Gustave Le Bon: Psicología de las Revoluciones

    

Primera Parte      Segunda Parte

 

PARTE III

LA EVOLUCIÓN RECIENTE DE LOS PRINCIPIOS REVOLUCIONARIOS

 

Capítulo I

El progreso de los credos democráticos desde la Revolución.

 

1)- Propagación gradual de las ideas democráticas después de la Revolución

Las ideas que están firmemente establecidas, como incrustadas en la mente de las personas, continúan actuando por varias generaciones. Las que resultaron de la Revolución Francesa estuvieron, como las demás, sujetas a esta ley.

Si bien la vida de la Revolución, como gobierno, fue corta, la influencia de sus principios fue, por el contrario, muy longeva. Convirtiéndose en una suerte de credo religioso, estos principios modificaron profundamente la orientación de los sentimientos y las ideas de varias generaciones.

A pesar de unos pocos intervalos, la Revolución Francesa ha continuado hasta el presente y aún sobrevive. El papel de Napoleón no se limitó a sacudir al mundo, cambiando el mapa de Europa y rehaciendo la gesta de Alejandro. Los nuevos derechos del pueblo, creados por la Revolución y establecidos por sus instituciones, han ejercido una profunda influencia. La obra militar del conquistador se disolvió pronto, pero los principios revolucionarios que contribuyó a propagar le han sobrevivido.

Las distintas restauraciones que siguieron al Imperio, hicieron que al comienzo las personas se olvidasen un tanto de los principios de la Revolución. Durante cincuenta años esta propagación estuvo lejos de ser rápida. Hasta se podría haber conjeturado que el pueblo los había olvidado. Sólo un pequeño número de teóricos mantuvo su influencia. Herederos del espíritu “simplista” de los jacobinos, creyendo, como ellos, que las sociedades pueden ser rehechas de arriba hasta abajo por medio de leyes, y persuadidos de que el Imperio sólo había interrumpido la obra de la Revolución, estos teóricos deseaban retomarla.

Mientras esperaban el momento de recomenzar, intentaron difundir los principios de la Revolución a través de sus escritos. Fieles imitadores de los hombres de la Revolución, nunca se detuvieron a preguntarse si sus esquemas de reforma se condecían con la naturaleza humana. También ellos se pusieron a erigir una sociedad quimérica para un hombre ideal, convencidos de que la aplicación de sus sueños regeneraría a la especie humana.

Carentes de todo poder constructivo, los teóricos de todas las edades han estado siempre muy dispuestos a destruir. Napoleón en Santa Helena afirmó que: “si existiese una monarquía de granito, los idealistas y los teóricos encontrarían la forma de hacerla polvo.

Entre la galaxia de soñadores como Saint-Simon, Fourier, Pierre Leroux, Luis Blanc, Quinet, etc. hallamos que sólo a Augusto Comte entendió que una transformación de hábitos y de ideas debe preceder a la reorganización política.

Lejos de favorecer la difusión de ideas democráticas, los proyectos de reforma de los teóricos de este período tan sólo impidieron su progreso. El socialismo comunista, que muchos de ellos profesaban para restaurar a la Revolución, finalmente alarmó a la burguesía y hasta a las clases trabajadoras. Ya hemos visto que el miedo a estas ideas fue una de las principales causas de la restauración del Imperio.

Si ninguna de las elucubraciones quiméricas de los escritores de la primera mitad del Siglo XIX merece ser discutida, no por ello deja de ser interesante examinarlas a fin de observar el papel desempeñado por ideas religiosas y morales que hoy en día son consideradas con indiferencia. Persuadidos de que una nueva sociedad, al igual que las sociedades de antaño, no podía ser construida sin convicciones religiosas y morales, los reformadores estuvieron siempre intentando instaurar esas convicciones.

Pero ¿en qué podían fundamentarlas? Evidentemente, en la razón. Por medio de la razón los seres humanos habían creado complicadas máquinas. ¿Por qué no crear, entonces, cosas aparentemente tan simples como una religión y una moral? Ninguno de ellos sospechó siquiera que ninguna convicción religiosa o moral ha tenido jamás una lógica racional por base. Augusto Comte tampoco lo vio con más claridad. Sabemos que fundó una autodenominada religión positivista que aún encuentra algunos pocos seguidores. Los científicos habrían de formar un clero dirigido por un nuevo Papa que, a su vez, habría de reemplazar al Papa católico.

Todas estas concepciones – políticas, religiosas o morales – por largo tiempo no tuvieron más resultado, reitero, que el de alejar a la multitud de los principios democráticos.

Si, finalmente, estos principios se difundieron en forma amplia, ello no fue gracias a los teóricos sino porque surgieron nuevas condiciones de vida. Gracias a los descubrimientos de la ciencia, la industria se desarrolló y ello condujo a la construcción de inmensas fábricas. Las necesidades económicas dominaron cada vez más la voluntad de los gobiernos y los pueblos terminaron creando un terreno favorable para la difusión del socialismo y, por sobre todo, del sindicalismo, que constituyen la forma moderna de las ideas democráticas.

 

2)- La desigual influencia de los tres principios fundamentales de la Revolución

La herencia de la Revolución está resumida por entero en una sola frase: Libertad, Igualdad y Fraternidad. El principio de igualdad, como hemos visto, ha ejercido una influencia poderosa, pero los otros dos no compartieron su destino.

Si bien el sentido de estos términos parece ser suficientemente claro, fueron comprendidos de muy diferentes maneras según las personas y los tiempos. Sabemos que una de las más frecuentes causas de conflicto en la Historia han sido las diferentes interpretaciones de las mismas palabras por parte de personas de diferente mentalidad.

Para los miembros de la Convención, libertad significó meramente el ejercicio de un despotismo ilimitado. Para un joven “intelectual” moderno, la misma palabra significa una independencia general de cualquier cosa irritante: tradición, leyes, superioridad, etc. Para el jacobino moderno consiste especialmente en su derecho a perseguir a sus adversarios.

Si bien los oradores políticos aún mencionan ocasionalmente a la libertad en sus discursos, por lo general han dejado de invocar a la fraternidad. Lo que hoy enseñan los oradores es el conflicto de las distintas clases y no su alianza. Nunca un odio más profundo ha dividido a los distintos estratos de la sociedad y a los partidos políticos que los dirigen.

Pero, mientras la libertad se ha vuelto dudosa y la fraternidad se ha esfumado, el principio de igualdad ha crecido sin límites. Ha sido supremo en todos los alzamientos políticos de los que Francia fue escenario durante el siglo pasado y ha llegado a tal desarrollo que nuestra vida política y social, nuestras leyes, nuestros hábitos y costumbres, están – al menos en teoría – basados sobre este principio. Constituye el real legado de la Revolución. La pasión por la igualdad, no sólo ante la ley, sino además en cuanto a posición y fortuna, es la piedra angular del último producto de la democracia: el socialismo. Esta pasión es tan poderosa que se está diseminando en todas las direcciones a pesar de estar en contradicción con todas las leyes biológicas y económicas. Se trata de una nueva fase de la lucha constante de los sentimientos contra la razón, una lucha en la que la razón sólo rara vez triunfa.

 

3)- La democracia de los “intelectuales” y la democracia popular.

Hay dos leyes a las que, hasta ahora, han estado sujetas todas las ideas que ocasionaron revueltas en el mundo de los seres humanos: evolucionan lentamente y cambian completamente de sentido de acuerdo a las mentalidades que las reciben.

Una doctrina puede ser comparada con un ser vivo. Subsiste sólo a través de un proceso de transformación. Los libros necesariamente callan en lo que se refiere a estas variaciones, de modo que la fase del estado de cosas que establecen pertenece sólo al pasado. Los libros no reflejan la imagen de los vivos sino la de los muertos. La consignación escrita de una doctrina con frecuencia representa el aspecto más descartable de esa doctrina.

En otro trabajo he mostrado cómo se modifican las instituciones, las artes y los lenguajes al pasar de un pueblo al otro, y cómo las leyes de estas transformaciones difieren de la verdad tal como ésta aparece en los libros. Hago referencia a esto ahora tan sólo para mostrar por qué, al examinar el asunto de las ideas democráticas, nos ocuparemos tan poco con el texto de las doctrinas y buscaremos sólo los elementos psicológicos de los cuales dichas doctrinas constituyen una capa externa y las reacciones que provocan en las distintas categorías de personas que las han aceptado.

