George Orwell - "1984"

La Editorial

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SEGUNDA PARTE

 

I

 

A media mañana, Winston salió de su cabina para ir a los lavabos.

Una figura solitaria avanzaba hacia él desde el otro extremo del largo pasillo brillantemente iluminado. Era la muchacha morena. Habían pasado cuatro días desde la tarde en que se la había encontrado cerca de la tienda. Al acercarse, vio Winston que la joven llevaba en cabestrillo el brazo derecho. De lejos no se había fijado en ello porque las vendas tenían el mismo color que el «mono». Probablemente, se habría aplastado la mano para hacer girar uno de los grandes calidoscopios donde se fabricaban los argumentos de las novelas. Era un accidente que ocurría con frecuencia en el Departamento de Novela.

Estaban separados todavía por cuatro metros cuando la joven dio un traspié y se cayó de cara al suelo exhalando un grito de dolor. Por lo visto, había caído sobre el brazo herido. Winston se paró en seco. La muchacha logró ponerse de rodillas. Tenía la cara muy pálida y los labios, por contraste, más rojos que nunca. Clavó los ojos en Winston con una expresión desolada que más parecía de miedo que de dolor.

Una curiosa emoción conmovió a Winston. Frente a él tenía a la enemiga que procuraba su muerte. Frente a él, también, había una criatura humana que sufría y que quizás se hubiera partido el hueso de la nariz. Se acercó a ella instintivamente, para ayudarla. Winston había sentido el dolor de ella en su propio cuerpo al verla caer con el brazo vendado.

 — ¿Estás herida?  — le dijo.

 — No es nada. El brazo. Estaré bien en seguida.

Hablaba como si le saltara el corazón. Estaba temblando y palidísima.

 — ¿No te has roto nada?

 — No, estoy bien. Me dolió un momento nada más.

Le tendió a Winston su mano libre y él la ayudó a levantarse Le había vuelto algo de color y parecía hallarse mucho mejor.

 — No ha sido nada  — repitió poco después. —  Lo que me dolió fue la muñeca. ¡Gracias, camarada!

Y sin más, continuó en la dirección que traía con paso tan vivo como si realmente no le hubiera sucedido nada. El incidente no había durado más de medio minuto. Era un hábito adquirido por instinto ocultar los sentimientos, y además cuando ocurrió aquello se hallaban exactamente delante de una telepantalla. Sin embargo, a Winston le había sido muy difícil no traicionarse y manifestar una sorpresa momentánea, pues en los dos o tres segundos en que ayudó a la joven a levantarse, ésta le había deslizado algo en la mano. Evidentemente, lo había hecho a propósito. Era un pequeño papel doblado. Al pasar por la puerta de los lavabos, se lo metió en el bolsillo.

Mientras estuvo en el urinario, se las arregló para desdoblarlo dentro del bolsillo. Desde luego, tenía que haber algún mensaje en ese papel. Estuvo tentado de entrar en uno de los waters y leerlo allí. Pero eso habría sido una locura. En ningún sitio vigilaban las telepantallas con más interés que en los retretes.

Volvió a su cabina; sentóse, arrojó el pedazo de papel entre los demás de encima de la mesa, se puso las gafas y se acercó al hablescribe. «¡Todavía cinco minutos!  — se dijo a sí mismo, —  ¡por lo menos cinco minutos!» Le galopaba el corazón en el pecho con aterradora velocidad. Afortunadamente, el trabajo que estaba realizando era de simple rutina  — la rectificación de una larga lista de números —  y no necesitaba fijar la atención.

Las palabras contenidas en el papel tendrían con toda seguridad un significado político. Había dos posibilidades, calculaba Winston. Una, la más probable, era que la chica fuera un agente de la Policía del Pensamiento, como él temía. No sabía por qué empleaba la Policía del Pensamiento ese procedimiento para entregar sus mensajes, pero podía tener sus razones para ello. Lo escrito en el papel podía ser una amenaza, una orden de suicidarse, una trampa... Pero había otra posibilidad, aunque Winston trataba de convencerse de que era una locura: que este mensaje no viniera de la Policía del Pensamiento, sino de alguna organización clandestina. ¡Quizás existiera una Hermandad! ¡Quizás fuera aquella muchacha uno de sus miembros! La idea era absurda, pero se le había ocurrido en el mismo instante en que sintió el roce del papel en su mano. Hasta unos minutos después no pensó en la otra posibilidad, mucho más sensata. E incluso ahora, aunque su cabeza le decía que el mensaje significaría probablemente la muerte, no acababa de creerlo y persistía en él la disparatada esperanza. Le latía el corazón y le costaba un gran esfuerzo conseguir que no le temblara la voz mientras murmuraba las cantidades en el hablescribe.

Cuando terminó, hizo un rollo con sus papeles y los introdujo en el tubo neumático. Habían pasado ocho minutos. Se ajustó las gafas sobre la nariz, suspiró y se acercó el otro montón de hojas que había de examinar. Encima estaba el papelito doblado. Lo desdobló; en él había escritas estas palabras con letra impersonal:

 

Te quiero.

 

Winston se quedó tan estupefacto que ni siquiera tiró aquella prueba delictiva en el «agujero de la memoria». Cuando por fin, reaccionando, se dispuso a hacerlo, aunque sabía muy bien cuánto peligro había en manifestar demasiado interés por algún papel escrito, volvió a leerlo antes para convencerse de que no había soñado.

Durante el resto de la mañana, le fue muy difícil trabajar. Peor aún que fijar su mente sobre las tareas habituales, era la necesidad de ocultarle a la telepantalla su agitación interior. Sintió como si le quemara un fuego en el estómago. La comida en la atestada y ruidosa cantina le resultó un tormento. Había esperado hallarse un rato solo durante el almuerzo, pero tuvo la mala suerte de que el imbécil de Parsons se le colocara a su lado y le soltara una interminable sarta de tonterías sobre los preparativos para la Semana del Odio. Lo que más le entusiasmaba a aquel simple era un modelo en cartón de la cabeza del Gran Hermano, de dos metros de anchura, que estaban preparando en el grupo de Espías al que pertenecía la niña de Parsons. Lo más irritante era que Winston apenas podía oír lo que decía Parsons y tenía que rogarle constantemente que repitiera las estupideces que acababa de decir. Por un momento, divisó a la chica morena, que estaba en una mesa con otras dos compañeras al otro extremo de la estancia. Pareció no verle y él no volvió a mirar en aquella dirección.

La tarde fue más soportable. Después de comer recibió un delicado y difícil trabajo que le había de ocupar varias horas y acaparar su atención. Consistía en falsificar una serie de informes de producción de dos años antes con objeto de desacreditar a un prominente miembro del Partido Interior que empezaba a estar mal visto. Winston servía para estas cosas y durante más de dos horas logró apartar a la joven de su mente. Entonces le volvió el recuerdo de su cara y sintió un rabioso e intolerable deseo de estar solo. Porque necesitaba la soledad para pensar a fondo en sus nuevas circunstancias. Aquella noche era una de las elegidas por el Centro Comunal para sus reuniones. Tomó una cena temprana  — otra insípida comida —  en la cantina, se marchó al Centro a toda prisa, participó en las solemnes tonterías de un «grupo de polemistas», jugó dos veces al tenis de mesa, se tragó varios vasos de ginebra y soportó durante una hora la conferencia titulada «Los principios de Ingsoc en el juego de ajedrez». Su alma se retorcía de puro aburrimiento, pero por primera vez no sintió el menor impulso de evitarse una tarde en el Centro. A la vista de las palabras Te quiero, el deseo de seguir viviendo le dominaba y parecía tonto exponerse a correr unos riesgos que podían evitarse tan fácilmente. Hasta las veintitrés, cuando ya estaba acostado  — en la oscuridad, donde estaba uno libre hasta de la telepantalla con tal de no hacer ningún ruido —  no pudo dejar fluir libremente sus pensamientos.

