Jaime María de Mahieu - La Naturaleza del Hombre

La Editorial Indice

Anterior Fin de Página Siguiente
Imprimir

 

CAPÍTULO II
EL HOMBRE OBJETIVO

16. EL CONOCIMIENTO DEL YO CORPORAL

Volvamos a nuestra experiencia fundamental. Nos da, ya lo hemos visto, el sentimiento de nuestra existencia, a la vez psíquico, puesto que constituye la trama de nuestra vida interior y corporal, puesto que no es sino la expresión inmaterial de nuestra vida orgánica. En el capítulo precedente, profundizamos en las consecuencias de dicho sentimiento cenestésico, vale decir que reconocimos y analizamos los varios factores que lo componen o se agregan a él para constituir nuestro pensamiento. Tenemos que empezar de nuevo nuestra búsqueda desde nuestro punto de partida, pero orientándola diferentemente, e intentar el análisis del cuerpo mismo.

Recordemos, en primer lugar, que hemos llegado a la conclusión del origen corporal del sentimiento cenestésico por la sencilla razón de que nos está dado como conciencia, no teniendo sentido la conciencia pura y no pudiendo tratarse de la conciencia de elementos psíquicos puesto que, en el curso de nuestra experiencia fundamental, lo psíquico está constituido por entero precisamente por nuestra duración cenestésica. Así, pues, hemos tenido que admitir que dicha duración emana de un elemento no psíquico de nuestro ser.

Llamando cuerpo a este elemento indeterminado, nos hemos adelantado un poco a nuestra búsqueda, para la claridad de nuestra exposición. En la realidad, todo lo que podemos, desde este punto de vista, sacar de nuestra experiencia fundamental es que existe en nosotros un "algo" que no es nuestra vida psíquica pero le es, no obstante, indispensable, puesto que, sin duración cenestésica, no habría vida interior. ¿Cómo podemos pasar de la afirmación al conocimiento?

Ante todo, prosiguiendo nuestra experiencia primera como ya lo hemos hecho. Las imágenes que se insertan en nuestra duración no son exclusivamente de origen exterior. Algunas de ellas expresan, sin duda, el mundo que nos rodea. Pero otras vienen de este "algo" del que ya conocemos la existencia. Sentimos los latidos de nuestro corazón, las contracciones de la mayor parte de nuestros músculos y, en algunos casos, aun el funcionamiento de órganos tales como el hígado o el estómago. El "algo" se precisa. Nuestra duración, aunque conservando su base cenestésica global, se diferencia en imágenes y grupos de imágenes localizadas que ya no expresan lo indefinido sino un conjunto, heterogéneo y armonioso a la vez, de elementos que conocemos "por dentro", vale decir, en su funcionamiento vital.

Conocimiento todavía meramente subjetivo que completamos con rapidez. Pues de las imágenes que nos llegan del mundo exterior por intermedio de nuestros órganos sensoriales, algunas corresponden a un objeto que, sin duda alguna, forma parte de dicho mundo, ya que las excitaciones que provienen de él no son diferentes en esencia de aquellas que provocan los otros objetos exteriores, pero al mismo tiempo, es nosotros.

No hay aquí ninguna evidencia: el niño explora y descubre su cuerpo como lo hace de cualquier objeto y, según parece, sólo se da cuenta poco a poco de que se trata de sí mismo. Tampoco hay una afirmación indemostrable: pues comprobamos la perfecta correspondencia entre las imágenes internas que emanan de nuestro cuerpo y penetran en nuestra duración, y las imágenes externas que nos dan nuestros sentidos. Este músculo cuya contracción sentimos, podemos captar su cambio de forma y consistencia con ayuda de nuestros ojos y nuestras manos; este estómago que manifiesta su existencia cuando tenemos hambre, por ejemplo, podemos ubicarlo del exterior y hasta modificar, por una presión liviana, el sentimiento psíquico directo que tenemos de él. De ahí dimana que el conocimiento interior de dicho "algo" complejo de que hablábamos más arriba y el conocimiento sensorial de uno de los elementos, perfectamente individualizado, del mundo exterior poseen un único y mismo objeto, nuestro cuerpo, aprehendido en dos aspectos distintos merced a dos métodos diferentes.

Se nos objetará que dicho conocimiento sensorial aún es subjetivo. Sí, por cierto, pero exactamente como lo es nuestro conocimiento del mundo exterior entero, con la misma posibilidad de confirmación científica. La contracción de uno de los músculos puede ser registrada por un dinamómetro como por nuestra mano, y los latidos de nuestro corazón pueden ser inscriptos en un electrocardiograma. Nuestro cuerpo es por tanto, para nosotros, la más segura y la mejor conocida de las realidades, puesto que lo conocemos como cualquier objeto a nuestro alcance, pero además lo captamos del interior, en su funcionamiento íntimo. Nos formamos de él una imagen tan precisa y tan "viviente", que algunos alucinados la proyectan fuera de sí mismos y atribuyen a su "doble" una consistencia idéntica a la de cualquier otro ser humano.

17. DIFERENCIACIÓN MATERIAL DEL CUERPO

Tratemos de ponernos, por el pensamiento, en el lugar del niño que está descubriendo su cuerpo, intento legítimo y factible puesto que consiste simplemente en eliminar de nuestra experiencia fundamental las imágenes memoriales que nos hacen reconocer nuestro yo objetivo.

El niño se toma el pie en lugar del sonajero: ¿qué comprobaría si poseyera nuestro raciocinio? Primero, que lo que tiene en mano está provisto de ciertos caracteres idénticos a los de su juguete: la extensión, puesto que su mano no logra encerrarlo; el peso, puesto que debe ejercer un cierto esfuerzo muscular para alzarlo; la consistencia, puesto que no es posible atravesarlo con el dedo. Si adelanta más su búsqueda, el niño podrá concluir que su pie es un objeto material al igual que el sonajero, pero que difiere de, él cualitativamente: posee una forma distinta, es menos duro, más pesado, etc.

Prosiguiendo su exploración, tendrá que comprobar que su pie no es un objeto autónomo, sino solamente una parte de un objeto mucho más amplio y complejo que también responde a la misma definición. Así el cuerpo es reconocido en su unidad y, por eso mismo, diferenciado del mundo exterior. Es un objeto material en medio de otros, y nos es posible someterlo a las técnicas científicas que nos permiten estudiar la materia. Hagámoslo, y no nos harán falta sorpresas.

Examinemos nuestro cuerpo, ya no con nuestros ojos, sino con ayuda de un espectroscopio. Su forma y sus dimensiones ya no serán las mismas, puesto que estará rodeado de un "aura" provocada por los rayos infrarrojos que se desprenden de él y le pertenecen tan legítimamente como la piel que nos parecía delimitarlo. Si lo ponemos, por el pensamiento, en el famoso ascensor de Einstein que anula o multiplica la gravedad, su masa, vale decir, para nosotros, su peso, estará anulado o multiplicado. Si lo examinamos con los rayos X, perderá su consistencia y se mostrará poroso. Más todavía, en este mismo orden de ideas, un estudio microfísico nos enseñará que nuestro cuerpo sólido está hecho de una multitud de corpúsculos desprovistos de extensión o, mejor todavía, de un vacío en que se mueven a gran velocidad cargas, eléctricas sin volumen.

