SERMÓN XVII[1]
Qui odit animam suam in hoc mundo etc.
He pronunciado una palabra en latín que dice Nuestro Señor en su Evangelio: «Quien odia a su alma en este mundo, la guardará para la vid[2]a eterna» (Juan 12, 25).
Ahora [al escuchar] estas palabras, prestad atención a lo que quiere significar Nuestro Señor cuando dice que debemos odiar al alma. Quien ama a su alma en esta vida mortal y tal como es en este mundo, la pierde en la vida eterna; pero, quien la odia en cuanto mortal y [tal como] es en este mundo, la guarda para la vida eterna.
Son dos las causas porque dice «alma». Afirma un maestro[3]: La palabra «alma» no se refiere al fondo y no toca a la naturaleza del alma. Por eso dice un maestro[4]: Quien escribe sobre las cosas móviles, no toca ni a la naturaleza ni al fondo del alma. Quien ha de nombrar al alma según la simplicidad y pureza y desnudez, tal como es en sí misma, no puede encontrarle ningún nombre. Le dicen alma: es como cuando se llama carpintero a una persona, entonces no se lo llama ni hombre ni Enrique, ni según su ser propiamente dicho, sino que se lo llama de acuerdo con su obra. Éste es el pensamiento de Nuestro Señor [cuando dice]: Quien ama al alma en la pureza, conforme con la naturaleza simple del alma, la odia con esta vestimenta [terrestre] y es su enemigo; la odia y está triste y apenado porque ella se halla tan alejada de la luz pura que ella es en sí misma.
Dicen nuestros maestros[5]: El alma se llama fuego por la fuerza y el calor y el brillo que posee. Otros dicen que es una chispita de naturaleza celestial. Los terceros dicen que es una luz. Los cuartos, que es un espíritu. Los quintos, que es un número. No encontramos nada que sea tan puro y acendrado como el número. Por eso querían darle al alma un nombre que fuera puro y acendrado. En los ángeles existe el número —se habla de un ángel, de dos ángeles— también en la luz existe el número. Por eso se la designa [al alma] de acuerdo con lo más desnudo y acendrado y, sin embargo, esto no llega a tocar el fondo del alma. Dios que es sin nombre —no tiene nombre alguno— es inefable y el alma, en su fondo, es igualmente inefable tal como Él es inefable.
Hay una [razón] más porque dice que ella odia. La palabra que nombra al alma, se refiere al alma en cuanto se halla en la cárcel del cuerpo[6], y por ello opina [San Juan] que el alma, al ser capaz de convertir aún [en objeto] de su pensamiento aquello que ella es en sí misma, se halla todavía en su cárcel. Allí donde presta aún atención a esas cosas bajas y donde recoge algo en su interior por intermedio de los sentidos, allí se estrecha en seguida; pues [las] palabras no son capaces de dar ningún nombre a naturaleza alguna que se encuentre por encima de ellas.
Tres son las causas por las que el alma debe odiarse a sí misma. Una causa es: he de odiarla en cuanto es mía; pues en cuanto es mía, no es de Dios. La segunda [causa]: porque mi alma no se halla totalmente ubicada y plantada en Dios y hecha a su imagen. Dice Agustín[7]: Quien quiere que Dios le pertenezca, antes debe hacerse propiedad de Dios, y esto ha de ser así necesariamente. La tercera causa es: Si el alma gusta de sí misma, en cuanto alma, y si Dios le gusta junto con el alma, está mal hecho. Dios le debe gustar en Él mismo, porque se halla completamente por encima de ella. Fue eso que dijo Cristo: «Quien ama a su alma, la perderá» (Juan 12, 25).
El alma debe odiar todo cuanto de ella se halla en este mundo o mira hacia este mundo y [también] donde algo es tocado por el [mundo] y mira hacia fuera. Dice un maestro que el alma en su parte más elevada y más pura se encuentra por encima del mundo. Fuera del amor nada hace entrar al alma en este mundo. A veces se trata de un amor natural que ella siente por su cuerpo. A veces tiene un amor voluntario que siente hacia las criaturas. Dice un maestro: Así como la vista nada tiene que ver con el canto, ni el oído con el color, así el alma en su naturaleza nada tiene que ver con todo cuanto hay en este mundo. Por eso dicen nuestros maestros en ciencias naturales[8] que el cuerpo se halla mucho más en el alma que el alma en el cuerpo. Así como el barril contiene el vino antes que el vino el barril, así el alma contiene al cuerpo antes que el cuerpo al alma. Aquello que el alma ama en este mundo, constituye una privación en su naturaleza. Dice un maestro[9]: La naturaleza y natural perfección del alma consisten en que llegue a ser en sí un mundo racional allí donde Dios formó en ella las imágenes primigenias de todas las cosas. Quien dice que ha logrado poseer su naturaleza, debe descubrir que dentro de él todas las cosas están configuradas en una pureza tal como son en Dios, no como son en su propia naturaleza, sino como son en Dios. No hay ningún espíritu ni ángel alguno que toquen el fondo del alma ni tampoco la naturaleza del alma. Allí, ella llega a lo primigenio, el principio donde Dios irrumpe con bondad en todas las criaturas. Allí, ella toma todas las cosas en Dios, no en la pureza tal como son en su pureza según la natura, sino en la pura simplicidad tal como son en Dios. Dios hizo todo este mundo como si fuera de carbón. La imagen hecha de oro es más firme que la hecha de carbón. Así [también] en el alma todas las cosas son más puras y nobles de lo que son en este mundo. La materia [empero] de la cual Dios hizo todas las cosas, es más ruin que el carbón en comparación con el oro. Quien quiere hacer una olla, toma un poco de arcilla; ésta es la materia con la cual trabaja. [Mas] luego le da una forma que se halla en su interior: ésta es más noble en su fuero íntimo que la materia. Con esto quiero decir que todas las cosas son inconmensurablemente más nobles en el mundo racional que es el alma, de lo que son en este mundo; así como la imagen cincelada e impresa en oro, así se hallan las imágenes de todas las cosas [como] simples en el alma. Dice un maestro[10]: El alma tiene en sí la potencialidad de que sean estampadas en ella las imágenes de todas las cosas. Otro dice[11]: El alma nunca ha logrado poseer su naturaleza pura, a no ser que halle configuradas en sí todas las cosas [existentes] en el mundo racional que es incomprensible; hasta allí no llega ningún pensamiento. Dice Gregorio[12]: Aquello que decimos de las cosas divinas, lo tenemos que balbucear porque hay que expresarlo con palabras.
Una palabrita más sobre el alma y luego nada más: «¡Vosotras, hijas de Jerusalén, no os fijéis en que soy morena! El sol me destiñó y los hijos de mi madre lucharon contra mí» (Cant. de los Cant. 1, 4 y 5). Con ello se refiere a los hijos de este mundo; a ellos les dice el alma: Aquello del sol, o sea, los placeres de este mundo, que me alumbra y toca, me hace oscura y morena. El marrón no es un color perfecto; tiene un matiz claro pero también alguno oscuro. Cualquier cosa que el alma piense u opere con sus potencias, por clara que sea en ella, sin embargo, es una mezcla. Por eso dice: «Los hijos de mi madre lucharon contra mí». Los hijos, éstos son todas las potencias inferiores del alma; todas ellas la combaten y tientan. El Padre celestial es nuestro Padre [verdadero] y la Cristiandad nuestra madre. Por más hermosa y adornada que se presente, y por útil que sea con sus obras, todo esto aún es imperfecto. Por eso se dice: «¡Oh tú, la más hermosa por entre las mujeres, sal y retírate!» (Cant. de los Cant. 1, 7). Este mundo es como una mujer porque es débil. Pero ¿por qué dice no obstante: «la más hermosa entre las mujeres»? Los ángeles son más hermosos y muy superiores al alma[13]. Por eso dice: «¡La más hermosa» —a su luz natural [del entendimiento]— «sal y retírate!» Sal de este mundo y retírate de todo aquello hacia lo cual todavía se inclina tu alma. Y cualquier cosa que ella toque aún, la debe odiar.
Suplicad a
Nuestro querido Señor que odiemos a nuestra alma, bajo la vestimenta por la
cual es nuestra alma, de modo que la
conservemos para la vida eterna. Que Dios nos ayude a lograrlo. Amén.
SERMÓN XVIII[14]
Adolescens, tibi dico: surge.
Nuestro Señor se dirigió a una ciudad, llamada Naín, y con Él iban una muchedumbre y también los discípulos. Cuando llegó al portón [de la ciudad] estaban sacando de ahí a un joven muerto, hijo único de una viuda. Nuestro Señor se acercó y tocó el féretro donde yacía el muerto, y dijo: «Joven, yo te digo ¡levántate!». El joven se incorporó y en seguida comenzó a hablar gracias a [su inherente] semejanza [con el Verbo divino = Cristo], diciendo que había resucitado merced a la Palabra eterna (Lucas 7, 11 a 15).
Ahora digo yo: «Él se dirigió a la ciudad». Esa ciudad es aquella alma que se halla bien ordenada y fortificada y protegida contra las imperfecciones y que ha excluido toda multiplicidad y se encuentra en armonía y bien fortalecida en la salvación por Jesús, mientras está amurallada y cercada por la luz divina. Por eso dice el profeta: «Dios es un muro alrededor de Sión» (Cfr. Isaías 26, 1). Dice la eterna Sabiduría: «Pronto descansaré de nuevo en la ciudad bendecida y santificada» (Eclesiástico 24, 15).Nada descansa ni une tanto como lo semejante; por ende, todo lo semejante se halla adentro y cerca y al lado. Es bendita aquella alma en la cual se encuentra sólo Dios y donde ninguna criatura logra [su] descanso. Por eso dice: «Pronto descansaré de nuevo en la ciudad bendecida y santificada». Toda santidad proviene del Espíritu Santo. La naturaleza no salta por encima de nada; siempre comienza a obrar en la parte más baja y sigue obrando así hasta llegar a lo más elevado. Dicen los maestros[15]que el aire, si primero no se ha vuelto enrarecido y caliente, nunca se convierte en fuego. El Espíritu Santo toma al alma y la purifica en la luz y en la gracia y la atrae hacia arriba hasta lo altísimo. Por eso dice: «Pronto descansaré de nuevo en la ciudad santificada». Cuanto descansa el alma en Dios, tanto descansa Dios en ella. Si ella descansa [sólo] en parte en Él, Él descansa [sólo] en parte en ella; si ella descansa totalmente en Él, Él descansa totalmente en ella. Por eso dice la Sabiduría eterna: «(Pronto descansaré de nuevo».
Dicen los maestros[16]que en el arco iris los colores amarillo y verde se unen el uno al otro tan parejamente que no hay ningún ojo dotado de vista tan aguda que sea capaz de percibir [la transición]; tan parejamente obra la naturaleza, y se parece con ello al primer efluvio violento, al cual los ángeles todavía se asemejan en forma tal que Moisés no se animó a escribir sobre ello a causa de la [poca] comprensión de la gente imperfecta, para que no adorasen a ellos [=los ángeles]: tanto se asemejan al primer efluvio violento. Dice un maestro muy eminente[17] que el ángel supremo de los espíritus [=inteligencias] se halla tan cerca del primer efluvio violento y encierra en sí una parte tan grande de la semejanza divina y del poder divino que él creó todo este mundo y además todos los ángeles que se encuentran por debajo de él. Esta [idea] encierra la buena enseñanza de que Dios es tan alto y tan puro y tan simple que influye en su criatura más elevada de modo tal que ella obra [revestida] de su poder, así como un trinchante obra como apoderado del rey y gobierna su país. Dice: «Pronto descansaré de nuevo en la ciudad santificada y bendecida».
