Séneca - Tratados Morales

    

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De la Divina Providencia

 A Lucilo

Cómo existiendo esta Providencia, suceden males a los hombres buenos.

 

Capítulo I

Me preguntas, Lucilo, por qué si al mundo lo gobierna la divina Providencia, a los hombres buenos les suceden muchos males. Podría contestarte esto con más comodidad en el contexto de un libro destinado a demostrar que la Providencia divina preside el Universo y que Dios se interesa por nosotros. Pero, ya que te place separar del todo una pequeña parte y solucionar una sola cuestión dejando a un lado la discusión del conjunto, haré algo que no es difícil: defenderé la causa de los dioses.

Será superfluo querer demostrar ahora que esta gran obra que es el mundo no puede estar sin un custodio; que el recorrido predecible de las estrellas no obedece a un movimiento casual; que lo movido por el azar se desordena con frecuencia y choca entre sí con facilidad; y que,  por el contrario, esta insuperada velocidad que arrastra tantas cosas en la tierra y en el mar, tantas luminarias clarísimas de preordenado brillo, surge por imperio de una Ley eterna. Los cuerpos dispuestos casualmente no están suspendidos con tanta sabiduría como para que el enorme peso de la tierra se mantenga inmóvil y contemple la fuga del cielo que gira a su alrededor; como para que los mares que se infiltran en los valles ablanden las tierras y no sufran incremento alguno por los ríos,  como para que de muy pequeñas semillas nazcan grandes plantas.

Aunque sean repentinos, no suceden sin razón ni siquiera aquellos fenómenos que parecen confusos e inciertos – como las lluvias, las nubes, las caídas de furiosos rayos, el fuego que se derrama de las rotas cumbres de las montañas, los temblores que sacuden la tierra y todos los demás hechos que se originan en la agitada región que rodea la tierra.  Pues incluso estos hechos tienen sus causas, no menos que aquellos que, por aparecer en sitios insólitos, llamamos milagros; como las aguas calientes que aparecen en medio de las ondas marinas y las nuevas islas que de repente surgen en medio del enorme mar.

Y el observador puede ver como, retirándose las aguas, quedan desnudas las playas y, luego de poco tiempo, el mar las vuelve a cubrir. Podrá apreciar que, con una cierta volubilidad, las olas se contraen, se vuelven sobre sí mismas, y retornan a su sitio con gran rapidez; siendo que crecen según medidas fijas, decrecen a la hora y el día señalados, mostrándose ya mayores y ya menores, conforme las atrae la Luna a cuyo albedrío crece el Océano. Pues, queden todas estas cosas reservadas para otra oportunidad; más aun cuando tú no dudas de la Providencia sino que te quejas de ella.

Quiero reconciliarte con los dioses, que son buenos con los buenos. Porque la naturaleza no permite que las cosas buenas dañen a los buenos. La virtud establece cierta estrecha amistad entre Dios y los hombres buenos; y no sólo una amistad sino una estrecha familiaridad y semejanza; porque el hombre bueno se diferencia de Dios sólo por la duración de la vida, siendo que es su discípulo, imitador y auténtica progenie. Ese magnífico padre, nada laxo en las virtudes, educa a los buenos con mayor dureza, al igual que los padres severos.

Por ello, cuando veas que hombres buenos y amados de Dios sufren, sudan y transitan caminos difíciles mientras los malos se entregan a los goces y a los placeres, persuádete de que, así como nos agrada la modestia de nuestros hijos y nos deleita el desenfado de nuestros esclavos domésticos, y así como refrenamos a los primeros con disciplina mientras que en los otros alentamos la desenvoltura; así Dios hace lo mismo: no mantiene al hombre bueno en placeres, sino que lo somete a prueba para que se haga duro porque lo prepara para sí.


En el mundo antiguo se creía en una especie de circulación constante de las aguas. Según esta hipótesis, del mar las aguas pasaban por filtración a los ríos, y de los ríos retornaban al mar. Por otra parte, de acuerdo a los conocimientos astronómicos de la época de Séneca, la tierra se hallaba en el centro del universo. Por sobre la tierra se extendía una región que correspondía al agua, luego otra correspondiente al fuego y después otra más que era la del éter. Dentro de esta última se encontraban las esferas de la luna, el sol y los planetas mientras que, en la parte más alejada, se ubicaban las estrellas.

 

Capítulo II

Si a los hombres buenos les suceden muchas cosas adversas ¿por qué decimos que al que es bueno no le puede suceder algo malo? Es que las cosas contrarias no se mezclan. Así como tantos ríos, tantas lluvias y la fuerza de tantas saludables fuentes no cambian y ni siquiera atenúan lo salado del mar, así tampoco trastorna el ánimo del varón fuerte la avalancha de las adversidades. Siempre mantiene la compostura y a todo lo que le sucede lo impregna de su mismo color, porque es más poderoso que todas las cosas externas.

No digo que no las siente; pero digo que las vence y que, estando tranquilo y sereno, se alza contra las cosas que lo asaltan, juzgando que todas las adversidades son un ejercicio que fortalece su valor. ¿Pues qué hombre comprometido con lo justo no desea el esfuerzo razonable, estando dispuesto a aceptar deberes que conllevan peligros? ¿Y qué persona activa no percibe al ocio como un castigo?

Vemos que los atletas deseosos de aumentar sus fuerzas, las desarrollan con los más fuertes pidiendo a aquellos con quienes practican para la verdadera pelea que usen contra ellos de todo su esfuerzo. Consienten en ser heridos y golpeados; y  cuando no hallan otros que puedan oponérseles en combate singular, entablan la lucha con muchos simultáneamente.

Sin un adversario, la virtud se marchita. Sólo apreciamos la envergadura y la eficiencia real de la virtud cuando, con su constancia, nos muestra aquello de lo que es capaz. Ten por seguro que las buenas personas deben hacer lo mismo. No deben temer lo  áspero y lo difícil, ni quejarse de la fortuna. Deben tomar buena parte de todo lo que les sucede y convertirlo en bien. Lo importante no está en lo que se sobrelleva, sino en cómo se lo sobrelleva.

¿No has observado cómo los padres demuestran su amor de una manera y las madres de otra? El padre ordena que sus hijos sean despertados a fin de que puedan comenzar temprano con sus quehaceres; aun en días feriados el padre no les permite permanecer ociosos y les hace verter sudor y a veces lágrimas. Pero la madre los mima en su regazo, procura mantenerlos a la sombra; querría que nunca sean infelices, que nunca lloren, que nunca tengan que bregar.

