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Jaime
María de Mahieu |
EL ESTADO COMUNITARIO
I. EL
ESTADO, ÓRGANO COMUNITARIO
El hombre no es un esquema
trazado por algún maestro de la abstracción. Es un complejo individual, hecho
de materia, y de inteligencia organizadora inmanente, que se desarrolla según
su ritmo propio en su medio que lo condiciona, pero en cuyo seno manifiesta su
autonomía. Posee cierto número de caracteres biopsíquicos que provienen de la actualización
de posibilidades potenciales recibidas de sus progenitores.
Dicha actualización no es
automática. A lo largo de toda su existencia, el ser humano elige a cada
instante, entre sus varias virtualidades teóricamente realizables, la que mejor
le permite adaptarse a sus condiciones de vida. Renuncia, por eso mismo, a las
innumerables posibilidades que, entre otras circunstancias, hubiera actualizado
pero que su elección excluye definitivamente. Vale decir que, aun cuando todos
los hombres recibieran en el momento de su concepción una idéntica dotación
hereditaria, su historia bastaría para diferenciarlos al exigir de cada uno
elecciones sucesivas, condicionadas por la presión individualmente variable del
medio. No sólo ciertos caracteres se actualizarían en unos y no en otros, sino
que aun aquellos que son específicos, vale decir, comunes a todos los seres
humanos, en algunos serían llevados al paroxismo mientras que en otros sólo se
desarrollarían en el grado mínimo compatible con la vida. Aun pues en la
hipótesis de una igualdad original, el medio cósmico y social impondría a los
individuos variaciones creadoras de desigualdades. Pero semejante hipótesis no
es defendible.
Los hombres no nacen todos
dotados de las mismas posibilidades. Es éste un hecho de observación inmediata,
hecho que nada tiene de sorprendente si pensamos que la dotación hereditaria de
cada uno es el producto de una larga evolución anterior de la especie, que se
ha diferenciado en razas y linajes. Eso sin hablar del proceso, aún casi
desconocido, de la formación del germen, proceso mediante el cual se eligen y
combinan, de un modo que nos aparece arbitrario y, por lo tanto, imprevisible,
los genes transmitidos por el padre y por la madre. Los seres humanos son
desiguales, tanto por los caracteres virtuales que reciben en el momento de su
concepción como por a evolución histórica que los obliga a realizar só1o una
parte variable de sus posibilidades. Unos son fuertes, inteligentes, artistas,
valerosos. Pero otros son débiles, estúpidos, filisteos, cobardes. Nacen
varones y mujeres, y cada sexo no sólo posee peculiaridades fisiológicas y
mentales, sino que también impone al conjunto de los caracteres individuales su
propia coloración.
Así, la especialización
sexual constituye un factor de desigualdad que el hecho elemental de la unión
orgánica del varón y la mujer pone de relieve. Por fin, la edad interviene para
crear entre los seres humanos una jerarquía cualitativa indiscutida.
Tal vez las consideraciones
que acabamos de exponer parezcan intempestivas al comienzo de un estudio de
ciencia política. Son indispensables, sin embargo. La vida y, por consiguiente,
la organización de las comunidades humanas se fundan en la naturaleza social de
los seres que las componen en último análisis, y a dicha naturaleza no podemos
estudiarla independientemente de los conjuntos individuales, de los que
constituye só1o un aspecto. Los hombres no son iguales. Cualquier explicación
social que no tuviera en cuenta un hecho tan funda mental sería inexacta. Cualquier
construcción política que prescindiera de él no sería más que una utopía.
2.
El mando, consecuencia de la desigualdad natural
Es por desconocer esa
realidad básica que los teóricos igualitarios son incapaces de explicar un
fenómeno coexistente con toda especie de sociedad, el mando, considerándolo
consecuencia de a organización social mientras que constituye, por lo
contrario, la consecuencia social de la desigualdad natural de los hombres.
Si, en efecto, todos los
miembros de un grupo social son iguales ¿por qué mandan unos y obedecen los
demás? La única respuesta posible es que la jerarquía social es de origen
contractual, y que el mando depende así de la voluntad de obediencia de los
subordinados. Pero tal explicación resulta muy poco satisfactoria, puesto que
deja a un lado el hecho, muy fácil de comprobar, de que el mando se manifiesta
espontáneamente tan pronto como varios seres humanos constituyen un grupo,
incluso y sobre todo cuando algunos de ellos son incapaces de una decisión
personal. Habría que admitir, pues, un electoralismo tácito como inherente a la
naturaleza humana.
Pero basta para rechazar
semejante hipótesis, un tanto descabellada, examinar el grupo social básico por
excelencia: la familia. No sólo los individuos que la componen son distintos y
desiguales, sino que también las relaciones sociales entre ellos se fundan
precisamente en su diferencia y desigualdad. El varón y la mujer poseen, en la
unión sexual que constituye el substrato del grupo familiar, papeles
funcionales diferenciados que proceden de sus respectivas naturalezas
biopsíquicas. Por su desarrollo más adelantado, uno y otro están destinados a
mandar al niño, que, con toda evidencia, no elige a sus padres ni se somete por
libre decisión a su autoridad.
En la familia, pues, la
jerarquía constituye un fenómeno natural. Ahora bien: el instinto social no es
sino la ampliación del instinto sexual por adaptación hereditaria a la vida en
grupo, e incluye, luego, la noción de
autoridad. No sólo el hombre está incorporado desde su nacimiento en una
sociedad jerarquizada que se impone a él, sino que tiene además la
subconciencia de que, en ella, su lugar depende de su valor en relación con
el de los demás individuos unidos a él por la vida en común. Sin duda puede
subestimarse o, por el contrario, creerse superior a lo que vale. Pero aun
semejante error de apreciación no pone en tela de juicio el principio del
mando, que es inseparable del hombre social por serle inmanente.
