GEORGE ORWELL
"1984"
Fecha de Edición: 1949 - Edición electrónica: 2005
INDICE
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Reseña Biográfica de George Orwell
George Orwell, cuyo verdadero nombre era Eric Blair, nació en la ciudad de Bengala, en la India, en 1903, y falleció en Londres, en 1950. De origen escocés, estudió en Inglaterra, pero regresó a la India, donde formó parte de la policía imperial. En 1928 volvió a Europa. Vivió en París, ciudad en la que llevó una dura existencia; luego se trasladó a Londres y allí trabajó como maestro de escuela y en una librería. Aquellos años serían descritos en su primer libro Mis años de miseria en París y Londres, en el que se marca la tendencia social que caracteriza toda la obra, de Orwell.
En 1934 publicó sus dos primeras novelas: Días birmanos y La hija del cura, esta última sobre la vida inglesa. Dos años después editó otras dos obras: la novela Mantén en alto la aspidistra y El camino del muelle Wigan, libro en que describe los efectos de la depresión y examina las perspectivas del socialismo en Inglaterra.
Orwell fue siempre socialista, pero extremadamente crítico. Participó en la guerra civil española, donde fue herido. Durante su convalecencia escribió Homenaje a Cataluña, obra en que ataca a los comunistas de inspiración soviética, por su política partidista y monopólica, a la que atribuye las causas de la derrota.
Con la novela Subir en busca del aire volvió al tema de la vida social inglesa. Es la última obra que publicó antes de la Segunda Guerra Mundial, en la que no pudo intervenir por su débil salud.
En 1943 ingresó a la redacción del diario Tribune y colaboró también en el Observer. De esta época datan la mayoría de sus ensayos.
En 1945 publicó Rebelión en la granja o "Granja Animal", según la traducción literal de su título en inglés: "Animal Farm". Es una animada sátira del régimen soviético, con la que alcanzó éxito internacional.
En 1949 apareció su novela de anticipación, 1984, en la que presenta un cuadro del mundo futuro, en una prolongación ideal de la línea del comunismo soviético llevado a sus más desoladoras consecuencias.Es muy interesante comparar esta obra con "Un Mundo Feliz" de Aldous Huxley que también presenta un cuadro del futuro, pero a partir del entorno democrático y capitalista de la sociedad de consumo.
PRIMERA PARTE
Era un día luminoso y frío de abril y los
relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en
su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre
las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente
rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.
El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a
esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande para hallarse
en un interior, estaba pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de
más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años
con un gran bigote negro y facciones hermosas y endurecidas. Winston se dirigió
hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No funcionaba
con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante las horas de
día. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba la Semana del
Odio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y
una úlcera de várices por encima del tobillo derecho, subió lentamente,
descansando varias veces. En cada descansillo, frente a la puerta del ascensor,
el cartelón del enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos
realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adondequiera que esté. EL
GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie.
Dentro del piso una voz llena leía una
lista de números que tenían algo que ver con la producción de lingotes de
hierro. La voz salía de una placa oblonga de metal, una especie de
espejo empañado, que formaba parte de la superficie de la pared situada a la
derecha. Winston hizo funcionar su regulador y la voz disminuyó de volumen
aunque las palabras seguían distinguiéndose. El instrumento (llamado telepantalla) podía ser amortiguado,
pero no había manera de cerrarlo del todo. Winston fue hacia la ventana: una
figura pequeña y frágil cuya delgadez resultaba realzada por el «mono» azul,
uniforme del Partido. Tenía el cabello muy rubio, una cara sanguínea y la piel
embastecida por un jabón malo, las romas hojas de afeitar y el frío de un
invierno que acababa de terminar.
Afuera, incluso a través de los ventanales
cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños torbellinos
de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía
y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los
carteles pegados por todas partes. La cara de los bigotes negros miraba desde todas
las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente había uno de
estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras,
mientras los sombríos ojos miraban fijamente a los de Winston. En la calle, en
línea vertical con aquél, había otro cartel roto por un pico, que flameaba
espasmódicamente azotado por el viento, descubriendo y cubriendo
alternativamente una sola palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba entre
los tejados, se quedaba un instante colgado en el aire y luego se lanzaba otra
vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada de vigilar a la
gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo
de menos. Lo que importaba verdaderamente era la Polilla del Pensamiento.
A la espalda de Winston, la voz de la
telepantalla seguía murmurando datos sobre el hierro y el cumplimiento del noveno Plan Trienal. La telepantalla recibía y
transmitía simultáneamente. Cualquier sonido que hiciera Winston superior a un
susurro, era captado por el aparato. Además, mientras permaneciera dentro del
radio de visión de la placa de metal, podía ser visto a la vez que oído. Por
supuesto, no había manera de saber si le contemplaban a uno en un momento dado.
Lo único posible era figurarse la frecuencia y el plan que empleaba la Policía
del Pensamiento para controlar un hilo privado. Incluso se concebía que los
vigilaran a todos a la vez. Pero, desde luego, podían intervenir su línea de
usted cada vez que se les antojara. Tenía usted que vivir — y en esto el hábito se convertía en un
instinto — con la seguridad de que
cualquier sonido emitido por usted sería registrado y escuchado por alguien y
que, excepto en la oscuridad, todos sus movimientos serían observados.
Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla.
Así era más seguro; aunque, como él sabía muy bien, incluso una espalda podía
ser reveladora. A un kilómetro de distancia, el Ministerio de la Verdad, donde
trabajaba Winston; se elevaba inmenso y blanco sobre el sombrío paisaje. «Esto
es Londres», pensó con una sensación vaga de disgusto; Londres, principal
ciudad de la Franja aérea 1, que era a su vez la tercera de las provincias más
pobladas de Oceanía. Trató de exprimirse de la memoria algún recuerdo infantil
que le dijera si Londres había sido siempre así. ¿Hubo siempre estas vistas de
decrépitas casas decimonónicas, con los costados revestidos de madera, las
ventanas tapadas con cartón, los techos remendados con planchas de cinc
acanalado y trozos sueltos de tapias de antiguos jardines? ¿Y los lugares
bombardeados, cuyos restos de yeso y cemento revoloteaban pulverizados en el
aire, y el césped amontonado, y los lugares donde las
bombas habían abierto claros de mayor extensión y habían surgido en ellos
sórdidas colonias de chozas de madera que parecían gallineros? Pero era inútil,
no podía recordar: nada le quedaba de su infancia excepto una serie de cuadros
brillantemente iluminados y sin fondo, que en su mayoría le resultaban
ininteligibles.
El Ministerio de la Verdad —
que en neolengua[1]
se le llamaba el Miniver — era diferente, hasta un extremo asombroso,
de cualquier otro objeto que se presentara a la vista. Era una enorme
estructura piramidal de cemento armado blanco y reluciente, que se elevaba, terraza
tras terraza, a unos trescientos metros de altura. Desde donde Winston se
hallaba, podían leerse, adheridas sobre su blanca fachada en letras de elegante
forma, las tres consignas del Partido:
LA GUERRA ES LA
PAZ
LA LIBERTAD ES
LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA
ES LA FUERZA
Se decía que el
Ministerio de la Verdad tenía tres mil habitaciones sobre el nivel del suelo y
las correspondientes ramificaciones en el subsuelo. En Londres sólo había otros
tres edificios del mismo aspecto y tamaño. Éstos aplastaban de tal manera la
arquitectura de los alrededores que desde el techo de las Casas de la Victoria
se podían distinguir, a la vez, los cuatro edificios. En ellos estaban
instalados los cuatro Ministerios entre los cuales se dividía todo el sistema
gubernamental. El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, a
los espectáculos, la educación y las bellas artes. El Ministerio de la Paz,
para los asuntos de guerra. El Ministerio del Amor, encargado de mantener la
ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia, al que correspondían los
asuntos económicos. Sus nombres, en neolengua: Miniser, Minipax, Minimor y Minindancia.
El Ministerio del
Amor era terrorífico. No tenía ventanas en absoluto. Winston nunca había estado
dentro del Minimor, ni siquiera se había acercado a medio kilómetro de él. Era
imposible entrar allí a no ser por un asunto oficial y en ese caso había que
pasar por un laberinto de caminos rodeados de alambre espinoso, puertas de
acero y ocultos nidos de ametralladoras. Incluso las calles que conducían a sus
salidas extremas, estaban muy vigiladas por guardias, con caras de gorila y
uniformes negros, armados con porras.
