Meister Eckhart- Obras Alemanas

La Editorial

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SERMÓN XXV[1]

Moyses orabat dominum deum suum etc.

 

Acabo de pronunciar una palabrita en latín que está escrita en la Epístola que se lee en el día de hoy, y la palabra reza en lengua vulgar: «Moisés imploró a Dios, su Señor: “Señor, ¿por qué tu encono se ha enfurecido contra tu pueblo?”» (Exodo 32, 11). Entonces le contestó Dios y dijo: «“¡Moisés, deja que me enfurezca, concédeme, permíteme, admíteme, acéptame que me enfurezca y me vengue de ese pueblo!” Y Dios elogió a Moisés y dijo: “Yo te enalteceré y te haré grande y extenderé tu estirpe y te haré Señor de un pueblo grande” (Cfr. Exodo 32, 9 s.). [Mas] Moisés dijo: “¡Señor, bórrame del libro de los vivientes o perdónale al pueblo!”» (Exodo 32, 31 s.).

¿Qué es lo que quiere decir cuando dice: «Moisés imploro a Dios, su Señor»? De veras, si Dios ha de ser tu Señor, tú tienes que ser su siervo; mas, cuando luego haces tus obras en provecho propio o por tu placer o por tu propia bienaventuranza, en verdad, no eres su siervo; porque no buscas solamente la honra de Dios, buscas tu propio provecho. ¿Por qué dice: Dios, su Señor? Si Dios quiere que estés enfermo, mas tú quisieras estar sano… si Dios quiere que tu amigo muera, mas tú quisieras que viviese en contra de la voluntad de Dios, en verdad, Dios no sería tu Dios. Si amas a Dios y luego estás enfermo… ¡[sea] en el nombre de Dios! Si muere tu amigo… ¡[sea] en el nombre de Dios! Si pierdes un ojo… ¡[sea] en el nombre de Dios! Y semejante hombre estaría bien encaminado. Mas, si estás enfermo y le pides a Dios [que te dé] salud, entonces prefieres la salud a Dios [y] por lo tanto no es tu Dios: es el Dios del cielo y de la tierra, pero no es tu Dios.

Ahora observad que Dios dice: «¡Moisés, deja que me enfurezca!» Podríais decir: ¿Por qué se enfurece Dios?… Por ninguna otra cosa que por la pérdida de nuestra propia bienaventuranza y no porque busque lo suyo; tanto le apena a Dios que actuemos en contra de nuestra bienaventuranza. A Dios no le pudo pasar nada más penoso que el martirio y la muerte de Nuestro Señor Jesucristo, su Hijo unigénito, que sufrió por nuestra bienaventuranza. Ahora observad [otra vez] que Dios dice: «¡Moisés, deja que me enfurezca!» Luego mirad qué es lo que un hombre bueno es capaz [de hacer] ante Dios. Ésta es una verdad cierta y necesaria: quienquiera que entregue por completo su voluntad a Dios, cautiva y obliga a Dios de modo que Él no puede hacer otra cosa sino lo que quiere el hombre. Quien le da por completo su voluntad a Dios, a ése Dios, [por su parte] le devuelve su voluntad tan completa y tan propiamente que la voluntad de Dios llega a ser propiedad del hombre, y Él ha jurado por sí mismo que no puede hacer nada fuera de lo que quiere el hombre; porque Dios no llega a ser propiedad de nadie que primero no haya llegado a ser su propiedad [la de Dios]. Dice San Agustín[2]: «Señor, tú no serás posesión de nadie a no ser que él antes se haya hecho propiedad tuya». Nosotros aturdimos a Dios de día y de noche diciendo: «¡Señor, hágase tu voluntad!» (Mateo 6, 10). Y luego, cuando se hace la voluntad de Dios, nos enojamos y eso está muy mal. Cuando nuestra voluntad se convierte en la voluntad de Dios, eso está bien; mas, cuando la voluntad de Dios llega a ser nuestra voluntad, está mucho mejor. Si tu voluntad llega a ser la voluntad de Dios y si luego estás enfermo, no querrías estar sano en contra de la voluntad de Dios, mas quisieras que fuese la voluntad de Dios de que estuvieras sano. Y cuando te va mal, querrías que fuera la voluntad de Dios de que te vaya bien. Pero cuando la voluntad de Dios llega a ser tu voluntad y estás enfermo… ¡[sea] en el nombre de Dios! Si muere tu amigo… ¡[sea] en el nombre de Dios! Una verdad segura y necesaria es [ésta]: Si de ello dependieran todas las penas del infierno y todas las penas del purgatorio y todas las penas de este mundo… [tal hombre] querría sufrir eternamente de acuerdo con la voluntad de Dios todas las penas del infierno y lo consideraría para siempre su bienaventuranza eterna, y de acuerdo con la voluntad de Dios renunciaría a la bienaventuranza y a toda la perfección de Nuestra Señora y de todos los santos y querría sufrir para siempre jamás las eternas penas y amarguras sin apartarse de ello por un solo instante; ah sí, ni siquiera sería capaz de tener un solo pensamiento para desear alguna otra cosa. Cuando la voluntad se une así [con la voluntad de Dios] de modo que lleguen a ser un Uno único, entonces el Padre, desde el reino de los cielos, engendra a su Hijo unigénito en sí [al mismo tiempo que] en mí. ¿Por qué en sí [al mismo tiempo que] en mí? Porque soy uno con Él, no me puede excluir, y en esa obra el Espíritu Santo recibe su ser y su devenir tanto de mí como de Dios. ¿Por qué? Porque estoy en Dios. Si [el Espíritu Santo] no lo toma de mí, tampoco lo toma de Dios; no me puede excluir en modo alguno. La voluntad de Moisés había llegado a ser tan completamente la voluntad de Dios que prefería la honra de Dios [manifestada] en su pueblo, a su propia bienaventuranza.

«Dios hizo una promesa a Moisés», mas él no la tomó en cuenta; ah sí, aunque le hubiera prometido toda su divinidad [Moisés] no le habría permitido [enfurecerse]. «Y Moisés imploró a Dios y dijo: ¡Señor, bórrame del libro de los vivientes!» (Exodo 32, 32). Los maestros preguntan[3]: ¿Era que Moisés amaba más al pueblo que a sí mismo?, y dicen: ¡No! porque Moisés sabia bien que si el buscaba la honra de Dios [manifestada] en su pueblo, se hallaba más cerca de Dios que si hubiera renunciado a la honra de Dios [manifestada] en su pueblo, buscando su propia bienaventuranza. Así debe ser un hombre bueno, de manera que no busque lo suyo en todas sus obras sino únicamente la honra de Dios. En tanto que tú con todas tus obras tiendes de alguna manera más hacia ti o más hacia una persona que hacia otra, la voluntad de Dios aún no ha llegado a ser verdaderamente tu voluntad.

Nuestro Señor dice en el Evangelio: «Mi doctrina no es mía sino de Aquel que me ha enviado» (Juan 7, 16). Un hombre bueno debe proceder de la misma manera [pensando]: «Mi obra no es mía, mi vida no es mía». Y si me comporto así: toda la perfección y toda la bienaventuranza que tiene San Pedro, y, el hecho de que San Pablo ofreciera su cabeza, y toda la bienaventuranza que obtuvieron a causa [de su actitud], se me hacen tan gustosas como a ellos, y participaré perpetuamente de ello como si hubiera hecho las obras yo mismo. Más aún: de todas las obras realizadas alguna vez por todos los santos y todos los ángeles y aun de las hechas alguna vez por María, [la] Madre de Dios, habré de recibir eterna alegría como si las hubiese realizado yo mismo.

Digo yo: [La] humanidad y [el] hombre son [dos cosas] distintas. [La] humanidad en sí misma es tan noble que lo más elevado de ella tiene similitud con los ángeles y parentesco con la divinidad. La unión máxima que ha tenido Cristo con el Padre, me resulta asequible con tal de que sepa deshacerme de lo proveniente de esto o aquello, siendo capaz de entenderme como humanidad. Todo cuanto Dios ha dado alguna vez a su Hijo unigénito, me lo ha dado a mí tan completamente como a Él, y nada menos, sino que me lo ha dado en mayor medida: a mi humanidad en Cristo le dio más que a Él, porque a Él no se lo dio; a mí me lo ha dado y no a Él; no se lo dio, ya que Él lo poseyó en el Padre desde la eternidad. Si te golpeo, golpeo en primer término a un Burcardo o a un Enrique y sólo luego golpeo al ser humano. Mas Dios no hizo tal cosa; Él adoptó primero la humanidad. ¿Quién es un hombre? Un hombre que tiene su nombre propio de Jesucristo. Y por lo tanto dice Nuestro Señor en el Evangelio: «Quien toca a uno de éstos aquí, toca el ojo mío» (Cfr. Zacarías 2,8).

Ahora repito: «Moisés imploró a Dios, su Señor». Mucha gente le pide a Dios todo cuanto Él puede hacer, pero ellos no quieren dar a Dios todo cuanto ellos pueden hacer; pretenden repartir [las cosas] con Dios y darle lo menos valioso y un poco. Pero lo primero que da Dios en cualquier momento, es Él mismo. Y si tú tienes a Dios, tienes junto con Él todas las cosas. He dicho a veces: Quien tiene a Dios y todas las cosas junto con Él, no tiene más que aquel que tiene solamente a Dios. Digo además: En la eternidad, miles de ángeles no son más, en cuanto a su número, que dos o uno, porque en la eternidad no hay número: ella se halla por encima de todos los números[4].

«Moisés imploró a Dios, su Señor.» Moisés significa lo mismo que «uno que fue levantado del agua»[5]. Ahora hablaré nuevamente de la voluntad. Si alguien diera cien marcos de oro por amor de Dios, esto sería —y parecería ser— una obra grande; mas yo digo: Si tengo semejante intención —puesto el caso de que posea cien marcos para darlos— y si esta intención es perfecta, por cierto [se los] he pagado a Dios y Él ha de compensarme como si le hubiera pagado cien marcos. Y digo más aún: Si yo tuviera la intención de ceder todo el mundo [a Dios], con tal de que lo poseyera, entonces le he dado en pago a Dios todo un mundo y Él tiene que compensarme como si le hubiera dado en pago todo un mundo. Digo yo: Si el Papa fuera muerto por mi mano y no hubiese sido mi intención ¡me presentaría ante el altar y, no obstante, diría misa! Digo: [La] humanidad es tan perfecta en el hombre más pobre y despreciado como en el Papa o en el Emperador; porque prefiero la humanidad en sí misma al hombre que llevo conmigo.

¡Que la verdad de la cual acabo de hablar, nos ayude a tener semejante unión con Dios! Amén.

 

SERMON XXVI[6]

Mulier, venit hora et nunc est, quando veri adoratores adorabunt patrem in spiritu et veritate.

 

Así está escrito en el Evangelio de San Juan. Del largo relato saco una palabrita. Dijo Nuestro Señor: «Mujer, llegará la hora y ha llegado ahora, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad y a tales [adoradores] busca el Padre» (Juan 4, 23).

Ahora fijaos en la primera palabrita que dice: «Llegará la hora y ha llegado ahora». Quien quiere adorar al Padre tiene que trasladarse con su deseo y su confianza en la eternidad. Hay una parte suprema del alma[7] que se yergue por encima del tiempo y no sabe nada del tiempo ni del cuerpo. Todo cuanto sucedió alguna vez hace mil años, el día que fue hace mil años, en la eternidad no se halla más lejos que esta hora en la que vivo ahora, o el día que habrá de llegar en mil años, o en el tiempo más lejano que puedas contar, [todo esto] en la eternidad no queda más lejos que esta hora en la que vivo.

Pues bien, dice Él: «que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad». ¿Qué es la verdad? [La] verdad es tan noble que, si fuera posible que Dios se apartara de la verdad, yo querría seguir a la verdad y abandonar a Dios; porque Dios es la Verdad y todo cuanto se halla en el tiempo y todo cuanto fue creado alguna vez por Dios, no es la Verdad.

Ahora dice: «Adorarán al Padre». ¡Ay, cuántos hay que adoran un zapato o una vaca u otra criatura y se preocupan por ellos; es gente muy tonta! Tan pronto como imploras a Dios por amor de las criaturas, solicitas tu propio perjuicio porque la criatura, en cuanto tal, lleva en sí amargura y perjuicio ymal y molestia. Y por eso le sirve bien a la gente que tenga molestias y amarguras. ¿Por qué? Las han solicitado.

He dicho a veces: Quien busca a Dios y busca alguna cosa junto con Dios, no encuentra a Dios; en cambio, aquel que busca sólo a Dios, de veras, encuentra a Dios y no halla nunca a Dios solo, porque todo cuanto Dios es capaz de hacer, lo halla [junto] con Dios. Si buscas a Dios y lo buscas a causa de tu propio provecho y de tu propia bienaventuranza, por cierto, no buscas a Dios. Por eso dice que los verdaderos adoradores adoran al Padre y lo dice muy bien. Si alguien dijera a un hombre bueno: «¿Por qué buscas a Dios?» —«Porque es Dios». «¿Por qué buscas a la verdad?» —«Porque es la verdad». «¿Por qué buscas a la justicia?» —«Porque es la justicia»: semejantes personas están bien encaminadas. Todas las cosas que se encuentran en el tiempo, tienen un porqué. Es como si alguien preguntara a un hombre: «¿Por qué comes?» —«Para tener fuerza». «¿Por qué duermes?» —«Con el mismo fin»; y así son todas las cosas que se hallan en el tiempo. Pero quien preguntara a un hombre bueno: «¿Por qué amas a Dios?» —«No lo sé, por amor de Dios». «¿Por qué amas la verdad?» —«Por amor de la verdad». «¿Por qué amas la justicia?» —«Por amor de la justicia». «¿Por qué amas la bondad?» —«Por amor de la bondad». «¿Por qué vives?» —«¡De veras, no lo sé! Me gusta vivir».

Dice un maestro: Quien una sola vez es tocado por la verdad, por la justicia y por la bondad, no podrá apartarse nunca más de ellas por un solo instante aunque dependieran de ello todas las penas del infierno. Además dice: Cuando un hombre es tocado por estas tres —la verdad, la justicia y la bondad— a semejante hombre le resulta tan imposible apartarse de estas tres como le resulta imposible a Dios apartarse de su divinidad.

Dice un maestro[8]que el bien tiene tres ramas. La primera rama es [la] utilidad, la segunda rama es [el] gozo, la tercera rama es [la] honestidad. Por eso dice: «adorarán al Padre». ¿Por qué dice: «al Padre»? Si buscas al Padre, o sea a Dios solo, encuentras junto con Dios todo cuanto Él puede realizar. Es una verdad cierta y una verdad necesaria y una verdad confirmada por escrito, y aunque no estuviera escrito, sin embargo, sería verdadero: Si Dios poseyera aún más, no podría escondértelo y debería revelártelo y Él te lo da; yo he dicho a veces: Te lo da y te lo da al modo de un nacimiento.

Dicen los maestros[9]que el alma tiene dos rostros, y el rostro superior contempla a Dios en todo momento y el inferior mira un poco hacia abajo y guía a los sentidos; y el rostro superior es lo más elevado del alma, se mantiene en [la] eternidad y no tiene nada que ver con el tiempo y no sabe nada ni del tiempo ni del cuerpo. Y he dicho algunas veces que en este [rostro] yace encubierto algo así como la fuente de todo bien y como una luz resplandeciente que alumbra en todo momento, y como un fuego ardiente que arde todo el tiempo y el fuego no es otra cosa que el Espíritu Santo.

Los maestros dicen[10] que dos potencias fluyen desde la parte suprema del alma. Una se llama voluntad, la otra, entendimiento, y la perfección de estas potencias se da en la potencia suprema llamada entendimiento: éste no puede descansar nunca. No tiende hacia Dios, en cuanto Espíritu Santo y en cuanto Hijo: huye del Hijo. Tampoco tiende hacia Dios en cuanto Dios. ¿Por qué? Porque ahí tiene [un] nombre. Y si existiesen mil dioses, el [entendimiento] siempre se abriría paso porque lo quiere [encontrar] allí donde no tiene nombre alguno: quiere algo más noble, algo mejor de lo que es Dios en cuanto tiene nombre. Entonces ¿qué quiere? No lo sabe; lo quiere en cuanto es Padre. Por eso dice Felipe: «Señor, haznos ver al Padre, y ya nos basta» (Juan 14, 8). Lo quiere en cuanto es la médula de donde surge [la] bondad; lo quiere en cuanto es un grano del cual emana bondad; lo quiere en cuanto es una raíz, una vena, de la cual brota [la] bondad, y sólo allí es Padre.

Ahora bien, dice Nuestro Señor: «Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y nadie [conoce] al Hijo, sino el Padre» (Mateo 11, 27). En verdad, si hemos de llegar a conocer al Padre, debemos [cada uno] ser hijo. En alguna oportunidad pronuncié tres palabritas, comedlas como [si fueran] tres nueces moscadas picantes y luego tomad un trago. Primero: si queremos [cada uno] ser hijo debemos tener un padre, porque nadie puede decir que es hijo, a no ser que tenga un padre, y nadie es padre, a no ser que tenga un hijo. Si el padre ha muerto, uno dice: «Era mi padre». Si el hijo ha muerto, uno dice: «Era mi hijo», porque la vida del hijo pende del padre y la vida del padre pende del hijo; y por eso nadie puede decir: «Soy hijo», a no ser que tenga un padre; y en verdad es hijo el hombre que hace todas sus obras por amor… Otra cosa que más que nada convierte al hombre en hijo, es [la] ecuanimidad. Si está enfermo, que le guste tanto estar enfermo como sano [y] sano como enfermo. Si se le muere su amigo… ¡[sea] en el nombre de Dios! Si le vacían un ojo… ¡[sea] en el nombre de Dios!… La tercera cosa que debe tener un hijo consiste en que no puede inclinar su cabeza sobre algo que no sea el Padre. ¡Oh, cuán noble es esa potencia[11] que se halla elevada por encima del tiempo, y que se mantiene sin [tener] lugar! Porque al encontrarse por encima del tiempo, tiene encerrado en sí todo el tiempo, y es todo el tiempo. Mas, aun cuando fuera poco lo que uno poseyese de aquello que se halla elevado por encima del tiempo, se habría enriquecido con gran rapidez; porque lo que se encuentra allende el mar, no está a mayor distancia de esa potencia que aquello que ahora está presente.

Y por eso dice: «A tales [adoradores] busca el Padre» (Juan 4, 23). ¡Mirad! Así nos acaricia Dios, así nos implora, y Dios siente ansias hasta que el alma se aparte y se libere de la criatura, y es una verdad cierta y una verdad necesaria el que Dios tenga tanta necesidad de buscarnos como si toda su divinidad dependiera de ello, y en efecto es así. Y Dios no puede prescindir de nosotros tan poco como nosotros de Él; pues, incluso si pudiéramos apartarnos de Dios, Dios nunca podría apartarse de nosotros. Digo yo que no quiero pedirle a Dios que me dé [nada]; tampoco quiero ensalzarlo porque me ha dado [algo], sino que le quiero pedir que me haga digno de recibir, y quiero ensalzarlo porque pertenece a su naturaleza y a su ser el que tenga que dar. Quien quisiera quitarle esto a Dios, le quitaría su propio ser y su propia vida.

Que nos ayude la Verdad, de la cual acabo de hablar, para que de dicha manera lleguemos verdaderamente [cada uno] a ser hijo. Amén.

 

SERMÓN XXVII[12]

Hoc est praeceptum meum ut diligatis invicem, sicut dilexi vos.

 

He pronunciado en latín tres palabritas que están escritas en el Evangelio. La primera palabrita la dice Nuestro Señor: «Éste es mi mandamiento de que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15,12). En segundo lugar dice: «Os he llamado mis amigos, pues todo cuanto he escuchado alguna vez de mi Padre, os lo he revelado» (Juan 15,15). En tercer lugar dice: «Os he elegido para que vayáis y deis fruto y que el fruto permanezca en vosotros» (Juan 15,16).

Ahora fijaos en la primera palabrita, cuando Él dice: «Éste es mi mandamiento». Sobre ello diré una palabrita para que «permanezca con vosotros». «Éste es mi mandamiento de que améis.» ¿Qué quiere decir al mandar: «que améis»? Quiere decir una palabrita en la cual debéis fijaros: [El] amor es tan acendrado, tan desnudo, tan retraído en sí mismo que los maestros más destacados dicen[13] que el amor con el que amamos, es el Espíritu Santo. Hubo algunos[14] dispuestos a contradecirlo. Pero, siempre es verdad lo siguiente: en todo movimiento por medio del cual somos inducidos a amar, no nos mueve nada que no sea el Espíritu Santo. [El] amor en lo más acendrado, en lo más retraído, en sí mismo no es sino Dios. Dicen los maestros[15]que la meta por la cual el amor opera todas sus obras, es [la] bondad, y la bondad es Dios. Así como mi ojo no puede hablar ni mi lengua conocer el color, así tampoco [el] amor puede inclinarse hacia ninguna otra cosa que no sea [la] bondad y Dios.

¡Ahora prestad atención! ¿Qué es lo que quiere decir cuando toma tan en serio el hecho de que amemos? Quiere decir que el amor con el cual amamos, debe ser tan acendrado, tan desnudo, tan desasido, que no se debe inclinar ni hacia mí ni hacia mi amigo ni hacia [ninguna cosa] a su lado. Dicen los maestros[16]que no se puede llamar obra buena a ninguna obra buena, ni virtud a ninguna virtud, si no se hacen por amor. [La] virtud es tan noble, tan desasida, tan acendrada, tan desnuda en sí misma que no conoce nada mejor que a sí misma y a Dios.

Él dice, pues: «Éste es mi mandamiento». Cuando alguien me manda [hacer] algo que me resulta dulce, que me es útil y en lo cual reside mi felicidad, entonces me agrada mucho. Cuando tengo sed, la bebida es la que me manda [beber]; cuando tengo hambre, la comida es la que me manda [comer]. Y lo mismo hace Dios; ah sí, [Él manda hacer] cosas tan dulces que todo este mundo no puede ofrecer nada igual. Y quien una sola vez ha probado esta dulzura, de veras, tan poco como Dios es capaz de dar la espalda a su divinidad, tan poco puede semejante hombre desviar su amor de [la] bondad y de Dios; ah sí, le resulta más fácil desasirse de sí mismo y de toda su bienaventuranza y [luego] permanecer con su amor junto a [la] bondad y junto a Dios.

Ahora dice Él: «Que os améis los unos a los otros». ¡Oh, ésta sería una vida noble, sería una vida bienaventurada! ¿No sería una vida noble si cada uno se fijara tanto en la paz de su prójimo como en su propia paz, y su amor fuera tan desnudo y tan acendrado y tan desapegado en sí mismo que no tuviera otra meta que [la] bondad y Dios? Si se preguntara a un hombre bueno: «¿Por qué amas a [la] bondad?» —«¡Por amor de [la] bondad»! «¿Por qué amas a Dios?» —«¡Por amor de Dios!» Y si las cosas son así, que tu amor es tan acendrado, tan desasido, tan desnudo en sí mismo que no amas nada fuera de [la] bondad y de Dios, entonces es una verdad segura que todas las virtudes obradas jamás por todos los hombres, te pertenecen tan completamente como si tú mismo las hubieras obrado, y ello de modo más acendrado y mejor, porque el hecho de que el Papa es Papa, a él le produce a menudo gran trabajo, [mas] tú posees esa virtud de manera más pura y desapegada y con tranquilidad, y ella te pertenece más a ti que a él, siempre y cuando tu amor sea tan acendrado, tan desnudo en sí mismo que no pienses en nada ni ames cosa alguna fuera de [la] bondad y de Dios.

Pues bien, Él dice: «como os he amado». ¿Cómo nos ha amado Dios? Nos amaba cuando [todavía] no existíamos y cuando éramos sus enemigos. Nuestra amistad le hace tanta falta a Dios que no puede esperar hasta que se lo imploremos: viene a nuestro encuentro y nos pide que seamos sus amigos, pues nos solicita que anhelemos ser perdonados por Él. Por ello, Nuestro Señor dice muy acertadamente: «Esta es mi voluntad que oréis por los que os hacen daño» (Cfr. Lucas 6, 28). Debemos tomar muy en serio la oración por los que nos hacen daño. ¿Por qué?… Para cumplir la voluntad de Dios [en el sentido] de que no esperemos hasta que nos rueguen a nosotros, deberíamos decir [más bien]: «¡Amigo, perdóname por haberte entristecido!» Y deberíamos tomar igualmente en serio la virtud: cuanto mayor fuera el esfuerzo, tanto mayor debería ser nuestro empeño en [conseguir] la virtud. Del mismo modo, tu amor ha de ser uno solo porque [el] amor no quiere estar sino allí donde hay igualdad y unidad. Entre un patrono y un siervo suyo no hay paz, porque ahí no hay igualdad. Una mujer y un hombre son desiguales entre sí, mas en el amor son bien iguales. Por eso, la Escritura dice muy acertadamente que Dios tomó a la mujer de la costilla y del costado del varón (Génesis 2, 22), y no de la cabeza ni de los pies; porque donde hay dos, hay [un] defecto. ¿Por qué?… Porque lo uno no es lo otro, pues este «no» que produce diferenciación, no es sino amargura ya que en ese caso no hay paz. Si tengo una manzana en la mano, entonces es placentera para mi vista, mas a la boca se la priva de su dulzura. En cambio, si la como, le quito a mi vista el placer que me da. De este modo pues, dos no pueden existir juntos porque uno [de ellos] ha de perder su ser.

