Lenin: El Imperialismo, fase superior del capitalismo

La Editorial

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VI. EL REPARTO DEL MUNDO ENTRE LAS GRANDES POTENCIAS

En su libro sobre el "desarrollo territorial de las colonias europeas", [77] el geógrafo A. Supan establece el siguiente breve resumen de dicho desarrollo a fines del siglo XIX:

PORCENTAJE DE TERRITORIO PERTENECIENTE A LAS POTENCIAS COLONIALES EUROPEAS Y A LOS ESTADOS UNIDOS

Región
1876
1900
Aumento
África
10.8%
90.4%
+79.6%
Polinesia
56.8%
98.9%
+42.1%
Asia
51.5%
56.6%
+5.1%
Australia
100.0%
100.0%
0.0%
América
27.5%
27.2%
-0.3%

"El rasgo característico de este período — concluye dicho autor — es, por consiguiente, el reparto de Africa y Polinesia".

Como ni en Asia ni en América hay tierras desocupadas, es decir, que no pertenezcan a ningún Estado, hay que ampliar la conclusión de Supan y decir que el rasgo característico del período que nos ocupa es el reparto definitivo de la Tierra, definitivo no en el sentido de que sea imposible repartirla de nuevo — al contrario, nuevos repartos son posibles e inevitables —, sino en el de que la política colonial de los países capitalistas ha terminado ya la conquista de todas las tierras no ocupadas que había en nuestro planeta. Por vez primera, el mundo se encuentra ya repartido, de modo que lo que en adelante puede efectuarse son únicamente nuevos repartos, es decir, el paso de territorios de un "amo" a otro, y no el paso de un territorio sin amo a un "dueño".

Vivimos, por consiguiente, en una época singular de la política colonial del mundo que se halla íntimamente relacionada con la "novisima fase de desarrollo del capitalismo", con el capital financiero. Por eso es necesario detenerse ante todo más detalladamente en los hechos concretos, para formarnos una idea lo más precisa posible de la diferencia existente entre esta época y las precedentes, así como de la situación actual. Ante todo, surgen dos cuestiones de carácter práctico: ¿se observa una acentuación de la política colonial, una exacerbación de la lucha por las colonias precisamente en el período del capital financiero? ¿Cómo se halla precisamente repartido el mundo en la actualidad desde este punto de vista?

El escritor norteamericano Morris, en su libro sobre la historia de la colonización, intenta resumir los datos concretos sobre la extensión de las posesiones coloniales de Inglaterra, Francia y Alemania durante distintos períodos del siglo XIX. [78] He aquí, brevemente expuestos, los resultados obtenidos:

EXTENSIÓN DE LAS POSESIONES COLONIALES

Año
Inglaterra
Francia
Alemania
Superficie
Población
Superficie
Población
Superficie
Población
1815/30
?
126.4
0.02
0.5
0
0
1860
2.5
145.1
0.2
3.5
0
0
1880
7.7
267.9
0.7
7.5
0
0
1899
9.3
309.0
3.7
56.4
1.0
14.7

(*) Superficies en millones de millas cuadradas
(**) Poblaciones en millones de personas

Para Inglaterra el período de intensificación enorme de; las conquistas coloniales corresponde a los años 1860-1880, y es muy considerable durante los últimos veinte años del siglo XIX. Para Francia y Alemania, corresponde precisamente a estos veinte años. Hemos visto más arriba que el período del desarrollo máximo del capitalismo anterior al monopólico, el capitalismo en el que predomina la libre competencia, va de 1860 a 1880. Ahora vemos que es precisamente después de este período cuando empieza el enorme "auge" de las conquistas coloniales, se exacerba hasta el grado máximo la lucha por el reparto territorial del mundo. Es indudable, por consiguiente, el hecho de que el paso del capitalismo a la fase de capitalismo monopólico, al capital financiero, se halla relacionado con la exacerbación de la lucha por el reparto del mundo.

Hobson, en su obra sobre el imperialismo, destaca el período de 1884-1900 como período de intensa "expansión" (ensanchamiento territorial) de los principales Estados europeos. Según sus cálculos, Inglaterra adquirió durante ese período 3.700.000 millas cuadradas con una población de 57 millones de habitantes; Francia, 3.600.000 millas cuadradas con 36,5 millones de habitantes; Alemania, 1.000.000 de millas cuadradas con 14,7 millones de habitantes; Bélgica, 900.000 millas cuadradas con 30 millones de habitantes; Portugal, 800.000 millas cuadradas con 9 millones de habitantes. La caza de las colonias a fines del siglo XIX, sobre todo desde la década del 80, por parte de todos los Estados capitalistas, constituye un hecho universalmente conocido de la historia de la diplomacia y de la política exterior.

En la época de mayor florecimiento de la libre competencia en Inglaterra, en los años 1840-1860, los dirigentes políticos burgueses de este país eran adversarios de la política colonial y consideraban como útil e inevitable la emancipación de las colonias y su separación completa de Inglaterra. M. Beer indica en un artículo, publicado en 1898, sobre "el imperialismo inglés moderno", [79] que en 1852 un hombre de Estado inglés como Disraeli, tan inclinado en general al imperialismo, decía que "las colonias son una rueda de molino que llevamos atada al cuello". ¡En cambio, a fines del siglo XIX, los héroes del día en Inglaterra eran Cecil Rhodes y Joseph Chamberlain, los cuales predicaban abiertamente el imperialismo y aplicaban la política imperialista con el mayor cinismo!

No carece de interés saber que la ligazón existente entre las raíces puramente económicas, por decirlo así, y las social-políticas del imperialismo moderno era, ya en aquel entonces, clara para esos dirigentes políticos de la burguesía inglesa. Chamberlain predicaba el imperialismo como una "política justa, prudente y económica", indicando sobre todo la competencia con que ahora tropieza Inglaterra en el mercado mundial por parte de Alemania, EE.UU. y Bélgica. La salvación está en el monopolio, decían los capitalistas, fundando cartels, sindicatos, trusts. La salvación está en el monopolio, repetían los jefes políticos de la burguesía, apresurándose a apoderarse de las partes del mundo todavía no repartidas. Y Cecil Rhodes, según cuenta su íntimo amigo, el periodista Stead, le decía a éste en 1895 a propósito de sus ideas imperialistas: "Ayer estuve en el East-End londinense (barriada obrera) y asistí a una asamblea de los desocupados. Al oir, en dicha reunión, discursos exaltados cuya nota dominante era: ¡pan!, ¡pan! y al reflexionar, cuando regresaba a casa, sobre lo que había oído, me convencí, más que nunca, de la importancia del imperialismo. . . La idea que yo acaricio representa la solución del problema social, a saber: para salvar a los cuarenta millones de habitantes del Reino Unido de una guerra civil funesta, nosotros, los político coloniales, debemos posesionarnos de nuevos territorios para colocar en ellos el exceso de población, para encontrar nuevo mercados en los cuales colocar los productos de nuestra fábricas y de nuestras minas. El imperio, lo he dicho siempre, es una cuestión de estómago. Si no queréis la guerra civil, debéis convertiros en imperialistas". [80]

Así hablaba, en 1895, Cecil Rhodes, millonario, rey financiero, principal culpable de la guerra anglo-boer. Esta defensa del imperialismo es simplemente un poco grosera, cínica, pero, en el fondo, no se diferencia de la "teoría" de los señores Máslov, Sudekum, Pótresov, David, del fundador del marxismo ruso, etc., etc. Cecil Rhodes era un socialchauvinista algo más honrado. . .

Para dar un panorama lo más exacto posible del reparto territorial del mundo y de los cambios habidos en este aspecto durante las últimas décadas, utilizaremos los datos suministrados por Supan, en la obra mencionada, sobre las posesiones coloniales de todas las potencias del mundo. Supan compara los años 1876 y 1900; nosotros tomaremos el año 1876 — punto de comparación elegido muy acertadamente, ya que puede considerarse, en términos generales, que es precisamente entonces cuando termina el desarrollo del capitalismo de la Europa occidental en su fase premonopólica y el año 1914, sustituyendo las cifras de Supan por las más recientes de Hubner, que entresacamos de sus "Tablas geográfico-estadísticas". Supan estudia sólo las colonias; nosotros consideramos útil (para que el cuadro del reparto del mundo sea completo) agregar unos cuantos datos sobre los países no coloniales y semicoloniales, entre los cuales incluímos a Persia, China y Turquía; el primero de estos países se ha transformado casi por completo en colonia; el segundo y el tercero se van transformando en tales.

Como resultado, obtendremos lo siguiente:

POSESIONES COLONIALES DE LAS GRANDES POTENCIAS
(En millones de kilómetros cuadros y de habitantes)

Paises
Colonias
Metrópolis
Total
1876
1914
1914
1914
Km2
Habit.
Km2
Habit.
Km2
Habit.
Km2
Habit.
Inglaterra
22.5
251.9
33.5
393.5
0.3
46.5
33.8
440.0
Rusia
17.0
15.9
17.4
33.2
5.4
136.2
22.8
169.4
Francia
0.9
6.0
10.6
55.5
0.5
39.6
11.1
95.1
Alemania
0
0
2.9
12.3
0.5
64.9
3.4
77.2
EE.UU.
0
0
0.3
9.7
9.4
97.0
9.7
106.7
Japón
0
0
0.3
19.2
0.4
53.0
0.7
72.2
Total de las 6 grandes potencias
40.4
273.8
65.0
523.4
16.5
437.2
81.5
960.6
Colonias de las demás potencias (Bélgica, Holanda, etc.)
9.9
45.3
Semicolonias (Persia, China, Turquía)
14.5
361.2
Demás países
28.0
289.9
Superficie y poblaciones totales de la Tierra
133.9
1.657.0

Se ve claramente cómo a fines del siglo XIX y en los albores del siglo XX se hallaba ya "terminado" el reparto del mundo. Las posesiones coloniales se ensancharon en proporciones gigantescas después de 1876: en más de una vez y media, de 40 a 65 millones de kilómetros cuadrados para las seis potencias más importantes; el aumento representa 25 millones de kilómetros cuadrados, una vez y media más que la superficie de las metrópolis (16,5 millones). Tres potencias no poseían en 1876 ninguna colonia, y la cuarta, Francia, casi no las tenía. Para el año 1914, esas cuatro potencias habían adquirido colonias con una superficie de 14,1 millones de kilómetros cuadrados, es decir, aproximadamente una vez y media más que la superficie de Europa, con una población de casi 100 millones de habitantes. La desigualdad en la ampliación de las posesiones coloniales es muy grande. Si se comparan, por ejemplo, Francia, Alemania y el Japón, cuya diferencia no es muy considerable en cuanto a la superficie y la población, resulta que el primero de dichos países ha adquirido casi tres veces más colonias (desde el punto de vista de la superficie) que el segundo y tercero juntos. Pero por la cuantía del capital financiero, Francia, a principios del período que nos ocupa, era acaso también varias veces más rica que Alemania y el Japón juntos. Las dimensiones de las posesiones coloniales se hallan influenciadas no sólo por las condiciones puramente económicas, sino también, a base de éstas, por las condiciones geográficas y otras. Por considerable que haya sido durante las últimas décadas la nivelación del mundo, la igualación de las condiciones económicas y de vida de los distintos países bajo la presión de la gran industria, del cambio y del capital financiero, la diferencia sigue siendo, sin embargo, respetable, y entre los seis países mencionados observamos, por una parte, países capitalistas jóvenes, que han progresado con una rapidez extraordinaria (Estados Unidos, Alemania, el Japón); por otra parte, países de viejo tipo capitalista, que durante los últimos años han progresado mucho más lentamente que los anteriores (Francia e Inglaterra); en tercer lugar, un país, el más atrasado desde el punto de vista económico (Rusia), en el cual el imperialismo capitalista moderno se halla envuelto, por así decirlo, en una red particularmente densa de relaciones precapitalistas.

Al lado de las posesiones coloniales de las grandes potencias, hemos colocado las colonias menos importantes de los Estados pequeños y que son, por decirlo así, el objeto inmediato del "nuevo reparto" de las colonias, posible y probable. La mayor parte de esos pequeños Estados conservan sus colonias únicamente gracias a que entre las grandes potencias existen intereses contrapuestos, rozamientos, etc., que dificultan el acuerdo para el reparto del botín. En cuanto a los Estados "semicoloniales", nos dan el ejemplo de las formas de transición que hallamos en todas las esferas de la naturaleza y de la sociedad. El capital financiero es una fuerza tan considerable, por decirlo así tan decisiva en todas las relaciones económicas e internacionales, que es capaz de subordinar, y en efecto subordina, incluso a los Estados que gozan de una independencia política completa, como lo veremos más adelante. Pero, naturalmente, para el capital financiero la subordinación más beneficiosa y más "cómoda" es aquella que trae aparejada consigo la pérdida de la independencia política de los países y de los pueblos sometidos. Los países semicoloniales son típicos, en este sentido, como "caso intermedio". Se comprende, pues, que la lucha por esos países semidependientes haya tenido que exacerbarse particularmente en la época del capital financiero, cuando el resto del mundo se hallaba ya repartido.

La política colonial y el imperialismo existían ya antes de la fase actual del capitalismo y aun antes del capitalismo. Roma, basada en la esclavitud, llevó a cabo una política colonial y realizó el imperialismo. Pero los razonamientos "generales" sobre el imperialismo, que olvidan o relegan a segundo término la diferencia radical de las formaciones económico-sociales, se convierten inevitablemente en banalidades vacuas o en fanfarronadas, tales como la de comparar "la Gran Roma con la Gran Bretaña". [81] Incluso la política colonial capitalista de las fases anteriores del capitalismo se diferencia esencialmente de la política colonial del capital financiero.

