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Jaime María de Mahieu
EL ESTADO COMUNITARIO
II. EL ESTADO, PRODUCTO Y FACTOR DE LA HISTORIA
La Comunidad política no
está constituida por grupos siempre idénticos a sí mismos y fijados de una vez
unos con respecto a otros en posiciones invariables, como lo están las casas de
una ciudad. Cada grupo está hecho de materia viviente – los individuos – y se
transforma sin cesar en el curso de su evolución, resultante de las evoluciones
biopsíquicas de sus componentes, aun cuando las relaciones fundamentales que
existen entre estos últimos permanecen sin cambio.
La familia, verbigracia,
supone esencialmente la relación sexual entre el varón y la mujer. Pero sus
modalidades varían con la personalidad de sus miembros y con las circunstancias
que la condicionan. Sabemos hasta qué punto la ha modificado la
industrialización. Y nadie puede dejar de comprobar que, entre la formación de
la pareja y su disociación, la estructura familiar pasa por fases diversas
aunque encadenadas. Sin embargo, la familia es un grupo natural que posee un
sustrato biosocial invariable. No así en lo que atañe a las asociaciones,
nacidas por contratos sin fundamentos necesarios, que podrían no existir o
tomar formas del todo distintas de lo que son.
Naturales
o contractuales, todos los grupos sociales deben, por otra parte, para
subsistir, adaptarse a sus condiciones interiores y exteriores de realización,
y por tanto se modifican constantemente. Puesto que sus elementos constitutivos
básicos cambian en su ser o en sus modalidades, y siendo accidentales sus demás
células, la Comunidad ya es cambiante en su sustancia. Las relaciones que
establece entre los grupos que federa tiene evidentemente que variar con esos
mismos grupos, Pero el complejo que constituye no es un simple conglomerado, ya
lo hemos dicho, y todo intento de reducirlo a sus componentes tropieza con la
realidad profunda de la esencia misma del todo unitario.
Es
un hecho de observación que la Comunidad posee una duración propia –
estudiaremos su proceso en el capítulo IV –, naciendo, desarrollándose y
muriendo como un individuo. La historia nos trae mil pruebas de semejante
fenómeno. Imperios que durante siglos dominaron el mundo conocido cayeron en el
caos. Naciones otrora poderosas y temidas vegetan hoy día en la mediocridad y
ya no cuentan para nada en la vida política del universo, mientras que
Comunidades surgen, dominadoras, donde no había ayer sino un polvo de tribus o
pueblos anárquicos o sometidos. En el seno de las naciones, los regímenes se
suceden, transformándose a la vista la estructura social. Si bien existen leyes
estáticas del orden colectivo, vale decir, constantes que expresan la esencia
estructural de la Comunidad – tal, por ejemplo, la que comprueba la necesidad
de un órgano de conciencia y de mando – no hay ninguna que pueda ser aislada de
la evolución histórica.
La
Comunidad vive, y toda vida corre en el tiempo, no como en un marco impuesto,
sino en una unidad de naturaleza. La duración social es cambio, modificación
constante del complejo orgánico de las relaciones en función de la continuidad
unitaria. La historia es una creación ininterrumpida del presente con ayuda del
pasado. Cada período o forma que se aísla por una operación legítima pero
arbitraria de la inteligencia tiene su razón de ser, y de ser lo que es, en los
precedentes que lo imponen, y condiciona los siguientes que nacen de él. Cada
uno trae elementos nuevos e influye sobre el ritmo de la evolución que le da
existencia y valor.
La
Comunidad crea su historia afirmándose en el presente por adaptación de sus
datos a las nuevas condiciones, y se proyecta en el futuro con una masa de
potencialidades que le corresponderá a ella actualizar o rechazar en el olvido.
Su ser es indisociable de su duración, como su organización es indisociable de
su ser.
14.
El Estado, producto de le historia
Resulta
natural pues que el Estado órgano coexistente con el cuerpo social y factor de
su orden evolucione y se transforme también él, sin cesar. Si bien posee en
cuanto grupo, como lo veremos en el capitulo IV, una duración propia, ésta no
entra en la duración comunitaria como simple componente.
El
Estado, en efecto, no es un grupo como los demás. La familia o la empresa sufre
la influencia del conjunto: no por eso deja de progresar según la ley
particular de un orden que está determinado por una función limitada, por lo
menos en su desempeño, al mismo grupo. La Comunidad de que forma parte puede
desaparecer en un momento dado; el grupo básico seguirá viviendo, a pesar de
ello, sin modificaciones esenciales.
No
así el Estado, cuya función es comunitaria en todos sus aspectos y que no tiene
razón de ser sino en la Comunidad al nivel de la cual se sitúa. Si el cuerpo
social, cuyo instrumento de unificación constituye se modifica, el Estado debe
modificarse junto con él para responder a sus nuevas condiciones de
funcionamiento Se entiende sin dificultad que el Estado, para desempeñar su
papel que permanece sin cambio, no pueda quedar invariable cuando la Comunidad
que dirige ve, por ejemplo, formarse en su seno fuerzas nuevas, o cuando padece
ataques de enemigos exteriores peligrosos. En su forma y en sus variaciones el
Estado es, por tanto, el producto de la historia comunitaria, de la cual surgen
sus condiciones de existencia y acción. Pero no ocurre lo mismo en lo que atañe
a su ser y ya hemos visto en el capítulo precedente que nace junto con el
cuerpo social cuyo indispensable órgano político constituye. Su origen, por
tanto, no es distinto del de la Comunidad a que pertenece. No por eso deja de
ser un problema.
