Ramiro Ledesma Ramos: Discurso a las Juventudes de España

La Editorial

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RAMIRO LEDESMA RAMOS

DISCURSO A LAS JUVENTUDES DE ESPAÑA

 

Madrid 1935


INDICE

NOTA PREVIA
I ¿QUÉ TENEMOS ANTE LAS VISTA?
II LOS PROBLEMAS DE LA JUVENTUD NACIONAL
III ESQUEMAS ESTRATÉGICOS
IV INVOCACIÓN FINAL A LAS JUVENTUDES

PRIMERA DIGRESIÓN ACERCA DEL SIGNO REVOLUCIONARIO DE LAS JUVENTUDES

SEGUNDA DIGRESIÓN ACERCA DEL PERFIL ACTUAL DE EUROPA
   1. Pacifismo, Sociedad de Naciones e imperialismo francés
   2. El bolchevismo ruso y la proyección mundial de la subversión roja
   3. El fascismo italiano. El segundo mensaje de las juventudes subversivas
   4. Racismo socialista en Alemania
   5. La impotencia o incapacidad revolucionaria del marxismo
   6. La descomposición demoliberal. Decrepitud de las formas políticas y económicas de la burguesía individualista
   7. El paro forzoso. La humanidad a la intemperie
   8. La uniformación de las masas. El uniforme político y su autenticidad
FINAL



Ramiro Ledesma Ramos - Reseña Biográfica

Ramiro Ledesma Ramos

Ramiro Ledesma Ramos nació en Alfaraz (Zamora) el 23 de mayo de 1905 y murió fusilado por los republicanos en Aravaca (Madrid) el 29 de octubre de 1936.

Fue empleado del Correo a los 16 años y, después de un breve paréntesis como autor literario, estudió Filosofía y Letras y Ciencias Físicas y Matemáticas, licenciándose en ambas en la Universidad de Madrid en 1930.

Con el dominio de varios idiomas, discípulo de Ortega y Gasset, desde los 23 años se dedicó al estudio del filósofo Martín Heidegger y colaboró desde muy joven en publicaciones de gran prestigio tales como la "Gaceta Literaria", la "Revista de Occidente" y "El Sol".

En 1931 - a los 26 años - publicó con un grupo de colaboradores un manifiesto político "La conquista del Estado" y poco después fundó una revista con el mismo título entrando con ella de lleno en la política activa.

El 30 de noviembre de 1931 presentó en la Dirección General de Seguridad los estatutos del partido político de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista) de cuya fundación participaron además Juan Aparicio López, Antonio Bermúdez Cañete, Roberto Escribano Ortega, Ernesto Giménez Caballero, Ramón Iglesias Parras, Francisco Mateos González, Alejandro M. Raimúndez, Antonio Riaño Lanzarote y Manuel Souto Vilas.

Las J. O. N. S., según su fundador, proponían el "abandono de las tácticas de aproximación a los intentos subversivos de los anarcosindicalistas. Un afán de crear la propia doctrina. Quieren la unidad intangible de España. Postulan el respeto a la tradición religiosa. Llaman de modo preferente a las juventudes, no admitiendo en su seno sino a los españoles menores de cuarenta y cinco años. Manifiestan su incompatibilidad radical con el marxismo. Y representan una demanda imperiosa de revolución socio-económica, a base de la sindicación obligatoria, la intervención nacional de la riqueza y la dignificación plena de los trabajadores".

Tras conocer a Onésimo Redondo Ortega, jefe y fundador de la Junta Castellana de Actuación Hispánica, Ramiro Ledesma Ramos intima con él y no tarda en atraérselo a las filas de las JONS, con lo cual éstas se verán, si no aumentadas en número, al menos algo más respaldadas moral y económicamente.

En abril de 1932, Ramiro Ledesma Ramos pronuncia una conferencia en el Ateneo sobre el tema "El fascismo frente a marxismo", que no puede terminar por las protestas del público y que alcanza resonancia en la Prensa.

El 10 de agosto de aquel año es detenido. El encarcelamiento se volverá a repetir a fines de enero de 1933 para cumplir una condena de dos meses. En abril de 1933 se traslada a Portugal, donde se encuentra exiliado Onésimo Redondo y deciden fundar la revista "JONS" como órgano teórico de la organización y cuyo primer número salió a la calle en mayo de aquel mismo año

Tres meses después vuelve a ser encarcelado, esta vez en el penal de Ocaña, acusado de complot contra la República. Al recuperar la libertad, en el mes de agosto, se dirigió a San Sebastián donde, por mediación de José María de Areilza, se entrevistó con los dirigentes falangistas José Antonio Primo de Rivera, Ruiz de Alda y García Valdecasas.

El Teatro de la Comedia

En el mes de octubre de 1933 asiste al acto fundacional de la Falange en el teatro de la Comedia de Madrid (Cf. el discurso de José Antonio en esta Editorial) y durante los días 11 y 12 de febrero de 1934 reúne al Consejo Nacional de las JONS con el fin de discutir una posible unificación con Falange. Una vez perfiladas y aceptadas las bases del acuerdo, éste fue firmado por los máximos dirigentes Ledesma Ramos y Primo de Rivera. La estructura jerárquica adoptada fue la de una junta de Mando Nacional, constituida por José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma Ramos, Ruiz de Alda, Onésimo Redondo, Raimundo Fernández Cuesta y Rafael Sánchez Mazas.

Desde entonces ésta se llamó Falange Española y de las JONS y tuvo a la cabeza, hasta septiembre de 1934, un triunvirato dirigente formado por Ruiz de Alda, Primo de Rivera y Ledesma Ramos. Debido al resurgimiento de ciertas discrepancias, en el mes de septiembre, el triunvirato delegó sus funciones ejecutivas en Primo de Rivera, que convocó el primer Consejo Nacional de F. E. y de las JONS. En éste, y a propuesta de Sánchez Mazas, fue nombrado jefe Nacional José Antonio y Presidente de la junta poítica Ledesma Ramos.

"La aportación de las JONS - escribe Eduardo Álvarez Puga en su Historia de la Falange, Ed. Dopesa, Barcelona, 1969 - fue más ideológica que de afiliados. La mayoría de su doctrina, aunque corregida en algunos puntos concretos fue aceptada en el momento de la fusión con Falange Española y muchos de sus principios, incorporados más tarde a la ideología del nuevo Estado." A esta aportación ideológica a que hace mención Álvarez Puga, hay que añadir otra, de muy especial significación, sobre todo a partir de julio de 1936, que es la que se refiere a la simbología y al ritual: la insignia del yugo y la flechas, las consignas de ¡España Una, Grande y Libre! y de ¡Arriba España!, la bandera roja y negra, todo ello es atribuible, prácticamente en su totalidad, a Ramiro Ledesma Ramos.

Jose Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma
Ramos y Ruiz de Alda

Con el tiempo, las diferencias entre José Antonio y Ramiro Ledesma Ramos, fundamentalmente ideológicas, se fueron agrandando, hasta el punto que, en enero de 1935, Ledesma y otros antiguos dirigentes de las JONS decidieron abandonar la disciplina de Falange Española. El Heraldo de Madrid del 14 de dicho mes de enero publicó una nota, firmada por Ledesma y algunos jonsistas más, que textualmente decía: "Reunidos con esta fecha en Madrid los antiguos dirigentes de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, hemos reconocido unánimemente la necesidad de reorganizar las JONS fuera de la órbita de Falange Española y de la disciplina de su jefe José A. Primo de Rivera. Adoptamos esta decisión grave y fundamental después de un examen minucioso de la situación política y de las perspectivas que se le ofrecen a nuestras convicciones doctrinales y tácticas en la ruta vacilante y defectuosa seguida hoy por el partido y por su jefe. Las finalidades de nuestra decisión son, en resumen, las siguientes: 1) Afianzar el carácter nacional sindicalista revolucionario que nos ha distinguido siempre y que incorporamos a Falange Española cuando hicimos la fusión que hoy declaramos rota. 2) Perfilar sin vacilaciones nuestra posición frente a la actual situación política. 3) Encauzar positivamente el descontento y la protesta que entre la casi totalidad de los antiguos camaradas jonsistas se advertía contra el espíritu y los hombres que últimamente predominan en FE; y 4) Extender con eficacia y vigor los ideales nacional sindicalistas en los sectores más propiamente populares de España."

No hubo, pues, expulsión, como interesadamente se ha dicho durante tantos y tantos años. Ramiro Ledesma y un grupo de los suyos, viendo cómo se desarrollaban las cosas en el seno de la Falange y del rumbo que daba al partido el jefe nacional del mismo, decidieron, por propia iniciativa, separarse de la Falange.

En ese mismo año de 1935 Ramiro Ledesma publicó dos obras: "¿Fascismo en España?" y su "Discurso a las Juventudes de España" que figura a continuación.

Poco tiempo después, Ramiro intentó recrear las JONS pero sólo le siguieron una docena de incondicionales. Fundó un periódico titulado La Patria Libre, desde el que polemizó con la Falange, pero tampoco consiguió el éxito que esperaba. Así y todo, continuó al frente de un grupo reducido de jonsistas hasta el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.

Después de ello, los acontecimientos se precipitaron. José Antonio Primo de Rivera fue detenido y encarcelado. En mayo de 1936 Ramiro Ledesma Ramos visitó a José Antonio, en la cárcel Modelo de Madrid y con un verdadero gesto de hidalguía política se ofreció a la Falange sin condicionamientos y olvidando diferencias pasadas.

En el mes de julio editó el primer y único número de la revista "Nuestra Revolución". Pocos días después del Alzamiento del 18 de julio, fue detenido y encarcelado en la prisión de Ventas, de donde fue sacado, junto con Ramiro de Maeztu, para ser fusilado en Aravaca el 29 de octubre de 1936.

Según cuenta su biógrafo Tomás Borrás (Ramiro Ledesma Ramos, Editora Nacional, Madrid, 1971), cuando iba conducido hacia el lugar donde habían proyectado fusilarle, arrebató el arma a uno de sus guardianes con ánimo de defenderse, y un compañero de éste le descerrajó un tiro en la cabeza



NOTA PREVIA

¿Tiene el lector en su mano un libro político? La política, en el único sentido profundo que posee, no es una ciencia abstracta, que se nutra y sostenga de ideas generales, de simples y puros raciocinios. Es más, no es una ciencia, ni realmente tiene mucho que ver con la ciencia. La política, y expresar esto no supone invento alguno original, es un arte, y, sobre todo, una estrategia.

Por tanto, un libro, si aspira a ser de algún modo un libro político, tiene que resolver o abordar dificultades de orden estratégico. Ha de basarse en hechos y, en mayor o menor escala, extraer de ellos el camino hacia hechos nuevos. No hay política abstracta. No hay tampoco política quieta, en reposo, para ser cumplida o realizada dentro de diez años.

Ahora bien, resulta que he trabajado en este libro durante unas semanas en que me he visto forzado a hacer una especie de alto, de vacaciones, en las tareas políticas activas, concretas y diarias, que hasta aquí, desde 1931, constituyen mi labor. En esos años tuve la fortuna de realizar un hallazgo, de cuya importancia y fertilidad está ya dándose perfecta cuenta un ancho sector de jóvenes españoles.

Ese hallazgo no fue otro que el de descubrir para España una perspectiva histórica y política, que se nutriese a la vez de las dos únicas palancas hoy de veras eficaces para hacer de España lo que esta generación debe conseguir que sea: una Patria justa, grande y liberadora.