¿Resulta de todo eso que el cuerpo extenso, pesado y consistente no es sino una ilusión? De ningún modo, sino simplemente que esas cualidades por las cuales lo reconocemos y lo delimitamos sólo son valederas a nuestra escala de observación. Nuestros sentidos nos dan de nuestro cuerpo, como de los demás objetos, el conocimiento fenoménico que nos es útil y se armoniza con el conocimiento interior que tenemos de nosotros mismos. Lo que importa es que examinemos al mundo y a nosotros con el mismo anteojo, aunque bajo varios ángulos, de modo que las relaciones que establezcamos entre lo que somos nosotros y lo que es lo otro sean exactas.

Nuestros sentidos nos permiten distinguir nuestro cuerpo de los demás objetos que nos rodean, y diferenciarlo materialmente de ellos. El hecho de que las cualidades que atribuimos a la materia sean relativas y sólo existan en ciertas condiciones y a cierta escala de observación no quita nada a la objetividad de nuestra experiencia, sino solamente a su completud. Eso no impide que la diferenciación de nuestro cuerpo por nuestros sentidos sea grosera y responda a una visión de conjunto, y que no nos esté prohibido recurrir a las técnicas científicas para precisarla. Pero lo esencial nos está dado naturalmente: nuestro cuerpo es un pedazo de materia que forma parte del mundo, mas posee una cierta autonomía, es decir, una cierta individualidad.

18. ESTRUCTURA DEL CUERPO

Nuestro reconocimiento de dicho pedazo de materia ha consistido, hasta ahora, en separarlo del conjunto al que pertenece pero del que se distingue por la forma y las dimensiones. Debemos notar, sin embargo, que nuestro cuerpo, como objeto conocido por los sentidos, sólo se nos aparece como un bloque por un esfuerzo de síntesis. El niño no descubre su cuerpo, sino su mano, su pie, su boca, etc., como objetos distintos pero provistos de una cualidad común, la de formar parte de sí mismo. Su cuerpo no es para él, en un primer momento, sino una resultante, y sólo después reconocerá su unidad. Podemos, por consiguiente, decir que comprueba su diferenciación estructural o, por lo menos, una cierta diferenciación estructural, antes de su diferenciación individual.

Por nuestro sentimiento cenestésico, ya tenemos conocimiento de un yo global, al que ligamos los varios elementos que reconoceremos más tarde como partes de nuestro cuerpo. Pero nuestra primera comprobación objetiva es la de la diversidad física de nuestro ser: tenemos pies, manos, miembros, y una masa a la que se ligan. A tal diversidad física, se agrega la diversidad funcional, puesto que cada una de dichas partes de nosotros nos es útil de un modo particular, y tiene para eso, cualidades propias. Nuestros sentidos, merced a los cuales hemos podido diferenciar nuestro cuerpo del mundo exterior, pertenecen a algunas de nuestras partes especializadas, sobre todo a la cabeza que posee, en exclusividad, los órganos de la vista, el oído, el olfato y el gusto, lo que constituye una de las razones por las cuales al sentido común le repugna considerarla como parte del cuerpo, al que el lenguaje corriente la opone a menudo.

Repugnancia comprensible, puesto que la cabeza nos parece ser el lugar de nuestra vida psíquica y lo es, de todo modo, del lenguaje por el cual expresamos nuestro pensamiento. Pero repugnancia inadmisible, puesto que la cabeza forma parte, físicamente, de ese objeto material que llamamos cuerpo. El cerebro que contiene no es, desde tal punto de vista, sino uno de los órganos internos cuya presencia y actividad adivinamos más o menos y que logramos a veces distinguir en el seno de nuestra masa corporal. Sólo tenemos de ellos, sin embargo, un verdadero conocimiento por el análisis científico que nos permite agregar a la diversidad física y a la diversidad funcional ya observadas la diversidad fisiológica que hace manifiesta la multiplicidad de nuestros órganos diferenciados.

Asimismo, descubrimos, merced a él, que nuestros órganos están hechos de tejidos de propiedades particulares, y que estos tejidos están compuestos de células que gozan de una cierta autonomía física. Si vamos más lejos todavía, llegaremos a reducir dichas células en elementos químicos, que no son sino algunos de aquellos que constituyen el conjunto del mundo material, y, después, las moléculas químicas en átomos, vale decir, en cargas eléctricas diversas.

Esquemáticamente, nuestro cuerpo posee, por tanto, una estructura piramidal múltiple. Los átomos están agrupados en moléculas, las moléculas en células, las células en tejidos, los tejidos en órganos y, por fin, los órganos en nuestro yo corporal. Tal estructura es compleja y el conjunto a que pertenece es esencialmente heterogéneo. Pero el cuerpo, así considerado sólo en su aspecto estático, no se diferencia de una simple piedra sino por su grado de complicación.

19. EL DINAMISMO DEL CUERPO

En la realidad, ni el cuerpo ni sus elementos orgánicos constitutivos se presentan a nosotros en forma estática. El movimiento es una de sus propiedades fundamentales. La observación inmediata nos revela el desplazamiento de nuestros miembros, la contracción de nuestros músculos externos, la movilidad de nuestros ojos y de nuestra cara. Una búsqueda algo más profundizada nos hace manifiestos los latidos de nuestro corazón y las variaciones de nuestros pulmones. Un estudio fisiológico nos da cuenta de los intercambios internos de nuestras glándulas, de nuestro estómago y de nuestros intestinos. Podemos, por fin, comprobar científicamente la renovación de nuestras células y, en alguna medida que depende de las actuales técnicas, las variaciones eléctricas de dichas células y de los átomos que las componen.

Así, pues, no hay nada de inerte en nuestro cuerpo, ni siquiera la materia físico-química que constituye su base. Pero nuestra observación nos obliga a ir más lejos que una simple suma de movimientos variados, y a reconocer su coordinación en lo que podríamos llamar una estructura dinámica. La renovación celular está sujeta a un ritmo que varía con cada tejido, pero también con las circunstancias particulares del conjunto orgánico. La actividad de cada glándula se manifiesta según un ritmo propio de secreción, también sometido en alguna medida a las necesidades del cuerpo entero. El corazón produce por su latido un ritmo circulatorio variable. Los pulmones trabajan según un ritmo respiratorio, y el complejo estómago-intestino según un ritmo digestivo. No olvidemos, aunque dicha enumeración incompleta sólo tiene un propósito ejemplar, los ritmos de nuestros intercambios químicos y aquellos de nuestros influjos nerviosos.

Todos estos movimientos diversos se combinan para formar, a la escala del organismo, el ritmo vital único que expresa el funcionamiento armonioso o, por lo menos, en busca de armonía, de nuestro ser corporal. Ritmo vital que es a la vez ritmo de nuestra vida, puesto que esta última se identifica con el flujo unificado de nuestros varios movimientos, y ritmo de nuestra vitalidad, puesto que pasa por fases alternadas y sucesivas de tensión y de depresión, de actividad y de descanso, de ímpetu y de cansancio, de vigilia y de sueño. Y ese ritmo se inscribe en el ciclo más amplio de los grandes períodos de nuestra existencia, desde la edad embrionaria hasta la senectud.

