SEGUNDA PARTE
I
A media mañana, Winston salió de su cabina
para ir a los lavabos.
Una figura solitaria avanzaba hacia él
desde el otro extremo del largo pasillo brillantemente iluminado. Era la
muchacha morena. Habían pasado cuatro días desde la tarde en que se la había
encontrado cerca de la tienda. Al acercarse, vio Winston que la joven llevaba
en cabestrillo el brazo derecho. De lejos no se había fijado en ello porque las
vendas tenían el mismo color que el «mono». Probablemente, se habría aplastado
la mano para hacer girar uno de los grandes calidoscopios donde se fabricaban
los argumentos de las novelas. Era un accidente que ocurría con frecuencia en
el Departamento de Novela.
Estaban separados todavía por cuatro metros
cuando la joven dio un traspié y se cayó de cara al suelo exhalando un grito de
dolor. Por lo visto, había caído sobre el brazo herido. Winston se paró en
seco. La muchacha logró ponerse de rodillas. Tenía la cara muy pálida y los labios,
por contraste, más rojos que nunca. Clavó los ojos en Winston con una expresión
desolada que más parecía de miedo que de dolor.
Una curiosa emoción conmovió a Winston.
Frente a él tenía a la enemiga que procuraba su muerte. Frente a él, también,
había una criatura humana que sufría y que quizás se hubiera partido el hueso
de la nariz. Se acercó a ella instintivamente, para ayudarla. Winston había
sentido el dolor de ella en su propio cuerpo al verla caer con el brazo
vendado.
—
¿Estás herida? — le dijo.
—
No es nada. El brazo. Estaré bien en seguida.
Hablaba como si le saltara el corazón.
Estaba temblando y palidísima.
—
¿No te has roto nada?
—
No, estoy bien. Me dolió un momento nada más.
Le tendió a Winston su mano libre y él la ayudó a levantarse Le había
vuelto algo de color y parecía hallarse mucho mejor.
—
No ha sido nada — repitió poco después.
— Lo que me dolió fue la muñeca.
¡Gracias, camarada!
Y sin más, continuó en la dirección que
traía con paso tan vivo como si realmente no le hubiera sucedido nada. El
incidente no había durado más de medio minuto. Era un hábito adquirido por
instinto ocultar los sentimientos, y además cuando ocurrió aquello se hallaban
exactamente delante de una telepantalla. Sin embargo, a Winston le había sido
muy difícil no traicionarse y manifestar una sorpresa momentánea, pues en los
dos o tres segundos en que ayudó a la joven a levantarse, ésta le había
deslizado algo en la mano. Evidentemente, lo había hecho a propósito. Era un
pequeño papel doblado. Al pasar por la puerta de los lavabos, se lo metió en el
bolsillo.
Mientras estuvo en el urinario, se las
arregló para desdoblarlo dentro del bolsillo. Desde luego, tenía que haber
algún mensaje en ese papel. Estuvo tentado de entrar en uno de los waters y leerlo allí. Pero eso habría
sido una locura. En ningún sitio vigilaban las telepantallas con más interés
que en los retretes.
Volvió a su cabina; sentóse, arrojó el
pedazo de papel entre los demás de encima de la mesa, se puso las gafas y se
acercó al hablescribe. «¡Todavía cinco minutos! — se dijo a sí mismo, — ¡por lo menos cinco minutos!» Le galopaba el corazón en el pecho
con aterradora velocidad. Afortunadamente, el trabajo que estaba realizando era
de simple rutina — la rectificación de
una larga lista de números — y no
necesitaba fijar la atención.
Las palabras contenidas en el papel
tendrían con toda seguridad un significado político. Había dos posibilidades,
calculaba Winston. Una, la más probable, era que la chica fuera un agente de la
Policía del Pensamiento, como él temía. No sabía por qué empleaba la Policía
del Pensamiento ese procedimiento para entregar sus mensajes, pero podía tener
sus razones para ello. Lo escrito en el papel podía ser una amenaza, una orden
de suicidarse, una trampa... Pero había otra posibilidad, aunque Winston
trataba de convencerse de que era una locura: que este mensaje no viniera de la
Policía del Pensamiento, sino de alguna organización clandestina. ¡Quizás
existiera una Hermandad! ¡Quizás fuera aquella muchacha uno de sus miembros! La
idea era absurda, pero se le había ocurrido en el mismo instante en que sintió
el roce del papel en su mano. Hasta unos minutos después no pensó en la otra
posibilidad, mucho más sensata. E incluso ahora, aunque su cabeza le decía que
el mensaje significaría probablemente la muerte, no acababa de creerlo y
persistía en él la disparatada esperanza. Le latía el corazón y le costaba un
gran esfuerzo conseguir que no le temblara la voz mientras murmuraba las
cantidades en el hablescribe.
Cuando terminó, hizo un rollo con sus
papeles y los introdujo en el tubo neumático. Habían pasado ocho minutos. Se
ajustó las gafas sobre la nariz, suspiró y se acercó el otro montón de hojas
que había de examinar. Encima estaba el papelito doblado. Lo desdobló; en él
había escritas estas palabras con letra impersonal:
Te
quiero.
Winston se quedó tan estupefacto que ni
siquiera tiró aquella prueba delictiva en el «agujero de la memoria». Cuando
por fin, reaccionando, se dispuso a hacerlo, aunque sabía muy bien cuánto
peligro había en manifestar demasiado interés por algún papel escrito, volvió a
leerlo antes para convencerse de que no había soñado.
Durante el resto de la mañana, le fue muy
difícil trabajar. Peor aún que fijar su mente sobre las tareas habituales, era
la necesidad de ocultarle a la telepantalla su agitación interior. Sintió como
si le quemara un fuego en el estómago. La comida en la atestada y ruidosa
cantina le resultó un tormento. Había esperado hallarse un rato solo durante el
almuerzo, pero tuvo la mala suerte de que el imbécil de Parsons se le colocara
a su lado y le soltara una interminable sarta de tonterías sobre los
preparativos para la Semana del Odio. Lo que más le entusiasmaba a aquel simple
era un modelo en cartón de la cabeza del Gran Hermano, de dos metros de
anchura, que estaban preparando en el grupo de Espías al que pertenecía la niña
de Parsons. Lo más irritante era que Winston apenas podía oír lo que decía
Parsons y tenía que rogarle constantemente que repitiera las estupideces que acababa
de decir. Por un momento, divisó a la chica morena, que estaba en una mesa con
otras dos compañeras al otro extremo de la estancia. Pareció no verle y él no
volvió a mirar en aquella dirección.
La tarde fue más soportable. Después de
comer recibió un delicado y difícil trabajo que le había de ocupar varias horas
y acaparar su atención. Consistía en falsificar una serie de informes de
producción de dos años antes con objeto de desacreditar a un prominente miembro
del Partido Interior que empezaba a estar mal visto. Winston servía para estas
cosas y durante más de dos horas logró apartar a la joven de su mente. Entonces
le volvió el recuerdo de su cara y sintió un rabioso e intolerable deseo de
estar solo. Porque necesitaba la soledad para pensar a fondo en sus nuevas
circunstancias. Aquella noche era una de las elegidas por el Centro Comunal
para sus reuniones. Tomó una cena temprana
— otra insípida comida — en la
cantina, se marchó al Centro a toda prisa, participó en las solemnes tonterías
de un «grupo de polemistas», jugó dos veces al tenis de mesa, se tragó varios
vasos de ginebra y soportó durante una hora la conferencia titulada «Los
principios de Ingsoc en el juego de ajedrez». Su alma se retorcía de puro
aburrimiento, pero por primera vez no sintió el menor impulso de evitarse una
tarde en el Centro. A la vista de las palabras Te quiero, el deseo de seguir
viviendo le dominaba y parecía tonto exponerse a correr unos riesgos que podían
evitarse tan fácilmente. Hasta las veintitrés, cuando ya estaba acostado — en la oscuridad, donde estaba uno libre
hasta de la telepantalla con tal de no hacer ningún ruido — no pudo dejar fluir libremente sus
pensamientos.
Se trataba de un problema físico que había
de ser resuelto: cómo ponerse en relación con la muchacha y preparar una cita.