Se trataba de un problema físico que había de ser resuelto: cómo ponerse en relación con la muchacha y preparar una cita. No creía ya posible que la joven le estuviera tendiendo una trampa. Estaba seguro de que no era así por la inconfundible agitación que ella no había podido ocultar al entregarle el papelito. Era evidente que estaba asustadísima, y con motivo sobrado. A Winston no le pasó siquiera por la cabeza la idea de rechazar a la muchacha. Sólo hacía cinco noches que se había propuesto romperle el cráneo con una piedra. Pero lo mismo daba. Ahora se la imaginaba desnuda como la había visto en su ensueño. Se la había figurado idiota como las demás, con la cabeza llena de mentiras y de odios y el vientre helado. Una angustia febril se apoderó de él al pensar que pudiera perderla, que aquel cuerpo blanco y juvenil se le escapara. Lo que más temía era que la muchacha cambiase de idea si no se ponía en relación con ella rápidamente. Pero la dificultad física de esta aproximación era enorme. Resultaba tan difícil como intentar un movimiento en el juego de ajedrez cuando ya le han dado a uno el mate. Adondequiera que fuera uno, allí estaba la telepantalla. Todos los medios posibles para comunicarse con la joven se le ocurrieron a Winston a los cinco minutos de leer la nota; pero una vez acostado y con tiempo para pensar bien, los fue analizando uno a uno como si tuviera esparcidas en una mesa una fila de herramientas para probarlas.

Desde luego, la clase de encuentro de aquella mañana no podía repetirse. Si ella hubiera trabajado en el Departamento de Registro, habría sido muy sencillo, pero Winston tenía una idea muy remota de dónde estaba el Departamento de Novela en el edificio del Ministerio y no tenía pretexto alguno para ir allí. Si hubiera sabido dónde vivía y a qué hora salía del trabajo, se las habría arreglado para hacerse el encontradizo; pero no era prudente seguirla a casa ya que esto suponía esperarla delante del Ministerio a la salida, lo cual llamaría la atención indefectiblemente. En cuanto a mandar una carta por correo, sería una locura. Ni siquiera se ocultaba que todas las cartas se abrían, por lo cual casi nadie escribía ya cartas. Para los mensajes que se necesitaba mandar, había tarjetas impresas con largas listas de frases y se escogía la más adecuada borrando las demás. En todo caso, no sólo ignoraba la dirección de la muchacha, sino incluso su nombre. Finalmente, decidió que el sitio más seguro era la cantina. Si pudiera ocupar una mesa junto a la de ella hacia la mitad del local, no demasiado cerca de la telepantalla y con el zumbido de las conversaciones alrededor, le bastaba con treinta segundos para ponerse de acuerdo con ella.

Durante una semana después, la vida fue para Winston como una pesadilla. Al día siguiente, la joven no apareció por la cantina hasta el momento en que él se marchaba cuando ya había sonado la sirena. Seguramente, la habían cambiado a otro turno. Se cruzaron sin mirarse. Al día siguiente, estuvo ella en la cantina a la hora de costumbre, pero con otras tres chicas y debajo de una telepantalla. Pasaron tres días insoportables para Winston, en que no la vio en la cantina. Tanto su espíritu como su cuerpo habían adquirido una hipersensibilidad que casi le imposibilitaba para hablar y moverse. Incluso en sueños no podía librarse por completo de aquella imagen. Durante aquellos días no abrió su Diario. El único alivio lo encontraba en el trabajo; entonces conseguía olvidarla durante diez minutos seguidos. No tenía ni la menor idea de lo que pudiera haberle ocurrido y no había que pensar en hacer una investigación. Quizá — la hubieran vaporizado, quizá se hubiera suicidado o, a lo mejor, la habían trasladado al otro extremo de Oceanía.

La posibilidad a la vez mejor y peor de todas era que la joven, sencillamente, hubiera cambiado de idea y le rehuyera.

Pero al día siguiente reapareció. Ya no traía el brazo en cabestrillo; sólo una protección de yeso alrededor de la muñeca. El alivio que sintió al verla de nuevo fue tan grande que no pudo evitar mirarla directamente durante varios segundos. Al día siguiente, casi logró hablar con ella. Cuando Winston llegó a la cantina, la encontró sentada a una mesa muy alejada de la pared. Estaba completamente sola. Era temprano y había poca gente. La cola avanzó hasta que Winston se encontró casi junto al mostrador, pero se detuvo allí unos dos minutos a causa de que alguien se quejaba de no haber recibido su pastilla de sacarina. Pero la muchacha seguía sola cuando Winston tuvo ya servida su bandeja y avanzaba hacia ella. Lo hizo como por casualidad fingiendo que buscaba un sitio más allá de donde se encontraba la joven. Estaban separados todavía unos tres metros. Bastaban dos segundos para reunirse, pero entonces sonó una voz detrás de él: «¡Smith!». Winston hizo como que no oía. Entonces la voz repitió más alto: «¡Smith!». Era inútil hacerse el tonto. Se volvió. Un muchacho llamado Wilsher, a quien apenas conocía Winston, le invitaba sonriente a sentarse en un sitio vacío junto a él. No era prudente rechazar esta invitación. Después de haber sido reconocido, no podía ir a sentarse junto a una muchacha sola. Quedaría demasiado en evidencia. Haciendo de tripas corazón, le sonrió amablemente al muchacho, que le miraba con un rostro beatífico. Winston, como en una alucinación, se veía a sí mismo partiéndole la cara a aquel estúpido con un hacha. La mesa donde estaba ella se llenó a los pocos minutos.

Por lo menos, la joven tenía que haberlo visto ir hacia ella y se habría dado cuenta de su intención. Al día siguiente, tuvo buen cuidado de llegar temprano. Allí estaba ella, exactamente, en la misma mesa y otra vez sola. La persona que precedía a Winston en la cola era un hombrecillo nervioso con una cara aplastada y ojos suspicaces. Al alejarse Winston del mostrador, vio que aquel hombre se dirigía hacia la mesa de ella. Sus esperanzas se vinieron abajo. Había un sitio vacío una mesa más allá, pero algo en el aspecto de aquel tipejo le convenció a Winston de que éste no se instalaría en la mesa donde no había nadie para evitarse la molestia de verse obligado a soportar a los desconocidos que luego se quisieran sentar allí. Con verdadera angustia, lo siguió Winston. De nada le serviría sentarse con ella si alguien más los acompañaba. En aquel momento, hubo un ruido tremendo. El hombrecillo se había caído de bruces y la bandeja salió volando derramándose la sopa y el café. Se puso en pie y miró ferozmente a Winston. Evidentemente, sospechaba que éste le había puesto la zancadilla. Pero daba lo mismo porque poco después, con el corazón galopándole, se instalaba Winston junto a la muchacha.

No la miró. Colocó en la mesa el contenido de su bandeja y empezó a comer. Era importantísimo hablar en seguida antes de que alguna otra persona se uniera a ellos. Pero le invadía un miedo terrible. Había pasado una semana desde ' que la joven se había acercado a él. Podía haber cambiado de idea, es decir, tenía que haber cambiado de idea. Era imposible que este asunto terminara felizmente; estas cosas no suceden en la vida real, y probablemente no habría llegado a hablarle si en aquel momento no hubiera visto a Ampleforth, el poeta de orejas velludas, que andaba de un lado a otro buscando sitio. Era seguro que Ampleforth, que conocía bastante a Winston, se sentaría en su mesa en cuanto lo viera. Tenía, pues, un minuto para actuar. Tanto él como la muchacha comían rápidamente. Era una especie de guiso muy caldoso de habas. En voz muy baja, empezó Winston a hablar. No se miraban. Se llevaban a la boca la comida y entre cucharada y cucharada se decían las palabras indispensables en voz baja e inexpresiva.

 — ¿A qué hora sales del trabajo?

 — Dieciocho treinta.

 — ¿Dónde podemos vernos?

 — En la Plaza de la Victoria, cerca del Monumento.

 — Hay muchas telepantallas allí.

 — No importa, porque hay mucha circulación.

 — ¿Alguna señal?

 — No. No te acerques hasta que no me veas entre mucha gente. Y no me mires. Sigue andando cerca de mí.

 — ¿A qué hora?

 — A las diecinueve.

 — Muy bien.

Ampleforth no vio a Winston y se sentó en otra mesa. No volvieron a hablar y, en lo humanamente posible entre dos personas sentadas una frente a otra y en la misma mesa, no se miraban. La joven acabó de comer a toda velocidad y se marchó. Winston se quedó fumando un cigarrillo.