La particularidad fundamental del capitalismo moderno consiste en la dominación de las asociaciones monopólicas de los grandes empresarios. Dichos monopolios adquieren la máxima solidez cuando reúnen en sus manos todas las fuentes de materias primas, y ya hemos visto con qué furor los grupos internacionales de capitalistas dirigen sus esfuerzos a arrebatar al adversario toda posibilidad de competencia, a acaparar, por ejemplo, las tierras que contienen mineral de hierro, los yacimientos de petróleo, etc. La posesión de colonias es lo único que garantiza de una manera completa el éxito del monopolio contra todas las contingencias de la lucha con el adversario, sin excluir la de que el adversario desee defenderse por medio de una ley sobre el monopolio de Estado. Cuanto más adelantado se halla el desarrollo del capitalismo, cuanto con mayor agudeza se siente la insuficiencia de materias primas, cuanto más dura es la competencia y la caza de las fuentes de materias primas en todo el mundo, tanto más encarnizada es la lucha por la adquisición de colonias.

"Se puede aventurar la afirmación" — escribe Schilder — "que a algunos puede parecer paradójica, de que el crecimiento de la población urbana e industrial en un futuro más o menos próximo puede más bien hallar obstáculos en la insuficiencia de materias primas para la industria, que en la de productos alimenticios".

Así, por ejemplo, aumenta la escasez de madera, que va encareciendo cada vez más, de pieles, de materias primas para la industria textil.

"Las asociaciones industriales intentan establecer el equilibrio entre la agricultura y la industria en los límites de toda la economía mundial; como ejemplo se puede citar la unión internacional de asociaciones de fabricantes de hilados de algodón de los países industriales más importantes, fundada en 1904, y la unión de asociaciones europeas de fabricantes de hilados de lino, constituida en 1910, según el tipo de la anterior". [82]

Claro que los reformistas burgueses, y entre ellos los kautskianos actuales sobre todo, intentan atenuar la importancia de esos hechos, indicando que las materias primas "podrían ser" adquiridas en el mercado libre sin una política colonial "cara y peligrosa", que la oferta de materias primas "podría ser" aumentada en proporciones gigantescas con el "simple" mejoramiento de las condiciones de la agricultura en general. Pero esas indicaciones se convierten en una apología del imperialismo, en el embellecimiento del mismo, pues se fundan en el olvido de la particularidad principal del capitalismo moderno: los monopolios. El mercado libre pasa cada vez más al dominio de la historia, los sindicatos y trusts monopólicos van reduciéndolo de día en día, y el "simple" mejoramiento de las condiciones de la agricultura se reduce al mejoramiento de la situación de las masas, a la elevación de los salarios y a la disminución de los beneficios. ¿Dónde existen, como no sea en la fantasía de los reformistas dulzones, trusts capaces de preocuparse de la situación de las masas y no de la conquista de colonias?

Para el capital financiero tienen importancia no sólo las fuentes de materias primas descubiertas ya, sino también las probables, pues la técnica se desarrolla con una rapidez increíble en nuestros días y las tierras hoy inservibles pueden ser convertidas mañana en tierras útiles, si se descubren nuevos procedimientos (a cuyo efecto un banco importante puede organizar una expedición especial de ingenieros, agrónomos, etc.), si se invierten grandes capitales. Lo mismo se puede decir con respecto a la exploración de riquezas minerales, a los nuevos métodos de elaboración y utilización de tales o cuales materias primas, etc., etc. De aquí la tendencia inevitable del capital financiero de ampliar el territorio económico y aun el territorio en general. Del mismo modo que los trusts capitalizan sus bienes en el doble o en el triple de su valor, calculando los beneficios "posibles" en el futuro (y no los beneficios presentes) y teniendo en cuenta los resultados ulteriores del monopolio, el capital financiero manifiesta en general la tendencia a apoderarse de las mayores extensiones posibles de territorio, sea el que sea, se halle donde se halle, por cualquier medio, teniendo en cuenta las fuentes posibles de materias primas y ante el temor de quedarse atrás en la lucha rabiosa por las últimas porciones del mundo todavía no repartidas o por un nuevo reparto de las ya repartidas.

Los capitalistas ingleses se esfuerzan por todos los medios para desarrollar la producción de algodón en su colonia, Egipto (en 1904, de los 2,3 millones de hectáreas de tierra cultivada en Egipto, 0,6, esto es, más de la cuarta parte, estaba destinada ya al algodón); los rusos hacen lo mismo en la suya, el Turquestán, pues de este modo les es más fácil vencer a sus competidores extranjeros, les es más fácil monopolizar las fuentes de materias primas, crear un trust textil menos costoso y más lucrativo, con producción "combinada", con la concentración en una sola mano de todas las fases de la producción y de la transformación del algodón.

Los intereses de la exportación del capital empujan del mismo modo a la conquista de colonias, pues en el mercado colonial es más fácil (y a veces sólo en él es posible) suprimir al competidor por medios monopólicos, garantizarse encargos, consolidar las "relaciones" existentes, etc.

La superestructura extraeconómica, que brota sobre la base del capital financiero, la política, la ideología de éste, refuerzan la tendencia a las conquistas coloniales. "El capital financiero quiere, no la libertad, sino la dominación", dice con razón Hilferding. Y un escritor burgués francés, como si desarrollara y completara las ideas de Cecil Rhodes [83], que hemos citado más arriba, escribe que hay que añadir las causas de orden social a las causas económicas de la política colonial contemporánea:

"A consecuencia de la complejidad creciente de la vida y de las dificultades que pesan no sólo sobre las masas obreras, sino también sobre las clases medias, en todos los países de vieja civilización se están acumulando la impaciencia, la irritación, el odio, que ponen en peligro la tranquilidad pública; hay que hallar una aplicación a la energía sacada de un determinado cauce de clase, encontrarle aplicación fuera del país, a fin de que no se produzca la explosión en el interior".[84]

Puesto que hablamos de la política colonial de la época del imperialismo capitalista, es necesario hacer notar que el capital financiero y la política internacional correspondiente, la cual se reduce a la lucha de las grandes potencias por el reparto económico y político del mundo, crean toda una serie de formas de transición de dependencia estatal. Para esta época son típicos no sólo los dos grupos fundamentales de países: los que poseen colonias y los países coloniales, sino también las formas variadas de países dependientes políticamente independientes, desde un punto de vista formal, pero, en realidad, envueltos por las redes de la dependencia financiera y diplomática. Una de estas formas, la semicolonia, la hemos indicado ya antes. Modelo de otra forma es, por ejemplo, la Argentina.

"La América del Sur, y sobre todo la Argentina — dice Schulze- Gaevernitz en su obra sobre el imperialismo británico —, se halla en una situación tal de dependencia financiera respecto de Londres, que se la debe calificar de colonia comercial inglesa". [85]

Según Schilder, los capitales invertidos por Inglaterra en la Argentina, de acuerdo con los datos suministrados por el cónsul austro-húngaro en Buenos Aires, fueron, en 1909, de 8.750 millones de francos. No es difícil imaginarse qué fuerte lazo se establece entre el capital financiero — y su fiel "amigo", la diplomacia — de Inglaterra y la burguesía argentina, los círculos dirigentes de toda su vida económica y política.

El ejemplo de Portugal nos muestra una forma un poco distinta de dependencia financiera y diplomática bajo la independencia política. Portugal es un Estado independiente, soberano, pero en realidad, durante más de doscientos años, desde la época de la guerra de sucesión de España (1701-1714), se halla bajo el protectorado de Inglaterra. Inglaterra lo defendió y defendió las posesiones coloniales del mismo para reforzar su propia posición en la lucha con sus adversarios: España y Francia. Inglaterra obtuvo en compensación ventajas comerciales, mejores condiciones para la exportación de mercancias y, sobre todo, para la exportación de capitales a Portugal y sus colonias, la posibilidad de utilizar los puertos y las islas de Portugal, sus cables, etc., etc. [86] Este género de relaciones entre algunos grandes y pequeños Estados ha existido siempre, pero en la época del imperialismo capitalista se convierte en sistema general, entran a formar parte del conjunto de relaciones que rigen el "reparto del mundo", pasan a ser eslabones en la cadena de las operaciones del capital financiero mundial.

Para terminar con la cuestión del reparto del mundo, debemos todavia hacer notar lo siguiente: No sólo la literatura norteamericana, después de la guerra hispano-americana, y la inglesa, después de la guerra anglo-boer, plantearon esta cuestión de un modo completamente abierto y definido, a fines del siglo XIX y a principios del XX; no sólo la literatura sobre el desarrollo del "imperialismo británico", ha juzgado sistemáticamente este hecho. También la literatura burguesa de Francia ha planteado la cuestión de un modo suficientemente claro y vasto, en tanto que esto es concebible desde el punto de vista burgués. Remitámonos al historiador Driault, el cual, en su libro "Los problemas políticos y sociales de fines del siglo XIX", en el capítulo sobre "las grandes potencias y el reparto del mundo", decía lo siguiente:

"En el transcurso de los últimos años, todos los territorios libres de la Tierra, a excepción de China, han sido ocupados por las potencias de Europa y por los Estados Unidos. Debido a esto se han producido ya varios conflictos y ciertos desplazamientos de influencia que no son más que precursores de explosiones mucho más terribles en un futuro próximo. Pues hay que apresurarse: las naciones que no se han provisto corren el riesgo de no percibir nunca su porción y de no tomar parte en la explotación gigantesca de la Tierra, que será uno de los hechos más esenciales del próximo siglo (esto es, del siglo XX). He aquí por qué toda Europa y América, durante los últimos tiempos, fueron presas de la fiebre de expansión colonial, del 'imperialismo', el cual constituye el rasgo característico más notable de fines del siglo XIX". Y el autor añade: "Con un reparto tal del mundo, con esa caza rabiosa de las riquezas y de los grandes mercados de la Tierra la importancia relativa de los imperios creados en este siglo XIX es completamente desproporcionada al puesto que ocupan en Europa las naciones que los han creado. Las potencias predominantes en Europa, que son los árbitros de su destino, no predominan igualmente en todo el mundo. Y debido a que el poderío colonial, la esperanza de poseer riquezas todavía ignoradas tendrá, evidentemente, una repercusión en la importancia relativa de las potencias europeas, la cuestión colonial — el 'imperialismo', si queréis —, que ha transformado ya las condiciones políticas de Europa misma, las irá modificando cada vez más". [87]

 

VII. EL IMPERIALISMO, COMO FASE PARTICULAR DEL CAPITALISMO

Intentaremos ahora hacer un balance, resumir lo que hemos dicho más arriba sobre el imperialismo. El imperialismo ha surgido como desarrollo y continuación directa de las propiedades fundamentales del capitalismo en general. Pero el capitalismo se ha trocado en imperialismo capitalista únicamente al llegar a un cierto grado muy alto de su desarrollo, cuando algunas de las propiedades fundamentales del capitalismo han comenzado a convertirse en su antítesis, cuando han tomado cuerpo y se han manifestado en toda la línea los rasgos de la época de transición del capitalismo a una estructura económica y social más elevada. Lo que hay de fundamental en este proceso, desde el punto de vista económico, es la sustitución de la libre competencia capitalista por los monopolios capitalistas. La libre competencia es la propiedad fundamental del capitalismo y de la producción de mercancías en general; el monopolio se halla en oposición directa con la libre competencia, pero esta última se ha convertido a nuestros ojos en monopolio, creando la gran producción, eliminando la pequeña, reemplazando la gran producción por otra todavía mayor, llevando la concentración de la producción y del capital hasta tal punto, que de su seno ha surgido y surge el monopolio: cartels, sindicatos, trusts, y, fusionándose con ellos, el capital de una docena escasa de bancos que manejan miles de millones. Y al mismo tiempo, los monopolios, que se derivan de la libre competencia, no la eliminan, sino que existen por encima y al lado de ella, engendrando así una serie de contradicciones, rozamientos y conflictos particularmente agudos. El monopolio es el tránsito del capitalismo a un régimen superior.

Si fuera necesario dar una definición lo más breve posible del imperialismo, debería decirse que el imperialismo es la fase monopólica del capitalismo. Una definición tal comprendería lo principal, pues, por una parte, el capital financiero es el capital bancario de algunos grandes bancos monopólicos fundido con el capital de los grupos monopólicos de industriales y, por otra, el reparto del mundo es el tránsito de la política colonial, que se expande sin obstáculos en las regiones todavía no apropiadas por ninguna potencia capitalista, a la política colonial de dominación monopólica de los territorios del globo, enteramente repartido.

Pero las definiciones excesivamente breves, si bien son cómodas, pues resumen lo principal, son, no obstante, insuficientes, ya que es necesario deducir de ellas especialmente rasgos muy esenciales del fenómeno que hay que definir. Por eso, sin olvidar la significación condicional y relativa de todas las definiciones en general, las cuales no pueden nunca abarcar en todos sus aspectos las relaciones del fenómeno en su desarrollo completo, conviene dar una definición del imperialismo que contenga sus cinco rasgos fundamentales siguientes, a saber: 1) la concentración de la producción y del capital llegada hasta un grado tan elevado de desarrollo que ha creado los monopolios, que desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este "capital financiero", de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capital, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particular; 4) la formación de asociaciones internacionales monopólicas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5) la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes. El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en la cual ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido una importancia de primer orden la exportación de capital, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de todo el territorio del mismo entre los países capitalistas más importantes.

Más adelante veremos cómo se puede y se debe definir de otro modo el imperialismo, si se tienen en cuenta no sólo las nociones fundamentales puramente económicas (a las cuales se limita la definición que hemos dado), sino también el lugar histórico de esta fase del capitalismo en relación con el capitalismo en general o la relación del imperialismo y de las dos tendencias fundamentales del movimiento obrero. Lo que hay que consignar inmediatamente es que, interpretado en el sentido mencionado, el imperialismo representa en sí, indudablemente, una fase particular de desarrollo del capitalismo. Para dar al lector una idea lo más fundamentada posible del imperialismo, nos hemos esforzado deliberadamente en reproducir el mayor número posible de opiniones de economistas burgueses, que se ven obligados a reconocer los hechos de la economía capitalista moderna establecidos de una manera particularmente incontrovertible. Con el mismo fin hemos reproducido datos estadísticos detallados que permiten ver hasta qué punto ha crecido el capital bancario, etc., en qué precisamente se ha expresado la transformación de la cantidad en calidad, el tránsito del capitalismo desarrollado al imperialismo. Huelga decir, naturalmente, que en la naturaleza y en la sociedad todos los límites son convencionales y mudables, que sería absurdo discutir, por ejemplo, sobre el año o la década precisos en que se instauró "definitivamente" el imperialismo.