No creía ya posible que la joven le estuviera tendiendo una trampa. Estaba
seguro de que no era así por la inconfundible agitación que ella no había
podido ocultar al entregarle el papelito. Era evidente que estaba asustadísima,
y con motivo sobrado. A Winston no le pasó siquiera por la cabeza la idea de
rechazar a la muchacha. Sólo hacía cinco noches que se había propuesto romperle
el cráneo con una piedra. Pero lo mismo daba. Ahora se la imaginaba desnuda
como la había visto en su ensueño. Se la había figurado idiota como las demás,
con la cabeza llena de mentiras y de odios y el vientre helado. Una angustia
febril se apoderó de él al pensar que pudiera perderla, que aquel cuerpo blanco
y juvenil se le escapara. Lo que más temía era que la muchacha cambiase de idea
si no se ponía en relación con ella rápidamente. Pero la dificultad física de
esta aproximación era enorme. Resultaba tan difícil como intentar un movimiento
en el juego de ajedrez cuando ya le han dado a uno el mate. Adondequiera que
fuera uno, allí estaba la telepantalla. Todos los medios posibles para
comunicarse con la joven se le ocurrieron a Winston a los cinco minutos de leer
la nota; pero una vez acostado y con tiempo para pensar bien, los fue
analizando uno a uno como si tuviera esparcidas en una mesa una fila de
herramientas para probarlas.
Desde luego, la clase de encuentro de
aquella mañana no podía repetirse. Si ella hubiera trabajado en el Departamento
de Registro, habría sido muy sencillo, pero Winston tenía una idea muy remota
de dónde estaba el Departamento de Novela en el edificio del Ministerio y no
tenía pretexto alguno para ir allí. Si hubiera sabido dónde vivía y a qué hora
salía del trabajo, se las habría arreglado para hacerse el encontradizo; pero
no era prudente seguirla a casa ya que esto suponía esperarla delante del
Ministerio a la salida, lo cual llamaría la atención indefectiblemente. En
cuanto a mandar una carta por correo, sería una locura. Ni siquiera se ocultaba
que todas las cartas se abrían, por lo cual casi nadie escribía ya cartas. Para
los mensajes que se necesitaba mandar, había tarjetas impresas con largas
listas de frases y se escogía la más adecuada borrando las demás. En todo caso,
no sólo ignoraba la dirección de la muchacha, sino incluso su nombre.
Finalmente, decidió que el sitio más seguro era la cantina. Si pudiera ocupar
una mesa junto a la de ella hacia la mitad del local, no demasiado cerca de la
telepantalla y con el zumbido de las conversaciones alrededor, le bastaba con
treinta segundos para ponerse de acuerdo con ella.
Durante una semana después, la vida fue
para Winston como una pesadilla. Al día siguiente, la joven no apareció por la
cantina hasta el momento en que él se marchaba cuando ya había sonado la
sirena. Seguramente, la habían cambiado a otro turno. Se cruzaron sin mirarse.
Al día siguiente, estuvo ella en la cantina a la hora de costumbre, pero con
otras tres chicas y debajo de una telepantalla. Pasaron tres días insoportables
para Winston, en que no la vio en la cantina. Tanto su espíritu como su cuerpo
habían adquirido una hipersensibilidad que casi le imposibilitaba para hablar y
moverse. Incluso en sueños no podía librarse por completo de aquella imagen.
Durante aquellos días no abrió su Diario. El único alivio lo encontraba en el
trabajo; entonces conseguía olvidarla durante diez minutos seguidos. No tenía
ni la menor idea de lo que pudiera haberle ocurrido y no había que pensar en
hacer una investigación. Quizá — la hubieran vaporizado, quizá se hubiera
suicidado o, a lo mejor, la habían trasladado al otro extremo de Oceanía.
La posibilidad a la vez mejor y peor de
todas era que la joven, sencillamente, hubiera cambiado de idea y le rehuyera.
Pero al día siguiente reapareció. Ya no
traía el brazo en cabestrillo; sólo una protección de yeso alrededor de la
muñeca. El alivio que sintió al verla de nuevo fue tan grande que no pudo
evitar mirarla directamente durante varios segundos. Al día siguiente, casi
logró hablar con ella. Cuando Winston llegó a la cantina, la encontró sentada a
una mesa muy alejada de la pared. Estaba completamente sola. Era temprano y
había poca gente. La cola avanzó hasta que Winston se encontró casi junto al
mostrador, pero se detuvo allí unos dos minutos a causa de que alguien se
quejaba de no haber recibido su pastilla de sacarina. Pero la muchacha seguía
sola cuando Winston tuvo ya servida su bandeja y avanzaba hacia ella. Lo hizo
como por casualidad fingiendo que buscaba un sitio más allá de donde se
encontraba la joven. Estaban separados todavía unos tres metros. Bastaban dos
segundos para reunirse, pero entonces sonó una voz detrás de él: «¡Smith!».
Winston hizo como que no oía. Entonces la voz repitió más alto: «¡Smith!». Era
inútil hacerse el tonto. Se volvió. Un muchacho llamado Wilsher, a quien apenas
conocía Winston, le invitaba sonriente a sentarse en un sitio vacío junto a él.
No era prudente rechazar esta invitación. Después de haber sido reconocido, no
podía ir a sentarse junto a una muchacha sola. Quedaría demasiado en evidencia.
Haciendo de tripas corazón, le sonrió amablemente al muchacho, que le miraba
con un rostro beatífico. Winston, como en una alucinación, se veía a sí mismo
partiéndole la cara a aquel estúpido con un hacha. La mesa donde estaba ella se
llenó a los pocos minutos.
Por lo menos, la joven tenía que haberlo
visto ir hacia ella y se habría dado cuenta de su intención. Al día siguiente,
tuvo buen cuidado de llegar temprano. Allí estaba ella, exactamente, en la
misma mesa y otra vez sola. La persona que precedía a Winston en la cola era un
hombrecillo nervioso con una cara aplastada y ojos suspicaces. Al alejarse
Winston del mostrador, vio que aquel hombre se dirigía hacia la mesa de ella.
Sus esperanzas se vinieron abajo. Había un sitio vacío una mesa más allá, pero
algo en el aspecto de aquel tipejo le convenció a Winston de que éste no se
instalaría en la mesa donde no había nadie para evitarse la molestia de verse
obligado a soportar a los desconocidos que luego se quisieran sentar allí. Con
verdadera angustia, lo siguió Winston. De nada le serviría sentarse con ella si
alguien más los acompañaba. En aquel momento, hubo un ruido tremendo. El
hombrecillo se había caído de bruces y la bandeja salió volando derramándose la
sopa y el café. Se puso en pie y miró ferozmente a Winston. Evidentemente,
sospechaba que éste le había puesto la zancadilla. Pero daba lo mismo porque
poco después, con el corazón galopándole, se instalaba Winston junto a la
muchacha.
No la miró. Colocó en la mesa el contenido
de su bandeja y empezó a comer. Era importantísimo hablar en seguida antes de
que alguna otra persona se uniera a ellos. Pero le invadía un miedo terrible.
Había pasado una semana desde ' que la joven se había acercado a él. Podía
haber cambiado de idea, es decir, tenía
que haber cambiado de idea. Era imposible que este asunto terminara felizmente;
estas cosas no suceden en la vida real, y probablemente no habría llegado a
hablarle si en aquel momento no hubiera visto a Ampleforth, el poeta de orejas
velludas, que andaba de un lado a otro buscando sitio. Era seguro que
Ampleforth, que conocía bastante a Winston, se sentaría en su mesa en cuanto lo
viera. Tenía, pues, un minuto para actuar. Tanto él como la muchacha comían
rápidamente. Era una especie de guiso muy caldoso de habas. En voz muy baja,
empezó Winston a hablar. No se miraban. Se llevaban a la boca la comida y entre
cucharada y cucharada se decían las palabras indispensables en voz baja e
inexpresiva.
— ¿A qué hora sales del trabajo?
—
Dieciocho treinta.
—
¿Dónde podemos vernos?
— En la Plaza de la Victoria, cerca del
Monumento.
— Hay muchas telepantallas allí.
— No importa, porque hay mucha circulación.
— ¿Alguna señal?
—
No. No te acerques hasta que no me veas
entre mucha gente. Y no me mires. Sigue andando cerca de mí.
—
¿A qué hora?
— A
las diecinueve.
—
Muy bien.
Ampleforth no vio
a Winston y se sentó en otra mesa. No volvieron a hablar y, en lo humanamente
posible entre dos personas sentadas una frente a otra y en la misma mesa, no se
miraban. La joven acabó de comer a toda velocidad y se marchó. Winston se quedó
fumando un cigarrillo.
