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“Todos los seres humanos nacen desnudos y desvalidos; por lo tanto, son esencialmente iguales”.
Desde los días del iluminismo y la Enciclopedia francesa este dogma ha recorrido todo el mundo y durante varios siglos ha gozado de una aceptación casi universal. Regímenes políticos enteros se han basado – al menos en sus proclamas – sobre esta afirmación y sería difícil hallar hoy en día un político o un intelectual que se atreva a contradecirla. El igualitarismo, para conceptualizarlo en un término concreto, se ha convertido en dogma de fe y le ha sucedido lo mismo que a todos los dogmas similares: ha adquirido cierta inmunidad frente a los hechos reales que lo desafían y que señalan, irrecusablemente, su inconsistencia de fondo. Incluso su inconsistencia lógica porque, en rigor, la desnudez y la desvalidez difícilmente constituyan parámetros válidos y suficientes para determinar una igualdad esencial.
Pero seamos ecuánimes. Para los igualitaristas sinceros y razonables, el dogma de la igualdad de todos los seres humanos no es tanto un hecho real como un ideal a perseguir. Como hecho real, es obvio que no resiste el análisis ante las evidentes y múltiples diferencias observables no sólo entre seres humanos de diferentes ámbitos entnoculturales sino hasta entre los miembros de una misma comunidad. Sencillamente es de observación directa que hasta en las comunidades de mayor homogeneidad relativa es dado hallar valientes y cobardes, inteligentes y tontos, honrados y deshonestos, músicos y mecánicos, filósofos y hombres de acción, artistas y artesanos. El igualitarismo dogmático, sin embargo, barre a un costado todos estos hechos afirmando con imperturbable optimismo que, si bien la cotidianeidad objetiva presenta diferencias notorias, en un plano superior dichas diferencias serían irrelevantes.
El único inconveniente en esto es que nunca se han establecido con una precisión aceptable los alcances, la categoría y el ámbito de este “plano superior”. Se dice, por ejemplo, que somos iguales ante Dios; lo cual es una apelación válida a la Revelación divina pero, por desgracia, no sólo es empíricamente inverificable sino que tampoco tiene demasiada aplicabilidad política práctica ya que, en todo caso, el juicio del Creador es inescrutable, impenetrable y – sobre todo – intransferible. O bien se nos dice que todos deben ser “iguales ante la ley”; lo cual en la praxis concreta del Derecho no pasa de ser una ficción jurídica que, de aplicarse en forma estricta, conduciría a injusticias flagrantes ya que sería evidentemente injusto juzgar con el mismo criterio al hambriento y al saciado, al ignorante y al instruido, al imputable y al inimputable. No en vano todo sistema jurídico bien constituido evalúa cuidadosamente circunstancias atenuantes o agravantes y hasta excepciones o exenciones en cada caso concreto dado. La tantas veces mencionada igualdad ante la ley no pasa de ser, en el mejor de los casos, la garantía – teórica – de obtener un juicio justo sin distinciones previas.
Para superar estas y similares dificultades, el pensamiento igualitarista ha introducido en su léxico el concepto de la “igualdad esencial”. Pero con esto nos hallamos ante un problema aun más serio y grave que antes. Porque precisamente en este ámbito de lo esencial – es decir: de lo esencialmente humano y diferenciador respecto de los demás seres vivos – es donde con menos estabilidad puede sostenerse el igualitarismo.
Si por igualdad esencial entendemos una igualdad referida a cuestiones que superan lo básico y elemental, muy pronto nos encontramos con la imposibilidad de sostener la igualdad en absoluto. Sucede que, justamente, si hay similitudes observables en todos los seres humanos, éstas se encuentran en los niveles más elementales de la actividad del Hombre siendo que, por el contrario, a medida en que avanzamos hacia esferas y estructuras de mayor complejidad y de mayor especificidad humana, más y más nos encontramos con marcadas diferenciaciones. Actividades básicas universales, tales como comer, beber, dormir, vestir y alojarse son fácilmente equiparables pero, a medida en que el análisis se aleja de ellas, las diferenciaciones son cada vez más notorias. Y esto se ha hecho evidente precisamente en el mundo postmoderno en dónde una tecnología casi universalmente compartida permite cubrir las necesidades básicas con prácticamente los mismos medios sin que por ello se haya avanzado en forma relevante – es decir: más allá de modas mediáticas efímeras y superficiales – hacia la homogeneización cultural y social con la que soñaban los ideólogos antimonárquicos burgueses del Siglo XVIII y los socialistas del XIX. No en vano Huntington concibió un choque de civilizaciones [[1]]como posible etapa subsiguiente a la Guerra Fría y, aunque sus argumentos pueden ser debatibles, la persistencia – y hasta la intensificación – de diferencias y desigualdades etnoculturales a pesar de la nivelación tecno-industrial es un hecho de observación directa.
En el mejor de los casos, el concepto de la “igualdad esencial” podría pertenecer al ámbito de la filosofía especulativa. Quizás al ámbito de la teología y la metafísica, en un entorno de búsqueda de las causas o las condiciones primeras y últimas accesibles al entendimiento humano. Pero en el ámbito de la sociología práctica, y más aun en el de la política real, el concepto no halla prácticamente ninguna aplicabilidad concreta digna de mención, más allá de cierta predisposición genérica a la equidad que, en última instancia, no es más que una de las condiciones básicas y elementales de todo criterio de justicia.
De este modo, aun cuando en lo político-ideológico se sigue afirmando el dogma del igualitarismo, en el ámbito científico de las últimas tres o cuatro décadas han surgido muy serias y bien fundadas críticas. En cierto sentido, lo sorprendente es que estas críticas no hayan surgido antes porque, de hecho, lo que apareció con precisión estadística no es muy distinto de lo que de un modo más intuitivo se venía afirmando desde hace siglos y hasta milenios atrás. Las últimas investigaciones científicas – no siempre muy publicitadas por el periodismo y a veces hasta escasamente recepcionadas por las cátedras convencionales – no dejan tan mal parados ni a Platón ni, incluso, a los pensadores franceses, alemanes y anglosajones de fines del Siglo XIX y principios del XX. En cambio, es cada vez más evidente que las concepciones antropológicas, tanto de Rousseau como de Marx y sus respectivas escuelas, requieren urgentemente una profunda revisión.
Esto es así porque, a pesar del discurso demagógico, mientras más profundizamos en las estructuras que hacen posible en absoluto la convivencia en el marco de la complejidad socio-económica actual, más evidente se hace el papel decisivo e insustituible de las élites en todos los ámbitos. Precisamente una de las debilidades sustanciales de las democracias modernas – reconocida incluso por varios de sus propios teóricos – es su escasa capacidad para constituir élites realmente operantes fuera del campo estrictamente económico. La igualación forzada ha conducido – como en realidad era bastante previsible – a una mediocridad sociocultural cuyos efectos aplastantes son cada vez más inocultables. Los niveles de creatividad, cultura, personalidad y carácter han descendido en la misma medida en que ha aumentado la hipocresía, el hedonismo, el egoísmo y la vulgaridad. En última instancia, considerando las cosas en forma objetiva, el resultado no debería sorprender. La igualdad, entendida como la entendieron los herederos liberales y socialistas del enciclopedismo francés, ha sido siempre el anhelo de los más rezagados y de los menos capaces. La dinámica prometida por el igualitarismo fue de abajo hacia arriba y, puesto que se atascó por imposibilidades fácticas insuperables, el resultado concretamente posible terminó siendo tan sólo una nivelación hacia abajo. En realidad, era bastante predecible que sucediera así. Que los enanos quieran ser iguales al gigante es comprensible; lo que todavía falta por encontrar es un gigante que quiera ser enano.
En las personas sinceras y de buena voluntad la renuencia a desechar los postulados igualitaristas se relaciona con la confusión de los términos de equidad e igualdad y con la creencia que la igualdad constituye el determinante necesario de la justicia social. Según esta creencia, el “elitismo” conspiraría contra una estructura social justa. De hecho, lo cierto es justamente lo contrario: la verdadera justicia social presupone necesariamente el reconocimiento del mérito. Recién una arquitectura social construida con respeto por méritos y valores puede concebirse y aceptarse como fundamentalmente justa aunque más no sea porque, fuera de este marco, es completamente imposible construir un sistema satisfactorio y viable de premios y castigos.
A grandes rasgos, esto es lo que está dejando en claro la investigación científica de las últimas décadas. Las ciencias empíricas avanzan decididamente en una dirección que, tarde o temprano, obligará a una revisión profunda del concepto de igualdad. En todo caso, los ideólogos del igualitarismo nos deben la respuesta a una pregunta sencilla y directa: ¿Por qué la igualdad es “buena” y la desigualdad es “mala”? Si la desigualdad es producto de la injusticia, entonces lo realmente malo es esa injusticia y la desigualdad sería tan sólo su consecuencia agravante. Pero, en los casos en que no tiene relación con la injusticia, la desigualdad es un hecho objetivo igual a toda una enorme serie de otros hechos que responden simplemente a las leyes de la naturaleza. El error de concepto está en razonar al revés, partiendo de la hipótesis que la desigualdad es siempre producto de la injusticia – o que siempre produce injusticias – lo cual es algo que sencillamente no se condice con la realidad objetiva.
Por más fuegos artificiales de interpretación matemática y relativizaciones filosóficas que esgriman quienes todavía tratan de salvar al igualitarismo, lo concreto es que, científicamente hablando, el dogma igualitario está herido de muerte. Sobrevive todavía en la retórica política, en la argumentación periodística, en las especulaciones intelectuales y en alguna diatriba académica. En este entorno gana todavía algunas batallas entre un público generalmente bastante desinformado. Pero en el mundo real de los hechos objetivos científicamente accesibles está perdiendo la guerra.
Veamos por qué y en qué medida.
Comencemos esta exposición con una delimitación de fronteras a través de un análisis negativo. Veamos, ante todo, para qué no sirve la ciencia – especialmente en el ámbito que nos ocupa – y cuáles son sus límites necesarios.
A partir de la revolución cultural que precedió a la Revolución Francesa, la ciencia ha ocupado un papel cada vez más central en la determinación cultural de Occidente, influenciando en consecuencia de un modo progresivamente excluyente al pensamiento moderno. En este proceso, el conocimiento científico no sólo se alzó como antagonista polémico de la teología sino, además, terminó determinando gran parte de la filosofía misma. Se llegó así, hacia fines del Siglo XIX y principios del XX, a la suposición de que la totalidad de lo humano en cuanto a civilización y cultura podía llegar a ser científicamente aprehensible y, por lo tanto, racionalmente explicable y hasta predecible.
Sin embargo, en un momento que podemos fijar algo arbitrariamente hacia fines de la Segunda Guerra Mundial, o en todo caso durante la segunda mitad del Siglo XX, este excesivo optimismo científico comenzó a mermar a medida en que se hizo evidente que la concepción mecanicista y materialista resultaba demasiado superficial y simplista ya que fallaba no sólo en su capacidad predictiva sino hasta en su credibilidad explicativa. El materialismo racionalista, en todas sus diferentes variantes y concepciones, había obviamente generalizado de un modo abusivo los datos emergentes de ciertas realidades parciales, con lo cual terminó desembocando en exageraciones manifiestas que, por un lado resultaban inaceptables desde muchos puntos de vista y, por el otro, no se condecían con los datos más recientes obtenidos de las nuevas investigaciones y en varios casos hasta contradecían los descubrimientos en forma directa. Sucedió simplemente que la vida y la actividad del Hombre, su realidad interna y sus manifestaciones externas, constituían un entramado demasiado complejo, demasiado multifacético, como para caber dentro del marco relativamente estrecho de lo exclusivamente racional. En esencia, lo que tuvimos que admitir – y en algunos casos muy a regañadientes – es que nuestro comportamiento dista mucho de ser enteramente racional aun después de, y hasta a pesar de, una educación sistemáticamente dirigida a adiestrar y perfeccionar el criterio válido para la toma de decisiones racionales. En otras palabras: terminamos forzados a admitir que, si bien el Hombre es un ser dotado de razón, por un lado no siempre ni necesariamente es racional en todas sus manifestaciones y, por el otro lado, su capacidad de racionalización no sólo no abarca la totalidad de lo conocible sino que, además, tampoco representa la totalidad de su capacidad cognitiva.
Todas las ciencias, tanto la etología como la biología, la medicina, la psicología, la sociología y las demás disciplinas directa o indirectamente relacionadas con el ser humano, pero también los conocimientos ganados en disciplinas tales como la metodología y la cibernética, concurren a demostrar que la explicación materialista del Hombre es irremisiblemente falsa. El ser humano resultó ser mucho más que una muy compleja máquina biológica. El mismo concepto de “máquina biológica”, aun en su sentido más figurado posible, ha debido ser abandonado. No sólo el Hombre, la vida misma sobre el planeta no es explicable por medio de interpretaciones mecanicistas. El ser vivo es mucho más que la suma de sus partes y es también mucho más que el resultado directo de sus funciones biológicas y físico-químicas. La vida no arma sistemas cerrados. Hace exactamente lo opuesto: construye sistemas abiertos, altamente complejos, y mantenidos en un muy delicado equilibrio dinámico finamente balanceado.
El ser humano no escapa a esta norma. En cuanto ser vivo, se presenta a la ciencia como un sistema muy bien adaptado que interactúa dialécticamente con su propia evolución al ejercer una influencia concreta sobre su medio siendo, recíprocamente, también influenciado por él en cierta medida. Ya no podemos concebir al Hombre como un sistema predeterminado y automáticamente regulado. Nos vemos forzados a considerarlo más bien como un sistema armónico que se regula, en parte de modo orgánicamente predeterminado y en parte del modo deliberado que dicta su voluntad, y que se estabiliza – o no – a posteriori según sus propias conductas y acciones.
El descubrimiento de los principios de indeterminación o incertidumbre y de complementariedad ha contribuido a establecer límites a lo racionalmente cognoscible y a lo unívocamente predecible; incluso en lo inorgánico que posee una arquitectura interna relativamente simple comparada con la organicidad del mundo vivo.
El problema surgió en la mecánica cuántica cuando, hacia 1927, Niels Bohr, Max Born y Werner Heisenberg [[2]] llegaron a la conclusión que no se puede conocer en forma simultánea y con precisión absoluta la posición y el momento de una partícula. Por ejemplo, en cuanto a la luz, el hecho es que durante mucho tiempo los físicos trataron de establecer si la misma es una onda o una partícula. Al principio, Newton sostuvo que la luz constituía un flujo de partículas. Más tarde se descubrió que se comportaba en forma ondulatoria. Se siguió investigando y resultó que bien podía ser ambas cosas. Y la cosa se complicó más aun cuando se descubrió que objetos que decididamente parecían ser partículas – tales como electrones o protones – también se comportaban como ondas. Así las cosas, en 1925 el físico austríaco Erwin Schrödinger [[3]] desarrolló su famosa ecuación que permitía predecir el comportamiento de estas partículas. Por desgracia, las predicciones resultaron tan estrafalarias que hasta el día de hoy los físicos siguen bastante confundidos. El resultado de todo ello es que la mayoría de los físicos ha dejado de querer establecer qué es “en realidad” un fotón o un electrón. La ciencia se limita a tratar de hallar fórmulas que permitan obtener respuestas acertadas acerca de objetos que nadie en realidad puede concebir concretamente. En las palabras de John Gribbin: [[4]]
“La cuestión es que no sólo no sabemos cómo es un átomo »realmente« sino que ni siquiera podemos saber qué es »realmente« un átomo. Sólo podemos saber qué parece ser un átomo. Al someterlo a prueba en determinada forma hallamos que, bajo esas circunstancias, »se parece« a una bola de billar. Sométalo a prueba de otro modo y hallará que »se parece« a un sistema solar. Considérelo bajo otra serie de interrogantes y la respuesta que recibirá es que »se parece« a un núcleo de carga positiva rodeado de una confusa nube de electrones. Todas éstas son imágenes que transportamos del mundo cotidiano para hacernos una imagen de qué »es« un átomo. Construimos un modelo o una imagen pero, con demasiada frecuencia, olvidamos lo que hemos hecho y confundimos la imagen con la realidad.”([5])
Por su parte, el propio Heisenberg nos recuerda que “La insistencia en el postulado de la completa clarificación lógica haría la ciencia imposible. La física moderna nos recuerda aquí la antigua sabiduría de que quién insiste en no divulgar jamás un error, lo único que puede hacer es quedarse callado.” Y su conclusión es que, probablemente, “con la razón pura nunca será posible arribar a una verdad absoluta”.[[6]]
La conclusión, por supuesto, no es de ningún modo definitiva ya que el debate continúa en varios niveles y con diversas teorías alternativas. Pero es indudable que existe un desencanto de la ciencia con el materialismo racionalista en términos generales y esto ha impulsado a varios científicos al empleo más intensivo del método de la observación integral y sintética, al menos como complemento indispensable del método analítico que imperó de forma casi hegemónica en el pasado. Ya no basta con desarticular al objeto en sus partes constituyentes individuales desde el momento en que se ha hecho evidente que, en infinidad de casos, la totalidad es inexplicable a partir de sus partes.
Los enfoques integrales han posibilitado la obtención de nuevos y muy fructíferos conocimientos sobre todo en el área de las ciencias de la vida tales como, por ejemplo, la biología, la etología y la antropología. Ha quedado en claro que la observación intuitiva, la consideración global, la percepción de la forma y la definición descriptiva también constituyen importantes aportes al conocimiento científico aun cuando en su empleo se deje de lado ese núcleo central del antiguo cientificismo que es la cuantificación. Konrad Lorenz [[7]] señala el “error gnoseológico” propio del pasado que consistió en creer que “la matemática analítica y el pensamiento conceptual constituyen las únicas formas de conocimiento legítimas del Hombre. (...) El segundo error gnoseológico – que incluso tiene todas las características de un delirio patológico – consiste en negarle realidad a todo lo subjetivo”. [[8]] Especialistas en informática como, por ejemplo, Karl Steinbuch [[9]] han reconocido que hasta el sano sentido común constituye una herramienta auxiliar importante para el conocimiento de la realidad.
La experiencia demuestra que los métodos científicos matemáticos son válidos y pueden ser empleados pero teniendo siempre presente que las ciencias no pueden dar respuesta a cuestiones decisivas que se sitúan en el plano ético-moral y que resultan indispensables para regular la convivencia humana. En estas cuestiones la ciencia sólo puede prestar un servicio auxiliar. Puede ofrecer información de referencia para facilitar la toma de decisiones, pero no puede resolver de un modo unívoco y universalmente válido aquellas cuestiones que involucran valores, escalas de valores y, por ende, prioridades éticas.
Una concepción del mundo basada exclusivamente sobre las ciencias empíricas – tal como pareció posible hace apenas algunas generaciones – resulta hoy demasiado superficial. Una cosmovisión de esta naturaleza excluye demasiados sectores importantes de la realidad. En especial quedan excluidos aquellos aspectos que se ubican en los niveles superiores de la escala de valores de una cultura puesto que estos niveles abarcan complicadas relaciones recíprocas que son de gran importancia para el ser humano que vive en dicha cultura. Karl Jaspers [ [10]] señalaba que “la ciencia se orienta hacia lo que resulta innegable para cualquier mente racional. El pensamiento relacionado con la verdad, en cambio, se orienta hacia la convicción a fin de estructurar la existencia humana.” Las ciencias, por lo tanto, no bastan por si solas para fundamentar una cosmovisión.
A pesar de todo lo anterior, no deja de ser un error manifiesto utilizar la desilusión respecto de la ciencia como punto de partida para justificar una prescindencia total de lo científico o – lo que es peor – para responsabilizar al pensamiento científico por todos los males de la sociedad postmoderna. Desde múltiples puntos de vista, la ciencia, y en especial las ciencias naturales, poseen un alto valor para todos nosotros. Por de pronto, el método científico objetivo conduce a conclusiones y a leyes de aceptabilidad general aun cuando tampoco el pensamiento racional es totalmente a priori, por más que Kant aun creía que debía ser obviamente así.
La razón no es incondicionalmente razonable. No está por completo despojada de todos los elementos de la experiencia evolutiva y, al menos en cierto grado, depende de la idiosincrasia del tipo humano que la ha desarrollado. Por ello es que no forzosamente debe haber una sola ciencia universal, una ciencia que sea necesariamente igual para todos los pueblos del planeta. Constantemente se verifica que, en efecto, las ciencias son culturales en alto grado, con lo que quedan condicionadas por la tradición y por la herencia. En especial esto es así, obviamente no en cuanto al contenido epistemológico propiamente dicho de la ciencia, sino en cuanto a la dirección evolutiva de la misma y a las tendencias concretas que genera en los organismos socioculturales en los cuales se desarrolla y se aplica bajo la forma de tecnología empleada en los procesos productivos. La aceleración de la gravedad será siempre de alrededor de 9,8 m/s2 para cualquier científico en cualquier entorno etnocultural, pero el interés en el desarrollo de determinados aspectos científicos, la orientación general de las investigaciones, la tecnología resultante de todo ello y, por consiguiente, la tendencia inherente a todo el proceso puede llegar a ser muy diferente de una sociedad a otra. Con lo cual la idea misma del devenir científico puede variar en forma sustancial. “Otros grupos, otros pueblos, pueden tener una concepción distinta del progreso”,[[11]] señala, por ejemplo, H. Maier-Leibnitz. [[12]]
No obstante, desde el momento en que las ciencias actuales nacieron y se desarrollaron dentro del ámbito cultural de Occidente y puesto que este ámbito es el marco prioritario de este trabajo, no tiene mucho objeto profundizar ahora en esta relatividad cultural de la ciencia. Lo concreto es que la ciencia actual es la ciencia de nuestra cultura. Es la ciencia desarrollada en Occidente por personas de cultura europea, o asimiladas a la cultura europea, y es una ciencia fuertemente adaptada a la cosmovisión del Hombre europeo. En grupos humanos muy diferentes sería altamente recomendable investigar hasta qué punto las personas han asimilado en absoluto la ciencia – y no tan sólo la tecnología – desarrollada por Occidente. Incluso sería de sumo interés determinar hasta que punto estos grupos extra-occidentales se sienten, o creen que deberían sentirse, responsables por esta ciencia.
De todos modos, para Occidente la ciencia actual es perfectamente aplicable y utilizable como herramienta intelectual. Max von Laue, [[13]] refiriéndose a la física – de la que es uno de los más brillantes exponentes – llegó a afirmar que esta disciplina parecía obtener su verdadera importancia por “el hecho de constituir un auxiliar esencial de la filosofía”. [[14]] Es un hecho conocido y admitido que la filosofía contemporánea ha sido fuertemente influenciada por la física, recibiendo de esta última muchos incentivos para nuevas especulaciones.
