanas más tarde abandoné aquel lugar con el grado de sargento aspirante a oficial. Los centenares de jóvenes que de todos los rincones de Alemania afluían a Döberitz eran una prueba manifiesta de que por entonces no carecía Alemania de tropas buenas y belicosas. En Recouvrence había aprendido la instrucción individual; aquí, en cambio, nos adiestraron también en las diversas formas de mover pequeñas unidades sobre el terreno.

En septiembre de 1915 me reincorporé a mi regimiento. Dejé el tren en la aldea de Saint-Léger, donde se hallaba instalado el Estado Mayor de nuestra división, y marché a pie, como jefe de un pequeño destacamento de reserva, hasta Douchy, lugar de descanso de mi regimiento. Delante de nosotros se hallaba en su apogeo la ofensiva francesa de otoño. El frente se dibujaba en los vastos campos como una nube larga, hirviente. Por encima de nosotros tableteaban las ametralladoras de las escuadrillas aéreas. A veces, cuando nos sobrevolaba a baja altura alguno de los aviones franceses, cuyas escarapelas multicolores parecían escudriñar el suelo como grandes ojos de mariposas, me ocultaba con mi pelotón bajo los árboles de la carretera para ponernos a cubierto de las vistas. Los proyectiles disparados por los cañones antiaéreos dejaban en el aire largos cordones de madejas blancas; los fragmentos de su metralla caían luego silbando acá y allá sobre los sembrados.

Esta pequeña marcha a pie iba a ofrecerme muy pronto la ocasión de hacer un uso práctico de los nuevos conocimientos que había adquirido. Es probable que nos hubiesen visto desde alguno de los innumerables globos cautivos cuyas envolturas amarillas brillaban hacia el oeste; lo cierto es que, justo en el momento en que íbamos a girar para entrar en la aldea de Douchy, estalló delante de nosotros la bola negra de una granada. Cayó en la puerta del pequeño cementerio aldeano, situado al borde mismo de la carretera. Por vez primera conocí allí el segundo exacto en que es preciso dar respuesta, adoptando una decisión, a un acontecimiento inesperado.

-Hacia la izquierda; dispersarse, ¡aprisa, aprisa!

La columna se dispersó a la carrera por los campos; luego hice que los hombres volvieran a reunirse hacia la izquierda y, dando a continuación un gran rodeo, los introduje en la aldea.

Douchy, lugar de descanso del 73° Regimiento de Fusileros, era una aldea de medianas dimensiones que aún no había sufrido mucho por causa de la guerra. Durante el año y medio que nuestro regimiento pasó en aquella zona participando en la lucha de posiciones, transformó aquel lugar, situado en el ondulado terreno de Artois, en una segunda guarnición, en un lugar en que la tropa encontraba distracciones y recobraba fuerzas tras las difíciles jornadas de lucha y trabajo pasadas en la primera línea. ¡Cuántas veces no dimos un suspiro de alivio al divisar en las oscuras noches de lluvia una luz solitaria que brillaba en la entrada de la aldea!

Allí volvía uno a tener un techo sobre la cabeza y una cama sencilla y tranquila en una habitación seca. Allí podía uno dormir sin verse obligado a salir a la noche cada cuatro horas y sin ser perseguido hasta en los sueños por la constante espera de un ataque por sorpresa. A uno le parecía que acababa de volver a nacer cuando, el primer día de descanso, había tomado un baño y quitado al vestuario la suciedad de la trinchera. Hacíamos instrucción y gimnasia en los prados para desentumecer nuestros oxidados huesos y para despertar otra vez nuestra sociabilidad, pues durante las largas guardias nocturnas nos habíamos ido convirtiendo en unos solitarios. Esto nos ponía en forma para las graves jornadas que de nuevo vendrían. En los primeros tiempos las compañías marchaban por turnos a la primera línea para realizar allí labores de excavación durante la noche. Esta fatigosa ocupación doble quedó suspendida más tarde por orden de nuestro coronel von Oppen, que era una persona inteligente. La seguridad de una posición se basa en el vigor y en el inexhausto coraje de sus defensores, no en que sus caminos de acceso tengan una estructura enmarañada ni en que sean muy profundas las trincheras donde se combate.

Douchy ofrecía a sus grises habitantes, durante las horas libres, bastantes clases de esparcimiento. Aún estaban abiertas numerosas cantinas repletas de comestibles y de bebidas; existía un salón de lectura, así como un salón-café, y más tarde hubo incluso una sala de cine, instalada con todo primor en un gran pajar. Los oficiales disponían de un casino magníficamente amueblado y de una bolera, situada en el jardín de la casa parroquial. A menudo se celebraban fiestas propias de la compañía, según los viejos y buenos usos alemanes, en ellas los mandos y la tropa rivalizaban en beber. No quisiera olvidar tampoco las fiestas en que hacíamos matanza; en ellas se veían obligados a dejar su vida los cerdos de la compañía, que habían sido excelentemente engordados con las sobras de las cocinas de campaña.

La población civil seguía viviendo en la aldea, por ello el espacio se aprovechaba al máximo y de todas las maneras posibles. En una parte de los jardines se habían construido acuartelamientos y abrigos-viviendas; un gran huerto de legumbres que estaba en el centro de la aldea había sido transformado en la «Plaza de la Iglesia»; otro, al que llamábamos «Plaza de Emmich», en un parque de recreo. Allí se hallaban, en dos abrigos cubiertos con troncos, el salón-barbería y el salón del dentista. Un gran prado que había junto a la iglesia hacía las veces de cementerio; casi todos los días marchaba allí una compañía para dar escolta por última vez, mientras se entonaba una coral, a uno o varios camaradas.

En el plazo de un año le había crecido encima a aquella decrépita aldeúcha rural, como un parásito enorme, toda una ciudad militar. Bajo ésta resultaba casi irreconocible la vieja y pacífica fisonomía de la aldea. En el estanque los dragones bañaban a sus caballos; en los jardines hacía instrucción la infantería; en los prados se tendían los soldados a tomar baños de sol. Todas las instalaciones se iban desmoronando; en perfecto estado hallábase tan sólo aquello que guardaba relación con el combate. Las vallas y los setos habían sido derribados o se los había hecho desaparecer para mejorar las comunicaciones; en todas las esquinas brillaban, en cambio, los grandes cartelones que indicaban las direcciones. Mientras se hundían los techos y poco a poco íbamos quemando los muebles de las casas para calentarnos, surgieron instalaciones telefónicas y líneas eléctricas. Partiendo de los sótanos de los edificios se habían abierto galerías subterráneas con el fin de ofrecer a quienes allí habitaban un refugio seguro en caso de bombardeo. La tierra procedente de la excavación de aquellas galerías se había dejado despreocupadamente amontonada en los jardines. No había en toda la aldea ninguna frontera divisoria ni ninguna propiedad individual.

La población francesa había sido confinada en la salida hacia Monchy. Los niños jugaban en los umbrales de edificios que se hallaban en estado ruinoso y los viejos se deslizaban encorvados por entre aquel trajín nuevo que indudablemente les había vuelto extraños, sin la menor consideración, los lugares en que habían pasado toda su vida. Los jóvenes del pueblo tenían que presentarse todas las mañanas y el comandante de la plaza, el teniente Oberlander, los distribuía en grupos para que cultivasen las tierras comunales. Nosotros no teníamos ningún contacto con los vecinos, salvo cuando les llevábamos nuestra ropa interior para que nos la lavasen o cuando les comprábamos mantequilla y huevos.

Una de las imágenes curiosas de aquella ciudad de soldados la constituían dos pequeños franceses; eran huérfanos y se habían agregado a la tropa. Aquellos muchachos, uno de los cuales podría tener unos ocho años y el otro doce, iban vestidos del mismo color «gris de campaña» que nuestros soldados y hablaban alemán con toda fluidez. Siempre que se referían a sus compatriotas, los calificaban de Schangels,*  palabra que habían oído a nuestros soldados. Su mayor deseo era que se les permitiese formar con «su» compañía. Podían hacer impecablemente la instrucción, saludaban a los superiores, en las revistas se colocaban en el lado izquierdo y, cuando querían acompañar a los encargados de la cantina a hacer compras a Cambrai pedían permiso para hacerlo. En una ocasión el Segundo Batallón marchó a Quéant a realizar un cursillo de perfeccionamiento de algunas semanas; el coronel von Oppen había dado orden de que uno de aquellos muchachos, el llamado Louis, se quedase en Douchy. Nadie lo vio durante la marcha a Quéant, pero, cuando el batallón llegó al citado pueblo, saltó todo contento de un furgón dentro del cual se había escondido. Según oí decir, el de mayor edad fue enviado más tarde a Alemania a una escuela de suboficiales.

A una hora escasa de camino de Douchy estaba Monchy-auBois, la aldea en que se hallaban acantonadas las dos compañías de reserva de nuestro regimiento. En el otoño de 1914 esta población había sido objeto de combates enconados; al final había quedado en manos alemanas. La lucha se había ido luego paralizando poco a poco en el angosto semicírculo tendido alrededor de las ruinas de este lugar, muy rico en otro tiempo.

Ahora las casas estaban quemadas o se habían derrumbado, las granadas habían arado profundamente los jardines cubiertos de malezas y los árboles frutales estaban rotos. Zanjas, alambradas, barricadas y puntos de apoyo construidos con hormigón habían transformado aquella maraña de piedras en un dispositivo defensivo. Desde un fortín de hormigón denominado «Fuerte Torgau», que estaba situado en el centro del pueblo, era posible batir las calles con fuego de ametralladora. Había otro punto de apoyo, el Fuerte Altenburg; era una obra de campaña, a la derecha de la aldea, y en ella se alojaba una sección de la compañía de reserva. También era importante para la defensa una mina de la cual se había extraído en tiempos de paz la piedra caliza para construir las casas y que nosotros habíamos descubierto por puro azar. A un cocinero de nuestra compañía se le cayó un cubo a un pozo; bajó a por él y allí dentro descubrió un agujero que se abría en forma de cueva. Se exploró el lugar, se abrió una segunda entrada, y a partir de entonces aquel sitio ofreció un refugio a prueba de bombas a un gran número de combatientes.

En una solitaria altura junto al camino que llevaba a Ransart había unas ruinas, un antiguo merendero, llamado «Bellevue» en razón de las amplias perspectivas que se tenían sobre el frente - yo sentía predilección por aquel lugar, no obstante lo peligroso de su situación. Desde allí la vista se extendía a lo lejos por aquel país sin vida cuyas muertas aldeas se hallaban enlazadas por carreteras sobre las que ningún vehículo pasaba y en las que no era visible ningún ser vivo. Al fondo se dibujaba confusamente la silueta de Arras, la ciudad abandonada, y más lejos, hacia la derecha, brillaban los embudos gredosos abiertos por las grandes explosiones de minas en Saint-Eloi. Yermos estaban también los campos, que habían sido invadidos por los hierbajos; sobre ellos se deslizaban con lentitud las sombras de las grandes nubes, y en ellos la tupida red de las trincheras extendía sus mallas amarillas y blancas, que desembocaban en los caminos de aproximación, parecidos a largos cordones. Sólo acá y allá se alzaba en remolino el humo de una granada, como si la mano de un fantasma lo empujase hacia arriba, y luego se dispersaba en el viento; o la bola de un shrapnel se quedaba quieta encima de aquella tierra desolada, como un gran copo blanco que lentamente se fundía. El semblante del paisaje era sombrío y fabuloso; la lucha había borrado la faceta amable de aquella región y grabado muy hondo en ella sus férreas marcas, que producían un escalofrío al contemplador solitario.

La impresión de tristeza causada por la destrucción reforzaba aún más aquel abandono y aquel silencio profundo que únicamente el sordo retumbar de los cañones rompía de vez en cuando. Mochilas desgarradas, fusiles destrozados, fragmentos de uniformes, en medio de todo aquello un juguete infantil que formaba un contraste cruel, espoletas de granadas, embudos profundos abiertos por la explosión de los proyectiles, botellas, instrumentos de recolección de cosechas, libros despedazados, utensilios domésticos machacados, agujeros cuya oscuridad cargada de misterio indicaba un sótano en el que tal vez bandadas de atareadas ratas se dedicaban a roer los cadáveres de los infelices habitantes de la casa, un melocotonero que había sido despojado del muro en que se apoyaba y que extendía sus brazos demandando auxilio, en los establos los esqueletos de los animales domésticos atados aún a sus cadenas, en los devastados jardines tumbas, y entre ellas, florecientes, profundamente ocultos entre los hierbajos, ajenjos, cebollas, ruibarbos y narcisos, en los vecinos campos graneros sobre cuyos techos proliferaban ya los cereales: todo ello atravesado por un ramal de aproximación medio derruido y envuelto en el olor del incendio y de la podredumbre. Pensamientos tristes asaltan al guerrero en tales lugares cuando recuerda a quienes poco tiempo antes los habitaban en paz.

Como ya ha quedado dicho, la posición de combate formaba alrededor de la aldea un estrecho semicírculo que quedaba unido a ésta por un ramal de aproximación; a su vez, la posición misma estaba dividida en dos zonas, que eran Monchy-Sur y MonchyOeste. Estas se articulaban, por fin, en los seis sectores encomendados a nuestra compañía, los cuales iban de la A a la F. El trazado en forma de arco de la posición ofrecía a los ingleses una buena posibilidad de tomarla por el flanco; mediante un hábil aprovechamiento de esa posibilidad nos causaron muchas bajas. Para ello se servían de una boca de fuego que estaba escondida inmediatamente detrás de su primera línea y que disparaba shrapnels de pequeño calibre. El disparo y la llegada del proyectil resultaban simultáneos para el oído; a lo largo de la trinchera se deslizaba brillante, cual si llegara de un cielo sereno, un enjambre de balines de plomo que con bastante frecuencia se cobraba un centinela.