El otro día dije que la puerta por donde Dios se derrite hacia fuera, es la bondad. [El] ser, empero, es aquello que se conserva dentro de sí mismo y no se derrite hacia fuera; al contrario, se derrite hacia dentro. Por otra parte, es [una] unidad aquello que se mantiene en sí mismo como uno solo, separado de todas las cosas sin comunicarse hacia fuera. [La] bondad, empero, es aquello donde Dios se derrite hacia fuera comunicándose a todas las criaturas. [El] ser es el Padre, [la] unidad es el Hijo junto con el Padre, [la] bondad el Espíritu Santo. Ahora bien, el Espíritu Santo toma al alma, «la ciudad santificada», en [su punto] más puro y elevado y la alza hasta su origen, éste es el Hijo, y el Hijo continúa llevándola hasta su origen, éste es el Padre, en el fondo, en lo primigenio donde el Hijo tiene su esencia, allí donde la eterna Sabiduría «pronto descansará de nuevo en la ciudad bendecida y santificada», o sea, en lo más íntimo.
Ahora dice: «Nuestro Señor se dirigió a la ciudad de Naín». «Naín» quiere decir lo mismo que «hijo de la paloma» y significa simplicidad[18]. El alma no ha de descansar jamás en la fuerza potencial hasta que llegue a ser totalmente una en Dios. [Naín] quiere decir también «un caudal de agua» y significa que el hombre ha de mantenerse inmóvil frente a los pecados e imperfecciones. «Los discípulos» son la luz divina que debe fluir copiosamente en el alma. «La muchedumbre», éstas son las virtudes de las que hablé el otro día. El alma tiene que ascender con ardientes ansias y sobrepasar en las grandes virtudes buena parte de la dignidad de los ángeles. Allá se llega al «portón», es decir, [se entra] en el amor y la unidad, [o sea] «el portón» por donde se sacaba al muerto, el joven, hijo de una viuda. Nuestro Señor se acercó y tocó [el féretro] donde yacía el muerto. Paso de alto cómo se acercó y cómo tocó, pero no que dijo: «Incorpórate, joven!»
Era el hijo de una viuda. El marido estaba muerto, de ahí que también el hijo estuviera muerto. El único hijo del alma, esto es la voluntad y lo son todas las potencias del alma; ellas son todas uno en lo más íntimo del entendimiento. [El] entendimiento, en el alma es el marido. Puesto que el marido está muerto, también está muerto el hijo. A este hijo muerto le dijo Nuestro Señor: «¡Te digo, joven, levántate!» El Verbo eterno y el Verbo vivo en el cual viven todas las cosas y que sostiene todas las cosas, infundió vida al muerto, y éste «se incorporó y comenzó a hablar». Cuando la Palabra habla dentro del alma y el alma contesta en medio de la Palabra viva, entonces el Hijo cobra vida en el alma.
Los maestros preguntan[19] ¿qué es lo que es mejor: [el] poder de las hierbas o [el] poder de las palabras o [el] poder de las piedras? Hay que reflexionar sobre qué es lo que se elige. Las hierbas tienen gran poder. Oí decir[20] que una víbora y una comadreja luchaban entre ellas. Entonces la comadreja se alejó corriendo y buscó una hierba y la envolvió en otra cosa y arrojó la hierba sobre la víbora y ésta reventó y [ahí] yacía muerta. ¿Qué le habrá dado semejante inteligencia a la comadreja? El hecho de estar enterada del poder de la hierba. En esto reside realmente una gran sabiduría. También [las] palabras tienen gran poder; uno podría obrar milagros con palabras. Todas las palabras deben su poder al Verbo primigenio. También [las] piedras tienen gran poder a causa de la igualdad que producen en ellas las estrellas y la fuerza del cielo. Si, pues, lo igual es tan poderoso en lo igual, el alma debe levantarse a su luz natural hacia lo más elevado y puro y entrar así en la luz angelical, llegando con la luz angelical a la luz divina, y así ha de estar parada por entre las tres luces en el cruce de caminos, [allá] en las alturas donde se encuentran las luces. Allá habla el Verbo eterno infundiéndole la vida; allá el alma cobra vida y da su respuesta dentro del Verbo.
Que Dios
nos ayude para que nosotros también lleguemos a responder dentro del Verbo.
Amén.
SERMÓN XIX[21]
Sta in porta domini et loquere verbum.
Dice Nuestro Señor: «¡Permanece parado en la puerta de la casa de Dios y pronuncia la palabra y predica la palabra!» (Jer. 7, 2). El Padre celestial dice una Palabra y la dice eternamente y en este Verbo consume todo su poderío y en esta Palabra enuncia toda su naturaleza divina y todas las criaturas. La Palabra yace escondida en el alma de modo que no se la conoce ni oye, a no ser que se le asigne un lugar en el fondo del corazón; antes no se la oye. Además, deben desaparecer todas las voces y todos los sonidos y debe haber una tranquilidad pura, un silencio. De este significado ya no quiero decir más.
Luego: «¡Permanece parado en la puerta!» Quien está parado, tiene los miembros ordenados. Él quiere decir que la parte suprema del alma se debe hallar firmemente erguida. Todo cuanto está ordenado, tiene que haberse subordinado a aquello que está por encima de ello. Todas las criaturas no le agradan a Dios cuando no las alumbra[22] la luz natural del alma, de la cual reciben su ser, y cuando la luz del ángel no alumbra la luz del alma y la prepara y dispone para que la luz divina pueda operar en ella; porque Dios no opera en las cosas corpóreas, opera [tan sólo] en [la] eternidad. Por eso el alma ha de estar recogida y elevada y tiene que ser espíritu. Allí opera Dios, allí todas las obras le agradan a Dios. No hay obra alguna que jamás le plazca a Dios a no ser que se la realice allí.
Luego: «¡Permanece parado en la puerta de la casa de Dios!» ¡La «casa de Dios» es la unidad de su ser! A lo que es uno, le conviene, antes que nada, conservarse totalmente solo. Por eso, la unidad permanece parada junto a Dios y mantiene unido a Dios sin agregar nada. Allí Él está sentado en lo que le es más propio, en su esse, enteramente en sí mismo, [y] en ninguna parte fuera de Él. Pero allí donde se derrite lo hace hacia fuera. Su derretimiento es su bondad, según dije hace poco, con respecto al conocimiento y al amor. El conocimiento despega, porque el conocimiento es mejor que el amor. Pero dos es mejor que uno solo, ya que el conocimiento contiene en sí al amor. El amor está loco por la bondad, se le apega firmemente, y en el amor permanezco en la «puerta», y si no existiera el conocimiento, el amor sería ciego. Una piedra también tiene amor y su amor busca el suelo. Si permanezco pegado a la bondad [allí] en el derretimiento primero, y lo aprehendo a Él en cuanto es bueno, entonces tomo la «puerta», mas no a Dios. Por eso, el conocimiento es mejor yaque guía al amor. El amor, empero, despierta al apetito, al anhelo. El conocimiento, en cambio, no agrega ni un solo pensamiento, antes bien desprende y se separa y se adelanta corriendo y toca a Dios en su desnudez, y lo aprehende únicamente en su ser.
«Señor, conviene a tu casa», en la cual te dan loa, «que sea santa», y que sea una casa de oración «a lo largo de los días» (Salmo 92, 5). No me refiero a los días de acá [=los días terrestres]. Si digo «largor sin largor» se trata del largor [verdadero]; un «ancho sin ancho» esto es ancho [verdadero]. Si digo «todo el tiempo» quiero significar: por encima del tiempo; más aún: muy por encima [del tiempo], según dije hace poco, allá donde no existe ni «acá» ni «ahora».
Una mujer preguntó a Nuestro Señor dónde se debía de orar. Entonces dijo Nuestro Señor: «Vendrá el tiempo y ya ha llegado en que los verdaderos adoradores han de rezar en espíritu y en verdad. Porque Dios es espíritu hay que rezar en espíritu y en verdad». (Juan 4, 23 y 24). Lo que es la Verdad misma, no lo somos nosotros; somos verdaderos, es cierto, pero hay en ello una parte de mentira. Así no son las cosas en Dios. Antes bien, el alma debe estar parada en el primigenio efluvio violento, allí donde emana y nace la Verdad, [o sea] en la «puerta de la casa de Dios», y ella [=el alma] debe pronunciar y predicar la palabra. Todo cuanto hay en el alma, tiene que hablar y decir loas, y nadie habrá de escuchar la voz. En el silencio y en la tranquilidad —como dije hace poco de los ángeles que están sentados cerca de Dios en el coro de la sabiduría y del fuego— allá Dios le habla al interior del alma y se pronuncia íntegramente dentro del alma. Allá el Padre engendra a su Hijo y siente tanto placer por el Verbo y le tiene tanto amor que nunca deja de pronunciar el Verbo, sino que lo dice en todo momento, es decir, por encima del tiempo. Viene bien a nuestras explicaciones citar: «A tu casa le conviene la santidad» y la loa y que no haya nada adentro que no te alabe.
Nuestros maestros dicen: ¿Qué es lo que alaba a Dios? Esto lo hace [la] semejanza. Así pues, lo alaba a Dios todo aquello en el alma que se asemeja a Dios; lo que de alguna manera es desigual a Dios no lo alaba; así como un cuadro alaba a su maestro que le ha impreso todo el arte que alberga en su corazón y que así se ha asemejado completamente [el cuadro]. Esta semejanza del lienzo elogia a su maestro sin palabras. Aquello que se puede alabar con palabras o que se reza con la boca, es poca cosa. Porque Nuestro Señor dijo una vez: «Vosotros rezáis pero no sabéis qué es lo que rezáis. Vendrán verdaderos rezadores que adorarán a mi Padre en espíritu y en verdad» (Cfr. Juan 4, 22 y 23). ¿Qué es [la] oración? Dice Dionisio[23]: Trepar hacia Dios en el entendimiento, esto es [la] oración. Dice un pagano[24]: Allí donde se hallan [el] espíritu y [la] unidad y [la] eternidad, allí quiere obrar Dios. Donde [la] carne está en contra del espíritu, donde [la] disgregación está en contra de [la] unidad, donde [el] tiempo está en contra de [la] eternidad, allí no obra Dios; no se aviene a ello. Antes bien, todo el placer, contento, alegría y bienestar que puedan tenerse acá [en esta tierra], todo esto debe desaparecer. Quien quiere elogiar a Dios, tiene que ser santo y estar reconcentrado y ser espíritu sin hallarse afuera en ninguna parte; antes bien, con perfecta semejanza tiene que ser llevado hacia arriba, hasta la eternidad, por encima de todas las cosas. Me refiero no sólo a todas las criaturas que están creadas, sino [también] a todo cuanto Él sería capaz de hacer si quisiera [hacerlo]; el alma tiene que sobrepasar todo esto. Mientras exista alguna cosa por encima del alma y mientras haya algo, sea lo que fuere, que se anteponga a Dios [y] no es Dios, [el alma] no llega al fondo «a lo largo de los días».
Ahora
bien, San Agustín[25]afirma lo siguiente: Cuando la
luz del alma, en la cual las criaturas reciben su ser, alumbra a las criaturas,
él habla de una mañana. Cuando la luz del ángel alumbra y encierra en sí la luz
del alma, dice que es de media mañana. Expresa David: «El sendero del hombre justo crece y asciende hasta el pleno
mediodía» (Prov. 4, 18). El sendero es hermoso y agradable y placentero e
íntimo. Además, cuando la luz divina alumbra la luz del ángel, y la luz del
alma y la luz del ángel se recogen en la luz divina, esto lo llama mediodía.
Entonces el día ha llegado a su punto más alto y más largo y más perfecto,
cuando el sol se halla en el cenit y vierte su resplandor sobre las estrellas y
las estrellas vierten su brillo sobre la luna de modo que todo se subordina al
sol. Del mismo modo, la luz divina ha recogido en sí la luz del ángel y la luz
del alma, de manera que todo se halla ordenado y enderezado, y en ese instante
todo junto da loa a Dios. Ya no hay nada que no alabe a Dios y todo se yergue
semejante a Dios, cuanto más semejante tanto más lleno de Dios, y todo junto
alaba a Dios. Nuestro Señor dijo: «Moraré con vosotros en vuestra casa»
(Jeremías 7, 3 a 7). Suplicamos a Dios, Nuestro querido Señor, que more aquí
con nosotros para que nosotros moremos eternamente con Él; que Dios nos ayude a
[lograr]lo. Amén.