De cualquier manera que sea, lo concreto es que las ciencias empíricas pueden servir sobre todo para descartar de antemano toda una serie de modelos universales y respuestas existenciales cuando las mismas se hallan en abierta contradicción con conocimientos científicamente comprobados. Aun cuando es muy cierto que también las ciencias se pueden equivocar – y, de hecho, precisamente por ello es que están en constante desarrollo – no menos cierto es que muchas de sus conclusiones fundamentales difícilmente puedan ser puestas en discusión. Por consiguiente, una contradicción con estas conclusiones resulta realmente inaceptable para cualquier modelo intelectual establecido o propuesto. Ya en el Medioevo, San Alberto Magno señalaba esta necesaria primacía de la certeza científica concreta sobre la convicción intelectual abstracta en el ámbito de las ciencias empíricas:
“Un axioma que no concuerda con la percepción directa de un experimento, no es un axioma. La experiencia debe demostrarlo. En las ciencias naturales me veo obligado a rechazar la conclusión lógica como prueba. Sólo el experimento otorga certeza.”[[15]]
Y, en cuanto al tantas veces mencionado conflicto entre la ciencia y la fe, Chesterton apuntó con su inigualable ingenio refiriéndose al sucesor del Doctor Universalis en materia de ciencia:
(Santo Tomás) Fue quien la expandió hacia la ciencia experimental, fue el que insistió en que los sentidos eran las ventanas del alma y que la razón tenía un derecho divino a alimentarse de hechos; y que era asunto de la fe el digerir la dura carne de la más difícil y más práctica de las filosofías paganas.[[16]]
Así, las ciencias naturales permiten hoy diferenciar entre ideologías divorciadas de la realidad o suposiciones dogmáticas arbitrarias por un lado, y cosmovisiones no contradictorias con nuestro actual nivel de conocimientos – y por lo tanto aceptables – por el otro.
La decisión fundamental de elegir entre varias de las aceptables es, y seguirá siendo tal como lo ha sido en épocas anteriores, una cuestión personal que depende del conjunto total de la personalidad (incluyendo los elementos sub- e inconcientes) y, sobre todo, de la idiosincrasia individual cuyas características se hallan influenciadas tanto por la predisposición biológica como por la herencia cultural.
Lo científico, como hemos visto, tiene sus límites. El método científico aplicado al ámbito sociopolítico no puede eliminar factores tales como, por ejemplo, la tragedia humana – es decir: los resultados fuertemente adversos producidos por eventos incontrolables o imprevisibles – o la culpa – entendida como consecuencia de la responsabilidad indeclinable por el mal ejercicio del libre albedrío – porque estos elementos constituyen lo típicamente humano, lo inmodificablemente humano. Proyectos sociopolíticos que prometen situaciones finales paradisíacas, sin sufrimiento ni involucramiento, constituyen, en el mejor de los casos, meras expresiones de deseos nacidas de un razonamiento superficial, siendo que la mayoría de las veces no son sino expresiones de manifiestos fraudes demagógicos.
La cuestión de fondo, sin embargo, es que no sólo resulta posible verificar y poner a prueba las propuestas sociopolíticas mediante los conocimientos que hemos obtenido de las ciencias naturales sino que hay sólidas razones para afirmar que hasta es necesario hacerlo.
En primer término, los métodos desarrollados últimamente por las ciencias naturales conquistan campos de aplicabilidad cada vez mayores. Con la asistencia de métodos y procedimientos considerablemente complejos ha sido posible hacer avanzar la investigación objetiva en terrenos que hasta hace relativamente poco tiempo atrás hubieran sido imposibles de acceder. Por ejemplo, en el terreno de lo psíquico las fronteras del conocimiento se han ampliado de un modo sustancial gracias a la utilización de métodos estadísticos, algo que se verá más adelante con mayor detalle en el capítulo dedicado a la psicología. Por el otro lado y en forma casi simultánea, se ha descubierto que ciertas estructuras, pertenecientes a distintos planos de la realidad, resultan ser muy similares por lo que es posible tratarlas formalmente también de un modo similar. La nueva teoría cibernética es un buen ejemplo de esto último. Como ejemplos adicionales pueden citarse, entre otros, el descubrimiento de la estructura jerárquica en toda clase de organismos naturales, o la verificación de especializaciones orgánicas orientadas al logro de una mayor eficiencia y eficacia funcional.
En muchos casos, allí en dónde en el pasado sólo disponíamos de la intuición o de la creencia para fundamentar nuestras explicaciones, hoy contamos con la asistencia de conocimientos científicos. Y, realmente, no tiene mucho sentido recurrir a creencias o a la simple opinión personal allí en dónde tenemos a nuestra disposición un saber científico confirmado. Máxime cuando, como sigue siendo el caso, para la fe quedan todavía abundantes espacios y ámbitos en los cuales la ciencia puede concurrir a contribuir pero no sentenciar.
En una de sus obras más filosóficas, Konrad Lorenz exigía que “la cultura humana y el espíritu humano pueden, y deben, ser investigados con los cuestionamientos y los métodos de la ciencia natural.”[[17]] De un modo más explícito y desde la perspectiva de la psicología H.J. Eysenck [[18]] culmina una de sus obras señalando:
“La aceptación de la naturaleza biológica del Hombre y de la desigualdad genética (. . .), debe estar necesariamente al comienzo de cualquier intento de emplear los métodos empíricos y lógicos orientados a proteger a la humanidad de los peligros muy reales a los cuales se halla expuesta en la actualidad”.[[19]]
La aplicación de los conocimientos obtenidos por las ciencias naturales es, así, directamente una necesidad si nos proponemos dominar los problemas de nuestra época.
A pesar de ello, todavía podemos ver como en múltiples casos se insiste en tratar de fundamentar utopías sociopolíticas con métodos que hoy ya resultan pre-científicos y lo peor de todo es que se lo intenta hacer con fundamentos teóricos que ya han sido refutados y que pertenecen a niveles superados por nuestro conocimiento actual. Especialmente en el ámbito de los intelectuales de la izquierda post-soviética se constata este fenómeno, aun cuando gran parte del pensamiento clásico liberal también comparte el mismo criterio básico. En estos sectores se insiste – en forma explícita o implícita – en la equivocada suposición de la prácticamente infinita educabilidad del ser humano; una idea heredada de los filósofos enciclopedistas del Siglo XVIII. Los partidarios de la educación como solución universal e integral a la desigualdad natural siguen creyendo en que es posible crear un “Hombre Nuevo” por medios pedagógicos y que las leyes naturales pueden ser forzadas a obedecer los dictados de la ideología.
El problema es que en esta deliberada ceguera ante la realidad se terminan ignorando hechos naturales fundamentales y, cuando aparecen discrepancias inocultables entre la realidad objetiva y la ideología sustentada – como, por ejemplo, en la cuestión de la influencia del entorno, en la concepción histórica y la evaluación de los hechos concretos, o en la fundamentación economicista de la lucha de clases – los intelectuales no las ven, o no quieren verlas, y tratan de salvar el inconveniente mediante paráfrasis en las cuales la “interpretación” predomina sobre la realidad objetiva y el “discurso”, o el “relato”, adquiere prioridad por sobre los hechos concretos.
Este ideologismo extremo no sería tan objetable si se mantuviese confinado al ámbito académico. Lamentablemente, sin embargo, trasciende las esferas del debate intelectual y la superficialidad intelectiva y perceptiva se vuelve culposa al ser empleada como criterio para la toma de decisiones políticas. En estos casos, el sacrificio del rigor científico sobre el altar de la ideología conduce, con necesidad inevitable, como mínimo a la utilización de la coerción arbitraria y, en no pocos casos, directamente al empleo del terror y la represión. Porque quien no respeta las reglas de la vida y de la naturaleza, quien incluso las niega y actúa en contra de ellas, sólo puede sostener su poder y su construcción intelectual por la fuerza puesto que los seres humanos han sido construidos de determinada forma por Madre Natura y no toleran por mucho tiempo ser tratados en forma contraria a su esencia real. Una ideología puede tratar de interpretar a la naturaleza humana con mayor o menor éxito. Lo que no puede pretender es modificarla a su antojo.
Así como un ingeniero puede lograr mayores éxitos observando con precisión y aprovechando al máximo las leyes naturales, del mismo modo también los políticos, los sociólogos y los educadores deberían conocer y respetar el marco de límites y condiciones que la naturaleza ha establecido para el ser humano. Quien en materia sociopolítica cree poder actuar contra las leyes naturales – y no importa ahora con qué nobles propósitos – sólo conseguirá hacerle proposiciones al fracaso y quedará condenado utilizar medios coercitivos drásticos. En estos casos ni siquiera se puede argumentar que el fin justifica los medios puesto que los medios no sirven para alcanzar los fines propuestos. Precisamente uno de los grandes méritos del saber de Occidente es haber descubierto y demostrado que la naturaleza le brinda al Hombre posibilidades y poderes extraordinarios pero bajo una condición inexcusable: que aprenda a conocerla y a respetarla con la mayor prudencia posible.
Convendría no perder de vista que, en absoluto, el desarrollo de las ciencias fue la respuesta típicamente occidental al desafío presentado por el entorno dentro del marco de la necesidad de supervivencia. La enorme magnitud de este proceso de adaptación queda demostrada por los trascendentales logros que ha obtenido nuestra cultura y los fracasos – que, por supuesto, también los hubo – deberían servirnos de severa advertencia. Aun aceptando sus limitaciones, sencillamente no podemos prescindir de nuestra ciencia. Occidente traicionaría toda su trayectoria y toda su tradición si renunciara a su conocimiento científico y a los métodos que le han permitido obtenerlo. No nos sirven para todo y para cualquier cosa; pero sin nuestras ciencias dejaríamos de ser lo que hemos logrado ser a lo largo de milenios de desarrollo adaptativo.
En consecuencia, aun sin dejar de admitir la existencia de límites y limitaciones, existe directamente la necesidad de fundamentar la acción sobre bases científicas. La experiencia demuestra hasta el hartazgo y con claridad irrefutable que sólo con la ciencia, y con la tecnología que de la misma se desprende, resulta posible alimentar, vestir, alojar, curar y satisfacer las cada vez más complejas necesidades de una cantidad cada vez mayor de seres humanos sobre el planeta. Y esto seguirá siendo así, tanto en el Siglo XXI como en los venideros, del mismo modo que en el pasado solamente las prácticas y los procedimientos con fundamento científico nos permitieron superar las catástrofes ocasionadas por epidemias, inundaciones, hambrunas y plagas de todo tipo.
Poco antes de mediados del Siglo XX ya Richard Benz [[20]] redactó algo que aun hoy podría servir de base para todo un programa:
“La masa, lo amorfo – en una palabra: lo inconsistente – debe ser previamente superado. Y esto se logra sólo mediante la creación personal y mediante el desarrollo de personalidades; mediante la selección que vuelve a crear selección; mediante la estructuración orgánica y mediante el agrupamiento orgánico”. [[21]]
Si, a pesar de todo lo expuesto y con la excusa de supuestas razones metodológicas, se insiste en rechazar el aporte de las ciencias empíricas al problema político, lo que cabe es suponer que existe una limitación deliberada en quienes practican este rechazo. Refiriéndose a esta renuencia de los políticos a integrar coherentemente el conocimiento científico en sus proyectos y propuestas Theodor Mommsen [[22]] solía definir la actitud como una “arbitraria restricción del oficio a los compañeros del mismo gremio”. Con ello, los políticos se convierten en una cofradía cerrada, en una corporación que sólo acepta su propia visión de los hechos y considera a la realidad como un campo al cual se le pueden imponer las normas y reglas nacidas en el laboratorio del gremio político. Una estrechez mental de esta clase limita la visión y la hace posible sólo hasta los límites inmediatos del oficio propio, con lo que se pierde por completo la oportunidad de abarcar el mayor espectro posible de la realidad. Una realidad que siempre es tan compleja que deja entrever algo de su enorme riqueza solamente cuando resulta observada desde las más diversas perspectivas.
En sus “Lecciones sobre el método de los estudios académicos” Friedrich Schelling [[23]] señalaba ya en 1803 que “En el dominio de la ciencia no rige la democracia, mucho menos la oclocracia, sino la aristocracia en el más noble de los sentidos. ¡Los mejores deben regir!”.[[24]] Más de doscientos años después y a pesar de todas las reformas educativas intentadas desde entonces, estas palabras siguen siendo válidas.
El trabajo científico presupone élites. Sin ellas la actividad científica resulta hasta inimaginable. Esto es válido para los científicos en tanto personas y miembros de un estrato funcional especialmente importante para cualquier Estado moderno, como también para la arquitectura de todo el ámbito científico. Los hallazgos científicos importantes, los descubrimientos revolucionarios, han sido siempre mérito de alguna personalidad excepcional, aun cuando casi nunca enteramente obra de una sola persona. La dinámica de la investigación científica se basa, por regla general, en importantes aportes individuales parciales de varias personas hasta que llega esa personalidad excepcional que, o bien tiene la capacidad de resumirlo y sintetizarlo todo en un sistema conceptual coherente, o bien la poco común habilidad de poner exactamente el último ladrillo que faltaba para completar el edificio del hallazgo revolucionario. La Historia de la ciencia recuerda y exalta a estas personas y es muy justo que así sea porque ese bienestar del cual gozan millones de personas en el mundo entero – y que desean tan fervientemente quienes han quedado marginados por una u otra razón – descansa en última instancia sobre el pensamiento, el trabajo y los logros de muy pocas personas que se desempeñaron en el campo científico y técnico. No es ninguna casualidad el espontáneo respeto que generan los auténticos científicos, incluso descontando la tendencia a idolatrar a la ciencia que mencionábamos antes.
El sólo hecho de pertenecer al estamento de los científicos depende de aptitudes y resultados que se ubican muy por encima de la media promedio normal de una población. En cuanto a inteligencia, disciplina, constancia, autocontrol mental, compromiso con la verdad y voluntad de obtener logros difíciles, el auténtico científico se halla sujeto a exigencias mucho mayores que el común de las personas. Según Maier-Leibnitz, lo que distingue al investigador científico es:
“. . . una inteligencia superior a la normal y una gran capacidad de trabajo; un talento especial para ver las cosas y para plantear los problemas; un constante flujo de ideas, concepciones, recuerdos y esbozos de modelos, guiado por la fantasía y la autocrítica juntamente con la capacidad para seguir las relaciones que se van descubriendo hasta aceptarlas o desecharlas; una capacidad de resistencia cuando el problema en consideración parece ser demasiado difícil y hasta incluso insoluble; una honestidad absoluta para consigo mismo; y – además de todo esto – cierta alegría, cierta serenidad y placer en relación con el trabajo realizado.”[[25]]
Y cabría agregar, sin duda alguna, una gran capacidad para soportar largos períodos de incomprensión y de soledad espiritual e intelectual. En todo caso, también al científico le cabe la definición de Arnold Gehlen [[26]] según la cual, para pertenecer a una élite es necesario poseer “autodisciplina, autocontrol, capacidad para tomar distancia de uno mismo y cierta concepción acerca de la forma de superarse.”[[27]]
Por cierto que también la casualidad juega su papel de vez en cuando y no hay por qué negar que la suerte también puede contribuir al éxito. Pero a la casualidad hay que buscarla con enorme constancia; a la suerte hay que tentarla con férrea persistencia y, en todo caso, es altamente probable que en los grandes logros científicos el azar intervenga mucho menos que en la vida cotidiana.
“Tenemos que tener en claro que la casualidad no viene sola. El éxito puede ser casual, pero el autor del éxito no lo es. El autor del éxito tendrá que haber transitado primero los apartados senderos que conducen a la soledad; tendrá que tener algo – un método, un problema – que no tenga nadie; necesitará muchísima energía para mantenerse siempre activo y no darse jamás por vencido”.[[28]]
La existencia de esa clase de ser humano que el lenguaje común llama “el gran científico” se halla fuera de toda duda posible. Esta persona es una de esas pocas que, dotadas de un gran talento, una gran capacidad de trabajo y una enorme fuerza creativa, constantemente encuentran soluciones para problemas en los cuales los demás se han atascado. Aparte de ello, en contra de la casualidad y a favor de la excepcionalidad del miembro de esta minoría también habla el hecho de que los grandes investigadores generalmente hacen varios descubrimientos, siendo que en muchos casos uno solo de ellos hubiera bastado para garantizarles un prestigio imperecedero.
Otro aspecto que también merece un análisis aparte es el del trabajo en equipo. En una época como la actual, en donde se impone cada vez más el trabajo en equipo incluso en varios campos de la ciencia, podría llegar a pensarse que la importancia de la personalidad destacada ya no resulta tan relevante. Sin embargo, la experiencia demuestra que también en los equipos el liderazgo de una personalidad eminente ejerce influencias decisivas. Incluso en los cursos de capacitación de las grandes empresas, en dónde el trabajo en equipo se ha vuelto poco menos que imprescindible, todos los gurúes del management empresarial insisten en la fundamental importancia del factor de liderazgo.
En las ciencias esta situación no es diferente en absoluto. Por ejemplo, en todos los grandes centros de investigación, detrás de los diferentes comités y comisiones, siempre están las personas-clave que poseen algo más que una gran idoneidad profesional y que, en virtud de ello, dirigen, coordinan, aplacan o incentivan. Todos los que han trabajado alguna vez en algún equipo abocado a problemas complejos concuerdan en señalar que la sola presencia de una personalidad eminente ejerce una influencia decisiva sobre el conjunto. Sucede que, con dicha presencia, aumenta el nivel general de la actividad y de la calidad desde el momento en que cada participante exige más de si mismo, aunque sea por una simple cuestión de orgullo y prestigio. Un equipo sin liderazgo, sin una persona muy poco común, no es un equipo; es una catástrofe. Y la conclusión objetiva de este hecho de experiencia directa es que deberíamos fomentar el perfeccionamiento de los excepcionales. En todo caso, lo peor que podemos hacer es cortar su desarrollo hacia arriba mediante una igualación hacia abajo.
Por desgracia, muy pocos son los políticos que han conseguido librarse del terror a una opinión pública contraria, o del lastre dogmático de sus propias ideologías. De esta forma, aun cuando en el ámbito de las realizaciones concretas y complejas se reivindica de hecho el principio jerárquico como algo natural y necesario, toda nuestra estructura cultural y educativa se halla por completo orientada en un sentido contrario, con lo que se estimula directamente la mediocrización del nivel general.
Este fenómeno es tanto más deplorable cuanto que no sólo necesitamos de la existencia y la acción de las élites sino que, además, tenemos que renovarlas. “La élite se rige por las leyes dialécticas de la evolución histórica; está condenada a una constante regeneración y en todos los casos constituye un eslabón en una cadena de minorías que se suplantan en forma consecutiva.”[[29]]
A esto se agrega que solamente élites pueden formar élites. La relación jerárquica que se establece en forma espontánea y natural dentro de los equipos de investigación actuales se basa en la aceptación de que hay quienes saben aquello que los demás ignoran. Y esta es – justamente – la relación típica que desde milenios ha existido siempre entre maestros y alumnos. Además, en una comunidad de esta clase adquieren especial relevancia los valores humanos esenciales puesto que, a consecuencia del elevado grado de especialización de los participantes, el trabajo de cada uno depende en alto grado de la calidad humana de los demás. Desde el momento en que la colaboración fructífera no puede ser impuesta ni por ley ni por normas de procedimiento, el ejercicio de liderazgos con fuerte autoridad moral y profesional se vuelve indispensable. Aun desechando todos los demás factores y argumentos, este sólo hecho basta para fundamentar la legitimación de una jerarquía dentro del ámbito científico.
Precisamente por ello es que, en su momento, se lograron tan buenos resultados con el antiguo principio universitario de aunar cátedra con investigación. Con ello se le daba al investigador la posibilidad de formar a quienes habrían de sucederlo. Nunca debería subestimarse la influencia del ejemplo que brinda un gran Maestro. En esto, es llamativa la frecuencia con la que Premios Nobel han sido discípulos de otros Premios Nobel. Del mismo modo tampoco es ninguna casualidad que muchos grandes científicos hayan formado verdaderas escuelas a su alrededor siendo que de ellas surgió una proporción notoriamente alta de docentes y catedráticos que se desempeñaron en otros lugares. Un gran Maestro, un clima académico intenso y fructífero, relaciones humanas correctas y respetuosas, constituyen factores por lo menos tan importantes como el presupuesto, el equipamiento, la infraestructura, los salarios y las demás condiciones materiales en las que se piensa en forma casi exclusiva cuando se debate sobre educación.
Otro factor que por lo general se pierde completamente de vista es que la libertad académica e investigativa también se basa sobre el reconocimiento de principios jerárquicos. En la antigua universidad, el profesor – es decir: la personalidad científica ubicada en la cúspide de la jerarquía académica – decidía bajo su propia responsabilidad el contenido y el método de enseñanza e investigación. Recién en el Siglo XX, comenzando con la orientación de Lyssenko [[30]] en Rusia y, más tarde, bajo las presiones democratizadoras en el resto del mundo, se llegó a la situación en que un conjunto de legos en la materia – o de semilegos en vías de capacitación – se arrogan el derecho de prescribirle al científico lo que debe enseñar y lo que debe investigar.
Para la organización de instituciones científicas, así como para cualquier otra institución que debe lograr un determinado grado de eficiencia y eficacia, existen formas organizativas más – o menos – adecuadas. Dado el caso concreto, puede evaluarse cual de las alternativas es la más apropiada, dadas las circunstancias. Pero lo absolutamente seguro es que una estructura democrática como la que se desprende en teoría de las ideologías igualitaristas constituye el marco menos favorable de todos los posibles. Quien no quiera convencerse de esto por argumentos razonados puede sacar sus propias conclusiones estudiando los resultados obtenidos en varios sistemas educativos en dónde se aplicaron métodos deliberativos y criterios igualitaristas en la determinación de contenidos y métodos de enseñanza. En prácticamente todos los casos, pero especialmente en la enseñanza media y superior, quedó demostrado que la práctica de diluir el sistema de toma de decisiones resulta terriblemente perjudicial tanto para la enseñanza como para la investigación. El resultado ha sido siempre un bloqueo de la eficiencia, un menor nivel de excelencia, un caudal de trabajo y de esfuerzo innecesariamente aumentado, un pésimo sistema de premios y castigos, a lo cual – no en última instancia – hay que agregar la casi total falta de garantías para la efectiva promoción y el desarrollo integral de los más aptos.
Es muy posible que la antigua universidad haya dado lugar a arbitrariedades. Con todo, quedaría por demostrar que las mismas fueron más numerosas, o más graves, que las que se pueden observar en la actualidad. Lo seguro, en todo caso, es que había mucha menos arena entre los engranajes de la vida científica y el nivel de excelencia era mucho mayor que en “el caldero funcional de la democratización universitaria actual en donde todos se ponen a discutir de todo y a decidir de todo y ya nadie asume ninguna responsabilidad personal concreta por nada” como tan descriptivamente lo expresara H. Schelsky [[31]] hace ya más de 30 años.[[32]]
Una de las consecuencias más inmediatas de esta falta de responsabilidad personal es la progresiva burocratización de la vida académica. La implantación de reglas burocráticas preestablecidas que suplantan las decisiones personales conduce rápidamente a una situación en la cual quienes podrían destacarse se ven imposibilitados de producir sus mejores logros. Después, los predecibles fracasos se adjudican – o mejor dicho, se endilgan – a cuerpos colegiados que no pueden asumir responsabilidad alguna por la sencilla razón de que no la tienen. Para expresarlo con una metáfora, el sistema de suplantar la responsabilidad personal por un conjunto de normas burocráticas conduce a una situación en la que todo queda guardado bajo llave para evitar que cualquiera se robe todo.