Si trazáramos la curva de nuestro dinamismo corporal, se notaría un movimiento ascendente desde el huevo primitivo hasta la madurez, seguido por un movimiento descendente hasta la muerte. Pero cada uno de los elementos de tal curva sería la resultante de curvas secundarias correspondientes a nuestros ciclos cotidianos y cada una de estas últimas sería a su vez la resultante de nuestros ritmos orgánicos diversos. La amplitud de la curva vital y la de cada uno de sus ritmos constitutivos dependerían, por tanto, de la energía del cuerpo y de la de cada parte considerada.

Podemos ahora tener una visión de conjunto de nuestro dinamismo corporal: es un haz de fuerzas en perpetua evolución que se transforma sin cesar y sigue siendo, no obstante, sí mismo. Tal cambio en la permanencia es lo que nos ha permitido definir nuestra duración psíquica. Es, por tanto, legítimo hablar de una duración corporal hecha de modificaciones internas orgánicas y celulares, y de excitaciones sensoriales de origen externo. Aun si no se admite la hipótesis, insuficientemente demostrada todavía, según la cual las células se portarían como minúsculos osciladores eléctricos que vibraran más o menos poderosa y armónicamente, hipótesis ésta que haría "palpable" nuestra duración biológica, queda que los movimientos energéticos variables de las células y de los órganos, constituyen un flujo dinámico unitario de tensión cambiante. Esa duración considerada en su permanencia, es la que llamamos nuestro temperamento. Considerada en su carrera, la llamamos nuestro envejecimiento.

20. LA ORGANIZACIÓN FUNCIONAL DEL CUERPO

Hemos reconocido en nuestro cuerpo una estructura y en su dinamismo una coordinación entre sus fuerzas constitutivas. Pero esta doble comprobación, no bastaría para prohibirnos ver en nuestro organismo un simple complejo contingente y accidental. Las gotas de lluvia que se reúnen en charcos en la calzada poseen, indiscutiblemente, un orden estructural, puesto que están yuxtapuestas de una cierta manera y no de tal otra, y una conjugación de movimientos, puesto que se reúnen. ¿Debemos admitir que las moléculas, las células y los órganos de nuestro cuerpo se han agrupado, y las fuerzas que emanan de ellos forman nuestra duración biológica, por el simple juego del azar?

El cálculo de las probabilidades hace la cosa altamente inconcebible. Más todavía: aun si el azar pudiera justificar la ensambladura de las partes constitutivas de nuestro cuerpo y de las fuerzas que manifiestan, no podría explicar el funcionamiento de las células, de los órganos y del mismo organismo. Cada uno de nuestros órganos posee una individualidad propia, puesto que nos es posible, con ayuda de una técnica apropiada, separarlos del conjunto biológico al que pertenecen, y hasta mantenerlos artificialmente en actividad fuera de dicho conjunto.

Cada uno ejerce, por tanto, una función particular con vistas a la cual está organizado. Su orden estructural y dinámico no es simple yuxtaposición y conjugación. Tiene su razón de ser, vale decir, es la causa de un efecto que busca y del que recibe su justificación, exactamente como la máquina es la causa del producto que fabrica pero encuentra en él su legitimación. No se puede concebir la máquina sin intención funcional, ni el órgano. Ambos funcionan porque tienen una función que desempeñar, y su funcionamiento está condicionado por su estructura.

No obstante, si bien el órgano posee una cierta individualidad, no goza de ninguna independencia. La pata de rana cortada podrá seguir reaccionando a ciertas excitaciones, pero su reacción no tendrá sentido ni utilidad alguna. La glándula, convenientemente alimentada en condiciones adecuadas, podrá seguir secretando, pero su producto no servirá para nada. Dicho con otras palabras, el órgano no está dirigido por ninguna finalidad propia o, por lo menos, su finalidad sólo toma su sentido cuando se integra al conjunto en provecho del cual trabaja.

Por otra parte, no olvidemos que la operación que consiste en aislar un órgano y mantenerlo en funcionamiento es arbitraria y sofisticada. No aludimos a ella sino para mostrar la individualidad de los órganos que, en la realidad natural, la única que nos interesa, sólo funcionan o, por lo menos, funcionan útilmente cuando están unidos en el organismo, vale decir, ligados entre sí por la sangre y el sistema nervioso, y orientados por una intención directriz unitaria que los penetra superándolos.

Ocurre lo mismo con las células en las que podemos disociar analíticamente nuestros órganos. Cada una de ellas constituye un mundo infinitamente complejo que posee su orden propio, todavía muy mal conocido pero manifiesto. Dichas células, de varias razas y dotadas de propiedades peculiares, no se yuxtaponen al azar : se asocian para constituir los órganos y el organismo todo. Cada una tiene su función que corresponde a sus capacidades. Por tanto, están predestinadas por su ser mismo.

Sólo un análisis superficial, fundado en su estructura exterior, nos permite, pues, definir nuestros órganos y nuestras células como los elementos constitutivos de un organismo complejo. Fisiológicamente, el organismo es simple. Se constituye y funciona según un pensamiento que le es inmanente, y mantiene su unidad esencial a través de la especialización de cada órgano y de cada célula que crea y cuya actividad determina. El atribuir a dicha organización funcional de nuestro cuerpo un carácter de contingencia resultaría reconocerle al azar una intención, lo que sería absurdo.

21. EL INSTINTO ORGÁNICO

La intención funcional de nuestros órganos se afirma de modo particularmente claro cuando toma la forma de un instinto. Es verosímil que nuestra actividad instintiva sea, en algunos casos, el producto de una experiencia transmitida por vía hereditaria. Pero tal explicación no es valedera cuando el órgano es inconcebible sin el instinto que determina su uso.

La serie de actos de reproducción, íntegramente razonados, que sería indispensable para la constitución del instinto sexual por hábito transmitido, es impensable puesto que presupondría una verdadera adivinación del papel biológico de órganos del que, por definición, ningún instinto daría el modo de empleo. El órgano de reproducción no tiene sentido ni se concibe, sino acompañado de la tendencia que incita a su dueño a buscar el órgano complementario, vale decir, muy exactamente, del instinto sexual. Se trata aquí de una adaptación a las condiciones mismas de la evolución biológica de nuestro ser. El instinto no se diferencia de las leyes fisiológicas de las que no es posible separarlo. Entre la organización y el instinto, hay la misma continuidad que entre el órgano y la función. El instinto no es sino el prolongamiento necesario, esencialmente previsto, de la ley.

Tenemos, sin embargo, que hacer una importante reserva acerca de ese término de prolongamiento. Debe estar bien entendido que lo empleamos sólo en un sentido pragmático: poseemos órganos genitales antes de realizar el apareamiento según las normas de nuestro instinto sexual. El instinto es, por tanto, desde este punto de vista, el prolongamiento del órgano y de su organización. Pero nos sería fácil invertir la relación y decir que el órgano toma su sentido, y hasta se concibe sólo en la medida que será utilizado y que, por tanto, el instinto debe preexistir al instrumento que usará, exactamente como la intención creadora del artesano preexiste a la herramienta que imagina y fabrica para realizarla.