Modificada rápidamente por personas de diferentes mentalidades, la teoría original bien pronto no es más que una etiqueta que denota algo bastante diferente del original.

Estos principios, aplicables a credos religiosos, lo son igualmente a las convicciones políticas. Cuando una persona habla de democracia, por ejemplo, debemos preguntar qué es lo que esta palabra significa para diferentes pueblos, y también si en el mismo pueblo no habrá una gran diferencia entre la democracia de los “intelectuales” y la democracia popular.

Limitándonos ahora a considerar este último punto, fácilmente percibiremos que las ideas democráticas que se encuentran en los libros y periódicos constituyen puras teorías de gente literata; teorías de las que el pueblo no sabe nada y de cuya aplicación no tendría nada para ganar. Aún si el trabajador manual poseyese el derecho teórico de cruzar la barrera que lo separa de las clases superiores por medio de toda una serie de competiciones y exámenes, su chance de tener éxito continuaría siendo extremadamente baja.

La democracia de las clases letradas no tiene más objeto que establecer una selección que reclutará a las clases dirigentes exclusivamente de las mismas clases letradas. No tendría yo nada para decir en contra de esto si la selección fuese real. En un caso así, constituiría la aplicación de la máxima de Napoleón: “El verdadero método de gobierno consiste en emplear la aristocracia, pero bajo las formas de la democracia.

Es una pena, pero la democracia de los “intelectuales” simplemente conduciría a la sustitución del Derecho Divino de los reyes por el Derecho Divino de una pequeña oligarquía que demasiadas veces ha sido estrecha y despótica. No se puede crear la libertad sustituyendo a una tiranía.

La democracia popular de ninguna manera apunta a fabricar gobernantes. Dominada enteramente por el espíritu de igualdad y el deseo de mejorar la suerte de los trabajadores, rechaza la idea de fraternidad y no exhibe ansiedades respecto de la libertad. Para la democracia popular no hay gobierno concebible excepto bajo la forma de una autocracia. Podemos constatar esto, no sólo en la Historia que nos muestra que, desde la Revolución, todos los gobiernos despóticos han sido vigorosamente aclamados; también podemos verlo en el modo autocrático en que son conducidos los sindicatos obreros.

Esta profunda distinción entre democracia de clases letradas y democracia popular es por lejos más obvia para los trabajadores que para los intelectuales. Entre sus mentalidades no hay nada en común; las dos clases no hablan el mismo idioma. En la actualidad, los sindicalistas afirman enfáticamente que no puede existir alianza alguna entre ellos y los políticos de la burguesía. Esta afirmación es estrictamente cierta.

Siempre ha sido así y esta es, sin duda, la razón por la cual la democracia popular, desde Platón hasta nuestros días, jamás ha sido defendida por los grandes pensadores.

Este hecho ha impresionado mucho a Emile Faguet. “Casi ninguno de los pensadores del Siglo XIX fue demócrata.” – nos dice – “Cuando estaba escribiendo mi ‘Politiques et Moralistes du XIXe Siecle’  (Políticos y Moralistas del Siglo XIX), ésta fue mi desesperación. No podía encontrar ni a uno que hubiese sido un demócrata; con todo, estaba ansioso de hallar al menos uno para poder exponer la doctrina democrática tal como él la había formulado.

El eminente escritor podría haber encontrado, por cierto, abundante cantidad de políticos profesionales, pero éstos raramente pertenecen a la categoría de pensadores.

 

4)- Desigualdades naturales e igualitarización democrática

La dificultad de conciliar la igualitarización democrática con las desigualdades naturales constituye uno de los problemas más difíciles de la actualidad. Conocemos los deseos de la democracia. Veamos lo que la Naturaleza contesta a estas pretensiones.

Las ideas democráticas, que con tanta frecuencia han sacudido al mundo desde las eras heroicas de Grecia hasta los tiempos modernos, siempre se encuentran chocando contra desigualdades naturales. Algunos observadores han afirmado, con Helvetius, que la desigualdad entre los seres humanos resulta creada por la educación.

De hecho, la realidad es que, para la naturaleza, lo que llamamos igualdad no existe. Madre Natura distribuye de un modo muy desigual el genio, la belleza, la salud, el vigor, la inteligencia y todas las demás cualidades que confieren a sus poseedores una superioridad sobre sus congéneres.

No hay teoría que pueda alterar estas discrepancias, de modo que las doctrinas democráticas permanecerán condenadas a ser tan sólo palabras hasta que las leyes de la herencia nos hagan el favor de unificar las capacidades de todos los seres humanos.

¿Podemos suponer que las sociedades alguna vez lograrán establecer artificialmente la igualdad que la naturaleza niega?

Unos pocos teóricos han creído por mucho tiempo que la educación podía producir una nivelación general. Muchos años de experiencia han demostrado lo insostenible de esta ilusión.

Sin embargo, a un socialismo triunfante no le sería imposible establecer la igualdad – al menos por un tiempo – eliminando rigurosamente a todos los individuos superiores. Es bastante fácil prever lo que le sucedería a un pueblo después de suprimir a sus mejores individuos si este pueblo está rodeado de otras naciones que avanzan precisamente gracias a sus mejores individuos.

No es sólo que la naturaleza desconoce la igualdad. Desde el comienzo de los tiempos ha promovido progresos a través de diferenciaciones sucesivas – es decir: por medio de crecientes desigualdades. Sólo éstas pudieron elevar a la ignota célula de los primeros períodos geológicos a la altura del ser superior cuyos inventos habrían de cambiarle la cara al planeta.

El mismo fenómeno se observa en las sociedades. Las formas de democracia que seleccionan los mejores elementos de las clases populares terminan al final creando una aristocracia intelectual; un resultado contrario al sueño de los teóricos puros que proponen rebajar los elementos superiores de la sociedad al nivel de los elementos inferiores.

De parte de la ley natural, que es hostil a las teorías igualitarias, se encuentran las condiciones del progreso moderno. La ciencia y la industria demandan esfuerzos intelectuales más y más considerables. Por consiguiente, las desigualdades mentales y las diferencias de condición social que surgen de ellas no pueden sino acentuarse.

Con ello, asistimos al siguiente sorprendente fenómeno: mientras las leyes y las instituciones tratan de nivelar a los individuos, el progreso de la civilización tiende a diferenciarlos aún más. La diferencia intelectual entre el campesino y el barón feudal no era demasiado grande; pero entre el obrero manual y el ingeniero esa diferencia es inmensa y aumenta todos los días.

Si la capacidad es el principal factor del progreso, los capaces de cada clase suben mientras los mediocres permanecen estacionarios o bajan. ¿Qué podrían las leyes hacer frente a estos fenómenos inevitables?

En vano pretenden los incapaces sostener que, al representar un gran número, también representan una fuerza. Desprovistos de los cerebros superiores de cuyas investigaciones todos los obreros se benefician, todos se hundirían rápidamente en la pobreza y en la anarquía.

El papel importantísimo de las élites en la civilización moderna parece demasiado obvio como para tener que ser subrayado. En el caso de naciones civilizadas comparadas con pueblos bárbaros – conteniendo ambas un promedio similar de mediocridades – la superioridad de las primeras se debe solamente a las mentes superiores que poseen. Los Estados Unidos entendieron esto tan perfectamente que prohibieron la inmigración de trabajadores chinos cuya capacidad era idéntica a la de los trabajadores americanos, siendo que los chinos, al trabajar por salarios más bajos, tendían a crear una competencia formidable contra estos últimos. A pesar de estas evidencias, vemos cómo el antagonismo entre la multitud y las élites crece día a día. En ninguna época fueron más necesarias las élites, y sin embargo, nunca antes fueron apoyadas con tanta dificultad.

Uno de los fundamentos más sólidos del socialismo es un inmenso odio a las élites. Los adeptos socialistas olvidan que todo progreso científico, artístico e industrial que crea la potencia de un país y la prosperidad de millones de trabajadores, se debe solamente a un pequeño número de cerebros superiores.

Si el trabajador actual gana por día tres veces lo que ganaba hace cien años y goza de comodidades que no conocieron ni los grandes nobles, se lo debe enteramente a las élites.

