TERCERA PARTE
I
No sabía dónde estaba. Seguramente en el
Ministerio del Amor; pero no había manera de comprobarlo.
Se encontraba en una celda de alto techo,
sin ventanas y con paredes de reluciente porcelana blanca. Lámparas ocultas
inundaban el recinto de fría luz y había un sonido bajo y constante, un zumbido
que Winston suponía relacionado con la ventilación mecánica. Un banco, o mejor
dicho, una especie de estante a lo largo de la pared, le daba la vuelta a la
celda, interrumpido sólo por la puerta y, en el extremo opuesto, por un retrete
sin asiento de madera. Había cuatro telepantallas, una en cada pared.
Winston sentía un sordo dolor en el
vientre. Le venía doliendo desde que lo encerraron en el camión para llevarlo
allí. Pero también tenía hambre, un hambre roedora, anor mal. Aunque estaba justificada, porque por lo menos hacía veinticuatro
horas que no había comido; quizá treinta y seis. No sabía, quizá nunca lo
sabría, si lo habían detenido de día o de noche. Desde que lo detuvieron no le
habían dado nada de comer.
Se estuvo lo más quieto que pudo en el
estrecho banco, con las manos cruzadas sobre las rodillas. Había aprendido ya a
estarse quieto. Si se hacían movimientos inesperados, le chillaban a uno desde
la telepantalla, pero la necesidad de comer algo le atenazaba de un modo
espantoso. Lo que más le apetecía era un pedazo de pan. Tenía una vaga idea de
que en el bolsillo de su «mono» tenía unas cuantas migas de pan. Incluso era
posible — lo pensó porque de cuando en
cuando algo le hacía cosquillas en la pierna que tuviera allí guardado un buen
mendrugo. Finalmente, pudo más la tentación que el miedo; se metió una mano en
el bolsillo.
—
¡Smith! — gritó una voz desde la
telepantalla. — ¡6079! ¡Smith W! ¡En
las celdas, las manos fuera de los bolsillos!
Volvió a inmovilizarse y a cruzar las manos
sobre las rodillas. Antes de llevarlo allí lo habían dejado algunas horas en
otro sitio que debía de ser una cárcel corriente o un calabozo temporal usado
por las patrullas. No sabía exactamente cuánto tiempo le habían tenido allí;
desde luego varias horas; pero no había relojes ni luz natural y resultaba casi
imposible calcular el tiempo. Era un sitio ruidoso y maloliente. Lo habían
dejado en una celda parecida a esta en que ahora se hallaba, pero horriblemente
sucia y continuamente llena de gente. Por lo menos había a la vez diez o quince
personas, la mayoría de las cuales eran criminales comunes, pero también se
hallaban entre ellos unos cuantos prisioneros políticos. Winston se había
sentado silencioso, apoyado contra la pared, encajado entre unos cuerpos sucios
y demasiado preocupado por el miedo y por el dolor que sentía en el vientre
para interesarse por lo que le rodeaba. Sin embargo, notó la asombrosa
diferencia de conducta entre los prisioneros del Partido y los otros. Los
prisioneros del Partido estaban siempre callados y llenos de terror, pero los
criminales corrientes parecían no temer a nadie. Insultaban a los guardias, se
resistían a que les quitaran los objetos que llevaban, escribían palabras
obscenas en el suelo, comían descaradamente alimentos robados que sacaban de
misteriosos escondrijos de entre sus ropas e incluso le respondían a gritos a
la telepantalla cuando ésta intentaba restablecer el orden. Por otra parte,
algunos de ellos parecían hallarse en buenas relaciones con los guardias, los
llamaban con apodos y trataban de sacarles cigarrillos. También los guardias
trataban a los criminales ordinarios con cierta tolerancia, aunque,
naturalmente, tenían — que manejarlos con rudeza. Se hablaba mucho allí de los
campos de trabajos forzados adonde los presos esperaban ser enviados. Por lo
visto, se estaba bien en los campos siempre que se tuvieran ciertos apoyos y se
conociera el tejemaneje. Había allí soborno, favoritismo e inmoralidades de
toda clase, abundaba la homosexualidad y la prostitución e incluso se fabricaba
clandestinamente alcohol destilándolo de las patatas. Los cargos de confianza
sólo se los daban a los criminales propiamente dichos, sobre todo a los
gangsters y a los asesinos de toda clase, que constituían una especie de
aristocracia. En los campos de trabajos forzados, todas las tareas sucias y
viles eran realizadas por los presos políticos.
En aquella celda había presenciado Winston
un constante entrar y salir de presos de la más variada condición: traficantes
de drogas, ladrones, bandidos, gente del mercado negro, borrachos y
prostitutas. Algunos de los borrachos eran tan violentos que los demás presos
tenían que ponerse de acuerdo para sujetarlos. Una horrible mujer de unos
sesenta años, con grandes pechos caídos y greñas de cabello blanco sobre la
cara, entró empujada por los guardias. Cuatro de éstos la sujetaban mientras
ella daba patadas y chillaba. Tuvieron que quitarle las botas con las que la
vieja les castigaba las espinillas y la empujaron haciéndola caer sentada sobre
las piernas de Winston. El golpe fue tan violento que Winston creyó que se le
habían partido los huesos de los muslos. La mujer les gritó a los guardias, que
ya se marchaban: «¡Hijos de perra!». Luego, notando que estaba sentada en las
piernas de Winston, se dejó resbalar hasta la madera.
—
Perdona, querido — le dijo. — No me hubiera sentado encima de ti, pero esos
matones me empujaron. No saben tratar a una dama. — Se calló unos momentos y, después de darse
unos golpecitos en el pecho, eructó ruidosamente. — Perdona, chico — dijo. — Yo ya no soy yo.
Se inclinó hacia delante y vomitó
copiosamente sobre el suelo.
Esto va mejor — dijo, volviendo a apoyar la
espalda en la pared y cerrando los ojos. —
Es lo que yo digo: lo mejor es echarlo fuera mientras esté reciente en
el estómago.
Reanimada, volvió a fijarse en Winston y
pareció tomarle un súbito cariño. Le pasó uno de sus fláccidos brazos por los
hombros y lo atrajo hacia ella, echándole encima un pestilente vaho a cerveza y
porquería.
—
¿Cómo te llamas, cariño? — le dijo.
—
Smith.
—
¿Smith? — repitió la mujer. — Tiene gracia. Yo también me llamo Smith. Es
que — añadió sentimentalmente — yo
podía ser tu madre.
En efecto, podía
ser mi madre, pensó Winston. Tenía aproximadamente la misma edad y el mismo
aspecto físico y era probable que la gente cambiara algo después de pasar
veinte años en un campo de trabajos forzados.
Nadie más le
había hablado. Era sorprendente hasta qué punto despreciaban los criminales
ordinarios a los presos del Partido. Los llamaban, despectivamente, los polits,
y no sentían ningún interés por lo que hubieran hecho o dejado de hacer. Los
presos del Partido parecían tener un miedo atroz a hablar con nadie y, sobre todo,
a hablar unos con otros. Sólo una vez, cuando dos miembros del Partido, ambos
mujeres, fueron sentadas juntas en el banco, oyó Winston entre la algarabía de
voces, unas cuantas palabras murmuradas precipitadamente y, sobre todo, la
referencia a algo que llamaban la «habitación uno-cero-uno». No sabía a qué se
podían referir.
Quizá llevara dos
o tres horas en este nuevo sitio. El dolor de vientre no se le pasaba, pero se
le aliviaba algo a ratos y entonces sus pensamientos eran un poco menos
tétricos. En cambio, cuando aumentaba el dolor, sólo pensaba en el dolor mismo
y en su hambre. Al aliviarse, se apoderaba el pánico de él. Había momentos en
que se figuraba de modo tan gráfico las cosas que iban a hacerle que el corazón
le galopaba y se le cortaba la respiración. Sentía los porrazos que iban a
darle en los codos y las patadas que le darían las pesadas botas claveteadas de
hierro. Se veía a sí mismo retorciéndose en el suelo, pidiendo a gritos
misericordia por entre los dientes partidos. Apenas recordaba a Julia. No podía concentrar en ella su mente. La amaba y no la traicionaría; pero
eso era sólo un hecho, conocido por él como conocía las reglas de aritmética.
