Meister Eckhart- Obras Alemanas

La Editorial

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II

SERMONES


SERMÓN I[1]

Intravit Iesus in templum et coepit ejicere vendentes et ementes. Matthei.

Leemos en el santo Evangelio (Mateo 21, 12) que Nuestro Señor entró en el templo y echó fuera a quienes compraban y vendían, y a los otros que ofrecían en venta palomas y otras cosas por el estilo, les dijo: «¡Quitad esto de aquí, sacadlo!» (Juan 2, 16). ¿Por qué echó Jesús a los que compraban y vendían, y a los que ofrecían palomas, les mandó que las sacaran? Quiso significar tan sólo que quería tener vacío el templo, exactamente como si hubiera dicho: Tengo derecho a este templo y quiero estar solo en él y tener poder sobre él. Esto ¿qué quiere decir? Este templo donde Dios quiere reinar poderosamente según su voluntad, es el alma del hombre que Él ha formado y creado exactamente a su semejanza, según leemos que dijo Nuestro Señor: «¡Hagamos al hombre a Nuestra imagen y semejanza!» (Génesis 1, 26). Y así lo hizo también. Ha hecho el alma del hombre tan semejante a sí mismo que ni en el cielo ni en la tierra, por entre todas las criaturas espléndidas, creadas tan maravillosamente por Dios, no hay ninguna que se le asemeje tanto como el alma humana sola. Por ello, Dios quiere tener vacío este templo de modo que no haya nada adentro fuera de Él mismo. Es así porque este templo le gusta tanto ya que se le asemeja de veras, y Él mismo está muy a gusto en este templo siempre y cuando se encuentre ahí a solas.

¡Ah, prestad atención! ¿Quiénes eran las personas que compraban y vendían, y quiénes son hoy en día? ¡Escuchadme bien! Ahora hablaré en mi sermón tan sólo de gente buena. Sin embargo, indicaré esta vez quiénes eran los mercaderes y quiénes siguen siéndolo, esos que compraban y vendían y [los que] continúan haciéndolo de la misma manera, [y] a quienes Nuestro Señor echó a golpes expulsándolos y lo sigue haciendo aún hoy en día con todos cuantos compran y venden en este templo: no quiere que ni uno solo [de ellos] permanezca adentro. Mirad, mercaderes son todos aquellos que se cuidan de no cometer pecados graves y les gustaría ser buenos y, para la gloria de Dios, ellos hacen sus obras buenas, como ser, ayunar, estar de vigilia, rezar y lo que hay por el estilo, cualquier clase de obras buenas, mas las hacen para que Nuestro Señor les dé algo en recompensa o para que Dios les haga algo que les gusta: todos ésos son mercaderes. Esto se debe entender en un sentido burdo, porque quieren dar una cosa por otra y de esta manera pretenden regatear con Nuestro Señor. Con miras a tal negocio se engañan. Pues, todo cuanto poseen y todo cuanto son capaces de obrar, si lo dieran todo por amor de Dios y obrasen por completo por Él, Dios en absoluto estaría obligado a darles ni a hacerles nada en recompensa, a no ser que quiera hacerlo gratuita [y] voluntariamente. Porque lo que son, lo son gracias a Dios, y lo que tienen, lo tienen de Dios y no de sí mismos. Por lo tanto, Dios no les debe nada, ni por sus obras ni por sus dádivas, a no ser que quisiera hacerlo voluntariamente como merced y no a causa de sus obras ni de sus dádivas, porque no dan nada de lo suyo [y] tampoco obran por sí mismos, según dice Cristo mismo: «Sin mí no podéis hacer nada» (Juan 15, 5). Esos que quieren regatear así con Nuestro Señor, son individuos muy tontos; conocen poco o nada de la verdad. Por eso, Nuestro Señor los echó a golpes fuera del templo y los expulsó. La luz y las tinieblas no pueden hallarse juntas. Dios es la Verdad y una luz en sí misma. Por ello, cuando Dios entra en este templo, expulsa la ignorancia, o sea, las tinieblas, y se revela Él mismo mediante la luz y la verdad. Cuando se llega a conocer la Verdad, los mercaderes han desaparecido, y la verdad no apetece hacer negocio alguno. Dios no busca lo suyo, Él es libre y desasido en todas sus obras y las hace por verdadero amor. Lo mismo hace también aquel hombre que está unido con Dios; él se mantiene también libre y desasido en todas sus obras, y las hace únicamente por la gloria de Dios, sin buscar lo suyo, y Dios opera en el.

Digo más aún: Mientras el hombre en todas sus obras busca aún alguna cosa relativa a lo que Dios puede o quiere dar, se asemeja a esos mercaderes. Si quieres librarte del todo del mercantilismo para que Dios te permita permanecer en ese templo, debes hacer con pureza [y] para gloria de Dios todo cuanto eres capaz de hacer en todas tus obras, y debes mantenerte tan libre de todo ello como es libre la nada que no se halla ni acá ni allá. No debes apetecer absolutamente nada en recompensa. Si operas así, tus obras serán espirituales y divinas y entonces los mercaderes, sin excepción, han sido expulsados del templo, y sólo Dios mora en él; ya que semejante hombre piensa únicamente en Dios. Mirad, de tal manera este templo ha sido desocupado por todos los mercaderes. Mirad, el hombre que no piensa en sí mismo ni en ninguna otra cosa sino sólo en Dios y en su honra, este hombre es libre y desasido del mercantilismo en todas sus obras y no busca lo suyo, así como Dios es libre y desasido en todas sus obras y no busca lo suyo.

He mencionado, además, que Nuestro Señor dijo a la gente que vendía palomas: «¡Quitad esto de aquí, sacadlo!» A esas personas no las expulsó ni las increpó mucho, sino que dijo muy amigablemente: «¡Quitad esto de aquí!», como si hubiera querido decir: Esto, si bien no es malo, trae obstáculos para la verdad pura. Esas personas son todas personas buenas que hacen sus obras exclusivamente por amor de Dios y no buscan en ellas nada de lo suyo, pero las hacen con apego al propio yo[2], al tiempo y al número, al antes y al después. [Entonces] esas obras les impiden [alcanzar] la verdad óptima es decir, que deberían ser libres y desasidos tal como Nuestro Señor Jesucristo es libre y desasido y, en todo momento, se recibe como nuevo de su Padre celestial, sin cesar y en forma atemporal, y al mismo instante y sin cesar renace otra vez [y] del todo, con loa agradecida, en la majestad paterna, con dignidad igual [a la del Padre]. De la misma manera debería comportarse el hombre que querría hacerse susceptible de la verdad suma y vivir en ella sin «antes» ni «después», y sin que se lo impidieran todas las obras y todas aquellas imágenes de las que en algún momento ha tenido conciencia, de modo que volvería a recibir en este instante y con absoluta libertad el don divino y lo haría renacer en Nuestro Señor Jesucristo sin trabas [y] a esa misma luz, con loa agradecida. De este modo, las palomas habrían desaparecido, es decir, los obstáculos y el apego al yo en todas esas obras, buenas por lo demás, con las cuales el hombre no busca lo suyo. Por eso dijo Nuestro Señor muy amigablemente: «¡Quitad esto de aquí, sacadlo!», como si hubiera querido decir: Está bien, pero trae obstáculos.

Cuando este templo se libera así de todos los obstáculos, es decir, del apego al yo y de la ignorancia, entonces resplandece con tanta hermosura y brilla tan pura y claramente por sobre todo y a través de todo lo creado por Dios, que nadie puede igualársele con idéntico brillo a excepción del solo Dios increado. Y es plena verdad: nadie se iguala a este templo fuera del solo Dios increado. Todo cuanto se halla por debajo de los ángeles, en absoluto se asemeja a este templo. Aun los ángeles más elevados se asemejan hasta cierto grado, pero no del todo, a este templo del alma noble. El que se asemejen al alma en cierta medida, es [verdad] con respecto al conocimiento y al amor. Sin embargo, se les ha puesto un límite; no pueden ir más allá. Pero el alma bien puede ir más allá. Si un alma —y en efecto la de un hombre que viviera aún en la temporalidad— estuviese a la misma altura que el ángel supremo, entonces este hombre a causa de su libre facultad podría elevarse aún inconmensurablemente más por encima del ángel, [siendo] nuevo en cada instante y carente de número, es decir, sin modo, [y hallándose] más allá del modo de los ángeles y de toda razón creada. Sólo Dios es libre e increado y por ello, Él solo se iguala a ella [el alma] en cuanto a la libertad, mas no a su condición de increado, porque ella es creada. Cuando el alma llega a la luz sin mezcla, entonces cae en su nada [y] en esa nada [se halla] a tanta distancia de su algo creado, que ella es absolutamente incapaz de volver por fuerza propia a su algo creado. Y Dios, con su ser increado, se ubica por debajo de esa su nada y sostiene al alma en el «algo» de Él[3]. El alma se ha arriesgado a ser aniquilada y no puede retornar a sí misma por fuerza propia, tanto se ha alejado de sí misma antes de que Dios se colocara por debajo de ella. Tiene que ser así, necesariamente. Pues, como dije antes: «Jesús había entrado al templo y echó afuera a los que compraban y vendían, y se puso a decir a los otros: “¡Quitad esto!”». Pues bien, mirad, ahora me refiero a la palabrita: Jesús entró y se puso a decir: «¡Quitad esto!» y ellos lo sacaron. Mirad, entonces ya no hubo más nadie que sólo Jesús, y Él comenzó a hablar en el templo. Mirad, debéis tenerlo por cierto: si alguna otra persona, fuera de Jesús solo, quiere hablar en el templo, o sea, en el alma, Jesús se calla como si no estuviera en casa y tampoco está en su casa en el alma porque ella tiene visitas extrañas con las que conversa. Pero si Jesús ha de hablar en el alma, ella tiene que estar a solas y se debe callar ella misma si es que ha de escuchar a Jesús. Ah sí, entonces entra Él y comienza a hablar. ¿Qué dice el Señor Jesús? Dice lo que es. ¿Qué es, pues? Es un Verbo del Padre. En este mismo Verbo se enuncia el Padre a sí mismo y a toda la naturaleza divina y a todo cuanto es Dios, tal como Él lo conoce; y lo conoce tal como es. Y como Él es perfecto en su cono cimiento y facultad, por eso es perfecto también en su habla. En tanto dice el Verbo, se enuncia a sí mismo y a todas las cosas por medio de otra persona, y le da [al Verbo] la misma naturaleza que tiene Él mismo y enuncia a todos los seres dotados de razón, mediante el mismo Verbo, como idénticos al mismo Verbo, según la «imagen» [o sea la idea] en cuanto ella permanece adentro, pero no como idénticos en todo sentido como el mismo Verbo, en cuanto [la imagen] irradia su luz hacia fuera de acuerdo con el hecho de que cada una existe por separado; antes bien, ellas [las imágenes que existen cada una por separado] han sido dotadas de la posibilidad de obtener la semejanza con el mismo Verbo por obra de la gracia. Y a este mismo Verbo, tal como es en sí, lo ha pronunciado íntegramente el Padre, tanto al Verbo como a todo cuanto hay en el Verbo[4].

Ya que el Padre ha dicho esto ¿qué está diciendo Jesús en el alma? Tal como lo he señalado: El Padre enuncia al Verbo y habla por medio del Verbo y no de otro modo; y Jesús habla en el alma. Su manera de hablar consiste en que Él se revela a sí mismo y a todo cuanto el Padre ha hablado en su interior, según la manera en la cual el espíritu está predispuesto. Él revela el poder soberano del Padre en el espíritu con el mismo poder inconmensurable. Cuando el espíritu recibe este poder en el Hijo y por el Hijo, él mismo se vuelve poderoso en cualquier acontecimiento de modo que llega a ser igual y poderoso en todas las virtudes y en toda pureza perfecta, de manera tal que ni lo agradable ni lo penoso ni todo cuanto Dios ha creado en el tiempo, puede perturbar al hombre y él, antes bien, se mantiene poderosamente [en ese estado] como dentro de una fuerza divina, en comparación con la cual todas las cosas son pequeñas e impotentes.

Por otra parte, se revela Jesús en el alma con una sabiduría inconmensurable que es Él mismo, [y] el propio Padre, con toda su soberanía paterna, se reconoce a sí mismo en esa sabiduría y además [reconoce] a ese mismo Verbo, que es también la Sabiduría misma, y a todo cuanto se contiene en Él [el Verbo] en su carácter de ser uno[5]. Cuando esa Sabiduría se une con el alma, se le quita completamente [a esta última] cualquier duda y equivocación y niebla, y se la ubica dentro de una luz pura [y] clara que es Dios mismo, según dice el profeta «Señor, a tu luz se conocerá la luz» (Salmo 35, 10). Ahí, Dios se conoce en el alma por intermedio de Dios; luego [el alma] se conoce con esa Sabiduría a sí misma y a todas las cosas y conoce a esa misma Sabiduría por intermedio de Él mismo y a través de esa Sabiduría conoce el poderío del Padre en [su] fecunda facultad procreativa, y [conoce] su esencia primigenia en su simple unidad sin diferenciación alguna.

Jesús se revela, además, con una dulzura y plenitud inconmensurables que emanan del poder del Espíritu Santo y rebosan y se derraman y fluyen con desbordante superabundancia y dulzura en todos los corazones susceptibles. Cuando Jesús se revela y se une con el alma con esa plenitud y dulzura, el alma vuelve, por obra de la gracia, a su primer origen [y lo hace] fluyendo con esa plenitud y dulzura poderosa e inmediatamente, dentro de sí misma y más allá de sí misma y de todas las cosas. Cuando esto sucede, el hombre exterior obedece a su hombre interior hasta la muerte y se mantiene al servicio de Dios en paz continua por siempre jamás. Que Dios nos ayude para que Jesús entre también en nuestro interior, y que eche afuera y saque todos los impedimentos y nos haga uno, así como Él es un solo Dios, siendo uno con el Padre y el Espíritu Santo, de modo que lleguemos así a ser uno con Él y sigamos siéndolo por toda la eternidad. Amén.

 

SERMÓN II[6]

Intravit Iesus in quoddam castellum et mulier quaedam, Martha nomine, excepit illum in domum suam. Lucae II.

He dicho una palabrita, primero en latín, la que está escrita en el Evangelio y reza así en lengua vulgar: «Nuestro Señor Jesucristo subió a una villeta[7] y fue recibido por una virgen que era mujer» (Lucas 10, 38).

Pues bien, ahora prestad mucha atención a esta palabra: necesariamente debía ser que era virgen esa persona que recibió a Jesús. Virgen equivale a decir una persona libre de todas las imágenes ajenas, tan libre como era cuando aún no existía. Mirad, ahora podría preguntarse cómo un ser humano nació y se crió hasta llegar a la vida racional, cómo ese hombre, [digo], puede ser tan libre de todas las imágenes como era cuando aún no existía, y, sin embargo, sabe muchas cosas que todas son imágenes; entonces, ¿cómo puede ser libre? Ahora bien, fijaos en la diferencia que os enseñaré. Si yo tuviera la razón tan abarcadora que todas las imágenes absorbidas desde siempre por toda la gente, y [además] las contenidas en Dios mismo, se hallaran dentro de mi razonamiento, pero si yo fuera tan libre de todo apego al yo[8] que no hubiera aprehendido como propiedad mía ninguna de ellas, ni en el hacer ni en el dejar de hacer, ni con el «antes» ni con el «después», y que yo, antes bien, en ese instante presente me hallara libre y desasido según la queridísima voluntad divina, y [dispuesto] a cumplirla sin cesar, entonces, en verdad, yo sería virgen sin que me estorbase ninguna imagen, y esto tan seguramente como lo era cuando aún no existía.

Digo además: El que el hombre sea virgen no le quita nada en absoluto con respecto a todas las obras que hiciera jamás; pero todo esto no le impide ser virginal y libre, sin ningún impedimento en lo que a la verdad suprema se refiere, así como Jesús es desasido y libre y virginal en sí mismo. Según dicen los maestros[9]: Sólo una cosa igual y otra cosa igual constituyen la base para la unión, por eso el hombre debe ser virginal, virgen que habrá de recibir a Jesús virginal.

¡Ahora prestad atención y mirad bien! Si el hombre fuera siempre virgen, no daría fruto alguno. Si ha de hacerse fecundo, es necesario que sea mujer. «Mujer» es el nombre más noble que se puede atribuir al alma, y es mucho más noble que el de «virgen». Está bien que el hombre reciba en su interior a Dios, y en cuanto a esa receptividad, es virgen. Pero es mejor que Dios llegue a ser fecundo en él, porque solamente cuando el don se hace fecundo, se lo agradece, y en este caso el espíritu es mujer en cuanto a la gratitud nuevamente parturienta con la cual vuelve a dar nacimiento a Jesús dentro del corazón paterno de Dios.

En la virginidad se reciben muchos dones buenos, pero no se los da a luz nuevamente en Dios por medio de la fecundidad femenina, [y] con loa agradecida. Estos dones perecen y se anonadan todos, de modo que el hombre nunca llega a tener mayor bienaventuranza ni mejoría a causa de ellos. En tal caso su virginidad no le sirve para nada porque él, más allá de su virginidad, no es mujer con plena fecundidad. En esto reside el mal. Por ello he dicho: «Jesús subió a una villeta y fue recibido por una virgen que era mujer». Necesariamente tiene que ser así, como acabo de explicaros.

Los esposos apenas si producen más de un fruto por año. Pero esta vez estoy pensando en otra clase de «esposos»: son todos aquellos que con su apego al yo, están atados a la oración, los ayunos, las vigilias y a diversos ejercicios y penitencias externas. Todo apego del yo a una obra cualquiera que [te] quita la libertad de estar a la orden de Dios en este instante presente y a seguirlo a Él solo bajo la luz con la cual te indica qué es lo que debes hacer o dejar de hacer, [siendo] libre y nuevo en cualquier instante, como si no tuvieras otra cosa ni quisieras ni pudieras [hacerla]: todo apego al yo, pues, o cualquier obra intencionada que te quita esa libertad siempre nueva, a ésos los llamo ahora «un año». Porque [en este caso] tu alma no produce ningún fruto a no ser que haya ejecutado la obra que tú has emprendido atado a tu yo, tampoco tienes confianza ni en Dios ni en ti mismo si no has terminado tu obra emprendida con apego al yo; de otra manera no tienes paz. Por ello tampoco produces fruto alguno si no has hecho tu obra. [Esta actitud] la considero «un año», y, sin embargo, el fruto es pequeño por haber surgido de la obra [hecha] con apego al yo y no con libertad. A semejantes [personas] las llamo «esposos», porque están atados a su apego al yo. Ellos dan pocos frutos que además son pequeños, según acabo de decir[10].

Una virgen que es mujer, ésta es libre y desasida, sin apego al yo, [y] se halla en todo momento tan cerca de Dios como de sí misma. Da muchos frutos y éstos son grandes, ni más ni menos de lo que es Dios mismo. Este fruto y este nacimiento los produce una virgen que es mujer, y ella da frutos todos los días, cien veces o mil veces, y aun innumerables veces, pues da a luz y se hace fecunda partiendo del más noble de los fondos. Para expresarlo mejor: ella [parte], por cierto, del mismo fondo donde el Padre engendra a su Verbo eterno [y] por ello se vuelve fecunda como co-parturienta. Pues Jesús, la luz e irradiación del corazón paterno —según dice San Pablo que Él es una gloria e irradiación del corazón paterno y con sus rayos atraviesa poderosamente el corazón paterno (Cfr. Hebr. 1, 3)—, este Jesús está unido con ella y ella con Él, y ella brilla y reluce junto con Él como un uno único y como una luz acendrada [y] clara en el corazón paterno.

Yo he dicho también varias veces que hay en el alma una potencia que no es tocada ni por el tiempo ni por la carne; emana del espíritu y permanece en él y es completamente espiritual[11]. Dentro de esta potencia se halla Dios exactamente tan reverdecido y floreciente, con toda la alegría y gloria, como es en sí mismo. Allí hay tanta alegría del corazón y una felicidad tan incomprensiblemente grande que nadie sabe narrarla exhaustivamente. Pues el Padre eterno engendra sin cesar a su Hijo eterno dentro de esta potencia, de modo que esta potencia co-engendra al Hijo del Padre y a sí misma como el mismo hijo en la potencia única del Padre. Si un hombre poseyera un reino entero o todos los bienes de la tierra y renunciara a ellos con pureza, por amor de Dios, y se convirtiera en uno de los hombres más pobres que viven en cualquier parte de este mundo, y si Dios luego le diera tantos sufrimientos como los ha dado jamás a un hombre, y si él lo sufriera todo hasta su muerte, y si entonces Dios le concediera ver una sola vez con un solo vistazo cómo Él se halla dentro de esta potencia su alegría se haría tan grande que todo ese sufrimiento y esa pobreza todavía hubieran sido demasiado pequeños. Ah sí, aun en el caso de que Dios posteriormente nunca le diera el reino de los cielos, él habría recibido, sin embargo, una recompensa demasiado grande por todo cuanto había sufrido jamás, pues Dios se halla en esta potencia como en el «ahora» eterno. Si el espíritu estuviera unido todo el tiempo a Dios en esta potencia, el hombre no podría envejecer; pues el instante en el cual Dios creó al primer hombre y el instante en el que habrá de perecer el último hombre y el instante en que estoy hablando, son [todos] iguales en Dios y no son sino un solo instante[12]. Ahora mirad, este hombre habita dentro de una sola luz junto con Dios; por lo tanto no hay en él ni sufrimiento ni transcurso del tiempo sino una eternidad siempre igual. A este hombre se le ha quitado en verdad todo asombro, y todas las cosas se yerguen esenciales dentro de él. Por ello no recibe nada nuevo de las cosas futuras ni de ninguna casualidad, ya que habita en un solo «ahora», siempre nuevo, ininterrumpidamente. Tal majestad divina hay en esta potencia.

Existe otra potencia más, que es también incorpórea; emana del Espíritu y permanece en Él y es enteramente espiritual[13]. En esta potencia se halla Dios de continuo, fosforeciendo y ardiendo con toda su riqueza, con toda su dulzura y todo su deleite. De veras, en esta potencia hay una alegría tan grande y un deleite tan grande [e] inconmensurable que nadie sabe narrarlo ni revelarlo exhaustivamente. Digo otra vez: Si hubiera una sola persona que con la razón y de acuerdo con la verdad, contemplara ahí, por un instante, el deleite y la alegría contenidos en [esta potencia]: todo el sufrimiento que padeciera y que Dios quisiera que lo soportase, le resultaría de poca monta y hasta como nada; digo más aún: Sería para él únicamente alegría y sosiego.

Si quieres saber bien si tu sufrimiento es tuyo o de Dios, lo habrás de notar por este hecho: si sufres a causa de ti mismo, cualquiera que sea la forma [en que lo hagas], este sufrimiento te duele y te resulta difícil soportarlo. Pero si sufres por Dios y sólo por Dios, este sufrimiento no te duele y tampoco te resulta pesado porque Dios sobrelleva la carga. Dicho con toda verdad: Si hubiera un hombre dispuesto a sufrir por Dios y puramente por amor de Dios, y si recayera sobre él el sufrimiento íntegro padecido por todos los hombres a través de los tiempos y con el que carga toda la humanidad junta, a él no le causaría dolor y tampoco le resultaría pesado porque Dios sobrellevaría la carga. Si alguien me colocara un quintal sobre la nuca y si luego otra persona lo sostuviera por encima de mi nuca, entonces sería lo mismo para mí cargar con cien [quintales] que con uno, porque no me resultaría pesado y tampoco me dolería. En resumen: cualquier cosa que el hombre sufre por Dios y sólo por Él, Dios se la convierte en liviana y dulce, según dije al comienzo cuando iniciamos nuestro sermón: «Jesús subió a una villeta y fue recibido por una virgen que era mujer». ¿Por qué? Necesariamente tuvo que ser así, que ella era virgen y además mujer. Ahora bien, os he dicho que Jesús fue recibido; pero todavía no os he dicho qué es la «villeta» y entonces lo diré ahora.

He señalado a veces que hay en el espíritu una potencia, la única que es libre. A veces he dicho que es una custodia del espíritu; otras veces, que es una luz del espíritu; [y] otras veces, que es una chispita. Mas ahora digo: No es ni esto ni aquello; sin embargo, es un algo que se halla más elevado sobre esto y aquello, que el cielo sobre la tierra. Por eso, lo llamo ahora de una manera más noble que lo haya hecho jamás y, sin embargo, ello reniega, tanto de la nobleza como del modo, y se halla por encima de éstos. Está libre de todos los nombres y desnudo de todas las formas, completamente desasido y libre tal como Dios es desasido y libre en sí mismo. Es tan enteramente uno y simple, como Dios es uno y simple, así que uno mediante ningún modo [de ser] logra mirar adentro. Esta misma potencia de la cual he hablado, y en la que Dios está floreciendo y reverdece con toda su divinidad y el Espíritu [se halla] en Dios, en esta misma potencia el Padre está engendrando a su Hijo unigénito tan verdaderamente como en sí mismo, pues Él vive realmente en esta potencia y el Espíritu engendra junto con el Padre al mismo Hijo unigénito, y a sí mismo como el mismo Hijo y es el mismo Hijo dentro de esa luz, y es la Verdad. Si pudierais entender [las cosas] con mi corazón, comprenderíais bien lo que digo; porque es verdad y la misma Verdad lo dice.