Por eso vemos a las
asociaciones contractuales modelarse sobre los grupos naturales dándose, como
primera medida, un presidente. Es en tal instinto social autoritarista
en que hay que buscar la explicación del fenómeno de la obediencia civil, que
ha preocupado a tantos sociólogos. Si algunos carteles bastan para que un
pueblo entero responda, a veces de mala gana, a la orden de movilización,
alguna intimación para que pague impuestos que considera injustos o excesivos,
y hasta una ordenanza salida de alguna oficina anónima para que la circulación
cambie de mano en un país entero el mismo día a la misma hora, no es tanto
porque los ciudadanos teman una coacción que su número haría ineficaz, sino
porque cada uno siente subconscientemente el respeto a la autoridad, aun cuando
discuta la elección de quien o quienes la ejercen.
Todo eso no significa que
la clasificación nietzscheana de los seres humanos en amos y esclavos sea
exacta en el campo social. Antes al contrario, simplifica peligrosamente la
realidad. Los individuos sociales son todos, pero en proporciones diversas, a
la vez, amos y esclavos, y son precisamente tales proporciones las que, en la
sociedad natural, determinan el lugar de cada uno.
El mando procede, pues, de
la desigualdad de los individuos y del instinto social que recibe de ella su
carácter jerárquico, lo que significa que constituye un factor natural del
orden social.
Se puede a posteriori
reglamentar su desempeño, y hasta atribuirlo según tal o cual procedimiento,
por lo menos en algunos casos en los que la naturaleza no se afirma mediante
una designación indiscutible; no se lo puede negar en su principio ni hacerlo
depender de nada que no sea la desigualdad original. Inherente a la esencia
misma del ser humano, el mando es, por eso mismo, indispensable a toda vida
social.
Pensemos por un instante en
lo que ocurriría en una familia privada de toda función de autoridad. La unión
sexual no sería posible, puesto que se basa orgánicamente en la supremacía
varonil. El niño, suponiendo que hubiera nacido por milagro, no sobreviviría,
puesto que; sin hablar siquiera de su educación, su crianza supone
subordinación. Por lo demás, basta con ver los resultados en la familia del
debilitamiento contemporáneo de la autoridad marital y paterna para tener una
idea de lo que produciría su desaparición lisa y llana en el mero dominio de la
vida común: el grupo se disociaría irremediablemente o, por lo menos, sería
incapaz de actividad colectiva duradera. El mando es por tanto, aquí, aun
independientemente de las relaciones biológicas, factor de coherencia y
estabilidad.
Ahora bien: la familia es
el grupo social más reducido numéricamente, aquel en cuyo seno resulta más
fácil concebir una armonía sin coacción, hecha de sentimientos e intereses
comunes, por lo menos si descartamos arbitrariamente su papel funcional
procreador, que exige, en todos los casos, una jerarquía fundamental. Pero si
consideramos a un grupo que no pueda limitarse a la coexistencia de sus
miembros por ser la actividad común su única justificación, la necesidad del
mando se hace absoluta. Sin él, una cuadrilla de obreros no podría poner un
riel, ni cavar una trinchera, ni menos aún edificar una casa, porque los
esfuerzos individuales deben ser orientados y sincronizados. Sin él, un taller
trabajaría en el vacío y no tardaría mucho en pararse. Sin él, una unidad
militar perdería su eficacia y se haría destrozar. Sin él, una academia o un
club deportivo, asociaciones contractuales típicas sin embargo, serian
incapaces del menor trabajo colectivo.
Privada de mando, una aldea
zozobraría en el caos. Las rivalidades privarían sobre los intereses comunes, y
la ley de la selva pronto regularía sola las relaciones entre las familias. Con
más razón una colectividad territorial más importante se disolvería en la guerra
civil. La historia nos enseña, hasta la evidencia, que el orden social solo
impera donde existe el mando, al nivel del mando.
La alta Edad Media no
conocía, como autoridad efectiva y constante, sino la del señor feudal: el
orden reinaba en la aldea, y el desorden entre las aldeas. Luego, a medida que
se producía el proceso de concentración, vale decir de extensión, del campo del
mando, el orden alcanzó la provincia y la comunidad dinástica, y el desorden
só1o imperó entre las provincias, y, más tarde, entre las comunidades
dinásticas. En el campo económico podemos seguir un proceso inverso. Cuando
desapareció la autoridad de las corporaciones, el mando ya no existió sino al
nivel de la empresa, y la libre competencia – ley de la selva también – reguló
sola los intercambios de mercancías.
Siempre y en todas partes
el mando, es una necesidad social. La horda más miserable exige un. Jefe. El imperio más civilizado sólo subsiste en
cuanto posee un poder central. No hay excepción.
4.
El origen del mando: la voluntad de poderío social
Por un lado, pues,
desigualdad de los individuos que forman la “materia prima” humana de todo grupo social y, por otro,
necesidad de que uno o varios de dichos individuos manden a los demás. El
problema parece sencillo de resolver sin recurrir a ninguna metafísica. Se
reduce a establecer cierta relación entre la realidad biopsíquica individual y
la exigencia social. Estarán encargados de las funciones de mando los hombres
más capaces de dirigir una colectividad determinada.
Desgraciadamente, no se ha
inventado aún la máquina de descubrir jefes, y parece poco probable que
semejante instrumento algún día vea la luz. Por eso, la indispensable selección
se encuentra demasiado a menudo falseada, como lo veremos en el capítulo VI,
por sistemas institucionales erróneos. No se realiza espontáneamente sino en
los pocos momentos históricos de la formación de una nueva sociedad sin bases
anteriores estables; pero el análisis del proceso de jerarquización que se
desarrolla entonces resulta particularmente revelador del origen real del
mando.
