H. P. Lovecraft - Cuentos 

La Editorial

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ÉL

Le vi una noche de insomnio, cuando paseaba desesperadamente, tratando de salvar mi alma y mis visiones. Mi traslado a Nueva York había sido una equivocación; porque al buscar el prodigio y la inspiración en los laberintos hormigueantes de calles antiguas que serpean interminablemente desde olvidados patios y plazas y muelles hasta patios y plazas y muelles olvidados también, y en las torres ciclópeas y pináculos que se yerguen negros y babilónicos bajo lunas menguantes, no había encontrado sino una sensación de horror y de opresión que amenazaba con dominarme, paralizarme y aniquilarme.

El desencanto había sido gradual. Al llegar por primera vez a la ciudad, la vi en el crepúsculo desde un puente, majestuosa por encima de las aguas, sus increíbles cúspides y pirámides alzándose delicadamente, como flores, entre estanques de bruma violeta, para jugar con las nubes encendidas y los luceros de la tarde. Luego se encendió, ventana tras ventana, por encima de las trémulas corrientes donde había linternas que cabeceaban y se deslizaban, y unos cuernos profundos emitían gemidos espectrales, y ella misma se convirtió en un estrellado firmamento de sueños, saturada de mágica música, e identificándose con las maravillas de Carcassonne y Samarcanda y El Dorado, y con todas las ciudades gloriosas y místicas. Poco después me llevaron por esos rincones antiguos, tan caros a mi fantasía: estrechos, tortuosos callejones y pasadizos donde parpadeaban las fachadas de rojo ladrillo georgiano con sus buhardillas de cristales pequeños sobre portales con columnas que en otros tiempos vieron doradas sillas de mano y decoradas carrozas..., y al descubrir, en mi primer entusiasmo, todas estas cosas largo tiempo deseadas, creí haber alcanzado efectivamente los tesoros que con el tiempo harían de mí un poeta.

Pero no iban a llegar a mí el éxito y la felicidad. La chillona luz del día reveló tan sólo mugre, nociva elefantiasis de piedra que se elevaba y se extendía, allí donde la luna había puesto encanto y magia antigua; y las multitudes de gentes que hervían por las calles en riadas estaban formadas por extranjeros rechonchos y atezados de rostro duro y ojos estrechos, extranjeros astutos, sin sueños ni afinidades con el paisaje de su entorno, y que jamás tendrían cosa alguna que ver con un hombre de ojos azules del antiguo pueblo que lleva las verdes callejuelas y los limpios y blancos campanarios de las villas de Nueva Inglaterra en el corazón.

Así que, en vez de la inspiración poética que había esperado, me llegó sólo una negrura estremecedora y una soledad indecible; y comprendí al fin la espantosa verdad que nadie se había atrevido jamás a formular - el inconfesable secreto de los secretos -: que esta ciudad hecha de piedra y de estridencias no es una perpetuación sensible del viejo Nueva York, como Londres lo es del viejo Londres y París del viejo París, sino que está completamente muerta; con el cuerpo imperfectamente embalsamado estaba con vida. Tan pronto como hice este descubrimiento, dejé de dormir tranquilo; sin embargo, recobré cierta resignada serenidad cuando, poco a poco, fui adquiriendo la costumbre de no pisar la calle durante el día y de salir sólo de noche, cuando la oscuridad invoca lo poco del pasado que aún subsiste de manera espectral, y los viejos portales blancos recuerdan las figuras vigorosas que en otro tiempo los cruzaron. Con esta especie de consuelo escribí algunos poemas, y hasta reprimí mis deseos de regresar con los míos, para no dar la impresión de que volvía arrastrándome en innoble fracaso.

Entonces, durante uno de estos paseos noctámbulos, conocí al hombre. Fue en un patio tenebroso y oculto del barrio de Greenwich, donde me había instalado en mi ignorancia, ya que había oído decir que aquel sitio era el hogar natural de los poetas y los artistas. Efectivamente, me encantaron las arcaicas callejuelas y las inesperadas plazoletas y patios; y cuando descubrí que los poetas y los artistas eran unos pretenciosos vociferantes cuya originalidad es toda oropel y cuyas vidas son la negación de toda la pura belleza que es la poesía y el arte, seguí viviendo allí por amor a esas cosas venerables. Las imaginaba como fueron al principio, cuando Greenwich era un pueblecito apacible aún no absorbido por la ciudad; y en las horas previas al amanecer, cuando todos los trasnochadores se habían escabullido, solía vagar a solas por los rincones misteriosos y meditar sobre los curiosos arcanos que las generaciones debieron de depositar allí. Esto me mantenía viva el alma, y me proporcionaba algunos de esos sueños y visiones por los que clamaba el poeta que había en lo más profundo de mí.

El hombre me abordó hacia las dos, una nublada madrugada de agosto, cuando deambulaba yo por una serie de patios independientes, ahora accesibles sólo por unos pasajes oscuros que cruzaban los edificios que se interponían, aunque en otro tiempo formaron parte de una red continua de callejas pintorescas. Había oído hablar de esos patios vagamente, y comprendí que hoy no debían de figurar ya en ningún plano; pero el hecho de que hubieran sido olvidados sólo los hacía más atractivos para mí, de forma que los buscaba con redoblado interés. Y ahora que los había encontrado mi ansiedad aumentó aún más, pues su disposición indicaba de algún modo que quizá eran éstos sólo unos pocos de un conjunto más vasto, sus duplicados encajonados entre altas y lisas paredes y desiertas viviendas traseras, u ocultos y sin luces de algún arco, respetados por las hordas de lenguas extranjeras y protegidos por furtivos y reservados artistas cuyas actividades no invitan a la publicidad y a la del día.

Me habló, sin que yo le hubiera dado pie para ello, al observar mi actitud y el interés con que miraba puertas con aldaba situadas en lo alto de las escaleras barandilla de hierro, iluminándome entonces la cara el pálido resplandor que salía por los dinteles ornamentales. La suya quedaba en la sombra, y llevaba un sombrero de ala ancha que, en cierto modo, armonizaba perfectamente con la anticuada capa que lucía; pero me sentí vagamente inquieto aun antes de que dijera nada. Su figura era muy delgada - de una delgadez casi cadavérica -, y su voz resultó ser excepcionalmente suave y cavernosa aunque no especialmente profunda. Dijo que me ha estado observando durante algunos de mis vagabundeos y había notado que amaba como él los vestigios de tiempos pasados. ¿No me gustaría que me guiara alguien muy experto en estas exploraciones, y con una información sobre tales lugares mucho mayor que la que un recién llegado podía conseguir? Mientras hablaba, vi fugazmente su rostro a la luz amarillenta de una ventana solitaria que brillaba en una buhardilla. Era un semblante noble, incluso hermoso, anciano, y mostraba los signos distintivos de un linaje y refinamiento poco común en esa época y lugar. Sin embargo, tenía cierta calidad que me producía desasosiego casi en la misma medida en que me agradaba su semblante: quizá era demasiado pálido, o desentonaba excesivamente mente con la ciudad, para que yo me sintiera cómodo o a gusto. No obstante, le seguí, pues, en aquellos días monótonos, mi búsqueda de antiguas bellezas y misterios era lo único que mantenía viva mi alma, y me parecía un raro favor del Destino toparme con alguien cuyas excursiones parecían haber llegado mucho más allá que las mías.


Hubo algo en la noche que obligó al hombre de la capa a guardar silencio, y durante una hora larga me guió sin conversaciones superfluas, haciendo tan sólo brevísimos comentarios sobre nombres antiguos y fechas y cambios, e invitándome a caminar con un gesto amplio al adentrarnos por estrechas aberturas. Cruzamos de puntillas algunas travesías, saltamos alguna tapia de ladrillo, hasta que nos internamos a gatas por un pasadizo de piedra bajo y abovedado, cuya inmensa longitud y tortuosas revueltas borraron al fin las referencias de situación geográfica que hasta ahora había procurado yo conservar. Las cosas que vimos eran muy viejas y maravillosas, o al menos lo parecían, iluminadas por los escasos rayos de luz que nos las hacían visibles; jamás olvidaré las vacilantes columnas góticas, las pilastras estriadas y postes de verja hechos de hierro fundido y rematados con urnas, las ventanas de amplios dinteles y decorativos montantes en abanico más originales y extraños cada vez a medida que nos internábamos en este interminable laberinto de desconocida antigüedad.

No nos cruzamos con nadie y, a medida que pasaba el tiempo, se fueron haciendo más escasas las ventanas iluminadas. Los faroles de las calles que vimos al principio eran de aceite, y tenían la antigua forma de rombo. Después observé que algunos eran de vela; por último, después de atravesar a oscuras un patio horrible, por donde mi guía tuvo que conducirme con su mano enguantada, a través de la más absoluta negrura, hasta una estrecha puerta de madera abierta en un alto muro, llegamos a un callejón alumbrado sólo por faroles espaciados cada siete casas; faroles de lata increíblemente coloniales, con la parte superior cónica y agujeros a los lados. El callejón subía en una cuesta empinada - más empinada de lo que yo habría supuesto en esta parte de Nueva York -, y al final estaba bloqueado por el muro tapizado de hiedra de una propiedad particular, detrás del cual pude distinguir una pálida cúpula y las copas de unos árboles que se balanceaban contra la vaga claridad del cielo. En este muro había una puerta baja, arqueada, de negro roble y tachonada de clavos, que el hombre procedió abrir con una pesada llave. Invitándome a pasar, abrí la marcha, en medio de la más completa oscuridad, lo que parecía ser un sendero de grava, y finalmente subimos por una escalera de piedra hasta la puerta de la casa, que también abrió para mí.

Entramos; y al hacerlo sentí que iba a desmayarme causa del intenso olor a aire estancado que nos recibe y que debía de ser fruto de malsanos siglos de descomposición. Mi anfitrión pareció no notarlo, y yo no dije nada por cortesía.

Subimos por una escalera que describía una curva, cruzamos un salón y pasamos a una habitación cuya puerta oí que cerraba con llave detrás de nosotros. Luego le vi correr las cortinas de tres ventanas cuyos cristales pequeños apenas eran visibles sobre el cielo que comenzaba a clarear; a continuación se dirigió a la chimenea, golpeó el pedernal con un eslabón, encendió dos velas de un candelabro de doce brazos y me hizo seña que hablara bajo.

A este débil resplandor descubrí que estábamos en una amplia biblioteca, bien amueblada y revestida de madera que databa del primer cuarto del siglo XVIII con espléndidos frontones en la entrada, una encantadora cornisa dórica y una chimenea con magníficos relieves, rematado con volutas y urnas. Sobre las estanterías, a lo largo de las paredes, había a intervalos retratos de familia de buena factura, todos deslustrados y sumidos en enigmática oscuridad, y con un inequívoco parecido con el hombre que ahora me indicaba una butaca junto a una graciosa mesa Chippendale. Antes de sentarse al otro lado, frente a mí, mi anfitrión se detuvo un momento como con embarazo; luego, quitándose lentamente los guantes, el sombrero y la capa, se mostró teatralmente con un traje claramente del período georgiano, desde la coleta y la chorrera del cuello, a los calzones, calzas de seda y zap con hebilla en que yo no había reparado antes.

Luego, sentándose parsimoniosamente en una silla con respaldo en forma de lira, empezó a mirarme con atención.

Sin el sombrero, adquirió un aspecto de extrema vejez hasta entonces apenas visible, y me preguntó si no sería esta huella inadvertida de singular longevidad una de las causas de mi desasosiego. Cuando habló al fin, noté que su voz suave, profunda, cuidadosamente amortiguada, temblaba con cierta frecuencia; a veces me costaba seguirle, mientras le escuchaba con una sensación de asombro, y con una inconfesada alarma que me aumentaba a cada instante. - Está usted, señor - empezó a decir mi anfitrión -, ante un hombre de costumbres muy excéntricas, que no necesita disculpar su indumentaria ante una persona de su ingenio e inclinaciones. Pensando en tiempos mejores, no he tenido el menor escrúpulo en estudiar sus costumbres y en adoptar su atuendo y sus modales; capricho que no ofende a nadie si se practica sin ostentación.

He tenido la buena fortuna de conservar el solar rural de mis antepasados, aunque ha quedado encerrado por dos ciudades; primero por Greenwich, que llegó hasta aquí después de 1800, y luego por Nueva York, que se la anexionó hacia 1830. Tenía muchos motivos para conservar este lugar estrechamente unido a mi familia, y en ningún momento me he descargado de tales obligaciones. El propietario que tomó posesión de él en 1768 estudió ciertas artes e hizo ciertos descubrimientos, todos ellos relacionados con influjos que residían en este trozo concreto de terreno, y eran dignos de la más estrecha custodia. Ahora deseo mostrarle algunos efectos singulares de estas artes y descubrimientos, bajo el más estricto secreto; creo que puedo fiarme lo bastante de mi apreciación de los hombres como para saber que cuento con su interés y su discreción.

Calló un momento, y yo no pude hacer otra cosa que asentir con un movimiento de cabeza. He dicho que me sentía alarmado; sin embargo, para mí no había nada más devastador que el mundo material y diurno de Nueva York, y tanto si este hombre era un excéntrico inofensivo, o un experto en artes peligrosas, no tenía otra elección que seguirle y satisfacer mis ansias de asombro, fuera lo que fuese lo que él tuviera que ofrecer. Así que presté atención.

- A... mi antepasado - prosiguió en voz baja - le parecía que había ciertas cualidades excepcionales en la voluntad del ser humano; cualidades de un poder insospechado, no sólo sobre los actos del propio yo y del de los demás, sino sobre toda clase de fuerza y sustancia de la Naturaleza, y sobre muchos elementos y dimensiones considerados más universales que la propia Naturaleza. ¿Puedo decir que se burlaba de la santidad de cosas tan grandes como el espacio y el tiempo, y que dio extraños usos a los ritos de determinados pieles rojas mestizos que en el pasado solían acampar en esta colina? Estos indios se irritaron mucho cuando se construyó el edificio, y se volvieron insoportablemente tercos en su afán de visitar sus jardines durante el plenilunio.

Durante años entraron subrepticiamente, saltando la tapia cada mes, cuando podían, para ejecutar determinadas ceremonias secretas. Luego, en el 68, el nuevo propietario les sorprendió in fraganti, y se quedó paralizado ante lo que vio. A partir de entonces negoció con ellos, permitiéndoles el libre acceso a sus terrenos a cambio de que le revelasen el sentido profundo de sus actos; y se enteró entonces de que parte de esta costumbre la habían heredado de sus antepasados pieles rojas, y, parte, de un viejo holandés de los tiempos de los Estados Generales. Y, ¡maldita sea!, me temo que el propietario debió de suministrarles un ron monstruosamente malo - intencionadamente o no -, y una semana después de conocer el secreto era el único hombre vivo que lo conocía.

Usted, señor, es el primer extraño que sabe de la existencia de tal secreto, y que me parta un rayo si me hubiese atrevido yo a hablar de... esos poderes... de no haberle visto tan tremendamente interesado por las cosas del pasado.