Antes de la hora convenida estaba Winston en la Plaza de la Victoria. Dio vueltas en torno a la enorme columna en lo alto de la cual la estatua del Gran Hermano miraba hacia el Sur, hacia los cielos donde había vencido a los aviones eurasiáticos (pocos años antes, los vencidos fueron los aviones de Asia Oriental), en la batalla de la Primera Franja Aérea. En la calle de enfrente había una estatua ecuestre cuyo jinete representaba, según decían, a Oliver Cromwell. Cinco minutos después de la hora que fijaron, aún no se había presentado la muchacha. Otra vez le entró a Winston un gran pánico. ¡No venía! ¡Había cambiado de idea! Se dirigió lentamente hacia el norte de la plaza y tuvo el placer de identificar la iglesia de San Martín, cuyas campanas  — cuando existían —  habían cantado aquello de «me debes tres peniques». Entonces vio a la chica parada al pie del monumento, leyendo o fingiendo que leía un cartel arrollado a la columna en espiral. No era prudente acercarse a ella hasta que se hubiera acumulado más gente. Había telepantallas en todo el contorno del monumento. Pero en aquel mismo momento se produjo una gran gritería y el ruido de unos vehículos pesados que venían por la izquierda. De pronto, todos cruzaron corriendo la plaza. La joven dio la vuelta ágilmente junto a los leones que formaban la base del monumento y se unió a la desbandada. Winston la siguió. Al correr, le oyó decir a alguien que un convoy de prisioneros eurasiáticos pasaba por allí cerca.

Una densa masa de gente bloqueaba el lado sur de la plaza. Winston, que normalmente era de esas personas que rehuyen todas las aglomeraciones, se esforzaba esta vez, a codazos y empujones, en abrirse paso hasta el centro de la multitud. Pronto estuvo a un paso de la joven, pero entre los dos había un corpulento prole y una mujer casi tan enorme como él, seguramente su esposa. Entre los dos parecían formar un impenetrable muro de carne. Winston se fue metiendo de lado y, con un violento empujón, logró meter entre la pareja su hombro. Por un instante creyó que se le deshacían las entrañas aplastadas entre las dos caderas forzudas. Pero, con un esfuerzo supremo, sudoroso, consiguió hallarse por fin junto a la chica. Estaban hombro con hombro y ambos miraban fijamente frente a ellos.

Una caravana de camiones, con soldados de cara pétrea armados con fusiles ametralladoras, pasaban calle abajo. En los camiones, unos hombres pequeños de tez amarilla y harapientos uniformes verdosos formaban una masa compacta tan apretados como iban. Sus tristes caras mongólicas miraban a la gente sin la menor curiosidad. De vez en cuando se oían ruidos metálicos al dar un brinco alguno de los camiones. Este ruido lo producían los grilletes que llevaban los prisioneros en los pies. Pasaron muchos camiones con la misma carga y los mismos rostros indiferentes. Winston conocía de sobra el contenido, pero sólo podía verlos intermitentemente. La muchacha apoyaba el hombro y el brazo derecho, hasta el codo, contra el costado de Winston. Sus mejillas estaban tan próximas que casi se tocaban. Ella se había puesto inmediatamente a tono con la situación lo mismo que lo había hecho en la cantina. Empezó a hablar con la misma voz inexpresiva, moviendo apenas los labios. Era un leve murmullo apagado por las voces y el estruendo del desfile.

 — ¿Me oyes?

 — Sí.

 — ¿Puedes salir el domingo?

 — Sí.

 — Entonces escucha bien. No lo olvides. Irás a la estación de Paddington...

Con una precisión casi militar que asombró a Winston, la chica le fue describiendo la ruta que había de seguir: un viaje de media hora en tren; torcer luego a la izquierda al salir de la estación; después de dos kilómetros por carretera y, al llegar a un portillo al que le faltaba una barra, entrar por él y seguir por aquel sendero cruzando hasta una extensión de césped; de allí partía una vereda entre arbustos; por fin, un árbol derribado y cubierto de musgo. Era como si tuviese un mapa dentro de la cabeza.

 — ¿Te acordarás?  — murmuró al terminar sus indicaciones.

 — Sí.

Tuerces a la izquierda, luego a la derecha y otra vez a la izquierda. Y al portillo le falta una barra.

 — Sí. ¿A qué hora?

 — Hacia las quince. A lo mejor tienes que esperar. Yo llegaré por otro camino. ¿Te acordarás bien de todo?

 — Sí.

Entonces, márchate de mi lado lo más pronto que puedas. No necesitaba habérselo dicho. Pero, por lo pronto, no se podía mover. Los camiones no dejaban de pasar y la gente no se cansaba de expresar su entusiasmo. Aunque es verdad que solamente lo expresaban abriendo la boca en señal de estupefacción. Al principio había habido algunos abucheos y silbidos, pero procedían sólo de los miembros del Partido y pronto cesaron. La emoción dominante era sólo la curiosidad. Los extranjeros, ya fueran de Eurasia o de Asia Oriental, eran como animales raros. No había manera de verlos, sino como prisioneros; e incluso como prisioneros no era posible verlos más que unos segundos. Tampoco se sabía qué hacían con ellos aparte de los ejecutados públicamente como criminales de guerra. Los demás se esfumaban, seguramente en los campos de trabajos forzados. Los redondos rostros mongólicos habían dejado paso a los de tipo más europeo, sucios, barbudos y exhaustos. Por encima de los salientes pómulos, los ojos de algunos miraban a los de Winston con una extraña intensidad y pasaban al instante. El convoy se estaba terminando. En el último camión vio Winston a un anciano con la cara casi oculta por una masa de cabello, muy erguido y con los puños cruzados sobre el pecho. Daba la sensación de estar acostumbrado a que lo ataran. Era imprescindible que Winston y la chica se separaran ya. Pero en el último momento, mientras que la multitud los seguía apretando el uno contra el otro, ella le cogió la mano y se la estrechó.

No habría durado aquello más de diez segundos y, sin embargo, parecía que sus manos habían estado unidas durante una eternidad. Por lo menos, tuvo Winston tiempo sobra do para aprenderse de memoria todos los detalles de aquella mano de mujer. Exploró sus largos dedos, sus uñas bien formadas, la palma endurecida por el trabajo con varios callos y la suavidad de la carne junto a la muñeca. Sólo con verla la habría reconocido entre todas las manos. En ese instante se le ocurrió que no sabía de qué color tenía ella los ojos. Probablemente, castaños, pero también es verdad que mucha gente de cabello negro tienen ojos azules. Volver la cabeza y mirarla hubiera sido una imperdonable locura. Mientras había durado aquel apretón de manos invisible entre la presión de tanta gente, miraban ambos impasibles adelante y Winston, en vez de los ojos de ella, contempló los del anciano prisionero que lo miraban con tristeza por entre sus greñas de pelo.

 

II

 

Winston emprendió la marcha por el campo. El aire parecía besar la piel. Era el segundo día de mayo. Del corazón del bosque venía el arrullo de las palomas. Era un poco pronto. El viaje no le había presentado dificultades y la muchacha era tan experimentada que le infundía a Winston una gran seguridad. Confiaba en que ella sabría escoger un sitio seguro. En general, no podía decirse que se estuviera más seguro en el campo que en Londres. Desde luego, no había telepantallas, pero siempre quedaba el peligro de los micrófonos ocultos que recogían vuestra voz y la reconocían. Además, no era fácil viajar individualmente sin llamar la atención. Para distancias de menos de cien kilómetros no se exigía visar los pasaportes, pero a veces vigilaban patrullas alrededor de las estaciones de ferrocarril y examinaban los documentos de todo miembro del Partido al que encontraran y le hacían difíciles preguntas. Sin embargo, Winston tuvo la suerte de no encontrar patrullas y desde que salió de la estación se aseguró, mirando de vez en cuando cautamente hacia atrás, de que no lo seguían. El tren iba lleno de proles con aire de vacaciones, quizá porque el tiempo parecía de verano. El vagón en que viajaba Winston llevaba asientos de madera y su compartimiento estaba ocupado casi por completo con una única familia, desde la abuela, muy vieja y sin dientes, hasta un niño de un mes. Iban a pasar la tarde con unos parientes en el campo y, como le explicaron con toda libertad a Winston, para adquirir un poco de mantequilla en el mercado negro.

Por fin, llegó a la vereda que le había dicho ella y siguió por allí entre los arbustos. No tenía reloj, pero no podían ser todavía las quince. Había tantas flores silvestres, que le era imposible no pisarlas. Se arrodilló y empezó a coger algunas, en parte por echar algún tiempo fuera y también con la vaga idea de reunir un ramillete para ofrecérselo a la muchacha. Pronto formó un gran ramo y estaba oliendo su enfermizo aroma cuando se quedó helado al oír el inconfundible crujido de unos pasos tras él sobre las ramas secas. Siguió cogiendo florecillas. Era lo mejor que podía hacer. Quizá fuese la chica, pero también pudieran haberlo seguido. Mirar para atrás era mostrarse culpable. Todavía le dio tiempo de coger dos flores más. Una mano se le posó levemente sobre el hombro.

