Denes Martos - Los Espartanos

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EL MUNDO DE LOS ESPARTANOS

1)- El país y sus hombres.

La ciudad de Esparta hoy
La ciudad de Esparta en la actualidad

La ciudad de Esparta se levantaba en la región de Laconia. Por esta comarca, en un sentido Norte-Sur, fluye el río Eurotas y todo el país constituye la parte austral del Peloponeso.

En la epopeya homérica, Esparta es la ciudad en dónde reina Menelao, de quien la saga cuenta que tuvo muchas virtudes, menos la de saber cuidar a su esposa. Porque el príncipe Paris, un buen día, decidió robársela y después de eso, como todos sabemos, ardió Troya.

En la descomunal trifulca que se produjo por esta cuestión de polleras participó Agamemnón, hermano de Menelao y gobernante de Micenas. Estuvo también Néstor, el soberano de Pilos. Los súbditos de estos tres reyes no se daban a si mismos el nombre de "griegos". La denominación de "griego" se la debemos a los romanos. En la época de Homero y durante muchísimo tiempo aquellos hombres se llamaron "aqueos". La situación se alteró recién cuando en Argólida, Laconia y Mesenia aparecieron los dorios cuyos jefes se llamaron "heráclidas" por derivar su árbol genealógico del héroe Heracles. El mismo que los latinos llamarían Hércules más tarde.

La invasión doria es el último gran movimiento demográfico registrado en la Grecia antigua y el recuerdo de la epopeya quedó siempre presente en la memoria de los griegos. Como Pueblo, éstos muy probablemente surgieron de la amalgama de los dorios con las demás estirpes y razas que ya habitaban esa región del Mediterráneo. En Esparta, sin embargo, parece ser que los dorios mantuvieron más sus características originales puesto que no se mezclaron tanto con el resto de la población. Como en la India, esta voluntad de mantener la idiosincrasia particular del estrato conquistador condujo a una forma muy especial de organización social y política.

La población campesina original - los "helotas" (o "ilotas") - quedó al servicio de los Señores espartanos. Los dorios que vivían en las ciudades alrededor de Esparta — los "periecos" (literalmente = los "periféricos") — mantuvieron su libertad individual y, en buena medida, sus propiedades, pero perdieron sus derechos políticos.

Mapa esquemático de Grecia Antigua
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Los descendientes del antiguo ejército dorio se concentraron en la ciudad de Esparta. Quizás fue el orgullo de estos guerreros, o quizás fue la fama de terribles combatientes que se supieron conseguir, pero el hecho es que la ciudad nunca estuvo rodeada de ninguna muralla defensiva. Y estos hombres — a quienes la Historia después llamó "espartanos" o "lacedemonios" — constituían el estrato minoritario de la población. Eran pocos e hicieron lo que siempre hacen los pocos. Porque cuando uno está en minoría, lo único que garantiza la supervivencia es la calidad. Eso fue exactamente lo que hicieron los espartanos: sabiéndose pocos, se dedicaron a ser mejores.

Por de pronto, erradicaron de sus vidas todo lo que podía llegar a debilitarlos. Se sometieron a una férrea disciplina que, en pocas generaciones, convirtió la estirpe de guerreros en una comunidad políticamente sólida y combativa. Se adiestraron con tenacidad en aquellas virtudes que necesitaban para garantizar las posiciones conquistadas y así lograron producir un tipo de ser humano que, aún con sus debilidades, fue capaz de lograr los más difíciles objetivos militares y políticos.

La organización sociopolítica de Esparta descansaba sobre cuatro instituciones fundamentales: la monarquía, el Senado, los éforos y la Asamblea Popular.

2) - La monarquía espartana.

Por lo general, la mayoría de los Pueblos del mundo se ha conformado con tener un rey. Los espartanos no. Tuvieron dos. La idea de la doble monarquía es realmente curiosa y, quizás por eso, se han ensayado varias explicaciones mas o menos plausibles. Algunos han querido ver en esta bicefalía del Poder Ejecutivo espartano un antecedente de los Presidentes y Vicepresidentes modernos. Otros han insinuado que se trataba meramente de una cuestión práctica pues, de hecho, cuando uno tiene dos reyes, siempre puede mandar uno a la guerra mientras el otro se queda en casa.

El inconveniente de todas estas explicaciones es que podrán ser muy convincentes pero, por desgracia, faltaría saber si son ciertas. Lo único realmente concreto que sabemos es que los espartanos descubrieron mucho antes que los ingleses la tremenda ventaja de tener reyes que reinan pero no gobiernan.

Los reyes espartanos, como cuadra a todo monarca, tenían varias funciones y prerrogativas. Eran los Sumos Sacerdotes, eran los Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas con la obligación de ser los primeros en salir a la guerra y los últimos en regresar; tenían el derecho de disponer de una Guardia personal, selecta, de cien hombres; recibían las partes más apetecibles de los animales sacrificados y doble ración en las comidas; cada uno de ellos designaba dos representantes ante el oráculo de Delfos y guardaban los oráculos que les hubiesen sido revelados. Decidían en materia de herencias y adopciones; participaban de los debates del Senado; cuando morían, recibían un impresionante funeral y - he aquí un detalle simpático - cuando un nuevo rey ocupaba su trono se anulaban las deudas contraídas con el rey anterior o con el Estado.

Eran personajes importantes, sin duda. Gozaban de múltiples honores, como que provenían de las dos familias heráclidas más antiguas de Esparta: los Agidas y los Euripóntides. Tenían autoridad militar y eran, por cierto, superiores en dignidad al resto de los ciudadanos.

Lo único que no podían hacer era gobernar. Para eso estaban los éforos.

3)- Los éforos

Preguntarán ustedes ahora quienes eran los éforos. Pues, según Jenofonte, Platón y Aristóteles, eran personajes que disponían de una considerable cantidad de poder político.

No necesitaban ponerse de pié en presencia de los reyes. Podían decidir sobre la vida y la muerte de cualquier ser humano, los propios reyes incluidos. Eran policías y jueces. Resolvían la guerra o la paz y convocaban al ejército. En tiempos de guerra, acompañaban a los reyes y podían dar órdenes a los Generales. Recibían a embajadores y podían multar, destituir o juzgar a cualquier magistrado. Según Aristóteles, procedían de las clases más humildes y ejercían su Poder según su propio criterio, sin estar atados a leyes o normas establecidas. Sin embargo, aún cuando Aristóteles los critica bastante, no puede dejar de reconocer que eran los éforos los que le daban estabilidad y cohesión al Estado espartano.

Licurgo

Los éforos eran cinco, Curiosamente, su magistratura no fué prevista por Licurgo, el padre de la Constitución espartana. Según algunos, el cargo fué creado por Teopompo; según otros, por Chilón. Lo cierto, en todo caso, es que originalmente Esparta se había subdividido en cinco asentamientos. Por lo general, a estos asentamientos se los ha llamado los "pueblos" o "barrios" de Esparta. No fueron eso exactamente. En realidad eran cinco guarniciones militares que, en conjunto, formaron aquella fortaleza militar sin murallas llamada Esparta. Los capellanes de cada una de esas cinco guarniciones se convirtieron con el tiempo en éforos.

¿Un rasgo teocrático de la política espartana? Algo así, Pero, por favor, no piensen ahora en los egipcios ni en cosas por el estilo. En realidad, ni siquiera es muy correcto pensar en Esparta como una ciudad, como una urbe. Esparta no fue eso. Fue una fortaleza militar y ,más propiamente, el centro cívico, militar y religioso de una Orden.

La ausencia de murallas alrededor de Esparta no revela tan sólo el orgullo y la seguridad en si mismos que tenían los espartanos. Revela que Esparta estaba "abierta". No fue, como Atenas, Tebas o Corinto, un pequeño pueblito de provincia hinchado - por crecimiento vegetativo y por inmigración - hasta alcanzar el rango de ciudad. Fue la sede de una Orden que, al principio, rigió los destinos de Laconia y, luego, impuso la unidad a la mayor parte del Peloponeso. Esparta fue la única entre las Ciudades-Estado de Grecia que, desde el comienzo, se acostumbró a pensar en términos políticos supraindividuales. La única que no fue un Estado en y por si misma, sino la capital de un Estado. La Orden podría haber hecho de la Grecia antigua, no un mosaico de pequeños Estados más o menos confederados, sino un Pueblo con unidad de destino diferenciada en lo universal. No lo consiguió por dos motivos: no fue comprendida por los demás y su Poder resultó ser cuantitativamente insuficiente.

En este contexto resulta ilustrativo señalar cómo llamaban los espartanos a su Estado. Lo llamaban "Cosmos". Era su "mundo". Fueron los únicos griegos con capacidad para convertirse en Nación. Por eso Grecia vivió mientras hubo espartanos para defenderla. Cuando los espartanos se extinguieron, murió Grecia.

Pero volvamos a los éforos. Muchos, apresuradamente, han catalogado a estos cuasi-dictadores de origen eclesiástico como la prueba irrebatible del "autoritarismo" espartano. Les ha pasado a estos autores lo que les sucede a todos los que no revisan bien sus papeles. Porque resulta ser que estos éforos, por más autoridad que revistiesen, no surgían de ningún "Diktat" individual o de clase. Puede parecer sorprendente, pero se los designaba a través de un procedimiento absolutamente democrático. Más todavía: se los relevaba y cambiaba todos los años. Los elegía anualmente el voto de la Asamblea Popular.

4}- La Asamblea Popular.

La Asamblea estaba constituida por todos los ciudadanos libres mayores de treinta años.

Su función consistía en designar a los miembros del Senado y en elegir a los éforos, seleccionando a los candidatos que se presentasen espontáneamente para ocupar estos cargos. También, en determinadas oportunidades, la Asamblea votaba las propuestas presentadas por las otras instituciones del Estado.