SERMÓN XX a[26]
Homo quidam fecit cenam magnam.
San Lucas nos escribe en su Evangelio: «Un hombre había preparado una cena o un gran banquete nocturno» (Lucas 14, 16). ¿Quién la preparó? Un hombre. ¿Qué quiere decir que lo llame una cena? Un maestro dice que significa un gran amor porque Dios no permite el acceso a nadie que no sea íntimo de Dios. En segundo lugar da a entender lo puros que deben ser quienes disfrutan de esta cena. Ahora bien, nunca llega el anochecer sin que le haya precedido un día entero. Si no existiera el sol, nunca se haría de día. Cuando sale el sol hay luz matutinal; luego brilla cada vez más hasta que llegue el mediodía. Del mismo modo surge la luz divina en el alma para iluminar cada vez más las potencias del alma hasta que llegue el mediodía. Si el alma no ha recibido una luz divina, de ninguna manera se hace jamás de día en el alma, [hablando] espiritualmente. En tercer lugar nos da a entender que, quienquiera que desee participar dignamente de esta cena, tiene que llegar al anochecer. Cada vez que fenece la luz de este mundo, se hace de noche. Ahora bien, dice David: «Él asciende hacia el anochecer y su nombre es el Señor» (Salmo 67, 5). Así [hizo] Jacobo: cuando era de noche, se acostó y se durmió (Cfr. Génesis 28, 11). Esto significa el descanso del alma. En cuarto lugar [el pasaje de la Escritura] da a entender, según dice San Gregorio[27], que luego de la cena ya no hay más comida. A quien Dios da esta comida, le sabe tan dulce y deliciosa que no apetece nunca más otra comida. Dice San Agustín[28]: Dios es de tal índole que aquel que la comprende, nunca más puede descansar en otra cosa. Dice San Agustín[29]: Señor, si te nos quitas a ti, danos otro tú, o no descansaremos nunca; no queremos nada más que a ti. Ahora bien, dice un santo con respecto a un alma amante de Dios, que lo obliga a Dios a [hacer] todo cuanto ella quiere y que lo seduce completamente de modo que Él no le puede negar nada de todo cuanto Él es. De una manera se retiró y de otra se entregó; se retiró en cuanto Dios y hombre y se entregó en cuanto Dios y hombre como otro sí mismo en un pequeño recipiente secreto. No nos gusta permitir que una gran reliquia sea tocada o vista de-velada. Por eso, se puso la vestimenta bajo la forma del pan, exactamente así como la comida material es transformada por mi alma de modo tal que no haya rinconcito en mi naturaleza que no le sea unido. Porque en la naturaleza existe una fuerza que desprende lo más burdo y lo echa afuera; y lo más noble lo lleva hacia arriba para que no quede en ninguna parte tanto como la punta de una aguja que no le sea unido. Lo que comí hace quince días, está tan unido a mi alma como aquello que recibí en el vientre materno. Lo mismo le sucede a quien recibe con pureza esta comida; se une tan verdaderamente con ella, como la carne y la sangre son uno con mi alma.
Era «un hombre», ese hombre no tenía nombre porque ese hombre es Dios. Ahora bien, dice un maestro[30], con referencia a la causa primigenia, que ésta se halla por encima de las palabras. La deficiencia reside en la lengua. Ello se debe a la excesiva pureza de su ser [=de Dios]. Uno no puede hablar de las cosas sino de tres maneras: primero, por medio de aquello que se encuentra por encima de las cosas, segundo, por medio de las semejanzas de las cosas [y] tercero, mediante el efecto de las cosas. Traeré a colación un símil. Cuando la fuerza del sol hace subir desde la raíz hasta las ramas la savia más noble produciendo así la flor, la fuerza del sol permanece, sin embargo, por encima. Exactamente del mismo modo, digo yo, obra la luz divina en el alma. Aquello con lo cual el alma enuncia a Dios, sin embargo, no encierra en sí nada de la verdad propia de su ser: sobre Dios nadie sabe decir en sentido propio lo que es. A veces se dice[31]: Una cosa se asemeja a otra. Como, pues, todas las criaturas encierran en sí poco menos que nada de Dios, tampoco saben revelar nada de Él. El arte de un pintor que ha creado un cuadro perfecto, se conoce por este último. Sin embargo, no es posible conocerlo por él íntegramente. Todas las criaturas [juntas] no son capaces de expresar a Dios, porque no son susceptibles de lo que Él es. Este Dios y hombre [pues] ha preparado la cena, este hombre inefable para el cual no existe palabra alguna. Dice San Agustín[32]: Cuanto se enuncia de Dios no es verdad, y lo que no se enuncia de Él, esto es verdad. Cualquier cosa de la que se dice que es Dios, no lo es; lo que no se enuncia de Él, lo es más verdaderamente que aquello de lo cual se dice que lo es. ¿Quién ha preparado este banquete? «Un hombre»: elhombre que es Dios. Ahora bien, dice el rey David: «Oh Señor, cuán grande y múltiple es tu banquete y el sabor de la dulzura preparada para quienes te aman, [mas] no para aquellos que te temen» (Salmo 30, 20). San Agustín[33]reflexionaba sobre esta comida, entonces se estremeció y no le gustaba. En eso, escuchó una voz de arriba, cerca de él, [que dijo]: «Yo soy una comida para gente mayor, crece y vuélvete grande y cómeme. Pero no creas que yo sea transformado en ti: tú serás transformado en mí». Cuando Dios obra en el alma, luego es transformado en el ardor del fuego y echado afuera aquello que hay de desigual en el alma. ¡Por la verdad acendrada! el alma entra más en Dios de lo que [entra] cualquier comida en nosotros, más aún: el alma es transformada en Dios. Y en el alma hay una potencia que va segregando lo más burdo y es unida con Dios: ésta es la chispita del alma. Más que la comida con mi cuerpo, mi alma se une con Dios.
¿Quién ha preparado este banquete? «Un hombre». ¿Sabes cómo se llama? El hombre innominado. Este hombre envió a su criado. Ahora bien, San Gregorio dice[34]: A este criado lo representan los predicadores. [Interpretándolo] en otro sentido, los ángeles son este criado. En tercer lugar, este criado es, así me parece a mí, la chispita del alma, que fue creada por Dios y es una luz impresa desde arriba y una imagen de la naturaleza divina que en todo momento está luchando contra todo cuanto no es divino, y no es una potencia del alma —como opinaban algunos maestros— y siempre es propensa a lo bueno, incluso en el infierno es propensa a lo bueno. Dicen los maestros[35]: Esta luz tiene una naturaleza tal que posee un afán constante y se llama sindéresis, y esto significa una relación y un apartamiento. Tiene dos actuaciones. Una consiste en una hostilidad empedernida contra todo cuanto no es puro. La otra actuación consiste en que persuade continuamente [a dirigirse] hacia lo bueno; y esto lo lleva el alma inmediatamente impreso… incluso en quienes se hallan en el infierno. Por eso, es una cena grande.
Entonces le dijo al criado: «Vete y diles a los invitados que vengan; que todo está preparado» (Lucas 14, 17). Todo cuanto Él es, lo recibe el alma. Cuanto apetece el alma, ahora está preparado. Cualquier cosa que da Dios, siempre se ha encontrado en estado de devenir; en este momento, su devenir es nuevo y fresco y completo dentro del «ahora» eterno. Dice un gran maestro[36]: Aquello que veo, es purificado y espiritualizado dentro de mi vista, y la luz que llega a mis ojos no llegaría nunca al alma de no existir aquella potencia que se halla por encima. Dice San Agustín que la chispita está más adentrada en la verdad que todo cuanto el hombre pueda aprender. Una luz está encendida. Ahora bien, se dice que una cosa es encendida por otra. Si esto ha de suceder, es necesario que aquello que arde, se halle arriba. Es como si alguien tomara un cirio apagado que ardiera aún sin llama y echara humo, y lo acercase a otro [cirio], entonces la llama humearía hacia abajo y encendería al otro. Dicen que un fuego enciende a otro. Esto lo rebato. Un fuego se encenderá a sí mismo. El que ha de encender a otro, debe hallarse por encima de él, así como el cielo no arde y es frío; sin embargo, enciende el fuego y esto sucede gracias al toque del ángel. Así también el alma se prepara con el ejercicio. Debido a él es encendida desde arriba. Esto se debe a la luz del ángel.
Dice, pues, al criado: «Sal y diles a los invitados que vengan; que todo está preparado» (Lucas 14, 17). Entonces dijo uno: «He comprado una aldea, no puedo ir» (Lucas 14, 18). Ahí se trata de gente que en alguna forma está pegada aún a las preocupaciones: nunca probarán esta cena. El otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes» (Lucas 14, 19). En verdad estas cinco yuntas —así me parece— se refieren a los cinco sentidos; pues cada sentido se halla dividido en dos partes, también la lengua es doble en sí [= la lengua y el paladar]. Por ello — según dije anteayer — cuando Dios le dijo a la mujer: «Tráeme a tu marido», ella contestó: «No tengo [marido]». Entonces dijo Él: «Tienes razón; pero has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido» (Juan 4, 16 a 18). Esto quiere decir: Quienes viven de acuerdo con los cinco sentidos, de veras no probarán nunca jamás esta comida. El tercero dijo: «Acabo de casarme, no puedo ir» (Lucas 14, 20). El alma, cuando está dirigida hacia Dios; es enteramente varón. Cuando el alma se dirige hacia abajo, se la llama mujer; mas cuando uno llega a conocer a Dios en su propio fuero íntimo y busca a Dios en casa de uno, entonces ella [el alma] es varón. Ahora bien, en la Vieja Alianza estaba prohibido que ningún hombre se pusiera vestimenta de mujer, ni las mujeres vestimenta de hombre. El [alma] es varón siempre y cuando penetre en Dios con simplicidad [y] sin mediación.
Mas, cuando mira de alguna manera hacia fuera, luego es mujer. Entonces dijo el Señor: «¡De cierto! Nunca probarán mi comida», y le dijo al criado: «Sal a las calles angostas y anchas y a los cercados y a los caminos espaciosos» (Lucas 14, 21 y 23 a 24). Cuanto más angosto, tanto más ancho. «A los cercados»: ciertas potencias están cercadas con vallados en determinado lugar. Con la potencia con la cual veo, no oigo, y con la que oigo, no veo. Así sucede también con las demás. Sin embargo, el alma es entera en cualquier miembro, pero alguna potencia no está ligada a ninguna parte.
Luego
¿qué es el criado? Lo son los ángeles y los predicadores. Pero, a mí me parece
que el criado es la chispita. Ahora bien, él le dijo al criado: «Sal a los
cercados y haz entrar a la fuerza a las siguientes cuatro clases de gente:
ciegos y tullidos, enclenques y enfermos. ¡De cierto! ningún otro probará jamás
mi cena». Que Dios nos ayude a deshacernos de esas tres cosas [indicadas
arriba] para que así lleguemos a ser «varones». Amén.
SERMÓN XX b[37]
Homo quidam fecit cenam magnam etc.