Con la finalidad de dejar claro el significado de algunas expresiones que se repetirán una y otra vez, lo primero que vamos a hacer ahora es darnos un paseo por las trincheras, tal como habían llegado a ser en esta época.

Para acceder a la primera línea, llamada sin más «la trinchera», penetramos en uno de los numerosos caminos o ramales de aproximación, cuya misión consiste en posibilitar una marcha a cubierto de los disparos hasta la posición de lucha. Estas zanjas, que con frecuencia son muy largas, conducen, pues, hacia el enemigo, pero su trazado es zigzagueante o ligeramente ondulado, para evitar que se las pueda batir a lo largo. Tras una marcha de un cuarto de hora atravesamos la segunda línea; corre paralela a la primera y está destinada a que en ella se siga resistiendo en el caso de que el enemigo haya tomado la «trinchera de lucha» o «primera línea».

La trinchera de lucha se distingue ya a simple vista de las instalaciones poco sólidas que surgieron al comienzo de la guerra. Hace ya mucho tiempo que ha dejado de ser una simple zanja; por el contrario, su profundidad es de dos o tres veces la altura de un hombre. Los defensores se mueven, pues, como por el piso de una mina. Si quieren observar el terreno que se extiende delante, o hacer fuego, suben al llamado «peldaño del centinela»; a él se accede por escalones cavados en la tierra o por anchas escaleras de madera. El peldaño del centinela es una banqueta larga; se halla cavada en la tierra de tal manera que quien está de pie sobre ella sobresale con la cabeza del nivel del terreno. Cada tirador o fusilero está de pie en el llamado «apostadero» o «puesto del centinela», que es una especie de cavidad o nicho más o menos sólido; sacos terreros o una plancha de acero le ponen a cubierto la cabeza. La verdadera observación del enemigo se realiza a través de unas aspilleras diminutas por las que se saca el cañón del fusil. Las grandes cantidades de tierra extraídas de la trinchera están amontonadas en la parte de atrás; forman allí un montículo que al mismo tiempo pone a cubierto las espaldas. Detrás de esos montículos de tierra están instalados nidos de ametralladoras. En cambio, en la zona de delante de la trinchera la tierra está siempre aplanada con todo cuidado, para que quede libre el campo de tiro.

Delante de la trinchera se extiende la alambrada, casi siempre en varias hileras; es un confuso tejido de alambres de pinchos y tiene como misión detener al adversario, para así poder batirlo tranquilamente desde los apostaderos.

Ese obstáculo de alambre está cubierto de altos hierbajos silvestres, pues en los desolados campos comienza ya a prender una clase nueva y distinta de plantas. Las flores silvestres que antes crecían aisladas entre los cereales han conseguido ahora el predominio; acá y allá prolifera incluso el matorral bajo. También están cubiertos de plantas los caminos, pero éstos se destacan con mayor nitidez que antes, pues sobre ellos se extienden las redondas hojas del llantén. Las aves se sienten muy a gusto en esta vegetación salvaje; así, por ejemplo, las perdices, cuyo extraño reclamo se percibe a menudo durante la noche; o las alondras, cuyo polifónico canto resuena por encima de las trincheras con las primeras luces del día.

El trazado de la trinchera de lucha tiene forma de meandro, para hacer imposible que se la enfile de flanco; es decir, la trinchera ondula hacia atrás a intervalos regulares. Estos tramos que retroceden se llaman «traveses» y están destinados a retener los disparos procedentes de los flancos. El luchador se encuentra, pues, a cubierto por todas partes; a la espalda, por el montículo de detrás; a los lados, por los traveses; y al frente, por el talud delantero de la trinchera, que le sirve de parapeto.

Al descanso están destinados los denominados «abrigos». Estos no son ya ahora unos simples agujeros hechos en la tierra, sino que han evolucionado hasta convertirse en auténticas habitaciones cerradas; tienen un techo de vigas y sus paredes están revestidas de tablones. Los abrigos tienen aproximadamente la altura de un hombre y están de tal manera excavados en la tierra que su suelo se halla a la misma altura que el piso de la trinchera. Encima de su techo de vigas hay todavía, por tanto, una capa de tierra capaz de resistir los impactos de proyectiles ligeros. Cuando éstos son de grueso calibre, el abrigo equivale a una ratonera; por eso la gente prefiere buscar en tales momentos las profundidades de las «galerías».

Estas se hallan reforzadas con robustos marcos de madera. El primero de ellos está instalado, a la altura del suelo, en el talud delantero de la trinchera y forma lo que se llama la «boca» o «entrada» de la galería; cada uno de los marcos de madera siguientes está colocado dos palmos más abajo que el anterior, de manera que pronto queda uno a cubierto. Surge así la escalera de la galería; cuando uno ha llegado al trigésimo escalón tiene encima de si, por tanto, nueve metros de tierra, y doce sí se cuenta también la profundidad de la trinchera. Unos marcos un poco mayores se instalan formando ángulo recto con la escalera, o bien en su prolongación; así se construyen las habitaciones. Mediante ramales transversales surgen pasillos subterráneos; los ramales que avanzan en dirección al enemigo se utilizan como galerías de escucha o para instalar minas explosivas.

El conjunto hemos de imaginarlo como una poderosa fortaleza de tierra que se encuentra aparentemente sin vida en el terreno, pero en cuyo interior se ejecuta un bien reglamentado servicio de vigilancia y trabajo y en la que cada hombre se encuentra en su puesto a los pocos segundos de sonar la alarma. Asimismo es conveniente no hacerse una idea demasiado romántica del estado de espíritu que allí reina; lo que predomina es, más bien, una cierta somnolencia y una cierta pesadez, tal como suele generarlas el contacto estrecho con la tierra.

Yo fui asignado a la Sexta Compañía. A las pocas fechas de mí llegada marché a la trinchera al mando de un pelotón; nada más llegar, unas cuantas minas lanzadas por los ingleses nos dieron la bienvenida. Estas minas eran unos proyectiles hechos de hierro quebradizo; iban provistas de un mango y estaban llenas de material explosivo. Para hacerse una idea de su forma, lo mejor es imaginarse una pesa de gimnasia de cien libras a la que se le hubiera cortado una de las bolas. El ruido producido por su disparo era un ruido sordo, poco nítido, y con frecuencia quedaba enmascarado por el fuego de las ametralladoras. Ver de repente muy cerca de nosotros unas llamas que iluminaban la trinchera y sentir una insidiosa presión del aire, que nos sacudía, me produjo, por ello, la misma impresión que me habría producido un fantasma. Los hombres de la tropa me metieron enseguida en el abrigo destinado a nuestro pelotón, abrigo junto al cual acabábamos de llegar. Allí dentro percibimos todavía cinco o seis veces el pesado morterazo de los impactos. Propiamente la mina no estalla, sino que «se desparrama»; esta discreta forma de causar destrucción produce en los nervios un efecto más desagradable que una explosión. Cuando a la mañana siguiente recorrí por vez primera a la luz del día la trinchera, por todas partes vi colgadas delante de los abrigos aquellas grandes bolas con mango, ya sin carga, como sí fueran gongs de alarma.

El Sector C, en el que se hallaba nuestra compañía, era el más avanzado de todo el regimiento. Su comandante, el alférez Brecht, que a comienzos de la guerra se había apresurado a volver de Norteamérica, era el hombre apropiado para defender un sitio como aquél. Brecht era un hombre que amaba el peligro y cayó combatiendo.

La vida dentro de la trinchera estaba regulada de un modo estricto. Voy a trazar aquí un esbozo de cómo transcurría una jornada, una de aquellas jornadas que durante dieciocho meses se fueron sucediendo iguales una tras otra, excepto en aquellos casos en que la habitual actividad de fuego crecía hasta adquirir un carácter de sumo peligro, hasta convertirse expresamente en lo que nosotros denominábamos «aire espeso».

La jornada en la trinchera se inicia en el momento en que comienza a oscurecer. A las siete de la tarde un hombre de mí pelotón me despierta de la siesta, que he dormido en previsión de las guardias nocturnas. Me abrocho el cinturón, coloco en el correaje la pistola de señales y unas cuantas granadas de mano y abandono mi abrigo, que es más o menos confortable, según los casos. Al hacer la primera ronda por el sector encomendado a mi sección, un sector que conozco muy bien, me aseguro de que todos los centinelas estén en los lugares exactos que les corresponden. En voz baja se pasa el santo y seña. Entretanto se ha hecho ya de noche y los primeros proyectiles luminosos ascienden plateados hacia el cielo, mientras los fatigados ojos están fijos en el terreno que tienen delante. Una rata, que se desliza rápidamente por entre las latas de conserva arrojadas por encima del parapeto, mete ruido. Se le agrega una segunda, que llega siseando, y pronto aquel lugar pulula de sombras que se mueven veloces y que afluyen de los sótanos ruinosos de la aldea o de galerías destruidas por los proyectiles. La caza de ratas ofrece una apreciada distracción en la monotonía del servicio de guardia. Se coloca como cebo un trozo de pan y se apunta hacia él el fusil, o bien se esparce en sus madrigueras pólvora explosiva, recogida de los proyectiles que no han estallado, y luego se le prende fuego. Las ratas salen disparadas; llevan chamuscada la piel y van dando chillidos. Estos animales son unos bichos nauseabundos; nunca puedo dejar de pensar en la oculta actividad de profanación de cadáveres que ejecutan en los sótanos de la aldea. Una cálida noche iba caminando por entre las ruinas de Monchy cuando las ratas empezaron a salir de sus madrigueras en cantidades tan increíbles que el suelo parecía una alfombra viviente en la que acá y allá la blanca piel de una rata albina hacía las veces de dibujo. También algunos gatos han acudido a las trincheras desde las aldeas derruidas; les gusta la proximidad de los seres humanos. Un gran gato blanco que tiene rota una de las patas delanteras vaga a menudo como un fantasma en la llamada «tierra de nadie»; parece mantener relaciones con ambos bandos.

Pero estaba hablando del servicio de trincheras. A uno le gustan estas digresiones; para llenar con algo la noche oscura y el tiempo interminable, uno se vuelve locuaz con mucha facilidad. Por eso me he parado junto a un guerrero que me es conocido, o junto a otro suboficial, y escucho con gran atención las mil naderías que cuenta. Como soy un sargento aspirante a oficial, también me enreda con mucha frecuencia en una benévola charla el oficial que está de guardia; su estado de ánimo es igual de desapacible que el nuestro. El oficial llega incluso a comportarse con mucha camaradería, habla en voz baja y apasionada, cuenta chismes, descubre secretos, manifiesta deseos. De buena gana accedo a esas charlas, pues también a mí me agobian los taludes pesados y negros de la trinchera, también yo anhelo un poco de calor, algo que sea humano en esta soledad inhóspita. De noche el paisaje irradia una frialdad peculiar; es una frialdad de índole espiritual. Y así ocurre que uno comienza a tiritar cuando atraviesa alguno de los sectores de la trinchera en que no hay nadie apostado y que sólo son recorridos por patrullas; y cuando uno penetra en la tierra de nadie situada más allá de las alambradas, ese tiritar se intensifica hasta llegar a transformarse en un ligero malestar que hace castañetear los dientes. La manera en que los escritores de novelas emplean esta expresión, «castañeteo de dientes», es casi siempre errónea; nada violento hay en ello, se asemeja más bien a una débil corriente eléctrica. Muchas veces uno no nota su propio castañeteo, como tampoco se da cuenta de que habla cuando está dormido. Por lo demás, desaparece tan pronto como ocurre realmente algo.

La charla languidece. Estamos agotados. Soñolientos, nos apoyamos en un través y miramos fijamente el cigarrillo que brilla en la oscuridad.

Cuando hay helada, pateamos ateridos el suelo, alzando y bajando los pies; la dura tierra resuena entonces, sacudida por múltiples pisadas. En las noches frías se oye un toser incesante, cuyo sonido llega lejos. Cuando uno va avanzando a rastras por la tierra de nadie, esas toses son a menudo el primer indicio de la línea enemiga. A veces un centinela silba o tararea en voz baja una canción; si uno está aproximándose sigilosamente a él con intenciones homicidas, eso constituye un contraste odioso. Con frecuencia llueve, y entonces uno, triste, permanece de pie, con el cuello del capote subido, bajo los voladizos contra la lluvia colocados en las entradas de las galerías, y escucha absorto el uniforme caer de las gotas.

Está prohibido pararse en la boca de las galerías; por ello, si se oyen las pisadas de un superior en el húmedo suelo de la trinchera, uno sale rápidamente de donde está, avanza unos pasos, da de repente media vuelta, da un taconazo y se presenta:

-Suboficial de servicio en la trinchera. ¡Sin novedad en el sector!

Uno piensa en otras cosas. Mira a la luna y recuerda días bellos y agradables pasados en casa, o se imagina la gran ciudad que queda allá, muy lejos, por la parte de atrás, y en la cual la gente sale de los cafés precisamente a esta hora y muchos faroles iluminan el intenso trajín nocturno del centro. Parece como si esas cosas las hubiera soñado - quedan increíblemente lejos.

De repente se ha movido algo delante de la trinchera, produciendo un murmullo. Los sueños se esfuman en un momento, todos los sentidos se aguzan hasta tal punto que llega a resultar doloroso. Uno trepa hasta el apostadero y dispara a lo alto una bengala luminosa; nada se mueve. Seguramente habrá sido una liebre o una perdiz.

A menudo se oye trabajar al enemigo en sus alambradas. Entonces uno dispara rápidamente varios tiros seguidos en esa dirección, hasta vaciar el cargador del fusil. Y hace eso no sólo porque así está mandado, sino también porque encuentra en ello cierta satisfacción. Piensa lo siguiente: «Ahora ellos estarán allí, aplastados contra la tierra al otro lado. Incluso es probable que hayas dado a alguien». También nosotros tendemos alambradas todas las noches y con frecuencia tenemos heridos. Entonces lanzamos maldiciones contra aquellos ingleses, que son unos cerdos miserables.

