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Capítulo
I:
Asunto de este primer libro
Capítulo
I Que la soberanía es inajenable Capítulo
I Del gobierno en general Capítulo
I Que la voluntad general es indestructible |
Otras Obras Recomendadas |
Maquiavelo |
Sería interesante determinar en qué medida Rousseau ha influido en la redacción de varias constituciones modernas. En cualquier caso, desde la Revolución Francesa su filosofía y sus principios rigen - al menos en teoría - el sistema político vigente. El Contrato Social, al decir de Mallet du Pan, fue "el Corán de los Revolucionarios" y Carlyle denominó a su autor como "el Evangelista de la Revolución Francesa". Los oradores de la "Constituante" citaron sus sentencias y fórmulas, y aunque podríamos suponer que Rousseau habría condenado las masacres y las violencias de 1793, lo cierto es que los Jacobinos recurrían a sus principios para la justificación de esos actos. Sea como fuere, para entender las bases de la política actual el estudio de El Contrato Social es indispensable.
Juan Jacobo Rousseau - Su Biografía

Jean-Jacques Rousseau, nació en junio de 1712, en Ginebra, como hijo de un modesto relojero que formaba parte de un grupo de artesanos del barrio de Saint-Gervais. Su madre, Suzanne Bernard, murió pocos días después del parto.
Juan Jacobo quedó así, junto con su hermano, al cuidado del padre y de una tía materna. Su hermano, ansioso por hacer fortuna se marchó en 1721 y no se conoce su posterior destino. Su padre tenía la costumbre de leer con su hijo toda suerte de novelas e historias, entre ellas Astrea de D'Urfé y las Vidas Paralelas de Plutarco. Estas lecturas avivaron la fantasía de Rousseau y acrecentaron su sensibilidad.
Al año siguiente de la marcha del hermano, el padre es condenado al destierro por una violenta disputa que sostiene con un conciudadano que le había insultado. Juan Jacobo, que contaba sólo diez años, es confiado entonces a su tío Bernard, quien le interna junto con su propio hijo en Bossey, en la escuela del pastor Lambercier, donde Rousseau pasa dos años felices en pleno campo, entregado principalmente a la pereza y los ensueños.
A los doce años abandona la escuela. Es un niño tímido y orgulloso. Se coloca de aprendiz en el taller del grabador Ducommun quien lo hace objeto de un trato tan brutal que consigue convertirlo en un auténtico granuja. Un domingo, cuando regresaba demasiado tarde de un paseo, el joven Rousseau halla cerradas las puertas de la ciudad y, temeroso de la paliza que le esperaba de su amo, decide huir y alejarse de Ginebra. A dos leguas de la población, en Saboya, un abate compasivo se hace cargo del muchacho y Rousseau, por consejo del abad y quizás atraído simplemente por la posibilidad de comer todos los días, opta por convertirse al catolicismo.
El
abate le conduce a Annecy, a la casa de la señora de Warens, una mujer viuda,
católica conversa. "Me había imaginado una vieja y ceñuda mojigata..."
escribirá más tarde Juan Jacobo. Pero el Domingo de Ramos de 1728
se econtró con un "semblante agraciado, bellos ojos llenos de
dulzura, una tez brillante y un busto encantador". El efecto del busto
de la buena señora resultó quizás decisivo y el hecho es
que, poco después, Madame Warens envió
a su protegido al hospicio de los catecúmenos de Turín para recibir el bautismo
"No podía apartar de mi mente que el sagrado acto que iba a realizar
era en realidad el acto de un bandido". La verdad es que la nueva fe
le sirvió de bien poco. Desempeñó diferentes trabajos de apenas
unos días y durante algún tiempo vivió pobremente en distintas ciudades
alojándose esporádicamente en la casa de la señora de Warens.
Pero en 1732 se refugia en ella por un largo período. Durante cinco años vive en un círculo cerrado cuyos puntos de referencia son Madame Warens, Claude Anet y el propio Rousseau. Las relaciones entre él y Madame de Warens son todavía a nivel familiar: el protegido la llama "mamá" y ella le denomina "pequeño". Pero a la muerte de Claude Anet, Rousseau se convierte en el amante de su protectora, lo que le hace llevar una vida más agradable y tranquila. Trabaja en el catastro de Saboya y da lecciones de música. Sin embargo, la armonía dura poco y pronto un nuevo amante le reemplaza en el corazón y en el lecho de la señora de Warens.
A la edad de treinta años llega a Paris en busca de gloria. Lleva bajo el brazo un nuevo sistema de notación musical que ha ideado con gran ilusión y en el que ha depositado grandes esperanzas. El sistema fracasa. No obstante, tiene oportunidad de conocer a importantes personajes como Fontenelle, Réaumur, Rameau, Marivaux y Diderot. Recibe entonces un buen consejo del abad de Saint-Pierre: "en Paris no se hace nada si no es por las mujeres". Viniendo de un abad, el consejo no es para despreciar por lo que Rousseau busca, consecuentemente, la protección de las grandes damas las que, en efecto, le consiguen diversos empleos.