No sentía amor por ella y ni siquiera se preocupaba por lo que pudiera estarle
sucediendo a Julia en ese momento. En cambio pensaba con más frecuencia en
O'Brien con cierta esperanza. O'Brien tenía que saber que lo habían detenido.
Había dicho que la Hermandad nunca intentaba salvar a sus miembros. Pero
la cuchilla de
afeitar se la proporcionarían si podían. Quizá pasaran cinco segundos antes de
que los guardias pudieran entrar en la celda. La hoja penetraría en su carne
con quemadora frialdad e incluso los dedos que la sostuvieran quedarían
cortados hasta el hueso. Todo esto se le representaba a él, que en aquellos
momentos se encogía ante el más pequeño dolor. No estaba seguro de utilizar la
hoja de afeitar incluso si se la llegaban a dar. Lo más
natural era seguir existiendo momentáneamente, aceptando otros diez minutos de
vida aunque al final de aquellos largos minutos no hubiera más que una tortura
insoportable.
A veces procuraba
calcular el número de mosaicos de porcelana que cubrían las paredes de la
celda. No debía de ser difícil, pero siempre perdía la cuenta. Se preguntaba a cada momento dónde estaría
y qué hora sería. Llegó a estar seguro de que afuera hacía sol y poco después
estaba igualmente convencido de que era noche cerrada. Sabía instintivamente
que en aquel lugar nunca se apagaban las luces. Era el sitio donde no había
oscuridad: y ahora sabía por qué O'Brien había reconocido la alusión. En el
Ministerio del Amor no había ventanas. Su celda podía hallarse en el centro del
edificio o contra la pared trasera, podía estar diez pisos bajo tierra o
treinta sobre el nivel del suelo. Winston se fue trasladando mentalmente de
sitio y trataba de comprender, por la sensación vaga de su cuerpo, si estaba
colgado a gran altura o enterrado a gran profundidad.
Afuera se oía
ruido de pesados pasos. La puerta de acero se abrió con estrépito. Entró un joven
oficial, con impecable uniforme negro, una figura que parecía brillar por todas
partes con reluciente cuero y cuyo pálido y severo rostro era como una máscara
de cera. Avanzó unos pasos dentro de la celda y volvió a salir para ordenar a
los guardias que esperaban afuera que hiciesen entrar al preso que traían. El
poeta Ampleforth entró dando tumbos en la celda. La puerta volvió a cerrarse de
golpe.
Ampleforth hizo
dos o tres movimientos inseguros como buscando una salida y luego empezó a
pasear arriba y abajo por la celda. Todavía no se había dado cuenta de la
presencia de Winston. Sus turbados ojos miraban la pared un metro por encima
del nivel de la cabeza de Winston. No llevaba zapatos; por los agujeros de los
calcetines le salían los
dedos gordos. Llevaba varios días sin afeitarse y la incipiente barba le daba un aire rufianesco que no le iba bien a su
aspecto larguirucho y débil ni a sus movimientos nerviosos.
Winston salió un poco de su letargo. Tenía que
hablarle a Ampleforth aunque se expusiera al chillido de la telepantalla.
Probablemente, Ampleforth era el que le traía la hoja de afeitar.
—
Ampleforth.
La telepantalla no dijo nada. Ampleforth se
detuvo, sobresaltado. Su mirada se concentró unos momentos sobre Winston.
—
¡Ah, Smith! — dijo. — ¡También tú!
—
¿De qué te acusan?
—
Para decirte la verdad... — sentóse
embarazosamente en el banco de enfrente a Winston. — Sólo hay un delito, ¿verdad?
—
¿Y tú lo has cometido?
—
Por lo visto.
Se llevó una mano a la frente y luego las
dos apretándose las sienes en un esfuerzo por recordar algo.
—
Estas cosas suelen ocurrir — empezó
vagamente. — A fuerza de pensar en
ello, se me ha ocurrido que pudiera ser... fue desde luego una indiscreción, lo
reconozco. Estábamos preparando una edición definitiva de los poemas de
Kipling. Dejé la palabra Dios al final de un verso. ¡No pude evitarlo! — añadió casi con indignación, levantando la
cara para mirar a Winston. — Era
imposible cambiar ese verso. God (Dios) tenía que rimar con rod. ¿Te das cuenta de que sólo hay doce
rimas para rod en nuestro idioma? Durante muchos días me he estado arañando el cerebro.
Inútil, no había ninguna otra rima posible.
Cambió la expresión de su cara. Desapareció
de ella la angustia y por unos momentos pareció satisfecho. Era una especie de
calor intelectual que lo animaba, la alegría del pedante que ha descubierto
algún dato inútil.
—
¿Has pensado alguna vez — dijo — que toda la historia de la poesía inglesa ha
sido determinada por el hecho de que en el idioma inglés escasean las rimas?
No, aquello no se le había ocurrido nunca a
Winston ni le parecía que en aquellas circunstancias fuera un asunto muy
interesante.
—
¿Sabes si es ahora de día o de noche? —
le preguntó. Ampleforth se sobresaltó de nuevo:
—
No había pensado en ello. Me detuvieron hace dos días, quizá tres. — Su mirada recorrió las paredes como si
esperase encontrar una ventana. — Aquí
no hay diferencia entre el día y la noche. No es posible calcular la hora.
Hablaron sin mucho sentido durante unos
minutos hasta que, sin razón aparente, un alarido de la telepantalla los mandó
callar. Winston se inmovilizó como ya sabía hacerlo. En cambio, Ampleforth,
demasiado grande para acomodarse en el estrecho banco, no sabía cómo ponerse y
se movía nervioso. Unos ladridos de la telepantalla le ordenaron que se
estuviera quieto. Pasó el tiempo. Veinte minutos, quizás una hora... Era
imposible saberlo. Una vez más se acercaban pasos de botas. A Winston se le
contrajo el vientre. Pronto, muy pronto, quizá dentro de cinco minutos, quizás
ahora mismo, el ruido de pasos significaría que le había llegado su turno.
Se abrió la puerta. El joven oficial de
antes entró en la celda. Con un rápido movimiento de la mano señaló a Ampleforth.
—
Habitación uno-cero-uno — dijo.
Ampleforth salió conducido por los guardias
con las facciones alteradas, pero sin comprender.
A Winston le pareció que pasaba mucho
tiempo. Había vuelto a dolerle atrozmente el estómago. Su mente daba vueltas
por el mismo camino. Tenía sólo seis pensamientos: el dolor de vientre; un
pedazo de pan; la sangre y los gritos; O'Brien; Julia; la hoja de afeitar.
Sintió otra contracción en las entrañas; se acercaban las pesadas botas. Al
abrirse la puerta, la oleada de aire trajo un intenso olor a sudor frío.
Parsons entró en la celda. Vestía sus shorts caquis y una camisa de sport.
Esta vez, el asombro de Winston le hizo
olvidarse de sus preocupaciones.
—
¡Tú aquí! — exclamó.
Parsons dirigió a Winston una mirada que no
era de interés ni de sorpresa, sino sólo de pena. Empezó a andar de un lado a
otro con movimientos mecánicos. Luego empezó a temblar, pero se dominaba
apretando los puños. Tenía los ojos muy abiertos.
—
¿De qué te acusan? — le preguntó Winston.
—
Crimental — dijo Parsons dando a
entender con el tono de su voz que reconocía plenamente su culpa y, a la vez,
un horror incrédulo de que esa palabra pudiera aplicarse a un hombre como él.
Se detuvo frente a Winston y le preguntó con angustia — : ¿No me matarán,
verdad, amigo? No le matan a uno cuando no ha hecho nada concreto y sólo es
culpable de haber tenido pensamientos que no pudo evitar. Sé que le juzgan a
uno con todas las garantías. Tengo gran confianza en ellos. Saben perfectamente
mi hoja de servicios. También tú sabes cómo he sido yo siempre. No he sido
inteligente, pero siempre he tenido la mejor voluntad. He procurado servir lo
mejor posible al Partido, ¿no crees? Me castigarán a cinco años, ¿verdad? O
quizá diez. Un tipo como yo puede resultar muy útil en un campo de trabajos
forzados. Creo que no me fusilarán por una pequeña y única equivocación.