¡Mirad, ahora prestad atención! Esta «villeta» en el alma, de la cual hablo y en la que pienso, es tan una y simple [y] por encima de todo modo [de ser] que esta noble potencia de la que he hablado, no es digna de mirar jamás en el interior de esa «villeta», aunque fuera una sola vez, por un instante, y la otra potencia, de la cual he hablado, donde Dios fosforece y arde con toda su riqueza y todo su deleite, tampoco se atreve nunca a mirar allí adentro; tan completamente una y simple es esa villeta, y ese Uno único se halla tan por encima de todos los modos y potencias, que nunca jamás pueden echarle un vistazo una potencia y un modo y ni siquiera el mismo Dios. ¡Digo con plena verdad y juro por la vida de Dios!: Dios mismo nunca mirará ahí adentro ni por un solo momento y nunca lo ha hecho en cuanto existe al modo y en la cualidad de sus personas. Esto es fácil de comprender, pues ese Uno único carece de modo y cualidad. Y por eso: si Dios alguna vez ha de mirar adentro, debe ser a costa de todos sus nombres divinos y de su cualidad personal; todo esto lo tiene que dejar afuera si alguna vez ha de mirar adentro. Antes bien, en cuanto Él es un Uno simple, sin ningún modo ni cualidad, en tanto no es, en este sentido, ni Padre ni Hijo ni Espíritu Santo y, sin embargo, es un algo que no es ni esto ni aquello.

Mirad, así como Él es uno y simple, así entra en lo uno que acabo de llamar «villeta» en el alma, y de otro modo no entra ahí de manera alguna, sino que entra sólo así y está allí. Es ésta la parte en la cual el alma se asemeja a Dios y en ninguna otra. Lo que os he dicho es verdad; os pongo por testigo a la verdad y por prenda a mi alma.

Que Dios nos ayude a ser semejante «villeta» a la cual suba Jesús y sea recibido, permaneciendo por siempre jamás dentro de nosotros del modo que he dicho. Amén.

 

SERMÓN III[14]

Nunc scio vere, quia misit dominus angelum suum.

 

Cuando Pedro, gracias al poder de Dios sumo, Altísimo, había sido liberado de los vínculos de su cautiverio, dijo: «Ahora sé verdaderamente que Dios me ha enviado su ángel y me ha salvado del poder de Herodes y de las manos de los enemigos» (Hechos 12, 11; cfr. también Salmo 17, 1).

Ahora invertimos esta palabra y decimos: Porque Dios me ha enviado su ángel, conozco verdaderamente. «Pedro» quiere decir lo mismo que «conocimiento». Ya lo he dicho en otras oportunidades: [El] conocimiento y [el] entendimiento unen al alma con Dios. [El] entendimiento penetra en el ser puro, [el] conocimiento corre a la cabeza, corre adelante y se abre camino para que nazca allí el Hijo unigénito de Dios. Nuestro Señor dice en [el evangelio de] Mateo que nadie conoce al Padre sino el Hijo (Mateo 11, 27). Los maestros afirman[15] que [el] conocimiento pende de [la] igualdad. Algunos maestros dicen[16] que el alma está hecha de todas las cosas porque tiene la facultad de conocer todas las cosas. Suena como una tontería y, sin embargo, es verdad. Los maestros dicen[17]: Lo que he de conocer, debe estar completamente presente para mí y ser igual a mi conocimiento. Los santos afirman[18] que en el Padre se halla [la] potencia, en el Hijo [la] igualdad y en el Espíritu Santo [la] unidad. Dado que el Padre está completamente presente para el Hijo y el Hijo le es completamente igual, nadie conoce al Padre sino el Hijo.

Pues bien, Pedro dice: «Ahora conozco verdaderamente». ¿Por qué se conoce verdaderamente en este caso? Porque se trata de una luz divina que no engaña a nadie. En segundo lugar, porque ahí se conoce desnuda y puramente sin que haya ninguna cosa encubridora. Por eso dice Pablo: «Dios mora en una luz a la cual no hay acceso» (1 Timoteo 6, 16). Dicen los maestros[19]: La sabiduría que aprendemos acá, nos habrá de subsistir allá. Mas Pablo dice que desaparecerá (1 Cor. 13, 8). Afirma un maestro[20]que el conocimiento puro, aun aquí, en esta vida, encierra en sí un placer tan grande, que el placer de todas las cosas creadas sería de veras como nada en comparación con el placer que abarca el conocimiento puro. Sin embargo, por noble que sea, no es sino una «casualidad»; y tan pequeña como es una palabrita comparada con todo el mundo, así de pequeña es toda la sabiduría que podemos aprender en esta tierra frente a la verdad desnuda [y] pura. Por eso dice Pablo que perecerá. Aun perdurando, se convierte de veras en una tonta y [es] como si no fuera nada frente a la verdad desnuda que allá se conoce. La tercera [razón] de por qué allá se conoce de verdad, reside en el siguiente hecho: las cosas que acá se ven sometidas al cambio, allá se las conoce como inmutables y se las aprehende allá como son totalmente indivisas y cercanas unas a otras; porque aquello que acá está lejos, allá está cerca, pues allá todas las cosas se hallan presentes. Lo que ha de suceder al primer día y al Día del Juicio, allá está presente.

«Ahora sé verdaderamente que Dios me ha enviado su ángel». Cuando Dios envía su ángel al alma, ella se vuelve realmente cognoscitiva. No fue en vano que Dios le encomendara la llave a San Pedro, porque «Pedro» quiere decir «conocimiento» (Cfr. Mateo 16, 19); pues el conocimiento tiene la llave y abre y penetra y atraviesa y encuentra a Dios en su desnudez, y luego le dice a su compañera de juegos, la voluntad, qué es lo de que se ha posesionado por más que ya anteriormente haya tenido la voluntad [de hacerlo]; porque busco lo que quiero. [El] conocimiento va a la cabeza. Es un príncipe y busca su reinado en lo más elevado y acendrado, y luego se lo pasa al alma y el alma se lo pasa a la naturaleza y la naturaleza a todos los sentidos corporales. El alma, en su parte más elevada y acendrada, es tan noble que los maestros[21]no saben encontrarle ningún nombre. La llaman «alma» en cuanto le otorga el ser al cuerpo. Ahora bien, dicen los maestros[22]que luego del primer efluvio violento de la divinidad, allí donde el Hijo emana del Padre, el ángel está formado lo más inmediatamente a la imagen de Dios. Esto, bien es cierto: el alma está formada a la imagen de Dios en cuanto a su parte más elevada; pero el ángel es una imagen más aproximada a Dios. Todo cuanto hay en el ángel está formado a la imagen de Dios. Por eso, el ángel es enviado al alma para que la traiga de vuelta a la misma imagen según la cual él está formado; porque [el] conocimiento proviene de [la] igualdad. Pues bien, como el alma tiene la facultad de conocer todas las cosas, no descansa jamás hasta que se adentra en la imagen primigenia donde todas las cosas son uno, y allí descansa, es decir: en Dios. En Dios ninguna criatura es más noble que otra.

Los maestros dicen[23] que [el] ser y [el] conocer son completamente una sola cosa, porque lo que no es, tampoco se conoce; lo que tiene el máximo de ser, se conoce también al máximo. Siendo pues, que Dios tiene un ser superabundante, Él excede también todo conocimiento, según dije anteayer en mi último sermón: que el alma es hecha imagen dentro de la pureza primaria, dentro de la impresión de la esencia acendrada donde saborea a Dios antes de que Él aprehenda para sí [la] verdad o [la] cognoscibilidad, allí donde está descartada toda posibilidad de nombrar; allí ella conoce del modo más puro, allí toma el ser con perfecta adecuación. Por eso dice Pablo: «Dios mora en una luz a la cual no hay acceso». Él es una in-habitación (înhangen) en su propia esencia pura en la cual no hay nada adherido. Lo que posee «accidente» (zuoval) debe desaparecer. Él es un puro estar-en-sí-mismo donde no hay ni esto ni aquello; pues lo que hay en Dios, es Dios. Dice un maestro pagano: Las potencias que flotan por debajo de Dios[24] tienen una inhabitación en Dios y si bien el suyo es un puro estar-en-sí-mismas, habitan, sin embargo, en Aquel que no tiene ni principio ni fin; porque nada ajeno puede caer en Dios. Que el cielo os sirva de testigo: no puede recibir una impresión extraña de modo extraño[25].

Sucede lo siguiente: cualquier cosa que llega a Dios es transformada, por insignificante que ella sea, cuando la llevamos a Dios, se aleja de sí misma. Para eso os diré un símil: Cuando tengo sabiduría, no la soy yo mismo. Puedo obtener sabiduría, [y] también puedo perderla. Pero cualquier cosa que se halla en Dios, es Dios; [y] no se le puede escapar. Es trasladada a la naturaleza divina, porque la naturaleza divina es tan fuerte que cualquier cosa que sea presentada a ella, será trasladada totalmente a ella o quedará afuera por completo. ¡Ahora escuchad con asombro! Como Dios transforma en sí cosas tan insignificantes ¿ qué os parece que hará con el alma distinguida por Él como su imagen?[26]

Que Dios nos ayude a obtener este [fin]. Amén.

 

SERMÓN IV[27]

Omne datum optimum et omne donum perfectum desursum est. Jacobi I°.

 

Santiago dice en la Epístola: «El don y la perfección óptimos descienden desde arriba, del Padre de las luces» (Santiago 1, 17).

Ahora, ¡prestad atención! Tenéis que saber lo siguiente: los hombres que se entregan a Dios y que buscan con todo ahínco sólo [hacer] su voluntad, cualquier cosa que Dios da a semejante hombre es la mejor; con la misma certeza que tienes con respecto a la existencia de Dios, has de saber que necesariamente debe ser lo mejor de todo y que no podría haber otro modo mejor. Por más que alguna otra cosa parezca mejor, para ti no sería tan buena, porque Dios quiere justamente este modo y no otro, y este modo ha de ser, necesariamente, el mejor para ti. Sea pues, enfermedad o pobreza o hambre o sed o lo que sea, aquello que Dios te imponga o no te imponga o lo que Dios te dé o no te dé, para ti todo esto es lo mejor; aun cuando no tengas ni recogimiento ni fervor, ninguno de los dos, y lo que tengas o no tengas: disponte sin embargo a tener bien presente en todas las cosas la gloria de Dios y luego, cualquier cosa que te haga, será la mejor.

Ahora podrías decir acaso: ¿Cómo sé que es o no la voluntad de Dios? Sabed pues: si no fuera la voluntad de Dios, tampoco sería. No tienes ninguna enfermedad ni otra cosa alguna sin que lo quiera Dios. Y ya que sabes que es la voluntad de Dios, debería darte tanto placer y contento, que no consideraras ninguna pena como pena; cierto, si la pena llegase al extremo máximo y tú sintieras alguna pena o sufrimiento, aun en este caso sería un error completo; pues debes aceptarlo de Dios como lo mejor de todo ya que necesariamente ha de ser lo mejor de todo para ti. Pues el ser de Dios depende de que quiere lo mejor. Por ello yo también debo quererlo y ninguna otra cosa ha de contentarme más. Si existiera una persona a la cual yo quisiera complacer con todo ahínco y si supiera con seguridad que yo a ese hombre le gustaba más con un vestido gris que con otro cualquiera por bueno que fuese, no cabe duda de que este vestido me gustaría más y lo preferiría a cualquier otro por bueno que fuera. Puesto el caso de que quisiera complacer a todos: yo haría la cosa y ninguna otra de la cual sabría que a alguien le gustaba, ya sea en palabras u obras. Pues bien ¡ahora examinaos vosotros mismos sobre cuál es el carácter de vuestro amor! Si amarais a Dios, nada podría resultaros más placentero que aquello que a Él le gustara ante todo y que su voluntad se hiciera en nosotros más que nada. Por pesados que parezcan la pena o el infortunio, si tú al sufrirlos no sientes un gran bienestar, entonces está mal.

A menudo acostumbro a decir una palabrita y ésta es verdad: Todos los días exclamamos y gritamos en el Padrenuestro: «¡Señor, hágase tu voluntad!» (Mateo 6, 10). Mas luego, cuando se hace su voluntad, tenemos ganas de enojarnos y su voluntad no nos satisface. Sin embargo, cualquier cosa que Él hiciera, debería gustarnos más que nada. Quienes lo aceptan así como lo mejor, permanecen en perfecta paz con respecto a todas las cosas. Ahora bien, a veces pensáis y decís: «Ay, si las cosas hubieran sucedido de otro modo, sería mejor», o: «Si esto no hubiera sucedido así, acaso habría resultado mejor». Mientras tengas esas ideas, nunca obtendrás la paz. Tú debes aceptarlo como lo mejor de todo. He aquí el primer significado de este pasaje [de la Epístola].

Existe además otro significado ¡pensadlo celosamente! Él [Santiago] dice: «Todo don». Sólo lo óptimo y lo más excelso son dones por excelencia y en sentido propio. No hay cosa alguna que Dios dé con tanto gusto como dones grandes. Una vez dije en este lugar que Dios incluso prefiere perdonar pecados grandes antes que pequeños. Y cuanto mayores son, con tanto más agrado y rapidez los perdona. Y exactamente lo mismo sucede con la gracia y el don y la virtud: cuanto más grandes sean, con tanto mayor placer los dará; pues su naturaleza pende del hecho de que otorgue cosas grandes. Y por ello, cuanto más valiosas son las cosas, tanto más hay de ellas. Las criaturas más nobles son los ángeles y ellos son puramente espirituales y no tienen corporeidad, y ellos son mayoría y hay más de ellos que la multitud de las cosas corpóreas. Las cosas grandes se llaman muy propiamente «dones» y le pertenecen a Él de la manera más propia y entrañable.

Dije alguna vez[28]: Aquello que en sentido propio puede expresarse mediante palabras, debe salir de adentro y moverse por la forma interior y no ha de entrar desde fuera: al contrario, debe salir desde dentro. Ello vive por excelencia en lo más íntimo del alma. Allí tienes presentes a todas las cosas y ellas viven y buscan en el fuero íntimo, hallándose allí en lo óptimo y lo más elevado. ¿Por qué no notas nada de ello? Porque ahí no estás en tu casa. Cuanto más noble es una cosa, tanto más universal es. Los sentidos los tengo en común con los animales, y la vida con los árboles. El ser me resulta todavía más íntimo, lo tengo en común con todas las criaturas. El cielo es más abarcador que todo cuanto está por debajo de él; por eso es también más noble. Cuanto más nobles son las cosas, tanto más abarcadoras y universales son. El amor es noble por ser universal.

Parece difícil aquello que mandó el Señor: que uno debe amar al hermano en Cristo[29] como a sí mismo (Cfr. Marcos 12, 31; Mateo 22, 39). Las personas de mentalidad grosera suelen decir que la idea es ésta: uno los debería amar a ellos [los hermanos en Cristo] con miras al mismo bien por el cual uno se ama a sí propio. No, no es así. Uno debe amarlos tanto como a sí mismo y esto no es difícil. Si queréis pensarlo bien, el amor antes que mandamiento es recompensa. El mandamiento parece difícil, [pero] la recompensa es apetecible. Quien ama a Dios como ha de amarlo y también debe amarlo, quiéralo o no, y como lo aman todas las criaturas, tiene que amar a su semejante como a sí mismo, y regocijarse de sus alegrías como de sus propias alegrías, y [debe] ansiar la honra del otro tanto como la suya propia y [amar] al forastero tanto como al pariente. Y procediendo de esta manera, el hombre se halla siempre en [un estado de] alegría, honra y ventaja, y así está verdaderamente como en el reino de los cielos y siente alegría más a menudo que si se regocijara únicamente de su propio bien. Y sabed por cierto: si tu propia honra te hace más feliz que la de otro, eso está mal.

Has de saber que cuando quiera que busques de algún modo lo tuyo, no encontrarás jamás a Dios, porque no buscas a Dios con pureza. Buscas alguna cosa por medio de Dios y procedes exactamente como si convirtieras a Dios en una vela para buscar algo con ella; y cuando uno encuentra las cosas buscadas, tira la vela. Esto es exactamente lo que haces: cualquier cosa que busques por medio de Dios, no es nada, sea lo que fuere, provecho o recompensa o recogimiento o lo que sea; buscas [la] nada y por lo tanto encuentras [la] nada. El que halles [la] nada, no se debe sino a que buscas [la] nada. Todas las criaturas son pura nada. No digo que sean insignificantes o que sean algo: son pura nada. Lo que no tiene ser no es nada. Todas las criaturas no tienen ser, porque su ser pende de la presencia de Dios. Si Dios se apartara por un solo momento de todas las criaturas, se anonadarían. He dicho a veces, y es verdad: Quien tomara junto con Dios todo el mundo, no tendría más que si tuviera a Dios solo. Sin Dios, todas las criaturas no tienen más [ser] del que tendría una mosca sin Dios, exactamente lo mismo, ni más ni menos.

Pues bien, ¡escuchad ahora una palabra verdadera! Si un hombre donara mil marcos de oro para que se construyeran con esta [suma] iglesias y conventos, esto sería una gran cosa. Sin embargo, hubiera dado mucho más quien fuese capaz de considerar como nada los mil marcos; éste hubiera hecho considerablemente más que aquél. Cuando Dios creó todas las criaturas, eran tan insignificantes y estrechas que Él no pudo moverse en ellas. Pero al alma se la igualó tanto a Él y la hizo tan a su semejanza como para poder entregarse al alma; pues lo demás que Él podría darle, ella lo considera como nada. Dios tiene que dárseme a mí Él mismo tal como se pertenece a sí mismo, de otro modo no recibo nada y nada me satisface. Quien ha de recibirlo así, íntegramente, debe haber renunciado del todo a sí mismo y haber salido de sí mismo; semejante persona recibe de Dios todo cuanto Dios tiene, con la misma propiedad con que la tienen Él mismo y Nuestra Señora y todos cuantos están en el reino de los cielos: todo esto pertenece a dicha gente del mismo modo y con igual propiedad. Quienes se han desasido de tal manera, renunciando a sí mismos, recibirán también en la misma proporción y nada menos.

La tercera parte [de nuestro texto] habla «del Padre de las luces». Por la palabra «Padre» se entiende la filiación, y la palabra «Padre» indica una generación pura y equivale a [decir]: una vida de todas las cosas. El Padre engendra a su Hijo en el conocimiento eterno, y exactamente de la misma manera el Padre engendra a su Hijo en el alma como en su propia naturaleza y lo engendra para que pertenezca al alma, y su ser depende de que —gústele o no— engendre a su Hijo en el alma. Alguna vez me preguntaron ¿qué era lo que hacía el Padre en el cielo? Entonces dije: Engendra a su Hijo y esta actividad le resulta tan placentera y le gusta tanto que no hace nunca otra cosa que engendrar a su Hijo, y los dos hacen florecer de sí al Espíritu Santo. Donde el Padre engendra dentro de mí a su Hijo, allí soy el mismo Hijo y no otro; es cierto que somos diferentes en el ser-hombre, más allí soy el mismo Hijo y no otro. «Donde somos hijos, somos todos legítimos» (Roman. 8, 17). Quien conoce la verdad sabe bien que la palabra «Padre» contiene la generación pura y el tener hijos. Por ello somos hijo en este aspecto y somos el mismo Hijo.

Ahora prestad [todavía] atención a la palabra «Descienden de arriba». Resulta que os dije, hace poco: Quien quiere recibir desde arriba, necesariamente debe estar abajo con verdadera humildad. Y sabedlo con toda verdad: a quien no se halla completamente abajo, nada le cae en suerte y tampoco recibe nada por insignificante que sea. Si de algún modo has puesto tus miras en ti mismo o en alguna cosa o en alguien, no te hallas abajo y tampoco recibes nada, mas, si te encuentras completamente abajo, recibes también completa y perfectamente. El dar es propio de la naturaleza de Dios y su ser depende de que nos dé cuando nos hallemos abajo. Si no es así y no recibimos nada, le hacemos fuerza y lo matamos. Aun cuando no podemos hacérselo a Él mismo, lo hacemos a nosotros y en cuanto a nosotros se refiere. Para dárselo todo a Él como cosa suya, cuida de someterte a Dios con verdadera humildad y de enaltecer a Dios en tu corazón y tu conocimiento. «Dios, nuestro Señor, envió a su Hijo al mundo» (Gal. 4, 4). Alguna vez dije aquí mismo: En la plenitud del tiempo Dios envió a su Hijo: [lo envía] al alma una vez que ella haya ido más allá del tiempo. Cuando el alma se ha liberado del tiempo y del espacio, el Padre envía a su Hijo al alma. Pues bien, esto significa la palabra «El don y la perfección óptimos descienden desde arriba del Padre de las luces». Que el Padre de las luces nos ayude para que seamos propensos a recibir el don óptimo. Amén.


 

SERMÓN V a[30]

In hoc apparuit charitas dei in nobis, quoniam filium suum unigenitum misit deus in mundum ut vivamos per eum.

 

Dice San Juan: «En esto se nos ha manifestado el amor de Dios: en que ha enviado al mundo a su Hijo para que vivamos por Él» (1 Juan 4, 9) y con Él, y de esta manera nuestra naturaleza humana se halla inconmensurablemente enaltecida por el hecho de que el Altísimo haya llegado, adoptando la naturaleza humana.

Dice un maestro: Cuando pienso en el hecho de que nuestra naturaleza está enaltecida por sobre las criaturas y sentada en el cielo por encima de los ángeles, siendo adorada por ellos, he de regocijarme en lo más íntimo de mi corazón, pues Jesucristo, mi querido Señor, me ha dado por propiedad todo cuanto Él posee en sí mismo. Él [=el maestro][31] dice también que el Padre con todo cuanto alguna vez le ha dado a su Hijo Jesucristo en su naturaleza humana, antes bien me miró a mí, amándome más a mí que a Él y dándomelo a mí antes que a Él. ¿Cómo es esto? Se lo dio por amor de mí porque me hacía falta. Por eso, con cuanto le dio, pensó también en mí y me lo dio al igual que a Él; no hago ninguna excepción de nada, ni de unión ni de santidad de la divinidad ni de cosa alguna. Todo cuanto, en algún momento, le dio a Él en [su] naturaleza humana, no me resulta ni más extraño ni más distante que a Él. Pues Dios no puede dar poca cosa; tiene que dar todo o nada. Su don es completamente simple y perfecto sin división, y no en el tiempo sino todo en la eternidad; y tenedlo por tan seguro como el hecho de que vivo: si hemos de recibir de Él en la manera señalada, debemos estar en la eternidad, elevados por encima del tiempo. En la eternidad todas las cosas están presentes. Lo que está por encima de mí, se me halla tan cerca y tan presente como aquello que tengo conmigo aquí; y allí recibiremos de Dios lo que Él nos ha destinado. Dios tampoco conoce nada fuera de sí, sino que su mirada sólo está dirigida hacia Él mismo. Lo que ve, lo ve todo en Él. Por eso, Dios no nos ve cuando estamos en pecado. De ahí: Dios nos conoce en la medida en que estemos dentro de Él, es decir, en cuanto estemos sin pecado. Y todas las obras hechas por Nuestro Señor en cualquier momento, me las ha dado a mí como propias en forma tal que son para mí no menos dignas de recompensa que mis propias obras que hago yo. Entonces, como toda su nobleza nos pertenece y se nos acerca en igual medida a mí como a Él ¿por qué no recibimos lo mismo? ¡Ah, comprendedlo! Si uno pretende recibir esa donación de modo que reciba ese bien en la misma medida, así como la naturaleza humana y universal que está igualmente cerca de todos los hombres, entonces —así como en la naturaleza humana no hay nada extraño ni cosa más lejana o más cercana—, así es necesario que tú te encuentres en unión con los hombres de manera equidistante, no más cerca de ti mismo que de otra persona. Has de amar y estimar y considerar a todos los hombres como iguales a ti mismo; lo que sucede a otro, sea malo o bueno, debe ser para ti como si te sucediera a ti mismo.

Ahora bien, el segundo significado es éste: «Lo ha enviado al mundo». Entendamos pues, que se trata del gran mundo en cuyo interior miran los ángeles. ¿Cómo hemos de ser? Debemos estar allí con nuestro amor íntegro y con todo nuestro anhelo, según dice San Agustín[32]: En aquello que el hombre ama, se transforma con el amor. ¿Hemos de decir, pues: Cuando el hombre ama a Dios se transforma en dios? Esto suena a incredulidad. En el amor que brinda un hombre no hay dos sino sólo uno y unión, y en el amor, antes que hallarme en mí mismo, soy más bien dios. Dice el profeta: «He dicho que sois dioses e hijos del Altísimo» (Salmo 81, 6). Suena extraño [cuando se dice] que el hombre de tal manera puede llegar a ser dios en el amor; sin embargo, es verdad dentro de la verdad eterna. Nuestro Señor Jesucristo poseía esta [unión][33].

«Lo ha enviado al mundo.» En una de sus acepciones «mundum» significa «puro». ¡Prestad atención! Dios no tiene ningún lugar más propio que un corazón puro y un alma pura; allí el Padre engendra a su Hijo, tal como lo engendra en la eternidad, ni más ni menos. ¿Qué es un corazón puro? Es puro aquel que se halla apartado y separado de todas las criaturas, porque todas las criaturas ensucian ya que son [una] nada; pues [la] nada es una carencia y ensucia al alma. Todas las criaturas son pura nada; ni los ángeles ni las criaturas son algo. Agarran todo en todo y [lo] ensucian porque están hechos de la nada; son y fueron nada. Lo que les repugna a todas las criaturas y les produce disgusto, es [la] nada. Si yo colocara un carbón ardiente en mi mano, me dolería. Esto se debe solamente al «no», y si estuviéramos libres del «no», no seríamos impuros.

