Meister Eckhart- Obras Alemanas

La Editorial

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SERMÓN XLV[143]

Beatus es, Simon Bar Iona, quia caro et sanguis etc.

 

Nuestro Señor dice: «¡Simón Pedro, tú eres bienaventurado; esta revelación no te la han hecho ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo» (Mateo 16, 17).

San Pedro tiene cuatro nombres: se llama «Pedro» (Mateo 16, 16 a 18) y se llama «Bar Jonás» y se llama «Simón» y se llama «Cefas» (Juan 1, 42).

Nuestro Señor dice, pues: «¡Tú eres bienaventurado!» Todo el mundo anhela [la] bienaventuranza. Resulta que dice un maestro[144]: Todo el mundo anhela ser elogiado. Ahora bien, San Agustín dice[145]: Un hombre bueno no anhela ser elogiado, mas sí desea ser digno de elogio. Nuestros maestros afirman[146], pues, que la virtud, en su fondo y peculiaridad, es tan acendrada y se halla tan sustraída y separada de todas las cosas corpóreas que nada puede caer en ella sin manchar la virtud, y [así] ella se convierte en defecto. Un solo pensamiento o la búsqueda de su propio provecho: [ya] no es una virtud genuina, más aún: se convierte en defecto. Así es la virtud por naturaleza.

Ahora bien, un maestro pagano dice[147]: Cuando alguien ejerce la virtud por amor de algo que no sea la virtud, [su actitud] nunca llega a ser virtud. Si busca elogios o alguna otra cosa, vende la virtud. Una virtud por naturaleza no se debe abandonar por nada en este mundo. Por eso, un hombre bueno no anhela ser elogiado, pero sí anhela ser digno de elogio. El hombre no debe sentir pena porque estén enojados con él; se debe apenar porque merezca el enojo.

Pues bien, Nuestro Señor dice: «¡Tú eres bienaventurado!» La bienaventuranza depende de cuatro cosas, [a saber]: que se posea todo cuanto tiene ser y es placentero para desearlo y trae gozo, y que uno lo tenga enteramente indiviso, con toda el alma, habiéndolo recogido en Dios, en lo más acendrado y elevado, puro [y] no encubierto en el primer efluvio violento y en el fondo del ser, y todo eso tomado allí donde [lo] toma Dios mismo: esto es [la] bienaventuranza.

Ahora dice [Mateo]: «Pedro», esto significa lo mismo que «el que ve a Dios»[148]. Pues bien, los maestros preguntan si el núcleo de la vida eterna reside más en el entendimiento o en la voluntad. [La] voluntad tiene dos clases de obras: [el] anhelo y [el] amor. La obra del entendimiento [empero], es simple; por eso es mejor; su obra es conocer, y nunca descansa hasta que toque desnudo a aquello que conoce. Y de esta manera precede a la voluntad dándole a conocer aquello que ama. Mientras uno apetece las cosas, no las tiene. Cuando las tiene, las ama; así el deseo deja de existir.

¿Cómo ha de ser el hombre destinado a ver a Dios? Ha de estar muerto. Nuestro Señor dice: «Nadie me puede ver y vivir» (Exodo 33, 20). Resulta que San Gregorio dice[149]: Está muerto quien ha muerto para el mundo. Ahora fijaos vosotros mismos en cómo es un muerto y en lo poco que le atañe todo cuanto hay en el mundo. Si se muere para este mundo, no se muere para Dios. San Agustín rezó muchas clases de oraciones. Dijo[150]: Señor, dame que te conozca a ti y a mí. «Señor, apiádate de mí y muéstrame tu rostro y dame que muera, y dame que no muera para verte por toda la eternidad». Esta es la primera [condición]: si uno quiere ver a Dios, debe estar muerto. Esto significa el primer nombre: «Pedro».

Dice un maestro: Si no hubiera ningún medio [= cosa intermediaria], se vería una hormiga en el firmamento. Mas, otro maestro dice[151]: Si no hubiera medio, no se vería nada. Ambos tienen razón. El color que hay en la pared, si ha de ser traído a mi ojo, debe ser cribado y refinado al aire y a la luz, y así espiritualizado se lo tiene que presentar a mi ojo. Del mismo modo, el alma que ha de ver a Dios, debe ser cribada en la luz y en la gracia. Por eso tiene razón aquel maestro que dijo: Si no hubiera medio, no veríamos. También tiene razón el otro maestro que dijo: Si no hubiera medio, veríamos la hormiga en el firmamento. Si no hubiera ningún medio en el alma, ella vería a Dios desnudo.

El segundo nombre: «Bar Jonás» significa lo mismo que «un hijo de la gracia»[152], en la cual el alma es purificada y llevada hacia arriba y preparada para la contemplación de Dios.

El tercer nombre es: «Simón», esto quiere decir tanto como «algo que es obediente» y «algo que es sumiso»[153]. Quien ha de escuchar a Dios, tiene que estar separado [y] a gran distancia de la gente. Por ello dice David: «Me quiero callar y escuchar lo que dice Dios dentro de mí. Dice paz para su pueblo y sobre sus santos y a todos aquellos que han regresado a su corazón» (Salmo 84, 9). Bienaventurado es el hombre que escucha afanosamente a cuanto Dios dijere en su interior, y él se ha de doblegar directamente bajo el rayo de la luz divina. El alma que se ha ubicado con toda su fuerza por debajo de la luz divina, se torna enardecida e inflamada en el amor divino. [La] luz divina entra con su irradiación directamente desde arriba. Si el sol diera verticalmente sobre nuestra cabeza, casi nadie sobreviviría. De esta manera, la potencia suprema del alma, que es la cabeza, debería erguirse equilibradamente bajo el rayo de la luz divina para que pudiera brillar dentro de ella esa luz divina, de la cual he hablado a menudo: ésta es tan pura y flota tan por encima y es tan elevada que en comparación con esta luz todas las luces son tinieblas y nonadas. Todas las criaturas, tal como son, son como nada; cuando se proyecta sobre ellas la luz, dentro de la cual reciben su ser, entonces son algo. Por eso, el conocimiento natural nunca puede ser tan noble que toque o aprehenda inmediatamente a Dios, a no ser que el alma posea las seis cualidades a las que me he referido antes. La primera: que uno haya muerto para toda desigualdad. La segunda: que uno se halle bien purificado en la luz [divina] y en la gracia. La tercera: que se carezca de medios. La cuarta: que uno, en su fondo más íntimo, escuche la palabra de Dios. La quinta: que uno se someta a la luz divina. La sexta es la que menciona un maestro pagano[154]: Esta es la bienaventuranza de que uno viva de acuerdo con la suprema potencia del alma; ella debe tender continuamente hacia arriba y recibir su bienaventuranza en Dios. Allí, en el primer efluvio violento, donde recibe el Hijo mismo, allí en lo más excelso de Dios, hemos de recibir también nosotros; [mas] entonces, nosotros también debemos presentar parejamente lo más elevado que poseemos.

«Cefas» significa lo mismo que «una cabeza»[155]. La cabeza del alma es [el] entendimiento. Quienes se expresan del modo más burdo, dicen que lo que precede es el amor; pero aquellos que hacen la afirmación más acertada dicen expresamente —y también es verdad— que el núcleo de la vida eterna reside en el conocimiento antes que en el amor. ¡Y sabed el porqué! Dicen nuestros más insignes maestros —de los cuales no hay muchos— que el conocimiento y el entendimiento suben directamente hacia Dios. Mas, el amor se dirige hacia lo que ama; de ello infiere qué es lo que es bueno. Pero el conocimiento percibe aquello por lo cual es bueno. [La] miel es, en sí misma, más dulce que ninguna cosa que se pueda hacer con ella. El amor toma a Dios porque es bueno; pero [el] conocimiento se eleva y toma a Dios porque es ser. Por eso dice Dios: «¡Simón Pedro, tú eres bienaventurado!» Dios le da al hombre justo un ser divino y lo llama con el mismo nombre que pertenece a su [propio] ser. Por eso dice luego: «Mi Padre que está en el cielo».

Por entre todos los nombres, ninguno es más acertado que «El que es». Pues, si alguien quiere señalar una cosa [y] dice «es», parecería una necedad; si dijera «es un leño o una piedra», se sabría qué es lo que quiere decir. Por eso decimos: [Hallarse] completamente separado y reducido y pelado para que no quede nada fuera del único «es»: en esto reside la peculiaridad de su nombre. Por eso, Dios le dijo a Moisés: «Di: El que es me ha enviado» (Exodo 3, 14). A causa de ello, Nuestro Señor llama a los suyos con su propio nombre. Nuestro Señor dijo a sus discípulos: «Quienes son mis seguidores, se sentarán a mi mesa en el reino de mi Padre y comerán mi comida y tomarán mi bebida que mi Padre me ha preparado; así os la he preparado yo también» (Cfr. Mateo 19, 28 y Lucas 22, 29 ss.). Bienaventurado es el hombre que ha llegado a recibir junto con el Hijo de lo mismo de lo cual recibe el Hijo. Justamente ahí recibiremos nosotros también nuestra bienaventuranza, y allí donde reside su bienaventuranza, en el interior donde Él tiene su ser, en ese mismo fondo todos sus amigos recibirán y sacarán su bienaventuranza. Esta es la «mesa en el reino de Dios».

Que Dios nos ayude a llegar a esa mesa. Amén.

 

SERMÓN XLVI[156] 

Haec est vita aeterna.

 

Estas palabras están escritas en el santo Evangelio, y Nuestro Señor Jesucristo dice: «En esto consiste la vida eterna, en que te conozcan a ti solo, como Dios verdadero y a tu Hijo Jesucristo, a quien enviaste» (Cfr. Juan 17, 3).

Ahora ¡prestad atención! Nadie puede conocer al Padre sino su único Hijo, porque Él mismo dice que: «Nadie conoce al Padre sino su Hijo, y nadie conoce al Hijo sino su Padre» (Cfr. Mateo 11, 27). Y por ende: si el hombre ha de conocer a Dios, en lo cual consiste su eterna bienaventuranza, entonces tiene que ser junto con Cristo un único hijo del Padre; y por eso: si queréis ser bienaventurados, debéis ser un solo hijo, no muchos hijos sino un solo hijo. Habéis de ser bien distintos según el nacimiento carnal, mas en el nacimiento eterno debéis ser uno solo, porque en Dios no hay nada más que un solo origen natural; y por eso no existe ahí nada más que una sola emanación natural del Hijo, no dos sino una. Por lo tanto: si habéis de ser un único hijo, junto con Cristo, debéis constituir una única emanación junto con el Verbo eterno.

El hombre ¿cómo puede llegar a ser un único hijo del Padre? ¡Observad lo siguiente! El Verbo eterno no asumió [la naturaleza de] este hombre o aquél, sino que asumió una naturaleza humana libre [e] indivisa que era pura sin rasgo [individual]: porque la forma simple de la humanidad carece de rasgos [individuales]. Y a causa de esto, porque en la asunción la naturaleza humana fue asumida por el Verbo eterno, simplemente, sin rasgos [individuales], la imagen del Padre, que es el Hijo eterno, se convirtió en imagen de la naturaleza humana[157]. Pues, así como es verdad que Dios se hizo hombre, también es verdad que el hombre se hizo Dios. Y, por consiguiente, la natura humana está transformada, en cuanto se ha convertido en la imagen divina, que es [la] imagen del Padre. Entonces: si habéis de ser un único hijo, debéis desasiros y separaros de todo cuanto provoca diferenciación en vosotros. Porque el hombre [individual] es un accidente de la naturaleza [humana], y por lo tanto separaos de todo cuanto es accidente en vosotros, y consideraos de acuerdo con la naturaleza humana libre [e] indivisa. Y luego, por cuanto la misma naturaleza —según la cual os consideráis— se ha convertido en Hijo del Padre eterno, gracias a la asunción por el Verbo divino, llegaréis [cada uno] a ser hijo del Padre eterno junto con Cristo ya que os consideráis de acuerdo con la misma naturaleza que allí [= en Cristo] se hizo Dios. Por eso, cuidaos de [no] consideraros como sois acaso ese hombre o aquél, sino concebíos de acuerdo con la naturaleza humana libre [e] indivisa. En consecuencia: si queréis ser un solo hijo, separaos de cualquier «no», porque el «no» produce diferenciación. ¿Cómo? ¡Fijaos! Por el hecho de que no seas aquel hombre, el «no» produce una diferenciación entre tú y aquel hombre. Y por consiguiente: si queréis carecer de diferenciación, libraos del «no». Porque en el alma hay una potencia separada del «no», ya que no tiene nada en común con cosa alguna; porque en esta potencia no hay nada fuera de Dios solo: Él arroja, desnudo, su luz en esta potencia.

Mirad, el hombre que de esta manera es un solo hijo, recoge [el] movimiento y [el] efecto y todo cuanto toma… lo recoge todo en lo suyo propio. Pues, el que el Hijo del Padre, según la eternidad, sea Hijo, lo es a partir del Padre. Mas, cuanto tiene, lo tiene en Él mismo, porque es uno con el Padre, según [el] ser y [la] naturaleza[158]. Por eso tiene [el] ser y [la] esencia totalmente en sí mismo y por ende dice: «Padre, así como yo y tú somos uno, así quiero que ellos sean uno» (Cfr. Juan 17, 11 y 21). Y del mismo modo que el Hijo es uno con el Padre, según [el] ser y [la] naturaleza, así eres tú uno con Él según [el] ser y [la] naturaleza, y lo posees todo en tu fuero íntimo como el Padre lo tiene en Él; no lo tienes como préstamo de Dios, porque Dios es tuyo. Y por consiguiente: todo cuanto tomas, lo tomas de lo tuyo; y las obras que no tomas dentro de lo tuyo, esas obras están todas muertas ante Dios. Son esas las obras que haces movido por causas ajenas, fuera de ti, ya que no provienen de la vida; por eso están muertas; porque vive aquella cosa que recoge el movimiento en lo suyo propio. Y por lo tanto: si las obras del ser humano han de vivir, deben ser tomadas de lo suyo propio [y] no de cosas ajenas, ni fuera de él, sino dentro de él.

¡Ahora prestad atención! Si amáis a la justicia, por cuanto [la] justicia se halla sobre ti o en ti, no amáis a la justicia en cuanto es la justicia, y así no la tomáis ni la amáis tal como es en su simpleza, sino que la tomáis como dividida. Como Dios es, pues, la justicia, no lo tomáis ni lo amáis de acuerdo con el hecho de que es simple. Y por ello, tomad la justicia en cuanto es [la] justicia, porque entonces la tomáis según ella es Dios. Y, por lo tanto: donde opera la justicia, ahí operáis vosotros porque entonces ejercéis [la] justicia en todo momento. Ah sí, y aunque el infierno se hallara en el camino de la justicia, vosotros ejerceríais la justicia y aquél no constituiría para vosotros ninguna pena, os redundaría en alegría ya que vosotros mismos seríais la justicia; y en consecuencia debéis ejercer la justicia. Pues, en la medida en que alguna cosa asciende dentro de la comunidad, en esta misma medida es uno con la simpleza de esa comunidad[159] y es [proporcionalmente] más simple.

Que Dios nos ayude a [obtener] esta simpleza de la verdad. Amén.

 

SERMÓN XLVII[160]

Spiritus domini replevit orbem terrarum etc.

 

«El Espíritu del Señor ha llenado la órbita de la tierra» (Sab. 1, 7).

Dice un maestro[161]: Todas las criaturas llevan en sí un distintivo de naturaleza divina, de la cual se derraman de manera tal que querrían obrar según la naturaleza divina de que han fluido. Las criaturas se derraman de dos modos. El primer modo de derramamiento se realiza en su raíz, así como el árbol surge de las raíces. El otro modo de derramamiento se realiza de una manera unitiva. Mirad, así [también] el derramamiento de la naturaleza divina, se opera de, dos modos. Un derramamiento es el del Hijo desde el Padre: se realiza al modo de un nacimiento. El otro derramamiento se hace de modo unitivo en el Espíritu Santo; este derrame se da por el amor del Padre y del Hijo: éste es el Espíritu Santo, pues ambos se aman mutuamente en Él. Mirad, tal hecho lo prueban todas las criaturas [en el sentido] de que han emanado, fluyendo de la naturaleza divina, y en sus obras llevan un rasgo de ello. A este respecto dice un maestro griego[162] que Dios contiene a todas las criaturas como si fuera por medio de una rienda a fin de que obren a su semejanza. Por eso, la naturaleza opera en todo momento con miras a lo más elevado que es capaz de hacer. La naturaleza no querría producir sólo al hijo, y si le fuera posible, produciría al padre. Y por ende, si la naturaleza obrara de manera atemporal, no tendría defectos contingentes. A esto se refiere un maestro griego cuando dice[163]: Como la naturaleza obra en el tiempo y en el espacio, se distinguen el hijo y el padre. Dice un maestro[164]: Un carpintero que construye una casa, la tiene prefigurada en su fuero íntimo; y si la madera obedeciera suficientemente a su voluntad, [la casa] existiría tan rápido como él quisiera; y si no hubiera materia, no habría más diferencia que la [existente] entre el engendrar y lo nacido inmediatamente. Mirad, en Dios no es así, ya que en Él no hay ni tiempo ni espacio; por eso, ellos [= el Padre y el Hijo] son uno en Dios y [allí] no hay otra distinción que [la existente] entre el derramar y el derramamiento.

«El Espíritu del Señor.» ¿Por qué se llama «Señor»?… A fin de que nos llene. ¿Por qué se llama «Espíritu»?… A fin de que nos una consigo. [El] señorío se conoce por tres cosas. Una consiste en que él [= el señor] es rico. Es rico aquello que lo tiene todo sin insuficiencia alguna. Soy un hombre y soy rico, pero por eso no soy otro [= segundo] hombre. Si yo fuera todos los hombres, no sería, empero, un ángel. Mas, si yo fuera ángel y hombre, no sería, sin embargo, todos los ángeles. Por eso, nada es verdaderamente rico, a excepción de Dios que mantiene encerradas en sí, con simplicidad, todas las cosas. De ahí que pueda dar en todo momento: éste es el otro aspecto de la riqueza. Dice un maestro[165]que Dios se ofrece a todas las criaturas para que cada una tome cuanto quiera. Yo digo que Dios se me brinda como al más elevado de los ángeles, y si yo estuviera tan dispuesto como éste, recibiría lo mismo que él. Os he dicho también varias veces que Dios desde la eternidad se ha comportado como si se esforzara por hacerse agradable al alma. El tercer aspecto de la riqueza consiste en que se da sin esperar reciprocidad; pues quien da algo por alguna cosa, no es completamente rico. Por eso, la riqueza de Dios se demuestra por el hecho de que da gratuitamente todos sus dones. De ahí que dice el profeta: «Yo le dije a mi Señor: Tú eres mi Dios porque no necesitas de mis bienes» (Salmo 15, 2). Sólo Él es «Señor» y «Espíritu». Digo que es «Espíritu»: nuestra bienaventuranza consiste en que nos aúna consigo. Lo más noble que opera Dios en todas las criaturas es [el] ser. Mi padre, si bien me da mi naturaleza, no me da mi ser; a éste lo produce exclusivamente Dios. Por ello, todas las cosas que existen, tienen un placer razonable por su ser. Observad por lo tanto que —como ya he dicho en varias ocasiones sin que se me haya interpretado correctamente— Judas en el infierno no querría ser otro que en el reino de los cielos. ¿Por qué? Pues, si hubiera de ser distinto, debería aniquilarse en lo que es en esencia. Esto no puede suceder, porque [el] ser no reniega de sí mismo. El ser del alma es susceptible del influjo de la luz divina, mas no tan pura ni clara como Dios puede darla, sino en una envoltura. Es cierto que se ve la luz del sol ahí donde se irradia sobre un árbol u otra cosa, pero no se la puede aprehender dentro del [sol]. Mirad, lo mismo sucede con los dones divinos; hay que medirlos según [sea] quien habrá de recibirlos y no de acuerdo con quien los da.

