Gustave Le Bon - Psicología de las Masas

La Editorial

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GUSTAVE LE BON

PSICOLOGÍA DE LAS MASAS

Estudio sobre la psicología de las multitudes

Primera edición francesa: 1895
Buenos Aires - 2004


INDICE

Gustave Le Bon: Prólogo del Traductor

Prólogo
Introducción
La era de las masas.

LIBRO I: La Mente de las Masas.
Capítulo I: Características generales de las masas. Ley psicológica de su unidad mental
Capítulo II: Los sentimientos y la moral de las masas.
   1. Impulsividad, movilidad e irritabilidad de las masas.
   2. La sugestionabilidad y la credulidad de las masas.
   3. La exageración y la ingenuidad de los sentimientos de las masas.
   4. La intolerancia, la dictatorialidad y el conservativismo de las masas.
Capítulo III: Las ideas, el poder de raciocinio y la imaginación de las masas.
   1. Las ideas de las masas.
   2. El poder de raciocinio de las masas.
   3. La imaginación de las masas.
Capítulo IV : La forma religiosa que toman todas las convicciones de las masas.

LIBRO II: Las Opiniones y las Creencias de las Masas.
Capítulo I: Factores remotos de la opinión y de las creencias de las masas.
   1. Raza.
   2. Tradiciones.
   3. Tiempo.
   4. Instituciones políticas y sociales.
   5. Instrucción y educación.
Capítulo II: Los factores inmediatos de la opinión de las masas.
   1. Imágenes, palabras y fórmulas.
   2. Ilusiones.
   3. Experiencia.
   4. Razón.
Capítulo III: Los conductores de masas y sus medios de persuasión.
   1. Los conductores de masas.
   2. Los medios de acción de los conductores: afirmación, repetición, contagio.
   3. Prestigio.
Capítulo IV: Limitaciones de la variabilidad de las creencias y las opiniones de las masas.
   1. Creencias fijas.
   2. Las opiniones variables de las masas.

LIBRO III: La clasificación y descripción de las diferentes clases de masas.
Capítulo I: La clasificación de las masas.
   1. Masas heterogéneas.
   2. Masas homogéneas.
Capítulo II: Masas denominadas criminales.
Capítulo III: Jurados penales.
Capítulo IV: Masas electorales.
Capítulo V: Asambleas parlamentarias.


Prólogo del Traductor

Gustave Le Bon

Gustave Le Bon nació un 7 de mayo de 1841 en Nogent-le-Retrou y murió el 15 de diciembre de 1931 en París. Fue médico, etnólogo, psicólogo y sociólogo habiendo estudiado la carrera de Medicina, en la que se doctoró en 1876.

Después de doctorarse de médico se dedicó primero a los problemas de la higiene y luego emprendió numerosos viajes por Europa, África del Norte y Asia. La ampliación de su horizonte intelectual lograda a través de estas experiencias lo llevó a dedicarse intensivamente a la antropología y a la arqueología, actividades éstas que, a su vez, despertaron en él un interés cada vez mayor por las ciencias naturales en general y por la psicología en particular.

En su obra Les lois psychologiques de l'évolution des peuples  (Las leyes psicológicas de la evolución de los pueblos – 1894) desarrolla la tesis que la Historia es, en una medida sustancial, el producto del carácter racial o nacional de un pueblo, siendo la fuerza motriz de la evolución social más la emoción que la razón.

Si bien no deja de percibir y afirmar que el verdadero progreso ha sido siempre y en última instancia fruto de la obra de minorías operantes y élites intelectuales, tampoco niega los hechos – de observación directa ya en su época – que apuntan a una cada vez mayor importancia e influencia de las masas. En su La psychologie des foules (La psicología de las masas) que data de 1895 – y que es, seguramente, su obra más conocida – establece y describe los fenómenos básicos relacionados con el comportamiento de las muchedumbres estableciendo las reglas fundamentales de este comportamiento: pérdida temporal de la personalidad individual conciente del individuo, su suplantación por la “mente colectiva” de la masa, acciones y reacciones dominadas por la unanimidad, la emocionalidad y la irracionalidad.

Lo notorio en este trabajo es que, si bien las investigaciones sobre el comportamiento colectivo han, naturalmente, continuado desde que Le Bon escribiera su obra más conocida, la verdad es que relativamente poco se ha agregado de verdaderamente importante a la tesis original. La psicología de las masas tiene, así, aún hoy, después de más de cien años de haber sido escrita, una vigencia y una actualidad sorprendentes.

Los conceptos

Con todo, hay algunos aspectos que el lector de nuestro tiempo debería tener presente puesto que, aún a pesar de la notable aplicabilidad de las ideas y conceptos de Le Bon a muchas de nuestras cuestiones actuales, cien años no han pasado en vano y, obviamente, existen algunas precisiones que resulta necesario hacer.

En primer lugar, convendría quizás aclarar los conceptos “civilización” y “cultura” y el significado que estos términos tienen dentro del contexto de la cultura francesa clásica. Para gran parte del pensamiento actual el término “cultura” es muchas veces entendido como un concepto genérico que incluye una “civilización” definida, a su vez, más bien en términos tecnológicos y económicos. Para el pensamiento francés clásico, “civilización” es el marco orgánico general dentro del cual la “cultura” es una manifestación de las facultades mentales y espirituales del ser humano. Demás está decir que Le Bon utiliza el término “civilización” más bien en este último sentido.

El otro concepto, sumamente controversial, que Le Bon emplea con frecuencia es el de la raza. Notará el lector que en el texto aparecen varias veces expresiones tales como “raza latina”, “raza anglosajona” y, en ocasiones, hasta “raza francesa”. Esto, probablemente, llevará a varios lectores actuales a recordar aquella ingeniosa frase de Paul Broca quien al respecto solía comentar:  ”La raza latina no existe por la misma razón por la cual tampoco existe un diccionario braquicéfalo”.

Evidentemente, el adjudicar a fenómenos etnobiológicos criterios de clasificación que provienen de categorías linguísticas no parece ser ni aconsejable ni defendible. Sin embargo, no deberíamos olvidar varias cosas. Por de pronto, que hacia fines del Siglo XIX la palabra “raza” no expresaba exactamente lo mismo que hoy entendemos por ella. No se tenían aún los conocimientos sobre la genética que hoy poseemos, no se sabía absolutamente nada del ADN y su estructura molecular, y muchos mecanismos de la herencia se suponían bastante más de lo que se conocían.

Por el otro lado – y quizás esto sea lo más importante – Le Bon precisó bastante bien en otros trabajos su particular posición frente al concepto y no debería ser olvidado que a lo largo de La psicología de las masas el término de “raza” se refiere a lo que en otra parte denominó como “razas históricas”. Traduciendo de algún modo la terminología del Siglo XIX, hoy hablaríamos de etnoculturas, o bien – en el caso de intervenir en el concepto el ingrediente de una organización sociopolítica – de pueblos etnoculturalmente diferenciados.

Otro aspecto que quizás llame la atención del lector actual es la posición que Le Bon adopta frente a la cuestión educativa. El sistema educativo francés – al cual, de la mano de Taine, se le da bastante extensión en esta obra – es ya, en buena medida, una cuestión superada. Sin embargo, la crítica al saber casi exclusivamente obtenido de libros de texto sigue siendo fundamentalmente válida, aún cuando ya no esté de moda la memorización mecánica de estos textos. A pesar de que los oficios actuales exigen una preparación mental y teórica más intensiva que la que requería un obrero de fábrica o un empleado de oficina hacia fines del Siglo XIX, la discrepancia entre teoría y realidad, o abstracción y práctica, sigue siendo enorme en nuestros sistemas educativos presentes.

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En muchos sentidos La psicología de las masas es una obra precursora en su tema. Ya hemos indicado que, a pesar de varios e importantes trabajos de investigación posteriores, no deja de llamar la atención lo relativamente poco que se ha avanzado en este terreno. Pero lo original y adelantado del pensamiento de Le Bon no se limita a este campo específico.

Llama la atención, por ejemplo, la importancia fundamental que ya en 1895 Le Bon otorgaba al inconsciente. Para tener una idea de lo que estamos indicando, acaso convenga recordar que 1895 es exactamente el mismo año en que Freud recién comenzaba a hacerse conocer publicando, en colaboración con Breuer, su Studien über Hysterie (Estudios sobre la Histeria). Tal como, con mucha precisión lo indica H. J. Eysenck: “Los apólogos de Freud lo presentan como si éste hubiera sido el primero en penetrar en los negros abismos del inconsciente (...) Desgraciadamente, nada está más lejos de los hechos. Como ha demostrado Whyte en su libro «El Inconsciente antes de Freud», éste tuvo centenares de predecesores que postularon la existencia de una mente inconsciente, y escribieron sobre ello con abundancia de detalles”. [ [1] ] Bien mirado, cuando Freud llegó a ocuparse del tema de la psicología de las masas bastante más tarde, no hizo más que expandir la tesis básica de Le Bon, agregándole precisiones y detalles que, si bien pueden resultar útiles, no alteran en absoluto el fondo de la cuestión.

Otra idea precursora interesante es la que Le Bon expone, hacia el final de esta obra, respecto de la curiosa propiedad que parecen tener las civilizaciones en cuanto a pasar por determinados estadios, cumpliendo ciclos sorprendentemente semejantes, al menos en apariencia. Es una idea que Le Bon expresa aquí cuando Spengler tenía exactamente quince años ...

Y, por último, tampoco estará nunca de más detenerse a analizar la opinión que hombres como Le Bon tenían de acontecimientos considerandos insignes para nuestro sistema sociopolítico actual. Revisar, desde la óptica de estas opiniones, acontecimientos tales como la Revolución Francesa, el papel de Napoleón en la Historia de Francia, la guerra franco-prusiana, las posibilidades reales que ya se percibían en el socialismo dogmático emergente por aquella época, el papel de las masas y de las ideas democráticas, y toda una serie de cuestiones que a pesar del tiempo transcurrido no han perdido actualidad, seguramente ayudará a comprender también la problemática de nuestros tiempos.

Y todo lo que contribuya a comprender lo que nos sucede, a entrever lo que posiblemente nos puede llegar a suceder y a brindarnos ideas útiles sobre lo que podríamos hacer al respecto, debería ser bienvenido por todos los que aún cultivan la cada vez más rara costumbre de la honestidad intelectual.

 


 

Prólogo

El siguiente trabajo está dedicado a un examen de las características de las masas.

El genio de una raza está constituido por la totalidad de las características comunes con las cuales la herencia dota a los individuos de esa raza. Sin embargo, cuando una determinada cantidad estos individuos está reunida en una muchedumbre con un propósito activo, la observación demuestra que – por el simple hecho de estar los individuos congregados – aparecen ciertas características psicológicas que se suman a las características raciales, siendo que se diferencian de ellas, a veces en un grado muy considerable.

Las muchedumbres organizadas siempre han desempeñado un papel importante en la vida de los pueblos, pero este papel no ha tenido nunca la envergadura que posee en nuestros días. La sustitución de la actividad conciente de los individuos por la acción inconsciente de las masas es una de las principales características de nuestro tiempo.

Me he propuesto examinar el difícil problema presentado por las masas de un modo puramente científico – esto es: haciendo un esfuerzo por proceder con método y sin dejarme influenciar por opiniones, teorías o doctrinas. Creo que éste es el único modo de descubrir algunas pocas partículas de verdad, especialmente cuando se trata de una cuestión que es objeto de apasionadas controversias como es el caso aquí. Un hombre de ciencia dedicado a verificar un fenómeno no debe preocuparse por los intereses que su verificación puede afectar. En una reciente publicación, un eminente pensador – M. Goblet d’Alviela – ha observado que, al no pertenecer a ninguna de las escuelas contemporáneas, ocasionalmente me encuentro en oposición a las conclusiones de todas ellas. Espero que este nuevo trabajo merezca una observación similar. El pertenecer a una escuela necesariamente implica abrazar sus prejuicios y sus opiniones preconcebidas.

Aún así, debería explicarle al lector por qué hallará que saco conclusiones de mis investigaciones que, a primera vista, podría pensarse que no se sustentan. Por qué, por ejemplo, aún después de observar la extrema inferioridad mental de las masas – incluyendo asambleas elegidas – afirmo que sería peligroso manipular su organización a pesar de esta inferioridad.

La razón es que una atenta observación de los hechos históricos me ha demostrado invariablemente que en los organismos sociales, al ser éstos en todo sentido tan complicados como los demás seres, no es sabio utilizar nuestro poder para forzarlos a padecer transformaciones repentinas y extensas. La naturaleza recurre, de tiempo en tiempo, a medidas radicales; pero nunca siguiendo nuestras modas, lo cual explica por qué nada es más fatal para un pueblo que la manía por las grandes reformas, por más excelente que estas reformas puedan parecer en teoría. Serían útiles solamente si fuese posible cambiar instantáneamente el genio de las naciones. Este poder, sin embargo, sólo lo posee el tiempo. Los hombres se gobiernan por ideas, sentimientos y costumbres – elementos que constituyen nuestra esencia. Las instituciones y las leyes son la manifestación visible de nuestro carácter; la expresión de sus necesidades. Al ser su consecuencia, las leyes y las instituciones no pueden cambiar este carácter.