Así, primero fue secretario particular de la señora de Dupin, esposa e hija de banqueros. Más tarde se desempeñó como secretario del flamante embajador de Francia en Venecia, monsieur de Montagu. Al servicio de éste está alrededor de dieciocho meses y demuestra, según su propia y poco modesta opinión, dotes de gran diplomático. Pero monsieur de Montagu no quiere mantener a su servicio a un hombre tan superior, lo que precipita el regreso de Rousseau a Francia.
En
1745 se une en paerja con Thérèse Lavasseaur. Thérèse es una joven sirvienta,
ignorante y de cortos alcances a la cual Rousseau
aprecia por su caracter apacible y su dulce mirada; pero le declara sin ambajes
que, si bien no piensa casarse nunca con ella tampoco ha de abandonarla jamás.
Con el correr de los años, Juan Jacobo tendrá nada menos que cinco hijos
con ella. Todos, uno tras otro, terminarán en el hospicio. Lo único
que Rousseau les brindará como padre son remordimientos tardíos
y una autojustificación muy poco convincente: "Puesto que no
me hallaba en condiciones de educar yo mismo a mis hijos hubiera sido necesario
dejarles crecer junto a su madre, la cual hubiérales convertido en monstruos.
Me estremece este mero pensamiento". La
verdad es que su conciencia nunca le impidió la persecución de sus propios
intereses, ni la satisfacción de sus manifiesto egoismo.
En 1750 Diderot le impulsa a presentarse al concurso que ha convocado la Academia de Dijon. Con su "Discours sur les sciences et les arts" obtiene el primer premio y cierto prestigio. Por aquel entonces, Juan Jacobo reforma su estilo de vida y trata de ponerla en concordancia con sus ideas acerca de las ventajas de una existencia simple y natural. Durante algún tiempo acepta la hospitalidad de la señora d'Epinay que le ofrece la residencia de L'Ermitage. Es una casita situada junto al bosque de Montmerency, lugar solitario y salvaje al norte de París, y considerado por Rousseau como un paraje ideal para el cumplimiento de su misión: decir la verdad.
Y la verdad es que aquí se enamora perdidamente de la cuñada de su anfitriona, la señora d'Houdetot, la que le inspira el personaje central de su gran novela. Poco a poco rompe con sus amigos que le acusan de fingir un falso amor por la soledad. En1757, una disputa con la señora d'Epinay le obliga a instalarse en Montlouis, cerca de Montmerency.
Durante los años siguientes aparecen La nueva Eloisa (1761), El contrato social (1762), obra proscrita en Francia y finalmente, Emile, texto publicado en 24 de mayo de 1762 y condenado a la hoguera, simultáneamente con el pedido de captura del autor.
El Contrato Social fue el manual de los doctrinarios de la Revolución francesa. Emile ou De l'éducation expone la teoría que la pedagogía debe respetar los buenos instintos naturales del hombre, guiando su libre desarrollo de la manera menos artificial posible. La parte religiosa del Emile, titulada "Profesión de foi du Vicaire Savoyard" irritó de inmediato al parlamento de Paris, que lo consideró "impío, escandaloso y ofensivo" por lo que Rousseau se vió obligado a huir de Francia para no acabar en la cárcel.
Emprendió así ocho años de fuga que le obligaron a llevar una vida errante. Uno de sus refugios fue Inglaterra, aceptando la invitación de David Hume. Pero perseguido por odios religiosos y por la animosidad de sus antiguos amigos, se sintió acosado en todas partes y decidió, finalmente, volver a Francia.
Pobre
y solitario, se instaló en París teniendo por única compañía la de Thérèse
con la cual, al final y contradiciendo sus propias intenciones originales,
terminó casándose en agosto de 1768 y la amistad de un
solo hombre, Bernardin de Saint-Pierre. Vivió allí atormentado
por la paranoia, afirmando la existencia de un complot universal urdido contra
él. En 1770 intentó justificarse ante todos con sus Les Confessions
cuya lectura pública resultó también prohibida.
En París, Rousseau vivió muy modestamente en el cuarto piso de una casa de la calle Platrière y su única fuente de ingresos fue la copia de partituras musicales. A esa altura de su existencia llevó ya una vida ordenada, con largos paseos por los parques de París, donde recogía hierbas que luego clasificaba. Decía que las hierbas le curaban de sus frecuentes indisposiciones: "es la naturaleza la que cura, no los hombres". Enemigo de la lluvia y gran amante del sol, le gustaba pasear bajo sus rayos en las horas en que éstos caían con mayor fuerza. Inició así la composición de su último libro, Las meditaciones del paseante solitario.
En mayo de 1778, invitado por el marqués de Girardin, se trasladó al pabellón situado frente al castillo de Ermenonville, en tanto que aguardaba la construcción de una cabaña en el parque. A pleno sol se dedicaba a su pasatiempo preferido: recoger hierbas.
El 2 de julio falleció víctima de una apoplejía.
Lo enterraron dos días después, por la noche, en el extremo del lago, en la isla de los Chopos.