Supongamos que, por obra de algún milagro, el socialismo hubiese sido universalmente aceptado hace un siglo. Habiendo sido suprimidos el riesgo, la especulación, la iniciativa – en una palabra: todos los estímulos a la actividad humana – ningún progreso hubiera sido posible y el trabajador se hubiera quedado tan pobre como era. Los seres humanos hubieran establecido esa igualdad en la pobreza que resulta deseada por los celos y la envidia de una hueste de mentes mediocres. La humanidad nunca renunciará al progreso de la civilización tan sólo para satisfacer un ideal tan mezquino.

 

 

Capítulo II

Los resultados de la evolución democrática

 

1)- La influencia sobre la evolución social de las teorías sin valor racional.

Hemos visto que las leyes naturales no concuerdan con las aspiraciones democráticas. Sabemos también que una verdad como esa nunca ha afectado a las doctrinas que ya están en la mente de las personas. La persona guiada por un credo nunca se preocupa por el valor real del mismo.

El psicólogo que estudia un credo, obviamente deberá discutir su contenido racional, pero estará más enfocado sobre las influencias que el mismo tiene sobre la mentalidad general.

La importancia de esta distinción se hace inmediatamente evidente cuando se la aplica a todos los grandes credos de la Historia. Jupiter, Moloch, Visnu, Alá y tantas otras divinidades fueron, sin duda, meras ilusiones desde el punto de vista racional; sin embargo, su efecto sobre la vida de las personas ha sido considerable.

La misma distinción es aplicable a los credos que prevalecieron durante la Edad Media. Igualmente ilusorios, ejercieron a pesar de ello una influencia igual de profunda que si se hubieran correspondido con realidades.

Si alguien duda de ello, que compare la dominación del Imperio Romano con la de la Iglesia de Roma. La primera fue perfectamente real y tangible; no implicó ninguna ilusión. La segunda, mientras sus fundamentos eran enteramente quiméricos, fue exactamente igual de poderosa. Gracias a ella durante la larga noche de la Edad Media, los pueblos semibárbaros adquirieron esos lazos sociales, esas restricciones y ese espíritu nacional sin los cuales no hay civilización alguna.

El poder que tuvo la Iglesia demuestra, otra vez, que el poder de ciertas ilusiones es lo suficientemente grande como para crear, al menos momentáneamente, sentimientos tan contrarios al interés de los individuos como contrarios al interés de la sociedad – tales como el amor por la vida monástica, la pasión por el martirio, las cruzadas, las guerras de religión, etc.

La aplicación de las consideraciones precedentes a las ideas democráticas y socialistas muestra que poco importa que estas ideas no tengan una base racionalmente defendible. Impresionan e influencian la mente de las personas y eso es suficiente. Sus resultados podrán ser desastrosos en extremo, pero no podemos evitarlos.

Los apóstoles de las nuevas doctrinas están bastante equivocados en tomarse tanto trabajo buscando una base racional para sus aspiraciones. Serían por lejos más convincentes si se limitaran a hacer afirmaciones y a despertar esperanzas. Su verdadera fuerza reside en la mentalidad religiosa que le es inherente al corazón del Hombre y que, a lo largo de las eras, sólo ha cambiado de objeto.

Más tarde consideraremos desde un punto de vista filosófico varias consecuencias de la evolución democrática cuyo curso vemos acelerándose. Respecto de la Iglesia medieval podemos decir que tuvo el poder de influenciar profundamente la mentalidad de las personas. Examinando ciertos resultados de las doctrinas democráticas veremos que el poder de las mismas no es menor que el de la Iglesia.

 

2)- El espíritu jacobino y la mentalidad creada por las convicciones democráticas.

Las generaciones actuales han heredado, no sólo los principios revolucionarios sino también la mentalidad que garantiza su éxito.

Al describir esta mentalidad cuando examinamos el espíritu jacobino, vimos que siempre pretende imponer por la fuerza las ilusiones que considera como verdades. El espíritu jacobino ha terminado por ser tan general en Francia y en otros países latinos que ha afectado a todos los partidos políticos, aún a los más conservadores. La burguesía se halla fuertemente afectada por él y el pueblo lo está aún más.

Este aumento del espíritu jacobino ha tenido por resultado el hecho que las concepciones, las instituciones y las leyes políticas tienden a ser impuestas por la fuerza. El sindicalismo, bastante pacífico en otros países, asumió inmediatamente en Francia un aspecto irreductible y anárquico que quedó expuesto en forma de revueltas, sabotajes e incendios.

Imposible de reprimir por parte de gobiernos débiles, el espíritu jacobino produce desastres en mentes de capacidad mediocre. En un reciente congreso de ferroviarios, un tercio de los delegados aprobó el sabotaje y uno de los secretarios del Congreso comenzó su discurso diciendo: “Envío a los saboteadores mi fraternal saludo y toda mi admiración.

Esta mentalidad general engendra una creciente anarquía. Que Francia no se encuentre en un estado de anarquía permanente se debe, como ya lo he remarcado, al hecho que los partidos que la dividen producen algo parecido a un equilibrio. Están animados de un odio mortal los unos por los otros, pero ninguno es lo suficientemente fuerte como para esclavizar a sus rivales.

Esta intolerancia jacobina está difundiéndose a tal extremo que los mismos gobernantes emplean sin escrúpulo alguno las tácticas más revolucionarias para con sus enemigos, persiguiendo violentamente a cualquier partido que ofrezca la más mínima resistencia y hasta despojándolo de su propiedad. Nuestros gobernantes actuales se comportan como solían hacerlo los antiguos conquistadores: los derrotados no pueden esperar nada de los vencedores.

Lejos de ser algo peculiar de los estratos más bajos, la intolerancia es igual de prominente entre las clases gobernantes. Michelet destacó hace ya tiempo que la violencia de las clases cultivadas es con frecuencia mayor que la del pueblo. Es cierto que éstas no rompen las lámparas del alumbrado público, pero están más que dispuestas a romper cabezas. La peor violencia de la Revolución fue obra de burgueses cultivados – profesores, abogados, etc. – poseedores de esa educación clásica de la que se supone que suaviza las costumbres. Pues no las suaviza hoy del mismo modo en que no lo hizo antaño. Se puede confirmar esto leyendo los periódicos de avanzada cuyos columnistas y editores se reclutan principalmente de entre los profesores universitarios.

Sus libros son tan violentos como sus artículos y uno se pregunta cómo personas tan favorecidas por la fortuna pueden segregar tamañas cantidades de odio.

Sería difícil creerles si nos aseguraran que están consumidos por una intensa pasión por el altruismo. Sería mucho más fácil admitir que, aparte de una mentalidad religiosa estrecha, la única explicación posible para la violencia recomendada por su propaganda escrita es, o bien la esperanza de ser notados por los poderosos de turno, o bien la intención de crearse una popularidad bien remunerada.

En uno de mis trabajos anteriores ya he citado algunos pasajes de un libro escrito por un profesor del Colegio de Francia en el cual el autor incita al pueblo a tomar las riquezas de la burguesía, a la cual denosta furiosamente, lo cual me ha llevado a la conclusión de que una nueva revolución encontraría, entre los autores de semejantes libros, muy rápido a los Marats, Robespierres y Carriers que pueda llegar a necesitar.

La religión jacobina – por sobre todo en su versión socialista – tiene todo el poder que poseían los antiguos credos sobre las mentes débiles. Enceguecidas por su fe, creen que la razón es su guía, pero actúan en realidad sólo por sus pasiones y por sus sueños.

La evolución de las ideas democráticas, por ello, no ha producido solo los resultados políticos ya mencionados, sino también un efecto considerable sobre la mentalidad de los hombres modernos.

Si bien los antiguos dogmas han agotado su poder hace mucho tiempo, las teorías de la democracia se hallan lejos de haber perdido el suyo y vemos como día a día crecen sus consecuencias. Uno de los principales resultados de ello ha sido un odio generalizado a la excelencia.

Este odio a cualquier cosa que sobresalga del promedio, ya sea en fortuna social o en inteligencia, se ha hecho actualmente general en todas las clases, desde las clases trabajadoras hasta los estratos superiores de la burguesía. Los resultados son envidia, denuestos, y amor por el ataque, por la chicana, por la persecución, y al hábito de atribuir toda acción a motivos bajos, o la negativa a creer en la probidad, en el desinterés y en la inteligencia.

