Jaime María de Mahieu - La Naturaleza del Hombre

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CAPÍTULO V
EL HOMBRE SEXUADO

61. INCOMPLETUD DEL HOMBRE

El sistema funcional que constituimos está sólo relativamente aislado, como acabamos de verlo, puesto que evoluciona en un medio con el cual está en constante intercomunicación. Pero quizá estemos tentados de concluir que, teniendo en cuenta su dependencia cósmica, se basta a sí mismo. De hecho, no es posible concebirnos en la situación de Robinson sin que se detenga por eso nuestro proceso vital de autorrealización. En un medio reducido pero suficiente, nuestro corazón seguirá latiendo, nuestra sangre circulando, nuestras piernas propulsándonos, nuestros órganos sensoriales dándonos conciencia de nuestro cuadro, y nuestro pensamiento elaborando las informaciones así recibidas. Nuestra duración biopsíquica proseguirá su progresión temporal. Así el pez colorado en su acuario y el león en su jaula siguen viviendo.

Sin embargo, un examen más profundizado nos permitirá notar una grave anomalía. Mientras que nuestros órganos vitales encuentran en nosotros mismos las condiciones y la razón de ser de su funcionamiento y siguen, por tanto, con su actividad, una fracción de nuestro ser biopsíquico se hace de repente casi inútil. El conjunto constituido por nuestros órganos sexuales es incomprensible si sólo nos consideramos a nosotros mismos. Exige, en efecto, para funcionar plenamente y responder así a su finalidad inmanente, un grupo orgánico complementario que no nos pertenece. Nuestra autorrealización en circuito cerrado mantiene, pues, en estado virtual todo un complejo de posibilidades cuyo valor excepcional comprobaremos más lejos, y que necesitan para actualizarse un elemento exterior a nosotros.

Nuestra incompletud es, por tanto, evidente. Nos obliga, además, a buscar en derredor nuestro el factor orgánico que nos es lógicamente indispensable. De ahí la necesidad de salir de nuestro yo, y de tener en cuenta a nuestros semejantes que no eran para nosotros, hasta ahora, sino objetos entre otros objetos. Tenemos que reconocer, por analogía, la comunidad específica que nos une a ellos. Pero también y sobre todo tenemos que notar las diferencias orgánicas esenciales que nos permiten dividir a los seres humanos en dos sexos.

Comprobamos entonces que cada categoría es incompleta a su manera, pero encuentra en la otra lo que le hace falta. O, más exactamente, sólo poseemos una mitad del sistema sexual completo, tal como debe ser para poder funcionar. Pero dicha mitad exige, para existir, nuestro ser biopsíquico entero, y así ocurre también con la otra respecto del conjunto del que forma parte. Nuestros órganos sexuales son, por tanto, mucho más que un elemento de contacto interhumano. Constituyen una de las dos piezas de un sistema funcional único. Cada una está organizada en función de la otra, pero pertenece sin embargo a un conjunto viviente autónomo sin el cual desaparecería. Eso demuestra que estamos concebidos según un plan supraindividual, problema que se escapa a nuestro propósito de hoy.

Aun limitándonos a lo que atañe a nuestro presente análisis, las consecuencias de nuestra observación son fundamentales, puesto que nos obligan a reconocer que nuestra existencia funcional completa exige la unión con un ser humano de sexo opuesto. Nuestra autonomía, por tanto, no es absoluta. No podemos vivir encerrados en nosotros mismos sino renunciando a una parte de nuestras posibilidades personales. Sólo podemos realizarnos plenamente con tal de salir de nuestro aislamiento.

62. EL INSTINTO SEXUAL

En este último caso, no se trata de una verdadera renunciación, término que supone una dificultad a vencer, un esfuerzo a hacer y, en definitiva, un cierto empobrecimiento. En realidad, el aislamiento es un estado antinatural, en primer lugar porque hace imposible la actividad funcional íntegra. Por eso nos pesa y buscamos romperlo.

Todo órgano, en nosotros, tiende a responder a su finalidad inmanente, y a desempeñar el papel para el cual está organizado. Nuestros órganos sexuales no hacen excepción a la regla. Pero mientras que los otros hallan en nuestro organismo su lugar y su función, ellos exigen una superación de nuestro ser. Su orden dinámico no se basta a sí mismo. Así como su existencia supone una incompletud, su funcionamiento reclama un complemento que no pueden procurarse sino comprometiendo a todo nuestro ser.

No olvidemos que nuestros órganos sexuales, si bien ocupan un lugar especial en nuestro organismo por cuanto lo prolongan fuera de él mismo, forman sin embargo parte de su todo. Existen y funcionan en una completa interacción con todos los elementos constitutivos de nuestro yo. Echan continuamente en la sangre sustancias que impregnan todos nuestros tejidos, y actúan sobre nuestra duración psíquica a través de su capa cenestésica. Ahora bien: dichas sustancias proceden de una actividad incompleta, y transmiten a nuestro espíritu no sólo la presencia caracterizada de nuestros órganos sexuales, sino también su exigencia funcional. De ahí el instinto sexual en su doble aspecto orgánico y psíquico, a la vez orden instrumental y deseo, que compromete todo nuestro yo.

Hasta parece, en algunas oportunidades, poner a nuestro ser al servicio de una de sus partes. Pero no es esto sino una ilusión, debida probablemente a la exterioridad funcional de nuestros órganos genitales. En la realidad, estos no tienen ni existencia ni significado propios. Sólo son una especialización personal del conjunto que constituimos, y que expresan en una de sus direcciones esenciales.

Digamos de una manera más precisa que, si bien es exacto que nuestras glándulas sexuales dan a todo nuestro ser un tono masculino o femenino, no por eso resulta menos que no somos sexuados porque poseemos tales o cuales órganos, sino que poseemos dichos órganos porque nuestros caracteres heredados, vale decir, nuestra naturaleza, nos hacen varón o mujer. El instinto sexual, luego, no es un accidente; ni siquiera es la generalización psíquica de un fenómeno orgánico localizado. Es inherente a una cierta época de la evolución de nuestro yo indivisible. Constituye una vuelta a nuestra duración unitaria de una propiedad confiada por nuestra intención directriz a un grupo de órganos diferenciados, que no son sino el instrumento indispensable de una función necesaria.

Este análisis nuestro implica una conclusión más general: no son nuestros órganos sexuales los que están insatisfechos y exigen la búsqueda de su complemento natural, sino nuestro ser entero el que aspira, por intermedio de una parte especializada de sí mismo, a la unión total con un individuo del sexo opuesto. El viejo mito platónico del andrógino primitivo, cortado en dos por Zeus y cuyas mitades siempre tienden a reunirse expresa perfectamente esta incompletud personal y el instinto que le corresponde tratando de remediarla.