Levantó la cabeza. Era la muchacha. Ésta volvió la cabeza para prevenirle de que siguiera callado, luego apartó las ramas de los arbustos para abrir paso hacia el bosque. Era evidente que había estado allí antes, pues sus movimientos eran los de una persona que tiene la costumbre de ir siempre por el mismo sitio. Winston la siguió sin soltar su ramo de flores. Su primera sensación fue de alivio, pero mientras contemplaba el cuerpo femenino, esbelto y fuerte a la vez, que se movía ante él, y se fijaba en el ancho cinturón rojo, lo bastante apretado para hacer resaltar la curva de sus caderas, empezó a sentir su propia inferioridad. Incluso ahora le parecía muy probable que cuando ella se volviera y lo mirara, lo abandonaría. La dulzura del aire y el verdor de las hojas lo hechizaban. Ya cuando venía de la estación, el sol de mayo le había hecho sentirse sucio y gastado, una criatura de puertas adentro que llevaba pegado a la piel el polvo de Londres. Se le ocurrió pensar que hasta ahora no lo había visto ella de cara a plena luz. Llegaron al árbol derribado del que la joven había hablado. Ésta saltó por encima del tronco y, separando las grandes matas que lo rodeaban, pasó a un pequeño claro. Winston, al seguirla, vio que el pequeño espacio estaba rodeado todo por arbustos y oculto por ellos. La muchacha se detuvo y, volviéndose hacia él, le dijo:

 — Ya hemos llegado.

Winston se hallaba a varios pasos de ella. Aún no se atrevía a acercársele más.

 — No quise hablar en la vereda prosiguió ella —  por si acaso había algún micrófono escondido. No creo que lo haya, pero no es imposible. Siempre cabe la posibilidad de que uno de esos cerdos te reconozcan la voz. Aquí estamos bien.

Todavía le faltaba valor a Winston para acercarse a ella. Por eso, se limitó a repetir tontamente:

 — ¿Estamos bien aquí?

 — Sí. Mira los árboles  — eran unos arbolillos de ramas finísimas. —  No hay nada lo bastante grande para ocultar un micro. Además, ya he estado aquí antes.

Sólo hablaban. Él se había decidido ya a acercarse más a ella. Sonriente, con cierta ironía en la expresión, la joven estaba muy derecha ante él como preguntándose por qué tardaba tanto en empezar. El ramo de flores silvestre se había caído al suelo. Winston le cogió la mano.

 — ¿Quieres creer  — dijo —  que hasta este momento no sabía de qué color tienes los ojos?  — Eran castaños, bastante claros, con pestañas negras. —  Ahora que me has visto a plena luz y cara a cara, ¿puedes soportar mi presencia?

 — Sí, bastante bien.

 — Tengo treinta y nueve años. Estoy casado y no me puedo librar de mi mujer. Tengo varices y cinco dientes postizos.

Todo eso no me importa en absoluto  — dijo la muchacha.

Un instante después, sin saber cómo, se la encontró Winston en sus brazos. Al principio, su única sensación era de incredulidad. El juvenil cuerpo se apretaba contra el suyo y la masa de cabello negro le daba en la cara y, aunque le pareciera increíble, le acercaba su boca y él la besaba. Sí, estaba besando aquella boca grande y roja. Ella le echó los brazos al cuello y empezó a llamarle «querido, amor mío, precioso...». Winston la tendió en el suelo. Ella no se resistió; podía hacer con ella lo que quisiera. Pero la verdad era que no sentía ningún impulso físico, ninguna sensación aparte de la del abrazo. Le dominaban la incredulidad y el orgullo. Se alegraba de que esto ocurriera, pero no tenía deseo físico alguno. Era demasiado pronto. La juventud y la belleza de aquel cuerpo le habían asustado; estaba demasiado acostumbrado a vivir sin mujeres. Quizá fuera por alguna de estas razones o quizá por alguna otra desconocida. La joven se levantó y se sacudió del cabello una florecilla que se le había quedado prendida en él. Sentóse junto a él y le rodeó la cintura con su brazo.

 — No te preocupes, querido, no hay prisa. Tenemos toda la tarde. ¿Verdad que es un escondite magnífico? Me perdí una vez en una excursión colectiva y descubrí este lugar. Si viniera alguien, lo oiríamos a cien metros.

 — ¿Cómo te llamas?  — dijo Winston.

 — Julia. Tu nombre ya lo conozco. Winston... Winston Smith.

 — ¿Cómo te enteraste?

 — Creo que tengo más habilidad que tú para descubrir cosas, querido. Dime, ¿qué pensaste de mí antes de darte aquel papelito?

Winston no tuvo ni la menor tentación de mentirle. Era una especie de ofrenda amorosa empezar confesando lo peor.

 — Te odiaba. Quería abusar de ti y luego asesinarte. Hace dos semanas pensé seriamente romperte la cabeza con una piedra. Si quieres saberlo, te diré que te creía en relación con la Policía del Pensamiento.

La muchacha se reía encantada, tomando aquello como un piropo por lo bien que se había disfrazado.

 — ¡La Policía del Pensamiento, qué ocurrencia! No es posible que lo creyeras.

Bueno, quizá no fuera exactamente eso. Pero, por tu aspecto... quizá por tu juventud y por lo saludable que eres; en fin, ya comprendes, creí que probablemente...

 — Pensaste que era una excelente afiliada. Pura en palabras y en hechos. Estandartes, desfiles, consignas, excursiones colectivas y todo eso. Y creíste que a las primeras de cambio te denunciaría como criminal mental y haría que te mataran.

 — Sí, algo .así. Ya sabes que muchas chicas son de ese modo.

 — La culpa la tiene esa porquería  — dijo Julia quitándose el cinturón rojo de la Liga Anti-Sex y tirándolo a una rama, donde quedó colgado. Luego, como si el tocarse la cintura le hubiera recordado algo, sacó del bolsillo de su «mono» una tableta de chocolate. La partió por la mitad y le dio a Winston uno de los pedazos. Antes de probarlo, ya sabía él por el olor que era un chocolate muy poco frecuente. Era oscuro y brillante, envuelto en papel de plata. El chocolate, corrientemente, era de un color castaño claro y desmigajaba con gran facilidad; y en cuanto a su sabor, era algo así como el del humo de la goma quemada. Pero alguna vez había probado chocolate como el que ella le daba ahora.  Su aroma le había despertado recuerdos que no podía localizar, pero que lo turbaban intensamente.

 — ¿Dónde encontraste esto? dijo.

En el mercado negro  — dijo ella con indiferencia —  Yo me las arreglo bastante bien. Fui jefe de sección en los Espías. Trabajo voluntariamente tres tardes a la semana en la Liga juvenil Anti-Sex. Me he pasado horas y horas desfilando por Londres. Siempre soy yo la que lleva uno de los estandartes. Pongo muy buena cara y nunca intento librarme de una lata. Mi lema es «grita siempre con los demás». Es el único modo de estar seguros.

El primer trocito de chocolate se le había derretido a Winston en la lengua. Su sabor era delicioso. Pero le seguía rondando aquel recuerdo que no podía fijar, algo así como un objeto visto por el rabillo del ojo. Hizo por librarse de él quedándole la sensación de que se trataba de algo que él había hecho en tiempos y que hubiera preferido no haber hecho.

Eres muy joven  — dijo. —  Debes de ser unos diez o quince años más joven que yo. ¿Qué has podido ver en un hombre como yo que te haya atraído?

Algo en tu cara. Me decidí a arriesgarme. Conozco en seguida a la gente de la acera de enfrente. En cuanto te vi supe que estabas contra ellos.

Ellos, por lo visto, quería decir el Partido, y sobre todo el Partido Interior, sobre el cual hablaba Julia con un odio manifiesto que intranquilizaba a Winston, aunque sabía que aquel sitio en que se hallaban era uno de los poquísimos lugares donde nada tenían que temer. Le asombraba la rudeza con que hablaba Julia. Se suponía que los miembros del Partido no decían palabrotas, y el propio Winston apenas las decía como no fuera entre dientes. Sin embargo, Julia no podía nombrar al Partido, especialmente al Partido Interior, sin usar palabras de esas que solían aparecer escritas con tiza en los callejones solitarios. A él no le disgustaba eso, puesto que era un síntoma de la rebelión de la joven contra el Partido y sus métodos. Y semejante actitud resultaba natural y saludable, como el estornudo de un caballo que huele mala avena. Habían salido del claro y paseaban por entré los arbustos. Iban cogidos de la cintura siempre que tenían sitio suficiente para pasar los dos juntos. Notó que la cintura de Julia resultaba mucho más suave ahora que se había quitado el cinturón. Seguían hablando en voz muy baja. Fuera del claro, dijo Julia, era mejor ir con prudencia. Llegaron hasta la linde del bosquecillo. Ella lo detuvo.