Con esto, la Constitución espartana incorporó un rasgo indiscutiblemente democrático. Aún Aristóteles, a pesar de hacerle fuertes críticas, no puede dejar de reconocer que el Estado lacedemonio funcionaba de un modo muy satisfactorio:

"... el Estado no puede encontrarse bien sino cuando de común acuerdo los ciudadanos quieren su existencia y su estabilidad. Pues esto es lo que sucede en Esparta. El reinado se da por satisfecho con las atribuciones que le han concedido; la clase superior lo está por los puestos que ocupa en el senado, la entrada en el cual se obtiene como un premio a la virtud; y, en fin, lo está el resto de los espartanos por la institución de los éforos, que descansa en la elección general."

Si después de esto, el buen Aristóteles aún insiste en hallarle defectos al sistema, el hecho no puede sino interpretarse como la tendencia típica de los intelectuales de todos los tiempos: nunca están conformes con la realidad. Ni siquiera los realistas tan realistas como Aristóteles.

Por ejemplo, uno de los defectos que el gran estagirita le halla a la democracia espartana es su sistema electoral. El hecho es que los espartanos no cometieron el error de agregarle al capricho de la mayoría la cobardía del anonimato. En Atenas se votaba utilizando pequeñas piedras. En Esparta se votaba por aclamación. El método no habrá sido matemáticamente muy exacto y hasta es muy posible que hayan habido varios casos discutibles o dudosos. Pero permitía identificar a quienes habían votado y, de todos modos, como lo describe Tucídides cuando relata la Guerra del Peloponeso, los espartanos no eran tontos. En los casos realmente importantes se procedía a un simple y sencillo método para el recuento de votos: los que estaban a favor se ubicaban de un lado y los que estaban en contra se situaban del otro. Expeditivo y simple. Pero, sobre todo, muy efectivo a la hora de deslindar responsabilidades que es la hora que más suelen temer los que más se desesperan por votar.

 

5)- El Senado.

En ningún lugar de Grecia se respetaron tanto a los ancianos como en Esparta.

Cicerón nos cuenta que, en una oportunidad, un anciano ingresó al teatro de Atenas dónde se estaba celebrando una fiesta. Los atenienses se hicieron los distraídos - igual que los pasajeros de cualquier medio de transporte público de hoy - y nadie se levantó para ceder su asiento. Sin embargo, cuando el anciano llegó al sitio privilegiado dónde estaban ubicados los embajadores de Esparta, éstos, como la cosa más natural del mundo, se levantaron en bloque para hacerle un lugar. En ese momento sucedió algo típicamente ateniense: al unísono, todos los espectadores se pusieron a aplaudir el gesto espartano. No sin ironía uno de los embajadores comentó: "Los atenienses ciertamente conocen las buenas costumbres; pero sucede que ni se les ocurre comportarse de acuerdo con ellas."

El Senado de Esparta - la "Gerusia" - estaba constituido por 28 "gerontes". Debían tener más de sesenta años; debían presentarse voluntariamente a ocupar el cargo; los elegía la Asamblea Popular y - he aquí probablemente el único error grave cometido por Licurgo - el cargo era vitalicio. Biopolíticamente hablando: un sinsentido. Por supuesto, Aristóteles no pierde la oportunidad de señalar que la Gerusia era.. "...una institución cuya utilidad puede ponerse en duda, porque la inteligencia tiene su ancianidad como el cuerpo".

Realmente no hay que hacer demasiados esfuerzos de imaginación para ver ante nosotros a una venerable colección de 28 distinguidos gerontes haciendo desesperados esfuerzos para no dormirse durante complicados debates que escuchan mal y entienden peor. Sin embargo, en nuestros Senados actuales, aun cuando la edad promedio de los señores senadores es sensiblemente inferior, los bostezos hipopotámicos no son tan infrecuentes como podría creerse. ¿Alguien de ustedes recuerda el debate en el Senado argentino sobre la cuestión del Beagle?.

Sea como fuere, es cierto que el Poder político del Senado espartano no debe haber sido demasiado grande. Los venerables ancianos de Esparta, al parecer, sufrieron el triste destino que en todas partes parece estarle reservado a los viejos sabios: todo el mundo los respeta pero nadie los escucha. Excepto cuando ya es demasiado tarde.

 

6)- La educación espartana.

Para darnos una idea de la estructura social espartana es conveniente tener una noción cuantitativa de esa Orden que fue el Estado lacedemonio.

Por la época del Siglo V AC, el territorio de la Orden abarcaba a Laconia, Mesenia y partes de Argólida y Arcadia. Esto, con algo más de 8.000 kilómetros cuadrados, representa unos dos tercios de la peninsula del Peloponeso.

Dentro de este espacio vivían por aquél tiempo unos 200.000 a 225.000 habitantes. De éstos, unos 120.000 eran helotas y aproximadamente unos 80.000 habrán sido periecos. El número de los espartanos, por la época de las guerras contra Persia, difícilmente haya sido superior a los 20.000 o 25.000. Esto nos da una población masculina de unos 8.000 hombres mayores de 20 años aproximadamente. Las cifras, por supuesto, son muy elásticas y varían considerablemente de un autor a otro. Pero - a grandes rasgos - pueden servir como marco de referencia.

Estos 8.000 hombres eran los auténticos espartanos. Poniéndolos a todos juntos, a razón de 4 hombres por metro cuadrado, habrían ocupado unos 2.000 metros cuadrados; es decir: la quinta parte de una plaza común. Un político actual no podría organizar con ellos ni un medianamente pasable cierre de campaña electoral. Y, sin embargo, este puñado de hombres mantuvo a Esparta y a Grecia dentro de la Historia Universal durante siglos. Con las constantes guerras y los desplazamientos sociales que veremos más adelante, el número se redujo rápidamente a cifras increíblemente bajas. Para el 418 AC difícilmente quedaban más de 3.000 hoplitas en la infantería pesada espartana. Para el 317 AC es casi imposible que fuesen mucho más de 1.000 o 1.500.

En comparación, Atenas contó aproximadamente con unos 50.000 ciudadanos de alrededor de 20 años; aun cuando su territorio fue mucho menor. Así pudo poner 9.000 hoplitas sobre al campo de batalla de Maratón y además tripular sus barcos. En la batalla naval de Salamina, si aceptamos que participaron 180 trirremes de la flota griega armadas por Atenas, la cuenta nos arroja un total de 27.000 remeros atenienses solamente.

Los hombres libres de Esparta se designaban a si mismos como homoioi . La palabra quiere decir "los iguales". Como la enorme mayoría de los conceptos de igualdad inventados por el Hombre, también el de "homoioi" era excluyente. En Esparta, ser "igual" significaba simplemente pertenecer al núcleo de aquellos que eran mejores que los demás. No crean que la costumbre ha sido exclusivamente espartana. Ciertos romanos, para entender exactamente lo mismo, se llamaron "pares". Y ciertos ingleses, precisamente con el mismo criterio, se llaman "peers" hasta el día de hoy.

El camino que debían transitar aquellos que querían ser iguales a los mejores era duro. En realidad, era durísimo.

Hoplita espartano

Con siete años el pequeño espartano le decía adiós a su mamá y pasaba a ingresar al Cosmos. Según nos cuenta Plutarco, los padres de un niño poco tenían para decidir en cuanto a su educación más allá de los siete años. Hasta ese momento las madres espartanas lo habían educado para ser sano, equilibrado y valiente. A veces, lo bañaban en vino porque creían que las criaturas enfermizas o epilépticas morían con el tratamiento mientras que las sanas se fortalecían. A las criaturas no se les ponían pañales. Se las educaba para comer lo que hubiere; se las dejaba a oscuras para que perdiesen el miedo a la oscuridad y a solas para acostumbrarlas a valerse por si mismas. Las madres espartanas, ciertamente, no eran sobreprotectoras. Freud, en Esparta, probablemente se hubiera muerto de hambre.

Ya al nacer, el niño espartano era llevado a un lugar llamado lesje. Allí, los ancianos de su estirpe examinaban a la criatura y, si la hallaban apta, podía volver con su madre. En caso contrario, se la dejaba en la apothete - un acantilado del Monte Taigeto - para que muriese porque, como relata Plutarco, los espartanos eran de la opinión que "..dejar con vida a un ser que no fuese sano y fuerte desde el principio, no resulta beneficioso ni para el Estado ni para el individuo mismo".

¿Otros tiempos, otras costumbres? En parte sí. No nos olvidemos que estamos hablando de una época en que no había antibióticos, diagnóstico por imágenes, ni salas de terapia intensiva. De hecho, no existía ni siquiera la aspirina. Pero, por otra parte, la práctica no deja de ser terriblemente cruel. Sobre todo si uno tiene en cuenta que, durante la Edad Media por ejemplo, tampoco había antibióticos, diagnóstico por imágenes, ni salas de terapia intensiva y, sin embargo, a una criatura simplemente débil o delicada de salud todavía se la dejaba crecer para que se convierta en poeta, filósofo, pintor o matemático. Admitámoslo: el cristianismo ha hecho un buen trabajo en ese sentido. Dejemos a la muerte en manos de Dios. O del destino. O de la fatalidad. O de como quieran llamarlo. Pero, por favor, no la pongamos en manos de los hombres. Nunca ha resultado algo bueno de eso.

Sea como fuere, en Esparta, a la edad de siete años, los sobrevivientes de la eutanasia ingresaban al Cosmos. A partir de ese momento vivían en "hordas" cuyo jefe era un niño mayor. Siete años más tarde, a los 14, se convertían en efebos; guerreros versados en las armas, la música, la poesía y la mitología, e impregnados hasta la médula de los conceptos del Deber, el Honor y la Obediencia. Seis años más tarde eran hombres. Su educación había terminado.

Trece años de adiestramiento intensivo. Trece años durante los cuales quedaban expuestos al capricho del jefe de la horda; años durante los cuales los ancianos los observaban jugar, los incitaban a combatir entre si y trataban de descubrir las habilidades de cada uno. Trece años en los que se los adiestraba a mirar, observar, aprender, aguantar, apretar los dientes, resistir y a callarse la boca. Y, después de los veinte, tardaban todavía diez años más en hacerse ciudadanos de pleno derecho. Luego de educarlos durante trece años todavía se los tenía en observación por diez años más para ver si el proceso educativo había producido los resultados esperados.