Desde el momento en que la investigación depende en gran medida de la forma en que está organizada, no hay organismo político que pueda permitirse en el largo plazo unas estructuras ideológicamente determinadas que imposibilitan la obtención de logros importantes. Menos todavía si se desea mantener al Estado abierto a la realidad. En materia de instituciones relacionadas con el conocimiento científico no existe alternativa válida para la estructura jerárquica con niveles de decisión establecidos por responsabilidades personales graduales. En este ámbito, el igualitarismo y las prácticas democráticas conducen al menoscabo de las funciones, a la ineficiencia en su desempeño, a la malversación de fondos públicos en beneficio de intereses sectoriales con tendencias hegemónicas, a la merma en la disposición a tomar iniciativas personales responsables y, en suma, a algo que resulta letal para toda educación y para toda investigación: al imperio de la media promedio y de los funcionarios que la representan.
En la construcción y organización de sus instituciones la ciencia debería, pues, rechazar enérgicamente todo postulado igualitario. Grandes personalidades con grandes talentos simplemente necesitan más libertades que otros. Y las necesitan porque, asumiendo las responsabilidades del caso, solamente en el marco de una mayor libertad de acción y de decisión pueden desarrollar plenamente sus capacidades y lograr esos resultados que la gran masa nunca logra pero de cuyos beneficios todos terminan gozando. La cuestión de las élites del saber y del conocimiento no es una cuestión sectorial ni de clase. Es una cuestión funcional que, por su trascendencia, se convierte en esencial para toda la sociedad.
Lo primero que cabe decir respecto de la cibernética es que no se trata de una disciplina que tiene que ver solamente con computación, tecnología informática o robótica como muchas personas tienden a creer. La cibernética se ocupa de sistemas y, si bien los sistemas informáticos – en tanto sistemas – caen también dentro su esfera de interés, la informática no es, y por lejos, el único campo investigado por esta disciplina.
Desde hace ya prácticamente medio siglo, la cibernética, con su doble juego de raíces hundidas en la biología (L. von Bertalanffy [[33]]) y en las matemáticas (N. Wiener [[34]]), ha demostrado ser una ciencia interdisciplinaria muy fructífera. Refiriéndose a ella R. L. Ackoff [[35]] llegó a decir que estaríamos asistiendo “posiblemente al mayor intento jamás realizado de concretar la síntesis del conocimiento científico”. Por otra parte, cuando a Heidegger [[36]] le preguntaron cuál sería, en su opinión, la disciplina que en el futuro podría tomar el lugar de la filosofía como ciencia global generadora de nuevos impulsos al pensamiento, contestó, sin dudarlo demasiado: “la cibernética”. El hecho es que la cibernética brinda cada vez más y mejores bases para la toma de decisiones adecuadas, incluso en el campo de los problemas sociopolíticos. Que la enorme mayoría de los políticos no tenga ni idea de estas posibilidades ya es, por supuesto, otra cuestión.
Básicamente, la cibernética nos brinda información acerca del comportamiento, las características y las interrelaciones de los sistemas y de sus elementos constituyentes. En términos generales demuestra que un sistema, cualquier sistema, es más y puede más – o puede algo diferente – a la mera suma de sus componentes. Además de ello, el estudio de los sistemas revela que, en aquellos dispuestos para funciones muy complejas, la arquitectura interna presenta varios sistemas subordinados en los cuales las partes componentes ya se hallan, dentro de lo factible, fuertemente diferenciadas. Debido a ello, se pueden establecer jerarquías enteras de subsistemas que, aisladamente considerados, resultan muy diferentes. Una de las conclusiones más interesantes de la cibernética es que una relación recíproca entre componentes iguales sólo puede tener lugar en los niveles más bajos de un sistema.
Lo más interesante de la cibernética es que sus conclusiones generales resultan válidas tanto para la naturaleza como para la tecnología y para todos los demás ámbitos de la cultura y la civilización del ser humano. En la naturaleza, y muy especialmente en el mundo vivo, es perfectamente posible establecer una diferenciación escalonada que va desde estructuras interdependientes relativamente simples hasta formas cada vez más diferenciadas y complejas. En el mundo creado por el Hombre la situación es idéntica. Allí en dónde se necesita eficacia con eficiencia simplemente no hay alternativa posible: por razones que hacen a la esencia misma de lo funcional no hay más remedio que recurrir a la construcción jerárquica de sistemas constituidos por subsistemas funcionalmente interrelacionados.
Exactamente el mismo criterio se aplica a los procesos de toma de decisiones humanas. Como lo señala H. Sachsse [[37]]:
“Puesto que la información adecuada constituye la condición indispensable para la toma de decisiones eficaces, la estratificación de las funciones decisorias por áreas de responsabilidad se hace inevitable dentro de los ámbitos tecno-económicos, dado el sistema cada vez más complejo del trabajo de equipo.”[[38]]
También aquí, por lo tanto, la igualación traba la eficacia y, con ello, frena – y dado el caso hasta imposibilita – el desarrollo positivo de una estructura funcional.
Para cualquier sistema resultan de suma importancia las relaciones establecidas entre las partes que lo constituyen. Excepto en sistemas absolutamente primitivos, estas partes poseen, por regla general, funciones muy diferentes, conllevan responsabilidades escalonadas en relación con el conjunto y les es inherente, por lo tanto, una distinta entidad jerárquica. Funciones tales como las de mantenimiento, dirección, orientación y consumo se hallan en la enorme mayoría de los casos a cargo de componentes muy especializados. Para que el conjunto se sostenga se hace necesaria una cooperación eficazmente armónica de todas las partes y en esto no impera ningún principio de igualdad sino todo lo contrario: lo único que puede garantizar la acción del conjunto es el ordenamiento jerárquico de la diversidad. En especial, aquellas partes que cumplen funciones subordinadas – y que, por lo tanto, no hacen grandes aportes al conjunto – deben mantener su posición jerárquica relativa y no deben poder llegar a una posición hegemónica que desplazaría de su puesto a otros componentes cuya función es la de garantizar nada menos que la subsistencia de todo el sistema.
Una de las características más notorias de los sistemas es que en ellos aparecen características y propiedades que no se hallaban antes en las partes constitutivas. Con esto, surge la necesidad de nuevos conceptos que no eran aplicables – y siguen siendo no aplicables – en el nivel de las partes. En general, la regla es que, a mayor jerarquización interna en la arquitectura de un sistema, los conceptos y las leyes que rigen su funcionamiento se hacen cada vez más sutiles y delicadas; las relaciones recíprocas entre los elementos constitutivos se hacen cada vez más complicadas y se vuelven progresivamente más difíciles de entender y de describir.
En los sistemas formados por sociedades altamente diferenciadas, este fenómeno puede tener incluso efectos negativos. Desde el momento en que lo simple puede ser comprendido por un mayor número de personas, el individuo altamente especializado que integra una élite muchas veces se encuentra inerme ante la incomprensión agresiva de la gran masa. Fue en buena medida por esto que Sócrates terminó teniendo que beber la cicuta; también por esto el lyssenkoismo se impuso en la Unión Soviética ante la impotencia de los científicos rusos serios; y por motivos muy similares se destruyó buena parte del nivel académico de muchas universidades de Occidente aun a pesar de la resistencia de sus cuerpos docentes.
En el mundo vivo recién con la cibernética se abrió la posibilidad de describir satisfactoriamente los procesos dinámicos propios de la vida. Las explicaciones antiguas – mayormente monocausales – conseguían explicar tan sólo los sistemas sencillos ubicados en los estratos inferiores de la realidad. En el estrato de lo orgánico, el concepto de equilibrio dinámico demostró ser una de las claves esenciales para la comprensión de esa realidad. Lo realmente interesante es que, con este concepto, es posible describir incluso a los grupos humanos aun cuando la mala noticia para el dogma vigente es que el equilibrio dinámico, por su misma naturaleza, prohíbe toda igualación generalizadora. En lugar de ella, el criterio que ha demostrado ser correcto es el de la especialización funcional vertebrada en forma jerárquica. Es que la igualación hace que los complejos procesos interrelacionados se atrofien, o queden por completo imposibilitados, con lo cual, o bien se obtiene solamente un cuadro distorsionado de las posibilidades funcionales, o bien se produce directamente el colapso de todo el sistema.
En general, se puede demostrar que, cuando la energía no se introduce desde afuera en un sistema pasivo, en los sistemas dinámicamente equilibrados la energía surge debido a que se conserva un estado en el cual el equilibrio se mantiene siempre a cierta distancia. Sólo mientras se mantenga esta tensión puede el sistema producir resultados y comportarse de modo activo. Sucede, sin embargo, que la tensión responsable por el equilibrio dinámico proviene de las disimilitudes. Las mismas producen una diferencia de potencial para la cual las leyes físicas tienden a establecer una compensación.
Ahora bien, en los procesos físicos aumenta la entropía y, si el estadio final se vuelve más probable que el estado inicial, lo que se produce es la nivelación de las diferencias existentes. En los procesos vitales la tendencia actúa en un sentido exactamente opuesto. Produce divergencias, aumenta la complejidad del ordenamiento estructural, multiplica la entropía negativa o negentropía, y produce estadios finales menos probables. El proceso vital mantiene este orden y estas divergencias durante un tiempo hasta que, en algún momento, la muerte anula las fuerzas vitales del sistema y, después de ello, continúan actuando sobre la materia remanente tan sólo las leyes físicas niveladoras.
La tensión puede surgir, ya sea por reacción frente al medio externo, ya sea por las polaridades internas propias del sistema. En cualquiera de los casos, el resultado produce diferenciaciones. Una igualación implica un direccionamiento hacia la muerte. Ni más, ni menos. Significa el agotamiento de esa dinámica que mantiene y caracteriza a la vida. Cuando todo el sistema se ha igualado lo que termina imperando es la inactividad, la uniformidad. Es decir: la muerte.
Una de las funciones más importantes de un sistema es el comportarse de manera estable frente a los cambios del medioambiente y el defenderse de ciertas influencias externas. En esto, las estructuras dinámicas altamente diversificadas, con interrelaciones muy ramificadas entre sus elementos y subsistemas, han demostrado tener una mayor estabilidad que las uniformemente homogéneas. La igualdad disminuye, pues, la estabilidad. En contraposición, los sistemas vivientes que poseen equilibrio dinámico tienen la capacidad de lograr una ultraestabilidad por medio de la cual, incluso ante relativamente grandes variaciones del medioambiente, consiguen estabilizarse en un nuevo equilibrio y en un distinto plano. Este fenómeno influye directamente en la capacidad de adaptación de los diferentes organismos.
Una forma importante de creación de nuevos sistemas es el de la llamada “fulguración” de Lorentz.[[39]] Por medio de ella, sistemas compatibles, existentes y ya adaptados al medioambiente actual, de pronto se aglutinan formando un nuevo supersistema que presenta propiedades y posibilidades funcionales completamente nuevas. Tampoco esto es verosímilmente posible con elementos igualados puesto que sólo una amplia diferenciación funcional puede favorecer este cambio, con la consiguiente distribución diferenciada de la carga de responsabilidades.
Los sistemas pasan a grados de orden superior a medida en que adquieren mayor complejidad y avanzan en su evolución. Sin embargo, la cibernética ha descubierto que existe una tendencia muy conservadora a mantener aquellos principios de grados anteriores cuya eficacia está comprobada por la experiencia. Por esto, los sistemas evolucionados son aquellos que presentan un alto grado de diversidad y diferenciación interna mientras que aquellos que se componen únicamente de componentes similares resultan primitivos en comparación. Consecuentemente, una igualación forzada de elementos ya diferenciados constituye un paso atrás, es decir: una involución, un intento artificial de restaurar formas más primitivas que, en realidad, ya fueron superadas por el tiempo y por la evolución. Por eso es que, desde el punto de vista de lo que enseña la cibernética, los promotores del igualitarismo no sólo resultan contrarios al progreso sino, incluso, promotores de una tendencia regresiva orientada hacia lo primitivo.
Las organizaciones sociopolíticas humanas constituyen sistemas jerárquicos que incluyen élites funcionales y, por lo tanto, es lícito considerarlas como estructuras en equilibrio dinámico. Lo que la naturaleza ha hecho en el ámbito del mundo vivo, lo ha hecho también el Hombre, a lo largo de su Historia, en el ámbito de la cultura y la civilización: ha creado ordenes cada vez más sutiles y de niveles cada vez más elevados. El ser humano ha dominado el desorden, la aleatoriedad y la imprevisibilidad estableciendo condiciones de armonía y estabilidad progresivamente crecientes, lo cual permitió la creación de mayores posibilidades de acción y de opción tanto para el individuo como para la sociedad en su conjunto.
Los grados de libertad concreta – que dependen precisamente de un mayor abanico de posibilidades de acción y de opción – han aumentado, pues, principalmente por dos factores: en primer lugar por la estructura jerárquica de los organismos sociopolíticos que ha permitido lograr la estabilidad necesaria dentro del marco de un equilibrio dinámico y, en segundo lugar, por la tendencia conservadora de componentes de probada eficacia que ha permitido la acumulación del conocimiento dentro del marco de una tradición cultural.
Entendida en su sentido más amplio, la biología es la ciencia de la vida a cuyas leyes el Hombre también se halla sujeto, aun cuando estas leyes no sean las únicas aplicables al ser humano.
La importancia de los aspectos biológicos del ser humano ha aumentado en forma considerable en épocas recientes gracias al aporte de dos disciplinas: la genética humana y la etología. Mientras la genética nos ha permitido conocer mejor qué ocurre en el proceso de reproducción de los seres vivos y cómo se transmiten los caracteres biológicos, físicos y psíquicos, la etología – como una rama de la psicología experimental y de la biología – ha ampliado mucho nuestro saber acerca del comportamiento animal y humano. Si bien estas investigaciones han desarrollado en forma considerable nuestra perspectiva en cuanto a la vida y al comportamiento de los seres vivos, también es cierto que han servido para reafirmar algo que, en realidad, ya sabíamos: que Madre Natura podrá tener sus caprichos y podrá también permitir ciertas manipulaciones, pero en el largo plazo no se deja ofender impunemente porque entre sus múltiples veleidades está también la de vengarse.
Basta echar un vistazo al más de un millón de diferentes especies y al número aun mayor de subespecies, razas y variedades para comprobar la enorme diversidad de las distintas criaturas que existen en la naturaleza. Considerando la situación desde este punto de vista parecería ser que uno de los impulsos esenciales del mundo natural es la tendencia a la mayor diferenciación posible. Desde el punto de vista opuesto, sin embargo, si uno considera la enorme cantidad de individuos biológicos similares que abarca el concepto de especie, se podría llegar a creer que esa tendencia es a la igualdad.
El dilema se resuelve cuando, al analizar la situación con mayor profundidad y detalle, constatamos que, incluso dentro de categorías taxonómicas relativamente homogéneas a primera vista, existen grandes diferencias naturales entre los individuos biológicos que las componen. Estas diferencias pueden tener causas genéticas o ambientales.
En los animales superiores de reproducción sexual – es decir: en los que poseen organismos sistémicamente más complejos – a una cantidad ya de por sí relevante de cromosomas corresponden muchos miles de genes. A través de la formación de una célula germinal y la posterior unión de células femeninas y masculinas de esta clase se producen así tantas posibilidades de combinación que el ser vivo engendrado no es genéticamente igual a ningún otro. De modo que ya a partir de su herencia biológica ningún ser humano – excepción hecha de los casos estadísticamente poco relevantes de los gemelos homocigotos – es “igual” a cualquier otro. Incluso más allá de consideraciones éticas o religiosas, genéticamente cada ser humano es un individuo biológico único, diferente de cualquier otro.
Aparte de esto, nadie tiene exactamente el mismo medioambiente a su disposición para el desarrollo de sus potencialidades. Nadie vivencia exactamente del mismo modo que los demás los estímulos externos tales como, por ejemplo, la educación y la formación impartida por los progenitores y las demás personas del entorno. De modo que tampoco en el ámbito de los caracteres fuertemente influenciados por el medio existe una igualdad absoluta.
La desigualdad antropológica, biológicamente fundamentada, del ser humano es, pues, un fenómeno natural indiscutible. Precisamente por ello es que en la mayoría de los Estados, los legisladores reconocen – ya sea en forma explícita o implícita – esta desigualdad, para luego construir en forma complementaria, y en cierto sentido artificial, la esfera de la igualdad jurídica, es decir: la igualdad ante la Ley. Una igualdad abstracta que, aparte de su artificialidad como hemos visto en la Introducción, ni bien uno la analiza en detalle tampoco resulta tan absoluta en la práctica como se pretende en teoría ya que, de serlo, la aplicación de la Ley dejaría de ser Justicia.
Con todo, los intentos de construir un discurso igualitarista incluso alrededor de los sistemas biológicos no se detienen ni siquiera ante los datos científicos objetivos. En este segmento ideológico entran, por ejemplo, todas esas afirmaciones – por lo general fuertemente subrayadas – que insisten en señalar la escasa diferencia genética rastreable entre los individuos humanos y hasta entre humanos y monos antropomorfos. Periodísticamente se repite, por ejemplo, que “se ha establecido que la diferencia genética entre humanos y chimpancés es solo del 1,2 por ciento”. Incluso muchos profesionales se apresuran a ser políticamente correctos como, por ejemplo, Harold P. Freeman [[40]] del Hospital General de Manhattan quien, según una frase ampliamente repetida en diversas publicaciones, afirma que: "Si se pregunta qué porcentaje de genes está reflejado en la apariencia externa, sobre la que nos basamos para establecer la raza, la respuesta es aproximadamente del 0,01%". [[41]] Al margen de que las “pequeñas diferencias” genéticas resultan ser increíblemente complejas ni bien se las investiga de cerca, [[42]] y al margen también de la perfectibilidad de la taxonomía humana muchas veces basada sobre caracteres externos de dudosa relevancia, cualquiera que haya estudiado tan sólo superficialmente la estructura de los sistemas complejos – y el genoma humano es ciertamente uno de ellos – no se asombrará en lo más mínimo de las enormes divergencias resultantes que pueden producir pequeñas, y a veces hasta casi insignificantes, diferencias parciales en algunos componentes críticos.
En esto, muy posiblemente la explicación resida en lo que se conoce como la Teoría del Caos, o Teoría de los Sistemas Complejos, basada en los trabajos de Ilya Prigogine [[43]], Henri Poincaré [[44]], Edward N. Lorenz [[45]], Benoit Mandelbrot [[46]] y Mitchell Feigenbaum [[47]], entre otros. Si bien esta teoría aun no ha conseguido tener una amplia aplicabilidad práctica concreta [[48]] – en gran medida debido, precisamente, a su enfoque sobre lo impredecible de ciertos procesos sistémicos – no por ello deja de tener, conceptualmente, un considerable poder explicativo en relación con fenómenos que antes se suponían lineales y que hoy la realidad nos obliga a considerar como “caóticos” bajo determinadas condiciones y después de ciertos “puntos de bifurcación” críticos.
En nuestra vida cotidiana estamos acostumbrados a ver y a considerar sistemas “lineales”. La “linealidad” es la propiedad de un sistema de reaccionar a la modificación de uno de sus parámetros constantemente con una modificación proporcional de otro parámetro.[[49]] Esta constancia y esta proporcionalidad es lo que hace previsible al sistema. La Teoría del Caos, por el contrario, se ocupa de aquellos sistemas dinámicos cuya parametrización bajo determinadas circunstancias es muy sensible y, por lo tanto, resulta imprevisible en el largo plazo. La dinámica de estos sistemas tiene la particularidad de estar sujeta, por un lado, a las leyes físicas generales pero, por el otro lado, puede convertirse en irregular bajo determinadas condiciones.
Ejemplos de sistemas dinámicos no-lineales hay unos cuantos. El sistema meteorológico del planeta es uno de ellos (y explica bastante bien los conocidos fallos de los pronósticos). Otros ejemplos serían las turbulencias, los ciclos económicos, ciertos efectos de la erosión, la ocurrencia de eventos desfavorables (accidentes, incendios, terremotos, atascamientos de tránsito, etc. etc.) o el comportamiento de redes neuronales. Precisamente a esta clase de sistemas pertenece también el sistema genético y el ADN con sus posibles combinaciones, recombinaciones, copias y duplicaciones. Si el sistema genético humano fuese lineal, una diferenciación del 0.01% sería por cierto irrelevante. Pero, desde el momento en que no lo es, ese pequeño porcentaje adquiere un significado propio y requiere una evaluación completamente diferente.
En todos los sistemas no-lineales, el comportamiento caótico – y también el comportamiento estable que es su contracara sistémica – se produce por regla general sólo dentro de un rango de valores en los parámetros que gobiernan al conjunto. En términos generales se puede decir que la mayoría de estos sistemas se comporta de un modo “estable” (es decir previsible) siempre y cuando sus parámetros se mantengan dentro de ciertos valores. Fuera de este rango, hay valores que representan “puntos de bifurcación” más allá de los cuales, o bien se dispara un comportamiento caótico que puede volver a estabilizarse en un plano diferente, o bien el sistema entra en un caos irrecuperable que termina destruyéndolo.
Lo realmente importante en lo que hace a nuestro tema es que la superación de alguno de estos “punto de bifurcación” puede ser – y de hecho en una enorme cantidad de casos es – el producto de una modificación mínima y hasta prácticamente imperceptible en alguno de los parámetros del sistema. Y lo que sucede después, no guarda proporción alguna con el valor de esa modificación ya que el proceso es no-lineal. En otras palabras: modificaciones muy pequeñas pueden generar resultados enormes. Este fenómeno, se conoce como el “efecto mariposa” y proviene del meteorólogo Edward Lorenz que se preguntaba: “¿Puede el aleteo de una mariposa en Brasil provocar un tornado en Texas?”[[50]] La pregunta, por supuesto, es sólo retórica. Pero sirve para ilustrar cómo, en sistemas no-lineales tales como el sistema genómico humano, una variación mínima puede producir enormes efectos sobre el estado final del sistema.
Una divergencia genética del 1,2% entre humanos y chimpancés, o una del 0,01%" entre el aspecto externo de los individuos humanos – aun de ser exacta (que con casi total seguridad no lo es) [[51]] – no habla en absoluto en favor de la igualdad. Habla en favor de lo extremadamente delicado que es el proceso genético en dónde muy pequeñas variaciones de base generan grandes y sustanciales variaciones en el resultado final. En todo caso, lo único que demuestran las similitudes genéticas es que, en última instancia, la Vida trabaja con estructuras similares, muchas veces con sólo finas y sutiles diferencias a nivel sub-celular, pero estas sutiles diferencias producen enormes divergencias al nivel de los sistemas orgánicos completos.