«Un hombre preparó una cena, un gran banquete nocturno» (Lucas 14, 16). Quien, por la mañana, ofrece una comida, invita a toda clase de gente, pero para la cena se invita a personas destacadas y queridas y amigos muy íntimos. En el día de hoy la Cristiandad celebra el día de la Cena que Nuestro Señor preparó a sus discípulos, sus amigos íntimos, cuando les dio de comer su sagrado Cuerpo. Esto es lo primero. Otro significado de la cena [es el siguiente]: Antes de que se llegue al anochecer debe haber una mañana y un mediodía. La luz divina surge en el alma y crea una mañana y el alma trepa en la luz a la extensión y altura del mediodía; luego sigue el atardecer. Ahora hablaremos en un tercer sentido sobre el atardecer. Cuando baja la luz, anochece; cuando todo el mundo se desprende del alma, entonces anochece [y] así el alma halla su descanso. Pues bien, San Gregorio dice de la cena[38]: Cuando se come por la mañana, sigue más tarde otra comida; pero después de la cena no sigue ninguna otra comida. Cuando el alma prueba la comida en la Cena, y la chispita del alma aprehende la luz divina, entonces ya no le hace falta comida alguna ni busca nada de afuera y se mantiene enteramente dentro de la luz divina. Ahora bien, San Agustín dice[39]: Señor, si te nos quitas, danos otro tú; no encontramos satisfacción en nada que no seas tú, porque no queremos nada fuera de ti. Nuestro Señor se alejó de sus discípulos como Dios y hombre, y se les devolvió como Dios y hombre, pero de otra manera y bajo otra forma. [Es] como allí donde hay una gran reliquia; no se permite que sea tocada o vista descubierta; se la engarza en un cristal o en otra cosa. Así hizo también Nuestro Señor cuando se dio como otro sí mismo. En la Cena Dios se da como comida, con todo cuanto es, a sus queridos amigos. San Agustín[40]se estremeció ante esta comida; entonces le dijo en el espíritu una voz: «Soy una comida para gente mayor; ¡crece y aumenta y cómeme! Tú no me transformas en ti, sino que eres transformado en mí». De la comida y bebida que yo probara hace quince noches, una potencia de mi alma se eligió lo más puro y lo más fino y lo introdujo en mi cuerpo y lo unió con todo cuanto hay dentro de mí de modo que no existe nada tan pequeño que se le pueda poner encima una aguja, que no se haya unido con ello; y es tan propiamente uno conmigo como lo que fue concebido en el seno de mi madre, al principio, cuando se me infundió la vida. La fuerza del Espíritu Santo toma con igual propiedad lo más límpido y lo más fino y lo más elevado, [o sea], la chispita del alma, y lo lleva íntegramente hacia arriba dentro del fuego, [o sea] el amor, tal como diré ahora del árbol: La fuerza del sol elige en la raíz del árbol lo más puro y lo más fino y lo tira todo hacia arriba hasta la rama; allí se convierte en flor. Exactamente de la misma manera, la chispita del alma es llevada arriba en la luz y en el Espíritu Santo, y es levantada de este modo al origen primigenio, y así se hace totalmente una con Dios y tiende completamente hacia lo Uno y es una sola con Dios en un sentido más propio de lo que es la comida con relación a mi cuerpo, ah sí, lo es mucho más en la medida en que es más acendrada y más noble. Por eso se dice: «Una gran cena». Pues bien, dice David: «Señor, cuán grandes y múltiples son la dulzura y la comida que tienes ocultadas para todos aquellos que te temen» (Salmo 30, 20); y a quien reciba con miedo esta comida, nunca le gustará realmente; hay que recibirla con amor. Por eso, un alma amante de Dios vence a Dios para que tenga que entregársele por completo.
Dice, pues, San Lucas: «Un hombre preparó una gran cena». Ese hombre no tenía nombre, ese hombre no tenía rival, ese hombre es Dios. Dios no tiene nombre. Dice un maestro pagano[41] que no hay lengua capaz de pronunciar una palabra acertada sobre Dios a causa de la eminencia y limpidez de su ser. Cuando hablamos del árbol, hacemos enunciados sobre él por medio de las cosas que se hallan por encima del árbol, como el sol que opera en el árbol. Por eso no se puede hablar de Dios en sentido propio, pues por encima de Dios no hay nada y Dios no tiene causa. En segundo lugar, hacemos enunciados sobre las cosas por medio de la igualdad. De ahí que tampoco se pueda hablar de Dios en sentido propio, porque no existe nada igual a Él. En tercer lugar, se hacen enunciados sobre las cosas por medio de sus efectos: cuando se quiere hablar del arte de un maestro, se habla del cuadro creado por él; el cuadro revela el arte del maestro. Todas las criaturas valen demasiado poco como para revelar a Él; son todas [juntas] una nada en comparación con Dios. Por eso, ninguna criatura sabe expresar una sola palabra relativa a Dios en sus creaciones. Por ende dice Dionisio[42]: Todos cuantos pretenden hablar de Dios no tienen razón, porque no dicen nada sobre Él. [Mas] quienes no quieren hablar de Él, tienen razón, porque no hay palabra capaz de expresar a Dios; pero eso sí, Él mismo habla sobre sí en sí mismo. Por eso dice David: «Veremos esta luz en tu luz» (Salmo 35, 10). Lucas dice: «Un hombre». Él es «uno solo» y es un «hombre» y no se iguala a nadie y flota por encima de todo.
El amo envió a sus criados (Lucas 14, 17). San Gregorio dice[43] que estos «criados» son la Orden de los Predicadores. Yo hablo de otro criado, que es el ángel. Por lo demás, queremos hablar de un criado, al cual ya me he referido varias veces, y que es el entendimiento en la periferia del alma donde toca la naturaleza angelical, siendo una imagen de Dios. Dentro de esta luz, el alma se halla unida con los ángeles y [hasta] con aquellos ángeles que han caído al infierno y quienes, sin embargo, han conservado la nobleza de su natura. Ahí se encuentra esta chispita, desnuda, erguida sin sufrimiento alguno, dentro del ser divino. Ella [=el alma] se asemeja también a los ángeles buenos que operan continuamente en Dios, y reciben de Dios y devuelven a Dios todas sus obras, tomando a Dios de Dios en Dios. A estos ángeles buenos se asemeja la chispita del entendimiento que fue creada por Dios sin mediación alguna, [y que es] una luz flotante por encima [de las cosas] y una imagen de la naturaleza divina y [fue] creada por Dios. Esta luz el alma la lleva en sí. Dicen los maestros[44]que en el alma existe una potencia llamada sindéresis, pero no es así. Esta última significa algo así como una cosa que adhiere en todo momento a Dios sin pretender nunca nada malo. [Incluso] en el infierno tiene disposición para el bien; dentro del alma lucha contra todo cuanto no es puro ni divino, e invita sin cesar a [concurrir] a ese banquete.
Por eso dice: «Envió a sus criados para que concurrieran [los invitados]; que todo estaba preparado» (Lucas 14, 17). Nadie necesita preguntar qué es lo que recibe con el Cuerpo de Nuestro Señor. La chispita que se halla dispuesta a recibir el Cuerpo de Nuestro Señor, se encuentra siempre en el ser divino. Dios se entrega todo nuevo al alma en un devenir [continuo]. Él no dice «ha llegado a ser» o «llegará a ser», sino que todo es [siempre] nuevo y fresco como un devenir sin fin.
Por eso dice: «Ahora todo está preparado».
Ahora bien, dice un maestro[45]que por encima del ojo hay una potencia que es más ancha que toda la tierra y más ancha que el cielo. Esta potencia recoge todo cuanto es introducido en la vista y lo lleva todo arriba hasta el alma. Otro maestro le contradice y afirma: No, hermano, no es así. Todo cuanto es introducido en esa potencia por medio de los sentidos, no llega al alma; antes bien, purifica y prepara y conquista al alma para que sea capaz de recibir desnuda la luz del ángel y la luz divina. Por eso dice: «Ahora todo está preparado».
Y no van, esos que fueron invitados. El primero dijo: «He comprado una aldea, no puedo ir» (Lucas 14, 18). Por la aldea se entiende todo cuanto es terrestre. Mientras el alma posee alguna cosa terrestre, no llega a este banquete. El otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes, no puedo ir, pues tengo que ir a verlas» (Lucas 14, 19). Las cinco yuntas de bueyes son los cinco sentidos. Cada sentido se halla dividido en dos, son, [pues], cinco yuntas. Mientras el alma siga a los cinco sentidos, nunca llegará a este banquete. El tercero dijo: «Acabo de casarme, no puedo ir» (Lucas 14, 20). Yo lo he dicho varias veces: El varón en el alma es el entendimiento. Cuando el alma con el entendimiento se endereza directamente hacia arriba, hasta Dios, entonces el alma es «varón» y es uno y no dos; mas cuando el alma se dirige hacia abajo, entonces es «mujer». Con un solo pensamiento y una sola mirada hacia abajo, se pone vestimenta de mujer; semejante gente tampoco llega al banquete.
Resulta
ahora que Nuestro Señor dice una palabra de mucho peso: «De cierto os digo:
Ninguno de ellos probará jamás mi banquete». Luego dijo el Señor: «Salid a las
calles angostas y anchas». El alma, cuanto más se ha recogido, tanto más
angosta es, y cuanto más angosta, tanto más ancha. «Ahora idos a los cercados y
a los caminos anchos». Una parte de las potencias del alma está atada a la
vista y a los otros sentidos. Las otras potencias son libres, no están atadas e
impedidas por el cuerpo. A ésas, invitadlas todas e invitad a los pobres y a
los ciegos y a los tullidos y a los enfermos. Estos, y nadie más, entrarán para
[participar de] este banquete (Cfr. Lucas 14, 21 y 23 s). Por eso dice San Lucas: «Un hombre había preparado una
gran cena» (Lucas 14, 16). Ese hombre es Dios y no tiene nombre. ¡Que Dios nos
ayude para que lleguemos a este banquete! Amén.
SERMÓN XXI[46]
Unus deus et pater omnium etc.
He dicho una palabra en latín que pronuncia San Pablo en la Epístola: «Un solo Dios y Padre de todos, que es bendecido por sobre todos y a través de todos y en todos nosotros» (Efesios 4, 6). Tomo otra palabra del Evangelio dicha por Nuestro Señor: «Amigo, sube más arriba, asciende más» (Lucas 14, 10).
En el primer [pasaje] donde dice Pablo: «Un solo Dios y Padre de todos», él omite una palabrita que encierra en sí un elemento de cambio[47]. Cuando dice «un solo Dios» quiere significar que Dios es uno solo en sí mismo y se halla apartado de todo. Dios no pertenece a nadie, y nadie pertenece a Él; Dios es uno solo. Dice Boecio[48]: Dios es uno solo y no se transforma. Todo cuanto Dios creó alguna vez, lo creó [como sometido] al cambio. Todas las cosas, así como son creadas, llevan sobre su espalda el hecho de transformarse.
Esto quiere decir que hemos de ser uno solo en nosotros mismos, y estar apartados de todo, y, siempre inmóviles, debemos ser uno con Dios. Fuera de Dios no existe sino la sola nada. Por eso es imposible que en Dios pueda acaecer de algún modo un cambio o una transformación. Aquello que busca otro lugar fuera de sí, cambia. [Mas] Dios contiene en sí todas las cosas en plenitud; por eso, no busca nada fuera de sí mismo, sino sólo en la plenitud, tal como [todo] es en Dios. Cómo Dios lo lleva en sí, esto no lo puede comprender ninguna criatura.
Una segunda enseñanza [surge] cuando dice: «Padre de todos, tú eres bendecido». Esta palabra, sí, lleva en sí un elemento de cambio. Cuando dice «Padre» nos incluye a nosotros ahora mismo. Si Él es nuestro Padre, nosotros somos sus hijos, y tanto su honra como el insulto de que lo hacen objeto, nos llegan al corazón. Cuando el hijo ve el amor que le tiene el padre, entonces sabe por qué le debe una vida pura e inocente. Por esta razón nosotros también tenemos que vivir con pureza ya que Dios mismo dice: «Bienaventurados son los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mateo 5, 8). ¿Qué es la limpieza del corazón? Limpieza del corazón es aquello que se halla apartado y separado de todas las cosas corpóreas, y que está recogido y encerrado en sí mismo y luego, a partir de esta pureza, se arroja en Dios y allí llega a la unión. Dice David: Puras e inocentes son las obras que corren y se cumplen en la luz del alma; más inocentes, empero, [son] aquellas que permanecen adentro y en el espíritu sin salir. «Un solo Dios y Padre de todos.»