El estudio de los fenómenos sociales no puede ser separado del de los pueblos en medio de los cuales han surgido. Desde el punto de vista filosófico, estos fenómenos pueden tener un valor absoluto. En la práctica, sin embargo, sólo tienen un valor relativo.

En consecuencia, al estudiar un fenómeno social, es necesario considerarlo sucesivamente bajo dos aspectos muy diferentes. Al hacerlo, se verá que con mucha frecuencia que lo enseñado por la razón pura es contrario a lo que enseña la razón práctica. Apenas si hay datos – incluidos los físicos – a los cuales esta distinción no sería aplicable. Desde el punto de vista de la verdad absoluta, un cubo o un círculo son figuras geométricas invariables, rigurosamente definidas por ciertas fórmulas. Desde el punto de vista de la impresión que causan a nuestros ojos, estas figuras geométricas pueden adquirir formas muy variadas. Por la perspectiva, el cubo puede transformarse en una pirámide o en un cuadrado; el círculo en una elipse o en una línea recta. Más aún, la consideración de estas formas ficticias es por lejos más importante que la de las formas reales, puesto que son ellas – y ellas solas – las que vemos y a las cuales podemos reproducir en fotografías o en dibujos. En algunos casos hay más verdad en lo irreal que en lo real. Presentar los objetos en su forma geométrica exacta implicaría distorsionar su naturaleza y volverla irreconocible. Si nos imaginamos un mundo en el cual sus habitantes sólo pudiesen copiar o fotografiar objetos pero estuviesen imposibilitados de tocarlos, sería muy difícil para esas personas obtener una idea exacta de la forma de dichos objetos. Más todavía: el conocimiento de estas formas, accesible sólo a un reducido número de personas instruidas, despertaría un interés sumamente restringido.

El filósofo que estudia fenómenos sociales debería tener presente que, al lado de su valor teórico, estos fenómenos poseen un valor práctico y que éste último es el único importante en lo que concierne a la evolución de la civilización. El reconocimiento de este hecho debería volverlo muy circunspecto en relación con las conclusiones que la lógica aparentemente le impondría a primera vista.

Hay también otros motivos que le dictan una reserva similar. La complejidad de los hechos sociales es tal que resulta imposible aprehenderlos en su totalidad y prever los efectos de su influencia recíproca. Parece ser, también, que detrás de los hechos visibles se esconden a veces miles de causas invisibles. Los fenómenos sociales visibles parecen ser el resultado de una inmensa tarea inconsciente que, por regla general, se halla más allá de nuestro análisis. Los fenómenos perceptibles pueden ser comparados con las olas que, sobre la superficie del océano, constituyen la expresión de disturbios profundos acerca de los cuales nada sabemos. En lo que concierne a la mayoría de sus actos, las masas exhiben una singular inferioridad mental. Sin embargo, existen otros actos en los que parecen estar guiadas por aquellas misteriosas fuerzas que los antiguos llamaban destino, naturaleza, o providencia, ésas que llamamos las voces de los muertos, cuyo poder es imposible de ignorar aún cuando ignoremos su esencia. A veces parecería que hay fuerzas latentes en el ser interior de las naciones que sirven para guiarlas. ¿Qué, por ejemplo, puede ser más complicado, más lógico, más maravilloso que un idioma? Y, sin embargo, ¿de dónde pudo haber surgido esta admirablemente organizada manifestación excepto como resultado del genio inconsciente de las masas? Los académicos más doctos, los gramáticos más renombrados, no pueden hacer más que tomar nota de las leyes que gobiernan los idiomas. Serían totalmente incapaces de crearlos. Aún respecto de las ideas de los grandes hombres, ¿estamos seguros de que son la exclusiva creación de sus cerebros? No hay duda de que esas ideas son siempre creadas por mentes solitarias pero ¿no es acaso el genio de las masas el que ha provisto los miles de granos de polvo que forman el suelo del cual esas ideas han brotado?

Sin duda, las masas son siempre inconscientes; pero esta misma inconciencia es quizás uno de los secretos de su fuerza. En el mundo natural, seres exclusivamente gobernados por el instinto producen hechos cuya complejidad nos asombra. La razón es un atributo demasiado reciente de la humanidad y todavía demasiado imperfecto como para revelar las leyes del inconsciente y más aún para suplantarlo. La parte que desempeña lo inconsciente en nuestros actos es inmensa y la parte que le toca a la razón, muy pequeña. Lo inconsciente actúa como una fuerza todavía desconocida.

Si deseamos, pues, permanecer dentro de los estrechos pero seguros límites dentro de los cuales la ciencia puede adquirir conocimientos y no deambular por el dominio de la vaga conjetura y las vanas hipótesis, todo lo que debemos hacer es simplemente tomar nota de los fenómenos tal como éstos nos son accesibles y limitarnos a su consideración. Toda conclusión extraída de nuestra observación es, por regla general, prematura; porque detrás de los fenómenos que vemos con claridad hay otros fenómenos que vemos en forma confusa y, quizás, detrás de estos últimos hay aún otros que no vemos en absoluto.

 

Introducción

La era de las masas

La evolución de la época actual – Los grandes cambios en la civilización son la consecuencia de cambios en el pensamiento nacional – La fe moderna en el poder de las masas – Transformación de la política tradicional de los Estados europeos – Cómo se produce el surgimiento de las clases populares y la forma en que éstas ejercen el poder – Las consecuencias necesarias del poder de las masas – Las masas, incapaces de desempeñar otro papel que el destructivo – La disolución de civilizaciones agotadas es obra de la masa – Ignorancia general acerca de la psicología de las masas – Importancia del estudio de las masas para legisladores y estadistas.

Los grandes disturbios que preceden el cambio en las civilizaciones, tales como la caída del Imperio Romano o la fundación del Imperio Árabe, a primera vista parecen estar determinados más específicamente por transformaciones políticas, invasión extranjera o el derrocamiento de dinastías. Pero un estudio más atento de estos eventos demuestra que, detrás de estas causas aparentes, la causa real parece ser una profunda modificación de las ideas de los pueblos. Las verdaderas revoluciones históricas no son aquellas que nos sorprenden por su grandiosidad y violencia. Los únicos cambios importantes, de los cuales resulta la renovación de las civilizaciones, afectan ideas, concepciones y creencias. Los eventos memorables de la Historia son los efectos visibles de los invisibles cambios en el pensamiento humano. La razón por la cual estos eventos son tan raros es que no hay nada tan estable en una raza como el fundamento hereditario de sus pensamientos.

La época presente constituye uno de esos momentos críticos en los cuales el pensamiento de la humanidad está sufriendo un proceso de transformación.

En la base de esta transformación se encuentran dos factores fundamentales. El primero es el de la destrucción de aquellas creencias religiosas, políticas y sociales en las cuales todos los elementos de nuestra civilización tienen sus raíces. El segundo, es el de la creación de condiciones de existencia y de pensamiento enteramente nuevas, como resultado de los descubrimientos científicos e industriales modernos.

Con las ideas del pasado, aunque semidestruidas, aún muy poderosas, y con las ideas que han de reemplazarlas todavía en proceso de formación, la era moderna representa un período de transición y anarquía.

Todavía no es fácil determinar qué surgirá de este período necesariamente algo caótico. ¿Cuáles serán las ideas sobre las cuales se construirán las sociedades que habrán de seguirnos? Por el momento, no lo sabemos. Sin embargo, aún así, ya está claro que, cualesquiera que sean las líneas a lo largo de las cuales se organice la sociedad futura, las mismas tendrán que tener en cuenta un nuevo poder, la última fuerza soberana sobreviviente de los tiempos modernos: el poder de las masas. Sobre las ruinas de tantas ideas antes consideradas indiscutibles y que hoy han decaído o están decayendo, sobre tantas fuentes de autoridad que las sucesivas revoluciones han destruido, este poder, que es el único que ha surgido en su estela, parece pronto destinado a absorber a los demás. Mientras todas nuestras antiguas creencias están tambaleando y desapareciendo, el poder de la masa es la única fuerza a la cual nada amenaza y cuyo prestigio se halla continuamente en aumento. La era en la cual estamos ingresando será, de verdad, la era de las masas.

Apenas hace un siglo atrás, los principales factores que determinaban los hechos eran la tradicional política de los Estados europeos y las rivalidades de los soberanos. La opinión de las masas apenas si contaba y, en la mayoría de los casos, de hecho no contaba en absoluto. Hoy, las que no cuentan son las tradiciones que solían determinar a la política y las tendenciosidades o rivalidades de los gobernantes mientras que, por el contrario, la voz de las masas se ha vuelto preponderante. Es esta voz la que dicta la conducta de los reyes, cuya misión es la de tomar nota de lo que expresa. Actualmente, los destinos de las naciones se elaboran en el corazón de las masas y ya no más en los consejos de los príncipes.

El ingreso de las clases populares a la vida política – lo cual equivale a decir en realidad, su progresiva transformación en clases gobernantes – es una de las características más relevantes de nuestra época de transición. La introducción del sufragio universal, que por largo tiempo no tuvo sino una influencia escasa, no es, como podría pensarse, la característica distintiva de esta transferencia de poder político. El progresivo crecimiento del poder de las masas tuvo lugar al principio por la propagación de ciertas ideas que lentamente se implantaron en la mente de los hombres y después, por la asociación gradual de individuos dedicados a la realización de concepciones teóricas. Ha sido por la asociación que las masas se han procurado ideas referidas a sus intereses – ideas muy claramente definidas aunque no particularmente justas – y han arribado a una conciencia de su fuerza. Las masas están fundando sindicatos ante los cuales las autoridades capitulan una después de la otra, también están las confederaciones laborales las que, a pesar de todas las leyes económicas, tienden a regular las condiciones de trabajo y los salarios. Las masas ingresan a asambleas que forman parte de gobiernos y sus representantes, careciendo enteramente de iniciativa e independencia, se limitan, la mayoría de las veces, a ser nada más que voceros de los comités que los han elegido.

Hoy en día los reclamos de las masas se están volviendo cada vez más claramente definidos y significan nada menos que la determinación de destruir completamente a la sociedad tal como ésta existe actualmente, con vista a hacerla retroceder a ese primitivo comunismo que fue la condición normal de todos los grupos humanos antes de los albores de la civilización. Las exigencias se refieren a limitación de las horas de trabajo, nacionalización de las minas, ferrocarriles, fábricas y el suelo; la igualitaria distribución de todos los productos, la eliminación de todas las clases superiores en beneficio de las clases populares, etc.

Poco adaptadas a razonar, las masas, por el contrario, son rápidas en actuar. Como resultado de su actual organización, su fuerza se ha vuelto inmensa. Los dogmas a cuyo nacimiento estamos asistiendo pronto tendrán la potencia de los antiguos dogmas, es decir: la fuerza tiránica y soberana que concede el estar más allá de toda discusión. El derecho divino de las masas está a punto de reemplazar al derecho divino de los reyes.

Los escritores que gozan del favor de nuestras clases medias, aquellos que mejor representan sus más bien estrechas ideas, sus opiniones bastante preestablecidas, su más bien superficial escepticismo y su a veces algo excesivo egoísmo, exhiben una profunda alarma ante este nuevo poder que ven crecer. Para combatir el desorden mental de las personas, apelan desesperadamente a aquellas fuerzas morales de la Iglesia por las cuales antes profesaron tanto desprecio. Nos hablan de la bancarrota de la ciencia, de volver a Roma a hacer penitencia, y nos recuerdan las enseñanzas de la verdad revelada. Estos nuevos conversos se olvidan de que es demasiado tarde. Si hubiesen estado realmente tocados por la gracia, una operación así no podría tener la misma influencia sobre mentes menos dedicadas a las preocupaciones que tanto inquietan a estos recientes adherentes a la religión. Las masas repudian hoy a los dioses que sus admonitores repudiaron ayer y ayudaron a destruir. No hay poder alguno, humano o divino, que pueda obligar una corriente a fluir hacia atrás, de regreso a sus fuentes.

No ha habido ninguna bancarrota de la ciencia y la ciencia no ha participado en la presente anarquía intelectual, ni tampoco en la construcción del nuevo poder que esta surgiendo en medio de esta anarquía. La ciencia nos prometió la verdad, o al menos, un conocimiento de las relaciones que nuestra inteligencia puede aprehender. Nunca nos prometió paz ni felicidad. Soberanamente indiferente a nuestros sentimientos, es sorda a nuestras lamentaciones. Está en nosotros aprender a vivir con la ciencia puesto que nada puede devolvernos las ilusiones que ha destruido.

Síntomas universales, visibles en todas las naciones, nos muestran el rápido crecimiento del poder de las masas y no nos permiten admitir la suposición de que este poder cesará de crecer en alguna fecha cercana. Sea cual fuere el destino que este poder nos tiene reservado, tendremos que aceptarlo. Todo razonamiento en contra del mismo es simplemente una vana guerra de palabras. Por cierto, es posible que el advenimiento del poder de las masas marque una de las últimas etapas de la civilización occidental, el completo sumergimiento en uno de esos períodos de confusa anarquía que siempre parecen destinados a preceder el nacimiento de toda nueva sociedad. Pero ¿podría evitarse este resultado?