Las normas que regulan la heredabilidad, la formación y el desarrollo de las potencialidades genéticas, así como las que ponen límites a su alterabilidad por parte del medioambiente, valen tanto para los caracteres físicos como para los mentales o psíquicos. La inteligencia – entendida en términos genéricos como la capacidad de adquirir conocimientos (capacidad cognitiva) y la capacidad de resolver problemas planteados con ellos (capacidad operativa) – y otras aptitudes mentales o psíquicas – como, por ejemplo, los talentos específicos – se hallan genéticamente influenciadas y las diferenciaciones que pueden observarse objetivamente en las diferentes personas dependen de factores genéticos, en grados variables pero relevantes en la sustancial mayoría de los casos.
Tratar de igualar a todos los individuos aun a pesar de estas desigualdades se convierte, pues, en un atentado contra la tendencia natural de toda persona a intentar un desarrollo conforme a sus predisposiciones innatas y a su idiosincrasia particular. Más todavía: constituye un evidente menoscabo de la dignidad humana, toda vez que de este modo se le impide al individuo asumir y desarrollar su auténtica personalidad.
En el caso del Hombre esto es fundamentalmente válido dado el especialmente diferenciado y diverso ámbito de lo psíquico y de lo mental. Entre otras cosas, también por esto una educación igualitaria en los niveles de enseñanza superiores resulta perjudicial porque sobre-exige a los menos dotados y fracasa en desarrollar plenamente a los más capaces.
A modo de resumen la antropóloga I. Schwidetzky [[52]] constata:
“Que los seres humanos son diferentes por naturaleza ya no requiere hoy de prueba adicional alguna. Existen seres humanos inteligentes y tontos, proporcionados y desproporcionados, fuertes y débiles, tolerantes e intolerantes. Que en esto se trata de diferencias en gran medida heredadas e innatas es algo que la genética humana ha demostrado de un modo absolutamente innegable. Una cosmovisión que pretenda negar estas diferencias naturales se ubica más allá de la realidad.”[[53]]
Con ello la ciencia expresa hoy exactamente lo mismo que en otras épocas le resultó evidente a cualquier observador y que el poeta Friedrich Rückert [[54]] expresó en su “Sabiduría de los Brahmanes” con las palabras:
“Iguales no son ni siquiera los cinco dedos de una mano; diferente es su función, su importancia, su tamaño y su posición.”
Quien crea que esto es tan sólo una exageración poética haría bien en investigar la importancia que ha tenido para el género humano y la ventaja competitiva que le ha significado la disponibilidad de algo aparentemente tan simple como el pulgar oponible.
También en otras áreas de la biología se constata el principio general de la diferenciación como tendencia opuesta a la igualación. Uno de los fenómenos más importantes de la vida es la evolución de las especies o bien, para decirlo en otras palabras, el desarrollo filogenético. A lo largo de los distintos períodos geológicos del planeta, se han ido desarrollando especies cada vez más complejas, más eficientes y mejor adaptadas a determinados entornos ecológicos.
Durante bastante tiempo se creyó que el número y clase de las especies era estable, fijado en el momento de la Creación. En el Siglo XVIII Linneo todavía afirmaba que podemos contar hoy tantas especies como se crearon al principio de los tiempos. Contradecía en esto nada menos que a Santo Tomás y a San Agustín quienes unos 500 y 1350 años antes, respectivamente, habían negado que Dios creara a todas las especies en un primer momento. No obstante, el fijismo linneano se mantuvo hasta el Siglo XIX – al menos como hipótesis aceptable – y la ciencia natural lo abandonó definitivamente recién después de que, en 1859, Charles Darwin publicara su famoso “El Origen de las Especies”.
Desde entonces, la teoría de la evolución ha recorrido un largo camino. Ha caído también en manifiestos excesos, básicamente impulsados muchas veces por un ateísmo militante y agresivo. En ocasiones hasta obcecado.[[55]] Pero, si bien los excesos especulativos son por demás discutibles y cuestionables [[56]], y los límites de las posibilidades evolutivas reales están muy lejos de haber sido determinados, el fenómeno de la evolución biológica, como tal y en sí mismo, es un hecho real, positivamente comprobado, que en última instancia se basa en la observación directa y se puede demostrar hasta por las prácticas habituales de cualquier ganadero o agricultor. Las formas vivas pueden cambiar y de hecho cambian. Que toda la vida se haya originado en una célula que se formó por pura casualidad en medio de una hipotética “sopa primigenia” y bajo no menos hipotéticas condiciones ambientales, eso es algo que sigue siendo más que discutible aun cuando constituya la teoría – uno casi diría el dogma de fe – oficial. Pero que los seres vivos sean inmutables es algo que tanto la ciencia como la experiencia directa refutan de un modo terminante.
Un nuevo enfoque a la teoría de la evolución, con aportes de hombres como Konrad Lorenz, Manfred Eigen [[57]] y Rupert Riedl [[58]], ha podido demostrar cómo, al menos en comunidades biológicas bien determinadas y mediante los procesos de selección natural, se produce una modificación progresiva que opera siempre sobre individuos vivos existentes y sus probabilidades de reproducción. Y la condición para que esta modificación se produzca es la diversidad natural dentro de un conjunto biogenético determinado – sea especie, raza o variedad – de lo cual se desprende que una igualdad absoluta sería hasta antievolutiva.
Es que entre seres vivos absolutamente iguales no hay nada que seleccionar. El principio de diferenciación resulta, pues, indispensable para que se produzca la evolución filogenética y, por ello, no es ninguna casualidad que la naturaleza haya empleado este principio en el pasado y lo siga empleando aun hoy. Sucede simplemente que lo más eficaz y eficiente siempre tiende a imponerse.
Muy interesante en este contexto es observar cómo la vida emplea varios métodos para lograr una mayor diversidad; es decir: una mayor diferenciación. En el caso de la reproducción asexuada la igualdad de la descendencia es todavía sustancial. Pero mediante el “recurso” de la reproducción sexuada las posibilidades de combinar caudales hereditarios diferentes aumentan enormemente y no es ninguna casualidad que sea precisamente esta la forma de reproducción de los seres vivos más complejos.
A esto se agregan otras posibilidades de diferenciación que responden a factores tales como instintos, pautas de comportamiento hereditariamente programadas, capacidades de aprendizaje y memoria, etc. etc. En el ser humano, a todo ello se agrega la conciencia y el pensamiento racional, factores que llevan a multiplicar aun más las posibilidades y probabilidades de diferenciación que se reflejan en los distintos idiomas, las distintas escrituras, las costumbres, las prácticas habituales y aceptadas, las leyes, y todos los demás factores que constituyen el mosaico de las diferentes culturas y civilizaciones.
A lo largo de la Historia humana, esto ha tenido como resultado un mejor y más acabado desempeño de las funciones vitales, un mejor aprovechamiento de los espacios ecológicos disponibles y un aumento general de las opciones disponibles gracias a la mayor diversidad de alternativas que brinda la multiplicidad de posibilidades. Por supuesto que este proceso ha tenido también sus aspectos negativos, sus exageraciones, sus inconvenientes, sus conflictos y sus injusticias. Pero en términos generales, es innegable que tanto las posibilidades de supervivencia como la calidad de vida del ser humano han mejorado ostensiblemente en, digamos, los últimos 10.000 años de Historia aceptablemente bien conocida.
Y lo más relevante de todo es que el proceso no ha terminado. Continúa y seguramente continuará, con lo que una igualación no haría más que influir negativamente en este proceso natural.
Conceptualizar la diversidad no es sencillo. En la vida cotidiana, la mayoría enorme de las personas sólo tiene presente sus propias experiencias personales y extrae de ellas una conclusión genérica intuitiva. Así, quien ha tenido trato con, digamos, unos veinte abogados, tenderá expresar acerca de “los abogados” cierta opinión genérica basada en su propia experiencia personal. Y, naturalmente, de aquí es de dónde surgen después los incontables chistes de abogados, muchos de los cuales no dejan de ser certeros por cierto, pero resultan algo injustos con unos cuantos de ellos.
Es innecesario señalar que este tipo de apreciación genérica no reviste ningún carácter científico. Constituye una simple opinión personal generalizadora que puede ser valiosa si es formulada por un observador sagaz y bien entrenado pero siempre resultará discutible en el campo científico. La representación objetiva de la diversidad requiere otros métodos. Afortunadamente disponemos de ellos desde hace más de 200 años gracias a los trabajos de Abraham de Moivre [[59]], Pierre Laplace [[60]] y Carl F. Gauss [[61]]. El detalle del desarrollo matemático de las distribuciones de probabilidad de variable continua excede el marco del que disponemos aquí. Baste con decir, pues, que de ellas la conocida como Distribución de Gauss es la que con mayor frecuencia aparece en un sinnúmero de fenómenos reales, a tal punto que otro de sus nombres es justamente Curva de Distribución Normal.
Para tener una idea aunque más no sea superficial de lo que es una distribución normal imaginemos que estamos analizando cualquier característica determinable de los miembros de una población cualquiera. Digamos, la estatura corporal. Ya nuestra intuición basada en experiencias personales nos diría que, puesto que las personas excepcionalmente altas y las excepcionalmente bajas son relativamente escasas, el grueso de nuestra población debería estar alrededor de una estatura “mediana”. Pero ¿qué tan excepcionales son los muy altos; qué tan excepcionales son los muy bajos y cual es realmente la estatura media de nuestra población? Para ello, hagamos un relevamiento muestral o un censo poblacional, anotemos las estaturas efectivamente halladas y proyectemos los resultados en un sistema de coordenadas dónde en el eje x graduaremos las estaturas y en el eje y la cantidad de individuos hallados con dicha estatura. Procediendo de este modo obtendríamos un gráfico estadístico similar al siguiente:

En la curva roja podríamos apreciar que el grueso de nuestra población se concentra alrededor de un valor de estatura dado (representado por el 0 de nuestro gráfico y que podría corresponder a, digamos, 1,68 mts). A la derecha de ese valor central tendríamos a los que son más altos que la media y a la izquierda a los que son más bajos.
El desarrollo de la curva nos indica que, a medida en que nos alejamos del valor medio, las frecuencias disminuyen. En otras palabras, a medida en que aumenta o disminuye la estatura más allá de la media, la cantidad de individuos que tienen esa estatura es cada vez menor. Lo cual se condice bastante bien con nuestra opinión genérica personal en cuanto a que los muy altos y los muy bajos son mucho menos numerosos que los de estatura media. Pero, ¿qué tan excepcionales son?
Para establecerlo tendríamos que utilizar una medida estadística: la desviación estándar. Esta medida indica cuanta variación, o dispersión, existe respecto de la media. Dejando de lado otra vez el detalle del desarrollo matemático, baste decir que, calculando las desviaciones estándar de nuestra muestra, tendríamos que a 1 desviación estándar abarcaríamos aproximadamente el 68% de la población; a 2 desviaciones tendríamos incluido el 95% y a 3 desviaciones el 99,7%, tal como lo indica el gráfico.
Lo “normal” en un conjunto de una diversidad dada no es, pues, un concepto caprichoso ni el resultado de una opinión personal. En otras palabras: lo normal no es algo opinable. Es un concepto estadístico perfectamente definible y determinable con los métodos adecuados. Y, si bien la curva que muestra la ilustración es teórica y los fenómenos de la vida real no responden nunca exactamente a una “curva campana” tan perfecta como la que representa la línea roja de nuestra ilustración, el principio estadístico general sigue siendo válido para una cantidad impresionante de fenómenos naturales.
En toda población, los individuos aislados, diferentes entre sí, se ubican siempre en alguna parte de la curva de distribución normal que representa el estado momentáneo alcanzado por el conjunto biogenético al que pertenecen. Ningún individuo aislado representa de un modo perfecto al Tipo general en todos sus caracteres específicos. No obstante ello, el Tipo biológico general – que podemos definir como aquél que se halla comprendido entre una a dos desviaciones estándar de la media – tiende a mantenerse constante a lo largo de períodos de tiempo relativamente largos.
Esta inalterabilidad estadística relativamente grande a lo largo de períodos también relativamente largos se explica, entre otras cosas, por el hecho que, dentro de las posibilidades reales de varianza existentes, los individuos aislados – y aun grupos enteros de individuos – pueden llegar a adaptarse a diferentes condiciones ambientales sin que por ello esta adaptación quede fijada en la estructura hereditaria. De este modo, tanto en el espacio como en el tiempo, lo que tenemos es un fenómeno muy dinámico en el cual las posibilidades de diferenciación ofrecen ventajas sumamente importantes.
Esta capacidad de los organismos vivientes de respetar ciertas normas, de mantener determinadas formas pero, no obstante, permitir una diferenciación individual y adaptiva, ha impresionado incluso a quienes no son biólogos. Theodor Mommsen, en su “Historia de Roma” señalaba que “el secreto de la naturaleza de combinar la normalidad con la individualidad en sus manifestaciones más completas es algo inefable”. En la actualidad, más de un siglo después de Mommsen, si bien seguimos sin disponer de una explicación completa, enteramente satisfactoria y exhaustiva, de este secreto de la naturaleza, lo que ya sabemos con certeza casi absoluta es que confundir “normalidad” con “igualdad” constituye uno de los peores errores que podemos cometer.
Por de pronto, que típicamente el 68% de una población se sitúe a una desviación estándar de la media no significa que el 32% restante sea descartable o pueda ser considerado “igual” al 68% mayoritario. Menos aún si consideramos a la curva como representativa de una cualidad valiosa porque, en ese caso, en aproximadamente la mitad de ese 32% se ubicarían los miembros más excepcionalmente valiosos de esa población. Como que, finalmente, también resulta desastroso recurrir a la negación o a la relativización del concepto estadístico de normalidad en aras de un individualismo abusivo que convierte lo normal en algo dependiente de opiniones o preferencias personales más o menos generalmente admitidas en función de criterios intelectuales arbitrarios y abstractos que, por lo general, no tienen nada que ver con la realidad.
Los pueblos, con sus élites y sus grandes personalidades, desarrollaron a lo largo de la Historia distintas culturas que, a su vez, han tenido diferentes destinos. En contraposición con esto, desde hace ya varias décadas han ido en aumento muy fuertes impulsos tendientes a estructurar todo el planeta del modo más uniforme posible. Sobre todo en lo referente a economía, política, cultura y civilización. Este proceso ha sido calificado negativamente incluso por alguien como Alexander Solyentizin [[62]]:
“Recientemente se ha puesto de moda hablar del nivelamiento de las naciones, de la desaparición de las diferentes razas en el crisol de la civilización contemporánea. No estoy de acuerdo con esta opinión, pero su discusión es otra cuestión pendiente. Aquí tan sólo es apropiado decir que la desaparición de las naciones nos empobrecería no menos que si todos los seres humanos se volviesen iguales, con una sola personalidad y un solo rostro. Las naciones son la levadura de la humanidad, son sus personalidades colectivas; hasta la más pequeña de ellas luce sus colores especiales y es portadora en su interior de una especial faceta de la intención divina”.[[63]]
Esta afirmación del reconocido escritor tiene una base científica. Se encuentra en la etnología y en la etnobiología desde el momento en que estas ciencias estudian y describen toda la variedad de los pueblos, actuales y pasados, y sus conclusiones fundamentan la necesidad de su diversidad. Esto es válido tanto para las disimilitudes que diferencian a los diferentes pueblos entre sí como para las diferencias internas que se dan dentro de un mismo pueblo.
En una de las obras básicas de la etnobiología, la antropóloga I. Schwidetzky escribe:
“El hombre vive en naciones. Las mismas constituyen las comunidades dentro de las cuales se halla colocado el Hombre como ser social; son los núcleos en los cuales se desarrollan todos los procesos vitales supraindividuales.”[[64]]
Por supuesto que siempre se puede intentar la igualación coercitiva de pueblos enteros, ya sea por mestizaje o por el desplazamiento forzoso de grandes masas de personas de su patria original, tal como ha sucedido reiteradas veces a lo largo de la Historia y sigue sucediendo todavía en algunas zonas con grandes conflictos. Lo que la etnobiología señala es el riesgo de estos procesos, advirtiendo que “la capacidad de asimilación de un pueblo es limitada y la transculturación se hace tanto más difícil cuanto mayor es la diferencia entre los pueblos involucrados en el proceso.”[[65]]
Para ilustrar las diferencias cualitativas que existen entre seres humanos individuales y entre grupos de seres humanos hay muchos ejemplos. Tanto como para citar uno, es notorio que existen pueblos con grandes impulsos migratorios y otros con tendencias tan sólo leves al abandono del solar nativo. Ortega y Gasset [[66]], por ejemplo, solía decir que hay tres clases de pueblos en Europa: los que quieren entrar en ella, como Rusia o Polonia; los que quieren salir de ella, como, España o Inglaterra, y los que quieren dominarla, como Alemania o Francia.
Incluso descontando el etnocentrismo europeizante de cierta interpretación de la Historia y la tecnología, es altamente probable que hayan sido los europeos quienes produjeron la mayor cantidad de individuos que han recorrido el mundo sin responder siempre y necesariamente a una coercitiva presión económica. No todos los pueblos tienen la misma personalidad colectiva ni la misma idiosincrasia. Ni siquiera el comportamiento de los pueblos de una misma cultura es idéntico ante desafíos similares. El comportamiento de los pueblos colonialistas europeos no ha sido el mismo en cuanto a cuestiones tales como la superposición étnica o el mantenimiento de barreras étnicas. Por ejemplo, la diferencia entre el colonialismo anglosajón y el español en este sentido es notoria y conocida: en América del Norte los colonos anglosajones prácticamente aniquilaron a la población nativa; en cambio, en Centro y Sudamérica los españoles, salvo excepciones puntuales, la mantuvieron, la cristianizaron y la integraron en gran medida.
Las diferencias entre las distintas etnias también resultan indispensables para un desarrollo futuro. Las etnias que hasta hace relativamente poco tiempo – hablando en términos biológicos generacionales – constituían círculos reproductivos más o menos firmemente cerrados, constituyen grandes “piletas” de genes que tienden a manifestarse en caracteres bastante estables si se los analiza con métodos estadísticos. La evolución depende de un modo bastante estrecho de estos caudales genéticos, o “gen-pools” para usar el término inglés. Sobre esta base genética descansa – aunque no en forma excluyente y determinante como lo supondría un “materialismo genético” – lo que, en términos generales, se denomina la idiosincrasia, el carácter o la tipología de una etnia; un fenómeno que salta a la vista de cualquier buen observador libre de prejuicios ideológicos.
La anulación de las diferencias que existen entre las etnias disminuiría en un grado considerable las posibilidades evolutivas de la especie. Konrad Lorenz se oponía enérgicamente a la destrucción de las etnias:
“... la igualación tiene todavía otra consecuencia devastadora. Cuando todos los seres humanos, de todas las diferentes culturas, luchan con las mismas armas, compiten entre sí con los mismos medios tecnológicos y tratan de sacarse ventaja mutuamente en la misma Bolsa internacional, la selección intercultural pierde sus efectos creadores.” [[67]]
Las barreras relativamente firmes que existen entre núcleos culturales con desarrollo divergente resultan indispensables para la evolución positiva de cada uno de estos núcleos. Incluso es posible observar una tendencia de las culturas a dividirse y a desarrollarse en sentidos divergentes. Lorenz considera a estas tendencias como el conjunto de factores más importante que ha posibilitado en el Hombre el desarrollo de una inteligencia superior, una mayor adaptabilidad mental, una mayor creatividad y, en suma, una mayor probabilidad de supervivencia. Resumiendo, nos señala: “Son las diferencias entre las culturas las que han sido decisivas para el superior desarrollo de la humanidad.” [[68]]
Por consiguiente, quienes proclaman la igualdad de las etnias y las culturas o promueven su uniformización, al menoscabar la diversidad cultural actúan en contra de la evolución. Con ello – aun teniendo en cuenta el sentido restringido que nuestro conocimiento actual le impone al darwinismo y, sobre todo, al neodarwinismo – el detrimento de la evolución atenta contra uno de los fenómenos básicos de la vida y contra el sentido mismo de la existencia humana.
Uno de los caracteres diferenciadores interculturales más importantes y evidentes es el idioma. No en vano los parentescos lingüísticos y étnicos se han presentado con frecuencia en paralelo. Aun cuando hay que tener muchísimo cuidado en no exagerar este fenómeno al punto de establecer categorías raciales basadas en conceptos lingüísticos (Paul Broca decía que la “raza latina” no existe por la misma razón por la cual tampoco existe un diccionario braquicéfalo), no por ello deja de ser cierto que la mayoría de los pueblos tiene su idioma peculiar. El filólogo Mario Wandruszka [[69]] se pregunta:
“¿Por qué está nuestro lenguaje humano atomizado en más de tres mil idiomas diferentes, en incontables dialectos que cambian de región en región, de valle en valle, de ciudad en ciudad? ¿No habrá una causa profunda para esta variedad de formas, para este caprichoso exceso?” [[70]]
Este mismo autor ha demostrado cómo surgió y sigue produciéndose esta multiplicidad a partir de causas antropológicas necesarias y de causas históricas contingentes. El mito del idioma humano único, los felices tiempos anteriores a la construcción de la Torre de Babel, es algo que no tiene sustento concreto en ninguna realidad prehistórica demostrable y debe ser entendido en sentido metafórico. Incluso en la actualidad cada profesión importante tiene su propia jerga casi incomprensible para extraños. Por ejemplo, el lenguaje de los expertos en tecnología informática, así como el de los abogados o el de los economistas, resulta casi completamente impenetrable para alguien que no sea del oficio. Pero esto responde a una necesidad exactamente tan natural como la que dio lugar a la creación del lenguaje de los cazadores o al idioma litúrgico de los brujos y hechiceros. De un modo inconciente, nuestros actuales y sofisticados profesionales y técnicos se comportan exactamente igual que sus lejanos antepasados prehistóricos.
De un modo cada vez más claro y categórico las ciencias de la comunicación han demostrado que el idioma, lejos de ser tan sólo un medio de intercomunicación, ejerce una influencia decisiva sobre la forma de pensar y de actuar, tanto del individuo como de culturas y civilizaciones enteras. Tampoco desde el punto de vista de la etnobiología el idioma es solamente un medio de intercambio de información sino, además, un fenómeno expresivo de orden natural que se halla estrechamente relacionado con las demás formas de expresión. Esto concuerda también con la moderna teoría del conocimiento según la cual el idioma – específicamente; el idioma en el que pensamos y que, dado el caso, puede ser diferente del que hablamos habitualmente – ejerce una influencia poderosa sobre toda nuestra cosmovisión. De hecho, el análisis demuestra que cada idioma se corresponde con una especial organización de los datos aportados por la experiencia. [[71]]
Los diferentes idiomas posibilitan formas muy distintas de aproximación a la realidad. Gracias a ello la humanidad cuenta con interpretaciones sensiblemente diferentes de esa realidad que es demasiado rica y demasiado compleja como para poder ser abarcada por tan sólo una forma de pensar y de hablar. Albert Schweitzer [[72]] , que hablaba francés con la misma facilidad que el alemán, cuando se trataba de pensar, lo hacía en uno u otro idioma dependiendo del tema en cuestión. Algo muy similar fue señalado también por Martin Heidegger, que dedicó mucho tiempo a pensar sobre la magia del idioma. [[73]]
Los intentos de poner todos los idiomas en el mismo nivel, de instaurar idiomas estandarizados en menoscabo de los naturales, y – peor aun – de “fabricar” idiomas completamente artificiales, como por ejemplo el esperanto, constituyen todos un atentado contra lo natural y necesario para el ser humano. De tener éxito – lo cual por fortuna es muy poco probable – estos intentos conducirían a un empobrecimiento intelectual de dimensiones incalculables, mucho peor que el ya producido a través de la vulgarización y la sobre-simplificación mediática y periodística de los idiomas existentes.