Antes de la hora
convenida estaba Winston en la Plaza de la Victoria. Dio vueltas en torno a la
enorme columna en lo alto de la cual la estatua del Gran Hermano miraba hacia
el Sur, hacia los cielos donde había vencido a los aviones eurasiáticos (pocos
años antes, los vencidos fueron los aviones de Asia Oriental), en la batalla de
la Primera Franja Aérea. En la calle de enfrente había una estatua ecuestre
cuyo jinete representaba, según decían, a Oliver Cromwell. Cinco minutos
después de la hora que fijaron, aún no se había presentado la muchacha. Otra
vez le entró a Winston un gran pánico. ¡No venía! ¡Había cambiado de idea! Se dirigió
lentamente hacia el norte de la plaza y tuvo el placer de identificar la
iglesia de San Martín, cuyas campanas —
cuando existían — habían cantado
aquello de «me debes tres peniques». Entonces vio a la chica parada al pie del
monumento, leyendo o fingiendo que leía un cartel arrollado a la columna en
espiral. No era prudente acercarse a ella hasta que se hubiera acumulado más
gente. Había telepantallas en todo el contorno del monumento. Pero en aquel
mismo momento se produjo una gran gritería y el ruido de unos vehículos pesados
que venían por la izquierda. De pronto, todos cruzaron corriendo la plaza. La
joven dio la vuelta ágilmente junto a los leones que formaban la base del
monumento y se unió a la desbandada. Winston la siguió. Al correr, le oyó decir a alguien que un
convoy de prisioneros eurasiáticos pasaba por allí cerca.
Una densa masa de
gente bloqueaba el lado sur de la plaza. Winston, que normalmente era de esas
personas que rehuyen todas las aglomeraciones, se esforzaba esta vez, a codazos
y empujones, en abrirse paso hasta el centro de la multitud. Pronto estuvo a un
paso de la joven, pero entre los dos había un corpulento prole y una mujer casi
tan enorme como él, seguramente su esposa. Entre los dos parecían formar un
impenetrable muro de carne. Winston se fue metiendo de lado y, con un violento
empujón, logró meter entre la pareja su hombro. Por un instante creyó que se le
deshacían las entrañas aplastadas entre las dos caderas forzudas. Pero, con un
esfuerzo supremo, sudoroso, consiguió hallarse por fin junto a la chica.
Estaban hombro con hombro y ambos miraban fijamente frente a ellos.
Una caravana de
camiones, con soldados de cara pétrea armados con fusiles ametralladoras,
pasaban calle abajo. En los camiones, unos hombres pequeños de tez amarilla y
harapientos uniformes verdosos formaban una masa compacta tan apretados como
iban. Sus tristes caras mongólicas miraban a la gente sin la menor curiosidad.
De vez en cuando se oían ruidos metálicos al dar un brinco alguno de los camiones. Este ruido lo producían los grilletes
que llevaban los prisioneros en los pies. Pasaron muchos camiones con la misma
carga y los mismos rostros indiferentes. Winston conocía de sobra el contenido,
pero sólo podía verlos intermitentemente. La muchacha apoyaba el hombro y el
brazo derecho, hasta el codo, contra el costado de Winston. Sus mejillas
estaban tan próximas que casi se tocaban. Ella se había puesto inmediatamente a
tono con la situación lo mismo que lo había hecho en la cantina. Empezó a
hablar con la misma voz inexpresiva, moviendo apenas los labios. Era un leve
murmullo apagado por las voces y el estruendo del desfile.
—
¿Me oyes?
—
Sí.
—
¿Puedes salir el domingo?
—
Sí.
—
Entonces escucha bien. No lo olvides. Irás a la estación de Paddington...
Con una precisión casi militar que asombró
a Winston, la chica le fue describiendo la ruta que había de seguir: un viaje
de media hora en tren; torcer luego a la izquierda al salir de la estación;
después de dos kilómetros por carretera y, al llegar a un portillo al que le
faltaba una barra, entrar por él y seguir por aquel sendero cruzando hasta una
extensión de césped; de allí partía una vereda entre arbustos; por fin, un
árbol derribado y cubierto de musgo. Era como si tuviese un mapa dentro de la
cabeza.
—
¿Te acordarás? — murmuró al terminar
sus indicaciones.
—
Sí.
Tuerces a la izquierda, luego a la derecha
y otra vez a la izquierda. Y al portillo le falta una barra.
—
Sí. ¿A qué hora?
— Hacia
las quince. A lo mejor tienes que esperar. Yo llegaré por otro camino. ¿Te
acordarás bien de todo?
—
Sí.
Entonces, márchate de mi lado lo más pronto
que puedas. No necesitaba habérselo dicho. Pero, por lo pronto, no se podía
mover. Los camiones no dejaban de pasar y la gente no se cansaba de expresar su
entusiasmo. Aunque es verdad que solamente lo expresaban abriendo la boca en
señal de estupefacción. Al principio había habido algunos abucheos y silbidos,
pero procedían sólo de los miembros del Partido y pronto cesaron. La emoción
dominante era sólo la curiosidad. Los extranjeros, ya fueran de Eurasia o de
Asia Oriental, eran como animales raros. No había manera de verlos, sino como
prisioneros; e incluso como prisioneros no era posible verlos más que unos
segundos. Tampoco se sabía qué hacían con ellos aparte de los ejecutados
públicamente como criminales de guerra. Los demás se esfumaban, seguramente en
los campos de trabajos forzados. Los redondos rostros mongólicos habían dejado
paso a los de tipo más europeo, sucios, barbudos y exhaustos. Por encima de los
salientes pómulos, los ojos de algunos miraban a los de Winston con una extraña
intensidad y pasaban al instante. El convoy se estaba terminando. En el último
camión vio Winston a un anciano con la cara casi oculta por una masa de
cabello, muy erguido y con los puños cruzados sobre el pecho. Daba la sensación
de estar acostumbrado a que lo ataran. Era imprescindible que Winston y la
chica se separaran ya. Pero en el último momento, mientras que la multitud los
seguía apretando el uno contra el otro, ella le cogió la mano y se la estrechó.
No habría durado aquello más de diez
segundos y, sin embargo, parecía que sus manos habían estado unidas durante una
eternidad. Por lo menos, tuvo Winston tiempo sobra do para aprenderse de
memoria todos los detalles de aquella mano de mujer. Exploró sus largos dedos,
sus uñas bien formadas, la palma endurecida por el trabajo con varios callos y
la suavidad de la carne junto a la muñeca. Sólo con verla la habría reconocido
entre todas las manos. En ese instante se le ocurrió que no sabía de qué color
tenía ella los ojos. Probablemente, castaños, pero también es verdad que mucha
gente de cabello negro tienen ojos azules. Volver la cabeza y mirarla hubiera
sido una imperdonable locura. Mientras había durado aquel apretón de manos
invisible entre la presión de tanta gente, miraban ambos impasibles adelante y
Winston, en vez de los ojos de ella, contempló los del anciano prisionero que
lo miraban con tristeza por entre sus greñas de pelo.
II
Winston emprendió la marcha por el campo.
El aire parecía besar la piel. Era el segundo día de mayo. Del corazón del
bosque venía el arrullo de las palomas. Era un poco pronto. El viaje no le
había presentado dificultades y la muchacha era tan experimentada que le
infundía a Winston una gran seguridad. Confiaba en que ella sabría escoger un
sitio seguro. En general, no podía decirse que se estuviera más seguro en el
campo que en Londres. Desde luego, no había telepantallas, pero siempre quedaba
el peligro de los micrófonos ocultos que recogían vuestra voz y la reconocían.
Además, no era fácil viajar individualmente sin llamar la atención. Para
distancias de menos de cien kilómetros no se exigía visar los pasaportes, pero
a veces vigilaban patrullas alrededor de las estaciones de ferrocarril y
examinaban los documentos de todo miembro del Partido al que encontraran y le
hacían difíciles preguntas. Sin embargo, Winston tuvo la suerte de no encontrar
patrullas y desde que salió de la estación se aseguró, mirando de vez en cuando
cautamente hacia atrás, de que no lo seguían. El tren iba lleno de proles con
aire de vacaciones, quizá porque el tiempo parecía de verano. El vagón en que
viajaba Winston llevaba asientos de madera y su compartimiento estaba ocupado
casi por completo con una única familia, desde la abuela, muy vieja y sin
dientes, hasta un niño de un mes. Iban a pasar la tarde con unos parientes en
el campo y, como le explicaron con toda libertad a Winston, para adquirir un
poco de mantequilla en el mercado negro.
Por fin, llegó a la
vereda que le había dicho ella y siguió por allí entre los arbustos. No tenía
reloj, pero no podían ser todavía las quince. Había tantas flores silvestres,
que le era imposible no pisarlas. Se arrodilló y empezó a coger algunas, en
parte por echar algún tiempo fuera y también con la vaga idea de reunir un
ramillete para ofrecérselo a la muchacha. Pronto formó un gran ramo y estaba
oliendo su enfermizo aroma cuando se quedó helado al oír el inconfundible
crujido de unos pasos tras él sobre las ramas secas. Siguió cogiendo
florecillas. Era lo mejor que podía hacer. Quizá fuese la chica, pero también
pudieran haberlo seguido. Mirar para atrás era mostrarse culpable. Todavía le
dio tiempo de coger dos flores más. Una mano se le posó levemente sobre el
hombro.