Hasta el presente, estas destrucciones completas de una civilización gastada han constituido la tarea más obvia de las masas. Realmente, no es tan sólo en la actualidad en dónde podemos rastrear esto. La Historia nos dice que, desde el momento en que pierden su vigor las fuerzas morales sobre las cuales ha descansado una civilización, su disolución final resulta producida por esas masas inconscientes y brutales que denominamos, bastante justificadamente, como bárbaras. Hasta ahora, las civilizaciones han sido creadas y dirigidas sólo por una pequeña aristocracia intelectual, nunca por muchedumbres. Las masas son solamente poderosas para destruir. Su gobierno es siempre equivalente a una fase de barbarie. Una civilización implica reglas fijas, disciplina, un pasaje del estadio instintivo al racional, previsión del futuro, un elevado grado de cultura – condiciones todas que las masas, libradas a si mismas, invariablemente han demostrado ser incapaces de concretar. Como consecuencia de la naturaleza puramente destructiva de su poder, las masas actúan como esos microbios que aceleran la destrucción de los cuerpos débiles o muertos. Cuando la estructura de una civilización está podrida, son siempre las masas las que producen su caída. Es en tales encrucijadas que su misión principal se hace claramente visible y es allí en dónde, por un tiempo, la filosofía de la cantidad parece ser la única filosofía de la Historia.

¿Tiene nuestra civilización reservado el mismo? Hay razones para creer que éste es el caso, pero todavía no estamos en condiciones de estar seguros.

Sea como fuere, estamos condenados a resignarnos al reino de las masas desde el momento en que la falta de previsión ha derribado sucesivamente todas las barreras que podrían haberlas mantenido bajo control.

Poseemos un conocimiento muy superficial de estas masas que están comenzando a ser el objeto de tanta discusión. Los psicólogos profesionales, al haber vivido lejos de ellas, siempre las han ignorado, y cuando, como ha sucedido últimamente, han dirigido su atención en esta dirección solamente ha sido para considerar los crímenes que las masas son capaces de cometer. Sin duda alguna, las masas criminales existen, pero también habrá que considerar a masas virtuosas, a masas heroicas y a masas de muchas otras clases. Los crímenes de las masas constituyen solamente una fase particular de su psicología. La constitución mental de las masas no puede estudiarse meramente a través de la investigación de sus crímenes, de la misma manera en que no se puede comprender la constitución mental de un individuo a través de la mera descripción de sus vicios.

Sin embargo, es un hecho que todos los gobernantes del mundo, todos los fundadores de religiones o de imperios, los apóstoles de todos los credos, los estadistas eminentes y, en una esfera más modesta, los simples jefes de pequeños grupos de hombres, todos han sido psicólogos inconscientes, poseedores de un conocimiento instintivo y frecuentemente muy certero acerca del carácter de las masas, y ha sido el conocimiento preciso de este carácter lo que les ha permitido a estas personas establecer su predominio tan fácilmente. Napoleón tenía un maravilloso conocimiento de la psicología de las masas de país en el cual reinó pero, a veces, malinterpretó completamente la psicología de las masas pertenecientes a otras razas [ [2] ], y fue por esta malinterpretación que se involucró en España – y más notoriamente en Rusia – en conflictos en los cuales su poder recibió aquellos embates que en poco tiempo lo destruyeron. El conocimiento de la psicología de las masas es hoy en día el último recurso del estadista que no desea gobernarlas – esto se está volviendo una cuestión muy difícil – pero que, en todo caso, no desea ser gobernado demasiado por ellas.

Solamente obteniendo alguna clase de percepción de la psicología de las masas se puede comprender cuan superficial es sobre ellas la acción de leyes e instituciones, cuan impotentes son para sostener cualquier opinión diferente de aquellas que les son impuestas, y que no es posible dirigirlas mediante reglas basadas en teorías de equidad pura sino buscando lo que las impresiona y lo que las seduce. Por ejemplo, si un legislador desease imponer un nuevo impuesto, ¿debería elegir aquél que le parezca más justo? De ninguna manera. En la práctica, el impuesto más injusto puede ser el mejor para las masas. Y si, al mismo tiempo, resulta ser el menos obvio y aparentemente el menos gravoso, tanto más fácilmente será tolerado. Es por esta razón que un impuesto indirecto, por más exorbitante que sea, siempre será aceptado por la masa porque, pagado diariamente en fracciones de centavo sobre objetos de consumo, no interferirá con los hábitos de la masa y pasará desapercibido. Reempláceselo por un impuesto proporcional sobre salarios o ingresos de cualquier otro tipo, pagadero en una suma íntegra, y aún cuando esta imposición fuese teóricamente diez veces menos gravosa que el otro, seguramente será causa de una protesta unánime. Esto obedece al hecho que una suma relativamente grande, que aparecerá como inmensa y que excitará a la imaginación, ha sido sustituida por las imperceptibles fracciones de algunos centavos. El nuevo impuesto solamente parecería alto si hubiese sido ahorrado centavo a centavo, pero este procedimiento económico implica una cantidad de previsión del que las masas son incapaces.

El ejemplo precedente es uno de los más simples. Su exactitud puede ser percibida con facilidad. No escapó a la atención de un psicólogo como Napoleón pero nuestros legisladores modernos, ignorantes como son de las características de la masa, resultan incapaces de apreciarlo. La experiencia todavía no les ha enseñado lo suficiente que las personas nunca amoldan sus conductas a los dictados de la razón pura.

Hay muchas otras aplicaciones prácticas que pueden hacerse a partir de la psicología de las masas. Un conocimiento de esta ciencia arroja la más vívida luz sobre un gran número de fenómenos históricos y económicos que serían totalmente incomprensibles sin él. Tendré ocasión de mostrar que la razón por la cual el más notorio de los historiadores modernos, Taine, ha entendido a veces tan imperfectamente los eventos de la gran Revolución Francesa es que nunca se le ocurrió estudiar el genio de las masas. Taine, para el estudio de este complicado período se impuso como guía el método descriptivo al cual recurren los naturalistas, pero las fuerzas morales están casi por completo ausentes en los casos que los naturalistas tienen que estudiar. Y son precisamente estas fuerzas las que constituyen las verdaderas fuentes principales de la Historia.

Consecuentemente, mirándolo meramente desde el lado práctico, el estudio de la psicología de las masas merece ser intentado. Y aún cuando el interés obedeciese tan sólo a la pura curiosidad, seguiría mereciendo atención. Es tan interesante descifrar los motivos de las acciones de los hombres como lo es el determinar las características de un mineral o de una planta. Nuestro estudio del genio de las masas puede ser meramente una breve síntesis, un simple resumen de nuestras investigaciones. No debe serle exigido más que unas pocas percepciones sugestivas. Otros trabajarán el suelo más intensivamente. Hoy, sólo tocamos la superficie de un terreno todavía casi virgen.

 

 

LIBRO I: La Mente de las Masas

 

Capítulo I: Características generales de las masas. Ley psicológica de su unidad mental.

¿Qué constituye una masa desde el punto de vista psicológico? – Una aglomeración numéricamente grande de individuos no es suficiente para formas una masa – Características especiales de masas psicológicas – La orientación hacia una dirección fija de las ideas y sentimientos de los individuos que componen una masa así, y la desaparición de su personalidad individual – La masa siempre está dominada por consideraciones de las que no tiene conciencia – La desaparición de la actividad cerebral y el predominio de la actividad medular – La depreciación de la inteligencia y la completa transformación de los sentimientos – Los sentimientos transformados pueden ser mejores o peores que los de los individuos de los cuales la masa se compone – Una masa es tan fácilmente heroica como criminal.

En su sentido ordinario, la palabra “masa” o “muchedumbre” significa una reunión de individuos de cualquier nacionalidad, profesión o sexo, sean cuales fueren las causas que los han juntado. Desde el punto de vista psicológico, la expresión “masa” adquiere un significado bastante diferente. Bajo ciertas circunstancias, y sólo bajo ellas, una aglomeración de personas presenta características nuevas, muy diferentes a las de los individuos que la componen. Los sentimientos y las ideas de todas las personas aglomeradas adquieren la misma dirección y su personalidad consciente se desvanece. Se forma una mente colectiva, sin duda transitoria, pero que presenta características muy claramente definidas. La aglomeración, de este modo, se ha convertido en lo que, a falta de una expresión mejor, llamaré una masa organizada. Forma un único ser y queda sujeta a la ley de la unidad mental de las masas.

Es evidente que no es por el simple hecho de estar accidentalmente el uno al lado del otro que un cierto número de individuos adquiere el carácter de una masa organizada. Mil individuos accidentalmente reunidos en un espacio público, sin ningún objeto determinado, de ninguna manera constituyen una masa desde el punto de vista psicológico. A fin de adquirir las características especiales de una masa como la señalada, es necesaria la influencia de ciertas causas predisposicionantes cuya naturaleza deberemos determinar.

La desaparición de la personalidad conciente y la orientación de los sentimientos y los pensamientos en una dirección definida – que son las características primarias de una masa a punto de volverse organizada – no siempre involucran la presencia de un número de individuos en un sitio determinado. Miles de individuos aislados, en ciertos momentos y bajo la influencia de ciertas emociones violentas – tales como, por ejemplo, un gran evento nacional – pueden adquirir las características de una masa psicológica. En ciertos momentos, media docena de personas puede constituir una masa psicológica; algo que puede no suceder con cientos de personas reunidas por accidente. Por el otro lado, toda una nación, aún cuando no exista una aglomeración visible, puede convertirse en masa bajo la acción de ciertas influencias.

La masa psicológica, una vez constituida, adquiere ciertas características generales, provisorias pero determinables. A estas características generales se le agregan características particulares que varían de acuerdo con los elementos de los cuales la masa se compone y que pueden modificar su constitución mental. Las masas psicológicas, pues, son susceptibles de ser clasificadas, y cuando nos ocupemos de esta materia veremos que una masa heterogénea – es decir: una masa compuesta por elementos disímiles – presenta ciertas características comunes con masas homogéneas – es decir: masas compuestas de elementos más o menos similares (sectas, castas, clases) – y al lado de estas características comunes, hay particularidades que permiten diferenciar a los dos tipos de masa.

Sin embargo, antes de ocuparnos de las diferentes categorías de masas, primero debemos examinar las características que les son comunes a todas. Nos pondremos a trabajar como el naturalista que comienza por describir las características comunes a todos los miembros de una familia antes de dedicarse a las particulares que permiten la diferenciación de géneros y especies incluidos en esa familia.

No es fácil describir la mente de las masas con exactitud porque su organización varía no solamente de acuerdo con la raza y la composición, sino también de acuerdo con la naturaleza y la intensidad de los estímulos bajo cuyos efectos las masas se hallan. Sin embargo, la misma dificultad se presenta en el estudio psicológico de un individuo. Solamente en las novelas se encuentran personajes que transitan toda su vida con un carácter invariable. Es sólo la uniformidad del medioambiente la que crea la aparente uniformidad de los caracteres. En otra parte he demostrado que todas las constituciones mentales contienen caracteres en potencia que pueden manifestarse como consecuencia de un súbito cambio en el medioambiente. Esto explica cómo, en medio de los más salvajes miembros de la Convención Francesa, se podía encontrar a ciudadanos inofensivos que, bajo condiciones normales, hubieran sido pacíficos notarios o virtuosos magistrados. Una vez pasada la tormenta, retomaron su carácter normal de ciudadanos tranquilos, respetuosos de la ley. Napoleón encontró entre ellos a sus sirvientes más dóciles.

Siendo imposible aquí estudiar todos los sucesivos grados de organización de las masas, nos dedicaremos más específicamente a aquellas que han alcanzado la fase de organización completa. De este modo veremos en qué se pueden convertir las masas, pero no aquello que invariablemente son. Es solamente en esta fase avanzada de organización que ciertas características nuevas y especiales se superponen sobre el invariable y dominante carácter de la raza, teniendo después lugar el giro, al cual ya hemos aludido, de todos los sentimientos y pensamientos de la colectividad en una dirección única. También, es solamente bajo tales circunstancias que comienza a jugar lo que más arriba he llamado la ley psicológica de la unidad mental de las masas.

Entre las características psicológicas de las masas hay algunas que pueden presentarse en común con las de individuos aislados y, por el contrario, otras que les son absolutamente peculiares y que solamente se encuentran dentro de colectividades. Son estas características especiales que estudiaremos antes que nada a fin de demostrar su importancia.