La conversación, tanto entre el pueblo como entre los franceses más cultivados, se halla marcada por un delirio de calumniar y denigrarlo todo y a todos. Ni siquiera los más grandes entre los muertos escapan a esta tendencia. Nunca antes se escribieron tantos libros para menoscabar el mérito de hombres famosos, personas que antes eran consideradas como el patrimonio más precioso de su país.

Desde siempre, la envidia y el odio parecen haber sido inseparables de las teorías democráticas, pero la difusión de estos sentimientos nunca ha sido tan grande como lo es hoy en día. Sorprende a todos los observadores.

Existe un bajo instinto demagógico” – escribe Bourdeau – “carente de toda inspiración moral, que sueña con arrastrar a la humanidad hacia el nivel más bajo y para el cual cualquier superioridad, aún la de la cultura, constituye una ofensa a la sociedad... es el sentimiento de la innoble igualdad que animó a los carniceros jacobinos cuando cercenaron la cabeza de un Lavoisier o de un Chenier.”

Este odio a la superioridad, el elemento más sobresaliente del moderno progreso del socialismo, no es la única característica del nuevo espíritu creado por las ideas democráticas.

Otras consecuencias, si bien indirectas, no son menos profundas. Tales son, por ejemplo, el progreso del “estatismo”, la disminución del poder de la burguesía, la creciente actividad de los financistas, el conflicto de clases, la desaparición de las antiguas restricciones sociales y la degradación de la moralidad.

Todos estas consecuencias se expresan en una insubordinación y en una anarquía generales. El hijo se rebela contra el padre, el empleado contra su patrón, el soldado contra sus oficiales. El descontento, el odio y la envidia imperan de modo constante.

Un movimiento social continuo es, necesariamente, como una máquina en movimiento que acelera su desplazamiento. Por ello, nos encontraremos con que los resultados de esta mentalidad se harán todavía aún más importantes. Se revela de vez en cuando en incidentes cuya gravedad crece diariamente – huelgas ferroviarias, huelgas de carteros, explosiones sobre acorazados, etc. A propósito de la destrucción del Liberté, que costó más de dos millones de libras y la muerte de doscientas personas en un solo minuto, de Lanessan, el ex-ministro de Marina, se expresa como sigue:

El mal que carcome nuestra flota es el mismo que está devorando a nuestro ejército, nuestras administraciones públicas, nuestro sistema parlamentario, nuestro sistema de gobierno y todo nuestro tejido social. Este mal es la anarquía – es decir: un desórden tan enorme de mentes y cosas que nada se hace como lo dictaría la razón y nadie se comporta como su deber profesional o moral requiere que se comporte.”

Sobre la catástrofe del Liberté, que siguió a la del Iena, Felix Roussel dijo, en un discurso pronunciado en su calidad de presidente del concejo municipal de Paris:

Las causas del mal no son exclusivas de nuestros días. El mal es más general y tiene un triple nombre: irresponsabilidad, indisciplina y anarquía.”

Estas citas, que presentan hechos con los que todos estamos familiarizados, demuestran que hasta los más acérrimos partidarios del sistema republicano reconocen el progreso de la desorganización social. ([15]) Todo el mundo la ve y es, al mismo tiempo, conciente de su impotencia para cambiar cualquier cosa. Resulta, de hecho, de influencias mentales cuyo poder es mayor que el de nuestras voluntades.

 

3)- El sufragio universal y sus representantes

Entre los dogmas de la democracia, quizás el más fundamental de todos y el más atractivo es el del sufragio universal. Le da a la masa la idea de igualdad puesto que, al menos por un momento, ricos y pobres, instruidos e ignorantes, resultan iguales ante la urna electoral. El ministro se halla codo a codo con el último de sus sirvientes y, durante este breve momento, el poder del uno es tan grande como el de los demás.

Todos los gobiernos, incluyendo al de la Revolución, le han temido al sufragio universal. Realmente, a primera vista, las objeciones que emergen son numerosas. La idea de que la multitud pueda elegir efectivamente a los hombres capaces de gobernar; que individuos de moralidad indiferente, escaso conocimiento y mente estrecha hayan de poseer, por el sólo hecho de su cantidad, cierto talento para juzgar a los candidatos propuestos a selección; es, seguramente, una idea insólita.

Desde un punto de vista racional, el sufragio de la cantidad está justificado hasta cierto punto si pensamos con Pascal.

La pluralidad es el mejor camino porque es visible y tiene la fuerza necesaria para hacerse obedecer; sin embargo, constituye el consejo de los menos capaces.

Desde el momento en que en nuestros tiempos el sufragio universal no puede ser reemplazado por ninguna otra institución, debemos aceptarlo y tratar de adaptarnos a él. En consecuencia, es inútil protestar contra el mismo o repetir con la reina Maria Carolina por la época de su conflicto con Napoleón: “No hay nada más pavoroso que gobernar a los hombres en este siglo ilustrado en dónde cualquier zapatero remendón razona y critica al gobierno.”

A decir verdad, las objeciones no siempre son tan grandes como parecen. Admitiendo las leyes de la psicología de las masas, es muy dudoso que un sufragio limitado produciría una selección de hombres mucho mejor que la posible mediante el sufragio universal.

Estas mismas leyes psicológicas también nos indican que, en realidad, el llamado sufragio universal es pura ficción. La masa, excepto en casos muy raros, no tiene otra opinión que la de sus líderes. El sufragio universal representa en la realidad el más limitado de los sufragios.

Justamente en esto reside su verdadero peligro. El sufragio universal se hace peligroso por el hecho de que los líderes que lo dominan son criaturas de pequeños comités locales, análogos a los clubes de la Revolución. El líder que se candidatea para un mandato es elegido por ellos.

Una vez nominado, ejerce un poder local absoluto, a condición de satisfacer los intereses de sus socios de comité. Ante este interés, el interés general del país desaparece casi por completo de la mente del representante electo.

Naturalmente, los comités, teniendo necesidad de servidores dóciles, no eligen para esta tarea a individuos dotados de una gran inteligencia ni, mucho menos, de una alta moralidad. Tienen que disponer de hombres sin carácter, sin posición social y siempre sumisos.

Por estas necesidades el servilismo del diputado es absoluto frente a estos pequeños grupos que lo apañan y sin los cuales no sería nadie. Hablará y votará exactamente como sus patrocinadores le digan. Su ideal político puede ser expresado en pocas palabras: obedecer a fin de mantenerse en el puesto.

Algunas veces, raramente por cierto, y sólo cuando por renombre, posición o fortuna posee in gran prestigio, un carácter superior puede imponerse al voto popular superando la tiranía de las minorías imprudentes que constituyen los comités locales.

Los países democráticos como Francia sólo en apariencia se hallan gobernados por el sufragio universal. Esta es la razón por la cual se aprueban tantas medidas que no le interesan al pueblo y que el pueblo jamás exigió. De esa clase fue la compra de los ferrocarriles del Oeste, las leyes de congregaciones, etc. Estas medidas absurdas meramente tradujeron las demandas de comités locales fanatizados y le fueron impuestas a los diputados que habían seleccionado.

Podemos formarnos un juicio de la influencia de estos comités viendo cómo diputados moderados apañan a los anárquicos destructores de arsenales, se alían con anti-militaristas y, en una palabra, obedecen a las demandas más atroces para asegurarse la reelección. La voluntad de los elementos más bajos de la democracia ha creado de este modo entre los representantes electos unos hábitos y una moralidad que no podemos sino reconocer como la más baja concebible. El político es el hombre con un empleo público y, como dice Nietzsche:

Dónde comienza el empleo público, comienza también el clamor de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas... El comediante siempre cree en aquello que le permite obtener sus mejores efectos, en aquello que impulsa a la gente a creer en él. Mañana tendrá una nueva fe, y pasado mañana otra más... Todo lo grande existe lejos del empleo público y de la gloria.

 

4)- La pasión por las reformas.

La locura por reformas impuestas súbitamente por medio de decretos es una de las concepciones más desastrosas del espíritu jacobino, uno de esos formidables legados que nos ha dejado la Revolución. Está entre los factores principales de todas las incesantes sublevaciones del siglo pasado en Francia.

