Meister Eckhart- Obras Alemanas

La Editorial

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LIBER «BENEDICTUS»

I
EL LIBRO DE LA CONSOLACIÓN DIVINA

(Daz buoch der goetlichen troestunge)
El libro de la consolación divina
[2]

 

Benedictus deus et pater domini notri Iesu Christi etc.

 

San Pablo, el noble apóstol, dice estas palabras: «Bendito sea Dios y el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, un Padre de la misericordia y el Dios de toda consolación que nos consuela en todas nuestras tribulaciones» (2 Cor. 1, 3 s.) Hay tres clases de tribulación que afectan y acosan al hombre en este destierro. Una proviene del daño sufrido en los bienes exteriores, otra [del daño] hecho a sus parientes y amigos, [y] la tercera [del daño] que soporta él mismo a causa del menosprecio e infortunio, de dolores físicos y hondos pesares1a.

Por ello he decidido anotar en este libro algunas enseñanzas con las que el hombre puede consolarse en todos sus infortunios, tribulaciones y penas, y este libro se compone de tres partes. En la primera se puede hallar una que otra verdad de la cual y por medio de la cual se deduce qué es lo que puede consolar y consolará conveniente y completamente al hombre en todas sus penas. Luego se encontrarán unos treinta párrafos y enseñanzas, cada una de las cuales permite hallar un consuelo adecuado y total. Luego, en la tercera parte del libro, se encuentran ejemplos de obras y palabras hechas y dichas por personas sabias en medio de sus sufrimientos.

 

 

1

 

En primer lugar[3] debe saberse que el sabio y la sabiduría, el veraz y la verdad, el justo y la justicia, el bueno y la bondad, se miran mutuamente y se relacionan el uno con el otro de la siguiente manera: la bondad no fue creada ni hecha ni ha nacido; sin embargo, es parturienta y da a luz al bueno, y el bueno, en cuanto es bueno, no fue hecho ni creado y, no obstante, es niño nato e hijo de la bondad. La bondad engendra a sí misma y a todo cuanto es, en la persona del bueno: infunde en el bueno [el] ser, [el]saber, amar y obrar, todos juntos, y el bueno recibe todo su ser, saber, amar y obrar del corazón y fondo más íntimo de la bondad y solamente de ella. [El] bueno y [la] bondad no son sino una sola bondad, completamente unos en todo, a excepción de dar a luz [por una parte] y [por otra] nacer; de todos modos, el dar a luz por parte de la bondad y el nacer en el bueno, constituyen cabalmente un solo ser, una sola vida. Todo cuanto pertenece al bueno, lo recibe tanto de la bondad como en la bondad. Allí existe y vive y mora. Allí se conoce a sí mismo y a todo cuanto conoce, y ama a todo cuanto ama, y coopera con la bondad en la bondad, y la bondad [a su vez realiza] todas sus obras con él y dentro de él, como está escrito y lo dice el Hijo: «El Padre que permanece y mora en mí, hace las obras» (Juan 14, 10). «El Padre obra hasta ahora y yo obro» (Juan 5, 17). «Todo cuanto es del Padre, es mío, y todo cuanto es mío y de lo mío, es de mi Padre: [es] suyo cuando lo da y mío cuando lo tomo» (Juan 17, 10).

Además hay que saber que, cuando decimos «bueno», el nombre o la palabra no significan ni encierran ninguna otra cosa, ni más ni menos, que la mera y pura bondad; mas se trata de una auto-entrega3a. Si decimos «bueno», comprendemos que su bondad le fue dada, infusa, engendrada por la Bondad no nacida. De ahí que dice el Evangelio: «Así como el Padre tiene vida en sí mismo, así dio también al Hijo que tuviese vida en sí mismo» (Juan 5, 26). Él dice: «en sí mismo» y no «por sí mismo» ya que el Padre se la dio.

Todo cuanto acabo de decir pues, del bueno y de la bondad, es igualmente verdadero también con respecto al veraz y a la verdad, al justo y a la justicia, al sabio y a la sabiduría, al Hijo de Dios y a Dios Padre; [es verdadero] para todo cuanto ha nacido de Dios y no tiene padre en esta tierra [y] en lo cual no nace tampoco nada de todo lo creado, de todo cuanto no es Dios, y en lo cual no hay imagen alguna fuera de Dios en su desnudez [y] pureza. Pues, así dice San Juan en su Evangelio: «Les dio poder y capacidad para llegar a ser hijos de Dios a todos cuantos no han nacido ni de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón sino de Dios y solamente de Dios» (Juan 1, 12 s.)

Él entiende bajo «sangre» todo cuanto en el hombre no está sometido a la voluntad humana. Bajo «voluntad de la carne» entiende todo cuanto en el hombre, si bien está sometido a su voluntad, lo hace con resistencia y contrariedad, y se inclina hacia el apetito de la carne y pertenece al alma y al cuerpo juntos y no se halla, propiamente dicho, sólo en el alma; y en consecuencia, las potencias [del alma] se cansan, se debilitan y envejecen. Bajo «voluntad de varón» entiende San Juan las potencias superiores del alma, cuya naturaleza y acción no están mezcladas con la carne, [sino] que se hallan dentro de la pureza del alma, apartadas del tiempo y del espacio, y de todo cuanto mira aún con alguna esperanza o gusto hacia el tiempo y el espacio, [potencias pues], que no tienen nada en común con cosa alguna; en ellas el hombre está configurado a la imagen de Dios, en ellas es de la estirpe y familia de Dios. Y, sin embargo, como no son Dios mismo y fueron creadas en el alma y junto con el alma, deben ser desnudadas de su propia imagen y transformadas solamente en imagen de Dios, naciendo en Dios y de Dios, de modo que Dios solo sea [su] Padre; pues de esta manera son también hijos de Dios y el Hijo unigénito de Dios. Porque soy hijo de todo aquello que me configura y engendra a su imagen y dentro de sí como igual. En cuanto semejante hombre, —hijo de Dios, bueno como hijo de la bondad, justo como hijo de la justicia— es únicamente hijo de ella, [la justicia] es parturienta no nacida y su hijo nato posee la misma esencia única que tiene y es la justicia, y él toma posesión de todo cuanto es propiedad de la justicia y de la verdad.

En toda esta doctrina que se halla escrita en el Santo Evangelio, y que se conoce con certeza a la luz natural del alma racional, el hombre encuentra un verdadero consuelo respecto a cualquier sufrimiento.

Dice San Agustín[4]: Para Dios no hay nada que sea lejano o largo. Si quieres que nada te resulte ni lejano ni largo, vincúlate a Dios, pues entonces mil años son como el día de hoy. De la misma manera digo yo: En Dios no hay ni tristeza ni pena ni infortunio. Si te quieres ver libre de todo infortunio y pena recurre y dirígete solamente a Él con completa integridad. Ciertamente, todas las penas provienen del hecho de que no te dirijas hacia Dios, ni únicamente a Él. Si tú, en cuanto a tu forma y nacimiento, te hallaras únicamente en la justicia, entonces por cierto, ninguna cosa podría darte pena a ti, así como la justicia no [puede afligir] a Dios mismo. Dice Salomón: «Al justo no lo aflige nada de lo que le pueda suceder» (Prov. 12, 21). No dice: «Al hombre justo», ni «al ángel justo», ni a esto ni a aquello. Dice: «Al justo». Lo que de algún modo pertenece al justo, especialmente lo que convierte en suya su justicia y el hecho de que él sea justo, esto es hijo y tiene [un] padre en esta tierra y es criatura y está hecho y creado porque su padre es criatura, hecha o creada. Pero «justo» sin más, no tiene ningún padre hecho o creado, y Dios y la justicia son completamente una sola cosa, y la justicia sola es su padre, por eso no caben en él [es decir, en el justo] ni pena ni infortunio como tampoco pueden caber en Dios. [La] justicia no le puede producir pena, ya que [la] justicia no es nada más que alegría, placer y deleite: además: si [la] justicia le produjera pena al justo, ella misma se produciría esta pena. Ninguna cosa despareja e injusta, ni hecha ni creada, podría apenar al justo porque todo lo creado permanece muy por debajo de él en la misma medida en que [se halla] por debajo de Dios, y no surte ninguna impresión ni influencia en el justo y no engendra a sí misma en aquel cuyo Padre es solo Dios. Por eso, el hombre debe esforzarse mucho por quitarse la imagen de sí mismo y de todas las criaturas, no conociendo a ningún padre fuera de Dios solo; luego, nada lo puede apenar ni afligir, ni Dios ni la criatura, ni lo creado ni lo increado, y todo su ser, vivir, conocer, saber y amar, proviene de Dios y [se halla] en Dios y [es] Dios.

Además, hay que saber otra cosa igualmente consoladora para el hombre en todos sus infortunios. Resulta que el hombre justo y bueno con seguridad se alegra de la obra de la justicia incomparable e, incluso digo, inefablemente más de lo que para él, o hasta para el supremo de los ángeles, son el deleite y la alegría que sienten con respecto a su ser o vida naturales. Por ello, los santos entregaron también alegremente su vida por amor de la justicia.

Ahora digo yo: Si el hombre bueno y justo sufre un daño exterior y permanece inmutable con ecuanimidad y paz en el corazón, entonces es verdad lo que acabo de decir, [a saber], que al justo no lo entristece nada de todo cuanto le sucede. Si él, en cambio, se entristece a causa del daño exterior, de cierto, es sólo equitativo y justo que Dios haya permitido que se dañara a este hombre que pretendía ser justo y se imaginaba serlo mientras tales nonadas todavía podían afligirlo. Si se trata, pues, de la justicia divina, de veras, él no ha de afligirse, sino, al contrario, sentir una alegría mucho mayor de [la que le produce] su propia vida la que da mucha más alegría a todo hombre y que le resulta más valiosa que todo este mundo; pues ¿para qué le serviría al hombre todo este mundo si él no existiera?

La tercera palabra que se puede y debe conocer, es ésta según la cual sólo Dios, de acuerdo con la verdad natural, es el único manantial y la vena fontal de toda bondad, de la verdad esencial y del consuelo, y todo cuanto no es Dios tiene de suyo una amargura natural y desconsuelo y pena, y no agrega nada a la bondad que proviene de Dios y es Dios, sino que ella [la amargura] mengua y encubre y esconde la dulzura, el deleite y el consuelo que da Dios.

Ahora diré además que toda pena proviene del amor de aquello que el daño me ha quitado. Si me apena entonces el daño hecho a las cosas externas, esto es señal cierta de que amo cosas externas y amo, en verdad, [la] pena y [el] desconsuelo. Si amo y busco la pena y el desconsuelo ¿es de extrañar que me afecten las penas? Mi corazón y mi amor otorgan a la criatura la bondad que es propiedad de Dios. Me vuelvo hacia la criatura de la cual proviene, por naturaleza, desconsuelo y doy la espalda a Dios de quien emana todo consuelo. ¿Cómo puede sorprenderme, pues, que sufra penas y esté triste? De veras, es realmente imposible para Dios y todo este mundo que encuentre verdadero consuelo el hombre que lo busca en las criaturas. Mas, quien amara sólo a Dios en la criatura, y a la criatura sólo en Dios, encontraría en todas partes un consuelo verdadero y equitativo. Que baste lo dicho para la primera parte del libro.

 

 

2

 

Ahora siguen en la segunda parte unos treinta. pasajes los cuales, cada uno de por sí, han de consolar adecuadamente en sus sufrimientos a un hombre sensato.

El primer [punto] es: que ningún desasosiego ni daño carecen de sosiego y que ningún daño es mero daño. Por eso dice San Pablo que la lealtad y bondad de Dios no permiten que cualquier prueba o aflicción se haga insoportable. Él procura y da siempre un poco de consuelo con el cual uno puede arreglárselas (Cfr. 1 Cor.10,1 3); como también los santos y los maestros paganos[5] dicen que Dios y la naturaleza no permiten la existencia del mal o de la pena puros.