La peculiaridad más sobresaliente que presenta una masa psicológica es la siguiente: sean quienes fueren los individuos que la componen, más allá de semejanzas o diferencias en los modos de vida, las ocupaciones, los caracteres o la inteligencia de estos individuos, el hecho de que han sido transformados en una masa los pone en posesión de una especie de mente colectiva que los hace sentir, pensar y actuar de una manera bastante distinta de la que cada individuo sentiría, pensaría y actuaría si estuviese aislado. Hay ciertas ideas y sentimientos que no surgen, o no se traducen en acción, excepto cuando los individuos forman una masa. La masa psicológica es un ser provisorio formado por elementos heterogéneos que se combinan por un momento, exactamente como las células que constituyen un cuerpo viviente forman por su reunión un nuevo ser que exhibe características muy diferentes de las que posee cada célula en forma individual.

Contrariamente a la opinión que uno se sorprende de encontrar proviniendo de la pluma de un filósofo tan agudo como Herbert Spencer, en el agregado que constituye una masa no hay ninguna clase de sumatoria o de promedio establecido entre sus elementos. Lo que realmente tiene lugar es una combinación seguida de la creación de nuevas características, al igual que en química ciertos elementos puestos en contacto – bases y ácidos, por ejemplo – se combinan para formar una nueva sustancia con propiedades bastante diferentes de las que han servido para formarla.

Es fácil demostrar cuanto difiere la individualidad de la masa del individuo aislado que la compone, pero es menos fácil descubrir las causas de esta diferencia.

En todo caso, para una visión genérica es necesario, en primer lugar, recordar la verdad establecida por la psicología moderna en cuanto a que los fenómenos inconscientes juegan un papel preponderante no sólo en la vida orgánica sino también en las operaciones de la inteligencia. La vida consciente de la mente tiene una importancia pequeña en comparación con su vida inconsciente. El más sutil analista, el más agudo observador, apenas si tiene éxito en descubrir una cantidad muy pequeña de los motivos inconscientes que determinan su conducta. Nuestros actos conscientes son el resultado de un sustrato inconsciente creado en la mente, en su mayor parte por influencias hereditarias. Este sustrato se halla constituido por las innumerables características comunes transmitidas de generación en generación que forman el genio de una raza. Detrás de las causas alegadas de nuestros actos, es indudable que hay todavía muchas más causas secretas que nosotros mismos ignoramos. La mayor parte de nuestras acciones cotidianas es el resultado de motivos ocultos que escapan a nuestra observación.

Es más especialmente respecto de esos elementos inconscientes que constituyen el genio de una raza que todos los individuos pertenecientes a ella se parecen los unos a los otros, mientras que es principalmente respecto de los elementos conscientes de su carácter – fruto de la educación y de condiciones hereditarias aún más excepcionales – que se diferencian entre si. Personas absolutamente disímiles en materia de inteligencia poseen instintos, pasiones y sentimientos que son muy similares. En cuestiones de todo lo que pertenece a la esfera del sentimiento – religión, política, moralidad, afectos y antipatías, etc. – los hombres más eminentes raramente sobrepasan el nivel del más ordinario de los individuos. Desde el punto de vista intelectual puede existir un abismo entre el gran matemático y su zapatero; pero desde el punto de vista del carácter la diferencia es frecuentemente escasa o inexistente.

Son precisamente estas cualidades generales del carácter, gobernadas por fuerzas de las cuales no somos conscientes, y poseídas por la mayoría de los individuos normales de una raza en un grado bastante similar – son precisamente estas cualidades, decía, que se convierten en la propiedad común de las masas. En la mente colectiva las aptitudes intelectuales de los individuos se debilitan y, por consiguiente, se debilita también su individualidad. Lo heterogéneo es desplazado por lo homogéneo y las cualidades inconscientes obtienen el predominio.

El simple hecho de que las masas posean en común cualidades ordinarias explica por qué nunca pueden ejecutar actos que demandan un alto nivel de inteligencia. Las decisiones relativas a cuestiones de interés general son puestas ante una asamblea de personas distinguidas, pero estos especialistas en diferentes aspectos de la vida resultan ser incapaces de tomar decisiones superiores a las que hubiera tomado un montón de imbéciles. La verdad es que sólo pueden poner a disposición del trabajo en común aquellas cualidades mediocres que le corresponden por derecho de nacimiento a todo individuo promedio. En la masa es la estupidez y no la perspicacia lo que se acumula. No es, como tantas veces se repite, que todo el mundo tiene más perspicacia que Voltaire sino, seguramente, es Voltaire el que tiene más perspicacia que todo el mundo si por “todo el mundo” debemos entender a las masas.

Si los individuos de una masa se limitaran a poner a disposición del común aquellas cualidades ordinarias de las cuales cada uno de ellos tiene cierta cantidad, la resultante sería meramente un promedio y no, como hemos dicho que es en realidad el caso, la creación de características nuevas. ¿Cómo se crean estas nuevas características? Pues, esto es lo que ahora investigaremos.

Hay diferentes causas que determinan la aparición de las características peculiares de las masas y que no poseen los individuos aislados. La primera es que el individuo que forma parte de una masa adquiere, por simples consideraciones numéricas, un sentimiento de poder invencible que le permite ceder ante instintos que, de haber estado solo, hubiera forzosamente mantenido bajo control. Estará menos dispuesto a autocontrolarse partiendo de la consideración que una masa, al ser anónima y, en consecuencia, irresponsable, hace que el sentimiento de responsabilidad que siempre controla a los individuos desaparezca enteramente.

La segunda causa, que es el contagio, también interviene en determinar la manifestación de las características especiales de las masas y, al mismo tiempo, también en determinar la tendencia que las mismas seguirán. El contagio es un fenómeno cuya presencia es fácil de establecer pero que no es fácil de explicar. Tiene que ser clasificado entre los fenómenos de un orden hipnótico que estudiaremos en breve. En una masa, todo sentimiento y todo acto es contagioso; y contagioso a tal grado que un individuo se vuelve dispuesto a sacrificar su interés personal en aras del interés colectivo. Ésta es una actitud muy contraria a su naturaleza y de la cual el ser humano es escasamente capaz, excepto cuando forma parte de una masa.

Una tercera causa, y por lejos la más importante, es la que determina en los individuos de una masa esas características especiales que a veces son bastante contrarias a las que presenta el individuo aislado. Me refiero a la sugestionabilidad, de la cual, incluso, el contagio arriba mencionado no es más ni menos que un efecto.

Para entender este fenómeno es necesario tener presente ciertos descubrimientos psicológicos recientes. Hoy en día sabemos que, por medio de varios procesos, un individuo puede ser puesto en una condición tal que, habiendo perdido su personalidad consciente, obedece todas las sugerencias del operador que le ha privado de ella y comete actos en manifiesta contradicción con su carácter y sus hábitos. Las observaciones más minuciosas parecen probar que un individuo, sumergido durante cierta cantidad de tiempo en una masa en acción, pronto se encuentra – ya sea por consecuencia de la influencia magnética producida por la masa o por alguna otra causa que ignoramos – en un estado especial que se asemeja mucho al estado de fascinación en el que se encuentra el individuo hipnotizado que está en las manos de un hipnotizador. Habiendo sido paralizada la actividad mental en el caso del sujeto hipnotizado, éste se convierte en esclavo de todas las actividades inconscientes que el hipnotizador dirige a su voluntad. La personalidad consciente ha desaparecido por completo; la voluntad y el discernimiento se han perdido. Todos los sentimientos y pensamientos se inclinan en la dirección determinada por el hipnotizador.

Tal es también, aproximadamente, el estado del individuo que forma parte de una masa psicológica. Ya no es consciente de sus actos. En su caso, como en el del sujeto hipnotizado, al tiempo que algunas facultades son destruidas, otras pueden ser llevadas a un alto grado de exaltación. Bajo la influencia de una sugestión, la persona acometerá la realización de actos con una impetuosidad irresistible. Esta impetuosidad es tanto más irresistible en el caso de las masas que en el del sujeto hipnotizado, cuanto que, siendo la sugestión la misma para todos los miembros de la masa, gana en fuerza por reciprocidad. Los individuos en la masa que quizás posean una personalidad suficientemente fuerte como para resistir la sugestión son demasiado escasos en número como para luchar contra la corriente. A lo sumo podrán intentar desviarla por medio de sugestiones distintas. Es de esta manera, por ejemplo, que una expresión feliz, una imagen oportunamente evocada, ocasionalmente ha disuadido a una masa de los actos más sangrientos.

Vemos, pues, que la desaparición de la personalidad consciente, el predominio de la personalidad inconsciente y el contagio de sentimientos e ideas puestas en una única dirección, la tendencia a transformar inmediatamente las ideas sugeridas en acción; éstas son, como vemos, las principales características del individuo formando parte de una masa. Ya no es él mismo sino que se ha convertido en un autómata que ha dejado de estar guiado por su propia voluntad.

Más aún; por el simple hecho de formar parte de una masa organizada, un hombre desciende varios peldaños en la escala de la civilización. Aislado, es posible que sea un individuo cultivado; en una masa será un bárbaro – esto es: una criatura que actúa por instintos. Poseerá la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también el entusiasmo y el heroísmo de los seres primitivos a los que tenderá a parecerse cada vez más por la facilidad con la que se dejará impresionar a través de palabras e imágenes – que no provocarían acción alguna en cada uno de los individuos aislados que componen la masa – y a ser inducido a cometer acciones contrarias a sus más evidentes intereses y sus hábitos mejor conocidos. Un individuo en una masa es un grano de arena entre otros granos de arena que el viento arremolina a su voluntad.

Es por este motivo que se pueden ver jurados dictando sentencias que cada miembro del jurado desaprobaría individualmente; así es como asambleas parlamentarias sancionan leyes y medidas que cada uno de sus miembros desaprobaría en lo personal. Tomados por separado, los hombres de la Convención eran ciudadanos ilustrados con hábitos pacíficos. Unidos en una masa, no vacilaron en adherir a las propuestas más salvajes, en guillotinar individuos clarísimamente inocentes y, contrariamente a sus intereses, a renunciar a su inviolabilidad y a diezmarse a si mismos.

No es solamente por sus acciones que un individuo en una masa se diferencia esencialmente de si mismo. Incluso antes de perder completamente su independencia, sus ideas y sus sentimientos han sufrido una transformación; y esta transformación es tan profunda que es capaz de cambiar al avaro en un despilfarrador, a un escéptico en un creyente, a la persona honesta en un criminal, y al cobarde en un héroe. La renuncia a todos los privilegios que la nobleza votó en un momento de entusiasmo durante la celebrada noche del 4 de Agosto de 1789, ciertamente jamás habría sido consentida por ninguno de sus miembros tomados por separado.

La conclusión a extraer de lo precedente es que la masa es siempre intelectualmente inferior al individuo aislado pero que, desde el punto de vista de los sentimientos y de las acciones que estos sentimientos provocan, la masa puede, dependiendo de las circunstancias, ser mejor o peor que el individuo. Todo depende de la sugestión a la cual la masa se halla expuesta. Este es el punto que ha sido completamente malinterpretado por escritores que solamente han estudiado a las masas desde un punto de vista criminal. Sin duda alguna, una masa es frecuentemente criminal, pero también muchas veces es heroica. Son las masas y no tanto los individuos que pueden ser inducidas a correr un riesgo de muerte para asegurar el triunfo de un credo o de una idea; que pueden ser inflamadas con entusiasmo por la gloria y el honor; que pueden ser conducidas – casi sin armas como en la época de las Cruzadas – a recuperar la tumba de Cristo de las manos del infiel o, como en el ’93, a defender a la patria [ [3] ]. Un heroísmo como ése es sin duda inconsciente en alguna medida, pero de esa clase de heroísmo está hecha la Historia. Si los pueblos fuesen tenidos en cuenta únicamente por los hechos cometidos a sangre fría, los anales del mundo registrarían sólo muy pocos de ellos.

 

Capítulo II: Los sentimientos y la moral de las masas

1. Impulsividad, inestabilidad e irritabilidad de las masas.
La masa está a merced de todas las causas estimulantes exteriores y refleja sus incesantes variaciones – Los impulsos a los cuales la masa obedece son tan imperiosos que aniquilan el sentido para el interés personal – La premeditación está ausente de las masas – Influencias raciales.

2. Las masas son crédulas y fácilmente influenciables por sugestión.
La obediencia de las masas a las sugestiones – Las imágenes evocadas en la mente de las masas son aceptadas por ellas como realidades – Por qué estas imágenes son idénticas para todos los individuos que componen una masa – Varios ejemplos de ilusiones a las que están sujetos los individuos de una masa – La imposibilidad de dar crédito al testimonio de las masas – La unanimidad de numerosos testigos es una de las peores pruebas que pueden ser invocadas para establecer un hecho – El escaso valor de las obras de historia.

3. La exageración y la espontaneidad de los sentimientos de las masas.
Las masas no admiten dudas o incertidumbres y siempre recurrirán a extremos – Sus sentimientos son siempre excesivos.

4. La intolerancia, la dictatorialidad y el conservativismo de las masas.
Las razones para estos sentimientos – La servilidad de las masas frente a una autoridad fuerte – Los instintos momentáneamente revolucionarios de las masas no les impiden ser extremadamente conservadoras – Masas instintivamente hostiles al cambio y al progreso.