Si
el Estado existe por necesidad comunitaria, queda en efecto por explicar por
qué la Comunidad, con el Estado que su naturaleza implica, nace, en determinado
momento, del caos social, vale decir, por qué los grupos preexistentes se
encuentran federados en una determinada Comunidad mientras otras soluciones
aparecen, en la teoría, igualmente posibles, y de hecho pertenecen a la
realidad de otras épocas. Sólo lo podemos entender teniendo presente que la
historia de la Comunidad no es sino una fase de la historia más amplia de las
sociedades humanas.
Una
Comunidad determinada responde a una exigencia que no existía antes o que las
circunstancias no permitían satisfacer. Sin las necesidades de la defensa, los
antiguos cantones suizos no se hubieran unido. Sin la intención política de
Clodoveo, Francia no hubiera surgido de la desintegración del bajo imperio. El
Estado nació, en el primer caso, de la voluntad comunitaria de colectividades
hasta entonces autónomas, y en el segundo, de la voluntad del conquistador de
convertirse en jefe de una Comunidad posible. Según elijan apoyarse en uno u
otro de estos ejemplos, algunos sociólogos sostienen que el Estado encuentra su
origen en un contrato político, y otros, que procede de la fuerza lisa y llana.
Ambas explicaciones son erróneas. La realidad de la historia no se pliega
fácilmente a las teorías. El agente del cuerpo social varía según las
circunstancias, pero el resultado de su acción es siempre idéntico y unitario.
Quieran
hombres y grupos la unión, o busquen el poder, es la Comunidad provista de su
Estado, la que surge, por lo menos cuando las condiciones ambientales lo
permiten. Las intenciones serán comunitarias o estatistas: las consecuencias
siempre son políticas, en el sentido propio de la palabra. Ni el Estado crea la
Comunidad ni la Comunidad crea el Estado, ya lo sabemos. Es la historia la que
produce el cuerpo social unitario condensando el flujo de las duraciones interactivas
que la constituyen en un todo que se desarrolla en una vida autónoma hasta que
las fuerzas de disgregación, que tienden a destruirlo, terminen por ser más
eficaces que su poderío interno de solidaridad.
15.
EL Estado, intérprete de la historia
No
vayamos, por supuesto, a tomar la historia por una hipóstasis que impusiera sus
actividades respectivas a los individuos y los grupos. La historia no es sino
la misma duración social en cuanto la consideramos en su encadenamiento causal,
y dicha duración, lejos de ser prefabricada por una fuerza exterior o
inmanente, consiste, por el contrario, en la simple proyección en el presente y
en el futuro de la realidad social tal como la ha construido el pasado. Dicho
con otras palabras, la historia se limita a plantear datos que, precisamente
por ser el hecho del pasado, no pueden valederamente ser negados ni rehusados.
Pero
son los individuos y los grupos formados de individuos los que se encuentran
frente a dichos datos, que tienen que aprehender e interpretar, para crear la
duración social presente. Actúan, por tanto, bajo el imperio de condiciones
históricas que hacen necesaria tal o cual actitud para que la colectividad
considerada se afirme en el máximo de su poderío. Pero la necesidad de la
historia no tiene el rigor que la lógica atribuye al término. Es distinta de la
necesidad que reina en los encadenamientos de fenómenos físicos en cuanto no es
determinante. Resulta necesario, en una situación histórica dada, que la
Comunidad tome tal forma o tal dirección porque, si no lo hace, no resolverá de
modo plenamente satisfactorio el problema vital de su progresión en el tiempo y
no realizará. en su mayor grado todas las posibilidades realizables. Pero la
solución no surge automáticamente del flujo de la duración social. Es preciso
que los individuos a la vez tomen conciencia de las condiciones históricas y
descubran la respuesta a darles, lo que hacen en la medida de su capacidad, de
su ilustración y de su sentido social, luego con un margen de libertad personal.
La
intelección política, es, por eso mismo, inseparable de la conducción de la
Comunidad, puesto que constituye su condición previa. De ahí que el Estado,
órgano de conciencia y de mando nacido de la historia, permanezca en la
historia, y casi podríamos decir que es la historia que interpreta en función
de la Comunidad. Los individuos y los grupos que forman esta última son en
efecto, en alguna medida, conscientes de su propia duración. Pero no captan de
la duración histórica del todo de que forman parte sino aspectos parciales y
deformados, por incapacidad en primer lugar, por falta de información luego,
por egoísmo en fin. Su visión política se limita al marco de su actividad e
interés inmediatos.
Para
que la Comunidad pueda evolucionar como conjunto unitario necesita una visión
en su escala. El Estado es su
instrumento indicado. No toma conciencia solamente de los datos estáticos del
orden social, vale decir, de las relaciones que permanecen constantes, a través
de la historia, entre los grupos e individuos, ni de las relaciones cambiantes
tales como existen en el instante presente, sino también de la evolución de
estas últimas, que aprehende en su dinamismo vital. No le basta al Estado
contemporáneo, por ejemplo, conocer la existencia del proletariado en su
estructura interna y en sus relaciones con la burguesía. También tiene que
captar la línea de fuerza proletaria para saber si la presente situación tiende
a la ruptura o a la integración. No le basta estar informado acerca del poderío
militar de una nación vecina. También debe saber si dicho poderío procede de
intenciones agresivas o de preocupaciones de defensa.