63. LA UNIÓN SEXUAL

El instinto sexual no posee, por consiguiente, el carácter inquietante, y hasta francamente diabólico, que le atribuye el dualismo de todas las épocas. Responde, por el contrario, a una exigencia esencial de nuestra naturaleza incompleta.

La unión sexual está prevista por nuestra misma organización o, más exactamente, por una organización específica que reparte entre los sexos los instrumentos complementarios indispensables al ejercicio de una función común. En la base de la unión del hombre y la mujer hay, pues, una necesidad orgánica de asociación de "piezas" corporales hechas para encajarse la una en la otra con vistas a un trabajo solidario.

En vano se tratará de idealizar la cosa: la unión sexual es, ante todo, una combinación instrumental análoga a aquella que da sentido a las dos partes de un enchufe eléctrico. Pero no es solamente eso, puesto que nuestros órganos genitales sólo existen en y por nuestro organismo entero. El acoplamiento pone, por tanto, en juego, no sólo nuestros instrumentos especializados, sino también nuestro cuerpo todo, que permite a dichos instrumentos ser y vivir. En el momento de la unión sexual, parece que nuestro organismo se pone íntegramente al servicio del acto localizado que está realizándose. Pero las apariencias nos engañan.

El apareamiento instrumental, no es sino la manifestación exterior de la unión profunda de los cuerpos a los cuales pertenecen los órganos interesados. Estos constituyen elementos de ensambladura sin valor propio. Establecen la comunicación buscada, no por ellos, sino por los conjuntos a los que pertenecen. Si fuera de otro modo, bastaría el acercamiento de órganos de sexo opuesto para que se realice plenamente la unión sexual. En realidad, las condiciones orgánicas del apareamiento, vale decir, las modificaciones fisiológicas de los instrumentos complementarios, sólo se producen cuando un primer contacto ya ha establecido entre los cuerpos una prearmonía en la que participan todos los sentidos.

La unión sexual, por tanto, está condicionada por una unión corporal previa que busca, por ella, adquirir su plenitud. Pero el apareamiento no se limita a completar una comunión preexistente a la cual diera una fuerza incomparable. Antes de él, los dos cuerpos sólo están unidos por un intercambio sensorial e intuitivo más o menos intenso. Cada uno conserva su autonomía. Por la unión sexual, al contrario, se confunden en un conjunto funcional único. No sólo la asociación de los órganos provoca un aumento del contacto sensible, sino que también transforma fundamentalmente su naturaleza. Merced a ella, los dos cuerpos ya no están yuxtapuestos, sino confundidos. Viven el uno por el otro y el uno para el otro. Ya no hay entre ellos solamente unión, sino unidad de función. Y este último término significa, no la simple adecuación a la finalidad generadora del acto sexual, sino el proceso biológico de autorealización que pierde, en alguna medida, su sentido individual.

Nuestro análisis todavía no está completo. La unión de los cuerpos transforma, no sólo la vida orgánica, sino también el conjunto de la duración cuyo substrato ésta constituye. Nuestras modificaciones corporales, exigidas o provocadas por la unión orgánica, repercuten evidentemente en nuestra vida psíquica, así como el simple contacto sensible con el otro cuerpo ya introducía en nuestra duración un flujo de imágenes particulares. Pero antes, nuestro instinto sexual presentaba, ya lo sabemos, dos aspectos, biológicos y psíquico.

Por otra parte, las condiciones corporales del acoplamiento dependen, no sólo del acuerdo sensorial de los cuerpos, sino también de la aceptación psíquica de las imágenes que lo expresan, esto es, de su adaptación a nuestra vida interior, consciente o subconsciente, tal como se presenta en el instante de su aflujo. Más todavía, la idea que nos hacemos de la personalidad del ser con quien nos unimos desempeña su papel en el acto que recibe de ella una parte de su sentido. La unión sexual realiza la conjunción, no sólo de los cuerpos, sino también de las personalidades biopsíquicas enteras, interviniendo en grados variables sus diversas capas de duración en un acto más o menos completo.

64. LA DESIGUALDAD DE LOS SEXOS

La progresión de nuestro análisis nos obliga aquí a una importante precisión. En el curso de los capítulos anteriores, hemos hablado de nosotros mismos, objeto de nuestra experiencia, como del ser humano tipo. Teníamos derecho a hacerlo, puesto que podíamos, en cualquier momento, aplicar con exactitud a cada uno de nuestros semejantes el esquema estructural que establecíamos. Pero ya no es posible, ahora que nos hallamos frente al problema sexual. Nos unimos con un ser que correspondía perfectamente, hasta aquí, a las conclusiones de nuestra búsqueda pero se manifiesta, en un punto nuevo, esencialmente distinto de nosotros.

El sexo no es una variación personal del tema general. Implica una diferenciación biopsíquica y funcional, que divide la especie humana en dos categorías complementarias. El hecho de ser sexuado nos clasifica en una de ellas. Nos crea, además, una nueva dependencia que se agrega a la del medio cósmico. Sólo podemos, en efecto, realizarnos plenamente si somos dueños de actualizar todas aquellas de nuestras posibilidades que responden a las exigencias de nuestro ser en circunstancias dadas.

Ahora bien: somos incapaces de satisfacer por nosotros mismos nuestro instinto sexual. La unión que reclama no es factible sino con un individuo diferentemente organizado. Dependemos, por consiguiente, del sexo opuesto al nuestro. Vale decir que nuestra realización sólo es completa, desde este punto de vista, merced a una diferencia.

Y debemos agregar : merced a una desigualdad. La unión sexual no exige solamente, de parte de ambos cónyuges, una organización biopsíquica, y en primer lugar instrumental, distinta. El papel de cada uno implica más : una subordinación de la mujer al hombre. No es preciso entrar en descripciones delicadas para mostrar que, en el acto mismo, el macho domina mientras la hembra está reducida a una actitud de aceptación. Pero la desigualdad de los sexos no se limita a eso. Para hacerla entender mejor, tenemos, una vez más, que invertir las relaciones generalmente admitidas. El varón no es dominador por función porque es sexuado de cierto modo, sino que posee los instrumentos orgánicos que condicionan su posición porque es dominador por naturaleza. Ocurre lo mismo, evidentemente, con la mujer en su pasividad relativa. Tal comprobación no contradice el hecho de que los caracteres biopsíquicos peculiares de nuestro sexo dependen de la presencia y el funcionamiento de nuestros órganos especializados. Pero éstos sólo existen y obran porque somos por naturaleza varón o mujer.