Dice un maestro[166]: Dios es la medida de todas las cosas, y un hombre, en cuanto alberga en su fuero íntimo una mayor parte de Dios, tanto más sabio, noble y mejor es que el otro. Tener más de Dios no es otra cosa que asemejarse más a Dios; cuanto más semejanza con Dios hay en nuestro interior, tanto más espirituales somos. Dice un maestro[167]: Donde terminan los espíritus más bajos, allí comienzan las cosas corporales más elevadas. Todo esto quiere decir: Como Dios es espíritu, por eso es más noble la cosa más insignificante que es espíritu, que lo más elevado que es corpóreo. En consecuencia, el alma es más noble que todas las cosas corpóreas por nobles que sean. El alma fue creada como en un punto entre [el] tiempo y [la] eternidad, tocando a ambos. Con las potencias más elevadas toca la eternidad, pero con las potencias inferiores, el tiempo. Mirad, de tal manera obra en el tiempo, no según el tiempo sino según la eternidad. Esto lo tiene de común con los ángeles[168]. Dice un maestro: El espíritu es un trineo que lleva la vida a todos los miembros a causa de la gran unión que el alma tiene con el cuerpo. A pesar de que el espíritu sea racional y realice toda la obra que se efectúa en el cuerpo, no se debe decir: Mi alma conoce o hace esto o aquello, sino que hace falta expresar: Yo hago o conozco esto o aquello a causa de la gran unión que hay entre ambos; porque los dos juntos son un solo hombre. Si una piedra recogiera en sí el fuego, obraría de acuerdo con la potencia del fuego; mas, cuando el aire recoge en sí la luz del sol, no aparece ninguna luz fuera del aire [alumbrado]. Ello se debe a la penetrabilidad que éste tiene para con la luz; aun cuando en una milla [de espacio] cabe más aire que en media [milla]. Mirad, me atrevo a decir, y es verdad: Debido a la gran unión que tiene el alma con el cuerpo, el alma es tan perfecta en el miembro más insignificante como en todo el cuerpo. Con referencia a ello dice Agustín[169]: Si [ya] es tan grande la unión existente entre cuerpo y alma, es mucho más grande la unión en la cual [el] espíritu se une con [el] espíritu. Mirad, por esta razón es «Señor» y «Espíritu», para que nos haga bienaventurados en la unión con Él.

Hay una pregunta que es difícil de contestar: ¿Cómo es posible que el alma soporte sin morir cuando Dios la aprieta dentro de sí? Digo: Todo cuanto Dios le da, se lo da dentro de Él por dos razones: una es que, si le diera alguna cosa fuera de Él, ella la rechazaría. La otra [es que] ella, por el hecho de que le dé [algo] dentro de Él [lo] puede recibir y soportar en lo que es de Él y no de ella: porque lo de Él pertenece a ella. Cuando Él la ha sacado de lo de ella, lo de Él tiene que pertenecer a ella, y lo de ella es, en sentido propio, lo de Él. Así es capaz de mantenerse en la unión con Dios. Este es el «Espíritu del Señor» que ha «llenado la órbita de la tierra».

Ahora bien, por qué se llama «órbita de la tierra» el alma, y cómo ha de ser el alma que habrá de ser elegida, eso no ha sido expuesto. Mas, a este respecto, recordad lo siguiente: así como Él es «Señor» y «Espíritu», así nosotros debemos ser «tierra» espiritual y «una órbita» que ha de ser «llenada» por el «Espíritu del Señor».

Rogamos a Nuestro querido Señor que se nos llene así con este espíritu que es «Señor» y «Espíritu». Amén.

 

SERMÓN XLVIII[170]

Todas las cosas iguales…

 

Dice un maestro[171]: Todas las cosas iguales se aman recíprocamente y se unen unas con otras, y todas las cosas desiguales se huyen y se odian unas a otras. Y ahora dice un maestro[172]que no hay nada tan desigual entre sí como el cielo y la tierra. La tierra ha experimentado en su naturaleza que se halla alejada del cielo y [que le es] desigual. Por eso huyó de él hasta el lugar más bajo y por eso la tierra es inmóvil para no aproximarse al cielo. Este, en su naturaleza, notó que la tierra huyera de él ocupando el lugar más bajo. Por lo tanto se derrama totalmente, de manera fecundante, sobre la tierra, y los maestros opinan que el cielo ancho y extenso no se reserva ni el anchor de la punta de una aguja, sino que engendra a sí mismo sin restricciones, y de modo fecundante, en la tierra. Debido a ello se dice que la tierra es la criatura más fértil por entre todas las cosas sujetas al tiempo.

De la misma manera digo yo con respecto a aquel hombre, que se ha anonadado a sí mismo, en sí mismo y en Dios y en todas las cosas: ese hombre ha ocupado el lugar más bajo y Dios tiene que verterse completamente en él, o… no es Dios. Digo por la verdad buena, eterna y perpetua, que Dios tiene que verterse del todo y de acuerdo con toda su capacidad, en cualquier hombre que haya renunciado a sí mismo hasta el fondo, y [Dios ha de hacerlo] de manera tan completa que no se reserve nada de toda su vida ni de todo su ser ni de su naturaleza ni de toda su divinidad, sino que debe verterlo del todo y de manera fecundante en ese hombre que se ha entregado a Dios, ocupando el lugar más bajo.

Hoy, estando en camino para aquí, medité sobre cómo podría predicaros tan inteligiblemente que me comprendierais bien. Entonces se me ocurrió un símil y si lo comprendierais bien, comprenderíais el sentido en que pienso y la esencia de todos mis pensamientos sobre la cual he predicado desde siempre. Y el símil tenía que ver con mi ojo y con el madero: Cuando mi ojo se abre, es un ojo; cuando está cerrado es el mismo ojo, y a causa de la vista, el madero no gana ni pierde nada. ¡Ahora comprendedme bien! Si sucede, empero, que mi ojo es uno y simple en sí mismo y, una vez abierto, fija la vista en el madero, cada uno de ellos sigue siendo lo que es y, sin embargo, en el proceso visual ambos se hacen una sola cosa de modo que se puede decir en verdad: Ojo-madero, y el madero es mi ojo. Mas, si el madero fuera incorpóreo y puramente espiritual como la vista de mis ojos, se podría decir, con toda verdad, que en el procedimiento de mi vista el ojo y el madero se hallaban en un solo ser. Si eso es cierto con respecto a las cosas corpóreas, ¡cuánto más vale para las espirituales! Debéis saber que mi ojo tiene mucha más semejanza con el ojo de una oveja que se encuentra allende el mar y a la que nunca vi, de la que tiene mi ojo con mis oídos, con los cuales comparte la unidad del ser; y esto se debe al hecho de que el ojo de la oveja tiene la misma actuación que tiene, también, mi ojo; y por ello les atribuyo más solidaridad en su actuación que a mis ojos y mis oídos, ya que estos se hallan separados en sus procedimientos.

A veces he hablado de una luz sita en el alma, que es increada y no creable. En mis prédicas siempre acostumbro a referirme a esa luz, y Dios recibe esa misma luz sin medio ni velo y desnudo tal como Él es en sí mismo; se trata de una acogida en el proceso del engendramiento. Entonces puedo decir de veras que esa luz tiene más unidad con Dios de la que tiene con cualquier potencia [del alma] con la cual es, sin embargo, una en la esencia. Porque debéis saber que esa luz no es más noble en la esencia de mi alma que la potencia más baja o más burda, como son el oído, o la vista u otras potencias susceptibles de sufrir hambre o sed, frío o calor; y esto se debe al hecho de que la esencia es uniforme. Las potencias [del alma], en cuanto uno las toma dentro de la esencia, son todas las mismas e igualmente nobles; mas, cuando las potencias se toman en su actuación, una es mucho más noble e insigne que otra.

Por eso digo: Cuando el hombre da la espalda a sí mismo y a todas las cosas creadas,… en la medida en que procedas así, serás unido y hecho feliz en la chispa del alma que nunca jamás tocó ni [al] tiempo ni [al] espacio. Esta chispa renuncia a todas las criaturas y no quiere nada fuera de Dios desnudo, tal como Él es en sí mismo. No se contenta ni con el Padre ni con el Hijo ni con el Espíritu Santo ni con las tres personas [juntas] en cuanto cada una subsiste en su peculiaridad. Digo por cierto que esa luz tampoco se contenta con la uniformidad de la índole fructífera de la naturaleza divina. Diré algo más todavía que suena más sorprendente aún: Digo por la verdad buena y eterna y perpetua que esa misma luz no se contenta con la esencia divina simple [e] inmóvil, que ni da ni recibe, más aún: ella quiere saber de dónde proviene esa esencia; quiere [penetrar] en el fondo simple, en el desierto silencioso adonde nunca echó mirada alguna la diferencia, ni [el] Padre ni [el] Hijo ni [el] Espíritu; en lo más íntimo que no es hogar para nadie. Allí esa luz se pone contenta y allí reside más entrañablemente que en sí misma, porque ese fondo constituye un silencio simple que es inmóvil en sí mismo; y esa inmovilidad mueve todas las cosas y [de ella] se reciben todas las vidas que viven [como] racionales en sí mismas.

Que la Verdad perpetua, de la cual acabo de hablar, nos ayude a vivir así, racionalmente. Amén.

 

SERMÓN XLIX[173]

Beatus venter, qui te portavit, et ubera, quae suxisti.

 

Hoy se lee en el Evangelio que «una mujer, una hembra, le dijo a Nuestro Señor: “Bienaventurado es el seno que te llevó, y bienaventurados son los pechos que mamaste”. A lo cual respondió Nuestro Señor: “Dices la verdad. Bienaventurado es el seno que me llevó y bienaventurados son los pechos que mamé. Pero, es mayor aún la bienaventuranza del hombre que escucha mi palabra y la guarda”» (Cfr. Lucas 11, 27 ss.).

Ahora fijaos empeñosamente en esta palabra que dijo Cristo: «Mayor es la bienaventuranza del hombre que escucha. mi palabra y la guarda, antes que del seno que me llevó y de los pechos que mamé». Si yo hubiera dicho estas palabras y fueran las mías propias, según las cuales es más bienaventurado aquel que escucha la palabra de Dios y la guarda, de lo que lo es María a causa del Nacimiento por el cual es la madre carnal de Cristo… repito, si yo lo hubiera dicho, la gente se sorprendería. [Pero] resulta que lo dijo Cristo mismo. Por eso hay que creérselo a Él en cuanto verdad, porque Cristo es la Verdad.

Ahora fijaos en qué es lo que oye «quien escucha la palabra divina». Escucha a Cristo nacido del Padre en completa igualdad con el Padre y habiendo adoptado nuestra humanidad. [Ambas cosas] se hallan unidas en su persona. Dios verdadero y hombre verdadero, un solo Cristo: he aquí la palabra que escucha íntegramente quien escucha la palabra de Dios y la guarda con toda perfección.

San Gregorio nos prescribe cuatro puntos[174] que debe observar el hombre que ha de «escuchar y guardar la palabra de Dios». El primero es que se debe haber mortificado él mismo con respecto a todo deseo carnal, habiendo aniquilado en su fuero íntimo todas las cosas perecederas, y él mismo también debe estar muerto para todo lo perecedero. Segundo: que se halle totalmente y para siempre elevado hasta Dios con conocimiento y amor y con ternura verdadera [e] íntegra. El tercer punto consiste en que no le haga a nadie lo que le apenaría que se lo hicieran a él. El cuarto punto implica que sea generoso en cuanto a las cosas materiales y bienes espirituales, que lo dé todo generosamente. Hay muchas personas que aparentan dar y en verdad no lo hacen. Son aquellos que dan sus dones a quienes tienen más que ellos del don que dan, donde acaso ni se apetece ese [regalo], o donde aspiran que a trueque de su don se les haga algún servicio o se les devuelva algo en cambio o se les reverencie. El don de semejante gente se llamaría, más propiamente, una petición en vez de un don, porque en verdad no dan nada. Nuestro Señor Jesucristo era libre y pobre en todos sus dones que nos dio caritativamente: en todos sus dones no buscó nada suyo, más aún: aspiraba sólo a [la] loa y gloria del Padre y a nuestra bienaventuranza, y por el amor verdadero se entregó Él mismo a la muerte. El hombre, pues, que quiere dar por amor de Dios, ha de dar los bienes materiales puramente por Dios de modo que no piense en [recibir] ni un servicio ni una retribución ni honras perecederas, y que no busque para sí nada que no sea [la] loa y [la] honra de Dios, y que, por amor de Dios, ayude a su prójimo necesitado de alguna cosa para su sustento. Y del mismo modo habrá de dar también los bienes espirituales[175], allí donde sabe que su hermano en Cristo[176] los recibe de buen grado para corregir así su vida por amor de Dios, y no ha de apetecer ni agradecimiento ni recompensa de ese hombre ni ventaja alguna y tampoco debe pedir ninguna recompensa de parte de Dios por el servicio [prestado], excepto que Dios sea loado. De tal modo ha de mantenerse libre con respecto a su dádiva, tal como Cristo permaneció libre y pobre con respecto a todos sus dones que nos dio. Dar de este modo significa dar en realidad. Quien cumple con estos cuatro puntos, puede confiar de veras en que ha escuchado y también guardado la palabra de Dios.

Toda la santa Cristiandad le atribuye gran honra y dignidad a Nuestra Señora por haber sido la madre carnal de Cristo; y así corresponde. La santa Cristiandad implora su gracia y ella puede obtenerla [de Dios] y esto corresponde. Y si la santa Cristiandad le rinde honores tan grandes, como corresponde, mucha más alabanza y honor puede rendir la santa Cristiandad a aquel hombre que ha escuchado y guardado la palabra divina, porque él es todavía más bienaventurado de lo que es Nuestra Señora por el [mero] hecho de ser la madre carnal de Cristo, según dijo Cristo mismo. Tanta honra e incontablemente más recibe el hombre que escucha y guarda la palabra divina. Este preámbulo os lo he dicho para que os concentréis mientras tanto. Perdonadme por haberos detenido de tal manera. Ahora quiero predicar.

Tomamos del Evangelio tres pasajes; sobre ellos quiero predicaros. El primero reza: «Bienaventurado es aquel que escucha y guarda la palabra de Dios». El otro dice: «Si el grano de trigo no cae a tierra y no muere allí, queda solo. Pero, si cae a tierra y muere allí, produce cien veces más fruto» (Juan 12, 24 ss.). El tercero [se refiere a] que Cristo dijo: «Entre los hijos nacidos de mujer, nadie es mayor que Juan Bautista» (Cfr. Mateo 11, 11). Por de pronto paso por alto los dos últimos [pasajes] y hablo del primero.

Y Cristo dijo: «Bienaventurado es aquel que escucha y guarda la palabra de Dios». ¡Ahora fijaos empeñosamente en este significado! El Padre mismo no escucha nada fuera del susodicho Verbo, no conoce nada más que este Verbo, no dice nada más que este mismo Verbo, no engendra nada más que este mismo Verbo. En este mismo Verbo escucha el Padre y conoce el Padre y engendra a sí mismo y también a este mismo Verbo y a todas las cosas y a su divinidad, totalmente hasta el fondo, a sí mismo de acuerdo con la naturaleza, y a este Verbo con la misma naturaleza en otra persona. ¡Ea, fijaos ahora en este modo de hablar! El Padre enuncia, racionalmente, con fecundidad su propia naturaleza íntegra en su Verbo eterno. No es que pronuncie el Verbo voluntariamente, como un acto de voluntad, como cuando se dice o se hace algo a fuerza de voluntad, y a causa de esa misma fuerza uno también podría omitirlo si quisiera. Así no son las cosas con el Padre y con su Verbo eterno, sino que Él, quiéralo o no, debe pronunciar, y engendrar sin cesar, este Verbo, porque se halla de manera natural junto al Padre como una raíz [de la Trinidad], dentro de la naturaleza del Padre, tal como es el Padre mismo. Mirad, por ello el Padre pronuncia el Verbo voluntariamente y no por [fuerza de] la voluntad, y naturalmente y no por [fuerza de] la naturaleza[177]. En este Verbo el Padre enuncia mi espíritu y tu espíritu y el espíritu de cada hombre [como] igual al mismo Verbo. En este mismo [acto de] hablar tú y yo somos [cada uno] un hijo por naturaleza, de Dios como [lo es] el mismo Verbo. Pues, según dije antes: El Padre no conoce nada fuera de este mismo Verbo y de sí mismo y de toda la naturaleza divina y de todas las cosas en este mismo Verbo, y todo cuanto conoce en Él es igual al Verbo y es, por naturaleza, el mismo Verbo en la Verdad. Cuando el Padre te da y te revela este conocimiento, te da de veras [y] del todo su vida y su ser y su divinidad en la Verdad. En esta vida, el padre, [o sea] el padre carnal, le comunica su naturaleza a su hijo, mas no le da su propia vida ni su propio ser, porque el hijo tiene otra vida y un ser distinto del que tiene el padre. Este hecho se demuestra por lo siguiente: El padre puede morir y el hijo, vivir; o, el hijo puede morir y el padre, vivir. Si los dos tuvieran una sola vida y un solo ser, tendría que suceder necesariamente que ambos muriesen o viviesen juntos, ya que la vida y el ser de ambos sería uno solo. Pero, así no es. Y por eso, cada uno es ajeno al otro y están diferenciados en cuanto a vida y ser. Si saco [el] fuego de un lugar y lo coloco en otro, por más que sea fuego, se halla dividido: éste puede arder y aquél apagarse, o éste puede apagarse y aquél arder; y por ende, no es ni uno solo ni eterno. Pero, como dije antes: El Padre en el reino de los cielos te da su Verbo eterno y en el mismo Verbo te da su propia vida y su propio ser y su divinidad toda; porque el Padre y el Verbo son dos personas y una sola vida y un solo ser indiviso. Cuando el Padre te recoge en esta misma luz para que tú contemples, de modo cognoscitivo, a esta luz en esta luz, de acuerdo con la misma peculiaridad con la cual Él, con su poder paterno, se conoce en este Verbo [= esta luz] a sí mismo y a todas las cosas, [así como conoce] al mismo Verbo, según [la] razón y [la] verdad, tal como he dicho, entonces te da poder para engendrar, junto a Él, a ti mismo y a todas las cosas y [te concede] su propio poder igual que a este mismo Verbo. Así pues, estás engendrando sin cesar, junto con el Padre por la fuerza del Padre, a ti mismo y a todas las cosas en un «ahora» presente. Dentro de esta luz, según he dicho, el Padre no conoce ninguna diferencia entre Él y tú y ninguna ventaja, ni menor ni mayor, que entre Él y su mismo Verbo. Porque el Padre y tú mismo y todas las cosas y el mismo Verbo son uno dentro de la luz.