Winston se volvió
de pronto. Había adquirido su rostro instantáneamente la expresión de tranquilo
optimismo que era prudente llevar al enfrentarse con la telepantalla. Cruzó la
habitación hacia la diminuta cocina. Por haber salido del Ministerio a esta
hora tuvo que renunciar a almorzar en la cantina y en seguida comprobó que no
le quedaban víveres en la cocina a no ser un mendrugo de pan muy oscuro que
debía guardar para el desayuno del día siguiente. Tomó de un estante una
botella de un líquido incoloro con una sencilla etiqueta que decía: Ginebra
de la Victoria. Aquello olía a medicina, algo así como el espíritu de arroz
chino. Winston se sirvió una tacita, se
preparó los nervios para el choque, y se lo tragó de un golpe como si se lo
hubieran recetado.
Al momento,
se le volvió roja la cara y los ojos empezaron a llorarle. Este líquido era
como ácido nítrico; además, al tragarlo, se tenía la misma sensación que si le
dieran a uno un golpe en la nuca con una porra de goma. Sin embargo, unos segundos después, desaparecía
la incandescencia del vientre y el mundo empezaba a resultar más alegre.
Winston sacó un cigarrillo de una cajetilla sobre la cual se leía: Cigarrillos de la Victoria, y como lo
tenía cogido verticalmente por distracción, se le vació en el suelo. Con el
próximo pitillo tuvo ya cuidado y el tabaco no se salió. Volvió al cuarto de
estar y se sentó ante una mesita situada a la izquierda de la telepantalla. Del
cajón sacó un portaplumas, un tintero y un grueso libro en blanco de tamaño
in-quarto, con el lomo rojo y cuyas tapas de cartón imitaban el mármol.
Por alguna razón
la telepantalla del cuarto de estar se encontraba en una posición insólita. En
vez de hallarse colocada, como era normal, en la pared del fondo, desde donde
podría dominar toda la
habitación, estaba en la pared más
larga, frente a la ventana. A un lado de ella había una alcoba que apenas tenía
fondo, en la que se había instalado ahora Winston. Era un hueco que, al ser
construido el edificio, habría sido calculado seguramente para alacena o
biblioteca. Sentado en aquel hueco y situándose lo más dentro posible, Winston
podía mantenerse fuera del alcance de la telepantalla en cuanto a la
visualidad, ya que no podía evitar que oyera sus ruidos. En parte, fue la misma
distribución insólita del cuarto lo que le indujo a lo que ahora se disponía a
hacer.
Pero también se
lo había sugerido el libro que acababa de sacar del cajón. Era un libro
excepcionalmente bello. Su papel, suave y cremoso, un poco amarillento por el
paso del tiempo, por lo menos hacía cuarenta años que no se fabricaba. Sin
embargo, Winston suponía que el libro tenía muchos años más. Lo había visto en
el escaparate de un establecimiento de compraventa en un
barrio miserable de la ciudad (no recordaba exactamente en qué barrio había
sido) y en el mismísimo instante en que lo vio, sintió un irreprimible deseo de
poseerlo. Los miembros del Partido no deben entrar en las tiendas corrientes (a
esto se le llamaba, en tono de severa censura, «traficar en el mercado libre»),
pero no se acataba rigurosamente esta prohibición porque había varios
objetos — como cordones para los
zapatos y hojas de afeitar — que era
imposible adquirir de otra manera. Winston, antes de entrar en la tienda, había
mirado en ambas direcciones de la calle para asegurarse de que no venía nadie
y, en pocos minutos, adquirió el libro por dos dólares cincuenta. En aquel momento
no sabía exactamente para qué deseaba el libro. Sintiéndose culpable se lo
había llevado a su casa, guardado en su cartera de mano. Aunque estuviera en
blanco, era comprometido guardar aquel libro.
Lo que ahora se
disponía Winston a hacer era abrir su Diario. Esto no se consideraba ilegal (en
realidad, nada era ilegal, ya que no existían leyes), pero si lo detenían podía
estar seguro de que lo condenarían a muerte, o por lo menos a veinticinco años
de trabajos forzados. Winston puso un plumín en el portaplumas y lo chupó
primero para quitarle la grasa. La pluma era ya un instrumento arcaico. Se
usaba rarísimas veces, ni siquiera para firmar, pero él se había procurado una,
furtivamente y con mucha dificultad, simplemente porque tenía la sensación de que
el bello papel cremoso merecía una pluma de verdad en vez de ser rascado con un
lápiz tinta. Pero lo malo era que no estaba acostumbrado a escribir a mano.
Aparte de las notas muy breves, lo corriente era dictárselo todo al hablescribe, totalmente inadecuado para
las circunstancias actuales. Mojó la pluma en la tinta y luego dudó unos
instantes. En los intestinos se le había producido un ruido que podía
delatarle. El acto trascendental, decisivo, era marcar el papel. En una letra
pequeña e inhábil escribió:
4 de abril de 1984
Se echó hacia
atrás en la silla. Estaba absolutamente desconcertado. Lo primero que no sabía
con certeza era si aquel era, de verdad, el año 1984. Desde luego, la fecha había de ser
aquélla muy aproximadamente, puesto que él había nacido en 1944 o 1945, según
creía; pero, «¡cualquiera va a saber hoy en qué año vive!», se decía Winston.
Y se le ocurrió
de pronto preguntarse: ¿Para quién estaba escribiendo él este diario? Para el
futuro, para los que aún no habían nacido. Su mente se posó durante unos
momentos en la fecha que había escrito a la cabecera y luego se le presentó,
sobresaltándose terriblemente, la palabra neolingüística doblepensar. Por primera vez comprendió
la magnitud de lo que se proponía hacer. ¿Cómo iba a comunicar con el futuro?
Esto era imposible por su misma naturaleza. Una de dos: o el
futuro se parecía al presente y entonces no le haría ningún caso, o sería una
cosa distinta y, en tal caso, lo que él dijera carecería de todo sentido para
ese futuro.
Durante algún
tiempo permaneció contemplando estúpidamente el papel. La telepantalla
transmitía ahora estridente música militar. Es curioso: Winston no sólo parecía
haber perdido la facultad de expresarse, sino haber olvidado de qué iba a
ocuparse. Por espacio de varias semanas se había estado preparando para este
momento y no se le había ocurrido pensar que para realizar esa tarea se
necesitara algo más que atrevimiento. El hecho mismo de expresarse por escrito,
creía él, le sería muy fácil. Sólo tenía que trasladar al papel el interminable
e inquieto monólogo que desde hacía muchos años venía corriéndole por la
cabeza. Sin embargo, en este momento hasta el monólogo se le había secado.
Además, sus varices habían empezado a escocerle insoportablemente. No se
atrevía a rascarse porque siempre que lo hacía se le inflamaba aquello.
Transcurrían los segundos y él sólo tenía conciencia de la blancura del papel
ante sus ojos, el absoluto vacío de esta blancura, el escozor de la piel sobre
el tobillo, el estruendo de la música militar, y una leve sensación de
atontamiento producido por la ginebra.
De repente,
empezó a escribir con gran rapidez, como si lo impulsara el pánico, dándose
apenas cuenta de lo que escribía. Con su letrita infantil iba trazando líneas
torcidas y si primero empezó a «comerse» las mayúsculas, luego suprimió incluso
los puntos:
4 de abril de
1984. Anoche estuve en los flicks. Todas las
películas eran de guerra. Había una muy buena de un barco
lleno de refugiados que lo bombardeaban en no sé dónde del Mediterráneo. Al público le divirtieron mucho dar planos de
un hombre muy grande y muy gordo que intentaba escaparse nadando de un
helicóptero que lo perseguía,
Primero se le
veía en el agua chapoteando como una tortuga, luego lo veías por lar visores de
las ametralladoras del helicóptero, luego se veía cómo lo iban agujereando a tiros y el
agua a su alrededor
que se ponía toda roja y el gordo se hundía como si el agua le entrase por los agujeros
que le habían hecho las balas. La gente se moría de risa cuando el gordo se iba
hundiendo en el agua, y también una lancha salvavidas llena de niños con un helicóptero que venga a darle vueltas y
más vueltas había una mujer de edad madura que bien podía ser una judía y
estaba sentada en la proa con un niño en lar brazos que quizás tuviera unos
tres años. El niño chillaba con mucho pánico, metía la cabeza entre los pechos
de la mujer y parecía que se quería esconder así y la mujer lo rodeaba con los brazos y lo consolaba como si ella no
estuviese también aterrada y como si por tenerlo así en los brazos fuera a
evitar que le alcanzaran al niño las balas. Entonces va el helicóptero y tira
una bomba de veinte kilos sobre el bote y no queda ni una astilla de él, que
fue una explosión pero que magnífica, y luego salía un primer plano maravilloso
del brazo del niño subiendo por el aire yo creo que un helicóptero con su
cámara debe haberlo seguido así por el aire y la gente aplaudió muchísimo pero
una mujer que estaba entre los
proletarios empezó a armar un escándalo terrible chillando que no
debían echar eso no debían echarlo delante de los críos que
no debían hasta que la policía la sacó de allí a rastras no creo que le pasara
nada a nadie le importa lo que dicen los proletarios porque dicen es la reacción
típica de las proletarias y nadie hace caso y nunca...