Esos dos puntos de vista sólo son contradictorios en apariencia. En la realidad, los instintos que podemos definir como prolongamientos de leyes fisiológicas no se distinguen, en su esencia, de dichas mismas leyes. El órgano sin el instinto no se puede concebir como tampoco el instinto sin el órgano. Sabemos que el instinto sexual desaparece si se amputan al hombre sus órganos genitales, pero que, por otra parte, los músculos se atrofian cuando no funcionan. La razón de este doble fenómeno es muy sencilla : el instinto no es una tendencia que el órgano se agrega para lograr su propósito, sino el mismo órgano en cuanto lo consideramos como actuando o, mejor todavía, el orden dinámico del órgano. Separar estructura y finalidad es puramente arbitrario, puesto que la estructura sólo existe en función de su finalidad inmanente la que, a su vez, no puede realizarse sino merced a una cierta organización.

La estructura es, por tanto, funcional como lo es la intención. Todo eso es valedero, por supuesto, no sólo para los órganos, sino también para el organismo que los abarca. Además, aquí tampoco nos resulta posible considerar el órgano aislado. El instinto sexual es la intención funcional de un conjunto orgánico perfectamente delimitado. Pero, no obstante, no tendría sentido alguno si dicho conjunto estuviera separado del cuerpo, puesto que la función individual de los órganos genitales no es sino una especialización y, podríamos decir, una delegación del organismo al que pertenecen. Lo que nos obliga a considerar, una vez más, la unidad funcional de nuestro cuerpo.

22. MEMORIA Y PREVISIÓN ORGÁNICAS

La actividad de nuestro cuerpo como de cada uno de nuestros órganos depende, pues, de una intención directriz de nuestro ser que se realiza y crea, por su realización, nuestra duración biológica. Pero dicha duración no es sólo progresión en el tiempo o, lo que sería más exacto, como lo veremos más adelante, progresión del tiempo. Expresa las modificaciones que acaecen en nuestro organismo, modificaciones esenciales que proceden del esquema general de nuestra evolución, y modificaciones accidentales que responden a las exigencias contingentes de los acontecimientos.

Pero nuestro ser fisiológico no dura sólo en el instante presente, y hasta podríamos decir que la duración, continua por naturaleza, excluye el presente o, por lo menos, lo reduce a un límite matemático entre el pasado que ya no es y el futuro que todavía no es. Nos parece, por tanto, imposible admitir que el pasado haya desaparecido lisa y llanamente, borrado y como repelido en la nada por una realidad inmediata. Además, nuestro pasado corporal no es sino el pasado de nuestra duración, vale decir, una síntesis de modificaciones parciales que constituyen el flujo cambiante de nuestra vida orgánica. Es necesario, luego, que nuestro ser fisiológico haya registrado su pasado, y que dicho pasado intervenga para modificar la organización que dura, vale decir, se conserva transformándose sin cesar.

Cada acontecimiento orgánico se imprime en nuestro cuerpo en forma de modificación definitiva de sus células y sus humores. El envejecimiento de un órgano o del cuerpo todo no es sino su individualización cada vez más grande o, considerado desde otro punto de vista, la evolución de su historia. Nuestro cuerpo crea su porvenir en el sentido de que la intención directriz de su pensamiento inmanente elige a cada momento entre varios caminos posibles, siendo dicha elección, el hecho de su ser presente que no es sino la síntesis de su pasado. Sin embargo, este pasado de nuestro ser fisiológico no comprende evidentemente sólo lo accidental de su historia. Lo que hubiera podido no ser determina la elección, pero únicamente entre las posibilidades previstas por la intención directriz.

Nuestro cuerpo, por tanto, no está dotado sólo de memoria, sino también de lo que nos parece ser un don profético. Ya lo hemos visto: el instrumento orgánico está construido según su función posterior, que debe conocer por anticipado. Nuestro órgano sexual no se constituyó sino en previsión de su unión con un órgano complementario que pertenece a otro individuo. El glóbulo blanco prevé su acción posible sobre un microbio, no sólo exterior al organismo, sino aun desconocido hasta entonces. Si se saca un riñón a un enfermo, el otro crece, aunque, en su estado normal, hubiera sido capaz de satisfacer ampliamente las necesidades del organismo: prevé una posible actividad excepcional.

Nuestros tejidos y nuestros órganos están organizados, por consiguiente, con vistas a lo que ocurrirá, pero también a lo que podrá ocurrir. ¿Don profético? Por cierto, si se quiere expresar con estas palabras el simple conocimiento del futuro. No, hablando con propiedad, puesto que no se califica de profeta al automovilista que ha estudiado su itinerario y previsto su reserva de nafta, con vistas a un rodeo eventual.

Nuestro organismo es más previsor que profeta. Conoce la meta que debe alcanzar y los varios caminos que las circunstancias lo pueden obligar a tomar, y se organiza en consecuencia. Tiene, pues, que haber pensado su itinerario y poseer, conociéndolo, el mapa de su futuro real y virtual. Podemos decir, por consiguiente, que nuestro cuerpo presente contiene o, mejor, es a la vez todo su pasado, es decir su historia, registrada en forma de modificaciones fisiológicas, y su experiencia, adquirida y conservada en forma de hábitos, y todo su futuro posible previsto.

23. EL CUERPO, CONJUNTO BIOLÓGICO

Hemos visto sucesivamente que nuestro cuerpo constituye un conjunto estructural de órganos y de células asociados según un cierto orden constitucional, un conjunto dinámico de ritmos vitales asociados en una cierta duración orgánica, y un conjunto evolutivo de las fases temporales de su desarrollo. Pero sólo se trata, por supuesto, de tres aspectos de nuestro ser corporal, ya que su duración está condicionada por su estructura, y su evolución no es sino la progresión en el tiempo de dicha misma duración. Nuestro cuerpo es, por tanto, un conjunto biológico a la vez permanente y cambiante: permanente, ya que siempre se trata, en cualquier instante de su duración que se lo aprehenda, de un mismo ser y cambiante, puesto que dicho ser se transforma sin cesar y nunca es absolutamente idéntico a lo que era en una observación anterior, por cercana que sea del momento presente.

La materia química de que está compuesto nuestro organismo se renueva íntegramente cada siete años. La forma y las dimensiones de nuestro cuerpo se modifican con la edad, el estado de salud y el modo de vida. Su duración se enriquece de experiencia, y se empobrece de posibilidades. Pero, sin embargo, siempre es el mismo cuerpo el que asimila y excreta productos químicos, crece y se hincha o adelgaza, y crea su historia empujándose en el tiempo. Porque dura, vale decir, vive y, por consiguiente, se rehúsa a desaparecer, nuestro organismo está obligado a modificarse según las circunstancias cambiantes, para resistirlas. Tiene que adaptarse a sus variaciones internas, como a las del mundo exterior en que está sumergido.

La síntesis, indispensable para su permanencia, de sus dinamismos orgánicos y celulares no es automática. Exige un esfuerzo constante de superación de fuerzas que necesariamente deben permanecer subordinadas: una coordinación autoritaria que mantenga la armonía orgánica que sin cesar tiende a romperse.