Me estremecí al notar al hombre cada vez más locuaz, y al ver que su forma de hablar era bastante anticuada. Prosiguió: - Pero sepa, señor, que lo que... el propietario logró aprender de aquellos salvajes mestizos representaba sólo una pequeña parte de lo que después llegó a saber. No en vano había estudiado en Oxford, y había tratado con un antiguo químico y astrólogo de París. En resumidas cuentas, se dio cuenta de que el mundo no era sino el humo de nuestros intelectos; estaba fuera del alcance del vulgo, pero los sabios podían exhalarlo o inhalarlo como una bocanada de antiguo tabaco de Virginia. Aquello que queremos, podemos hacerlo surgir a nuestro alrededor; y lo que no, podemos hacerlo desaparecer. No pretendo que cuanto diga sea cierto en todos los sentidos; sin embargo, es lo bastante cierto como para proporcionar un precioso espectáculo de cuando en cuando. Supongo que le encantaría tener, de determinadas épocas, una visión más clara de la que puede proporcionarle su imaginación; así que le ruego que deseche cualquier temor ante lo que me propongo enseñarle. Venga a la ventana, y no hable.

A continuación, mi anfitrión me cogió de la mano y me llevó a una de las dos ventanas que se abrían a un lado de la larga y maloliente estancia; y el contacto de sus dedos me transmitió un frío que me recorrió todo el cuerpo. Su carne, aunque seca y firme, tenía la calidad del hielo, y estuve a punto de zafarme de su presa. Pero nuevamente pensé en el vacío y el horror de la realidad, y me dispuse intrépidamente a seguirle adonde quisiera llevarme. Una vez en la ventana, el hombre descorrió las cortinas de seda amarilla y me indicó que mirase hacia la oscuridad exterior. Durante un instante, no vi nada, aparte de una miríada de lucecillas vacilantes allá lejos, muy lejos. Luego, como en respuesta a un movimiento insidioso de la mano de mi anfitrión, un relámpago jugó por encima del paisaje, y descubrí que me asomaba a un mar de lujuriante follaje - de follaje no contaminado -, y no a un mar de tejados, como habría esperado cualquier mente normal. A mi derecha, el Hudson brillaba perversamente; y más allá, frente a mí, observé el centelleo malsano de una inmensa marisma constelada de nerviosas luciérnagas. Se apagó el relámpago, y una sonrisa maligna iluminó el cerúleo rostro del viejo nigromante.

- Eso fue antes de mis tiempos.... antes de los tiempos del nuevo propietario.

Pero probemos otra vez.

Sentí que me abandonaban las fuerzas, más aún que ante la odiosa modernidad de aquella ciudad maldita.

-¡Dios mío! - murmuré -; ¿puede hacer eso con cualquier época? Y al verle asentir, y descubrir los negros tocones de lo que en otro tiempo fueron dientes amarillos, me agarré a las cortinas para evitar caerme. El me sujetó con su garra fría y terrible, y repitió su gesto insidioso.

Nuevamente surgió un relámpago.... pero esta vez iluminó un paisaje no del todo extraño. Era Greenwich; el Greenwich de otros tiempos, con algún que otro tejado o fila de fachadas aquí y allá, tal como los vemos hoy, aunque con verdeantes callejas y prados y herbosas zonas comunales. La marisma seguía brillando más allá; pero a lo lejos vi los campanarios de lo que entonces era todo Nueva York, con las iglesias de la Trinidad, San Pablo y la llamada Brick Church dominando a sus hermanas, y una débil neblina de humo de leña extendiéndose por encima de todo. Aspiré profundamente, aunque no tanto por la visión misma como por las posibilidades que evocó mi imaginación aterrada.

-¿Podría.... se atrevería... a alejarse más? - dije con temor; y creo que él compartió este temor durante un segundo, pero recobró su sonrisa malévola.

-¿Alejarme más? ¡Lo que yo he visto le dejarla a usted petrificado! ¡Tanto hacia atrás, muy atrás, como hacia adelante, muy adelante..., ¡mire, estúpido pusilánime! Y al tiempo que gruñía esta frase para sí, hizo un nuevo gesto, provocando en el cielo un relámpago más cegador que los dos anteriores. En espacio de tres segundos enteros pude ver una visión pandemónica, y en esos segundos contemplé un paisaje que en adelante atormentará siempre mis sueños. Vi los cielos infestados de extraños seres voladores y, por debajo de ellos, una ciudad negra e infernal de gigantescas terrazas de piedra, impías pirámides que se elevaban salvajemente hasta la luna, e innumerables ventanas iluminadas con luces demoníacas. E, hirviendo de forma nauseabunda en aéreas galerías, vi a las gentes amarillas y de ojos rasgados que poblaban esa ciudad, vestidas horriblemente de rojo y naranja y danzando insensatamente al son febril de unos timbales, al son del estrépito obsceno de los crótalos y el gemido maníaco de unos cuernos apagados cuyo incesante gemido subía y bajaba, ondulante como las olas de un océano impío de betún.

Vi este espectáculo, digo, y oí con los oídos de la mente el blasfemo pandemónium de cacofonía que lo acompañaba. Era la estridente materialización de todo el horror que la ciudad cadáver había agitado siempre en mi alma; y olvidando la advertencia de que permaneciese callado, grité y grité y grité, hasta que mis nervios se desmoronaron y los muros temblaron a mi alrededor.

Luego, cuando el relámpago se apagó, vi que mi anfitrión temblaba también; una expresión de sobrecogido horror medio borraba la acerada contracción de furia que mis gritos habían provocado en él. Se tambaleó, se agarró a las cortinas como había hecho yo antes, y agitó la cabeza salvajemente como un animal atrapado. Bien sabe Dios que tenía motivos; porque al apagarse el eco de mis gritos, se oyó un rumor tan infernalmente sugerente que sólo la entumecida emoción me mantuvo consciente y dueño de mis sentidos. Era el crujido incesante y solapado de la escalera que había al otro lado de la puerta, como si subiese por ella una horda de pies descalzos o calzados con mocasines; finalmente, se oyeron las firmes y cautelosas sacudidas del picaporte de latón, que centelleó a la débil luz de las velas. El anciano arañó, escupió hacia mí, en el aire mohoso, y me ladró cosas al tiempo que oscilaba agarrado a la cortina amarilla: -¡La luna llena.... maldito... per... perr.. perro escandaloso.... tú los has llamado, y vienen por mí! ¡Pies con mocasines... de los muertos.... que Dios os confunda, demonios de piel roja! Yo no envenené vuestro ron..., ¿acaso no he conservado a salvo vuestra magia ruin? Bebisteis hasta poneros enfermos, y ahora queréis echarle la culpa al propietario.... ¡fuera! Soltad el picaporte.... aquí no tenéis nada que hacer...

En aquel instante, tres golpes espaciados y muy deliberados sacudieron los entrepaños de la puerta; y un blanco espumarajo afloró a la boca del mago frenético. Su pavor, convirtiéndose en férrea desesperación, dio lugar a que renaciera su furia contra mí; dio un paso tambaleante hacia la mesa en cuyo extremo me apoyaba yo. Se puso tirante la cortina que sujetaba su mano derecha, mientras que con la izquierda arañaba en el aire hacia mí, pero al final se desprendió de la alta barra que la sujetaba, dejando entrar en la habitación un torrente de resplandor de la luna llena que el cielo, cada vez más claro, había presagiado. Aquellos rayos verdosos hicieron palidecer las velas, y un nuevo aspecto de descomposición se extendió por la mohosa habitación, con el artesonado carcomido, el suelo combado, la chimenea ruinosa, los muebles desvencijados y las colgaduras harapientas. Y alcanzó al anciano también, acaso por la misma razón, o debido a su miedo y vehemencia, y le vi encogerse y ennegrecerse mientras se tambaleaba y trataba de destrozarme con sus garras de buitre. Sólo sus ojos permanecían incólumes, y miraban con una saltona, dilatada incandescencia que iba en aumento al tiempo que su rostro se carbonizaba y consumía.

Se repitieron los golpes con más insistencia, y esta vez sonaron a metal. La negra entidad que tenía delante había quedado reducida a una cabeza con ojos que trataba impotente de arrastrarse por el suelo combado en dirección a mí, y lanzaba de cuando en cuando pequeños escupitajos de malicia inmortal. Ahora arreciaron los rápidos y demoledores golpes contra los endebles entrepaños, los astillaron, y vi el centelleo de un tomahawk al hender la madera destrozada. No me moví, porque no me sentí capaz; pero observé atontado mientras la puerta caía destrozada en medio del flujo de una sustancia negra salpicada de ojos relucientes y malévolos. Se derramó como una espesa marea de aceite, reventó un tabique carcomido, volcó una silla al extenderse y finalmente se desparramó por debajo de la mesa y por todo el suelo de la habitación como buscando la ennegrecida cabeza cuyos ojos seguían mirándome. Se cerró- en torno a ella, y la engulló totalmente; un momento después empezó a retroceder, llevándose a su invisible presa sin tocarme a mí; se desplazó hacia la puerta, y se retiró hacia la escalera cuyos peldaños crujieron como antes, aunque en orden inverso. Luego, finalmente, cedió el suelo, y me precipité sin aliento en la oscura cámara de abajo, atestada de telarañas, medio desvanecido de terror. La luna verde, brillando a través de las rotas ventanas, me reveló la puerta del salón medio abierta; y mientras me levantaba del suelo sembrado de cascotes y me libraba del techo cálido, vi pasar el torrente espantoso de negrura y centelleante de ojos siniestros y relucientes. Buscaba la puerta del sótano, y, al encontrarla, desapareció por ella. Ahora noté que el suelo de esta otra habitación inferior estaba cediendo igual que el de la habitación superior; a continuación sonó un estallido arriba que fue seguido por la caída de algo que vi pasar por la ventana de poniente, y que debía de estar en la cúpula.

Desembarazado de los escombros, crucé el piso y corrí hacia la puerta; al comprobar que no podía abrirla, agarré una silla, rompí la ventana y salté frenéticamente por ella al césped descuidado donde la luz de la luna danzaba sobre la maleza y la yerba crecida. La tapia era alta, y todas las entradas estaban cerradas con llave; pero ayudándome con un montón de cajones que había en un rincón, conseguí trepar a lo alto y sujetarme a una gran urna de piedra que allí había.

En mi agotamiento, no vi a mi alrededor más que extrañas paredes y ventanas y viejas techumbres holandesas. No descubrí en ninguna parte la empinada calle por la que había subido al llegar, y lo poco que conseguí distinguir quedó sumergido rápidamente en la niebla que subía del río, a pesar del resplandor de la luna. De repente, la urna a la que me había sujetado empezó a temblar, como si compartiese mi vértigo mortal; y un instante después se soltó mi cuerpo, precipitándose no sé a qué destino.

El hombre que me encontró dijo que debí de arrastrarme durante largo trecho, a pesar de mis huesos rotos, ya que había dejado un rastro de sangre hasta donde él se había atrevido a mirar. La lluvia que comenzaba a caer borró muy pronto esta conexión con el escenario de mi ordalía, y los informes sólo pudieron determinar que salí de algún lugar desconocido, llegando hasta la entrada de un patio pequeño y oscuro frente a Perry Street.

Jamás he intentado volver a esos laberintos tenebrosos, ni enviaría allí a ningún hombre en su sano juicio. No tengo idea de qué ser era aquél; pero repito que la ciudad está muerta y llena de horrores insospechados. No sé adónde habrá ido; yo he regresado a casa, a las callejuelas puras de Nueva Inglaterra por las que corre la suave brisa marina al atardecer.


EN LA CRIPTA

Dedicado a C.W. Smith, que sugirió la idea central

Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la psicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco. Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía completamente de parientes.

Birch, antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo un rústico y primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de gente. Lo que he oído sobre sus métodos resulta increíble, al menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se había estremecido de haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en materias tan escabrosas como el apropiarse de los forros, invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que daba al disponer y adaptar los miembros no visibles de sus inquilinos sin vida a unos recipientes no siempre calculados con exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado, insensible y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera mala persona. Era, sencillamente, tosco de temperamento y profesión... bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos de imaginación que mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos límites fijados por el buen gusto.

No sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy un relator avezado. Supongo que puede empezar en el frío Diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los sepultureros descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera. Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante escasas, por lo que fue imposible dar a todas las cargas inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y anticuado mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel tiempo amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido. Nunca había colocado juntos tantos ataúdes flojos y contrahechos, o abandonado más flagrantemente el cuidado del oxidado cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a portazos, con el más negligente abandono.

Al fin llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente habilitadas para los nueve silenciosos frutos del espantoso cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch, aun temiendo el fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una desagradable mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un mortal inquilino en su eterno descanso, por culpa de una tremenda lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de Darius Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del mortuorio. Birch decidió que, el día siguiente, empezaría con el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba cerca; pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no volviendo al trabajo hasta el día 15, Viernes Santo. No siendo supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que pasó se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico sexto día de la semana. Desde luego, los sucesos de aquella noche cambiaron enormemente a George Birch.

La tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con caballo y carro, dispuesto a trasladar el cuerpo de Matthew Fenner. Él admite que en aquellos momentos no estaba del todo sobrio, aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría más tarde, tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo lo bastante mareado y descuidado como para fastidiar a su sensible caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste relincho y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión anterior, cuando le molestó la lluvia. El día era claro, pero se había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el vestíbulo de la cripta. Otro no podría haber soportado la húmeda y olorosa estancia, con los ocho ataúdes descuidadamente colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo cuidaba de poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente. No había olvidado las críticas suscitadas por los parientes de Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de ésta al cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en la caja al juez Capwell bajo su lápida.

La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por error el ataúd de Asaph Sawyer, a pesar de que era muy similar. De hecho, había fabricado aquella caja para Matthew Fenner, pero la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto de curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán amable y generoso fue con él el pequeño anciano durante su bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo como para guardarse el ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no era un hombre amable y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano temperamento vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o fingidas. Con él, Birch no sintió remordimientos cuando le asignó el destartalado ataúd que ahora apartaba de su camino, buscando la caja de Fenner.

Fue justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se cerró de un portazo, empujada por el viento, dejándolo en una penumbra aún más profunda que la de antes. El angosto tragaluz admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el ventiladero sobre su cabeza virtualmente ninguna, así que se vio obligado a un profano palpar mientras hacía un trastabilleante camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre agitó el mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó por qué el enorme portón se había vuelto repentinamente tan recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a comprender la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no pudo más que darle una réplica, aunque poco amistosa. Porque el pestillo tanto tiempo descuidado se había roto sin duda, dejando al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su propia desidia.

Aquello debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo de temperamento flemático y práctico, no gritó durante mucho tiempo, sino que procedió a buscar algunas herramientas que recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que sintiera todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el solo hecho de verse atrapado tan lejos de los caminos transitados por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no ser que la suerte llevase en aquellos momentos a algún caminante hasta las cercanías, debería quedarse allí toda la noche o más tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y, seleccionando martillo y cincel, Birch regresó, entre los ataúdes, a la puerta. El aire había comenzado a ser excesivamente malsano, pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba, medio a tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo. Hubiera dado lo que fuera por tener una linterna o un cabo de vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio a ciegas.

Cuando se cercioró de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al menos para herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones tenebrosas de luz, Birch buscó alrededor otra forma de escapar. La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el angosto túnel de ventilación del techo corría a través de algunos metros de tierra, haciendo que esta dirección fuera inútil de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y en forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba pensar en que podría ser ensanchado por un trabajador diligente, de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él mientras se estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había nada parecido a una escalera en aquella tumba, y los nichos para ataúdes situados a los lados y el fondo —que Birch apenas se molestaba en utilizar— no permitían trepar hasta encima de la puerta. Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños, y, mientras consideraba aquello, especuló sobre la mejor forma de colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso, permitirían alcanzar el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable posible. Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que las unidades de su planeada escalera hubieran sido hechas con firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación como para desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa.