Pues Dios tiene para con las buenas personas el ánimo de un padre, y cuando más Dios tiene para con las buenas personas el ánimo de un padre, y cuando más intensamente las ama, más les exige.intensamente las ama, más les exige, ya sea con obras, o con dolores, o con pérdidas, para que así acumulen auténtica fuerza. Los cuerpos engordados por la pereza son débiles; y no sólo el trabajo, sino hasta el movimiento y su propio peso los hace desfallecer. La prosperidad nunca menoscabada es incapaz de resistir golpe alguno; pero quien ha batallado constantemente contra las dificultades se templa en el sufrimiento y no se rinde ante el infortunio; y aun cuando caiga, seguirá peleando de rodillas.

¿Te sorprende que ese Dios, que ama el bien con la mayor intensidad, que desea que las personas se tornen eminentemente buenas y virtuosas, les adjudica un destino que las obliga a luchar? Por mi parte, no me maravillo si a veces los dioses resultan impulsados por el deseo de ver a grandes hombres lidiar con alguna calamidad.

Nosotros, los hombres, a veces vemos con agrado al joven de firme coraje que enfrenta con su lanza a la fiera salvaje que ataca; al que sin demostrar miedo enfrenta la embestida de un león. Y mientras más honorable sea el joven que hace tal cosa, más agradable se torna el espectáculo.  Pero estas no son las cosas que atraen la mirada de los dioses hacia nosotros – son infantiles; son pasatiempos de la frivolidad del hombre. Pero he aquí que hay un espectáculo digno de llamar la atención de Dios cuando contempla su obra; hay una lidia digna de Dios. Es la de un hombre valiente enfrentándose cuerpo a cuerpo con el infortunio, y más aun cuando es él mismo quien lo desafió.

No sé si el Señor de los Cielos podría hallar sobre la tierra, suponiendo que dirija hacia ella su atención, un espectáculo más noble que el de Catón quien, después de ser derrotada su causa más de una vez, aun así se irguió entre las ruinas de la cosa pública para decir:

«Aunque todo el mundo ha caído bajo la mano de un sólo hombre, aun cuando las legiones de César custodian a la tierra y sus flotas el mar, y las tropas de César ocupan las puertas de la ciudad, aun así Catón tiene una ruta de escape; con una sola mano abrirá un ancho sendero a la libertad. Esta espada que se ha mantenido inmaculada e impecable aun en la guerra civil, rendirá al fin un buen y noble servicio: ¡le dará a Catón la libertad que no pudo darle a la patria! Emprende, alma mía, la empresa largamente meditada; líbrate de los asuntos humanos.  Ya Petreyo y Juba se han enfrentado y yacen muertos el uno por la mano del otro. Sus acuerdos con el Destino fueron valientes y nobles, pero algo semejante sería inapropiado para mi grandeza. Para Catón, el pedirle a cualquier otro hombre la muerte sería tan innoble como implorarle la vida.»

Estoy seguro de que los dioses tuvieron gran beneplácito en ver como este héroe, muy cruel en su propia venganza, se ocupó sin embargo de la seguridad de los demás y arregló la huida de sus seguidores que lo abandonaban; como, incluso en su última noche, se dedicó a sus estudios; como clavó la espada en su sagrado pecho; y como, mientras esparcía sus entrañas, extrajo con su propia mano esa alma sacrosanta, demasiado noble para ser profanada por el acero.

Quisiera creer que fue por eso que la primer herida no resultó ni bien dirigida ni eficaz – no fue suficiente para los dioses inmortales el observar a Catón una sola vez. Su virtud resultó preservada y vuelta a llamar para que pudiera exhibirse en un papel aun más duro; pues, para buscar la muerte no hace falta un alma tan grande como la necesaria para volver a buscarla otra vez. ¡De seguro que los dioses vieron con aprobación a su discípulo cuando éste se evadió con un final tan glorioso y memorable! La muerte consagra a aquellos cuyo final deben alabar aun quienes la temen. 

Catón el Joven (95 AC – 46 AC). Después de la batalla de Útica, Catón se negó a vivir en un mundo gobernado por César y se suicidó. Según Plutarco, trató de hacerlo arrojándose sobre su propia espada, pero falló en su intento al tener la mano herida. Uno de sus esclavos lo encontró en el suelo y llamó a un médico para que atendiera sus heridas. Catón esperó hasta que terminaron de atenderle y le dejaron. Cuando quedó solo, se quitó los vendajes y, con sus propias manos, se extrajo los intestinos, completando de esta horrible forma su suicidio. César, al conocer la noticia del suicido de Catón, exclamó: «Catón, a regañadientes acepto tu muerte, como a regañadientes hubieras aceptado que te concediera la vida» 

 

Capítulo III

A medida en que avance la discusión, te demostraré que las cosas que parecen ser males no lo son en realidad. Por ahora sólo diré que aquellas cosas que llamas rigores, adversidades y maldiciones, son, en primer lugar, para el bien de las propias personas a quienes les ocurren; en segundo lugar, que son para el bien de toda la familia humana por la cual los dioses se preocupan más que por los individuos aislados. Reitero: las buenas personas aceptan de buen grado que sucedan estas cosas; y si no las aceptan, merecen su infortunio. Añadiré, además, que estas cosas suceden así por el destino y es justo que le acontezcan a los buenos por la misma ley que los hace buenos.  Por último, te exhortaré a no sentir jamás lástima por un buen hombre. Pueden llamarlo desdichado, pero no puede serlo.

De todas las proposiciones que he adelantado, la más difícil parece ser la primera: que aquellas cosas ante las cuales todos sentimos escalofríos y temor, son para el bien de las personas a quienes les suceden. Me preguntarás: «¿Es por su propio bien que los hombres son enviados al exilio, reducidos a la pobreza, obligados a sepultar mujer o hijos, expuestos a la ignominia pública y quebrantados en su salud?»  Si te sorprende que estas cosas sean para el bien de cualquiera, también debería sorprenderte que a veces se cura a los enfermos mediante cirugía, cauterizaciones y también con ayuno y sed.  Pero si reflexionas sobre el hecho que, para curarse, los enfermos de vez en cuando deben soportar que les limen o extraigan los huesos, que les abran las venas, y que a veces se amputen miembros imposibles de preservar sin causar la destrucción de todo el cuerpo, podrás convencerte también de esto: en ocasiones los males son para el bien de aquellos a quienes les ocurren. Tanto es así, y tienes mi palabra por ello, que aquellas otras cosas que son alabadas y deseadas, a veces resultan en un daño para quienes se solazan con ellas, siendo muy similares a la gula, a la ebriedad, y los otros deleites que matan dando placer.