Ahora me voy a referir a la segunda sentencia pronunciada por Nuestro Señor: «Si el grano de trigo no cae a tierra y no muere allí, queda solo y no produce fruto. Pero, si cae a tierra y muere allí, produce cien veces más fruto». «Cien veces», dicho con significado espiritual, equivale a innumerables frutos. Pero ¿qué es el grano de trigo que cae a tierra, y qué es la tierra a la cual ha de caer? Este grano de trigo —según expondré ahora— es el espíritu al que se llama o se dice alma humana, y la tierra a la cual ha de caer, es la muy bendita humanidad de Jesucristo; porque ésta es el campo más noble que haya sido creado jamás de tierra o preparado para cualquier fecundidad. A este campo lo han preparado el mismo Padre y este mismo Verbo y el Espíritu Santo. Ea, ¿cuál era el fruto de este precioso campo de la humanidad de Jesucristo? Era su alma noble, desde el momento en que sucedió que, por la voluntad divina y el poder del Espíritu Santo, la noble humanidad[178] y el noble cuerpo fueron formados en el seno de Nuestra Señora para la salvación de los hombres, y que fue creada el alma noble, de modo que el cuerpo y el alma en un solo instante fueron unidos con el Verbo eterno. Esta unión se hizo tan rápida y verdaderamente que, tan pronto como el cuerpo y el alma se enteraron de que Él [Cristo] estaba, en ese mismo momento Él se comprendió como naturalezas humana y divina unidas, [como] Dios verdadero y hombre verdadero, un solo Cristo que es Dios.

¡Ahora fijaos en el modo de su fecundidad! Por esta vez llamo a su alma noble un grano de trigo que [caído] a la tierra de su noble humanidad, pereció por [el] sufrimiento y [la] acción, por [la] aflicción y [la] muerte, según dijo Él mismo, cuando debía padecer, con estas palabras: «Mi alma está entristecida hasta la muerte» (Mateo 26, 38; Marcos 14, 34). Entonces no se refirió a su noble alma según la manera como ella contempla de modo cognoscitivo el bien supremo, con el cual se halla unido en la persona y [que] es Él mismo según la unión y según la persona: este [bien] lo contemplaba sin cesar con su potencia suprema en medio del sufrimiento máximo, tan de cerca y exactamente como lo hace ahora; ahí adentro no podía caer ninguna tristeza ni pena ni muerte. Verdaderamente es así, porque en momentos en los que el cuerpo moría atrozmente en la cruz, su noble espíritu vivía en tal presencia [= la contemplación del bien supremo]. Pero, en la medida en que el noble espíritu se hallaba racionalmente unido a los sentidos y a la vida del santo cuerpo, hasta ese punto Nuestro Señor llamaba alma a su espíritu creado, por cuanto le daba vida al cuerpo y estaba unida con los sentidos y la facultad intelectual. En ese aspecto [y] hasta ese punto su alma «estaba entristecida hasta la muerte» junto con el cuerpo, porque el cuerpo debía morir.

Ahora diré, pues, de esta destrucción que el grano de trigo, su noble alma, pereció en el cuerpo de dos maneras. Primero —según dije antes—, el alma noble junto con el Verbo eterno tenía una contemplación cognoscitiva de toda la naturaleza divina. A partir del primer momento en que Él [= el Cristo de cuerpo y alma] fue creado y unido [con su naturaleza divina], ella [= el alma de Cristo] pereció en la tierra, en el cuerpo, de modo que ya no tenía nada que ver con él [es decir, con su cuerpo], fuera de estar unida a él y de vivir [con él]. Pero su vida, [si bien] se realizaba con el cuerpo, [se hallaba] por encima del cuerpo en Dios, inmediatamente, sin impedimento alguno. De tal manera pereció en la tierra, en el cuerpo, de modo que ya nada tenía que ver con éste, fuera de estar unida a el.

La otra manera de su destrucción en la tierra, en el cuerpo, acaeció —según dije antes— cuando dio vida al cuerpo y se hallaba relacionada con los sentidos, entonces estaba junto al cuerpo cargada de trabajos y penas y molestias y angustias «hasta la muerte», de modo que ella junto al cuerpo y el cuerpo junto a ella —de acuerdo con esa manera— nunca consiguieron descanso ni comodidad ni satisfacción sin caducidad, mientras el cuerpo era mortal. Y ésa es la otra manera por la cual el grano de trigo, el alma noble, pereció así en cuanto a comodidad y descanso.

Ahora ¡fijaos en el fruto céntuplo e innumerable de este grano de trigo! El primer fruto consiste en que ha dado loa y gloria al Padre y a toda la naturaleza divina por el hecho de que Él, con sus potencias superiores, no se apartó, ni por un momento ni por un punto [de la contemplación del bien supremo], por causa de todo cuanto debía realizar la facultad intelectual ni por todo cuanto tenía que sufrir el cuerpo: así [y] a pesar de todo, seguía contemplando sin cesar a la divinidad con ininterrumpida loa, otra vez engendrada, de la dominación paterna. Esta es una de las maneras de la fecundidad del grano de trigo desde la tierra de su noble humanidad. La otra manera es la siguiente: todo el sufrimiento fecundo de su santa humanidad, que soportó en esta vida por el hambre, la sed, el calor, los vientos, las lluvias, los granizos, la nieve, por muchas penas y además, por su muerte amarga, todo esto lo ofrendó para honrar al Padre divino. Esto redunda en gloria para Él mismo y en fecundidad para todas las criaturas que, con su gracia [= la de Cristo], quieren imitarlo en su vida [poniendo] todos sus esfuerzos. Mirad, ésta es la otra fecundidad de su santa humanidad y del grano de trigo [que es] su alma noble, la cual en esa [condición] se ha hecho fértil para gloria de Él mismo y para [la] bienaventuranza de la naturaleza humana. Ahora acabáis de escuchar cómo el alma noble de Nuestro Señor Jesucristo se ha vuelto fecunda en su santa humanidad. Habéis de observar además, cómo también el hombre ha de llegar a esta [meta]. Aquel hombre que intenta arrojar su alma, o sea el grano de trigo, al campo de la humanidad de Jesucristo, para que perezca ahí y se vuelva fecunda, también debe perecer de dos modos. Un modo tiene que ser corpóreo, el otro espiritual. Al corpóreo hay que interpretarlo como sigue: cuanto sufre a causa del hambre, de la sed, del frío, del calor y de que se lo desprecie y [tenga que soportar] muchos sufrimientos inmerecidos, cualquiera que sea la forma en que Dios lo disponga, [todo] esto lo habrá de aceptar de buen grado, alegremente, justo como si Dios no lo hubiera creado para nada que no fuese padecimiento e infortunio y trabajo, y no habrá de buscar y apetecer en ello cosa alguna para sí mismo, ni en el cielo ni en la tierra, y todo su sufrimiento le tendrá que parecer poco, como una gota de agua en comparación con el mar embravecido. Debes considerar tu sufrimiento así de pequeño frente al gran padecimiento de Jesucristo. De esta manera se vuelve fecundo el grano de trigo, [o sea] tu alma, en el noble campo de la humanidad de Jesucristo, y perece en él de forma tal que se abandona totalmente a sí mismo. Éste es el primero de los modos, [propio] de la fecundidad del grano de trigo que ha caído al campo y a la tierra de la humanidad de Jesucristo.

¡Ahora fijaos en el otro modo [propio] de la fecundidad del espíritu, [o sea] el grano de trigo! Es el siguiente: toda el hambre espiritual y la amargura, en las que lo sumerge Dios, lo habrá de soportar todo pacientemente; y aun cuando hace todo cuanto es capaz de hacer interior y exteriormente, no debe apetecer nada en recompensa. Y si Dios quisiera aniquilarlo o arrojarlo al infierno, no debería querer ni desear que Dios lo conservara en su ser o que lo librase del infierno, sino que debe dejar que Dios haga con él todo cuanto Él quiere o como si tú ni siquiera existieras: Dios ha de ser tan poderoso en todo cuanto eres tú, como en su propia naturaleza increada. Otra cosa más debes tener. Esto es: en el caso de que Dios te librara de la pobreza interior y te donara riqueza íntima y mercedes y te uniera con Él mismo en un grado tan alto como es capaz de experimentarlo tu alma, entonces deberías mantenerte tan libre de la riqueza y rendirle honor sólo a Dios, tal como tu alma se mantuvo libre cuando Dios la creó como algo desde la nada. Esta es la otra forma de la fecundidad que el grano de trigo, [o sea] el alma, ha recibido de la tierra [que es] la humanidad de Jesucristo, la que se mantuvo libre, por alta [que fuera] su fruición [del sumo bien], como dijo Él mismo en contra de los fariseos: «Si buscara mi gloria, mi gloria no sería nada; busco la gloria de mi Padre que me ha enviado» (Cfr. Juan 8, 54 y 50).

La tercera parte de este sermón se refiere a lo que dijo Nuestro Señor: «Juan Bautista es grande; es el mayor que alguna vez haya nacido por entre todos los hijos de las mujeres. Pero, si alguien fuera inferior a Juan, sería mayor que él en el reino de los cielos» (Cfr. Mateo 11, 11). ¡Ea, observad ahora lo maravillosas y peculiares que son estas palabras de Jesucristo con las que elogiaba la grandeza de Juan que sería el mayor que hubiera nacido alguna vez del seno de una mujer! y, sin embargo dijo: «Si alguien fuera inferior a Juan, sería mayor que él en el reino de los cielos». ¿Cómo hemos de entender tal cosa? Os lo demostraré.

Nuestro Señor no contradice su propia palabra. Cuando elogiaba a Juan por ser mayor, quería decir que era pequeño a causa de su verdadera humildad, ésta era su grandeza. Lo sabemos por el hecho de que Cristo mismo dijera: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11, 29). Todo cuanto en nosotros son virtudes, en Dios es ser puro y su propia naturaleza. Por ello dijo Cristo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón». Por humilde que fuera Juan, su virtud tenía, sin embargo, una medida, y más [allá] de esa medida no era ni más humilde ni mayor ni mejor de lo que era. Luego dijo Nuestro Señor: «Si alguien fuera inferior a Juan, sería mayor que él en el reino de los cielos», como si quisiera decir: Si hubiera alguien que sobrepasara esa humildad, aunque fuera por una pizca[179] o por cualquier cosa, y fuese proporcionalmente más humilde que Juan, ése sería mayor en el reino de los cielos por toda la eternidad.

¡Ahora fijaos bien! Ni Juan ni ninguno de todos los santos nos han sido señalados como fin que debemos perseguir, o como meta limitada por debajo de la cual hemos de permanecer. Sólo Cristo, Nuestro Señor, es nuestro fin, a Él hemos de seguir y [Él es] nuestra meta por debajo de la cual hemos de permanecer y a la que debemos ser unidos, iguales a Él en toda su gloria, así como nos corresponde la unificación. En el reino de los cielos no hay ningún santo tan santo ni perfecto que su vida [en esta tierra], en cuanto a sus virtudes, no se haya realizado dentro de [determinada] medida, y según esa medida es también la jerarquía de su vida eterna, y toda su perfección [en el cielo] corresponde por completo a esa medida. Por cierto [y] en verdad: si existiera un solo hombre que sobrepasara la medida correspondiente al santo más destacado que ha vivido virtuosamente y recibido por ello su bienaventuranza… si existiese, pues, un solo hombre que sobrepasara en algo esa medida de la virtud, él sería en la manifestación de la virtud todavía más santo y más bienaventurado que aquel santo lo haya sido jamás. Digo por Dios —y es tan verdadero como que Dios vive—: No hay ningún santo tan perfecto en el cielo que tú no pudieras sobrepasar el grado de su santidad con [tu] santidad y [tu forma de] vida, y que no pudieses llegar más alto que él en el cielo y permanecer [así] por la eternidad. Por eso digo: Si alguien fuera más humilde que Juan e inferior [a él], habría de ser eternamente mayor que él [= Juan] en el reino de los cielos. La verdadera humildad es esta: que un hombre con todo cuanto es por naturaleza, como ser creado de la nada, no se empeñe en nada, ni en el hacer ni en el dejar de hacer, fuera de esperar la luz de la gracia. Que uno sea prudente en [su] hacer y dejar de hacer, ésta es la verdadera humildad de la naturaleza. [La] humildad del espíritu consiste en el hecho de que él [= el hombre] se adjudique o atribuya tan poco de todo el bien que Dios le hace continuamente, como hacía cuando aún no existía.

Que Dios nos ayude para que lleguemos a ser tan humildes. Amén.

 

SERMÓN L[180]

Eratis enim aliquando tenebrae.

 

Dice San Pablo: «Anteriormente erais tinieblas, pero ahora [sois] una luz en Dios» (Efesios 5, 8).

Los profetas, que ambulaban en la luz, conocieron y hallaron la verdad secreta bajo el influjo del Espíritu Santo. A veces fueron movidos a dirigirse hacia fuera y a hablar de las cosas conocidas por ellos para salvación nuestra, a fin de que nos enseñaran a conocer a Dios. Otra vez les sucedió que enmudecieron, de modo que no podían hablar y esto se debía a tres razones.

Primero: el bien que conocían y veían en Dios era tan grande y tan oculto que no podía configurarse en su conocimiento; porque todo cuanto podía configurarse era tan desigual a lo que veían en Dios y era tan falso frente a la verdad que se callaban y no querían mentir… La segunda razón: todo cuanto veían en Dios era tan grande y noble que no eran capaces de tomar de ello ni [una] imagen ni [una] forma para hablar [de lo visto]… La tercera razón porque enmudecieron, consistía en que miraban dentro de la verdad oculta y encontraban el arcano en Dios, que no sabían expresar con palabras. Pero algunas veces sucedió que se dirigieron hacia fuera y hablaron; mas, por la disimilitud [en comparación con] la verdad, echaban mano de la materia burda y pretendían enseñarnos a conocer a Dios por medio de las cosas inferiores de la criatura.

Ahora bien, Pablo dice: «Anteriormente erais tinieblas, pero ahora [sois] una luz en Dios». «Aliquando» [anteriormente]. Para quien sabe interpretar plenamente esta palabra, ella significa lo mismo que «en algún momento» y se refiere a[l] tiempo que nos impide [llegar a] la luz, porque a Dios nada le repugna tanto como el tiempo; [y] no sólo el tiempo, se refiere también al apego al tiempo; tampoco se refiere sólo al apego al tiempo, sino también al [hecho de] rozar el tiempo. [Y] no sólo al [hecho de] rozar el tiempo, sino también a un aroma y un gusto del tiempo… así como en el lugar donde se hallaba una manzana, persiste un olor, así debes entender el roce del tiempo. Los más destacados de nuestros maestros dicen[181] que el firmamento corpóreo y el sol y también los astros tienen que ver tan poco con el tiempo que lo rozan meramente. Yo, en este contexto, me refiero finalmente al hecho de que el alma está creada muy por encima del cielo y que ella, en su punto más alto y puro, nada tiene que ver con el tiempo. Ya me he referido varias veces a la obra en Dios y al nacimiento en el cual el Padre engendra a su Hijo unigénito, y de esta emanación florece el Espíritu Santo, de modo que el Espíritu [va emanando] de ambos, y en esta emanación se origina el alma emanando [a su vez]; y la imagen de la divinidad se halla estampada en el alma, y en la emanación y en el reflujo de las tres personas, el alma refluye también y es otra vez in-formada en su primera imagen sin imagen.

En esto piensa Pablo cuando dice: «Pero ahora una luz en Dios». No dice «sois una luz», sino «pero ahora una luz en Dios». Él quiere decir lo que yo también he dicho varias veces: Quien ha de conocer las cosas, debe conocerlas en su causa[182]. Los maestros dicen que las cosas penden de su nacimiento de modo que allí miran lo más acendradamente en [el interior del] ser. Pues, allí donde el Padre engendra al Hijo, allí hay un «ahora» presente. Desde el nacimiento eterno, donde el Padre engendra a su Hijo, el alma ha emanado en su ser, y la imagen de la divinidad está estampada en el [alma].

En el colegio discutían, y algunos maestros dijeron que Dios había estampado la imagen en el alma como quien pinta un cuadro en una pared y éste se esfuma. Contra esta [opinión] hubo protestas. Otros maestros se expresaron mejor y dijeron que Dios había estampado la imagen en el alma como perdurable, como una idea perdurable en el [alma]… como, por ejemplo, yo tengo hoy [determinada] voluntad y mañana tengo la misma idea y preservo la imagen [= representación volitiva] por medio de mi influencia representante[183]. Y conforme a ello dijeron que las obras divinas son perfectas. Pues, si el carpintero fuera perfecto en su obra, no necesitaría de la materia; porque, tan pronto como pensara en la casa, ella estaría hecha. Así son las obras en Dios: tan pronto como las piensa, las obras están hechas en un «ahora» presente. Entonces intervino el quinto maestro[184]y él se expresó mejor que todos, diciendo: Allí no hay [devenir], sino que se trata de un «ahora», un devenir sin devenir, un ser nuevo sin renovación, y el devenir es su ser [de Dios]. En Dios hay una sutileza tal que ninguna renovación puede entrar. Igualmente, hay en el alma una sutileza tan acendrada y tan tierna que ahí tampoco puede entrar ninguna renovación; porque todo cuanto hay en Dios, es un «ahora» presente sin renovación.

Querría haber hablado de cuatro cosas: de la sutileza de Dios y de la sutileza del alma y de la obra en Dios y de la obra del alma. Ahora, no lo haré.

 

SERMÓN LI[185]

Hec (sic) dicit dominus: honora patrem tuum etc.

 

Esta palabra que acabo de pronunciar en latín está escrita en el Evangelio y la dice Nuestro Señor, y en lengua vulgar reza así: «Honrarás a tu padre y a tu madre» (Mateo 15, 4; cfr. Exodo 20, 12). Y Dios, Nuestro Señor, pronuncia otro mandamiento [más]: «No apetezcas los bienes de tu prójimo, ni [su] casa ni [su] finca ni ninguna otra cosa que sea suya» (Cfr. Exodo 20, 17). El tercer pasaje se refiere al pueblo que fue a ver a Moisés diciéndole: «Habla tú con nosotros, porque nosotros no podemos escuchar a Dios» (Cfr. Exodo 20, 18 ss.). Según el cuarto [pasaje], Dios, Nuestro Señor, dijo: «Moisés, debes hacerme un altar de tierra y sobre la tierra, y cuanto se sacrifique en él, lo habrás de quemar todo» (Cfr. Exodo 20, 24). El quinto [pasaje] es [el siguiente]: «Moisés penetró en la niebla» y fue [subiendo] a la montaña; «allí encontró a Dios» y en las tinieblas halló la luz verdadera (Cfr. Exodo 20, 21).

Dice mi señor, San Gregorio[186]: «Donde el cordero se hunde hasta el fondo, ahí nadan el buey o la vaca, y donde nada la vaca, ahí camina adelantándosele el elefante y [el agua] le cubre la cabeza». Esta [afirmación] encierra un significado muy hermoso; de ello se pueden deducir muchas cosas. Dice mi señor, San Agustín[187], que las Escrituras son un mar profundo y el pequeño corderito significa un hombre simple [y] humilde, capaz de escrutar las Escrituras. Por el buey, empero, que nada ahí, entendemos unos hombres de mentalidad burda; cada cual [de ellos] saca de ello lo que le basta. Mas, por el elefante que se adelanta caminando [por el agua] hemos de entender a la gente entendida que escudriña las Escrituras y las recorre caminando[188]. Me maravilla que la Sagrada Escritura sea tan enjundiosa que los maestros[189]digan que es imposible interpretarla según su sentido develado. Y ellos dicen: Si hay en ella una cosa de sentido burdo, hace falta interpretarla; pero, para hacerlo se necesita del símil. Al primero [el agua] le llegó hasta el tobillo, al segundo le llegó hasta la rodilla, al tercero le llegó hasta su cintura, al cuarto le llegó más allá de su cabeza, y él se hundió del todo.