Finalmente, decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar sobre ellos dos pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que serviría de plataforma. Tal estructura permitiría el ascenso con un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor, pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar todo, dejando uno libre, que podría ser colocado en lo alto en caso de que tal forma de escape necesitase aún mayor altitud. Y, de esta forma el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo, desplazando los inertes restos de mortalidad sin la menor ceremonia, mientras su Torre de Babel en miniatura iba ascendiendo piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaron a rajarse bajo el esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construido ataúd del pequeño Matthew Fenner para la cúspide, de forma que sus pies tuvieran una superficie tan sólida, como fuera posible. En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para seleccionar la caja adecuada y, de hecho, la encontró por accidente, ya que llegó a sus manos como a través de alguna extraña volición, después de que la hubiera colocado inadvertidamente junto a otra en el tercer piso.

Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos descansaron un rato, durante el que se sentó en el último peldaño de su espantable artefacto; luego, Birch ascendió cautelosamente con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los bordes eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que, con unos pocos golpes de cincel, se abriría lo bastante como para permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear con el martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría haber sido tanto de aliento como de burla. Cualquiera de los dos supuestos hubiera sido apropiado, ya que la inesperada tenacidad de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los mortales, aparte de motivo de una tarea cuya ejecución necesitaba cada estímulo posible.

Llegó el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora sobre todo el tacto, ya que nuevas nubes cubrieron la luna y, aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura. Estaba seguro que se podría tenerlo listo a medianoche... aunque era una característica suya el que esto no contuviera para él implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la hora, el lugar y la compañía que tenía bajo sus pies, despedazaba filosóficamente el muro de piedra, maldiciendo cuando le alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno daba en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del ciprés. Al final, el agujero fue lo bastante grande como para intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no necesitaba apilar otro para conseguir la altura adecuada, ya que el agujero se encontraba exactamente en el nivel apropiado, siendo posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera.

Debía ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el tragaluz. Cansado y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó al suelo y se sentó un momento en la caja del fondo a tomar fuerzas para esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior. El hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma casi extraña, y él deseó vagamente que parara. Se sentía curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y casi espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente corpulencia de la temprana media edad. Mientras ascendía por los astillados ataúdes sintió con intensidad su peso, especialmente cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado crujir que presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer, había planificado en vano elegir el más sólido de los ataúdes para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro sobre algo que no quería ni imaginar. Enloquecido por el sonido, o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo lanzó un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se lanzó enloquecido a través de la noche, con la carreta traqueteando enloquecidamente a su zaga.

Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto. Asiendo los bordes de la abertura, tratando de auparse cuando notó un extraño impedimento en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un medio desmayo.

El instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el arrastrar que siguió, cayó con un golpetazo sobre el húmedo terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente luna debió presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus sangrantes tobillos hacia la portería del cementerio; los dedos hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin pensar, y el cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre cuando uno es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No obstante, era evidente que no había perseguidor alguno, ya que se encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda respondió a sus débiles arañazos en la puerta.

Armington ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo pequeño, Edwin, a buscar al doctor Davis. El herido estaba plenamente consciente, pero no pudo decir nada coherente, sino simplemente musitar: "¡Ah, mis tobillos!" "Déjame", o "Encerrado en la tumba". Luego llegó el doctor con su maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al paciente la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos tobillos estaban espantosamente lacerados en torno a los tendones de Aquiles, parecieron desconcertar sobremanera al viejo médico y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los miembros lacerados, vendándolos como si desease perder de vista las heridas lo antes posible.

Siendo, como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y espantoso interrogatorio resultó de lo más extraño, intentando arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de su horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber si Birch estaba seguro —absolutamente seguro— de que era el ataúd de Fenner en la penumbra, y de cómo había distinguido éste del duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un profesional con larga experiencia en el pueblo, había estado en ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a Sawyer en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el funeral de éste último, cómo el vengatico granjero podría caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner.

Davis se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en todo momento que sus heridas eran producto enteramente de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qué más, añadió, podría probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir tan poco como pudiera y en no dejar que otro médico tratase sus heridas. Birch tuvo en cuenta tal recomendación el resto de su vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices —antiguas y desvaídas como eran— convine en que había obrado juiciosamente. Quedó cojo para siempre, porque los grandes tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la cojera de su espíritu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba indeleblemente afectada y resultaba penoso notar su respuesta a ciertas alusiones fortuitas como "viernes", "tumba", "ataúd", y palabras de menos obvia relación. Su espantado caballo había vuelto a casa, pero su ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo recomido por algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con una extraña y tardía clase de remordimiento por antiguas atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que trataba de aliviar.

Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna y fue al viejo mortuorio. La luna brillaba en los dispersos trozos de ladrillo y en la roída fachada, así como en el picaporte de la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior. Fortificado por antiguas ordalías en salas de dirección, el doctor entró y miró alrededor, conteniendo la náusea corporal y espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó una vez, y luego lanzó un boqueo que era más terrible que cualquier grito. Después huyó a la casa y rompió las reglas de su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una serie de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como el siseo del vitriolo.

—¡Era el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes, con esa falta de incisivos superiores... ¡Nunca, por dios, muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante corrompido, pero si alguna vez he visto un rostro vengativo... o lo que fue un rostro... ya sabe que era como un demonio vengativo... cómo arruinó al viejo Raymond treinta años después de su pleito de lindes, y cómo pateo al perrillo que quiso morderle el agosto pasado... era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de revancha puede vencer a la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera fijado en mí!.

—"¿Por qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no lo reprocho que le diera un ataúd de segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía con apretujarlo de alguna manera ahí, pero usted sabía cuán pequeño de cuerpo era el viejo Fenner.

—"Nunca podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió de patalear fuerte, porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo. Su cabeza se había roto, y todo estaba desparramado. Mira que he visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos, Birch, usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo otro era peor... ¡Esos tobillos aserrados para hacerle caber en el ataúd desechado de Matt Fenner!


EN LOS MUROS DE ERIX

Antes de intentar descansar escribiré unas notas preliminares para el informe que debo redactar. Lo que he descubierto es tan singular, y tan opuesto a todas las pasadas experiencias y suposiciones, que merece una descripción muy cuidadosa.

Llegué al campo de aterrizaje principal de Venus el 18 de marzo, según el cómputo terrestre; el 9, VI según el calendario de ese planeta. Cuando me destinaron al grupo de Miller, recibí mi equipo -junto con un reloj adaptado a la rotación ligeramente más rápida de Venus- y efectué los usuales ejercicios con la máscara. Dos días después me declararon apto para el servicio.

Salí del puesto que la Crystal Company tiene en Terra Nova hacia el amanecer de 12, VI y seguí la ruta sur que Anderson había trazado desde el aire. El camino era malo, ya que estas selvas se vuelven casi impracticables después de la lluvia.

Debe de ser la humedad lo que da a las enmarañadas enredaderas y plantas de tallo rastrero esa resistencia correosa; una resistencia tan grande que se tarda unos diez minutos en cortarlas con el cuchillo. Hacia mediodía, el tiempo era algo más seco; la vegetación se volvió más suave y elástica, de forma que el cu- chillo la cortaba con facilidad, pero ni aun entonces lograba ir más de prisa.

Estas máscaras Carter de oxígeno son demasiado pesadas: sólo llevarlas puestas dejan medio agotado a un hombre normal. La máscara Dubois, con depósito- esponja en vez de cilindros, proporciona un aire igual de bueno con la mitad de peso.

El detector de cristales parecía funcionar bien, e indicaba constantemente una dirección que confirmaba el informe de Anderson. Es curioso cómo funciona ese principio de afinidad, sin ninguna de las imposturas del género de las viejas "varitas de zahorí" terrestres. Debe de haber un gran yacimiento de cristales dentro de un área de unas mil millas, aunque supongo que esos condenados hombres-lagartos estarán al acecho, vigilando. Puede que nos consideren estúpidos por venir a Venus en busca de material, igual que nosotros los consideramos a ellos por arrastrarse en el carro cada vez que encuentran un cristal, o por tener ese enorme ejemplar en un pedestal, en su templo. Me gustaría que adoptasen una nueva religión, dado que los cristales no les sirven más que para rezar ante ellos. Suprimida la teología, nos dejarían coger cuantos quisiéramos; y aun cuando aprendiesen a aprovechar su poder, habría más que suficientes para su planeta y para la Tierra. Yo al menos estoy harto de tener que renunciar a los yacimientos importantes y buscar sólo cristales aislados en el lecho de los ríos de la selva. Alguna vez elevaré una petición para que se elimine a estos miserables seres escamosos con un ejército bien pertrechado que venga de casa. Unas veinte naves podrían traer tropas suficientes para terminar con el problema. No se puede considerar personas a estos seres, a pesar de sus "ciuda- des" y sus torres. No tienen habilidad más que para construir - y utilizar espadas y dardos envenenados-, y no creo que sus supuestas "ciudades" representen mucho más que los hormigueros o los diques de los castores. Dudo que tengan siquiera un verdadero lenguaje... Toda esa palabrería sobre su comunicación psíquica a través de los tentáculos que poseen en la parte inferior del pecho no me parece más que paparruchas. Lo que engaña a la gente es su postura erecta, lo que no es más que una mera semejanza accidental con el hombre terrestre.

Me gustaría recorrer la selva de Venus sin tener que preocuparme de que aparezca algún grupo de estas hoscas criaturas, ni de esquivar sus malditos dardos. Puede que fuera lógico antes de que empezáramos a llevarnos cristales; pero ahora se han convertido verdaderamente en una molestia de lo más enojosa, ya que no paran de lanzarnos dardos y de cortarnos las tuberías del agua. Cada vez estoy más convencido de que están dotados de una sensibilidad especial semejante a la de nuestros detectores de cristales. No se sabe que hayan molestado a ningún hombre excepto tirándole dardos de lejos-, a menos que llevara cristales encima.

Hacia la una de la tarde, un dardo casi me arrancó el casco, y por un segundo pensé que me había perforado los cilindros de oxígeno. Los sigilosos demonios no habían hecho el menor ruido, a pesar de que tenía encima tres de ellos. Acabé con todos barriendo en círculo con mi pistola lanzallamas, pues, aunque su color hacía que se les confundiera con la vegetación, pude percibir el movimiento de las enredaderas. Uno de ellos medía unos ocho pies de altura y tenía un hocico de tapir. Los Otros eran de tamaño corriente, unos siete pies. Lo único que hace que sigan siendo un problema es su número; hasta un simple regimiento de lanzallamas podría acabar con ellos. Es curioso, sin embargo, cómo han llegado a dominar el planeta. No hay otros seres más grandes, salvo los contorsionantes akmans y skorahs, o los tukahs voladores del otro continente..., a menos, por supuesto, que los agujeros de la Meseta Dionea estén habitados.

Hacia las dos, mi detector viró hacia el Oeste, indicando cristales aislados delante de mí, hacia la derecha. Lo comprobé con las referencias de Anderson, y modifiqué mi marcha. El avance se me hizo más difícil, no sólo porque el terreno se elevaba, sino porque la vida animal y las plantas carnívoras eran más abundantes. Andaba constantemente acuchillando ugrats y pisando skorahs, y tenía el traje de cuero todo salpicado de reventar los darobs que salían de todas partes. El sol molestaba a causa de la niebla, y no parecía secar el barro lo más mínimo. Cada vez que daba un paso, el pie se me hundía cinco o seis pulgadas, y sonaba un blup succionante cada vez que lo sacaba. Quisiera que alguien inventara una clase de traje para este clima que no fuese de cuero. De tela se pudriría, por supuesto; pero podrían hacerlo de algún tejido fino y metálico que no pudiera romperse, como la superficie de este rollo indestructible de notas.

Comí hacia las 3,30..., si es que deslizar esas desdichadas tabletas alimenticias a través de la máscara puede llamarse comer. Poco después noté un cambio en el paisaje: las flores brillantes y de aspecto ponzoñoso variaron de color y se volvieron espectrales. Las siluetas de las cosas temblaban rítmicamente, y surgían luminosos puntitos con el mismo tiempo lento e invariable. Después, la temperatura pareció fluctuar de acuerdo con una palpitación acompasada y peculiar.

El universo entero parecía latir con pulsaciones profundas, regulares, que llenaban cada rincón del espacio y fluían a través de mi cuerpo y de mi mente por igual. Perdí el sentido del equilibrio y me tambaleé dominado por el vértigo, pero de nada me sirvió cerrar los ojos y taparme los oídos con las manos. Sin embargo, conservé la mente lúcida, y muy pocos minutos después me di cuenta de lo que había sucedido.

Al fin había dado con una de esas curiosas plantas-espejismo, de las que tantos de nuestros hombres cuentan historias. Anderson me ha prevenido sobre ellas, y me ha descrito muy fielmente su aspecto: tallo velludo, hojas espinosas y flores jaspeadas, cuyas emanaciones, generadoras de ensueños, penetran por cualquier clase de material de que esté hecha una máscara.

Al recordar lo que le ocurrió a Bailey hace tres años, un pánico momentáneo se apoderé de mí, y empecé a correr y a vacilar en el mundo caótico y demencial que las exhalaciones de la planta habían tejido a mi alrededor. Luego volvió la sensatez y comprendí que todo lo que necesitaba era alejarme de esas flores peligrosas, distanciarme de la fuente de esas pulsaciones, y abrirme paso como fuese -sin tener en cuenta lo que girara a mi alrededor-, hasta salir de la zona de influencia de la planta. Aunque todo daba vueltas peligrosamente, traté de proseguir la marcha en la dirección correcta y abrirme paso hacia adelante. Debí de alejarme bastante de la línea recta, porque creo que transcurrieron horas antes de que me sintiera libre del penetrante influjo de la planta. Gradualmente, las luces danzantes empezaron a desaparecer, y el temblor dei espectral escenario empezó a adquirir fijeza.

Cuando me sentí completamente libre consulté el reloj, y me quedé asombrado al descubrir que sólo eran las 4,20. Aunque me había dado la sensación de que había transcurrido una eternidad, toda aquella experiencia había durado poco más de media hora.

Cada demora, no obstante, constituía un fastidio, y había perdido terreno al alejarme de la planta. Ahora avancé penosamente en dirección a la elevación que indicaba el detector de cristales, concentrando todas mis energías en recuperar el mayor tiempo posible. La selva seguía siendo espesa, aunque había menos vida animal. En una ocasión, una flor carnívora me engulló el pie derecho y me lo agarró con tanta fuerza que tuve que librarme de ella a cuchilladas, reduciendo la flor a tiras, antes de que me soltara.

Menos de una hora después, la vegetación empezó a aclarar, y hacia las cinco - después de atravesar una franja de helechos gigantes con muy poca maleza- salí a una meseta ancha y musgosa. Ahora podía caminar más de prisa, y por las oscilaciones de la aguja del detector vi que me estaba acercando al cristal que buscaba. Era extraño, porque la mayoría de los esferoides se encuentran por los arroyos de la selva; de manera que no era corriente que apareciesen en un terreno elevado y sin árboles como éste.

El terreno ascendía basta terminar en una cresta definida. Llegué a lo alto hacia las 5,30, y ante mí descubrí una llanura muy extensa, con un bosque a lo lejos.

Esta era, sin lugar a dudas, la meseta que Matsugawa había registrado desde el aire cincuenta años antes, y que nuestros mapas denominan "Erys" o "Meseta Ericinia". Pero lo que hizo que me latiera el corazón con violencia fue un detalle más pequeño, cuya posición no distaba demasiado, quizá, del centro exacto de la planicie. Era un simple punto luminoso, centelleante a través de la niebla, que parecía reflejar la luminosidad penetrante y concentrada de los rayos amarillentos de sol empañados por el vapor. Este era, sin duda, el cristal que buscaba; quizá no fuera más grande que un huevo de gallina, pero estaba dotado de fuerza suficiente para abastecer de calefacción a una ciudad durante un año.