Por ende, dice Él: «¡Amaos los unos a los otros!», esto quiere decir: el uno en el otro. Sobre este punto la Escritura se expresa muy hermosamente. San Juan dice: «Dios es amor y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (1 Juan 4, 16). ¡Ah sí, lo dice con gran acierto! [Pues], si Dios permaneciera en mí y yo no permaneciese en Dios, o si yo permaneciera en Dios pero Dios no permaneciese en mí, no habría nada más que discordia. Mas, si Dios permanece en mí y yo en Dios, yo no valgo menos y Dios no es más elevado. Ahora podríais decir: ¡Señor, tú dices que yo tengo que amar, pero yo no sé amar! Sobre este [punto] se expresa Nuestro Señor muy acertadamente cuando le dijo a San Pedro: «¿Pedro, me amas?» —«Señor, tú sabes muy bien que te amo» (Cfr. Juan 21, 15). Si tú me lo has dado, Señor, te amo; si no me lo has dado, no te amo.

Ahora prestad atención a la segunda palabrita, allí donde dice: «Os he llamado mis amigos, porque os he revelado todo cuanto he escuchado de mi Padre» (Juan 15,15). Observad, pues, que Él dice: «Os he llamado mis amigos». En el mismo origen donde surge el Hijo — allí donde el Padre enuncia su Verbo eterno — y del mismo corazón surge y emana también el Espíritu Santo[17]. Y si el Espíritu Santo no hubiera emanado del Hijo, no se habría conocido ninguna diferencia entre el Hijo y el Espíritu Santo. Cuando prediqué, pues, en el día de la Trinidad[18], pronuncié en latín la [siguiente] palabrita: Que el Padre había dado a su Hijo unigénito todo cuanto es capaz de ofrecer —toda su divinidad, toda su bienaventuranza— sin reservarse nada para sí mismo. Entonces surgió una pregunta: ¿Le dio también su peculiaridad? Y yo contesté: ¡Así es! porque la paterna peculiaridad de engendrar no es otra cosa que Dios; y yo acabo de decir que Él no se ha reservado nada para sí. De cierto digo: La raíz de la divinidad la enuncia totalmente en su Hijo. Por ello dice San Felipe: «¡Señor, muéstranos al Padre y nos basta!» (Juan 14, 8). Un árbol que da frutos, empuja sus frutos hacia fuera. Quien me da el fruto, no me da [necesariamente] el árbol. Pero quien me da el árbol y la raíz y el fruto, me ha dado más. Ahora bien, Él dice: «Os he llamado mis amigos» (Juan 15,15). De cierto, en el mismo nacimiento en el cual el Padre engendra a su Hijo unigénito y le da la raíz y toda su divinidad y toda su bienaventuranza, y no se reserva nada para sí, en este mismo nacimiento nos llama amigos suyos. Si bien tú no oyes ni entiendes nada de ese hablar, existe, sin embargo, una potencia en el alma —de aquélla hablé cuando prediqué aquí el otro día[19]— esta [potencia] se halla completamente desapegada y del todo pura en sí misma y [tiene] íntimo parentesco con la naturaleza divina: en esta potencia [el hablar] se entiende. De ahí que Él diga muy acertadamente: «Por ello os he revelado todo cuanto he escuchado de mi Padre» (Juan 15, 15).

Ahora bien, Él dice: «lo que he escuchado». El hablar del Padre es su «engendrar», el «escuchar» del Hijo es su «nacer». Él dice pues: «Todo cuanto he escuchado de mi Padre». Ah sí, todo cuanto ha escuchado de su Padre desde la eternidad, nos lo ha revelado sin ocultarnos nada de ello. Digo yo: Y si hubiera escuchado mil veces más, nos lo habría revelado sin ocultarnos nada de ello. Así también nosotros, no le debemos ocultar nada a Dios; debemos revelarle todo cuanto somos capaces de ofrecer[le]. Porque, si reservaras algo para ti, perderías en igual proporción parte de tu eterna bienaventuranza, ya que Dios no nos ha ocultado nada de lo suyo. Estas palabras les parecen difíciles a algunas personas. Pero, por ello, nadie ha de desesperarse. Cuanto más te entregues a Dios, tanto más Dios, a su vez, se te dará Él mismo; cuanto más te despojes de ti mismo, tanto mayor será tu eterna bienaventuranza. El otro día, cuando rezaba mi Padrenuestro, que Dios mismo nos enseñara, pensé: Cuando decimos «¡Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad!» (Mateo 6, 10), le rogamos siempre a Dios que nos despoje de nosotros mismos.

Esta vez ya no hablaré de la tercera palabrita[20] donde dice: «Os he elegido —saciado [saciado]— tranquilizado [tranquilizado] — confirmado [confirmado]— para que vayáis y deis fruto y el fruto permanezca con vosotros» (Cfr. Juan 15,16). Mas ese fruto nadie lo conoce sino Dios solo.

Y que la eterna Verdad de la cual he hablado, nos ayude para que obtengamos ese fruto. Amén.

 

SERMÓN XXVIII[21]

Ego elegi vos de mundo.

 

Estas palabras que acabo de pronunciar en latín, se leen hoy en el santo Evangelio, en la Fiesta de un santo llamado Bernabé[22], y la Escritura dice generalmente que era un apóstol (Cfr. Hechos 13,1,2; y 1 Cor. 9,5 ss.). Y Nuestro Señor dice: «Por entre todo el mundo os he escogido, os he elegido; os he designado por entre todo el mundo y todos los seres creados para que vayáis y deis muchos frutos y que el fruto sea duradero en vosotros» (Cfr. Juan 15,16). Resulta que da mucho placer cuando una cosa da fruto y uno se queda con ese fruto. [Pero] el fruto es duradero para aquel que permanece y mora en el amor. Al final de este Evangelio dice Nuestro Señor: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado desde la eternidad, y como mi Padre me ha amado desde la eternidad, así yo os he amado. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor (Juan 15, 12 y 9 ss.).

Todos los mandamientos de Dios provienen del amor y de la bondad de su naturaleza; si no provinieran del amor, no podrían ser mandamientos de Dios. Pues el mandamiento de Dios es la bondad de su naturaleza, y su naturaleza es su bondad en su mandamiento. Luego, quienquiera que mora en la bondad de su naturaleza, mora en el amor de Dios; y el amor no tiene porqué. Si yo tuviera un amigo y lo amara para que me hiciese el bien y me complaciese del todo, no amaría a mi amigo sino a mí mismo. He de amar a mi amigo a causa de su propia bondad y su propia virtud y por todo cuanto es en sí mismo, entonces amo a mi amigo como se debe, cuando lo amo así como acabo de decir. Exactamente lo mismo sucede con el hombre que se mantiene en el amor de Dios, que no busca nada de lo suyo, ni en Dios ni en sí mismo ni en cualquier cosa que fuera, y que ama a Dios solo por su propia bondad y por la bondad de su naturaleza y por todo cuanto Él es en sí mismo. Y éste es el amor verdadero. [El] amor de las virtudes es una flor y un adorno y una madre de todas las virtudes y de toda perfección y de toda bienaventuranza, porque [este amor] es Dios, ya que Dios es el fruto de las virtudes; Dios fecunda a todas las virtudes, y es un fruto de las virtudes, y este fruto es duradero para el hombre. A un hombre que obrara a causa del fruto, le daría gran placer si este fruto le perdurase. Y si hubiera un hombre poseedor de una viña o de un campo y él lo cediera a su criado para que lo cultivara y le quedaran también los frutos, y si además le diera todo cuanto hacía falta para [su labor], le resultaría muy placentero [al criado] quedarse con los frutos sin [tener] gastos propios. Así constituye también un gran placer para el hombre que vive en medio del fruto de las virtudes, porque no tiene ni disgusto ni confusión ya que ha renunciado a sí mismo y a todas las cosas.

Ahora bien, dice Nuestro Señor: «Todo el que dejare algo por amor de mí, se lo devolveré [dándole] cien veces más y la vida eterna por añadidura» (Cfr. Mateo 19, 29). Mas si lo dejas a causa del céntuplo y de la vida eterna, no has dejado nada; ah sí, aunque dejes [las cosas] por una recompensa cien mil veces más [elevada], no habrás dejado nada. Tienes que dejarte a ti mismo y esto por completo, entonces tu renuncia es buena. Cierta vez me vino a ver un hombre —todavía no hace mucho— y dijo que había renunciado a grandes cosas en cuanto a bienes raíces y posesiones a fin de salvar su alma. Entonces pensé: ¡Ay, cuán poco y qué cosas insignificantes has dejado! No es nada más que ceguera y necedad mientras estás mirando de algún modo las cosas que dejaste. [Mas], cuando hayas renunciado a ti mismo, entonces sí habrás renunciado. El hombre que se ha dejado a sí mismo, es tan puro que el mundo no simpatiza con él.

Dije una vez aquí[23] —todavía no hace mucho—: Quien ama la justicia, de éste cuida la justicia y es abrazado por la justicia y es la justicia. Algún día anoté en mi libro[24]: El hombre justo no sirve ni a Dios ni a las criaturas ya que es libre; y cuanto más cerca se halla de la justicia, tanto más llega a ser la libertad él mismo y tanto más es él la libertad. Todo lo creado, en cuanto tal, no es libre. Mientras hay una cosa cualquiera por encima de mí, que no es Dios mismo, me oprime por pequeña que sea o cualquiera que sea su índole; aunque fueran [el] entendimiento y [el] amor; en cuanto cosa creada, y no Dios mismo, me oprime porque no es libre. El hombre injusto le sirve a la verdad, gústele o displázcale, y le sirve a todo el mundo y a todas las criaturas y es un siervo del pecado.

Una vez —todavía no hace mucho— se me ocurrió la siguiente idea: El que yo sea hombre, también otro hombre lo tiene en común conmigo; que yo vea y oiga y coma y beba, lo hace también el animal; pero lo que soy yo no le es propio a ningún hombre fuera de mí solo, ni de un ser humano ni de un ángel ni de Dios, a no ser en cuanto soy uno con Él; [esta] es una pureza y una unidad. Todo cuanto obra Dios, lo obra en lo Uno como igual a Él mismo. Dios da lo mismo a todas las cosas y, sin embargo, son muy disímiles en sus obras; pero, esto no obstante, tienden en todas sus obras hacia aquello que es igual a su propio ser. La naturaleza realizó en mi padre la obra de la naturaleza. [Mas] la naturaleza tenía la intención de que yo llegara a ser padre tal como él era padre. Él [mi padre] realiza toda su obra por algo semejante a él mismo y por su propia imagen para que él mismo sea lo obrado; en esto siempre se aspira a [que nazca] un «varón». Sólo allí donde la naturaleza es desviada u obstaculizada de modo que no disponga de su fuerza plena en su actuación, se origina una mujer. Mas, donde la naturaleza renuncia a su obra, ahí Dios empieza a obrar y hacer; porque si no hubiera mujeres, tampoco habría varones. Cuando el niño es concebido en el vientre de la madre, posee constitución, forma y figura; esto lo produce la naturaleza. Así permanece durante cuarenta días y cuarenta noches; pero al cuadragésimo día Dios crea al alma mucho más rápido que en un instante, para que el alma llegue a ser forma y vida para el cuerpo. Así, la obra de la naturaleza lleva hacia fuera todo cuanto la naturaleza puede obrar con lo que a forma, constitución y figura se refiere. La obra de la naturaleza sale por completo hacia fuera; y así como la obra de la naturaleza sale afuera, ella es sustituida por completo en el alma racional. Ahora se trata de una obra de la naturaleza y de una creación divina.

[Mas] en todo lo creado no hay —como ya dije varias veces— ninguna verdad. Hay una cosa que se halla por encima del ser creado del alma [y] a la que no toca ninguna criaturidad que es [una] nada; no la posee ni siquiera el ángel que tiene un ser puro que es acendrado y extenso; hasta él no la toca. Ella es afín a la índole divina, es una sola en sí misma, no tiene nada en común con nada. En cuanto a esta cosa muchos frailes insignes comienzan a cojear. Ella es una tierra extraña y un desierto, y antes que tener un nombre es innominada, y antes que ser conocida es desconocida. Si tú pudieras aniquilarte por un solo instante, digo yo —aunque fuera por un tiempo más breve que un instante—, te pertenecería todo aquello que [esta cosa] es en sí misma. Mientras todavía prestas alguna atención a ti mismo o a una cosa cualquiera, sabes tan poco de lo que es Dios, como sabe mi boca de lo que es el color, y como sabe mi vista de lo que es el gusto: tan poco sabes y conoces tú lo que es Dios.

Pues bien, Platón, el gran fraile, se pone a hablar de grandes cosas[25]. Se refiere a una pureza que no es de este mundo; no existe ni en el mundo ni fuera del mundo, no se encuentra ni en el tiempo ni en la eternidad, no tiene ni exterior ni interior. De esta [pureza] Dios, el eterno Padre, hace emerger la plenitud y el abismo de toda su divinidad. [Todo] esto lo engendra aquí en [la persona de] su Hijo unigénito y [hace] que seamos [cada uno] el mismo hijo. Y su engendrar es [al mismo tiempo] su permanecer adentro, y su permanecer adentro es su dar a luz. Siempre sigue siendo lo uno que brota en sí mismo. Ego, o sea, la palabra «yo», no pertenece a nadie sino a Dios solo, en su unidad. Vos, esta palabra significa lo mismo que «vosotros»: para que todos seáis uno en la unidad, esto quiere decir: las palabras «ego» y «vos», «yo» y «vosotros» apuntan hacia la unidad.

Que Dios nos ayude para que seamos y sigamos siendo esta misma unidad. Amén.

 

SERMÓN XXIX[26]

Convescens praecepit eis, ab Ierosolymis ne discederent etc.

 

Estas palabras que acabo de pronunciar en latín, las leemos en la misa de la Fiesta de hoy; Nuestro Señor las dijo a sus discípulos cuando estaba por ascender al cielo: «Quedaos juntos en Jerusalén sin separaros y esperad el cumplimiento de la promesa que os ha hecho el Padre: que seréis bautizados con el Espíritu Santo luego de estos días que no son muchos sino [antes bien] pocos» (Cfr. Hechos de los apóstoles 1, 4 a 5).

Nadie puede recibir al Espíritu Santo a no ser que more por encima del tiempo en [la] eternidad. En las cosas temporales el Espíritu Santo no puede ser ni recibido ni dado. Cuando el hombre se aparta de las cosas temporales y se vuelve hacia su fuero íntimo, percibe allí una luz celestial[27] que ha venido del cielo. Se halla por debajo del cielo y, sin embargo, es del cielo. En esta luz el hombre queda satisfecho, y, sin embargo, ella es [aún] corpórea; dicen que es materia. Un [trozo de] hierro cuya naturaleza consiste en caer hacia abajo, se levanta hacia arriba en contra de su naturaleza y se apega a la piedra imán a causa de la noble influencia que la piedra ha recibido del cielo. Dondequiera se dirija la piedra, hasta ahí se dirige también el hierro. Lo mismo hace el espíritu: no se contenta así sin embargo con esa luz; va avanzando siempre por el firmamento y penetra a través del cielo hasta llegar al espíritu que hace girar al cielo, y debido a la rotación del cielo reverdece y se cubre de hojas todo cuanto hay en el mundo. Pero el espíritu aún no está satisfecho si no avanza hasta la cima y la fuente primigenia donde el espíritu tiene su origen. Este espíritu [= el espíritu humano] comprende de acuerdo con el número sin número, y semejante número [sin número] no existe en el tiempo de la caducidad. En la eternidad [en cambio], nadie tiene otra raíz, allí nadie carece de número[28]. Este espíritu tiene que ir más allá de todo número atravesando toda cantidad, y luego es atravesado por Dios; y así como Él me atraviesa, lo atravieso yo, a mi vez. Dios conduce a este espíritu al desierto y a la unidad suya allí donde Él es un Uno puro y [sólo] brota en sí mismo. Este espíritu [ya] no tiene porqué; si tuviera algún porqué [también] debería tener su porqué la unidad. Este espíritu se halla en unidad y en libertad.

Ahora bien, dicen los maestros[29]que la voluntad es tan libre que, a excepción de Dios, nadie es capaz de someterla. [Pero] Dios no somete a la voluntad sino que la ubica en la libertad de tal manera que no quiere otra cosa que aquello que es Dios mismo y la misma libertad. Y el espíritu no puede querer otra cosa fuera de lo que quiere Dios; y eso no es falta de libertad sino libertad por excelencia.

Pues bien, ciertas personas dicen[30]: «Si tengo a Dios y el amor de Dios, puedo hacer muy bien todo cuanto quiero». Esta palabra la interpretan mal. Mientras eres capaz de [hacer] cualquier cosa que esté en contra de Dios y de sus mandamientos, no posees el amor de Dios, por más que engañes al mundo [pretendiendo] que lo tengas. Al hombre que se halla afianzado en la voluntad y el amor divinos, le resulta placentero hacer todo cuanto le gusta a Dios y dejar todo cuanto está en contra de Dios; y le resulta tan imposible dejar de hacer algo que Dios quiere que se haga, como hacer algo que esté en contra de Dios. Pasa exactamente lo mismo con quien tiene atadas las piernas; tan imposible como sería para él caminar, tan imposible le sería al hombre afianzado en la voluntad divina, hacer algo malo. Dijo alguien: Aunque Dios mismo hubiera mandado hacer [el] mal y huir de [la] virtud, yo no sería capaz de hacer el mal. Pues nadie ama a la virtud sino aquel que es la virtud misma. El hombre que ha dejado a sí mismo y a todas las cosas, que no busca nada de lo suyo en cosa alguna y hace todas sus obras sin porqué y por amor, semejante hombre está muerto para todo el mundo y vive en Dios y Dios en él.

Hay, empero, gente que dice: «Nos echáis hermosos sermones, mas nosotros no notamos nada de ello». ¡Yo también me lamento de lo mismo! Este ser[31] es tan noble y tan universal que no necesitas comprarlo ni por un cuarto ni por medio penique. Ten sin embargo una disposición recta y una voluntad libre, entonces lo poseerás. El hombre que ha dejado así a todas las cosas en su ser más bajo y en cuanto son perecederas, las recibe de vuelta en Dios donde son verdad. Todo cuanto aquí está muerto, vive allí, y todo cuanto es materia gruesa aquí, allí, en Dios, es espíritu. Es exactamente como si alguien vertiera agua pura en un recipiente limpio, que fuera completamente puro y límpido, y lo dejara sin mover; y si luego una persona pusiera [encima] su rostro, lo vería en el fondo exactamente como es en sí mismo. Esto se debe al hecho de que el agua es pura y limpia e inmóvil. Lo mismo sucede con todos los hombres que se mantienen libres y unidos en sí mismos, y, si reciben a Dios en medio de la paz y tranquilidad, deben recibirlo también en la discordia e intranquilidad; entonces todo anda perfectamente bien. Pero si lo aprehenden menos en la discordia e intranquilidad, que en la tranquilidad y la paz, las cosas andan mal. Dice San Agustín[32]: A quien el día le resulta enojoso y el tiempo se le hace largo, que se dirija hacia Dios donde no hay «tiempo largo» [= tiempo que dura] y en quien descansan todas las cosas. Aquel que ama a la justicia, será aprehendido por la justicia y se convertirá en justicia.

Pues bien, dijo Nuestro Señor: «No os he llamado siervos, os he llamado amigos, porque el siervo no sabe qué es lo que quiere su Señor» (Juan 15,15). También mi amigo podría saber algo que yo no sabía, por cuanto no querría comunicármelo. Mas Nuestro Señor dijo: «Todo cuanto he escuchado de mi Padre, os lo he revelado». Me sorprende, pues, que algunos frailes, que pretenden ser muy doctos y grandes frailes, se contenten tan pronto y se dejen engañar. Al referirse a la palabra que dijo Nuestro Señor: «Todo cuanto he escuchado de mi Padre, os lo he revelado»… quieren interpretarla diciendo que nos ha revelado cuanto nos hace falta para nuestra eterna bienaventuranza, mientras «estamos en camino». Yo no opino que se deba interpretar así, porque no es verdad. Dios ¿por qué se hizo hombre? Para que yo mismo naciera como el mismo Dios. Dios murió para que yo muriera para todo el mundo y todas las cosas creadas. Así hay que interpretar la palabra pronunciada por Nuestro Señor: «Todo cuanto he escuchado de mi Padre, os lo he revelado». ¿Qué es lo que el Hijo escucha de su Padre? El padre no puede sino engendrar, el Hijo no puede sino nacer. Todo cuanto el Padre tiene y cuanto es, [o sea] la esencia abismal del ser divino y de la naturaleza divina, lo engendra todo en su Hijo unigénito. Esto es lo que el Hijo escucha del Padre, esto es lo que nos ha revelado para que seamos [cada uno] el mismo hijo. Todo cuanto tiene el Hijo, o sea, el ser y la naturaleza, lo tiene de su Padre, para que seamos [cada uno] el mismo hijo unigénito. [Por otra parte], nadie tiene el Espíritu Santo si no es el hijo unigénito. [Pues], allí donde se hace espíritu al Espíritu Santo, lo hacen espíritu el Padre y el Hijo; porque esto es esencial y espiritual. Puedes recibir, por cierto, los dones del Espíritu Santo o la semejanza con el Espíritu Santo; pero no permanece en tu interior, es inestable. Sucede lo mismo cuando una persona se ruboriza por vergüenza y [luego] palidece; es un accidente y pasajero. Mas el hombre que es rubicundo y hermoso por naturaleza, siempre sigue siéndolo. Así [también] le pasa al hombre que es el hijo unigénito: el Espíritu Santo permanece en él esencialmente. Por eso está escrito en el Libro de la Sabiduría: «Hoy te he engendrado» al reflejo de mi luz eterna, en la plenitud y «en la claridad de todos los santos» (Cfr. Salmos 2,7; 109,3). Lo engendra ahora y «hoy». Ahí se está de parto en la divinidad, ahí se los «bautiza en el Espíritu Santo» —«ésta es la promesa que les ha hecho el Padre»—. «Luego de estos días que no son muchos sino pocos»: esto es la «plenitud de la divinidad» (Cfr. Col. 2, 9) donde no hay ni día ni noche; aquello que se halla a [una distancia de] mil millas, allí se encuentra tan cerca de mí como el lugar donde estoy parado ahora, allí hay plenitud y magnificencia de toda la divinidad, allí hay unidad. El alma, mientras percibe [aún] cualquier diferencia, anda mal; mientras todavía hay algo que mira hacia fuera o hacia dentro, no hay unidad. María Magdalena buscaba a Nuestro Señor en la tumba, buscaba a un muerto y encontró a dos ángeles vivos; por eso se sintió aún desconsolada. Entonces dijeron los ángeles: «¿De qué te preocupas? ¿Qué estás buscando? Un muerto y encuentras a dos vivos». Entonces dijo ella: «Justamente esto es mi desconsuelo que yo encuentre a dos y, sin embargo, busco a uno solo». (Cfr. Juan 20,11 ss.).

Mientras [aún] es posible que alguna diferencia de cualquier cosa creada mire al interior del alma, ella sentirá aflicción. Digo, como ya he dicho a menudo: Donde el alma tiene su ser natural creado, allí no hay verdad. Digo que hay algo por encima de la naturaleza creada del alma. Mas, algunos frailes no comprenden que pueda haber algo tan afín a Dios y tan uno [con Él]. No tiene nada en común con nada. Todo lo creado o creable no es nada; pero a aquello le resulta alejado y extraño toda índole de creado y creable. Es uno solo en sí mismo que no recibe nada desde fuera de sí mismo.

Nuestro Señor ascendió al cielo por encima de toda luz y de todo conocimiento y de toda comprensión. El hombre que es llevado así por encima de toda luz, mora en [la] eternidad. Por eso dice San Pablo: «Dios mora en una luz a la cual no hay acceso» (Cfr. 1 Timoteo 6,16), y que es, en sí misma, un puro Uno. Por eso el hombre debe estar mortificado y completamente muerto y no ser nada en sí mismo, enteramente despojado de toda igualdad y ya no ser igual a nadie, entonces es verdaderamente igual a Dios. Porque ésta es la peculiaridad de Dios y su naturaleza: que es sin par y no igual a nadie.