—
¿Eres culpable de algo? — dijo Winston.
—
¡Claro que soy culpable! — exclamó
Parsons mirando servilmente a la telepantalla. — ¿No creerás que el Partido puede detener a un hombre
inocente? — Se le calmó su rostro de
rana e incluso tomó una actitud beatífica. —
El crimen del pensamiento es una cosa horrible dijo sentenciosamente.
— Es una insidia que se apodera de uno
sin que se dé cuenta. ¿Sabes cómo me ocurrió a mí? ¡Mientras dormía! Sí, así
fue. Me he pasado la vida trabajando tan contento, cumpliendo con mi deber lo
mejor que podía y, ya ves, resulta que tenía un mal pensamiento oculto en la
cabeza. ¡Y yo sin saberlo! Una noche, empecé a hablar dormido,
y ¿sabes lo que me oyeron decir?
Bajó la voz, como alguien que por razones
médicas tiene que pronunciar unas palabras obscenas.
—
¡Abajo el Gran Hermano! Sí, eso dije. Y parece ser que lo repetí varias veces. Entre
nosotros, chico, te confesaré que me alegró que me detuvieran antes de que la
cosa pasara a mayores. ¿Sabes lo que voy a decirles cuando me lleven ante el
tribunal? «Gracias — les diré, — «gracias por haberme salvado antes de que
fuera demasiado tarde». — ¿Quién te
denunció? — dijo Winston.
—
Fue mi niña — dijo Parsons con cierto
orgullo dolido. — Estaba escuchando por
el agujero de la cerradura. Me oyó decir aquello y llamó a la patrulla al día
siguiente. No se le puede pedir más lealtad política a una niña de siete años,
¿no te parece? No le guardo ningún rencor. La verdad es que estoy orgulloso de
ella, pues lo que hizo demuestra que la he educado muy bien.
Anduvo un poco más por la celda mirando
varias veces, con deseo contenido, a la taza del retrete. Luego, se bajó a toda
prisa los pantalones.
—
Perdona, chico — dijo. — No puedo evitarlo. Es por la espera, ¿sabes?
Asentó su amplio trasero sobre la taza.
Winston se cubrió la cara con las manos.
—
¡Smith! — chilló la voz de la
telepantalla. — ¡6079 Smith W!
Descúbrete la cara. En las celdas, nada de taparse la cara.
Winston se descubrió el rostro. Parsons usó
el retrete ruidosa y abundantemente. Luego resultó que no funcionaba el agua y
la celda estuvo oliendo espantosamente durante varias horas.
Se llevaron a Parsons. Entraron y salieron
más presos, misteriosamente. Una mujer fue enviada a la «habitación 101» y
Winston observó que esas palabras la hicieron cambiar de color. Llegó el
momento en que, si hubiera sido de día cuando le llevaron allí, sería ya la
última hora de la tarde; y de haber entrado por la tarde, sería ya media noche.
Había seis presos en la celda entre hombres y mujeres. Todos estaban sentados
muy quietos. Frente a Winston se hallaba un hombre con cara de roedor; apenas
tenía barbilla y sus dientes eran afilados y salientes. Los carrillos le
formaban bolsones de tal modo que podía pensarse que almacenaba allí comida.
Sus ojos gris pálido se movían temerosamente de un lado a otro y se desviaba su
mirada en cuanto tropezaba con la de otra persona.
Se abrió la puerta de nuevo y entró otro
preso cuyo aspecto le causó un escalofrío a Winston. Era un hombre de aspecto
vulgar, quizás un ingeniero o un técnico. Pero lo sorprendente en él era su
figura esquelética. Su delgadez era tan exagerada que la boca y los ojos
parecían de un tamaño desproporcionado y en sus ojos se almacenaba un intenso y
criminal odio contra algo o contra alguien.
El individuo se sentó en el banco a poca
distancia de Winston. Éste no volvió a mirarle, pero la cara de calavera se le
había quedado tan grabada como si la tuviera continua mente frente a sus ojos.
De pronto comprendió de qué se trataba. Aquel hombre se moría de hambre. Lo
mismo pareció ocurrírseles casi a la vez a cuantos allí se hallaban. Se produjo
un leve movimiento por todo el banco. El hombre de la cara de ratón miraba de
cuando en cuando al esquelético y desviaba en seguida la mirada con aire
culpable para volverse a fijarse en él irresistiblemente atraído.
Por fin se levantó, cruzó pesadamente la celda, se rebuscó en el bolsillo del
«mono» y con aire tímido sacó un mugriento mendrugo de pan y se lo tendió al
hambriento.
La telepantalla rugió furiosa. El de la
cara de ratón volvió a su sitio de un brinco. El esquelético se había llevado
inmediatamente las manos detrás de la espalda como para demostrarle a todo el
mundo que se había negado a aceptar el ofrecimiento.
—
¡Bumstead! — gritó la voz de un modo
ensordecedor`. ¡2713 Bumstead J! Tira ese pedazo de pan.
El individuo tiró el mendrugo al suelo.
—
Ponte de pie de cara a la puerta y sin hacer ningún movimiento.
El hombre obedeció mientras le temblaban
los bolsones de sus mejillas. Se abrió la puerta de golpe y entró el joven
oficial, que se apartó para dejar pasar a un guardia achaparrado con enormes
brazos y hombros. Se colocó frente al hombre del mendrugo y, a una orden muda
del oficial, le lanzó un terrible puñetazo a la boca apoyándolo con todo el
peso de su cuerpo. La fuerza del golpe empujó al individuo hasta la otra pared
de la celda. Se cayó junto al retrete. Le brotaba una sangre negruzca de la
boca y de la nariz. Después, gimiendo débilmente, consiguió ponerse en pie.
Entre un chorro de sangre y saliva, se le cayeron de la boca las dos mitades de
una dentadura postiza.
Los presos estaban muy quietos, todos ellos
con las manos cruzadas sobre las rodillas. El hombre ratonil volvió a su sitio.
Se le oscurecía la carne en uno de los lados de la cara. Se le hinchó la boca
hasta formar una masa informe con un agujero negro en medio. Sus ojos grises
seguían moviéndose, sintiéndose más culpable que nunca y como tratando de
averiguar cuánto lo despreciaban los otros por aquella humillación.
Se abrió la puerta. Con un pequeño gesto,
el oficial señaló al hombre esquelético.
—
Habitación 101 dijo.
Winston oyó a su lado una ahogada
exclamación de pánico. El hombre se dejó caer al suelo de rodillas y rogaba con las
manos juntas:
—
¡Camarada! ¡Oficial! No tienes que llevarme a ese sitio; ¿no te lo he dicho ya
todo? ¿Qué más quieres saber? ¡Todo lo confesaría, todo! Dime de qué se trata y
lo confesaré. ¡Escribe lo que quieras y lo firmaré! Pero no me lleves a la
habitación 101.
—
Habitación 101 — dijo el oficial.
La cara del hombre, ya palidísima, se
volvió de un color increíble. Era — no
había lugar a dudas — de un tono verde.
—
¡Haz algo por mí! — chilló. — Me has estado matando de hambre durante
varias semanas. Acaba conmigo de una vez. Dispara contra mí. Ahórcame.
Condéname a veinticinco años. ¿Queréis que denuncie a alguien más? Decidme de
quién se trata y yo diré todo lo que os convenga. No me importa quién sea ni lo
que vayáis a hacerle. Tengo mujer y tres hijos. El mayor de ellos no tiene
todavía seis años. Podéis coger a los cuatro y cortarles el cuerpo delante de
mí y yo lo contemplaré sin rechistar. Pero no me llevéis a la habitación 101.
—
Habitación 101 — dijo el oficial.
El hombre del rostro de calavera miró
frenéticamente a los demás presos como si esperara encontrar alguno que pudiera
poner en su lugar. Sus ojos se detuvieron en la aporreada cara del que le había
ofrecido el mendrugo. Lo señaló con su mano huesuda y temblorosa.