En el campo lingüístico, las experiencias recientes apuntan justamente a lo contrario de una igualación. Durante el Siglo XIX en Europa Oriental se revalorizaron varios idiomas eslavos. Israel revitalizó y modernizó el hebreo a partir de las iniciativas y los trabajos de Eliezer Ben Yehuda [[74]]. Actualmente se observa en Centro y Sudamérica una leve revalorización de los idiomas indígenas. Por otro lado, grupos de irlandeses, galeses y escoceses están reviviendo y reutilizando el celta casi completamente olvidado. Esto es algo que sólo a algunos intelectuales muy superficiales les puede parece superfluo y hasta retrógrado.
Cada idioma es un mundo por derecho propio. Es un mundo construido por ladrillos propios, con estructuras propias y leyes propias. Es un mundo vivo, con sus fortalezas y sus debilidades. En el idioma – y no sólo en general sino en todos sus aspectos particulares – se refleja el mundo espiritual y, hasta cierto punto, incluso el mundo material de cada pueblo. El idioma, quizás la más primigenia y trascendente de las creaciones culturales del ser humano, revela de qué manera específica un pueblo percibe el Cosmos en el que vive, cómo disecciona a su manera la naturaleza que lo rodea y cómo vuelve a integrar ese Cosmos y esa naturaleza mediante una red ordenadora de relaciones, conceptos y valores.
Esta conclusión de las ciencias actuales no hace sino confirmar la antigua tesis de Wilhelm von Humboldt [[75]] para quien:
“Los idiomas, en verdad, no son sólo medios para representar una realidad percibida sino, mucho más que eso, constituyen medios para revelar una realidad escondida. Su diferencia no consiste en la disparidad de sonidos y de signos sino en la disparidad de las mismas cosmovisiones.” [[76]]
La diferenciación etnobiológica y social se expresa, pues, también en el ámbito idiomático y cultural.
De un modo similar deben interpretarse las diferencias que existen, no ya entre las distintas etnias, sino entre los miembros de una misma etnia. Estas diferencias, de hecho, no son sólo naturales sino incluso necesarias. Excepto experimentos utópicos de muy corta duración y casi nula trascendencia real, jamás han existido comunidades humanas absolutamente homogéneas, ni en lo étnico ni tampoco en lo social. Es que la vertebración y organización según grupos de distinta función y poder social se condice con la misma naturaleza humana. Recién la totalidad de estos estratos, estamentos – o, si se quiere, clases sociales – constituye esa comunidad vital que llamamos pueblo. Los sociólogos objetivos confirman este hecho natural. Julien Freund [[77]] señala al respecto:
“Es un hecho que en toda la Historia no se conocen sociedades que hayan sido absolutamente igualitarias.”[[78]]
Todos los intentos de construir artificialmente comunidades sobre la base de la igualdad absoluta y la exclusión de la propiedad privada han fracasado y en un lapso de tiempo notoriamente corto hablando en términos históricos. Aun cuando, especialmente durante los años ’60 y ‘70 en el Siglo XX, estas comunas contaron con el masivo apoyo de los medios masivos de difusión y de los llamados grupos progresistas, y a pesar de que existió un clima favorable para esta clase de emprendimientos, todas se disolvieron al cabo de muy pocos años.
Las comunidades utópicas tuvieron muy corta vida. Los falansterios de Charles Fourier [[79]] fracasaron casi inmediatamente después de su fundación en Francia, al igual que el experimento español en Jerez de la Frontera. En Norteamérica, que durante el siglo XIX fue un terreno fértil para esta clase de experimentos, se crearon unos 50 falansterios de los cuales solamente tres duraron más de dos años.
La comunidad de New Harmony en Indiana fundada por Robert Owen [[80]] duró tan sólo cerca de tres años, de 1825 a 1828. El Brook Farm fundado por George Ripley en Massachussets se fundó en 1841. Tres años más tarde ya había fracasado y sus miembros trataron de salvar la situación adoptando el modelo de los falansterios fourieristas. La comunidad se disolvió definitivamente en 1847. El experimento de Fruitlands, fundado por Amos Alcott y Charles Lane, también en Massachussets, en 1843, colapsó apenas siete meses después de creado. La Oneida Community fundada por John Humphrey Noyes en Oneida, New York, en 1848 duró algo más: 33 años. Se disolvió oficialmente en 1881 aunque ya para 1854 la mayor parte de los asentamientos se habían clausurado. La colonia anarquista de Modern Times se constituyó en 1851 en Long Island, New York. Hacia fines de los 1860 ya se había disuelto. La comunidad anarquista de Home Colony establecida en el Estado de Washington, duró 24 años: establecida en 1895 se disolvió en 1919. La Colonia Cecilia, anarquista, de Brasil en el estado de Paraná, fundada en 1890 sólo sobrevivió durante cuatro años.
El movimiento hippie que surgió a mediados de los 1960 y que duró con fuerte apoyo mediático unos 10 años hasta aproximadamente mediados de los 1970, también originó una cantidad bastante grande de comunidades. De las mismas, muy pocas han sobrevivido y las que lo han hecho ya no tienen ni el mismo carácter ni la misma organización con la que fueron iniciadas como sucedió, por ejemplo en la Argentina, con el asentamiento de El Bolsón (Prov. de Río Negro), fundado en 1969 [[81]].
El movimiento kibbutziano en Israel está también ya muy lejos de su modelo original. Según una investigación de la Universidad de Haifa, el 72% de los kibbutz existentes ya no responde al modelo igualitario/comunitario y, según Shlomo Getz, presidente del Instituto para la Investigación de la Idea del Kibbutz y la Cooperativa, para el 2012 se prevé que habrá todavía más kibbutz que se volcarán a un modelo alternativo.[[82]]
Las únicas comunidades autónomas con cierta capacidad para perdurar fueron las que tuvieron una sólida y coherente base religiosa junto con una organización marcadamente jerárquica. En este ámbito podrían citarse comunidades como la de los huteritas, los amish o los menonitas. Incluso algunas que con el tiempo terminaron evolucionando hacia una organización secular como la de Pennsylvania fundada por William Penn [[83]] hacia 1680. Aunque también hay casos de comunidades religiosas que terminaron en macabros desastres como, por ejemplo, la comunidad de la secta del Peoples Temple de Jim Jones en Jonestown, Guayana, que desembocó en un suicidio/asesinato masivo de más de 900 personas en 1978. [[84]] En no pocos casos, también en las sociedades experimentales de sectas religiosas o pseudoreligiosas se desarrolló, escaso tiempo después de su constitución, un ordenamiento jerárquico estricto y hasta un auténtico despotismo.
En todo caso, lo concreto es que la utopía inviable de construir artificialmente sociedades humanas con miembros absolutamente igualados ha desembocado en todos los casos en la demostración de su impracticabilidad por reducción al absurdo.
No es cuestión de ignorar y menos aun de negar la buena intención de los fundadores de varias de estas sociedades utópicas o experimentales. Muchas de ellas nacieron del sincero deseo de apartarse de la sociedad real por los caracteres negativos que ésta había adoptado en un momento dado. Lo que motivó gran parte de estos intentos fue el deseo de apartarse del materialismo extremo, la hipocresía, el consumismo, el hedonismo, la falta de solidaridad o cualquier otro aspecto disvalioso – o considerado disvalioso – de la sociedad real. De modo que no es la intención la que necesariamente debe ser objeto de crítica ya que la misma fue entendible en varios casos. Lo criticable es el supuesto que se podría modelar la organización social de los seres humanos de cualquier manera; la idea de que la organización social puede ser una cuestión de voluntarismos; la hipótesis de que se puede elaborar en el laboratorio intelectual una sociedad humana abstracta dotada de todas las bondades y despojada de todos los defectos y luego construirla, sin más, en el mundo real.
La idea de un “regreso a la naturaleza”, ese deseo de restablecer de algún modo el “estado natural” de las comunidades humanas y que inspiró la enorme mayoría de los experimentos sociales que acabamos de ver, no proviene tan sólo de la intención de escapar de las artificialidades que han distorsionado buena parte de la convivencia en las sociedades actuales. Aparte de este deseo – en gran medida legítimo – los experimentos han estado bajo la influencia de una visión utópica que cuenta con una larga trayectoria en la cultura sociopolítica de Occidente.
La utopía de una sociedad sin jerarquías, adoptada tanto por liberales demócratas como por marxistas comunistas, proviene de la Ilustración enciclopedista del Siglo XVIII. Deviene de una distorsión antropológica, de una visión romántica e irreal del ser humano, que halló probablemente una de sus más típicas expresiones en el célebre “noble salvaje” de Rousseau. Según esta teoría, todas las diferencias sociales habrían surgido recién como consecuencia de factores económicos tales como la propiedad privada y la explotación subsiguiente, siendo que el Hombre primitivo habría vivido en felicidad e igualdad con sus semejantes.
Para desgracia del igualitarismo, la etnología ha demostrado en forma fehaciente que esta visión de un idílico “estado natural” primigenio de la humanidad es completamente insostenible. Las épocas en que se creía que los pueblos “salvajes” forman sociedades en las cuales todos los individuos son iguales – o al menos muy poco diferentes – han pasado hace rato. En la sociedad tribal, que al observador externo y a primera vista se le presenta con las características de una uniformidad generalizada, la antropología y la etnología han aprendido a ver toda una variedad de personalidades con sus respectivos roles, funciones y jerarquías sociales. El análisis ha demostrado que en las sociedades de características primitivas la variedad, la disimilitud y las categorías de status apenas si resultan algo menores que en las altamente civilizadas.
Ya en las hordas de recolectores y cazadores aparece una clara diferenciación entre conductores o jefes y conducidos o subordinados. El estudio de estos fenómenos revela de un modo indiscutible que las diferencias en la calidad individual constituyen la fuente principal de las diferencias sociales y que el Jefe – ya sea cacique, brujo, caudillo guerrero o anciano sabio – posee siempre una fuerte personalidad propia, diferente y destacada, que se distingue claramente de los demás. De hecho, la aparición del individuo autoritario con capacidades superiores a la media promedio estadística normal constituye la forma más antigua del caciquismo por lo que mal podría decirse que las sociedades primitivas se basaron sobre el principio de la igualdad de sus miembros. Todo lo contrario: estas sociedades se organizan, o bien en función de la “majestas”, la superioridad natural y el poder de una persona; o bien en función del “charisma”, la característica descollante y excepcional de alguien que “está más cerca de los dioses que los demás” como decían los griegos; o bien en función de ambas virtudes a la vez. Y son precisamente estas virtudes, reconocidas y respetadas, las que establecen un ordenamiento social jerárquico aun allí en dónde, o bien no existen instituciones formales firmemente establecidas para ello, o bien existen pero sólo en estado embrionario.
De modo que en todos los tipos de organización social y en todos los niveles culturales ha existido a lo largo de más de 40.000 años de evolución de la especie una amplia y completamente natural diferenciación jerárquica interna de la estructura social. Esto incluso ha sido corroborado por los etólogos que han estudiado el comportamiento de los animales más complejos.
Evidentemente, la evolución ha considerado que la comunidad con estructuras jerárquicas diferenciadas, debido a su comprobada eficacia, constituye una forma de convivencia muy eficaz y conveniente ya que, de otro modo, no la hubiera empleado a tan gran escala y de una forma tan consistente a lo largo de milenios. No es nada arbitrario, por lo tanto, deducir de ello que, si se actúa en contra de una tendencia natural tan extendida y arraigada, las consecuencias previsibles sólo pueden ser fuertemente negativas.
Con todo, es posible describir una organización social deseable y viable siempre y cuando se dejen de lado las teorías fantasiosas y se respeten las reglas que la propia naturaleza social humana le impone a la organización comunitaria. Una sociedad óptima será así aquella en la cual sus miembros gozan de libertades concretas en un grado acorde con las posibilidades de acción y de opción reales, que se estructura de acuerdo a méritos, idoneidades y funciones, que ofrece posibilidades para la movilidad social interna y en la cual el individuo puede desarrollar sus capacidades al máximo posible.
Interesante en todo caso, es lo que en este sentido ha descubierto la etnobiología en cuanto a que esta sociedad deseable y posible no se produce sino como resultado de la inevitable selección social correspondiente a una estructura jerarquizada según funciones, capacidades y méritos. I. Schwidetzky señala que en esta clase de sociedades:
“... la diferenciación biológica se corresponde con la diferenciación social, en la medida en que ello es posible en absoluto. Esto significa que las diferencias en capacidad se reflejan en el ordenamiento social con mayor claridad que en cualquier sociedad rígida. El más capaz se halla realmente arriba y el que queda más abajo tiene también un nivel de rendimiento menor. Pero, desde el momento en que las diferencias de capacidad son diferencias heredables, en una sociedad de movimientos sociales completamente libres existirá también la tendencia a que cada estrato crezca preferentemente por reproducción de sus propios miembros; vale decir: que se complemente con su propia descendencia. Sucede simplemente que, por una ley natural, las personas capaces tienen mayores probabilidades de tener hijos capaces que las menos capaces.” [[85]]
La psicología y la biología confirman lo señalado considerando, en todo caso, también otro fenómeno que no puede ser dejado de lado y que la estadística poblacional conoce como la tendencia de la regresión a la media.
Según H.J.Eysenck:
“Del mismo modo en que los hijos de personas excepcionalmente inteligentes también son, por lo general, inteligentes – aunque no tanto como sus progenitores – los hijos de personas excepcionalmente torpes resultan estadísticamente menos desfavorecidos que sus padres.” [[86]]
Precisamente este fenómeno es el que permite la movilidad social en una comunidad jerarquizada. Los miembros menos capaces de la élite descienden mientras que los más capaces de las jerarquías inferiores ascienden. El secreto reside en no permitir el abroquelamiento artificial de la élite dirigente hasta el punto de convertirla en una casta cerrada que protege a sus incapaces del descenso y le cierra el camino a los capaces en su ascenso.
Lo decisivo, por supuesto, será siempre la composición de la escala de valores por medio de la cual se juzgarán las capacidades y los méritos que habilitan el ascenso social. Más aún: será imprescindible que esa escala de valores – determinada por los factores etnoculturales vigentes en el organismo social – se aplique en forma uniforme a todos los ámbitos de la comunidad. Es imperativo evitar que en determinados sectores sociales o funcionales predominen ciertos valores mientras que otros sectores o funciones responden a una escala de valores muy diferente. Ésta es precisamente la incoherencia que presentan los regímenes que actualmente se autodenominan democráticos en dónde el status y el ascenso social – así como las libertades concretas y el aprovechamiento de las oportunidades disponibles – depende de factores principalmente económico-financieros mientras que en el ámbito político se sigue sosteniendo (al menos en teoría) el principio del libre acceso de cualquier persona a las funciones de gobierno con prácticamente la única condición de obtener una cantidad determinada de votos. El único régimen político coherente con una sociedad estratificada por niveles de riqueza económico-financiera es la plutocracia, o gobierno de los dueños del dinero; y el único régimen coherente con una sociedad carente de estratificación en absoluto es la xiristocracia, o gobierno de los mediocres que, por la curva de distribución normal, siempre son mayoría.
El objetivo del igualitarismo de lograr una mayor justicia social mediante sociedades enteramente libres, no condicionadas por jerarquías ni clases, no sólo es irrealizable sino que desemboca en lo opuesto de lo que se pretende. Según la experiencia histórica concreta, los intentos de esta clase terminan en última instancia, o bien en una sociedad menos humana en la cual las diferencias se imponen de un modo aun más cruel y menos justo, o bien – y lo que es quizás peor todavía – en una sociedad hipócrita donde la realidad formal institucional está completamente divorciada de la realidad objetiva.
Las investigaciones llevadas a cabo por los etólogos han complementado y corroborado de muchas formas los conocimientos conquistados por los etnólogos. Las objeciones sobre las que se basaron en un principio los ataques contra Konrad Lorenz y su escuela se han vuelto contra quienes los esgrimían, obligándolos a un notorio silencio. Se decía que los resultados obtenidos por la observación del comportamiento de animales serían poco confiables y que transferirlas al Hombre sería ilícito. Sin embargo, la etología humana – especialmente gracias a investigadores como Eibl-Eibesfeld [[87]] – pudo presentar un vasto material en el que abundan descubrimientos que se condicen muy bien con los obtenidos en el mundo animal.
En virtud de su dotación hereditaria, el ser humano posee una cantidad de comportamientos “programados” de un modo bastante preciso, aun cuando no esté sujeto a ellos de un modo ni lejanamente tan intenso y automático como es el caso de, por ejemplo, los insectos gregarios. No obstante, las investigaciones han demostrado que resulta insostenible suponer que el ser humano traería consigo menos adaptaciones filogenéticas que otros mamíferos superiores. Todo lo contrario: lo más probable es que hasta tenga más. [[88]]
Por de pronto, las predisposiciones heredadas resultan válidas para varios aspectos del proceso de aprendizaje. En su comportamiento inquisitivo el ser humano se revela como predeterminado hacia la cultura. Hay mucho en el comportamiento de los niños que indica que poseen una tendencia predeterminada a recibir la tradición formada por la experiencia de sus progenitores. Luego, en el desarrollo posterior del niño al adulto y a partir de la relación recíproca entre herencia y medio, lo que surge indefectiblemente es la diversidad; nunca la igualdad.
Exactamente tan importante como la diversidad general del comportamiento humano es la tendencia a la diferenciación cultural implantada en el ser humano y que resulta similar a la diferenciación filogenética. Konrad Lorenz, en una de sus obras más importantes, le dedica a esta cuestión un capítulo entero titulado “La cultura como sistema viviente”. En el mismo, refuta la concepción – otrora muy usual pero que hoy sabemos que fue equivocada – acerca de la evolución histórica “homogénea” de la humanidad. Lo que la ciencia ha constatado es precisamente lo contrario. Cada forma viviente, cada especie y cada categoría taxonómica crece y se desenvuelve por su propia cuenta y riesgo, en su propia dirección. Y exactamente lo mismo hace cada cultura. Las culturas no se desarrollan ni en sucesión lineal, ni conforme a normas universales aplicables a todas ellas, sino en forma esencialmente independiente las unas de las otras. Aun cuando dos o más culturas hayan establecido múltiples contactos entre sí y hayan intercambiado varios elementos en virtud de esos contactos, el desarrollo sustancial de cada una de ellas es algo propio e intransferible.
El surgimiento de las culturas es un proceso similar al de las distintas categorías taxonómicas de la biología. Al igual que en ellas, entre las causas impulsoras de su aparición se constata, por lo general, un largo período de aislamiento seguido luego por períodos de influencias recíprocas que establecen zonas dinámicas de transición intercultural. Además de ello, tampoco es posible ignorar la tendencia ancestral de las culturas a dividirse y a seguir caminos evolutivos divergentes. Distintas características puntuales del comportamiento, legadas por tradición, se convierten en símbolos de status dentro de ciertos grupos; las costumbres propias del grupo terminan siendo consideradas como “nobles” y las de otros grupos como “vulgares”, lo cual aumenta las diferencias entre grupos vecinos y, a su vez, alimenta la tendencia a un desarrollo divergente.
Desde el punto de vista cultural no es sino de lamentar que, mediante los medios masivos de difusión de alcance global y las modas promovidas artificialmente, se haya ejercido una fuerte presión hacia la nivelación de estos factores. Cuando los seres humanos, las viviendas y las ciudades tienen en todas partes el mismo aspecto, la misma estética, la misma disposición, la misma personalidad (o la misma falta de ella) el mundo entero pierde mucho de su variedad, colorido y belleza. Aunque se puede argumentar que todo lo señalado no es sino superficial y perteneciente a un orden meramente práctico, lo cierto es que con ello se pierde también mucho del espíritu propio y único de cada cultura.
Konrad Lorenz, al analizar el comportamiento humano a la luz de los conocimientos obtenidos por la etología, derribó muchos mitos que, no obstante, siguen sobreviviendo todavía en las ideologías imperantes. Así, por ejemplo, fue muy duro en su crítica al igualitarismo en su relación con la justicia:
“La creencia convertida en religión de que todos los seres humanos nacerían iguales y que todas las trasgresiones morales y éticas del criminal podrían atribuirse a los errores que sus educadores habrían cometido con él, conduce al aniquilamiento de todo sentido natural de justicia; sobre todo en el delincuente mismo que, lleno de autocompasión, se considera víctima de la sociedad. (...)
Toda vez que aprendemos a pensar en términos biológicos y sabemos del poder de los impulsos instintivos exactamente tanto como de la relativa impotencia de toda moral responsable y las buenas intenciones, ya no queda posibilidad alguna de condenar al “delincuente” con la misma furia autocomplaciente con la cual lo hace cualquier ingenuo de fuertes sentimientos. Menos aun si, además de todo ello, hemos obtenido alguna visión psiquiátrica y de psicología profunda en la génesis de las perturbaciones del comportamiento social. En un caso así, en el marginal vemos más al enfermo digno de compasión que al satánicamente malo, lo cual desde la pura teoría hasta es completamente correcto. Pero se comete un grave pecado contra la comunidad humana cuando a esta justificada posición todavía se le agrega la falsa creencia de la doctrina pseudo-democrática cuya tesis es que todo comportamiento humano se hallaría estructurado por condicionamientos y que, por lo tanto, podría ser ilimitadamente modificado y corregido también por otros condicionamientos.” [[89]]
Un criterio educativo realmente orientado por la doctrina de la infinita educabilidad del ser humano no puede sino conducir directamente a la imposibilidad de estructurar cualquier comunidad humana en absoluto. Entre otras cosas, por ello es que resulta imprescindible la aceptación de la superioridad jerárquica, sobre todo en el campo educativo.
Lorenz se opone decididamente a la igualación axiológica del ser humano:
“Que todos los seres humanos tienen derecho a las mismas posibilidades de desarrollo es algo que constituye una verdad ética indudable. Pero con demasiada facilidad esta verdad se deja convertir en la falsedad de afirmar que todos los seres humanos tienen potencialmente el mismo valor. La doctrina behaviorística da incluso un paso más pretendiendo afirmar que todos los seres humanos serían iguales si se desarrollasen bajo las mismas condiciones y que hasta se convertirían en seres completamente ideales si tan sólo estas condiciones fuesen también ideales. Por consiguiente (según los dogmas vigentes), los seres humanos no pueden – mejor dicho no deben – poseer cualidades heredadas; y, sobre todo, no de la clase de aquellas que determinan su comportamiento social y sus necesidades sociales.” [[90]]
Pero, además, incluso las relaciones interpersonales más íntimas y basadas sobre el cariño reconocen con frecuencia cierta jerarquización.