En muchos sitios de la posición, por ejemplo en los extremos delanteros de las denominadas «zapas», es decir, los ramales ciegos que avanzan hacia el enemigo, los centinelas de ambos bandos no están a más de treinta pasos de distancia. Allí llegan a establecerse a veces relaciones personales, como las que se dan entre conocidos; por su manera de toser, silbar o cantar reconoce uno a Fritz, a Wilhelm o a Tommy. De un lado al otro van y vienen cortas frases que no carecen de un humor tosco.

-Eh, Tommy, ¿sigues ahí?

-¡Sí!

-¡Pues agacha la cabeza, que voy a disparar!

A veces se oye también, tras un disparo sordo, algo que llega silbando y aleteando.

-¡Atención! ¡Una mina!

Uno se precipita hacia la entrada de la galería que le queda más cerca y contiene la respiración. Las minas explotan de una manera por completo distinta a las granadas, su estallido nos pone mucho más nerviosos; tienen en sí algo de desgarrador, de pérfido, algo que es como una animosidad personal. Las granadas de fusil son ediciones en miniatura de las minas. Ascienden como flechas desde la trinchera enemiga; sus cabezas están hechas de un metal de color marrón rojizo y, para que puedan fragmentarse con mayor facilidad, su superficie está cuadriculada a la manera de las tabletas de chocolate. Cuando el horizonte nocturno se ilumina en determinados sitios, todos los centinelas bajan de un salto de su apostadero y desaparecen. Saben por larga experiencia dónde están emplazados los cañones que apuntan contra el Sector C.

Por fin la esfera del reloj luminoso anuncia que han pasado dos horas. Ahora, a despertar rápidamente a los hombres del relevo y a meterse en el abrigo. Tal vez los soldados encargados de transportar el rancho a las trincheras han traído cartas, paquetes o un periódico. Uno experimenta una sensación extraña al leer las noticias que hablan de la patria y de sus pacíficas preocupaciones, mientras las sombras proyectadas por la luz temblorosa de una vela se deslizan rápidas por los toscos maderos situados a poca altura por encima de la propia cabeza. Tras haberme raspado con una astilla lo peor de la suciedad adherida a las botas y haber restregado éstas contra la pata de una mesa toscamente labrada, me tumbo en el camastro y me cubro la cabeza con una manta para dedicarme durante cuatro horas a «roncar»; ésa es la expresión técnica con que denominamos tal forma de dormir. Afuera los proyectiles continúan cayendo ruidosamente, con monótona repetición, sobre la capa de tierra que queda encima del abrigo. Por mi cara y mis manos se desliza en silencio un ratón, pero no perturba mi sueño. También me dejan tranquilo los otros bichos pequeños; hace pocos días hemos desinfectado a fondo el abrigo.

Dos veces más todavía me sacan del sueño para que me dedique a ejecutar la misión que tengo encomendada. Durante la última guardia, una franja de claridad que aparece en el cielo a nuestras espaldas, hacia el este, anuncia un nuevo día. Van adquiriendo mayor nitidez los perfiles de la trinchera; a la luz gris de la amanecida, ésta produce una impresión de indecible abandono. Una alondra se eleva; sus trinos me resultan molestos. Apoyado en un través, observo, con una sensación de gran lucidez, el terreno muerto que se extiende ante nosotros y que está cercado de alambradas. ¡Los últimos veinte minutos no acaban nunca! Al fin se oye en el ramal de aproximación el tintineo de las perolas de quienes han ido a buscar el café y ahora retornan: son las siete. La guardia nocturna ha llegado a su final.

Me meto en el abrigo, bebo café y me lavo en una lata de arenques. Esto me despabila; se me han ido las ganas de echarme a dormir. Por otro lado, a las nueve he de organizar los trabajos y distribuirlos entre los hombres de mi pelotón. Somos en verdad una gente que puede hacer de todo, la trinchera nos plantea a diario sus mil exigencias. Excavamos profundas galerías, construimos abrigos y fortines de hormigón, preparamos obstáculos con alambre de espinos, instalamos desagües, revestimos los taludes con tablas, apuntalamos, nivelamos, alzamos y rebajamos el terreno, cegamos letrinas; en suma, con nuestros propios hombres ejercemos todos los oficios. ¿Y por qué no, si se nos han enviado aquí representantes de todos los estamentos y de todas las profesiones? Lo que uno no sabe hacer, lo sabe hacer el otro. Hace poco estaba yo cavando dentro de la galería de nuestro pelotón cuando un minero me quitó el pico de las manos y me dijo:

-Cavar siempre abajo, mi sargento, ¡la tierra de arriba cae por sí sola!

Es curioso que hasta ese momento no supiera uno una cosa tan sencilla como ésa. Pero aquí, instalados en pleno campo, forzados a protegernos de repente de los disparos, a guarecernos del viento y de la intemperie, a fabricarnos la mesa y la cama, a construirnos hornillos y escaleras, aquí se aprende muy pronto a hacer uso de las manos. Uno descubre el valor del trabajo manual.

A la una traen el rancho del mediodía; lo acarrean en grandes recipientes que en otro tiempo fueron vasijas de leche o latas de mermelada; la cocina está instalada en un sótano de Monchy. El rancho es de una monotonía militar, pero continúa siendo abundante; eso, claro está, en el supuesto de que quienes lo traen no hayan recibido «vapor» durante el camino y hayan derramado la mitad. Después de comer, los hombres duermen un rato o leen. Poco a poco se van acercando las dos horas que están previstas para hacer guardia en la trinchera; pasan mucho más deprisa que las de la noche. Uno observa con prismáticos o con anteojos goniométricos la posición enemiga, que le es bien conocida; con bastante frecuencia se le presenta asimismo la ocasión de disparar a la cabeza del enemigo con un fusil provisto de mira telescópica. Pero, cuidado, también los ingleses tienen buena vista y buenos prismáticos.

De repente se desploma un centinela; está cubierto de sangre. Un tiro en la cabeza. Los camaradas le arrancan de la guerrera los paquetes sanitarios y lo vendan.

-No vale la pena, Wilhelm.

-Pero, hombre, si todavía respira.

Luego llegan los camilleros para llevárselo al puesto de socorro. La angarilla va chocando con dureza contra los esquinados traveses. Alguien echa una palada de tierra sobre el rojo charco y cada cual sigue realizando la tarea en que estaba ocupado. Sólo un novato, cuyo rostro se ha puesto pálido, sigue apoyado en los maderos que recubren la trinchera. Se esfuerza en comprender lo que ha ocurrido. Ha sido todo tan repentino, tan horriblemente sorprendente, un ataque por sorpresa de una brutalidad indecible. Esto no puede ser posible, no puede ser real. Pobre muchacho, hay otras cosas completamente distintas que te están acechando allá en el otro lado.

También ocurren a mentido cosas bastante divertidas. Muchos centinelas se dedican a su tarea con un celo propio de cazadores. Observan los impactos de nuestra artillería en la trinchera enemiga con el goce peculiar de los expertos.

-Chico, ése ha dado.

-Coño, vaya meada que les cae encima. ¡Pobre Tommy! Allí no queda uno vivo.

Les gusta disparar hacia la otra parte granadas de fusil o minas de pequeño calibre. A los espíritus timoratos esto les desagrada mucho.

-Pero, hombre, deja esa estupidez, ¡ya recibimos bastante leña!

Esto no les impide, sin embargo, estar continuamente pensando en la mejor manera de lanzar granadas de mano con una especie de catapultas inventadas por ellos mismos, o en el modo de hacer más peligroso, mediante cualquier tipo de máquinas infernales, el terreno que se extiende delante de ellos. Unas veces abren con las tijeras un estrecho pasillo en el obstáculo de alambre situado frente a su apostadero, para atraer así hacia su fusil a algún explorador enemigo al que le agrade aquel paso tan cómodo. Otras se deslizan silenciosamente ellos mismos hacia el otro lado y cuelgan de las alambradas una campana; luego, desde la trinchera propia, tiran de ella con una larga cuerda y así ponen nerviosos a los centinelas ingleses. La guerra los divierte.

En algunas ocasiones puede ser muy agradable la hora del café de la tarde. Ocurre a menudo que el sargento aspirante a oficial ha de hacer compañía a alguno de los oficiales. Se guardan todas la formalidades; incluso hay allí dos tazas de porcelana que brillan sobre el tablero de la mesa; éste se halla cubierto con un mantel hecho de tela de saco terrero. Luego el ordenanza coloca una botella y dos vasos en la mesa, que se bambolea. La charla se hace más confidencial. Resulta curioso que también aquí sea el prójimo, el querido prójimo, el que tenga que proporcionar la materia predilecta de las conversaciones. Incluso ha llegado a desarrollarse un floreciente chismorreo de trincheras; en las visitas de la tarde la gente difunde con todo celo esos chismes; muy pronto ocurre lo mismo que en una pequeña guarnición. Los superiores, los camaradas y los subordinados son sometidos a una crítica sistemática, y un rumor nuevo recorre en un santiamén la totalidad de los abrigos de los jefes de sección de los seis sectores, desde el flanco derecho hasta el izquierdo. En este asunto del chismorreo no están enteramente libres de culpa los oficiales de reconocimiento, quienes, cargados con sus prismáticos y su carpeta de planos, recorren la posición ocupada por nuestro regimiento y van escudriñándolo todo. La posición defendida por nuestra compañía no está, en efecto, completamente aislada y cerrada; hay un intenso tráfico de gente que pasa por ella. En las horas tranquilas de la mañana aparecen los oficiales de Estado Mayor y hacen que la gente trabaje con mucha diligencia. Tales visitas fastidian mucho al pobre soldado raso, el llamado «cerdo del frente», que acaba de echarse a dormir después de la última guardia y tiene que salir corriendo de la galería, vestido reglamentariamente, cuando suenan estas palabras espantosas:

-¡Está en la trinchera el jefe de la división!

Luego llegan los oficiales de zapadores, los oficiales de construcción de zanjas, los oficiales encargados de los desagües - todos ellos se comportan como si la trinchera hubiera sido creada exclusivamente para sus trabajos especiales. De manera poco amistosa se saluda al oficial observador de artillería, que quiere hacer una prueba de tiro de barrera; tan pronto se ha ido con su anteojo goniometrico -un aparato que saca acá y allá sus antenas por encima de la trinchera y las agita como si de un insecto se tratara-, hace acto de presencia la artillería inglesa. Y siempre es el soldado de infantería el que ha de pagar los platos rotos. Tampoco dejan de comparecer los mandos de los destacamentos avanzados y de las secciones de excavación. Estos se sientan en el abrigo del jefe de sección hasta que se hace completamente de noche, beben ponche caliente, juegan a la lotería polaca y al final dejan limpia la mesa, como si fueran ratas ambulantes. A una hora tardía aparece por la trinchera, como un fantasma, un hombrecillo; se desliza sigiloso detrás de los centinelas, les grita al oído «¡ataque de gas!» y cuenta los segundos que al centinela le lleva ponerse la mascarilla. Es el oficial encargado de la protección contra los gases. En plena noche, una vez más vuelve alguien a llamar a la puerta, hecha de tablas, de mi abrigo:

-Pero, hombre, ¿es que ya está usted durmiendo? ¡Fírmeme aquí enseguida un recibo por veinte caballos de Frisia y por seis marcos de madera para las galerías!

Es que han llegado los hombres que traen los materiales. Hay así, al menos en los días tranquilos, un constante ir y venir. Al desgraciado habitante de las galerías subterráneas este ajetreo acaba arrancándole el siguiente suspiro:

-¡Si al menos hubiese un poco de tiroteo! Así tendría uno al fin un poco de tranquilidad.

No cabe duda de que algunos proyectiles potentes, los llamados «bocados difíciles», contribuyen a levantar la moral. Entonces está uno con los suyos y queda liberado del molesto papeleo.

-Mi alférez, ¿me da permiso para que me vaya? ¡Es que dentro de una hora entro de servicio!

Los montículos de barro situados en la parte alta de la trinchera brillan allá fuera iluminados por los últimos rayos del sol. La trinchera se encuentra ya sumida en una espesa sombra. Pronto asciende la primera bengala luminosa y los centinelas nocturnos se dirigen a sus puestos.

Comienza el nuevo día para el soldado de las trincheras.

 

 

 


De la lucha cotidiana en las trincheras

 

 

 

Así era como transcurrían nuestras jornadas, con una regularidad fatigosa, interrumpida tan sólo por breves días de descanso que pasábamos en Douchy. También en la posición había, sin embargo, algunas horas hermosas. A menudo me hallaba sentado a la mesa de mi pequeño abrigo y experimentaba una sensación de agradable cobijo; las toscas paredes de madera, de las que colgaba el armamento, recordaban el Lejano Oeste. Allí bebía una taza de té, fumaba y leía, mientras mi ordenanza se hallaba ocupado con el diminuto hornillo, que llenaba la atmósfera con el aroma de las rebanadas de pan tostado. ¿Qué luchador de las trincheras no conoce este ambiente? Fuera, en el apostadero del centinela, resonaban unos pasos regulares, pesados, y se oían sus patadas contra el suelo; cuando los centinelas se cruzaban en la trinchera se escuchaba una frase monótona. Mi embotado oído casi no sentía ya el fuego de los fusiles, que jamás se extinguía, ni el breve golpe que sobre la tierra que me cubría daba un proyectil al caer, ni la bengala luminosa que con lentitud pasaba siseando junto a la abertura de la claraboya de ventilación y luego se extinguía. Más tarde sacaba de mi portaplanos mi libreta de apuntes y anotaba en pocas palabras los acontecimientos del día.