A medida en que crecían las exigencias iban en aumento. En cierto momento se los dejaba calvos. Se los obligaba a caminar descalzos y a jugar desnudos. A los doce años se les daba una única pieza de vestimenta, sin ningún tipo de ropa interior, que debían usar durante todo el año. Los quemaba el sol y se bañaban en agua fría hasta en invierno. Dormían juntos, comían juntos, vivían juntos y jugaban juntos. Debían preparar sus lechos con hierbas arrancadas a mano de las orillas del Eurotas. Debían hacer de policía para vigilar a los helotas rebeldes y, para ello, quedaban, afectados a una sociedad secreta llamada krypteia. En Esparta, la KGB estaba en manos de los niños.

Artemisa

En el Limneo, ante el retrato de Artemisa Ortia sostenido por una sacerdotisa, los efebos espartanos aprendían a soportar el dolor. Se los flagelaba hasta hacerlos sangrar y, si la ceremonia no se desarrollaba según el - probablemente bien sádico - gusto de la sacerdotisa, ésta pretendía que el cuadro se le hacia cada vez más pesado por lo que los latigazos debían ser más fuertes. Y, en esto, no sólo tenían que disimular el dolor. ¡Hasta tenían la obligación de mostrarse alegres!

¿Eran crueles?. Por sorprendente que parezca: no; no lo eran. Eran duros. Feroces quizás, pero crueles no. En la verdadera crueldad hay siempre mucho de arbitrario y caprichoso. Las personas realmente crueles lo son más por placer que por necesidad. Los espartanos tenían un objetivo: adiestraban hombres duros para una vida dura.

Y la prueba está en que, aun a pesar de este adiestramiento infernal, siguieron siendo humanos. Con todas las virtudes y con buena parte de los defectos de todos los demás griegos. Esparta produjo una nada despreciable cantidad de poetas, escultores y arquitectos. Las mujeres espartanas fueron codiciadas en toda Grecia como institutrices. Los templos dóricos, con sus estupendas columnas, nos hablan de un exquisito sentido de la armonía. El hermoso trono de Apolo, en Amiklai, nos demuestra la intensidad de la fe espartana. Eran entusiastas de los hermosos colores y de los elegantes atuendos, aún cuando los viejos guerreros andaban, a veces, un poco zaparrastrosos, con la indolencia típica de los veteranos de todos los tiempos y todas las guerras. Amaban a sus madres con una intensidad conmovedora y honraban a sus abuelos con un respeto que llamó la atención de toda Grecia.

El adiestramiento no siempre borraba sus defectos. Alguno fueron volubles; otros, sobornables. Tuvieron mentirosos, egoístas, malvados y hasta hubo entre ellos grandes traidores. Pero, con virtudes y defectos, fueron de una sola pieza. Fueron íntegros en el sentido orgánico - casi diría estructural - de la palabra. No les interesó ser "buenos" o "malos". En realidad, eso es algo que nunca le importó un comino a ningún griego. Los griegos jamás pretendieron ser "buenos". Cualquiera que profundice en su cosmovisión no puede pasar por alto el hecho indiscutible que la vida en Grecia no estaba determinada por la bipolaridad del Bien y el Mal. El griego jamás tuvo noción de lo que es el pecado. La bipolaridad que galvanizó la vida griega es de índole estética. Pero no de índole estético-contemplativa sino de un orden estético-práctico.

La "virtud" y el "vicio" de los pensadores griegos no es equivalente a nuestro Bien y a nuestro Mal. De haber usado nuestras palabras los griegos habrían dividido las cosas de este mundo en "lindas" y "feas"; en hermosas y en horribles. Los peldaños de su escala de valores se afirmaban en las dos varas de lo hermoso y lo horrendo. Por eso no se preocuparon nunca de ser "buenos". Siempre fueron tremendamente mentirosos. Pero mentían con elegancia. Toda su mitología no es sino un hermoso cuento en el que creían, no porque fuese cierto, sino porque era, y sigue siendo, hermoso. Vivieron traicionándose mutuamente. Pero casi cada traición es una obra maestra de la intriga. Nunca pretendieron ser moralmente intachables. Quisieron ser espléndidos. Y lo lograron.

Entre ellos, los espartanos consiguieron ser todavía más que eso: fueron formidables. Bastó una formación de 800 hoplitas espartanos para hacer temblar a toda Grecia y una de apenas 300 para cubrirla de gloria. Hoy, a más de dos mil años de su desaparición, todavía seguimos recordándolos y hablando de ellos. Algunos los exaltan, quizás más allá de sus verdaderos méritos. Otros los denigran, quizás porque los seres pequeños nunca entenderán a los grandes. Pero nadie los ha olvidado. A más de dos milenios de la muerte del último hoplita espartano, los hombres de la Orden siguen viviendo.

¿Nunca lo han pensado? ¿Hablará alguien de nosotros en el año 4300? ¿De quién se acordarán los historiadores y los pensadores dentro de dos mil trescientos años? ¿De quién? Piensen en cualquier personaje famoso, ya sea de la actualidad o de los últimos 60 o 70 años. ¿Se animarían a pronosticar que dentro de dos mil años alguien todavía sabrá quién fue y qué hizo? ¿De quién hablarán los que quieran recordar nuestra época dentro de más de dos milenios? Nosotros hablamos de los espartanos. Desaparecieron hace más de noventa generaciones y seguimos recordándolos.

¿Estarían ustedes de acuerdo conmigo si digo que fueron inmortales?

 

7)- Las fidicias.

Una de las extrañas costumbres de los espartanos eran las fidicias (o syssitias).

Todos los varones adultos tenían la obligación de comer juntos. Para ello se formaban "cofradías" de alrededor de quince personas - las mismas que, en la guerra, compartían una carpa más algunos ancianos - y cada uno debía aportar una cantidad establecida de alimentos por mes. Los cofrades debían suministrar: unos 60 Kg, de harina de cebada, 26 litros de vino, 2Kg.de queso y 1 Kg. de higos, amen de una muy pequeña suma de dinero en efectivo para otras compras.

Síganme, por favor, y hagamos un poco de cuentas. Con este aporte por parte de 15 personas los alimentos ascienden a: 900 Kg, de harina, 390 litros de vino, 30 Kg. de queso y 15 Kg. de higos. Esto quiere decir que, por día y por persona (suponiendo un mes de 30 días de acuerdo al calendario de Solón) cada uno de los cofrades podía comer: 2 Kg. de harina; 0,86 litros de vino; 66 gramos de queso y 33 gramos de higos; más lo que se pudiese comprar con la pequeña suma de dinero. Evidentemente ningún espartano corría peligro de engordar.

A todo esto, estaba terminantemente prohibido comer fuera del marco de la cofradía. El que, para mitigar la excesiva frugalidad de la mesa común, comía a escondidas en su casa era severamente amonestado por su "glotonería". Tampoco había borrachos. Platón nos confirma que, si en Esparta un ebrio se hubiera atrevido a salir a la calle, lo hubieran molido a palos inmediatamente.

Escena de una syssitia

El plato nacional de los lacedemonios era la famosa "sopa negra". Los atenienses ironizaban diciendo que "Después de probarla se comprende por qué los espartanos van con tanta alegría a la muerte". Plutarco, por su parte, nos relata el caso de un rey del Asia Menor quien, habiendo oído hablar de la susodicha sopa, hasta contrató a un cocinero espartano para que se la preparara. Luego de la primer cucharada, parece que el buen monarca montó en tal cólera que casi se come al cocinero. El pobre, para salir del paso, no encontró mejor excusa que decir: "¡Majestad! ¡Lo que sucede es que a esta sopa hay que ingerirla luego de bañarse en el Eurotas!". Con todo, no es imposible que éstas fuesen tan sólo viles calumnias atenienses. Probablemente, la "sopa negra" - sin llegar a ser el delirio de un gourmet - era bastante pasable. Aunque, como es universalmente admitido, sobre gustos no hay nada escrito...

Con o sin sopa, el hecho es que las comidas comunes eran realmente una institución importante en Esparta. El espíritu de cuerpo que debió reinar en las cofradías queda bastante bien ejemplificado por la discreción con que se trataban las palabras que pudiesen haberse pronunciado durante las conversaciones de sobremesa. Cuando entraba algún comensal, el más anciano de los presentes le señalaba la puerta y le advertía: "¡Por esta puerta no sale palabra alguna!"

En otro orden de cosas, mucho se ha criticado la sanción social que recibía quien - por cuestiones económicas - no podía ya aportar la cantidad mensual de alimentos. El que no cumplía con sus aportes no sólo era expulsado de la cofradía sino, además, resultaba desclasado de su posición social. Dejaba de ser un homoioi para convertirse en perieco. Eso significaba, ni más ni menos, que debía ir a trabajar. Con ello dejaba de ser un auténtico guerrero pues, como todo el mundo sabe, los guerreros auténticos no trabajan. Se juegan la vida. Pero no trabajan.

Aristóteles critica ácidamente este rasgo "capitalista burgués" de la sociedad espartana y son muchos los que se han unido con entusiasmo a esta crítica. Lo que todos pierden de vista es un par de hechos importantes. Por de pronto, la "cuota" de alimentos a aportar era la misma para todos los cofrades. Fuesen pobres o ricos, todos aportaban lo mismo, todos compartían la misma mesa, todos comían lo mismo y todos podían hablar a sus anchas en un marco de rigurosa discreción. Por otra parte, repasen ustedes las cantidades mensuales: hoy hablaríamos de una bolsa de harina, dos damajuanas grandes de vino, dos kilos de queso y un kilo de higos. Es cierto que, en aquella época, era un poco más difícil que hoy juntar esas cosas todos los meses. Pero tampoco entonces pudo haber requerido un esfuerzo sobrehumano.