Entre la gran cantidad de magníficas sentencias de nuestro amigo Demetrio se encuentra ésta que acabo de escuchar y que aun me resuena en los oídos: «Ninguna persona – decía – parece ser más desdichada que aquella que jamás se encontró con la adversidad.»  Es que un hombre así nunca tuvo la oportunidad de ponerse a prueba.  A pesar de que todas las cosas fluyeron hacia él respondiendo a sus plegarias – y aun antes de sus plegarias – los dioses han emitido un juicio adverso sobre su persona. Ha sido hallado indigno de obtener jamás una victoria sobre la diosa Fortuna porque ésta se aparta de todos los cobardes como diciendo: «¿Por qué habría yo de elegir a ese sujeto por adversario? Dejará caer sus armas inmediatamente. Contra él no necesito todo mi poder; huirá ante la más leve amenaza. No soporta ni siquiera mirarme a la cara. Déjame buscar a otro para entablar combate. Me avergüenza enfrentar a un hombre dispuesto a dejarse vencer.»

Un gladiador considera humillante tener que combatir con un inferior, porque sabe que vencer sin riesgo es vencer sin gloria. Lo mismo es válido para Fortuna. Esta diosa busca y elige a los hombres más fuertes; a los demás los deja de lado con desprecio. Se enfrenta con los más tenaces e inflexibles porque ésos son los hombres contra los cuales puede poner en juego todo su poder. A Mucio lo pone a prueba por el fuego; a Rutilio por el exilio; a Régulo por la tortura; a Sócrates por el veneno; a Catón por la muerte. Sólo el infortunio permite descubrir a una persona ejemplar.

¿Es Mucio desafortunado porque aprieta en su diestra las llamas del enemigo y se obliga a sí mismo a pagar por su error? ¿O porque con su mano quemada pone en fuga al rey que con su mano armada no pudo hacer huir? Dime, ¿hubiera sido más feliz calentando su mano en los pechos de su amante?

¿Es Fabricio desafortunado porque, toda vez que puede dejar los asuntos del Estado, se dedica a arar su tierra? ¿Porque va a la guerra contra las riquezas no menos que contra Pirro? ¿Porque las raíces y las hierbas que cena junto a su hogar son las que él mismo, anciano y celebrado con un triunfo, cultivó en la tierra que limpió de malezas? Dime: ¿Sería más feliz cargando su barriga con pescados de alguna costa lejana o con aves traídas del extranjero; o sacudiendo la pereza de su estómago pronto a vomitar con ostras de los mares del Este y del Oeste; o si tuviera presas de primera calidad, capturadas al costo de la vida de más de un cazador, servidas con frutas apiladas a su alrededor?

¿Es Rutilio desafortunado porque quienes lo condenaron tendrán que justificar sus acciones por los siglos de los siglos? ¿Porque prefirió que le robaran la patria y no que le robaran el exilio? ¿Porque fue el único que se atrevió a negarle algo al dictador Sila y, cuando lo llamaron del exilio, no sólo no volvió sino que se fue más lejos? «Dejad que se queden con Roma – dijo – quienes vuestra feliz época ha aprisionado allí. Dejadlos ver el Foro inundado de sangre y las cabezas de los senadores colocadas junto al lago de Servilio, ya que allí es dónde son despojadas las víctimas de las proscripciones de Sila. Ved a las bandas de asesinos vagando por la ciudad y a varios miles de ciudadanos despedazados en un mismo lugar después de una promesa de seguridad o, peor aun, incluso por razones de seguridad. Dejad que quienes no pueden soportar el exilio se queden con esas cosas.»

¿Es Lucio Sila afortunado porque las espadas despejan su camino cuando desciende al foro; porque soporta que se le muestren las cabezas de los cónsules y manda al tesorero a pagar el precio de sus asesinatos con fondos públicos? ¡Y éstas son las acciones de un hombre que propuso la Ley Cornelia!

Pasemos ahora a Régulo. ¿En qué lo hirió Fortuna al hacerlo ejemplo de lealtad y constancia? Los clavos perforaran su piel y cada vez que pone su fatigado cuerpo a descansar, yace sobre alguna herida con los ojos hinchados por la eterna falta de sueño. Pero mientras más grande es su tortura, mayor será su gloria. ¿Te gustaría saber cuan poco se arrepiente de haber valuado la virtud a este precio? Pues, cúralo, envíalo de regreso al senado y volverá a expresar la misma opinión.

¿Imaginas que Mecenas es un hombre más dichoso cuando, agitado por el amor y sufriendo los diarios repudios de su caprichosa mujer, procura adormecerse escuchando una música armoniosa que resuena suavemente desde lejos? Por más que se entumezca con el vino y entretenga su perturbada mente con el sonido de cataratas de agua, o trate de engañarla con miles de placeres, no conciliará el sueño en su blando lecho al igual que Régulo en los tormentos. Pero mientras éste podrá consolarse sabiendo que sufre rigores por una causa justa y podrá apartar los ojos de su sufrimiento para ponerlos sobre esa causa, el otro, agotado por los placeres y debatiéndose entre demasiada buena fortuna,  resulta atormentado menos por lo que sufre que por la causa de su sufrimiento.

El vicio no ha llegado a tomar tan entera posesión del género humano como para dudar que, si es que el Destino diese la posibilidad de elegir, la mayoría preferiría ser un Régulo y no un Mecenas. Y si hubiere alguno que tuviese la osadía de confesar que preferiría ser un Mecenas y no un Régulo, ese sujeto – aunque no lo admita -  sin duda más quisiera ser una Terencia.

¿Consideras que Sócrates fue maltratado porque tomó, como si fuese un elixir de inmortalidad, ese brebaje que el Estado le cocinó y dialogó acerca de la muerte hasta el momento mismo de su muerte? ¿Fue maltratado porque su sangre se enfrió y, a medida en que ese frío se extendió gradualmente, el latido de su pulso se detuvo?

¡Cuanto más debemos envidiar a Sócrates y cuanto menos a aquellos que son servidos en copas de piedras preciosas y a quienes un catamita – esa criatura asexuada, apta para todo trabajo – les diluye el vino con nieve guardada en un recipiente de oro! Todo lo que éstos beben lo vuelven a ver en sus vómitos, degustando su propia bilis con rostros descompuestos; pero Sócrates beberá a grandes tragos el veneno, de buen grado y con alegría.