Nuestra dotación hereditaria es sexuada. De ella dimana nuestra organización corporal, de la que procede, a su vez, la diferenciación biopsíquica que marca con un sello sexual todas las capas de nuestra duración. Los caracteres que expresan dicha diferenciación son idénticos a aquellos que se manifiestan en el curso de la unión orgánica, y el hecho no nos asombrará, puesto que acabamos de ver que provienen de la misma causa.

Nuestra estructura y nuestro dinamismo no son sino dos fases de la misma realidad personal, y el acto sexual no es sino la realización más directa de una naturaleza diferenciada que posee otros modos de exteriorización. La desigualdad de los sexos no rige, por tanto, sólo la unión orgánica, sino también el conjunto de las relaciones de la pareja. Dicho con otras palabras, el coito no es sino el momento culminante de un proceso mucho más amplio. En él la jerarquía de los sexos se afirma plenamente. Pero se manifiesta - o tendría que manifestarse - en todas las relaciones entre individuos diferentemente sexuados.

65. LA ARMONÍA DE LA PAREJA

Merced a la desigualdad de los sexos nos es posible hallar el complemento que nuestra constitución reclama, y satisfacer así nuestra naturaleza sexuada. Nuestros instrumentos especializados y, por consiguiente, el conjunto de nuestro ser biopsíquico que se proyecta en ellos exigen no sólo un objeto que les permitan actuar sino un sujeto sobre quien desempeñar su función. No buscan simples condiciones de un movimiento autónomo, sino una armonía interactiva sin la cual su existencia no tendría significado. Se completan, pero también completan.

La unión no puede, por tanto, valederamente ser considerada desde el único punto de vista de uno de los participantes. Su realidad y su perfección se manifiestan en la pareja y no en el individuo. Ni siquiera sería exacto decir que dos seres sexualmente desiguales dan y reciben a la vez y se complementan mutuamente. Sin duda, cada uno encuentra en la unión una profunda satisfacción personal nacida de la completud por fin conquistada. Pero la pareja es más que la suma de sus miembros. Constituye una unidad funcional que expresa la superación dialéctica del varón y de la mujer. El antagonismo de los sexos tal como surge de su desigualdad se borra en la pareja o, más precisamente, desaparece en el momento de la unión para renacer después en grados diversos según la profundidad de la armonía lograda.

No olvidemos, en efecto, que la pareja representa mucho más que la simple conjunción de complejos orgánicos complementarios. Por intermedio de los órganos sexuales, son dos cuerpos y dos duraciones los que se unen más o menos íntimamente, vale decir, superan su antinomia constitucional. De ahí lo que podríamos llamar tres niveles de armonía según que cuerpo y duración participen más o menos en el movimiento dialéctico que llega así a una osmosis más o menos acabada de los dos seres en presencia.

Precisemos ahora, el sentido del término de armonía que empleamos para definir el resultado sintético del apareamiento. Si consideramos la unión sexual al nivel instrumental, la armonía consiste en un movimiento funcional común por mutua adaptación fisiológica e interacción de los órganos asociados. Al nivel corporal, la relación establecida y sus consecuencias ya son mucho más sutiles y profundas. El contacto que se realiza por los órganos sexuales pero también por todos los sentidos crea una adecuación recíproca entre dos organismos que poseían sendos ritmos propios, mas los sincronizan por adaptación para que la pareja viva en un ímpetu unitario. Las dos duraciones se confunden, como los movimientos de dos ruedas dentadas que se engranan, con la diferencia fundamental de que no se trata aquí de un promedio de velocidades diversas, sino más bien de la creación de un ritmo nuevo, por transformación de las modalidades vitales de cada uno de los dos cuerpos unidos y exaltados por su unión.

Al nivel psíquico, el problema se plantea en términos algo diferentes. Cada duración recibe un aflujo de imágenes cenestésicas y sensoriales que corresponden no sólo a las modificaciones experimentadas por el cuerpo en razón del apareamiento y al ritmo biopsíquico del cónyuge, sino también a la vida funcional común de la pareja. La síntesis de las duraciones psíquicas se realiza, pues, ante todo por autosuperación de cada una de ellas en la toma de conciencia de la unión corporal.

Pero exige más aún que el simple conocimiento del conjunto biológico armonioso así constituido, en los estratos inferiores (en posición) de nuestro ser. Reclama, para crear plenamente una euritmia común, un complemento de imágenes en forma de intercambio racional e intuitivo directamente psíquico. Sólo entonces la simetría, en el sentido etimológico de la palabra, será perfecta y la pareja vivirá una vida única que se desarrollará sobre un ritmo común, cuyas fases de mayor tensión sintética corresponderán a los breves instantes del coito, pero que se mantendrá fuera de ellos en una alternancia de deseo y de satisfacción.

66. LA INTUICIÓN SEXUAL

Sin un conocimiento mutuo de sus integrantes, la armonía de la pareja evidentemente no sería posible, puesto que la adaptación recíproca y la síntesis de los antagonismos individuales suponen una confrontación eficaz.

Al nivel instrumental, sabemos que dicho conocimiento es directo. Los órganos sexuales poseen una sensibilidad táctil particularmente marcada, que constituye el nexo necesario entre ellos. Asimismo, al nivel corporal, nuestros sentidos entran en contacto inmediato con el ser querido. Asimismo, al nivel psíquico, el lenguaje sirve de medio de comunicación entre, los dos pensamientos. Pero no es ésta una explicación suficiente del fenómeno del conocimiento amoroso.

Las palabras ocupan poco lugar en los intercambios psíquicos de la pareja, y la actividad sensorial se limita a darnos conciencia de la forma física del cuerpo al que nos unimos, y de su comportamiento exterior. Aprehendemos, sin mayor dificultad, el calor que emana del funcionamiento del organismo, o el estremecimiento que nace de la excitación sexual. Pero el mismo movimiento de la duración, se escapa tanto a nuestros sentidos como a nuestra comprensión lógica. Ya que constituye lo esencial de los datos que armonizamos con nuestro yo, bien tenemos que reconocer la intervención de un modo de conocimiento, la intuición, merced a la cual penetramos profundamente la duración misma del ser al que nos unimos.

Mientras que nuestros sentidos nos suministran imágenes fragmentarias cuyo conjunto no puede expresar ninguna realidad vital, la intuición nos permite, por el contrario, aprehender el flujo biopsíquico interior en su continuidad temporal. Así la yuxtaposición de los datos sensorios y el encadenamiento lógico de las palabras reciben el complemento gnoseológico sin el cual no nos darían del ser amado sino un conocimiento incompleto y sin vida. Captaríamos su cuerpo como lo hacemos con una estatua a que prestamos nuestro propio dinamismo para darle un sentido, y su espíritu se reduciría para nosotros a una sucesión de palabras a las cuales se tendría que devolver su contenido afectivo. Merced a la intuición, las imágenes sensoriales y las palabras se ofrecen a nosotros, no sólo con todos los matices que una fijación destruiría, sino también con la trama moviente que les da su sentido profundo.