Por otra parte, nuestro cuerpo está sometido a la acción del medio. Los alimentos, el aire, la luz, los sonidos, los perfumes y las radiaciones conocidas y desconocidas penetran en él. La presión atmosférica varía, como la temperatura y los campos eléctricos que no puede evitar. Tiene que desplazarse y, en su movimiento, entra en conflicto físico con tal o cual objeto exterior. Vive en medio de otros seres animados, y sus relaciones con ellos implican algunos choques. Nuestro cuerpo debe, entonces, por el juego combinado de procesos complejos, modificarse constantemente para responder de modo satisfactorio a las necesidades del momento.

Algunas de dichas necesidades son normales, en el sentido de que son inherentes a nuestra existencia, independientemente de los casos fortuitos. Nuestro organismo mantiene automáticamente, por intervención de sus sistemas reguladores, su temperatura interna y asimila sus alimentos. A veces, al contrario, se defiende contra fenómenos accidentales. Sus tejidos se adaptan al rompimiento de un vaso sanguíneo como a la fractura de un hueso, o su conjunto se adapta a un cambio de altitud. Sin tales procesos de adaptación, muestro cuerpo se disociaría bajo la presión interna divergente de sus elementos constitutivos provistos, como ya lo hemos notado, de una cierta individualidad: o bien sucumbiría bajo el peso del mundo exterior. Sólo permanece sí mismo y vive con tal de adaptarse.

El cambio es la condición y, por consiguiente, la ley de su permanencia. Luego, no es nada sorprendente que esté previsto, en sus varias formas, por nuestro cuerpo, aun cuando corresponde a circunstancias accidentales. Esto no quiere decir que dicho accidental esté previsto, puesto que habría contradicción en los términos y tendríamos que decir, con Carrel, que la adaptación profética es ininteligible a la luz de nuestros conceptos de organización, espacio y tiempo. Es lo accidental posible lo que nuestro organismo prevé, como el constructor de automóviles que pone un termostato aun en los coches que venderá en el África Ecuatorial prevé su funcionamiento en cualquier latitud. Nuestro cuerpo, que es su propio constructor, se provee de un sistema de adaptación a circunstancias que se realizarán o no.

Podríamos decir de nuestro organismo lo que los teólogos dicen de Dios: no prevé, ve. No prevé su porvenir, contingente en alguna medida : ve el plan múltiple de su propio desarrollo, con las varias soluciones previstas de un cierto número de posibilidades. Y lo ve porque lo lleva en sí. Pero si nuestro cuerpo no logra, o ya no logra más, adaptarse a sí mismo o al mundo, vale decir, si no posee la contestación adecuada a un acontecimiento determinado que pesa sobre él en un momento determinado, su funcionamiento se interrumpe como el de una máquina a la que se le rompe una pieza esencial porque ha perdido su elasticidad indispensable: sobreviene la muerte.

24. UNIDAD Y COMPLEJIDAD DEL CUERPO

Nuestro estudio rápido de la adaptación, bastaría para demostrar que el término de conjunto que hemos empleado con respecto a nuestro cuerpo, no puede significar una simple suma de órganos, de dinamismos ni siquiera de funciones. No debemos olvidar que nuestra experiencia fundamental nos ha revelado nuestro organismo en su duración unitaria y que sólo por un análisis, legítimo pero meramente racional, logramos descubrir los elementos múltiples en los cuales hemos descompuesto nuestro cuerpo. ¿Nos habrá engañado nuestra experiencia? ¿Nos habrá presentado como un organismo lo que sólo era, en la realidad, un complejo de órganos yuxtapuestos o, por lo menos, asociados?

Seguramente que no, por la sencilla razón de que nuestros órganos no tienen existencia ni sentido sino en la medida que están ligados en el organismo por un pensamiento unitario que no les pertenece, vale decir, en la medida que su intención funcional particular está dominada por la intención directriz de nuestro cuerpo. No solamente nuestros órganos son interdependientes, hasta el punto que cualquier modificación de un elemento del conjunto influye en cada uno de ellos, sino también que sólo son lo que son por dicha interdependencia.

Ahora bien: no poseen ninguna fuerza de atracción que tienda a agrupar y armonizarlos. Por el contrario, tienen más bien tendencia a trabajar cada uno por cuenta propia. Mejor todavía, nuestros órganos sólo son lo que son y sobre todo funcionan como funcionan porque una doble red humoral y nerviosa los une entre sí y, sobre todo, los pone en comunicación con el órgano de mando de nuestro cuerpo, el cerebro, Este último, está regado por los humores que le transmiten los productos de la actividad de cada célula y de cada órgano. Recibe, por los nervios centrípetos, las informaciones que le son necesarias, acerca del funcionamiento de todo el organismo y de sus relaciones con el mundo exterior. Envía, por los nervios motores, sus órdenes en respuesta a las circunstancias señaladas por vías químicas y nerviosas. Está asistido en su tarea por los centros anexos del bulbo y de la médula espinal, que se encuentran en la misma posición receptora.

Vale decir que nuestro organismo sólo funciona en forma unitaria porque está dirigido por un complejo nervioso que le impone su intención, la intención de nuestro yo corporal. Si bien, por tanto, nuestra duración biológica es una síntesis de los dinamismos funcionales de nuestros órganos, como lo hemos visto, tal síntesis es el resultado de una voluntad centralizadora, y los dinamismos ejecutan sus órdenes modificándose según las necesidades del conjunto del que forman parte, y sin los cuales no serían.

Son el cerebro y sus centros nerviosos anexos, los que poseen y expresan dicha intención directriz de nuestra actividad y, luego, de nuestro ser corporales. Esto ¿vale decir que nuestros órganos no son sino instrumentos al servicio de un cerebro que sería, sólo él, verdaderamente nosotros mismos? No, sin duda alguna, si tal interpretación nos obligara a considerar estos órganos como indiferentes. Pero ningún instrumento es indiferente para quien lo utiliza, y las posibilidades de la herramienta limitan y orientan la actividad creadora del obrero y del artista.

El modo de funcionamiento de cada uno de nuestros órganos - y ya sabemos que depende de la estructura anatómica, pero también de la alimentación, que a la vez depende ella misma de la actividad de todos los demás órganos, así como de la incorporación de elementos exteriores - modifica el medio humoral y nervioso de nuestro cerebro y, por eso mismo, sus decisiones. De ahí resulta que la realización de nuestra intención directriz orgánica - intención encarnada en el cerebro - está sometida, en alguna medida, al funcionamiento de todos los órganos de nuestro cuerpo. Se dice a menudo de un buen capitán que está identificado con su buque. Lo mismo ocurre con el cerebro, en un grado máximo: se confunde con el organismo entero.

Lo real no es, por tanto, una asociación más o menos compleja de elementos autónomos ni siquiera de partes más o menos interdependientes, sino un organismo, uno y simple, que se diferencia, según sus necesidades funcionales, en órganos especializados.

25. LA EVOLUCIÓN DEL CUERPO

No se trata aquí solamente, por otra parte, de la primacía del organismo sobre los órganos, sino también de su prioridad histórica.