Ahora bien, esto ¿qué significa? Dice San Agustín[190]: Al principio, la Escritura le sonríe a la gente menuda y atrae al niño; pero, al final, cuando uno quiere ahondar en ella, se burla de los sabios; y nadie tiene la mentalidad tan simple, que no encuentre en ella lo adecuado para él, y, por otra parte, nadie es tan sabio que, cuando quiere ahondar en ella, no la halle [cada vez] más profunda y con más cosas [ocultas]. Todo cuanto podemos escuchar aquí [en esta tierra] y todo cuanto saben decirnos, tiene en ella [la Escritura] un segundo sentido oculto. Pues, todo cuanto comprendemos en esta tierra, es tan disímil a lo que es en sí mismo y a lo que es en Dios, como si no existiera.

Ahora volvemos a referirnos a la palabra: «Honrarás a tu padre y a tu madre». En su sentido corriente se refiere al padre y a la madre a quienes se debe honrar; además, a todos cuantos tienen poder espiritual, a ésos se les debe honrar rindiéndoles [honores] algo mayores, así como a aquellos de los cuales tienes todos los bienes perecederos. En este [sentido] se puede [vadear] y [tocar fondo]; sin embargo, es muy poco lo que hemos recibido de ellos. Dijo una mujer: Si hay que honrar a aquellos de quienes se han recibido bienes exteriores, hay que honrar en proporción mucho mayor a aquellos de los que se ha recibido todo. Cuanto allí [en el primer caso] se tiene exteriormente, como multiplicidad, aquí [en el segundo caso] todo es interior y una sola cosa. Ahora ya os daréis cuenta de que este símil corresponde al Padre. Anoche pensé que todos los símiles sólo existen a fin de corresponder al Padre.

De acuerdo con el segundo significado: «Honrarás a tu Padre», es decir, tu Padre celestial del cual recibiste tu ser. ¿Quién honra al Padre? Esto no lo hace nadie fuera del Hijo: Él solo lo honra. Por otra parte, nadie honra tampoco al Hijo sino sólo el Padre. Todo el placer del Padre y sus conversaciones y sus sonrisas son sólo para el Hijo. El Padre no conoce nada fuera del Hijo. Es tan grande el placer que siente en el Hijo, que no necesita nada más que engendrar a su Hijo, porque Éste es una semejanza perfecta y una imagen acabada del Padre.

Nuestros maestros dicen: Todo cuanto se llega a conocer o que nace, es una imagen; y ellos dicen en consecuencia: Si el Padre ha de engendrar a su Hijo unigénito, tiene que engendrar su [propia] imagen como permaneciendo en Él mismo en el fondo. La imagen, ya que ha existido eternamente en Él (forme illius), es su forma que permanece en Él mismo. La naturaleza enseña —y me parece muy justo— que debemos explicar a Dios mediante símiles, ya sea éste, ya sea aquél. Sin embargo, Él no es ni esto ni aquello, y por lo tanto el Padre no se contenta con ello, antes bien, regresa a lo primigenio, a lo más íntimo, al fondo y al núcleo del ser-Padre donde ha estado adentro eternamente en sí mismo, en la paternidad, y donde disfruta de sí mismo, el Padre como Padre, de sí mismo en el Hijo único. Allí, todas las hierbecillas y [la] madera y [las] piedras y todas las cosas son uno. Esto es lo mejor de todo y yo estoy loco por ello. Por eso, todo cuanto la naturaleza es capaz de realizar, lo añade a ello [y] esto va cayendo en la paternidad para que sea uno y que sea un solo Hijo y crezca más allá de todo lo demás y sea del todo uno en la paternidad y, si no puede ser [uno], que sea [por lo menos] [un] signo de lo uno. La naturaleza que es de Dios, no busca nada que se halle fuera de ella; ah sí, la naturaleza que se encuentra dentro de sí misma, no tiene nada que ver con la apariencia [externa], porque la naturaleza que es de Dios, no busca nada que no sea la semejanza con Dios.

Anoche pensé que todo símil no es sino una alquería[191]. Yo no puedo ver ninguna cosa que no se me asemeje, ni puedo conocer cosa alguna que no se me asemeje. Dios abarca en sí todas las cosas de manera secreta, mas no como ésta o aquélla en su diferenciación, sino como [lo] uno en la unidad. El ojo no contiene el color, sino que recibe el color, pero no así el oído. El oído, a su vez, recibe el sonido y la lengua el gusto. Cada uno de todos ellos tiene aquello con que es uno [= perteneciente a la misma especie]. Y lo que nos ocupa, [o sea], la imagen del alma y la imagen de Dios, tiene una sola esencia; allí donde somos hijos. Y aun en el caso de que yo no tuviera ni vista ni oído, tendría, sin embargo, [el] ser. Si alguien me quitara un ojo, con ello no me quitaría ni mi ser ni mi vida, porque la vida reside en el corazón. Si alguien quisiera darme un golpe en el ojo, yo interpondría rápidamente la mano y ésta recibiría el golpe. Pero, si alguien quisiera darme un golpe en el corazón, yo utilizaría todo el cuerpo para proteger este cuerpo. Si alguien quisiera cortarme la cabeza, yo interpondría rápidamente el brazo para conservar mi vida y mi ser.

Ya he dicho frecuentemente que la cáscara debe romperse y tiene que salir a luz lo que está adentro; pues, si quieres tener la nuez, debes romper la cáscara. Y, en consecuencia, si quieres hallar a la naturaleza desnuda, se deben romper todos los símiles, y cuanto más uno penetre adentro, tanto más se acercará a la esencia. Cuando el [alma] halla lo Uno donde todo es uno, entonces persevera [en] lo único. ¿Quién «honra» a Dios?… Aquel que en todas las cosas piensa en la gloria de Dios.

Hace muchos años, yo no existía aún: un poco más tarde mi padre y mi madre comieron carne y pan y verduras que crecían en el jardín, y con ello me hice hombre. En esto, mi padre y mi madre no podían colaborar sino que Dios hizo mi cuerpo sin mediación y creó mi alma de acuerdo con el Altísimo. Ahí llegué a poseer mi vida (possedi me). Este grano tiende a ser centeno; aquél tiene en su naturaleza [la disposición de] hacerse trigo; por eso no descansa hasta obtener justamente esa misma naturaleza. El grano de trigo contiene en su naturaleza [la disposición de] poder ser todas las cosas; por lo tanto paga el precio y se entrega a la muerte para llegar a ser todas las cosas. Y ese metal, que es cobre, tiene en su naturaleza [la disposición de] poder llegar a ser plata, y la plata [a su vez] tiene en su naturaleza [la disposición de] poder llegar a ser oro, por eso no descansa nunca hasta que obtenga justamente esa naturaleza. Ah sí, esta madera tiene en su naturaleza [la disposición de] poder llegar a ser piedra; digo más aún: Hasta será capaz de convertirse en todas las cosas; se entrega al fuego y se deja quemar para ser transformada en la naturaleza del fuego y se hace una con lo uno, y tiene eternamente un solo ser. Ah sí, [la] madera y [la] piedra y [los] huesos y todas las hierbecillas, allí en el comienzo primigenio, fueron todos y cada uno una sola cosa. Si esta naturaleza [terrestre] procede así, ¡qué no hará aquella naturaleza que está toda desnuda en sí misma, que no busca ni esto ni aquello, sino que, por el contrario, crece más allá de todo lo demás y va corriendo hacia la pureza primigenia!

Anoche pensé que hay multitud de cielos. Ahora resulta que hay algunas personas incrédulas que no creen que el pan sobre este altar pueda ser transformado de manera tal que llegue a ser el Cuerpo de Nuestro Señor, [o sea] que Dios sea capaz de hacerlo… ¡Oh, qué gente mala, porque son incapaces de creer que Dios pueda hacer tal cosa! Mas, si Dios le otorgó a la naturaleza la capacidad de llegar a ser todas las cosas, ¡mucho más factible le resulta a Dios que este pan sobre el altar se convierta en su Cuerpo! Y si [hasta] la naturaleza débil consigue hacer un hombre de una hierbecilla, tanto más posible le resulta a Dios convertir el pan en su Cuerpo. ¿Quién «honra» [pues] a Dios?… Aquel que en todas las cosas persigue la honra de Dios. Esta interpretación es todavía más evidente, aun cuando la primera es mejor[192].

El cuarto significado[193]: «Se mantenían alejados y le decían a Moisés: “Moisés, habla tú con nosotros [porque] nosotros no podemos escuchar a Dios”». Es que «estaban alejados» y esto era la cáscara que les impedía escuchar a Dios.

«Moisés penetró en la niebla y fue [subiendo] a la montaña» y entonces vio la luz divina (Cfr. Exodo 20, 21). En verdad, uno encuentra la luz en las tinieblas, por lo tanto, cuando tenemos padecimientos e infortunios, esta luz se halla más cerca de nosotros que nada. Que Dios haga lo mejor o lo peor que pueda: Él tiene que darse a nosotros aunque fuera a través de trabajos e infortunios. Había una mujer santa que tenía muchos hijos a los que querían matar. Entonces se rió y dijo: «No debéis apenaros y tenéis que ser alegres y pensad en Vuestro Padre celestial, porque de mí no habéis recibido nada» (Cfr. 2 Macabeos 7, 20 ss.). [Fue] exactamente como si hubiera querido decir: «Vuestro ser lo tenéis inmediatamente de Dios». Esto encuadra bien en nuestro [contexto]. Nuestro Señor dijo: «Tus tinieblas» —es decir, tu sufrimiento— «serán transformadas en clara luz» (Cfr. Isaías 58, 10). Sin embargo, yo no debo anhelar ni apetecer [el sufrimiento]. En otro lugar dije yo: Las tinieblas ocultas de la luz invisible de la eterna divinidad son desconocidas y nunca serán conocidas. Y «la luz del Padre eterno ha brillado eternamente en estas tinieblas, y estas tinieblas no comprenden a la luz» (Cfr. Juan 1, 5).

Pues bien, que Dios nos ayude para que lleguemos a esta luz eterna. Amén.

 

SERMÓN LII[194]

Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum.

 

La bienaventuranza abrió su boca de sabiduría y dijo: «Bienaventurados son los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5, 3).

Todos los ángeles y todos los santos y todo cuanto ha nacido jamás, deben callarse cuando habla esta Sabiduría del Padre; porque toda la sabiduría de los ángeles y de todas las criaturas es pura necedad ante la Sabiduría sin fondo de Dios. Esta ha dicho que los pobres son bienaventurados.

Ahora bien, hay dos clases de pobreza: una es una pobreza exterior y ésta es buena y muy elogiable en la persona que carga con ella voluntariamente, por amor de Nuestro Señor Jesucristo, porque Él mismo la soportó en esta tierra. De esta pobreza no quiero decir más. Pero existe otra pobreza, una pobreza interior respecto a la cual hay que entender la palabra de Nuestro Señor cuando dice: «Bienaventurados son los pobres en espíritu».

Ahora os ruego que seáis igualmente [pobres] para [poder] comprender estas palabras; porque os digo por la verdad eterna: Si no os asemejáis a esta verdad, de la cual hablaremos ahora, no podréis comprenderme.

Algunas personas me han preguntado qué es la pobreza en sí misma y qué es un hombre pobre. Daremos, pues, la respuesta.

Dice el obispo Alberto[195]que un hombre pobre es aquel que no se contenta con todas las cosas creadas jamás por Dios… y está bien dicho. Mas nosotros lo diremos mejor aún, concibiendo la pobreza en un sentido más elevado: un hombre pobre es aquel que no quiere nada y no sabe nada y no tiene nada. De estos tres puntos hablaremos ahora y os ruego por el amor de Dios que comprendáis esta verdad, si es que podéis [hacerlo]; y si no la comprendéis, no os preocupéis, porque hablaré de una verdad tal que sólo unas pocas personas buenas habrán de comprenderla.

En primer lugar diremos que un hombre pobre es aquel que no quiere nada. Alguna gente no entiende adecuadamente el sentido de ello. Son esas personas que se empecinan en conservar su propio yo en sus penitencias y ejercicios exteriores que esas personas consideran gran cosa. ¡Que Dios se apiade del escaso conocimiento de la verdad divina en esas personas! A esos hombres se los llama santos a causa de las apariencias; pero, en su fuero íntimo son asnos porque no captan el carácter simbólico de la verdad divina. Esas personas dicen [también] que un hombre pobre es aquel que no quiere nada. Lo interpretan de la siguiente manera: [dicen] que el hombre ha de vivir de modo tal que no cumpla nunca, en ningún caso, su voluntad. Más aún: que aspire a cumplir la queridísima voluntad de Dios. Esos hombres están bien encaminados porque su intención es buena, por eso hemos de elogiarlos. ¡Que Dios en su misericordia les dé el reino de los cielos! Mas yo digo, por la verdad divina, que esos hombres no son pobres ni se parecen a [los] pobres. Son considerados grandes en la opinión de aquellas personas que no conocen nada mejor. Mas yo digo que son asnos que nada entienden de la verdad divina. Puede ser que ellos, gracias a su buena intención, lleguen al reino de los cielos; pero de la pobreza de que hablaremos ahora, ellos no saben nada.

Si alguien me pregunta, pues, qué es un hombre pobre que no quiere nada, le contesto y digo así: Mientras el hombre todavía posee la voluntad de querer cumplir la queridísima voluntad de Dios, semejante hombre no tiene la pobreza de la cual queremos hablar, pues todavía tiene una voluntad con la que quiere satisfacer la voluntad de Dios, y esto no es pobreza genuina. Pues, si el hombre de veras ha de poseer [la] pobreza, debe estar tan libre de su voluntad creada como lo era antes de ser. Porque os digo por la eterna verdad: Mientras tenéis la voluntad de cumplir la voluntad de Dios y deseáis [llegar] a la eternidad y a Dios, no sois pobres; pues un hombre pobre es [sólo] aquel que no quiere nada ni apetece nada.

Cuando yo me hallaba aún en mi causa primigenia, no tenía Dios alguno y era la causa de mí mismo; no quería nada ni apetecía nada porque era un ser libre y un conocedor de mí mismo en el gozo de la verdad. Entonces me quería a mí mismo sin querer otra cosa; lo que yo quería lo era, y lo que era lo quería, y entonces me mantenía libre de Dios y de todas las cosas. Mas cuando, por libre decisión, salí y recibí mi ser de criatura, entonces tuve un Dios; porque antes de que fueran las criaturas, Dios [aún] no era «Dios»; mas, era lo que era. Pero, cuando las criaturas llegaron a ser, recibiendo su ser creado, Dios no era «Dios» en sí mismo, sino que era «Dios» en las criaturas[196].

Ahora diremos que Dios en cuanto es «Dios», no es la meta perfecta de la criatura. Porque tan elevado rango de ser lo ocupa [también] la criatura más humilde en Dios. Y si sucediera que una mosca tuviese entendimiento y buscase racionalmente el abismo eterno del ser divino, del cual ha provenido, diríamos que Dios, por más que fuera «Dios», no podría satisfacer ni contentar a esa mosca. Por eso le pedimos a Dios que nos despojemos de «Dios» y aprehendamos la Verdad, gozándola eternamente allá donde los ángeles supremos y la mosca y el alma son iguales, allá donde yo estaba y quería [ser] lo que era y era lo que quería [ser]. Por ende decimos: Si el hombre ha de ser pobre en voluntad, debe querer y apetecer tan poco como quería y apetecía cuando no era. Y de esta manera es pobre el hombre que no quiere.

Por otra parte es un hombre pobre el que no sabe. En alguna oportunidad dijimos que el hombre debía vivir de tal modo que no vivía ni para sí mismo ni para la verdad ni para Dios. Mas ahora decimos otra cosa, agregando que el hombre, que ha de poseer esta pobreza, debe vivir de modo tal que ni siquiera sepa que no vive ni para sí mismo ni para la verdad ni para Dios; antes bien ha de estar tan despojado de todo saber que no sabe ni conoce ni siente que Dios vive en él; más aún: debe estar vacío de todo conocimiento que en él tenga vida. Pues, cuando el hombre se mantenía [aún] en el eterno ser divino, no vivía en él ninguna otra cosa: antes bien, lo que vivía, era él mismo. Por lo tanto decimos que el hombre ha de mantenerse tan libre de su propio saber, como [lo] hacía cuando no era, y que deje obrar a Dios lo que Él quiera, y que el hombre se mantenga libre.

Todo cuanto ha procedido alguna vez de Dios, está orientado hacia un obrar puro. Mas la obra propia del hombre consiste en el amar y conocer. Ahora surge la pregunta de cuál es la cosa en que reside antes que nada la bienaventuranza. Varios maestros dijeron que reside en el conocer, algunos dicen que reside en el amar; otros afirman que reside en el conocer y en el amar, y éstos ya aciertan más. Pero nosotros decimos que no reside ni en el conocer ni en el amar; más aún: hay algo en el alma de lo cual fluyen el conocer y el amar; ello mismo no conoce ni ama como lo hacen las potencias del alma. Quien llega a conocer este [algo] conoce en qué reside [la] bienaventuranza. Este [algo] no tiene ni antes ni después y no está a la espera de ninguna cosa adicional porque no puede ni ganar ni perder. Por eso se halla privado también del saber de que Dios obra en él; antes bien: es lo mismo que disfruta de sí mismo a la manera de Dios. Decimos, pues, que el hombre debe mantenerse despojado y libre de modo que ni sepa ni conozca que Dios opera en él: de tal modo el hombre puede poseer [la] pobreza. Dicen los maestros que Dios es un ser y un ser racional y conoce todas las cosas. Mas nosotros decimos: Dios no es ni ser ni racional ni conoce esto o aquello. Por eso, Dios es libre de todas las cosas y por eso es todas las cosas. Quien ha de ser, pues, pobre en espíritu, debe ser pobre en cuanto a todo su saber propio, de modo que no sepa nada de nada, ni de Dios ni de la criatura ni de sí mismo. Por eso hace falta que el hombre aspire a no poder saber ni conocer nada de las obras divinas. De tal manera, el hombre puede ser pobre con respecto a su propio saber.

En tercer lugar es un hombre pobre aquel que no tiene nada. Muchas personas han dicho que es perfección no poseer nada de las cosas materiales de esta tierra, y esto es verdad en cierto sentido: cuando uno lo hace a propósito. Mas éste no es el sentido al cual me refiero yo.

Dije antes que un hombre pobre es aquel que no quiere cumplir la voluntad de Dios, más aún: que el hombre viva, hallándose tan despojado de su propia voluntad y de la voluntad de Dios, como estaba cuando no era [todavía]. De esta clase de pobreza decimos que es la pobreza más insigne… En segundo término dijimos que es un hombre pobre quien nada sabe del obrar de Dios en su fuero íntimo. Cuando uno se mantiene tan libre del saber y conocer, como Dios se mantiene libre de todas las cosas, ésta es la pobreza más pura… Mas la tercera, de la cual hablaremos ahora, es la pobreza extrema: es aquella en la cual el hombre no tiene nada.