Pero sobre la definición del imperialismo nos vemos obligados a discutir ante todo con C. Kautsky, con el principal teórico marxista de la época de la llamada Segunda Internacional, es decir, de los veinticinco años comprendidos entre 1889 y 1914.

Kautsky se pronunció decididamente, en 1915, e incluso en noviembre de 1914, contra las ideas fundamentales expresadas en nuestra definición del imperialismo, declarando que por imperialismo hay que entender, no una "fase" o un grado de la economía, sino una política, precisamente una política determinada, la política "preferida" por el capital financiero; que no se puede "identificar" el imperialismo con el "capitalismo contemporáneo"; que, si se incluyen en la noción de imperialismo "todos los fenómenos del capitalismo contemporáneo" — cartels, proteccionismo, dominación de los financieros, política colonial —, en ese caso la cuestión de la necesidad del imperialismo para el capitalismo se convierte en "la tautología más trivial", pues entonces, "naturalmente, el imperialismo es una necesidad vital para el capitalismo", etc. Expresaremos todavía con más exactitud el pensamiento de Kautsky si reproducimos la definición del imperialismo dada por él, directamente opuesta a la esencia de las ideas expuestas por nosotros (pues las objeciones procedentes del campo de los marxistas alemanes, los cuales han defendido semejantes ideas durante toda una serie de años, son ya conocidas desde hace mucho tiempo por Kautsky como objeción de una tendencia determinada en el marxismo).

La definición de Kautsky está concebida así:

"El imperialismo es un producto del capitalismo industrial altamente desarrollado. Consiste en la tendencia de cada nación industrial capitalista a someter y anexionarse regiones agrarias, cada vez mayores, sean cuales sean las naciones que las pueblan". [88]

Esta definición no sirve absolutamente para nada, puesto que es unilateral, es decir, destaca arbitrariamente tan sólo el problema nacional (si bien extraordinariamente importante, tanto por sí mismo como por su relación con el imperialismo), enlazándolo arbitraria y erróneamente sólo con el capital industrial en los países que se anexionan otras naciones, colocando en primer término, de la misma forma arbitraria y errónea, la anexión de las regiones agrarias.

El imperialismo es una tendencia a las anexiones; he aquí a lo que se reduce la parte política de la definición de Kautsky. Es justa, pero extremadamente incompleta, pues en el aspecto político es, en general, una tendencia a la violencia y a la reacción. Pero lo que en este caso nos interesa es el aspecto económico que Kautsky mismo ha introducido en su definición. Las inexactitudes de la definición de Kautsky saltan a la vista. Lo característico del imperialismo no es justamente el capital industrial, sino el capital financiero. No es un fenómeno casual que, en Francia precisamente, el desarrollo particularmente rápido del capital financiero, que coincidió con un debilitamiento del capital industrial, provocara a partir de la década del 80 del siglo pasado una intensificación extrema de la política anexionista (colonial). Lo característico para el imperialismo consiste precisamente en la tendencia a la anexión no sólo de las regiones agrarias, sino también de las más industriales (apetitos alemanes respecto a Bélgica, los de los franceses en cuanto a la Lorena), pues, en primer lugar, el reparto definitivo de la Tierra obliga, al proceder a un nuevo reparto, a tender la mano hacia toda clase de territorios; en segundo lugar, para el imperialismo es sustancial la rivalidad de varias grandes potencias en la aspiración a la hegemonía, esto es, a apoderarse de territorios no tanto directamente para sí, como para el debilitamiento del adversario y el quebrantamiento de su hegemonía (para Alemania, Bélgica tiene una importancia especial como punto de apoyo contra Inglaterra; para Inglaterra, la tiene Bagdad como punto de apoyo contra Alemania, etc.).

Kautsky se remite particularmente — y reiteradas veces — al ejemplo de los ingleses, los cuales, según él, han establecido la significación puramente política de la palabra "imperialismo" en la acepción de Kautsky.

En la obra del inglés Hobson, "El imperialismo", publicada en 1902, leemos lo siguiente:

"El nuevo imperialismo se distingue del viejo, primero, en que, en vez de las aspiraciones de un solo imperio creciente, sostiene la teoría y la práctica de imperios rivales, guiado cada uno de ellos por idénticos apetitos de expansión política y de beneficio comercial; segundo, en que los intereses financieros o relativos a la inversión del capital predominan sobre los comerciales". [89]

Como vemos, Kautsky de hecho carece por completo de razón al remitirse a los ingleses en general (en los únicos en que podría apoyarse sería en los imperialistas ingleses vulgares o en los apologistas declarados del imperialismo). Vemos que Kautsky, que pretende continuar defendiendo el marxismo, en realidad da un paso atrás con relación al social-liberal Hobson, el cual tiene en cuenta, con más acierto que él, las dos particularidades "histórico-concretas" (¡Kautsky, con su definición, se mofa precisamente de lo histórico-concreto!) del imperialismo contemporáneo: 1) competencia de varios imperialismos; 2) predominio del financiero sobre el comerciante. Si lo esencial consiste en que un país industrial se anexiona un país agrario, en este caso se concede el papel principal al comerciante.

La definición de Kautsky no sólo es errónea y no marxista, sino que sirve de base a todo un sistema de concepciones que rompe totalmente con la teoría marxista y con la práctica marxista, de lo cual hablaremos más adelante. Carece absolutamente de seriedad la discusión sobre palabras promovida por Kautsky: ¿hay que calificar de imperialismo o de fase del capital financiero la fase actual del capitalismo? Llamadlo como queráis, esto es indiferente. Lo esencial consiste en que Kautsky separa la política del imperialismo de su economía, hablando de las anexiones como de una política "preferida" por el capital financiero y oponiendo a la misma otra política burguesa posible, según él, sobre la misma base del capital financiero. Resulta que los monopolios en la economía son compatibles con el modo de obrar no monopólico, no violento, no anexionista en política. Resulta que el reparto territorial del mundo, terminado precisamente en la época del capital financiero y que constituye la base del carácter particular de las formas actuales de rivalidad entre los más grandes Estados capitalistas, es compatible con una política no imperialista. Resulta que de este modo se disimulan, se atenúan las contradicciones más radicales de la fase actual del capitalismo en vez de ponerlas al descubierto en toda su profundidad; resulta un reformismo burgués en lugar del marxismo.

Kautsky discute con el apologista alemán del imperialismo y de las anexiones, Cunow, el cual razona de un modo burdo y cínico: el imperialismo es el capitalismo contemporáneo; el desarrollo del capitalismo es inevitable y progresivo; por consiguiente, el imperialismo es progresivo ¡y hay que arrastrarse ante el imperialismo y glorificarlo! Este razonamiento se parece, en cierto modo, a la caricatura que trazaban los populistas contra los marxistas rusos en los años 1894-1895: si los marxistas consideran que el capitalismo es en Rusia inevitable y progresivo, deben consagrarse a abrir tabernas y a fomentar el capitalismo. Kautsky objeta a Cunow: no, el imperialismo no es el capitalismo contemporáneo, sino solamente una de las formas de la política del mismo; podemos y debemos luchar contra esa política, luchar contra el imperialismo, contra las anexiones, etc.

La objeción parece completamente plausible, pero, en realidad, equivale a una defensa más sutil, más velada (y, por esto, más peligrosa) de la conciliación con el imperialismo, pues una "lucha" contra la política de los trusts y de los bancos que deje intactas las bases de la economía de los unos y de los otros, se reduce al reformismo burgués y al pacifismo, a los buenos propósitos inofensivos. Velar con palabras las contradicciones existentes, olvidar las más importantes, en vez de descubrirlas en toda su profundidad: he aquí en qué consiste la teoría de Kautsky, la cual no tiene nada que ver con el marxismo. ¡Y, naturalmente, semejante "teoría" no sirve más que para la defensa de la idea de la unidad con los Cunow!

"Desde el punto de vista puramente económico — escribe Kautsky —, no es imposible que el capitalismo pase todavía por una nueva fase: la aplicación de la política de los cartels a la política exterior, la fase del ultraimperialismo", [90] esto es, el superimperialismo, la unión de los imperialismos de todo el mundo, y no la lucha de los mismos, la fase de la cesación de las guerras bajo el capitalismo, la fase de la "explotación general del mundo por el capital financiero unido internacionalmente". [91]

Será preciso que nos detengamos más adelante en esta "teoría del ultraimperialismo", con el fin de hacer ver en detalle hasta qué punto rompe irremediable y decididamente con el marxismo. Lo que aquí debemos hacer, de acuerdo con el plan general de este trabajo, es echar una ojeada a los datos económicos precisos que se refieren a esta cuestión. ¿Es posible el "ultraimperialismo", "desde el punto de vista puramente económico", o es un ultradisparate?

Si se entiende por punto de vista puramente económico la "pura" abstracción, todo cuanto se pueda decir se reduce a la tesis siguiente: el desarrollo va hacia el monopolio; por lo tanto, hacia un monopolio mundial único, hacia un trust mundial único. Esto es indiscutible, pero, al mismo tiempo, carece de todo contenido, como la indicación de que "el desarrollo va hacia" la producción de los artículos alimenticios en los laboratorios. En este sentido, la "teoría" del ultraimperialismo es tan absurda como lo sería la de la "ultraagricultura".

Pero si se habla de las condiciones "puramente económicas" de la época del capital financiero como de una época históricamente concreta que se refiere a principios del siglo XX, la mejor respuesta a las abstracciones muertas del "ultraimperialismo" (que sirven exclusivamente al fin más reaccionario: distraer la atención del carácter profundo de las contradicciones existentes) es la oposición a las mismas de la realidad económica concreta de la economía mundial moderna. Las divagaciones inconsistentes de Kautsky sobre el ultraimperialismo estimulan, entre otras cosas, la idea profundamente errónea y que echa agua al molino de los apologistas del imperialismo, según la cual la dominación del capital financiero atenúa la desigualdad y las contradicciones de la economía mundial, cuando, en realidad, lo que hace es acentuarlas.

R. Calwer, en su opúsculo "Introducción a la economía mundial" [92], ha intentado resumir los principales datos puramente económicos que permiten formarse una idea concreta de las interrelaciones de la economía mundial en los albores del siglo XX. Calwer divide al mundo en cinco "regiones económicas principales": 1) la centro-europea (toda Europa, con excepción de Rusia e Inglaterra); 2) la británica; 3) la rusa; 4) la oriental-asiática, y 5) la americana, incluyendo las colonias en las "regiones" de los Estados a los cuales pertenecen, y "dejando de lado" algunos países no incluidos en las regiones, por ejemplo: Persia, Afganistán, Arabia, en Asia; Marruecos y Abisinia, en Africa, etc.

He aquí, en forma resumida, los datos económicos sobre las regiones citadas, suministrados por dicho autor:

Regiones económicas principales del mundo
Extensión
(En millones de kilometros cuadrados)
Población
(en millones)
Vías de comunicación
Comercio
Industria
Vias férreas
(en miles de Km)
Flota comercial (En millones de toneladas)
Exportación e Importación
(En millones de marcos)
Extracción de carbón de piedra
(En millones de toneladas)
Producción de hierro fundido
(En millones de toneladas)
Número de husos de la industria algodonera (En Millones)
1. Centro-Europa
27.6 (23.6)*
388
(146)
204
8
41
251
15
26
2. Británica
28.9 (28.6)*
398
(355)
140
11
25
249
9
51
3. Rusa
22
131
63
1
3
16
3
7
4. Oriental
12
389
8
1
2
8
0.02
2
5. América
30
148
379
6
14
245
14
19

(*) Las cifras entre paréntesis indican la extensión y la población de las colonias.

 

Vemos tres regiones con un capitalismo muy desarrollado (alto desarrollo de las vías de comunicación, del comercio y de la industria): la centro-europea, la británica y la americana. Entre ellas, tres Estados que ejercen el dominio del mundo: Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos. La rivalidad imperialista y la lucha entre ellos se hallan extremadamente exacerbadas a consecuencia de que Alemania dispone de una región insignificante y de pocas colonias; la creación de una "Europa Central" es todavía cosa del futuro, y se está engendrando en una lucha desesperada. Por el momento, el rasgo característico de toda Europa es el fraccionamiento político. En las regiones británica y americana, por el contrario, es muy elevada la concentración política, pero hay una desproporción enorme entre la inmensidad de las colonias de la primera y la insignificancia de las de la segunda. Y en las colonias, el capitalismo no hace más que empezar a desarrollarse. La lucha por la América del Sur se va exacerbando cada día más.

Hay dos regiones, en las que el capitalismo está débilmente desarrollado: la de Rusia y la oriental-asiática. En la primera, es extremadamente débil la densidad de la población; en la segunda, muy elevada; en la primera, la concentración política es grande; en la segunda, no existe. El reparto de China no ha hecho más que empezar, y la lucha por dicho país entre el Japón, los Estados Unidos, etc. es cada día más intensa.

Comparad con esta realidad — con la variedad gigantesca de condiciones económicas y políticas, con la desproporción extrema en la rapidez de desarrollo de los distintos países, etc., con la lucha rabiosa entre los Estados imperialistas — el cuento estúpido de Kautsky sobre el ultraimperialismo "pacífico". ¿No es esto un intento reaccionario de un asustado filisteo de ocultarse la terrible realidad? ¿Es que los cartels internacionales, en los que Kautsky ve los gérmenes del "ultraimperialismo" (como la producción de tabletas en los laboratorios "puede" ser considerada como el germen de la ultraagricultura), no nos muestran el ejemplo de una partición y un nuevo reparto del mundo, el tránsito del reparto pacífico al no pacífico, y a la inversa? ¿Es que el capital financiero norteamericano y otros, que se repartían pacíficamente todo el mundo, con la participación de Alemania, en el sindicato internacional del rail, pongamos por caso, o en el trust internacional de la marina mercante, no reparten actualmente de nuevo el mundo sobre la base de las nuevas relaciones de fuerzas, relaciones que se modifican de una manera absolutamente no pacífica?