He aquí esas dos palancas: una, la idea nacional, la Patria como empresa histórica y como garantía de existencia histórica de todos los españoles; otra, la idea social, la economía socialista, como garantía del pan y del bienestar económico de todo el pueblo. Me cupo, al parecer, la tarea de unificar esas dos banderas, dotarlas de los símbolos emocionales necesarios y señalar y poner las piedras primeras de una organización que las interpretase. Todo eso ya está ahí, anda por España, y creo que de un modo insoslayable y visible. Son las J.O.N.S.

Pues este libro ha sido escrito durante las justas semanas que he permanecido al margen del movimiento, por diferencias irresolubles con quienes en él preponderan hoy, y es hijo, por tanto, de un período en cierto modo alejado de la política activa.

De ahí su carácter peculiar, su carácter de Discurso, no a estas o a aquellas gentes concretas que tuviese delante, sino a las juventudes de España, categoría genérica, difícilmente puesta por nadie en fila. Es un discurso, por tanto, que tenía que encontrar y buscar expresión, no en un estilo directo — según corresponde a los discursos políticos —, sino en una línea realmente discursiva, general. Eso le veda, pues, una proyección cercana sobre los acontecimientos diarios y le imprime por fuerza un aire de amplitud más ambiciosa.

Quizá además ocurre que ciertas cosas hay que decirlas todavía así en España, con cierta envoltura conceptual y sin la responsabilidad de las decisiones políticas a que, de otro lado, pronto o tarde obligarán. Bien estará hacerlo aprovechando las circunstancias en que, según dije antes, me encuentro al escribir estas líneas: fuera de una disciplina concreta de partido.

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Creo firmemente que el mundo entero, y de modo singular Europa, atraviesa hoy una época de amplias y grandes transformaciones. En la disgregación final, que publico a continuación del Discurso, sostengo el criterio de que las realidades subversivas que presiden hoy la trasmutación europea tienen lugar bajo un signo extraño: el de ser sus ejecutoras y realizadoras, no las fuerzas tradicionalmente revolucionarias, como por ejemplo el marxismo, que habían llegado a nuestra época provistas de una doctrina y de una táctica revolucionarias, sino otras surgidas en estos mismos años, y que se caracterizan tanto por su expresión nacional y por aparecer vinculadas a las juventudes como por conseguir su victoria a costa precisamente del marxismo.

Pues bien, este Discurso, ante la creencia de que se avecinan también en España las manifestaciones decisivas de la subversión moderna, quiere plantear a nuestras juventudes la necesidad de que conviertan asimismo la revolución en revolución nacional, liberadora del pueblo y de la Patria, haciendo de la coyuntura trasmutadora la gran ocasión histórica para que España realice sus grandes destinos. Que ello sea así, depende sólo de que las juventudes encuentren su camino, estén a la altura de él y lo recorran militarmente.

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El momento mismo en que he dado fin al libro coincide con el de mi reintegración a la política militante, función reconozco y veo como fatalmente ligada a mi destino. No quiero ser de los que hurten lo más ligero de su rostro a la etapa histórica en que ahora mismo penetra nuestra Patria española. Entro de nuevo, pues, en batalla, tras de la justicia que apetecen y necesitan las masas populares y tras de la unidad, la grandeza y la libertad de España.

Sólo deseo que estas páginas, hijas del interregno a que antes he aludido, sirvan de algo para orientar eficazmente las luchas revolucionarias que hoy desarrolla la juventud nacional.

Ramiro Ledesma Ramos
Mayo, 1935.

 


I
¿QUÉ TENEMOS ANTE LA VISTA?

I. INFECUNDIDAD DE LA CRÍTICA
II. LA LEJANÍA HISTÓRICA
III. LA HORA DEL IMPERIO Y LA DE LA DERROTA
IV. LA PUGNA ESTÉRIL DEL SIGLO XIX
V. LA RESTAURACIÓN
VI. LA REPÚBLICA. EL 14 DE ABRIL

Parece, camaradas, que todos los presagios coinciden hoy en señalar firmemente con el dedo a las actuales juventudes españolas como las únicas fuerzas creadoras y liberadoras de que la Patria dispone.

Yo lo creo también sin vacilar, y así os lo digo a vosotros con la emoción del camarada, el optimismo del soldado y la esperanza propia de todo español auténtico y verdadero. Este discurso intentará, pues, examinar de cerca el bagaje de las juventudes, mostrarle su presente, la realidad sobre la que hoy se encuentran acampadas, y, por último, configurarle el triunfal destino a que deben aspirar sus luchas.


I. INFECUNDIDAD DE LA CRÍTICA

Lo único que no puede serle exigido a las juventudes actuales de España es que desarrollen una labor de índole crítica. La fecundidad de la crítica es siempre muy limitada. Se reduce a darle vueltas a las cosas, a descubrir su revés, sus pliegues, la posible verdad oculta que lleven dentro. Pero jamás la crítica servirá para desentenderse por entero de lo que tiene delante, y nunca asimismo podrá vencerlo y sustituirlo por una cosa nueva y diferente.

Si las juventudes están disconformes con lo que encuentran, no tienen necesidad de justificar con muchas razones su actitud. No tienen que explicar la disconformidad, tarea que absorbería su juventud entera y las incapacitaría para la misión activa y creadora que les es propia. Pues la crítica se hace con arreglo a unas normas, a unos patrones de perfección, y todo esto tiene que ser en realidad aprendido, le tiene que ser enseñado a las juventudes, no es de ellas ni forma parte de ellas.

Pero un mínimum de crítica, en el sentido de apreciación o valoración de lo que hay delante, es quizá indispensable. Para realizar esa mínima función orientadora, en el número de páginas más breve posible, dirigiremos la vista fugazmente ante el pasado de la Patria, y luego, con un poco más de fijeza, examinaremos el período que nos ha precedido de modo más inmediato, la Restauración, para detenernos asimismo a escrutar el terreno que hoy pisamos, la República.

Conviene antes, camaradas, que hagamos una advertencia, a modo de ilustración y guía de todo el Discurso: que en España no van bien las cosas, al parecer desde tiempos remotos, lo saben ya los españoles desde que nacen. Hay y existen mil interpretaciones, mil explicaciones, acerca de los motivos por los que España camina por la historia con cierta dificultad, con pena y sin gloria. Es hora de renunciar a todas ellas. Son falsas, peligrosas, y no sirven en absoluto de nada. Bástenos saber que sobre España no pesa maldición alguna, y que los españoles no somos un pueblo incapacitado y mediocre. No hay en nosotros limitación, ni tope, ni cadenas de ningún género que nos impidan incrustar de nuevo a España en la Historia universal. Para ello es suficiente el esfuerzo de una generación. Bastan, pues, quince o veinte años.


II. LA LEJANÍA HISTÓRICA

Parece que España lleva doscientos o más años ensayando el mejor modo de morir, y la poca historia que las juventudes saben les basta para que se inicie en ellas la sospecha de que a lo largo de todo ese enorme período — de decadencia o de lo que sea — España ha sido dirigida y gobernada por gentes, grupos e ideas a quienes caracteriza una mentalidad de liquidadores, de herederos y de cobardes. Mucho hay que andar hacia atrás en el camino de la historia para encontrar victorias plenas y pulsos firmes. Renunciamos a andar con exceso tal camino. Porque si para la actitud de despego hacia esa larga e inacabable zona histórica de la liquidación nos es suficiente barruntar o sospechar que ha existido, también para la actitud admirativa y de orgullo por horas magníficas de nuestra propia raza nos basta sospechar asimismo que han tenido, en efecto, realidad formidable algún día.

Aparte de que no es en la historia, en el pasado histórico, donde hemos de dar nosotros la batalla. Necesitamos, si ésta ha de ser eficaz, enemigos cercanos y concretos. Por eso, en vez de remontarse España atrás, en busca del hecho fatídico, el hombre culpable o las ideas virulentas a quienes imputar las responsabilidades por la Patria deficiente que hoy tenemos, nos corresponde percibir y descubrir los hechos, los hombres y las ideas de esta misma hora. En otro caso, correremos el peligro de luchar contra fantasmas y contra enemigos ilusorios, lo que nos convertiría a nosotros también en fantasmas y en repugnantes desertores.

No nos es lícito, pues, dirigir la mirada al pasado español con languidez alguna, a descansar en él y admirar en él la grandeza que en él haya y de que nosotros hoy carecemos. Si para eso sirviese el pasado glorioso de España, habría que renunciar a él y borrarlo sin vacilar del recuerdo de los españoles. Pero España tiene en su pasado no sólo jornadas triunfales y éxitos magníficos, sino también catástrofes considerables, desplomes históricos ruidosos. El mismo peligro encierra pasarse la vida celebrando los primeros que lamentando los segundos.

La historia de la Patria es para nosotros problema sencillo: nos hacemos responsables de ella y la aceptamos en toda su integridad. Pero a los efectos de nuestro presente, la tradición histórica es apenas válida. Sólo es estimable de ella lo que llegue a nosotros como valores vivos, buenos o malos, y que florezcan y alienten a nuestra vera. Para contestar a la pregunta de qué nos entrega la historia, no hay que ir mucho a los cronicones y a los libros, sino mirar con fijeza a nuestro propio tiempo, porque es en él, en su clima, donde tenemos que encontrar los datos de la respuesta.

Ahora bien, la dimensión histórica es por fortuna inesquivable. Saberse nacido en el seno de un gran pueblo, en el que gentes de la misma sangre que uno, poco más o menos igualmente dotados que uno, realizaron empresas de relieve histórico formidable, es sin ninguna duda un ingrediente de gran fertilidad. Se tiene así la certeza de moverse en el círculo de las ambiciones legítimas, y de que sólo es cuestión de ingenio, de heroísmo y de voluntad el atrapar de nuevo las riendas del triunfo.


III. LA HORA DEL IMPERIO Y LA DE LA DERROTA


España culmina a mediados del siglo XVI. Recogía entonces las ventajas de haber hecho su unidad nacional. Había descubierto América y realizando en gran parte su conquista. Tenía las instituciones más eficaces de la época. Disponía de una tarea gigantesca, formulada a base de conjugar los dos más poderosos resortes de la historia: la fe religiosa y el Imperio. España descubría y conquistaba territorios con la cruz en la mano y los ganaba para le fe católica, contribuyendo ésta luego a hacer sólidas las conquistas y a nacionalizar a los nuevos súbditos con el sello profundo de la fe.

El espectáculo que ofrece España desde 1492 a 1588 es de una grandeza difícilmente lograda por pueblo alguno en ninguna época. Se produjo en nuestro suelo una revolución auténtica. La que hizo posible el paso de un pueblo particularista, recién salido de un largo pleito local, como en realidad fue la Reconquista, a un pueblo de preocupación universal, navegante, colonizador, ambicioso. El Imperio de Carlos I hizo posible, no sin grandísimo esfuerzo, toda esa enorme transmutación. Tuvo que producirse en España el hecho de venir de fuera de ella un joven Rey, enraizado de una parte con la tradicional dinastía de Castilla, pero revestido a la vez de características profundamente extrañas, para que el pueblo español adaptase el perfil imperial y poderoso que requerían los tiempos.