Levantó la cabeza. Era la muchacha. Ésta
volvió la cabeza para prevenirle de que siguiera callado, luego apartó las
ramas de los arbustos para abrir paso hacia el bosque. Era evidente que había
estado allí antes, pues sus movimientos eran los de una persona que tiene la
costumbre de ir siempre por el mismo sitio. Winston la siguió sin soltar su
ramo de flores. Su primera sensación fue de alivio, pero mientras contemplaba
el cuerpo femenino, esbelto y fuerte a la vez, que se movía ante él, y se
fijaba en el ancho cinturón rojo, lo bastante apretado para hacer resaltar la
curva de sus caderas, empezó a sentir su propia inferioridad. Incluso ahora le
parecía muy probable que cuando ella se volviera y lo mirara, lo abandonaría.
La dulzura del aire y el verdor de las hojas lo hechizaban. Ya cuando venía de
la estación, el sol de mayo le había hecho sentirse sucio y gastado, una
criatura de puertas adentro que llevaba pegado a la piel el polvo de Londres.
Se le ocurrió pensar que hasta ahora no lo había visto ella de cara a plena
luz. Llegaron al árbol derribado del que la joven había hablado. Ésta saltó por
encima del tronco y, separando las grandes matas que lo rodeaban, pasó a un
pequeño claro. Winston, al seguirla, vio que el pequeño espacio estaba rodeado
todo por arbustos y oculto por ellos. La muchacha se detuvo y, volviéndose
hacia él, le dijo:
—
Ya hemos llegado.
Winston se hallaba a varios pasos de ella.
Aún no se atrevía a acercársele más.
—
No quise hablar en la vereda prosiguió ella —
por si acaso había algún micrófono escondido. No creo que lo haya, pero
no es imposible. Siempre cabe la posibilidad de que uno de esos cerdos te
reconozcan la voz. Aquí estamos bien.
Todavía le faltaba valor a Winston para
acercarse a ella. Por eso, se limitó a repetir tontamente:
—
¿Estamos bien aquí?
—
Sí. Mira los árboles — eran unos
arbolillos de ramas finísimas. — No hay
nada lo bastante grande para ocultar un micro. Además, ya he estado aquí antes.
Sólo hablaban. Él se había decidido ya a
acercarse más a ella. Sonriente, con cierta ironía en la expresión, la joven
estaba muy derecha ante él como preguntándose por qué tardaba tanto en empezar.
El ramo de flores silvestre se había caído al suelo. Winston le cogió la mano.
—
¿Quieres creer — dijo — que hasta este momento no sabía de qué color
tienes los ojos? — Eran castaños,
bastante claros, con pestañas negras. —
Ahora que me has visto a plena luz y cara a cara, ¿puedes soportar mi
presencia?
—
Sí, bastante bien.
—
Tengo treinta y nueve años. Estoy casado y no me puedo librar de mi mujer.
Tengo varices y cinco dientes postizos.
Todo eso no me importa en absoluto — dijo la muchacha.
Un instante después, sin saber cómo, se la
encontró Winston en sus brazos. Al principio, su única sensación era de
incredulidad. El juvenil cuerpo se apretaba contra el suyo y la masa de cabello
negro le daba en la cara y, aunque le pareciera increíble, le acercaba su boca
y él la besaba. Sí, estaba besando aquella boca grande y roja. Ella le echó los
brazos al cuello y empezó a llamarle «querido, amor mío, precioso...». Winston
la tendió en el suelo. Ella no se resistió; podía hacer con ella lo que
quisiera. Pero la verdad era que no sentía ningún impulso físico, ninguna
sensación aparte de la del abrazo. Le dominaban la incredulidad y el orgullo.
Se alegraba de que esto ocurriera, pero no tenía deseo físico alguno. Era
demasiado pronto. La juventud y la belleza de aquel cuerpo le habían asustado;
estaba demasiado acostumbrado a vivir sin mujeres. Quizá fuera por alguna de
estas razones o quizá por alguna otra desconocida. La joven se levantó y se
sacudió del cabello una florecilla que se le había quedado prendida en él.
Sentóse junto a él y le rodeó la cintura con su brazo.
—
No te preocupes, querido, no hay prisa. Tenemos toda la tarde. ¿Verdad que es
un escondite magnífico? Me perdí una vez en una excursión colectiva y descubrí
este lugar. Si viniera alguien, lo oiríamos a cien metros.
—
¿Cómo te llamas? — dijo Winston.
— Julia.
Tu nombre ya lo conozco. Winston... Winston Smith.
— ¿Cómo te enteraste?
—
Creo que tengo más habilidad que tú para descubrir cosas, querido. Dime, ¿qué
pensaste de mí antes de darte aquel papelito?
Winston no tuvo ni la menor tentación de
mentirle. Era una especie de ofrenda amorosa empezar confesando lo peor.
—
Te odiaba. Quería abusar de ti y luego asesinarte. Hace dos semanas pensé
seriamente romperte la cabeza con una piedra. Si quieres saberlo, te diré que
te creía en relación con la Policía del Pensamiento.
La muchacha se reía encantada, tomando
aquello como un piropo por lo bien que se había disfrazado.
—
¡La Policía del Pensamiento, qué ocurrencia! No es posible que lo creyeras.
Bueno, quizá no fuera exactamente eso.
Pero, por tu aspecto... quizá por tu juventud y por lo saludable que eres; en
fin, ya comprendes, creí que probablemente...
—
Pensaste que era una excelente afiliada. Pura en palabras y en hechos.
Estandartes, desfiles, consignas, excursiones colectivas y todo eso. Y creíste que
a las primeras de cambio te denunciaría como criminal mental y haría que te
mataran.
—
Sí, algo .así. Ya sabes que muchas chicas son de ese modo.
—
La culpa la tiene esa porquería — dijo
Julia quitándose el cinturón rojo de la Liga Anti-Sex y tirándolo a una rama,
donde quedó colgado. Luego, como si el tocarse la cintura le hubiera recordado
algo, sacó del bolsillo de su «mono» una tableta de chocolate. La partió por la
mitad y le dio a Winston uno de los pedazos. Antes de probarlo, ya sabía él por
el olor que era un chocolate muy poco frecuente. Era oscuro y brillante,
envuelto en papel de plata. El chocolate, corrientemente, era de un color
castaño claro y desmigajaba con gran facilidad; y en cuanto a su sabor, era
algo así como el del humo de la goma quemada. Pero alguna vez había probado
chocolate como el que ella le daba ahora.
Su aroma le había despertado recuerdos que no podía localizar, pero que
lo turbaban intensamente.
—
¿Dónde encontraste esto? dijo.
En el mercado negro — dijo ella con indiferencia — Yo me las arreglo bastante bien. Fui jefe de
sección en los Espías. Trabajo voluntariamente tres tardes a la semana en la
Liga juvenil Anti-Sex. Me he pasado horas y horas desfilando por Londres. Siempre
soy yo la que lleva uno de los estandartes. Pongo muy buena cara y nunca
intento librarme de una lata. Mi lema
es «grita siempre con los demás». Es el único modo de estar seguros.
El primer trocito de chocolate se le había
derretido a Winston en la lengua. Su sabor era delicioso. Pero le seguía
rondando aquel recuerdo que no podía fijar, algo así como un objeto visto por
el rabillo del ojo. Hizo por librarse de él quedándole la sensación de que se
trataba de algo que él había hecho en tiempos y que hubiera preferido no haber
hecho.
Eres muy joven — dijo. — Debes de ser
unos diez o quince años más joven que yo. ¿Qué has podido ver en un hombre como
yo que te haya atraído?
Algo en tu cara. Me decidí a arriesgarme.
Conozco en seguida a la gente de la acera de enfrente. En cuanto te vi supe que
estabas contra ellos.
Ellos, por lo visto, quería decir el Partido, y
sobre todo el Partido Interior, sobre el cual hablaba Julia con un odio
manifiesto que intranquilizaba a Winston, aunque sabía que aquel sitio en que
se hallaban era uno de los poquísimos lugares donde nada tenían que temer. Le
asombraba la rudeza con que hablaba Julia. Se suponía que los miembros del
Partido no decían palabrotas, y el propio Winston apenas las decía como no
fuera entre dientes. Sin embargo, Julia no podía nombrar al Partido,
especialmente al Partido Interior, sin usar palabras de esas que solían
aparecer escritas con tiza en los callejones solitarios. A él no le disgustaba
eso, puesto que era un síntoma de la rebelión de la joven contra el Partido y
sus métodos. Y semejante actitud resultaba natural y saludable, como el
estornudo de un caballo que huele mala avena. Habían salido del claro y
paseaban por entré los arbustos. Iban cogidos de la cintura siempre que tenían
sitio suficiente para pasar los dos juntos. Notó que la cintura de Julia
resultaba mucho más suave ahora que se había quitado el cinturón. Seguían
hablando en voz muy baja. Fuera del claro, dijo Julia, era mejor ir con
prudencia. Llegaron hasta la linde del bosquecillo. Ella lo detuvo.