Tomemos dos ejemplos. En
primer lugar la alta Edad Media europea. La jerarquía romana se ha desmoronado.
Las autoridades locales que han sabido resistir la descomposición del Imperio
corresponden al orden civil y al religioso. No son capaces, por tanto, de
cumplir eficazmente su papel cuando la anarquía deja campo abierto a las tribus
bárbaras y a las bandas de salteadores. Por eso vemos, en todo el Occidente,
afirmarse hombres fuertes y audaces, acostumbrados al ejercicio de las armas,
que se ponen a la cabeza de las comunidades que protegen, y alrededor de los
cuales se reagrupan las comunidades en busca de protección, creando así la
nueva jerarquía, de base militar, del feudalismo. No siempre son los más inteligentes
ni los más honestos, sino aquellos que poseen el don de mando y las cualidades
peculiares que exigen las condiciones momentáneas de la existencia social.
Más cerca de nosotros, la
conquista y colonización de la Frontera norteamericana, en el siglo
pasado, nos muestra un espectáculo idéntico. De las caravanas que se lanzan al
desierto y que deben defenderse de los indios surgen jefes, capaces de
imponerse a hombres rudos que solo respetan el valor personal y de dirigir a la
vez el descubrimiento y la guerra. Como era de esperar, se quedan con la parte
del león en las tierras conquistadas y van constituyendo una capa social
dirigente que domina aún en ciertos Estados y que hubiera podido convertirse,
sin la presión de la sociedad norteamericana preexistente, en una verdadera
aristocracia terrateniente.
En ambos casos, vemos a
hombres de cualidades excepcionales y adaptadas a las circunstancias imponerse,
sin designación de ninguna especie, a sus semejantes y apoderarse del mando, a
veces no sin resistencia, rivalidades y lucha. No hay, pues, en ellos,
simplemente superioridad, sino también una voluntad de poderío social que marca
la elección entre los dos caminos que se abren al hombre superior: el encierro
en sí mismo o en un grupo reducido – familia o convento –, y la exaltación de
su personalidad en la identificación con su medio social.
El jefe no es el
superhombre de Nietzsche, desdeñoso de la sociedad de la que ha nacido y sin la
cual, sépalo él o no, no podría vivir, sino el conductor integrado en el grupo
o en la Comunidad que encarna y dirige. El mando no es, para él, un don del
Cielo ni una misión que se le confía, sino un medio de afirmación integral de
su personalidad en la síntesis interior de su dinamismo personal y de su
instinto social. Se realiza plenamente en la función que se impone y en la cual
se impone a los demás, aun cuando se le solicite aceptarla. Necesita el mando y
lo reivindica como un derecho.
5.
El origen de la obediencia: la necesidad de ser mandado
Tal necesidad de mandar
evidentemente sólo puede satisfacerse si existe en contrapartida la obediencia.
No es, repitámoslo, que los hombres se dividan en dos categorías, una de jefes
y la otra de pasivos. Aun en las razas dominadoras, los jefes integrales y
exclusivos son muy pocos. La exigencia de autoridad suprema procede, en efecto,
no sólo del don de mando y de la ambición social, sino también de un haz de
cualidades excepcionales. Asimismo, en una sociedad sana, los receptivos puros,
incapaces de ninguna autoridad sobre sus semejantes o, ¿por qué no?, sobre los
animales, y que eluden todo mando, constituyen una ínfima minoría de anormales.
La separación no se
establece entre amos y esclavos, sino entre hombres que, cualesquiera sean su
jerarquía y función, no soportan o soportan difícilmente ser mandados y buscan
siempre y en todas partes afirmarse en la iniciativa personal y la
responsabilidad, y la masa de aquellos a los que su naturaleza predestina a
integrarse en una jerarquía preestablecida y a desempeñar en ella un papel
subordinado, luego a obedecer y mandar al mismo tiempo y en proporciones
variables según los individuos. La obediencia fastidia a los primeros. Los
segundos la buscan fuera del campo limitado en que se aplica su capacidad de
mando.
La obediencia puede, por
tanto, ser el producto de la fuerza de las cosas, o de la fuerza sin más,
cuando un jefe debe someterse, en contra de su voluntad, a órdenes que no
reconoce valederas para sí, o cuando un hombre cualquiera sufre una presión
irresistible en el dominio en que le corresponde ser el amo; pero no es ésta su
auténtica naturaleza, puesto que, fuera de casos accidentales, no sólo es
aceptada sino también deseada.
Basta considerar la
relación fundamental de autoridad en que se funda el orden del grupo familiar
para comprobar que la conciencia sólo es aquí un fenómeno secundario. El niño
se rebela a veces contra su estado de subordinación. No por eso es menos
indispensable la obediencia para su desarrollo y hasta para su supervivencia.
Es para él una necesidad que procede de su inferioridad relativa. Esto no es
exacto solamente para el niño. Cualquier ser humano, consciente o no de su
insuficiencia personal, que no sea capaz de dirigirse plenamente a sí mismo y
de actuar sobre su medio social con el objeto de adaptárselo para no verse
constreñido a adaptarse a él, sólo se realiza en la medida en que un jefe
compensa sus lagunas trazándole el camino por seguir y obligándolo, cuando hace
falta, a respetarlo.
A la necesidad de mandar
corresponde pues, la necesidad de ser mandado, que no resulta menos natural
puesto que ambas expresan a la vez realidades biopsíquicas y las consecuencias
sociales de su comparación.