La España comunera — con muchas pequeñas razones de su parte — fue la manifestación reaccionaria que se produjo contra el hecho verdaderamente revolucionario y magnífico del Imperio. Triunfo, no sin superar humillaciones y dolores: el episodio de la rapacería de los primeros acompañantes del César, la añoranza de las viejas libertades, etc. Pero eso es la entereza y el precio que pide y exige la Historia a aquellos a quienes encarga que actúen de impulsores, de conductores y creadores mundiales. Si triunfan los comuneros en Villalar e imponen a Carlos I un reinado «nacional» y estrecho, todo el gran siglo XVI español se hubiera quizá frustrado. No habría podido llevarse a cabo la obra de los conquistadores, y menos aún, claro, hubiera existido proyección victoriosa de España sobre Europa. La pugna entre los comuneros y el concepto imperial de Carlos V, es quizá el primer hecho que se produce en nuestra Patria representativo de una profunda dispersión, de una ruptura nada fácilmente soldable, entre dos porciones de España por una distinta manera de entender el destino histórico de los españoles.

Todo lo grande, rápida y triunfal que fue la elevación de España, fue luego también de vertical su descenso. Porque no se crea que ésta se efectuó a lo largo de una decadencia de vasta duración. No. La decadencia se produjo en las instituciones dirigentes — Monarquía e Iglesia — a comienzos del siglo XVII y alcanzó al espíritu y al ánimo del pueblo muy poco más tarde. Desde entonces hasta hoy, en España no ha habido decadencia propiamente dicha, sino más bien ausencia, apartamiento real de la historia.

Y hasta deberá quizá decirse, camaradas, que no es tampoco el de decadencia el término que corresponde a la hora descensional de España. Al hablar de un pueblo que decae, parece indicarse que eso le acontece y ocurre en virtud de causas internas, procedentes de él, como un fenómeno en cierto modo natural de vejez. Conviene reaccionar contra este juicio aplicado a eso que se ha llamado la decadencia de España. Nuestra Patria, y esto lejos de convenir que sea ocultado creo por el contrario que conviene repetirlo mucho, FUE VENCIDA. En la historia de España desde el siglo XVII acá no hay nada raro o difícil de entender: ESPAÑA FUE DERROTADA, VENCIDA, POR IMPERIOS RIVALES. Esos imperios tenían un doble signo. Económico, comercial, material, uno: el de Inglaterra. Moral, espiritual, cultural, otro: el de la Reforma. ¿Pero se le ocurriría a alguien la actitud criminal de dar la razón a los vencedores?.

España, por las causas que fueren, no consiguió atrapar el imperio complementario a aquel que era su fuerza y su gloria durante el siglo XVI. Ese imperio complementario, y que si ella no lo conseguía tenía necesariamente que caer en manos de otros, era el de ser el pueblo impulsor de la revolución económica que ya entonces se preveía. Perdió España la oportunidad de ser el pueblo pionnier de la nueva economía comercial, burguesa y capitalista, y ello la desplazó asimismo del predominio, dejándola sin base nutricia, sin futuro.

Pues no se manejan impunemente ciertos instrumentos, y lo que conduce de la mano a España a la derrota es su casi exclusiva vinculación a valores de índole extramaterial e incluso extrahistórica. Desde la gran reforma de la Iglesia hecha por los Reyes Católicos, España, el poder español, utiliza la fe religiosa como uno de sus instrumentos más fértiles. España pagó en buena moneda los servicios que el catolicismo prestó a su Imperio. Pues gracias a España, al genio español, visible y eficaz tanto en el Concilio de Trento con sus teólogos como en los campos de batalla bajo el pendón de la cruz católica, el catolicismo ha sobrevivido en Occidente, esperando en Roma una nueva coyuntura de aspiración a la unidad espiritual del mundo. Sin España, sin su siglo XVI, el catolicismo se habría quizá anegado y la vida religiosa de Europa estaría representada en su totalidad por un conjunto de taifas nacionales más o menos cristianas.

España, repito, fue vencida. Sólo se alcanza la categoría de vencido después de haber luchado, y eso distingue al vencido del desertor y del cobarde. Después de su derrota histórica, España no ha tenido que hacer en el mundo otra cosa que esperar sentada. Se ha vivido en liquidación, pues la hora culminante fue también próvida en riquezas espirituales y territoriales, que sirvieron luego a maravilla para una larga trayectoria de generaciones herederas y dilapidadoras. Poco a poco el imperio territorial fue naturalmente desintegrado, restituido el pueblo a su pobre vida casera, apartado de la grandes contiendas que en el mundo seguían desarrollándose. El pueblo ha seguido en su sitio, fiel a su nacionalidad, que defendió en la Guerra de Independencia contra los ejércitos más poderosos de Europa, y extraño a otra ilusión que la de que se administrasen bien sus últimos y misérrimos caudales. No perturbó lo más mínimo el proceso liquidador con revolución alguna. Siguieron las instituciones. Bastante hicieron quizá éstas, en medio de las dos centurias de depresión, con conservar intacto el solar de la Península. No sin peligros. A comienzos del siglo XVII, ya corría por Europa un plan de desgajamiento y balcanización del territorio peninsular, Europa tiraba de Cataluña. Llegó a haber allí virreyes franceses. Se logró no obstante vencer ese proceso canceroso y se conservó la unidad de España. Ha sido la única victoria desde la culminación del Imperio. Aunque empalidecida en el Oeste con la no asimilación de Portugal y avergonzada en el Sur con Gibraltar en manos de Inglaterra.


IV. LA PUGNA ESTÉRIL DEL SIGLO XIX

En todo el siglo XIX se representa el doble drama de unas fuerzas que trataban de resucitar y defender la tradición de España, desconociendo de hecho su antecedente, el Imperio, y de otras que pretendían liberarse de esa tradición, inaugurando un futuro revolucionario. Ni las primeras podían restaurar en serio la antigua tradición española ni las segundas hicieron revolución de ninguna clase.

Los españoles se polarizaron a lo largo del siglo XIX en torno a esos dos irreductibles fórmulas, defendidas con tal tesón y tal tenacidad, que ambas han sobrevivido a través de cien años de luchas mutuas, sin que ninguna de ellas haya rendido las armas y sin que ninguna haya asimismo triunfado en sus afanes.

Lo primero que debe observarse en las luchas políticas del siglo XIX es que no son propiamente políticas, sino más bien luchas religiosas. Contemplándolas a distancia, las advertimos de esterilidad irremediable. Los defensores de la tradición no podían representar para España otra perspectiva que la de seguir guardando intacta la reserva española, si así puede decirse, y los otros, los pseudo-revolucionarios, sólo hubieran representado de verás un papel histórico positivo si su triunfo se hubiera dirigido a hacer entrar al pueblo español el orden de las nuevas posibilidades que ofrecían al mundo la cultura técnica, la mecanización industrial y el nacionalismo vigoroso correspondiente a una burguesía numerosa y rica.

Fueron, repetimos, luchas religiosas, si bien efectuadas en el plano político, es decir, no entre dos religiones positivas diferentes, como sería lo natural, sino entre quienes eran católicos —al modo, claro, que habían sido siempre católicos los españoles, desde el Estado y a través del Estado— y quienes no lo eran o lo eran con mucha tibieza. Por eso, la pugna se desarrolló en torno al clero más que en torno a los dogmas. De un lado, clericales. De otro, anticlericales.

Las dos facciones que lucharon a todo lo largo de la centuria eran incapaces de obtener de su victoria eficacias plenas. La España, tradicional, católica, apiñada junto a las iglesias, no podía aspirar sino a una actitud estática, de conservación, de defensa. Los otros, los desprendidos, como actuaban en un país de formas económicas muy retiradas, se enredaron en una serie de doctrinarismos abstrusos que bordeaban hasta la traición nacional y no consiguieron la colaboración de las masas populares. Como consecuencia de la incapacidad de unos y de otros, la única línea permanente vino a ser la serie inacabable de pronunciamientos militares, resultando así el Ejército, más que un organismo para hacer la guerra, un vivero de políticos y estadistas: Espartero, O´Donnell, Narváez, Serrano, Prim, etc, etc.

España necesitaba con urgencia de un período en que las dos banderas decimonónicas entrasen como el Guadiana en una vía subterránea. Después del fracaso de ambas, esto es, después de que la España tradicional y católica no clavó de un modo triunfal su fanatismo en el palacio de Oriente, en forma de un ideal guerrero y misionero, de expansión y de fuerza; y después de que la España disconforme se declaró incapaz de enarbolar un ideal nacional, de tipo violento y jacobino, sobre el que asentar una sociedad nueva y unas instituciones nuevas, ambas tendencias merecerían por igual que se las desarticulase y expulsase del reino de las posibilidades políticas. Aquellos propósitos no fueron ni apenas ensayados. Las dos carecían además de sentimientos nacionales firmes. Para los unos, la tradición y el patriotismo consistían en defender fueros, reivindicaciones religiosas, formas de vida local y familiar, es decir, siempre porciones, parcialidades. Para los otros, lo revolucionario estaba vinculado a la libertad de imitar, a la gravitación rapaz de las ciudades contra los campos, etc. (Señalemos en el liberalismo español del siglo XIX un valor fecundo: su sentido de la unidad de España).


V. LA RESTAURACIÓN

Todo eso dio de bruces en la Restauración. Este régimen fue una pura consecuencia del doble fracaso que supuso para España todo el largo y turbulento fracaso a que nos hemos referido. La Restauración tenía ante sí una misión histórica bien clara: anegar las dos estériles corrientes cuyo fracaso terminaba de ser experimentado, y poner a España en condiciones de producir un ideal nacional nuevo, extraído naturalmente de su propio genio y apoyado en formas sociales distintas a aquellas que habían servido de soporte a las viejas luchas. Para ello tendría que vivir como al margen de la vida nacional, sin apoyarse desde luego en ella ni contrariándola.

La Restauración nacía pues bajo el signo de la paradoja. Así, resulta que la Monarquía constitucional, la vigencia de la Constitución llamada del 76, iba a ser un período eficaz y fecundo en el grado mismo en que lograrse sostenerse sin apelar a la realidad nacional. Se tenía entonces por evidente que esta realidad era desastrosa. Fue el momento de Cánovas. Este político, edificador y orientador máximo de la Restauración, se puso a la tarea provisto de los dos ingredientes más oportunos para la labor que tenía delante: un escepticismo radical y un cierto sentido del Estado.

Los políticos de la Restauración no tenían fe alguna en España ni en los españoles. Decían que España carecía de pulso. Decían que español era quien no podía ser otra cosa, y así sucesivamente. Es verdad que nada ocurría en España que desmintiese tales imputaciones. En esa situación, ¿qué podía suceder?. La contestación es bien sencilla: O España extraía de su seno energías verdaderas con las cuales vigorizar aquel recipiente vacío que era el Estado constitucional canovista o se descompondría de un modo irremediable. Esas energías nuevas podían seguir dos derroteros: uno, el que las condujese hacia arriba, hacia el estado, vigorizándolo y nutriéndolo; otro, el que las situase revolucionariamente contra él.

La Restauración tuvo desde luego éxito en uno de sus propósitos: el de permanecer. Duró cincuenta años. Medio siglo es un período de tiempo suficiente para que un pueblo o un régimen descubran, bien la culminación de su triunfo, bien el estrépito de su fracaso.

El reinado de Alfonso XIII — por notoria y personal voluntad del rey — fue un forcejeo continuo por dotar a la Monarquía constitucional de bases de sustentación. Ese forcejeo aparece en su política militar (vigorización del Cuerpo de oficiales con una cierta conciencia y entusiasmo por la unidad de España y su grandeza); aparece también en la expansión marroquí, como posible suelo donde pudiese crecer con alguna lozanía el optimismo nacional; en la tentativa de Maura por sustituir la base anómala, caciquil, del Estado por un apoyo sincero de lo que él denominaba la ciudadanía; en el propósito de elevar el ritmo de la industrialización del país, superando así el único sostén agrario y terrateniente del régimen.