—
No salgas a campo abierto. Podría haber alguien que nos viera. Estaremos mejor
detrás de las ramas.
Y permanecieron a la sombra de los
arbustos. La luz del sol, filtrándose por las innumerables hojas, les seguía
caldeando el rostro. Winston observó el campo que los rodeaba y experimentó,
poco a poco, la curiosa sensación de reconocer aquel lugar. Era tierra de
pastos, con un sendero que la cruzaba y alguna pequeña elevación de cuando en
cuando. En la valla, medio rota, que se veía al otro lado, se divisaban las
ramas de unos olmos que se balanceaban con la brisa, y sus hojas se movían en
densas masas como cabelleras femeninas. Seguramente por allí cerca, pero fuera
de su vista, habría un arroyuelo.
—
¿No hay por aquí cerca un arroyo? —
murmuró.
—
Sí lo hay. Está al borde del terreno colindante con éste. Hay peces, muy
grandes por cierto. Se puede verlos en las charcas que se forman bajo los
sauces.
—
Es el País Dorado... casi — murmuró.
—
¿El País Dorado?
No tiene importancia. Es un paisaje que he
visto algunas veces en sueños.
—
¡Mira! — susurró Julia.
Un pájaro se había movido en una rama a unos cinco metros de ellos y casi al nivel de sus
caras. Quizá no los hubiera visto. Estaba en el sol y ellos a la sombra.
Extendió las alas, volvió a colocárselas cuidadosamente en su sitio, inclinó la
cabecita un momento, como si saludara respetuosamente al sol y empezó a cantar
torrencialmente. En el silencio de la tarde, sobrecogía el volumen de aquel
sonido. Winston y Julia se abrazaron fascinados. La música del ave continuó,
minuto tras minuto, con asombrosas variaciones y sin repetirse nunca, casi como
si estuviera demostrando a propósito su virtuosismo. A veces se detenía unos
segundos, extendía y recogía sus alas, luego hinchaba su pecho moteado y
empezaba de nuevo su concierto. Winston lo contemplaba con un vago respeto.
¿Para quién, para qué cantaba aquel pájaro? No tenía pareja ni rival que lo
contemplaran. ¿Qué le impulsaba a estarse allí, al borde del bosque solitario,
regalándole su música al vacío? Se preguntó si no habría algún micrófono
escondido allí cerca. Julia y él habían hablado sólo en murmullo, y ningún
aparato podría registrar lo que ellos habían dicho, pero sí el canto del
pájaro. Quizás al otro extremo del instrumento algún hombrecillo mecanizado
estuviera escuchando con toda atención; sí, escuchando aquella. Gradualmente la
música del ave fue despertando en él sus pensamientos. Era como un líquido que
saliera de él y se mezclara con la luz del sol, que se filtraba por entre las
hojas. Dejó de pensar y se limitó a sentir. La cintura de la muchacha bajo su
brazo era suave y cálida. Le dio la vuelta hasta quedar abrazados cara a cara.
El cuerpo de Julia parecía fundirse con el suyo. Donde quiera que tocaran sus
manos, cedía todo como si fuera agua. Sus bocas se unieron con besos muy
distintos de los duros besos que se habían dado antes. Cuando volvieron a
apartar sus rostros, suspiraron ambos profundamente. El pájaro se asustó y
salió volando con un aleteo alarmado.
Rápidamente, sin poder evitar el crujido de
las ramas bajo sus pies, regresaron al claro. Cuando estuvieron ya en su
refugio, se volvió Julia hacia él y lo miró fijamente. Los dos respiraban
pesadamente, pero la sonrisa había desaparecido en las comisuras de sus labios.
Estaban de pie y ella lo miró por un instante y luego tanteó la cremallera de
su mono con las manos. ¡Si! ¡Fue casi como en un sueño! Casi tan velozmente
como él se lo había imaginado, ella se arrancó la ropa y cuando la tiró a un
lado fue con el mismo magnífico gesto con el cual toda una civilización parecía
anihilarse. Su blanco cuerpo brillaba al sol. Por un momento él no miró su
cuerpo. Sus ojos habían buscado anclaje en el pecoso rostro con su débil y
franca sonrisa. Se arrodilló ante ella y tomó sus manos entre las suyas.
— ¿Has hecho esto antes?
—
Claro. Cientos de veces. Bueno, muchas veces.
—
¿Con miembros del Partido?
—
Sí, siempre con miembros del Partido.
—
¿Con miembros del Partido del Interior?
— No,
con esos cerdos no. Pero muchos lo harían si pudieran. No son tan sagrados como
pretenden.
Su corazón dio un salto. Lo había hecho
muchas veces. Todo lo que oliera a corrupción le llenaba de una esperanza
salvaje. Quién sabe, tal vez el Partido estaba podrido bajo la superficie, su
culto de fuerza y autocontrol no era más que una trampa tapando la iniquidad.
Si hubiera podido contagiarlos a todos con la lepra o la sífilis, ¡con qué
alegría lo hubiera hecho! Cualquier cosa con tal de podrir, de debilitar, de
minar.
La atrajo hacia sí, de modo que quedaron de
rodillas frente a frente.
—
Oye, cuantos más hombres hayas tenido más te quiero yo. ¿Lo comprendes?
—
Sí, perfectamente.
—
Odio la pureza, odio la bondad. No quiero que exista ninguna virtud en ninguna
parte. Quiero que todo el mundo esté corrompido hasta los huesos.
—
Pues bien, debe irte bien, cariño. Estoy corrompida hasta los huesos.
—
¿Te gusta hacer esto? No quiero decir simplemente yo, me refiero a la cosa en
sí.
—
Lo adoro.
Esto era sobre todas las cosas lo que
quería oír. No simplemente el amor por una persona sino el instinto animal, el
simple indiferenciado deseo. Esta era la fuerza que destruiría al Partido. La
empujó contra la hierba entre las campanillas azules. Esta vez no hubo dificultad.
El movimiento de sus pechos fue bajando hasta la velocidad normal y con un
movimiento de desamparo se fueron separando. El sol parecía haber intensificado
su calor. Los dos estaban adormilados. Él alcanzó su desechado mono y la cubrió
parcialmente.
Al poco tiempo se durmieron profundamente.
Al cabo de media hora se despertó Winston. Se incorporó y contempló a Julia,
que seguía durmiendo tranquilamente con su cara pecosa en la palma de la mano.
Aparte de la boca, sus facciones no eran hermosas. Si se miraba con atención,
se descubrían unas pequeñas arrugas en torno a los ojos. El cabello negro y
corto era extraordinariamente abundante y suave. Pensó entonces que todavía
ignoraba el apellido y el domicilio de ella.
Este cuerpo joven y vigoroso, desamparado
ahora en el sueño, despertó en él un compasivo y protector sentimiento. Pero la
ternura que había sentido mientras escuchaba el canto del pájaro había
desaparecido ya. Le apartó el mono a un lado y estudió su cadera. En los viejos
tiempos, pensó, un hombre miraba el cuerpo de una muchacha y veía que era
deseable y aquí se acababa la historia. Pero ahora no se podía sentir amor puro
o deseo puro. Ninguna emoción era pura porque todo estaba mezclado con el miedo
y el odio. Su abrazo había sido una batalla, el clímax una victoria.
Era un golpe contra el Partido. Era un acto político.
III
Podemos volver a este sitio — propuso Julia. — En general, puede emplearse dos veces el mismo escondite con tal
de que se deje pasar uno o dos meses.
En cuanto se despertó, la conducta de Julia
había cambiado. Tenía ya un aire prevenido y frío. Se vistió, se puso el
cinturón rojo y empezó a planear el viaje de regreso. A Winston le parecía
natural que ella se encargara de esto. Evidentemente poseía una habilidad para todo
lo práctico que Winston carecía y también parecía tener un conocimiento
completo del campo que rodeaba a Londres. Lo había aprendido a fuerza de tomar
parte en excursiones colectivas. La ruta que le señaló era por completo
distinta de la que él había seguido al venir, y le conducía a otra estación.
«Nunca hay que regresar por el mismo camino de ida», sentenció ella, como si
expresara un importante principio general. Ella partiría antes y Winston
esperaría media hora para emprender la marcha a su vez.