Ahora pongo por caso que un hombre tenga cien marcos; pierde cuarenta y retiene sesenta. Si el hombre piensa entonces continuamente en los cuarenta [marcos] perdidos, queda sin consuelo y apenado. ¿Cómo podría ser consolado y estar sin pena quien se vuelve hacia el daño y la pena y los configura en su fuero íntimo y se [configura] en ellos y los mira, y ellos, a su vez, lo vuelven a mirar, y él charla y habla con el daño y el daño, a su vez, charla con él y ambos se miran cara a cara? Sí, en cambio, él se volviera hacia los sesenta marcos que todavía posee y diera la espalda a los cuarenta que están perdidos, y se configurara en esos sesenta y los mirara cara a cara, charlando con ellos, sin duda alguna, sería consolado. Aquello que es algo y bueno, sabe consolar; pero lo que ni es ni es bueno, lo que no es mío y está perdido para mí, tiene que producir necesariamente desconsuelo y pena y pesares. Por ello dice Salomón: «En los días de la pena no olvides los días del bienestar» (Eclesiástico 11, 27). Esto quiere decir: Cuando tienes sufrimientos y malestares, recuerda lo bueno y agradable que todavía posees y conservas. Otro consuelo será también para el hombre pensar en los miles [de personas] que, si poseyeran los sesenta marcos que tú aún retienes, se considerarían grandes señores y damas y tendrían la idea de ser muy ricos y se alegrarían de todo corazón.

Pero existe otra cosa más que ha de consolar al hombre. Si está enfermo y sufre fuertes dolores físicos, mas tiene su techo y lo necesario en cuanto a comida y bebida, consejos médicos y atención de parte de sus criados, compasión y asistencia de sus amigos: ¿cómo debería comportarse? Pues, ¿qué hace la gente pobre que sufre de lo mismo e incluso de una enfermedad y malestares peores y no tienen nadie ‘que les alcance siquiera [un vaso de] agua fría? Tienen que buscar un mendrugo seco bajo la lluvia, la nieve y el frío [yendo] de casa en casa. Por eso, si quieres ser consolado, olvídate de quienes están mejor [que tú] y piensa en todos aquellos que están peor.

Además digo: Toda pena proviene del amor y de la afición. Por eso, si me apeno por cosas perecederas, tengo aún, y tiene mi corazón, amor y afición a las cosas perecederas y no amo a Dios de todo corazón y no amo todavía aquello que Dios quiere que yo ame junto con Él. ¿Cómo me sorprendo entonces cuando Dios permite que soporte con toda justicia daños y penas?

Dice San Agustín[6]: Señor, yo no quería perderte a ti, pero por mi codicia quería poseer junto contigo también las criaturas; y por eso te perdí porque te resistes a que poseamos, junto contigo [que eres] la verdad, la falsedad y el engaño de las criaturas». En otro pasaje, dice[7] también que «es demasiado codicioso quien no se contenta con Dios solo». Y en un tercer pasaje, dice[8]: «Quien no se contenta con Dios mismo, ¿cómo podría contentarse con los dones que Dios da a las criaturas?» A un hombre bueno no le debe brindar consuelo sino aflicción todo cuanto es extraño y desigual a Dios y que no es exclusivamente Dios mismo. Habrá de decir en todo momento: ¡Señor Dios y consuelo mío! si me remites en vez de a ti a alguna otra cosa, entonces dame otro tú para que vaya de ti hacia ti porque no quiero nada fuera de ti. Cuando Nuestro Señor prometió a Moisés nada más que bonanzas y lo envió a Tierra Santa, la cual significa el reino de los cielos, Moisés dijo: Señor, no me mandes a ninguna parte a no ser que tú mismo te dignes acompañarme. (Cfr. Exodo 33,15).

Cualquier afición, placer y amor provienen de lo que es igual a uno, porque todas las cosas tienden hacia sus semejantes y los aman. El hombre puro ama toda pureza, el justo ama la justicia y tiende hacia ella; la boca del hombre habla de lo que hay en su fuero íntimo, según dice Nuestro Señor que «la boca habla de la abundancia del corazón» (Luc.6,45), y Salomón dice que «la fatiga del hombre está en su boca» (Ecles.6,7). Por eso, si el hombre todavía halla afecto y consuelo en lo exterior, es señal auténtica de que en su corazón no habita Dios sino la criatura.

De ahí que un hombre bueno debiera avergonzarse mucho ante Dios y ante sí mismo, si todavía observara que en él no se hallaba Dios y que Dios Padre no hacia las obras en el, sino que aun vivía en él la fastidiosa criatura y determinaba sus inclinaciones y hacía sus obras. Por eso se lamenta el rey David en el Salterio, diciendo: «De día y de noche [las] lágrimas eran mi consuelo mientras decían todo el tiempo: ¿Dónde está tu Dios?» (Salmo 41,4). Porque la tendencia hacia lo exterior y el hecho de hallar consuelo en el desconsuelo y las muchas conversaciones placenteras y afanosas sobre ello, son verdadera señal de que Dios no se presenta ni vigila ni obra en mí. Y además él [es decir, el hombre bueno] debería avergonzarse ante la gente buena porque notan en él [semejante conducta]. Un hombre bueno nunca ha de quejarse de daños ni penas; debe lamentarse solamente de que se lamente y perciba en su fuero íntimo lamentos y penas.

Dicen los maestros[9]que inmediatamente por debajo del cielo hay un fuego muy extenso cuyo calor es muy fuerte y, sin embargo, no toca para nada al cielo. Ahora bien, se dice en un escrito[10]que lo más bajo del alma es más noble que lo más alto del cielo. Pero entonces, ¿cómo puede un hombre atreverse a decir que es un hombre celestial y tiene su corazón en el cielo, cuando cosas tan ínfimas aún pueden afligirlo y causarle pena?

Ahora hablaré de otra cosa. No puede ser un hombre bueno quien no quiere aquello que Dios quiere en determinado caso, porque es imposible que Dios quiera algo que no sea bueno; y justamente a causa y en razón de que lo quiere Dios, llega a ser y es necesariamente bueno e incluso lo mejor. Y por consiguiente, Nuestro Señor les enseñó a los apóstoles, y a nosotros por intermedio de ellos —y [así] rezamos todos los días— que se haga la voluntad de Dios. Sin embargo, cuando sobreviene y se hace la voluntad de Dios, nos lamentamos.

Séneca, un maestro pagano, pregunta[11]: ¿Cuál es el mejor consuelo en el sufrimiento y en la aflicción?, y contesta: Es éste de que el hombre acepte todas las cosas como si las hubiera deseado y pedido; pues, si hubieras sabido que todas las cosas suceden por la voluntad de Dios, con ella y de acuerdo con ella, tú también habrías deseado que así fuera. Dice un maestro pagano[12]: Duque y Padre supremo y Señor del alto cielo, estoy preparado para todo cuanto quieres: ¡dame [la] voluntad de querer según tu voluntad!

Un hombre bueno debe confiar en Dios, creerle y estar seguro y conocerlo bien, sabiendo que a Dios y a su bondad y amor les resulta imposible permitir que al hombre le sobrevenga algún sufrimiento o pena, a no ser que con ello [Dios] le quiera evitar al hombre una pena mayor o darle ya en esta tierra un consuelo más fuerte o lograr con esta [pena] y por ella una cosa mejor en la cual se evidenciaría más abarcadora y fuerte la gloria de Dios. Pero, sea como fuere: únicamente porque es la voluntad de Dios que así suceda, la voluntad del hombre bueno debe ser tan una y unida con la voluntad divina que el hombre quiera lo mismo que Dios, aun cuando sea en perjuicio suyo e incluso [implique] su condenación. Por ello, San Pablo deseaba ser apartado de Dios por amor de Dios y a causa de su voluntad y de su gloria (Cfr. Rom. 9,3). Pues, un hombre realmente perfecto debe, por habituación, haber muerto para sí mismo, haberse desnudado de su propia imagen en Dios y ser transformado, dentro de la voluntad de Dios, en tal imagen que toda su felicidad consiste en no saber nada de sí mismo y de todo lo demás sino conocer únicamente a Dios, y de no querer nada ni percatarse de ninguna voluntad que no sea la de Dios, aspirando a conocer a Dios tal como Dios me conoce a mí, según dice San Pablo (Cfr. 1 Cor. 13,12): Dios conoce a todo cuanto conoce, ama y quiere a todo cuanto ama y quiere, dentro de Él mismo, en su propia voluntad. Dice Nuestro Señor mismo: «Esta es la vida eterna conocer sólo a Dios» (Cfr. Juan 17,3).

Por ello dicen los maestros[13]que los bienaventurados en el reino de los cielos conocen a las criaturas desnudas de toda imagen, pues las conocen por medio de una sola imagen que es Dios y en la cual Dios conoce y ama y quiere a sí mismo y a todas las cosas. Y Dios mismo nos enseña a orar y suplicar así cuando decimos: «Padre nuestro», «santificado sea tu nombre» lo cual quiere decir: que te conozcamos sólo a ti (Cfr. Juan 17,3); «que venga tu reino» para que yo no tenga nada que considere y conozca como rico fuera de ti, el rico[14]. A esto se refiere el Evangelio al decir: «Bienaventurados son los pobres en espíritu» (Mateo 5,3), quiere decir: en la voluntad, y por ello pedimos a Dios que se «haga su voluntad», «en la tierra», quiere decir: dentro de nosotros, «como en el cielo», quiere decir: en Dios mismo. Semejante hombre comparte una sola voluntad con Dios de modo tal que quiere todo cuanto quiere Dios y de la misma manera que lo quiere Dios. Y por eso, como Dios en cierto modo quiere que yo también haya pecado, yo no quisiera no haberlo hecho porque así se hace la voluntad de Dios «en la tierra», o sea en el pecado, «como en el cielo», o sea en la buena acción. En este sentido, el hombre quiere hallarse privado de Dios por amor de Dios y ser apartado de Dios por amor de Dios, y sólo éste es un verdadero arrepentimiento de mis pecados; así me apeno sin pena del pecado tal como Dios se apena sin pena de toda maldad. Siento pena y la máxima pena por el pecado —pues no cometería ningún pecado por nada creado o creable, por más que hubiera en la eternidad miles de mundos— mas [lo haría] sin pena; y acepto y tomo las penas de la voluntad divina y por ella. Tan sólo semejante pena es una pena perfecta, porque proviene y surge del puro amor de la bondad y alegría más puras de Dios. Así llega a ser verdad y se echa de ver lo que he dicho en este librito: que el hombre bueno, en cuanto es bueno, entra en toda la peculiaridad de la Bondad misma que es Dios en sí mismo.

Ahora bien, ¡observa qué vida maravillosa y deliciosa tiene tal hombre «en la tierra como en el cielo» en Dios mismo! El desasosiego se le hace sosiego y la pena le resulta igualmente una cosa querida, y además ¡nota que en todo esto hay un consuelo especial! pues, cuando poseo la gracia y la bondad de las cuales acabo de hablar, siento un consuelo y una alegría iguales [y] completas en todo momento y en todas las cosas: [pero], si no tengo nada de esto, he de carecer de ello por amor de Dios y de acuerdo con su voluntad. Si Dios me quiere dar lo que anhelo, lo tengo pues, y me deleito; si Dios, [en cambio], no me lo quiere dar, pues bien, acepto que me falte de acuerdo con la misma voluntad de Dios según la cual Él no quiere, y así tomo hallándome privado y sin tomar. Entonces ¿qué es lo que me falta? Y ciertamente, en el sentido más propio se toma a Dios hallándose privado y no tomando; pues, cuando el hombre toma, el don en sí mismo posee aquello que le produce al hombre alegría y consuelo. Pero cuando no toma, no tiene ni encuentra ni sabe nada de qué alegrarse, a no ser sólo Dios y su voluntad.