Una de las causas de esta intensa sed de reformas surge de la dificultad de determinar las verdaderas causas de los males que ocasionan el reclamo. La necesidad de una explicación crea causas ficticias de naturaleza simplista.  Consecuentemente, los remedios también parecerán ser simples.

Durante cuarenta años hemos estado aprobando reformas de modo incesante, con cada una de ellas constituyendo una revolución por si misma. A pesar de todas ellas – o más bien a causa de ellas – los franceses han evolucionado menos que casi cualquier otra raza de Europa.

La lentitud de nuestra evolución actual puede verse si comparamos los principales elementos de nuestra vida social – comercio, industria, etc. – con los de otras naciones. El progreso de esas otras naciones – especialmente los alemanes – parece ser así enorme mientras el nuestro ha sido muy lento.

Nuestra administración industrial y comercial es considerablemente obsoleta y ya no satisface nuestras nuevas necesidades. Nuestra industria no está prosperando; nuestra marina declina. Hasta en nuestras propias colonias no nos es posible competir con otros países, a pesar de las enormes subvenciones pecuniarias acordadas por el Estado. En un libro reciente, Cruppi, un ex-Ministro de Comercio, ha insistido en esta triste decadencia. Cayendo en los errores usuales, creyó que sería fácil remediar esta inferioridad con nuevas leyes.

Todos los políticos comparten la misma opinión, que es la razón por la cual progresamos tan lentamente. Cada partido está convencido de que por medio de reformas todos los males habrán de ser remediados. Esta convicción termina en pugnas de tal magnitud que, por ellas, Francia se ha convertido en el país más dividido y más anarquizado del mundo.

Nadie parece comprender que son los individuos y sus métodos, no las reglamentaciones, los que hacen al valor de un pueblo. Las reformas eficaces no son las reformas revolucionarias sino las pequeñas mejorías de todos los días, acumuladas durante el transcurso del tiempo. Los grandes cambios sociales, al igual que los grandes cambios geológicos, ocurren por la suma cotidiana de causas diminutas. La historia económica de Alemania durante los últimos cuarenta años demuestra de forma manifiesta la verdad de esta ley.

Muchos eventos importantes que parecen depender más o menos del azar – como batallas, por ejemplo – también se hallan sujetas a esta ley de la acumulación de pequeñas causas. Sin duda, la lucha decisiva a veces termina en un día o menos, pero muchos pequeños esfuerzos, lentamente acumulados, resultan esenciales para la victoria. Tuvimos una penosa experiencia de esto en 1870, y los rusos la han aprendido más recientemente. Apenas media hora necesitó el almirante Togo para aniquilar a la flota rusa en la batalla de Tsushima que finalmente decidió la suerte del Japón, pero miles de minúsculos factores, pequeños y remotos, determinaron ese éxito. Causas no menos numerosas engendraron la derrota de los rusos – una burocracia tan complicada como la nuestra e igual de irresponsable; material lamentable, aunque adquirido a precio de oro; un sistema corrupto en todos los niveles de la jerarquía social y una indiferencia general por los intereses del país.

Por desgracia, el progreso de las pequeñas cosas que en su total hacen a la grandeza de una nación rara vez es evidente; no produce ninguna impresión sobre el público y no puede servir al interés de los políticos en una elección. A estos últimos no les importan esas cuestiones y, en los países bajo su influencia, permiten la acumulación de las pequeñas desorganizaciones sucesivas que finalmente terminan en los grandes derrumbes.

 

5)- Diferenciaciones sociales en las democracias e ideas democráticas en varios países.

Cuando los hombres estuvieron divididos en castas y diferenciados principalmente por nacimiento, las diferencias sociales fueron generalmente aceptadas como la consecuencia de una ley natural inevitable.

Ni bien se destruyeron las antiguas divisiones sociales, las diferenciaciones de clase parecieron artificiales y por dicha razón cesaron de ser toleradas.

Siendo teórica la necesidad de igualdad, en los pueblos democráticos hemos asistido al rápido desarrollo de desigualdades artificiales que permitieron a sus poseedores obtener una supremacía claramente visible. Nunca la sed de títulos y condecoraciones fue tan general como hoy.

En países realmente democráticos, como los Estados Unidos, los títulos y las condecoraciones no ejercen mucha influencia y sólo la fortuna crea diferenciaciones. Sólo por excepción vemos a jóvenes muchachas norteamericanas casarse con los viejos nombres de la aristocracia europea. Cuando lo hacen, están instintivamente empleando los únicos medios que le pueden llegar a permitir a una joven raza adquirir un pasado para que éste les establezca un marco moral.

Pero, de un modo general, la aristocracia que vemos surgir en América de ningún modo está basada sobre títulos o condecoraciones. Puramente financiera, no provoca muchos celos porque cada cual espera poder algún día formar parte de ella.

Cuando, en su libro sobre la democracia en América, Tocqueville habló de la generalizada aspiración por la igualdad, no percibió que esa igualdad profética terminaría en una clasificación de las personas basada exclusivamente sobre la cantidad de dólares que cada uno posee. No existe otra clasificación en los Estados Unidos y, sin duda, algún día en Europa sucederá lo mismo.

En la actualidad no nos es posible considerar a Francia como un país democrático, excepto en los papeles, y en este punto sentimos la necesidad, ya mencionada, de examinar las diferentes ideas que en distintos países terminan siendo expresadas mediante la palabra “democracia”.

Como naciones verdaderamente democráticas, prácticamente sólo podemos mencionar a Inglaterra y a los Estados Unidos. Allí, la democracia existe bajo diferentes formas, pero se observan los mismos principios – en especial, una tolerancia perfecta de todas las opiniones. No hay persecuciones religiosas. La superioridad real se revela fácilmente en las distintas profesiones a las que cualquiera puede acceder a cualquier edad si posee la capacidad necesaria. No existen barreras al esfuerzo individual.

En estos países los hombres creen ser iguales porque todos tienen la idea de que son libres para alcanzar la misma posición. El obrero sabe que puede convertirse en capataz, y luego en ingeniero. Forzado a comenzar en los peldaños inferiores de la escalera, en lugar de bien alto en la jerarquía como en Francia, el ingeniero no se considera como hecho de una materia diferente a la del resto de la humanidad. Es igual en todas las profesiones. Es por esto que el odio de clase, tan intenso en Europa, está tan poco desarrollado en Inglaterra y en América.

En Francia la democracia es prácticamente inexistente, excepto en los discursos. Un sistema de concursos y exámenes, que debe ser superado en la juventud, le cierra firmemente la puerta a las profesiones liberales y crea clases separadas y enemigas.

Las democracias latinas son, por lo tanto, puramente teóricas. El absolutismo del Estado ha reemplazado al absolutismo monárquico pero no por ello es menos severo. La aristocracia de la fortuna ha reemplazado a la del nacimiento y sus privilegios no son menos considerables.

Las monarquías y las democracias difieren mucho más en la forma que en la sustancia. Es tan sólo la variable mentalidad de los hombres lo que varía sus efectos. Todas las discusiones sobre los diferentes sistemas de gobierno carecen en realidad de interés ya que los sistemas no poseen una virtud especial por si mismas. Su valor dependerá siempre del valor del pueblo gobernado. Un pueblo realiza grandes y rápidos progresos cuando descubre que es la suma de los esfuerzos personales de cada individuo, y no el sistema de gobierno, lo que determina el rango de una nación en el mundo.

 

Capítulo III

Las nuevas formas del credo democrático

 

1)- El conflicto entre el capital y el trabajo.

Mientras nuestros legisladores están reformando y legislando al azar, la evolución natural del mundo lentamente sigue su curso. Surgen nuevos intereses, la competencia económica entre las naciones aumenta en severidad, las clases trabajadoras se convulsionan, y por todas partes vemos nacer formidables problemas que las arengas de los políticos jamás resolverán.

Entre estos nuevos problemas, uno de los más complicados será el del conflicto entre el trabajo y el capital. Se está volviendo agudo hasta en países con tradiciones como Inglaterra. Los trabajadores están dejando de respetar los contratos colectivos que antes constituían sus fueros,  se declaran huelgas por motivos insignificantes y tanto el desempleo como la pauperización están adquiriendo proporciones alarmantes.