Luego, «vivimos en Él» con Él. No hay nada que se apetezca tanto como la vida. ¿Qué es mi vida? Lo que, desde dentro es movido por sí mismo. Aquello que es movido desde fuera, no vive. Si vivimos, pues, con Él, debemos cooperar también con Él desde dentro, de modo que no obremos desde fuera, sino que hemos de ser movidos por aquello que nos hace vivir, es decir: por Él. [Mas] podemos y debemos obrar desde dentro con lo nuestro propio. Si hemos de vivir, pues, en Él y por Él, Él debe pertenecernos y nosotros tenemos que obrar con lo nuestro propio. Así como Dios obra todas las cosas con lo suyo y por sí mismo, así debemos obrar también con lo nuestro que es Él dentro de nosotros. Él nos pertenece completamente y en Él todas las cosas nos pertenecen. Todo cuanto poseen todos los ángeles y todos los santos y Nuestra Señora, lo poseo yo en Él y no me resulta más extraño ni más alejado que lo que tengo yo mismo. En Él poseo todas las cosas de igual manera; y si hemos de llegar a esta posesión [de modo] que todas las cosas nos pertenezcan, debemos aprehenderlo de igual manera en todas las cosas, en una no más que en otra, porque Él es igual en todas las cosas.

Uno se encuentra con gente a la que gusta Dios de una manera, pero de otra no, y se empeñan en poseer a Dios sólo en una forma de devoción y en otra no. Lo dejo pasar, pero es todo un error. Quien ha de tomar a Dios de manera correcta, debe tomarlo de igual modo en todas las cosas, en [la] aflicción como en [el] bienestar, en [el] llanto como en [la] alegría; en todo debe ser el mismo para ti. Si tú no tienes devoción ni fervor, sin haberlo provocado por un pecado mortal, y deseas tener devoción y fervor, y, si entonces crees que justamente por no tener devoción ni fervor, tampoco tienes a Dios [y] ello te da pena, precisamente esto es, en ese momento, [tu] devoción y fervor. Por lo tanto no debéis insistir en ningún modo, porque Dios no es en absoluto ni esto ni aquello. De ahí que aquellos que tomen a Dios de la manera descrita, proceden mal con Él. Toman el modo, pero no a Dios. Por ende recordad esta palabra: Debéis pensar puramente en Dios y buscarlo a Él. Cualquiera que sea luego el modo resultante, ¡contentaos con él! Pues vuestra intención ha de estar dirigida puramente hacia Dios y a ninguna otra cosa. [Luego] estará bien lo que os guste o no os guste, y sabed que otra cosa estaría completamente mal. Quienes pretenden tener muchos modos, empujan a Dios por debajo de un banco. Ya sean llantos o suspiros o muchas otras cosas por el estilo: todo esto no es Dios. Si os sucede, aceptadlo y contentaos; si no sucede, contentaos lo mismo y tomad lo que Dios os quiere dar en ese momento y conservad siempre un humilde aniquilamiento y el rebajamiento [de vosotros mismos]. Y en todo momento ha de pareceros que sois indignos de [recibir] cualquier bien que Dios podría haceros si quisiera. Así hemos interpretado pues, la palabra escrita por San Juan: «En esto se nos ha manifestado a nosotros el amor de Dios». Si fuéramos así, este bien se manifestaría dentro de nosotros. La culpa de que esté escondido para nosotros no la tiene nadie más que nosotros. Somos la causa de todos nuestros impedimentos. Cuídate de ti mismo y te has cuidado bien. Y si resulta que no queremos tomarlo, Él nos ha escogido para ello, [sin embargo]. Si no lo tomamos, habremos de arrepentimos y sufriremos gran reprimenda. La culpa de que no lleguemos adonde, se recibe este bien, no la tiene Él, sino nosotros.

 

SERMÓN V b[34]

In hoc apparuit caritas dei in nobis.

 

«En esto se nos ha manifestado y hecho visible el amor de Dios hacia nosotros, en que Dios ha enviado al mundo a su Hijo unigénito para que vivamos con el Hijo y en el Hijo y por el Hijo» (1 Juan 4, 9); porque andan mal, por cierto, todos cuantos no viven por medio del Hijo.

Si en alguna parte existiera un rey rico que tuviese una hija hermosa y la desposara con el hijo de un hombre pobre, entonces serían elevados y ennoblecidos por este hecho todos los integrantes de su estirpe. Dice, pues, un maestro[35]: Dios se hizo hombre [y] gracias a ello todo el género humano ha sido elevado y ennoblecido. Con razón debemos regocijarnos de que Cristo, nuestro hermano, por fuerza propia haya ascendido al cielo por encima de todos los coros angelicales, y esté sentado a la diestra del Padre. Este maestro ha dicho palabras acertadas, pero yo por cierto, no daría gran cosa por ello. ¿De qué me serviría si yo tuviera un hermano que fuese un hombre rico mientras yo fuera pobre? ¿De qué me serviría si tuviera un hermano que fuera un hombre sabio mientras yo fuera un necio?

Digo otra cosa que va más al grano: Dios no sólo se hizo hombre, sino que adoptó la naturaleza humana.

Los maestros dicen[36] por lo general que todos los hombres son igualmente nobles en su naturaleza. Pero yo digo conforme a la verdad: Todo el bien que han poseído todos los santos y María, la Madre de Dios, y Cristo, en cuanto a su humanidad, me pertenece [también] a mí en esta naturaleza. Ahora podríais preguntarme lo siguiente: Como yo en esta naturaleza poseo todo cuanto Cristo puede realizar según su humanidad ¿a qué se debe entonces que enaltezcamos a Cristo venerándolo como Nuestro Señor y Nuestro Dios? Esto se debe al hecho de que haya sido un mensajero de Dios [enviado] a nosotros, y nos ha traído nuestra salvación. La salvación que nos trajo era nuestra[37]. Allí donde el Padre engendra a su Hijo en el fondo más entrañable, allí entra también volando esta naturaleza [humana]. Ella es una y simple. Puede ser que alguna cosa se deje entrever o se apegue, pero no es lo Uno.

Digo otra cosa que es más complicada aún: Quien ha de subsistir inmediatamente en la desnudez de esta naturaleza, debe haberse apartado de todo lo personal de modo que le desee tantas cosas buenas a un hombre allende el mar, a quien nunca vieron sus ojos, como al hombre que se halla junto a él y es su amigo íntimo. Mientras deseas más bienes para tu propia persona que para el hombre que nunca viste, andas mal por cierto, y nunca atisbaste ni por un solo instante este fondo simple. Es bien posible que hayas visto la verdad en una imagen deducida al modo de un símil: pero no ha sido lo óptimo.

Por otra parte, debes tener el corazón puro, pues sólo es puro aquel corazón que ha aniquilado toda criaturidad[38]. En tercer lugar debes mantenerte libre del «no». Se suele preguntar ¿qué es lo que quema en el infierno? Los maestros dicen[39] por regla general: Esto lo hace la propia voluntad. Pero yo digo conforme a la verdad, que lo que quema en el infierno es el «no». ¡Escucha pues, un símil! Que tomen un carbón ardiente y me lo pongan en la mano. Si yo dijera entonces que el carbón me quemaba la mano, le haría una gran injusticia. Mas si he de decir con acierto qué es lo que me quema, [afirmaré] que lo hace el «no», porque el carbón contiene algo que no contiene mi mano. Mirad, justamente este «no» es lo que me quema. Mas, si mi mano contuviera todo cuanto es el carbón y lo que éste puede hacer, entonces ella poseería toda una naturaleza de fuego. Luego, si alguien tomara todo el fuego que hubiese ardido jamás y lo arrojara sobre mi mano, no me podría doler. De igual modo digo: Como Dios y todos cuantos se mantienen en la contemplación de Dios, poseen en la verdadera bienaventuranza algo que no tienen aquellos que están apartados de Dios, este «no» solo atormenta a las almas en el infierno, más que la propia voluntad o cualquier fuego. De cierto digo: Eres imperfecto en la medida en que te queda apegado el «no». Por eso, si queréis ser perfectos, debéis ser libres del «no».

Por ello dice la palabrita que os he citado: «Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo»; esto no lo debéis interpretar con miras al mundo exterior, cómo comía y bebía con nosotros; tenéis que comprenderlo con respecto al mundo interior. Así como es verdad que el Padre en su naturaleza simple engendra a su Hijo en forma natural, también es verdad que lo engendra en lo más entrañable del espíritu y esto es el mundo interior. Ahí el fondo de Dios es mi fondo, y mi fondo el de Dios. Ahí vivo de lo mío, así como Dios vive de lo suyo. Para quien mirara alguna vez en este fondo, aunque fuera por un solo instante, para ese hombre mil marcos de oro amarillo amonedado valdrían lo mismo que un maravedí falso. Desde este fondo más entrañable has de obrar todas tus obras sin porqué alguno. De cierto digo: Mientras hagas tus obras por el reino de los cielos o por Dios o por tu eterna bienaventuranza, [es decir], desde fuera, realmente andarás mal. Pueden aceptarte tal cual, pero no es lo mejor. Pues de veras, quien se imagina que recibe más de Dios en el ensimismamiento, la devoción, el dulce arrobamiento y en mercedes especiales, que [cuando se halla] cerca de la lumbre o en el establo, hace como si tomara a Dios, le envolviera la cabeza con una capa y lo empujara por debajo de un banco. Pues, quien busca a Dios mediante determinado modo, toma el modo y pierde a Dios que está escondido en el modo. Pero quien busca a Dios sin modo lo aprehende tal como es en sí mismo; y semejante persona vive con el Hijo y Él es la vida misma. Si alguien durante mil años preguntara a la vida: «¿Por qué vives?»… ésta, si fuera capaz de contestar, no diría sino: «Vivo porque vivo». Esto se debe a que la vida vive de su propio fondo y brota de lo suyo; por ello vive sin porqué justamente porque vive para sí misma. Si alguien preguntara entonces a un hombre veraz, uno que obra desde su propio fondo: «¿Por qué obras tus obras?»… él, si contestara bien, no diría sino: «Obro porque obro».

Donde termina la criatura, ahí Dios comienza a ser. Pues bien, lo único que Dios te exige, es que salgas de ti mismo, en cuanto a tu índole de criatura, y que permitas a Dios ser Dios dentro de ti. La menor imagen de lo creado, que en algún instante se forma dentro de ti, es tan grande como lo es Dios. ¿Por qué? Porque te impide [tener] un Dios entero. Justamente allí donde entra la imagen, Dios debe retirarse así como toda su divinidad. Mas, donde sale la imagen, allí entra Dios. Él desea tanto que tú salgas de ti mismo, en cuanto a tu índole de criatura, como si de ello dependiera toda su bienaventuranza. Pues bien, mi querido hombre, ¿qué daño te hace si le permites a Dios que sea Dios dentro de ti? Sal completamente de ti mismo por amor de Dios, luego Dios saldrá por completo de sí mismo por amor de ti. Cuando estos dos salen, entonces lo que queda es un Uno simple. En este Uno el Padre engendra a su Hito dentro del manantial más íntimo. Allí sale floreciendo el Espíritu Santo y allí surge dentro de Dios una voluntad que pertenece al alma. La voluntad es libre mientras no se halla afectada por ninguna criatura y por nada que sea criaturidad. Cristo dice: «Nadie asciende al cielo sino Aquel que ha bajado del cielo» (Juan 3, 13). Todas las cosas fueron creadas de [la] nada; por eso su verdadero origen es [la] nada, y en cuanto esta noble voluntad se inclina hacia las criaturas, en tanto se derrama con ellas en su nada.

Ahora cabe preguntar: Esta noble voluntad ¿se derrama hasta un punto tal que nunca puede volver? Los maestros dicen[40] por regla general que nunca volverá, en cuanto se haya derramado junto con el tiempo. Mas yo digo: Toda vez que esta voluntad se aparte de sí misma y de toda criaturidad, volviendo por un solo instante hacia su primer origen, la voluntad se presentará [otra vez] en su recta índole libre y es libre; y en ese instante se recupera todo el tiempo perdido.

A menudo la gente me dice: ¡Rogad por mí! Entonces pienso: ¿Por qué salís? ¿Por qué no permanecéis dentro de vosotros mismos y echáis mano de vuestro propio bien? Si lleváis dentro de vosotros toda la verdad en su esencia.

¡Que Dios nos ayude a permanecer verdaderamente adentro del modo señalado, [y] a poseer toda la verdad inmediatamente y sin distinción en la verdadera bienaventuranza! Amén.

 

SERMÓN VI[41]

Iusti vivent in aeternum.

«Los justos vivirán eternamente y su recompensa está con Dios» (Sabid. 5, 16). Ahora fijaos muy bien en el sentido de esta [palabra]; puede ser que suene simple y comprensible para todos, sin embargo, es muy digna de consideración y del todo buena.

«Los justos vivirán.» ¿Quiénes son los justos? Un escrito dice[42]: «Es justo aquel que da a cada cual lo que es de él»: aquellos pues, que dan a Dios lo que es de Él, y a los santos y a los ángeles lo que es de ellos, y al semejante lo que es de él.

La honra pertenece a Dios. ¿Quiénes son los que honran a Dios? Son aquellos que se han desasido totalmente de sí mismos y no buscan en absoluto lo suyo en ninguna cosa, sea la que fuere, grande o pequeña; aquellos que no miran nada por debajo ni por encima de ellos, ni [lo que se halla] a su lado o en ellos; aquellos que no piensan ni en bienes, ni en honores, ni en comodidades, ni en placeres, ni en provecho, ni en recogimiento, ni en santidad, ni en recompensa, ni en el reino de los cielos, habiéndose desasido de todo ello, de todo lo suyo… de tales hombres Dios recibe honor y ellos honran a Dios en el sentido propiamente dicho y le dan lo que le pertenece.

A los ángeles y a los santos hay que darles alegría. ¡Oh, maravilla superior a todas las maravillas! ¿Es posible que un ser humano en esta vida les dé alegría a quienes se hallan en la vida eterna? ¡Sí, es cierto! Todo santo siente mucha e inefable alegría por cualquier obra buena; por una voluntad o una aspiración buenas sienten tamaña alegría que no hay boca capaz de pronunciar ni corazón capaz de pensar lo grande que es la alegría que esto les da. ¿Por qué será así? Porque aman a Dios sobremanera, y su amor es tan verdadero que prefieren la honra [de Dios] a la bienaventuranza de ellos. Y esto les da tanto placer no sólo a los santos y a los ángeles, sino también a Dios mismo, tal como si fuera la bienaventuranza de Él, y su ser y su contento y su deleite dependen de ello. ¡Pues bien, ahora prestad atención! Si quisiéramos servir a Dios por ninguna otra causa que por la gran alegría que sienten quienes están en la vida eterna, y Dios mismo, podríamos hacerlo con gusto y con todo empeño posible.

También debemos prestar ayuda a quienes están en el purgatorio y [procurar] la corrección y…[43] de los que todavía viven.

Semejante hombre es justo en determinada manera, pero en otro sentido son justos aquellos que aceptan de Dios todas las cosas con ecuanimidad, sea lo que fuere, grande o chico, querido o desagradable [considerándolo] todo como igual, sin más ni menos, una cosa como la otra. Si de algún modo valoras una cosa más que otra, está mal. Debes desasirte por completo de tu propia voluntad.

El otro día se me ocurrió la siguiente idea: si Dios no quisiera como yo, yo querría, sin embargo, como Él. Algunas personas quieren tener su propia voluntad en todas las cosas; eso está mal, ahí hay un defecto. Hay otros un poco mejores: quieren por cierto lo que quiere Dios [y] no quieren nada en contra de su voluntad; [pero] si estuvieran enfermos, querrían más bien que fuera la voluntad divina que estuviesen sanos. Esa gente preferiría pues, que Dios quisiera según la voluntad de ellos antes que ellos quisieran [las cosas] de acuerdo con su voluntad [de Dios]. Hay que aceptarlo, pero es incorrecto. Los justos no tienen absolutamente ninguna voluntad; todo lo que quiere Dios, les da lo mismo, por grande que sea la aflicción.

Los hombres justos toman tan en serio la justicia que, si Dios no fuera justo, Él no les importaría un comino3a; y se mantienen tan firmes en la justicia habiéndose desasido tan completamente de sí mismos, que no prestan atención ni al tormento del infierno ni al regocijo del reino de los cielos ni a cosa alguna. Es más: si toda la pena que sufren aquellos que están en el infierno, tanto hombres como diablos, o si todas las penas que en algún momento han sido o serán sufridas en esta tierra, estuvieran relacionadas con la justicia, no les daría un bledo; tan firmemente toman el partido de Dios y de la justicia. Al hombre justo nada le resulta más penoso y pesado que lo que está en contra de la justicia: [es decir, el hecho] de que no se muestre ecuánime en todas las cosas. ¿Cómo [es] eso? Si una cosa puede alegrar [a los hombres] y otra afligirlos, no son justos; más aún, si son alegres en un momento, lo son en todos; si en un momento están más alegres y en otro menos, eso está mal. Quien ama la justicia, se halla colocado tan firmemente sobre ella, que aquello que ama es su ser; no hay cosa capaz de apartarlo ni se fija en nada más. Dice San Agustín[44]: «Donde el alma ama, ahí está con más propiedad que allí donde da vida». Nuestra palabra [de la Sagrada Escritura] suena modesta y comprensible para todos; y, sin embargo, difícilmente hay alguien que comprenda su significado; y no obstante, es verdad. Quien comprenda la doctrina de la justicia y del justo, comprenderá todo cuanto digo.

«Los justos vivirán.» Por entre todas las cosas no hay nada tan querido y tan apetecible como la vida. Y, por otra parte, no hay ninguna vida tan mala ni onerosa que el hombre, pese a todo, no quiera vivir. Dice un escrito: Cuanto más cerca se halla una cosa de la muerte, tanto más apenada está. No importa lo mala que sea la vida, quiere vivir, no obstante. ¿Por qué comes? ¿Por qué duermes? Para que vivas. ¿Por qué apeteces bienes u honores? Lo sabes muy bien. Pero ¿por qué vives? Por la vida y, sin embargo, no sabes por qué vives. La vida en sí es tan apetecible que uno la apetece a causa de ella misma. Quienes están en el infierno, [sufriendo] la pena eterna, no quisieran perder su vida, ni los diablos ni las almas, porque su vida es tan noble que fluye de Dios al alma sin mediador alguno. Como fluye tan inmediatamente de Dios, por eso quieren vivir. ¿Qué es la vida? El ser de Dios es mi vida. Entonces, si mi vida es el ser de Dios, el ser de Dios ha de ser mío y la esencia primigenia[45] de Dios mi esencia primigenia, ni más ni menos.

Ellos viven eternamente «con Dios», de modo exactamente igual con Dios, ni por debajo ni por encima. Hacen todas sus obras con Dios y Dios [las hace] con ellos. Dice San Juan: «El Verbo estaba con Dios» (Juan 1, 1). Era completamente igual y estaba a su lado, ni por debajo ni por encima, sino que [era] igual. Cuando Dios creó al hombre, creó a la mujer del costado del hombre para que le fuera igual. No la creó ni de la cabeza ni de los pies, para que no fuera para él ni mujer ni hombre, sino que fuese igual. Así también el alma justa ha de ser igual, junto con Dios y al lado de Dios, exactamente igual, ni por debajo ni por encima.

¿Quiénes son los que de tal manera son iguales? Quienes no se igualan a nada, sólo ésos son iguales a Dios. El ser divino no se iguala a nada; en Él no hay ni imagen ni forma. A las almas que se [le] igualan de tal modo, el Padre les da en forma igual y no les escatima nada. Cuanto el Padre es capaz de hacer, lo da a esta alma de modo igual, por cierto, siempre y cuando ella no se asemeje más a sí misma que a otra persona, y no ha de hallarse más cerca de sí misma que de otro. Su propio honor, su provecho y cualquier cosa suya, no los debe apetecer más ni prestarles mayor atención que a los de un forastero. Cualquier cosa —ya sea buena, ya sea mala— que pertenezca a alguien no le ha de resultar ni ajena ni alejada. Todo el amor de este mundo está erigido sobre el amor propio. Si hubieras renunciado a este último, habrías renunciado al mundo entero.

El Padre engendra a su Hijo en la eternidad como igual a sí mismo. «El Verbo estaba con Dios y Dios era el Verbo»: era lo mismo en la misma naturaleza. Digo además: Lo ha engendrado en mi alma. Ella no sólo está con Él y Él con ella como iguales, sino que se halla dentro de ella, y el Padre engendra a su Hijo dentro del alma de la misma manera que lo engendra en la eternidad, y no de otro modo. Tiene que hacerlo, le agrade o le disguste. El Padre engendra a su Hijo sin cesar, y yo digo más aún: Me engendra a mí como su hijo y como el mismo Hijo. Digo más todavía: Me engendra no sólo como su hijo; me engendra a mí como [si yo fuera] Él, y a sí como [si fuera] yo, y a mí como su ser y su naturaleza. En el manantial más íntimo broto yo del Espíritu Santo; allí hay una sola vida y un solo ser y una sola obra. Todo cuanto obra Dios es uno; por eso me engendra como hijo suyo sin ninguna diferencia. Mi padre carnal no es mi padre propiamente dicho, sino [que lo es] solamente con un pequeño pedacito de su naturaleza y yo estoy separado de él; él puede estar muerto y yo [puedo] vivir. Por eso, el Padre celestial es de veras mi Padre, porque soy su hijo y tengo de Él todo cuanto poseo, y soy el mismo hijo y no otro. Como el Padre no hace sino una sola obra, por eso hace de mí su hijo unigénito, sin ninguna diferencia.

«Seremos transformados y transfigurados totalmente en Dios» (Cfr. 2 Cor. 3, 18). ¡Escucha un símil! [Sucede] exactamente del mismo modo que cuando en el Sacramento el pan se transforma en el Cuerpo de Nuestro Señor; cualquiera sea el número de panes, se transforman en un solo cuerpo. Igualmente, si todos los panes fueran transformados en mi dedo, no habría más que un solo dedo. Luego, si mi dedo fuera transformado [otra vez] en pan, éste sería tanto como aquél. La cosa que se transforma en otra, llega a ser una sola con ella. Exactamente de la misma manera soy transformado en Él, de modo que Él me convierte en ser suyo [y esto] como uno [y] no igual; por Dios vivo, es verdad que no existe distinción alguna.

El Padre engendra a su Hijo sin cesar. Cuando el Hijo ha nacido, [ya] no toma nada del Padre porque lo tiene todo; pero cuando nace, toma del Padre. Con miras a ello, tampoco debemos desear nada de Dios como si fuera un extraño. Nuestro Señor dijo a sus discípulos: «No os he llamado siervos sino amigos» (Cfr. Juan 15, 14 ss.). Quien pide algo de otro es «siervo» y quien paga es «señor». El otro día reflexioné sobre si quería tomar o pedir alguna cosa de Dios. Lo pensaré dos veces, pues si aceptara algo de Dios, me hallaría por debajo de Él como un «siervo» y Él, al dar, [sería] un «señor». [Pero] así no ha de ser con nosotros en la vida eterna.

Dije una vez en este mismo lugar y sigue siendo verdad: Cuando el hombre atrae o toma algo [que se halla] fuera de él, procede mal. Uno no debe tomar ni mirar a Dios como [si estuviera] fuera de uno mismo, sino [que lo debe tomar y ver] como propiedad y como algo que se halla dentro de mí; además, no se ha de servir ni obrar a causa de ningún porqué, ni por la gloria de Dios ni por el propio [honor], ni por cosa alguna que se halle fuera de uno, sino únicamente a causa de lo que son el propio ser y la propia vida dentro de uno. Algunas personas bobas opinan que deberían ver a Dios como si estuviera allá y ellas acá. No es así, Dios y yo somos uno. Mediante el conocimiento acojo a Dios dentro de mí; [y] mediante el amor me adentro en Dios. Hay quienes dicen que la bienaventuranza no depende del conocimiento sino solamente de la voluntad. Se equivocan; pues, si dependiera únicamente de la voluntad no sería una sola cosa. [Mas] el obrar y el devenir son una sola cosa. Cuando el carpintero no opera, tampoco se hace la casa. Donde descansa el hacha, descansa también el devenir. Dios y yo somos uno en semejante obrar; Él obra y yo llego a ser. El fuego transforma en sí cuanto se le agrega, y [esto] se convierte en su naturaleza [del fuego]. No es la leña la que transforma en sí el fuego, sino que el fuego transforma en sí la leña. Así también seremos transformados en Dios para que lo conozcamos tal como es (Cfr. 1 Juan 3, 2). Dice San Pablo: Así conoceremos: yo [lo conoceré] exactamente lo mismo que de Él soy conocido, ni más ni menos, simplemente igual (Cfr. 1 Cor. 13, 12). «Los justos vivirán eternamente y su recompensa está con Dios» exactamente igual.

Que Dios nos ayude para que amemos a la justicia por ella misma y a Dios sin porqué. Amén.

 

SERMÓN VII[46]

Populi eius qui in te est, misereberis.

 

Dice el profeta: «Señor, apiádate del pueblo que está en ti» (Oseas 14, 4). Nuestro Señor contestó: «Todo cuanto está achacoso lo sanaré y lo amaré espontáneamente» (Oseas 14, 5).

Traigo a colación [el relato de la Sagrada Escritura] que dice: «El fariseo pidió que Nuestro Señor comiera con él», y [agrego]: «Nuestro Señor dijo a la mujer: vade in pace; ¡vete en paz!» (Cfr. Lucas 7, 36 a 50). Cuando alguien [parte] de la paz [y] llega a la paz, está bien, es elogiable; sin embargo, es defectuoso. Hay que entrar corriendo en la paz y no se debe comenzar en paz. Dios quiere decir: Uno debe ser ubicado y empujado en la paz y terminar en la paz. Dijo Nuestro Señor: «Sólo estando dentro de mí, tenéis paz» (Cfr. Juan 16, 33). Exactamente en la medida en que [uno está] dentro de Dios, uno se halla en paz. Aquella parte de nosotros que se halla en Dios, tiene paz; la otra parte que está fuera de Dios, tiene desasosiego. Dice San Juan: «Todo cuanto ha nacido de Dios, vence al mundo» (1 Juan 5, 4). Cuanto ha nacido de Dios, busca [la] paz y corre hasta estar en ella. Por eso dijo: «¡Vade in pace! ¡Corre hacia la paz!». El hombre que está corriendo y corriendo sin cesar y lo hace [para llegar] a la paz, es un hombre celestial. El cielo gira perpetuamente y, dando vueltas, busca [la] paz.