Winston dejó de escribir, en parte debido a
que le daban calambres. No sabía por qué había soltado esta sarta de
incongruencias. Pero lo curioso era que mientras lo hacía se le había aclarado
otra faceta de su memoria hasta el punto de que ya se creía en
condiciones de escribir lo que realmente había querido poner en su
libro. Ahora se daba cuenta de que si había querido venir a casa a empezar su
diario precisamente hoy era a causa de este otro incidente.
Había ocurrido aquella misma mañana en el
Ministerio, si es que algo de tal vaguedad podía haber ocurrido.
Cerca de las once y ciento en el
Departamento de Registro, donde trabajaba Winston, sacaban las sillas de las
cabinas y las agrupaban en el centro del vestíbulo, frente a la gran
telepantalla, preparándose para los Dos Minutos de Odio. Winston acababa de
sentarse en su sitio, en una de las filas de en medio, cuando entraron dos
personas a quienes él conocía de vista, pero a las cuales nunca había hablado.
Una de estas personas era una muchacha con la que se había encontrado
frecuentemente en los pasillos. No sabía su nombre, pero sí que trabajaba en el
Departamento de Novela. Probablemente —
ya que la había visto algunas veces con las manos grasientas y llevando
paquetes de composición de imprenta —
tendría alguna labor mecánica en una de las máquinas de escribir
novelas. Era una joven de aspecto audaz, de unos veintisiete años, con espeso
cabello negro, cara pecosa y movimientos rápidos y atléticos. Llevaba el «mono»
ceñido por una estrecha faja roja que le daba varias veces la vuelta a la
cintura realzando así la atractiva forma de sus caderas; y ese cinturón era el
emblema de la Liga juvenil AntiSex. A Winston le produjo una sensación
desagradable desde el primer momento en que la vio. Y sabía la razón de este
mal efecto: la atmósfera de los campos de hockey y duchas frías, de excursiones
colectivas y el aire general de higiene mental que trascendía de ella. En
realidad, a Winston le molestaban casi todas las mujeres y especialmente las
jóvenes y bonitas porque eran siempre las mujeres, y sobre todo las jóvenes, lo
más fanático del Partido, las que se tragaban todos los slogans de propaganda y abundaban entre ellas las
espías aficionadas y las que mostraban demasiada curiosidad por lo heterodoxo
de los demás. Pero esta muchacha determinada le había dado la impresión de ser
más peligrosa que la mayoría. Una vez que se cruzaron en el corredor, la joven
le dirigió una rápida mirada oblicua que por unos momentos dejó aterrado a
Winston. Incluso se le había ocurrido que podía ser una agente de la Policía
del Pensamiento. No era, desde luego, muy probable. Sin embargo, Winston siguió
sintiendo una intranquilidad muy especial cada vez que la muchacha se hallaba
cerca de él, una mezcla de miedo y hostilidad. La otra persona era un hombre
llamado O'Brien, miembro del Partido Interior y titular de un cargo tan remoto
e importante, que Winston tenía una idea muy confusa de qué se trataba. Un
rápido murmullo pasó por el grupo ya instalado en las sillas cuando vieron
acercarse el «mono» negro de un miembro del Partido Interior. O'Brien era un
hombre corpulento con un ancho cuello y un rostro basto, brutal, y sin embargo
rebosante de buen humor. A pesar de su formidable aspecto, sus modales eran
bastante agradables. Solía ajustarse las gafas con un gesto que tranquilizaba a
sus interlocutores, un gesto que tenía algo de civilizado, y esto era
sorprendente tratándose de algo tan leve. Ese gesto — si alguien hubiera sido capaz de pensar así todavía — podía haber recordado a un aristócrata del
siglo XVIII ofreciendo rapé en su cajita. Winston había
visto a O’Brien quizás sólo una docena de veces en otros tantos años. Sentíase
fuertemente atraído por él y no sólo porque le intrigaba el contraste entre los
delicados modales de O'Brien y su aspecto de campeón de lucha libre, sino mucho
más por una convicción secreta — o
quizás ni siquiera fuera una convicción, sino sólo una esperanza — de que la ortodoxia política de O'Brien no
era perfecta. Algo había en su cara que le impulsaba a uno a sospecharlo
irresistiblemente. Y quizás no fuera ni siquiera heterodoxia lo que estaba
escrito en su rostro, sino, sencillamente, inteligencia. Pero de todos modos su
aspecto era el de una persona a la que se le podría hablar si, de algún modo,
se pudiera eludir la telepantalla y llevarlo aparte. Winston no había hecho
nunca el menor esfuerzo para comprobar su sospecha y es que, en verdad, no
había manera de hacerlo. En este momento, O'Brien miró su reloj de pulsera y,
al ver que eran las once y ciento, seguramente decidió quedarse en el
Departamento de Registro hasta que pasaran los Dos Minutos de Odio. Tomó
asiento en la misma fila que Winston, separado de él por dos sillas., Una mujer
bajita y de cabello color arena, que trabajaba en la cabina vecina a la de
Winston, se instaló entre ellos. La muchacha del cabello negro se sentó detrás
de Winston.
Un momento después se oyó un espantoso
chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruido que procedía de la
gran telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía
rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había empezado el
Odio.
Como de
costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Del público salieron aquí y allá fuertes
silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dio un chillido mezcla de miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde hacía mucho tiempo (nadie
podía recordar cuánto) había sido una de las figuras principales del Partido,
casi con la misma importancia que el Gran Hermano, y luego se había dedicado a
actividades contrarrevolucionarias, había sido condenado a muerte y se había
escapado misteriosamente, desapareciendo para siempre. Los programas de los Dos
Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia, el
que antes y más que nadie había manchado la pureza del Partido. Todos los subsiguientes crímenes contra el Partido, todos los
actos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones de toda clase procedían
directamente de sus enseñanzas. En cierto modo, seguía vivo y conspirando.
Quizás se encontrara en algún lugar enemigo, a sueldo de sus amos extranjeros,
e incluso era posible que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera escondido en
algún sitio de la propia Oceanía.
El diafragma de Winston se encogió. Nunca
podía ver la cara de Goldstein sin experimentar una penosa mezcla de
emociones. Era un rostro judío, delgado, con una aureola de pelo blanco y una
barbita de chivo: una cara inteligente que tenía, sin embargo, algo de
despreciable y una especie de tontería senil que le prestaba su larga nariz, a
cuyo extremo se sostenían en difícil equilibrio unas gafas. Parecía el rostro
de una oveja y su misma voz tenía algo de ovejuna. Goldstein pronunciaba su habitual discurso en el que atacaba venenosamente las
doctrinas del Partido; un ataque tan exagerado y perverso que hasta un niño
podía darse cuenta de que sus acusaciones no se tenían de pie, y sin embargo,
lo bastante plausible para que pudiera uno alarmarse y no fueran a dejarse
influir por insidias algunas personas ignorantes. Insultaba al Gran Hermano,
acusaba al Partido de ejercer una dictadura y pedía que se firmara
inmediatamente la paz con Eurasia. Abogaba por la libertad de palabra, la
libertad de Prensa, la libertad de reunión y la libertad de pensamiento,
gritando histéricamente que la revolución había sido traicionada. Y todo esto a
una rapidez asombrosa que era una especie de parodia del estilo habitual de los
oradores del Partido e incluso utilizando palabras de neolengua, quizás con más
palabras neolingüísticas de las que solían emplear los miembros del Partido en
la vida corriente. Y mientras gritaba, por detrás de él desfilaban
interminables columnas del ejército de Eurasia, para que nadie interpretase
como simple palabrería la oculta maldad de las frases de Goldstein. Aparecían en la pantalla filas y más filas de forzudos soldados, con
impasibles rostros asiáticos; se acercaban a primer término y desaparecían. El
sordo y rítmico clap-clap de las botas militares formaba el contrapunto de la
hiriente voz de Goldstein. .