Que Dios nos ayude para que seamos de tal manera uno en la unidad que es Dios mismo. Amén.

 

SERMÓN XXX[33]

Praedica verbum, vigila, in omnibus labora.

 

Hoy y mañana se lee una palabrita con respecto a Santo Domingo, mi patrono, y San Pablo la escribe en la Epístola, y en lengua vulgar reza así: «¡Predica la palabra, enúnciala, sácala afuera, prodúcela y da a luz a la palabra!» (Cfr. 2 Timoteo 4, 2).

Es muy extraño el hecho de que algo emane y, sin embargo, permanezca adentro. El que la palabra emane y, sin embargo, permanezca adentro, es muy extraño; el que todas las criaturas emanen y, sin embargo, permanezcan adentro, es muy extraño; lo que Dios ha dado y ha prometido dar, es muy extraño, y es incomprensible e increíble. Y está bien que así sea; pues, si fuera comprensible y creíble, no estaría bien. Dios se halla en todas las cosas. Cuanto más está dentro de las cosas, tanto más está fuera de las cosas: cuanto más adentro, tanto más afuera, y cuanto más afuera, tanto más adentro. Ya he dicho varias veces que en este instante [nû] Dios crea todo el mundo. Todo lo creado alguna vez por Dios, hace seis mil y más años, cuando hizo el mundo, Dios lo está creando ahora todo junto. Él se halla en todas las cosas pero, en cuanto Dios es divino y Dios es razonable, no se encuentra en ninguna parte con tanta propiedad como en el alma y en el ángel, si quieres, en lo más entrañable del alma y lo más elevado del alma[34]. Y cuando digo: «lo más entrañable» me refiero a lo más elevado, y cuando digo «lo más elevado» me refiero a lo más entrañable del alma. En lo más entrañable y en lo más elevado del alma: ahí los concibo a ambos juntos en uno solo. Allí donde nunca entró el tiempo, en donde nunca cayó el brillo de una imagen, en lo más entrañable y lo más elevado del alma, crea Dios todo este mundo. Todo cuanto creó Dios hace seis mil años, cuando hizo el mundo, y todo cuanto Dios habrá de crear luego de mil años —con tal de que el mundo exista durante todo ese tiempo— lo crea Dios en lo más entrañable y lo más elevado del alma. Todo lo pasado y todo lo presente y todo lo futuro, lo crea Dios en lo más entrañable del alma. Todo cuanto obra Dios en todos los santos, lo obra en lo más entrañable del alma. El Padre engendra a su Hijo en lo más entrañable del alma, y te engendra a ti junto con su Hijo unigénito [y] no [en condición] inferior. Si he de ser hijo, tengo que ser hijo dentro del mismo ser en que Él es Hijo y en ningún otro. Si he de ser hombre, no puedo ser hombre dentro del ser de ningún animal, he de ser hombre dentro del ser de un hombre. Mas, si he de ser este hombre [determinado], he de serlo dentro de esta naturaleza [determinada]. Ahora bien, San Juan dice: «Sois hijos de Dios» (Cfr. 1 Juan 3, 1).

«¡Di la palabra, enúnciala, sácala afuera, prodúcela y da a luz a la palabra!» «¡Enúnciala!» Lo hablado desde fuera hacia dentro, es cosa burda; mas [aquella palabra] se pronuncia adentro. «¡Enúnciala!», esto quiere decir: Date cuenta de que esto se halla dentro de ti. Dice el profeta: «Dios dijo una cosa y yo escuché dos» (Cfr. Salmo 61,12). Es verdad: Dios nunca dijo sino una sola cosa. Su dicho no es sino uno solo. En este único dicho pronuncia a su Hijo y al mismo tiempo al Espíritu Santo y a todas las criaturas y, no obstante, no hay sino un solo dicho en Dios. Mas el profeta dice: «Escuché dos», esto quiere decir, escuché a Dios y a las criaturas. Allí donde Dios las pronuncia [= a las criaturas], allí es Dios; mas aquí [= en esta tierra] es criatura. La gente se imagina que Dios sólo se había hecho hombre allí [en su Encarnación histórica]. No es así, pues Dios [aquí] se ha hecho hombre lo mismo que allí[35], y se hizo hombre a fin de engendrarte a ti como a su Hijo unigénito y no [en condición] inferior.

Ayer estaba sentado en un lugar y dije una palabra que se halla en el Padrenuestro y que reza: «¡Hágase tu voluntad!» (Mateo 6,10). Mas sería mejor: «¡Hágase tuya [la] voluntad!»; para que mi voluntad llegue a ser su voluntad, que yo llegue a ser Él: esto es lo que quiere decir el Padrenuestro. Esta palabra tiene dos significados. Uno es: «¡Duerme frente a todas las cosas!», quiere decir, que no habrás de saber nada ni del tiempo ni de las criaturas ni de las representaciones… Dicen los maestros: Si un hombre dormido profundamente durmiera cien años, no sabría nada de criatura alguna, ni de tiempo ni de imágenes… y entonces podrás percibir qué es lo que Dios obra en ti. Por eso dice el alma en El Libro de Amor: «Duermo y mi corazón está de vigilia» (Cantar de los Cant. 5, 2). Por lo tanto, si todas las criaturas duermen en tu interior, podrás percibir qué es lo que Dios obra dentro de ti.

La palabra[36]: «¡Esfuérzate en todas las cosas!» abarca [a su vez] tres significados. Quiere decir más o menos lo siguiente: ¡Obra tu provecho en todas las cosas!, esto significa: ¡Aprehende a Dios en todas las cosas!, porque Dios se halla en todas las cosas. Dice San Agustín[37]: «Dios creó a todas las cosas [y esto] no en el sentido de que haya hecho que llegaran a ser mientras Él siguiera por su camino, sino que ha permanecido dentro de ellas». La gente se imagina que tiene más cuando tiene las cosas junto con Dios, que en el caso de que tenga a Dios sin las cosas. Pero, en esto se equivocan; porque todas las cosas agregadas a Dios no son más que Dios solo; y si alguien, teniendo al Hijo y junto con Él al Padre, se imaginara que tenía más que en el caso de tener al Hijo sin el Padre, estaría equivocado. Porque el Padre junto con el Hijo no es más que el Hijo solo, y el Hijo con el Padre tampoco es más que el Padre solo. Por eso, toma a Dios en todas las cosas: ésta es una señal de que te ha engendrado como a su Hijo unigénito y no [en condición] inferior.

El segundo significado es el siguiente: ¡Obra tu provecho en todas las cosas! o sea: «¡Amarás a Dios más allá de todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo!» (Cfr. Lucas 10, 27), y éste es un mandamiento [dado] por Dios. Mas, yo digo que no sólo es un mandamiento sino que Dios, también, lo ha regalado y prometido regalarlo. Si prefieres cien marcos tuyos a los de otro, haces mal. Si prefieres una persona a otra, haces mal; y si amas más a tu padre y a tu madre y a ti mismo que a otra persona, haces mal; y si prefieres la bienaventuranza tuya a la de otro, haces mal. «¡Líbreme Dios! ¿Qué estáis diciendo? ¿No he de preferir la bienaventuranza mía a la de otro?» Hay muchas personas letradas que no comprenden tal cosa y les parece muy difícil; mas no es difícil, es fácil. Te mostraré que no es difícil. Mirad: la naturaleza persigue dos finalidades con cada miembro para que opere en el hombre. La primera finalidad que el [miembro] persigue en sus obras, consiste en servir al cuerpo en su totalidad y luego, a cada miembro, por separado, tal como a sí mismo, y no menos que a sí mismo, y en sus obras no se refiere más a sí mismo que a otro miembro. Esto tiene mucha mayor validez para [la esfera de] la gracia. Dios debe ser la regla y el fundamento de tu amor. La intención primaria de tu amor debe dirigirse puramente hacia Dios y luego hacia tu prójimo como a ti mismo y no menos que a ti mismo. Y si amas la bienaventuranza tuya más que la de otro, está mal hecho; pues, si amas la bienaventuranza más en ti que en otro, te amas a ti mismo. Donde te amas a ti, Dios no constituye tu amor puro, y eso está mal hecho. Porque, si amas la bienaventuranza de San Pedro y de San Pablo como en ti mismo, posees la misma bienaventuranza que, también, tienen ellos. Y si amas la bienaventuranza en los ángeles tanto como en ti mismo, y si amas la bienaventuranza de Nuestra Señora tanto como en ti, gozas de la misma bienaventuranza, propiamente dicha, que ella misma; te pertenece lo mismo a ti que a ella. Por eso se dice en El Libro de la Sabiduría: «Lo hizo similar a sus santos» (Eclesiástico 45, 2).

El tercer significado de: ¡Obra tu provecho en todas las cosas! es éste: ¡Amarás a Dios de la misma manera en todas las cosas!; esto quiere decir: Ama a Dios tan gustosamente en [la] pobreza como en [la] riqueza, y tenle tanto amor en [la] enfermedad como en [la] salud; ámalo tanto en [la] tentación como sin tentación y en [el] sufrimiento como sin sufrimiento. Ah sí, cuanto mayor [el] sufrimiento, tanto menor [el] sufrimiento; [es] como dos baldes: cuanto más pesado [es] el uno, tanto más liviano [es] el otro, y cuanto más sacrifica el hombre, tanto más fácil le resulta el sacrificio. A un hombre que ama a Dios, le resultaría tan fácil renunciar a todo este mundo como a un huevo. Cuanto más sacrifica, tanto más fácil le resulta el sacrificio, como [fue con] los apóstoles: cuanto más pesados eran [sus] sufrimientos, con tanta más facilidad los soportaban (Cfr. Hechos 5, 41).

«¡Esfuérzate en todas las cosas!» quiere decir [finalmente]: Donde te encuentras [centrado] en múltiples cosas y en otra parte que no sea el ser desnudo, puro, simple, ahí pon tu empeño, quiere decir: «¡Esfúerzate en todas las cosas!»… «cumpliendo con tu ministerio» (Cfr. 2 Tim. 4, 5). Esto equivale a decir: ¡Levanta tu cabeza!, lo cual tiene dos sentidos. El primero es: Despójate de todo lo tuyo y entrégate a Dios, entonces Dios te pertenecerá tal como se pertenece a sí mismo y Él es Dios para ti como es Dios para sí mismo y nada menos. Aquello que es mío, no lo he obtenido de nadie. Pero, si lo he recibido de alguien, no es mío, sino que pertenece a aquel de quien lo he recibido. El segundo significado es: ¡Levanta tu cabeza!, esto es: ¡Dirige todas tus obras hacia Dios! Hay mucha gente que no lo comprende y no me parece sorprendente; porque el hombre que ha de comprenderlo, debe estar muy apartado de todas las cosas y muy por encima de ellas.

Que Dios nos ayude para que lleguemos a esta perfección. Amén.

 

SERMÓN XXXI[38]

Ecce ego mitto angelum meum etc.

 

«Mirad, Yo envío a mi ángel delante de tu rostro para que prepare tu camino. En seguida será sacrificado en su templo. ¿Quién conoce el día de su llegada? Es como un fuego que une [todo] con su aliento» (Mal. 3,1 ss.).

Se dice, pues: «En seguida será sacrificado en su templo aquel a quien esperamos». El alma ha de Sacrificarse con todo cuanto es y cuanto tiene, ya sean flaquezas, ya sean virtudes: todo esto, lo ha de subir y sacrificar, junto con el Hijo, al Padre celestial. Cuanto amor puede ofrecer el Padre, de tanto amor es merecedor el Hijo. El Padre no ama ninguna cosa a excepción de su Hijo y de todo cuanto encuentra en su Hijo. Por eso, el alma debe elevarse con toda su fuerza y sacrificarse en el Hijo al Padre; y así será amada con el Hijo por el Padre.

Ahora bien, Él dice: «Mirad, envío a mi ángel». Cuando se dice: «Mirad», se entienden tres cosas: una que es grande, u otra que es maravillosa o una tercera que es extraordinaria. «Mirad, envío a mi ángel para que prepare» y purifique al alma a fin de que pueda recibir la luz divina. La luz divina se halla, en todo momento, firmemente insertada en la luz del ángel, y la luz del ángel le resultaría molesta al alma y no le gustaría, si dentro de aquélla no estuviera escondida la luz divina. Dios se esconde en la luz angelical y se cubre con ella esperando continuamente el instante en el que pueda arrastrarse hacia fuera para entregarse al alma. He dicho también en otras ocasiones: Si alguien me preguntara qué es lo que hace Dios en el cielo, diría: Engendra a su Hijo y lo engendra completamente nuevo y lozano, y al hacerlo siente un deleite tal que no hace sino realizar esa obra. Por eso dice: «Mirad, Yo». Aquel que dice «Yo» tiene que hacer la obra de la mejor manera imaginable. Nadie puede pronunciar esta palabra, en sentido propio, sino el Padre. La obra le es tan propia que nadie sino el Padre es capaz de realizarla. En esta obra Dios opera todas sus obras y de ella penden el Espíritu Santo y todas las criaturas, porque Dios realiza la obra, que es su nacimiento, en el alma; su nacimiento es su obra y el nacimiento es el Hijo. Esta obra la opera Dios en el fondo más íntimo del alma y tan a escondidas que no lo saben ni los ángeles ni los santos, y el alma no puede contribuir con nada sino sólo sufrirlo; pertenece únicamente a Dios. Por eso dice con propiedad el Padre: «Yo envío a mi ángel». Ahora digo yo: No lo queremos, esto no nos basta. Dice Orígenes[39]: «María Magdalena buscaba a Nuestro Señor; buscaba a un muerto y encontró a dos ángeles vivos (Cfr. Juan 20, lis.) y no le bastó. Tenía razón porque buscaba a Dios».

¿Qué es un ángel? Dionisio habla del principado sacro de los ángeles[40] donde hay orden divino y obra divina y sabiduría divina y similitud divina o verdad divina en la medida de lo posible. ¿Qué es [el] orden divino? Del poder divino prorrumpe la sabiduría y de los dos prorrumpe el amor, éste es el fuego; porque [la] sabiduría y [la] verdad y [el] poder y el amor, [o sea] el fuego, se hallan en la periferia del ser que es un ser sobre-flotante, puro sin naturaleza. Es esta su naturaleza [de Dios]: carecer de naturaleza[41]. Quien desea reflexionar sobre [la] bondad o [la] sabiduría o [el] poder, encubre [el] ser y lo oscurece con el pensamiento. Un solo pensamiento añadido encubre [el] ser. Éste es, pues, el orden divino. Donde Dios encuentra en el alma [una] similitud respecto a ese orden, ahí el Padre engendra a su Hijo. El alma, con todo [su] poder, debe penetrar en su luz. Del poder y de la luz surge un fuego, un amor. Así, el alma tiene que penetrar, con todo su poder, en el orden divino.

Ahora hablaremos de este orden del alma. Dice un maestro pagano[42]: la sobre-flotante luz natural del alma es tan pura y tan clara y tan alta que toca la naturaleza angelical; es tan leal y [por otra parte] tan desleal y hostil a las potencias inferiores que nunca se infunde en ellas ni alumbra dentro del alma, a no ser que las potencias inferiores se hallen subordinadas a las potencias superiores, y las potencias superiores a la suprema Verdad. Cuando un ejército está ordenado, el criado se subordina al caballero y el caballero al conde y el conde al duque. Todos quieren que haya paz; por eso cada uno le ayuda al otro. Del mismo modo, cada potencia debe estar subordinada a otra y ayudarla en el combate para que haya pura paz y tranquilidad en el alma. Dicen nuestros maestros[43]: «La tranquilidad cabal es ser libre de todo movimiento». De esta manera el alma debe elevarse más allá de sí misma al orden divino. Ahí el Padre le da el alma a su Hijo unigénito en pura tranquilidad. Éste es, pues, el primer punto respecto al orden divino.

Pasemos por alto los otros puntos. Sólo [diré] un poco más sobre el último. Cuando me referí a los ángeles —que poseen mucha similitud con Dios e iluminación—: en la iluminación trepan por encima de sí mismos hasta la similitud divina en la cual continuamente se hallan frente a frente con Dios en la luz divina con tanta similitud que operan obras divinas. Los ángeles así iluminados y símiles a Dios, lo obligan a Dios a entrar en su fuero íntimo y se empapan de Él. He dicho también en otras ocasiones: Si yo estuviera vacío y tuviera un amor acendrado y similitud, lo haría entrar por completo a Dios en mi fuero íntimo. Una luz se esparce e ilumina aquello sobre lo cual se esparce. El que a veces se diga: Éste es un hombre iluminado, no es gran cosa. Pero, cuando [la luz] dimana e irrumpe en el alma y la asemeja a Dios y la hace deiforme en la medida de lo posible, iluminándola desde dentro, esto es mucho mejor. En la iluminación trepa por encima de sí misma en la luz divina. Cuando ella retorna así a su patria, y se halla unida con Él, es una co-operadora. Fuera del Padre ninguna criatura opera, sólo Él opera. El alma no debe desistir nunca hasta que tenga el mismo poder de obrar que Dios. Así opera junto con el Padre todas sus obras; coopera simple y sabia y amorosamente.

Que Dios nos ayude a cooperar así con Dios. Amen.

 

SERMÓN XXXII[44]

Consideravit semitas domus suae et panem otiosa non comedit.

 

«Una buena mujer alumbró los senderos de su casa y no comió ociosa su pan» (Prov. 31, 27).

Esa casa significa el alma en su totalidad, y los senderos de la casa representan a las potencias del alma. Dice un viejo maestro[45]que el alma está hecha entre uno y dos. Uno es la eternidad que se preserva siempre sola y es uniforme. Dos, [empero], es el tiempo que se transforma y multiplica. [Con eso] quiere decir que el alma, con las potencias más elevadas, toca a la eternidad, o sea, a Dios; y con las potencias inferiores toca al tiempo y por ello es sometida al cambio y se inclina hacia las cosas corpóreas y, al hacerlo, pierde su nobleza. Si el alma pudiera conocer íntegramente a Dios, como [hacen] los ángeles, nunca habría entrado en el cuerpo. Si pudiera conocer a Dios sin el mundo, éste nunca habría sido creado a causa de ella. El mundo fue creado a causa de ella con la finalidad de que la vista del alma fuera ejercitada y fortalecida para que fuese capaz de soportar la luz divina. Así como la luz del sol no se proyecta sobre la tierra sin ser envuelta por el aire y desparramada sobre otras cosas, ya que de otra manera la vista humana no la podría soportar, así también la luz divina es fortísima y tan clara que la vista del alma no la podría soportar sin ser fortalecida y elevada por la materia y las parábolas, y de esta manera es conducida hasta la luz divina y aclimatada dentro de ella.

El alma toca a Dios con las potencias supremas; debido a ello está formada a [semejanza de] Dios. Dios se halla formado a semejanza de sí mismo y tiene su imagen de Él mismo y de nadie más. Su imagen consiste en que se conoce a fondo, no siendo nada más que luz. Cuando el alma lo toca con verdadero conocimiento, ella se le asemeja en esta imagen. Cuando un sello se imprime en cera verde o colorada o en un paño, se produce en todo caso una imagen. [Mas] cuando el sello traspasa completamente la cera de modo que no sobra ninguna cera que no sea acuñada por el sello, ella constituye una sola cosa con el sello, sin distinción alguna. De la misma manera el alma, cuando toca a Dios con verdadero conocimiento, le es unida totalmente en la imagen y en la semejanza. Dice San Agustín[46]que el alma es tan noble y fue creada tan por encima de todas las criaturas que ninguna cosa perecedera, que perecerá en el Día del Juicio Final, es capaz de hablar ni obrar en el interior del alma sin mediación y sin mensajeros. Éstos son los ojos y los oídos y los cinco sentidos; ellos son los «senderos» por los cuales el alma sale al mundo y el mundo, a su vez, retorna al alma por estos senderos. Dice un maestro[47]que «las potencias del alma han de regresar al alma con grandes ganancias». Cuando salen, siempre traen algo de vuelta. Por ello, el hombre debe vigilar afanosamente sus ojos para que no traigan nada nocivo para el alma. Tengo esta certeza: cualquier cosa que ve el hombre bueno, lo perfecciona. Cuando ve cosas malas, le da las gracias a Dios por haberlo puesto a salvo de ellas, y reza por aquel en quien aparece [el mal], para que Dios lo convierta. [Mas] cuando ve algo bueno, anhela que sea realizado en él.

Esta [forma de] mirar debe tener carácter doble: que depongamos lo nocivo y suplamos aquello de que carecemos. Ya he dicho en otras oportunidades: Quienes ayunan mucho y pasan mucho tiempo en vela y hacen grandes obras, mas no corrigen sus defectos ni su conducta, en lo cual consiste el verdadero progreso, se engañan a sí mismos y el diablo se burla de ellos. Un hombre poseía un erizo con el que se enriqueció. Vivía cerca de un lago. Cuando el erizo notaba hacia donde soplaba el viento, se le erizaba el cuero y volvía el lomo hacia ese lado. Entonces el hombre iba al lago y decía a [los barqueros]: «¿Qué queréis darme si yo os indico hacia donde sopla el viento?», y [de esta manera] vendía el viento y se hizo rico[48]. Así también el hombre de veras se enriquecería de virtudes, si examinara cuál era su lado más flaco para corregirse y hacer un esfuerzo por superar esa [flaqueza].

Así procedió Santa Isabel con gran empeño. «Había contemplado» prudentemente «los senderos de su casa». Por eso «no temía el invierno porque su servidumbre tenía vestimenta doble» (Prov. 31, 21). Pues andaba con ojo avizor respecto a todo cuanto podía dañarla. En cuanto a sus flaquezas ponía todo su empeño por convertirlas en perfecciones. Por eso «no comió ociosa su pan». También había dirigido hacia Nuestro Dios sus potencias supremas. Son tres las potencias supremas del alma. La primera es el conocimiento; la segunda [la] irascibilis, la cual es una potencia tendente hacia arriba; la tercera es la voluntad. Cuando el alma se entrega al conocimiento de la recta verdad, [o sea] la potencia simple en la cual se conoce a Dios, entonces el alma se llama una luz. Y Dios es también una luz y cuando la luz divina se vierte en el alma, ésta es unida a Dios como una luz a otra. Entonces se llama la luz de la fe y esta es una virtud teologal. Y adonde el alma no puede llegar con sus sentidos y potencias, allí la lleva la fe.

La segunda es la potencia tendente hacia arriba; su obra por excelencia es el tender hacia arriba. Así como es propio del ojo ver figuras y colores, y del oído oír dulces sonidos y voces, así es acción propia del alma tender ininterrumpidamente hacia arriba con esta potencia; mas, si mira a un lado, cae víctima del orgullo, lo cual es un pecado. No soporta que haya algo por encima de ella. Creo que ni siquiera puede soportar que Dios se encuentre por encima de ella; cuando Él no se halla dentro de ella, y cuando no las pasa tan bien como Él mismo, no puede descansar nunca. En esta potencia Dios es aprehendido dentro del alma en cuanto sea posible a la criatura, y en este sentido se habla de la esperanza que es también una virtud teologal. En ella, el alma tiene tan grande confianza en Dios que le parece que Dios no tiene nada en todo su ser que no le sea posible recibir. Dice el señor Salomón que «el agua hurtada es más dulce» que otra (Prov. 9, 17). Y afirma San Agustín[49]: Me resultaban más dulces las peras que robaba que las que me compraba mi madre; justamente porque me estaban prohibidas y vedadas. Así también le resulta más dulce al alma esa gracia que ella conquista con especial sabiduría y empeño antes que aquella que es común a todo el mundo.

La tercera potencia es la voluntad interior que, cual rostro, siempre está vuelta hacia Dios en la voluntad divina y dentro de sí recoge de Dios el amor. Ahí Dios es conducido a través del alma, y el alma es conducida a través de Dios; y esto se llama un amor divino y es también una virtud teologal. [La] bienaventuranza divina reside en tres cosas: precisamente en [el] conocimiento con el cual Él se conoce íntegramente, en segundo término, en [la] libertad de modo que permanece incomprendido e incoercible para toda su creación y [finalmente], en la completa suficiencia con la cual es suficiente para Él mismo y para toda criatura. Pues, la perfección del alma reside también en lo siguiente: en [el] conocimiento y en [la] comprensión de que Dios la ha aprehendido, y en [la] unión con el amor cabal. ¿Queremos saber qué es el pecado? Volver la espalda a la bienaventuranza y a la virtud, de esto proviene cualquier pecado. Esos senderos los debe mirar toda alma bienaventurada. Por eso «no teme el invierno porque su servidumbre lleva puesta, también, vestimenta doble», como dice de ella [Isabel] la Escritura. Estaba vestida de fortaleza para resistir a toda imperfección, y adornada con la verdad (Prov. 31, 25 a 26). Esta mujer, hacia fuera, ante el mundo, gozaba de riquezas y honores, mas en su fuero íntimo adoraba [la] verdadera pobreza. Y cuando le faltaba el consuelo externo, se refugiaba con Aquel con quien se refugian todas las criaturas, y ella despreciaba al mundo y a sí misma. Así consiguió superarse a sí misma y despreciaba que la despreciaran, de modo que ya no se preocupaba por ello ni renunciaba a su perfección. Con el corazón puro anhelaba que se le permitiera lavar y cuidar a personas enfermas y sucias.