“Uno de los mayores crímenes de la doctrina pseudo-democrática es el haber afirmado que la existencia de un orden jerárquico natural entre dos personas constituye un obstáculo que frustra todos los sentimientos cálidos. Sin este orden no existe ni siquiera la forma más natural del amor humano que, normalmente, vincula a los miembros de una familia entre si.” [[91]]
Y realmente lapidaria es su conclusión final:
“La pseudo-creencia de que, presuponiendo el »condicionamiento« adecuado, se podría pretender cualquier cosa del ser humano para convertirlo directamente en cualquier cosa, es una creencia que se encuentra en la base de muchos pecados mortales que la humanidad civilizada comete contra la naturaleza, contra la naturaleza del Hombre y contra lo esencialmente humano. Cuando una ideología universal, junto con la política que de ella se desprende, está basada en una mentira, el resultado sencillamente tiene que traer consigo las consecuencias más adversas.” [[92]]
Es difícil formular una crítica más certera a los fundamentos filósoficos de quienes determinan el pensamiento “políticamente correcto” en el mundo actual, tanto en el campo político propiamente dicho como en el académico e intelectual.
En lugar de la ética utilitarista y materialista – que en el fondo no hace sino despreciar lo realmente humano – los etólogos actuales proponen una ética con fundamentos científicos que surge de la aceptación voluntaria de las consecuencias de nuestros actos. Wolfgang Wickler [[93]] llegó hasta a escribir todo un libro con el sugestivo título de “La Biología de los Diez Mandamientos” y Eibl-Eibesfeld demostró que la herencia filogenética juega un papel muy importante en todo ordenamiento de tipo social o gregario.
“La existencia de un orden jerárquico es un fenómeno constante que se observa en todos los vertebrados superiores que, a pesar de ser agresivos, viven en comunidades. No tengo conocimiento de ninguna excepción a esta regla.” [[94]]
No es nada difícil descubrir la conveniencia de una vida grupal ordenada por este principio. Sobre todo si se tiene presente que el desorden social posibilita y hasta fomenta la libre agresión de los miembros de un grupo entre sí. También en este aspecto hallamos una contradicción insanable en las teorías supuestamente progresistas que promueven la eliminación de las jerarquías y, simultáneamente, proclaman la necesidad de suprimir todo tipo de agresividad. Para desgracia de estas teorías, sucede que lo único que puede impedir efectivamente la agresión social es justamente el ordenamiento jerárquico.
La etología ha demostrado que ya los niños muy pequeños tienen una tendencia a la jerarquización, al punto en que, en este sentido, es más conveniente controlarlos que incitarlos. Y el estudio del comportamiento social del adulto revela que, al margen de un inocultable afán por alcanzar niveles jerárquicos superiores, al ser humano le es igualmente innata también la disposición a la subordinación cuando se halla frente al nivel jerárquico de una capacidad manifiesta y evidentemente mayor que la suya.
La disparidad y el ordenamiento jerárquico constituyen factores especialmente necesarios para la actual sociedad postindustrial. Es impensable la producción de bienes y servicios a la escala en que hoy resultan necesarios sin un adecuado ordenamiento de las decisiones por niveles de responsabilidades escalonadas. Pero el criterio no es válido tan sólo en ámbitos fuertemente estructurados. Mantiene su validez incluso en el caso de los “grandes solitarios”, o los individualistas excéntricos, ya que en muchos casos la sociedad entera se beneficia precisamente de esos “genios marginales” que con frecuencia resultan ser grandes contribuyentes a la cultura. Tampoco estos seres excepcionales pueden concretar su aporte si se los iguala artificialmente aplastándolos y rebajándolos al nivel promedio de la gran masa.
El incremento del interés por las cuestiones ecológicas y el creciente sentido de responsabilidad por un medioambiente sano deberían ampliarse para abarcar también el entorno mental, psíquico y social del Hombre.
La teoría ambientalista, tal como hoy se encuentra formulada, adjudica poderes casi sobrenaturales al entorno sobre el ser humano. El igualitarismo, por añadidura, postula la posibilidad de igualar a las personas precisamente a través de dicho entorno, en especial el socioeconómico y el educativo. Lo que se niegan obstinadamente a ver los sostenedores de estas teorías es que, con ello, se pone a riesgo todo el mundo interior del ser humano. Porque para ese libre desarrollo de la personalidad que tanto se desea y se predica, es indispensable un despliegue – dentro de lo posible sin mayores trabas – de capacidades innatas que son, al menos en un grado relevante, heredadas y heredables siendo que buen número de ellas resulta sumamente refractaria a la influencia ambiental.
En los últimos años, algunas ramas de la psicología han obtenido muchos conocimientos nuevos gracias a la aplicación de métodos estadísticos. El análisis de correlaciones y de toda una serie de otros indicadores ha producido resultados realmente sorprendentes a tal punto que muchas opiniones anteriores – que en realidad descansaban tan sólo sobre la autoridad profesional de sus sostenedores – han debido ser desechadas o, al menos, sustancialmente modificadas.
Los procedimientos del análisis estadístico aplicados a la psicometría son complejos y no pueden ser expuestos en detalle aquí. No obstante, para el lector no familiarizado con este tipo de análisis le serán de utilidad algunas guías básicas.
Por de pronto, los datos psicológicos, pueden ser estadísticamente representados y analizados por medio de una conocida nuestra con quien ya hemos tenido oportunidad de tropezar antes: la curva de distribución normal. Pero ¿de dónde provienen los datos psicológicos? La respuesta es: estos datos se obtienen de tests cuidadosamente diseñados y evaluados como, por ejemplo, los tan debatidos, discutidos y controversiales tests de inteligencia.
Justamente en el terreno de la investigación sobre la inteligencia se han obtenido resultados irrefutables desde que Arthur R. Jensen [[95]] publicara, en 1969, su revolucionario trabajo en el Harvard Educational Review y a pesar de que muchos dudaran en un primer momento de la posibilidad de poder medir el Cociente Intelectual (CI) [[96]] por razones metodológicas o ideológicas. Con todo, incluso teniendo en cuenta las investigaciones posteriores, la tesis fundamental de Jensen demostró ser correcta.
Los tests de inteligencia han recorrido un largo camino a lo largo de la Historia de la psicometría en la cual, básicamente, se pueden distinguir 5 orientaciones. La primera de ellas, que va desde 1882 hasta principios del Siglo XX, contiene los trabajos de Francis Galton [[97]] en Inglaterra, James McKeen Cattell [[98]] en EE.UU, Hugo Münsterberg [[99]], Emil Kraepelin [[100]] y Hermann Ebbinghaus [[101]] en Alemania, Alfred Binet [[102]], Victor Henri [[103]] y Edouard Toulouse [[104]] en Francia. Si bien estos trabajos pioneros fueron importantes (el test de Tolouse-Piéron sigue utilizándose hasta el día de hoy para evaluar concentración y resistencia a la monotonía), en general no brindaron resultados que terminaran de satisfacer a los investigadores.
La segunda orientación se inicia con los trabajos posteriores de Afred Binet. Las tentativas de establecer niveles de inteligencia habían fallado porque, según lo que descubrió Binet, por un lado el material empleado era inadecuado y, por el otro, no relacionaban las mediciones con la edad del sujeto. Así Binet desarrolló procedimientos que permitían medir la "Edad Mental" del sujeto investigado. La Escala de Binet tuvo un éxito extraordinario y sufrió muchas revisiones, modificaciones y ajustes. La revisión más exitosa (test de Stanford-Binet) fue la realizada hacia 1916 por Lewis Madison Terman [[105]] en la Universidad de Stanford, vuelta a revisar en 1937 y también más tarde. Una de las modificaciones más importantes consistió en la propuesta de Frederick Kuhlmann y William Stern [[106]] de relacionar la Edad Mental con la Edad Cronológica del sujeto. Con ello, dividiendo la Edad Mental por la Edad Cronológica y multiplicando el resultado por 100 se obtuvo lo que hoy conocemos como el Cociente Intelectual.
Posteriormente, David Wechsler [[107]] del Hospital Psiquiátrico de Bellevue (EE.UU.) desarrolló las Escalas de Inteligencia, tanto para adultos (WAIS = Wechsler Adult Intelligence Scale) como para niños (WISC = Wechsler Intelligence Scale for Children). Probablemente el WAIS sea hoy el test psicológico más utilizado. Correlaciona sumamente bien con el Stanford-Binet con un índice de 0,82 – lo cual indica que los dos tests están midiendo prácticamente lo mismo – y, además, se ha verificado en forma empírica que predice satisfactoriamente la conducta futura del sujeto analizado.
La tercera orientación se inicia hacia 1917 con la necesidad de los norteamericanos de medir rápidamente la capacidad cognitiva de un gran número de personas. Para formar el ejército norteamericano que participaría de la Primera Guerra Mundial se necesitó diseñar un test capaz de evaluar rápidamente a miles de individuos en poco tiempo a fin de poder clasificar a los reclutas según sus capacidades. Un grupo de psicólogos bajo la dirección de Robert Mearns Yerkes [[108]] desarrolló dos clases de tests: el "Alfa" – dirigido a ciudadanos con cierto nivel educativo y con el que bastaban algunas indicaciones verbales al grupo examinado – y el "Beta", dirigido a extranjeros o analfabetos, que no empleaba palabras sino figuras, dibujos y otros elementos "culturalmente neutros". Estos tests se aplicaron a unos dos millones de personas y, con distintas variantes, siguen empleándose en aquellos casos en que la cantidad de evaluados es considerable y no se dispone de tiempo o de medios para realizar evaluaciones individuales.
La cuarta orientación comprende los tests de personalidad – como por ejemplo el del suizo Hermann Rorschach [[109]] – y que, en rigor, no corresponden del todo a nuestro tema ya que se orientan más a una evaluación cualitativa de la medición pero que, de todos modos, tienen un alto valor proyectivo.
La quinta orientación corresponde a la evaluación estadística de los datos arrojados por los diferentes tests. Analizando el tema en profundidad, se descubre pronto que, si bien los tests bien diseñados son fiables y válidos, con lo que poseen una utilidad práctica indiscutible, siguen sin responder a una serie de preguntas que desde siempre han inquietado a los investigadores. Por de pronto: ¿qué es lo que miden exactamente estos tests? La pregunta no es irrelevante porque definiciones de "inteligencia" las hay por docenas y no todas coinciden. Por otra parte: ¿cómo podemos estar seguros de que un determinado test mide efectivamente lo que queremos medir y no algún factor que, por algún motivo, correlaciona con el objetivo de nuestra medición?
La respuesta a estos y similares interrogantes la dio una técnica estadística conocida como análisis factorial que permite averiguar experimentalmente qué es lo que un test está midiendo. El primero en proponerla y utilizarla fue Charles Spearman [[110]] que publicó su teoría en 1927. A partir de su observación de que los puntajes de los niños en edad escolar correlacionaban positivamente en una amplia variedad de temas aparentemente no relacionados, Spearman dedujo y demostró que existe un elemento – al que llamó capacidad mental genérica o "g" – que subyace a todo rendimiento de capacidad cognitiva. En otras palabras: sea como fuere que queramos definir a la inteligencia, lo que miden los diferentes tests es, esencialmente, un factor común a toda capacidad cognitiva.
La teoría de Spearman se basaba en dos factores. Raymond Cattell [[111]] la expandió a varios factores y elaboró una teoría multifactorial para explicar la inteligencia. Así, pudo distinguir, por ejemplo, entre una "inteligencia fluida" y una "inteligencia cristalizada". La inteligencia fluida, o razonamiento fluido, es lo que nos permite pensar lógicamente y resolver problemas en situaciones novedosas, en forma independiente de nuestros conocimientos previamente adquiridos. Es esencial para resolver problemas científicos, matemáticos y técnicos ya que incluye el razonamiento tanto inductivo como deductivo. Por su parte, la inteligencia cristalizada es nuestra capacidad para utilizar nuestras habilidades, nuestro conocimiento y nuestra experiencia. No debe confundirse con memoria o con conocimientos enciclopédicos, aunque funciona accediendo a los datos que guarda la memoria de largo plazo. La inteligencia cristalizada se refleja en la profundidad y en la amplitud de conocimientos de una persona, en su vocabulario y en su capacidad para razonar utilizando palabras y números. Es el producto de la experiencia educacional y cultural interactuando con la inteligencia fluida.
El análisis factorial permitió barrer con la gran mayoría de las objeciones que se le hacían a los tests de inteligencia. Por de pronto, brindó un fundamento teórico coherente a los tests demostrando que en la mayoría de las funciones cognitivas interviene un factor común – el factor "g" – que se caracteriza esencialmente por la capacidad para la abstracción y para la comprensión de relaciones. Por otra parte, el mismo análisis factorial demostró que hay capacidades cognitivas no relacionadas con el factor "g" y que resultan necesarias para obtener el perfil mental completo de un sujeto a evaluar. Por ejemplo, en el área de la emotividad el análisis factorial permite acceder a la evaluación de la madurez emotiva y de tendencias tales como la intraversión o la extraversión.
Por supuesto, es comprensible que estos nuevos descubrimientos generaran una gran controversia al poner a descubierto diferencias sustanciales incluso entre personas del mismo medio social, idénticas condiciones económicas y el mismo nivel educativo. Es que estas diferencias no se ajustan a los deseos de muchos sociólogos teóricos y de la enorme mayoría de los políticos. En todo caso y aun así, que los datos obtenidos resulten ignorados, tergiversados y hasta combatidos por motivos ideológicos resulta deplorable y, en realidad, indigno de nuestro siglo. Pero el hecho es que, en muchos casos, ciencias conexas como la etología, la genética humana, o la sociología antropológica, han verificado los descubrimientos, confirmándolos y constatándolos en forma fehaciente. De hecho, la colaboración interdisciplinaria no ha hecho más que aumentar en forma constante.
H.J.Eysenck resumió hace ya varios años lo esencial de los nuevos conocimientos en un libro con el título bastante provocativo de “La Desigualdad del Hombre”. En él aspira a ser considerado como alguien que convoca a todos los que tienen el deseo de mejorar nuestra convivencia puesto que – en sus propias palabras – “muchas, sino todas, las cuestiones políticas tienen un fundamento psicológico y el conocimiento de los principios y descubrimientos psicológicos debe integrarse a todas las decisiones políticas que se tomen.” [[112]]
Complementando los hallazgos de la biología y la genética, Eysenck señala que las mediciones del Cociente Intelectual demuestran que la inteligencia en sus múltiples manifestaciones está hereditariamente determinada en buena medida y muy probablemente en su mayor parte. De aquí se explican también las diferencias que se observan en su distribución puesto que, como ha quedado científicamente demostrado, la igualdad hereditaria es un mito. En otras palabras: la igualdad es una expresión de deseos; no es un hecho.
Por de pronto, varias series de correlaciones han arrojado resultados sorprendentes. Así, por ejemplo, existe una casi perfecta coincidencia entre el prestigio social de una profesión y el CI promedio de quienes se dedican a ella. Por el contrario, la correlación entre el CI y la remuneración percibida ya es bastante menor. Esto demuestra la sensibilidad y la básicamente justa evaluación que el entorno social hace de los distintos estratos profesionales aun cuando el mercado laboral haga una evaluación económica algo distinta. En todo caso, un orden jerárquico natural, vertebrado según capacidades intelectivas reales, resulta reconocido y aceptado por la sociedad en general.
Especialmente incómodos para las concepciones vigentes resultan ser los resultados obtenidos en el ámbito educativo y pedagógico. Muchas investigaciones norteamericanas han demostrado que los institutos de enseñanza primarios y secundarios aportan muy poco al nivel intelectivo general alcanzado por los alumnos. En general, los inteligentes se destacan por sobre los menos inteligentes y el CI con el cual los alumnos salen de las instituciones es proporcional al que tenían como predicción estadístico-genética cuando entraron en ellas. Lo que el sistema educativo aporta en este campo es un conjunto de conocimientos y de hábitos; pero no aporta inteligencia a quien no la tiene. El viejo adagio aquél de "lo que natura non da, Salamanca non presta" sigue siendo válido y ningún sistema educativo ha logrado demostrar lo contrario.
En el campo de la criminología, para los comportamientos socialmente indeseables también se ha constatado que la herencia juega un papel muy importante en la génesis del comportamiento criminal, lo que ha confirmado plenamente las observaciones de genetistas anteriores. Para desórdenes mentales tales como la neurosis y la esquizofrenia, Eysenck encuentra la misma fuerte determinación genética que hallaron, en forma independiente, los especialistas en genética humana. [[113]]
Igualmente comprobado está el hecho de que las normas de comportamiento diferenciadas para ambos sexos tienen su fundamento genético. Quedan muy pocas dudas acerca de que existen bases genéticas para las diferencias sexuales tanto en lo que se refiere al comportamiento como en cuanto a la personalidad. Esto es válido tanto para las actitudes audaces o temerosas, agresivas o defensivas; para una predisposición protectora o previsora, como también para las tendencias a la introversión o a la extraversión. Lo notorio es que, en esto, se obtienen resultados similares con miembros de culturas muy distintas y con grupos humanos muy separados los unos de los otros. Por ejemplo, las mujeres tienen una menor sensibilidad al dolor, mejor capacidad auditiva promedio y mejor olfato. Los hombres, por el contrario, poseen en promedio una mejor capacidad visual y mayores aptitudes visual-espaciales en general.
Las características citadas a modo de ejemplo ya serían suficientes como para afirmar que las diferencias esenciales entre los sexos no son obra de la imaginación cultural o la dictadura de las costumbres. Estas diferencias no pueden ser adjudicadas a la influencia del medio o a la educación, tal como hoy todavía se insiste en afirmar, sino que se hallan ancladas en el caudal genético. Negar esta diferenciación y exigir una igualdad completa y en todos los ámbitos para ambos sexos constituye, fundamentalmente, un sinsentido.
Además, implica también una pérdida innecesaria de posibilidades, porque también en esto la naturaleza ha creado mayores posibilidades de eficacia mediante una amplia diferenciación que, en las sociedades humanas bien constituidas, produce una complementación óptima bajo circunstancias normales. Con la igualación de las diferencias y con una negación de las polaridades existentes lo único que se consigue es una reducción de las posibilidades que los sexos tienen de complementarse; para no hablar de los dramas personales y del sufrimiento que ocasiona en muchos casos individuales la suplantación de la complementación sexual por la competencia entre los sexos. Sólo el reconocimiento y el respeto por la diferencia puede lograr que se asuma plenamente el hecho de haber nacido de uno u otro sexo.
De un modo singularmente decisivo han resultado ser los estudios realizados por la psicología sobre personas educadas juntas en condiciones casi idealmente iguales como es, por ejemplo, el caso de los huérfanos del mismo orfanato. Los resultados son muy explícitos. En estos orfanatos, la disminución de las diferencias existentes entre los internos, adjudicable a un medioambiente idéntico, es menor del 20%.[[114]] Lo curioso es que los trabajos de Jensen, realizados allá por 1972 y con un distinto punto de partida, ya habían conducido a resultados muy similares; sólo que el mundo académico se resistió a aceptarlos.
Por consiguiente, incluso un medioambiente idéntico y controlado sólo puede producir igualdades psíquicas y mentales en muy escasa medida, y esto sin entrar ahora a considerar que un medio de estas características solamente puede establecerse con un grado muy elevado de coerción. Pero, aun suponiendo que ese grado de coerción fuese aceptable – que no lo es – sigue siendo cierto que ni siquiera una imposición coercitiva de esa clase, actuando persistentemente sobre algunas generaciones, conseguiría fijarse genéticamente y perpetuarse en las generaciones siguientes. Para que ello ocurra hacen falta los milenios de la evolución, un tiempo que obviamente es demasiado largo para servir de referencia en el diseño de programas educativos. El “Hombre Nuevo” de algunas ideologías es sencillamente imposible de lograr por estos medios. Tampoco una educación “compensatoria”, “emancipadora” o “progresista” – sea de la índole que fuese – se hallaría en condiciones de influir tan decisivamente sobre la naturaleza del Hombre como para producir semejantes modificaciones igualadoras.
La desaparecida Unión Soviética tuvo a su disposición 70 años para lograr ese "Hombre Nuevo" del cual hablaban y siguen hablando los ideólogos. Hacia la década de los 1960 el sistema educativo soviético era ya amplio y muy bien organizado. En el nivel preescolar los jardines de infantes y las guarderías se hallaban bajo la autoridad del Ministerio de Sanidad. Para evitar el individualismo, se diseñaron juguetes colectivos y se le dio suprema importancia al espíritu social. En la educación elemental la finalidad establecida era enseñar a los alumnos a vivir, estudiar y trabajar en forma colectiva. Se presionaba a los alumnos con un continuo adoctrinamiento, con muchos deberes para hacer en casa. La presión llegaba al punto de prohibir a los menores de 16 años a andar por la calle después de las 10 de la noche. En días laborables no podían ir a un espectáculo público sin el acompañamiento de un mayor de edad.
En la enseñanza media, con alumnos de entre 11 y 15 años, el objetivo del ciclo era preparar a los alumnos en ciencias, en matemáticas y en la interpretación marxista de los fenómenos sociales y políticos. La URSS tuvo, en total, unas 5.000 escuelas de enseñanza profesional y técnica y para 1966 unas 14.300.000 personas habían adquirido nuevas profesiones y especialidades.
La enseñanza terciaria se hallaba a cargo de 48 universidades y unos 700 institutos de enseñanza superior. Pero este nivel ya era altamente selectivo y reservado a los alumnos más aventajados. De hecho, sólo el 15% de los estudiantes egresados de la enseñanza media estudiaba en una universidad. El plan de estudios terciario establecía materias obligatorias para todos – marxismo-leninismo, economía política, materialismo, educación física, idioma extranjero – además de las materias propias de cada especialidad.
La educación de adultos formó una parte muy importante de la educación soviética. Hacia mediados de los años 1960 la URSS contaba con más de 10.000 centros educativos para adultos con 3.5 millones de personas que estudiaban fuera de sus horarios de trabajo. Existía, además, un complicado sistema de educación informal a base de museos, bibliotecas y visitas guiadas. El tercer canal de TV de Moscú estaba íntegramente dedicado a la enseñanza. La literatura escolar, con ediciones de hasta 100 millones de ejemplares, representaba el 27.5% del total de publicaciones. [[115]]
La pregunta es: ¿consiguieron los soviéticos crear un "Hombre Nuevo" con este enorme aparato? No. No lo consiguieron. Obtuvieron una alta tasa de alfabetización, muy buenos técnicos, excelentes matemáticos, investigadores e ingenieros altamente capacitados. Pero la igualación cultural de todos los ciudadanos soviéticos no la lograron, ni siquiera en algún grado, a pesar de que por ese aparato educativo, en 70 años de existencia, pasaron tres generaciones enteras de seres humanos. Bastó la perestroika, la glasnost y la aventura de Yeltsin para que toda la "cultura socialista" se desmoronara como un castillo de naipes y el imperio soviético se fragmentara a lo largo de sus líneas etnoculturales tradicionales. Los que creen que se puede cambiar esencialmente al ser humano a través del aparato educativo le están pidiendo a la educación algo que la educación simplemente no puede dar.