Además existe otro consuelo. Si el hombre ha perdido bienes exteriores o a su amigo o a su pariente, o un ojo, una mano o lo que sea, ha de estar seguro de que, sufriéndolo pacientemente por amor de Dios, Él por lo menos se lo tiene todo en cuenta al precio por el cual no hubiera querido sufrirlo [la pérdida]. [Pongamos por caso]: Un hombre pierde un ojo. Si no hubiera querido echar de menos ese ojo por mil marcos o por seis mil o más, entonces ciertamente ante Dios y en Dios se le va a tener en cuenta todo aquello [= todo el contravalor] por lo cual no hubiera querido sufrir ese daño o pena. Y acaso Nuestro Señor se haya referido a esto cuando dijo: «Es mejor para ti entrar con un solo ojo en la vida eterna que perderte teniendo dos ojos» (Mateo 18,9). Y Dios también se habrá referido a ello cuando dijo: «Cualquiera que dejare padre y madre, hermana y hermano, casa o campo o lo que sea, recibirá cien veces tanto y la vida eterna (Cfr. Mateo 19,29)». Me atrevo a decir con certeza por mi salvación eterna y [basándome] en la verdad divina que, aquel que, por amor de Dios y por bondad, dejare padre y madre, hermano y hermana o lo que sea, recibirá cien veces tanto [y ello] de dos modos: por una parte, su padre, su madre, su hermano y hermana, le resultarán cien veces más queridos de lo que le son ahora. Por otra parte, no sólo cien [personas] sino toda la gente, en cuanto gente y seres humanos, le resultarán incomparablemente más queridos de lo que le son ahora por naturaleza su padre, [su] madre o [su] hermano. El que el hombre no se percate de ello, proviene única y exclusivamente del hecho de que aún no ha dejado por completo al padre y a la madre, a la hermana y al hermano y a todas las cosas, puramente por amor de Dios y de la bondad. ¿Cómo ha dejado por amor de Dios al padre y a la madre, a la hermana y al hermano, aquel que los encuentra aún en esta tierra dentro de su corazón, aquel que se aflige y piensa y se fija todavía en lo que no es Dios? ¿Cómo ha dejado todas las cosas por amor de Dios aquel que repara y se fija aún en este bien y en aquél? San Agustín dice[15]: Quita este bien y aquél, entonces queda la pura Bondad flotando en sí misma en su mera extensión: éste es Dios. Pues, como he dicho arriba: este bien y aquél no le agregan nada a la bondad, sino que esconden y encubren la bondad dentro de nosotros. Este hecho lo conoce y descubre quien lo mira y contempla en la verdad ya que es verdadero en la verdad, y por lo tanto hay que descubrirlo allí y en ninguna otra parte.

Debe saberse, espero, que el poseer la virtud y el querer sufrir tienen una cierta graduación, como vemos también en la naturaleza que un hombre es más alto y hermoso que otro en cuanto a su apariencia, aspecto, saber y habilidades. Así digo también que un hombre bueno bien puede ser un hombre bueno, y sin embargo, puede afectarlo y hacerlo titubear en menor o mayor grado el amor natural a su padre, [a su] madre, [a su] hermana y [a su] hermano sin que reniegue ni de Dios ni de la bondad. Él será, empero, bueno o mejor en la medida en que el amor natural y la inclinación hacia el padre y la madre, la hermana y el hermano y hacia sí mismo, lo consuelen y afecten en menor o mayor grado y él se percate de esos [sentimientos].

Sin embargo, según he escrito arriba: Si un hombre fuera capaz de aceptar este hecho de acuerdo con la voluntad de Dios, en cuanto sea la voluntad divina de que la naturaleza humana tenga este defecto justamente por divina justicia a causa del pecado del primer hombre, y si él, por otra parte, si las cosas no fueran así, quisiera prescindir gustoso de este [defecto] según la voluntad divina, entonces andaría del todo bien y seguramente recibiría consuelo en su sufrimiento. Se piensa en esto cuando San Juan dice que la verdadera «luz resplandece en las tinieblas» (Juan 1,5) y cuando San Pablo afirma que «la virtud se realiza en la flaqueza» (2 Cor.12,9). Si el ladrón fuera capaz de sufrir la muerte verdadera, completa, pura, gustosa, voluntaria y alegremente por amor de la justicia divina en la cual y de acuerdo con la cual Dios y su justicia quieren que el malhechor sea muerto, sin duda sería salvado y bienaventurado.

Hay otro consuelo más: difícilmente se encontrará una persona a la cual no le guste tanto que alguien siga viviendo que no querría prescindir de un ojo o quedar ciego durante un año, con tal de que luego recupere la vista, pudiendo de esta manera salvar de la muerte a su amigo. Si, por consiguiente, un hombre durante un año quisiera prescindir de su ojo para salvar de la muerte a un hombre que de todos modos habrá de morir dentro de breves años, entonces debería prescindir [de alguna cosa] con razón y más gustosamente durante los diez o veinte o treinta años de vida que acaso le quedaran para lograr así su eterna salvación y contemplar por siempre jamás a Dios en su luz divina y en Dios a sí mismo y a todas las criaturas.

Existe otro consuelo más: a un hombre bueno, en la medida en que es bueno y ha nacido sólo de la bondad y es imagen de la bondad, a éste le resulta insoportable y pena amarga y perjuicio todo lo creado que es esto o aquello. Perderlo quiere decir entonces deshacerse de la pena, la molestia y el daño y perderlos. En verdad, perder penas constituye un consuelo verdadero. Por eso, el hombre no debe quejarse por ningún daño. Antes bien, debe lamentarse de que desconozca el consuelo y que el consuelo no pueda consolarlo, así como el vino dulce no tiene sabor para el enfermo. Debe lamentar —según he escrito arriba— que no se haya desnudado del todo de la imagen de las criaturas y que la imagen de todo su ser no esté formada dentro de la bondad.

En medio de su sufrimiento el hombre habrá de recordar, también, que Dios dice la verdad y hace promesas por Él mismo, que es la Verdad. Si Dios renegara de su palabra, de su verdad, renegaría de su divinidad y no sería Dios porque Él es su palabra, su verdad. Su palabra, [empero], dice que nuestra pena habrá de ser trocada en alegría (Cfr. Jerem. 31,13). Ciertamente, si yo supiera con seguridad que todas mis piedras serían convertidas en oro, estaría tanto más a gusto cuantas más piedras tuviera y cuanto más grandes fueran: ah sí, incluso pediría me diesen piedras y, si pudiera, adquiriría unas piedras grandes y éstas en cantidades; me gustarían tanto más cuanto más numerosas y más grandes fuesen. De esta manera, el hombre sentiría seguramente en medio de todos sus sufrimientos un consuelo grande.

Otra cosa más [y] parecida a la anterior: Ningún recipiente puede llevar en sí dos clases de bebida. ‘Si ha de contener vino, hay que verter necesariamente el agua; el recipiente debe estar vacío y limpio. Por eso: si has de recibir divina alegría y a Dios mismo, debes necesariamente verter a las criaturas. Dice San Agustín[16]: «Vierte para que seas llenado. Aprende a no amar para que aprendas a amar. Apártate para que seas acercado». En resumidas cuentas: Todo cuanto ha de tomar y ser capaz de recibir, debe estar vacío y tiene que estarlo. Dicen los maestros[17]: Si el ojo cuando ve contuviera algún color, no percibiría ni el color que contenía ni otro que no contenía; pero como carece de todos los colores, conoce todos los colores. La pared tiene color y por eso no conoce ni su propio color ni ningún otro, y el color no le da placer, y el oro o el esmalte no la atraen más que el color del carbón. El ojo no contiene [color] y, sin embargo, lo tiene en el sentido más verdadero, pues lo conoce con placer y deleite y alegría. Y cuanto más perfectas y puras son las potencias del alma, tanto más perfecta y completamente recogen lo que aprehenden y tanto más reciben y sienten mayor deleite, y se unen tanto más con lo que recogen [y] esto hasta tal punto que la potencia suprema del alma, que está desembarazada de todas las cosas y no tiene nada en común con cosa alguna, no recibe nada menos que a Dios mismo en la extensión y plenitud de su ser. Y los maestros demuestran[18] que, en cuanto a placer y deleite, nada se puede comparar a esta unión y este traspaso [de lo divino] y este deleite. Por eso dice Nuestro Señor [y es] muy notable: «Bienaventurados son los pobres en espíritu» (Mateo 5,3). Es pobre quien no tiene nada. «Pobre en espíritu» quiere decir: así como el ojo es pobre y carece de color, siendo susceptible de [ver] todos los colores, así el pobre en espíritu es susceptible de aprehender toda clase de espíritu, y el espíritu de todos los espíritus es Dios. El amor, la alegría y la paz son fruto del espíritu. Estar desnudo, ser pobre, no tener nada, hallarse vacío, [todo esto] transforma a la naturaleza: [el] vacío hace que el agua suba por la montaña y [opera] otros muchos milagros de los cuales ahora no es momento de hablar.

Por eso: si quieres tener y encontrar en Dios plena alegría y consuelo, procura estar desasido de todas las criaturas [y] de cualquier consuelo de parte de las criaturas: pues ciertamente, mientras la criatura te consuela y es capaz de hacerlo, no hallarás nunca verdadero consuelo. Pero si nada es capaz de consolarte fuera de Dios, Él, por cierto, te consolará y junto con Él y en Él [lo hará] todo cuanto es deleite. Si te consuela lo que no es Dios, no tendrás [consuelo] ni acá ni allá. Si, en cambio, la criatura no te consuela y no tiene sabor para ti, hallarás consuelo tanto acá como allá.

Si el hombre fuera capaz y estuviera en condiciones de vaciar una copa por completo y de mantenerla vacía de todo cuanto puede llenarla, incluso el aire, la copa, sin duda alguna, renegaría de su entera naturaleza, olvidándola, y [el] vacío la llevaría hacia arriba al cielo. Del mismo modo, el estado de desnudez, pobreza y vacío con respecto a todas las criaturas, eleva al alma hacia Dios. Resulta también que la igualdad y el calor alzan hacia arriba. La igualdad se atribuye, en la divinidad, al Hijo, el calor y el amor al Espíritu Santo. [La] igualdad en todas las cosas, mas en especial y en primer término, en la naturaleza divina, constituye el nacimiento de lo Uno, y la igualdad de lo Uno, en lo Uno y con lo Uno, es el comienzo y el origen del amor florido, ardiente. [Lo] Uno es comienzo sin ningún comienzo. [La] igualdad es el comienzo de lo Uno solo y recibe de lo Uno y en ello, el hecho de ser y de ser comienzo. [El] amor posee por naturaleza [la cualidad] de emanar y surgir de dos como uno[19] de lo uno, en cuanto es uno, no surge ningún amor[20], de dos en cuanto dos, tampoco surge amor; dos como uno produce necesariamente un amor concorde con la naturaleza, impetuoso [y] ardiente.

Ahora bien, dice Salomón que todas las aguas, es decir, todas las criaturas vuelven a fluir y correr hacia su origen (Ecl. 1,7). Por ello es necesariamente verdad lo que acabo de decir: [La] igualdad y [el] amor ardiente elevan hacia arriba y guían y llevan al alma hasta el primer origen de lo Uno que es «Padre» de «todos», «en el cielo y en la tierra» (Cfr. Efesios 4,6). Así digo, pues, que [la] igualdad nacida de lo Uno tira al alma hasta Dios tal como Él es lo Uno en su unión escondida, pues esto es lo que significa Uno. Para ello disponemos de un símbolo evidente (offenbâr angesiht): cuando el fuego material enciende la leña, una chispa obtiene naturaleza ígnea y se iguala al fuego puro que está pegado inmediatamente al lado inferior del cielo. En seguida se olvida y se deshace del padre y la madre, del hermano y la hermana en esta tierra y sube corriendo hacia el padre celestial. El padre de la chispa en esta tierra es el fuego, su madre es la leña, su hermano y su hermana son las otras chispas; a éstas no las espera la primera chispita. Sube apurada hacia su padre legítimo que es el cielo; pues, quien conoce la verdad, sabe muy bien que el fuego, en cuanto fuego, no es el padre verdadero, legítimo de la chispa. El padre verdadero, legítimo de la chispa y de todo lo ígneo es el cielo. Además hay que notar muy bien que esta chispita no sólo abandona y olvida a su padre y madre, hermano y hermana en esta tierra, sino que se abandona y se olvida y se deshace también de sí misma [movida] por el amor para llegar a su padre legítimo, el cielo, pues necesariamente ha de apagarse en el aire frío; no obstante esto, quiere dar testimonio del amor natural que le tiene a su legítimo padre celestial.