Desde
este punto de vista, el Estado funciona, pues, como una especie de receptor
central de las corrientes históricas que aprehende en su interacción cambiante.
Lo podemos comparar, en alguna medida, con el dispatcher de una gran
estación, que conoce, en cada momento, la posición y el movimiento de los
varios convoyes de la red. Pero mientras que estos últimos datos se inscriben
mecánicamente en un cuadro ad hoc, el Estado debe, por el contrario,
captar por un esfuerzo sin cansancio los elementos constitutivos de la duración
histórica y la línea general de su evolución.
16.
El Estado, creador de la historia
Si
se limitara a semejante trabajo de centralización administrativa, el Estado no
seria sino una oficina comunitaria de informaciones. Comprendería la evolución
histórica, pero quedaría fuera de ella. Sería un buen observador de la realidad
política, pero la conciencia que tomaría de los acontecimientos y las fuerzas
no serviría para nada.
Ahora
bien; ya sabemos que la conciencia sólo es para el Estado una condición del
mando, y que no posee para él, por tanto, ningún valor en sí. El dispatcher,
asimismo, no recibe los datos del tráfico para redactar algún informe ni
dibujar algún gráfico, sino para orientar hacia su destino los convoyes a su
cuidado. La comparación, sin embargo, se detiene aquí. Pues la duración
de la red, esto es, su transformación según las posibilidades y exigencias del
transporte, escapa precisamente al dispatcher, que se limita a regular
movimientos previstos en un lapso fijo.
El
Estado, por lo contrario, encarna, lo que podríamos llamar la cuarta
dimensión de la Comunidad. Se sitúa, en el presente de la historia, vale
decir, en el límite fluente del pasado y del futuro, de un pasado que
acrecienta sin cesar y de un futuro que sólo es parcialmente previsible en
función de dicho pasado. No está inmóvil con respecto a los movimientos que
dirige: está como empujado por ellos. No regula tiempos como si estuviera en la
eternidad: vive el tiempo comunitario. Está en la delantera de la historia que
concluye en él y que él afirma, en una conquista continua sobre el futuro, vale
decir, que realiza. Si se nos perdona la comparación, la Comunidad progresa en
el tiempo como una lombriz en el espacio. El conjunto de sus fuerzas vitales
conjugadas la proyecta hacia adelante, pero es el Estado – la cabeza del animal
– el que traza el camino. Es el Estado el que elige sin tregua entre las
diversas posibilidades que la historia ofrece en cada momento de la evolución,
la que le parece responder mejor a la exigencia interna de la Comunidad en su
confrontación con el medio exterior al cual tiene que adaptarse.
Su
decisión es condicionada, pero libre. Dicho de otro modo, su elección está
limitada por los datos históricos, mas depende de su capacidad y su voluntad de
órgano comunitario director. Ante el ultimátum de un vecino, el Estado no puede
mantener el statu quo. No le es posible modificar en el instante la
relación de las fuerzas militares, tal como el pasado la ha establecido. Pero
sí puede elegir doblegarse o defenderse, y es perfectamente libre de preferir,
por error de apreciación, por cobardía o, al contrario, por temeridad, la solución
que se demostrará menos ventajosa.
El
Estado no es un piloto electrónico. Está hecho de seres humanos que la función
social que desempeñan en cuanto grupo constriñe a una decisión, mas no a tal
decisión determinada. Un hecho histórico nunca está preestablecido. Se lo puede
considerar probable, porque la salud y hasta la vida del cuerpo social dependen
de él: no se puede estar seguro de que el Estado lo realizará, pues ni el
suicidio le está prohibido.
Tienen,
pues, algunas razones muy buenas para juzgar, como lo hacen estos historiadores
tradicionales que a veces se critica hoy día, para los cuales la historia de
una nación se resume en los actos del Estado y sus consecuencias. Pues dichos
actos, prescindiendo de su autor, hubieran podido no ser, o ser distintos de lo
que fueron, y son ellos los que constituyen las fases encadenadas del devenir
social.
El
Estado no es, por tanto, como se ha dicho a menudo, el comadrón de la historia,
pues ésta nunca está preñada sino de posibilidades múltiples, sin dinamismo
propio, entre las cuales hay que elegir: es su creador. No es el ministro de la
duración comunitaria, pues ésta es una resultante y no una entelequia: es su
agente.
17.
El Estado, intención directriz encarnada de la Comunidad
La
duración histórica, por tanto, como no es una hipóstasis, tampoco es una
abstracción de la inteligencia, sino la existencia misma de la Comunidad, que
sólo se afirma en el flujo cambiante de las fuerzas que la componen. El papel
del Estado consiste, pues, a la vez en mantener relaciones de unidad,
sin las cuales el conjunto se disociaría, o que lo obliga a modificarlas sin
cesar según las necesidades de la adaptación vital, y en dirigir la progresión
de la corriente unitaria.
No
son éstas dos operaciones sucesivas, puesto que el ser y el devenir de la,
duración social se confunden, sino un único esfuerzo permanente. Vale
decir que la orientación del movimiento histórico no es el efecto de una acción
exterior que se agregara al ser presente de la Comunidad tal como resulta de su
evolución pasada, sino la modalidad de esa misma evolución que se prolonga
según la intención directriz que le da su sentido. Pues la historia tiene un
sentido que no sólo puede ser despejado a posteriori por una especie de
esquematización racional de la duración, sino también aprehendido en el mismo
seno del ímpetu comunitario; un sentido que dimana de la naturaleza del ser
social considerado, cuya tendencia a la afirmación vital expresa.