Casi no me extrañó, al divisar de lejos su resplandor, que esos miserables hombres-lagartos adorasen estos cristales. Sin embargo, no tienen la menor idea del poder que contienen.

Emprendí una rápida marcha, tratando de alcanzar la inesperada presa lo antes posible, y me fastidió que el firme musgo diera paso a un barro líquido sumamente detestable, salpicado aquí y allá de rodales de yerba y enredaderas.

No obstante, continué chapoteando sin hacer caso, ni vigilar siquiera a mi alrededor por si aparecía alguno de esos enojosos hombres-lagartos. No era probable que atacaran en este descampado. A medida que avanzaba, la luz que tenía ante mí parecía aumentar en tamaño y brillantez, y empecé a notar algo raro respecto a su situación. Evidentemente, se trataba de un cristal de la más fina calidad, y mi júbilo crecía a cada paso.

A partir de aquí debo tener cuidado al hacer el informe, ya que lo que voy a decir se refiere a cosas que carecen de precedente - aunque por fortuna se pueden comprobar-. Corría yo con creciente ansiedad, y había llegado a un centenar de yardas más o menos del cristal - cuya situación, en una especie de pequeña prominencia del omnipresente limo, parecía muy extraña-, cuando una fuerza irresistible y repentina me golpeó en el pecho y en los nudillos de mis puños apretados, y me derribó de espaldas en el barro. La salpicadura que provocó mi caída fue tremenda, y ni la blandura del suelo, ni la presencia de enredaderas y yerbas mucilaginosas, impidieron que me golpeara la cabeza, produciéndome un atontamiento. Me quedé tendido boca arriba un momento, demasiado perplejo para pensar. Luego, maquinalmente, me puse en pie tamba1eándome, y empecé a arrancarme las costras de barré y de limo adheridas a mi traje de cuero.

No tenía la más ligera idea de con qué había chocado. No había visto nada que pudiese haber provocado el golpe, ni lo veía ahora tampoco. ¿Había resbalado en el barro, en definitiva? El dolor de los nudillos y del pecho me impedían creer que fuese eso. ¿O acaso este incidente no era sino una ilusión provocada por alguna planta-espejismo que no veía? No parecía probable, ya que no notaba ninguno de los síntomas habituales, ni habla ningún sitio donde pudiera ocultarme una vegetación tan llamativa y característica y pasar desapercibida.

De haber estado en la Tierra, lo habría atribuido a una barrera de fuerza N instalada por algún gobierno para acotar una zona prohibida; pero en una región donde no hay seres humanos tal idea resultaba absurda.

Finalmente, haciendo acopio de valor, decidí investigar con precaución.

Esgrimiendo el cuchillo lo más lejos posible de mi cuerpo a fin de poder tantear con él cualquier fuerza extraña, avancé de nuevo hacia el cristal resplandeciente, dispuesto a llegar a él paso a paso, con la mayor precaución. Al tercer paso me detuvo en seco el choque de la punta del cuchillo contra una superficie aparente- mente sólida..., superficie que mis ojos no veían en absoluto.

Tras un momentáneo retroceso, recobré la audacia. Extendí mi mano izquierda, enguantada, y comprobé la presencia de una materia sólida e invisible -o de una ilusión táctil de materia sólida- delante de mí. Al mover la mano descubrí que formaba dicha barrera una sustancia extensa de una tersura casi cristalina, sin indicios de unión de bloques separados. Animándome a seguir explorando, me quité un guante y exploré la superficie con la mano desnuda. Era, efectivamente, dura y vítrea, y de una frialdad extraña que contrastaba con la temperatura ambiente. Forcé la vista al máximo, a fin de captar algún vestigio de la sustancia que me impedía el paso, pero no logré distinguir nada en absoluto.

No producía tampoco ni la menor sombra de refracción, a juzgar por el aspecto del paisaje que tenía ante mí. La carencia de reflexión quedaba demostrada al no arrancar el sol destello alguno en ningún punto. Una acuciante curiosidad empezó a prevalecer en mi espíritu sobre todo otro sentimiento, y amplié mis exploraciones todo lo posible. Palpando con las manos, descubrí que la barrera se extendía desde el suelo hasta una altura mayor que la que yo podía alcanzar, y se prolongaba indefinidamente a uno y otro lado.

Así, pues, era una especie de muro..., aunque no podía explicarme de qué materia estaba hecho, ni cuál era su objeto. Nuevamente pensé en las plantas- espejismo y los sueños que producían, pero tras reflexionar un momento descarté tal hipótesis.

Golpeé con energía la barrera con el puño del cuchillo, le di unas patadas con mis pesadas botas y traté de interpretar los sonidos así producidos. Había algo en estas reverberaciones que me recordaban el cemento o el hormigón, aunque mis manos encontraban la superficie vítrea o metálica Verdaderamente, me enfrentaba a algo extraño que rebasaba toda experiencia previa.

El siguiente movimiento lógico fue hacerme alguna idea de las dimensiones del muro. Calcular la altura podía ser un problema difícil, si no insoluble; pero tal vez resultara fácil averiguar su forma y longitud. Extendí los bravos y me ceñí a la barrera. Empecé a desplazarme lateralmente hacia la izquierda, fijándome con todo cuidado en la trayectoria que llevaba. Tras dar algunos pasos, comprobé que no era recta, sino que describía un círculo o elipse. Luego me llamó la atención algo enteramente distinto, algo relacionado con el lejano cristal, que era el objeto de mi búsqueda.

Ya he dicho que incluso desde una distancia mayor, la situación del objeto resplandeciente, sobre un pequeño montículo que se alzaba en el limo parecía más bien extraña. Ahora -a unas cien yardas- pude distinguir con claridad, a pesar de la creciente niebla, qué era exactamente aquel montículo. Se trataba del cadáver de un hombre vestido con el traje de cuero de la Crystal Company, tendido de espaldas y con la máscara de oxígeno medio enterrada en el barro, a unas pulgadas de él. En su mano derecha, apretado convulsivamente contra el pecho, tenía el cristal que me había guiado hasta allí: era un esferoide de increíble tamaño, tan grande que los dedos del muerto apenas lo abarcaban.

Incluso a esa distancia pude observar que el cadáver era reciente. Apenas se apreciaba descomposición, y pensé que en ese clima tal cosa significaba que no llevaba muerto más de un día. No tardaría en acudir un enjambre de moscas farnoth. Me pregunté quién sería. Sin duda, nadie a quien yo hubiera conocido en este viaje. Quizá se tratara de uno de los veteranos que habían salido a efectuar un largo recorrido y que había llegado a esta región especial con independencia del plan de Anderson. Ahí yacía, más allá de toda preocupación, y con los rayos del gran cristal brotando entre sus dedos rígidos.

Me quedé mirándole durante unos cinco minutos, con perplejidad y aprensión.

Me invadió un extraño temor, y sentí unos deseos irrazonados de echar a correr.

No había sido obra de esos huidizos hombres-lagartos, ya que aún sujetaba con la mano el cristal que había encontrado. ¿Tendría aquello alguna relación con el muro invisible? ¿Dónde había encontrado el cristal? El instrumento de Anderson había indicado la presencia de un cristal en esa zona mucho antes de que ese hombre muriese. Ahora empecé a considerar la barrera invisible como algo siniestro, y me aparté de ella con un estremecimiento. Pero comprendí que debía explorar el misterio más de prisa y a fondo, debido a la reciente tragedia.

De repente -centrando mi atención en el problema que ahora tenía delante-, pensé en un medio posible de comprobar la altura del muro, o de averiguar al menos si se elevaba indefinidamente. Cogí un puñado de barro, lo escurrí hasta que adquirió cierta consistencia, y lo lancé hacia arriba en dirección a la barrera transparente. A una altura de quizá unos catorce pies chocó contra la superficie invisible con sonoro y blando ruido, se desintegró inmediatamente y se escurrió hacia abajo, formando unos regueros que desaparecieron con sorprendente rapi- dez. Así, pues, el muro era alto. Una segunda pella, lanzada en ángulo más elevado, dio en la superficie a unos dieciocho pies del suelo, y desapareció con la misma prontitud que la primera.

Ahora recurrí a todas mis fuerzas, y me dispuse a lanzar una tercera pella lo más alto posible. Escurrí el barro, lo exprimí al máximo y lo lancé tan alto que temí que no llegara a la pared que me cortaba el paso. Pero sí llegó, y esta vez cruzó la barrera y cayó en el barro, al otro lado, con un violento chapoteo. Al fin había logrado tener una idea aproximada de su altura, ya que lo había rebasado a unos veinte o veintiún pies.

Evidentemente, era imposible salvar una pared vertical de diecinueve o veinte pies y de superficie lisa como el cristal. Así que tenía que seguir rodeando la barreta con la esperanza de encontrar un acceso, un final, o algún tipo de interrupción. ¿Formaba el obstáculo un círculo completamente redondo u otra clase de figura cerrada, o describía tan sólo un arco o semicírculo? De acuerdo con mi decisión, continué avanzando despacio hacia la izquierda, moviendo las manos arriba y abajo por la superficie invisible por si descubría alguna ventana o abertura. Antes de reemprender la marcha traté de dejar una señal haciendo un hoyo en el barro con el pie; pero el barro estaba demasiado líquido para que se conservase la señal. Tomé, sin embargo, una referencia del lugar aproximado fijándome en una alta cícada del bosque lejano que estaba en línea con el centelleante cristal, a cien yardas de donde me encontraba yo. Si no había acceso ni interrupción, sabría cuándo había completado el círculo.

No llevaba aún mucho trecho recorrido cuando comprendí que la Curvatura indicaba un recinto circular de unas cien yardas de diámetro, si su contorno era regular. Esto significaba que el hombre muerto estaba cerca del muro, en un lugar casi opuesto al que yo había tomado como punto de partida. ¿Estaba dentro del recinto, o en la parte exterior? No tardaría en comprobarlo.

Fui rodeando lentamente la barrera sin descubrir acceso, ventana ni interrupción de ninguna clase, y concluí que el cadáver estaba en el interior. A medida que me acercaba, el semblante del hombre muerto me iba pareciendo más vagamente inquietante. Había algo alarmante en su expresión y en la mirada de sus ojos vidriosos. Cuando estuve cerca me pareció que se trataba de Dwight, un veterano a quien no había llegado a conocer, pero al que me señalaron en el puesto el año pasado. El cristal que tenía cogido era desde luego un verdadero trofeo, el ejemplar más grande que he visto en mi vida.

Estaba tan cerca del cadáver que podía haberlo tocado -de no interponerse la barrera-, cuando mi exploradora mano izquierda encontró una esquina de la invisible superficie. En un segundo averigüé que había una abertura de unos tres de ancho que iba desde el suelo hasta una altura a que yo no llegaba. No había puerta, ni huellas de goznes que indicaran que la hubiese habido en otro tiempo.

Sin vacilar un instante, la crucé y di dos pasos hacia el cuerpo tendido, que formaba ángulo recto con la abertura por la que yo acababa de entrar, y que daba a lo que parecía ser un corredor sin puertas. Sentí renacer mi curiosidad al encontrarme en el interior de este inmenso recinto dividido en compartimientos.

Me incliné a examinar el cuerpo y vi que no tenía heridas. Casi no me sorprendió, ya que la presencia del cristal indicaba que no se había enfrentado a los nativos pseudo-reptiles. Al mirar a mi alrededor, tratando de descubrir alguna posible causa de su muerte, mis ojos descubrieron la máscara de oxígeno cerca de los pies del cadáver. Este detalle era efectivamente significativo. Sin di- cho accesorio, ningún ser humano podía respirar el aire de Venus durante más de treinta segundos; y Dwight -si era él- lo había perdido. Probablemente se había puesto mal la máscara, y el peso de los cilindros debieron de soltar las correas, cosa que no podía suceder con una mascara Dubois de depósito- esponja. El medio minuto de gracia había resultado demasiado breve para permitirle al hombre inclinarse a recoger su aparato protector... o quizá el cianógeno de la atmósfera era anormalmente elevado en ese momento. Quizá se encontraba absorto contemplando el cristal, dondequiera que lo hubiese descubierto. Al parecer, acababa de sacarlo de la bolsa de su traje, ya que tenía la solapa desabrochada.

Procedí a desprender el enorme cristal de entre los dedos del prospector muerto, tarea que su rigidez hacía muy difícil. El esferoide era más grande que el puño de un hombre, y brillaba como si estuviese vivo bajo los rayos rojizos del sol poniente. Al tocar su centelleante superficie me estremecí involuntariamente como si, al cogerlo, este objeto precioso me transmitiera el destino que había fulminado a su anterior propietario. Sin embargo, no tardarán en disiparse mis escrúpulos, y me guardé cuidadosamente el cristal en la bolsa de mi traje de cuero. La superstición no ha sido nunca una de mis debilidades.

Coloqué el casco del muerto sobre su rostro inmóvil, me enderecé y retrocedí por la entrada invisible al vestíbulo del gran recinto. Nuevamente me volvió toda mi curiosidad en relación con el extraño edificio y me devané los sesos pensando cuál sería su material, su origen y su objeto. Ni por un instante se me ocurrió que pudieran haberlo erigido manos humanas. Nuestras naves habían llegado a Venus por primera vez hacía tan sólo setenta y dos años, y los únicos seres humanos del planeta eran los de Terra Nova. Por otra parte, los conocimientos humanos no incluyen tampoco el de una sustancia sólida, transparente y no refractaría como la de ese edificio. Asimismo, se puede descartar la idea de una prehistórica invasión humana de Venus, de forma que tuve que volver a la hipótesis de que era una construcción nativa. ¿Precedió a los hombres-lagartos, en la dominación de Venus, una raza olvidada de seres sumamente evolucionados? A pesar de sus ciudades de trazado complejo, me costaba creer que los pseudo-reptiles hubiesen logrado un avance de esta naturaleza. Debió de existir otra raza, miles de años antes, de la que quizá era esto una última reliquia. ¿O se descubrirán otras ruinas de naturaleza similar en futuras expediciones? El objeto de semejante edificio escapa a toda conjetura..., pero es extraño, y su material aparentemente nada práctico sugiere un uso religioso.

Comprendiendo mí incapacidad para resolver el problema, se me ocurrió que todo lo que podía hacer era explorar el edificio. Estaba convencido de que había diversos corredores y estancias que se extendían sobre la llanura embarrada y aparentemente ininterrumpida, y pensé que un conocimiento de su trazado podía conducirme a algo importante. De modo que volví a entrar a tientas por la puerta, sorteé el cadáver y empecé a avanzar por el corredor, hacia las regiones interiores de las que probablemente había salido el hombre muerto. Más tarde inspeccionaría la entrada que dejaba atrás.