Anteriormente dije con referencia al vacío o la desnudez, que el alma, cuanto más transparente, desnuda y pobre esté y cuanto menor sea el número de criaturas que tiene, y cuanto más vacía se conserve de todas las cosas que no son Dios, tanto más puramente aprehenderá a Dios y a tantas más cosas dentro de Dios y tanto más será una con Dios, y su mirada penetrará en Dios y Dios la mirará cara a cara como transformada en su imagen, según dice San Pablo (Cfr. 1 Cor.13,12 y 2 Cor.3,18). Exactamente lo mismo digo ahora, también, de la igualdad y del ardor del amor; pues, en la medida en la cual una cosa se asemeja más a otra, en esta misma medida va corriendo hacia ella con mayor rapidez, y su corrida le produce más felicidad y deleite; y cuanto más se aleje de sí misma y de todo cuanto no es aquella [cosa] hacia la cual va corriendo, y cuanto más disímil [se haga] con respecto a sí misma y a todo cuanto no es aquella [cosa], tanto más se asemejará cada vez a aquella hacia la cual va corriendo. Y como [la] igualdad emana de lo Uno y atrae y seduce a causa de la fuerza y en la fuerza de lo Uno, no hay descanso ni contento ni para lo que atrae, ni para lo que es atraído, hasta que ambos sean aunados en uno. Por eso dijo Nuestro Señor por’ boca del profeta Isaías —cito según el sentido—: No me satisface ninguna semejanza insigne y ninguna paz del amor hasta que Yo mismo no me revele en mi Hijo y arda y sea encendido en el amor del Espíritu Santo (Cfr. Isaías 62,1). Y Nuestro Señor le pidió a su Padre que nosotros, antes que ser solamente unidos [con Él], fuéramos uno con Él y en Él. Para esta palabra y esta verdad poseemos, también en la naturaleza, en lo externo, una imagen visible y un testimonio [concreto]. Cuando el fuego surte su efecto y enciende la leña haciéndola arder, el fuego hace la leña muy fina y disímil a sí misma y le quita la robustez, el frío, el peso y la acuosidad y va asemejando la leña cada vez más a él mismo, o sea el fuego; sin embargo, tanto el fuego como la leña no se tranquilizan ni sosiegan ni conforman, sea cual fuere el calor, el ardor y la similitud, hasta que el fuego nazca él mismo en la leña, transmitiéndole su naturaleza y su esencia propias de manera que todo sea un solo fuego igual a ambos, sin distinción, ni más ni menos. Y por ello, hasta que se llegue a ese punto, hay siempre humo, combate, chisporroteos, esfuerzos y desavenencias entre [el] fuego y [la] leña. Pero cuando se ha quitado y alejado cualquier desigualdad, el fuego se sosiega y la leña enmudece. Y yo digo además, conforme a la verdad, que la potencia oculta de la naturaleza odia en secreto la similitud por cuanto lleva en sí diferencia y desdoblamiento, y busca en ella lo uno que es lo que ama en la similitud y sólo por amor de lo uno, así como la boca busca y ama en el vino y con respecto a él, el sabor o la dulzura. Si el agua tuviera el sabor propio del vino, la boca no preferiría el vino al agua.

Y por esta razón he dicho que el alma odia la similitud en la similitud y no la ama en sí y a causa de ella, sino que la ama a causa de lo Uno que se halla escondido en ella y es verdadero «Padre», un comienzo sin comienzo alguno, «de todos» «en el cielo y en la tierra». Y por eso digo yo: Mientras se encuentra y aparece aún una similitud entre el fuego y el leño, no hay en absoluto verdadero placer ni silencio ni descanso ni satisfacción. Y por ello dicen los maestros: El devenir del fuego se realiza en el combate, la excitación, el desasosiego y el tiempo; pero [el] nacimiento del fuego y [el] placer se realizan sin tiempo y distancia. [El] placer y [la] alegría, a nadie le parecen ni largos ni distantes. A todo cuanto acabo de decir se refiere nuestro Señor cuando dice: «La mujer, cuando da a luz al niño, siente angustia y pena y tristeza; pero cuando ha nacido el niño, se olvida de la angustia y pena» (Juan 16,21). Por eso Dios, también nos dice y advierte en el Evangelio, que roguemos al Padre para que nuestra alegría llegue a ser perfecta (Cfr. Juan 15,11), y San Felipe dijo: «Señor, haznos ver al Padre y ya nos basta» (Juan 14,8); porque Padre significa nacimiento y no similitud y se refiere a lo Uno en donde la similitud enmudece y se calla todo cuanto tiene apetito de ser.

Siendo así las cosas, el hombre puede conocer claramente por qué y a causa de qué se halla desconsolado en medio de todo su sufrimiento, molestia y perjuicio. Esto proviene única y exclusivamente del hecho de hallarse alejado de Dios sin haberse desasido de las criaturas, [un hombre] desigual a Dios y frío en cuanto al amor divino.

Existe todavía otra cosa: quien la notara y conociera sería consolado con razón [al sufrir] daños y penas externas.

Un hombre marcha por un camino o ejecuta una obra u omite hacer otra [y] en eso se hace daño: se fractura una pierna [o] un brazo, o pierde un ojo o se enferma. Si se empeña entonces en pensar continuamente: Si hubieras ido por otro camino, o hubieras hecho otra obra, tal cosa no te habría sucedido, entonces quedará sin consuelo y se sentirá necesariamente agobiado por la pena. Por eso habrá de pensar: Si hubieras ido por otro camino o hubieses hecho, u omitido hacer, otra cosa, fácilmente habrías sufrido un daño y una pena mucho mayores; y así, lógicamente, se sentiría consolado.

Supondré otra cosa más: Has perdido mil marcos; en este caso no debes lamentarte por los mil marcos perdidos. Tienes que dar las gracias a Dios quien te diera los mil marcos que podías perder, y quien por ejercitarte en la virtud de la paciencia, permite que te ganes la vida eterna, lo cual no se concede a muchos miles de hombres.

Hay todavía otra cosa capaz de consolar a una persona. Pongo el caso de que un hombre durante varios años haya gozado de fama y comodidades y ahora las pierde por disposición divina; entonces el hombre ha de razonar sabiamente y darle las gracias a Dios. Sólo cuando se da cuenta del daño y de las molestias que ahora sufre, sabe cuántas ventajas y comodidades tenía anteriormente y debe agradecer a Dios la comodidad de que gozó durante muchos años sin darse perfecta cuenta de lo bien que estaba, y que no se le ocurra estar disgustado. Debe reparar en que el ser humano, de acuerdo con su estado natural, no tiene en sí mismo nada más que malicia y flaquezas. Todo cuanto es bueno y bondad, Dios se lo ha prestado mas no se lo ha dado [como posesión]. Pues, quien llega a conocer la verdad, sabe que Dios, el Padre celestial, les da todo cuanto es bueno al Hijo y al Espíritu Santo; pero a las criaturas no les da ningún bien sino que sólo se lo presta. El sol da calor al aire, mas la luz se la da en calidad de préstamo; y por lo tanto, el aire pierde la luz tan pronto como se hunde el sol, pero conserva el calor porque éste se le ha dado como propiedad. Y por ello dicen los maestros que Dios, el Padre celestial, es Padre del Hijo y no [su] Señor y tampoco es el Señor del Espíritu Santo. Pero Dios-Padre-Hijo-y Espíritu Santo, es un solo Señor y, [en efecto], un Señor de las criaturas, y nosotros decimos que Dios desde la eternidad fue Padre; pero desde el momento en que creó las criaturas, es Señor.

Ahora digo yo: En vista de que al hombre le es dado en préstamo todo cuanto es bueno o consolador o temporal, ¿con qué derecho se queja cuando Aquel que se lo prestó lo quiere recuperar? Debe dar las gracias a Dios por habérselo prestado durante tanto tiempo. Tiene que agradecerle también que no le haya quitado íntegramente cuanto le había prestado; y si el hombre se enoja porque le haya quitado una parte de lo que nunca le perteneció y cuyo amo no fue jamás, sólo será justo que Dios le quite todo cuanto le había prestado. Y por ello el profeta Jeremías dijo con toda razón en medio de grandes sufrimientos y lamentaciones: «¡Son múltiples las misericordias de Dios para que no perezcamos del todo!» (Lamentac.3,22). Si alguien me hubiera prestado su chaqueta, su jubón de piel y su sobretodo, y me quitara otra vez su sobretodo dejándome, para las heladas, la chaqueta y el jubón de piel, yo debería agradecérselo con mucha razón y sentir alegría. Y así debo comprender en especial la gran equivocación que cometo, cuando me enojo y me quejo tan pronto como pierdo alguna cosa; pues, si pretendo que lo bueno que tengo me sea dado como propio y no [sólo] prestado, quiero ser Señor e Hijo de Dios por naturaleza y en sentido absoluto, mientras ni siquiera he llegado a ser hijo de Dios por obra de la gracia; porque la cualidad del Hijo de Dios y del Espíritu Santo consiste en observar igual conducta frente a todas las cosas.

Debe saberse también que, sin duda alguna, ya la virtud natural [y] humana es tan noble y fuerte que ninguna obra externa le resulta demasiado pesada o grande para no ponerse a prueba con ella y en ella y formarse dentro de esta [obra]. Y por eso existe una obra interior que no pueden encerrar y abarcar ni [el] tiempo ni [el] espacio, y en esta [obra interior] hay algo que es divino e igual a Dios a quien no encierran ni [el] tiempo ni [el] espacio. Él está en todas partes y se halla presente de igual manera en todo momento, y [esta obra] se asemeja a Dios también en el sentido de que a Él ninguna criatura lo puede recibir por completo, ni es capaz de configurar en sí misma la bondad divina. De ahí que debe haber algo más íntimo y más elevado e increado, sin medida y sin modo, en lo cual el Padre en los cielos puede acuñar su imagen y verterse y demostrarse íntegramente: me refiero al Hijo y al Espíritu Santo. Además, nadie es capaz de impedir la obra interior de la virtud, como tampoco se pueden poner estorbos a Dios. La obra resplandece y brilla de día y de noche. Exalta y canta la loa divina y un himno nuevo según dice David: «Cantad un himno nuevo a Dios» (Salmo 95,1). Es terrestre aquella loa y Dios no ama aquellas obras que son externas y encierran [el] tiempo y [el] espacio, que son estrechas [y] pueden ser impedidas y vencidas, que se cansan y envejecen con el tiempo y la ejecución. Pero es obra [íntima]: amar a Dios, querer el bien y la bondad en cuyo caso el hombre ya ha hecho todas las buenas obras que quiere y querría hacer con voluntad pura [y] cabal, asemejándose de esta manera también a Dios de quien escribe David: «Todo cuanto quiso hacer lo ha hecho y obrado ahora» (Salmo 134,6).

Respecto a esta enseñanza la piedra nos ofrece un ejemplo patente: su obra externa consiste en caer y yacer en el suelo. Esta obra puede ser impedida, y tampoco cae siempre ni continuamente. [Pero] hay otra obra más íntima para la piedra: ésta es la inclinación hacia abajo que le es congénita, y ni Dios ni las criaturas ni nadie pueden quitársela. La piedra hace esta obra sin interrupción, de día y de noche. Si permaneciera allí arriba durante mil años, su inclinación hacia abajo no sería menor ni mayor que en el primer día.