De este modo fue surgiendo con el paso del tiempo, como una parte de mi diario, una crónica concienzuda del Sector C, minúsculo pedacito del largo frente. En ese fragmento del frente teníamos nosotros nuestro hogar, en él conocíamos desde hacía mucho tiempo cada una de las zapas o ramales ciegos, donde habían crecido los hierbajos, así como cada uno de los abrigos derruidos. A nuestro alrededor reposaban, bajo montículos de barro, los cadáveres de camaradas caídos; en cada pie de terreno se había representado un drama, detrás de cada través acechaba día y noche la Fatalidad para atrapar de forma indiscriminada una víctima. Y, sin embargo, todos nosotros nos sentíamos fuertemente vinculados a nuestro sector, habíamos llegado a formar un único cuerpo con él. Lo reconocíamos cuando recorría como una banda negra el paisaje nevado, o cuando la vegetación salvaje y florida que lo envolvía lo llenaba al mediodía de unos aromas que aturdían, o cuando la palidez de la luna llena abrazaba como un espectro sus rincones oscuros, en los que chillonas bandadas de ratas se entregaban a su siniestra tarea. En los largos atardeceres de verano nos sentábamos alegres en sus banquetas de barro, mientras el aire tibio llevaba hacia el enemigo el ruido de golpeteos afanosos y el son de una canción de nuestra patria. Y cuando la Muerte azotaba las trincheras con su látigo de acero y de los derruidos taludes de barro brotaba una humareda lenta, saltábamos por encima de tablones y de alambradas rotas. Varias veces quiso asignarnos nuestro coronel un tramo más tranquilo de la posición defendida por nuestro regimiento; y siempre la compañía entera había suplicado como un solo hombre que se le permitiera continuar en el Sector C. Voy a ofrecer aquí un extracto de las observaciones que entonces puse por escrito en las noches de Monchy.

 

«7 de octubre de 1915. Al amanecer me encontraba al lado del centinela de mi pelotón, en el escalón de los tiradores cercano a nuestro abrigo; una bala de fusil le ha desgarrado la gorra, de delante a atrás, sin causarle la menor herida. A esa misma hora fueron heridos dos zapadores junto a las alambradas. Uno recibió un tiro de rebote que le atravesó ambas piernas; el otro, un balazo que le perforó la oreja.

»Durante la mañana el centinela del flanco izquierdo ha sido herido por un balazo que le ha atravesado las dos mejillas. La sangre salía a borbotones de la herida en gruesos chorros. Para que la desgracia fuera completa, hoy ha venido también a nuestro sector el alférez von Ewald; quería hacer unas fotos de la zapa N, que queda a sólo cincuenta metros de distancia de nuestra trinchera. Al darse la vuelta para bajarse del apostadero, un proyectil le destrozó la nuca. Murió en el acto. En el apostadero quedaron grandes trozos de hueso de su cráneo. Además, un hombre recibió en un hombro un balazo de poca gravedad.»

«19 de octubre. El enemigo ha bombardeado con granadas del calibre 150 la zona defendida por la sección central de nuestra compañía. La onda expansiva arrojó a un hombre contra uno de los palos del revestimiento de la trinchera. Ha sufrido graves lesiones internas; además, un casco de metralla le ha seccionado la arteria de un brazo.

»Mientras hacíamos mejoras en nuestra alambrada del flanco derecho hemos descubierto, en la niebla matinal, el cadáver de un francés que sin duda llevaba allí varios meses.

»Durante la noche fueron heridos dos de nuestros hombres mientras tendían alambradas. Gutschmidt recibió varias balas que le perforaron las dos manos; otra le atravesó un muslo; Schäfer, un tiro en la rodilla.»

«30 de octubre. Después de un intenso aguacero se derrumban por la noche todos los traveses; al mezclarse con el agua de la lluvia forman una pasta espesa que ha convertido la trinchera en un profundo barrizal. El único consuelo es que tampoco los ingleses han salido mejor librados, pues los veíamos sacar con todo ahínco agua de sus trincheras. Como estamos en una posición un poco más elevada que la suya, les hemos enviado toda el agua que a nosotros nos sobraba. También hemos hecho uso de los fusiles provistos de miras telescópicas.

»Los derrumbados taludes de la trinchera han dejado al descubierto un gran número de cadáveres procedentes de las luchas del pasado otoño.»

«9 de noviembre. Me hallaba delante del Fuerte Altenburg, al lado de Wiegmann, un hombre de la tercera reserva, cuando un proyectil llegado de muy lejos le ha perforado la bayoneta que llevaba colgada a la espalda y le ha producido una grave herida en la cadera. Las balas inglesas provistas de una punta que se astilla con facilidad son verdaderas "balas dumdum", es decir, balas explosivas.

»Por lo demás, la permanencia en esta pequeña obra de tierra que se halla oculta en medio del paisaje y en la cual me encuentro ahora con una subsección destacada de la compañía, ofrece mayor libertad de movimientos que la primera línea. Por el lado del frente una pequeña elevación nos proporciona cobertura; a nuestras espaldas el terreno va ascendiendo hasta llegar al bosque de Adinfer. A unos treinta pasos detrás de la obra se encuentra la letrina; para utilizarla es preciso adoptar la misma postura que si uno estuviese cabalgando. Desde el punto de vista táctico no está precisamente bien elegido el lugar. La letrina consiste en un tablón apoyado en dos soportes, por debajo del cual se ha abierto una larga zanja. Al soldado le agrada quedarse allí mucho rato, bien para leer el periódico, o bien para organizar sesiones conjuntas, a la manera de los canarios. Allí está la fuente de todo tipo de oscuros rumores que circulan por el frente y a los que se suele denominar “consignas de letrina”. Lo agradable del lugar queda ciertamente perturbado en este caso por el hecho de que, aunque no sea un sitio visible, puede ser batido, sin embargo, por fuego indirecto que pasa por encima de la ligera elevación que lo protege. Cuando pasan completamente a ras de la cima de esa elevación, los proyectiles atraviesan la depresión a la altura del pecho y entonces la única forma de estar seguro consiste en tirarse al suelo. Puede así ocurrir que uno tenga que tirarse al suelo dos o tres veces en el transcurso de una misma sesión, mejor o peor vestido, para dejar que le pase rozando por encima, como una escala musical, una serie de disparos de ametralladora. Esto da ocasión, como es natural, a toda clase de bromas.

»Entre las varias distracciones que ofrece este lugar se cuenta la caza de todo tipo de animales, especialmente las perdices, que en cantidades innumerables dan vida a los desolados campos. A falta de escopetas de perdigón nos vemos obligados a aproximarnos mucho a estos animales, que son poco tímidos y que nosotros denominamos -aspirantes a la cazuela, para conseguir así que la bala les acierte en la cabeza; de lo contrario, poca carne quedaría para el asado. De todos modos, es preciso evitar que el afán de la persecución nos haga salir de la hondonada en que nos encontramos, ya que entonces podemos ser batidos por el fuego de las trincheras enemigas.

»A la ratas las perseguimos aquí con cepos muy potentes. Es tanta, empero, la fuerza de esos animales, que intentan alejarse llevando consigo el hierro, en medio de un gran estrépito; cuando eso ocurre, salimos corriendo de los abrigos y les damos el golpe de gracia con una estaca. Incluso para atrapar a los ratones que nos roen el pan hemos inventado una forma especial de caza; consiste en cargar el fusil con un cartucho del que hemos extraído toda la pólvora, excepto una pequeñísima cantidad; ese cartucho lleva, en vez de una bala, una bolita de papel.

»Para acabar con esto diré que, junto con otro suboficial, he inventado un tiro deportivo que está lleno de emoción, pero que no deja de ser peligroso. Cuando hay niebla recogemos los proyectiles grandes y pequeños que no han estallado y que a menudo son unos artefactos que pesan casi medio quintal; en esta zona no faltan. Luego los colocamos unos junto a otros a una cierta distancia, como si fueran bolos, y así, escondidos detrás de las aspilleras, disparamos contra ellos. Aquí, ciertamente, no necesitamos que nadie se encargue de cantar las dianas; cuando uno acierta un blanco, es decir, cuando una bala da en la espoleta de un proyectil, el blanco se canta espontáneamente a sí mismo con un estruendo horroroso, estruendo que se intensifica más aún cuando se logra hacer "carambola'' , esto es, cuando la explosión se transmite a toda una serie de proyectiles no estallados.»

«14 de noviembre. Esta noche pasada he soñado que una bala me atravesaba la mano. Durante el día me he movido, por ello, con un poco de cuidado.»

«21 de noviembre. He llevado desde el Fuerte Altenburg hasta el Sector C a una sección de zapadores. Un soldado de la tercera reserva, Diener, se subió a un saliente del talud de la trinchera para echar una palada de tierra por encima del parapeto. Apenas había llegado arriba cuando una bala disparada desde una zapa enemiga le atravesó el cráneo en diagonal, arrojándolo muerto al suelo de la trinchera. Estaba casado y era padre de cuatro hijos. Largo tiempo estuvieron sus camaradas acechando detrás de las aspilleras para vengarse del mismo modo. Lloraban de rabia; parecían ver a un enemigo personal en el inglés que había disparado aquella bala mortal. »

«24 de noviembre. En nuestro sector un hombre de la compañía de ametralladoras ha recibido un grave balazo en la cabeza. Media hora más tarde un disparo de infantería le ha arrancado la mejilla a otro hombre, esta vez de nuestra compañía.»

 

El 29 de noviembre nuestro batallón marchó a pasar un período de quince días a Quéant, pueblo situado en la retaguardia de nuestra división que alcanzaría más tarde una reputación sangrienta. Nuestro batallón fue allí a hacer ejercicios de instrucción y a disfrutar de las ventajas de la retaguardia. Mientras estábamos en Quéant me llegó la noticia de mi ascenso a alférez; fui trasladado a la Segunda Compañía.

En Quéant y en las localidades vecinas los comandantes de las plazas nos invitaron con mucha frecuencia a participar en grandes francachelas. Logramos tener así una ligera noción del poder casi omnímodo que estos príncipes de aldea ejercían sobre sus subordinados y también sobre la población civil de aquellos pueblos. Nuestro jefe, un capitán de caballería, se llamaba a sí mismo «rey de Quéant»; cada noche, cuando se sentaba a la mesa, los comensales le saludaban alzando la mano derecha y gritando un estruendoso «¡Viva el Rey!». Aquel caprichoso monarca reinaba en la mesa hasta las primeras horas del día y castigaba con una ronda de cerveza cualquier infracción de las reglas del ceremonial y de las sumamente complicadas normas de bebida que había establecido. Como es natural, nosotros, los hombres del frente, que éramos allí unos novatos, lo pasábamos bastante mal. Al día siguiente, después de la comida del mediodía, veíamos cómo aquel hombre, casi siempre ligeramente achispado, salía en un dog-cart, una tartana tirada por caballos, a recorrer sus tierras y a rendir visita a los reyes vecinos. Durante ella se hacían abundantes ofrendas a Baco; de esta manera se preparaba dignamente nuestro hombre para la noche. A estas visitas las denominaba él «golpes de mano». En una ocasión tuvo una trifulca con el «rey de Inchy» y le declaró la guerra por mediación de un hombre de la policía montada de campaña. Después de varias acciones de guerra, en una de las cuales dos secciones del personal encargado de las cuadras tuvieron que bombardearse mutuamente con terrones de tierra desde dos pequeñas zanjas protegidas por alambradas, el rey de Inchy cometió la imprudencia de acudir a la cantina de Quéant para regalarse con cerveza de Baviera. Durante esa visita fue sorprendido en un lugar excusado y se le hizo prisionero. Tuvo que pagar de rescate un grueso tonel de cerveza. Así terminaron las ordalías de aquellos dos poderosos señores.

El 11 de diciembre me dirigí por caminos descubiertos hacia la primera línea para presentarme al alférez Wetje, que era el jefe de mi nueva compañía. Esta, la segunda, defendía el Sector C alternándose con mi antigua compañía, la sexta. En el momento en que iba a saltar dentro de la trinchera me quedé horrorizado de los cambios sufridos por la posición durante nuestra ausencia de catorce días. Se había convertido en una hondonada gigantesca que estaba llena de barro y en la cual llevaba la guarnición una triste existencia chapoteante. Hundido en el barro hasta la cintura, pensé con melancolía en la mesa redonda del rey de Quéant. ¡Pobres de nosotros, los cerdos del frente! Casi todos los abrigos se habían hundido; las galerías estaban anegadas. Durante las semanas siguientes hubimos de trabajar sin tregua para lograr tener bajo nuestros pies un suelo un poco firme. Junto con los alféreces Wetje y Boje me alojé de manera provisional en una galería cuyo techo goteaba como una regadera, a pesar de que habíamos colocado bajo el techo una lona de tienda de campaña. Cada media hora los ordenanzas tenían que sacar el agua con cubos.

Cuando a la mañana siguiente, completamente empapado, salí de la galería, no podía dar crédito a lo que mis ojos contemplaban. Aquella zona, a la que hasta entonces había impreso su sello la soledad de la Muerte, tenía ahora la animación propia de una feria. A las guarniciones de las dos trincheras enfrentadas el barro las había empujado a saltar fuera de los parapetos, y ya se había iniciado a través de las alambradas un intenso tráfico e intercambio de bebidas, cigarrillos, botones de uniforme y otras cosas. La muchedumbre de figuras vestidas de caqui que afluía de las trincheras inglesas, tan desiertas hasta entonces, causaba un efecto desconcertante; eran como espectros que apareciesen en la clara luz de la mañana.