La obediencia no es por
tanto, en absoluto, un efecto de la vida social. No procede, en su principio,
ni de una opresión ni de una enajenación voluntaria por contrato, aun cuando,
en tal o cual caso, así ocurra de hecho. Es sencillamente la otra faceta de la
jerarquía inherente a la naturaleza social del hombre, naturaleza ésta que
constituye la causa de la organización social. Vale decir que no consiste de
ninguna manera en una disminución, en provecho del jefe, de la autonomía del
ser relativamente débil, sino que condiciona, por el contrario, su afirmación.
La obediencia es un derecho
más ineludible que el que nace de la necesidad de mandar. El jefe, ignorado o
rechazado, puede en efecto replegarse en sí mismo, permitiéndole su fuerza personal aislarse en alguna medida de su
medio social mientras que el débil es impotente fuera de los marcos que lo orientan
y protegen. Sin jefe, el niño no puede vivir, ni el obrero producir, ni el
soldado combatir. Los campesinos vandeanos se llevaban por la fuerza a los
nobles liberales que no querían ponerse a su cabeza, y los obreros italianos
que ocupaban las fábricas después de la primera guerra mundial raptaban en la
calle a técnicos sin los cuales no les resultaba posible trabajar. Unos y otros
reivindicaban así instintivamente su derecho a ser mandados, aun cuando fueran
totalmente incapaces de formularlo. Hasta en el caos de la guerra civil y de la
guerra social la necesidad de jefes se imponía.
6.
La Comunidad orgánica jerarquizada
Si el instinto social exige
de los hombres que vivan en grupos, es el mando, necesario a la vez a los
individuos que lo ejercen y a aquellos que obedecen, el que da a dichos grupos
la estructura jerárquica indispensable para su funcionamiento.
El carácter natural del
orden que de él procede es claramente perceptible en la familia, puesto que sus
bases aquí son biológicas, y es tan inconcebible modificar la relación entre el
varón y la mujer, que establece la unión sexual, como atribuir a los niños
alguna autoridad sobre sus padres. Resulta apenas menos evidente en el seno del
taller, célula social económica, en la parroquia o en la compañía militar,
porque en estos grupos la doble necesidad que hemos analizado más arriba se
afirma en un nivel primario que la hace inmediatamente sensible.
Pero, fuera de la sociedad
patriarcal, en la que el conjunto de las actividades sociales se realiza en un
grupo único y multiforme, el ser humano no está sometido sólo a la jerarquía
del grupo o de los grupos básicos de los que forma parte. Vive en el seno de
una comunidad, vale decir, de un complejo de grupos biológicos, económicos,
religiosos, étnicos, territoriales, etc., cada uno de los cuales tienen su
orden propio que se opone en alguna medida al de los otros, y que permanecen
sin embargo unidos por vínculos de solidaridad más fuertes que sus
antagonismos. Más exactamente aún, la comunidad se presenta como una pirámide
de federaciones cuya base está constituida por grupos naturales y asociaciones
que, unos y otras, sólo se pueden reducir en
los individuos que los componen y para los cuales representan la realidad
social primaria.
El hombre es miembro de una
familia, de un taller, de una parroquia, de un club deportivo. Pero las
familias agrupadas en cierto territorio forman un municipio; varios municipios
yuxtapuestos, una provincia; varias provincias, una nación. Y lo mismo ocurre,
o debería ocurrir, con los demás grupos de función común. En los diferentes
grados de semejante organización piramidal, el mando existe: es éste un hecho
de observación y es también una necesidad comprensible.
Si la autoridad representa
un factor indispensable de orden en la familia, cuyos miembros ya están unidos
por la solidaridad carnal, con más razón se debe afirmar en los conjuntos que
no poseen unidad inmanente y cuyos elementos sólo están asociados por vínculos
que les son exteriores aun cuando de ellos depende su existencia.
El orden federal limita, en
el interés común, la autonomía de los grupos básicos, y tanto más cuanto más
amplios son los complejos que abarca. Suscita por eso mismo reacciones de
defensa que deben neutralizarse. La autoridad federal es más lejana y menos
tangible que la que se afirma en el seno del grupo mínimo. Debe, por tanto,
imponerse con tanta mayor fuerza cuanto que más discutible resulta, si no en su
principio, por lo menos en su expresión momentánea y en quienes la ejercen. Los
grupos federados no sólo están destinados a coexistir, sino también a
colaborar, en el sentido preciso de la palabra, exactamente como los miembros
de una familia. No les basta, pues, limitar recíprocamente su campo de acción,
como ocurre en las comunidades soberanas yuxtapuestas. Tienen que desempeñar
cada uno su papel particular en el seno del organismo social. Sus funciones
respectivas son complementarias. ¿Cómo podría concebirse una armonización de
tantas actividades diversas e interdependientes sin un orden jerárquico, que
implica el mando?
La comunidad orgánica, por
el solo hecho de estar formada por individuos y grupos desiguales, posee, por
otra parte, los factores humanos de tal orden. En ella, como en cada grupo
básico, los jefes buscan mandar y los pasivos desean obedecer. La jerarquía
nace, por tanto, de una doble exigencia de su ser social y de su materia
prima individual. No es sorprendente que la historia no nos ofrezca un solo
ejemplo de comunidad sin mando.
No han faltado teóricos,
sin embargo, que consideren dicho mando superfluo y parasitario.