Que Dios nos ayude para que alumbremos así los senderos de nuestra casa y que no comamos ociosos nuestro pan. Amén.

 

SERMÓN XXXIII[50]

Sancti per fidem vicerunt regna.

 

Dice San Pablo: «Por la fe los santos conquistaron reinos» (Cfr. Hebreos 11, 32 ss.).

Los santos conquistaron cuatro reinos, y nosotros, también, debemos conquistarlos. El primer reino es el mundo; el reino del mundo ha de vencerse por la pobreza del espíritu. El segundo reino es el de nuestra carne; a éste lo debemos vencer por el hambre y la sed. El tercer reino es el del diablo; a él lo tenemos que vencer con lamentos y penas. El cuarto reino es el de Nuestro Señor Jesucristo; a él lo debemos conquistar con la fuerza del amor.

Si el hombre poseyera todo el mundo, debería, sin embargo, pensar que era pobre y extender siempre la mano hacia la puerta de Dios, Nuestro Señor, pidiendo como limosna la gracia de Nuestro Señor, porque la gracia convierte a los [hombres] en hijos de Dios. Por eso dice David: «Señor, todo mi anhelo está delante de ti y detrás de ti» (Salmo 37, 10). San Pablo afirma: «Todo lo tengo por basura a fin de ganar a Nuestro Señor Jesucristo» (Cfr. Filipenses 3, 8). Es imposible que alma alguna esté sin pecado, a no ser que la gracia divina caiga en ella. Es obra de la gracia hacer al alma ágil y dócil para [llevar a cabo] todas las obras divinas, porque la gracia brota de la fuente divina y es un signo de Dios y tiene el mismo sabor que Dios y asemeja el alma a Dios. Cuando esta misma gracia y este sabor se vuelcan en la voluntad, se habla de amor; y cuando la gracia y el sabor se vuelcan en el entendimiento, se lo llama luz de la fe; y cuando esta misma gracia y el sabor se vuelcan en la «iracunda», o sea, la fuerza ascendente, entonces se lo llama esperanza. Tienen el nombre de virtudes teologales porque operan una obra divina en el alma, así como en la fuerza del sol se puede reconocer que realiza obras vivas en la tierra ya que vivifica todas las cosas y las conserva en su ser. Si pereciera la luz, perecerían todas las cosas, [volviendo a su estado anterior] cuando aún no existían. Lo mismo sucede en el alma: donde hay gracia y amor, le resulta fácil al hombre hacer todas las obras divinas, y es segura señal de que allí donde le resulta difícil al hombre hacer obras divinas, no reside la gracia. Por eso dice un maestro[51]: No juzgo a las personas que usan vestimenta buena o comen bien, con tal de que tengan amor. Tampoco me considero más grande cuando llevo una vida dura que cuando compruebo que tengo más amor. Es una gran necedad que algunas personas ayunan y rezan mucho y hacen grandes obras y se mantienen solas todo el tiempo, [pero] no corrigen su comportamiento y están inquietas y son iracundas. Deberían examinar dónde se ven con más flaquezas, y en este punto deberían afanarse por superarlo. Cuando tienen la conducta bien ordenada, cualquier cosa que hagan, es agradable a Dios.

Y de esta manera se conquistan los reinos.

 

SERMÓN XXXIV[52]

Gaudete in domino, iterum gaudete etc.

 

San Pablo dice: «Alegraos todo el tiempo en el Señor y no os preocupéis más; el Señor está cerca; que vuestros pensamientos sean conocidos ante Dios con agradecimiento y súplicas» (Cfr. Fil. 4, 4 ss.).

Ahora bien, él dice: «¡Alegraos!»Jerónimo dice: Nadie puede recibir de Dios saber, sabiduría y alegría sin ser un hombre bueno. Quien no ha cambiado su conducta anterior, no es un hombre bueno; no puede recibir de Dios saber, sabiduría y alegría… Él dice, pues: «¡Alegraos en el Señor!» No dijo: en Nuestro Señor, sino: «en el Señor». Ya he dicho varias veces que el poderío de Dios no consiste sólo en que es el Señor de todas las criaturas; antes bien, su poder consiste en que podría crear mil mundos en tanto que Él seguiría flotando por encima de ellos en su esencia pura: en esto reside su poder.

Pues bien, él dice: «¡Alegraos en el Señor!» Ahí distinguimos dos palabritas[53]. La primera dice que uno ha de mantenerse continuamente «en el Señor» sin buscar fuera de Él nada que sea conocimiento y placer. Sólo entonces uno se alegra en el Señor. La otra palabrita es: «¡Alegraos en el Señor!», en su intimidad más honda y en su ser primario del cual reciben todas las cosas, mas Él no [recibe] de nadie… Ahora dice: «¡Alegraos en el Señor todo el tiempo!» Los maestros señalan que dos horas no pueden ser simultáneas, ni tampoco dos días. San Agustín dice[54]: Se alegra todo el tiempo quien se alegra sin tiempo, y él [San Pablo] dice: «¡Alegraos todo el tiempo!»; esto quiere decir: por encima del tiempo; y «¡No os preocupéis más: el Señor está acá y cerca!» El alma que ha de alegrarse en el Señor, debe abstenerse, necesariamente, de cualquier preocupación, por lo menos en el momento en que se entrega a Dios. Por eso dice: «¡No os preocupéis; el Señor está acá, cerca de vosotros!». Esto quiere decir, en nuestro fondo más íntimo, siempre y cuando Él nos encuentre en casa y el alma no haya salido de paseo con los cinco sentidos. El alma debe estar recogida en su fondo más íntimo y en su punto más elevado y puro, permaneciendo siempre adentro sin mirar hacia fuera; entonces «Dios está acá y Dios está cerca».

El otro enunciado reza: «El Señor está acá». Él está consigo mismo[55] y no se aleja. Ahora bien, dice David: «¡Señor, alegra a mi alma porque la he elevado hacia ti!» (Salmo 85, 4). El alma se debe elevar por encima de sí misma con toda su fuerza y ha de ser llevada por encima del tiempo y del espacio hacia la vastedad y la extensión, allí donde Dios está consigo y cerca de sí mismo y no se aleja ni toca nada ajeno. Dice Jerónimo: Tan [im]posible como es que una piedra tenga sabiduría angelical, tan [im]posible es que Dios se dirija alguna vez al tiempo o a las cosas temporales. Por eso dice: «El Señor está acá cerca». David afirma: «Dios está cerca de todos cuantos lo alaban y lo enuncian y lo nombran haciéndolo en la verdad» (Cfr. Salmo 144, 18). Paso por alto el modo cómo se lo alaba y enuncia y nombra; [me refiero] más bien a que él dice: «en la verdad». ¿Qué es [la] verdad? Sólo el Hijo es la Verdad y no [lo son] ni el Padre ni el Espíritu Santo, excepto en cuanto son una sola Verdad en su esencia[56]. Es verdad cuando revelo lo que llevo en mi corazón y lo pronuncio con la boca, tal cual lo albergo en mi corazón, sin hipocresía ni ocultamiento. Tal revelación es [la] verdad. Por eso, el Hijo solo es la Verdad. Todo cuanto el Padre tiene y puede realizar, lo dice íntegramente en su Hijo. Esta revelación y este efecto son verdad. Por eso dice [David]: «en la verdad».

Ahora bien, dice San Pablo: «¡Alegraos en el Señor!» y luego agrega: «¡Que vuestros pensamientos sean conocidos ante Dios!», esto quiere decir: en esta Verdad [Verdad=Hijo] cerca del Padre. La fe queda pegada a la luz del entendimiento, la esperanza a la fuerza esforzada que tiende todo el tiempo hacia lo más elevado y lo más acendrado: [o sea] la Verdad. He dicho algunas veces —¡y, por favor, fijaos en la palabra!— que esta fuerza está tan libre y tan empeñada en elevarse que no sufre ninguna coacción. El fuego del amor permanece dentro de la voluntad.

Él dice, pues: «¡que vuestros pensamientos» y todas las potencias «sean conocidos ante el Señor con agradecimiento o súplicas!» Si el hombre no tuviera otro trato con Dios fuera de estar agradecido, sería suficiente.

Que Dios nos ayude para que nos alegremos eternamente en el Señor y cerca del Señor en la Verdad y para que nuestros pensamientos sean conocidos por Él y nosotros le estemos agradecidos por todo lo bueno, y para que seamos bienaventurados en Él. Amén.

 

SERMÓN XXXV[57]

Si consurrexistis cum Christo, quae sursum sunt etc.

 

Dice San Pablo: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas que están arriba, allí donde Cristo está sentado a la diestra de su Padre, y gustad de las cosas que están arriba y no permitáis que os gusten las cosas que se hallan en la tierra» (Colos. 3, 1 s). Luego pronuncia otra palabra: «Estáis muertos y vuestra vida está oculta junto con Cristo en Dios» en el cielo (Colos. 3, 3). En tercer [lugar], las mujeres buscaban a Nuestro Señor en la tumba. Entonces, encontraron a un ángel «cuyo semblante era como un relámpago y su vestidura [era] blanca como la nieve y él dijo a las mujeres: “¿A quién buscáis? ¿Buscáis a Jesús que ha sido crucificado?… no está aquí”» (Cfr. Mateo 28, 1 Ss. y Lucas 24, 5 s.). Porque Dios no está en ninguna parte. De lo ínfimo de Dios todas las criaturas están repletas, y su grandeza no se encuentra en ninguna parte. Ellas no le contestaron, pues cuando no hallaron a Dios, el ángel les disgustó. Dios no se halla ni acá ni allá ni en [el] tiempo ni en [el] espacio.

Ahora bien, San Pablo dice: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas que están arriba». Con respecto a la primera palabra [=habéis resucitado] piensa en dos significados. Alguna gente resucita a medias, se ejercita en una virtud y no en otra. Hay otros, poco nobles por naturaleza, que están ansiosos por las riquezas. Otros son más nobles por naturaleza y no se fijan en los bienes, pero quieren obtener honores. Dice un maestro[58]que todas las virtudes necesariamente se dan en estrecha unión. Si bien sucede que un hombre esté más dispuesto a ejercitarse en una virtud que en las otras, todas están unidas, necesariamente, como una sola cosa. Ciertas personas resucitan del todo, mas no resucitan con Cristo. Por eso, todo cuanto es propio de uno, tiene que resucitar por completo. Por otra parte, se hallan algunas personas que resucitan del todo con Cristo; pero quien haya de experimentar un verdadero renacimiento con Cristo, tendrá que ser muy sabio. Los maestros dicen que es verdadera la resurrección cuando una persona ya no muere más. En ninguna parte existe una virtud tan grande como para que no se encuentre alguna gente que la haya puesto en práctica con fuerza natural, porque a menudo la fuerza natural opera signos maravillosos y milagros. Si se han visto también en los paganos todas las obras exteriores que alguna vez se han comprobado en los santos. Por eso dice [San Pablo]: Debéis resucitar con Cristo porque Él se halla arriba, adonde no puede llegar ninguna naturaleza. Aquello que es nuestro, debe resucitar por completo.

Existen tres señales [para ver] si resucitamos por completo. La primera: si buscamos «las cosas que están arriba». La segunda: si nos gustan «las cosas que están arriba». La tercera: si no nos gustan «las cosas que están en la tierra». Ahora bien, San Pablo dice: «Buscad las cosas que están arriba». Pues ¿dónde y de qué modo? El rey David dice: «Buscad el rostro de Dios» (Salmo 104,4). Aquello que ha de existir [junto] con muchas cosas, necesariamente debe hallarse arriba. Aquello que produce el fuego, tiene que estar, necesariamente, por encima de lo [que enciende], como el cielo y el sol. Nuestros más insignes maestros opinan[59]que el cielo es el lugar de todas las cosas y, sin embargo, [él mismo] no tiene lugar, ningún lugar natural, y da lugar a todas las cosas. Mi alma es indivisa y, no obstante, se encuentra del todo en cada uno de los miembros. Donde ve mi ojo, no oye mi oído; donde oye mi oído, no ve mi ojo. Lo que yo veo u oigo físicamente, se me infunde espiritualmente. Mi ojo recibe el color con la luz; pero éste no entra en el alma porque aquello [=que entra en el alma] es una reducción [del color]. Todo cuanto reciben los sentidos exteriores, para que sea introducido espiritualmente, viene de arriba, de parte del ángel: éste lo estampa en la parte superior del alma. Ahora bien, nuestros maestros afirman[60]: Aquello que se halla arriba, ordena y ubica lo inferior. Santiago dice al respecto: «Todos los dones buenos y perfectos descienden desde arriba» (Santiago 1, 17). La señal de que alguien ha resucitado por completo con Cristo, consiste en que busca a Dios por encima del tiempo. Busca a Dios por encima del tiempo quien busca sin tiempo.

Ahora dice él [San Pablo]: «Buscad las cosas que están arriba». ¿Dónde se busca? «Allí donde Cristo está sentado a la diestra de su Padre». ¿Dónde está sentado Cristo? No está sentado en ninguna parte. Quien lo busca en algún lugar, no lo encuentra. Su parte menor se halla por doquier, su parte superior no está en ningún lugar. Dice un maestro: Quien conoce alguna cosa, no conoce a Dios. «Cristo» significa lo mismo que un «ungido»[61] que está ungido con el Espíritu Santo. Los maestros dicen[62]: El estar sentado significa lo mismo que tranquilidad, e implica: allí donde no hay tiempo. Aquello que da vueltas y cambia, no tiene tranquilidad; en segundo término: la tranquilidad no agrega nada. Nuestro Señor dice: «Yo soy Dios y no cambio» (Malaquías 3, 6).

Cristo está sentado a la diestra de su Padre. El mayor bien que puede ofrecer Dios, lo constituye su mano derecha. Cristo dice: «Yo soy una puerta» (Juan 10, 9). El primer efluvio violento y el primer derretimiento, allí donde Dios se derrite [sucede] donde se derrite en su Hijo y allí, Éste vuelve a derretirse en el Padre. Yo dije un buen día que la puerta es el Espíritu Santo: a través de ella se derrite en [su] bondad en todas las criaturas. Donde hay un hombre natural, éste comienza a obrar con «la mano derecha». Dice un maestro[63]que el cielo recibe inmediatamente de Dios. Otro maestro dice[64] que no es así: porque Dios es un espíritu y una luz acendrada; por eso, aquello que ha de recibir inmediatamente de Dios, ha de ser, con necesidad, un espíritu y una luz acendrada. Dice un maestro[65]: Es imposible que alguna cosa corpórea sea susceptible del primer efluvio violento allí donde emana Dios, si no es una luz o un espíritu acendrado. El cielo se halla por encima del tiempo y es la causa del tiempo. Un maestro dice[66] que el cielo, en su naturaleza, es tan noble que no puede degradarse a ser la causa del tiempo. En su naturaleza no puede ser causa del tiempo; [pero], en su trayectoria es la causa del tiempo, es decir, en la deserción [de la naturaleza] del cielo, [mas] él mismo es atemporal. Mi color no es mi naturaleza, antes bien, es una deserción de mi naturaleza, y nuestra alma se halla muy por encima y «está oculta en Dios». Entonces no digo solamente: por encima del tiempo, sino «oculta en Dios». ¿Es esto lo que significa el cielo? Todo cuanto es corpóreo es una deserción y un azar y un rebajamiento. El rey David dice: «Ante la vista de Dios, mil años son como un día que ha pasado» (Salmo 89, 4); porque todo cuanto es futuro y cuanto ha pasado se halla todo allá en un solo «ahora».

Que Dios nos ayude para que lleguemos a ese «ahora». Amén.

 

SERMÓN XXXVI b[67]

Fue al atardecer de aquel día.

 

«Fue al atardecer de aquel día que Nuestro Señor se presentó a sus discípulos, y, hallándose en medio de ellos, dijo: “¡La paz sea con vosotros!”» (Cfr. Juan 20, 19).

Él [San Juan] dice, pues: «Fue al atardecer de aquel día». Cuando el calor del mediodía se infiltra en el aire acalorándolo, luego se le agrega [aún] el calor de la tarde y el calor aumenta todavía: entonces, al atardecer, por el calor que se añade, hace más calor que nunca. De la misma manera, el año tiene también su atardecer, éste es agosto, es entonces cuando más calor hace en el año. De tal modo atardece en un alma amante de Dios. Allí hay puro silencio cuando uno está bien penetrado y totalmente inflamado por el amor divino. «Fue al atardecer de aquel día». En semejante día la mañana y el mediodía y la tarde permanecen unidos unos con otros, y nada se pierde; [pero] en el día de este tiempo la mañana y el mediodía pasan y [les] sigue el atardecer. Así no es con el día del alma; ahí [todo] sigue siendo uno. La luz natural del alma, ésta es la mañana. Cuando el alma penetra hasta lo más elevado y puro de esta luz, entrando así en la luz del ángel, entonces es de media mañana en esta luz; y así el alma sube con la luz del ángel, entrando en la luz divina, éste es el mediodía; y el alma permanece en la luz de Dios y en el silencio del descanso puro, éste es el atardecer. Es entonces cuando hace más calor en el amor divino. Ahora bien, él [San Juan] dice: «Fue el atardecer de aquel día». Este es el día en el alma.

«El patriarca Jacobo llegó a un lugar y al atardecer, cuando el sol se había puesto, quiso descansar» (Cfr. Gén. 28, 10 s.). Se dice: en un lugar, sin nombrarlo. El lugar es Dios. Dios no tiene nombre propio y es un lugar y una ubicación de todas las cosas y es el lugar natural de todas las criaturas. El cielo en su [parte] más elevada y acendrada, no tiene lugar; antes bien, en su decadencia, en su efecto, es lugar y ubicación de todas las cosas corpóreas que se hallan por debajo de él. Y el fuego es [el] lugar del aire y el aire es [el] lugar del agua y de la tierra. Lugar es aquello que me rodea, en cuyo medio estoy. Así el aire rodea a la tierra y al agua. Cuanto más sutil es una cosa, tanto más vigorosa es; por eso es capaz de obrar dentro de las cosas que son más toscas y se hallan por debajo de ella. La tierra [=el elemento] no es capaz de ser lugar en el sentido propio, porque es demasiado tosca y es también el más bajo de los elementos. El agua, en parte, es lugar; por ser más sutil es más vigorosa. Cuanto más vigoroso y sutil es el elemento, tanto más se presta para ser ubicación y lugar de otro. Así el cielo es [el] lugar de todas las cosas corpóreas y él mismo no tiene lugar que sea físico; mas aún: su lugar y su orden y su ubicación lo constituye el ángel más bajo, y así siempre hacia arriba; cada ángel, que es más noble, se constituye en lugar y ubicación y medida de otro, y el ángel supremo se constituye en lugar y ubicación y medida de todos los demás ángeles que se encuentran por debajo de él, y él mismo no tiene lugar ni medida. Pero Dios tiene su medida [la del ángel] y es su lugar y el [ángel] es espíritu puro. [Mas] Dios no es espíritu, según las palabras de San Gregorio[68]quien dice que todas las palabras que enunciamos sobre Dios, son un balbuceo sobre Dios. Por eso dice [la Escritura]: «Llegó a un lugar». El lugar es Dios que da su ubicación y orden a todas las cosas. He dicho algunas veces: Lo mínimo de Dios llena a todas las criaturas y en ello viven y crecen y reverdecen, y lo máximo de Él no se halla en ninguna parte. Mientras el alma se encuentra en alguna parte, no está en lo máximo de Dios, que no se halla en ninguna parte.

Ahora bien, él dice: «quiso descansar en el lugar». Toda la riqueza y pobreza y bienaventuranza residen en la voluntad. La voluntad es tan libre y tan noble que no recibe [ningún impulso] de las cosas corpóreas, sino que opera su obra por su propia libertad. [El] entendimiento, ciertamente, recibe [la influencia] de las cosas corpóreas; en este aspecto la voluntad es más noble; pero sucede en cierta parte del entendimiento, en un mirar hacia abajo y en una bajada, que este conocimiento recibe la imagen de las cosas corpóreas. Mas, en la [parte] suprema, el entendimiento obra sin agregado de las cosas corpóreas. Dice un gran maestro: Todo cuanto es traído a los sentidos, no llega al alma ni a la potencia suprema del alma. Dice San Agustín[69], y también lo dice Platón[70], un maestro pagano, que el alma posee en sí misma, por naturaleza, todo el saber; por eso no hace falta que arrastre el saber hacia dentro, sino que mediante el estudio del saber externo, se revela el saber que, por naturaleza, se halla escondido en el alma. Es como [sucede con] un médico que, si bien me limpia el ojo y quita el obstáculo que [me] impide ver, no otorga la vista. La potencia del alma que obra en el ojo por naturaleza, sólo ella presta la vista al ojo, una vez quitado el impedimento. De la misma manera, no le da luz al alma todo cuanto como imágenes y formas es ofrecido a los sentidos, sino que únicamente prepara y purifica al alma para que, en su [parte] más elevada, pueda recoger puramente la luz del ángel, y junto con ella la luz divina.

Ahora bien, se dice: «Jacobo quiso descansar en el lugar». Este lugar es Dios y [el] ser divino que otorga a todas las cosas lugar y vida y ser y orden. En este lugar el alma debe descansar en lo más elevado y más entrañable del lugar. Y en el mismo fondo donde Él tiene su propio descanso nosotros debemos obtener y poseer junto con Él nuestro propio descanso.

Este lugar es innominado, y de él nadie puede decir una palabra verdadera. Cualquier palabra que sepamos pronunciar sobre él, es más bien una negación acerca de lo que Dios no es, en vez de ser un enunciado de lo que es. Así lo reconoció un gran maestro[71]y opinaba que cualquier cosa que él fuera capaz de decir con palabras sobre Dios, en absoluto estaría dicha con propiedad, ya que siempre contendría algún error. Por eso, se callaba y no quiso decir nunca palabra alguna, por más que otros maestros se burlaran de él. Por lo tanto, vale mucho más callar sobre Dios que hablar.

Ahora dice también: «Fue al atardecer de aquel día que Nuestro Señor se presentó a sus discípulos, diciendo: “¡La paz sea con vosotros!”».

Que nos ayude el Espíritu Santo para que lleguemos a la paz eterna y al «lugar» innominado que es el ser divino. Amén.

 

SERMÓN XXXVII[72]

Vir meus servus tuus mortuus est.

 

«Una mujer le dijo al profeta: “Señor, mi marido, tu siervo, está muerto. Ahora se presentan aquellos con quienes tenemos deudas y se llevarán a mis dos hijos y les harán servirles por su deuda, y yo no tengo nada excepto un poco de aceite”. El profeta dijo: “Entonces pide prestados unos recipientes vacíos y vierte un poco en cada uno; esto crecerá y aumentará. Véndelo y salda tu deuda y redime a tus dos hijos. Con lo que sobre, aliméntate a ti y a tus dos hijos”» (Cfr. 4 Reyes 4, 1 ss.).

La chispita del entendimiento, ésta es la cabeza del alma, se llama el «marido» del alma, y es algo así como una chispita de la naturaleza divina, una luz divina, un rayo y una imagen inculcada, de naturaleza divina. Leemos sobre una mujer que le pidió un don a Dios (Cfr. Juan 4, 7 y 15). El primer don que da Dios, es el Espíritu Santo; en Él Dios da todos sus dones: esto es «agua viva. A quien la doy, nunca jamás tendrá sed» (Cfr. Juan 4, 10 y 13). Esta agua es gracia y luz y surge en el alma y surge adentro y se eleva y «salta hasta la eternidad» (Cfr. Juan 4, 14). «Entonces dijo la mujer: “¡Señor, dame de esa agua!” (Cfr. Juan 4, 15). Entonces dijo Nuestro Señor: “¡Tráeme a tu marido!” Entonces dijo ella: “Señor, no tengo ningún [marido]”. Entonces dijo Nuestro Señor: “Tienes razón; no tienes ninguno; pero has tenido cinco y el que ahora tienes, no es tuyo”» (Juan 4, 16 ss.). San Agustín opina[73]:

«¿Por qué dijo Nuestro Señor: “Tienes razón”? Él quiere decir: Los cinco maridos son los cinco sentidos; te poseyeron en tu juventud según su entera voluntad y sus apetitos. Ahora, a tu edad madura, tienes uno que no es tuyo: es el entendimiento al que no obedeces». Cuando este «marido» está muerto, las cosas andan mal. El que el alma se separe del cuerpo causa gran dolor; pero el que Dios se separe del alma, duele sobremanera. Así como el alma le da vida al cuerpo, así Dios le da vida al alma. Del mismo modo que el alma se derrama por todos los miembros, Dios se introduce fluyendo en todas las potencias del alma y las atraviesa en forma tal que ellas siguen derramándole [a Dios] con bondad y amor sobre todo cuanto se halla cerca de ellas, para que todo esto lo perciba. Así, Él sigue fluyendo todo el tiempo, quiere decir, por encima del tiempo en la eternidad y en aquella vida en la cual viven todas las cosas. Por eso, Nuestro Señor le dijo a la mujer: «Doy el agua viva. Quien beba de esta agua, nunca jamás volverá a tener sed y vivirá la vida eterna» (Juan 4, 13 s.).