Exactamente lo mismo digo de la virtud: ella tiene la obra interior[21] que es una tendencia e inclinación hacia todo bien y una huida y resistencia con respecto a todo cuanto es malo y dañino, desigual a la bondad y a Dios. Y cuanto peor y desemejante a Dios es la obra, tanto mayor es la resistencia; y cuanto más grande y semejante a Dios es la obra, tanto más fácil, voluntaria y placentera le resulta su obra [a la virtud]. Y todo su lamento y pena —en cuanto le sea posible sufrir pena— residen en que este sufrimiento por amor de Dios y toda la obra exterior en este tiempo sean demasiado pequeños de modo que ella no puede revelarse del todo ni demostrarse cabalmente ni plasmar su imagen en ellos. En el ejercicio se fortalece y se enriquece gracias a [su] generosidad. No querría haber sufrido y haber superado la pena y el sufrimiento; quiere y querría sufrir en todo momento, sin interrupción, por amor de Dios y por hacer el bien. Por amor de Dios toda su felicidad reside en el sufrimiento [y] no en el haber-sufrido. Y por eso dice Nuestro Señor y ello es muy digno de consideración: «Bienaventurados son los que sufren a causa de la justicia» (Mateo 5, 10). No dice: «los que han sufrido». Semejante hombre odia el haber-sufrido pues el haber-sufrido no es el sufrimiento amado por él; lo único que ama es una superación[22] y una pérdida del sufrimiento por amor de Dios. Y por eso digo que semejante hombre odia también el sufrir-en-el-futuro, porque tampoco es sufrimiento. Sin embargo, odia menos el sufrir-en-el-futuro que el haber-sufrido, porque este último se halla más lejos del sufrimiento y se le asemeja menos ya que pasó del todo. Pero si va a sufrir, este hecho no lo priva completamente del sufrimiento amado por él.

Dice San Pablo que quisiera ser apartado de Dios por amor de Dios (Romanos 9, 3) para que sea aumentada la gloria divina. Dicen que San Pablo afirmaba esto en una época en la que todavía no era perfecto. Yo, en cambio, opino que esta palabra procedía de un corazón perfecto. Dicen también que él había pensado que sólo por un tiempo quería ser apartado de Dios. [Pero] yo digo que un hombre perfecto sentiría el mismo disgusto si su separación de Dios durara una hora o mil años. Si fuera, empero, la voluntad de Dios y [fuese para] su gloria que él lo extrañara durante mil años e incluso por la eternidad, esto le resultaría tan llevadero como un día, una hora.

La obra interior también es divina y deiforme y tiene sabor a peculiaridad divina por el siguiente hecho: Así como todas las criaturas, aun en el caso de que hubiera mil mundos, no superarían ni por el ancho de un pelo el valor de Dios solo, —así digo yo y ya lo dije anteriormente— que esa obra exterior, su cantidad y su magnitud, su largor y su anchura no aumentan absolutamente, en ningún caso, la bondad de la obra interior; pues ésta contiene su propia bondad. Por lo tanto, nunca puede ser pequeña la obra exterior cuando la interior es grande, y cuando ésta última es pequeña o no vale nada, aquélla nunca puede ser grande ni buena. En todo momento, la obra interior abarca en sí toda la magnitud y todo el anchor y largor. La obra interior toma y saca su ser completo sólo del corazón de Dios y en él [y] en ninguna otra parte; toma al Hijo y nace como hijo en el seno del Padre celestial. No así la obra exterior: ésta recibe más bien su bondad divina por intermedio de la obra interior, como nacida a término y derramada en el descenso de la divinidad revestida de diferencia, cantidad [y] división; [pero] todo esto y otras cosas por el estilo, así como también [la] misma semejanza, permanecen apartados de Dios y ajenos a Él. [Pues] se apegan[23] y se detienen y se tranquilizan con aquello que es bueno [por separado], que está iluminado, que es criatura, y totalmente ciego con respecto a la bondad y a la luz en sí mismas y a lo Uno donde Dios engendra a su Hijo unigénito y en Él a todos cuantos son hijos de Dios, hijos natos. Ahí [quiere decir, en lo Uno] se hallan la emanación y el origen del Espíritu Santo y sólo por Él —en cuanto es el Espíritu de Dios y Dios mismo es Espíritu— es concebido dentro de nosotros el Hijo y ahí se da esta emanación [del Espíritu Santo] de todos cuantos son hijos de Dios, según han nacido con menor o mayor pureza sólo de Dios, transformados según la imagen y en la imagen de Dios, y apartados de toda cantidad como todavía se encuentra en los ángeles superiores en cuanto a su naturaleza y —si uno quiere llegar a conocerlo bien— ellos hasta están apartados de la bondad, la verdad y todo aquello que está sujeto, aunque fuera sólo en un pensamiento o en una denominación, a una vislumbre o sombra de una diferencia cualquiera, y se han entregado [sólo] a lo Uno que es libre de cualquier especie de cantidad y diferencia, donde también Dios-Padre-Hijo-y-Espíritu-Santo es y son Uno solo, habiendo perdido toda diferencia y cualidad y siendo desnudado de ellas. Y lo Uno obra nuestra salvación, y cuanto más alejados estemos de lo Uno, tanto menos seremos hijos e hijo y con tanta menor perfección surgirá dentro de nosotros y fluirá de nosotros el Espíritu Santo; en cambio, cuanto más cerca estemos de lo Uno, tanto más verdaderamente seremos hijos e hijo de Dios y de nosotros fluirá también Dios-el-Espíritu-Santo. A esto se refiere Nuestro Señor, [el] Hijo de Dios en la divinidad, cuando dice: «En el que beba del agua que yo le dé, surgirá un manantial que salta hasta la vida eterna» (Juan 4, 14), y San Juan afirma que esto lo decía del Espíritu Santo (Juan 7, 39).

En la divinidad el Hijo, de acuerdo con su índole, no ofrece sino la esencia-Hijo, la esencia del nacido de Dios, [siendo] manantial, origen y emanación del Espíritu Santo, del amor de Dios, y el sabor pleno, verdadero e íntegro del Unico, el Padre celestial. Por eso, la voz del Padre le habla al Hijo desde el cielo: «Tú eres mi Hijo amado en quien me aman a mí y me tienen complacencia» (Mateo 3, 17), pues, sin duda, nadie que no sea hijo de Dios lo ama lo suficiente y con pureza. Porque el amor, o sea el Espíritu Santo, surge y emana del Hijo, y el Hijo ama al Padre por amor de Él mismo [=el Padre], [ama] al Padre en Él mismo y a sí mismo en el Padre. Por eso Nuestro Señor dice con mucha razón:

«Bienaventurados son los pobres en espíritu» (Mateo 5, 3), lo cual quiere decir: Aquellos que no tienen nada de espíritu propio y humano y llegan desnudos a [la presencia de] Dios. Y San Pablo dice: «Dios nos lo reveló en su Espíritu» (Col. 1, 8).

San Agustín dice[24] que quien mejor comprende la Escritura es aquel que, desprendido de todo espíritu, busca el sentido y la verdad de la Escritura en ella misma, es decir, en el espíritu en el cual está escrita y pronunciada, o sea el Espíritu de Dios. Dice San Pedro que todos los hombres santos hablaban movidos por el Espíritu de Dios (2 Pedro 1,21). San Pablo dice: Nadie es capaz de conocer y saber qué es lo que hay en el hombre sino el espíritu que está dentro del hombre, y nadie es capaz de saber qué es el Espíritu de Dios y en Dios, sino el Espíritu que es de Dios y es Dios (1 Cor. 2, 11). Por eso un escrito, [o sea] una glosa[25], afirma con mucha razón que nadie puede comprender ni enseñar lo escrito por San Pablo a no ser que tenga el mismo espíritu en el cual hablaba y escribía San Pablo. Y todo mi lamento consiste siempre en que las personas de mente grosera y que carecen totalmente del Espíritu de Dios y no tienen nada de Él, pretenden opinar —conforme a su burda inteligencia humana— sobre lo que oyen o leen en la Escritura que fue pronunciada y escrita por el Espíritu Santo y en Él, y no recuerdan que está escrito: «Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios» (Mateo 19, 26). Esto vale también en general y en el ámbito natural: lo que es imposible para la naturaleza inferior, es habitual y natural para la naturaleza superior.

A todo esto agregadle aún lo que dije hace rato: que un hombre bueno, nacido en Dios [como] hito de Dios, ama a Dios por amor de Él mismo, y en Él mismo, y recordad [a este respecto] otras muchas palabras que pronuncié arriba. Para mejor comprensión hay que saber que un hombre bueno —como también he dicho con frecuencia— que ha nacido de la bondad y en Dios, se adentra en toda la peculiaridad divina —según las palabras de Salomón— el que Dios haga todas las cosas por amor de sí mismo (Prov. 16, 4) es decir, que no mira ningún porqué fuera de sí mismo sino únicamente por amor-de-sí-mismo; ama y hace todas las obras por amor de sí mismo. Por lo tanto, si el hombre lo ama a Él mismo y a todas las cosas y hace todas sus obras no a causa de la recompensa, del honor o del bienestar, sino sólo por Dios y por la gloria de Dios, esto es señal de que es hijo de Dios.

Más aún: Dios ama por amor de sí mismo y obra todas las cosas por amor de sí mismo, lo cual quiere decir que ama a causa del amor y obra a causa del obrar; pues, sin duda alguna, Dios nunca habría engendrado en la eternidad a su Hijo unigénito si el haber engendrado no fuera igual al engendrar. Por eso dicen los santos[26]que el Hijo ha nacido tan eternamente que sigue naciendo sin cesar. Si el ser-creado no fuera [una y la misma cosa que] el crear, Dios tampoco habría creado jamás el mundo. Resulta pues, que Dios ha creado el mundo de manera tal que todavía lo sigue creando sin cesar. Todo lo pasado y todo lo venidero le resultan a Dios ajenos y distantes. Y por ende: quien nació de Dios [como] hijo de Dios, ama a Dios por amor de Él mismo, es decir, ama a Dios a causa del amar-a-Dios y obra todas sus obras a causa del obrar. Dios nunca se cansa del amar y obrar, y todo cuanto Él ama significa para Él un solo amor. Y por consiguiente es verdad que Dios es el Amor (1 Juan 4, 8, 16). De ahí que yo dijera arriba que el hombre bueno quiere y querría sufrir en todo momento por amor de Dios, y no haber-sufrido; mientras sufre, tiene todo lo que ama. Ama al sufrir-por-amor-de-Dios y sufre por Dios. Por ello y en ello es hijo de Dios, formado a semejanza de Dios y en Dios quien ama por amor de sí mismo, es decir, ama por el amor y obra por el obrar; y por lo tanto, Dios ama y obra sin cesar. Y el obrar de Dios es su naturaleza, su esencia, su vida, su bienaventuranza. Entonces en verdad: para el hijo de Dios, o sea un hombre bueno, en cuanto es hijo de Dios, el sufrir por amor de Dios y el obrar por amor de Dios constituyen su esencia, su vida, su obrar, su bienaventuranza, ya que dice Nuestro Señor: «Bienaventurados son los que sufren por la justicia» (Mateo 5, 10).

Ahora digo además, en tercer lugar, que un hombre bueno, en cuanto es bueno, tiene cualidad divina no sólo por el hecho de que ama y opera todo cuanto ama y opera, por amor de Dios a quien ama y por quien opera, sino que el que ama, ama y opera también por sí mismo; porque aquel a quien ama es Dios-Padre-no-nacido, el que ama es Dios-Hijo-nato. Ahora resulta que el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre. Padre e Hijo son uno solo. En cuanto a la forma cómo lo más íntimo y lo más elevado del alma recoge y aprehende al Hijo de Dios y [al] llegar-a-ser-hijo-de-Dios, ahí en el regazo y corazón del Padre celestial, búscalo luego de terminado este libro, allí donde escribo sobre «el hombre noble que marchó a una tierra lejana para conquistarse un reino y luego volver» (Lucas 19, 12).