¡Ahora prestad atención con empeño y seriedad! He dicho a menudo —y también hay grandes maestros que lo dicen— que el hombre debe estar tan libre de todas las cosas y de todas las obras, tanto interiores como exteriores, que pueda ser un lugar apropiado para Dios, en cuyo interior Dios puede obrar. Mas ahora diremos otra cosa. Si sucede que el hombre se mantenga libre de todas las criaturas y de Dios y de sí mismo, pero si todavía es propenso a que Dios encuentre un lugar para obrar en él, entonces decimos: Mientras las cosas andan así con este hombre, él no es pobre con extrema pobreza. Porque para sus obras Dios no se empeña en que el hombre tenga en sí mismo un lugar donde Dios pueda obrar; pues es ésta la pobreza en espíritu: que [el hombre] se mantenga tan libre de Dios y de todas sus obras que Dios, si quiere obrar en el alma, sea Él mismo el lugar en el cual quiere obrar… y esto lo hace gustosamente. Pues, cuando encuentra así de pobre al hombre, Dios está operando su propia obra y el hombre tolera en su fuero íntimo a Dios, y Dios constituye un lugar propio para sus obras gracias al hecho de que Él es un Hacedor en sí mismo. Allí, en esa pobreza, obtiene el hombre [otra vez] el ser eterno que él fue y que es ahora y que ha de ser eternamente.

Hay una palabra de San Pablo donde dice: «Por la gracia de Dios soy todo lo que soy» (1 Cor. 15,10). Mas ahora parece que este [mi] discurso [se mantiene] por encima de [la] gracia y por encima del ser y por encima del entendimiento y por encima de [la] voluntad y por encima de todo apetito… ¿cómo puede ser verdad, entonces, la palabra de San Pablo? A lo cual se contesta que las palabras de San Pablo son verdad: hacía falta que la gracia de Dios morara en él; porque la gracia de Dios obró en él de manera que la accidentalidad fuera consumada en la esencialidad. Cuando la gracia terminó, luego de haber hecho su obra, Pablo seguía siendo lo que era[197].

Decimos, entonces, que el hombre debe ser tan pobre que no constituya ni posea ningún lugar en cuyo interior pueda obrar Dios. Donde el hombre conserva [en sí] un lugar, ahí conserva [una] diferencia. Por eso ruego a Dios que me libre de «Dios», porque mi ser esencial está por encima de Dios, en cuanto entendemos a Dios como origen de las criaturas. Pues, en aquel ser de Dios donde Dios está por encima del ser y de la diferencia, ahí estuve yo mismo, ahí quise que fuera yo mismo y conocí mi propia voluntad de crear a este hombre [= a mí]. Por eso soy la causa de mí mismo en cuanto a mi ser que es eterno, y no en cuanto a mi devenir que es temporal. Y por eso soy un no-nacido y según mi carácter de no-nacido, no podré morir jamás. Según mi carácter de no-nacido he sido eternamente y soy ahora y habré de ser eternamente. Lo que soy según mi carácter de nacido, habrá de morir y ser aniquilado, porque es mortal; por eso tiene que perecer con el tiempo. [Junto] con mi nacimiento [eterno] nacieron todas las cosas y yo fui causa de mí mismo y de todas las cosas; y si lo hubiera querido no existiría yo ni existirían todas las cosas; y si yo no existiera no existiría «Dios». Yo soy la causa de que Dios es «Dios»; si yo no existiera, Dios no sería «Dios»[198]. [Mas] no hace falta saberlo.

Dice un gran maestro que su traspasar es más noble que su emanar[199], y es cierto. Cuando emané de Dios, todas las cosas dijeron: Dios es; mas esto no me puede hacer bienaventurado porque ahí me llego a conocer como criatura. Pero en el traspaso donde estoy libre de mi propia voluntad y de la voluntad de Dios y de todas sus obras y del propio Dios, ahí me hallo por encima de todas las criaturas y no soy ni «Dios» ni criatura, antes bien, soy lo que era y lo que debo seguir siendo ahora y por siempre jamás. Ahí siento un impulso[200] hacia arriba que me ha de llevar por encima de todos los ángeles. En este impulso se me da una riqueza tal que no me puede satisfacer Dios, con todo cuanto es como «Dios» y con todas sus obras divinas; porque en este traspaso obtengo que Dios y yo seamos una sola cosa. Allá soy lo que era y allá no sufro mengua ni crecimiento, ya que soy una causa inmóvil que mueve todas las cosas. Allá, Dios no halla lugar alguno en el hombre porque el hombre consigue con esta pobreza lo que ha sido eternamente y seguirá siendo por siempre jamás. Allá, Dios es uno con el Espíritu, y ésta es la pobreza extrema que se pueda hallar.

Quien no comprende este discurso, no debe afligirse en su corazón. Pues, mientras el hombre no se asemeje a esta verdad, no habrá de comprender este discurso; porque se trata de una verdad no velada que ha surgido inmediatamente del corazón de Dios.

Que Dios nos ayude a vivir de modo tal que hagamos esa experiencia por siempre jamás. Amén.

 

SERMÓN LIII[201]

Misit dominas manum suam et tetigit os meum et dixit mihi etc. Ecce constitui te super gentes et regna.

 

«El Señor extendió su mano y tocó mi boca y me habló» (Jeremías 1, 9 ss.).

Cuando predico suelo hablar del desasimiento y del hecho de que el hombre se libre de sí mismo y de todas las cosas. En segundo término [suelo decir] que uno debe ser in-formado otra vez en el bien simple que es Dios. En tercer término, que uno recuerde la gran nobleza que Dios ha puesto en el alma para que el hombre, gracias a ella, llegue hasta Dios de manera milagrosa. En cuarto término [me refiero] a la pureza de la natura divina… el resplandor que hay en la naturaleza divina, es cosa inefable. Dios es un Verbo, un Verbo no enunciado.

Dice Agustín[202]: «Toda la Escritura es inútil. Si se dice que Dios es un Verbo, se lo enuncia; [mas] si se dice que Dios no está enunciado, entonces es inefable». Pero resulta que Él es algo; ¿quién puede enunciar este Verbo? No lo hace nadie fuera de quien es este Verbo. Dios es un Verbo que se enuncia a sí mismo. Donde se halla Dios, allí enuncia este Verbo; donde no está, no habla. Dios se ha enunciado y se halla sin enunciar. El Padre es una obra enunciativa y el Hijo es un enunciamiento operante[203]. Lo que hay en mi fuero íntimo, sale de mí; aun cuando lo pienso solamente, mi palabra lo revela y, sin embargo, permanece dentro de mí. Igualmente, el Padre enuncia al Hijo, sin hablar, y Este, no obstante, permanece en Él. También he dicho varias veces que la salida de Dios es su entrada. En la misma medida en que yo me hallo cerca de Dios, Él se enuncia a sí mismo en mi fuero íntimo. Todas las criaturas racionales, cuanto más salen de sí mismas en sus obras, tanto más entran en sí mismas. No es así en las criaturas corpóreas: cuanto más obran, tanto más salen de sí mismas. Todas las criaturas quieren enunciar a Dios en todas sus obras; hablan todas lo más aproximadamente que pueden, mas a Él no lo saben enunciar. Quiéranlo o no, gústeles o no: todas quieren enunciar a Dios y Él, sin embargo, permanece sin ser enunciado.

David dice: «Su nombre es el Señor» (Salmo 67, 5). «Señor» significa lo mismo que la superposición de un señorío; «siervo» implica una sujeción[204]. Algunos nombres son propios de Dios y se hallan desprendidos de todas las otras cosas, como «Dios». «Dios», este nombre es el nombre más propio de Dios, como «hombre» es el nombre del ser humano. Un hombre siempre es un ser humano, por estúpido o sabio que sea. Séneca dice[205]: «Es ruin el hombre que no llega más allá del hombre»… Algunos nombres tienen un apego [accidental] a Dios, como «paternidad» y «filiación»[206]. Donde se habla de «padre» se sobreentiende «hijo». No puede haber ningún padre que no tenga hijo, y ningún hijo que no tenga padre; pero ambos contienen en sí, más allá del tiempo, un solo ser eterno… En tercer lugar: algunos nombres significan una elevación hacia Dios y [al mismo tiempo] una vuelta hacia el tiempo. También en la Escritura se menciona a Dios con muchos nombres. Digo yo: Cuando alguien conoce algo en Dios y le pone un nombre, esto no es Dios. Dios se halla por encima de [los] nombres y de [la] naturaleza. Leemos que un hombre bueno imploraba a Dios en sus rezos queriendo darle un nombre. Entonces dijo un hermano: «¡Cállate, estás deshonrando a Dios!» No sabemos encontrar ningún nombre que le podamos dar a Dios. Mas, nos está permitido [usar] los nombres con los cuales lo han llamado los santos a quienes Dios ha santificado para ello en sus corazones, inundándolos con divina luz. Y para ello debemos aprender en primer lugar cómo hemos de rogar a Dios. Debemos decir: «Señor; te imploramos y te alabamos con los mismos nombres que Tú has santificado así en los corazones de tus santos, inundándolos con tu luz»… En segundo lugar hemos de aprender a no dar ningún nombre a Dios como si pensáramos que al hacerlo lo hubiésemos alabado y ensalzado suficientemente; porque Dios se halla «por encima de nombres» y es inefable.

El Padre, a partir de todo su poder, enuncia al Hijo y en Él a todas las cosas. Todas las criaturas son un hablar de Dios. Así como mi boca habla de Dios y lo revela, así lo hace el ser de la piedra, y por la obra se llega a conocer más que por las palabras. La obra realizada por la naturaleza suprema a causa de su poder supremo, no puede ser comprendida por la naturaleza que se halla por debajo de ella. Si obrara lo mismo, ya no se encontraría por debajo de ella: sería igual. Todas las criaturas desean imitar en sus obras el hablar de Dios. Mas, es muy modesto lo que saben revelar. Aun el hecho de que los ángeles supremos asciendan y toquen a Dios, es tan desigual en comparación con aquello que hay en Dios, como el blanco al negro. Es muy disímil[207] lo que han recibido todas las criaturas [juntas], sin embargo, desearían expresar lo máximo de lo que son capaces. Dice el profeta: «Señor, tú dices una cosa y yo entiendo dos» (Salmo 61, 12). Cuando Dios le habla al fuero íntimo del alma, ella y Él son uno solo; mas, tan pronto como esto cae [hacia fuera], es dividido[208]. Cuanto más ascendemos con nuestro conocimiento, tanto más somos uno en Él [el Hijo]. Por ello, el Padre enuncia al Hijo todo el tiempo en la unidad y derrama en Él a todas las criaturas. Estas piden todas entrar otra vez allí de donde emanaron. Toda su vida y su ser, todo esto es un clamor y un volver corriendo hacia aquello de donde salieron.

El profeta dice: «El Señor ha extendido su mano» (Jerem. 1, 9), y [con ello] se refiere al Espíritu Santo. También dice: «Ha tocado mi boca» y luego: «Me ha hablado» (Jeremías 1, 9). La boca del alma es la parte suprema del alma, a este hecho se refiere [el alma] y dice: «Ha puesto su palabra en mi boca» (Jeremías 1, 9)… éste es el beso del alma: ahí se encuentran boca con boca, ahí el Padre engendra a su Hijo en el alma y ahí se le «habla» a ella. Ahora dice: «Observa que hoy te he elegido y te he colocado sobre [el] pueblo y [los] reinos» (Jeremías 1, 10). Dios promete elegirnos «hoy», allí donde no hay nada y donde, sin embargo, existe el «hoy» en la eternidad. «Y te he colocado sobre [el] pueblo»… esto quiere decir sobre todo el mundo; de él debes estar libre… «y sobre [los] reinos»… esto quiere decir: Lo que es más de uno, es demasiado porque debes morir para todas las cosas y ser in-formado otra vez en lo alto donde moraremos en el Espíritu Santo.

Que Dios, el Espíritu Santo, nos ayude a lograrlo. Amén.

 

SERMÓN LIV a[209]

Nuestro Señor levantó y elevó desde abajo sus ojos…

 

«Nuestro Señor levantó y elevó desde abajo sus ojos y mirando hacia el cielo, dijo: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique. A todos cuantos Tú me has dado, confiéreles la vida eterna. En esto consiste la vida eterna en que conozcan a ti solo, como Dios uno [y] verdadero”» (Cfr. Juan 17, 1 ss.).

En el escrito de un Papa se dice[210]: Cada vez que Nuestro Señor elevó los ojos, estaba pensando en cosas grandes. Afirma el sabio en el Libro de la Sabiduría que el alma es elevada hasta Dios por la sabiduría divina [se trataría de Sabiduría 7, 28]. San Agustín dice también[211] que todas las obras y enseñanzas de Dios hecho hombre son un ejemplo y un símil de nuestra vida santificada y de [nuestra] gran dignidad ante Dios. El alma ha de ser purificada y hecha sutil a la luz [de la sabiduría] y en la gracia, y [se le debe] quitar y mondar todo cuanto de extraño hay en el alma, y también una parte de lo que es ella misma. Lo he dicho varias veces ya: El alma ha de ser desnudada de todo cuanto le es accidental [= a su ser puro], y ser elevada, así de pura, refluyendo en el Hijo con la misma pureza con que emanó de Él. Porque el Padre creó al alma dentro del Hijo. Por ello debe adentrarse en Él con tanta pureza como [tenía] al emanar de Él.

Ahora bien, se dice: «Levantó y elevó desde abajo sus ojos». En esta palabra se contiene un doble sentido. Uno implica una demostración de acendrada humildad. Si alguna vez hemos de llegar al fondo de Dios y a su punto más íntimo, debemos, en primer término, llegar con acendrada humildad a nuestro fondo propio y a nuestro punto más íntimo. Los maestros dicen[212] que los astros derraman toda su fuerza en el fondo de la tierra, en la naturaleza y el elemento del suelo, produciendo allí el oro más puro. En la medida en que el alma llega al fondo y al punto más íntimo de su ser, la fuerza divina se derrama totalmente en ella, y opera muy en secreto y revela obras muy grandes, y el alma se torna muy grande y elevada en el amor divino que se parece al oro puro. Este es el primer significado [de] «Él levantó sus ojos».

El segundo implica que el alma debe elevarse humildemente con todas sus imperfecciones y pecados y asentarse e inclinarse por debajo de la puerta de la piedad donde Dios se derrama en [su] misericordia. Y debe elevar también todo cuanto de virtud y obras buenas hay en ella y con eso ha de sentarse por debajo de la puerta donde Dios se derrama al modo de su bondad. De tal manera ha de obedecer el alma, poniendo orden en sí misma, según el ejemplo [que Él dio] cuando «levantó sus ojos».

Luego dice: «Elevó desde abajo sus ojos». Un maestro afirma[213]: «Quien fuera un vivo y supiera hacerlo, vertería agua sobre vino de tal modo que la fuerza del vino obrara en el [agua]; entonces la fuerza del vino convertiría en vino el agua; y si ésta estuviera bien vertida sobre el vino [hasta] llegaría a ser mejor que el vino, pero por lo menos será tan rica como el vino. Lo mismo sucede en el alma que está bien ordenada en el fondo de la humildad, y así se eleva y es alzada hacia arriba en la fuerza divina: ella no descansa nunca, a no ser que llegue directamente hasta Dios y lo toque de-velado, y ella permanece totalmente adentro, y afuera no busca nada y tampoco está parada al lado de Dios ni con Dios, sino continua y directamente en Dios en la pureza del ser; en esto reside también el ser del alma, porque Dios es un ser acendrado. Un maestro dice: En Dios que es un ser acendrado, nada se adentra si no es también un ser acendrado. Por ello es [un] ser el alma que ha llegado directamente hasta Dios y dentro de Dios.

Por eso dice: «Elevó desde abajo sus ojos mirando hacia el cielo». Un maestro griego afirma[214] que el cielo significa lo mismo que una «cabaña del sol». El cielo vierte su fuerza en el sol y en los astros, y los astros vierten su fuerza en el centro de la tierra y producen oro y piedras preciosas de modo que las piedras preciosas tienen la fuerza de sufrir efectos maravillosos. Algunas tienen fuerza de atracción para huesos y carne. Si se acercara un hombre, sería atado y no podría irse a no ser que conociese algunos ardides para librarse, Otras piedras preciosas atraen huesos y hierro[215]. Cada piedra preciosa y [cada] hierba es una casita de los astros, la que abarca en sí una fuerza celestial. Así como el cielo vierte su fuerza en los astros, las estrellas, a su vez, la vierten en las piedras preciosas y en las hierbas y en los animales. Las hierbas son más nobles que las piedras preciosas, porque tienen vida creciente. [Las hierbas], empero, no aceptarían crecer bajo el firmamento material, a no ser que hubiera en él una fuerza racional de la que reciben su vida[216]. Así como el ángel más bajo vierte su fuerza en el cielo y lo mueve, haciendo que gire y opere, así el cielo vierte muy secretamente su fuerza en todas las hierbas y en los animales. De ahí que cada hierba tiene una cualidad celestial y opera en su derredor al modo del cielo. Los animales se elevan más y poseen vida animal y sensible y, sin embargo, permanecen [atados] al tiempo y al espacio. Pero el alma, en su luz natural, se eleva en su parte suprema [= la chispa] por encima del tiempo y del espacio a la semejanza con la luz del ángel y con ella opera de manera cognoscitiva hasta [llegar] al cielo. Así, el alma ha de elevarse sin cesar en el obrar cognoscitivo. Allí donde halla algo de luz divina o de semejanza divina, allí ha de construir su cabaña [= permanecer] sin retirarse hasta que otra vez ascienda más. Y así se debe elevar cada vez más en la luz divina y llegar de ese modo, y junto con los ángeles del cielo, más allá de todas las «cabañas» hasta el puro [y] desnudo rostro de Dios. Por eso, dice él: «Miró al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti”». Sobre cómo el Padre glorifica al Hijo y cómo el Hijo glorifica al Padre, sobre esto es mejor guardar silencio que hablar; quienes deberían de hablar sobre ello, tendrían que ser ángeles.

Pero [digamos] algo de la palabrita que reza: «Todos cuantos Tú me has dado». Para quien se fija en el sentido exacto, significa lo mismo que: «Todo cuanto me has dado»: «esta vida eterna» se la doy a ellos, es la misma que tiene el Hijo en el primigenio efluvio violento y en el mismo fondo y en la misma pureza y en el gozo con el cual posee su propia bienaventuranza y tiene su propio ser: «Esta vida eterna se la doy a ellos» (Juan 10, 28) y otra, no. Oportunamente he expresado este sentido de manera general, pero esta noche lo paso por alto, y corresponde mas bien a la versión latina[217], como la he citado varias veces. Solicítaselo a Él tú mismo[218] y atrévete a decirlo bajo mi responsabilidad.