La crítica interesada siempre es fácil y siempre resulta parcial. ¿Acaso un gentleman inglés no pierde hoy su categoría de tal si ya no puede aportar la "mísera" cuota mensual de su club? Un rasgo típicamente burgués, sin duda. Pero también típicamente anglosajón. En el mundo de la ética protestante una persona no sólo tiene que ser eficiente y capaz sino que, además, debe demostrar que es exitosa para probar que goza del favor de Dios. Quien no puede hacerlo no es ni realmente eficiente ni realmente capaz. Y quien no lo es, no puede pretender que se lo considere como un homoioi ; un igual a los mejores.

Además, tiene que haber un mínimo establecido para medir la eficiencia y la capacidad. En Inglaterra, este mínimo es el carnet de determinado tipo de club. En los Estados Unidos es el barrio y la casa en la que uno vive, la profesión que se tiene y el cargo en la compañía para la cual se trabaja. En Alemania es la profesión que se tiene y los títulos de "Herr Profesor" o "Herr Doktor" que se han conseguido juntar.

En Esparta, el mínimo establecido era una bolsa de harina, unos litros de vino, un poco de queso, algo de higos y unos centavos en efectivo. Quienes vean en esto una cuestión de discriminación económica están mirando al mundo a través de los anteojos de un contador. Esto no es una cuestión económica. Es una cuestión de orgullo. Quizás un tanto difícil de entender para los latinos, pero detrás de esta cuestión está la respuesta a por qué la mayoría de los anglosajones es protestante mientras que la mayoría de los latinos es católica.

Es un poco la cuestión de la fe y la predestinación. La fe se tiene; la predestinación hay que demostrarla. Ciertos hombres no se conforman con ser; quieren demostrar lo que son. Ciertos hombres no se conforman con declaraciones; exigen pruebas. La fe puede simularse; la predestinación no. Para los homoioi, quien declara ser un "igual" es, por supuesto, bienvenido. A, condición de que demuestre su igualdad. Si no lo consigue, estaba equivocado y pretendió más de lo que le corresponde. Y nadie puede pretender eso.

Otros hombres son más comprensivos. Ciertamente son muchísimo más agradables de tratar. Comprenden las debilidades humanas. Comprenden esas imperfecciones, pequeñas y grandes, que todos tenemos y que nos convierten en seres humanos necesitados de un hombro sobre el cual llorar y de una mano que nos sostenga el corazón. Otros hombres aceptan que, a veces, se tiene mala suerte. O que, simplemente, no se tiene suerte. O que de pronto tienen una suerte increíble quienes menos se la merecen. Estas personas son, sin duda, muchísimo más simpáticas y más cálidas. Es infinitamente más agradable convivir con ellas. Pero no llegan a la luna. No rompen la barrera del sonido. No levantan Potencias Mundiales. No fundan ciencias por afán de exactitud ni dominan situaciones por voluntad de vencer. Lo intentan a veces cuando los dioses les regalan un gran conductor. Y, a veces, hasta lo logran. Pero ¡pobre del conductor si fracasa!

Los desagradables eficientistas también necesitan, por supuesto, un conductor, un Jefe. Nunca hubo, no hay, ni habrá sociedad humana alguna sin dirigentes. Hasta las sociedades anónimas tienen sus presidentes y sus ejecutivos ante quienes tiembla toda la empresa. Pero los antipáticos eficientistas, los insoportables exitistas, siguen a sus Jefes hasta el final. Los amables comprensivos, en cambio, los destierran o los matan cuando fracasan. No siempre, por supuesto. Pero muchas, muchísimas veces. La Historia nos presenta tantos casos de esto que las excepciones no hacen sino confirmar la regla.

8)- Las mujeres de Esparta.

Llegado a la edad adulta y terminado su adiestramiento, en la vida del espartano se producía un acontecimiento capital: podía volver a su casa. Por lo tanto, podía casarse. Es decir, perdón: ¡debía casarse! Debía tener hijos. En todo caso, eso es lo que el Cosmos esperaba de él.

El Estado espartano tenía muy serios problemas demográficos. El índice de natalidad de la Orden - al igual que en varias partes de nuestro Occidente actual - era negativo. Por eso, la Orden exigía hijos. Los seleccionaba y hasta los dejaba morir si no eran aptos; pero los exigía. Los solteros empedernidos resultaban castigados. Entre los periecos hasta se esperaba que, en una familia estéril, el hombre recurriese a su hermano o a su mejor amigo.

Mujer Espartana

Ante esta necesidad, se comprende la enorme libertad de que gozaban las mujeres espartanas. En ninguna parte de Grecia las mujeres fueron más libres que en Esparta. La recatada burguesía de las demás ciudades griegas incluso se horrorizó de la "desfachatez" de las jóvenes espartanas. ¡Imagínense! ¡Las desvergonzadas caminaban por la calle mostrando los muslos! ¡Oh!

Por favor, no piensen que estas exclamaciones son un invento mío. Son de Eurípides. Es él quien se escandaliza de las "hijas de los espartanos" que "salen de sus casas" y "se mezclan con los varones mostrando los muslos". ¡Y todo por la vestimenta un tanto atrevida de las niñas de Esparta!

Porque es cierto: el vestido de las espartanas estaba abierto por el costado hasta la cintura. Los muslos exhibidos, en todo caso, no deben haber sido desagradables porque - en primer lugar - las espartanas eran eximias deportistas y - en segundo lugar - la moralina burguesa todavía nunca se ha escandalizado por el exhibicionismo de las mujeres feas.

Con todo, difícilmente las niñas habrán conseguido sacar de sus casillas a un candidato espartano mostrando un poco de muslos. Los varones de Esparta tenían oportunidades de sobra para calibrar íntegramente los atributos de las jóvenes. La mujer espartana vivía su juventud casi constantemente en el campo de deportes. Generalmente desnuda. Fue la única mujer en toda Grecia que tenía permitido el acceso a los torneos. Excepto las Olimpíadas - a las cuales, por la mojigatería de los demás griegos, no podía asistir - las espartanas participaban de todos los deportes. Todos los años, durante diez días, tenían lugar las gimnopedias en dónde la juventud de Esparta competía y bailaba completamente desnuda.

Edgar Degas (1860) : Jóvenes Espartanos

No obstante, para los mirones bobos la cosa no carecía de riesgos. Las niñas tenían la lengua muy suelta y muy aguda y, en medio de una representación pública, podían tomar a un varón de blanco para destruirlo con burlas y socarronerías. Delante de reyes, éforos, senadores y pueblo en general, el pobre diablo quedaba hecho un estropicio en cuestión de minutos. Indudablemente, un remedio definitivo y eficaz contra la lascivia. Porque, sin duda, a veces es más agradable caer en una mezcladora de hormigón que en la boca viperina de una perfecta bribona - hermosa para colmo - dotada del condenado talento de adivinar nuestros puntos vulnerables. El que no lo crea, que haga la prueba.

De modo que podemos creerle a Plutarco, a Jenofonte y a Platón cuando nos dicen que la desnudez femenina en Esparta no daba lugar a ningún tipo de comportamientos lascivos. Cuando una mujer tiene la oportunidad de ponerlo en ridículo a uno ante todo un estadio lleno de gente, el portarse como un idiota debe ser bastante peligroso.

"Hijo mío: vuelve con él o sobre él"

Como madres resultaron insuperadas. Si las jóvenes espartanas fueron compañeras de guerreros, las madres de Esparta fueron engendradoras de héroes. Se dice que una espartana que había mandado sus cinco hijos a la guerra se ubicó en las afueras de la ciudad para recibir más pronto las noticias del desenlace de la batalla. Cuando comenzaron a llegar los primeros guerreros, la mujer detiene a uno de ellos y lo interroga. El hombre, visiblemente incómodo, comienza a relatar cómo los cinco cayeron en el combate. "¡Esclavo estúpido!" - lo interrumpe la espartana - "¡No te pregunté por la suerte de mis hijos! ¡Te he preguntado por el resultado de la batalla!" En otra oportunidad, una anciana trató de consolar a una madre que estaba dándole sepultura a su hijo muerto en combate. "¡Pobre mujer!" - se compadeció la anciana - "¡Que triste destino!" - "¿Triste?" - preguntó la madre y agregó: "No es triste. Lo eduqué para servir a la Patria y murió por ella. ¡Logré mi objetivo! ¡Eso no tiene nada de triste!" ¿Exagerado? ¿Presuntuoso? Quizás. No es infrecuente que los seres humanos escondan el dolor detrás de la máscara del orgullo. Pero hay que encontrar la máscara del orgullo en un momento de dolor. Y eso, por favor, créanlo, no es nada fácil.

En Esparta, una de las ignominias más grandes era perder el escudo en la batalla. Debido a la particularidad de la formación de combate espartana, el escudo no solamente cubría a su portador sino, en gran medida, también al hombre de al lado. Por eso, el escudo espartano era considerado un supremo símbolo de camaradería. Por otra parte, oficiaba también de féretro ya que a los caídos en combate se los transportaba sobre sus escudos. Sabiendo esto se comprende algo que, quizás, haya sido una mera fórmula. Una costumbre. Una de esas frases que se repiten como un ritual sin darles siempre todo su significado: el joven espartano recibía su escudo siempre de su madre quien se lo entregaba con estas palabras: "Hijo mío: vuelve con él o sobre él".

 

Mujeres así eran respetadas. Tenían que serlo. Es inútil que Aristóteles las critique y objete el gran poder que tenían las espartanas. La verdad es que se lo merecían. A Gorgo, una mujer extranjera le comentó una vez, llena de admiración: "¡Ustedes, las espartanas, son las únicas que todavía tienen poder sobre los hombres!". A lo cual la espartana respondió: "¡Por supuesto! ¡Como que somos las únicas que aun traemos hombres a este mundo!"

Las mujeres espartanas no tenían necesidad de ser feministas: tenían a su lado hombres a quienes podían admirar. Y en boca de Gorgo la afirmación resulta creíble. Más que eso: resulta indiscutible. Gorgo era la esposa de Leónidas.