Además, hay que saber también que en la naturaleza la impresión y la influencia de la naturaleza suprema y más elevada, le resultan a cualquier persona más deliciosas y placenteras que su propia naturaleza y ser. El agua corre, por su propia naturaleza, hacia abajo, hacia el valle y en esto reside también su idiosincrasia. Mas, bajo la impresión e influencia de la luna arriba en el cielo, reniega y se olvida de su propia naturaleza y fluye cuesta arriba hacia lo alto y este flujo hacia arriba le resulta más fácil que el flujo hacia abajo[27]. El hombre ha de saber si está bien encaminado por lo siguiente: si constituye para él un motivo de deleite y alegría dejar su voluntad natural y renegar de ella y desasirse por completo en cuanto a todo aquello que el hombre debe sufrir según la voluntad de Dios. Y a esto se refiere, en acertado sentido, Nuestro Señor cuando dijo: «Quien quiere llegar hacia mí, debe desasirse de sí y negarse a sí mismo y ha de levantar su cruz» (Mateo 16, 24), esto es: se ha de despojar y desasir de todo cuanto es cruz y sufrimiento. Pues seguramente, quien se hubiera negado a sí mismo y hubiera abandonado del todo su propio yo, a éste nada le resultaría ni cruz ni pena ni sufrimiento; todo constituiría para él un deleite, una alegría, un placer entrañable, y este [hombre] acudiría a Dios y lo seguiría de veras. Pues, así como nada puede entristecer ni apenar a Dios, tampoco existe cosa alguna que pueda preocupar o apenar a semejante hombre. Por consiguiente, cuando dice Nuestro Señor: «Quien quiere llegar hacia mí, niéguese a sí mismo y levante su cruz y sígame», no se trata tan sólo de un mandamiento, como se dice y cree comúnmente; antes bien, es una promesa y una enseñanza divina relativa a cómo, para el hombre, todo su sufrimiento, toda su actuación, toda su vida, llegan a ser deliciosas y alegres, y antes que un mandamiento es una recompensa. Porque un hombre de tal carácter posee todo cuanto quiere y no quiere nada malo y ésta es [la] bienaventuranza. También por eso dice bien Nuestro Señor: «Bienaventurados son los que sufren ‘por la justicia» (Mateo 5, 10).

Además, cuando dice Nuestro Señor, el Hijo: «que [el hombre] se niegue a sí mismo y levante su cruz y venga hacia mí», entonces se refiere a lo siguiente: Hazte hijo tal como yo soy Hijo, Dios nato, y [llega a ser lo mismo Uno que yo soy [y] que tomo morando y permaneciendo en el seno y corazón del Padre. Padre —así dice también el Hijo— quiero que aquel que me sigue, el que viene hacia mí, esté allí donde estoy yo (Cfr. Juan 12, 26). En el fondo, nadie llega al Hijo, en cuanto éste es Hijo, sino aquel que se convierte en hijo, y nadie está allí donde está el Hijo quien, en el seno y corazón del Padre es uno dentro de lo Uno, sino aquel que es hijo.

«Yo» —dice el Padre—, «quiero conducirlos a un desierto y allí hablaré a sus corazones» (Oseas 2, 14). De corazón a corazón, uno dentro de lo Uno, [he aquí lo que] ama Dios. Todo cuanto resulta ajeno y distante a esto [=lo Uno] lo odia Dios. Él atrae y arrastra hacia lo Uno. Todas las criaturas buscan lo Uno, incluso las más bajas lo buscan, y las más elevadas perciben lo Uno; arrastradas más allá de su naturaleza y transformadas en la [divina] imagen, ellas buscan lo Uno en lo Uno, lo Uno en sí mismo. Por eso habrá dicho el Hijo —en la divinidad Hijo [=Logos] en el Padre—: Allí donde estoy yo, habrá de estar quien me sirve, quien me sigue, quien viene hacia mí.

Existe, empero, otro consuelo más. Debe saberse que a la naturaleza entera le es imposible romper una cosa, arruinarla o tan sólo tocarla, sin que pretenda lograr algo mejor para lo que toca. No le basta crear algo igualmente bueno; siempre quiere hacer algo mejor. ¿Cómo? Un médico sabio nunca toca el dedo enfermo de una persona provocándole dolores, si no es capaz de producir un estado mejor para el dedo o para el hombre en su totalidad y procurarle alivio. Si puede lograr una mejoría para el hombre y también para el dedo, lo hace; si no es así, le corta el dedo para que mejore el hombre. Y es mucho mejor sacrificar el dedo solo y conservar al hombre, antes que permitir que se arruinen tanto el dedo como el hombre. Un solo daño es mejor que dos, sobre todo cuando uno sería incomparablemente mayor que el otro. Debe saberse también que el dedo y la mano y cualquier miembro por naturaleza, antes que a sí mismo quiere mucho más al hombre cuyo miembro es y que, en beneficio de ese hombre, se expone de buen grado y con alegría no premeditada a [sufrir] apremios y daños. Digo con toda confianza y de acuerdo con la verdad que semejante miembro en absoluto se ama a sí mismo a no ser por y en aquel cuyo miembro es. Por ello sería muy justo y nos correspondería por naturaleza que en absoluto nos amásemos, a no ser por amor de Dios y en Él. Y si fuera así, nos resultaría fácil y un deleite todo cuanto Dios quisiera de nosotros y en nosotros, en especial si tuviéramos la certeza de que Dios en medida incomparablemente menor sería capaz de permitir que [nos sucediera] ningún defecto o daño, a no ser que viera y pretendiera con ello una ganancia mucho mayor [para nosotros]. Por cierto, si alguien en este aspecto no confía en Dios, es sólo justo que tenga sufrimientos y penas.

Existe otro consuelo más. Dice San Pablo que Dios castiga a todos cuantos acepta y acoge como hijos (Cfr. Hebreos 12, 6). Si uno ha de ser hijo corresponde que sufra. Como el Hijo de Dios no podía sufrir en la divinidad y en la eternidad, el Padre celestial lo envió al siglo para que se hiciera hombre y pudiera sufrir. Si quieres ser, pues, hijo de Dios y, sin embargo, no quieres sufrir, estás muy equivocado. Está escrito en el Libro de la Sabiduría que Dios nos examina y somete a prueba [para ver] quién es justo, tal como se examina y se somete a prueba y se afina el oro en un horno de fundición (Cfr. Sabiduría 3, 5/6). Es señal de que el rey o un príncipe confía del todo en un caballero cuando lo envía a combatir. He visto a un señor que a veces, cuando había aceptado a alguien entre su servidumbre, lo hacía salir de noche y luego lo alcanzaba montado a caballo y luchaba con él. Y un buen día sucedió que casi fue muerto por un hombre a quien de tal manera deseaba poner a prueba; y a este siervo lo quiso luego mucho más que antes.

Leemos[28] que San Antonio una vez en el desierto tenía tribulaciones especialmente graves por culpa de los espíritus malignos; y cuando hubo superado su tribulación se le apareció alegremente Nuestro Señor, también exteriormente [visible]. A eso dijo el santo varón: Ay, querido Señor ¿dónde estabas recién cuando mis apuros eran tan grandes? Entonces dijo Nuestro Señor: Yo estaba aquí como lo estoy ahora. Pero deseaba y se me antojaba ver lo piadoso que eras. Un [trozo de] plata o de oro, seguramente es puro, pero si se pretende hacer de él una copa en la cual ha de beber el rey, se lo acrisola incomparablemente más que otro [trozo]. Por ello está escrito con referencia a los apóstoles que ellos se alegraban por haber sido dignos de padecer ultrajes por amor de Dios (Hechos 5, 41).

El Hijo de Dios por naturaleza quiso hacerse hombre por gracia para que pudiera sufrir a causa de ti, y tú quieres llegar a ser hijo de Dios y no hombre para que no sufras y no necesites hacerlo ni por Dios ni por ti mismo.

Además, si el hombre se dispusiera a tomar conciencia y reflexionar sobre la gran alegría que sienten seguramente Dios mismo a su manera y todos los ángeles y cuantos conocen y aman a Dios a causa de la paciencia del hombre cuando por amor de Dios sufre penas y perjuicios, en realidad, esta [noción] por sí sola ya de derecho debería procurarle consuelo. Si una persona es capaz de entregar sus bienes y soportar molestias para dar alegría a su amigo y hacerle un favor.

En otro orden de cosas se debería pensar lo siguiente: Si un hombre tuviera un amigo que por causa suya sufriera y sintiera dolores y molestias, sería por cierto muy justo que le hiciese compañía y lo consolase con su presencia y con todo el consuelo que fuese capaz de darle. Por eso dice Nuestro Señor en el Salterio con referencia a un hombre bueno que está con él en el sufrimiento (Salmo 33, 19). De esta palabra se pueden desprender siete enseñanzas y siete clases de consuelo.

Primero, lo que dice San Agustín[29]: que la paciencia en el sufrimiento por amor de Dios es mejor, más preciosa, más elevada y más noble que todo cuanto se le puede quitar al hombre en contra de su voluntad; todas estas cosas son sólo bienes exteriores. Dios sabe que no encontramos ninguna persona amante de este mundo, por rica que fuera, que no estuviera dispuesta a soportar grandes dolores de buen grado y aun durante largo tiempo con tal de que luego pudiera ser poderoso señor de este mundo.

En segundo término saco mis conclusiones no sólo de esta palabra dicha por Dios, de que está junto al hombre en su sufrimiento, sino que deduzco de la palabra y encuentro en ella lo que digo: Si Dios está conmigo en el sufrimiento ¿qué más quiero, qué otra cosa quiero? No quiero otra cosa, no quiero nada más que Dios, siempre y cuando yo esté bien encaminado. Dice San Agustín[30]: «Muy codicioso y poco inteligente es aquel que no se contenta con Dios», y en otra parte expresa: «¿Cómo puede el hombre contentarse con los dones exteriores o interiores de Dios, si no se contenta con Dios mismo?» Por eso, vuelve a afirmar en otro lugar: Señor, si nos rechazas de ti, danos otro tú porque no queremos nada fuera de ti. De ahí que se diga en El Libro de la Sabiduría: «Con Dios, la eterna Sabiduría, he recibido de pronto todos los bienes juntos» (Sab. 7, 11). En un determinado sentido esto significa que nada es bueno ni puede ser bueno que venga sin Dios y todo cuanto viene con Dios es bueno y solamente bueno porque viene con Dios. Sobre Dios quiero guardar silencio. Si se quitara a todas las criaturas del mundo entero el ser que otorga Dios, quedarían [hechas] una mera nada desagradable, carente de valor y aborrecible. En la palabra según la cual todo el bien viene junto con Dios, se esconden aún muchos otros significados preciosos, mas ahora resultaría demasiado largo exponerlos.

Dice Nuestro Señor: «Estoy con el hombre en el sufrimiento» (Salmo 90, 15). Con referencia a este [versículo] dice San Bernardo[31]: Señor, si estás con nosotros en el sufrimiento, dame que sufra continuamente para que estés siempre conmigo, para que te posea siempre.

En tercer lugar digo: El que Dios esté con nosotros en el sufrimiento, significa que Él mismo sufre con nosotros. De cierto, quien conoce la verdad, sabe que digo la verdad. Dios sufre junto con el hombre, e incluso sufre a su manera antes e incomparablemente más de lo que sufre quien lo hace por amor de Él. Ahora digo yo: Si Dios mismo quiere sufrir, también debo sufrir yo y con mucha razón, pues si estoy bien encaminado, quiero lo que quiere Dios. Suplico todos los días, y Dios me manda hacerlo: «¡Señor, hágase tu voluntad!» Sin embargo, cuando Dios quiere [que haya] sufrimiento, pretendo quejarme de ello; eso está muy mal hecho. Digo también con seguridad que a Dios le da tanto gusto sufrir con nosotros y por nosotros cada vez que sufrimos sólo por amor de Él, que sufre sin sufrimiento. [El] sufrimiento le resulta tan deleitoso que para Él sufrir no es sufrimiento, y en consecuencia, si estuviéramos bien como se debe, para nosotros [el] sufrir tampoco sería sufrimiento; nos sería deleite y consuelo.