Ahora bien, dice la mujer: «Señor, mi marido, tu siervo, está muerto». «Siervo» significa lo mismo que alguien que recibe y conserva [algo] para su señor. Si lo retuviera para sí mismo, sería un ladrón. [El] entendimiento es «siervo» en sentido propio antes que [la] voluntad o [el] amor. [La] voluntad y [el] amor se dirigen hacia Dios en cuanto es bueno, y si no fuera bueno, no se fijarían en Él. [El] entendimiento [empero] empuja hacia arriba, hacia la esencia, antes de pensar en [la] bondad o [el] poder o [la] sabiduría o cualquier cosa que sea accidental. No tiene en cuenta las cosas que se han añadido a Dios; lo toma a Él en Él [= en su sí mismo]; se hunde en el ser y toma a Dios tal como es ser puro. Y aunque Él no fuera ni sabio ni bueno ni justo, lo tomaría, no obstante, tal como es ser puro. En esto [el] entendimiento se parece al orden supremo de los ángeles, que contiene los tres coros: [los] Tronos que recogen en ellos a Dios y lo conservan en sí y Dios descansa en ellos, [los] Querubines que conocen a Dios y persisten en ello, los Serafines que son el fuego. A éstos se asemeja [el] entendimiento y conserva a Dios en sí mismo. Junto con estos ángeles, [el] entendimiento concibe a Dios en su vestuario, desnudo, tal como es Uno sin distinción.

Pues bien, la mujer dice: «Señor, mi marido, tu siervo, está muerto. Se presentan aquellos con quienes tenemos deudas y se llevarán a mis dos hijos». ¿Qué es lo que son los «dos hijos» del alma? San Agustín —y junto con él otro maestro pagano[74]— habla de los dos rostros del alma. Uno está dirigido hacia este mundo y el cuerpo; en él [el alma] obra [la] virtud y [el] arte y [la] vida santificante. El otro rostro está dirigido directamente hacia Dios. En él reside continuamente la luz divina y ésta obra allí adentro por más que ella [= el alma] no lo sepa, porque no se halla en su casa. Si la chispita del alma se toma pura en Dios, entonces el «marido» vive. Ahí se da el nacimiento, ahí nace el Hijo. Este nacimiento no ocurre una vez por año ni una vez por mes ni una vez por día, sino en todo momento, es decir, por encima del tiempo en la vastedad donde no existen ni acá ni instante ni naturaleza ni pensamiento. Por eso, decimos «hijo» y no «hija».

Ahora hablaremos de los «dos hijos» en sentido diferente; quiere decir, del conocimiento y [la] voluntad. [El] conocimiento prorrumpe, él primero, del entendimiento y luego, [la] voluntad sale de ambos. ¡De esto, nada más!…

Ahora nos referiremos en otro sentido a los «dos hijos» del entendimiento. Uno es [la] posibilidad [= el entendimiento posible], el otro es [la] actividad [= el entendimiento activo][75]. Resulta que un maestro pagano dice[76]: «El alma tiene en esta potencia [= el entendimiento posible] la capacidad de llegar a ser espiritualmente todas las cosas». En la fuerza operante se parece al Padre y obra todas las cosas con destino a un nuevo ser. Dios hubiera querido imprimirle la naturaleza de todas las criaturas; pero ella no existía antes que el mundo. Antes de que este mundo fuera creado en sí mismo, Dios había creado todo este mundo espiritualmente en cada uno de los ángeles. El ángel posee dos conocimientos. Uno es una luz matutina, el otro una luz vespertina. La luz matutina consiste en que el [ángel] ve todas las cosas en Dios. La luz vespertina consiste en que ve todas las cosas a su luz natural. Si él saliera, introduciéndose en las cosas, se haría de noche. Pero resulta que él se mantiene adentro [en la luz] y por eso se la llama luz vespertina. Decimos que los ángeles se alegran cuando el hombre hace una buena obra. Nuestros maestros preguntan[77] si los ángeles se entristecen cuando el hombre comete un pecado. Nosotros decimos: ¡No!, porque ellos miran la justicia de Dios y ahí perciben con su mirada las cosas tales como son en Dios. Por ello no se pueden entristecer. Ahora bien, [el] entendimiento, en cuanto potencia posible, se parece a la luz natural de los ángeles, que es la luz vespertina. Con la fuerza operante levanta todas las cosas hasta Dios y es todas las cosas a la luz matutina.

Pues bien, la mujer dice: «Se presentan aquellos con quienes tenemos deudas y tomarán a mis dos hijos como criados». A lo cual dice el profeta: «¡Pídeles a tus vecinos unos recipientes vacíos!» Estos «vecinos» son todas las criaturas y los cinco sentidos y todas las potencias del alma —y el alma abarca en sí muchas potencias que obran muy secretamente— y también los ángeles. A todos estos «vecinos» les debes «pedir prestados unos recipientes vacíos».

Que Dios nos ayude para que pidamos «prestados» muchos «recipientes vacíos» y que todos ellos sean llenados con la divina sabiduría a fin de que podamos «saldar» nuestras «deudas» y vivir eternamente con «lo que sobre». Amén.

 

SERMÓN XXXVIII[78]

In illo tempore missus est angelus Gabriela deo: ave gratia plena, dominus tecum.

 

Estas palabras las escribe San Lucas: «En aquel tiempo, Dios envió al ángel Gabriel». ¿En qué tiempo? «En el sexto mes» en el que Juan Bautista se hallaba en el vientre de su madre (Cfr. Lucas 1, 26 y 28).

Si alguien me preguntara: ¿Por qué rezamos, por qué ayunamos, por qué hacemos todas nuestras obras, por qué somos bautizados, por qué se hizo hombre Dios, lo cual fue [el hecho] más sublime?, yo diría: A fin de que Dios naciera en el alma y el alma naciera en Dios. Por esta razón se escribió toda la Escritura, por ello creó Dios el mundo y toda la naturaleza angelical: para que Dios naciera en el alma y el alma naciera en Dios. La naturaleza de cualquier grano tiene el trigo por objeto, y la naturaleza de todo tesoro tiene el oro por objeto, y todo alumbramiento tiene el ser humano por objeto. Por ello dice un maestro[79]: No se encuentra ningún animal que no tenga algo en común con el hombre.

«En aquel tiempo.» Al principio, cuando la palabra es recibida por mi entendimiento, ella es tan acendrada y sutil que es una palabra verdadera antes de ser configurada en mi pensamiento. En tercera [instancia] es pronunciada exteriormente por la boca y luego no es sino una manifestación de la palabra interior. Así también, la palabra eterna es pronunciada interiormente en el corazón del alma, en lo más íntimo, en lo más acendrado, en la cabeza del alma, de la que hablé el otro día, [o sea] en [el] entendimiento: ahí adentro se realiza el nacimiento. Quien no tuviera nada fuera de una idea plena y una esperanza de que así fuese, tendría ganas de saber cómo se realiza ese nacimiento y qué es lo que ayuda para que tenga lugar.

San Pablo dice: «En la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo» (Gal. 4,4). San Agustín explica[80] qué es «la plenitud del tiempo». «Allí, donde ya no hay tiempo, se da “la plenitud del tiempo”.» Cuando ya no queda nada del día, el día está en su plenitud. Esta es una verdad fundamental: cuando comienza este nacimiento, todo el tiempo debe haber desaparecido, porque no hay nada que ponga tantos obstáculos a ese nacimiento como [el] tiempo y [las] criaturas. Es una verdad segura que el tiempo no puede tocar ni a Dios ni al alma en cuanto a su naturaleza. Si el alma pudiera ser tocada por [el] tiempo, no sería alma, y si Dios pudiese ser tocado por [el] tiempo, no sería Dios. Pero, si fuera posible que el tiempo tocara al alma, Dios nunca podría nacer en ella, y ella no podría nacer jamás en Dios. Cuando Dios ha de nacer en el alma, todo cuanto es tiempo la debe haber abandonado, o ella debe haberse escapado del tiempo con [su] voluntad o [sus] anhelos.

[He aquí] otro significado de «plenitud del tiempo». Si alguien tuviera la habilidad y el poder de modo que pudiese concentrar en un «ahora» presente el tiempo y todo cuanto jamás ha sucedido en el tiempo, durante seis mil años, y lo que todavía habrá de acontecer hasta el fin, esto sería «plenitud del tiempo». Ese es el «ahora» de la eternidad en el que el alma conoce en Dios todas las cosas como nuevas y lozanas y presentes, y con el placer [con que conozco las cosas] que tengo presentes ahora mismo. El otro día leí en un libro[81] —¡ojalá alguien supiera escrutarlo a fondo!— que Dios hace al mundo ahora como en el primer día cuando creó al mundo. En este [aspecto] Dios es rico y esto es el reino de Dios. El alma en la cual Dios habrá de nacer, debe ser abandonada por el tiempo y escaparse del tiempo, y ha de elevarse y persistir con la mirada fija en esta riqueza divina: ahí hay extensión sin extensión y anchura sin anchura; ahí el alma conoce todas las cosas y las conoce perfectamente.

Los maestros escriben[82] que sería inverosímil si se afirmara cuál es la extensión del cielo: [pero], la menor potencia que se halla en mi alma es más extensa que el extenso cielo; para ni siquiera hablar del entendimiento que es extenso sin extensión. En la cabeza del alma, [o sea] en [el] entendimiento, me hallo tan cerca del lugar [que se encuentra] a más de mil millas de allende el mar, como del lugar que ocupo ahora. En esa extensión y en esa riqueza de Dios conoce el alma, ahí nada se le escapa y ahí ya no espera nada.

«El ángel fue enviado.» Dicen los maestros[83]que la cantidad de ángeles constituye un número más allá de todo número. Su cantidad es tan grande que ningún número los puede abarcar; tampoco es posible imaginar su número. Para quien fuese capaz de concebir [la] diferenciación sin número y sin cantidad, ciento sería lo mismo que uno. Aunque hubiera cien personas en la divinidad: aquel que supiera distinguir sin número ni cantidad, no conocería más que un solo Dios. La gente incrédula y algunas personas cristianas iletradas se sorprenden de ello, incluso algunos frailes saben al respecto tan poco como una piedra: entienden por tres, tres vacas o tres piedras. Pero quien sabe concebir la diferenciación en Dios sin número ni cantidad, éste conoce que tres personas son un solo Dios.

El ángel tiene también muy alto nivel: los más distinguidos de los maestros dicen[84] que cada ángel posee una naturaleza entera. Es como si hubiera un hombre que tuviese todo cuanto todos los hombres juntos han poseído alguna vez, lo que poseen ahora y habrán de poseer en cualquier momento, en lo que a poder y sabiduría y todas las cosas se refiere, esto sería un milagro y, sin embargo, él no sería nada más que un hombre, porque ese hombre poseería todo cuanto tienen todos los hombres y, no obstante, se hallaría lejos de los ángeles. Así, pues, cualquier ángel posee una naturaleza entera [para sí] y se halla separado de otro, como un animal de otro que es de diferente especie. Dios es rico en esa cantidad de ángeles, y quien llega a conocer este hecho, conoce el reino de Dios[85]. Ella [= la cantidad de ángeles] representa el reino de Dios, así como un señor es representado por la cantidad de sus caballeros. Por ello se llama: «Un señor-Dios de los ejércitos» (Isaías 1, 24 et passim). Toda esa cantidad de ángeles, por sublimes que sean, colaboran y ayudan para que Dios nazca en el alma, es decir: sienten placer y alegría y deleite por el nacimiento; [mas] no obran nada. Ahí no existe ninguna obra de las criaturas, pues Dios opera, Él solo, el nacimiento: en este aspecto les corresponde [sólo] una obra servil a los ángeles. Todo cuanto coopera en ello, constituye una obra servil.

El ángel se llamaba «Gabriel». Hizo también lo que decía su nombre. [En el fondo] se llamaba tan poco Gabriel como Conrado. Nadie puede conocer el nombre del ángel. Allí donde el ángel recibe su nombre, no ha llegado jamas ningún maestro ni inteligencia alguna; acaso sea innominado[86]. El alma tampoco tiene nombre; así como no se puede hallar ningún nombre propiamente dicho para Dios, tampoco se puede encontrar ningún nombre propiamente dicho para el alma, si bien se han escrito gruesos libros[87] sobre este [tema]. Pero, en cuanto ella [= el alma] fija sus miradas en las obras, se le da un nombre. Un carpintero: éste no es su nombre, pero recibe el nombre por la obra en la cual demuestra ser maestro. El nombre «Gabriel» lo tomó de la obra cuyo encargado era, porque «Gabriel» significa «fortaleza» (Cfr. Lucas 1, 35). En tal nacimiento, Dios opera poderosamente o produce fortaleza. ¿A qué cosa tiende toda la fuerza de la naturaleza?… a que ella quiere engendrar a sí misma. ¿A qué tiende toda la naturaleza que actúa en el nacimiento?… a que quiere engendrar a ella misma. La naturaleza de mi padre quería, en su naturaleza [de padre], engendrar a un padre. Cuando eso no fue posible, quiso engendrar un [algo] que le fuera parecido en todo. Cuando tampoco le alcanzó la fuerza [para tal cosa], produjo lo más parecido de que era capaz: esto era un hijo. Mas, cuando la fuerza alcanza para menos aún o hay otro contratiempo, produce un hombre menos parecido aún10a. Pero en Dios, hay plena fuerza; por eso produce su vivo retrato en su nacimiento. Todo lo que es Dios, en cuanto a poder y verdad y sabiduría, lo engendra íntegramente en el alma.

San Agustín dice[88]: «El alma se iguala a aquello que ama. Si ama cosas terrestres, se vuelve terrestre. Si ama a Dios» —podría preguntarse— «se convierte entonces en Dios?» Si yo dijera tal cosa les parecería increíble a quienes tienen la inteligencia demasiado pobre y no lo comprenden. Pero San Agustín dice: «Yo no lo digo, antes bien os remito a la Escritura que expresa: “He dicho que sois dioses”» (Salmo 81, 6). Quien poseyera un poco no más de la riqueza a la que me he referido antes, sea [que le haya echado] una mirada, o sea [que tenga] sólo una esperanza o convicción [respecto a ella], ¡éste sí lo comprendería bien! Nunca cosa alguna llegó a ser tan afín ni tan igual ni tan unida por un nacimiento, como le sucede al alma para con Dios en ese nacimiento. Si se ocasiona algún impedimento, de modo que ella no se [le] asemeja en todo sentido, no es culpa de Dios; en la medida en que se pierden sus insuficiencias, en esta misma medida Él se la iguala. El hecho de que el carpintero no pueda hacer una casa hermosa con madera apolillada, no es culpa suya, la falla reside en la madera. Lo mismo sucede con la operación divina en el alma. Si el ángel más humilde pudiera configurarse o nacer en el alma, todo el mundo no sería nada en comparación; porque gracias a una sola chispita del ángel, reverdece, se cubre de hojas y resplandece todo cuanto hay en el mundo. Mas, este nacimiento lo obra Dios mismo; ahí el ángel no puede realizar ninguna obra fuera de una obra servil.

«Ave», esto quiere decir, «sin dolor»[89]. Quien se abstiene de las criaturas, se halla «sin dolor» y sin infierno, y quien es y tiene criatura en un grado mínimo, tiene un mínimo de dolor. He dicho algunas veces: Quien posee lo menos del mundo, lo posee en grado máximo. A nadie el mundo le pertenece tanto como a aquel que ha dejado a todo el mundo. ¿Sabéis por qué razón Dios es Dios? Dios es Dios porque carece de criatura[90]. Él nunca se nombró en el tiempo. En el tiempo hay criaturas y pecado y muerte. En cierto sentido éstos tienen un parentesco, y como el alma ahí se ha escapado del tiempo, no hay [en esa situación] ni dolor ni pena; ahí hasta el infortunio se le convierte en alegría. Todo cuanto se puede imaginar jamás de placer y de alegría, de deleite y de cosas dignas de ser amadas, si se lo compara con el deleite inherente a ese nacimiento, no es alegría.

«Llena de gracia.» La más insignificante de las obras de la gracia es más elevada que todos los ángeles en [su] naturaleza. Dice San Agustín[91]que una obra de gracia, hecha por Dios —por ejemplo, que convierte a un pecador y hace de él un hombre bueno—, es más grande que si creara un mundo nuevo. A Dios le resulta tan fácil darles vuelta [el] cielo y [la] tierra, como es para mí darle vuelta una manzana en mi mano. Donde hay gracia dentro del alma, allí [todo] es tan puro y tan semejante y afín a Dios, y [la] gracia carece tanto de obra como no la hay en el nacimiento del cual he hablado antes. [La] gracia no realiza ninguna obra. San «Juan nunca hizo ningún prodigio» (Juan 10, 41)[92]. La obra [empero] que el ángel opera en Dios [= la obra servil] es tan sublime que nunca maestro o intelecto algunos podrían llegar a comprenderla. Pero, de esa obra cae una astilla —como cae una astilla de una viga que se desbasta— [o sea] un resplandor; eso sucede allí donde el ángel con su parte más baja toca el cielo; por ello reverdece y florece y vive todo cuanto hay en este mundo. A veces hablo de dos manantiales. Aunque parezca extraño, hemos de hablar según nuestra mentalidad. Un manantial del que surge la gracia, se halla allí donde el Padre engendra a su Hijo unigénito; de ese [manantial] surge la gracia, y allí ella emana de esa misma fuente. Otro manantial es aquel donde las criaturas emanan de Dios; aquella fuente dista tanto de la otra, donde surge la gracia, como el cielo de la tierra. [La] gracia no opera. Allí donde el fuego se halla en su naturaleza [ígnea], allí no perjudica ni enciende. El ardor del fuego es lo que enciende acá abajo [= en esta tierra]. Mas, aun donde el ardor se encuentra en la naturaleza del fuego, no enciende y es inofensivo. Pero, allí donde el ardor se halla dentro del fuego, allí dista tanto de la verdadera naturaleza del fuego como el cielo de la tierra. [La] gracia no realiza ninguna obra; es demasiado sutil para ello; obrar le resulta tan distante como dista el cielo de la tierra. Una internación en Dios y un apego a Él y una unión con Él, esto es [la] gracia, y ahí «Dios está contigo», porque esto sigue de inmediato [luego de la salutación].

«Dios contigo»… ahí se opera el nacimiento. A nadie le debe parecer imposible llegar hasta ese punto. Por más difícil que sea ¿qué me importa, ya que Él opera? Todos sus mandamientos me resultan fáciles de observar. Si Él me da su gracia, que me mande todo cuanto quiera, lo considero nonada y todo me resulta poca cosa. Algunos dicen que no tienen nada de esto; a lo cual digo yo: «Lo lamento. Pero ¿es que lo deseas?»… «¡No!»… «Lo lamento más aún». Cuando uno no puede tenerlo, que abrigue por lo menos el deseo de poseerlo. Y cuando uno no puede tener el deseo, entonces que anhele tener el deseo. Dice David: «He anhelado desear tu justicia, Señor» (Salmo 118, 20).

Que Dios nos ayude para que deseemos que Él quiera nacer en nosotros. Amén.

 

SERMÓN XXXIX[93]

Iustus in perpetuum vivet et apud dominum est merces eius etc.

 

En la Epístola de hoy leemos una palabrita, el sabio dice: «El justo vive eternamente» (Sab. 5, 16).

En alguna ocasión expliqué lo que es un hombre justo[94] mas, ahora digo otra cosa en sentido diferente. Un hombre justo es aquel que está formado en la justicia y transformado en su imagen. El justo vive en Dios y Dios en él; pues Dios nace en el justo y el justo en Dios, ya que Dios nace a causa de cualquier virtud del justo, y cualquier virtud del justo le da alegría. Y no sólo cualquier virtud del justo sino también cualquier obra del justo por insignificante que sea, siempre que la haga en justicia, con ella Dios se alegra y la alegría hasta penetra en Él; porque no queda nada en su fondo que no reciba cosquillas de alegría. Tal hecho lo deben creer las personas de mentalidad burda, mientras los iluminados han de saberlo.

El justo no intenta [conseguir] nada con sus obras; pues, quienes intentan [conseguir] algo con sus obras o también aquellos que obran a causa de un porqué, son siervos y mercenarios. Por eso, si quieres ser in-formado en la justicia y transformado en su imagen, no pretendas nada con tus obras y no te construyas ningún porqué, ni en [el] siglo ni en [la] eternidad ni [con miras] a una recompensa o a la bienaventuranza o a esto o a aquello; porque semejantes obras de veras están todas muertas. Ah sí, aun cuando configuras en tu interior la imagen de Dios, todas las obras que hagas con esa finalidad, están muertas, y las buenas obras las echas a perder. Y no sólo echas a perder las buenas obras, sino que cometes también un pecado; pues procedes exactamente como un jardinero que debía plantar un jardín y luego talaba los árboles y, para colmo, reclamaba su paga. De la misma manera echas a perder las obras buenas. Por eso, si quieres vivir y aspiras a que vivan tus obras, debes estar muerto y aniquilado para todas las cosas. Es propio de la criatura hacer algo de algo; mas, es propio de Dios hacer algo de nada. Por eso, si Dios ha de hacer algo en tu interior o contigo, debes haberte aniquilado antes. Y por ende, entra en tu propio fondo[95] y obra ahí; y las obras que haces ahí, serán todas vivas. Y por eso dice [= el sabio]: «El justo vive». Porque obra por ser justo y sus obras viven.

Ahora dice [= el sabio]: «Su recompensa está con el Señor». [Hablemos] un poco de esto. Cuando dice «con» significa que la recompensa del justo está allí donde está Dios mismo; pues la bienaventuranza del justo y la bienaventuranza de Dios son una sola bienaventuranza, ya que el justo es bienaventurado allí donde lo es Dios. Dice San Juan: «El Verbo estaba con Dios» (Juan 1, 1). Él [también] dice «con» y por ello el justo se asemeja a Dios porque Dios es la justicia. Y por lo tanto: quien está en la justicia, está en Dios y es Dios[96].

Ahora seguiré hablando de la palabra «justo». No dice: «el hombre justo», ni tampoco: «el ángel justo», sino tan sólo: «el justo». El Padre engendra a su Hijo como el justo, y al justo como hijo suyo, porque toda virtud del justo y cualquier obra realizada a causa de la virtud del justo, no constituyen sino [el hecho] de que el Hijo es engendrado por el Padre. Y por eso, el Padre no descansa nunca; antes bien, acosa e invita en todo momento para que nazca en mí su Hijo, según se dice en un Escrito: «No me callo a causa de Sión ni descanso a causa de Jerusalén, hasta que se revele el justo y luzca como un relámpago» (Isaías 62, 1). «Sión» significa el apogeo de la vida y «Jerusalén» el apogeo de la paz[97]. Ah sí, Dios no descansa jamás ni a causa del apogeo de la vida ni a causa del apogeo de la paz; sino que acosa e incita en todo momento para que se revele el justo. En el justo no ha de obrar ninguna cosa sino únicamente Dios. Pues, si algo fuera de ti te impele a obrar, de veras, todas esas obras están muertas; y aún en el caso de que Dios te estimule desde fuera para que obres, por cierto, todas esas obras están muertas. Mas, si tus obras han de vivir, Dios tiene que impelerte en tu interior, en lo más acendrado del alma, si han de vivir [realmente] porque allí se halla tu vida y sólo allí vives. Y yo digo: Si una virtud te parece mayor que otra, y si tú la estimas más que a otra, no la amas tal como es en la justicia, y Dios todavía no obra en ti. Pues, mientras el hombre aprecia o ama más a determinada virtud, no ama las virtudes ni las toma como son en la justicia, ni tampoco es justo; porque el justo toma [o: ama] y obra todas las virtudes en la justicia así como son la justicia misma.