En cuanto a Catón, ya se ha dicho lo suficiente. Toda la humanidad está de acuerdo en que este gran hombre llegó al pináculo de la felicidad aun cuando la Naturaleza lo eligió como adversario para hacerle sentir su temible poder.  «La enemistad de los poderosos – dijo Natura – es una adversidad; pues hagamos que Catón se enfrente al mismo tiempo con Pompeyo, César y Craso. Es una adversidad el ser superado por un inferior cuando se compite por un cargo; pues dejemos que sea derrotado por Vatinio. Es una adversidad el verse envuelto en una guerra civil; pues dejémosle combatir contra todo el mundo por una causa justa, incluso con escaso éxito pero con igual obstinación. Es una adversidad el alzar la mano contra uno mismo; pues que lo haga. ¿Y qué conseguiré con esto? Pues que todos sepan que estas cosas de las cuales juzgo digno a Catón, en realidad no son calamidades.»

Demetrio fue un filósofo, amigo y maestro de Séneca. Opositor de la monarquía, el emperador Vespasiano lo desterró a una isla. Afirmó que la virtud debe entenderse como un esfuerzo y sostuvo la idea de un orden universal establecido por la Providencia que el hombre sabio debe aprender a aceptar.
Cayo Mucio Escévola (finales del siglo VI a. C.), héroe en la guerra que sostuvo el pueblo romano contra el rey etrusco Lars Porsena. Ante la amenaza de una derrota que el continuo asedio de los etruscos hacía temer, Mucio decidió por cuenta propia infiltrarse en el campamento enemigo y asesinar a su rey. Cometió, sin embargo, el error de equivocarse de persona y mató a otro adversario. Apresado inmediatamente por la guardia real, Porsena amenazó con echarlo al fuego si no confesaba quién era, por dónde había llegado y cuántos se hallaban con él. Mucio, por toda respuesta, puso su mano derecha en un brasero que tenía a su lado, y mientras el fuego consumía su carne, manifestó impasible: "Poca cosa es el cuerpo, para quien sólo aspira a la gloria" (Tito Livio, Décadas).
Porsena, admirado por la entereza del joven, decidió perdonarle la vida. En aparente agradecimiento, Mucio simuló confesarle al rey que docenas de jóvenes habían prestado juramento de acabar con él o sucumbir en el intento y que en ése mismo momento, algunos se hallaban rodeando el campamento. Creyéndose la fabulación del romano y temiendo que todos los jóvenes mencionados fuesen tan valerosos como él, Porsena decidió retirar sus tropas y poner fin a la guerra.
Por quedar su mano derecha inutilizable,  a Cayo Mucio lo apodaron Scevola, que en latín significa zurdo. El apodo se trasladó luego a toda la familia.

Cayo Fabricio Luscino (Fines del Siglo III AC).  Cónsul romano. Tras la derrota de los romanos a manos del rey Pirro de Épiro en la batalla de Heraclea, Fabricio negoció la paz con Pirro, y posiblemente el rescate e intercambio de prisioneros. Plutarco comenta que Pirro quedó tan impresionado por la imposibilidad de sobornar a Fabricio, que devolvió a los prisioneros sin necesidad del pago de ningún rescate. La austeridad y la incorruptibilidad de Fabricio fueron legendarias en Roma.
El Triunfo en Roma era una gran ceremonia civil y religiosa que se celebraba para honrar al jefe militar que regresaba victorioso de una guerra en el extranjero. Consistía esencialmente de un desfile militar y de una gran fiesta popular. Durante el desfile, el honrado recorría las calles de roma en un soberbio carro tirado por cuatro caballos en línea y, detrás de él, un esclavo sostenía la corona de laureles sobre su cabeza recordándole a cada instante la fórmula: “recuerda que eres tan sólo un hombre”.
Publio Rutilio Rufo (159 AC – 78AC). Político, orador e historiador  romano, tío abuelo de Julio César. Habiendo ido como legado a la Provincia de Asia, por tratar de proteger a los ciudadanos de la provincia de la extorsión de los publicani, los recaudadores de impuestos, Rutilio se granjeó la animadversión del orden ecuestre, al que pertenecían los publicani. En el año 92 a. C. se le acusó a él de extorsión, cuando había hecho todo lo posible por evitarla. La acusación era a todas luces falsa, pero en esos tiempos los jurados estaban compuestos por ciudadanos del orden ecuestre, y dado su enfrentamiento, le condenaron. Como buen estoico, Rutilio aceptó el veredicto con serenidad. Se retiró a Mitilene, y más tarde a Esmirna, en donde pasó el resto de su vida. Posiblemente como una forma de desafiar a los perseguidores, fue recibido con honores en la misma ciudad en la que se le acusó de haber extorsionado, y en donde Cicerón le visitó alrededor de 78 AC. A pesar de haber sido invitado por Lucio Cornelio Sila a volver a Roma, Rufo lo rechazó.
Lucio Cornelio Sila (138 AC-78 AC). Cónsul de Roma en los años 88 AC y 80 AC. Dictador entre los años 81 y 80 AC.Luego de enfrentarse con Cayo Mario, restablecer el orden en Roma por la fuerza de las armas, y derrotar en Oriente al rey Mitrídates, regresó a Italia precipitando la Guerra Civil (84-82 AC). Vencedor de la contienda estableció una dictadura durante la cual persiguió sistemáticamente a sus enemigos pero, al mismo tiempo realizó una ambiciosa obra legislativa para tratar de restaurar el funcionamiento de las instituciones republicanas. Cumplidos sus objetivos, volvió a la condición de simple particular, siendo el único dictador de la historia que, habiendo asaltado el poder absoluto por la fuerza de las armas, renunció voluntariamente al mismo.
Sila es un personaje atípico y moralmente ambiguo. Político sagaz y militar genial, fue uno de los últimos defensores de la legalidad constitucional, pero también uno de los principales responsables de la caída de la República. La posteridad ha estado muy dividida en su juicio sobre Sila. Hay quien lo considera un monstruo sanguinario mientras otros lo elogian por sus dotes de político y legislador.
La Ley Cornelia fue decretada por Sila y devolvía a los colegios sacerdotales el derecho de elegir sacerdotes, derecho que otra ley, la ley Domicia, les había quitado con anterioridad para dárselo a las asambleas populares.