—
¡A ése es al que debíais llevar, no a mí!
— gritó. — ¿No habéis oído lo
que dijo cuando le pegaron? Os lo contaré si queréis oírme. El sí que está contra
el Partido y no yo. — Los guardias
avanzaron dos pasos. La voz del hombre se elevó histéricamente. — ¡No lo habéis oído! — repitió. — La telepantalla no funcionaba bien. Ése es al que debéis
llevaros. ¡Sí, él, él; yo no!
Los dos guardias lo sujetaron por el brazo,
pero en ese momento el preso se tiró al suelo y se agarró a una de las patas de
hierro que sujetaban el banco. Lanzaba un aullido que parecía de algún animal.
Los guardias tiraban de él. Pero se aferraba con asombrosa fuerza. Estuvieron
forcejeando así quizá unos veinte segundos. Los presos seguían inmóviles con
las manos cruzadas sobre las rodillas mirando fijamente frente a ellos. El
aullido se cortó; el hombre sólo tenía ya alientos para sujetarse. Entonces se
oyó un grito diferente. Un guardia le había roto de una patada los dedos de una
mano. Lo pusieron de pie alzándolo como un pelele. — Habitación 101 — dijo
el oficial.
Y se lo llevaron al hombre, que apenas
podía apoyarse en el suelo y que se sujetaba con la otra la mano partida. Había
perdido por completo los ánimos.
Pasó mucho tiempo. Si había sido media
noche cuando se llevaron al hombre de la cara de calavera, era ya por la
mañana; si había sido por la mañana, ahora sería por la tarde. Winston estaba solo
desde hacía varias horas. Le producía tal dolor estarse sentado en el estrecho
banco que se atrevió a levantarse de cuando en cuando y dar unos pasos por la
celda sin que la telepantalla se lo prohibiera. El mendrugo de pan seguía en el
suelo, — en el mismo sitio donde lo
había tirado el individuo de cara ratonil. Al principio, necesitó Winston
esforzarse mucho para no mirarlo, pero ya no tenía hambre, sino sed. Se le
había puesto la boca pegajosa y de un sabor malísimo. El constante zumbido y la
invariable luz blanca le causaban una sensación de mareo y de tener vacía la
cabeza. Cuando no podía resistir más el dolor de los huesos, se levantaba, pero
volvía a sentarse en seguida porque estaba demasiado mareado para permanecer en
pie. En cuanto conseguía dominar sus sensaciones físicas, le volvía el terror.
A veces pensaba con leve esperanza en O'Brien y en la hoja de afeitar. Bien
pudiera llegar la hoja escondida en el alimento que le dieran, si es que
llegaban a darle alguno. En Julia pensaba menos. Estaría sufriendo, quizás más
que él. Probablemente estaría chillando de dolor en este mismo instante. Pensó:
«Si pudiera salvar a Julia duplicando mi dolor, ¿lo haría? Sí, lo haría». Esto
era sólo una decisión intelectual, tomada porque sabia que su deber era ese;
pero, en verdad, no lo sentía. En aquel sitio no se podía sentir nada excepto
el dolor físico y la anticipación de venideros dolores. Además, ¿era posible,
mientras se estaba sufriendo realmente, desear que por una u otra razón le
aumentara a uno el dolor? Pero a esa pregunta no estaba él todavía en
condiciones de responder. Las botas volvieron a acercarse. Se abrió la puerta.
Entró O'Brien.
Winston se puso en pie. El choque emocional
de ver a aquel hombre le hizo abandonar toda preocupación. Por primera vez en
muchos años, olvidó la presencia de la telepantalla.
—
¡También a ti te han cogido! — exclamó.
—
Hace mucho tiempo que me han cogido —
repuso O'Brien con una ironía suave y como si lo lamentara. Se apartó un poco
para que pasara un corpulento guardia que tenía una larga porra negra en la
mano.
—
Ya sabías que ocurriría esto, Winston —
dijo O'Brien. — No te engañes a ti
mismo. Lo sabías... Siempre lo has sabido.
Sí, ahora comprendía que siempre lo había
sabido. Pero no había tiempo de pensar en ello. Sólo tenía ojos para la porra
que se balanceaba en la mano del guardia. El golpe podía caer en cualquier
parte de su cuerpo: en la coronilla, encima de la oreja, en el antebrazo, en el
codo...
¡En el codo! Dio un brinco y se quedó casi
paralizado sujetándose con la otra mano el codo golpeado. Había visto luces
amarillas. ¡Era inconcebible que un solo golpe pudiera causar tanto dolor! Cayó
al suelo. Volvió a ver claro. Los otros dos lo miraban desde arriba. El guardia
se reía de sus contorsiones. Por lo menos, ya sabía una cosa. Jamás, por
ninguna razón del mundo, puede uno desear un aumento de dolor. Del dolor físico
sólo se puede desear una cosa: que cese. Nada en el mundo es tan malo como el
dolor físico. Ante eso no hay héroes. No hay héroes, pensó una y otra vez
mientras se retorcía en el suelo, sujetándose inútilmente su inutilizado brazo
izquierdo.
II
Winston yacía sobre algo que parecía una
cama de campaña aunque más elevada sobre el suelo y que estaba sujeta para que
no pudiera moverse. Sobre su rostro caía una luz más fuerte que la normal.
O'Brien estaba de pie a su lado, mirándole fijamente. Al otro lado se hallaba
un hombre con chaqueta blanca en una de cuyas manos tenía preparada una
jeringuilla hipodérmica.
Aunque ya hacía un rato que había abierto
los ojos, no acababa de darse plena cuenta de lo que le rodeaba. Tenía la
impresión de haber venido nadando hasta esta habitación desde un mundo muy
distinto, una especie de mundo submarino. No sabía cuánto tiempo había estado
en aquellas profundidades. Desde el momento en que lo detuvieron no había visto
oscuridad ni luz diurna. Además sus recuerdos no eran continuos. A veces la
conciencia, incluso esa especie de conciencia que tenemos en los sueños, se le
había parado en seco y sólo había vuelto a funcionar después de un rato de
absoluto vacío. Pero si esos ratos eran segundos, horas, días, o semanas, no
había manera de saberlo.
La pesadilla comenzó con aquel primer golpe
en el codo. Más tarde se daría cuenta de que todo lo ocurrido entonces había
sido sólo una ligera introducción, un interrogatorio rutinario al que eran
sometidos casi todos los presos. Todos tenían que confesar, como cuestión de
mero trámite, una larga serie de delitos: espionaje, sabotaje y cosas por el
estilo. Aunque la tortura era real, la confesión era sólo cuestión de trámite.
Winston no podía recordar cuántas veces le habían pegado ni cuánto tiempo
habían durado los castigos. Recordaba, en cambio, que en todo momento había en
torno suyo cinco o seis individuos con uniformes negros. A veces emplearon los
puños, otras las porras, también varas de acero y, por supuesto, las botas.
Sabía que había rodado varias veces por el suelo con el impudor de un animal
retorciéndose en un inútil esfuerzo por evitar los golpes, pero con aquellos
movimientos sólo conseguía que le propinaran más patadas en las costillas, en
el vientre, en los codos, en las espinillas, en los testículos y en la base de
la columna vertebral. A veces gritaba pidiendo misericordia incluso antes de
que empezaran a pegarle y bastaba con que un puño hiciera el movimiento de
retroceso precursor del golpe para que confesara todos los delitos, verdaderos
o imaginarios, de que le acusaban. Otras veces, cuando se decidía a no confesar
nada, tenían que sacarle las palabras entre alaridos de dolor y en otras
ocasiones se decía a sí mismo, dispuesto a transigir: «Confesaré, pero todavía
no. Tengo que resistir hasta que el dolor sea insoportable. Tres golpes más,
dos golpes más y les diré lo que quieran». Cuando le golpeaban hasta dejarlo
tirado como un saco de patatas en el suelo de piedra para que recobrara alguna
energía, al cabo de varias horas volvían a buscarlo y le pegaban otra vez.