Fuera del Estado y contra el Estado, las ideas y los grupos que operaban bajo un signo revolucionario construyeron sus tiendas de modo bien sencillo: recogieron los residuos ideológicos de sus antecesores del siglo XIX, orientaron en sentido crítico toda la vida intelectual de España, socavaron el espíritu militar naciente, alimentaron las tendencias disgregadoras y autonomistas, hicieron derrotismo integral en torno a Marruecos y mantuvieron una cierta tibieza e ignorancia hacia toda idea nacional o sentimiento de la Patria.

Además, surgieron las organizaciones obreras, desarrollándose al ritmo mismo de la industrialización, naturalmente con un sentido de clase y una doctrina concordante en todos los aspectos prácticos con los anteriores enunciados.

En 1923, fecha final de la vigencia constitucional de la Restauración, España tenía ante sí dos fracasos: el del Estado, el del régimen, que seguía sin haber ampliado lo más mínimo sus bases de sustentación, y el de los núcleos enemigos contrarios al Estado, que no habían producido tampoco lo único que entonces hacía falta: un frente de sentido nacional, con angustia verdadera por los destinos históricos de la Patria española y por los intereses inmediatos y diarios de todo el pueblo. La salvación hubiera estado ahí, sobre todo si disponía de la intrepidez suficiente para acampar con toda audacia en el seno mismo del régimen, aun con este dubitativo propósito: el de hacerlo explotar si le alcanzaba la podredumbre misma del sistema o el de utilizarlo y conservarlo patrióticamente si su permanencia era valiosa.

Como desde fuera no llegó ese remedio, el Rey lo extrajo del seno mismo del Estado: apeló al Ejército. Comienza así la dictadura militar de Primo de Rivera, cuyo defecto originario era ése, el de no venir ni proceder de una realidad nacional, de una acción directa nacional recogida o aceptada por el Rey. Venía y procedía del Estado mismo, y en cierto modo a continuar el sentido de la Restauración, a proporcionar a España un nuevo margen histórico, a ver si ocurría que cobrase o recobrase su conciencia de pueblo unido, ambicioso y de gran futuro.

Pero con la dictadura el Estado ponía proa hacia el camino de los desenlaces. Hacia las horas decisivas. Pues si no lograba de veras robustecer y hacer más consistentes los derroteros oficiales del régimen, éste se hundiría, aunque enfrente y en contra suyo no se alzase nada respetable ni profundo.

La dictadura militar aceleró el ritmo material, industrial de España. Logró la adhesión casi unánime del país, sobre todo en lo que éste tenía de opinión madura, sensata y conservadora. Alcanzó asimismo un éxito notorio en Marruecos. Duró casi siete años. Y a la postre murió agotada, deshecha de muerte natural, de vejez. La Dictadura murió de vieja a los siete años. Como el período constitucional que le precedió murió asimismo de viejo a los cincuenta años de nacer.

Primo de Rivera proporcionó a España siete años de paz, —¡siempre la paz!—, durante los cuales tuvo lugar un auge económico verdadero; pero no hizo reforma agraria alguna —seguía en el fondo la propiedad agraria constituyendo la base principal del régimen—, y no consiguió nunca la colaboración de las juventudes, a pesar de coincidir con la época de la dictadura el momento en que aparece por primera vez en España una conciencia juvenil operante, y a la que había precisamente que sustraer el morbo disociador, antinacional y negativo.

La dictadura militar fue sustituida por el gobierno del general Berenguer, lo que venía a significar un intento de restaurar de nuevo la Restauración, en su signo antiguo, constitucional y ortodoxo. El fracaso fue fulminante, irremediable. Sirvió para que a toda prisa, en una atmósfera liberal, propicia y suave, se organizara la caída del régimen monárquico y su sustitución por la República.


VI. LA REPÚBLICA. EL 14 DE ABRIL

El fenómeno del 14 de abril de 1931, la proclamación de la República, inaugura la situación en que nos encontramos hoy, la realidad misma sobre la que ahora tienen que operar las juventudes, y por eso es de suma importancia que percibamos debidamente su sentido.

Las grandes masas, las grandes mayorías electorales que votaron la República, llevaron al Poder, no a unos hombres, a unas ideas y a una realidad política surgidas y emanadas de ellas, como un producto suyo, coherente, disciplinado y eficaz, sino que facilitaron a unos grupos, unas ideas y unos hombres que en aquel momento representaban, entre otras cosas, la oposición al viejo sistema monárquico de la Restauración y de la dictadura.

Realmente, el 14 de abril de 1931 dio el Poder a todo ese cortejo lacrimoso, crítico y disconforme que desde tiempos muy añejos y remotos venía siguiendo de cerca los pasos desafortunados y vacilantes de la España oficial y tradicional. Reconocer esto es de gran importancia, porque significa que el movimiento republicano que dio vida a la Constitución de 1931 no era una superación de las pugnas antiguas, no representaba una aurora de algo nacional y nuevo, sino que se nutría casi por entero de una actitud ya ensayada, bien conocida, de signo decimonónico y perteneciente al mismo proceso político de la Restauración.

La similitud de las dos fechas, 13 de septiembre de 1923 y 14 de abril de 1931, salta a la vista de un modo notorio. En ambas, el pueblo español desertó de su deber de henchirlas con su signo propio, y quedó pasivamente al margen. El 13 de septiembre el pueblo español demostró parecerle una cosa excelente que un general, o quien fuese, hiciera por él algo que de verdad creía necesario: barrer las pandillas caciquiles de la Restauración. En 1931, en vez de dar paso triunfal a un movimiento propio, encarnación de una hora histórica tan solemne como la del derrumbe de la Monarquía, actuó también desde fuera, como comparsa, y concedió un ancho crédito a las personas, los grupos y las ideas que hacía más de sesenta años venían ofreciéndose sin éxito a la consideración política de los españoles.

La única fecundidad del 14 de abril consistió tan sólo quizá en permitir que esas personas, esos grupos y esas ideas saliesen de su tradicional y roedora actitud crítica para descubrir y exhibir desde el Poder sus portentos. Yo les asigno esa misión, que equivale realmente a la posibilidad de conocer, al fin, el segundo hemisferio de la luna. Su victoria, pues, está dentro del viejo y tradicional sistema. Fue lograda en virtud del mismo estilo polémico que puede reconocerse literalmente en las pugnas y polémicas del siglo XIX. Victoria, en el fondo, de signo y carácter turnante.

El 14 de abril de 1931 es, pues, el final de un proceso histórico, no la inauguración de uno nuevo. Eso es su esencial característica, lo que explica su fracaso vertiginoso y lo que incapacita esa fecha para servir de punto de arranque de la Revolución nacional que España hará forzosamente algún día.

En efecto, los grupos triunfadores en abril aportaban unos ingredientes de tal naturaleza que podía esperarse de ellos todo menos esto: una victoria nacional de España. ¡Ah! Si el 14 de abril se produce al grito de ¡Viva España!, el hecho revolucionario hubiera sido cosa distinta y representaría evidentemente la fecha inauguradora de la Revolución nacional. Pero claro que no se hizo así, y si pasamos revista a los propósitos de las diversas fuerzas que dieron vida y realidad a esa fecha, nos encontramos además con que no podía hacerse así. Ni uno sólo de los varios grupos del 14 de abril actuaba con el propósito de convertir la revolución en Revolución nacional. Ese fue el fraude y ese fue a la postre también el germen disociador de la República naciente.

* * * * * * *

Una Revolución nacional, el 14 de abril, tenía que haber representado para España la garantía de que precisamente todo lo que la vieja Monarquía ya no garantizaba iba a ser mediante ella posible: tenía que representar, frente a los tirones separatistas de Cataluña y Vasconia, la unificación efectiva de todo el pueblo. Frente a las dificultades en que se debatía la Monarquía para que tuviese España un Ejército popular y fuerte, su creación fulminante. Frente a la dispersión moral de los españoles, su unificación en el culto a la Patria común. Frente a un régimen agrario de injusticia inveterada (no se olvide que los terratenientes, como hemos dicho y repetido, habían sido desde muy antiguo el sostén único de las viejas oligarquías), la liberación de los campesinos y la ayuda inmediata a todos los pequeños agricultores. Frente a una industrialización de signo modesto, un plan gigantesco y audaz para la explotación de las industrias eléctricas y siderúrgicas. Frente a la despoblación del país, una política demográfica tendente a duplicar la actual población de España. Frente al paro y la crisis, la nacionalización de los transportes, la ayuda a las pequeñas industrias de distribución y el incremento rápido del poder adquisitivo del pueblo. Frente a una España satélite de Francia e Inglaterra, una política internacional vigorosa y firme, de independencia arisca.

Eso hubiera sido una Revolución nacional, y todo lo contrario que eso fue sin embargo el 14 de abril de 1931.

Las perspectivas de esa fecha eran y tenían que ser por fuerza una cosa ilusoria. Pues los intelectuales que le daban expresión representaban una tradicional discrepancia con el sentido histórico de las instituciones a quienes la unidad se debía en su origen, llegando así al absurdo de creer una equivocación nuestra historia entera. Los grupos disgregadores que influían y sostenían el régimen naciente desde la periferia española carecían naturalmente de una preocupación integral y total de España. Los marxistas eran ajenos por naturaleza al problema. Los viejos partidos demoliberales, como el radical, representaban la debilidad, la transigencia, el pacto. ¿Quién, pues, iba a dar a la revolución de abril un contenido nacional y quien iba a trabajar en su seno por extraer de ella consecuencias nacionales históricas?.

El 14 de abril nacía, pues, incapacitado, tarado, para obtener de él una vigorización nacional de España.

* * * * * * *

Ahora bien, reconocido eso, aceptada esa limitación, ¿encerraba, en cambio, el 14 de abril perspectivas fecundas de convivencia social entre los españoles?. O lo que es lo mismo, cercenada toda salida nacional, toda tendencia de la revolución a hacer de España ante todo una nación fuerte y vigorosa, ¿se logró, por lo menos, una ordenación social más grata para todos los españoles y una aceptación entusiasta por parte de los trabajadores, de los obreros, a la misma?. La contestación no admite dudas: en absoluto.

Pues hubo tres insurrecciones populares. Y hubo sobre todo una terrible fecha, el 6 de octubre, en la que tomaron las armas no ya los obreros anarcosindicalistas, cuya disconformidad con el régimen databa desde sus orígenes, sino los obreros socialistas, edificadores y forjadores directos de la Constitución y de las instituciones todas de la República.

El 14 de abril no supuso, pues, nada. Ni el orden nacional ni el orden social. Sus mismos creadores proclamaron su monstruosa equivocación ese 6 de octubre de 1934, fecha en que tuvo lugar la insurrección de la Generalidad y la subversión marxista de Asturias. El 6 de octubre tiene un sentido, y sólo uno: el torpedeamiento y hundimiento de la pseudo-revolución de abril por los mismos que la efectuaron y alumbraron.

Esa es, camaradas, la realidad, y ante ella no nos corresponden muchas lamentaciones. Pues también, entre esas posibilidades revolucionarias fallidas, está la traición a un cierto espíritu juvenil que se manifestó y surgió en España meses antes de la República. No encontró ese movimiento juvenil satisfacción alguna. No fueron los jóvenes comprendidos, y los gobiernos abrileños no le prestaron otro servicio que el de corromper a los que aparecían como dirigentes, incluyéndolos en las nóminas burocráticas de sus secretarías.