La gran cuestión en todo esto es determinar en qué forma se pueden lograr, dentro de una sociedad, mejores posibilidades y condiciones para obtener un orden jerárquico correcto fundamentado en la selección adecuada y justa. Eysenck señala al respecto tres factores mínimos:
“Talento, disposición, capacidad. Cualquier sistema selectivo que no considere adecuadamente estos elementos esencialmente innatos conduce por fuerza al desesperante y monocorde nivel de la mediocridad. Es la biología la que le pone límites al igualitarismo.” [[116]]
Esto se verifica muy especialmente en las sociedades actuales que presentan altos requerimientos culturales y tecnológicos y que, por lo tanto, necesitan tener profesionales eficaces y élites funcionales en todos los ámbitos. En las sociedades de alta complejidad como la nuestra cada uno debe poder confiar en la función de una cantidad mucho mayor de personas, y esto de un modo mucho más necesario que en las sociedades más simples o más primitivas. Esto es porque cada individuo depende mucho más de la capacidad profesional y de las decisiones de amplios sectores especializados. Esta es la razón por la cual una de las consecuencias más fructíferas de la desigualdad humana es que distintas personas, con diferentes capacidades, caracteres y temperamentos también diferentes, resultan aptas para el desempeño de funciones distintas pero que en su conjunto resultan necesarias y útiles a toda la comunidad.
La psicología señala, pues, la necesidad vital de un orden jerárquico, de instituciones, de estratificaciones sociales y de valores, no solamente para la contención del individuo aislado sino, además, para la vertebración armónica del conjunto social. H. Domizlaff, [[117]] un especialista en psicología social, dice al respecto:
“Todo programa que implique un perfeccionamiento idealista del mundo basado en el supuesto de una normalización de Hombres buenos y de matrices éticas estandarizadas resulta torpe, antinatural, y por ende, irrealizable. El objeto de una comunidad viviente es la síntesis y la coordinación dinámica de la mayor diversidad posible de talentos, caracteres y temperamentos. Es completamente inútil y torpe tratar de uniformar a todos los ciudadanos con exactamente los mismos deberes, los mismos derechos y las mismas pautas de comportamiento.[[118]] (...) En toda estructura que quiera tener posibilidades de supervivencia, una igualación carece de sentido. La naturaleza obliga a los Hombres a integrarse como elementos constructivos de un organismo superior dentro de las diversas posiciones, grupos y organizaciones, todas las cuales tienen por misión concretar funciones parciales que recién en su totalidad orgánica garantizan la capacidad de supervivencia”. [[119]]
Naturalmente, esto es válido a condición de no exagerar sus términos y convertirlo en "multiculturalismo". Como veremos más adelante, el multiculturalismo fracasa porque lo fructífero es la diversidad dentro de una misma cultura y no la superposición de culturas diferentes, con cosmovisiones divergentes.
Por último, la psicología subraya también la influencia que tienen valores compartidos sobre el comportamiento de los grupos humanos y halla que estos valores se ordenan de acuerdo a su importancia. De hecho, tal como lo señala P. Hofstätter [[120]], resulta inimaginable como:
“. . . los cuerpos colegiados podrían estar en condiciones de sesionar seriamente y de tomar decisiones si no consiguen – o si no han conseguido de antemano – obtener entre sus miembros un consenso fundamental en lo referente a la aceptación de una determinada jerarquía de valores.” [[121]]
Por ello es que el establecimiento firme de una escala de valores constituye una necesidad vital para cualquier pueblo. Una igualdad de todos los valores, o lo que es peor aun: una relativización completa de los mismos, es algo que ninguna sociedad puede permitirse si es que pretende perdurar. Un orden jerárquico de valores es tanto una necesidad psicológica como social y política.
La sociología puede ser considerada – al menos parcialmente y cuando no cae en una teorización irreal – como una ciencia empírica. Varios sociólogos se han ocupado del tema de la desigualdad. En 1976 se publicó un interesante trabajo con el aporte de varios sociólogos titulado “La Desigualdad Social”.[[122]] En el mismo sus autores expresaron su posición respecto de los factores que mantienen y aumentan la desigualdad social.
J. Freund sostiene allí en su apretado aporte que la misión de toda crítica social honesta es la de “reconocer que la desigualdad es indispensable, pudiendo constituir una gran ventaja para el orden social.” No existe, a la larga, ninguna sociedad sin un orden jerárquico pues, como lo señala el mismo autor en otra obra, “una sociedad rígidamente igualitaria estaría condenada al estancamiento. Por su propia rigidez estructural sólo podría imitarse a sí misma.” [[123]]
En la imposibilidad fáctica de imponer la igualdad real, los hechos concretos han obligado al igualitarismo a optar por una solución de compromiso. Consiste en sostener la igualdad jurídica y política por un lado mientras, simultáneamente, se acepta y hasta se promueve la diversidad cultural. Incluso en lo que llevamos visto hasta aquí, forzoso es reconocer que existe el riesgo de las exageraciones y bien podría ser que el magnificar abusivamente la necesidad de la diversidad tiente a algunos con soluciones similares. Es preciso pues hacer aquí un alto y señalar los límites aceptables de la diversidad puesto que, obviamente, ésta también los tiene.
Durante la segunda mitad del Siglo XX y principalmente por cuestiones socioeconómicas, tanto en EE.UU. como en varios países europeos se fomentaron inmigraciones de personas provenientes de los entornos etnoculturales más dispares. En lo esencial y en la enorme mayoría de los casos, se trató del reclutamiento de mano de obra barata destinada a tareas que la población local, o bien ya no quería realizar, o bien estaba dispuesta a realizar pero con costos sensiblemente más elevados. A este proceso socioeconómico se lo cubrió y justificó apelando primero a los argumentos de la tolerancia y la no-discriminación, para más tarde construir toda una teoría acerca de las esperadas bondades del multiculturalismo con argumentos muy similares a los que hemos venido exponiendo aquí en cuanto a que las disimilitudes y las divergencias aumentan el potencial de opciones de los que dispone una sociedad.
Los efectos negativos de esta teoría ya han aparecido tanto en los EE.UU. como en Europa, y han generado varios intentos de limitación de inmigraciones. El golpe más rudo a la tendencia multicultural, sin embargo, provino del país que probablemente con mayor intensidad adoptó la teoría. La canciller alemana, Angela Merkel, declaró en Octubre de 2010 lisa y llanamente: “La tendencia multicultural ha fracasado absolutamente”, y el primer ministro bávaro Horst Seehofer fue aun más drástico: “El multiculturalismo ha muerto”. [[124]] Aun cuando, naturalmente, intentaron luego suavizar sus declaraciones y aun teniendo en cuenta cuestiones de oportunismo político, el sólo hecho que políticos destacados del establishment actual se hayan atrevido siquiera a ser tan críticos – y nada menos que en Alemania – resulta relevante. Al respecto, el diario holandés DeVolsksrant señaló, con notable acierto:
“Alemania inició el debate sobre la 'Leitkultur', un concepto según el cual la cultura occidental debía ser la dominante. Por desgracia, este debate se extinguió cuando llegó a lo que quizás sea lo esencial de la cuestión: ¿es posible que nazca una nueva sociedad bajo la influencia de la inmigración, en la que existen valores totalmente distintos? ¿O bien existen valores fijos a los que no se puede renunciar?” [[125]]
En efecto, en las últimas preguntas reside el meollo de la cuestión. Como hemos venido explicando, una cultura se sostiene con la diversidad; no con la igualdad. Pero cada cultura se sostiene con su propia, particular, diversidad. Cuando la diversidad de otra cultura irrumpe en la diversidad de una cultura existente – es decir, y aunque parezca paradójico: cuando la diversidad establecida de un sistema cultural resulta alterada por otra diversidad ajena a dicho sistema cultural – el conflicto termina siendo inevitable. En estos casos, el resultado dependerá, o bien de los factores de poder político en juego, o bien de la tolerancia o intolerancia de los factores culturales en pugna.
Es muy posible que nazca una nueva sociedad bajo la influencia de la colisión de valores totalmente diferentes. Ha sucedido muchas veces a lo largo de la Historia en el caso de pueblos que resultaron conquistados por otros. Pero la nueva sociedad así creada, con toda probabilidad, no será similar a ninguna de las dos originariamente intervinientes en el proceso. O bien la sociedad existente asimilará el nuevo aporte y lo integrará tomando de él lo que sea integrable; o bien el nuevo aporte impondrá sus condiciones tolerando o aceptando aquellos elementos de la sociedad conquistada que pueda asimilar. En cualquiera de los dos casos, el sistema resultante será diferente – y por regla general muy diferente – de cualquiera de las dos culturas en pugna.
Las culturas no son intercambiables y, en cuanto a los individuos, las posibilidades de la transculturación tienen sus límites. Toda cultura tiene valores fijos ante los que no puede declinar sin renunciar a sí misma desde el momento en que uno de los fundamentos principales de cualquier cultura reside, justamente, en un preciso y bien determinado conjunto jerárquico de valores. Alterado ese núcleo ordenador del sistema, o bien se derrumba todo el sistema, o bien se reordena de acuerdo con un nuevo complejo axiológico dando por resultado otro sistema enteramente diferente.
Por consiguiente, desde el punto de vista de la sociedad, la diversidad y el escalonamiento jerárquico de esa diversidad, con la consiguiente formación de élites, es un elemento positivo – de hecho, no sólo positivo sino hasta inevitable – pero que debe ser mantenido dentro de los límites que establecen los valores culturales fundacionales de dicha sociedad. Si la igualdad tiene sus límites en las funcionalidades básicas comunes a todos los seres humanos y se vuelve insostenible en las funciones de más alta complejidad, la diversidad también encuentra sus límites en los valores supremos propios de cada cultura puesto que estos valores son los que más la definen otorgándole coherencia, consistencia e identidad propia.
El sostenimiento, la afirmación, la defensa y el desarrollo armónico de estos valores es precisamente una de las funciones culturales principales – y acaso la función cultural por excelencia – de la élite sociopolítica, responsable por las funciones de síntesis, previsión y conducción de la sociedad; funciones que, en última instancia, son las esenciales de todo Estado.
Establecidos los límites necesarios, sigue siendo válido que, si deseamos tener instituciones eficaces y eficientes dentro de una cultura, necesitaremos expertos; es decir: profesionales aptos para cada uno de los ámbitos altamente especializados que requieren los complejos problemas actuales. No cualquiera puede cualquier cosa de un modo eficaz. No existe, no puede existir, una especialidad universal desde el momento en que un concepto semejante negaría hasta el concepto mismo de la especialidad.
Esta idoneidad profesional específica produce en todas las instituciones y organizaciones un ordenamiento jerárquico completamente natural y crea élites que no son sino la típica forma postmoderna de la aristocracia. En sus conclusiones Freund establece que:
“La desigualdad social es exactamente tan inevitable como la desigualdad natural. Cada sociedad se halla ordenada de un modo jerárquico y todas las actividades que se realizan dentro de ella se hallan conducidas, directa o indirectamente, por minorías; es decir: por élites.” [[126]]
El mundo postmoderno de ningún modo escapa a esta regla. En las sociedades actuales la existencia de élites y aristocracias es casi exactamente algo tan real como lo fue en las sociedades antiguas. Lo que sucede es que el discurso político-ideológico postmoderno es fuertemente discordante. Hay un discurso que pretende negar – no sin fuertes dosis de hipocresía – la existencia misma de las aristocracias actuales haciendo referencia a una democracia formal. Por el otro lado, también hay otro discurso que señala precisamente a estas aristocracias como un obstáculo a la verdadera democracia y exige su eliminación. Ambos discursos, sin embargo, se fundamentan en la afirmación del igualitarismo y tanto la hipocresía de una como la combatividad de la otra revelan tan sólo que las aristocracias político-económicas actuales se asientan sobre valores que no son aceptados por el conjunto de la sociedad.
No obstante, las élites político-económicas no son, y por lejos, las únicas que intervienen en la arquitectura social. Aparte de ellas existe todo un complejo entramado de élites profesionales, culturales y sociales que no por ignoradas o hasta negadas resultan ser menos operantes. Además, paralelamente a estas élites que necesita toda sociedad compleja con estructuras internas altamente interrelacionadas, la sociología también señala la existencia y la necesidad no menor de élites éticas.
Estas élites tienen la misión de mantener algo muy delicado; algo que – en un sentido estadístico – resulta muy improbable pero que conlleva un alto factor de ordenamiento. A. Gehlen lo describe del siguiente modo:
“El caos debe interpretarse completamente en el sentido de los antiguos mitos: el cosmos es divino y se halla amenazado (. . .) lo inverosímil en él es la cultura.” [[127]]
Por ello es que hay un “naturalismo” negativo consistente en el afán de regresar al “Hombre natural” despojándolo de la estructura jerárquica sostenedora de la cultura, de la tradición y de las instituciones funcionales. Esta tendencia regresiva produce la nivelación hacia abajo – es decir: la primitivización – que fomentan los medios masivos de difusión actuales y cuyos efectos consisten en hacer descender el nivel de exigencia cultural y moral que cada individuo se impone tanto a sí mismo como a sus proyectos. Con ello se produce una descomposición sutil de la cultura y del intelecto que, a su vez, se refleja en el idioma. Cuando todas las expresiones y opiniones adquieren la misma relevancia, (o la misma irrelevancia); cuando todo es discutible y relativo; cuando se pone en tela de juicio la existencia misma de la verdad, la desorientación resultante hace que el nivel general forzosamente tenga que bajar en perjuicio del conjunto. Si todos los pensamientos valen lo mismo, nadie se sentirá estimulado a tener un pensamiento más certero, más elevado o más creativo.
En esta situación puede muy bien suceder que, dada esta pérdida de nivel mental, la persona ya se encuentre imposibilitada de responder adecuadamente a las exigencias rápidamente cambiantes y crecientes de la civilización. Con ello, los fundamentos psicológicos y éticos sobre los que descansa la diferenciación social y la división del trabajo, se vuelven insuficientes – por incomprendidos – y se termina buscando chivos expiatorios y explicaciones extravagantes que nada, o muy poco, tienen que ver con las situaciones reales.
La sociología señala que la conducción política necesita indispensablemente de élites que comprendan su misión y que ejerzan el poder y la autoridad a fin de evitar el caos y la anarquía generalizadas.
“Precisamente en las democracias, que no tienen el coraje del poder porque no quieren ni pueden tolerar »Señores« , el señorío descartado se transforma en violencia. Con ello, sin embargo, un Estado libre, una república, se entrega – casi diríamos constitucionalmente – al capricho de la masa. La Constitución, que tan libremente se ha dado a sí misma, se convierte en una Carta Magna de la incultura.” [[128]]
De modo que, también desde este punto de vista, el orden social con una élite dirigente constituye una institución vital imprescindible.
Desde la óptica jurídica se verifica exactamente lo mismo puesto que la subsistencia o desaparición de todo Estado de Derecho depende de la diferenciación que se establece entre Estado y sociedad. La desigualdad que caracteriza a la vida social halla su contrapartida dialéctica en la equidad política garantizada a los ciudadanos. A su vez, esta equidad política se halla necesariamente limitada al pleno desarrollo de las posibilidades personales efectivamente existentes en el marco de una igualdad de oportunidades que no presupone una igualdad de capacidades.
De este modo, a la par de la inevitabilidad de la desigualdad antropológica se verifica también la desigualdad sociológica. El orden jerárquico y las élites no son, por lo tanto, fósiles históricos superados por el desarrollo de las sociedades postmodernas sino, por el contrario, realidades culturales, biológicas, sociológicas y, por lo tanto, también políticas.
De hecho, en más de 10.000 años de Historia, ninguna sociedad humana – incluidas las liberales y las marxistas – ha podido prescindir ni de la jerarquía, ni de la élite, por más ficciones igualitaristas que se hayan declamado en lo ideológico y en lo propagandístico.
Las jerarquías y las élites son imprescindibles. Constituyen una necesidad natural y cultural. Las instituciones y las organizaciones humanas necesitan poseer estructuras jerárquicas. Todos los ámbitos de la realidad que se hallan sujetos a una exigencia de eficacia y eficiencia en materia de reducción de tensiones, planificación a largo plazo, toma de decisiones y liderazgo efectivo imponen hoy una división coordenada del trabajo y, con ello, un orden escalonado de responsabilidades y de niveles de decisión.
El tipo de jerarquía y la gradación del escalonamiento de responsabilidades y competencias es algo que, por supuesto, es necesario evaluar en cada caso particular. En esto, como en muchas otras cosas, no hay ni panaceas ni soluciones universalmente válidas. La decisión pertinente dependerá en lo esencial de los elementos históricos, sociales, etnoculturales, económicos y políticos existentes en el contexto particular de los grupos humanos reales que constituyen los pueblos y las naciones. Pero en toda consideración sociopolítica no se pueden pasar por alto las condiciones biopsíquicas básicas que, como marco de referencia obligado, la naturaleza le ha dado al ser humano.
Solamente respetando los límites reales y naturales del Hombre se puede lograr el máximo de justicia social con el máximo de libertades concretas. La justicia absoluta y la igualdad absoluta son entelequias, categorías abstractas que, además de ser irreales, hasta se excluyen mutuamente. Exigir ambas y pretender la libertad por añadidura es prueba, o bien de una ignorancia supina, o bien de una mala fe manifiesta.
El discurso demagógico, por más que prometa un mundo más humano y la eliminación de las incoherencias socioeconómicas y sociopolíticas actuales, no puede cumplir sus promesas violentando la naturaleza misma del cosmos y del Hombre. El ser humano podrá, por cierto, promulgar sus propias leyes de convivencia: pero no puede derogar las leyes naturales. Podrá gobernarse a si mismo en función de su libre albedrío, aceptando las responsabilidades correspondientes; lo que no puede pretender es gobernar al Universo del que forma parte. En la soberbia de su ceguera intelectual puede malinterpretar las leyes del Cosmos y hasta negarlas, pero de ello lo único que ha surgido en el pasado y surgirá en el futuro es una serie de errores, crisis, y tragedias.
Los conocimientos que aportan las ciencias empíricas actuales ofrecen una base de partida sólida, sustancialmente mejor que aquella que tuvieron las generaciones anteriores. Es hora de deshacernos del lastre de ideologías anticuadas y obsoletas, creadas por una época que creía en la natural bondad y perfección del ser humano primitivo así como en la perspectiva de la infinita educabilidad del Hombre y en la virtual omnipotencia del medioambiente. Los conocimientos que hemos adquirido en las últimas décadas demuestran en forma palmaria que estas propuestas utópicas no sólo están reñidas con la realidad objetiva sino – peor todavía – resultan totalmente inviables puesto que chocan de frente con la real naturaleza misma del ser humano.
El ser humano no es ni "bueno" ni "malo" en términos absolutos. La discusión entre el optimismo y el pesimismo antropológico ha demostrado ser completamente irrelevante a los fines sociopolíticos prácticos. El Hombre real es lo que es. Se halla dotado de albedrío ético y su comportamiento moral depende de su voluntad, de los límites que le marcan sus posibilidades biopsíquicas y de su formación etnocultural. Ninguno de estos factores es absolutamente hegemónico y ninguno de estos factores puede ser ignorado.
En todo caso, lo cierto es que los seres humanos no somos iguales. Organizarnos "como si" lo fuésemos, al igual que organizarnos para serlo, es un error que más temprano que tarde terminaremos pagando caro. Necesitamos élites. Élites que sepan armonizar las tensiones inevitables que genera la convivencia social; que sepan imaginar y planificar un futuro en términos positivos y viables; que sepan conducir y liderar dentro de un marco de justicia, equidad y libertades concretas; que sepan coordinar y ensamblar orgánicamente las diferencias naturales objetivas dentro de una arquitectura jerárquica que las respete haciendo valer los principios de la responsabilidad, la honestidad, el orden y la colaboración fructífera.
El futuro de nuestra cultura y de nuestra civilización depende de que ésta y las próximas generaciones tengan la voluntad y el coraje de aplicar en forma coherente estos principios. En ello, un sano y sólido pensamiento ético, moral y filosófico les será, sin duda, de gran ayuda. Pero no es el único respaldo con el que cuentan. Las ciencias empíricas, correctamente entendidas, también les brindarán una inestimable asistencia.
Denes Martos
24 de Abril 2011 -
Día de la Pascua de Resurrección.
Notas y Citas
[1] )- Samuel P. Huntington “The Clash of Cilizations”, Foreign Affairs, verano de 1993. – Tres años más tarde Huntington expandió el contenido de este artículo en su libro “The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order “ (1996).
[2] )- Niels Bohr: (1885-1962). Físico danés. Realizó importantes aportes a la comprensión de la estructura del átomo y al desarrollo de la física cuántica. Colaboró en el Proyecto Manhattan que le dio a los EE.UU. la bomba atómica.
Max Born: (1882-1970). Matemático y físico alemán. Premio Nobel de Física 1954 compartido con Walter Bothe.
Werner Heisenberg: (1901-1976). Físico alemán. Formuló el "principio de incertidumbre", fundamental para el desarrollo de la física cuántica. Premio Nobel de Física 1932.
[3])- Erwin Schrödinger: (1887-1961) Físico austríaco. Premio Nobel de Física 1933. Realizó importantes aportes a la mecánica cuántica y a la termodinámica. La "Ecuación de Schrödinger" describe la evolución de una partícula masiva no relativista.
[4])- John Gribbin: (1946-) Físico y científico norteamericano. Autor de varios libros sobre ciencia y artículos de divulgación científica.
[5] )- John Gribbin “Physics is a load of balls”, en http://www.lifesci.sussex.ac.uk/home/John_Gribbin/ consultado el 30/09/2010.
[6] )- Werner Heisenberg “Física y Filosofía”, (1959) Ed. La Isla, Buenos Aires. Disponible también en formato electrónico en: http://www.ignaciodarnaude.com/textos_diversos/Heisenberg,Fisica%20y%20Filosofia.pdf - consultado el 30/09/2010.
[7] )- Konrad Lorenz: (1903-1989). Médico y zoólogo austríaco. Trabajó sobre el comportamiento animal y humano y es considerado el fundador de la moderna etología que es la disciplina que estudia el comportamiento tanto de animales como de seres humanos. Director del Instituto Max Planck de Etología de Baviera. Premio Nobel de Fisiología/Medicina en 1973.
[8] )- Konrad Lorenz, “Der Mensch und Seine Sprache” 1979, pág. 178
[9] )- Karl W. Steinbuch (1917-2005) fue uno de los pioneros de la informática y de las redes neuronales artificiales. Fue miembro de la Academia Internacional de Ciencias y registró más de 70 patentes con innovaciones en el campo de la computación.
[10] )- Karl Jaspers: (1883-1969) Médico, psiquiatra y filósofo alemán. Destacado representante de la filosofía existencial, estrictamente diferenciada del "existencialismo" de Jean-Paul Sartre.