Marco Atilio Régulo (falleció ca. 250 AC). General y cónsul romano. En el año 255 AC fue derrotado y hecho prisionero por los cartagineses. Permaneció en cautiverio hasta el 250 AC cuando, a cambio de una solemne promesa de regresar, fue enviado a Roma para negociar, ya sea la paz o bien un intercambio de prisioneros. Sin embargo, una vez en Roma recomendó al Senado el rechazo de ambas propuestas. Honrando su palabra, regresó a Cartago, dónde lo metieron en un tonel lleno de clavos que hicieron rodar desde la cumbre de un cerro.
Cayo Cilnio Mecenas (70 AC-8 AC). Noble romano de origen etrusco, consejero político del emperador Augusto. Hombre de gran fortuna, fue famoso por proteger y promocionar a los artistas de su época tales como Horacio, Virgilio y varios otros. Tanto es así que su nombre se ha convertido en sinónimo universal de patrocinador de las artes y la cultura. No obstante, su personalidad fue sumamente compleja. El historiador romano Marco Veleyo Patérculo lo describe como una persona: "... de incansable vigilancia durante emergencias críticas, muy previsor y siempre sabiendo cómo actuar, pero más lujurioso y afeminado que una mujer al relajarse y dejar de lado sus negocios." Durante sus últimos años parece ser que sufrió una serie de trastornos neuróticos y particularmente un prolongado insomnio, que procuraba aliviar con toda clase de sedantes.

Terencia: fue la mujer de Mecenas. Su escandalosa infidelidad no sólo amargó la vida de su marido sino que llegó hasta a provocar el desagrado del emperador Augusto.

Catamita: era el compañero joven, preadolescente o adolescente, de una relación homosexual en Roma.

 

Capítulo IV

El éxito premia al hombre común y hasta a la habilidad ordinaria; pero el triunfar sobre las calamidades y los miedos de la vida mortal, eso está reservado solamente a un gran hombre. En verdad te digo: el ser siempre feliz y pasar por la vida sin ninguna angustia mental equivale a ignorar la mitad de la naturaleza.

Eres un gran hombre, pero ¿cómo puedo saberlo si Fortuna no te ofrece ninguna oportunidad para demostrar lo que vales? Has ingresado como participante de los Juegos Olímpicos, pero si nadie más que tú lo ha hecho, obtendrás la corona pero no la victoria. Podrás tener mis congratulaciones – no como un hombre valiente, sino como si hubieses obtenido el consulado o la magistratura; habrás tan solo aumentado tu prestigio.

De modo El éxito premia al hombre común y hasta a la habilidad ordinaria; pero el triunfar sobre las calamidades y los miedos de la vida mortal, eso está reservado solamente a un gran hombre.similar podré, también, decirle a un buen hombre si ninguna circunstancia más dura le ha dado la oportunidad de mostrar la fuerza de su mente:  «Te considero desafortunado porque nunca has sido desafortunado; has pasado por la vida sin un antagonista; nadie sabrá qué eres capaz de hacer – ni siquiera tú mismo.» Porque, si un  hombre ha de conocerse a sí mismo, debe ser puesto a prueba; y nadie descubre lo que puede hacer excepto intentándolo. Algunas personas se han presentado voluntariamente a someterse a un infortunio que tardaba en venir y han buscado una oportunidad para hacer brillar una virtud que estaba por quedar en las sombras.

Con frecuencia – digo – los grandes hombres se alegran de la adversidad, como lo hacen los soldados valientes en la guerra. Cierta vez escuché a Triunfus, un gladiador de la época de Tiberio César, quejarse de la escasez de espectáculos:  «¡Qué preciosa época – decía – se ha perdido!» El verdadero valor está ávido de peligros y piensa más en el objetivo a conquistar que en lo que puede llegar a sufrir, desde el momento en que incluso lo que ha de sufrir será parte de su gloria. Los guerreros se vanaglorian de sus heridas y muestran con orgullo la sangre que quedó sobre sus corazas. Quienes retornan indemnes de la batalla podrán haber combatido del mismo modo, pero el hombre que regresa herido recibe el mayor reconocimiento.

Digo que Dios le concede un favor a quienes desea que logren la mayor virtud posible cada vez que les otorga los medios para hacer algo con valor y firmeza, y para ello éstos deben encontrar alguna dificultad en la vida. Al piloto del barco se lo juzga en la tormenta; a un soldado en la línea de combate. ¿Cómo sabré con qué espíritu enfrentarás la pobreza si yaces en la abundancia? ¿Cómo puedo saber con qué firmeza enfrentarás la desgracia, la maledicencia y el odio público, si envejeces en medio de salvas de aplausos, si te rodea una popularidad irresistible que fluye hacia ti gracias a cierto talento para leer la mente de las personas? ¿Cómo puedo saber con qué ecuanimidad soportarás la pérdida de un hijo si estás rodeado de todos los que has engendrado? Te he escuchado consolando a los demás. Si hubieras tenido que consolarte a ti mismo, si te hubieras dicho a ti mismo que no debes quejarte, entonces habría visto yo tu verdadero carácter.

No tengas miedo, El desastre es la oportunidad de la virtud.te ruego, de esas cosas que los dioses inmortales aplican a nuestras almas como si fuesen espuelas. El desastre es la oportunidad de la virtud. Con razón pueden ser llamados desdichados quienes se encuentran adormecidos por un exceso de buena suerte; quienes descansan como en inmóvil calma sobre un quieto mar. Cualquier cosa que les suceda les parecerá un cambio.

Un destino cruel pesa más sobre quienes no tienen experiencia; el yugo es más pesado para un cuello delicado. El recluta novato se pone pálido ante la idea de una herida; pero el veterano observa impasible su propia sangre porque sabe que ésta ha sido con frecuencia el precio de su victoria.

De una manera similar Dios Dios templa, pone a prueba y disciplina a quienes aprueba, a quienes ama.templa, pone a prueba y disciplina a quienes aprueba, a quienes ama. En cambio a aquellos que parece favorecer, a quienes parece preservar, en realidad los está manteniendo débiles frente a los males que sobrevendrán. Porque te equivocas si supones que hay alguien exceptuado de la adversidad. Incluso el hombre que ha prosperado durante mucho tiempo tendrá su cuota algún día; cualquiera que parezca haber sido exceptuado sólo ha sido pospuesto.

¿Por qué aflige Dios a los mejores hombres con mala salud o penurias y a algunos otros con infortunio? Pues por la misma razón por la cual en el ejército a los hombres más valientes se les asignan las tareas más peligrosas. Un general envía los soldados más selectos a sorprender al enemigo mediante un ataque nocturno, a explorar el camino, o a desalojar una guarnición. Ninguno de estos hombres dirá: «Mi comandante me ha jugado una mala pasada»; por el contrario, dirá: «Me ha distinguido». De la misma manera, todos los que han sido llamados a soportar aquello que haría llorar a los cobardes y a los pusilánimes pueden decir: «Dios nos ha considerado instrumentos dignos de su propósito de descubrir cuánto es capaz de soportar la naturaleza humana.»