Antes de que el Odio hubiera durado treinta
segundos, la mitad de los espectadores lanzaban incontenibles exclamaciones de
rabia. La satisfecha y ovejuna faz del enemigo y el terrorífico poder del
ejército que desfilaba a sus espaldas, pera demasiado para que nadie pudiera
resistirlo indiferente. Además, sólo con ver a Goldstein o pensar en él surgían el miedo y la ira automáticamente. Era él un
objeto de odio más constante que Eurasia o que Asia Oriental, ya que cuando
Oceanía estaba en guerra con alguna de estas potencias, solía hallarse en paz
con la otra. Pero lo extraño era que, a pesar de ser Goldstein el blanco de todos los odios y de que todos lo despreciaran, a pesar
de que apenas pasaba día y cada día ocurría esto mil veces, sin que sus teorías
fueran refutadas, aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las
tribunas públicas, en los periódicos y en los libros... a pesar de todo ello,
su influencia no parecía disminuir. Siempre había nuevos incautos dispuestos a
dejarse engañar por él. No pasaba ni un solo día sin que espías y saboteadores
que trabajaban siguiendo sus instrucciones fueran atrapados por la Policía del
Pensamiento. Era el jefe supremo de un inmenso ejército que actuaba en la
sombra, una subterránea red de conspiradores que se proponían derribar al
Estado. Se suponía que esa organización se llamaba la Hermandad. Y también se
rumoreaba que existía un libro terrible, compendio de todas las herejías, del
cual era autor Goldstein y que circulaba clandestinamente. Era un
libro sin título. La gente se refería a él llamándole sencillamente el libro.
Pero de estas cosas sólo era posible enterarse por vagos rumores. Los miembros
corrientes del Partido no hablaban jamás de la Hermandad ni del libro si tenían
manera de evitarlo.
En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí.
Los espectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratando de apagar con sus
gritos la perforante voz que salía de la pantalla. La mujer del cabello color
arena se había puesto al rojo vivo y abría y cerraba la boca como un pez al que
acaban de dejar en tierra. Incluso O'ßrien tenía la cara congestionada. Estaba
sentado muy rígido y respiraba con su poderoso pecho como si estuviera
resistiendo la presión de una gigantesca ola. La joven sentada exactamente
detrás de Winston, aquella morena, había empezado a gritar: «¡Cerdo! !Cerdo!
¡Cerdo!», y, de pronto, cogiendo un pesado diccionario de neolengua, lo arrojó
a la pantalla. El diccionario le dio a Goldstein en la nariz y
rebotó. Pero la voz continuó inexorable. En un momento de lucidez descubrió
Winston que estaba chillando histéricamente como los demás y dando fuertes
patadas con los talones contra los palos de su propia silla. Lo horrible de los
Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel
sino, al contrario, que era absolutamente imposible evitar la participación
porque era uno arrastrado irremisiblemente. A los treinta segundos no hacía
falta fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar,
de aplastar rostros con un martillo, parecían recorrer a todos los presentes
como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad,
en un loco gesticulador y vociferante. Y sin embargo, la rabia que se sentía
era una emoción abstracta e indirecta que podía aplicarse a uno u otro objeto como
la llama de una lámpara de soldadura autógena. Así, en un momento determinado, el odio de Winston no se dirigía
contra Goldstein, sino contra el
propio Gran Hermano, contra el Partido y contra la Policía del Pensamiento; y
entonces su corazón estaba de parte del solitario e insultado hereje de la
pantalla, único guardián de la verdad y la cordura en un mundo de mentiras.
Pero al instante siguiente, se hallaba identificado por completo con la gente
que le rodeaba y le parecía verdad todo lo que decían de Goldstein.
Entonces, su odio contra el Gran Hermano se
transformaba en adoración, y el Gran Hermano se elevaba como una invencible
torre, como una valiente roca capaz de resistir los ataques de las hordas
asiáticas, y Goldstein, a
pesar de su aislamiento, de su desamparo y de la duda que flotaba sobre su
existencia misma, aparecía como un siniestro brujo capaz de acabar con la
civilización entera tan sólo con el poder de su voz.
Incluso era posible, en ciertos momentos, desviar el odio en una u
otra dirección mediante un esfuerzo de voluntad. De pronto, por un esfuerzo
semejante al que nos permite se parar de la almohada la cabeza para huir de una
pesadilla, Winston conseguía trasladar su odio a la muchacha que se encontraba
detrás de él. Por su mente pasaban, como ráfagas, bellas y deslumbrantes
alucinaciones. Le daría latigazos con una porra de goma hasta matarla. La
ataría desnuda en un piquete y la atravesaría con flechas como a san Sebastián.
La violaría y en el momento del clímax le cortaría la garganta. Sin embargo, se
dio cuenta mejor que antes de por qué la odiaba. La odiaba porque era joven y
bonita y asexuada; porque quería irse a la cama con ella y no lo haría nunca;
porque alrededor de su dulce y cimbreante cintura, que parecía pedir que la rodearan
con el brazo, no había más que la odiosa banda roja, agresivo símbolo de
castidad.
El odio alcanzó su punto de máxima exaltación. La voz de Goldstein se había convertido en un auténtico balido
ovejuno. Y su rostro, que había llegado a ser el de una oveja, se transformó en
la cara de un soldado de Eurasia, el cual parecía avanzar, enorme y terrible,
sobre los espectadores disparando atronadoramente su fusil ametralladora.
Enteramente parecía salirse de la pantalla, hasta tal punto que muchos de los
presentes se echaban hacia atrás en sus asientos. Pero en el mismo instante,
produciendo con ello un hondo suspiro de alivio en todos, la amenazadora figura
se fundía para que surgiera en su lugar el rostro del Gran Hermano, con su
negra cabellera y sus grandes bigotes negros, un rostro rebosante de poder y de
misteriosa calma y tan grande que llenaba casi la pantalla. Nadie oía lo que el
gran camarada estaba diciendo. Eran sólo unas cuantas palabras para animarlos,
esas palabras que suelen decirse a las tropas en cualquier batalla, y que no es
preciso entenderlas una por una, sino que infunden confianza por el simple
hecho de ser pronunciadas. Entonces, desapareció a su vez la monumental cara
del Gran Hermano y en su lugar aparecieron los tres slogans del Partido en
grandes letras:
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
Pero daba la impresión — por
un fenómeno óptico psicológico — de que
el rostro del Gran Hermano persistía en la pantalla durante algunos segundos,
como si el «impacto» que había producido en las retinas de los espectadores
fuera demasiado intenso para borrarse inmediatamente. La mujeruca del cabello
color arena se lanzó hacia delante, agarrándose a la silla de la fila anterior
y luego, con un trémulo murmullo que sonaba algo así como.«¡Mi salvador!»,
extendió los brazos hacia la pantalla. Después ocultó la cara entre sus manos.
Sin duda, estaba rezando a su manera.
Entonces, todo el grupo prorrumpió en un canto rítmico, lento y
profundo: «!Ge-Hache. Ge-Hache... Ge-Hache!», dejando una gran pausa entre la G
y la H. Era un canto monótono y salvaje en cuyo fondo parecían oírse pisadas de
pies desnudos y el batir de los tan-tam.
Este canturreo duró unos treinta segundos. Era un estribillo que surgía en
todas las ocasiones de gran emoción colectiva. En parte, era una especie de
himno a la sabiduría y majestad del Gran Hermano; pero, más aún, constituía
aquello un procedimiento
de autohipnosis, un modo deliberado de ahogar la conciencia mediante un ruido rítmico.
A Winston parecían enfriársele las entrañas. En los Dos Minutos de Odio, no
podía evitar que la oleada emotiva le arrastrase, pero este infrahumano
canturreo — «¡G-H... G-H... G-H!» — siempre le llenaba de horror. Desde luego,
se unía al coro; esto era obligatorio: Controlar los verdaderos sentimientos y
hacer lo mismo que hicieran los demás era una reacción natural. Pero durante un
par de segundos, sus ojos podían haberlo delatado. Y fue precisamente en esos
instantes cuando ocurrió aquello que a él le había parecido significativo... si
es que había ocurrido.