Andando a tientas como un ciego, a pesar de la brumosa luz, del sol seguí adelante despacio. A los pocos pasos, el corredor giraba bruscamente e iniciaba una espiral en dirección al centro, en curvas cada vez más pequeñas. De cuando en cuando descubría a tientas un pasadizo transversal sin puertas, y en varias ocasiones me tropecé con la confluencia de dos, tres y cuatro corredores divergentes. Cuando sucedía esto, seguía siempre el camino más interior, que parecía ser continuación del que había estado recorriendo. Tendría tiempo de sobra para examinar las ramificaciones, una vez que llegara a las regiones principales y regresara. ¡Me es imposible describir la extraña experiencia que supuso recorrer los corredores de un edificio invisible erigido por manos desconocidas en un planeta extraño! Finalmente, tropezando y palpando, llegué al extremo del corredor, que daba a un espacio bastante amplio. Des cubrí a tientas que me encontraba en una cámara circular de unos diez pies de anchura; y por la situación del muerto en relación con determinadas referencias del bosque lejano, inferí que dicha cámara ocupaba el centro del edificio o estaba próxima a él. De ella salían cinco pasillos además del que yo había recorrido para entrar; pero conservaba en la mente la situación de este último gracias a una cuidadosa observación, por encima del cadáver, de determinado árbol que sobresalía en el horizonte cuando estaba exactamente en la entrada.

No había nada en esta estancia; sólo el suelo de lodo inconsistente, presente en todas partes. Quise saber si estaba techada esta parte del edificio, y repetí mi experimento lanzando hacia arriba una pella de barro; en seguida descubrí que carecía de todo tipo de cubierta. Si la tuvo, debió de derrumbarse hacía tiempo, ya que mis pies no habían tropezado con escombros ni bloques desprendidos de ningún género. Al pensar en ello, me resultó muy sorprendente que este edificio aparentemente primordial careciera tan por completo de fragmentos derruidos, grietas y demás accidentes propios de los edificios en ruinas.

¿Qué era? ¿Qué había sido? ¿De qué estaba hecho? ¿Por qué no había signos de bloques separados en los muros homogéneos, vítreos, desconcertantes? ¿Por qué no había el menor rastro de puertas, ya fuesen interiores o exteriores? Lo único que había averiguado era que estaba en un edificio sin techumbre, sin puertas, hecho dé un material duro, suave, perfectamente transparente y no refractario, de unas cien yardas de diámetro, con numerosos corredores, y una pequeña estancia circular en el centro. Salvo esto, no podría saber nada mediante una inspección directa.

Observé entonces que el sol estaba ya muy bajo en occidente: su disco rojizo flotaba en un charco rojo y anaranjado por encima de los árboles borrosos del horizonte. Tenía que darme prisa si quería encontrar un terreno seco donde dormir, antes de que anocheciera. Previamente había decidido pernoctar en el borde firme y musgoso de la meseta próxima a la cresta, desde donde había visto por primera vez el cristal, fiando en que mi habitual suerte me salvaría de un ataque de los hombres-lagartos. Siempre he sido partidario de que debemos salir en grupos de dos o más, de forma que haya siempre uno de guardia durante el descanso, pero el escasísimo numero de ataques nocturnos que sufrimos hace que la Compañía no muestre interés en este tipo de cosas. Parece que les es muy difícil ver de noche a esos seres desdichados de piel escamosa, aun alumbrándose con curiosas antorchas.

Tras localizar otra vez el acceso por el que había llegado al centro, emprendí el regreso hacia la entrada del edilicio. Podía continuar otro día la exploración.

Caminando a tientas lo mejor que podía por el corredor en espiral, y valiéndome tan sólo del sentido común, la memoria y un vago reconocimiento de algunos rodales de yerba mal definidos en la llanura corno únicos auxiliares, no tardé en encontrarme de nuevo junto al cadáver. Había ya una o dos moscas farnotb revoloteando sobre el rostro cubierto por el casco, y comprendí que había em- pezado la descomposición. Con una repugnancia instintiva y pueril, alcé la mano para ahuyentar estos primeros insectos carroñeros, y entonces sucedió algo asombroso. Un muro invisible, deteniéndome el movimiento de mi brazo, me hizo ver que -a pesar de que había vuelto sobre mis pasos corrí todo cuidado- no había regresado al corredor en el que se encontraba el cadáver. En vez de eso, me hallaba en un acceso paralelo por el que sin duda me había metido en una vuelta o bifurcación equivocada de los intrincados pasadizos de atrás.

Confiando en encontrar más adelante un acceso al pasillo de salida, proseguí la marcha; pero poco después llegué a una pared que me cortaba el paso. Así que tendría que volver a la cámara central e iniciar el retorno de nuevo. No sabía exactamente dónde me había equivocado. Eché una ojeada al suelo con idea de comprobar si por algún milagro habían quedado impresas mis huellas, pero en seguida comprobé que el inconsistente barro sólo conservaba la señal de las pisadas unos instantes. No me fue difícil encontrar de nuevo el camino hasta el centro; una vez allí, medité detenidamente qué camino era el que conducía a la salida. Me había desviado demasiado a la derecha la vez anterior. Ahora tomaría una bifurcación más a la izquierda..., por el camino decidiría dónde.

Mientras avanzaba a tientas por segunda vez me sentía completamente seguro de que estaba en el camino correcto, y me desvié a la izquierda en una confluencia que estaba seguro de recordar. Seguí la espiral, cuidando de no extraviarme en ninguno de los pasadizos que la cruzaban. Sin embargo, no tardé en descubrir, para mi malhumor, que el cadáver quedaba a bastante distancia; evidentemente, este otro pasadizo llegaba al muro exterior en un punto bastante alejado de él.

Seguí apresuradamente unos pasos más, con la esperanza de que hubiese otra salida en la mitad del muro que aún no habla explorado, pero al final volví a encontrarme con una pared. Estaba claro que el plano del edificio era mucho más complicado de lo que yo había supuesto.

A continuación dudé entre regresar al centro otra vez. o intentar encontrar algún corredor lateral que me llevase hasta el cadáver. Si optaba por la segunda alternativa, corría el peligro de romper mi esquema mental de dónde me encontraba; por tanto, era mejor no intentarlo, a menos que encontrara la forma de dejar un rastro visible detrás de mí. Cómo dejar ese rastro, era todo un problema; de modo que me devané los sesos buscando una solución. No llevaba nada encima que pudiera dejar a manera de señal, ni materia qué pudiera esparcir, o subdividir y distribuir.

La pluma no dejaba huella alguna sobre el muro invisible, y no podía dejar como rastro mis preciosas tabletas alimenticias. Aunque hubiese querido desprenderme de ellas, no habrían sido suficientes... Además, los pequeños comprimidos habrían desaparecido en seguida, hundiéndose en el barro acuoso.

Me registré los bolsillos por si llevaba encima un anticuado cuaderno -que a menudo empleamos extraoficialmente en Venus, a pesar del rápido deterioro del papel en la atmósfera de este planeta-, a fin de arrancarle las páginas y esparcirlas, pero no tenía ninguno. Evidentemente, era imposible romper el fino y resistente metal de este rollo de notas indestructible, y mi indumentaria no ofrecía tampoco posibilidad alguna. En la peculiar atmósfera de Venus, no podía prescindir de mi resistente traje de cuero sin peligro. Por otra parte, hemos eliminado la ropa interior a causa del clima.

Intenté embadurnar con barro las invisibles y lisas paredes después de escurrirlo todo lo posible, pero descubrí que desaparecía de la vista tan rápidamente como las pellas que había lanzado para probar su altitud. Finalmente, saqué el cuchillo y traté de hacer en la superficie vítrea y fantasmal una raya o algo que pudiese reconocer con la mano, aun cuando no tuviese la ventaja de verlo desde lejos. Sin embargo, fue inútil: la hoja no hizo la más ligera señal en esta sustancia desconocida y desconcertante.

Fracasados todos los intentos de dejar alguna huella, busqué el recinto central valiéndome de la memoria. Resultaba más fácil volver a dicha habitación que seguir una trayectoria concreta y predeterminada en dirección opuesta, y no tuve dificultad en llegar a ella. Esta vez consigné en mi rollo de anotaciones cada uno de los giros que hice, trazando un diagrama rudimentario e hipotético de mi trayecto, y marcando todos los corredores que salían de él. Por supuesto, fue un trabajo exasperantemente lento, ya que tenía que determinarlo todo por el tacto, y las posibilidades de error eran infinitas; pero pensaba que al final daría resultado.

El largo crepúsculo de Venus estaba muy avanzado cuando llegué al recinto central, pero aún tenía esperanzas de salir antes de que se hiciera de noche. Al comparar mi reciente diagrama con lo que recordaba de antes pensé que había localizado mi error inicial; así que emprendí confiadamente la marcha a lo largo de los corredores invisibles, me desvié más a la izquierda que en mis intentos anteriores y procuré consignar mis giros, en el rollo de notas, por si me equivocaba otra vez. En las crecientes sombras podía divisar la oscura silueta del cadáver, ahora centro de una nube repugnante de moscas farnoth. No tardarían mucho en acudir de la llanura los sificligs que habitan en el barro, y completar la obra macabra. Me acerqué al cadáver con cierta renuencia; y me dispuse a pasarlo, cuando una colisión repentina contra el muro me reveló que me había extraviado de nuevo.

Ahora comprendí claramente que estaba desorientado. Las complicaciones de ese edificio eran excesivas para darles una solución improvisada, y sin duda tendría que hacer cuidadosas comprobaciones si quería tener alguna esperanza de salir. No obstante, estaba deseoso de llegar a terreno seco antes de que cerrase la noche; de modo que retrocedí una vez más al centro para efectuar una serie de intentos al azar, tomando nota de todo a la luz de mi lámpara eléctrica.

Al encenderla comprobé con atención que no producía reflejos -ni el más ligero destello- en los muros transparentes que me rodeaban. Pero no me sorprendió, ya que el sol tampoco había producido ningún reflejo en el extraño material.

Aún andaba a tientas cuando cayó la noche por completo. Una especie de niebla oscureció la mayoría de las estrellas y planetas, pero la tierra seguía vanamente visible como un punto incandescente, verde azulado, en el sudeste. Acababa de rebasar su cenit, y habría ofrecido una visión gloriosa en su telescopio. Incluso podía distinguir la luna junto a ella, cuando los vapores se disipaban momentáneamente. Ahora era imposible ver el cadáver -mi único punto de referencia-; de modo que, tras algunas vueltas equivocadas, regresé torpemente a la cámara central. Al fin y al cabo, había perdido toda esperanza de dormir en terreno seco. No podía hacer nada hasta el amanecer; por tanto, debía descansar aquí como pudiera. No resulta agradable tumbarse en el barro; pero podía hacerlo, enfundado en mi traje de cuero. En otras expediciones había dormido en peores condiciones incluso, y ahora el agotamiento me ayudaría a vencer mi repugnancia.

Así que aquí estoy, en cuclillas en el limo del recinto central, redactando estas notas en el rollo de anotaciones, a la luz de mi lámpara eléctrica. Hay algo casi humorístico en esta extraña, inusitada y comprometida situación. ¡Perdido en un edificio sin puertas, en un edificio que no puedo ver! Evidentemente, saldré mañana temprano, y hacia el atardecer estaré en Terra Nova con el cristal. Desde luego, es una preciosidad, y tiene un brillo sorprendente aun a la luz débil de esta lámpara. Acabo de examinarlo. A pesar de mi cansancio, el sueño tarda en llegar, así que estoy escribiendo largo y tendido. Debo dejarlo ya. En este lugar no hay peligro de que me molesten esos malditos nativos. Lo que menos me gusta es el cadáver; pero afortunadamente mi máscara de oxígeno me salva de los peores efectos. Voy gastando los cubos de clorato muy espaciadamente.

Tomaré un par de tabletas alimenticias ahora, y trataré de dormir. Ya seguiré

Más tarde: 13, VI; por la tarde

Han surgido más dificultades de las que esperaba. Todavía estoy en el edificio, y tendré que obrar con rapidez y prudencia si quieto descansar en terreno secó esta noche. Tardé en dormirme, y no me he despertado hasta este mediodía. Desde luego, habría dormido bastante más, de no haber sido por el deslumbrante sol que se filtraba a través de la neblina. El cadáver ofrecía un espectáculo bastante desagradable: era un hervidero de sificligs, y tenía tina nube de moscas farnoth a su alrededor. Algo le había apartado el casco de la cara y preferí no mirársela. Me alegré doblemente de llevar mi máscara de oxígeno, al pensar en la situación.

Por último, me sacudí, me sequé, tomé un par de tabletas alimenticias y puse un nuevo cubo de clorato potásico en el electrolizador de la máscara. Voy consumiendo despacio los cubos, pero me habría gustado tener más abundante provisión. Me sentía mucho mejor después del sueño, y esperaba salir del edificio en seguida.

Al consultar las notas y bocetos que había tomado, me quedé impresionado ante la complejidad de los corredores y la posibilidad de haber cometido una equivocación fundamental. De las seis aberturas que salían del espacio central, había elegido la que creía que era aquella por la cual había entrado, guiándome por la disposición de ciertos elementos del paisaje. Situado exactamente en la entrada, el cadáver, a una distancia de cincuenta yardas, se encontraba en línea recta con un lepidodendro particular del bosque lejano. Ahora se me ocurrió que quizá este punto de referencia no era suficientemente preciso: la distancia del cadáver hacía que la diferencia de dirección respecto al horizonte fuese relativamente pequeña al mirar desde las aberturas próximas a la de mi primera entrada. Además, el árbol no se diferenciaba demasiado de otros lepidodendros que había en el horizonte.

Al someter todo esto a comprobación descubrí, para mi desencanto, que no estaba seguro de cuál de las aberturas era la correcta. ¿Había recorrido una serie de pasillos distintos en cada intento de salida? Esta vez me aseguraría. Se me ocurrió que a pesar de la imposibilidad de marcar un rastro había una señal que yo podía dejar. Aunque no era posible desprenderme del traje, podía prescindir del casco debido a mi espesa mata de pelo; era lo bastante grande y claro como para destacar sobre el barro líquido. Así que me quité el accesorio semiesférico, y lo deposité en la entrada de uno de los corredores; el de la derecha, de los tres que iba a explorar.

Seguiría dicho corredor en la suposición de que era el que buscaba, repitiendo las vueltas que me parecían las adecuadas, tomando notas y consultándolas constantemente. Si no salía, iría eliminando sistemáticamente todas las variantes posibles, y si esto no daba resultado, continuaría explorando de la misma forma los callejones que salían de la siguiente abertura, a partir de la tercera entrada.

Tarde o temprano, no tenía más remedio que dar con el camino de salida, pero debía tener paciencia. Aun en el peor de los casos, llegaría a campo abierto a tiempo para poder dormir en terreno seco.

Los resultados inmediatos fueron más bien desalentadores, aunque me ayudaron a descartar la abertura de la derecha en poco más de una hora. De esta entrada parecía arrancar tan sólo una serie de callejones sin salida, cada uno de los cuales terminaba bastante lejos del cadáver; y muy pronto vi que no figuraban en absoluto en los recorridos de la tarde anterior. Como en las demás ocasiones, no obstante, me resultaba relativamente fácil volver a tientas a la cámara central.

Hacia la una de la tarde cambié el casco a la siguiente abertura y empecé a explorar los corredores que partían de ella. Al principio me pareció reconocer sus vueltas, pero no tardé en encontrarme en una serie de corredores completamente desconocidos. No conseguí acercarme al cadáver, ni pude llegar a la cámara central tampoco, aun cuando había tomado nota de todos los movimientos efectuados. Al parecer, había giros engañosos y cruces demasiado sutiles para poderlos representar en mis rudimentarios diagramas; y empecé a experimentar una mezcla de ira y de desaliento. Aunque la paciencia acabaría por triunfar, comprendí que mi búsqueda debía ser minuciosa, incansable, prolongada.