La
intención histórica no es, por tanto, sino la ley del dinamismo social, o sea,
el principio de orden de la duración organísmica. Es coexistente con la
Comunidad y manifiesta su voluntad permanente a través de todas las
variaciones, de existencia unitaria, la voluntad de dar una respuesta positiva
a los problemas que se le plantean, la voluntad de crear su ser presente y de
preparar su ser futuro.
¿Se
trata, pues, de una intención directriz idéntica a la del organismo individual?
No: en este punto esencial, precisamente, lo social se distingue de lo
biológico. La intención de la materia viva es una inteligencia organizadora de
naturaleza peculiar, una energía sui generis que, potencial en la
célula-huevo, actualiza en el curso de la evolución organísmica las formas
específicas y sus variaciones individuales. En vano buscaríamos su equivalente
en el cuerpo social. El instinto que lleva a los seres humanos a agruparse es
de los individuos o, si se prefiere, de la especie de la cual los individuos no
son sino los momentos, y no de la Comunidad. Dicho con otras palabras, la
duración histórica no es el producto de la intención directriz: es creada según
dicha intención, con cierto margen de libertad, por los individuos.
Esto
no significa. que la duración comunitaria sea una suma, ni siquiera una
síntesis de decisiones individuales. La famosa voluntad de vivir juntos
por la cual Renan define a la nación es un carácter adquirido, vale decir, una
consecuencia del hecho histórico y no su causa, Los miembros de la Comunidad
son por otra parte, de todas maneras, incapaces de tomar plena conciencia de
las condiciones inmediatas de su vida colectiva ni, con mayor razón, de abarcar
en una visión única el pasado, el presente y el futuro de un conjunto que
existía antes de ellos y existirá después de ellos, por lo menos si no lo destruyen.
La intención histórica es, en ellos, imprecisa, irrazonada, veleidosa,
encubierta por los intereses particulares y hasta a menudo, inexistente. Para
que el cuerpo social dure es indispensable pues, que un hombre o grupo de
hombres capte su evolución en su línea de fuerza vital, haciéndose el guía de
su proceso de desarrollo esto es, que encarne su intención histórica. Tal
hombre o grupo existe: es el Estado, intérprete y creador de la historia por
función; el Estado, que tiene prohibido por naturaleza, fuera de los casos
patológicos que estudiaremos en el capítulo IV, dar una orientación arbitraria
a la duración social, puesto que es un órgano de la Comunidad, vale decir, la
Comunidad misma en cuanto se dedica a su propia dirección.
Así
el organismo social suple su inferioridad con respecto al organismo biológico
dándole una inteligencia directriz especial, una o varias inteligencias
individuales en la función de captar el sentido de su historia y orientar el
flujo de su duración con vistas a su mayor afirmación.
18.
El Estado, finalidad comunitaria encarnada
Queda
por saber si la mayor afirmación de la Comunidad exige cierta relación
necesaria de las fuerzas interiores y exteriores cuyo esquema teórico sea
conocido o cognoscible: dicho de otro modo, si la intención directriz de la
historia implica, si no un plan rígido como aquel que el dispatcher de
nuestra comparación anterior aplica, por lo menos una meta prefijada. Si fuera
así, el Estado sólo tendría libertad de elección en lo atinente a las formas
intermedias posibles. Se encontraría en la situación del automovilista que debe
llegar a una ciudad determinada pero elige, en función de las posibilidades de
su máquina y de las circunstancias exteriores (estado accidental de las
carreteras, condiciones atmosféricas, etc.), el camino que, en su parecer,
resulta más apto para conducirlo al feliz término de su viaje. A lo más sería
libre de rehusar, al precio de la decadencia y la desaparición de la Comunidad,
la meta necesaria. Pero traicionaría entonces su misión y, además, se
destruiría a sí mismo.
Semejante
finalismo supone la existencia de una especie de polo magnético – sociedad sin
clases o Libertad, verbigracia – que atraiga al conjunto social imponiéndole su
dirección. De ahí un determinismo mecánico o ideal que no tiene en cuenta de
ninguna manera los tres factores de la evolución social: sus datos internos –
grupos e individuos – sobre los cuales sin duda el Estado influye pero que no
dejan de tener por eso su ser y duración autónomos; sus datos exteriores –
Comunidades extranjeras –, que no dependen de ella sino en la reducida medida
en que le es posible adaptárselos; el carácter humano del Estado director, que
hace entrar en el juego no sólo su capacidad funcional teórica, sino también la
inteligencia, y las pasiones de los individuos que lo componen.
Es
precisamente por la indeterminación histórica de tales factores que podemos
hablar de una creación de la duración social. Pues si la Comunidad se dirigiera
necesariamente hacia cierta forma de organización, el Estado no haría sino
actualizar una línea general potencial. Sin embargo, la intención comunitaria –
como cualquier intención – no es concebible sin finalidad. Si fuese de otro
modo, la duración histórica sería el producto del puro azar, y semejante
producto tiene nombre: el caos, que precisamente corresponde al Estado impedir.
Una finalidad comunitaria es, por tanto, inherente a la intención directriz que
el Estado encarna. Pero el fin de la evolución histórica no es una relación
fija entre sus elementos constitutivos, ni menos aún el triunfo de un principio
ideológico, sino sencillamente la mayor afirmación de la Comunidad, vale decir,
el continuo establecimiento de las relaciones sociales más favorables en las
circunstancias cambiantes de su movimiento.