El capital financiero y los trusts no atenúan, sino que acentúan la diferencia entre el ritmo de crecimiento de las distintas partes de la economía mundial. Y si la correlación de fuerzas ha cambiado, ¿cómo pueden resolverse las contradicciones, bajo el capitalismo, si no es por la fuerza? En la estadística de las vías férreas [93] hallamos datos extraordinariamente exactos sobre la diferencia de ritmo en el crecimiento del capitalismo y del capital financiero en toda la economía mundial. Durante las últimas décadas de desarrollo imperialista, la longitud de las líneas férreas ha cam biado del modo siguiente:

LÍNEAS FERREAS
(En miles de Kilómetros)

Área
1890
1913
(+)
Europa 224 346 122
Estados Unidos 268 411 143
Todas las colonias 82 210 128
Estados independientes y semiindependientes de Asia y América 43 137 92
Total de colonias y Estados independientes y semiindependientes
125 347 222
TOTAL GENERAL
617 1.104 487


Las vías férreas se han desarrollado, por consiguiente, con mayor rapidez que en ninguna otra parte, en las colonias y en los Estados independientes (y semiindependientes) de Asia y América. Es sabido que el capital financiero de los cuatro o cinco Estados capitalistas más importantes ordena y manda aquí de un modo absoluto. Doscientos mil kilómetros de nuevas líneas férreas en las colonias y en otros países de Asia y América, significan más de 40 mil millones de marcos de nuevas inversiones de capital en condiciones particularmente ventajosas, con garantías especiales de rendimiento, con pedidos lucrativos para las fundiciones de acero, etc., etc.

Donde más rápidamente crece el capitalismo es en las colonias y en los países transoceánicos. Entre ellos aparecen nuevas potencias imperialistas (Japón). La lucha de los imperialismos mundiales se agudiza. Crece el tributo que el capital financiero percibe de las empresas coloniales y ultraoceánicas, particularmente lucrativas. En el reparto de este "botín", una parte excepcionalmente grande va a parar a manos de países que no siempre ocupan un lugar preeminente, desde el punto de vista del ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas. En las potencias más importantes, tomadas junto con sus colonias, la longitud de las líneas férreas (en miles de kilómetros) era la siguiente:

Potencia
1890
1913
Aumento
Estados Unidos
268
413
+145
Imperio Británico
107
208
+101
Rusia
32
78
+46
Alemania
43
68
+25
Francia
41
63
+22
Total en 5 potencias
491
830
+339

Así, pues, cerca del 80% de todas las líneas férreas se halla concentrado en las cinco potencias más importantes. Pero la concentración de la propiedad de dichas líneas, la concentración del capital financiero es incomparablemente mayor aún; pues, por ejemplo, una masa enorme de las acciones y obligaciones de los ferrocarriles americanos, rusos y otros pertenece a los millonarios ingleses y franceses.

Gracias a sus colonias, Inglaterra ha aumentado "su" red ferroviaria en 100 mil kilómetros, cuatro veces más que Alemania. Sin embargo, todo el mundo sabe que el desarrollo de las fuerzas productivas de Alemania, en este mismo período, y sobre todo el desarrollo de la producción hullera y siderúrgica, ha sido incomparablemente más rápido que en Inglaterra, dejando ya a un lado a Francia y Rusia. En 1892, Alemania producía 4,9 millones de toneladas de hierro fundido, contra 6,8 en Inglaterra, mientras que en 1912 producía ya 17,6 contra 9,0, esto es ¡una superioridad gigantesca sobre Inglaterra! [94]

Ante esto, cabe preguntar: en el terreno del capitalismo, ¿qué otro medio podía haber que no sea la guerra, para suprimir la desproporción existente entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la acumulación del capital, por una parte, y el reparto de las colonias y de las "esferas de influencia" para el capital financiero, por otra?

 

VIII. EL PARASITISMO Y LA DESCOMPOSICIÓN DEL CAPITALISMO

Conviene ahora que nos detengamos en otro aspecto, muy importante, del imperialismo, al cual, en los razonamientos sobre este tema, no se concede la atención debida en la mayor parte de los casos. Uno de los defectos del marxista Hilferding consiste en que, en comparación con el no marxista Hobson, ha dado un paso atrás. Nos referimos al parasitismo, propio del imperialismo.

Como hemos visto, la base económica más profunda del imperialismo es el monopolio. Se trata de un monopolio capitalista, esto es, que ha nacido del seno del capitalismo y se halla en las condiciones generales del mismo, de la producción de mercancías, de la competencia, en una contradicción constante insoluble con dichas condiciones generales. Pero, no obstante, como todo monopolio, engendra inevitablemente una tendencia al estancamiento y a la descomposición. Puesto que se fijan, aunque sea temporalmente, precios monopólicos, desaparecen hasta cierto punto las causas estimulantes del progreso técnico y, por consiguiente, de todo progreso, de todo movimiento hacia adelante, surgiendo así, además, la posibilidad económica de contener artificialmente el progreso técnico. Ejemplo: en los Estados Unidos, un tal Owens inventó una máquina que produjo una revolución en la fabricación de botellas. El cartel alemán de fabricantes de botellas compró la patente a Owens y la guardó bajo llave, retrasando su aplicación. Naturalmente, bajo el capitalismo, el monopolio no puede nunca eliminar del mercado mundial de un modo completo y por un período muy prolongado la competencia (en esto consiste, dicho sea de paso, una de las causas de lo absurdo de la teoría del ultraimperialismo). Desde luego, la posibilidad de disminuir los gastos de producción y de aumentar los beneficios por medio de la introducción de mejoras técnicas obra en favor de las modificaciones. Pero la tendencia al estancamiento y a la descomposición inherente al monopolio, sigue obrando a su vez, y en ciertas ramas de la industria, en ciertos países, por períodos determinados llega a imponerse.

El monopolio de la posesión de colonias particularmente vastas, ricas o favorablemente situadas, obra en el mismo sentido.

Prosigamos. El imperialismo es la enorme acumulación en unos pocos países de capital monetario, el cual, como hemos visto, alcanza la suma de 100 a 150 mil millones de francos en valores. De aquí el incremento extraordinario de la clase o, mejor dicho, del sector rentista, esto es, de individuos que viven del "corte del cupón", completamente alejados de la participación en toda empresa y cuya profesión es la ociosidad. La exportación del capital, una de las bases económicas mas esenciales del imperialismo, acentúa todavía más este divorcio completo del sector rentista respecto a la producción, imprime un sello de parasitismo a todo el país, que vive de la explotación del trabajo de varios países y colonias ultraoceánicos.

"En 1893 — dice Hobson — el capital británico invertido en el extranjero representaba cerca del 15% de toda la riqueza del Reino Unido". [95]

Recordemos que, para el año 1915, dicho capital aumentó aproximadamente en dos veces y media.

"El imperialismo agresivo — dice más adelante Hobson —, que cuesta tan caro a los contribuyentes y tiene tan poca importancia para el industrial y el comerciante. . . , es una fuente de grandes beneficios para el capitalista que busca el modo de invertir su capital" . . . (En inglés esta noción se expresa con una sola palabra: "investor", rentista). "El estadístico Giffen estima en 18 millones de libras esterlinas, calculando a razón de un 2,5% sobre un giro total de 800 millones de libras esterlinas, el beneficio anual percibido en 1899 por la Gran Bretaña de su comercio exterior y colonial".

Por grande que sea esta suma, no puede explicar el imperialismo agresivo de la Gran Bretaña. Lo que lo explica son los 90 ó 100 millones de libras esterlinas que representan el beneficio del capital "invertido", el beneficio del sector de los rentistas.

¡El beneficio de los rentistas es cinco veces mayor que el beneficio del comercio exterior del país más "comercial" del mundo! ¡He aquí la esencia del imperialismo y del parasitismo imperialista!

Por este motivo, la noción de "Estado-rentista" (Rentnerstaat ) o Estado-usurero ha pasado a ser de uso general en la literatura económica sobre el imperialismo. El mundo ha quedado dividido en un puñado de Estados-usureros y una mayoría gigantesca de Estados deudores.

"Entre el capital invertido en el extranjero — escribe Schulze-Gaevernitz — se halla, en primer lugar, el capital colocado en los países políticamente dependientes o aliados: Inglaterra hace préstamos a Egipto, Japón, China y América del Sur. En caso extremo, su escuadra desempeña el papel de alguacil. La fuerza política de Inglaterra la pone a cubierto de la indignación de sus deudores". [96]

Sartorius von Waltershausen, en su obra "El sistema económico de inversión de capital en el extranjero", presenta a Holanda como modelo de "Estado-rentista" e indica que Inglaterra y Francia van tomando asimismo este carácter. A juicio de Schilder, hay cinco países industriales que son "Estados acreedores bien definidos": Inglaterra, Francia, Alemania, Bélgica y Suiza. Si no incluye a Holanda en este grupo es únicamente por ser "poco industrial". [97] Los Estados Unidos son acreedores solamente con referencia a América.

"Inglaterra — dice Schulze-Gaevernitz — se está convirtiendo paulatinamente de Estado industrial en Estado-acreedor. A pesar del aumento absoluto de la producción y de la exportación industriales, aumenta la importancia relativa para toda la economía nacional de los ingresos procedentes de los intereses y de los dividendos, de las emisiones, de las comisiones y de la especulación. A mi juicio, este hecho es precisamente el que constituye la base económica del auge imperialista. El acreedor está más solidamente ligado con el deudor que el vendedor con el comprador".

En cuanto a Alemania, el editor de la revista berlinesa "Die Bank", A. Lansburgh, escribía en 1911 lo siguiente, en el artículo "Alemania, Estado-rentista":

"En Alemania la gente se ríe de buena gana de la tendencia a convertirse en rentista que se observa en Francia. Pero, al hacerlo, se olvidan de que, por lo que se refiere a la burguesía, las condiciones alemanas se parecen cada día más a las de Francia". [98]

El Estado-rentista es el Estado del capitalismo parasitario y en descomposictón, y esta circunstancia no puede dejar de reflejarse tanto en todas las condiciones político-sociales de los países correspondientes en general, como en las dos tendencias fundamentales del movimiento obrero en particular. Para mostrarlo de un modo más evidente, cedemos la palabra a Hobson, el cual es un testigo "seguro", ya que no se le puede considerar como sospechoso de apasionamiento por la "ortodoxia marxista" y, por otra parte, es un inglés bien informado de la situación del país más rico en colonias, en capital financiero y en experiencia imperialista.

Describiendo, bajo la viva impresión de la guerra anglo-boer, el lazo que une al imperialismo con los intereses de los "financieros", el aumento de los beneficios resultantes de las contratas, de los suministros de guerra, etc., Hobson decía:

"Los orientadores de esta política netamente parasitaria son los capitalistas; pero los mismos motivos ejercen también su acción sobre categorías especiales de obreros. En muchas ciudades, las ramas más importantes de la industria dependen de los pedidos del Estado; el imperialismo de los centros de las industrias metalúrgica y naviera depende, en gran parte, de este hecho".

Las circunstancias de dos órdenes, a juicio del autor, han debilitado la fuerza de los viejos imperios: 1) el "parasitismo económico" y 2) la formación de ejércitos con soldados de los pueblos dependientes.

"La primera es costumbre del parasitismo económico, en virtud del cual el Estado dominante utiliza sus provincias, sus colonias y los países dependientes, con el objeto de enriquecer a su clase dirigente y corromper a las clases inferiores a fin de que permanezcan tranquilas".

Para que sea económicamente posible esa corrupción, sea cual sea la forma en que se realice, es necesario — añadiremos por nuestra cuenta — un beneficio monopólico elevado.

En lo que se refiere a la segunda circunstancia, Hobson dice:

"Uno de los síntomas más extraños de la ceguera del imperialismo es la despreocupación con que la Gran Bretaña, Francia y otras naciones imperialistas emprenden este camino. Gran Bretaña ha ido más lejos que ningún otro país. La mayor parte de los combates por medio de los cuales conquistamos nuestro imperio indio, fueron sostenidos por tropas indígenas. En la India, como durante los últimos tiempos en Egipto, grandes ejércitos permanentes se hallan bajo el mando de los ingleses; casi todas nuestras guerras de conquista en Africa, con excepción del Sur, han sido llevadas a cabo para nosotros por los indígenas".

La perspectiva del reparto de China suscita en Hobson la siguiente apreciación económica:

"La mayor parte de la Europa occidental podría tomar entonces el aspecto y el carácter que tienen actualmente ciertas partes de esos países: el sur de Inglaterra, la Riviera, los sitios de Italia y Suiza más frecuentados por los turistas y poblados por ricachos, es decir: un puñado de ricos aristócratas que percibirían dividendos y pensiones del Lejano Oriente, con un grupo un poco más considerable de empleados y de comerciantes y un número mayor de domésticos y de obreros ocupados en la industria del transporte y en la industria dedicada a la última fase de preparación de artículos de fácil alteración. En cambio, las ramas principales de la industria desaparecerían y los productos alimenticios de gran consumo, los artículos semimanufacturados corrientes afluirían, como un tributo, de Asia y Africa. . . He aquí qué posibilidades abre ante nosotros una alianza más vasta de los Estados occidentales una federación europea de las grandes potencias: dicha federación no sólo no haría avanzar la civilización mundial, sino que podría implicar un peligro gigantesco de parasitismo occidental: formar un grupo de naciones industriales avanzadas, cuyas clases superiores percibirían enormes tributos de Asia y Africa, por medio de los cuales mantendrían a grandes masas domesticadas de empleados y criados, ocupados no ya en la producción agrícola e industrial de artículos de gran consumo, sino en el servicio personal o en el trabajo industrial secundario, bajo el control de una nueva aristocracia financiera. Que los que se hallan dispuestos a rechazar esta teoría (debería decirse: perspectiva), como poco digna de ser examinada, reflexionen sobre las condiciones económicas y sociales de las regiones del sur de Inglaterra que se hallan ya en esta situación. Que piensen en las proporciones enormes que podría adquirir dicho sistema, si China fuese sometida al control económico de tales grupos financieros, de los 'capital investors', de sus agentes políticos y empleados comerciales e industriales, que agotarán el más grande depósito potencial de beneficios que jamás ha conocido el mundo, con objeto de consumir dichos beneficios en Europa. Naturalmente, la situación es excesivamente compleja, el juego de las fuerzas mundiales es demasiado difícil de calcular para que resulte muy verosímil esa u otra interpretación única del futuro. Pero las influencias que inspiran al imperialismo de la Europa occidental en la actualidad se orientan en este sentido, y si no chocan con una resistencia, si no son desviadas hacia otra parte, se desarrollarán precisamente en el sentido de la culminación de este proceso". [99]

El autor tiene toda la razón: si las fuerzas del imperialismo no tropezaran con resistencia alguna, conducirían indefectiblemente a esto. La significación de los "Estados Unidos de Europa", en la situación imperialista actual, es apreciada acertadamente por este autor. Convendría únicamente añadir que también en el interior del movimiento obrero, los oportunistas, temporalmente vencedores ahora en la mayoría de los países, "trabajan" de una manera sistemática y firme precisamente en esta dirección. El imperialismo, que significa el reparto del mundo y la explotación no sólo de China e implica ganancias monopólicas elevadas para un puñado de países los más ricos, crea la posibilidad económica de la corrupción de las capas superiores del proletariado y con ello nutre, da forma, refuerza el oportunismo. Lo que no hay que olvidar son las fuerzas que contrarrestan al imperialismo en general y al oportunismo en particular, y que, naturalmente, no puede ver el social-liberal Hobson.