Aquí nos encontramos, camaradas, y la realidad del régimen, la última, la que hoy tenemos ante nosotros, la surgida como contestación a las subversiones de octubre, es un digno remate a la esterilidad radical del sistema: España y la República, en manos de los grupos oligárquicos más viejos, desteñidos e inoperantes que fuera posible imaginar. Los gobiernos radical-cedistas sacan a la superficie lo que de veras llevaba dentro el 14 de abril junto con sus ingenuas erupciones pseudo-revolucionarias: el girar en torno a las antigüedades conocidas y fracasadas de la España decimonónica, el estar ligado a ellas y el de ser realmente el final de una era, la culminación de una decadencia política. Y no una aurora, ni un comienzo, ni una inauguración fértil de nada.

* * * * * * *

Resumimos así el panorama de los últimos cien años: Fracaso de la España tradicional, fracaso de la España subversiva (ambas en sus luchas del siglo XIX), fracaso de la Restauración (Monarquía constitucional), fracaso de la dictadura militar de Primo de Rivera, fracaso de la República. Vamos a ver cómo sobre esa gran pirámide egipcia de fracasos se puede edificar un formidable éxito histórico, duradero y rotundo. La consigna es: ¡REVOLUCIÓN NACIONAL!

 

 

II
LOS PROBLEMAS DE LA JUVENTUD NACIONAL

I. JUVENTUD Y DIMENSIÓN NACIONAL
II. HAY QUE SER SOLDADOS
III. LA UNIDAD DE ESPAÑA
IV. UNA MORAL NACIONAL
V. NACIONALISMO SOCIAL Y SOCIALISMO NACIONALISTA
VI. INCREMENTO DEMOGRÁFICO Y FORTALEZA MILITAR
VII. LOS CAMINOS DE LA VIGORIZACIÓN INTERNACIONAL

 

Ante ese panorama que hay a la vista, difícilmente encontrarán las juventudes un clavo donde asirse. Están solas, y eso, lejos de constituir para ellas un motivo de desazón y desánimo, va quizá a proporcionarles la gran coyuntura que España necesita. La deserción es imposible, porque iría ligada a una catástrofe histórica, cuya primera consecuencia equivaldría a la desaparición de España y al envilecimiento y esclavización de los españoles.

El pueblo español se encuentra ante un tope, en presencia de una línea divisoria. Desconocerlo equivale a engañarse y a desertar de la única consigna hoy posible: la de derruir ese tope y atravesar esa línea con las pisadas más fuertes.

Pues ocurre que en España hay fuerzas y energías suficientes para salir victoriosos de la prueba histórica y para romper en mil pedazos todo el largo tren de la impedimenta cancerosa. Esas fuerzas y esas energías sólo pueden ser de veras eficaces si la revolución nacional las incluye en su estrategia, dando satisfacción a sus clamores más justos.

El problema exacto de las juventudes españolas en este momento es ni más ni menos el de que alcancen una plena conciencia de su misión histórica. Tienen además que saber que si ésta no es realizada ni cumplida, España perece, y los españoles quedarán espiritualmente y económicamente decapitados.

I. JUVENTUD Y DIMENSIÓN NACIONAL

Realmente, si las juventudes examinan hoy su patrimonio, es decir, lo que son y lo que tienen, descubrirán, de acuerdo con cuanto llevamos escrito, que es bastante reducido y simple. Lo que, lejos de contrariarlas y lejos de dificultar las tareas que le corresponden, las coloca y emplaza en la plenitud de su destino.

Vamos nosotros a perfilar aquí en qué consiste ese reducido patrimonio y a qué obliga.

¿Qué tiene de un modo verdadero el joven español en su mochila?.

Tiene en primer lugar su juventud, es decir, una vida proyectada en el mañana, en el futuro. Y tiene también, posee también, una dimensión nacional, el hecho profundo, decisivo y formidable de haber nacido español, de ser español. Esta última cosa encierra y comprende su cualidad humana, la que lo define y presenta incluso como ser humano. Pues somos hombres cabales y plenos en tanto seamos cabales y plenos españoles, no viceversa.

No tiene más. No tiene riqueza, no tiene sabiduría, ni poder, ni destino individual ya alcanzado, ni doctrina política alguna a qué servir; en fin, nada sino aquellos dos valores ya dichos. Esto le acontece porque hace su presencia en una coyuntura tal de España que las actuales energías rectoras, tanto en el orden político como en el social y económico, se encuentran atravesando una hora de impotencia, contradicción y crisis.

Ahora bien, resulta que las juventudes no sólo carecen hoy de toda posibilidad normal de desarrollo, sino que tienen delante el peligro mismo de que su propio y peculiar bagaje, aquel que ellas incorporan y traen, sea también torpedeado y hundido. Es decir, que su juventud y su dimensión esencial, fundamental, la de ser españoles, se quiebre y se pierda de un modo irremediable.

Si a estas alturas, si en estos momentos, España vacilase como nación independiente y libre, las juventudes quedarían amputadas, taradas, convertidas sin remedio en puros despojos.

El hecho de encontrarnos haciendo cara a las etapas finales de un larguísimo y secular proceso de descomposición, nos coloca tanto al borde del abismo como al borde del Imperio. Pero España debe y puede salvarse, siendo cada día más evidente que las juventudes constituyen su posibilidad única de salvación.

Reconocido que el pasado más inmediato y cercano de la Patria no ofrece asidero alguno firme a las juventudes, y que el pasado más lejano y remoto, aun magnífico y espléndido, es inasible por su propia lejanía, la consecuencia que de todo ello se obtiene es que las juventudes están solas, con aquellas únicas dos cosas mencionadas antes.

Hay, pues, que partir de esa realidad, aceptarla como buena y organizar desde ella la acción de las juventudes.


II. HAY QUE SER SOLDADOS

Las actuales juventudes españolas tienen delante una etapa de signo análogo a la que han atravesado todos los pueblos y razas en su hora inicial de expansión y crecimiento. Una etapa análoga también a la de todos aquellos que se saben prisioneros, cercados y rodeados de enemigos.

Lo primero que hay que ser en tales circunstancias es esto y sólo esto: HAY QUE SER SOLDADOS.

Las juventudes de España se encuentran ahora ante este exigentísimo dilema: o militarizarse o perecer. Su ignorancia es imposible.

Ahora bien, si el problema de las juventudes españolas resulta que es un problema de milicia, el mismo que se le plantea a todo soldado, la tarea inmediata es la de acercarse con precisión y rigor al siguiente triple manojo de cuestiones, esenciales en todos los ejércitos:

a) Cómo ha de equiparse. Qué instrumentos debe elegir para sus luchas.

b) Cómo ha de moverse. Cuál debe ser su estrategia y qué clase de pactos y de auxilios le convienen.

c) Qué metas persigue. Cuáles son los objetivos y las conquistas inmediatas o lejanas que pretende.

La solución, camaradas, precisa y justa de estos tres órdenes de problemas equivale de hecho a la realización victoriosa de la revolución nacional, consigna fundamental y única de las juventudes. Vamos aquí, concreta y brevemente, a abordarlos, sin olvidar ni un minuto la realidad española donde nos encontramos hoy acampados.

Conviene, sin duda, a los efectos metódicos que iniciemos nuestras pesquisas por el tercer de los enunciados, el que se refiere al tipo de conquistas y apetencias tras de cuyo logro hay que acudir. Estamos, pues, ante el porqué de la movilización histórica de las juventudes, ante la justificación misma de esa revolución nacional que decimos le corresponde hacer.

Es evidente que las conquistas esenciales tienen que ser aquéllas sin las cuales España seguirá caminando hacia la ruina histórica definitiva, es decir, aquellas tres o cuatro unanimidades imprescindibles, sin cuya vigencia España carece absolutamente de las más mínimas garantías de perduración.

Entre esas tres o cuatro unanimidades forzosas, de negación imposible, está, naturalmente, ésta:


III. LA UNIDAD DE ESPAÑA

Si España no es para los españoles una realidad sobre la que resulte imposible abrir discusión, es que España no existe como una Patria. No hay Patria si dentro de ella, dentro de sus contornos, aparecen encajadas de un modo normal y público ideas y gentes contrarias a su existencia misma. Pues estas últimas son por definición las características de lo que hay fuera, de lo extranjero, de lo presunto enemigo.

La unidad de España es la más antigua unidad nacional que se hizo en Europa. Gracias a esa delantera histórica en el proceso de formación de las nacionalidades modernas, España fue durante el siglo XVI el pueblo más culto, más fuerte y más rico del mundo. Cuando otros pueblos europeos iban creando con dificultades su unidad, iban acumulando y descubriendo sus ingredientes nacionales, España había superado ya esa inicial etapa e iba camino de ser un Imperio potentísimo.

La unidad nacional española ha sido realmente la que hizo posible nuestro mejor pasado. Pero su misión no es sólo la de explicar y justificar la historia, sino la de existir precisamente hoy como pilar básico de la España de nuestros días, como elemento primordial y fundamental de la España entera.

Evidentemente, la afirmación de la unidad está a la cabeza de las reivindicaciones revolucionarias de la juventud nacional. Mientras tenga vigencia la Constitución de 1931, mientras siga creyendo una gran porción de españoles que el proceso disgregador de la periferia es una simple disputa por la forma que debe adoptar el estado, la unidad nacional estará en permanente peligro de ser vencida. (Y estar en peligro es ya en muchos aspectos no existir como tal.) Pues las erupciones autonomistas de Cataluña y Vasconia se encuentran en la misma línea de liquidación y descomposición de España que ha seguido el derrumbamiento del Imperio, desde Rocroy a 1898. No es una casualidad que hayan surgido como fenómenos inquietantes después de esta última fecha, es decir, una vez cerrada y conclusa la disgregación ultramarina, como si el cáncer histórico se dispusiera a hincar el diente en la unidad de los territorios peninsulares.

España tiene en regla todas las ejecutorias históricas precisas para mantener su unidad. Esta fue hecha en el siglo XV por los únicos poderes que entonces representaban la voluntad política de todos los españoles, dando así satisfacción, no sólo a afanes de su propio tiempo, sino al hermoso sueño de una unidad que tenían todos los hispanos desde la época romana.

Ahora bien, lo que hoy interesa no son precisamente las ejecutorias de orden histórico. La lucha actual por la unidad no se libra entre dos grupos de historiadores ni de juristas. Y puesto que, por las razones que sean, los núcleos afectos a la tesis disgregadora constituyen fuerzas actuantes, mueven resortes políticos poderosos y han logrado un amplio y peligrosísimo cortejo de moderados que transigen y hacen concesiones, el problema está íntegro en manos de esa palanca voluntariosamente decisiva a que, en último extremo, apelan los pueblos para justificar su existencia histórica.

Pues todo indica que la lucha por la unidad tiene el carácter de una lucha por la existencia de España. Estamos quizá ante la necesidad de que España revalide sus títulos. Exactamente como en 1808, si bien ahora quienes le plantean cuestión tan grave no son extranjeros, sino españoles descarriados, estrechos de espíritu y de mentalidad, inferiores a la misión de España y a la grandeza de su futuro.

El problema actual de la unidad requiere una solución voluntariosa, es decir, de imposición de una voluntad firme, expresada y cumplida por quienes conquisten el derecho a conseguir la permanencia histórica de España. Por eso, y sólo por eso, es una consigna revolucionaria y no una orden del día electoral. No creemos, naturalmente, como Renán, que las naciones sean un continuo y permanente plebiscito, sino al contrario, que tienen sus raíces más allá y más acá de los seres de cada día. Pero España, por causas ajenas a nosotros, quiero decir a las generaciones recién llegadas, tiene realmente en cuestión su unidad, su propia existencia para nosotros. Y por tanto, se nos plantea el problema de resolverla y conquistarla.