La
duración social no es comparable con la corriente de un canal rígidamente
orientada por su lecho, sino con el río que un terremoto hiciera surgir del
suelo y que trazara penosamente su camino adaptándose a la naturaleza del
terreno en la medida que no le fuera posible imponerse a ella. Está permitido
hablar de determinismo de la evolución comunitaria, pero con tal de precisar
bien que se trata de un autodeterminismo.
Lo
que no significa que toda decisión sea impuesta al Estado por los datos
históricos internos de la Comunidad, sino que el cuerpo social entero, incluido
el Estado, progresa según lo que es: según su estructura y su dinamismo pero
también según su materia prima humana. La contingencia de las decisiones
individuales, y en particular de aquellas de
los jefes políticos que constituyen el Estado, paradójicamente se halla, pues,
entre los factores del autodeterminismo comunitario. Pero la paradoja sólo es
aparente, puesto que dichas decisiones a su vez están determinadas por la personalidad
de sus autores, miembros del ser social considerado. No son contingentes sino
con respecto a una duración histórica abstracta, deshumanizada, que no
existe en la realidad.
19.
El Estado, factor de la continuidad comunitaria
No
olvidemos, por otra parte, que las decisiones individuales que influyen sobre
la evolución histórica por lo general no son
individualistas, puesto que emanan de seres sociales por naturaleza e
integrados de hecho en la organización piramidal de los grupos que constituyen
la Comunidad.
Sin
duda existen anarquistas que luchan en contra de cualquier forma de poder,
luego en contra de cualquier especie de orden. Sin duda existen egoístas puros
que se desinteresan de la vida colectiva en todos sus aspectos. Pero los
antisociales y los asociales nunca representan sino una minoría, habitualmente
ínfima. Pues, si fuera de otro modo, la sociedad se hundiría en el caos. Pero
sí es exacto que los hombres, tironeados en sí mismos por su tendencia a la
afirmación individual y por su tendencia a la vida social, dan la preferencia a
una u otra en función de su integración más o menos satisfactoria en el cuerpo
social.
Ahora
bien: tal integración no es simple, ya lo sabemos, y el individuo es mucho más
sensible a la realidad inmediata de los grupos básicos y las federaciones
locales que a aquella, más lejana, de la Comunidad. El hombre siente en su
carne la duración de su familia. Percibe como una necesidad vital la existencia
del taller o del municipio. Por eso actúa generalmente sin esfuerzo en el
sentido exigido por una evolución social cuyos datos dinámicos capta en su
todo. Tiene en cuenta un futuro que es el suyo y el de sus hijos. Por el
contrario, la Comunidad se le escapa en su duración. Acepta más o menos su existencia, pero es incapaz de abarcar una
evolución demasiado larga y compleja para él. Los acontecimientos le aparecen
como hechos aislados de los cuales no ve, en el mejor de los casos, sino
algunas causas y algunas consecuencias inmediatas. Y de ellos sólo aprehende
los más notables, los que son producidos por los grandes movimientos de opinión
en que participa. Por eso, su acción en escala comunitaria, acción desordenada,
excesiva e ilógica, se desarrolla por sacudidas. No puede ser, por tanto, el
elemento constitutivo básico de la evolución histórica, cuyo carácter
fundamental es la continuidad.
Los
movimientos emocionales de la opinión se incorporan, sin duda, en el flujo de
la duración social. Pero provocan en él, por su intrusión violenta y sus
variaciones inesperadas, turbaciones peligrosas que se deben superar. Dicho con
otras palabras, las fuerzas afuncionales que desprenden hay que plegarlas a la
intención comunitaria. Y esta intención, ya lo hemos visto, es el Estado quien
la encarna. A él, pues, le toca mantener o restablecer la continuidad del
proceso evolutivo. Digamos mejor y de modo general que el Estado es el factor
natural de dicha continuidad por el hecho mismo de que es el creador de la
duración histórica. Solamente él, en efecto, actúa en función del conjunto, que
aprehende y acepta, no sólo en su unidad estática, sino también y sobre todo en
su dinamismo vital. Solamente él actúa con plena conciencia del encadenamiento
causal de que nace el presente y de que depende el futuro. Solamente él, por
estar confundido funcionalmente con la Comunidad entera, actúa según dicho
pasado con vistas a dicho futuro.
En
tanto que para el individuo de la masa y para el grupo básico el presente comunitario tiene la realidad de
un estado de cosas, no es para el Estado sino un límite matemático entre lo que
ya no es y lo que todavía no es. Por eso el acto político no es un hecho, sino
un movimiento de progresión que no tendría más sentido valedero fuera del
proceso continuo de la historia que la nota aislada del contexto de la melodía
en la cual se inserta.
El
Estado es tradicionalista por naturaleza. Lo que no significa que permanezca
cuajado en posiciones que responden a condiciones de existencia, desaparecidas,
ni que trate de recrear lo que la historia ha hecho caducar: daría pruebas de
incapacidad funcional. Pero no puede dirigir la Comunidad sin tener en cuenta
líneas de fuerzas que proceden del pasado. El cuerpo social se transforma y se
renueva, pero permanece siempre el mismo a través de sus variaciones. Se
perpetúa en el tiempo, lo que supone a la vez conservación y adaptación; vale
decir, precisamente la continuidad cuyo agente es el Estado.