La otra palabra [dice]: «Amigo, sube más arriba, asciende más». Yo hago de las dos [palabras] una sola. Cuando dice: «Amigo, sube más arriba, asciende más», se trata de un diálogo del alma con Dios, y se le contestó: «Un solo Dios y Padre de todos». Dice un maestro[49]: [La] amistad reside en la voluntad. [La] amistad, en cuanto reside en la voluntad, no une. Ya lo he dicho en otras ocasiones: [El] amor no une; lo hace, es cierto, en una obra, mas no en el ser. Sólo por eso dice [el amor]: «Un solo Dios», «sube más arriba, asciende más». Al fondo del alma no puede [llegar] nada que no sea la pura divinidad. Hasta el ángel supremo, por cerca que se halle de Dios, y por más afín que le sea y por grande que sea lo que posee de Dios —sus obras se realizan permanentemente en Dios, se halla unido con Dios en el ser [y] no en el obrar, le corresponde permanecer siempre en Dios y estar con Él— es, por cierto, un milagro lo noble que es el ángel; sin embargo, no puede [entrar] en el alma. Dice un maestro: Todas las criaturas que tienen diferenciación, son indignas de que Dios mismo opere en ellas. El alma en sí misma, allí donde se halla por encima del cuerpo, es ,tan acendrada y delicada que no acepta nada fuera de la mera divinidad acendrada. Sin embargo, ni siquiera Dios puede entrar, a no ser que se le haya quitado todo cuanto se le ha añadido. Por eso, se le contestó [al alma]: «Un solo Dios».
Dice San Pablo: «Un solo Dios». Uno solo es una cosa más pura que [la] bondad y [la] verdad. [La] bondad y [la] verdad no añaden nada, [si bien] añaden [algo] en el pensamiento; cuando se piensa algo, se añade. Uno solo, en cambio, no añade nada allí donde Él es en sí mismo antes de derramarse en el Hijo y en el Espíritu Santo. Por eso dijo: «Amigo, asciende más». Dice un maestro[50]: Uno solo es la negación de la negación. Si digo: Dios es bueno, se le añade algo [a Dios]. Uno solo, [en cambio], es una negación de la negación[51] y una contradicción de la contradicción. ¿Qué es lo que quiere decir: «Uno solo»? Uno solo significa aquello a lo cual no se ha añadido nada. El alma toma a la divinidad tal como es en sí, en su purificación donde no se le [añade] nada, donde no se le agrega nada en el pensamiento. Uno solo es una negación de la negación. Todas las criaturas llevan en sí una negación; una niega ser otra. Un ángel niega ser otro [ángel]. En Dios, empero, hay una negación de la negación; es uno solo y niega todo lo demás, porque no hay nada fuera de Dios. Todas las criaturas existen en Dios y son su propia divinidad, y esto significa plenitud, según dije antes. Él es un Padre de toda la divinidad. Yo hablo de una sola divinidad porque allí aún no emana nada y no se toca ni se piensa nada. Al negar yo que haya alguna cosa en Dios —[por ejemplo], si niego que haya bondad en Dios, aun cuando, en verdad, no puedo negar nada que hay en Dios— al negar [pues], que haya algo en Dios, aprehendo algo que Él no es; justamente esto debe quitarse. Dios es uno solo, es una negación de la negación.
Dice un maestro[52]que la naturaleza angelical, al hacer cualquier fuerza u obra, no sabe nada más que Dios. De otras cosas ellos [los ángeles] no saben nada. Por eso dijo: «Un solo Dios, Padre de todos»; «Amigo, asciende más». Ciertas potencias del alma perciben desde fuera, como hace el ojo: por más finamente que perciba y elimine lo más burdo, toma, sin embargo, algo desde fuera que ha puesto sus miras en el acá y en el ahora. El conocimiento y el entendimiento, empero, lo mondan todo y recogen aquello donde no hay ni acá ni ahora; en esta dimensión [el entendimiento] toca a la naturaleza angelical. Sin embargo, recibe de los sentidos; de aquello que los sentidos aportan desde fuera, recibe el entendimiento. La voluntad no hace tal cosa. En este punto la voluntad es más noble que el entendimiento. [La] voluntad no saca nada en ninguna parte que no sea el puro conocimiento donde no existe ni [el] acá ni [el] ahora. Dios quiere decir: Por más elevada y más pura que sea la voluntad, ella tiene que ascender más. Es una forma de contestar cuando Dios dice: «Amigo, sube más arriba, esto te proporcionará honor» (Lucas 14, 10).
[La] voluntad quiere bienaventuranza. Me preguntaron cuál es la diferencia entre [la] gracia y [la] bienaventuranza. [La] gracia, tal como la experimentamos aquí en este cuerpo, y [la] bienaventuranza que poseeremos más tarde en la vida eterna, son una a otra como la flor al fruto. Cuando el alma está toda llena de gracia, y de todo cuanto hay en ella ya no le queda nada que no sea obrado y acabado por la gracia [entonces], sin embargo, no todo —tal como se halla en el alma— llega a las obras de modo tal que la gracia acabe todo cuanto el alma debe obrar. Ya lo he dicho en otras oportunidades: [La] gracia no hace ninguna obra, sino que le infunde por completo al alma cualquier adorno; ésta es la plenitud en el reino del alma. Digo yo: [La] gracia no une al alma con Dios, ella constituye una consumación; su obra es ésta: llevar al alma de retorno a Dios. Allí le toca en suerte el fruto de la flor. En [la] voluntad, en cuanto quiere la bienaventuranza y en cuanto quiere estar con Dios y tal como es llevada hacia arriba en este sentido… en [una voluntad de] semejante limpidez puede ser que Dios se introduzca secretamente, y en la medida en que el entendimiento recibe a Dios tan puramente como Él es Verdad, en la misma medida Dios ha de introducirse en el entendimiento. Pero, en cuanto cae en la voluntad, Él tiene que subir más. Por eso dice: «Un solo Dios»; «Amigo, sube más arriba».
«Un solo Dios»: en el hecho de que Dios es uno, se cumple la divinidad de Dios. Yo digo: Si Dios no fuera uno, no podría engendrar jamás a su Hijo unigénito. Del hecho de que Dios es uno, Él saca todo cuanto obra en las criaturas y en la divinidad. Digo además: [La] unidad la posee sólo Dios. La peculiaridad de Dios es [la] unidad; de ella toma Dios el hecho de ser Dios, de otro modo no sería Dios. Todo cuanto es número depende de lo Uno, y lo Uno no depende de nada. La riqueza y la sabiduría y la voluntad divinas son entera y exclusivamente uno en Dios; no es [sólo] uno sino que es unidad. Dios posee todo cuanto tiene en lo Uno, es uno en Él. Dicen los maestros[53]que el cielo gira para llevar todas las cosas a lo uno; por eso gira tan rápidamente. Dios tiene toda la plenitud como uno y de ello pende la naturaleza divina, y el hecho de que Dios es uno solo, constituye la bienaventuranza del alma; es su adorno y su honor. Dijo: «Amigo, sube más arriba, eso te proporcionará honor». El que Dios sea uno constituye el honor y el adorno del alma. Dios hace como si fuera uno [solamente] con el propósito de agradar al alma, y como si se adornara sólo para que el alma se volviese loca por Él. Por eso el hombre quiere ora una cosa, ora otra; ora se ejercita en la sabiduría, ora en el arte. Por no poseer lo Uno, el alma nunca llega a descansar hasta que todo sea uno en Dios. Dios es uno solo; ésta es la bienaventuranza del alma y su adorno y su descanso. Dice un maestro: En todas sus obras Dios tiene presentes todas las cosas. El alma es todas las cosas. Todo aquello que por debajo del alma es lo más noble, lo más puro, lo más elevado en todas las cosas lo infunde Dios en ella. Dios es todo y es uno.
Que «un
solo Dios, Padre de todos» nos ayude a alcanzar esta unión con Dios. Amén.
SERMÓN XXII[54]
Ave, gratia plena.
Esta palabra que acabo de pronunciar en latín, está escrita en el santo Evangelio y significa en lengua vulgar: «¡Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo!» (Lucas 1, 28). El Espíritu Santo descenderá desde el trono altísimo, y en ti entrará parte de la luz del Padre eterno (Cfr. Lucas 1, 35 y Santiago 1, 17 y Sabiduría 18, 15).
Por lo dicho se deben entender tres cosas. Primero: la inferioridad de la naturaleza angelical. Segundo: el hecho de que él [es decir, el ángel] se considera indigno de llamar a la Madre de Dios por su nombre. Tercero: el que no hablara sólo para ella, sino para una gran muchedumbre: para cualquier alma buena que anhela [poseer] a Dios.
Digo yo: Si María primero no hubiera dado a luz espiritualmente a Dios, Él nunca habría nacido físicamente de ella. Una mujer le dijo a Nuestro Señor: «Bienaventurado es el seno que te llevó». A lo cual contestó Nuestro Señor: No sólo es bienaventurado el seno que me llevó; «bienaventurados son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Cfr. Lucas 11, 27 y 28). Para Dios tiene más valor nacer espiritualmente de cualquier virgen o [=quiere decir] de toda alma buena, que haber nacido corpóreamente de María.
Por lo dicho debe entenderse que hemos de ser un único hijo que ha sido engendrado eternamente por el Padre. Cuando el Padre engendró a todas las criaturas, me engendró a mí y yo emané con todas las criaturas y, sin embargo, permanecí dentro del Padre. [Es] exactamente así como la palabra que digo ahora: Ella surge dentro de mí, luego yo me detengo en la representación, en tercer lugar la pronuncio y todos vosotros la escucháis; sin embargo, lo propiamente dicho permanece dentro de mí. Así también he permanecido dentro del Padre. En el Padre se hallan las imágenes primigenias de todas las criaturas. Esta madera [del púlpito] tiene una imagen primigenia espiritual en Dios. Ella no sólo es racional sino que es pura razón.
La máxima merced que Dios le hizo jamás al hombre fue el hecho de que se hiciera hombre. Quiero relataros un cuento[55] que viene perfectamente al caso. Había un marido rico y una mujer rica. Luego, la mujer tuvo un accidente de modo que perdió un ojo; por eso se puso muy triste. Entonces, el marido la vino a ver y dijo: «Mujer ¿por qué estáis tan triste? No debéis entristeceros por haber perdido vuestro ojo». Ella contestó: «Señor, no me entristece el hecho de haber perdido mi ojo; me entristezco más bien porque me parece que por ello me amaréis menos». Entonces dijo él: «Mujer, yo os amo». Al poco tiempo él mismo se vació un ojo y fue a ver a la mujer y dijo: «Mujer, para que creáis ahora que os amo, me he igualado a vos; ya no tengo sino un solo ojo». Lo mismo sucede con el ser humano: apenas podía creer lo mucho que lo amaba Dios hasta que Dios mismo al fin se vació un ojo y adoptó la naturaleza humana. Esto es lo que significa: «Se hizo carne» (Juan 1, 14). Nuestra Señora dijo: «¿Cómo podrá ser esto?» Entonces dijo el ángel: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti» desde el trono altísimo, desde el Padre de la luz eterna (Cfr. Lucas 1, 34 a 35 y Sabiduría 18, 15 y Santiago 1, 17).
«In principio» (Juan 1, 1). «Un niño ha nacido para nosotros, un hijo nos ha sido dado» (Isaías 9, 6); un niño según la pequeñez de la naturaleza humana, un hijo según la eterna divinidad. Dicen los maestros[56]: Todas las criaturas operan con el propósito de engendrar y quieren asemejarse al Padre. Otro maestro dice: Cualquier causa operante opera por su meta para encontrar descanso y tranquilidad en su meta. Un maestro dice: Todas las criaturas obran de acuerdo con su primera pureza y su perfección suma. [El] fuego, en cuanto fuego, no enciende; es tan puro y tan fino que no arde; antes bien, la naturaleza del fuego es la que enciende e infunde a la leña reseca su naturaleza [=la del fuego] y su claridad de acuerdo con su perfección suma. Dios ha procedido de la misma manera. Creó al alma de acuerdo con la perfección suma y le infundió toda su claridad, en la primera pureza, y, sin embargo, se conservó sin entremezclarse.