9)- El dinero en Esparta

A muchos seguramente les habrá llamado la atención el hecho que los homoioi no trabajasen y que hasta tuviesen prohibido trabajar. A quienes les entusiasme la idea sólo les pido que no caigan en conclusiones apresuradas. Porque los "iguales" no trabajaban; pero tampoco podían ser ricos en el sentido actual de la palabra.

Por de pronto, no podían acumular dinero. Mucho menos, pues, podrían haber vivido de rentas o cobrar intereses. Directamente, los espartanos no podían tener dinero en absoluto. En primer lugar, porque lo tenían prohibido. En segundo lugar, porque prácticamente casi no había dinero en Esparta. Hablando en términos financieros, el dinero no existía. No hacía falta. ¿Increíble? No si lo miramos con ojos espartanos.

Óbolo ateniense (plata - ca.480 AC)

Para empezar, los "iguales" no estaban para ganar dinero, ni para hacerse notables por sus riquezas. En Esparta la fama no se adquiría en la Bolsa sino sobre el campo de batalla. Allí, un acaudalado cobarde no podía comprar la gloria que recibía gratis un valiente pobre. Durante toda su juventud los lacedemonios eran educados para valorar solamente aquellas actividades que garantizasen la soberanía del Cosmos. Y los hombres de la Orden - a diferencia de muchos politicastros actuales - sabían que la soberanía de un Estado no se compra. Se la conquista o no se la tiene jamás.

Por eso no tuvieron dinero. No hubieran podido comprar con él lo que realmente les importaba: su soberanía, su autarquía, su libertad. Tampoco lo necesitaban para lo demás. En Esparta no había pantagruélicos banquetes ni dionisíacas libaciones. Todos aportaban lo mismo a la mesa común y todos consumían lo mismo. ¿Comunismo primitivo? Brasidas, Leónidas o Pausanias se hubieran muerto de risa ante la sola mención de la posibilidad.

Para producir lo que se necesita sobre una mesa, y hasta para fabricar la mesa misma, estaban los periecos. Para algo gozaban de la protección del Cosmos. Y, si los periecos necesitaban ayuda, para eso estaban los helotas. Los esclavos helotas eran parte de la familia como podía serlo la vaca, el caballo, el perro o la cabra. ¿Maltratados? ¡Qué estupidez! Ninguna persona decente maltrata a su caballo si su caballo es un buen caballo. Nadie desprecia una buena vaca lechera o a un excelente can, a menos que sea un cretino. Todo lo contrario: se les da de comer y se los protege. Uno los considera parte de la familia. Uno los cura cuando están enfermos. Los chicos juegan con ellos. Terminan siendo queridos porque, al fin y al cabo, uno se ha pasado la vida con ellos y dependiendo de ellos. Se vive, se convive con ellos. Ningún hombre bien nacido los maltrataría. Castigarlos, para que aprendan, quizás; pero maltratarlos, nunca.

Ningún espartano decente vivió maltratando esclavos. Lo que sucedió fue, simplemente, que los helotas fueron cada vez más mientras los homoioi fueron cada vez menos. Y sucedió también que los enemigos de Esparta no eran ciegos y no se les escapó que la gran masa de helotas y periecos podía llegar a ser instrumentada para quebrar el poderío de los lacedemonios. De hecho, en Atenas muchas veces decidía la masa. Fue la que expulsó a Arísitides y condenó a muerte a Sócrates. El fenómeno se repetiría también más tarde. En Roma, los ciudadanos de tercera llegaron a decidir con sus caprichos la suerte del Imperio. Los caprichos llegaron a tener nombre y apellido: se llamaron Calígula, Nerón, Heliogábalo.

Calígula

No nos dejemos engañar por los dogmas solapados de muchos historiadores. "Calígula" no es un nombre; es un apodo. Significa "botitas". Calígula fue el niño mimado, la mascotita, de las guarniciones militares romanas acantonadas a la vera del Rin. Cuando Tiberio murió y el Senado romano vaciló brevemente en elegir al sucesor, la plebe de Roma (no hay intención despectiva en el término; la palabra latina es plebs), la muchedumbre romana, invadió la Curia y forzó la designación de Calígula. ¡Calígula fue popular! ¿Cuando vamos, por fin, a admitir eso? ¡Se dice que para festejar su nombramiento se sacrificaron 160.000 animales! Calígula gobernó durante casi cuatro años. ¡Nerón se mantuvo catorce años en el Poder! Por supuesto: la masa los maldijo y escupió sus tumbas cuando murieron. Pero eso fue al final. Al principio habían sido "populares". ¿Es que nadie va a tener jamás la honestidad intelectual de admitirlo y de sacar las consecuencias pertinentes?

Los espartanos lo hicieron. Los helotas no gobernaron jamás. Esparta pudo tener hombres admirables y hombres detestables. Lo que no tuvo fueron hombres despreciables. Nunca tuvo un Calígula. Tuvo sus esclavos pero éstos nunca pudieron imponer a un Heliogábalo o a un Nerón. Es cierto que Atenas tampoco llegó a tanto pero, por la forma en que trató a gran parte de sus mejores estadistas, estuvo bastante más cerca. A los espartanos les bastó con mirar hacia Atenas para curarse en salud.

Porque la plutocracia ateniense fue poderosa. Los ricos comerciantes del Pireo - el puerto de Atenas - le disputaron el Poder a la nobleza terrateniente en más de una oportunidad. Siempre invocando al Pueblo. Siempre en nombre de la democracia. ¿Cuando los traductores de Aristóteles van a ser tan honestos como para dejar de traducir su concepto de politeia con la palabra "democracia"? Dentro del contexto del pensamiento aristotélico y estrictamente hablando, la democracia es sinónimo de demagogia. Es la argucia de los ricos que se apoyan en la masa de los pobres para vencer a los nobles . El verdadero motor de las democracias ha sido siempre una caja fuerte llena de dinero.

En Esparta los plutócratas nunca pudieron venderle a la masa el cuento de la soberanía popular por la sencilla razón de que nunca hubo plutócratas en Esparta. La moneda era de hierro. Tan incómoda y pesada que hasta una suma pequeña resultaba de un volumen y de un peso considerables. La posesión de oro y plata estaba prohibida y se la castigaba con severas penas. Además, la posesión subrepticia e ilegal de estos metales tampoco hubiera servido de gran cosa a quien se arriesgase a violar la ley. Los espartanos no se adornaban con cadenas de oro sobre adiposos abdómenes. Las espartanas no se emperifollaban hasta parecer cacatúas. Su adorno más preciado era su propio cuerpo y, en lugar de cubrirlo con idioteces, lo cultivaban para que fuese hermoso y para que pudiesen mostrarlo sin vergüenza.

Lógicamente, el dinero de hierro no valía absolutamente nada fuera de Esparta. Nadie lo aceptaba. Era, como diríamos hoy, inconvertible. Como consecuencia de esto no existían en Esparta los artículos suntuarios de consumo masivo ni los comerciantes como los que hacían pingües negocios en el Pireo de Atenas. Los comerciantes, mercachifles, banqueros, bufones, adivinos, charlatanes, baratijeros y otros vividores que abundaban y pululaban por toda Grecia, evitaban a Esparta como a la peste. No había nada que hacer allí. No había ningún dinero fácil para ganar. El ejemplo quizás nos sirva, algún día, cuando nos decidamos a sacarnos el parasitismo de los mercaderes de encima. La autarquía espartana condujo a que, por ejemplo, los carpinteros lacedemonios y los alfareros fuesen los más hábiles y renombrados de toda la Hélade. Especialmente el jarro de los guerreros era muy codiciado porque su diseño permitía tomar agua sucia sin que las impurezas llegasen a la boca del bebedor. En una época sin cloro ni antibióticos, el utensilio sin duda tuvo sus sólidas ventajas.

Indiscutiblemente, la sociedad espartana fue austera. Hasta el día de hoy hablamos de la "sobriedad espartana". Lo que pasa es que, en la enorme mayoría de los casos, se la entiende mal. Sobriedad no significa conformarse con menos. Significa no arruinarse la vida deseando más de lo necesario. Ser sobrio significa no gastar toda una existencia persiguiendo lo prescindible. Ser austero no significa ser "menos", o tener "menos". Ser austero significa exigir lo preciso y desechar lo superfluo. No es una cuestión de cantidad. Es una cuestión de sabiduría.

10)- La paiderastia

No me cabe ninguna duda de que muchos me odiarán por tratar el tema que sigue a continuación. La enorme mayoría de las obras escritas acerca de Grecia ignoran olímpicamente la cuestión y, seguramente, muy pocos se habrían percatado de algo si hubiésemos adoptado aquí el mismo procedimiento. Desgraciadamente, el recurso no es admisible porque no sería honesto. Además, no serviría para nada. En definitiva, no hay historiador serio que no lo sepa y aparte de ello la ignorancia sólo puede conducir al desastre a quien, de algún modo, intente copiar a tontas y a locas el ethos de los griegos.

Ganímedes

Digámoslo directamente y sin subterfugios: la homosexualidad y la pederastía se hallaban muy extendidas por toda Grecia. Especialmente en lo referente a la pederastia no creo que sea un rasgo para aplaudir. Sobre todo si se conoce el significado exacto del término. No es equivalente a homosexualidad. La pederastia es una forma específica de la homosexualidad. La palabra proviene del griego pais que significa "niño", "adolescente". La "paiderastia", o pederastia, es la relación homosexual con adolescentes, con efebos.

Los griegos la practicaban y en gran escala. Según la mitología, Zeus mismo se enamoró del niño Ganímedes y lo elevó al Olimpo bajo las alas de un águila para tenerlo a su lado por toda la eternidad. En la punta de un dedo de la estatua del Zeus de Olimpia, en Atenas, Fidias inscribió secretamente la frase: "Cuán hermoso eres, Pantarkes". Pantarkes era un jovenzuelo de Atenas. Prácticamente no hay personaje famoso en Grecia que no haya sido un pais o que no haya tenido un pais.