Luego dice: «En esto consiste la vida eterna en que te conozcan a ti solo, Dios uno [y] verdadero». Si [dos] hombres conocieran a Dios como «uno», y uno de ellos entendiera por ello [la cantidad numérica de] mil y el otro conociera a Dios en mayor medida como «uno», por poco que fuera, él conocería [a Dios] más como «uno» que aquel que conociera [la cantidad de] mil. Cuanto más se conoce a Dios como «uno», tanto más se lo conoce como «todo». Si mi alma fuera comprensiva y noble y pura, todo cuanto conociera, sería «uno». Si un ángel conociera [una cosa] y ella tuviera [para él] el valor de diez, y si otro ángel, más noble [= de mayor jerarquía] que aquél, conociera lo mismo, ello sería [para él] nada más que uno. Por eso dice San Agustín[219]: Si yo conociera todas las cosas y no a Dios, no habría conocido nada. Mas, si conociera a Dios y no conociese ninguna otra cosa, habría conocido todas las cosas. Cuanto más insistente y profundamente se conoce a Dios como «uno», tanto más se conoce la raíz de la cual han germinado todas las cosas. Cuanto más se conoce como «uno» la raíz y el núcleo y el fondo de la divinidad, tanto más se conocen todas las cosas. Por eso dice: «Para que te conozcan Dios uno [y] verdadero». No dice ni Dios «sabio» ni Dios «justo» ni Dios «poderoso», sino únicamente «Dios uno [y] verdadero», y quiere decir que el alma debe apartar y mondar todo cuanto se agrega a Dios en el pensamiento o en el conocimiento, y que se lo tome desnudo tal como es [un] ser acendrado: así es «Dios verdadero». Por eso dice Nuestro Señor: «En esto consiste la vida eterna en que te conozcan a ti solo, Dios uno [y] verdadero».

Que Dios nos ayude para que lleguemos a la Verdad que es [un] ser acendrado, y que permanezcamos allí por toda la eternidad. Amén.

 

SERMÓN LV[220]

Maria Magdalena venit ad monumentum etc.

 

«María Magdalena llegó al sepulcro» y buscaba a Nuestro Señor Jesucristo y «se acercó y miró adentro. Vio a dos ángeles» al lado del sepulcro, y «ellos dijeron: “Mujer, ¿a quién buscas?” —“A Jesús de Nazareth”. —“Ha resucitado, no está aquí”». Y ella se calló y no les contestó «y miró hacia atrás y hacia adelante y por encima del hombro y vio a Jesús y Él dijo: “Mujer ¿a quién estás buscando?” —“Oh señor, si lo has llevado, muéstrame dónde lo has puesto, lo quiero sacar de ahí”. Y Él dijo: “¡María!”» Y como ella a menudo había oído que Él pronunciara esta palabra con gran ternura, lo reconoció y se echó a sus pies y quiso tocarlo. Y Él dio un paso hacia atrás «y dijo: “¡No me toques! Aún no he llegado a mi Padre”» (Cfr. Juan 20, 1 y 11 a 17; Marcos 16, 6).

¿Por qué dijo: «Aún no he llegado a mi Padre»? ¡Si nunca se alejó del Padre! Él quiso decir: «Todavía no he resucitado de veras dentro de ti»… ¿Por qué dijo ella: «Muéstrame adónde lo has llevado; lo sacaré de ahí»? Si él lo hubiera llevado a la casa del juez ¿ella lo habría retirado también de allí? «Ah sí», dijo un maestro[221], «ella lo habría retirado del castillo del juez».

Ahora se podría preguntar por qué ella se acercaba tanto siendo mujer, mientras los varones —uno que amaba a Dios y el otro que era amado por Dios— sentían miedo. Y aquel maestro dice[222]: «La razón era que ella no podía perder nada porque se había entregado a Él; y como era suya, no sentía miedo». Es como si yo hubiera regalado mi capote a una persona y alguien quisiera quitárselo, entonces no sería obligación mía impedírselo ya que pertenecía a quien [se lo había dado], según he afirmado varias veces. Ella no sintió miedo por tres razones: primero, porque pertenecía a Él. Segundo, porque se hallaba muy alejada de la puerta de los sentidos y estaba ensimismada. Tercero, porque su corazón estaba junto a Él. Su corazón se hallaba donde estaba Él. Por eso, no tuvo miedo… La segunda razón por la cual ella se hallaba tan cerca —[así] explica el maestro[223]era la siguiente: ella anhelaba que vinieran a matarla para que su alma —ya que no podía encontrar a Dios con vida en ninguna parte— hallara a Dios en algún lugar… La tercera razón por la cual estaba tan cerca, era esta: como ella sabía bien que nadie podía ir al cielo antes de que Él mismo hubiera ascendido, y como su alma debía tener algún sostén, entonces, si hubieran venido a matarla, [habrían cumplido] su deseo para que su alma se hallara en el sepulcro y su cuerpo cerca de la tumba: [es decir] su alma adentro y su cuerpo al lado; porque abrigaba la esperanza de que Dios [= la divinidad de Cristo] hubiera atravesado la humanidad [de Cristo] y que [de esa manera] algo divino hubiera permanecido en el sepulcro. Es como si yo hubiera tenido una manzana en la mano durante algún tiempo; cuando yo soltara [la fruta], algo de ella —tanto como un aroma— perduraría en [la mano]. Así abrigaba ella la esperanza de que algo divino hubiera permanecido en la tumba… La cuarta razón por la cual se hallaba muy cerca del sepulcro era la siguiente: como ella dos veces había perdido a Dios, vivo en la cruz y muerto en el sepulcro, temía que si ella se alejara del sepulcro, perdería también la tumba. Pues, si hubiera perdido [también] la tumba, ya no tendría absolutamente nada.

Ahora se podría preguntar por qué estaba parada [ahí] y no se sentaba. Si hubiera estado cerca de Él lo mismo sentada que parada. Hay quienes piensan que si estuvieran en un campo llano [y] extenso, donde no existiese nada para estorbar la vista, ellos verían tan lejos sentados como parados. Pero, las cosas no son como se imaginan. María estaba de pie para poder mirar más lejos en torno suyo por si hubiese acaso un arbusto por debajo del cual estuviera escondido Dios para que ella lo buscara allí… Por otra parte, interiormente estaba tan orientada, con todas sus potencias, hacia Dios, que exteriormente permanecía de pie… En tercer lugar: ella se hallaba enteramente invadida por el dolor. Pues bien, hay personas que, cuando se les muere su querido superior[224], se sienten invadidos por el dolor [de modo] que no son capaces de mantenerse de pie y les hace falta sentarse. [Pero] como su dolor [= el de María Magdalena] se refería a Dios y se fundaba en la constancia, ella no necesitaba hacerlo [= sentarse]… En cuarto término, estaba de pie para poder aprehender a Dios con mayor rapidez en caso de que lo viera. Algunas veces he dicho que el hombre, estando de pie, es más susceptible de Dios. Mas ahora digo otra cosa: Uno, cuando está sentado con verdadera humildad, recibe más que cuando está de pie, así como dije anteayer que el cielo no puede operar sino en el fondo de la tierra. Así también Dios no puede obrar sino en el fondo de la humildad; pues, cuanto más hondo en la humildad, tanto más susceptible de Dios. Dicen nuestros maestros: Si alguien tomara una copa y la colocara por debajo de la tierra, aquélla podría recibir más que si se hallara sobre la tierra; aun cuando fuera tan poco que uno apenas lo percibiera, sin embargo, algo sería. Cuanto más es hundido el hombre en el fondo de la verdadera humildad, tanto más se hunde en el fondo del ser divino.

Un maestro dice[225]: Señor ¿qué es lo que has pensado al eludir por tanto tiempo a esa mujer; cuál era su culpa o qué hizo? Desde aquella vez que tú le perdonaras sus pecados, no hizo nada sino amarte (Cfr. Lucas 7, 47). [Mas] si hubiera hecho algo, perdónaselo en tu bondad… Si ella amaba tu cuerpo, sabía, sin embargo, muy bien que la divinidad se hallaba presente. Señor, apelo a tu verdad divina, de que le dijiste que nunca le serías quitado. Tienes razón porque nunca abandonaste su corazón y dijiste: «A quien te ama, lo amarás a tu vez, y te revelarás a quien se levanta temprano» (Cfr. Prov. 8, 17). Pues bien, San Gregorio dice: Si Dios [= Cristo] [todavía] hubiera sido mortal y si hubiera tenido que rehuirla tanto tiempo, se le habría destrozado completamente el corazón [a Cristo].

Ahora se plantea el interrogante de ¿por qué ella no vio al Señor cuando se hallaba tan cerca de ella? Acaso podría ser que el llanto hubiera perturbado su vista de modo que no podía verlo con suficiente rapidez. Segundo: que el amor la había cegado de manera que no creía que Él se encontrara tan cerca de ella. Tercero: ella miraba continuamente hacia más allá de donde Él se encontraba; por eso no lo vio. Buscaba un cadáver y encontró a [dos] ángeles vivos. Un «ángel» significa lo mismo que un «mensajero», y un «mensajero» lo mismo que «alguien que ha sido enviado»[226]. Así notamos que el Hijo ha sido enviado y el Espíritu Santo también; mas ellos son iguales. Es, empero, la cualidad de Dios —como dice un maestro[227]que nada se le iguala. Ella buscaba lo que era igual y encontró lo desigual: «Uno a la cabecera, otro a los pies» (Juan 20, 12). Mas, el maestro dice[228]: El ser uno es la cualidad de Dios. Como ella buscaba allí a uno y encontró a dos no hubo consuelo para ella, según he dicho varias veces. Nuestro Señor dice: «En esto consiste la vida eterna, en que conozcan a ti, un solo Dios verdadero» (Juan 17, 3).

Que Dios nos ayude para que lo busquemos así y lo encontremos también. Amén.

 

SERMÓN LVI[229]

«María estaba parada al lado del sepulcro y lloraba»
(Juan 20, 11).

 

Era un milagro que ella, tan afligida como estaba, pudiera llorar. «El amor la hacía estar de pie, el dolor [la hacía] llorar»[230]. «Entonces avanzó y miró en el interior del sepulcro». Buscaba a un hombre muerto «y encontró a dos ángeles vivos». (Juan 20, 12). Orígenes dice[231]: Ella estaba parada. ¿Por qué se quedaba parada mientras los apóstoles habían huido?… Ella no tenía nada que perder; todo cuanto tenía, lo había perdido con Él. Cuando Él murió, ella murió junto con Él. Cuando lo sepultaron, sepultaron junto con Él al alma de ella. Por eso, no tenía nada que perder.

«Entonces avanzó»; entonces Él le salió al encuentro. «Ella pensó que era un jardinero y dijo: “¿Dónde lo habéis colocado?”» (Cfr. Juan 20, 15). Estaba tan preocupada por Él que sólo recordaba una de las palabras [que podría haber dicho]: «¿Dónde lo habéis colocado?» Así le dijo. Luego Él se le reveló paso a paso. Si Él se le hubiera revelado de improviso, cuando todavía estaba llena de anhelos, ella habría muerto de alegría. Si el alma supiera cuándo Dios entraría en ella, la alegría la mataría; y si, además, supiera cuándo se separaría de ella, moriría de dolor. No sabe cuándo viene ni cuándo se va. Lo que concibe bien es cuándo está con ella. Un. maestro dice[232]: Su llegada y su retirada se [le] ocultan. Su presencia no se esconde, ya que Él es una luz, y a la naturaleza de la luz corresponde revelarse.

María buscaba únicamente a Dios; por eso lo encontró, y no anhelaba nada fuera de Dios. Al alma que ha de buscar a Dios, todas las criaturas la deben atormentar. A ella la atormentaba ver a los ángeles. De la misma manera, todas las cosas han de ser como nada para el alma destinada a buscar a Dios. Si el alma ha de encontrar a Dios, debe tener seis actitudes. Primero, aquello que antes le resultaba dulce, habrá de serle amargo. Segundo, el alma se le tiene que hacer demasiado estrecha de modo que no puede permanecer dentro de sí misma. Tercero, no ha de desear nada que no sea Dios. Cuarto, que nadie pueda consolarla fuera de Dios. Quinto, que no sea capaz de volver a las cosas perecederas. Sexto, que no tenga descanso interior hasta que [Dios] vuelva a ser suyo.

Roguemos, etcétera.

 

SERMÓN LVII[233]

Vidi civitatem sanctam Ierusalem novam descendentem de caelo a domino etc.

 

San Juan vio «una ciudad» (Apocalipsis 21, 2).

Una «ciudad» significa dos cosas. Primero: que está fortificada de modo que nadie puede dañarla; segundo: la armonía entre la gente. «Esa ciudad no tenía oratorio, Dios mismo era el templo. No se necesita ninguna luz, ni del sol ni de la luna; la claridad de Nuestro Señor la ilumina» (Apocalipsis 21, 22 s.).

Esa «ciudad» significa cualquier alma espiritual, según dice San Pablo: «El alma es un templo de Dios» (Cfr. 1 Cor. 3, 16), y es tan fuerte, de acuerdo con lo dicho por San Agustín[234], que nadie puede dañarla, a no ser que ella misma se haga daño por capricho.

En primer lugar, uno debe fijarse en la paz que ha de reinar en el alma. Por eso, se la llama «Jerusalén». San Dionisio dice[235]: «La paz divina atraviesa y ordena y termina todas las cosas; y si la paz no lo hiciera, todas las cosas se desparramarían y no habría orden en ellas»… En segundo lugar: la paz hace que las criaturas se viertan y fluyan por amor y no para dañar… En tercer lugar hace que las criaturas se vuelvan serviciales unas con otras de manera que mutuamente se den estabilidad. Aquello que una no puede tener por sí misma, lo recibe de otra. Por ello, una criatura proviene de otras… En cuarto lugar hace que [las criaturas] se vuelvan a plegar otra vez hasta su primer origen, es decir: hasta Dios.

El otro [significado se ve] cuando afirma que la «ciudad» es «santa». San Dionisio dice[236] que [la] «santidad es pureza total, libertad y perfección». [La] pureza reside en que el hombre se halla apartado de los pecados; este hecho libera al alma. El deleite y la alegría máximos que existen en el cielo, se constituyen en [la] semejanza; y si Dios entrara en el alma y ella no fuera semejante a Él, ese hecho la atormentaría, pues San Juan dice: «Quien comete el pecado, es siervo del pecado» (Juan 8, 34). Podemos afirmar de los ángeles y de los santos que son perfectos, pero de los santos no en sentido pleno, ya que todavía abrigan amor a sus cuerpos que yacen aún en cenizas; solamente en Dios hay completa perfección. Me sorprende que San Juan alguna vez haya osado decir que existen tres personas [divinas] a no ser que lo haya visto en el espíritu: cómo el Padre, con toda perfección, se vierte en el Hijo en el nacimiento, y se vierte con bondad en el Espíritu Santo como en [un flujo de] amor.

En segundo término: «santidad» significa «aquello que ha sido tomado de la tierra»[237]. Dios es un algo y un ser puro, y el pecado es [la] nada y aleja de Dios. Dios creó a los ángeles y al alma de acuerdo con un algo, quiere decir, de acuerdo con Dios [= a su imagen]. El alma fue creada como a la sombra del ángel y, sin embargo, ellos comparten una naturaleza común[238] y todas las cosas corpóreas fueron creadas de acuerdo con [la] nada y distanciadas de Dios. El alma, por el hecho de que se derrama sobre el cuerpo, es oscurecida y hace falta que, junto con el cuerpo, sea elevada nuevamente hacia Dios. Cuando el alma está libre de las cosas terrestres, entonces es «santa». Mientras Zaqueo se hallaba al nivel de la tierra, no podía ver a Nuestro Señor (Cfr. Lucas 19, 2 a 4). San Agustín dice[239]: «Si el hombre desea volverse puro, que deje las cosas terrestres». Ya he dicho varias veces que el alma no puede volverse pura si no es empujada otra vez a su pureza primigenia, tal como Dios la creó; del mismo modo, que no se puede hacer oro del cobre que se afina por el fuego dos o tres veces, a no ser que uno lo haga retroceder a su naturaleza primigenia. Porque todas las cosas que se derriten por el calor o se endurecen por el frío, tienen una naturaleza totalmente acuosa. Por lo tanto, hay que hacerlas retroceder del todo al agua, privándolas por completo de la naturaleza en que se encuentran en este momento; de tal manera, el cielo y el arte prestan auxilio para que [el cobre] sea transformado íntegramente en oro. Es cierto que [el] hierro se compara con [la] plata, y [el] cobre con [el] oro: [pero] cuanto más se lo compara [el uno con el otro], sin privarlo [de su naturaleza], tanto mayor es la equivocación. Lo mismo sucede con el alma. Es fácil señalar las virtudes o hablar de ellas; pero, para poseerlas en verdad, son muy raras.

En tercer término dice que esa «ciudad» es «nueva». «Nuevo» se llama aquello que no está ejercitado o se halla cerca de su comienzo. Dios es nuestro comienzo. Cuando estamos unidos a Él, nos tornamos «nuevos». Alguna gente, por necia, se imagina que Dios habría hecho eternamente, o retenido en Él mismo, las cosas que vemos ahora, y que las dejaría salir a luz en el tiempo[240]. Debemos entender que la obra divina no implica trabajo, según quiero explicaros: Yo estoy parado aquí, y si hubiera estado parado aquí hace treinta años, y si mi rostro hubiese estado desembozado sin que nadie lo hubiera visto, yo habría estado aquí lo mismo. Y si se tuviera a mano un espejo y lo colocaran delante de mí, mi rostro se proyectaría y configuraría en él sin trabajo mío; y si ello hubiera sucedido ayer, sería nuevo, y otra vez, [si fuera] hoy, sería más nuevo todavía, y lo mismo luego de treinta años o en la eternidad, sería [nuevo] eternamente; y si hubiera miles de espejos, sería sin trabajo mío. Así [también] Dios contiene en sí, eternamente, todas las imágenes, [y esto] no como alma o como cualquier criatura, sino como Dios. En Él no haynada nuevo ni imagen alguna, sino que —tal como he dicho del espejo— en nosotros es tanto nuevo como eterno. Cuando el cuerpo está preparado, Dios le infunde el alma y la forma de acuerdo con el cuerpo, y ella tiene semejanza con él y a causa de esta semejanza, amor [por él]. Por eso no existe nadie que no se ame a sí mismo; se engañan a sí mismos quienes se imaginan que no se quieren a sí mismos. Deberían odiarse y [ya] no podrían existir. Debemos amar correctamente las cosas que nos conducen a Dios; sólo esto es amor junto con el amor divino. Si mi amor se cifrara en atravesar el mar, y me gustara tener un barco, ello sería tan sólo porque desearía estar allende el mar; y cuando hubiera logrado cruzar el mar, el barco ya no me haría falta. Dice Platón[241]: Qué es lo que es Dios, no lo sé —y quiere decir: El alma, mientras se encuentra en el cuerpo, no puede conocer a Dios— pero lo que no es, lo sé bien, como se puede observar en el sol cuyo brillo no lo puede aguantar nadie, a no ser que primero sea envuelto en el aire y que luego alumbre así la tierra. San Dionisio dice[242]: «Si la luz divina ha de alumbrar mi fuero íntimo, tiene que estar insertada [en él] tal como está insertada mi alma [en el cuerpo]. Él dice también: La luz divina aparece en cinco clases de personas. Las primeras no la recogen. Son como los animales, incapaces de recibir, como se puede ver en un símil. Si me acercara al agua y ésta estuviera revuelta y turbia, no podría ver en ella mi cara a causa del desnivel [de la superficie del agua]… A los segundos se les hace visible sólo un poco de luz, como [por ejemplo] el destello de una espada cuando alguien la está forjando… Los terceros reciben más [de la luz divina], [algo así] como un fuerte destello que ora es luz y ora oscuridad; son todos aquellos que reniegan de la luz divina, [cayendo] en pecado… Los cuartos reciben más todavía de ella; pero a veces los elude [Dios con su luz], sólo para incitarlos y ampliar sus anhelos. Es cierto, si alguien quisiera llenar el regazo de cada uno de nosotros, cada cual ensancharía su regazo para poder recibir mucho. Agustín[243]: Quien quiere recibir mucho, que amplíe su anhelo… Los quintos reciben una gran luz, como si fuera de día, y, sin embargo, es como si se hubiera colado por una fisura. Por eso dice el alma en El Libro de Amor: «Mi amado me ha mirado a través de una fisura; [y] su rostro era agraciado» (Cfr. Cantar de los Cant. 2, 9 y 14). Por ello dice también San Agustín[244]: «Señor, tú das a veces una dulzura tan grande que, si ella se hiciera completa [y] esto no fuera el reino de los cielos, yo no sabría qué es el reino de los cielos». Un maestro dice: Quien quiere conocer a Dios sin estar adornado con obras divinas, será echado atrás hacia las cosas malas. Mas ¿no hace falta ningún medio para conocer a Dios por completo?… Ah sí, de esto habla el alma en El Libro de Amor: «Mi amado me miraba a través de una ventana» (Cantar de los Cant. 2, 9) —esto quiere decir: sin impedimento—, «y yo lo percibía, estaba parado cerca de la pared» —esto quiere decir: cerca del cuerpo que es decrépito—, y dijo: «¡Ábreme, amiga mía!» (Cantar 5, 2), esto quiere decir: Ella me pertenece por completo en el amor porque «Él es para mí, y yo soy sólo para él» (Cfr. Cant. 2, 16); «paloma mía» (Cantar 2, 14) —esto quiere decir: simple en el anhelo—, «hermosa mía» —esto quiere decir: en las obras—, «¡Levántate rápido y ven hacia mí! El frío ha pasado» (Cfr. Cantar 2, 10 y 11) por el cual mueren todas las cosas; por otra parte, todas las cosas viven por el calor. «Ha desaparecido la lluvia» (Cantar 2, 11) —ésta es la concupiscencia de las cosas perecederas—. «Las flores han brotado en nuestra tierra» (Cantar 2, 12) —las flores son el fruto de la vida eterna—. «¡Vete, aquilón» que resecas! (Cantar 4, 16) —con ello Dios le manda a la tentación que ya no estorbe al alma—. «¡Ven, auster[245] y sopla por mi jardín para que mis aromas se desparramen!» (Cfr. Cantar 4, 16) —con ello Dios le ordena a toda la perfección que se adentre en el alma.