A las dos me encontraba vagando aún inútilmente por los extraños corredores, palpando sin parar, mirando alternativamente el casco y el cadáver, y anotando datos en mi rollo con menos confianza cada vez. Maldije la estupidez y la vana curiosidad que me había arrastrado al interior de esta maraña de muros invisibles; pensaba que si hubiera renunciado a la exploración y hubiese regresado tan pronto como le quité el cristal al cadáver, a estas horas estaría a salvo en Terra Nova.

De repente se me ocurrió que podía excavar un túnel con el cuchillo por debajo de los muros invisibles, y atajar así hasta el exterior, o hasta algún corredor que condujese afuera. No había medio de saber la profundidad que tenían los cimientos de este edificio, pero el omnipresente barro indicaba que no había más piso que la tierra. Me puse de cara al cadáver cada vez más distante y horrible, y empecé a cavar febrilmente con la ancha y afilada hoja del cuchillo.

Había unas seis pulgadas de barro semilíquido, por debajo de las cuales la densidad del suelo aumentaba bruscamente. Esta tierra inferior parecía ser de color distinto; era una tierra grisácea como la de las formaciones próximas al polo norte de Venus. A medida que ahondaba al pie de la barrera invisible, el suelo se iba volviendo más duro. El barro acuoso inundaba mi excavación tan pronto como extraía la arcilla; pero yo llegaba al fondo a través de él y seguí trabajando. Si lograba abrir un acceso por debajo del muro, el barro no me impediría cruzarlo.

A unos tres pies, sin embargo, la dureza del suelo me obligó a interrumpir la excavación. Su tenacidad era superior a la de todo lo que había encontrado hasta entonces aun en ese planeta, y estaba acompañada de una anómala pesantez. Mi cuchillo tenía que hender y astillar la arcilla apretada, y los fragmentos que sacaba eran como piedras sólidas o trozos de metal. Finalmente, incluso este hender y astillar se hizo imposible, y tuve que desistir sin haber alcanzado el borde inferior del muro.

La hora larga empleada en ese intento ha resultado cara e infructuosa, ya que me ha hecho gastar grandes reservas de energía, me ha obligado a tomar una tableta extra de alimento y a poner un cubo más de clorato en la máscara de oxígeno.

Ha supuesto también un retraso en mi exploración a tientas, porque. todavía me siento demasiado cansado para proseguir la marcha. Después de limpiarme un poco las manos y los brazos me he sentado a escribir estas notas, apoyado contra una pared invisible y de espaldas al cadáver.

Este cadáver ya no es más que una masa hirviente de gusanos; el olor ha empezado a atraer a los viscosos akmans de la selva lejana. Observo que muchas de las yerbas efjeh de la llanura alargan sus tallos necrófagos hacia él; pero dudo que sean lo bastante largos como para alcanzarlo. Quisiera que apareciesen organismos carnívoros del tipo de los skorabs, porque entonces podrían olerme y abrirse paso por el edificio hasta mí. Los seres así tienen un sentido primitivo de la dirección. Podría verlos venir, y anotar el camino aproximado que recorren, en caso de que no siguieran una línea continua. Serían una gran ayuda. En cuanto los tuviera delante, podría aniquilarlos con la pistola.

Pero no hay esperanza de que ocurra nada de eso. Ahora que he terminado de anotar todo esto, descansaré un rato; después exploraré un poco más. Tan pronto como vuelva a la cámara central, cosa que deberá ser bastante fácil, examinaré la abertura del extremo a la izquierda. Quizá consiga salir hacia el atardecer.

13, VI; por la noche

Ha surgido una nueva dificultad. Me va a resultar tremendamente difícil salir, ya que hay factores cuya existencia no había sospechado siquiera. Pasará otra noche aquí, en el barro, y mañana reanudaré la lucha. Interrumpí el descanso, me levanté y me puse otra vez en marcha, a tientas, a las cuatro de la tarde. Unos quince minutos después llegué a la cámara central y señalé con el casco el último de los tres accesos posibles. Al adentrarme por esa abertura, me pareció que su recorrido me era más familiar; pero menos de cinco minutos después me detuve ante una visión que me sobresaltó sobremanera.

Era un grupo de cuatro o cinco de esos detestables hombres-lagartos que habían salido del lejano bosque del otro lado de la llanura. A esa distancia no los distinguía con claridad, pero me pareció que se detenían, se volvían hacia los árboles gesticulando y a continuación se les unía una docena más. El incrementado grupo se dirigió directamente hacia el edificio invisible, y cuando estuvieron cerca les observé atentamente. Nunca había visto a esos seres a tan corta distancia, fuera de las sombras vaporosas de la selva.

Su semejanza con los reptiles era perceptible, aunque yo sabía que era sólo aparente, ya que estas criaturas no tienen nada en común con la vida terrestre. Al aproximarse más, me di cuenta de que el parecido con los reptiles no era tan grande: sólo la cabeza aplastada y la piel verdosa y resbaladiza de batracio sugería tal asociación. Caminaban sobre sus extraños y gruesos muñones, y sus ventosas producían curiosos ruidos en el barro. Eran de unos siete pies de altura, un tamaño normal, con cuatro largos y filamentosos tentáculos pectorales. Los movimientos de esos tentáculos -si las teorías de Fogg, Ekbcrg y Janat son correctas, cosa que antes dudaba pero que ahora estoy más inclinado a creer- indicaban que sostenían una animada conversación.

Saqué la pistola lanzallamas y me apresté a entablar una enconada lucha. Mi situación era apurada, pero el arma me daba cierta ventaja. Si esas criaturas conocían el edificio, entrarían a buscarme, y esto me daría la clave de la salida; lo mismo que podían haber hecho los carnívoros skorahs. Parecía seguro que me iban a atacar, pues aunque no veían el cristal que yo llevaba en el bolsillo, podían adivinar su presencia gracias a su especial sensibilidad.

Sin embargo, sorprendentemente, no me atacaron. Al contrario, se separaron y formaron un gran círculo a mi alrededor, a una distancia que indicaba que se habían pegado al muro invisible. De pie, en círculo, aquellos seres me miraban en silencio, inquisitivamente, moviendo los tentáculos, asintiendo a veces con la cabeza y gesticulando con sus miembros superiores. Un rato después vi surgir del bosque a unos cuantos más; avanzaron y se unieron a la multitud curiosa.

Los que estaban cerca del cadáver lo miraron brevemente, pero no hicieron ningún ademán para moverlo. Ofrecía un espectáculo horrible; sin embargo, a los hombres-lagartos eso parecía tenerles completamente sin cuidado. De cuando en cuando uno de ellos ahuyentaba alguna mosca farnoth con sus extre- midades o tentáculos, o aplastaba con las ventosas de sus muñones algún sificlig o contorsionante akman, o alguna yerba efjeh que se estiraba.

Me quedé mirando a esos intrusos grotescos e inesperados, preguntándome con inquietud por qué no atacaban de una vez, y perdí momentáneamente mi fuerza de voluntad y energía para proseguir la búsqueda de la salida. En vez de eso, me apoyé desmayadamente contra el muro invisible del corredor donde estaba, dejando que mi asombro se resolviese gradualmente en una disparatada sucesión de especulaciones. Un centenar de enigmas que me habían tenido perplejo parecieron adquirir de repente un significado nuevo y siniestro; y me estremecí, dominado por un miedo distinto de cuanto había experimentado hasta ahora.

Creí saber por qué estos seres repulsivos merodeaban expectantes a mi alrededor. Asimismo, me pareció comprender al fin el misterio del edificio transparente. El seductor cristal que yo había cogido, el cadáver del hombre que lo había cogido antes que yo..., todas estas cosas empezaron a adquirir un significado sombrío y amenazador.

No era una serie casual de contratiempos lo que había hecho que me extraviara en esta maraña de corredores invisibles y sin techo. Indudablemente, se trataba de un auténtico laberinto; de un laberinto construido deliberadamente por estos seres infernales cuyo ingenio y mentalidad había subestimado yo tan lamentablemente. ¿No podía haberlo sospechado antes, conociendo sus inusita- das habilidades arquitectónicas? Estaba bien claro su objetivo. Era una trampa; una trampa destinada a atrapar seres humanos, con el esferoide de cristal como cebo. Estas criaturas reptiles, en guerra con los recolectores de cristales, habían recurrido a la estrategia y estaban utilizando nuestra propia codicia en contra nuestra.

Dwight -si es que este cadáver putrefacto es efectivamente él- ha sido una víctima. Tal vez cayó en la trampa hace algún tiempo y no consiguió dar con la salida. Sin duda le enloqueció la falta de agua, y puede que se le agotaran también los cubos de clorato. Quizá no se le desprendiera accidentalmente la máscara. Es más probable que se suicidara antes que afrontar una muerte lenta.

Había preferido quitarse la máscara deliberadamente, dejando que la atmósfera letal actuase en él de forma instantánea. La horrible ironía de su destino radicaba en su posición: había caído a unos pies de la salida salvadora sin haberla podido encontrar. Un minuto más y se habría salvado.

Y ahora era yo quien estaba atrapado. Atrapado y con esta horda de curiosos mirones que me cercaban dispuestos a reírse de mi situación. La idea era enloquecedora, y, al darme cuenta del trance en que me encontraba, me invadió un súbito sentimiento de pánico que me impulsó a correr sin rumbo por los pasillos invisibles. Durante unos momentos no tuve conciencia de lo que hacía: tropezaba, trastabillaba, chocaba contra las paredes invisibles; finalmente caí en el barro como un montón jadeante y lacerado de carne ensangrentada y sin conciencia.

La caída me calmó un poco, de forma que cuando me puse trabajosamente en pie pude reconocer las cosas y ejercitar la razón. Los mirones que me rodeaban agitaban sus tentáculos de una manera rara e irregular que sugería una especie de risa maliciosa y extraña, por lo que les mostré el puño salvajemente mientras me levantaba. Mi gesto pareció aumentar su risa, y unos cuantos me imitaron torpemente con sus verdosos miembros superiores. Avergonzado, traté de serenar mis facultades y analizar la situación.

Al fin y al cabo no me sentía tan mal como debió de sentirse Dwight. A diferencia suya, sabía cuál era mi situación..., y hombre prevenido vale por dos.

Yo tenía pruebas de que al final se podía alcanzar la salida, y no repetiría su trágico acto de impaciente desesperación. El cadáver - o el esqueleto que ya no tardaría en ser- estaba constantemente delante de mí indicando como un guía la buscada abertura; y una paciente tenacidad me conduciría inevitablemente a ella, si perseveraba con inteligencia y sin desfallecer.

Tenía, sin embargo, la desventaja de estar cercado por esos demonios reptiles.

Ahora que había comprendido la naturaleza de la trampa - cuyo material invisible denotaba una ciencia y una tecnología superiores a las de la Tierra-, no podía ya menospreciar la mentalidad y los recursos de mis enemigos. Incluso con mi pistola lanzallamas me vería en apuros para escapar; aunque la decisión y la rapidez podían ayudarme a salir de esta situación.

Pero antes tenía que llegar al exterior, a menos que pudiera atraer o provocar a alguna de estas criaturas, y hacerla avanzar hacia mí. Cuando preparaba la pistola para la acción, y hacía el recuento de mi abundante provisión de municiones, se me ocurrió probar el efecto de sus descargas sobre los muros invisibles. ¿Se me había pasado por alto un medio factible de escapar? No tenía ningún indicio sobre cuál podía ser la composición química de esa barrera transparente, pero quizá pudiera cortarla una lengua de fuego como si fuese de queso. Eligiendo una sección que estaba frente al cadáver, descargué la pistola a corta distancia de ella, y hurgué con el cuchillo el punto al que había dirigido la llama. Nada había cambiado. Había visto desparramarse la llama al chocar contra la superficie, y ahora comprobé que mis esperanzas habían sido vanas.

Sólo una larga y tediosa búsqueda de la salida podía sacarme al exterior.

Así que me tragué otra tableta alimenticia, puse otro cubo en el electrolizador de la máscara y reanudé la interminable marcha; volví a la cámara central y empecé de nuevo. Consulté constantemente mis notas y bocetos, hice otros nuevos, registré una tras otra las falsas vueltas y anduve tambaleándome hasta que casi desapareció la luz de la tarde. Y mientras persistía en mi búsqueda, observaba de cuando en cuando el círculo de miradas burlonas, y notaba un relevo periódico en sus filas. A cada instante se retiraba al bosque algún pequeño grupo, y venía otro a ocupar su puesto. Cuanto más pensaba en sus tácticas, más intranquilo me sentía, ya que me daban una idea de las intenciones de estos seres. Podían entrar a presentarme batalla en cualquier momento; pero parecía que preferían observar mis esfuerzos por escapar. No podía por menos de pensar que disfrutaban con el espectáculo..., y esto hacía que me horrorizara aún más la perspectiva de caer en sus manos.

Al hacerse de noche, dejé de buscar, y me senté en el barro a descansar. Ahora estoy escribiendo a la luz de la lámpara, y dentro de un momento trataré de dormir un poco. Confío en poder salir mañana, ya que el agua de mi cantimplora está bastante menguada y las tabletas de lacol son un precario sustituto. No me atrevería a mojarme los labios con este lodo, porque el agua de las zonas emba- rradas no es potable, salvo si se destila. Esa es la razón de que hayamos instalado largas tuberías hasta las regiones de arcilla amarilla, y de que dependamos del agua de lluvia cuando esos demonios descubren las tuberías y las cortan. Tampoco me quedan demasiados cubos de clorato, así que procuraré reducir el consumo de oxígeno lo más que pueda. Mi intento de practicar un túnel esta tarde, y mi posterior huida aterrada, me han hecho gastar una peligrosa cantidad de aire. Mañana reduciré al mínimo el esfuerzo físico, hasta que me enfrente con los reptiles y tenga que habérmelas con ellos? Debo conservar una provisión suficiente de cubos para el regreso a Terra Nova. Mis enemigos siguen ahí; un círculo de débiles antorchas me rodea. Hay algo espantoso en estas luces que me mantienen despierto.

14, VI; por la noche

¡Otro día entero de búsqueda, sin haber dado con la salida! Está empezando a preocuparme la escasez de agua, ya que a mediodía se me quedó vacía la cantimplora. Por la tarde cayó un chaparrón; regresé al centro de la cámara en busca del casco que señalaba el lado izquierdo, y utilizándolo como cuenco, recogí como dos tazones de agua. Me la bebí casi toda, y vertí el resto en la cantimplora. Las tabletas de lacol no alivian casi nada cuando se tiene verdadera sed; confío en que llueva más por la noche. Voy a dejar el casco boca arriba para recoger un poco si llueve. No tengo demasiadas tabletas alimenticias, aun que no me escasean peligrosamente. En adelante reduciré la ración a la mitad. Lo que verdaderamente me preocupa son los cubos de clorato, ya que incluso sin esfuerzos violentos, el estar andando sin parar todo el día ha mermado peligrosamente mis reservas. Me siento débil a causa del ahorro obligado de oxígeno, y de la sed que me aumenta constantemente. Supongo que cuando reduzca el alimento me sentiré más débil aún.

Hay algo maligno, algo misterioso, en este laberinto. Juraría que había logrado descartar ciertas vueltas con mis planos; sin embargo, cada nuevo intento parece desmentir cualquier conclusión anterior. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo perdidos que estamos cuando carecemos de puntos de referencia visuales.

Un ciego podría desenvolverse mejor..., pero para la mayoría de nosotros la vista es el rey de los sentidos. El resultado de todos estos vagabundeos infructuosos es un profundo desaliento. Comprendo lo desdichado que debió de sentirse el pobre Dwight. Su cadáver no es más que un esqueleto, y los sificligs y los akmans y las moscas fanroth han desaparecido. Las yerbas efjen mordisquean su traje de cuero, desmenuzándolo; son más largas y crecen mas de prisa de lo que creía.