20.
El Estado, factor del ritmo comunitario
La
continuidad de la evolución social no implica, por supuesto, su homogeneidad temporal.
Acabamos de ver que los movimientos de opinión perturban el curso de la
duración comunitaria. Introducen en ella, en efecto, un elemento si no del todo
extraño por lo menos imprevisto que provoca a la vez una aceleración del
proceso histórico y un relajamiento del ímpetu intencional, vale decir, una
especie de remolino anárquico. Por lo contrario, la intervención del Estado
tiene por objeto someter las fuerzas disociadoras a la intención comunitaria,
lo que no es posible sino en una tensión mayor del flujo de fuerzas aumentado
por los nuevos aportes.
De
modo más general, ya hemos comprobado en cada ser humano la existencia de un
ritmo personal hecho del predominio alternado de su tendencia social y de su
tendencia egoísta. Más aún: una multiplicidad de ritmos que corresponden a los
varios grupos de que el individuo forma parte directa o indirectamente. Cada
uno de dichos grupos, además, evoluciona según un ritmo resultante de la
sucesión de sus movimientos hacia la unidad perfecta teórica y hacia la
disociación nunca alcanzada, salvo en el momento de su desaparición. Lo mismo
pasa con las federaciones intermedias, que duran en función de sus afirmaciones
sucesivas más o menos efectivas.
Es
normal, pues, que la Comunidad, cuya evolución es la resultante (una resultante
de tipo particular cuyo proceso de formación estudiaremos en el capítulo IV) de
las duraciones individuales y colectivas que se desarrollan en su seno, siga
también ella un ritmo cuyas fases corresponden a la realización más o menos acabada
de su intención histórica, vale decir, aquí, de su unidad en el tiempo.
La
Comunidad se concentra en la afirmación de su ser, y luego se relaja en una
crisis que superará mediante un nuevo esfuerzo. Pero este doble movimiento no
es ni automático ni siquiera simplemente espontáneo. La tensión unitaria e
intencional es el producto de un constreñimiento impuesto a los elementos
constitutivos del cuerpo social, en la medida, por lo menos, en que tienden a
disociarse. Es por naturaleza el Estado, órgano de unidad estática y temporal,
el Estado, intención directriz encarnada, el que la crea. En cuanto al
relajamiento, no es sino el resultado de una insuficiencia de tensión, vale
decir, de una deficiencia orgánica o accidental del Estado con respecto a los elementos
dinámicos que tiene por misión dominar. El ritmo de la evolución comunitaria
procede, por tanto de la relación, alternativamente positiva y negativa, entre
el poderío funcional del Estado y las fuerzas disociadoras por egoísmo (trátese
de los individuos o de los grupos) o simplemente por anarquismo. Dicho con
otras palabras, el Estado elabora la duración social a partir de elementos
interactivos que se modifican sin cesar, y él mismo, lejos de estar planteado
de una vez por todas con posibilidades constantes como una especie de dique
regulador, cambia, según el ritmo de su propia duración, en función de sus
potencialidades propias, pero también de las fuerzas a las que tiene que
imponerse.
El
flujo comunitario, por tanto no progresa en el tiempo sino según su tiempo
interior, que es suyo porque lo crea. En consecuencia, aplicar a la evolución
social la medida del tiempo cósmico es sobreponerle artificialmente un ritmo
que le es extraño y se muestra, por eso mismo, impotente para expresarla. Los
años solares son cómodos para el historiador como sistema de referencia, pero
la historia, los ignora por desarrollarse según su propia ley. Y el Estado, que
está en la historia y hace la historia, el Estado, que acelera, estrechando su
imperio sobre las fuerzas que unifica, el ritmo de la evolución social, que no
existiría sin él, y que lo frena al relajar su esfuerzo, crea el tiempo
comunitario al crear la duración de la cual no es sino un aspecto.
21.
El Estado, agente de le voluntad, de ser de la Comunidad
El
ritmo que el Estado impone al haz de fuerzas que une puede expresarse en el
papel en forma de una curva sinusoidal. Pero es excepcional que tensión y
relajamiento se compensen y que dicha curva permanezca horizontal. Generalmente
sube o baja y se dice entonces que la Comunidad está en progreso o decadencia.
Esto
significa en absoluto que el sentido de la evolución histórica dependa
exclusivamente del Estado. Resulta claro, en efecto, que si la materia prima
humana de la sociedad degenera por una razón no política, o si los grupos
básicos se debilitan por desintegración de origen interno, el Estado podrá
actuar con toda su energía pero no logrará nunca unir sino fuerzas
insuficientes, sin que sea suya la culpa de la decadencia que indicará la curva
descendente.
Notemos,
por lo demás, que lo contrario no es cierto. Cuanto más vigorosa es la raza y
poderosos los grupos constitutivos, más el Estado tropieza con resistencia a su
acción. Individuos y grupos afirman su autonomía con un vigor que exige de
parte del órgano federador un esfuerzo proporcional. Pero el resultado también
es proporcional, mientras que las Comunidades de composición mediocre, que
pueden contentarse con un Estado débil, evidentemente no alcanzan jamás un
nivel muy alto.
Estudiaremos
en el capítulo IV este problema de las relaciones de fuerza del Estado con los
elementos integrantes de la Comunidad. Limitémonos, por el momento, a
considerar, como lo hemos hecho hasta ahora, un conjunto social que suponemos
invariable salvo en lo que concierne al Estado, para aprehender el papel de
este último en toda su pureza.