¡Ahora, escuchad! «El fariseo pidió que Nuestro Señor comiera con él». La comida que como, es tan unida a mi cuerpo, como mi cuerpo a mi alma. Mi cuerpo y mi alma se hallan unidos en un ser [y] no como si se tratara de una obra[47]. [No es, pues] como cuando mi alma se une con la vista en una obra, es decir, [en el hecho de] que ve. Así también la comida que como es unida a mi naturaleza en el ser, [mas] no unida en el obrar, y este hecho apunta hacia la gran unión que debemos tener con Dios en el ser, pero no en una obra. Por eso, el fariseo pidió a Nuestro Señor que comiera con él.

«Fariseo» (Pharisêus) significa lo mismo que: uno que se halla apartado y no conoce ningún fin. Todos los accesorios del alma han de ser desprendidos por completo. Cuanto más nobles sean las potencias con tanta mayor fuerza se quitarán [los accesorios]. Ciertas potencias se hallan tan por encima del cuerpo y tan apartadas que actúan con total carácter de separadoras y divisorias. Un maestro dice una hermosa palabra: Nunca llegará a entrar allí[48] aquello que, aunque fuera por una sola vez, toque una cosa corpórea. En segundo lugar [significa «fariseo»], que debemos estar desasidos y separados y recogidos. De ello se desprende que un hombre iletrado puede obtener y enseñar el saber [sólo] mediante el amor y el anhelo. En tercer lugar significa que uno no debe tener ningún fin ni estar encerrado en ninguna parte ni apegado a nada, hallándose en paz de tal manera que ya no sepa nada del desasosiego, cada vez que semejante hombre sea transpuesto en Dios mediante las potencias completamente desprendidas. Por eso dijo el profeta: «Señor, apiádate del pueblo que está en ti».

Dice un maestro[49]: La obra suprema que Dios ha obrado siempre en todas las criaturas es la misericordia. Lo más secreto y escondido [y] aun aquello que haya obrado alguna vez en los ángeles, es elevado a la misericordia, a la obra [de la] misericordia como es en sí misma y como es en Dios. Cualquiera [sea] la cosa que obre Dios, el primer efluvio violento lo constituye [siempre] la misericordia, [y] no [se trata de] esa con la que le perdona al hombre su pecado o por la cual un hombre se compadece de otro; [el maestro] quiere decir más bien: La obra suprema que hace Dios, es misericordia. Dice un maestro: La obra de la misericordia tiene tal parentesco con Dios que [la] verdad y [la] riqueza y [la] bondad, si bien designan a Dios —aun cuando una de éstas lo designe más que otra— la misericordia es, no obstante, la obra suprema de Dios y significa que Dios coloca al alma en lo más elevado y acendrado que ella es capaz de recibir: [a saber] en la extensión, en el mar, en un mar insondable: allí opera Dios la misericordia. Por eso dijo el profeta: «Dios, apiádate del pueblo que está en ti».

¿Qué pueblo está en Dios? Dice San Juan: «Dios es amor y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (1 Juan 4, 16). Aun cuando dice San Juan que el amor une, el amor, sin embargo, no [nos] transpone nunca en Dios; en el mejor de los casos aglutina [lo que ya está unido]. El amor no une de ninguna manera; [sólo] aquello que ya se halla unido, lo cose y lo ata. El amor une en una obra, mas no en el ser. Dicen los maestros más insignes que el entendimiento lo monda todo por completo, y aprehende a Dios desnudo, como ser puro que es en sí mismo. El conocimiento irrumpe a través de la verdad y bondad y se arroja sobre el ser puro y aprehende a Dios, desnudo, tal como es sin nombre. [Mas] yo digo: No unen ni el conocimiento ni el amor. El amor aprehende a Dios mismo en cuanto es bueno, y si Dios cayera fuera del nombre «bondad», el amor nunca lograría avanzar. El amor toma a Dios [escondido] bajo una piel, bajo una vestimenta. El entendimiento no hace tal cosa; el entendimiento toma a Dios tal como lo conoce dentro de él; mas, no lo puede comprender jamás en el mar de su ser insondable. Digo yo: Por encima de estos dos, es decir, [el] conocimiento y [el] amor se halla la misericordia; en lo supremo y en lo más puro que Dios puede obrar, allí opera Dios la misericordia.

Un maestro dice una hermosa palabra: [afirma] que en el alma hay algo muy secreto y escondido y [que se halla] muy por encima de donde emanan las potencias del entendimiento y de la voluntad[50]. Dice San Agustín: Así como es inefable aquello donde el Hijo en el primer efluvio violento emana del Padre, así existe también algo muy secreto por encima del primer efluvio violento, allí donde emanan [el] entendimiento y [la] voluntad. Un maestro que ha hablado del alma mejor que nadie, dice[51] que todo el saber humano nunca penetra en aquello que es el alma en su fondo. [Para comprender] lo que es el alma, hace falta un saber sobrenatural. Dónde emanan las potencias del alma [para entrar] en las obras, de esto no sabemos nada: sabemos, es cierto, algo de ello, pero es poco. De lo que es el alma en su fondo, de esto nadie sabe nada. El saber que de ello se pueda tener, ha de ser sobrenatural, tiene que ser merced a la gracia: allí obra Dios [la] misericordia. Amén.

 

SERMÓN VIII[52]

In occisione gladii mortui sunt.

Leemos de los mártires que «murieron al filo de la espada» (Hebreos 11, 37). Nuestro Señor dijo a sus discípulos: «Bienaventurados sois vosotros si sufrís algo por mi nombre» (Cfr. Mateo 5, 11 y 10, 22)[53].

Ahora bien, se dice que «murieron». Esto de que «murieron» significa en primer término que se acaba cualquier cosa sufrida en este mundo y en esta vida. Dice San Agustín: Toda pena y cualquier obra trabajosa se acaban, pero es eterna la recompensa que Dios da por ellas. En segundo lugar, [significa] que debemos tener presente que esta vida entera es mortal de modo que no hemos de temer todas las penas y trabajos que nos puedan sobrevenir, pues se acabarán. En tercer lugar, que debemos comportarnos como si estuviéramos muertos de modo que no nos afecte ni lo agradable ni lo penoso. Dice un maestro: Nada es capaz de tocar al cielo[54], y esto quiere decir que es un hombre celestial aquel para quien todas las cosas no valen tanto que puedan afectarlo. Dice un maestro: Como todas las criaturas son tan ruines, ¿a qué se debe que pueden apartar al hombre tan fácilmente de Dios; y eso que el alma en su parte menos valiosa es más preciosa que el cielo y todas las criaturas? Él dice: Se debe a que aprecia poco a Dios. Si el hombre apreciara a Dios como debería hacerlo, sería casi imposible que cayera alguna vez. Y es una enseñanza buena [según la cual] el hombre debe comportarse en este mundo como si estuviera muerto. Dice San Gregorio[55]que nadie puede poseer a Dios en grado considerable si no está muerto hasta el fondo para este mundo.

La cuarta enseñanza es la mejor de todas. Dice que «murieron». La muerte, [sin embargo], les otorga un ser. Afirma un maestro[56]: La naturaleza nunca destruye nada a no ser que dé algo mejor. Cuando el aire se convierte en fuego, entonces es algo mejor; mas, cuando el aire se convierte en agua, es una destrucción y un error. Si [incluso] la naturaleza actúa así, cuánto más lo hace Dios: nunca destruye sin dar algo mejor. Los mártires están muertos y perdieron una vida [pero, en cambio] recibieron un ser. Dice un maestro[57]que lo más noble son [el] ser y [la] vida y [el] conocimiento. [El] conocimiento es más sublime que [la] vida o [el] ser, pues en el hecho de conocer posee a la vez [la] vida y [el] ser. Mas luego, [la] vida es más noble que [el] ser o [el] conocer, como en el caso del árbol que vive, mientras la piedra [sólo] tiene el ser. Pero, si por otra parte, concebimos al ser como puro y acendrado, tal como es en sí mismo, entonces el ser es más sublime que [el] conocimiento o [la] vida. Han perdido una vida y encontrado un ser. Dice un maestro[58]que nada se asemeja tanto a Dios como [el] ser; [una cosa], en cuanto tiene ser, en tanto se asemeja a Dios. Dice un maestro: [El] ser es tan puro y tan elevado que todo cuanto es Dios, es ser. Dios no reconoce nada fuera del ser, no sabe nada fuera de su ser, [el] ser es su anillo. Dios no ama nada fuera de su ser, no piensa en nada fuera de su ser. Yo digo: Todas las criaturas son un solo ser. Dice un maestro[59]que ciertas criaturas se hallan tan cerca de Dios y poseen tanta luz divina impresa en ellas, que dan [el] ser a otras criaturas. Esto no es verdad, porque [el] ser es tan elevado y tan puro y tan afín a Dios, que nadie puede dar [el] ser sino sólo Dios en sí mismo. La esencia más propia de Dios es [el] ser. Dice un maestro: Una criatura bien puede darle vida a otra. Justamente por eso, todo cuanto es de alguna manera, está fundamentado tan sólo en [el] ser. Ser es un nombre primigenio. Todo cuanto es defectuoso, es un abandono del ser. Nuestra vida entera debería ser un ser. Nuestra vida, en cuanto es un ser, en tanto está en Dios. Nuestra vida es afín a Dios en la medida en que está recogida en [el] ser. Por mezquina que sea nuestra vida, si se la aprehende en cuanto es ser, es más noble que cualquier cosa que alguna vez haya logrado vivir. Estoy seguro de que si un alma conociera lo más insignificante que tiene ser, nunca más le daría la espalda por un solo momento. Lo más pobre que se conociera dentro de Dios —aunque se conociera sólo una flor tal como tiene su ser en Dios— sería más noble que todo el mundo. Lo más insignificante que se halla en Dios, en cuanto es un ser, es mejor que un ángel si alguien lo llegara a conocer.

Si el ángel se dirigiera hacia las criaturas para conocerlas, se haría de noche. Dice San Agustín[60]:Cuando los ángeles llegan a conocer a las criaturas sin Dios, hay un crepúsculo vespertino, pero cuando llegan a conocer a las criaturas en Dios, hay un crepúsculo matutinal. Si conocen a Dios como Él es ser, puramente en sí mismo, esto es el mediodía reluciente. Yo digo: El hombre debería comprender y conocer lo noble que es el ser. No hay criatura tan insignificante que no apetezca el ser. Las orugas, cuando caen de los árboles, suben penosamente por una pared para conservar su ser. ¡Tan noble es el ser! Alabamos la muerte sufrida junto a Dios para que Él nos traslade a un ser mejor que la vida: un ser en el cual vive nuestra vida, ahí donde nuestra vida se convierte en ser. El hombre debe entregarse a la muerte de buen grado y morir para obtener un ser mejor.

A veces digo que un leño es superior al oro; esto es muy sorprendente. Una piedra en cuanto tiene ser, es más noble que Dios y su divinidad sin ser, puesto el caso de que se le pueda quitar [el] ser. Ha de ser una vida muy vigorosa aquella en que las cosas muertas cobran vida [y] en la cual aun la muerte llega a ser vida. Para Dios no muere nada: todas las cosas viven en Él. «Están muertos» dice la Escritura con respecto a los mártires y se hallan trasladados a una vida eterna, aquella vida donde la vida es ser. Debemos estar muertos a fondo, de modo que no nos afecten ni lo agradable ni lo penoso. Cuanto hay que conocer debe conocerse en su causa. Nunca podemos conocer una cosa como es verdaderamente en sí misma, si no la conocemos en su causa. Jamás puede ser [un] conocimiento [verdadero] aquel que no conozca una cosa en su causa evidente. Así también, la vida nunca puede ser acabada, a no ser que se la refiera a su causa evidente, ahí donde la vida es un ser que el alma recibirá cuando muera hasta el fondo para que vivamos en la vida donde [la] vida es ser. Aquello que nos impide perseverar en esta [disposición], lo señala un maestro diciendo: Se debe al hecho de que toquemos [el] tiempo. Todo cuanto toca [el] tiempo, es mortal. Dice un maestro[61]: El curso del cielo es eterno; es bien cierto que el tiempo proviene de él, [pero] esto sucede por una desviación. [Mas], en su curso es eterno; no sabe nada del tiempo y esto implica que el alma ha de ser puesta en un ser puro. El segundo [impedimento] se da cuando algo contiene en sí su contrario. ¿Qué es [un] contrario? Lo agradable y lo penoso, lo blanco y lo negro, constituyen contrarios y éstos no permanecen en [el] ser.

Dice un maestro[62]: El alma ha sido dada al cuerpo para su purificación. El alma, cuando se halla separada del cuerpo, no tiene ni entendimiento ni voluntad: es una sola cosa, no sería capaz de reunir suficiente fuerza para volverse hacia Dios; los posee [el entendimiento y la voluntad], es cierto,’ en su fondo, por cuanto éste es su raíz, pero no en su actuación. El alma es purificada en el cuerpo para que reúna lo que está disperso y llevado afuera. Si aquello que los cinco sentidos llevan afuera, entra de nuevo en el alma, ésta tiene una fuerza en la cual todo se vuelve uno. Por otra parte, ella [el alma] es purificada en el ejercicio de las virtudes; esto sucede cuando el alma trepa a una vida que está unificada. La pureza del alma consiste en que fue purificada de una vida dividida y entra en una vida unificada. Todo cuanto está dividido en las cosas inferiores, es unido cuando el alma trepa a una vida en la cual no existe contrario. Cuando el alma llega a la luz del entendimiento, no sabe nada del contrario. Aquello que se desprende de esta luz, cae en la mortalidad y muere. En tercer lugar, la pureza del alma reside en que no está inclinada hacia ninguna cosa. Aquello que se inclina hacia otra cosa, cualquiera que sea, muere y no puede perdurar.

Rogamos a Dios, Nuestro querido Señor, que nos ayude [a pasar] de una vida dividida a una vida unificada. Que Dios nos ayude a lograrlo. Amén.

 

SERMÓN IX[63]

Quasi stella matutina in medio nebulae et quasi luna plena in diebus suis lucet et quasi sol refulgens, sic iste refulsit in templo dei.

 

«Éste ha resplandecido en el templo de Dios como una estrella matutina en medio de la niebla, y como una luna llena en sus días, y como un sol radiante» (Eclesiástico 50, 6 y 7).

Ahora me refiero a la última palabra: «templo de Dios». ¿Qué es «Dios» y qué es «templo de Dios»?

Veinticuatro maestros se reunieron con el propósito de hablar sobre lo que era Dios[64]. Se congregaron en determinado momento y cada uno de ellos expresó su opinión; de éstas escojo ahora dos o tres. Uno dijo: Dios es algo en comparación con lo cual todas las cosas mutables y temporales no son nada; y todo cuanto tiene [el] ser, es insignificante ante Él. El segundo dijo: Dios es algo que se halla necesariamente por encima del ser, [algo] que en sí mismo no necesita de nadie y del que necesitan todas las cosas. El tercero dijo: «Dios es un entendimiento que vive únicamente en el conocimiento de sí mismo»[65].

Dejo de lado la primera y la última [opinión] y me refiero a la segunda, de acuerdo con la cual Dios es algo que necesariamente se halla por encima del ser. Lo que tiene ser, tiempo o lugar, no toca a Dios; Él está por encima de ello. [Es cierto que] Dios se halla en todas las criaturas en cuanto tienen el [ser] y, sin embargo, está por encima [de ellas]. Justamente con todo cuanto Él es en todas las criaturas, se halla por encima [de ellas]; aquello que es uno en muchas cosas, debe estar necesariamente por encima de las cosas. Algunos maestros opinaban que el alma se hallaba sólo en el corazón. No es así y hubo grandes maestros que se equivocaban a este respecto. El alma se halla completamente entera e indivisa en el pie, y entera en el ojo y en cualquier miembro. Si tomo un lapso de tiempo, no es el día de hoy ni el de ayer. Pero si tomo el «ahora» [de la eternidad] éste comprende en sí todo el tiempo. El «ahora» en el cual Dios creó el mundo, se halla tan cerca del tiempo actual como el instante en que hablo ahora, y el Día del Juicio se halla tan cerca de ese «ahora» como el día que fue ayer.

Dice un maestro: Dios es algo que obra eternamente, indiviso en sí mismo, [y] que no necesita de la ayuda de nadie ni de herramienta alguna y perdura en sí mismo, no necesita nada, pero todas las cosas necesitan de [este algo] y hacia ello tienden todas las cosas como hacia su última meta. Esta meta no tiene ningún modo definido, se emancipa del modo y se va extendiendo. Dice San Bernardo[66]: Amar a Dios es modo sin modo. Un médico que quiere curar a un enfermo, no tiene ningún modo [determinado] de salud en el sentido de lo sano que quiere hacer al enfermo; pero sí tiene [un] modo con el que lo quiere curar; mas lo sano que lo quiere hacer, no tiene modo determinado: tan sano como él es capaz [de hacerlo]. Para la medida del amor que le debemos tener a Dios, no existe modo [determinado]; debemos amarlo tanto cuanto seamos capaces de hacerlo; esto no tiene modo.

Cada cosa obra dentro de [su] ser; ninguna cosa puede obrar más allá de su ser. El fuego no puede obrar sino en el leño. Dios obra por encima del ser en la dimensión donde Él puede desempeñarse; obra en [el] no-ser. Antes de que hubiera [el] ser, obraba Dios; obraba [el] ser cuando [el] ser aún no existía. Algunos maestros brutos dicen que Dios es un ser puro; Él se halla tan por encima del ser, como el ángel supremo está por encima del mosquito. Si yo dijera de Dios que es un ser, cometería un error tan grande, como si llamara al sol pálido o negro. Dios no es ni esto ni aquello. Y un maestro dice: Quien cree haber llegado a conocer a Dios y quien [al hacerlo], conozca alguna cosa, no conoce a Dios. Pero si he dicho que Dios no es un ser y se halla por encima del ser, esto no significa que le haya negado [el] ser, antes bien lo he enaltecido en Él. Si tomo [el] cobre envuelto en oro, entonces existe ahí y subsiste de una manera más elevada de la que tiene en sí mismo. Dice San Agustín[67]: Dios es sabio sin sabiduría, bueno sin bondad, poderoso sin poder.

Algunos maestros de modesta preparación[68] enseñan en el colegio que todos los seres se hallan divididos en diez categorías[69], y afirman que ninguna de ellas corresponde a Dios. Ninguna de estas categorías afecta a Dios, pero tampoco le falta ninguna. La primera, o sea la que posee la mayor cantidad de ser y en la cual todas las cosas reciben su ser, es la substancia; y la última, que contiene la menor cantidad de ser, se llama relación, y en Dios ésta se iguala a lo más grande que posee la mayor cantidad de ser; es que ellas en Dios tienen la misma imagen primigenia. En Dios, las imágenes primigenias de todas las cosas son iguales; pero son las imágenes primigenias de cosas desiguales. El ángel supremo y el alma y el mosquito tienen una y la misma imagen primigenia en Dios. Dios no es ni ser ni bondad. [La] bondad está apegada al ser y no va más allá del ser; pues, si no hubiera ser, no habría bondad, y [el] ser es todavía más acendrado que [la] bondad. Dios no es bueno ni mejor ni óptimo. Quien dijera que Dios era bueno, lo agraviaría tanto como si llamara negro al sol.

Pero Dios mismo dice: «Nadie es bueno sino sólo Dios» (Marcos 10, 18). ¿Qué es bueno? Es bueno aquello que se comunica. Llamamos bueno a un hombre que se comunica y es útil. Por eso dice un maestro pagano: En este sentido un ermitaño no es ni bueno ni malo porque no se comunica ni es útil. [Mas] Dios es lo que más se comunica. Ninguna cosa se comunica a partir de lo propio, porque todas las criaturas no existen por sí mismas. Todo cuanto comunican lo han recibido de otro. Tampoco se dan ellas mismas. El sol da su brillo y, sin embargo, permanece en su lugar; el fuego da su calor y, sin embargo, sigue siendo fuego; pero Dios comunica lo suyo porque Él es por sí mismo lo que es, y en todos los dones que otorga, en primer término se da a sí mismo. Se da como Dios, tal como es en todos sus dones, según sea posible en aquel que desea recibirlo. Dice Santiago: «Todos los dones buenos fluyen desde arriba, provienen del Padre de las luces» (Santiago 1, 17).

Si aprehendemos a Dios en el ser, lo aprehendemos en su antepatio, pues [el] ser es el antepatio en donde mora. Pero ¿dónde se halla en su templo en el cual resplandece [como] santo? El templo de Dios es [el] entendimiento. En ninguna parte mora Dios más propiamente que en su templo, o sea el entendimiento, según dijo otro maestro[70]que Dios es un entendimiento que vive en el conocimiento única y exclusivamente de sí mismo, permaneciendo solo en sí allí donde nada lo ha tocado jamás [a Dios], porque allí se halla solo en su quietud. En el conocimiento de sí mismo Dios se conoce a sí mismo en sí mismo.

Consideremos ahora [el conocimiento] tal como es en el alma que posee una «gotita» de entendimiento, una «chispita», una «rama». Ella [el alma] tiene potencias que obran en el cuerpo. Hay una potencia con cuya ayuda digiere el hombre; ésta obra más de noche que de día; [y] gracias a ella el hombre aumenta de peso y crece. El alma posee además una potencia en el ojo: mediante ella el ojo resulta tan sutil y fino que no acepta las cosas en su rudeza como son en sí mismas; antes tienen que ser cernidas y refinadas al aire y a la luz; esto sucede porque el [ojo] tiene consigo al alma. Otra potencia más se encuentra en el alma, con ella piensa. Esta potencia se imagina dentro de sí las cosas que no se hallan presentes, de modo que conozco las cosas tan bien —y aun mejor— como si las viera con mis ojos —en pleno invierno puedo imaginarme muy bien una rosa—, y con esta potencia opera el alma en [el] no-ser y en este aspecto lo imita a Dios que obra en [el] no-ser.

Dice un maestro pagano: El alma que ama a Dios, lo toma bajo la envoltura de la bondad —las palabras citadas hasta ahora pertenecen a maestros paganos que no conocieron sino a la luz natural, aún no he llegado a las palabras de los santos maestros que conocieron a una luz mucho más sublime— [pues bien], él dice: El alma que ama a Dios, lo toma bajo la envoltura de la bondad. [El] entendimiento, empero, le quita a Dios la envoltura de la bondad y lo toma desnudo donde está despojado de [la] bondad y del ser y de todos los nombres.

Dije en el colegio que el entendimiento es más noble que la voluntad y ambos, sin embargo, tienen su lugar en esa luz[71]. Entonces, un maestro dijo[72] en otro colegio que la voluntad era más noble que el entendimiento, porque la voluntad toma las cosas tales como son en sí mismas; el entendimiento, [en cambio], toma las cosas tales como son en él mismo. Esto es verdad. Un ojo es más noble en sí mismo que un ojo pintado en una pared. Pero yo digo que [el] entendimiento es más noble que [la] voluntad. [La] voluntad toma a Dios bajo la vestimenta de la bondad. [El] entendimiento toma a Dios desnudo, tal como se halla despojado de la bondad y del ser. La bondad es una vestimenta por debajo de la cual Dios se halla escondido, y la voluntad toma a Dios bajo esa vestimenta de la bondad. Si no hubiera bondad en Dios, mi voluntad no lo querría. Si alguien quisiera vestir a un rey, en el día en que iban a hacerlo rey, y lo vistiera con indumentaria gris, no lo habría vestido bien. Yo no soy bienaventurado porque Dios es bueno. Tampoco quiero pedir nunca que Dios en su bondad me haga bienaventurado, porque Él no sería capaz de hacerlo. Soy bienaventurado únicamente porque Dios es racional y porque yo conozco este hecho. Dice un maestro: Es [el] entendimiento de Dios del que depende enteramente el ser del ángel. Se pregunta ¿dónde se halla muy propiamente dicho la esencia de la imagen: en el espejo o en aquel de quien proviene? Hablando con mayor propiedad: en aquel de quien proviene. La imagen se halla en mí, [sale] de mí y [va] hacia mí. El espejo, mientras se encuentra exactamente enfrente de mi rostro, contiene mi imagen; si el espejo se cayera, la imagen se desvanecería. El ser del ángel depende de que tenga presente el entendimiento divino en el cual se conoce.

«Como una estrella matutina en medio de la niebla.» Ahora me referiré a la palabrita «quasi» que quiere decir «como»; los niños en la escuela la clasifican como «nombre adverbio» (bîwort). He aquí aquello en que pienso en todos mis sermones[73]. Lo más esencial que se puede enunciar de Dios es «Verbo» y «Verdad». Dios se ha llamado Él mismo un «Verbo». San Juan dijo: «Al comienzo era el Verbo» (Juan 1, 1) y al decirlo alude [también] al hecho de que uno debería ser un adverbio junto al Verbo. Tal como la «estrella libre» lleva el nombre de «Venus» del día viernes11a: ella tiene diversos nombres. Cuando antecede al sol y sale antes que éste se la llama: «estrella matutina»; cuando va a la zaga del sol de modo que éste se pone primero, se la llama «estrella vespertina». A veces corre por encima del sol, a veces por debajo. Ante todos los astros ella se mantiene siempre a la misma distancia del sol; nunca se aleja más de él ni se le acerca más, y esto significa que el hombre deseoso de llegar a tal punto, siempre debe estar cerca de Dios y en su presencia, de modo que nada pueda alejarlo de Dios, ni la dicha ni la desdicha, ni criatura alguna.