Dice [un pasaje de] un Escrito: «Antes del mundo creado soy Yo» (Eclesiástico 24, 14). Dice «antes soy Yo», esto significa: donde el hombre está elevado por encima del tiempo a [la] eternidad, ahí realiza una sola obra con Dios. Algunas personas preguntan cómo puede ser que el hombre haga las obras que Dios operó hace mil años y que va a hacer después de mil años, y no lo comprenden. En [la] eternidad no existe ni antes ni después. Por eso, lo que sucedió hace mil años y [lo que será] luego de mil años y [lo que] sucede ahora, no es sino una sola cosa en la eternidad. Por eso, lo que Dios hizo y creó hace mil años y [lo que] hará y creará luego de mil años y lo que hace ahora, no es nada más que una sola obra. Por ende, el hombre que ha sido elevado por encima del tiempo a [la] eternidad, opera con Dios aquello que Dios hizo hace mil años y [que hará] luego de mil años. También este hecho es para gente sabia [un asunto] para saberlo y para las mentes burdas [un asunto] para creer.

Dice San Pablo: «Nos eligió en la eternidad en el Hijo» (Cfr. Efesios 1, 4). Por eso no debemos descansar nunca hasta que lleguemos a ser lo que hemos sido en Él en la eternidad (Cfr. Romanos 8, 29), porque el Padre impele y acosa para que nazcamos en el Hijo y lleguemos a ser lo mismo que el Hijo. El Padre engendra a su Hijo, y de este acto de engendrar saca tanta tranquilidad y placer que consume en él toda su naturaleza. Porque cualquier cosa que hay en Dios lo mueve a engendrar; ah sí, el Padre es movido a engendrar por su fondo, por su esencia y por su ser.

(Ahora ¡presta atención! Dios nace dentro de nosotros cuando todas las potencias de nuestra alma, que antes estaban atadas y presas, llegan a ser desatadas y libres y se realiza en nuestro fuero íntimo un silencio [desprovisto] de toda intención y nuestra conciencia ya no nos recrimina; entonces el Padre engendra en nosotros a su Hijo. Cuando esto sucede, debemos preservarnos desnudos y libres de todas las imágenes y formas, tal como [es] Dios, y debemos aceptarnos tan desnudos, sin semejanza, como Dios es desnudo y libre en Él mismo. Cuando el Padre engendra en nosotros a su Hijo, conocemos al Padre junto con el Hijo, y en los dos, al Espíritu Santo y el espejo de la Santa Trinidad y en él todas las cosas, como son pura nada en Dios… Ahí no existen ni número ni cantidad. [El] ser divino no sufre ni actúa; la naturaleza, en cambio, actúa mas no sufre.)[98]

A veces, se revela una luz en el alma, y el hombre se imagina que es el Hijo, pero no es sino una luz[99]. Pues, donde el Hijo se revela en el alma, ahí se revela también el amor del Espíritu Santo. Por eso digo que la naturaleza del Padre consiste en engendrar al Hijo, y la naturaleza del Hijo en que yo nazca en Él y luego de Él; y la naturaleza del Espíritu Santo consiste en que yo sea quemado y completamente fundido en Él y que llegue a ser todo amor. Quien vive así en el amor, siendo todo amor, éste se imagina que Dios no ama a nadie fuera de él; y no sabe de nadie que ame o [sea amado] por nadie, fuera de Él.

Algunos profesores opinan que el espíritu consigue su bienaventuranza en el amor; otros afirman que la obtiene en la contemplación de Dios. Mas yo digo: No la consigue ni en el amor ni en el conocer ni en el contemplar. Podría preguntarse, pues: ¿El espíritu no tiene contemplación de Dios en la vida eterna? ¡Sí y no! En cuanto ha nacido, [ya] no tiene la mirada elevada hacia Dios ni la contemplación de Él. Pero en cuanto habrá de nacer [aún], tiene contemplación de Dios. Por eso, la bienaventuranza del espíritu reside allí donde ha nacido y no donde [todavía] está por nacer, porque vive donde vive el Padre, es decir, en [la] simpleza y en [la] desnudez del ser. Por eso, dales la espalda a todas las cosas y tómate puro en [el] ser; porque cuanto está fuera del ser, es «accidente» y todos los accidentes producen un porqué[100].

Que Dios nos ayude para que «vivamos eternamente». Amén.

 

SERMÓN XL[101]

Permaneced en mí.

 

Nuestro Señor Jesucristo dice en el Evangelio: «¡Permaneced en mí!» (Juan 15, 4), y en la Epístola se enuncia otra palabra: «Bienaventurado es el varón que mora en la sabiduría» (Eclesiástico 14, 22). Y estas dos palabras coinciden: la palabra de Cristo: «¡Permaneced en mí!» y la palabra de la Epístola: «Bienaventurado es el varón que mora en la sabiduría».

Ahora prestad atención [para saber] qué es lo que debe tener el hombre que ha de morar en Él, quiere decir, en Dios. Debe tener tres cosas. La primera: que haya renunciado a sí mismo y a todas las cosas y que ya no quede apegado a las cosas que afectan a los sentidos interiormente[102] y que no se detenga tampoco frente a ninguna criatura que se halle en el tiempo o en la eternidad… La segunda es que no ame ni este bien ni aquél, sino que ame el Bien del cual fluye todo bien, ya que no es placentera ni apetecible ninguna cosa sino en la medida en la que Dios se halla dentro de ella. Por eso no ha de amarse ningún bien sino en cuanto se ama en él a Dios; y por ende, no se debe amar a Dios ni por su reino de los cielos ni por ninguna cosa, sino que hay que amarlo por la bondad que es Él en sí mismo. Porque, quien lo ama por otra cosa, no mora en Él sino en aquello por lo cual lo ama. Por eso: si queréis permanecer en Él, no lo améis por nada fuera de Él mismo… La tercera [cosa] consiste en que no debe tomar a Dios en cuanto es bueno o justo, sino que lo ha de aprehender en la sustancia pura [y] desnuda en la cual Él mismo se concibe con pureza. Pues, [la] bondad y [la] justicia son vestimentas de Dios porque lo arropan. Por eso, separad de Dios todo cuanto lo está vistiendo y tomadlo desnudo en el vestuario donde se halla de-velado y desarropado en sí mismo. Entonces, permaneceréis en Él.

Quien de tal modo permanece en Él, posee cinco cosas. La primera: que entre él y Dios no hay diferencia, sino que son uno. Los ángeles son muchos, sin número, porque no constituyen ningún «número individual», ya que carecen de número; esto se debe a su gran simpleza. Las tres personas en Dios son tres sin número, pero constituyen una multiplicidad. Mas, entre el hombre y Dios no sólo no existe ninguna diferencia, sino que no hay tampoco una multiplicidad; ahí no hay sino uno… La segunda [cosa] consiste en que él está obteniendo su bienaventuranza allí en la pureza donde la toma Dios mismo, y halla en ella su apoyo… La tercera [cosa] es que posee un saber junto con el saber divino y un obrar junto con el obrar divino y un conocimiento junto con el conocimiento divino… La cuarta es que Dios nace todo el tiempo en ese hombre. ¿Cómo nace Dios todo el tiempo en ese hombre? ¡Observad lo siguiente! Cuando el hombre desnuda y de-vela la imagen divina que Dios ha creado en él por naturaleza, entonces la imagen de Dios llega a revelarse en él. Pues en el nacimiento se conoce la revelación de Dios; porque el que el Hijo se llame nacido del Padre, se debe a que el Padre le revela su secreto al modo paternal. Y por eso, cuanto más y cuanto más claramente el hombre desnuda en sí la imagen de Dios, tanto más claramente nace Dios en él. Y entonces el nacimiento de Dios se debe concebir siempre de acuerdo con el hecho de que el Padre de-vela la imagen pura y resplandece en ella… La quinta [cosa] es que el hombre nace todo el tiempo en Dios. ¿Cómo nace el hombre todo el tiempo en Dios? ¡Observad lo siguiente! Por el desnudamiento de la imagen en el hombre, éste se va asemejando a Dios, porque por la imagen el hombre es semejante a la imagen divina que es Dios en su pureza de acuerdo con su esencia. Y cuanto más se desnuda el hombre, tanto más se asemeja a Dios, y cuanto más se asemeja a Dios, tanto más se une con Él. Y por ende, el nacimiento del hombre en Dios, siempre se ha de concebir en el sentido de que el hombre con su imagen está resplandeciendo en la imagen divina, que es Dios desnudo en su esencia [imagen] con la cual el hombre es uno. Por lo tanto, la unidad del hombre y de Dios se debe concebir de acuerdo con la semejanza de la imagen; porque el hombre se parece a Dios con respecto a la imagen. Y por ello: si se dice que el hombre es uno con Dios y es Dios de acuerdo con la unidad, se lo percibe según la parte de la imagen, en la cual se asemeja a Dios, y no según el hecho de que ha sido creado. Pues, si se lo toma por Dios, no se lo hace según su criaturidad; porque si se lo toma por Dios no se niega la criaturidad en el sentido de que la negación se considere como aniquilación de la criaturidad, sino que ha de considerárselo como enunciado relativo a Dios, con el cual se le quita a Él [la criaturidad]. Pues Cristo que es Dios y hombre, cuando se lo percibe según la humanidad, no se toma en consideración la divinidad, mas no de modo que se niegue la divinidad, sólo que ésta no se considera en tal percepción. Y así ha de comprenderse la palabra de Agustín cuando dice[103]: «Lo que ama el hombre, esto es el hombre. Si ama una piedra, es una piedra, si ama un hombre, es un hombre, si ama a Dios… ahora no me atrevo a continuar, pues si yo dijera que entonces sería Dios, podríais lapidarme. Pero os remito a la Escritura». Y por ello, cuando el hombre en el amor se adecua enteramente a Dios, entonces se le quita su imagen y se lo in-forma y se lo transforma en imagen dentro de la uniformidad divina, en la cual es uno con Dios. Todo esto lo posee el hombre por la permanencia dentro [de Él][104]. Ahora bien, prestad atención al fruto que da el hombre en ese caso. Es el siguiente: cuando es uno con Dios, produce junto con Dios a todas las criaturas y trae la bienaventuranza a todas las criaturas en la medida en que es uno con Él.

La otra palabra, la de la Epístola, dice, pues, así: «Bienaventurado es el varón que mora en la sabiduría». Como dijo: «en la sabiduría» [resulta que] sabiduría es un nombre maternal porque un nombre maternal significa la posesión de un padecimiento, ya que se debe suponer que en Dios [hay] el obrar y el padecer, pues el Padre está obrando y el Hijo padeciendo; y esto [último] se debe a la peculiaridad de haber nacido. Como, pues, el Hijo es la sabiduría nacida eternamente, en la cual todas las cosas se contienen diferenciadas, él dice: «Bienaventurado es el varón que mora en la sabiduría».

Dice pues: «Bienaventurado es el varón». He afirmado varias veces que en el alma existen dos potencias: una es el varón y la otra es la mujer. Ahora bien, él dice: «Bienaventurado es el varón». La potencia inherente al alma que se llama el varón, es la potencia más elevada del alma, en la cual Dios resplandece en su desnudez; porque en esta potencia no entra nada fuera de Dios y ella se halla todo el tiempo en Dios. Y luego: si el hombre tomara todas las cosas en esta potencia, no las tomaría en cuanto cosas, sino de acuerdo con lo que son en Dios. Y por eso, el hombre debería, en cada momento, morar en esta potencia, porque en ella todas las cosas son iguales. Y de tal manera, el hombre moraría de igual modo en todas las cosas, tomándolas, por lo tanto, según el hecho de que todas ellas son iguales en Dios, y semejante hombre poseería allí todas las cosas; él les quitaría a las cosas lo más burdo y las tomaría en cuanto son placenteras y apetecibles. De este modo las posee allí, porque Dios, de acuerdo con su propia naturaleza, no puede sino darte[105] allí todo cuanto ha creado jamás, y a sí mismo. Y por eso es bienaventurado el varón que, en todo momento, mora en esta potencia, porque en todo momento mora en Dios.

Que nos ayude nuestro querido Señor Jesucristo para que en todo momento moremos en Dios. Amen.

 

SERMÓN XLI[106]

Qui sequitur iustitiam, diligetur a domino. Beati, qui esuriunt, et sitiunt iustitiam: quoniam ipsi saturabuntur.

 

He sacado una palabrita de la Epístola que se lee hoy con referencia a dos santos, y otra palabra del Evangelio. Hoy, el rey Salomón dice en la Epístola: «Quienes siguen a la justicia, a éstos los ama Dios» (Prov. 15, 9). La otra palabrita la pronuncia mi señor, San Mateo: «Bienaventurados son los pobres y quienes tienen hambre y sed de justicia» y «la siguen» (Mateo 5, 6).

Prestad atención a esta palabra: «Dios ama». Para mí constituye una recompensa grande, y más que grande, en caso de que lo ansiemos —como ya he dicho varias veces— que Dios me ama a mí. ¿Qué es lo que ama Dios?. Dios no ama nada a excepción de sí mismo y de aquello que se le asemeja, en la medida en que lo encuentra en mí y [me halla] a mí dentro de Él. Está escrito en el Libro de la Sabiduría: «Dios no ama a nadie sino a aquel que mora en la sabiduría» (Sab. 7, 28). En la Escritura se encuentra también otra palabra que es mejor todavía: «Dios ama a quienes siguen a la justicia» «en la sabiduría» (Prov. 15, 9). Los maestros están todos de acuerdo en que la sabiduría de Dios es su Hijo unigénito. Aquella palabra dice: «quienes siguen a la justicia» «en la sabiduría», y por lo tanto, ama a quienes lo siguen a Él, porque no ama nada en nosotros sino en cuanto nos encuentra en Él. El amor de Dios y lo amado por nosotros se hallan a gran distancia, uno de otro. Nosotros amamos solamente en la medida en la que hallamos a Dios en lo que amamos. Aun habiendo jurado [otra cosa] yo no podría amar sino a la bondad [= bondad divina = Dios]. Dios, empero, ama [sólo] en cuanto Él es bueno —no es pues, que Él descubra en el hombre alguna cosa digna de amarla, fuera de su propia bondad— y con nosotros [lo hace] en la medida en que nos hemos adentrado en Él y en su amor. Esta es la recompensa esto es lo que nos da su amor: que nos hallemos en Él y «moremos en la sabiduría».

San Pablo dice: «Somos trasladados en [su Hijo] en el amor» (Cfr. Colos. 1, 13). Observad esta palabra: «Dios ama». ¡Qué milagro! ¿Qué es el amor de Dios? Su naturaleza y su ser, éste es su amor. Quien le quitara a Dios el amor a nosotros, le quitaría su ser y su divinidad, porque su ser depende de que Él me ama. Y de esta manera emana el Espíritu Santo. ¡Por la gracia de Dios! ¡qué milagro es éste! Si Dios me ama con toda su naturaleza —porque ésta pende de ello— Dios me ama exactamente como si dependiesen de ello su devenir y su ser. Dios no tiene sino un solo amor: con el mismo amor con el cual el Padre ama a su Hijo unigénito, me ama a mí.

Veamos ahora otro significado. Observadlo bien: La Escritura es muy concluyente para quien la descubre y está dispuesto a descifrarla a fondo. Él dice: «quienes siguen a la justicia» «en la sabiduría». Al hombre justo la justicia le hace tanta falta que no puede amar nada fuera de la justicia. Si Dios no fuera justo, él no se fijaría en Dios, según ya he dicho varias veces. [La] sabiduría y [la] justicia son una sola cosa en Dios y quien ahí ama la sabiduría, ama también la justicia; y si el diablo fuera justo, [este hombre] lo amaría en cuanto fuera justo y ni un pepino más1a. El hombre justo no ama en Dios ni esto ni aquello; y si Dios le diera toda su sabiduría y todo cuanto puede ofrecer fuera de Él mismo, no le daría importancia y no le gustaría porque no quiere nada ni busca nada, pues no conoce ningún porqué por el cual haría alguna cosa, así como obra Dios sin porque y no conoce ningún porqué. Tal como obra Dios, obra también el justo, sin porqué; y así como la vida vive por ella misma y no busca ningún porqué por el cual vive, así también el justo no conoce ningún porque por el cual haga alguna cosa.

Ahora prestad atención a la palabrita que dice: «Tienen hambre y sed de justicia». Nuestro Señor dice: «Quienes me coman tendrán más hambre; quienes me beban tendrán más sed» (Eclesiástico 24, 29). Esto ¿cómo hay que entenderlo? Porque no sucede lo mismo con las cosas corpóreas; cuanto más se come de ellas, tanto más se sacia uno. Pero, con respecto a las cosas espirituales, no hay saciedad; pues, cuanto más se tiene de ellas, tanto más se las apetece. Por ello dice esta palabra: «Habrán de tener más sed aún quienes me beban, y más hambre quienes me coman». Esos tienen tanta hambre de [que se cumpla] la voluntad de Dios, y ella les sabe tan bien que todo cuanto Dios les inflige, los contenta y les gusta tanto que no serían capaces de querer ni de pretender otra cosa. Mientras el hombre tiene hambre, la comida le gusta; y cuanto mayor sea el hambre, tanto más placer le dará comer. Lo mismo sucede a quienes tienen hambre de [que se cumpla] la voluntad de Dios: a ésos, su voluntad [= la de Dios] les gusta tanto, y todo cuanto Él quiere y les inflige los satisface tanto, que aun si Dios les quisiera ahorrar [el infortunio], no querrían que así se hiciese; tanto les gusta esa primera voluntad de Dios[107]. Si yo quisiera congraciarme con una persona y gustarle a ella sola, entonces preferiría a cualquier otra cosa todo cuanto fuera placentero a esa persona y con lo cual yo le resultaría agradable. Y si sucediera que yo le gustara más con un vestido sencillo que con uno de terciopelo, indudablemente preferiría el vestido sencillo a cualquier otro. Lo mismo sucede con aquel a quien le gusta la voluntad de Dios; todo cuanto le da Dios, sea enfermedad o pobreza o lo que fuera, lo prefiere a cualquier otra cosa. Justamente, porque lo quiere Dios, le resulta más sabroso que nada.

Ahora bien, os gusta decir: «¿Qué sé yo si es la voluntad de Dios?» Yo contesto: Aunque por un solo instante no fuera la voluntad de Dios, tampoco sería; ha de ser siempre su voluntad. Entonces, si te gustara la voluntad de Dios, te hallarías exactamente como en el reino de los cielos con lo que te sucediera o no sucediera; y quienes quieren otra cosa que no sea la voluntad de Dios, tienen su merecido porque viven siempre con lamentaciones e infelicidad; siempre se les vuelve a hacer fuerza e injusticia, y por doquier tienen penas. Y es justo que sea así, porque hacen como si vendieran a Dios, tal como lo vendió Judas. Aman a Dios por una cosa cualquiera que no es Dios. Y luego, si reciben lo que aman, no piensan en Dios. Ya sea devoción o placer o cualquier cosa que te venga bien, todo lo creado no es Dios. Dice un Escrito: [la Escritura]: «El mundo está hecho por Él y lo que ha sido hecho, no lo conoció» (Cfr. Juan 1, 10). Quien se imaginara que, agregando mil mundos a Dios, se poseería en algún modo más que a Dios solo, no conocería a Dios ni sabría en lo más mínimo[108] lo que es Dios, y sería un palurdo. Por ello, el hombre no debe fijarse en nada fuera de Dios. Quien busca alguna cosa en Dios, no sabe qué es lo que busca, según he dicho varias veces.

El Hijo nace en nosotros del siguiente modo: cuando no conocemos ningún porqué y, [por nuestra parte], volvemos a nacer en el Hijo. Orígenes anota una palabra muy noble[109] y si yo la pronunciara os parecería increíble. «No nacemos solamente en el Hijo, sino que nacemos hacia fuera y otra vez nacemos en Él y nacemos de nuevo y nacemos inmediatamente en el Hijo. Digo —y es verdad—: En cualquier pensamiento bueno o buena intención u obra buena, todo el tiempo nacemos de nuevo en Dios». Por ello —según dije el otro día—[110]: El Padre no tiene sino un único Hijo, y en la medida en que pongamos menor intención o atención en otra cosa que no sea Dios, y miremos menos hacia alguna cosa de afuera, en la misma medida seremos transfigurados en la imagen del Hijo y en la misma medida nacerá el Hijo en nosotros y nosotros naceremos en el Hijo y llegaremos a ser un solo Hijo: Nuestro Señor Jesucristo es el único Hijo del Padre y Él sólo es hombre y Dios. Ahí no hay sino un solo Hijo en una sola esencia, y ésta es esencia divina. De este modo, nosotros llegamos a ser uno en Él, siempre y cuando fijemos nuestra mente sólo en Él. Dios siempre quiere estar solo; ésta es una verdad necesaria y no puede ser de otro modo: tenemos que fijar la mente siempre en Dios solo.

Es cierto que Dios infundió suficiencia y placer en las criaturas; pero la raíz de toda suficiencia y la esencia de todo placer se las ha reservado Dios en Él solo. [Escuchad] un símil: El fuego, es cierto, arroja junto con el calor su raíz en el agua, pues, cuando se quita el fuego, el calor permanece por un rato en el agua y también en la madera; luego de la presencia del fuego, el calor perdura tanto tiempo como ha sido poderoso el fuego. Mas el sol, si bien alumbra el aire dejándolo traslúcido, no arroja en el su raíz; pues, cuando el sol ya no se halla presente, tampoco tenemos luz. Así procede Dios con las criaturas: arroja el resplandor de su suficiencia en las criaturas; pero la raíz de toda suficiencia la mantiene sólo en Él mismo porque quiere que existamos únicamente para Él mismo y para nadie más. Dios se adorna, pues, para el alma y se le ofrece y se ha esforzado con toda su divinidad para resultarle agradable al alma; porque Dios quiere gustar, Él solo, al alma y no quiere tener rival. Dios no tolera ninguna limitación; tampoco quiere que se anhele o apetezca ninguna otra cosa fuera de Él.

Ahora sucede que algunas personas se imaginan que son muy santas y perfectas, y pretenden [hacer] grandes cosas y [usar] grandes palabras y, sin embargo, anhelan y apetecen muchísimo y también quieren poseer mucho y se fijan mucho en sí mismas y en esto y aquello, y piensan que son propensas al recogimiento, y [no obstante] no son capaces de aceptar ninguna palabra [sin contestar]. Por cierto, tened la seguridad de que se hallan lejos de Dios y fuera de la unión mencionada. Dice el profeta: «Vertí mi alma dentro de mí» (Salmo 41, 5). Mas, San Agustín pronuncia una palabra superior[111] él dice: Vertí mi alma por encima de mí. Si el alma ha de ser uno con el Hijo, es necesario que llegue por encima de sí misma; y cuanto más salga de sí misma, tanto más será uno con el Hijo. Dice San Pablo: «Hemos de ser transformados en la misma imagen que es Él» (Cfr. 2 Cor. 3, 18).

Dice un Escrito[112]: La virtud nunca es virtud a no ser que provenga de Dios o por Dios o en Dios [= con Dios]; una de estas tres [cosas] debe haber siempre. Si le pasara algo distinto, no sería virtud; porque aquello que se anhela sin Dios, es demasiado pequeño. La virtud es Dios o [se halla] inmediatamente en Dios. Mas cuál sería lo mejor, de esto no quiero deciros nada por el momento. Ahora podríais preguntar: «Decid, señor, ¿cómo es esto? ¿cómo podríamos hallarnos inmediatamente en Dios de modo que no anheláramos ni buscáramos nada mas que Dios, y como podríamos ser tan pobres y renunciar a todo? ¡Es una afirmación muy dura [decir] que no debiéramos desear ninguna recompensa!»… Tened la certeza de que Dios no dejará de dárnoslo todo; y aunque hubiera renegado [de hacerlo], no podría renunciar a ello, tendría la obligación de dárnoslo. Le hace mucha más falta a Él darnos que a nosotros recibir; pero no debemos anhelarlo; porque, cuanto menos lo deseemos y apetezcamos, tanto más dará Dios. Pero, con ello Dios no pretende sino que lleguemos a ser mucho más ricos y que recibamos mucho más.

A veces cuando he de rezar, suelo decir la siguiente palabrita: «¡Señor, aquello que te pedimos es tan pequeño! Si alguien me lo solicitara, se lo haría, y a ti te resulta cien veces más fácil, que a mí, y también lo harías con mayor gusto. Y, si sucediera que te pidiésemos algo más importante, te resultaría fácil concederlo; y cuanto mayor sea, lo darás con mayor gusto». Porque Dios está dispuesto a dar grandes cosas con tal de que seamos capaces de renunciar a todas las cosas en la justicia.

Que Dios nos ayude para que así «sigamos a la justicia» «en la sabiduría» y «tengamos hambre y sed» para que «se nos satisfaga». Amén.

 

SERMÓN XLII[113]

Adolescens, tibi dico: surge.

 

En el Evangelio, escrito por mi señor San Lucas, se lee sobre «un joven que estaba muerto. Entonces, Nuestro Señor llegó hasta él y se acercó y se compadeció de él y lo tocó y dijo: “Joven, te digo y te ordeno: ¡levántate!”» (Cfr. Lucas 7, 12 ss.).