Consideremos, en efecto, con el biólogo, el desarrollo de nuestro cuerpo a partir de su origen. Aunque infinitamente complejo, el huevo primitivo no es un microorganismo, y en vano buscaríamos en él nuestros órganos en reducción. A pesar de su heterogeneidad constitutiva, podemos, pues, hablar de su indiferenciación con respecto a sus estados estructurales posteriores. Sólo poco a poco los órganos se dibujan, se precisan, crecen y se ordenan sin que nada esencial haya sido agregado a la célula original.

Sabemos, por otra parte, que dicha célula contenía los genes que rigieron el proceso de diferenciación y poseía, por tanto, en potencia, la estructura del cuerpo y, de modo general, todo su desarrollo, vale decir, todas sus posibilidades. La evolución histórica de nuestro organismo implica, por consiguiente, la acción sobre una materia prima adquirida, de una inteligencia organizadora, inmanente al huevo, que se actualiza según las exigencias funcionales de la vida.

Pero cuando decimos que la célula primitiva contenía dicha inteligencia en forma potencial, no hay que deducir de esto que la fuerza de organización le estaba como agregada. Lo que hace que el huevo sea el huevo, y no una pequeña masa de protoplasma, es precisamente este conjunto dinámico de posibilidades que implica la evolución diferenciadora indispensable a la vida autónoma del cuerpo. Luego, podemos legítimamente decir que el huevo es ya nuestro organismo, aunque no posea todavía nuestros órganos. De ahí la evidencia de la prioridad de nuestro ser corporal sobre sus partes, evidencia que no es menos manifiesta si consideramos ya no nuestra estructura, sino nuestro dinamismo, y no sólo nuestro dinamismo de diferenciación sino también nuestro dinamismo de adaptación.

¿A qué se adapta, en efecto, cada uno de nuestros órganos? A sus condiciones de vida, vale decir, de subsistencia y funcionamiento. Ahora bien: dichas condiciones son las que le impone el medio de que forma parte, o sea, el cuerpo entero que exige de él no sólo una cierta actividad, sino también ciertas modificaciones de su actividad que respondan a la necesidad de unidad funcional del conjunto orgánico. El cuerpo considerado como unitario dirige, por tanto, la adaptación de los órganos.

Pero, por otra parte, se adapta a sí mismo para mantener o restablecer su armonía interna, es decir, se adapta sin cesar a las variaciones individuales de sus órganos. Cuando uno de ellos padece una infección, nuestro cuerpo entero modifica su ritmo y sus intercambios: la fiebre constituye una adaptación del organismo a sus condiciones internas de existencia, perturbadas por un fenómeno patológico. El cuerpo obra en defensa del órgano, y toma las medidas necesarias para el restablecimiento de su dinamismo natural, pero lo hace en su interés propio y no en el del órgano cuya actividad y, luego, cuya salud no tienen sentido sino con respecto al organismo. La adaptación de nuestro cuerpo a sí mismo responde, por tanto, a su intención directriz unitaria.

Ocurre lo mismo en lo que atañe a su adaptación al medio exterior, y las modificaciones que resultan de ella tienden a mantener nuestra armonía corporal frente al mundo que actúa sobre nosotros. No hay nada más manifiesto, en este orden de ideas, que el proceso de adaptación al calor y al frío ambientes, merced al cual nuestro organismo mantiene la temperatura interna que le es indispensable.

Nuestra adaptación biológica a nosotros mismos y al mundo exterior demuestra, pues, no sólo la primacía de nuestra unidad corporal sobre su diferenciación dinámica, sino también la prioridad de nuestra intención directriz sin la cual el proceso adaptivo, en todos sus aspectos, no tendría significado alguno. ¿Cómo dudar de esto cuando vemos nuestros tejidos, ya diferenciados, transformarse el uno en el otro para la reparación de un hueso o la cicatrización de una llaga? Si nuestra intención directriz y, luego, nuestra unidad corporal fueran el resultado de una asociación de nuestras células y de nuestros órganos y la resultante de sus dinamismos individuales, no les sería posible volver sobre una diferenciación de que no serían la causa sino el efecto.

26. LA VIDA CORPORAL

Sin sus facultades adaptivas, nuestro cuerpo estaría en la imposibilidad de funcionar, o sea, de vivir, puesto que su funcionamiento depende de la armonía o, mejor, de la armonización de sus órganos, cuya adaptación no es sino la respuesta a la presión que ejerce sobre ellos la intención directriz corporal. Sería, además, incapaz de resistir las continuas modificaciones del medio exterior que lo incluye. Para nuestro organismo, adaptarse es crear en él el estado que mejor corresponde a sus condiciones internas y externas de existencia. Tal estado nuevo es, por tanto, el resultado de un verdadero juicio sobre el valor de nuestro funcionamiento orgánico con respecto a las fuerzas diversas que tienden a trabarlo o prohibirlo.

Pero un juicio es una operación eminentemente intelectual. Nuestro cuerpo ¿está dotado de inteligencia? Sin duda alguna, puesto que, por la adaptación, reconoce la insuficiencia de su estado presente en un medio modificado, y elige entre sus posibilidades virtuales de evolución la que le permite transformarse de tal suerte que se restablezca la armonía vital comprometida. Tal inteligencia orgánica inmanente a nuestro cuerpo no es nueva para nosotros, puesto que ya la hemos encontrado en su papel de organizadora de nuestra estructura corporal y de nuestro dinamismo de desarrollo.

Ahora bien: la adaptación consiste en la modificación de nuestra estructura y de nuestro dinamismo. Tiene por resultado la conservación de nuestro orden funcional. La construcción de nuestro cuerpo y su adaptación ya no son, pues, sino dos aspectos de su exigencia vital, vale decir, de la intención de funcionar que lleva en sí. Nuestra intención directriz orgánica no es sino la inteligencia organizadora de nuestro cuerpo, a la vez plan de nuestra evolución vital e ímpetu de realización de dicho plan; o sea el "ímpetu vital" de Bergson, pero con tal de precisar bien su naturaleza intelectual y, además, de notar que progresa por elección entre sus posibilidades potenciales, y no por creación lisa y llana de formas nuevas sin precedentes.

Nuestra inteligencia orgánica procede por actualización creadora, esto es, por elaboración de lo que ya existe en potencia, mas hubiera podido no realizarse. Nuestro cuerpo, por tanto, está determinado por sus virtualidades originales, en el sentido de que no puede "devenir" sino su propia esencia, pero se crea en la medida que elige entre sus posibilidades, según sus necesidades de adaptación a sí mismo y al mundo exterior.

Elección muy limitada, por cierto, ya que debe respetar el orden estructural y dinámico que condiciona nuestro funcionamiento orgánico, y puesto que, además, a medida que se desarrolla nuestra vida, nuestras virtualidades disminuyen, no sólo las que hemos realizado y que se han hecho nuestra historia, sino también todas aquellas que, en otras oportunidades, hubiéramos podido elegir a cada momento de nuestro pasado pero que no hemos elegido, y que han sido eliminadas.