Ya
hemos visto que si desaparece el órgano unificador la Comunidad se desintegra.
Si se debilita demasiado para poder desempeñar correctamente su función, el
relajamiento priva sobre la tensión y la Comunidad degenera. Pero, por el
contrario, si el Estado logra, afirmar la unidad frente a las complejidades y
diversidades de los individuos y los grupos, su victoria se manifiesta por un
reforzamiento de la actividad funcional del cuerpo social, vale decir, de su
vitalidad: la curva de su ritmo es positiva. Es en tal sentido que podemos
concebir el Estado como el agente de la voluntad de ser de la Comunidad. Por
cierto, semejante término resulta un tanto ambiguo, pues evoca la mítica Voluntad
General de Rousseau, y también la Voluntad del Pueblo de los
partidarios del sufragio universal. No se trata, evidentemente, ni de la
expresión de una supuesta alma colectiva, ni de una suma de voluntades
individuales, sino de la simple afirmación organísmica del conjunto social en
su totalidad.
No
hace falta iluminación ni cálculo, sino respeto, por la Comunidad, de sus
condiciones internas de existencia. Pues no lo olvidemos: las fuerzas de que
hemos hablado a lo largo del presente capítulo no constituyen sino el aspecto
dinámico de los individuos y los grupos, que sabemos que se deben ordenar según
relaciones funcionales. Seria erróneo, por tanto, considerar el esfuerzo del
Estado como meramente destinado a concentrar las fuerzas sociales sin tener en
cuenta su valor orgánico. La unificación comunitaria no es indiferenciada. No
consiste tanto en agrupar corrientes sociales
como en apretar las relaciones que el cuerpo social exige entre ellas.
La
voluntad de ser no es otra cosa que la afirmación interior del orden vital de
la Comunidad; no de algún orden estático que carecería de sentido, sino del
orden dinámico de individuos y grupos que viven, y por tanto actúan, en sí
mismos. Pero semejante afirmación lisa y llana supone la estabilidad de las interacciones
de fuerzas, vale decir, una curva evolutiva horizontal. Sólo es posible en
períodos de armonía completa o de estancamiento, cuando los problemas que se
presentan son siempre idénticos a si mismos, surgiendo su solución por simple
rutina, o cuando permanecen y pueden permanecer medio resueltos. Fuera de tales
períodos, excepcionales, ya lo hemos dicho, la afirmación comunitaria supone la
realización de potencialidades hasta entonces latentes pero cuya actualización
exigen nuevas condiciones internas de existencia.
En
el primer caso, el Estado mantiene el orden que ha establecido anteriormente.
En el segundo, lucha por imponer un orden parcialmente nuevo. Pero el resultado
es siempre el mismo: la adaptación de la Comunidad a
22.
El Estado, agente de la voluntad de poderío de la Comunidad
Es
concebible que una Comunidad que viva en completo aislamiento y haya logrado un
equilibrio estable entre su territorio y su población pueda limitarse a una
afirmación puramente interior y, podríamos
decir por analogía con el individuo, contemplativa. Pero es éste,
históricamente, un caso poco común, si es que se ha presentado alguna vez. Pues
una Comunidad concentrada en un esfuerzo positivo de realización de sí misma
busca y consigue un acrecentamiento de su poderío.
Si
bien es falso pretender que sólo pueda afirmarse por oposición, no deja de ser
verdad que el desarrollo de su energía provoca una expansión de fuerzas que se
extralimitan y, por eso mismo, tropiezan con las posiciones ocupadas por las
Comunidades vecinas. El poderío, por lo demás, no es sino un conjunto de
posibilidades, y uno de los medios, el más fácil, de realizar su ser ejerciendo
su poder consiste en buscar la confrontación con todo lo que se opone a su
energía conquistadora. El combate por el poderío no es sino la lucha por la
vida despojada del utilitarismo estrecho al que pretendían reducirla los
discípulos de Darwin.
El
imperialismo, que se manifiesta en la forma violenta de la colonización y la guerra es la expresión normal de la duración
social ascendente en su inevitable confrontación con el mundo exterior. Notemos
que no se trata aquí de ninguna manera de un fenómeno espontáneo que proceda,
del exceso de población o del vigor biopsíquico de la raza. La conquista del
Oeste norteamericano y de Siberia ensanchó finalmente los Estados Unidos y
Rusia, pero no fue, sin embargo, sino el resultado de la iniciativa privada de
grupos que se separaban voluntariamente de la Comunidad, o, por lo menos,
actuaban al margen de ella. El imperialismo en que estamos pensando es la
prolongación de la voluntad de ser del cuerpo social que ya no encuentra, en
sus fronteras las condiciones de existencia que corresponden a sus necesidades
materiales o psíquicas.
Podemos,
por cierto, descubrir mediante el análisis motivos inmediatos, aislados o, más
generalmente, combinados, de la expansión comunitaria: falta de espacio vital,
exigencias económicas, deseo de dominación, gusto por la violencia y la guerra
o espíritu de proselitismo. Pero su carácter común consiste en suscitar una
proyección del ser social fuera de sus límites biogeográficos. No sólo, pues,
la voluntad de poderío supone una Comunidad fuertemente unificada, luego un
Estado que desempeñe perfectamente su papel, sino también que su realización sólo
es posible por la solución de nuevos problemas que exigen de parte de dicho
Estado un esfuerzo especial.