 — No salgas a campo abierto. Podría haber alguien que nos viera. Estaremos mejor detrás de las ramas.

Y permanecieron a la sombra de los arbustos. La luz del sol, filtrándose por las innumerables hojas, les seguía caldeando el rostro. Winston observó el campo que los rodeaba y experimentó, poco a poco, la curiosa sensación de reconocer aquel lugar. Era tierra de pastos, con un sendero que la cruzaba y alguna pequeña elevación de cuando en cuando. En la valla, medio rota, que se veía al otro lado, se divisaban las ramas de unos olmos que se balanceaban con la brisa, y sus hojas se movían en densas masas como cabelleras femeninas. Seguramente por allí cerca, pero fuera de su vista, habría un arroyuelo.

 — ¿No hay por aquí cerca un arroyo?  — murmuró.

 — Sí lo hay. Está al borde del terreno colindante con éste. Hay peces, muy grandes por cierto. Se puede verlos en las charcas que se forman bajo los sauces.

 — Es el País Dorado... casi  — murmuró.

 — ¿El País Dorado?

No tiene importancia. Es un paisaje que he visto algunas veces en sueños.

 — ¡Mira!  — susurró Julia.

Un pájaro se había movido en una rama a unos cinco metros de ellos y casi al nivel de sus caras. Quizá no los hubiera visto. Estaba en el sol y ellos a la sombra. Extendió las alas, volvió a colocárselas cuidadosamente en su sitio, inclinó la cabecita un momento, como si saludara respetuosamente al sol y empezó a cantar torrencialmente. En el silencio de la tarde, sobrecogía el volumen de aquel sonido. Winston y Julia se abrazaron fascinados. La música del ave continuó, minuto tras minuto, con asombrosas variaciones y sin repetirse nunca, casi como si estuviera demostrando a propósito su virtuosismo. A veces se detenía unos segundos, extendía y recogía sus alas, luego hinchaba su pecho moteado y empezaba de nuevo su concierto. Winston lo contemplaba con un vago respeto. ¿Para quién, para qué cantaba aquel pájaro? No tenía pareja ni rival que lo contemplaran. ¿Qué le impulsaba a estarse allí, al borde del bosque solitario, regalándole su música al vacío? Se preguntó si no habría algún micrófono escondido allí cerca. Julia y él habían hablado sólo en murmullo, y ningún aparato podría registrar lo que ellos habían dicho, pero sí el canto del pájaro. Quizás al otro extremo del instrumento algún hombrecillo mecanizado estuviera escuchando con toda atención; sí, escuchando aquella. Gradualmente la música del ave fue despertando en él sus pensamientos. Era como un líquido que saliera de él y se mezclara con la luz del sol, que se filtraba por entre las hojas. Dejó de pensar y se limitó a sentir. La cintura de la muchacha bajo su brazo era suave y cálida. Le dio la vuelta hasta quedar abrazados cara a cara. El cuerpo de Julia parecía fundirse con el suyo. Donde quiera que tocaran sus manos, cedía todo como si fuera agua. Sus bocas se unieron con besos muy distintos de los duros besos que se habían dado antes. Cuando volvieron a apartar sus rostros, suspiraron ambos profundamente. El pájaro se asustó y salió volando con un aleteo alarmado.

Rápidamente, sin poder evitar el crujido de las ramas bajo sus pies, regresaron al claro. Cuando estuvieron ya en su refugio, se volvió Julia hacia él y lo miró fijamente. Los dos respiraban pesadamente, pero la sonrisa había desaparecido en las comisuras de sus labios. Estaban de pie y ella lo miró por un instante y luego tanteó la cremallera de su mono con las manos. ¡Si! ¡Fue casi como en un sueño! Casi tan velozmente como él se lo había imaginado, ella se arrancó la ropa y cuando la tiró a un lado fue con el mismo magnífico gesto con el cual toda una civilización parecía anihilarse. Su blanco cuerpo brillaba al sol. Por un momento él no miró su cuerpo. Sus ojos habían buscado anclaje en el pecoso rostro con su débil y franca sonrisa. Se arrodilló ante ella y tomó sus manos entre las suyas.

   ¿Has hecho esto antes?

 — Claro. Cientos de veces. Bueno, muchas veces.

 — ¿Con miembros del Partido?

 — Sí, siempre con miembros del Partido.

 — ¿Con miembros del Partido del Interior?

 — No, con esos cerdos no. Pero muchos lo harían si pudieran. No son tan sagrados como pretenden.

Su corazón dio un salto. Lo había hecho muchas veces. Todo lo que oliera a corrupción le llenaba de una esperanza salvaje. Quién sabe, tal vez el Partido estaba podrido bajo la superficie, su culto de fuerza y autocontrol no era más que una trampa tapando la iniquidad. Si hubiera podido contagiarlos a todos con la lepra o la sífilis, ¡con qué alegría lo hubiera hecho! Cualquier cosa con tal de podrir, de debilitar, de minar.

La atrajo hacia sí, de modo que quedaron de rodillas frente a frente.

 — Oye, cuantos más hombres hayas tenido más te quiero yo. ¿Lo comprendes?

 — Sí, perfectamente.

 — Odio la pureza, odio la bondad. No quiero que exista ninguna virtud en ninguna parte. Quiero que todo el mundo esté corrompido hasta los huesos.

 — Pues bien, debe irte bien, cariño. Estoy corrompida hasta los huesos.

 — ¿Te gusta hacer esto? No quiero decir simplemente yo, me refiero a la cosa en sí.

 — Lo adoro.

Esto era sobre todas las cosas lo que quería oír. No simplemente el amor por una persona sino el instinto animal, el simple indiferenciado deseo. Esta era la fuerza que destruiría al Partido. La empujó contra la hierba entre las campanillas azules. Esta vez no hubo dificultad. El movimiento de sus pechos fue bajando hasta la velocidad normal y con un movimiento de desamparo se fueron separando. El sol parecía haber intensificado su calor. Los dos estaban adormilados. Él alcanzó su desechado mono y la cubrió parcialmente.

Al poco tiempo se durmieron profundamente. Al cabo de media hora se despertó Winston. Se incorporó y contempló a Julia, que seguía durmiendo tranquilamente con su cara pecosa en la palma de la mano. Aparte de la boca, sus facciones no eran hermosas. Si se miraba con atención, se descubrían unas pequeñas arrugas en torno a los ojos. El cabello negro y corto era extraordinariamente abundante y suave. Pensó entonces que todavía ignoraba el apellido y el domicilio de ella.

Este cuerpo joven y vigoroso, desamparado ahora en el sueño, despertó en él un compasivo y protector sentimiento. Pero la ternura que había sentido mientras escuchaba el canto del pájaro había desaparecido ya. Le apartó el mono a un lado y estudió su cadera. En los viejos tiempos, pensó, un hombre miraba el cuerpo de una muchacha y veía que era deseable y aquí se acababa la historia. Pero ahora no se podía sentir amor puro o deseo puro. Ninguna emoción era pura porque todo estaba mezclado con el miedo y el odio. Su abrazo había sido una batalla, el clímax una victoria. Era un golpe contra el Partido. Era un acto político.

 

III

 

Podemos volver a este sitio  — propuso Julia. —  En general, puede emplearse dos veces el mismo escondite con tal de que se deje pasar uno o dos meses.

En cuanto se despertó, la conducta de Julia había cambiado. Tenía ya un aire prevenido y frío. Se vistió, se puso el cinturón rojo y empezó a planear el viaje de regreso. A Winston le parecía natural que ella se encargara de esto. Evidentemente poseía una habilidad para todo lo práctico que Winston carecía y también parecía tener un conocimiento completo del campo que rodeaba a Londres. Lo había aprendido a fuerza de tomar parte en excursiones colectivas. La ruta que le señaló era por completo distinta de la que él había seguido al venir, y le conducía a otra estación. «Nunca hay que regresar por el mismo camino de ida», sentenció ella, como si expresara un importante principio general. Ella partiría antes y Winston esperaría media hora para emprender la marcha a su vez.