Momentáneamente, sorprendió la mirada de
O'Brien. Éste se había levantado; se había quitado las gafas volviéndoselas a
colocar con su delicado y característico gesto. Pero durante una fracción de
segundo, se encontraron sus ojos con los de Winston y éste supo — sí, lo supo —
que O'Brien pensaba lo mismo que él. Un inconfundible mensaje se había
cruzado entre ellos. Era como si sus dos mentes se hubieran abierto y los
pensamientos hubieran volado de la una a la otra
a través de los ojos. «Estoy contigo», parecía estarle diciendo O'Brien. «Sé en
qué estás pensando. Conozco tu asco, tu odio, tu disgusto. Pero no te
preocupes; ¡estoy contigo!» Y luego la fugacísima comunicación se había
interrumpido y la expresión de O'Brien volvió a ser tan inescrutable como la de
todos los demás.
Esto fue todo y ya no estaba seguro de si
había sucedido efectivamente. Tales incidentes nunca tenían consecuencias para
Winston. Lo único que hacían era mantener viva en él la creencia o la esperanza
de que otros, además de él, eran enemigos del Partido. Quizás, después de todo,
resultaran ciertos los rumores de extensas conspiraciones subterráneas; quizás
existiera de verdad la Hermandad. Era imposible, a pesar de los continuos
arrestos y las constantes confesiones y ejecuciones, estar seguro de que la
Hermandad no era sencillamente un mito. Algunos días lo creía Winston; otros,
no. No había pruebas, sólo destellos que podían significar algo o no significar nada: retazos de conversaciones
oídas al pasar, algunas palabras garrapateadas en las paredes de los lavabos,
y, alguna vez, al encontrarse dos desconocidos, ciertos movimientos de las
manos que podían parecer señales de reconocimiento. Pero todo ello eran
suposiciones que podían resultar totalmente falsas. Winston había vuelto a su cubículo sin
mirar otra vez a O'Brien. Apenas cruzó por su mente la idea de continuar este
momentáneo contacto. Hubiera sido extremadamente peligroso incluso si hubiera
sabido él cómo entablar esa relación. Durante uno o dos segundos, se había
cruzado entre ellos una mirada equívoca, y eso era todo. Pero incluso así, se
trataba de un acontecimiento memorable en el aislamiento casi hermético en que
uno tenía que vivir.
Winston se sacudió de encima estos
pensamientos y tomó una posición más erguida en su silla. Se le escapó un
eructo. La ginebra estaba haciendo su efecto.
Volvieron a fijarse sus ojos en la página.
Descubrió entonces que durante todo el tiempo en que había estado recordando,
no había dejado de escribir como por una acción automática. Y ya no era la
inhábil escritura retorcida de antes. Su pluma se había deslizado
voluptuosamente sobre el suave papel, imprimiendo en claras y grandes
mayúsculas lo siguiente:
ABAJO EL GRAN
HERMANO
ABAJO EL GRAN
HERMANO
ABAJO EL GRAN
HERMANO
ABAJO EL GRAN
HERMANO
ABAJO EL GRAN
HERMANO
Una vez y otra, hasta llenar media página.
No pudo evitar un escalofrío de pánico. Era
absurdo, ya que escribir aquellas palabras no era más peligroso que el acto
inicial de abrir un diario; pero, por un instante, estuvo tentado de romper las
páginas ya escritas y abandonar su propósito.
Sin embargo, no lo hizo, porque sabia que
era inútil. El hecho de escribir ABAJO EL GRAN HERMANO o no escribirlo, era completamente igual. Seguir con el diario o renunciar a
escribirlo, venía a ser lo mismo. La Policía del Pensamiento lo descubriría de
todas maneras. Winston había cometido —
seguiría habiendo cometido aunque no hubiera llegado a posar la pluma sobre el
papel — el crimen esencial que contenía
en sí todos los demás. El crimental (crimen mental), como lo llamaban.
El crimental no podía ocultarse durante mucho tiempo. En ocasiones, se
podía llegar a tenerlo oculto años enteros, pero antes o después lo descubrían
a uno.
Las detenciones ocurrían invariablemente
por la noche. Se despertaba uno sobresaltado porque una mano le sacudía a uno
el hombro, una linterna le enfocaba los ojos y un círculo de sombríos rostros
aparecía en torno al lecho. En la mayoría de los casos no había proceso alguno
ni se daba cuenta oficialmente de la detención. La gente desaparecía
sencillamente y siempre durante la noche. El nombre del individuo en cuestión
desaparecía de los registros, se borraba de todas partes toda referencia a lo
que hubiera hecho y su paso por la vida quedaba totalmente anulado como si
jamás hubiera existido. Para esto se empleaba la palabra vaporizado.
Winston sintió una especie de histeria al
pensar en estas cosas. Empezó a escribir rápidamente y con muy mala letra:
me matarán no me importa me matarán me
dispararán en la nuca me da lo mismo abajo el gran hermano siempre le matan a
uno por la nuca no me
importa abajo el gran hermano...
Se echó hacia atrás en la silla, un poco
avergonzado de sí mismo, y dejó la pluma sobre la mesa. De repente, se
sobresaltó espantosamente. Habían llamado a la puerta.
¡Tan pronto! Siguió sentado inmóvil, como
un ratón asustado, con la tonta esperanza de que quien fuese se marchara al ver
que no le abrían. Pero no, la llamada se repitió.
Lo peor que podía hacer Winston era tardar
en abrir. Le redoblaba el corazón como un tambor, pero es muy probable que sus
facciones, a fuerza de la costumbre, resultaran inexpresivas. Levantóse y se
acercó pesadamente a la puerta.
II
Al poner la mano en el pestillo recordó
Winston que había dejado el Diario abierto sobre la mesa. En aquella página se
podía leer desde lejos el ABAJO EL GRAN HERMANO repetido en toda ella con
letras grandísimas. Pero Winston sabía que incluso en su pánico no había
querido estropear el cremoso papel cerrando el libro mientras la tinta no se
hubiera secado.
Contuvo la respiración y abrió la puerta.
Instantáneamente, le invadió una sensación de alivio. Una mujer insignificante,
avejentada, con el cabello revuelto y la cara llena de arrugas, estaba a su
lado.
—
¡Oh, camarada! empezó a decir la mujer en una voz lúgubre y quejumbrosa — ; te
sentí llegar y he venido por si puedes echarle un ojo al desagüe del fregadero.
Se nos ha atascado...
Era la señora Parsons, esposa de un vecino
del mismo piso (señora era una palabra desterrada por el Partido, ya que había
que llamar a todos camaradas, pero con algunas mujeres se usaba todavía
instintivamente). Era una mujer de unos treinta años, pero aparentaba mucha más
edad. Se tenía la impresión de que había polvo reseco en las arrugas de su
cara. Winston la siguió por el pasillo. Estas reparaciones de aficionado
constituían un fastidio casi diario. Las Casas de la Victoria eran unos
antiguos pisos construidos hacia 1930 aproximadamente y se hallaban en estado
ruinoso. Caían constantemente trozos de yeso del techo y de la pared, las
tuberías se estropeaban con cada helada, había innumerables goteras y la
calefacción funcionaba sólo a medias cuando
funcionaba, porque casi siempre la cerraban por economía. Las reparaciones,
excepto las que podía hacer uno por sí mismo, tenían que ser autorizadas por
remotos comités que solían retrasar dos años incluso la compostura de un
cristal roto.
— Si
le he molestado es porque Tom no está en casa
— dijo la señora Parsons vagamente.
El piso de los Parsons era mayor que el de
Winston y mucho más descuidado. Todo parecía roto y daba la impresión de que
allí acababa de agitarse un enorme y violento animal. Por el suelo estaban
tirados diversos artículos para deportes
— bastones de hockey, guantes de boxeo, un balón de reglamento, unos
pantalones vueltos del revés — y sobre la
mesa había un montón de platos sucios y cuadernos escolares muy usados. En las
paredes, unos carteles rojos de la Liga juvenil y de los Espías y un gran
cartel con el retrato de tamaño natural del Gran Hermano. Por supuesto, se
percibía el habitual olor a verduras cocidas que era el dominante en todo el
edificio, pero en este piso era más fuerte el olor a sudor, que — se notaba desde el primer momento, aunque
no podría uno decir por qué — era el
sudor de una persona que no se hallaba presente entonces. En otra habitación,
alguien con un peine y un trozo de papel higiénico trataba de acompañar a la
música militar que brotaba todavía de la telepantalla.