La historia de su vida pesa, por tanto, sobre nuestro cuerpo, a la vez por sus rechazos sucesivos de posibilidades que definitivamente han sido descartadas de su "devenir", y por sus elecciones sucesivas que actúan sobre sus decisiones futuras. Nuestro organismo se encuentra en la situación del ajedrecista que ve, a cada jugada, reducirse sus posibilidades futuras de elección. Tiene que adaptarse constantemente no sólo al juego de su adversario - el mundo exterior - sino también a su propia situación presente, resultado de toda su evolución anterior.

Sería, pues, inexacto decir que nuestra intención directriz corporal obra según un plan preestablecido, y que nuestra evolución vital se dirige, por caminos que dependen de las circunstancias, hacia una meta asignada de antemano. El plan existe, en forma de posibilidades en potencia. Pero no se realiza de modo necesario: se crea por elección constante entre las posibles; elección exigida por la adaptación a las condiciones internas y externas de nuestra actividad funcional.

La finalidad existe igual, pero no impone ninguna meta precisa. El único fin de nuestra inteligencia intencional es el funcionamiento de nuestro organismo, vale decir, su vida en el más alto grado posible.

27. LA VOLUNTAD CORPORAL

Tenemos que decir de nuevo aquí lo que ya hemos expresado acerca de nuestra vida psíquica: no es la abstracción "inteligencia" la que progresa en el tiempo hacia su autorealización, sino, en el presente caso, nuestro ser corporal en su todo, siendo la intención directriz un aspecto y no una parte de él.

Luego, no es nuestra inteligencia organizadora la que obliga nuestro cuerpo a adaptarse y le impone las transformaciones indispensables a su buen funcionamiento, sino el cuerpo mismo el que salva, modificándose, los obstáculos que encuentra. La intención directriz de nuestro organismo no es sino su intención de vivir y la adaptación, la facultad que posee de realizar dicha intención, vale decir, de realizarse a sí mismo y afirmarse así frente a las circunstancias.

El acto de adaptación - y tenemos que asimilarle el acto de desarrollo puesto que, al crear su estructura, nuestro cuerpo no hace sino adaptarse a lo que es - responde, pues, a nuestra razón de vivir. Este carácter intencional y, por tanto, voluntario, de la vida, el lenguaje corriente, aunque propenso a asimilar voluntad a deliberación ¿no lo reconoce cuando usa expresiones tales como "no querer morir" o "se cramponner à la vie"? Nuestro cuerpo no se deja vivir. Conquista su vida por el esfuerzo de adaptación, merced al cual defiende su unidad funcional constantemente comprometida, y se impone al mundo exterior : esfuerzo voluntario, puesto que expresa nuestra afirmación orgánica; esfuerzo inteligente, puesto que es el resultado de un juicio que procede de la relación adaptiva de nuestro ser corporal con su medio; esfuerzo libre, por fin, y este calificativo exige algunas explicaciones.

A menudo se quiere decir por libertad la supresión de toda relación de causalidad, y se atribuye así al acto libre un carácter de arbitrariedad. Si eso fuera exacto no cabe duda de que la decisión adaptiva de nuestro organismo no podría llamarse libre, puesto que está ligada a una causa, o sea, el estado mismo de nuestro ser corporal en el momento que afronta nuevas condiciones de existencia, estado que depende, ya lo sabemos, de lo que somos y de lo que hemos vivido, vale decir, de nuestra esencia individual y de nuestra historia. ¿Debemos concluir de eso que nuestra actividad corporal es determinada? Sí, pero por nuestro cuerpo mismo cuya naturaleza es, por una parte, el producto del azar: azar de la concepción que lo creó, y lo creó con cierto capital de posibilidades y azar de cada una de sus innumerables confrontaciones con el mundo exterior.

¿Debemos decir, entonces, que nuestro cuerpo está determinado por el azar? Es esto un disparate si damos a la palabra "determinar" el sentido que le atribuyeron algunos materialistas, para quienes la vida era encadenamiento mecánico que excluía, precisamente, el azar como también todo juicio. Pero podemos decir que nuestro organismo se autodetermina en el sentido de que elige, sin cesar, entre sus posibilidades potenciales aquellas que permiten, en las condiciones interiores y exteriores dadas, su mejor realización.

El acto voluntario de nuestro cuerpo es, por tanto, imprevisible, ya que dimana no de un desarrollo mecánico, sino de un proceso dialéctico de adaptación. Sólo en este sentido podemos llamar libres todos nuestros fenómenos orgánicos, incluidos aquellos que son los menos variables. Elegimos hacer latir nuestro corazón más bien que detenerlo, y nuestra elección es libre, puesto que procede de un juicio orgánico sobre las condiciones presentes de nuestra vida con respecto a nuestra finalidad inmanente. Nuestra muerte misma es un acto libre de nuestro cuerpo, ya que depende, en el momento en que se produce, de las posibilidades y de la historia de nuestro ser corporal, confrontadas con las condiciones interiores y exteriores de su realización.

28. LA DURACIÓN CORPORAL

Así se hace, por afirmaciones libres de nuestra intención vital, la diferenciación, constructiva o adaptiva, de nuestro cuerpo. Ahora bien: dicha diferenciación no es distinta de la progresión en el tiempo de nuestro dinamismo orgánico, de este haz de ritmos que constituye lo que hemos llamado nuestra duración corporal. Pero cada uno de dichos ritmos pertenece a un órgano, o sistema de órganos, que posee, por tanto, no sólo una individualidad estructural, sino también una individualidad evolutiva y, luego, una intención propia que rige su movimiento funcional.

Nuestra duración orgánica es una síntesis. Pero dicha síntesis no es una simple resultante. No olvidemos que hemos establecido que nuestra intención unitaria es anterior a la diferenciación que dirige. Nuestra duración corporal es la creación voluntaria de nuestra intención directriz que obliga a converger los procesos funcionales de los órganos y sistemas orgánicos que ella misma diferenció. Podemos comparar esta duración fisiológica, a la evolución de una familia cuyo padre mantiene en tutela a los hijos que engendró, y a quienes dió así una cierta individualidad, y los obliga a vivir y trabajar en común en una armonía sin la cual el grupo desaparecería. El dinamismo familiar no existe sino por este esfuerzo unitario permanente. Pero su dirección no depende sólo de la intención del padre, sino también de la actividad de cada uno de los hijos. O, más exactamente, el jefe de familia tiene por única intención la vida armoniosa del grupo, y cada una de sus órdenes expresa su voluntad exclusiva, de adaptarlo a él mismo y al mundo que lo rodea y lo presiona.

Así la inteligencia organizadora inmanente a nuestro cuerpo asegura el funcionamiento unitario del conjunto que creó. Es ella, por tanto, la que constituye nuestra duración, es decir, nuestro dinamismo unificado, utilizando, para lograrlo, un órgano especializado, nuestro cerebro y su red de comunicaciones. Pero tengamos cuidado de no individualizar nuestra inteligencia intencional considerándola una especie de jefe de estado mayor, quien, de su puesto de mando y usando sus teléfonos, dirigiera el movimiento de sus tropas. No sólo es omnipresente en nuestro organismo, sino también es dicho organismo el cual, sin ella, es impensable salvo en la forma de un montón de materia físico-química.