Para los sociólogos de la
escuela anarquista, la autoridad central es, no sólo inútil, sino también
perjudicial para la existencia común de los grupos y los individuos. No es sino
un instrumento en manos de una minoría opresora, y se superpone a la realidad
comunitaria sin jamás formar parte de ella. Kropotkin, en eso muy distinto de
los individualistas, analiza perfectamente la estructura orgánica de la
sociedad, pero la jerarquía, para él, sólo tiene razón de ser en el interior de
los grupos y no entre ellos La Comunidad anárquica estaría formada, pues, por
un mosaico de colectividades pequeñas, que se entenderían automáticamente por
el solo hecho del interés común y de la solidaridad natural. Según el
ejemplo preferido de nuestro autor, la colaboración de los grupos autónomos
sería tan fácil como la de las compañías de ferrocarriles de un mismo
continente, que coordinan sin dificultad alguna sus diferentes actividades
técnicas y comerciales aunque no existe por encima de ellas ninguna autoridad
central.
Para Marx y sus discípulos,
el poder no pasa de ser la expresión dominadora de una clase económica,
burguesía o proletariado, y la dictadura socialista, una vez quebradas las resistencias
interiores y exteriores, desaparecerá para dejar lugar a una sociedad comunista
sin clases en la cual la administración de las cosas sustituirá al mando sobre
las personas Aunque no tiene de la estructura social natural una concepción tan
claramente enunciada como la de Kropotkin y considera la extinción de la
autoridad comunitaria como la conclusión de un largo proceso evolutivo, Marx
estima, pues, no sólo deseable, sino también inevitable la sociedad anárquica.
Pero se trata
evidentemente, en uno como en otro, de una utopía que procede de una herencia
enciclopedista no repudiada: la creencia en la bondad natural del hombre. Por
paradójico que eso pueda parecer en Kropotkin, cuya concepción orgánica de la
sociedad es del todo semejante, salvo en lo que atañe al punto que nos ocupa, a
la de Maurras, y en Marx, que, en el campo económico, reacciona tan
violentamente en contra del liberalismo del siglo XVII, uno y otro siguen
impregnados de las teorías elaboradas y utilizadas por la burguesía en su esfuerzo
por desintegrar la comunidad tradicional y adueñarse del poder.
Rechazan, sin embargo, el
individualismo y admiten el carácter natural de la sociedad. Kropotkin muestra
además con una claridad sorprendente la existencia en el hombre de un instinto de
solidaridad más fuerte que su tendencia egoísta a la lucha por la vida. Pero se
niega a ver, también como Marx, que dicho instinto se expresa precisamente por
un orden jerárquico. Igualitarios, niegan la autoridad en sí, o, por lo menos,
su legitimidad. Optimistas, piensan que el hombre vivirá pacíficamente en buena
inteligencia no sólo con los miembros de su grupo, sino también con los grupos
vecinos. Olvidan que el instinto de solidaridad sólo actúa automáticamente en
el marco reducido al que el individuo se siente ligado por una vida colectiva
inmediata, y que le es necesario, para afirmarse en el seno de conjuntos más
amplios, apoyarse en la realidad de una estructura preestablecida que no puede
existir sin mando.
La historia de la Edad
Media nos muestra un ejemplo irrefutable de los límites de la solidaridad
espontánea. En el caos nacido de las invasiones bárbaras y de la desintegración
del Imperio romano, los grupos comunales se replegaron en sí mismos,
estrechamente unidos alrededor de los jefes militares que las necesidades de la
defensa hacían imprescindibles. Pero se trabaron en lucha entre sí. La
Comunidad no sobrevivió a la desaparición de la autoridad que la hacía real, y
esto a pesar del interés que todos tenían en conservarla.
Si damos al término de
comunidad el sentido, que es el suyo, según creemos, de colectividad social
autónoma, sería más exacto decir que, en el caso que acabamos de citar, la
comunidad feudal sustituyó a la comunidad imperial por el hecho mismo de que el
mando había pasado del plano imperial al plano feudal. Lo que hace la comunidad
no es, por tanto, la vida colectiva, el intercambio de servicios, la, división
del trabajo ni el interés común – meras consecuencias –, sino la autarquía.
Sean lo que fueren los
factores que favorecen por otra parte su formación y existencia, la Comunidad
se define por la extensión más o menos amplia del poder central. La familia
patriarcal es comunidad, no por bastarse a sí misma, sino por desconocer
cualquier autoridad que no sea la del padre. El Imperio romano era comunidad
porque los pueblos que abarcaba estaban sometidos a un poder supremo común.
En la familia patriarcal,
sin embargo, la autoridad comunitaria no es diferenciada, puesto que el padre
manda en todos los campos en razón de su naturaleza y función biológicas. Pero
tan pronto como consideramos una comunidad compleja, el poder supremo adquiere
un carácter peculiar. Se superpone e impone al poder bruto e inmediato de los
jefes de familia, cuyo campo de aplicación limita. Se especializa y responde a
una función social perfectamente determinada, de cuyo desempeño depende la vida
común de los grupos subordinados. Se hace entonces propiamente político, y el
elemento social, – no podemos aún definirlo de modo más preciso – que lo
ejerce toma el nombre de Estado.
Aquí estamos, pues, frente
al objeto de nuestro estudio, y ya podemos considerar los datos básicos del
problema, puesto que todo lo que hemos dicho del mando en general se aplica al
mando en particular cuya expresión es el Estado.
Desde ya sabemos por
nuestros análisis anteriores que el Estado en sí no es el resultado de un pacto
entre seres libres e iguales, ni siquiera entre los grupos naturales que
federa, o entre sus jefes. Por el contrario, nace de la exigencia de mando
central de la comunidad a la cual es inherente. Y cuando decimos que nace, no
queremos decir en absoluto que surge en el seno de una comunidad preexistente,
puesto que no hay comunidad sin mando, luego sin Estado, sino sencillamente que
se afirma al mismo tiempo que la comunidad a la que corresponde, sea que
proceda, de la ampliación del Estado de una comunidad anterior más pequeña, sea
que se cree junto con la nueva comunidad.