Nos incorporamos, no cortes más o menos superficiales y más o menos arbitrariamente hechos, sino la duración biopsíquica sin la cual la síntesis no podría nacer, por falta de uno de sus términos esenciales. El conocimiento sexual intuitivo nos permite vivir la vida interior del ser complementario, confrontarla con la nuestra y superar ambas en la simetría de la pareja. Podemos decir sin exageración que, gracias a él, aprehendemos el ritmo profundo de una duración extraña, diferentemente sexuada, del mismo modo que el de alguno de nuestros órganos.

La síntesis sexual es, entonces, análoga a aquella que realizamos en nosotros entre los varios factores dinámicos de nuestro yo. La pareja se transforma así, verdaderamente, en un ser único que evoluciona según un ritmo propio hecho de movimientos alternados de atracción, que culminan en la fusión total del coito, y de separación, en el curso de los cuales cada personalidad tiende a reconquistar su autonomía. La intuición sexual constituye, pues, el modo de conocimiento más poderoso, merced a la cual dos seres se comunican mutuamente sus duraciones vitales antes de hacer de ellas un todo único.

67. AMOR FÍSICO Y AMOR SENTIMENTAL

No vayamos a creer que tal contacto de duraciones se produce independientemente de nuestro conocimiento sensorio y puede, por tanto, realizarse sin él. La intuición sexual no se manifiesta sin acercamiento físico, y es tanto más intenso cuanto que la unión de los cuerpos es más íntima. Va más allá de nuestros sentidos, pero los necesita como substrato de su actividad, todavía misteriosa en su proceso pero manifiesta en sus resultados.

Ahora bien: el conocimiento constituye no sólo la base sobre la cual se edifica la armonía de la pareja, sino también la condición del amor, esto es, de la actualización sentimental de nuestra tendencia a la completud, satisfecha o no. A menos que se trate de un simple movimiento imaginativo fundado en recuerdos más o menos modificados, el amor exige una certidumbre acerca de la realización posible de la simetría buscada. Sólo podemos adquirirla por el conocimiento del ser en que pensamos, en que sólo podemos pensar con tal de haber captado ya su presencia y su naturaleza sexuada.

El amor no es sino el proceso biopsíquico por el cual descubrimos el objeto que reclama nuestro instinto sexual y llegamos a la simetría considerada posible desde el primer momento. Está condicionado, pues, por el contacto corporal, sin el cual ni la sensación ni la intuición podrían manifestarse. Lo que llamamos el amor físico, vale decir, el deseo y su satisfacción, no constituye, por tanto, una forma inferior de la unión de dos seres sino, por el contrario, su realidad esencial.

El amor sentimental, a menos que sea mera fantasía imaginativa, está hecho, ante todo, de la toma de conciencia de las sensaciones e intuiciones corporales y, sobre todo, de su euritmia común. Nuestra duración psíquica recibe el aflujo de las imágenes que corresponden a la forma del cuerpo amado, a su estremecimiento, a su calor y también, en forma de palabras, a su pensamiento. Se incorpora su ritmo vital, modificado por la unión sexual. Percibe, además, las modificaciones de nuestro propio cuerpo nacidas del contacto y el intercambio, y ya sabemos que son particularmente violentas. A tal conjunto que expresa la realidad inmediata de la comunión corporal, se agregan las imágenes-recuerdos sugeridas. El amor sentimental evoluciona, por tanto, con la relativa autonomía de los movimientos psíquicos, sobre el fondo cenestésico, sensorial e intuitivo, que procede del amor físico.

El deseo y la posesión, traspuestos en la capa consciente de nuestra duración, se amplían o se achican a gusto de nuestro poderío imaginativo e influyen a su vez, según el proceso que conocemos, en nuestra actividad corporal. El amor es, por consiguiente, un fenómeno biopsíquico integral. Manifiesta el ímpetu de todo nuestro ser, en su esfuerzo por resolver su incompletud y hallar así su equilibrio interior.

68. EL ACABAMIENTO PERSONAL EN EL AMOR

En efecto, el hombre es desequilibrado, no sólo a causa de la presión constante del mundo exterior y de su propia tendencia a la disociación, sino también en razón del instinto sexual que le hace desear un elemento complementario que no posee y tiene que descubrir y conquistar.

La inquietud, que resulta de tal existencia natural de un factor de desarmonía que tiende a satisfacer la exigencia que crea, no puede desaparecer sino en la unión sexual. Esto no quiere decir que los cónyuges no conocen más sentimiento de inquietud, sino simplemente que este último pierde, para ellos, su carácter negativo para convertirse en una fase necesaria de la evolución sintética de sus duraciones.

Sin salida - satisfacción o sublimación -, el instinto sexual es disociador. Pero es, por el contrario, creador cuando se orienta hacia el acto que le da su sentido: creador de la semi-entidad armoniosa que constituye la pareja, pero también creador de nuestra propia personalidad, puesto que la unión sexual nos acaba, permitiéndonos desempeñar la única función que quedaba en nosotros en estado potencial y, por cierto, no la menor de nuestro ser. El sexo no es un instrumento suntuario, que empleamos en algunas circunstancias y sólo con vistas a un acto bien determinado, sino una coloración biopsíquica de la personalidad entera que depende del grupo de órganos especializados que la expresan.

Ahora bien: la actividad sexual sólo es completa en el apareamiento. Sería apenas paradójico decir que no somos plenamente sexuados sino en la entrega total, fuera de la cual sólo funcionamos en forma disminuida, sin utilizar todas nuestras posibilidades naturales. Basta, por lo demás, comprobar en nosotros los efectos del amor para no poder dudarlo. En la unión, nuestros ritmos orgánicos se aceleran, nuestro sistema nervioso da lo mejor de sí mismo y nuestra vitalidad se acrecienta. Nuestro cuerpo entero se exalta para proyectarse fuera de sí, en un esfuerzo de afirmación íntegra, y nuestra duración orgánica alcanza el paroxismo de su tensión. Nuestra duración psíquica recibe el flujo de imágenes que representan el funcionamiento intenso de nuestro organismo y el de nuestro cónyuge. De ahí una turbación emocional de un poderío extraordinario, que tenemos que superar por una tensión no menos extraordinaria de nuestra vida interior. Nuestra exaltación biopsíquica es el producto de nuestra reacción frente a la presencia íntima del ser amado. Sabemos que nuestra síntesis personal provoca un entusiasmo interior, que constituye nuestro "tono vital" y proviene de nuestra victoria intencional sobre nuestras propias tendencias divergentes.