En Norteamérica estas huelgas hubieran finalmente afectado a todas las industrias de no ser por el hecho que el mismo exceso del mal creó el remedio. Durante los últimos diez años los líderes industriales han organizado grandes federaciones de empleadores que se han vuelto lo suficientemente poderosas como para obligar a los trabajadores a aceptar el arbitraje.

La cuestión laboral se complica en Francia por la intervención de gran cantidad de trabajadores extranjeros que el estancamiento de nuestro crecimiento demográfico ha hecho necesaria. ([16]) Este estancamiento también hará que a Francia se le volverá difícil competir con sus rivales quienes, siguiendo una de las más antiguas leyes de la Historia, necesariamente invadirán a los países menos densamente poblados.

Estos conflictos entre los trabajadores y los empleadores de la misma nación se harán aún más agudos por la creciente lucha económica entre los asiáticos – cuyas necesidades son escasas y que, por ello, producen artículos manufacturados a muy bajo precio – y los europeos cuyas necesidades son muchas. Durante veinticinco años he insistido sobre este punto. El general Hamilton, ex-agregado militar al ejército japonés, que predijo las victorias japonesas mucho antes del estallido de las hostilidades, escribe lo siguiente en un ensayo traducido por el general Langlois:

El chino, tal como lo he visto en Manchuria, es capaz de destruir al actual tipo de trabajador de las razas blancas. Lo expulsará de la faz de la tierra. Los socialistas que le predican la igualdad al trabajador están lejos de pensar en lo que sería el resultado práctico de la aplicación de sus teorías. ¿Es, pues, el destino de las razas blancas el de desaparecer en el largo plazo? En mi humilde opinión este destino depende de un solo factor: ¿Tendremos o no tendremos el buen tino de cerrar nuestros oídos a los discursos que presentan la guerra y la preparación para la guerra como un mal inútil?

Creo que los trabajadores tienen que elegir. Dada la presente estructura del mundo, deben cultivar en sus hijos el ideal militar y aceptar de buen grado el costo y el trabajo que el militarismo implica, o bien serán abandonados a una cruel contienda por la existencia contra un trabajador rival de cuyo éxito no cabe la menor duda. Hay sólo un medio para negarle a los asiáticos el derecho a emigrar; el derecho a bajar los salarios por competencia y el de vivir entre nosotros, y ese medio es la espada. Si los americanos y los europeos se olvidan de que su privilegiada posición se sostiene sólo por la fuerza de las armas, Asia pronto se habrá tomado su venganza.

Sabemos que en Norteamérica la invasión de chinos y japoneses se ha convertido en una calamidad nacional debido a la competencia entre ellos y los trabajadores de raza blanca. En Europa la invasión está comenzando pero por ahora no ha ido lejos. Sin embargo, emigrantes chinos ya han formado importantes colonias en ciertos centros – Londres, Cardiff, Liverpool, etc. Han provocado varias revueltas al trabajar por bajos salarios. Cada vez que aparecieron, los salarios siempre han bajado.

Pero estos problemas pertenecen al futuro y los actuales son tan preocupantes que, por el momento, es inútil ocuparnos de los otros.

 

2)- La evolución de las clases trabajadoras y el movimiento sindicalista.

El problema democrático más importante de hoy quizás resulte del reciente desarrollo de la clase trabajadora impulsado por el movimiento sindicalista o gremialista.

La aglutinación de intereses similares, conocida como sindicalismo, ha asumido rápidamente tan enorme desarrollo en todos los países que puede ser llamado mundial. Algunas corporaciones tienen presupuestos comparables con los de pequeños Estados. Se ha mencionado que algunas ligas obreras alemanas han acumulado más de tres millones de libras esterlinas en suscripciones.

La extensión del movimiento obrero en todos los países demuestra que no es, como el socialismo, un sueño de utópicos idealistas sino el resultado de necesidades económicas. En sus objetivos, en sus medios de acción y en sus tendencias, el sindicalismo no presenta parentescos con el socialismo. Habiéndolo explicado suficientemente en mi Psicología Política, bastará aquí recordar en algunas pocas palabras la diferencia que existe entre las dos doctrinas.

El socialismo quisiera obtener la posesión de todas las industrias y las haría administrar por el Estado, el cual distribuiría los productos en forma igualitaria entre todos los ciudadanos. El sindicalismo, por el otro lado, eliminaría por completo la acción del Estado y dividiría a la sociedad en pequeños grupos profesionales que se autogobernarían.

Si bien los sindicalistas resultan despreciados y violentamente atacados por los socialistas, se está tratando de ignorar el conflicto; pero el mismo se está volviendo demasiado obvio como para poder ser ocultado. La influencia política que los socialistas todavía poseen pronto se les escapará.

Si el sindicalismo está en todas partes aumentando a expensas del socialismo, ello es, repito, porque este movimiento corporativo – aunque sea una renovación del pasado – sintetiza ciertas necesidades nacidas de la especialización de la industria moderna.

Sus manifestaciones son visibles bajo una gran variedad de circunstancias. En Francia su éxito todavía no ha sido tan grande como en otras partes. Habiendo adoptado la forma revolucionaria ya mencionada, ha caído en manos de los anarquistas a los cuales les importa tan poco el sindicalismo como cualquier otra clase de organización y están simplemente usando la nueva doctrina en un intento de destruir a la sociedad moderna. Socialistas, sindicalistas y anarquistas, si bien dirigidos por concepciones completamente diferentes, están así colaborando en el mismo objetivo eventual: la supresión violenta de las clases gobernantes y el pillaje de sus riquezas.

La doctrina sindicalista no se deriva de ninguna manera de los principios de la Revolución. En muchos puntos hasta está por completo en contradicción con ella. El sindicalismo representa más bien un retorno a ciertas formas de organización colectiva, similar a los gremios o corporaciones proscriptos por la Revolución. De este modo, constituye una de esas federaciones que la Revolución condenó. Rechaza por entero esa centralización estatal que estableció la revolución.

Al sindicalismo nada le importan los principios democráticos de libertad, igualdad y fraternidad. Los sindicalistas demandan de sus miembros una disciplina absoluta que elimina la libertad.

No siendo aún lo suficientemente fuertes como para ejercer una tiranía mutua, los sindicatos hasta ahora profesan entre si sentimientos que, estirando los conceptos, podrían llamarse fraternales. Pero ni bien se vuelvan suficientemente poderosos, cuando entren necesariamente en conflicto sus intereses contrapuestos, como durante el período sindicalista de las viejas repúblicas italianas – Florencia y Siena, por ejemplo – la actual fraternidad se olvidará muy rápido y la igualdad se reemplazará por el despotismo de los más poderosos.

Un futuro así parece estar cerca. El nuevo poder está aumentando con mucha rapidez y halla a los gobiernos impotentes ante él, capaces de defenderse sólo cediendo ante todas las demandas – una política funesta que podrá servir para el momento pero que compromete gravemente el futuro.

Fue, sin embargo, a este recurso que recurrió el gobierno inglés recientemente en su lucha contra la Unión Minera que amenazaba con suspender la vida industrial de Inglaterra. La Unión demandaba un salario mínimo para sus miembros, pero éstos no quedaban comprometidos a brindar también un mínimo de trabajo.

Si bien una demanda semejante resultaba inadmisible, el gobierno aceptó proponerle al Parlamento una ley para sancionar una medida como ésa. Podemos leer con provecho las graves palabras pronunciadas por Mr. Balfour ante la Cámara de los Comunes:

Nunca en su larga y variada Historia ha tenido el país que enfrentar un peligro de esta naturaleza e importancia.

Nos enfrentamos al extraño y siniestro espectáculo de una simple organización que amenaza con paralizar – y paralizar en una medida grande – el comercio y las manufacturas de una comunidad que vive del comercio y de las manufacturas.

“El poder que poseen los mineros en el presente estado legal es casi ilimitado. ¿Hemos alguna vez visto algo igual? ¿Ejerció alguna vez un barón feudal una tiranía comparable? ¿Existió alguna vez un trust americano que ejerciera los derechos obtenidos por la ley con tal desprecio por el interés general? El propio grado de perfección que le hemos dado a nuestras leyes, a nuestra organización social, a las relaciones mutuas entre las distintas profesiones e industrias, nos expone más que a nuestros antecesores de épocas más rudas al grave peligro que amenaza actualmente a nuestra sociedad... La actitud del gobierno al ceder ante las demandas de los mineros le da una apariencia de realidad a la victoria de quienes están oponiéndose a la sociedad.