El otro día dije en un lugar[57]: Si Dios, cuando creó todas las criaturas, no hubiera engendrado anteriormente algo que era increado [y] que llevaba en sí las imágenes primigenias de todas las criaturas, esto es la chispa —como dije ya en el convento de los Santos Macabeos [si lo recordáis aún] por no haber estado allí inútilmente[58]— esta chispita es tan afín a Dios que es un uno único sin diferenciación [y], sin embargo, lleva en sí las imágenes primigenias de todas las criaturas, [o sea], imágenes primigenias carentes de imagen, e imágenes más allá de la imagen.
Ayer, unos grandes teólogos discutieron en el colegio[59] sobre una cuestión: «Me sorprende —dije yo— que la Escritura sea tan enjundiosa que nadie sepa escrutar a fondo la más modesta de sus palabras». Y si vosotros me preguntáis si yo, como soy un hijo único engendrado eternamente por el Padre celestial, he sido [también] eternamente hijo en Dios, contesto: sí y no; sí… [soy] hijo en cuanto el Padre me ha engendrado en la eternidad, mas no [soy] hijo en cuanto a la condición de no-nacido.
«In principio». Con ello se nos ha dado a entender que somos un hijo único a quien el Padre engendró eternamente desde las tinieblas ocultas de la ocultación eterna, y que permanece dentro del primer principio de la pureza primigenia que es la plenitud de toda pureza. Allí he descansado y dormido eternamente en el conocimiento escondido del Padre eterno, permaneciendo adentro sin ser pronunciado. Desde esa pureza me ha engendrado eternamente, como su hijo unigénito, en la misma imagen de su paternidad eterna, para que yo sea padre y engendre a Aquel de quien nací. Es más o menos como si alguien se hallara delante de una alta montaña y llamara: «¿Estás ahí?», entonces el eco y la reflexión del sonido dirían también: «¿Estás ahí?». Si el dijera: «¡Sal de ahí!», el eco diría también: «¡Sal de ahí!» Ah sí, si alguien mirara un madero a semejante luz, éste se convertiría en ángel y se volvería dotado de razón y no sólo dotado de razón, [sino que] llegaría a ser razón pura en la pureza primigenia, que es la plenitud de toda pureza. Así procede Dios: engendra a su Hijo unigénito en la parte más elevada del alma. En el mismo proceso en el que engendra en mí a su Hijo unigénito, lo vuelvo a engendrar en el Padre. No fue distinto cuando Dios engendró al ángel mientras Él, a su vez, fue dado a luz por la Virgen.
Se me ocurrió la idea —hace varios años ya— de si alguna vez me preguntarían por qué cada hierba era tan diferente de otra; y [efectivamente] sucedió que me preguntaron a qué se debía que eran tan diferentes entre sí. A lo cual dije: Es más sorprendente aún el hecho de que todas las hierbas se parezcan tanto. Un maestro dijo[60]: El que todas las hierbas sean tan diferentes, se debe a la superabundancia de la bondad divina que Él infunde superabundantemente en todas las criaturas para que se revele con mayor fuerza su majestad. Entonces dije yo: Es más sorprendente que todas las hierbas se parezcan tanto, y seguí diciendo: En la pureza primigenia los ángeles son un solo ángel, completamente uno, así también todas las hierbas son una sola en la pureza primigenia, y allí todas las cosas son uno.
Algunas veces, caminando hasta acá, estuve pensando que el hombre en la existencia temporal podía llegar a ejercer coacción sobre Dios. Si yo estuviera parado aquí arriba y le dijera a alguien: «¡Sube arriba!», esto sería difícil [para él]. Pero si dijera: «¡Siéntate aquí!», esto sería fácil. Así procede Dios. Cuando el hombre se humilla, Dios en su bondad, propia [de Él], no puede menos que descender y verterse en ese hombre humilde, y al más modesto se le comunica más que a ningún otro y se le entrega por completo. Lo que da Dios es su esencia y su esencia es su bondad y su bondad es su amor. Toda la pena y todo el placer provienen del amor. En el camino, cuando debía venir para acá, se me ocurrió que sería preferible no venir porque quedaría empapado [de lágrimas] por amor. Dejemos de hablar sobre cuándo vosotros [alguna vez] quedasteis empapados [de lágrimas] por amor. Placer y pena provienen del amor. El hombre no debe temer a Dios, pues quien lo teme, huye de Él. Este temor es un temor nocivo. [Pero] es recto el temor cuando uno teme perder a Dios. El hombre no ha de temerlo sino amarlo, porque Dios ama al hombre con su entera [y] suprema perfección. Dicen los maestros[61]que todas las cosas tienden voluntariamente a engendrar y a asemejarse al Padre, y dicen: La tierra huye del cielo; si huye hacia abajo, llega desde abajo al cielo; si huye hacia arriba, llega a la parte más baja del cielo. La tierra no puede huir a un lugar tan bajo que el cielo no fluya en ella y le imprima su fuerza y la fecundice, lo quiera ella o no. Así le sucede también al hombre que cree huir de Dios y, sin embargo, no puede huir de Él; todos los rincones lo revelan. Cree huir de Dios y corre a su seno. Dios engendra en ti a su Hijo unigénito, te guste o te disguste, duermas o estés despierto; Él hace lo que es propio. Pregunté el otro día qué es lo que tiene la culpa de que el hombre no lo sienta, y afirmé diciendo: La culpa reside en que su lengua lleva pegada otra suciedad, es decir, las criaturas; sucede exactamente lo mismo con una persona a la que cualquier clase de comida le resulta amarga y no le gusta. ¿Qué es lo que tiene la culpa de que no nos guste la comida? La falla reside en la falta de sal. La sal es el amor divino. Si tuviéramos el amor divino, nos gustaría Dios y todas las obras hechas por Él en cualquier momento, y recibiríamos todas las cosas de Dios y todos haríamos las mismas obras que hace Él. En esta igualdad somos todos un hijo único.
Cuando Dios creó al alma, la creó de acuerdo con su perfección suma para que fuera una esposa[62] del Hijo unigénito. Cuando Él [el Hijo] se dio perfecta cuenta de ello, quiso salir de su secreta tesorería de la eterna paternidad, donde había dormido desde la eternidad permaneciendo adentro sin haber sido pronunciado. «In principio». En el primer comienzo de la pureza primigenia, el Hijo tiene armada la tienda de su gloria eterna y salió de lo más excelso porque quería enaltecer a su amiga que el Padre le había desposado desde la eternidad, para que la trajera de vuelta a lo más excelso de donde ella proviniera. Y en otra parte está escrito: «Mira, tu rey viene hacia ti» (Zacarías 9, 9). Por eso, salió y vino corriendo como un cervato y sufrió su tormento por amor; y no salió sino porque quería regresar a su cuarto junto con su esposa. Este cuarto es la tranquila oscuridad de la paternidad oculta. Allí, donde salió de lo más excelso, allí quería ingresar otra vez con su esposa dentro de lo más puro, y revelarle el oculto arcano de su divinidad escondida donde descansa consigo mismo [y] con todas las criaturas.
«In
principio», esto quiere decir en lengua vulgar algo así como un comienzo de todo
ser, tal como dije en el colegio. Dije además: Es un fin de todo ser, pues el
comienzo primigenio existe a causa de la última meta. Ah sí, Dios mismo no
reposa allí donde Él es el comienzo primigenio; reposa allí donde es meta y
descanso de todo ser; no se trata de que este ser se anonade, antes bien es
perfeccionado allí en su meta final de acuerdo con su perfección suma. ¿Qué es
la meta final? Es la oscuridad oculta de la eterna divinidad y es desconocida y
no fue conocida nunca ni será conocida jamás. Allí Dios permanece desconocido
en sí mismo y la luz del Padre eterno ha infiltrado sus rayos allí desde la
eternidad, pero las tinieblas no comprenden la luz (Cfr. Juan 1, 5). Que la Verdad
de la que acabo de hablar, nos ayude a llegar a esta Verdad. Amén.
SERMÓN XXIII[63]
Jesús ordenó a sus discípulos que subieran a un barquito.
«Jesús ordenó a sus discípulos que subieran a un barquito y les mando que cruzaran la “furia”[64]»(Mateo 14, 22).
El mar, ¿por qué se llama «furia»? Porque se enfurece y está inquieto. «Ordenó a sus discípulos que subieran». Quien quiere escuchar al Verbo y llegar a ser discípulo de Cristo, tiene que subir y elevar su entendimiento por encima de todas las cosas corpóreas, y debe cruzar la «furia» de la inconstancia [inherente] a las cosas perecederas. Mientras existe alguna volubilidad, ya sea astucia o ira o tristeza, ella tapa el entendimiento de modo que no puede escuchar al Verbo. Dice un maestro[65]: Quien ha de entender las cosas naturales y aun las materiales, debe desnudar su conocimiento de todas las demás cosas. Yo ya he dicho varias veces [lo siguiente]: Cuando el sol vierte su luz sobre las cosas corpóreas, entonces transforma aquello a que puede abrazar, en [vapor] fino y lo alza consigo: si la luz del sol fuera capaz de hacerlo, lo elevaría hasta el fondo de donde ella ha emanado. Mas, cuando lo alza por el aire y [el vapor] se ha extendido en sí mismo y calentado por obra del sol y luego [cuando] sube hacia el frío, sufre un revés por el frío y se precipita en [forma de] lluvia o nieve[66]. Así sucede con el Espíritu Santo: levanta al alma y la eleva y alza junto con Él, y si ella estuviera preparada, la levantaría hasta el fondo de donde Él ha emanado. Así acaece cuando el Espíritu Santo mora en el alma: entonces ella sube porque Él la alza junto consigo. Mas, cuando el Espíritu Santo se retira del alma, ella cae hacia abajo porque aquello que es de la tierra, cae hacia abajo; pero aquello que es de fuego, va girando hacia arriba. Por ello, el hombre debe haber pisoteado todas las cosas que son terrestres, y todo cuanto pueda encubrir el entendimiento para que no quede nada que no sea igual al conocimiento. Si [el alma] obra [sólo] en el conocimiento, es igual a éste. El alma que de tal manera ha ido más allá de todas las cosas, es elevada por el Espíritu Santo y Él la alza junto consigo hasta el fondo de donde Él emanó. Ah sí, la lleva a su imagen eterna de donde ella ha surgido, a esa imagen según la cual el Padre ha configurado todas las cosas, a esa imagen en la cual todas las cosas son uno, a la extensión y profundidad en las cuales vuelven a terminar todas las cosas. Quien quiere llegar a este [punto], escuchar al Verbo y ser discípulo de Jesús, la salvación, debe haber pisoteado todas las cosas que son desiguales [a la imagen].
¡Ahora prestad atención! Dice San Pablo: Cuando miramos con el rostro descubierto el esplendor y la claridad de Dios, somos re-formados e in-formados en la imagen que es toda una imagen de Dios y de la divinidad (Cfr. 2 Cor. 3, 18). Cuando la divinidad se entregó enteramente al entendimiento de Nuestra Señora, ésta recibió a Dios en su seno porque era desnuda y pura; y lo que brotó de la superabundancia divina fluyó en el cuerpo de Nuestra Señora, y por obra del Espíritu Santo se formó un cuerpo en el cuerpo de Nuestra Señora. Y si ella no hubiera llevado la divinidad en el entendimiento, nunca lo habría concebido [a Cristo] corpóreamente. Dice un maestro[67]: Es una merced especial y un gran don el que uno vuele hacia arriba con el ala del conocimiento y eleve el entendimiento al encuentro de Dios, y que sea llevado de claridad en claridad y con claridad en claridad (Cfr. 2 Cor. 3, 18). El entendimiento del alma es lo más elevado del alma. Cuando ésta se halla afirmada en Dios, el Espíritu Santo la introduce en la imagen y la une con ella. Y con la imagen y el Espíritu Santo se la hace pasar y se la introduce en el fondo. Allí donde se halla in-formado el Hijo, allí habrá de ser in-formada también el alma. A ella que de tal manera es introducida y concentrada y centrada en Dios, le obedecen todas las criaturas, como [le sucedió] a San Pedro: Mientras sus pensamientos estaban concentrados y centrados con simpleza en Dios, el mar se unía bajo sus pies de modo que él caminaba sobre el agua (Cfr. Mateo 14, 29 ss.), mas, cuando fijó su pensamiento en lo de abajo, se fue hundiendo.