También había períodos más largos de descanso. Los recordaba confusamente
porque los pasaba adormilado o con el conocimiento casi perdido. Se acordaba de
que un barbero había ido a afeitarle la barba al rape y algunos hombres de
actitud profesional, con batas blancas, le tomaban el pulso, le observaban sus
movimientos reflejos, le levantaban los párpados y le recorrían el cuerpo con
dedos rudos en busca de huesos rotos o le ponían inyecciones en el brazo para
hacerle dormir.
Las palizas se hicieron menos frecuentes y
quedaron reducidas casi únicamente a amenazas, a anunciarle un horror al que le
enviarían en cuanto sus respuestas no fueran satisfactorias. Los que le
interrogaban no eran ya rufianes con uniformes negros, sino intelectuales del
Partido, hombrecillos regordetes con movimientos rápidos y gafas brillantes que
se relevaban para «trabajarlo» en turnos que duraban — no estaba seguro — diez
o doce horas. Estos otros interrogadores procuraban que se hallase sometido
a un dolor leve, pero constante, aunque ellos no se basaban en el dolor para
hacerle confesar. Le daban bofetadas, le retorcían las orejas, le tiraban del
pelo, le hacían sostenerse en una sola pierna, le negaban el permiso para
orinar, le enfocaban la cara con insoportables reflectores hasta que le hacían
llorar a lágrima viva... Pero la finalidad de esto era sólo humillarlo y
destruir en él la facultad de razonar, de encontrar argumentos. La verdadera
arma de aquellos hombres era el despiadado interrogatorio que proseguía hora
tras hora, lleno de trampas, deformando todo lo que él había dicho, haciéndole
confesar a cada paso mentiras y contradicciones, hasta que empezaba a llorar no
sólo de vergüenza sino de cansancio nervioso. A veces lloraba media docena de
veces en una sola sesión. Casi todo el tiempo lo estaban insultando y lo
amenazaban, a cada vacilación, con volverlo a entregar a los guardias. Pero de
pronto cambiaban de tono, lo llamaban camarada, trataban de despertar sus
sentimientos en nombre del Ingsoc y del Gran Hermano, y le preguntaban
compungidos si no le quedaba la suficiente lealtad hacia el Partido para desear
no haber hecho todo el mal que había hecho. Con los nervios destrozados después
de tantas horas de interrogatorio, estos amistosos reproches le hacían llorar
con más fuerza. Al final se había convertido en un muñeco: una boca que
afirmaba lo que le pedían y una mano que firmaba todo lo que le ponían delante.
Su única preocupación consistía en descubrir qué deseaban hacerle declarar para
confesarlo inmediatamente antes de que empezaran a insultarlo y a amenazarlo.
Confesó haber asesinado a distinguidos miembros del Partido, haber distribuido
propaganda sediciosa, robo de fondos públicos, venta de secretos militares al
extranjero, sabotajes de toda clase... Confesó que había sido espía a sueldo de
Asia Oriental ya en 1968. Confesó que tenía creencias religiosas, que admiraba
el capitalismo y que era un pervertido sexual. Confesó haber asesinado a su
esposa, aunque sabía perfectamente y tenían que saberlo también sus verdugos
— que su mujer vivía aún. Confesó que durante
muchos años había estado en relación con Goldstein y había sido
miembro de una organización clandestina a la que habían pertenecido casi todas
las personas que él había conocido en su vida. Lo más fácil era confesarlo todo
fuera verdad o mentira — y comprometer
a todo el mundo. Además, en cierto sentido, todo ello era verdad. Era cierto
que había sido un enemigo del Partido y a los ojos del Partido no había
distinción alguna entre los pensamientos y los actos.
También recordaba otras cosas que surgían
en su mente de un modo inconexo, como cuadros aislados rodeados de oscuridad.
Estaba en una celda que podía haber estado
oscura o con luz, no lo sabía, porque lo único que él veía era un par de ojos.
Allí cerca se oía el tic-tac, lento y regular, de un instrumento. Los ojos
aumentaron de tamaño y se hicieron más luminosos. De pronto, Winston salió
flotando de su asiento y sumergiéndose en los ojos, fue tragado por ellos.
Estaba atado a una silla rodeada de esferas
graduadas, bajo cegadores focos. Un hombre con bata blanca leía los discos.
Fuera se oía que se acercaban pasos. La puerta se abrió de golpe. El oficial de
cara de cera entró seguido por dos guardias.
—
Habitación 101 — dijo el oficial.
El hombre de la bata blanca no se volvió.
Ni siquiera, miró a Winston; se limitaba a observar los discos.
Winston rodaba por un interminable corredor
de un kilómetro de anchura inundado por una luz dorada y deslumbrante. Se reía
a carcajadas y gritaba confesiones sin cesar. Lo confesaba todo, hasta lo que
había logrado callar bajo las torturas. Le contaba toda la historia de su vida
a un público que ya la conocía. Lo rodeaban los guardias, sus otros verdugos de
lentes, los hombres de las batas blancas, O’Brien, Julia, el señor Charrington,
y todos rodaban alegremente por el pasillo riéndose a carcajadas. Winston se
había escapado de algo terrorífico con que le amenazaban y que no había llegado
a suceder. Todo estaba muy bien, no había más dolor y hasta los más mínimos
detalles de su vida quedaban al descubierto, comprendidos y perdonados.
Intentó levantarse, incorporarse en la cama
donde lo habían tendido, pues casi tenía la seguridad de haber oído la voz de
O’Brien. Durante todos los interrogatorios anteriores, a pesar de no haberlo
llegado a ver, había tenido la constante sensación de que O'Brien estaba allí
cerca, detrás de él. Esa O'Brien quien lo había dirigido todo. Él había lanzado
a los guardias contra Winston y también él había evitado que lo mataran. Fue él
quién decidió cuándo tenía Winston que gritar de dolor, cuándo podía descansar,
cuándo lo tenían que alimentar, cuándo habían de dejarlo dormir y cuándo tenían
que reanimarlo con inyecciones. Era él quien sugería las preguntas y las
respuestas. Era su atormentador, su protector, su inquisidor y su amigo. Y una
vez Winston no podía recordar si esto ocurría mientras dormía bajo el efecto de
la droga, o durante el sueño normal o en un momento en que estaba despierto
— una voz le había murmurado al oído:
«No te preocupes, Winston; estás bajo mi custodia. Te he vigilado durante siete
años. Ahora ha llegado el momento decisivo. Te salvaré; te haré perfecto». No
estaba seguro si era la voz de O'Brien; pero desde luego era la misma voz que
le había dicho en aquel otro sueño, siete años antes: «Nos encontraremos en el
sitio donde no hay oscuridad».
Ahora no podía moverse. Le habían sujetado
bien el cuerpo boca arriba. Incluso la cabeza estaba sujeta por detrás al
lecho. O'Brien lo miraba serio, casi triste. Su rostro, visto desde abajo,
parecía basto y gastado, y con bolsas bajo los ojos y arrugas de cansancio de
la nariz a la barbilla. Era mayor de lo que Winston creía. Quizás tuviera
cuarenta y ocho o cincuenta años. Apoyaba la mano en una palanca que hacía
mover la aguja de la esfera, en la que se veían unos números.
—
Te dije — murmuró O'Brien — que, si nos encontrábamos de nuevo, sería
aquí.
—
Sí — dijo Winston.
Sin advertencia previa — excepto un leve movimiento de la mano de
O'Brien — le inundó una oleada
dolorosa. Era un dolor espantoso porque no sabía de dónde venía y tenía la sensación
de que le habían causado un daño mortal. No sabía si era un dolor interno o el
efecto de algún recurso eléctrico, pero sentía como si todo el cuerpo se le
descoyuntara. Aunque el dolor le hacía sudar por la frente, lo único que le
preocupaba es que se le rompiera la columna vertebral. Apretó los dientes y
respiró por la nariz tratando de estarse callado lo más posible.
— Tienes miedo erijo O'Brien observando su
cara — de que de un momento a otro se
te rompa algo. Sobre todo, temes que se te parta la espina dorsal. Te imaginas
ahora mismo las vértebras soltándose y el líquido raquídeo saliéndose. ¿Verdad
que lo estás pensando, Winston?
Winston no
contestó. O'Brien presionó sobre la palanca. La ola de dolor se retiró con
tanta rapidez como había llegado.