Ahora bien: el acto de amor implica, no sólo semejante síntesis llevada a su máximo de eficacia, puesto que debe, como lo veremos, superar su nivel existencial, sino también la absorción de una duración extraña, vale decir, un incomparable enriquecimiento. No son, en efecto, simples imágenes yuxtapuestas, a las cuales sería relativamente fácil imponer nuestra ley, las que penetran en nosotros, sino un flujo vital que se mezcla con el nuestro y que tenemos que dominar.

El fracaso es evidentemente posible. Todos conocemos el caso de seres que se dejan arrastrar, no por su pasión, como lo creen, puesto que dicha pasión no sería sino su propia búsqueda del amor que habría encontrado su objeto, sino por la duración del ser amado que les impone su propio movimiento. Pero se trata aquí, fuera de casos accidentales siempre posibles, de seres receptivos a quienes les falta la energía necesaria para tocar eficazmente su parte en la sinfonía de la pareja, y que no llenan las condiciones sin las cuales, la armonía es inconcebible. No es nada sorprendente que la unión sexual no produzca en ellos la exaltación y la alegría que nacen del equilibrio alcanzado. La culpa no es del amor, sino de la insuficiencia intencional de quien es incapaz de responder a un enriquecimiento que lo aplasta, cuando debería darle la oportunidad de afirmarse con todo el vigor de su ímpetu vital.

69. EL AMOR COMO CONQUISTA

La afirmación amorosa de nuestra personalidad resulta, en efecto, no sólo del aporte exterior recibido, sino también y sobre todo de nuestra respuesta dinámica a tal enriquecimiento.

Ahora bien: dicha respuesta no constituye un movimiento autónomo de nuestra duración. Sólo es una modalidad de nuestra energía biopsíquica que ya hemos visto, en la forma del instinto sexual, buscar su complemento y que ahora lo ha encontrado. El amor es la segunda fase, positiva, de un proceso de descubrimiento del ser exigido por nuestra incompletud.

Pero es más que eso, puesto que se realizan en él, no sólo nuestra exaltación personal que alcanza en el apareamiento su grado máximo de tensión, sino también nuestra voluntad de poderío sobre nuestro medio o, más exactamente, sobre un elemento de nuestro medio que detenta para nosotros un valor particular. Ya no se trata, en efecto, de imponernos a la naturaleza inanimada, sino a un ser humano que posee una personalidad esquemáticamente semejante a la nuestra y, luego, una autonomía que tiene que defender. El amor, por tanto, no es sólo conocimiento, sino también conquista.

Tenemos que asimilarnos el ser que deseamos y, para lograrlo, apoderarnos de él. Tal indispensable conquista, que se acaba en el apareamiento, pone en juego toda nuestra naturaleza con, por supuesto y ante todo, nuestros caracteres sexuales. Vale decir que no presenta el mismo aspecto en el hombre y en la mujer, puesto que depende, en sus modalidades, del papel propio a cada uno de los cónyuges y, en último análisis, de su conformación instrumental, expresando ésta, como ya lo hemos visto, la personalidad entera inseparable de su sexualidad.

La conquista masculina se realiza en la posesión. Es esencialmente activa y dominadora. La conquista femenina se realiza en la aceptación. Supone pasividad y sumisión. ¿No sería más exacto, entonces, hablar de la mujer como de un bien conquistado por el varón, más bien que de un elemento conquistador? No, en absoluto, puesto que la aceptación y la sumisión no están sufridas, sino deseadas y buscadas, La mujer desempeña su papel en el acercamiento amoroso como en la unión, y a menudo el papel primordial. Tiene tanta necesidad del hombre cuanto que el hombre la necesita. Pero obtiene, sólo por su presencia receptiva, la completud exigida por su naturaleza. Su conquista es activa, pero se acaba en una pasividad que no es renunciación sino autorealización. El hombre, por el contrario, prosigue en el acto sexual el movimiento de dominación de la conquista. Ambos cónyuges se imponen igualmente el uno al otro y afirman de igual modo su voluntad de poderío. Pero lo hacen cada uno conforme a lo que es, vale decir, a las exigencias de su ser sexuado.

El proceso fisiológico del coito representa perfectamente este doble carácter de la conquista amorosa. Sin la desigualdad de los dos seres, uno y otro indispensables, la unión evidentemente no sería posible. Cada uno quedaría encerrado en sí mismo o, por lo menos, sólo se impondría al mundo inferior que lo rodea. Su poderío, por tanto, estaría limitado en su ejercicio por la relativa facilidad de la lucha y de su solución. Tendría, además, que renunciar al uso de los órganos sexuales, que constituyen uno de sus instrumentos de afirmación más eficaces.

La pareja representa una obra maestra de la naturaleza: un conjunto en el que cada uno de los componentes conquista al otro y, lejos de disminuirlo por tal sujeción, le permite, al contrario, ser más él mismo en la exaltación de su diferencia sexual por fin justificada y, al mismo tiempo, en la completud armoniosa de la unión íntegra.

 

70. LA SUPERACIÓN DE SI MISMO

Así pues, nos realizamos en el amor a la vez respondiendo a la exigencia biopsíquica de nuestro sexo, e imponiendo nuestro poderío a otro ser humano.

Si detuviéramos aquí nuestro análisis, la unión sexual no nos aparecería esencialmente distinta de las otras formas de nuestra acción sobre el medio. Se trataría de un simple esfuerzo personal para realizarnos, obligando a un elemento del mundo exterior a plegarse a nuestra voluntad y servirnos de instrumento de afirmación. Tomar a la mujer en sus brazos no tendría otro sentido que domar un caballo, aceptar el abrazo del marido, no más significado que tomar un baño de sol. Pero olvidaríamos que la síntesis amorosa de la que nace la pareja, no es el resultado de una simple suma de dos seres que se acaban el uno por el otro, sino la superación real de dos personalidades en un ente nuevo que crean, más que lo constituyen, por la entrega recíproca de sí mismos.

Quizá se nos objete que el hecho de olvidarse y entregarse significa un abandono, una renunciación y, en definitiva, una negación de sí y no, por consiguiente, una autoafirmación. Esto sería exacto, en efecto, si dicho olvido y entrega contravinieran nuestra naturaleza. Pero, por el contrario, están exigidos por ella. Lejos de perjudicar nuestra integridad personal, el amor da una razón de ser a órganos que, sin él, quedarían incomprensibles y provoca esta tensión de nuestro dinamismo interior que nuestra exaltación expresa: una exaltación excepcional que alcanza su paroxismo en el apareamiento. Crea, además, la armonía superior de todo nuestro ser tal como nuestra alegría la manifiesta.