Es ciertamente un gran don el que el alma de tal manera sea introducida por el Espíritu Santo, porque así como al Hijo se lo llama «Verbo», así al Espíritu Santo se lo llama «Don»: de este modo lo designa la Escritura (Cfr. Hechos 2, 38). Ya he dicho varias veces: El amor aprehende a Dios en cuanto es bueno; si no fuera bueno no lo amaría y no lo consideraría Dios. No ama nada que carezca de bondad. Pero el entendimiento del alma aprehende a Dios en cuanto es ser puro, un ser que flota por encima [de todo]. Mas, [el] ser y [la] bondad y [la] verdad tienen la misma extensión, pues [el] ser, en cuanto existe, es bueno y es verdadero. Pero resulta que ellos [los maestros] toman [la] bondad y la colocan sobre [el] ser: con ello encubren [el] ser y le hacen una piel porque le añaden algo. Por otra parte, lo aprehenden a Él en cuanto es Verdad. [El] ser ¿es [la] verdad? Sí, pues [la] verdad se halla vinculada a[l] ser porque Él le dijo a Moisés: «Me ha enviado El que es» (Cfr. Exodo 3, 14). Dice San Agustín[68]: La Verdad es el Hijo en el Padre, porque [la] Verdad está vinculada a[l] ser… [El] ser ¿es [la] verdad? Si se hiciera esta pregunta a varios maestros, dirían: «¡Así es!». Si alguien me hubiera preguntado a mí, le habría dicho: «¡Así es!». Pero ahora digo: «¡No!», porque [la] verdad también es una añadidura. Mas [los maestros] lo toman ahora en cuanto es Uno, porque «Uno» es más propiamente uno que aquello que se halla unido. De aquello que es uno se ha separado todo lo demás; pero, no obstante, lo mismo que se ha separado, se ha añadido también por cuanto supone diferencia.
Y si Él no es ni bondad ni ser ni verdad ni Uno, ¿entonces qué es? No es absolutamente nada, no es ni esto ni aquello. Si tú todavía piensas en algo que Él sería, no lo es. Entonces, el alma ¿dónde ha de aprehender [la] verdad? ¿No encuentra la verdad allí donde es in-formada en una unidad, en la pureza primigenia, en la impresión de existencialidad acendrada… no encuentra allí [la] verdad? Ah no, no halla ningún concepto de [la] verdad sino que de ello [sólo] proviene [la] verdad, de ahí trae su origen.
San Pablo fue arrobado al tercer cielo (Cfr. 2 Cor. 12, 2 y 3). ¡Fijaos ahora en cuáles son los tres cielos! Uno es la separación de toda corporeidad, otro la enajenación de todo ser-imagen; el tercero un mero conocimiento inmediato en Dios. Ahora surge un interrogante: Si San Pablo, en el lapso en que estaba arrebatado, habría sentido si lo hubieran tocado. ¡Yo digo que sí! Cuando estaba recluido con la cerradura de la divinidad, él habría notado si lo hubiesen tocado con la punta de un alfiler, pues San Agustín dice en el libro «Del alma y del espíritu»[69]: El alma fue creada, por decirlo así, en un punto límite entre el tiempo y la eternidad. Con los sentidos más bajos se ocupa, en el tiempo, de las cosas temporales; en cuanto a su potencia suprema comprende y siente, fuera del tiempo, las cosas eternas. Por eso digo: Si en el lapso de su arrobamiento lo hubieran tocado a San Pablo con la punta de un alfiler, él lo habría notado ya que su alma permanecía en su cuerpo, como la forma en su materia respectiva. Y así como el sol alumbra el aire, y el aire la tierra, así su espíritu recibió luz pura de parte de Dios, y [lo mismo] el alma, del espíritu y el cuerpo, del alma. Por lo tanto es evidente cómo San Pablo fue arrebatado y permaneció también [con su alma en el cuerpo]. Fue arrebatado en cuanto a ser-espíritu y permaneció en cuanto a ser-alma[70].
El segundo interrogante trata de si San Pablo adquirió el conocimiento fuera o dentro del tiempo. Yo digo, que conoció fuera del tiempo, porque no conoció por intermedio de los ángeles creados en el tiempo, sino que conoció por obra de Dios que ha existido antes del tiempo y nunca fue tocado por el tiempo.
El tercer interrogante trata de si él estaba en Dios o Dios en él. Yo digo: Dios conoció en él, y él como no [hallándose] en Dios. Escuchad un símil: El sol brilla a través del vidrio y expele el agua de la rosa; esto se debe a la fineza de la materia del vidrio [y] a la fuerza generadora del sol: así el sol da a luz en el vidrio y no el vidrio en el sol[71]. Lo mismo sucedió con San Pablo: cuando el claro sol de la divinidad bañó a su alma, se expelió de la diáfana rosa de su espíritu el río amoroso de la contemplación divina, del que dice el profeta: «El ímpetu del río da alegría a mi ciudad» (Salmo 45, 5), o sea, a mi alma. Y esto le sucedió gracias a la claridad de su alma. El amor penetró a través de ésta debido a la facultad procreativa de la divinidad.
La
relación con el cuerpo perturba al alma de modo que ella no puede conocer con
tanta pureza como el ángel; pero, uno es angelical en la medida en que conoce
sin cosas materiales. El alma conoce desde fuera, Dios conoce en Él mismo por
Él mismo, porque es el origen de todas las cosas; que Dios nos ayude a [llegar
a] este origen por [toda] la eternidad.
SERMÓN XXIV[72]
Dice San Pablo: «Acoged en vosotros, introducid en vuestro fuero íntimo a Cristo».
Dice San Pablo: «Acoged en vosotros, introducid en vuestro fuero íntimo[73] a Cristo)» (Cfr. Romanos 13, 14).
Al desasirse el hombre de sí mismo, acoge a Cristo, Dios, bienaventuranza, beatitud y santidad. Si un muchacho contara cosas extrañas, se las creerían; San Pablo, en cambio, promete grandes cosas y apenas se las creéis. En caso de que te despojes, te promete [que encontrarás a]. Dios, [la] bienaventuranza y [la] santidad. Es sorprendente: si el hombre se ve obligado a desasirse, entonces, al hacerlo él introduce en su fuero íntimo a Cristo y [la] santidad y [la] bienaventuranza, y es muy grande. El profeta se maravilla de dos cosas. En primer lugar, de lo que opera Dios con las estrellas, con la luna y el sol. En segundo lugar, su asombro se refiere al alma: de que Dios hiciera y siga haciendo cosas tan grandes con ella y por medio de ella, porque hace cuanto puede por amor de ella. Hace muchas cosas grandes a causa de ella y se dedica completamente a ella y esto se debe a la grandeza con que fue creada (Cfr. Salmo 8, 2ss.). ¡Fijaos pues, en lo grande que la ha hecho! Compongo una letra según la imagen que corresponde a la letra dentro de mí, en mi alma, pero no según mi alma. Lo mismo sucede con Dios. Dios ha creado todas las cosas en general, según la imagen de todas las cosas [vale decir: las ideas], la que abarca dentro de sí, y no según Él mismo. A algunas las ha hecho en especial según algo que emana de Él, como ser [la] bondad, [la] sabiduría y cuanto se enuncia de Dios[74]. Pero al alma no la ha creado sólo según la imagen que se halla dentro de Él, ni según aquello que de Él emana [y] se enuncia de Él, sino que la ha hecho según Él mismo, ah sí, de acuerdo con todo cuanto Él es según su naturaleza, su esencia y su obra emanante e inmanente[75] (inneblîbend), y según el fondo donde permanece en sí mismo, donde está engendrando a su Hijo unigénito, del cual sale floreciendo el Espíritu Santo: según esta obra emanante [e] inmanente Dios ha creado al alma.
Es como un principio natural en todas las cosas que las superiores fluyen en las inferiores, en tanto que las inferiores se hallan dirigidas hacia las superiores. Porque las superiores nunca reciben de las inferiores, sino que las inferiores reciben de las superiores. Como Dios se halla por encima del alma, Dios es en todo momento El que fluye en el alma sin poder escapársele nunca. El alma sí se le escapa, mas, mientras el hombre se mantiene por debajo de Dios recibe el influjo pura e inmediatamente y no se halla por debajo de ninguna otra cosa: ni del miedo ni del amor ni de la pena ni de cosa alguna que no sea Dios. Pues bien, sométete del todo a Dios, entonces recibirás el influjo divino total y puramente. ¿Cómo recibe el alma de Dios? El alma no recibe nada de Dios como cosa extraña, tal como el aire recibe [la] luz del sol, pues aquél recibe sobre la base de la extrañeza. Pero el alma no recibe a Dios sobre la base de la extrañeza, ni como [si se hallara] por debajo de Dios, porque aquello que se encuentra por debajo de otro, tiene carácter de extraño y alejado. Dicen los maestros que el alma recibe como luz de la luz porque ahí no hay ni extrañeza ni lejanía.
Hay un algo en el alma[76], donde Dios se halla en su desnudez, y los maestros[77]dicen que es innominado y no tiene nombre propio. Es y, sin embargo, no tiene ser propio porque no es ni esto ni aquello, ni acá ni allá, porque lo que es, lo es en Otro [= el ser divino] y Aquello [= lo Otro] en éste; ya que cuanto es, lo es en Aquello y Aquello en él. Porque Aquello fluye en éste [= «un algo»] y éste en Aquello y ahí [= en este algo en el alma] —opina él [San Pablo]—: ¡Ubicaos en Dios, en [la] bienaventuranza! Porque ahí adentro el alma recoge toda su vida y ser, y ahí bebe su vida y ser; ya que éste se halla totalmente en Dios y lo demás [propio del alma] acá afuera, y por ello el alma se encuentra todo el tiempo en Dios en cuanto a este [algo], a no ser que lo lleve hacia fuera o lo extinga dentro de sí.
Dice un maestro[78]que este [algo] se halla en presencia de Dios de manera tal que nunca puede darle la espalda a Dios y Él le resulta siempre presente en su interior. Yo digo que Dios eternamente, sin cesar, ha estado en este [algo], y para que el hombre en él sea uno con Dios, no hace falta [la] gracia, porque [la] gracia es criatura, pero allí la criatura no tiene nada que ver; ya que en el fondo del ser divino, donde las tres personas son un solo ser, ella [el alma] es uno [con Dios] conforme al fondo. Por eso, si quieres, todas las cosas y Dios te pertenecen. Esto quiere decir: Renuncia a ti mismo y a todas las cosas y a todo cuanto eres en ti mismo, y acéptate de acuerdo con lo que eres en Dios.
Dicen los maestros[79]que la naturaleza humana nada tiene que ver con el tiempo y que es completamente intangible y le resulta mucho más entrañable y cercana al hombre de lo que es él para sí mismo. Y por ello, Dios adoptó la naturaleza humana y la unió a su persona. Entonces, la naturaleza humana llegó a ser Dios porque Él adoptó la naturaleza humana pura y no [la de] ningún hombre. Por eso, si tú quieres ser el mismo Cristo y Dios, despójate de todo cuanto el Verbo eterno no aceptó para sí. El Verbo eterno no aceptó para sí a ningún hombre; por eso, despójate de lo que tienes de ser humano y de lo que eres tú y tómate desnudo, de acuerdo con la naturaleza humana, así serás lo mismo en el Verbo eterno que es en Él la naturaleza humana. Porque entre la naturaleza humana tuya y la suya no hay diferencia, es una sola, ya que es en Cristo lo que es en ti. Por eso dije en París que en el hombre justo se cumple lo que dijeron en cualquier momento [con respecto a Cristo] las Sagradas Escrituras y los profetas; porque si tú andas bien, se cumple en ti todo cuanto está dicho en las Alianzas Antigua y Nueva.