El [texto de la Escritura] dice además: «Como una luna llena en sus días». La luna reina sobre toda la naturaleza húmeda. Ella nunca se halla tan cerca del sol como en el plenilunio cuando recibe su luz inmediatamente del sol. Pero por el hecho de estar más cerca de la tierra que cualquier otro astro, tiene dos desventajas: está pálida y manchada y pierde su luz. Nunca es tan fuerte como cuando está más alejada de la tierra, entonces hace que el mar crezca más; pero cuanto más mengua, es menos capaz de hacerlo. El alma es más fuerte cuanto más elevada se halla sobre las cosas terrestres. Quien no llegara a conocer nada más que las criaturas, no necesitaría reflexionar nunca sobre sermón alguno, pues toda criatura está llena de Dios y es un libro. El hombre que quiere llegar a aquello de lo que acabamos de hablar —y en esto se resume todo el sermón— [este hombre] debe ser como una estrella matutina: [debe estar] siempre presente ante Dios y siempre con [Él], e igualmente cercano y elevado por encima de todas las cosas terrestres, siendo un «adverbio» junto al «Verbo»[74].

Existe una palabra enunciada: ésta es el ángel, el hombre y todas las criaturas. Además hay otra palabra, pensada y enunciada, mediante la cual se hace posible que yo me imagine algo. Mas hay todavía otra palabra no enunciada ni pensada y que nunca sale afuera, sino que se halla eternamente en Aquel que la dice; mora en el Padre que la dice en continuo acto de ser concebida y de permanecer adentro. El entendimiento siempre está actuando hacia dentro. Cuanto más sutil y cuanto más espiritual es una cosa, tanto más poderosamente obra hacia dentro; y cuanto más vigoroso y sutil es el entendimiento, tanto más le es unido y se une con él aquello que [el entendimiento] conoce. Mas no sucede lo mismo con las cosas corporales; cuanto más vigorosas son, tanto más obran hacia fuera. [Pero] la bienaventuranza de Dios reside en el obrar-hacia-dentro del entendimiento, donde el «Verbo» permanece adentro. Ahí, el alma debe ser un «adverbio» y obrar una sola obra con Dios para recibir su bienaventuranza dentro del conocimiento flotante en sí mismo, ese mismo [conocimiento] donde Dios es bienaventuranza.

Que el Padre y el mismo Verbo y el Espíritu Santo nos ayuden para que siempre seamos un «adverbio» de este «Verbo». Amén.

 

SERMÓN X[75]

In diebus suis placuit deo et inventus est iustus.

 

Esta palabra que acabo de pronunciar en latín, está escrita en la Epístola y se la puede referir a un santo confesor, y esta palabra reza en lengua vulgar: «En sus días se comprobó que era justo en su interior, en sus días fue agradable a Dios» (Eclesiástico 44, 16 y 17). Encontró la justicia en su interior. Mi cuerpo se halla más en mi alma de lo que mi alma se halla en mi cuerpo. Mi cuerpo y mi alma se encuentran más en Dios de lo que están en sí mismos; y esto es justicia: la causa de todas las cosas en la verdad. Según dice San Agustín[76]: Dios se halla más cerca del alma de lo que ella se encuentra con respecto a sí misma. La proximidad de Dios y el alma no conoce, por cierto, diferencia [entre ambos]. Él mismo conocimiento en el cual Dios se conoce a sí mismo, es el conocimiento de cualquier espíritu desasido y no [es] otro. El alma toma su ser inmediatamente de Dios; por ello Dios está más cerca del alma que se halla ella con respecto a sí misma; por ende, Dios se encuentra en el fondo del alma con su entera divinidad.

Resulta que un maestro pregunta si la luz divina entra fluyendo en las potencias del alma con la misma pureza que tiene en el ser [del alma], ya que ésta tiene su ser inmediatamente de Dios y las potencias fluyen inmediatamente del ser del alma. [La] luz divina es demasiado noble como para poder tener cualquier relación con las potencias; porque a todo cuanto toca y es tocado, Dios le resulta alejado y extraño. Y de ahí que las potencias, porque son tocadas y tocan, pierden su virginidad. [La] luz divina no puede alumbrar en ellas; pero es posible que se hagan susceptibles mediante el ejercicio y la purificación. A este respecto dice otro maestro que se les da a las potencias una luz que se asemeja a la [luz] interior. Se asemeja, es cierto, a la luz interior, pero no es la luz interior. Resulta pues, que esta luz les produce a ellas [las potencias] una impresión de modo que llegan a ser susceptibles de la luz interior. Otro maestro dice[77] que todas las potencias del alma que actúan en el cuerpo, mueren con el cuerpo a excepción del conocimiento y de la voluntad: sólo éstos le quedan al alma. [Aun] cuando mueren las potencias que actúan en el cuerpo, ellas permanecen intactas en su raíz.

Dijo San Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y ya nos basta» (Juan 14, 8). Resulta que nadie llega al Padre sino por el Hijo (Cfr. Juan 14, 6). Quien ve al Padre, ve al Hijo (Cfr. Juan 14, 9), y el Espíritu Santo es el amor de ambos. El alma es tan simple en sí misma que ella, en todo momento, no puede percibir sino una sola imagen. Cuando percibe la imagen de la piedra, no percibe la imagen del ángel, y cuando percibe la imagen del ángel, no percibe ninguna otra; y la misma imagen que percibe, la tiene que amar también en su estar-presente. Si percibiera a mil ángeles sería lo mismo que a dos ángeles y, sin embargo, no percibiría nada más que a uno solo[78]. Pues bien, el hombre debe unirse en sí mismo para ser «uno». Dice San Pablo: «Si estáis librados de vuestros pecados, os habéis convertido en siervos de Dios» (Romanos 6, 22). El Hijo unigénito nos ha librado de nuestros pecados. Pero Nuestro Señor dice con mucho más acierto que San Pablo: «No os he llamado siervos, sino que os he llamado amigos míos». «El siervo no conoce la voluntad de su señor», pero el amigo sabe todo cuanto sabe el amigo. «Todo cuanto he escuchado de mi Padre, os lo he dado a conocer» (Juan 15, 15), y todo cuanto sabe mi Padre, lo sé yo y todo cuanto yo sé, lo sabéis vosotros; porque yo y mi Padre tenemos un solo Espíritu. El hombre, pues, que sabe todo cuanto sabe Dios, es un hombre sabedor de Dios. Este hombre aprehende a Dios en su propio ser y en su propia unidad y en su propia presencia y en su propia verdad; con semejante hombre las cosas andan muy bien. Pero el hombre que no está acostumbrado para nada a las cosas interiores, no sabe lo que es Dios. Es como una persona que tiene vino en su bodega, pero no lo ha bebido ni catado, y luego no sabe que es rico. Lo mismo sucede con la gente que vive en [la] ignorancia: ignoran lo que es Dios y, sin embargo, creen y se imaginan que viven. Semejante saber no proviene de Dios. El hombre debe tener un saber puro [y] claro de la verdad divina. En aquel hombre que emprende todas sus obras con recta intención, Dios es el principio de su intención, y su intención [convertida] en obra es Él mismo y es de naturaleza puramente divina y se acaba en la naturaleza divina en Él mismo.

Ahora bien, un maestro dice[79] que no existe ningún hombre tan bobo que no aspire a [la] sabiduría. Pero entonces ¿por qué no llegamos a ser sabios? Para eso se necesita mucho. Lo más importante es que el hombre deba atravesar todas las cosas e ir más allá de ellas y de su causa, y luego, esto comienza a molestar al hombre. En consecuencia, el hombre persevera en su insignificancia. Si soy un hombre rico, no soy sabio gracias a ello; pero si está configurada dentro de mí la esencia de la sabiduría y la naturaleza de ésta y si soy la sabiduría misma, entonces soy un hombre sabio.

Cierto día, en un convento, dije [lo siguiente]: La imagen verdadera del alma es aquella en la cual no se presenta ninguna copia de nada ni se configura cosa alguna fuera de Dios mismo. El alma tiene dos ojos, uno interior y otro exterior. El ojo interior del alma es aquel que mira adentro del ser y recibe su ser de Dios en forma completamente inmediata: ésta es la obra propia de él. El ojo exterior del alma es aquel que está dirigido hacia todas las criaturas percibiéndolas en forma de imagen y de acuerdo con su [propia] potencia. Pero aquel hombre que se ha vuelto hacia su propio interior de modo que conoce a Dios con el propio sabor y en el propio fondo de Él, semejante hombre ha sido liberado de todas las cosas creadas y está encerrado en sí mismo con el verdadero cerrador de la verdad. Según dije una vez, que Nuestro Señor en el día de Pascua de Resurrección vino a ver a sus discípulos con las puertas cerradas, así [sucede] también con ese hombre librado de toda extrañeza y de toda criaturidad: en tal hombre no entra Dios: ya se halla adentro en su esencia.

«En sus días fue agradable a Dios.»

Cuando se dice «en sus días» se trata de más de un solo día: [a saber] el día del alma y el día de Dios. Los días que transcurrieron hace seis o siete días, y los días que fueron hace seis mil años, se hallan tan cerca del día de hoy como el día que fue ayer. ¿Por qué? Porque el tiempo existe en un «ahora» presente. Debido a que el cielo gira, se hace de día a causa de la primera revolución del cielo. Ahí se da en un «ahora» el día del alma, y a la luz natural[80] de ésta, dentro de la cual se hallan todas las cosas, hay un día entero; ahí el día y la noche son una sola cosa. El día de Dios, [en cambio], es allí donde el alma se mantiene en el día de la eternidad, en un «ahora» esencial, y allí el Padre engendra a su Hijo unigénito en un «ahora» presente y el alma renace en Dios. Cuantas veces se realiza este nacimiento, tantas veces da a luz al Hijo unigénito. Por eso hay una cantidad mucho mayor de hijos nacidos de una virgen que de hijos dados a luz por una mujer, porque aquéllas dan a luz más allá del tiempo en la eternidad. (Cfr. Is. 54, 1). Pero por numerosos que sean los hijos que el alma dé a luz en la eternidad, no hay más que un solo Hijo, ya que esto sucede más allá del tiempo en el día de la eternidad.

Ahora bien, va por muy buen camino el hombre que lleva una vida virtuosa, pues —según dije hace ocho días— las virtudes se hallan en el corazón de Dios. Quien vive y obra virtuosamente, [este hombre] va por buen camino. Quien no busca nada de lo suyo en ninguna cosa, ni en Dios ni en las criaturas, éste permanece en Dios y Dios permanece en él. A semejante hombre le resulta placentero dejar y despreciar todas las cosas y le da placer realizar todas las cosas con miras a la máxima perfección de ellas. Dice San Juan: «Deus caritas est», «Dios es amor» y el amor es Dios;«y quien vive en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (1 Juan 4, 16). Quien permanece en Dios, se ha instalado en buena vivienda y es heredero de Dios, y en quien permanece Dios, tiene consigo dignos convecinos. Ahora bien, dice un maestro que Dios le da al alma un don por el cual el alma es movida hacia las cosas interiores. Dice un maestro que el alma es tocada, inmediatamente, por el Espíritu Santo, pues con el amor con el que Dios se ama a sí mismo, con este amor me ama a mí y el alma ama a Dios con el mismo amor con que Él se ama a sí mismo; y si no existiera este amor con el cual Dios ama al alma, tampoco existiría el Espíritu Santo. Se trata de un ardor y un florecimiento hacia fuera del Espíritu Santo mediante los cuales el alma ama a Dios.

Ahora bien, escribe uno de los evangelistas «Éste es mi Hijo amado en el que tengo mi complacencia» (Cfr. Marcos 1, 11). Mas, el otro evangelista escribe: «Éste es mi Hijo amado en el que me complacen todas las cosas» (Cfr. Lucas 3, 22; variante «complacuit»). Y ahora resulta que el tercer evangelista escribe: «Éste es mi Hijo amado en el que me complazco yo mismo» (Mateo 3, 17). Todo cuanto agrada a Dios, le agrada en su Hijo unigénito; todo cuanto ama Dios, lo ama en su Hijo unigénito. Resulta que el hombre debe vivir de tal modo que sea uno con el Hijo unigénito y que sea el Hijo unigénito. Entre el Hijo unigénito y el alma no hay diferencia. Entre el siervo y el amo nunca surge un amor igual. Mientras soy siervo, estoy muy alejado del Hijo unigénito y le soy muy desigual. Si quisiera mirar a Dios con mis ojos, estos ojos con los que miro el color, procedería muy mal porque [esta visión] es temporal porque todo cuanto es temporal, se halla alejado de Dios y le es ajeno. Si uno toma el tiempo y si sólo lo toma en el mínimo, [o sea el] «ahora», sigue siendo tiempo y se mantiene en sí mismo. El hombre, en tanto tiene tiempo y espacio y número y multiplicidad y cantidad, anda muy equivocado y Dios le resulta alejado y ajeno. Por eso dice Nuestro Señor: «Si alguien quiere llegar a ser mi discípulo, debe renunciar a sí mismo» (Cfr. Lucas 9, 23); nadie puede escuchar mi palabra ni mi doctrina a no ser que haya renunciado a sí mismo. Todas las criaturas en sí mismas son [la] nada. Por eso he dicho: Abandonad [la] nada y aprehended un ser perfecto donde la voluntad es recta. Quien ha renunciado a su entera voluntad, éste saborea mi doctrina y escucha mi palabra. Ahora bien, dice un maestro que todas las criaturas toman su ser inmediatamente de Dios; por eso les sucede a las criaturas que ellas, de acuerdo con su naturaleza verdadera, amen más a Dios que a sí mismas. Si el espíritu llegara a conocer su puro desasimiento, ya no sería capaz de inclinarse hacia ninguna cosa, tendría que permanecer en su puro desasimiento. Por eso se dice: «Le fue agradable en sus días».

El día del alma y el día de Dios se distinguen [uno de otro]. Donde el alma se halla en su día natural, allí conoce todas las cosas por encima del tiempo y del espacio; ninguna cosa le resulta ni alejada ni cercana. Por eso he afirmado que en dicho día todas las cosas son igualmente nobles. Alguna vez dije que Dios crea el mundo [en el eterno] «ahora» y todas las cosas son igualmente nobles en ese día. Si dijéramos que Dios creó el mundo ayer o [lo haría] mañana, procederíamos tontamente. Dios crea el mundo y todas las cosas en un «ahora» presente; y el tiempo que pasó hace mil años, se halla tan presente y tan cerca de Dios como el tiempo que pasa actualmente. En el alma que se mantiene en un «ahora» presente, el Padre engendra a su Hijo unigénito, y en este mismo nacimiento el alma renace en Dios. Éste es un solo nacimiento: tantas veces como ella [=el alma] renace en Dios, tantas veces el Padre engendra en ella a su Hijo unigénito.

He hablado de una potencia [=el entendimiento][81] en el alma; en su primer efluvio violento esa potencia no aprehende a Dios en cuanto es bueno, tampoco lo aprehende en cuanto es verdad: ella penetra hasta el fondo y sigue buscando y aprehende a Dios en su unidad y en su desierto; aprehende a Dios en su yermo y en su propio fondo. De ahí que nada la puede satisfacer; ella sigue buscando qué es lo que es Dios en su divinidad y en la propiedad de su propia naturaleza. Ahora bien, dicen que no hay unión mayor que el hecho de que las tres personas sean un solo Dios. Luego —así dicen— no hay ninguna unión mayor que la [existente] entre Dios y el alma. Cuando sucede que el alma recibe un beso de la divinidad, se yergue llena de perfección y bienaventuranza; entonces es abrazada por la unidad. En el primer toque con el cual Dios ha tocado y toca al alma en su carácter de no-creada y no creable, allí el alma es —en cuanto al toque de Dios— tan noble como Dios mismo. Dios la toca según [es] Él mismo. Alguna vez prediqué en latín[82] —y esto fue en el día de la Trinidad—, entonces dije: La diferenciación proviene de la unidad, [me refiero a] la diferenciación en la Trinidad. La unidad es la diferenciación, y la diferenciación es la unidad. Cuanto mayor es la diferenciación, tanto mayor es la unidad, pues es diferenciación sin diferencia. Si hubiera mil personas, sin embargo, no habría nada más que unidad. Cuando Dios mira a la criatura, le da su ser [de criatura]; cuando la criatura mira a Dios, recibe su ser [de criatura]. El alma tiene un ser racional, cognoscitivo; por eso: allí donde se halla Dios, se halla el alma, y donde se halla el alma, allí se halla Dios.

Ahora bien, se dice: «Fue hallado en su interior». «Interior» es aquello que vive en el fondo del alma, en lo más íntimo del alma, en [el] entendimiento, y que no sale ni mira a ninguna cosa. Allí todas las potencias del alma son igualmente nobles; allí «fue hallado justo en su interior». Justo es aquello que es igual en el amor y en el sufrimiento y en la amargura y en la dulzura, [justo es] aquel a quien no lo estorba ninguna cosa para hallarse [como] uno en la justicia. El hombre justo es uno con Dios. [La] igualdad es amada. [El] amor siempre ama a lo igual; por eso, Dios ama al hombre justo como igual a Él mismo.

Que nos ayuden el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo para que nos hallemos en el interior, en el día y en el tiempo del entendimiento, y en el día de la sabiduría y en el día de la justicia y en el día de la bienaventuranza. Amén.

 

SERMÓN XI[83]

Impletum est tempus Elizabeth.

 

«Para Isabel llegó el tiempo [de su alumbramiento] y dio a luz a un hijo. Su nombre es Juan. Entonces dijo la gente: ¿Qué maravilla llegará a ser este niño? Pues la mano de Dios está con él» (Lucas 1, 57; 63; 66). En un escrito se dice: Éste es el don máximo, que somos hijos de Dios y que Él engendra en nosotros a su Hijo (véase 1 Juan 3, 1). El alma que pretende ser hijo de Dios no debe alumbrar nada en sí, y en aquella en la que habrá de nacer el Hijo de Dios, no debe engendrarse nada más. La intención máxima de Dios consiste en engendrar. Nunca se contenta, a no ser que engendre en nosotros a su Hijo. El alma tampoco se da por satisfecha en manera alguna, si no nace en ella el Hijo de Dios. Y de ahí surge la gracia. Ahí se infunde [la] gracia. [La] gracia no obra; su devenir es su obra. Fluye desde el ser divino y fluye en el ser del alma, mas no en las potencias[84].

Cuando llegó el tiempo, nació [la] «gracia». ¿Cuándo es [la] plenitud del tiempo?[85] Cuando ya no existe el tiempo. Cuando uno, en medio del tiempo, ha puesto su corazón en la eternidad y todas las cosas temporales han muerto en su fuero íntimo, entonces es la «plenitud del tiempo». Alguna vez dije: Quien se alegra en el tiempo, no se alegra todo el tiempo. Dice San Pablo: «¡Todo el tiempo alegraos en el Señor!» (Filip. 4, 4). Quien se alegra por encima del tiempo y fuera del tiempo, éste se alegra todo el tiempo. Dice un escrito: Tres cosas le impiden al hombre que pueda reconocer a Dios de algún modo. La primera es [el] tiempo, la segunda [la] corporalidad, [la] tercera la multiplicidad. Mientras estas tres permanecen dentro de mí, Dios no se encuentra en mi interior ni opera verdaderamente en mi fuero íntimo. Dice San Agustín[86]:Débese a la concupiscencia del alma el que quiera agarrar y poseer muchas cosas y por ello extiende la mano hacia el tiempo y la corporalidad y la multiplicidad y al hacerlo pierde justamente lo que posee. Pues, mientras hay en tu interior más y más [cosas], Dios no puede nunca morar ni obrar dentro de ti. Si Dios ha de entrar, esas cosas siempre deben ser expulsadas, a no ser que tú las poseas de forma mejor y más elevada [en el sentido de] que dentro de ti la multiplicidad se haya convertido en uno. Entonces, cuanto mayor sea la multiplicidad en tu fuero íntimo, tanta más unidad habrá, pues una cosa será trocada en la otra.

Alguna vez dije: [La] unidad une toda la multiplicidad, pero [la] multiplicidad no une [la] unidad. Si somos levantados por encima de todas las cosas, y si todo cuanto hay en nuestro interior se halla [igualmente] elevado, nada nos oprime. Lo que está por debajo de mí, no me oprime. Si yo tendiera con pureza hacia Dios, de modo que no hubiese nada por encima de mí a excepción de Dios, nada me resultaría pesado y yo no me afligiría tan rápidamente. Dice San Agustín: Señor, si me dirijo hacia ti, se me quitan cualquier molestia, pena y trabajo. Si hemos ido más allá del tiempo y de las cosas temporales, somos libres y siempre alegres, y entonces se da [la] plenitud del tiempo; entonces el Hijo de Dios nace en ti. Alguna vez dije: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo» (Gal. 4, 4). Si nace en tu interior alguna cosa que no es el Hijo, no tienes el Espíritu Santo, y [la] gracia no opera dentro de ti. [El] origen del Espíritu Santo no puede emanar ni salir floreciendo de ningún lugar que no sea el Hijo. Allí donde el Padre engendra a su Hijo, le da todo cuanto posee en su esencia y naturaleza. De este acto de dar emana el Espíritu Santo. Así también es la intención de Dios dársenos completamente. Sucede de la misma manera que cuando el fuego quiere asimilar el leño y asimilarse a su vez al leño, entonces descubre que el leño le es desigual. Por esta razón le hace falta tener tiempo. Primero calienta y caldea [al leño] y luego, éste humea y crepita porque es desigual [al fuego]; y después, cuanto más se caliente el leño, tanto más calmo y tranquilo se pondrá y cuanto más se iguale al fuego, tanto más pacífico será hasta convertirse totalmente en fuego. Si el fuego ha de asimilar al leño, toda la desigualdad debe ser expulsada.

Por la verdad que es Dios: si has puesto tus miras en una cosa cualquiera y no sólo en Dios o si buscas algo distinto a Dios, la obra que realizas no es tuya ni es, por cierto, de Dios. La obra la constituye aquello hacia lo cual apunta tu propósito final. Aquello que obra dentro de mí, es mi padre y yo estoy sometido a él. Es imposible que en la naturaleza existan dos padres; siempre debe haber un solo padre en la naturaleza. Cuando las otras cosas están expulsadas y «plenas» [en su tiempo] entonces tiene lugar este nacimiento. Lo que llena por completo, toca todos los extremos y no falta en ninguna parte; tiene anchura y longitud, altura y profundidad. Si tuviera altura mas no anchura ni longitud ni profundidad, no llenaría por completo. Dice San Pablo: «Rogad que podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura, la altura, la longitud y la profundidad». (Efesios 3, 18).

Estos tres aspectos significan tres clases de conocimiento. El primero es sensitivo: el ojo ve hasta muy lejos las cosas que están fuera de él. El segundo es racional y mucho más elevado. El tercero significa una potencia noble del alma, tan elevada y noble que aprehende a Dios en su propia esencia desnuda. Esta potencia no tiene ninguna cosa en común con nada, de nada hace algo y todo. No sabe nada de ayer ni de anteayer ni de mañana ni de pasado mañana, porque en la eternidad, no existe ni [el] ayer ni [el] mañana, allí hay un «ahora» presente; lo que fue hace mil años y lo que sobrevendrá luego de mil años, allí se halla presente, e [igualmente] aquello que se encuentra allende el mar. Esta potencia aprehende a Dios en su vestuario. Un escrito dice: «En Él, por intermedio de Él y por Él» (Cfr. Romanos 11, 36). «En Él», esto es en el Padre, «por intermedio de Él», esto es en el Hijo, y «por Él», esto es en el Espíritu Santo. San Agustín pronuncia una palabra[87] que suena muy desigual con respecto a la anterior y, sin embargo, le resulta del todo igual: Nada es verdad a no ser que encierre en sí toda la verdad. Esta potencia aprehende todas las cosas en la verdad. Para esta potencia no hay cosa encubierta. Dice un escrito: «La cabeza de los varones ha de estar desnuda y la de las mujeres cubierta» (Cfr. 1 Cor. 11, 7 y 6). Las «mujeres» son las potencias inferiores que deben estar cubiertas. El «varón» [en cambio], es dicha potencia que ha de estar desnuda y descubierta.

«¿Qué maravilla llegará a ser este niño?» Vez pasada pronuncié una palabrita ante algunas personas que acaso estén presentes también aquí, y dije lo siguiente: No hay nada tan encubierto que no se haya de descubrir (Mateo 10, 26; Lucas 12, 2; Marcos 4, 22). Todo cuanto es [la] nada, ha de ser depuesto y encubierto de modo tal que ni siquiera se lo deba pensar jamás. No debemos saber nada de [la] nada y no hemos de tener nada en común con [la] nada. Todas las criaturas son pura nada. Lo que no está ni acá ni allá, y donde existe el olvido de todas las criaturas, allí hay plenitud de todo ser. Dije en aquella ocasión: En nuestro fuero íntimo no debe estar encubierto nada que no descubramos íntegramente ante Dios, entregándoselo por completo. Cualquiera que sea el estado en que nos encontremos, sea en la capacidad o en la incapacidad, sea en el amor o en la pena, cualquier cosa hacia la cual nos veamos inclinados, de [todo] esto debemos despojarnos. En verdad, si le descubrimos [a Dios] todo, Él, a su vez, nos descubre todo cuanto tiene y en la verdad no nos encubre absolutamente nada de todo cuanto es capaz de ofrecer, ni sabiduría ni verdad ni misterio ni divinidad ni ninguna otra cosa. Ciertamente, esto es tan verdad como el hecho de que Dios vive, siempre y cuando se lo descubramos [todo]. Si no se lo descubrimos, no es nada sorprendente que Él tampoco nos descubra nada; pues ha de ser totalmente equitativo: cuanto [le hacemos] nosotros a Él, tanto [nos hace] Él a nosotros.