—
Son los niños — dijo la señora Parsons,
lanzando una mirada aprensiva hacia la puerta. — Hoy no han salido. Y, desde luego...
Aquella mujer tenía la costumbre de
interrumpir sus frases por la mitad. El fregadero de la cocina estaba lleno
casi hasta el borde con agua sucia y verdosa que olía aún peor que la verdura.
Winston se arrodilló y examinó el ángulo de la tubería de desagüe donde estaba
el tornillo. Le molestaba emplear sus manos y también tener que arrodillarse,
porque esa postura le hacía toser. La señora Parsons lo miró desanimada:
—
Naturalmente, si Tom estuviera en casa lo arreglaría en un momento. Le gustan
esas cosas. Es muy hábil en cosas manuales. Sí, Tom es muy...
Parsons era el compañero de oficina de
Winston en el Ministerio de la Verdad. Era un hombre muy grueso, pero activo y
de una estupidez asombrosa, una masa de entusiasmos imbéciles, uno de esos
idiotas de los cuales, todavía más que de la Policía del Pensamiento, dependía
la estabilidad del Partido. A sus treinta y cinco años acababa de salir de la
Liga juvenil, y antes de ser admitido en esa organización había conseguido
permanecer en la de los Espías un año más de lo reglamentario. En el Ministerio
estaba empleado en un puesto subordinado para el que no se requería
inteligencia alguna, pero, por otra parte, era una figura sobresaliente del
Comité deportivo y de todos los demás comités dedicados a organizar excursiones
colectivas, manifestaciones espontáneas, las campañas pro ahorro y en general
todas las actividades «voluntarias». Informaba a quien quisiera oírle, con
tranquilo orgullo y entre chupadas a su pipa, que no había dejado de acudir ni
un solo día al Centro de la Comunidad durante los cuatro años pasados. Un
fortísimo olor a sudor, una especie de testimonio inconsciente de su continua
actividad y energía, le seguía a donde quiera que iba, y quedaba tras él cuando
se hallaba lejos.
—
¿Tiene usted un destornillador? — dijo
Winston tocando el tapón del desagüe.
—
Un destornillador — dijo la señora
Parsons, inmovilizándose inmediatamente. —
Pues, no sé. Es posible que los niños...
En la habitación de al lado se oran fuertes
pisadas y más trompetazos con el peine. La señora Parsons trajo el destornillador.
Winston dejó salir el agua y quitó con asco el pegote de cabello que había
atrancado el tubo. Se limpió los dedos lo mejor que pudo en el agua fría del
grifo y volvió a la otra habitación.
—
!Arriba las manos! — chilló una voz
salvaje.
Un chico, guapo y de aspecto rudo, que
parecía tener unos nueve años, había surgido por detrás de la mesa y amenazaba
a Winston con una pistola automática de juguete mientras que su hermanita, de
unos dos años menos, hacia el mismo ademán con un pedazo de madera. Ambos iban
vestidos con pantalones cortos azules, camisas grises y pañuelo rojo al cuello.
Éste era el uniforme de los Espías. Winston levantó las manos, pero a pesar de
la broma sentía cierta inquietud por el gesto de maldad que veía en el niño.
—
!Eres un traidor! — grito el chico.
— ¡Eres un criminal mental ¡Eres un
espía de Eurasia! ¡Te mataré, te vaporizaré; te mandaré a las minas de sal!
De pronto, tanto el niño como la niña
empezaron a saltar en torno a él gritando: «¡Traidor!» «¡Criminal mental!», imitando
la niña todos los movimientos de su hermano. Aquello producía un poco de miedo,
algo así como los juegos de los cachorros de los tigres cuando pensamos que
pronto se convertirán en devoradores de hombres. Había una especie de ferocidad
calculadora en la mirada del pequeño, un deseo evidente de darle un buen golpe
a Winston, de hacerle daño de alguna manera, una convicción de ser ya casi lo
suficientemente hombre para hacerlo. «¡Qué suerte que el niño no tenga en la
mano más que una pistola de juguete!», pensó Winston.
La mirada de la señora Parsons iba
nerviosamente de los niños a Winston y de éste a los niños. Como en aquella
habitación había mejor luz, pudo notar Winston que en las arrugas de la mujer
había efectivamente polvo.
—
Hacen tanto ruido... — dijo ella.
— Están disgustados porque no pueden ir
a ver ahorcar a esos. Estoy segura de que por eso revuelven tanto. Yo no puedo
llevarlos; tengo demasiado quehacer. Y Tom no volverá de su trabajo a tiempo.
—
¿Por qué no podemos ir a ver cómo los cuelgan
— gritó el pequeño con su tremenda voz, impropia de su edad. — ¡Queremos verlos colgar! ¡Queremos verlos
colgar! — canturreaba la chiquilla
mientras saltaba.
Varios prisioneros eurasiáticos, culpables
de crímenes de guerra, serían ahorcados en el parque aquella tarde, recordó
Winston. Esto solía ocurrir una vez al mes y constituía un espectáculo popular.
A los niños siempre les hacía gran ilusión
asistir a él. Winston se despidió de la señora Parsons y se dirigió hacia la
puerta. Pero apenas había bajado seis escalones cuando algo le dio en el cuello
por detrás produciéndole un terrible dolor. Era como si le hubieran aplicado un
alambre incandescente. Se volvió a tiempo de ver cómo retiraba la señora
Parsons a su hijo del descansillo. El chico se guardaba un tirachinas en el
bolsillo.
— ¡Goldstein! —
gritó el pequeño antes de que la madre cerrara la puerta, pero lo que más
asustó a Winston fue la mirada de terror y desamparo de la señora Parsons.
De nuevo en su piso, cruzó rápidamente por
delante de la telepantalla y volvió a sentarse ante la mesita sin dejar de
pasarse la mano por su dolorido cuello. La música de la telepantalla se había
detenido. Una voz militar estaba leyendo, con una especie de brutal
complacencia, una descripción de los armamentos de la nueva fortaleza flotante
que acababa de ser anclada entre Islandia y las islas Feroe.
Con aquellos niños, pensó Winston, la
desgraciada mujer debía de llevar una vida terrorífica. Dentro de uno o dos
años sus propios hijos podían descubrir en ella algún indicio de herejía. Casi
todos los niños de entonces eran horribles. Lo peor de todo era que esas
organizaciones, como la de los Espías, los convertían sistemáticamente en
pequeños salvajes ingobernables, y, sin embargo, este salvajismo no les impulsaba
a rebelarse contra la disciplina del Partido. Por el contrario, adoraban al
Partido y a todo lo que se relacionaba con él. Las canciones, los desfiles, las
pancartas, las excursiones colectivas, la instrucción
militar infantil con fusiles de juguete, los slogans gritados por doquier, la
adoración del Gran Hermano... todo ello era para los niños un estupendo juego.
Toda su ferocidad revertía hacia fuera, contra los enemigos del Estado, contra los extranjeros, los traidores,
saboteadores y criminales del pensamiento. Era casi normal que personas de más de treinta años les tuvieran un miedo
cerval a sus hijos. Y con razón, pues apenas pasaba una semana sin que el Times publicara unas líneas describiendo
cómo alguna viborilla — la denominación
oficial era «heroico niño» — había
denunciado a sus padres a la Policía del Pensamiento contándole a ésta lo que
había oído en casa.
La molestia causada por el proyectil del
tirachinas se le había pasado. Winston volvió a coger la pluma preguntándose si
no tendría algo más que escribir. De pronto, empezó a pensar de nuevo en
O'Brien.
Años atrás cuánto tiempo hacía, quizás
siete años había soñado Winston que paseaba por una habitación oscura...
Alguien sentado a su lado le había dicho al pasar él: «Nos encontraremos en el
lugar donde no hay oscuridad». Se lo había dicho con toda calma, de una manera
casual, más como una afirmación cualquiera que como una orden. Él había seguido
andando. Y lo curioso era que al oírlas en el sueño, aquellas palabras no le
habían impresionado. Fue sólo, más tarde y gradualmente cuando empezaron a
tomar significado. Ahora no podía recordar si fue antes o después de tener el
sueño cuando había visto a O'Brien por vez primera; y tampoco podía recordar
cuándo había identificado aquella voz como la de O'Brien. Pero, de todos modos,
era indudablemente O'Brien quien le había hablado en la oscuridad.