De repente salió del lado de allá un disparo que hizo que uno de nuestros hombres se derrumbase muerto sobre el barro. Ambos bandos desaparecieron entonces como topos en las trincheras. Me dirigí a la parte de nuestra posición que se hallaba frente a la zapa inglesa y a gritos comuniqué a los hombres del otro lado que quería hablar con un oficial. Algunos ingleses se dirigieron efectivamente hacia atrás y al poco tiempo trajeron consigo, desde su trinchera principal, a un hombre joven. Con mis prismáticos pude ver que solamente se diferenciaba de los demás en que su gorra era de mejor calidad. Al principio la conversación se desarrolló en inglés, y luego, un poco más fluidamente, en francés, mientras la tropa que nos rodeaba escuchaba con atención. Le recriminé que uno de nuestros hombres hubiera sido muerto por un disparo hecho con insidia. Él me respondió que no había sido su compañía, sino la de al lado, la que había cometido aquella perfidia.

Cuando algunas balas disparadas desde el sector vecino al nuestro fueron a dar cerca de su cabeza, dijo:

-II y a cochons aussi chez vous!

Al oír estas palabras me dispuse a ponerme a cubierto. Sin embargo, seguimos hablando de varios asuntos. La manera en que lo hacíamos expresaba un respeto casi deportivo por el otro, y al acabar nos habría gustado intercambiar algunos regalos como recuerdo.

Con el fin de que las cosas volvieran a quedar claras entre nosotros, nos declaramos solemnemente la guerra; comenzaría tres minutos después de que se interrumpieran las conversaciones. El me dijo: «Guten Abend!», yo le respondí: «Au revoir!», y con gran pesar de mis hombres disparé un tiro contra su escudo de protección. A él siguió inmediatamente un tiro desde el otro lado, que a punto estuvo de arrancarme de las manos el fusil.

Por vez primera pude echar en esta ocasión un vistazo al terreno intermedio que se extendía delante de la zapa, ya que en otros momentos no podía uno enseñar, en un lugar tan peligroso como aquél, ni siquiera la punta de la gorra. Pude observar que junto a nuestra alambrada yacía un esqueleto cuyos blancos huesos resplandecían entre los jirones de un uniforme azul. Ese día pudimos comprobar, por las insignias de las gorras inglesas, que teníamos frente a nosotros el Regimiento Hindostan-Leicestershire.

Poco después de esta conversación lanzó nuestra artillería algunos proyectiles contra la posición enemiga; acto seguido vimos cómo la gente de allá transportaba por terreno descubierto cuatro camillas, sin que, con gran contento mío, nadie disparase un solo tiro desde nuestro lado.

En la guerra he aspirado siempre a contemplar sin odio al adversario, a apreciarlo como hombre de acuerdo con su valor. Me he esforzado en buscarlo en la lucha para matarlo y no he esperado de él otra cosa. Pero nunca he pensado que fuera un ser vil. Cuando más tarde cayeron en mis manos prisioneros, me sentí responsable de su seguridad y procuré hacer por ellos todo lo que estaba a mi alcance.

El tiempo fue empeorando cada vez más a medida que se acercaban las Navidades; en la trinchera tuvimos que instalar bombas para achicar el agua. Durante este período dominado por el barro hubo también un aumento importante de nuestras bajas. Así, con fecha del 12 de diciembre encuentro en mi diario estas palabras:

«Hoy han sido enterrados en Douchy siete de nuestros hombres y han vuelto a morir por herida de bala otros dos». Y el 23 de diciembre, lo siguiente:

«El barro y la basura son cada vez mayores. Esta madrugada, a las tres, explotó como un trueno en la boca de mi abrigo una carga gigantesca. Tuve que poner a trabajar a tres hombres, que a duras penas conseguían sacar fuera el agua que penetraba como un torrente en el abrigo. Nuestra trinchera se anega sin remedio, el barro nos llega hasta el ombligo, es como para desesperarse. En el flanco derecho ha salido a la luz un muerto; por el momento lo único que se le ven son las piernas».

La Nochebuena la pasamos en la posición. Hundidos en el barro, entonamos canciones navideñas, que quedaron cubiertas, sin embargo, por el ruido de los disparos de las ametralladoras inglesas. El día de Navidad perdimos a un hombre del Tercer Sector; le dio en la cabeza una bala rebotada. Inmediatamente después intentaron los ingleses un acercamiento amistoso; colocaron en su parapeto un árbol de Navidad. Pero nuestros hombres, llenos de rabia, lo derribaron a tiros; los ingleses respondieron a su vez con granadas de fusil. De este modo tan poco grato transcurrió nuestra fiesta de Navidad.

El 28 de diciembre me hallaba de nuevo al mando del Fuerte Altenburg. Ese día un casco de metralla de una granada le arrancó un brazo a uno de mis mejores hombres, el fusilero Hohn. A otro, Heidötting, le hirió de gravedad en el muslo una de las muchas balas perdidas que merodeaban en torno a nuestro fortín situado en una depresión del terreno. También cayó mi fiel August Keller mientras se dirigía a Monchy para traerme la comida. El fue el primero de los muchos asistentes que tuve. Fue víctima de un shrapnel, que lo dejó tumbado en el suelo con la tráquea seccionada. Cuando se disponía a partir con la cacerola, le había dicho:

-Ve con cuidado, August, que no te sacudan un balazo por el camino.

-¡No se preocupe, mi alférez!

A poco me llamaron y lo encontré derribado en el suelo, casi junto a la entrada del abrigo; lanzaba estertores y, cada vez que inspiraba, el aire le penetraba en los pulmones por la herida del cuello. Hice que lo evacuaran; murió pocos días después en el hospital de sangre. Tanto en este caso como en otros muchos lo que me produjo un sentimiento especialmente doloroso fue el hecho de que el herido no pudiese hablar y mirase con ojos fijos y desconcertados, como si fuese un animal martirizado, a quienes trataban de ayudarlo.

Mucha sangre costó el camino que desde Monchy llevaba al Fuerte Altenburg. Corría ese camino a lo largo de la pendiente trasera de una ligera ondulación del terreno que distaría como unos quinientos pasos de nuestra primera línea. El adversario, que es muy posible que por medio de fotos aéreas hubiese comprobado que aquél era un camino muy transitado, se impuso la tarea de peinarlo a intervalos irregulares con fuego de ametralladora. A lo largo de aquel camino corría una zanja y se había dado orden rigurosa de utilizarla. Pese a ello, todo el mundo caminaba al descubierto por aquella amenazada zona, con la indiferencia habitual en el viejo soldado. Generalmente las cosas salían bien, pero el Destino arrebataba cada día a una o dos víctimas; a la larga esto acababa pesando. También en esta ocasión las balas perdidas procedentes de los cuatro puntos cardinales volvían a darse cita en la letrina, de manera que uno se veía forzado con frecuencia a salir huyendo de allí y quedar al descubierto, vestido a medias y agitando un periódico en la mano. Sin embargo, se dejó tranquilamente una instalación tan indispensable como aquélla en un lugar tan expuesto.

También el mes enero de 1916 fue un mes de trabajo agotador. Lo primero que cada pelotón hacía era sacar con palas, cubos y bombas el barro amontonado en la inmediata cercanía del abrigo; luego, tras haberse procurado un suelo firme bajo los pies, intentaba establecer contacto con los pelotones vecinos. En el bosque de Adinfer, donde estaba emplazada nuestra artillería, había destacamentos de leñadores dedicados a despojar de sus ramas a los árboles jóvenes y a partirlas para sacar de ellas largos tablones. Se rebajaron en bisel los taludes de la trinchera y se los forró con un sólido recubrimiento de madera. También se construyeron numerosos agujeros para recoger el agua, así como drenajes y canalizaciones; de este modo conseguimos otra vez, poco a poco, unas condiciones soportables. Especialmente eficaces fueron los drenajes que se hicieron en la capa de barro, que era una buena conductora de agua. De esta manera los drenajes llevaban las aguas al estrato gredoso permeable.

El día 28 de enero de 1916 los fragmentos de un proyectil que estalló junto a su escudo protector hirieron en el vientre a un hombre de mi sección. El 30, otro hombre recibió un balazo en el muslo. Cuando el 1 de febrero nos relevaron, hubo un fuego intenso en los ramales de aproximación. Un shrapnel fue a caer a los pies del fusilero Junge, que había sido mi asistente en otro tiempo, cuando yo estaba en la Sexta Compañía; el proyectil no estalló, sino que ardió con una llamarada larga, parecida a la de un soplete. Hubo que llevárselo de allí con graves quemaduras.

También en estos días un suboficial de la Sexta Compañía al que yo conocía muy bien, y cuyo hermano había caído pocos días antes, recibió heridas mortales de una mina de balines que se había encontrado. Dicho suboficial había desenroscado la espoleta y, al notar que la pólvora verdosa que se derramó ardía con facilidad, introdujo en el orificio un cigarrillo encendido. Como es natural, la mina explotó y le causó más de cincuenta heridas. De esta manera y de otras parecidas teníamos muy a menudo bajas que se debían al negligente descuido que trae consigo el vivir en medio de materiales explosivos. Un vecino desagradable en este aspecto era el alférez Pook, que habitaba un solitario abrigo situado en la confusa maraña de zanjas detrás del flanco izquierdo. Había ido arrastrando hasta allí un sinnúmero de gigantescos proyectiles que no habían estallado al caer y se entretenía en desenroscar sus espoletas y en desmontar sus diversas piezas, como si fueran relojes pequeños. Siempre que yo tenía que pasar por ese lado trazaba un amplio círculo alrededor de aquella inquietante morada. También ocurrían con bastante frecuencia accidentes cuando los hombres se dedicaban a aplastar las bandas de conducción, hechas de cobre, de los proyectiles no estallados, para hacerse con ellas abrecartas o pulseras.

En la noche del 3 de febrero llegamos de nuevo a Monchy, tras un período agotador pasado en la posición. A la mañana siguiente estaba sentado en mi alojamiento, situado junto a la plaza de Emmich, en el estado de ánimo propio del primer día de descanso, y bebía tranquilamente mi café, cuando una granada monstruosa, preludio de un intenso bombardeo de la población, explotó exactamente junto a mi puerta y lanzó dentro de mi habitación las ventanas. De tres zancadas llegué al sótano, al que también habían acudido ya con celeridad pasmosa todos los demás habitantes de aquel edificio. Aquel sótano estaba construido de tal manera que no quedaba completamente por debajo del nivel del suelo; no lo estaba más que a medias, y sólo lo separaba del jardín una delgada pared. Por ello todo el mundo se apretujó en la angosta y corta boca de una galería que pocos días antes se había comenzado a excavar. Con el instinto propio de los animales, mi perro pastor se introdujo gimiendo entre los cuerpos allí apretujados hasta llegar al rincón más oscuro. A lo lejos se oía a intervalos regulares una serie de disparos sordos, a los que seguía, cuando uno había contado aproximadamente hasta treinta, el aullido silbante con que se aproximaban los pesados bloques de hierro; aquel aullido terminaba en unas explosiones fragorosas que envolvían nuestra pequeña casita. Siempre que aquello sucedía penetraba por las ventanas del sótano una desagradable bocanada de aire. Terrones de tierra y cascos de metralla caían con estruendo sobre el tejado, mientras en las cuadras resoplaban y piafaban nerviosos los animales. Además, el perro seguía gimiendo y un gordo músico que allí había se ponía a chillar como si le fueran a arrancar un diente cada vez que se acercaba aquel silbido.

Por fin pasó la tormenta y de nuevo pudimos atrevernos a salir al aire libre. La devastada calle del pueblo presentaba la misma estampa animada de agitación que un hormiguero alborotado. Mi alojamiento ofrecía un aspecto lamentable. Al lado mismo de la pared del sótano la tierra había quedado desgarrada por diversos sitios, los árboles frutales estaban partidos y en medio del zaguán de la casa yacía sarcástico un proyectil que no había estallado. La techumbre había sido agujereada de mala manera. Un gran trozo de metralla había desmochado por la mitad la chimenea. En la oficina de al lado algunos fragmentos de metralla del tamaño de una mano habían perforado la pared, así como el gran armario de ropa, y habían destrozado los uniformes que allí estaban guardados para los permisos en casa.

El día 8 de febrero nuestro sector fue intensamente bombardeado. Ya a primera hora de la mañana nos envió nuestra propia artillería un proyectil que no estalló; cayó en el abrigo del pelotón de mi flanco izquierdo, aplastó la puerta y derribó el hornillo, causando una desagradable sorpresa en quienes allí habitaban. Este incidente, que no había ocasionado mayores daños, quedó reflejado en una caricatura en la que ocho hombres se apresuraban a salir a la vez por la destrozada puerta, saltando por encima del hornillo, mientras el proyectil no estallado guiñaba maliciosamente un ojo desde un rincón. Por la tarde nos hundieron otros tres abrigos; por fortuna, sólo un hombre fue ligeramente herido en la rodilla, ya que todo el mundo, excepto los centinelas, se había retirado a las galerías. Al día siguiente el fusilero Hartmann, que pertenecía a mi sección, fue alcanzado mortalmente en el costado por los disparos de una batería que hacía fuego desde el flanco.

Un accidente mortal, que el 25 de febrero nos arrebató a un camarada excelente, nos produjo una especial consternación. Poco antes de la hora del relevo recibí en mi abrigo la notificación de que en la galería de al lado había caído Karg, un voluntario. Acudí allí y, como tantas otras veces, me encontré un grupo en actitud seria junto a una figura inmóvil; ésta yacía con las manos crispadas sobre la nieve empapada de sangre y con ojos vidriosos miraba fijamente el cielo invernal en el que empezaba a oscurecer. ¡Otra víctima de la batería que nos disparaba desde el flanco! En el momento en que sonaron los primeros tiros Karg estaba en la trinchera e inmediatamente se había metido de un salto en la galería. Una granada había explotado en la parte alta del talud de enfrente; lo hizo con tan mala fortuna que lanzó un gran casco de metralla contra la boca de la galería, la cual se hallaba en realidad completamente a cubierto. Karg, que se consideraba ya a salvo, fue alcanzado en la nuca; encontró una muerte rápida, inesperada.