Dan motivo para lamentarse ciertas personas que se imaginan haber llegado a un punto muy alto y estar muy unidos con Dios y, sin embargo, todavía no se han desasido en absoluto y aún se aferran a nonadas en [el] amor y en [la] pena. Están muy alejados de lo que se imaginan [ser]. Ambicionan muchas cosas y pretenden otro tanto. Alguna vez dije yo: Quien busca [la] nada ¿a quién puede quejarse por haber encontrado [la] nada? Si encontró lo que buscaba. Quien busca o ambiciona una cosa cualquiera, busca y ambiciona [la] nada, y quien pide una cosa cualquiera recibe [la] nada. Pero quien no busca ni ambiciona nada fuera de Dios solo, a éste Dios le descubre y da todo cuanto tiene escondido en su corazón divino para que le sea tan propio como es propiedad de Dios, ni más ni menos, con tal de que tienda inmediatamente hacia Dios solo. El que el enfermo no saboree la comida y el vino ¿es de sorprender? Pues, él no percibe el sabor peculiar del vino y de la comida. La lengua tiene una saburra y una capa con las cuales percibe, y éstas son amargas según el carácter enfermizo de la dolencia. [La comida y la bebida] todavía no han llegado hacia donde se las debía saborear; al enfermo le parecen amargas y él tiene razón, porque han de ser amargas debido a la saburra y la capa. Si no se quita esta capa, nada tiene su sabor propio. Mientras no se nos haya quitado la «capa», nunca saborearemos a Dios en su peculiaridad, y nuestra vida a menudo nos resultará penosa y amarga.

Dije cierta vez: «Las vírgenes le siguen al cordero dondequiera que vaya, inmediatamente» (Apocal. 14, 4). En nuestro caso hay algunas vírgenes, mas otras no son vírgenes y, sin embargo, se imaginan serlo. Aquellas que son vírgenes de verdad, le siguen al cordero dondequiera que vaya, en lo penoso como en lo agradable. Algunas le siguen al cordero cuando avanza en medio de la dulzura y comodidad; pero, cuando marcha hacia el sufrimiento y el infortunio y el trabajo, se dan vuelta y no lo siguen. A fe mía, éstas no son vírgenes, parezcan lo que parecieran. Algunos dicen: Y bien, señor, yo podré llegar allí en medio del honor, de las riquezas y de la comodidad. ¡Por cierto! si el cordero llevaba semejante vida y os precedía así, yo os permito de buen grado que [lo] sigáis de la misma manera, [mas] las vírgenes corren detrás del cordero por los estrechos y las tierras lejanas y por dondequiera que vaya.

Cuando llegó la plenitud del tiempo, nació [la] «gracia». Que Dios nos ayude para que todas las cosas sean acabadas en nosotros a fin de que [la] gracia divina nazca en nuestro interior. Amén.

 

SERMÓN XII[88]

Qui audit me.

 

La palabra que acabo de pronunciar en latín, la dice la eterna Sabiduría del Padre, y ella reza [así]: «Quien me escucha a mí, no se avergüenza» —si se avergüenza de alguna cosa, entonces se avergüenza de avergonzarse—. «Quien obra en mí no peca. Quien me revela e irradia, obtendrá la vida eterna» (Eclesiástico 24, 30 y 31). De estas tres palabritas que acabo de decir, cada una daría margen para un sermón.

En primer lugar, me referiré al hecho de que la Sabiduría eterna dice: «Quien me escucha a mí, no se avergüenza». Quien ha de escuchar la eterna Sabiduría del Padre, tiene que hallarse adentro y estar en su casa y ser una sola cosa, luego podrá escuchar la eterna Sabiduría del Padre.

Son tres las cosas que nos impiden escuchar la palabra eterna. La primera es [la] corporalidad, la segunda [la] multiplicidad, la tercera [la] temporalidad. Si el hombre hubiera avanzado más allá de estas tres cosas, viviría en la eternidad y viviría en el espíritu y viviría en la unidad y en el desierto, y allí escucharía la palabra eterna. Ahora dice Nuestro Señor: «Nadie escuchará mi palabra ni mi doctrina a no ser que haya renunciado a sí mismo» (Cfr. Lucas 14, 26). Pues, quien ha de escuchar la palabra de Dios, debe estar completamente desasido. Lo mismo que escucha, es lo mismo que es escuchado en la Palabra eterna. Todo cuanto enseña el Padre eterno, es su esencia y su naturaleza y su entera divinidad; esto nos lo revela todo a la vez en su Hijo unigénito y nos enseña que somos el mismo hijo. El hombre que se hubiera desasido tanto de sí mismo que fuese el hijo unigénito, poseería lo que posee el Hijo unigénito. Cuanto obra Dios y cuanto enseña, lo obra y enseña todo en su Hijo unigénito. Dios hace todas sus obras a fin de que seamos el hijo unigénito. Cuando Dios ve que somos el hijo unigénito, Dios se inclina tan afanosamente hacia nosotros y se apresura tanto y hace como si su ser divino se quisiera quebrar y deshacer en sí mismo, para revelarnos todo el abismo de su divinidad y la plenitud de su ser y de su naturaleza; Dios está apurado para que eso sea propiedad nuestra tal como lo posee Él. Ahí Dios siente [el] placer y [el] deleite en su plenitud. Ese hombre se halla inmerso en el conocimiento y el amor de Dios y no será sino lo que es Dios mismo.

Si te amas a ti mismo, amas a todos los hombres como a ti mismo. Mientras le tienes menos amor a un solo hombre que a ti mismo, nunca has llegado a amarte de veras, con tal de que no ames a todos los hombres como a ti mismo, a todos los hombres en un solo hombre: y este hombre es Dios y hombre. De modo que va por buen camino el hombre que se ama a sí mismo y ama a todos los hombres como a sí mismo; y éste sí va por buen camino. Algunas personas dicen empero: Prefiero a mi amigo que me hace el bien, a otro hombre. Eso está mal, es una imperfección. Sin embargo, hay que dejarlo pasar, así como alguna gente cruza el mar a medio viento y llega también [a destino]. Así sucede con las personas que prefieren un hombre a otro; es natural. Si yo lo amara en verdad como a mí mismo, cualquier cosa que le pasara, ya sea alegría, ya sea pena, ya sea muerte, ya sea vida, todo esto me gustaría tanto si me acaeciera a mí como a él, y ésta sería verdadera amistad.

Por eso dice San Pablo: «Quisiera estar apartado eternamente de Dios por amor de mi amigo y de Dios» (Cfr. Romanos 9, 3). Apartarse de Dios por un instante significa estar apartado de Dios eternamente; [y] apartarse de Dios implica una pena infernal. ¿Qué insinúa, pues, San Pablo con esta palabra, diciendo que quería estar apartado de Dios? Resulta que los maestros preguntan si San Pablo en ese momento sólo estaba en camino hacia la perfección o si ya era del todo perfecto. Digo que su perfección ya era completa; de otro modo no habría podido decirlo. Voy a interpretar esa palabra dicha por San Pablo según la cual quería estar apartado de Dios.

Lo más elevado y lo extremo a que puede renunciar el hombre, consiste en que renuncie a Dios por amor de Dios. Pues bien, San Pablo renunció á Dios por amor de Dios, renunció a todo cuanto podía tomar de Dios y renunció a todo cuanto Dios podía darle y a todo cuanto podía recibir de Dios. Cuando renunció a ello, renunció a Dios por amor de Dios, y entonces Dios quedó para él tal como es esencialmente en sí mismo [y] no según su modo de ser recibido o conquistado, sino en su esencia primigenia que es Dios en sí mismo. Él nunca le dio nada a Dios, ni recibió jamás nada de Dios; se trata de una sola cosa y una unión pura. Allí, el hombre es hombre verdadero y en tal hombre no entra ninguna pena como tampoco puede entrar, en el ser divino; según ya he dicho varias veces que hay en el alma un algo tan afín a Dios que es uno sin estar unido. Es uno, no tiene nada en común con nada, ni le resulta común ninguna cosa de todo cuanto ha sido creado. Todo lo creado es [una] nada. Esto [de que hablo] está alejado de toda criaturidad y le resulta ajeno. Si el hombre fuera exclusivamente así, sería completamente increado e increable; si todo aquello que es corpóreo y achacoso, se hallara así comprendido en la unidad, no se distinguiría de la unidad misma. Si me hallara por un solo instante en este ser, cuidaría tan poco de mí mismo como de un gusanito de estiércol[89].

Es igual la medida en la que Dios provee a todas las cosas, y así como emanan de Dios son iguales; ah sí, en su primera emanación [los] ángeles y [los] hombres y todas las criaturas fluyen de Dios como iguales. Quien tomara, pues, las cosas en su primera emanación, tomaría todas las cosas [como] iguales. Si resultan así iguales en el tiempo, son todavía mucho más iguales en Dios, en la eternidad. Cuando se toma una mosca en Dios, ella [en cuanto tomada] en Dios es más noble que el ángel supremo en sí mismo. Ahora resulta que en Dios todas las cosas son iguales y son Dios mismo. Allí, en esa igualdad, Dios se complace tanto que su naturaleza y su ser se desahogan completamente en la igualdad consigo mismo. Le resulta tan placentero como si alguien dejara correr un corcel por una campiña verde que sería totalmente lisa y llana: correspondería a la naturaleza del corcel que se desahogara por completo [y] con toda su fuerza mientras corriera por la campiña; le sería placentero y estaría de acuerdo con su naturaleza. De la misma manera es placentero para Dios y le da satisfacción encontrar la igualdad. Le resulta placentero verter su naturaleza y su ser por completo en la igualdad, ya que Él es la igualdad misma.

Ahora se suele preguntar con respecto a los ángeles, si los ángeles que viven acá con nosotros y nos sirven y nos guardan, si ellos [digo] tienen de algún modo menos igualdad en cuanto a sus alegrías que aquellos que se hallan en la eternidad, o si ellos debido a su actividad de guardarnos y servirnos, experimentan alguna pérdida. Yo digo: ¡No, en absoluto! Su alegría y su igualdad por ello no son menores; porque la obra del ángel es la voluntad de Dios, y la voluntad de Dios es la obra del ángel; por eso no sufre ningún menoscabo en cuanto a su alegría, a su igualdad y a sus obras. Si Dios le mandara al ángel que se fuera a un árbol y le quitara las orugas, el ángel estaría dispuesto a quitar las orugas y eso constituiría su felicidad y sería la voluntad divina.

El hombre que de tal modo se conserva apegado a la voluntad de Dios, no quiere nada fuera del ser divino y de la voluntad de Dios. Si estuviera enfermo, no querría estar sano. Toda pena es una alegría para él, toda multiplicidad es para él una sencillez y unidad, siempre y cuando se conserve apegado a la voluntad de Dios como es debido. Ah sí, aunque se vinculara a ello el suplicio infernal, para él sería una alegría y una felicidad. Es libre y se ha desasido de sí mismo y debe ser libre de todo cuanto ha de recibir. Si mi ojo ha de ver el color, debe ser libre de todo color. Si veo el color azul o el blanco, entonces la Vista que ve el color, o sea justamente aquello que ve, es lo mismo que es visto por el ojo. El ojo con el cual veo a Dios, es el mismo ojo con el cual me ve Dios; mi ojo y el de Dios son un solo ojo y una sola visión y un solo conocer y un solo amar.

El hombre que se conserva así apegado al amor de Dios, debe haber muerto para sí mismo y para todas las cosas creadas, de modo tal que se fija tan poco en sí mismo como en alguien [que se encuentra] a más de mil millas de distancia. Semejante hombre permanece en la igualdad y permanece en la unidad y permanece completamente igual: dentro de él no cabe ninguna desigualdad. Este hombre debe haberse desasido de sí mismo y de todo este mundo. Si hubiera un ser humano a quien perteneciera todo este mundo y él lo dejara por amor de Dios tan desnudo como lo había recibido, a semejante [hombre] Nuestro Señor le devolvería todo este mundo y le daría también la vida eterna. Y si hubiera otra persona que no poseyera nada más que una buena voluntad y él pensara: Señor, si este mundo fuera mío y si tuviera otro más y otro tercero —serían tres en total— y si él expresara el deseo: Señor, voy a desasirme de éstos y de mí mismo con la misma desnudez con que los he recibido de ti, a tal hombre Dios le daría exactamente lo mismo que si lo hubiera ofrecido todo con sus manos. Otro hombre [empero] que no poseyera nada, ni corpóreo ni espiritual, para renunciar ,a ello u ofrecerlo, éste habría renunciado a más que ningún otro. Quien renunciara a sí mismo del todo por un instante, a éste se le daría todo. Si, en cambio, un hombre se hubiera desasido durante veinte años y volviera a agarrarse a sí mismo por un solo instante, entonces resultaría que nunca se había desasido. El hombre que ha renunciado y está desasido y que nunca jamás por un solo instante mira aquello a que ha renunciado, y que persevera, inmóvil, en sí mismo e inmutable, sólo este hombre se halla desasido.

Que Dios y la eterna Sabiduría nos ayuden para que seamos tan perseverantes e inmutables como el Padre eterno. Amén.

 

SERMÓN XIII[90]

Vidi supra montem Syon agnum stantem etc.

 

San Juan vio a un cordero de pie sobre la montaña de Sión, que tenía escrito en su frente su nombre y el nombre de su Padre y con Él estaban ciento cuarenta y cuatro mil. Dice que eran todos vírgenes y cantaban una canción nueva que no podía cantar nadie sino ellos y le seguían al cordero dondequiera que iba (Apoc. 14, 1 a 4)[91].

Los maestros paganos dicen que Dios ha ordenado a las criaturas de modo tal que una se halla siempre por encima de la otra, y que las de más arriba tocan a las de más abajo, y las de más abajo a las de más arriba. Lo que dijeron esos maestros con palabras ocultas, otro lo dice muy claramente, señalando que la cadena áurea es la naturaleza pura, acendrada, que está elevada hacia Dios y para la cual nada tiene sabor fuera de Él, y ella aprehende a Dios. Toda [criatura] toca a otra y la de más arriba tiene puesto el pie sobre el vértice de la de más abajo[92]. Todas las criaturas no tocan a Dios en cuanto a su criaturidad, y lo creado ha de ser roto para que salga lo bueno. La cáscara debe quebrarse para que salga la carne [de la nuez]. Todo esto significa que uno debe emanciparse [de lo creado] porque el ángel, cuando se halla fuera de esa naturaleza desnuda, no sabe más que esta madera3a; ah sí, sin esa naturaleza, el ángel no tiene más [ser] del que tiene una mosca sin Dios.

Él [=San Juan] dice: «sobre la montaña». ¿Cómo debe hacerse para llegar a tal pureza? Eran vírgenes y se hallaban arriba, sobre la montaña, y estaban desposadas con el cordero y se habían enajenado de todas las criaturas y seguían al cordero dondequiera que iba. Algunas personas lo siguen al cordero mientras les va bien; pero regresan cuando las cosas no suceden según su voluntad. Mas, ésta no es la idea, porque él dice: «Le seguían al cordero dondequiera que iba». Si eres una virgen y desposada con el cordero y te has enajenado de todas las criaturas, entonces le sigues al cordero dondequiera que vaya, y no [puede ser] que pierdas la serenidad cuando te sobrevenga un sufrimiento por tus amigos o por ti mismo como consecuencia de alguna tentación.

Él dice: Estaban arriba. Lo que está arriba, no sufre a causa de lo que está debajo de ello, sino únicamente cuando por encima de ello hay alguna cosa más elevada. Un maestro gentil dice[93]: Mientras el hombre está con Dios, es imposible que sufra. El hombre que se halla en lo alto y se ha enajenado de todas las criaturas, estando, empero, desposado con Dios, este [hombre] no sufre; y si sufriera, ello afectaría el corazón de Dios.

Estaban sobre la montaña Sión. «Sión» significa lo mismo que «contemplar» [schouwen]. «Jerusalén» significa «paz». Según dije el otro día en San Mergarden (La huerta de Santa María)[94]: Estas dos [cosas] le imponen a Dios una obligación; si las posees, Él habrá de nacer en tu fuero íntimo. Os contaré la mitad de una historia: Nuestro Señor iba alguna vez rodeado de una muchedumbre. En eso llegó una mujer y dijo: «Si pudiera tocar el ruedo de su vestimenta, sanaría». Entonces dijo Nuestro Señor: «Me tocaron». «¡Válgame Dios! —dijo San Pedro— ¿cómo puedes decir, Señor, que te tocaron? Te rodea y se apiña alrededor de ti una muchedumbre». (Cfr. Lucas 8, 43 a 45).

Dice un maestro[95]que vivimos de la muerte. Si he de comer un pollo o un novillo, debe haber muerto antes. Hay que cargar con el sufrimiento y seguir al cordero en lo penoso como en lo agradable. Los apóstoles cargaron tanto con lo penoso como con lo agradable, por eso todo cuanto sufrían, les resultaba dulce; la muerte les gustaba tanto como la vida (Cfr. Fil. 1, 20).

Un maestro pagano equipara las criaturas a Dios. La Escritura dice que debemos llegar a ser semejantes a Dios (1 Juan 3, 2). «Semejante», esto es malo y engañoso. Si me asemejo a un hombre y si encuentro a un hombre que se asemeja a mí, este hombre se comporta como si él fuera yo y no lo es y es un engaño. Algunas cosas se asemejan al oro, mienten y no son oro. Así también, todas las cosas pretenden ser semejantes a Dios y mienten y todas ellas no lo son. La Escritura dice que debemos ser semejantes a Dios. Pues bien, dice un maestro pagano[96] que llegó [a tener este conocimiento] mediante el mero pensamiento natural: Dios no puede tolerar lo semejante tan poco como no puede tolerar no ser Dios. [La] semejanza es algo que no existe en Dios; hay más bien el ser-uno en la divinidad y en la eternidad, mas [la] semejanza no es uno. Si yo fuera uno, no sería semejante. No hay nada extraño en la unidad; sólo se me da [el] ser uno en la eternidad, [mas] no [el] ser-semejante.

Dice: «Tenían escritos en su frente su nombre y el nombre de su Padre». ¿Cuál es nuestro nombre y cuál es el nombre de nuestro Padre? Nuestro nombre es: que debemos nacer, y el nombre del Padre es: engendrar allí donde la divinidad sale resplandeciendo de su primera pureza que es una plenitud de toda pureza, según dije en [San] Mergarden. Felipe dijo: «Señor, haznos ver al Padre y ya nos basta» (Juan 14, 8). En primer lugar esto significa que debemos ser [padre]; en segundo lugar, hemos de ser «gracia» porque el nombre del Padre es «engendrar». Él engendra en mí su imagen. Si veo una comida y ésta me resulta adecuada, nace de ello un apetito; o si veo una persona que se me asemeja, surge una simpatía. Exactamente así es: el Padre celestial engendra en mí su imagen y de la semejanza surge un amor que es el Espíritu Santo. Quien es el padre, éste engendra al hijo por naturaleza: quien saca al niño de la pila bautismal, no es su padre. Dice Boecio[97]: Dios es un bien inmóvil que mueve todas las cosas. El hecho de que Dios sea constante, pone en marcha todas las cosas. Existe algo muy placentero que mueve y empuja y pone en marcha a todas las cosas para que retornen hacia allí de donde emanaron, en tanto que [este algo] permanece inmóvil en sí mismo. Y cuanto más noble sea una cosa, tanto más constante será su correr. El fondo primigenio las empuja a todas. [La] sabiduría y [la] bondad y [la] verdad añaden algo; [lo] Uno no añade sino el fondo del ser.

Pues bien, él dice: «Ninguna mentira se ha hallado en la boca de ellos» (Apocal. 14, 5). Mientras yo poseo a la criatura y la criatura me posee a mí, hay una mentira, y en la boca de ellos no se encuentra ninguna. Es señal de que un hombre es bueno, cuando elogia a la gente buena. Si, por otra parte, una persona buena me elogia a mí, me ha elogiado de veras; si, en cambio, me elogia un malvado, me ha insultado de veras. Pero si me insulta una persona mala, en verdad me ha elogiado. «La boca habla de lo que rebosa el corazón» (Cfr. Mateo 12, 34). Siempre es característico de un hombre bueno que le guste hablar de Dios, pues a la gente le gusta hablar de aquello en que se ocupa. A quienes se ocupan de trabajos manuales, les gusta hablar de los trabajos manuales; a quienes se ocupan de los sermones, les agrada hablar de sus sermones. A un hombre bueno no le agrada hablar de nada que no sea Dios.

En el alma hay una potencia de la cual ya he hablado varias veces… si el alma entera fuera como ella, sería increada e increable. Mas las cosas no son así. Con la parte restante ella [el alma] ha puesto sus miras en el tiempo y le adhiere y al hacerlo toca la criaturidad y es creada… [Estoy hablando del] entendimiento: para esta potencia nada se halla ni lejos ni afuera. Aquello que se encuentra allende el mar o a una distancia de mil millas, lo conoce y lo tiene presente tan esencialmente como este lugar donde me hallo yo. Esta potencia es una virgen y le sigue al cordero adonde vaya. Esta potencia aprehende a Dios todo desnudo en su ser esencial; es una sola en la unidad, [mas] no semejante en la semejanza.

Que Dios nos ayude para que nos suceda tal cosa. Amén.

 

SERMÓN XIII a[98]

En una visión San Juan vio un corderito de pie.

 

En una visión San Juan vio un corderito de pie sobre la montaña Sión y con él estaban cuarenta y cuatro[99], que no eran terrestres ni tenían nombre de mujer. Eran todos vírgenes y se hallaban lo más cerca del cordero, y adonde se dirigía el cordero, lo seguían y cantaban todos una canción especial junto con el cordero y llevaban escritos en la frente de su cabeza su nombre y el de su Padre (Cfr. Apocal. 14,1 a4).

Pues bien, dice Juan que vio un corderito de pie sobre la montaña. Yo digo: Juan era, él mismo, la montaña sobre la cual vio al corderito, y quien quiere ver al cordero divino tiene que ser, él mismo, la montaña y llegar a lo más elevado y acendrado de su ser. En segundo lugar, si él dice que vio al corderito sobre la montaña [resulta que]: cualquier cosa que está parada sobre otra, toca con su parte más baja la más alta de la de abajo. Dios toca todas las cosas, mas Él permanece intacto. Por encima de todas las cosas Dios es una permanencia [instan] en Él mismo y su permanencia en sí mismo sostiene a todas las criaturas. Todas las criaturas tienen una parte superior y otra inferior. Esto no lo tiene Dios. Él se halla por encima de todas las cosas y nada lo toca en ninguna parte. Cualquier criatura está buscando siempre fuera de sí, en las otras, aquello que ella no tiene: Dios no procede así. Dios no busca nada fuera de Él. Todo aquello que tienen todas las criaturas, lo tiene Él dentro de sí. Él es el suelo [y] el anillo [=vínculo] de todas las criaturas. Bien es cierto que una es anterior a otra o por lo menos que una nace de otra. Sin embargo, ésta no le entrega su [propio] ser: retiene algo de lo suyo. [Mas] Dios es una simple «permanencia», un «asentamiento» en sí mismo. De acuerdo con la nobleza de su natura, toda criatura se brinda tanto más hacia fuera, cuanto más se asienta en sí misma. Una piedra sencilla, por ejemplo, una toba, no da testimonio de nada fuera de que es una piedra. Mas una piedra preciosa que tiene gran fuerza a causa de su «permanencia», de su «asentamiento» en sí misma, levanta al mismo tiempo la cabeza y mira en su derredor. Dicen los maestros que ninguna criatura tiene tanto «asentamiento» en sí misma como lo tienen el cuerpo y el alma, y eso que nada sale tanto de sí mismo como el alma en su parte superior.

Ahora dice: «Vi el cordero de pie». De ello podemos sacar cuatro enseñanzas buenas. Una: el cordero da comida y vestimenta y lo hace de muy buen grado, esto debe estimular nuestra comprensión de que hemos recibido mucho de Dios y que Él lo da con tanta bondad; nos ha de incitar a que no busquemos en todas nuestras obras nada más que su loa y su gloria. Segundo: el corderito estaba de pie. Nos hace muy bien cuando un amigo se halla de pie junto a su amigo. Dios nos socorre y Él permanece de pie junto a nosotros[100], siempre y sin moverse.

Ahora bien, él dice: Con él estaban muchísimos, cada uno de los cuales tenía escrito en la frente de su cabeza su nombre y el nombre de su Padre. Por lo menos el nombre de Dios debe estar inscrito en nosotros. Hemos de llevar en nuestro interior la imagen de Dios y su luz ha de alumbrar dentro de nosotros si queremos ser «Juan».

 

SERMÓN XIV[101]

Surge illuminare iherusalem etc.

 

Esta palabra que acabo de pronunciar en latín, está escrita en la Epístola que fue leída en la misa. El profeta Isaías dice: «Levántate Jerusalén y elévate y llega a ser iluminada» (Is. 60, 1). En este [texto] deben captarse tres significados. ¡Rogad a Dios por [que os dé su] gracia!

«Levántate Jerusalén y elévate y llega a ser iluminada». Los maestros y los santos dicen por lo general que el alma tiene tres potencias en las cuales se asemeja a la Trinidad. La primera potencia es la memoria, que significa un saber secreto y escondido; ésta designa al Padre. La otra potencia se llama inteligencia, ésta es una representación, un conocimiento, una sabiduría. La tercera potencia se llama voluntad, [o sea] un flujo del Espíritu Santo[102]. En esto no queremos detenernos porque no es un asunto nuevo.