Había nombrado Julia un sitio donde podían
encontrarse, después de trabajar, cuatro días más tarde. Era una calle en uno
de los barrios más pobres donde había un mercado con mucha gente y ruido.
Estaría por allí, entre los puestos, como si buscara cordones para los zapatos
o hilo de coser. Si le parecía que no había peligro se llevaría el pañuelo a la
nariz cuando se acercara Winston. En caso contrario, sacaría el pañuelo. Él
pasaría a su lado sin mirarla. Pero con un poco de suerte, en medio de aquel
gentío podrían hablar tranquilos durante un cuarto de hora y ponerse de acuerdo
para otra cita.
Ahora tengo que irme — dijo la muchacha en cuanto vio que él se
había enterado bien de sus instrucciones. Debo estar de vuelta a las diecinueve
treinta. Tengo que dedicarme dos horas a la Liga Anti-Sex repartiendo folletos
o algo por el estilo. ¿Verdad que es un asco? Sacúdeme con las manos. ¿Estás
seguro de que no tengo briznas en el cabello? ¡Bueno, adiós, amor mío; adiós!
Se arrojó en sus brazos, lo besó casi violentamente y poco después
desaparecía por el bosque sin hacer apenas ruido. Incluso ahora seguía sin
saber cómo se llamaba de apellido ni dónde vivía. Sin embargo, era igual, pues
resultaba inconcebible que pudieran citarse en lugar cerrado ni escribirse. Nunca
volvieron al bosquecillo. Durante el mes de mayo sólo tuvieron una ocasión de
estar juntos de aquella manera. Fue en otro escondite que conocía Julia, el
campanario de una ruinosa iglesia en una zona casi desierta donde una bomba
atómica había caído treinta años antes. Era un buen escondite una vez que se
llegaba allí, pero era muy peligroso el viaje. Aparte de eso, se vieron por las
calles en un sitio diferente cada tarde y nunca más de media hora cada vez. En
la calle era posible hablarse de cierta manera. Mezclados con la multitud,
juntos, pero dando la impresión de que era el movimiento de la masa lo que les
hacía estar tan cerca y teniendo buen cuidado de no mirarse nunca, podían
sostener una curiosa e intermitente conversación que se encendía y apagaba como
los rayos de luz de un
faro. En cuanto se aproximaba un uniforme del
Partido o caían cerca de una telepantalla, se callaban inmediatamente. Y
reanudaban la conversación minutos después, empezando a la mitad de una frase
que habían dejado sin terminar, y luego volvían a cortar en seco cuando les
llegaba el momento de separarse. Y al día siguiente seguían hablando sin más
preliminares. Julia parecía estar muy acostumbrada a esta clase de
conversación, que ella llamaba «hablar por folletones». Tenia además una
sorprendente habilidad para hablar sin mover los labios. Una sola vez en todo
un mes de encuentros nocturnos consiguieron darse un beso. Pasaban en silencio
por una calle (Julia nunca hablaba cuando estaban lejos de las calles
principales) y en ese momento oyeron un ruido ensordecedor, la tierra tembló y
se oscureció la atmosfera. Winston
se encontró tendido al lado de Julia, magullado y con un terrible pánico. Una
bomba cohete había estallado muy cerca. De pronto se dio cuenta de que tenía
junto a la suya la cara de Julia. Estaba palidísima, hasta los labios los tenía
blancos. No era palidez, sino una blancura de sal. Winston creyó que estaba
muerta. La abrazó en el suelo y se sorprendió de estar besando un rostro vivo y
cálido. Es que se le había llenado la cara del yeso pulverizado por la
explosión. Tenía la cara completamente blanca.
Algunas tardes, a última hora, llegaban al sitio convenido y tenían
que andar a cierta distancia uno del otro sin dar la menor señal de reconocerse
porque había aparecido una patrulla por una esquina o volaba sobre ellos un
autogiro. Aunque hubiera sido menos peligroso verse, siempre habrían tenido, la
dificultad del tiempo. Winston trabajaba sesenta horas a la semana y Julia
todavía más. Los días libres de ambos variaban según las necesidades del
trabajo y no solían coincidir. Desde luego, Julia tenía muy pocas veces una
tarde libre por completo. Pasaba muchísimo tiempo asistiendo a conferencias y
manifestaciones, distribuyendo propaganda para la Liga juvenil Anti-Sex,
preparando banderas y estandartes para la Semana del Odio, recogiendo dinero
para la Campaña del Ahorro y en actividades semejantes. Aseguraba que merecía
la pena darse ese trabajo suplementario; era un camuflaje. Si se observaban las
pequeñas reglas se podían infringir las grandes. Julia indujo a Winston a que
dedicara otra de sus tardes como voluntario en la fabricación de municiones
como solían hacer los más entusiastas miembros del Partido. De manera que una
tarde cada semana se
pasaba Winston cuatro horas de aburrimiento
insoportable atornillando dos pedacitos de metal que probablemente formaban
parte de una bomba. Este trabajo en serie lo realizaban en un taller donde los
martillazos se mezclaban espantosamente con la música de la telepantalla. El taller
estaba lleno de corrientes de aire y muy mal iluminado.
Cuando se reunieron en las ruinas del campanario llenaron todos los
huecos de sus conversaciones anteriores. Era una tarde achicharrante. El aire
del pequeño espacio sobre las campanas era ardiente e irrespirable y olía de un
modo insoportable a palomar. Allí permanecieron varias horas, sentados en el
polvoriento suelo, levantándose de cuando en cuando uno de ellos para asomarse
cautelosamente y asegurarse de que no se acercaba nadie.
Julia tenía veintiséis años. Vivía en una especie de
hotel con otras treinta muchachas («¡Siempre el hedor de las mujeres! ¡Cómo las odio!», comentó); y
trabajaba, como él había adivinado, en las máquinas que fabricaban novelas en
el departamento dedicado a ello. Le distraía su trabajo, que consistía
principalmente en manejar un motor eléctrico poderoso, pero lleno de resabios.
No era una mujer muy lista — según su
propio juicio, — pero manejaba
hábilmente las máquinas. Sabía todo el procedimiento para fabricar una novela,
desde las directrices generales del Comité Inventor hasta los toques finales
que daba la Brigada de Repaso. Pero no le interesaba el producto terminado. No
le interesaba leer. Consideraba los libros como una mercancía, algo así como la
mermelada o los cordones para los zapatos.
Julia no recordaba nada anterior a los años
sesenta y tantos y la única persona que había conocido que le hablase de los
tiempos anteriores a la Revolución era un abuelo que había desaparecido cuando ella
tenia ocho años. En la escuela había sido capitana del equipo de hockey y había
ganado durante dos años seguidos el trofeo
de gimnasia. Fue jefe de sección en los Espías y secretaria de una rama de la
Liga de la juventud antes de afiliarse a la Liga juvenil Anti-Sex. Siempre
había sido considerada como persona de absoluta confianza. Incluso (y esto era
señal infalible de buena reputación) la habían elegido para trabajar en
Pomosec, la subsección del Departamento de Novela encargada de fabricar pornografía
barata para los proles. Allí había trabajado un año entero ayudando a la
producción de libritos que se enviaban en paquetes sellados y que llevaban
títulos como Historias deliciosas, o Una noche en un colegio de chicas, que
compraban furtivamente los jóvenes proletarios, con lo cual se les daba la
impresión de que adquirían una mercancía ilegal.
—
¿Cómo son esos libros? — le preguntó
Winston por curiosidad.
—
Pues una porquería. Son de lo más aburrido. Hay sólo seis argumentos. Yo
trabajaba únicamente en los calidoscopios. Nunca llegué a formar parte de la
Brigada de Repaso.
No tengo disposiciones para la literatura.
Sí, querido, ni siquiera sirvo para eso.
Winston se enteró con asombro de que en la
Pornosec, excepto el jefe, no había más que chicas. Dominaba la teoría de que
los hombres, por ser menos capaces que las mujeres de dominar su instinto
sexual, se hallaban en mayor peligro de ser corrompidos por las suciedades que
pasaban por sus manos.
—
Ni siquiera permiten trabajar allí a las mujeres casadas — añadió. —
Se supone que las chicas solteras son siempre muy puras. Aquí tienes por
lo pronto una que no lo es.
Julia había tenido su primer asunto amoroso
a los dieciséis años con un miembro del Partido de sesenta años, que después se
suicidó para evitar que lo detuvieran. «Fue una gran cosa — dijo Julia, — porque, si no, mi nombre se habría descubierto al confesar él.»