Y he aquí cómo la misma agudización y agravación de nuestro problema nacional, ese de estar y permanecer como marchitos y ausentes desde hace más de doscientos años, va a proporcionarnos una coyuntura segura de resurgimiento. Porque la trayectoria que siguen las fuerzas disgregadoras es algo que no puede ser vencido ni detenido sino a través de una guerra, es decir, a través de una revolución. (Ya su primer quebranto fue debido, el 6 de octubre, a la intervención de los cañones).

La unidad no puede consistir en una simple destrucción de los afanes separatistas que hoy alientan en Cataluña y Vasconia, aunque tenga que triunfar violentamente sobre ellos: pues España tiene que representar y ser para todos los españoles una realidad viva, actuante y presente. Tiene que ser una fuerza moral profunda, un poder histórico que arrastre tras de sí el aliento optimista de la nación entera.

La unidad de España se nos presenta hoy como el primer y más valioso objetivo de las juventudes. La unidad en peligro, deficiente y a medias, no puede ser aceptada un solo minuto con resignación, no puede ser conllevada. Sin la unidad, careceremos siempre los españoles de un andamiaje seguro sobre el que podamos disponernos a edificar en serio nada. Así, hasta que no se logre la unificación verdadera, hasta que no queden desprovistas de raíces las fuerzas que hoy postulan el relajamiento de los vínculos nacionales, seguirá viviendo el pueblo español su triste destino de pueblo vencido, sin dignidad histórica ni libertad auténtica.

La defensa de una política de concesiones a los núcleos regionales que piden y reclaman autonomías equivale a defender el proceso histórico de la descomposición española. Equivale a mostrarse conformes con lo peor de nuestro pasado, como deseosos de que sea permanente nuestra derrota. Equivale a una actitud de rubor y de vergüenza por haber sido España algún día un Imperio. Equivale de hecho a creer que España es una monstruosa equivocación de la historia, siendo por tanto magnífico ir desmantelándola piedra a piedra hasta su aniquilamiento absoluto.

A veces se encuentra uno con que los disgregadores invocan hechos y razones históricas en apoyo de sus tesis. No es fácil saber si esos hechos y esas invocaciones tienen algo de respetable desde el punto de vista de la veracidad de la historia. Habrá que inclinarse naturalmente a negarlo, porque la historia la hacen los poderes victoriosos, sobre todo si esas victorias encierran y comprenden además el espíritu mismo fecundo de la historia. Es el caso de España y de su unidad, hecha genialmente, de una manera limpia, fecunda y efectiva. Y ahora nos encontramos también con que esa unidad es, además de un hecho histórico formidable, gracias al que se han realizado cosas sorprendentes, un valor actualísimo para nosotros, para los españoles de esta época, tan necesario como el aire.

La defensa de la unidad de España no puede obedecer sólo —aunque en muchos casos sea suficiente este afán— al deseo de impedir que un pueblo se fraccione y desaparezca, es decir, muera, lo que desde luego es un espectáculo angustioso para cualquier patriota, sino que obedece a una necesidad de los españoles que hoy vivimos, algo que si no tenemos y poseemos nos reduce a una categoría humana despreciable, inferior y vergonzosa. De ahí que la unidad no sea una consigna conservadora, a la defensiva, sino una consigna revolucionaria, necesidad de hoy y de mañana.

España no es un cualquier amorfo territorio carente de historia y de futuro. Si lo fuese, importaría poco su resquebrajamiento y su disgregación. España es hoy, por el contrario, uno de los pueblos que están más cerca de alcanzar una situación mundial, económica y política, de signo envidiable. Uno de los pueblos que tienen más próximo y al alcance de su mano la posibilidad de una etapa espléndida. Y ello, tras larga espera, después de cruzar y atravesar períodos misérrimos, ásperas e inacabables zonas de decrepitud y de debilidad.

En un momento así, en una hora así, situar en el camino de los españoles persistentes llamadas en favor de su dispersión, es, más que un acto de traición, un acto de tontería y de locura. Es, desde luego, también una actitud reaccionaria, en el sentido, como antes dijimos, de permanecer en una línea de servicio a la tradición liquidadora, al peor pasado nacional, a la tradición de las derrotas.

 

IV. UNA MORAL NACIONAL

Muchas de las visicitudes por las que ha atravesado nuestro pueblo se deben a la inexistencia o al olvido de una moral nacional, a la costumbre que los españoles adoptaron de no necesitar de ella y de no echarla siquiera de menos. Los españoles, sobre todo en el último medio siglo, han vivido sin acordarse para nada de lo que eran. Podían aspirar a sabios, a plutócratas, a jueces, hasta ¡a militares!, sin recordar ni tener mucho en cuenta su condición nacional, la condición de españoles.

Ese es un hecho bochornoso contra el que han de alzarse las juventudes. ¿No tienen ya éstas la sospecha de que si se prescinde de la dimensión nacional, la sabiduría es pedantería, la riqueza es latrocinio, la justicia es farsa y la milicia es aventurerismo puro?.

Hay una moral del español que no obliga ni sirve a quien no lo sea. Sin ella, bien poco haremos. Precisamente, es el servicio a una moral así y la aceptación de ella lo que nutre la existencia histórica de las grandes Patrias. Y es en los períodos en que esa moral es abandonada, desconocida, cuando los pueblos caen en degradación y en esclavitud. Pues se quiebra su existencia, se debilita su voluntad histórica de vivir, y tal coyuntura coincide siempre con la subordinación económica y política a otros pueblos.

España tiene que aposentar su unidad y su vigor sobre las anchas espaldas de una moral nacional, optimista y rígida. Ser español no es una desgracia, sino un espléndido regalo de la vida. Regalo en peligro y en riesgo permanente, que sólo puede ser retenido y conservado nutriéndolo todos los días con una moral de sacrificio por la Patria.

El servicio a España y el sacrificio por España es un valor moral superior a cualesquiera otro, y su vigencia popular, su aceptación por «todo el pueblo» es la única garantía que los españoles tenemos de una existencia moralmente profunda. ¡Ah, el gran crimen de no aceptar ese sacrificio, de negarse y hurtarse a él! Los pueblos sin moral nacional no son nunca libres. O son explotados y tiranizados por una minoría de su mismo país, también ausente de toda angustia moral y de servicio a la vida histórica de «todo el pueblo», o lo son, bajo engaño y careta de independencia, por un pueblo y un poder extranjeros.

No hay nada que hacer, camaradas, si no logramos poner en circulación una moral nacional entre los españoles. Esa moral de temple ascético que todos nosotros ya tenemos, y en virtud de la que deseamos salvar, política, histórica y económicamente a nuestros compatriotas. Es el basamento de nuestra acción, y lo único en realidad que eleva y distingue nuestra milicia de las simples bandas armadas que otros pueden quizá crear.

En nombre de esa moral y de lo que nos obliga, desarrollamos una acción revolucionaria, una lucha de liberación: liberación del español partidista, aniquilando los partidos. Liberación de los catalanes y vascos, luchando contra lo que les impide ser y sentirse españoles plenos. Liberación de los trabajadores, atrayéndolos a la causa nacional, y aniquilando la injusticia.

¿La moral católica? No se trata de eso, camaradas, pues nos estamos refiriendo a una moral de conservación y de engrandecimiento de «lo español», y no simplemente de «lo humano». Nos importa más salvar a España que salvar al mundo. Nos importan más los españoles que los hombres. Y todo ello, porque tanto el mundo como los hombres son cosas a las que sólo podemos acercarnos en plan de salvadores si disponemos de una plenitud nacional, si hemos logrado previamente salvarnos como españoles.

El hecho de que los españoles — o muchos españoles — sean católicos no quiere decir que sea la moral católica la moral nacional. Quizá la confusión tradicional en torno a esto, explica gran parte de nuestra ruina. No es a través del catolicismo como hay que acercarse a España, sino de un modo directo, sin intermediario alguno. El español católico no es por fuerza, y por el hecho de ser católico, un patriota. Puede también no serlo, o serlo muy tibiamente.

El no darse cuenta de esto toda la España extracatólica o indiferente ante el catolicismo, nos ha privado quizá a los españoles de una idea nacional de elaboración directa. Pues los elementos disconformes — ¿los llamamos las izquierdas? — han demostrado en esto como en muchas otras cosas que eran unos simples satélites del otro sector nacional — ¿lo llamaremos las derechas? —, y que su pensamiento lo han hecho aceptando como buenas las definiciones proporcionados por éste.

Pues, en efecto, siempre se han identificado los católicos con España, y no podían ni imaginar en serio que fuese posible la existencia de una idea nacional española, sino a través de la Iglesia. Ha habido en España un patriotismo religioso y un patriotismo monárquico, pero no un patriotismo directo, no un patriotismo popular surgido de las masas y orientado hacia ellas.

No, camaradas, la moral nacional, la idea nacional como deber, ni equivale a la moral religiosa ni es contraria a ella. Es simplemente distinta, y alcanza a todos los españoles por el simple hecho de serlo, no por otra cosa que además sean.

 

V. NACIONALISMO SOCIAL Y SOCIALISMO NACIONALISTA

El objetivo de la conquista de las masas para una labor histórica de servicio a la Patria española es una empresa factible y debe ser realizada por la revolución nacional de las juventudes. Pesan sobre el pueblo español mil propagandas de signo traidor y lamentable, y bien caro paga desde luego el error de atenderlas y aplaudirlas.

Ahí está ahora, casi sin Patria, y a merced de todos los vendavales que lanzan sobre él los aventureros. Pero nunca ha oído el pueblo español una voz de veras angustiada por su desgracia, y nunca por eso se ha visto que la haya repudiado. La confianza y la fe en el pueblo no pueden perderse, porque ello equivaldría a decretar inexorablemente la ruina definitiva de España, su incapacidad para abrir las puertas del futuro histórico.

Cada época tiene sus resortes y en cada época hay unas eficacias peculiares. Ignorarlas supone permanecer al margen del éxito. Pues bien, en esta época son las masas los instrumentos únicos de grandeza nacional. Puede aceptarse que en otros tiempos, ya lejanos, unos poderes sin relación directa con el calor de las grandes masas lograban edificar, valiéndose exclusivamente de su propio genio, Patrias poderosas y ricas. No es España el pueblo que menos ejemplos de éstos tiene en su gran pasado.

Pero hoy no rigen tales remedios. No hay Patria grande, libre y fuerte si no tiene como resorte una enorme plataforma hecha con el aliento de las masas. Lo que no quiere decir que éstas sean unas informes multitudes, al margen de la disciplina y de la acción jerarquizada. Al contrario, son ellas quienes con más facilidad y naturalidad se colocan en su sitio, y desde él responden y cumplen las consignas de sus jefes.

La revolución nacional española no puede prescindir de las masas. Es falso pensar que nunca será aceptada por nuestro pueblo una bandera nacional, plena y exigente. Eso lo dicen y lo piensan quienes tienen un pecho reducido, y su voz es excesivamente débil y femenina para la atracción viril de las masas. Pues, por el contrario, las masas españolas están hoy esperando y clamando por la presencia de una voz nacional verdadera.