Fidias: Atenea de Lemnia

El hecho se ha querido explicar de mil maneras distintas. Desde los que lo condenan, amurallados detrás del fariseísmo de su hipocresía, hasta los que lo justifican en nombre de un esteticismo y un permisivismo que se desbarranca por el tobogán de lo anormal con la alegre despreocupación de la decadencia. Incuestionablemente, el hecho es complejo. Porque no se trataba de un mero hedonismo sexual entre los griegos. La relación entre el pais y su mentor no fue nunca simplemente sexual. El hombre tenía una tremenda responsabilidad, públicamente asumida, para con el efebo. Debía educarlo; debía transmitirle todo su saber, toda su experiencia y sabiduría. Para el pais el hombre era el modelo a seguir y todo mentor debía ocuparse de ser un modelo digno de imitar. El efebo no era un juguete, no era un lujo sexual. Era una responsabilidad. La costumbre no se practicaba a escondidas. Muchísimas veces el mentor era casado, con una familia completamente normal, con hijos propios. ¿Alguien puede entenderlo?. Varios lo han intentado. Algunos, probablemente, con sinceridad. Personalmente, no creo que lo hayan logrado.

Se ha tratado de disculpar a los griegos afirmando que la costumbre provenía del Asia Menor, de Babilonia y hasta de Egipto. Es posible. Más todavía: es muy probable. Que Babilonia — la "ramera entre las rameras" según la Biblia — fue un foco de tremenda y exagerada sexualidad es algo que puede considerarse fuera de toda duda. Pero, aun así, el argumento no disculpa a los griegos. Que la degradación provenga de otra parte no disculpa a quienes se degradan. Es como si los norteamericanos trataran de disculparse argumentando que la cocaína les viene de Colombia y la pornografía de Europa.

Esparta, con toda probabilidad, no se habrá sustraído por completo al ambiente cultural de la época. Pretender que Esparta, como afirman algunos, fue un reducto de castidad y rectitud sexual en medio de una Grecia por demás tolerante y permisiva en esta materia es poco creíble. Es cierto, en todo caso, que los espartanos fueron marcadamente xenófobos en materia de importar costumbres. Pero, aún así, la sorprendentemente gran libertad y poder de la que gozaban las mujeres espartanas hablaría más a favor de la heterosexualidad que un supuesto conservadorismo moralizante.

Lo que sí puede desecharse con fundamento es la acusación — proveniente en su enorme mayoría de personalidades adversas a los lacedemonios — en cuanto a que Esparta habría sido algo así como la capital de la pederastia en Grecia. Por más extendida que sea esta fábula, lo concreto es que no hay pruebas sólidas para demostrarla. Ni siquiera el arte la confirma. Por ejemplo, en las piezas de alfarería que ha rescatado la arqueología de las regiones de Esparta y Laconia no se encuentran motivos explícitamente homosexuales, siendo que es bastante frecuente encontrarlos en la alfarería de otras regiones griegas. Incluso Aristóteles, que critica bastante a los espartanos en muchos aspectos, indirectamente los absuelve de la acusación de homosexualidad generalizada cuando los objeta precisamente por lo que él considera un excesivo dominio de las mujeres por sobre los hombres.

Con todo, tambien es cierto que no hallaríamos en Esparta un manifiesto rechazo a la homosexualidad ni tampoco una condena terminante de la pederastia. Cualesquiera que fuesen las causas de la costumbre en otras partes, en Esparta es bastante evidente que el hecho tiene que haber tenido también raíces biopsíquicas y sociales. Entre los siete y hasta los veinte o veinticinco años el espartano vivía exclusivamente entre hombres. Es mucho tiempo. Probablemente demasiado. Sobre todo a esa edad.

Por otro lado, las espartanas eran insuperables camaradas e inmejorables madres. Eran sanas, eran atrevidas y eran hermosas. Pero durante toda la adolescencia y buena parte de la vida adulta del varón, estaban prácticamente fuera de alcance. Durante buena parte de los mejores años de su vida los hombres pertenecían a la Orden. Hacían su vida en ella. Entregaban su existencia al Cosmos. Eran Caballeros de la Orden de Esparta. Monjes-soldados. Igual que, mucho más tarde, los Templarios.

Sólo que el monje-soldado espartano no había hecho voto de castidad. Ni se le hubiera ocurrido semejante cosa, ni había tampoco intención metafísica alguna que lo justificara. La Orden de Esparta no exigía el sojuzgamiento de lo sexual a la voluntad; todo lo contrario. Según una versión, en el ejército espartano había toda una sección formada por "parejas" que combatían atadas entre si para garantizar que les tocaría el mismo destino. Ninguno de estos hombres tenía nada de afeminado. Eran guerreros y, según se dice, terribles.

Atleta

Complementariamente, es muy posible que las mujeres espartanas a pesar de su belleza no tuviesen demasiado de "femeninas". Eran atletas. Cualquiera que haya tenido algún trato con las atletas actuales sabrá a qué me refiero. Es siempre un poco difícil imaginarse cómo hacer el amor con una atleta. En realidad, a las atletas no se las ama. Se la aplaude. Se les cuelga una medalla al cuello y se les da una palmada en la espalda. En lugar de un ramo de flores uno casi estaría tentado de regalarles un cronómetro. Una atleta es un poco lo mismo que una profesional de hoy en día: la igualitarización niveladora borra las diferencias y la mujer se convierte en un compañero de trabajo. Con ello, las profesionales dejan de ser mujeres y se convierten en competencia. Y las atletas son competencia casi por definición. ¿Qué pasa con un pueblo cuyos varones son Caballeros de una Orden y cuyas mujeres son atletas?.

No es forzoso que suceda, pero pueden pasar cosas poco edificantes. La Historia nos habla de las madres espartanas, de los guerreros espartanos y de los ancianos de Esparta. No deja de llamar la atención que nos hable bastante poco del padre espartano.

Pues sí. Seguramente los espartanos tenían sus defectos y nadie gana nada con barrerlos bajo la alfombra. En mi opinión particular y personal creo que es muy posible que trataran de forzar las leyes del Cosmos universal creándose un Cosmos particular. En ese caso, seguramente les pasó — al menos en alguna medida — lo que les pasa a todos los que han tratado de hacer algo así. La Naturaleza podrá dejarse usar y hasta engañar por un tiempo pero, después, inexorablemente, sobreviene su venganza. Quienes ofenden irresponsablemente a Madre Natura descubren de pronto que no pueden respirar por el smog. Y quienes la engañan, algún día terminan dándose cuenta con horror que están condenados a la muerte por extinción.

11)- Los lacónicos laconios.

Los espartanos, con toda seguridad, no fueron impolutos. Posiblemente este hecho agrade una enormidad a todos los pequeños enanos que sienten estremecimientos de placer al descubrir que los gigantes también tienen sus fallas y sus debilidades. Lo que los enanos callan es que los gigantes nunca tuvieron la pretensión de ser perfectos. A los gigantes les basta con ser gigantes. Con eso es suficiente.

Esparta, como todos los gigantes, fue un gigante con defectos. Tuvo sus personajes oscuros y sus costumbres poco recomendables. Lo que no tuvo fue la tremenda logorrea ateniense. En Atenas se hablaba y se hablaba. Es muy cierto que los oradores debían hacerlo ante la clepsidra y que, por ello, tenían el tiempo limitado. Nuestros políticos actuales también hablan contra el reloj del estudio de televisión y no por ello dejan de vomitar palabras con un caudal oceánico. En Esparta la oratoria ampulosa tenía poco público. Los espartanos, como diríamos hoy, eran lacónicos. El término mismo, como es obvio, proviene de ellos.

En Laconia a los niños se les enseñaba a ser breves, concisos y veraces con elegancia. Si esta elegancia implicaba el sarcasmo, el hecho habla en favor de la inteligencia de los lacedemonios pues el sarcasmo es el humor de las personas inteligentes, como - con bastante poca modestia - decía el inefable Bernard Shaw.

Si la moneda espartana era grande, pesada, y de poco valor, todo lo contrario sucedía con la palabra espartana. En su expresión, los espartanos trataban de poner la mayor cantidad de médula en la menor cantidad posible de sílabas. De este modo, Esparta tuvo algo que en otras partes se ha desconocido casi por completo: el pudor intelectual; la vergüenza que cada uno de nosotros debería sentir de hablar sin haberlo pensado antes. Confucio decía que el hombre sabio piensa dos veces antes de hablar una vez. Muchos chinos han seguido este consejo y es probable que, por ello, China nos dé una gran sorpresa cualquier día de éstos. Los vietnamitas ya lo han hecho.

El laconismo espartano ha entrado en la tradición como modelo de agudeza y brevedad. Se dice, por ejemplo, que una vez se presentó ante Licurgo un personaje que hizo un largo y encendido discurso en favor de la democracia. Licurgo escuchó la tirada de cabo a rabo y cuando, por fin, el entusiasmado ideólogo hubo terminado, le aconsejó: "¡Excelente! Ahora vete y danos el ejemplo instaurando una democracia en tu propia casa". Buen consejo, sin duda.

La palabra espartana era como la espada de los guerreros lacedemonios: corta e hiriente. Cuando los atenienses se burlaban de la escasa longitud de las espadas laconias, alegando que hasta un aprendiz de tragasables podía hacerlas desaparecer, los espartanos retrucaban diciendo: "Quien no teme acercarse al enemigo no necesita largas espadas".

Como ya hemos visto, Esparta nunca estuvo amurallada. Para explicar el hecho, sus habitantes solían decir: "Los hombres de verdad son mejor muralla que un montón de ladrillos". En otra ocasión, un orador comenzó a dar una larga perorata para explicar un breve problema, haciéndole perder innecesariamente un tiempo precioso a todos los oyentes. Leónidas lo interrumpió: "Amigo" — le dijo — "Estás usando lo necesario innecesariamente". Cuando al sobrino de Licurgo le preguntaron por qué había tan pocas leyes en Esparta, la respuesta fue no menos lacónica: "Quien con pocas palabras entiende, pocas leyes necesita". Por otra parte, cuando al filósofo Hecateo se le quiso echar en cara el no decir palabra a lo largo de toda una tertulia, Arquidámidas lo defendió diciendo: "El que sabe palabras razonables, sabe también cuando vale la pena pronunciarlas".