Huye de los lujos; huye de la buena suerte que debilita, de aquella que entumece la mente de los hombres porque, si nada interviene para recordarles el destino del hombre, se hunden en algo similar al estupor de una eterna embriaguez. El hombre que siempre ha tenido ventanas con vidrios para protegerlo de los vientos; aquellos cuyos pies se han mantenido cálidos con fomentos tibios y calientes renovados cada tanto; aquellos cuyos comedores se han mantenido calefaccionados por medio del aire caliente que pasa por debajo del piso y circula alrededor de las paredes – a estos hombres les bastará una leve brisa para quedar expuestos a un gran riesgo.

Si bien todos los excesos son dañinos, el más peligroso es el de una buena suerte ilimitada. Excita el cerebro, evoca vanas fantasías en la mente y envuelve en una densa niebla a la frontera entre la verdad y la mentira. ¿No sería mejor soportar, con ayuda de la virtud, una mala suerte permanente a quedar destruido por ilimitados e inmoderados placeres?  La muerte por inanición viene muy suavemente; por gula se revienta.

Y de este modo, en el caso de los hombres buenos, los dioses aplican la misma regla que los maestros utilizan con sus discípulos; requieren el mayor esfuerzo de aquellos en quienes depositan las más firmes esperanzas. ¿Crees que los lacedemonios odian a sus hijos cuando ponen a prueba su carácter flagelándolos en público? Sus propios padres los alientan a soportar bravamente los golpes del látigo y los exhortan a ofrecer sus cuerpos heridos a nuevas heridas, aun cuando ya se hallen maltrechos y medio desmayados.

¿Por qué, entonces, habría de ser raro que Dios pusiese a prueba a los espíritus nobles con severidad? Nunca una prueba de virtud es fácil. Si Fortuna nos flagela y castiga, soportémoslo; no es crueldad sino una prueba, y mientras con mayor frecuencia nos sometamos a ella, más fuertes seremos.  La parte más firme del cuerpo es aquella que más se usa en forma constante. Deberíamos ofrecernos a Fortuna para que, luchando contra ella, podamos ser templados por ella. Gradualmente nos hará similares a ella. La familiaridad con la exposición al peligro nos hará despreciarlo.

De este modo, los cuerpos de los marineros se hacen duros enfrentándose con el mar; las manos de los agricultores tienen callos; los músculos de los soldados tienen fuerza para lanzar armas y las piernas de un corredor son ágiles. En cada uno de ellos el miembro más firme es el que ha ejercitado. Soportando adversidades la mente aprende a despreciarlas.

Podrás darte cuenta de lo que esto puede hacer por nosotros observando cuánto ayuda el esfuerzo a las naciones pobres que se han endurecido por la pobreza. Considera a todas las tribus a las que no llega la civilización romana – me refiero a los germanos y a todas las tribus nómadas que nos asaltan a lo largo del Danubio. Las oprime un eterno invierno y un cielo sombrío; la tierra estéril les mezquina el sustento; se protegen de la lluvia con techos de paja o con hojas; se extienden por pantanos rodeados de hielo y cazan bestias salvajes para comer.

¿Crees que son desdichados? No hay desdicha para quienes el hábito ha retornado a la naturaleza. Lo que comenzaron a hacer por necesidad, gradualmente se ha convertido en placer. No tienen vivienda ni lugares de descanso excepto aquellos que la fatiga les adjudicó un día; su comida es grosera y debe ser procurada a mano; un clima terriblemente severo; cuerpos sin vestimenta – ¡así es, para innumerables tribus, la vida que a ti te parece tan calamitosa!

¿Por qué, entonces, te asombras de que se vapulee a los hombres buenos para que puedan crecer y ser fuertes? Ningún árbol se vuelve bien arraigado y firme a menos que lo embistan muchos vientos. Por causa de las mismas sacudidas aumenta su agarre y planta sus raíces con mayor firmeza; los árboles frágiles son aquellos que han crecido en un valle soleado.  Es por lo tanto ventajoso incluso para los buenos hombres y a fin de superar el miedo, vivir constantemente en medio de alarmas y tener que sobrellevar con paciencia los sucesos que sólo son males para quien mal los soporta.

En Esparta existió una ceremonia realizada ante el altar de Artemisa Ortia que consistió en flagelar a los jóvenes delante de la diosa para acostumbrarlos a soportar el dolor sin quejarse. (Cf. Denes Martos “Los Espartanos”).

 

Capítulo V

Considera también que es para el bien común que los mejores hombres se hagan soldados, por decirlo así, y presten servicio. Es el propósito de Dios, y del hombre sabio también, demostrar que aquellas cosas que el hombre común desea y aquellas que teme, en realidad no son ni buenas ni malas. Podría parecer lo contrario, sin embargo, si las cosas buenas fuesen otorgadas sólo a los hombres buenos y las malas inflingidas sólo a los malos.

La ceguera sería una maldición si nadie perdiese sus ojos, excepto el hombre que merece que se los arranquen; por consiguiente dejemos que Apio y que Metello sean privados de la luz. Las riquezas no son un bien; por lo tanto que las posea hasta el rufián de Elio a para que otros hombres, aun cuando veneran la riqueza en templos, la puedan ver también en un prostíbulo. No hay mejor forma en que Dios puede desacreditar lo que anhelamos que otorgándole esas cosas a los hombres más viles y negándolas a los mejores.

«Pero – me dirás – es injusto que un buen hombre sea quebrantado en su salud, enclavado o encadenado, mientras los malvados resultan consentidos y se pavonean con la piel intacta.» ¿Y qué? ¿No es injusto que los hombres valientes tomen las armas y permanezcan toda la noche en el campamento, y estén de guardia con heridas vendadas ante los muros, mientras los pervertidos y los libertinos profesionales duermen seguros dentro de la ciudad? ¿Y qué? ¿No es injusto que las doncellas más nobles vean interrumpido su sueño para celebrar los sacrificios nocturnos mientras otras, sucias de vicio, disfrutan del mejor sueño?

Las dificultades llaman a los mejores. Las dificultades llaman a los mejores.El senado con frecuencia se mantiene en sesión durante todo el día mientras, a lo largo de todo ese tiempo, la totalidad de los inútiles inservibles se halla, ya sea divirtiéndose en el Campo de Marte, ya sea escondiéndose en una taberna, o bien perdiendo el tiempo en alguna tertulia. Lo mismo sucede en esta gran república que es el mundo. Los buenos hombres trabajan, se gastan y se los desgasta; y, además, lo hacen voluntariamente. Fortuna no los arrastra – son ellos los que la siguen manteniéndose a su lado. Si supieran cómo hacerlo, ya se le hubieran adelantado.