El oportunista alemán Gerhard Hildebrand, el cual fue a su tiempo excluido del Partido por su defensa del imperialismo y que en la actualidad podría ser jefe del llamado Partido "Socialdemócrata" de Alemania, completa muy bien a Hobson al preconizar los "Estados Unidos de Europa occidental" (sin Rusia), con el objeto de llevar a cabo una acción "común" . . . contra los negros africanos, contra el "gran movimiento islamita", para mantener "un fuerte ejército y una escuadra potente" contra la "coalición chino-japonesa", etc. [100]

La descripción del "imperialismo británico" que nos da Schulze-Gaevernitz nos muestra los mismos rasgos de parasitismo. La renta nacional de Inglaterra, en el período de 1865-1898, casi se duplicó mientras que la renta procedente "del extranjero", durante ese mismo período, aumentó en nueve veces. Si el "mérito" del imperialismo consiste en que "educa al negro para el trabajo" (no es posible evitar la coerción. . .), el "peligro" del imperialismo consiste en que "Europa descargue el trabajo físico — al principio el agrícola y el minero, después el trabajo industrial más brutal — sobre las espaldas de la población de color, y se reserve para sí el papel de rentista, preparando acaso, de este modo, la emancipación económica y, después, política de las razas de color".

En Inglaterra, se priva a la agricultura de una parte de tierra cada día mayor para dedicarla al deporte, a las diversiones de los ricachos. Por lo que se refiere a Escocia — el sitio más aristocrático para la caza y otros deportes — se dice que "vive de su pasado y de mister Carnegie" (multimillonario norteamericano). Sólo en las carreras de caballos y en la caza de zorros gasta anualmente Inglaterra 14 millones de libras esterlinas (unos 130 millones de rublos). El número de rentistas ingleses es de cerca de un millón. El tanto por ciento de la población productora disminuye:

Años
Población de
Inglaterra
(en millones de
habitantes)
Número de obreros
en las ramas principales de la industria
(en millones)
Tanto por cien-
to respecto de la
población
1851
17.9
4.1
23
1901
32.5
4.9
15

El investigador burgués del "imperialismo británico de principios del siglo XX", al hablar de la clase obrera inglesa, se ve obligado a establecer sistemáticamente una diferencia entre las "capas superiores " de los obreros y la "capa proletaria inferior propiamente dicha ". La capa superior suministra la masa de los miembros de las cooperativas y de los sindicatos, de las sociedades deportivas y de las numerosas sectas religiosas. El derecho electoral se halla adaptado al nivel de dicha categoría. Dicho derecho sigue siendo en Inglaterra ¡¡"lo suficientemente limitado para excluir a la capa proletaria inferior propiamente dicha"!! Para colorear la situación de la clase obrera inglesa, ordinariamente se habla sólo de dicha capa superior, la cual constituye la minoría del proletariado: por ejemplo, "la cuestión del paro forzoso es principalmente un problema que afecta a Londres y a la capa proletaria inferior, de la cual los políticos hacen poco caso ". . . [101] Se debería decir: de la cual los políticastros burgueses y los oportunistas "socialistas" hacen poco caso.

Entre las particularidades del imperialismo relacionadas con los fenómenos de que hemos hablado, figura la disminución de la emigración de los países imperialistas y el aumento de la inmigración (afluencia de obreros y transmigraciones) a estos últimos, procedente de los países más atrasados, donde el nivel de los salarios es más bajo. La emigración de Inglaterra, como lo hace observar Hobson, disminuye a partir de 1884: en este año, el número de emigrantes fue de 242.000, y de 169.000 en 1900. La emigración de Alemania alcanzó el máximo entre 1881 y 1890: 1.453.000, descendiendo en las dos décadas siguientes hasta 544.000 y 341.000. Por el contrario, aumentó el número de obreros llegados a Alemania procedentes de Austria, Italia, Rusia y otros países. Según el censo de 1907, en Alemania había 1.342.294 extranjeros, de los cuales 440.800 eran obreros industriales y 257.329 agrícolas. [102] En Francia, una "parte considerable" de los obreros mineros está constituida por extranjeros: polacos, italianos, españoles. [103] En los Estados Unidos, los inmigrados de la Europa oriental y meridional ocupan los puestos peor retribuidos, mientras que los obreros norteamericanos suministran el tanto por ciento mayor de capataces y de los obreros que tienen un trabajo mejor retribuido. [104] El imperialismo tiene la tendencia a formar categorías privilegiadas también entre los obreros y a divorciarlas de la gran masa del proletariado.

Es preciso hacer notar que, en Inglaterra, la tendencia del imperialismo a escindir a los obreros y a acentuar el oportunismo entre ellos, a engendrar una descomposición temporal del movimiento obrero, se manifestó mucho antes de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Esto se explica porque, desde mediados del siglo pasado, existían en Inglaterra dos importantes rasgos distintivos del imperialismo: inmensas posesiones coloniales y situación de monopolio en el mercado mundial. Durante decenas de años, Marx y Engels estudiaron sistemáticamente ese lazo existente entre el oportunismo en el movimiento obrero y las particularidades imperialistas del capitalismo inglés. Engels escribía, por ejemplo, a Marx el 7 de octubre de 1858:

"El proletariado inglés se va aburguesando de hecho cada día más; por lo que se ve, esta nación, la más burguesa de todas, aspira a tener, en resumidas cuentas, al lado de la burguesía una aristocracia burguesa y un proletariado burgués. Naturalmente, por parte de una nación que explota al mundo entero, esto es, hasta cierto punto, lógico".

Casi un cuarto de siglo después, en su carta del 11 de agosto de 1881, habla de "las peores tradeuniones inglesas que consienten ser dirigidas por individuos vendidos a la burguesía o que, por lo menos, son pagados por ella". Y en la carta del 12 de septiembre de 1882 a Kautsky, Engels escribía:

"Me pregunta usted qué piensan los obreros ingleses acerca de la política colonial. Lo mismo que piensan de la política en general. Aquí no hay un partido obrero, no hay más que radicales conservadores y liberales, y los obreros se aprovechan, junto con ellos, con la mayor tranquilidad, del monopolio colonial de Inglaterra y de su monopolio en el mercado mundial". [105] (Engels desarrolla la misma idea en el prólogo a la segunda edición de "La situación de la clase obrera en Inglaterra", 1892.)

He aquí, claramente indicadas, las causas y las consecuencias. Causas: 1) explotación del mundo entero por dicho país; 2) su situación de monopolio en el mercado mundial; 3) su monopolio colonial. Consecuencias: 1) aburguesamiento de una parte del proletariado inglés; 2) una parte de dicho proletariado se deja dirigir por gentes compradas por la burguesía o, cuando menos, pagadas por la misma. El imperialismo de comienzos del siglo XX terminó el reparto del mundo entre un puñado de Estados, cada uno de los cuales explota actualmente (en el sentido de la obtención de superganancias) una parte "del mundo entero" poco más pequeña que la que explotaba Inglaterra en 1858; cada uno de ellos ocupa una posición de monopolio en el mercado mundial, gracias a los trusts, a los cartels, al capital financiero, a las relaciones entre acreedor y deudor; cada uno de ellos dispone hasta cierto punto de un monopolio colonial (como hemos visto, de los 75 millones de kilómetros cuadrados de todas las colonias del mundo, 65 millones, es decir, el 86%, se hallan concentrados en manos de seis potencias; 61 millones, esto es, el 81%, están concentrados en manos de tres potencias).

El rasgo distintivo de la situación actual consiste en la existencia de condiciones económicas y políticas tales, que forzosamente han tenido que acentuar la inconciliabilidad del oportunismo con los intereses generales y vitales del movimiento obrero: el imperialismo embrionario se ha convertido en un sistema dominante; los monopolios capitalistas han pasado al primer plano en la economía nacional y en la política; el reparto del mundo se ha llevado a su término; pero, por otra parte, en vez del monopolio indiviso de Inglaterra, vemos la lucha por la participación en él entre un pequeño número de potencias imperialistas, lucha que caracteriza todo el comienzo del siglo XX. El oportunismo no puede ahora resultar completamente victorioso en el movimiento obrero de un país durante decenas de años, como triunfó en Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XIX, pero, en una serie de países, ha alcanzado su plena madurez, la ha sobrepasado y se ha descompuesto, fundiéndose del todo, bajo la forma del socialchauvinismo, con la política burguesa. [106]

 

IX. LA CRÍTICA DEL IMPERIALISMO

Entendemos la crítica del imperialismo en el sentido amplio de esta palabra, como posición de las distintas clases de la sociedad ante la política del imperialismo en relación con la ideología general de las mismas.

Las gigantescas proporciones del capital financiero, concentrado en unas pocas manos, que ha creado una red extraordinariamente vasta y densa de relaciones y enlaces, que ha sometido no sólo a la masa de los capitalistas y empresarios medianos y pequeños, sino a los más insignificantes, por una parte, y la exacerbación, por otra, de la lucha con otros grupos nacionales de financieros por el reparto del mundo y por el dominio sobre otros países: todo esto provoca el paso en bloque de todas las clases poseyentes al lado del imperialismo. El signo de nuestro tiempo es el entusiasmo "general" por las perspectivas de este último, la defensa porfiada del mismo, su embellecimiento por todos los medios. La ideología imperialista penetra, incluso, en el seno de la clase obrera, la cual no está separada de las demás clases por una muralla china. Si los jefes del llamado Partido "Socialdemócrata" actual de Alemania han sido con justicia calificados de "socialimperialistas", esto es, de socialistas de palabra e imperialistas de hecho, Hobson hacía notar ya en 1902 la existencia de "imperialistas fabianos" en Inglaterra, pertenecientes a la oportunista "Sociedad Fabiana".

Los sabios y los publicistas burgueses ordinariamente defienden el imperialismo en una forma un poco encubierta, velando la dominación completa del imperialismo y sus raíces profundas, esforzándose en colocar en primer plano las particularidades y los detalles secundarios, esforzándose en distraer la atención de lo esencial por medio de proyectos de "reformas" faltos de toda seriedad, tales como el control policíaco de los trusts o de los bancos, etc. Es menos frecuente que den abiertamente la cara los imperialistas cínicos, declarados, que tienen el valor de considerar como absurda la idea de reformar las características fundamentales del imperialismo.

Daremos un ejemplo. Los imperialistas alemanes, en las ediciones del "Archivo de la Economía Mundial", se esfuerzan en seguir de cerca los movimientos de liberación nacional de las colonias, particularmente, como es natural, de las no alemanas, señalan la fermentación y las protestas en la India, el movimiento en Natal (Africa del Sur), en la India holandesa, etc. Uno de ellos, en una nota a propósito de una publicación inglesa que informaba sobre la Conferencia de naciones y razas sometidas, que se celebró del 28 al 30 de junio de 1910 y en la cual participaron representantes de distintos pueblos de Asia, Africa y Europa que se hallan bajo la dominación extranjera, al comentar los discursos pronunciados en dicha Conferencia, se expresa así:

"Hay que luchar contra el imperialismo, se nos dice; los Estados dominantes deben reconocer el derecho a la independencia de los pueblos sometidos; un tribunal internacional debe velar por el cumplimiento de los tratados concertados entre las grandes potencias y los pueblos débiles. La Conferencia no va más allá de esos buenos deseos. No vemos ni la menor huella de comprensión de la verdad de que el imperialismo está indisolublemente ligado al capitalismo en su forma actual ni, por tanto, la menor huella de comprensión de que, por ello (¡¡ !!), la lucha directa contra el imperialismo está condenada al fracaso, a no ser que la lucha se limite a protestas contra excesos aislados particularmente odiosos". [107]

Como la enmienda reformista de las bases del imperialismo es un engaño, un "buen deseo", como los representantes burgueses de las naciones oprimidas no van "más allá", hacia adelante, el representante burgués de la nación opresora va "más allá", hacia atrás, hacia el servilismo respecto del imperialismo, cubierto con una pretensión de "cientifismo". ¡Vaya una "lógica"!

Las cuestiones esenciales en la crítica del imperialismo son la de saber si es posible modificar con reformas las bases del imperialismo, la de saber si hay que seguir adelante desarrollando la exacerbación y el ahondamiento de las contradicciones engendradas por el mismo o hay que retroceder, atenuando dichas contradicciones. Como las particularidades políticas del imperialismo son la reacción en toda la línea y la intensificación del yugo nacional como consecuencia del yugo de la oligarquía financiera y la supresión de la libre competencia, a principios del siglo XX, en casi todos los países imperialistas, aparece una oposición democrática pequeñoburguesa al imperialismo. Y la ruptura con el marxismo por parte de Kautsky y de la vasta corriente internacional del kautskismo consiste precisamente en que Kautsky no sólo no se ha preocupado, no ha sabido enfrentarse a esa oposición pequeñoburguesa, reformista, en lo económico fundamentalmente reaccionaria, sino que, por el contrario, se ha fundido prácticamente con ella.