Ahora habéis de saber: En todas las personas buenas Dios se halla por entero y hay un algo en el alma en cuyo interior vive Dios, y hay un algo en el alma donde el alma vive en Dios. Y cuando el alma se vuelve hacia fuera, hacia las cosas exteriores, entonces muere y Dios muere también para el alma. [Pero], por eso no muere en absoluto en Él mismo, sino que sigue viviendo en sí mismo. Cuando el alma se separa del cuerpo, el cuerpo está muerto y el alma vive en sí misma; de igual modo Dios está muerto para el alma y vive en sí mismo. Sabedlo, pues: hay una potencia en el alma[114], que es más extensa que el cielo —que es increíblemente extenso y tan extenso que no es posible enunciarlo bien— mas, esa misma potencia todavía es mucho más extensa[115].

¡Hola, esforzaos mucho y prestad atención! Resulta que el Padre celestial, en esta potencia noble, le dice a su Hijo unigénito: «¡Joven, levántate!» Hay una unión tan grande entre Dios y el alma que es increíble, y Dios en sí mismo es tan alto que no puede llegar hasta allí ningún conocimiento ni anhelo alguno. El anhelo llega más lejos que todo aquello que se puede aprehender por el conocimiento. Aquél es más extenso que todos los cielos, ah sí, [y] que todos los ángeles, y eso que todo cuanto hay en la tierra, vive por una chispita del ángel. El anhelo es extenso, desmedidamente extenso. Todo cuanto el conocimiento puede aprehender y el anhelo puede desear, no es Dios. Ahí donde terminan el conocimiento y el anhelo, ahí está oscuro, ahí luce Dios[116].

Nuestro Señor dice, pues: «¡Joven, te digo: levántate!» Ojo, si he de escuchar en mi interior el habla de Dios, tengo que haberme extrañado tan completamente de todo cuanto es mío —en especial, en el reino de lo temporal— como me resulta extraño aquello que se halla allende el mar. El alma es, en sí misma, tan joven como cuando fue creada, y la edad que le corresponde, sólo vale con miras al cuerpo, por cuanto ella actúa en los sentidos. Dice un maestro[117]: «Si un hombre anciano tuviera los ojos de un joven, vería tan bien como un joven». Ayer estaba sentado en un lugar y dije allí una palabra que suena bastante increíble… dije, pues, que Jerusalén queda tan cerca de mi alma, como el lugar en donde estoy ahora. Ah sí, con toda verdad: aquello que dista de Jerusalén más de mil millas, queda tan cerca de mi alma como mi propio cuerpo, y de ello estoy tan seguro como del hecho de ser hombre, y es [cosa] fácil de comprender para los frailes doctos. ¡Sabed[lo]: mi alma es tan joven como cuando fue creada, ¡ah sí! y mucho más joven todavía! Y ¡sabed!: si mañana fuera más joven qué hoy, no me sorprendería[118].

El alma tiene dos potencias que nada tienen que ver con el cuerpo; y éstas son [el] entendimiento y [la] voluntad: ellas operan por encima del tiempo. ¡Ojalá estuvieran abiertos los ojos del alma de modo que el conocimiento mirara claramente la verdad! ¡Sabed[lo]: a tal hombre le resultaría tan fácil renunciar a todas las cosas como a un garbanzo o una lenteja o una nonada; ¡ah sí, por mi alma, todas estas cosas serían nonada para semejante hombre! Ahora bien, hay algunas personas que se despojan de estas cosas por amor, pero consideran muy grandes las cosas que han dejado. Pero aquel hombre que reconoce en la verdad que, si bien renuncia a sí mismo y a todas las cosas, esto no es nada aún… por cierto, el hombre que vive así, posee en la verdad todas las cosas.

En el alma hay una potencia[119] para la cual todas las cosas son igualmente dulces; ah sí, lo peor y lo mejor de todo le resultan completamente iguales a esta potencia; ella toma a todas las cosas por encima de «aquí» y «ahora». «Ahora»… esto es tiempo, y «aquí»… esto es lugar, el lugar donde me encuentro ahora. Mas, si hubiera salido enteramente de mí mismo, desasiéndome por completo, entonces ¡albricias! el Padre engendraría a su Hijo unigénito en mi espíritu con tanta pureza que el espíritu volvería a darlo a luz. Ah sí, [lo digo] con toda verdad: Si mi alma estuviera tan dispuesta como el alma de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre obraría en mi interior tan puramente —y nada menos— como en su Hijo unigénito; porque me ama a mí con el mismo amor con el que se ama a sí mismo. San Juan dice: «Al comienzo era el Verbo y el Verbo estaba con Dios y Dios era el Verbo» (Juan 1, 1). Ea, aquel que ha de escuchar el Verbo en el Padre —allí reina gran silencio— debe estar muy tranquilo y apartado de todas las imágenes, ah sí, y de todas las formas. Ea, este hombre debería vincularse a Dios con tanta lealtad que todas las cosas juntas no fueran capaces de alegrarlo ni entristecerlo. Ha de recibir todas las cosas en Dios, tales como son en Él.

Ahora dice: «¡Joven, te digo: levántate!». Él mismo quiere hacer la obra. Si alguien me mandara que transportase una sola piedra, lo mismo me podría ordenar transportar mil piedras en vez de una, siempre y cuando él mismo quisiera llevarlas. O, si mandara a alguien que transportase un quintal, lo mismo podría ordenar que transportara mil quintales en vez de uno, siempre y cuando él mismo quisiera llevarlos. Ea, Dios mismo quiere hacer esta obra, el hombre sólo ha de obedecer y no oponerse. Ay, si el alma sólo se dispusiera a vivir adentro, tendría presentes todas las cosas. Hay una potencia[120] en el alma y no sólo una potencia sino: [una] esencia y no sólo [una] esencia, sino algo que desliga de [la] esencia… esto es tan acendrado y tan elevado y tan noble en sí mismo que ninguna criatura puede entrar sino sólo Dios que mora ahí. Ah sí, [lo digo] con plena verdad: Dios mismo no puede entrar tampoco, en cuanto tiene modo de ser ni en cuanto es sabio ni en Cuanto es bueno ni en cuanto es rico. Ah sí, Dios no puede entrar ahí con ningún modo [de ser]. Dios puede entrar ahí sólo con su desnuda naturaleza divina.

Ea, daos cuenta, pues, que dice: «¡Joven te digo!». Y ¿qué es el «decir» de Dios? Es la obra de Dios, y esta obra es tan noble y tan elevada que sólo Dios la hace. Sabed pues: toda nuestra perfección y toda nuestra bienaventuranza dependen de que el hombre atraviese y sobrepase toda criaturidad y toda temporalidad y toda esencia, y vaya al fondo carente de fondo.

Pedimos a Dios, Nuestro querido Señor, que logremos ser uno y moremos adentro y que Dios nos ayude a [llegar] a ese mismo fondo. Amén.

 

SERMÓN XLIII[121]

Adolescens, tibi dico: surge.

 

Se lee en el Evangelio «sobre una viuda que tenía un único hijo que estaba muerto. Entonces se le acercó Nuestro Señor y dijo: “¡Joven, te digo: levántate!” y el joven se incorporó» (Cfr. Lucas 7, 12 ss.).

Por esta «viuda» entendemos el alma. Como estaba muerto el «marido», también estaba muerto el «hijo». Por el «hijo» concebimos [indirectamente] [el] entendimiento que en el alma es el «marido». Como ella [= la viuda] no vivía con el entendimiento, el «marido» estaba muerto y por eso era «viuda»[122]. «Junto a la fuente Nuestro Señor le dijo a la mujer: “¡Vete a casa, tráeme a tu marido!”» (Cfr. Juan 4, 16). Él pensaba: como ella no vivía con el entendimiento, que es el «marido», por eso no le caía en suerte «el agua viva» (Cfr. Juan 4, 10) que es el Espíritu Santo; Este se brinda sólo allí donde se vive con el entendimiento. [El] entendimiento es la parte suprema del alma donde, junto con los ángeles, tiene una co-existencia y un estar-comprendido en la naturaleza angelical. A la naturaleza angelical no la toca tiempo alguno; lo mismo sucede con [el] entendimiento que es el «marido» dentro del alma; no lo toca tiempo alguno. Si no se vive con el [entendimiento], muere el «hijo». Por eso, era «viuda». ¿Por qué «viuda»?… No existe ninguna criatura que no tenga algo bueno y al mismo tiempo algo defectuoso por lo cual se renuncia a Dios. El defecto de la «viuda» residía en que tenía muerta la facultad de dar a luz; por eso pereció también el fruto.

En otro aspecto «viuda» dice lo mismo que una persona que «está abandonada» (Cfr. 1 Tim. 5, 5), y ha abandonado[123]. Por lo tanto debemos dejar y apartar a todas las criaturas. Dice el profeta: «La mujer estéril tiene más hijos que la parturienta» (Cfr. Isaías 54, 1). Lo mismo sucede con el alma que da a luz espiritualmente: sus alumbramientos son mucho más numerosos; da a luz en cualquier momento. El alma que posee a Dios, es parturienta en todo instante. Dios tiene que hacer necesariamente todas sus obras. Dios está obrando siempre en un «ahora» en la eternidad, y su obrar consiste en engendrar a su Hijo; lo engendra en todo momento. De este nacimiento provinieron todas las cosas y Él se complace tanto con este nacimiento que consume en él todo su poder. Cuanto más se conozca todo, tanto más perfecto será el conocimiento; [mas, entonces] parece como si no fuera nada [lo que se sabe]. Porque Dios engendra a sí mismo de sí mismo en Él mismo y vuelve a engendrar a sí mismo en sí mismo. Cuanto mas perfecto es el nacimiento, tanto mayor es la procreación. Digo yo: Dios es completamente Uno; se conoce sólo a sí mismo. Dios procrea [su ser] por completo en su Hijo; Dios enuncia todas las cosas en su Hijo. Por ello dice: «¡Joven, te digo: levántate!»

Dios aplica todo su poder en su nacimiento, y esto es necesario para que el alma vuelva a Dios. Y de una manera es alarmante [ver] que el alma tan a menudo deserte de aquello en donde Dios aplica todo su poder; pero esto último es necesario para que el alma recupere su vida. Dios hace todas las criaturas con un solo pronunciamiento; pero, para que el alma cobre vida, Dios expresa todo su poder en su nacimiento. Por otra parte, es consolador que el alma de esta manera sea traída de vuelta. En el nacimiento cobra vida y Dios hace nacer a su Hijo en el alma para que ella cobre vida. Dios se pronuncia a sí mismo en su Hijo. Por el pronunciamiento con el cual se expresa en su Hijo, por este [mismo] pronunciamiento le habla al interior del alma. Es característico de todas las criaturas engendrar. Una criatura sin nacimiento, tampoco existiría. Por eso dice un maestro: Esta es una señal de que todas las criaturas son expelidas por el nacimiento divino.

¿Por qué dijo «joven»? El alma no tiene nada en donde Dios pueda hablar fuera del entendimiento. Algunas potencias son tan bajas que Él no puede hablar en ellas. Es cierto que habla, mas ellas no lo oyen. [La] voluntad, en cuanto voluntad, no recoge nada en modo alguno. «Marido» no significa ninguna potencia fuera del entendimiento. [La] voluntad, [en cambio], sólo se dirige hacia fuera[124].

«Joven». Todas las potencias pertenecientes al alma, no envejecen. Las potencias pertenecientes al cuerpo, se gastan y disminuyen. Cuanto más conozca el hombre, tanto más conocerá. Por eso [se dice] «joven». Afirman los maestros[125]: Joven es aquello que se halla cerca de su comienzo. En [el] entendimiento uno es joven por completo: cuanto más uno opere en esta potencia, tanto más cerca está de su nacimiento. El primer efluvio violento del alma es [el] entendimiento, luego [sigue la] voluntad, y después todas las demás potencias.

Él dice, pues: «¡Joven, levántate!» ¿Qué significa: ¡levántate!?… «¡Levántate» de la obra y «levántate» [colocándote] sobre el alma en sí misma! Una sola obra que opera Dios a la luz simple del alma[126], es más hermosa que todo el mundo, y le es más placentera a Dios que todo cuanto haya obrado jamás en todas las criaturas. Los tontos toman por bueno lo malo, y por malo lo bueno. Pero, cuando se lo comprende bien, una sola obra operada por Dios en el alma, es mejor y más noble y más elevada que todo el mundo.

Por encima de la luz se halla [la] gracia; ésta no entra nunca en [el] entendimiento ni en [la] voluntad. Si [la] gracia hubiera de entrar en [el] entendimiento, entonces [el] entendimiento y [la] voluntad tendrían que llegar más allá de sí mismos. Tal cosa no puede ser, porque la voluntad es tan noble en sí misma que no se la puede llenar sino con el amor divino. El amor divino opera obras muy grandes. Mas, por encima hay todavía una parte que es [el] entendimiento: éste es tan noble en sí mismo que no puede ser perfeccionado sino por la verdad divina. Por eso dice un maestro[127]: Hay algo muy secreto que se halla por encima, esto es la cabeza del alma. Ahí se realiza la verdadera unión entre Dios y el alma. [La] gracia no ha operado jamás obra alguna, pero sí emana en el ejercicio de una virtud. [La] gracia no conduce jamas a la unión en una obra. [La] gracia es un in-habitar y un co-habitar del alma con Dios. Para ello es demasiado bajo todo cuanto alguna vez se haya llamado obra, ya sea exterior, ya sea interior. Todas las criaturas buscan algo semejante a Dios; cuanto más bajas son, tanto más externa es su búsqueda como, por ejemplo, el aire y el agua: éstos se dispersan. Pero el cielo que es más noble, busca [una semejanza] más cercana a Dios. El cielo gira continuamente y en su trayectoria trae afuera a todas las criaturas; en esto se asemeja a Dios, pero no es su intención [hacerlo] sino [que busca] algo más elevado. Por otra parte: en su trayectoria busca la quietud. Al cielo nunca se le ocurre obra alguna para servir a una criatura que se halla por debajo de él. Por este hecho se asemeja más a Dios. Para el que Dios nazca en su Hijo unigénito, todas las criaturas son insensibles. Sin embargo, el cielo tiende hacia aquella obra que Dios opera en sí mismo[128]. Si el cielo y otras criaturas más bajas [que el cielo] [ya] proceden así, [cuánto] más noble es el alma que el cielo.

Dice un maestro: El alma nace en sí misma y nace fuera de sí misma y vuelve a nacer en sí misma. Es capaz de [hacer] milagros a su luz natural; es tan vigorosa que puede separar lo que es uno. [El] fuego y [el] calor son uno. Si este [hecho] es concebido por [el] entendimiento, él debe separarlo. En Dios [la] sabiduría y [la] bondad son uno; si [la] sabiduría entra en [el] entendimiento, ella ya no piensa en la otra [= la bondad]. El alma, de sí misma, da a luz a Dios de Dios en Dios; lo da a luz bien de sí misma; lo hace porque da a luz a Dios en aquella parte donde es deiforme: ahí es una imagen de Dios. He dicho también en otras ocasiones: Una imagen, en cuanto imagen, [y] aquello cuya imagen es, nadie los puede separar [a uno de otro]. Cuando el alma vive en aquello en que es imagen de Dios, entonces da a luz; en esto reside la verdadera unión, y todas las criaturas no la pueden separar. ¡A despecho de Dios mismo, a despecho de los ángeles y a despecho de las almas y de todas las criaturas, [digo yo] que allí donde el alma es imagen de Dios, no la podrían separar [de Dios]! Esta es [la] unión genuina, en ella reside la verdadera bienaventuranza. Algunos maestros buscan [la] bienaventuranza en [el] entendimiento[129]. Yo digo: [La] bienaventuranza no reside ni en [el] entendimiento ni en [la] voluntad sino por encima [de ellos]: [la] bienaventuranza reside allí donde se halla [la] bienaventuranza en cuanto bienaventuranza, [y] no como entendimiento, y donde Dios se encuentra como Dios y el alma como imagen de Dios. Hay bienaventuranza allí donde el alma toma a Dios como es Dios. Allí [el] alma es alma y [la] gracia, gracia y [la] bienaventuranza, bienaventuranza y Dios, Dios.

Rogamos a Nuestro Señor nos conceda que nos unamos con Él de esta manera. ¡Que Dios nos asista! Amén.

 

SERMÓN XLIV[130]

Postquam completi erant dies, puer Iesus portabatur in templum. Et ecce, homo erat in Ierusalem.

 

San Lucas escribe en el Evangelio: «Cuando se cumplieron los días, Cristo fue llevado al templo. Y fijaos que allí en Jerusalén había un hombre llamado Simeón, éste era justo y temeroso de Dios; esperaba la consolación del pueblo de Israel y en él estaba el Espíritu Santo» (Cfr. Lucas 2, 22 ss.).

«Y fijaos»: esta palabra «et» [= y] significa en latín una unión y un atar y encerrar. Todo cuanto está atado y encerrado por completo, significa unión. Con ello quiero decir que el hombre esté atado a Dios y encerrado y unido con Él. Nuestros maestros dicen lo siguiente[131]: [La] unión requiere semejanza. No puede haber unión sin que haya semejanza. Lo que está atado y encerrado produce unión. Aquello que se halla cerca de mí, por ejemplo, cuando estoy sentado junto a ello o me encuentro en el mismo lugar, eso no produce semejanza. Por ello dice Agustín[132]: Señor, cuando me hallaba lejos de ti, eso no se debía a una distancia de lugar, sino que era a causa de la desigualdad en la que me hallaba yo. Dice un maestro[133]: Aquel cuyo ser y obra están ubicados completamente en la eternidad, y aquel otro cuyo ser y obra se dan por completo en el tiempo, ésos nunca concuerdan; jamás se encontrarán. Nuestros maestros dicen[134]: Entre aquellas cosas cuyo ser y obra se hallan en la eternidad, y aquellas cosas cuyo ser y obra se dan en el tiempo, debe haber, necesariamente, un medio [separador]. [Mas], donde hay un encierro y una atadura perfectos, ahí debe haber, necesariamente, igualdad. Donde Dios y el alma han de estar unidos, ello debe ser a causa de [la] igualdad. Donde no hay desigualdad, debe haber, obligadamente, uno solo; no está unido solamente por el encierro, sino que se vuelve uno; no sólo [es] igualdad sino igual. Por ello decimos que el Hijo no es igual al Padre, sino que es la igualdad; es uno con el Padre.

Nuestros maestros más insignes dicen[135]: Una imagen que se halla en una piedra o en una pared —si por debajo no hubiera ningún agregado—, esta imagen sería —para quien la toma en su carácter de imagen— totalmente una con aquello cuya imagen es. Cuando el alma entra en la imagen [en el alma] en la cual no hay nada extraño sino sólo la imagen [divina], con la cual constituye una sola imagen, entonces [esa alma] está bien aleccionada. Donde uno se halla traspuesto en la imagen en la cual se asemeja a Dios, ahí aprehende a Dios, ahí encuentra a Dios. Donde algo está dividido hacia fuera, no se encuentra a Dios. Cuando el alma entra en aquella imagen y se mantiene exclusivamente en la imagen, [entonces] encuentra a Dios en esa imagen; y el hecho de que se halle a sí y a Dios, implica una sola obra que es atemporal: ahí encuentra a Dios. En la medida en que se halla ahí adentro, en esa misma medida es uno con Dios; él quiere decir: en la medida en que uno se halla encerrado allí donde el alma es imagen de Dios. En cuanto el [hombre] se halle ahí adentro, en tanto será divino; en cuanto ahí adentro, en tanto en Dios, no encerrado ni unido, más bien: es uno.

Dice un maestro[136]que cada igualdad significa un nacimiento. Afirma además: La naturaleza nunca encuentra cosa igual a sí, sin que haya, necesariamente, un nacimiento. Nuestros maestros dicen: El fuego, por fuerte que sea, no encendería nunca si no esperara un nacimiento. Por seca que estuviera la leña que se colocase adentro, jamás ardería si no fuera capaz de adquirir igualdad con él [= el fuego]. El fuego desea nacer en la leña y que todo se haga un solo fuego y que éste se conserve y perdure. Si se extinguiera y deshiciera, ya no sería fuego; por eso desea ser conservado. La naturaleza del alma nunca contendría lo igual [= a Dios] a no ser que desease que Dios naciera en ella. Nunca se ubicaría en su naturaleza, ni desearía hacerlo si no esperara el nacimiento y éste lo opera Dios; y Dios nunca lo operaría si no quisiera que el alma naciese dentro de Él. Dios lo opera y el alma lo desea. De Dios es la obra y del alma, el deseo y la capacidad de que Dios nazca en ella y ella en Dios. El que el alma se le asemeje, lo obra Dios. Ella ha de esperar, necesariamente, que Dios nazca en ella y que sea sostenida dentro de Dios y ansíe la unión, para que sea sostenida en Dios. La naturaleza divina se derrama en la luz del alma, y es sostenida allí adentro. Con ello Dios se propone nacer en ella y serle unido y sostenido en ella. Esto ¿cómo puede ser? ¿Si decimos que Dios es su propio sostenedor? Cuando Él tira al alma hacia ahí adentro [= a su naturaleza divina], ella descubre que Dios es su propio sostenedor y entonces permanece ahí, de otro modo no se quedaría nunca. Dice Agustín[137]: «Exactamente así como amas, así eres: si amas a la tierra, te vuelves terrestre; si amas a Dios, te vuelves divino. Si amo, pues, a Dios ¿me convierto en Dios? Esto no lo digo yo, os remito a la Sagrada Escritura. Dios ha dicho por intermedio del profeta: “Sois dioses e hijos del Altísimo”» (Salmo 81, 6). Y por eso digo: Dios da el nacimiento en lo igual. Si el alma no contara con ello, nunca desearía entrar ahí. Ella quiere ser sostenida dentro de Él; su vida depende de Él. Dios tiene un sostén, una permanencia en su ser; y por ello no hay otra alternativa que pelar y separar todo cuanto es del alma: su vida, [sus] potencias y [su] naturaleza, todo ha de ser quitado, manteniéndose ella en la luz acendrada donde constituye una sola imagen con Dios, allí encuentra a Dios. Es esta la peculiaridad de Dios de que no cae en Él nada extraño, nada sobrepuesto, nada agregado. Por ello, el alma no ha de recibir ninguna impresión ajena, nada sobrepuesto, nada agregado. Esto es lo [que decimos] del primer [punto] [= et].

«Y fijaos»: «ecce». «Ecce», esta palabrita contiene en sí todo cuanto pertenece al verbo, no se le puede añadir nada [=no tiene flexión]. Verbo, esto es Dios, Dios es un Verbo, el Hijo de Dios es un Verbo. El [= el evangelista] opina que toda nuestra vida, todo nuestro anhelo deberían estar encerrados y suspendidos por completo en Dios y dispuestos hacia Él. Por eso dice Pablo: «Soy lo que soy por la gracia de Dios» (1 Cor. 15, 10), y además dice: «Yo vivo, mas no yo, sino que Dios vive del todo en mí» (Gal. 2, 20). ¿Qué más [tenemos]?

«Homo erat». Él dice: «Fijaos, un hombre». Nosotros usamos la palabra «homo» para mujeres, y varones, pero los romanos no quieren concedérsela a las mujeres a causa de su debilidad[138]. «Homo», significa lo mismo que «aquello que es perfecto» y «a lo cual no le falta nada». «Homo», «el hombre», tiene el sentido de «quien está hecho de tierra», y significa «humildad»[139]. La tierra es el elemento más bajo y yace en el medio y está rodeada completamente por el cielo y recibe del todo el influjo del cielo. Todo cuanto obra y vierte el cielo, es recibido en medio del fondo de la tierra. En otro aspecto «homo» significa lo mismo que «humedad» y tiene el sentido de «quien está regado con mercedes», afirmando que el hombre humilde recibe en seguida el influjo de la gracia. Por este influjo de la gracia asciende en el acto la luz del entendimiento; ahí [arriba] irradia Dios su resplandor en una luz que no sufre ser encubierta. Quien se hallara poderosamente rodeado por esa luz, sería, comparado con otra persona, tanto más noble como [lo es] un hombre vivo a otro pintado en la pared. Esa luz es tan poderosa que no sólo está privada en sí de tiempo y espacio, sino que, además, le quita a aquello sobre lo cual se derrama, el tiempo y el espacio y todas las imágenes corpóreas [= representaciones] y todo cuanto [le] es ajeno. Ya he dicho varias veces: Si no hubiera ni tiempo ni espacio ni otras cosas, todo sería una sola esencia. Quien de tal manera fuera uno y se postrara en el fondo de la humildad, sería inundado allí mismo con mercedes.