 

SERMÓN LVIII[246]

Qui mihi ministrat, me sequatur, et ubi ego sum, illic et minister meas erit.

 

Estas palabras las dijo Nuestro Señor Jesucristo: «Quien me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará mi servidor junto conmigo» (Cfr. Juan 12, 26).

En estas palabras se pueden notar tres cosas. Una consiste en que se debe seguir y servir a Nuestro Señor por cuanto Él dice: «Quien me sirve, que me siga». Por ello, las palabras vienen a propósito para San Segundo, [cuyo nombre] dice lo mismo que «el que sigue a Dios»[247], pues él [San Segundo] dejó [sus] bienes y vida y todo por amor de Dios. Así, todos cuantos quieren seguir a Dios, habrán de dejar cuanto puede ser un estorbo para [su trato] con Dios. Dice Crisóstomo[248]: Estas son palabras duras para quienes se inclinan hacia este mundo y las cosas corpóreas, las cuales, para ellos, son una posesión muy dulce y [les es] difícil y amargo dejarlas. En esto se puede ver lo difícil que resulta a algunas personas, que no conocen las cosas espirituales, renunciar a las materiales. Como ya he dicho varias veces: ¿Por qué no les gustan las cosas dulces a los oídos lo mismo que a la boca?… Porque no están hechos para ello. Por la misma razón, el hombre carnal no conoce las cosas espirituales, ya que no tiene la disposición correspondiente. En cambio, a un hombre conocedor que conoce las cosas espirituales, le resulta fácil dejar todas las cosas corpóreas. San Dionisio dice[249] que Dios pone en venta su reino de los cielos; y no hay cosa de tan poco valor como el reino de los cielos cuando está en venta, y nada es tan noble y su posesión hace tan feliz con tal de que se lo tenga merecido. Se dice que es de poco valor porque se le ofrece a cada cual por cuanto él sea capaz de procurar. Por ello, el hombre ha de dar todo cuanto posee a trueque del reino de los cielos: [en especial] su propia voluntad. Mientras conserva algo de su propia voluntad, no tiene merecido el reino de los cielos. A quien renuncia a sí mismo y a su propia voluntad, le resulta fácil dejar todas las cosas materiales. Como ya he narrado varias veces que un maestro le enseñó a su discípulo cómo podía llegar a conocer las cosas espirituales. Entonces dijo el discípulo: «Maestro, tu instrucción me ha enaltecido y sé que todas las cosas materiales son como un barquito que se mece en el mar, y como un pájaro que vuela por el aire». Porque todas las cosas espirituales están por encima de las materiales; cuanto más elevadas están, tanto más se extienden y van comprendiendo a las cosas materiales. Por eso, las cosas materiales son pequeñas frente a las espirituales; y cuanto más sublimes son las cosas espirituales, tanto más grandes son; y cuanto más vigorosas son en las obras, tanto más puras son en [su] esencia. Lo he dicho también varias veces y es cierto y un enunciado verdadero: Si un hombre estuviera muriendo de hambre y si se le ofreciese la mejor de las comidas, sin que hubiera en ella semejanza con Dios, él, antes de probar o gustar [la comida], se moriría de hambre. Y, si el hombre sintiera un frío mortal y se le ofreciese cualquier clase de vestimenta, sin que en ella hubiera semejanza con Dios, él no podría echarle mano ni ponérsela. Esto se refiere al primer [punto] de cómo hay que dejar todas las cosas y seguir a Dios [= Cristo].

Segundo: de qué manera debemos servir a Nuestro Señor. San Agustín dice[250]: «Un servidor leal es aquel que no busca en todas sus obras nada más que sólo la gloria de Dios». El señor David dice también: «Dios es mi Señor, quiero servirlo» (Cfr. Josué 24, 18 y 24), porque Él me ha servido y en todos sus servicios no me necesitaba, sino [que lo ha hecho] sólo para provecho mío; así he de servirlo yo por mi parte, buscando únicamente su gloria. Otros señores no proceden así; buscan su propio provecho al prestar[nos] servicios, porque nos sirven sólo para aprovecharse de nosotros. Por eso, no estamos obligados a prestarles grandes servicios; la retribución ha de ser proporcional a la magnitud y nobleza del servicio.

El tercer [punto] consiste en que nos fijemos en esa recompensa, [o sea] en lo que dice Nuestro Señor: «Donde estoy yo, habrá de estar conmigo mi servidor» (Cfr. Juan 12, 26). ¿Dónde se halla la morada de Nuestro Señor Jesucristo? Ella se encuentra en el ser-uno con su Padre. Es una recompensa demasiado grande el que todos cuantos lo sirven, habrán de habitar en unión con Él. Por eso dijo San Felipe, cuando Nuestro Señor hablara de su Padre: «Señor, muéstranos a tu Padre y nos basta» (Cfr. Juan 14, 8), como si quisiera decir que le bastaba la [mera] visión. Debemos sentirnos mucho más contentos [empero] por habitar en unión con Él. Cuando Nuestro Señor se transfigurara en la montaña y les mostrara un símil de la claridad que hay en el cielo, San Pedro pidió también a Nuestro Señor que permanecieran allí eternamente (Cfr. Mateo 17, 1 a 4; Marcos 9, 1 a 4; Lucas 9, 28 a 33). Deberíamos tener un anhelo desmedidamente grande de [llegar a] la unión con Nuestro Señor [y] Dios. Esta unión con Nuestro Señor [y] Dios se ha de conocer sobre la base de la siguiente instrucción: Así como Dios es trino en las personas, así es uno por naturaleza. De ese modo hay que comprender también la unión de Nuestro Señor Jesucristo con su Padre y con el alma. Así como se distingue entre [el] blanco y [el] negro —el uno no puede tolerar al otro, el blanco no es negro— así sucede [también] con [el] algo y [la] nada. Nada es aquello que no puede tomar nada de nada; algo es aquello que recibe algo de algo. Exactamente así sucede con Dios: aquello que es algo, se halla siempre en Dios; allí no falta nada de ello. Cuando el alma es unida a Dios, tiene en Él todo cuanto es algo, en su entera perfección. Allí, el alma se olvida de sí misma —tal como es en sí misma— y de todas las cosas y se reconoce como divina en Dios, por cuanto Dios se halla en ella; y hasta ese punto se ama en Él a sí misma como divina y se halla unida con Él sin diferenciación de modo que no goza ni se alegra de nada a excepción de Él. ¿Qué más quiere apetecer o saber el hombre cuando se halla unido con Dios con tanta felicidad? Dios creó al hombre para esta unión. Cuando el señor Adán infringiera el mandamiento, fue expulsado del paraíso. Entonces, Nuestro Señor colocó delante del paraíso a dos custodios: un ángel y una espada llameante que era de doble filo (Cfr. Génesis 3, 23 ss.). Esto significa dos cosas mediante las cuales el hombre puede volver al cielo así como cayó de él. La primera: por medio de la naturaleza del ángel. San Dionisio dice[251]: «La naturaleza angelical significa lo mismo que la revelación de la luz divina». Con los ángeles, [y] por medio de los ángeles y la luz [divina], el alma ha de dirigirse otra vez hacia Dios hasta que retorne al origen primigenio… Segundo: por medio de la espada llameante, esto quiere decir que el alma ha de volver por medio de obras buenas y divinas, hechas con amor ardiente por Dios y el hermano en Cristo[252].

Que Dios nos ayude para que esto nos suceda. Amén.

 

SERMÓN LIX[253]

El profeta Daniel dice: Te seguimos…

 

El profeta Daniel dice: «Te seguimos de todo corazón y te tememos y buscamos tu rostro» (Daniel 3, 41).

Esta sentencia cuadra bien con lo que dije ayer: «Lo llamé y lo invité y lo atraje, y el espíritu de la sabiduría ha entrado en mi fuero íntimo, y lo he apreciado más que todos los reinos y [el] poder y [el] dominio, y más que [el] oro y [la] plata, y más que [las] piedras preciosas, y en comparación con el espíritu de la sabiduría he considerado todas las cosas como grano de arena y fango y nada» (Sabiduría 7, 7 a 9). Constituye evidente señal de que posee «el espíritu de la sabiduría» aquel hombre que considera pura nada a todas las cosas. «El espíritu de la sabiduría» no vive en aquel que mira a alguna cosa como [si fuera] algo. Cuando él [= el sabio] dijo «como un grano de arena», esto era demasiado poco; cuando dijo «como fango», también era demasiado poco; cuando dijo: «como nada», estaba bien dicho, porque todas las cosas son pura nada en comparación con «el espíritu de la sabiduría». «Lo llamé y lo atraje y lo invité, y el espíritu de la sabiduría ha entrado en mi fuero íntimo». Quien lo llama dentro de lo más entrañable, en éste entra «el espíritu de la sabiduría».

En el alma hay una potencia que es más extensa que todo este mundo. Tiene que ser muy extensa ya que Dios mora allí adentro. Alguna gente no «invita al espíritu de la sabiduría»; «invita» a [la] salud y a [las] riquezas y a [la] voluptuosidad, pero en éstas no entra «el espíritu de la sabiduría». La cosa que solicitan, la prefieren a Dios —como cuando alguien da un penique por un pan, él prefiere el pan al penique—, convierten a Dios en servidor de ellos. «¡Hazme esto y sáname», diría acaso un hombre rico, «pide lo que quieras, yo te lo daré!». Y si alguien luego solicitara un cuarto sería una necedad; y si le solicitara cien marcos, el [otro] se los daría gustosamente. Por eso es una enorme necedad cada vez que alguien le pide a Dios otra cosa que [no sea] Él mismo. Para Él [semejante pedido] es indigno porque no existe nada que dé tan gustosamente como a sí mismo. Dice un maestro: Todas las cosas tienen un porqué, pero Dios no tiene ningún porqué; y el hombre que le solicita a Dios otra cosa que [no sea] Él mismo, le crea a Dios un porqué.

Pues bien, él [= el sabio] dice: «Con el espíritu de la sabiduría he recibido a la vez todas las cosas buenas» (Sabiduría 7, 11). Por entre los siete dones, el don de la sabiduría es el más noble. Dios no da ninguno de estos dones sin darse primero Él mismo, y de modo igual y de manera engendrante. Todo cuanto es bueno y puede traer gozo y consuelo, lo poseo todo en el «espíritu de la sabiduría» y [también] toda la dulzura, de manera que no permanece fuera [del espíritu] ni tanto como la punta de una aguja; y, sin embargo, sería nonada si uno no lo poseyera tan perfecta e igual y rectamente como lo goza Dios, así gozo yo lo mismo de modo igual en su naturaleza[254]. Porque Él, en «el espíritu de la sabiduría», opera en forma completamente igual de modo que lo mínimo llega a ser como lo máximo, pero no lo máximo como lo mínimo. Es como si alguien injertara un vástago noble en un tronco tosco, luego todos los frutos salen según la nobleza del vástago y no según la tosquedad del tronco. Así sucede también en este espíritu: allí todas las obras se vuelven iguales, porque lo mínimo llega a ser como lo máximo, y no lo máximo como lo mínimo. Él [= Dios] se entrega de manera engendrante, porque la obra más noble en Dios es engendrar, con tal de que en Dios una cosa fuera más noble que otra; porque todo el placer de Dios está cifrado en engendrar. Todo cuanto me es congénito no me lo puede quitar nadie, a no ser que me quite a mí mismo. [En cambio] todo cuanto me puede caer en suerte, lo puedo perder; por eso, Dios nace íntegramente en mí para que no lo pierda nunca; pues, todo cuanto me es congénito, no lo pierdo. Dios tiene todo su placer en el nacimiento, y por eso engendra a su Hijo en nuestro fuero íntimo para que tengamos en ello todo nuestro deleite y engendremos junto con Él al mismo Hijo natural; porque Dios cifra todo su placer en el nacimiento y por eso nace dentro de nosotros para tener todo su deleite en nuestra alma y para que nosotros tengamos todo nuestro deleite en Él. Por eso dijo Cristo, según escribe San Juan en el Evangelio: «Me siguen» (Juan 10, 27). Seguir a Dios en sentido propio, eso está bien: que obedezcamos a su voluntad, como dije ayer: «¡Hágase tu voluntad!» (Mateo 6, 10). San Lucas escribe en el Evangelio que Nuestro Señor dijo: «Quien quiere seguirme, que renuncie a sí mismo y tome su cruz y sígame» (Lucas 9, 23). Quien renunciara a sí mismo en sentido propio, éste pertenecería a Dios por antonomasia, y Dios le pertenecería a él por antonomasia; de ello estoy tan seguro como del hecho de ser hombre. Para semejante hombre resulta tan fácil renunciar a todas las cosas como a una lenteja; y a cuanto más renuncia, tanto mejor.

Por amor de Dios, San Pablo deseaba ser apartado de Cristo por [la salud de] sus hermanos (Cfr. Romanos 9, 3). Este [aspecto] preocupa mucho a los maestros y les produce grandes dudas. Algunos dicen que [sólo] se refería a un tiempo determinado. Esto, en absoluto es verdad; de tan mal grado por un instante como eternamente, y también con tanto gusto eternamente como por un instante. Siempre y cuando ponga sus miras en la voluntad de Dios, será más de su agrado cuanto más dure, y cuanto mayor sea el suplicio, tanto más lo querrá, exactamente como [sucede con] un mercader. Si él estuviera seguro de que aquello que compraba por un marco, le rendiría diez, pondría todos los marcos que poseyese, y todo el trabajo necesario, con tal de estar seguro de que volvería a casa con vida y ganaría tanto más… todo esto le resultaría agradable. Justamente esto le sucedió a San Pablo: la cosa de la que sabía que era la voluntad de Dios… cuanto más tiempo, tanto más querida, y cuanto mayor [el] suplicio, tanto mayor [la] alegría; porque cumplir con la voluntad divina, es el reino de los cielos; y cuánto mayor [sea] el suplicio [sufrido] de acuerdo con la voluntad divina, tanto mayor [será] la bienaventuranza.

«¡Renuncia a ti mismo y toma tu cruz!» (Cfr. Lucas 9, 23). Los maestros dicen que el suplicio consiste en ayunar y otros sufrimientos [= ejercicios de penitencia]. Mas, yo digo que esto[255] no constituye sino un librarse del suplicio porque a tal actitud no la sigue sino alegría. Luego [de Juan 10, 27] dice Él: «Les doy la vida» (Juan 10, 28). Muchas otras cosas que se hallan en los entes racionales, son accidentes; mas la vida es propia de toda criatura racional, como ser suyo. Por eso dice: «Yo les doy la vida», porque su ser es su vida; pues Dios se da por completo cuando dice: «Yo doy». Ninguna criatura sería capaz de darla [= la vida]; si fuera posible que alguna criatura pudiera darla, Dios amaría [no obstante] tanto al alma que no podría tolerarlo, sino que Él mismo quiere darla. Si alguna criatura la diera, le repugnaría al alma; le importaría tan poco como una mosca. Exactamente como si un Emperador le diese una manzana a un hombre, éste la apreciaría más que si otra persona le regalara un jubón[256] del mismo modo el alma tampoco puede admitir que reciba la [vida] de otro que no sea Dios. Por eso, dice: «Yo doy», para que sea perfecta la alegría del alma por el don.

Ahora bien, Él dice: «Yo y el Padre somos uno» (Juan 10, 30): el alma en Dios y Dios en ella. Si alguien vertiera agua en un recipiente, éste circundaría el agua, mas el agua no se hallaría en medio del recipiente ni el recipiente en medio del agua; pero el alma es tan uno con Dios, que el uno no puede entenderse sin el otro. El calor, sí, se entiende sin el fuego, y el resplandor, sin el sol, pero Dios no se puede conocer sin el alma ni el alma sin Dios; tan uno son.

El alma no tiene diferencia frente a Nuestro Señor Jesucristo, sólo que el alma tiene un ser más burdo, porque su ser [de Cristo] está vinculado a la persona eterna [del Hijo]. Pues, en cuanto ella se deshiciera de su tosquedad —y si pudiera deshacerse de ésta por completo—, ella sería perfectamente lo mismo [que Cristo]; y todo cuanto se puede decir de Nuestro Señor Jesucristo, se podría decir del alma.

Un maestro dice[257]: Todas las criaturas están repletas de lo ínfimo de Dios, y su grandeza no se encuentra en ninguna parte. Os relataré un cuento. Una persona preguntó a un hombre bueno qué significaba que algunas veces lo atraían mucho la devoción y las oraciones y otras veces no lo atraían. Entonces le dio la siguiente contestación: El perro, cuando ve a la liebre y la olfatea y halla su rastro, corre en pos de la liebre; los otros [perros] lo ven correr y entonces ellos corren, pero pronto se cansan y desisten. Así sucede con un hombre que ha visto a Dios y lo ha olfateado: él no desiste, todo el tiempo corre [tras Él]. Por eso dice David: «¡Gustad y mirad lo dulce que es Dios!» (Salmo 33, 9). Ese hombre no se cansa, pero los otros se cansan pronto [de correr detrás de Dios]. Algunas personas corren adelantándosele a Dios, algunos [corren] al lado de Dios, algunos lo siguen a Dios. Quienes se le adelantan, son los que siguen a su propia voluntad y no quieren aprobar la voluntad de Dios; eso está del todo mal. Otros, aquellos que van al lado de Dios, dicen: «Señor, no quiero otra cosa que la que Tú quieres» (Cfr. Mateo 26, 39). Mas, cuando están enfermos, desean que Dios quiera que estén sanos, y eso se puede perdonar. Los terceros le siguen a Dios adonde quiera [ir], ellos lo siguen de buena voluntad, y ésos son perfectos. De ello habla San Juan en el Libro de la Revelación:

«Ellos siguen al cordero dondequiera que va» (Apocalipsis 1-4, 4). Esa gente sigue a Dios a dondequiera Él la guía: en los días de enfermedad o en [la] salud, hacia [la] buena suerte o [el] infortunio. San Pedro se iba adelantando a Dios; entonces dijo Nuestro Señor: «¡Satanás, vete detrás de mí!» (Mateo 16, 23). Resulta que Nuestro Señor dijo: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Juan 14, 11). Del mismo modo, Dios está en el alma y el alma está en Dios.