En los Estados Unidos, la guerra imperialista de 1898 contra España provocó una oposición de los "antiimperialistas", los últimos mohicanos de la democracia burguesa, los cuales calificaban de "criminal" dicha guerra, consideraban como una violación de la Constitución la anexión de tierras ajenas, denunciaban como "un engaño de los patrioteros" la actitud hacia el jefe de los indígenas filipinos Aguinaldo (al cual prometieron la libertad de su país y después desembarcaron tropas norteamericanas y se anexionaron las Filipinas), citaban las palabras de Lincoln: "cuando el blanco se gobierna a sí mismo, esto se llama autonomía; cuando se gobierna a sí mismo y, al mismo tiempo, gobierna a otros, no es ya autonomía, esto se llama despotismo". [108] Pero mientras toda esa crítica tenía miedo de reconocer el lazo indisoluble existente entre el imperialismo y los trusts, y, por consiguiente, entre el imperialismo y los fundamentos del capitalismo; mientras temía unirse a las fuerzas engendradas por el gran capitalismo y su desarrollo, no pasaba de ser una "aspirasión inocente".

Igual es la posición fundamental de Hobson en su crítica del imperialismo. Hobson se ha anticipado a Kautsky al levantarse contra la "inevitabilidad del imperialismo" y al invocar la necesidad de "elevar la capacidad de consumo" de la población (¡bajo el régimen capitalista!). Mantienen una posición pequeñoburguesa en la crítica del imperialismo, de la omnipotencia de los bancos, de la oligarquía financiera, etc., Agahd, A. Lansburgh, L. Eschwege, citados reiteradas veces por nosotros, y, entre los escritores franceses, Víctor Bérard, autor de la obra superficial "Inglaterra y el imperialismo", aparecida en 1900. Todos ellos, sin ninguna pretensión de marxismo, ni mucho menos, oponen al imperialismo la libre competencia y la democracia, condenan la aventura del ferrocarril de Bagdad, que conduce a conflictos y a la guerra, manifiestan "aspiraciones inocentes" de paz, etc., incluso el estadístico de las emisiones internacionales, A. Neymarck, el cual, calculando los centenares de miles de millones de francos de valores "internacionales", exclamaba, en 1912: "¿Es posible concebir que la paz pueda ser violada. . . , que con unas cifras tan enormes el mundo se arriesgue a provocar la guerra?" [109]

Por parte de los economistas burgueses esa ingenuidad no tiene nada de sorprendente; además, para ellos es ventajoso aparecer tan ingenuos y hablar "seriamente" de la paz bajo el imperialismo. Pero ¿qué es lo que le queda del marxismo a Kautsky, cuando en 1914, 1915 y 1916 adopta ese mismo punto de vista burgués-reformista y afirma que "todo el mundo está de acuerdo" (imperialistas, pseudosocialistas y social-pacifistas) en lo que se refiere a la paz? En vez de analizar y de poner al descubierto en toda su profundidad las contradicciones del imperialismo, vemos únicamente la "aspiración inocente" reformista de evitarlas, de deshacerse de ellas.

He aquí una pequeña muestra de la crítica económica del imperialismo por Kautsky. Este toma los datos sobre la exportación y la importación de Inglaterra en Egipto en 1872 y 1912: resulta que esa exportación e importación aumentó menos que la exportación y la importación generales de Inglaterra. Y Kautsky saca de ello la conclusión siguiente:

"No tenemos fundamento alguno para suponer que, sin la ocupación militar de Egipto, el comercio con dicho país hubiera crecido menos bajo la influencia del simple peso de los factores económicos". "Como mejor puede el capital realizar su tendencia a la expansión es, no por medio de los métodos violentos del imperialismo, sino por la democracia pacífica". [110]

Este razonamiento de Kautsky, repetido en todos los tonos por su escudero ruso (y encubridor ruso de los socialchauvinistas), señor Spectator [111], constituye la base de la crítica kautskiana del imperialismo y por esto debemos detenernos más detalladamente en él. Empecemos por una cita de Hilferding, cuyas conclusiones Kautsky ha declarado muchas veces, por ejemplo, en abril de 1915, que eran "aceptadas unánimemente por todos los teóricos socialistas".

"No incumbe al proletariado — dice Hilferding — oponer a la política capitalista más progresiva la era del librecambio, que se ha quedado atrás, y la actitud hostil frente al Estado. La respuesta del proletariado a la política económica del capital financiero, al imperialismo, puede ser no el librecambio, sino solamente el socialismo. El fin de la política proletaria no puede ser actualmente la restauración de la libre competencia — que se ha convertido en un ideal reaccionario —, sino únicamente la destrucción completa de la competencia por medio de la supresión del capitalismo". [112]

Kautsky ha roto con el marxismo al defender para la época del capital financiero un "ideal reaccionario", la "democracia pacífica", "el simple peso de los factores económicos", pues este ideal arrastra objetivamente hacia atrás, del capitalismo monopólico al capitalismo no monopólico, y es un engaño reformista.

El comercio con Egipto (o con otra colonia o semicolonia) "hubiera crecido" más sin la ocupación militar, sin el imperialismo, sin el capital financiero. ¿Qué significa esto? ¿Que el capitalismo se desarrollaría más rápidamente si la libre competencia no se viera limitada por los monopolios en general ni por las "relaciones" o el yugo (esto es, monopolio asimismo) del capital financiero, ni por la posesión monopólica de las colonias por parte de países aislados?

Los razonamientos de Kautsky no pueden tener otro sentido, y este "sentido" es un sinsentido. Admitamos que sí, que la libre competencia, sin monopolios de ninguna especie desarrollaría el capitalismo y el comercio más rápidamente. Pero cuanto más rápido es el desarrollo del comercio y del capitalismo, más intensa es la concentración de la producción y del capital, que engendra el monopolio. ¡Y los monopolios han nacido ya precisamente de la libre competencia! Aun en el caso de que los monopolios retrasaran actualmente el desarrollo, esto no sería, a pesar de todo, un argumento en favor de la libre competencia, la cual es imposible después de haber engendrado los monopolios.

Por más vueltas que deis a los razonamientos de Kautsky, no hallaréis en él más que reaccionarismo y reformismo burgués.

Si se corrige este razonamiento y se dice, como Spectator, que el comercio de las colonias inglesas con Inglaterra se desarrolla en la actualidad más lentamente que con otros países, esto tampoco salva a Kautsky, pues Inglaterra va siendo batida también por el monopolio, también por el imperialismo, pero de otros países (Estados Unidos, Alemania). Es sabido que los cartels han conducido al establecimiento de aranceles proteccionistas de un tipo nuevo, original: se protegen (como lo hizo ya observar Engels en el III tomo de "El Capital") precisamente los productos susceptibles de ser exportados. Es conocido asimismo el sistema, propio de los cartels y del capital financiero, de "exportación a precios tirados", el "dumping", como dicen los ingleses: en el interior del país, el cartel vende sus productos a un precio monopólico elevado, y en el extranjero los vende a un precio tres veces más bajo con objeto de arruinar al competidor, ampliar hasta el máximo su propia producción, etc. Si Alemania desarrolla más rápidamente que Inglaterra su comercio con las colonias inglesas, esto demuestra solamente que el imperialismo alemán es más lozano, más fuerte, mejor organizado que el inglés, superior a él, pero no demuestra, ni mucho menos, la "preponderancia" del librecambio porque no es él el que lucha contra el proteccionismo, contra la dependencia colonial, sino que un imperialismo lucha contra otro, un monopolio contra otro, un capital financiero contra otro. La preponderancia del imperialismo alemán sobre el inglés es más fuerte que la muralla de las fronteras coloniales o de los aranceles proteccionistas: sacar de ahí un "argumento" en favor del librecambio y de la "democracia pacífica" equivale a sostener una trivialidad, a olvidar los rasgos y las propiedades fundamentales del imperialismo, a sustituir el marxismo por el reformismo pequeñoburgués.

Es interesante hacer notar que incluso el economista burgués A. Lansburgh, que critica el imperialismo de una manera tan pequeñoburguesa como Kautsky, ha elaborado, sin embargo, de un modo más científico que él los datos de la estadística comercial. Lansburgh no sólo ha comparado un país tomado al azar, y no sólo una colonia con los demás países, sino la exportación de un país imperialista: 1) en los países que dependen financieramente de él, que han recibido empréstitos, y 2) en los países financieramente independientes. El resultado obtenido es el siguiente:

EXPORTACION DE ALEMANIA A LOS PAÍSES FINANCIERAMENTE DEPENDIENTES DE ALEMANIA
(En millones de marcos)

Países
1889
1908
Aumento
Rumania
48.2
70.8
47%
Portugal
19.0
32.8
73%
Argentina
60.7
147.0
143%
Brasil
48.7
84.5
73%
Chile
28.3
52.4
85%
Turquía
29.9
64.0
114%
TOTAL
234.8
451.5
92%

A los países financieramente independientes de Alemania
(En millones de marcos)

Países
1889
1908
Aumento
Gran Bretaña
651.8
997.4
53%
Francia
210.2
437.9
108%
Bélgica
137.2
322.8
135%
Suiza
177.4
401.1
127%
Australia
21.2
64.5
205%
India holandesa
8.8
40.7
363%
TOTAL
1.206.6
2.264.4
87%%

Lansburgh no dedujo las conclusiones, y por esto no se dio cuenta, lo que es algo extraño, de que si estas cifras demuestran algo es precisamente que él está equivocado , pues la exportación a los países financieramente dependientes ha crecido, a pesar de todo, más rápidamente, aunque no de un modo muy considerable, que la exportación a los países financieramente independientes (subrayamos el "si" condicional porque la estadística de Lansburgh dista mucho de ser completa).

Refiriéndose a la relación existente entre la exportación y los empréstitos, Lansburgh dice:

"En 1890-91, fue concertado el empréstito rumano por mediación de los bancos alemanes, los cuales, en los años anteriores, adelantaban ya dinero a cuenta del mismo. El empréstito sirvió principalmente para la adquisición de material ferroviario, el cual se recibía de Alemania. En 1891, la exportación alemana a Rumania fue de 55 millones de marcos. Al año siguiente descendió hasta 39,4 y, con intervalos, hasta 25,4 millones, en 1900. Únicamente en estos últimos años ha sido nuevamente alcanzado el nivel de 1891, gracias a otros dos nuevos empréstitos.

La exportación alemana a Portugal aumentó, a consecuencia de los empréstitos de 1888-89, hasta 21,1 millones de marcos (1890); después, en los dos años siguientes, descendió hasta 16,2 y 7,4 millones, y alcanzó su antiguo nivel únicamente en 1903.

Son todavía más expresivos los datos relativos al comercio germano-argentino. A consecuencia de los empréstitos de 1888 y 1890, la exportación alemana a la Argentina alcanzó, en 1889, la cifra de 60,7 millones de marcos. Dos años más tarde, la cxportación era sólo de 18,6 millones, esto es, menos de la tercera parte. Sólo en 1901 es alcanzado y superado el nivel de 1889, como resultado de los nuevos empréstitos del Estado y municipales, de la entrega de dinero para la construcción de centrales eléctricas y de otras operaciones de crédito.

"La exportación a Chile aumentó, a consecuencia del empréstito de 1889, hasta 45,2 millones de marcos (1892) y descendió un año después a 22,5 millones. Después de un nuevo empréstito, concertado por medio de los bancos alemanes en 1906, la exportación se elevó hasta 84,7 millones de marcos (1907), para descender de nuevo a 52,4 millones en 1908". [113]

Lansburgh deduce de estos hechos una divertida moral pequeñoburguesa: cuán inconsistente y desigual es la exportación relacionada con los empréstitos, lo mal que está exportar capitales al extranjero en vez de desarrollar la industria patria de un modo "natural" y "armónico", lo "caras" que le resultan a Krupp las propinas de muchos millones al ser concertados los empréstitos extranjeros, etc. Pero los hechos hablan con claridad: el aumento de la exportación está precisamente relacionado con las maquinaciones del capital financiero, que no se preocupa de la moral burguesa y saca al buey dos cueros: primero, el beneficio del empréstito, y segundo, un beneficio de ese mismo empréstito, cuando éste es invertido en la compra de los artículos de Krupp o de material ferroviario del sindicato del acero, etc.

Repetimos que no consideramos perfecta, ni mucho menos, la estadística de Lansburgh, pero era indispensable reproducirla, porque es más científica que la de Kautsky y de Spectator, ya que Lansburgh indica una manera justa de enfocar la cuestión. Para razonar sobre la significación del capital financiero en lo que se refiere a la exportación, etc. es indispensable saber destacar ésta especial y únicamente en su relación con las maquinaciones de los financieros, especial y únicamente en su relación con la venta de los productos de los cartels, etc. Limitarse a cornparar sencillamente las colonias en general con los países no coloniales, un imperialismo con otro, una semicolonia o colonia (Egipto) con todos los demás países significa dejar de lado y escamotear precisamente la esencia de la cuestión.

La crítica teórica del imperialismo hecha por Kautsly no tiene nada de común con el marxismo; sirve únicamente como punto de partida para predicar la paz y la unidad con los oportunistas y los socialchauvinistas, porque dicha crítica deja de lado y escamotea justamente las contradicciones más profundas y radicales del imperialismo: las contradicciones entre los monopolios y la libre competencia que existe paralelamente con ellos, entre las "operaciones" gigantescas (y las ganancias gigantescas) del capital financiero y el comercio "honrado" en el mercado libre, entre los cartels y trusts, de una parte, y la industria no cartelizada, por otra, etc.