Tal vez se nos objete que
la, historia nos presenta más de un ejemplo de Estado constituido por un
contrato formal entre comunidades que deciden asociarse y someterse a un poder
federativo, y se nos citará sin duda el caso de Suiza, cuyo origen se encuentra
en la unión voluntaria de los cantones primitivos, y el de los cuarenta y un
jefes de familia desembarcados del Mayflower,
que decidieron solemnemente darse una organización común. Hay que notar, sin
embargo, volens nolens, que tales pactos
políticos (y no sociales, puesto que sólo están aquí sobre el tapete las modalidades
de la vida colectiva), además de que expresan una necesidad histórica y no una
voluntad arbitraria, fundan, por una decisión única, a la vez el Estado y la
Comunidad, con razón considerados como un todo.
Aun tales ejemplos,
extremos y escasos, de federación voluntaria, por lo demás impuesta por las
condiciones de existencia social en determinado
momento, nos muestran, por tanto, que el esquema liberal de una comunidad
anárquica que decide darse un Estado no responde a realidad alguna.
No hay Comunidad política
sin Estado, puesto que el Estado constituye el imprescindible vínculo
autoritario entre los grupos federados. Recíprocamente, el Estado es
comunitario por definición puesto que siempre existe por necesidad de un mando
sin el cual la federación se disociaría o no se constituiría.
9.
El Estado, órgano comunitario
El
análisis que acabamos de hacer podría dar la impresión de que Estado y
Comunidad son dos realidades, asociadas e interdependientes sin duda, pero
distintas. Semejante impresión sería equivocada.
El mando no puede ser, en
efecto, exterior al conjunto social del que es factor inmanente de unificación
y para el cual constituye así una necesidad vital. Es función comunitaria y,
por el solo hecho de desempeñarla, el Estado forma parte de la Comunidad. Mejor
aún: es la Comunidad considerada en uno de sus aspectos esenciales y en uno de
sus procesos fundamentales. La Comunidad no es de naturaleza jerárquica en
cuanto incluye un Estado: incluye un Estado en
cuanto es de naturaleza jerárquica y el Estado constituye su jerarquía.
Luego, no se incorpora un
elemento que le sea útil y le dé un carácter nuevo que la perfeccione: se
especializa en un instrumento funcional diferenciado. El Estado ni siquiera es
creación de la Comunidad, puesto que ésta no le es anterior, sino un simple
órgano merced al cual la Comunidad cumple una condición de su ser.
Un órgano: ya hemos soltado
la palabra. No es nuestro propósito discutir aquí las teorías sociológicas
organicistas. Limitémonos a precisar que al definir el Estado como acabamos de hacerlo no pretendemos asimilar la Comunidad a un
organismo biológico, sino que comprobamos sencillamente la analogía que existe
entre cuerpo individual y cuerpo social. Dicha analogía es llamativa en lo que
atañe al tema de nuestro estudio. La comunidad familiar no tiene más Estado que
el animal unicelular cerebro. Pero tan pronto como la multiplicidad exige una
coordinación unitaria, el ser, individual o social, diferencia en su seno el
órgano especializado en el desempeño de la función primordial del mando.
Se nos opondrán los
ejemplos históricos de Estados que nacieron de la conquista, tales como la
monarquía normanda en Inglaterra, o también del llamado de una dinastía
extranjera, caso éste de numerosas naciones europeas. ¿Debemos admitir, pues,
que el Estado, por indispensable que sea, se distingue de la
Comunidad, y no en, ella como pensábamos haberlo demostrado? No,
en absoluto. El elemento exterior, en efecto, no se agrega a la Comunidad: se
incorpora en ella. No crea el Estado: se introduce en su marco preexistente o,
en rigor, reemplaza el órgano degenerado.
Se trata, por tanto, del
equivalente social de un injerto quirúrgico, que no agrega nada a la estructura
del organismo, sino que permite artificialmente a este último satisfacer una
necesidad vital. En el caso extremo de que el Estado conquistador no se
asimilara y, aunque desempeñando las funciones del Estado comunitario,
permaneciera extraño al cuerpo social, la situación sería análoga a la de un
organismo individual mantenido con vida mediante alguno de esos órganos
mecánicos que la medicina empieza a emplear: situación anormal que no prejuzga
en nada la naturaleza del órgano provisionalmente sustituido.
Las consecuencias de
nuestro análisis son excepcionalmente importantes. Simple órgano, el Estado no
goza, en efecto, de ninguna autonomía ni, con mayor razón, de ninguna
supremacía con respecto a la Comunidad. No es sino el funcionario de la
colectividad de la que forma parte y a la cual está sometido. Está a su servicio.
La función que ejerce no le pertenece en propiedad, aunque él es su único
titular calificado, sino por delegación de poder.
Eso no quiere decir, antes
al contrario, que sea el instrumento de los grupos federados, ni que dependa de
su voluntad mayoritaria o hasta unánime. Pues la Comunidad no se reduce a la
suma de sus grupos constitutivos, con mayor razón si se excluye al que
desempeña, por su especialización, un papel primordial. Pero es éste un
problema que supone datos que no hemos encontrado aun. Lo examinaremos en
nuestro próximo capítulo. Limitémonos aquí a poner de relieve la naturaleza
orgánica del Estado.
10.