5. La moralidad de las masas.
La moralidad de las masas, de acuerdo a las sugestiones bajo las cuales actúan, puede ser muy inferior o muy superior que la de los individuos que las componen – Explicaciones y ejemplos – Masas raramente guiadas por aquellas consideraciones de intereses que son muy frecuentemente los motivos exclusivos del individuo aislado – El papel moralizador de las masas.

 

Habiendo indicado de un modo general las características principales de las masas, nos queda el estudiar estas características en detalle.

Debe ser remarcado que entre las características especiales de las masas hay varias – tales como impulsividad, irritabilidad, incapacidad de razonar, la ausencia de juicio y de espíritu crítico, aparte de otras – que casi siempre se observan en seres pertenecientes a formas inferiores de la evolución. Sin embargo, meramente indico esta analogía al pasar; su demostración excede el marco de este trabajo. Además, sería inútil para personas familiarizadas con la psicología de seres primitivos y difícilmente aportaría convicción a los ignorantes de esta materia.

Procederé ahora a la consideración sucesiva de las diferentes características que pueden ser observadas en la mayoría de las masas.

 

1. Impulsividad, movilidad e irritabilidad de las masas

Al estudiar las características fundamentales de una masa, afirmamos que ésta es guiada casi exclusivamente por motivos inconscientes. Sus acciones están por lejos más bajo la influencia de la médula espinal que bajo la del cerebro. En este sentido, una masa es muy similar a seres bastante primitivos. Las acciones pueden se perfectas en lo que respecta a su ejecución pero, puesto que no están dirigidas por el cerebro, el individuo se comporta de acuerdo con lo que pueden llegar a disponer los estímulos a los cuales está expuesto. Una masa está a merced de todos los estímulos externos y refleja las incesantes variaciones de los mismos. Es la esclava de los impulsos que recibe. El individuo aislado puede estar sometido a las mismas causas estimulantes que el hombre en una masa, pero, puesto que su cerebro le muestra lo poco aconsejable que sería ceder ante estas causas, se abstiene de seguirlas. Esta verdad puede ser expresada psicológicamente diciendo que el individuo aislado posee la capacidad de dominar sus actos reflejos mientras que una masa carece de esta capacidad.

Los impulsos variables a los cuales obedece la masa pueden ser, de acuerdo a sus estímulos causales, generosas o crueles, heroicas o cobardes, pero siempre serán tan imperiosos que el interés del individuo, incluso el interés de autoconservación, no las dominará. Siendo los estímulos que actúan sobre las masas tan variados y siendo que las masas siempre las obedecen, el resultado es que las masas son, por consecuencia, extremadamente inestables. Esto explica cómo es que las vemos pasar de un momento a otro, de la ferocidad más sanguinaria a la más extrema generosidad y al más extremo heroísmo. Una masa puede fácilmente hacer el papel de verdugo pero, con la misma facilidad, el de un mártir. Son las masas las que han suministrado el torrente de sangre que constituye el prerrequisito para el triunfo de todo credo. No es necesario retrotraerse a las eras heroicas para ver de qué son capaces las masas en esta última dirección. Nunca mezquinan sus vidas en una insurrección y, no hace mucho, un general, volviéndose súbitamente popular, podría haber fácilmente hallado cien mil hombres dispuestos a sacrificar sus vidas por su causa de habérselo demandado [ [4] ].

Cualquier manifestación de premeditación por parte de las masas está, por lo tanto, fuera de discusión. Pueden estar animadas sucesivamente por los sentimientos más contrarios, pero siempre estarán bajo la influencia de los estímulos del momento. Son como las hojas que una tempestad arremolina y desparrama en todas direcciones para luego dejarlas caer. Cuando más adelante estudiemos ciertas masas revolucionarias, daremos algunos ejemplos de la variabilidad de sus sentimientos.

La inestabilidad de las masas las hace muy difíciles de gobernar, especialmente cuando una medida de la autoridad pública ha caído en sus manos. Si las necesidades de la vida cotidiana no constituirían una suerte de regulador invisible de la existencia, las democracias apenas si podrían existir. Aún así, a pesar de que los deseos de las masas son frenéticos, no resultan durables. Las masas son tan incapaces de querer como de pensar por largo tiempo.

Una masa no es solamente impulsiva e inestable. Como un salvaje, no está preparada para admitir nada que pueda interponerse entre su deseo y la realización de este deseo. Menos todavía será capaz de entender un obstáculo de esa índole a causa del irresistible poder que le otorga su fuerza numérica. La noción de imposibilidad desaparece para el individuo que está en una masa. Un individuo aislado sabe muy bien que él solo no puede prenderle fuego a un palacio o desvalijar un negocio y, si fuera tentado a hacerlo, resistiría fácilmente la tentación. Haciéndose parte de una masa, percibirá el poder que le otorga el número y será suficiente con sugerirle ideas de muerte o de saqueo para hacerle ceder inmediatamente a la tentación. Un obstáculo inesperado será destruido con furia frenética. Si el organismo humano permitiese la perpetuidad de una pasión furiosa, podría decirse que la condición normal de una masa refrenada en sus deseos es justamente ese estado de pasión furiosa.

Las características fundamentales de la raza, que constituyen la fuente invariable de la cual surgen todos nuestros sentimientos, siempre ejercen una influencia sobre la irritabilidad de las masas, su impulsividad y su inestabilidad, al igual que sobre todos los sentimientos masivos que estudiaremos. Todas las masas son, indudablemente, siempre irritables e impulsivas, pero con grandes variaciones de grado. Por ejemplo, la diferencia entre una masa latina y una anglosajona es notable. Los hechos más recientes de la Historia de Francia arrojan una vívida luz sobre este punto. Hace veinticinco años, la mera publicación de un telegrama informando acerca del insulto que supuestamente habría ofendido a un embajador fue suficiente para producir una explosión de furia a la que siguió inmediatamente una guerra terrible. Algunos años más tarde, el anuncio telegráfico de un revés insignificante en Langdon provocó una nueva explosión que trajo consigo el derrocamiento instantáneo de un gobierno. Simultáneamente, un revés mucho más serio sufrido por la expedición inglesa en Khartoum produjo solamente una leve emoción en Inglaterra y ningún ministerio resultó afectado. En todas partes las masas se distinguen por tener características femeninas, pero las masas latinas son las más femeninas de todas. Quienquiera que confíe en ellas, puede rápidamente obtener un destino brillante, pero al hacerlo estará perpetuamente bailando al borde de un precipicio con la certeza de ser despeñado por él algún día.

2. La sugestionabilidad y la credulidad de las masas

Al definir a las masas dijimos que una de sus características generales era la de una excesiva sugestionabilidad y hemos mostrado hasta qué punto las sugestiones son contagiosas en toda aglomeración humana; un hecho que explica la rápida orientación de los sentimientos de una masa en una dirección definida. Por más indiferente que se la suponga, una masa, por regla general, se halla en un estado de atención expectante que facilita la sugestión. La primer sugestión que le sea formulada se implantará inmediatamente, por medio de un proceso de contagio, en los cerebros de todos los reunidos y la orientación idéntica de los sentimientos de la masa será inmediatamente un hecho consumado.

Al igual que en el caso de las personas bajo la influencia de la sugestión, la idea que ha penetrado en el cerebro tiende a transformarse en acción. Sea que la acción implique prenderle fuego a un palacio o involucre un autosacrificio, la masa se prestará a ella con la misma facilidad. Todo dependerá de la naturaleza del estímulo desencadenante y ya no, como en el caso del individuo aislado, de las relaciones existentes entre la acción sugerida y la suma total de las razones que pueden esgrimirse en contra de su realización.

En consecuencia, una masa perpetuamente balanceándose al borde de la inconciencia, pronta a ceder a todas las sugestiones, poseyendo toda la violencia de sentimiento propia de los seres que no pueden apelar a la influencia de la razón, desprovista de toda facultad crítica, no puede ser más que excesivamente crédula. Lo improbable no existe para una masa y es necesario tener esta circunstancia bien presente para comprender la facilidad con la cual las leyendas y las historias más improbables resultan creadas y propagadas [ [5] ].

La creación de leyendas que tan fácilmente consiguen circular en las masas no es sólo consecuencia de su extrema credulidad. También es el resultado de las prodigiosas perversiones que los eventos sufren en la imaginación de una multitud. El evento más simple que cae bajo la observación de una masa muy pronto resulta totalmente transformado. Una masa piensa por medio de imágenes y la imagen misma inmediatamente llama a otras imágenes que no tienen ninguna conexión lógica con la primera. Podemos fácilmente concebir este estado pensando en la fantástica sucesión de ideas que se nos ocurren a veces cuando traemos a la mente cualquier hecho. Nuestra razón nos muestra la incoherencia que hay entre esas imágenes pero una masa es casi ciega para esta verdad y confunde el hecho real con la distorsión que su imaginación le ha sobreimpreso. Una masa apenas si percibe la diferencia entre lo subjetivo y lo objetivo. Acepta como reales las imágenes evocadas en su mente aunque con gran frecuencia tengan una relación muy distante con el hecho observado.

Parecería ser que son innumerables las formas en que una masa distorsiona cualquier hecho del cual es testigo, desde el momento en que los individuos que componen el conjunto poseen muy distintos temperamentos. Pero no es éste el caso. Como resultado del contagio, las distorsiones son de la misma clase y toman la misma forma para todos los individuos congregados.

La primera distorsión de la verdad, cometida por uno de los individuos del conjunto constituye el punto de partida para la sugestión contagiosa. Antes de que San Jorge se apareciese a todos los Cruzados sobre los muros de Jerusalén, seguramente fue visto en primer lugar por uno de los presentes. Por la vía de la sugestión y el contagio, el milagro señalado por una única persona fue inmediatamente aceptado por todos.

Tal es siempre el mecanismo de las alucinaciones colectivas tan frecuentes en la Historia – alucinaciones que parecen tener todas las características exigidas de autenticidad desde el momento en que son fenómenos observados por miles de personas.

Para combatir lo que precede, la calidad mental de los individuos que componen la masa no debe ser esgrimido. Esta calidad no tiene importancia. Desde el momento en que forma parte de una masa, la persona instruida y el ignorante son igualmente incapaces de observar.

Esta tesis puede parecer paradójica. Para demostrarla más allá de toda duda sería necesario investigar un gran número de hechos históricos y varios volúmenes serían insuficientes para el propósito.

Aún así, como no quiero dejar al lector bajo la impresión de que estoy haciendo afirmaciones indemostradas, le daré algunos ejemplos tomados al azar del inmenso número de los que podrían ser citados.

El siguiente hecho, seleccionado entre las alucinaciones colectivas de las cuales la masa es la víctima, es uno de los más típicos porque se hallan en él individuos de toda clase, desde los más ignorantes hasta los más altamente educados. Dicho sea de paso, ha sido relatado por Julian Feliz, un teniente naval, en su libro “Corrientes Oceánicas” y previamente fue citado en la Revue Cientifique.

La fragata Belle Poule se encontraba navegando en mar abierto con el propósito de encontrar al crucero Le Berceau del cual había sido separada por una violenta tormenta. Era pleno día y a pleno sol. De pronto, el vigía dio la voz anunciando que había visto una embarcación precaria; la tripulación miró en la dirección señalada y todo el mundo, tanto oficiales como marineros, claramente vieron una balsa remolcada por botes, cubierta de hombres que estaban dando señales de pedir ayuda. Así y todo, esto no fue mas que una alucinación colectiva. El almirante Desfosses hizo bajar un bote para rescatar a los náufragos. Al irse aproximando al objeto avistado, los marineros y los oficiales a bordo del bote vieron “masas de hombres en movimiento, estirando sus brazos pidiendo ayuda, y oyeron el sordo y confuso ruido de un gran número de voces”. Cuando llegaron de hecho al objeto, se encontraron lisa y llanamente en presencia de algunas ramas de árboles cubiertas de hojas que habían sido arrastradas mar adentro desde la costa cercana. Ante una evidencia tan palpable, la alucinación se desvaneció.

El mecanismo de una alucinación colectiva del tipo que hemos explicado se ve claramente en acción a través de este ejemplo. Por un lado tenemos a una multitud en atención expectante. Por el otro lado tenemos una sugestión hecha por el vigía anunciando la vista de una embarcación de náufragos en el mar, una sugestión que, por un proceso de contagio, fue aceptada por todos los presentes, tanto oficiales como marineros.