Lleva absolutamente el mismo sello reaccionario la famosa teoría del "ultraimperialismo", inventada por Kautsky. Comparad su razonamiento sobre este tema en 1915 con el de Hobson en 1902:

Kautsky:

". . . ¿No puede la política imperialista actual ser desalojada por otra nueva, ultraimperialista, que colocaría en el sitio de la lucha de los capitales financieros nacionales entre sí la explotación común de todo el mundo por el capital financiero unido internacionalmente? Una semejante nueva fase del capitalismo, en todo caso, es concebible. La ausencia de premisas suficientes impide afirmar si es realizable o no". [114]

Hobson:

"El cristianismo, que se ha consolidado en un número limitado de grandes imperios federales, cada uno de los cuales dispone de varias colonias no civilizadas y de varios países dependientes, les parece a muchos como la evolución más legítima de las tendencias actuales, una evolución, además, que haría concebir las mayores esperanzas en una paz permanente sobre la base sólida del interimperialismo".

Kautsky califica de ultraimperialismo o superimperialismo lo que Hobson, 13 años antes, calificaba de interimperialismo. Si exceptuamos la creación de una nueva y sapientísima palabreja por medio de la sustitución de un prefijo latino por otro, el progreso del pensamiento "científico" en Kautsky consiste únicamente en la pretensión de hacer pasar por marxista lo que Hobson describe, en esencia, como manifestación hipócrita de los curitas ingleses. Después de la guerra anglo-boer era natural que este honorable estamento dirigiera sus mayores esfuerzos en el sentido de consolar a los pequeños burgueses y a los obreros ingleses, los cuales habían tenido no pocos muertos en los combates surafricanos y fueron obligados a pagar impuestos elevados a fin de garantizar mayores utilidades a los financieros ingleses. Y ¿qué consuelo podía ser mayor que el de que el imperialismo no era tan malo, que se hallaba muy cerca del inter o ultraimperialismo, capaz de asegurar la paz permanente? Cualesquiera que fueran las buenas intenciones de los curitas ingleses o del dulzón de Kautsky, el sentido objetivo, esto es, el verdadero sentido social de su "teoría" es uno, y sólo uno: el consuelo archirreaccionario de las masas por medio de la esperanza en la posibilidad de la paz permanente bajo el capitalismo, distrayenclo la atención de las agudas contradicciones y de los agudos problemas de la actualidad y dirigiendo dicha atención hacia las falsas perspectivas de un pretendido nuevo "ultraimperialismo" futuro. Excepción hecha del engaño de las masas, la teoría "marxista" de Kautsky no da más de sí.

En efecto, basta confrontar con claridad los hechos generalmente conocidos, indiscutibles, para convencerse hasta qué punto son falsas las perspectivas que Kautsky se esfuerza en inculcar a los obreros alemanes (y a los de todos los países). Tomemos el ejemplo de la India, de la Indochina y de China. Es sabido que esos tres países coloniales y semicoloniales, con una población de 600 a 700 millones de almas, se hallan sometidos a la explotación del capital financiero de varias potencias imperialistas: Inglaterra, Francia, Japón, Estados Unidos, etc. Supongamos que dichos países imperialistas forman alianzas, los unos contra los otros, con objeto de defender o extender sus posesiones, sus intereses y sus "esferas de influencia" en los mencionados países asiáticos. Esas alianzas serán alianzas "inter" o "ultraimperialistas". Supongamos que todas las potencias imperialistas constituyen una alianza para el reparto "pacífico" de dichos países asiáticos. Esa será una alianza del "capital financiero unido internacionalmente". En la historia del siglo XX, hallamos ejemplos concretos de una tal alianza, por ejemplo, en las relaciones de las potencias con China. Cabe preguntar: ¿es "concebible" suponer que, en las condiciones de conservación del capitalismo (y son precisamente estas condiciones las que presupone Kautsky), dichas alianzas no sean de corta duración, que excluyan los rozamientos, los conflictos y la lucha en todas las formas imaginables?

Basta formular claramente la pregunta para que sea imposible darle otra respuesta que no sea negativa, pues bajo el capitalismo no se concibe otro fundamento para el reparto de las esferas de influencia, de los intereses, de las colonias, etc., que la fuerza de los participantes en el reparto, la fuerza económica general, financiera, militar, etc. Y la fuerza no se modifica de un modo idéntico en esos participantes del reparto, ya que es imposible, bajo el capitalismo, el desarrollo igual de las distintas empresas, trusts, ramas industriales y países. Hace medio siglo, la fuerza capitalista de Alemania era de una absoluta insignificancia en comparación con la de la Inglaterra de aquel entonces; lo mismo se puede decir del Japón en comparación con Rusia. ¿Es "concebible" que dentro de unos diez o veinte años, permanezca invariable la correlación de fuerzas entre las potencias imperialistas? Es absolutamente inconcebible.

Por esto, las alianzas "interimperialistas" o "ultraimperialistas" en la realidad capitalista, y no en la vulgar fantasía pequeñoburguesa de los curas ingleses o del "marxista" alemán Kautsky — sea cual fuera su forma: una coalición imperialista contra otra coalición imperialista, o una alianza general de todas las potencias imperialistas — no pueden constituir, inevitablemente, más que "treguas" entre las guerras. Las alianzas pacíficas preparan las guerras y, a su vez, surgen del seno de la guerra, condicionándose mutuamente, engendrando una sucesión de formas de lucha pacífica y no pacífica sobre una y la misma base de relaciones imperialistas y de relaciones recíprocas entre la economía y la política mundiales. Y el sapientísimo Kautsky, para tranquilizar a los obreros y reconciliarlos con los socialchauvinistas, que se han pasado a la burguesía, separa dos eslabones de una sola y misma cadena, separa la actual alianza pacífica (ultraimperialista y aun ultra-ultraimperialista) de todas las potencias para la "pacificación" de China (acordaos del aplastamiento de la insurrección de los "boxers") del conflicto bélico de mañana, que preparará para pasado mañana otra alianza "pacífica" general para el reparto, supongamos, de Turquía, etc., etc. En vez del enlace vivo entre los períodos de paz imperialista y de guerras imperialistas, Kautsky ofrece a los obreros una abstracción muerta, a fin de reconciliarlos con sus jefes muertos.

El norteamericano Hill, en su "Historia de la diplomacia en el desenvolvimiento internacional de Europa", indica, en el prólogo, los períodos siguientes en la historia moderna de la diplomacia: 1) era de las revoluciones; 2) movimiento constitucional; 3) era del "imperialismo comercial" [115] de nuestros días. Otro escritor divide la historia de la "política mundial" de la Gran Bretaña, a partir de 1870, en cuatro períodos: 1) primer período asiático (lucha contra el movimiento de Rusia en el Asia Central en dirección a la India); 2) período africano (aproximadamente, de 1885 a 1902): lucha contra Francia por el reparto de África (incidente de Fachoda, en 1898, a punto de producir la guerra con Francia); 3) segundo período asiático (tratado con el Japón contra Rusia); 4) período "europeo", caracterizado principalmente por la lucha contra Alemania. [116] "Las escaramuzas políticas de los destacamentos de vanguardia se libran en el terreno financiero", escribía ya en 1905 el "financiero" Riesser, indicando cómo el capital financiero francés, al operar en Italia, preparó la alianza política de dichos países, cómo se desarrollaba la lucha entre Alemania e Inglaterra por Persia, la lucha de todos los capitales europeos por los empréstitos chinos, etc. He aquí la realidad viva de las alianzas "ultraimperialistas" pacíficas con su indisoluble lazo de unión con los conflictos simplemente imperialistas.

La atenuación por Kautsky de las contradicciones más profundas del imperialismo, atenuación que se convierte inevitablemente en un embellecimiento del imperialismo, no pasa sin imprimir su sello también a la crítica, hecha por este escritor, de las propiedades políticas del imperialismo. El imperialismo es la época del capital financiero y de los monopolios, los cuales traen aparejada por todas partes la tendencia a la dominación y no a la libertad. La reacción en toda la línea, sea cual fuere el régimen político; la exacerbación extrema de las contradicciones en esta esfera también: tal es el resultado de dicha tendencia. Particularmente se intensifica también la opresión nacional y la tendencia a las anexiones, esto es, a la violación de la independencia nacional (pues la anexión no es sino la violación del derecho de las naciones a su autodeterminación). Hilferding hace observar con acierto la relación entre el imperialismo y la intensificación de la opresión nacional:

"En lo que se refiere a los países nuevamente descubiertos — dice —, el capital importado intensifica las contradicciones y provoca contra los intrusos una resistencia creciente de los pueblos, cuya conciencia nacional se despierta; esta resistencia se puede convertir fácilmente en medidas peligrosas dirigidas contra el capital extranjero. Se revolucionan radicalmente las viejas relaciones sociales; se desmorona el aislamiento agrario milenario de las 'naciones sin historia', las cuales se ven arrastradas a la vorágine capitalista. El propio capitalismo poco a poco proporciona a los sometidos, medios y procedimientos adecuados de emancipación. Y dichas naciones formulan el fin que en otros tiempos era considerado como el más elevado por las naciones europeas: la creación de un Estado nacional único como instrumento de libertad económica y cultural. Este movimiento por la independencia amenaza al capital europeo en sus zonas de explotación más preciadas, que prometen las perspectivas más brillantes, y el capital europeo puede mantener su dominación sólo aumentando continuamente sus fuerzas militares". [117]

A esto hay que añadir que no sólo en los países nuevamente descubiertos, sino incluso en los viejos, el imperialismo conduce a las anexiones, a la intensificación de la opresión nacional, y por consiguiente, también, a la intensificación de la resistencia. Al hacer objeciones a la intensificación de la reacción política por el imperialismo, Kautsky deja en la sombra la cuestión acerca de la imposibilidad de la unidad con los oportunistas en la época del imperialismo, cuestión que ha adquirido particular importancia vital. Al oponerse a las anexiones, da a sus objeciones una forma tal, que resulta la más inofensiva para los oportunistas y fácilmente aceptable por ellos. Kautsky se dirige directamente al auditorio alemán y, sin embargo, escamotea precisamente lo más esencial y más actual, por ejemplo, que Alsacia-Lorena es una anexión de Alemania. Para apreciar esta "desviación del pensamiento" de Kautsky, tomemos un ejemplo. Supongamos que un japonés condena la anexión de Filipinas por los norteamericanos. Cabe la pregunta: ¿serán muchos los que crean que esto se hace por hostilidad a las anexiones en general y no por el deseo del Japón de anexionarse él mismo las Filipinas? ¿Y no será preciso reconocer que la "lucha" del japonés contra las anexiones puede ser considerada como sincera y políticamente honrada sólo en el caso de que se levante contra la anexión de Corea por el Japón, de que exija la libertad de Corea de separarse del Japón?

Tanto el análisis teórico como la crítica económica y política del imperialismo hechos por Kautsky se hallan totalmente impregnados de un espíritu en absoluto inconciliable con el marxismo, de un espíritu que escamotea y pule las contradicciones más fundamentales, de la tendencia a mantener a toda costa la unidad, que se está desmoronando, con el oportunismo en el movimiento obrero europeo.

 

X. EL LUGAR HISTÓRICO DEL IMPERIALISMO

Como hemos visto, el imperialismo, por su esencia económica, es el capitalismo monopólico. Con ello queda ya determinado el lugar histórico del imperialismo, pues el monopolio, que nace única y precisamente de la libre competencia, es el tránsito del capitalismo a un orden social-económico más elevado. Hay que poner de relieve particularmente cuatro variedades principales del monopolio o manifestaciones principales del capitalismo monopólico característicos del período que nos ocupa.

Primero: El monopolio es un producto de la concentración de la producción en un grado muy elevado de su desarrollo. Son las alianzas monopólicas de los capitalistas, cartels, sindicatos, trusts. Hemos visto, qué inmenso papel desempeñan en la vida económica contemporánea. Hacia principios del siglo XX, alcanzaron pleno predominio en los países avanzados, y si los primeros pasos en el sentido de la cartelización fueron dados con anterioridad por los países con tarifas arancelarias proteccionistas elevadas (Alemania, Estados Unidos), Inglaterra, con su sistema de librecambio, mostró, sólo un poco más tarde, ese mismo hecho fundamental: el nacimiento del monopolio como consecuencia de la concentración de la producción.

Segundo: Los monopolios han conducido a la conquista recrudecida de las más importantes fuentes de materias primas, particularmente para la industria fundamental y más cartelizada de la sociedad capitalista: la hullera y la siderúrgica. La posesión monopólica de las fuentes más importantes de materias primas ha aumentado en proporciones inmensas el poderío del gran capital y ha agudizado las contradicciones entre la industria cartelizada y la no cartelizada.

Tercero: El monopolio ha surgido de los bancos, los cuales, de modestas empresas intermediarias que eran antes, se han convertido en monopolistas del capital financiero. Tres o cinco bancos más importantes de cualquiera de las naciones capitalistas más avanzadas han realizado la "unión personal" del capital industrial y bancario, han concentrado en sus manos miles y miles de millones que constituyen la mayor parte de los capitales y de los ingresos en dinero de todo el país. Una oligarquía financiera que tiende una espesa red de relaciones de dependencia sobre todas las instituciones económicas y políticas de la sociedad burguesa contemporánea sin excepción: he aquí la manifestación de más relieve de este monopolio.

Cuarto: El monopolio ha nacido de la política colonial. A los numerosos "viejos" motivos de la política colonial, el capital financiero ha añadido la lucha por las fuentes de materias primas, por la exportación de capital, por las "esferas de influencia", esto es, las esferas de transacciones lucrativas, concesiones, beneficios monopólicos, etc., y, finalmente, por el territorio económico en general. Cuando las potencias europeas ocupaban, por ejemplo, con sus colonias, una décima parte de África, como fue aún el caso en 1876, la política colonial podía desarrollarse de un modo no monopólico, por la "libre conquista", por decirlo así, de territorios. Pero cuando resultó que las 9/10 de África estaban ocupadas (hacia 1900), cuando resultó que todo el mundo estaba repartido, empezó inevitablemente la era de posesión monopólica de las colonias y, por consiguiente, de lucha particularmente aguda por la partición y el nuevo reparto del mundo.