¿Cómo has de andar bien? Esto debe comprenderse de dos maneras según la palabra del profeta que dice: «[Al llegar] la plenitud del tiempo, el Hijo fue enviado» (Gálatas 4, 4). [La] «plenitud del tiempo» existe en dos aspectos. Una cosa está «plena» cuando se halla en su punto final, así como el día está «pleno» cuando anochece. Del mismo modo, cuando todo el tiempo se desprende de ti, el tiempo está «pleno». El otro [aspecto] se da cuando el tiempo llega a su fin, es decir, la eternidad; porque entonces todo el tiempo termina, pues allí no hay ni antes ni después. Allí todo cuanto existe, se halla presente y es nuevo, y allí abarcas, en una contemplación presente, aquello que sucedió, y que habrá de suceder, en cualquier momento. Allí no existe ni antes ni después, allí todo está presente; y en esa contemplación presente estoy poseyendo todas las cosas. Esta es «plenitud del tiempo», y así ando bien encaminado y soy verdaderamente el hijo único y Cristo.
Que Dios nos ayude para que lleguemos a esa «plenitud del tiempo». Amén.
[1]Conservado en forma no muy confiable. Atribuido a: «Fray Eghart». Encabezamientos: «Un sermón sobre San Lorenzo». «Del amor de su alma».
[3]Avicenna, De anima 1 c. 1.
[4]Idem, ibídem.
[5]Para el pasaje cfr. Aristóteles, De anima I t. 20.
[6]«La cárcel del alma no la constituyen sólo el cuerpo (y el tiempo) sino también la misma alma en la región del ser de las potencias inferiores del alma, que se hallan por debajo del intelecto y por las cuales el alma está atada al cuerpo siendo restringida la extensión de su ser racional». (Quint, t. I p. 285 s. nota 1).
[7]Nicolaus Cusanus cita el mismo pasaje en su sermón XII.
[8]Cfr. Aristóteles, De an. I t. 90.
[9] Avicenna, Met. IX c. 7.
[10]Aristóteles, De an. III t. 18.
[11] Avicenna, Met. IX c. 7.
[12] Cfr. Gregorius Magnus, Moralia in Iob 1. XX, c. 32.
[13]Quint señala (t. I p. 292 s. n. 3) que los ángeles no pertenecen a la región de los sentidos en el mundo y por lo tanto no se puede hablar de ellos como de «mujeres».
[14]Atribución: «S. m. Echardi». Encabezamientos: «El domingo XVI después de la Santa Trinidad, el cuarto sermón».
[15]Cfr. Albertus Magnus, De gener. et corrupt. I tr. 1 c. 25.
[16]En Sermo XXXVI n. 365 Eckhart se refiere a Avicena.
[17]Avicenna y en contra de su opinión cfr. Thomas, S. theol. I q. 47 a. 1.
[18]Quint (t. I p. 303 n. 3) señala que en el Medioevo la etimología corriente de «Naín» era «conmotio vel fluctus» (Movimiento o flujo).
[19]Cfr. Aristóteles, De animalibus IX t. XX; Albertus Magnus, De animalibus 1. XXI tr. I c. 2; Konrad von Megenberg, Das Buch der Natur, ed. por Fr. Pfeiffer, 1861, p. 152, 16 ss.
[20]Cfr. las obras citadas en nota 6.
[21]Atribución: «El Maestro Eckart demuestra con estas palabritas cómo ha de estar dispuesta el alma que ha de loar a Dios, y lo comprueba con la Escritura y con símiles de las criaturas». Encabezamiento: «Sermo de tempore».
Este sermón debe haber sido pronunciado antes del sermón XVIII. El texto de Jeremías se halla en el misal de los dominicos para el jueves después del tercer domingo de cuaresma.
[22]«Uberschîne» en alto alemán medio. Quint trae en su traducción el verbo «überglänzen». Significaría en castellano algo así como «cubrir con su brillo».
[23]No se trata del Seudo Dionysius sino de Johannes Damascenus, Defide orthodoxa III c. 24. Cfr. también Thomas, S. theoL II, II q. 83 a. 2; III q. 21 a. 1.
[24]Cfr. Liber de causis prop. 24.
[25] Augustinus, De Gen. ad litt. IV c. 23 n. 40.
[26]Se supone que los sermones XXa y XXb constituyen dos prédicas independientes y no dos versiones del mismo sermón. (Cfr. Quint t. I p. 324).
Atribución: Sermo magistri Ekhardi. Encabezamiento: «Otro sermón sobre San S.».
[27] Gregorius M., Hom. in Evang. II hom. 36 n. 2.
[28] Cfr. Augustinus, Confess. 1. I c. 1.
[29]Cita no asegurada. Quint remite a Confess. I. XIII c. 8.
[30]Cfr. Liber de causis prop. 6.
[31]Explicación relativa al segundo modo mencionado arriba.
[32] Quint remite a Augustinus, De trinit. VIII c. 2 n. 3.
[33]Confessiones 1. VII c. 10 n. 16.
[34] Gregorius M. Hom. in Evang. XXXVI, 2.
[35] Cfr. Thomas, Sent. II d. 39 q. 3 a. 1; Bonaventura, Sent. II d. 39 a. 2 q. 2 c. Quint dice (t. I p. 334 n. 1) que —según ha podido ver— la palabra sindéresis aparece en las obras alemanas de Eckhart sólo en este contexto.
[36]Aristóteles.
[37]Atribución: «Homo quidam fecit cenam magnam Maestro eckart demuestra aquí cómo la recepción del Cuerpo de Nuestro Señor se llama una cena y cómo son los criados que invitan al banquete nocturno y como son las personas que nunca gozarán de la comida».
[38] Gregorius M., Hom. in Evang. II hom. 36 n. 2.
[39]Cfr. lo dicho en sermón XX a nota 4.
[40] Augustinus, Confess. 1. VII c. 10 n. 16.
[41]Liber de causis prop. 6.
[42]Cfr. Dionysius Areopagita, De caelesti hierarchia c. 2 T 3.
[43] Gregorius M., Hom. in Evang. II hom. 36 n. 2.
[44]Cfr. Sermón XX a nota 10.
[45]Aristóteles.
[46]Atribuciones: «Esto dice el Maestro Ek.» y «Esto dijo ekhart». Encabezamientos: «Para el primer domingo después de Corpus Cristi/ o después de la octava de los Santos Reyes Magos».
[47]Quint (tomo I p. 357 n. 1) señala que se puede tratar sólo de la palabra «ist» (es).
[48]Cfr. Boethius, De consol. phil. III m. IX.
[49] Cfr. Thomas, Summa theol. II, II q. 24 a. 1.
[50] Cfr. Thomas, Quodlibet X q. 1 a. 1 ad 3.
[51]«ein versagen des versagennes» corresponde en las obras latinas a «negatio negationis». Quint considera muy característica de Eckhart la detallada interpretación de la «negación de la negación» (tomo I p. 356).
[52] Cfr. Thomas, S. theol. I q. 112 a. 1 c.
[53]Quint pregunta (t. I p. 369 n. 2) si Eckhart se habrá referido a la doctrina aristotélica del movimiento circular como el movimiento más perfecto.
[54]Eckhart lo habría predicado en el convento de la Huerta de Santa María (Colonia). Atribución: «El Maestro Eckhart pronuncia una parábola en un sermón». Encabezamientos: «Sobre la Anunciación [hecha] a María». «Para [la Fiesta de] la Anunciación [hecha] a Nuestra Señora».
[55]Se trata de un cuento bien conocido en la Edad Media, intitulado: Diu getriu kone (La mujer leal); Herrand von Wildonie lo había puesto en verso. En otra versión anónima se conoce bajo el título de Daz ouge (El ojo). Pero, en ambas versiones la que se vacía el ojo es la mujer que desea compartir la desgracia del marido. Las dos versiones se pueden encontrar en: Von der Hagen, Friedrich, Gesamtabenteuer, Darmstadt 1961, tomo III pp. 713 a 747; y tomo I pp. 245 a 256, respectivamente.
[56]Cfr. Thomas, Summa contra gentiles III c. 21.
[57]Se trataría del Convento de los Santos Macabeos en Colonia.
[58]En el sentido de «suponiendo que no hayáis asistido en vano a mi sermón».
[59]Se trataría del studium generale de los dominicos en Colonia.
[60]Cfr. Augustinus, De civ. Dei 1. 21 c. 8 n. 3.
[61]Quint remite a lo que es nuestra nota 3, arriba.
[62]«Brût» (novia) en alemán, tal como se estila en el lenguaje religioso germano, en vez de «esposa». Pero en alto alemán medio, la palabra significaba todavía: «recién casada».
[63]Atribuido a «Eberhardus» cuyo nombre se usa siempre así en el códice utilizado. La autenticidad del sermón está garantizada por una referencia de Eckhart en el Sermo XLVIII, 1 n. 501.
El título abreviado no figura en los textos de la edición crítica. Véase nota 1 del Sermón XLVIII.
[64]Cfr. Quint (tomo I p. 393 nota 1). En el texto latino de la Escritura se dice «fretum» por «furia». Eckhart da con «wuot» = «furia» una traducción etimologizante que surge del origen de «fretum» de «fervere», etimología conocida ya en la Edad Media. En cuanto a la metáfora de «mar» = «mundo», ya era corriente en la patrística.
[65]Cfr. Aristóteles, De an. ' c. 4.
[66]Quint remite a Aristóteles, Meteor. I c. 4; y a Albertus Magnus, Isagoge in libros Meteororum pars IV c. 6.
[67]Cfr. Augustinus, Sermo 311 c. 4.
[68]Augustinus, De vera religione c. 36 n. 66.
[69]De spiritu et anima c. 47.
[70]Quint (t. I p. 405 n.3) explica: «El texto quiere decir que Pablo en el espíritu fue arrobado y arrebatado al tercer cielo, pero que él con su alma, su ser-alma […] permanecía en el cuerpo en la tierra».
[71]Quint explica detalladamente el texto y el símil. (t. I p. 407 s. nota 2) Según informaciones recibidas por él se trataría de un fenómeno llamado «gouttieren» = «gutación» en castellano. Según ello, los órganos de las hojas de vegetales (y no sólo los pétalos de la rosa) destilan agua en forma de gotitas bajo el influjo de la energía solar. La explicación del fenómeno se logró tan sólo alrededor del año 1900. Agradezco a la profesora Mirta Louis (del Departamento de Investigaciones Filológicas de la Academia Argentina de Letras) el haber encontrado el término técnico «gutación».
[72]Un encabezamiento dice: «Para el sexto domingo después de Pentecostés».
El título abreviado no figura en los textos de la edición crítica. Véase nota 1 del Sermón XLVIII.
[73]Eckhart traduce el texto latino «induimini dominum» por «întuot iu Kristum» y para aclarar agrega «inniget iu». «Innigen» significa «recibir en el fuero íntimo, ensimismarse». La idea es —según Quint (t. I p. 414 n. 1)— que Cristo no debe ser puesto exteriormente como envoltura sino que se lo debe acoger en el fuero íntimo.
[74]Se refiere a las «perfecciones generales».
[75]«Inmanente» en el sentido de que permanece en Dios y no sale hacia fuera.
[76]«Algo en el alma». Eckhart se refiere a la «chispita del entendimiento supremo».
[77]Eckhart piensa, entre otros, en Avicena.
[78]Cfr. Augustinus, De trin. XIV c. 7 n. 9, c. 14 n. 18.
[79]Cfr. Thomas, De ente et essentia c. 3.