En cuarto lugar digo que la compasión del amigo naturalmente disminuye el sufrimiento propio. Por lo tanto, si me puede consolar la compasión de una persona para conmigo, la compasión de Dios me consolará muchísimo más.

En quinto lugar: Si yo debiera y quisiera sufrir junto con un hombre a quien yo amaba y quien me amaba a mí, entonces debería sufrir de buen grado y con mucha razón junto con Dios que sufre conmigo y por causa mía debido al amor que me tiene.

En sexto lugar digo: Si es así que Dios sufre antes que lo haga yo, y si yo sufro por amor de Dios, entonces, por cierto, todo mi sufrimiento, por grande y múltiple que sea, se me torna fácilmente en consuelo y alegría. Es una verdad ya por naturaleza: si el hombre realiza una obra a causa de otra [obra], entonces se halla más cerca de su corazón el fin por el cual lo hace, y aquello que ejecuta está más lejos de su corazón y lo afecta sólo con miras a ese fin por el cual lo hace. Quien edifica y corta la madera y labra la piedra porque y a causa de que quiere edificar una casa [que lo proteja] contra el calor estival y las heladas invernales, [ese hombre] tiene centrado su corazón, ante todo y cabalmente, en la casa y no labraría jamás la piedra ni haría el trabajo, si no fuera por la casa. Ahora bien, vemos que el enfermo, cuando toma el vino dulce, tiene la idea, y lo dice, de que es amargo, y es cierto; porque el vino pierde toda su dulzura afuera, en el sabor amargo de la lengua, antes de que penetre adentro donde el alma percibe y juzga el gusto. Así sucede y en medida incomparablemente mayor y más verdadera, cuando el hombre hace todas sus obras por amor de Dios, en este caso Dios es el mediador y lo que permanece más cerca del alma, y nada es capaz de tocar el alma y el corazón de este hombre sin perder, necesariamente, su amargura gracias a Dios y a su dulzura, debiendo convertirse en pura dulzura antes de poder tocar jamás el corazón de esa persona.

Existe también otro indicio y símil: Dicen los maestros que por debajo del cielo hay un fuego, extendido en todo el derredor, y a causa de él ninguna lluvia ni viento ni tempestad ni tormenta pueden acercarse tanto al cielo desde abajo que algo lo pueda tocar; antes de llegar al cielo, todo se quema y se arruina por el ardor del fuego. Exactamente del mismo modo, digo yo, todo cuanto sufrimos y obramos por amor de Dios se hace dulce en la dulzura de Dios antes de llegar al corazón de aquel hombre que obra y sufre por Dios. Pues justamente esto significa la palabra que dicen: «por Dios», ya que nada llega jamás al corazón a no ser fluyendo a través de la dulzura divina en la cual pierde su amargura. Además, lo quema el fuego ardiente del amor divino que encierra en sí por doquier al corazón del hombre bueno.

Pueden verse ahora la equidad y las múltiples maneras por las cuales un hombre bueno por doquier recibe consuelo en sus sufrimientos, sea padeciendo, sea actuando. De una manera sucede cuando sufre y obra por amor de Dios; de otra manera, cuando se halla dentro del amor divino. El hombre también puede conocer y saber si hace todas sus obras por amor de Dios y si se mantiene en el amor de Dios, pues seguramente, en cuanto el hombre se ve apenado y sin consuelo, en tanto no ha realizado su acción solamente por Dios y ¡mira! tampoco se mantiene siempre en el amor de Dios. Un fuego —dice el rey David—, viene con Dios y delante de Dios, que quema por doquier todo cuanto Dios halla adverso a Él mismo (Cfr. Salmo 96, 3) y que le es disímil, a saber, [la] pena, [el] desconsuelo, [el] desasosiego y [la] amargura.

Todavía nos queda [por ver] el séptimo [consuelo contenido] en la palabra de que Dios está con nosotros en el sufrimiento y sufre con nosotros: [consiste en] que la peculiaridad divina nos sabe consolar vigorosamente por cuanto es lo Uno puro sin cualquier agregado de multiplicidad de distingos, aunque fuera sólo [un distingo] con [el] pensamiento; de modo que todo cuanto hay en Él es Dios mismo. Y como esto es verdad digo: Todo cuanto el hombre bueno sufre por Dios, lo sufre en Dios y Dios está padeciendo con él en su sufrimiento. Si mi sufrimiento se encuentra en Dios y Dios lo comparte ¿cómo me puede resultar penoso el sufrimiento, dado que el sufrimiento pierde la pena y mi pena se halla en Dios y mi pena es Dios? Por cierto, así como Dios es Verdad y como yo, dondequiera que encuentre [la] verdad, hallo a mi Dios, o sea la Verdad, así también —[y esto no es] ni más ni menos— cuando hallo el sufrimiento puro por Dios y en Dios, encuentro que mi sufrimiento es Dios. Quien no reconoce este hecho, que eche la culpa a su ceguera y no a mí ni a la verdad divina ni a la benevolencia digna de amor.

¡Sufrid, pues, de esta manera por amor de Dios ya que es sumamente saludable y es la bienaventuranza! «Bienaventurados» —dijo Nuestro Señor— «son los que sufren a causa de la justicia» (Mateo 5, 10). ¿Cómo puede permitir Dios, el amante de la bondad, que sus amigos, o sea [los] hombres buenos, no tengan sufrimientos continua, ininterrumpidamente? Si un hombre tuviera un amigo que aceptara sufrir durante unos pocos días para que debido a ello mereciera gran provecho, honra y comodidad para poseerlos durante mucho tiempo, [y] si [este hombre] tratara de impedirlo o si fuera su deseo de que otra persona lo impidiese, no se diría que era amigo del otro o que lo amaba. De ahí que Dios en absoluto podría permitir que sus amigos, [esa] gente buena, estuvieran jamás sin sufrimiento sino fueran capaces de sufrir no sufriendo[32]. Toda la bondad del sufrimiento externo proviene y emana de la bondad de la voluntad, tal como he escrito arriba. Y por ende: todo cuanto un hombre bueno quiere sufrir y está dispuesto para ello y desea hacerlo por amor de Dios, lo sufre [efectivamente] ante el rostro divino y por Dios en Dios. El rey David dice en el Salterio: Estoy preparado para cualquier infortunio, y a mi dolor lo tengo siempre presente en mi corazón y ante mi rostro (Salmo 37, 18). Dice San Jerónimo[33]que la cera pura, la cual es totalmente blanda y se presta para formar de ella y con ella cualquier cosa que se deba y quiera hacer, contiene en sí todo cuanto se puede formar con ella, aun cuando nadie la use para configurar ninguna cosa exteriormente visible. También he escrito arriba que la piedra no tiene menor peso cuando no se apoya sobre el suelo en forma exteriormente visible; todo su peso reside completamente en el hecho de que tiende hacia abajo y está dispuesta en sí misma a caer hacia abajo. Así he escrito también arriba que el hombre bueno ya en este momento ha hecho en el cielo y en la tierra todo cuanto querría hacer, asemejándose a Dios también en este aspecto.

Ahora se puede conocer y comprender la mentalidad burda de la gente que por regla general se sorprende cuando ve que alguna persona buena está padeciendo dolores e infortunios, ocurriéndoseles a menudo la idea y el error de que esto sucede a causa de un pecado oculto, y a veces dicen también: Ay, yo me imaginaba que esa persona era muy buena. ¿Cómo puede ser que padezca tamañas penas e infortunios mientras yo creía que no tenía defectos? Y yo estoy de acuerdo con ellos: Ciertamente, si fuera una pena real y si lo que sufren significara para ellos pena y desdicha, entonces no serían ni buenos ni libres de pecado. Pero si son buenos, el sufrimiento no implica para ellos ni pena ni desdicha, sino que lo tienen por gran dicha y felicidad. «Bienaventurados» —dijo Dios, o sea la Verdad—, «son todos los que sufren a causa de la justicia» (Mat. 5, 10). Por eso dice El Libro de la Sabiduría que «las almas de los justos están en manos de Dios. La gente necia se imagina y opina que mueren y perecen, pero están en paz» (Cfr. Sab. 31 s.), [gozan] del deleite y de la bienaventuranza. En el pasaje donde escribe San Pablo que muchos santos padecían numerosas [y] grandes penas, dice [también] que el mundo no era digno de ello (Hebreos 11, 36 ss.) Y, para quien la comprende bien, esta palabra tiene un triple sentido. Uno consiste en [el hecho de] que este mundo es indigno de la presencia de muchas personas buenas. El segundo significado es mejor, indica que la bondad de este mundo parece digna de desprecio y carece de valor; sólo Dios tiene valor [y], por lo tanto, ellos tienen valor para Dios y son dignos de Él. El tercer significado es en el que pienso ahora, y quiere decir que este mundo, o sea la gente que ama a este mundo, es indigna de sufrir penas e infortunios por amor de Dios. Por eso está escrito que los santos apóstoles se alegraban por haber sido dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Dios (Hechos 5, 41).

Ahora, basta de palabras. Pues en la tercera parte de este libro quiero referirme a varios consuelos con los que debe y puede consolarse un hombre bueno en medio de sus sufrimientos, [consuelos] como se encuentran en las obras, [y] no sólo en las palabras, de personas sabias y buenas.

 

 

3

 

Leemos en el Libro de los Reyes que alguien maldecía al rey David y lo hacía objeto de graves improperios. Entonces dijo uno de los amigos de David que querría matar a ese perro malo. Mas el rey dijo: ¡No! porque acaso Dios quiere hacer lo que es mejor para mí y lo hará por medio de estos improperios (2 Samuel 16, 5 ss.)

Leemos en el Libro de los Padres[34]que un hombre se quejaba de su sufrimiento a un santo padre. A lo cual le dijo el padre: —Hijo ¿quieres que yo ruegue a Dios que te lo quite? —El otro contestó—: No, padre, porque es saludable para mí como bien lo sé. Ruega más bien a Dios me dé su gracia para que lo sufra de buen grado.

Alguna vez le preguntaron a un enfermo por qué no le suplicaba a Dios que lo curara. Entonces, ese hombre dijo que no le gustaba hacerlo por tres razones. Una consistía en que él creía estar seguro de que el cariñoso Dios nunca permitiría que él estuviera enfermo si no fuera lo mejor para él. Otra razón era que el hombre, con tal de ser bueno, quiere todo cuanto quiere Dios y no [pretende] que Dios quiera lo que quiere el hombre; pues eso estaría muy mal. Y por ende: si Él quiere que yo esté enfermo —porque, si no lo quisiera, yo tampoco lo estaría— yo tampoco debo tener el deseo de estar sano. Pues, sin duda alguna, si fuera posible que Dios me curara sin que fuese su voluntad, no tendría valor para mí y no me gustaría que me curara. [El] querer proviene del amor y [el] no querer proviene de la falta de amor. Prefiero con mucho y es mejor y más útil para mí, que Dios me ame estando yo enfermo, en vez de que yo tuviera el cuerpo sano y Dios no me amase. Lo que ama Dios, es algo; lo que Dios no ama, es nada, así dice el Libro de la Sabiduría (Cfr. Sab. 11, 25). En esto reside también la verdad de que todo lo que quiere Dios es bueno justamente en cuanto y porque Dios lo, quiere. De cierto, hablando al modo humano: Yo preferiría que un hombre rico [y] poderoso, por ejemplo, un rey, me amara y, sin embargo, me dejase, por un rato, sin darme nada en vez de que me hiciera dar algo en seguida sin amarme con sinceridad; es decir, si él en este momento por amor no me diera nada, mas no me diera nada por ahora porque luego quisiera hacerme regalos más grandes y generosos. Hasta pongo por caso que el hombre que me ama y en este momento no me da nada, ni siquiera tenga la intención de darme algo más tarde; pues, puede ser que más tarde cambie de opinión y me haga un regalo. Yo esperaré pacientemente, sobre todo porque su don lo otorga por gracia e inmerecidamente. También es cierto: Aquel cuyo amor no aprecio y a cuya voluntad se opone la mía y de quien me interesaría únicamente su don, procede con justicia si no me da nada y si además me odia y me deja en el infortunio.