No es necesario que una multitud sea numerosa para que se destruya la facultad de ver lo que está sucediendo ante sus propios ojos y para que los hechos reales sean sustituidos por alucinaciones no relacionadas con ellos. Ni bien algunos pocos individuos se reúnen ya constituyen una masa y, aún cuando sean hombres distinguidos y educados, asumen todas las características de las masas en relación con las cuestiones que se encuentren más allá de su profesión. La facultad de observación y el espíritu crítico que cada uno de ellos posee individualmente desaparecen al instante. Un ingenioso psicólogo, el Sr. Davey, nos ofrece un muy curioso ejemplo sobre el punto, recientemente citado en los Annales des Sciences Psychiques y que merece ser citado aquí. El Sr. Davey, luego de convocar a una reunión de distinguidos observadores, entre ellos uno de los más prominentes científicos de Inglaterra, el Sr. Wallace, ejecutó en su presencia y después de haberles permitido examinar los objetos y colocar sellos en los lugares que quisieran, todos los fenómenos espiritistas regulares como ser, la materialización de espíritus, la escritura sobre tablillas etc. Después de obtener de estos distinguidos observadores informes escritos admitiendo que los fenómenos observados solamente pudieron haber ocurrido por medios sobrenaturales, les reveló que habían sido el resultado de trucos muy simples. “El aspecto más sorprendente de la investigación de Monsieur Davey” – escribe el autor de este informe – “no es lo maravilloso de los trucos en si mismos sino la extrema debilidad de los informes redactados sobre ellos por los testigos no iniciados. Queda claro que testigos, incluso numerosos, pueden dar testimonios circunstanciales completamente erróneos pero cuyo resultado es que, si sus descripciones se aceptan como exactas, los fenómenos que describen resultan inexplicables por medio de trucos. Los métodos inventados por Mr. Davey fueron tan simples que uno se asombra de que haya tenido el atrevimiento de utilizarlos; pero tenía tal poder sobre la mente de la masa, que logró persuadir a los presentes de que vieron lo que no veían.” Aquí, como siempre, tenemos el poder del hipnotizador sobre el hipnotizado. Más aún, cuando se ve a este poder en acción sobre mentes de un nivel superior y expresamente invitadas a ser escépticas, se comprende cuan fácil es engañar a masas ordinarias.

Los ejemplos similares son innumerables. En el momento de escribir estas líneas, los diarios están llenos de la historia de dos pequeñas niñas halladas ahogadas en el Sena. Para comenzar, estas niñas fueron identificadas de la manera más irrefutable por media docena de testigos. Todas las afirmaciones fueron tan enteramente coincidentes que no quedó duda alguna en la mente del juez de instrucción. Éste funcionario hizo extender el certificado de defunción pero, justo en el momento en que se iba a proceder al entierro de las niñas, una simple casualidad reveló que las supuestas víctimas estaban vivas y que, más aún, las mismas tenían solamente una remota semejanza con las niñas ahogadas. Al igual que en varios de los ejemplos previamente citados, la afirmación del primer testigo – víctima de una ilusión él mismo – fue suficiente para influenciar a los demás.

En casos similares, el punto de partida para la sugestión es siempre la ilusión producida en un individuo por reminiscencias más o menos vagas, seguida del contagio como resultado de la afirmación de esta ilusión inicial. Si el primer observador es muy impresionable, frecuentemente será suficiente que el cadáver que cree reconocer presente – aparte de toda verdadera resemblanza – alguna peculiaridad, como ser una cicatriz, o algún detalle íntimo que pueda evocar la idea de otra persona. Esta idea evocada puede luego convertirse en el núcleo de una especie de cristalización que invade el entendimiento y paraliza toda facultad crítica. Lo que el observador ve luego ya no es el objeto mismo sino la imagen evocada en su mente. Es de esta manera que se explican el reconocimiento equivocado de un muerto por su propia madre, como ocurrió en el siguiente caso, algo antiguo pero recientemente reflotado por los diarios. En esta historia se pueden rastrear precisamente las dos especies de sugestiones cuyo mecanismo acabo de indicar.

“El niño fue reconocido por otro niño que se equivocó. Así comenzó la serie de reconocimientos errados.”

“Ocurrió una cosa extraordinaria. Al día siguiente de que un escolar reconociese el cadáver una mujer exclamó: »¡Por Dios!¡Es mi hijo!« ”

“La mujer fue llevada hasta el cuerpo, examinó las ropas y observó una cicatriz en la frente. »Ciertamente – dijo – es mi hijo que desapareció durante el pasado Julio. Me fue robado y ha sido asesinado.« “

“La mujer era portera en la Rue du Four y su nombre era Chavandret. Fue citado su cuñado y, al ser interrogado, respondió: »Ése es el pequeño Filibert«. Varias personas que viven en la misma calle reconocieron al niño hallado en La Villette como Filibert Chavandret. Entre ellas estuvo el maestro del niño que basó su identificación en una medalla que el chico llevaba.”

“Sin embargo, los vecinos, el cuñado, el maestro y la madre estaban equivocados. Seis semanas más tarde fue establecida la verdadera identidad del niño. El chico, oriundo de Bordeaux, había sido asesinado allí y traído a París por una empresa de transportes.” [ [6] ]

Merece ser destacado que estas identificaciones en la mayoría de los casos resultan efectuadas por mujeres y niños – lo cual equivale a decir: por las personas más impresionables. Nos muestran, al mismo tiempo, el valor que tienen estos testigos en una corte judicial. En especial en lo que se refiere a los niños, sus declaraciones no deberían nunca ser admitidas. Los magistrados tienen el hábito de repetir que los niños no mienten. Si poseyesen una cultura psicológica tan sólo un poco menos rudimentaria de lo que es el caso sabrían que, por el contrario, los niños mienten invariablemente. La mentira es indudablemente inocente, pero sigue siendo una mentira a pesar de todo. Sería mejor decidir el destino de una persona tirando una moneda al aire – como con tanta frecuencia se ha hecho – que hacerlo basándose en la evidencia de un niño.

Retornando a la facultad de observación que poseen las masas, nuestra conclusión es que sus observaciones colectivas son tan erróneas como pueden serlo y que con mucha frecuencia representan la ilusión de un individuo quien, por un proceso de contagio, ha sugestionado a sus compañeros. Es posible multiplicar a placer los casos que demuestran lo aconsejable que es considerar con el más profundo escepticismo la evidencia suministrada por las masas. Hace veinticinco años miles de personas estuvieron presentes en la célebre carga de caballería de la batalla de Sedan y, sobre la base de los testimonios oculares contradictorios disponibles, todavía sigue siendo imposible determinar quien comandaba esa acción. El general inglés Lord Wolseley ha demostrado en un libro reciente que se han cometido gravísimos errores en la apreciación de los incidentes más importantes ocurridos durante la batalla de Waterloo – hechos que, no obstante, han sido atestiguados por cientos de testigos. [ [7] ]

Hechos como éstos nos muestran el valor del testimonio de las masas. Hay tratados que incluyen la unanimidad de numerosos testigos en la categoría de las pruebas más firmes que pueden ser invocadas para fundamentar la exactitud de un hecho. Sin embargo, lo que sabemos de la psicología de las masas nos muestra que los tratados tendrían que ser reescritos en este punto. Los hechos sobre los cuales existe la mayor cantidad de dudas son precisamente aquellos que han sido observados por el mayor número de personas. El decir que un hecho ha sido verificado simultáneamente por miles de testigos equivale a decir, por regla general, que el hecho real fue muy distinto del relato aceptado que de él se tiene.

De lo que precede resulta claro que las obras de Historia deben ser consideradas como un producto de la más pura imaginación. Constituyen relatos arbitrarios de hechos mal observados, acompañados de explicaciones que son el resultado de la reflexión. Escribir esta clase de libros implica la más absoluta pérdida de tiempo. Si el pasado no nos hubiera legado obras literarias, artísticas y arquitectónicas, en realidad no sabríamos absolutamente nada acerca de los tiempos idos. ¿Poseemos una sola palabra cierta concerniente a las vidas de los más grandes hombres que han desempeñado un papel preponderante en la Historia de la humanidad – hombre como Hércules, Buda o Mahoma? Con toda probabilidad, no la tenemos. De hecho y más aún, sus vidas reales poseen escasa importancia para nosotros. Nuestro interés consiste en saber cómo fueron nuestros grandes hombres tal como éstos nos son presentados por la leyenda popular. Son los héroes legendarios y de ninguna manera los héroes reales los que han impresionado las mentes de las masas.

Desafortunadamente, las leyendas – aún cuando hayan sido documentadas en libros de un modo preciso – no poseen estabilidad interna. La imaginación de la masa las transforma continuamente como resultado del transcurso del tiempo y especialmente como consecuencia de causas raciales. Existe un enorme abismo que separa al sanguinario Jehová del Antiguo Testamento, del Dios del Amor de Santa Teresa; y el Buda reverenciado en China no tiene rasgos en común con el venerado en la India.

No es necesario que los héroes se encuentren separados de nosotros por siglos enteros para que su leyenda se transforme debido a la imaginación de la masa. En ocasiones esta transformación tiene lugar en apenas algunos años. En nuestros días hemos visto como la leyenda de uno de los más grandes héroes de la Historia fue modificada varias veces en menos de cincuenta años. Bajo los borbones Napoleón se convirtió en una especie de idílico filántropo liberal, en un amigo de los humildes quien, de cuerdo a los poetas, habría de ser largamente recordado en los hogares modestos. Treinta años después, este héroe amable se convirtió en un sanguinario déspota quien, después de usurpar el poder y destruir la libertad, provocó la masacre de tres millones de hombres para satisfacer su ambición. Actualmente estamos asistiendo a una nueva transformación de la leyenda. Cuando haya soportado la influencia de algunas docenas de siglos, los hombres ilustrados del futuro, enfrentados a estos contradictorios relatos, quizás hasta lleguen a dudar de la existencia misma del héroe de la misma manera en que algunos de ellos hoy dudan de la de Buda, y no verán en él más que un mito solar o un desarrollo de la leyenda de Hércules. Sin duda se consolarán fácilmente por esta incertidumbre puesto que, mejor iniciados de lo que estamos hoy en día en las características y en la psicología de las masas, sabrán que la Historia es escasamente capaz de preservar la memoria de cualquier cosa que no sea un mito.

3. La exageración y la ingenuidad de los sentimientos de las masas.

Tanto si los sentimientos exhibidos por una masa son buenos o malos, en todos los casos presentan el doble carácter de ser muy simples y muy exagerados. En este aspecto, como en tantos otros, un individuo en una masa se parece a los seres primitivos. Incapaz de distinciones sutiles, percibe las cosas como un todo y se vuelve ciego ante las gradaciones intermedias. La exageración de los sentimientos de una masa aumenta por el hecho de que cualquier sensación, una vez exhibida, se comunica muy rápidamente por un proceso de sugestión y contagio, aumentando considerablemente su fuerza por la evidente aprobación de la cual es objeto.

La simpleza y la exageración de los sentimientos de las masas tienen por resultado que una multitud no conoce ni duda ni incertidumbre. Al igual que las mujeres, inmediatamente se vuelca a extremos. Una sospecha, ni bien es anunciada, se transforma en evidencia incontrovertible. El inicio de una antipatía o desaprobación, que en el caso del individuo aislado no ganaría fuerza, se convierte en odio furioso cuando se trata del individuo dentro de la masa.

La violencia de los sentimientos de las masas también se incrementa, especialmente en masas heterogéneas, por la ausencia de todo sentido de responsabilidad. La certeza de impunidad – una certeza que se vuelve tanto más fuerte mientras más numerosa sea la masa – y la noción de una considerable fuerza impulsora debida al número, hacen posibles para las masas, sentimientos y acciones imposibles para el individuo aislado. Dentro de las masas, las personas estúpidas, ignorantes y envidiosas resultan liberadas de su sensación de insignificancia e impotencia volviéndose poseídas, por el contrario, de una noción de poderío brutal, temporal pero inmenso.

Desafortunadamente, esta tendencia de las masas a la exageración con frecuencia se manifiesta a través de malos sentimientos. Los mismos son un residuo atavístico de los instintos del hombre primitivo que, en el individuo aislado y responsable, el miedo al castigo obliga a reprimir. Es por esto que las masas resultan tan fácilmente inducidas a cometes los peores excesos.

Aún así, esto no significa que masas hábilmente influenciadas no sean capaces de heroísmo, o devoción, y de poner de manifiesto las más elevadas virtudes. Incluso son capaces de manifestar más de estas cualidades que el individuo aislado. Pronto tendremos ocasión de volver sobre este punto cuando estudiemos la moralidad de las masas.

Dada la exageración de sus sentimientos, una masa se impresiona solamente por sentimientos excesivos. Un orador que quiera movilizar a una masa deberá hacer un uso abusivo de afirmaciones violentas. El exagerar, el afirmar, el recurrir a repeticiones y el nunca intentar demostrar cosa alguna por medio de razonamientos, son los métodos de argumentación bien conocidos por los oradores de actos públicos.

Más aún, una masa exigirá una exageración similar en los sentimientos de sus héroes. Las cualidades visibles de los mismos deben ser siempre amplificadas. Ha sido certeramente observado que, sobre el escenario, una masa exige del héroe de la obra un grado de coraje, moralidad y virtud que nunca se encuentra en la vida real.