[11] )- Cf. H. Maier-Leibnitz en “Naturwissentschaftliche Rundschau” 28, N° 2, 1975.
[12] )- Heinz Maier-Leibnitz: (1911-2000) Físico alemán, presidente de la Asociación Alemana de Investigadores (Deutsche Forschungsgemeinschaft). Por su iniciativa y bajo su dirección se construyó el primer reactor nuclear alemán de investigación.
[13] )- Max von Laue: (1879-1960). Físico alemán. Premio Nobel de Física 1914 por su descubrimiento de la difracción de los rayos X en los cristales. Contribuyó, además, al desarrollo de la óptica.
[14] )- Citado por A. Hermann en “Die Welt”, del 10.10.1979
[15] ] – Santo Tomás de Aquino “Escritos Políticos”, Introducción; en http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages2/Aquino_SantoTomas/Aquino_EscritosPoliticos.htm consultado el 05/11/2010
[16] )- G.K.Chesterton, “Santo Tomás de Aquino”, Cap. I, en http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/Chesterton/SantoTomas/TomasDeAquino.htm , consultado el 06/11/2010
[17] )- K. Lorenz “Die Rückseite des Spiegels” 3ª Ed. 1973, pág. 30.
[18] )- Hans Jürgen Eysenck: (1916-1997) - Psicólogo alemán. Se radicó en Inglaterra después de 1934. Especialista en el estudio de la personalidad y en psicopatología. Doctor emérito de la Universidad de Londres.
[19] )- H.J.Eysenck “Die Ungleichheit der Menschen”, 1976, pág. 259
[20] )- Richard Benz: (1884-1966) Filósofo, escritor y especialista en la Historia de la cultura de la Universidad de Heidelberg de cuya ciudad fue nombrado ciudadano ilustre en 1954.
[21] )- R. Benz, “Geist und Reich”, 1933, pág.127
[22] )- Theodor Mommsen: (1817-1903) Historiador alemán. Se lo considera el más destacado investigador de la Antigüedad del Siglo XIX. Premio Nobel de Literatura 1902 por su Historia de Roma.
[23] )- Friedrich Schelling: (1775-1854) Filósofo alemán. Uno de los principales representantes de la filosofía del idealismo alemán.
[24] )- F. Schelling, “Lecciones sobre el método de los estudios académicos”, Losada, Buenos Aires, 1965.
[25] )- H. Maier-Leibnitz, Discurso ante el Congreso Anual de la Sociedad Alemana de Medicina y Ciencias Naturales, Berlin, 1974 – Cf. Naturwissentschafliche Rundschau 28, N°2, 1975, pág.41.
[26] )- Arnold Gehlen: (1904-1976) Filósofo y sociólogo alemán. Junto con Helmuth Plessner y Max Scheler, fue uno de los principales representantes de la filosofía antropológica. Durante los años '60 del Siglo XX fue un adversario declarado de la Escuela de Frankfurt y de Theodor W. Adorno, uno de sus representantes principales. ).
[27] )- A. Gehlen, “Die Seele im technischen Zeitalter”, 1967, pág. 81
[28] )- Cf. H. Maier-Leibnitz en “Naturwissentschaftliche Rundschau” 28, N° 2, 1975, pág. 38
[29] )- C. E. Köhne, “Macht muss sein”, 1966, pág. 285
[30] )- Trofim Denissowich Lyssenko: (1898-1976). Biólogo y agrónomo ucraniano. Obtuvo gran influencia bajo Stalin. Su teoría (el "lysenkoismo") resultó fatal para la agricultura soviética. Su afirmación de que los caracteres hereditarios están determinados por condiciones ambientales demostró ser científicamente insostenible. Varios de sus logros científicos resultaron ser simples falsificaciones.
[31] )- Helmut Schelsky: (1912-1984) Sociólogo alemán. Fue el sociólogo más influyente en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial.
[32] )- H. Schelsky, “Systemüberwindung, Demokratisierung, Gewalteinteilung”, 2ª Ed. 1973, pág. 72.
[33] )- Ludwig von Bertalanffy: (1901-1972). Biólogo y filósofo austríaco. Uno de los más influyentes teóricos de biología y de sistemas del Siglo XX. Miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York.
[34] )- Norbert Wiener: (1894-1964). Matemático norteamericano, considerado como el fundador de la cibernética.
[35] )- Russell Lincoln Ackoff: (1919-2009)- Teórico de las organizaciones y consultor norteamericano. Pionero en el campo de la investigación operacional, concepción de sistemas y ciencias de la administración.
[36] )- Martin Heidegger: (1889-1976) Filósofo alemán. Uno de los principales filósofos contemporáneos, influyó en toda la filosofía del existencialismo del Siglo XX.
[37] )- Hans Sachsse: (1906-1992) - Químico y filósofo alemán. Inventor y desarrollador del método petroquímico para la obtención de acetileno. Entre 1970 y 1980 escribió varios libros sobre cibernética y sobre la importancia de la tecnología para la cultura.
[38] )- H. Sachsse, “Antropologie der Technik”, 1978, pág. 150.
[39] )- K.Lorentz, “Rückseite des Spiegels”, 3ª Ed. 1973, pág.48.
[40] )- Harold P. Freeman: (1933) Médico norteamericano especialista en cáncer. Presidente y fundador del Ralph Lauren Cancer Center for Cancer Care and Prevention; Consejero Senior del Director del National Cancer Institute, New York.
[41] )- Cf. http://digital.el-esceptico.org/leer.php?id=476&autor=204&tema=30 - consultado el 17/12/2010
[42] )- Cf. Fátima Al-Shahrour, Pablo Minguez, Tomás Marqués-Bonet, Elodie Gazave, Arcadi Navarro y Joaquín Dopazo: “Selection upon Genome Architecture: Conservation of Functional Neighborhoods with Changing Genes” en http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2951340/?tool=pubmed consultado el 18/12/2010.
[43] )- Ilya Prigogine: (1917-2003). Químico y físico ruso, nacionalizado belga. Realizó importantes contribuciones al estudio de las estructuras disipativas, los sistemas complejos y la irreversibilidad. Premio Nobel de Física 1977.
[44] )- Henri Poincaré: (1854-1912) Ingeniero, matemático, científico teórico y filósofo de la ciencia francés. Se lo considera como el último «universalista» capaz de entender y contribuir en todos los ámbitos de la disciplina matemática, tal como ésta existía en su tiempo.
[45] )- Edward N. Lorenz: (1917-2008). Matemático y meteorólogo norteamericano. Padre de la Teoría del Caos. Introdujo el concepto de los "atractores extraños" y del "efecto mariposa" que se menciona más adelante.
[46] )- Benoit Mandelbrot: (1924-2010) Matemático polaco, ciudadano francés y norteamericano. Trabajó sobre un amplio rango de problemas matemáticos, incluyendo física matemática y finanzas cuantitativas. Se lo conoce como el padre de la geometría fractal.
[47] )- Mitchell Feigenbaum: (1944) Físico matemático norteamericano. Realizó importantes aportes a la teoría del caos. Sus trabajos condujeron al descubrimiento de las Constantes de Feigenbaum.
[48] )- Con todo, ha sido recepcionada en disciplinas tales como, por ejemplo, el análisis de riesgos y la administración de riesgos (risk management) en relación con la industria del seguro, sobre todo en cuanto a la predictibilidad de eventos aparentemente aleatorios (Cf. http://www.highbeam.com/doc/1G1-15192945.html consultado el 19/11/2011). De todos modos, no es cierto que haya sido “abandonada” como algunos sostienen. Lo cierto es que originalmente despertó (sobre todo entre los legos) expectativas exageradas que, por supuesto, no fueron satisfechas. A pesar de ello, la investigación no sólo prosigue sino que hasta ha ampliado sus horizontes en instituciones tales como, por ejemplo, el Santa Fe Institute de Nuevo México (EE.UU. http://www.santafe.edu/ ) o el Instituto para Dinámica No-Lineal de Potsdam (Alemania - http://www.agnld.uni-potsdam.de/).
[49] )- Cf. http://www.dliengineering.com/vibman/definitionoflinearity.htm (Consultado el 19/12/2010)
[50] )- "Predictability: Does the Flap of a Butterfly's Wings in Brazil Set Off a Tornado in Texas?" Cf. http://web.mit.edu/newsoffice/2008/obit-lorenz-0416.html consultado el 19/12/2010
[51] )- La genética es una disciplina en constante avance. Por ejemplo, faltaría saber en qué medida la medición de esas diferencias ha considerado el papel del ADN no codificante, o “ADN basura” del cual hasta hace poco se creía que no tenía utilidad alguna y se terminó descubriendo que regula la expresión diferencial de los genes. (Cf. http://www.nature.com/nature/journal/v447/n7146/full/nature05874.html consultado el 19/11/2011).
[52] )- Ilse Schwidetzky: (1907-1997). Antropóloga alemana. Fue vicepresidente (1974) del Consejo Permanente de la Unión Internacional de Ciencias Antropológicas y Etnológicas (Permanent Council der International Union of Anthropological and Ethnological Science) y miembro de la Sociedad Española de Antropología Biológica.
[53] )- I. Schwidetzky, “Grundzüge der Völkerbiologie”, 1950, pág. 117
[54] )- Friedrich Rückert: (1788-1866). Poeta y traductor alemán. Uno de los fundadores de la orientalística alemana.
[55] )- Apuntemos aquí en aras de la imparcialidad que los argumentos que esgrimen quienes están enrolados en eso que en los EE.UU. se conoce como el “creacionismo” protestante tampoco resultan menos obcecados e inaceptables.
[56] )- Cf. “El Diseño Inteligente”, varios autores, La Editorial Virtual, Buenos
Aires 2008. Disponible en
http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/IntelligentDesign/InteligentDesign_Index.html
y también Raúl O. Leguizamón, “En Torno al Origen de la Vida”, La Editorial
Virtual, Buenos Aires, 2009. Disponible en: http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages2/Leguizamon/OrigenDeLaVida_00.htm
[57] )- Manfred Eigen: (1927). Físico y químico alemán. Fue director de química bio-física del Instituto Max Planck. Premio Nobel de Química 1967.
[58] )- Rupert Riedl: (1925-2005). Zoólogo austríaco. Se destacó en el estudio de la fauna y flora marítima. Junto con Konrad Lorenz se lo considera como uno de los fundadores de la epistemología evolutiva y de la teoría sistémica de la evolución.
[59] )- Abraham de Moivre: (1667-1754) Matemático francés, conocido por la Fórmula de Moivre que relaciona los números complejos y la trigonometría. Realizó trabajos importantes sobre la Distribución Normal y la teoría de la probabilidad.
[60] )- Pierre Laplace: (1749-1827) Matemático y astrónomo francés. Contribuyó en forma importante al desarrollo de la astronomía matemática y de las estadísticas.
[61] )- Carl Friedrich Gauss: (1777-1885) Matemático, astrónomo y físico alemán. Realizó importantes contribuciones en varias áreas de las matemáticas. Es considerado como uno de los matemáticos que más influencia han ejercido en la Historia.
[62] )- Alexander Isaievich Solyentizin: (1918-2008) Escritor e intelectual ruso. Premio Nobel de Literatura 1971. Expulsado de la Rusia soviética en 1974 por sus denuncias sobre los campos de concentración soviéticos (El Archipiélago Gulag; Un día en la vida de Ivan Denisovich). Regresó a su patria en 1994. Es autor de una gran cantidad de obras en las cuales revela una actitud sumamente crítica no sólo del régimen marxista sino también del capitalismo de Occidente.
[63] )- Alexander Solyenitzin, “Disertación Sobre Literatura”. Documento entregado a la Academia Sueca, con motivo del otorgamiento del Premio Nobel en 1970. Disponible en http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/Solyenitzin/Solyenitzin_Semblanza.htm
[64] )- Ilse Schwidetzky, “Grundzüge der Völkerbiologie”, 1950, pág, 117
[65] )- Ilse Schwidetzky, Op.Cit. pág. 67
[66] )- Jose Ortega y Gasset: (1883-1955). Filósofo y ensayista español. Ejerció una gran influencia sobre los intelectuales españoles e hispanoamericanos de su época. Sostuvo la idea del perspectivismo y de la Razón Histórica.
[67] )- K.Lorentz, “Rückseite des Spiegels”, 3ª Ed. 1973, pág.256
[68] )- K.Lorentz, “Rückseite des Spiegels”, 3ª Ed. 1973, pág. 257
[69] )- Mario Wandruszka: (1911-2004) Filólogo austríaco, especializado en lenguas romances.
[70] )- M. Wandruszka en “Der Mensch und seine Sprache”, 1979. pág. 8
[71] )- G. Vollmer “Evolutionäre Erkenntnistheorie”, 1975. pág. 143
[72] )- Albert Schweitzer: (1875-1965) Médico, teólogo, organista y filósofo alemán. Fundó un hospital en Lambarené (Gabun - África) y publicó varias obras teológicas y filosóficas. Premio Nobel de la Paz 1952.
[73] )- M.Heidegger en “Der Spiegel”, N°23, 1976, pág. 217
[74] )- Eliezer Ben Yehuda: (1858-1922) Periodista judío nacido en Rusia. Ferviente sionista, fue el autor del primer diccionario hebreo moderno. Principal propulsor de la restauración del hebreo como idioma cotidiano.
[75] )- Wilhelm von Humboldt: (1767-1835) Catedrático y estadista alemán, cofundador de la Universidad de Berlin. Su hermano, Alexander von Humboldt, fue naturalista y geógrafo.
[76] )- W. Von Humboldt, “Über das vergleichende Sprachstudium in Beziehung auf die verschiedenen Epochen der Sprachentwicklung”, 1820, pág. 20
[77] )- Julien Freund: (1921-1993) Sociólogo, politólogo y periodista francés. Tomó parte activa en la Resistencia francesa.
[78] )- Julien Freund en “Justificación de la Élite”, 1979, pág. 62
[79] )- Charles Fourier: (1772-1837) Teórico social francés, representante del socialismo en sus primeras épocas. Agudo crítico del capitalismo de su época.
[80] )- Robert Owen: (1771-1858) Empresario británico y uno de los primeros socialistas. Es considerado como el padre del cooperativismo.
[81] )- Cf. http://www.bolsonweb.com/hippies.html consultado el 08/03/2011
[82] )- Cf. http://israelity.com/index.php?s=kibbutz+changes consultado el 07/03/2011
[83] )- William Penn: (1644-1718) Hijo del almirante Sir William Penn. Fundador de la colonia inglesa de Pensilvania.
[84] )- Ver An Analysis of Jonestown en http://www.guyana.org/features/jonestown.html consultado el 08/03/2011.
[85] )- Ilse Schwidetzky, Op.Cit. pág. 141
[86] )- H.J.Eysenck, Op.Cit. pág. 143
[87] )- Irenäus Eibl-Eibesfeldt: (1928) Etólogo austríaco, discípulo de Konrad Lorenz. Entre varios otros temas, investigó los límites del comportamiento innato y el adquirido, tanto en seres humanos como en animales.
[88] )- I. Eibl-Eibesfeld, “Der vorprogrammierte Mensch”, 1973, pág, 271
[89] )- K.Lorenz, “Los Ocho Pecados Mortales de la Humanidad Civilizada”, La Editorial Virtual, Buenos Aires 2004, Cap.VI El Deterioro Genético – Disponible en La Editorial Virtual http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/Lorenz/Lorenz_OchoPecadosMortales.htm
[90] )- K.Lorenz, “Los Ocho Pecados Mortales de la Humanidad Civilizada”, La Editorial Virtual, Buenos Aires 2004, Cap. VIII, Adoctrinabilidad.
[91] )- K.Lorenz, “Los Ocho Pecados Mortales de la Humanidad Civilizada”, La Editorial Virtual, Buenos Aires 2004, Cap. VII, Demolición de la Tradición.
[92] )- K.Lorenz, “Los Ocho Pecados Mortales de la Humanidad Civilizada”, La Editorial Virtual, Buenos Aires 2004, Cap. VIII, Adoctrinabilidad.
[93] )- Wolfgang Wickler: (1931) - Zoólogo, etólogo y publicista alemán. Director del departamento de etología del Instituto Max-Planck.
[94] )- I. Eibl-Eibesfeld, “Der vorprogrammierte Mensch”, 1973, pág. 100
[95] )- Arthur Robert Jensen: (1923) Psicólogo norteamericano. Profesor emérito de psicología educacional en la Universidad de Berkeley, California. Conocido por sus trabajos de psicometría y psicología diferencial. Ha escrito más de 400 documentos científicos para diferentes publicaciones científicas.
[96] )- Normalmente abreviado como IQ por “Intelligence Quotient” según la denominación inglesa. En este trabajo utilizamos la abreviatura de su equivalente en castellano.
[97] )- Francis Galton: (1822-1911) Científico británico. Primo segundo de Charles Darwin. Contribuyó a la psicología, la biología, la tecnología, la geografía, la estadística y la meteorología.
[98] )- James McKeen Cattell: (1860-1944) Psicólogo norteamericano. Profesor de psicología de la Universidad de Pennsylvania.
[99] )- Hugo Münsterberg: (1863-1916) Psicólogo alemán, posteriormente radicado en los EE.UU. Uno de los fundadores de la psicología aplicada.
[100] )- Emil Kraepelin: (1856-1926) Psiquiatra alemán. Contribuyó significativamente al desarollo de la psiquiatría científica. El actual sistema de clasificación de los desórdenes psíquicos se basa en sus trabajos.
[101] )- Hermann Ebbinghaus: (1850-1909) - Psicólogo alemán. Se especializó en el estudio de los mecanismos de la memoria y el olvido. Elaboró un método para evaluar la capacidad mental de niños en edad escolar.
[102] )- Alfred Binet: (1857-1911) Psicólogo francés. Se lo considera como el fundador de la psicometría. Realizó trabajos pioneros en las técnicas de medición de la inteligencia humana.
[103] )- Victor Henri: () Colaborador de Alfred Binet. Coautor con este último de "La Fatiga Intelectual" (1898).
[104] )- Edouard Toulouse: (1865-1947) Psiquiatra y publicista francés,
[105] )- Lewis Madison Terman: (1877-1956) Psicólogo norteamericano, especializado en psicopedagogía. Se lo conoce por el desarrollo del test de Stanford-Binet para la medición del cociente intelectual. Fue presidente de la American Psychological Association.
[106] )- William Stern: (1871-1938) Psicólogo y filósofo alemán, especializado en la psicología de la personalidad y la inteligencia. Propuso el concepto de Cociente Intelectual, posteriormente aceptado por Lewis Terman. Independientemente de él, Frederick Kuhlmann hizo la misma propuesta.
[107] )- David Wechsler: (1896-1981) Psicólogo rumano residente en los EE.UU. Discípulo de Charles Spearman y Karl Pearson, trabajó durante la Primera Guerra Mundial en el desarrollo de tests para la selección de reclutas en el ejército norteamericano. Entre 1932 y 1967 fue jefe de psicólogos del Bellevue Psychiatric Hospital.
[108] )- Robert Mearns Yerkes: (1876-1956) Psicólogo, etólogo y primatólogo norteamericano. Realizó aportes en las áreas de la medición de la inteligencia y en psicología comparada. Fue pionero en el estudio comparado de seres humanos y gorilas y chimpancés.
[109] )- Hermann Rorschach: (1884-1922) Psiquiatra y psicoanalista suizo de orientación freudiana. Autor del test que lleva su nombre y que se basa en "manchas" que el evaluado debe interpretar.
[110] )- Charles Spearman: (1863-1945) Psicólogo inglés. Contribuyó a la psicometría aportando el análisis factorial y estableciendo el Coeficiente de Correlación de Spearman. Sus trabajos sobre la inteligencia humana demostraron la existencia de un factor común – al que denominó "g" – que subyace a todos los diferentes tests de inteligencia.
[111] )- Raymond Cattell: (1905-1998) Psicólogo británico, radicado en los EE.UU. Exploró varias áreas de la psicología. Contrario a lo que llamaba la "teorización verbal", propuso métodos científicos rigurosos y expandió el análisis factorial para explorar las dimensiones básicas de factores tales como la personalidad, la motivación, y las habilidades cognitivas.
[112] )- H.J.Eysenck, “Die Ungleichheit der Menschen”, 1976, pág. 9
[113] )- E. Zerbin-Rüdin, “Vererbung und Umwelt bei der Entstehung physischer Störungen”, 1974
[114] )- H.J.Eysenck, “Die Ungleichheit der Menschen”, 1976, pág. 121
[115] )- Cf. G. Z. F. BEREDAY, Política de la educación soviética, Barcelona 1965; G. S. COUNTS, The Challenge of Soviet Education, Nueva York 1959; ID, Khrushchev and the Central Commitee Speak on Education, Pittsburgh 1959; ID, Education and Professional Employment in the USSR, Washington 1961; O. FULLAT, La pedagogia a la Unió Sovietica, Barcelona 1964; B. KING, Changing Man: The Education System of the USSR, Nueva York 1937; E. 1. KING, Communist Education, Nueva York 1963; D. LEVIN, Soviet Education Today, Londres 1959; MEDLIN y OTROS, Soviet Education Programs, Washington 1960; A. PINKEVICH, La nueva educación en la Rusia soviética, Madrid 1930; R. POIGNANT, Planificación de la educación en la URSS, ed. UNESCO, París 1967; H. B. REDL, Soviet Educators on Soviet Education, Londres 1964; 1. L. GARCÍA GARRIDO, Comunismo y educación familiar, Madrid 1969.
[116] )- H.J.Eysenck, “Die Ungleichheit der Menschen”, 1976, pág. 220
[117] )- Hans Domizlaff: (1892-1971) Publicista y psicólogo social alemán. Se lo considera como el fundador de la mercadotecnia.
[118] ]- H. Domizlaff, “Die Seele des States”, 1957, pág. 374
[119] ]- H. Domizlaff, “Brevier für Könige”, 2ª Ed. 1968, pág. 98
[120] )- Peter Robert Hofstätter: (1913-1994) Psiocólogo social austríaco.
[121] )- P. Hofstätter, en “Deutsches Allgemeines Sontagsblatt” del 06/04/1975.
[122] )- K.H. Hörning (Editor), “Soziale Ungleichheit”, 1976.
[123] )- J. Freund, “Rechtfertigung der Elite”, 1979, pág. 61
[124] )- Frankfurter Rundschau del 16/10/2010 - http://www.fr-online.de/politik/angela-merkel---multikulti-ist-absolut-gescheitert--/-/1472596/4747070/-/index.html consultado el 05/11/2010.
[125] )- PressEurop del 18/08/2010 en http://www.presseurop.eu/es/content/article/363861-el-multikulti-esta-pasado-de-moda - consultado el 06/11/2010
[126] )- J. Freund, “Rechtfertigung der Elite”, 1979, pág. 74
[127] )- H. Gehlen, en “Die neue Weltschau”, 1953, pág, 88
[128] )- C. E. Köhne, “Macht muss sein”, 1966, pág. 39