Queda por saber si exaltación y alegría no son apariencias engañadoras, y si nuestra tensión y nuestra armonía corresponden realmente a un movimiento y un estado personales: dicho con otras palabras, si éstos no son los resultados de una coacción impuesta por la pareja. que se realiza a expensas de nuestra autonomía.

A primera vista, parece, en efecto, que la unión no puede hacerse sino por negación de cada uno de sus dos términos que aceptan someterse no sólo el uno al otro, sino también al ser bicéfalo que constituye la pareja. Empero, tenemos que notar inmediatamente que los cónyuges, si bien experimentan una interpenetración y una exaltación supraindividual, no por eso permanecen menos sí mismos. Más todavía, sabemos que buscando la unión sexual y abandonándonos a ella, satisfacemos una tendencia fundamental de nuestro yo biopsíquico. Vale decir que la pareja, en provecho de la cual nos olvidamos, nos entregamos y nos abandonamos, no es un ente extraño a nuestra personalidad, sino la proyección fuera de nosotros de una realidad interior que pertenece a nuestra naturaleza o, mejor todavía, la ampliación necesaria de nuestra personalidad, hasta entonces en parte potencial, que se desarrolla según su intención directriz.

La unión sexual, lejos de destruir nuestra autonomía, le permite, por el contrario, afirmarse plenamente. Pues dicha autonomía es autonomía de lo que somos, y somos entonces la pareja, es decir, más de lo que podíamos expresar antes. No por eso resulta menos, que la unión sexual constituye una superación de nuestra individualidad relativamente cerrada, tal como la hemos analizado en los capítulos anteriores, y que dicha superación no es un hecho consumado, sino, por el contrario, el resultado siempre provisional de un ímpetu intencional, sometido a un ritmo de entrega y de retención.

Algunas veces anhelamos la unión y nos esforzamos en realizarla; otras veces reivindicamos nuestra independencia y nos replegamos en nuestro yo primitivo, vale decir, en nuestro ser amputado de su tendencia sexual. Pero no hay que ver aquí una oposición, superada o afirmada, entre el yo y la pareja, sino una sucesión interior de fases que corresponden a estados diversos de una misma personalidad.

71. LA SELECCIÓN AMOROSA

No olvidemos, por otra parte, que la unión sexual es el resultado de un dinamismo voluntario que exige sin duda una reciprocidad pero permanece, sin embargo, en lo que atañe a nosotros, estrictamente personal. La pareja nace de una atracción sexual compartida, que procede de nuestra necesidad funcional de un cónyuge de sexo opuesto.

Este análisis, empero, no es completo. Teóricamente, el varón necesita a una mujer y la mujer a un varón. Pero, de hecho, nos mostramos más difíciles. Nada más lógico, por cierto, puesto que sabemos que la unión sexual no se limita al simple coito, y que la correspondencia indispensable entre los cónyuges supera siempre, pero en una medida que varía con la profundidad de la armonía buscada y obtenida, el estadio meramente instrumental. Aun en este último plano, la adaptación es más o menos satisfactoria. Es, por tanto, normal que busquemos y amemos a la persona con quien podamos formar una pareja unida por todos los vínculos de una armonía tan completa como sea posible.

De ahí la importancia de la selección amorosa, puesto que de ella depende nuestro éxito sexual, esto es, el grado de nuestra afirmación y de nuestra superación en y por la unión. El instinto sexual indiferenciado en su objeto no existe sino al nivel de los estratos más bajos de la humanidad. En la medida en que el hombre se enaltece, por poco que sea, su deseo se precisa en el sentido de que ya no es susceptible de ser despertado sino por una cierta categoría de seres de sexo opuesto. El campo de nuestra actividad sexual se reduce a medida que crecen nuestras exigencias.

Pero, por otra parte, la intensidad de nuestra exaltación y la armonía de la unión realizada dependen, precisamente, de nuestra cualidad personal y del grado de nuestro compromiso amoroso. La selección del cónyuge, por tanto, es autodeterminada desde el principio de la búsqueda. No sólo se efectúa según una tendencia coloreada por nuestro valor biopsíquico, sino que también se conforma a un criterio imaginal, más o menos preciso, formado por nosotros según nuestras aspiraciones, vale decir, según nuestras necesidades. Inventamos el ser ideal antes de encontrar y reconocer, conforme a nuestro modelo interior, el ser de carne y hueso que satisfará nuestra inquietud. Dicho con otras palabras, creamos en nuestra mente la pareja hacia la cual tendemos por naturaleza personal.

Cuando nuestro deseo se individualiza, es decir, cuando descubrimos al ser que juzgamos acorde con la imagen preestablecida, y nos estimamos complementarios no sólo por su sexo sino también por su ritmo de duración, nuestro instinto transformado en sentimiento se concentra en una dirección única. Proyectamos sobre la persona amada la imagen ideal forjada según lo que somos y lo que nos falta. De ahí las ilusiones del amor, nacidas de nuestra ansiedad de completud y armonía.

La dificultad de la selección amorosa proviene, pues, de la falta de imparcialidad de nuestro juicio, es decir, en definitiva, de la naturaleza personal de la pareja y de la imagen que nos hacemos de ella. Henos aquí muy lejos de los sueños de un cierto darwinismo, según el cual buscaríamos instintivamente el mejor reproductor. La selección eugenésica es, en realidad, el hecho de una ínfima, minoría de hombres conscientes de un problema que se escapa a la mayor parte, y cuyo criterio de elección incluye un cierto número de ideas racionalmente establecidas. En este último caso como en los demás, es la satisfacción de nuestra necesidad personal de unión armoniosa la que constituye la meta de nuestra elección.

72. LA BELLEZA ERÓTICA

Empero, todo este análisis parece contradicho en alguna medida por la experiencia. Sin duda, puede el amor fundarse parcialmente en la aprobación racional de cualidades que juzgamos susceptibles de armonizarse con nuestra personalidad. Sin duda depende de la conciencia o la subconciencia que tenemos de un conjunto biopsíquico que responda a las exigencias nacidas de nuestra incompletud. Pero no por eso resulta menos, que el hombre de la calle estaría asombrado ante tales afirmaciones y que aun nosotros estamos obligados a hacer un esfuerzo racional para reconocer su exactitud, y además no lo hacemos, en este punto de nuestra búsqueda, sin algunas reservas.