Entretanto, esas tandas de mirones tentaculados continúan disfrutando, alrededor de la barrera, riéndose de mí y gozándose de mi desgracia. Como siga así un día más, enloqueceré, si es que no muero de agotamiento.

Sin embargo, no puedo hacer otra cosa que perseverar. Dwight habría salido si hubiese continuado un minuto más. Es posible que venga pronto a buscarme alguien de Terra Nova, aunque sólo hace tres días que falto. Me duelen los músculos espantosamente, y me parece que no voy a poder descansar tumbado en este barro repugnante. Anoche, a pesar de mi terrible cansancio, dormí sólo a ratos, y hoy me temo que me pasará igual. Vivo en una pesadilla interminable, entre la vigilia y el sueño, y ni estoy verdaderamente despierto, ni verdaderamente dormido. Me tiemblan las manos; no puedo seguir escribiendo de momento. Ese círculo de débiles llamas de antorcha es horrible.

15, VI; a la caída de la tarde

¡Un progreso importante! Parece que la cosa marcha. Me siento muy débil, y no dormí mucho hasta el amanecer. Entonces dormité hasta mediodía, aunque sin descansar en absoluto. No ha llovido, y la sed me ha debilitado mucho. Tomé una tableta extra de alimento para mantenerme; pero sin agua, no me ha servido de mucho. Intenté probar un poco de agua embarrada por una sola vez, pero me produjo violentas náuseas y me dejó más sediento que antes. Tenso que ahorrar cubos de clorato, y la falta de oxígeno me tiene casi sofocado. No puedo caminar durante mucho tiempo, aunque me las arreglo para arrastrarme por el barro. Hacia las dos me pareció reconocer algunos corredores, y llegué a acercarme al cadáver - o esqueleto- - más que en los primeros intentos del día. Una de las veces me desvié por un callejón lateral sin salida, pero volví al corredor principal con ayuda de mi plano y mis notas. El problema de las anotaciones es que hay demasiadas. Llevo ya unos tres pies de rollo plagados de anotaciones, y necesito detenerme mucho tiempo para desentrañarlas. La sed, la falta de agua y el agotamiento hacen que me flaquee la cabeza, y no logro entender todo lo que he escrito. Esos condenados seres verdosos siguen mirando y riendo con sus tentáculos; a veces gesticulan de una forma que me hace pensar que comparten alguna broma terrible que no alcanzo a comprender.

Eran las tres cuando di el gran paso. Se trataba de un acceso que, según mis notas, no había explorado anteriormente; y al cruzarlo descubrí que podía arrastrarme circularmente hacia el esqueleto envuelto por las enredaderas. El camino describía una especie de espiral muy semejante a aquella por la que había llegado a la cámara central. Cada vez que me tropezaba con una abertura o bifurcación debía conservar la trayectoria que más me parecía que repetía el recorrido original. A medida que pasaba más y más cerca de mi espantoso punto de referencia, los mirones de afuera intensificaban sus gestos enigmáticos y su muda risa sardónica. Era evidente que encontraban siniestramente divertidos mis progresos, sabedores de lo impotente que iba a yerme si llegaba a enfrentarme con ellos. Me limité a dejarles que rieran, porque si bien me daba cuenta de mi extraordinaria debilidad, contaba con una pistola y cargas de repuesto para abrirme paso entre esta falange de reptiles repugnantes.

Mis esperanzas aumentaron prodigiosamente, aunque no intenté ponerme de pie.

Ahora era mejor ir a rastras, y ahorrar fuerzas para el próximo enfrentamiento con los hombres-lagartos. Avanzaba muy despacio, y el peligro de extraviarme por algún callejón sin salida era grande; de todos modos, me pareció que recorría una curva que iba directamente hacia mi óseo objetivo. Tal perspectiva me infundió nuevas fuerzas, y por el momento dejé de pensar en mis dolores, en la sed y en la escasez de provisiones. Las criaturas se apiñaban ahora junto a la entrada, gesticulando, saltando y riendo con sus tentáculos. Pensé que no tardaría en enfrentarme con la horda entera... y quizá con los refuerzos que sin duda recibirían del bosque.

Ahora estoy a unas yardas tan sólo del esqueleto; me he detenido para escribir estas notas, antes de irrumpir en medio de esa horda de entidades inmunda.

Tengo la seguridad de que mi último átomo de fuerzas los va a poner en fuga, pesar de su número, ya que el alcance de mi pistola es muy grande. Después acamparé en el musgo seco del borde de la meseta, y por la mañana emprenderé la penosa marcha por la selva, hasta Terra Nova. Me alegrará ver hombres vivos y edificios de seres humanos otra vez. Los dientes de ese cráneo brillan y sonríen horriblemente.

15, VI; hacia el anochecer

Horror y desesperación. ¡Me he vuelto a desviar! Después de hacer la anotación anterior, me acerqué aún más al esqueleto; pero de repente tropecé con una pared que se interponía. tina vez más me había equivocado, y al parecer me encontraba en el sitio en que había estado hace tres días, cuando intenté salir del laberinto por primera vez. No sé si grité..., quizá estaba demasiado débil para proferir ningún grito. Me limité a quedarme tendido en el barro, ofuscado, durante largo rato, mientras los seres verdosos del exterior saltaban y reían y gesticulaban.

Un rato después habla recobrado algo más la conciencia. La sed, la debilidad y la asfixia me estaban venciendo de prisa, y con la última pizca de fuerza que me quedaba metí un cubo en el electrolizador.., temerariamente, sin pensar en las necesidades para el regreso a Terra Nova. El oxígeno me reanimó un poco, y me permitió mirar en torno mío con más lucidez.

Me daba la sensación de que estaba ligeramente más lejos del pobre Dwight que en mi primera decepción, y pensé ofuscado que tal vez estaba en un corredor un poquitín más alejado. Con esa pizca de esperanza seguí arrastrándome penosamente..., pero un poco más allá llegué al fondo de un callejón sin salida, como la primera vez.

Así que esto era el final. En tres días no había conseguido nada, y me encontraba sin fuerzas. No tardaría en enloquecer de sed, y no contaba ya con cubos suficientes para regresar. Me pregunté débilmente por qué esos seres de pesadilla se habían agolpado tan multitudinariamente alrededor de la entrada, burlándose de mí. Sin duda constituía parte de su burla hacerme creer que me estaba acercando a una salida que ellos sabían que no existía.

Ya no viviré mucho, aunque he decidido no precipitar el desenlace como Dwight. Su cráneo sonriente acaba de girar hacia mí, desplazado por los tallos tanteantes de una de las matas de efjeh que ahora devoran su traje de cuero. La macabra mirada de esas cuencas vacías es peor que la de esos horrorosos lagartos. Confiere un significado espantoso a la sonrisa muerta de dientes blancos.

Me echaré y me quedará muy quieto en el barro a fin de ahorrar todas las energías que pueda. Este informe - que espero que llegue a quienes vengan después de mí, y les sirva de advertencia-, concluirá muy pronto. En cuanto termine de escribir, descansará un rato. Luego, cuando sea demasiado oscuro para que esas horrendas criaturas puedan ver nada, haré acopio de las fuerzas que me quedan y trataré de lanzar el rollo por encima del muro y de los corredores a la llanura exterior. Procuraré dirigirlo hacia la izquierda, a fin de que no caiga entre la horda saltadora de burlones sitiadores. Quizá se hunda en el barro inconsistente..., pero puede que caiga en algún grupo de matas, de las que hay tantas, y vaya a parar finalmente a manos de los hombres.

Si sobrevive, y llega a ser leído, confío que sirva para algo más que para advertir a los hombres de la existencia de esta trampa. Espero que enseñe a nuestra especie a dejar donde están esos cristales brillantes. Pertenecen sólo a Venus.

Nuestro planeta no los necesita verdaderamente; y creo que hemos violado alguna ley misteriosa, alguna ley profundamente oculta en los arcanos del cos- mos, al tratar de apoderarnos de ellos. ¿Quién sabe qué fuerzas oscuras, poderosas y omnipresentes empujan a estos seres reptiles a guardar tan extrañamente su tesoro? Dwight y yo hemos pagado nuestra codicia, como la pagaron y la pagarán otros. Pero tal vez estas muertes aisladas no sean sino un preludio de nuevos y más tremendos horrores. Dejemos a Venus lo que sólo pertenece a Venus.

* * * * * * * * * * * * *

Siento la muerte muy cerca, y temo no poder lanzar el rollo cuando oscurezca.

Si no puedo, supongo que los hombres-lagartos se apoderarán de él; porque sin duda comprenderán de qué se trata. No quieren que nadie sospeche la existencia del laberinto, y no sabrán que mi mensaje constituye un alegato en favor de ellos. A medida que se acerca el final, me siento más inclinado a juzgar con benevolencia los acontecimientos. A escala cósmica, ¿quién sabe qué especie es superior, o se acerca más a la norma orgánica espacial, si la de ellos o la mía? Acabo de sacar el cristal de la bolsa para contemplarlo en mis últimos momentos. Brilla violenta, amenazadoramente, con los rayos rojos del día agonizante. La inquieta horda se ha dado cuenta, y sus gestos han cambiado de una forma que no puedo entender. Me pregunto por qué siguen apiñados en la entrada, en vez de concentrarse en un punto más cercano a mí, junto al muro transparente.

* * * * * * * * * * * * *

Me estoy quedando entumecido, y no puedo escribir. Las cosas giran a mi alrededor, aunque no pierdo el conocimiento. ¿Podré lanzar esto por encima del muro? ¡Cómo brilla este cristal, a pesar de que está anocheciendo!

* * * * * * * * * * * * *

Es de noche. Estoy muy débil. Aún ríen y saltan en la entrada, y han encendido sus condenadas antorchas.

* * * * * * * * * * * * *

¿Se van? He soñado que oía un ruido..., luz en el cielo.

* * * * * * * * * * * * *

INFORME DE WESLEY P. MILLER, JEFE DEL GRUPO A, VENUS CRYSTAL Co.

(Terra Nova, Venus: 36, VI)

Nuestro operario A-49, Kenton J. Stanfield, de Marshall Street 5317, Richmond, Va., salió de Terra Nova en la madrugada del día 12, VI, para efectuar un breve recorrido señalado por el detector. Debía estar de regreso el 13 o el 14. Dado que el 15 por la noche aún no había vuelto, salí en el avión de reconocimiento FR-58 con cinco hombres a mis órdenes, a fin de seguir su ruta con ayuda del detector. La aguja indicadora no señalaba cambio alguno respecto de las anteriores lecturas.

Seguimos la aguja hasta la región de las tierras altas Ericianas, iluminando todo el trayecto con potentes proyectores. Los lanzallamas de triple fila y los cilindros de radiación D estaban preparados para dispersar cualquier contingente ordinario de nativos hostiles, o neutralizar cualquier agresión peligrosa de skorahs carnívoros.

Cuando sobrevolábamos la planicie despejada de Eryx divisamos un grupo de luces que se movía, y comprendimos que eran antorchas de nativos. Al acercarnos, se dispersaron y echaron a correr hacia el bosque. Serían unos setenta y cinco o cien en total. El detector indicaba la presencia de un cristal en el lugar donde habían estado. Descendimos, y nuestras luces revelaron dos objetos en el suelo. Un esqueleto enredado en tallos de efjeh, y un cadáver entero a diez pies de él. Dirigimos el avión hacia los cuerpos, y el extremo de un ala chocó contra un obstáculo invisible.

Al acercarnos a pie a los cadáveres, tropezamos con una barrera lisa, invisible, que nos desconcertó enormemente. Tanteándola no lejos del esqueleto, dimos con una abertura, que daba a un espacio en el que se abría otra abertura que conducía hasta el esqueleto. Junto a él, aunque la vegetación le había devorado la ropa, estaba su casco metálico numerado de la compañía. Era el operario B-9, Frederick N. Dwight, de la división de Koenig, que había salido de Terra Nova hacía dos meses para llevar a cabo una larga misión.

Entre este esqueleto y el cadáver intacto había otro muro, pero pudimos identificar con facilidad al segundo hombre como Stanfield. Tenía un rollo de notas en la mano izquierda y una pluma en la derecha; al parecer estaba escribiendo cuando le sobrevino la muerte. No se veía ningún cristal; sin embargo, el detector indicaba la presencia de un enorme ejemplar cerca del cuerpo de Stanfield.

Nos costó mucho llegar hasta Stanfield, pero finalmente lo conseguimos. El cuerpo estaba aún caliente, y descubrimos un gran cristal junto a él, cubierto por el. barro semilíquido. Examinamos inmediatamente el rollo de notas de su mano izquierda, y nos dispusimos a tomar ciertas precauciones, de acuerdo con sus datos. El contenido del rollo consiste en la larga relación que antecede a este informe; relación cuyos principales aspectos hemos comprobado, y que incluimos como explicación de lo descubierto. Los fragmentos finales de dicha relación revelan un deterioro mental; sin embargo, no hay razón para dudar de lo demás. Evidentemente, Stanfield murió a causa de la sed, la asfixia, la tensión cardíaca y la depresión psíquica. Tenía puesta la máscara, que seguía generando oxígeno a pesar de su provisión de cubos alarmantemente escasa.

Dado que nuestro avión había quedado averiado, llamamos por radio a Anderson para que acudiera con el avión de reparaciones FG-7, un grupo de mecánicos, una brigada de demolición y un equipo de material explosivo. Por la mañana quedó reparado el FH-58, y regresamos remolcados por Anderson, llevándonos los dos cadáveres y el cristal. Enterraremos a Dwight y a Stanfield en el cementerio de la compañía, y embarcaremos el cristal con destino a Chicago en la primera nave que salga para la Tierra. Después seguiremos la sugerencia de Stanfield - la que hay en la primera parte, más equilibrada, de su informe-, y traeremos tropas suficientes para acabar con todos los nativos. Despejado el campo, la cantidad de cristales que podremos recoger puede ser ilimitada.

Por la tarde estudiamos el edificio o trampa invisible con suma precaución; lo exploramos con ayuda de largas cuerdas de guía, y levantamos un plano completo para nuestros archivos, Su trazado nos ha dejado impresionados, y hemos guardado muestras de la sustancia para su análisis químico. Todos estos conocimientos serán útiles cuando nos ocupemos de las diversas ciudades de los nativos. Nuestros taladros de diamante tipo C han conseguido barrenar el material invisible, y la brigada de demolición está colocando la dinamita para volarlo. Cuando hayamos terminado no quedará nada. El edificio representa una clara amenaza tanto para el tráfico aéreo como para cualquier otro.

Al examinar el plano del laberinto, uno se siente impresionado no sólo por la ironía del destino de Dwight, sino por la de Stanfield también. Cuando tratamos de llegar al segundo cuerpo desde el esqueleto, no encontramos ningún acceso a la derecha, pero Marheim dio con una entrada desde el primer espacio interior, a unos pies de Dwight, y a cuatro o cinco de Stanfield. A continuación de esa entrada había un amplio vestíbulo que no exploramos hasta después, pero a la derecha de dicho vestíbulo había otra entrada que conducía directamente al cadáver. Stanfield habría podido salir al exterior veintidós o veintitrés pies más adelante, si hubiese encontrado la abertura que tenía justamente detrás..., abertura que se le había pasado por alto a causa de su agotamiento y desesperación.