Desde entonces se habían sucedido varios otros. Para ella la vida era muy
sencilla. Una lo quería pasar bien; ellos
— es decir, el Partido —
trataban de evitarlo por todos los medios; y una procuraba burlar las
prohibiciones de la mejor manera posible. A Julia le parecía muy natural que ellos
le quisieran evitar el placer y que ella por su parte quisiera librarse de
que la detuvieran. Odiaba al Partido y lo decía con las más terribles
palabrotas, pero no era capaz de hacer una crítica seria de lo que el Partido
representaba. No atacaba más que la parte de la doctrina del Partido que rozaba
con su vida. Winston notó que Julia no usaba nunca palabras de neolengua
excepto las que habían pasado al habla corriente. Nunca había oído hablar de la
Hermandad y se negó a creer en su existencia. Creía estúpido pensar en una
sublevación contra el Partido. Cualquier intento en este sentido tenía que
fracasar. Lo inteligente le parecía burlar las normas y seguir viviendo a pesar
de ello. Se preguntaba cuántas habría como ella en la generación más joven,
mujeres educadas en el mundo de la revolución, que no habían oído hablar de
nada más, aceptando al Partido como algo de imposible modificación — algo así como el cielo — y que sin rebelarse contra la autoridad
estatal la eludían lo mismo que un conejo puede escapar de un perro.
Entre Winston y Julia no se planteó la
posibilidad de casarse. Había demasiadas dificultades para ello. No merecía la
pena perder tiempo pensando en esto. Ningún comité de Oceanía autorizaría este
casamiento, incluso si Winston hubiera podido librarse de su esposa Katharine.
—
¿Cómo era tu mujer?
—
Era..., ¿conoces la palabra piensabien,
es decir, ortodoxa por naturaleza, incapaz de un mal pensamiento?
—
No, no conozco esa palabra, pero sí la clase de persona a que te refieres.
Winston empezó a contarle la historia de su
vida conyugal, pero Julia parecía saber ya todo lo esencial de este asunto. Con
Julia no le importaba hablar de esas cosas. Katharine había dejado de ser para él un penoso recuerdo, convirtiéndose en un
recuerdo molesto.
Lo habría soportado si no hubiera sido por
una cosa — añadió. Y le contó la
pequeña ceremonia frígida que Katharine
le había obligado a
celebrar la misma noche cada semana. —
Le repugnaba, pero por nada del mundo lo habría dejado de hacer. No te
puedes figurar cómo le llamaba a aquello.
—
«Nuestro deber para con el Partido» —
dijo Julia inmediatamente.
—
¿Cómo lo sabías?
—
Querido, también yo he estado en la escuela. A las mayores de dieciséis años
les dan conferencias sobre temas sexuales una vez al mes. Y luego, en el
Movimiento juvenil, no dejan de grabarle a una esas estupideces en la cabeza.
En muchísimos casos da resultado. Claro que nunca se tiene la seguridad porque
la gente es tan hipócrita...
Y Julia se extendió sobre este asunto. Ella
lo refería todo a su propia sexualidad. A diferencia de Winston, entendía
perfectamente lo que el Partido se proponía con su puritanismo sexual. Lo más
importante era que la represión sexual conducía a la histeria, lo cual era
deseable ya que se podía transformar en una fiebre guerrera y en adoración del
líder. Ella lo explicaba así «Cuando haces el amor gastas energías y después te
sientes feliz y no te importa nada. No pueden soportarlo que te sientas así.
Quieren que estés a punto de estallar de energía todo el tiempo. Todas estas
marchas arriba y abajo vitoreando y agitando banderas no es más que sexo
agriado. Si eres feliz dentro de ti mismo, ¿por qué te ibas a excitar por el
Gran Hermano y el Plan Trienal y los Dos Minutos de Odio y todo el resto de su
porquería?». Esto era cierto, pensó él. Había una conexión directa entre la
castidad y la ortodoxia política. ¿Cómo iban a mantenerse vivos el miedo, y el
odio y la insensata incredulidad que el Partido necesitaba si no se embotellaba
algún instinto poderoso para usarlo después como combustible? El instinto
sexual era peligroso para el Partido y éste lo había utilizado en provecho
propio. Habían hecho algo parecido con el instinto familiar. La familia no
podía ser abolida; es más, se animaba a la gente a que amase a sus hijos casi
al estilo antiguo. Pero, por otra parte, los hijos eran enfrentados
sistemáticamente contra sus padres y se les enseñaba a espiarlos y a denunciar
sus desviaciones. La familia se había convertido en una ampliación de la
Policía del Pensamiento. Era un recurso por medio del cual todos se hallaban
rodeados noche y día por delatores que les conocían íntimamente.
De pronto se puso a pensar otra vez en Katharine. Ésta lo habría denunciado a la P. del P. con toda
seguridad si no hubiera sido demasiado tonta para descubrir lo herético de sus
opiniones. Pero lo que se la hacía recordar en este momento era el agobiante
calor de la tarde, que le hacía sudar. Empezó a contarle a Julia algo que había
ocurrido, o mejor dicho, que había dejado de ocurrir en otra tarde tan calurosa
como aquélla, once años antes. Katharine
y Winston se habían
extraviado durante una de aquellas excursiones colectivas que organizaba el
Partido. Iban retrasados y por equivocación doblaron por un camino que los
condujo rápidamente a un lugar solitario. Estaban al borde de un precipicio.
Nadie había allí para preguntarle. En cuanto se dieron cuenta de que se habían
perdido, Katharine empezó a ponerse nerviosa. Hallarse alejada
de la ruidosa multitud de excursionistas, aunque sólo fuese durante un momento,
le producía un fuerte sentido de culpabilidad. Quería volver inmediatamente por
el camino que habían tomado por error y empezar a buscar en la dirección
contraria. Pero en aquel momento Winston descubrió unas plantas que le llamaron
la atención. Nunca había visto nada parecido y llamó a Katharine para que las viera.
—
¡Mira, Katharine; mira esas flores! Allí, al fondo; ¿ves que
son de dos colores diferentes?
Ella había empezado ya a alejarse, pero se
acercó un momento, a cada instante más intranquila. Incluso se inclinó sobre el
precipicio para ver donde señalaba Winston. Él es taba un poco más atrás y le
puso la mano en la cintura para sostenerla. No había nadie en toda la extensión
que se abarcaba con la vista, no se movía ni una hoja y ningún pájaro daba señales
de presencia. Entonces pensó Winston que estaban completamente solos y que en
un sitio como aquél había muy pocas probabilidades de que tuvieran escondido un
micrófono, e incluso si lo había, sólo podría captar sonidos. Era la hora más
cálida y soñolienta de la tarde. El sol deslumbraba y el sudor perlaba la cara
de Winston. Entonces sé le ocurrió que...
—
¿Por qué no le diste un buen empujón? dijo Julia. — Yo lo habría hecho.
—
Sí, querida; yo también lo habría hecho si hubiera sido la misma persona que
ahora soy. Bueno, no estoy seguro...
—
¿Lamentas ahora haber desperdiciado la ocasión?
—
Sí. En realidad me arrepiento de ello.
Estaban sentados muy juntos en el suelo. Él
la apretó más contra sí. La cabeza de ella descansaba en el hombro de él y el
agradable olor de su cabello dominaba el desagradable hedor a palomar. Pensó
Winston que Julia era muy joven, que esperaba todavía bastante de la vida y por
tanto no podía comprender que empujara una persona molesta por un precipicio no
resuelve nada.
—
Habría sido lo mismo — dijo.
—
Entonces, ¿por qué dices que sientes no haberlo hecho? — Sólo porque prefiero lo positivo a lo
negativo. Pero en este juego que estamos jugando no podemos ganar. Unas clases
de fracaso son quizá mejores que otras, eso es todo.
Notó que los hombros de ella se movían
disconformes. Julia siempre lo contradecía cuando él opinaba en este sentido.
No estaba dispuesta a aceptar como ley natural que el individuo está siempre
vencido. En cierto modo comprendía que también ella estaba condenada de
antemano y que más pronto o más tarde la Policía del Pensamiento la detendría y
la mataría; pero por otra parte de su cerebro creía firmemente que cabía la
posibilidad de construirse un mundo secreto donde vivir a gusto. Sólo se
necesitaba suerte, astucia y audacia. No comprendía que la felicidad era un
mito, que, la única victoria posible estaba en un lejano futuro mucho después
de la muerte, Y que desde el momento en que mentalmente le
declaraba una persona la guerra al Partido, le convenía considerarse como un
cadáver ambulante.
—
Los muertos somos nosotros — dijo
Winston. Todavía no hemos muerto —
replicó Julia prosaicamente.
Físicamente, todavía no. Pero es cuestión de
seis meses, un año o quizá cinco. Le temo a la muerte. Tú eres joven y por eso
mismo quizá le temas a la muerte más que yo. Naturalmente, haremos todo lo
posible por evitarla lo más que podamos. Pero la diferencia es insignificante.