Parece, en efecto, a primera vista, que las cosas son mucho menos complejas. Se nos citarán innumerables ejemplos de pasiones, que el conocimiento profundo de su objeto no justifica en absoluto, y que sólo suscita la belleza física, ni siquiera la belleza intelectualmente reconocida - la perfección de las formas - sino una belleza que podemos llamar erótica: muy exactamente aquello que los norteamericanos designan por "sex-appeal", vale decir, un poder de sugestión por el cuerpo, y especialmente por el cuerpo desnudo, del placer sensual que da la satisfacción de nuestro ímpetu sexual.

Que la belleza erótica sea el cimiento del amor, esto no tiene nada sino de muy normal, puesto que la pareja es la consecuencia, no de un intercambio de ideas ni de un sentimiento recíproco cualquiera, sino de un acoplamiento cuyo origen es evidentemente la atracción de los cuerpos. Pero debemos notar que el "sex-appeal" sólo promete el placer fugaz de un contacto superficial, y no la alegría profunda que nace del amor verdadero. Sólo nos da una indicación, valedera pero muy insuficiente, acerca de la posibilidad de la armonía total. Más todavía, la belleza erótica sugiere más que hace conocer. La excitación sexual que provoca es una exasperación de nuestra incompletud por el efecto de sensaciones que hacen surgir en nuestra duración un flujo de imágenes cenestésicas y memoriales que se asocian en un proceso imaginativo que no puede satisfacer nuestra tendencia a la unión.

Es sintomático que las sensaciones sugestivas sean tanto más eficaces cuanto que dejen, por menos precisas, campo abierto a nuestra invención. El sex-appeal hace arder en nosotros la inquietud que marca nuestro desequilibrio natural.

Estamos aquí en las antípodas de la exaltación amorosa que atestigua, por el contrario, la armonía que establece entre nuestra duración, y el aporte complementario que responde a nuestra necesidad de unión. Es esta la razón por la cual el erotismo toma tan fácilmente un aspecto patológico y se acerca entonces, paradójicamente, mucho más al onanismo que al amor.

Queda, sin embargo, que la excitación sexual es indispensable como factor de la exaltación amorosa, puesto que esta última exige no sólo un objeto, vale decir, un cuerpo, sino también un deseo que permanecería latente si no llegaran imágenes a despertarlo. La belleza erótica desempeña, pues, el papel de suscitar y exasperar nuestra inquietud sexual, y hacernos tomar conciencia a la vez de nuestra incompletud y de la posibilidad que tenemos de hacerla desaparecer. El erotismo no puede, por tanto, confundirse con el amor, pero constituye su condición preliminar, sin la cual la unión perdería, si no su razón de ser, por lo menos su profundidad y su intensidad.

Resulta de todo eso que la pasión amorosa que nos parece fundada únicamente en la belleza física puede ser menos razonada que otras, pero no se reduce, en ningún caso, a la simple excitación sexual. Nuestra ilusión provenía de la intensidad de los movimientos corporales que constituyen la materia prima de la exaltación interior. Ahora bien: sabemos que de la armonía de los cuerpos nace la armonía de las duraciones. "Espiritualizar" el amor al modo de los puritanos sólo puede tener por resultados destruirlo y reemplazarlo por un erotismo morboso, factor de complejos patológicos y expresión del desequilibrio biopsíquico producido por la insatisfacción de una tendencia esencial de la personalidad.

73. LA CREACIÓN DE LA VIDA

Por otra parte, "espiritualizar" el amor desemboca lógicamente en el angelismo cátaro o, por lo menos, en una disociación del ímpetu sexual y de la función de reproducción. Entre la negación violenta de los albigenses y la tolerancia temerosa de la carne que el cristianismo contemporáneo, salvo afortunadas excepciones, ha heredado de la Reforma y el jansenismo, sólo hay una cuestión de grado. O bien se rehúsa con horror la generación, o bien se la acepta a regañadientes como una orden divina, y una exigencia de la especie que perjudican la pureza de la vida interior.

Ahora bien: la unión sexual es la consecuencia de nuestro ímpetu personal, vale decir, ni siquiera de una fuerza inmanente a nuestro ser, sino del dinamismo que se confunde con nuestra esencia y nuestra existencia. Es tan natural buscarla como satisfacer cualquier tendencia conservadora. Dicha unión, ya lo hemos visto, tiene por resultado la pareja, realidad de síntesis, hecho nuevo pero ya implicado en cada uno de sus términos. Empero la pareja no constituye sino un ente imperfecto, en el seno del cual el hombre y la mujer conservan su autonomía que se afirma o se relaja según las fases de su evolución, Su existencia, sin cesar, está puesta de nuevo sobre el tapete por los dos seres que se superan en ella.

En la realidad, tal imperfección y tal inestabilidad sólo aparecen en razón de nuestra observación hasta aquí incompleta. Hemos estudiado a la pareja como un ingeniero que limitara su análisis de una máquina a las piezas que la componen y a la conjugación armoniosa de sus movimientos, sin tener en cuenta lo que fabrica ni, por consiguiente, la intención que rigió su construcción y dirige su funcionamiento. La pareja sólo toma su sentido íntegro si consideramos la consecuencia natural de la unión que ha nacido: el niño.

No podemos olvidar que el instinto sexual está ligado a un sistema de órganos que no tiene por última razón de ser el apareamiento, sino la producción de sustancias seminales y su puesta en contacto con otras que emanan de un ser de sexo complementario. La pareja no es, por tanto, sino un ente intermediario y provisional que se prolonga y se realiza en el niño.

El huevo, nacido de la conjugación de un óvulo y un espermatozoide, está formado de elementos desprendidos de su madre y de su padre, pero posee desde el principio, cualquiera sea su grado de dependencia, una autonomía personal y, por consiguiente, una intención propia. No podemos lógicamente separarlo de la pareja cuya unidad sintética materializa y fija, pero va más lejos que ella y se libera de ella. El niño es, por tanto, a la vez el fin y la superación de la unión sexual.

Es igualmente la expresión del valor de nuestra naturaleza sexuada, puesto que el apareamiento, con toda su realidad biopsíquica, es la condición de la nueva vida que creamos. Constituye, por fin, entre la mujer y el varón, el vínculo permanente de una obra común. Este último punto nos muestra claramente la unidad del conjunto pareja-niño.

La mujer lleva en sí, durante meses, un ser que vive según una intención propia y está hecho parcialmente de un producto masculino. El niño depende de ella, pero ella siente la influencia del injerto que se desarrolla en su cuerpo. No son precisos más largos razonamientos para poner de relieve el carácter sagrado del acto de amor de donde viene la vida, de las sustancias seminales que la contienen en potencia y de los órganos sin los cuales su síntesis no se lograría.