Ahora bien, él dice: «Buscamos tu rostro». [La] verdad y [la] bondad son una vestimenta de Dios; Dios se halla por encima de cuanto podemos expresar con palabras. [El] entendimiento «busca» a Dios y lo toma en la raíz donde salen el Hijo y toda la divinidad; pero [la] voluntad permanece afuera y está adherida a la bondad, porque [la] bondad es una vestimenta de Dios. Los ángeles supremos toman a Dios en su vestuario, antes de que sea vestido con [la] bondad o cualquier cosa que se pueda expresar con palabras. Por eso dice: «Buscamos tu rostro», porque el «rostro» de Dios es su esencia.

Que Dios nos ayude a comprender eso y a poseerlo de buena voluntad. Amén.

 

 

[143] Atribución: «S<er>mo m<a>g<ist>ri Eghardi». En un encabezamiento se dice: «De los cuatro nombres de San Pedro». Quint señala (t. II p. 360 n. 1) que el texto de la Escritura fue tomado del Evangelio para la Fiesta de la Cátedra de San Pedro (22 de febrero) o la Fiesta de las Cadenas de San Pedro (1º de agosto) o la Fiesta de San Pedro y San Pablo (29 de junio).

[144] Eckhart explica en uno de sus sermones latinos (Sermo XXXVIII n. 379) que se trata de Ennius, según una cita en Augustinus, De trin. XIII c. 3. n. 6.

[145] Cfr. Augustinus, Confess. 1. X c. 37 n. 61.

[146] Cfr. Thomas, S. theol. II II q. 153 a. 2 ad. 1.

[147] Se trataría de Seneca, De clementia 1 c. 1 n. 1.

[148] Cfr. Hieronymus, Liber interpret. Hebr. nom. 65, 18; 70, 16.

[149] Glossa ordinaria, Exod. 33, 20; y Gregorius Magnus, Moralia in Iob 18 c. 54 n. 89.

[150] Augustinus, Soliloq. II c. 1 n. 1; y luego Confess. 1. X c. 4 n. 5; y 1. IV c. 10 n. 15.

[151] Aristóteles (De an. II t. 74, B c. 7 419 a 15 ss.) es el «otro maestro»; el maestro mencionado en primer término es Demócrito.

[152] Véase Hieronymus, In Matth. III c. 16.

[153] Véase Hieronymus, Liber interpret. Hebr. nom.

[154] Cfr. Aristóteles, Eth. Nicom. X c. 7.

[155] Cfr. Isidorus Hispalensis, Etymologiae VII c. 9 n. 3; y Albertus Magnus, In Ioh. c. 1, 43.

[156] Atribución: «fray Eghard». Uno de los encabezamientos dice: «en la Vigilia del Domingo de Ramos». El texto bíblico en el cual se basa el sermón, figura en el antiguo misal de los dominicos tanto para el Evangelio del sábado después del Domingo de Pasión como para el Evangelio de la Vigilia de la Ascensión de Cristo. Constituye también la base de los sermones LIV a (véase la traducción al castellano) y LIV b.

[157] Quint (t. II p. 380 n. 1) cita a E. von Bracken (Meister E. und Fichte, 1943, p. 73.) quien expone que en este caso «imágenes» (bilde) significa las representaciones individuales que representan el hic et hoc de los individuos, mientras Eckhart en otros innumerables pasajes traduce ratio = «idea» con «bilde».

[158] Véase la explicación de Quint (t. II p. 384 n. 1): «El sentido […] es que el Hijo, como nacido sin cesar del Padre, posee su ser-Hijo a partir del Padre, pero que tiene su ser-propio en sí mismo como uno con el Padre según el ser y la naturaleza».

[159] Quint indica (t. II p. 386 n. 1) que la palabra «gemeinheit» = «comunidad» no aparece en la obra alemana de Eckhart fuera de las dos veces en este contexto.

[160] Atribuciones: «Fray Eghart» y «El Maestro ekhart dice». En un encabezamiento se dice: «En el santo día de Pentecostés». El texto bíblico está tomado del Introito de Pentecostés.

[161] Boethius, De trinitate.

[162] En las obras latinas de Eckhart se remite a Averroes, Met. XII com. 18.

[163] Cfr. Aristóteles, Ars reth. I c. 4; De gen. et corr. I t. 51.

[164] En las obras latinas de Eckhart se remite a Avicenna, De an. V c. 1.

[165] Se remite a Alcher de Clairvaux, De spiritu et anima c. 6; y a Dionysius Areopagita, De div. nom. c. 5 f 2.

[166] Véase Averroes, Met. X com. 7; yThomas, S. theol. I q. 3 a. 5 ad 2.

[167] Cfr. Dionysius Areopagita, De div. nom. c. 7 § 3.

[168] Quint (t. II p. 405 n. 1) repite lo explicado por él en otra parte: «El alma no tiene en común con los ángeles la eternidad, sino el hecho de que en el tiempo obre con miras a la eternidad».

[169] Se remite a Augustinus, De trin. VIII c. 7.

[170] El título abreviado no figura ni en la versión medieval ni en la traducción al alto alemán moderno de Quint. Aparece, empero, en el índice de la edición crítica.

Atribución: «El Maestro Eckhart dice» y «un sermón del Maestro Eckhart». El encabezamiento de uno de los manuscritos reza: «Una enseñanza buena y casi breve, basada en un símil por el cual se puede comprender propiamente el sentido y el fundamento de todos los sermones del maestro Eckart, según los cuales generalmente acostumbra a predicar». Quint (t. II p. 412) supone que el sermón probablemente fue dictado en Colonia, por lo cual se lo debería fechar en los últimos años de la vida de Eckhart.

[171] Entre varias posibilidades, Quint opina que es posible o hasta verosímil que Eckhart haya pensado en Thomas, S. theol. III q. 29 a. 1.

[172] Cfr. Maimonides, Dux neutrorum II c. 27; y Aristóteles, De caelo et mundo, passim.

[173] Atribución: «Maestro Egghart». En el encabezamiento de un manuscrito se dice: «Para la Vigilia de la Asunción de Nuestra Señora». El texto bíblico figura en el Evangelio del tercer domingo de cuaresma; además, para la Vigilia de la Asunción de la Virgen y (según el antiguo misal de los dominicos) para las Fiestas de la Virgen entre Navidad y la Fiesta de la Candelaria.

Se trata de un «sermón desacostumbradamente largo» (Quint, t. II p. 424).

[174] Cfr. Gregorius M., Hom in Evang. I hom. 18 n. 1.

[175] El don espiritual. Según Quint (t. II p. 431 n. 1) ese don espiritual es la virtud que permite al hermano en Cristo (el no-cristiano) corregir su vida.

[176] Hermano en Cristo. El texto original dice: «ebenkristen» = «co-cristiano».

[177] «Por fuerza de la naturaleza» o también «por impulso de la naturaleza».

[178] «La noble humanidad» en el sentido de «la naturaleza humana».

[179] En el texto original dice: «por un cabello».

[180] El texto bíblico fue tomado de la Epístola del tercer domingo de cuaresma.

[181] Otro pasaje en latín del propio Eckhart (In Gen. I n. 73) remite a Augustinus, Confess. 1. XII (c. 9 n. 9.).

[182] Quint explica (t. II p. 457s. n. 1) que falta «sois» ya que contiene un elemento de cambio mientras en la «luz en Dios» no hay devenir ni contacto con el tiempo. «Sólo en el nunc, el eterno “ahora” de su nacimiento eterno, se puede conocer a las cosas como [son] en su causa».

[183] Quint (t. II p. 459n. 1): «quiere decir que yo, mediante la influencia, continuamente representante, o sea, conscientización, convierto la idea en constante, nunca “perecedera”».

[184] Véase Sermón XLVII: Avicenna.

[185] Los encabezamientos atribuyen el sermón al «miércoles antes de media cuaresma». Las cinco citas de las Escrituras corresponden a la Epístola y el Evangelio, respectivamente, del miércoles después del tercer domingo de cuaresma. El sermón habría sido dictado en Colonia entre 1322 y 1326 y sería posterior al Sermón XIII.

[186] Gregorius Magnus, Moralia in Iob Ep. c. 4.

[187] Quint (t. II p. 466 n. 2) remite a Ambrosius, Ep. 2 n. 3; y Gregorius M., Hom. in Ezechielem I hom. 6 n. 13, donde el mar se compara con las Escrituras.

[188] Cfr. Quint (t. II p. 465 s. n. 1) donde se explica detalladamente el significado del símil y se dice, con respecto al elefante, «que penetra aún más en el río y al fin se hunde sin llegar a la máxima profundidad del agua».

[189] Cfr. Augustinus, De Genesi ad litteram 1. II c. 5; y Thomas, S. theol. I q. 1 a. 10 ad 3.

[190] Cfr. Augustinus, Confess. I. XII c. 14 n. 17.

[191] «Alquería» o «finca rústica» es la traducción literal. Quint piensa (cfr. t. II p. 471 n. 2) que el significado ha de ser «preforma»; «antecedente».

[192] Eckhart se referiría a lo dicho anteriormente sobre la obligación de honrar al Padre celestial.

[193] Se trata de lo que al principio del sermón se llama «el tercer pasaje».

[194] En un encabezamiento se lee: «De la pobreza suma». El texto bíblico corresponde al Evangelio de la Fiesta de todos los Santos (1° de noviembre).

[195] Albertus Magnus, En. in Evang. Matth. 5, 3.

[196] Véase la explicación de Quint (t. II p. 509 n. 22) según la cual lo expresado por Eckhart «se refiere a la existencia pre-natal del hombre como idea en el actus purus del divino fondo existencial, en el que la idea del individuo es consubstancial con la divinidad, y donde, en consecuencia, “yo” tampoco tenía ni conocía a un “Dios”».

[197] Dice Quint (t. II p. 514 n. 51): «El sentido de todo el pasaje sólo puede ser el siguiente: En Pablo la gracia en absoluto era superflua. Su finalidad y efecto consistían en reprimir la accidentalidad, es decir, todo cuanto en Pablo no era esencial y que como accidente terrestre encubría su ser verdadero, liberando así la esencia pura de Pablo. Se entiende que el predicador luego puede decir: y cuando la gracia había hecho su obra, Pablo seguía siendo el que era, pues lo que es Pablo de acuerdo con su esencia pura, lo era tanto antes como después. sólo que esa esencia pura antes estaba encubierta, ensuciada por la accidentalidad».

[198] Para todo este pasaje véase lo dicho en la «Introducción».

[199] No se ha podido establecer de quién se trata… Con «ûzvliezen» = «emanar» se piensa en el nacimiento del hombre en la temporalidad, con «durchbrechen» = «traspasar» en el retorno del alma hacia Dios.

[200] Literalmente se dice: «îndruk» = «impresión».

[201] Atribución: «Fray Eghart». El texto bíblico proviene de la Epístola de la Vigilia del nacimiento de San Juan Bautista (23 de junio).

[202] Cfr. Augustinus, Sermo 117 c. 5 n. 7; y Augustinus, De doctr. christ. 1 c. 6. n. 6.

[203] Según interpretación de Quint (t. II p. 530 n. 1) el Padre es «locutor de la Palabra, o sea, el Hijo» y el Hijo «la Palabra del Padre por la cual todo fue originado y creado». El giro sería conscientemente antitético.

[204] En alto alemán medio se habla de «übersetzunge» y «undersetzunge» de acuerdo con «superpositio» y «subiectio» en latín.

[205] Seneca, Naturales quaestiones I praef. 5.

[206] Cfr. Quint (t. II p. 532 n. 3) Con los nombres de Dios que tienen un «apego» («zuohaften» de «adhaesio» en latín) se piensa en aquellos que indican los accidentes de Dios.

[207] «Es muy disímil [en comparación con lo que hay en Dios]» agrega Quint en su versión al alemán moderno (t. II p. 733).

[208] «Esto (= este Uno) es dividido tan pronto como cae (hacia fuera, o sea, desde lo más íntimo del alma, desde la chispa, a las potencias anímicas y desde allí a las criaturas, por medio de los sentidos)» (Quint, t. II, p. 536 n. 4).

[209] En la edición de Quint figuran una versión a y otra b. El editor considera (t. II p. 547) que «los dos textos son versiones distintas del mismo sermón, las que se deben, ambas, a Eckhart». Por varios motivos ha sido preferible ofrecer en esta versión castellana sólo el primero de los textos. El título no figura en la transcripción del sermón, pero sí en el índice del tomo II. El pasaje bíblico corresponde al Evangelio de la Vigilia de la Ascensión de Cristo o también al del sábado después del Domingo de Pasión.

[210] Cfr. Innocentius Papa III, De sacro altaris misterio IV c. 5.

[211] Cfr. Augustinus, De consensu evangelistarum I c. 35 n. 53.

[212] Cfr. Albertus Magnus, Mineral. I tr. 1 c. 8.

[213] Cfr. Aristóteles, De gen. et corr. I t. 39; y además Thomas, S. tbeol. III q. 66 a. 4.

[214] En un pasaje parecido en las Obras latinas se remite a Honorius Augustodunensis, De imagine mundi I c. 84.

[215] Se refiere, evidentemente, al imán.

[216] Quint (t. II p. 556 n. 1) interpreta que la «fuerza racional» son las inteligencias, o sea, los ángeles; ellos mueven el cielo, según se explica posteriormente.

[217] La versión latina de Juan 17, 2 reza: «Haec est autem vita eterna».

[218] Quint (t. II p. 558 n. 2) interpreta «“Solicítaselo a Él tú mismo” (es decir, solicita que te sea dada esa misma vida eterna que posee el Hijo)».

[219] Cfr. Confess. 1. V c. 4 n. 7.

[220] Atribución: «S.<ermo> ma<gist>ri Eghardi».

Quint (t. II p. 574) indica que el sermón sólo alude en forma libre al texto de la Escritura y aprovecha ampliamente la homilía del Seudo-Orígenes sobre el mismo tema. Según uno de los encabezamientos estaba destinado «al día de María Magdalena» y está tomado del Evangelio del jueves de la semana de Pascua de Resurrección.

[221] Cfr. Pseudo-Origenes, «Maria stabat ad monumentum foris plorans».

[222] Ibídem.

[223] Ibídem.

[224] Literalmente «houbet» = «cabeza, jefe», etcétera. Quint (t. II p. 580 5. n. 2) opina que sólo se puede tratar del superior o la superiora de una comunidad, por ejemplo, un abad o una abadesa. Según una variante se podría tratar también de un «querido amigo».

[225] Cfr. Pseudo-Origenes, 1. c.

[226] Véase Isidorus Hispalensis, Etymologiae VII c. 5 n. 1 s.

[227] Cfr. Maimonides, Dux neutrorum 1 c. 51.

[228] Ibídem.

[229] Para este sermón indica Quint (t. II p. 586) que «menos aún que en el sermón anterior se nota en este fragmento algo así como una composición consciente y planeada». Atribución: «En este sermón el maestro eckhart expone que María Magdalena buscaba a Nuestro Señor, y que el alma que ha de hallarlo debe tener seis actitudes». En un encabezamiento dice: «Sermo de tempore». El texto bíblico está tomado del Evangelio del jueves de la semana de Pascua.

[230] Pseudo-Origenes, Homilía super «Maria stabat ad monumentum foris plorans».

[231] Ibídem.

[232] Cfr. Thomas, S. c. gent. II c. 79.

[233] En una atribución se habla de «maestro eckhart». El texto bíblico está tomado de la epístola de la Fiesta de la consagración de una iglesia.

[234] Véase Pseudo-Augustinus, Julianii Sententiae, expressae ex eius opusculis, cum illarum refutatione. Venerabilis Beda presbyter, in praefatione libri in Cantica canticorum c. 5 n. 9.

[235] Cfr. Dionysius Areopagita, De div. nom. c. 11 5 1.

[236] Ibídem c. 12 5 2.

[237] En este contexto «tomado de la tierra» significa, según Quint (t. II p. 597 n. 2), «sacado, alejado de la tierra, sin tierra».

[238] «Ellos comparten una naturaleza común» se refiere —según Quint (t. II p. 598 n. 1)— a la naturaleza espiritual del ángel y del alma.

[239] Véase Augustinus, Sermo 216 c. 2 n. 2.

[240] Quint (t. II p. 601 n. 4 de p. 600) explica que, según él puede ver, «ciertas personas tienen neciamente la idea de que Dios había hecho o se había reservado para Él desde la eternidad las cosas que vemos ahora (en este mundo) y que (en cada caso) las deja salir a luz en el tiempo». Quint opina que Eckhart posiblemente habría pensado en la eternidad del mundo sostenida por Aristóteles y refutada por Eckhart y la teología medieval.

[241] Se referiría vagamente a la ideología de Platón.

[242] Véase Dionysius, De cael. hierar. c. 1 § 2.

[243] Augustinus, En in Ps. 83 n. 3.

[244] Augustinus, Confess. 1. X c. 40 n. 65. Según P. R. Banz, Eckhart habría tomado la cita de Santo Tomás. Véase Thomas, Serm. in Dom. Sexag. III. (Cfr. Quint, t. II p. 604 s. n. 5).

[245] Eckhart dice: «viento del norte» y «viento del sur». Hemos traducido «aquilón» y «auster» de acuerdo con el texto de la Vulgata.

[246] Atribuciones: «El otro sermón de Maestro Eckchart»; «Maestro Eckchart de París»; y «el beato maestro eghart». El texto se halla en el antiguo misal de los dominicos en el Evangelio del Commune unius martyris.

[247] Cfr. Isidorus Hispalensis, Etymologiae X n. 257.

[248] Cfr. Chrysostomus, Tractatus super Oratione Dominica n. 4;

[249] Dionysius Areopagita, De div. nom. c. 5 § 2.

[250] Cfr. Augustinus, Confess. X c. 26 n. 37.

[251] Se remite a Dionysius Areopagita, De cael. hier. c. 3 § 2; c. 4 § 2.

[252] Eckhart habla otra vez del «co-cristiano» = «ebenkristen».

[253] En un encabezamiento se dice que el sermón corresponde a la Vigilia de la Ascensión, en otro: «Un sermón sobre San Agustín».

El texto bíblico está tomado de la Epístola del jueves después del Domingo de Pasión.

El título no figura en los textos de la edición crítica. Véase nota 1 del Sermón XLVIII.

[254] «En su naturaleza» = «en el espíritu de la sabiduría».

[255] «Esto», o sea, el ayuno y los ejercicios de penitencia.

[256] Quint (t. II p. 631 n. 2) señala que existe la variante «un caballo» en vez de «un jubón» pero la considera poco verosímil.

[257] Quint supone que Eckhart piensa en Liber XXIV philos. prop. 18.

La Editorial
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Meister Eckhart- Obras Alemanas