He aquí otra expresión que recuerdo haberle oído decir a ese hombre extraordinariamente valiente que fue Demetrio: «Dioses inmortales, – decía -  tengo una sola queja que haceros: que no me hayáis hecho conocer vuestra voluntad más temprano. Porque, después de haber sido convocado, hubiera alcanzado antes la condición en la que ahora me encuentro. ¿Deseáis tomar a mis hijos? Pues para vosotros los he educado. ¿Deseáis tomar algún miembro de mi cuerpo? Tomadlo. No es gran cosa lo que os ofrezco; muy pronto abandonaré ese cuerpo por entero. ¿Deseáis tomar mi vida? ¿Por qué no? No protestaré si volvéis a tomar lo que alguna vez me fue dado. Con mi libre consentimiento podéis tener cualquier cosa que se os ocurra pedir de mí. ¿Cuál es, entonces, mi queja? Es que hubiera preferido ofrecer a renunciar. ¿Qué necesidad había de tomar por la fuerza? Podríais haberlo obtenido como una ofrenda. Y, sin embargo, ni siquiera ahora lo tomaréis por la fuerza, porque nada puede serle arrancado a un hombre a menos que se aferre a ello.»

No me encuentro bajo ninguna compulsión, no sufro nada en contra de mi voluntad, no soy el esclavo de Dios sino alguien que lo sigue, y tanto más aun, por cierto, porque sé que todo ocurre conforme a una ley decretada y promulgada por toda la eternidad. Suponemos que las cosas simplemente suceden, y no es así: devienen. El destino nos guía, y en la primera hora del nacimiento queda establecido el lapso de tiempo del que dispone cada cual. Cada causa se vincula con otra causa, y todas las cuestiones públicas y privadas se hallan regidas por una larga secuencia de eventos. Por consiguiente, todo debe ser sobrellevado con fortaleza. Suponemos que las cosas simplemente suceden, y no es así: devienen.  Hace mucho se determinó ya lo que te haría reír y lo que te haría llorar y, si bien la vida de los individuos parece estar signada por una gran disimilitud, el final es sin embargo el mismo – recibimos lo que es perecedero y nosotros mismos habremos de perecer.

¿Por qué enfadarse, entonces? Si bien el propio gran creador y gobernador del universo escribió las reglas del Destino, él mismo las acata. Decretó una sola vez; obedece por siempre¿Para qué quejarse? Hemos nacido para esto. Dejemos que la Naturaleza se ocupe a su antojo de la materia que le es propia; enfrentemos todo con alegría y valor, sabiendo que nada perecedero es nuestro. ¿Cual es, pues, el papel de un buen hombre? Brindarse al Destino. Es un gran consuelo saber que somos impelidos junto con el universo; sea lo que fuere que nos ha ordenado vivir de esta manera y morir de esta forma, es algo que también y por la misma necesidad obliga a los dioses. Tanto los asuntos humanos como los divinos siguen un curso irrevocable. Si bien el propio gran creador y gobernador del universo escribió las reglas del Destino, él mismo las acata. Decretó una sola vez; obedece por siempre.

«¿Por qué, sin embargo, – me preguntas – ha sido Dios tan injusto al repartir destinos como para adjudicarle a los buenos hombres pobreza, heridas y una muerte dolorosa?»  El fundidor no puede alterar la materia que moldea; está sometido a sus leyes. Ciertas cualidades no pueden ser separadas de ciertas otras; están vinculadas, son indivisibles. Los temperamentos desganados, propensos al sueño o a un estado de vigilia que se parece mucho al sueño, El oro se pone a prueba con el fuego; los hombres valientes con el infortuniose componen de elementos indolentes. Hace falta una materia más consistente para hacer a un hombre que merece ser mencionado con consideración. Su camino no será por el llano; deberá subir y bajar montañas, soportar embates, guiar su barca por aguas tormentosas; tendrá que mantener su curso a pesar de la suerte. Será asaltado por muchas cosas duras y ásperas, pero ablandará las primeras y suavizará a las segundas.

El oro se pone a prueba con el fuego; los hombres valientes con el infortunio. ¡Observa hasta qué alturas debe escalar la virtud! Hallarás que no tiene ninguna ruta segura para transitar:

Al principio la ruta es escarpada,
y los caballos se esfuerzan en recorrerla temprano por la mañana.
Conquistan la cumbre del cielo al ocaso
y de allí miro hacia abajo,
hacia la tierra con asombro y terror,
y mi corazón late con miedo y horror.
La ruta termina con una fuerte pendiente:
mantén aquí el control suficiente;
porque hasta Tetis, que sobre sus olas me admite,
teme que de las alturas me precipite.

Habiendo oído estas palabras, aquél noble joven respondió: «Me gusta ese camino. Ascenderé aun cuando pueda caer; valdrá la pena viajar a través de paisajes como ésos.» Pero el otro no cesó en tratar de llenar de miedo su valiente corazón:

Aunque el camino hollado conserves
y puesto a deambular, el zodíaco no dejes,
aun así por entre cuernos del fiero Toro tendrás que pasar,
por el arco de Sagitario y las fauces del furioso León tendrás que andar.

En respuesta a esto, el joven dijo: «Prepara el carro que has ofrecido; las cosas que me has dicho para atemorizarme son justamente las que me instan a continuar. Quisiera estar erguido allí en dónde hasta el Sol tiembla de miedo.» 

El rastrero y el cobarde transitarán por el camino seguro; la virtud busca las alturas.

Apio Claudio el Censor – también conocido como Apio Claudio el Ciego (340-273 AC).  Construyó la Vía Apia que unía a Roma con Capua y también el primer acueducto de Roma. Promovió la fundación de colonias en el Lacio y en la Campania para contener a los etruscos y fue el promotor de varias reformas legislativas.
Lucio Cecilio Metelo (ca.290-221AC). Cónsul romano en el 251 AC, logró brillantes victorias en la Primera Guerra Púnica y recibió los honores del Triunfo siendo más tarde nombrado Sumo Pontífice (Pontifex Maximus). En el 241 AC, habiéndose producido un incendio en el templo de Vesta, no vaciló en ingresar al templo envuelto en llamas para salvar el Palladium, el símbolo tutelar de Roma. Sus ojos, sin embargo, no resistieron el calor y se volvió ciego.
Doncellas más nobles”:  Aquí Séneca hace referencia a las vírgenes vestales, las sacerdotisas encargadas de mantener constantemente encendido el fuego sagrado en el templo de Vesta, la diosa relacionada con el hogar, la calidez de las emociones y, en general, el mundo interior de las personas. Las vestales se reclutaban en Roma a la edad de diez años aproximadamente y su servicio duraba treinta años: diez de aprendizaje, diez de servicio y diez de perfeccionamiento. Una vez cumplido el servicio podían casarse si así lo deseaban.
Los versos: Corresponden al poeta romano Ovidio y a su obra “Las Metamorfosis”.