— Eso era cuarenta dijo O'Brien. — Ya ves que los números llegan hasta el
ciento. Recuerda, por favor, durante nuestra conversación, que está en mi mano
infligirte dolor en el momento y en el grado que yo desee. Si me
dices mentiras o si intentas engañarme de alguna manera, o te dejas caer por
debajo de tu nivel normal de inteligencia, te haré dar un alarido
inmediatamente. ¿Entendido?
— Sí
— dijo Winston.
O'Brien adoptó
una actitud menos severa. Se ajustó pensativo las gafas y anduvo unos pasos por
la habitación. Cuando volvió a hablar, su voz era suave y paciente. Parecía un
médico, un maestro, incluso un sacerdote, deseoso de explicar y de persuadir
antes que de castigar.
— Me estoy tomando tantas molestias contigo,
Winston, porque tú lo mereces. Sabes perfectamente lo que te ocurre. Lo has
sabido desde hace muchos años aunque te has esforzado en convencerte de que no
lo sabías. Estás trastornado mentalmente. Padeces de una memoria defectuosa.
Eres incapaz de recordar los acontecimientos reales y te convences a ti mismo
porque estabas decidido a no curarte. No estabas dispuesto a hacer el pequeño
esfuerzo de voluntad necesario. Incluso ahora, estoy seguro de ello, te aferras
a tu enfermedad por creer que es una virtud. Ahora te pondré un ejemplo y te convencerás
de lo que digo. Vamos a ver, en este momento, ¿con qué potencia está en guerra
Oceanía?
— Cuando me detuvieron, Oceanía estaba en
guerra con Asia Oriental.
— Con Asia Oriental. Muy bien. Y Oceanía
ha estado siempre en guerra con Asia Oriental, ¿verdad?
Winston contuvo
la respiración. Abrió la boca
para hablar, pero no pudo. Era incapaz
de apartar los ojos del disco numerado.
— La verdad, por favor, Winston. Tu verdad.
Dime lo que creas recordar.
— Recuerdo que hasta una semana antes de
haber sido yo detenido, no estábamos en guerra con Asia Oriental en absoluto.
Éramos aliados de ella. La guerra era contra Eurasia. Una guerra que había
durado cuatro años. Y antes de eso...
O'Brien lo hizo
callar con un movimiento de la mano.
— Otro ejemplo. Hace algunos años sufriste
una obcecación muy seria. Creíste que tres hombres que habían sido miembros del
Partido, llamados Jones, Aaronson y Rutherford — unos individuos que fueron ejecutados por traición y sabotaje
después de haber confesado todos sus delitos — ; creíste, repito, que no eran
culpables de los delitos de que se les acusaba. Creíste que habías visto una
prueba documental innegable que demostraba que sus confesiones habían sido
forzadas y falsas. Sufriste una alucinación que te hizo ver cierta fotografía.
Llegaste a creer que la habías tenido en tus manos. Era una foto como ésta.
Entre los dedos
de O’Brien había aparecido un recorte de periódico que pasó ante la vista de
Winston durante unos cinco segundos. Era una foto de periódico y no podía
dudarse cuál. Sí, era la fotografía; otro ejemplar del retrato de Jones,
Aaronson y Rutherford en el acto del Partido celebrado en Nueva York, aquella foto que Winston
había descubierto por casualidad once años antes y había destruido en seguida.
Y ahora había vuelto a verla. Sólo unos instantes, pero estaba seguro de
haberla visto otra vez. Hizo un desesperado esfuerzo por incorporarse. Pero era
imposible moverse ni siquiera un centímetro. Había olvidado hasta la existencia
de la amenazadora palanca. Sólo quería volver a coger la fotografía, o por lo
menos verla más tiempo.
—
¡Existe! — gritó. No erijo O'Brien.
Cruzó la estancia. En la pared de enfrente había un «agujero de la memoria». O’Brien levantó
la rejilla. El pedazo de papel salió dando vueltas en el torbellino de
aire caliente y se deshizo en una fugaz llama. O'Brien volvió junto a Winston.
—
Cenizas — dijo. — Ni siquiera
cenizas identificables. Polvo. Nunca ha existido.
—
¡Pero existió! ¡Existe! Sí, existe en la memoria. Lo recuerdo. Y tú también lo
recuerdas.
—
Yo no lo recuerdo — dijo O’Brien.
Winston se desanimó. Aquello era
doblepensar. Sintió un mortal desamparo. Si hubiera estado seguro de que
O'Brien mentía, se habría quedado tranquilo. Pero era muy posible que O'Brien
hubiera olvidado de verdad la fotografía. Y en ese caso habría olvidado ya su
negativa de haberla recordado y también habría olvidado el acto de olvidarlo.
¿Cómo podía uno estar seguro de que todo esto no era más que un truco? Quizás aquella
demencia dislocación de los pensamientos pudiera tener una realidad efectiva.
Eso era lo que más desanimaba a Winston.
O'Brien lo miraba pensativo. Más que nunca,
tenía el aire de un profesor esforzándose por llevar por buen camino a un chico
descarriado, pero prometedor.
—
Hay una consigna del Partido sobre el control del pasado. Repítela, Winston,
por favor.
—
El que controla el pasado controla el futuro; y el que controla el presente
controla el pasado — repitió Winston,
obediente.
—
El que controla el presente controla el pasado
— dijo O'Brien moviendo la cabeza con lenta aprobación. — ¿Y crees tú, Winston, que el pasado existe
verdaderamente?
Otra vez invadió a Winston el desamparo.
Sus ojos se volvieron hacia el disco. No sólo no sabía si la respuesta que le
evitaría el dolor sería sí o no, sino que ni siquiera sabía cuál de estas
respuestas era la que él tenía por cierta.
O’Brien sonrió débilmente:
—
No eres metafísico, Winston. Hasta este momento nunca habías pensado en lo que
se conoce por existencia. Te lo explicaré con más precisión. ¿Existe el pasado
concretamente, en el espacio? ¿Hay algún sitio en alguna parte, hay un mundo de
objetos sólidos donde el pasado siga acaeciendo?
—
No.
—
Entonces, ¿dónde existe el pasado?
— En
los documentos. Está escrito.
—
En los documentos... Y, ¿dónde más?
—
En la mente. En la memoria de los hombres.
—
En la memoria. Muy bien. Pues nosotros, el Partido, controlamos todos los
documentos y controlamos todas las memorias. De manera que controlamos el
pasado, ¿no es así?
—
Pero, ¿cómo van ustedes a evitar que la gente recuerde lo que ha pasado? — exclamó Winston olvidando del nuevo el
martirizador eléctrico. — Es un acto
involuntario. No puede uno evitarlo. ¿Cómo vais a controlar
la memoria? ¡La mía no la habéis controlado!
O'Brien volvió a ponerse serio. Tocó la
palanca con la mano.
Al contrario dijo por fin, — eres tú el que no la ha controlado y por eso
estás aquí. Te han traído porque te han faltado humildad y autodisciplina. No
has querido realizar el acto de sumisión que es el precio de la cordura. Has
preferido ser un loco, una minoría de uno solo. Convéncete, Winston; solamente
el espíritu disciplinado puede ver la realidad. Crees que la realidad es algo
objetivo, externo, que existe por derecho propio. Crees también que la
naturaleza de la realidad se demuestra por sí misma. Cuando te engañas a ti
mismo pensando que ves algo, das por cierto que todos los demás están viendo lo
mismo que tú. Pero te aseguro, Winston, que la realidad
no es externa. La realidad existe en la mente humana y en ningún otro sitio. No
en la mente individual, que puede cometer errores y que, en todo caso, perece
pronto. Sólo la mente del Partido, que es colectiva e inmortal, puede captar la
realidad. Lo que el Partido sostiene que es verdad es efectivamente verdad. Es
imposible ver la realidad sino a través de los ojos del Partido. Este es el
hecho que tienes que volver a aprender, Winston. Para ello se necesita un acto
de autodestrucción, un esfuerzo de la voluntad. Tienes que humillarte si
quieres volverte cuerdo.