Lo que ocurre es que se presentan y aparecen y se ensayan una serie de voces impotentes y falsas, cuyo fracaso no significa ni puede significar el fracaso de la voz nacional de España. Las juventudes lograrán con relativa facilidad la adhesión de las masas si saben encarnar en sus propagandas la angustia actual del pueblo. Pues éste viene sufriendo las mayores calamidades, y es hoy un pobre pueblo explotado y martirizado sólo porque está a la intemperie histórica, sin cobijo nacional, ni poseer realmente una Patria.

A la nacionalización de las grandes masas populares españolas se oponen en rigor dos actitudes y dos fuerzas, que actúan en sentido diferente. Una, constituida por los grupos que quieren prescindir realmente de las masas, y desean que España, la Patria española, se sostenga y apoye exclusivamente en ellos. Otra, formada por todos los grupos, partidos y tendencias que lo apetecen es sustraer al pueblo español de toda preocupación nacional, dejándolo así en realidad disminuido, en el doblemente triste papel de derrotado y desertor. Pues siempre acontece que las masas extranacionales caen bajo el látigo de las minorías de «patriotismo sospechoso», o son, si no, esclavizadas de un modo directo o indirecto por un poder extranjero.

Las juventudes que orienten sus luchas en pos de la revolución nacional no pueden olvidar ni un solo minuto que la conquista de las masas es un factor ineludible del éxito. Lo cual es muy distinto que ir a la conquista de las mayorías. Pues no se trata de esto, ni la adhesión de las masas a la causa nacional, a la causa de la Patria, es problema numérico. (Ya hablaremos de ello un poco más adelante, cuando nos enfrentemos con la estrategia que corresponde seguir a las juventudes).

El nacionalismo de las masas, su aceptación de una disciplina nacional, requiere que la Patria sea realmente para ellas una bandera liberadora. El pueblo español padece más que ningún otro pueblo las consecuencias de que España carezca de fortaleza. La economía actual de nuestro país es raquítica y casi se encuentra en el orden de las economías coloniales. De ello se derivan males profundos, que afectan por entero al nivel deficientísimo en que viven quince millones de españoles.


* * * * * * *


España posee un capitalismo rudimentario — traidoramente rapaz —, que rehuye todo riesgo y vive en absoluto al margen de toda idea de servicio a la economía nacional española. Nuestra economía no es libre, es decir, está impedida de adoptar las formas y de seguir las rutas que más convienen a su propio avance y al bienestar general de todo el pueblo. Tanto la explotación industrial como la minera y la agrícola, tienden menos a vigorizar nuestra realidad económica que a servir las deficiencias y huecos de las economías extranjeras, principalmente la de Inglaterra. Desde hace medio siglo o más, es decir, durante el período en que ha tenido lugar la expansión económica imperialista, España no ha sido libre de orientar su economía, y se ha visto obligada a servir las conveniencias de otros pueblos. El trabajador español, el campesino, el industrial, todo el pueblo, en fin, han laborado en condiciones pésimas y han sufrido las consecuencias de la falta de libertad de España.

Una minoría de españoles, agazapada en la gran propiedad territorial, en los bancos y en los negocios industriales que se realizan con el amparo directo del Estado, ha obtenido grandes provechos, explotando la debilidad nacional y enriqueciéndose a costa de las anomalías y deficiencias sobre que está asentada nuestra organización económica entera. Gentes, pues, para las que el atraso mismo del país es un medio magnífico de lucro.

No hay apenas grande ni pequeña industria. Nuestros campesinos, nuestra gran masa de labradores, sobre todo desde que se inició hace quince o veinte años en las zonas rurales una fuerte demanda de mercancías de origen industrial, han sido explotados vílmente, usurpándoles el producto de sus cosechas a cambio de productos supervalorizados, que ha hecho imposible en los campos todo proceso fecundo de capitalización.

Tenemos, pues, delante dos urgencias que sólo pueden ser logradas y obtenidas por medio de la revolución nacional: liberar la economía española del yugo extranjero, ordenándola con vistas exclusivas a su propio interés, y otra, desarticular el actual sistema económico y financiero, que funciona de hecho en beneficio de quienes se han adaptado, y hasta acogido con fruición, a nuestra debilidad.

Y naturalmente, sólo una España vigorosa, enérgica y libre puede disponerse en serio a la realización de tales propósitos. Los poderes económicos extranjeros —principalmente franceses e ingleses—, que dirigen hoy toda nuestra producción y todo nuestro comercio exterior, impondrán siempre en otro caso su ley y su voracidad a una España fraccionada, dividida y débil.

Las juventudes no pueden eludir esta cuestión ni hacer retórica nacionalista sin abordar de frente el problema social-económico, que hace hoy de nosotros un pueblo casi colonial y esclavizado. Actitud distinta sería demasiado grotesca, a más de imposible y radicalmente estéril. Si se está al servicio de los destinos nacionales de España, si se aspira con honradez a su grandeza y si se quiere de verdad hacer de España una Patria libre, una de las primeras cosas por las que hay que luchar es la de desarticular el orden económico vigente, que sólo favorece, repetimos, a unas audaces minorías, con absoluta despreocupación por los intereses verdaderos de la nación entera.

El capitalismo español no tiene fuerza suficiente para revolverse contra las anomalías sobre las que se asienta la economía nacional, y no emprende otros negocios ni otras empresas que aquéllas para las que se asegura previamente el auxilio del Estado. Eso no es otra cosa que incapacidad, y eso indica que no es posible subordinar a su ritmo el desenvolvimiento económico del pueblo español. ¿Y cómo va a tener aquél incluso ni voluntad de rectificación, si él mismo, como hemos dicho, se beneficia y aprovecha del marasmo y de la servidumbre económica de España?.

En España hay una necesidad insoslayable, y es la de traspasar al Estado la responsabilidad y la tarea histórica de ser él mismo quien, sustituyendo al capital privado o valiéndose de éste como auxiliar obligatorio a su servicio, incremente la industrialización con arreglo a la naturaleza de nuestra economía. Ello supondría dos formidables ventajas: una, realizar de un modo efectivo los avances económicos que corresponden lícitamente a España, teniendo en cuenta las características de sus materias primas, su comercio internacional y su propio mercado interior; otra, efectuarlo en beneficio único y exclusivo de todos los españoles, sin que las oligarquías financieras fuercen o deformen esos propósitos de acuerdo con sus intereses privados.

Es así, y únicamente así, como España dispondría de una economía robusta, es decir, sus ferrocarriles no serían ruinosos, ni carecería de industria pesada, ni desaprovecharía su riqueza hidroeléctrica, ni haría el vergonzoso negocio de exportar mineral de hierro para luego importarlo en forma de acero o maquinaria cara, ni habría paro forzoso, ni estaría un día más en la situación de ser una nación marítima sin flota, ni, por último, siendo la avanzada europea hacia América, hacia un continente que habla nuestro idioma y tiene una economía agraria, se limitaría a un bello intercambio lírico con él, sino que anudaría relaciones comerciales y económicas de gran volumen. Todo eso sin recordar siquiera a África, ese otro continente al alcance de nuestro brazo y que está llamado a ser más cada día uno de los mayores objetivos mundiales.

Presentar ese panorama a un Estado y a un régimen como el que hoy tenemos los españoles es, en efecto, un absurdo. Tienen razón quienes dicen que el Estado es un mal gestor y un administrador deficiente. Pero hay que añadir que estos juicios se refieren de lleno al Estado demoburgués, efectivamente ineficaz y absurdo, pero no a las instituciones emanadas de la revolución nacional, no a un Poder político legítimo surgido de las luchas que la Nación misma realice en pos de su liberación y de su grandeza histórica.

Ese poder político sí puede hacerlo, con absoluta eficiencia y con absoluta probidad. Realmente no tiene para ello sino que proyectarse sobre los actuales sectores donde se manifiesta y radica la zona paralítica e inepta de nuestra economía: la gran industria, los transportes, la Banca y el comercio exterior. Si el Estado nacional controlase de un modo directo, nacionalizándolas, esas grandes funciones, el incremento rápido y prodigioso de la economía española, y por tanto también de las economías privadas y de la clase trabajadora entera, sería una realidad inmediata.

No se trata de expoliación ni de expropiación en el sentido social marxista. En primer lugar, porque no se trata tanto de incautarse de una riqueza existente como de crear riqueza nueva, y en segundo, porque ello vigorizaría extraordinariamente las posiciones, hoy tan extenuadas y raquíticas, de la pequeña industria, del comercio interior y de la propiedad campesina, incrustándolas en un orden económico de gran consumo y movilidad.

Sin vacilación alguna, pues, camaradas, debe enlazarse el problema de la revolución nacional con el de la adopción franca y audaz por el Estado de un papel rector y preponderante en las tareas económicas mencionadas.

España juega su independencia y su futuro a la posibilidad de realizar con audacia y sin vacilaciones un plan económico a base de esas perspectivas; si queréis, a base de ese capitalismo de Estado. De otro modo, seguirá viviendo de milagro, a expensas de enemigos, con su población diezmada y constituyendo una triste posibilidad fallida, una verdadera desgracia histórica.

 

VI. INCREMENTO DEMOGRÁFICO Y FORTALEZA MILITAR

Sólo puede comenzarse a pensar seriamente en la grandeza de España, y sólo esta grandeza es en efecto posible, cuando su población se haya por lo menos duplicado. Cuarenta millones de españoles habitando nuestra península constituyen una garantía excelente de gran futuro económico y político, es decir, mundial. Pues se supone que esos cuarenta millones dispondrían, claro es, de alimento, vestido y habitación. Es decir, tendrían algo que hacer en su Patria, pues de otro modo es seguro que no habrían nacido.

Las leyes demográficas tienen también su inexorabilidad. Una población extenuada y sin horizontes difícilmente se reproduce con gran ritmo. España tiene un índice de población reducidísimo —cuarenta y cinco habitantes por kilómetro— y a pesar de ello, a pesar que no llega a la mitad de los habitantes que le corresponderían, aun sin sobrepoblarse, puede decirse que la mayor parte de los españoles viven en permanente escasez. Y además, setecientos mil de ellos están parados.

La anomalía es de las que harían asombrarse hasta a las piedras. Y sin embargo, la coyuntura histórica en la que nos encontramos hoy los españoles no nos permite que nos dediquemos tan sólo a idear un medio práctico para que vivan con cierto bienestar los veintitrés millones que ahora somos.

Semejante actitud no tiene nada de paradójica. Está íntimamente ligada a los afanes de que España disponga de una industria. El mundo ha conocido una etapa rápida de incremento de la población, y fue a raíz de iniciarse el proceso histórico de la mecanización industrial (1). Sólo una España económicamente fuerte puede alcanzar los cuarenta millones de habitantes que precisa. Esta cifra de españoles haría de nuestra península lo que hasta ahora no ha sido, y evitaría entre otras cosas que nuestra situación marítima excelente no sirva apenas de nada: haría de España un gran centro de consumo, lo que permitiría que fuese además un país comerciante. Nuestros puertos y nuestras costas tienen hoy un debilísimo interland. Ahí radica su palidez y su pobreza, y a la postre el descontento de la periferia nacional.

Cuarenta millones de españoles vivirían mejor que los veintitrés actuales.

Pero hay más, y es que el factor humano resulta imprescindible como ingrediente del poderío y de la fuerza de la Patria.

El más ciego percibe hoy que es cuestión decisiva, de vida o muerte para España, aumentar su fuerza. Las grandes potencias vecinas ejercen, como hemos dicho, sobre nuestro país una tiranía económica. Además, sólo respetarán incluso ese status quo que les beneficia, mientras no vean ni perciban otro medio más eficaz de explotarnos. Pues ese día apretarían más las clavijas sobre nuestro pueblo.