Había nombrado Julia un sitio donde podían encontrarse, después de trabajar, cuatro días más tarde. Era una calle en uno de los barrios más pobres donde había un mercado con mucha gente y ruido. Estaría por allí, entre los puestos, como si buscara cordones para los zapatos o hilo de coser. Si le parecía que no había peligro se llevaría el pañuelo a la nariz cuando se acercara Winston. En caso contrario, sacaría el pañuelo. Él pasaría a su lado sin mirarla. Pero con un poco de suerte, en medio de aquel gentío podrían hablar tranquilos durante un cuarto de hora y ponerse de acuerdo para otra cita.

Ahora tengo que irme  — dijo la muchacha en cuanto vio que él se había enterado bien de sus instrucciones. Debo estar de vuelta a las diecinueve treinta. Tengo que dedicarme dos horas a la Liga Anti-Sex repartiendo folletos o algo por el estilo. ¿Verdad que es un asco? Sacúdeme con las manos. ¿Estás seguro de que no tengo briznas en el cabello? ¡Bueno, adiós, amor mío; adiós!

Se arrojó en sus brazos, lo besó casi violentamente y poco después desaparecía por el bosque sin hacer apenas ruido. Incluso ahora seguía sin saber cómo se llamaba de apellido ni dónde vivía. Sin embargo, era igual, pues resultaba inconcebible que pudieran citarse en lugar cerrado ni escribirse. Nunca volvieron al bosquecillo. Durante el mes de mayo sólo tuvieron una ocasión de estar juntos de aquella manera. Fue en otro escondite que conocía Julia, el campanario de una ruinosa iglesia en una zona casi desierta donde una bomba atómica había caído treinta años antes. Era un buen escondite una vez que se llegaba allí, pero era muy peligroso el viaje. Aparte de eso, se vieron por las calles en un sitio diferente cada tarde y nunca más de media hora cada vez. En la calle era posible hablarse de cierta manera. Mezclados con la multitud, juntos, pero dando la impresión de que era el movimiento de la masa lo que les hacía estar tan cerca y teniendo buen cuidado de no mirarse nunca, podían sostener una curiosa e intermitente conversación que se encendía y apagaba como los rayos de luz de un faro. En cuanto se aproximaba un uniforme del Partido o caían cerca de una telepantalla, se callaban inmediatamente. Y reanudaban la conversación minutos después, empezando a la mitad de una frase que habían dejado sin terminar, y luego volvían a cortar en seco cuando les llegaba el momento de separarse. Y al día siguiente seguían hablando sin más preliminares. Julia parecía estar muy acostumbrada a esta clase de conversación, que ella llamaba «hablar por folletones». Tenia además una sorprendente habilidad para hablar sin mover los labios. Una sola vez en todo un mes de encuentros nocturnos consiguieron darse un beso. Pasaban en silencio por una calle (Julia nunca hablaba cuando estaban lejos de las calles principales) y en ese momento oyeron un ruido ensordecedor, la tierra tembló y se oscureció la atmosfera. Winston se encontró tendido al lado de Julia, magullado y con un terrible pánico. Una bomba cohete había estallado muy cerca. De pronto se dio cuenta de que tenía junto a la suya la cara de Julia. Estaba palidísima, hasta los labios los tenía blancos. No era palidez, sino una blancura de sal. Winston creyó que estaba muerta. La abrazó en el suelo y se sorprendió de estar besando un rostro vivo y cálido. Es que se le había llenado la cara del yeso pulverizado por la explosión. Tenía la cara completamente blanca.

Algunas tardes, a última hora, llegaban al sitio convenido y tenían que andar a cierta distancia uno del otro sin dar la menor señal de reconocerse porque había aparecido una patrulla por una esquina o volaba sobre ellos un autogiro. Aunque hubiera sido menos peligroso verse, siempre habrían tenido, la dificultad del tiempo. Winston trabajaba sesenta horas a la semana y Julia todavía más. Los días libres de ambos variaban según las necesidades del trabajo y no solían coincidir. Desde luego, Julia tenía muy pocas veces una tarde libre por completo. Pasaba muchísimo tiempo asistiendo a conferencias y manifestaciones, distribuyendo propaganda para la Liga juvenil Anti-Sex, preparando banderas y estandartes para la Semana del Odio, recogiendo dinero para la Campaña del Ahorro y en actividades semejantes. Aseguraba que merecía la pena darse ese trabajo suplementario; era un camuflaje. Si se observaban las pequeñas reglas se podían infringir las grandes. Julia indujo a Winston a que dedicara otra de sus tardes como voluntario en la fabricación de municiones como solían hacer los más entusiastas miembros del Partido. De manera que una tarde cada semana se pasaba Winston cuatro horas de aburrimiento insoportable atornillando dos pedacitos de metal que probablemente formaban parte de una bomba. Este trabajo en serie lo realizaban en un taller donde los martillazos se mezclaban espantosamente con la música de la telepantalla. El taller estaba lleno de corrientes de aire y muy mal iluminado.

Cuando se reunieron en las ruinas del campanario llenaron todos los huecos de sus conversaciones anteriores. Era una tarde achicharrante. El aire del pequeño espacio sobre las campanas era ardiente e irrespirable y olía de un modo insoportable a palomar. Allí permanecieron varias horas, sentados en el polvoriento suelo, levantándose de cuando en cuando uno de ellos para asomarse cautelosamente y asegurarse de que no se acercaba nadie.

Julia tenía veintiséis años. Vivía en una especie de hotel con otras treinta muchachas («¡Siempre el hedor de las mujeres! ¡Cómo las odio!», comentó); y trabajaba, como él había adivinado, en las máquinas que fabricaban novelas en el departamento dedicado a ello. Le distraía su trabajo, que consistía principalmente en manejar un motor eléctrico poderoso, pero lleno de resabios. No era una mujer muy lista  — según su propio juicio, —  pero manejaba hábilmente las máquinas. Sabía todo el procedimiento para fabricar una novela, desde las directrices generales del Comité Inventor hasta los toques finales que daba la Brigada de Repaso. Pero no le interesaba el producto terminado. No le interesaba leer. Consideraba los libros como una mercancía, algo así como la mermelada o los cordones para los zapatos.

Julia no recordaba nada anterior a los años sesenta y tantos y la única persona que había conocido que le hablase de los tiempos anteriores a la Revolución era un abuelo que había desaparecido cuando ella tenia ocho años. En la escuela había sido capitana del equipo de hockey y había ganado durante dos años seguidos el trofeo de gimnasia. Fue jefe de sección en los Espías y secretaria de una rama de la Liga de la juventud antes de afiliarse a la Liga juvenil Anti-Sex. Siempre había sido considerada como persona de absoluta confianza. Incluso (y esto era señal infalible de buena reputación) la habían elegido para trabajar en Pomosec, la subsección del Departamento de Novela encargada de fabricar pornografía barata para los proles. Allí había trabajado un año entero ayudando a la producción de libritos que se enviaban en paquetes sellados y que llevaban títulos como Historias deliciosas, o Una noche en un colegio de chicas, que compraban furtivamente los jóvenes proletarios, con lo cual se les daba la impresión de que adquirían una mercancía ilegal.

 — ¿Cómo son esos libros?  — le preguntó Winston por curiosidad.

 — Pues una porquería. Son de lo más aburrido. Hay sólo seis argumentos. Yo trabajaba únicamente en los calidoscopios. Nunca llegué a formar parte de la Brigada de Repaso.

No tengo disposiciones para la literatura. Sí, querido, ni siquiera sirvo para eso.

Winston se enteró con asombro de que en la Pornosec, excepto el jefe, no había más que chicas. Dominaba la teoría de que los hombres, por ser menos capaces que las mujeres de dominar su instinto sexual, se hallaban en mayor peligro de ser corrompidos por las suciedades que pasaban por sus manos.

 — Ni siquiera permiten trabajar allí a las mujeres casadas  — añadió. —  Se supone que las chicas solteras son siempre muy puras. Aquí tienes por lo pronto una que no lo es.