La
guerra implica una extrema concentración de todas las fuerzas internas vale
decir, una reducción del margen de autonomía de los individuos y los grupos,
una modificación de su actividad y la creación de grupos nuevos y
provisionales. La duración social es llevada a su punto máximo de tensión. Una
vez lograda la victoria, es aún al Estado al que corresponde coordinar
jerárquicamente o fundir la duración de la Comunidad conquistadora y la de la
vencida. La adaptación conservadora del cuerpo social a su propio ser
provoca la formación de un nuevo ser: el imperio, cuyo núcleo lo constituye la
comunidad primitiva y en cuyo órgano federador se convierte el Estado
primitivo.
Así,
la solidaridad de los grupos que componen el cuerpo social se transforma en
poderío, el poderío se expresa en conquista y la conquista da nacimiento a un
conjunto cuyo único actor, al principio, es la fuerza pero en cuyo seno se establecen
y desarrollan poco a poco relaciones funcionales, creadoras de solidaridad.
Fases sucesivas diversas del proceso de la duración histórica en su ímpetu
dominador, pero un agente único: el Estado.
Cualquiera
sea, pues, el aspecto en que consideremos la duración comunitaria, El Estado
aparece como su indispensable factor. Sin él, las fuerzas movedizas,
diversamente organizadas por intenciones directrices diferentes, que concurren,
cada una en su lugar y según su finalidad propia, a la armonía dinámica del
conjunto, se disocian. Sin él, las potencias exteriores en expansión no
encuentran resistencia eficaz. Por él, al contrario, el cuerpo social concentra
todas sus fuerzas en un ímpetu unitario de afirmación, se adapta a sus
condiciones interiores y exteriores de vida, realiza su voluntad de ser y, por
eso mismo, siempre que tenga capacidad suficiente, de conquistar.
El
Estado resulta, pues, indispensable a la Comunidad. Pero no se trata de una
pieza fija del edificio social, de una pieza que esté o no en su lugar. El
Estado es un órgano, formado de seres humanos, que desempeñan un papel y lo
desempeña más o menos bien; y sólo fue para facilitar nuestros primeros
análisis que lo hemos considerado hasta aquí, salvo breves observaciones, en el
cumplimiento perfecto de su trabajo. Entre la eficacia absoluta y la carencia,
total, hay de hecho toda una escala de posibilidades cualitativas, y la
historia nos enseña que, lejos de permanecer siempre idéntico a sí mismo en su
relación con el todo de que forma parte, el Estado varía, por el contrario,
según un ritmo propio de valor funcional, que estudiaremos más adelante.
También veremos que se renueva no solamente por sucesión biológica normal de
los individuos que lo componen, sino también, de vez en cuando, por un cambio
más o menos brutal de equipo, régimen y normas de funcionamiento.
Tales
comprobaciones, que ya tenemos derecho a hacer puesto que la variabilidad
funcional del Estado dimana de su naturaleza histórica, tal como acabamos de
establecerla, nos permiten resolver uno de los problemas más importantes de la
ciencia política: el de la legitimidad del órgano director del cuerpo social
tal como se presenta en un momento dado de la evolución comunitaria. Pues si
nadie, fuera de los anarquistas, cuyas tesis hemos rechazado por contrarias a
las exigencias del orden social, pone en duda la
existencia necesaria del Estado en si, el derecho al poder de tal o cual
equipo, por el contrario, constantemente está juicio.
Ahora
bien: las teorías tradicionales de la
legitimidad son tan poco satisfactorias como sea posible y tienen por carácter
común apoyarse en datos anteriores a los fenómenos que pretenden juzgar. Unas
son de origen teológico y desvirtúan los principios en que descansan. Otras son
de naturaleza jurídica y descuidan el hecho de que la legalidad, considerada
por ellas como el principio de la legitimidad, no es el factor del Estado sino
su producto. Basta, por lo demás, remontarse más o menos lejos en la historia
de una Comunidad para encontrar un punto de partida ilegal en la filiación de
los regímenes, sin que se logre entender cómo el tiempo puede borrarlo, según
sostienen ciertos autores. Otras más se refieren a una seudometafísica,
haciendo arbitrariamente de alguna idea platónica, la Libertad verbigracia, el
criterio de la legitimidad. Queda, por fin, la teoría multiforme del consenso
popular, que analizaremos en detalle en el capitu1o V y que, ora parte de la iluminación de unos pocos elegidos por una
hipóstasis comunitaria más o menos confesada entrando entonces en la categoría
anterior, ora hace depender la legitimidad de una suma mayoritaria de
decisiones individuales presentes, lo que significa negar a la vez la realidad
propia la duración del cuerpo social.
Si,
por el contrario, consideramos a la Comunidad en su devenir histórico y al
Estado en el desempeño de sus funciones, se nos hace posible establecer una
relación de eficacia entre el conjunto y su órgano, relación que nos permite
definir la legitimidad en términos histórico- funcionales, vale decir, sin
recurrir a ningún otro dato que aquellos de la realidad social.
El
Estado es legítimo cualesquiera sean su origen y su doctrina cuando cumple su
función orgánica, o, dicho con otras palabras, cuando afirma la intención
histórica que encarna, llevando a la Comunidad al punto máximo de su ser su
poderío. O más exactamente, su legitimidad es proporcional a su grado de
eficacia política.
Producto
y factor de la historia, es solo en función de la historia que el Estado toma
su sentido; es sólo en función de la historia que es válido juzgarlo.
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Jaime
María de Mahieu |