LA POESÍA Y LOS DIOSES

Una tarde húmeda y oscura de abril, poco después de terminar la Gran Guerra, Marcia se encontraba sola, sumida en extraños pensamientos, y sus deseos y anhelos inauditos se elevaban del amplio salón del siglo XX a las profundidades del aire, y hacia el este, hacia los olivares de la lejana Arcadia que ella sólo había visto en sueños. Había entrado en la habitación abstraída, había apagado las luminosas arañas y se había recostado en el blando sofá, junto a una lámpara solitaria que derramaba sobre la mesa de lectura un resplandor verdoso tan sedante como la luna cuando emerge entre el follaje de algún antiguo santuario.

Vestida sencillamente, con un largo y negro traje de noche, parecía un producto típico de la civilización moderna; sin embargo, esa noche sentía el abismo inmenso que separaba su alma del prosaísmo de su alrededor. ¿Se debía a la extraña casa en que vivía, esa morada fría donde las relaciones eran siempre tensas y sus habitantes eran poco menos que unos desconocidos? ¿Era eso, o se debía a algún desplazamiento en el tiempo y en el espacio, más grande y menos explicable, por el cual había nacido ella demasiado tarde, demasiado pronto, o demasiado lejos de las regiones de su espíritu, para armonizar jamás con las cosas feas de la realidad contemporánea? Para disipar ese estado de ánimo que la estaba hundiendo en una depresión cada vez mayor, cogió una revista de la mesa y buscó un poco de saludable poesía. La poesía siempre aliviaba su mente desasosegada más que ninguna otra cosa, aunque se daba cuenta de que la perjudicaba en muchos aspectos la moderna influencia. Había partes aun en los versos más sublimes sobre las que flotaba un vapor frío de estéril fealdad y limitación, como el polvo en el cristal de una ventana a través del cual se contempla una magnífica puesta de sol.

Hojeaba indiferente las páginas de la revista como el que busca un esquivo tesoro, cuando tropezó de pronto con algo que le disipó la languidez. Un observador habría podido leer sus pensamientos y decir que había descu- bierto una imagen o un sueño capaz de acercarle a su meta inalcanzable más que ninguna de las imágenes o sueños contemplados hasta entonces.

Era sólo un trozo de verso libre, ese lastimoso compromiso del poeta que supera la prosa pero no llega a la divina melodía de los números; sin embargo, contenía toda la música natural del bardo que vive y que siente, y que trata de encontrar a tientas, extáticamente, la belleza desvelada.

Desprovisto de regularidad, tenía, sin embargo, la armonía de las palabras aladas y espontáneas, armonía que faltaba en el verso formalista y convencional que ella conocía. Al leerlo, su entorno se fue volviendo gradualmente difuso, y no tardó en sentirse rodeada de brumas de ensueños tan sólo, brumas purpúreas salpicadas de estrellas que iban más allá del tiempo, hasta donde sólo los dioses y los soñadores pueden llegar:

¡Luna sobre el Japón, Luna blanca de mariposas! Donde sueñan los Budas de párpados pesados Al son de la llamada del cuco...

Las blancas alas de las mariposas lunares Aletean inseguras por las calles Silenciando con rubor la mecha inútil de las linternas en manos de las muchachas.

Luna sobre los trópicos, Capullo blanco y curvo Que abre lento sus pétalos al calor de los cielos...

El aire está lleno de perfumes, De lánguidos, cálidos sones...

Una flauta eleva su música de insecto a la noche Bajo el curvo pétalo-luna de los cielos.

Luna sobre la China, Luna cansada sobre el río del firmamento, Agitación luminosa entre los sauces, como un centelleo de pececillos plateados Que se deslizan por oscuros bajíos; Las tejas de las tumbas y los templos podridos cabrilean como los rizos del agua; El cielo se motea de nubes como escamas de dragón.

En medio de las brumas del sueño, la lectora gritó a las rítmicas estrellas su gozo ante la llegada de una nueva era de la canción, el renacimiento de Pan.

Entornando los ojos, repitió palabras cuyas melodías estaban ocultas como cristales en el lecho de un arroyo antes del amanecer, pero que centellean resplandecientes al nacimiento del día.

¡Luna sobre el Japón, Luna blanca de mariposas! Luna sobre los trópicos, Capullo blanco y curvo Que abre lento sus pétalos al calor de los cielos.

El aire está lleno de perfumes, De lánguidos, cálidos sones...

Luna sobre la China, Luna cansada sobre el río del firmamento...

De las brumas surgió resplandeciente y divina la figura de un joven con el yelmo alado y las sandalias aladas, portando el caduceo, y dotado de una belleza sin parangón en la tierra. Movió tres veces, ante el rostro de la soñadora, el cetro que Apolo le diera a cambio de la concha de nueve cuerdas de la melodía, y colocó sobre su frente una corona de mirto y de rosas. Luego, con adoración, dijo Hermes: -¡Oh, ninfa, más bella que las hermanas de dorados cabellos de Ciene y que las atlántidas celestes, amada por Afrodita y bendecida por Pallas, tú has descubierto el secreto de los dioses que encierran la belleza y las canciones! ¡Oh, profetisa, más amable que la Sibila de Cumas cuando Apolo la conoció, tú has hablado certeramente de la nueva era, pues incluso ahora, en Maenalus, Pan suspira y se despereza en su sueño, deseoso de despertar y ver en torno suyo a los faunos coronados de rosas y a los sátiros antiguos. En tu anhelo, has adivinado lo que ningún mortal, salvo unos pocos rechazados por el mundo, recuerda: que los dioses no han muerto jamás, sino que duermen tan sólo y sueñan sueños de dioses en los jardines hespéridos poblados de lotos, más allá del dorado crepúsculo. Se acerca el momento de su despertar, momento en que perecerán el frío y la fealdad, y en que se sentará Zeus de nuevo en el Olimpo. Ya el mar de Pafos tiembla y alza una espuma que sólo los cielos han visto anteriormente; y por la noche, en Helicón, los pastores oyen extraños murmullos y notas semiolvidadas. Los bosques y los campos se vuelven trémulos al anochecer con un centelleo de blancas formas saltarinas, y el inmemorial océano ofrece curiosas visiones bajo tenues lunas. Los dioses son pacientes, y han dormido mucho tiempo; pero ni hombres ni gigantes podrán desafiar eternamente a los dioses. Los titanes se retuercen en el Tártaro, y bajo las llamas del Etna rugen los hijos de Urano y de Gea. Ya está cerca el día en que el hombre ha de responder por haberlos negado durante siglos; pero durmiendo, los dioses se han vuelto amables y no quieren arrojarle al abismo destinado a los que se atreven a negarlos. En vez de eso, su venganza aplastará las tinieblas, la falacia y la fealdad que han trastornado la mente del hombre; y bajo el dominio del barbado Saturno, los mortales, dedicándole sacrificios, se recrearán en la belleza y en el gozo. Esta noche conocerás el favor de los dioses, y contemplarás en el Parnaso aquellos sueños que los dioses envían a la tierra, a lo largo de los siglos, para hacer saber que no han muerto. Pues los poetas son los sueños de los dioses; y en todas las épocas ha habido alguien que cantara sin saberlo el mensaje y la promesa de los jardines de lotos que hay más allá del crepúsculo.

A continuación tomó Hermes en brazos a la doncella dormida y cruzó los cielos. Soplaron de la torre de Aiolas suaves brisas que les elevaron por encima de mares cálidos y fragantes, hasta que de pronto llegaron adonde Zeus presidía un consejo sobre el Parnaso bicéfalo, su trono de oro, flanqueado por Apolo y las Musas a su derecha, y Dionisos coronado con hojas de parra y las bacantes ruborizadas de placer a su izquierda.

Jamás había visto Marcia tanto esplendor, ni despierta ni dormida; sin embargo, no le hacía daño tanta luz, como se lo habría hecho la del elevado Olimpo; pues en esta corte menor, el padre de los dioses había atemperado su gloria a fin de que pudiese ser contemplado por ojos mortales. Ante la entrada de la cueva coricia, cubierta de laureles, había sentados en fila seis nobles figuras de aspecto mortal, pero con semblante de dioses. La soñadora les reconoció por las imágenes que había visto de ellas, y supo que no eran otros que el divino Maeónidas, el infernal Dante, el inmortal Shakespeare, el Milton explorador del caos, el cósmico Goethe, y Keats, amado de las Musas. Tales eran los mensajeros a quienes los dioses habían enviado a anunciar a los hombres que Pan no había dejado de existir, sino que dormía tan sólo; porque es mediante la poesía como hablan los dioses a los hombres.

Entonces, exclamó Zeus, tonante: -¡Oh, hija (porque al ser de mi estirpe interminable, eres efectivamente hija mía), contempla en estos tronos de honor a los augustos mensajeros que los dioses enviaron para que dejasen en las palabras y los escritos de los hombres algún vestigio de belleza divina. Los hombres han dado justamente laureles duraderos a otros bardos; pero a éstos los ha coronado Apolo, y yo les he otorgado un lugar aparte, como mortales que hablaron el lenguaje de los dioses. Mucho tiempo hemos soñado en los jardines de lotos que hay más allá de Occidente, y hemos hablado sólo a través de nuestros sueños; pero se acerca el tiempo en que nuestras voces abandonen su mutismo. Será el momento del despertar y del cambio. Una vez más ha descendido Faetón con su carro, abrasando los campos y secando los arroyos. En la Galia, lloran solas las ninfas con los cabellos alborotados junto a las fuentes que han dejado de manar, y languidecen junto a los ríos que se han vuelto rojos con la sangre de los mortales. Ha salido Ares con su séquito, dominado por la locura divina, y han regresado Deimos y Fobos saciados de placer antinatural. Tello medita con pesar, y la cara de los hombres es como el rostro de las Erinnias cuando Astraea huyó a los cielos y las olas, a una orden nuestra, envolvieron la tierra toda, salvo esta cumbre elevada. En medio de este caos, dispuesto a anunciar su advenimiento, aunque a ocultar su llegada, avanza ahora el último de nuestros mensajeros nacidos cuyos sueños contienen todas las imágenes que soñaron los que le precedieron. Es a él a quien hemos elegido para que una en un todo glorioso la belleza que el mundo ha conocido, y escriba palabras en las que resuene toda la sabiduría y el encanto del pasado. El será quien proclame nuestro retorno y quien cante nuestros días venideros, cuando los Faunos y las Dríadas llenen de belleza sus acostumbradas florestas. Nuestra elección ha sido guiada por los que ahora se sientan ante la gruta coricia en tronos de marfil, y en cuyas canciones oirás notas sublimes por las que dentro de unos años reconocerás al más grande mensajero, llegado el momento. Escucha sus voces cuando ahora te canten una a una. Oirás cada una de sus notas otra vez, en la poesía que está por venir, la cual traerá paz y gozo a tu alma, aunque habrás de buscarla durante años de desolación. Escucha con atención, pues cada acorde que brote y se desvanezca volverá a surgir para ti cuando regreses a la tierra, como Alfeo - hundiendo sus aguas en el alma de Elade - aparece como cristal de Aretusa en la remota Sicilia.

A continuación se levantó Homero, el más antiguo de los bardos, tomó su lira y cantó un himno a Afrodita. Marcia no conocía una sola palabra de griego; sin embargo, no llegó el mensaje en vano a sus oídos pues el ritmo oculto contenía aquello que habla a los mortales y a los dioses, y no necesita de intérprete.

Y lo mismo ocurrió con las canciones de Dante y de Goethe, cuyas palabras desconocidas surcaron el éter con melodías sencillas de leer y de adorar. Y por último se entonaron acentos que la joven recordaba. Era el cisne de Avon, en otro tiempo dios entre los hombres, y ahora entre los dioses:

Escribe, escribe, que del curso sangriento de la guerra, queridísimo señor, tu querido hijo pueda huir; bendito sea en casa, en paz, mientras yo, lejos de él con celoso fervor su nombre santifico.

Y sonaron acentos aún más familiares cuando Milton, recobrada la vista, declamó con inmortal armonía:

Que tu lámpara, a la medianoche, se vea en alguna torre solitaria, de donde pueda yo vigilar la Osa con el triplemente grande Hermes, o haz que al espíritu de Platón desvele qué mundos, qué vastas regiones contiene la mente inmortal, que ha olvidado su mansión en este refugio de carne.

* * * * * * * * * * * *

Que alguna vez la tragedia espléndida con cetro y bajo pallo desfile, Presentando a Tebas, o la estirpe de Pélope, o la historia de Troya divina.

Por último se alzó la voz joven de Keats, el más próximo de los mensajeros al pueblo hermoso de los faunos:

Dulces son las melodías escuchadas; pero aún son más las no escuchadas; por tanto, dulces flautas, seguid...

* * * * * * * * * * * *

Cuando, vieja, esta generación termine, seguirás tú, en medio de un dolor ajeno al nuestro, amigo del hombre, a quien dijiste "La belleza es la verdad; la verdad, belleza"; eso es cuanto sabes en la tierra; cuanto necesitas saber.

Al terminar el cantor se oyó un sonido traído por el viento que venía del Egipto lejano, donde llora de noche Aurora junto al Nilo a su Memnón asesinado. A los pies del Tonante se echó la diosa de dedos rosados; y arrodillada, imploró: "Señor, es hora de abrir las. Compuertas de Oriente." Y Febo, tendiendo su lira a Calíope, la Musa a la que había desposado, se dispuso a partir con destino al Palacio del Sol, erigido sobre columnas y resplandeciente de joyas, donde se agitaban los corceles ya enganchados al dorado carro del día. De modo que Zeus descendió de su trono de la caverna, y posando una mano sobre la cabeza de Marcia, dijo: -- Hija, el amanecer se acerca; conviene que regreses antes de que despierten los mortales de tu casa. No llores por el vacío de tu vida, porque pronto desaparecerá la sombra de las falsas creencias, y otra vez los dioses andarán entre los hombres. Busca sin descanso a nuestro mensajero, y encontrarás el consuelo y la paz. Su palabra guiará tus pasos hasta la felicidad, y en sus sueños de belleza encontrará tu espíritu aquello que anhela.

Cuando Zeus hubo terminado de hablar, el joven Hermes cogió suavemente a la doncella y la elevó hacia las pálidas estrellas, en dirección a Occidente, sobrevolando mares invisibles.

* * * * * * * * * * * *

Han pasado muchos años desde que Marcia soñó con los dioses y con el cónclave de su Parnaso. Esta noche se encuentra sentada en el mismo amplio salón, pero no está sola. Ha desaparecido el viejo espíritu de la inquietud, pues junto a ella hay alguien cuyo nombre resplandece de celebridad: es el joven poeta de los poetas, a cuyos pies se sienta el mundo entero. Está leyendo palabras manuscritas que nadie ha oído aún, pero que cuando se escuchen traerán a los hombres las fantasías que perdieron hace siglos, cuando Pan se tendía a dormitar en Arcadia, y los grandes dioses se retiraban a descansar a los jardines de lotos, más allá de las tierras de las Hespérides. En las sutiles cadencias y ocultas melodías del bardo, el espíritu de la doncella había encontrado al fin el sosiego, pues transmitían las más divinas notas del Orfeo tracio; notas que conmovían a las mismas rocas y a los árboles de las riberas del Hebros.

Calla el cantor, y espera con ansiedad un veredicto; aunque, ¿qué puede decir Marcia, sino que la melodía es "digna de los dioses"? Y mientras ella habla, le llega otra vez la visión del Parnaso, y el sonido lejano de una voz poderosa que dice: "Su palabra guiará tus pasos hasta la felicidad, y en sus sueños de belleza encontrará tu espíritu aquello que anhela."

 

 

 

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H. P. Lovecraft - Cuentos