Después de una pausa de unos momentos,
prosiguió: Recuerdas haber escrito en tu Diario: «la libertad es poder decir
que dos más dos son cuatro?».
—
Sí — dijo Winston.
O'Brien levantó la mano izquierda, con el
reverso hacia Winston, y escondiendo el dedo pulgar extendió los otros cuatro.
—
¿Cuántos dedos hay aquí, Winston?
—
Cuatro.
—
¿Y si el Partido dice que no son cuatro sino cinco? Entonces, ¿cuántos hay?
—
Cuatro.
La palabra terminó con un espasmo de dolor.
La aguja de la esfera había subido a cincuenta y cinco. A Winston le sudaba
todo el cuerpo. Aunque apretaba los dientes, no podía evitar los roncos
gemidos. O'Brien lo contemplaba, con los cuatro dedos todavía extendidos. Soltó
la palanca y el dolor, aunque no desapareció del todo, se alivió bastante.
—
¿Cuántos dedos, Winston?
—
Cuatro.
La aguja subió a sesenta.
—
¿Cuántos dedos, Winston?
—
¡Cuatro!! !¡Cuatro!! ¿Qué voy a decirte? ¡Cuatro!
La aguja debía de marcar más, pero Winston
no la miró. El rostro severo y pesado y los cuatro dedos ocupaban por completo
su visión. Los dedos, ante sus ojos, parecían columnas, enormes, borrosos y
vibrantes, pero seguían siendo cuatro, sin duda alguna.
—
¿Cuántos dedos, Winston?
—
¡¡Cuatro!! ¡Para eso, para eso! ¡No sigas, es inútil!
—
¡Cuántos dedos, Winston!
—
¡Cinco! ¡Cinco! ¡Cinco!
—
No, Winston; así no vale. Estás mintiendo. Sigues creyendo que son cuatro. Por
favor, ¿cuántos dedos?
—
¡¡Cuatro!! ¡¡Cinco!! ¡¡Cuatro!! Lo que quieras, pero termina de una vez. Para
este dolor.
Ahora estaba sentado en el lecho con el
brazo de O'Brien rodeándole los hombros. Quizá hubiera perdido el conocimiento
durante unos segundos. Se habían aflojado las ligaduras que sujetaban su
cuerpo. Sentía mucho frío, temblaba como un azogado, le castañeteaban los
dientes y le corrían lágrimas por las mejillas. Durante unos instantes se
apretó contra O'Brien como un niño, confortado por el fuerte brazo que le
rodeaba los hombros. Tenía la sensación de que O'Brien era su protector, que el
dolor venía de fuera, de otra fuente, y que O'Brien le evitaría sufrir.
—
Tardas mucho en aprender, Winston —
dijo O'Brien con suavidad.
—
No puedo evitarlo — balbuceó Winston.
— ¿Cómo puedo evitar ver lo que tengo ante
los ojos si no los cierro? Dos y dos son cuatro.
—
Algunas veces sí, Winston; pero otras veces son cinco. Y otras, tres. Y en
ocasiones son cuatro, cinco y tres a la vez. Tienes que esforzarte más. No es
fácil recobrar la razón.
Volvió a tender a Winston en el lecho. Las
ligaduras volvieron a inmovilizarlo, pero ya no sentía dolor y le había
desaparecido el temblor. Estaba débil y frío. O'Brien le hizo una señal con la
cabeza al hombre de la bata blanca, que había permanecido inmóvil durante la
escena anterior y ahora, inclinándose sobre Winston, le examinaba los ojos de
cerca, le tomaba el pulso, le acercaba el oído al pecho y le daba golpecitos de
reconocimiento. Luego, mirando a O'Brien, movió la cabeza afirmativamente.
—
Otra vez — dijo O'Brien.
El dolor invadió de nuevo el cuerpo de
Winston. La aguja debía de marcar ya setenta o setenta y cinco. Esta vez, había
cerrado los ojos. Sabía que los dedos
continuaban allí y que seguían siendo cuatro. Lo único importante era conservar
la vida hasta que pasaran las sacudidas dolorosas. Ya no tenía idea de si
lloraba o no. El dolor disminuyó otra vez. Abrió los ojos. O'Brien había vuelto
a bajar la palanca.
—
¿Cuántos dedos, Winston?
—
¡Cuatro!! Supongo que son cuatro. Quisiera ver cinco. Estoy tratando de ver
cinco.
—
¿Qué deseas? ¿Persuadirme de que ves cinco o verlos de verdad?
— Verlos de verdad.
— Otra vez dijo O'Brien.
Es probable que
la aguja marcase de ochenta a noventa. Sólo de un modo intermitente podía
recordar Winston a qué se debía su martirio. Detrás de sus párpados cerrados,
un bosque de dedos se movía en una extraña danza, entretejiéndose,
desapareciendo unos tras otros y volviendo a aparecer. Quería contarlos, pero
no recordaba por qué. Sólo sabía que era imposible contarlos y que esto se
debía a la misteriosa identidad entre cuatro y cinco. El dolor desapareció de
nuevo. Cuando abrió los ojos, halló que seguía viendo lo mismo; es decir,
innumerables dedos que se movían como árboles locos en todas direcciones
cruzándose y volviéndose a cruzar. Cerró otra vez los ojos.
— ¿Cuántos dedos te estoy enseñando, Winston?
—
No sé, no sé. Me matarás si aumentas el dolor. Cuatro, cinco, seis... Te
aseguro que no lo sé.
— Esto va mejor — dijo O'Brien.
Le pusieron una
inyección en el brazo. Casi instantáneamente se le esparció por todo el cuerpo
una cálida y beatífica sensación. Casi no se acordaba de haber sufrido. Abrió
los ojos y miró agradecido a O'Brien. Le conmovió ver a aquel rostro pesado,
lleno de arrugas, tan feo y tan inteligente. Si se
hubiera podido mover, le habría tendido una mano. Nunca lo había querido tanto
como en este momento y no sólo por haberle suprimido el dolor. Aquel antiguo
sentimiento, aquella idea de que no importaba que O'Brien fuera un amigo o un
enemigo, había vuelto a apoderarse de él. O'Brien era una persona con quien se
podía hablar. Quizá no deseara uno tanto ser amado como ser comprendido.
O'Brien lo había torturado casi hasta enloquecerlo y era seguro que dentro de
un rato le haría matar. Pero no importaba. En cierto sentido, más allá de la
amistad, eran íntimos. De uno u otro modo y aunque las palabras que lo
explicarían todo no pudieran ser pronunciadas nunca, había desde luego un lugar
donde podrían reunirse y charlar. O’Brien lo miraba con una expresión reveladora
de que el mismo pensamiento se le estaba ocurriendo. Empezó a hablar en un tono
de conversación corriente.
— ¿Sabes dónde estás, Winston? — dijo.
—
No sé. Me lo figuro. En el Ministerio del Amor.
— ¿Sabes cuánto tiempo has estado aquí?
—
No sé. Días, semanas, meses... creo que
meses.
— ¿Y por qué te imaginas que traemos aquí a
la gente?
—
Para hacerles confesar.
— No, no es ésa la razón. Di otra cosa.
— Para castigarlos.
— ¡No!
— exclamó O'Brien. Su voz había cambiado extraordinariamente y su rostro
se había puesto de pronto serio y animado a la vez. — ¡No! No te traemos sólo para hacerte confesar y
para castigarte. ¿Quieres que te diga para qué te hemos traído? ¡¡Para
curarte!! ¡¡Para volverte cuerdo!! Debes saber, Winston, que ninguno de los que
traemos aquí sale de nuestras manos sin haberse curado. No nos interesan esos
estúpidos delitos que has cometido. Al Partido no le interesan los actos
realizados; nos importa sólo el pensamiento. No sólo destruimos a nuestros
enemigos, sino que los cambiamos. ¿Comprendes lo que quiero decir?