Las anécdotas podrían multiplicarse aquí por decenas. La mayoría de los testigos de la época abunda en ellas. Está, por ejemplo, el caso de un sujeto que, no siendo espartano, se quiso hacer el simpático ante Teopompo diciéndole: "En todas partes, mis conciudadanos me llaman el amigo de Esparta". El espartano lo debe haber mirado con toda la lástima y el desprecio que los conquistadores siempre han sentido por los cipayos. El hecho es que le respondió: "Si te llamaran el patriota te respetaría más".

Pausanias

Los atenienses constantemente acusaban a los espartanos de ser incapaces de aprender. Al hacérsele esta acusación al hijo de Pausanias, su comentario fue: "¡Absolutamente cierto! ¡Somos los únicos que no hemos aprendido los vicios atenienses!".

El por qué los charlatanes, adivinos y prestidigitadores no tenían suerte en Esparta lo ilustra otra anécdota. Es la del ateniense que le pregunta a un espartano, de visita en Atenas, si no quería ir a escuchar a un fulano que imitaba casi perfectamente el canto del ruiseñor. Para su sorpresa, la reacción del espartano fue de total indiferencia: "No gracias" - dijo - "Ya escuché al pájaro". Realmente: ¿para qué ir a ver a un imitador si uno ya conoce el original?

Uno de los casos más típicos es el que relata Heródoto del espartano Diénekes. Poco antes de la batalla de las Termópilas, un individuo de las tropas aliadas que estaban junto a los espartanos comentó visiblemente preocupado: "Cuando los persas lanzan sus flechas, se produce una nube tan grande que tapa la luz del sol". Diénekes, haciéndose cargo instantáneamente de una situación que podía degenerar en pánico colectivo, se volvió hacia los espartanos y comentó: "¿Oyeron? .¡Vamos a pelear a la sombra".

Por último, permítanme terminar con un caso que siempre me ha llamado la atención. En el mundo automotriz es conocida la anécdota aquella del norteamericano que quería comprarse un Rolls Royce allá por los tiempos en que el Rolls Royce era el automóvil de los magnates y los reyes..La cuestión es que el yanqui va a Inglaterra y - apasionado por carromatos enormes y poderosos como todo buen norteamericano - lo primero que le pregunta al gerente de ventas es: "¿Cuántos HP tiene un Rolls Royce?". El inglés, a su vez, se saca la pipa de la boca, se sacude una inexistente ceniza de la solapa, lo mira con conmiseración y le responde impertérrito: "¡Los suficientes!".

Lo curioso es que se trata del calco exacto de un original espartano relatado por Heródoto. En un momento dado, un sujeto - probablemente un espía - quiso saber cuántos espartanos había preparados para la batalla. La respuesta que obtuvo de Arquidamas fue precisamente ésa: "¡Los suficientes!".

O bien hay almas gemelas en materia de humor, o bien los gerentes de la Rolls leían a Heródoto. En cualquiera de los dos casos, el hecho es notable.

12)- El pensamiento en Esparta.

Universalmente se supone y se afirma que los espartanos eran, poco más o menos, tan sólo unos militarotes brutos, carentes de intelectualidad o refinamiento. La imagen, con toda seguridad, fue creada por los supercosmopolitas y liberales atenienses siendo después monótonamente repetida por los historiadores; incluso por aquellos que deberían haberlo sabido un poco mejor.

Por supuesto, nadie pretende que Esparta haya sido la central de la especulación filosófica o la bohemia artística. Positivamente no fue un Heidelberg ni un Montmatre. Pero quienes insisten en la supuesta esterilidad cultural de los espartanos se olvidan de la gran opinión que ilustres griegos tuvieron de los lacedemonios. Jenofonte en sus "Memorias" o "Recuerdos de Sócrates" nos habla, en varios pasajes, de la opinión que el filósofo ateniense tenía de Esparta. Y conste que Sócrates, siendo hijo de un escultor y de una partera, no tenía motivos de clase para sentir una especial solidaridad con la nobleza espartana.

Sócrates

Aún así, Sócrates señaló muy acertadamente que, en muchos terrenos, la supremacía de Esparta obedecía a que los espartanos eran rigurosos en el acatamiento de las normas y leyes que regían su vida en comunidad. Hasta un joven ateniense se ve obligado a confesar ante el maestro que la "brecha generacional" - observable ya en la Atenas de aquella época - se debía a la escasa consideración que los atenienses tenían por la sabiduría de los ancianos y a que, en general, se notaba en Atenas el efecto de la hiperintelectualización producida por el descuido de las costumbres que exige una vida sana. Es obvio que, en esta materia, no hay mucho de nuevo bajo el sol. Ya hace mas de dos mil años cierta juventud ostentaba el mismo desprecio intelectual por los fundamentos básicos de la vida que observamos hoy. No en vano los buenos demócratas atenienses condenaron a muerte a Sócrates justamente por "corromper a la juventud", entre otras cosas.

Pero Sócrates no fue ajusticiado tan sólo por eso. En realidad, fue una de esas personas tan fundamentalmente honestas que resultan condenadas a meterse siempre en problemas. Habiendo sido nombrado para la magistratura pública, Sócrates había tenido que prestar el juramento de rigor en virtud del cual todo magistrado se comprometía a hacer respetar las leyes vigentes. Sin embargo, en un momento en que se desempeñaba como Arconte, nueve jefes militares de Atenas adoptaron una decisión que desagradó a la masa. Nada más natural, pues, que ésta se autoconvocase para exigir la ejecución lisa y llana de los jefes militares.

El procedimiento era, por supuesto, inconstitucional pero ¿quién se preocupa por esos tecnicismos jurídicos cuando se trata de la intangible voluntad del pueblo? La inconstitucionalidad de una medida se agita con bombos y platillos solamente cuando alguien arruina un buen negocio, o cuando alguno pretende poner tan solo un poco de orden en el caos infernal que normalmente producen los adalides del capricho masivo. A la inversa, la Constitución le importa un bledo a la masa cuando ésta quiere sacudirse de encima a ciertos incómodos sujetos que tienen la osadía de querer evitar el suicidio político del Estado.

De cualquier modo, el hecho es que Sócrates cumpliendo con su deber y su juramento al más puro estilo espartano, se opuso a la medida e impidió la votación ilegal. El escándalo fue, por supuesto, mayúsculo. Toda Atenas se puso fuera de si. ¿Cómo alguien osaba ponerse en contra de la voluntad popular? ¿Cómo Sócrates podía atreverse a no dejar votar al pueblo, aun habiendo por ahí alguna ley según la cual la votación era improcedente? ¡La voluntad popular! ¿Acaso no es irrecusable? ¿Acaso no descansa toda la esencia, toda la misma razón de ser de la democracia en la voluntad soberana de una mayoría expresada a través del sufragio?.

Sócrates se mantuvo en sus trece. Lo amenazaron, lo presionaron, lo insultaron y, seguramente, hasta intentaron sobornarlo. No hubo nada que hacer. El hombre fue del criterio, un tanto ingenuo y espartano, de que las leyes están para ser respetadas y los juramentos para ser cumplidos. La moción no prosperó y la masa tuvo que soportarlo.

Sócrates bebe la cicuta

No es improbable que Sócrates firmara su sentencia de muerte ya en ese momento. Porque, poco más tarde, cuando ya no estaba en el cargo, la masa se salió con la suya de todos modos. La votación tuvo lugar bajo otro magistrado menos imbuido de espíritu lacedemonio y más democrático. El resultado fue el previsible: ocho de los nueve jefes militares resultaron condenados a muerte. ¿ El motivo?. ¡Oh el motivo! Quizás deberíamos decir más bien el pretexto.

Todo había comenzado en uno de esos múltiples enfrentamientos producidos entre Atenas y Esparta después de la guerra contra los persas. La flota espartana, comandada por Calicrátidas, se había enfrentado a la ateniense en las Arginusas. Los atenienses, comandados por nueve brillantes estrategas navales, ¡ganaron la batalla! Calicrátidas cayó en combate y la victoria sonrió a la Armada ateniense. Sin embargo, finalizadas las operaciones, se levantó un violento temporal y los capitanes de los barcos atenienses con muy buen criterio abandonaron los cadáveres de los que habían caído al agua, puesto que tratar de rescatarlos hubiera significado poner en peligro a toda la flota.

Oficialmente eso fue lo que no le quiso perdonar el Pueblo de Atenas a los responsables por la conducción militar. De haberse rescatado a los cadáveres se hubiera podido organizar en Atenas una gran fiesta popular, con marchas fúnebres, procesiones, pitos, flautas, mucho luto, mucha emoción, muchas frases al estilo de "los hijos del Pueblo caídos en defensa de la democracia". Y, sobre todo, muchos, muchos discursos. Toda esa pompa y ceremonial estaba ahora arruinada por la estúpida decisión de nueve ballenas autoritarias que habían preferido dejar los cadáveres librados a las olas de una tempestad salvando a la flota. ¡Imperdonable!

Se intentó forzar una condena a muerte bajo la magistratura de Sócrates pero, como vimos, la moción no prosperó. ¡Desplacen al fascista espartano de Sócrates! Sócrates fue desplazado. Ocho militares victoriosos, héroes de las Arginusas, condenados a muerte. Seis fueron efectivamente ejecutados. ¿A que no saben quién figuró entre ellos?. No lo adivinarían nunca. Entre los ejecutados estaba el último hijo del gran Pericles. El mismo Pericles que había contribuido decisivamente a consolidar la democracia en Atenas.