Mientras que los seres humanos sigan siendo humanos, la muerte y la vida vienen
a ser lo mismo.
—
Oh, tonterías. ¿Qué preferirías: dormir conmigo o con un esqueleto? ¿No
disfrutas de estar vivo? ¿No te gusta sentir: esto soy yo, ésta es mi mano,
esto mi pierna, soy real, sólida, estoy viva?... ¿No te gusta?
Ella se dio la vuelta y apretó su pecho
contra él. Podía sentir sus senos, maduros pero firmes, a través de su mono. Su
cuerpo parecía traspasar su juventud y vigor hacia él.
—
Sí, me gusta erijo Winston.
—
No hablemos más de la muerte. Y ahora escucha, querido; tenemos que fijar la
próxima cita. Si te parece bien, podemos volver a aquel sitio del bosque. Ya
hace mucho tiempo que fuimos. Basta con que vayas por un camino distinto. Lo
tengo todo preparado. Tomas el tren... Pero lo mejor será que te lo dibuje
aquí.
Y tan práctica como siempre amasó primero
un cuadrito de polvo y con una ramita de un nido de palomas empezó a dibujar un
mapa sobre el suelo.
IV
Winston examinó
la pequeña habitación en la tienda del señor Charrington. Junto a la ventana,
la enorme cama estaba preparada con viejas mantas y una colcha raquítica. El
antiguo reloj, en cuya esfera se marcaban las doce horas, seguía con su tic-tac
sobre la repisa de la chimenea. En un rincón, sobre la mesita, el pisapapeles
de cristal que había comprado en su visita anterior brillaba suavemente en la
semioscuridad.
En el hogar de la chimenea había una desvencijada estufa de petróleo,
una sartén y dos copas, todo ello proporcionado por el señor Charrington.
Winston puso un poco de agua a hervir. Había traído un sobre lleno de café de
la Victoria y algunas pastillas de sacarina. Las manecillas del reloj marcaban
las siete y veinte; pero en realidad eran las diecinueve veinte.
Julia llegaría a las diecinueve treinta.
El corazón le decía a Winston que todo esto era una locura; sí, una
locura consciente y suicida. De todos los crímenes que un miembro del Partido
podía cometer, éste era el de más imposible ocultación. La idea había flotado
en su cabeza en forma de una visión del pisapapeles de cristal reflejado en la
brillante superficie de la mesita. Como él lo había previsto, el señor
Charrington no opuso ninguna dificultad para alquilarle la habitación. Se
alegraba, por lo visto, de los dólares que aquello le proporcionaría. Tampoco
parecía ofenderse, ni inclinado a hacer preguntas indiscretas al quedar bien
claro que Winston deseaba la habitación para un asunto amoroso. Al contrario,
se mantenía siempre a una discreta distancia y con un aire tan delicado que
daba la impresión de haberse hecho invisible en parte. Decía que la intimidad
era una cosa de valor inapreciable. Que todo el mundo necesitaba un sitio donde
poder estar solo de vez en cuando. Y una vez que lo hubiera logrado, era de
elemental cortesía, en cualquier otra persona que conociera este refugio, no
contárselo a nadie. Y para subrayar en la práctica su teoría, casi desaparecía,
añadiendo que la casa tenía dos entradas, una de las cuales daba al patio
trasero que tenía una salida a un callejón.
Alguien cantaba bajó la ventana. Winston se asomó por detrás de los
visillos. El sol de junio estaba aún muy alto y en el patio central una
monstruosa mujer sólida como una columna normanda, con antebrazos de un color
moreno rojizo, y un delantal atado a la cintura, iba y venía continuamente
desde el barreño donde tenía la ropa lavada hasta el fregadero, colgando cada
vez unos pañitos cuadrados que Winston reconoció como pañales. Cuando la boca
de la mujer no estaba impedida por pinzas para tender, cantaba con poderosa voz
de contralto:
Era sólo una ilusión sin esperanza
Que pasó como un día de abril,
pero aquella mirada, aquella palabra
y los ensueños que despertaron
me robaron el corazón.
Esta canción obsesionaba a Londres desde hacía muchas semanas. Era una
de las producciones de una subsección del Departamento de Música con destino a
los proles. La letra de estas canciones se componía sin intervención humana en
absoluto, valiéndose de un instrumento llamado «versificador». Pero la mujer la
cantaba con tan buen oído que el horrible sonsonete se había convertido en unos
sonidos casi agradables. Winston oía la voz de la mujer, el ruido de sus
zapatos sobre el empedrado del patio, los gritos de los niños en la calle, y a
cierta distancia, muy débilmente, el zumbido del tráfico, y sin embargo su
habitación parecía impresionantemente silenciosa gracias a la ausencia de
telepantalla.
«!Qué locura! ¡Qué locura!», pensó Winston. Era inconcebible que Julia
y él pudieran frecuentar este sitio más de unas semanas sin que los cazaran.
Pero la tentación de disponer de un escondite verdaderamente suyo bajo techo y
en un sitio bastante cercano al lugar de trabajo, había sido demasiado fuerte para él. Durante algún
tiempo después de su visita al campanario les había sido por completo imposible
arreglar ninguna cita. Las horas de trabajo habían aumentado implacablemente en
preparación de la Semana del Odio. Faltaba todavía más de un mes, pero los
enormes y complejos preparativos cargaban de trabajo a todos los miembros del
Partido. Por fin, ambos pudieron tener la misma tarde libre. Estaban ya de
acuerdo en volver a verse en el claro del bosque. La tarde anterior se cruzaron
en la calle. Como de costumbre, Winston no miró directamente a Julia y ambos se
sumaron a una masa de gente que empujaba en determinada dirección. Winston se
fue acercando a ella. Mirándola con el rabillo del ojo notó en seguida que
estaba más pálida que de costumbre.
—
Lo de mañana es imposible — murmuró
Julia en cuanto creyó prudente poder hablar.
—
¿Qué?
— Que
mañana no podré ir.
La primera reacción de Winston fue de
violenta irritación. Durante el mes que la había conocido la naturaleza de su
deseo por ella había cambiado. Al principio había habido muy poca sensualidad
real. Su primer encuentro amoroso había sido un acto de voluntad. Pero después
de la segunda vez había sido distinto. El olor de su pelo, el sabor de su boca,
el tacto de su piel parecían habérsele metido dentro o estar en el aire que lo
rodeaba. Se había convertido en una necesidad física, algo que no solamente
quería sino sobre lo que a la vez tenía derecho. Cuando ella
dijo que no podía venir, había sentido como si lo estafaran. Pero en aquel
momento la multitud los aplastó el uno contra el otro y sus manos se unieron y
ella le acarició los dedos de un modo que no despertaba su deseo, sino su
afecto. Una honda ternura, que no había sentido hasta entonces por ella, se
apoderó súbitamente de él. Le hubiera gustado en aquel momento llevar ya diez
años casado con Julia.. Deseaba intensamente poderse pasear con ella por las
calles, pero no como ahora lo hacía, sino abiertamente, sin miedo alguno,
hablando trivialidades y comprando los pequeños objetos necesarios para la
casa. Deseaba sobre todo vivir con ella en un sitio tranquilo sin sentirse obligado
a acostarse cada vez que conseguían reunirse. No fue en aquella ocasión
precisamente, sino al día siguiente, cuando se le ocurrió la idea de alquilar
la habitación del señor Charrington. Cuando se lo propuso a Julia, ésta aceptó
inmediatamente. Ambos sabían que era una locura. Era como si avanzaran a
propósito hacia sus tumbas. Mientras la esperaba sentado al borde de la cama
volvió a pensar en los sótanos del Ministerio del Amor. Era notable cómo
entraba y salía en la conciencia de todos aquel predestinado horror. Allí
estaba, clavado en el futuro, precediendo a la muerte con tanta inevitabilidad
como el 99 precede al 100. No se podía evitar, pero quizá se pudiera aplazar. Y
sin embargo, de cuando en cuando, por un consciente acto de voluntad se decidía
uno a acortar el intervalo, a precipitar la llegada de la tragedia.
En este momento sintió Winston unos pasos
rápidos en la escalera. Julia irrumpió en la habitación. Llevaba una bolsa de
lona oscura y basta como la que solía llevar al Ministerio. Winston le tendió
los brazos, pero ella apartóse nerviosa, en parte porque le estorbaba la bolsa
llena de herramientas.
—
Un momento — dijo. — Deja que te enseñe lo que traigo. ¿Trajiste
ese asqueroso café de la Victoria? Ya me lo figuré. Puedes tirarlo porque no lo
necesitaremos. Mira.