 

3)- Por qué ciertos gobiernos democráticos modernos están siendo gradualmente transformados en gobiernos de castas administrativas.

La anarquía y los conflictos sociales que resultan de las ideas democráticas están hoy impulsando a algunos gobiernos hacia un curso evolutivo no previsto que terminará otorgándoles un poder tan sólo nominal. Este desarrollo, del cual describiré brevemente los efectos, se produce espontáneamente bajo la presión de aquellas necesidades imperiosas que siguen siendo el principal poder controlador de los acontecimientos.

Los gobiernos de los países democráticos de hoy están constituidos por representantes elegidos mediante el sufragio popular. Estos gobiernos votan leyes, nombran y despiden ministros elegidos de entre ellos, y se hallan provisoriamente a cargo del poder ejecutivo. Estos gobernantes, naturalmente, resultan reemplazados con frecuencia puesto que basta un voto para hacerlo. Quienes los reemplazan, al pertenecer a un partido diferente, gobernarán de acuerdo a principios diferentes.

A primera vista parecería que un país, tironeado de un lado para otro de esta forma por diferentes influencias, no podría tener ni continuidad, ni estabilidad. Sin embargo, a pesar de todas estas condiciones de inestabilidad, un gobierno democrático como el de Francia funciona con razonable regularidad. ¿Cómo explicar este fenómeno?

Su interpretación, que es muy simple, resulta del hecho que los ministros que aparentemente gobiernan al país, en realidad lo hacen en una medida muy limitada. Estrictamente condicionados y circunscriptos, su poder se ejerce principalmente en discursos a los que apenas si se presta atención y en unas pocas medidas inorgánicas.

Pero detrás de la autoridad superficial de los ministros sin fuerza ni continuidad, meros juguetes de cualquier demanda de los políticos, funciona un enorme poder cuyo dominio está constantemente aumentando; el de las administraciones. Estas administraciones, al poseer tradiciones, jerarquía y continuidad, forman un poder contra el cual los ministros – como muy pronto descubren – resultan incapaces de luchar. ([17]) La responsabilidad está tan dividida por la máquina administrativa que un ministro puede no verse nunca enfrentado por una persona importante. Sus momentáneas intenciones serán contrarrestadas por una maraña de regulaciones, costumbres y decretos que le serán constantemente citados y a los cuales conoce tan poco que no se animará a infringirlos.

Esta disminución del poder de los gobiernos democráticos sólo puede aumentar. Una de las leyes más constantes de la Historia es aquella de la cual ya he hablado: inmediatamente después de que una clase se ha convertido en preponderante – ya sea nobleza, clero, ejército o pueblo – rápidamente tiende a esclavizar a las otras. Así fueron los ejércitos de Roma que finalmente terminaron nombrando y derrocando a emperadores; así fue el clero contra el cual los reyes difícilmente pudieron luchar; así fueron los Estados Generales que, al momento de la Revolución, rápidamente absorbieron los poderes del gobierno y suplantaron a la monarquía.

Las casta de funcionarios está destinada a suministrar una nueva prueba de la verdad de esta ley. Siendo ya preponderantes, estos funcionarios están comenzando a hablar en voz alta, a amenazar y hasta a provocar huelgas, como la de los empleados del correo que rápidamente fue seguida de la de los ferroviarios estatales. El poder administrativo forma, de este modo, un Estado dentro del Estado y, si su tasa de evolución actual continúa, pronto será el único poder en el Estado. Bajo un gobierno socialista ni habría otro poder. Todas nuestras revoluciones, entonces, habrían terminado por despojar al rey de sus poderes y de su trono sólo para entregarlos a una casta de empleados públicos irresponsables, anónimos y despóticos.

Es imposible prever la materia de todos los conflictos que amenazan con nublar el futuro. Debemos apartarnos tanto del pesimismo como del optimismo; todo lo que podemos decir es que la necesidad finalmente siempre llevará las cosas hacia el equilibrio. El mundo sigue su curso sin molestarse por nuestros discursos y tarde o temprano siempre conseguimos adaptarnos a las variaciones de nuestro entorno. La dificultad está en hacerlo sin demasiadas fricciones y, por sobre todo, resistiendo las concepciones quiméricas de los soñadores. Siempre impotentes para reorganizar al mundo, con frecuencia contribuyeron a trastornarlo.

Atenas, Roma, Florencia y muchas otras ciudades que otrora brillaron en la Historia resultaron víctimas de estos terribles teóricos. Los resultados de su influencia han sido siempre los mismos: anarquía, dictadura y decadencia.

Pero estas lecciones no afectarán a los numerosos Catilinas de la actualidad. Todavía no ven que los movimientos desencadenados por sus ambiciones amenazan con hundirlos. Todos estos utópicos han despertado esperanzas imposibles en la mente de las masas, han excitado su apetito y han resquebrajado los diques de contención que durante siglos se construyeron lentamente para contenerlas.

La lucha de las ciegas multitudes contra las élites es una de las constantes de la Historia y el triunfo de las soberanías populares sin contrapeso ya ha marcado el fin de más de una civilización. Las élites crean, la plebe destruye. Ni bien las élites pierden sustento, la plebe comienza a hacer su trabajo.

Las grandes civilizaciones sólo han prosperado dominando sus elementos inferiores. No solamente en Grecia la anarquía, la dictadura, la invasión y, finalmente, la pérdida de la independencia, han resultado del despotismo de una democracia. La tiranía individual siempre nace de la tiranía colectiva. Puso fin al primer ciclo de la grandeza de Roma; los bárbaros le pusieron fin al segundo.

 

Conclusiones

 

En este volumen, se han estudiado las principales revoluciones de la Historia. Sin embargo, nos hemos detenido más especialmente en la más importante de todas – ésa que por más de veinte años anonadó a Europa y cuyos ecos todavía se escuchan.

La Revolución Francesa es una cantera inagotable de documentos psicológicos. No hay período en la vida de la humanidad que presente tal masa de experiencia acumulada durante tan corto tiempo.

En cada página de este gran drama hemos encontrado numerosas aplicaciones a los principios expuestos en varios de mis trabajos concernientes a la mentalidad transitoria de las masas y el espíritu permanente de los pueblos, la acción de los credos, la influencia de elementos místicos, afectivos y colectivos, así como el conflicto entre varias formas de lógica.

Las asambleas revolucionarias ilustran las conocidas leyes de la psicología de las masas. Impulsivas y tímidas, resultan dominadas por un pequeño número de líderes y, por lo general, actúan en un sentido contrario a los deseos de sus miembros individuales.

La Asamblea Constituyente monárquica destruyó a la antigua monarquía; la Asamblea Legislativa humanitaria permitió las masacres de Septiembre. El mismo pacífico cuerpo llevó a Francia a la más formidable de las campañas.

Durante la Convención hubo contradicciones similares. La inmensa mayoría de sus miembros aborrecía la violencia. Filósofos sentimentales, exaltaron la igualdad, la fraternidad y la libertad pero terminaron ejerciendo el despotismo más terrible.

Las mismas contradicciones se hicieron visibles durante el Directorio. Extremadamente moderados en sus intenciones al principio, las asambleas continuamente promovieron sangrientos golpes de Estado. Desearon establecer la paz religiosa y finalmente enviaron a prisión a miles de sacerdotes. Quisieron reparar las ruinas que cubrían a Francia y sólo tuvieron éxito en agregar más ruinas a las existentes.

De este modo siempre hubo una completa contradicción entre las voluntades individuales de los hombres del período revolucionario y las acciones de las asambleas de las que formaban parte.

La verdad es que obedecieron a fuerzas invisibles que no dominaron. Creyendo que actuaban en nombre de la razón pura estuvieron, en realidad, sujetos a influencias místicas, afectivas y colectivas incomprensibles para ellos y a las que sólo hoy estamos comenzando a comprender.