En tercer lugar: esa luz quita el tiempo y el espacio. «Había un hombre». ¿Quién le dio esa luz?… La pureza. La palabra «erat» pertenece a Dios por antonomasia. En lengua latina no existe ninguna palabra que pertenezca tanto a Dios como «erat». Por eso acude Juan en su Evangelio, diciendo muchas veces: «erat», «era», y con ello se refiere a un ser puro. Todas las cosas añaden, pero aquello [= erat] no añade sino en el pensamiento, mas no en un pensamiento que agregue, sino en un pensamiento que quita [= abstrae]. [La] bondad y [la] verdad agregan por lo menos en el pensamiento, pero, el ser desnudo al cual no se ha añadido nada, éste significa «erat». Por otra parte, «erat» significa un nacimiento, un devenir perfecto. He venido ahora, hoy estaba viniendo[140], y si el tiempo fuera quitado al hecho de que estaba viniendo y que he venido, entonces «viniendo» y «he venido» serían aunados y serían uno. Donde «viniendo» y «he venido» se aúnan en una sola cosa, ahí nacimos y somos creados y formados otra vez en la imagen primigenia. También he dicho ya varias veces: Mientras alguna parte de una cosa se halla en su ser, no es creada otra vez; es cierto que se la pinta o renueva como un sello que ha envejecido; a éste lo colocan otra vez renovándolo. Dice un maestro pagano[141]: Lo que es, ningún tiempo lo hace envejecer; ahí hay bienaventurada vida en un siempre jamás donde no existe ninguna curvatura, donde nada está encubierto, donde hay un ser puro. Salomón dice: «No hay nada nuevo bajo el sol» (Eclesiástico 1, 10). Esto se entiende raras veces de acuerdo con su significado. Todo cuanto se halla bajo el sol, envejece y disminuye; pero allí no hay sino un ser nuevo. [El] tiempo produce dos cosas: [la] vejez y [la] disminución. Aquello sobre lo cual brilla el sol, se halla en el tiempo. Todas las criaturas son ahora y son de Dios; mas, allí donde están en Dios, son tan desiguales a lo que son aquí, como el sol [lo es] a la luna, y mucho más [todavía]. Por eso, dice [Lucas]: «erat in eo». «El Espíritu Santo estaba en él», donde se hallan el ser [puro] y un devenir [perfecto].

«Un hombre estaba». ¿Dónde estaba? «En Jerusalén». «Jerusalén» quiere decir «una visión de la paz[142]»; en fin, significa que el hombre sea pacífico y se halle bien orientado. Y acaso signifique más. Pablo dice: «Os deseo la paz que supera todo concepto. Que ella guarde vuestros corazones y vuestro entendimiento» (Cfr. Filip. 4, 7).

Roguemos a Nuestro Señor que seamos de tal modo «un hombre» y que seamos trasladados a esa paz que es Él mismo. Que Dios nos ayude a lograrlo. Amén.

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[1]Véase lo dicho en la nota 1 del Sermón I. Nuestras notas se basan sobre todo en los resultados publicados por Quint en el tomo II de Meister Eckehart Predigten en la edición crítica (Stuttgart, 1971). Para detalles y términos de la traducción véase también nuestra Introducción. Atribución: S’<er> mo mag <istr>i Eg <hardi>. Encabezamiento: «El martes luego de media cuaresma». El texto bíblico está tomado del martes después del cuarto domingo de cuaresma.

[2]Cfr. Augustinus, Enarrationes in Psalmos 145 n. 11; e In Ps. 32 En. 2 Sermo 2 n. 18.

[3]Cfr. Thomas, S. theol. II II q. 26 a. 4; y Sent. III d. 29 a. 5.

[4]Cfr. Sermón X nota 4.

[5]Cfr. Éxodo 2, 10; Isidorus Hispalensis, Etymologiae VII c. 6 n. 46; Hieronymus, Liber interpret. Hebr. nom.

[6]Atribución: S’<er>mo magist <r>i Eg<hart>. Encabezamiento: «El viernes después de media cuaresma, una instrucción de cómo hay que adorar al Padre en espíritu y verdad». El texto de la Sagrada Escritura fue tomado del Evangelio del viernes después del tercer domingo de cuaresma.

[7]Otra vez se trata de la «chispita del alma».

[8]Quint (tomo II p. 28 n. 2) remite para estas tres ramas a: Aristóteles, Ethica Nic. II c. 3; Thomas, In Eth. Nic. II c. 3 lect. 2; Albertus Magnus, De resurr. tr. 4 q. 3 a. 1.

[9]Eckhart piensa tanto en Agustín como en Avicena, según dice en In Genes. II n. 138.

[10]Los maestros son los tomistas quienes, en contraposición a los escotistas, atribuyen al intelecto un rango superior al de la voluntad.

[11]La chispita.

[12]Encabezamiento: «Para el día de Santiago». El texto de Juan 15, 16 se halla en el gradual de la misa de la Fiesta del apóstol San Jacobo, el mayor (25 de julio). Juan 15, 12 a 16 figuraba en el antiguo misal de los domingos en el Commune apostolorum como texto del Evangelio.

[13]Eckhart se refiere, entre otros, a Petrus Lombardus (Sent. I d. 17 c. 1 n. 143) quien, a su vez, remite a Augustinus (De trin. XV).

[14] Thomas, S. theol. II II q. 23 a 2.

[15]Véase, por ejemplo, Thomas, S. theol III q. 27 a. 1.

[16] Cfr. Thomas, S. theol. III q. 62 a. 4.

[17]Según el Symbolum Nicaeno - Constantinopolitanum el Espíritu Santo procede del padre y del Hijo. Quint (tomo II p. 51 n. 2) considera que Eckhart usa una expresión abreviada, y remite también a Thomas, S. theol. I q. 36 a. 2.

[18]En el Sermo II de la obra latina.

[19]Quint opina que se refiere al Sermón XXVI.

[20]Eckhart trata esta «tercera palabrita» detalladamente en el Sermón siguiente, el XXVIII.

[21]Encabezamiento: «En el día de San Bernabé».

[22]Se refiere al acompañante de San Pablo en sus viajes. Su fiesta se celebra el 11 de junio. Según el misal medieval de los dominicos el texto del Evangelio era el mencionado por Eckhart.

[23]Se refiere al pasaje paralelo en el Sermón XXIX.

[24]No se sabe a qué libro («buoch») o libreta (?) se refiere Eckhart.

[25]Según Quint (tomo II p. 67 n. 1) Eckhart se refería en forma muy vaga a la teoría de las ideas platónicas, o sea, a la idea suprema, el summum bonum que es, a la vez, lo «Uno».

[26] En el encabezamiento de uno de los manuscritos se indica que el sermón estaba destinado para la Fiesta de «La Ascensión de Nuestro querido Señor». El texto bíblico pertenece a la Epístola de ese día.

[27] La luz celestial, o sea, la luz del «entendimiento supremo», la «chispita».

[28] Se trataría de un número metafísico carente de cantidad. Nadie tiene otra raíz que ese número carente de cantidad. Véase la explicación detallada en Quint, tomo II p. 76 n. 1.

[29] Cfr. Thomas, S. theol. I q. 105 a. 4.

[30] Se refiere a los «hermanos y hermanas del espíritu libre».

[31] «Este ser», o sea, el haber muerto para todo el mundo y vivir en Dios.

[32] Augustinus, En. in Ps. 36, Sermo 1 n. 3.

[33] Atribuciones «magister/bernhardus»; «sermón de Fray Ekhard». En los encabezamientos el sermón se atribuye al día de cualquier Santo. Eckhart se refiere expresamente a la Fiesta de Santo Domingo que, según el antiguo misal de los dominicos, se celebraba el 5 de agosto.

[34] «Lo más entrañable y lo más elevado» = la chispa.

[35] «Aquí» se refiere al nacimiento del Hijo en el alma, «allí» a su nacimiento histórico. Esta observación corresponde sólo a «aquí» y «allí» en las dos últimas oraciones.

[36] «La palabra…» constituye el segundo de los significados mencionados arriba.

[37] Cfr. Augustinus, Confess. 1. IV c. 12 n. 18.

[38] Atribuciones: «S.<ermo> m.<agistri> Eghardi»; «así dijo el maestro Ec/kart». Uno de los encabezamientos reza: «Del nacimiento o de la purificación o de los ángeles». El texto de Malaquías que aparece en la Epístola de la Fiesta de la Purificación de la Virgen (2 de febrero) fue modificado por Eckhart según los textos correspondientes en los Evangelios para servir mejor a sus finalidades.

[39] En la edición de las Obras latinas de Eckhart se remite a Origenes, Homilía super: «Maria stabat ad monumentum foris plorans», donde se agrega «Homilia ista non est Origenis ipsius».

[40] Quint señala (t. II p. 119 n. 2) que la doctrina de los ángeles de Dionysius Areopagita se halla expuesta detalladamente en su: De caelesti hierarchia c. 1 § 2.

[41] Quint explica (tomo II p. 120 n. 1) el sentido de este texto de la siguiente manera: «Del poder divino (o sea, el Padre) prorrumpe la sabiduría (o sea, el Hijo) y de los dos prorrumpe el amor (o sea, el Espíritu Santo) […] porque la sabiduría y la verdad y el poder y el amor se hallan en la periferia del ser (es decir, son emanaciones del ser)».

[42] Se remite a Maimonides, Dux neutrorum III c. 53.

[43] Cfr. Aristóteles, Phys. VIII t. 71; y Thomas, S. theol. I q. 10 a. 4 ad 3.

[44] Atribución: «Sermo m.<agistri> Eghardi». Encabezamiento: «Sermo de sanctis». El texto bíblico corresponde a la Epístola de la Fiesta de Santa Isabel de Turingia (19 de noviembre).

[45] Cfr. Alcher de Clairvaux, De spiritu et anima c. 47.

[46] Cfr. Augustinus, En. in Ps. 146 n. 13.

[47] Cfr. Avicenna, De an. I c. 5.

[48] El ejemplo del erizo se halla (según Quint, tomo II p. 140 n. 1) en Avicenna, De animal VIII c. 4; en Aristóteles, De hist. animal. IX, c. 6; en Albertus Magnus, De animal. VIII, tr. 2 c. 2, n. 50.

[49] Cfr. Augustinus, Confess. 1. II c. 4. a. 9.

[50] En una atribución se dice: «Aquí enseña el Maestro eck’<art> que se deben conquistar cuatro clases de reinos, etc.» Encabezamiento: «Sermo de sanctis». El texto bíblico, en el cual se introduce al principio la palabra Sancti, se halla en el antiguo misal de la Orden de los Predicadores y en el misal romano en la Epístola del Commune plurimorum martyrum.

[51] Quint (t. II p. 154 n. 3) pregunta: «¿Qué maestro?». Considera posible que se trate del pseudo-Bernardus, Tractatus de statu virtutum, pars tertia: De timore et charitate n. 37.

[52] Atribución: «S’<er>mo m<agist>ti Ekhardi». Según varios encabezamientos el texto corresponde a la Epístola del cuarto domingo de Adviento; ahí se encuentra en la Epístola del antiguo misal de los dominicos.

[53] «Palabritas» equivale, según recalca Quint (t. II p. 161 n. 3) a los dos significados de la cita anterior.

[54] Quint cita como parecido a «esta supuesta cita», Augustinus, Confess. XI c. 13 n. 16.

[55] Juego de palabras que no parece imitable: «“der herre ist bî”. Er ist bî im selben».

[56] Quint (t. II p. 166 n. 3) explica esta frase, diciendo que «sólo el Hijo como Verbo del Padre es la revelación verídica de la esencia del Padre, tal como la palabra pronunciada por la boca es verdad cuando revela sin hipocresía ni encubrimiento aquello que albergo en mi corazón».

[57] Atribuciones: «S’<ermo> m<agist>ri eghardi». Según los encabezamientos correspondería «al santo Día de Pascua de Resurrección». Los textos fueron tomados de la Epístola de la Vigilia de Pascua de Resurrección. El editor considera posible que el texto sea incompleto.

[58] Cfr. Thomas, S. theol. III q. 65 a. 1.

[59] Se remite a Bonaventura, Sent. II d. 2 p. 2 a. 2 q. 1; y Albertus Magnus, Phys. IV tr. 1 c. 13.

[60] Cfr. Thomas, S. theol. II II q. 185 a. 3 ad 3.

[61] Se remite a Hieronymus, Liber interpret. Hebr. nom. El maestro sería Dionisio Areopagita.

[62] Se remite a Aristóteles, Phys. VII t. 20.; y Thomas, S. theol I q. 10 a.4 ad 3.

[63] Cfr. Albertus M., De div. nom. c. 4 n. 46.

[64] Cfr. Albertus Magnus, Summa de creaturis III q. 16.

[65] Cfr. Moses Maimonides, Dux neutrorum III c. 52.

[66] Véase, también para lo que sigue hasta «la deserción del cielo», Augustinus, Confess. 1. XII 9, 9; y Thomas, De potentia q. 5 a. 4 ad 1.

[67] Atribución del Sermón XXXVI a: «Sermo magistri Ekardi». Como las versiones a y b concuerdan mucho en cuanto a su contenido y en sus detalles, hemos traducido solamente la versión b que, según los estudios de Quint (cfr. t. II p. 184), parece más convincente y completa. El texto de la Escritura fue tomado del Evangelio de la Octava de la Resurrección.

El título no aparece en los textos de la edición crítica. Véase nota 1 del Sermón XLVIII.

[68] Cfr. Gregorius Magnus, Moralia in Iob XX c. 32 n. 62.

[69] Augustinus, De civ. dei VIII c. 7.

[70] En la edición de las obras latinas de Eckhart se remite para esta cita a Platón, Meno c. 15, 20 s. y c. 15, 81.

[71] Cfr. Albertus Magnus, Met. IV tr. 3 c. 4.

[72] Atribución: «S<ermo> m<agistri> Eghardi» y otras. Encabezamiento: «Sermo de tempore». El texto bíblico corresponde a la Epístola del martes después del tercer domingo de Pentecostés.

[73] Augustinus, In Ioh. tr. 15 n. 18 s.

[74] Augustinus, De trinitate 1. XII c. 7 n. 10. El «maestro pagano»: Avicenna, De an. I c. 5.

[75] Aristóteles distingue entre <@ØHB@40J4P`Hy <@ØHB"h0J4P`H, en latín intellectus possibilis e intellectus agens.

[76] Avicenna, Met. IX c. 7.

[77] Cfr. Thomas, S. theol. Suppl. q. 87 a. 1 ad 3.

[78] Atribución: en uno de los códices se dice: «En este sermón demuestra el maestro eckart, el mayor, con palabras y símiles que Dios nace en el alma y el alma nace en Dios». Encabezamientos: «sermo de aduento domini» y otros. En el antiguo misal de los dominicos el texto bíblico se halla en el Evangelio para el miércoles después del tercer domingo de Adviento.

[79] Se remite a Albertus M., De vegetabilibus V tr. 1 c. 7 n. 55.

[80] Cfr. Augustinus, En. in Ps. 72 n. 16.

[81] Quint (t. II p. 232 n. 1) piensa en las Confessiones de Augustinus, por ejemplo, Confess. I. XI c. 13. n. 15 s. Para «Dios es rico» y «el reino de Dios» (más abajo) véase nota 8.

[82] En sus escritos latinos Eckhart remite a Augustinus, De quantitate animae (c. 5 n. 9).

[83] Cfr. Thomas, S. theol. I q. 50 a. 3 ad 1.

[84] Cfr. Thomas, S. theol I q. 11 a. 3; y Albertus Magnus, De caelesti hierarchia c. 5 § 7.

[85] Juego de palabras en alemán, entre «reich» = «rico» y «Reich» = «reino», lo cual se destaca más aún en alemán medio donde también los sustantivos se inician con minúscula.

[86] Etimológicamente, Gabriel significaba «fortitudo» o «virtus dei». Cfr. Isidorus Hispalensis, Etymologiae VII c. 5 n. 10; e Hieronymus, Liber interpret. Hebr. nom.

[87] «Gruesos libros» se refiere a Aristóteles, De anima y a los comentarios a esa obra, como por ejemplo, el de Avicenna, De an. I c. 1.

10a El «hombre menos parecido» es una hija.

[88] Cfr. Augustinus, In epistulam Iohannis ad Parthos tr. 2 n. 14.

[89] Seudo-etimología que se encuentra también en las obras latinas de Eckhart.

[90] Esto parece contradecir las exposiciones en el Sermón LII donde se dice que Dios no era «Dios» antes de que existieran las criaturas. Quint aclara acertadamente (t. II p. 241 n. 2) que en ese párrafo se piensa en Dios-Creador mientras que en el pasaje de arriba se trata de Dios en su carácter absoluto.

[91] Cfr. Augustinus, In Iob. tr. 72 n. 3.

[92] Cfr. Isidorus Hispalensis, Etymologiae VII c. 9 n. 5: «Iohanna autem interpretatur domini gratia». Véase también Thomas, Expos. cont. s. Luc. 1, 63.

[93] En uno de los encabezamientos se dice: «Un sermón de los santos mártires». El texto bíblico se halla en la Epístola del Commune plurimorum martyrum.

[94] Cfr. Sermón VI.

[95] El «grund» del alma, o sea el «fondo» como lo más íntimo del hombre ocupa un lugar muy destacado en la terminología de Tauler. Cfr. Wyser, Paul OP, «Taulers Terminologie vom Seelengrund» (en: Altdeutsche undaltniederländische Mystik, ed. por K. Ruh, Darmstadt 1964, pp. 324 a 352) donde se hallan también valiosas referencias a Eckhart y a los términos usados por él con respecto a Dios y al alma.

[96] En otra versión se dice: «está en Dios y Dios en él».

[97] Cfr. Isidorus Hispalensis, Etymologiae XV c. 1 n. 5.

[98] El texto entre paréntesis aparece solamente en un manuscrito y Quint (t. II p. 263) lo transcribe como versión, pero lo considera una interpolación y por ello lo omite en el texto depurado.

[99] Quint (t. II p. 266 n. 1) supone que se trata de la «chispa», la luz del entendimiento supremo.

[100] Quint (t. II p. 266 n. 1) señala que esta pregunta hecha y contestada por Eckhart se parece a la que trató al final del sermón Del hombre noble. (Véase en Tratados).

[101] Según Koch (cfr. Quint t. II 272 n. 1) el sermón fue dado en el día de San Vitalis (28 de abril).

El título no aparece en los textos de la edición crítica. Véase nota 1 del Sermón XLVIII.

[102] El texto parece cuestionable, según lo explica Quint (t. II p. 272 s. n. 3).

[103] Augustinus, In epist. Ioh. ad Parthos tr. 2 n. 14.

[104] «Permanencia [dentro del Él]»: la palabra usada por Eckhart es «inneblîbene». Según Quint (t. II p. 278 n. 4) la frase que comienza con «todo esto» trae el resumen de las «cinco cosas» tratadas anteriormente.

[105] Uno de los casos típicos en los que Eckhart cambia de la tercera a la segunda persona.

[106] Atribución: «Maestro Eckhart». Encabezamiento: «Para el día de todos los Santos». A pesar de ello, Quint señala (t. II p. 285 n. 1) que los dos santos a que se refiere Eckhart son Cosme y Damián ya que los dos textos bíblicos corresponden a su Fiesta en el antiguo misal de los dominicos. Por lo tanto, el sermón habría sido pronunciado en un día 27 de septiembre.

1a El texto original dice: «ni un cabello más».

[107] Quint explica (t. II p. 290 n. 3): «La primera voluntad es lo que quiere Dios […] frente a la (segunda) voluntad posible de conmutar la pena».

[108] «En lo más mínimo». Eckhart se expresa con mayor plasticidad en el texto original donde dice «ni por un cabello».

[109] Origenes, Homiliae in Ieremiam 11, según indicación del propio Eckhart en las obras latinas.

[110] Sería una referencia al Sermón XVI b.

[111] Cfr. Augustinus, Ps. 41 n. 8.

[112] Cfr. Thomas, S. theol. I II q. 61 a. 5 obi. 1; y Augustinus, Contra Julianum IV c. 3 n. 21.

[113] Encabezamiento: «El domingo XVI después de Trinidad». El mismo texto se halla en el antiguo misal de los dominicos para el día indicado arriba.

[114] La chispita del entendimiento supremo.

[115] Quint (t. II p. 302 n. 2) explica que bajo «la potencia más extensa que el cielo» se entiende el anhelo, mientras «esa misma potencia» corresponde a «algo en el alma» mencionado arriba.

[116] En su traducción al alto alemán moderno Quint intercala «pero» antes de «ahí luce Dios». Acaso no haga falta, pues la oscuridad de Dios y su luz son dos aspectos paradójicos que, sin embargo, en la concepción mística van juntos.

[117] Aristóteles, De an. I t. 65. Véase también Thomas, In De anima 1. I lect. 10.; y S. theol. I q. 77 a. 8 obi. 3; y Albertus Magnus, Met. II tr. 2 c. 16.

[118] Texto según la traducción al alto alemán moderno de Quint. Parece, empero, que el giro en alto alemán medio «mir versmahte daz» significa más bien «me disgustaría» de modo que la frase diría: «Si mañana mi alma no fuera más joven que hoy, me disgustaría».

[119] Una potencia = el entendimiento.

[120] Se trata otra vez de la «chispita del entendimiento supremo».

[121] Una atribución dice: «El Maestro eckard alude aquí con la mujer que era viuda, el alma y por el hijo se refiere al entendimiento y muestra cómo muere el joven y cómo Dios aporta todo su poder para que el joven vuelva a la vida». Un encabezamiento dice: «el segundo sermón sobre el hijo», y otro atribuye el sermón al domingo XVI después de la Trinidad. En el mismo texto bíblico se basan los Sermones XVIII y XLII de esta edición.

[122] Quint explica (t. II p. 317 n. 1): «La frase significa que nosotros implicite junto con el hijo, que como tal necesariamente debe tener un padre, concebimos a este padre como el “marido” del alma. Al hijo lo constituyen […] la voluntad y todas las potencias del alma; son todas una sola cosa dentro de lo más íntimo del entendimiento y como pues, el marido está muerto, también el hijo está muerto y el alma es viuda».

[123] Para la etimología véase Isidorus Hispalensis, Etymologiae IX c. 7 n. 16, donde se dice solamente: «Viuda dicta, quod sola sit», expresión esta que, según Quint (t. II p. 319 n. 1), habría servido de base para la afirmación eckhartiana.

[124] Quint explica (t. II p. 323 n. 3) que «la voluntad no puede aceptar nada desde fuera, sino que única y exclusivamente trae hacia fuera, es decir, que dirige hacia fuera sus impulsos volitivos».

[125] Cfr. Albertus M., In Matth. c. 6, 9.

[126] La «luz simple» significa lo mismo que la «chispa» o el «fondo del alma».

[127] Cfr. Augustinus, De trin, XIV c. 8 n. 11.

[128] Quint (t. II p. 328 n. 3) ofrece una traducción explicatoria del pasaje que reza así: «Cuando Dios nace en su Hijo unigénito, todas las criaturas son insensibles para ello (es decir: esto no puede caer en suerte a ninguna criatura). Sin embargo, el cielo (en su anhelo de igualarse a Dios) tiende hacia la obra que opera Dios en sí mismo (es decir, el Nacimiento del Hijo)».

[129] Véase especialmente Thomas, S. theol I II q. 3 a. 4.

[130] Se atribuye a «Fray Eghart» y también a «maestro eckhart». El texto está tomado del Evangelio para la Fiesta de la Candelaria (2 de febrero). En el encabezamiento de un manuscrito se dice también: «Un buen sermón para la Fiesta de la Candelaria».

[131] Aristóteles, Met. V t. 20; y Thomas, S. theol I q. 93 a. 9.

[132] Augustinus, Confess. I. VII c. 10 n. 16.

[133] Cfr. Thomas, S. theol. III q. 5 a. 5 ad 3.

[134] Véase Thomas, De veritate q. 3 a. 2 obi. 5.

[135] Se remite a Augustinus, De trin. VI c. 10 n. 11; y De divers. quaest. LXXXIII q. 74; y Thomas, S. theol. I q. 93 a. 1.

[136] En la edición de las obras latinas se remite a Aristóteles, De an. II t. 34.

[137] Augustinus, In ep. Ioh. ad Parthos tr. 2 n. 14.

[138] Cfr. Quint (t. II p. 345 n. 3) En alemán se dice «Mensch» tanto para hombres como para mujeres, pero en latín «homo», en francés «homme» y en italiano «uomo» se aplica sólo al varón.

[139] Para la definición de «homo» cfr. Aristóteles, De an. III según referencia de Eckhart en In Ioh. n. 318 (Obras latinas t. III p. 265, 4 ss.).

[140] En el primer caso se trata de un estado definitivo, en el segundo, de un movimiento todavía imperfecto.

[141] En la edición de las Obras latinas se remite a Aristóteles, Phys. IV, t. 117.

[142] Véase Isidorus Hispalensis, Etymologiae XV c. 1 n. 5.

 

La Editorial
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Meister Eckhart- Obras Alemanas