 

Capítulo VI

«Así y todo – me preguntas - ¿por qué a veces Dios permite que les suceda algo malo a los hombres buenos?» De hecho, no lo permite. En realidad, aparta de ellos males de todas clases: el pecado y el crimen, los malos consejos y las maquinaciones codiciosas, la lujuria ciega y la pasión avara por los bienes de los demás. Al buen hombre lo protege y lo defiende. ¿O acaso alguien pretende que Dios también cuide el equipaje del buen hombre? No; el propio hombre bueno releva a Dios de esta preocupación despreciando las cosas externas.

Demócrito, considerando que las riquezas son una carga para la mente virtuosa, renunció a ellas. ¿Por qué, entonces, te maravillas si Dios permite que al hombre bueno le suceda aquello que el propio hombre bueno desea que le suceda? Los hombres buenos pierden a sus hijos; ¿por qué no, si a veces ellos mismos los condenan a muerte? Se los envía al exilio; ¿por qué no, si a veces ellos mismos abandonan el solar nativo para nunca más volver? Se los mata; ¿por qué no, si a veces ellos mismos atentan contra su propia vida? ¿Por qué sufren ciertas adversidades? Porque han nacido para ser un modelo a fin de poder enseñar a los demás. Imagínate, pues, a Dios como diciendo: «¿Qué posibles motivos  de queja podríais tener contra mí, vosotros que habéis elegido la rectitud? A los demás los he rodeado de bienes irreales y me he burlado de sus mentes vacías con algo similar a un largo e ilusorio sueño. Los he cubierto de oro, plata y marfil, pero en el contenido no hay nada bueno.

Las criaturas que juzgáis afortunadas, si pudieseis verlas no como aparecen a los ojos sino como son en sus corazones, son deplorables, sucias, abyectas – son como las paredes de sus casas, adornadas sólo en el exterior. Esa fortuna no es ni sana, ni genuina; es apenas un delgado barniz. Por lo cual, mientras pueden mantenerse firmes y brindar el espectáculo que desean, brillan y engañan; pero cuando ocurre algo que los derriba y destapa, podréis ver la profunda y auténtica fealdad que escondía su prestado esplendor.

Pero a vosotros os he dado los bienes verdaderos y duraderos que se hacen mejores mientras más se los gira y examina desde todos lados. Os he permitido burlaros de todo lo que asusta y desdeñar las pasiones. Externamente no brilláis; vuestros bienes se hallan dirigidos hacia el interior. Aun el cosmos, complaciéndose en su propio espectáculo, se burla de las cosas externas. Es en lo interno que os he conferido todo bien. Tenéis la buena suerte de no necesitar de la buena suerte.»

«Sin embargo – me dices – nos asaltan muchos pesares, nos suceden muchas cosas terribles y difíciles de soportar».  «Sí, y porque no he podido apartarlas de vuestro camino es que he armado vuestras mentes para resistirlas a todas; para sobrellevarlas con fortaleza. En esto hasta podéis aventajar a Dios. Él está exceptuado de tener que soportar el mal mientras que vosotros lo podéis superar. Burlaos de la pobreza; nadie vive tan pobre como ha nacido. Burlaos del dolor; o bien se aliviará o bien os aliviará. Despreciad la muerte; o bien marca vuestro fin, o bien os transfiere a otra vida. Burlaos de Fortuna; no le he dado ningún arma que podría herir el alma.

Por sobre todo, me he cuidado de que nada os retenga aquí contra vuestra voluntad; la puerta de salida está abierta. Si optáis por no pelear, podéis retiraros. Por ello, de todas las cosas que he considerado necesarias para vosotros, nada he hecho más fácil que morir. He dispuesto la vida sobre una pendiente: si se prolonga demasiado, observad y veréis cuan corto y sencillo es el camino que conduce a la libertad. Para salir no os he impuesto la fatigosa demora que habéis tenido para entrar. De otro modo, si la muerte viniese de un modo tan lento como el nacimiento, Fortuna tendría un gran poder sobre vosotros.

Que toda estación del año y todo lugar os enseñe cuan fácil es renunciar a la naturaleza y arrojarle en la cara todos sus regalos. En la misma presencia de los altares y los solemnes ritos sacrificiales, mientras rezáis por la vida aprended bien lo concerniente a la muerte. El enorme cuerpo de los toros se derrumba por una pequeña herida y criaturas de poderosa fuerza caen por un solo golpe de la mano del hombre; basta una delgada hoja metálica para cercenar las uniones del cuello y, cuando se corta esa juntura que une la cabeza con el cuello, toda la gran masa del cuerpo queda demolida.

El alma no se oculta en ningún profundo escondite, no se necesita ningún cuchillo para liberarla, ninguna herida profunda para hallar las partes vitales; la muerte está a mano. Para estos golpes fatales no he establecido ningún lugar fijo; cualquier camino es transitable. Incluso aquello que llamamos muerte, ese momento en que el aliento abandona el cuerpo, es tan breve que su velocidad es imperceptible. Ya sea que el cuello sea estrangulado por un nudo, o que el agua detenga la respiración, o que la dura tierra aplaste el cráneo en una caída fatal, o que las llamas quiten el aliento; sea lo que fuere, el fin llega en un instante. ¿No os da vergüenza? ¡Teméis durante tanto tiempo algo que pasa tan rápido!»

El suicidio: Hay que juzgar con suma prudencia lo que los estoicos en general dicen sobre el suicidio. Si bien es cierto que lo admite y justifica, Séneca – en primer lugar – lo que critica es el miedo a la muerte. Pero, más allá de esto, es importante destacar que admite el suicidio sólo cuando las circunstancias de la vida llegan a ser un impedimento para la práctica de la virtud. No hay que confundirse en esto: los estoicos no justifican el suicidio cometido por el sólo deseo acabar con la existencia, ya sea por cansancio, por hartazgo, o como una cobarde huida de la adversidad. A la adversidad, tal como Séneca lo expone en innumerables pasajes, el hombre sabio debe soportarla, sobrellevarla, vencerla y aprender de ella.


 

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