Nunca había podido sentirse absolutamente
seguro — incluso después del fugaz
encuentro de sus miradas esta mañana —
de si O'Brien era un amigo o un enemigo. Ni tampoco importaba mucho
esto. Lo cierto era que existía entre ellos un vínculo de comprensión más
fuerte y más importante que el afecto o el partidismo. «Nos encontraremos en el
lugar donde no hay oscuridad», le había dicho. Winston no sabía lo que podían
significas estas palabras, pero sí sabía que se convertirían en realidad.
La voz de la telepantalla se interrumpió.
Sonó un claro y hermoso toque de trompeta y la voz prosiguió en tono
chirriante:
«Atención. ¡Vuestra atención, por favor! En
este momento nos llega un notirrelámpago del frente malabar. Nuestras fuerzas
han logrado una gloriosa victoria en el sur de la India. Estoy autorizado para
decir que la batalla a que me refiero puede aproximarnos bastante al final de
la guerra. He aquí el texto del notirrelámpago...»
Malas noticias, pensó Winston. Ahora
seguirá la descripción, con un repugnante realismo, del aniquilamiento de todo
un ejército eurásico, con fantásticas cifras de muertos y prisioneros... para
decirnos luego que, desde la semana próxima, reducirán la ración de chocolate a
veinte gramos en vez de los treinta de ahora.
Winston volvió a eructar. La ginebra perdía
ya su fuerza y lo dejaba desanimado. La telepantalla — no se sabe si para celebrar la victoria o para quitar el mal sabor
del chocolate perdido — lanzó los
acordes de Oceanía, todo para ti. Se
suponía que todo el que escuchara el himno, aunque estuviera solo, tenía que
escucharlo de pie. Sin embargo, Winston se aprovechó de que la telepantalla no
lo veía y siguió sentado.
Oceanía,
todo para ti, terminó y
empezó la música ligera. Winston se dirigió hacia la ventana, manteniéndose de
espaldas a la pantalla. El día era todavía frío y claro. Allá lejos estalló una
bombacohete con un sonido sordo y prolongado. Ahora solían caer en Londres unas
veinte o treinta bombas a la semana.
Abajo, en la calle, el viento seguía
agitando el cartel donde la palabra Ingsoc aparecía y desaparecía. Ingsoc. Los
principios sagrados de Ingsoc. Neolengua, doblepensar, mutabilidad del pasado. A
Winston le parecía estar recorriendo las selvas submarinas, perdido en un mundo
monstruoso cuyo monstruo era él mismo. Estaba solo. El pasado había muerto, el
futuro era inimaginable. ¿Qué certidumbre podía tener él de que ni un solo ser
humano estaba de su parte? Y ¿cómo iba a saber si el dominio del Partido no
duraría siempre? Como respuesta, los tres slogans
sobre la blanca fachada del Ministerio de la Verdad, le recordaron que:
LA GUERRA ES LA
PAZ
LA LIBERTAD ES
LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA
ES LA FUERZA
Sacó de su bolsillo una moneda de
veinticinco centavos. También en ella, en letras pequeñas, pero muy claras,
aparecían las mismas frases y, en el reverso de la moneda, la cabeza del Gran
Hermano. Los ojos de éste le perseguían a uno hasta desde las monedas. Sí, en
las monedas, en los sellos de correo, en pancartas, en las envolturas de los
paquetes de los cigarrillos, en las portadas de los libros, en todas partes.
Siempre los ojos que os contemplaban y la voz que os envolvía. Despiertos o
dormidos, trabajando o comiendo, en casa o en la calle, en el baño o en la
cama, no había escape. Nada era del individuo a no ser unos cuantos centímetros
cúbicos dentro de su cráneo.
El sol había seguido su curso y las mil
ventanas del Ministerio de la Verdad, en las que ya no reverberaba la luz,
parecían los tétricos huecos de una fortaleza. Winston sintió angustia — ante aquella masa piramidal. Era demasiado
fuerte para ser asaltada. Ni siquiera un millar de bombascohete podrían
abatirla. Volvió a preguntarse para quién escribía el Diario. ¿Para el pasado,
para el futuro, para una época imaginaria? Frente a él no veía la muerte, sino
algo peor: el aniquilamiento absoluto. El Diario quedaría reducido a cenizas y
a él lo vaporizarían. Sólo la Policía del Pensamiento leería lo que él
hubiera escrito antes de hacer que esas líneas desaparecieran incluso de la
memoria. ¿Cómo iba usted a apelar a la posteridad cuando ni una sola huella
suya, ni siquiera una palabra garrapateada en un papel iba a sobrevivir
físicamente?
En la telepantalla sonaron las catorce.
Winston tenía que marchar dentro de diez minutos. Debía reanudar el trabajo a
las catorce y treinta. Qué curioso: las campanadas de la hora lo reanimaron.
Era como un fantasma solitario diciendo una verdad que nadie oiría nunca. De
todos modos, mientras Winston pronunciara esa verdad, la continuidad no se
rompía. La herencia humana no se continuaba porque uno se hiciera oír sino por
el hecho de permanecer cuerdo. Volvió a la mesa, mojó en tinta su pluma y
escribió:
Para el futuro o para el pasado, para la
época en que se pueda pensar libremente, en que los hombres sean distintos unos
de otros y no vivan solitarios... Para cuando la verdad exista y lo que se haya
hecho no pueda ser deshecho:
Desde esta época de uniformidad, de este
tiempo de soledad, la Edad del Gran Hermano, la época del doblepensar...
¡muchas felicidades!
Winston comprendía que ya estaba muerto. Le
parecía que sólo ahora, en que empezaba a poder formular sus pensamientos, era
cuando había dado el paso definitivo. Las consecuencias de cada acto van
incluidas en el acto mismo. Escribió El crimental (el crimen de la
mente) no implica la muerte; el crimental es la muerte misma. Al reconocerse ya a sí mismo
muerto, se le hizo imprescindible vivir lo más posible. Tenía manchados de
tinta dos dedos de la mano derecha. Era exactamente uno de esos detalles que le
pueden delatar a uno. Cualquier entrometido del Ministerio (probablemente, una
mujer: alguna como la del cabello color de arena o la muchacha morena del Departamento
de Novela) podía preguntarse por qué habría usado una pluma anticuada y qué habría
escrito... y luego dar el soplo a donde correspondiera. Fue al cuarto de baño y
se frotó cuidadosamente la tinta con el oscuro y rasposo jabón que le limaba la
piel como un papel de lija y resultaba por tanto muy eficaz para su propósito.
Guardó el Diario en el cajón de la mesita.
Era inútil pretender esconderlo; pero, por lo menos, podía saber si lo habían
descubierto o no. Un cabello sujeto entre las páginas sería demasiado evidente.
Por eso, con la yema de un dedo recogió una partícula de polvo de posible
identificación y la depositó sobre una esquina de la tapa, de donde tendría que
caerse si cogían el libro.
III
Winston estaba soñando con su madre. Él
debía de tener unos diez u once asíos cuando su madre murió. Era una mujer
alta, estatuaria y más bien silenciosa, de movimientos pausados y magnífico
cabello rubio. A su padre lo recordaba, más vagamente, como un hombre moreno y
delgado, vestido siempre con impecables trajes oscuros (Winston recordaba sobre
todo las suelas extremadamente finas de los zapatos de su padre) y usaba gafas.
Seguramente, tanto el padre como la madre debieron de haber caído en una de las
primeras grandes purgas de los años cincuenta.
En aquel momento — en el sueño — su madre
estaba sentada en un sitio profundo junto a él y con su niña en brazos. De esta
hermana sólo recordaba Winston que era una chiquilla débil e insignificante,
siempre callada y con ojos grandes que se fijaban en todo. Se hallaban las dos
en algún sitio subterráneo — por
ejemplo, el fondo de un pozo o en una cueva muy honda, — pero era un lugar que, estando ya muy por
debajo de él, se iba hundiendo sin cesar. Sí, era la cámara de un barco que se
hundía y la madre y la hermana lo miraban a él desde la tenebrosidad de las
aguas que invadían el buque. Aún había aire en la cámara. Su madre y su
hermanita podían verlo todavía y él a ellas, pero no dejaban de irse hundiendo
ni un solo instante, de ir cayendo en las aguas, de un verde muy oscuro, que de
un momento a otro las ocultarían para siempre. Winston, en cambio, se
encontraba al aire libre y a plena luz mientras a ellas se las iba tragando la
muerte, y ellas se hundían porque él
estaba allí arriba. Winston lo sabía y también ellas lo sabían y él descubría
en las caras de ellas este conocimiento. Pero la expresión de las dos no le
reprochaba nada ni sus corazones tampoco
— él lo sabía — y sólo se
transparentaba la convicción de que ellas morían para que él pudiera seguir
viviendo allá arriba y que esto formaba parte del orden inevitable de las
cosas.