De un modo acertado se le ha dado importancia al punto de vista con que las cosas son vistas en el teatro. Tal punto de vista existe, sin duda, pero sus reglas en su mayor parte no tienen nada que ver con el sentido común ni con la lógica. El arte de apelar a las masas es indudablemente de un orden inferior pero requiere aptitudes bastante especiales. Muchas veces leyendo los guiones es imposible explicar el éxito de la obra. Los gerentes de los teatros, cuando aceptan las obras, por regla general están muy inseguros respecto de su éxito porque, para juzgar la cuestión, debería ser posible para ellos transformarse a si mismos en una masa. [ [8] ]  

Charley’s Aunt”, rechazada por todos los teatros y finalmente puesta en escena por un agente de bolsa, tuvo doscientas representaciones en Francia y más de mil en Londres. Sin la arriba citada explicación acerca de la imposibilidad de los empresarios teatrales de hacer mentalmente las veces de una masa, serían inexplicables los errores de juicio de parte de individuos competentes que están más que interesados en no cometer tales graves errores. Este es un tema que no puedo tratar aquí pero que podría tentar la pluma de algún escritor, familiarizado con los asuntos teatrales y que fuese al mismo tiempo un sutil psicólogo – un escritor como, por ejemplo, M. Francisque Sarcey.

Aquí, una vez más, si pudiésemos embarcarnos en consideraciones más extensas, mostraríamos la preponderante influencia de consideraciones raciales. Una obra que provoca el entusiasmo de la masa de un país a veces no tiene éxito en otro, o bien tiene un éxito sólo parcial y convencional, porque no pone en operación influencias capaces de actuar sobre un público alterado.

No necesito agregar que en las masas la tendencia a la exageración se presenta solamente en el caso de los sentimientos y no se presenta en absoluto en cuestiones de inteligencia. Ya he demostrado que, por el simple hecho de formar parte de una masa, el nivel intelectual de un individuo desciende inmediata y considerablemente. Un magistrado ilustre, M. Trade, también ha verificado este hecho en su investigación sobre crímenes cometidos por muchedumbres. Es, entonces, solamente respecto de los sentimientos que las masas pueden ascender a niveles muy altos o, por el contrario, descender a niveles muy bajos.

4. La intolerancia, la dictatorialidad y el conservativismo de las masas.

Las masas sólo conocen sentimientos simples y extremos; las opiniones, las ideas y las creencias que les son sugeridas resultan aceptadas o rechazadas por ellas como un todo. Las aceptan como verdades absolutas o bien como no menos absolutos errores. Este es siempre el caso de creencias inducidas por un proceso de sugestión en lugar de haber sido engendradas por razonamiento. Todos somos concientes de la intolerancia que acompaña a las creencias religiosas y del imperio despótico que éstas ejercen sobre la mente de las personas.

Existiendo la duda acerca de lo que constituye la verdad o el error y teniendo, por el otro lado, una clara noción de su fuerza, una masa estará tan dispuesta a otorgar una validez autoritaria a sus inspiraciones como lo estará a ser intolerante. Un individuo podrá aceptar la contradicción y la discusión; una masa no lo hará jamás. En una reunión pública la más leve contradicción de parte del orador será inmediatamente recibida con gritos de furia y violentas invectivas, muy pronto seguidas de golpes y expulsión si el orador persiste en su argumento. Sin la presencia de representantes de la autoridad, quien contradice a la masa sería, de hecho, muchas veces asesinado.

La dictatorialidad y la intolerancia son comunes a todas las categorías de masa, pero se presentan con variados grados de intensidad. Aquí, una vez más, reaparece la noción fundamental de raza que domina todos los sentimientos  y todos los pensamientos de los hombres. Es especialmente en las masas latinas que el autoritarismo y la intolerancia se manifiestan en la mayor medida. De hecho, su desarrollo es tal en las masas de origen latino que han destruido por completo ese sentimiento de independencia del individuo tan poderoso en las anglosajonas. Las masas latinas se preocupan solamente de la independencia colectiva de la secta a la cual pertenecen y la característica típica de su concepción de independencia es la necesidad que experimentan de imponer sus creencias, de un modo inmediato y violento, a aquellos que están en desacuerdo. En las razas latinas, los jacobinos de todas las épocas, de los de la Inquisición para abajo, nunca han sido capaces de arribar a un concepto diferente de libertad.

El autoritarismo y la intolerancia son sentimientos de los cuales las masas tienen una noción muy clara; los conciben con facilidad, y los asumen con la misma espontaneidad con la que los ponen en práctica una vez que les han sido impuestas. Las masas exhiben un dócil respeto por la fuerza y se dejan impresionar tan sólo débilmente por la amabilidad que, para ellas, es escasamente algo más que una forma de debilidad. Sus simpatías nunca han sido concedidas a gobernantes benévolos sino a tiranos que los han oprimido vigorosamente. Es a estos últimos a quienes siempre han erigido las más imponentes estatuas. Es cierto que están prontas a pisotear al déspota despojado de su poder pero esto es porque, habiendo perdido su fuerza, ha vuelto a ocupar su puesto entre los débiles que son despreciados porque no deben ser temidos. El tipo de héroe amado por las masas siempre se parecerá a un César. Su insignia las atrae, su autoridad las impresiona y su espada les inspira temor.

Una masa siempre se rebelará contra una autoridad pusilánime y se inclinará servilmente ante una autoridad fuerte. Si la fuerza de una autoridad es intermitente, la masa, siempre obediente a sus propios sentimientos extremos, pasará alternativamente de la anarquía a la servidumbre y de la servidumbre a la anarquía.

Sin embargo, creer en el predominio de instintos revolucionarios en las masas sería malentender por completo su psicología. Es tan sólo su tendencia a la violencia lo que nos engaña en este punto. Sus explosiones de rebeldía y destrucción son siempre muy transitorias. Las masas están demasiado gobernadas por consideraciones inconscientes y, por consiguiente, demasiado sujetas a influencias hereditarias mundanas como para no ser extremadamente conservadoras. Abandonadas a si mismas, muy pronto se cansan del desorden e instintivamente se vuelcan hacia la servidumbre. Fue el más orgulloso y el más intransigente de los jacobinos el que aclamó a Bonaparte con la mayor de las energías cuando éste suprimió toda libertad e hizo sentir severamente su mano de hierro.

Es difícil entender a la Historia, y a las revoluciones populares en particular, si uno no tiene en cuenta suficientemente los instintos profundamente conservadores de las masas. Es cierto que pueden estar deseosas de cambiarle el nombre a las instituciones y, para lograr estos cambios, a veces hasta producen revoluciones extremadamente violentas. Pero la esencia de estas instituciones es demasiado la expresión de las necesidades hereditarias de la raza como para que invariablemente no la respeten. Su incesante movilidad sólo ejerce influencia sobre cuestiones bastante superficiales. De hecho poseen instintos conservadores tan indestructibles como los de todos los seres primitivos. Su respeto fetichista por todas las tradiciones es absoluta; su horror inconsciente ante toda novedad capaz de cambiar las condiciones esenciales de su existencia está muy profundamente arraigado. Si las democracias hubiesen tenido el poder que detentan en la actualidad en la época en que se inventaron los complejos dispositivos mecánicos, o la máquina de vapor y los ferrocarriles, la difusión concreta de estos inventos, o bien hubiera sido imposible, o bien hubiera sido lograda al costo de revoluciones y reiteradas masacres.  Ha sido afortunado para el progreso de la civilización que el poder de las masas comenzara a producirse sólo una vez que los grandes descubrimientos de la ciencia y de la industria ya habían sido logrados.

5. La moralidad de las masas

Tomando la palabra “moralidad” en su sentido de constante respeto por determinadas convenciones sociales y la represión permanente de impulsos egoístas, se hace bastante evidente que las masas son demasiado impulsivas para ser morales. Sin embargo, si incluimos en el término “moralidad” el despliegue transitorio de ciertas cualidades tales como abnegación, autosacrificio, desinterés, devoción y la necesidad de equidad, podríamos decir que, por el contrario, las masas pueden llegar a exhibir a veces una muy alta moralidad.

Los escasos psicólogos que han estudiado a las masas sólo las han considerado desde el punto de vista de sus actos criminales y, al notar lo frecuentes que son estos actos, han llegado a la conclusión que el nivel moral de las masas es muy bajo.

Indudablemente, con frecuencia éste es el caso, pero ¿por qué? Simplemente porque nuestros instintos salvajes, destructivos, son una herencia adormecida en todos nosotros desde eras primitivas. En la vida del individuo aislado sería peligroso para él gratificar estos instintos, mientras que la absorción dentro una masa irresponsable, en la cual consecuentemente se le asegura la impunidad, le otorga entera libertad para seguirlos. En el curso ordinario de los acontecimientos, al ser incapaces de ejercer estos instintos destructivos sobre nuestro prójimo, nos limitamos a ejercerlos sobre animales. La pasión tan ampliamente difundida por las cacerías por un lado y los actos de ferocidad de las masas por el otro, proceden de la misma y única fuente. Una masa que lentamente sacrifica a una víctima indefensa demuestra tener una ferocidad muy cobarde; pero para el filósofo esta ferocidad esta muy estrechamente relacionada con la de los cazadores que se amontonan de a docenas por el placer de tomar parte en la persecución y en la matanza de un desgraciado zorro por parte de sus lebreles.

Una masa puede ser culpable de asesinato, incendio, y de cualquier otro tipo de crimen, pero también es capaz de muy elevados actos de devoción, sacrificio y desinterés; de actos mucho más elevados en verdad que aquellos de los cuales es capaz el individuo aislado. Las apelaciones a los sentimientos de gloria, honor y patriotismo son particularmente aptas para influenciar al individuo que forma parte de una masa y muchas veces al extremo de obtener de él el sacrificio de su vida. La Historia es rica en ejemplos análogos a los brindados por los Cruzados y los voluntarios de 1793. Sólo las colectividades son capaces de gran desinterés y de gran devoción. ¡Cuan numerosas son las masas que heroicamente enfrentaron la muerte por creencias, ideas y frases que apenas si entendieron! Las masas que van a la huelga lo hacen mucho más obedeciendo una órden que por obtener un aumento en el magro salario que perciben por su trabajo. El interés personal es muy raramente un motivo poderoso para las masas mientras que es casi el motivo exclusivo para la conducta del individuo aislado. Seguramente no ha sido el interés personal el que ha guiado a las masas a tantas guerras, incomprensibles por regla para su inteligencia – guerras en las que se han dejado masacrar tan fácilmente como la alondra hipnotizada por el espejo del cazador.

Incluso en el caso de malhechores con frecuencia sucede que el sólo hecho de estar en una muchedumbre los imbuye momentáneamente de muy estrictos principios de moralidad. Taine llama la atención sobre el hecho de que los perpetradores de las masacres de Septiembre depositaron sobre las mesas de los comités las billeteras y las joyas halladas sobre sus víctimas y con las cuales fácilmente se hubieran podido quedar. La masa aullante, hormigueante y harapienta que invadió las Tullerías durante la revolución de 1848 no tocó ninguno de los objetos que produjeron su asombro, siendo que uno solo de ellos le habría significado el pan de muchos días.

La moralización del individuo por la masa no es, ciertamente, una regla constante, pero es una regla frecuentemente observada. Se la observa incluso en circunstancias mucho menos graves que las recién citadas. He indicado que en el teatro la masa exige del héroe de la obra virtudes exageradas y es una observación común que una asamblea, aunque esté compuesta de elementos inferiores, se comporta por regla general de un modo muy formal. El desclasado, el mantenido y el rudo con frecuencia prorrumpen en murmullos ante una escena o ante una expresión levemente inconvenientes, aún cuando las mismas sean muy inofensivas en comparación con su conversación habitual.

Si, pues, las masas con frecuencia se abandonan a bajos instintos, también a veces dan el ejemplo de actos de elevada moralidad. Si el desinterés, la resignación, la devoción absoluta a ideas, reales o quiméricas, son virtudes morales, entonces puede decirse que las masas frecuentemente poseen estas virtudes en un grado raramente alcanzado por los más sabios filósofos. Es indudable que las practican inconscientemente, pero esto poco importa. No deberíamos quejarnos demasiado de que las masas estén más bien guiadas por consideraciones inconscientes y no dadas al razonamiento. Si en ciertos casos hubieran razonado y consultado sus intereses inmediatos, es posible que no hubiera surgido una civilización sobre nuestro planeta y la humanidad no tendría Historia.

 

Capítulo III: Las ideas, el poder de raciocinio y la imaginación de las masas

1. Las ideas de las masas.
Ideas fundamentales y accesorias – Como ideas contradictorias pueden existir simultáneamente – La transformación que las ideas elevadas deben sufrir antes de ser accesibles para las masas – La influencia social de las ideas es independiente del grado de verdad que puedan contener.

2. El poder de raciocinio de las masas.
Las masas no son influenciables mediante el razonamiento – El razonamiento de las masas es siempre de un orden muy inferior – Existe solamente una apariencia de analogía o sucesión en las ideas que asocian.

3. La imaginación de las masas
La fuerza de la imaginación de las masas – Las masas piensan en imágenes, y estas imágenes se suceden sin ningún vínculo de conexión – Las masas están especialmente interesadas en lo maravilloso – Las leyendas y lo maravilloso son los verdaderos pilares de la civilización – La imaginación popular ha sido siempre la base del poder de los estadistas – La manera en que los hechos son capaces de impactar en la imaginación de las masas se presentan para ser observadas.