Julia había tenido su primer asunto amoroso a los dieciséis años con un miembro del Partido de sesenta años, que después se suicidó para evitar que lo detuvieran. «Fue una gran cosa  — dijo Julia, —  porque, si no, mi nombre se habría descubierto al confesar él.» Desde entonces se habían sucedido varios otros. Para ella la vida era muy sencilla. Una lo quería pasar bien; ellos  — es decir, el Partido —  trataban de evitarlo por todos los medios; y una procuraba burlar las prohibiciones de la mejor manera posible. A Julia le parecía muy natural que ellos le quisieran evitar el placer y que ella por su parte quisiera librarse de que la detuvieran. Odiaba al Partido y lo decía con las más terribles palabrotas, pero no era capaz de hacer una crítica seria de lo que el Partido representaba. No atacaba más que la parte de la doctrina del Partido que rozaba con su vida. Winston notó que Julia no usaba nunca palabras de neolengua excepto las que habían pasado al habla corriente. Nunca había oído hablar de la Hermandad y se negó a creer en su existencia. Creía estúpido pensar en una sublevación contra el Partido. Cualquier intento en este sentido tenía que fracasar. Lo inteligente le parecía burlar las normas y seguir viviendo a pesar de ello. Se preguntaba cuántas habría como ella en la generación más joven, mujeres educadas en el mundo de la revolución, que no habían oído hablar de nada más, aceptando al Partido como algo de imposible modificación  — algo así como el cielo —  y que sin rebelarse contra la autoridad estatal la eludían lo mismo que un conejo puede escapar de un perro.

Entre Winston y Julia no se planteó la posibilidad de casarse. Había demasiadas dificultades para ello. No merecía la pena perder tiempo pensando en esto. Ningún comité de Oceanía autorizaría este casamiento, incluso si Winston hubiera podido librarse de su esposa Katharine.

 — ¿Cómo era tu mujer?

 — Era..., ¿conoces la palabra piensabien, es decir, ortodoxa por naturaleza, incapaz de un mal pensamiento?

 — No, no conozco esa palabra, pero sí la clase de persona a que te refieres.

Winston empezó a contarle la historia de su vida conyugal, pero Julia parecía saber ya todo lo esencial de este asunto. Con Julia no le importaba hablar de esas cosas. Katharine había dejado de ser para él un penoso recuerdo, convirtiéndose en un recuerdo molesto.

Lo habría soportado si no hubiera sido por una cosa  — añadió. Y le contó la pequeña ceremonia frígida que Katharine le había obligado a celebrar la misma noche cada semana. —  Le repugnaba, pero por nada del mundo lo habría dejado de hacer. No te puedes figurar cómo le llamaba a aquello.

 — «Nuestro deber para con el Partido»  — dijo Julia inmediatamente.

 — ¿Cómo lo sabías?

 — Querido, también yo he estado en la escuela. A las mayores de dieciséis años les dan conferencias sobre temas sexuales una vez al mes. Y luego, en el Movimiento juvenil, no dejan de grabarle a una esas estupideces en la cabeza. En muchísimos casos da resultado. Claro que nunca se tiene la seguridad porque la gente es tan hipócrita...

Y Julia se extendió sobre este asunto. Ella lo refería todo a su propia sexualidad. A diferencia de Winston, entendía perfectamente lo que el Partido se proponía con su puritanismo sexual. Lo más importante era que la represión sexual conducía a la histeria, lo cual era deseable ya que se podía transformar en una fiebre guerrera y en adoración del líder. Ella lo explicaba así «Cuando haces el amor gastas energías y después te sientes feliz y no te importa nada. No pueden soportarlo que te sientas así. Quieren que estés a punto de estallar de energía todo el tiempo. Todas estas marchas arriba y abajo vitoreando y agitando banderas no es más que sexo agriado. Si eres feliz dentro de ti mismo, ¿por qué te ibas a excitar por el Gran Hermano y el Plan Trienal y los Dos Minutos de Odio y todo el resto de su porquería?». Esto era cierto, pensó él. Había una conexión directa entre la castidad y la ortodoxia política. ¿Cómo iban a mantenerse vivos el miedo, y el odio y la insensata incredulidad que el Partido necesitaba si no se embotellaba algún instinto poderoso para usarlo después como combustible? El instinto sexual era peligroso para el Partido y éste lo había utilizado en provecho propio. Habían hecho algo parecido con el instinto familiar. La familia no podía ser abolida; es más, se animaba a la gente a que amase a sus hijos casi al estilo antiguo. Pero, por otra parte, los hijos eran enfrentados sistemáticamente contra sus padres y se les enseñaba a espiarlos y a denunciar sus desviaciones. La familia se había convertido en una ampliación de la Policía del Pensamiento. Era un recurso por medio del cual todos se hallaban rodeados noche y día por delatores que les conocían íntimamente.

De pronto se puso a pensar otra vez en Katharine. Ésta lo habría denunciado a la P. del P. con toda seguridad si no hubiera sido demasiado tonta para descubrir lo herético de sus opiniones. Pero lo que se la hacía recordar en este momento era el agobiante calor de la tarde, que le hacía sudar. Empezó a contarle a Julia algo que había ocurrido, o mejor dicho, que había dejado de ocurrir en otra tarde tan calurosa como aquélla, once años antes. Katharine y Winston se habían extraviado durante una de aquellas excursiones colectivas que organizaba el Partido. Iban retrasados y por equivocación doblaron por un camino que los condujo rápidamente a un lugar solitario. Estaban al borde de un precipicio. Nadie había allí para preguntarle. En cuanto se dieron cuenta de que se habían perdido, Katharine empezó a ponerse nerviosa. Hallarse alejada de la ruidosa multitud de excursionistas, aunque sólo fuese durante un momento, le producía un fuerte sentido de culpabilidad. Quería volver inmediatamente por el camino que habían tomado por error y empezar a buscar en la dirección contraria. Pero en aquel momento Winston descubrió unas plantas que le llamaron la atención. Nunca había visto nada parecido y llamó a Katharine para que las viera.

 — ¡Mira, Katharine; mira esas flores! Allí, al fondo; ¿ves que son de dos colores diferentes?

Ella había empezado ya a alejarse, pero se acercó un momento, a cada instante más intranquila. Incluso se inclinó sobre el precipicio para ver donde señalaba Winston. Él es taba un poco más atrás y le puso la mano en la cintura para sostenerla. No había nadie en toda la extensión que se abarcaba con la vista, no se movía ni una hoja y ningún pájaro daba señales de presencia. Entonces pensó Winston que estaban completamente solos y que en un sitio como aquél había muy pocas probabilidades de que tuvieran escondido un micrófono, e incluso si lo había, sólo podría captar sonidos. Era la hora más cálida y soñolienta de la tarde. El sol deslumbraba y el sudor perlaba la cara de Winston. Entonces sé le ocurrió que...

 — ¿Por qué no le diste un buen empujón? dijo Julia. —  Yo lo habría hecho.

 — Sí, querida; yo también lo habría hecho si hubiera sido la misma persona que ahora soy. Bueno, no estoy seguro...

 — ¿Lamentas ahora haber desperdiciado la ocasión?

 — Sí. En realidad me arrepiento de ello.

Estaban sentados muy juntos en el suelo. Él la apretó más contra sí. La cabeza de ella descansaba en el hombro de él y el agradable olor de su cabello dominaba el desagradable hedor a palomar. Pensó Winston que Julia era muy joven, que esperaba todavía bastante de la vida y por tanto no podía comprender que empujara una persona molesta por un precipicio no resuelve nada.

 — Habría sido lo mismo  — dijo.

 — Entonces, ¿por qué dices que sientes no haberlo hecho?  — Sólo porque prefiero lo positivo a lo negativo. Pero en este juego que estamos jugando no podemos ganar. Unas clases de fracaso son quizá mejores que otras, eso es todo.

Notó que los hombros de ella se movían disconformes. Julia siempre lo contradecía cuando él opinaba en este sentido. No estaba dispuesta a aceptar como ley natural que el individuo está siempre vencido. En cierto modo comprendía que también ella estaba condenada de antemano y que más pronto o más tarde la Policía del Pensamiento la detendría y la mataría; pero por otra parte de su cerebro creía firmemente que cabía la posibilidad de construirse un mundo secreto donde vivir a gusto. Sólo se necesitaba suerte, astucia y audacia. No comprendía que la felicidad era un mito, que, la única victoria posible estaba en un lejano futuro mucho después de la muerte, Y que desde el momento en que mentalmente le declaraba una persona la guerra al Partido, le convenía considerarse como un cadáver ambulante.

 — Los muertos somos nosotros  — dijo Winston. Todavía no hemos muerto  — replicó Julia prosaicamente.