La tercera razón por la cual me resultaría mezquino y repugnante pedirle a Dios que me cure [es la siguiente]: No quiero ni debo solicitarle una insignificancia a este Dios rico, cariñoso y generoso. Pongamos que yo llegara a ver al Papa tras haber recorrido cien o doscientas millas y al presentarme ante él le diría: Señor, Santo Padre, he llegado tras haber recorrido con grandes gastos un camino fatigoso de unas doscientas millas y os ruego —razón por la cual he venido a veros— que me deis un garbanzo. De cierto, él mismo y cualquiera que lo escuchara, diría, y con toda razón, que soy un gran necio. Pues bien, es una verdad segura cuando digo que todos los bienes y aun todas las criaturas en comparación con Dios, son menos que un garbanzo en comparación con todo este mundo material. Por lo tanto, si yo fuera un hombre bueno y sabio, tendría que negarme con razón a solicitarle a Dios que estuviese sano.

En este contexto digo además: Es señal de un corazón débil cuando un hombre se alegra o se apena por las cosas perecederas de este mundo. Si uno, en algún momento, lo observara en sí, debería avergonzarse de todo corazón ante Dios y sus ángeles y los hombres. Si nos avergonzamos tanto de un defecto en la cara que la gente ve exteriormente. ¿Qué más puedo decir? Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento así como los de los santos y también de los paganos abundan [en ejemplos] de cómo las personas piadosas por amor de Dios y también por virtud natural, entregaban su vida y se negaban de buena voluntad a sí mismos.

Sócrates, un maestro pagano[35], dice que las virtudes hacen posibles las cosas imposibles y además [las convierten en] fáciles y dulces. Tampoco quiero olvidar a esa mujer piadosa de la cual nos habla El Libro de los Macabeos, que ella un buen día vio con sus propios ojos el tormento extraordinario y también, sólo para escucharlo, inhumano y horrible, que daban y aplicaban a sus siete hijos, y ella miraba serenamente y lo aguantaba amonestándolos a uno tras otro que no se asustaran y entregaran voluntariamente el cuerpo y el alma a causa de la justicia divina (2 Mac. 7). Que el libro termine con este [hecho]. Pero quiero agregar dos palabras más.

Una es ésta: Un hombre bueno [y] de Dios, en verdad debería avergonzarse fuerte y profundamente de que en algún momento lo perturbara el sufrimiento, mientras vemos que el mercader para obtener una pequeña ganancia, e incluso al azar, recorre a menudo caminos fatigosos [pasando por] montañas y valles, desiertos y mares donde su vida y sus bienes están amenazados por los bandidos [y] asesinos, y él soporta grandes privaciones en cuanto a comida y bebida y sueño junto con otras molestias y, sin embargo, lo olvida todo de buen grado y voluntariamente en aras de un provecho muy pequeño e incierto. Un caballero arriesga en un combate sus bienes, su vida y su alma por la honra perecedera y poco duradera y ¡a nosotros nos parece una enormidad que suframos un poco por Dios [y por] la eterna bienaventuranza!

La otra palabra en que pienso, [se refiere al hecho de] que algunas personas brutas digan que muchas cosas escritas por mí en este libro, y también en otras partes, no son verdad. A ésos les contesto lo que dice San Agustín en el primer libro de sus «Confesiones»[36]. Allí afirma que Dios ya ahora ha hecho todo lo venidero aunque sucediera en miles y miles de años —con tal de que el mundo subsistiera durante tanto tiempo— y que hará todavía hoy aquello que pasó hace milenios. ¿Qué culpa tengo yo si alguien no lo entiende? Y además dice en otra parte35a que ama demasiado a sí mismo aquel hombre que quiere cegar a otras personas para que permanezca oculta su ceguera. A mí me basta que lo que digo y escribo sea verdad en mi fuero íntimo y en Dios. Quien ve una vara sumergida en el agua, tiene la sensación de que está torcida a pesar de que es completamente recta y esto se debe al hecho de que el agua es más espesa que el aire; sin embargo, la vara es recta y no está torcida tanto en sí misma como para la mirada de quien la ve sólo a través del aire puro.

Dice San Agustín[37]: Quien sin conceptos, sin objetos corpóreos múltiples y sin imágenes reconoce interiormente aquello que no le ha proporcionado ninguna percepción exterior, éste sabe que es verdad. Pero quien no sabe nada de esto, se ríe y se burla de mí; mas yo le tengo compasión. Sin embargo, tales personas quieren ver y sentir cosas eternas y obras divinas y hallarse a la luz de la eternidad mientras su corazón revolotea aún en el ayer, aún en el mañana.

Séneca, un maestro pagano, dice[38]: De las cosas grandes y elevadas hay que hablar con sentimientos grandes y elevados y con el alma sublime. Dirán también que estas enseñanzas no se deberían decir ni escribir para la gente iletrada. A eso digo: Si no se debe enseñar a la gente iletrada, nunca nadie llegará a letrado y en consecuencia nadie sabrá enseñar o escribir. Porque se enseña a los iletrados para que de iletrados se conviertan en letrados. Si no hubiera cosas nuevas, nada llegaría a ser viejo. «Los sanos —dice Nuestro Señor— no necesitan de medicamentos» (Lucas 5, 31). El médico está para curar a los enfermos. Pero si alguien interpreta mal esta palabra ¿qué culpa tiene el hombre que pronuncia con sinceridad esta palabra verdadera? San Juan les predica el santo Evangelio a todos los creyentes y, sin embargo, comienza el Evangelio con lo más sublime que un ser humano puede afirmar de Dios en esta tierra; y resulta que también sus palabras, al igual que las de Nuestro Señor, han sido muy mal interpretadas.

Que el cariñoso [y] misericordioso Dios, [o sea] la Verdad, me otorgue a mí y a todos cuantos lean este libro, [la merced de] que hallemos y percibamos dentro de nosotros la verdad. Amén.

 

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[2]Este tratado fue compuesto para la reina Agnes de Hungría (1280, aproximadamente, hasta 1346). En 1308, el padre de la reina, Albrecht I de Habsburgo, fue asesinado. Si Eckhart se refirió a este hecho, el tratado debe haber sido escrito entre 1308 y 1311. Pero, según Spamer, fue posiblemente «un poco después de 1305 cuando Agnes perdió por la muerte no sólo a su cuñada sino también a su muy querida y única hija Blanche». Otros autores hablan de las postrimerías de 1312 o primavera de 1313 (ó 1314). (Cfr. Quint, tomo V p. 6). En cuanto al texto escribe Quint (V p. 3): «Sorprendería que el texto del Libro de la consolación divina —apesar de haber sido establecido literalmente como tratado de Eckhart en contraste con los sermones— se conserve en la tradición manuscrita apenas con menos variantes que la mayoría de los sermones alemanes para los cuales el predicador no habrá hecho nada más que esbozos y que conservamos sólo como copias de los oyentes hechas sobre la base de los textos orales».

 

1aEl original dice: «leide des herzen» = «pena (s) del corazón».

[3]«El tema que trata Eckhart aquí, al comienzo de la primera parte del Libro de la consolación divina y que predomina en toda esta parte de enfoque totalmente especulativo, es uno de los temas principales, que vuelve a tratar una y otra vez en las obras alemanas y latinas, a saber, el problema de la relación entre las llamadas perfectiones generales o termini spirituales (esse, unum, verum, bonum, sapientia, iustitia, etcétera) y sus portadores terrestres creados, o sea el hombre bueno, justo, sabio, veraz, en especial la relación de esencia entre la justicia y el justo, etcétera». Conviene tener presente esta explicación de Quint (tomo V p. 62 nota 2).

3aQuint (tomo V p. 472) da una traducción explicativa, diciendo: «pero en este casi, nos referimos a lo bueno en cuanto es la bondad que se entrega [y] engendra».

[4] Augustinus, Enarrationes in Psalmos 36, Sermo 1 n. 3.

[5] Cfr. Augustinus, Confess. 1. VII c. 12 n. 18 y Aristóteles, Ethica Nicomachea IV c. 12.

[6] Augustinus, Confess. 1. X c. 41 n. 66.

[7] Cfr. Augustinus, Sermo 105 n. 3/4, et passim.

[8] Cfr. Augustinus, Confess., 1. XIII c. 8, et passim.

[9]Cfr. Aristóteles, Physica Δ c. 1, 208 a.

[10]Augustinus, De quantitate animae c. 5 n. 9.

[11] L. Annaeus Seneca, Nat. quaest. III praef. n. 12.

[12]Cfr. L. Annaeus Seneca, Epistola ad Lucilium 107, 11.

[13] Cfr. Thomas, Summa theologiae, 1 q. 12 a. 9.

[14]Se trata de un juego de palabras en alemán con «rîche» = «Reich» = «reino» y «rîche» = «reich» = «rico».

[15]Augustinus, De trinitate, 1. 8 c. 3 n. 4.

[16]Augustinus, En. 2 in Ps. 30 Sermo 3 n. 11.

[17]Aristóteles, De anima II, t. 71.

[18] Cfr. Thomas, S. theol. III q. 3 a. 2 ad4, q. 3 a. 4 y 5.

[19]Quint explica (tomo Vp. 82 nota 102): «De un dos-uno».

[20]Ibídem, «sino que da a luz la igualdad, [o sea] el Hijo».

[21]Quint explica (tomo V p. 88 nota 131): «Aquí la obra interior de la virtud es caracterizada en congruencia con la [obra] de la sindéresis».

[22]Según señala Quint (tomo V p. 88 n. 133) la palabra «vürganc» (traducida por «superación») significa en este contexto un ir más allá del sufrimiento, dejarlo detrás de sí. Otras veces, en cambio, aparece con la acepción de «progreso».

[23]Cfr. Quint, tomo V p. 90 n. 139, donde dice que, quienes se apegan, etcétera, son: la diferencia, la cantidad y la división de la bondad emanada.

[24]Cfr. Augustinus, De doctrina christiana 1. 3 c. 27 n. 38.

[25]Ibídem.

[26] Cfr. Petrus Lombardus, Libri Sententiarum Sent. Id.9 c.4 y allí los citados Testimonia sanctorum.

[27]Eckhart usa los términos «ûzvluz» y «vluz niderwert» con el significado de «marea» y «reflujo» o «bajamar». Cfr. Quint (tomo V p. 95 n. 160).

[28]Cfr. Vitae Patrum (ed. H. Rosweyd) 1 Vita beati Antonii abbatis c. 9.

[29]Augustinus, Epist. 138 c. 3 n. 12.

[30]Augustinus, referencia a citas anteriores.

[31] Bernhard de Clairvaux, In Psalmum 90 Sermo 17 n. 4.

[32]Quint (tomo V p. 101 nota 198) expone: «unlîdende lîden» (trad. por «sufrir no sufriendo») se refiere a «la disposición a sufrir en el estado de la efectiva carencia de sufrimiento».

[33]Cfr. Hieronymus, Epistolae CXX c. 10.

[34]Vitae Patrum III.

[35]Cfr. Platón, Timaeus, interprete Chalcidio (ed. Wrobel, Lipsiae 1876).

[36] Augustinus, Confess. 1. 1 c. 6 n. 10.

35aIbídem 1. Xc. 23 n. 34.

[37] Augustinus, Confess. 1. XI c. 8 n. 10.

[38]L. Annaeus Seneca, Epist. 71, 24.

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