«Levántate Jerusalén y llega a ser iluminada.» Otros maestros que también dividen el alma en tres partes, dicen [lo siguiente]: A la potencia más elevada la llaman potencia iracunda; la comparan con el Padre. Ella siempre hace la guerra y [siente] ira hacia el mal. La ira enceguece al alma y el amor subyuga a los sentidos (…)[103]. La primera potencia repercute en el hígado, la segunda en el corazón, la tercera en el cerebro[104]. Dios lleva una guerra contra la naturaleza de modo que (…) la primera [potencia] no descansa nunca hasta llegar a lo más elevado; si hubiera algo más elevado que Dios, ella no querría a Dios. La otra no se contenta sino con lo mejor de todo; si hubiera algo mejor que Dios, no querría a Dios. La tercera no se contenta con nada que no sea bueno; si hubiera algo mejor que Dios, no querría a Dios. Ella no descansa sino en un bien duradero en el cual se contienen todos los bienes de modo que en él constituyen uno solo[105]. Dios mismo no descansa allí donde Él es el comienzo de todo ser; descansa allí donde Él es fin y comienzo de todo ser.

«Jerusalén» significa lo mismo que una altura[106], según dije en [el convento de] Mergarden[107]. A aquello que está en lo alto se le dice: ¡Desciende! A aquello que está abajo, se le dice: ¡Asciende! Si tú estuvieras abajo y yo estuviese por encima de ti, tendría que bajar hacia ti. Lo mismo hace Dios; cuando tú te humillas, Dios baja desde arriba y entra en ti. La tierra es la cosa más alejada del cielo y se ha acurrucado en un rincón y está avergonzada y le gustaría huir del hermoso cielo, de un rincón a otro. ¿Cuál sería entonces su morada? Si huye hacia abajo, llega al cielo, si huye hacia arriba, tampoco lo puede eludir, él la empuja hacia un rincón y le imprime su fuerza y la hace fecunda. ¿Por qué? Lo más elevado desemboca en lo más bajo. Una estrella que se halla por encima del sol, es el astro más elevado; éste es más noble que el sol: derrama [su luz] en el sol y lo alumbra, y toda la luz que tiene el sol, la ha recibido de ese astro. ¿Qué significa, pues, el que el sol no brille tanto de noche como de día? Significa que el sol por sí solo no es fuerte; el que haya una cierta deficiencia en el sol, lo percibís por el hecho de que está oscuro en un extremo, y de noche la luna y las estrellas le quitan su luz, y lo empujan hacia otra parte; entonces brilla en otra parte, en otro país. Aquel astro [más elevado] derrama [su luz] no sólo en el sol sino que [ésta] atraviesa el sol y todos los astros y se derrama en la tierra fecundizándola7a. Exactamente lo mismo sucede con el hombre verdaderamente humilde que ha echado por debajo de sí todas las criaturas y se acurruca por debajo de Dios. Dios en su bondad no deja de derramarse por completo en semejante hombre; es obligado a hacerlo necesariamente. Si quieres, pues, ser elevado y levantado, tienes que ser rebajado, [lejos] de la corriente de la sangre y de la carne, porque la soberbia escondida [y] disimulada es la raíz de todos los pecados y máculas y la siguen sólo pena y dolor. La humildad, en cambio, es raíz de todo lo bueno […] y lo sigue[108].

Dije en París, en el colegio [=la universidad], que todas las cosas serán concluidas en el hombre verdaderamente humilde. El sol [en la comparación anterior] corresponde a Dios: lo más elevado en su divinidad sin fondo, corresponde a lo más bajo en la profundidad de la humildad. El hombre verdaderamente humilde no tiene necesidad de rogar a Dios, puede mandar a Dios, porque la altura de la divinidad no pone sus miras sino en la hondura de la humildad, según dije en [el convento de] los Macabeos[109]. El hombre humilde y Dios son uno; el hombre humilde tiene tanto poder sobre Dios como sobre sí mismo, y todo cuanto hay en todos los ángeles, le pertenece a este hombre humilde; lo que obra Dios, lo obra el hombre humilde, y él es lo que es Dios: una sola vida y un solo ser; y por ello dijo Nuestro querido Señor: «Aprended de mí, porque yo soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11, 29).

Si un hombre fuera verdaderamente humilde, Dios, o tendría que perder toda su divinidad y despojarse del todo de ella, o tendría que verterse y esparcirse totalmente en el hombre. Anoche pensé que la majestad de Dios depende de mi humildad; en donde yo me rebajara Dios sería enaltecido. Jerusalén será iluminada, dicen la Escritura y el profeta (Isaías 60, 1). Mas yo pensé anoche que Dios debería ser des-enaltecido, no en forma absoluta sino interiormente, y esto [=este des-enaltecimiento mediante la interiorización] significa un «Dios des-enaltecido», lo cual me gustaba tanto que lo anoté en mi libreta. Significa pues, un «Dios des-enaltecido», no en forma absoluta sino interiormente para que nosotros fuéramos enaltecidos. Lo que estaba arriba, se convirtió en interno. Tú has de interiorizarte [y eso] por ti mismo en ti mismo para que Él more dentro de ti. No [ha de ser] que tomemos algo de aquello que está por encima de nosotros, debemos tomarlo en nuestro fuero íntimo y debemos tomarlo de nosotros en nosotros[110].

Dice San Juan: «A quienes lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Quienes son hijos de Dios traen su origen ni de la carne ni de la sangre: han nacido de Dios» (Juan 1, 12 ss.), no hacia fuera, sino hacia dentro. Dijo Nuestra querida Señora: «¿Cómo podrá ser que llegue a ser madre de Dios?» Entonces dijo el ángel: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti» (Cfr. Lucas 1, 34 ss.). Dijo David: «Hoy te he engendrado» (Salmo 2, 7). ¿Qué es hoy? [La] eternidad. Yo he engendrado eternamente, a mí [como] tú, y a ti [como] yo. Sin embargo, el hombre humilde [y] noble no se contenta con ser el hijo unigénito, engendrado eternamente por el Padre: quiere ser también Padre y adentrarse en la misma igualdad de la paternidad eterna y engendrar a Aquel de quien fui engendrado desde la eternidad. Según dije en [el convento de] Mergarden: Ahí Dios entra en lo suyo. Entrégate a Dios, entonces Dios llega a ser tuyo, tanto como se pertenece a sí mismo. Aquello que me es engendrado, permanece. Dios nunca se separa del hombre dondequiera que éste se dirija. El hombre puede separarse de Dios; por más que el hombre se aleje de Dios, Él se mantiene firme y lo espera y se le cruza en el camino antes de que él lo sepa. Si quieres que Dios sea tuyo debes ser suyo como [lo son para mí] mi lengua o mi mano, de modo que yo pueda hacer con [lo mío] lo que quiera. Así como yo no puedo hacer nada sin Él, Él tampoco puede obrar nada sin mí. Si quieres, pues, que Dios te pertenezca de tal manera, hazte propiedad de Él y no retengas en tu intención nada fuera de Él; entonces Él será el comienzo y el fin de todas tus obras así como su divinidad consiste en que es Dios. El hombre que de tal modo no pretende ni ama en sus obras nada que no sea Dios, a aquél Dios le da su divinidad. Todo cuanto obra el hombre (…) [lo obra Dios] pues mi humildad le otorga a Dios su divinidad. «La luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la han comprendido» (Juan 1, 5); esto quiere decir que Dios es no sólo el comienzo de nuestras obras y de nuestro ser, sino que es también el fin y el descanso para todo ser.

Que aprendamos de Jesucristo la lección de humildad, a esto nos ayude a todos Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén. Deo gracias (sic).

 

SERMÓN XV[111]

Homo quidam nobilis abijt in regionem longinquam accipere regnum et reuerti luc.

 

Esta palabra está escrita en el Evangelio y dice en lengua vulgar: «Un hombre noble marchó a una región lejana, apartándose de sí mismo, y regresó enriquecido» (Lucas 19, 12). Ahora bien, leemos en uno de los Evangelios que Cristo dijo: «Nadie podrá ser mi discípulo que no venga en pos de mí» y haya renunciado a sí mismo sin retener nada para sí mismo (Cfr. Lucas 14, 27); y semejante [hombre] posee todas las cosas ya que no poseer nada equivale a tenerlo todo. Mas, someterse a Dios con ansias y de todo corazón y poner su voluntad enteramente en la voluntad de Dios sin echar ninguna mirada a la criaturidad: quien haya «salido» así de sí mismo, de veras será devuelto a sí mismo.

El ser bueno en sí, [o sea la] bondad, no tranquiliza al alma; ella atrae al alma y se mantiene ahí y mira hacia fuera, [es la] buena disposición hacia todo cuanto es bueno en conjunto, y [la] gracia permanece junto al anhelo[112]. Y si Dios me diera alguna cosa ajena a su voluntad, yo no la apreciaría; porque la menor cosa que Dios me da dentro de su voluntad me hace bienaventurado.

Todas las criaturas han emanado de la voluntad de Dios. Si yo fuera capaz de aspirar solamente a la bondad de Dios, esta voluntad sería tan noble que el Espíritu Santo emanaría inmediatamente de ella. Todo bien emana de la superabundancia de la bondad divina. Ah sí, y la voluntad de Dios me gusta solamente en la unidad, allá donde se halla la quietud de Dios para la bondad de todas las criaturas, [y] donde descansa ella [la bondad] como su último fin, y todo cuanto alguna vez obtuvo ser y vida; allá debes amar al Espíritu Santo tal como es allá en la unidad; no en Él mismo sino allá donde se lo saborea únicamente junto con la bondad de Dios, en la unidad, allá donde toda bondad emana de la superabundancia de la bondad divina. Tal hombre retorna más rico que cuando salió. Quien hubiera «salido» así de sí mismo, sería restituido a sí mismo en el sentido más propio. Y todas las cosas que ha abandonado en la multiplicidad, le serán devueltas en la simplicidad, porque se encuentra a sí mismo y a todas las cosas en el «ahora» presente de la unidad. Y quien hubiera «salido» así, volvería mucho más ennoblecido que cuando «salió». Semejante hombre vive entonces con una libertad más independiente y en una desnudez acendrada, porque no debe preocuparse por nada ni emprender cosa alguna, ni mucho ni poco, porque todo cuanto posee Dios, lo posee él.

El sol es análogo a Dios: la parte más alta de su profundidad insondable responde a lo bajísimo en la hondura de la humildad[113]. Ah sí, al hombre humilde no le hace falta pedir [nada a Dios] sino que bien puede mandarle, porque la altura de la divinidad no puede tender sino hacia la hondura de la humildad; pues el hombre humilde y Dios son uno y no dos. Este hombre humilde tiene tanto poder sobre Dios como tiene poder sobre sí mismo; y todo el bien que hay en todos los ángeles y en todos los santos, le pertenece enteramente tal como pertenece a Dios. Dios y este hombre humilde son completamente uno y no dos; porque lo que obra Dios, él lo obra también, y lo que quiere Dios, él lo quiere también, y lo que es Dios, él lo es también: una sola vida y un solo ser. Ah sí, por Dios: si este hombre estuviera en el infierno, Dios tendría que reunirse con él en el infierno, y el infierno tendría que ser para él un paraíso. Él [=Dios] necesariamente debe proceder así, sería obligado a hacerlo de modo que debería hacerlo; porque en este caso el hombre es la esencia divina y la esencia divina es el hombre. Pues ahí se besan la unidad de Dios y del hombre humilde, porque la virtud llamada humildad es una raíz en el fondo de la divinidad en la cual está plantada para que tenga su esencia sólo en el eterno Uno y en ninguna otra parte. Dije en el colegio [=universidad] de París que todas las cosas son acabadas en el hombre verdaderamente humilde. Y por eso digo que al hombre verdaderamente humilde no lo puede dañar ni perturbar ninguna cosa, porque no existe nada que no huya de aquello que lo pueda destruir: de esto huyen todas las cosas creadas porque no son nada en sí mismas. Y por ello, el hombre humilde huye de todo cuanto le pueda hacer dudar de Dios. Por ello huyo del carbón [ardiente] ya que quiere aniquilarme, pues está dispuesto a robarme mi ser.

Y dijo: «Un hombre se marchó». Aristóteles planeó [escribir] un libro[114] con el propósito de hablar de todas las cosas. Ahora prestad atención a lo dicho por Aristóteles con respecto a este hombre. «Homo» significa un hombre al que está añadida una forma y ella le da un ser y una vida comunes con todas las criaturas, las racionales y las irracionales: [vida y ser] irracionales con todas las criaturas corpóreas, y racionales con los ángeles. Y él [Aristóteles] dice: Así como todas las criaturas con [sus] imágenes primigenias (ideas) y formas son aprehendidas racionalmente por los ángeles y los ángeles conocen racionalmente cada cosa en su diferenciación —lo cual le da tanto gozo al ángel que sería un milagro para quienes no lo hubieran sentido y saboreado— exactamente así conoce el hombre racionalmente la imagen y forma de cada criatura en [su] diferenciación. Esto lo atribuyó Aristóteles al hombre: que el hombre es «hombre» por el hecho de conocer todas las imágenes [primigenias] y formas; a causa de ello el hombre sería «hombre». Y esto era la suprema interpretación mediante la cual Aristóteles sabía determinar al hombre.

Ahora expondré yo también lo que es «un hombre». «Homo» significa lo mismo que un hombre a quien se le ha concedido una «sustancia» que le otorga ser y vida y un ser dotado de inteligencia. Un hombre racional es aquel que se entiende a sí mismo con la razón y se halla desasido en sí mismo de todas las materias y formas. Cuanto más desasido esté de todas las cosas y cuanto más recogido en sí mismo, tanto más clara y racionalmente conocerá en su interior todas las cosas sin dirigirse hacia fuera: tanto más «hombre» es.

Ahora digo yo: ¿Cómo puede ser que el desasimiento del conocimiento conoce en sí mismo todas las cosas sin forma e imagen, sin que se dirija hacia fuera y se transforme él mismo? Digo que proviene de su simplicidad, porque el hombre, cuanto más puramente simplificado se halla en sí mismo, con tanta más simplicidad conoce toda la multiplicidad en él mismo y se mantiene inmutable en sí mismo. Dice Boecio[115]: Dios es un bien inmovible que se mantiene tranquilo en sí mismo, intacto e inmóvil, y que mueve todas las cosas. Un conocimiento simple es tan acendrado en sí mismo que comprende de inmediato al ser divino, puramente desnudo. Y gracias a esta influencia [del ser divino] recibe naturaleza divina al igual que los ángeles, hecho éste que a ellos les da gran alegría. A cambio de poder ver a un solo ángel, uno querría pasar mil años en el infierno. Este conocimiento es tan acendrado y tan claro en sí mismo, que todo cuanto se vería a esta luz, se convertiría en ángel.

Ahora fijaos con atención en que Aristóteles se refiere a los espíritus apartados en el libro llamado Metafísica[116]. El más insigne de los maestros que hablara jamás de las ciencias naturales, habla de esos espíritus apartados y dice que no son la forma de ninguna cosa y que reciben su ser como fluyendo inmediatamente de Dios; y de la misma manera vuelven a fluir hacia dentro y reciben la emanación inmediatamente de Dios, por encima de los ángeles, y miran el puro ser de Dios, sin diferenciación. Este ser puro [y] desnudo, lo llama Aristóteles un «qué»[117]. Esto es lo más elevado que dijo Aristóteles jamás sobre las ciencias naturales, y ningún maestro es capaz de enunciar nada más elevado a no ser que hable [inspirado] por el Espíritu Santo. Ahora digo yo que este «hombre noble» no se contenta con el ser que los ángeles aprehenden carente de forma y del que dependen inmediatamente; él se contenta tan sólo con lo Uno único.

Otras veces ya he hablado del principio primigenio y del último fin. El Padre es el principio de la divinidad porque se comprende a sí mismo en sí mismo. De Él sale el Verbo eterno permaneciendo adentro, y el Espíritu Santo emana de los dos permaneciendo adentro; y [el Padre] no lo engendra porque es un fin de la divinidad y de todas las criaturas, que permanece adentro y en el que hay un descanso puro y un reposo de todo aquello que alguna vez obtuviera ser. El principio es a causa del fin, porque en el último fin descansa todo cuanto alguna vez obtuviera ser racional. [El último fin] del ser es la oscuridad o el desconocimiento de la divinidad oculta para el cual brilla esta luz, [pero] «esas tinieblas no la han comprendido»[118] (Cfr. Juan 1, 5). Por eso dijo Moisés: «El que es, me ha enviado» (Exodo 3, 14); Él, que carece de nombre, que es una negación de todos los nombres, y que nunca obtuvo nombre alguno. Y por ello dijo el profeta: «En verdad, tú eres el Dios escondido» (Isaías 45, 15) en el fondo del alma, allí donde el fondo de Dios y el fondo del alma son un solo fondo. Cuanto más uno te busque, tanto menos te encontrará. Debes buscarlo de manera tal que no lo halles en ninguna parte. Si no lo buscas, lo encontrarás. Que Dios nos ayude a buscarlo de modo tal que permanezcamos eternamente junto a Él, amén.

 

SERMÓN XVI a[119]

Dice un maestro…

 

Dice un maestro: si faltara cualquier medio [separador] entre yo y el muro, entonces estaría yo junto al muro, mas no me hallaría dentro del muro. En las cosas espirituales no es así, porque una [cosa] siempre se encuentra dentro de otra; lo que recibe es lo que es recibido, porque no recibe nada fuera de sí mismo. Éste es [un asunto] sutil. A quien lo comprende ya no le hacen falta los sermones. Mas [diré] un poco más de la imagen del alma.

Son muchos los maestros que opinan que esta imagen ha nacido de la voluntad y del conocimiento, [mas] no es así; antes bien, digo que esta imagen es expresión de sí misma sin [la] voluntad y sin [el] conocimiento. Os traeré a colación un símil: que pongan un espejo delante de mí: me reflejo en el espejo, quiéralo o no, sin voluntad ni conocimiento de mí mismo. Esta imagen no proviene del espejo y tampoco proviene de sí misma, esta imagen se fundamenta más que nada en aquel de quien tiene su esencia y su naturaleza. Cuando el espejo ya no se halla delante de mí, no me reflejo más en él, porque yo mismo soy la imagen.

Otro símil más: Cuando una rama brota de un árbol, lleva tanto el nombre como la esencia del árbol. Aquello que brota es lo [mismo] que permanece adentro, y aquello que permanece adentro es lo [mismo] que brota. Así pues, la rama es la expresión de sí misma.

Lo mismo digo también de la imagen del alma: Aquello que sale es lo [mismo] que lo que permanece adentro, y aquello que permanece adentro es lo [mismo] que lo que sale. Esta imagen es el Hijo del Padre y esta imagen la soy yo mismo y esta imagen es la sabiduría. Dios sea loado por ello ahora y por siempre jamás. Amén. Quien no lo comprende ¡que no se preocupe!

 

SERMÓN XVI b[120]

Quasi vas auri solidum ornatum omni lapide pretioso.

 

Acabo de pronunciar en latín una palabrita que hoy se lee en la Epístola[121] la podemos aplicar a San Agustín y a cualquier alma buena [y] santa: [muestra] cómo se asemejan a un recipiente de oro que es firme y durable y encierra en sí la nobleza de todas las piedras preciosas (Eclesiástico 50, 10). Se debe a la nobleza de los santos el que no sea posible caracterizarlos con una sola comparación; por eso se los compara con los árboles y el sol y la luna. Y así se parangona aquí a San Agustín con un recipiente de oro que es firme y durable y encierra en sí la nobleza de todas las piedras preciosas. Y lo mismo puede decirse, conforme a la verdad, de cualquier alma buena [y] santa que ha renunciado a todas las cosas y las toma allí donde son eternas. Quien deja las cosas en cuanto son accidentes, las posee allí donde son eternas y substancia pura.

Cualquier recipiente tiene dos características: recibe y contiene. [Los] recipientes espirituales y [los] recipientes materiales son distintos. El vino se halla en el barril, [mas] el barril no se encuentra en el vino, y éste tampoco está en el barril, es decir, en las duelas; pues si estuviera en el barril, o sea, en las duelas, no se lo podría beber. ¡Muy distintas son las cosas con respecto al recipiente espiritual! Todo cuanto se recibe ahí, está dentro del recipiente, y el recipiente se halla en ello, y ello es el recipiente mismo. Todo cuanto recoge el recipiente espiritual es de su naturaleza. La naturaleza de Dios consiste en entregarse a toda alma buena, y la naturaleza del alma consiste en recibir a Dios; y esto se puede afirmar con miras a lo más noble que el alma es capaz de realizar. Ahí, el alma lleva la imagen de Dios y es igual a Dios. No puede haber imagen sin igualdad, pero sí puede haber igualdad sin imagen. Dos huevos son igualmente blancos y, sin embargo, uno no es la imagen del otro; pues aquello que ha de ser la imagen de otro, debe haber surgido de su naturaleza [la del otro] y haber nacido de él y ser igual a él.

Toda imagen tiene dos cualidades: una consiste en que recibe su ser en forma inmediata, espontánea, de aquello cuya imagen es, pues tiene natural salida y brota de la naturaleza como la rama del árbol. Cuando el rostro se ubica delante del espejo, tiene que ser reflejado por él, quiéralo o no. Mas, la naturaleza no se configura en la imagen del espejo; pero sí la boca y la nariz y los ojos y toda la formación del rostro, éstos sí se reflejan en el espejo. Mas Dios se ha reservado para sí solo —cualquiera que sea la cosa en la cual refleja su imagen— que allí refleje de una sola vez y espontáneamente la imagen de su naturaleza y de todo cuanto Él es y que puede realizar, porque la imagen le fija una meta a la voluntad[122], y la voluntad sigue a la imagen, y la imagen es la primera en emanar de la naturaleza y atrae hacia su interior todo cuanto pueden realizar la naturaleza y el ser; y la naturaleza se derrama por completo en la imagen y, sin embargo, permanece totalmente en sí misma. Porque los maestros no ubican la imagen en el Espíritu Santo sino en la persona del medio, ya que el Hijo constituye el primer efluvio violento desde la naturaleza; por eso se llama propiamente una imagen del Padre, pero no es así con el Espíritu Santo. Éste es solamente un florecimiento que parte del Padre y del Hijo y posee, sin embargo, una sola naturaleza con ambos. Y, pese a ello, la voluntad no es mediadora entre la imagen y la naturaleza; ah sí, en este aspecto ni el conocimiento ni el saber ni la sabiduría pueden ser mediadores, porque la imagen divina prorrumpe[123] inmediatamente de la fecundidad de la naturaleza. Pero sí existe en este caso un mediador de la sabiduría, lo es la imagen misma. Por eso, el Hijo se llama en la divinidad la Sabiduría del Padre.

Debéis saber que la simple imagen divina, que está impresa en el alma en lo más íntimo de la naturaleza, se recibe inmediatamente; y lo más íntimo y lo más noble que existe en la naturaleza [divina], se configura por excelencia en la imagen del alma, y allí no es mediadora ni la voluntad ni la sabiduría, como dije antes: si allí la sabiduría es mediadora, entonces es la imagen misma. Allí, Dios se halla sin mediación en la imagen, y la imagen se encuentra sin mediación en Dios. Mas, Dios se halla en la imagen mucho más noblemente de lo que la imagen se encuentra en Dios. Allí, la imagen no toma a Dios en su carácter de Creador sino en cuanto ser racional, y lo más noble de la naturaleza [divina] se configura por excelencia en la imagen. Es ésta una imagen natural de Dios que Él imprimió de modo natural en todas las almas. Ahora bien, más que esto no le puedo conceder a la imagen; si le concediera algo más tendría que ser Dios mismo, y esto no es así porque entonces Dios no sería Dios.

La segunda propiedad de la imagen la debéis percibir en la igualdad de la imagen. Y a este respecto fijaos especialmente en dos puntos. Uno consiste en que la imagen no existe por sí misma ni está para sí misma. Así como la imagen percibida por la vista, no proviene de la vista y no tiene [su] ser en el ojo, sino que depende únicamente de aquello cuya imagen es y a lo que está apegado. Por eso no existe ni por sí misma ni está para sí misma, sino que proviene por antonomasia de aquello cuya imagen es, y le pertenece totalmente, y toma de ello su ser y es el mismo ser.

¡Ahora escuchadme con mucha atención! Lo que es en verdad una imagen, lo debéis notar por cuatro puntos; puede ser también que haya más. [La] imagen no existe por sí misma, no está para sí misma; proviene sólo de aquello cuya imagen es, y le pertenece con todo cuanto es. No pertenece a lo que es ajeno a aquello cuya imagen es, ni proviene de ello. [La] imagen toma su ser inmediatamente de aquello cuya imagen es, y constituye con ello un solo ser, y es el mismo ser. Al decirlo no he hablado de las cosas que han de exponerse [exclusivamente] en el colegio [la universidad]; uno puede explicarlas muy bien también desde el púlpito [cátedra sagrada] con fines de enseñanza.

Preguntáis a menudo cómo debéis vivir. Habéis de conocerlo aquí con [todo] empeño. Mira: debes vivir exactamente así como acabo de decir de la imagen. Debes existir por Él y para Él y no debes hacerlo por ti ni para ti ni para nadie. Ayer, cuando llegué a este convento vi una tumba donde crecían salvia y otras hierbas, y entonces pensé: Aquí yace el querido amigo de una persona y por ello ésta quiere mucho más a este sitio. Quien tiene un amigo bien querido, ama todo cuanto pertenece a él y no le gusta lo que es desagradable a su amigo. Tomad, por ejemplo, un perro que [no] es [sino] un animal irracional. Le tiene tanta lealtad a su amo que odia todo cuanto es desagradable a su señor, y quiere a quien es amigo de su amo sin fijarse en la riqueza o la pobreza [de aquél]. Por cierto, si hubiera un pobre ciego adicto a su amo, le tendría más amor que a un rey o emperador que fuera desagradable para su señor. Digo de acuerdo con la verdad: Si fuera posible que el perro con la mitad de su ser fuese desleal a su amo, se odiaría a sí mismo con la otra mitad[124].