Físicamente, todavía no. Pero es cuestión de seis meses, un año o quizá cinco. Le temo a la muerte. Tú eres joven y por eso mismo quizá le temas a la muerte más que yo. Naturalmente, haremos todo lo posible por evitarla lo más que podamos. Pero la diferencia es insignificante. Mientras que los seres humanos sigan siendo humanos, la muerte y la vida vienen a ser lo mismo.

 — Oh, tonterías. ¿Qué preferirías: dormir conmigo o con un esqueleto? ¿No disfrutas de estar vivo? ¿No te gusta sentir: esto soy yo, ésta es mi mano, esto mi pierna, soy real, sólida, estoy viva?... ¿No te gusta?

Ella se dio la vuelta y apretó su pecho contra él. Podía sentir sus senos, maduros pero firmes, a través de su mono. Su cuerpo parecía traspasar su juventud y vigor hacia él.

 — Sí, me gusta erijo Winston.

 — No hablemos más de la muerte. Y ahora escucha, querido; tenemos que fijar la próxima cita. Si te parece bien, podemos volver a aquel sitio del bosque. Ya hace mucho tiempo que fuimos. Basta con que vayas por un camino distinto. Lo tengo todo preparado. Tomas el tren... Pero lo mejor será que te lo dibuje aquí.

Y tan práctica como siempre amasó primero un cuadrito de polvo y con una ramita de un nido de palomas empezó a dibujar un mapa sobre el suelo.

 

IV

 

Winston examinó la pequeña habitación en la tienda del señor Charrington. Junto a la ventana, la enorme cama estaba preparada con viejas mantas y una colcha raquítica. El antiguo reloj, en cuya esfera se marcaban las doce horas, seguía con su tic-tac sobre la repisa de la chimenea. En un rincón, sobre la mesita, el pisapapeles de cristal que había comprado en su visita anterior brillaba suavemente en la semioscuridad.

En el hogar de la chimenea había una desvencijada estufa de petróleo, una sartén y dos copas, todo ello proporcionado por el señor Charrington. Winston puso un poco de agua a hervir. Había traído un sobre lleno de café de la Victoria y algunas pastillas de sacarina. Las manecillas del reloj marcaban las siete y veinte; pero en realidad eran las diecinueve veinte.

Julia llegaría a las diecinueve treinta.

El corazón le decía a Winston que todo esto era una locura; sí, una locura consciente y suicida. De todos los crímenes que un miembro del Partido podía cometer, éste era el de más imposible ocultación. La idea había flotado en su cabeza en forma de una visión del pisapapeles de cristal reflejado en la brillante superficie de la mesita. Como él lo había previsto, el señor Charrington no opuso ninguna dificultad para alquilarle la habitación. Se alegraba, por lo visto, de los dólares que aquello le proporcionaría. Tampoco parecía ofenderse, ni inclinado a hacer preguntas indiscretas al quedar bien claro que Winston deseaba la habitación para un asunto amoroso. Al contrario, se mantenía siempre a una discreta distancia y con un aire tan delicado que daba la impresión de haberse hecho invisible en parte. Decía que la intimidad era una cosa de valor inapreciable. Que todo el mundo necesitaba un sitio donde poder estar solo de vez en cuando. Y una vez que lo hubiera logrado, era de elemental cortesía, en cualquier otra persona que conociera este refugio, no contárselo a nadie. Y para subrayar en la práctica su teoría, casi desaparecía, añadiendo que la casa tenía dos entradas, una de las cuales daba al patio trasero que tenía una salida a un callejón.

Alguien cantaba bajó la ventana. Winston se asomó por detrás de los visillos. El sol de junio estaba aún muy alto y en el patio central una monstruosa mujer sólida como una columna normanda, con antebrazos de un color moreno rojizo, y un delantal atado a la cintura, iba y venía continuamente desde el barreño donde tenía la ropa lavada hasta el fregadero, colgando cada vez unos pañitos cuadrados que Winston reconoció como pañales. Cuando la boca de la mujer no estaba impedida por pinzas para tender, cantaba con poderosa voz de contralto:

 

Era sólo una ilusión sin esperanza

Que pasó como un día de abril,

pero aquella mirada, aquella palabra

y los ensueños que despertaron

me robaron el corazón.

 

Esta canción obsesionaba a Londres desde hacía muchas semanas. Era una de las producciones de una subsección del Departamento de Música con destino a los proles. La letra de estas canciones se componía sin intervención humana en absoluto, valiéndose de un instrumento llamado «versificador». Pero la mujer la cantaba con tan buen oído que el horrible sonsonete se había convertido en unos sonidos casi agradables. Winston oía la voz de la mujer, el ruido de sus zapatos sobre el empedrado del patio, los gritos de los niños en la calle, y a cierta distancia, muy débilmente, el zumbido del tráfico, y sin embargo su habitación parecía impresionantemente silenciosa gracias a la ausencia de telepantalla.

«!Qué locura! ¡Qué locura!», pensó Winston. Era inconcebible que Julia y él pudieran frecuentar este sitio más de unas semanas sin que los cazaran. Pero la tentación de disponer de un escondite verdaderamente suyo bajo techo y en un sitio bastante cercano al lugar de trabajo, había sido demasiado fuerte para él. Durante algún tiempo después de su visita al campanario les había sido por completo imposible arreglar ninguna cita. Las horas de trabajo habían aumentado implacablemente en preparación de la Semana del Odio. Faltaba todavía más de un mes, pero los enormes y complejos preparativos cargaban de trabajo a todos los miembros del Partido. Por fin, ambos pudieron tener la misma tarde libre. Estaban ya de acuerdo en volver a verse en el claro del bosque. La tarde anterior se cruzaron en la calle. Como de costumbre, Winston no miró directamente a Julia y ambos se sumaron a una masa de gente que empujaba en determinada dirección. Winston se fue acercando a ella. Mirándola con el rabillo del ojo notó en seguida que estaba más pálida que de costumbre.

 — Lo de mañana es imposible  — murmuró Julia en cuanto creyó prudente poder hablar.

 — ¿Qué?

 — Que mañana no podré ir.

La primera reacción de Winston fue de violenta irritación. Durante el mes que la había conocido la naturaleza de su deseo por ella había cambiado. Al principio había habido muy poca sensualidad real. Su primer encuentro amoroso había sido un acto de voluntad. Pero después de la segunda vez había sido distinto. El olor de su pelo, el sabor de su boca, el tacto de su piel parecían habérsele metido dentro o estar en el aire que lo rodeaba. Se había convertido en una necesidad física, algo que no solamente quería sino sobre lo que a la vez tenía derecho. Cuando ella dijo que no podía venir, había sentido como si lo estafaran. Pero en aquel momento la multitud los aplastó el uno contra el otro y sus manos se unieron y ella le acarició los dedos de un modo que no despertaba su deseo, sino su afecto. Una honda ternura, que no había sentido hasta entonces por ella, se apoderó súbitamente de él. Le hubiera gustado en aquel momento llevar ya diez años casado con Julia.. Deseaba intensamente poderse pasear con ella por las calles, pero no como ahora lo hacía, sino abiertamente, sin miedo alguno, hablando trivialidades y comprando los pequeños objetos necesarios para la casa. Deseaba sobre todo vivir con ella en un sitio tranquilo sin sentirse obligado a acostarse cada vez que conseguían reunirse. No fue en aquella ocasión precisamente, sino al día siguiente, cuando se le ocurrió la idea de alquilar la habitación del señor Charrington. Cuando se lo propuso a Julia, ésta aceptó inmediatamente. Ambos sabían que era una locura. Era como si avanzaran a propósito hacia sus tumbas. Mientras la esperaba sentado al borde de la cama volvió a pensar en los sótanos del Ministerio del Amor. Era notable cómo entraba y salía en la conciencia de todos aquel predestinado horror. Allí estaba, clavado en el futuro, precediendo a la muerte con tanta inevitabilidad como el 99 precede al 100. No se podía evitar, pero quizá se pudiera aplazar. Y sin embargo, de cuando en cuando, por un consciente acto de voluntad se decidía uno a acortar el intervalo, a precipitar la llegada de la tragedia.

En este momento sintió Winston unos pasos rápidos en la escalera. Julia irrumpió en la habitación. Llevaba una bolsa de lona oscura y basta como la que solía llevar al Ministerio. Winston le tendió los brazos, pero ella apartóse nerviosa, en parte porque le estorbaba la bolsa llena de herramientas.

 — Un momento  — dijo. —  Deja que te enseñe lo que traigo. ¿Trajiste ese asqueroso café de la Victoria? Ya me lo figuré. Puedes tirarlo porque no lo necesitaremos. Mira.