Yo no conozco, camaradas, otro medio eficaz de lograr que España sea fuerte, sino el de que disponga de un ejército poderoso. La política militar española, desde hace muchísimos años, parece haber sido hecha con el decidido propósito de que España no posea fuerza militar alguna. Claro que un ejército verdadero, un poder militar eficiente, es imposible como empresa aislada. En la España de los últimos cincuenta años, sin industria, sin habitantes, sin unidad y sin doctrina nacional ni internacional, un ejército auténtico, equipado y numeroso,r hubiera sido un absurdo.

Pero en la España de nuestros días, a la luz de las juventudes y de las ansias históricas de liberación nacional, una milicia robusta, un magno ejército, es y constituye una primordial necesidad. Ahora bien, ese ejército y esa milicia no pueden ser concebidos sino como producto popular y como proyección armada del espíritu popular nacionalizado. No como un ejército de pura técnica, al margen del ritmo y de las angustias diarias de la Patria, testigo vegetal y mudo.

La prevención contra el espíritu militar, la tendencia a subestimar y destruir sus características, es uno de los mayores peligros para la fortaleza de un pueblo. Los países antimilitaristas, es decir, aquellos que no comprenden ni aman las calidades de la milicia, son los primeros que caen luego con más facilidad que otros bajo la tiranía de su propio ejército, que, como surgido y forjado en una atmósfera inclemente para su misma lozanía, es o suele ser en tales casos un ejército de virtudes inferiores.

En fuerte escala ha padecido España esa enfermedad antimilitarista, esa actitud de renuncia a todo cuanto supusiese heroísmo colectivo, disciplina interior y posibles luchas. Las nuevas juventudes tendrán que aventar con su sola presencia esos gérmenes y superar con brío esa verdadera lacra de la opinión española que últimamente ha imperado.

Pues España presenta como uno de los ingredientes de su genio verdadero una gran capacidad física y psicológica para la milicia. Ha sido en sus mejores días un pueblo de soldados, a prueba de todas las calidades de intrepidez y de cálculo que la vida militar requiere de un modo imperioso.

Sustraer a los españoles su destino militar, impedir que España manifieste y entregue a la milicia su cupo de soldados naturales, equivale en rigor a podar una de sus mejores ramas. Siempre ha habido en España, repetimos, erupciones, síntomas, de su pugna con esta amputación. Aun en sus peores días del siglo XIX, respiraban los españoles por esa limitación a su naturaleza, y en ocasiones repetidas, entre ellas una que supera a todas en grandeza histórica —la Guerra de la Independencia— dio salida de modo espontáneo, heroico y sencillo, al hervor guerrero, como correspondía a un pueblo de fuertes tradiciones militares.

Pero hay más, y es que nuestra época produce y crea, con más profusión que otras, un tipo de gentes que cuenta entre sus apetencias más íntimas y entre sus mejores y casi únicas cualidades las que corresponden a la dedicación militar, a la vida de soldado. Y también, que cada día es más difícil la vida social fuera de una convivencia estrecha y rígida, fuera de una cohesión disciplinada y de una uniformidad. Hechos que denuncian y señalan la tendencia actual a un estado de espíritu profundamente dispuesto a comprender la razón íntima del soldado, del mílite.

Pero claro que al defender y postular un renacimiento de nuestro espíritu militar, lo hacemos, entre otras cosas, para liberarnos del militarismo deficiente y mediocre. La milicia, como la poesía, sólo es valiosa cuando alcanza calidades altas. Si no, es por completo detestable e insufrible.

España cuenta hoy como una de sus más urgentes necesidades la de entrar en un proceso de militarización. Por obediencia en parte a su propio genio. Por razones también de eficacia en cuanto al impulso histórico, ya que sólo puede emprender con éxito su revolución nacional, económica y política, adoptando formas en ciertos aspectos militarizadas. Y por último, y sobre todo, por razones de fortaleza, de vigorización ante el exterior, por razones que afectan a su libertad y a su independencia.

Una España de cuarenta millones de habitantes, la única que importa, tendría naturalmente industria pesada, flota mercante numerosa, agricultura robusta, y le sobrarían medios para equipar un ejército que mantuviese nuestros derechos contra las acometidas enemigas del exterior. Pues nadie olvide un solo momento que España encontraría enormes dificultades, enormes trabas, para ascender en su poderío económico y político (mundial), y que ello no ha de acontecer sin que tengan que ser vencidas resistencias de los países beati possidenti, que tienen hoy en sus garras al mundo entero. Aun así, nuestra fortaleza militar sería siempre un aparato defensivo, porque realmente serviría tan sólo para defender el derecho de España a ser un pueblo libre, rico y próspero. Para conseguir lo cual no necesita atacar a nadie, ni lanzar sus ejércitos contra nadie, sino exigir que nadie desde fuera la mediatice y tenga reducida a la eterna situación de pueblo vencido, aplastado por la voracidad de una Europa enemiga.


VII. LOS CAMINOS DE LA VIGORIZACIÓN INTERNACIONAL

Nuestra Patria española ocupa una situación internacional harto clara. Todos los juicios que se hagan sobre ella pueden ser exactos menos uno: el que sea confusa y de explicación difícil.

El caso de España es el de un país que después de una gran derrota no ha podido aún rehacerse y recobrar de hecho su libertad internacional. Un país al que le han garantizado la vida sus enemigos, a costa sin embargo de que siga caído, pobre y débil.

Es notorio que España posee y ha poseído en cualquier momento energías espirituales y materiales suficientes para rehacerse como gran potencia mundial. Sería erróneo pensar que los motivos de que no la haya hecho así son de índole interna, imputables a sí misma, cayendo en un absurdo misticismo autoderrotista, en un complejo de inferioridad. No. Todo lo que acontece en la historia obedece a causas que pueden ser siempre perfectamente localizadas y denunciadas.

Si España, después de su primer traspié (1648), ha permanecido en una línea descensional, sin recobrarse como gran potencia, es porque alguien lo ha impedido.

No es que yo crea que la política internacional deba estar exclusivamente guiada y orientada por resentimientos seculares. No. Pues, como toda política, tiene que obedecer ante todo a razones actuales, contemporáneas. Pero todos los españoles deben conocer una terrible verdad histórica, y es que Inglaterra, con la mayor frialdad, con el más glacial gesto, ha ido día a día desarticulando primero nuestro Imperio y poniéndonos después la tenaza de la estrechez nacional, la obligación de permanecer estacionados y anclados. En esa tarea, y con su eficacia de país cercano, vecino, con su precaución de potencia ya bien sobrecargada de rivales, ha hecho Francia dúo con Inglaterra, y en realidad, sin duda posible, esos dos pueblos han sido de un modo directo los causantes de la postergación secular española.

España ha sido combatida, cercada, del modo más artero. Hábilmente, sus adversarios han procurado siempre no hacerse en exceso visibles, es decir, han evitado proyectar sobre los españoles una continua zozobra y peligro. Si se exceptúa la invasión napoleónica —puro error y pura novatada del Imperio bonapartista—, España no ha sentido nunca después el peligro inmediato, angustioso, posible, de ser invadida. Así, pues, con excepción precisamente de la Guerra de Independencia, lección por otra parte no olvidada por Europa, España ha podido asistir sin pestañear a los mayores vendavales exteriores, como insensible a ellos.

España ha facilitado a sus enemigos mil maneras de uncirnos a su carro. Primero, con su carencia de rumbos audaces en las líneas interiores de su política. Después, con la agudización del malestar periférico, con el problema de las autonomías. Y sobre todo, con su inercia económica, con el hecho de que nos hayamos resignado a entrar en la órbita de las conveniencias francoinglesas, adaptándonos al hueco que nos asignaban esos imperialismos.

De todos modos, la debilidad internacional de España, su resignación dramática, emanaba de hecho de su política interior. Pues ocurre que no ha resistido lo más mínimo, que no ha dificultado el desarrollo de la maquinación exterior, ni siquiera obligando a ésta a una intervención o actuación más descarada. Todos los afanes de nuestros vecinos —e Inglaterra es nuestro vecino por tres puntos: Portugal, Gibraltar y el Oceáno— consistían en que por ningún concepto alcanzase España categoría y valor de gran potencia.

España no ha dispuesto desde hace un siglo de una situación política interior suficientemente vigorosa para hacer saltar esa tenaza. (El artículo de la Constitución de 1931, declarando que España renuncia a la guerra, es la culminación de la servidumbre y supone una verdadera oferta a la piratería internacional).

¿Qué rutas internacionales seguiría hoy una revolución nacional triunfadora?. Cabe pensar que si se produjese en España un hecho con fecundidad suficiente para sacudir su limitación secular, para levantar en alto la voluntad histórica de los españoles, sería inmediatemente dificultado, saboteado, por nuestros vecinos.

Las posibilidades internacionales que tiene hoy España son sumamente estrechas. Entre otras muchas cosas que le están vedadas — a causa, no se olvide, del sistema político social vigente — figura esa de no poder tener una política internacional. Pues ante las situaciones molestas no caben sino dos actitudes: aceptarlas o romperlas.

El problema está hoy dentro, y lo está de un modo como quizá no lo haya estado nunca. Porque desde hace muchos años no ha tenido España una ocasión análoga a la que hoy tiene para intentar de veras la cancelación definitiva de su terrible pleito.

Pero si aconteciese la victoria interior, si España venciese su actual crisis interna del lado favorable a su recobración nacional, entonces las perspectivas internacionales resultarían infinitas. Se atrevería a todo y podría atreverse a todo. A recuperar Gibraltar. A unir en un solo destino a la Península entera, unificados (ahí si que cabe que ingenien los partidarios de estatutos, federaciones y autonomías) con el gran pueblo portugués. A trazar una línea amplísima de expansión africana (todo el norte de este continente, desde el Atlántico a Túnez, tiene enterradas muchas ilusiones y mucha sangre española). A realizar una aproximación política, económica y cultural, con todo el gran bloque hispano de nuestra América. A suponer para Europa misma la posibilidad de un orden continental, firme y justo.

No parece que todo eso sea posible realizarlo del brazo de nuestros tradicionales benefactores. Tampoco si las actuales potencias europeas conservan su poderío. Pero no parece ilusorio que las cosas cambien, porque esa conservación les es cada día más difícil, y se encuentran algunas de ellas en plena línea histórica de descomposición.

España tendrá que esperar, repetimos, a poseer una política internacional todavía algún tiempo. Mientras tanto, puede tener una sola, la de no encallar gravemente en el piélago de Europa y la de no acompañar a la catástrofe a potencias de destino muy dudoso.

Sólo existe hoy en Europa una política cuyo futuro difícilmente chocará con el nuestro. Es la política de Alemania, cuyos pasos internacionales conviene mucho a España tenerlos presentes, por si a lo mejor descubrimos una serie de fecundas interferencias.

Pero con toda cautela, porque nuestra España tiene que evitar que se entrecruce con su ruta ascensional cualquier compromiso que la detenga y paralice.

NOTA:
(1) Veánse unas cífras reveladoras: Desde el siglo XIII al siglo XVIII, es decir, durante quinientos años, aumentó la población de Europa en un 10 por 100. Durante el último siglo, en cambio, ha pasado de 185 millones a más de 500; este aumento supone casi un 200 por 100.


La Editorial
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Ramiro Ledesma Ramos: Discurso a las Juventudes de España