Pero algunas personas se quejan de que Dios no les dé ni ensimismamiento ni recogimiento ni dulzura ni consuelo especial. De veras, esa gente aún anda muy equivocada; uno bien puede dejarlo pasar, mas no es lo mejor. Digo conforme a la verdad: Mientras se está configurando en tu interior algo que no es el Verbo eterno o que, desde el Verbo eterno, mira hacia fuera, por bueno que sea, realmente está mal. Por ello es un hombre justo solamente aquel que ha aniquilado todas las cosas creadas y se halla orientado en línea recta hacia el Verbo eterno, sin dirigir en absoluto las miradas hacia fuera, y que está configurado en [el Verbo eterno] y [tiene] hecha su imagen otra vez en la justicia. El hombre toma allí donde toma el Hijo y es el hijo mismo. Dice un escrito: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo» (Mateo 11, 27) y, en consecuencia, si queréis conocer a Dios, debéis no sólo asemejaros al Hijo, sino ser el Hijo mismo.

Mas, algunas personas pretenden mirar a Dios con su [propia] vista como miran una vaca, y quieren amar a Dios como aman una vaca. A ésta la amas por la leche y los quesos y por tu propio provecho. Así hacen todos aquellos que aman a Dios por las riquezas exteriores o por el consuelo interior; y ésos no aman a Dios como corresponde, sino que aman su propio provecho. Ah sí, digo en verdad: Todo aquello a que tú aspiras en tus pensamientos y que no es Dios en sí mismo, nunca puede ser tan bueno como para no ser un obstáculo para la suprema verdad.

Y según dije antes: Así como San Agustín es comparado con un recipiente de oro que está cerrado por debajo y abierto hacia arriba, ¡mira!, así debes ser tú: si quieres hallarte junto a San Agustín y en medio de la santidad de todos los santos, tu corazón debe estar cerrado para cuanto tiene cualidad de creado y aprehender a Dios tal como es en sí mismo. Por eso, los varones son comparados a las potencias superiores porque están todo el tiempo con la cabeza desnuda, y las mujeres a las potencias inferiores porque tienen la cabeza siempre cubierta. Las potencias superiores se hallan por encima del tiempo y del espacio y se originan inmediatamente en la esencia del alma; y a causa de ello se las parangona con los varones, ya que se mantienen siempre desnudas. De ahí que su obra sea eterna. Dice un maestro[125]que todas las poten[126]cias inferiores del alma, en cuanto han tocado [el] tiempo o [el] espacio, han perdido en la misma medida su pureza virginal y nunca pueden ser desnudadas y cernidas tan perfectamente para que lleguen a entrar alguna vez en las potencias superiores; sin embargo, obtienen una impresión de una [=esa] imagen parecida.

Debes ser perseverante y firme, esto significa: debes mantenerte ecuánime en el amor y el dolor, en la dicha y la desdicha, y debes poseer la nobleza de todas las piedras preciosas, eso quiere decir, que todas las virtudes tienen que hallarse en tu interior y emanar de ti según su esencia. Tú habrás de atravesar y sobrepasar todas las virtudes y tomarás la virtud sólo en ese fondo primigenio donde es una sola con la naturaleza divina. Y cuanto más te halles unido con la naturaleza divina que el ángel, tanto más habrá de recibir él por tu intermedio. Que Dios nos ayude a que lleguemos a ser uno. Amén.

 

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[1]Lógicamente, las notas reflejan sobre todo los resultados ofrecidos por Quint (véase lo dicho en la «Introducción»). Hemos tratado de reducirlas a lo imprescindible. Con respecto a las citas de los llamados maestros hay varias que no han sido comprobadas o encontradas, y en estos casos hemos prescindido de las notas. Para cada uno de los sermones se indica, dentro de lo posible, la atribución, si es queexiste, y algún subtítulo relativo, por ejemplo, a la fiesta en que fue predicado, pero hemos omitido mencionar el manuscrito o el códice en el cual figura tal o cual encabezamiento, ya que en absoluto contribuiría a la información del lector de esta edición en castellano que excluye pormenores que el estudioso puede encontrar en la edición crítica de Quint, tomo I (Stuttgart, 1958).

Atribución de I: «Sermones del Maestro Eckehartz sobre el nacimiento interior de Christo». (El plural se refiere al presente sermón y a otro que le sigue en el códice). En los distintos manuscritos se mencionan diferentes días en los cuales el sermón habría sido predicado.

[2]«Apego al propio yo» como traducción de «eigenschaft». En su Meister Eckehart, Deutsche Predigten und Traktate (Munich, p. 470), Quint señala que no es fácil traducir «eigenschaft» = «propiedad, posesión». Eckhart usaría la palabra para reproducir la «proprietas» de los escolásticos, pero casi nunca en el sentido exacto de «cualitas» latina. Se trataría de una relación personal para con algo que se tiene o no se tiene, pero no de las cualidades objetivas de la propiedad.

[3]Quint (tomo I p. 15 nota 1 de p. 14): «Es decir, que Dios recoge la nada del alma». En cuanto al contraste de algo y nada «se piensa en la contradicción entre el ser-alma individual (=iht) y el no-ser-alma (=niht)». No se trata pues, de la nada absoluta sino de la «privación del ser propio del alma». «Se ubica por debajo» = «understân» corresponde, según Quint (ibídem) exactamente a «substare» en latín = ser substancia, cuya traducción es difícil. Acaso se podría decir: «se hace substancia por debajo de su nada».

[4]Quint (tomo I p. 16 n. 1) ofrece una versión libre explicatoria que reza así: «El Padre se enuncia en la persona del Hijo. Él mismo como persona, y al mismo tiempo establece en el Hijo como prototipo de ella a todas las cosas, es decir, el mundo de las “ideas”, y esto de manera tal que la naturaleza del Hijo permanece idéntica a la del Padre. Las “ideas”, y en especial las de todos los espíritus dotados de razón —en cuanto permanecen en el Hijo como prototipo de los contenidos de la conciencia divina, es decir, en cuanto no salen del trinitario círculo interno—, esas “ideas” son, pues, uno con el Verbo y de igual esencia. Pero, en cuanto “irradian su luz”, quiere decir, en cuanto salen del Verbo objetivándose cada una por separado, debido a la creación, en el mundo de las criaturas, ya no son iguales al Verbo eterno. Mas tienen la posibilidad de igualarse al Verbo por medio de la gracia».

[5]Explicación de Quint (tomo I p. 18 n. 1): «En el Hijo el Padre se concibe a sí mismo como Padre y al mismo tiempo comprende al Hijo, o sea, al “Verbo”, como su imagen de reflejo, y en Él, como prototipo de los contenidos de su conciencia, o sea, las “ideas”, todo cuanto ahí se contiene y todo ello como uno, existente sin distinción en el acto puro».

[6]En uno de los códices se dice: «Otro sermón del Maestro Ekhart de París». En otra copia se anota: «El sermón corresponde a la Asunción de Nuestra Señora».

[7]«Villeta» = «bürgelîn» en el original. En latín se habla de «quoddam castellum» que significa «lugar fortificado, ciudadela». Esta palabra, a su vez, corresponde a "Tm0 en griego, cuyo sentido es «pueblo, aldea, barrio de una villa». «Burc» en alto alemán medio corresponde a «Burg, Schloss, Stadt» en alemán moderno. Tomando en cuenta todas estas expresiones creemos que «villeta» puede corresponder al diminutivo «bürgelîn», palabra usada por Eckhart. Pero también hay que tener presente la acepción de «castillo» con referencia al reducto inexpugnable del alma al cual se alude en este sermón.

[8]Volviendo sobre el concepto de «eigenschaft», Quint (t. 1 p. 26 nota 1) afirma que «todavía no se ha alejado de su acepción fundamental de propiedad» de modo que esta última conserva aún su peso a pesar de los muchos matices que muestra la palabra en la obra eckhartiana, lo cual dificulta enormemente su traducción. En nuestra versión «apego al yo» implica, pues, el hecho de que uno se considere propiedad de sí mismo.

[9]En su escrito latino In Ioh. n. 556 Eckhart se refiere a «Boethius in fine Arismetricae».

[10]Cfr. la explicación de Quint (t. I p. 29 s. n. 2) según la cual la producción del fruto está condicionada por la sucesión temporal de las obras; por eso, no pueden ser infinitas ya que dependen del tiempo debido a la disposición de quien las ejecuta atado al yo, al fin y al tiempo.

[11]La potencia es el entendimiento supremo.

[12]En este contexto hemos preferido el término «instante» por «nû» que generalmente (cfr. la «Introducción») traducimos por «ahora» (entre comillas) ya que Eckhart usa aquí «nû» tanto para el instante temporal como para el atemporal. Véase también la diferenciación hecha por Quint (t. I, p. 169 n. 4): «El “nû” como parte ínfima del tiempo es y sigue siendo temporal, un algo delimitado y distinto a la eternidad sin tiempo, o sea, el “nû” eterno».

[13]Esta potencia es la voluntad.

[14]En uno de los códices se atribuye el sermón a «Fray Eghart». En otro lleva el encabezamiento: «En la Fiesta de las cadenas de San Pedro».

[15]Quint (t. I p. 49 n. 2) trae a colación la sentencia aristotélica: «simile simili cognoscitur», Aristóteles, De anima 1 t. 27, en Thomas, In libro 1 de anima, lectio 4.

[16]Cfr. Aristóteles, De anima III c. 8, 431 b 21.

[17] Cfr. Liber XXIV philosophorum, prop. XXIII in commento (ed. Baeumker).

[18] Thomas, Summa theologiae I q. 39 a. 8.

[19] Thomas, ibídem I q. 89 a. 5.

[20]Aristóteles, Ethica Nicom. H c. 12. 1152 b 24 Ss.

[21]Cfr. Alcher de Clairvaux, De spiritu et anima, c. 9.

[22] Cfr. Thomas, In I Sent. d. 3 q. 3 a. 1. Albertus Magnus, In II Sent. d. 2 a. 1.

[23] Thomas, S. theol. I q. 16 a 3; ídem, in met. 1. 2.

[24]Las potencias son las inteligencias. Cfr. Liber de causis, prop. 16.

[25]Se trata de la doctrina aristotélica según la cual el cielo es incorruptible.

[26]En opinión de Quint (t. I p. 57 n. 2) el final del sermón parece fragmentario en la tradición, aun cuando no se habrían perdido aspectos esenciales.

[27] Lleva la anotación: «Maestro egkart Orden de los Predicadores». Según algunos encabezamientos el sermón corresponde al IV.° domingo después de Pascua de Resurrección. En todos estos casos, se remite al misal romano.

[28]No se ha podido establecer a qué se refiere.

[29]Eckhart habla del «ebenkristen» o sea el «co-cristiano».

[30]Quint señala (en t. I p. 75) que se trata de un texto reconstruido sobre la base de tres textos manuscritos fragmentarios, por lo cual no ha sido posible ofrecer un texto crítico.

[31]Parece —según Quint— que se han combinado en el texto la cita del maestro con la afirmación de Eckhart. Quint remite a Thomas, S. theol. III q. 57 a. 5.

[32]In epist. Ioh. tr. II n.° 14.

[33]La unión de divinidad y humanidad. Quint duda de que el giro sea auténtico.

[34]Atribuido en un códice a «Eberhart», en otro «sermo Eghart». En los encabezamientos se hace referencia al 1º domingo después de Pascua de Resurrección, al primer domingo después de la Santa Trinidad y a Navidad, respectivamente. La autenticidad es dudosa.

[35] Cfr. Thomas, S. theol. III q. 57 a. 5.

[36] Quint remite a Thomas, II Sent. d. 32 q. 2 a. 3.

[37]Quint supone que el texto anterior a «allí» es incompleto, por falta de ilación.

[38]Quint supone que este texto tampoco es auténtico y completo.

[39] Cfr. Thomas, S. theol. Suppl. q. 70 a. 3.

[40] Cfr. Thomas, S. theol. III q. 89 a. 6.

[41]Se atribuye al «maestro eberhart». Según un encabezamiento corresponde a la Fiesta de todos los Santos.

[42]Instituciones (Iustiniani) 1, 1 pr.

[43]Quint supone que falta un sustantivo tras «corrección» que tendría el significado de «aedificatio» = «buen ejemplo».

3a«Un comino» o «un bledo». El original dice «eine bône» = «un haba». El español antiguo también conocía esta expresión. Cfr. Berceo: «toda su maestría non valié una hava». Tomamos la cita de Rafael Lapesa, Historia de la lengua española, Madrid 1980, p. 230.

[44]Se trataría de Bernardo de Clairvaux, Liber de praecepto et dispensatione, c. 20 n. 60.

[45]«Esencia primigenia». Eckhart usa la palabra «isticheit» traducida por Quint por «Wesenheit». Cfr. nuestra «Introducción» I, p. XLIII.

[46]En uno de los códices se halla anotado: «Aquí muestra el maestro Eckart a las almas que se hallan en Dios y cómo Dios procede misericordiosamente con ellas y cómo su misericordia está por encima de todas sus obras».

Encabezamiento: «Sermo de tempore XIX».

[47]Llama la atención que Quint da dos traducciones distintas de este pasaje en alto alemán medio. Según p. 119 nota 2 sería: «Mi cuerpo y mi alma se hallan unidos en el ser (texto medieval “en un ser”) [y] no sólo en una obra». Pero nos convence más la otra versión que, junto con el texto medieval, constituye la base de nuestra traducción.

[48]Según referencia en las obras latinas de Eckhart: San Agustín. «Allí» se refiere a las potencias mencionadas en la frase anterior.

[49] Cfr. Thomas, S. theol I q. 21 a. 4.

[50]Se refiere al «fondo del alma», a la «chispa».

[51]Cfr. Augustinus, De Genesi ad litteram VI c. 29 n. 40.

[52]Hay encabezamientos que dicen: «Otra vez un sermón de los santos mártires»; «En la Fiesta de los santos mártires Juan y Pablo».

[53]Según Quint (t. I p. 127 n. 1) «resulta sorprendente que en el sermón la cita .de Mateo nunca se convierta en asunto directo de la exposición».

[54]Doctrina aristotélica.

[55]En sus obras latinas Eckhart dice: «Gregorius ait in glossa».

[56]Cfr. Albertus Magnus, De generatione et corruptione I tr. 1 c. 25 ad 3.

[57]Cfr. Thomas, S. theol I q. 4 a. 2; Augustinus, De libero arbitrio II c.3n.7.

[58]Thomas, De causis, lect. 18.

[59]Liber de causis prop. 3 (ed. Bardenhewer) y, con respecto a ello: Thomas, De causis, lect. 3; Avicenna, Met. IX c. 4; Thomas, S. theol. I q. 65 a. 3; q. 45 a. 5.

[60] Cfr. Augustinus, De Genesi ad litteram 1. IV c. 23 n. 40.

[61]En uno de sus textos latinos Eckhart remite a «Augustinus XII confessionum».

[62]Según Eckhart: «Avicenna, De anima p. I último capítulo».

[63]Atribución: Maestro Ekkart.

Según los encabezamientos: «En el día de Santo Domingo».

[64]Eckhart piensa en el Liber XXIV philosophorum del Seudo-Hermes Trimegisto.

[65]Se refiere a la tercera sentencia del Liber que reza: «Deus ets, qui solus suo intellectu vivit».

[66]Se remite a Bernardo de Clairvaux, De diligendo Deo c. 1 n. 1 y 6 n. 16.

[67]Cfr. Augustinus, De trinitate 1. V c. 1 n. 2.

[68]Quint opina (tomo I p. 147 nota 3) que se trataría de los «baccalaurii theologiae».

[69]Las diez categorías del ser, de Aristóteles.

[70]En uno de sus escritos latinos dice Eckhart: «ut ait Themistius».

[71]La luz más sublime de los santos maestros a la cual Eckhart se ha referido arriba.

[72]Según Quint (tomo I p. 152 nota 3) Eckhart se refiere posiblemente al general de los franciscanos Gonsalvus Hispanus que polemizó en una Quaestio contra la concepción de Eckhart.

[73]Cfr. Quint (tomo I p. 154 nota 3); «Eckhart dice aquí que en todos sus sermones tiene en vista el “bîwort” y que en todas sus prédicas se entreteje el motivo fundamental según el cual el alma tiene su “emanación” allí donde emana también el Hijo, y según el cual el Padre al enunciar al Hijo, el “Verbo”, enuncia al mismo tiempo también al alma como “bîwort” (adverbio) y que en ello reside toda la nobleza del alma humana, gracias a la cual es capaz de ser una con el Hijo y por ende también con la divinidad».

11aJuego de palabras en alemán: «der vrîe sterne» y «vrîtac» = «día libre». Etimología errónea.

[74]Eckhart distingue tres clases de «palabras»: 1) La palabra enunciada, objetivada fuera de Dios en las criaturas; 2) La palabra humana pensada y representada; 3) El «Verbo» como segunda persona de la divinidad, el que siempre permanece dentro del «Padre, que no es enunciado ni sale del círculo trinitario» (Quint tomo I, p. 157 n. 2).

[75]Existen los siguientes encabezamientos: «De los santos confesores» y «Para el día de San Germán». La epístola que contiene el texto correcto se halla en el misal romano «Commune Conf. et Pont.» y se encuentra también en el antiguo misal de los dominicos para la Fiesta de San Germán (31 de julio).

El sermón fue predicado probablemente en Colonia ocho días después del sermón XV. Para las indicaciones de lugar y la cronología de los sermones X, XI, XII, XIII, XIV, XV y XXII ,cfr. lo dicho y las rectificaciones hechas por Quint (tomo I, pp. 372 ss).

[76]Se remite a En. in Psalmos LXXIV n. 19.

[77] Cfr. Thomas, S. theol. I q. 77 a. 8; e ibídem I, II q. 67 a. 1 a 3.

[78]Quint explica (tomo I p. 163 n. 4) que Eckhart toma como ejemplo a los ángeles porque cada uno de ellos constituye una especie distinta, por lo cual no son cantidades que se pueden sumar y contar.

[79] Cfr. Aristóteles, Met, I, 1.

[80]La luz natural del alma = el entendimiento.

[81]Esta potencia del entendimiento no es otra cosa —según señala Quint— que la «luz natural» y el «día natural».

[82]Se referiría a uno de sus sermones en latín, el N.° II o el IV, destinados a la Fiesta de la Santísima Trinidad.

[83]Un encabezamiento dice: «Para el día de San Juan», en otro manuscrito se lee: «Para la Fiesta del nacimiento de San Juan Bautista». El sermón fue predicado posiblemente en Colonia ocho días después del sermón XV.

[84]Fuera de las referencias en los sermones alemanes cfr. Sermo IX n. 98: «(…) quomodo gratia est supra omnem naturam, supra opus, supra potentias intellectivas in abdito animae, ubi solo deus illabitur».

[85]En el texto latino se dice: «impletum est tempus» lo cual Eckhart traduce en alemán por «Dô diu zît vol was» para luego poder hablar de la «vüllede der zît» de modo que se corresponden «vol» = «lleno» y «vüllede» = «plenitud».

[86] Augustinus, Confess. 1. X c. 41 n. 66.

[87]En las Obras latinas se remite a Augustinus, De trin. XII c. 7 n. 9 a 10.

[88]En un encabezamiento se dice: «En la Fiesta de la Concepción o del Nacimiento de Nuestra Señora».

Atribución:    «(M) aister eghart dice».

Probablemente, el sermón fue predicado en Colonia en el convento de los Santos Macabeos, con anterioridad al sermón XV.

[89]Quint (tomo I p. 198 s. nota 3) explica que Eckhart no quiere decir que yo sea de tan escaso valor como el gusanito —según se ha afirmado— sino que en este pasaje se expresa «la unidad e igualdad indivisas que me unen a mí y al gusanito de estiércol sin distinción en ese ser».

[90]Según uno de los encabezamientos, el sermón corresponde a la Fiesta de los Niños Inocentes; habría sido dictado en Colonia.

[91]Quint supone que Eckhart difícilmente habría citado el texto de la Escritura en forma tan errónea.

[92] Cfr. Macrobius, Comm. in Somnium Scipionis I c. 14 n. 15.

3aSe trataría de la madera del púlpito señalada por el predicador.

[93] En In Genesim I n. 228 Eckhart remite a A. Gellius.

[94]El texto medieval dice «sent merueren» que se había interpretado como «Santa Margaretha», con la suposición de que correspondía al convento homónimo en Estrasburgo. Pero Quint (cfr. sus fundamentaciones pp. 372 ss.) llegó a la conclusión de que se podía tratar del convento de los Santos Macabeos en Colonia.

[95] En In Genesim I n. 126 Eckhart remite a Séneca: 1. X Declamationum.

[96]Eckhart habría pensado en Avicenna, IX Metaphysicae c. 1.

[97]De consolat. philosophiae III m. IX.

[98]Este sermón se conoce por un solo manuscrito. Quint considera como posible, si bien no seguro, que se trate del fragmento de un sermón que Eckhart habría pronunciado basándose en el mismo texto del Apocalipsis que en el sermón XIII. En el manuscrito se atribuye a «Fray eghart».

El título abreviado no figura en los textos de la edición crítica. Véase nota 1 del Sermón XLVIII.

[99]El número equivocado se habría originado quizás por la dificultad que significaba para el escriba reproducir el número exacto de los 144.000 elegidos.

[100]Juego de palabras, que no se puede reproducir en castellano, entre «stân» = «estar de pie, encontrarse» y «bîstan» = «socorrer».

[101]Quint señala (tomo I p. 227 ss.) que este sermón es indudablemente auténtico, pero que el texto conservado resulta bastante cuestionable. Parece desordenado, y una parte se habría perdido. Supone (tomo I p. 372) que el sermón fue pronunciado en el convento de las monjas benedictinas de Los Santos Macabeos en, Colonia. Encabezamiento: «Para el día de los Tres Reyes Magos».

[102]Se trata de la fórmula agustiniana de la Trinidad.

[103]Texto corrupto. Cfr. Quint t. I p. 231 n. 5. El editor opina que detrás de «syne» = «sentidos» se debe suponer una laguna.

[104]Esta ubicación de los sentidos interiores en los diferentes órganos condice con la doctrina de Galenio.

[105]A partir de «Dios lleva una guerra» se trataría, probablemente, de un texto corrupto.

[106]En otras oportunidades Eckhart dice que «Jerusalén» significa «paz».

[107]Posiblemente, forma alterada que debería decir: de Los Santos Macabeos (en Colonia). Cfr. Quint tomo I p. 372.

7aQuint anota (t. I p. 234) que no se sabe de dónde saca Eckhart la teoría del astro por encima del sol. Acaso sería posible remitir a Empédocles «quien enseña que el sol, en cuanto a su substancia, no es un fuego sino sólo el reflejo de un fuego».

[108]El texto parece incompleto.

[109]En el original «sent merueren» que posiblemente corresponde al convento de Los Macabeos (San Maviren y grafías parecidas).

[110]Para la interpretación de esta idea véase lo dicho por Quint (t. I p. 237 s. nota 3), quien llega a la conclusión de que «este desenaltecimiento de Dios no se debe interpretar como un absoluto tirar hacia abajo y rebajar o disminuir a Dios, sino como superación de la distancia y trascendencia de Él mediante su «interiorización, su inmanencia en el alma, por lo cual ella misma es enaltecida y llega a la unión con Dios inmanente».

[111]Este sermón es auténtico, pero en varios pasajes su texto parece corrupto. Existe en un solo manuscrito. Habría sido pronunciado en Colonia en el convento de la Huerta de Santa María de las monjas cistercienses. (Cfr. lo dicho anteriormente y Quint tomo I p. 372 s.). Koch (en Ruh, o. c. p. 300) señala que Eckhart, en este sermón, «esboza su imagen del hombre».

[112]Texto estropeado.

[113]Texto poco seguro cuyo sentido original no se puede reconstruir.

[114]La Metafísica.

[115]Boethius, De consol. phil. III m. IX.

[116]Quint (tomo I p. 251 n. 3) explica que «espíritus apartados» se refiere a las substanciae separatae aceptadas por el neo-platonismo y la Escolástica. A menudo fueron identificadas con los ángeles.

[117]Se trataría del «quod quid erat esse» de los escolásticos. Cfr. Thomas, S. theol. I q. 57 a. 1. (Cfr. Quint, ibídem nota 4).

[118]«para el cual» se referiría a «la oscuridad o el desconocimiento.» (Cfr. Quint, tomo I p. 253 n. 1).

[119]Texto incompleto de un sermón de Eckhart.

El título abreviado no figura en los textos de la edición crítica. véase nota 1 deI Sermón XLVIII.

[120]En los encabezamientos se dice: «Para el día de San Agustín o en el día de un confesor». O también: «De S. Augustino et de quolibet sancto».

[121]En el misal de la Orden de los Predicadores.

[122]Significado: la imagen se propone como objetivo a la voluntad.

[123]En alemán «brichet ûz»

[124]«El significado de la frase es el siguiente: Si el perro con una mitad de su ser pudiera ser desleal a su amo, tendría que odiarse a sí mismo con la otra mitad porque tiene que odiar todo cuanto es desagradable para su señor». (Véase Quint, t. I p. 272 n. 1).

[125]Cfr. Avicenna, De anima IV c. 2.

[126]

La Editorial
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Meister Eckhart- Obras Alemanas