El Estado, órgano de mando
En el cuerpo social, como
en el cuerpo individual, la diferenciación orgánica no es sino la consecuencia
de la división del trabajo, nacida de la complejidad constitutiva del conjunto
considerado. Pero tal división, ligada a la evolución de la vida colectiva,
hacia formas que permitan un mayor poderío en todos los campos, conduce a una
compartimentación funcional, en si disociadora, que el organismo debe
compensar. Lo hace mediante un órgano de naturaleza particular cuya función,
aunque especializada, participa de la unidad organísmica que impone a las
partes federadas.
El Estado, digámoslo así,
está especializado en comunidad. Es la clave de bóveda que mantiene en
relaciones armoniosas los elementos constitutivos del edificio, permitiéndoles
por eso mismo desempeñar un papel que no tendría razón de ser ni, por tanto,
sentido alguno fuera del conjunto.
Por cierto que tal
comparación estática resulta muy insuficiente, pues las partes de la Comunidad
están dotadas cada una de un dinamismo propio, y sólo una fuerza, cuyas
modalidades de acción estudiaremos en el capítulo IV, puede lograr su
unificación. Pero desde ahora podemos precisar el papel comunitario del Estado.
Ya sabemos que nace de la exigencia social de mando. Nos basta unir los dos
términos de órgano y de mando para definir no sólo su función primordial sino
también la naturaleza de su poder.
Puesto que el Estado, en
efecto, no es nada sino en función de la Comunidad, de la cual no hace sino
expresar una tendencia esencial, su autoridad no le puede pertenecer en
propiedad ni surgir de su propia naturaleza. El poder que ejerce es por tanto,
sencillamente, el poder comunitario.
Su existencia, su
estructura y su dinamismo proceden de la función organísmica de mando por la
cual la colectividad se impone a las tendencias divergentes de los grupos que
la componen y cuya coherencia mantiene afirmándose con respecto a las
Comunidades autónomas que le están yuxtapuestas. El Estado, pues, no manda a la
Comunidad, como a veces se dice, sino en nombre de la Comunidad.
Su situación, no hay que
negarlo, resulta en apariencia, por el hecho mismo, un tanto paradójica. Por
una parte, tiene por naturaleza autoridad sobre el conjunto de los grupos que
constituyen el cuerpo social. Puesto que es uno de dichos grupos, escapa a todo
constreñimiento exterior y no depende sino de sí mismo. Sólo está dominado por
una entidad incorpórea y mítica, tanto menos capaz de darle órdenes cuanto que
no adquiere realidad ni manda sino por él. Pero, por otra parte, es el
funcionario de la Comunidad a la cual está sometido por definición y sin la
cual su poder se esfumaría, puesto que todo poder supone una fuerza (y veremos
en el capitulo V que el Estado en alguna medida, la posee por sí mismo), pero
también un punto de aplicación.
No hay mando sin alguien
que mandar, y el Estado sólo manda a los grupos federados en su carácter
de órgano comunitario. Pero semejante situación ¿no es común a todos los
organismos, sean individuales o sociales? El cerebro ¿no es, también él, un
órgano de mando organísmico, sometido sin embargo al organismo? Se nos
contestará que el cerebro es dirigido en su acción por una finalidad
inmanente, que es la del organismo mismo. Veremos, en el siguiente capítulo, si
el Estado es orientado de un modo semejante, como desde ya podemos suponerlo,
puesto que no hay función sin finalidad.
Nos basta, por el momento,
notar que el Estado tiene por papel el de dirigir los distintos grupos sociales
que le están subordinados, pero también el de guiar a la Comunidad misma en el
camino de su realización. Pues no resulta suficiente unificar los elementos
constitutivos del cuerpo social, vale decir, crear las condiciones internas de
la vida organísmica. También es preciso que el organismo social asegure sus
condiciones exteriores de existencia, o sea, que se afirme en su medio
adaptándose a él en la medida, y sólo en la medida, en que no puede
adaptárselo.
11.
El Estado, órgano de conciencia
Pero, para dirigir la
Comunidad y, en primer lugar, asegurar su existencia, la autoridad no basta. El
Estado es un órgano-jefe, y un jefe sólo manda eficazmente cuando elabora sus
órdenes en función de una meta que alcanzar, luego, de necesidades que llenar.
La autoridad no es sino el indispensable factor de aplicación de un
conocimiento previo. Reducido a sí mismo, el mando sólo tiene sentido si se le
suministran, ya hechas, las directivas que se limita entonces a transmitir y a
imponer, como ocurre con un miembro subalterno de una jerarquía cualquiera.
Pero el Estado no recibe instrucciones de nadie, por la sencilla razón de que
está ubicado en el ápice de la pirámide social. Necesita, pues, para poder
cumplir su función de mando, ser en primer lugar – y en efecto lo es – órgano
de conciencia de la Comunidad.
Lo mismo que el cerebro del
organismo individual, el Estado centraliza las informaciones que le llegan de
los varios elementos constitutivos del cuerpo social. Conoce la existencia, la
naturaleza, las necesidades y las relaciones de los grupos básicos y de las
federaciones intermedias. Pero, más aún, aprehende el todo comunitario en su
ser y en su historia. Un conjunto de conocimientos fragmentarios no le
permitiría, en efecto, desempeñar el papel de unificador, puesto que se le
escaparía la vida misma del organismo, vida que no es suma de actividades
parciales sino proyección en el tiempo de una realidad unitaria.
El Estado se interesa por la
esencia dinámica de cada grupo en la medida en que representa un factor celular
u orgánico de la vida comunitaria. Toma así conciencia de las condiciones
internas de existencia del organismo social o, más exactamente, por él el
organismo social toma conciencia de su ser a la vez en sus modalidades y en su
unidad.