No podía recordar qué había ocurrido, pero
mientras soñaba estaba seguro de que, de un modo u otro, las vidas de su madre
y su hermana fueron sacrificadas para que él viviera. Era uno de esos ensueños
que, a pesar de utilizar toda la escenografía onírica habitual, son una
continuación de nuestra vida intelectual y en los que nos damos cuenta de
hechos e ideas que siguen teniendo un valor después del despertar. Pero lo que de
pronto sobresaltó a Winston, al pensar luego en lo que había soñado, fue que la
muerte de su madre, ocurrida treinta años antes, había sido trágica y dolorosa
de un modo que ya no era posible. Pensó que la tragedia pertenecía a los tiempos antiguos y que sólo podía concebirse en una época en que había
aún intimidad — vida privada, amor y
amistad — y en que los miembros de una
familia permanecían juntos sin necesidad de tener una razón especial para ello.
El recuerdo de su madre le torturaba porque había muerto amándole cuando él era
demasiado joven y egoísta para devolverle ese cariño y porque de alguna
manera — no recordaba cómo — se había sacrificado a un concepto de la lealtad
que era privatísimo e inalterable. Bien comprendía Winston que esas cosas no
podían suceder ahora. Lo que ahora había era miedo, odio y dolor físico, pero
no emociones dignas ni penas profundas y complejas. Todo esto lo había visto,
soñando, en los ojos de su madre y su hermanita, que lo miraban a él a través
de las aguas verdeoscuras, a una inmensa profundidad y sin dejar de hundirse.
De pronto, se vio de pie sobre el césped en
una tarde de verano en que los rayos oblicuos del sol doraban la corta hierba.
El paisaje que se le aparecía ahora se le presentaba con tanta frecuencia en
sueños que nunca estaba completamente seguro de si lo había visto alguna vez en
la vida real. Cuando estaba despierto, lo llamaba el País Dorado. Lo cubrían
pastos mordidos por los conejos con un sendero que serpenteaba por él y, aquí y
allá, unas pequeñísimas elevaciones del terreno. Al fondo, se veían unos olmos
que se balanceaban suavemente con la brisa y sus follajes parecían cabelleras
de mujer. Cerca, aunque fuera de la vista, corría un claro arroyuelo de lento
fluir.
La muchacha morena venía hacia él por aquel
campo. Con un solo movimiento se despojó de sus ropas y las arrojó
despectivamente a un lado. Su cuerpo era blanco y suave, pero no despertaba
deseo en Winston, que se limitaba a contemplarlo. Lo que le llenaba de
entusiasmo en aquel momento era el gesto con que la joven se había librado de
sus ropas. Con la gracia y el descuido de aquel gesto, parecía estar
aniquilando toda su cultura, todo un sistema de pensamiento, como si el Gran
Hermano, el Partido y la Policía del Pensamiento pudieran ser barridos y
enviados a la Nada con un simple movimiento del brazo. También aquel gesto
pertenecía a los tiempos antiguos. Winston se despertó con la palabra
«Shakespeare» en los labios.
La telepantalla emitía en aquel instante un
prolongado silbido que partía el tímpano y que continuaba en la misma nota
treinta segundos. Eran las cero-siete-quince, la hora de levantarse para los
oficinistas. Winston se echó abajo de la cama
— desnudo porque los miembros del Partido Exterior recibían sólo tres
mil cupones para vestimenta durante el año y un pijama necesitaba seiscientos
cupones — y se puso un sucio singlet
y unos shorts que estaban sobre
una silla. Dentro de tres minutos empezarían las Sacudidas Físicas.
Inmediatamente le entró el ataque de tos habitual en él en cuanto se
despertaba. Vació tanto sus pulmones que, para volver a respirar, tuvo que
tenderse de espaldas abriendo y cerrando la boca repetidas veces y en rápida
sucesión. Con el esfuerzo de la tos se le hinchaban las venas y sus várices le
habían empezado a escocer.
—
¡Grupo de treinta a cuarenta! — ladró
una penetrante voz de mujer. — ¡Grupo
de treinta a cuarenta! Ocupad vuestros sitios, por favor.
Winston se colocó de un salto a la vista de la
telepantalla, en la cual había aparecido ya la imagen de una mujer más bien
joven, musculosa y de facciones duras, vestida con una túnica y calzando
sandalias de gimnasia.
—
¡Doblad y extended los brazos! — gritó.
— ¡Contad a la vez que yo! ¡Uno, dos,
tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Vamos, camaradas, un poco de
vida en lo que hacéis! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres,
cuatro!...
La intensa molestia de su ataque de tos no
había logrado desvanecer en Winston la impresión que le había dejado el ensueño
y los movimientos rítmicos de la gimnasia contribuían a conservarle aquel
recuerdo. Mientras doblaba y desplegaba mecánicamente los brazos — sin perder ni por un instante la expresión
de contento que se consideraba apropiada durante las Sacudidas Físicas, — se esforzaba por resucitar el confuso período
de su primera infancia. Pero le resultaba extraordinariamente difícil. Más allá
de los años cincuenta y tantos — al
final de la década — todo se
desvanecía. Sin datos externos de ninguna clase a que referirse era imposible
reconstruir ni siquiera el esquema de la propia vida. Se recordaban los
acontecimientos de enormes proporciones
— que muy bien podían no haber acaecido, — se recordaban también detalles sueltos de hechos sucedidos en la
infancia, de cada uno, pero sin poder captar la atmósfera. Y había extensos
períodos en blanco donde no se podía colocar absolutamente nada. Entonces todo
había sido diferente. Incluso los nombres de los
países y sus formas en
el mapa. La Franja Aérea número l, por ejemplo, no se llamaba así en aquellos
días: la llamaban Inglaterra o Bretaña, aunque Londres — Winston estaba casi seguro de ello — se había llamado siempre Londres.
No podía recordar claramente una época en
que su país no hubiera estado en guerra, pero era evidente que había un
intervalo de paz bastante largo durante su infancia porque uno de sus primeros
recuerdos era el de un ataque aéreo que parecía haber cogido a todos por
sorpresa. Quizá fue cuando la bomba atómica cayó en Colchester. No se acordaba
del ataque propiamente dicho, pero sí de la mano de su padre que le tenía
cogida la suya mientras descendían precipitadamente por algún lugar subterráneo
muy profundo, dando vueltas por una escalera de caracol que finalmente le había
cansado tanto las piernas que empezó a sollozar y su padre tuvo que dejarle
descansar un poco. Su madre, lenta y pensativa como siempre, los seguía a
bastante distancia. La madre llevaba a la hermanita de Winston, o quizá sólo
llevase un lío de mantas. Winston no estaba seguro de que su hermanita hubiera
nacido por entonces. Por último, desembocaron a un sitio ruidoso y atestado de
gente, una estación de Metro.
Muchas personas se hallaban sentadas en el
suelo de piedra y otras, arracimadas, se habían instalado en diversos objetos que
llevaban. Winston y sus padres encontraron un sitio libre en el suelo y junto a
ellos un viejo y una vieja se apretaban el uno contra el otro. El anciano
vestía un buen traje oscuro y una. boina de paño negro bajo la cual le asomaba
abundante cabello muy blanco. Tenía la cara enrojecida; los ojos, azules y
lacrimosos. Olía a ginebra. Ésta parecía salírsele por los poros en vez del
sudor y podría haberse pensado que las lágrimas que le brotaban de los ojos
eran ginebra pura. Sin embargo, a pesar de su borrachera, sufría de algún dolor
auténtico e insoportable. De un modo infantil, Winston comprendió que algo
terrible, más allá del perdón y que jamás podría tener remedio, acababa de
ocurrirle al viejo. También creía saber de qué se trataba. Alguien a quien el
anciano amaba, quizás alguna nietecita, había muerto en el bombardeo. Cada
pocos minutos, repetía el viejo:
— No debíamos habernos fiado de ellos. ¿Verdad que te lo dije, abuelita? Nos ha pasado esto por fiarnos de ellos. Siemp