La inteligencia ha progresado en el transcurso de las edades y le ha abierto un maravilloso panorama al ser humano, a pesar de que su carácter – el real fundamento de su mente y el seguro motivo de sus acciones – apenas si ha cambiado. Derrocado en un momento, reaparece al siguiente. La naturaleza humana debe ser aceptada tal como es.

Los fundadores de la Revolución no se resignaron ante los hechos de la naturaleza humana. Por primera vez en la Historia de la humanidad, intentaron transformar a los seres humanos y a la sociedad en nombre de la razón.

Nunca empresa alguna comenzó con tantas chances de éxito. Los teóricos que pretendieron llevarla  a cabo tenían en sus manos más poder que el de cualquier déspota.

Sin embargo, a pesar de este poder, a pesar de la victoria de los ejércitos, a pesar de las leyes draconianas y los reiterados golpes de Estado, la Revolución sólo consiguió amontonar ruinas sobre ruinas y terminó en la dictadura.

El intento no fue inútil desde el momento en que la experiencia es necesaria para la educación de los pueblos. Sin la Revolución hubiera sido difícil demostrar que la razón pura no nos habilita para cambiar la naturaleza humana y que, en consecuencia, no existe la sociedad que pueda ser reconstruida por la voluntad de legisladores, no importan cuan grande sea su poder.

Comenzada por la clase media para su propio provecho, la Revolución rápidamente se convirtió en un movimiento popular y, al mismo tiempo, en una lucha entre lo instintivo contra lo racional; en una revuelta contra todas las restricciones que elevan a la civilización de la barbarie. Fue apoyándose sobre los principios de la soberanía popular que los reformadores intentaron imponer sus doctrinas. Guiadas por líderes, el pueblo intervino incesantemente en las deliberaciones de las asambleas y cometió los más sanguinarios actos de violencia.

La Historia de las multitudes durante la Revolución es eminentemente instructiva. Demuestra el error de los políticos que le atribuyen todas las virtudes al espíritu popular.

Por el contrario, los hechos de la Revolución nos enseñan que un pueblo liberado de las restricciones sociales que son el fundamento de la civilización y abandonado a sus impulsos instintivos, rápidamente recae en su salvajismo ancestral. Cada revolución que consiguió tener éxito es un transitorio regreso a la barbarie. Si la Comuna de 1871 hubiera perdurado, habría repetido el Terror. No teniendo el poder de matar a tantas personas, tuvo que limitarse a incendiar los principales edificios de la capital.

La Revolución representa el conflicto de fuerzas psicológicas liberadas de los lazos cuya función es la de contenerlas. Instintos populares, credos jacobinos, influencias ancestrales, apetitos y pasiones desatadas; todas estas diversas influencias entraron en furioso conflicto mutuo por el espacio de diez años durante los cuales empaparon a Francia de sangre y cubrieron al país de ruinas.

Vistas desde la distancia, éste parece ser todo el resultado de la Revolución. No tuvo nada de homogéneo. Uno tiene que recurrir al análisis antes de poder comprender y aprehender el gran drama y exponer los impulsos que continuamente espolearon a sus héroes. En tiempos normales estamos guiados por las distintas formas de la lógica – racional, afectiva, colectiva y mística – las que, con mayor o menor perfección, se equilibran mutuamente. En épocas de revueltas estas formas entran en conflicto abierto y el ser humano ya no es dueño de si mismo.

En esta obra de ninguna manera hemos subestimado la importancia de ciertas conquistas de la Revolución en cuanto a los derechos del pueblo. Pero, junto con muchos otros historiadores, estamos forzados a admitir que el logro obtenido a costa de tanta ruina y derramamientos de sangre hubiera podido ser obtenido algo más tarde y sin esfuerzo por el simple progreso de la civilización. ¡Cuánto lastre de desastres materiales, qué desintegración moral tan sólo para ganar algunos pocos años! Todavía estamos sufriendo por esa desintegración. Estas páginas brutales del libro de la Historia tardarán mucho en borrarse: de hecho aún no han palidecido.

Nuestros jóvenes de hoy parecen preferir la acción al pensamiento. Desdeñando las estériles disertaciones de los filósofos, no demuestran interés en vanas especulaciones sobre materias cuya naturaleza esencial sigue siendo desconocida.

La acción es, por cierto, algo excelente y todo progreso real resulta de la acción, pero sólo es útil cuando está apropiadamente dirigida. Los hombres de la Revolución fueron seguramente hombres de acción, pero las ilusiones que aceptaron por guía los llevaron al desastre.

La acción siempre es dañina cuando, despreciando las realidades, se propone cambiar el curso de los acontecimientos por medio de la violencia. No se puede experimentar con la sociedad como con un aparato en el laboratorio. Nuestras revueltas políticas nos demuestran lo que esos errores pueden llegar a costar.

Si bien las lecciones de la Revolución han sido extremadamente categóricas, muchos espíritus de nulo sentido práctico, alucinados por sus sueños, esperan poder recomenzarla. El socialismo, la moderna síntesis de esta esperanza, implicaría una regresión a estadios inferiores de la evolución por cuanto paralizaría las mayores fuentes de nuestra actividad. Al reemplazar la iniciativa y la responsabilidad individuales por iniciativas y responsabilidades colectivas, la humanidad descendería varios peldaños en la escala de los valores humanos.

La presente época difícilmente sea favorable para tales experimentos. Mientras los soñadores se dedican a perseguir a sus sueños, excitando los apetitos y las pasiones de la multitud, los pueblos están todos los días equipándose con armas más poderosas. Todos sienten que, en la competencia universal de la actualidad, no hay lugar para naciones débiles.

En el centro de Europa un poder militar formidable está aumentando su fuerza y aspirando a dominar el mundo a fin de encontrar un mercado para sus bienes y un espacio para su creciente población a la cual pronto será incapaz de alimentar.

Si continuamos destruyendo nuestra cohesión con luchas intestinas, rivalidades partidarias, viles persecuciones religiosas y leyes que traban el desarrollo industrial, nuestro papel en el mundo pronto habrá acabado. Deberemos ceder el lugar a pueblos más sólidamente cohesionados que han sido capaces de adaptarse a las necesidades naturales en lugar de retroceder volviendo sobre sus pasos. El presente no repite al pasado y los detalles de la Historia están llenos de consecuencias imprevistas; pero en líneas generales los acontecimientos están condicionados por leyes eternas.

 


Notas:

[15] )- Este desórden es igual en todos los departamentos del gobierno. Se pueden encontrar ejemplos interesantes en un informe de Dausset al Consejo Municipal:

El servicio de las rutas públicas, que debería destacarse por su rápida ejecución, es, por el contrario, el ejemplo típico del tramiterío, y un administración burocrática sedienta de tinta; posee tanto hombres como dinero y los desperdicia a ambos en tareas que con frecuencia son inútiles, por falta de órden, iniciativa y métodos – en una palabra: por falta de organización.

Hablando luego de los directores de departamento, cada uno de los cuales trabaja como le place y de acuerdo a su propio capricho, agrega:

Estas importantes personas se ignoran mutuamente por completo; preparan y ejecutan sus planes sin saber nada de lo que están haciendo sus vecinos; no hay nadie por sobre ellos que los agrupe y que coordine sus tareas.” Es por esta razón que, con frecuencia, se rompe una calle, se la repara, y se la vuelve a romper unos pocos días más tarde porque los departamentos responsables por el suministro de agua, gas, electricidad y cloacas se celan mutuamente y jamás intentan trabajar en forma mancomunada. Naturalmente, esta anarquía e indisciplina cuesta sumas enormes de dinero y una empresa privada que operase de esta forma pronto se encontraría en la bancarrota.   (Volver al texto)


[16] )- Población de las grandes potencias:

País

1789 1906
Rusia
28.000.000
129.000.000
Austria
18.000.000
  44.000.000
Francia
26.000.000
  39.000.000
Alemania
28.000.000
  57.000.000
Inglaterra
12.000.000
  40.000.000

  (Volver al texto)


[17] )- La impotencia de los ministros en sus propios departamentos ha sido bien descripta por uno de ellos, Cruppi, en un libro reciente. Al ser los más ardientes deseos del ministro inmediatamente paralizados por su departamento, muy pronto dejó de luchar contra el mismo.   (Volver al texto)

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Gustave Le Bon: Psicología de las Revoluciones