Estaba inclinado
sobre Winston. Su cara parecía enorme por su proximidad y
horriblemente fea vista desde abajo. Además, sus facciones se alteraban por
aquella exaltación, aquella intensidad de loco. Otra vez se le encogió el
corazón a Winston. Si le hubiera sido posible, habría retrocedido. Estaba
seguro de que O’Brien iba a mover la palanca por puro capricho. Sin embargo, en
ese momento se apartó de él y paseó un poco por la habitación. Luego prosiguió
con menos vehemencia:
—
Lo primero que debes comprender es que
éste no es un lugar de martirio. Has leído cosas sobre las persecuciones
religiosas en el pasado. En la Edad Media había la Inquisición. No
funcionó. Pretendían erradicar la
herejía y terminaron por perpetuarla. En las persecuciones antiguas por cada
hereje quemado han surgido otros miles de ellos. ¿Por qué? Porque se mataba a
los enemigos abiertamente y mientras aún no se habían arrepentido. Se moría por
no abandonar las creencias heréticas. Naturalmente, así toda la gloria
pertenecía a la víctima y la vergüenza al inquisidor que la quemaba. Más tarde,
en el siglo XX, han existido los totalitarios, como los llamaban: los nazis alemanes y los
comunistas rusos. Los rusos persiguieron a los herejes con mucha más crueldad
que ninguna otra inquisición. Y se imaginaron que habían aprendido de los
errores del pasado. Por lo menos sabían que no se deben hacer mártires. Antes
de llevar a sus víctimas a un juicio público, se dedicaban a destruirles la
dignidad. Los deshacían moralmente y físicamente por medio de la tortura y el
aislamiento hasta convertirlos en seres despreciables, verdaderos peleles
capaces de confesarlo todo, que se insultaban a sí mismos acusándose unos a
otros y pedían sollozando un poco de misericordia. Sin embargo, después de unos
cuantos años, ha vuelto a ocurrir lo mismo. Los muertos se han convertido en
mártires y se ha olvidado su degradación. ¿Por qué había vuelto a suceder esto?
En primer lugar, porque las confesiones que habían hecho eran forzadas y
falsas. Nosotros no cometemos esta clase de errores. Todas las confesiones que
salen de aquí son verdaderas. Nosotros hacemos que sean verdaderas. Y, sobre
todo, no permitimos que los muertos se levanten contra nosotros. Por tanto,
debes perder toda esperanza de que la posteridad te reivindique, Winston. La
posteridad no sabrá nada de ti. Desaparecerás por completo de la corriente
histórica. Te disolveremos en la estratosfera, por decirlo así. De ti no
quedará nada: ni un nombre en un papel, ni tu recuerdo en un ser vivo. Quedarás
aniquilado tanto en el pretérito como en el futuro. No habrás existido.
«Entonces, ¿para qué me torturan?», pensó
Winston con una amargura momentánea. O'Brien se detuvo en seco como si hubiera
oído el pensamiento de Winston. Su ancho y feo rostro se le acercó con los ojos
un poco entornados y le dijo: — Estás
pensando que si nos proponemos destruirte por completo, ¿para qué nos tomamos
todas estas molestias?; que si nada va a quedar de ti, ¿qué importancia puede tener
lo que tú digas o pienses? ¿Verdad que lo estás pensando?
—
Sí — dijo Winston.
O'Brien sonrió levemente y prosiguió:
Te explicaré por qué nos molestamos en
curarte. Tú, Winston, eres una mancha en el tejido; una mancha que debemos borrar.
¿No te dije hace poco que somos diferentes de los martirizadores del pasado? No
nos contentamos con una obediencia negativa, ni siquiera con la sumisión más
abyecta. Cuando por fin te rindas a nosotros, tendrá que impulsarte a ello tu
libre voluntad. No destruimos a los herejes porque se nos resisten; mientras
nos resisten no los destruimos. Los convertimos, captamos su mente, los
reformamos. Al hereje político le quitamos todo el mal y todas las ilusiones
engañosas que lleva dentro; lo traemos a nuestro lado, no en apariencia, sino
verdaderamente, en cuerpo y alma. Lo hacemos uno de nosotros antes de matarlo.
Nos resulta intolerable que un pensamiento erróneo exista en alguna parte del
mundo, por muy secreto e inocuo que pueda ser. Ni siquiera en el instante de la
muerte podemos permitir alguna desviación. Antiguamente, el hereje subía a la
hoguera siendo aún un hereje, proclamando su herejía y hasta disfrutando con
ella. Incluso la víctima de las purgas rusas se llevaba su rebelión encerrada
en el cráneo cuando avanzaba por un pasillo de la prisión en espera del tiro en
la nuca. Nosotros, en cambio, hacemos perfecto el cerebro que vamos a destruir.
La consigna de todos los despotismos era: «No harás esto o lo otro». La voz de
mando de los totalitarios era: «Harás esto o aquello». Nuestra orden es:
«Eres». Ninguno de los que traemos aquí puede volverse contra nosotros. Les
lavamos el cerebro. Incluso aquellos miserables traidores en cuya inocencia
creíste un día Jones, Aaronson y Rutherford
— los conquistamos al final. Yo mismo participé en su
interrogatorio. Los vi ceder paulatinamente, sollozando, llorando a lágrima
viva, y al final no los dominaba el miedo ni el dolor, sino sólo un sentimiento
de culpabilidad, un afán de penitencia. Cuando acabamos con ellos no eran más
que cáscaras de hombre. Nada quedaba en ellos sino el arrepentimiento por lo
que habían hecho y amor por el Gran Hermano. Era conmovedor ver cómo lo amaban.
Pedían que se les matase en seguida para poder morir con la mente limpia. Temían
que pudiera volver a ensuciárseles.
La voz de O'Brien se había vuelto soñadora
y en su rostro permanecía el entusiasmo del loco y la exaltación del fanático.
«No está mintiendo pensó Winston , no es un hipócrita; cree todo lo que dice.»
A Winston le oprimía el convencimiento de su propia inferioridad intelectual.
Contemplaba aquella figura pesada y de movimientos sin embargo agradables que
paseaba de un lado a otro entrando y saliendo en su radio de visión. O'Brien
era, en todos sentidos, un ser de mayores proporciones que él. Cualquier idea
que Winston pudiera haber tenido o pudiese tener en lo sucesivo, ya se le había
ocurrido a O’Brien, examinándola y rechazándola. La mente de aquel hombre
contenía a la de Winston. Pero, en ese caso, ¿cómo iba a estar loco O’Brien? El
loco tenía que ser él, Winston. O'Brien se detuvo y lo miró fijamente. Su voz
había vuelto a ser dura:
No te figures que vas a salvarte, Winston,
aunque te rindas a nosotros por completo. Jamás se salva nadie que se haya
desviado alguna vez. Y aunque decidiéramos dejarte vivir el resto de tu vida
natural, nunca te escaparás de nosotros. Lo que está ocurriendo aquí es para
siempre. Es preciso que se te grabe de una vez para siempre. Te aplastaremos
hasta tal punto que no podrás recobrar tu antigua forma. Te sucederán cosas de
las que no te recobrarás aunque vivas mil años. Nunca podrás experimentar de
nuevo un sentimiento humano. Todo habrá muerto en tu interior. Nunca más serás
capaz de amar, de amistad, de disfrutar de la vida, de reírte, de sentir
curiosidad por algo, de tener valor, de ser un hombre íntegro... Estarás hueco.
Te vaciaremos y te rellenaremos de... nosotros.
Se detuvo y le hizo una señal al hombre de
la bata blanca. Winston tuvo la vaga sensación de que por detrás de él le acercaban
un aparato grande. O’Brien se había sentado junto a la cama de modo que su
rostro quedaba casi al mismo nivel del de Winston.
—
Tres mil — le dijo, por encima de la
cabeza de Winston, al hombre de la bata blanca.
Dos compresas algo húmedas fueron aplicadas
a las sienes de Winston. Éste sintió una nueva clase de dolor. Era algo
distinto. Quizá no fuese dolor. O'Brien le puso una mano sobre la suya para
tranquilizarlo, casi con amabilidad.
—
Esta vez no te dolerá — le dijo. — No apartes tus ojos de los míos.
En aquel momento sintió Winston una explosión devastadora o lo que parecía una explosión, aunque no era seguro que hubiese habido ningún ruido. Lo que si se produjo fue un cegador fogonazo. Winston no estaba herido; sólo postrado. Aunque estaba tendido de espaldas cuando aquello ocurrió,