Todo el mundo conoce hasta qué punto el capital monopólico ha agudizado todas las contradicciones del capitalismo. Basta indicar la carestía de la vida y el yugo de los cartels. Esta agudización de las contradicciones es la fuerza motriz más potente del período histórico de transición iniciado con la victoria definitiva del capital financiero mundial. Los monopolios, la oligarquía, la tendencia a la dominación en vez de la tendencia a la libertad, la explotación de un número cada vez mayor de naciones pequeñas o débiles por un puñado de naciones riquísimas o muy fuertes: todo esto ha originado los rasgos distintivos del imperialismo que obligan a caracterizarlo como capitalismo parasitario o en estado de descomposición. Cada día se manifiesta con más relieve, como una de las tendencias del imperialismo, la creación de "Estados-rentistas", de Estados-usureros, cuya burguesía vive cada día más de la exportación del capital y de "cortar el cupón". Sería un error creer que esta tendencia a la descomposición descarta el rápido crecimiento del capitalismo. No; ciertas ramas industriales, ciertos sectores de la burguesía, ciertos países, manifiestan, en la época del imperialismo, con mayor o menor fuerza, ya una, ya otra de estas tendencias. En su conjunto, el capitalismo crece con una rapidez incomparablemente mayor que antes, pero este crecimiento no sólo es cada vez más desigual, sino que esa desigualdad se manifiesta asimismo, de un modo particular, en la descomposición de los países más fuertes en capital (Inglaterra).

En lo que se refiere a la rapidez del desarrollo económico de Alemania, el autor de las investigaciones sobre los grandes bancos alemanes, Riesser, dice: "El progreso, no muy lento, de la época precedente (1848-1870) se halla en relación con la rapidez del desarrollo de toda la economía en Alemania y particularmente de sus bancos en la época actual (1870-1905), aproximadamente como la rapidez de movimiento de un coche de posta de los viejos buenos tiempos se halla relacionado con la rapidez del automóvil moderno, el cual lleva una marcha tal, que resulta un peligro tanto para el tranquilo transeúnte, como para las personas que van en el automóvil". A su vez, ese capital financiero que ha crecido con una rapidez tan extraordinaria, precisamente porque ha crecido de este modo, no tiene ningún inconveniente en pasar a una posesión más "pacífica" de las colonias que deben ser arrebatadas, no sólo por medios pacíficos, a las naciones más ricas.

Y en los Estados Unidos, el desarrollo económico durante estos últimos decenios ha sido aún más rápido que en Alemania, y, precisamente, gracias a esta circunstancia, los rasgos parasitarios del capitalismo norteamericano contemporáneo se han manifestado con particular relieve. De otra parte, la comparación, por ejemplo, de la burguesía republicana norteamericana con la burguesía monárquica japonesa o alemana muestra que las más grandes diferencias políticas se atenúan extraordinariamente en la época del imperialismo no porque, en general, dicha diferencia no sea importante, sino porque en todos esos casos se trata de una burguesía con rasgos definidos de parasitismo. La obtención de elevadas ganancias monopólicas por los capitalistas de una de las numerosas ramas de la industria de uno de los numerosos países, etc., da a los mismos la posibilidad económica de sobornar a ciertos sectores obreros y, temporalmente, a una minoría bastante considerable de los mismos, atrayéndolos al lado de la burguesía de una determinada rama industrial o de una determinada nación contra todas las demás. El antagonismo cada día más intenso de las naciones imperialistas, provocado por el reparto del mundo, refuerza esta tendencia. Es así como se crea el lazo entre el imperialismo y el oportunismo, el cual se ha manifestado, antes que en ninguna otra parte y de un modo más claro, en Inglaterra, debido a que varios de los rasgos imperialistas del desarrollo aparecieron en dicho país mucho antes que en otros.

A algunos escritores, por ejemplo, a L. Martov, les place esquivar el hecho de la relación entre el imperialismo y el oportunismo en el movimiento obrero — hecho que salta actualmente a la vista de un modo particularmente evidente — por medio de razonamientos llenos de "optimismo oficial" (en el espíritu de Kautsky y Huysmans) tales como: la causa de los adversarios del capitalismo sería una causa perdida si precisamente el capitalismo avanzado condujera al refuerzo del oportunismo o si precisamente los obreros mejor retribuidos se inclinaran al oportunismo, etc. No hay que dejarse engañar sobre la significación de ese "optimismo": es un optimismo respecto del oportunismo, es un optimismo que sirve de tapadera al oportunismo. En realidad, la rapidez particular y el carácter singularmente repulsivo del desarrollo del oportunismo no sirve en modo alguno de garantía de su victoria sólida, del mismo modo que la rapidez de desarrollo de un tumor maligno en un cuerpo sano no puede hacer más que contribuir a que dicho tumor reviente más de prisa, a librar del mismo al organismo. Lo más peligroso en este sentido son las gentes que no desean comprender que la lucha contra el imperialismo, si no se halla ligada indisolublemente a la lucha contra el oportunismo, es una frase vacía y falsa.

De todo lo que llevamos dicho más arriba sobre la esencia económica del imperialismo, se desprende que hay que calificarlo de capitalismo de transición o, más propiamente, agonizante. Es, en este sentido, extremadamente instructivo que los términos más corrientes empleados por los economistas burgueses que describen el capitalismo moderno son: "entrelazamiento", "ausencia de aislamiento", etc.; los bancos son "unas empresas que, por sus fines y desarrollo, no tienen un carácter puramente de economía privada, sino que cada día más se van saliendo de la esfera de la regulación de la economía puramente privada". ¡Y es ese mismo Riesser, al cual pertenecen las últimas palabras, quien con la mayor seriedad del mundo declara que las "predicciones" de los marxistas respecto a la "socialización" "no se han realizado"!

¿Qué significa, pues, la palabreja "entrelazamiento"? Dicha palabra expresa únicamente el rasgo más acusado del proceso que se está desarrollando ante nosotros; muestra que los árboles impiden al observador ver el bosque, que copia servilmente lo exterior, lo accidental, lo caótico, indica que el observador es un hombre aplastado por los materiales y que no comprende nada del sentido y de la significación de los mismos. Se "entrelazan casualmente" la posesión de acciones, las relaciones de los propietarios privados. Pero lo que constituye la base de dicho entrelazamiento, lo que se halla debajo del mismo, son las relaciones sociales de la producción que se están modificando.

Cuando una gran empresa se convierte en gigantesca y organiza sistemáticamente, sobre la base de un cálculo exacto de múltiples datos, el abastecimiento en la proporción de los 2/3 o de los 3/4 de la materia prima de todo lo necesario para una población de varias decenas de millones; cuando se organiza sistemáticamente el transporte de dichas materias primas a los puntos de producción más cómodos, que se hallan a veces a una distancia de centenares y de miles de kilómetros uno de otro; cuando desde un centro se dirige la elaboración del material en todas sus diversas fases hasta la obtención de una serie de productos diversos terminados; cuando la distribución de dichos productos se efectúa según un solo plan entre decenas y centenares de millones de consumidores (venta de petróleo en América y en Alemania por el "Trust del Petróleo" americano), aparece entonces con evidencia que nos hallamos ante una socialización de la producción y no ante un simple "entrelazamiento"; que las relaciones de economía y propiedad privadas constituyen una envoltura que no corresponde ya al contenido, que debe inevitablemente descomponerse si se aplaza artificialmente su supresión, que puede permanecer en estado de descomposición durante un período relativamente largo (en el peor de los casos, si la curación del tumor oportunista se prolonga demasiado), pero que, sin embargo, será ineluctablemente suprimida.

El entusiasta partidario del imperialismo alemán, Schulze-Gaevernitz, exclama:

"Si, en fin de cuentas, la dirección de los bancos alemanes se halla en las manos de una docena de individuos, la actividad de los mismos es ya actualmente más importante para el bienestar popular que la actividad de la mayoría de los ministros (en este caso, es más ventajoso olvidar el 'entrelazamiento' existente entre banqueros, ministros, industriales, rentistas, etc.). . . Si se reflexiona hasta el fin sobre el desarrollo de las tendencias que hemos visto, llegamos a la conclusión siguiente: el capital monetario de la nación está unido en bancos; los bancos, unidos entre sí en el cartel; el capital de la nación, que busca el modo de ser aplicado, ha tomado la forma de títulos de valor. Entonces se cumplen las palabras geniales de Saint-Simon: 'La anarquía actual en la producción, que es una consecuencia del hecho de que las relaciones económicas se desarrollan sin una regulación uniforme, debe dejar su puesto a la organización de la producción. La producción no será dirigida por patronos aislados, independientes uno del otro, que ignoran las necesidades económicas de los hombres; la producción se hallará en manos de una institución social determinada. El comité central de administración, que tendrá la posibilidad de enfocar la vasta esfera de la economía social desde un punto de vista más elevado, la regulará del modo que resulte útil para la sociedad entera, entregará los medios de producción a las manos apropiadas para ello y se preocupará, sobre todo, de que exista una armonía constante entre la producción y el consumo. Existen instituciones que entre sus fines han incluido una determinada organización de la labor económica: los bancos'. Estamos todavía lejos de la realización de estas palabras de Saint-Simon, pero nos hallamos ya en camino de la misma: un marxismo distinto de como se lo imaginaba Marx, pero distinto sólo por la forma". [118]

No hay nada que decir: excelente "refutación" de Marx, que da un paso atrás, del análisis científico exacto de Marx a la conjetura — genial, pero conjetura al fin — de Saint-Simon.

Escrito en enero-junio de 1916.
Publicado por primera vez en forma de folleto en Petrogrado, en abril de 1917.
Impreso según el manuscrito y confrontado con el texto del folleto


NOTAS:

[77] A. Supan, "Die territoriale Entwicklung der europaischen Kolonien", 1906, pág. 254.

[78] Henry C. Morris, "The history of colonization", N.-Y., 1900, vol. II, pág. 88; I, 419; II, 304.

[79] "Die Neue Zeit", XVI, I, 1898, pág. 302.

[80] Ibíd., pág. 304.

[81] C. P. Lucas, "Greater Rome and Greater Britain", Oxford, 1912; o Earl of Cromer, "Ancient and modern imperialism", Londres, 1910.

[82] Schilder, obra cit., págs. 38-42.

[83] Véase: págs. 99-100 del presente folleto.

[84] Wahl, "La France aux colonies", cit. por Henri Russier, "Le Partage de l'Océanie", París, 1905, pág. 165.

[85] Schulze-Gaevernitz, "Britischer Imperialismus und englischer Freihandel zu Beginn des XX. Jahrhunderts", Leipzig, 1906, pág. 318. Lo mismo dice Sartorius von Waltershausen, "Das volkswirtschaftliche System der Kapitalanlage im Auslande", Berlín, 1907, pág. 46.

[86] Schilder, obra cit., t. I, págs. 160-161.

[87] J. E. Driault, "Problemes Politiques et sociaux", París, 1907, pág. 299.

[88] "Die Neue Zeit", 11 de septiembre de 1914, II (año 32), pág. 909; 1915, II, págs. 107 y siguientes.

[89] Hobson, "Imperialism", Londres, 1902, pág. 324.

[90] "Die Neue Zeit", 1914, II (año 32), pág. 921, 11 de septiembre, 1914; 1915, II, págs. 107 y siguientes.

[91] "Die Neue Zeit", 1915, I, pág. 144, 30 de abril, 1915.

[92] Richard Calwer, "Einführung in die Weltwirtschaft", Berlín, 1906.

[93] "Statistisches Jahrbuch für das deutsche Reich", 1915; "Archiv für Eisenbahnwesen", 1892. Por lo que se reíiere a 1890, ha sido preciso determinar aproximadamente algunas pequeñas particularidades sobre la distribución de las vías férreas entre las colonias de los distintos países.

[94] V. también Edgar Crummond, "The Economic Relations of the British and German Empires", en el "Journal of the Royal Statistical Society" Julio de 1914, págs, 777 y siguientes.

[95] Hobson, obra cit., págs. 59-60.

[96] Schulze-Gaevernitz, "Britischer Imperialismus", págs. 320 y otras. [mmmm] Sartorius von Waltershausen, "Das Volkswirtschaftliche System, etc.", Berlín, 1907, tomo IV.

[97] Schilder, pág. 393 [oooo] Schulze-Gaevernitz, obra cit., pág. 122.

[98] "Die Bank", 1911, t. I, págs. 10-11.

[99] Hobson, obra cit., pags. 103, 205, 144, 335, 386.

[100] Gerhard Hildebrand, "Die Erschutterung der Industrieherrschaft und des Industriesozialismus", 1910, págs. 229 y siguientes.

[101] Schulze-Gaevernitz, "Britischer Imperialismus", pág. 301.

[102] "Statistik des Deutschen Reichs", vol. 211.

[103] Henger, "Die Kapitalsanlage der Franzosen", Stuttgart, 1913.

[104] Hourvich, "Immigration and Labor", New York, 1913.

[105] "Briefwechsel von Marx und Engels", vol. II, pág. 290; IV, pág. 453; K. Kautsky, "Sozialismus und Kolonialpolitik", Berlín, 1907, pág. 79. Este folleto fue escrito en los tiempos, tan remotos ya, en que Kautsky era marxista.

[106] El socialchauvinismo ruso de los señores Pótresov, Chjenkeli, Máslov y otros, lo mismo en su forma franca, como en su forma encubierta (señores Chjeidse, Skóbelev, Axelrod, Mártov, etc.), también nació de la variedad rusa del oportunismo: el liquidacionismo.

[107] "Weltwirtschaftliches Archiv", vol. II, pág. 193.

[108] J. Patouillet, "L'impérialisme américain", Dijon, 1904, pág. 272.

[109] Bulletin de l'Institut International de Statistique, t. XIX, libro II, pág. 225.

[110] Kautsky, "Nationalstaat, imperialistischer Staat und Staatenbund", Nürnberg, 1915, págs. 72 y 70.

[111] Spectator, seudónimo del menchevique S. M. Najimson.

[112] "El capital financiero", pág. 567.

[113] "Die Bank", 1909, II, págs. 819 y siguientes.

[114] "Neue Zeit", 30 de abril, 1915, pág. 144.

[115] David Jayne Hill, "A History of the Diplomacy in the international development of Europe", vol. I, pág. 10.

[116] Schilder, obra cit., pág. 178.

[117] "El capital financiero", pág. 487.

[118] "Grundriss der Sozialoekonomik", pág. 146.

 

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