En aquellos días se mostró muy activa la batería que nos enfilaba de flanco. Más o menos a intervalos de hora disparaba por sorpresa una única salva, que con su metralla barría la trinchera. Durante los seis días del 3 al 8 de febrero nos causó tres muertos, tres heridos graves y cuatro heridos leves. Aquella boca de fuego se hallaba emplazada a lo sumo a unos quinientos metros de nosotros, en la pendiente de una loma situada en nuestro flanco izquierdo; a nuestra artillería le resultó imposible, sin embargo, hacerla callar. Por ello intentamos que su eficacia quedase reducida a elementos de trinchera lo más pequeños posible; con este fin aumentamos y elevamos los traveses y con cortinas construidas con paja o pedazos de uniformes tapamos los lugares que podían ser vistos desde lo alto. También reforzamos con vigas de madera o planchas de hormigón los apostaderos de los centinelas. Con todo, la mucha gente que por allí pasaba favorecía el propósito de los ingleses de «cazar» acá y allá a alguien sin que ello les supusiera un dispendio especial de munición.

A comienzos de marzo habíamos dejado ya a nuestras espaldas lo peor. El tiempo se volvió seco y la trinchera estaba limpiamente revestida de madera. Todas la noches me sentaba a mi pequeño escritorio en mi abrigo y me dedicaba a leer, o bien charlaba cuando tenía visita. Contando al capitán de la compañía éramos cuatro los oficiales que allí estábamos; llevábamos una vida de mucha camaradería. Todos los días tomábamos café o cenábamos juntos en el abrigo de uno u otro; a menudo nos bebíamos una o varias botellas de vino, fumábamos y jugábamos a las cartas. A ello se agregaban unas charlas que eran propias de lansquenetes. Cuando las cosas venían bien dadas, había arenques con patatas cocidas sin pelar y manteca de cerdo: una comida sabrosísima. Estas horas agradables compensan en el recuerdo muchas jornadas de sangre, suciedad y trabajo. Pero sólo fueron posibles en este largo período de la guerra de posiciones, durante el cual se estableció entre todos nosotros una sólida convivencia y casi llegamos a adquirir hábitos propios de los tiempos de paz. Lo que principalmente nos enorgullecía era nuestra actividad constructiva; la gente de la retaguardia se entrometía poco en ella. Trabajando sin tregua fuimos construyendo unas junto a otras, en aquel barroso suelo de greda, galerías de hasta treinta escalones de profundidad, y luego las unimos mediante pasillos transversales, de modo que podíamos llegar muy cómodamente desde el ala derecha hasta el ala izquierda de nuestra sección caminando a mucha profundidad por debajo del nivel del suelo. Mi obra predilecta fue un pasillo entre galerías, un pasillo de sesenta pies de largo que llevaba desde mi abrigo hasta el abrigo del capitán de la compañía. A derecha e izquierda de aquel pasillo salían, como de un corredor subterráneo, aposentos que servían para guardar la munición o para habitarlos. Esta instalación resultó muy valiosa durante los combates que vinieron más tarde.

Cuando, después de haber tomado el café mañanero -por entonces llegaba incluso hasta allí delante, de modo regular, el periódico- y recién lavados, nos encontrábamos en la trinchera llevando cada uno en la mano un metro plegable, comparábamos los progresos realizados en nuestros sectores respectivos; la conversación giraba en torno a los marcos de las galerías, los abrigos modélicos, los ritmos de trabajo y temas similares. Un tema preferido de conversación era la construcción de mi «canasta de ropa sucia», un pequeño habitáculo parecido a un camarote para dormir, que, partiendo del citado pasillo subterráneo de comunicación, penetraría en la seca greda; era una especie de madriguera en donde uno habría podido pasar entregado a sus sueños incluso el fin del mundo. Para construir el colchón me había reservado una fina malla de alambre y, para el revestimiento de las paredes, telas especiales de sacos terreros.

El 1 de marzo me hallaba detrás de una lona de tienda de campaña con Ikmann, un hombre de la primera reserva que moriría poco después, cuando hizo explosión junto a nosotros un proyectil. Los cascos de metralla barrieron el espacio que nos rodeaba, pero no nos dieron. Más tarde, revisando aquello, vimos que numerosos fragmentos de hierro de una longitud y un filo espantosos habían cortado la lona. A aquellos artefactos los llamábamos «matracas» o «carcasas», pues lo único que de ellos se oía eran los silbidos producidos por una nube de metralla que de repente nos envolvía.

El 14 de marzo una granada del calibre 150 dio de lleno en el sector que quedaba a nuestra derecha, hirió de gravedad a tres hombres y mató a otros tres. Uno de ellos desapareció sin dejar rastro, otro quedó enteramente calcinado. El día 18 el centinela apostado delante de mi abrigo fue alcanzado por un casco de metralla que le destrozó la mejilla y le arrancó el lóbulo de una oreja. El 19 fue gravemente herido de un tiro en la cabeza el fusilero Schmidt II, que se encontraba en el flanco izquierdo. El 23 falleció a la derecha de mi abrigo, también de un tiro en la cabeza, el fusilero Lohmann. En la noche de ese mismo día un centinela me informó de que junto a la alambrada había una patrulla enemiga. Salí de la trinchera con algunos hombres, pero no pude descubrir nada.

El 7 de abril, en el flanco izquierdo, el fusilero Kramer fue herido en la cabeza por los cascos de una bala de fusil. Esta clase de herida era muy frecuente y se debía a que la munición inglesa se fraccionaba al menor choque. Por la tarde fueron bombardeados durante varias horas, con granadas de grueso calibre, los alrededores de mi abrigo. La claraboya de ventilación quedó hecha añicos; cada vez que estallaba un proyectil, por aquel orificio penetraba volando una granizada de barro seco. Esto no consiguió perturbar, sin embargo, la operación de tomar café, a la que estábamos entregados en aquellos momentos.

Más tarde sostuvimos un duelo con un inglés que era de una temeridad loca. Asomaba la cabeza por encima de una trinchera que estaría situada a lo sumo a cien pasos de la nuestra y desde allí nos rociaba con una serie de disparos muy precisos que se colaban por nuestras aspilleras. Respondí al fuego con algunos de mis hombres, pero muy poco después una bala disparada con todo tino dio en el borde de nuestra aspillera; aquella bala nos llenó de arena los ojos y uno de sus fragmentos me produjo en el cuello una herida insignificante. No cejamos, sin embargo, sino que nos asomábamos, apuntábamos brevemente y volvíamos a desaparecer. Inmediatamente después reventó un proyectil contra el fusil del soldado Storch, que fue herido en el rostro al menos por cinco cascos de metralla; su cara sangraba por varios sitios. El disparo siguiente arrancó un pedazo del borde de nuestra aspillera; otro disparo rompió el espejo con que observábamos, pero tuvimos la satisfacción de que nuestro adversario desapareciese sin dejar rastro después de que algunos de nuestros proyectiles diesen exactamente en la banqueta de barro situada delante de su rostro. Inmediatamente después disparé tres balas de alma de acero contra el escudo protector tras el que aquella furia había aparecido una y otra vez, y lo derribé.

El 9 de abril dos aviones ingleses sobrevolaron repetidas veces a baja altura nuestras posiciones. Toda la guarnición se lanzó fuera de los abrigos y empezó a disparar al aire como si le hubiese dado un ataque de locura. Le dije al alférez Sievers:

-¡Ojalá que no alertemos a la batería del flanco!

Acababa de decirle estas palabras cuando ya teníamos pedazos de acero volando alrededor de nuestras orejas. De un salto nos metimos en la galería más próxima. Sievers se hallaba de pie junto a la entrada; le estaba aconsejando que se metiera más adentro, y ¡zas!, un pedazo de metralla grande como la palma de la mano y todavía humeante cayó en el húmedo barro a sus pies. Como complemento recibimos algunas minas de shrapnel, cuyos negros balines se fraccionaban con gran virulencia por encima de nuestras cabezas. A un soldado le hirió en el hombro un pedazo de metralla apenas mayor que la cabeza de un alfiler y que, sin embargo, le produjo unos dolores terribles. En respuesta coloqué a los ingleses en su trinchera unas cuantas «piñas», es decir, unas minas arrojadizas de cinco libras de peso, semejantes por su forma a los sabrosos frutos del mismo nombre. Era un acuerdo tácito de la infantería el limitarse al fusil; a la utilización de materiales explosivos se replicaba lanzando doble cantidad contra quien había hecho uso de ellos primero. Por desgracia, casi siempre nuestro adversario disponía de tal abundancia de proyectiles que era él el que resistía más tiempo.

Para reponernos de estos sustos estuvimos bebiendo en el abrigo de Sievers algunas botellas de vino tinto. Me levantaron tanto la moral, sin que yo me diese cuenta, que volví a mi alojamiento paseando por terreno descubierto, aunque era noche de luna clara. Pronto perdí la orientación y caí dentro de un embudo gigantesco abierto por una mina; desde allí oía cómo los ingleses trabajaban en la cercana trinchera enemiga. Turbé su calma arrojándoles dos granadas de mano y me replegué con toda celeridad hacia nuestra trinchera; al hacerlo, todavía me clavé en la mano la púa colocada hacia arriba de uno de nuestros hermosos cepos. Estos consistían en cuatro afilados pinchos de hierro colocados de tal manera que uno de ellos quedaba siempre en posición vertical. Los colocábamos en los pasillos que la gente empleaba para penetrar furtivamente.

En general hubo durante estos días una actividad muy intensa delante de las alambradas, actividad que no carecía a veces de un cierto humor sangriento. Así, un día ocurrió que un hombre de una de nuestras patrullas fue tiroteado por sus propios camaradas porque era tartamudo y fue incapaz de pronunciar con la rapidez requerida el santo y seña. En otra ocasión un soldado que había estado de fiesta hasta la medianoche en la cocina de Monchy saltó sobre la alambrada y abrió fuego de fusil contra nuestra propia línea. Cuando se le acabó la munición, lo trajimos y a golpes le dejamos el cuerpo morado.

 


 

El preludio de la Batalla del Somme

 

 

 

A mediados de abril de 1916 se me ordenó que acudiese a Croisilles, pueblo situado en la retaguardia del frente defendido por nuestra división, para participar en un cursillo de perfeccionamiento; lo iba a dirigir el general Sontag, que mandaba la división. En aquel cursillo nos impartieron enseñanzas teóricas y prácticas de varias materias militares especiales. Muy atractivos fueron, sobre todo, los ejercicios tácticos de caballería. Los dirigía el comandante von Jarotzky, un rechoncho y bajito oficial de Estado Mayor; a menudo se acaloraba mucho cuando estaba de servicio, por lo que le pusimos el nombre de «hornillo automático». También hicimos frecuentes excursiones y visitas a las instalaciones de la retaguardia, que en la mayoría de los casos parecían haber brotado del suelo como por arte de magia. A nosotros, que estábamos habituados a mirar por encima del hombro todo lo que quedase detrás de la primera línea, aquellas visitas nos dieron una idea del inmenso trabajo que se ejecutaba a la espalda de las tropas combatientes. Así, en Boyelles visitamos el matadero, el depósito de víveres y el parque de reparaciones de la artillería; en el bosque de Bourbon, el aserradero y el parque de ingenieros; en Inchy, la vaquería, el criadero de cerdos y el campo de recuperación de desechos de animales; en Quéant, el campo de aviación y la panadería. Los domingos acudíamos a las ciudades de Cambrai, Douai y Valenciennes, que quedaban cerca, «para ver otra vez mujeres con sombrero».

No estaría bien que yo silenciase, en este libro que expone tantas cosas cruentas, una aventura en la que desempeñé un papel bastante cómico. El invierno anterior, mientras nuestro batallón era huésped del rey de Quéant, me tocó hacer por vez primera, en mi calidad de joven oficial, una ronda de inspección de los puestos de vigilancia. A la salida de Quéant me extravié; entré entonces en una casita pequeña y aislada que allí se encontraba para preguntar por el camino que conducía a un pequeño puesto de guardia situado en la estación del ferrocarril. Me encontré con que la única persona que habitaba aquella casita era una muchacha de 16 años llamada Jeanne; su padre había fallecido hacía poco y ahora ella vivía sola allí. Me proporcionó la información que le pedí y luego se rió. Al preguntarle yo el motivo de su risa, dijo:

-Vous éter bien jeune, je voudrais avoir votre devenir.

En razón del espíritu belicoso que en tales palabras se traslucía di entonces a aquella muchacha el nombre de Jeanne d'Arc; durante el período de lucha en las trincheras que a continuación vino me acordé más de una vez de aquella casita solitaria.

Mientras estaba en Croisilles sentí una noche el deseo de hacer una excursión a caballo hasta aquella casita. Hice ensillar, y pronto dejé a mis espaldas el pueblo. Era una noche de mayo que parecía hecha a propósito para un paseo ecuestre como aquél. El trébol formaba gruesos cojines de color rojo oscuro en los prados, que estaban rodeados por setos de majuelos; en las entradas de las aldeas ardían en la oscuridad los gigantescos candelabros de los castaños en flor. Crucé a caballo Bullecourt y Ecoust sin presentir que dos años más tarde, en medio de un paisaje enteramente cambiado, me lanzaría al asalto contra las espantosas ruinas de aquellas aldeas que ahora reposaban tan pacíficas en la noche, entre estanques y colinas. Unos cuantos civiles estaban descargando todavía a aquella hora bombonas de gas en la pequeña estación de ferrocarril que yo había inspeccionado en otro tiempo. Los saludé y luego estuve un rato mirándolos. Pronto apareció ante mí la casita, con su tejado de color rojo salpicado de redondas manchas de musgo. Llamé a los postigos de la ventana, que ya estaban cerrados:

-Qui est là?