Pero no es este
conocimiento del todo satisfactorio. La Comunidad vive en un doble medio
interior y exterior. Está condicionada en su desarrollo por la geografía, mas
también por la presión o la resistencia de las colectividades que la rodean. Le
resultaría imposible adaptarse a dichas realidades y adaptárselas si las
desconociera. El Estado, por tanto, capta funcionalmente el conjunto de los
datos de la evolución comunitaria. Y eso no basta todavía. Una información sólo
es útil cuando se extraen sus consecuencias, cuando se la explota, como dice el
lenguaje militar. Entre la conciencia de los hechos y el mando se sitúa la fase
fundamental de la elaboración de órdenes que nada tienen de resultantes
automáticas, sino que implican, por el contrario, una visión del porvenir.
El sociólogo de gabinete
puede edificar una ciencia política indiferente inducida de la
experiencia histórica. El organismo social no puede limitarse a ella, porque
tiene que dirigirse en el sentido de su afirmación, o sea, intervenir en el
proceso de los acontecimientos por una elección entre el progreso y la
decadencia, entre la vida y la muerte. Un problema matemático sólo permite una
solución exacta, aun cuando varios caminos lleven a ella. Un problema político
abre, por el contrario, un abanico de posibilidades tan lógicas unas como
otras, pero desigualmente favorables. A la conciencia de los datos presentes el
Estado debe, por tanto, agregar la de la voluntad de vivir de la Comunidad,
vale decir, pensar en función del futuro, y de un futuro necesariamente
positivo.
Entre el conocimiento y el
mando se inserta, pues, una intención que el Estado aprehende, pero no se
limita a aprehender: una intención que realiza, luego que posee. Su conciencia
del ser comunitario y de sus condiciones de existencia no es neutral. Vemos
que, a pesar de nuestro esfuerzo para no salir del campo fisiológico,
tropezamos sin cesar con la naturaleza biológica del Estado, objeto del
próximo capítulo. Nada más normal, por lo demás: un órgano viviente no se puede
estudiar en su función, esto es, en su finalidad particular, sin que intervenga
la finalidad general del organismo. Con mayor razón cuando se trata del órgano
central en el cual y por el cual dicho organismo afirma su unidad.
12.
EL Estado, factor
del orden político
En este punto de nuestro
análisis, conviene y resulta posible resolver un importante problema de
vocabulario.
La palabra Estado tiene, en
efecto, dos sentidos bien distintos, Por una parte, significa Comunidad
políticamente organizada. Es ésta la acepción que le dan, por lo general,
los juristas, y también muchos sociólogos más o menos influidos por el
hegelianismo, aun cuando no acepten sus tesis en la materia. Por otra parte, se
llama Estado, como lo hemos hecho, al órgano de conciencia y de mando de la
Comunidad, vale decir, al Príncipe de la antigua terminología, más
precisa que la nuestra, pero demasiado limitada para que sea posible volver a
adoptarla.
El peligro no reside tanto
en la pobreza, por deplorable que sea, del vocabulario moderno, como en la,
confusión que demasiado a menudo introduce en las ideas. Aun en teóricos de
mente vigorosa se produce a veces un deslizamiento involuntario de un concepto
al otro, y se llega a no distinguir ya muy bien el Estado-Comunidad del
Estado-órgano comunitario.
Para elegir un ejemplo
cercano, la mayor parte de las críticas formuladas contra la doctrina
totalitaria proceden de la interpretación equivocada de proposiciones
ambiguas. Decir, en efecto, que el individuo, en cuanto ser natural, está
sometido sin limitaciones al Estado no tiene, por cierto, el mismo significado
si el término expresa la Comunidad que si se aplica al Príncipe. Ahora
bien: los teóricos del fascismo italiano lo emplean siempre en su primer
sentido mientras que sus adversarios le dan, por lo general, el segundo.
Difícil es, por lo tanto, que se entiendan.
La dificultad, sin embargo,
tiene solución sencilla. La palabra Estado, en su acepción de Comunidad
políticamente organizada, supone redundancia, puesto que toda Comunidad, por
definición, posee un orden político. Por el contrario, no tenemos otro término
que Estado para designar un órgano bien diferenciado en su ser y bien definido
en su función. Resulta lógico, pues, y además indispensable, reservar la
denominación de Estado sólo al órgano
de conciencia y de mando del cuerpo social.
¿Los idealistas nos
objetarán que nuestro análisis nos ha llevado a conclusiones abusivas y que el
Estado no es sino la organización política de la Comunidad, de la cual, por
tanto, es ilegitimo aislarlo, aun por un mero proceso de abstracción? Si
entendemos con ellos por organización política el conjunto de las relaciones
que existen entre los grupos básicos y entre las federaciones secundarias,
estableciendo la unidad organísmica, la objeción no cabe. Por inherente que sea
al ente social, la organización política, en efecto, no es espontánea. Es en su
principio la consecuencia y en sus modalidades la creación del mando, y el
mando supone un órgano especializado, cuya naturaleza comunitaria y distinción
funcional hemos reconocido, y del cual veremos, en el capítulo III, que
puede ser delimitado anatómicamente. En el estado de caos social (lo
hemos establecido con nuestros ejemplos de la alta Edad Media y de la
Frontera norteamericana) el orden nace del mando y no el mando del orden. Y
en la Comunidad organizada el Estado modifica sin cesar las relaciones
políticas según las necesidades que surgen de circunstancias cambiantes, Si
damos al término de marras el sentido, igualmente legitimo según el
diccionario, de conjunto de los elementos que constituyen la estructura
jerárquica del cuerpo social, afirmamos por eso mismo, con otro nombre menos
preciso, la existencia del Estado-órgano. En ambos casos, el Estado nos aparece
como el factor del orden político de la Comunidad.
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