Merced a nuestro sexo, poseemos el extraordinario poder creador que hace de nosotros, no sólo el agente transmisor de la vida, sino también, en alguna medida, por nuestra relativa libertad de la elección de nuestro cónyuge y de las condiciones del coito, el dueño de la síntesis en la cual dicha vida se expresará.

74. LA PROPAGACIÓN DE LA RAZA

Este análisis, pone de manifiesto la imposibilidad en que nos hallamos de delimitar estrictamente en la unión sexual lo que hay de personal y lo que supera nuestro ser autónomo. El instinto del que depende la procreación nos pertenece, sin duda alguna, en propio. No es sino un aspecto de nuestra intención directriz y, por consiguiente, de nuestra voluntad de poderío. No nos es posible considerarlo como suntuario, ni siquiera como accidental. Sin embargo, aunque nuestra naturaleza sexuada imprime un carácter indeleble y esencial a todo nuestro yo biopsíquico, no tiene sentido alguno si sólo nos consideramos a nosotros mismos.

Nuestro ímpetu vital tiene mil otros modos de realizar y afirmarse. Si elige, no obstante, un modo de expresión y de creación que exige una íntima colaboración con otro ser y la superación, en la pareja, de su autonomía, tenemos que reconocer que nuestra intención directriz posee una doble finalidad: por una parte impone y exalta nuestra personalidad, pero por otra parte la somete a la generación del niño.

No hay, por cierto, contradicción esencial entre estos dos aspectos de nuestro dinamismo, aunque puede manifestarse una oposición, entre nuestra tendencia a la afirmación egoísta y nuestro instinto sexual. Siempre se trata de la realización de nuestro yo, de un yo que, por ser autónomo, no es menos dependiente, y en primer lugar de su propia naturaleza heredada.

Un observador de una otra especie que la nuestra, que nos examinara como el químico examina un cristal o el bacteriólogo una colonia de infusorios, podría considerar a los hombres, sea como una yuxtaposición de individuos, o bien como una "corriente de vida" de formas sucesivas encadenadas según un curioso proceso de síntesis. Pero sólo tendría una visión exacta de la naturaleza humana, si abarcara a la vez estos dos aspectos inseparables.

En efecto, somos reproductor en cuanto individuo, y la finalidad específica de nuestro instinto sexual no se distingue de su finalidad personal. Produciendo al niño, la pareja da una forma nueva a la inteligencia organizadora de la materia viva que sus miembros llevan en sí, pero la combinación de genes que determina depende, ante todo, de la voluntad de unión del hombre y de la mujer. (Lo que no significa en absoluto subestimar la importancia del azar, ni de las influencias diversas que presionan, positiva o negativamente, a los eventuales cónyuges).

El instinto sexual es, por tanto, en nosotros, la expresión personal de la intención directriz de la especie. Por él la continuidad de la vida está asegurada. Somos, pues, depositarios de una parte del futuro de la humanidad, pero actuamos sobre dicho futuro según nuestra naturaleza personal. Recibimos un cierto número de caracteres que corresponden a nuestra especie, nuestra raza y nuestro linaje, pero depende de nosotros transmitirlos o interrumpir la serie de la que hemos nacido.

Por otra parte, no comunicamos a nuestra descendencia nuestras posibilidades hereditarias tal como las hemos recibido. Nuestra historia las modifica a lo largo de nuestra existencia. Por tanto, no propagamos una vida teórica indiferenciada, sino un ímpetu intencional cambiante del que somos precisamente el factor de modificación. O, más exactamente, somos este mismo ímpetu y nuestra historia es su historia. Somos un momento de la especie, un momento que sólo existe por el pasado y sólo toma todo su sentido por el futuro que crea.

Pero, para que sea eficaz, es preciso que el ímpetu específico individualizado se exprese y se supere en la pareja. Lo que significa que la forma personal que toma en nosotros no le permite responder a su finalidad, pero encuentra en ella misma la tendencia que la empuja a satisfacer las condiciones, que ya tenemos que llamar sociales, de su realización.

75. LAS BASES SEXUALES DE LA FAMILIA

Si, en efecto, consideramos a la pareja ya no en su proceso de formación y evolución, como lo hemos hecho hasta ahora, sino en su realidad objetiva, tendremos que definirla como un grupo de seres humanos sexualmente diferenciados y complementarios, y como el grupo más simple que sea posible, puesto que está constituido de dos individuos solamente.

Decimos adrede grupo, y no asociación, ya que no se trata de una yuxtaposición debida al azar o a la simpatía, sino de una unión orgánica exigida por la naturaleza de ambos participantes. Más todavía, la pareja está unida por una finalidad común: la procreación. El niño forma parte del grupo que expresa y sin el cual no sería. No nace, en efecto, de su padre o de su madre, ni siquiera de su padre y de su madre, sino de la unión de sus progenitores. Vale decir, que nace de la conjunción orgánica de dos instintos sexuales complementarios. La familia, formada por la pareja y el niño, es, por tanto, un ente social que procede del ímpetu vital especializado del individuo. Por nuestro instinto sexual, somos a la vez personales y familiares.

En vano se nos objetará la supuesta existencia de hordas humanas que vivieran o hubieran vivido en un estado de completa promiscuidad sexual, sin conocer el orden familiar. Aun cuando el hecho fuera indiscutible y se tratara realmente del modo de vida primitivo de la humanidad, y no de un estado de degeneración, no por eso resultaría menos que la especie no ha desaparecido y, por consiguiente, se ha reproducido. Sólo una atrofia del instinto sexual hubiera podido crear una situación inversa. Por tanto, la promiscuidad completa no excluiría el apareamiento. La familia podría, a lo peor, ver su existencia reducida a algunos instantes. Pero no por eso dejaría de constituir el grupo fundamental de la sociedad, puesto que de ella seguiría dependiendo el ejercicio de la función esencial de la reproducción. La horda íntegra, tal como la describen abundantemente los sociólogos idealistas, no es posible sino entre individuos del mismo sexo o entre asexuados. Pero se trata entonces de una colectividad anormal que ya no merece el nombre de sociedad, puesto que le falta el poder de perpetuarse.

La sociedad supone necesariamente al niño y el niño supone necesariamente a la familia, vale decir, en último análisis, a la pareja que procede a su vez de la estructura y del ímpetu sexual diferenciados de sus componentes. Si consideramos que cada uno de éstos proviene igualmente de una familia, abarcaremos la alternancia vital del instinto sexual personalizado y del grupo familiar. Nuestra naturaleza sexual ya hace de nosotros un ser social.

 

 

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Jaime María de Mahieu - La Naturaleza del Hombre