 

1. Las ideas de las masas

Al estudiar en un trabajo anterior el papel desempeñado por las ideas en la evolución de las naciones, demostramos que toda civilización es el resultado de un pequeño número de ideas fundamentales que rara vez se renuevan. Demostramos como estas ideas son implantadas en la mente de las masas, con qué dificultad se lleva a cabo el proceso, y el poder que esas ideas en cuestión poseen una vez que dicho proceso ha culminado. Finalmente, vimos cómo grandes perturbaciones históricas son, por regla, el resultado de cambios en esas ideas fundamentales.

Habiendo tratado el asunto con suficiente extensión en otra parte, no volveré sobre el mismo ahora sino que me limitaré a decir algunas palabras sobre la cuestión de las ideas tal como éstas son accesibles para las masas y sobre la forma en que ellas las conciben.

Pueden ser divididas en dos clases. En una pondremos ideas accidentales y pasajeras creadas por la influencia del momento: obnubilación por un individuo o por una doctrina, por ejemplo. En la otra clasificaremos las ideas fundamentales a las que el medioambiente, las leyes de la herencia y la opinión pública otorgan una gran estabilidad: ideas como éstas son las creencias religiosas del pasado y las ideas sociales y democráticas de la actualidad.

Estas ideas fundamentales se parecen al volumen de agua de una corriente que lentamente fluye por su cauce; las ideas transitorias son como pequeñas olas, siempre cambiantes, que agitan su superficie siendo más visibles que el desplazamiento de la corriente misma aún cuando no tengan real importancia.

Al día de hoy las grandes ideas fundamentales, que fueron fundamentales para nuestros padres, se están tambaleando cada vez más. Han perdido toda solidez y, al mismo tiempo, las instituciones edificadas sobre ellos se hallan severamente sacudidas. Cada día se forma una gran cantidad de esas ideas transitorias menores de las cuales acabo de hablar, pero, por todo lo que vemos, muy pocas entre ellas parecen estar dotadas de vitalidad y destinadas a adquirir una influencia preponderante.

Cualesquiera que sean las ideas sugeridas a las masas, las mismas podrán ejercer una influencia efectiva solamente a condición de que asuman una forma muy absoluta, simple y de compromiso nulo. Así, se presentan bajo la forma de imágenes y son accesibles para las masas sólo bajo esta forma. Las ideas semejantes a imágenes no están interconectadas por ningún vínculo lógico de analogía o sucesión y pueden ponerse la una en lugar de la otra como las diapositivas de una linterna mágica que el operador retira de la ranura en la que han estado colocadas una arriba de la otra. Esto explica cómo se puede observar que las ideas más contradictorias se hallen presente en las masas. De acuerdo a las vicisitudes del momento, una masa caerá bajo la influencia de una o varias ideas almacenadas en su entendimiento y, en consecuencia, será capaz de cometer los actos más disímiles. Su completa carencia de espíritu crítico le impedirá percibir estas contradicciones.

El fenómeno no es exclusivo de las masas. También puede ser observado en individuos aislados, y no solamente en seres primitivos sino en el caso de todos aquellos – los fervientes sectarios de una fe religiosa, por ejemplo – quienes por uno u otro lado de su inteligencia son semejantes a seres primitivos. He observado la presencia del fenómeno, con una curiosa extensión, en el caso de hindúes educados, instruidos en nuestras universidades europeas, que se han graduado en ellas. Un cierto número de ideas occidentales se había superpuesto a sus inmodificables y hereditarias ideas fundamentales o sociales. De acuerdo con la ocasión del momento, aparecía uno u otro conjunto de ideas, cada uno con su especial secuela de actos y expresiones, con lo cual el mismo individuo presentaba las más flagrantes contradicciones. Estas contradicciones son más aparentes que reales puesto que solamente las ideas hereditarias tienen suficiente influencia sobre el individuo aislado como para constituirse en motivos de conducta. Sólo cuando, como consecuencia del hibridaje de diferentes razas, una persona queda colocada entre diferentes tendencias hereditarias es que sus actos pueden volverse realmente en un todo contradictorios de un momento a otro. Sería inútil insistir aquí sobre estos fenómenos, si bien su importancia es capital. Soy de la opinión que al menos diez años de viajes y observaciones serían necesarios para llegar a comprenderlos.

Siendo las ideas accesibles para las masas solamente luego de haber tomado una forma muy simple, es frecuente que tengan que sufrir las más profundas transformaciones para volverse populares. Especialmente cuando estamos tratando con ideas filosóficas o científicas algo elevadas es que podemos observar cuan extensas modificaciones se requieren a fin de rebajarlas al nivel de la inteligencia de las masas. Estas modificaciones dependen de la naturaleza de las masas, o de la raza a la cual las masas pertenecen, pero su tendencia es siempre al empequeñecimiento y en la dirección de una simplificación. Esto explica el hecho de que, desde el punto de vista social, en realidad apenas si hay algo parecido a una jerarquía de ideas – es decir, ideas de una mayor o menor eminencia. No importa cuan grande o cierta haya sido una idea en sus orígenes; será desprovista de todo lo que constituía su grandeza y excelencia por el puro hecho de que haber sido puesta dentro del ámbito intelectual de las masas ejerciendo alguna influencia sobre las mismas.

Más aún, desde el punto de vista social, el valor jerárquico de una idea, su mérito intrínseco, no tiene importancia. La cuestión a considerar es el efecto que produce. Las ideas cristianas de la Edad Media, las ideas democráticas del siglo pasado, o las ideas sociales de hoy, ciertamente no son muy elevadas. Consideradas filosóficamente, sólo pueden ser concebidas como errores un tanto lamentables, y sin embargo su poder ha sido y será inmenso, y figurarán por largo tiempo entre los factores más esenciales que determinan la conducta de los Estados.

Incluso cuando una idea ha atravesado las transformaciones que la hacen accesible para las masas, sólo ejercerá su influencia si, por varios procesos que examinaremos en otra parte, se ha convertido realmente en un sentimiento; algo para lo cual se requiere mucho tiempo.

Porque no debe suponerse que, simplemente por el hecho de que la virtud de una idea haya sido comprobada, la misma puede provocar una acción productiva aún en mentes cultivadas. Este hecho puede ser rápidamente apreciado notando lo leve que resulta la influencia de hasta la demostración más clara sobre la mayoría de los hombres. La evidencia, si es muy palmaria, puede ser aceptada por una persona educada pero el converso rápidamente será traído de regreso a sus concepciones originales por su ser inconsciente. Véalo de nuevo después de pasados unos pocos días y volverá a esgrimir de nuevo sus viejos argumentos en exactamente los mismos términos. En realidad, está bajo la influencia de ideas anteriores que se han vuelto sentimientos y son solamente esas ideas las que influyen sobre los más recónditos motivos de nuestros actos y expresiones. No puede ser de otro modo en el caso de las masas.

Cuando, por varios procesos, una idea ha terminado por penetrar en la mente de las masas, la misma posee un irresistible poder y produce una serie de efectos a los cuales es inútil oponerse. Las ideas filosóficas que terminaron en la Revolución Francesa tardaron casi un siglo en implantarse en la mente de la masa. Es conocida la fuerza irresistible que tuvieron una vez que echaron raíces. El vuelco de toda una nación hacia la conquista de la igualdad social y la conquista de derechos abstractos y libertades ideales causó el tambalear de todos los tronos produciendo profundos disturbios en el mundo occidental. Durante veinte años las naciones se vieron involucradas en conflictos intestinos y Europa fue testigo de hecatombes que hubieran aterrorizado a Gengis Khan y a Tamerlán. Nunca el mundo ha visto a tal escala lo que puede resultar de la promulgación de una idea.

Se necesita un largo tiempo para que las ideas se establezcan en la mente de las masas, pero por lo menos un tiempo igual de largo es necesario para erradicarlas. Es por esta razón que las masas, en lo concerniente a las ideas, se encuentran siempre varias generaciones por detrás de los filósofos y las personas instruidas. Todos los estadistas son hoy bien conscientes de la mezcla de errores contenida en las ideas fundamentales a las que me he referido poco antes, pero como la influencia de estas ideas aún sigue siendo muy poderosa, se encuentran obligados a gobernar de acuerdo a principios en cuya verdad han cesado de creer.

2. El poder de raciocinio de las masas.

No se puede decir absolutamente que las masas no razonan y que no pueden ser influenciadas por razonamientos.

Sin embargo, los argumentos que emplean y los que son capaces de influenciarlas son, desde un punto de vista lógico, de una clase tan inferior que sólo por vía de analogía se las puede describir como razonamientos.

El raciocinio inferior de las masas se basa, al igual que el raciocinio de un orden superior, en la asociación de ideas, pero entre las ideas asociadas por las masas hay sólo vínculos aparentes de analogía o sucesión. El modo de razonar de las masas se parece al del esquimal quien, sabiendo por experiencia que el hielo – un cuerpo transparente – se disuelve en la boca, saca como conclusión que el vidrio – un cuerpo igual de transparente – también debería disolverse en la boca; o al del salvaje que se imagina que comiéndose el corazón de un enemigo valiente adquirirá su valentía; o al del obrero que, habiendo sido explotado por un empleador, inmediatamente concluye que todos los empleadores explotan a sus hombres.

Las características del razonamiento de las masas son, por un lado, la asociación de cosas disímiles que poseen una conexión meramente aparente entre si, y por el otro, la inmediata generalización de casos particulares. Son argumentos de este tipo los que ofrecen a las masas quienes saben como manejarlas. Son los únicos argumentos por medio de los cuales las masas pueden ser influenciadas. Una cadena de argumentos lógicos es totalmente incomprensible para las masas y es por eso que está permitido decir que no razonan, o que razonan falsamente y no pueden ser influenciadas por medio de razonamientos. Al leer ciertos discursos, a veces uno se asombra de su debilidad siendo que, a pesar de ello, los mismos han tenido una enorme influencia sobre las masas que los han escuchado. Lo que se olvida es que su intención fue la de persuadir colectividades y no la de ser leídos por filósofos. Un orador, en íntimo contacto con la muchedumbre, puede evocar imágenes que la seducirán. Si tiene éxito, su objetivo estará logrado y veinte volúmenes de disertaciones – siempre el resultado de la reflexión – no valen lo que unas pocas frases que apelan a los cerebros que había que convencer.

Sería superfluo agregar que la impotencia de las masas para razonar correctamente les impide manifestar rastro alguno de espíritu crítico, esto es, les impide ser capaces de discernir la verdad del error o formarse un juicio preciso en cualquier materia. Los juicios aceptados por las masas son meramente juicios impuestos sobre ellas y jamás juicios adoptados después de una discusión. En esta materia, los individuos que no sobrepasan el nivel de una masa son numerosos. La facilidad con la que ciertas opiniones obtienen una aceptación general resulta más especialmente de la imposibilidad experimentada por la mayoría de las personas de formarse una opinión íntima y singular basada sobre un razonamiento propio.

3. La imaginación de las masas

Al igual que en el caso de las personas en quienes el poder de raciocinio está ausente, la imaginación figurativa de las masa es muy poderosa, muy activa y muy susceptible de ser vivamente impresionada. Las imágenes evocadas en su mente por un personaje, por un evento, un accidente, son casi tan vívidas como la realidad. Hasta cierto punto las masas están en la posición del durmiente cuya razón, temporalmente suspendida, permite el surgimiento en la mente de imágenes de extrema intensidad que se disiparían rápidamente si estuviesen sometidas a la acción de la reflexión. Las masas, al ser incapaces tanto de la reflexión como del raciocinio, carecen de la noción de improbabilidad; y es de destacar que, en un sentido general, las cosas más improbables son las más notables.

Por esto es que resulta ser siempre el aspecto maravilloso y legendario de los eventos lo que más especialmente impresiona a las masas. Cuando se analiza a una civilización, se observa que, en realidad, sus verdaderos pilares son lo maravilloso y lo legendario. A lo largo de la Historia, las apariencias han desempeñado un papel mucho más importante que la realidad y en la Historia lo irreal posee siempre un ímpetu más grande que lo real.

Al ser solamente capaces de pensar por imágenes, las masas sólo pueden ser impresionadas por imágenes. Son únicamente imágenes las que las aterrorizan o las atraen volviéndose motivaciones para la acción.

Por esta razón las representaciones teatrales, en las cuales la imagen se muestra en su forma más claramente visible, siempre tienen una enorme influencia sobre las masas. Pan y circos espectaculares constituían para los plebeyos de la antigua Roma el ideal de felicidad y no pedían nada más. A lo largo de las eras posteriores esto apenas si ha variado. Nada tiene un efecto mayor sobre la imaginación de las masas de cualquier categoría que las representaciones teatrales. Toda la audiencia experimenta al mismo tiempo las mismas emociones y si estas emociones no se transforman inmediatamente en acciones es porque hasta el más inconsciente de los espectadores no puede ignorar que está siendo víctima de ilusiones y que ha llorado o reído con aventuras imaginarias. Algunas veces, sin embargo, los sentimientos sugeridos por las imágenes son tan fuertes que tienden, como las sugestiones habituales, a transformarse en acciones. Ha sido frecuentemente narrada la historia del dueño de un teatro popular quien, como consecuencia de montar exclusivamente