-Bon soir, Jeanne d'Arc!

-Ah, bon soir, mon petit officier Gibraltar!

Me recibió con la amabilidad que yo había esperado. Até mi caballo, entré en la casa y compartí su cena: huevos, pan blanco y mantequilla. Esta última estaba colocada, muy apetitosa, sobre una hoja de col. En tales circunstancias uno no se hace de rogar mucho tiempo, sino que se sirve enseguida.

Hasta aquí todo habría marchado muy bien si no hubiera sido porque luego, al salir fuera, un miembro de la policía militar de campaña me enfocó con su linterna de bolsillo y me pidió la documentación. Mi conversación con los civiles, la atención con que había estado mirando las bombonas de gas, mi figura desconocida en aquella región poco guarnecida, todo ello había hecho sospechar que yo realizaba tareas de espionaje. Naturalmente, había olvidado mi cartilla militar y tuve que dejarme conducir ante el rey de Quéant. Este se hallaba todavía sentado, como de costumbre, a la mesa redonda.

Allí la gente era comprensiva con aventuras de aquel género. Se comprobó mi identidad y fui amigablemente recibido en el grupo. En esta ocasión aquel «rey» se me apareció a una luz distinta; era ya muy tarde y estaba contando historias acerca de las selvas tropicales, donde había dirigido durante mucho tiempo la construcción de un ferrocarril.

El 16 de junio el general Sontag nos reenvió a nuestras unidades después de una breve arenga. De ella pudimos colegir que el enemigo estaba preparando una gran ofensiva en el frente occidental; el ala izquierda de esa ofensiva se hallaría aproximadamente frente a la posición ocupada por nosotros. Era la Batalla del Somme, que proyectaba ya sus sombras. Con ella terminaría el primer período de la guerra, el más sencillo; entrábamos ahora, por así decirlo, en una nueva guerra. Aunque ciertamente nosotros no lo sospechamos, lo que hasta aquel momento habíamos vivido había sido el intento de ganar la guerra por medio de batallas campales al viejo estilo, así como el fracaso de ese intento, que quedó varado en la guerra de posiciones. Ahora se alzaba ante nosotros la guerra de material, con su gigantesco despliegue de medios. Y a finales del año 1917 la guerra de material sería sustituida por la batalla mecánica, cuya imagen no llegó, sin embargo, a desarrollarse por completo.

Que algo tenía que estar tramándose lo vimos claro también nosotros cuando nos reincorporamos a nuestro regimiento, pues los camaradas nos hablaron de la creciente agitación que en el campo de enfrente se notaba. Por dos veces había intentado una patrulla inglesa dar un golpe de fuerza en el Sector C, aunque sin éxito. Nos habíamos vengado con un ataque muy bien planeado contra el denominado «Triángulo de las Trincheras»; lo llevaron a cabo tres patrullas de oficiales y en él cogimos algunos prisioneros. Durante mi ausencia, un balín de shrapnel hirió a Wetje en un brazo, pero poco después de mi llegada volvió a tomar el mando de la compañía. También el abrigo que yo ocupaba había sufrido cambios en el intervalo. Un proyectil había dado de lleno en él reduciéndolo a la mitad y, en uno de los mencionados ataques por sorpresa de los ingleses, éstos lo habían limpiado arrojando dentro granadas de mano. Con mucho esfuerzo, mi sustituto había logrado salir fuera por el orificio de la claraboya de ventilación, pero su ordenanza había muerto. La sangre derramada podía verse aún en unas manchas marrones que había en las tablas de revestimiento de las paredes.

El 20 de junio se me ordenó que fuera a echar un vistazo a la trinchera enemiga, para comprobar si nuestro adversario estaba realizando labores de minado. Acompañado por Wohlgemut, sargento aspirante a oficial, Schmidt, cabo, y Parthenfelder, soldado raso, sobre la media noche franqueé, escalándolas, nuestras alambradas, que eran bastante altas. El primer tramo lo recorrimos agachados; luego fuimos avanzando a rastras, todos juntos, por el terreno situado delante de la trinchera enemiga, que estaba cubierto por una espesa vegetación. En aquellos momentos, mientras iba deslizándome sobre el vientre por entre la hierba cubierta de rocío y la maleza de los cardos, esforzándome con mucho miedo en evitar cualquier ruido, pues a cincuenta pasos delante de nosotros se destacaba en la oscuridad, como una franja negra, la trinchera enemiga, me vinieron a la mente recuerdos de las obras de Karl May, que había leído cuando estudiaba tercero de bachillerato. Una ráfaga disparada por una ametralladora lejana descendió casi verticalmente sobre nosotros, crepitando. De vez en cuando se elevaba una bengala luminosa y esparcía su luz fría sobre aquel inhóspito rincón de la tierra.

En un determinado momento se escuchó a nuestras espaldas un fuerte rumor. Dos sombras se deslizaban a toda prisa entre las trincheras. Mientras nos preparábamos a lanzarnos sobre ellas, desaparecieron sin dejar rastro. Inmediatamente después, el trueno de granadas de mano que explotaban en la trinchera inglesa nos hizo comprender que se nos habían cruzado en el camino hombres nuestros. Seguimos arrastrándonos con lentitud hacia delante.

De repente la mano crispada del sargento aspirante a oficial me agarró el brazo.

-Atención a la derecha, muy cerca. ¡No hacer ruido, no hacer ruido!

Inmediatamente después oí por nuestra derecha, a diez pasos, numerosos crujidos en la hierba. Nos habíamos desviado de la dirección que llevábamos y habíamos ido arrastrándonos a lo largo de la alambrada inglesa. Era probable que el enemigo nos hubiera oído y viniese ahora desde su trinchera a explorar el terreno.

Instantes como éstos en una patrulla nocturna son inolvidables. Ojos y oídos se tensan al máximo; el cada vez más cercano crujido de unos pies extraños que caminan sobre la alta hierba adquiere una intensidad amenazadora y fatídica; la respiración se hace entrecortada y uno ha de esforzarse en reprimir las dolorosas contracciones del jadeo; el seguro de la pistola salta hacia atrás con un leve chasquido y ese sonido atraviesa los nervios como un cuchillo; los dientes rechinan al morder la mecha de la granada de mano. Breve y mortífero será el choque. Uno tiembla entre dos sensaciones dolorosas: la acrecentada excitación del cazador y la angustia de la pieza de caza. Uno es un mundo para sí, empapado de la atmósfera oscura y terrible que sobre el yermo terreno gravita.

Muy cerca de donde estábamos fueron apareciendo varias figuras borrosas; traídos por el aire, sus cuchicheos llegaban hasta nosotros. Volvimos la cabeza hacia aquellas figuras; oí cómo el bávaro Parthenfelder mordía la hoja de su puñal.

Aquellas figuras dieron todavía unos pasos más hacia nosotros, pero luego se pusieron a trabajar en la alambrada; no habían notado nuestra presencia. Muy lentamente comenzamos a arrastrarnos hacia atrás, sin perderlas de vista un solo momento. La Muerte, que se había alzado, expectante al máximo, entre los dos bandos, se alejó de allí malhumorada. Pasado algún tiempo nos levantamos y continuamos caminando de pie hasta que llegamos sanos y salvos a nuestro sector.

El buen resultado de esta incursión nos llenó de entusiasmo y nos hizo concebir la idea de coger a un prisionero; decidimos volver a salir a la noche siguiente. Para prepararme, la tarde de aquel día me eché a descansar un rato; apenas lo había hecho me sobresaltó un estampido, semejante a un trueno, que se oyó cerca de mi abrigo. Los ingleses nos enviaban minas esféricas. Aunque al ser disparadas producían escaso ruido, eran de tal peso que los cascos de su metralla arrancaban limpiamente los postes, gruesos como troncos, del revestimiento de la trinchera. Lanzando maldiciones me bajé de mi coucher y me dirigí a la trinchera. Una vez fuera, al ver cómo iniciaba su trayectoria curva una de aquellas bolas negras provistas de un mango, me abalancé hacia la galería más próxima gritando:

-¡Una mina por la izquierda!

Durante las semanas siguientes el enemigo nos obsequió tan abundantemente con minas de todos los tamaños y de todos los tipos que acabamos adquiriendo la costumbre de llevar un ojo puesto en el aire y el otro en la boca de la galería más próxima, siempre que caminábamos por la trinchera.

Por la noche volví, pues, a deslizarme sigilosamente entre las trincheras con mis tres acompañantes. Fuimos arrastrándonos sobre los codos y sobre las puntas de los pies, como si fuéramos focas, hasta llegar muy cerca de la alambrada inglesa. Allí nos escondimos detrás de unas solitarias matas de hierba. Poco después aparecieron unos ingleses que arrastraban un rollo de alambre de espinos. Se pararon exactamente delante de nosotros, dejaron el rollo en el suelo y se pusieron a cortar el alambre con una cizaya; mientras lo hacían cuchicheaban entre ellos. Reptando nos juntamos y sostuvimos en voz muy baja esta apresurada conversación:

-Ahora, una granada en medio de donde están, ¡y a por ellos!

-Pero, hombre, ¡si son cuatro!

-¡Estás cagao de miedo!

-¡No digas tonterías!

-¡Más bajo, más bajo!

Mi advertencia llegó demasiado tarde; cuando levanté la vista los ingleses se escurrían como topos por debajo de su alambrada y desaparecían en su trinchera. El ambiente se hizo entonces sofocante. Me producía un sabor amargo en la boca el mero pensar lo siguiente: «Enseguida pondrán en posición de disparo una ametralladora». También los otros abrigaban temores parecidos. Nos deslizamos hacia atrás sobre el vientre, produciendo un gran estruendo con las armas que llevábamos. La trinchera inglesa comenzó a animarse. Correteos, susurros, idas y venidas. Psss..., una bengala de iluminación. A nuestro alrededor se hizo una claridad como de pleno día, mientras nos esforzábamos en esconder nuestras cabezas en las matas de hierba. Otra bengala. Momentos angustiosos. Uno desearía que la tierra se lo tragase y preferiría estar en cualquier otro lugar antes que a diez metros de los centinelas enemigos. Otra bengala más. ¡Pac! ¡Pac! La inconfundible detonación seca, ensordecedora, de disparos de fusil hechos a muy corta distancia.

-¡Ah! ¡Nos han descubierto!

Sin adoptar más precauciones nos animamos en voz alta a escapar de allí para salvar la vida. De un salto nos levantamos y nos precipitamos hacia nuestra posición en medio de una ruidosa lluvia de balas. Tropecé a las pocas zancadas y caí dentro de un embudo pequeño y poco profundo abierto por una granada, mientras los otros tres me daban por muerto y pasaban corriendo a mi lado a toda velocidad. Me apreté con fuerza contra el suelo, encogí cabeza y piernas y dejé que las balas pasasen por encima de mí barriendo la alta hierba. Tan molestas como las balas eran las incandescentes bolas de magnesio de las bengalas luminosas que descendían, unas bolas que en parte terminaban de quemarse muy cerca de mí y que yo intentaba alejar con la gorra. Poco a poco el tiroteo fue haciéndose más débil. Dejé pasar otro cuarto de hora y entonces abandoné mi refugio, con lentitud al principio, y luego lo más deprisa que me permitieron mis manos y mis pies. Entretanto la luna había desaparecido; pronto perdí por completo la orientación y no sabía dónde quedaban ni el lado inglés ni el lado alemán. Ni siquiera se destacaban en el horizonte las características ruinas del molino de Monchy. A veces pasaban a ras del suelo, con una precisión angustiosa, balas disparadas desde uno y otro lado. Acabé echándome en la hierba y resolví aguardar a que amaneciera. De repente sonó cerca de mí un cuchicheo. Otra vez me dispuse a combatir; como hombre precavido, lo primero que hice fue emitir una serie de sonidos naturales de los que era imposible colegir si yo era un alemán o un inglés. Decidí responder con una granada de mano a las primeras palabras que alguien pronunciase en inglés. Con alegría comprobé que tenía ante mí a hombres nuestros; en aquel momento se disponían a quitarse los cinturones para retirar sobre ellos mi cadáver. Estuvimos sentados juntos algún tiempo en un embudo, contentos por aquel reencuentro feliz. Luego volvimos a nuestra trinchera, a la que llegamos después de haber estado ausentes de ella tres horas.

A las cinco de la madrugada me tocaba otra vez entrar de servicio en la trinchera. En la zona ocupada por la Tercera Sección encontré al sargento Hock delante de su abrigo. Le dije que me sorprendía verlo allí a hora tan temprana y me contó entonces que andaba al acecho de una gran rata que con sus chillidos y correrías no le dejaba pegar ojo por las noches. Mientras hablaba, observaba con atención su abrigo, que era ridículamente pequeño y al que había bautizado con el nombre de «Villa Pollita».

Mientras estábamos allí juntos de pie, oímos un disparo sordo, que no tenía, sin embargo, ningún significado especial. Hock, que el día anterior había estado a punto de ser aplastado por una mina esférica y que por ello tenía mucho miedo, salió como un rayo hacia la entrada de la galería más próxima, pero con las prisas bajó los quince primeros escalones con el trasero y empleó los quince últimos en dar tres vueltas de campana. Yo estaba arriba junto a la entrada; la risa me hizo olvidar la mina y la galería cuando oí a la pobre víctima lamentarse de aquella dolorosa interrupción de una cacería de ratas, mientras con cuidado se frotaba distintas partes del cuerpo e intentaba enderezar uno de sus pulgares, que se había dislocado. El infeliz me confesó también que el día anterior estaba sentado cenando cuando una mina le dio tal susto que lo hizo ponerse de pie. Para empezar, toda su comida quedó llena de arena; y luego, él había caído escaleras abajo, haciéndose mucho daño. Había llegado de su casa poco antes y aún no se había habituado a la rudeza de nuestra forma de vida.