Cada una de nuestras células y cada uno de nuestros órganos sólo funcionan porque son, no elementos intelectualizados, lo que supondría su posibilidad de existencia sin intención organizadora, sino inteligencia. Esto no impide que cada célula y cada órgano posea su dinamismo funcional - vale decir, su duración propia - que no está integrado en el organismo unitario sino por la acción sintética del cerebro, mas sin embargo, no tendría sentido fuera del organismo.

Debemos, pues, considerar nuestra actividad intelectual orgánica en dos aspectos, o sea, de modo más preciso, en dos procesos complementarios : por una parte, su penetración, a partir del germen original, en la materia físico-química a la cual organiza en células y órganos diferenciados, de tal suerte que respondan a las exigencias de la especialización funcional de nuestro cuerpo; por otra parte, su coordinación en un todo dinámico de los elementos así constituidos.

Nuestra inteligencia intencional obra, por tanto, como el ingeniero que construye las máquinas necesarias a su fábrica, las ensambla y asegura su funcionamiento armonioso. Pero tal comparación sólo vale con tal de notar que, en nuestro cuerpo, el ingeniero es inmanente a la fábrica y no se diferencia de ella sino por análisis. Nuestra duración no es un producto de nuestra inteligencia orgánica: es dicha misma inteligencia, incorporada en nuestra materia constitutiva, que está progresando en el tiempo, e inserta en el mundo nuestra personalidad corporal viviente.

29. EL TIEMPO FISIOLÓGICO

Nos queda por precisar el sentido de la expresión "progresar en el tiempo" que acabamos de emplear, y estudiar, por eso mismo, el ritmo de nuestra duración orgánica. No es nuestro propósito analizar aquí la naturaleza del tiempo. Nos basta considerarlo, empíricamente, como un carácter esencial de la existencia, puesto que nada puede ser concebido con existencia instantánea, y notar que sólo es aprehensible para nosotros en cuanto asimilado a un cambio, vale decir, a un movimiento. Así el tiempo de nuestros relojes corresponde al movimiento de las agujas sobre el cuadrante, y, en último análisis, al movimiento de la tierra alrededor de su eje.

El uso corriente quiere que expresemos nuestra duración en unidades de reloj, vale decir, de tiempo sideral. Es éste un procedimiento cómodo, sin duda, pero ilegítimo ya que nuestro cuerpo posee su propio movimiento interno. El tiempo cósmico no puede ser para nosotros, valederamente, sino un sistema de referencia, tanto más útil cuanto que es prácticamente uniforme. Pero, ¿cómo captar en sí mismo nuestro tiempo orgánico?

Conocemos, para lograrlo, dos procedimientos basados, el uno y el otro, sobre el hecho de que cada movimiento funcional de nuestros órganos deja sus rasgos en nuestro plasma sanguíneo en forma de sustancias tóxicas, que obran como un freno sobre nuestras actividades fisiológicas y, en particular, sobre nuestra reproducción celular. Podemos calcular, a intervalos siderales fijos, el índice de cicatrización de una llaga o también, más cómodamente, comparar el crecimiento de una colonia de infusorios en nuestro plasma con la de una colonia idéntica en agua salada.

Estas dos técnicas nos permiten comprobar que el flujo de nuestro tiempo fisiológico no es uniforme. Varía con nuestra edad: nuestra actividad orgánica disminuye a medida que vivimos, y nuestro envejecimiento es mucho más rápido - respecto del tiempo cósmico - en el principio de nuestra vida que en su fin. Varía, igualmente con el más o menos buen funcionamiento de nuestro cuerpo, y una lesión, una infección o una adaptación difícil frena su curso.

El año sideral de un niño de diez años, mientras que su organismo está en pleno desarrollo, comprende cuatro veces más fenómenos orgánicos y, por eso mismo, "años" fisiológicos que el de un adulto de cincuenta, y el año sideral de un enfermo, en el curso del cual su cuerpo lucha para combatir el mal y defender su existencia, corresponde a varios de sus "años" fisiológicos normales.

Nuestra duración fluye, por tanto, según un ritmo irregular y decreciente que nos es estrictamente personal, puesto que es la expresión de nuestra actividad orgánica en su relación con sus condiciones interiores y exteriores, vale decir, con nuestro pasado fisiológico inscripto en nuestros tejidos y con las exigencias adaptivas de nuestro medio.

30. LA LUCHA POR LA VIDA DEL CUERPO

Este análisis nos hace volver una vez más a la unidad funcional de nuestro cuerpo, unidad sin la cual nuestra duración sólo sería una resultante de fuerzas, y no una síntesis hecha por una intención organizadora personal, anterior a la diferenciación anatómica y dinámica de la cual es autor pero que no cesa de dominar.

Dicha unidad fundamental no debe, sin embargo, ilusionarnos: es precaria y siempre provisional. Tenemos la impresión de la solidez y permanencia de nuestro organismo, porque no admite estado intermedio entre el funcionamiento y la muerte y lo observamos, por supuesto, en vida. Pero, en la realidad, no sólo nuestro cuerpo se dirige inexorablemente hacia su destrucción, sino también que su vida merece más bien el nombre de supervivencia y, siempre en peligro, sólo dura al precio de un esfuerzo constante.

Nuestro organismo está a merced de una presión del mundo exterior demasiado fuerte para que pueda adaptarse a ella: no resiste ni el frío demasiado grande ni el calor exagerado, ni ciertos microbios, ni la inmersión prolongada, ni el fuego, ni siquiera un choque demasiado brutal. Tiene que encontrar alrededor de él los alimentos que necesita, so pena de perder la energía fisicoquímica que le es indispensable. Exige, por fin, al menos en algunos momentos de su existencia, la niñez en particular, la ayuda de sus semejantes.

Pero eso no es todo: mientras se impone a su medio y se adapta a él en un combate continuo, tiene que tomar en cuenta la "quinta columna" que lo zapa por dentro. Nuestro cuerpo, en efecto, se ha incorporado una cierta cantidad de materia que le viene de sus progenitores y de sus proveedores. Dicha materia está organizada, ya lo hemos visto, pero de modo inestable. Deténgase nuestro funcionamiento orgánico, en poco tiempo se descompondrá y se transformará en una masa de productos químicos, que no conservarán sino una parte insignificante de su estructura orgánica. Eso demuestra que la materia de nuestro cuerpo posee una tendencia natural a volver al mundo exterior de donde proviene, y a destruir así las condiciones anatómicas de nuestro funcionamiento vital.

Nuestra inteligencia intencional debe, por tanto, oponerse continuamente y con éxito, a la descomposición fisicoquímica del organismo. Tiene por otra parte, ya lo hemos visto, que contener las veleidades de independencia de nuestras células y de nuestros órganos, coordinando sus actividades complejas. En fin, es imprescindible que mantenga la armonía fisicoquímica, fisiológica y biológica sin La cual las condiciones funcionales de nuestra vida no estarían llenadas.

Podemos decir que nuestra duración corporal es el resultado de un esfuerzo prodigioso de nuestra intención personal, y consiste en una victoria continua de nuestro ser orgánico sobre sus fuerzas interiores y exteriores de descomposición.

 

 

La Editorial Indice
Anterior Principio de Página Siguiente
Imprimir

Jaime María de Mahieu - La Naturaleza del Hombre