Jacques L.David: La muerte de Sócrates

Lo más inaceptable en la estereotipada versión oficial acerca de Atenas y Esparta es que, en último análisis, las diferencias entre ambos Estados - con ser importantes - no fueron tan múltiples como se afirma. Ambos tenían su Asamblea Popular, sus leyes, sus autoridades y sus magistrados. Atenas padeció a un buen montón de tiranos que no tuvieron absolutamente nada que envidiarle a la dureza de los éforos y ni hablemos del hecho que, en Atenas, los tiranos no resultaban pacíficamente relevados todos los años. Por otra parte, casi todos los grandes prohombres democráticos de Atenas provinieron de rancias familias oligárquicas eupátridas como en el caso de Arístides, Temístocles, Solón, Pericles y tantos, tantos, otros. La dicotomía entre la "popular" Atenas y la "aristocrática" Esparta es, básicamente, falsa de toda falsedad. Lo único cierto es que, en Esparta, se tenía respeto por la función y por la jerarquía de las distintas funciones mientras que, en Atenas, al igual que en buena parte de nuestro Occidente actual ese respeto, o se ignoraba, o se había perdido.

Para ilustrar en qué consiste ese respeto tenemos que volver a los hechos simples y básicos de la vida cotidiana sacando de ellos las conclusiones pertinentes con honestidad. Nadie subiría a un avión cuyo piloto fuese un aprendiz. Nadie se haría operar del corazón por un enfermero o por un hechicero africano. Nadie dejaría que un peón de albañil construyese una torre de quince pisos para oficinas. Cuando se trata de reparar su automóvil el profesor de física nuclear se subordina y se somete al dictamen del mecánico. Cuando se trata de un buen peinado la doctora en leyes se subordina de buen grado a la habilidad y criterio de su peluquero. Cuando se tiene que arreglar la dentadura, el médico se somete al criterio del odontólogo y cuando se tiene que curar los callos el odontólogo se subordina al criterio del pedicuro. En todas las situaciones, en todos los actos de nuestra vida cotidiana, vivimos ejerciendo nuestra autoridad en la medida en que lo requiere la función para la cual estamos capacitados y nos subordinamos a la autoridad de otras personas en aquellas funciones para las cuales no estamos capacitados. Lo hacemos tan automática y espontáneamente que ni nos damos cuenta de ello. Casi ni se nos ocurre sacar de este hecho conclusiones más amplias.

Deberíamos hacerlo, sin embargo. Porque hay un rubro en el cual tiramos este respeto por la borda y procedemos de un modo completamente arbitrario y hasta contrario. Ese rubro es la política. Fue justamente Pericles el que, para precisar la esencia de la democracia, dijo: "Bien es cierto que pocos de nosotros somos arquitectos de la política, pero todos somos buenos jueces de la misma". ¿Cómo demonios puede una persona ser buen juez de algo que no sabe construir?. El hijo de Pericles pagó con su propia vida el hecho de que su padre creyese en semejante estupidez y, aun así, nosotros insistimos alegremente en la misma tontería.

En todo lo que se refiere a la administración y al gobierno de los asuntos públicos afirmamos, igual que los atenienses, que todo el mundo tiene el mismo derecho a participar. En todo lo referido al Estado, cualquier Juan de los Palotes se cree con títulos suficientes para entrometerse, hablar, opinar, decidir y hasta gobernar. A nuestros presidentes no les exigirnos constitucionalmente más que cierta ciudadanía, cierta edad y - a veces - cierta religión. Permitimos y hasta exigimos que se les permita hablar de política a quienes no se han detenido ni cinco segundos a pensar sobre ningún aspecto fundamental del endiabladamente difícil arte de gobernar. Dejamos tranquilamente las decisiones más importantes en manos de una mayoría casual y generalmente ignorante. Aceptamos implícita y explícitamente que el voto de dos imbéciles vale más que la opinión fundada de una persona capaz. En una palabra, procedemos igual que los atenienses. En este sentido, realmente es muy cierto que heredamos nuestro sistema político de ellos.

Platón

Ante eso, no es de extrañar que un pensador del calibre de Platón se inspirase generosamente en el Estado espartano. Al margen ahora de la componente utópica en el pensamiento de Platón (que es grande, sin duda), hay varias ideas en su obra que aparecen estrechamente relacionadas con Esparta. Los estamentos básicos de la República de Platón, correctamente entendidos, deben considerarse como sectores sociales complementarios dedicados a las funciones específicas de la educación, la defensa y la alimentación, con todas las demás actividades derivadas de estas funciones. Este esquema no solamente resultó construido más tarde, durante el Medioevo, en la estructura típica de monjes, caballeros y campesinos. Preexistió en Esparta.

El modelo del Estado platónico es el espartano; nunca el ateniense. En Esparta, la alimentación estaba encargada a los helotas, bajo la supervisión y dirección de los periecos. Este estamento producía los alimentos, la vestimenta, los objetos de uso y consumo, además de los servicios indispensables a la comunidad. A los "guardianes" de Platón les corresponden los homoioi, a quienes se les ha encomendado la función de garantizar el orden interno y la seguridad externa de la comunidad. Por último, según Platón, los intereses científicos, religiosos y espirituales deben estar en la República ideal encomendados a los "filósofos", es decir: a los sabios. Aquí es dónde los historiadores, casi unánimemente, concurren a señalar que este estamento faltó en Esparta. La opinión de que Atenas habría ejercido el monopolio de la filosofía y la ciencia es, prácticamente, unánime.

Chilón, uno de los "Siete Sabios de Grecia"

Desgraciadamente el primero en no compartir esa opinión sería el propio Platón. En el Protágoras, Platón le hace decir a Sócrates que la ignorancia espartana es puro cuento. De hecho - siempre de acuerdo a Platón - en ninguna parte el amor por la sabiduría estuvo tan extendido como en Lacedemonia y en ninguna parte existieron tantos sabios como en Esparta. Lo que sucedió fue que, como vimos, los espartanos eran "lacónicos". Los sabios lacedemonios no padecieron de la logorrea ateniense. No escribían gruesos volúmenes ni se pasaban el día hablando y discutiendo como, dicho sea de paso, lo hacía el propio Sócrates. Los atenienses tuvieron algunos grandes sabios famosos. Los espartanos eran sabios. Esa es la diferencia.

Además, Platón nos cuenta que en Esparta incluso se simulaba la ignorancia como una especie de ardid para engañar a los extranjeros. No hay mayor dificultad en creerle. Hasta el día de hoy es común en el Levante la figura del pobre diablo, aparentemente ignorante y tonto, que al final termina desvalijando limpiamente a los desprevenidos turistas. Según el testimonio de Platón, los espartanos (y hasta las espartanas) cultivaban el saber con mucho celo, aun cuando después lo disimulasen. Hablando con cualquier espartano generalmente no se obtenía gran cosa más allá de algunos monosílabos y unas pocas banalidades. Pero, de pronto, aparecía una observación corta, precisa y certera como un latigazo, que dejaba al extranjero con la boca abierta. Platón llega hasta el extremo de afirmar que, bien mirada, la educación espartana estimaba en realidad más lo espiritual que lo corporal. Sorprendente sin duda, y probablemente un poco exagerado. Pero el hombre argumenta, no sin razón, que la certeza de juicio sólo es posible en seres humanos integralmente formados.

No olvidemos que Chilón - nada menos que uno de los Siete Grandes Sabios de Grecia - era espartano. Tampoco puede negarse que los otros seis eran grandes admiradores de Esparta. Y de todos ellos solamente Solón era ateniense. Tales era de Mileto; Pitaco, de Mitilene; Hias, de Priene; Cleóbulo, de Lindos y Misón era de Khen. Es muy cierto que otros autores suplantan a algunos de estos nombres por Periandro, Epiménides, Ferécides o Anacarsis. Pero Ferécides fue oriundo de Siros; Periandro fue tirano(!) de Corinto. Anacarsis era escita, se radicó en Atenas en el 590 AC y se hizo amigo de Solón a quien, por otra parte, costaría muy poco presentar como un dictador en el sentido romano del término. Epiménides era de Cnosos. Aún cuando corrijamos la lista de los Siete Sabios suministrada por Platón, no obtendríamos mucho mayor brillo para Atenas.

Es más que dudoso que los griegos de aquella época hubieran estado de acuerdo en catalogar a Atenas como la ciudad más culta de la Hélade. ¿La más internacional? ¡Indudablemente! ¿La más rica? Sí. ¿La más influyente? Es posible. Pero, ¿la más culta? ¿La más sabia? Lo dudo. Lo dudo muchísimo.

Apolo

La famosa frase de "conócete a ti mismo" es del espartano Chilón. La no menos conocida inscripción del Templo de Delfos - el Vaticano de la época - que rezaba: "Todo en su medida y armoniosamente", fue una ofrenda con la cual los espartanos honraron a Apolo. (En realidad, la traducción literal es mucho más lacónica. Dice tan sólo: "¡Nada en demasía!").

Y el culto a Apolo explica muchas cosas. Era el dios del Sol y de la Luz. Era El Radiante. Un joven vigoroso de mirada penetrante y cabellos dorados que volvía cada primavera de las regiones hiperbóreas en un carro tirado por cisnes al igual que su símil germánico Lohengrin. Apolo: el dios de la juventud y de la gimnasia; el dios de la guerra, la lucha, la carrera, la caza. Una deidad armada con casco, lanza y espada, igual que un hoplita.

Pero también Apolo, el patrono de los poetas y los juglares. El protector de la poesía y de la música. El dios que, coronado de laureles, se hacía rodear por las nueve musas para cantar y bailar al son de la citara.

Apolo el guerrero. Apolo el poeta. ¿Contradictorio?, ¡En absoluto!. Muchísimos excelentes poetas fueron grandes guerreros. El General Patton escribía poemas. Byron, además de deportista, político y aventurero, fue el jefe de los carbonarios de Pisa y terminó muriendo en Grecia, en medio de la guerra de la independencia que en 1822 los griegos libraron contra la dominación turca.

No me consta, pero estoy seguro que en algún momento de su vida Byron se acercó a alguno de los templos de Apolo y repitió el gesto que otrora tuvieron muchos espartanos. Apostaría a que, en algún momento, también Byron le llevó rosas a Apolo.

Porque a Apolo - aunque muchos no lo crean - le agradaban la guerra y las rosas.

Igual que a los espartanos.

 

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Denes Martos - Los Espartanos