Tras este incidente volví a mi abrigo, pero estaba claro que tampoco aquel día iba a encontrar el sueño reparador. Desde muy temprano, y a intervalos cada vez más cortos, el enemigo bombardeó con minas nuestra trinchera. Hacia el mediodía me harté de aquello. Ayudado por algunos de mis hombres puse en batería nuestro lanzaminas Lanz y abrí fuego contra la trinchera enemiga - una réplica muy débil, ciertamente, a los numerosos proyectiles de grueso calibre con que ellos nos rastrillaban. Bañados en sudor, permanecíamos agachados sobre el barro recalentado por el sol de junio de una pequeña depresión del terreno y desde allí enviábamos mina tras mina al otro lado.

Como parecía que aquello no causaba la menor molestia a los ingleses me dirigí con Wetje al teléfono y, tras madura reflexión, cursamos la siguiente petición de ayuda: «Helena escupe en nuestra trinchera únicamente mendrugos gruesos. ¡Necesitamos patatas, grandes y chicas!». Solíamos emplear esta jerigonza cuando se corría peligro de que el adversario captara nuestros mensajes. Muy poco después nos llegó del teniente Deichmann la consoladora respuesta de que el gordo brigada de bigotes estirados vendría en seguida hacia delante con algunos muchachos. Inmediatamente después cayó zumbando en la trinchera enemiga nuestra primera mina de un quintal de peso; explotó con un estruendo nunca antes oído y fue seguida por algunas andanadas de la artillería de campaña. Así tuvimos calma para el resto del día.

Pero a la mañana siguiente comenzó de nuevo el baile, y esta vez con una violencia mucho mayor. Al oír el primer disparo me dirigí por el pasadizo subterráneo a nuestra segunda trinchera y desde ella fui al ramal de aproximación donde teníamos instalado nuestro lanzaminas. Abrimos fuego y procedimos con el siguiente método: por cada mina esférica que a nosotros nos llegaba les disparábamos a ellos una mina Lanz. Tras haber intercambiado unas cuarenta minas, el director de tiro enemigo pareció empezar a dirigir sus disparos personalmente contra nosotros. Pronto nos cayeron cerca, a derecha e izquierda, algunos proyectiles, pero no fueron capaces de interrumpir nuestra actividad, hasta que vimos cómo uno de ellos se dirigía directamente hacia nosotros. En el último momento accionamos todavía el disparador de nuestro lanzaminas y salimos corriendo lo más deprisa que pudimos. Acababa de llegar a una zanja encenegada, que estaba defendida por una alambrada, cuando aquel monstruo reventó justo detrás de mí. La violenta onda expansiva me lanzó por encima del rollo de alambre de espinos y fui a parar a un agujero abierto por una granada, que estaba lleno de cieno verdoso, al tiempo que sobre mí caía con gran estrépito una granizada de duras pellas de barro. Me levanté maltrecho y medio aturdido. La alambrada de espinos me había desgarrado los pantalones y las botas. Cara, manos y uniforme estaban cubiertos de barro pegajoso y la rodilla sangraba por un largo rasguño. Bastante abatido, me deslicé por la trinchera hasta mi abrigo y me metí en él para descansar.

Fuera de esto, las minas no habían causado grandes daños. La trinchera había quedado destruida en algunos sitios, uno de nuestros lanzaminas Priester estaba destrozado y a Villa Pollita le había dado el golpe de gracia un proyectil que había acertado de lleno en ella. Su infeliz propietario estaba ya abajo en la galería; de no haber sido así, en esta ocasión habría caído escaleras abajo por tercera vez.

El tiroteo continuó durante toda la tarde. No se interrumpió un solo momento, y, hacia el atardecer, un sinnúmero de minas cilíndricas lo incrementó hasta convertirlo en un verdadero tiro de tambor. «Minas de cesto de ropa» llamábamos nosotros a aquellos proyectiles en forma de cilindro, pues a veces se tenía la impresión de que los arrojaban desde el cielo con cestos. El mejor modo de hacerse una idea de la forma que tenían aquellas minas es imaginarse un rollo de fideos provisto de dos asas cortas. Las disparaban con unas bocas de fuego especiales, semejantes a revólveres, e iban dando volteretas por el aire con un sordo murmullo. Vistas desde cierta distancia parecían salchichones. Se sucedían con tanta rapidez que sus explosiones recordaban la quema de una traca de cohetes. El efecto de las minas esféricas era como un martillazo; en cambio estas otras, las cilíndricas, producían en los nervios un efecto de desgarramiento. Tensos y expectantes estábamos sentados en la entrada de la galería, dispuestos a recibir a cualquier intruso con un saludo consistente en disparos de fusil y granadas de mano. Pero el tiro de tambor volvió a calmarse al cabo de media hora. Por la noche tuvimos aún que soportar dos ataques por sorpresa de fuego de artillería; durante ellos nuestros centinelas, inquebrantables, permanecieron de guardia en sus puestos. Tan pronto como el fuego decrecía, numerosas bengalas luminosas lanzadas a lo alto iluminaban a los defensores que en tropel salían de las galerías, y un tiroteo furioso convencía al enemigo de que aún quedaba vida en nuestras trincheras.

Pese a la gran intensidad de aquel bombardeo, únicamente perdimos un hombre, el fusilero Diersmann, al que le destrozó el cráneo una mina que chocó contra su escudo protector. Otro hombre fue herido en la espalda.

También durante el día que siguió a aquella agitada noche hubo numerosos torbellinos de fuego que nos prepararon para la inminencia de un ataque. Nuestra trinchera fue bombardeada palmo a palmo y los maderos arrancados de su recubrimiento la volvieron casi intransitable. Numerosos abrigos fueron hundidos.

El jefe del sector nos envió a la primera línea este mensaje: «Interceptada comunicación telefónica inglesa: los ingleses describen exactamente las brechas abiertas en nuestras alambradas y piden "cascos de acero". Aún no sabemos si "cascos de acero" es una expresión en clave para decir minas de grueso calibre. ¡Estar alerta! ».

Decidimos, en consecuencia, mantener una vigilancia cuidadosa aquella noche y acordamos abatir de un disparo a todo el que no dijese su nombre al gritarle «¡hola!». Para poder alertar sin demora a nuestra artillería, cada uno de los oficiales había cargado su pistola de señales con una bala roja.

Aquella noche fue realmente peor que la anterior. En especial un ataque artillero por sorpresa, a las doce y cuarto, sobrepasó todo lo precedente. En los alrededores de mi abrigo cayó un diluvio de proyectiles de grueso calibre. Estábamos de pie, provistos de todas nuestras armas, en la escalera de la galería, mientras la luz de los pequeños cabos de vela se reflejaba brillante en las paredes húmedas y enmohecidas. Una humareda azul penetraba por las bocas de las galerías. Del techo se desprendía la tierra a pedazos. ¡Bumm!

-¡Maldita sea!

-¡Cerillas, cerillas!

-¡Todos preparados!

Sentíamos en el cuello los latidos del corazón. Manos rápidas separaban las cápsulas de las granadas de mano.

-¡Esa ha sido la última mina!

-¡Afuera!

Mientras nos abalanzábamos hacia la salida estalló todavía una mina de espoleta retardada; su onda expansiva nos arrojó otra vez hacia atrás. Sin embargo, mientras aún caían con estrépito los últimos pájaros de hierro, ya los hombres habían ocupado todos sus puestos. Unos fuegos artificiales de bengalas iluminaron con una claridad de mediodía el terreno de delante, que estaba cubierto por espesas nubes de humo. Esos instantes en que la totalidad de la guarnición se hallaba de pie detrás del parapeto, en un estado de máxima tensión, encerraban algo mágico; recordaban ese segundo en que nadie respira, ese segundo que antecede a una representación teatral decisiva, cuando la música se interrumpe y se encienden las candilejas.

Durante varias horas de aquella noche estuve apoyado en la entrada de un abrigo cuya boca, en contra de lo que mandaba el reglamento, daba hacia el enemigo, y miraba de vez en cuando el reloj para tomar notas acerca de los disparos. Observaba al centinela, un hombre mayor, padre de familia, que, encima de mí, estaba en pie detrás de su fusil, totalmente inmóvil e iluminado a veces por el fogonazo de una explosión.

Cuando ya se había acallado el fuego sufrimos aún una baja. El fusilero Nienhüser cayó de repente de su apostadero y fue rodando con estrépito por la escalera de la galería hasta quedar en medio de sus camaradas, que abajo estaban en estado de alerta. Cuando examinaron a aquel inquietante intruso encontraron en su frente una pequeña herida y encima de su tetilla derecha un orificio del que brotaba sangre. No se llegó a aclarar si la muerte se debió a la herida o a aquella brusca caída.

Al final de aquella noche terrible vino a relevarnos la Sexta Compañía. Por los ramales de aproximación nos dirigimos a Monchy; nos hallábamos en aquel peculiar estado de ánimo malhumorado que el sol mañanero produce tras noches pasadas completamente en vela. Desde Monchy fuimos a la segunda posición, instalada delante de la linde del bosque de Adinfer. Desde aquel lugar teníamos una visión grandiosa del preludio de la Batalla del Somme. Los sectores del frente situados a nuestra izquierda quedaban ocultos por nubes de humo blanco y negro, los proyectiles de grueso calibre estallaban unos al lado de otros y lanzaban la tierra a gran altura; encima de todo aquello brillaban por centenares los breves relámpagos de los shrapnels al reventar. Sólo las señales de colores, mudos gritos de auxilio dirigidos a la artillería, revelaban que aún quedaba vida en las posiciones. Allí fue donde por vez primera contemplé un fuego que sólo podía compararse con un espectáculo producido por la naturaleza.

Cuando, al atardecer, íbamos por fin a echarnos a dormir, recibimos la orden de dirigirnos a Monchy para cargar en vehículos minas de grueso calibre. Allí nos vimos obligados a esperar en vano durante toda la noche la llegada de un vehículo que se había averiado, mientras los ingleses hacían varios intentos, afortunadamente sin éxito, de acabar con nuestras vidas, recurriendo al tiro curvo de sus ametralladoras y a shrapnels que barrían la carretera. Especiales molestias nos causó un virtuoso de la ametralladora; lanzaba tan derechas al aire sus ráfagas, que éstas, aceleradas por la simple fuerza de la gravedad, caían al suelo verticalmente. Por ello carecía de sentido ir a resguardarse detrás de una pared.

Nuestro adversario nos dio aquella noche una prueba de la extremada minuciosidad de sus observaciones. En la segunda posición, a unos dos mil metros del enemigo, se alzaba un montón de greda delante de un polvorín subterráneo aún en construcción. Los ingleses sacaron de ello la conclusión, correcta por desgracia, de que por la noche intentaríamos camuflar aquel montículo, y dispararon hacía allí una salva de shrapnels con la que, en efecto, causaron graves heridas a tres de nuestros hombres.

Por la mañana me sacó bruscamente del sueño una orden que me mandaba conducir mi sección al Sector C, para realizar allí trabajos de fortificación. Mis pelotones fueron distribuidos entre la Sexta Compañía. Con algunos de mis hombres volví luego al bosque de Adinfer y allí los puse a talar árboles. Cuando regresé a la trinchera me metí en mi abrigo para reposar media horita. Pero fue inútil; durante aquellos días no llegaría a tener un solo minuto de sueño tranquilo. Acababa de quitarme las botas cuando oí que nuestra artillería abría fuego con extraña intensidad desde la linde del bosque. Al mismo tiempo apareció en la boca de la galería mi ordenanza, Paulicke, y desde arriba me gritó:

-¡Ataque de gas!

Saqué la máscara antigás, me puse las botas, me abroché el cinturón y eché a correr hacia fuera. Allí vi cómo una gigantesca nube de gas, formada de espesos vapores blancuzcos, estaba suspendida encima de Monchy, y cómo, impulsada por un viento suave, iba rodando hacia la cota_ 124, situada en una hondonada.

 

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*Expresión burlona con que, recurriendo a un juego de palabras («voluntarios de guerra» [Kriegsfreiwillige], y «voluntariosos de guerra» [Kriegsmutwillige]), designaban los veteranos a los jóvenes voluntarios en las trincheras alemanas de la primera guerra mundial. (N. del T.)

*Friedrich Christian Laukhard (1758-1822), escritor de vida aventurera, cuyas vicisitudes narró en la obra autobiográfica en seis volúmenes titulada Vida y sucesos de Laukhard, escritos por él mismo. (N. del T.)

*Las constantes referencias que en este libro hace Jünger a los soldados «voluntarios», así como a los hombres de la «segunda reserva» y de la «tercera reserva», encierran de ordinario una alusión a la edad de los combatientes. los «voluntarios» eran jóvenes que se ofrecían para ir al frente antes de que les llegase el momento de incorporarse obligatoriamente a filas, es decir, que solían tener entre 18 y 20 años (es el caso del propio Jünger). Los hombres de la «segunda reserva» [Landwehr] habían cumplido ya el servicio militar y su edad oscilaba entre los 27 y los 39 años. Por fin, los hombres de la «tercera reserva» [Landsturm] tenían una edad superior a los 39 años y eran también, normalmente, voluntarios. (N. del T.)

** Deformación bárbara del diminutivo francés de Jean (o tal vez de Jeanne) con que los soldados alemanes designaban sarcásticamente a los franceses; es decir, los «Juanitos» ( o «Juanitas»). Los soldados británicos solían ser calificados de «Tommys», y los alemanes, de «Fritz» o «Wilhelm». (N. del T.)

 

La Editorial
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Ernst Jünger - Tormentas de Acero